Machos y “supermachos”

Richard Speck
Richard Speck

Chicago. Noche del 13 de julio de 1966.

Un sujeto de mala vida, adicto a las drogas y el alcohol, que responde al nombre de Richard Speck, penetra por la fuerza en la residencia de un grupo de chicas estudiantes de enfermería. El asaltante se hace con el control de la situación tras inmovilizar al nutrido colectivo de jóvenes que, de suerte inexplicable, no oponen resistencia alguna al hombre que las intimida con un cuchillo y un revólver. Luego, presa de un furor homicida irracional en el que se confunden terribles delirios de sexo y muerte, asesina brutalmente, de manera metódica e implacable, a todas las jóvenes excepto una de ellas que salva la vida simulando precisamente estar muerta. Gracias a ello, Speck pudo ser identificado y detenido. Convicto y confeso, fue objeto de un exhaustivo examen médico en el curso del cual se le detecto una anomalía genética prácticamente sin precedentes en individuos normales en apariencia: en lugar de poseer como todos los varones un cromosoma X (procedente de la madre) y otro Y (procedente del padre), contaba con un X y dos Y[1].

Anomalía cromosómica

Si bien la existencia de los cromosomas fue conocida a partir de 1920, fenómenos como el de la trisomía ya no resultaban una novedad en los días en que Speck cometió su terrible crimen. Su existencia había quedado establecida desde las investigaciones que Turpin, Gautier y Lejeune realizaron en 1958, cuando lograron desenrollar el ovillo en el que se presentan los cromosomas tras sumergirlos en una solución hipotónica. Los franceses encontraron que la célula de los sujetos afectados por el entonces denominado “mongolismo”[2] no tenían los 46 cromosomas habituales –23 pares-, sino 47. Este cromosoma de más, llamado habitualmente cromosoma supernumerario, se ubicaba en el lugar que debería ocupar el cromosoma normal 21 y podía tener tanto las fórmulas XXY como XYY. Además, no solía presentarse aislado sino unido a otro de suerte que no era fácilmente detectable. También pudo averiguarse que ocasionalmente este cromosoma supernumerario no producía sintomatología clínica alguna en los sujetos que lo poseían por la sencilla razón de que se había fijado a un lugar que impedía sus manifestaciones. Este proceso fue denominado traslocación equilibrada. Richard Speck pertenecía a este grupo particular de individuos con el cromosoma supernumerario no aquejados de taras físicas o psíquicas observables a primera vista.

El primer caso bien estudiado de esta manifestación de la trisomía asintomática fue el de un chico obeso de 12 años estudiado por Sanberg y su equipo, y fue contemplado desde el punto de vista de la curiosidad biológica en la medida que no existían anomalías comportamentales visibles[3]. Al muchacho se le trató por los medios habituales de sus dolencias glandulares y estas fueron corregidas con éxito. Pero el impactante caso de Richard Speck alteró por completo el panorama de la investigación de las anomalías cromosómicas, y alentó a otros en la búsqueda de sujetos agresivos o con conductas criminales dotados del célebre cromosoma supernumerario. Incluso el nombre del XYY -denominado hasta entonces Síndrome de Jacobs- sufrió alteraciones significativas que parecían indicar que nada bueno podía esconderse debajo suyo: cromosoma del supermacho o cromosoma del crimen:

“Los estudiosos del tema comienzan a encontrar un elevado número de varones XYY entre los reclusos de penales y manicomios. La mayoría eran violentos, agresivos, peligrosos, de conducta criminal, o sencillamente subnormales. Todo esto condujo a la idea que predomina en los años 60 de que el estudio del cariotipo podría predecir las conductas violentas y el crimen”[4].

Parecía, por tanto, que el viejo doctor Lombroso llevaba razón en última instancia, y que los estigmas físicos del criminal existían realmente. No como configuraciones corporales manifiestas pero sí como manifestaciones ocultas, oscuras, intangibles, devenidas del misterioso plano de lo genético… Lo cierto es que costó algún tiempo desterrar al ámbito de los errores curiosos de la historia de la ciencia el asunto del cromosoma del crimen, sobre todo a causa de la tozudez de un buen número de apasionados cientificistas que se resistían a abandonar una idea tan sugestiva, virtualmente productiva, y por qué no decirlo, bastante útil desde una óptica psicosocial, legal y cultural por maravillosamente facilona. Pero el hundimiento de este nuevo mito pseudocientícifico sería inevitable precisamente por los términos en que se planteaba.

