Perder la cabeza

Place de Greve
El antiguo ayuntamiento de París y la Place de Grève hacia 1610 (grabado de Claude Chastillon). Posteriormente, la guillotina comenzaría a emplazarse regularmente para las ejecuciones públicas en la Place de la Concorde.

La ominosa máquina se instaló en la Place de Grève –actualmente Place de l´Hotêl-de-Ville-, frente al ayuntamiento, para ser activada en la mañana del 25 de abril de 1792. Su víctima sería un ladrón acusado de robo a mano armada, Nicolás Jacques Pelletier. La expectación era enorme en la medida que hasta entonces Francia siempre había ajusticiado a sus reos de muerte por otros medios variopintos, como la horca. Ciertamente, la multitud esperaba contemplar un espectacular baño de sangre que no se produjo. Antes al contrario, entre el momento en que la pesada hoja cayó sobre el cuello de Pelletier y la exhibición de la cabeza ante la multitud por parte del verdugo solo transcurrieron unos segundos y el esperado río de sangre quedó en poca cosa. Visto y no visto. Muchos de los asistentes, despistados, incluso se lo perdieron[1].

Los pataleos y jerigonzas del reo suspendido al cabo de una soga que tanto habían divertido durante décadas a los partidarios de las ejecuciones públicas capitalinas, y que podían prolongarse durante largos minutos concluyendo a menudo con el jocoso encabalgamiento del verdugo, habían desaparecido. La fiesta de la ejecución, que convocaba a comerciantes, fiesteros, ladrones, curiosos y afines en lo que se convertía en una completa algarada populachera, había perdido mucha gracia por culpa de ese engendro tecnológico de la guillotina. Por ello, a nadie extraño que aún durante la madrugada del día siguiente, las consabidas cuadrillas de golfos y borrachos todavía estuvieran cantando por las calles de París aquello de “devuélveme mi horca, devuélveme mi horca de madera”. Pero los tiempos habían cambiado. La Ilustración había venido y ya no era cosa de deleitarse públicamente con estas cosas o de incidir en anticuadas diferenciaciones sociales. Las viejas tradiciones tenían que morir en aras a metodologías más humanísticas y menos degradantes[2]

“Qué asco de modernidad” debió pensar más de uno.

Morir sin distinción

Pese a que la guillotina no fue inventada por el médico Joseph-Ignace Guillotin (1738-1814), un diputado de la Asamblea Nacional, firme opositor de la pena de muerte, que simplemente y en calidad de experto se limitó a recomendar con vehemencia su uso, la historia no impidió que el artefacto llevara el nombre del buen doctor. De hecho, el origen de la máquina se ignora con exactitud, y se sabe que ya venía utilizándose en diferentes versiones y lugares desde hacía mucho tiempo a la par que recibiendo muchos nombres diversos[3]. El problema, en este caso, es que nadie quería escuchar al buen Guillotin con lo cual, tras suministrar al fabricante de clavicordios Tobías Schmidt los planos de diversas maquinas de decapitación europeas, le rogó que, con el asesoramiento del verdugo Charles-Henri Sanson (1739-1806), diseñara un modelo operativo del aparato.

Joseph Ignace Guillotin
Joseph-Ignace Guillotin retratado por pintor anónimo.

Y es que Guillotin estaba convencido, a caballo de la ola de humanismo ilustrado creciente que se extendía por Europa, de que al no poder evitar que el Estado ejecutara a nadie, la tal máquina de ejecución por decapitación –como él solía llamarla- sería la más “humana” para con el reo en la medida que le ahorraría sufrimientos. En teoría, o al menos en la teoría de Guillotin, las características del instrumento hacían que la muerte se produjera de manera instantánea… No podemos olvidar a este respecto que desde los tiempos de las revoluciones burguesas liberales a los partidarios de la pena de muerte no les ha preocupado tanto replantearse su postura en torno a las ejecuciones como el paradójico absurdo de matar “humanitariamente” y “con dignidad”.

Charles Henri Sanson
Charles-Henri Sanson. El más conocido de una larga estirpe de verdugos.

