El terror… ¿oculto?

Chase (Ficha Policial Reno Nevada, 1977)

Sacramento, capital del estado de California vio la luz de Richard –Rick- Trenton Chase el día 23 de mayo de 1950. No era un día especial y, de hecho, la fecha no aparece subrayada en calendario alguno de efemérides. Tampoco era un crío singular. Nada hacía pensar que acababa de nacer alguien que, por su excéntrica brutalidad, sería uno de los criminales más recordados de la historia de los Estados Unidos. Y sin embargo, podemos afirmar que su caso es el perfecto ejemplo de lo que puede llegar a suceder cuando todo el sistema que debe velar y supervisar el bienestar y la salud públicas, en un efecto dominó, se derrumba alrededor del sujeto al que precisamente debe controlar y reconducir. Una de esas maravillosas y banales historias que se gestan ante la mirada pública, ante un montón de gente que mira pero no ve, y que tras la consumación del desastre concluyen con el consabido “¿y quién iba a pensarlo?”.

De poco ayudó a Chase ser un niño hipersensible y neurótico sometido a un terrible estrés familiar, pues desde que tuvo conciencia vivió en medio de las constantes peleas de sus progenitores. Su padre, alcohólico y estricto, era un maltratador. Su madre, inestable psicológicamente desde la adolescencia, estaba obsesionada con la idea de que su marido quería envenenarla. El pequeño Richard vivió en medio de esta vorágine de gritos, peleas, golpes –de los que parece recibió una buena porción por ambas partes- y reproches durante diez años, hasta que se produjo el inevitable divorcio. Ambos reconstruirían sus vidas y seguirían ocupándose del pequeño Rick, pero el daño ya estaba hecho y aquel entorno terrible había destruido la frágil psique en construcción del niño[1].

A estas alturas Richard mostraba un cuadro consistente de problemas psicológicos severos: tendencias psicóticas, apatía, agresividad… Tenía constantes terrores nocturnos y sufrió de incontinencia urinaria hasta, al menos, los ocho años. Su único consuelo fue el de escribir un diario, tarea en la que se mostraría extremadamente meticuloso durante mucho tiempo… A la par que adquirió la costumbre de maltratar animales como forma de violencia disociada que, al parecer, era lo único que lograba relajar sus tensiones internas.

Chase (instituto)
Chase en el anuario del High-School.

Su cociente intelectual –dicen que 95- estaba en la media y ello le dio para terminar la educación secundaria, cierto que con más pena que gloria. Durante la adolescencia intentó normalizar su vida, relacionarse con chicas –llegó incluso a tener un par de novias-, pero todas sus relaciones con el sexo opuesto concluían en fracaso a causa de sus conflictos irresueltos, cuyas manifestaciones últimas se desplazaron hacia la sexualidad. Era impotente y rara vez conseguía una erección razonable, por lo que su autoestima se devaluaba progresivamente. Tampoco tenía amigos cercanos o mantenía relaciones cercanas con familiares[2]. Chase, puede que inducido por sus abusivos progenitores, intentó abordar el problema con normalidad y empezó a acudir a la consulta de un psiquiatra, pero abandonó la terapia, lo cual nada tiene de particular pues la adherencia a los tratamientos es uno de los grandes problemas en el ámbito de la salud mental. Para agravar las cosas, con quince años ya era un bebedor compulsivo y solía consumir drogas –marihuana, LSD- regularmente. No en vano, su primera condena, menor, sería por posesión de sustancias prohibidas. El hecho es que Chase advirtió pronto que todos sus intentos por conducirse como el resto de personas fracasaban porque, sencillamente, algo no marchaba en su cabeza. No era como los demás.

Se convenció de sus “diferencias” –lo cual se convirtió en constante fuente añadida de tormentos psicológicos- al intentar entrar en el mercado laboral. Su conducta era tan errática y falta de control que, tarde o temprano, terminaba siendo despedido. Así, a partir de 1969, se sucedió un rosario interminable de empleos de días, semanas a lo sumo. Incluso intentó probar suerte con los estudios universitarios, pero tenía lagunas de concentración severas y era incapaz de soportar la presión de los exámenes, con lo cual también abandonó al poco tiempo. La vida de Chase, como suele ocurrir con la de muchas personas con problemas mentales que no encuentran la pertinente ayuda externa, se convirtió inexorablemente en un rosario enfermizo de fracasos y renuncias.