Parecía obvio que si se realizaban búsquedas masivas de cariotipos XYY en cárceles y psiquiátricos, sesgadas de entrada por la poco objetiva segmentación poblacional, aparecerían muchos portadores de la tara maldita que, por supuesto, serían agresivos, delincuentes, inmorales o simplemente “locos peligrosos”. Ahora bien, la cosa no funcionaba tan bien como se las prometían los deterministas. Cuando se echaba un vistazo a la población no reclusa –la general-, se evidenciaba con meridiana claridad que existía una cantidad insuperablemente mayor de individuos con el XYY fuera de las prisiones y llevando, por cierto, una existencia perfectamente normal. De hecho, la mayoría de ellos eran tan “normales” en todos los sentidos –físicos y psíquicos- que no descubrían en toda su vida que eran portadores del cromosoma supernumerario. Así, Dershowitz encontró que tan sólo un 1’5% de los sujetos aquejados de esta tara cromosómica habían delinquido alguna vez[5]. En la misma línea se manifestaron autores como Borgaonkar y Shah[6]. Más aún: no tardó en quedar claro que esta clase de anomalías cromosómicas no es hereditaria ni depende en modo alguno de la extracción social de los sujetos que las padecen, con lo que perdía gran parte de su fuerza en la explicación de fenómenos como el crimen o las conductas antisociales[7].

Por estas razones, la polémica del cromosoma XYY quedó muy pronto resuelta en el plano jurídico y en referencia a la imputabilidad o no imputabilidad de los delincuentes aquejados por la anomalía. Lo cierto es que el debate se clausuró cuando pudo demostrarse que la inmensa mayoría de estos individuos no pueden ser considerados en gran medida responsables de sus actos a causa de su anormalidad, ya intrínseca ya manifiesta:

“[Se] pudo demostrar que estos sujetos presentaban un nivel intelectual dentro de los límites normales, pero con un I.Q. (cociente de inteligencia) y nivel educativo menor del que se podía esperar. Se caracterizaban por inmadurez manifestada en forma de pasividad, irreflexión, labilidad emocional, necesidad de contacto social, identificación varonil insegura y mecanismos de defensa débiles”[8].

Richard Speck, por ejemplo, fue sentenciado a muerte en su día, pero la intervención de su abogado, apoyada en las investigaciones sobre el cariotipo 47, sirvió para que obtuviera un aplazamiento indefinido de la condena[9]. No obstante, el paradigma de la jurisprudencia en esta dirección vino de la mano de un caso prácticamente coetáneo al de Speck sucedido en Francia en 1968. Nos referimos al tan célebre como polémico Caso Hugon[10].

Señoría, no lo vuelvo a hacer…

Daniel Hugon, como la mayor parte de los portadores del cariotipo XYY que optan por la mala vida, cargaba sobre sus espaldas con una prolongada historia de problemas mentales, adictivos y judiciales. Jalonada por las depresiones que le impedían conservar un empleo estable, así como por diversos intentos de suicidio. Hasta que el día 4 de septiembre de 1965, fue seducido por una prostituta de 62 años de edad que aparentaba bastantes menos gracias a la noche y un elaborado maquillaje.

Ciertamente, toda vez que el joven Hugon descubrió el engaño, se negó a cohabitar con ella, lo cual no impidió que pasaran la noche juntos en la habitación de un hotel. El drama se desencadenaría a la mañana siguiente, cuando la mujer, pese a las inexistentes relaciones sexuales, quiso cobrar la pernocta a Hugon, quien se negaba a pagar el servicio. Hubo una fuerte discusión que terminó cuando el hombre, preso de una rabia irracional, se abalanzó sobre la mujer y la estranguló. La primera reacción del asesino, presa del pánico, fue la de huir de París. No obstante, tiempo después, víctima de profundos remordimientos, se entregó a la policía. El examen médico al que fue sometido reveló por fin la trisomía que le aquejaba y que explicaba en buena medida muchas de sus complicaciones psicológicas. Los especialistas advirtieron bien pronto la incapacidad que el problema cromosómico provocaba en el joven Hugon, y lograron explicarse gracias a ella las irregularidades psíquicas y comportamentales que le torturaron a lo largo de su existencia desdichada y solitaria. Por lo demás, alegaron que podía ser tratado adecuadamente mediante y que bajo el pertinente control médico podría llevar una vida perfectamente normal. No era un peligroso criminal en potencia, como sostenían erróneamente los defensores del estigma del XYY, sino, en todo caso, un hombre enfermo -no exento de responsabilidad sobre sus actos- cuya tara genética debía considerarse un atenuante antes que un motivo de culpa. En efecto, el tribunal que le juzgó tomo una determinación ejemplar muy en la línea de la tradición intelectual francesa: aceptó el criterio expuesto por los especialistas y le sentenció a 7 años de prisión -la mitad de la pena que se prescribía para estos casos- así como a ser sometido al tratamiento médico diseñado por quienes estudiaron su caso. Daniel Hugon cumplió su condena y nunca volvió a delinquir.

