Baúl va, baúl viene

Las dichosas coincidencias históricas que a menudo nos sorprenden a la par que hacen las delicias de amigos de lo insólito y teóricos de la conspiración, también se producen en el mundo del crimen, lo cual nada tiene de especial si tenemos en cuenta que lo criminal es un hecho sociocultural más dependiente de la acción humana y que, en el fondo, todos somos iguales en lo general, aunque diferentes en lo particular. Por ello, del mismo modo que el inventor que va a registrar una patente puede encontrarse con el hecho, irónico y descorazonador, de que apenas una semana antes otro tipo ha registrado una creación prácticamente idéntica a la suya, o que el escritor pergeña un argumento para una novela para descubrir que un libro de contenido muy parecido acaba de publicarse, sucede también que quien decide cometer y ocultar un crimen de cierta manera “única” y “original” bien puede encontrarse con el hecho de que alguien ha tenido la misma idea truculenta y retorcida que él. E incluso en una versión mejorada.

Con eso se encontró un estupefacto Tony Mancini en 1934, meses después de haber llegado a la estación de Brighton junto con su pareja, una bailarina madura y bastante mayor que él que respondía al nombre de Violette Kaye.


Violette Kaye & Tony Mancini
Tony Mancini y Violette Kaye.

Una relación difícil

Mancini, pese a su seudónimo de “latin-lover”, era un mocito de veintiséis años inglés por los cuatro costados. Su verdadero nombre era Cecil Lois England, aunque también era conocido por la policía con otros aliases como Jack Notyre, Tony English o Hyman Gold –le iba lo llamativo, como se puede comprobar-. En efecto, se trataba de un delincuente de baja estofa, viejo conocido de las Autoridades londinenses a causa de un buen surtido de delitos menores. Violette, por su parte, se apellidaba Watts por nacimiento, pero también se había sumado a la tradicional costumbre anglosajona de modificar su nombre, luciendo otros aparte de Kaye, como Saunders. Contaba cuarenta y dos años y aunque se promocionaba a sí misma como bailarina profesional y cantante, sus días de mediano éxito en el circuito del “vaudeville” quedaban lejos, de suerte que la mayor parte de su renta se la proporcionaba la prostitución ocasional.

La relación entre ambos era complicada. Mancini, un chorizo del montón, entre delito y delito era camarero de profesión. Violette, cuyo empleo en el oficio más antiguo solía mantenerlos a ambos durante la mayor parte del tiempo, era una mujer que, dada su edad y ocupación, había dejado ya muy atrás sus mejores días, por lo que vivía presa de los celos más atroces. La consecuencia irremediable de aquella mezcla explosiva era una permanente disputa que, con el paso del tiempo, se había ido envenenando cada vez más. No es que Tony fuera precisamente un “chulo” en el sentido estricto del término, pues trabajaba con regularidad, pero no es menos cierto que tampoco tenía dudas a la hora de valerse de las ganancias de Violette cuando era preciso. El hecho es que se ignoran los motivos por los que en septiembre de 1933 decidieron trasladarse a Brighton, pero el asunto huele a “cambio de aires”, escape de viejos problemas y búsqueda de nuevas oportunidades.

El caso es que la pareja se instaló un apartamento ubicado en el sótano del 44 de Park Crescent, justo el lugar en el que empezaría a fraguarse la sorprendente casualidad a la que aludíamos al comienzo.

Violette Kaye #2
Violette ejerciendo su profesión de bailarina.

Compremos un baúl

Mancini, si hemos de creerle, profesaba un afecto más o menos sincero por Violette. Pero quizá no la clase de deseo amoroso apasionado que ella esperaba, lo cual alimentaba una creciente paranoia celotípica. De hecho, Tony era un gran aficionado al fútbol, deporte que solía practicar los sábados por la tarde pues jugaba en un club amateur, y ello procuraba grandes problemas a la relación por cuanto ella lo acusaba sin cesar de que aquellas salidas deportivas –que no eran más que eso como luego se comprobó- en realidad ocultaban imaginarias infidelidades.

