El mesías de “El Principito”

He de decir que no soy objetivo en todo esto.

El dichoso Principito que a muchos nos obligaron a leer en el colegio como si de una especie de santo grial de la literatura infanto-juvenil se tratara, me ha provocado siempre una profunda repugnancia. Es un libro cursi, de un moralismo tontorrón y pseudo-intelectual escrito por este tal Saint-Exupery que, huérfano de padre desde la infancia y procedente de una familia de boato venida a menos, después de hacerse piloto y andar en un montón de correrías aéreas, se casó con una millonaria salvadoreña que prácticamente le puso al mando de una empresa aeronáutica argentina a la que llevó a la ruina. Una pena, la verdad, porque entonces, como si hubiera visto la luz tras caerse del caballo, le dio por escribir a troche y moche a fin de ilustrarnos con pretendidos “paraísos interiores” y con los inefables resultados que todos conocemos.

En realidad, y como se clarifica a la perfección en cada una de las relamidas páginas de su célebre opúsculo, de pretensión claramente auto-terapéutica, Saint-Exupery fue el perfecto prototipo del síndrome de Peter Pan[1]: un tipo inmaduro que se pasó media vida en su Nunca Jamás particular, empantanado en el marasmo de su propia infantilidad, molesto porque la vida nunca le fue cómo a él le hubiera gustado, ahogado en sus muchos complejos, y absorto en sueños de una gloria heroica –hizo todos los esfuerzos posibles por lograrla como piloto militar durante la Segunda Guerra Mundial- que nunca obtuvo. No. No crean que es casual que al principito de marras se le pinte siempre con charreteras y espada. Y es que El Principito no es otra cosa que la obra de un niño sin padre que busca a todo trance una figura sustitutiva y, en el camino, torturado por una existencia demasiado real que no le permite huir a sus magníficas ensoñaciones, nos va colando con calzador un montón de idearios y moralinas tan viejos y manidos como nuestra propia cultura. No obstante, y al mismo tiempo, el escritor no reconoce la creación en sus creadores, y se la apropia sin complejos. En efecto. No lo soporté en mi adolescencia, y con menor razón lo soporto ahora. Entre otras cosas a causa de la historia que voy a relatar en este post. Tomen buena nota de todo cuanto he dicho.


Eduardo González Arenas (Miguel Gener - El Pais)
Eduardo González Arenas [Fuente: Miguel Gener / El País].

Vamos a la montaña

Eduardo José González Arenas –conocido popularmente como Eddy o Eddie, que tanto da- de aspecto atractivo y juvenil, siempre bien trajeado y presentable como corresponde al buen impostor, concibió la genial idea en torno a la navidad de 1969. Por aquellos días estaba ya separado de su primera mujer, a la sazón nieta del dictador dominicano Trujillo, a la que había conocido a comienzos de 1968, y era padre de un hijo al que hacía ya tiempo que no veía –argumentaba que porque la familia de ella lo había “secuestrado”-, hecho que le provocaba una tremenda frustración[2]. Sintiéndose solo, amargado y traicionado, así lo contó el mismo, decidió fundar su propia “familia” y encontrar a sus propios niños.

Aficionado al montañismo, decidió organizar un grupo de montaña para niños. ¿Adivinan cómo lo llamaron? Pues como suele denominarse a toda organización de estas características que quiera convencer a los padres de los beneficios de la vida sana, ordenada, con cierto toque militar, patriotismo de garrafón, y afán por la preservación de las buenas costumbres y de los valores tradicionales: “Asociación de Montaña Edelweiss”. Los tramposos no dan puntada sin hilo y saben mucho de psicología parda. Edelweiss, la famosa flor de montaña austriaca, suena a la familia Trapp –la protagonista de Sonrisas y lágrimas-, los míticos Alpes, esa moralidad cuadriculada germánica que tanto ha agradado siempre por estos pagos sin que nadie sepa bien por qué, y el buen rollo familiar –con cierto sesgo ario- de esa monjil fräulein Maria canturreando su inocencia por verdes praderas. De hecho, el primer centro de reuniones del colectivo fue un salón parroquial cedido por la madrileña iglesia de Nuestra Señora del Sagrado Corazón.

