Vida de un caníbal

Dahmer 1

El perfil del criminal, tal y como pudo comprobar el experto del FBI Robert Ressler a lo largo de las entrevistas que mantuvo con él, resultó ser prototípico del sujeto carente de todo aquello que hace tolerable la vida. Antisocial y maníaco, su actitud negativa le impidió tener amigos, relaciones, intereses, esperanzas o, simplemente, un hogar estable. Su completa inoperancia a la hora de establecer interacciones sociales satisfactorias le transformó en un cadáver emocional. Su fuero interno, dañado en la infancia y roturado por los excesos con el alcohol, se fue degradando entretanto llenaba sus vacíos interiores con fantasías delirantes. La historia de Jeffrey Dahmer, más conocido por el sobrenombre de el Carnicero de Milwaukee, es la de un lento pero imparable descenso al más tenebroso de los infiernos psicológicos.

Infancia rota

Desde el día en que nació[1] Jeff se sumergió en un hogar roto al que sus padres habían convertido, de forma lenta pero inexorable, en un campo de batalla. El matrimonio, compuesto por Lionel Dahmer, un ingeniero químico, y Joyce Flint, una mujer con problemas psicológicos severos, nunca fue realmente feliz. Las discusiones y reproches eran la norma y, con el paso del tiempo, el pequeño Jeffrey, creciendo en una total soledad emotiva, se convertiría en un niño retraído, solitario y asustadizo que temía el abandono –papá amenazaba a su señora con dejarla- y daba la amarga impresión de estar completamente desamparado. No resulta extraño que, desde muy pronto, el chico no hiciera otra cosa que tratar de llamar la atención. Pero sus demandas nunca fueron escuchadas en la medida que sus padres se encontraban absortos en aquella guerra de guerrillas que culminaría con lo que Jeffrey más había temido desde la infancia: El divorcio.

No cabe afirmar que Jeffrey fuera un crío indeseado o maltratado, y no han de buscarse en esta clase de episodios las motivaciones de lo que vino después. Lo cierto es que, en los primeros años, cuando sus padres no estaban discutiendo entre ellos o pasando por cualquiera de los episodios neuróticos habituales en mamá, solían proporcionarle atenciones, especialmente a causa de los problemas que Joyce experimentó durante el embarazo y que la llevaron al borde del aborto. De hecho, la primera infancia de Jeff puede considerarse normal, y el primer episodio verdaderamente traumático por el que pasó el chiquillo tuvo lugar cuando contaba seis años, edad en la que hubo de ser operado de una hernia. En tal sentido, su padre recuerda que fue tras la acción de los médicos que Jeffrey empezó a mostrarse retraído y vulnerable. Quizá fueron la falta de vigilancia y la despreocupación con la que se trataron posteriormente estas primeras dificultades –y muchos de los episodios que vendrían después- en el entorno familiar lo que degeneraría en las monstruosidades futuras.

RESSLER: […] ¿Hubo en alguna ocasión cualquier clase de asalto sexual contra usted por parte de algún miembro de su familia?

DAHMER: No.

RESSLER: ¿Y fuera de la familia?

DAHMER: No.

RESSLER: Entonces este no es uno de los factores en su caso[2].

La forja de un psicópata

La familia Dahmer cambió de domicilio en diversas ocasiones antes de establecerse definitivamente en Bath (Ohio), una localidad residencial del cinturón de Akron. El cabeza de familia había logrado por fin ultimar su graduado en la Iowa State University y, con ello, había obtenido un buen puesto de trabajo como investigador químico en una importante empresa del sector. Corría 1966. El matrimonio, por lo demás, esperaba la llegada de un nuevo retoño, David, con lo que Jeffrey dejó de focalizar las atenciones de la pareja.

El hecho es que allí pasó el niño Jeff la mayor parte de su infancia, escondido en un cobertizo de madera abandonado ubicado en una colina cercana al hogar familiar, lindero con amplias extensiones campestres. Sus primeros intereses exploratorios se centraron en la entomología, de modo que podía estar durante días enteros cazando insectos que introducía en frascos para luego conservarlos en alcohol. Ello le llevó, paulatinamente, al ámbito de la anatomía animal. Lo cierto es que no se trataba de la curiosidad sana y pasajera en este sentido que suelen experimentar la mayor parte de los niños criados en el campo sino, antes bien, de un sentimiento morboso por observar qué tenían aquellos animales por dentro. Así, con el discurrir del tiempo, terminó coleccionando huesos y otros restos disecados de conejos, pollos y, en general, animales pequeños. Pronto dejaría de ser suficiente y pasaría a investigar con ardillas, mapaches y otras piezas más grandes. Tras cazarlos, o bien encontrarse sus restos, y eviscerarlos meticulosamente, transportaba los cuerpos hasta algún lugar del bosque donde los dejaba pudrirse. Luego los sumergía en lejía o ácido para limpiar y blanquear los huesos. Fueron, sin duda, los primeros experimentos de lo que habría de venir.

Estas costumbres estrambóticas no parecían preocupar en demasía a nadie. Lionel Dahmer atribuyó al cambio de residencia, la próxima llegada de un hermano –y a la operación de hernia- el progresivo retraimiento de su primogénito, así como el temor patológico que experimentaba a la hora de enfrentarse al colegio. De hecho, el propio Lionel había pasado por dificultades similares durante la infancia y fue capaz de superarlas con eficacia, de suerte que imaginó que el crío podría hacer lo mismo si se le daba algo de tiempo. Grave error. Jeffrey disfrutó con absoluta tranquilidad de sus extrañas aficiones y experiencias sin oposición alguna.

Tampoco resultan sorprendentes tales desatenciones a tenor de los cambios que la familia empezaba a experimentar. Mamá Joyce, que flirteaba constantemente con la idea del suicidio -se valía de esta amenaza para chantajear emocionalmente a su esposo-, había pasado una larga temporada ingresada en un hospital como consecuencia de la ingestión de grandes cantidades de psicofármacos. Luego resultó que su organismo estaba tan castigado por los excesos y dependencias farmacológicas que se veía obligada a permanecer durante muchas horas del día en la cama. Lionel, por su parte, se convirtió en un padre ausente que tenía que afrontar sus obligaciones laborales y que, cuando regresaba a aquel hogar que detestaba, no quería saber absolutamente nada de nadie. Hechos y situaciones que condujeron a Jeffrey a un aislamiento total e inquebrantable que aniquiló el desarrollo de sus habilidades sociales e hizo de sus amiguitos del cobertizo la única compañía posible[3].

No tiene nada de extraño, por tanto, que a los once años ya hablara de manera monocorde, sin inflexiones en el tono de la voz, recurriendo continuamente a fórmulas monosilábicas. Se había transformado en un sujeto solitario y desmotivado, si bien de inteligencia media, cuyo comportamiento estaba jalonado de conductas histriónicas, extrañas, absurdas, limítrofes con la psicosis y destinadas a llamar la atención de su entorno inmediato. A veces, sin venir a cuento, se ponía a balar como una oveja en mitad de las clases, realizaba movimientos espasmódicos o babeaba[4]. En otros momentos montaba estos espectáculos grotescos en tiendas y centros comerciales para granjearse la admiración y el respeto de sus compañeros de instituto.