El tema empeoró cuando él encontró trabajo como pinche de cocina en el café Skylarg, local atendido por un buen surtido de camareras jovencitas con las que Tony Mancini tonteaba de vez en cuando. Lo que ignoraba, y he aquí el desencadenante de la tragedia, es que Violette se dedicaba a espiarle durante el horario laboral. Y aquellos coqueteos del apuesto futbolista se volvieron insufribles para la madurita despechada al punto de que el severo marcaje que ella ejercía sobre él se hizo mucho más asfixiante.

Tony Mancini
Tony Mancini, con sus mejores galas, luciendo su palmito de “latin-lover” de cartón piedra. Parece que a las chicas las volvía locas.

Así llegamos al 10 de mayo de 1934. En la tarde de ese día Violette, carcomida por los celos, se presentó en el Skylarg con la excusa de tomar una taza de té y Tony, ya harto de aquella vigilancia, no pudo soportarlo más. Salió de la cocina, tuvo una discusión con la mujer y luego, una vez ella huyó llorando del local, concluyó su jornada laboral como si tal cosa. Se ignora lo que pasó después cuando ambos se reencontraron en su apartamento de Park Crescent, pero el hecho es que a la mañana siguiente Violette yacía muerta en el fondo de un armario con el cráneo fracturado… Lo cual no impidió que Tony saliera de casa tan tranquilo para acudir formalmente a su puesto de trabajo. Tuvo así un día entero para madurar qué haría a continuación. Eso sí, terminada la jornada no olvidó llevarse al baile a una de sus compañeras, quizá para aligerar tensiones.

En primer término, debía ocuparse de la hermana de Violette, quién esporádicamente solía pasar algunos días con ellos, de modo que le envió una carta informándola de que la mujer había encontrado un buen trabajo en París, por lo que pasaría una larga temporada allá. Dijo que ya se pondría en contacto una vez se acomodara. Esto le concedía el tiempo necesario para poner en marcha la segunda parte del plan: alquiló una habitación en el número 52 de Kemp Street y compró un baúl de gran tamaño en el que depositó el cuerpo de la víctima para cubrirlo a continuación con algunos de sus vestidos.

Pago al casero antes de largarse y, valiéndose de una carretilla, trasladó el baúl a su nuevo domicilio sin llamar la atención, por cuanto en aquellos días era muy común que las familias de pocos posibles se mudaran de un sitio a otro con todas sus pertenencias, lo cual convertía las calles en un trasiego permanente de maletas, baúles, carretillas y furgonetas cargadas hasta los topes. Una vez en Kemp Street depositó el baúl en la habitación, lo envolvió concienzudamente, y siguió con su vida como si nada hubiera ocurrido.

Lástima que con el paso de los días empezara a no oler demasiado bien y hubiera que mejorar progresivamente los envoltorios…

Kemp Street 47
El apartamento de Kemp Street. En primer término, el baúl donde reposaban los restos de la pobre Violette.

Depositando el otro baúl

El 6 de junio de 1934, más o menos un mes después de que Tony Mancini decidiera convivir con una Violette Kaye mucho más silenciosa y complaciente que antaño, un tipo perfectamente anónimo y bastante callado se presentó en la estación del ferrocarril de Brighton con una carretilla en la que portaba un enorme baúl nuevo, atado con una cuerda. Cruzó el vestíbulo, llegó a la consigna, depositó el equipaje, recogió su recibo, dio las gracias al empleado y desapareció para no regresar jamás.

Resulta que el verano de 1934 fue especialmente caluroso en Gran Bretaña, por lo que once días después de que el misterioso personaje se esfumara, el intenso hedor que desprendía aquel baúl motivó que el encargado de la consigna decidiera tomar cartas en el asunto. Desde luego, no podía abrirlo ni tirarlo, pero sospechaba que tal vez hubiera en su interior algún tipo de alimento descomponiéndose, por lo que decidió llamar a la policía para que le librara de aquella peste inaguantable. Los agentes, una vez personados en la consigna, optaron por abrirlo. Sorpresa.

Almacen Estacion de Brighton #2
Consigna de la estación del ferrocarril de Brighton en la década de 1930 (fuente: Getty Images).