Por cierto, nos dejamos en el tintero un detalle fundamental: Eddy era ex legionario lo cual le concedía un manifiesto plus de respetabilidad que, en determinados entornos sociales anacrónicos y ultraconservadores, se valoraba mucho. Lo que nunca contaba, por supuesto, era que había sido un pésimo soldado que pasó por dos condenas disciplinarias y 16 meses de arresto. De hecho, el tinglado de la Asociación Juvenil de Montaña Edelweiss, luego significativamente rebautizada como “Boinas Verdes de Edelweiss”, estaba construido sobre el andamiaje de una jerarquía paramilitar, emulando no solo el tema de la pulcra uniformidad, sino también los rangos, las unidades… Y es que, lamentablemente, nada pone tanto a algún que otro padre y madre como ver a su niño embutido en un uniforme y marchando con absoluta marcialidad y gallardía, pendones al viento y al son de los tambores. Así va esto, y bien lo sabía el espabilado de Eddy, un completo apasionado de esa milicia a la que tan mal sirvió.

Lo cierto es que este tipo había diseñado el plan perfecto a fin de ganar la confianza de los padres para que alistaran a los niños en su organización juvenil de sesgo fascista. Y la estrategia era magnífica: introducirse en la comunidad por el camino más eficiente para traspasar su corazón conservador de parte a parte, a saber, los colegios y las parroquias. El éxito del engendro fue arrollador. En apenas cinco años la organización tenía sedes en cuatro colegios y tres parroquias madrileñas, y se había extendido ya a otras ciudades españolas, habiendo pasado por ella unos quinientos niños y niñas. De entre todos ellos, al menos cincuenta se terminaron incorporando como miembros fijos en la estructura del tinglado y el asunto iba ya sobre ruedas. No es solo que el negocio fuera redondo y Eddy cada vez pudiera lucir mejor palmito y coche, es que la absoluta confianza de las comunidades en las que las ratas de Edelweiss ponían el pie lo veneraban como el perfecto yerno, el perfecto hijo, el hermano ideal, el caballero español modélico. Una verdadera alma de Dios.

Sin embargo, la cosa iba de otro rollo bien diferente. González Arenas empleaba las primeras salidas campestres, así como las reuniones que mantenía con los chiquillos que se iban incorporando a la organización en los locales que gustosamente cedían colegios e iglesias, para someterlos a profusas sesiones de adoctrinamiento que, incluso, comenzaban con un solemne juramento de sesgo filonazi. El problema, sin embargo, resultó ser que aquello creció demasiado deprisa y, ya en otoño de 1975, Eddy había comenzado a perder el control total que había mantenido sobre la distopía, de modo que fue acusado por algunos de los recién incorporados a su estructura de apropiarse indebidamente de los fondos de Edelweiss. Tras su expulsión de la organización que él mismo había construido, el ex legionario se dio cuenta de que tocaba liar el petate.

De la montaña, a la dinámica sectaria

González Arenas, antes de verse en problemas, extrajo al núcleo de la primera Edelweiss –sus incondicionales-, y la recompuso sobre dos pilares: una cara visible que, emulando la temática de los Boy-Scouts y denominada en el colmo de la originalidad como “rangers”, seguía vendiendo la historia de las excursiones a la montaña, los campamentos de inquebrantable disciplina, la vida sana y toda esa parafernalia que compraban con sumo gusto padres, directores de colegio y sacerdotes; y otra oculta, para iniciados y ya propiamente afín al ideario nazi, a la que de forma harto elocuente denominó “camisas pardas”. Recuérdese que estamos en las postrimerías del franquismo y este tipo de cosas todavía estaba bien vista por muchas familias y resultaban simpáticas a las decadentes Autoridades de la dictadura. No en vano, este tipo de organizaciones juveniles milicianas, ultramontanas y derechistas eran bastante comunes en la España de entonces.

No obstante, el problema de Eddy es que además de la pasta y el control de aquellos acólitos fieles a los que en la sombra adoctrinaba sin miramiento alguno en toda suerte de perversiones ideológicas, y que terminaban admirándolo como a una especie de semidiós, era un pederasta con las manos demasiado largas que, lentamente, fue cerrando a las féminas las puertas de su montaje. Así se explica el doble rasero de sus organizaciones: junto a la visible, que realmente se dedicaba a esa vida de montaña y aventura que prometía, y en la que no ocurría nada censurable, existía la otra, oculta y pervertida, hacia la que iba deslizando a los chiquillos más débiles y sugestionables para poder aprovecharse de ellos. Todo era cuestión de estudiar el material que le llegaba y saber seleccionar.

De modo que solo un año después, en 1976, fue condenado de suerte inconcreta por “corrupción de menores”, pasando por ello dos meses en la cárcel. Él lo negó todo, claro, y la irrisoria condena se debió a la falta de testigos fiables, así como a la incapacidad de la justicia para hacer buena la acusación por falta de indicios. Pero a González Arenas, que no era tonto, el fatal acontecimiento le sirvió de aviso: Franco había muerto y el advenimiento del nuevo modelo democrático, mal que bien, se columbraba como irreversible por lo que estos devaneos ideológicos tenían poco futuro. Tocaba por consiguiente cambiar de estrategia a fin de seguir alimentando su sed de poder, dinero y sexo.

