La rueda de los expuestos

Asumo que el título de esta entrada sería perfecto para una novela, pero es que la historia que voy a relatar aquí, pese a su maravillosamente novelesca apariencia, es de esas narraciones de hechos reales que, más allá de poder convertirse en motivo para una excelente serie de suspense, superan cualquier posible ficción. Personalmente, he de reconocer que desconocía por completo este asunto pese a tratarse de una relación netamente ibérica, y llegó a mis oídos a través del trabajo de una de mis alumnas de Erasmus procedente de Portugal, Leticia Marqués Ribeiro, quien tuvo la idea de compartirla conmigo en el curso de nuestros contactos académicos a lo largo del presente curso 2019-2020. Por ello, reiterándole mi agradecimiento, le dedico esta entrada.


Los niños de la rueda

La rueda de los expuestos -o de los rechazados, como también llegó a ser conocida- fue una creación que se remonta en Portugal a 1498, perteneciendo a una organización benéfica de la Corona conocida como Casas das Rodas. Su finalidad, destinada al bien público, era que los recién nacidos abandonados o no deseados por sus padres fueran depositados en estos lugares. En el momento en el que el neonato era “expuesto” en la rueda se convertía en responsabilidad del Tesoro Real, cuya misión en este caso no era otra que entregarlos, previa solicitud, a una familia adoptiva que los alimentara, educara y preservara sus vidas, siempre dentro de unos mínimos cánones de respeto hacia el niño. Por lo demás, el mecanismo de la tal rueda no difería en exceso del que podría encontrarse en los pósitos conventuales: se trataba de un cilindro giratorio -o tambor- ubicado en la vía pública y encastrado en la pared de la Casa da Roda local. El mecanismo tenía dos puertas paralelas, una a cada lado, de manera que cuando el niño era depositado en la rueda sonaba una campana que avisaba en el interior de la casa de que la que el mecanismo había sido utilizado. Por lo demás, y por orden real, los niños sometidos a este proceso debían ser bautizados con sobrenombres como “de los Santos”, “de los Ángeles” o “de Jesús”[1]. Cabe significar que estas ruedas se originaron en Italia durante la Edad Media, si bien tiempo después, a lo largo del siglo XVI, comenzaron a extenderse por diferentes países de Europa, principalmente entre los del entorno católico.

roda dos expostos (caria Portugal)
Roda dos Expostos que aún se conserva en la localidad portuguesa de Caria [fuente: SAPO viagens].

La ventaja de este singular proceso, y de ahí su interés como beneficio público, era doble pues, por una parte, el niño no deseado era abandonado en un lugar aparentemente seguro y, además, tal abandono se realizaba de manera enteramente anónima. No en vano, este procedimiento sirvió para evitar progresivamente, en las localidades que se dispuso, el abandono de muchos niños que, previamente, terminaban de suerte inexorable en basureros y pozos. Es más, se prohibió expresamente a las autoridades locales que investigaran quién podría haber abandonado a sus hijos en la rueda a fin de incentivar el uso de las ruedas y así garantizar la supervivencia de los recién nacidos.

Luiza de Jesus

En abril de 1772, en la ciudad portuguesa de Coimbra, se cursó denuncia contra una mujer de 22 años llamada Luiza de Jesus Rodrigues, hija de un tal Manoel Rodrigues y nacida en la pedanía de Figueira de Lorvão. La acusación inicial era terrible, pues habría asesinado a niños expuestos en la rueda de la ciudad tras tomarlos bajo su custodia en nombre de otras personas a las que los críos estarían finalmente destinados. La cifra era espantosa pues se la acusaba nada menos que de la muerte de 33 de estos niños, si bien se supo que llegó a tomar hasta 34[2]. Cabe significar en este punto que en Coimbra la rueda se encontraba en los muros de la Casa Real de los Expuestos o Casa da Roda, construida en 1712, y era regentada por la Orden de la Misericordia. Se calcula que, anualmente, eran más de 200 los niños depositados en esta rueda y que, probablemente, más de la mitad de ellos moría en su interior antes de ser oficialmente recibidos en la medida que no reunía el pósito condiciones ambientales favorables para los neonatos.

