“Road movie”

Aileen #1

Pese a no ser ni remotamente la única asesina en serie de la historia, Aileen Lee Carol Wuornos sí es una de las más célebres tanto por su andadura vital como por sus llamativos métodos criminales, tradicionalmente más propios del varón. También por las oscuras circunstancias que rodearon a sus asesinatos y el controvertido revuelo activista que se organizó alrededor de su juicio y posterior estancia en el corredor de la muerte de la prisión de Starke. Si lo común en la mujer asesina ha sido el cálculo sibilino, centrándose en familiares, amigos o conocidos, adicta a los venenos u otros recursos ajenos al enfrentamiento violento con sus víctimas, Aileen liquidó a tiros a siete hombres desconocidos para trasladar posteriormente sus cadáveres al campo y abandonarlos, tal y como hubiera hecho cualquier asesino varón.

Prostituta y lesbiana, hija del hospicio, las drogas y el alcohol, la vida de Lee fue, sin duda, una tragedia que ha sido llevada a la hipérbole –incluso cinematográfica- por unos y otros en aras de diversos intereses y que, en todo caso, poco sirvieron para ayudarla ante la ley. Por otro lado, lo inhabitual de sus crímenes ha contribuido a la difusión y extensión de tonterías de grueso calibre como, por ejemplo, la afirmación de que llegó a practicar sexo nada menos que con 250.000 hombres. Echando números, esto significaría que al menos durante veinte años habría tenido que acostarse, diariamente, con nada menos que 35 hombres. Sobran los comentarios ante tamaño absurdo… Disparates aparte, está claro que la Wuornos no supo ayudarse a sí misma cuando hubiera podido. Sostener el tonto embuste acerca de su promiscuidad, empeñarse en decir que prostituyéndose en las carreteras llegó a ganar la ilusoria cifra de 1.000 dólares diarios, sus actitudes estrambóticas, beligerantes y variables, sus reiterados comentarios a destiempo y un feroz complejo de culpa, destruyeron por completo su coartada para justificar los crímenes: dijo haber matado a aquellos hombres por venganza, cuando no en defensa propia, tras haber sido sodomizada y violada brutalmente por ellos.

Camino a ninguna parte

Aileen Carol Wuornos vino al mundo en 1956 en el seno de un hogar terrible y desestructurado. Hija de Leo Dale Pittman, un adolescente rebelde aficionado a la pedofilia y de tendencias sociopáticas, que se suicidaría en la cárcel a lo largo de 1969, y de Diane Wuornos, una chiquilla que contrajo matrimonio con Pittman cuando tenía tan sólo quince años y al que dio dos hijos. El matrimonio duró tan sólo dos años y Lee, la pequeña, nació pocos meses antes de que se produjera el divorcio. Esto supuso un problema. Para Diane, soltera, disoluta y sin oficio ni beneficio, las responsabilidades relativas a la crianza se hicieron insoportables, de modo que abandonó a los hijos en 1960. Fueron los abuelos maternos de Aileen y su hermano Keith, Lauri y Britta Wuornos, quienes los adoptaron como propios y se encargaron de ellos así como de otro hijo propio. La peculiar familia, un perfecto ejemplo de eso que despectivamente se conoce en los Estados Unidos como white trash, residía en Troy, Michigan.

Lauri Wuornos –el abuelo- era un borrachín que trató de controlar al terceto a palo limpio. Ello motivó que, a poco que pudieron responder a las agresiones, Aileen y Keith se rebelaron contra quien pensaban que era su padre adoptando, como es lógico en estos casos, una actitud díscola e incorregible. Absentismo escolar, vicios sin fin, escapadas del hogar y visitas policiales. Durante una de las constantes reyertas familiares Aileen descubrió quién era su madre realmente y que se encontraba en el domicilio de sus abuelos. Pero hubo más: a los trece años ya había sido violada durante una de sus salidas sin control y a los catorce quedó embarazada. Terminó así en un hogar de acogida para madres solteras en el que no guardaron muy buen recuerdo de ella, pues siempre se mostró hostil, poco cooperativa, agresiva con sus compañeras e insufrible para con empleados y voluntarios. Cuando se largó en enero de 1971 dejó atrás un bebé que fue puesto en adopción y un enorme alivio.

En ese mismo año falleció la abuela Britta y reapareció en escena Diane quien, al parecer, había logrado reconducir las cosas y vivía en Texas en condiciones más desahogadas. Ofreció su casa a ambos hermanos, pero estos rehusaron. Primeramente porque no tenían el más mínimo interés en reencontrarse con su madre, luego porque ya eran “espíritus libres” que se habían acostumbrado a vivir sin reglas de tipo alguno.