Lo relevante en este caso es que los dramas posteriores pudieron evitarse llegados a este punto, en el que la peor parte de la tragedia aún se encontraba en fase embrionaria. El hecho de que nadie hiciera gran cosa para evitarla, incluso teniendo en cuenta que algunos de los padres de los niños afectados por la vergüenza del falso ejército infantil eran policías –lo cual dice mucho por cierto de la mentalidad sociopolítica de la policía de la época-, tiene mucho que ver con el terror que provocaba la idea de que un escándalo sexual de esta magnitud explotara en la pacata España de 1976 donde, como todo el mundo sabía, “estas cosas no pasaban” (!). De modo que todos los actores implicados decidieron echar tierra sobre el asunto, esconderse en su particular agujero, capear el temporal en solitario y mirar hacia otra parte. Lo de siempre: que lo arregle otro.

El Príncipe Alain

Como todo buen liante, Eddy era un tipo con mucha labia y gramática parda gestada en bastantes horas de lectura inconsistente, acrítica, de aluvión. Igual se metía con textos ufológicos y espiritistas, que se tragaba un par de tomos de historia militar, unos cuantos folletos religiosos y terminaba con un librote de autoayuda. De postre: dos novelas. Ignoramos si fue durante su breve estancia a la sombra cuando dio con el dichoso Principito o ya lo conocía de antes, así como con otro engendro literario, no menos atiborrado de insoportables sentimentalismos y moralinas, que se hizo muy popular en la España de finales de la década de 1970: Juan Salvador Gaviota, de Richard Bach –incluso a mí me regalaron por mi cumpleaños un ejemplar de esa cosa pringosa-. Y sacó muchas ideas “productivas” de ahí.

A su salida de prisión decidió instalarse en la localidad de Las Rozas y reorganizar el grupo, si bien el cuento ideado por Eddy para mantener viva la historieta cambió de cara por completo. El maquillaje conversivo resultó fascinante. La cuasi secta de González Arenas pasó de la militarización fascistoide manifiesta y su tendencia expansiva a transformarse en un colectivo mucho más reducido y controlable regulado mediante un amasijo de estructura militar, fascismo encubierto, doctrina religiosa extravagante, pseudofilosofía de baratillo montada alrededor de los penosos librillos de Saint-Exupery y Bach, así como toda suerte de tonterías ufológicas y espiritualistas. Ya la nomenclatura ideada para la refundación de la organización, a la que popularmente se seguía conociendo en muchos lugares como “Edelweiss”, es muy significativa: “Guardia de Hierro de Delhais”[3]. Por supuesto, en la fachada sobrevivía el asunto de los grupos de montaña y las salidas al campo, pero en su reverso todo se reducía a un profundo y sostenido adoctrinamiento de los jovencitos en el magma infame que acabamos de describir, y que Eddy se encargaba de mantener muy vivo en la mente de los chicos programando reuniones periódicas de los grupos en el Parque del Retiro y el Barrio de Salamanca.

Durante esos encuentros, todo comenzaba con un extraño juramento que debía emitirse con todo rigor y sentimiento, y que de no cumplirse –empezando por el sometimiento a la estricta jerarquía del grupo y a sus demandas-, conllevaba castigos y humillaciones interpuestas por vergonzantes “tribunales de honor”[4].

Tras ello, y mezclado con las clases particulares que ofrecían a los niños para ayudarles en sus estudios y que servían de coartada perfecta ante los padres para justificar tanta reunión y compadreo, venían horas de confusas enseñanzas que mezclaban diferentes idearios tomados a bulto de colectivos, contextos y sectas heterogéneos que iban desde los Testigos de Jehová a la Legión, pasando por los Niños de Dios, el nazismo o la Misión Rama. Todo ello regado con profusos debates surgidos de la lectura de pasajes de los antedichos El Principito y Juan Salvador Gaviota –libros ambos que los críos debían, leer, estudiar y atesorar-. Por supuesto, y como corresponde al caso, este cacao mental se encontraba al servicio de Eddy, quien se presentaba príncipe del planeta Delhais, el “planeta de los niños” en una constante guerra con el planeta “Nazar”, que había venido a la Tierra a salvar a unos cuantos elegidos del desastre nuclear que la destruiría definitivamente en 1992. Porque allá en Delhais todos los elegidos, que harían un largo viaje intergaláctico, serían como el principito de la ficción: tendrían un desierto para ellos solos donde cuidarían una flor solitaria, estarían dotados con súper-poderes increíbles y vivirían experiencias maravillosas reservadas solo para ellos.

