Cuarenta años ahogándose

Wood y Wagner en la cubierta del Splendour
Natalie Wood y Robert Wagner fotografiados en la cubierta del yate “Splendour”.

Siempre que una estrella fallece en circunstancias poco claras, se produce un considerable revuelo mediático. Y en esta ocasión no iba a ser menos, dada la gran popularidad de la fallecida. En eso pensaba el patólogo forense encargado del caso, Thomas Noguchi, al recibir la maldita llamada. De hecho, y precisamente por el puesto que ocupaba, pues ejerció la medicina legal en Hollywood durante las décadas de 1960 y 1970 recibiría el sobrenombre de Forense de las estrellas. En efecto: Noguchi, que había tenido que vérselas con casos complejos como el suicidio de Marilyn Monroe o el asesinato de Sharon Tate a manos de los acólitos de Charles Manson, estaba acostumbrado a verse en el ojo del huracán, pero ello no significaba que le gustase.

El hecho es que el 28 de noviembre de 1981 Natalie Wood había fallecido ahogada de suerte extraña cuando pasaba la noche en su yate, el Splendour[1], acompañada de su marido, Robert Wagner, y otro conocido actor que en aquel momento compartía rodaje con Natalie, Christopher Walken[2]. La pareja pasaba largas temporadas en el barco para liberar tensiones y, por lo demás, en esta segunda intentona parecía un matrimonio bien consolidado pues duraba ya, sin altibajos, desde 1972.

Matrimonio… ¿modelo?

En efecto, Wood y Wagner ya habían estado casados con anterioridad, entre 1957 y 1962, pero las malas lenguas decían que aquel primer enlace terminó mal a causa de las envidias: la estrella emergente de Robert se había estancado entretanto la carrera de Natalie iba hacia arriba, lo cual generó tensiones en la pareja que la llevaron al divorcio. No obstante, una vez reconducidas las cosas y a su vez con sendas bodas finiquitadas de por medio –él con la actriz Marion Marshall, ella con el productor y guionista Richard Gregson-, volvieron a casarse. Y parecía que en esta ocasión, con éxito. De hecho, el ambiente aparentaba ser afectuoso, tenían tres hijos, y la familia siempre se mostró feliz en público, pero por el aquel de que las familias siempre tienen secretos ocurre que con estas cosas nunca se sabe…

Y es que Wagner, un niño mono de buena familia metido a actor casi por casualidad, con una irregular carrera y no bien ponderado como profesional dentro de la industria, nunca había caído demasiado bien a la prensa. Todo lo contrario que su esposa, una actriz que enamoraba a la cámara, con un sereno atractivo que encandilaba a muchos hombres y trataban de imitar muchas mujeres, con tres nominaciones a los Óscar, y en suma una carrera mucho más aparente y popular que la de su esposo, al que siempre se consideró por debajo de ella. O, por mejor decir, conocido y en el candelero en gran medida gracias a ella. Posiblemente todo ello fuese cierto, pero la cuestión es si daba como para considerarlo un asesino, que es cosa muy gruesa y harina de otro costal. El hecho es que muy pronto aparecieron en la prensa del corazón las sospechas veladas en torno a un posible asesinato. De suerte que los agentes encargados de la investigación –y el propio Noguchi- lo tuvieron muy claro: O bien la investigación del caso dejaba a Robert Wagner más limpio que una patena, o bien la sombra de la sospecha le perseguiría para los restos.

Pero es que el contexto en el que Natalie murió para convertirse en el caso 81-15167 no ayudaba mucho y era ideal para imaginar –y alimentar- toda clase de misterios.

Wood, Walken, Brainstorm
Christopher Walken y Natalie Wood en un fotograma de la película “Proyecto Brainstorm” [Fuente: MGM].

Una muerte “rara”

En la noche de autos el trío –Wood, Wagner, Walken- había compartido mesa y mantel en un local de ocio en Isla Catalina, cerca de Los Angeles. Allá consumieron bastante champán, al punto de que todos los presentes dijeron que parecían algo afectados por la bebida cuando se marcharon. De hecho el propietario del local, del que al parecer el matrimonio era asiduo, ordenó a uno de los camareros que tomara el volante del coche y los acompañara hasta el barco para evitar cualquier problema.

