Atávicos y positivos

Cesare Lombroso
Cesare Lombroso (1835-1909).

Médico, darwinista convencido, psiquiatra prestigioso[1] y conocedor de las metodologías precoces empleadas en la detección y examen del delincuente –tales como la frenología de Gall y Spurzheim o la entonces incipiente antropometría de Alphonse Bertillon-, Cesare Lombroso comenzó a pensar hacia 1871 en las bases de lo que luego sería su harto popular teoría criminológica, un tema que ya le venía preocupando desde hacía mucho tiempo. De hecho, contaba tan sólo 24 años cuando,

“recién doctorado y trabajando en Pavía, se incorporó como médico al ejército piamontés, llegando a participar activamente en las sangrientas batallas de Magenta y Solferino, que se saldarían en ambos casos con severas derrotas de las tropas austriacas. Fue durante estos episodios bélicos, al tener que atender a un buen número de soldados heridos, que el joven Lombroso se sorprendió al observar que la mayor parte de la soldadesca deshonesta, brutal e ineducada, lucía en brazos y pecho tatuajes obscenos. El éxito del tatuaje era porcentualmente mucho mayor en el seno de esta “tropa deshonesta”, que entre el resto de los soldados”[2].

Fue a partir de sus observaciones sobre el tatuaje que Lombroso comenzó a pensar en el asunto del “atavismo”, si bien no acababa de encontrar evidencias sólidas con las que corroborar sus impresiones y, en tales condiciones, se hacía complicado avanzar una teoría precisa. No obstante, en el mencionado 1871, tuvo la ocasión de estudiar el cráneo de Villella, un celebérrimo bandido y asesino, perseguido durante décadas por la justicia transalpina. Concluyó que aquel hombre mostraba obvias deformidades craneanas, así como ciertos rasgos anatómicos “propios de los simios”. El hallazgo comparativo resultó de una serendipia en la medida que Lombroso estaba buscando específicamente criterios de base que permitieran establecer relaciones y diferencias entre el delincuente, el hombre salvaje, el sujeto normal y el enfermo mental, y no había pensado en considerar una teoría criminogenética. En todo caso, dio un giro a sus primeros planteamientos para manifestar en sus Memorias sobre los manicomios criminales (1872) que existirían preclaros puntos de contacto entre delincuentes y locos, si bien cabría considerar a los primeros no como enfermos, sino como seres claramente “deformes” y “anormales”, cercanos al hombre primitivo e incapacitados para la vida en sociedad, por lo que el Estado debiera plantearse la creación de instituciones especiales para criminales en las que no se mezclaran arbitrariamente con otros enfermos mentales y se pudiera, al mismo tiempo, estudiarlos con detenimiento y precisión para desarrollar políticas preventivas.

A partir de este momento y guiado de la asunción manifiesta de la teoría de la selección natural de Charles Darwin, así como por los planteamientos de Herbert Spencer y Francis Galton acerca de la herencia, Cesare Lombroso dedicó gran parte de su tiempo a visitar prisiones a fin de estudiar antropométricamente –centrándose con especial interés en los datos arrojados por el examen craneológico- a diversos delincuentes, vivos o ya ejecutados, para posteriormente cotejar los resultados obtenidos con la anatomía craneana de simios y fósiles humanos prehistóricos, o informes acerca de la vida y costumbres de los “hombres primitivos” que arrojaban las expediciones antropológicas tan populares en la época[3]. Su teoría del atavismo, aún dotada de un etnocentrismo absurdo y claramente impregnada de falacias eugenésicas que en aquellos días estaban aún lejos de su desacreditación científica, tomaba forma. Llegó así a la conclusión de que el delincuente era, básicamente y con total independencia de su sexo, un individuo dotado de rasgos morfológicos y conductuales arcaicos, aquejado de un síndrome hereditario: el dichoso “atavismo”. Es decir: no era la sociedad quien hacía al delincuente, ni tan siquiera la enfermedad mental como tal sino que, en todo caso, el criminal a menudo nacía ya “construido” para serlo.

