El monstruo extraviado

Pedro Alonso Lopez (Foto policial Ambato)
Fotografías de la ficha policial de Pedro Alonso López [fuente: Policía de Ambato].

Si hemos de hablar del asesino en serie número uno, del “hombre del siglo” como él mismo se autodefinió, hemos de referirnos a Pedro Alonso López, apodado por la prensa como el Monstruo de los Andes[1], quien por razones más que justificadas y si atendemos a los números conocidos –que siempre son dudosos en los casos de asesinos seriales, por diferentes razones- sería el criminal sexual más sanguinario, prolífico y feroz de la era moderna: más de trescientas muertes declaradas pesan sobre él. Su biografía es también una de las más tristes que se pueden relatar. Para empezar, López nació en uno de los momentos más convulsos de la historia de Colombia. Una época de plomo, violenta, salvaje, caótica, plagada de revueltas populares y vandalismo propiciado por los graves problemas políticos que aquejaban a la nación y que, especialmente entre las clases pobres, repercutieron de suerte devastadora.

En 1948 el político liberal Jorge Eliecer Gaitán fue asesinado[2], lo cual abrió de par en par la caja de los truenos e hizo estallar una sangrienta guerra civil que se prolongó durante diez años y dio lugar al tristemente célebre Bogotazo. El saldo final de aquella contienda, conocida como La Violencia, fue de doscientos mil muertos -sin contar las presumibles brutalidades devenidas de un largo periodo posterior caracterizado por el desgobierno y la corrupción-. Cabe imaginar que ser un niño del suburbio en aquellos días de sangre, descontrol e inmoralidad no debía ser cosa fácil. Desde luego, para el futuro Monstruo de los Andes no lo fue en modo alguno, si bien no se sabe demasiado acerca de aquella etapa de su vida y tan sólo se conoce el dudoso testimonio, jalonado por ensoñaciones, incoherencias y delirios, que quiso transmitir: “Él miente, fantasea y repite lo que alguna vez escuchó a sus compañeros de reclusión [se dijo en la prensa ecuatoriana al respecto]. Esconde su vida y prefiere no hablar de su niñez”[3]. Tan sólo el criterio diagnóstico de los profesionales de la salud mental que trabaron contacto profesional con él, como es el caso de Elizabeth Álvarez -directora de la Cárcel Número 3 de Quito durante los catorce años que Pedro Alonso permaneció allí-, arroja datos concisos, demoledores e incontrovertibles, pues no dudo en diagnosticarlo como “psicópata agresivo”. Y lo cierto es que, durante su estancia en aquel penal ecuatoriano, estuvo sometido a un férreo control médico, así como a la tiranía de los fármacos que regulaban sus niveles de agresividad.

Reacio en extremo a ser fotografiado, por lo que se conservan escasas imágenes de Pedro Alonso que no pertenezcan a entrevistas o le hayan sido simplemente “robadas” de manera furtiva, embadurnado de una estrambótica pátina de pretendida intelectualidad al expresarse, sobre todo cuando se tienen en cuenta que estamos ante una persona que apenas sabía leer y escribir -¿narcisismo?-, locuaz o callado dependiendo del momento, siempre mantuvo criterios curiosos, raros y contradictorios acerca de sus convicciones íntimas, así como sobre sus posibilidades vitales reales:

“Hablar con la verdad [dijo al reportero Ángel Lara Noriega en 1980] cuesta y cuesta mucho […]. Qué saco yo contándoles mi verdad si sólo se aprovechan de mi inocencia y de mi ingenuidad […]. Si me hubiera casado a lo mejor no me sucedía lo que estoy pasando […]. Quiero que me encierren en otro recinto carcelario del Ecuador, en Ambato, sería lo ideal, en donde podré escribir una obra literaria”[4].

