Construir un caso (o el problema de los “juicios paralelos”)

Alguna vez he comentado que las razones por las que un crimen, delito, suicidio concreto se convierte en un suceso “mediático” frente al resto de acontecimientos similares que pasan completamente desapercibidos es, a menudo, un “completo misterio”. Es una afirmación lapidaria, por supuesto, pero como sucede con toda sentencia de estas características en relación a los acontecimientos humanos, precisa de matices en la medida que suscita preguntas: ¿Qué tienen de especial estos casos “famosos”? ¿Por qué un crimen vulgar y corriente, de aquellos que las Autoridades afrontan muy a menudo, se convierte en fenómeno de masas?

A mi parecer, estas cuestiones se relacionan con otras como, por ejemplo, ¿Qué convierte a un sujeto sobre el que no hay más que pruebas circunstanciales en “sospechoso” de un crimen? ¿Cuál es la conducta que la opinión pública espera de un culpable? ¿Qué tiene determinada víctima para convertirse en objetivo apetecible por parte de los medios? ¿Por qué ciertas víctimas son más “agradables”, “simpáticas” o “irreprochables” a ojos del cuerpo social? ¿Qué circunstancias rodean al caso para incentivar ese interés? Esto es así porque todas las cuestiones enunciadas conforman, de presentarse en cierta manera, un circuito de retroalimentación infernal: del mismo modo que ocasionalmente los medios de comunicación y la opinión pública “demandan” un cierto tipo de caso, las Autoridades pueden concederlo inadvertidamente para aliviar la presión, convirtiéndose así en cómplices involuntarios del fenómeno.

Dolores Vázquez
Dolores Vázquez, jugada por el asesinato de Rocío Wanninkhof, fue encontrada culpable por un tribunal popular en el que ha sido uno de los casos más sangrantes de juicio paralelo y circo mediático de la España reciente. El clamor popular en su contra, una vez convertida en la “mala” de la película, fue una completa vergüenza a pesar de que todas las “pruebas” que había en su contra eran inconcretas y circunstanciales. Finalmente hubo de ser exonerada por la misma justicia que la condenó. El auténtico culpable del crimen era otro vecino de la localidad: el súbdito británico Tony Alexander King. No obstante, ella, para dejar de ser perseguida por la depredación mediática y las interminables suspicacias vecinales, tuvo que irse de España.

Pueblo pequeño, infierno grande

Por lo común, cuando un crimen o desaparición se producen en el seno de una comunidad pequeña y bien vinculada (una urbanización, un pueblo, un barrio con fuertes estructuras sociales de apoyo) ocurre que el vecindario se vuelca y moviliza de suerte masiva, hecho que tiende a suscitar por sí mismo el interés de los medios de comunicación. Y de ahí al “interés general”, una vez el caso comienza a publicitarse, solo hay un paso. Sin embargo, cuando se da ese paso, automáticamente todo se complica, especialmente para las Autoridades, que de súbito se ven en el ojo del huracán, lo cual pone en marcha toda la compleja y retorcida maquinaria de presiones políticas y judiciales que cabe esperar. Y el último escalón de esas presiones son los agentes encargados de la investigación que, de pronto, se encuentran ante la necesidad urgente de resolver el asunto: alguien tiene que “cargar con la culpa”.

Pero la búsqueda de ayuda pública, así como la obsesión por la “eficacia”, pueden ser un arma de doble filo que conviene administrar con cuidado. Sin duda porque, hasta donde se sabe, rapidez y eficacia tienden a confundirse entre sí, pero no son la misma cosa y a menudo juegan la una en contra de la otra. Si quiere usted un trabajo bien hecho no pida nunca que se lo hagan rápido.

Lo malo de este proceso es que, ocasionalmente, resta objetividad a los investigadores. De hecho, tras la inmensa mayoría de los errores policiales y judiciales existe ese conglomerado perverso de prisas, presiones, confusiones y subjetividades que lo confunden todo. Entretanto el precepto fundamental de la investigación en cualquier campo ha de ser que los datos disponibles deben siempre corroborar, o bien modificar, sin lugar a la duda la hipótesis de partida, cuando las Autoridades no pueden trabajar en condiciones normales tiende a suceder justamente lo contrario: se busca confirmar la hipótesis original a todo trance obviando, o simplemente ignorando, aquellas evidencias que podrían contrariarla o modificarla. Es decir, en lugar de permitir que los hechos construyan el caso, es el caso el que adquiere vida propia y guía cualquier interpretación y valoración de los hechos. Se deduce, pero no se induce. Y cuando se induce, se hace ignorando o reevaluando desde la teoría todo aquello que no cabe en la propia teoría, conformándose así ese esquema confabulatorio de manual que tan bien conocen los conspiracionistas: “como yo ya sé lo que pasa, no estoy dispuesto a aceptar nada que contraríe lo que yo sé que pasa… y si acepto algo nuevo será solo en la medida que confirme mi punto de vista preconcebido”.