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El Dahmer de los días de secundaria en su actitud habitual.

John Backderf, hoy en día un dibujante de cómic alternativo de mediano éxito en los Estados Unidos, fue compañero de estudios de Jeff Dahmer desde los doce años y contrajo cierta amistad con él hasta la finalización de la enseñanza secundaria en la medida que compartían aficiones y parecían experimentar similares problemas de adaptación. Posteriormente, cada uno siguió su camino en la vida de modo que Backderf sólo volvió a saber de Jeffrey Dahmer muchos años después, a través de los medios de comunicación, cuando fuera detenido a causa de sus horrendos crímenes. Recordando las experiencias que compartió con él, Backderf creó una novela gráfica titulada Mi Amigo Dahmer, en la que se retrotrae a la adolescencia de ambos a fin de buscar explicaciones a lo que sucedió después. En la introducción al relato gráfico, el autor escribió:

Para mí es doloroso contar esta historia. Ya se me crea o no, considero que Dahmer es un personaje trágico. […] Mi memoria de él es la de un chico atormentado que se sumerge en una espiral de locura, y no la del monstruo que luego cometió esos crímenes terroríficos. Le recuerdo al menos tan intimidado y esquivo como yo mismo. Un jovencito silencioso que encontró amparo en el interior de un alma gemela […]. Hay lecciones que aprender en la historia de Dahmer. Tengo la convicción de que se le pudo salvar […] y la de que sus víctimas podrían haber eludido con ello su horrible destino. Hubiera bastado tan sólo con que algún adulto hubiera intervenido cuando todavía existía alguna esperanza. Sólo con uno hubiera sido suficiente[5].

Para agravar las cosas, con la llegada de la pubertad, Jeff descubrió que sentía hacia los chicos una intensa atracción sexual que, obviamente, sirvió para agrandar la brecha entre él y el resto de sus congéneres. No se precisa demasiada imaginación para suponer las bromas tontas –pero siempre crueles- de que terminó siendo objeto entre sus iguales: Jeff el loco, Jeff el raro, Jeff el pirado, Jeff el mariquita.

RESSLER: ¿Se sentía inadecuado en sus interacciones con la gente? ¿Era capaz de establecer relaciones duraderas?

DAHMER: En la ciudad en la que vivía, la homosexualidad era el último tabú. Eso jamás se discutía, nunca. Yo tenía deseos de estar con alguien, pero nunca conocí a nadie que fuera gay, al menos que yo supiera; me sentía sexualmente frustrado[6].

Por aquel entonces y para sobrellevar la adversidad comenzó a beber sin control –lo cual aumentó su tendencia a la excentricidad-, así como a masturbarse compulsivamente utilizando revistas pornográficas para homosexuales, o bien contemplando las entrañas esparcidas de los animales que coleccionaba. A los dieciséis años ya era una molesta costumbre que se presentara ebrio en las clases, lo que contribuía notablemente al vacío que los otros alumnos iban tejiendo a su alrededor y propiciaba, por lo demás, toda suerte de abusos y vejaciones por parte de sus iguales. Y a pesar de todo, Jeff gozaba de no poca habilidad como músico -asistía a clases de clarinete-, y solía mostrarse como un alumno bastante perspicaz cuando no estaba bebido.

En el instituto de Bath –la Revere High School-, Dahmer contaba tan solo con la amistad real de Backderf que, además, era también su compañero habitual en el consumo de marihuana. Ambos solían reunirse a diario, junto a la orilla de una laguna, para pescar, charlar y fumar hierba a escondidas, si bien el dibujante reconoce que nunca fue capaz de mantener una conversación medianamente coherente con su singular compañero de fatigas a quien, sin embargo, apreciaba sinceramente. A estas alturas, Jeff ya se refería al alcohol como si se tratara de una “medicina”, empleándolo cual una suerte de tónico con el que vencer su timidez patológica, escapar de una realidad insoportable y calmar sus cada vez más frecuentes momentos de angustia[7].

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El cómic de Backderf en la edición española de Editorial Astiberri. Una lectura excelente y comprehensiva.

La sima degenerativa por la que el chico de los Dahmer descendía en picado encontró fondo un año más tarde, en 1977, cuando experimentó por vez primera un intenso deseo de buscar “otras presas” para sus experiencias. El hecho es que observó reiteradamente a un joven que, a diario y puntualmente, pasaba corriendo por delante de su casa. Pronto se convirtió en una obsesión para Jeffrey, que sentía un deseo irrefrenable de poseerlo, de practicar con él todas aquellas fantasías sexuales que había visionado en sus revistas pornográficas. Pero las debilidades sociales de Jeff eran un problema insalvable en la medida que no se atrevía a abordar al chico con naturalidad para, como poco, entablar una conversación. E ideó un plan tan sencillo como absurdo. La clase de ideación amoral, fría y calculada que sólo resulta congruente en la fría mentalidad del psicópata: Optó por equiparse con un bate de béisbol y esperar al deportista anónimo apoyado en la valla del jardín con total naturalidad, con la simple idea de atacarle apenas se presentara para luego arrastrarlo al interior de la casa. La fortuna quiso que su primer objetivo dejara de ejercitarse por aquel barrio y, probablemente, ello lo salvó sin que lo supiera de convertirse en la primera víctima de Jeff Dahmer.

Llegó por aquél entonces la separación definitiva de sus progenitores. La inmadurez emocional de Jeffrey queda patente si se piensa que en este momento contaba ya 18 años. Experimentó entonces un odio brutal hacia su padre incrementado, si cabe, por la batalla legal que ambos cónyuges emprendieron a fin de obtener la custodia de su hermano David[8]. Una crisis de ira y celos que fraguó en una espiral de frustración que explotaría el 18 de junio de 1978. En esa fecha conducía por una carretera poco transitada cuando vio, a lo lejos, a un chico haciendo auto-stop apostado en la cuneta. Y entonces tomó la decisión trascendental que todo asesino en serie ha de asumir para culminar el ciclo de su transformación: recogió al muchacho, logró convencerlo para que le acompañara a su casa y allá, tras tomar unas copas y mantener una animada charla, lo golpeó con las mancuernas con las que solía ejercitarse[9]. Luego desmembró el cuerpo, escondió aquellas partes que mejor le parecieron, e introdujo el resto en un saco de basura que arrojó por un barranco.

El Carnicero había nacido a costa de la vida de Steven Hicks.

RESSLER: De acuerdo. Ha dicho que el chico iba a marcharse y que golpearle fue la única forma que se le ocurrió de evitarlo. Cogió las mancuernas y ¿Qué pasó cuando estaba inconsciente?

DAHMER: Cogí las mancuernas y le estrangulé con ellas.

RESSLER: ¿Y después de eso? ¿Mantuvo luego alguna clase de actividad sexual?

DAHMER: No. Estaba asustado por lo que acababa de hacer. Salí de la casa por un momento. Después me masturbé[10].

Periodo de latencia

Ese primer asesinato, inesperado, casi irreal, sumió a Jeffrey Dahmer en una profunda crisis depresiva resultado de los terribles e imprevistos remordimientos tópicos en los psicópatas de carácter secundario. Se encerró así entre las cuatro paredes del hogar, se preparó un baño de alcohol y renunció definitivamente a hacer algo positivo con su vida. Fue entonces cuando intervino su padre y, en la esperanza de que su conducta adictiva –a la que se achacaban principalmente sus problemas depresivos, así como sus manías estrambóticas- cambiase a través de una transformación de su entorno inmediato, decidió enviarle a la Ohio State University. Pero allá también fue rechazado al cabo de unos meses a causa de su continuo estado de embriaguez.

