El crimen del “fantasma”


Como investigador, profesor y apasionado del método que soy desde hace muchos años, me encantan los misterios. Me apasionan y me fastidian al mismo tiempo. Me gusta la idea de profundizar, con la finalidad de esclarecerlos, en aquellos puntos oscuros de la realidad que se resisten contumaces a ser iluminados. Pero también me molesta el hecho de que la falta de luces se convierta para muchos en pretexto para falacias y fantasías sin fundamento alguno. Por ello suponen para mí un doble reto, tanto racional y científico como ético. Y hay muchos de estos enigmas que probablemente pudieran resolverse si se determinara el cabo apropiado del que tirar, pero que al mismo tiempo van cayendo en el olvido y el silencio precisamente porque nadie encuentra el cabo de marras. A veces porque existió y se destruyó inadvertidamente, en ocasiones porque no se ha encontrado aún y, las más de las veces, porque simplemente no se ha buscado con la adecuada pericia y dedicación o no se ha sabido sacar partido de la información que se tiene. Es máxima universal que al éxito todo el mundo se apunta, pero el fracaso no tiene amigos.

Siempre que me hablan de “crímenes fantasmales” o “crímenes con fantasma”, me acuerdo de mi buen amigo, en tiempos compañero, Francisco Pérez Caballero. Y lo hago porque leyendo su libro Dossier negro[1] –cuyo título quiere recordar al del célebre cómic de terror que se publicaba en la España de las décadas de 1970 y 1980-, tuve noticia de uno de los más fascinantes misterios irresueltos de la historia negra española. Me refiero al crimen cometido hace ya más de 35 años en el Hostal “El Consul”, sito en la localidad murciana de La Unión. Un asesinato “fantasmal” en toda regla sobre el que nadie fue capaz –ya fuera por acción, omisión o simple conspiración de silencio- de arrojar luz alguna.


Alfonso, el aventurero

Nunca mejor dicho. Alfonso Martínez Saura -don Alfonso para sus convecinos- había dedicado la mayor parte de su vida los viajes llegando, incluso, a ejercer como diplomático en Costa de Marfil –de ahí le venía el apodo de “el cónsul” por el que era conocido y con el que bautizó su negocio- durante años y sentía un cariño manifiesto por la cultura africana. Tal vez por tener muchas cosas que contar recopiladas a lo largo de una vida aventurera, y ser por su proverbial amabilidad una compañía sumamente grata a sus conciudadanos, se perdonaran sus excentricidades, como la de vestir túnicas en un área rural a comienzos de la década de 1980. De hecho, Alfonso había recalado en La Unión buscando sentar la cabeza por fin y para ello abrió el dichoso hostal que, por cierto, decoró con los muchos recuerdos acumulados a lo largo de su periplo africano.

Alfonso Martinez Saura e hijo (
Alfonso, de elegante pajarita, acompañado de uno de sus hijos [fuente desconocida]

Y es que Alfonso era, como corresponde al caso, todo un hombre de mundo. Culto y educado, respetaba toda clase de creencias, era sumamente tolerante, místico hasta el exceso, y afirmaba que hay pocas cosas que los hombres sepan de verdad de esta vida o de la otra. Así, viviendo desde el misterio y querido por todos pese a su excentricidad tal vez por ser él mismo el más grande de todos los misterios que albergaba el pueblo, el Hostal “El Consul”, erigido sobre aquella loma solitaria desde la que se domina la carretera RM-F40, entre La Unión y Los Camachos, se convirtió en un lugar de mediano éxito. Tenía un disco-bar -negocio tópico en aquella España de la década de 1980- que acumulaba bastantes parroquianos y había, por lo común, una razonable ocupación de habitaciones… Hasta que la suerte cambió de manera inesperada, cosa bastante común en los locales excéntricos o regentados por personajes excéntricos: siempre les llega el día en que la gente se cansa de la novedad –porque ya no es tan nueva- y comienza a responder con simple indiferencia.

“Llegar al Hostal El Cónsul es relativamente fácil una vez que ya estás allí. Quiero decir que nos perdimos lo justo, no sabíamos cual de los caminos agrícolas nos llevaría al edificio. Primera toma de contacto: preguntar a las gentes del lugar y así nos llevamos la primera sorpresa. Nosotros preguntando por el Hostal El Cónsul y los vecinos nos cuentan que también se conoce el enclave como ‘la casa de los toreros’. Unos toreros de Cartagena que al parecer eran socios, o algo por el estilo, de Alfonso Martínez”[2].

