El hombre “demasiado” normal

Francisco Quintana, ABC
Francisco Quintana Calvo (Fuente: diario ABC).

Corría el 15 de septiembre de 2005. Jueves por abundar en los detalles.

Francisco Quintana Calvo, de 38 años, domiciliado en la localidad madrileña de Tres Cantos, echó mano de su bicicleta nueva y salió, sobre las 18:00 horas, a dar una vuelta por el paraje de Soto de Viñuelas para hacer algo de ejercicio. Se estaba iniciando en la práctica de este deporte pues al ser informático de profesión -empleado de la empresa Oracle, con sede en la localidad madrileña de Las Rozas- debió suponer que era una forma tan buena como otra cualquiera de desentumecerse tras pasar mucho tiempo sentado frente a una pantalla, a la par que para sobreponerse a una dolencia cardíaca leve. De hecho, la dichosa bicicleta era un regalo reciente de su esposa y, al parecer, era la cuarta o quinta vez que hacía aquella ruta en la que no solía emplear más de un par de horas.

Se trataba de hombre sumariamente normal, casado con una psicóloga, Miriam, – mujer muy religiosa de credo evangélico- padre de una niña de seis años a la que adoraba y con otro crío de camino al que se esperaba con sumo agrado. Vecino querido y respetado de vida muy familiar y ordenada, y del que pocas cosas raras podían colegirse. Serio, algo introvertido a decir de quienes le conocían, correcto en el trato, excelente trabajador según sus compañeros y superiores, sin costumbres altisonantes… No había ángulos oscuros ni recovecos turbios en la vida de Francisco. No tenía enemigos o cuentas pendientes con nadie. En definitiva, e insistimos en ello, un tipo extremadamente normal, incluso perfecto, que sin embargo nunca retornaría al hogar al ser víctima de una truculenta e inexplicable agresión durante aquel paseo que sería el último.

Una muerte terrible

Como decimos, Paco –así le llamaban habitualmente sus conocidos- no volvió cuando se le esperaba ni dio aviso alguno de que se retrasaría, y la cosa era muy rara porque siempre llevaba consigo su teléfono móvil y jamás faltaba sin dar razón.

Tras denunciarse la pertinente desaparición y puesta en marcha la pertinente búsqueda, el cuerpo sin vida de Francisco fue hallado un par de días después por la Guardia Civil en el paraje de Rascambres, cerca de El Molar, a unos veinte kilómetros de su domicilio. Lo encontró una mujer que paseaba por allá. Estaba completamente desnudo y tenía golpes en la cadera y el abdomen, lo cual hizo que se pensara inmediatamente en un atropello que indujo a quienes lo abandonaron a tratar de ocultar cualquier prueba incriminatoria. Y se emplearon a fondo, pues se pensó que el acto había sido perpetrado por al menos dos personas. El problema residía en que no había otras de las heridas que habitualmente aparecen en esta clase de atropellos (fracturas, marcas severas de arrastre) y la bicicleta nunca apareció, con lo que la hipótesis nunca llegaría a corroborarse más allá de las especulaciones fundadas. Tenía, por lo demás, algunos pequeños hematomas en la espalda cuyo origen se ignora, pero que bien pudieron producirse durante el traslado del cuerpo.

Los detalles de la autopsia eran claros: El cuerpo de Francisco, golpeado con algún objeto contundente –o bien atropellado- pero aún con vida, fue meticulosamente desnudado, desposeído de cualquier objeto que permitiera una rápida identificación –como documentación o teléfono móvil- y rociado unos con dos litros de gasolina, empezando por la cabeza y terminando por la cintura. Tenía hollín en las fosas nasales, lo cual indica que aún respiraba cuando lo quemaron. El fuego también afectó a los genitales, pero ello no se debió tanto a alguna clase de interés sádico, como al hecho de que una parte de la gasolina se deslizó hacia las ingles de la víctima. Las manos tampoco escaparon al detallado tratamiento “especial” de los agresores, lo cual motivó que la identificación del cuerpo se retrasara, pues al quedar el rostro irreconocible, los forenses hubieron de reconstruir la huella dactilar de uno de los dedos índices con gran dificultad, aunque logrando la suficiente cantidad de puntos de identificación como para poder cotejarla con garantías. Una posterior reconstrucción dental y la prueba de ADN hicieron el resto. No obstante, es probable que la conciencia forense de los agresores les permitiera poner la suficiente tierra de por medio como para poder desvincularse de sus actos con éxito.