No en vano, una de las obsesiones internacionales más insólitas que quepa imaginar fue, durante casi trescientos años, la que animó este asunto: encontrar un método de ejecución eficiente, rápido y respetuoso para con el condenado. Y en esta carrera del despropósito fue que se perfeccionaron viejas metodologías –como la horca o el garrote vil-, a la par que fueron presentándose, cual magníficas creaciones de la tecnología moderna, toda suerte de cacharros alternativos, desde la silla eléctrica a la inyección letal, pasando por la cámara de gas o el tiro en la nuca –que tiene muchas modalidades, no se crean-. Todos ellos, en sus diversas versiones “mejoradas”, unas más imaginativas que otras, se fueron vendiendo, sucesivamente, como el “método de ejecución más humanitario”. Por supuesto, y en última instancia, todos ellos terminaban siendo objeto de un debate ético-moral que, no obstante, en un perfecto ejemplo de hipocresía, eludía el fondo mismo de la cuestión: tal vez lo más humanitario fuera no tener que matar a nadie, ya se hiciera en público o en privado.

El caso es que el triunfo de la Revolución dio la razón a Guillotin. No es solo que tal vez tuviera razón en lo del argumento humanitario, es que además la tal maquina resultaba perfectamente igualitaria –Liberté, Egalité et Fraternité– en la medida que permitía despachar a todo el mundo de idéntico modo, pretendidamente sin agonía o sufrimiento, implantando también en este contexto un procedimiento que tampoco hacía distinción de clase o condición. Por cierto que, contrariamente a lo difundido por la leyenda urbana, Guillotin no moriría en la máquina por la que él había apostado, sino en su cama[4].

¿Mueren, o no?

Charlotte Corday
Este grabado muestra a Charlotte Corday ascendiendo al patíbulo para su ejecución.

Es sabido que los mitos y leyendas se adhieren a la muerte como la porquería a los zapatos, y ello motivó que, apenas se popularizó, la dichosa máquina de decapitar comenzara a generar cuentos extravagantes y morbosos. Uno de las más populares fue, precisamente, el de que los ejecutados no morían inmediatamente tras el impacto de la cuchilla diagonal y el desprendimiento súbito de la cabeza, por lo que aún mantendrían la conciencia durante un lapso de tiempo terrible e interminable. Es posible que la tal historia tomara forma a partir de la ejecución de Charlotte Corday, la asesina de Marat, ocurrida el 17 de julio de 1793. Según contaron muchos de los asistentes –nadie sabe quiénes, ni cuántos, ni la cantidad de ellos que habló de oídas- tras la decapitación y en aras a enardecer a la masa vengativa, uno de los ayudantes del verdugo tomó la cabeza de la mujer de la cesta y la abofeteó… Tras lo cual, en un gesto de tremendo odio, ella abrió los ojos y los dirigió hacia su agresor con ira contenida[5].

Posiblemente se tratara de una leyenda urbana, pero, sea como fuere, en 1795 el célebre doctor que tanto había hecho por su muy humanitaria implantación, recibió una carta mucho más sería que le sumió en un profundo estupor. La firmaba el anatomista alemán Samuel Thomas von Sömmerring (1755-1830) y en ella se venía a argumentar algo que más de uno sospechaba tras asistir a cualquiera de las ejecuciones públicas que hacían las delicias del pueblo parisino: si bien era cierto que el ejecutado no podía emitir queja alguna ante las deficiencias del aparato –entre otras cosas porque desprendido de los pulmones era incapaz de emitir sonido alguno- cabía pensar que el cerebro era capaz de sobrevivir durante largos segundos sin riego sanguíneo y que, durante ellos, probablemente la conciencia del sujeto seguía viva en el interior de aquella cabeza cuya última visión era el fondo de un cesto[6].

Samuel Thomas von Sommering
Samuel Thomas von Sömmering (retratado en 1813 por Wendelin Moosbruger).

Así las cosas, en Francia más de un crítico –no de las ejecuciones, sino de la metodología- se sumó a las apreciaciones de Sömmering. Probablemente, el primero de ellos fue el cirujano y bibliotecario de la Facultad de Medicina de París, el también médico Jean-Joseph Sue (1710-1792), quien propuso un peculiar método para comprobar su punto de vista: adiestrar al condenado, previamente a su ejecución, en un código gestual basado en parpadeos y movimientos mandibulares que permitiera comprobar, tras la decapitación, si la cabeza aún se mantenía consciente. Y si bien todos sus colegas de profesión rechazaron la idea por considerarla demasiado truculenta –como si la decapitación misma no lo fuera-, ésta cuajó entre la opinión pública al punto de que la teoría de la cabeza viviente se hizo ya tan extremadamente popular como imparable. De tal guisa, se comenzó a exigir a los verdugos que mostraran la cabeza del ejecutado a la concurrencia a fin de comprobar si, en efecto, ésta realizaba alguna clase de movimiento “sospechoso”, produciéndose sonoros abucheos cuando se detectaba algún inevitable reflejo palpebral. Y no pocos fueron los escritores y gacetilleros de la época que comenzaron a jugar con esta tenebrosa idea en sus relatos y crónicas[7].