En todo caso, el padre de Jeff no se dio por vencido y pensó que en un lugar en el que la disciplina fuese dura y constante, como el ejército, su hijo podría superar la adicción. Así, en enero de 1979, lo obligó a alistarse. Otro error. Las continuas borracheras no cesaron y los excesos disciplinarios de la milicia tampoco ayudaron en lo más mínimo a que se replanteara su actitud. Lo que Lionel Dahmer no acertó a comprender, sencillamente, fue que era ya demasiado tarde para la disciplina, para las preocupaciones y las pérdidas de sueño que debió padecer muchos años antes. Los involuntarios daños psíquicos que una tan mala como despreocupada educación habían provocado en su vástago eran virtualmente irreversibles. Y el hecho es que a Jeffrey no le disgustaba la vida espartana y controlada del soldado. Sin embargo, tras pasar dos años sirviendo en una base norteamericana en Alemania, terminó expulsado de la milicia a causa de su dipsomanía[11].

Pese a todo, tras el regreso a los Estados Unidos, experimentó algunos cambios en su actitud que abocaron a sus familiares a una ilusoria sensación de esperanza. Primero se instaló en Florida, pero en seguida se trasladaría a West Allis (Wisconsin) para vivir con su abuela, mujer muy religiosa. Con la ayuda de ésta, pareció ofrecer claros síntomas de reinserción a través de una fe renovada en Cristo y en la redención de los pecados[12]. Asistía asiduamente a la iglesia, a seminarios de lectura bíblica, e incluso redujo notablemente su dosis diaria de alcohol. Cambios que surtieron un efecto inmediato en la medida que no tardó en encontrar trabajo en una fábrica de chocolate. Pero todo esto no fue más que un espejismo, pues no tardaría en experimentar una recaída para ser detenido por embriaguez y conducta desordenada. Con ello, la resignación empezó a adueñarse de la familia.

Jeffrey se reencontró con la masturbación compulsiva en la misma medida que sus fantasías sexuales parecieron recrudecerse hasta extremos inusitados. Incluso robó el maniquí de una tienda con la finalidad expresa de transformarlo en compañero sexual, si bien esta conducta chocante funcionó durante poco tiempo. Ello le indujo a frecuentar saunas y bares de alterne para homosexuales, lugares en los que nadie hacía demasiadas preguntas y en los que se podía entablar con facilidad relaciones anónimas e impersonales. La verdad es que Jeffrey Dahmer, pese a no ser muy hablador, era un sujeto no exento de atractivo al que no solía costar demasiado esfuerzo encontrar pareja en aquellos contextos sórdidos. No obstante, el remedio fue peor que la enfermedad puesto que, una vez rota la muralla que había puesto a las relaciones con los demás, descubrió que le resultaba difícil conseguir la erección cuando sus ocasionales compañeros estaban despiertos y activos. No es raro: estaba acostumbrado a dominar, a manejarse con animales muertos, revistas, maniquíes y, en definitiva, toda suerte de elementos disociativos que no pedían absolutamente nada a cambio del placer que ofrecían… Justo lo contrario que un ser humano adulto.

La primera estrategia para afrontar esta contingencia fue la de drogar con somníferos a sus parejas antes de sostener relaciones sexuales. Y funcionaba. El problema residía en que ninguno de sus amantes, una vez volvían en sí, quería encontrarse de nuevo con un tarado como él. Por supuesto, y tras darle algunas vueltas, Jeffrey decidió adoptar la segunda opción, aquella que había desechado en un primer momento. Cierto que se trataba de una decisión terriblemente desesperada, pero, y ya no le cabía duda alguna al respecto, era necesario intentarlo por la vía de la necrofilia pues llegó al convencimiento de que, en otro caso, tendría que asesinar a alguien para obtener su cuota de placer, tal y como había hecho años antes. Así pues, tras asistir al funeral de un joven de dieciocho años, se coló en el cementerio con la finalidad de desenterrar el cadáver. No consiguió poner fin a la tarea porque el suelo estaba congelado debido a las bajas temperaturas invernales y hubo de desistir.

La tercera vía

Este último fracaso desanimó sobremanera a un Jeff que se encontraba ya en el penúltimo peldaño de la escala de la desviación sexual. Pasaría otra temporada recurriendo a sus inútiles prácticas sustitutorias hasta que, finalmente, decidió adoptar aquella tercera opción innombrable y que parecía haber evitado por todos los medios tras los remordimientos en los que le sumió el asesinato de Steven Hicks.

El seleccionado fue un joven llamado Steven Toumi, con quien trabó contacto en un conocido local homosexual. Parece que ambos bebieron mucho antes de alojarse en una habitación del Hotel Ambassador, uno de esos locales por horas en los que nadie hace preguntas. Según comentaría luego a sus interrogadores, Jeffrey se despertó al día siguiente tumbado sobre el cadáver de su pareja ocasional, si bien dijo no recordar nada de lo que había pasado durante la noche, cosa en absoluto sorprendente si se piensa en su afición desmedida por el alcohol y otras sustancias. El hecho es que a Jeff no se le alteró el pulso e ideó de inmediato un plan de emergencia rápido y coherente. Sintomático. Tras levantarse y darse una ducha, introdujo el cuerpo en un armario y salió a comprar una maleta grande con la que poder trasladarlo a la casa de su abuela. Una vez allí, lo bajó al sótano para descuartizarlo. Así recomenzó su particular colección de fetiches macabros puesto que, tras tirar los pedazos del cuerpo de Toumi a la basura, se reservó para sí la cabeza, que enrolló en una manta y guardó en una estantería. Más tarde, recuperaría una de sus prácticas favoritas de sus días infantiles: hirvió el cráneo con la finalidad de blanquearlo.

DAHMER: En efecto. Era un hombre muy atractivo. Le pregunté si quería que continuásemos en una habitación de hotel. Bebimos mucho. Yo estaba tomando ron con cola. Le preparé la bebida y cayó dormido entretanto yo seguía bebiendo. En algún momento debí perder la noción de realidad porque ya no recuerdo nada anterior al momento en que desperté a la mañana siguiente. Él estaba tumbado boca arriba, con la cabeza en el borde de la cama. Mis antebrazos estaban contusionados, y él tenía las costillas rotas. Aparentemente, le había golpeado hasta la muerte.

RESSLER: ¿No tiene ningún recuerdo de lo que había hecho?

DAHMER: No recuerdo haberlo hecho, y tampoco tenía intención de hacerlo. Busqué la botella de ron, pero parecía haberse perdido. Debí tirarla por la ventana o algo así. Lo cierto es que no sé qué sucedió.

RESSLER: ¿Cree que perdió la conciencia?

DAHMER: Por completo.

RESSLER: Entonces usted se despierta por la mañana y él está muerto. ¿Qué hace a partir de ese momento?