En mitad del caos

Pedro Alonso López vino al mundo en Tolima, a los pies del volcán, en 1949. Hijo de una mísera prostituta, fue el séptimo de una copiosa prole de trece hijos, que se sepa[5], y su niñez, como es de suponer, no fue amable. La madre, amargada y neurótica –según dijo él mismo-, era terriblemente autoritaria y agresiva, y manejaba las cuestiones familiares con mano de hierro. La vida hogareña era miserable, pésima en todos los sentidos que quepa imaginar, pero todos los hijos de la prostituta, del primero al último, eran conscientes de que cualquier cosa -incluidos los palos y las vejaciones- era preferible a una vida solitaria en las calles. Más allá de la puerta del ranchito tan sólo había un estado de sitio salvaje, roto únicamente por los enfrentamientos entre las diferentes guerrillas y el ejército regular colombiano. La violación de los derechos humanos era la tónica en una nación en la que una vida humana no valía nada, y el índice de delincuencia era unas cincuenta veces más alto por aquellos días que en cualquier otro país en el mundo. En efecto. Dadas tales circunstancias… ¿Qué hacer fuera de la casa? ¿Adónde ir? Se hacía preferible tener un techo en el que pasar la noche, por mal que fueran las cosas, por poco futuro que se tuviera[6].

El siguiente episodio conocido de la vida de Pedrito nos lo muestra en 1957, a la edad de 8 años, cuando fue sorprendido por su madre agrediendo sexualmente a una de sus hermanas menores. Sí, en aquel mundo infernal se crecía muy deprisa y se aprendía más rápido todavía -sólo que los ejemplos a seguir no eran precisamente los mejores modelos de conducta-. El hecho es que la peor pesadilla posible para un niño de la edad de Pedro Alonso López se hizo realidad: fue expulsado de la casa, pues mintió cuando dijo que se marchó por propia voluntad tras recibir una paliza, y se le prohibió volver. Repudiado por la familia, sólo y sin un centavo en mitad de una guerra civil, se convirtió en un niño de las calles, un gamín, un cara sucia, como los llaman allá. Y, como es lógico, no tardó en aparecer el lobo feroz en la forma de un desconocido que le ofreció un lugar donde comer y pasar la noche. Demasiado bueno para ser verdad. En lugar del plato y el jergón el inopinado samaritano lo condujo a un edificio abandonado para violarlo y apalearlo. Una vez tras otra. Sorprende que saliera con vida del encuentro.

Tras la terrible experiencia, el chico era presa del pánico cuando se le aproximaba cualquier extraño. Su vida se transformó, como la de muchos otros niños de su condición, en una rutina infecta y degradante: dormir en cualquier parte, comer en los basureros y mendigar por las calles. De esta guisa pasó un año. Luego decidió viajar a Bogotá. Allá siguió malviviendo hasta que una pareja de turistas norteamericanos se apiadó de su esquelética apariencia, y se lo llevó con ellos. Como una mascota a la que se recoge, de la que se disfruta, y a la que se abandona: Pedrito terminó ingresado por el matrimonio estadounidense en un hospicio. Mejor le habría ido en la calle porque en 1963, con doce años, uno de los maestros de la institución le hizo objeto de su muy especial “cariño”. Los miedos del niño regresaron y una incipiente rabia empezó a generarse en el fondo de su mente. En venganza, robó el dinero de las oficinas de la escuela y huyó lejos, otra vez a las calles. En ellas pasaría seis años más, mendigando y robando para sobrevivir.

Con los 18 años recién cumplidos, Pedro Alonso era ya un consumado ladrón de coches, bastante experto y eficaz en su trabajo por lo que parece. Fue por ello detenido y condenado a siete años de cárcel. Y allá, en el presidio, los acontecimientos iban a precipitarse en lo que sería la forja final del Monstruo de los Andes. Tan sólo llevaba dos días entre rejas cuando otros cuatro presos lo violaron brutalmente. Era el final. Se juró a sí mismo que nadie volvería a tocarle de nuevo y que, a partir de entonces, ya no sería víctima sino verdugo. Urdió, pues, una meticulosa venganza. Se fabricó varios pinchos con diversos materiales y se encargó de ajustar las cuentas, uno por uno, a sus agresores. Sólo le cayeron dos años más de prisión. A aquellas alturas la mente de Pedro Alonso López había quedado irreparablemente dañada, transformada en una vorágine de odio, ira, miedo, agonía y perversión. Era ya un psicópata perfecto, de manual, que no podía soportar la idea de haber tenido una madre, con una sexualidad empobrecida y retorcida, vinculada a la violencia, que sólo podía satisfacer mediante el uso indiscriminado de pornografía extrema de la peor especie.

