De policías, periodistas y sucesos

Los cambios que ha experimentado el mundo de la comunicación en todos los sentidos imaginables obligan a las policías del presente a vender adecuadamente su trabajo a los medios. Y, como es lógico, ello induce a establecer un adecuado círculo de prioridades en la relación policía-periodista. El procedimiento estándar a seguir por la policía, al menos en teoría, para el manejo de tal relación pasa necesariamente por informar a los medios de comunicación en el orden que sigue y en función de la importancia del suceso: Primero, a los medios del lugar en el que se comete el delito; segundo, a los medios de la capital de la provincia-departamento; tercero, a los medios de carácter autonómico-regional; y cuarto: a los medios nacionales.

Un orden que no es aleatorio en absoluto. Piénsese que carecería de sentido informar a la población de Zaragoza de la detención de un carterista en Badajoz y, además, tal información podría ser incluso contraproducente al sembrar una alarma innecesaria entre los ciudadanos zaragozanos que, realidad, no están afectados en modo alguno por los delitos menores que se cometen en Extremadura. No ha sido raro que casos locales y de escasa relevancia terminen generando un estado de opinión nacional por no procederse a una adecuada gestión –que no “censura”- de los canales informativos. Y con todo, ha de tenerse en cuenta que la segunda gran cuestión a resolver, previa incluso a la elección del canal informativo, será determinar el orden en el que se va a hacer, qué clase de información se va a facilitar y, sobre todo, establecer los adecuados mecanismos de protección frente a posibles filtraciones.

el caso
El periodista Enrique Rubio (izquierda) posa junto a la furgoneta con la que se desplazaba para cubrir noticias que publicar en el célebre semanario de sucesos “El Caso” [fuente: El Periódico].

Volumen de exposición

La experiencia reciente ha demostrado que una elevada visibilidad mediática de los cuerpos policiales no es lo más adecuado en términos de popularidad. Más bien al contrario. Demasiados policías en televisión, radio, prensa o Internet, incluso ofertando noticias que podrían considerarse “buenas”, contribuyen poco a la tranquilidad ciudadana y pueden generar, incluso, reacciones adversas inesperadas de la opinión pública. En España, por ejemplo, instituciones como la Guardia Civil y la Policía Nacional, muy denostadas, opacas y escasamente populares durante el periodo de la dictadura franquista precisamente porque estaban en todas partes y a todas horas, como ese Gran Hermano orwelliano, amenazante y eterno, del que era imposible liberarse, tuvieron que realizar grandes esfuerzos –internos y externos- para mejorar su imagen pública y su transparencia con el advenimiento de la democracia. De hecho, y bastante pronto, pasaron a encontrarse entre las instituciones más reconocidas públicamente.

Podría pensarse que esto fue una buena cosa, pero tampoco. Cualquier famoso sabe que si la mala prensa es muy mala a largo plazo, demasiada buena prensa también puede ser reevaluada como “propaganda” y volverse en su contra con el tiempo así como generar reacciones adversas. En general, la exposición mediática excesiva, con total independencia del contenido de la misma, siempre termina siendo perjudicial porque degenera en una sobreexposición que “quema” la propia imagen en un proceso similar a lo que sucede con la “canción del verano” de turno: del éxito al hastío. En consecuencia, a los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado les interesa, como a cualquier otra persona o institución, mantener un grado de popularidad medio y una visibilidad no muy elevada. Hay que tener en cuenta que el mercado de la comunicación dicta sus reglas, y muchas de ellas se apoyan en los resortes más elementales de la psicología de masas: ser muy conocido y estar siempre en primer plano motiva que el día en que las cosas no se hagan bien –y ese día siempre llega- todo lo que antes eran grandes elogios se transformará en tremendas críticas.

Cualquier experto en comunicación sabe que el público en su mayoría jamás es ecuánime en sus juicios y puede pasar del amor al odio, o de la admiración a la repulsa, en cuestión de horas. Hoy en día, con la enorme influencia de las redes, incluso de minutos. Así pues, es bueno que lo que se hace tenga repercusión mediática, pero matizada, pues estar siempre en el candelero puede llegar a ser muy poco interesante. Bien lo han aprendido quienes están permanentemente expuestos en redes sociales si no han sabido manejar adecuadamente ese grado de exposición y, precisamente por ello, ahí radica el peligro de su uso indiscriminado por parte de menores.