Se olvidan así, en un afán por satisfacer la demanda social y la presión mediática intensa, las más razonables salvaguardas policiales y jurídicas. Un amigo, abogado penalista de larga trayectoria, me cuenta a este respecto que lo peor que a un sospechoso sobre el que no existen más que pruebas de convicción –que no prueban nada- le puede pasar es que la policía se obsesione con su culpabilidad… y que alguien cometa el error de filtrarlo a los medios de comunicación.

Filtración va, chivatazo viene

Esta clase de filtraciones en casos mediáticos, enquistados, que no se resuelven, perjudican de manera radical el principio elemental de la presunción de inocencia. Ocurre que la defensa, o el mismo sospechoso, se ven abocados a una situación reactiva en la que siempre van “por detrás” del caso, a remolque de lo que se dice, se piensa o se comenta en los mentideros de lo público. Las filtraciones –a menudo interesadas- obligan al sospechoso a tener que estar siempre defendiéndose, desmintiendo, corrigiendo, lo cual impide que la defensa pueda elaborar una estrategia coherente en la medida que siempre hay una filtración, un dato nuevo, un detalle, del que hay que protegerse o ante el que se debe reaccionar. Y ello incrementa en la opinión pública la impresión de que el sospechoso es culpable en la medida que, recordando la sentencia totalitaria, “si fuera inocente, no tendría nada que temer”. Tal vez habría que responder a quien así argumenta que, precisamente porque no soy culpable, te temo.

Colateralmente, aparecen las “noticias falsas”. Informaciones maliciosas o simplemente inventadas de procedencia indefinida que fantasean con detalles inexistentes del caso, y que contribuyen a su construcción simbólica social. Por lo común la opinión pública, que tras la primera ola de informaciones más o menos fidedignas aunque a menudo bastante inexactas ya ha comenzado a decantarse en uno u otro sentido –generalmente hacia la culpa del sospechoso en una mecánica de “chivo expiatorio”-, tiende a creerlas y son necesariamente imposibles de desmentir. No se puede discutir una invención. Justamente, este es el peor problema inherente a conducir una investigación policial o judicial “con luz y taquígrafos”; que alimenta la maquinaria de las especulaciones y las falsedades al punto de que el asunto se transforma en un laberinto mediático en el que ya todo empieza a valer.

La manera que la judicatura o la policía encuentran, por lo común, de anticiparse a los rumores y noticias falsas cuando se ha llegado a este punto pasa por redoblar los esfuerzos en la investigación del sospechoso mediático, en un afán de incrementar la “objetividad” de sus puntos de vista. Y llegados aquí, el caso ya se construye solo en una dinámica perversa e imparable. Todo aquello que contraríe la versión oficial empieza a desecharse como mera “pista falsa”, “argucia de la defensa” y “truco de abogados”. Tanto las Autoridades como los medios y la opinión pública ya han elaborado el caso, han decidido lo que pasó realmente, y automáticamente pasan a un segundo o tercer orden todas las cuestiones, testigos o evidencias que contradicen la versión oficial. Las redes sociales -que son una completa peste- se convierten en un arma de destrucción masiva. El efecto perverso de este proceso es que, cuando se produce, ya resulta imposible asumir errores o dar marcha atrás, pues el miedo a una reacción airada de la opinión pública se torna real. Porque a mucha gente le va esta marcha. La fomenta, la busca, la incentiva. Y en el camino hay otra víctima mortal a la que nadie presta atención: la presunción de inocencia.

Matrimonio Ramsey
Patsy y John Ramsey, padres de la niña asesinada JonBenet Ramsey, un caso que levantó una profunda indignación y seguimiento en la sociedad estadounidense. Una pésima investigación policial y unos medios de comunicación extremadamente depredadores los convirtieron, sin prueba alguna, en asesinos de su propia hija. Tuvieron que aguantar toda clase de humillaciones públicas, así como la difusión en horario de máxima audiencia de sus intimidades familiares, durante décadas. Lucharon contra la malévola acusación durante años hasta que finalmente fueron exonerados por las Autoridades (que no por muchos medios que aún sostienen, empecinados en el error, acríticamente, su culpabilidad). El auténtico asesino, cuyo ADN se encontró en el cuerpo de la víctima pese a que la policía desestimó de manera inexplicable esta evidencia capital, nunca ha sido capturado.