Buscando el dinero fácil, Aileen se echó a las carreteras a fin de ejercer la prostitución en los apartaderos de camiones. El escalón más bajo de la prostitución y, por cierto, el más peligroso. Así comenzaría una peculiar road movie que tuvo su primera parada en Florida. Allí, nadie sabe cómo, logró enredar a Lewis Fell, un hombre mucho mayor que ella que vivía desahogadamente gracias a sus cuantiosas inversiones en acciones de pujantes compañías ferroviarias, y con el que contrajo matrimonio. Pero la estabilidad no estaba escrita en el destino de Lee.

Aileen Casada
Aileen en su mejor época y felizmente casada con Lewis Fell… Lamentablemente, la cosa no duraría.

Tiempo atrás, en Michigan, había agredido al dueño de un bar de dudosa reputación y fue reclamada por las Autoridades de aquel Estado. Al parecer, aquel tipo no había querido pagarle el dinero convenido por prestar sus servicios sexuales en el garito y el señor Fell, seguramente perplejo al conocer el pasado de su esposa, logró que el matrimonio fuera anulado. Fue así como Lee volvió a rodar por el mundo y se embarcó en una década de constantes disparates: relaciones fallidas, prostitución, peleas, agresiones sexuales, pequeños robos y un absurdo atraco a mano armada por el que pasó en prisión una temporada. Y de un lío a otro, a salto de mata, acabó entrando en 1986 en un bar gay de Daytona en el que fue a conocer a una lesbiana de 24 años que sería su perdición, Tyria Moore. Con ella entabló una ardiente relación que, al menos al principio, fue como la seda. Ambas mujeres se lanzaron a una tórrida pasión jalonada por la práctica de la prostitución de Lee, con la que ambas se sostenían. De motel en motel, de barra en barra, de carretera en carretera.

La road movie seguía adelante.

Asfalto y crimen

A finales de 1989 un hombre de mediana edad con residencia en Clearwater, Florida, propietario de una pequeña tienda de reparación de electrodomésticos, decidió desentenderse del negocio por unos días para correrse la gran juerga. Era lo habitual en Richard Mallory, quien solía dejar a sus empleados al cargo del negocio asiduamente para dedicarse a su afición favorita. Por eso no extrañó a nadie que en los primeros días de diciembre, cuando la ausencia empezaba a prolongarse, Mallory no diera señales de vida. Quizá la juerga se estuviera alargando. No obstante, la preocupación resultaría inevitable algunos días después, cuando su Cadillac de 1977 apareció abandonado a las afueras de Daytona.

El 13 de diciembre dos desarrapados, Jimmy Bonchi y James Davis, andaban buscando chatarra para la venta en el Condado de Volusia, cerca de la Interestatal 95, pero lo que se encontraron fue el cuerpo de un hombre en avanzado estado de descomposición enrollado en una alfombra. Las huellas dactilares dijeron que se trataba del cadáver, con tres impactos de un calibre 22, del desaparecido Mallory. La investigación fue larga. Se indagó profundamente en las sórdidas aventuras del dueño de la tienda de reparaciones pero el caso quedó en punto muerto. Crimen sin resolver.

La historia se reprodujo el 5 de mayo de 1990. El cuerpo maniatado de un varón desconocido apareció en el Condado de Brooks, Georgia, a pocos metros del arcén de la Interestatal 75, justo en el límite con el estado de Florida. También había junto al cadáver, que los agentes del Georgia Bureau of Investigation –GBU- no identificaron en primera instancia, dos casquillos del 22. Luego, el día 1 de junio y en las mismas condiciones se dio con el cuerpo de otro desconocido. Esta vez el hallazgo tuvo lugar en el Condado de Citrus, unos 80 kilómetros al norte de Tampa. La policía sospechó de la persona que encontró el cadáver, un vigilante jurado llamado Matthew Cocking y las pesquisas se centraron en su persona.

El Condado de Pasco fue escenario del siguiente hallazgo macabro. En las cercanías de la Interestatal 75, unos kilómetros campo a través, se halló el cadáver de otro hombre, tan descompuesto que los forenses fueron incapaces de extraer sus huellas dactilares -luego se determinaría por otros medios que se trataba de un tal Charles Carskaddon-. Asesinado de nueve disparos, las balas estaban muy afectadas por los ácidos propios de la descomposición del cadáver, pero sin duda también eran del calibre 22. El hecho es que el detective encargado del caso, Tom Muck, había oído hablar de un suceso parecido en el Condado de Citrus y se puso en contacto con su colega, el investigador de la Oficina del Sheriff Marvin Padgett. Las obvias similitudes entre ambos asesinatos así como las que se presentaban entre estos y el sucedido en Georgia parecían dejar clara una cosa: el criminal era la misma persona. También debía serlo quien asesinó al camionero David Spears, quien fuera visto por última vez el 19 de mayo y cuyo cadáver apareció en el interior de su propio vehículo, al que se hubo robado las placas de matrícula, en las cercanías de la Interestatal 75 durante el 7 de junio. Este último hallazgo permitió que el vigilante Matthew Cocking quedara libre de sospecha, pero sigue nadie había imaginado aún que pudiera tratarse de una mujer… Al fin y al cabo, “ellas no matan así”.