DAHMER: Estaba horrorizado. Nunca tuve intención de hacerle nada. Sin embargo, enseguida pensé que tenía que hacer algo con el cuerpo. Lo coloqué en el armario y fui a unos grandes almacenes en busca de una maleta grande con ruedas. Le puse en ella. Luego pasé otra noche en la habitación, dando vueltas asustado y preguntándome qué infiernos iba a hacer. A la noche siguiente, alrededor de la una de la madrugada, salí y paré un taxi. Tuve que pedir al taxista que me ayudara a subir la maleta. Luego fui a casa de mi abuela, cogí la maleta y la dejé en la despensa del sótano. Estuvo allí más o menos una semana.

RESSLER: ¿Y no produjo olores o algo parecido?

DAHMER: No, porque era noviembre y hacía frío. Por otra parte, era la semana de Acción de Gracias y yo no podía hacer nada porque siempre había parientes en la casa.

RESSLER: ¿Qué le impelió a llevarse el cuerpo con usted? ¿Por qué no dejarlo en la habitación del hotel?

DAHMER: Porque la habitación estaba a mi nombre[13].

Los remordimientos aparecieron de nuevo, pero ahora tamizados, sin intensidad. Cierto que con la suficiente fuerza como para mantenerle alejado del asesinato durante varios meses, pero no con la necesaria como para que no pudiera dejar de pensar en ello, pese a que se empleó a fondo en el uso de sus habituales sustitutivos. El noviazgo que Jeffrey había iniciado con la muerte era ya irreversible. Así es que volvería a matar al cruzarse en el camino de Jaime Doxtator, un chico de 14 años que solía frecuentar los locales homosexuales para prostituirse a cambio de unos dólares. Luego, otra vez, en marzo de 1988. La víctima en este caso fue un joven de origen mejicano que respondía a la identidad de Richard Guerrero[14]. Y a todo esto, su abuela vivía ignorante de la cámara de los horrores que se desarrollaba en su propio sótano. Así hasta que Jeffrey -siempre obligado a mentir para justificar aquellas largas estancias en el subsuelo de la casa, o excusándose por los malos olores que a veces inundaban la vivienda- entendió que su afición requería de cierta independencia, por lo que se mudó a un apartamento en Milwaukee[15].

A poco de instalarse en su nuevo hogar, cometerá un primer error grave tras captar a un joven de origen laosiano de 13 años y conducirle a su nueva residencia. Ofreció al chico 50 dólares a fin de que posase para su colección de fotografías pornográficas, y este accedió. Luego le drogó como era costumbre habitual y practicó sexo con él. Sin embargo, por alguna razón desconocida, lo dejó marchar. Los padres del joven, que se presentó en casa todavía bajo los efectos de las drogas que le había proporcionado Jeffrey, investigaron la situación y, finalmente, interpusieron la pertinente denuncia ante las Autoridades. El resultado fue que se arrestó a Dahmer en su puesto de trabajo, frente a sus estupefactos compañeros.

De tal forma, en enero de 1989 se produjo otra pausa transitoria en las actividades criminales de Jeff. Juzgado por exhibicionismo y abuso de menores, se le condenó a un año de prisión. Sorprendentemente, a pesar de la infinidad de problemas psíquicos perfectamente visibles que había experimentado desde la niñez, fue entonces que se le realizaron los primeros exámenes psicológicos de su vida. Los especialistas que le atendieron no mostraron duda alguna a la hora del diagnóstico: la personalidad de aquel individuo era muy peligrosa en la medida que se trataba de un sujeto manipulador, refractario a los tratamientos y carácter evasivo. Nadie le creyó capaz de matar si bien parecía recomendable su ingreso en una institución médica. De poco sirvió la advertencia de los forenses, pues, aunque la fiscalía pidió una condena de varios años en un psiquiátrico penitenciario, el juez se conformó con imponerle un año en un centro de detención.

[Pensé que mi] hijo [explicó Lionel Dahmer] ya no podría ser peor de cómo le veía en aquel momento –un mentiroso, un alcohólico, un ladrón, un exhibicionista, un hombre que molestaba a los niños. No podía imaginar de qué modo se había convertido en un alma arruinada[16].

El Carnicero, claro está, había ejecutado durante el juicio una interpretación del hombre arrepentido de sus actos tan convincente que fue capaz de ganarse la benevolencia del tribunal. Achacó sus actos, que reconocía como terribles, a sus problemas con el alcohol. Pero no dudó en definirse como hombre trabajador –que lo era-, responsable y voluntarioso. Capaz de reformarse si se le ayudaba adecuadamente. Frente a esto, lo que Jeff había hecho fuera de la escena, poco antes de que ingresar en la cárcel, fue cobrarse otra víctima en la persona de Anthony Sears. Debía encontrarse de muy buen humor, pues pintó el nuevo cráneo de su colección con un aerosol plateado.

Cuando le pregunté por qué aplicaba esta pintura en espray sobre los cráneos, declaró que lo hacía para darles un aspecto artificial de modo que, si alguien los viese, no pensara que eran auténticos[17].

La necesidad de matar

En junio de 1990, ya en la calle gracias a que su buena conducta le hizo acreedor de la libertad condicional tras cumplir diez meses de su condena. Salió advertido con un periodo de prueba de cinco años. Sin embargo, la locomotora Jeffrey Dahmer descarriló definitivamente y empezó a matar -ahora sí- de manera continuada. Tan sólo eso parecía reducir por completo sus inaplazables tensiones. Lionel, en un intento desesperado por frenar a su hijo había escrito una carta al juez para rogarle que no accediera a liberarlo hasta que se comprometiera a recibir tratamiento psiquiátrico, pero la solicitud fue desoída. Sea como fuere, el hecho de regresar a su vida criminal fue el resultado de una decisión perfectamente meditada por parte de Jeff, tal y como se deduce de su primer paso tras la consecución de la libertad: cambiar de residencia, pero no de barrio. Así, se instala en el ya célebre apartamento 213 del número 924 de la Calle 25, Norte, edificio Oxford.

El primer asesinado de esta nueva etapa fue Edward Smith, un joven negro al que ofreció una bebida dopada como era costumbre. Después de eso, Jeff no dudaría ya en asesinar siempre que se le presentase la ocasión propicia. Nunca alteró su modus operandi: primero, y tras la selección del sujeto en alguna sauna o local gay, el flirteo habitual. Solía ofrecer dinero a cambio de relaciones sexuales, o bien el posado para fotografías obscenas. Luego, tras estar convencido de que había seducido por completo a su víctima, la trasladaba a su apartamento en el que visionaban juntos películas pornográficas o realizaban varias de estas instantáneas. Entretanto, les ofrecía una bebida aderezada con somníferos y, al fin, una vez dormidos, los estrangulaba. Después de matar a su víctima se quedaba abrazando al cadáver, pensando en cómo conservaría su cabeza, en la forma en que lo desmembraría, ensoñando con los paisajes interiores del cuerpo cuando lo descuartizase con meticulosidad. Esto le provocaba una erección satisfactoria que le permitía mantener relaciones sexuales con el cuerpo cuantas veces fuera necesario.