Pedro Alonso Lopez (fuente CRIMINALIA)
Una de las más conocidas y efectistas imágenes del “Monstruo”… Editorializante.  [Fuente: Criminalia]

Un reguero de cadáveres

Poco después de su puesta en libertad, en 1978, Alonso, quizá buscando un nuevo futuro, inició un largo viaje por el vecino Perú. Durante el mismo violó y asesinó, según su propio testimonio, al menos a cien jovencitas pertenecientes a varias poblaciones indígenas. Estas correrías casi le cuestan la vida, puesto que fue capturado por un grupo de quéchuas cuando intentaba seducir a una niña de 9 años. Los parroquianos lo ataron y desnudaron para someterlo a un sistemático proceso de tortura durante horas antes de decidirse a enterrarlo vivo. La suerte, dentro de lo que cabe, acompañó a Pedro Alonso al tomar la forma de un misionero estadounidense que intervino y aconsejó a sus captores que entregaran al prisionero a las Autoridades. Así se hizo y no pasó gran cosa. No había ni tiempo, ni ganas, ni dinero para ocuparse de un indigente indocumentado acusado, sin prueba alguna, de haber atacado a una niña cualquiera de una aldea sin nombre. Buen cuidado ponía Pedro Alonso en escoger a sus víctimas de entre los sectores poblacionales más débiles y menos respetados. De tal modo, los burócratas peruanos optaron por quitarse el problema de encima a las primeras de cambio deportándolo al vecino Ecuador, país del que dijo proceder.

Allí, Pedro Alonso decidió reemprender la táctica que tan buen resultado le había dado en Perú y empezó a deambular otra vez por pueblos y aldeas, dejando tras de sí un rastro de desaparecidas, siempre chiquillas. La negligencia de las Autoridades tan corruptas como claramente sobrepasadas por las dimensiones de la criminalidad con la que habían de lidiar, atribuyó estos casos, por lo común, a la trata de blancas. Otro mal endémico en aquella zona del mundo a tenor de las estadísticas que, en aquel momento, y por lo demás, aún no se había convertido en una cuestión central para las instituciones internacionales.

Pero, en 1980, hubo una inundación en la ciudad ecuatoriana de Ambato -provincia de Tungurahua- en la que residía provisionalmente el Monstruo de los Andes. Las aguas removieron la tierra para descubrir inesperadamente una fosa. Un cadáver salió a la superficie. Se alertó a la policía que, rápidamente, excavó en la zona para descubrir los cuerpos de otras tres jóvenes. Todas ellas mostraban notorios signos de haber sido brutalmente golpeadas, violadas y asesinadas. Hubo que plantearse la idea de que, tal vez, el criterio inicial de la policía fuera equivocado y no hubiera de por medio una red de prostitución o de tráfico de órganos que explicase la falta repentina de tantas jovencitas. Desapariciones que, en aquel momento, ya copaban titulares de prensa y mantenían en vilo a la nación entera.

La investigación de los agentes del SIC[7] de Tungurahua se puso en marcha con celeridad. Comenzaron los interrogatorios masivos entre el vecindario. Y así se descubrió, como de pasada, que pocos días antes de la inundación una lugareña, Carvina Poveda, quien trabajaba en su pequeño puesto en el mercado de la Plaza Urbina acompañada de su hija de 12 años, había advertido que un hombre trataba de llevarse a la pequeña. Sólo el hecho de que la madre advirtiera la estratagema y empezara a pedir ayuda a voz en cuello pudo poner en fuga al asaltante. Los otros mercaderes y algunos vecinos se movilizaron y consiguieron atrapar al supuesto raptor, que fue puntualmente entregado a la policía a las 16:00 horas del domingo 19 de marzo de 1980. El sujeto en cuestión era un tal Pedro Alonso López, y había tratado de ocultarse bajo la apariencia de un amable vendedor ambulante.