Los hechos que ocasionaron la detención se remontaban al día 1 de abril de 1772. En tal fecha, Luiza se acercó a la institución para preguntar a las encargadas de la misma si podría hacerse cargo de al menos dos de los niños expuestos. Alegó que no eran ni para ella, ni para su familia, sino para terceros que no podían venir personalmente a recogerlos y que le habían pasado el encargo. Aseguró que en poco tiempo llegarían a su destino. No era un cometido inusual por lo que las mujeres a cargo del lugar accedieron y, además, entregaron a Luiza lo estipulado legalmente: una cantidad de 600 reales portugueses por cada niño y sendos paños de algodón para envolverlos. Sin embargo, al menos uno de los cadáveres de los recién nacidos, con claros signos de violencia, sería encontrado poco tiempo después.

No obstante, y hasta donde se sabe, la terrible historia bien pudo comenzar al menos dos años antes. El primer delito cometido por esta joven del que se tiene noticia más o menos cierta debió ocurrir en 1770, cuando contaba 20 años de edad, momento en el que, según los testimonios de varios testigos consultados por los investigadores comisionados, una comadrona entre ellos, Luiza pudo haber alumbrado un hijo en aquel momento. Este niño sería encontrado sin vida -se ignora si debida a causas naturales- por un granjero en las cercanías de la casa de la mujer, a las 3 de la madrugada, aunque el asunto no generó mayor revuelo. Debe tenerse presente en este punto que el cuidado de la infancia, e incluso el concepto mismo de “infancia”, son eventos muy tardíos en la cultura occidental. En aquellos tiempos la mortalidad infantil era enorme y la protección de los niños prácticamente inexistente, con lo cual el asunto de los críos no deseados que eran abandonados y/o muertos en campos, ríos, caminos, pozos y basureros se contemplaba entre la población con cierto fatalismo resignado -de ahí la implantación de la dichosa rueda de los expuestos-. Bastó en aquel momento que la mujer indicara que la criatura no era suya para que la investigación se cerrara. Así, una semana después de este acontecimiento, Luiza solicitó la adopción de un primer niño, el primero de otros muchos cuya adquisición justificaría, al comienzo, argumentando que quería convertirse en enfermera y, después, que eran peticiones de otras familias[3].

La investigación posterior estableció que Luiza de Jesús comenzó asfixiando a los niños, procediendo en los primeros asesinatos de manera organizada en la medida que trató de ocultar los cadáveres de suerte más o menos sistemática. Sin embargo, y ello ofrece pistas acerca de la posibilidad de alguna clase de patología mental subyacente a su terrible comportamiento, su conducta se tornaría pronto desorganizada y errática, dejando que los cuerpos de los niños se descompusieran en su propia casa, y llegando incluso a desmembrarlos sin ocultar algunos de los pedazos. Así pues, los funcionarios encargados de la investigación del caso encontraron en el hogar de la mujer diversos trozos de críos -incluidas cabezas- en diferentes fases de descomposición, cráneos, otros huesos de neonatos, así como un cuerpo completo en avanzado estado de descomposición y oculto bajo un montón de paja. Por todo ello, la mujer sería pronto conocida en Portugal con el apodo de Lucifera[4].

