Matar a mamá

Rodriguez Vega #1

José Antonio Rodríguez Vega ha pasado a los anales del crimen español con el dudoso honor de ser uno de los asesinos sistemáticos más terribles y desalmados de la historia. Estamos ante el prototipo de la personalidad sociopática, con un profundo embotamiento afectivo, amoral e impasible al dolor ajeno, que contempla a sus congéneres -especialmente a los del sexo opuesto- como meros objetos con los que satisfacer sus necesidades sexuales patológicas. Su caso inundó los medios de comunicación y tuvo un final inesperado en forma de “código carcelario”, pues moriría asesinado en prisión a manos de otros reclusos. Tampoco resulta extraño. Rodríguez Vega era un hombre con graves problemas a la hora de establecer relaciones interpersonales productivas. Narcisista, egocéntrico y solitario, nunca pudo o supo hacerse simpático a ninguno de los diferentes compañeros con los que compartió reclusión en diferentes instituciones penitenciarias. Era considerado un tipo raro, provocador, “mala persona”, que por lo demás había cometido unos crímenes sexuales tan brutales e infames que su sola presencia se hacía intolerable otros presos.

Tampoco es desdeñable la importancia criminológica que hombres -y mujeres- como Rodríguez Vega -y otros asesinos de la reciente historia española- han llegado a adquirir. Históricamente, España no es un país en el que hayan abundado los criminales de esta especie. Aquí las cosas parecían discurrir por los habituales cauces del ajuste de cuentas, el asunto pasional, el maltrato familiar, el móvil económico, la locura transitoria o el muy raro del enfermo mental incontrolado que abandona la medicación. Ni siquiera los violadores eran matadores asiduos. Los asesinatos sin motivación aparente eran poco comunes o tal vez poco reconocidos e investigados, pues las Autoridades siempre se mostraron muy reacias a aceptar la existencia de tales casos. Por ello, podía aparecer “un chalado o dos” en una década o no surgir ninguno[1], de suerte que esta tipología criminal se hacía cosa del cine, de las novelas, de “esos extranjeros que están más locos que una cabra”. Sin embargo, las perspectivas han ido cambiando porque también los modelos criminales -y la comprensión de los mismos- se importan y actualizan. Sectas, mafias, asesinos en serie… Lo nunca visto en 40 años de franquismo por la sencilla razón de que aquí, por decreto ley, “nunca pasaba nada”… Cuando pasaba no se comprendía, y si se comprendía se ocultaba.

Cuando quieres algo, lo coges

José Antonio, el Asesino de Ancianas, santanderino, nació el 3 de diciembre de 1957. Hijo de un modesto cantero y con problemas crónicos para concentrarse, tampoco valía para los estudios. Así, a poco de terminar la edad de escolarización obligatoria –que en aquel momento se fijaba en los 14 años- intentó convertirse en aprendiz de carpintero, oficio en el que no prosperó. Se decantó entonces por las chapuzas de albañilería.

Su infancia fue difícil y estuvo marcada por la acción de una madre a la que odiaba, quizá sin motivo real[2]. Su iniciación sexual resulta digna de mención pues a los ocho años fue acosado por una viuda cincuentona con la que mantuvo relaciones durante tres meses. Tras ello, solía masturbarse recordando a la mujer. Ambos elementos, el odio hacia la madre y sus chocantes inicios en la vida sexual activa, generaron en su mente preadolescente un profundo rencor hacia el sexo femenino y una serie de traumas sexuales que le impedían sostener relaciones satisfactorias. Ello explica que, mediada la década de 1970, se convirtiera en un agresor sexual consumado hasta que fuera detenido e identificado como el famoso Violador de la Moto o Violador de la Vespa.

El 20 de septiembre de 1979 fue condenado a veintisiete años de prisión, de los que cumplió tan solo ocho antes de ser puesto en libertad por buena conducta. Un tópico. Al parecer, era ya un hombre nuevo, regenerado para la sociedad, y nada hacía pensar en lo que vendría después. De hecho, y empleando su proverbial poder de persuasión, obtuvo el perdón de todas las mujeres a las que había violado, excepto el de una de ellas. En efecto: pese a su origen humilde y su escasa formación era un tipo inteligente, dotado de una perspicacia poco habitual para la manipulación y el uso de la palabra. En conclusión: daba el pego.