En un primer momento los agentes habían sacado poca cosa de aquel individuo desnutrido y mal aseado que divagaba incoherentemente durante los interrogatorios, de modo que pensaron que se trataba de un demente de tendencias sexuales desviadas. Pero, tras la aparición de la referida fosa, el sentido común invitó a los agentes a pensar en otra dirección: el hallazgo, dadas las características de las chicas encontradas, podría guardar alguna relación con la historia del fracasado intento de secuestro en la Plaza Urbina. Se volvió a interrogar reiteradamente al sospechoso sin resultados aparentes. La frialdad inconmovible del prisionero y la persistente falta de coherencia en sus respuestas hacían que la policía estuviera cada vez más convencida de su culpabilidad o, al menos, de que sabía más de las jovencitas de la fosa común de lo que decía. Eso, y otras averiguaciones colaterales en la medida que, al profundizar en el caso, se conocieron los antecedentes que habían conducido a su expulsión del Perú.

Pedro Alonso Lopez (fuente EL COMERCIO)
Alonso López durante su estancia en el hospital psiquiátrico [fuente: El Comercio].

Convicto y confeso

Uno de los componentes del SIC imaginó que, tal vez, Alonso fuera un hombre creyente o al menos supersticioso, de modo sugirió enviar a un sacerdote a hablar con él a fin de ganarse su confianza. Podría darse el caso, tampoco sería la primera vez, de que un cura convenciera a un sospechoso de que era preciso y conveniente decir la verdad. El elegido fue el padre Córdoba Gudino, tipo conocido de los agentes y al parecer bastante persuasivo, que supo ganarse pronto la confianza del reo. Pedro, asistido por el cura, confesó a los estupefactos investigadores haber asesinado a más de cien jovencitas en Ecuador, otras cien en Colombia y, de nuevo, más de cien en Perú: “Me gustan las niñas de Ecuador, son más amables, confiadas e inocentes, no son tan desconfiadas como las colombianas, confesó López con absoluta tranquilidad antes de recurrir al argumento de su dura biografía para justificar sus crímenes: Perdí mi inocencia a los ocho años [manifestó] entonces decidí hacer lo mismo a todas las jóvenes que pudiera”. Y luego, como se haría costumbre en relación a sus testimonios, una contradicción: preguntado horas después por Ángel Lara, el primer periodista que tuvo acceso a la terrible historia, al respecto de los abusos sexuales que sufrió en la infancia, Pedro Alonso respondió de suerte enigmática, como si nunca hubiera dicho tal cosa antes: “Y si así fuera… ¿Qué?”[8]. La constancia de esta forma de conducirse siempre ha dado, en relación al Monstruo de los Andes, pábulo a una acalorada discusión profesional en la medida que nunca ha quedado del todo claro que su pensamiento desorganizado se deba a una genuina patología mental subyacente, o bien sea una sutil estrategia urdida para eludir sus responsabilidades.

Interpelado acerca de sus métodos, explicó que generalmente merodeaba por los mercados locales en los que seleccionaba a sus víctimas por su “mirada inocente”. Dijo asesinar siempre de día “para no desperdiciar nada”. El modus operandi siempre era, con escasas variaciones, el mismo: en un primer momento procedía a golpear a las víctimas y ya no dejaba de hacerlo durante todo el tiempo que se prolongaba la violación, justo hasta que empezaba a alcanzar el orgasmo. En ese preciso instante las estrangulaba mirándolas a los ojos fijamente, ya que esto le producía un profundo placer. Lo más excitante del proceso era la sensación de poder al contemplar como a sus víctimas se les escapaba la vida, cómo la luz iba desapareciendo de sus ojos. Sencillamente, el horario diurno era más propicio y le permitía ver mejor todo lo que sucedía, para así evitar el “desperdicio”. Añadió que, en algunos casos, cuando tenía en casa dos o tres cadáveres de niñas, puesto que había temporadas durante las que experimentaba una tensión sexual insoportable y asesinaba a diario, las sentaba, cual muñecas, alrededor de la mesa y jugaba a una variante sexualmente cargada, espantosamente necrofílica, de “tomar el té”.