Hostal-El-Consul (descubriendomurciacom)
Vista actual del hostal [Fuente: descubriendomurcia.com]

Así que Alfonso Martínez Saura, el cónsul de la túnica, las pajaritas, los abalorios y las máscaras africanas, se fue quedando solo en su hostal vacío sobre la cima de la colina. Melancólico a decir de los amigos íntimos que le fueron quedando y que se convirtieron en sus parroquianos habituales. Entre ellos un policía local, Antonio Mata, quien solía invertir algunas horas de su tiempo libre en la grata y entretenida compañía del aventurero y que, tal vez, fuera uno de los primeros en advertir que algo raro, una atmósfera extraña, empezaba a impregnar todo lo relacionado con él.

“Recuerda [Antonio Mata] que estaban casi a oscuras, en la barra del local, cuando alguien llamó a la puerta. El dueño ni siquiera parpadeó. ‘Ve a abrir’, le dijeron. Y don Alfonso contestó que no era nadie, que no se preocuparan. Aquella actitud encendió el instinto policial de Antonio, que se levantó al instante. ‘¿Cómo que no es nadie?’, le dijo a su amigo a la vez que los golpes se repetían. ‘Que no es nadie –explicó Alfonso-, solo un fantasma que, desde hace algún tiempo me visita’. Sorprendido por la respuesta, que no parecía una broma, Antonio esperó junto a la puerta a que se repitieran los golpes. Esperó, esperó… y entonces sucedió. Uno, dos… cuando la tercera llamada se iba a estampar sobre la madera de la puerta, el policía abrió. Y allí no había nadie. Bajó las escaleras a la carrera, mirando a ambos lados, y no había ni rastro de la persona que había llamado”[3].

Nadie hizo cuentas del singular suceso ni de la peculiar interpretación que le dio el hostelero. Al fin y al cabo, quienes le conocían estaban tan acostumbrados a su excéntrica visión de la vida y a sus peculiares teorías místicas, que incluso les pareció un comentario a todas luces normal, por esperable, en alguien como él.

Alfonso, el cadáver

En la mañana del 27 de marzo de 1982, fue que Alfonso Martínez Saura se mostrara vivo por última vez, realizando algunos recados por las calles del pueblo. Posteriormente, y según lo acostumbrado, a primera hora de la tarde uno de los pocos empleados que le iban quedando a aquel hostal menguante se presentó en la casa de la loma, en el horario convenido, dispuesto a afrontar sus quehaceres. Pero todo estaba cerrado a cal y canto, lo cual era muy inusual, pues era costumbre que el propietario ya le estuviera esperando con las puertas abiertas, embebido en algún quehacer. Por supuesto, no pensó en lo peor. Quién va a pensar en esas cosas en un pueblo en el que nunca suelen ocurrir… Quiso imaginar, simplemente, que alguna razón especial retrasaba al propietario y decidió esperar un tiempo prudencial. Pero cuando pasaron un par de horas y algún otro de los compañeros que habían ido llegando comenzó a impacientarse, acordaron entre todos dar parte a las Autoridades[4].

hostal-consul (la opinion de murcia)
Otra panorámica del hostal [fuente: La Opinión de Murcia].

Resultó que el policía local y amigo de Alfonso, Antonio Mata, terminaba el turno en el momento en el que los empleados del Cónsul se personaron en la comisaría, por lo que decidió acompañarlos él mismo hasta allí. Y la primera sorpresa fue que todo estaba cerrado desde dentro. Tras fisgar entre las ranuras de postigos y persianas, el juego cambiante de las luces permitió a los visitantes intuir sobre el suelo de una de las estancias de la planta baja lo que podría ser un cuerpo. Se pensó que algún achaque de salud podría haber acosado al propietario -pues ya tenía sus años- o, en el peor de los casos y teniendo en cuenta los accesos de melancolía que lo asaltaban en los últimos tiempos y la mala marcha del negocio, cualquier otro disparate. Sea como fuere, el agente Mata decidió no esperar más. Se hizo con una linterna y en ese mismo momento se abrió paso hasta el interior rompiendo unos cristales.

