Ser verdugo

Garrote Vil (1894)
Garrote Vil (Ramón Casas, 1894).

La imagen del verdugo, a lo largo de los tiempos, se ha comportado como un espejo deformante que refleja todo aquello que más atávico, trágico, inmoral y degradante resulta al común de las personas y que, en gran medida, nadie aceptaría reconocer ni en sí mismo, ni en la esencia misma del orden constituido. Paradoja –seguro que autoengaño colectivo- perfectamente representada en la célebre película de 1964 dirigida por Luis García Berlanga y guionizada por Rafael Azcona. Por ello, parafraseando a quien fuera último descendiente de una larga casta de ejecutores y gran conocedor por ello mismo del asunto, Henri Sanson, podría afirmarse que la tragedia de los verdugos –y su vivencia- es el resultado de una civilización enfermiza legal y moralmente[1].

Lo cierto es la pena de muerte, en tanto que arbitraria, nunca fue un instrumento legal institucionalizado en las sociedades primigenias y, por ello, no se hacía necesaria en su seno la existencia de un personaje de perfil burocrático como el del ejecutor de sentencias. Por supuesto, existían los castigos físicos como manifestación directa del control social, pero tales, ideados desde un modelo retributivo, pretendían ser proporcionales al crimen cometido y por lo general nunca eran administrados por las mismas personas. De hecho, y hasta donde se tiene noticia, es en la civilización egipcia en la que aparece como institución el oficio de dar muerte a los sentenciados[2]. También en Grecia existió la figura del ejecutor público, pero en este caso el verdugo era un personaje ubicado a la altura de los tiempos al que se asumía como uno de los elementos fundamentales del orden vigente. Por ello, indicaba Aristóteles, se le debía observar con el debido respeto e incluso hacer todo lo posible por elevar socialmente su rango y dignidad, asegurando que sus funciones fueran cumplidas tanto con diligencia, como con el menor daño personal, social y político posible pues, a su parecer, resultaba peligroso que esta clase de empleos –verdugos o carceleros- recayeran en manos de personas poco dignas e inmorales[3].

Lictor
Lictor romano (según grabado de Cesare Vecellio).

Por supuesto, hubo verdugos oficializados entre los romanos –empleo atribuido por lo general, aunque no solo, a los guardias, mensajeros y voceros tanto de cónsules como de magistrados a los que se conocía con el nombre de lictores[4]– pero, irónicamente en el contexto de una civilización tan proclive a la violencia pública, generaban ya entre sus conciudadanos un profundo sentimiento de repulsión propiciado más por motivos ideológicos que propiamente psicológicos o morales. Debe tenerse presente que una cultura construida sobre la reglamentación, el derecho y la burocracia como lo fue la romana –sobre todo a partir del emperador Augusto- la actividad del lictor durante las causas, que habitualmente terminaba con el cumplimiento de las sentencias en el acto, al pie del propio magistrado y sin posibilidad de recurso o apelación, generaba entre los asistentes no pocos tumultos a poco que el resultado del juicio se valorase como injusto o desproporcionado. Esto motivo que la legislación tendiera a modificarse paulatinamente para desprender a los lictores de la tarea de ejecutores de sentencias, pues les acarreaba serias reprensiones públicas y desvirtuaba su papel como representantes simbólicos del orden vigente –auctoritas– en la medida que rebajaba el rango moral de las leyes y símbolos que representaban. A partir del año 100 d.C. comenzará a prosperar en el papel de verdugo la figura del carnifex, un verdadero especialista de la tortura y la ejecución. Caso de no haberlo disponible, el magistrado nombraba a un esclavo –ajeno esencialmente a la vejación social- para tal fin. Cuando la persona a castigar fuera una mujer o un personaje distinguido, se determinó darle tormento o muerte en la privacidad de la prisión[5].

Medievalismos varios

Sin embargo, el final del Imperio Romano y el retroceso jurídico-legal del de que vino aparejado, motivó que el cargo oficial de verdugo, así como el sentido jurídico último de sus funciones, se diluyera:

“La Edad Media, perdida parte de la unidad política y doctrinal del mundo romano, supuso un momento de desafuero en la administración de la justicia haciéndola cruel, arbitraria y ostentosa. El deseo de que la pena fuera motivo de disuasión para el resto de la comunidad convirtió en espectáculo lo que debiera de ser un hecho privado y conforme a ley. La aplicación de la pena capital en público, en lugar elevado y con publicidad suponía a veces motivo de diversión por la parafernalia que conllevaba la ejecución. No digamos nada sobre todo si se permitía intervenir al populacho en la aplicación de la pena. Las lapidaciones no dejaban de ser un elemento en el que todos participaban como masa social en la ejecución del condenado”[6].

