Construir un caso (o el problema de los “juicios paralelos”)

Alguna vez he comentado que las razones por las que un crimen, delito, suicidio concreto se convierte en un suceso “mediático” frente al resto de acontecimientos similares que pasan completamente desapercibidos es, a menudo, un “completo misterio”. Es una afirmación lapidaria, por supuesto, pero como sucede con toda afirmación de estas características en relación a los acontecimientos humanos, precisa de matices en la medida que suscita preguntas: ¿Qué tienen de especial estos casos “famosos”? ¿Por qué un crimen vulgar y corriente, de aquellos que las Autoridades afrontan muy a menudo, se convierte en fenómeno de masas?

A mi parecer, estas cuestiones se relacionan con otras como, por ejemplo, ¿Qué convierte a un sujeto sobre el que no hay más que pruebas circunstanciales en “sospechoso” de un crimen? ¿Cuál es la conducta que la opinión pública espera de un culpable? ¿Qué tiene determinada víctima para convertirse en objetivo apetecible por parte de los medios? ¿Por qué ciertas víctimas son más “agradables”, “simpáticas” o “irreprochables” a ojos del cuerpo social? ¿Qué circunstancias rodean al caso para incentivar ese interés? Esto es así porque todas las cuestiones enunciadas conforman, de presentarse en cierta manera, un circuito de retroalimentación infernal: del mismo modo que ocasionalmente los medios de comunicación y la opinión pública “demandan” un cierto tipo de caso, las Autoridades pueden concederlo inadvertidamente para aliviar la presión, convirtiéndose así en cómplices involuntarios del fenómeno.

Dolores Vázquez
Dolores Vázquez, jugada por el asesinato de Rocío Wanninkhof, fue encontrada culpable por un tribunal popular en el que ha sido uno de los casos más sangrantes de juicio paralelo y circo mediático de la España reciente. El clamor popular en su contra, una vez convertida en la “mala” de la película, fue una completa vergüenza a pesar de que todas las “pruebas” que había en su contra eran inconcretas y circunstanciales. Finalmente hubo de ser exonerada por la misma justicia que la condenó. El auténtico culpable del crimen era otro vecino de la localidad: el súbdito británico Tony Alexander King. No obstante, ella, para dejar de ser perseguida por la depredación mediática y las interminables suspicacias vecinales, tuvo que irse de España.

Pueblo pequeño, infierno grande

Por lo común, cuando un crimen o desaparición se producen en el seno de una comunidad pequeña y bien vinculada (una urbanización, un pueblo, un barrio con fuertes estructuras sociales de apoyo) ocurre que el vecindario se vuelca y moviliza de suerte masiva, hecho que tiende a suscitar por sí mismo el interés de los medios de comunicación. Y de ahí al “interés general”, una vez el caso comienza a publicitarse, solo hay un paso. Sin embargo, cuando se da ese paso, automáticamente todo se complica, especialmente para las Autoridades, que de súbito se ven en el ojo del huracán, lo cual pone en marcha toda la compleja y retorcida maquinaria de presiones políticas y judiciales que cabe esperar. Y el último escalón de esas presiones son los agentes encargados de la investigación que, de pronto, se encuentran ante la necesidad urgente de resolver el asunto: alguien tiene que “cargar con la culpa”.

Pero la búsqueda de ayuda pública, así como la obsesión por la “eficacia”, pueden ser un arma de doble filo que conviene administrar con cuidado.

Lo malo de este proceso es que, ocasionalmente, resta objetividad a los investigadores. De hecho, tras la inmensa mayoría de los errores policiales y judiciales existe ese conglomerado perverso de presiones, confusiones y subjetividades que lo confunden todo. Entretanto el precepto fundamental de la investigación en cualquier campo ha de ser que los datos disponibles deben siempre y en todo caso corroborar, o bien modificar, sin lugar a la duda la hipótesis de partida, cuando las Autoridades no pueden trabajar en condiciones normales, tiende a suceder justamente lo contrario: se busca corroborar la hipótesis original a todo trance obviando, o simplemente ignorando, aquellas evidencias que podrían contrariarla o modificarla. Es decir, en lugar de permitir que los hechos construyan el caso, es el caso quien adquiere vida propia y guía la interpretación y valoración de los hechos. Se deduce, pero no se induce. Y cuando se induce, se ignora o reevalúa desde la teoría todo aquello que no cabe en la propia teoría, conformándose así ese esquema confabulatorio de manual que tan bien conocen los conspiracionistas.

Se olvidan así, en un afán por satisfacer la demanda social y la presión mediática intensa, las más razonables salvaguardas policiales y jurídicas. Un amigo, abogado penalista de larga trayectoria, me cuenta a este respecto que lo peor que a un sospechoso sobre el que no existen más que pruebas de convicción –que no prueban nada- le puede pasar es que la policía se obsesione con su culpabilidad… y que alguien cometa el error de filtrarlo a los medios de comunicación.

Filtración va, chivatazo viene

Esta clase de filtraciones en casos mediáticos, enquistados, que no se resuelven, perjudican de manera radical el principio elemental de la presunción de inocencia. Ocurre que la defensa, o el mismo sospechoso, se ven abocados a una situación reactiva en la que siempre van “por detrás” del caso, a remolque de lo que se dice, se piensa o se comenta en los mentideros de lo público. Las filtraciones –a menudo interesadas- obligan al sospechoso a tener que estar siempre defendiéndose, desmintiendo, corrigiendo, lo cual impide que la defensa pueda elaborar una estrategia coherente en la medida que siempre hay una filtración, un dato nuevo, un detalle, del que hay que protegerse o ante el que se debe reaccionar. Y ello incrementa en la opinión pública la impresión de que el sospechoso es culpable en la medida que, recordando la sentencia totalitaria, “si fuera inocente, no tendría nada que temer”. Tal vez habría que responder a quien así argumenta que, precisamente porque no soy culpable, te temo.

Colateralmente, aparecen las “noticias falsas”. Informaciones de procedencia indefinida que inventan detalles del caso que contribuyen a su construcción simbólica social. Por lo común la opinión pública, que tras la primera ola de informaciones más o menos fidedignas ya ha comenzado a decantarse en uno u otro sentido –generalmente hacia la culpa del sospechoso en una mecánica de “chivo expiatorio”-, tiende a creer, y que son necesariamente imposibles de desmentir. Justamente, este es el peor problema inherente a conducir una investigación policial o judicial “con luz y taquígrafos”, que alimenta la maquinaria de las especulaciones y las falsedades al punto de que el asunto se transforma en un laberinto mediático en el que ya todo empieza a valer.

La manera que la judicatura o la policía encuentran, por lo común, de anticiparse a los rumores y noticias falsas cuando se ha llegado a este punto es redoblar los esfuerzos en la investigación del sospechoso mediático, en un afán de incrementar la “objetividad” de sus puntos de vista. Y llegados a este punto, el caso ya se construye solo en una dinámica perversa e imparable. Todo aquello que contraríe la versión oficial empieza a desecharse como mera “pista falsa”, “argucia de la defensa” y “truco de abogados”. Tanto las Autoridades como los medios y la opinión pública ya han elaborado el caso, han decidido lo que pasó realmente, y automáticamente pasan a un segundo o tercer orden todas las cuestiones, testigos o evidencias que contradicen la versión oficial. El efecto perverso de este proceso es que, cuando se produce, ya resulta imposible asumir errores o dar marcha atrás, pues el miedo a una reacción airada de la opinión pública se torna real.

Matrimonio Ramsey
Patsy y John Ramsey, padres de la niña asesinada JonBenet Ramsey, un caso que levantó una profunda indignación y seguimiento en la sociedad estadounidense. Una pésima investigación policial y unos medios de comunicación extremadamente depredadores los convirtieron, sin prueba alguna, en asesinos de su propia hija. Tuvieron que aguantar toda clase de humillaciones públicas, así como la difusión en horario de máxima audiencia de sus intimidades familiares, durante décadas. Lucharon contra la malévola acusación durante años hasta que finalmente fueron exonerados por las Autoridades (que no por muchos medios que aún sostienen, empecinados en el error, acríticamente, su culpabilidad). El auténtico asesino, cuyo ADN se encontró en el cuerpo de la víctima pese a que la policía desestimó de manera inexplicable esta evidencia capital, nunca ha sido capturado.

Culpable de todo

No nos engañemos. Para la inmensa mayoría de los ciudadanos (periodistas incluidos) existe un hecho incontrovertible: si la policía o la justicia creen que eres culpable de algo, lo eres. “Tienes” que serlo. Y ahora el papel de los medios de comunicación es consolidar esa culpabilidad. Todo se reduce, una vez el caso se ha construido de este modo, a buscar una “prueba definitiva” que corrobore esa culpabilidad permitiendo salir del ámbito de la circunstancialidad y haciendo que todo termine como debe. El malévolo circo mediático se ha constituido: cualquier cosa sobre el sospechoso que se filtre a los medios será jugosa e interesante… Desde cómo se sienta, se viste o se rasca la nariz, hasta la vez que fue expulsado de clase durante el bachillerato o el mes que se dejó la factura del teléfono sin pagar: detalles banales, vulgares, que nada tienen que ver con el caso, pero que ayudan a vender la idea del “malvado sin entrañas”, del “psicópata”, de una personalidad “oscura y pervertida”.

Pretendidos expertos analizarán su comunicación no verbal, sus actitudes, su pasado, su vida privada, y todo ello se estudia minuciosamente, con lupa, a la par que se interpreta de manera maliciosa y perversa… Para el sospechoso escapar a esta vorágine de la culpabilidad consumada en los medios –que no en los tribunales- es literalmente imposible, pues nada de lo que haga o diga le ayudará. Antes al contrario, cualquier acción pretendidamente positiva será interpretada como corroboración de su malignidad y monstruosidad. Incluso el silencio.

Así lo vivió en sus propias carnes, en 2009, Diego P. V., un tinerfeño de 24 años que a causa de una serie de errores encadenados de médicos, policías y periodistas se convirtió de la noche a la mañana en el asesino de la hija de su novia. Llevó a la cría al ambulatorio pues tenía dolores de cabeza porque se había caído en un tobogán. Tenía algunos hematomas y arañazos que se realizó en el curso de la caída. Desgraciadamente, murió. Y en apenas cuestión de horas, tras un tremendo error diagnóstico que puso en marcha los protocolos de servicios sociales y alertó a las Autoridades, Diego se convirtió para la prensa -a portada completa- en el hombre que miraba “como un asesino”. Casi nada. Luego, descubierto el error y como suele ocurrir en muchos de estos casos de sensacionalismo desatado e irracional, se habló durante cinco minutos de autorregulación de los medios de comunicación a fin de evitar tan graves excesos. Después nada. Como de costumbre[1].

El caso está listo. Todos a la mesa. Y nadie aprende nada.

Eva Blanco
La violación y posterior asesinato de la jovencísima Eva Blanco en la localidad madrileña de Algete conmocionó a la opinión pública española e hizo correr ríos de tinta. Nadie comprendía por qué la justicia -que en esta ocasión no cedió a las presiones- ignoraba el clamor popular que pedía que todos los hombres del pueblo, sospechosos porque sí, se hicieran una prueba de ADN para ser descartados, aun cuando ello contravenía los más elementales derechos constitucionales. Afamados periodistas se sumaron a esta pretensión de la familia tratando de influir en un sistema que es como es por un buen puñado de razones… Finalmente, se demostró que la justicia tenía razón: el criminal no residía en Algete, pues se trataba de Ahmed Chelh Gerj, un ciudadano de origen marroquí que cometió el crimen cuando pasaba por allí y que sería arrestado en Francia 18 años después. Ninguno de los periodistas que habían apoyado con luz y taquígrafos el despropósito rectificó públicamente.

[1] Pardellas, J.M. & Gómez, R.G. (2009). Nada puede reparar al falso culpable. El País [En: https://elpais.com/diario/2009/12/01/sociedad/1259622001_850215.html, recogido en septiembre de 2018].

Conviene leer:

  1. Encarcelados por delitos que no cometieron.
  2. Graves errores judiciales en Estados Unidos.
  3. Injusticias de la justicia.
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El crimen más antiguo

Que matarnos unos a otros, tal y como sucede entre el resto de las especies animales, es también condición humana es algo que ya solo discuten los indocumentados. Poco importan los laberínticos motivos que el criminal encuentra para el asesinato en la medida que hay tantas motivaciones como personas, y tantas razones como cabezas. No es solo que la historia de la humanidad sea, entre otras cosas, un buen catálogo de barbaries, crímenes y brutalidades. Es que la prehistoria, aquellos tiempos supuestamente idílicos en que camparon por sus respetos esos “buenos salvajes” roussonianos que nunca han existido, también es testimonio del crimen. Quizá no andaba tan desencaminado el desconocido autor del Génesis bíblico cuando convirtió el fratricidio en el segundo momento estelar de los orígenes… Y la historia del desventurado Ötzi es testimonio directo de este asunto.

Una momia congelada

Eso es lo que vieron en un primer momento los alpinistas alemanes Helmut y Erika Simon cuando deambulaban por la vertiente italiana de los Alpes de Ötztal –de ahí lo de “Ötzi”-, en las cercanías de la localidad de Hauslabjoch, pero ellos no lo sabían aún. De hecho, en la distancia, pensaron que se trataba del cuerpo sin vida de otro alpinista atrapado en el hielo. Una visión que entre los montañeros experimentados no resulta inusual. No obstante, al acercarse descubrieron que aquello era otra cosa mucho más vieja. De hecho, y tampoco lo sabían, se trataba de la momia natural más antigua jamás encontrada por persona alguna hasta el presente. Corría septiembre de 1991 y el verano había sido especialmente seco y caluroso, lo cual provocó un fuerte retroceso en las sempiternas masas de hielo de los glaciares de la zona, motivando que el cuerpo quedara expuesto por primera vez en miles de años.

Mapa 1

Mapa 2
El paraje en el que se encontró a Ötzi y su lugar en los mapas.

Informadas las Autoridades del hallazgo los primeros en presentarse allá, por si acaso y con notable rigor teutónico, fueron los austriacos. Hay que tener en cuenta que en aquel momento no estaba muy claro si la momia se encontraba en el lado austriaco de la frontera o en el italiano y, ante la duda, el que lo recoge y lo tiene en su poder, pues lo tiene y ya veremos. Lo cierto es que, una vez retirados el cuerpo así como los muchos enseres que portaba consigo y que se encontraban desperdigados a su alrededor, el hallazgo terminó en Innsbrück. Esto, por supuesto, motivaría un desencuentro entre Italia y Austria que resolvería, a posteriori, una estricta revisión de los límites fronterizos: según determinaba el acuerdo de St. Germain-En Laye de 1919, la momia había sido encontrada 93 metros en el interior del territorio italiano por lo que el descubrimiento pertenecía al Estado Transalpino. Sin embargo, y dadas las dificultosas circunstancias que exigía su conservación y que desaconsejaban un traslado en aquel momento, Italia convino en que permaneciera en la Universidad de Innsbrück para su estudio. Y allí estuvo en torno a siete años.

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El hallazgo in situ.

De la arqueología a la criminología

El bueno del rebautizado como Ötzi[1], cuyo aspecto “planchado” se debe al enorme peso de la cantidad de hielo bajo la que quedó enterrado, fue sometido a toda suerte de técnicas para su estudio. Y el primer dato sorprendente fue, como decimos, el de su antigüedad. Se había especulado con que podría tratarse del cuerpo de alguien del Medievo, pero la realidad era otra pues Ötzi habría muerto en torno al año 3300 a. C., en plena Edad del Cobre –o calcolítico- europea. Y lo más inquietante: había sido asesinado. Esto no solo hizo mucho más interesante y popular –si cabe- el hallazgo, sino que también convirtió lo que hasta entonces había sido una exploración netamente arqueológica en un estudio forense.

Nuestra pobre víctima debió medir en torno a 1,60 metros y, si bien cuando fue encontrado pesaba solo 38 kilos, en vida pesaría alrededor de los 50 y, para más señas, calzaba una talla 38. Su grupo sanguíneo era O+ y tenía los ojos marrones, tal y como se deduce el análisis de su ADN, siendo, además, proclive a las dolencias cardiovasculares. Más interesante es el dato de que era un hombre realmente mayor para su época. Un anciano de hecho, pues tenía nada menos que 46 años en el momento de su muerte y estaba aquejado, por tanto, de una buena cantidad de dolencias. Ninguna letal a corto plazo, pero todas ellas sin lugar a dudas fastidiosas y limitantes: artritis, caries, parásitos intestinales y enfermedad de Lyme[2]. Vamos, que el pobre y viejecito Ötzi había visto sin duda alguna días mejores. Se encontraron a lo largo de su anatomía, por cierto, 61 tatuajes a los que se atribuye una inspiración médico-curativa, pues la mayor parte de ellos se hubieron depositado en aquellos lugares de su cuerpo especialmente afectados por la artritis.

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Otra perspectiva del lugar en el que se encontró la momia.

En cuanto a su equipo, resultó ser de lo más completo y elaborado: capa, chaleco, zapatos de cuero entretejido ideal para caminar por la nieve, y seguramente alguna clase de raquetas para no hundirse. Asimismo, portaba consigo un hacha de cobre y pedernal, un cuchillo de pedernal con mango de madera, un carcaj repleto de flechas con vástago de viburno –el de mejor calidad-, puntas de pedernal y un arco inacabado –o en reparación- más alto que él mismo. También hongos para yesca y otros con fines medicinales.

En los restos de ropa que había sobre la propia momia, fusionados con su cuerpo, se hallaron trazas de polen de un árbol autóctono conocido como carpe negro. Dado que este árbol florece en los Alpes entre marzo y junio, quedó claro que Ötzi hubo de encontrarse con la muerte durante la primavera o en los primeros días del verano, cuando los pasos aún eran transitables, lo cual explica que falleciera a tal altitud. Por otra parte, los restos encontrados en su aparato digestivo indicaron que había comido carne de ciervo o gamuza y algún tipo de pan unas ocho horas antes de morir.

Sobre la causa inmediata de la muerte, era obvio que Ötzi tenía una herida bastante profunda, pero no del momento en que murió, en la mano derecha y que él mismo había intentado curar con musgo por lo que, dadas las circunstancias, la hemos de suponer defensiva. También tenía cortes en el pecho -tampoco mortales- y algunas contusiones. Tomados en conjunto los datos nos cuentan un historia: previamente a su muerte definitiva el hombre había tomado parte en una pelea bastante intensa de la que, por razones que desconocemos y que seguramente se relacionen con su propio valor, salió airoso, pues los vestigios del combate eran muchos en la medida que había restos de sangre de otra persona en su capa y de otra más en su cuchillo. También dos tipos de sangre diferentes en una de las flechas de su carcaj.

Sea como fuere, un TAC realizado con posterioridad reveló la auténtica causa del fallecimiento de Ötzi: una punta de flecha se encontraba alojada en su pulmón izquierdo, lo cual le debió provocar un deceso lento, angustioso y bastante doloroso, ya por asfixia, ya por desangramiento, o ambas cosas al mismo tiempo. Dado que el vástago de la flecha no estaba ni se encontró en las inmediaciones, parece obvio que quien se la disparó intentó recuperarla después al tratarse en aquel momento de un material manufacturado sumamente valioso. Un hecho corroborado por la extraña posición de su brazo izquierdo, que indica claramente alguien le dio la vuelta cuando se encontraba en el suelo, dejándolo en esa extraña postura en la finalmente murió.

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Ötzi, su aspecto “planchado” y su brazo antinatural. Así lo giraron, así se quedó, y así fue aplastado por el glaciar.

Reconstrucción

Las circunstancias del singular hallazgo muestran que Ötzi huía de alguien, con quien había mantenido un altercado previo, tal y como indican la dispersión de sus enseres –de los que posiblemente se fue librando a la carrera- y el flechazo recibido por la espalda. El enfrentamiento pudo comenzar con un mal intercambio, el rechazo de aldeanos demasiado territoriales o alguna otra clase de enfrentamiento personal motivado por alguna rencilla, tal y como denotan los signos de pelea previos al momento de su muerte. Sea como fuere, parece claro que, pese a su avanzada edad y sus dolencias físicas, Ötzi estaba todavía en forma, vendió muy cara su piel, y se llevó a unos cuantos de sus enemigos por delante antes de ser finalmente abatido.

Es posible que fuera acompañado de alguien más, aunque no cabe asegurarlo, que bien pudo morir en su compañía sin quedar expuesto a las condiciones especiales que permitieron su preservación, o que simplemente logró huir. Dado que las partidas expedicionarias de caza muy raramente se realizaban en solitario, es posible que Ötzi, simplemente, se apartara por alguna razón –quizá una tormenta- del grupo con el que iba. El hecho de que le arrancaran la flecha de la espalda puede indicar que un compañero trató de hacerlo, o bien que lo hizo la persona que pudo abatirlo. Tampoco es probable que en aquel momento la partida estuviera cazando de suerte específica, pues esta actividad no podía realizarse a tal altitud. Tal vez huían… O tal vez el conflicto surgió dentro de la propia partida y fue asesinado por sus propios compañeros.

En todo caso, sus ejecutores lo abandonaron aún con vida en el glaciar en el que falleció y en el que posteriormente se congeló. Que todas sus pertenencias permanecieran allí nos explica que no trataban de robarle y que la razón del enfrentamiento fue, en efecto, de otra naturaleza. En tal sentido, muchas han sido las especulaciones que se han vertido acerca de las motivaciones que pudieron obrar como detonante e incluso se ha hablado de alguna clase de sacrifico ritual, pero lo cierto y verdad, es que no podemos conocer con exactitud las razones del conflicto… El problema de la investigación arqueológica, especialmente cuando se centra en etapas tan antiguas, es que nos ofrece información muy detallada acerca de las condiciones en las que vivían -y morían- los seres humanos, pero no nos dice una palabra acerca de su psicología y todo ha de ser deducido sin  ulterior posibilidad de contrastación empírica.

Quién sabe. Tal vez su hermano se llamara Caín.

Ötzi, el papá famoso

Actualmente, el cuerpo de Ötzi se conserva en condiciones muy especiales, dentro de una cámara frigorífica que permite su exposición evitando el deterioro por desecación de la momia, en el museo arqueológico de Tirol del Sur, ubicado en la localidad italiana de Bolzano. Y es todo un personaje que recibe infinidad de visitas y despierta sumo interés. Tanto es así que muchos austriacos, suizos e italianos han aportado su ADN para que sea comparado con el de nuestra víctima. Hasta la fecha, se ha encontrado a 19 personas genéticamente relacionadas con él, y no se descarta hallar más en el futuro.

A lo mejor, por cierto, murió a manos de uno de tus ancestros. Vigila tus genes no vaya a ser que…


[1] Tiene otros apelativos menos familiares, como Hombre de Similaun u Hombre de Hauslabjoch, pero la verdad es que resultan bastante más aburridos y desconocidos… De hecho, poca gente sabe con exactitud qué es un australopithecus afarensis, pero raro es quien no conoce a Lucy.

[2] También conocida como borreliosis de Lyme, se trata de una enfermedad infecciosa causada por distintas especies de espiroquetas del género Borrelia. Se transmite al ser humano por distintas especies de garrapatas siendo, por consiguiente, una zoonosis en la medida que pasa de forma natural al ser humano desde los animales que actúan como reservorio de la espiroqueta, principalmente roedores salvajes y cérvidos. Puede afectar a la piel, el sistema nervioso, el sistema músculo esquelético y el corazón.

El mito de la “americanización”

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Uno de los grandes mitos de la cultura occidental es de la “americanización” del mundo. Con ello nos referimos al hecho de que la cultura popular estadounidense, al parecer, estaría colonizando todas y cada una de las culturas locales a fin de imponer un estilo de vida único, “a la americana”, inmutable y global por la vía de la invasión de productos de toda índole difundidos masivamente en los medios de comunicación y los mercados de todo el mundo. Muchos intelectuales de prestigio, cierto que sin demasiadas evidencias más allá de sus reflexivas impresiones, han defendido esta teoría y, tal vez, ello ha motivado que goce de no poco predicamento. Sin embargo, ello contrasta de manera radical con hechos incuestionables e incluso con la infinidad de evidencias en sentido contrario encontradas por muchos estudios de campo elaborados por los antropólogos culturales. Entendámonos: la proliferación de restaurantes de comida rápida no tiene tanto que ver con una pretendida “americanización” de la existencia como con el hecho, difícil de cuestionar, de que son cómodos, socorridos y baratos. Y si hace quince años se vendía de suerte apocalíptica la “muerte” de la dieta mediterránea en detrimento de la “comida basura”, lo cierto es que en la actualidad este pronóstico nunca ha estado más lejos de cumplirse. No es lo mismo –y aquí residen tanto el fondo de la incomprensión del problema, como los prejuicios que lo sustentan- que un cadena de restaurantes sea “americana” que el uso o significado de ellos que se realice fuera de los Estados Unidos.

Modelo, ¿de qué?