Pontiac Sunbird

Seguimos en 1990.

El 4 de julio, día de fiesta nacional en los Estados Unidos, un coche gris se salió de la carretera ante la mirada de Rhonda Bailey, una mujer que aprovechaba el sol de la tarde sentada en el porche de su casa, ubicada a las afueras de Orange Springs, Florida, muy cerca de la Carretera Estatal 315. Dos mujeres asustadas, al borde de la histeria y algo bebidas, salieron del vehículo accidentado lanzando latas de cerveza vacías a la cuneta. Una de ellas estaba herida en un brazo pero, por lo demás, el golpe no parecía revestir gravedad. Rhonda se acercó a fin de preocuparse por su estado para recibir una extraña respuesta: no era necesario que llamara a la policía pues el supuesto padre de una de ellas vivía unos kilómetros más arriba. Sospechoso –debió imaginar la testigo accidental- pues si la afirmación fuera cierta, conocería a esta mujer, o a su padre, o al menos me sonarían de algo. A continuación, ambas regresaron al coche, pero el motor no arrancaba de modo que, tras despedirse, se alejaron a pie. En todo caso, Rhonda Bailey se puso en contacto con un voluntario del Departamento de Bomberos de la localidad, Hubert Hewett, quien se desplazó hacia el lugar para dar con las dos mujeres avanzando hacia él por el arcén de la carretera. Les preguntó si eran las que iban en el coche accidentado y una de ellas, ante el desconcierto del bombero, respondió negativamente sin detener la marcha.

Pontiac Sunbird 1980
Un Pontiac Sunbird de 1980, igualito al que Aileen y Tyria robaron a Abraham Peter Siems y luego estrellaron frente a la casa de Rhonda Bailey… Sería clave en la investigación policial.

El asunto era tan extraño que pronto llegó a oídos del Sheriff del Condado de Marion, quien envió al lugar del siniestro a uno de sus oficiales. El coche era un Pontiac Sunbird de 1988, de cuatro puertas y sin placa de matrícula. Se investigó el número del bastidor y se descubrió que el automóvil pertenecía a un sujeto llamado Abraham Peter Siems, desaparecido desde el 7 de junio cuando salió de Jupiter, Florida, para visitar a unos parientes en Arkansas. Siems, un jubilado de 65 años, fue descrito como un hombre de fuertes convicciones religiosas hasta el punto de que pasaba mucho tiempo dedicado a una iglesia local. En todo caso, el agente de la Policía de Jupiter, John Wisnieski, a quien se había asignado la investigación de la desaparición, no se mostró demasiado optimista, pero envió un teletipo con la descripción de ambas mujeres y puso en marcha su búsqueda a nivel nacional. La cosa quedó, así, en suspenso hasta fin de mes.

Sucedió entonces que ni el repartidor Troy Burress ni su camioneta regresaron a la empresa para la que trabajaban. Su jefe, Johnny Mae Thompson, cogió el teléfono dispuesto a averiguar su paradero para descubrir que el mensajero tan sólo había hecho un pequeña parte de los repartos que tenía asignados. Raro en la medida que nunca había mostrado una actitud irresponsable. La señora Burress tampoco supo dar razón de su esposo. La situación era muy inusual de modo que tanto la mujer del repartidor como su jefe pasaron el resto del día tratando de encontrar al desaparecido. Finalmente, a las dos de la madrugada, presentaron la denuncia. Apenas dos horas después los agentes de la Oficina del Sheriff del Condado de Marion encontraron la camioneta de Troy en la cuneta de la Carretera Estatal 19, unos cuarenta kilómetros al este de Ocala. El vehículo estaba abierto, sin llaves. Del conductor, ni rastro. Sería una familia que pasaba un “bonito” día de campo en el Bosque Nacional de Ocala la que cinco días después encontraría el cadáver en un lugar cercano a la Autopista 19. El cuerpo, con dos disparos del 22 en pecho y espalda, se encontraba muy deteriorado a causa del calor y la humedad, así como por la acción de las alimañas, pero la esposa del fallecido reconoció el anillo de boda del muerto. De nuevo se detuvo a un presunto culpable del asesinato -un autostopista llamado Curtis Blankenship visto en la 19 el día en que el asesinado desapareció- pero finalmente debió ser puesto en libertad por falta de pruebas.