Culpable de todo

No nos engañemos. Para la inmensa mayoría de los ciudadanos (periodistas incluidos) existe un hecho psicológico incontrovertible: si la policía o la justicia creen que eres culpable de algo, lo eres. “Tienes” que serlo porque ellos “saben”. Y ahora el papel de los medios de comunicación es consolidar esa culpabilidad. Todo se reduce, una vez el caso se ha construido de este modo, a buscar una “prueba definitiva” que corrobore esa culpabilidad permitiendo salir del ámbito de la circunstancialidad y haciendo que todo termine como debe, como se espera. El malévolo circo mediático se ha constituido: cualquier cosa sobre el sospechoso que se filtre a los medios será jugosa e interesante… Desde cómo se sienta, se viste o se rasca la nariz, hasta la vez que fue expulsado de clase durante el bachillerato o el mes que se dejó la factura del teléfono sin pagar: detalles banales, vulgares, que nada tienen que ver con el tema en cuestión, pero que ayudan a vender la idea del “malvado sin entrañas”, del “psicópata”, de una personalidad “oscura y pervertida”.

Pretendidos expertos analizarán su comunicación no verbal, sus actitudes, su pasado, su  tono de voz, su aspecto, su vida privada, y todo ello se estudia minuciosamente, con lupa, a la par que se interpreta de manera unívocamente maliciosa y perversa… Para el sospechoso escapar a esta vorágine de la culpabilidad consumada en los medios –que no en los tribunales- es literalmente imposible, pues nada de lo que haga o diga servirá para ayudarle. Antes al contrario, cualquier acción que en otro contexto sería positiva será interpretada como corroboración de su malignidad y monstruosidad. Incluso el silencio o la inacción misma.

Así lo vivió en sus propias carnes, en 2009, Diego P. V., un tinerfeño de 24 años que a causa de una serie de errores encadenados de médicos, policías y periodistas se convirtió de la noche a la mañana en el asesino de la hija de su novia. Llevó a la cría al ambulatorio pues tenía dolores de cabeza porque se había caído en un tobogán días antes. La niña presentaba algunos hematomas y arañazos que se realizó en el curso de la caída. Desgraciadamente, terminaría muriendo a causa de ese golpe fortuito al que no se dio importancia. Era un accidente lamentable, pero en apenas cuestión de horas, tras un tremendo error diagnóstico que puso en marcha los protocolos de servicios sociales y alertó a las Autoridades, Diego se convirtió para la prensa -a portada completa- en el hombre que miraba “como un asesino”. Casi nada. Luego, una vez descubierto el error y tras haber hecho pasar a este hombre por un completo calvario, como suele ocurrir en muchos de estos casos de sensacionalismo desatado e irracional, se habló durante cinco minutos de fariseismo de la dichosa autorregulación de los medios de comunicación a fin de evitar tan graves excesos. Después nada. Como de costumbre[1]. Y tiempo después un periodista de sucesos muy famoso, hablando conmigo de esto, todavía me dijo como si de un axioma científico se tratara aquella estupidez patética de que “cuando el río suena…”

El caso está listo. Todos a la mesa. Y nadie aprende nada.

Eva Blanco
La violación y posterior asesinato de la jovencísima Eva Blanco en la localidad madrileña de Algete conmocionó a la opinión pública española e hizo correr ríos de tinta. Nadie comprendía por qué la justicia -que en esta ocasión no cedió a las presiones- ignoraba el clamor popular que pedía que todos los hombres del pueblo, sospechosos porque sí, se hicieran una prueba de ADN para ser descartados, aun cuando ello contravenía los más elementales derechos constitucionales. Afamados periodistas se sumaron a esta pretensión de la familia tratando de influir en un sistema que es como es por un buen puñado de razones… Finalmente, se demostró que la justicia tenía razón: el criminal no residía en Algete, pues se trataba de Ahmed Chelh Gerj, un tipo que cometió el crimen cuando pasaba por allí y que sería arrestado en Francia 18 años después. Ninguno de los periodistas que habían apoyado con luz y taquígrafos el despropósito rectificó públicamente.

[1] Pardellas, J.M. & Gómez, R.G. (2009). Nada puede reparar al falso culpable. El País [En: https://elpais.com/diario/2009/12/01/sociedad/1259622001_850215.html, recogido en septiembre de 2018].

Conviene leer:

  1. Encarcelados por delitos que no cometieron.
  2. Graves errores judiciales en Estados Unidos.
  3. Injusticias de la justicia.

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