El mero hecho de que la mayor parte de los ciudadanos no estadounidenses entienda tan rematadamente mal cómo funcionan los sistemas político, judicial o policial de aquel país, aún a pesar de la infinidad de productos de entretenimiento relacionados con estas temáticas que se difunden en los medios de comunicación no es, en el fondo, otra cosa que la expresión directa de este fracaso de la tesis de la “americanización”. Y por supuesto, tanto la mencionada incomprensión como el subsiguiente fracaso explicativo, son elementos que tienen su razón de ser. Y es que la incomprensión es mutua. También la mayor parte de los ciudadanos estadounidenses conocen, entienden y aceptan a menudo bastante mal los estándares de vida alejados de su propio modelo, lo cual inevitablemente limita de manera radical su imaginada capacidad como “grandes colonizadores” culturales.

Y es que los Estados Unidos de América suponen un ejemplo perfecto de hasta qué punto una sociedad puede ser pervertida informativamente hasta sumirla en la más completa confusión. Contrariamente a lo que cabría suponer –no se crean todo lo que ven en el cine- en los Estados Unidos existe porcentualmente la mitad de lectores de periódicos y libros, ya sea en formato papel o digital, que en Europa o Japón. De hecho, y frente al pretendido ejemplo de “calidad cultural” que mucha gente ve en aquel país, es la nación que, también porcentualmente, menos libros publica por habitante. Más todavía: Los periódicos y noticiarios estadounidenses han reducido su cobertura de noticias “serias” en las últimas décadas y, muy especialmente, en cuanto a las noticias relativas al mundo exterior. Un verdadero escándalo si se tiene en cuenta que, hace ya veinte años, tal cobertura de los acontecimientos internacionales era la menor del mundo industrializado[1]. Estos datos se comprenderán mejor si se presta, por ejemplo, atención a los arrojados por una peculiar encuesta que el diario Los Angeles Times realizó ya en 1994[2]. Entonces se hicieron a ciudadanos de ocho países -Estados Unidos, México, Gran Bretaña, Francia, España, Alemania e Italia- cinco preguntas básicas sobre temas de actualidad. De todos los encuestados, fueron los estadounidenses quienes peores resultados obtuvieron. Así, mientras que sólo un 3% de los alemanes respondió mal a las cinco cuestiones, lo hicieron erróneamente un 37% de los estadounidenses. Y no crean que eran preguntas difíciles pues se trataba de responder a cuestiones banales como quién era el primer ministro francés.

Cuestión simbólica

Cualquier contenido difundido por los medios de comunicación puede ser analizado no sólo por su naturaleza y sus efectos, sino también como un texto que tiene un sentido, un significado y una interpretación. Desde este punto de vista, los significados y las interpretaciones que se atribuyen a tales contenidos pueden ser muy diferentes de aquellos que pretendían atribuirles sus creadores. Es un hecho bien conocido en campos como el del análisis y la crítica de arte. Esto es así porque la gente no es pasiva ante los contenidos que proporcionan los medios de comunicación y también producen sus propios significados. En suma, como ya explicamos cuando se habló de la defensa cognitiva, un mensaje puede no conseguir en modo alguno el efecto de que pretenden sus creadores y sí despertar en el público una reacción diferente, inusual, no pretendida, extravagante e incluso contraria. Todo medio, así como todo mensaje, tienen muchas lecturas posibles… Y bien habrá podido comprobarlo en sus propias carnes quien pretendiendo hacer un comentario inocente y bienintencionado vía Twitter -o Facebook- se haya encontrado, en contrapartida, con un verdadero juicio sumarísimo.

La llamada “cultura popular” se contrapone a la cultura oficial o hegemónica que intentan apuntalar los que mandan en un contexto sociocultural en un momento dado. Todo sujeto hace de la cultura popular un acto creativo en la misma medida que la lee, interpreta y utiliza a su modo[3]. Pensemos en una estrella del rock, en un personaje de cómic, en una serie de televisión o en nuestra saga literaria preferida… Si contraponemos nuestras interpretaciones de estos elementos a las que elaboran otros aficionados a los mismos –un amigo sin ir más lejos- nos daremos cuenta de que no tienen por qué ser coincidentes y de que, incluso, pueden ser motivo de grandes debates. La razón de ello es que cada uno de nosotros hace de esos elementos lecturas distintas y produce mensajes distintos a partir de idénticos contenidos. Sentimos como “propios e intransferibles” y los relacionamos con nuestra propia vida y experiencias. Y lo más interesante es que nos aferramos a estas lecturas particularizadas de la cultura popular para expresar diferentes formas de resistencia ante la cultura oficial. Ante ese mensaje único que se nos pretende imponer de suerte transversal[4]. Este fenómeno de individualización de los contenidos generales y construcción de resistencias simbólicas convierte en estrellas a los raperos más descarados, hace héroes populares de los revolucionarios como el Subcomandante Marcos, o motiva a los más iconoclastas a lucir camisetas impresas con la efigie de Charles Manson.

La psicología y la antropología nos han mostrado hasta la saciedad que los significados no son inherentes a las cosas y que tampoco vienen impuestos desde fuera de ellas. Los sentidos que una cultura peculiar otorga a sus elementos son producidos dentro de ella misma, precisamente porque los construyen las personas que viven dentro de dicha cultura. Los elementos de una cultura específica, vengan de donde vengan, son siempre elementos locales y tienen –o no- significados locales. Un póster con el rostro de Ernesto Ché Guevara, o una camiseta con el logotipo de Los Ramones, pueden no significar absolutamente nada para un pastor masai, y sin embargo son imágenes plenas de significados diversos para un europeo. Esto ocurre porque el Ché es un producto de nuestra cultura, no de la cultura masai, y solo será asimilado por ésta cuando se le atribuya un significado “desde dentro” que no tiene por qué coincidir con el que se le atribuye en Europa. En consecuencia, los significados que otorgamos a los elementos de nuestra cultura son reflejos de nuestras propias experiencias culturales, y solo de ellas.

Primitivo serás tú…

Los denominados “pueblos indígenas”, o las consideradas “culturas primitivas” no existen fuera de Occidente. Tales denominaciones son los nombres que nosotros damos a esas otras culturas que son distintas de la nuestra. Y es un nombre que ya nos invita, en tanto que poseedores de una cultura con pretensiones hegemónicas, a desposeer a los llamados “indígenas” o “primitivos” de sus propias culturas para tratar de integrarlos en la nuestra. En esta clase de colonización cultural, hay que reconocerlo, no solo los estadounidenses en particular, sino todos los occidentales en general, nos hemos especializado de una manera absolutamente magistral. El proceso es sencillo: en lugar de imponer a los miembros de otras culturas la nuestra por la fuerza, lo que solemos hacer es hacerlos partícipes de nuestra cultura popular, e invitarlos a integrarse en ella. Así funciona la globalización. Lo primero que hace Occidente cuando se encuentra con otra cultura es introducir en ella su cine, sus industrias, sus grandes almacenes y supermercados, los restaurantes de comida rápida, la música rock, los estilos artísticos y literarios, los videojuegos, nuestros deportes tradicionales –los Juegos Olímpicos o el fútbol serían el ejemplo superlativo de este proceso- o los iconos del cómic[5].

Parecería que este proceso invasivo es imparable. Sin embargo, los componentes de esas otras culturas se resisten a la asimilación en la misma medida de que también hacen sus propias lecturas de nuestra cultura popular y le otorgan significados propios. Es decir, los utilizan para generar su propia cultura popular. De este modo, en una investigación de campo se encontró que la película favorita de muchos aborígenes de los desiertos australianos era Rambo, pero que su lectura era muy distinta de la que hacemos en Occidente y, por supuesto, radicalmente diferente de la propuesta por sus creadores. Para ellos John Rambo era un representante del subdesarrollo que luchaba contra la clase de los oficiales y, en gran medida, era contemplado como una imagen de su odio hacia el paternalismo de los blancos y el racismo existente en Australia. Cuando el investigador quiso profundizar en el tema, se encontró con que los aborígenes imaginaban lazos tribales y de parentesco entre el soldado John Rambo y los prisioneros que rescataba en Vietnam pues están sobrerrepresentados en la población carcelaria australiana y, según su cultura, sólo quien tiene lazos de sangre con los cautivos estaría dispuesto a liberarlos de la tiranía y del encierro[6]. Como vemos, esta singular lectura de las películas de Sylvester Stallone son generadas a partir del texto y no inducidas por el propio texto.

Lo cierto es que todas las culturas tienen un gran componente imaginario que se expresa en la forma de fantasías, mitos, leyendas y cuentos. Actualmente, por influencia de los medios de comunicación de masas, esa variabilidad, la cantidad de posibilidades imaginarias, se ha multiplicado en todo el mundo. Hoy en día cualquiera puede imaginar muchas más vidas posibles que hace cien años. Fundamentalmente porque hoy nuestro universo personal es mucho más amplio en todos los sentidos del que era posible hace un siglo[7].

Se ve, pero no se cree

Los medios de comunicación masas han propiciado un sistema mundial de imágenes que, como vemos, antes que destruir pueden incluso reforzar identidades nacionales y étnicas de manera muy potente. De hecho, todos los estudios transnacionales acerca de la televisión muestran que, contrariamente a lo que creen algunos productores de teleseries norteamericanos –y algunos intelectuales confusos- de manera marcadamente etnocéntrica, la mayoría del público suele preferir los productos locales cuando estos reúnen unos estándares mínimos de calidad. Más todavía: cada vez cuesta más esfuerzos a las grandes productoras estadounidenses –HBO, NBC, CBS o FOX- introducir sus series en las televisiones extranjeras, pues reciben audiencias inusitadamente bajas cuando deben competir con producciones locales que reúnan ciertos requisitos como el de reflejar bien los estándares culturales propios.

En Brasil, por ejemplo, las series norteamericanas –incluso las más celebradas históricamente como Dallas, Dinastía, Star Trek, CSI o Perdidos– encuentran muy bajas audiencias en comparación con las telenovelas que produce TV Globo. La respuesta del público brasileño ante este fenómeno es rotunda: entienden que los productos de TV Globo están hechos por brasileños y para brasileños, por lo que reflejan mucho mejor sus condiciones de vida y son más sensibles a su manera de entender las cosas. Más aún: TV Globo, aunque resulte sorprendente, se ha convertido en una competidora directa con los Estados Unidos de América en la exportación de teleseries que vende sus producciones en más de cien países de todo el mundo. Lo mismo podría decirse de las series venezolanas o mejicanas a las que podemos llamar despectivamente culebrones, pero que tienen sin embargo audiencias muy sólidas y compiten en el mercado internacional con gran eficacia[8].

Hay casos aún más claros. En la India y otros países de su entorno como Pakistán, Tailandia o Nepal, las grandes películas norteamericanas pasan muy a menudo inadvertidas en las carteleras y en ningún caso pueden competir con las producciones locales. Más aún: la India es el país que más películas produce al año en todo el mundo –el famoso Bollywood– y buena parte de ellas obtienen recaudaciones récord. Tanto es así que, recientemente, los productores cinematográficos occidentales solo han podido diseñar una estrategia óptima para tratar de penetrar en ese mercado, o en el chino: copiarlo. ¿Acaso hay alguien que considere casual que el dinero y los premios occidentales apoyen producciones como Tigre y Dragón (Ang Lee, 2000) o Slumdog Millionare (Danny Boyle, 2009)? En España, por poner un ejemplo patrio, teleseries de gran éxito como Los Serrano (Telecinco), Aquí no hay quien viva (Antena 3), o Isabel (TVE1), por citar algunas, nunca tuvieron competencia en la parrilla televisiva, y todas las producciones cinematográficas o televisivas estadounidenses programadas por otras emisoras en su misma franja horaria, perdieron sistemáticamente la batalla por las audiencias.

¿Necesitan más ejemplos? Bien: Países como Nigeria o Egipto –por citar dos casos africanos- programan en sus televisiones productos norteamericanos muy excepcionalmente porque nada menos que el 75% de la audiencia prefiere siempre y en todo caso las producciones nacionales. El argumento del televidente, cuando se le pregunta por esta aparente contradicción, es obvio: estás series locales están repletas de momentos cotidianos con los que el espectador se identifica bastante más que con el discurso para ellos incomprensible y artificioso de Juego de Tronos[9].

En consecuencia, la idea de que el cine y la TV estadounidenses han colonizado el mundo –uno de los argumentos centrales de los defensores de la teoría de la “americanización”- es, simplemente, una falacia que se sostiene en algunos momentos, naciones y coyunturas para apuntalar convenientemente otros planteamientos políticos e ideológicos específicos y no siempre bien definidos. Las agendas ocultas funcionan por doquier. De hecho, los programadores de medio mundo se han convencido de que introducir en la parrilla algo que sea culturalmente ajeno solo es una opción cuando no hay alternativas locales aceptables. Podemos sintetizar la idea diciendo que, frente a la falacia de que cada vez somos más parecidos en todo el mundo a los norteamericanos, el sujeto, de manera automática y si puede elegir, tiende a ser proteccionista con su propia cultura popular en la medida que repleta de sentidos y significados propios que no debe reelaborar para comprender y asumir[10].

Hay otro detalle importante que desmiente la idea de que los medios de comunicación fomentan una visión mundial y única de la realidad, y que esta visión es necesariamente “americanizante”. Los inmigrantes musulmanes en casi todos los países del mundo no renuncian ni a su etnia ni a sus costumbres en la vida privada, y una de las maneras que habitualmente emplean para conseguirlo es sintonizar la cadena catarí Al Jazeera, ya sea mediante satélite o por internet. Además, las ventajas de la red a la hora de mantener los lazos de los inmigrantes con sus países de origen son evidentes: hoy en día gracias al correo electrónico, los chats, foros y videoconferencias, nadie se desarraiga de su cultura de origen si no lo desea. Es decir, la globalización, al menos en relación a la colonización cultural, se ha convertido en una monumental paradoja que la enfrenta a sí misma en un juego de suma cero. Y si no, que pregunten por los dolores de cabeza que esta cuestión provoca a los cuerpos y fuerzas de seguridad occidentales.

Lo no americano también es buen negocio

La otra gran fuerza transnacional clave son las finanzas en la medida que quienes se dedican a fabricar dinero, hoy en día, miran más allá de las fronteras nacionales en busca de lugares en los que invertir, o bien en busca de productos que comprar. Ya lo insinuamos antes en relación a la industria del cine. En un mundo que se ha hecho pequeño gracias a los nuevos medios de transporte y los medios de comunicación masivos, el dinero, las mercancías y las personas se persiguen unos a los otros alrededor del planeta[11]. Así por ejemplo, muchas comunidades iberoamericanas han empezado paulatinamente a perder autonomía económica en la medida que dependen cada vez más del dinero en efectivo que llega a través de la emigración laboral internacional. Incluso los Estados Unidos de América, que antes se encontraban casi por entero en manos de su capital doméstico, están cada vez más sometidos a la dependencia de la inversión de capitales extranjeros, hecho que convierte las actuales políticas proteccionistas de Donald Trump en la antesala de un desastre económico cuyas consecuencias futuras –ya sean internas o externas- son aún difíciles de calibrar. Y no sólo. En el presente la economía “más fuerte del mundo” depende como nunca antes en su historia de la mano de obra foránea, ya sea en la forma de inmigración laboral, o bien recurriendo a la deslocalización y exportación de puestos de trabajo[12].

Todo esto implica que la cultura global contemporánea está muy lejos de ser controlada interesadamente desde alguna parte en concreto del planeta. En realidad, se encuentra influenciada por flujos de personas, tecnología, finanzas, e información cuyos patrones se alteran constantemente. El mundo, ciertamente, camina hacia una cultura global de consumo de la que casi todos los países participan en mayor o menor medida. Rara es la persona en cualquier parte del planeta que no ha visto una valla publicitaria o camiseta anunciando un producto occidental, o que no utiliza alguno de ellos… Pero, y en un proceso de constante retroalimentación, del mismo modo que los grupos de pop-rock occidentales suenan en las calles de Río de Janeiro, la bossa nova se escucha con suma fruición en los bares copas de Madrid, Londres o Nueva York. De hecho, el “mundo-negocio” actual ha descubierto que las culturas no occidentales también son un buen factor de productividad si se las vende adecuadamente, por lo que no duda en introducirlas en el cine, en la televisión y los centros comerciales. Así se explica el fenómeno creciente de “lo étnico” –ya sea en el arte, la moda, la literatura o la música-, o el hecho de que cada vez con mayor asiduidad los protagonistas de películas o series de televisión respondan a perfiles interétnicos. Más aún: a través de iniciativas exitosas como el “comercio justo” los grupos tribales también empiezan a competir en el mercado internacional con sus propios productos, y en pie de igualdad. Incluso el “mercado de la ciencia” se encuentra cada vez más deslocalizado, al punto de que muchos de los más potentes grupos de investigación internacionales en buena cantidad de campos no son precisamente estadounidenses… La historieta del tal Sheldon Cooper es divertida, pero no se la crean.

¿Nos estamos, por tanto, “americanizando”? Los hechos indican que es un axioma difícil de creer a menos, por supuesto, que se emplee falazmente, como mero pretexto para la defensa interesada de algún que otro corralito ideológico. Más bien cabría decir que nos estamos “mundializando”.

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[1] Banco Mundial, World Development Report, 2000/2001, 2000: 310; International Herald Tribune, 23 de octubre de 2001; Los Angeles Times, 27 de septiembre de 2001.

[2] Edición del 16 de marzo.

[3] Fiske, J. (2003). Understanding Popular Culture. London: Routledge.

[4] Fiske, J., 2003, op. cit.

[5] Appadurai, A. (1990). Disjuncture and Difference in the Global Cultural Economy. Theory, Culture & Society, 7: 295-310.

[6] Michaels, E. (1989). For a Cultural Future. Francis Jupurrurla Makes TV at Yuendumu. Sydney: Art and Text.

[7] Appadurai, A., 1990, op. cit.

[8] Kottak, C.P. (2006). Antropología cultural. Madrid: McGraw-Hill Interamericana (11ª ed.).

[9] Kottak, C.P. (2016). Prime-Time Society. An Anthropological Analysis of Television and Culture. London: Routledge.

[10] Kottak, C.P., 2016, op. cit.

[11] Appadurai, A. (1991). Global Ethnoscapes: Notes and Queries for a Transnational Anthropology. R.G. Fox (Ed.), Interventions: Anthropologies of the Present. Santa Fe: School of American Research, 191-210.

[12] Rouse, R. (1991). Mexican Migration and the Social Space of Postmodernism. Diaspora A Journal of Transnational Studies 1(1): 8-23. DOI: 10.1353/dsp.1991.0011.

El mesías de “El Principito”

He de decir que no soy objetivo en todo esto.

El dichoso Principito que a muchos nos obligaron a leer en el colegio como si de una especie de santo grial de la literatura infanto-juvenil se tratara, me ha provocado siempre una profunda repugnancia. Es un libro cursi, de un moralismo tontorrón y pseudo-intelectual escrito por este tal Saint-Exupery que, huérfano de padre desde la infancia y procedente de una familia de boato venida a menos, después de hacerse piloto y andar en un montón de correrías aéreas, se casó con una millonaria salvadoreña que prácticamente le puso al mando de una empresa aeronáutica argentina a la que llevó a la ruina. Una pena, la verdad, porque entonces, como si hubiera visto la luz tras caerse del caballo, le dio por escribir a troche y moche a fin de ilustrarnos con pretendidos “paraísos interiores” y con los inefables resultados que todos conocemos.

En realidad, y como se clarifica a la perfección en cada una de las relamidas páginas de su célebre opúsculo, de pretensión claramente auto-terapéutica, Saint-Exupery fue el perfecto prototipo del síndrome de Peter Pan[1]: un tipo inmaduro que se pasó media vida en su Nunca Jamás particular, empantanado en el marasmo de su propia infantilidad, molesto porque la vida nunca le fue cómo a él le hubiera gustado, ahogado en sus muchos complejos, y absorto en sueños de una gloria heroica –hizo todos los esfuerzos posibles por lograrla como piloto militar durante la Segunda Guerra Mundial- que nunca obtuvo. No. No crean que es casual que al principito de marras se le pinte siempre con charreteras y espada. Y es que El Principito no es otra cosa que la obra de un niño sin padre que busca a todo trance una figura sustitutiva y, en el camino, torturado por una existencia demasiado real que no le permite huir a sus magníficas ensoñaciones, nos va colando con calzador un montón de idearios y moralinas tan viejos y manidos como nuestra propia cultura. No obstante, y al mismo tiempo, el escritor no reconoce la creación en sus creadores, y se la apropia sin complejos. En efecto. No lo soporté en mi adolescencia, y con menor razón lo soporto ahora. Entre otras cosas a causa de la historia que voy a relatar en este post. Tomen buena nota de todo cuanto he dicho.


Eduardo González Arenas (Miguel Gener - El Pais)
Eduardo González Arenas [Fuente: Miguel Gener / El País].

Vamos a la montaña

Eduardo José González Arenas –conocido popularmente como Eddy o Eddie, que tanto da- de aspecto atractivo y juvenil, siempre bien trajeado y presentable como corresponde al buen impostor, concibió la genial idea en torno a la navidad de 1969. Por aquellos días estaba ya separado de su primera mujer, a la sazón nieta del dictador dominicano Trujillo, a la que había conocido a comienzos de 1968, y era padre de un hijo al que hacía ya tiempo que no veía –argumentaba que porque la familia de ella lo había “secuestrado”-, hecho que le provocaba una tremenda frustración[2]. Sintiéndose solo, amargado y traicionado, así lo contó el mismo, decidió fundar su propia “familia” y encontrar a sus propios niños.

Aficionado al montañismo, decidió organizar un grupo de montaña para niños. ¿Adivinan cómo lo llamaron? Pues como suele denominarse a toda organización de estas características que quiera convencer a los padres de los beneficios de la vida sana, ordenada, con cierto toque militar, patriotismo de garrafón, y afán por la preservación de las buenas costumbres y de los valores tradicionales: “Asociación de Montaña Edelweiss”. Los tramposos no dan puntada sin hilo y saben mucho de psicología parda. Edelweiss, la famosa flor de montaña austriaca, suena a la familia Trapp –la protagonista de Sonrisas y lágrimas-, los míticos Alpes, esa moralidad cuadriculada germánica que tanto ha agradado siempre por estos pagos sin que nadie sepa bien por qué, y el buen rollo familiar –con cierto sesgo ario- de esa monjil fräulein Maria canturreando su inocencia por verdes praderas. De hecho, el primer centro de reuniones del colectivo fue un salón parroquial cedido por la madrileña iglesia de Nuestra Señora del Sagrado Corazón.

Por cierto, nos dejamos en el tintero un detalle fundamental: Eddy era ex legionario lo cual le concedía un manifiesto plus de respetabilidad que, en determinados entornos sociales anacrónicos y ultraconservadores, se valoraba mucho. Lo que nunca contaba, por supuesto, era que había sido un pésimo soldado que pasó por dos condenas disciplinarias y 16 meses de arresto. De hecho, el tinglado de la Asociación Juvenil de Montaña Edelweiss, luego significativamente rebautizada como “Boinas Verdes de Edelweiss”, estaba construido sobre el andamiaje de una jerarquía paramilitar, emulando no solo el tema de la pulcra uniformidad, sino también los rangos, las unidades… Y es que, lamentablemente, nada pone tanto a algún que otro padre y madre como ver a su niño embutido en un uniforme y marchando con absoluta marcialidad y gallardía, pendones al viento y al son de los tambores. Así va esto, y bien lo sabía el espabilado de Eddy, un completo apasionado de esa milicia a la que tan mal sirvió.

Lo cierto es que este tipo había diseñado el plan perfecto a fin de ganar la confianza de los padres para que alistaran a los niños en su organización juvenil de sesgo fascista. Y la estrategia era magnífica: introducirse en la comunidad por el camino más eficiente para traspasar su corazón conservador de parte a parte, a saber, los colegios y las parroquias. El éxito del engendro fue arrollador. En apenas cinco años la organización tenía sedes en cuatro colegios y tres parroquias madrileñas, y se había extendido ya a otras ciudades españolas, habiendo pasado por ella unos quinientos niños y niñas. De entre todos ellos, al menos cincuenta se terminaron incorporando como miembros fijos en la estructura del tinglado y el asunto iba ya sobre ruedas. No es solo que el negocio fuera redondo y Eddy cada vez pudiera lucir mejor palmito y coche, es que la absoluta confianza de las comunidades en las que las ratas de Edelweiss ponían el pie lo veneraban como el perfecto yerno, el perfecto hijo, el hermano ideal, el caballero español modélico. Una verdadera alma de Dios.

Sin embargo, la cosa iba de otro rollo bien diferente. González Arenas empleaba las primeras salidas campestres, así como las reuniones que mantenía con los chiquillos que se iban incorporando a la organización en los locales que gustosamente cedían colegios e iglesias, para someterlos a profusas sesiones de adoctrinamiento que, incluso, comenzaban con un solemne juramento de sesgo filonazi. El problema, sin embargo, resultó ser que aquello creció demasiado deprisa y, ya en otoño de 1975, Eddy había comenzado a perder el control total que había mantenido sobre la distopía, de modo que fue acusado por algunos de los recién incorporados a su estructura de apropiarse indebidamente de los fondos de Edelweiss. Tras su expulsión de la organización que él mismo había construido, el ex legionario se dio cuenta de que tocaba liar el petate.

