De vampiros, licántropos y otros amigos (parte I)

The Order 1886
Imagen del videojuego The Order, 1886. Otra visión de un tema clásico en clave posmoderna. La enésima.

El vampiro y el licántropo[1] existen, ese es el hecho. Cierto que es difícil creer que en la forma tradicional del nosferatu -o no muerto- que ataca a los vivos impelido por una irrefrenable necesidad de beber su sangre a fin de mantener su estado, o de la persona que en las noches de plenilunio se transforma en lobo, si bien incluso el vampiro y el licántropo mitológicos gozan de una precisa explicación antropológica. La sangre y la carne, como no podría ser de otra manera, siempre han sido consideradas el centro vida. Se encuentran en los cimientos de todos los cultos y religiones, desde las más ancestrales. Hay creencias en las que el corazón de los difuntos es cocinado y consumido por su ser más amado. Algunas tribus de Australia y Nueva Zelanda pretendían la curación de ciertas dolencias abriendo las venas de los amigos varones del enfermo a fin de que le ayudaran a expulsar su enfermedad en una especie de catarsis colectiva. En la eucaristía cristiana el vino se transustancia en sangre y el pan en carne para la limpieza del pecado y el ofrecimiento de una vida eterna. Otros cultos minoritarios judeocristianos, como el de los Testigos de Jehová, se oponen enconadamente a prácticas sanitarias comunes como la transfusión de sangre por motivos enteramente metafísicos. En todas las culturas existen rituales sacrificiales simbólicos o reales y relatos acerca de vampiros, hombres lobo y quimeras similares (arpías, dragones, hombres leopardo, minotauros, y otro largo etcétera). También testimonios sobre la forma en que se presentaban a sus víctimas, el atroz modo en que se comportan y la forma en que el sujeto puede protegerse de ellos, o bien son erradicados por siempre jamás.

Herodoto
Herodoto.

Los licántropos fueron particularmente populares en Grecia y Roma, y es precisamente por ello que los textos grecolatinos son una de las fuentes más antiguas y amplias a este respecto[2]. No podemos olvidar, en tal sentido, que Romulo y Remo, los supuestos fundadores de Roma, fueron según la tradición amamantados por una loba. Pero este tratamiento extensivo no se circunscribió tan solo al punto de vista de lo legendario o lo mitológico. Ya una figura en absoluta sospechosa como Heródoto de Halicárnaso (484-425 a. C.), fue uno de los primeros autores en tratar el tema de la transformación de hombres en lobos al narrar la incursión de castigo que el persa Darío realizó en Escitia[3].

No obstante, las imágenes del vampiro y el licántropo que han parecido imponerse en el ideario colectivo de Occidente no son demasiado lejanas en el tiempo y se ubican históricamente en el lapso temporal comprendido entre los siglos XII y XVIII, cuando en Europa –especialmente en el Centro y el Este del continente- se desató una fiebre vampírica así como una proliferación de cuentos y mitos sobre hombres lobo sin precedente histórico. A partir de la Edad Media, muchos eruditos se entregaron en cuerpo y alma al estudio del vampirismo, como Augustin Dom Calmet, Montague Summers, William de Newburgh o Walter Mapes.

Mucho tuvo que ver el vigor del cristianismo con ello en la medida que impuso en la visión e interpretación de los sucesos particulares y colectivos una polaridad de dos fuerzas contradictorias: Dios y el diablo. Más todavía, como acertadamente indica Fondebrider[4], la doctrina cristiana no estuvo en ningún caso dispuesta a equiparar ambos poderes en una relación simétrica, de suerte que el diablo se fue haciendo paulatinamente acreedor de una mayor gama de maldades, en la misma medida que ello evitaba que la bondad de Dios fuera en algún momento puesta en entredicho. El resultado del proceso generó la imagen siniestra de Satán que todos conocemos en contraposición a la imagen plenamente benéfica de la divinidad. De este modo, los licántropos, vampiros y demás monstruos tradicionales, que en algún momento del pasado pudieron -y así fue de hecho- albergar sesgos de positividad, se convirtieron en encarnaciones de la más absoluta maldad.

Desde entonces, la literatura, primero, y el cine después, han inmortalizado tanto al vampiro como al hombre lobo para convertirlos en uno de los más populares de los estereotipos perversos de nuestra cultura. No nos referimos tan sólo al celebérrimo Drácula de Bram Stoker. También autores de la nada dudosa talla literaria de Goethe, Lord Byron o Baudelaire, entre otros, alumbraron algunas de sus más grandes páginas tomando como referencia a los cazadores de la noche. También suele olvidarse con exasperante facilidad que la Caperucita Roja de Perrault es mucho más que un cuento para niños y, de hecho, tanto en sus orígenes como en su concepción original distaba mucho de serlo. En realidad el juego de analogías que magistralmente plasmó en sus páginas el francés nos habla de una terrible tragedia: la de una niña púber que ignorando el sabio consejo de su madre abandona el camino correcto para ser acosada, agredida y devorada –junto a su abuela- por un criminal perverso y desalmado. Una historia que ha sucedido cien veces en la vida real, en muchos rincones del mundo y con protagonistas de carne y hueso. Tan auténticos como en los tiempos en que Perrault compuso este aperitivo literario que, descafeinado por el paso del tiempo, relatamos a nuestros hijos como si tal cosa por el mero hecho de que hemos asumido esta clase de sucesos, que otrora aterraban al común de los mortales hasta el punto de elevarlos al rango de lo legendario, como algo normal.