Al parecer, la actriz se retiró a la cama a poco de llegar al yate, sobre las 11:15, pero Wagner y Walken siguieron charlando y bebiendo lo cual, por lo que parece, degeneró en una discusión acalorada que, sin embargo y como luego pudo comprobarse, no llegó a las manos por cuanto ninguno de ellos mostraba lesiones. El hecho es que cuando Robert Wagner se retiró al dormitorio, pasada ya la medianoche, no encontró a su esposa en la cama. En un primer momento, explicó, no se inquietó porque ella solía salir sola en la balsa neumática de la embarcación para relajarse, pero cuando pasaron las horas y ella no regresaba, comenzó a preocuparse y se puso en marcha para tratar de encontrarla. Sirvió de poco: el cadáver de Natalie Wood aparecería un día después, flotando sobre el agua, casi a un kilómetro del yate, en el paraje conocido como Blue Cavern Point. El bote, aún más al sur, sería rescatado de una orilla a la que lo arrastró la corriente.

Se especuló con la hipótesis del suicidio, pero cuando se preguntó a Robert Wagner si su mujer podría haberse suicidado la respuesta negativa fue tajante: Natalie nunca había mostrado conductas suicidas, se había expresado en tal sentido, o había padecido trastornos psicológicos vinculados con el suicidio. Una declaración, claro, harto discutible: Los coqueteos de la pareja con las drogas y el alcohol eran bien conocidos -el mundillo de Hollywood, es lo que tiene- y es sabido que, en determinadas personalidades especialmente vulnerables, ambos son elementos de riesgo en relación a potenciales conductas autolíticas. Sin embargo, tampoco es raro que Wagner, dadas las circunstancias, tratara de dejar la memoria de su difunda esposa lo mejor posible. O quizá era sincero, y punto.

Esa era la historia, en lo básico, pero no respondía a varias cuestiones importantes e incisivas que planteaba la prensa: ¿Cómo era posible que ninguno de los tres hombres –Wagner, Walken y el capitán Dennis Davern- a bordo del yate se percataran de la marcha de la mujer? ¿Se había ido sin decir ni una palabra? ¿Por qué motivo se habría marchado en mitad de la noche a la popa del barco, habría descendido la escalerilla y tomado el bote? ¿A dónde iba? ¿Huía de algo? ¿Tenía su marcha algo que ver con la pelea entre Wagner y Walken? ¿Hubo un encuentro sexual salido de tono que degeneró en la muerte de la actriz?

Debía reconocerse que todo era, como mínimo, raro. Y la prensa estaba dispuesta a sacar partido de ello, tal y como el forense Noguchi se temió desde el primer momento. Pero es que el mensaje empezaba a calar en una opinión pública que, como ya se ha indicado, no simpatizaba en demasía con la causa del marido aparentemente compungido.

Thomas Noguchi
El popular Thomas Noguchi, forense encargado del caso.

Una autopsia psicológica

Noguchi, tras realizar la autopsia forense, lo tuvo claro: la causa de la muerte había sido compatible con ahogamiento, y no había signos de violencia sobre el cuerpo. Los arañazos y hematomas leves que mostraba el cadáver pudo hacérselos al caer del bote, y la tasa de alcohol en sangre -de 0’14, ergo no iban tan bebidos como los testigos del restaurante habían imaginado- era tan leve que no explicaba por sí sola la caída. El hecho es que la mujer, tras soltar el bote, pudo resbalar. Ese tipo de embarcaciones fuera borda sin apenas calado suelen resultar bastante inestables, y aquella noche hacía mucho viento, con lo que pudo perfectamente alejarse del yate más de lo que la mujer esperaba al ser liberado. Así las cosas, al caer al agua la pesada chaqueta de plumón que llevaba, empapada pesaría unos 15 kilogramos, la habría impedido subir, sumergiéndola hasta la muerte. Las corrientes de la zona habrían llevado el cadáver y el bote hasta el lugar en el que se encontraron finalmente.