Luchar por la normalidad

Si algo sorprende en el caso de Richard Trenton Chase es que tardó mucho tiempo en rendirse por completo a sus delirios. Es más, incluso hizo todo lo posible por vencerlos e integrarse, pese a no hacer otra cosa que acumular fracasos que ahondaron en su deterioro. Su última intentona antes de deslizarse por la pendiente de la locura tuvo lugar cuando contaba veintiún años. Decidió buscar la independencia compartiendo piso con unos amigos y ello, contrariamente a lo que cabría suponer, degeneró en el más completo desastre, pues en un afán por seguir la corriente se pasaba el tiempo consumiendo drogas, hecho contraproducente que motivó una rápida devaluación de su precario estado hasta consolidar su paranoidismo: tras obsesionarse con la idea de que una organización criminal trataba de acabar con él, creyó que sus compañeros de piso eran agentes a sueldo de dicha organización y, para protegerse, clavó la puerta de su habitación, que convirtió en una fortaleza. Entraba y salía de ella por un agujero practicado en el fondo de un armario empotrado. Dormía poco. Vivía aterrorizado. Montaba guardias… Sus diarios de este periodo, el de su primer brote psicótico reconocido, son testimonio del más absoluto pánico.

En 1972 fue arrestado de nuevo por conducir borracho. Retornar a una comisaría le asustó tanto que dejó de beber para tornarse completamente abstemio. Meses después, durante una fiesta, Rick intentaría manosear a una chica y se inició entonces una pelea que concluyó cuando, de nadie sabe dónde, Chase sacó una pistola del calibre 22. Tras ser reducido hasta la llegada de la policía por algunos invitados, y dado que no hubo heridos, se le incautó el arma y se le impuso una fianza de cincuenta dólares que abonaron sus progenitores. A partir de este momento, por temporadas, fue viviendo con el padre o con la madre. Sin empleo fijo. A salto de mata. Cada vez más desquiciado, lo cual complicaba enormemente la convivencia.

Chase (Funda pistola)
Chase, a quien ya se ve en la foto en un importante estado de degradación, posa engalanado con la funda de una de sus muy queridas armas.

De hecho, su manera de auto-castigarse por el incidente de la fiesta fue afeitarse la cabeza, evento que tuvo efectos ulteriores devastadores en la medida que marcó el inicio de toda suerte de percepciones alteradas del yo: dismorfobias, e hipocondrías. Se presentó en al médico muy asustado, explicando que su cráneo se estaba deformando poco a poco y que, por todo el cuerpo, los bordes de los huesos le agujereaban la piel. También dijo sentir que se moría porque alguien le había extraído la arteria pulmonar y su sangre no circulaba adecuadamente. Cabe imaginarse la cara del galeno cuando Rick le explicó que, a fin de paliar los síntomas descritos, se inyectaba sangre de conejo en las venas… Tras 72 horas de observación en un centro psiquiátrico, y contra la opinión de algún especialista que le consideraba inestable y peligroso, Chase retornó a casa bajo promesa de que se sometería al pertinente tratamiento. Y es que se ha produjo una diversidad de criterio diagnóstico. Entretanto unos profesionales están convencidos de que su esquizofrenia paranoide se debía a causaciones orgánicas, otros estimaron que era resultado de su adicción a las drogas, por lo que manteniendo su policonsumo bajo control, mejoraría de manera inmediata. Finalmente se impuso el criterio de los segundos y, toda vez que Rick ha sido estabilizado y medicado, encontrándose bajo supervisión materna, se pensó que todo habría sido reconducido. Y en este punto hemos de realizar una consideración que ha de quedar muy clara: los esquizofrénicos son pacientes que raramente se torna violentos y, en realidad, lo común es se hagan daño a sí mismos antes que a un tercero, al punto de que un elevado porcentaje de ellos termina suicidándose. Muy raros son los casos en los que ocurre otra cosa y, como estamos viendo en el caso de Chase, aun estos se deben antes a la inobservancia y el descontrol sobre el paciente que a sus propias motivaciones. De hecho, y como podemos comprobar en el caso que nos ocupa, Rick estuvo lanzando durante años, mucho antes de degenerar hacia el crimen, multitud de mensajes que simplemente se ignoraron de manera sistemática.

