Suicidio ampliado: El caso de Odile

odile zuliani
Odile Zuliani [Coulisses TV].

Se conocieron muy jóvenes.

Ella tenía por entonces 16 años, él 22. Odile era una chica guapa, y él un ciclista semi-profesional que incluso había competido con mediano éxito en carreras de cierto prestigio. Desde fuera, se les veía como la personificación de la pareja ideal, pero todo eso no era más que un decorado de cartón piedra. En privado, ya desde el noviazgo, Bruno se manifiestaba como un hombre posesivo, celotípico, que comenzó con las consabidas presiones psicológicas sobre una Odile que, lógicamente, creyó en su inexperiencia que esta actitud era la coherente en un hombre enamorado y que, con el tiempo, a medida que las cosas madurasen y él se sintiera más seguro de su amor, será capaz de controlarla e incluso remitirá.

Pero eso nunca iba a ocurrir. Tras el matrimonio, e incluso con la llegada sucesiva de los hijos, las cosas solo empeoraron.

La señora Zuliani y su esposo se esfuerzan por mantener esa fachada pública de la familia feliz de clase media y buena posición, perfecta e ideal cuando, tras las puertas del hogar y las persianas cerradas a cal y canto, lejos del escrutinio público, la realidad es completamente diferente: Bruno, un tipo algo introvertido pero encantador con la familia política –que lo adora como el cuñado ideal y el yerno perfecto-, amoroso y comprensivo en apariencia, padre perfecto que cuida de sus hijos hasta la extenuación y del que nadie podría sospechar maldad alguna, es en el hogar un monstruo posesivo, egocéntrico y celoso… Celoso, hasta la violencia. Él elige a todos los amigos y amigas de ambos. Determina quién entra o sale de la casa… Y Odile, con quien comparte incluso entorno laboral, no puede ni tan siquiera hablar con otros compañeros de trabajo sin su consentimiento expreso. Deben hacerlo todo juntos -deporte, salidas, compras, ocio-. Cuando se enfada con ella, lo cual ocurre cada vez más a menudo, Bruno se convierte en un demonio. El detalle más nimio, un comentario inopinado, una mirada no del todo aclarada, un silencio inoportuno, despiertan a la fiera. No le pone la mano encima con la suficiente rudeza como para marcarla, pero la agrede, la humilla, la atosiga. Esa mujer idolatrada que aparenta ser Odile Zuliani ante la sociedad es en privado hostigada, presionada y sometida a escrutinio y vigilancia constantes. Su marido, cual perro guardián, controla todos los aspectos de su vida. Le sigue la pista, la espía, la coacciona, la presiona, la empuja.

Como es normal en estos casos, ella vive sometida a una ansiedad perpetua. Ha perdido sueño y apetito, tiene pesadillas, se siente cansada y triste, pero aún le queda un clavo ardiendo al que aferrarse: la obligación moral de preservar un buen entorno familiar para sus hijos. Todavía cree que puede salvar su matrimonio del desastre y cambiar el curso de los acontecimientos. Y se esfuerza por comportarse de manera irreprochable a fin de no provocar escenas de violencia, cosa que cada vez cuesta más en la medida que el comportamiento de Bruno, con el paso de los años, se recrudece, se torna más irascible, incontrolable y violento. Una progresión que explota al fin el 31 de diciembre de 2010. Tras una fiesta de fin de año en la que cree que su mujer se ha extralimitado, enojado por la rabia y los celos, Bruno se pone un par de guantes, coloca una cuerda alrededor del cuello de Odile mientras duerme, y trata de estrangularla. Ella despierta. Él se detiene horrorizado por lo que ha estado a punto de hacer…

Por primera vez a lo largo de los años, Bruno ha traspasado esa barrera imaginaria que Odile creyó que nunca traspasaría, y la mujer comprende que el asunto no tiene arreglo. Que nunca podrá cambiarlo. Que su vida está en peligro. Que debe reaccionar. De modo que lo denuncia. Él es sentenciado a ocho meses de prisión que no cumplirá por carecer de antecedentes, si bien se muestra sinceramente arrepentido y dispuesto a acatar cualquier decisión judicial que se le imponga. Por el ordenamiento penal francés la acusación de intento de asesinato se recalifica como “violencia doméstica”, y se le condena a asistir a terapia para maltratadores, cosa que asume de buen grado. Bruno Zuliani asegura –y es sincero, lo cual tampoco es raro en estos casos- que quiere a su esposa, que ha estado confundido, que quiere salvar su matrimonio, que se compromete a garantizar la paz familiar y el bienestar de sus hijos. Parece un hombre nuevo y quizá de lo malo salga finalmente algo positivo.