Los chiquillos, claro, debido a su tierna edad y calenturienta imaginación, escuchaban aquellas historietas en puro estado de éxtasis. Especialmente en una época en la que hacían furor los culebrones espaciales, lo alienígena estaba en boga y la juventud española había pasado casi sin solución de continuidad de los melodramas del Jabato y el Capitán Trueno a los fantasiosos cómics de Marvel y DC. Especialmente susceptibles a sus manipulaciones eran aquellos críos que, pese a proceder de “buenas familias”, tenían problemas en casa como padres autoritarios y ausentes, malas relaciones hogareñas, complejos no resueltos, dudas en torno al sexo y etcétera, para quienes Eddy –el rey del camelo- se presentaba como el progenitor y amigo perfecto, el adulto cariñoso, comprensivo y protector que nunca habían conocido. Les daba una copita, charlaban, los escuchaba, citaba al puñetero principito como si fuera un catedrático, e incluso les hacía algún que otro truco de ilusionista o “jugaba” con ellos a la “ouija” si venía al caso para demostrarles sus pretendidos poderes alienígenas[5].

Una vez que los contados chavales, puede que los más inocentes, que no habían sospechado algo y puesto tierra de por medio –porque alguno se olía el timo a tiempo y soltaba amarras- eran integrados en la estructura de la secta, ascendían en la jerarquía hasta ser nombrados “Guardias de Hierro”. Entonces, en solemne ritual, se les marcaba con el símbolo del planeta Ummo en la cara interior del brazo, junto a la axila, mediante un alambre candente como signo de filiación y juramento de vida. Algo que para un crío de 12 o 13 años, edad de fidelidades y compromisos eternos, no significa cosa banal.

Las excursiones al campo eran otro tema. En las primeras salidas todo era de lo más normal. Aventuras, buen rollo y cosas divertidas para contar el lunes en el colegio. Luego, lentamente, de manera sutil, el panorama iba cambiando e introduciéndose en territorios más tortuosos. El tono de charlas y conversaciones se deslizaba hacia derroteros menos cómodos y más confusos. Al final, los chicos salían de casa perfectamente uniformados –botas de montaña, calcetines hasta la rodilla, camisas militares, pañoletas, galones con los símbolos de alfa y omega, boinas y toda la parafernalia al uso-, para terminar en un chalet de las afueras de Madrid donde, bajo el control de un sector duro de la “guardia de hierro”, compuesto fundamentalmente por los monitores adultos –tipos captados e introducidos en toda suerte de perversiones sexuales a su vez durante la infancia por González Arenas, como se aclaró durante el juicio- eran sometidos a retorcidas dinámicas sexuales. Pues esa era la parte oculta del adoctrinamiento de Eddy: las mujeres eran impuras e imperfectas –como la Eva bíblica-, y por tanto nunca podrían alcanzar el grado de libertad, amor y justicia que estaba reservado para el varón, dechado de perfecciones al que realmente merecía la pena amar… Por lo común todo se reducía a tocamientos y masturbaciones, pero en casos especiales incluso se llegaba a la penetración anal. Algunos escogidos podían ser obligados a practicar sexo también con alguna mujer adulta que solía acompañar al gurú ocasionalmente, pero Eddy insistía en que ella se moviera violentamente durante la penetración a fin de dañar a los chicos y poder de este modo consolidar su teoría perversa: practicar sexo con mujeres solo doloroso y necesario solo para procrear, entretanto la penetración anal entre hombres era mucho más placentera y divertida. Por ello en Delhais, el planeta de los príncipes y las gaviotas donde todo era buena vida y disfrute, no había mujeres.

Algunos chicos, traumatizados tras las primeras experiencias, abandonaban el grupo tan avergonzados que no se atrevían a contarlo en casa, o bien huían hacia adelante convencidos de que algo bueno terminaría saliendo de todo aquello –los tabúes propiciados por una educación en la materia escasa o ineficiente, los traumas inherentes a un despertar sexual perverso, así como la vergüenza de la víctima, son siempre los mejores aliados de los pedófilos-. Además, estaban comprometidos al silencio por el vínculo de un juramento “sagrado”. Los que finalmente pasaban el trago y aceptaban el adoctrinamiento sin ambages, probablemente los más necesitados de integración y filiación, entraban en una espiral de absoluto sometimiento al Príncipe Alain Nazar y su guardia de hierro. Entonces se les asignaba una pareja-compañero con el que avanzarían en el aprendizaje del “puro amor” y al que denominaban “A.P.” –o “amistad particular”-. Esa AP solía ser uno de los monitores, cuya misión no solo era instruir al muchacho asignado en las prácticas sexuales, sino también enseñarle a mantener un lenguaje en clave para que nadie ajeno al grupo supiera de qué hablaban sus componentes. Así empleaban, por ejemplo, metáforas ajedrecísticas para referirse a las relaciones sexuales que mantenían durante las reuniones.