Situación parecida se produjo con Charles Humphreys, un hombre de 56 años que trabajaba como investigador experto en casos de abuso infantil para el Departamento de Salud y Servicios de Rehabilitación de Florida. Antes había sido jefe de policía en Alabama. El hecho es que Dick, que al parecer tenía una vida feliz, cómoda y tranquila, había celebrado su 35 aniversario de boda el día anterior a su desaparición, el 10 de septiembre. El 11, tras concluir la jornada laboral en su oficina ubicada en Sumterville, ya no regresó a casa. Su cuerpo, que no el coche en que solía desplazarse, sería encontrado en la tarde del 12 de septiembre en el Condado de Marion. Había recibido siete disparos del consabido calibre 22. No fue hasta finales de mes que apareció el vehículo del malogrado Humphreys, abandonado en el Condado de Suwanee.

La última víctima de esta peculiar serie de crímenes, hallada en el Condado de Dixie, sería Walter Jeno Antonio. El cuerpo de este camionero de 60 años, asesinado menos de veinticuatro horas antes, estaba desnudo y presentaba cuatro impactos del ya célebre 22. Antonio compaginaba su trabajo al volante con otro como guardia de seguridad por lo que aquel día, el 19 de noviembre, se desplazaba en su propio coche, que aparecería cinco días después en un carretera comarcal al otro lado del Estado, en el Condado de Brevard.

A estas alturas el misterioso caso del asesino del calibre 22 copaba los medios de comunicación, empezaba a convertirse en una auténtica pesadilla policial, y había desencadenado una verdadera histeria colectiva entre los conductores del Estado de Florida.

Aileen (victimas)
Las víctimas de Aileen… Que se sepa.

La hipótesis más simple

Fue en la División de Investigación Criminal de la Oficina del Sheriff del Condado de Marion, entonces bajo las órdenes del capitán Steve Binegar, donde se supo recomponer las piezas del rompecabezas y orientar por fin el caso en la dirección correcta.

El equipo de Binegar, perfecto conocedor de los asesinatos que se habían cometido en su jurisdicción, así como de los otros de similares características que habían tenido lugar en los condados vecinos de Citrus y Pasco, no tardó en comprender las enormes similitudes presentes en todos los casos. Su teoría, como sucede con la mayor parte de las buenas teorías policiales, era sencilla y estaba imbuida de un sentido común aplastante: teniendo en cuenta la alarma que las sucesivas muertes habían despertado en las carreteras de Florida, parecía improbable que los criminales captasen a sus objetivos haciendo auto-stop. Nadie en su sano juicio habría recogido a un desconocido por las buenas dada de la enorme cobertura que los medios de comunicación estaban dando a los hechos. Por consiguiente, el contacto debía producirse en algún local de carretera o gasolinera, y no durante el trayecto en cuanto tal. Si se tenía presente que todas las personas asesinadas eran varones, era razonable imaginar que existía un elevado porcentaje de probabilidades de que el asesino fuera del sexo opuesto. Alguien que pudiera abordar de manera más o menos sencilla, y sin despertar sospechas, a un hombre durante cualquier parada rutinaria… Además, había dos buenas candidatas a ser las personas que se estaba buscando: las dos desconocidas que se salieron de la carretera con el Pontiac Sunbird del nunca encontrado Peter Siems.

El siguiente paso, dado a finales de noviembre, fue valerse de los medios de comunicación de Florida, a los que Binegar filtró su hipótesis, y a través de los cuales pidió la pertinente colaboración ciudadana a fin de identificar a las mujeres. El movimiento no tardó en verse recompensado: un sujeto de Homosassa Springs informó de que dos mujeres que concordaban con la descripción difundida le habían alquilado una furgoneta hacía un año. Una de ellas dijo llamarse Tyria Moore entretanto la otra se identificó, lacónicamente, como Lee. Otra testigo con residencia en Tampa explicó que había contratado a las dos mujeres, Tyria Moore y otra que dijo llamarse Susan Blahovec, para que trabajasen en un motel de su propiedad situado al sur de Ocala. Un informador anónimo identificó vía telefónica a ambas mujeres como Ty Moore y Lee Blahovec, y añadía otros datos interesantes: sostenían una relación homosexual asimétrica en la que Lee Blahovec, que ofrecía sus servicios como prostituta a los camioneros, llevaba la voz cantante. El hecho es que, uno tras otro, los diferentes testimonios permitieron a la policía conocer con todo lujo de detalles los movimientos del duo sospechoso entre los meses de septiembre y diciembre.