Odile, convencida de que él ha aprendido la lección y de que la atención terapéutica que recibe lo reconducirá todo, perdona y retorna al hogar familiar.

Vuelta a empezar

Para el verano de 2011 todo parece haberse calmado. Hace meses que los episodios violentos han cesado. La familia se encuentra de vacaciones y todo parece “normal”. La felicidad ha entrado por fin en el hogar de los Zuliani y el entorno familiar, que lleva meses vigilante, afloja la supervisión. Pero todo es episódico. En noviembre retornan los celos, un nuevo estallido de violencia, otro intento de estrangular a su esposa –en esta ocasión frente a los hijos- que se salda con una pérdida de conocimiento. Por fortuna, Bruno se frena a tiempo. Pero Odile ya no es la mujer sumisa que era y decide irse. Entiende que debe poner distancia. Tampoco quiere que el padre de sus hijos vaya a la cárcel… Que se le interne, que reciba atención psiquiátrica, eso sí. Al fin y al cabo, su marido es muy violento con ella, pero a los niños los adora y se comporta con ellos como un padre amoroso y perfectamente ejemplar. De modo que si el problema va con ella, será ella quien se quite de en medio hasta que la justicia ponga las cosas en orden y todo se solucione.

Odile, ahora refugiada con sus padres, denuncia los hechos e informa al juez de este nuevo intento de homicidio. Indica en su escrito que, pese a dejar el hogar conyugal, Bruno la sigue a todas partes, todos los días, de la mañana a la noche. La respuesta de la justicia es tan sorprendente como estúpida, pues le informan de que él aún es legalmente su marido y de que, en consecuencia, tiene perfecto derecho a seguirla. La tragedia repetida. El abandono de siempre. La ignorancia de costumbre. Tópico sobre tópico. En todas partes. De todos modos. Pero ella está más que harta de modo que en enero de 2012, si es realmente cierto que el problema se termina reduciendo a una vinculación legal, opta por iniciar el proceso de divorcio y acuerda una custodia alternativa de los niños. Es una solución de compromiso que no convence a nadie, pero entiende que Bruno los ama con pasión y que una petición demasiado drástica en este sentido podría llegar a desestabilizarlo del todo. Su abogado piensa lo mismo. Conviene ir despacio… Pocos la entienden. Los amigos y familiares de ambos se dividen: él no es tan malo. Ella es impaciente. A lo mejor lo que pasa es que ella lo provoca. Quizá haya otra forma de arreglarlo. Las cosas no parecían ir tan mal. Lo que antes era un tormento privado ahora se ha convertido en una historia pública y, ya se sabe, ante lo público ya cabe tomar partido se sepa o no. Opinar es gratis y no compromete.

Zuydcoote (Dunkerque), 9 de febrero de 2012

Odile Zuliani había intentado hasta la saciedad salvar su matrimonio de los celos patológicos de su marido. Tardó nada menos que veinte años en comprender lo que toda víctima de maltrato –a veces antes, a veces después- llega a entender con perfecta claridad: que no hay convivencia posible y que el problema de fondo, tras años de toxicidad y enredo, se ha tornado tan peligroso como irresoluble. Por eso optó por la separación. Y así, en el día indicado, se personó en el antiguo hogar conyugal para recoger sus pertenencias, aprovechando que su ex pareja está en el trabajo y los tres hijos que comparten se encuentran en el colegio.

Las cosas ya pintaban mejor. Acababa de encontrar un piso pequeño en el que pensaba reconstruir su vida y todo parecía indicar que el tormento había concluido. De hecho, desde hacía unos quince días su ex pareja ya no la perseguía y parecía aceptar al fin la separación.

El hecho es que en el silencio del que fuera su hogar Odile Zuliani va a encontrar a Bruno ahorcado. Pero no solo. Antes de proceder al suicidio perfectamente planificado, el hombre ha apuñalado en el pecho a sus tres hijos –Nino, Leo y Emi, de 16, 14 y 5 años respectivamente- entretanto dormían. Apenas hace dos horas que todo ha ocurrido. Y los motivos son obvios, pues en las paredes de la casa, desordenadamente, ha dejado por escrito un perfecto relato su locura, así como un testimonio de su voluntad inquebrantable de castigar a su esposa por la “desfachatez” ingrata de haberlos abandonado. Ella aún tuvo las fuerzas justas para llamar a la policía antes de sumirse en un estado de shock del que solo saldría tras ser trasladada al hospital de Dunkerque.