Es evidente que, al comienzo, la policía se mostró muy escéptica –incluso incrédula- ante el abultado número de víctimas reportado por el testimonio de Pedro Alonso López. Sin duda alguna, aquel individuo flaco y desmañado debía sufrir delirios de grandeza. Y puede que el Monstruo de los Andes se sintiera ofendido en su virilidad criminal ante la falta de fe de sus interrogadores, pues fue él mismo quien se ofreció a llevarlos a diversas fosas comunes para mostrarles sus “trofeos”. En primer lugar, se desplazaron a Ambato lugar en el que, de fosa en fosa, palada tras palada, se descubrieron los restos de nada menos que cincuenta y tres jovencitas con edades que oscilaban entre los 8 y los 12 años. Era el comienzo del horror. Los agentes, guiados por un Pedro sonriente y jactancioso, que no paraba de hablar con extremo orgullo, siempre matizado con esa peculiar incoherencia, de sus andanzas, visitaron otras veintiocho tumbas en las que fueron apareciendo, sin solución de continuidad, cadáveres y más cadáveres. La evidencia era incuestionable. Inasumible. Parecía de todo punto mentira que nadie se hubiera dado cuenta de lo que estaba ocurriendo, y es que Alonso López, que no era ningún “genio”, se había aprovechado para mantener viva su tremenda carrera criminal en un algo bastante sencillo: nadie se fija en los pobres. Se les ignora. Uno se aparta de ellos. No quiere ni verlos. Son invisibles. Y ser invisible es perfecto para un asesino.

“Si alguien confiesa los cien que encontraste y cientos más, tiendes a creer lo que dice [manifestó Víctor Lascano, director ecuatoriano de prisiones] pero creo que el estimado de trescientas víctimas es bajo en este caso. Creo que son muchas más”[9].

Lo cierto es que no existen demasiados detalles disponibles en torno al juicio protagonizado por Pedro Alonso López en Ecuador. Tan sólo el dato de que su defensa logró imponer en la causa el criterio de incapacidad mental y terminó, con ello, condenado a dieciséis años de cárcel. Sus impresiones al respecto son, como poco, chocantes.

“Yo no tomo mucha importancia a lo que he hecho, porque estoy sujeto a la Ley y hay posibilidades de que tome un camino más recto. No le tengo miedo a la muerte, pero quiero seguir viviendo y ofrezco el brazo izquierdo y la pierna derecha como castigo, y ruego que tengan misericordia por lo que he realizado […]. Si me meten dieciséis años de cárcel y la ciudadanía de Tungurahua no está de acuerdo estoy dispuesto a pagar con toda mi vida en la cárcel, pero quiero vivir y pido a mi verdugo que no me mate, y ahí dejo mi historia […]. A mí me han dicho que si mato a una, o mato a mil, la pena es de dieciséis años, y espero la ayuda de cerebros intelectuales para que la pena no sea mayor, porque estoy asustado y quiero vivir para hacer unos libros y más tarde conseguirme una ambateñita que le agrade. Yo seré formal y educado con ella, y quizá pueda llegar a casarme […]. No estoy arrepentido de lo que he hecho porque si he recibido un poder, ese poder tiene como fin hacer el bien o el mal. Mi vida ha sido privada y he permanecido solo durante treinta y un años, solo he vivido y recorrido el mundo. He sido un cara sucia solo”[10].