Las bases de datos ofrecieron cumplida información sobre Tyria Moore, Susan Blahovec y Cammie Marsh Greene. En el caso de la primera los datos se mostraban lo suficientemente consistentes como para permitir una identificación positiva, pero no era así en el caso de los otros dos nombres. Sin embargo, los oficiales de policía del Condado de Volusia, buscando información en las tiendas de empeños de la zona en las que hubieran podido desprenderse de diversos objetos y enseres sustraídos a los asesinados, encontraron una pista que seguir gracias a la concienzuda organización del propietario de un local de Daytona: una mujer llamada Cammie Marsh Greene había empeñado una cámara fotográfica y un detector de radar -luego se comprobó que ambos objetos habían pertenecido a Richard Mallory-, para lo que había tenido que dejar sus huellas dactilares en el recibo.

Las huellas fueron la evidencia que ratificó la hipótesis del equipo de Binegar. Comparadas con algunas de las encontradas en el Pontiac Sunbird de Peter Siems se determinó sin lugar a la duda que eran las mismas. Pertenecían, al parecer, a una cuarta mujer llamada Lori Grody. Cuando fueron contrastadas con los informes del Centro Nacional de Información Criminal se supo que la misma persona había sido fichada antes en Florida, Michigan y Colorado, y que Lori Grody, Susan Blahovec y Cammie Marsh Green eran, todos, aliases de una conocida delincuente habitual: Aileen Carol Wuornos.

El último refugio

La caza de Aileen Wuornos y Tyria Moore comenzó el 5 de enero de 1991. Agentes de incógnito pertenecientes a diferentes cuerpos de seguridad se lanzaron a las calles y, de hecho, la operación estuvo a punto de irse al traste en varias ocasiones por la falta de coordinación de las diferentes unidades implicadas. Todos querían colgarse la medalla.

Dos agentes no uniformados, Mike Joyner y Dick Martin, bajo los respectivos seudónimos de Bucket y Drums, localizaron a Aileen en un bar de Port Orange en la tarde del día 8 y trabaron contacto con ella. No querían detenerla hasta lograr que les condujera a su cómplice o al arma con la que se habían cometido los asesinatos. Sin embargo, varios policías locales también la reconocieron e irrumpieron en el garito con la intención de detenerla. Inmediatamente, Joyner telefoneó desde el local al puesto de mando -situado en el motel Pirate’s Cave, todo muy peliculero- e informó de la interferencia, de suerte que Bob Kelley, desde la Oficina del Sheriff del Condado de Volusia, se puso en contacto con la Estación de Policía de Port Orange y ordenó que no se arrestara a Aileen Wuornos bajo ningún concepto. La orden llegó a los agentes que retenían a la mujer en la puerta del bar en el último momento, pero funcionó, de modo que tras proceder a una identificación rutinaria se marcharon. Ella regresó al interior y se reencontró con sus nuevos “amigos”, con los que tomó algunas cervezas más. Le propusieron ir más lejos, pero ella renunció y se marchó del local hacia las diez de la noche.

No sería la última vez que el caso estuvo a punto de arruinarse aquella noche. En la calle esperaban apostados en un coche otros dos agentes de la Policía Estatal de Florida que, cautos, siguieron a Lee con las luces apagadas. Hubo que ordenarles con urgencia que se alejaran de ella -había que evitar cualquier clase de sospecha- y dejaran las cosas en manos de Joyner y Martin. Aileen Wuornos, ignorante de la compleja trama que se desarrollaba a su alrededor, terminó en un antro de moteros llamado, apropiadamente, The Last Resort -el último refugio-. Allí volvió a encontrarse, porque el mundo es así, un pañuelo, con Bucket y Drums, quienes de nuevo la invitaron a varias copas sin lograr que se le soltara la lengua o accediera a sus constantes insinuaciones. De tal modo, temiendo que la insistencia diera al traste con la investigación, los policías se marcharon sobre las doce de la noche. Lee, por su parte, muy borracha, pasó su última noche en libertad en el asiento trasero de un coche abandonado en el aparcamiento del bar.

Durante la tarde siguiente Joyner y Martin se reencontraron con Lee en el mismo lugar en el que la dejaron la noche anterior. Las cosas se habían complicado puesto que en El último refugio se preparaba una barbacoa para una banda de motoristas, y las posibilidades de que Aileen pudiera esfumarse en medio de la zarabanda eran elevadas. Así pues, se indicó a los agentes que se olvidaran de cuanto habían planeado y procedieran a sacarla del bar para practicar la detención. En efecto, una vez ella accedió de buen grado a acompañarlos a la habitación de un motel cercano, cuando el trío aún descendía las escaleras del último refugio, Larry Horzepa, de la Oficina del Sheriff del Condado de Marion, procedió al arresto de Aileen por un cargo menor: violación del permiso de armas a nombre de Lori Grody. No se mencionaron los asesinatos en la medida que no se quería poner a la sospechosa en guardia antes del interrogatorio. Tampoco se informó a la prensa en la medida que aun no se habían encontrado ni el arma del crimen, ni a Tyria Moore.

