Del genocidio al documental

La Segunda Guerra Mundial concluyó con la deflagración de dos bombas atómicas, en Hiroshima y Nagasaki –el 6 y el 9 de agosto de 1945-, que fuerzan la rendición incondicional del Japón. En la conciencia de muchos ciudadanos victoriosos de las potencias aliadas este acontecimiento generó un hondo sentimiento de culpa. La orden del presidente Harry Truman llevó a no pocos a pensar que el brutal esfuerzo material y humano realizado para impedir el triunfo de la depravación moral que simbolizaban las fuerzas del Eje, sólo había sido un espejismo. Al final, la guerra es un hecho criminal per se. El hongo atómico que dejó tras de sí el paso del bombardero B29 Enola Gay se convirtió en hito del desarrollo de la conciencia moral de la democracia occidental pues demostró que en la guerra todo está permitido y que, si de imponer la fuerza se trata, no hay límites que se puedan considerar razonables o inquebrantables[1]. Matar siempre es matar, y al final cualquiera puede matar mucho y bien si se lo propone seriamente. En última instancia, la catástrofe atómica, como se refleja de manera magistral en películas como Creadores de Sombra (Roland Joffé, 1989), difuminó de suerte radical las fronteras entre los vencedores y los vencidos: el terror nuclear que sustentó los precarios equilibrios de la Guerra Fría se basaba en el principio fatalista de que daba exactamente igual quién llegara a pulsar antes el botón, pues en cualquier caso nadie ganaría.

Boeing B-29 "Enola Gay"
El bombardero Enola Gay (Fuente: U.S. Air Force Photo)

Pero lo peor no habían sido la guerra en sí, o la escenografía perfectamente apropiada de su colofón atómico, sino el racimo de espantos que comenzó a airearse en los años posteriores. El polvo de los campos de batalla apenas empezaba a sedimentarse cuando ya se exhibían en los noticiarios las imágenes de Auschwitz-Birkenau y de los tremebundos campos de exterminio erigidos por los japoneses en China, si bien el horror de Hiroshima y Nagasaki motivará que esta historia quede suavizada, cuando no oculta por la mala conciencia occidental. Apenas han comenzado los juicios de Nüremberg cuando la izquierda–que no deja de escandalizarse farisáicamente con la brutalidad genocida de Hitler y sus seguidores-, se ve obligada a plegar velas. Stalin, quien coyunturalmente se había aliado con las democracias occidentales para zafarse de la amenaza germánica, empezaba a ser un enemigo y los esfuerzos realizados para mostrar a la Unión Soviética como un país amigable se diluyen. Así se empiezan a airear las terribles purgas del estalinismo. Consecuentemente, el siglo XX no sólo se convierte en el de las dos grandes guerras, sino también en el de las grandes masacres, etnocidios, genocidios y dramas humanos que culminará con las limpiezas étnicas e ideológicas de Los Balcanes, Chechenia o Libia. El siglo del odio. De hecho, es tras la Segunda Guerra Mundial que un mundo atónito ante la magnitud de la barbarie “civilizada” todos entienden necesario sancionar un delito que hasta entonces había permanecido en la impunidad: el de crimen contra la humanidad.

Acceso tren Auschwitz (Cracow Tours)
Acceso ferroviario al campo de trabajo de Auschwitz-Birkenau.

Se ha dicho a menudo que el siglo XX ha sido el de los Derechos Humanos, y no sólo porque signifique un trágico punto de inflexión en él se hayan cometido barbaries tan terribles como las arriba mencionadas, u otras no menos degradantes como el apartheid sudafricano, o la emergencia de fundamentalismos terroristas de todo signo y color. También lo ha sido porque se ha comprendido que tales derechos son una realidad inalienable que debe ser protegida por encima del siempre dudoso –y peligroso- “derecho de las mayorías” o la “razón de Estado”. De hecho, sólo tras la Segunda Guerra Mundial, a partir de 1948, los Derechos Humanos van a ser concebidos como un elemento más del derecho internacional y regulados por organizaciones internacionales de carácter mundial. Y es que se ha entendido, al fin, que la preservación de los Derechos Humanos no sólo es imprescindible para la dignificación de la persona, sino también para la estabilidad internacional. Allá donde personas son perseguidas y tiranizadas sistemáticamente más tarde o más temprano la situación interna se degrada sin remisión, hasta generar conflictos más amplios y complejos.

Como es lógico, la cultura popular se hará eco por extenso de los horrores y tragedias internacionales, así como de sus consecuencias, al punto de que ha impulsado más la conciencia mundial ante los desastres humanitarios y los crímenes del odio étnico y nacionalista que una Organización de las Naciones Unidas que, muy a menudo, se ha mostrado inerme e inoperante ante las presiones políticas de criminales y genocidas de toda suerte y color. Al fin y al cabo, los gulags protegidos por la amenaza nuclear de la URSS y los regímenes tiránicos latinoamericanos salvaguardados por los Estados Unidos eran tan inatacables en el seno del Consejo de Seguridad de la ONU, como lo puedan ser hoy los regímenes de Birmania y Corea del Norte a los que protege el gigante chino. Consecuencia: muy a menudo sólo mediante la expresión artística han sido posibles la denuncia, la concienciación de los espectadores, así como la persecución, bien sea moral -como sucedió con el ex dictador chileno Augusto Pinochet-, de los criminales.

Trabajadores en un Gulag (Gulaghistory.org)
Trabajadores en un Gulag (Fuente: Gulaghistory.com)

El siglo XX convirtió en fenómeno de masas el crimen político en sus más variopintas manifestaciones, desde el magnicidio cometido por el lobo solitario de turno o los conspiradores de rigor, al crimen de Estado diseñado para aplacar –o controlar- a determinados sectores del entorno sociopolítico de los que convenía liberarse, o a los que interesaba someter. Así, tanto el crimen de estado o de guerra, el odio interracial instigado desde el poder y el magnicidio, en todas sus manifestaciones posibles, van a ocupar un lugar central entre las imágenes icónicas de la cultura popular contemporánea, al punto de que han llegado a adquirir el rango de subgénero dentro de las manifestaciones artísticas populares destinadas a la protesta y el debate sociocultural. Así, ya en fecha tan temprana como 1915, con la técnica del rodaje cinematográfico prácticamente en desarrollo, David Wark Griffith rueda la primera película estrictamente moderna de todos los tiempos, El nacimiento de una nación. Cinta polémica donde las haya por su contenido netamente racista –los héroes salvadores de la patria son encarnados nada menos que por el Ku Klux Klan-, que provocó disturbios tras su estreno en diversas ciudades y uno de cuyos puntos culminantes es precisamente un magnicidio, el de Abraham Lincoln. El primero recreado por el cine en toda su historia. Por cierto, para el momento en que Griffith estrena su película ya se han producido otros fenómenos mediáticos que van a prefigurar la cultura popular occidental. El principal de ellos es la Guerra de Cuba, primer conflicto bélico internacional narrado masivamente en los medios de comunicación modernos.

Birth of a Nation
Uno de los reclamos publicitarios de El Nacimiento de una Nación, película basada en el texto El hombre del Clan, de Thomas DixonEl contenido del filme es más que explícito.

No es extraño, pues, que entre las imágenes más difundidas y reconocibles de nuestro pasado inmediato se encuentren el hongo atómico de Hiroshima, las excavadoras desplazando las pilas de cadáveres en Auschwitz, las víctimas de las hambrunas en Ucrania, los niños vietnamitas regados con napalm o las matanzas de hutus y tutsis en Ruanda. Tampoco que una las películas más vistas de la historia, rodada por un aficionado con un tomavistas, sea precisamente el testimonio de un testigo directo, Abraham Zapruder, quien en la Plaza Dealey de Dallas el 22 de noviembre de 1963 asistió al asesinato de John F. Kennedy. Y más: en esta tesitura, a casi nadie sorprende que el siglo XXI comenzase con las imágenes del colapso de las Torres Gemelas tras el atentado islamista del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York. Parecería que la fusión de imagen, relato, símbolo y barbarie sean elementos insertos en la genética misma de nuestra cultura en tanto que producto audiovisual destinado al consumo de masas.

Zapruder 313
El archifamoso fotograma 313 de la película tomada por Abraham Zapruder. Un filme que ha hecho correr ríos de tinta.

Lo más increíble, sin embargo, y quizá un perfecto testimonio del cinismo en el que nos ha sumido el siglo de la barbarie, es que tras exhibirse en horario de máxima audiencia lindezas como las ejecuciones de Nguyen Van Lem[2] y Samuel Doe[3] o la autoinmolación de Thich Quan Duc[4], aún haya quien defienda la inexistencia de unas snuff-movies a las que denominamos “información” cuando nos interesa difundirlas, o pueda simplemente escandalizarse acerca de los contenidos de algunas expresiones culturales. De hecho, en un medio que, como la televisión, copa audiencias y alcanza todos los hogares, el debate acerca de las líneas que deben o no ser traspasadas en beneficio de la libertad de prensa ha hecho correr ríos de tinta y, aún hoy, se encuentra muy lejos de su resolución. Mucho se ha discutido acerca del tratamiento mediático de los sucesos, de los programas de tele-realidad como forma de entretenimiento, o de los contenidos que deberían exhibirse en determinados horarios.