El cuerpo sin vida del antiguo diplomático yacía junto a la barra del bar, sobre un charco de sangre. Sin duda, visto el piquerismo de la agresión aquello tenía que ser un asesinato –la médico que certificó la defunción contaría hasta 63 puñaladas procuradas con un arma de pequeñas dimensiones, ninguna de ellas mortal de necesidad lo cual hace pensar en un premeditado mecanismo de tortura-. En una de sus manos, ya agarrotadas, había un mechón de cabellos que probablemente pertenecieran al agresor. En una de las habitaciones alguien, quizá él, quizá el asesino, había dejado un grifo abierto y la bañera se había desbordado. Y el libro de entradas del hostal era un testigo mudo porque no había ninguna entrada o salida en aquella fecha. Teóricamente, Alfonso estaba solo. Y si no lo estaba, el hecho es que tampoco ha habido hasta el presente forma humana de discernir cómo pudo su asesino abandonar el edificio y cerrarlo desde el interior al mismo tiempo[5]. Eso, por supuesto, siempre que no fuera la propia víctima quien se encerrara en un intento de escapar de una mano asesina que bien pudo abordarlo fuera, para luego fallecer en soledad. Explicación que, visto lo visto, se antoja como la más probable.

“Lo mató el fantasma”

Ciertamente, la muerte del extravagante hotelero, por misteriosa e inesperada, dio mucho que hablar en la comarca, pero nunca se pudo pasar de la especulación y la sospecha infundada. Sin embargo, el instinto policial de Antonio Mata, implacablemente, apuntaba solo en una dirección porque solo una parecía existir. Al fin y al cabo, Alfonso no tenía relaciones conocidas que pudieran justificar un crimen pasional, no había motivo alguno para suponer que hospedara a alguien sin seguir el trámite habitual, y nadie en La Unión o en Los Camachos, donde era bien conocido, sabía de persona alguna que pudiera tener razón alguna para torturarlo hasta la muerte. De modo que, en efecto,

“lo mató el fantasma. Es decir, lo que [o quien] fuera que estuviera tras la misteriosa llamada de aquel día, aquello que llevaba tiempo asediando a don Alfonso. Es solo una hipótesis. Por frustrante que resulte, el caso nunca se resolvió”[6].

Evidentemente, Mata hablaba en sentido figurado, refiriéndose al desconocido -o desconocida- que llamó a la puerta aquella noche en la que se dedicó a perseguir humo, pero ello no obstó para que los fantasiosos de costumbre lo interpretaran literalmente. Así, ante la falta de progresos policiales pues los agentes fueron claudicando ante la falta de indicios, aquello terminó convirtiéndose con el devenir del tiempo en lugar de peregrinaje para domingueros, amigos de lo raro, caza-fantasmas “profesionales”, algún que otro vándalo, y buscadores de aventuras de todo cuño y condición. Incluso se grabaron psicofonías, algunas muy famosas y emitidas en diversos medios: “aquí nací, aquí muero” y “por mentir, cerdo, ¡muere por mentir!” –o al menos eso dicen, que dicen- son las dos más conocidas[7]. Pero hay algunas más. No obstante, y como suele ocurrir en estos casos, ninguna de ellas ayuda a resolver nada porque los fantasmas, y mira que es mala suerte, suelen ser muy ligeros para desahogarse ante el micrófono del primero que aparece, o para “mostrarse” como curiosos efectos de luz en las fotografías, pero bastante malos recordando nombres, apellidos o cualquier otra clase de dato que pueda resultar de cierta utilidad a la justicia.

El caso es que –volvamos al terreno firme- el único indicio razonable, los cabellos que Alfonso sostenía en su mano, ayudaron poco en la medida que la tecnología de la policía científica del momento no pudo emplearlos para extraer ni tan siquiera un perfil de ADN. También se encontró, dos días después, la cartera de Alfonso Martínez Saura en un camino cercano, pero quien la tirase allá no se había llevado ni el dinero que había en su interior. Ni tan siquiera los escasos clientes que se habían alojado en el hostal en días previos, y que fueron escrupulosamente localizados, fueron capaces de recordar algo singularmente raro durante su estancia. De tal suerte el caso quedó en punto muerto y terminó cerrándose. Al igual que el dichoso hostal, que aún hoy sigue abandonado. Los herederos del propietario, dueños a su vez de la finca y de la casa, sacaron de ella cuanto estimaron conveniente y la abandonaron a la ruina lamentable en la que todavía hoy permanece. Un cascarón vacío, sin cristales, expuesto a los vientos de aquella loma solitaria en la que se levanta y a la que todavía hoy se hacen excursiones en busca del fantasma asesino… O el del asesinado.

“El hostal está en barbecho, y vacío. ‘No hay muebles [explica el alcalde de La Unión, Pedro López]. Aquello en su día se expolió todo. Lo que no se llevaron los familiares, se lo llevó la gente. Sólo quedan las paredes, el cascarón’ […]. Sobre la posibilidad de que el inmueble pase a ser de titularidad municipal, y recuperarlo, Pedro López señalaba que ‘yo no sé otros alcaldes si se lo plantearon, pero ahora, por la situación en la que está en municipio, no es algo prioritario’”[8].