Se volvió de este modo, y por varios siglos, a un modelo arcaico en el ámbito de la ejecución de sentencias que convertiría en administradores de la pena capital, y por motivos de lo más variopinto, a personas no necesariamente profesionales o conocedoras de los procedimientos más elementales. Permaneció en el fondo del asunto, pese a todo, un elemento constante e invariable: más allá de cualquier clase de implicación antropológica, la pena de muerte se institucionalizó como instrumento jurídico de las sociedades complejas en la forma de teatro moral perfecto –de acto de justicia supremo y superlativo- con un aparato escénico perfectamente desarrollado desde las diversas variantes culturales, y puesto al servicio del control social y de la prevención del delito.

Consecuentemente, y como actor en esta escenificación de la justicia activa, el verdugo no siempre fue, como decimos, un mero funcionario sino muy a menudo una persona extraída del propio orden social al que se pretendía salvaguardar con la brutalidad controlada, pero entendida como útil, del cadalso. Por esto, en diferentes lugares de Centroeuropa, de suerte inopinada y como si se tratara de un rito de paso, era el individuo más joven de la ciudad el encargado de las ejecuciones, imponiéndose duras sanciones a aquellos que se negaran a cumplir este desagradable cometido. En Baden-Württenberg y Hesse había de ser el último recién casado de la localidad quien desempeñara el cargo, pues se consideraba que era una forma de pagar la deuda contraída con una sociedad civil en la que acababa de ingresar. En regiones como Turingia, por motivos similares, las posibles ejecuciones eran trabajo para el último hombre que se hubiera mudado a la localidad en que debían verificarse. En Amberes las Autoridades designaban a un carnicero de entre los más antiguos y experimentados del gremio, por razones obvias, para obrar como verdugo[7].

Francisco_rizi-auto_de_fe
Auto de fe en la Plaza Mayor de Madrid (Francisco Rizi, 1683).

En el antiguo reino de Crimea el peso de la ejecución recaía sobre la parte acusadora en el caso de ganar un pleito que deviniera en la muerte del acusado. Las primeras legislaciones inglesas en la materia no se ocupaban del oficio de verdugo siendo el sheriff local quien, una vez pronunciado el fallo de la justicia, había de cuidar que se ejecutara. Por lo común éste designaba y pagaba convenientemente a una persona de su confianza, si bien, caso de estar el puesto vacante o de no encontrar a nadie dispuesto para realizar el trabajo, era él mismo quien debía convertirse en ejecutor. Por reflejo jurídico, el modelo norteamericano adoptó este mismo sistema.

En España, originariamente, el verdugo –siempre odiado y sometido a exclusión social- era designado para la ocasión cuando no lo había disponible, si bien el cargo, a menudo, aunque no de suerte oficial, se trasmitía de padres a hijos pues en muchos lugares no les estaba permitido emparentarse más que con miembros de otras familias destinadas al mismo oficio. Así, y por mencionar una de estas historias, uno de los más antiguos verdugos españoles de la historia contemporánea, José González Irigoyen, ejecutor de la Audiencia Territorial de Zaragoza, era

“hijo de labradores, habiendo sido también verdugos su padre, dos hermanos y un cuñado, dotando en su familia el desempeño del mencionado oficio desde hace 117 años. Al referir la historia de su niñez, cuenta detalles verdaderamente horribles como son, por ejemplo, el de hacerle asistir su padre a las ejecuciones y ayudarle en sus lúgubres faenas, cuando aún no tenía nueve años”[8].

Víctima de la hipocresía

Por lo general rechazados y condenados por el cuerpo social, la mayoría de estos verdugos encontraban refugio psicológico en la religiosidad extrema, en un exacerbado sentido del deber y de la profesión, e incluso en el alcohol[9]. El propio Irigoyen, en el ya citado texto, se reconocía a sí mismo como “el decano de los ejecutores y hace alarde de no haber quien le iguale ni en serenidad ni en perfección en su trabajo”. Tal vez por ello, ya pasada la setentena y con cerca de doscientas ejecuciones a sus espaldas, se mostraba enojado cuando los achaques de la vejez le obligaban a ceder el protagonismo del cadalso a otros colegas más jóvenes.