Tampoco ha sido raro que los propios medios hayan intentado a menudo pactar una regulación de sus contenidos sin éxito alguno. La solución más habitual, una vez enfrentados los medios al dilema ético-moral que supone arriesgarse a afrontar críticas nada inocentes cuando se pretende informar del delito, ha sido simplemente la de guardar silencio. Inexplicablemente, el periodismo empresarial del presente, acorralado desde todos los ángulos y mediante toda clase de estrategias perversas, no ha sabido encontrar un término medio entre el servicio público y el sensacionalismo.

Sea como fuere, la película El juicio de Nuremberg (1961), de Stanley Kramer[5], dará el pistoletazo de salida a lo que será, en adelante, el relato en clave artística, y docu-dramática, de la ingente cantidad de barbaries y crímenes cometidos por los seres humanos en aras a los “grandes ideales”. Con ella, tal vez, ha comenzado un proceso de lenta pero progresiva inmunización ante estos asuntos que nos ha conducido a contemplarlos como un elemento más del paisaje socioantropológico de nuestro tiempo que ha conducido a su exposición en toda suerte de formatos, bajo todo tipo de estilísticas, e incluso con los fines aparentemente más espurios, como el cómic:

“En algún lugar del tiempo suena un disparo. Bang. El eco está grabado en nuestro inconsciente colectivo. Bang, bang. Es una bala en el corazón del mundo. En Miami, un abogado del distrito se desangra hasta la muerte en la calle. En Bosnia, un reformista popular es tiroteado junto a una cafetería. Bang, bang… Se oyen disparos en Nicaragua, en Irlanda y en Costa de Marfil. Caen políticos y disidentes, las economías oscilan, países enteros cambian de forma. Es el sonido de la historia cambiando. A veces son tres disparos… o cuatro… o cinco. En Dallas un desfile de coches gira a la izquierda… Bang. Un presidente elegido democráticamente cae de lado y un golpe de Estado ha tenido lugar. Tres disparos, un tirador, fin de la historia. Días después, suena otro disparo. El pistolero loco y solitario es tiroteado a su vez, y no queda nadie que hable. La gente moverá la cabeza y volverá a su vida, y maldecirá el nombre del asesino para siempre… Dejando que el auténtico asesino vuelva a hacerlo una y otra vez”[6].

Lo cierto es que Stanley Kramer, autor reincidente en esta clase de temáticas como el alemán Otto Preminger, creó escuela y lo hizo en paralelo a la evolución del mercado literario y periodístico de su tiempo, constante fuente de inspiración para guionistas y directores de medio mundo. Fundó, por tanto, una tradición cinematográfica revisionista y harto crítica tanto con la sociedad presente como con la pasada que la inspiró y que, posteriormente, durante la década de 1970, abanderarán los Giuliano Montaldo, Gillo Pontecorvo, Werner Herzog, Arthur Penn, Stuart Rosemberg o el aclamado Reiner Werner Fassbinder, uno de los primeros cineastas que recupera de manera activa el papel protagonista de la mujer en la cultura y la sociedad. Autores y temas críticos, duros, a menudo escasamente amables para el espectador que anticipan la pasión por el documental del presente.

Judgement at Nuremberg (Kramer)
Uno de los muchos carteles promocionales de El juicio de Nuremberg, de Stanley Kramer. Cinta que va a marcar un antes y un después en la concepción del cine.

[1] Hoy, para mucha gente, el nombre de Enola Gay hoy es únicamente el título de una popular canción de la banda tecno-pop Orchestral Manoeuvres in the Dark. Un ejemplo más de que la cultura popular todo lo asume, lo reinterpreta y lo transforma en otra cosa, generalmente vendible.

[2] Soldado del Vietcong ejecutado en Saigón ante los objetivos de las cámaras del periodista Eddie Adams y de los reporteros de la NBC. Adams, que captó el momento exacto en que el ejecutado recibía el impacto fue premiado con el premio Pulitzer por esta fotografía que, durante décadas, se convirtió en el testimonio perfecto de los horrores de la guerra. Un éxito amargo: el premiado se sintió durante años culpable al creer que con su conducta había instigado la ejecución de Nguyen.

[3] Presidente-dictador de Liberia entre 1980 y 1990. Tras alcanzar el poder mediante un golpe de estado y practicar durante su mandato toda suerte de crímenes y felonías, Doe sería depuesto tras una breve pero cruenta guerra civil por Charles Taylor. Las imágenes de la tortura y posterior ejecución de Doe dieron la vuelta al mundo en horario de máxima audiencia y aún puede encontrarse en algunos lugares de internet, como este: [Daily Motion].

[4] Monje budista que se quemó hasta morir en una calle de Saigon en protesta por el trato que recibían los seguidores de su religión en el país. La imagen y el relato de la autoinmolación del monje les valió sendos premios Pulitzer a los periodistas Malcolm Browne y David Halberstam. Tristemente célebre, esta forma de suicidio protesta llegaría posteriormente a hacerse verdaderamente popular, ocupando un lugar central en los medios de comunicación. Hoy la tremenda imagen ha alcanzado el punto de banalización extrema al ser incluso portada de discos, como el primer LP de la banda Rage Against The Machine (1992).

[5] En España, de manera perfectamente equívoca y necesariamente ideológica, se estrenó con el absurdo título de Vencedores o vencidos.

[6] Jenkins, P.; Garney, R. y Buscema, S. (2000). The Dogs of War: Part 1. En: The Incredible Hulk, Vol. 3, 14. Marvel Entertainment.

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De vampiros, licántropos y otros amigos (parte 2)

Nosferatu Murnau
El clásico “Nosferatu” (1922), del cineasta alemán F. W.  Murnau, trató de convertirse en la primera adaptación cinematográfica de la archifamosa novela de Bram Stoker. Sin embargo, un problema con los derechos de autor motivó una serie de transformaciones argumentales que, finalmente, convirtieron al vampiro de los Cárpatos original en el icónico Conde Orlok, interpretado por el actor Max Schreck.

Existen al parecer ciertas circunstancias médicas, si bien esta cuestión no deja de levantar controversias enconadas y debates relativos a su corrección política, que permitirían explicar lo que la superstición interpretó como vampirismo y licantropía[1]. La más obvia es una enfermedad conocida como porfiria cutánea tarda (PCT), una de las dos variantes de la porfiria eritropoyética[2]. Siendo la PCT una dolencia poco frecuente, pues es más común la otra variedad denominada porfiria aguda intermitente (PAI), que se manifiesta en forma de dolor abdominal, vómitos y diarrea, acompañados de otros síntomas neurológicos así como alteraciones psiquiátricas[3].

Quienes sufren de la extraña PCT, una enfermedad que aqueja especialmente pero no exclusivamente a los alcohólicos, se vuelven extremadamente fotosensibles y no pueden exponerse al sol sin sufrir lesiones ulcerosas en la piel a causa de la destrucción celular. Los tejidos cutáneos enrojecen con rapidez y se desarrollan ampollas, lo que bien haría a un observador externo imaginar que se trata de quemaduras provocadas por la luz solar. Quedan horribles cicatrices, pudiendo el paciente en los casos más extremos perder los dedos, la nariz y las orejas. Los ojos se ponen rojos. Por otra parte, se llegan a caer todos los dientes quedando tan solo los caninos. Todo ello termina por otorgar al paciente un aspecto grotesco y terrible.

Porfiria
Mujer afectada de PCT. Sobran los comentarios.

Ocurre que existen, además otras enfermedades que al sistema endocrino de espectaculares manifestaciones, como aquellas que desarrollan un anormal y desenfrenado crecimiento del cabello y el vello corporal en un proceso que se conoce como hirsutismo o hipertricosis, y que se relaciona con una rara mutación genética hereditaria que provoca, entre otras cosas, un aumento desproporcionado de la cantidad de andrógenos. Así se explica, por ejemplo, el fenómeno de las tristemente célebres “mujeres barbudas”.

hioertricosis
Hipertricosis.