Sea como fuere, es un hecho que Francisco Quintana ni se movió durante todo el proceso, pues no había heridas de defensa o signos de forcejeo, y además la marca negruzca que quedó en el suelo allá donde se le quemó tenía los contornos perfectamente definidos. Tanto pudo perder el conocimiento durante el proceso, como encontrarse totalmente incapacitado para moverse por sus lesiones, pero este extremo nunca quedó aclarado.

Solo había una pista solida: las rodadas de un vehículo encontradas junto al cuerpo que permitieron realizar un reconocimiento de los neumáticos, así como de una lista de posibles coches que montaran esa clase de ruedas. Probablemente, algún género de furgoneta. Por lo demás, una concienzuda búsqueda por las gasolineras cercanas permitió establecer la idea de que los agresores de Francisco extrajeron la gasolina del depósito del propio vehículo, o bien ya la portaban consigo cuando lo agredieron, pues nadie en las inmediaciones recordó haber servido gasolina a persona alguna que portara una garrafa o continente similar. También se rastrearon talleres y túneles de lavado en busca de vehículos con golpes o manchas sospechosas. Cero.

Hipótesis de trabajo

No se descartó de entrada idea alguna, pero la meticulosidad de los agresores de Francisco Quintana, su clara sangre fría y su contundencia a la hora de tratar el cuerpo, llevaron inmediatamente a la Guardia Civil a pensar en una acción profesional, bastante alejada de un acto de delincuencia común y próxima al tópico ajuste de cuentas. Ningún delincuente del montón se toma tantas molestias por una bicicleta o un teléfono. Especialmente en un paraje bastante transitado por ciclistas aficionados en el que ya se habían producido algunos robos nunca denunciados, como luego se supo. Y ello complicaba las cosas porque ampliaba el abanico de posibles motivaciones e incrementaba el tamaño del círculo de las pesquisas exponencialmente:

  1. Robo (improbable).
  2. Accidente (hora y lugar equivocado).
  3. Atropello voluntario (¿por qué?).
  4. Venganza (¿de qué?).
  5. Crimen por encargo (¿con móvil económico, pasional, profesional?).

Nadie estaba libre por tanto de sospechas. Pero la vida normal –demasiado normal- de Paco Quintana se convirtió en un tremendo obstáculo que cerraba caminos a los agentes con excesiva facilidad, y se comía las posibles pistas a una velocidad vertiginosa. Parece que allá donde todo el mundo podría tener un secreto, donde podría albergarse una mentira o el conato de una conspiración, solo había en el caso de este anodino informático metido a ciclista una misteriosa claridad que nada aportaba y desmenuzaba fácilmente toda posible indagación.

Se investigaron sus últimas llamadas. Su círculo de amigos y compañeros de trabajo, con los que tampoco solía compadrear demasiado, al punto de que incluso se escapaba a la hora de la comida para ir a su casa. Se accedió a los archivos de sus ordenadores, e incluso se indagó sin resultado en algún club nocturno con el que se pensó que pudiera tener alguna remota vinculación (las Autoridades nunca explicaron, por cierto, porqué se abrió esta peculiar línea de trabajo tan aparentemente ajena a las costumbres del fallecido). Nada. Francisco era un hombre tan perfecto, ordenado e intachable… Solo el hecho de que no se encontrara muy en forma a causa de la ya indicada dolencia cardiaca en la válvula mitral que limitaba sus posibilidades atléticas, siendo además fumador compulsivo, dejaba algo meridianamente claro: era muy probable que el asalto, accidente o lo que fuera sucediera muy cerca de su casa y que su hallazgo en el distante paraje en el que apareció fuera resultado del traslado del que fuera objeto por parte de los criminales.