El 10 de enero Ty –que a diferencia de Aileen tenía una familia y solo había estado viviendo una aventura de juventud que se había descontrolado- fue localizada en Pittston, Pensilvania, donde pasaba unos días con una hermana. Los agentes Jerry Thompson, del Condado de Citrus, y Bruce Munster, del Condado de Marion, volaron a Scranton para entrevistarla. Le fueron leídos sus derechos pero no se la acusó de nada en absoluto. El interrogatorio fue intenso y, tras las presiones iniciales, terminó mostrándose muy cooperativa. Había decidido salvarse traicionando a Lee y ofreció, por tanto, una versión interesada de los hechos de la que poder sacar buen provecho. Manifestó así que supo “lo de los crímenes” cuando Aileen se presentó con el Cadillac de Richard Mallory y le dijo que había matado a un hombre aquella misma tarde. También que a partir de aquel momento no quiso saber nada acerca de las andanzas de su amante pese a los reiterados intentos de ella por ofrecerle el relato… “tenía miedo”, “sabía que ella era capaz de todo”, y bla, bla, bla. Típico en los asesinatos cometidos por parejas; siempre hay uno –habitualmente el menos fiel, leal y enamorado de ambos- que trata de salvarse cargándole el muerto al otro.

Al día siguiente Tyria viajó con los agentes a Florida para asistirles en la investigación del caso. El hecho es que Aileen, a la que el testimonio de su ex amante convertía en única asesina, era dura de pelar y no había confesado aún, por lo que se había urdido un plan: irían a un motel de Daytona desde el que Ty contactaría con la cárcel. Diría que había recibido dinero de su madre y que había regresado para recoger el resto de sus cosas, descubriendo entonces que todo había explotado. Las conversaciones entre ambas serían grabadas. La idea general era que Tyria habría de convencer a Aileen de que la policía la estaba acusando de los crímenes, de modo que -esperaban Munster y Thompson- Lee confesaría por lealtad a la mujer que amaba. Vergonzoso, pero por lo común eficiente. El problema residió en que, muy pronto, quedó claro que la prisionera no era estúpida y sabía exactamente lo qué se esperaba de ella: durante uno de los primeros contactos Lee manifestó que estaba convencida de que las conversaciones estaban siendo grabadas. Pero Ty supo desarrollar a la perfección el papel de mosquita muerta y, lentamente, las prevenciones de Aileen fueron en declive. Por fin, tras afirmar en repetidas ocasiones que si tenía que confesar para salvarla lo haría, Aileen Wuornos cumplió su promesa el 16 de enero. La impresión general es que, al fin y al cabo, entendió que su papel en la historia era el de cabeza de turco y decidió terminar con la farsa.

Confesión y juicio

Entrevistada por Horzepa y Munster, Aileen dejó claro en primer lugar que Tyria Moore no tenía nada que ver con los asesinatos. Fidelidad hasta el final. Luego argumentó que era una persona pacífica e incapaz de dañar a una mosca, y que todas las muertes habían sido cometidas en legítima defensa. En cada caso, alegó, los hombres a los que mató la habían asaltado, amenazado o violado. Manifestó que ya había sido violada muchas veces en el pasado y que, por lo que a ella respectaba, no estaba dispuesta a permitir que volviera a suceder. Precisamente por ello, cuando sus víctimas se mostraron agresivas no tuvo reparo alguno en asesinarlas. El hecho es que Aileen hablaba de sus crímenes con tal desparpajo e insolencia que llegó incluso a exasperar a su abogado, Michel O’Neill. “Deberías pensar [le dijo en cierto momento] que esos hombres con los que hablas son policías”. La respuesta de Aileen ante la sugerencia del letrado fue nítida y contundente: “Lo sé. Y ellos quieren colgarme. Y está bien que así sea porque, hombre, me lo merezco”[1].