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El actor Christopher Lee encarnando el mito del vampiro que prosperó en el imaginario colectivo del siglo XX: pretendida elegancia, supuesto erotismo y un toque hortera.
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El hombre-Lobo cinematográfico, sin embargo, ha sufrido escasa evolución estética. Quizá por su estilo de monstruo bruto y “a la antigua”, siempre ha tenido pinta un poco macarra y desastrada. Lo más que se pudo hacer por él en sagas famosas como Underworld fue quitarle los pantalones y animalizarlo más si cabe.

Egocentrismo y sociopatía

Autores como Picart y Greek señalan que el estudio científico del vampiro y el licántropo, es decir, aquel que parte de una consideración no sobrenatural del hecho atribuyendo las víctimas de estos legendarios personajes a la acción criminal, comenzó a principios del siglo XX. En 1907, el sociólogo norteamericano E. A. Ross publicó un trabajo que el tiempo ha hecho clásico: Sin and Society (pecado y sociedad). En él describe a una nueva especie de monstruo, el criminaloide[5], responsable del sufrimiento de amplios colectivos sociales a causa de su proverbial ambición y una absoluta falta de interés por la seguridad y supervivencia de las clases trabajadoras. Es evidente que Ross quería referirse figuradamente a los gurús del capitalismo que gobernaban con mano de hierro, y aras de sus propios intereses, los destinos económicos de la sociedad capitalista. En la misma teoría abundó el sociólogo de la Escuela de Chicago Robert Park, quien habló en sus trabajos del vampirismo capitalista al referirse al colonialismo económico estadounidense. Conceptos ambos que guardan, por cierto, estrecha relación con el delincuente de cuello blanco del que también hablara por extenso Sutherland.

Lo interesante, en todo caso, es que esta corriente sociológica relacionaba el comportamiento de estos sujetos con una maldad patológica que los transformaba, más que en meros explotadores, en monstruos insensibles. En suma: desde estas teorías se establecía un sugerente nexo entre la actitud –de clara raíz psicopática- de ciertos individuos con respecto a sus congéneres y la clase de conductas que nuestra cultura ha asociado indeleblemente a aquellos seres a los que tradicionalmente se ha otorgado el calificativo genérico de monstruos. Y lo cierto es que las ideas de Ross, Park o Sutherland no sólo inspiraron a los sociólogos, sino también a los estudiosos del crimen que, por primera vez, abandonaron la idea del criminal como sujeto anormal para establecer vínculos conceptuales entre la conducta criminal y los procesos que operan en el medio social que ahora –corrupción va, corrupción viene- nos parecen evidentes pero que en aquellos días distaban mucho de ser tan obvios[6]. La idea de fondo es ciertamente inquietante: vivimos en un mundo regido por una serie de procesos perversos que, por su propia idiosincrasia, producen toda suerte de monstruos.

Robert Ressler
Robert Ressler (1937-2013).

A este respecto, cuando un periodista preguntó al célebre perfilador del FBI Robert Ressler acerca de los elementos que hacían a las sociedades avanzadas –como es el caso de la estadounidense- tan proclives a la aparición de criminales antisociales, su respuesta fue tan concisa como contundente: “la gente se ha vuelto básicamente egocéntrica. Las metas de cada uno han suplantado a las metas de la sociedad. Las personas no están de acuerdo en nada salvo consigo mismas. Todo esto tiene resultados en la conducta. Si hablamos de alguien que sufre disfunciones sexuales o morales y que está educado para pensar que puede y debe solucionar sus problemas por sí mismo, pero al mismo tiempo supone que las relaciones sexuales que debiera tener son inalcanzables, entonces tiende a tomar por la fuerza aquello que está fuera de su alcance. Y, sin duda, un asesino en serie es una persona enteramente disfuncional que trata de ayudarse a sí misma a obtener aquello que quiere sin observar las consecuencias de sus actos”[7].

Lo cierto es que desde un punto de vista antropológico las raíces de la conducta criminal en el ser humano deben buscarse, más que en la propia historia o en el decurso temporal y circunstancial de las sociedades, precisamente en el fondo de los mitos y leyendas de que se ha alimentado nuestra cultura desde tiempos ancestrales y que han de tener alguna clase de fundamento real, al menos en su objeto central. Basta con releer algunos libros del Antiguo Testamento, observar las mitologías egipcia, grecorromana e hindú o detenerse en las sagas nórdicas para encontrar centenares de relatos sobre agresiones sexuales, agresión, robo, canibalismo, vampirismo, licantropía y otro largo etcétera de brutalidades, perversiones y vejaciones. Por supuesto, los antisociales, se llamasen como quiera en su día, tampoco son una invención del presente. El crimen es tan viejo como la humanidad al punto de que el Génesis bíblico, una vez establecida la Creación, explica que la historia de la Humanidad comienza con un delito –el que cometen Adán y Eva al vulnerar la única norma que Dios les impone-; continúa con un fratricidio –cuando Caín mata a Abel-; y concluye con un genocidio en la forma de Diluvio Universal. Es obvio que el texto fue compuesto por un buen observador de la condición humana.