Al principio Dahmer se movió cautelosamente, espaciando en el tiempo sus correrías hasta que la necesidad de volver a matar se le hacía insoportable. Asustado por la posible repercusión policial de sus crímenes, temeroso de ser capturado, meticuloso, afinando el método a seguir para conseguir un placer más completo. Luego, observando que nada sucedía y como es previsible en estos casos, el ritmo asesino fue aumentado paulatinamente hasta que se convirtió en una máquina de matar precisa y efectiva que podía despachar a dos o tres sujetos por mes -a última hora, incluso a dos por semana-. En el último estadio, los temores y dudas del comienzo fueron convirtiéndose en un sentimiento de arrogancia y superioridad, en una sensación de infalibilidad abrumadora.

RESSLER: La mayoría de sus víctimas procedían de bares o barrios homosexuales. ¿Qué piensa de la facilidad con la que accedían a ir con extraños? ¿No considera usted que este era un comportamiento peligroso?

DAHMER: Sí, he pensado en ello, pero la compulsión se sobrepone a todo lo demás.

RESSLER: Al parecer, usted fue capaz de desarrollar un plan eficaz para encontrar compañía. ¿Era predecible que si salía una noche y tenía esto en mente lograría fácilmente sus objetivos?

DAHMER: En efecto.

RESSLER: Pero en algunas ocasiones no funcionaba, ¿por qué?

DAHMER: Bueno, algunas veces yo estaba muy borracho y regresaba con alguien no tan atractivo como a mí me gustaría, de modo que a la mañana siguiente tenía resaca y ellos se iban. En otras ocasiones no los mataba sencillamente porque no me apetecía estar con ellos. Esto último ocurrió tres o cuatro veces. Otras noches no me gustaba ninguno y regresaba a casa para ver un video [pornográfico] o leer.

RESSLER: Pero usted no tenía demasiados videos, ¿o sí?

DAHMER: Debo haberme gastado “miles” de dólares a lo largo de los años en vídeos pornográficos.

RESSLER: Pero la policía no encontró tantos como para pensar en una colección…

DAHMER: Con el paso de los años me fui deshaciendo de los videos y las revistas porque, en realidad, no se parecían a mí, no satisfacían mis gustos. En lugar de los videos porno me fijé en las películas Jedi [La Trilogía de “La Guerra las Galaxias”], y sobre todo en la figura del Emperador porque tenía el control absoluto, lo cual concordaba a la perfección con mis fantasías. Imagino que alcancé tal nivel de corrupción que me identifiqué completamente con él. Supongo que a mucha gente le gustaría tener un control completo, que es la fantasía de muchas personas[18].

Por lo demás, el Carnicero de Milwaukee trabajaba en serio, diseccionando los cadáveres de sus víctimas con pericia y habilidad poco comunes en un profano a tenor del testimonio que ofrecen las horrendas fotografías instantáneas –y con pretensiones artísticas- que él mismo realizaba durante el proceso. Al fin y al cabo, llevaba una vida entera en ello. Su meticulosidad era tal que llegó a construirse una pila de autopsias casera reformando una mesa a la que añadió dos grifos de plástico. Congelaba buena parte de los órganos y a veces –no ha podido establecerse con seguridad cuántas y en qué cantidad- comía parte de la carne. Los despojos que considerase sobrantes por cualquier razón eran hervidos en una enorme olla y, posteriormente, vertidos en un bidón lleno de ácido. Ello le permitía librarse de las partes no utilizables de los cadáveres a través de los sumideros sin provocar sospechosos atascos en las cañerías del edificio[19].

Normalmente, Jeffrey practicaba a los cuerpos un gran corte que iba desde el cuello hasta la ingle, con lo que podía eviscerarlos con suma facilidad. Sin embargo, llegó un momento en el que la práctica y posterior contemplación de las brutales mutilaciones comenzó a aburrirle, de suerte que se puso a cavilar en otras posibilidades. Llegó de esta manera a la delirante conclusión de que lo oportuno, principalmente porque de este modo no se corromperían y se evitaría así tener que matar con tanta regularidad, sería poder crear zombis carentes de voluntad propia que pudieran servirle como esclavos sexuales. Y a ello dedicó gran parte de sus esfuerzos “quirúrgicos”. Tras algunas intentonas dio con un método prometedor, una variante de la lobotomía, consistente en practicar a los individuos dormidos un trepano en la frente con un taladro y verter por el agujerito unas gotas de ácido, o bien, de agua hirviendo. Uno de los individuos sometidos a este proceso fue capaz de sobrevivir durante varios días –si bien en un penoso estado- antes de fallecer[20].

RESSLER: ¿Les mordió alguna vez?

DAHMER: Oh sí. Con el primero de la Calle 26 [Edward Smith].

RESSLER: ¿Puede decirme algo más al respecto de ello?

DAHMER: Bueno, después de que muriese le mordí en el cuello.

RESSLER: ¿Sólo una vez?

DAHMER: Fuerte.

RESSLER: ¿Lo repitió en alguna ocasión? ¿Qué le motivó a hacerlo?

DAHMER: Perversión sexual.

RESSLER ¿Y volvió a hacerlo?

DAHMER: No

RESSLER: ¿Sólo una vez?

DAHMER: Sí, salvo para comer.

RESSLER: ¿Y qué había tras ello?

DAHMER: Tan sólo la necesidad de que ellos formaran parte de mí.

RESSLER: ¿De dónde venía aquella necesidad? ¿Había leído usted algo sobre ello?

DAHMER: No, salía de dentro. Oh, claro que había leído acerca del canibalismo en algún sitio, pero no fue por eso. Era otro escalón, un avance[21].

Konerak

A las 2 de la mañana del 27 de mayo de 1991 una vecina alarmada, Sandra Smith, telefoneó a emergencias. Había en la calle un muchacho desnudo y mareado, dando trompicones. Los agentes de policía desplazados al lugar se encontraron a un muchacho confuso que, balbuceante e incoherente, les explicó que era de origen asiático, se llamaba Konerak, tenía 14 años y estaba “huyendo de la muerte”[22]. Al parecer, le habían suministrado drogas, pero pudo volver en sí y, reuniendo los escasos arrestos que aún le quedaban, escapó del apartamento al que le había llevado con engaños un extraño sujeto[23].

Se ofreció al chaval una toalla para que se cubriera, entretanto los policías trataban de discernir qué había pasado. Junto a Konerak se encontraban Sandra Smith y su prima, Nicole Childress. También ese “extraño” hombre blanco, que dejó al joven contar su historia sin interrumpirle ni una sola vez. Inalterable. Cuando llegó su turno, explicó razonablemente que aquel jovencito era su amante, que tenía 19 años y que había bebido demasiado, lo cual le indujo imaginar cosas raras. El muchacho, muy aturdido, no pudo contradecir la versión del hombre y los agentes dedujeron que estaban ante una discusión particular entre amantes que se había salido de madre. Optaron, así, por recurrir a la rutina y pidieron una identificación al adulto. En el carné de conducir había un nombre junto a la fotografía: Jeffrey Lionel Dahmer. La información en sí misma no significaba nada para ellos, de suerte que comunicaron a su interlocutor que dejarían que se llevara consigo al chico a condición de que les permitiese echar un vistazo al apartamento. Con mucha sangre fría, Jeff accedió amablemente a la petición. Las denunciantes, en el colmo de la estupefacción, alegaron haber visto como Konerak se resistía al tal Dahmer antes de que la policía hiciera acto de presencia y, además, manifestaron estar convencidas de que el chaval era menor de lo que aquel tipo sostenía. No sirvió de nada.

