Pensamiento, lenguaje y crimen

La corriente sociológica conocida como “interaccionismo simbólico”, ha destacado la importancia que tienen los fundamentos socioculturales en el desarrollo de los símbolos lingüísticos y su funcionamiento. Consecuentemente, sostiene que el lenguaje tiene una naturaleza funciona, de suerte que las relaciones semánticas que los símbolos lingüísticos mantienen entre sí poseen gran influencia en las percepciones de los individuos, así como en la identificación de los significados de cuanto se nos dice. Ello nos permite entender que, desde un punto de vista sociocultural, el lenguaje tendría tres grandes propiedades:

  1. Remite a la actividad humana, a la cual debe su existencia.
  2. Capta las experiencias psicosociales y culturales en forma conceptual y universal, lo cual permite a los sujetos hacerlas comunicables.
  3. Orienta con respecto a la manera de crear –o crearse- experiencias socioculturales nuevas, a la par que porta consigo otras históricamente lejanas.

Es en este contexto en el que adquiere sentido el llamado “relativismo lingüístico” propugnado por los antropólogos Edward Sapir (1884-1939) y Benjamin Whorf (1897-1941), y conocido popularmente como “hipótesis de Sapir-Whorf”, que sostiene que la estructura del lenguaje propia de una cultura -o subcultura- influye en la conducta y hábitos de pensamiento de sus componentes. Esto es así porque un lenguaje –entiéndase aquí “lenguaje” en el sentido de idioma, dialecto, jerga- estructura las percepciones de los individuos a la par que moldea la manera de pensar, sentir y actuar de las personas que lo hablan. Y ello porque toda estructura de pensamiento se conforma en el seno de un contexto sociocultural y familiar mediado por el lenguaje. Precisamente esto es lo que pretendía señalar Ludwig Wittgenstein (1889-1951) cuando manifestaba que “los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”[1]: la cultura acondiciona y estructura nuestros procesos perceptuales, de modo que influye en la interpretación de los estímulos externos que se reciben, en la interpretación que se les otorga y en el modo que hablamos –o se nos habla- de ellos.

Sapir y Whorf
Edward Sapir (izquierda) y Benjamin Whorf (derecha).

Se entiende, por tanto, la importancia de la comprensión del funcionamiento de los procesos de simbolización psicolingüística en relación a fenómenos como la delincuencia y el crimen. No en vano, el lenguaje no solo conforma la identidad sino que también la comunica y reevalúa. En tal sentido, es una fuente de programación de cosmovisiones, prejuicios y estereotipos que trasciende a la mera comunicación objetual para convertirse en una estructura gramatical ideológica: las personas que hablan igual, tienden a pensar igual. Desde esta óptica, adquiere pleno sentido la siguiente anécdota, que muestra claramente como las construcciones lingüísticas que elaboramos sobre la realidad generan estructuras de pensamiento que nos inducen a interpretarla de maneras muy específicas:

“Un lunes por la mañana, el encargado de mantenimiento de una iglesia, que era anglo, se acercó a un pastor latino y le reclamó por el desorden dejado en la cocina: ‘está todo fuera de lugar y hay frijoles en el piso y otros lugares. ¿Por qué han dejado tal desorden y sobra de frijoles’ El pastor respondió: ‘ayer, nosotros no comimos nada en la iglesia.’ Le respondió el encargado: ‘¿Quiénes comen frijoles sino los hispanos?’ Este encargado anglo, tenía un estereotipo sobre quiénes comen frijoles y eso lo llevó a acusar a la gente hispana del desorden dejado en la cocina. Su prejuicio lo llevó a hablar en forma estereotipada hacia las personas latinas, discriminándoles. Aunque el frijol es parte regular en la dieta mexicana, centroamericana, caribeña y brasileña, lo cierto es que la noche anterior un grupo de jóvenes anglos había usado ese espacio para una actividad y habían comido, entre otras cosas, frijoles”[2].