El hecho es que la vida familiar se complicará de manera progresiva en la medida que Rick, que pasa muchas horas solo -acompañado únicamente por sus delirios- en el apartamento que le financiaban sus padres, se obsesionó con la idea de que su madre le estaba envenenando lentamente a fin de librarse de la carga que suponía para ella. Obsérvese el singular parecido de este reproche de Richard con el que su propia madre realizaba a su padre años atrás… Así, alejado de cualquier forma de control Rick deja de tomar la medicación prescrita y su conducta comienza a empeorar de nuevo. Los delirios se recrudecen. Cabe preguntarse si Richard Trenton Chase hubiera terminado donde terminó si el sistema de protección hubiera sido consecuente con su patología, en lugar de desplomarse sin solución de continuidad a su alrededor.

Chase (Casa)
Entrada a la vivienda que Richard Trenton Chase.

Nace el vampiro

Rick se convenció de que su sangre se estaba convirtiendo en polvo y de que necesitaba contrarrestar los efectos de esta dolencia ingiriendo sangre fresca. Compró entonces varios conejos y, nuevamente, se inyectó y bebió su sangre. Por otra parte, adquirió la costumbre de tragarse las vísceras de los animales crudas, preparándose singulares “batidos” con la ayuda de una licuadora. Creyó que así evitaría que su corazón se contrajera hasta desaparecer.

Lógicamente, estas prácticas insalubres y antihigiénicas motivaron no solo que su vivienda se convirtiera en un autentico estercolero, sino también que cayera enfermo. Los médicos, tras escuchar sus relatos y percatarse de su obsesión por consumir sangre, lo internaron de nuevo diagnosticándole de esquizofrenia paranoide. Otra vez en la institución mental, Chase comienza a emular al Renfield de la novela de Bram Stoker, de modo que cazaba pájaros a los que arrancaba la cabeza a mordiscos para beberse su sangre. Al mismo tiempo, en sus sempiternos diarios, describirá con todo lujo de detalles estas prácticas y realizará pormenorizadas descripciones del sabor de la sangre en diferentes contextos y circunstancias. Estas conductas no van a más, pero tampoco mejoran. Pese a todo, y dado que no se muestra agresivo, en 1977 Richard Trenton Chase es puesto de nuevo en libertad bajo condición de que ha de pasar una revisión psiquiátrica anual. Surge un nuevo desacuerdo médico. Los psiquiatras más conservadores estiman que Rick es peligroso y se debe ser cauto, pero de nuevo se impone el criterio de los que son partidarios de tratar de reintegrarle a la vida normal. El sistema seguía haciendo aguas a su alrededor.

En constante evolución, comenzó de inmediato a secuestrar perros y gatos a los que decapitaba, descuartizaba y desangraba. Luego bebía su sangre mezclada con Coca Cola y guardaba los collares de los animales, con los que empezó a conformar una macabra colección. El efecto escalada tópico en estas patologías cuando no se reducen estaba servido y no tardó en pasar a presas mayores: deambulaba por los campos en busca de vacas, ovejas, a las que atacaba para beber su sangre. Llegó incluso a ser detenido por unos agentes de la policía india, en el interior de una reserva. Estos descubren un rifle junto a un montón de ropa y un cubo repleto de una mezcla pastosa de sangre e hígado. Siguen la pista al inopinado hallazgo y cabe imaginar su estupefacción cuando, prismáticos en mano, observan una escena absurda, propia de una novela de terror barata: un hombre desnudo, cubierto de sangre, sin duda el propietario de los objetos que acaban de encontrar, corretea por el campo como si se tratara de un demonio de cuento. Chase es detenido de inmediato, pero el sistema, en lo que ya parece un completo teatro del absurdo, sigue fallando: cuando lo lógico hubiera sido certificar su historial y devolverlo al psiquiátrico, los agentes lo ponen en libertad toda vez que comprueban que la sangre del cubo era de de oveja, y que la que cubría su cuerpo pertenecía a una vaca a la que había descuartizado.

Será entonces su padre quien haga un último intento de acercarse a él. Pasan los fines de semana juntos, le compra regalos, hacen excursiones… Todo es inútil. Rick ya ha perdido la razón y no sale de esa perversa obsesión con el deterioro progresivo de su organismo. A ésta, por cierto, irá añadiendo otras ideas recurrentes colaterales como las visitas de seres extraterrestres, las abducciones, los OVNI. La madeja que se teje en su cabeza compone un delirio desbordante, creativo, espectacular. Sus conversaciones giran en torno a un supuesto grupo nazi que le persigue desde que estaba cursando la educación secundaria. Su demencia se torna extremadamente imaginativa en relación a sus dolencias imaginarias, llegando a convencerse de que, a causa de la falta perniciosa de sangre, su estómago se está pudriendo, su corazón disminuye de tamaño y sus órganos internos se desplazan en su interior. Cree, en suma, que se trata de una metamorfosis que terminará transformándole en un auténtico vampiro.