Los policías entraron en el piso de Jeff. Todo estaba muy limpio y pulcramente ordenado. Había un extraño olor a rancio en el ambiente, pero nada parecía fuera de lugar. La investigación no fue más allá. Jeffrey, conciliador, se disculpó por el comportamiento de su pareja y prometió solemnemente que aquello no iba a suceder de nuevo. Y funcionó. Al fin y al cabo, tampoco existía razón alguna para dudar de la versión de aquel hombre (blanco), bien parecido y aseado, que se comportaba racionalmente, hablaba con tono calmado, y se mostraba seguro de sí. Más creíble sin duda que el chico (asiático), evidentemente borracho e incapaz de conducirse con coherencia. Lo cierto es que los agentes habrían podido ver otra cosa si hubieran sido meticulosos. Por ejemplo, el cuerpo de Anthony Hughes, a quien Jeff había asesinado tan sólo tres días antes, descomponiéndose en el dormitorio, echado sobre la cama. O el montón de horrendas fotografías esparcidas sobre el sofá, repletas de cuerpos desmembrados. Las mismas que había mostrado antes al desdichado Konerak provocándole el más atávico de los miedos. Los agentes tampoco comprobaron si el nombre de Jeffrey Dahmer aparecía entre los sujetos con antecedentes, pues en tal caso habrían descubierto que aquel tipo encantador estaba en libertad condicional por corrupción de menores. En definitiva, los dos “sabuesos” habrían podido salvar la vida de Konerak, quien fuera meticulosamente estrangulado y descuartizado minutos después de que ellos lo abandonaran inerme en la puerta del infierno.

El relato de este disparate policial no termina aquí. Sandra Smith, presa de la más profunda indignación, se puso en contacto con su madre, Glenda Cleveland, que vivía cerca de los Apartamentos Oxford, para contarle lo sucedido. A renglón seguido, Glenda llamó a la policía para reiterarles que ese chico, Konerak Sintasomphone, era un menor de edad. Recibió negativas y evasivas de toda clase como respuesta y un lacónico: “Señora, todo estaba en orden y no es mi trabajo ocuparme de las preferencias sexuales de la gente”. Los acontecimientos se repitieron algunos días más tarde, cuando volvió a telefonear a la policía al ver en el periódico una foto del muchacho al que se daba por desaparecido. El hecho es que ningún agente, ya fuese por mera rutina, se presentó jamás en el apartamento de Jeff o se puso en contacto con Glenda a fin de contrastar la información. La mujer volvió a intentarlo con el FBI, pero tampoco obtuvo resultados. Un serial de negligencias que motivó que, hasta el momento de su detención, ocurrida el 22 de julio de 1991, el Carnicero aun pudiera llevarse por delante a cuatro personas más.

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Las víctimas del Carnicero.

Detenido y “marginal”

Mes y medio después, dos agentes de policía de Milwaukee, Robert Rauth y Rolf Mueller, realizaban su habitual ronda en las cercanías de la Marquette University. Por aquel entonces un suburbio infecto y maloliente, hogar habitual de mendigos y vagabundos, y con un elevado índice de criminalidad. Hacía mucho calor cuando, alrededor de la medianoche, los policías localizaron a un hombre negro, de baja estatura, que se paseaba por las calles sin rumbo aparente. Estaba semidesnudo y unas esposas pendían de una de sus muñecas. Como es de suponer, lo primero que imaginaron fue que aquel tipo se había escapado de la custodia de otro agente.

El sujeto, algo aturdido, respondía a la identidad de Tracy Edwards y tenía 32 años. Relató a sus captores una sórdida historia acerca de un individuo con el que iba a sostener relaciones homosexuales y que, sin más, le había drogado y esposado. Acto seguido, furioso, le había amenazado con abrirle el pecho y comerse su corazón. Imaginando que no bromeaba en absoluto, Edwards había luchado y logrado escapar de la encerrona. Dado que el hombre les indicó una dirección concreta, los agentes optaron por comprobar el informe. Allá se encontraron con un individuo rubio y agradable, que rondaría la treintena, olía a cerveza y dio la sensación de estar esperándoles. Se mostraba correcto, calmado y afectuoso. Explicó a que el suceso no había sido más que un juego malinterpretado, que tenía la llave de las esposas en el dormitorio, y que con mucho gusto se la entregaría para que liberasen a Edwards.

Todo habría ido bien para Dahmer, pues los agentes estaban dispuestos a marcharse sin mayor dilación suponiendo que estaban ante una disputa privada, si al confuso Tracy Edwards no se le hubiera ocurrido mencionar que el cuchillo con el que se le había amenazado estaba también en el dormitorio. El dato motivó que uno de los policías -este sí, concienzudo- decidiera comprobarlo por sí mismo. La sangre gélida de Jeff hizo que tampoco se opusiera a sus pretensiones. Al fin y al cabo, el procedimiento del tipo imperturbable ya había funcionado antes.

Lo cierto es que en la reducida habitación no había mucho que ver salvo algo que el oficial advirtió de soslayo y decidió mirar cuando ya se disponía a salir de ella: un mazo de fotografías instantáneas, tipo Polaroid. El retrato de una locura, de una serie de indescriptibles horrores que se habían desarrollado en aquella misma habitación, desfiló ante los ojos estupefactos del policía. Ordenó a su compañero, todavía desde el interior, que arrestara al propietario de la vivienda. Y, de súbito, el amable y racional Jeffrey Dahmer se transformó en una bestia dispuesta a defenderse hasta las últimas consecuencias. Tras una breve pero intensa lucha fue reducido y esposado. En ese momento, aún sudorosos y excitados por la pelea, los policías decidieron realizar un registro exhaustivo de la vivienda. Lo primero que hizo uno de ellos fue abrir la nevera de la cocina. La cerró de un portazo un instante después cuando una cabeza decapitada le devolvió la mirada desde el interior del frigorífico.

Los horrores no habían hecho más que comenzar. Dahmer guardaba tres cabezas más en la nevera, dentro de bolsas plástico y en avanzado estado de descomposición. A duras penas combatía el olor con bolsitas de bicarbonato sódico. En el armario del dormitorio, dentro de un armario metálico, Jeff conservaba varios cráneos humanos, diversos esqueletos completos y tarros de vidrio con manos y penes sumergidos en alcohol. Había contenedores con cloroformo, alcohol y formaldehído, útiles de los que se servía durante sus sesiones quirúrgicas. Asimismo, montones de fotografías que mostraban a sus víctimas a lo largo de las diversas fases del proceso de disección. Desde el momento en que posaban para él, aún con vida y en actitudes eróticas, hasta el más mínimo detalle del procedimiento post-mortem[24]. Y un detalle inquietante que no pasó inadvertido a los agentes encargados del estudio de la escena del crimen: no se encontró rastro alguno de comida “convencional” sino, tan sólo, restos humanos -fundamentalmente vísceras- y un gran surtido de condimentos.