En definitiva, la PCT y la hipertricosis dotarían al convaleciente de gran parte de las características físicas que la leyenda atribuye tanto a los vampiros como a los hombres lobo: palidez anémica, ojos inyectados en sangre, pelo en las palmas de las manos o en todo el cuerpo, y etcétera. Especialistas como David Dolphin, de la University Of British Columbia, han presentado en diversos foros científicos célebres informes en los que exponen con sumo detalle los muchos puntos de contacto que se observan entre las leyendas de vampiros y la bioquímica de la porfiria. Evidentemente, estos pacientes no son criminales sino, en todo caso, víctimas del imaginario popular y de la ignorancia como tantos otros que en el decurso de la historia han sufrido dolencias consideradas malditas por una u otra razón. En todo caso, resulta obvio imaginar que el mito precede a la enfermedad y que, sin más, ésta se habría convertido en supuesta prueba del primero. Por lo general, la gente ve lo que quiere ver siempre que se enfrenta a lo que no comprende.

También hay otras causas que pueden darnos cumplida cuenta del hecho vampírico como, por ejemplo, las dificultades que se han tenido hasta hace relativamente poco tiempo a la hora de determinar el fallecimiento clínico de una persona[4]. No era extraño –teniendo presente que incluso hoy es posible- que hasta hace no más de setenta años se enterrara aún con vida a un porcentaje de personas escalofriantemente elevado, ya fuera en estado catatónico o cataléptico inducido por una fiebre alta o cualquier otra dolencia que afectara de suerte peculiar al sistema nervioso. Si el supuesto fallecido tenía la suerte de haber sido depositado en un panteón familiar u otro lugar que le permitiera vencer las dificultades inherentes a su situación y abandonar su encierro, es lógico pensar que la superstición popular haría su trabajo para transformarlo en un ser maligno de cualquier especie. La cantidad de estremecedores relatos, historias, cuentos y leyendas que inciden en este sórdido tema son ingentes y pueden hallarse en todas las tradiciones culturales del mundo. Sirva un dato ciertamente terrible: a principios del siglo XX las autoridades de los Estados Unidos ya calculaban que en a lo largo y ancho del país se enterraba al menos a una persona viva cada semana. El pánico al respecto llegó a ser tan exagerado que se ideó toda suerte de ingeniosos aparatos para que el pretendido cadáver pudiera activarlos desde su macabro encierro en caso de entierro prematuro. También proliferaron las casas de muertos y otras dependencias similares, en las que el cuerpo reposaba bajo la estrecha vigilancia de celadores atentos al menor signo de vida durante unos días, antes de ser finalmente enterrado.

ataud_seguridad
Diseño de uno de los múltiples modelos de ataúd de seguridad, con cuyo concurso se pretendía evitar la eventualidad de ser enterrado vivo, cuya patente se registró durante el siglo XIX. Para saber más sobre esto, sigue el enlace.

Tampoco faltan los relatos de cadáveres conservados en perfectas condiciones tras años de recibir sepultura que fueron en su momento atravesados con estacas, clavados al suelo, desmembrados y otras lindezas parecidas. No obstante, es conocido que en determinadas circunstancias medioambientales un cadáver puede tardar años, décadas e incluso siglos en descomponerse.

“[…] La descomposición depende de muchas variables. Un cuerpo enterrado puede perdurar casi indefinidamente en el hielo. La turba y la humedad también son capaces de retardar la descomposición. En arena seca los cadáveres se momifican hasta convertirse en duradero pergamino. En tierras ricas en minerales pueden impregnarse de sales y metales. Pero si no han sido enterrados, sobre todo cuando hace calor, el proceso de esqueletización llega a ser asombrosamente rápido. El tiempo mínimo que requiere la esqueletización total no es de nueve años ni de nueve meses, ni siquiera de nueve semanas: puede producirse en aproximadamente nueve días. […] El recipiente funerario tiene una tremenda importancia. Los recipientes herméticos que protegen el cadáver del medio ambiente […] proporcionan un grado sorprendente de preservación, incluso durante periodos prolongados de tiempo. He visto como un cadáver bien embalsamado –un cadáver al que se había hecho la autopsia, lo cual dificulta considerablemente el embalsamamiento- duraba veintisiete años dentro de un ataúd hermético en el interior de una cripta, con rasgos perfectamente naturales y sólo unas pequeñas zonas de piel desprendidas de manos y pies. […] Aunque no esté protegido por ningún recipiente, un cadáver dura más si se encuentra bajo tierra”[5].

En todo caso, bastaba con que el fallecido hubiera sido un individuo peligroso, malvado, sospechoso de haber practicado la brujería o de costumbres poco respetables para que en lugar de santo fuese considerado vampiro o poseído por demonios. Así, el tratamiento que recibía su cuerpo era tan expeditivo como implacable. De esta época de supersticiones proceden falsas creencias que, aún hoy, se encuentran muy extendidas entre la población, como la de que el pelo y las uñas siguen creciendo después de la muerte: “es un mito que las uñas y el pelo sigan creciendo después de la muerte –explica William Maples-. Lo que sucede en realidad es que la piel se repliega a su alrededor, haciendo que el pelo y las uñas se levanten y sobresalgan más”[6].

El Entierro Prematuro (Antoine Wiertz)
“El entierro prematuro”, obra de Antoine Wiertz (1854).

Por otra parte, y pese a que las leyendas de vampiros resulten interesantes como pasatiempo o motivo de reflexión filosófica y antropológica, es evidente que tras la mayor parte de las que tienen algún viso de ser ciertas no puede esconderse otra cosa que una mente enferma o un criminal[7].

Vampirismo y licantropía como patología psíquica

El asesino vampírico, tanto como el licántropo, son, como todos los psicópatas y al igual que el resto de los seres humanos, prisioneros de sus fantasías. El problema reside en que la imaginación de estos individuos se rige por mapas mentales impensables para el resto de las personas. Obtienen satisfacción bebiendo la sangre de sus víctimas, sencillamente viéndola correr, comiendo su carne o profanando cadáveres, y no dudan en recurrir incluso al asesinato para satisfacer sus necesidades parafílicas. El fetichismo por la sangre y la carne, que algunos psiquiatras denominan Síndrome de Renfield[8], es en realidad una forma de necrofilia en la que el sujeto, en sus fases iniciales, comienza experimentando con animales hasta focalizarse en otras personas y convertirse a medida que los delirios fantásticos del individuo crecen, en auténticos depredadores de novela. Es cierto que este tipo de casos, cuya incidencia estadística es en realidad escasísima, resultan especialmente llamativos al profano y copen protagonismo en medios de comunicación, relatos de terror, películas, cómics, videojuegos o series de televisión. Y es por ello que muchos de los asesinos más conocidos de la historia del crimen –que no los más prolíficos- han pertenecido a esta curiosa especie.

De acuerdo con el estudio llevado a cabo por el psiquiatra Hershel Prins[9], el delirio vampírico puede manifestarse de muy diferentes formas, de modo que su catalogación comprende cuatro grandes grupos:

  • Vampirismo completo. Comprende toda suerte de fantasías y prácticas sádicas y necrofílicas que se convierten en móvil del asesinato o la profanación de tumbas. Esta clase de vampiro es un carroñero que experimenta una atracción incontrolable por los muertos y consume sangre –e incluso carne o vísceras- procedentes de personas a las que puede, o no, haber asesinado previamente. Gilles de Rais es un ejemplo histórico muy ilustrativo. Casos más cercanos son los del sargento Leger, quien en 1827 violó el cadáver de una niña de 12 años y bebió su sangre; el popular John George Haigh, también conocido como el Vampiro de Londres; Fritz Haarmann, el Vampiro de Hannover; y por supuesto Richard Trenton Chase, el Vampiro de Sacramento. Curiosamente, otros “vampiros” mediáticos como Peter Kürten o Mohammed Bijeh no realizaban esta suerte de prácticas pese a ser bautizados de tal modo por la prensa.
  • Vampirismo sin ingestión de sangre ni de materia muerta. A esta variedad se la asociaría con la simple necrofilia, que consiste en satisfacer el instinto sexual con cadáveres, o bien, gozar con tocarlos y contemplarlos. Un caso bien conocido y documentado de estas características es el del alemán Kuno Hofmann, el Vampiro de Núremberg. Hofmann, que pasó algún tiempo en el campo de concentración nazi de Dachau, era sordomudo, tenía un cociente intelectual por debajo de la media y una timidez patológica que le impedía acercarse a las mujeres. Durante años estuvo asaltando depósitos de cadáveres para consumir la sangre de los muertos y practicar relaciones sexuales. En 1972, durante uno de sus paseos, terminó por asesinar a tiros a dos jóvenes que dormían en un coche a fin de probar su sangre. Probablemente, Hofmann habría continuado asesinando una vez había transgredido los límites y culminado su transformación, pero fue detenido.
  • Vampirismo sin cadáver. Esta categoría reúne a gran cantidad de sujetos con tendencias psicóticas, pero aparentemente normales e integrados en la sociedad, cuyos deseos les igualan al vampiro. Hablamos de impulsos incontrolables y muchas veces ocultos incluso para ellos mismos, o bien normalizados. En el fondo, estas ideaciones guardan relación con las capacidades sobrenaturales que la tradición atribuye al no-muerto, de modo que los vampiros ideales envidiarían el poder de los vampiros legendarios, a los tratan de parecerse. El hecho de que no asesinen, no cometan delitos, o no agredan a otros no les hace menos peligrosos, pues los anhelos y fantasías desde los que elaboran sus estructuras cognitivas suelen inducirles irremediablemente a la mentira, la maquinación, la manipulación y la temeridad.
  • Auto-vampirismo. En este grupo de tendencias claramente masoquistas se incluirían casos igualmente psicóticos así como esquizotípicos y esquizofrénicos. Son capaces provocarse lesiones, a veces brutales, ya que la propia sangre se ha convertido por cualquier razón –si bien el motivo suele tener un fondo erótico o religioso- en objeto de veneración. McCully narra el caso de un niño de 11 años que aprendió a pincharse con suma pericia las arterias del cuello para llenar con su sangre una taza entera que luego bebía. También se cortaba las venas del antebrazo para lamer la sangre de las heridas, lo que le hacía experimentar una fuerte excitación sexual.
KunoHofmann
Kuno Hofmann.