Así, hacia finales de 1977, Chase da la segunda muestra –tras el episodio de la reserva india- de haber perdido por completo el control: se presenta en casa de su madre para hacerle una visita sorpresa pero, incapaz de controlar sus impulsos, discute con ella, sale dando un portazo, encuentra al gato de la familia en el jardín y lo mata con sus propias manos. Entonces retorna y, creyendo que va a disculparse, su madre le abre la puerta. Rick lanzó el cadáver del animal al suelo y, en el mismo umbral, comenzó a destriparlo. De nuevo, nadie hizo nada. De hecho, la madre de Chase solo contó esta horrenda peripecia tiempo después, durante el juicio de su hijo. Una muestra más de que los terrores subsiguientes pudieron evitarse. No en vano, días después de este episodio, Chase fue a la perrera municipal con su furgoneta destartalada, adquirió dos perros por 15 dólares y los asesinó para beberse su sangre, como de costumbre.

Bomba de relojería

Rick todavía no ha hecho daño a persona alguna, pero el desarrollo de los acontecimientos prueba que solo es cuestión de tiempo que algo muy malo ocurra si nadie interviene. Y hubo más oportunidades. Así por ejemplo, un policía le descubrió robando gasolina para su furgoneta pero, creyendo que se las estaba viendo con un simple chiflado, le dejó ir. O, posteriormente, cuando encontró a un perro perdido y, tras torturarlo, lo mató, bebió su sangre y comió sus vísceras… Pero tras enterarse de que los dueños del animal ofrecían una recompensa por él, les telefoneó para contarles con todo detalle cómo mutiló y mató al animal. Chase había ascendido un nuevo peldaño en su escalada sádica.

Finales de 1977. Richard Trenton Chase va a una armería y, como si tal cosa, adquiere otro revólver del calibre 22. Sin problema alguno. Un enfermo mental diagnosticado accede a un arma de fuego con total tranquilidad. A todo esto, las funestas desapariciones de mascotas continúan en el vecindario hasta alcanzar proporciones epidémicas, pero la sangre de los animales ya no le satisface. Chase está siguiendo por los periódicos el serial angelino de los primos asesinos, Kenneth Bianchi y Angelo Buono, los célebres “Estranguladores de la Ladera”. El tema le provoca una fascinación morbosa. Guarda celosamente los recortes de prensa y los lee una y otra vez. Rick, en efecto, está metamorfoseándose por fin en el monstruo en el que siempre pensó que terminaría por convertirse. No hay delirio que no tenga un sentido perfectamente coherente para quien lo construye.

Angelo y Buono
Angelo Buono (izquierda) y Kenneth Bianchi (derecha). Los inopinados héroes de Richard Chase.

Por navidades su padre le regaló un llamativo anorak amarillo que ya no se quitaría nunca. Ni siquiera cuando empezó a practicar con su nueva pistola, disparando contra las viviendas vecinas. Algunos, al darse cuenta, como es el caso del matrimonio Phares, simplemente lo amonestan por su actitud incivilizada. Y listos. El mundo parece haberse vuelto tan loco alrededor de Chase como él mismo. En una de estas peculiares prácticas de tiro una de las balas penetra por la ventana de una cocina cuya propietaria –una tal Polenske- elude la muerte por milímetros, pues el proyectil le roza el cuero cabelludo provocándole una herida. Rick consigue desaparecer sin ser visto.

Fin de año. Richard Trenton Chase se siente preparado para poner en marcha sus planes desquiciados. El 28 de diciembre toma el revólver, sale a la calle, deambula al volante de su furgoneta y termina disparando sobre Ambrose Griffin, un hombre que regresa del supermercado con su esposa y simplemente pasa por allí. Las circunstancias son terribles en su banalidad, pues Griffin vivía frente de la casa del cachazudo matrimonio Phares. Entonces el Sacramento Bee publica la noticia… Y Rick ya tiene su primer recorte de prensa. Como Bianchi y Buono. Nadie sabe nada, nadie ha visto nada. Nada de nada. Tampoco sucede gran cosa cuando días después prende fuego a un granero para echar a unos adolescentes que, a su parecer, habían puesto la música a un volumen demasiado alto. A estas alturas la transformación de Richard Trenton Chase es completa, pues ha llegado a la terrible conclusión de que es un vampiro y de que, como corresponde a su naturaleza, debe cazar personas[3].