El hecho es que, como los opositores de Sue y Sömmering no las tenían todas consigo, se decidió entrevistar al entonces asistente del verdugo de Paris, un tal Georges Martin, quien como testigo presencial en el mismo cadalso de más de cien ejecuciones, algo debía saber de lo que hacían las cabezas de los condenados tras la caída de la guillotina. Para tranquilidad de muchos de los entrevistadores, Martin opinó que, a su parecer, la muerte de la cabeza una vez separada del cuerpo era casi instantánea, pues había visto muchas y no tardaban más de un par de segundos en adoptar una completa inmovilidad. En su opinión, toda esa idea de las “cabezas vivientes” no era más que una histeria colectiva nacida de obvias motivaciones[8].

Los suspiros de alivio fueron unánimes. Al menos, de momento.

Jean-Joseph Sue
Jean-Joseph Sue (retrato de Guillaume Voiriot).

Cuestión de tiempo

De momento porque, en 1812, el fisiólogo Cesar Julien Jean Legallois (1770-1814) reactivó el asunto al publicar un artículo en el que exponía una teoría aún más truculenta y extravagante que la de Sue y digna, sin duda, del propio doctor Frankenstein. Si era cierto que el alma, la conciencia o la personalidad –o como se la quisiera llamar- residía en el cerebro, y éste no moría inmediatamente sino que lo hacía segundos después de la decapitación al verse privado de manera prolongada del riego sanguíneo, tal vez fuera posible reactivarla, o bien mantenerla con vida, si le suministraba por las arterias cerebrales cortadas una buena dosis de sangre oxigenada instantes después de la ejecución. Y una cabeza reactivada en tales condiciones podría sin duda ver, oler u oír. Al fin y al cabo, era posible en la medida que por encima del cuello cortado todo el sistema nervioso permanecería intacto[9].

Brown-Sequard
Brown-Sequard.

Es posible que Legallois se diera cuenta de que este experimento, pese a que teóricamente era factible, suponía una monstruosidad inusitada, por lo que no se atrevió a ponerlo en práctica y la cosa se fue enfriando. No obstante, en 1857, un colega médico con menos escrúpulos, el también francés Charles-Édouard Brown-Sequard (1817-1894), decidió probar la sugestiva idea con cabezas de perro unos ocho minutos después de su decapitación. Manifestó que, en efecto, obtuvo algunas reacciones con lo cual, a su parecer, era evidente que algo estaba sucediendo en el cerebro del pobre animal[10]. En realidad esto equivale, literalmente, a no decir absolutamente nada: al fin y a la postre siempre pasa “algo” en todas partes.

Y claro, teniendo en cuenta que la guillotina parisina trabajaba a destajo, que el cuento seguía vivo, y que los ejecutados no eran precisamente personas respetadas y respetables –por muy humanitaria e igualitariamente que se los quisiera liquidar-, era cuestión de tiempo que apareciese alguien dispuesto a probar todo esto en seres humanos. El avezado concursante fue el médico Jean Baptiste Vincent Laborde (1830-1903), sujeto bastante aficionado a los experimentos extremos con cadáveres, o bien con personas en estado de coma, y cuya ética profesional no era del todo asumida por sus colegas. Lo cierto es que a él la cuestión del prestigio parecía importarle bastante poco pues, como todo visionario que se precie, en lugar de practicar la autocrítica se sentía hombre notable y de objetivos elevados, pero incomprendidos por la ignorancia de la masa. En efecto, Laborde era un fanático de la tesis de la resucitación y estaba convencido de que, con una técnica adecuada, podría devolver a algunos fallecidos a la vida o bien recuperar del estado de coma irreversible a algún que otro paciente. De hecho, una de sus teorías favoritas era la de que se podía sacar del coma a algunos individuos provocandoles un shock estimular al tirarles con fuerza de la lengua[11]. De modo que si pensaban que el antes mencionado doctor Frankenstein era una mera invención literaria de Mary W. Shelley (1797-1851), deben saber que se confunden. En aquellos tiempos ya había bastante gente aparentemente seria metida en estas cuestiones. De hecho, y como muchos de sus predecesores en este ámbito, el propio Laborde solía publicar asiduamente los hallazgos de sus dudosas investigaciones en prestigiosas publicaciones médicas francesas, como la Revue Scientifique, lo cual lo hizo bastante conocido en su época.