Al retirar el papel de estraza que cubría el bulto aparatoso de su interior resultó que se trataba del torso de una mujer. Los brazos y las piernas no se encontraban allí, si bien al día siguiente las extremidades inferiores aparecieron en una maleta depositada en otra consigna, la de la estación londinense de King’s Cross. De los brazos y la cabeza de la víctima, por cierto, nunca se sabría nada. Y la primera pregunta, por lo demás lógica, de los policías fue obvia: “¿Recuerda alguien a la persona que trajo esto?”

Y ninguno de los entrevistados supo qué responder…

Scotland Yard envió a Brighton a su más prestigioso y reconocido forense, Sir Bernard Spilsbury, quien no tardó en realizar la pertinente autopsia del torso. En el informe explicó que se trataba de una mujer de aproximadamente veinticinco años, bien alimentada y cuidada, lo cual permitía deducir que probablemente procedía de un estatus social elevado. Estaba embarazada de cinco meses cuando la asesinaron, lo cual debió ocurrir en los últimos días del mes de mayo. Lo que no pudo averiguar Spilsbury pese a su incuestionable talento en el ámbito de la medicina legal fue la causa última de la muerte de aquella mujer misteriosa. Poco se sabía más allá de los detalles de la autopsia y la policía se encontró muy pronto en un callejón sin salida que, día a día, se tornaba más estrecho.

Sir Bernard Spilsbury
El afamado Sir Bernard Spilsbury, uno de los mejores médicos legales de su tiempo. Paradójicamente, terminó sus días suicidándose, quizá harto de trajinar con lo peor de la especie humana. Y es que hay profesiones que exigen de mucho estómago y buena cintura.

Se hicieron averiguaciones a partir de todos los casos denunciados de mujeres desaparecidas, que mantuvieran alguna coincidencia con el cadáver del baúl, ocurridos en Gran Bretaña por aquellas fechas, al mismo tiempo que los periódicos encontraron un sustancioso asunto con el que alimentar a la opinión pública británica, pero no se sacó nada en claro y el enredo del misterioso baúl de la estación de Brighton se convirtió en un enigma criminal que atrajo la atención de investigadores procedentes de los cinco continentes. Todo parecía inútil.

Una vieja cotilla

Retrocedamos unos días en el tiempo.

El 7 de junio de 1934 Tony Mancini está leyendo durante la hora de la comida, como es su costumbre, un ejemplar del Daily Express, cuando se encuentra una noticia que le induce a frotarse los ojos. Se ha encontrado en Brighton el cadáver de una mujer dentro de un baúl… Precipitadamente, pues no había pasado la noche en su apartamento, retorna al hogar para descubrir que el cuerpo de Violette sigue justo donde lo dejó. Volvió entonces al trabajo para seguir con sumo interés el desarrollo de los acontecimientos durante los días siguientes. Alguien había tenido su misma idea, y al mismo tiempo que él, lo cual en el fondo le llevó a suponer que la cosa no dejaba de tener cierto toque irónico y, por qué no decirlo, incluso divertido.

Daily Mirror (19 Junio 1934) - Cover
Edición del Daily Mirror del 19 de junio de 1934 en la que se informa del hallazgo de las piernas de la víctima de Brighton en la estación londinense de King’s Cross. El asunto del baúl de la estación de Brighton se hizo tan sumamente famoso que dio pie a un serial mediático de largo alcance.

El problema es que Tony no iba a tener tanta suerte como el misterioso portador del baúl de la estación, por cuanto a la hermana de Violette la historia del trabajo parisino no le cuadraba y, tras varias semanas sin tener noticias de la mujer, sabedora de que Tony no era precisamente un ciudadano modelo, decidió denunciar la desaparición. De tal modo, el 14 de julio, los detectives que andaban tras el caso misterioso de la estación del ferrocarril optaron por hacerle una visita rutinaria. Mancini, muy controlado tal vez porque imaginaba que aquello podía suceder, les largó de manera convincente la historia del viaje a París e insistió en el hecho de que Violette era una mujer madura, bastante más mayor que la encontrada en la estación, con los que los agentes simplemente se limitaron a tachar su nombre de la lista para largarse con viento fresco. Sea como fuere, intuyendo que la cosa se ponía fea y que probablemente no volvería a tener tanta suerte en un segundo asalto, Tony optó por liar el petate de inmediato para largarse a Londres con la idea de desaparecer entre la multitud. Por supuesto, su baúl quedó abandonado en Kemp Street.