De la montaña, a la dinámica sectaria

González Arenas, antes de verse en problemas, extrajo al núcleo de la primera Edelweiss –sus incondicionales-, y la recompuso sobre dos pilares: una cara visible que, emulando la temática de los Boy-Scouts y denominada en el colmo de la originalidad como “rangers”, seguía vendiendo la historia de las excursiones a la montaña, los campamentos de inquebrantable disciplina, la vida sana y toda esa parafernalia que compraban con sumo gusto padres, directores de colegio y sacerdotes; y otra oculta, para iniciados y ya propiamente afín al ideario nazi, a la que de forma harto elocuente denominó “camisas pardas”. Recuérdese que estamos en las postrimerías del franquismo y este tipo de cosas todavía estaba bien vista por muchas familias y resultaban simpáticas a las decadentes Autoridades de la dictadura. No en vano, este tipo de organizaciones juveniles milicianas, ultramontanas y derechistas eran bastante comunes en la España de entonces.

No obstante, el problema de Eddy es que además de la pasta y el control de aquellos acólitos fieles a los que en la sombra adoctrinaba sin miramiento alguno en toda suerte de perversiones ideológicas, y que terminaban admirándolo como a una especie de semidiós, era un pederasta con las manos demasiado largas que, lentamente, fue cerrando a las féminas las puertas de su montaje. Así se explica el doble rasero de sus organizaciones: junto a la visible, que realmente se dedicaba a esa vida de montaña y aventura que prometía, y en la que no ocurría nada censurable, existía la otra, oculta y pervertida, hacia la que iba deslizando a los chiquillos más débiles y sugestionables para poder aprovecharse de ellos. Todo era cuestión de estudiar el material que le llegaba y saber seleccionar.

De modo que solo un año después, en 1976, fue condenado de suerte inconcreta por “corrupción de menores”, pasando por ello dos meses en la cárcel. Él lo negó todo, claro, y la irrisoria condena se debió a la falta de testigos fiables, así como a la incapacidad de la justicia para hacer buena la acusación por falta de indicios. Pero a González Arenas, que no era tonto, el fatal acontecimiento le sirvió de aviso: Franco había muerto y el advenimiento del nuevo modelo democrático, mal que bien, se columbraba como irreversible por lo que estos devaneos ideológicos tenían poco futuro. Tocaba por consiguiente cambiar de estrategia a fin de seguir alimentando su sed de poder, dinero y sexo.

Lo relevante en este caso es que los dramas posteriores pudieron evitarse llegados a este punto, en el que la peor parte de la tragedia aún se encontraba en fase embrionaria. El hecho de que nadie hiciera gran cosa para evitarla, incluso teniendo en cuenta que algunos de los padres de los niños afectados por la vergüenza del falso ejército infantil eran policías –lo cual dice mucho por cierto de la mentalidad sociopolítica de la policía de la época-, tiene mucho que ver con el terror que provocaba la idea de que un escándalo sexual de esta magnitud explotara en la pacata España de 1976 donde, como todo el mundo sabía, “estas cosas no pasaban” (!). De modo que todos los actores implicados decidieron echar tierra sobre el asunto, esconderse en su particular agujero, capear el temporal en solitario y mirar hacia otra parte. Lo de siempre: que lo arregle otro.

El Príncipe Alain

Como todo buen liante, Eddy era un tipo con mucha labia y gramática parda gestada en bastantes horas de lectura inconsistente, acrítica, de aluvión. Igual se metía con textos ufológicos y espiritistas, que se tragaba un par de tomos de historia militar, unos cuantos folletos religiosos y terminaba con un librote de autoayuda. De postre: dos novelas. Ignoramos si fue durante su breve estancia a la sombra cuando dio con el dichoso Principito o ya lo conocía de antes, así como con otro engendro literario, no menos atiborrado de insoportables sentimentalismos y moralinas, que se hizo muy popular en la España de finales de la década de 1970: Juan Salvador Gaviota, de Richard Bach –incluso a mí me regalaron por mi cumpleaños un ejemplar de esa cosa pringosa-. Y sacó muchas ideas “productivas” de ahí.

A su salida de prisión decidió instalarse en la localidad de Las Rozas y reorganizar el grupo, si bien el cuento ideado por Eddy para mantener viva la historieta cambió de cara por completo. El maquillaje conversivo resultó fascinante. La cuasi secta de González Arenas pasó de la militarización fascistoide manifiesta y su tendencia expansiva a transformarse en un colectivo mucho más reducido y controlable regulado mediante un amasijo de estructura militar, fascismo encubierto, doctrina religiosa extravagante, pseudofilosofía de baratillo montada alrededor de los penosos librillos de Saint-Exupery y Bach, así como toda suerte de tonterías ufológicas y espiritualistas. Ya la nomenclatura ideada para la refundación de la organización, a la que popularmente se seguía conociendo en muchos lugares como “Edelweiss”, es muy significativa: “Guardia de Hierro de Delhais”[3]. Por supuesto, en la fachada sobrevivía el asunto de los grupos de montaña y las salidas al campo, pero en su reverso todo se reducía a un profundo y sostenido adoctrinamiento de los jovencitos en el magma infame que acabamos de describir, y que Eddy se encargaba de mantener muy vivo en la mente de los chicos programando reuniones periódicas de los grupos en el Parque del Retiro y el Barrio de Salamanca.

Durante esos encuentros, todo comenzaba con un extraño juramento que debía emitirse con todo rigor y sentimiento, y que de no cumplirse –empezando por el sometimiento a la estricta jerarquía del grupo y a sus demandas-, conllevaba castigos y humillaciones interpuestas por vergonzantes “tribunales de honor”[4].

Tras ello, y mezclado con las clases particulares que ofrecían a los niños para ayudarles en sus estudios y que servían de coartada perfecta ante los padres para justificar tanta reunión y compadreo, venían horas de confusas enseñanzas que mezclaban diferentes idearios tomados a bulto de colectivos, contextos y sectas heterogéneos que iban desde los Testigos de Jehová a la Legión, pasando por los Niños de Dios, el nazismo o la Misión Rama. Todo ello regado con profusos debates surgidos de la lectura de pasajes de los antedichos El Principito y Juan Salvador Gaviota –libros ambos que los críos debían, leer, estudiar y atesorar-. Por supuesto, y como corresponde al caso, este cacao mental se encontraba al servicio de Eddy, quien se presentaba príncipe del planeta Delhais, el “planeta de los niños” en una constante guerra con el planeta “Nazar”, que había venido a la Tierra a salvar a unos cuantos elegidos del desastre nuclear que la destruiría definitivamente en 1992. Porque allá en Delhais todos los elegidos, que harían un largo viaje intergaláctico, serían como el principito de la ficción: tendrían un desierto para ellos solos donde cuidarían una flor solitaria, estarían dotados con súper-poderes increíbles y vivirían experiencias maravillosas reservadas solo para ellos.

Los chiquillos, claro, debido a su tierna edad y calenturienta imaginación, escuchaban aquellas historietas en puro estado de éxtasis. Especialmente en una época en la que hacían furor los culebrones espaciales, lo alienígena estaba en boga y la juventud española había pasado casi sin solución de continuidad de los melodramas del Jabato y el Capitán Trueno a los fantasiosos cómics de Marvel y DC. Especialmente susceptibles a sus manipulaciones eran aquellos críos que, pese a proceder de “buenas familias”, tenían problemas en casa como padres autoritarios y ausentes, malas relaciones hogareñas, complejos no resueltos, dudas en torno al sexo y etcétera, para quienes Eddy –el rey del camelo- se presentaba como el progenitor y amigo perfecto, el adulto cariñoso, comprensivo y protector que nunca habían conocido. Les daba una copita, charlaban, los escuchaba, citaba al puñetero principito como si fuera un catedrático, e incluso les hacía algún que otro truco de ilusionista o “jugaba” con ellos a la “ouija” si venía al caso para demostrarles sus pretendidos poderes alienígenas[5].

Una vez que los contados chavales, puede que los más inocentes, que no habían sospechado algo y puesto tierra de por medio –porque alguno se olía el timo a tiempo y soltaba amarras- eran integrados en la estructura de la secta, ascendían en la jerarquía hasta ser nombrados “Guardias de Hierro”. Entonces, en solemne ritual, se les marcaba con el símbolo del planeta Ummo en la cara interior del brazo, junto a la axila, mediante un alambre candente como signo de filiación y juramento de vida. Algo que para un crío de 12 o 13 años, edad de fidelidades y compromisos eternos, no significa cosa banal.

Las excursiones al campo eran otro tema. En las primeras salidas todo era de lo más normal. Aventuras, buen rollo y cosas divertidas para contar el lunes en el colegio. Luego, lentamente, de manera sutil, el panorama iba cambiando e introduciéndose en territorios más tortuosos. El tono de charlas y conversaciones se deslizaba hacia derroteros menos cómodos y más confusos. Al final, los chicos salían de casa perfectamente uniformados –botas de montaña, calcetines hasta la rodilla, camisas militares, pañoletas, galones con los símbolos de alfa y omega, boinas y toda la parafernalia al uso-, para terminar en un chalet de las afueras de Madrid donde, bajo el control de un sector duro de la “guardia de hierro”, compuesto fundamentalmente por los monitores adultos –tipos captados e introducidos en toda suerte de perversiones sexuales a su vez durante la infancia por González Arenas, como se aclaró durante el juicio- eran sometidos a retorcidas dinámicas sexuales. Pues esa era la parte oculta del adoctrinamiento de Eddy: las mujeres eran impuras e imperfectas –como la Eva bíblica-, y por tanto nunca podrían alcanzar el grado de libertad, amor y justicia que estaba reservado para el varón, dechado de perfecciones al que realmente merecía la pena amar… Por lo común todo se reducía a tocamientos y masturbaciones, pero en casos especiales incluso se llegaba a la penetración anal. Algunos escogidos podían ser obligados a practicar sexo también con alguna mujer adulta que solía acompañar al gurú ocasionalmente, pero Eddy insistía en que ella se moviera violentamente durante la penetración a fin de dañar a los chicos y poder de este modo consolidar su teoría perversa: practicar sexo con mujeres solo doloroso y necesario solo para procrear, entretanto la penetración anal entre hombres era mucho más placentera y divertida. Por ello en Delhais, el planeta de los príncipes y las gaviotas donde todo era buena vida y disfrute, no había mujeres.

Algunos chicos, traumatizados tras las primeras experiencias, abandonaban el grupo tan avergonzados que no se atrevían a contarlo en casa, o bien huían hacia adelante convencidos de que algo bueno terminaría saliendo de todo aquello –los tabúes propiciados por una educación en la materia escasa o ineficiente, los traumas inherentes a un despertar sexual perverso, así como la vergüenza de la víctima, son siempre los mejores aliados de los pedófilos-. Además, estaban comprometidos al silencio por el vínculo de un juramento “sagrado”. Los que finalmente pasaban el trago y aceptaban el adoctrinamiento sin ambages, probablemente los más necesitados de integración y filiación, entraban en una espiral de absoluto sometimiento al Príncipe Alain Nazar y su guardia de hierro. Entonces se les asignaba una pareja-compañero con el que avanzarían en el aprendizaje del “puro amor” y al que denominaban “A.P.” –o “amistad particular”-. Esa AP solía ser uno de los monitores, cuya misión no solo era instruir al muchacho asignado en las prácticas sexuales, sino también enseñarle a mantener un lenguaje en clave para que nadie ajeno al grupo supiera de qué hablaban sus componentes. Así empleaban, por ejemplo, metáforas ajedrecísticas para referirse a las relaciones sexuales que mantenían durante las reuniones.

Ummo
El fraude del Planeta Ummo y su peculiar secta fue cosa que también tuvo su gracia. Algún día hablaremos de ella. De momento, y para los que desconozcan el símbolo de marras, os dejo esta supuesta foto de un OVNI procedente de Ummo y que, dicen, fue tomada en San José de Valderas en 1967.

Ellos lo montan

Sin embargo, oliéndose que algo no marchaba y que alguien se ha ido de la lengua, Eddy tratará de eludir una nueva denuncia por corrupción de menores poniendo tierra de por medio y largándose a Alicante, provincia de la que su tío era Gobernador Civil. Pero el enchufe no le ayudaría a escapar de la justicia, pues ese mismo año fue detenido y se confesó autor de cuarenta violaciones de muchachos adheridos a sus últimas organizaciones, incluida una recién constituida “Legión Juvenil de Montaña” –banderas al viento e himnos de victoria-. No todos testifican, ni tan siquiera la mayoría, como es costumbre en estos casos en los que las víctimas y las familias, a menudo, lo único que quieren es recuperarse y olvidar.

La condena, emitida en abril de 1979, volvió a ser irrisoria: seis meses de arresto mayor y 50.000 pesetas de multa. Suma y sigue. Al parecer, alguien estaba empeñado en González Arenas hiciera bien su trabajo.

Los dos Guardias de Hierro más prominentes, tipos con mucho poder al encontrarse en la cima de la jerarquía, que guardaban la huerta de Eddy durante esos larguísimos viajes a Delhais que, en realidad, solían ser alguna de sus estancias en prisión, eran Ignacio de Miguel –no confundir con el famoso baloncestista, por favor- y Carlos de los Ríos. Su misión era mantener viva la llama durante las ausencias de González Arenas y garantizar que el proceso de filiación, adoctrinamiento e inducción constante al sexo de los niños se mantuviera en funcionamiento. Para tal fin mantenían vivos los rituales eróticos y lascivos, a la par que solían introducirse en las camas de los muchachos durante la noche durante sus “viajes a la montaña”. En algún caso, los críos no superaban los 11 años de edad. Tremendo.

De hecho, de Miguel y de los Ríos, amigos íntimos de Eddy y con los que nunca perdió el contacto, fueron los artífices de su último retorno a la capital de España en la medida que primeros captadores e instructores de los chavales que ingresaban en la organización madrileña, de suerte que a su vuelta ya encontró buena parte de la estructura montada y perfectamente engrasada. No en vano, y es digno de reseñarse, sus dos más queridos acólitos habían sido a su vez captados por él mismo cuando eran menores, e introducidos en aquellas dinámicas sexuales enfermizas, por lo que le guardaban fe y respeto incondicionales. Así era el tema: Eddy primero te sometía, te avergonzaba, te humillaba… Y luego te salvaba. Y la cosa iba más lejos al punto de que ejemplifica a la perfección la gravedad del experimento psicosociológico de control mental diseñado por Eddy: de Miguel, irónicamente hijo del célebre sociólogo y tertuliano del posfranquismo Amando de Miguel por lo que hubiera debido tener la cabeza “mejor amueblada”, había captado también para la secta a un hermano menor de edad, y es que en casa del herrero…

Si por un casual el lector se pregunta en este punto dónde había estado metido González Arenas entretanto sus fieles le mantenían caliente el chanchullo, la respuesta por supuesto que no es “en otra galaxia”, aunque fuera lo que se contara a los pobres chiquillos. Ya quisiera él. Su ficha en el registro de penados certifica que había sido condenado por otro delito de corrupción de menores a seis años de prisión menor y 30.000 pesetas de multa en septiembre de 1982. El hecho de que en la primavera de 1983 ya estuviera otra vez en la calle solo prueba una cosa: el código penal de 1973, último del franquismo, era tan vergonzante en el tratamiento de ciertas tipologías delictivas que cuando alguien se queja de “lo blanda” que es la justicia patria del presente uno no sabe si reír, llorar, o darse media vuelta.

Lo cierto es que la impunidad de Eduardo González Arenas era, por lo visto, completa.

Un viejo en un retrete…

Los problemas de Eddy con la sexualidad le venían de lejos. Como él mismo explicó, sus primeras dudas y controversias en materia sexual se despertaron cuando un viejo, en un retrete público madrileño, lo abordó para hacer con él exactamente lo que él hacía con sus niños: engatusarlo y masturbarlo. La experiencia fue tan turbadora que despertó en el joven Eddy un terrible sentimiento de culpa y una fuerte ansiedad.

Agobiado, terminó por contárselo a sus padres, que decidieron enviarlo a un psiquiatra lo cual no hizo otra cosa que acrecentar su vergüenza. No era solo el hecho de tener que relatar a un extraño eventos que prefería olvidar, lo cual incrementaba su victimización, sino que al parecer el tipo era un profesional de la vieja escuela y estaba convencido de que la homosexualidad era un trastorno mental “curable” –recuérdese que la APA la sacó de su guía diagnóstica en su tercera edición, de 1980-. El hecho de que los diferentes psiquiatras que visitó no le ayudaran en absoluto llevó a Eddy a la tan manida como ineficaz estrategia de la represión y la ocultación. El sexo era un tema espinoso del que no era conveniente hablar demasiado, excepto con los niños. Ellos, puros e inocentes como eran, no maleados por esta sociedad vergonzante y caduca que no podía comprenderle, sí podían entender sus inclinaciones más íntimas. Con los adultos lo mejor era no complicarse y seguir la corriente.

De hecho, el padre de Eddy, un ingeniero que trabajo muchos años para una empresa eléctrica, se quejó amargamente del trato que les propiciaron los expertos en salud mental de la época:

“Nadie nos dijo la verdad sobre nuestro hijo […]. Desde que advertimos cosas raras en él lo hemos llevado a médicos; nos decían que no estaba loco, que era un psicótico, que no se podía hacer nada por él. Lo han reconocido también médicos militares, y nunca se nos ha ofrecido una solución. Para nosotros es una historia de tremendo dolor”[6].

Y ese fue el germen de todo.

1984

Tras su reaparición en Madrid en 1983 –de vuelta de su “excursión por los confines de la galaxia” cual Buzz Lightyear ochentero-, ocurrió que el pasado y los antecedentes de González Arenas, los rumores que empezaron a rodar en torno a la secta y las actividades que se mantenían en ese chalet, la sospechosa actividad paramilitar del colectivo, alguna que otra denuncia anónima, el aterrado relato suelto de algún niño que había logrado escapar de las garras de la Guardia de Hierro antes de que fuera demasiado tarde… hicieron sospechar que algo sucio pasaba[7]. El asunto iba demasiado lejos como para que la policía lo dejara correr, por lo que el inspector José Antonio Ávila se puso manos a la obra.

Concienzudamente, Ávila reunió pruebas que parecían ir más allá de los delitos sexuales. Las vinculaciones y nexos establecidos entre los componentes de la secta, el amor incondicional al líder, eran tan potentes que aquello iba más allá de la explotación sexual infantil. Pareciera que González Arenas estuviera reuniendo en torno suyo, en efecto, un verdadero ejército dispuesto a realizar cualquier cosa por él. Quién sabe. La verdad es que el inspector Ávila no estaba por la labor de esperarse a averiguarlo y en una operación coordinada con la policía portuguesa, efectuada el 4 de diciembre de 1984, detuvo a Eddy, a sus lugartenientes Carlos de los Ríos, Rafael Dueño y Antonio Gutiérrez, mientras cenaban en un restaurante de Lisboa. La orden de busca y captura había sido emitida tan solo un día antes. Solo Ignacio de Miguel, que no se encontraba con ellos, logró eludir la acción policial y poner tierra de por medio largándose a Brasil, si bien, siguiendo algún buen consejo, volvería después. Y bien supo sacar partido de ello ante la acción de la ley.

En espera de juicio, durante 1988, y aunque parezca sorprendente, González Arenas andaba callejeando por la vida alegremente y dirigía tres locales de ocio en Cala Millor, Ibiza, siendo una de sus estrategias comerciales favoritas la de invitar a los menores a copas. Un hecho por el que sería muchas veces censurado por los propietarios del resto de locales de la zona… Hasta su definitivo despido. Y uno, visto lo visto, no puede dejar de preguntarse, atónito, cómo es posible que haya tanto imbécil suelto en este mundo. Hoy, sin duda, se habrían montado manifestaciones.

Matar al padre

El juicio del autoproclamado Príncipe Alain, celebrado a comienzos de la década de 1990, como si hubiera sido escrito por algún discípulo de Sigmund Freud, fue el perfecto ejemplo de la ejecución del padre, pues la estrategia defensiva de todos los acólitos principales de González Arenas fue venderse a sí mismos como “víctimas-verdugos” para cargar todas las tintas sobre él. Toca, por cierto, ser justos en este punto: González Arenas, como corresponde a ese padre que tras devorar a sus hijos, cual Saturno, debe asumir sus actos, se declaró culpable confesando todos y cada de los delitos del sumario. Así que se tragaría sin pestañear la condena de 168 años que se le terminaría imponiendo por 28 delitos de corrupción de menores probados.

Se trató de un juicio absolutamente mediático que tuvo un seguimiento en los periódicos ciertamente inédito, al punto de que casi todo el mundo tenía al parecer una opinión que emitir sobre el tema. Es lógico. La España de los años 80, momento en que el asunto estalló, no estaba acostumbrada a que los medios de comunicación airearan materias como ésta con tal cobertura y detalle –aquí, paraíso del nacional-catolicismo hasta hacía cuatro días, todo aquello que tenía contenido sexual más o menos morboso no eran cosa que se ignorase con facilidad-, por lo que el proceso tuvo un seguimiento masivo. Y en lo que a mí respecta –perdonen la intromisión personal- la cosa adquirió un sesgo temible. No es sólo que las víctimas tuvieran mi misma edad, sino también que era raro el chaval que en aquellos días no había formado parte de algún colectivo como aquel, pues prácticamente había uno de apariencia similar en todos los colegios del país. No en vano, entre los adultos la duda se extendía como la pólvora: ¿cuánto de esto habría oculto? ¿Cuál de estos colectivos de soldaditos estaba libre de sospecha?… Así, entre temores y suspicacias, el caso Edelweiss se llevó por delante a la inmensa mayoría de las agrupaciones juveniles de características similares –y no había pocas- por cuanto ya ningún padre o madre se fiaba, llevándolas a un ostracismo del que solo muchos años después han venido saliendo, si bien y por suerte, en su inmensa mayoría “desmilitarizadas”.

No abundaremos en muchos detalles pues el sumario se puede consultar por vía electrónica y, además, los recortes de prensa existentes al respecto abundan en las hemerotecas digitales y son prolijos en el relato del juicio. Significaremos únicamente que el testimonio que hundió la defensa de Eddy fue el de su segundo al frente, Carlos de los Ríos, quien, desmoronado ante el Tribunal, relataría con pelos y señales como González Arenas le captó en su más tierna infancia, abusó de él con engaños, le manipuló para introducirle en toda clase de vergüenzas sexuales, se ganó su fidelidad con mentiras, y finalmente le convenció de que hacía lo correcto al seguirle el juego. En la misma línea actuó Ignacio de Miguel. Como resultado, ambos serían condenados a 65 años y, al igual que ocurriría con otros miembros de la banda a su vez condenados con penas de diversa consideración serían posteriormente indultados. En el caso de de Miguel el indulto llegaría en 1994 al ser también considerado víctima del líder de Edelweiss, y mostrar su buena voluntad cuando retornó de Brasil para entregarse a la justicia[8]. El padre de Ignacio, Amando de Miguel, en tanto que único personaje “famoso” involucrado en la historia fue muy interpelado por la prensa al respecto y sus respuestas, que atribuiremos a la natural afectación del momento, fueron de traca. Como por ejemplo cuando afirmó que el caso Edelweiss era el pago de una sociedad que eliminó al Frente de Juventudes y a la Acción Católica sin ser capaz de reemplazarlas… Error de bulto impropio de un catedrático de sociología pues el hecho, en realidad, es que siempre sobraron todos.

Fernando Oliete, uno de los abogados de la acusación, definió a González Arenas como el “flautista de Hamelin” por obvias razones, y la cosa debió hacerle gracia al manipulador fantasioso e inmaduro de Eddy, quizá porque las implicaciones del apodo iban mucho más lejos de lo que el propio abogado suponía… Al fin y al cabo, también los padres de los niños de Edelweiss le habían buscado a él por motivos diferentes, tal y como los otros buscaron al flautista del cuento. De hecho, durante su estancia en prisión participó en un concurso literario organizado por Instituciones Penitenciarias –obteniendo el segundo premio, que leer a Saint-Exupery da para mucho- y, muy bromista él, firmó su relato justo con ese seudónimo: “Hamelin”, lo cual nos habla mucho de la calidad de su arrepentimiento. En efecto. Eddy comenzó su condena en la ya desaparecida prisión madrileña de Carabanchel y terminó en la de Ibiza, lugar al que también se desplazó su madre, Marina, la única persona que siempre estuvo convencida de su inocencia y que nunca lo dejó de lado. Ya se sabe lo que reza, con toda la razón, el blues del gran B.B. King: “nadie me quiere como mi madre”.

