El libro de instrucciones

obligatorio leer el manual de instrucciones

Nunca me he cansado de advertirlo y de explicarlo: no lo sabemos todo. De hecho, ni tan siquiera sabemos el 10% de lo que deberíamos saber y, posiblemente, nunca pasaremos de ahí en la medida que todo cuanto se puede conocer lleva a otra cuestión ulterior, enteramente nueva, que debe responderse otra vez, desde cero. Si el mundo fuese mecánico y toda respuesta pudiera argumentarse en clave matemática (cosa aún por demostrar) ya habríamos resuelto el enigma último de todo este tinglado hace mucho. El hecho de que las preguntas realmente importantes aún resistan incólumes solo nos informa de una cosa: algún factor se nos escapa, escurridizo, de la ecuación.

Esta idea ridícula, como solo puede serlo cualquier argumento en clave presentista, de que los seres humanos del pasado eran “idiotas” porque sabían menos que nosotros solo sirve para un cosa: convertirnos en los idiotas del futuro, cuando otros encaramados sobre torres más altas miren hacia atrás y se tronchen a costa de nuestras tonterías… “¡Vaya panda de tarugos aquellos tipos del siglo XXI!”. Con la misma soberbia que nosotros nos mondamos con las “tonterías” de aquellos “necios” del 1900, del 1800, del 1700… Falta perspectiva histórica, en efecto. Pero también hay una carencia superlativa de humildad que nos lleva a confundir, época tras época, el saber con el poder y nos induce a la prepotencia sin solución de continuidad.

Mis alumnos no me creen cuando les digo estas cosas porque es un hecho que toda generación incurre en este mismo error. Idéntico. Cuesta entender que hubo un tiempo en el que todo el mundo “sabía” que la Tierra era el centro del Universo, porque todo tiempo tiene su Titanic y, vaya por Dios, resulta que siempre es “insumergible”. Así argumentaba Hegel a sus discípulos cuando estos le interpelaban acerca de lo impreciso de sus predicciones históricas: cualquier estúpido es capaz de comprender lo que ya ha pasado, pues lo verdaderamente difícil es anticipar lo que va a pasar. Eso que técnicamente se conoce como generar un heurísitico predictivo. No obstante, del mismo modo que los discípulos de Hegel eran incapaces de asumir este hecho obvio, seguimos absortos en la inopia del a posteriori. Cualquier necio es capaz de analizar lo que ha ocurrido, lo que ocurre, y extraer consecuencias ejemplarizantes y magníficas del tipo “esto se veía venir” (el mundillo de los tertulianos y los listos de salón es proceloso, grande y profundamente ególatra). Es sorprendente la facilidad con la que todo el mundo saca el libro de instrucciones acerca de cualquier acontecimiento cuando ya ha ocurrido, y uno no puede dejar de preguntarse porque (malvados) nos lo escondieron a los demás antes de que ocurriera.

La pandemia del coronavirus es un perfecto ejemplo de este galimatias perverso del que venimos hablando (declarada por la OMS, al dato, en fecha tan reciente como el 11 de marzo, a pesar de que los del maldito libro ya supieran qué hacer con el tema desde “hace semanas”). Una evidencia palmaria (la enésima) de que si algo exterminará a la especie humana, hecho que inevitablemente ocurrirá en algún momento, será su propia arrogancia aunada a ese deseo implícito, malévolo, y por lo demás profundamente adaptativo (qué se le va a hacer), de sacar ventaja de cualquier situación por mala que ésta sea. Esa maldita tentación de creer que ya se sabe todo y que, si no sabe, se sabrá, pero de momento aprovecha la ocasión que anida en la incertidumbre.

Al fin y al cabo somos los descendientes de Prometeo, los portadores de la antorcha. El problema reside en ignorar el fin (la finalidad) del mito: no existe luz sin oscuridad, ni conocimiento que carezca de un precio. Ocurre, a causa de este olvido que suele inducirnos cíclicamente al desastre, que nos vemos sumidos en una búsqueda permanente de culpables que justifiquen nuestros delirios de grandeza, minimicen nuestras confusiones, alivien nuestras miserias o, cuando menos, nos permitan sacar partido de lo que pasa: si algo ha ido mal es porque alguien se ha confundido. El problema reside en determinar los criterios para decidir quién se confundió, cuándo, dónde y cómo, porque nadie sabía que se estaba equivocando cuando se equivocaba… Hecho elemental que conoce cualquiera porque todos nos hemos equivocado en alguna ocasión. Excepto los sabios diletantes que nos escondieron el libro de instrucciones y que ahora lo pasean por canales de Youtube, comentarios de Twitter, foros de Instagram y ruedas de prensa. Esos lo sabían todo. Esos no se equivocaban en nada. Esos entendían perfectamente las medidas que habían de tomarse antes de que todo esto sucediera. Esos se sienten legitimados para buscar culpables. Esos que al final, y es lo que me temo, solo buscan sacar tajada de la desgracia (otro ejercicio en el que la Humanidad entera, dentro de su juego de costes y beneficios, parece haberse especializado).

Ya sobrevuelan nuestras cabezas cual buitres en espera de que la carroña esté en su punto. Y sin embargo, entretanto observo su circunvolucionar de alas tensas sobre mi cabeza, no puedo dejar de pregúntarmelo una y otra vez: si ya tenían el libro de instrucciones, ¿por qué no lo compartieron? ¿Acaso mienten cuando nos cuentan que lo tenían? Mucho me temo que cualquier respuesta a ambas cuestiones solo tiene una solución ética honrosa: cállate y, si no estás dispuesto a ayudar, al menos no molestes.

Aquí. Resistiendo.

 

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