Ummo
El fraude del Planeta Ummo y su peculiar secta fue cosa que también tuvo su gracia. Algún día hablaremos de ella. De momento, y para los que desconozcan el símbolo de marras, os dejo esta supuesta foto de un OVNI procedente de Ummo y que, dicen, fue tomada en San José de Valderas en 1967.

Ellos lo montan

Sin embargo, oliéndose que algo no marchaba y que alguien se ha ido de la lengua, Eddy tratará de eludir una nueva denuncia por corrupción de menores poniendo tierra de por medio y largándose a Alicante, provincia de la que su tío era Gobernador Civil. Pero el enchufe no le ayudaría a escapar de la justicia, pues ese mismo año fue detenido y se confesó autor de cuarenta violaciones de muchachos adheridos a sus últimas organizaciones, incluida una recién constituida “Legión Juvenil de Montaña” –banderas al viento e himnos de victoria-. No todos testifican, ni tan siquiera la mayoría, como es costumbre en estos casos en los que las víctimas y las familias, a menudo, lo único que quieren es recuperarse y olvidar.

La condena, emitida en abril de 1979, volvió a ser irrisoria: seis meses de arresto mayor y 50.000 pesetas de multa. Suma y sigue. Al parecer, alguien estaba empeñado en González Arenas hiciera bien su trabajo.

Los dos Guardias de Hierro más prominentes, tipos con mucho poder al encontrarse en la cima de la jerarquía, que guardaban la huerta de Eddy durante esos larguísimos viajes a Delhais que, en realidad, solían ser alguna de sus estancias en prisión, eran Ignacio de Miguel –no confundir con el famoso baloncestista, por favor- y Carlos de los Ríos. Su misión era mantener viva la llama durante las ausencias de González Arenas y garantizar que el proceso de filiación, adoctrinamiento e inducción constante al sexo de los niños se mantuviera en funcionamiento. Para tal fin mantenían vivos los rituales eróticos y lascivos, a la par que solían introducirse en las camas de los muchachos durante la noche durante sus “viajes a la montaña”. En algún caso, los críos no superaban los 11 años de edad. Tremendo.

De hecho, de Miguel y de los Ríos, amigos íntimos de Eddy y con los que nunca perdió el contacto, fueron los artífices de su último retorno a la capital de España en la medida que primeros captadores e instructores de los chavales que ingresaban en la organización madrileña, de suerte que a su vuelta ya encontró buena parte de la estructura montada y perfectamente engrasada. No en vano, y es digno de reseñarse, sus dos más queridos acólitos habían sido a su vez captados por él mismo cuando eran menores, e introducidos en aquellas dinámicas sexuales enfermizas, por lo que le guardaban fe y respeto incondicionales. Así era el tema: Eddy primero te sometía, te avergonzaba, te humillaba… Y luego te salvaba. Y la cosa iba más lejos al punto de que ejemplifica a la perfección la gravedad del experimento psicosociológico de control mental diseñado por Eddy: de Miguel, irónicamente hijo del célebre sociólogo y tertuliano del posfranquismo Amando de Miguel por lo que hubiera debido tener la cabeza “mejor amueblada”, había captado también para la secta a un hermano menor de edad, y es que en casa del herrero…

Si por un casual el lector se pregunta en este punto dónde había estado metido González Arenas entretanto sus fieles le mantenían caliente el chanchullo, la respuesta por supuesto que no es “en otra galaxia”, aunque fuera lo que se contara a los pobres chiquillos. Ya quisiera él. Su ficha en el registro de penados certifica que había sido condenado por otro delito de corrupción de menores a seis años de prisión menor y 30.000 pesetas de multa en septiembre de 1982. El hecho de que en la primavera de 1983 ya estuviera otra vez en la calle solo prueba una cosa: el código penal de 1973, último del franquismo, era tan vergonzante en el tratamiento de ciertas tipologías delictivas que cuando alguien se queja de “lo blanda” que es la justicia patria del presente uno no sabe si reír, llorar, o darse media vuelta.

Lo cierto es que la impunidad de Eduardo González Arenas era, por lo visto, completa.