Y ello introducía el caso en derroteros extremadamente misteriosos y hacía pensar en otras ominosas ideas: ¿Estaban sus agresores tras su pista? ¿Querían secuestrarlo? ¿Buscaban alguna clase de información confidencial? ¿Era víctima de extorsión? ¿Algún chantaje? Ciertamente, el secuestro se presentaba como improbable en la medida que la autopsia determinó que había muerto en el mismo día de su desaparición, pero las otras cuestiones no se diluían con tanta facilidad si se prestaba atención a las ocupaciones profesionales de Francisco Quintana Calvo que, bien mirado, podrían terminar por explicar muchas cosas.

¿Información clasificada?

Oracle Ibérica, Las Rozas, Madrid
Sede de Oracle Ibérica en la localidad madrileña de Las Rozas.

La empresa Oracle, entre otras cuestiones, está especializada en la gestión y optimización de datos para gobiernos y empresas de todo el mundo, y mantenía por aquellos días –aún mantiene- contratos con el Gobierno de España y otras empresas muy importantes para controlar datos de infinidad de organismos públicos y privados, y a todos los niveles: desde simples bases de datos comunes y poco comprometidas a información reservada. Ello hizo que la Guardia Civil se decidiera a indagar en esta conexión que se presentaba jugosa.

Ciertamente, y como corresponde al caso, la multinacional se apresuró a hacer público que Francisco no trabajaba en aquel momento con información confidencial o reservada, pues se encontraba en la plantilla externa de la empresa y estaba ocupado en un proyecto para la Compañía Telefónica, pero ello no implicaba en modo alguno que no lo hiciera con anterioridad, que sus agresores lo supieran, que se hubiera enterado de algo indebido accidentalmente, o bien que estuvieran presionándolo para que les realizara alguna clase de servicio ilegal. De hecho, es conocido que Francisco Quintana había disfrutado de unos meses de baja laboral –se dice que por depresión, pero la familia no quiso abundar en detalles- y que, tras anunciarse su desaparición, hubo cierto tumulto en las altas esferas del Ministerio del Interior, desde las que se dieron órdenes expresas de priorizar su búsqueda e indagar en el caso a fondo, lo cual levantó no poca polvareda en algunos medios de comunicación.

No obstante, la meticulosa “normalidad” del asesinado volvió a imponerse. La revisión de sus últimos movimientos laborales, su oficina, ordenadores y archivos arrojó escasa luz, y los investigadores encargados del caso volvieron a encontrarse con la nada. Puede que la falta de información en esta dirección fuera justamente lo que parece, o bien que el propio Francisco o algún otro posible implicado en el misterio supieran borrar cualquier rastro con suma eficacia. Puede, incluso, que ya hubiera transmitido a sus asesinos aquello que deseaban conocer y que precisamente ello le costara la vida. Como reconocieron los agentes de la Guardia Civil, el caso que tenían sobre la mesa era fastidioso, de esos que se complican, se enquistan, tienen “mala baba” y se van convirtiendo en un engorro sin pies ni cabeza.

Al final, la tesis del accidente de tráfico empezó a perfilarse como la más verosímil, tal vez porque era la única que encajaba con la poca información circunstancial que se había podido reunir –o que al menos se hizo pública-. Tras pasar por la depuradora de Soto de Viñuelas, cerca del castillo, los ciclistas asiduos a aquel trayecto consultados por los agentes reconocieron que había un tramo aproximado de un kilómetro bastante peligroso en el que se cruzaban coches y bicicletas, y donde se encontró la única pertenencia de Francisco Quintana: la visera de su casco Catlike recién estrenado. Ello motivó, en consonancia con las huellas de rodadas encontradas junto a su cuerpo, que se buscara sin éxito al conductor –seguramente acompañado- de una furgoneta que pudo embestir a la bicicleta accidentalmente.