Parafilias como el vampirismo –también la licantropía- aparecen tan raramente en la población que su incidencia estadística es prácticamente nula. De hecho tanto el DSM como el CIE ni tan siquiera las mencionan explícitamente, acumulándolas –junto a muchas otras- bajo el epígrafe de parafilias no especificadas. Sin embargo, sus manifestaciones escabrosas y espectaculares son tan llamativas que siempre y en todo lugar han despertado tanto el horror como el interés del gran público hasta el punto de que, en determinados momentos históricos, como el tramo comprendido entre la baja edad media y finales del siglo XVII, llegaron a parecer cuestiones comunes. No en vano, la consideración general del vampiro, el licántropo y el asesino serial se funden y confunden, más allá de consideraciones clínicas o antropológicas, en una apreciación tópica: son “monstruos”. Criaturas diseñadas para matar, construidas tanto a nivel individual como social y que desempeñan un papel nítido en nuestra cultura. Podría decirse que la fascinación que hoy en día nos provoca el asesino en serie es precisamente un reflejo de la que los supuestos vampiros y hombres lobo generaron en el pasado, lo cual explica que los asesinos sistemáticos de ficción sean en muchos casos antihéroes “de culto” para millones de aficionados que pueden convertirse en auténticas máquinas de producir dinero para sus creadores.

Gilles de Rais
Gilles de Rais.

Ya en fecha tan temprana como 1584, autores como Reginald Scot sostenían que la licantropía era un trastorno mental, atribuyendo a la superstición popular la idea de que realmente un ser humano pudiera transformarse en lobo o cualquier otro animal[10]. Lo cierto es que los testimonios históricos de verdaderas epidemias de esta locura son variopintos y pueden ser rastreados en la literatura desde el siglo XVI hasta, prácticamente, finales del siglo XIX. Sirva un dato: tan sólo en el periodo comprendido entre 1520 y 1630, luego durante más o menos un siglo, se registraron 30.000 casos de licantropía sólo en Francia[11]. Esto es interesante desde un punto de vista antropológico. Parece que entretanto el Este de Europa era el hogar de los vampiros, los bosques franceses se habían transformado en el territorio de los hombres-lobo. El ser humano necesita de referentes socioculturales hasta para perder el juicio.

Capitan America - Hombre lobo
Hasta el Capitán América puede convertirse en hombre lobo cuando tiene en un mal día…

La idea de Scot fue posteriormente ampliada por otros autores ingleses como Robert Burton quien en 1621 sostuvo que “[algunos llaman a la licantropía] una especie de melancolía; pero yo prefiero denominarla locura”[12]. Nada tiene de sorprendente para la época este racionalismo respecto del tema, pues en las Islas Británicas los lobos se habían extinguido muchos años antes de que ambos textos fueran escritos. De hecho, es fácil encontrar relatos de hombres-lobo en el trabajo de los ensayistas británicos si nos remontamos al periodo comprendido entre los siglos X y XIII. Ahora bien, a partir del siglo XVI, este tipo de historias tan sólo sobrevivió como argumento literario. Obsérvese, por consiguiente, el anacronismo que inherente a convertir las calles de Londres, o los páramos británicos, en escenario para los clásicos hombres lobo de la ficción.

Lo cierto es que el éxito como monstruo del licántropo, con el paso de los años, ha sido mucho menor que el del vampiro. Parece que, por alguna razón, resulta mucho más fácil creer en la existencia del vampirismo que en la de la licantropía y ello, como hecho sociocultural, también ha tenido repercusión en el escenario del crimen. A partir de 1900 han aparecido varios casos de asesinos en serie movidos por fantasías vampíricas, pero no se han presentado supuestos hombres-lobo, lo cual ha motivado que la literatura psiquiátrica y psicológica apenas si haya tocado el tema, con excepción del psicoanálisis, en la medida que muchos pacientes refieren al narrar sus sueños diversos procesos de metamorfosis que han de ser iluminados por el terapeuta. Parece que el hombre-lobo tiene un sentido más folklórico, propio de un buen relato de terror para las noches de campamento, mientras que el vampiro parece tocar con mayor profundidad los aspectos más atávicos del ser humano.

El misterio de Salem's Lot
Un vampiro de ficción especialmente terrorífico -inspirado en la imagen del “Nosferatu” de Murnau-, fue el ideado por Tobe Hooper a la hora de llevar a la gran pantalla el clásico literario de terror de Stephen King en “Salem´s Lot” (1979).

[1] De hecho, ya sea desde un punto de vista antropológico como desde una óptica meramente psiquiátrica, vampirismo y licantropía tienen muchos puntos de conexión. Daniel Farson en su libro Vampiros, hombres lobo y aparecidos (Barcelona, Noguer, 1976), indica que tradicionalmente se consideraba que un hombre lobo se convertiría en vampiro al morir a menos que su cadáver fuera debidamente exorcizado. También que podía bastar con beber la sangre o comer la carne de un cordero muerto por un lobo para transformarse en hombre lobo.

[2] Las porfirias son un grupo de enfermedades cuyo origen es una alteración, cualitativa o cuantitativa, del metabolismo de las porfirinas. Habría dos modalidades básicas: las eritropoyéticas y las hepáticas. Las porfirinas, básicamente, son sustancias que, al combinarse con determinados metales como el hierro, juegan un papel fundamental en la síntesis de la hemoglobina

[3] Un ejemplo claro y famoso de esta dolencia sería el de la célebre locura transitoria que aquejó al rey Jorge IV de Inglaterra, inmortalizada en La locura del rey Jorge, una extraordinaria y muy bien documentada película dirigida por el británico Nicholas Hyttner.

[4] Recomiendo al lector interesado en este asunto un excelente libro: Bonderson, J. (2002). Enterrado vivo. Barcelona, Ediciones B.

[5] Maples, W. R. y Browning, M. (2006). Los muertos también hablan. Barcelona, Random House Mondadori

[6] Ibid. anterior.

[7] La constatación de la existencia de estos perturbados sedientos de sangre hizo que ganara cuerpo la creencia del vulgo en la existencia de una supuesta enfermedad denominada hematodipsia o hematodixia, por la cual el sujeto que la padece se vería determinado fisiológicamente a beber sangre. Sin embargo, como bien manifiestan Miguel Gómez Aracil en su libro Vampiros (Barcelona, EDAF, 2003), así como otros especialistas, esta supuesta dolencia es un invención del imaginario colectivo completamente desconocida por la profesión médica.

[8] Por el personaje de la archiconocida novela de Bram Stoker. Renfield había sido vampirizado por el Conde Drácula durante una estancia de negocios en Transilvania, de suerte que empezó a experimentar una progresiva sed de la sangre de criaturas vivas para mantenerse a sí mismo con vida. Los doctores de la novela –salvo el excéntrico Van Helsing, por supuesto- consideraron que Renfield estaba loco, recluyéndolo en una institución mental.

[9] Prins, H. (1985): “Vampirism: A clinical condition”. En: British Journal of Psychiatry, 146 (6), pp. 666-668.

[10] Scot, R.; Discovery of Witchcraft. La primera edición de este tratado vio la luz en Londres en 1584. Hubo diversas reediciones del mismo a lo largo de los siglos. La más moderna es la de Montague Summers, New York, 1954.

[11] Farson, D.; op. cit. supra nota 1.

[12] Burton, R.; Anatomy of Melancholy. Londres, 1621.

De vampiros, licántropos y otros amigos (parte I)

The Order 1886
Imagen del videojuego The Order, 1886. Otra visión de un tema clásico en clave posmoderna. La enésima.