De hecho, habría tres áreas de relación claras entre el discurso –entendido aquí en el sentido amplio de comunicación entre individuos- y el contexto sociocultural:

  1. Universo simbólico y/o contexto: Las estructuras sociales son condiciones para el uso del lenguaje, es decir, para la construcción, comprensión y producción del discurso.
  2. Re-descubrimiento y re-definición: El discurso comunicativo, de muchos modos que a veces permanecen ocultos incluso al propio hablante, reconstruye y modifica a las estructuras sociales.
  3. Metáforas de la realidad: Las estructuras del discurso comunicativo hablan sobre, denotan o representan partes de la sociedad.

Debemos entender que, contrariamente a lo que suele creerse, la relación entre los discursos comunicativos y la sociedad tampoco es directa y manifiesta, sino que está mediada por las cogniciones compartidas –o elementos simbólicos- de los componentes de la misma. No se trata simplemente, y recordemos ahora el ejemplo de la iglesia y los frijoles, de que el encargado “anglo” entendiera que el desorden era culpa de los latinos por el simple hecho de haber visto frijoles tirados en la cocina, pues no estamos ante una simple relación de clase 1 y clase 2. El hecho, más bien, reside en que tenía una representación cognitiva compleja del universo de “lo latino” -estereotipada, prejuiciosa- en la cual se subsumía una amalgama de elementos –frijoles, descuido, irresponsabilidad, etcétera- que le indujo a pensar que tal desorden en la cocina solo era atribuible a “esa clase” de personas. De tal modo, su conducta discriminatoria hacia el pastor latino no venía causada por los frijoles tirados en el suelo –que en todo caso suponen una evidencia débil-, sino por un universo simbólico de discriminación interétnica en el cual su falsa atribución adquiría sentido. Pensemos que una sociedad, colectivo o cultura son inconcebibles sin un universo de referencias de sentido compartidas.

De hecho, un error bastante común es el de homologar lenguaje y comunicación cuando en realidad son fenómenos estrechamente interrelacionados, pero cualitativamente diferentes. Así por ejemplo, los delincuentes jóvenes tienden a acumular un grave fracaso escolar al encontrarse por debajo del resto de adolescentes en el desarrollo de sus competencias lingüísticas, pero al mismo tiempo suelen mostrar una buena competencia comunicativa y tampoco manifiestan distorsiones en otros procesos cognitivos. Los déficits en la comunicación y en el lenguaje pueden ir aparejados y a menudo es así, pero no necesariamente, con la conducta antisocial, por lo que el comportamiento problemático de muchas personas “difíciles” podría tener antes una función comunicativa que propiamente cognitiva. Esto significa que, en muchos casos, reduciendo este déficit comunicativo, también podrían reducirse tales conductas.

La habilidad comunicativa tiene un papel básico en el dominio de las habilidades sociales, lo cual explica porque las personas que tienen dificultades a la hora de comunicarse tienden a integrarse en grupos y/o colectivos en el que estas disfunciones son la norma y en los que, por consiguiente, no experimentan rechazo, distorsiones y/o disonancias cognitivas[3]. Hoy se sabe que el estilo de crianza influye notablemente en la forma en que los niños se desarrollan psicológica e intelectualmente, y que grandes diferencias entre estilos de crianza pueden generar notables diferencias cognitivas, conductuales, caracteriales y de personalidad en la vida adulta[4]. Ello implica que un mal entorno social no necesariamente dificulta el desarrollo, pero cuenta con el problema de que es más agresivo y estresante para niños y jóvenes, lo cual predice un peor futuro en la adultez en el caso de que no existan en modo alguno los adecuados factores de protección que generen mayor resiliencia a la par que reduzcan el estrés percibido y la consiguiente vulnerabilidad[5].

Levi Strauss
Claude Levi-Strauss.

No podemos describir y explicar los contenidos y estructuras de las representaciones colectivas de la realidad en términos puramente cognitivos o psicológicos. Es necesario comprender también las funciones que los grupos e instituciones socioculturales generan, así como  sus condiciones y modos de reproducción. Téngase en cuenta que en la cotidianeidad vivimos la realidad sociocultural en términos de definiciones mentales y/o discursivas que operan como construcciones de sentido. Los fenómenos no se nos “dan” simplemente ahí fuera, sino que son construidos por los seres humanos –desde un contexto cultural, histórico, cognitivo, emocional y social- en la medida que ello forma parte de sus capacidades psíquicas. Aquí es donde adquiere sentido la idea del antropólogo Claude-Levi Strauss (1908-2009), quien indicaba que la condición humana, en tanto que única, es generadora de cultura[6].