Negligencia

Lo que más sorprendió a los investigadores no solo fue lo enigmático del caso, pues había escasos argumentos para comprender las motivaciones personales de la asesina, sino también el hecho de que Luiza pudiera estar actuando impunemente durante tanto tiempo sin que nadie sospechara cosa alguna. De hecho, y como decimos, el horroroso asunto se destapó, como decimos, en abril de 1772 por causa de una extraña concatenación de azares. Resulta que cuando Luiza de Jesús se allegó a la rueda para solicitar las dos adopciones antedichas, fue atendida por una funcionara llamada Angélica María. Téngase en cuenta que el mecanismo de retirada de los niños estaba construido de tal modo que la persona solicitante, ubicada en el exterior, no podía ver a quien le entregaba el niño, pero desde el interior, por obvios motivos de seguridad, sí era posible ver al peticionario. Así pues, Angélica sabía exactamente a quién le hizo entrega de los recién nacidos, y por ello su horror fue absoluto cuando horas después, paseando por un olivar próximo a Monte Arroio, encontró el cadáver de uno de ellos, estrangulado, con el mismo paño de algodón con el que lo había entregado todavía anudado alrededor del cuello, de modo que cursó la pertinente denuncia. Luego se sabría que en este mismo paraje la asesina se habría desecho de al menos 15 cuerpos, de los que se encontraron únicamente las cabezas.

Quedó claro que se había producido un caso grave de negligencia, lo cual motivó que la persona encargada de la Casa da Roda y un empleado de la misma fueran detenidos. La pertinente investigación dejó claro que nunca se habían encargado de averiguar el auténtico paradero de ninguno de los niños que entregaban -de hecho, ni tan siquiera existía un registro exhaustivo-, incluyendo los que se llevó Luiza de Jesús, quien además se había embolsado paralelamente la nada desdeñable suma de 20.000 reales a lo largo de todo aquel tiempo. De hecho, se supo que algunas las familias mencionadas por Luiza jamás recibieron niño alguno, y que otras simplemente no existían, siendo mera invención de la mujer para poder acceder a ellos. Pese a todo, tiempo después, ambos serían liberados en el entendido de que lo que había fallado no eran los encargados del sistema, sino todo el procedimiento en sí, escasamente regulado y carente de supervisión alguna al ponerse todo el proceso en manos de la simple y llana buena fe de las familias adoptivas[5].

Sentencia

Luiza no admitió todos los crímenes en primera instancia, sino únicamente los de sus dos últimas víctimas, pero iría incrementando la cantidad de asesinatos en sucesivas declaraciones y a medida que las evidencias en su contra se fueron acumulando. Una vez esclarecidos los hechos, no obstante, sucedió que la edad de Luiza de Jesús Rodrigues se convertiría en un problema para el tribunal de la Cámara de Súplica que habría de juzgarla. En aquel momento la mayoría de edad legal para una mujer en el Reino de Portugal se estipulaba en los 25 años, y ocurría que la inculpada había comenzado su carrera criminal con 20 y contaría con 23 en el momento de ser sentenciada. Pese a todo, sus horribles actos motivaron al tribunal a obviar su condición legal. Se consideró, en consecuencia, que la ambición y ferocidad con la que se había conducido de suerte prolongada la hacían acreedora de una sentencia ejemplarizante. Máxime si se tiene en cuenta que al no poder explicarse sus delitos de un modo racional –la psiquiatría y la psicología forenses eran una quimera en aquella época-, el tribunal consideró que, sin duda alguna, debía estar poseída por el demonio, pues nunca se había conocido en la historia judicial portuguesa una carrera criminal semejante[6].

sentencia-luiza-de-jesus

Con tales antecedentes se esperaba poca benevolencia y, de hecho, apenas pasados tres meses de su arresto, los jueces determinaron que con fecha de 1 de julio de 1772, Luiza debería desfilar por las calles sometida al castigo infamante de “latigazo” y “piso comercial”[7]. Ya en el patíbulo, y públicamente por supuesto, sería atenaceada con unas pinzas al rojo vivo. Posteriormente, el verdugo habría de cortarle las manos y aplicarle el torniquete antes de crucificarla. Acto seguido, su cuerpo sería quemado con la finalidad de que resultara imposible realizar acto religioso alguno o concederle una sepultura digna, a fin de que su memoria se olvidara. La asesina, por cierto, también hubo de pagar 50.000 reales para sufragar las costas del juicio. En definitiva, la sentencia de Luiza de Jesús tiene el dudoso privilegio ser la más dura jamás aplicada a una mujer en la historia de Portugal y, por cierto, también fue la última vez que se condenó a muerte a una mujer en aquel país. Paradójicamente, y advirtiendo su nulo valor pedagógico –más bien al contrario-, el país luso se convertiría en uno de los primeros del mundo en renunciar a las ejecuciones públicas y, posteriormente, en el primero en el continente europeo en derogar la pena de muerte[8].