A raíz de aquella condena su sorprendida esposa, María del Socorro, que nunca llegó a imaginar a qué dedicaba su marido el tiempo libre, le abandonó llevándose consigo al único hijo de la pareja. Rodríguez Vega, lejos de alterarse por el suceso, decidió buscar una nueva compañera sentimental que encontró en Mari Nieves, una mujer de 23 años ciertamente agraciada, pero aquejada de una evidente disminución psíquica. Emprendió con ello una vida conyugal poco satisfactoria, pero junto a una mujer a la que podía manipular con facilidad y durante la que reconstruyó su doble existencia de antaño: se esforzará por ser un marido modelo entretanto alimentará su lado oscuro. Llegado 1987, el Violador se pone en marcha de nuevo, pero ahora se ha hecho mayor.

José Antonio, claro está, gozaba de ciertas ventajas físicas que supo explotar sin reservas. De maneras amables, carismático, persuasivo y gran seductor, era un hombre moreno y atractivo, de mirada penetrante, nariz aguileña y boca muy marcada. Además, poseía un paradójico rasgo en su fisonomía, pues aparentaba ser una “buena persona”, un tío majo e “inofensivo” en el que se podía confiar.

Haz las cosas bien

Su método favorito, y recurrente, prácticamente calcado del que en su día empleara Albert DeSalvo –el Estrangulador de Boston-, era sencillo; con una u otra excusa se ganaba la confianza de las mujeres, todas ellas seleccionadas previamente de acuerdo a dos características concretas: vivir solas y haber superado de largo los sesenta años. De suerte que conseguía acceder a sus viviendas por motivos generalmente relacionados con su profesión. Así establecía un primer contacto –a veces más de uno- que le servía para estudiar detenidamente la situación. Durante la primera visita desplegaba todo su caudal seductor de manera que las mujeres, en parte halagadas, en parte entretenidas por la conversación de un joven simpático y apuesto, ganaban confianza. Y la trampa se cerraba porque, pasado algún tiempo, Rodríguez Vega regresaba al hogar de las viejecitas argumentando cualquier cosa y ellas, obviamente, le permitían el acceso e incluso le invitaban amablemente a tomar algo. El Mataviejas –conste que detesto este desafortunado apodo- estaba a punto de actuar.

Primero se mostraba afectuoso. Luego, a las claras, proponía las mujeres que mantuviesen relaciones sexuales con él. Y, claro, se negaban… De modo que, presa de una furia arrebatada, se abalanzaba sobre ellas, les tapaba la nariz y la boca, y procedía a la violación, que bien podía culminar con la cópula completa, o no. Generalmente, pues es habitual que muchos de estos agresores tengan dificultades para alcanzar una erección completa, se conformaba con realizar una serie de tocamientos o con penetrar la vagina de las mujeres con objetos no punzantes. Lo súbito de los ataques, a los que se sumaba la avanzada edad de las víctimas y el hecho de que no pudieran respirar con facilidad al tener obstruidas las vías respiratorias, les provocaba una parada cardiorrespiratoria y el óbito. Acto seguido las depositaba sobre la cama con mucho cuidado y se marchaba, no sin antes llevarse consigo uno o varios objetos –fetiches- de la vivienda que casi nunca destacaban por su valor económico. Trofeos. Chucherías.

La gran ventaja de José Antonio era el completo anonimato en el que desarrollaba sus fechorías pero, como es habitual, cometería una serie de errores que acabarían levantando sospechas. Por ejemplo, en el caso de Carmen Martínez, una viuda de 65 años, y aparte de los extraños hematomas que presentaba en muslos, cuello y pómulos, hubo elementos accesorios que hicieron a la familia pensar que algo más había sucedido: la mujer, que todavía llevaba puesta la bata y tenía cuando se la encontró las manos cruzadas sobre el pecho, había aparecido tapada hasta el cuello con las mantas de la cama remetidas bajo el colchón, circunstancia rayana en el imposible. Además, le faltaba un anillo muy querido… Y las dos alianzas –la suya y la de su difunto marido-, que solía llevar siempre en el mismo dedo, estaban en dedos distintos. Pese a todo, la autopsia que se realizó al cadáver arrojó el sorprendente resultado de muerte por causas naturales. Caso cerrado[3]. Sin embargo, el tesón con el que su hija Soledad se opuso al dictamen judicial la llevó a denunciar públicamente el crimen y motivó que la prensa prestase atención a otras historias parecidas[4].