Siguiendo con el despropósito, con tan solo seis años cumplidos –que dura justicia la de entonces, reitero para los abundantes desmemoriados-, en 1997, González Arenas alcanzó el tercer grado penitenciario. Junto con un socio montó un pub para ganarse la vida. Su señora madre le esperaba todos los días con el puchero bien caliente, pero el 1 de septiembre de 1998, ya con 46 años, no llegaría a la mesa. Fue degollado a la puerta de una heladería de la localidad ibicenca de Santa Eulàlia delante de un montón de testigos que dieron pelos y señales sobre el agresor. Su asesino resultó ser un joven ibicenco de 18 años, conocido delincuente y chapero, que mantenía una larga y fluctuante relación sentimental con el Príncipe Alain de Delhais. Se le cogió varias horas después cuando trataba de escurrir el bulto en un bar de la zona y, puesto ante las Autoridades, no negó los hechos. Simplemente, alegó haber sido víctima de abusos sexuales por parte del crápula[9]. La enésima.

Así murió el padre. El padre de todos los niños del mundo. El hombre que vino de otro planeta a fundar una inmensa familia.


[1] Este célebre síndrome, el de los adultos que se niegan a serlo y pretenden vivir toda su vida como niños con todo lo que ello conlleva, ha calado en la cultura popular, pero no se trata como mucha gente cree de un invento del vulgo, aunque no aparezca en las guías aceptadas de trastornos mentales (DSM y CIE) en la medida que su estatus como patología –que no como estructuración ineficiente de la personalidad- está sometido a discusión. En realidad, su postulador fue el médico norteamericano Dan Kiley, quien lo dio a conocer en 1983, cuando publicó su exitoso libro The Peter Pan Syndrome: Men Who Have Never Grown Up (New York: Dodd, Mead & Co.).

[2] Dicen las malas lenguas que la verdad de la marcha de su mujer, Julia Báez Trujillo, reside en las “confusas” caricias que Eduardo propiciaba a su hijo Iván. Parece que su esposa se alarmó ante el cariz que tomaban los acontecimientos, por lo que temerosa de lo que pudiera pasar echó mano al crío y se largó. Lo cierto es que González Arenas toda su vida se declaró como bisexual, pero parece claro que esto no era otra cosa que una estrategia para hacer más respetable –tanto a los otros como a sí mismo- su atracción patológica por los niños [Cárdenas, N. (2013). Yo jugué con un asesino. Málaga: Editorial Sepha].

[3] Esto de “Delhais” he intentado averiguar por todas partes de dónde lo pudo sacar el caradura de González Arenas y, lo reconozco, he sido incapaz. A menos que algún lector sepa otra cosa que yo ignoro y quiera compartirla conmigo, he de pensar que fue invento del propio Eddy.

[4] Así consta en la sentencia del Tribunal Supremo, sala 2º de lo penal, de 21 de junio de 1993 [puede consultarse en este enlace: https://supremo.vlex.es/vid/-202866295, recogido en junio de 2018].

[5] Cárdenas, N. (2013), op. cit.

[6] Ordaz, P. (2017, 29 de agosto). El alienígena que violaba niños en el monte. Diario El País, Edición digital [https://politica.elpais.com/politica/2017/08/29/actualidad/1504006030_167758.html, recogido en junio de 2018].

[7] De hecho, en diversos barrios de Madrid por los que el colectivo tenía alguna influencia habían empezado a aparecer pintadas tan terribles como sospechosas: “Edelweiss, mariquitas”. No en vano, y en el colmo de la desvergüenza, desde los sectores ultraconservadores madrileños se empezó a utilizar el tema de Edelweiss como justificación de una cruzada contra la homosexualidad… A nadie parecía importar que las víctimas fueran niños terriblemente manipulados, o que en el pasado a muchos de los que ahora se deshacían en insultos hacia González Arenas y su montaje, les hubiera parecido magnífico su chiringuito fascista. Ya se sabe que el gran pecado de España es la mala memoria.

[8] Anónimo (1994, 17 de marzo). Indultado Iñaki de Miguel, importante miembro de la secta Edelweiss. Diario El País [https://elpais.com/diario/1994/03/17/sociedad/763858806_850215.html, recogido en junio de 2018].

[9] Candia, P. (1998, 3 de septiembre). A líder de Edelweiss lo mató un amigo suyo de 18 años. Diario El País [Recogido de: https://elpais.com/diario/1998/09/03/sociedad/904773603_850215.html, tomado en junio de 2018].

Atávicos y positivos

Cesare Lombroso
Cesare Lombroso (1835-1909).

Médico, darwinista convencido, psiquiatra prestigioso[1] y conocedor de las metodologías precoces empleadas en la detección y examen del delincuente –tales como la frenología de Gall y Spurzheim o la entonces incipiente antropometría de Alphonse Bertillon-, Cesare Lombroso comenzó a pensar hacia 1871 en las bases de lo que luego sería su harto popular teoría criminológica, un tema que ya le venía preocupando desde hacía mucho tiempo. De hecho, contaba tan sólo 24 años cuando,

“recién doctorado y trabajando en Pavía, se incorporó como médico al ejército piamontés, llegando a participar activamente en las sangrientas batallas de Magenta y Solferino, que se saldarían en ambos casos con severas derrotas de las tropas austriacas. Fue durante estos episodios bélicos, al tener que atender a un buen número de soldados heridos, que el joven Lombroso se sorprendió al observar que la mayor parte de la soldadesca deshonesta, brutal e ineducada, lucía en brazos y pecho tatuajes obscenos. El éxito del tatuaje era porcentualmente mucho mayor en el seno de esta “tropa deshonesta”, que entre el resto de los soldados”[2].

Fue a partir de sus observaciones sobre el tatuaje que Lombroso comenzó a pensar en el asunto del “atavismo”, si bien no acababa de encontrar evidencias sólidas con las que corroborar sus impresiones y, en tales condiciones, se hacía complicado avanzar una teoría precisa. No obstante, en el mencionado 1871, tuvo la ocasión de estudiar el cráneo de Villella, un celebérrimo bandido y asesino, perseguido durante décadas por la justicia transalpina. Concluyó que aquel hombre mostraba obvias deformidades craneanas, así como ciertos rasgos anatómicos “propios de los simios”. El hallazgo comparativo resultó de una serendipia en la medida que Lombroso estaba buscando específicamente criterios de base que permitieran establecer relaciones y diferencias entre el delincuente, el hombre salvaje, el sujeto normal y el enfermo mental, y no había pensado en considerar una teoría criminogenética. En todo caso, dio un giro a sus primeros planteamientos para manifestar en sus Memorias sobre los manicomios criminales (1872) que existirían preclaros puntos de contacto entre delincuentes y locos, si bien cabría considerar a los primeros no como enfermos, sino como seres claramente “deformes” y “anormales”, cercanos al hombre primitivo e incapacitados para la vida en sociedad, por lo que el Estado debiera plantearse la creación de instituciones especiales para criminales en las que no se mezclaran arbitrariamente con otros enfermos mentales y se pudiera, al mismo tiempo, estudiarlos con detenimiento y precisión para desarrollar políticas preventivas.

A partir de este momento y guiado de la asunción manifiesta de la teoría de la selección natural de Charles Darwin, así como por los planteamientos de Herbert Spencer y Francis Galton acerca de la herencia, Cesare Lombroso dedicó gran parte de su tiempo a visitar prisiones a fin de estudiar antropométricamente –centrándose con especial interés en los datos arrojados por el examen craneológico- a diversos delincuentes, vivos o ya ejecutados, para posteriormente cotejar los resultados obtenidos con la anatomía craneana de simios y fósiles humanos prehistóricos, o informes acerca de la vida y costumbres de los “hombres primitivos” que arrojaban las expediciones antropológicas tan populares en la época[3]. Su teoría del atavismo, aún dotada de un etnocentrismo absurdo y claramente impregnada de falacias eugenésicas que en aquellos días estaban aún lejos de su desacreditación científica, tomaba forma. Llegó así a la conclusión de que el delincuente era, básicamente y con total independencia de su sexo, un individuo dotado de rasgos morfológicos y conductuales arcaicos, aquejado de un síndrome hereditario: el dichoso “atavismo”. Es decir: no era la sociedad quien hacía al delincuente, ni tan siquiera la enfermedad mental como tal sino que, en todo caso, el criminal a menudo nacía ya “construido” para serlo.

Ciencia y pseudociencia

Recuérdese que, según las estimaciones del propio Galton[4], gran defensor del criterio eugenésico, a lo largo de las generaciones los caracteres sufrían a menudo una fase involutiva en la media de las poblaciones. La selección natural deficiente propiciada por la artificiosidad de las sociedades humanas daba pie a la perpetuación de rasgos indeseables y empobrecedores de la calidad genética de la especie que, cada cierto tiempo y por deriva génica, se popularizaban en una población dada. Esto permitía explicar, en su opinión, porqué entre los seres humanos de cualquier lugar, clase y condición, predominaba la mediocridad física e intelectual sobre el talento. Los individuos más aptos eran siempre una inmensa minoría. Desde este punto de vista, hoy risible pero entonces tomado muy en serio, Galton entendía que los procesos de herencia debían ser manipulados mediante una adecuada política eugenésica, a fin de incrementar la aparición de los rasgos genéticos más adaptativos y deseables, y propiciar así una disminución de aquellos otros que empobrecían la herencia. Precisamente, la investigación de un fascinado Lombroso se centró en el estudio de aquellos rasgos que Galton pretendía erradicar puesto que en ellos, sostenía, se encontraba el fundamento de la conducta criminal. El fundamento último del atavismo. Así, estimaba que en cualquier población humana sobrevivía una minoría de sujetos en los que estas taras filogenéticas se manifestaban de modo extremadamente nítido y que, en puridad, podía considerarse que aquellos individuos no eran otra cosa que indeseables efectos involutivos del proceso de la selección natural[5].

Francis Galton
Francis Galton (1822-1911), en fotografía realizada hacia 1850.

Lombroso argumentaba, por ejemplo, que en las sociedades primitivas ciertos rasgos como el fuerte deseo de matar, son muy relevantes para la supervivencia ya que los individuos guiados por este impulso resultarían “cazadores más eficaces”. Sin embargo, en las sociedades civilizadas, la aparición de este tipo de rasgos atávicos supondría una regresión a momentos pasados de la historia evolutiva de la humanidad y, consecuentemente, causa inmediata de conductas no deseables como el crimen. En los países más avanzados y entre las clases sociales más refinadas, debido a factores como la natalidad controlada y el énfasis en la “pureza de sangre”, era más extraña la aparición de sujetos genéticamente peligrosos. Pero no sucedía lo mismo en las naciones atrasadas e incluso en los suburbios industriales empobrecidos de los países desarrollados, en los que un absoluto descontrol sobre la natalidad y la mezcla indiscriminada de la población multiplicaban las posibilidades de que se presentaran los caracteres atávicos. Es evidente que todo esto no es más que una completa sarta de sandeces pseudocientíficas, pero se sorprendería el lector de la ingente cantidad de personas que aún estima que este tipo de argumentos son básicamente ciertos lo cual, en todo caso, no es otra cosa perfecto ejemplo del éxito histórico-cultural del lombrosianismo.

Añadiremos en este punto que los comentarios sexistas que jalonan la obra de Lombroso, así como de buena parte de sus seguidores, no sólo son resultado efectivo de la época en que se realizaron, sino que también muestran claramente su propia consideración acerca de la mujer, ya arraigada en la juventud[6]. Este tipo de ideas eclosionarían con la publicación de un volumen dedicado al crimen femenino, La donna delinquente (1893), en el que estableció, entre otras cosas, que las mujeres no delinquen violentamente tanto como los hombres por la sencilla razón de que ocupan un lugar inferior en la escala evolutiva. De este modo, el atavismo se manifestaría en ellas a través de una potenciación de los más bajos instintos y, en consecuencia, serían más viciosas que el varón, de suerte que elegirían prostituirse antes que matar. Esto significaba que, si bien desde un punto de vista jurídico y médico el crimen femenino es equiparable en todos los términos al masculino,

Donna Delinquente“la prostitución es un fenómeno atávico específico de la mujer, y tienen una mayor presencia dentro del tipo de delincuente nato que el resto de las mujeres delincuentes, conclusión a la que llegó no solamente a partir de la aplicación de su método a casos precisos, sino a través del análisis de un ingente material histórico y etnográfico. Además, desde el punto de vista delincuente, a las meretrices las incluyó por encima de otros tipos, como las homicidas ladronas en el modelo de la criminalidad, además de coincidir con el resto de tipos en su falta de sentido maternal”[7].

Tipología criminal

En base a sus estudios, Lombroso elaboró una tipología en clave psicobiológica del delincuente que distingue cinco tipos básicos. Sorprenderá al lector comprobar lo cercana que se encuentra esta clasificación de la ya ideada en su día por Pinel y, más aún, lo próxima que le parecerá si la compara con muchas de las que se manejan en la actualidad lo cual, dicho sea de paso, debería inducirnos a pensar en una revisión teórica de las mismas:

  1. Delincuente nato. El principal o básico y, por tanto, el más extendido en la sociedad.
  2. Delincuente loco-moral. Fundamentalmente un idiota, o “imbécil moral” como fue llamado por autores como Prichard o Nicholson, que no comprende los sentimientos morales ni tiene “conciencia”. Así, se ve constantemente superado por los instintos primarios siendo son estos los que le inducen a la conducta delictiva. Sería lo que hoy denominamos genéricamente “psicópata”
  3. Delincuente epiléptico. Lombroso arguye su existencia sobre casos reales de sujetos impelidos al crimen tras haber sufrido alguna suerte de trauma psicofisiológico que altera su percepción de la realidad.
  4. Delincuente loco. Básicamente un demente. Este aparatado engloba tres subtipos: alcohólicos, histéricos y “mattoides”[8].
  5. Delincuente pasional. El concepto de pasión se entiende en un sentido amplio y englobaría no sólo las motivaciones sentimentales, sino también a las de carácter moral como son las patrióticas, religiosas, etcétera. Lombroso no encuentra diferencia alguna entre este tipo de delincuente y los otros, si bien, tal y como sucede hoy en día cuando se habla de fenómenos como el del terrorismo, arguye que suele tener un intelecto más alto –probablemente pretendiera referirse a un mayor nivel cultural- que la media de los criminales y cuenta con un mayor grado de altruismo.
  6. Delincuente ocasional. Este tipo ni pretende cometer delitos ex profeso, ni busca a propósito el momento de cometerlos, pero sí muestra cierta tendencia hacia el crimen que en la mayor parte de los casos le lleva a él por razones generalmente insignificantes. Para Lombroso existen tres subtipos dentro de este: “pseudocriminales” -no son peligrosos y delinquen por motivos extraordinarios como el honor-; “criminaloides” -un punto intermedio entre el delincuente nato, el ocasional y el hombre normal que en el fondo tiene alguna clase de degeneración no visible a simple vista, tendente a los vicios, y que llega al crimen impelido por circunstancias adversas, o bien por efecto mimético; y “habituales” -aparentemente normales, sin taras precisas o significantes, han pasado la mayor parte de su vida en un ambiente difícil, peligroso, hostil que finalmente les lleva al delito. Se trataría pues de criminales de raíz ambiental-.

A tenor de la clasificación precedente, resulta obvio que Lombroso no abarcaba todos los casos posibles y se curaba en salud. En efecto, su teoría no admitía cierre –apresurémonos a decir ninguna de las teorías formuladas a partir del determinismo psicofisiológico lo admite- y, como él mismo reconocía, sólo el 40% de los criminales parecía tener las marcas antropométricas típicas de la “predisposición al delito”. El resto, nada menos que el 60% de los delincuentes que estudió, llegaban al crimen por lo general desde la “causación externa”. Sin embargo, y ya parece suficiente atrevimiento afirmarlo, Lombroso sostuvo que quienes contaban con esos estigmas atávicos no podrían en modo alguno escapar de la determinación biológica y si no habían delinquido nunca, lo harían en el futuro:

“Brazos relativamente largos, pie prensil con dedo gordo móvil, frente baja y estrecha, orejas grandes, cráneo grueso, prognato en una gran mandíbula, pelo copioso en el pecho del macho, piel oscura, sensibilidad disminuida al dolor y ausencia de reacción vascular (los criminales y los salvajes no se ruborizan). […] Los niños eran algo así como criminales natos. El perfil psicológico de los pequeños se asemeja al de los delincuentes. Ambos presentan rasgos tales como enojo, venganza, celos, mentira, falta del sentido moral, falta de afectos, crueldad, pereza, uso de slang [jerga malsonante], vanidad, alcoholismo, predisposición a la obscenidad, imitación y falta de providencia”[9].

En definitiva, más de media humanidad.

No obstante, y pese a lo disparatada que pueda resultarnos en la actualidad, en descargo de la obra de Cesare Lombroso cabe afirmar que su autor siempre fue un hombre de gran integridad científica y personal que,

“continuamente revisaba sus conclusiones a la luz de nuevos hechos, o por la nueva interpretación de sus datos originales cuando lo consideraba necesario. Nunca impuso una forma final a su teoría antropológica, y por esta razón siempre quedará como una inspiración para quienes se dediquen al terreno criminológico”[10].

Qué menos.


[1] Lombroso fundó en 1867 la Revista Trimestral Psiquiátrica, primera publicación de estas características editada en Italia.

[2] Pérez-Fernández, F. (2004). El atavismo en el albor de la psicología criminal: Cesare Lombroso y los orígenes del tatuaje. Revista de Historia de la Psicología, 25, 4: 231-240, p. 235.

[3] Cabe significar que Galton no estaba de acuerdo con las conclusiones “prematuras” de los estudios antropométricos, por cuanto albergaba serías dudas en lo referente a su validez teórica y experimental pues dudaba de la validez de la medida corporal como variable independiente [véase por ejemplo sus comentarios al respecto en: Galton, F. (1904). Memories of my life. London; Methuen].

[4] Galton, F. (1883). Inquiries into human faculty and its development. London, Macmillan.

[5] Obsérvese que hay un terrible error de fondo en este modo de pensar, por cuanto se considera que la evolución es “progresiva” y tiende siempre “hacia la mejora”, lo cual implica un proceso biológico dirigido hacia un fin –u ortogénesis-. Hoy es bien conocido que la evolución de las especies es un proceso básicamente probabilístico que no va hacia parte alguna en concreto y que, por tanto, la visión ortogenética de la misma es simplemente falsa.

[6] Con tan sólo veinte años, Lombroso se empeño en desarrollar una teoría con la que demostrar que la mujer estaba reñida con la inteligencia.

[7] Herranz de Rafael, G. (2003); Sociología y delincuencia. Granada, Editorial Alhulia, p. 33.

[8] Los “mattoides” son aquellos individuos que no manifiestan rasgos claros de demencia ni poseen dolencia alguna de carácter psicofisiológico, pero que aun así muestran tendencias impúdicas y una personalidad disoluta incapaz, en la mayor parte de las circunstancias, de aceptar normas o conducirse por un elemental sentido común. A este tipo de sujetos Maudsley los calificó como de “temperamento alocado” y otros, como Cullere, los denominaron “fronterizos”. Hoy en día, todavía subsisten en el catálogo de las enfermedades mentales (DSM-5) bajo la nomenclatura genérica de “trastorno antisocial de la personalidad”.

[9] Lizarraga, F. y Salgado, L. (2000). “Patagónicos y lombrosianos”. En: Ciencia Hoy, vol. 10, número 59.

[10] Scott, H. (comp.) (1964). Enciclopedia del crimen y los criminales. Barcelona, Editorial Ferma, p. 104.

Sobre la moral, la pena y los delitos

Dilema Moral

Es el debate de los tiempos presentes: endurecer las penas e incrementar el control. Sacrificar libertades a cambio de seguridad. Otorgar, en suma, más poder a quien puede castigar aún a costa de renunciar a conquistas milenarias. Nunca funcionó y sabemos desde Cesare Beccaria (1738-1794) que es seguro que nunca funcionará, pero la verdad tiene escasa capacidad de competencia enfrentada al poder, al dinero o al albur de la circunstancia inmediata. Nadie piensa con prevención, orden y cordura cuando se siente apremiado por el presente:

“Las historias nos enseñan que debiendo ser las leyes pactos considerados de hombres libres, han sido pactos casuales de una necesidad pasajera; que debiendo ser dictadas por un apasionado examinador de la naturaleza humana, han sido instrumento de las pasiones de pocos”[1].

Legislar en caliente se llama hoy, eufemísticamente, a tal cosa cuando solo tiene un nombre coherente: insensatez.

Es tópico entre los más devotos partidarios del orden, la restricción y el castigo recurrir en sus explicaciones a la filosofía y la jurisprudencia anglosajonas a la hora de justificar sus posiciones. Al obrar así se pasa por encima del hecho de que tales modelos jurídicos son reflejo inmediato de la Ilustración. En todos ellos tiene gran importancia la jurisprudencia, están plagados de criterios utilitaristas y pragmáticos e, irónicamente, se esfuerzan en limitar el alcance y poder castigador del Estado. Cuando Benjamin Franklin (1706-1790), uno de los padres fundadores de los Estados Unidos, afirmaba que quien sacrifica su libertad para obtener más seguridad no suele obtener ninguna de ambas cosas, pensaba justamente en esta cuestión. Porque la penalidad es el negativo de la libertad y es obvio que cuanto más poder se concede a un Estado –o a un particular- para castigar, más fácil es que incurra en la vulneración de los derechos más básicos y elementales[2]. Así, la defensa ilustrada de las libertades y los derechos individuales, que consagra la Constitución democrática más antigua del mundo –la de los Estados Unidos de América- permite la independencia y la libertad de los individuos y, por simpatía, de las comunidades, y motiva, entre otras cosas, que el peso de los asertos taxativos y cerrados en torno a la calidad ético-moral de sus sistema penal deban ser matizados: en aquel país, desde el mandato constitucional general, hay tantos códigos penales como Estados lo constituyen, lo cual motiva que muchos de ellos no tengan, por poner el caso, legislada la pena de muerte, o simplemente no la apliquen. Ello por no mencionar que asumen un sistema jurídico extremadamente garantista –y por ello mismo carísimo- en el que los derechos del acusado son fundamentales y absolutamente inviolables.

Tampoco resulta menos manipulatorio sostener, por principio, que quienes están contra la dura lex son “buenistas”, gentes “políticamente correctas” o meros partidarios de eso que la retórica ultraconservadora llama “optimismo antropológico”. Habitualmente, la defensa del extremista y el demagogo suele comenzar por el ataque –por fútil que resulte-. Para empezar, la ofensa puede ser efectista, pero nunca es un argumento y solo debilita a quien la practica en la medida que solo disfraza su incapacidad argumental. La condenada “corrección política” es cosa que va y viene. Tiene más que ver con el estado de una cuestión sociopolítica concreta que con cualquier forma coherente de racionalidad, y no es argumento de nada o para nada. De hecho, igual de políticamente correcto podría ser –y lo ha sido en determinado contexto- defender la amenaza, el maltrato y la tortura bajo el pretexto discutible de que una sociedad tiene el derecho y el deber de defenderse de sus posibles enemigos pues, en realidad, nada tendría que temer quien nada hubiera hecho -uno de los argumentos favoritos de un tal Joseph Göbbels (1897-1945), por cierto-. Idea que solo puede sostenerse de manera convincente vendiendo la especie de que cualquier otra forma de pensar debe ser necesariamente irracional y absurda:

“Nada importaban el ingente número de leales judíos alemanes que había luchado con de denuedo –y perdido la vida en no pocos casos- durante la guerra ni el hecho de que hubiese en el país miles de judíos que no comulgaban con el comunismo ni con las izquierdas en general; para Hitler y sus seguidores resultaba mucho más fácil hacer de ellos el chivo expiatorio de los males de Alemania. […] Desde el principio sus partidarios [del Partido Nazi] aseguraron que el odio que profesaban a los judíos no provenía de un prejuicio ignorante, sino de un hecho científico”[3].

Defender los Derechos Humanos y los Derechos Fundamentales que consagran las constituciones democráticas de los Estados no es, como vemos, un “buenismo” ridículo, sino una cuestión de principio en la medida que la salvaguarda del derecho individual es siempre, y en todo caso, la protección de un bien colectivo. No tiene que ver con el posicionamiento moral particular de alguien en concreto, sino con la altura moral de una sociedad en su conjunto. No puede convertirse en motivo ofensa lo que es simple y llana educación ético-política, así como prevención contra la barbarie y la indecencia.