El vampiro y el licántropo[1] existen, ese es el hecho. Cierto que es difícil creer que en la forma tradicional del nosferatu -o no muerto- que ataca a los vivos impelido por una irrefrenable necesidad de beber su sangre a fin de mantener su estado, o de la persona que en las noches de plenilunio se transforma en lobo, si bien incluso el vampiro y el licántropo mitológicos gozan de una precisa explicación antropológica. La sangre y la carne, como no podría ser de otra manera, siempre han sido consideradas el centro vida. Se encuentran en los cimientos de todos los cultos y religiones, desde las más ancestrales. Hay creencias en las que el corazón de los difuntos es cocinado y consumido por su ser más amado. Algunas tribus de Australia y Nueva Zelanda pretendían la curación de ciertas dolencias abriendo las venas de los amigos varones del enfermo a fin de que le ayudaran a expulsar su enfermedad en una especie de catarsis colectiva. En la eucaristía cristiana el vino se transustancia en sangre y el pan en carne para la limpieza del pecado y el ofrecimiento de una vida eterna. Otros cultos minoritarios judeocristianos, como el de los Testigos de Jehová, se oponen enconadamente a prácticas sanitarias comunes como la transfusión de sangre por motivos enteramente metafísicos. En todas las culturas existen rituales sacrificiales simbólicos o reales y relatos acerca de vampiros, hombres lobo y quimeras similares (arpías, dragones, hombres leopardo, minotauros, y otro largo etcétera). También testimonios sobre la forma en que se presentaban a sus víctimas, el atroz modo en que se comportan y la forma en que el sujeto puede protegerse de ellos, o bien son erradicados por siempre jamás.

Herodoto
Herodoto.

Los licántropos fueron particularmente populares en Grecia y Roma, y es precisamente por ello que los textos grecolatinos son una de las fuentes más antiguas y amplias a este respecto[2]. No podemos olvidar, en tal sentido, que Romulo y Remo, los supuestos fundadores de Roma, fueron según la tradición amamantados por una loba. Pero este tratamiento extensivo no se circunscribió tan solo al punto de vista de lo legendario o lo mitológico. Ya una figura en absoluta sospechosa como Heródoto de Halicárnaso (484-425 a. C.), fue uno de los primeros autores en tratar el tema de la transformación de hombres en lobos al narrar la incursión de castigo que el persa Darío realizó en Escitia[3].

No obstante, las imágenes del vampiro y el licántropo que han parecido imponerse en el ideario colectivo de Occidente no son demasiado lejanas en el tiempo y se ubican históricamente en el lapso temporal comprendido entre los siglos XII y XVIII, cuando en Europa –especialmente en el Centro y el Este del continente- se desató una fiebre vampírica así como una proliferación de cuentos y mitos sobre hombres lobo sin precedente histórico. A partir de la Edad Media, muchos eruditos se entregaron en cuerpo y alma al estudio del vampirismo, como Augustin Dom Calmet, Montague Summers, William de Newburgh o Walter Mapes.

Mucho tuvo que ver el vigor del cristianismo con ello en la medida que impuso en la visión e interpretación de los sucesos particulares y colectivos una polaridad de dos fuerzas contradictorias: Dios y el diablo. Más todavía, como acertadamente indica Fondebrider[4], la doctrina cristiana no estuvo en ningún caso dispuesta a equiparar ambos poderes en una relación simétrica, de suerte que el diablo se fue haciendo paulatinamente acreedor de una mayor gama de maldades, en la misma medida que ello evitaba que la bondad de Dios fuera en algún momento puesta en entredicho. El resultado del proceso generó la imagen siniestra de Satán que todos conocemos en contraposición a la imagen plenamente benéfica de la divinidad. De este modo, los licántropos, vampiros y demás monstruos tradicionales, que en algún momento del pasado pudieron -y así fue de hecho- albergar sesgos de positividad, se convirtieron en encarnaciones de la más absoluta maldad.

Desde entonces, la literatura, primero, y el cine después, han inmortalizado tanto al vampiro como al hombre lobo para convertirlos en uno de los más populares de los estereotipos perversos de nuestra cultura. No nos referimos tan sólo al celebérrimo Drácula de Bram Stoker. También autores de la nada dudosa talla literaria de Goethe, Lord Byron o Baudelaire, entre otros, alumbraron algunas de sus más grandes páginas tomando como referencia a los cazadores de la noche. También suele olvidarse con exasperante facilidad que la Caperucita Roja de Perrault es mucho más que un cuento para niños y, de hecho, tanto en sus orígenes como en su concepción original distaba mucho de serlo. En realidad el juego de analogías que magistralmente plasmó en sus páginas el francés nos habla de una terrible tragedia: la de una niña púber que ignorando el sabio consejo de su madre abandona el camino correcto para ser acosada, agredida y devorada –junto a su abuela- por un criminal perverso y desalmado. Una historia que ha sucedido cien veces en la vida real, en muchos rincones del mundo y con protagonistas de carne y hueso. Tan auténticos como en los tiempos en que Perrault compuso este aperitivo literario que, descafeinado por el paso del tiempo, relatamos a nuestros hijos como si tal cosa por el mero hecho de que hemos asumido esta clase de sucesos, que otrora aterraban al común de los mortales hasta el punto de elevarlos al rango de lo legendario, como algo normal.

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El actor Christopher Lee encarnando el mito del vampiro que prosperó en el imaginario colectivo del siglo XX: pretendida elegancia, supuesto erotismo y un toque hortera.
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El hombre-Lobo cinematográfico, sin embargo, ha sufrido escasa evolución estética. Quizá por su estilo de monstruo bruto y “a la antigua”, siempre ha tenido pinta un poco macarra y desastrada. Lo más que se pudo hacer por él en sagas famosas como Underworld fue quitarle los pantalones y animalizarlo más si cabe.

Egocentrismo y sociopatía

Autores como Picart y Greek señalan que el estudio científico del vampiro y el licántropo, es decir, aquel que parte de una consideración no sobrenatural del hecho atribuyendo las víctimas de estos legendarios personajes a la acción criminal, comenzó a principios del siglo XX. En 1907, el sociólogo norteamericano E. A. Ross publicó un trabajo que el tiempo ha hecho clásico: Sin and Society (pecado y sociedad). En él describe a una nueva especie de monstruo, el criminaloide[5], responsable del sufrimiento de amplios colectivos sociales a causa de su proverbial ambición y una absoluta falta de interés por la seguridad y supervivencia de las clases trabajadoras. Es evidente que Ross quería referirse figuradamente a los gurús del capitalismo que gobernaban con mano de hierro, y aras de sus propios intereses, los destinos económicos de la sociedad capitalista. En la misma teoría abundó el sociólogo de la Escuela de Chicago Robert Park, quien habló en sus trabajos del vampirismo capitalista al referirse al colonialismo económico estadounidense. Conceptos ambos que guardan, por cierto, estrecha relación con el delincuente de cuello blanco del que también hablara por extenso Sutherland.

Lo interesante, en todo caso, es que esta corriente sociológica relacionaba el comportamiento de estos sujetos con una maldad patológica que los transformaba, más que en meros explotadores, en monstruos insensibles. En suma: desde estas teorías se establecía un sugerente nexo entre la actitud –de clara raíz psicopática- de ciertos individuos con respecto a sus congéneres y la clase de conductas que nuestra cultura ha asociado indeleblemente a aquellos seres a los que tradicionalmente se ha otorgado el calificativo genérico de monstruos. Y lo cierto es que las ideas de Ross, Park o Sutherland no sólo inspiraron a los sociólogos, sino también a los estudiosos del crimen que, por primera vez, abandonaron la idea del criminal como sujeto anormal para establecer vínculos conceptuales entre la conducta criminal y los procesos que operan en el medio social que ahora –corrupción va, corrupción viene- nos parecen evidentes pero que en aquellos días distaban mucho de ser tan obvios[6]. La idea de fondo es ciertamente inquietante: vivimos en un mundo regido por una serie de procesos perversos que, por su propia idiosincrasia, producen toda suerte de monstruos.

Robert Ressler
Robert Ressler (1937-2013).

A este respecto, cuando un periodista preguntó al célebre perfilador del FBI Robert Ressler acerca de los elementos que hacían a las sociedades avanzadas –como es el caso de la estadounidense- tan proclives a la aparición de criminales antisociales, su respuesta fue tan concisa como contundente: “la gente se ha vuelto básicamente egocéntrica. Las metas de cada uno han suplantado a las metas de la sociedad. Las personas no están de acuerdo en nada salvo consigo mismas. Todo esto tiene resultados en la conducta. Si hablamos de alguien que sufre disfunciones sexuales o morales y que está educado para pensar que puede y debe solucionar sus problemas por sí mismo, pero al mismo tiempo supone que las relaciones sexuales que debiera tener son inalcanzables, entonces tiende a tomar por la fuerza aquello que está fuera de su alcance. Y, sin duda, un asesino en serie es una persona enteramente disfuncional que trata de ayudarse a sí misma a obtener aquello que quiere sin observar las consecuencias de sus actos”[7].