El interaccionismo simbólico, como escuela, entiende el lenguaje como un fenómeno comunicativo entre individuos sobre el que se construye la realidad social. En este sentido, cabe comprender que al igual que ocurre en el resto de manifestaciones simbólicas socioculturales, en el caso del crimen y la criminalidad –cualquiera que sea su forma-, el lenguaje es también un correa de transmisión creadora de cosmovisiones compartidas entre individuos que en buena medida generan adhesión. En este contexto es en el que adquieren sentido fenómenos como la apología del crimen de la que se sirven determinadas organizaciones –bandas, pandillas, crimen organizado, colectivos delincuenciales gremiales, grupos terroristas o sectas- y que adoptan la forma de una jerga específica que se manifiesta en la forma de canciones, vídeos, retóricas discursivas, códigos específicos, maneras de vestir, tatuajes y etcétera.

Pese a que a menudo nos sirvamos de esta clase de comparaciones para tratar de explicarnos su mecánica interna de un modo sencillo, en realidad la inmensa mayoría de los colectivos criminales y/o delincuenciales, por lo común, no son una organización formal al uso, pues operan en el seno de subculturas minoritarias que ni representan el sentir de una cultura mayor en la que se integran, ni están reguladas por las normas, leyes, códigos ético-morales o dinámicas de tal cultura. Al contrario, suele tratarse de organizaciones “fluidas” que solo adquieren sentido a través de procesos narrativos e interactivos entre sus componentes –que pueden no ser miembros fijos- que se fundamentan en determinados procesos comunicativos y simbologías. Recordemos ahora la hipótesis de Sapir-Whorf: la expansión de esta clase de colectivos solo es posible por la vía de una construcción identitaria, o de sentido, a partir de narrativas programáticas que se expanden por diferentes canales comunicativos, como redes sociales, interacciones cara a cara, manifiestos, reuniones, películas, letras de canciones, y etcétera. Tales canales sirven de vía mediante la que proporcionar a un determinado “público objetivo” –sensibilizado- toda suerte de materiales simbólicos que “den sentido” o “construyan sentidos”. Es precisamente por ello que esta clase de discursos terminan siendo muy permeables a los recursos que se emplean en los de otras esferas públicas, como la religión, la política o la economía.

Uno de los elementos característicos del llamado crimen organizado es el de ser mucho más que una mera “empresa criminal”, como a menudo es definido con cierta simpleza. Esta categoría criminal se constituye a partir de un universo simbólico o de sentido que se basa en tradiciones, costumbres y valores socioculturales que se reproducen en el comportamiento criminal de la propia organización. Ahí es donde adquieren su razón de ser ideas como la del “código de silencio” o el “honor entre ladrones”. Entre los Zetas mexicanos la violencia extrema de la que se sirven en sus acciones es, más que un modus operandi, un elemento comunicativo de corte propagandístico que se dirige no solo a la competencia, sino también al cliente potencial. En las Maras el universo simbólico, por el contrario, funciona hacia adentro, hacia sus propios integrantes, de suerte que entretanto la imagen externa- que tiene la sociedad- del colectivo es de criminalidad funcional, la imagen interna –de sus componentes- tiene un fuerte carácter iniciático.

Los controvertidos vídeos que difunde el grupo terrorista conocido como “Estado Islámico” son un perfecto ejemplo del asunto que nos ocupa: su montaje, construcción narrativa, temática visual e incluso los recursos “cinematográficos” que en ellos se emplean no están dirigidos al grueso de una población para la que resultan simplemente grotescos o temibles, sino a un grupo reducido de personas, interesadas en esa clase de contenido audiovisual, que son capaces de sentirse interpeladas cognitiva y emocionalmente por el mismo. Así, la apología del crimen que se manifiesta en tales vídeos es en realidad un “locus” de negociaciones simbólicas cuyo objetivo último es la reproducción de la violencia y que, por tanto, puede considerarse como “violencia programática”, esto es, violencia prescriptiva, programadora de formas de pensar y de hacer. De hecho, el discurso del terror y el odio del que se valen estas organizaciones no solo sirve para obtener publicidad entre el gran público –de hecho, la publicidad mediática ya se obtiene por lo común con el propio acto terrorista-, sino ante todo para comunicarse con el público propio.