Un viejo en un retrete…

Los problemas de Eddy con la sexualidad le venían de lejos. Como él mismo explicó, sus primeras dudas y controversias en materia sexual se despertaron cuando un viejo, en un retrete público madrileño, lo abordó para hacer con él exactamente lo que él hacía con sus niños: engatusarlo y masturbarlo. La experiencia fue tan turbadora que despertó en el joven Eddy un terrible sentimiento de culpa y una fuerte ansiedad.

Agobiado, terminó por contárselo a sus padres, que decidieron enviarlo a un psiquiatra lo cual no hizo otra cosa que acrecentar su vergüenza. No era solo el hecho de tener que relatar a un extraño eventos que prefería olvidar, lo cual incrementaba su victimización, sino que al parecer el tipo era un profesional de la vieja escuela y estaba convencido de que la homosexualidad era un trastorno mental “curable” –recuérdese que la APA la sacó de su guía diagnóstica en su tercera edición, de 1980-. El hecho de que los diferentes psiquiatras que visitó no le ayudaran en absoluto llevó a Eddy a la tan manida como ineficaz estrategia de la represión y la ocultación. El sexo era un tema espinoso del que no era conveniente hablar demasiado, excepto con los niños. Ellos, puros e inocentes como eran, no maleados por esta sociedad vergonzante y caduca que no podía comprenderle, sí podían entender sus inclinaciones más íntimas. Con los adultos lo mejor era no complicarse y seguir la corriente.

De hecho, el padre de Eddy, un ingeniero que trabajo muchos años para una empresa eléctrica, se quejó amargamente del trato que les propiciaron los expertos en salud mental de la época:

“Nadie nos dijo la verdad sobre nuestro hijo […]. Desde que advertimos cosas raras en él lo hemos llevado a médicos; nos decían que no estaba loco, que era un psicótico, que no se podía hacer nada por él. Lo han reconocido también médicos militares, y nunca se nos ha ofrecido una solución. Para nosotros es una historia de tremendo dolor”[6].

Y ese fue el germen de todo.

1984

Tras su reaparición en Madrid en 1983 –de vuelta de su “excursión por los confines de la galaxia” cual Buzz Lightyear ochentero-, ocurrió que el pasado y los antecedentes de González Arenas, los rumores que empezaron a rodar en torno a la secta y las actividades que se mantenían en ese chalet, la sospechosa actividad paramilitar del colectivo, alguna que otra denuncia anónima, el aterrado relato suelto de algún niño que había logrado escapar de las garras de la Guardia de Hierro antes de que fuera demasiado tarde… hicieron sospechar que algo sucio pasaba[7]. El asunto iba demasiado lejos como para que la policía lo dejara correr, por lo que el inspector José Antonio Ávila se puso manos a la obra.

Concienzudamente, Ávila reunió pruebas que parecían ir más allá de los delitos sexuales. Las vinculaciones y nexos establecidos entre los componentes de la secta, el amor incondicional al líder, eran tan potentes que aquello iba más allá de la explotación sexual infantil. Pareciera que González Arenas estuviera reuniendo en torno suyo, en efecto, un verdadero ejército dispuesto a realizar cualquier cosa por él. Quién sabe. La verdad es que el inspector Ávila no estaba por la labor de esperarse a averiguarlo y en una operación coordinada con la policía portuguesa, efectuada el 4 de diciembre de 1984, detuvo a Eddy, a sus lugartenientes Carlos de los Ríos, Rafael Dueño y Antonio Gutiérrez, mientras cenaban en un restaurante de Lisboa. La orden de busca y captura había sido emitida tan solo un día antes. Solo Ignacio de Miguel, que no se encontraba con ellos, logró eludir la acción policial y poner tierra de por medio largándose a Brasil, si bien, siguiendo algún buen consejo, volvería después. Y bien supo sacar partido de ello ante la acción de la ley.

En espera de juicio, durante 1988, y aunque parezca sorprendente, González Arenas andaba callejeando por la vida alegremente y dirigía tres locales de ocio en Cala Millor, Ibiza, siendo una de sus estrategias comerciales favoritas la de invitar a los menores a copas. Un hecho por el que sería muchas veces censurado por los propietarios del resto de locales de la zona… Hasta su definitivo despido. Y uno, visto lo visto, no puede dejar de preguntarse, atónito, cómo es posible que haya tanto imbécil suelto en este mundo. Hoy, sin duda, se habrían montado manifestaciones.