Sea como fuere, el caso, por sus connotaciones ciertamente morbosas –ya saben, la lesbiana que mata como un hombre y tal-, despertó tan elevado interés en la opinión pública que tanto Aileen como Tyria, sus parientes e incluso los detectives que llevaron el caso recibieron una verdadera avalancha de ofertas para escribir libros y realizar películas sobre la historia. El problema, para nueva desgracia de Lee, era que en el Estado de Florida la ley impide que tanto los criminales como los agentes de la ley obtengan beneficios económicos publicitando sus andanzas. Lo cierto es que Lee se hizo tan tremendamente famosa que perdió los papeles: habló de sus asesinatos por extenso, sin recato, con todo aquel que quisiera escucharla. Y con cada una de sus relaciones fue refinando la historia, aquilatándola, incluso fabulándola. Estaba claro que por primera vez en toda su vida Aileen se sentía el ombligo del mundo.

Fue más o menos entonces que se desencadenó una ola de activismo terriblemente interesado, alrededor de su figura. Grupos feministas, religiosos y de activistas por los Derechos Humanos se pusieron en marcha para evitar la condena a muerte de esa “pobre mujer”, una “prostituta desgraciada”, vejada y violada, que se había limitado a defenderse de las horribles agresiones recibidas a lo largo de toda una vida de indignidad. Las simpatías hacia Lee crecieron[2]. Televisión, radio, prensa e Internet se hicieron eco de su caso y pusieron en entredicho, como es lógico, el funcionamiento del sistema a través del empleo de este caso que, posiblemente, no fuera el más apropiado para tal fin. Tyria Moore, los agentes de policía, los fiscales, los políticos en general, se convirtieron de la noche a la mañana en “traidores”, “corruptos”, ”machistas”, “homófobos” y “manipuladores”, versión de la historia que en el fondo, y bien mirado, tampoco dejaba de tener su viso de verdad[3]. Posiblemente, si Lee hubiera mantenido la cabeza fría y sabido aprovechar la ola de presión social, habría obtenido una sentencia ventajosa, pero pronto quedó claro que su peor enemigo era ella misma.

Cuando comenzaron las diferentes causas contra su persona, Lee se enfrentaba a la escalofriante petición de seis penas de muerte por parte de la fiscalía, panorama agravado por el hecho de que su ex amante, Tyria, obraba como testigo de la acusación. Así por ejemplo, cuando se juzgaba a Lee por el asesinato de Richard Mallory en enero de 1992, único del que tenía un relato, Ty indicó que la acusada no parecía especialmente nerviosa o fuera de control tras disparar sobre él y que, desde luego, tampoco estaba borracha. Indicó que la acusada, según lo narró ella misma, abrió fuego a sangre fría… provocándole una larga agonía que se debió prolongar durante unos veinte minutos, añadió posteriormente el forense. Y las cosas iban a empeorar en la medida que en la jurisprudencia de Florida existe la llamada Regla Williams, norma que no hace precisamente fácil la labor de la defensa en este tipo de casos. Esta regla permite que la evidencia en relación a otros delitos sea admitida por el jurado siempre y cuando ayude a mostrar un patrón criminal. De este modo, la información relacionada con los otros asesinatos de Aileen también fue presentada al jurado en cada caso, lo cual motivaba que el alegato de legítima defensa de la acusada resultara, cuando menos, harto discutible.

Tyria Moore (Juicio)
Tyria Moore testificando en uno de los juicios contra su ex amante. ¿Víctima o traidora?

Los abogados de Aileen, conocedores de su actitud, le insistieron reiteradamente para que se acogiese a la Quinta Enmienda y no testificase, algo a lo que ella se negó una vez tras otra. Al fin y al cabo, debían evitar en la medida de lo posible que sus propias declaraciones dañaran sus intereses. Incluso trataron de que algunos especialistas hicieran ver al tribunal que estaba mentalmente incapacitada a causa de un trastorno límite de la personalidad –personalmente lo creo posible- lo cual la limitaría para manejar las situaciones emocionalmente complicadas de forma adecuada. Pero su defendida era virtualmente ingobernable: nunca eludía una pregunta, jamás omitía un detalle, en ningún caso se dejaba aconsejar. Lo cierto es que en el fondo, y pese a su insistencia en la defensa propia como atenuante, Aileen Carol Wuornos parecía desear el previsible castigo más que cualquier otra cosa en el mundo.

El final de la historia fue lógico: seis condenas a muerte[4]. Hubieran sido más, pero no se la pudo juzgar por la desaparición de Peter Siems ya que el cadáver nunca se ha encontrado[5]. Nada de ello amilanó a los activistas pro-Aileen. De hecho tan sólo sirvió para multiplicar sus actos de protesta y encender aún más los ánimos[6]. Nadie parecía querer aceptar que la road movie protagonizada por Lee había llegado a su final.