Lo cierto es que desde un punto de vista antropológico las raíces de la conducta criminal en el ser humano deben buscarse, más que en la propia historia o en el decurso temporal y circunstancial de las sociedades, precisamente en el fondo de los mitos y leyendas de que se ha alimentado nuestra cultura desde tiempos ancestrales y que han de tener alguna clase de fundamento real, al menos en su objeto central. Basta con releer algunos libros del Antiguo Testamento, observar las mitologías egipcia, grecorromana e hindú o detenerse en las sagas nórdicas para encontrar centenares de relatos sobre agresiones sexuales, agresión, robo, canibalismo, vampirismo, licantropía y otro largo etcétera de brutalidades, perversiones y vejaciones. Por supuesto, los antisociales, se llamasen como quiera en su día, tampoco son una invención del presente. El crimen es tan viejo como la humanidad al punto de que el Génesis bíblico, una vez establecida la Creación, explica que la historia de la Humanidad comienza con un delito –el que cometen Adán y Eva al vulnerar la única norma que Dios les impone-; continúa con un fratricidio –cuando Caín mata a Abel-; y concluye con un genocidio en la forma de Diluvio Universal. Es obvio que el texto fue compuesto por un buen observador de la condición humana.

Cain and AbelTitian c. 1570
Así vio Tiziano el asesinato de Abel a manos de Caín.

Con anterioridad a la aparición de la psicología y la psiquiatría forenses tal y como hoy las conocemos, ninguna otra corriente dedicada al estudio de los procesos mentales había prestado tanta atención a este tipo de cuestiones como el psicoanálisis. Puede que las explicaciones de los procesos inconscientes ofrecidas por los psicoanalistas desde Freud sean consideradas injustamente y con algo de malicia –más por ignorancia de los principios que por un verdadero esfuerzo de comprensión- como elucubraciones sin fundamento. Pero lo cierto es que la psicología y la psiquiatría nunca han dejado de prestarles atención, bien sea de soslayo al punto de que muchos conceptos que hoy damos por buenos fueron, originariamente, concebidos por psicoanalistas. Lo cierto es que actos como los de succionar, morder o el culto patológico a los muertos y lo sobrenatural tienen hondas raíces psíquicas y culturales que no han de ser minusvaloradas si se pretende comprender las motivaciones últimas de la necrofilia, el vampirismo y la licantropía. Ernest Jones, por ejemplo, escribió que no hay cultura en la que no exista la creencia de que los muertos, en determinadas circunstancias, observan a los vivos y sientan un impulso irresistible de retornar con ellos con cualquier propósito. En consecuencia, tampoco resulta extraño que en todos los lugares del mundo existan relatos de fallecidos que visitan a los vivos, los ayudan, los poseen o simplemente tratan de destruirlos. Del mismo modo, a fin de contrarrestar el supuesto poder de los muertos o sus demandas, en toda cultura se dan ritos de apaciguamiento, respeto y consuelo para con las almas de los que se fueron[8].

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Y el malvado Sigmund Freud (1856-1939) te pregunta: ¿a ti te gusta chupar? ¿Y por qué?

Lo interesante es que esto se ve reflejado una idea muy extendida acerca del vampirismo en la tradición eslava: los primeros atacados por un vampiro, cuando retorna, son generalmente sus allegados vivos. Pero, además, tanto en el fondo del vampirismo como en el de la licantropía subsiste un componente sexual que, sin duda, ha contribuido a incrementar el atractivo que suscita. Componente que guarda, a su vez, estrecha relación con el mordisco, el acto de chupar e incluso la acción extrema de devorar al ser amado o deseado como forma de posesión total, plena, absoluta. En otro caso, por lo demás, y sin tener presente la influencia de un patriarcado milenario que enfatiza el valor intrínseco de la heterosexualidad, resultaría inexplicable la creencia legendaria de que los vampiros y los hombres-lobo prefieran como víctimas a personas del sexo opuesto. Tampoco el supuesto subyacente a muchos de estos relatos de que, contra todo pronóstico, las personas atacadas por estos seres sientan al mismo tiempo terror y fascinación[9].


[1] Conviene realizar una precisión terminológica ya que el hombre lobo y el licántropo son cosas semejantes pero no lo mismo. El primero es aquel que tiene el poder de transformase en lobo físicamente mientras que el segundo es, precisamente, el sujeto que posee una visión distorsionada de la realidad que le hace creer que puede metamorfosearse en lobo y que, consecuentemente, durante los momentos en que se cree transformado se comporta como tal.

[2] Fondebrider, J., Licantropía. Historias de hombres lobo en Occidente. Buenos Aires, Adriana Hidalgo Editora, 2004.

[3] Herodoto, Historia. Libro IV. Madrid: Gredos, 2001.

[4] Fondebrider, 2004, Op. cit.

[5] Evidentemente, el concepto no fue acuñado por Ross, sino por Cesare Lombroso y es muy probable que se este autor se inspirase en la obra pionera de los componentes de la llamada Escuela Positiva del Derecho Penal. Ahora bien, el uso que hace del concepto, desde un punto de vista sociológico, es enteramente novedoso.

[6] Pérez-Fernández, F., Imbéciles morales. Consideraciones históricas de la mente criminal. Jaén: Ediciones del Lunar, 2005.

[7] Kouri, J., Criminal Profile: The Monsters Within. En Internet [www.oscweb.com].

[8] Jones, E. (1951). On the Nightmare. New York, Liveright. Existe traducción al español: La pesadilla, Buenos Aires, Hormé, 1967.

[9] Christopher Lee, actor que se hizo mundialmente famoso encarnando al Conde Drácula en las películas de culto que la factoría británica Hammer realizó en los años 50 y 60 no alberga duda alguna al respecto: “Drácula ofrece la ilusión de la inmortalidad, el deseo subconsciente que todos tenemos de poder sin límites. […] Es la imagen del superhombre con un atractivo erótico para las mujeres, que lo encuentran totalmente seductor”.

Conjurando a Frestón

Vuelo de Clavileño


El vuelo de Clavileño

Brujas, locos, pócimas, fármacos, médicos e inquisidores a través de la literatura cervantina

Francisco López-Muñoz / Francisco Pérez-Fernández

Prólogo: Juan Ramón Biedma

Madrid, Delta Publicaciones, 2017


Si alguien, hurgando en los estantes de cualquier librería, se encuentra con este libro y atraído por lo curioso de su título se decide a tomarlo, a buen seguro echará un vistazo a la contraportada. Y cuando así obre se encontrará con este texto:

“Este libro, desde la excusa cervantina, propone un viaje profundo —y crítico— al mundo de las brujas y hechiceras durante la España Áurea, un mundo de turbias supersticiones y calderos pestilentes, brutales persecuciones y torturas, fraudes médicos consentidos, leyes asfixiantes y represivas, inquisidores intransigentes, pseudoconocimiento y misoginia cerril, que se ocultaba bajo la alargada sombra de la fe absoluta, la pureza de sangre y las pretendidas buenas costumbres. Las brujas, sus cuitas y su mundo eran cosa bien conocida por Cervantes, en cuya obra los pícaros, curanderos, embusteros, timadores, ladrones y vividores son especie común por vista de cerca y formar, además, parte intrínseca de ese mosaico existencial, acrisolado de pasados que se cierran y futuros que se abren, que es el Siglo de Oro español. En sus obras se aprecian las muchas experiencias vitales del autor, su singular circunstancia y su vasta cultura: Cervantes conocía bien la medicina de su tiempo, al proceder de una familia vinculada al oficio, e incluso la farmacopea no le era ajena, pues disponía en su biblioteca particular de un la exploración del carácter, como buen conocedor de Juan Huarte de San Juan, y sabía mucho de los entresijos y submundos de la sociedad y la cultura que vivió, y a la que a menudo sobrevivió. Que la obra de Cervantes es una fuente inagotable de inspiración, que admite infinidad de lecturas, no es cosa nueva, y prueba de ello es el mundo de la brujería y sus fenómenos afines, que tanto le fascinaron. De hecho, de los textos cervantinos se extrapolan afirmaciones que hoy día podrían parecer evidentes, como que las prácticas de brujería carecían de influencia satánica y que sus unturas y pócimas solían elaborarse, obviando la excusa ritual, con fines meramente recreativos y lúdicos.”

¿Suficiente? Quién sabe. Lo cierto es que toda obra -igual da su calidad e interés manifiestos- siempre esconde muchas lecturas. De hecho, lo que hace bueno a un libro, más allá de la técnica de quien lo escribe o de la pericia de quien lo lee, reside en la habilidad del autor para exponer y superponer niveles de lectura, así como en la facilidad con la que estos quedan accesibles al posible lector. Por ello, cuando Dickens comenzó su celebrada Historia de dos ciudades con aquella sentencia mítica: “era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos”, estaba haciendo mucho más que regodearse en su indiscutible eficacia como autor: estaba dotando a su obra de un halo de intemporalidad que la haría atractiva para cualquier lector y en cualquier tiempo, que no es poca cosa.