Uno de los más graves problemas históricos de las culturas de raíz judeocristiana es su hipertrofia moral, como ya denunciara Friedrich Nietzsche (1844-1900). De hecho, si el endurecimiento sistemático de las leyes por encima de la prevención y de la reinserción tiene el deber que argumentarse es, precisamente, como resultado directo de tal hipertrofia. Ello explica que durante las persecuciones de herejes del Medievo y el Renacimiento uno de los esfuerzos fundamentales de los órganos inquisitoriales fuera, precisamente, el de proveerse de buen material intelectual –médico, jurídico, teológico- desde el que justificar su aberrante conducta[4]. Por el contrario, para muchos pueblos de la antigüedad ajenos a tales exigencias teóricas este factum moral no suponía problema alguno. Era asumible o prescindible en función del caso, lo cual daba justificaba en su sentido último cualquier barbarie siempre que se cometiera sobre el sujeto adecuado. Hay quien llama a tales barbaries “moral natural”, cuando lo cierto es que se trata de expresiones de no-moral posibilitadas por el hecho de que el agresor está licitado para no ver a un igual en el agredido. Un hecho que fundamenta y posibilita prácticas milenarias como el supremacismo y la esclavitud. Si el progreso de la civilización es resultado de la aceptación colectiva de propuestas morales inalienables, la negación o anulación de la moralidad de todos y para todos –se argumente como se argumente- supone, de hecho, la erradicación de cualquier comportamiento civilizado en la misma medida que conversión de determinados sujetos, por cualquier razón, en meros objetos.

Ciertamente, Nietzsche erró en sus pronósticos en la medida que las consecuencias de su crítica nos retrotraen a estados amorales e incivilizados, pero no así en sus diagnósticos: la negación del mandato moral nos convierte en sociópatas, pero su hipertrofia nos conduce irremediablemente al moralismo. Y el moralista es, por definición, un individuo hipermoral, fanatizado y capaz –precisamente por ello- de cometer idénticos actos de brutalidad que el inmoral o el amoral. Si el amoral te aniquila porque te cosifica, y el inmoral te destruye arrastrado por su perversión emocional, el moralista te tritura porque te considera imperfecto, indigno y antisocial. La racionalidad, como bien explicó Immanuel Kant, tiene límites. No llega a todas partes ni alcanza a justificar cualquier posición a menos que se violen sus reglas interesadamente, incluso por encima de la propia conciencia. Hay hechos, como el del precepto moral universal, que no pueden someterse a cálculo científico y se deben aceptar como cuestión de principio. Como criterio para la acción.

“Si el hombre nada teme tanto como hallarse ante sus propios ojos en el examen interior de sí mismo, despreciable y repugnante, puede injertarse ahora toda una buena disposición moral de ánimo; porque ese es el mejor, el único vigilante para impedir que impulsos innobles y corrompidos penetren en el ánimo”[5].

La razón por sí misma no funciona en este ámbito. Hipertrofiada, pervertida, alterada, también puede justificar genocidios, asesinatos, torturas, vejaciones sin cuento. Con razones se contamina y con razones se limpia. La racionalidad, si es genuina y se atiene a reglas, no está de parte de nadie, ni sirve a nadie más allá de sí misma. No tiene un dueño fuera de sus límites ni es lícita su apropiación.

Jugar con los números

Llegados a este punto, amenazados por el temido monstruo del inmoralismo, el doctrinario, el autoritario, el extremista, empiezan a justificarse desde el consabido baile de cifras. Reiteraciones matemáticas mareantes. Estadísticas sin fin. Lo realmente sorprendente es que son precisamente esos mismos números, calcados a la milésima, los que emplearán discrecionalmente sus opositores para justificar sus alternativas. Algo hay aquí que no funciona. ¿Unos miran los números mal? ¿Y por qué razón peregrina hemos de suponer que los otros los miran bien? ¿No estarán indicando esos dígitos, tal vez, otra cosa cualquiera…? Quienes nos dedicamos a la investigación y la enseñanza de las Humanidades solemos ser plenamente conscientes de un hecho que a mucho obseso del guarismo y el cálculo se le escapa: que en los asuntos de lo humano todo dato numérico es indicativo e intencional, “apunta hacia” algo, pero jamás refleja una verdad cerrada por lo que se encuentra sometido a constante revisión. Precisamente por ello puede ser leído de tantas maneras dispares, diversas e incluso encontradas.

Se debe ser extremadamente cauteloso con los números y su uso debe ser orientativo, pero no prescriptivo: nunca hay una realidad social –o psicológica- obvia tras ellos y sí, por lo general, mucha interpretación ideológica. No son translúcidos. Asertos como: “la mitad de los ciudadanos creen…” deben leerse como: “la mitad de la cantidad limitada de ciudadanos a los que se ha preguntado opinan…”. Y luego vendrá la interpretación particular de los motivos por los que se estima que ese colectivo específico –no toda la sociedad- opina tal cosa.

Ciertamente, este es el más grave problema metodológico que deben enfrentar las Humanidades: tras miles de horas de trabajo teórico, recolección de datos y reflexión, siempre han de enfrentarse al vértigo del salto a lo real. En efecto, Jorge Luis Borges (1899-1986), hombre indiscutiblemente perspicaz, advirtió este hecho a la perfección cuando dijo que la realidad solía ser muy poco interesante comparada con cualquier hipótesis acerca de ella, por la simple razón de que una hipótesis tiene la obligación de resultar, cuando menos, “interesante”. Por eso se avanza tan lentamente en la comprensión de los fenómenos de lo humano: las personas no son piedras. No comen con aceleración constante, no duermen según la ley de Boyle-Mariotte y, en general, no viven sus vidas particulares de acuerdo a los principios de la termodinámica. La Humanidad no cabe en una ecuación y, en la mayor parte de los casos, quienes pretenden atraparla en simples números no hacen otra cosa que jugar al reduccionismo.

Se nos dice, por ejemplo: en las cárceles de tal nación hay tantos presos, más que hace no sé cuánto tiempo y suponen, en proyección, un X% menos de los que habrá dentro de diez años. Siempre, más allá de la mera noticia, cabe preguntarse cómo se nos cuenta tal cosa y qué se nos quiere decir con ella. Un eminente sociólogo como Edwin Sutherland (1833-1950) llegó a conclusiones más operativas sin dar tantos rodeos: ni todos los que están en las cárceles son delincuentes, ni todos los delincuentes están en las cárceles… de hecho, hay delincuentes terribles -especuladores, asesinos medioambientales, arruinadores de naciones enteras, genocidas y otras hierbas-, peores que los peores de muchas prisiones que no han visto ni verán una celda en toda su vida y que, en muchos casos, cuentan incluso con una elevada consideración social. ¿Hay estadísticas de eso? Las prisiones, en toda época y lugar, han sido siempre alimentadas mayoritariamente por los estratos más bajos de la escala social para cuyas costumbres –más o menos dolosas para la opinión de los grupos hegemónicos- el cuerpo social diseña la mayor parte de los delitos y las penas –Foucault dixit-. Parecería que la sociedad no solo tolera el maltrato al reo, sino que por su propia dinámica lo exige.

Se trata de una evidencia histórica que no necesita de mayor justificación pues se descubre simplemente leyendo: salvo casos de la más rotunda excepcionalidad, no hay –ni ha habido- ricos en ningún corredor de la muerte o sala de torturas del mundo. Los códigos penales de los países avanzados tienden a ser durísimos con cierta clase de tipos delictivos que concitan el interés voluble de la opinión pública y, sin embargo, extremadamente garantistas con los delincuentes de cuello blanco, cuyas actividades tienen consecuencias devastadoras, pero difusas. Parece que cuando la víctima es identificable por la acción directa de su victimario y tiene nombre y apellidos, es más víctima. Es más adaptativo en términos biológicos  y psicológicos simpatizar con el sujeto que compadecer al grupo.

Se nos cuenta, por ejemplo, que en cierta época y en ciertos lugares se derogó la pena capital y automáticamente la cantidad de delitos ascendió. Así de simple. Tanto número para terminar siendo tan intelectualmente ramplón y terminar, por cierto, burlándose de la estadística. No es solo que se trate de una afirmación demostrablemente falaz, es que además, en el caso en concreto que pudiera acercarse a una certeza, siempre cabría preguntarse cosas interesantes: ese aumento o disminución de las tasas criminales, ¿depende solo de cuán dura sea la pena que se impone? ¿No influyen otros factores? ¿Los hechos sociales son unívocos, unidireccionales, y pueden ser explicados fuera del órgano en el que se insertan? ¿Para eso tanto dato? Desde luego, Emile Durkheim (1858-1917) se moriría de la risa ante tanta banalidad. No se dice con todo esto que la estadística sea aporte inútil o arma innecesaria y que, por tanto, no deba realizarse o tenerse presente. Sólo un imbécil redomado sostendría tal cosa sin ponerse colorado. Lo que se dice es que orienta y ayuda, pero solo ilustra y nada explica por sí misma. Que la pasión del presente por buscar regularidades universales y tendencias en procelosos mares de datos es poco menos que una moda pasajera a la que más pronto o más tarde se reconocerá como instrumento de apoyo, pero de “verdad” anecdótica. Porque el problema de la calculadora no reside en lo que ella “hace” con los números, sino en los números que le introduce “quien” la emplea[6].

En el fondo argumental de las posiciones partidarias a la limitación de derechos, el endurecimiento de penas, la aplicación de castigos cada vez más severos y etcétera, siempre late una idea que opera en su fondo como correa de transmisión. A saber, que esa postura nos hace “más civilizados” en la medida que, de algún modo, nos acerca al sufrimiento de esa víctima con nombre y apellidos. Nos sintoniza con su desgracia. Nos coloca en la siempre agradable posición de la defensa del individuo y, a través suyo, en su nombre y por simpatía, del cuerpo social en su conjunto. Nos aligera la conciencia. Nos permite cabalgar sobre la cresta de la ola de un malentendido altruismo. Y esa es precisamente una tentación a la que no se debiera sucumbir en tanto que prejuicio sentimental que poco o nada tiene que ver con la justicia en sí misma.

La metáfora del asesino

Hace varios años entré en una librería de viejo –esas que solemos recorrer los buscadores de rarezas- y un libro me encontró. Todavía lo conservo. Se trata de un texto autobiográfico escrito por un pastor metodista que fue capellán de varias prisiones en los Estados Unidos, especialmente en la célebre cárcel de San Quintín, lugar en el que hace años funcionaba una maravillosa cámara de gas que hoy es pieza de museo que se muestra a curiosos, amigos de lo macabro, nostálgicos del Medievo y sadomasoquistas en general[7]. El hecho es que, en calidad de capellán, este buen hombre asistió a muchas ejecuciones y compartió con muchos presos sus vidas en el corredor de la muerte.

Como es de suponer, el texto estaba repleto de la tópica verborrea cristiana al uso y de análisis no menos fastidiosos y extensos de la situación espiritual de los condenados durante las diferentes fases del proceso. Pero hacia el final incluía una interesante reflexión: Imagínense –decía su autor- que un asesino sádico ciertamente especial y terrible secuestrara a una persona, la encerrara en una habitación y le dijera algo como:

-Te voy a matar, pero no sé bien cuándo. Tal vez mañana, tal vez dentro de una semana o tal vez dentro de un año. Pero te aseguro que, pase el tiempo que pase, sólo saldrás de aquí muerto. Y lo voy a hacer por tal y tal motivo.

En efecto, este peculiar asesino se encargaría de alimentar a su prisionero, de mantenerlo limpio y vestido, de sacarlo a pasear al patio trasero de la casa de vez en cuando… Hasta que pensara que había llegado el momento de darle muerte. El prisionero incluso engordaría, estaría con buena salud y llegaría a intercambiar confidencias con él. Hasta que un día cualquiera entrara en la celda y le dijese:

-La semana que viene, a tal día, a tal hora, morirás.

¿Qué pensaría usted de un asesino como ese?

Bien, imagine ahora que ese criminal tan perverso se llama Estado. Que ese sujeto somos todos nosotros, erigidos en un organismo meta-humano que ya no tiene cara, cuerpo, familia, trabajo o nombre, pero que hace exactamente eso mismo con perfecta meticulosidad, presteza y eficiencia. Piénselo bien y advertirá el hecho central que nadie quiere reconocer cuando defiende este tipo de posturas, pero que inevitablemente late en el fondo de ellas. En efecto. Son posibles, pueden existir y ser defendidas alegremente porque implican necesariamente la despersonalización. No es un “yo” quien mata, castiga o tortura, sino “el Estado”. Un “todos”. Esa forma de pensar cínica y tremenda es precisamente la que sirvió a Luis García Berlanga para construir una de sus más memorables y críticas películas: El Verdugo… Este trabajo, el de verdugo, es necesario para el buen orden social, pero que lo haga otro…[8] ¿Paradoja? Porque esta es precisamente la primera cuestión que conviene hacerse: ¿Estaría usted dispuesto a ejercer como verdugo? Dejémonos de argucias intelectuales y vayamos a lo concreto, a lo terriblemente real, entero y verdadero. Es una cuestión, posiblemente, fácil de responder sentado frente a un teclado, rodeado de libros, con nuestro disco favorito sonando al fondo, un cafecito y gesto intelectual. Pero aquí no se trata de hablar, se trata de hacer. Se trata de que todos nos pongamos de acuerdo para matar a una persona. ¿Eso pretende defenderse como “civilizado”?

Si no tenemos un trasfondo personal tenebroso, y quiero decir con ello que no mostramos tendencia a alegrarnos de los males ajenos -hay gente que, desde la imbecilidad moral más básica, confunde términos y supone que defender determinada causa debe terminar necesariamente con el maltrato de quienes se oponen a ella-, entenderemos que las razones por las que la gente comete delitos son múltiples y variopintas. Hay gente que roba porque lo necesita y gente que lo hace porque es más fácil que trabajar. Hay gente que roba porque es lo único que sabe hacer y gente que lo hace porque no quiere hacer otra cosa. Incluso hay quien roba tonterías como respuesta a un trastorno psicológico. Erradiquemos de buena vez la simpleza que impera en el discurso social a la hora de enjuiciar a los demás. Hay personas que matan porque les gusta, otras se confunden, algunas pierden momentáneamente la razón, en algunos casos no ven más salida que el asesinato, a veces no tienen otra opción, del mismo modo que hay quien mata para defenderse y quien mata por accidente. La experiencia profesional me dice que “los buenos” pueden matar exactamente igual que “los malos”. Que solo basta con someter al individuo a determinadas circunstancias y presiones. Hay sujetos que matan por sistema y sujetos que matan sólo una vez. Los hay que tienen arreglo y los hay que no cambiarían aunque naciesen dos veces. Y aquí es donde se presenta el partidario de la dura lex –que ante todo quiere seguir pareciendo una persona respetable y moral- y nos dice: “es que las penas, por duras que sean, deben ser aplicadas racional y razonablemente”. ¿Cómo de razonablemente? ¿Mediante qué principios indiscutibles, inalterables y carentes de excepción? Usted quiere mecanizar y legalizar la barbarie homogeneizando situaciones completamente heterogéneas. ¿Y eso se defiende como “civilizado”?

El problema de los límites

Nuestros modelos jurídicos son limitados en lo referente a su capacidad de esclarecer las causas últimas de los delitos, así como para argumentar racionalmente algunas de las sentencias que emite y que, sin embargo, están ajustadas a derecho. De hecho, no existe ni ha existido en el mundo un solo sistema de justicia perfecto en este sentido. Ni existirá. Da igual cuántas precauciones apliquen los legisladores al mismo y cuánto cuidado pongan sus actores. Ello es resultado de evidencias tan claras que sólo los obtusos o los extremistas se niegan a ver: 1) lo moral y lo ético no son lo mismo; y 2) las leyes tienen texto, pero también espíritu.

La justicia sólo juzga a las personas por la calidad de sus acciones –eticidad-, pero nunca por los principios psicológicos que las motivan –moralidad-. Los actos se ven. Son claros y concisos. Los principios se deducen, se imaginan, se estiman. La tragedia de todo esto es que un individuo puede cometer actos terribles con las mejores intenciones, y viceversa. Y ante un tribunal no vale lo que se estima como cierto desde la convicción, sino en todo caso lo que se puede probar de acuerdo a derecho. Por ello encogerse en rincón haciendo pucheros y argumentando que “la ley no es justa” es equivalente a decir que “el agua moja”. La dañina creencia en el “mundo justo” es cosa tan infantil y cuasi religiosa que provoca profunda fascinación. Pero es que debe ser así. No es una casualidad arbitraria la que exige que la justicia opere de tal modo. Condenar o liberar por convicción nos conduce irremediablemente a los tiempos de la caza de brujas, en los que todos estaban “convencidos” de que las brujas existían. Condenar o liberar por convicción es condenar arbitrariamente, porque cualquiera puede estar perfectamente convencido de cualquier cosa, sea cierta o no. Idéntico argumento es aplicable a la tortura, y por ello las leyes de las naciones avanzadas, así como el derecho internacional, la proscriben y persiguen: bajo condiciones de tortura cualquier persona puede confesarse autora –por acción, omisión o complicidad- de cualquier disparate[9].

Dado que el sofisma es una plaga común de los tiempos presentes, cada vez es más fácil encontrarse que uno de los asertos más socorridos del partidario de la pena de muerte, del endurecimiento de las penas, de la no reinserción, del castigo mondo y lirondo, cuando es enfrentado consigo mismo -no olvidemos que estamos ante personas que viven necesariamente en la contradicción permanente de defender la vida, la dignidad y el derecho negando, a su vez, la vida, la dignidad y el derecho de determinados individuos o colectivos- es el que apela directamente a una pretendida falta de moralidad en quien se le opone: ¿Y qué hay de las víctimas? ¿Es que acaso las víctimas no tienen derechos? ¿Es que el criminal debe ser protegido entretanto las víctimas han de soportar estoicamente sus abusos? Debo decir que, por lo común, me sorprende que personas adultas y a menudo bien formadas tengan tan escasa flexibilidad mental y sean tan profundamente infantiles en sus juicios.

Resulta que en la misma medida que se intenta defender los Derechos Humanos, la dignidad, la justicia y el respecto de todos y para todos –empezando por el Estado, que debe dar ejemplo en el cumplimiento escrupuloso de las leyes que él mismo promulga y en las que se sostiene-, somos necesariamente culpable de algo. De una especie de crimen terrible y oscuro que nos convierte en monstruos. El defensor selectivo, ergo inmoral, de los castigos y de las torturas nos acusa de inmoralidad. ¿Se puede ser más cínico? ¿Esto es maldad o simple estupidez? ¿Se olvida que torturar, castigar, penalizar, robar, violar, agredir o matar es discrecional e impredecible? Cualquiera puede hacerlo. Ahora o mañana. Por un motivo u otro y nadie puede impedirlo. Siempre habrá quien delinca por cualquier motivo y, por tanto, siempre habrá quien deba convertirse en inopinada víctima. Nadie es responsable de esto excepto el criminal cuando se demuestra que lo es –por ello se le detiene y se le juzga de acuerdo a derecho-. Nadie puede culpabilizarnos de que el crimen, cualquiera que sea su modalidad, exista. Nadie puede decirme sin sonrojarse que defender el cumplimiento de la ley me iguala a quienes la transgreden.

Yo no estoy de parte más que de la defensa de la vida humana, de la justicia, del derecho, de la dignidad de la persona… Porque una sociedad que no respeta los derechos de sus culpables, de sus acusados, de sus condenados, es, sépanlo, una sociedad tiránica, deshumanizada y perdida que no respetará los derechos de nadie en absoluto.

“Bajo Stalin, la Unión Soviética había evolucionado, lentamente y de forma titubeante, de un estado marxista revolucionario a un enorme imperio plurinacional con un barniz de ideología marxista y continuamente preocupado por la seguridad de sus fronteras y por las minorías. Debido a que Stalin heredó, mantuvo y dirigió el aparato de seguridad de los años revolucionarios, estas preocupaciones derivaron en estallidos de matanzas nacionales […], y en episodios de deportaciones nacionales que empezaron en 1930 y prosiguieron durante toda la vida de Stalin”[10].

Ocurre, por lo demás, que extremar la dureza de las condenas e incrementar exponencialmente las penas cada vez que se presenta un caso sonado –los motivos y procesos por los que unos crímenes se hacen “famosos” entre la opinión pública y otros se ignoran por completo es un misterio que nadie ha sido capaz de descifrar del todo-, no ayuda en modo alguno a paliar el dolor de la víctima. Otro de los graves déficits de la justicia reside en el hecho de que no puede restituir en modo alguno los males causados. Si alguien incapacita de por vida a otra persona por causa de accidente, puede ser denunciado y castigado por su imprudencia, hecho que proporcionará una ventaja moral a la víctima, pero ello no restituirá su integridad física o psíquica. El dolor permanecerá a menos que se aprenda a convivir con él. Nada lo cubre y nada lo tapa. El mal recibido nunca es restituido o reintegrado de suerte simétrica a quien nos lo procura y, en cualquier caso, sería dudoso creer que ello fuera justo. El resentimiento de quien es objeto y objetivo del crimen es algo natural. De hecho humano y, por tanto, perfectamente comprensible. Pero la razonable sed de justicia no debe confundirse con el arrebato de odio o el simple deseo de venganza que, realmente, no conducen a nada y tampoco anulan o palian el dolor del victimizado. El más terrible de los castigos contra el agresor, la permanente y lícita exigencia de perdón y respeto, no borran ni la agresión recibida ni sus secuelas. La solución a esas cuestiones íntimas no reside ni tan siquiera centralmente en el derecho. Se encuentra en otra parte. El hecho que nadie parece querer comprender es el siguiente: el problema que la víctima plantea a la sociedad es diferente del que le plantea el victimario y, en consecuencia, ambas cuestiones han de abordarse de forma independiente.

Contrariamente a lo que el común de los mortales cree, la justicia moderna no está hecha para castigar a los culpables, sino para proteger a los inocentes. Y debe ser así porque cualquier otra cosa degeneraría en un estado reduccionista, policial, infame y peligroso. Ya ha sucedido. No respetar arbitrariamente los derechos de determinados colectivos es abrir la puerta a un sutil riesgo: el de que mañana alguien decida que nadie –o solo unos pocos- tienen cierta clase de derechos. Es evidente que las garantías que se imponen para proteger al inocente permiten a algunos culpables zafarse del abrazo de la ley, pero este es un problema que hemos de asumir si queremos evitar males mayores. Las garantías son imprescindibles para proteger a quien es acusado injusta o erróneamente. ¿Es preferible que se detenga a cualquiera, con cualquier pretexto y se le torture hasta la muerte por miedo a que sea culpable? ¿Esto es lo civilizado?

Es preferible un sistema judicial garantista que se esfuerza por seleccionar y extraer las manzanas podridas del cesto de las sanas, que aquel que piensa por principio que todas las manzanas están podridas. La justicia y la aplicación de las penas no pueden ser retributivas porque ello las conduciría al absurdo. Y si la justicia no puede operar desde la retribución, tiene que buscar el espíritu de la reinserción, pues algo tiene que hacer para afrontar el problema del delito de modo constructivo, operativo, eficaz.

El problema de los modelos penitenciarios actuales es que, más allá del mandato constitucional en el que basan, han evacuado de su seno la pedagogía por diversas razones. La principal son los costes. El actual modelo jurídico-penitenciario, oscuro y poco ilustrativo, nada amigo de ofrecer explicaciones, y ciertamente limitado en sus capacidades, ha motivado un crecimiento exponencial de sus detractores y críticos, cosa que conduce al populismo: aumento de los partidarios de las medidas extremas, los castigos, el endurecimiento de las penas e incluso, en la exigencia de la pena de muerte como medida pretendidamente ejemplarizante. De nada sirve que se viva en un país básicamente seguro, o que las cifras de la criminalidad sean razonables para el volumen creciente del cuerpo social. Ello no sirve frente a los enemigos de las libertades que se agazapan en todas partes. El hecho es que hoy la ciencia cuenta con medios eficaces en lo relativo a la prevención y corrección de las conductas delictivas, pero no solo ocurre que no se publicitan en un silenciamiento manifiestamente sospechoso, es que el contribuyente tampoco quiere invertir en recursos para las prisiones, ni en programas de reinserción, ni en terapias, ni en cosa alguna que pueda sonar a conceder a los reos –que ante todo deben ser castigados por sus iniquidades- alguna suerte de ventaja que pueda, remotamente, incomodarnos frente a la víctima.

Seamos sinceros: Los contribuyentes prefieren que sus dineros se gasten en otras cosas, ignorando que una buena política de reinserción contribuiría más a su propio beneficio que una buena carretera. Así es el abrazo del autoritarismo. Ciego, irracional e implacable. Y con total independencia de las tasas de reincidencia –esa cifra que irónicamente no suele servir a quien tanto se sirve de ella, y por ello nunca se ofrece al gran público- homogeneizamos casos y cosas. Dado que no contamos con los medios para hacer obrar de otro modo -ni pensamos arbitrarlos-, institucionalizamos al convicto y a otra cosa.

No es caso de convencer a alguien de algo tan ridículo como que todos los condenados/as, con total independencia del delito que hayan cometido, son salvables “almas de Dios”. Pero una mayoría sí. ¿Qué hacer con el resto? Pues precisamente lo mejor que podemos hacer: Investigar, estudiar, comprender sus motivaciones y prevenir a los que vendrán… Porque vendrán. Hoy la ciencia está en disposición de ello como no lo ha estado nunca antes en el pasado, precisamente porque hemos ido desprendiéndonos, no sin esfuerzos, de buena parte de los prejuicios pseudocientíficos que la inundaban respecto de la consideración del crimen. Precisamente, el argumento invalidatorio más importante para los partidarios del endurecimiento extremo de las penas como medida coercitiva eficiente reside en la ignorancia de que el crimen, en tanto que fenómeno psicosocial, va mucho más allá lo meramente policial, jurídico o penitenciario y se relaciona, de suerte intrínseca, con variables ajenas a la redacción, aprobación y cumplimiento de las leyes.