Ciencia y pseudociencia

Recuérdese que, según las estimaciones del propio Galton[4], gran defensor del criterio eugenésico, a lo largo de las generaciones los caracteres sufrían a menudo una fase involutiva en la media de las poblaciones. La selección natural deficiente propiciada por la artificiosidad de las sociedades humanas daba pie a la perpetuación de rasgos indeseables y empobrecedores de la calidad genética de la especie que, cada cierto tiempo y por deriva génica, se popularizaban en una población dada. Esto permitía explicar, en su opinión, porqué entre los seres humanos de cualquier lugar, clase y condición, predominaba la mediocridad física e intelectual sobre el talento. Los individuos más aptos eran siempre una inmensa minoría. Desde este punto de vista, hoy risible pero entonces tomado muy en serio, Galton entendía que los procesos de herencia debían ser manipulados mediante una adecuada política eugenésica, a fin de incrementar la aparición de los rasgos genéticos más adaptativos y deseables, y propiciar así una disminución de aquellos otros que empobrecían la herencia. Precisamente, la investigación de un fascinado Lombroso se centró en el estudio de aquellos rasgos que Galton pretendía erradicar puesto que en ellos, sostenía, se encontraba el fundamento de la conducta criminal. El fundamento último del atavismo. Así, estimaba que en cualquier población humana sobrevivía una minoría de sujetos en los que estas taras filogenéticas se manifestaban de modo extremadamente nítido y que, en puridad, podía considerarse que aquellos individuos no eran otra cosa que indeseables efectos involutivos del proceso de la selección natural[5].

Francis Galton
Francis Galton (1822-1911), en fotografía realizada hacia 1850.

Lombroso argumentaba, por ejemplo, que en las sociedades primitivas ciertos rasgos como el fuerte deseo de matar, son muy relevantes para la supervivencia ya que los individuos guiados por este impulso resultarían “cazadores más eficaces”. Sin embargo, en las sociedades civilizadas, la aparición de este tipo de rasgos atávicos supondría una regresión a momentos pasados de la historia evolutiva de la humanidad y, consecuentemente, causa inmediata de conductas no deseables como el crimen. En los países más avanzados y entre las clases sociales más refinadas, debido a factores como la natalidad controlada y el énfasis en la “pureza de sangre”, era más extraña la aparición de sujetos genéticamente peligrosos. Pero no sucedía lo mismo en las naciones atrasadas e incluso en los suburbios industriales empobrecidos de los países desarrollados, en los que un absoluto descontrol sobre la natalidad y la mezcla indiscriminada de la población multiplicaban las posibilidades de que se presentaran los caracteres atávicos. Es evidente que todo esto no es más que una completa sarta de sandeces pseudocientíficas, pero se sorprendería el lector de la ingente cantidad de personas que aún estima que este tipo de argumentos son básicamente ciertos lo cual, en todo caso, no es otra cosa perfecto ejemplo del éxito histórico-cultural del lombrosianismo.

Añadiremos en este punto que los comentarios sexistas que jalonan la obra de Lombroso, así como de buena parte de sus seguidores, no sólo son resultado efectivo de la época en que se realizaron, sino que también muestran claramente su propia consideración acerca de la mujer, ya arraigada en la juventud[6]. Este tipo de ideas eclosionarían con la publicación de un volumen dedicado al crimen femenino, La donna delinquente (1893), en el que estableció, entre otras cosas, que las mujeres no delinquen violentamente tanto como los hombres por la sencilla razón de que ocupan un lugar inferior en la escala evolutiva. De este modo, el atavismo se manifestaría en ellas a través de una potenciación de los más bajos instintos y, en consecuencia, serían más viciosas que el varón, de suerte que elegirían prostituirse antes que matar. Esto significaba que, si bien desde un punto de vista jurídico y médico el crimen femenino es equiparable en todos los términos al masculino,

Donna Delinquente“la prostitución es un fenómeno atávico específico de la mujer, y tienen una mayor presencia dentro del tipo de delincuente nato que el resto de las mujeres delincuentes, conclusión a la que llegó no solamente a partir de la aplicación de su método a casos precisos, sino a través del análisis de un ingente material histórico y etnográfico. Además, desde el punto de vista delincuente, a las meretrices las incluyó por encima de otros tipos, como las homicidas ladronas en el modelo de la criminalidad, además de coincidir con el resto de tipos en su falta de sentido maternal”[7].