Video ISIS
Imagen de uno de los vídeos del ISIS: La composición de imagen al servicio de un mensaje ideológico… Más que terror, discurso.

Piénsese que el lenguaje y la comunicación siempre tienen un valor funcional. Ello implica que los emisores y los receptores de esos contenidos criminales programáticos no los observan como “delincuenciales” en el sentido que un observador externo les confiere y que suele tener que ver con el delito tipificado en el código penal o con la moralidad. Antes al contrario, en el emisor-receptor implicado generan y consolidan un magma psicológico de sesgos atribucionales y distorsiones cognitivas que permiten que cierta clase de criminalidad, con la que ya se simpatiza de manera más o menos consciente por diversos motivos socioeducativos y de integración, se convierta en un universo simbólico de lo cotidiano que medie en toda suerte de conductas, códigos y formas de sociabilidad a todos los niveles imaginables: subjetivo, económico, sociocultural e incluso político.

Toda violencia programática funciona porque simplifica conflictos sociopolíticos y culturales complejos estableciendo narrativas sencillas, lineales, polarizadas, y fácilmente accesibles con independencia del nivel formativo del individuo, pues dependiendo de cuan compleja o sencilla sea la estructura del lenguaje verbal y/o escrito, se producirá una variación significativa del grado de pensamiento y entendimiento del sujeto. Así es como se entra en la retórica reduccionista del amigo-enemigo, ellos-nosotros, crimen-sociedad, bueno-malo, dentro-fuera, creyente-infiel… Téngase en cuenta que un lenguaje simplificado lleva a un pensamiento simplificado, fácil, en el que la multiplicidad del mundo queda reducida a tener que escoger en última instancia entre dos posibles opciones. Por el contrario, la asunción de la realidad como una entidad compleja y difusa genera, a su vez, un pensamiento complejo y divergente que obliga al sujeto a tener que decidir entre múltiples posibilidades argumentales disponibles que debe entender e integrar para poder decidir. Así, la calidad y amplitud de la verbalización con la que una persona es capaz de exponer una situación refleja cuánto y cómo conoce los diversos puntos de vista legítimos –o ilegítimos- en torno a la misma.

La exclusión social y los entornos deprimidos no tienen por qué conducir necesariamente al delito, pero no es menos cierto que generan condiciones proclives a ahondar en las vulnerabilidades –no solo fisiológicas y madurativas, sino también cognitivas y afectivas- de los individuos que pueden llevarles a comprometerse con la violencia y el crimen, o bien a convertirse en víctima de ellos. Generan contextos proclives, entre otras cosas, a la simplificación cognitiva y las simbolizaciones distorsionadas de la realidad en el que cuestiones como la apología del crimen o la radicalización adquieren pleno sentido. Y ello porque la subjetividad lingüística que suele presentarse en estos entornos, lleva a la persona permanentemente reevaluarse y re-describirse a sí misma desde puntos de vista que en su contexto de referencia pueden ser muy eficaces, pero que sin embargo resultan socioculturalmente disfuncionales.

“Pototo (alias del histórico de ETA, Ángel María Galarraga), presunto autor de siete asesinatos, murió el 15 de marzo de 1986 abatido a tiros por la policía tras haber dado muerte a un agente en San Sebastián. […] El niño, Hodei, soltó la paloma. Los restos de su tío, Pototo, estaban delante de él, en un ataúd abierto con la ikurriña. Y más y más banderas se agitaban al viento […] Había mucha gente allí, en la plaza de Zaldibia. Gestos hoscos. Crespones negros en telas blancas que colgaban de todos los balcones. Y niños, muchos niños en primera fila, acompañaban a Hodei […]. Comenzaron los discursos. Destacaron que Pototo había sido un bakearen gudari, un soldado por la paz que había murto en la alta misión de conseguir la independencia de Euskadi. Y dijeron sus versos los bertsolaris y se cantaron canciones al son de las trikitixas, porque Pototo era muy alegre, afirmaban. El sentimiento de pertenencia al grupo, el espíritu de la tribu, iba creciendo haciéndose, a la vez, más hondo conforme el tiempo pasaba. El odio y la rabia lo inundaban todo. […] El 23 de septiembre de 2002, la explosión fortuita de una bomba de titadine de 15 kilogramos mató al conductor del coche que la transportaba. Era Hodei Galarraga, de 22 años de edad. Una urna conteniendo las cenizas de Hodei fue situada, 16 años después, en el mismo lugar que el féretro de Pototo había ocupado en la plaza de Zaldibia. La ceremonia fue parecida. […] Un niño de corta edad, primo de Hodei, abrió una caja y dos palomas blancas partieron velozmente hacia el cielo azulado de Zaldibia”[7].