Por eso es que los libros, en general, son siempre peligrosos para los fanáticos, los doctrinarios y los totalitarios. Abren puertas y modifican realidades. Y del mismo modo que a Don Quijote los libros lo perdieron, paradójicamente, fue también que lo salvaron. Y algo de esto debieron barruntarse aquellos que pretendían sacar al Alonso Quijano escondido en la locura del Caballero de la Triste Figura cuando la única forma que se les ocurrió para intentar atraerlo a la cordura fue quemar los libros y tapiar el cuarto de lectura. Desastre del que Don Quijote se libera, precisamente, inventando otra ficción al culpar de todo aquello a uno de sus archienemigos; el sabio Frestón (el nombre del personaje ya es deliciosamente antinómico). Y así es como la vida de cada hombre, en manos de Cervantes, se va convirtiendo en una espiral de verdades, mentiras, ficciones, creaciones y recreaciones que se hacen cosmovisión y perfilan “el mundo” de cada cual. Por eso los dogmáticos han de pasar la vida conjurando a ese paradójico secuestrador de saberes que es el tal Frestón; porque los libros son llaves que abren puertas y ventanas que -creen- debieran permanecer cerradas a fin de asegurar el pensamiento único.

Esto es lo que trata de mostrar este libro, El vuelo de Clavileño, que en realidad es un libro de libros, desde libros y para otros libros. O, por mejor decir, una puerta hacia otras puertas que, a su vez, abren pasillos, túneles y caminos hacia realidades solo aparentemente diferentes en la medida que versiones anteriores de la nuestra. Así debiera leerse más allá de tecnicismos, precisiones, teorías y retóricas -de las cuales hay muchas en la obra- porque con tal deseo se concibió. De hecho, cuando Faulkner decía que el pasado no pasa, que nunca es del todo pasado, que está aquí y ahora, lo que pretendía decirnos es que nada desaparece del todo sino que en todo caso se recicla, se disfraza,  se reconstruye y vuelve de otro modo, en otra forma.

Cuando mi compañero -y amigo- Francisco López y yo concebimos la idea de este libro teníamos claro bien fuera de manera inconsciente el argumento de Faulkner. Creímos, con Dickens, que todos los tiempos son los mejores y los peores al mismo tiempo. Pensábamos, desde la modestia más certera, como Cervantes: que si un libro te condena, solo un libro puede salvarte, y que no existe mejor antídoto contra el veneno de la ignorancia, frente al no saber quiénes somos, que el redescubrimiento de ese pasado que, en realidad, nunca pasa del todo pues lo único que ocurre es que raramente lo reconocemos al verlo oculto tras sus nuevos disfraces. ¿Lo hemos conseguido? En realidad lo ignoro y no creo que ningún autor sepa realmente si ha hecho poco más que escribirse a sí mismo cuando escribe cualquier cosa.

Sea como fuere, el libro está ahí y habla ya por sí mismo.

 

¿Y tú qué pareces?

El médico británico Charles Goring (1870-1919), temiendo que el lombrosianismo que se extendía por el continente europeo como una mancha de aceite no fuera otra cosa que una falacia pseudocientífica, decidió tratar de comprobar por sí mismo hasta qué punto las teorías del médico transalpino Cesare Lombroso (1835-1909) y sus seguidores eran confiables. De tal modo, en 1913, publicó un estudio apoyado en masiva información estadística que contrariaba con absoluto rigor las tesis lombrosianas[1] y que, no obstante, fue misteriosamente ignorado en su momento. El caso es que Goring hizo algo bien sencillo que hasta entonces, al parecer, se había considerado innecesario: primero reunió nutridos grupos de reclusos con características que, a tenor de los expertos que los evaluaron, eran supuestamente atávicas y degenerativas. A renglón seguido procedió a una meticulosa comparación de estos colectivos con otras poblaciones criminales que no mostraban los terribles estigmas físicos descritos por Lombroso y sus seguidores. Después, comprobó las muestras poblacionales con otras compuestas de individuos que nunca habían delinquido… Y sucedió lo que ya se temía: no encontró diferencias significativas entre las diferentes muestras poblacionales, por lo que no había motivo científico alguno para afirmar la existencia de determinada apariencia física en el sujeto y una predisposición hacia el delito en general, o hacia cierto tipo delictual en particular. Pero esta y otras evidencias no surtieron efecto –de hecho ni tan siquiera fueron comentadas más allá de la sorna- por la sencilla razón de que afirmaban algo que nadie estaba dispuesto a escuchar en aquel momento. De hecho, la que sí resultaría profusamente comentada y seguida, por ser mucho más agradable a los intereses intelectuales de la corriente biomédica dominante, fue la aportación de Ernst Kretschmer (1888-1964).

Ernst Kretschmer
Ernst Kretschmer… Imaginemos que este buen hombre tuviera razón: ¿qué te sugieren esas sospechosas orejas puntiagudas? Villano, seguro.

Con la traducción al inglés, en 1925, de su Koperbau und Charakter[2], Kretschmer relanzaba al seno de la comunidad internacional, cierto que reformulada en términos más actuales y por ello mismo menos “sospechosos”, la antigua apuesta de la importancia del elemento biológico en la personalidad de los sujetos. Sostuvo así que existía una unidad morfológica, fisiológica y psicológica tan fuerte en el ser humano que las reacciones temperamentales, en el fondo, no eran otra cosa que un reflejo expreso de su tipo corporal. Una teoría, por cierto, que aún hoy goza de gran predicamento en un sector no precisamente pequeño de la clase psiquiátrica y que viene influyendo de manera muy notable en el ámbito de la cultura popular desde que fuera consolidada. La tesis de que los malos “lo parecen” es tan obvia en ámbitos como el cine, el cómic o las series de televisión que a menudo simplemente basta observar “la pinta” de los personajes para decidir sin miedo a confundirnos quién es el malvado de la historia. De este modo, Kretschmer construyó una tipología humana basada en el factor somático y temperamental que todavía se emplea con más o menos matices en el presente, constituyéndose en otro de los dudosos –y manidos- dejes del positivismo psicofisiológico que aún prevalecen.

Lo sorprendente, parafernalia conceptual aparte -y es importante que el lector tenga en cuenta este aspecto para calibrarla en sus verdaderas dimensiones-, es que se trata de una nueva versión de la misma idea que ya sostuvieron –cada cual a su modo- Hipócrates (460 a.C.-370 a.C.), Galeno (130-210), Della Porta (1535-1615) o Lavater (1741-1801). La misma idea que recuperó buena parte de la incipiente psiquiatría decimonónica y, por supuesto, la misma que subyace a las argumentaciones dudosas e intelectualmente vencidas de Cesare Lombroso. De hecho, más que una teoría científica propiamente dicha, tiene todo el aspecto de tratarse de un prejuicio sociocultural cíclico. La tópica “teoría boya” que flota durante un tiempo hasta que, refutada, se hunde sin llegar a desaparecer del todo a fin de mantenerse bajo la superficie hasta que los hados se tornen propicios.

heroes-y-villanos-spiderman-vs-venom
Vamos a imaginar que tu no sabes nada de estos dos… ¿A qué no tendrías problemas con tan solo ver esta viñeta en diferenciar al “bueno” del “malo”? ¿Y por qué crees que ocurre eso? Yo te lo digo: es lo que pasa cuando determinadas teorías -independientemente de su valor científico y contrastación empírica- se trasladan de suerte acrítica al ámbito de la cultura. Así se consolidan los estereotipos.

somatotipos kretscher

A la hora de llevar su tipología al ámbito de la delincuencia, Kretschmer tuvo ciertas dudas, por lo que se abstuvo de precisar relaciones precisas –o directas- entre delitos específicos y determinado somatotipo en el delincuente. De hecho, tal vez temeroso de ir “demasiado lejos”, quiso ofrecer una tipología criminal de talante aproximativo que, más que entretenerse tal vez de suerte infructuosa en buscar el biotipo criminal -el criminal nato– por excelencia, trató de correlacionar los factores somáticos y temperamentales con grupos muy genéricos de delitos. También introdujo una serie de elementos de carácter endocrinológico que, sin embargo, no aclaró en demasía. Concluyó en todo caso que:

  • Los pícnicos son proclives a comprometerse en delitos sin violencia (robo menor, hurto, estafa, desfalco, ataque a la propiedad, etc.). Raramente recurren al asesinato o la agresión física para lograr sus fines.
  • Los atléticos tienden a los delitos violentos (cometen más o menos el 66% de los delitos de sangre y tan sólo un 6% de ellos son estafadores o similar).
  • Los leptosómicos suelen ser ladrones a gran o pequeña escala. Tienden a verse implicados en agresiones de todo tipo a la propiedad privada o pública. Pueden recurrir ocasionalmente al asesinato o la agresión física.
Somatotipos de Kretschmer
Los somatotipos de Kretschmer (de izquierda a derecha): lepotosómico, atlético y pícnico. Se corresponderían con los de Sheldon, luego veremos como, pero se denominaron así. Es habitual en la literatura confundir ambas clasificaciones y tratarlas como si fueran idénticas.