Vino a la memoria entonces el caso de una de las primeras ancianas encontradas en aquellas circunstancias, Margarita González Sánchez, de 82 años de edad. Repasando la investigación preliminar se encontraron datos que no cuadraban como obvios signos de violencia y robo que contradecían lo que, por otra parte, había pasado para los familiares como -esta vez sí- por un caso de muerte natural. Además, y ahora se prestó la debida atención al hecho inusual, la prótesis dentaría de la mujer, que debió desplazarse cuando su asesino le tapó la boca, había sido encontrada en el interior de su garganta. Con ocasión de otro asesinato, se encontró sangre sobre el cadáver de Natividad Robledo, una viuda de 66 años que ofrecía claros indicios de violación con un objeto duro y romo. En el asesinato de Josefina López Gutiérrez (86 años), otro rosario características extrañamente parecidas… Así una vez tras otra. Y la “epidemia de edemas pulmonares y paros cardíacos” continuaba entre las viejecitas de Santander sin que las Autoridades supieran por dónde acometer el asunto.

Rodriguez Vega

Sin duda, Rodríguez Vega había perdido por completo el control. Su necesidad de asesinar era cada vez más perentoria y, a medida que iba ganando confianza, se preocupaba menos por ocultar sus huellas. Su último yerro fue de escándalo: en el último escenario del crimen que se le probó, el que tuvo como protagonista a Julia Paz, de 71 años, se encontró una tarjeta de visita profesional con su nombre y dirección, de modo que la Guardia Civil tan sólo tuvo que echar tras él. Parece que el asesino había puesto una puerta blindada a la señora un mes antes de decidirse a agredirla:

“A esa le gustó cómo le puse la puerta blindada. Me sacó un [vino] blanco y aceitunas. Vimos el programa del lunes. Me sacó una cerveza, me lancé sobre ella y empecé a meterla [sic.] mano. Empezó a chillar. Me notaba excitado. Me lancé, nos caímos y es cuando le tapé la boca. Me asusté y la dejé con quejidos salteados”[5].

De esta manera, tras cerca de un mes de vigilancia durante el que la Policía Nacional de Santander se dedicó a reunir pruebas, el 19 de mayo de 1988 José Antonio fue detenido y, bien egocéntrico, confesó de pleno sus macabras andanzas a sus interrogadores. Disfrutó con su relación en la medida que le hacía sentirse importante y respetado pues, como asesino en serie de manual, vivía por y para la fantasía, lo cual hacía de él un relator excepcional[6]. Dos días después ingresaba en el centro penitenciario de Santander. Cuando se procedió al registro de su vivienda los agentes comprendieron por fin el motivo de aquellos hurtos absurdos con los que culminaba sus hazañas: Se encontró una habitación en la que almacenaba sus trofeos. Parecía un museo pulcramente ordenado y mantenido en el que se exhibía una extensa colección de fetiches otrora pertenecientes a sus víctimas: Joyas, televisores, porcelanas, figuritas decorativas, imágenes de Santos, cuadros… Pequeños y grandes recuerdos de sus victorias. Carlos Berbell y Salvador Ortega ofrecen un escalofriante detalle paralelo: no se pudo establecer el origen de más de trescientos pequeños objetos de aquella exposición, lo cual hace pensar en un número de fallecimientos por “causas naturales” debió ser mucho mayor que los 16 que se pudieron probar[7].

Museo Rodriguez Vega #2

Museo Rodriguez Vega #1
Dos perspectivas del cuarto de recreo personal -bastante hortera y cañí por cierto- de Rodríguez Vega. Con todos sus fetiches perfectamente alineados para la revista. No es inhabitual que muchos de estos criminales sean verdaderos maníacos del orden.

Sal bien en las fotos

Pese a todo, durante el juicio, que tuvo lugar en Santander a finales de noviembre de 1991, Rodríguez Vega optó por cambiar su confesión de culpabilidad a fin de sostener que las dieciséis muertes de las que se le acusaba pudieron deberse a causas naturales, y que en muchos de los casos ni siquiera conocía a las ancianas fallecidas. De hecho, fue el propio Rodríguez Vega quien se puso en contacto con los medios de comunicación a través de cartas en las que se declaraba inocente, cabeza de turco de un complot, víctima propiciatoria -a causa de su pasado- de un problema que la policía no había sabido resolver.