Y es probable que nadie hubiera dado con él en mucho tiempo, y que incluso el cuerpo de Violette hubiera llegado a momificarse sin mayor problema, de no ser por una ancianita sin nada que hacer que deambulaba por la finca. Un detalle nada desdeñable. Estas personas desocupadas que a veces resultan tan molestas por chismosas y metomentodo ayudan a resolver muchos crímenes y delitos precisamente porque, en su perpetuo deambular voyeurista, caen en la cuenta de infinidad de detalles y circunstancias que la mayor parte de la gente metida en sus propios asuntos nunca advierte.

Resulta que la señora Howe, pues así se llamaba la vieja cotilla, estaba obsesionada por el caso del baúl de la estación al punto de que lo seguía con extrema avidez en los periódicos. Uno de ellos había ofrecido una recompensa de 500 libras –un buen dinero por aquel entonces- a quien pudiera aportar un detalle que condujera a la resolución del crimen… Así que empezó a pensar. El caso que es que la mujer se había encontrado en la escalera con Mancini en varias ocasiones y no le había parecido trigo limpio… Por no hablar del misterioso olor que le parecía percibir cada vez que pasaba por delante de su puerta y que finalmente la motivó a llamar al periódico que, a su vez, puso la información en conocimiento de la policía.

Siguiendo el procedimiento de rutina, un agente se desplazó al lugar indicado por la denunciante, hizo que el casero le franqueara la entrada, encontró el baúl, y lo abrió. Lo primero que pudo ver con grave horror fue la cabeza en descomposición de Violette. Dejó caer la tapa, sumó dos y dos, y llamó a la comisaria para informar atropelladamente de que había encontrado por fin la buscada cabeza de la víctima del baúl de la estación. Y allá fue de inmediato Spilsbury con otros agentes. El forense abrió de nuevo el arcón, comenzó a retirar los vestidos, y por fin informó de algo extraordinariamente sorprendente que dejó a todos los presentes estupefactos: había una segunda víctima abandonada en un baúl… Y dos asesinos que no tenían aparentemente nada que ver entre sí, pero que habían tenido exactamente la misma idea, y al mismo tiempo. Qué cosas.

Violette Kaye
El cuerpo de Violette Kaye tal cual fue descubierto por la policía.

Guilty as hell

Los agentes de Scotland Yard no tardaron en dar con Tony Mancini, lógicamente en busca y captura, deambulando por una carretera cercana a Londres. Sucio, sin dinero, agotado y hambriento. Caminaba sin rumbo fijo ni saber dónde se encontraba pensando, tal vez, en desaparecer en la campiña. De hecho, cuando el coche de policía se acercó a él pareció sentirse aliviado, pues no dudó en informar a sus ocupantes –incluso antes de que estos le dirigiesen la palabra- de que él era el hombre al que estaban buscando por lo de Brighton. De perdidos, al río. Al menos dormiría en un lugar cubierto y con el estómago lleno.

De hecho es muy probable que Mancini hubiera pasado el resto de sus días en la cárcel de no ser por Lord Norman Birkett, a quien se reconocía como el abogado más prestigioso –se dice que uno de los mejores de la historia- de Gran Bretaña. Un hecho que, como se comprobará, refrenda un detalle importante que poca gente suele tener en cuenta cuando se presenta ante un tribunal: es cierto que todos somos iguales ante la ley pero, lamentablemente, no todos tenemos la posibilidad de conseguir al mejor abogado posible.

NPG x86371; William Norman Birkett, 1st Baron Birkett by Elliott & Fry
Lord Norman Birkett, uno de los mejores abogados de la historia de Gran Bretaña. Su participación en esta historia nos recuerda algo de manual: si tienes que ir a juicio, no seas rácano y asegúrate de que defiende tu posición un buen elemento.