Pasados catorce años y tres meses de reclusión, viendo su condena reducida por buena conducta y pese al clamor popular y la opinión de los expertos que en ningún caso lo consideraban rehabilitado para la integrarse en la sociedad, José Cobos Moscoso, juez segundo de lo penal de Chimborazo, siguiendo escrupulosamente el procedimiento legal al uso, otorgó la libertad a Pedro Alonso López. Corría agosto de 1994. Paradójicamente, el nuevo estado le duró al Monstruo de los Andes apenas una hora puesto que el intendente de policía de Pichincha, Boanérges Villagómez, ordenó su captura argumentando que se trataba de un sujeto indocumentado y cuya estancia en el Ecuador era por completo ilegal. Recaló, pues, en el Centro de Detención Provisional (CDP) en el que se comenzaron a despachar los trámites para su deportación a Colombia, país desde el que era reclamado a fin de afrontar diversas causas por los asesinatos allí cometidos.

Enjuiciado de nuevo por sus crímenes, esta vez en Tolima, se repitió la historia jurídica ecuatoriana. Los abogados de Pedro Alonso demostraron su inimputabilidad por incapacidad mental, lo cual motivó que terminara internado en un centro psiquiátrico. Pasó cuatro años encerrado en la institución mental hasta que fuera puesto en libertad bajo fianza en 1998. Se le impuso la obligación presentarse periódicamente a las Autoridades, pero Alonso siguió el trámite solo hasta apenas un año después, cuando finalmente dejó de aparecer[11].

Pedro Alonso Lopez

Y se hizo humo

Al parecer, y por lo que se sabe con certeza, durante el bienio 1998-1999, Pedro Alonso López estuvo desplazado en Cuenca (Ecuador), donde fue visto y reconocido entrando y saliendo de una casa abandonada de la Avenida 3 de Noviembre, en la que vivía desde hacía unos tres meses. Desde luego, no había visto cumplido su irracional deseo de triunfar como escritor. En medio de una oleada de histeria colectiva que colapsó la centralita de la policía, perseguido por un pasado maldito, fue detenido de nuevo precisamente por las mismas razones alegadas años antes para mantenerle privado de libertad: indocumentación[12]. Lo cierto, como explicó luego el jefe provincial de la policía, Luis Rodríguez, es que no había indicios de que Pedro Alonso López hubiera cometido delito alguno desde que saliera del manicomio colombiano, si bien se abrió una investigación al respecto. Conducido al CDP, mostraba, cayendo por la pendiente de la degeneración, un aspecto lamentable. Extremadamente delgado, demacrado, mal vestido y asustado, el detenido balbuceaba que no había hecho nada, que se ganaba la vida como albañil y que tenía la nacionalidad ecuatoriana desde 1973, detalle que fue desmentido por la policía y que, en cualquier caso, tampoco tenía manera documental alguna de demostrar. Pasó así, de nuevo, a manos de los miembros del servicio de Migración, que tendrían que estudiar de nuevo su deportación a Colombia.

A aquellas alturas el caso del Monstruo de los Andes ya se había transformado en un problema de compleja resolución para las Autoridades ecuatorianas: no resultaba sencillo libertar alegremente, especialmente por su propia seguridad, a un sujeto odiado y temido por una opinión pública que seguía clamando justicia a causa de una condena que consideró insultante y que, pese a todo, ya había cumplido con todas las deudas que el Estado ecuatoriano quiso hacerle pagar cuando tuvo la oportunidad. Paradoja.

Sea como fuere, en enero de 1999, el Monstruo de los Andes, probablemente resignado a ser un perseguido de por vida y olvidando el daño que sus soberbias declaraciones a la prensa le hicieron en el pasado, atendió a un periodista del semanario sensacionalista norteamericano National Examiner, Ron Laytner, quien transcribió sus impresiones en un testimonio escalofriante que pasará a los anales de la psicopatología y la criminología:

“Soy el hombre del siglo, nadie podrá olvidarme… [con orgullo]… Iba por mis víctimas caminando por los mercados, buscando jovencitas con una mirada de inocencia y belleza en sus caras. Tenía que ser una buena niña, que anduviese con su madre. Las seguía por dos o tres días a veces, esperando que estuvieran solas, de ahí les ofrecía alguna chuchería, como un espejito para maquillarse, acto seguido me seguían hasta un arrabal donde les prometía regalarles otro para su madre […]. Las llevaba a un escondite donde tenía las tumbas previamente cavadas. A veces había cuerpos de víctimas anteriores, todavía frescos, los cuales acariciaba y violaba para estar a tono. Todavía a la luz del día las violaba y empezaba a estrangularlas […]. En un buen día, lo hacía todo con luz diurna y las miraba a los ojos, si no, era un total desperdicio. Tenía que observarlas morir. Qué momento más divino cuando ponía mis manos en la garganta de una jovencita y miraba sus ojos de terror. El momento de la muerte es entrañable y excitante. Sólo los que han asesinado, saben de lo que hablo […]. Cuando me liberen, volveré a sentir ese momento nuevamente […]. Les tomaba a las jóvenes más o menos 15 minutos en morir. Era bastante considerado. Me pasaba mucho tiempo a su lado, revisando si ellas estaban bien muertas, si no, tenía que matarlas de nuevo […]. Nunca gritaban, porque no esperaban que algo así pasara. Eran muy inocentes […]. A mis amiguitas les gustaba la compañía, a menudo ponía a tres o cuatro en una fosa, pero a veces me aburría, porque no se movían. Entonces tenía que ir a buscar más niñas”[13].

Al parecer, y según se dice, un defecto de forma hizo que Pedro Alonso López retornara a las calles aún a pesar de seguir reclamado desde Colombia y Perú, y aun cuando sobre él pesa una orden busca y captura emitida por INTERPOL desde 2002. En 2005, a causa de una coincidencia dactilar inconcluyente con un cadáver de varón sin identificar, fue dado de baja en el censo electoral colombiano por la Registraduría Nacional de Colombia, pero esto no ha sido suficiente para la policía, que aún mantiene su número de cédula de identidad activo, con lo que seguiría en busca y captura[14]. Sin embargo, nada más se ha sabido del monstruo extraviado desde entonces y continua, ya vivo, ya muerto, en paradero desconocido. Si está entre nosotros en el momento en el que escribo estas líneas, tiene 71 años.

¿Y en la brecha?

Pedro Alonso Lopez (National Examiner)
Pedro Alonso López tal cual apareció en las páginas del semanario estadounidense National Examiner.

[1] La prensa colombiana, por su parte, bautizó originalmente a Pedro Alonso como La Bestia de Tolima.

[2] Supuestamente tiroteado por Juan Roa Sierra, un delincuente habitual de 26 años de edad que habría asesinado a Gaitán por iniciativa particular. Decimos “supuestamente” porque el presumible autor material del magnicidio fue localizado por la muchedumbre y linchado en la vía pública para ser posteriormente abandonado frente al Palacio Presidencial, en la medida que se consideró corresponsable del crimen al entonces presidente del país, Luis Mariano Ospina Pérez. Ello impidió que el caso pudiera ser investigado adecuadamente. A día de hoy, tras grandes controversias entre historiadores y periodistas, el acontecimiento permanece sumido en la confusión y es pasto habitual de especulaciones.

[3] “Conociendo al Monstruo de los Andes”. En: Diario Hoy. 31 de agosto de 1994.

[4] Diario Hoy, Ibíd. anterior.

[5] Serían trece poco tiempo después de que Pedro abandonara el hogar familiar. Cuenta él mismo que cuando tenía 19 años regresó a la casa: “Me encontré con la novedad de que nuevamente estaba de visita la cigüeña en mi casa. ¿Hasta cuándo?, le dije a mi madre y nunca más volví” (Diario Hoy, Ibíd. anterior).

[6] Lohr, D. (s. f): “All about Pedro López”. Este documento, bastante bueno y completo, lo obtuve en su día de: Court TV’s. Crime Library. Criminal Minds and Methods [www. Crimelibrary.com]. Lamentablemente, esta web ya no existe y el artículo, a día de hoy, ha desaparecido de la red.