Panoptico


[1] Beccaria, C. (1993). De los delitos y de las penas. Madrid: Alianza, pp, 25-26.

[2] John Locke (1632-1704) o Jeremy Bentham (1748-1832), por ejemplo, referencias comunes en este contexto, no eran partidarios de la acumulación de poder, la justicia vengativa, los castigos excesivos o la represión sistémica, cosas que consideraban contrarias al buen orden y al gobierno democrático en tanto que enemigos directos del valor del individuo: “La teoría del castigo de Locke es liberal porque se funda en ciertos principios y valores individualistas. En efecto, una teoría del castigo que no tome en serio el valor del individuo difícilmente podría entenderse como una teoría lockeana del castigo. […] La sugerencia de que el individuo debe mantener su derecho a efectuar/actualizar su derecho a amenazar a otros y, en consecuencia, mantener su derecho natural a castigar en el contexto de una comunidad política, es algo que ninguna propuesta genuinamente lockeana podría defender” [Donoso, A. (2012). Hacia una teoría liberal del castigo: Locke, propiedad e individualismo. Revista de Ciencia Política (Santiago), 32, 2, 433-448].

[3] Rees, L. (2007). Auschwitz. Los Nazis y la “solución final”. Barcelona: Crítica, p. 36.

[4] López-Muñoz, F. & Pérez-Fernández, F. (2017). El Vuelo de Clavileño. Brujas, pócimas, fármacos, médicos e inquisidores a través de la literatura cervantina. Madrid: Delta Publicaciones.

[5] Kant, I. (1995). Crítica de la razón práctica. Barcelona: Círculo de Lectores.

[6] Véase, por ejemplo: El gran problema del big data: las mentiras de los consumidores y la información falsa. PuroMarketing.com [visitado en mayo de 2018].

[7] Eshellman, B.E. & Riley, F. (1963). Pabellón de la muerte. Día de ejecución. Barcelona, Madrid: Dux, Ediciones y Publicaciones.

[8] Sueiro, D. (1974). La pena de muerte. Ceremonial, historia, procedimientos. Madrid: Alianza.

[9] Tomás y Valiente, F. (1973). La tortura en España. Estudios históricos. Barcelona: Ariel.

[10] Snyder, T. (2011). Tierras de sangre. Europa entre Hitler y Stalin. Barcelona: Galaxia Guttenberg, pp. 389-390.

El crimen del “fantasma”


Como investigador, profesor y apasionado del método que soy desde hace muchos años, me encantan los misterios. Me apasionan y me fastidian al mismo tiempo. Me gusta la idea de profundizar, con la finalidad de esclarecerlos, en aquellos puntos oscuros de la realidad que se resisten contumaces a ser iluminados. Pero también me molesta el hecho de que la falta de luces se convierta para muchos en pretexto para falacias y fantasías sin fundamento alguno. Por ello suponen para mí un doble reto, tanto racional y científico como ético. Y hay muchos de estos enigmas que probablemente pudieran resolverse si se determinara el cabo apropiado del que tirar, pero que al mismo tiempo van cayendo en el olvido y el silencio precisamente porque nadie encuentra el cabo de marras. A veces porque existió y se destruyó inadvertidamente, en ocasiones porque no se ha encontrado aún y, las más de las veces, porque simplemente no se ha buscado con la adecuada pericia y dedicación o no se ha sabido sacar partido de la información que se tiene. Es máxima universal que al éxito todo el mundo se apunta, pero el fracaso no tiene amigos.

Siempre que me hablan de “crímenes fantasmales” o “crímenes con fantasma”, me acuerdo de mi buen amigo, en tiempos compañero, Francisco Pérez Caballero. Y lo hago porque leyendo su libro Dossier negro[1] –cuyo título quiere recordar al del célebre cómic de terror que se publicaba en la España de las décadas de 1970 y 1980-, tuve noticia de uno de los más fascinantes misterios irresueltos de la historia negra española. Me refiero al crimen cometido hace ya más de 35 años en el Hostal “El Consul”, sito en la localidad murciana de La Unión. Un asesinato “fantasmal” en toda regla sobre el que nadie fue capaz –ya fuera por acción, omisión o simple conspiración de silencio- de arrojar luz alguna.


Alfonso, el aventurero

Nunca mejor dicho. Alfonso Martínez Saura -don Alfonso para sus convecinos- había dedicado la mayor parte de su vida los viajes llegando, incluso, a ejercer como diplomático en Costa de Marfil –de ahí le venía el apodo de “el cónsul” por el que era conocido y con el que bautizó su negocio- durante años y sentía un cariño manifiesto por la cultura africana. Tal vez por tener muchas cosas que contar recopiladas a lo largo de una vida aventurera, y ser por su proverbial amabilidad una compañía sumamente grata a sus conciudadanos, se perdonaran sus excentricidades, como la de vestir túnicas en un área rural a comienzos de la década de 1980. De hecho, Alfonso había recalado en La Unión buscando sentar la cabeza por fin y para ello abrió el dichoso hostal que, por cierto, decoró con los muchos recuerdos acumulados a lo largo de su periplo africano.

Alfonso Martinez Saura e hijo (
Alfonso, de elegante pajarita, acompañado de uno de sus hijos [fuente desconocida]

Y es que Alfonso era, como corresponde al caso, todo un hombre de mundo. Culto y educado, respetaba toda clase de creencias, era sumamente tolerante, místico hasta el exceso, y afirmaba que hay pocas cosas que los hombres sepan de verdad de esta vida o de la otra. Así, viviendo desde el misterio y querido por todos pese a su excentricidad tal vez por ser él mismo el más grande de todos los misterios que albergaba el pueblo, el Hostal “El Consul”, erigido sobre aquella loma solitaria desde la que se domina la carretera RM-F40, entre La Unión y Los Camachos, se convirtió en un lugar de mediano éxito. Tenía un disco-bar -negocio tópico en aquella España de la década de 1980- que acumulaba bastantes parroquianos y había, por lo común, una razonable ocupación de habitaciones… Hasta que la suerte cambió de manera inesperada, cosa bastante común en los locales excéntricos o regentados por personajes excéntricos: siempre les llega el día en que la gente se cansa de la novedad –porque ya no es tan nueva- y comienza a responder con simple indiferencia.

“Llegar al Hostal El Cónsul es relativamente fácil una vez que ya estás allí. Quiero decir que nos perdimos lo justo, no sabíamos cual de los caminos agrícolas nos llevaría al edificio. Primera toma de contacto: preguntar a las gentes del lugar y así nos llevamos la primera sorpresa. Nosotros preguntando por el Hostal El Cónsul y los vecinos nos cuentan que también se conoce el enclave como ‘la casa de los toreros’. Unos toreros de Cartagena que al parecer eran socios, o algo por el estilo, de Alfonso Martínez”[2].

Hostal-El-Consul (descubriendomurciacom)
Vista actual del hostal [Fuente: descubriendomurcia.com]

Así que Alfonso Martínez Saura, el cónsul de la túnica, las pajaritas, los abalorios y las máscaras africanas, se fue quedando solo en su hostal vacío sobre la cima de la colina. Melancólico a decir de los amigos íntimos que le fueron quedando y que se convirtieron en sus parroquianos habituales. Entre ellos un policía local, Antonio Mata, quien solía invertir algunas horas de su tiempo libre en la grata y entretenida compañía del aventurero y que, tal vez, fuera uno de los primeros en advertir que algo raro, una atmósfera extraña, empezaba a impregnar todo lo relacionado con él.

“Recuerda [Antonio Mata] que estaban casi a oscuras, en la barra del local, cuando alguien llamó a la puerta. El dueño ni siquiera parpadeó. ‘Ve a abrir’, le dijeron. Y don Alfonso contestó que no era nadie, que no se preocuparan. Aquella actitud encendió el instinto policial de Antonio, que se levantó al instante. ‘¿Cómo que no es nadie?’, le dijo a su amigo a la vez que los golpes se repetían. ‘Que no es nadie –explicó Alfonso-, solo un fantasma que, desde hace algún tiempo me visita’. Sorprendido por la respuesta, que no parecía una broma, Antonio esperó junto a la puerta a que se repitieran los golpes. Esperó, esperó… y entonces sucedió. Uno, dos… cuando la tercera llamada se iba a estampar sobre la madera de la puerta, el policía abrió. Y allí no había nadie. Bajó las escaleras a la carrera, mirando a ambos lados, y no había ni rastro de la persona que había llamado”[3].

Nadie hizo cuentas del singular suceso ni de la peculiar interpretación que le dio el hostelero. Al fin y al cabo, quienes le conocían estaban tan acostumbrados a su excéntrica visión de la vida y a sus peculiares teorías místicas, que incluso les pareció un comentario a todas luces normal, por esperable, en alguien como él.

Alfonso, el cadáver

En la mañana del 27 de marzo de 1982, fue que Alfonso Martínez Saura se mostrara vivo por última vez, realizando algunos recados por las calles del pueblo. Posteriormente, y según lo acostumbrado, a primera hora de la tarde uno de los pocos empleados que le iban quedando a aquel hostal menguante se presentó en la casa de la loma, en el horario convenido, dispuesto a afrontar sus quehaceres. Pero todo estaba cerrado a cal y canto, lo cual era muy inusual, pues era costumbre que el propietario ya le estuviera esperando con las puertas abiertas, embebido en algún quehacer. Por supuesto, no pensó en lo peor. Quién va a pensar en esas cosas en un pueblo en el que nunca suelen ocurrir… Quiso imaginar, simplemente, que alguna razón especial retrasaba al propietario y decidió esperar un tiempo prudencial. Pero cuando pasaron un par de horas y algún otro de los compañeros que habían ido llegando comenzó a impacientarse, acordaron entre todos dar parte a las Autoridades[4].

hostal-consul (la opinion de murcia)
Otra panorámica del hostal [fuente: La Opinión de Murcia].

Resultó que el policía local y amigo de Alfonso, Antonio Mata, terminaba el turno en el momento en el que los empleados del Cónsul se personaron en la comisaría, por lo que decidió acompañarlos él mismo hasta allí. Y la primera sorpresa fue que todo estaba cerrado desde dentro. Tras fisgar entre las ranuras de postigos y persianas, el juego cambiante de las luces permitió a los visitantes intuir sobre el suelo de una de las estancias de la planta baja lo que podría ser un cuerpo. Se pensó que algún achaque de salud podría haber acosado al propietario -pues ya tenía sus años- o, en el peor de los casos y teniendo en cuenta los accesos de melancolía que lo asaltaban en los últimos tiempos y la mala marcha del negocio, cualquier otro disparate. Sea como fuere, el agente Mata decidió no esperar más. Se hizo con una linterna y en ese mismo momento se abrió paso hasta el interior rompiendo unos cristales.

El cuerpo sin vida del antiguo diplomático yacía junto a la barra del bar, sobre un charco de sangre. Sin duda, visto el piquerismo de la agresión aquello tenía que ser un asesinato –la médico que certificó la defunción contaría hasta 63 puñaladas procuradas con un arma de pequeñas dimensiones, ninguna de ellas mortal de necesidad lo cual hace pensar en un premeditado mecanismo de tortura-. En una de sus manos, ya agarrotadas, había un mechón de cabellos que probablemente pertenecieran al agresor. En una de las habitaciones alguien, quizá él, quizá el asesino, había dejado un grifo abierto y la bañera se había desbordado. Y el libro de entradas del hostal era un testigo mudo porque no había ninguna entrada o salida en aquella fecha. Teóricamente, Alfonso estaba solo. Y si no lo estaba, el hecho es que tampoco ha habido hasta el presente forma humana de discernir cómo pudo su asesino abandonar el edificio y cerrarlo desde el interior al mismo tiempo[5]. Eso, por supuesto, siempre que no fuera la propia víctima quien se encerrara en un intento de escapar de una mano asesina que bien pudo abordarlo fuera, para luego fallecer en soledad. Explicación que, visto lo visto, se antoja como la más probable.

“Lo mató el fantasma”

Ciertamente, la muerte del extravagante hotelero, por misteriosa e inesperada, dio mucho que hablar en la comarca, pero nunca se pudo pasar de la especulación y la sospecha infundada. Sin embargo, el instinto policial de Antonio Mata, implacablemente, apuntaba solo en una dirección porque solo una parecía existir. Al fin y al cabo, Alfonso no tenía relaciones conocidas que pudieran justificar un crimen pasional, no había motivo alguno para suponer que hospedara a alguien sin seguir el trámite habitual, y nadie en La Unión o en Los Camachos, donde era bien conocido, sabía de persona alguna que pudiera tener razón alguna para torturarlo hasta la muerte. De modo que, en efecto,

“lo mató el fantasma. Es decir, lo que [o quien] fuera que estuviera tras la misteriosa llamada de aquel día, aquello que llevaba tiempo asediando a don Alfonso. Es solo una hipótesis. Por frustrante que resulte, el caso nunca se resolvió”[6].

Evidentemente, Mata hablaba en sentido figurado, refiriéndose al desconocido -o desconocida- que llamó a la puerta aquella noche en la que se dedicó a perseguir humo, pero ello no obstó para que los fantasiosos de costumbre lo interpretaran literalmente. Así, ante la falta de progresos policiales pues los agentes fueron claudicando ante la falta de indicios, aquello terminó convirtiéndose con el devenir del tiempo en lugar de peregrinaje para domingueros, amigos de lo raro, caza-fantasmas “profesionales”, algún que otro vándalo, y buscadores de aventuras de todo cuño y condición. Incluso se grabaron psicofonías, algunas muy famosas y emitidas en diversos medios: “aquí nací, aquí muero” y “por mentir, cerdo, ¡muere por mentir!” –o al menos eso dicen, que dicen- son las dos más conocidas[7]. Pero hay algunas más. No obstante, y como suele ocurrir en estos casos, ninguna de ellas ayuda a resolver nada porque los fantasmas, y mira que es mala suerte, suelen ser muy ligeros para desahogarse ante el micrófono del primero que aparece, o para “mostrarse” como curiosos efectos de luz en las fotografías, pero bastante malos recordando nombres, apellidos o cualquier otra clase de dato que pueda resultar de cierta utilidad a la justicia.

El caso es que –volvamos al terreno firme- el único indicio razonable, los cabellos que Alfonso sostenía en su mano, ayudaron poco en la medida que la tecnología de la policía científica del momento no pudo emplearlos para extraer ni tan siquiera un perfil de ADN. También se encontró, dos días después, la cartera de Alfonso Martínez Saura en un camino cercano, pero quien la tirase allá no se había llevado ni el dinero que había en su interior. Ni tan siquiera los escasos clientes que se habían alojado en el hostal en días previos, y que fueron escrupulosamente localizados, fueron capaces de recordar algo singularmente raro durante su estancia. De tal suerte el caso quedó en punto muerto y terminó cerrándose. Al igual que el dichoso hostal, que aún hoy sigue abandonado. Los herederos del propietario, dueños a su vez de la finca y de la casa, sacaron de ella cuanto estimaron conveniente y la abandonaron a la ruina lamentable en la que todavía hoy permanece. Un cascarón vacío, sin cristales, expuesto a los vientos de aquella loma solitaria en la que se levanta y a la que todavía hoy se hacen excursiones en busca del fantasma asesino… O el del asesinado.

“El hostal está en barbecho, y vacío. ‘No hay muebles [explica el alcalde de La Unión, Pedro López]. Aquello en su día se expolió todo. Lo que no se llevaron los familiares, se lo llevó la gente. Sólo quedan las paredes, el cascarón’ […]. Sobre la posibilidad de que el inmueble pase a ser de titularidad municipal, y recuperarlo, Pedro López señalaba que ‘yo no sé otros alcaldes si se lo plantearon, pero ahora, por la situación en la que está en municipio, no es algo prioritario’”[8].

Hipótesis para un crimen sin criminal

Coincido con Francisco Pérez Caballero en una idea: don Alfonso conocía al criminal. Difícil es discernir de qué o por qué, sobre todo teniendo en cuenta la azarosa y aventurera existencia que el hombre había llevado hasta recalar en su hostal, pero el hecho de que no se forzaran puertas o ventanas a horas intempestivas de la madrugada solo permite explicar la presencia de un extraño en la casa de la loma desde el conocimiento previo entre víctima y victimario. Y si lo abordó en el exterior, es indudable que hubo de existir un intercambio de opiniones más o menos subido de tono previamente a la agresión. Incluso el enigmático y taciturno comentario que hiciera a sus conocidos en aquella reunión nocturna apunta a cuentas pendientes: “un fantasma que desde hace algún tiempo me visita”, es decir y leyendo entre líneas, un fantasma del pasado.

Problema bien diferente es el tipo de cuentas que ese “fantasma” trajera consigo. Lo que está claro es que no se trataba de un tema político, o de alguien que viniera a establecer una hipotética conspiración de silencio. Digo esto en la medida que, según se cuenta, por aquellos días Alfonso Martínez Saura estaba escribiendo sus memorias y, teniendo en cuenta su pasado como diplomático, bien podría pensarse que contuvieran informaciones “complicadas” o “molestas” para alguien de cierto peso. Pero sucede que el tal manuscrito es quimérico pues nunca ha aparecido –tampoco apuntes o borradores- y, además, la mecánica del crimen contradice esta teoría. Los crímenes por encargo suelen ser profesionales, asépticos, quirúrgicos: el profesional planifica, llega, mata y escapa. Reduce su intercambio con la víctima al mínimo imprescindible y, desde luego, no comete el error de dejar un jirón de su cabello o cualquier otro detalle incriminatorio de tal magnitud tras de sí… Y sin embargo aquí nos encontramos con claros signos de pelea y 63 puñaladas no letales procuradas con un arma pequeña, lo cual nos habla de enfrentamiento, tortura, saña y venganza. El asesino o asesina pudo parar, pero decidió seguir con lo suyo hasta el puro agotamiento.

Hostal el Consul (Youtube)
Panorámica del hostal desde el camino de acceso [fuente: YouTube].

Quien mató al pobre hostelero perseguido por la melancolía venía a ajustar cuentas con el honor. A purgar un desaire. A escarmentar. Tal vez, incluso, no traía la intención premeditada de agredirlo a tenor del arma utilizada, que nos habla de improvisación, enfrentamiento intempestivo y chapuza. Podría, ya que estamos, tratarse de un robo que salió mal, cometido por un aficionado de paso que esperaba más botín del que pudo encontrar en aquel negocio venido a menos y en el que, por no haber, no había ni clientes.

Lo cierto es que más de 35 años después, salvo error u omisión, el crimen ya no se resolverá. Es probable, ya que estamos, que tantos años después ni el criminal se cuente ya entre los vivos. Que, irónicamente, sea un verdadero fantasma.


[1] Pérez-Caballero, F. (2012). Dossier Negro. Edición España. Madrid: Atanor Ediciones.

[2] Anónimo (2015, octubre). Hostal El Consul y su enigmático crimen 30 años después. En: Descubriendo Murcia [https://www.descubriendomurcia.com/hostal-el-consul/, recogido en mayo de 2018].

[3] Pérez-Caballero, F., 2012, op. cit., p. 198.

[4] Lucas, A. (2016). ¿Quién apuñaló hasta la muerte al dueño del Hostal “El Cónsul”? La Opinión de Murcia, 3 de abril [http://www.laopiniondemurcia.es/comunidad/2016/04/03/apunalo-muerte-dueno-hostal-consul/726043.html, recogido en mayo de 2018].

[5] Ibíd. anterior.

[6] Pérez-Caballero, F., 2012, op. cit., pp. 199-200.

[7] Lucas, A., 2016, op. cit.

[8] Lucas, A. (2017). El Hostal El Consul no ‘revive’ desde el asesinato de su dueño hace 35 años. La Opinión de Murcia, 30 de julio [http://www.laopiniondemurcia.es/municipios/2017/07/30/hostal-consul-revive-asesinato-dueno/849055.html, recogido en mayo de 2018].

La mecánica de la persuasión

Cerebro Publicitario

Una buena forma de delimitar el tema de la persuasión en los medios de comunicación de masas pasa por establecer los márgenes de lo que puede -o no- ser entendido y tratado como “manipulación” y/o “control” que, en gran medida, acotarían los ámbitos de lo que podría considerar “propaganda” frente a lo que no sería otra que “publicidad”. No obstante, caracterizar los conceptos de publicidad y propaganda -como sucede con la mayor parte de los conceptos relativos a los diversos aspectos de la comunicación- tampoco es tarea fácil. Sobre todo porque habitualmente suelen fundirse y confundirse tanto en la teoría como en la práctica. En todo caso podría servirnos para introducirnos cualquier definición coherente de lo que entendemos por publicidad:

“[La publicidad es] una actividad comunicativa mediadora entre el mundo material de la producción y el universo simbolizado del consumo, que permite que los anunciantes, merced al desarrollo de un lenguaje específico, creen demanda para sus productos, pudiendo no sólo controlar los mercados, sino incluso prescindir de ellos” [1].

Debe insistirse en la idea de que la publicidad no tiene tan sólo una dimensión comercial, sino que también es una comunicación pagada, intencional e interesada, imprescindible al sistema de producción vigente dado que en él los productores y los consumidores se encuentran desvinculados[2]. Así, la publicidad obraría como elemento mediador entre ambos de suerte que el consumidor conoce mediante la publicidad la gama de elementos de consumo que la sociedad le ofrece. De tal modo aquella publicidad que en sus orígenes tenía una mera finalidad informativa es ahora, a causa del crecimiento incesante de la oferta y la subsiguiente competencia, un elemento persuasivo que incita al consumidor potencial a la búsqueda de un producto u otro de entre todos aquellos que se le ofrecen. No puede olvidarse que la estimulación del elemento consumista entre el público es, al menos en parte, lo que permite que el sistema de producción perdure o, por mejor decir, que se mantengan las estructuras económicas vigentes.

Frente a la imagen vulgar –y excesivamente benévola- de la propaganda como forma de publicidad, debe plantearse la idea de que la publicidad es ante todo un proceso transaccional económico-comercial entretanto la propaganda opera como forma de difusión persuasiva de diferentes motivos ideológicos. Pretensión, por lo demás, ligada a los propios orígenes terminológicos del concepto puesto que la voz “propaganda” aparece en relación a la locución latina Propaganda Fide, nombre que adoptó la congregación vaticana destinada a la difusión de la fe católica[3]. De tal manera, se llama conoce como propaganda a la acción de divulgar doctrinas e ideologías con la finalidad intrínseca de ganar adeptos a las mismas. Y si en su génesis esta difusión se refería a idearios religiosos, el devenir de los tiempos ha extendido la propaganda a infinidad de manifestaciones de la vida, de las cuales la más conocida –pero en absoluto única- sería la política. Sucede además que en el devenir histórico la polisemia ha empantanado con matices el concepto, de suerte que también han pasado a ser consideradas “propaganda” la propia organización que pretende difundir un ideario concreto, la doctrina difundida, las técnicas que se emplean para tal fin, e incluso los medios materiales con los que esta difusión es llevada a cabo[4].

Tanto en el diseño de las estrategias publicitarias como de las campañas propagandísticas -a pequeña o gran escala-, el emisor siempre es capaz de persuadir en alguna medida acerca de la bondad de aquello que ofrece por la razón elemental de que posee un pleno control sobre el mensaje, el medio de transmisión y las condiciones en que será recibido por el receptor potencial. Del lado del receptor, pues, quedaría tan sólo la voluntad de dejarse -o no- persuadir por el discurso que se le transmite. Esto es así porque tanto publicidad como propaganda cuentan, más allá de la mera manipulación del mensaje, con elementos añadidos de persuasión que generan en los sujetos diana –o target– una voluntad de cambio y un impulso hacia la acción. Estos elementos generalmente apelan a criterios puramente psicológicos y permanecen ocultos al propio mensaje.

Propaganda Fide Roma (Fuente La Stampa)
Sede de la antigua “Propaganda Fide” en Roma (Fuente: La Stampa).

Fabricando ideologías

La intención del propagandista es la de promover unos intereses propios de suerte que las preferencias del receptor pasen a un segundo plano, o bien, puedan obviarse. Los contenidos del mensaje que se construye, pues, están supeditados por entero a esta finalidad y su eficacia será valorada, únicamente, en función del fin para el que ha sido elaborado. Ahora bien, la historia de la propaganda muestra que es mucho más efectiva cuando las verdaderas intenciones del emisor, e incluso su propia identidad, permanecen en el anonimato. De esta manera el mensaje se transforma en una o varias ideas en absoluto ingenuas que “se dicen”, “se creen” o “se comentan” por todo el mundo a la vez, pero por nadie en particular, dejando así su poso tanto en la mentalidad colectiva como en la individual.