La metamorfosis se ha consumado. ¿Y quién lo iba a pensar?

23 de enero de 1978…

… En la mañana Chase intenta allanar una casa entrando por una de las ventanas, pero cuando va a introducirse en el interior se topa de narices con la propietaria y, sorprendido, vuelve sobre sus pasos y se queda sentando en el jardín, pasmado, como si no hubiera contando con semejante contingencia. La mujer llama a la policía, pero Rick se marcha antes de que lleguen los agentes. Opta entonces por introducirse en otra casa cualquiera, defeca en una cama, orina en los cajones de la ropa interior, sustrae algunos objetos… También es sorprendido en el trance, pero huye. El propietario le persigue, pero consigue darle esquinazo.

Acto seguido se dirige a un centro comercial cercano. Su aspecto es lamentable. Apesta, tiene sangre reseca alrededor de la boca, mirada perdida, camina desorientado. Reconoce en el aparcamiento a una antigua compañera de instituto, se acerca y le pregunta si iba subida en la misma motocicleta en la que se mató un viejo amigo común de la escuela. Esta tan cambiado que la mujer, perpleja, solo cae en la cuenta de quién es cuando se identifica y, asqueada, trata de eludirlo introduciéndose en una sucursal bancaria. Él, pertinaz, la espera en el exterior. Ella sale, corre hasta su automóvil, lo pone en marcha entretanto Chase pretende introducirse sin éxito por la puerta del copiloto. Finalmente, la mujer logra escabullirse. Pasan varios minutos hasta que, finalmente, Rick continua vagando sin rumbo fijo.

Chase (Terry Wallin)
Teresa -Terry- Wallin.

Se mete entonces en un jardín. Uno cualquiera. El propietario de la casa sale y le exige que abandone su propiedad. Rick alega que sólo está tomando un atajo, continua y penetra, unas decenas de metros más allá, en el jardín de otra casa. En este caso e trata de la modesta vivienda de Teresa Wallin, de 22 años, embarazada de tres meses, que en ese momento está sacando la basura. Nada más verla, Chase ya se ha decidido. Arma en mano la obliga a entrar. Allá, en el dormitorio, la desnuda y le dispara dos veces. Todavía vive cuando, entre alaridos, le abre el vientre con un cuchillo para arrancarle los intestinos y esparcirlos cuidadosamente por el suelo. Sigue apuñalándola hasta que la chica fallece. Luego le extirpa parte del hígado, el diafragma, un pulmón y los riñones, colocándolos ordenadamente encima de la cama. Posteriormente golpea varias veces el cuerpo sin vida, toma un vaso para  beberse la sangre de su víctima, mastica algunos trozos de vísceras, defeca sobre la boca y el vientre abierto del cadáver, y finalmente abandona la casa. Cuando las 18:30 horas, David Wallin, el esposo, regresa al hogar y se encuentra con la carnicería, llama a la policía. Nunca se ha visto un crimen semejante en Sacramento, una ciudad pequeña y tranquila cuya población, en 1978, rondaba los 350.000 habitantes. Por ello mismo, y ante el pánico que los detalles más escabrosos del asesinato podrían provocar en la comunidad, Ray Biondi, entonces teniente de policía de Sacramento, decide eludirlos en su comunicado de prensa. Acto seguido, aún perplejo, acude al enlace del FBI, Russ Vorpagel. El Bureau, tras procesar la muy preocupante solicitud de Vorpagel, envía a un entonces desconocido agente llamado Robert K. Ressler que es puesto inmediatamente al día.[4].

La perfilación criminal es todavía algo que genera controversia pero, muy profesional, Ressler estudia el escenario y los informes, y realiza un perfil del criminal rápido tan exacto que, como pudo comprobarse luego, coincidía a la perfección con las características físicas y psíquicas de Richard Trenton Chase:

“Hombre blanco de entre 25-27 años; delgado, apariencia desnutrida. Su residencia estará muy desordenada y sucia, y habrá en ella evidencias del crimen. Historial de trastornos mentales, y podría estar relacionado con el consumo de drogas. Seguramente solitario, sin relaciones con hombres o mujeres, probablemente pasa mucho tiempo encerrado en casa, donde además vive solo. Desempleado. Posiblemente recibe alguna clase de subsidio. Si reside con alguien, podría tratarse de sus padres; sin embargo, es improbable. No habrá registros militares; fracaso o abandono escolar. Probablemente sufre alguna forma de psicosis paranoide”[5].