[7] Servicio de Investigación Criminal. A partir de 1991 pasó a la denominación actual de Policial Judicial.

[8] Diario Hoy. Ibíd. anterior.

[9] Lohr, D., op. Cit.

[10] Monstruo de los Andes deportado a Colombia”. En: Diario Hoy. 1 de septiembre de 1994.

[11]La misteriosa desaparición del ‘Monstruo de los Andes’, el mayor asesino serial de niñas de Colombia. En: Infobae. 14 de noviembre de 2018 [en Internet: https://www.infobae.com/america/colombia/2018/11/14/la-misteriosa-desaparicion-del-mayor-asesino-serial-de-ninas-de-colombia/, recogido en junio de 2019].

[12] “Un ex convicto sin papeles será deportado”. En: Diario El Comercio. 4 de junio de 1998.

[13] The National Examiner. 12 de enero de 1999.

[14] Trujillo G., L.V. (2018). El misterio de Pedro Alonso López, el ‘Monstruo de los Andes’. En: Alerta Tolima, 16 de noviembre [En Internet: https://www.alertatolima.com/el-misterio-de-pedro-alonso-lopez-el-monstruo-de-los-andes/, recogido en junio de 2019].

2 comentarios en “El monstruo extraviado

  1. Yo soy de Ambato, en este momento tengo ya 17 años, pero hace 3 años (más o menos) fue cuando lo vi. Estaba en un parque de esta ciudad (Parque 12 de Noviembre) muy conocido por estar infestado, de prostitutas, ladrones, adictos y “vendedores ambulantes”, yo simplemente estaba esperando el transporte público, cuando se me acercó un señor (claramente de la tercera edad) ofreciéndome cables USB y audifonos, tenía un marcado acento colombiano, a lo que yo simplemente dije “No, muchas gracias”, a esto el señor solo se quedó parado frente a mi en silencio durante unos cinco segundos, mirándome fijamente, y dijo “Uishh…que lastima que ya no hago eso” y se fue; en ese momento fue cuando realmente caí en cuenta de que esto era bastante extraño, realmente sentí miedo, y recordé el rostro que muchas veces había visto por internet, el de Pedro Alonso López, era realmente similar, aunque ya con una diferencia de edad bastante amplia a la de las fotografías. Una de las cosas en las que más me fije mientras el hablaba, es que casi no tenía dientes, algo que en el momento no me pareció raro, debido a que era ya un hombre mayor, hasta que llegué a mi casa y le conté a mi mamá lo que había pasado, llena de curiosidad o morbo, empecé a investigar y en un documental colombiano que encontré sobre su historia (No recuerdo su nombre) vi que una de sus particularidades, físicamente hablando, eran sus dientes, exactamente iguales a los del señor que acababa de ver.
    A esto la única persona que me creyó fue mi mamá, ni mis amigos o el resto de mi familia.
    Como un año después de esto, ya no fui yo quien lo vio, fueron mi tía, mi mamá y MI ABUELA, la cuál era la única que realmente podría asegurar que si era él, debido a que cuando el fue detenido hace varios años en Ambato, esta fue una gran noticia en la ciudad, y un sinnúmero de ambateños lograron verlo, mientras era trasladado de lugar en lugar con resguardo de la policía, cuando se realizaba el proceso y las averiguaciones en su caso; una de estas personas fue mi abuela, ella lo vio, ella conocía su rostro en persona y fue ella quien nos aseguró que realmente era él.
    Lo he seguido viendo, algunas veces a partir de esto, siempre con cables y audífonos, pero no hay nada que podamos hacer; mi abuela ya había hablado con un policía en otra ocasión en la que lo vio y el solo dijo que no era el, que el ya estaba muerto.
    Nadie cree que sea él, pero sé que si, no sé si siga con su vida de crimen, pero estoy completamente segura de qué continúa en Ambato.

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