La primera persona que escucharía en boca de Dahmer los detalles de su depravación fue un estupefacto Patrick Kennedy, detective encargado del caso, a quien confesó pormenorizadamente todos y cada uno de los crímenes que había cometido durante trece años. Pero todo aquello eran tan absurdo e incomprensible que solo cabía el encogimiento de hombros. Hasta la fecha no se ha podido dar razón precisa de la laberíntica complejidad psicológica de las parafilias de Jeff Dahmer, pues no encaja en ninguno de las tipologías y nosografías convencionales. De hecho, en opinión de Park Dietz, psiquiatra forense que actuó como consultor en el estudio sobre asesinos en serie del FBI y que siguió de cerca el caso Dahmer, este encajaría perfectamente en una rara y harto especial subcategoría de asesinos en serie que se conoce como “mixto” o “marginal”: personas paranoides, harto dependientes, con tendencias psicóticas y muy propensas a la ira cuando creen que están siendo abandonadas o ignoradas. El desorden de esta clase de personalidades estaría marcado por el miedo al abandono y una notable incapacidad para tolerar las frustraciones relacionadas con el aislamiento o el aburrimiento, siendo una de sus características más habituales la de las prácticas necrofílicas. Es habitual, expuso Dietz, que muchos niños que no reciben la atención necesaria en el hogar, la busquen en el colegio o fuera de casa. Así lo hizo Jeffrey Dahmer a través de sus conductas extravagantes y su comportamiento a veces cómico, a veces ridículo, pero siempre irresponsable. Pero esta táctica de resistencia solo aplazó el problema, pues su afición por la bebida le condujo a un radical aislamiento social. De este modo, no sólo se sintió fracasado en el hogar, sino también en la escuela, luego en la universidad y, más adelante, en el ejército. Y sus tendencias homosexuales encubiertas solo agravaban el problema al profundizar en su falta de adaptación. Era irremediablemente evitado y humillado, señalado y apartado del resto, lo cual debió provocar en Dahmer una terrible sensación de angustia y desamparo. Por ese motivo, la meticulosa elaboración de sus monstruosidades era un evento disociativo que debía interpretarse como la proyección de sus propios sentimientos sobre sus víctimas. Las humillaba, las descuartizaba, las trituraba, cogía de ellas aquello que pudiera interesarle y luego abandonaba el resto tal y como el mundo había hecho con él mismo. Rechazo y posesión, todo en uno.

El final del Carnicero

Las Autoridades recibieron miles de amenazas de muerte relativas al Carnicero durante las semanas que siguieron a su detención. Las medidas de seguridad que rodearon a Jeffrey Dahmer durante todo el tiempo que se prolongó su multitudinario juicio fueron únicas en la historia judicial del estado de Wisconsin. El relato de sus tremendos crímenes había llegado a ensombrecer la no menos terrorífica epopeya protagonizada décadas antes por Ed Gein. A diario se buscaban explosivos ocultos en la sala de vistas; todos aquellos que debían acceder a la corte –desde los propios letrados hasta los periodistas y el público- eran meticulosamente cacheados antes de pasar por un detector de metales; hubo de construirse una urna a prueba de balas para el acusado.

Motu proprio, sin consulta previa a su abogdo defensor, Gerald Boyle, Jeff alteró por completo el guión del juicio al declararse no culpable de todos los cargos alegando incapacidad mental. Ello trastocó la estrategia de las partes en litigio puesto que su abogado hubo de empeñarse a en probar que Jeffrey estaba realmente incapacitado, entretanto el fiscal, Michael McCann, tuvo que centrarse en el hecho de que el acusado era plenamente consciente de sus actos y capaz, por ello, de diferenciar el bien del mal. Y el juez, como si se tratara de una producción hollywoodiense, debió advertir a los miembros del jurado de que iban a escuchar cosas tremendas, repletas de horrendos detalles y de las que muy probablemente no hubieran oído hablar jamás. Asistirían con disgusto al relato de estrambóticas conductas y delirios sexuales de un extremismo atroz. Y, a pesar de todo, tendrían que esforzarse para dictar un veredicto objetivo.

La defensa reunió a más de cuarenta testigos que habían conocido a Jeff Dahmer en el algún momento de sus vidas, y que detallaron infinidad de aspectos relativos a la conducta estrafalaria, inapropiada, absurda y descontrolada del acusado en los contextos más variopintos. Se pretendía demostrar así que los problemas mentales y sexuales que se alegaban como atenuante de sus monstruosidades eran perfectamente reales. Frente a ello, la fiscalía se esforzó por presentar a Dahmer como un maestro de la manipulación, la planificación y el embuste que había premeditado todos y cada uno de los actos espantosos por los que se le juzgaba. Lo cierto es que el jurado deliberó tan sólo cinco horas antes de tomar una decisión: el acusado era perfectamente capaz de discernir entre el bien y el mal, y podría haber tomado otro camino, por lo que no merecía pasar el resto de su vida en una institución mental sino, antes bien, en la celda de una prisión. Así, y para los 15 cargos de asesinato[25], Jeff fue considerado culpable y, por ende, mentalmente apto.  En su alegato final y tras expresar su arrepentimiento, Dahmer dijo no odiar a nadie, no haber tratado de eludir una condena que consideraba justa y desear, simplemente lo que consideraba un castigo justo por sus crímenes.

El caso es que el Caníbal se adaptó razonablemente bien a la vida en la penitenciaria, si bien había de estar siempre bajo la estricta vigilancia de los funcionarios para evitar que el resto de reclusos se propasaran con él. De hecho, durante los primeros meses no convivió con el resto de sus compañeros de encierro ya que la dirección del centro -la Penitenciaría de Columbia- decidió que era necesario normalizar antes su presencia en el presidio. A pesar de estas medidas de seguridad, el 3 de julio de 1994, Dahmer fue atacado por un presidiario de origen cubano. En todo caso, tras recuperarse de esta agresión, convenció al alcaide de que tenían que permitirle un mayor contacto con los internos a fin de que se acostumbrasen a su presencia. De esta forma, siempre bajo la supervisión de un funcionario, pudo comer en las áreas comunales y realizar trabajos y otros servicios con el resto del colectivo.

Fue durante la realización de una de estas tareas que, inexplicablemente, los guardias cometieron el error de dejar a Jeffrey Dahmer a solas en el gimnasio junto con otros dos internos altamente peligrosos: Jesse Anderson, un blanco que cumplía condena por el asesinato de su esposa, y Christopher Scarver, un negro de personalidad esquizoide que decía oír voces, se consideraba a sí mismo el Hijo de Dios, y que también estaba allí por asesinato. Nunca ha quedado aclarado perfectamente qué sucedió entre los tres durante los veinte minutos que permanecieron sin vigilancia, pero la verdad es que la combinación resultaba explosiva de todo punto. Anderson odiaba a los negros y, de hecho, proclamaba constantemente su inocencia alegando que fue un hombre negro quien había asesinado a su mujer. Scarver, por su parte, detestaba a sus dos compañeros de tarea en la medida que Dahmer había descuartizado a varios hermanos y el otro era un racista impenitente. Y Jeff, por las razones que conocemos sobradamente, era un peligroso asesino sexual. Así, cuando los funcionarios regresaron, se encontraron a Jeff tumbado en el suelo -vivo, pero con la cabeza literalmente destrozada-, a Anderson arrinconado y gravemente herido, y a Scarver, presa de un arrebato de furia, con una barra de hierro bañada de sangre en las manos. Jeffrey Lionel Dahmer no saldría de aquella. Entró en coma y fue declarado clínicamente muerto a su llegada al hospital[26].