Biondi y sus agentes, apoyados en el sobresaliente trabajo de Ressler, buscan al asesino, pero a pesar del singular historial de Rick, sus andanzas, desajustes y despropósitos, no consiguen encontrar en primera instancia a nadie que encaje con las características peculiares del perfil. Sin embargo, será cuestión de tiempo, pues solo cuatro días después la terrible sed volverá a apoderarse de Richard Trenton Chase, a quien los periódicos ya han bautizado, legendariamente, como El Vampiro de Sacramento.

Chase (Helen Myroth)
Evelyn Miroth.

El 27 de enero allanará otra casa elegida al azar para disparar, sin mediar palabra, contra sus habitantes. Mata de este modo a Evelyn Miroth, una divorciada de 36 años; a su hijo Jason, de 6; y a un amigo de la familia, Daniel Meredith, de 52. Luego lleva el cadáver de Evelyn a su dormitorio donde lo sodomiza. Como decíamos, los delirios tienen una fuerte lógica interna y, en el caso del vampirismo, tanto el canibalismo como la necrofilia operan como actividades fronterizas e incluso sustitutivas. No es extraño, por ello, que el cadáver de la víctima despertara el apetito sexual de Chase. Como en el caso de Terry Wallin, procederá meticulosamente a eviscerar el cuerpo de Evelyn, engullirá parte de sus órganos internos y beberá la sangre de la mujer en un vaso de cristal. ¿Suficiente? Pues no. Chase ya no tiene freno y además cuenta con tiempo de sobra. Por ello le parece una buena idea introducir el cadáver del niño en la bañera, romperle el cráneo y comenzar a devorar el cerebro. Como suena. Si el caso de Chase es tan célebre como singular se debe precisamente al inusitado festival de lo grotesco que rodea a sus crímenes. Acto seguido, defeca en el agua. Tampoco es raro que este tipo tan peculiar de criminal culmine sus actividades con toda suerte de elementos coprofílicos e incluso coprofágicos, parafilias también fronterizas con muchas manifestaciones necrófilas[6].

Llegados a este punto alguien llamó a la puerta y Chase se asustó, por lo que decidió marcharse por una ventana… El problema es que en la vivienda hay también un bebé de 22 meses, Michael, a quien el vampiro se lleva consigo. Una vez en el exterior se apropia de la camioneta del finado Daniel Meredith y escapa. Abandonará el vehículo con las llaves puestas a unas cuantas calles, justo donde lo encontraría la policía.  Acto seguido, ya en el hogar, Chase torturó al bebé durante un rato hasta que –así lo dijo- se aburrió. Tomó entonces un cuchillo y procedió a decapitarlo, bebió su sangre y consumió de nuevo parte del cerebro.

De repente, la memoria

El espanto que acabamos de relatar, perfectamente descrito por los medios de comunicación, aterroriza a una población atónita, que en su vida ha visto cosa parecida, pues recuérdese que el luego célebre cine “gore” es una creación bastante posterior y lo más fuerte que podía verse en una sala de cine estándar de la época no se acercaba ni remotamente a tal grado de explicitud. Sin duda, y esto era lo único en lo que cabía estar de acuerdo, aquellas aberraciones solo podían caber en la mente de un enajenado. Así pues, y como es de suponer, la presión sobre las Autoridades fue tremenda, al punto de que el caso alcanzaría bien pronto repercusión nacional. El archifamoso Vampiro es protagonista de debates tan acalorados como absurdos a la par que cosecha fans –aunque parezca sorprendente, aun se pueden conseguir camisetas con el rostro de Chase impreso-: había incluso idiotas, porque ya se sabe cómo funciona esto del minuto de gloria, que aseguraban que se trataba de un auténtico vampiro que, por lo tanto, debía ser comprendido antes que tratado como un criminal.

Las Autoridades ponen a decenas de agentes sobre la pista. Peinan las zonas aledañas al lugar en el que abandonó la camioneta de Meredith razonando, con buen criterio, que si la utilizó para huir pero la dejó tan cerca de la casa en la que había cometido el crimen, no debía vivir muy lejos… a todo esto Rick sigue la historia por la televisión, acumula recortes de prensa… y empieza a temer que se le capture. Por ello limita sus salidas vampíricas a lo estrictamente necesario: sale brevemente, dispara contra un perro en un club cercano, lo destroza, bebe sangre de animal y regresa apresuradamente a la seguridad del hogar. Pero la policía encuentra los restos y estrecha el cerco.