Rodriguez Vega #2
Rodríguez Vega, sonriente, durante una de sus visitas al juzgado.

Durante el proceso, el albañil atractivo, educado y “majo” de tiempos pasados se destapó como un sujeto prepotente, descarado, con afán de protagonismo, retador, que miraba fijamente tanto hacia los objetivos de las cámaras, como a los rostros de quienes le insultaban a la puerta del juzgado. Nada de carreritas o cabezas tapadas. José Antonio hizo de su juicio un montaje cinematográfico que exasperó sobremanera tanto a los familiares de sus víctimas, como a los abogados de la acusación particular y al público en general. No rehuía a nadie. Parecía desear que se le conociera, que se vendiera su imagen de quien parece no haber roto nunca un plato cuando, en realidad, lo que su numerito del “hombre sin miedo” ofrecía a la opinión pública era el rostro de un asesino imperturbable, frío e impasible, de sonrisa cínica y actitud insoportable. Un tipo desagradable que no se arrepentía de nada entretanto alardeaba del perdón que le concedieron las mujeres a las que violó. Peor aún: que presumía de no tener ni haber tenido nunca problemas sexuales porque mantenía relaciones “a diario”. El famoso José Antonio García Andrade, uno de los psiquiatras que le estudió de cara al juicio, indicó que Rodríguez Vega siempre tuvo problemas para satisfacer sexualmente a su primera esposa, ante cuyos requerimientos solía alegar cansancio[8].

“En los testimonios de la sentencia se recogen extractos de los informes emitidos por dos psiquiatras y cuatro médicos forenses sobre la personalidad de Rodríguez Vega. Según estos informes poseía una personalidad de carácter psicópata, con un trastorno neurótico y perversiones sexuales múltiples. Sobresalen los siguientes rasgos: desalmado y frío, inmaduro, afán de notoriedad y protagonismo, insolente, peligroso, con ciertos elementos sádicos. […] Añadiendo en algún caso la imposibilidad de ejercer acción terapéutica, farmacológica o psicológica de tratamiento anómalo de su personalidad”[9].

Rodriguez Vega #3
Otra fotografía del criminal en sede judicial. El hecho es innegable: daba bien ante las cámaras.

En vista de que la táctica del gallito no dio los frutos apetecidos, Rodríguez Vega y sus defensores decidieron tratar de reducirle la condena buscando la eximente de incapacidad mental. Así, declaró que actuaba movido por un sentimiento de odio hacia su madre -a la que decía temer desde niño a causa de su gran severidad, a la par que siempre le había despertado una profunda atracción sexual-. Dijo sentir idénticas emociones hacia su suegra. De ello se deduciría que al asesinar a sus víctimas, y en sus propias palabras, estaban “pagando justas por pecadoras”. Los especialistas tuvieron entonces que discernir si se trataba de un sujeto desalmado, inmoral y sin conciencia –de un psicópata en suma-, o de un pobre hombre con la personalidad desestructurada a causa de una infancia perversa. En tal sentido los informes periciales que aportaron resultaron concluyentes: “llegamos a la conclusión de que su imputabilidad era plena, porque su inteligencia era absolutamente brillante. Era un psicópata, con esa característica de ese grupo de psicópatas, esa frialdad clásica, sin remordimientos, no se conmueven, es un personaje verdaderamente hecho para el crimen”[10]. El hecho es que, pese a su reiterada negativa a que las ancianas le procurasen cualquier clase de excitación sexual, todo hace indicar que Rodríguez Vega sufría una fijación parafílica hacia las mujeres de edad avanzada: gerontofilia. Y ahí se terminó la parodia.

José Antonio Rodríguez Vega fue condenado a más de cuatrocientos años de cárcel: 26 años, ocho meses y un día de reclusión mayor por cada una de sus víctimas. Cuando se conoció la sentencia, el fiscal jefe de Cantabria, Lucio Valverde, se lamentó de que la justicia española fuese –entonces- tan benigna con esta clase de sujetos pues, pasados como mucho 30 años, volvería a la calle[11]. Y en efecto, con la previsible reducción de condena habría quedado en libertad en el año 2003.