El propio Sanson, francés, último descendiente como ya se mencionó de una prolongada casta familiar de borreau señalaba que el cargo, llamado oficialmente en aquel país con la pomposa denominación de “Maestro de las Altas Obras”, no era hereditario. Sin embargo, por razones fáciles de comprender, cuando había entrado en una familia era muy raro que saliera de ella, lo cual provocó que incluso llegara a recaer ocasionalmente en algunas mujeres. Más aún, si fallecía un ejecutor sin dejar hijos, y no había quien tuviera derecho a la plaza, los jueces podían absolver a un criminal sentenciado a muerte con la condición de que se hiciera ejecutor, o bien, caso de que este criminal se revelara contra la decisión de la justicia, se designaba de oficio a un mendigo. Consecuentemente, se elevaría al rango de triste tradición que la piel del verdugo se encarnara en los elementos más bajos, marginales y empobrecidos del elenco social. Piénsese que ya los propios lictores de Roma, por lo común, eran escogidos por el propio magistrado de entre sus esclavos libertos y, por ello mismo, sujetos de su máxima confianza personal, aunque de baja cuna[10].

Charles Henri Sanson
El francés Charles-Henri Sanson, uno de los más afamados verdugos de la historia (según grabado de E. Lampsonius, 1851).

Lo cierto es que si desde buena parte de la Edad Media hasta el siglo XVIII el ejecutor de sentencias gozaba de un trabajo estable, siendo un personaje que concitaba al mismo tiempo el temor, el desprecio y el respeto públicos[11], a partir del siglo XIX se va a transformar en un individuo gris a sueldo del Estado que casi nunca llegaba al cargo por propia iniciativa vocacional o interés personal, sino huyendo de penurias y fatigas cuando no del propio patíbulo. Así Eduardo Zamacois, al hablar del que fuera en su tiempo verdugo de la Audiencia Provincial de Madrid, Áureo Fernández Carrasco, relata una historia que bien pudiera en líneas generales caber en el perfil de muchos de cuantos ocuparon el oficio a lo largo de los años:

“Había ido de soldado a Cuba. Perdida la guerra regresó a España y fueron los dientes del hambre los que le forzaron a ser verdugo; empleo que muchos, tan necesitados como él, codiciaban”[12].

El ejecutor de sentencias, en definitiva, y a medida que los tiempos fueron liberándose de determinadas barbaries institucionalizadas, se convirtió en

“una víctima más del sistema penal que suele internalizar esa condición en un ejercicio subjetivo imprescindible para exonerar sus culpas […]. El justificar ante sí y los demás su trabajo es, más allá de todo cumplimiento legal, como justificar el irracionalismo de las muertes que causa”[13].

Fotograma de El Verdugo
Fotograma de “El Verdugo” (Luis García Berlanga, 1963).

[1] La autoría de la obra autobiográfica atribuida a Charles-Henri Sanson, así como la veracidad de muchos de los datos que proporciona, han sido cuestiones muy discutidas. Parece que, en efecto, el texto pudo basarse en las vivencias apócrifas del ejecutor de Luis XVI, pero fue en gran parte compuesto de manera libre por Balzac y L’Heritier de l’Ain. La edición que se conoce –y que nos ha llegado- fue reestructurada y aumentada de cara a su primera edición en seis volúmenes por un descendiente de los Sanson, Henri Sanson Clement, en 1847 [Bourdin, P. (2004). Sept générations d’executeurs. Mémoires des borreaux Sanson (1688-1847). Annales Historiques de la Révolution Française, 337, 217-219].

[2] Bourdin, P. (2004), op. cit.

[3] Aristóteles (1994). Política. C. García Gual y A. Pérez Jiménez (eds.) Madrid: Alianza.

[4] Dada su antigüedad, que se remonta a Etruria, el término lictor posee una etimología dudosa: “Festo dice que eran lictores aquellos individuos que, llevando las haces de varas ligadas, infligían castigos corporales a los magistrados tomados en falta. Abogaba por tanto por una etimología del término con el verbo ligo, atar, de forma que lictor sería el portador de, fasces unidas o atadas. El concepto aludiría al principal distintivo del personaje. Como Festo, Plutarco se inclina por un claro nexo con el infinitivo de ligo, ligare, pero no referido a las varas sino al cometido que el lictor tendría de sujetar o atar las manos, o más ampliamente, de arrestar con inmovilización a cuantos estorbasen o impidiesen el paso del magistrado al que acompañaban. […] Para Gellio […] es un servidor especializado y perteneciente a otro cuerpo de servidores, los viatores, testimoniados en la República y acaso originarios de aquellos céleres de la Monarquía. Despejaban la ruta de curiosos y obstaculizadores, valiéndose de varas y su progresiva especialización en estas tareas les valió la constitución de un cuerpo auxiliar aparte. Tanto Plutarco como Gellio muestran coincidencias en la exposición de sus opiniones. Para ambos en principio no existían como servidores independientes, sino que, ya de los céleres, ya de los viatores, sus cometidos eran asumidos por los que se situaban en los primeros lugares de las comitivas. La función creó el órgano y con el tiempo pasaron a formar un cuerpo independiente. En realidad, ambos autores desconocieron el origen concreto de la institución, prueba inequívoca de su antigüedad, y desde luego la vinculaban a las etapas más remotas de la historia de Roma” [Muñiz Coello, J. (1989). Empleados y subalternos de la administración romana (III). Los lictores. Studia historica. Historia Antigua, 7, 133-152].