Jean Baptiste Vincent Laborde
Jean-Baptiste Vincent Laborde (en litografía realizada a partir de la fotografía de Èdouard Rozé).

Hacia 1884, obtenidos los pertinentes permisos, las Autoridades francesas garantizaron al buen doctor un adecuado surtido de cabezas humanas cortadas a fin de que estudiara, in situ, el estado de su cerebro y su sistema nervioso. El interés del gobierno parisino en esto no había variado: el clamor popular en torno a la vida post-ejecución de las cabezas de los guillotinados seguía más vivo que nunca, por lo que se confiaba en que los estudios de Laborde resolvieran de una vez el maldito engorro de las cabezas autoconscientes boqueando agónicamente en el fondo de la cesta para completo horror del humanitarismo ilustrado. Y como es lógico, el médico comenzó a probar con las inyecciones de sangre y, posteriormente, trepanando los cráneos y estimulando los cerebros con agujas[12].

En un principio, no llegó muy lejos con las mencionadas técnicas. La cabeza de su primer sujeto experimental, un desgraciado apellidado Campi cuyos restos fueron profusamente descritos por el experimentador, llegaron muy tarde. Por lo que parece, desde el patíbulo al laboratorio de Laborde ubicado en la Rue Vaquelin no había más de seis minutos, pero el cuerpo –en dos trozos- de Campi llegó más de una hora tarde por cuanto las Autoridades exigían que los restos de los ejecutados solo podían pasar a jurisdicción médica una vez hubieran cruzado el umbral del cementerio municipal correspondiente. Un fastidio para el atrevido Laborde, quien no dudó en calificar el trámite de “ley estúpida”. En otras palabras: el fisiólogo tuvo que seguir con indisimulado fastidio el carro que condujo al finado Campi hasta el cementerio durante un buen trecho, firmar los pertinentes trámites burocráticos, y luego retornar a su laboratorio, lo cual, claro está, hacía el experimento imposible[13].

El carro del doctor Frankenstein

¿Había que rendirse? Por supuesto que no. Menudo era el doctor Laborde para estas cosas. De hecho, ideó un espectacular plan alternativo que algo nos dice de su obsesividad: apoyado por sus ayudantes creó en un carromato un laboratorio portátil con el que esperar las cabezas a la puerta misma del cementerio para, una vez recogidos los “restos frescos” –así los llamaba eufemísticamente- ponerse a trabajar de inmediato.

El laboratorio ambulante de Laborde estaba muy bien dispuesto. Contaba con una mesa de operaciones, cinco taburetes para los implicados en el experimento, iluminación con velas y todo el instrumental necesario para el trabajo a pie de calle. De suerte que cuando le llegó el cuerpo de su segundo sujeto experimental, apellidado Gamahut, se puso manos a la obra de inmediato procurando a la cabeza del ejecutado el tratamiento habitual. Y tras estabilizar la cabeza en un recipiente homeostático, practicar las perforaciones en el cráneo, insertar las agujas quirúrgicas y suministrar una dosis de corriente eléctrica, tan solo consiguió que el finado abriese un ojo muy lentamente, hecho que bien podría deberse a un reflejo. No obstante, este fracaso tampoco amilanó a Laborde. Así, achacando este fracaso de nuevo al lapso de tiempo transcurrido entre la defunción y el experimento, optó por lo habitual en estos casos: conseguir la tercera cabeza mucho más rápido por la vía del consabido soborno[14].

La cabeza del tercer tipo, Gagny, se encontró sobre la mesa de su laboratorio tan solo siete minutos después de la decapitación. En este caso el protocolo fue enteramente nuevo pues entretanto suministraba a la cabeza sangre oxigenada de vaca por las arterias de un lado cuello, conectó las del otro lado a un perro vivo a fin de garantizar un flujo constante de sangre al cerebro. El procedimiento completo llevó a Laborde, un excelente cirujano, tan solo trece minutos, con lo cual entre la decapitación y el experimento transcurrieron únicamente veinte. Todo un récord a decir verdad. El resultado fue más esperanzador en la medida que el cerebro del tal Gagny respondió con mayor afán a los cuidados de Laborde: parpadeos, movimientos mandibulares… Pero ninguna actividad que pudiera considerarse consciente. Menos mal. Así las cosas, y por fin, Laborde desistió al comprender que la muerte cerebral era demasiado rápida en ausencia de flujo sanguíneo –entre cuatro y seis minutos- como para lograr algún resultado con sus técnicas precarias[15].