Hipótesis para un crimen sin criminal

Coincido con Francisco Pérez Caballero en una idea: don Alfonso conocía al criminal. Difícil es discernir de qué o por qué, sobre todo teniendo en cuenta la azarosa y aventurera existencia que el hombre había llevado hasta recalar en su hostal, pero el hecho de que no se forzaran puertas o ventanas a horas intempestivas de la madrugada solo permite explicar la presencia de un extraño en la casa de la loma desde el conocimiento previo entre víctima y victimario. Y si lo abordó en el exterior, es indudable que hubo de existir un intercambio de opiniones más o menos subido de tono previamente a la agresión. Incluso el enigmático y taciturno comentario que hiciera a sus conocidos en aquella reunión nocturna apunta a cuentas pendientes: “un fantasma que desde hace algún tiempo me visita”, es decir y leyendo entre líneas, un fantasma del pasado.

Problema bien diferente es el tipo de cuentas que ese “fantasma” trajera consigo. Lo que está claro es que no se trataba de un tema político, o de alguien que viniera a establecer una hipotética conspiración de silencio. Digo esto en la medida que, según se cuenta, por aquellos días Alfonso Martínez Saura estaba escribiendo sus memorias y, teniendo en cuenta su pasado como diplomático, bien podría pensarse que contuvieran informaciones “complicadas” o “molestas” para alguien de cierto peso. Pero sucede que el tal manuscrito es quimérico pues nunca ha aparecido –tampoco apuntes o borradores- y, además, la mecánica del crimen contradice esta teoría. Los crímenes por encargo suelen ser profesionales, asépticos, quirúrgicos: el profesional planifica, llega, mata y escapa. Reduce su intercambio con la víctima al mínimo imprescindible y, desde luego, no comete el error de dejar un jirón de su cabello o cualquier otro detalle incriminatorio de tal magnitud tras de sí… Y sin embargo aquí nos encontramos con claros signos de pelea y 63 puñaladas no letales procuradas con un arma pequeña, lo cual nos habla de enfrentamiento, tortura, saña y venganza. El asesino o asesina pudo parar, pero decidió seguir con lo suyo hasta el puro agotamiento.

Hostal el Consul (Youtube)
Panorámica del hostal desde el camino de acceso [fuente: YouTube].

Quien mató al pobre hostelero perseguido por la melancolía venía a ajustar cuentas con el honor. A purgar un desaire. A escarmentar. Tal vez, incluso, no traía la intención premeditada de agredirlo a tenor del arma utilizada, que nos habla de improvisación, enfrentamiento intempestivo y chapuza. Podría, ya que estamos, tratarse de un robo que salió mal, cometido por un aficionado de paso que esperaba más botín del que pudo encontrar en aquel negocio venido a menos y en el que, por no haber, no había ni clientes.

Lo cierto es que más de 35 años después, salvo error u omisión, el crimen ya no se resolverá. Es probable, ya que estamos, que tantos años después ni el criminal se cuente ya entre los vivos. Que, irónicamente, sea un verdadero fantasma.


[1] Pérez-Caballero, F. (2012). Dossier Negro. Edición España. Madrid: Atanor Ediciones.

[2] Anónimo (2015, octubre). Hostal El Consul y su enigmático crimen 30 años después. En: Descubriendo Murcia [https://www.descubriendomurcia.com/hostal-el-consul/, recogido en mayo de 2018].

[3] Pérez-Caballero, F., 2012, op. cit., p. 198.

[4] Lucas, A. (2016). ¿Quién apuñaló hasta la muerte al dueño del Hostal “El Cónsul”? La Opinión de Murcia, 3 de abril [http://www.laopiniondemurcia.es/comunidad/2016/04/03/apunalo-muerte-dueno-hostal-consul/726043.html, recogido en mayo de 2018].

[5] Ibíd. anterior.

[6] Pérez-Caballero, F., 2012, op. cit., pp. 199-200.

[7] Lucas, A., 2016, op. cit.

[8] Lucas, A. (2017). El Hostal El Consul no ‘revive’ desde el asesinato de su dueño hace 35 años. La Opinión de Murcia, 30 de julio [http://www.laopiniondemurcia.es/municipios/2017/07/30/hostal-consul-revive-asesinato-dueno/849055.html, recogido en mayo de 2018].

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