Paco Quintana - Recorrido
Reconstrucción a partir de Google Maps.

Sin vínculos

Tras el entierro de Francisco Quintana –el juez instructor de la causa prohibió a la familia incinerarlo por si fuera precisa la exhumación del cadáver-, ocurrido el 25 de septiembre, todo comenzó a enfriarse muy deprisa. Incluso informativamente. El extraño caso del informático de Tres Cantos, que por sus peculiaridades se había convertido en un evento de primera línea que llegó a ocupar portadas de semanarios, pronto, en cuestión de días, quedó relegado al más absoluto silencio administrativo lo cual motivó no pocas sospechas y fortaleció en algunos foros la idea de que tal vez alguien estuviera interesado en extirpar el extraño asesinato de Paco Quintana de la escena pública. Quién sabe. Tal vez la cosa fuera simplemente lo que parecía, tal vez no.

Aún se quiso ver alguna conexión entre la muerte del ciclista con otra acaecida anteriormente en el mismo paraje, concretamente el día 1 de agosto, pues existía la singular coincidencia de que en aquella fecha se había quemado a un empresario madrileño, el constructor Santiago Fiel, en un lugar cercano a aquel en el que apareció el cuerpo de Francisco Quintana Calvo. Pero también este pista se disolvió: pronto quedó claro que ambos hombres no tenían absolutamente nada que ver entre sí y que el caso del empresario, que manejaba grandes sumas de dinero y conducía un coche de gran cilindrada cuando desapareció, caminaba por derroteros bien diferentes y probablemente más prosaicos. Al fin y al cabo, Paco Quintana tenía un salario que no superaba los dos mil euros mensuales y el estado de sus cuentas corrientes era tan saneado y normal como el resto de su vida.

La última pista que rastreó la Guardia Civil, sin embargo, pareció buena. Como solemos decir, demasiado buena para ser verdad. Casi tres meses después y por mor de una denuncia ciudadana, se detuvo a tres inmigrantes ilegales que conducían por las fechas de la muerte de Paco un furgón de las características adecuadas –que luego vendieron- y que podrían haberlo atropellado accidentalmente para luego tratar de ocultar su rastro a todo trance. Posteriormente, las detenciones llegaron a siete. Se trataba de un grupo de ciudadanos de origen dominicano al que se investigó a fondo. Y agua de nuevo. Quedó establecido que la denuncia provenía de un compatriota despechado por un lío de faldas que simplemente quería llevárselos por delante haciendo todo el daño posible. El muy canalla incluso se ratificó en su denuncia ante el juez, pero finalmente quedó claro que los detenidos eran completamente inocentes y fueron puestos en libertad sin cargos.

Las últimas noticias que se tienen de este extraño caso, el de un hombre tan esforzado en ser normal e intachable que a fuerza de serlo no pudo ayudar a las Autoridades esclarecer su propia y terriblemente anormal muerte, se remontan a marzo de 2006. Nada a partir de ese momento. Silencio absoluto. Y todavía, preguntando por ahí para componer la entrada que lees, me encuentro a colegas vinculados en su día con este asunto que, al terminar, tuercen el gesto y murmuran algo entre dientes: “me parece que en eso del informático había gato encerrado…”


Fuentes complementarias

Hidalgo, C. (2005). Tres inmigrantes sin papeles, sospechosos del atropello mortal del ciclista de Tres Cantos. Diario ABC, edición del 14 de septiembre.

Rendueles, L. y Marlasca, M. (2005). Dos crímenes gemelos. Revista Interviú, edición del 26 de septiembre.

Egea, A. y López, P. (2005). Las claves de un crimen. Así son las cosas, 179, pp. 8-11.

Morcillo, C. y Muñoz, P. (2006). Huellas de humo. Diario ABC, edición del 10 de agosto.

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