Christopher Scarver
Imagen de la ficha policial de Christopher Scarver, el esquizofrénico que terminó con la vida de Jeff Dahmer.

En mi opinión, ni Dahmer ni Scarver deberían haberse encontrado en una cárcel, pero sí deberían haber residido en una institución mental.

En realidad, el problema es que la gente como Dahmer representa un dilema para una sociedad que no ha evolucionado aún lo suficiente, y en la dirección apropiada, para tratar con ella. Focalizada en las nociones de lo correcto y lo erróneo todavía no ha empezado a comprender la compleja realidad que Dahmer representa. En la década de 1970, cuando pregunté al asesino en serie Edmund Kemper al respecto de si su personalidad y sus problemas estaban recogidos por el DSM-II, respondió que su problema no estaría identificado y recogido hasta que el DSM alcanzara la edición número sesenta o setenta[27].

Los parientes de sus víctimas consiguieron hacerse, tras un tortuoso procedimiento legal, con los utensilios que el asesino había empleado para trocearlas y desangrarlas, así como con el famoso refrigerador en el que había guardado las cabezas. La idea era subastar públicamente todo aquello con la finalidad de obtener un subsidio. Así se hizo y, aunque pueda resultar sorprendente, un grupo de ciudadanos de Milwaukee compró el lote completo con la intención de montar un “museo de los horrores” destinado a a toda clase de turistas y amantes de lo macabro. Afortunadamente, gracias a la sensata presión ejercida por la opinión pública, nadie se atrevió a llevar a cabo el proyecto y el patológico legado del Carnicero sería finalmente destruido.


[1] En Milwaukee, Wisconsin, el 21 de mayo de 1960.

[2] “Interview with a canibal: Jeffrey Dahmer”. En: Ressler, R. K.  y Shachtman, T. (1997). I Have Lived in the Monster. St. Martin’s Press. Algún periodista amigo del amarillismo manifestó que un vecino de Jeffrey podría haberle violado cuando contaba ocho años de edad, pero Dahmer siempre negó en redondo este extremo y, por otra parte, esta teoría nunca pudo demostrarse.

[3] La excusa habitual del pequeño Jeff durante estos días, a fin de justificar su extraña afición, solía ser que encontraba a los animales ya muertos durante sus paseos por el campo.

[4] Emulaba así la conducta de un conocido decorador de interiores de la zona, amigo de su madre y aquejado de Enfermedad de Parkinson. Durante algún tiempo sus compañeros le animaron a realizar esta jocosa imitación a la que Jeff se prestaba gustoso en la medida que le permitía destacar en algo, ser el centro de atención.

[5] Backderf, J. (2002). Introducción. My Friend Dahmer. Derfcity Comics. Trabajo nominado en 2003 para el prestigioso Premio Eisner.

[6] Ressler y Shachtman, Op. cit.

[7] John Backderf explica que Jeff solía comenzar el día bebiéndose un paquete de seis cervezas, de un trago cada una, en el aparcamiento del instituto. Sólo así se encontraba preparado para afrontar la interacción con sus compañeros.

[8] Lionel Dahmer volvió a casarse pocos meses después. Shari, la madrastra de Jeff, intercedió entre ambos -lo haría a menudo- y convenció a un Lionel que ya empezado a dejar a su hijo por imposible para que siguiera luchando a fin de sacarle del alcoholismo.

[9] Jeff aprovechó que se encontraba sólo en casa pues su padre, a causa de la separación, vivía entonces en un motel a unos diez kilómetros de allí. Su madre se encontraba de viaje en Chippewa Falls (Wisconsin).

[10] Ressler y Shachtman, Op. cit.

[11] No hay constancia, y la policía alemana realizó una profunda investigación al respecto, de que Dahmer asesinara a persona alguna en aquel país.

[12] Pese a todo, Jeff tuvo la sangre fría de regresar al hogar familiar en un momento en el que estaba completamente seguro de que no habría nadie para deshacerse de los restos que todavía conservaba allí –desde hacía más de dos años- del cadáver de Steven Hicks.

[13] Ressler y Shachtman, Op. cit.

[14] Dahmer confesó haber trabado contacto con Guerrero en un bar homosexual, tal y como hacía siempre, pero la familia del chico no aceptó esta versión alegando que el joven siempre había mostrado inclinaciones heterosexuales.

[15] En la Calle 24, Norte.

[16] Dahmer, L. (1994). A Father’s Story. William Morrow and Company.

[17] Informe policial del detective Patrick Kennedy. PK: hvs 07-23-91.

[18] Ressler y Shachtman, Op. Cit. Interesa destacar que otra de las películas favoritas de Dahmer, también hallada en su apartamento por los agentes que lo registraron, era Blade Runner. Esto nada tiene de particular pues, al fin y al cabo, se trata de la historia de un solitario cazador de hombres como él mismo y es lógico, por tanto, que Jeff se sintiera muy identificado con el papel que Harrison Ford interpretaba en la ficción.

[19] Alguien ha dicho erróneamente que Dahmer descuartizaba a sus víctimas con una sierra mecánica –e incluso que alguno de estos aparatos fue encontrado en su apartamento por la policía-. Es falso. Jeffrey utilizó siempre cuchillos de cocina y estiletes de diversos tamaños y filos. Una sierra mecánica habría hecho demasiado ruido y hubiera levantado inevitables sospechas en el vecindario. Otra leyenda muy difundida es la de que Dahmer se deshacía de buena parte de los cuerpos tirándolos simplemente a la basura, aseveración que también es falsa. El carnicero nunca corrió riesgos de esta clase y precisamente para evitarlos recurría al bidón de ácido.

[20] En cualquier caso, Jeff tenía la intención de seguir experimentando por esta vía, y lo hubiera hecho de no ser capturado por las autoridades.

[21] “Interview with a cannibal: Jeffrey Dahmer (Part. II)”. En: Ressler, R. K.  y Shachtman, T. Op. Cit.

[22] La casualidad resulta extraordinaria en la medida que Konerak era el hermano menor del chico que había llevado a Dahmer a la cárcel por agresión sexual.

[23] Luego se supo que Konerak había sido víctima de uno de los sofisticados procesos de zombificación ideados por Jeff Dahmer. Se había escapado entretanto su captor, tras haberle “operado”, tomaba una cerveza al otro lado de la calle. Los oficiales de policía no advirtieron nada y tampoco examinaron al chico en busca de posibles heridas.

[24] Schwartz, A. E. (1992). The Man Who Could Not Kill Enough: The Secret Murders of Milwaukee’s Jeffrey Dahmer. Kensington Publishing Corporation.

[25] Pese a que Dahmer explicó pormenorizadamente de qué manera había asesinado a Hicks y Toumi, no pudo ser juzgado por sus muertes ya que nunca se encontró rastro alguno de los cadáveres.

[26] El imaginario colectivo ha querido inventar infinitud de historias delirantes acerca del final del Dahmer. La verdad es que fue encontrado en estado crítico, como se ha apuntado, y falleció en la trasera de la ambulancia que le trasladaba al hospital. Según el testimonio de Scarver, el propio Jeff le incitó a que acabara con su vida.

[27] Ressler y Shachtman, Op. Cit.

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