Recibiendo lo tuyo, pero con clase

A partir de aquel momento el criminal comenzó un periplo carcelario que le llevó por media España. Siguió negando los crímenes, empeñándose en demostrar su inocencia, lo que le indujo a estudiar Derecho a distancia, tarea en la que destacó como alumno  modélico y aventajado según el testimonio de sus profesores. Llegó incluso a ejercer como bibliotecario en alguna de las prisiones en las que permaneció.

El anecdotario cuenta que en el ya clausurado centro penitenciario de Carabanchel, José Antonio intimó con otro conocido asesino en serie patrio, Manuel Delgado Villegas, El Arropiero. Los funcionarios de la prisión comentaban con sorpresa la estrambótica relación que se planteó entre ambos individuos: una macabra rivalidad en torno a la eficiencia con que ambos había terminado con la vida de sus víctimas. También se hizo enemigos que luego le costarían caros, puesto que sus delirios de grandeza le llevaban a menudo a mofarse del resto de los presos imaginando que el éxito y el dinero le caerían del cielo en cuanto pusiera el pie en la calle:

“[…] El pervertido santanderino se había ganado enemistades. Había coincidido con su posterior verdugo en otro presidio, y le había fastidiado recordándole que saldría antes y seguiría follando viejecitas mientras el otro se la cascaba en la celda. Aparte, el pichabrava presumía de modosito. Se mezclaba poco con sus compañeros (los cuales le despreciaban) y estaba siempre a punto de hacer un favor a los funcionarios. Tenía cierta fama de chivato, además de violador de octogenarias. Para los patibularios, está claro que las mujeres se seducen, se conquistan o se ganan a navajazos. Pero no se violan. Especialmente si se trata de ancianas respetables. En muchos de los tatuajes penitenciarios, junto al imprescindible Camarón no ha muerto suele haber el inexcusable Amor de Madre.  Los criminales sensibles también tienen su corazoncito”[12].

Mate al Mataviejas
Momento célebre donde los haya: “maté al Mataviejas”.

En efecto. La motocicleta de Rodríguez Vega terminó frenando en seco cuando tres reclusos de la prisión de Topas (Salamanca) –Daniel Rodríguez Obelleiro, Enrique González del Valle (alias Zanahorio) y Felipe Martínez Gallego- finiquitaron su vida asestándole más de cien puñaladas tan sólo dos días después de que llegase al penal por la vía del traslado. Se dijo que en cumplimiento de uno de los más viejos y tópicos códigos entre reclusos que existen. Corría el día 24 de octubre de 2002[13]. Uno de sus asesinos, al ser llevado a prestar declaración, viéndose tristemente aplaudido a la puerta de las instancias judiciales por los transeúntes que se arremolinaban alrededor suyo –hay gente para todo en esta vida-, se envalentonó para gritar ante las cámaras de televisión un descriptivo “maté al mataviejas”. Crimen y castigo. Hubo una suerte de justicia poética en aquel sainete macabro, pues el tipo tampoco se tapó la cara, tampoco corrió, también miró directamente a las cámaras… Y sonrió.

“Según las fuentes, los funcionarios trataron de evitar el apuñalamiento, pero los asesinos les amenazaron con los pinchos y los trabajadores no pudieron hacer nada para salvar la vida de Rodríguez. Las fuentes calificaron el suceso de extremadamente violento, pues los agresores siguieron apuñalando a su víctima aún después de haber fallecido. El director de la cárcel, José Ignacio Bermúdez, explicó que Rodríguez Vega, de 44 años, había llegado dos días antes procedente de la cárcel de Murcia, cumplía prisión por el asesinato de 16 ancianas y aún le quedaban seis años de condena. Al parecer, los reclusos comenzaron a agredir a la víctima en el patio de la galería tercera, en la que se encuentran los presos más conflictivos. Un funcionario intentó detenerlos, pero tuvo que irse para atrás obligado por los presos, que le impidieron su entrada, prosiguió el director de la prisión. Mientras el guardia de seguridad daba el aviso de alarma a sus compañeros, los dos agresores continuaron apuñalando al recluso, que cayó cadáver. Posteriormente, asesinos entregaron sus armas a los funcionarios y fueron ingresados en un módulo de aislamiento. Bermúdez indicó que el fallecido no tuvo actitudes violentas cuando llegó y explicó que el suceso ha sido puntual[14].