Así es que al fin aparece aquella compañera de la enseñanza secundaria a la que Richard Trenton Chase asedió en el centro comercial. Sospechando que pudiera ser él la persona a quien se busca con tanto tesón, decide acudir a la policía. Se estudia el perfil del tipo denunciado y, claro está, de súbito todo cuadra a ojos de Biondi y sus agentes. En efecto, Chase encaja como un guante en el perfil de Ressler: tiene un largo historial de trastornos mentales, es un psicótico con antecedentes, posee un revolver del 22, y además vive a una manzana de distancia del lugar en el que se encontró la camioneta abandonada. Y van apareciendo otros detalles e historias colaterales que vienen a confirmar las primeras impresiones: el tiroteo de la vivienda de los Phares, el balazo que recibió Griffin, el testimonio del hombre que corrió tras él poco después de descubrirlo en su casa… Así es que la policía cerca su domicilio. Dada la impredecibilidad de un tipo como Rick, se decide no intervenir para limitarse a vigilar la casa en espera de que sea él quien salga al exterior y, en efecto, aparece poco tiempo después de que se establezca el cordón policial. Lleva una caja bajo el brazo y corre hacia su furgoneta, pero no la alcanza. Chase lucha fieramente pero logran reducirlo. En la caja lleva varios trapos ensangrentados que solo Rick sabe para qué quería. La cartera del difunto Daniel Meredith se encuentra en el bolsillo trasero de su pantalón. Biondi lo tiene claro: es, sin duda, el vampiro[7].

Se procede al pertinente registro. El hogar de Chase es un lugar hediondo, repleto de basura, excrementos y, dispuestos en platos, trozos de vísceras animales y humanas en diferentes fases de descomposición, sangre reseca, sangre en tarros, periódicos viejos, latas de cerveza vacías, cartones de leche podrida, ropa sucia por doquier… Se encuentra un cuchillo de caza de treinta centímetros de hoja, una caja de herramientas cerrada con llave y unas botas de caucho manchadas de sangre. También la colección de collares de perro y de gato, las tres licuadoras que Rick empleaba para preparar sus batidos de órganos y sangre. Del mismo modo, se hallaron sus muy detallados diarios. En la pared de la cocina había un calendario, con la palabra “hoy” escrita sobre cada una de las fechas de los asesinatos. Esa misma palabra aparecía escrita cuarenta y cuatro veces más, en fechas futuras. Lo único que no apareció fue el cuerpo del niño secuestrado. Se encontraría a mediados de 1978, enterrado en las cercanías de la casa. El espectáculo era tan abrumador y desconocido para los agentes de la policía de Sacramento que, como luego explicó el propio Ressler, algunos de los que entraron en aquel antro tuvieron que recibir tratamiento psicológico durante meses.

Chase (Licuadoras)
Algunos de los útiles con los que Chase preparaba su peculiar dieta.

Dentro del monstruo

Una de las delirantes anotaciones de los diarios de Chase induce a suponer que pudo matar a otras personas a las que no se pudo vincularse con él, si bien es difícil determinar cuánto de verdad y cuanto de fantasía psicótica destilan esas páginas:

“Maté a la primera persona por accidente. Mi coche estaba estropeado. Quería irme pero no tenía transmisión. Tenía que conseguir una casa. Mi madre no me quería acoger en Navidades. Antes siempre me acogía en Navidades, cenábamos y yo hablaba con ella, con mi abuela y con mi hermana. Aquel año no me dejó ir a su casa, disparé desde el coche y maté a alguien. La segunda vez, aquellas personas habían ganado mucho dinero y yo sentía envidia. Me estaban vigilando y disparé a una señora (conseguí algo de sangre de todo aquello). Fui a otra casa, entré y había una familia entera ahí. Les disparé a todos. Alguien me vio allí. Vi a una muchacha. Ella había llamado a la policía y no habían podido localizarme. La novia de Curt Silva… el que se mató en un accidente de moto, lo mismo que un par de amigos míos y tuve la idea de que lo habían matado a través de la Mafia, que él estaba en la Mafia, vendiendo droga. Su novia recordaba lo de Curt; yo estaba intentando sacar información. Dijo que se había casado con otro y no quiso hablar conmigo. Toda la Mafia estaba ganando dinero haciendo que mi madre me envenenara. Sé quiénes son y creo que se puede sacar esto en un juicio si, como espero, logro recomponer las piezas del rompecabezas…”[8]

Chase (Juicio 2)
Chase, acompañado de sus defensores, en la sala de vistas.