El final

La Doncella de la Muerte, o la Mujer Araña, así fue rebautizada Aileen por la siempre imaginativa maquinaria de la prensa, pasó diez años en el corredor de la muerte sometida a los rigores de un brutal complejo de culpa. Durante todo ese tiempo exigió en reiteradas ocasiones que se hiciera efectiva su ejecución ante el pánico que le propiciaba la idea de matar de nuevo y, sobre todo, porque consideraba la prisión de por vida un castigo mucho peor que la propia muerte. A este respecto, el Sheriff que consiguió llevar a Lee ante la justicia, Steve Binegar, la definió de suerte concisa pero nítida: “es una criatura patética”.

El entonces gobernador de Florida Jeb Bush firmó su orden de ejecución el 5 de septiembre de 2002, si bien los partidarios de Lee, argumentando que había perdido la cabeza por completo, lo cual es muy posible teniendo en cuenta los terribles efectos que décadas de agresiones, policonsumos y mala vida pueden ocasionar en la personalidad de un ser humano, pensaron hasta el último momento que la condena sería revocada. Eso nunca ocurrió. El 9 de octubre, en la prisión de Starke, al norte de Florida, cuyo perímetro exterior se encontraba rodeado por los manifestantes pro-vida, la ejecución se llevó a efecto. La inyección letal –un cóctel de pentotal sódico, bromuro y cloruro potásico- le fue administrada a las 9:30 de la mañana, terminando con su existencia unos 18 minutos después. Se convirtió con ello en la segunda mujer ejecutada en ese Estado tras la reinstauración de la pena capital en 1976, y la tercera desde el siglo XIX[7].

De acuerdo con su deseo postrero, Aileen pasó el último día de su vida acompañada de un sacerdote y leyendo la Biblia. Al fin y al cabo, como dijo en varias ocasiones durante los años que estuvo en el corredor de la muerte, “había que saldar deudas con Dios”.

Aileen #2


[1] Macleod, M.; “Aileen Wuornos: Killer who preyed on truck drivers” [disponible aquí].

[2] Arlene Pralle y su marido, un matrimonio de tendencias ultracristianas llegaron incluso a adoptar a Aileen, hecho que se hizo oficial el 22 de noviembre de 1991. La primera carta que Arlene envió a una Lee entre rejas comenzaba así: “Me llamo Arlene Pralle. He renacido. Vas a pensar que estoy loca, pero Jesús me dijo que te escribiera” (citado en Macleod, M.; Op. Cit.).

[3] En efecto. Tal y como demuestran las estadísticas, las mujeres que practican la prostitución tienen un 33% más de posibilidades de ser violadas que las mujeres que ejercen otros trabajos. Y más todavía, la policía suele pasar por alto la mayor parte de estos delitos, así como los asesinatos de los que son víctimas las personas de este colectivo marginal, atribuyendo por lo general esta clase de crímenes al consumo y tráfico de estupefacientes, o a imaginarios ajustes de cuentas. Es un hecho: las prostitutas no importan a nadie ni despiertan interés alguno salvo cuando se puede sacar algún partido ideológico de ellas.

[4] El desarrollo de los juicios así como la repercusión pública del caso Wuornos puede seguirse con detalle a través del periódico The Miami Herald. Este rotativo ofreció cumplida información tanto de los juicios como de las sucesivas sentencias. Otros periódicos como The Daytona Beach News-Journal también se hicieron eco por extenso de las peripecias judiciales de Aileen. Idéntico seguimiento pormenorizado mantuvo la agencia de noticias Associated Press.

[5] La controversia pública acerca del caso Wuornos creció cuando se supo que Richard Mallory, la primera de sus víctimas, había pasado diez años en prisión por delitos sexuales cometidos en Maryland. Los datos habían sido ocultados al tribunal por la acusación. No obstante, el juicio no fue revisado y la Corte Suprema del estado de Florida se reafirmó en el veredicto inicial. Tampoco Aileen se ayudó en esta ocasión. En un carta dirigida a aquella institución afirmó: “Soy alguien que odia seriamente la vida humana, y podría matar de nuevo” (Macleod, M.; Op. Cit.). Además, reconoció no haber asesinado a aquellos hombres en legítima defensa y solicitó que sus abogados fueran apartados del caso a fin de evitar que apelaran cualquiera de las sentencias. El gobernador de Florida, Jeb Bush (hermano del presidente George Bush Jr.), pidió que tres psiquiatras examinaran a Lee antes de que la Corte tomase una decisión sobre la solicitud. El informe final indicó que la condenada era plenamente consciente de que podría ser ejecutada de seguir adelante con su decisión, de modo que finalmente se accedió.

[6] The Story of Aileen Wuornos. Hace años se podía ampliar esta información en la página de Internet http://www.prisonactivist.org. Lamentablemente, ha desaparecido.

[7] La Nueva España. 10 de octubre de 2002.

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