Por lo general se ignora que este de la ruptura es justamente el peor momento. Cualquier especialista en la materia sabe que en estos casos la separación definitiva es, precisamente, el catalizador más peligroso para quienes rodean al maltratador, y especialmente para su ex pareja. De hecho, en la cabeza de Bruno Zuliani, que ahora tiene 45 años, la crisis psicológica se había recrudecido, estaba en su apogeo, al borde del disparate. Si quedarse con su esposo era peligroso para Odile, dejarlo podía serlo mucho más. Y, en efecto, ocurrió lo terrible: este hombre que aparentemente adoraba a sus hijos, que nunca les puso la mano encima, que parecía el padre de familia perfecto, que se había desvivido siempre por el bienestar de sus retoños a los que acompañaba incluso en sus actividades deportivas y del que nadie –ni tan siquiera los más cercanos- habrían sospechado jamás una reacción así, opta por asesinar a sus hijos. Se mata. Se los lleva. Se venga.

Y ahí deja ese dolor inasumible. Esa dramática incomprensión[1].

bruno zuliani e hijos
Bruno Zuliani y sus hijos [France 3].

Suicidio ampliado

No es un fenómeno nuevo, ni ha abierto páginas novedosas en la historia del crimen, pero sí se trata de un suceso cada vez menos silenciado pese a que la literatura científica en torno al mismo es, lamentablemente, escasa dada su baja incidencia y se circunscribe a menudo a la mera casuística, o bien a sus consideraciones legales. El hecho es que el conocido como “homicidio-suicidio”, “suicidio diádico” o, más comúnmente, “suicidio ampliado” parece un evento social emergente especialmente en casos de violencia de género y/o violencia doméstica. Y, si ciertamente es un fastidio científico hablar de “perfiles” –recuérdese que todo perfil criminal siempre es orientativo, pero nunca exclusivo-, cabría señalar a sus perpetradores como varones de entre 40 y 60 años de edad, con cierto sesgo violento de carácter narcisista, impulsividad y tendencia a los arrebatos de celos. Por lo común sus víctimas son mujeres –parejas y/o ex parejas menores en edad que ellos- y niños. Y hay algo interesante a tener en cuenta: los estudios existentes establecen que los homicidas-suicidas suelen tener más en común con las personalidades únicamente suicidas que con las meramente maltratadoras[2].

Que cada vez se hable más de estos casos espantosos tiene poco que ver, como decimos, con un aumento de su incidencia real, y se relaciona estrechamente con su espectacularidad mediática. Lo cierto es que, al estar a menudo –que no siempre- insertos en el círculo de la violencia doméstica/de género, son difíciles de prevenir o anticipar al tratarse de eventos que ocurren en la intimidad de las familias. Como norma general cabe señalar que, estadísticamente, tienden a ocurrir durante el momento de la separación-ruptura de las parejas, o bien a lo largo del año posterior a la misma. Sí es reseñable que, en cualquier caso, tienden a producirse en el seno de familias con un historial largo, aunque por lo común oculto, de hostilidad, desconfianza y agresividad que ha terminado degradando el núcleo mismo de la estructura familiar, hecho que suele degenerar en un falseamiento de las relaciones, emociones y sentimientos que los componentes de la familia exponen, comparten o se profesan entre sí.

Eventos todos ellos, por cierto, presentes en el paradigmático caso de Odile Zuliani. La víctima de un hombre que la había hecho desgraciada al transformarla, por un amor patológico, en motivo de su propia desgracia y que, deseoso de matarse, pensaba que sus hijos no podrían vivir sin él… Ni con ella. Odio, amor, celos, desgracia, suicidio, dominación, egolatría y venganza.

Todos los pájaros muertos con el mismo tiro. Para siempre. El horror.


[1] La tremenda peripecia de Odile Zuliani fue motivo de un excelente documental televisivo de gran éxito en Francia: Meurtre en famille (2012). En España fue exhibido bajo el título de La historia de Odile por el canal de pago Crimen & Investigación.

[2] Véase por ejemplo: West, D.J. (1966). Murder followed by suicide. Cambridge: Harvard University Press; Berman, A.L. (1979). Dyadic death: Murder-suicide. Suicide and Life-Threatening Behavior, 9 (1), 15-23; Cooper, M. & Eaves, D. (1966). Suicide following homicide in the family. Violence and Victims, 11 (2), 99-112.

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