El juicio de Chase, por obvios motivos de seguridad, se trasladó desde la ciudad de Sacramento a la de Palo Alto, y comenzó en los primeros días de 1979. No duró mucho pues, en realidad, todos los detalles de los crímenes estaban bastante claros, la carga probatoria contra el criminal era abrumadora, y Chase tampoco hizo nada para eludir la inculpación. Reconocido por los especialistas como un esquizofrénico paranoide de manual, Rick, balbuceante e inconexo, trató de justificar sus macabros asesinatos diciendo que unas voces de seres extraterrestres y otras criaturas lo acosaban continuamente, obligándole a matar. Iris Yang, periodista del Sacramento Bee, describe a Richard Trenton Chase durante el juicio de esta guisa:

“El acusado estaba totalmente apático. Sombrío, pelo marrón lacio, ojos apagados y hundidos, tez cetrina y delgadez extrema, no le sobra apenas carne en los huesos. Durante los últimos cuatro meses y medio, Richard Trenton Chase, a sólo unas semanas de su vigésimo noveno cumpleaños, ha estado sentado encorvado, jugando con los papeles que tiene delante de él o con la mirada vacía puesta en las luces fluorescentes de la sala”.[9]

Chase (juicio)
Chase durante su declaración.

Lo cierto es que no había causa. El juicio tuvo lugar porque la fiscalía estaba empeñada en la petición de pena de muerte para Chase -basándose en una nueva ley recientemente aprobada en California-, frente al alegato de la defensa, que pretendía que Rick fuera considerado mentalmente enfermo. La fiscalía consiguió sentarlo en el banquillo de los acusados argumentando ante el juez que había tenido suficiente “astucia” y “conocimiento” en el momento de los crímenes como para ser considerado responsable de sus actos, ser capaz de diferenciar entre el bien y el mal y tener, por ello, capacidad de responder legalmente por ellos. Lo cierto es que el caso estaba tan atado que el jurado sólo deliberó durante las dos horas de rigor antes de declararlo culpable de todos los asesinatos. El juez, asumiendo incomprensiblemente el punto de vista de la fiscalía, pues en efecto Chase era una demente de manual, emitió una condena de muerte e hizo que Chase fuera trasladado a la prisión de San Quintín, donde esperaría su ejecución en la silla eléctrica. Posteriormente fue trasladado al penal de máxima seguridad Vacaville[10].

No obstante, la pena no llegó a cumplirse pues, durante la navidad de 1980, le encontraron muerto en su celda. Al parecer, Chase había estado guardando una buena parte de las pastillas que recibía para controlar sus alucinaciones, y se las había tomado de golpe. Nunca ha quedado claro que se tratara de un suicidio convencional ideado por Chase en un momento de lucidez, o de un postrero acto psicótico del vampiro que buscaba con ello paliar alguna extraña dolencia. Lo cierto es que el caso, por sus peculiaridades psicológicas, se sigue empleando como ejemplo formativo para los agentes que ingresan en la Behavioral Sciences Unit del FBI (Quantico, VA).


[1] Sullivan, K. Vampire. The Richard Chase Murders. Evergreen (CO): Wildblue Press, 2015.

[2] Ressler, RK & Schachtman, T. Whoever Fights Monsters, New York: St. Martin’s Paperback, 1993.

[3] Sullivan, K., op. cit.

[4] Biondi, R. & Hecox, W. Dracula Killer: The True Story of California´s Vampire Killer. London: Mondo, 1992. Este libro es muy recomendable si se desean conocer los detalles internos de la investigación policial del caso.

[5] Ressler, RK & Schachtman, T., op cit., 3.

[6] Descamps, MA. Zoofilia y necrofilia. En: Volcher, R. (comp.): Enciclopedia de la Sexualidad. Madrid: Fundamentos, 1975, 579-586.

[7] Biondi, R. & Hecox, W., op. cit.

[8] Ressler, RK & Schachtman, T., op cit., 17.

[9] Cit. en: Ressler, RK y Schachtman, T, op. cit., 17-18.

[10] Sullivan, K., op. cit.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s