La reconstrucción de Noguchi era factible, pero claro, esta explicación de la mecánica de la muerte no resolvía aquellos puntos calientes que más interesaban a los periodistas: ¿Natalie cayó sola al agua o la tiraron? ¿Y si cayó sola, a un par de metros de la escalerilla del barco, por qué no fue capaz de volver abandonando el bote? ¿Por qué no gritó o pidió ayuda? ¿Se suicidó? ¿La sumergieron en el agua hasta que se ahogó y luego liberaron el bote? ¿En qué eximía la explicación del forense a Wagner y Walken? En definitiva, la prensa no aceptó el dictamen de Noguchi. Una muerte accidental iniciada en un triste resbalón se antojaba menos “vendible” que una muerte devenida de una riña a bordo entre Wagner y Walken con la pobre e indefensa Natalie de por medio…

El problema, lógicamente, es que para un forense como Noguchi las razones por las que Natalie Wood decidió abandonar el Splendour, eran cuestión secundaria frente a la comprensión de cómo se había producido el fallecimiento. Ciertamente, si un matrimonio discute, la mujer sale de casa enfadada, coge el coche y luego tiene un accidente en el que muere, el culpable de la muerte no puede ser el marido… Pero a la prensa del corazón esto le resultaba un matiz legal secundario. Había un clamor contra Robert Wagner a quien se quería inculpar de la muerte de su esposa a todo trance.

Thomas Noguchi, por su parte, que ya había tenido problemas con los medios a causa de su controvertido dictamen sobre la muerte –tan solo una semana antes- del actor William Holden, fue calificado de forense histriónico y polémico. Si el mensaje no gusta, matemos al mensajero. Y es que tampoco él era del agrado de mucha gente en Los Angeles. Nacido en Japón, el forense había sido desde que fuera designado para el cargo objeto de no pocas persecuciones –ya desde fuera, ya desde dentro- por obvios motivos, estando además en el centro de muchas controversias. No podía ser de otro modo cuando uno debe actuar en casos de primerísima línea de manera casi permanente, lo cual implicaba una gran exposición pública y un permanente cuestionamiento de sus dictámenes. No en vano, harto de tales presiones y ante la que consideró “tibia” defensa de las Autoridades, dimitiría de su cargo poco después del cierre del caso de Natalie Wood, en 1982.

Sea como fuere, la respuesta del forense al problema fue recurrir a una pormenorizada autopsia psicológica. Tras un concienzudo estudio de la personalidad de Natalie, los datos arrojados por la autopsia, las circunstancias que rodeaban a los hechos y el estudio detallado del escenario en que todo ocurrió, así como el estudio exhaustivo de las declaraciones, se determinó, al fin, que Natalie, tras resbalar y caer al agua, no pudo en modo alguno volver al yate. La causa: El efecto embudo del viento que en aquella cala azotaba de manera muy intensa en aquellas fechas y que la alejó del barco a gran velocidad –un bote neumático, empujado por el viento de superficie, se comporta exactamente como un globo de aire-. El problema fue que la mujer, aferrada al costado del bote, alejándose del yate, pero no asustada todavía y por ello no gritó, pues era una persona bastante calmada, fue incapaz de subir al interior de la barca pese a sus denodados esfuerzos. Los hematomas en brazos y piernas, coincidentes con los bordes de goma dura redondeados y las aristas de la carcasa del motor fuera borda, daban fe de ello. La pesada chaqueta empapada de plumón de la que no quiso desprenderse, pues hacía frío y sabía que le haría falta, tiraba de ella con enorme fuerza. Trató entonces de desplazar el bote hacia la playa durante unos cientos de metros, pero el mar helado de noviembre y el cansancio acumulado la condujeron a la hipotermia.

Noguchi no quiso en su día que esta información se hiciera pública, pero sirvió para que la policía exculpara a Wagner y Walken y, finalmente, cerrara el caso.

Yate Splendour
La popa del “Splendour”. Ocurriera como ocurriese, desde aquí cayó Natalie Wood al agua para encontrar su final.

El resto es historia

Ello no implicó, claro está, el final de la maledicencia sobre la persona de Robert Wagner. Al contrario, la muerte de su esposa le ha perseguido durante cuarenta años, le perseguirá de hecho hasta la tumba, y no han sido pocos los investigadores empecinados en demostrar su culpabilidad.