Matar al padre

El juicio del autoproclamado Príncipe Alain, celebrado a comienzos de la década de 1990, como si hubiera sido escrito por algún discípulo de Sigmund Freud, fue el perfecto ejemplo de la ejecución del padre, pues la estrategia defensiva de todos los acólitos principales de González Arenas fue venderse a sí mismos como “víctimas-verdugos” para cargar todas las tintas sobre él. Toca, por cierto, ser justos en este punto: González Arenas, como corresponde a ese padre que tras devorar a sus hijos, cual Saturno, debe asumir sus actos, se declaró culpable confesando todos y cada de los delitos del sumario. Así que se tragaría sin pestañear la condena de 168 años que se le terminaría imponiendo por 28 delitos de corrupción de menores probados.

Se trató de un juicio absolutamente mediático que tuvo un seguimiento en los periódicos ciertamente inédito, al punto de que casi todo el mundo tenía al parecer una opinión que emitir sobre el tema. Es lógico. La España de los años 80, momento en que el asunto estalló, no estaba acostumbrada a que los medios de comunicación airearan materias como ésta con tal cobertura y detalle –aquí, paraíso del nacional-catolicismo hasta hacía cuatro días, todo aquello que tenía contenido sexual más o menos morboso no eran cosa que se ignorase con facilidad-, por lo que el proceso tuvo un seguimiento masivo. Y en lo que a mí respecta –perdonen la intromisión personal- la cosa adquirió un sesgo temible. No es sólo que las víctimas tuvieran mi misma edad, sino también que era raro el chaval que en aquellos días no había formado parte de algún colectivo como aquel, pues prácticamente había uno de apariencia similar en todos los colegios del país. No en vano, entre los adultos la duda se extendía como la pólvora: ¿cuánto de esto habría oculto? ¿Cuál de estos colectivos de soldaditos estaba libre de sospecha?… Así, entre temores y suspicacias, el caso Edelweiss se llevó por delante a la inmensa mayoría de las agrupaciones juveniles de características similares –y no había pocas- por cuanto ya ningún padre o madre se fiaba, llevándolas a un ostracismo del que solo muchos años después han venido saliendo, si bien y por suerte, en su inmensa mayoría “desmilitarizadas”.

No abundaremos en muchos detalles pues el sumario se puede consultar por vía electrónica y, además, los recortes de prensa existentes al respecto abundan en las hemerotecas digitales y son prolijos en el relato del juicio. Significaremos únicamente que el testimonio que hundió la defensa de Eddy fue el de su segundo al frente, Carlos de los Ríos, quien, desmoronado ante el Tribunal, relataría con pelos y señales como González Arenas le captó en su más tierna infancia, abusó de él con engaños, le manipuló para introducirle en toda clase de vergüenzas sexuales, se ganó su fidelidad con mentiras, y finalmente le convenció de que hacía lo correcto al seguirle el juego. En la misma línea actuó Ignacio de Miguel. Como resultado, ambos serían condenados a 65 años y, al igual que ocurriría con otros miembros de la banda a su vez condenados con penas de diversa consideración serían posteriormente indultados. En el caso de de Miguel el indulto llegaría en 1994 al ser también considerado víctima del líder de Edelweiss, y mostrar su buena voluntad cuando retornó de Brasil para entregarse a la justicia[8]. El padre de Ignacio, Amando de Miguel, en tanto que único personaje “famoso” involucrado en la historia fue muy interpelado por la prensa al respecto y sus respuestas, que atribuiremos a la natural afectación del momento, fueron de traca. Como por ejemplo cuando afirmó que el caso Edelweiss era el pago de una sociedad que eliminó al Frente de Juventudes y a la Acción Católica sin ser capaz de reemplazarlas… Error de bulto impropio de un catedrático de sociología pues el hecho, en realidad, es que siempre sobraron todos.

Fernando Oliete, uno de los abogados de la acusación, definió a González Arenas como el “flautista de Hamelin” por obvias razones, y la cosa debió hacerle gracia al manipulador fantasioso e inmaduro de Eddy, quizá porque las implicaciones del apodo iban mucho más lejos de lo que el propio abogado suponía… Al fin y al cabo, también los padres de los niños de Edelweiss le habían buscado a él por motivos diferentes, tal y como los otros buscaron al flautista del cuento. De hecho, durante su estancia en prisión participó en un concurso literario organizado por Instituciones Penitenciarias –obteniendo el segundo premio, que leer a Saint-Exupery da para mucho- y, muy bromista él, firmó su relato justo con ese seudónimo: “Hamelin”, lo cual nos habla mucho de la calidad de su arrepentimiento. En efecto. Eddy comenzó su condena en la ya desaparecida prisión madrileña de Carabanchel y terminó en la de Ibiza, lugar al que también se desplazó su madre, Marina, la única persona que siempre estuvo convencida de su inocencia y que nunca lo dejó de lado. Ya se sabe lo que reza, con toda la razón, el blues del gran B.B. King: “nadie me quiere como mi madre”.