Aunque podría no parecerlo a primera vista, el caso de la “conversión” de Hodei es equivalente al que podemos encontrar en los muchos vídeos destinados al proselitismo de Maras, Ñetas u otros grupos al uso, y que pueden encontrarse fácilmente en plataformas virtuales como el conocido YouTube. Son trabajos de carácter artesanal, a veces incluso muy tosco, cuyas imágenes se reciclan una y otra vez a medida que los montajes se multiplican y expanden en la red. En ellos vemos imágenes de marginalidad, urbanización incompleta, civilización precaria, y exclusión social cuya función es la de operar como metáfora de las condiciones que viven las personas que se integran en esta clase de colectivos y que, en última instancia, justifican la exaltación del crimen como forma de vida “razonada” y “razonable”. Se trata de reestructurar cognitivamente a un público objetivo por la vía de un discursos –símbolos, vocabulario- de impacto existencial y, por tanto, emocional. Así se logra la “transmutación” en la personalidad de los jóvenes que se integran en estos colectivos en este caso: manipulando simbólicamente sus condiciones vitales de exclusión y precariedad.

Maras - Gaceta Mercantil
Miembros de las Maras en acción propagandística: todo es mensaje. Y ninguno de esos mensajes es para nosotros [Fuente: Gaceta Mercantil].

[1] Wittgenstein, L. (2004). Tractatus Logico-Philosophicus. Madrid: Alianza Editorial; § 5.6.

[2] Carhuachín, C. (2013). Lenguaje y discriminación. Una perspectiva latina en los Estados Unidos de América. Realitas. Revista de Ciencias Sociales, Humanas y Artes, 1(2): 18-24, p. 19.

[3] Véase: Festinger, L. (1957). A theory of cognitive dissonance. Stanford (CA): Stanford University Press. La disonancia cognitiva hace referencia a la tensión interna que los individuos experimentan cuando tienen dos cogniciones simultáneas y conflictivas: Así, aparece cuando las personas experimentan en su sistema de ideas, creencias y emociones dos pensamientos que se encuentran en conflicto, o bien cuando ponen en marcha conductas que no son acordes a sus creencias habituales. Normalmente, el sujeto que experimenta disonancia cognitiva se siente motivado a reducirla para minimizar, a su vez, la tensión psicológica que está experimentando. Por lo común, la manera más habitual de resolver esta tensión es introducir en el propio sistema de creencias o valores toda suerte de cogniciones nuevas que justifican su actitud. Por ejemplo, si pensamos en un individuo al que se ha enseñado desde la infancia que maltratar a los demás es inmoral, y al entrar en una organización criminal se ve obligado a hacerlo, lo habitual será que busque todo tipo de excusas para justificar sus propios actos: “son el enemigo”, “nos odian”, “son malvados”, “es cuestión de ellos o yo”, “debo ser fiel a los míos”, y etcétera.

[4] Flores-Lázaro, J.C., Castillo-Preciado, R.E. y Jiménez-Miramonte, N.A. (2014). Desarrollo de funciones ejecutivas, de la niñez a la juventud. Anales de Psicología30(2), 463-473. https://dx.doi.org/10.6018/analesps.30.2.155471

[5] González Osornio, M. G. y Ostrosky, F. (2012). Estructura de las funciones ejecutivas en la edad preescolar. Acta de investigación psicológica2(1), 509-520.

[6] Levi-Strauss, C. (1995). Antropología estructural. Barcelona: Paidós Ibérica.

[7] Sanmartín, J. (2005). El terrorista: Cómo es. Cómo se hace. Barcelona: Ariel, pp. 86-88.

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