Pero este no fue el final de una historia que mostraba algunos aspectos poco claros. Lo cierto es que la hipótesis del mitológico código carcelario hacía aguas a poco que se investigara al respecto. Primero, porque los propios directores de las prisiones no dudan en sostener cuando son interpelados al respecto que esta clase de códigos no existen. De hecho, algunos incluso admiten que en los centros penitenciarios que dirigen, los violadores están mezclados habitualmente con el resto de los presos y no suele ocurrir nada destacable. Luego, porque en lo referente a este tipo de relatos suele haber más de leyenda urbana que de auténtica realidad y, en un tercer término, porque la situación penitenciaria en Topas andaba ya algo revuelta desde tiempo atrás, tal y como se deduce de los comunicados que los internos de la prisión publicaban en un blog de internet[15]:

Sea como fuere, el epílogo a este relato lo puso el propio Rodríguez Vega a título póstumo. El mismo día de su asesinato compuso una carta autógrafa, de apenas 28 líneas, que llevó al correo junto con una declaración mecanografiada en la que solicitaba el perdón por sus crímenes. Minutos después moriría al ser abordado por sus ejecutores durante la salida rutinaria al patio del penal. Dicha declaración era remitida a la Audiencia Provincial de Santander y en ella se expresaba en términos del todo desconocidos a lo largo de su trayectoria judicial:

“Desearía que se haga llegar este comunicado a todas las familias de las víctimas en mi nombre. […] Que el día de mi puesta en libertad, y dado el arrepentimiento que siento profundamente por los hechos sucedidos, en lo mejor posible indemnizaré a todas las familias de las víctimas una vez puesto en libertad. Aunque por mucho que yo quiera indemnizar, y aunque con la privación de libertad que estoy sufriendo por los hechos sucedidos no se recupere a sus seres más queridos, considero que, como ser humano y responsable, es mi obligación para que, de alguna manera, se pueda reparar el daño causado”[16].

Nadie sabrá jamás si este arrepentimiento era sincero y sólo cabrá en adelante especular al respecto, si bien, teniendo en cuenta lo dotado de su protagonista para el embuste y la manipulación, parecen quedar pocas dudas. El hecho es que ahora, en la dinámica revisionista e inevitable que perseguirá por siempre acontecimientos como los protagonizados por el santanderino, se pide desde diversos medios que se observe la figura de José Antonio Rodríguez Vega como la de un “ser humano”. Petición absurda puesto que, sin duda alguna, lo era. Humano al ciento por ciento y con denominación de origen. Carece pues de sentido entablar conflictos morales o establecer juicios paralelos innecesarios para hechos que hablan por sí mismos. En lugar de ello, cerraré la historia con otras palabras también pronunciadas por Rodríguez Vega, el hombre, el ser humano y el asesino: “cuidado con lo que publicáis. Lo duro lo dejas aparte. Yo a la calle voy a salir. Ni se os ocurra porque os asesino”[17].


[1] No se buscaba específicamente a criminales de estas características, de haberse hecho, hubieran aparecido muchos más. Lo cierto es que un buen número de casos “clásicos” de los anales criminales españoles, leídos desde los parámetros actuales, arrojan datos que nos llevan a pensar que la ley se enfrentaba realmente a asesinos psicópatas que hubieran seguido matando de haber contado con la oportunidad, o cuya carrera criminal nunca era desvelada del todo. Entiéndase: para encontrar un asesino en serie es imprescindible buscarlo.

[2] Parece que el desencadenante de este odio no era otro que el hecho de que le expulsara de casa tras agredir a su padre, un hombre enfermo e indefenso. Rodríguez Vega –se ignoran los motivos- se sentía en extremo herido y traicionado por esta actitud de su progenitora. Posteriormente, la inquina se haría extensiva a la figura de su suegra, a quien calificaba de auténtico veneno. “Yo no me sentía atraído por las ancianas. Ha sido una venganza hacia mi familia. Ha sido una venganza contra mi madre. Al no matarla a ella pues, mira… Está el amor y el odio hacia la maternidad, y lo respetas… ¿Cómo vas a matar a tu madre, qué es la que te ha traído al mundo? […] No me la cargué de misericordia, que me la tendría que haber cargado. Muerto el perro se acabó la rabia” (Guirado, L.: “Así intimé con un psicópata”. Diario El Mundo, 27 de octubre de 2002).