Siguiendo con el despropósito, con tan solo seis años cumplidos –que dura justicia la de entonces, reitero para los abundantes desmemoriados-, en 1997, González Arenas alcanzó el tercer grado penitenciario. Junto con un socio montó un pub para ganarse la vida. Su señora madre le esperaba todos los días con el puchero bien caliente, pero el 1 de septiembre de 1998, ya con 46 años, no llegaría a la mesa. Fue degollado a la puerta de una heladería de la localidad ibicenca de Santa Eulàlia delante de un montón de testigos que dieron pelos y señales sobre el agresor. Su asesino resultó ser un joven ibicenco de 18 años, conocido delincuente y chapero, que mantenía una larga y fluctuante relación sentimental con el Príncipe Alain de Delhais. Se le cogió varias horas después cuando trataba de escurrir el bulto en un bar de la zona y, puesto ante las Autoridades, no negó los hechos. Simplemente, alegó haber sido víctima de abusos sexuales por parte del crápula[9]. La enésima.

Así murió el padre. El padre de todos los niños del mundo. El hombre que vino de otro planeta a fundar una inmensa familia.


[1] Este célebre síndrome, el de los adultos que se niegan a serlo y pretenden vivir toda su vida como niños con todo lo que ello conlleva, ha calado en la cultura popular, pero no se trata como mucha gente cree de un invento del vulgo, aunque no aparezca en las guías aceptadas de trastornos mentales (DSM y CIE) en la medida que su estatus como patología –que no como estructuración ineficiente de la personalidad- está sometido a discusión. En realidad, su postulador fue el médico norteamericano Dan Kiley, quien lo dio a conocer en 1983, cuando publicó su exitoso libro The Peter Pan Syndrome: Men Who Have Never Grown Up (New York: Dodd, Mead & Co.).

[2] Dicen las malas lenguas que la verdad de la marcha de su mujer, Julia Báez Trujillo, reside en las “confusas” caricias que Eduardo propiciaba a su hijo Iván. Parece que su esposa se alarmó ante el cariz que tomaban los acontecimientos, por lo que temerosa de lo que pudiera pasar echó mano al crío y se largó. Lo cierto es que González Arenas toda su vida se declaró como bisexual, pero parece claro que esto no era otra cosa que una estrategia para hacer más respetable –tanto a los otros como a sí mismo- su atracción patológica por los niños [Cárdenas, N. (2013). Yo jugué con un asesino. Málaga: Editorial Sepha].

[3] Esto de “Delhais” he intentado averiguar por todas partes de dónde lo pudo sacar el caradura de González Arenas y, lo reconozco, he sido incapaz. A menos que algún lector sepa otra cosa que yo ignoro y quiera compartirla conmigo, he de pensar que fue invento del propio Eddy.

[4] Así consta en la sentencia del Tribunal Supremo, sala 2º de lo penal, de 21 de junio de 1993 [puede consultarse en este enlace: https://supremo.vlex.es/vid/-202866295, recogido en junio de 2018].

[5] Cárdenas, N. (2013), op. cit.

[6] Ordaz, P. (2017, 29 de agosto). El alienígena que violaba niños en el monte. Diario El País, Edición digital [https://politica.elpais.com/politica/2017/08/29/actualidad/1504006030_167758.html, recogido en junio de 2018].

[7] De hecho, en diversos barrios de Madrid por los que el colectivo tenía alguna influencia habían empezado a aparecer pintadas tan terribles como sospechosas: “Edelweiss, mariquitas”. No en vano, y en el colmo de la desvergüenza, desde los sectores ultraconservadores madrileños se empezó a utilizar el tema de Edelweiss como justificación de una cruzada contra la homosexualidad… A nadie parecía importar que las víctimas fueran niños terriblemente manipulados, o que en el pasado a muchos de los que ahora se deshacían en insultos hacia González Arenas y su montaje, les hubiera parecido magnífico su chiringuito fascista. Ya se sabe que el gran pecado de España es la mala memoria.

[8] Anónimo (1994, 17 de marzo). Indultado Iñaki de Miguel, importante miembro de la secta Edelweiss. Diario El País [https://elpais.com/diario/1994/03/17/sociedad/763858806_850215.html, recogido en junio de 2018].

[9] Candia, P. (1998, 3 de septiembre). A líder de Edelweiss lo mató un amigo suyo de 18 años. Diario El País [Recogido de: https://elpais.com/diario/1998/09/03/sociedad/904773603_850215.html, tomado en junio de 2018].

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