Progresión geométrica

Actualmente, dentro del periodismo en general –y del especializado en sucesos en particular-, gracias a los avances constantes de los medios de comunicación, es un hecho que la información tiende a multiplicarse exponencialmente. Y el problema es que no siempre lo hace en la dirección adecuada. A menudo, ocurre que los propios periodistas conocen las noticias de la manera menos adecuada. Tanto pueden acceder a ellas mediante informes de particulares o supuestos “testigos” que suelen ser incompletos y poco certeros, como a través de una filtración interesada e inconcreta. Por supuesto, la prensa también accede a los informes por vía oficial. El problema es que al existir los dos primeros cauces, que además se expanden sin cesar, es habitual que el profesional, que ya se ha hecho una composición de lugar acerca del suceso, tienda a dudar del informe oficial y confíe, irracionalmente, en ese dato que le llega por esos canales que cree fidedignos por diferentes razones enteramente subjetivas. Pondré un ejemplo: personalmente, he hecho bastante radio, y compartido mesa y micrófono con bastantes periodistas, algunos extremadamente buenos y profesionales. Otros, no tanto. En cierta ocasión uno de estos últimos no solo estaba más pendiente de los datos que le iban entrando por Whatsapp que de lo que se decía durante el debate en directo, sino que además basaba todas sus respuestas, opiniones e intervenciones en esos “datos” que alguien le transmitía por tal medio, de suerte precaria y en tiempo real. Por supuesto, dijo muchas tonterías.

Las filtraciones, por ejemplo, son siempre peligrosas, y muy especialmente cuando se producen de manera fortuita, por error del profesional que debe informar a los medios de comunicación. Cualquier jefe de prensa de una organización que tenga un mínimo de sentido común y de profesionalidad sabe que es imprescindible poner gran cuidado en lo que se dice a los medios y, por supuesto, en cómo se les dice. No ha sido raro que los agentes que trabajan en un caso complicado, o que afrontan una emergencia, se encuentren en medio de un enorme jaleo, sometidos grandes presiones, y ello les haya conducido a “irse de la lengua” con quien no deben, cuando no deben y diciendo lo que deben y ello termine entorpeciendo la labor de sus propios compañeros. En todo caso, y este es un drama inherente a la gestión de cualquier institución, las filtraciones son difíciles de controlar y de gestionar, y a menudo resultan inevitables porque no se puede controlar con una eficacia del 100% ni la información que maneja cada persona, ni a quién se la transmite.

Por otro lado, se debe tener presente que si la transmisión de información descontrolada a los medios puede ser muy mala, una comunicación poco fluida con los ellos también puede acarrear nefastas consecuencias, lo cual hace complicado establecer el grado de equilibrio entre lo que se puede decir, y lo que no. Un ejemplo preclaro de una crisis mal gestionada ante la prensa, y de las pésimas consecuencias que ello puede ocasionar, lo tenemos en el circo informativo que se produjo en las horas posteriores a los atentados del 11-M en Madrid. Todo se hizo mal: desde la cantidad e inexactitud de información que se proporcionó, hasta el modo nervioso e inconexo de presentarla. Incluso la puesta en escena para la transmisión de los informes era la menos propicia en términos mediáticos pues ofrecía una clara imagen de falta de control de la situación, poco rigor e inseguridad. Consecuencia de ello: descalabro político, exceso de opiniones que se “venden” como auténtica información, y las consabidas teorías de la conspiración que se colaron en la prensa pretendidamente seria, que estuvieron armando ruido durante mucho tiempo, y que nadie pudo probar más allá de la maledicencia porque, obviamente, no se pueden probar las falsedades.

En general, y como regla de oro, se debe indicar que los informes que proceden directamente de la fuente, pese a estar mediatizados por la subjetividad inherente al transmisor, suelen ser buenos y fiables. De hecho, a menudo ocurre que los intermediarios informativos -portavoces, opiniones autorizadas, informadores externos, consejeros, y etcétera- terminan complicando y confundiendo las cosas. Ya sea porque no conocen todos los detalles del caso, o bien porque introducen en el mismo variables ajenas al mismo, valoraciones personales e inconsistencias. En consecuencia, la experiencia demuestra que es mucho más fácil que una nota de prensa policial cale en los medios si sale de una comisaría que si lo hace desde un ayuntamiento o ministerio pues, de hecho, el periodista tienen a desconfiar por sistema de los informes elaborados por órganos gubernativos y políticos lo cual, analizado en sí mismo, resulta incluso conveniente… Un periodista que no duda por sistema de lo que le cuentan y que no contrasta sus informes por diferentes vías, no puede ser un periodista serio.