Resulta que el prestigiosísimo Birkett se enteró de que los modestos padres de Mancini habían reunido sus escasos ahorros para conseguir un abogado para la defensa de su hijo. Cuando se les preguntó rutinariamente quién sería ese letrado dieron al funcionario –imaginamos que se lo tomaría con extraordinario humor- el nombre del único al que conocían a causa de su popularidad, Lord Birkett. El gesto enterneció el corazón del letrado que, sabedor de que el poder adquisitivo de aquella gente estaba a años luz de su tarifa habitual, decidió defender a Tony pro bono. Total, nada había que perder. El caso era lo suficientemente sustancioso, célebre y difícil como para incrementar su currículum y fama sin mayor esfuerzo en el caso de salir victorioso. Y si perdía, que sería lo lógico, aumentaría su fama de hombre de buen corazón y amplia generosidad. En cualquier caso salía ganando, lo cual era pago más que suficiente. Además, y no es un hecho desdeñable, la causa contaba con ese punto de reto complejo que apasiona a todo buen profesional.

Como es sabido –y ya lo hemos relatado en este blog en alguna ocasión– el sistema judicial británico establece un sistema de garantías tal que un acusado solo puede ser condenado por un delito si se demuestra que es culpable “más allá de cualquier duda razonable”, y eso era suficiente para el muy habilidoso Birkett. Ciertamente las pruebas y testimonios hacían pensar a todo el mundo que Tony Mancini era, como suele decirse, guilty as hell –culpable como el infierno-, y que no lograría salir bien parado en modo alguno. Por ello, la estrategia del célebre letrado no fue la de rebatir las pruebas en busca de la inocencia de su defendido, cosa por lo demás tan insensata como imposible, sino, por el contrario, la de conseguir sembrar entre los componentes del jurado la suficiente cantidad de “duda razonable” como para exonerarlo de la previsible condena.

Así pues, a partir del testimonio inicial de Mancini, quien dijo haberse encontrado a Violette ya muerta cuando retornó a casa de suerte que fue el miedo a que la policía no le creyera lo que le indujo a ocultar el cadáver, Birkett logró establecer que la mujer bebía mucho y con regularidad. Luego llevó al curtido Spilsbury a reconocer que la fractura de cráneo podría haber sucedido a causa del golpe que pudo darse durante la borrachera con la que ella había tratado de mitigar el disgusto a causa de la discusión –pues varios testigos aseguraron verla consumiendo alcohol copiosamente aquella noche-, y finalmente logró desacreditar todos los testimonios presentados por la acusación, dirigida por un desbordado James Cassell. De este modo, en un alegato final complejo y brillante, pudo concluir que Tony Mancini había sido inculpado del asesinato de Violette Kaye mediante pruebas de convicción, pero no a través de evidencias incontestables… Consecuentemente, tras una deliberación de tan solo dos horas, el jurado consideró que Tony era “no culpable” –ojo, que no “inocente”- del crimen del que se le acusaba y resultó absuelto en medio de la sorpresa generalizada ante el inesperado desenlace. Se dice –lo cual ha quedado inscrito con letras de oro en la historia del anecdotario judicial británico- que una vez escuchado el veredicto Birkett se giró hacia su defendido y le dijo: “y en el futuro, Mancini, no lo vuelva a hacer”.

¿Y el otro baúl? Pues tristemente nunca se supo. El dossier del caso, bautizado como The Brighton Trunk Murder Numer One, es el más voluminoso que se conserva en Scotland Yard y la colosal investigación que conllevó fue la más cara emprendida por la policía británica hasta entonces, aunque sin resultado alguno. El tema ha sido objeto de múltiples especulaciones a lo largo de la historia y ha concitado la curiosidad de infinidad de criminólogos que se lo han tomado como un reto personal, pero nadie ha sido capaz de resolver lo que a día de hoy no es más que mero pasatiempo, pues las preguntas centrales del caso jamás han podido ser respondidas. Empezando por la más obvia: ¿Quién era aquella mujer?

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