Mucho se ha especulado a lo largo de los años acerca de las motivaciones criminales de Luiza de Jesús Rodrigues, pero lo cierto es que los argumentarios fluctúan. Hay quien sostiene que fue la pérdida accidental de su primer hijo y el abandono del marido lo que le hizo perder la cabeza. Otros argumentan que, tal vez, el recurso a los niños de la rueda no fue otra cosa que el horrendo camino que una mujer sola y desvalida en un entorno hostil encontró para ganarse la vida con cierta facilidad. Sea como fuere, la brutalidad de sus crímenes, y la peculiaridad de sus víctimas, terminaron por convertirla en la primera gran asesina de la historia portuguesa.


[1] Dias, J (2019). Psicopatas Portugueses 13 Histórias reais de morte, perversão e horror (3º edicion). Alfragide: Leya. Véase también: Leandro, J. (2008). Os Expostos da Povoa de Varzim, pp 13-26. Dissertacion en Master Historia regional y local. Universidad de Lisboa. [Retrieved from: https://repositorio.ul.pt/handle/10451/1729].

[2] Braga, M. & Torremocha, M. (2015). As mulheres perante os Tribunais do antigo regime na Península Ibérica. Coimbra (Portugal): Coimbra University Press.

[3] Días, J., 2019, op. cit. Hay aquí otro misterio relacionado con la historia que nunca quedó aclarado pues el marido de Luiza, un tal Manoel, desapareció sin dejar rastro a poco del nacimiento del hijo de ambos. Las hipótesis aquí son para todos los gustos: desde la que afirma que bien pudo ser el asesino de su propio hijo, desencadenando así la traumática locura homicida de su mujer, a la que sostiene que incluso pudo haber sido asesinado por ella. Pasando por otras: pudo marcharse al advertir las prácticas homicidas de su esposa o, simplemente, pudo desentenderse de ella tras la muerte -voluntaria o accidental- de su hijo común, lo cual explicaría también, por la vía de la venganza, el ansia criminal de Luiza.

[4] Días, J., 2019, op. cit.

[5] Días, J., 2019, op. cit.

[6] Días, J., 2019, op. cit.

[7] Es decir, tendría que procesionar por las calles de la ciudad hasta el cadalso con una soga alrededor del cuello. Entretanto, un funcionario informaría en voz alta a los viandantes acerca de sus crímenes, así como sobre la sentencia emitida por el tribunal.

[8] Portugal abolió la pena de muerte por “delitos políticos” en 1852, durante el reinado de María II y por la vía de una modificación de la Constitución. Por “delitos civiles” se derogó en 1867, estando en el trono el rey Luis. La pena capital se mantendría en el Código de Justicia Militar hasta 1911. Su total abolición quedó recogida en la nueva Constitución de la Primera República portuguesa. Durante la Primera Guerra Mundial, en 1916, se restableció para “delitos de traición”, pudiendo únicamente aplicarse en escenarios de guerra. Terminada la contienda, quedó completamente abolida en 1976 bajo el nuevo régimen democrático. Desde 1834 no hay constancia de la aplicación de la pena de muerte por “delitos políticos” en Portugal, sucediendo la última ejecución documentada en suelo portugués por un “delito civil” en 1846 [información recogida de Patrimonio Unión Europea]. Teniendo en cuenta que Portugal es uno de los países más tranquilos y con menor tasa de criminalidad del mundo, queda claro que el recurso a la pena de muerte tiene escasa o nula influencia en el descenso de la criminalidad, ya como medida ejemplarizante, ya como acto preventivo.

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