Esto es así porque la respuesta habitual de las personas ante la persuasión es en primer lugar defensiva: si alguien sospecha que el mensaje que se le transmite es propagandístico -luego de intención manipulatoria- no tardará en preguntarse por el sesgo del emisor y sus posibles intereses[5]. Así pues, el primer y más importante reto del propagandista dentro de la sociedad de la información del presente en las que la opinión, la cultura, y la educación son de dominio público y accesibles a la par que transmisibles a todos, es el de no parecerlo. Las premisas, los mensajes, las autorías, deben ser debidamente disfrazadas al ojo crítico del receptor. Ello nos permite comprender, precisamente, el fenómeno cada vez más extendido de las fake-news o noticias falsas: camuflar como información fidedigna lo que en realidad no es otra cosa que un discurso ideológico-persuasivo, en la esperanza de que el usuario acepte la pretendida noticia como auténtica y eluda su posterior contrastación.

Los recursos del emisor de propaganda para camuflar el discurso o alejarse del mismo son, en muchos casos, tan viejos como la propia humanidad y se relacionan estrechamente con la simulación y/o la disimulación, así como con la activación de los resortes emocionales más básicos: la charlatanería de hacer creer que no se gana nada con lo que se dice; ofrecer una imagen equívoca o tergiversada de uno mismo alegando debilidad, falta de poder, ingenuidad o ineficacia; lanzar el mensaje de manera espontánea, como por casualidad, de manera que no parezca elaborado previamente; apelar a la movilización de las emociones más básicas –ira, temor, tristeza, alegría- o, sencillamente, idear consignas pegadizas que resulten fácilmente aprehensibles y repetibles por la audiencia[6]. No basta, por consiguiente, con poner el mensaje en manos de un buen orador o con argumentar retóricamente que se dice la verdad. En el fondo el asunto es más sibilino ya que se trata de encontrar la manera de expresar lo que se desea haciendo al receptor partícipe de ello, motivándole a creer que eso y no otra cosa es lo que realmente quiere escuchar, saber o hacer. Se trata, pues, no de una cuestión retórica –confusión muy común- sino de una cuestión erística[7].

El éxito de las armas psicológicas de la propaganda se consolida en el miedo de las personas a ser excluidas u obviadas por el colectivo. El sujeto individual experimenta una intensa fobia a “ser diferente” o “entrar en conflicto consigo mismo” y, en consecuencia, a tener que pensar y obrar libremente, tal y como mostraron muchos de los célebres experimentos de Leon Festinger en torno a la disonancia cognitiva[8], las propuestas de Erving Goffman en relación al estigma[9], o las propuestas de Aaron Beck en relación a las distorsiones cognitivas[10].

De hecho, el propio cuerpo social observa a las personas que no asumen con facilidad el ideario colectivo –o estandarizado, lo que es “normal” creer o pensar- como tipos excéntricos, raros e incluso potencialmente peligrosos[11]. Una tesis, por lo demás, ya clásica en el estudio psicosociológico –y antropológico- de la cultura occidental y que se ha fundamentado y sistematizado con gran finura en la literatura y el pensamiento contemporáneos. El problema es que, por norma, una vez enfrentadas a la expectativa de esta soledad existencial que suponen el pensamiento crítico, la libertad de acción y la autonomía personal, la mayor parte de las personas en conflicto tienden a optar “desde dentro”, como si se tratara de sus propios y razonados puntos de vista, por cualquiera del repertorio de soluciones cómodas, políticamente correctas y automatizadas que la sociedad les ofrece. Se establece de tal modo un círculo vicioso, pues se obliga a los individuos a un constante reajuste interno en la medida que “desde fuera”, se los somete sin descanso a cientos de mensajes contradictorios, equívocos o simplemente incontrastables que terminan limitando su capacidad de acción y decisión eficientes: no hay elementos de juicio nítidos por lo que un pensamiento crítico, sólido y racional se torna virtualmente imposible. A esto precisamente se referían autores con Jean-François Revel cuando argumentaban que,

“se sabe qué lugar ocupan en nuestra actividad psíquica las delicadas asociaciones de falsedad y sinceridad; la necesidad de creer, más fuerte que el deseo de saber; la mala fe, por la cual tomamos la precaución de disimularnos la verdad a nosotros mismos para estar más seguros de nuestra firmeza cuando la neguemos delante del prójimo; la repugnancia a reconocer un error, salvo si podemos imputarlo a nuestras cualidades; finalmente –y sobre todo- nuestra facilidad para implantar en nuestro espíritu esas explicaciones sistemáticas de lo real que se llaman ideologías, especie de máquinas para escoger los hechos favorables a nuestras convicciones y rechazar los otros […] Recordemos que todas las maniobras y contorsiones mentales y morales que hemos evocado tienen una finalidad común: dispensarnos de utilizar la información y, sobre todo, impedir dejarla utilizar, es decir, dejarla circular. Es bien evidente que a tal efecto la mentira simple constituye el medio más económico”[12].

Vendiendo humo

Nos surge, pues, una pregunta: ¿hemos de conceder a la publicidad más pureza moral o mayor integridad ética que a la propaganda? En primer lugar, existe una distinción que nos servirá para deshacer ese primer engaño de la publicidad que al mismo tiempo es una de sus mejores armas y la primera falacia psicológica con que se nos aproxima: el “emisor real” de la publicidad -la empresa que anuncia el producto- suele esconderse bajo la máscara de un “emisor aparente” -la persona, animal o cosa que se nos presenta en el anuncio-. El juego de identificaciones entre ambos es tan intenso que en ocasiones perdemos de vista quién o quiénes están tras el producto que se nos publicita ya que el emisor aparente siempre, y en todo caso, se apropia de las posibles virtudes o de los futuribles defectos de aquello que se nos está vendiendo. Así, cuando el famoso de turno nos sugiere la compra de un perfume es su imagen la que está en juego y no la de los productores reales de la fragancia, cuyo nombre queda a salvo de toda crítica adversa. Y cuando compramos tal perfume creemos –en el colmo del absurdo- que debe ser el utiliza ese actor o deportista que nos lo anunció.

El emisor real, o anunciante, es siempre una entidad pública o privada que pone en la calle cualquier suerte de objeto –ya sea material o intelectual- y desea promocionarlo entre el público a fin de obtener los beneficios que considere óptimos en cada caso. De este modo, y contrariamente a ciertas pretensiones intelectualistas o pseudo-artísticas, la publicidad no es más que un artefacto operativo, es decir, un medio destinado a la consecución de un fin al que siempre debe supeditarse. Entre otras cosas, porque nadie contrataría los servicios de una agencia publicitaria que no pusiera todo su empeño en vender el producto que el contratista pone en sus manos y se limitara a, sencillamente, “construir anuncios” de acuerdo a una u otra pretensión estilística, intelectual o estética. En efecto. La publicidad es una tarea creativa, pero no es arte y tampoco debe ser vendida engañosamente como tal. En todo caso es una herramienta al servicio del consumo que utilizará todos los medios de que disponga para conseguir sus fines y que podrá permitirse alguna que otra licencia artística en la medida que ésta satisfaga sus exigencias de partida. Si un anuncio “no vende lo que tiene que vender” tampoco se mantendrá en antena por sus valores artísticos, sino que simplemente se retirará. Cada segundo de televisión en horario de máxima audiencia es demasiado caro como para dedicarlo a la simple exhibición de las dotes creativas de alguien.

De la misma manera, tanto los planteamientos como los medios publicitarios son el último eslabón de un proceso que comienza con una investigación de mercado, pasa por un análisis del propio producto y tiene en cuenta los aspectos relativos a su distribución. En último término, cuando la empresa, asociación o administración pública que ha realizado estos estudios determina que el producto en cuestión es susceptible de incrementar sus ventas o su aceptación popular de forma considerable, se echa mano de una estrategia publicitaria cuyos objetivos son meridianamente claros, pero en muchas ocasiones sólo se logran a un plazo medio o largo. Esto significa que no sirve de nada anunciar algo sólo durante un mes, pues en ese tiempo la publicidad apenas si puede satisfacer las primeras expectativas al no ser capaz de alcanzar más que a unos pocos consumidores o, dicho de otro modo, que las campañas publicitarias con pretensiones de efectividad son por su propia idiosincrasia largas y costosas estando tan sólo a disposición de los grandes productores.

De tal manera, se produce en el entorno de la publicidad un acontecimiento selectivo similar al que afecta al “mercado ideológico-político”: la inmensa mayoría de los productos y empresas, cuyos propietarios no están en disposición de realizar grandes dispendios económicos, no existen para el ciudadano al carecer de una “imagen de marca” definida e identificable lo cual les impide competir con sus propios productos en igualdad de condiciones.

Por otro lado, y pese a que habitualmente se ha considerado que el emisor publicitario debería permanecer completamente al margen del producto anunciado, en la actualidad se estima que una buena estrategia publicitaria consiste en explotar sus posibles virtudes y logros. Así, recurrir al prestigio y la credibilidad de la entidad o de algunas de las personas que las componen se ha convertido en un elemento importante de la persuasión publicitaria. Precisamente por ello, ahora nos anuncian la leche quienes la ordeñan y envasan -y nos permiten observar el proceso-, nos muestran el mejor coche del mercado sus propios diseñadores o se nos dice que ciertos títulos bancarios son mejores que otros cualesquiera porque los respalda el mismísimo Estado. Emisor aparente y real tienden, en teoría, a coincidir cada vez con mayor asiduidad. Sin embargo esto supone un nuevo engaño, pues la distancia entre ambos permanece en la misma medida que la publicidad jamás ofrece el lado negativo del producto o de quien lo promociona, centrándose únicamente en la vertiente positiva de ambos. Ello da lugar a farsas grotescas en las que una gran compañía cosmética anuncia y vende masivamente una crema anti-arrugas que, al fin y al cabo, nunca hace que las arrugas desaparezcan o dejen de aparecer. La escapatoria ante posibles demandas del consumidor es tan simple como efectiva: “el producto es magnífico señor cliente tal y como demuestran nuestras ‘experiencias de laboratorio’, pero en su caso particular no ha funcionado”; “no se garantiza el éxito en todos los usuarios”; “se advierte en el prospecto interior que en determinadas condiciones no funciona” y etcétera. O sea, el usuario descontento será siempre la excepción a la norma o el individuo diferente que no encaja en el arco grande de la estadística.

Rebels AreTerrorists (Star Wars)
¿Esto es publicidad o propaganda?

Lo habitual es que el receptor ya esté acostumbrado al bombardeo publicitario que sufre a diario y posea un buen número de filtros para eludirlo, de modo que el éxito de la publicidad radica en lo habilidoso que haya sido el diseñador del anuncio para burlar esos filtros y alcanzar los resortes psicológicos correctos[13]. Así, a fin de romper con la resistencia del público en general, el técnico publicitario juega con ciertas ventajas añadidas: cuenta con un potente aparato de recursos científico-técnicos a su disposición; dispone de los criterios suficientes como para seleccionar el medio en el que difundir el anuncio; tiene más o menos bien perfilado un público potencial que podrá estar interesado en la cuestión. De tal suerte, cuando el anuncio es expuesto puede parecer que todo queda ya en manos del consumidor, pero se trata de una ilusión: la realidad es que la mayor parte del público objetivo hacia el que se dirige la comunicación publicitaria mostrará alguna clase de interés en el producto que se le anuncia[14].

Como puede intuirse, la publicidad, al igual que cualquier otra forma de comunicación masiva, depende intrínsecamente de las variables socioculturales –los universos simbólicos- a las que se supedita pues estas configuran la mayor parte de la vida psicológica de los individuos. Esto motiva una curiosa paradoja: la publicidad, en tanto que medio de comunicación de masas, está destinada a generar y perpetuar un sistema de consumo cambiante que, finalmente, termina estableciendo las variables de acción de la propia publicidad. A esto se refería ya de manera ciertamente sutil Alvin Toffler cuando explicó que,

“cada uno de nosotros crea en su cerebro un modelo mental de la realidad, un almacén de imágenes […]. Todas estas imágenes juntas componen nuestra representación del mundo, situándonos en el tiempo, el espacio y la red de relaciones personales que nos rodea. Estas imágenes no surgen de la nada. Se forman, de maneras que no comprendemos, a partir de las señales o la información que nos llegan desde el entorno. Y a medida que nuestro entorno se convulsiona por efecto del cambio […], cambia también el mar de información que nos rodea”[15].


[1] González, J. A. (1996). Teoría general de la publicidad. Madrid: Fondo de Cultura  Económica.

[2] Reyzábal, Mª. V. (2002). Didáctica de los discursos persuasivos: La publicidad y la propaganda. Madrid: Editorial La Muralla.

[3] Desde 1988, y por disposición del Papa Juan Pablo II, Propaganda Fide pasó a denominarse Congregación para la Evangelización de los Pueblos. El concepto de propaganda, tal y como hoy lo conocemos, fue incluido por vez primera en el diccionario de la RAE en su duodécima edición (1884).

[4] Reyzábal, M.V., 2002, op. cit.

[5] Pratkanis, A. y Aronson, E. (1994). La era de la propaganda: Uso y abuso de la persuasión. Barcelona: Paidós.

[6] Reyzábal, M.V., 2002, op. cit.

[7] Convertir el asunto en una cuestión meramente dialéctica que evacúe el problema de fondo y convierta el debate en simple controversia. Llegados a ese punto es posible entrar en el juego del convencimiento con total independencia de la verdad interna o la coherencia lógica de lo que se dice. Por consiguiente y frente a la retórica –que sería el arte de expresar ideas con eficacia-, la erística es el arte de convencer con total independencia de las ideas en disputa.

[8] Festinger, L. (1993). Los métodos de investigación en las ciencias sociales. México: Paidós.

[9] Goffman, E. (2003). Estigma. La identidad deteriorada. Buenos Aires: Amorrortu.

[10] Beck, A.T. (2003). Prisioneros del odio: las bases de la ira, la hostilidad y la violencia. Barcelona: Paidós, 2003.

[11] Basta con observar la caracterización del trastorno de personalidad antisocial (TAP) que contemplan guías diagnósticas como el DSM-5.

[12] Revel, J.F. (1989). El conocimiento inútil. Barcelona: Planeta.

[13] Kapferer, J.N. (1978). Les chemins de la persuasion. París : Gautier-Villars.

[14] Muchos de mis alumnos/as se sorprenden cuando les explico que las marcas de refresco más populares incluso tienen registrado el diseño de sus latas y el sonido que hacen cuando se tira de la anilla, pues ha sido demostrado, mediante estudios de resonancia magnética funcional –RMf- que el cerebro humano es capaz de discernir esas sutilezas y operan como forma eficaz de condicionamiento. O que una de las estrategias más comunes de las grandes editoriales para vender sus libros consiste, precisamente, en pagar a grandes superficies comerciales y medios de comunicación para que los presenten al consumidor como “más vendidos”. Las estrategias de control del consumidor, en este sentido, son literalmente infinitas e incluso ocasionalmente hasta terriblemente siniestras: una marca de café filipina creó miles de niños adictos a su línea de caramelos de café haciendo que sus madres los consumieran en las salas de espera de los ginecólogos cuando estaban embarazadas… ¿Cómo? Pues porque hoy sabemos que lo que las madres comen –o no- se comunica al feto por vía química durante la gestación. Increíble pero cierto. (Si quiere usted saber más acerca de estas cosas le recomiendo una interesante y muy entretenida lectura: Lindstrom, M. (2012). Así se manipula al consumidor (2ª ed.). Barcelona: Planeta).

[15] Toffler, A. (1980). La tercera ola. Barcelona: Plaza & Janés.

El buhonero caníbal

El hombre aparentaba ser de lo más normal. Alguien hubiera dicho que incluso una “buena persona”, lo cual ayudó a que mucha gente creyera su insospechada coartada en el momento en que fue detenido y procesado por asesino y caníbal en 1852, cuando contaba 42 años de edad, pues dijo ser un hombre-lobo. Ni más ni menos. Hoy en día esta excusa puede parecernos un completo disparate, pero en aquel entonces no era extraño en absoluto encontrarse con personas que asumían sin reservas de clase alguna la existencia de estos seres, porque “las meigas no existen, pero haberlas haylas”. De hecho, la justicia lo procesó por ello y así consta en el voluminoso sumario que se conserva en el Archivo Histórico del Reino de Galicia: Causa 1788, del Hombre Lobo. Un hecho, sin embargo, derrumba por completo la justificación presentada por el acusado en aquel entonces y que, en condiciones normales, hubiera podido obrar como eximente por enfermedad para librarle de una severa condena: Manuel Blanco Romasanta no sólo era un asesino quizá alienado, sino también un ladrón[1]. Se trataba de un sociópata en toda regla que al matar no solo alimentaba sus malos vicios, sino también su bolsillo.

Romasanta #1
Aspecto que debió tener Manuel Blanco Romasanta. Dibujo realizado a partir de la reconstrucción que el forense Fernando Serrulla realizó basándose en las mediciones antropométricas que se le realizaron tras su detención [fuente: criminalia.es].

Chanchullos de buhonero

Nacido en Esgos -otras fuentes indican que en Requeiro o Regueiro-, una aldehuela del valle de Allariz cercana a Portugal el 29 de junio de 1810, Blanco se ganaba la vida como buhonero y era, al parecer, tipo querido y respetado por sus convecinos. Tras una vida de patear sendas y caminos, conocía al dedillo la mayor parte de los bosques del noroeste de la Península Ibérica y había desarrollado un prodigioso sentido de la orientación. Esto hacía de él un excelente guía y un perfecto dominador de su oficio. Era harto conocido por todos los aldeanos de aquellas tierras por las que discurría mercadeando arriba y abajo, a su albedrío, en ciclos estacionales, y jamás se había sabido que hubiera incumplido la palabra dada, o se hubiera metido en líos dignos de mención. Por esto confiaron en él sus dos primeras víctimas: Manuela Blanco -sorprendente casualidad-, de 47 años, y su pequeña hija de 6.

La mujer, abandonada hacía poco por su marido, se ganaba el pan como sirvienta en una casa de Rebordechao –Ourense-, interesante en los planos económico y afectivo, pero es fácil imaginar que la separación le había puesto las cosas difíciles en el pueblo y pretendía, por ello, buscarse otros aires. Y Romasanta, que conocía a Manuela de toda la vida, se hizo cargo de su situación y le dijo que buscaría algo por ahí. En realidad, a lo que se dedicó durante sus largas jornadas de caminata solitaria fue a urdir un plan siniestro. En 1846, el buhonero se presentó en la localidad con una “excelente noticia” para la sirvienta: había topado, al parecer, con un cura de Santander que necesitaba una empleada y él le había hablado de Manuela. Todo estaba apalabrado. Ella liquidó de sus exiguas posesiones todo aquello que no podría transportar y, con su hija de la mano, se echó al monte tras los pasos del supuesto benefactor.

Pasó el tiempo. Quizá el suficiente como para que el vendedor ambulante ordenase sus ideas y, semanas después, retornó a la aldea con “grandes noticias” de su primera clienta. Una hermana pequeña de Manuela, Benita, que contaba 31 años, se dijo que ella también podría buscar futuros mejores y se ofreció al buhonero. Días después, completado el grupo con Francisco, un niño de 10 años a la sazón hijo de la mujer, los tres salieron del lugar en busca de su destino. Resulta evidente que el mercachifle asesino comprendió que tenía entre manos un filón virtualmente inagotable y que si llevaba las cosas con orden podría manejar el chanchullo en la más completa impunidad.

De este modo cayeron en la estratagema hasta trece personas de diversas poblaciones orensanas de las que nunca más se supo.

Romasanta #2
El actor José Luis López Vázquez interpreta a Benito Freire, alter ego ideado para Romasanta por Carlos Martínez Barbeito, autor de la novela “El bosque de Ancines” en la que, a su vez, se basa la película “El bosque del lobo”. Cinta dirigida por Pedro Olea en 1970.

El lobo se confunde

Es obvio suponer que los familiares de los viajeros que habían quedado en Galicia esperaran noticias de los que se fueron, y así se lo hacían saber al mercachifle entre idas y venidas, pero la respuesta de un impertérrito Romasanta, que ya había contado con la molesta contrariedad, era siempre la misma: “están bien, contentos, pronto escribirán”. Pero no lo hacían nunca, hasta el punto de que se empezó a sospechar que algo raro había pasado. No obstante, como buen maquinador que se precie de serlo, Manuel supo encontrar la manera de salir del trance ingeniándoselas para hacer llegar a los exigentes familiares una serie de cartas falsas, y así los ánimos caldeados se calmaron.

Pero cometió un grave error.

Si su impaciente ambición no le hubiera perdido, es más que probable que Blanco no hubiera sido descubierto en mucho tiempo dada la singularidad de sus crímenes y los exiguos recursos policiales de la época, pero intentando sacar el máximo partido de sus actos, fue vendiendo algunas posesiones de sus víctimas a diferentes aldeanos. Y, en un tiempo en el que no existía nada parecido al pret-a-porter y las prendas, especialmente las caras, gozaban de enorme singularidad, solo fue cuestión de tiempo que los familiares de los que marcharon empezaran a identificarlas entre el vestuario dominguero del vecindario. Así comenzaron las preguntas y así llegaron las respuestas: todas habían sido comerciadas por el buhonero.

Se le denunció, como es de suponer, pero Romasanta, que por su profesión tenía muchos contactos, consiguió enterarse de ello y puso tierra de por medio. Quiso imaginar que con el tiempo todo se enfriaría, pero vino a resultar que las Autoridades consideraron su detención como un asunto de máxima prioridad. Se le buscaba por todo el país. Pero fue la fortuna la que quiso que dos jornaleros gallegos que le conocían, y estaban al tanto de los pormenores de su historia, se lo encontraran en Nombela –Toledo- en julio de 1852. Los hombres alertaron a las autoridades y Manuel Blanco Romasanta fue finalmente detenido. No opuso resistencia alguna.

Romasanta 4
Romasanta, en un grabado de la época.

Para sorpresa de todos el buhonero explicó tranquilamente al juez de instrucción, Quintín Mosquera, que había matado a todas aquellas personas y se las había comido después de transformarse en hombre-lobo. Adujo, como si se tratara de algo perfectamente normal, que se trataba de una maldición familiar y que la metamorfosis sucedía desde trece años atrás –luego teóricamente desde 1839[2]-. Interesa señalar que el inculpado manifestó que, cuando se convertía en lobo, ni perdía la conciencia de sí mismo ni olvidaba ninguna de las acciones que llevaba a cabo en aquel estado, pero que en aquellos momentos el instinto animal se imponía a su voluntad y deseaba comer carne humana. Decía sentir algo de lastima por sus víctimas cuando retornaba a su estado original, pero que nada podía hacer al respecto. Es de suponer que, pasado el momento de la sangre, se dejaba dominar por otras pasiones más prosaicas y mercantiles, y que por ello se apropiaba de lo que no era suyo para venderlo. Para qué desperdiciar una buena ganancia cuando lo hecho no tenía remedio.

El así llamado Hombre-Lobo de Allariz fue sometido a un intensivo examen médico –que no psiquiátrico-, realizado bajo una óptica claramente frenológica, corriente pseudocientífica de moda por aquellos días, como se desprende de las actas sumariales. Sin embargo, y con buen tino, los facultativos determinaron, entre otras cosas, que:

“Su inclinación al vicio es voluntaria y no forzosa. El procesado no es loco, ni imbécil, ni monomaníaco, ni lo fue ni lo logrará ser mientras esté preso, y por el contrario resulta que es un perverso, un consumado criminal capaz de todo, frío y sereno, sin bondad y con albedrío, libertad y conocimiento. El objeto moral que se proponía era el interés. Su confesión explícita fue efecto de la sorpresa, creyéndolo todo descubierto. Su exculpación es un subterfugio. Los actos de piedad, añagaza sacrílega. Su metamorfosis, un sarcasmo […]”[3].

También se visitaron todos los lugares de los crímenes, donde Blanco, voluntarioso, ayudó a las Autoridades a reconstruir los hechos. Los cuerpos de sus víctimas nunca se encontraron más allá de algunos huesos. El modus operandi del individuo, siempre el mismo, era simple: se adentraba en los bosques que tan bien conocía con sus acompañantes y, en un determinado momento –cuando supuestamente estimaba haberse transformado en lobo- los atacaba salvajemente y, tras darles muerte, las devoraba. Acto seguido desnudaba los cuerpos, se apropiaba de todo aquello que pudiera interesarle y abandonaba el lugar.

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Reseña de la causa contra Romasanta, publicada por Rúa Figueroa en 1859.

El caso de Manuel Blanco Romasanta causó un enorme impacto en todo el país y fue seguido con gran detalle por la prensa. Como era de esperar, el abogado defensor, Manuel Rúa Figueroa, trató de imponer la teoría de que su defendido era un simple loco, una víctima de una educación perversa y supersticiosa. Se dijo incluso que muchas de sus víctimas mostraban signos de haber sido atacadas realmente por lobos, lo cual nada tiene de extraño cuando se abandona un cadáver a la suerte de las alimañas del campo. En todo caso, la defensa aprovechó este elemento para sostener que Blanco no podía haber cometido realmente los crímenes y que todo era una farsa ideada por su fantasía. Para otros, sin embargo, aquella fue la prueba “evidente” de que aquel hombre podía realmente transformarse en lobo.