La prensa gala, en un arranque de humanismo y objetividad bastante poco común en el periodismo del presente, suspiró aliviada ante la esta resolución. No en vano, como bien se argumentó en diversos rotativos, la estimación de miles de personas como criminales potenciales a causa de una anormalidad cromosómica que en la mayoría de ellos era incluso inocua, no hubiera significado en el fondo más que otra forma injustificable de racismo.


[1] Un varón tipo posee un sexo cromosómico XY, en el que la X corresponde a la mitad de la cromatina de la célula materna y la Y a la mitad de la cromatina paterna. No se sabe a ciencia cierta la causa de ello, pero ocasionalmente –especialmente cuando los padres tienen una edad avanzada a la hora de procrear- no se produce esta separación habitual en la cromatina paterna durante la meiosis celular y se añade a la cromatina materna toda la cromatina paterna y no sólo la mitad, de modo que se produce un sexo cromosómico XYY. También puede ocurrir lo contrario, esto es, que sea la cromatina materna la que no se subdivida durante la meiosis, con lo que la resultante sea un sujeto con una trisomía de tipo XXY. En este caso se habla del llamado síndrome de Klinefelter.

[2] En la actualidad la denominación de mongolismo se encuentra prácticamente en desuso por razones eufemísticas, siendo sustituida por otras como trisomía 21 o síndrome de Down.

[3] Publicado en: Lancet, 2, 48, 1961.

[4] Reverte Coma, J.M. (1993). “No existe el cromosoma del crimen”. En: Espacio y Tiempo, 23, pp. 32-39. Y un horror añadido: incluso Charles Manson, el epítome del monstruo criminal contemporáneo –aunque nunca mató a nadie por su propia mano, ojo-, pudo ser portador de esta tremenda “aberración” natural. Más madera.

[5] Dershowitz, A. (1975).“Kariotype, predictability and culpability”. En: A. Milinsky & G.J. Annas; Genetics and the Law. New York, Plenum Press.

[6] Borgaonkar, D.S. y Shah, S.A. (1974). “The XYY chromosome male – or syndrome?” En: Prog. Med. Genet. 10, pp. 135-222.

[7] Véase por ejemplo algunos influyentes trabajos en esta dirección como Casey, M.D. et al. (1972). “Male patients with chromosome abnormality in two state hospitals”. En: Journal of Mental Def. Re.., 16, p. 215. Por otra parte, se sabe desde la aportación de Weismann, a comienzos del siglo XX, que los caracteres adquiridos no son hereditarios por la vía de transmisión biológica convencional y, por consiguiente, sugerir cualquier clase de argumento en esta dirección no es otra cosa que una falacia sin base científica alguna. Que un hombre sea un criminal no quedará inscrito en su código genético y, por ende, es imposible que sus descendientes se conviertan en criminales a causa de la herencia genética que reciban del padre.

[8] Reverte Coma, J.M.; Op. cit.

[9] A título de anécdota, digamos que Speck falleció en prisión a comienzos de la década de 1990 tras haberse inyectado hormonas que desarrollaron sus pechos, y protagonizar algunos sonados escándalos sexuales penitenciarios. Todavía se mueve por Internet un video en el que el Speck transexual de la segunda época de su vida mantiene relaciones sexuales con otro recluso. La investigación de las autoridades fue intensa, pero nunca se supo cómo este material pudo ser rodado, sacado de la prisión y difundido públicamente.

[10] Thevenin, R. (1970). Criminels fous et truands. Les Grands Procès d’Assises. Paris. Editions Fayard.

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