Cain and AbelTitian c. 1570
Así vio Tiziano el asesinato de Abel a manos de Caín.

Con anterioridad a la aparición de la psicología y la psiquiatría forenses tal y como hoy las conocemos, ninguna otra corriente dedicada al estudio de los procesos mentales había prestado tanta atención a este tipo de cuestiones como el psicoanálisis. Puede que las explicaciones de los procesos inconscientes ofrecidas por los psicoanalistas desde Freud sean consideradas injustamente y con algo de malicia –más por ignorancia de los principios que por un verdadero esfuerzo de comprensión- como elucubraciones sin fundamento. Pero lo cierto es que la psicología y la psiquiatría nunca han dejado de prestarles atención, bien sea de soslayo al punto de que muchos conceptos que hoy damos por buenos fueron, originariamente, concebidos por psicoanalistas. Lo cierto es que actos como los de succionar, morder o el culto patológico a los muertos y lo sobrenatural tienen hondas raíces psíquicas y culturales que no han de ser minusvaloradas si se pretende comprender las motivaciones últimas de la necrofilia, el vampirismo y la licantropía. Ernest Jones, por ejemplo, escribió que no hay cultura en la que no exista la creencia de que los muertos, en determinadas circunstancias, observan a los vivos y sientan un impulso irresistible de retornar con ellos con cualquier propósito. En consecuencia, tampoco resulta extraño que en todos los lugares del mundo existan relatos de fallecidos que visitan a los vivos, los ayudan, los poseen o simplemente tratan de destruirlos. Del mismo modo, a fin de contrarrestar el supuesto poder de los muertos o sus demandas, en toda cultura se dan ritos de apaciguamiento, respeto y consuelo para con las almas de los que se fueron[8].

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Y el malvado Sigmund Freud (1856-1939) te pregunta: ¿a ti te gusta chupar? ¿Y por qué?

Lo interesante es que esto se ve reflejado una idea muy extendida acerca del vampirismo en la tradición eslava: los primeros atacados por un vampiro, cuando retorna, son generalmente sus allegados vivos. Pero, además, tanto en el fondo del vampirismo como en el de la licantropía subsiste un componente sexual que, sin duda, ha contribuido a incrementar el atractivo que suscita. Componente que guarda, a su vez, estrecha relación con el mordisco, el acto de chupar e incluso la acción extrema de devorar al ser amado o deseado como forma de posesión total, plena, absoluta. En otro caso, por lo demás, y sin tener presente la influencia de un patriarcado milenario que enfatiza el valor intrínseco de la heterosexualidad, resultaría inexplicable la creencia legendaria de que los vampiros y los hombres-lobo prefieran como víctimas a personas del sexo opuesto. Tampoco el supuesto subyacente a muchos de estos relatos de que, contra todo pronóstico, las personas atacadas por estos seres sientan al mismo tiempo terror y fascinación[9].


[1] Conviene realizar una precisión terminológica ya que el hombre lobo y el licántropo son cosas semejantes pero no lo mismo. El primero es aquel que tiene el poder de transformase en lobo físicamente mientras que el segundo es, precisamente, el sujeto que posee una visión distorsionada de la realidad que le hace creer que puede metamorfosearse en lobo y que, consecuentemente, durante los momentos en que se cree transformado se comporta como tal.

[2] Fondebrider, J., Licantropía. Historias de hombres lobo en Occidente. Buenos Aires, Adriana Hidalgo Editora, 2004.

[3] Herodoto, Historia. Libro IV. Madrid: Gredos, 2001.

[4] Fondebrider, 2004, Op. cit.

[5] Evidentemente, el concepto no fue acuñado por Ross, sino por Cesare Lombroso y es muy probable que se este autor se inspirase en la obra pionera de los componentes de la llamada Escuela Positiva del Derecho Penal. Ahora bien, el uso que hace del concepto, desde un punto de vista sociológico, es enteramente novedoso.

[6] Pérez-Fernández, F., Imbéciles morales. Consideraciones históricas de la mente criminal. Jaén: Ediciones del Lunar, 2005.

[7] Kouri, J., Criminal Profile: The Monsters Within. En Internet [www.oscweb.com].

[8] Jones, E. (1951). On the Nightmare. New York, Liveright. Existe traducción al español: La pesadilla, Buenos Aires, Hormé, 1967.

[9] Christopher Lee, actor que se hizo mundialmente famoso encarnando al Conde Drácula en las películas de culto que la factoría británica Hammer realizó en los años 50 y 60 no alberga duda alguna al respecto: “Drácula ofrece la ilusión de la inmortalidad, el deseo subconsciente que todos tenemos de poder sin límites. […] Es la imagen del superhombre con un atractivo erótico para las mujeres, que lo encuentran totalmente seductor”.

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