Aceves
El entonces Ministro del Interior Ángel Acebes ofrece una de las controvertidas ruedas de prensa posteriores al terrible atentado del 11-M de 2004 en Madrid. Un ejemplo perfecto de pésima gestión de la información y escuela acerca de cómo no se deben gestionar estas cosas.

Círculos viciosos

Para los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado, una buena forma de trabajo a la hora de informar, y bastante utilizada, ha sido valerse de las agencias. Ello se debe a que las agencias de noticias difunden la información de manera homogénea, lo cual impide que haya medios que se sientan minusvalorados o ninguneados y tengan, por ello, la tentación de reflejar negativamente sus actividades. No obstante servirse de las agencias implica que luego no se está en disposición de realizar un adecuado seguimiento de lo que vayan a hacer los medios con el informe que les llega. Se pierde el control sobre la información. Hay que tener en cuenta que las fuerzas de seguridad trabajan con materias muy sensibles de modo que, inevitablemente, se encuentran siempre en el centro de la tormenta política. Esto motiva que siempre haya medios que las traten mejor, y otros que las traten peor en función de sus afinidades ideológicas. Nadie se limita a contar que se ha detenido a un diputado por corrupción –hecho aséptico-. El problema es que se ha detenido a un diputado de este u otro partido político… Y este margen de subjetividad, inherente por otra parte a la dinámica del sistema democrático en sí, debe tenerse claro, es irremediable y no puede ser combatido: las actividades policiales siempre serán valoradas mejor o peor en función del estado de cosas y del color político de quien las contemple, por lo que es imposible la situación ideal de tener “contento” a todo el mundo. Puede que, como ocurre con la vida de las propias personas, pretenderlo sea incluso contraproducente para la salud profesional de las propias policías. Como bien decía Sigmund Freud, tirando de ironía, cuando se le preguntaba por estas cosas: “si la política fuese la solución a los problemas de la Humanidad, se sabría”.

Resulta muy común, por lo demás, que en los medios de comunicación el tratamiento de los sucesos sea cíclico y tenga altibajos. Se pasa, así, de momentos en los que prácticamente no parecen interesar a nadie, a otros en los que ocupan el epicentro de la actualidad. De hecho, hay sucesos que marcan un antes y un después en la información, convirtiéndose en hitos que tiran de la opinión pública y la empujan inadvertidamente en direcciones desconocidas cuyas consecuencias solo se conocen bien a posteriori. Así ocurrió en España, por ejemplo, con el trístemente célebre Caso Alcasser (1992), o con la terrible tragedia personal de Ana Orantes (1997). Dos acontecimientos que, cada uno a su modo, no solo cambiaron la percepción de los sucesos en España sino que incluso generaron sonadas iniciativas políticas y enconados debates populares. Lo cierto, sea como fuere, es que estos y otros eventos célebres de la década de 1990 abrieron las puertas a una situación completamente nueva e inédita en España: de la noche a la mañana, los sucesos, que eran un tipo informativo completamente marginal e incluso denostado, se ubicaron de en la cresta de la ola.

En todo caso, que un suceso alcance resonancias nacionales y cope el centro de la vida pública no es cosa deseable en absoluto. En el 99% de los casos estas situaciones terminan desencadenando terribles espectáculos mediáticos cuyas consecuencias siempre son extremadamente perjudiciales, y en los más diversos sentidos, para todos los implicados sin excepción. De hecho, la presión sistemática de los medios sobre un suceso siempre es mala pues desvirtúa la realidad, la deforma y la desproporciona, desencadenando toda clase de leyendas urbanas, supuestas tramas conspiratorias, falacias, demagogias y, ante todo, un deseo en los medios de destapar casos “parecidos”, miméticos, que les permitan alimentar a las audiencias que el suceso original ha generado a través de su exposición pública reiterada. No lo olvidemos: la información, como todo en una sociedad regulada por los principios de la oferta y la demanda, también es un mercado. Si llega a establecerse un circuito de retroalimentación medios-público, en el que los primeros informen constantemente porque los segundos demandan información sin solución de continuidad –el círculo infernal-, la situación se tornará de todo punto incontrolable. Para evitar que esto ocurra, los sucesos –cuya información es necesaria para el servicio público, no lo olvidemos- deben ser tratados con rigor, honestidad y seriedad. Es una falacia argumentar que un programa de sucesos hecho con el rigor y la calidad adecuados sean simple “morbo”, pues entonces también lo serían CSI, Bones u otras series de éxito que hacen las delicias de las audiencias.