[3] Berbell, C. y Ortega, S. (2003). Psicópatas criminales. Madrid: La Esfera de los Libros.

[4] Así entró en el juego el periodista del Diario Montañés Maxi de la Peña, quien fue el primero en argumentar que había un asesino en serie suelto en la ciudad: “En enero de 1988 recibí la confidencia de una persona vinculada a un depósito de cadáveres. Me dijo que habían llegado tres ancianas allí con el diagnóstico de muerte natural, pero las tres presentaban lesiones en la vagina. A raíz de aquella fuente, empezamos a hablar de que andaba suelto un psicópata con un Complejo de Edipo mal curado. Y tanto los colegas de otros periódicos como el delegado del Gobierno y el comisario se lo tomaban a risa. Me sentía solo. Y así pasaron cinco meses. Hasta que lo detuvieron en mayo de 1988. Al terminar el juicio, todo el mundo vino a felicitarme. Él reconoció nueve asesinatos, se sentía feliz con tanto protagonismo. Y dijo que lo había hecho porque identificaba a las ancianas con su madre, a la que odiaba. Estuve entrevistando a los hermanos. Y para ellos era un bochorno. Contaban que era un déspota en casa. Que si no le gustaba la comida le tiraba a la madre el plato al suelo y maltrataba a los hermanos. Era un fantasma, añade una fuente de Instituciones Penitenciarias. Tenía mucho afán de protagonismo y eso mosquea mucho a los presos. Les decía a sus compañeros: ‘Me queda nada para salir y me van a soltar una millonada por mis memorias’” (Perejil, F. y Ortega, C.; “El oscuro crimen del Asesino de Ancianas”. En: Diario El País, 27 de octubre de 2002). El primer e inquietante relato de Maxi de la Peña apareció en El Diario Montañés el 27 de enero de 1988: “Una mujer de 65 años víctima de un sádico que asesinó a otras dos ancianas”.

[5] Testimonio de José Antonio Rodríguez Vega. Citado en Berbell, C. y Ortega, S.; Op. Cit.

[6] Berbell, C. y Ortega, S.; Op. Cit.

[7] Ibíd. anterior.

[8] El hecho de que dos años después fuese detenido por violación denota que, en realidad, lo que excitaba sexualmente a Rodríguez Vega eran otras cosas bastante diferentes a las que podía proporcionarle su joven esposa.

[9] Diario de Sesiones del Congreso de los Diputados (VII Legislatura, año 2002, número 651). Comisión de Justicia e Interior. Sesión 81, celebrada el 12 de diciembre de 2002.

[10] El dictamen, desde luego, no fue del agrado de Rodríguez Vega, quien no dudó en amenazar con la muerte a sus evaluadores. De hecho, albergaba un odio desmedido hacia la figura de José Antonio García Andrade: “Ese hijo de puta [dijo a la periodista Lucía Guirado] hizo un informe mío sin conocerme ni hablar nada conmigo. Por eso voy a por ese cabrón cuando salga” (Guirado, L.; Op. Cit.)

[11] Nota de prensa de la Agencia EFE. 24 de octubre de 2002.

[12] Romeu, J. [Louys] (s. f.). “El asesino asesinado”. En Internet: Distrito Hablemos de Sexo [www.telepolis.com]. Este blog ha desaparecido.

[13] Las 113 puñaladas que segaron la vida de José Antonio tuvieron tanta repercusión como su vida y llegaron incluso a convertirse en motivo de una de las preguntas que el Grupo Parlamentario Socialista elevó al Ministro de Justicia (Diario de Sesiones del Congreso de los Diputados, Ibíd… anterior). El punto oscuro de este debate giró en torno a la cantidad y calidad de protección que se prodigaba a Rodríguez Vega.

[14] Nota de prensa de la Agencia EFE. 25 de octubre de 2002.

[15] El blog en cuestión, lamentablemente ya extinto, era Desdedentro de la sociedad cárcel [www.nodo50.org/desdedentro/index.php].

[16] Citado por Pedro Simón; “La última voluntad del ‘mataviejas’”. En: Diario El Mundo. Martes, 25 de febrero de 2003.

[17] Guirado, L.; Op. Cit.

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