Todos esos intentos fueron quedando en nada hasta la aparición, en 2009, de un libro escrito por Marti Rulli, que vino a inflamar la historia con fuerza renovada al contar con el testimonio inédito del entonces capitán del yate, Dennis Davern[3]. En realidad, no hay en este libro prueba fehaciente alguna que culpe directamente a Wagner de la muerte de su esposa, tratándose en realidad de un compendio de trapos sucios y sospechas veladas que solo vienen a ensuciar la historia –de ambos- y tratan de acumular pruebas circunstanciales pretendidamente inculpatorias contra el actor al que la autora trata con muy poca objetividad y a quien, como ya es costumbre entre quienes se acercan al asunto por cierto, parece tener bastante tirria. Un libro éste que, por cierto, vino a coincidir en el mercado –qué casualidad- con las memorias de Robert Wagner, en las que reconocía su discusión de aquella fatídica noche con Christopher Walken. Explicaba que se sintió celoso al advertir durante la cena la gran complicidad que el invitado tenía con su mujer[4].

De hecho, la policía reabrió el caso 81-15167 en el año 2011 a partir de las sospechas sembradas por el libro de Rulli y los testimonios de Davern[5], así como por la presión de la familia de la actriz, que nunca ha dejado de proclamar a los cuatro vientos que el actor sabe más de lo que cuenta. De modo que se llamó a Wagner a testificar sin mayores resultados, pues se negó a añadir una sola coma a lo ya dicho. De nuevo volvió a citarle en 2018, tras el testimonio de dos personas que dijeron ver, posiblemente, al matrimonio discutiendo a grito pelado en la popa del barco. Y nada. De modo que Robert Wagner –que tiene nada menos que 88 años en el momento en que escribo estas líneas- ha sido siempre declarado “person of interest”, lo cual no le convierte en sospechoso y solo indica que tal vez sabría más de lo que ha contado.

No obstante, el dictamen de Thomas Noguchi se ha impuesto siempre con más o menos matices, puntos, comas y notas a pie de página. Con discusión o sin discusión entre los conyuges, con malestar o bienestar dentro del matrimonio, con celos y envidias profesionales o sin ellas, con gritos o sin gritos… La verdad es que no hay a día de hoy indicio rastreable alguno que permita establecer que la muerte de Natalie Wood no se debiera a un desgraciado accidente.

Y continuará.

Dennis Davern
El capitán Dennis Davern… Un tipo que de repente recuperó la memoria [Fuente: Reuters].

[1] Así llamado por la película de 1961 Esplendor en la hierba (Splendor in the grass), de Elia Kazan, cinta que hizo mundialmente famosa a Natalie Wood y que debe su título a los versos de un famoso poema de William Wordsworth; Ode: Intimations of inmortality from recollections of early childhood, escrito en 1804 y publicado en 1807.

[2] Estaban rodando el film de ciencia ficción Proyecto Brainstorm (Brainstorm), de Douglas Trumbull. La muerte de Natalie supuso un gran problema pues, aunque buena parte de la cinta estaba terminada, hubo que “trampear” la presencia de la actriz en diversos planos y generar varias readaptaciones del guión y de los papeles, lo cual provocó que se estrenara en 1983, casi un año después de lo previsto. Natalie Wood pasó en los créditos de protagonista a actriz de reparto, y los cambios motivaron que la película se hiciera difícil de comprender. Todo esto provocó que su recepción entre crítica y público fuese bastante fría. Pese a todo, ganó cuatro premios en la duodécima edición de los Saturn.

[3] Rulli, M. (2009). Goodbye Natalie, Goodbye Splendour. Beverly Hills (CA): Medallion.

[4] Wagner, R.J. & Eyman, S. (2009). Pieces of my heart: A life. New York (NY): Harper Entertainment.

[5] Personalmente, estos testimonios tardíos e inesperados siempre me han dado mucho que pensar y tienen, a mi parecer, cierto halo de sospecha. Más cuando se presentan en un formato proclive al negocio. Al fin y al cabo, si ya sabías algo entonces, cuando el caso podía resolverse con mayor facilidad, y no tenías motivos razonables para callar… ¿por qué no contarlo?

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