[5] Ibid.

[6] Gómez Fernández, J. (2005). Morir en el puerto. Dos ejecuciones con garrote (1844). Trocadero, 17, 193-206: 195.

[7] Reader, P. (1974). Cárceles y verdugos. Barcelona: Picazo.

[8] Anónimo (1893). El verdugo. La Crónica de Huesca: Periódico independiente de avisos, noticias e intereses morales y materiales, 16 de enero, 6-7: 7.

[9] Bourdin, P. (2004), op. cit. El concepto mismo de verdugo no es unitario en todos los idiomas y se conforma a partir de variantes locales que por lo común se relaciona con el método empleado en cada caso para castigar físicamente, torturar o ajusticiar, o bien con las conductas propias de la actividad desempeñada por el ejecutor. Para el idioma español el término muestra orígenes etimológicos dudosos si bien parece existir cierto acuerdo en su procedencia a partir del latín virere -ser verde o verdear-, de donde deriva viridis -verde, fresco. Desde aquí la palabra se habría conformado bajo la forma abreviada vir-, transformada en ver-, más ductum -tomado, agarrado, adquirido. Parece que a comienzos del siglo XIII este vocablo significaba “vástago o rama que se corta verde” y, con el tiempo, adquirió el significado más específico de “vara de mimbre usada para azotar”. Consecuentemente, ya en el siglo XVI y por metonimia, terminaría designando no sólo a la vara usada para el castigo sino también a la persona que la empleaba. Más tarde también se denominó verdugo el capuchón con el que el ejecutor ocultaba su rostro y, por generalización, a cualquier tipo de pasamontañas [Soca, R. (2012). La fascinante historia de las palabras. Buenos Aires: Interzona]. Sea como fuere, la palabra otorga sentido al apellido en el momento en el que esta práctica se institucionaliza como oficio. Es por ello que el apellido Verdugo –de origen alavés- nace en la Edad Media, momento en el que la profesión comienza a formalizarse jurídicamente en un proceso equivalente al acaecido en otros países europeos [Guerra, J.C. de (1910). Estudios de heráldica vasca. San Sebastián: Librería de J. Baroja e Hijos].

[10] Muñiz Coello, J. (1989), op. cit.

[11] Personaje que muchos artistas quisieron ver como encarnación de la tragedia misma de la vida y mano ejecutora del buen orden social, y al que algunos compusieron incluso elevados poemas, como es el caso de Espronceda [Espronceda, J. de (1999). El verdugo. Pozzi, G. (ed.), Antología poética: José de Espronceda. Tres Cantos (Madrid): Ediciones AKAL, 80-88].

[12] Zamacois, E. (1964). Un hombre que se va… (Memorias). Barcelona: AHR: 164. Abundando en el ejemplo, Gregorio Mayoral Sendino, quien fuera nombrado ejecutor de sentencias de la Audiencia Territorial de Burgos a partir de 1888, y uno de los verdugos españoles más famosos, preguntado acerca de los motivos por los que se dedicaba a aquella profesión comentó: “Yo no la elegí… Vivía con mi madre, pobremente, pasando fatigas. Un señor que era abogado conocía a mi madre y le dijo que había un empleo del Estado vacante […]. Fui a ver al abogado y me explicó la cosa… Bueno, ese señor echó la solicitud, la firmé y al tiempo me dieron el cargo. Mi madre no quería que firmara y la pobrecita lloraba como si yo fuera el reo…” [García Jiménez, S. (2010). No matarás. Célebres verdugos españoles. Santa Cruz de Tenerife: Editorial Melusina: 62-63]. Un designio tremendo para los más pobres y desclasados que, aún hoy, se perpetúa en buena parte de los países menos favorecidos. Así se explica que la oferta, aparecida en 2011, de un presidio de Zimbabue que buscaba cubrir una plaza de verdugo vacante desde 2005 recibiera cientos de solicitudes. Nada sorprendente para un país terriblemente golpeado por la crisis y con un noventa por ciento de paro.

[13] Neuman, E. (2006). Verdugos y médicos. ¿Víctimas o victimarios? ILANUD, 27, 43-59: 53.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s