Ana Orantes
Ana Orantes tuvo la valentía de aparecer en al televisión autonómica Canal Sur para relatar su insoportable tragedia de maltrato en un tiempo en el que las mujeres maltratadas callaban. Días después era asesinada por su maltratador. Un caso cuyo tratamiento mediático marco un antes y un después en España.

Antes al contrario, el consabido morbo se genera cuando las situaciones informativas se descontrolan –como sucedió en el citado Caso Alcasser o en el 11-M-, y en esto tienen una enorme responsabilidad los propios periodistas y gestores de los medios de comunicación que, una vez han provocado y alimentado el escándalo, toda vez que el incendio escapa a su control, a menudo tratan de eludir sus responsabilidades de suerte vergonzosa. De hecho, todas las televisiones del primer mundo tienen en su parrilla programas de sucesos, en muchos casos diseñados desde los propios gobiernos y cuerpos de seguridad, cuya finalidad es ofrecer al ciudadano una información de servicio público sensata que, no lo olvidemos, puede llegar a evitar que la gente se exponga a riesgos innecesarios, e incluso llegue a salvar vidas en algún caso. La idea, sea como fuere, se resume en una premisa sencilla: hay que informar sobre sucesos, pero hay que hacerlo bien, sin generar alarmas innecesarias, deformaciones de los hechos o incentivar escándalos públicos.

De hecho, los acontecimientos establecen una curiosa regla no escrita, pero no por ello menos invariable: tras un suceso sonado –o cadena de ellos-, de gran repercusión mediática, se produce siempre una baja en esta clase de información. No es que los sucesos no sigan ocurriendo aquí o allá, ocurre que simplemente dejan de interesar por un tiempo. Pero cuando esta baja tiene lugar, suele pasar algo peor y que sí cabría tachar de morboso: comienzan a aparecer las secuelas en forma de películas, telefilmes y etcétera que, partiendo de supuestos informes periodísticos, o bajo la premisa de estar basados en hechos reales, cuentan y no paran acerca de casos que todavía no han sido juzgados y generan estados alterados –e incluso dirigidos- de opinión, lo cual es muy grave y puede tener efectos difícilmente cuantificables a medio plazo. Recuérdese que un producto de ficción, por muy basado en pretendidas realidades que se nos venda, no tiene que ser verdad, ni tiene por qué contar verdades… Solo necesita resultar verosímil y, claro, entretenido. Además, no conozco ninguno de estos productos que no esté ideológicamente dirigido desde los intereses de sus creadores.

Otra evento interesante que suele producirse en estas temporadas de baja en la información de sucesos es que, inopinadamente, suelen aparecer personas dispuestas a convertirse en juguetes mediáticos. Víctimas de delitos que invaden los medios de comunicación con testimonios extemporáneos y exigencias –a menudo disparatadas e inconsecuentes- que buscan así presionar para satisfacer diversos intereses particulares y/o colectivos (a veces no del todo claros, por cierto). Es muy común que la actividad de estas personas, y de los medios que les otorgan voz, entorpezcan gravemente el trabajo policial, judicial e incluso el buen gobierno. Ello sucede porque el hecho de que un caso esté constantemente en el centro de la vida pública no sólo dificulta su investigación e instrucción, sino que también provoca terribles presiones políticas que, de manera inevitable, llevan a investigadores, jueces, fiscales, abogados, partidos políticos y demás a cometer enormes errores o a emitir dictámenes imprecisos, construir informes apresurados y poco escrupulosos, a tomar decisiones poco meditadas, así como a la realización de declaraciones insensatas y altisonantes.

Se debe significar, para concluir, que una presión mediática excesiva no sólo exagera las cosas, sino que también tiende a motivar que casos mucho más relevantes que aquellos otros que ocupan el centro de la actualidad, y de los que posiblemente cabría establecer conclusiones políticas, policiales y científicas más positivas y eficaces, terminen pasando inadvertidos. No olvidemos, por cierto, que el tratamiento periodístico de un suceso varía mucho dependiendo de si hay alguien interesado –por cualquier motivo- en alimentarlo a diario, o no.

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