Henry Languille
Henry Languille. Un tipo que, al perder la cabeza, dio mucho que hablar.

Sea como fuere, la historia de los tipos que esperan cabezas humanas recién cortadas el pie de la guillotina aún tuvo un episodio más en el protagonizado por el médico Gabriel Beaurieux, quien logró en 1905 un permiso para actuar al mismo pie del patíbulo. En este caso el reo ejecutado era Henry Languille, con cuya cabeza realizó una serie de experimentos sencillos y a buen seguro inconcluyentes como, por ejemplo, el de llamarle reiteradamente por su nombre. Obtuvo movimientos seguramente reflejos de la cabeza en cuestión que él quiso interpretar como rastro de actividad consciente, pero es dudoso que se tratara de tal cosa[16]. Pese a todo, y visto que el problema no parecía resolverse de manera definitiva, el mito de las cabezas conscientes tras la decapitación permaneció tan vivo en la mentalidad colectiva que muchos países que habían venido utilizándola periódicamente –como Bélgica, Suecia o Alemania, entre otros- decidieron rechazar la guillotina como el “método más humanitario” de ejecución.

No así en Francia, donde la historia de la máquina de decapitación todavía sería larga. El último ejecutado por este medio, el 10 de septiembre de 1977, fue el inmigrante tunecino Hamida Djandoubi, condenado a muerte por el asesinato de su ex novia[17]. Tres años más tarde el entonces primer ministro François Miterrand derogó la pena de muerte, con lo que el maldito engendro se convirtió al fin en una pieza de museo.

“Qué asco de modernidad”, debió pensar más de uno.

Hamid Djandoudi
Hamida Djandoubi en un recorte de prensa de la época.

[1] Estrin, M. (2009). The good Doctor Guillotin. An antomy of five. Cave Creek (AZ): Unbridled Books.

[2] Estrin, M., 2009, op. cit.

[3] Delaporte, M. (1777). Le voyageur Françoise ou la connaissance de l’ancien et du nouveau monde. Paris: Chez L. Cellot. Tomo XVI [puede consultarse en línea, aquí: http://www.memoriadigitalvasca.es/handle/10357/231].

[4] Así lo relata André Soubirán en su biografía de Guillotin, donde se explica que falleció a causa de un carbunco pulmonar –ántrax-. La confusión proviene del hecho de que uno de los ejecutados por la guillotina también se apellidaba Guillotin [Soubiran, A. (1961). Ce bon docteur Guilloten et sa simple mécanique. Paris: Librairie Académique Perrin].

[5] Schama, S. & Livesey, J. (2005). Citizens: A Chronicle of the French Revolution, London: Royal National Institute of the Blind.

[6] Roach, M. (2007). Fiambres. La fascinante vida de los cadáveres. Barcelona: Global Rhythm Press, S.L.

[7] Roach, M., 2007, op. cit.

[8] Soubiran, A., 1961, op. cit.

[9] Puede encontrarse en: Oeuvres de César Legallois, médecin en chef de l’hospice et de la prison de Bicêtre. Le Rouge, 1830.

[10] Roach, M., 2007, op. cit.

[11] Poirier, J. (2015). Jean-Baptiste Vincent Laborde (1830-1903), forgotten neurologist and neurophysiologist. Geriatr Psychol Neuropsychiatr Vieil, 13(1):73-82. doi: 10.1684/pnv.2015.0518.

[12] Roach, M., 2007, op. cit.

[13] Hecht, J.M. (2003). The End of the Soul: Scientific Modernity, Atheism, and Anthropology in France. New York: Columbia University Press.

[14] Roach, M., 2007, op. cit.

[15] Hecht, J.M., 2003, op cit. Véase también: The living head: A gruesome curiosity [en: http://jcsciphile.com/biology/the-living-head-a-gruesome-curiosity/].

[16] Kemp, A.H. (2017). From decapitation to positive psychology: how one nerve connects body, brain and mind. The Conversation [puede verse en: http://theconversation.com/from-decapitation-to-positive-psychology-how-one-nerve-connects-body-brain-and-mind-70685].

[17] Olaizola, B. (enero de 2017). La historia del último guillotinado de todos los tiempos. Ideal [recuperado de: https://www.ideal.es/sociedad/201701/31/historia-ultimo-guillotinado-todos-20170130132622.html, en octubre de 2018].

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