Tipología criminal

En base a sus estudios, Lombroso elaboró una tipología en clave psicobiológica del delincuente que distingue cinco tipos básicos. Sorprenderá al lector comprobar lo cercana que se encuentra esta clasificación de la ya ideada en su día por Pinel y, más aún, lo próxima que le parecerá si la compara con muchas de las que se manejan en la actualidad lo cual, dicho sea de paso, debería inducirnos a pensar en una revisión teórica de las mismas:

  1. Delincuente nato. El principal o básico y, por tanto, el más extendido en la sociedad.
  2. Delincuente loco-moral. Fundamentalmente un idiota, o “imbécil moral” como fue llamado por autores como Prichard o Nicholson, que no comprende los sentimientos morales ni tiene “conciencia”. Así, se ve constantemente superado por los instintos primarios siendo son estos los que le inducen a la conducta delictiva. Sería lo que hoy denominamos genéricamente “psicópata”
  3. Delincuente epiléptico. Lombroso arguye su existencia sobre casos reales de sujetos impelidos al crimen tras haber sufrido alguna suerte de trauma psicofisiológico que altera su percepción de la realidad.
  4. Delincuente loco. Básicamente un demente. Este aparatado engloba tres subtipos: alcohólicos, histéricos y “mattoides”[8].
  5. Delincuente pasional. El concepto de pasión se entiende en un sentido amplio y englobaría no sólo las motivaciones sentimentales, sino también a las de carácter moral como son las patrióticas, religiosas, etcétera. Lombroso no encuentra diferencia alguna entre este tipo de delincuente y los otros, si bien, tal y como sucede hoy en día cuando se habla de fenómenos como el del terrorismo, arguye que suele tener un intelecto más alto –probablemente pretendiera referirse a un mayor nivel cultural- que la media de los criminales y cuenta con un mayor grado de altruismo.
  6. Delincuente ocasional. Este tipo ni pretende cometer delitos ex profeso, ni busca a propósito el momento de cometerlos, pero sí muestra cierta tendencia hacia el crimen que en la mayor parte de los casos le lleva a él por razones generalmente insignificantes. Para Lombroso existen tres subtipos dentro de este: “pseudocriminales” -no son peligrosos y delinquen por motivos extraordinarios como el honor-; “criminaloides” -un punto intermedio entre el delincuente nato, el ocasional y el hombre normal que en el fondo tiene alguna clase de degeneración no visible a simple vista, tendente a los vicios, y que llega al crimen impelido por circunstancias adversas, o bien por efecto mimético; y “habituales” -aparentemente normales, sin taras precisas o significantes, han pasado la mayor parte de su vida en un ambiente difícil, peligroso, hostil que finalmente les lleva al delito. Se trataría pues de criminales de raíz ambiental-.

A tenor de la clasificación precedente, resulta obvio que Lombroso no abarcaba todos los casos posibles y se curaba en salud. En efecto, su teoría no admitía cierre –apresurémonos a decir ninguna de las teorías formuladas a partir del determinismo psicofisiológico lo admite- y, como él mismo reconocía, sólo el 40% de los criminales parecía tener las marcas antropométricas típicas de la “predisposición al delito”. El resto, nada menos que el 60% de los delincuentes que estudió, llegaban al crimen por lo general desde la “causación externa”. Sin embargo, y ya parece suficiente atrevimiento afirmarlo, Lombroso sostuvo que quienes contaban con esos estigmas atávicos no podrían en modo alguno escapar de la determinación biológica y sin no habían delinquido nunca, lo harían en el futuro:

“Brazos relativamente largos, pie prensil con dedo gordo móvil, frente baja y estrecha, orejas grandes, cráneo grueso, prognato en una gran mandíbula, pelo copioso en el pecho del macho, piel oscura, sensibilidad disminuida al dolor y ausencia de reacción vascular (los criminales y los salvajes no se ruborizan). […] Los niños eran algo así como criminales natos. El perfil psicológico de los pequeños se asemeja al de los delincuentes. Ambos presentan rasgos tales como enojo, venganza, celos, mentira, falta del sentido moral, falta de afectos, crueldad, pereza, uso de slang [jerga malsonante], vanidad, alcoholismo, predisposición a la obscenidad, imitación y falta de previdencia”[9].

En definitiva, más de media humanidad.

No obstante, y pese a lo disparatada que pueda resultarnos en la actualidad, en descargo de la obra de Cesare Lombroso cabe afirmar que su autor siempre fue un hombre de gran integridad científica y personal que,

“continuamente revisaba sus conclusiones a la luz de nuevos hechos, o por la nueva interpretación de sus datos originales cuando lo consideraba necesario. Nunca impuso una forma final a su teoría antropológica, y por esta razón siempre quedará como una inspiración para quienes se dediquen al terreno criminológico”[10].

Qué menos.


[1] Lombroso fundó en 1867 la Revista Trimestral Psiquiátrica, primera publicación de estas características editada en Italia.

[2] Pérez-Fernández, F. (2004). El atavismo en el albor de la psicología criminal: Cesare Lombroso y los orígenes del tatuaje. Revista de Historia de la Psicología, 25, 4: 231-240, p. 235.

[3] Cabe significar que Galton no estaba de acuerdo con las conclusiones “prematuras” de los estudios antropométricos, por cuanto albergaba serías dudas en lo referente a su validez teórica y experimental pues dudaba de la validez de la medida corporal como variable independiente [véase por ejemplo sus comentarios al respecto en: Galton, F. (1904). Memories of my life. London; Methuen].

[4] Galton, F. (1883). Inquiries into human faculty and its development. London, Macmillan.

[5] Obsérvese que hay un terrible error de fondo en este modo de pensar, por cuanto se considera que la evolución es “progresiva” y tiende siempre “hacia la mejora”, lo cual implica un proceso biológico dirigido hacia un fin –u ortogénesis-. Hoy es bien conocido que la evolución de las especies es un proceso básicamente probabilístico que no va hacia parte alguna en concreto y que, por tanto, la visión ortogenética de la misma es simplemente falsa.

[6] Con tan sólo veinte años, Lombroso se empeño en desarrollar una teoría con la que demostrar que la mujer estaba reñida con la inteligencia.

[7] Herranz de Rafael, G. (2003); Sociología y delincuencia. Granada, Editorial Alhulia, p. 33.

[8] Los “mattoides” son aquellos individuos que no manifiestan rasgos claros de demencia ni poseen dolencia alguna de carácter psicofisiológico, pero que aun así muestran tendencias impúdicas y una personalidad disoluta incapaz, en la mayor parte de las circunstancias, de aceptar normas o conducirse por un elemental sentido común. A este tipo de sujetos Maudsley los calificó como de “temperamento alocado” y otros, como Cullere, los denominaron “fronterizos”. Hoy en día, todavía subsisten en el catálogo de las enfermedades mentales (DSM-5) bajo la nomenclatura genérica de “trastorno antisocial de la personalidad”.

[9] Lizarraga, F. y Salgado, L. (2000). “Patagónicos y lombrosianos”. En: Ciencia Hoy, vol. 10, número 59.

[10] Scott, H. (comp.) (1964). Enciclopedia del crimen y los criminales. Barcelona, Editorial Ferma, p. 104.

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