No obstante, tampoco debemos dejarnos llevar por la imaginación: en aquellos días la medicina forense estaba muy poco desarrollada –de hecho ni se contemplaba como especialidad-. Los errores en el manejo de los cadáveres o sus restos, los centenares de fallos cometidos habitualmente por los enfermeros y ayudantes de los depósitos, y la impericia con la que se realizaban muchas autopsias, terminaban por arrojar muy pocos datos claros y fiables. Basta con recordar la precariedad de los análisis forenses realizados a las víctimas de Jack el Destripador –cuyas autopsias, sobre los cuerpos recientes, se realizaron más de treinta años después y en un país mucho más avanzado que la España de entonces- para comprender de qué estamos hablando. Cuando se refieren datos forenses de casos tan antiguos tendemos a interpretarlos en el mismo sentido que se habla hoy de ellos cuando, en realidad, se hace referencia a elementos de juicio radicalmente distintos.

Un final… ¿misterioso?

“El juicio contra el Hombre-Lobo dura aproximadamente un año, tras el cual, el 6 de abril de 1853 se emite una sentencia de muerte por el juez de Allariz, que lo condena a garrote vil y a una indemnización de 1000 reales por cada víctima, todo ello pese a que no se hallaron los cuerpos de algunas víctimas, y otras se supo que habían sido asesinadas por lobos auténticos”[4].

Sin embargo, la pena no se cumplió. La reina Isabel II recibió una carta, firmada por un tal profesor Philips que se decía hipnólogo y cuya figura estuvo mucho tiempo sin identificar con exactitud[5]. La tal misiva solicitaba que la sentencia fuera aplazada para que pudiera estudiar personalmente el caso del lobisome. Esta misiva reforzó la postura de la defensa, que solicitó a su vez una revisión del caso alegando un déficit de datos clínicos acerca de su defendido. Ante la duda –hubiera sido desastroso ejecutar a un demente ante la opinión pública internacional- la reina revocó la sentencia de muerte en julio de 1853, conmutándola por la de cadena perpetua[6].

Pero la historia del Hombre-Lobo Gallego goza de un final ominoso y extraño. Tras la conmutación de la pena sus andanzas y su protagonismo mediático pasaron a un funesto olvido de suerte que se desconoce qué fue de él hasta el fin de sus días ignorándose, incluso, si llegó a cumplir mucho tiempo de su condena. En efecto: nunca se ha sabido con exactitud qué pasó con Manuel Blanco Romasanta después de todo aquello y, muy probablemente, el destino final del buhonero asesino continuará en el ámbito de la incógnita para siempre. Se ha llegado a publicar que falleció en prisión apenas un mes después de la conmutación de la sentencia, pero lo cierto es que no existe constancia documental de ello[7].

La peculiar historia criminal de Romasanta ha dado buen juego en el seno de la cultural popular patria, inspirando novelas y películas –de categoría artística dispar, sin duda-, pero hora va siendo de terminar, y este es tema para otra ocasión.


[1] Ya en Francia, en fecha tan temprana como 1598, un mendigo llamado Jacques Roulet fue juzgado en Angers acusado de hombre-lobo. Roulet había asesinado y devorado al menos a un muchacho, pero en aquel caso, el jurado mostró una compasión insólita en la época: estimo que el reo era un enfermo mental y tan sólo se le sentenció a reclusión en una institución asistencial [Farson, D. (1976). Vampiros, hombres lobo y aparecidos. Barcelona: Noguer].

[2] Explicó el reo que el 25 de junio de ese año se encontraba en la montaña de Couso. Allí se encontró con dos lobos grandes y que, de pronto, se sintió preso de convulsiones y se transformó él mismo en lobo. Dijo permanecer con ellos cinco días en tal estado hasta que, finalmente, retornó a su forma humana. Aquellos lobos tampoco eran tales pues también se hicieron hombres junto a él. Blanco Romasanta dijo que se trataba de dos individuos valencianos llamados Antonio y don Genaro, quienes sufrían una maldición idéntica a la suya [Berbell, C. y Ortega, S. (2003)  Psicópatas criminales. Madrid: La Esfera de los Libros].

[3] C-8938 (Legajo 1852). A.H.P. Ourense [copia de: “Causa 1788, del hombre-lobo”, 1852, Archivo Histórico del Reino de Galicia]. El informe lo firmaron el médico de Alláriz José Lorenzo Suárez, y los licenciados Demetrio Aldemira, Vicente María Feijoo Montenegro y Manuel María Cid, así como los cirujanos Manuel Bouzas y Manuel González.

[4] Simón Lorda, D. y Flórez Menendez, G. (2004). El hombre lobo de Allariz (Ourense), 1853: Una visión desde la psiquiatría actual. Anuario Revista Gallega de Psiquiatría y Neurociencias, 8, 104-115.

[5] “El Dr. Philips era con mucha probabilidad el médico francés Joseph-Pierre Durand de Gros (1826-1900), exiliado a Gran Bretaña durante un tiempo y que a su vuelta a suelo francés firmó con el seudónimo de Dr. Phillips. Junto con Azam, Brown-Séquard, Demarquay, Girard-Teulon…. formó parte del movimiento que propició la incorporación y asimilación del braidismo en Francia” [Simón Lorda y Flórez Menéndez, 2004, op. cit.].

[6] Tampoco tiene nada de particular. En España, pese a encontrarse en vigor la pena de muerte desde tiempos inmemoriales, se llegaba a ejecutar a muy pocos reos y la concesión de indultos era norma habitual. Entre otras cosas porque se pensaba con buen criterio que las ejecuciones públicas contravenían el orden público y generaban efectos desmoralizadores entre la población. A tal punto llegó la cosa que se hicieron habituales las protestas de los verdugos que, al cobrar por ejecución –más dietas-, solían quejarse de que se mataba a tan poca gente que el cargo no les daba para comer [Pérez-Fernández, F. (2013). La figura institucional del verdugo como espejo público (siglos XVIII-XX). El ejecutor de sentencias y sus variantes psicológicas. Revista de Historia de la Psicología 34(3), 57-80].

[7] Dominguez González, J. y Blanco, L. (1991). O home do unto (Blanco Romasanta, historia real de una leyenda). Ourense: Diputación Provincial de Ourense.

El sonido furioso

Parental Advisory

No tardaron supuestos humanistas, sociólogos, criminólogos, psicólogos, psiquiatras, legos, profanos y etcétera, en presumir que el rock era una de las grandes fuentes de la delincuencia juvenil, porque siempre hay que inventarse una. De hecho, cada tiempo ha tenido la suya. Del mismo modo que el cine o los seriales radiofónicos habían sido criticados por su “inmoralidad” hasta la extenuación para ser repentinamente reemplazados por el “peligro” del comic, a partir de las décadas de 1950 y 1960 le tocó al rock el turno de convertirse en amenaza psicosocial. Igual que ahora lo son los videojuegos o el rol, mañana lo será la “realidad virtual” y dentro de cincuenta años lo serán los androides –si es que por fin llegan a ser lo que nos han prometido-. Al fin y al cabo el rock tenía madera de escándalo. También utilizaba muy a menudo como fuentes de inspiración, junto con el sexo y las drogas, otros elementos nos menos perturbadores como las vidas de asesinos, la prostitución, las mafias, la experiencia del presidio, la delincuencia o la protesta descarnada contra los elementos más criticables del mundo adulto.

Montemos una comisión

No tardaron en aparecer, en un émulo perfecto de lo que ha venido ocurriendo con todas y cada una de las manifestaciones de la cultura popular a lo largo de la historia, por todas partes, los consabidos “paneles de expertos” –horror- y las comisiones –terror- destinadas al control de la radiodifusión de contenidos pretendidamente peligrosos. En realidad, y como corresponde siempre al caso, poco más que pandillas de moralistas, conservadores y vendedores de cháchara pseudo-científica en busca de respuestas de recetario que, superados por el signo de los tiempos, en el fondo, reconocen con tanta algarada su incapacidad para detectar los verdaderos problemas socioculturales, y encontrar auténticas respuestas. Total, para qué molestarse en analizar y comprender cuando se puede criminalizar a un espantajo.

Probablemente, el más reciente y sonado de estos paneles sea el que fundara junto a las esposas de varios congresistas y senadores estadounidenses la controvertida –y pretendidamente progresista, al dato- esposa de Al Gore, Tipper Gore, durante 1985. Denominado Parents Music Resource Center (PMRC), este organismo pretendía informar a los padres sobre las “modas alarmantes” que se imponían en la música popular. Sus componentes, apoyados en datos recabados aleatoriamente y de inexistente calidad científica, aseguraban que el rock glorificaba la violencia, el consumo de drogas, el suicidio y las actividades criminales, entre otras muchas cosas terribles y tremendas que iban a terminar con la civilización occidental. Como si para ello no bastaran los silos de misiles que el gobierno estadounidense tiene repartidos por medio mundo. Sea como fuere, proponía la censura directa, o bien la catalogación de la música por edades.

Tipper Gore
Tipper Gore junto a una de sus señoreadas amigas de la PMRC. Esta gente de buen corazón, por lo que parece, nos iba a salvar de nosotros mismos.

Lo cierto es que las actividades del PMRC alcanzaron tal popularidad que la industria musical decidió, como ya ocurriera con anterioridad en los casos del cine o del cómic, sucumbir a la autocensura antes que correr el riesgo de someterse a una regulación externa. El resultado fue la famosa etiqueta de Parental Advisory -¿les suena?- en todos aquellos discos cuyos contenidos pudieran considerarse controvertidos o arriesgados para los oyentes más jóvenes. El célebre músico Frank Zappa lo tuvo claro apenas se comunicó la medida: “la industria discográfica actúa como un hatajo de cobardes. Teme mortalmente a la derecha fundamentalista y le echa un hueso con la esperanza de que no siga adelante. Pero este programa de la etiqueta sólo sentará un precedente, y querrán más”[1]. Apenas dos años después, en 1987, aparecería un organismo opositor al PMRC muy activo, Parents For Rock & Rap (PFRR), que defendía la libertad de expresión y el respeto a la primera enmienda. Una nueva reedición del viejo debate democrático: ¿se debe limitar un derecho fundamental? ¿Cuánto? ¿Cómo? ¿Con qué criterio? ¿Por qué?

Frank Zappa PMRC
Y este es nada menos que Frank Zappa dejando muy clara su opinión a las señoras de antes.

Incluso la cuna del rock europeo, Gran Bretaña, un país en el que este asunto nunca fue tomado demasiado en serio, habría de sucumbir más pronto que tarde a la nueva corriente censora con el discurrir de los años. Así, se pasó de la sorpresa cuando un tal Bill Haley, desconocido por los adultos, fuera recibido como un auténtico héroe durante su gira británica de 1957, al rechazo más absoluto cuando la gente comenzó a romper los asientos de los teatros durante sus conciertos, pues como es lógico querían bailar al son de una música concebida para tal fin. El rock, al final, parecía poco más que una fuente de vándalos, de problemas y de escándalos.

Unos tiritos… Y al tajo

En nada ayudó al buen nombre del rock su constante y abusiva relación con las drogas y el alcohol. De hecho, la correlación entre el estilo de vida del rockstar de turno y el consumo de drogas ha sido a menudo tan reiterativa y difundida por los medios que a muchas personas les resulta difícil imaginar a un intérprete que no consuma sustancias prohibidas y, por simpatía, a menudo estima que el mero hecho de ser aficionado al rock es motivo más que suficiente para estar expuesto a la tentación de consumirlas.

Ciertamente, algunas de las más rutilantes y recordadas estrellas del rock –y otros mucho menos famosos, pero también menos ruidosos- han muerto a causa de las drogas o los excesos con la bebida. Phil Lynott, por ejemplo, líder de la banda irlandesa Thin Lizzy, realizó famosas canciones autobiográficas sobre la materia llegando incluso a escribir un tema premonitorio, Got to give it up. En esta canción, que abre el álbum Black Rose: A Rock Legend (1979), se hacía eco de las dificultades permanentes con el alcohol y las drogas que al fin acabaron por llevarle a la tumba: “Decidles a mi padre y a mi madre / que su hermoso hijo no llegó lejos. / Lo hizo hasta el final de una botella / sentado en un bar mugriento. / Lo intentó con ganas / pero se rompió su espíritu”.

Phil Lynott
Phil Lynott

La relación entre los psicotrópicos, el alcohol, y las diferentes modalidades artístico-literarias e incluso místicas, es larga y puede rastrearse hasta la misma noche de los tiempos, siendo un fenómeno transcultural. No obstante, el gran estallido popular se produjo entre la bohemia decimonónica y no tardó en extenderse, por supuesto, también entre los músicos. Y se trata de una relación incluso coherente con la naturaleza del negocio artístico tal y como fuera concebido durante el siglo XIX, y las condiciones de precariedad en las que muy a menudo se desarrolla. El mundo del artista musical popular, que en contadas ocasiones es una estrella que puede permitirse el lujo de obrar como le apetezca, es el de un artista enfrentado a horarios imposibles, interminables horas de trabajo y un público que se está divirtiendo por lo que siempre quiere más y mejor. Algo a menudo muy complicado de sobrellevar sin “ayudas”. Por otra parte, las drogas y el alcohol tienen el problema de que una vez que se comienza a emplearlas es difícil detenerse y, por lo general, conducen a nuevas modalidades de consumo, e incluso a la falacia del falso control que el consumidor desarrolla sobre las sustancias, lo cual establece tremendos círculos viciosos que muy a menudo concluyen en desastre.

Black Rose

La idea de la autodestrucción como excusa para los policonsumos no es más que un mito inventado por los fans –e incluso por la propia prensa y la industria discográfica-, diseñado para justificar honorablemente la muerte, el ocaso o el fracaso de sus ídolos. En realidad, el consumo de drogas es, en general, poco más que un elemento más del trabajo propiamente dicho. Así lo expresó J.J. Cale en Cocaine, una canción compuesta para Trobadour (1976), que luego se haría mundialmente famosa al ser versionada por Eric Clapton: “Cuando el día ha terminado y quieres correr / Cocaína. / Ella no miente, no miente, no miente… / Cocaína”. De hecho, no es raro que la idea del artista de rock como genio atormentado y desquiciado que sufre indeciblemente y que debe recurrir a las drogas como escapatoria sea hoy, como lo fue en su día, poco más que una treta comercial, una pose ideada para obtener una mayor credibilidad pública que, de hecho, muchos artistas ni necesitan. A ello se refería un sobrio Chris Rea cuando comentaba, refiriéndose a la popularísima Madonna, que ambos estaban en negocios muy diferentes.

En 1997, nada menos que la Organización de Naciones Unidas (ONU) se sumó al coro de los críticos más recalcitrantes e intentó inducir a los gobiernos nacionales a convertir las referencias a las drogas, el alcohol y el consumo de estupefacientes en el seno de la música popular contemporánea, en un delito. El polémico informe emitido por la ONU hablaba de las tácitas y constantes referencias a este asunto en el rock podrían ser contempladas como simple apología de las drogas e invitación a su consumo. El hecho es que, sin hacer notar que seguramente los sesudos “expertos” de la ONU deben tener con toda probabilidad cientos de cosas mejores en las que ocupar sus recursos que en criminalizar al rock achacándole la existencia de un negocio que no ha inventado, no es menos verdad que, de haber tenido un éxito que afortunadamente no tuvo, esta medida hubiera supuesto la defenestración total de un cauce de expresión estética, así como de una vía para la crítica cultural y la protesta sociopolítica con una capacidad de convocatoria de un alcance sin precedentes históricos conocidos. Quizá este silenciamiento fuera, en el fondo, lo pretendido.

Trobadour

Una buena foto

Otro de los motivos que han conducido a la idea del rock como fuente de conductas criminógenas ha sido su tendencia intrínseca a escandalizar. Algo que fue instaurado como norma habitual del negocio a partir de 1970 por las propias discográficas y promotores como elemento destinado a mantener el interés entre unas audiencias que empezaban a llegar al agotamiento tras el empuje comercial de los primeros años. Al fin y al cabo, la expansiva década de 1960 había mermado mucho la capacidad creativa en los planos artístico y contracultural del rock, y era el momento de introducir nuevas variables para asegurar la existencia del mercado. El escándalo como marketing, como un elemento más del espectáculo. En un momento en el que los espectadores empezaban a estar de vuelta, era necesario ofrecerles emociones más fuertes e intensas trufadas de sonidos diferentes y más elaborados. Y los artistas, a decir verdad, estuvieron muy dispuestos a realizar grandes y constantes esfuerzos por superarse: escenarios cada vez más grandes, juegos de luces más aparatosos, volumen más elevado, histrionismo más acentuado, escándalos más jugosos…

Frank Zappa, maestro de muchos interpretes posteriores en materia de espectáculo y planificación visual, se convirtió en un experto en el arte de escandalizar con sus números de una morbosidad y exceso tan efectistas como bien calculados. El público de Zappa, acostumbrado a su proverbial nihilismo, llegó a ser el más duro y complejo de cuantos pudiera enfrentar un artista por la sencilla razón de que, más allá de la incuestionable calidad como músico de su ídolo, estaba tan acostumbrado a tal cantidad de dislates, excesos y excentricidades que resultaba prácticamente imposible mantener el nivel y satisfacer las expectativas para cualquier otro. Todo cuanto rodeaba los conciertos de Zappa llegó a ser muy absurdo. Y el propio artista explicó que su camino hacia el exceso comenzó por pura casualidad: en una actuación alguien de la banda se había presentado, bromeando, con una muñeca hinchable, y él decidió sacar partido a la eventualidad. Invitó a unos chavales a subir al escenario y les entregó la dichosa muñeca. “Aquí tenéis una chavala asiática –les dijo-. Mostradnos lo que hacemos con ellas en Vietnam”. Los aguerridos mozos, como era esperable, se entregaron a una auténtica apoteosis de salvajismo que hizo las delicias del respetable. El éxito motivó a Zappa a seguir en adelante con aquellos números a los que denominaba eufemísticamente “ayudas visuales”.

Sea como fuere, el ejemplo de Zappa nos permite entender las razones por las que gente como The Who, KISS, Sex Pistols, Black Sabbath y muchos otros se lanzaron a su particular carrera de excesos, pastiches de satanismo, caras pintadas, vestuarios de fantasía, fuegos de artificio y extremismo: simplemente funcionaba en las salas de conciertos y en las tiendas de discos. El caso concreto de KISS, por lo demás, es paradigmático de hasta donde se puede llegar con una buena puesta en escena, en la misma medida que los personajes histriónicos que hicieron de sí mismos les auparon hasta protagonizar programas de televisión, películas de cine –bastante malas, por cierto- e incluso sus propios cómics.

Kiss
Los KISS demostrando al personal cómo se monta un buen número.

La manifestación más directa de este amor por lo excesivo se transfiguró en la denominada “furia viajera”, una expresión aséptica destinada a explicar lo que en realidad eran las enormes excentricidades que grupos e intérpretes cometían durante las giras, fuera de los escenarios, en el espacio entre un concierto y el siguiente. Destrozos en los hoteles, fiestas salvajes, consumo desmesurado de drogas, vicios de toda suerte… Cualquier cosa llegó a parecer poco en una carrera desenfrenada por superar las barbaridades de la gira anterior o de la banda competidora. El origen de estas conductas disparatadas no solo se encuentra en el alcohol o las drogas. El tedio que conlleva una gira larga y rutinaria, repleta de horas de soledad, rodeado permanentemente de los mismos rostros, con muchas emociones reprimidas y la presión de agotadoras actuaciones, terminaba resultando muy frustrante. No olvidemos que en su afán por llegar a la mayor cantidad de gente en el menor tiempo posible, las dichosas giras consisten en cubrir ingentes cantidades de kilómetros en poco tiempo, con calendarios muy rigurosos, a un ritmo agotador, teniendo que dar el ciento por ciento un día tras otro. Esto explica los accidentes en los que muchos artistas han perdido la vida de forma trágica. Vivir deprisa, vivir al límite: “Y él era demasiado viejo el rock ’n’ roll / pero demasiado joven para morir –cantaban Jethro Tull en 1976- No, nunca eres demasiado viejo / para el rock ‘n’ roll / si eres demasiado joven para morir”.

Too Old to Rock and Roll

Haz como tus ídolos

Los fans más enajenados, inevitablemente, tienden a perder los papeles y pretenden imitar las extravagancias de sus ídolos mucho más allá de lo que sería razonable. Incluso puede que, impulsados por sus propios demonios, se sientan inspirados por ellos a hacer cosas que nadie les pide ni pretende que hagan. Hay quien quiere ver en estas actitudes un efecto motivacional del rock hacia el crimen, las conductas autodestructivas, el suicidio y el delito cuando, en realidad y por fortuna, no sólo ocurren mucho más raramente de lo que se suele creer, sino que además suelen ser el resultado de personalidades inestables y/o sugestionables, de situaciones personales indeseables, o de la coincidencia de ambas cosas.

El primer episodio de fans descontrolados del que se tiene noticia se produjo en los mismos orígenes del rock como modelo musical, el 21 de marzo de 1952, en Cleveland (Ohio), y no fue precisamente la música –o su contenido- la culpable del desaguisado: unos promotores excesivamente avariciosos habían vendido hasta dos entradas por cada asiento, el sonido era pésimo y varios de los asistentes fueron aceptados en el recinto pese a estar completamente borrachos. Finalmente, a causa de una reyerta motivada por las pésimas condiciones, el concierto tuvo que ser suspendido, hubo cinco detenidos y varios heridos por arma blanca. Es obvio que la culpa no fue del rock, pero la prensa de la época no lo entendió de este modo. Lo mismo le ocurrió, como ya dijimos, al pobre Bill Haley durante su gira europea de 1957. Así por ejemplo, durante su actuación en Berlín, por motivos que aún se desconocen, se produjo una batalla campal que se saldó con varios heridos tras una brutal carga policial. Y luego, claro está, vino esa euforia desatada, excéntrica y antiestética de la beatlemanía… O la stonemanía, que se hizo especialmente odiosa tras el crimen cometido durante la actuación de los Rolling el 6 de diciembre de 1969 en Altamont. En el transcurso de la misma un joven negro, Meredith Hunter, fue golpeado hasta la muerte por miembros de la conocida banda motera Los Ángeles del Infierno. Lo irónico del caso es que en ese preciso momento los Stones estaban interpretando uno de sus grandes clásicos: Sympathy for The Devil.

Rolling Altamont
Los Rolling Stones en Altamont (1969).

Luego vinieron otros eventos, siempre puntuales, que han ayudado a sus detractores a apuntalar desde lo anecdótico la leyenda negra del rock. Así por ejemplo, el conocido disparate de la Familia Manson, quienes en el colmo del absurdo se dijeron inspirados por los mensajes subliminales de las canciones de los Beatles –concretamente en su tema Helter Skelter[2]… Y más: en 1974 un muchacho de Calgary (Canadá) se ahorcó con tan solo trece años al intentar imitar el clímax de un concierto de Alice Cooper; en 1978 otro sujeto de Baltimore sufrió graves quemaduras al intentar imitar el número de escupe-fuego que realiza en sus conciertos el bajista de KISS -Gene Simmons-; unos jóvenes se suicidaron durante la escucha de la canción Better by You, Better Than Me de los Judas Priest, lo cual sirvió para que un muy imaginativo fiscal –que perdió el caso, claro- los acusara de haber introducido en el disco mensajes subliminales instigando al suicidio; o bien los disturbios que, en 1979, culminaron con la muerte de once fans de The Who en Cincinatti (Ohio) a causa de una estampida. Evento éste, por cierto, considerado aún como el mayor desastre de la historia acaecido en un concierto rock. Incluso el propio John Lennon, en 1980, terminó por convertirse en víctima de su éxito al ser asesinado en Nueva York, a la misma puerta del edificio Dakota -en el que vivía-, por un iluminado llamado Mark David Chapman.

Situaciones que, en general, pueden encontrarse históricamente, por doquier, en el seno de cualquier fenómeno sociocultural de masas y que, en realidad, guardan escasa relación con el contenido mismo del rock. Ese maravilloso sonido furioso.

Lennon Yoko Dakota
Lennon y Yoko Ono posan ante el neoyorkino edificio Dakota.

[1] Goldstein, P. (1985, 25 Aug). Parents Warn: Take the Sex and Shock Out of Rock. Los Angeles Times.

[2] Disparate en todos los sentidos del término y en todas las direcciones imaginables. El caso de Manson comenzó en la ideología –bien regada de drogas y alcohol- pervertida y delirante de un chorizo del montón, continúo con un tratamiento jurídico y mediático rayano en el más completo absurdo y terminó convirtiendo a un hombre que físicamente no mató a nadie en un ejemplo paradigmático de “asesino en serie”. De locos.