Sea como fuere, la sugestiva visión de Kretschmer, que en gran medida venía a colocar a la altura de los tiempos las tan discutibles como obsoletas propuestas de la fisognomia de las que que se alimenta, alentó a un grupo de entusiastas seguidores de esta línea “positivista” a proseguir en la misma dirección. Así, a finales de la década de 1930, autores como el norteamericano Ernest Hooton (1887-1954) publicaban exitosos trabajos revisionistas con respecto a la molesta obra de Goring en los que se sostenía la naturaleza subdesarrollada y primitiva del delincuente, al que describe como un ser inferior desde el punto de vista orgánico que suele tener labios finos, hombros caídos, y orejas pequeñas. En todo caso, Hooton no estableció una tipología delincuencial, pero sí correlacionó diversas formas delictivas con el supuesto biotipo de sus autores[3].

Biotipología criminal de Hooton

Biotipo

Clase habitual de delito

Alto y corpulento

Obeso y pequeño

Bajo y delgado

Homicidio y falsificación

Estafa

Hurto y robo

Hooton
No es un neanderthal peligroso. En absoluto. Es nada menos que Ernest Hooton pontificando acerca de lo malo que es parecer lo que él parece. Y es que en casa del herrero…

Sea como fuere, la fiebre por la biología del crimen se ha mantenido viva hasta el presente, especialmente en los Estados Unidos, donde se fundó nada menos que una Escuela Americana de Biotipología de la que han formado parte autores tan destacados en la materia que nos ocupa como el especialista en embriología William Herbert Sheldon (1898-1977), principal continuador del trabajo de Hooton. En efecto, en opinión de Sheldon, autor de Variedades de delincuencia en los jóvenes (1949), la conducta criminal se desarrolla a partir de las particularidades del blastodermo[4] durante el periodo embrionario del individuo. Una teoría que Sheldon vino a perfeccionar, sin duda, pero que ya había sido al menos sugerida en su día –con cierta trampa, por cierto- por el célebre fisiólogo alemán Ernst Haeckel (1834-1919). El blastodermo cuenta con tres capas concéntricas de blastómeros a las que se denomina sucesivamente endodermo (desde el que se origina el aparato digestivo), mesodermo (desde el que se desarrollan huesos, músculos y tendones) y ectodermo (desde el que parte el desarrollo del tejido nervioso y la piel). Así, Sheldon establece que desde el predominio en el desarrollo fetal de cada una de estas capas de blastómeros parten tres tipologías somáticas del individuo: la ectomórfica, la mesomórfica y la endomórfica.

Biotipología de Sheldon[5]

Tipología Física

Tipología Mental

Endomorfo

(Se corresponde con el pícnico de Kretschmer)

Viscerotónico

(Grueso, amante de la comida, relajado, pesado, de caminar lento y reflejos atrofiados. No demasiado inteligente, pero sociable y de buen humor)

Mesomorfo

(Es el atlético definido por Kretschmer)

Somatotónico

(Alegre, dinámico, aventurero y ambicioso. Muy dotado para la interacción social, enérgico y competente, pero de inteligencia media-baja)

Ectomorfo

(Gran desarrollo de las estructuras nervo-cerebrales).

Cerebrotónico

(meticuloso, cerebral, de pensamiento ágil y dinámico. Tiende a mostrarse muy severo y poco tolerante, sensible y amante de la intimidad).

William Herbert Sheldon
William Herbert Sheldon.

Sheldon apoyó su teoría en abundante investigación fotográfica, profusas mediciones antropométricas y análisis factoriales de tales medidas, lo cual le permitió llegar a establecer tres correlaciones –siempre estadísticas- más o menos constantes entre la complexión corporal del individuo y la psicopatología:

  • Constitución endomórfica predominante y psicosis maníaco-depresiva.
  • Constitución mesomórfica predominante y delincuencia en general.
  • Constitución ectomórfica predominante y esquizofrenia.

El neolombrosianismo siguió adelante durante la década de 1950 con aportaciones de relevancia, como las realizadas por el matrimonio compuesto por los criminólogos Sheldon y Eleanor Glueck[6], pero pronto se le fue acabando la cuerda en la medida que muy a pesar de su esforzado aparataje estadístico, siempre quedaban dudas en cuanto a la causaciones últimas y, por otro lado, lo que funcionaba para el colectivo, parecía mostrar escasa aplicabilidad en el ámbito individual. No es lo mismo decir, como hicieron los Glueck por ejemplo, que entre los delincuentes siempre había un mayor número de mesomorfos, que determinar que alguien podía ser delincuente por el simple hecho de tener un biotipo mesomórfico… ¿Qué hacer entonces con los millones de mesomorfos que no habían cometido delito alguno? ¿Habría que encerrarles como política preventiva? ¿Deberíamos sin más dejar de fiarnos de ellos o alejarlos de la vida pública? O, peor todavía, imaginemos que tenemos dos sospechosos de un delito que responden a biotipos diferentes, siendo las pruebas inculpatorias muy similares en ambos casos… ¿Hemos de sospechar principalmente del mesomorfo por la peregrina razón de que no es endomorfo?

Embriología comparada
Embriología comparada.

Como vemos estas sugestivas –e imaginativas- teorías se topaban en la práctica con dificultades insalvables al ser notoriamente erróneas en su planteamiento pues, como manifiesta Gregory, “1) la complexión puede influir en la conducta, sea de modo directo, o indirectamente al modificar las experiencias a las que está sometido un individuo; 2) la conducta puede influir en la constitución de modo directo, o de modo indirecto por modificación de algunos factores que actúan directamente en la constitución; o 3) la constitución corporal y la conducta pueden ser influidas de modo independiente por otro factor determinante; v. gr.: la ‘dote’ genética o las experiencias en relación con la pertenencia a una familia o grupo socioeconómico”[7]. O lo que es igual: resulta imposible determinar cuánto de lo que una persona “es” deriva de su constitución orgánica, de su genética, de su conducta o del ambiente… O, dicho de otro modo, no es posible determinar con perfecta exactitud cuánto de lo que una persona es en un momento dado se debe a factores filogenéticos y cuánto es producto de factores ontogenéticos –nature or nurture-.

El fracaso a la hora de establecer una biología del crimen ha inducido a los partidarios de los diferentes enfoques positivistas y fisiologicistas a adoptar nuevos puntos de vista, no menos estrechos que los descritos y tampoco excesivamente diferentes en el fondo, pero sí más difíciles de combatir al venir pertrechados de una verborrea “cientificista” –que no “científica”- y un ropaje tecnológico –no siempre claro ni coherente- de compleja factura, pero igualmente inútil a la hora de establecer evidencias y correlaciones claras.

Pero eso, no obstante, lo discutiremos otro día. Ahora lo que debes hacer es ir corriendo a un espejo, no vaya a ser que tengas algún parecido sospechoso y estés -mucho ojo- al borde del delito.


[1] Goring, Ch. (1913). The English Convict: A Statistical Study. His Majesty’s Stationery Office, London.

[2] Se ha tomado como referencia la 4ª edición española de 1967: Constitución y carácter: Investigaciones acerca del problema de la constitución y de la doctrina de los temperamentos. Barcelona, Labor.

[3] Hooton, E. (1939). The American Criminal: An Anthropological Study. Cambridge (MA), Harvard University Press.

[4] El blastodermo es el acumulamiento celular del embrión cuando se encuentra en estado de blástula. Está conformado por una o varias capas de blastómeros, o células resultantes de la división celular del huevo tras la fecundación, dispuestos periféricamente en torno a una cavidad a la que se denomina blastocele. La blástula es la fase embrionaria precoz que sigue inmediatamente a la segmentación del óvulo (o conformación de la mórula).

[5] Realizado a partir de Sheldon, W.H. (1954). Atlas of Men. New York, Harper & Row Publishers, Inc.

[6] Glueck, S. y Glueck, E. (1956).  Physique and Delinquency. New York, Harper & Bros.

[7] Gregory, I. (1970). Psiquiatría clínica. México D.F., Editorial Interamericana S.A. (2ª ed.), p. 114.

La salud del pueblo

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Famosos carteles de propaganda nazi en favor de las políticas eugenésicas.

La consideración de la eugenesia como ciencia –en realidad una pseudociencia emergente- en Europa y Estados Unidos, fenómeno que venía consolidándose desde finales del siglo XIX, vino a coincidir en su última fase con el ascenso de Hitler al control del NSDAP y, posteriormente, del nazismo al poder en Alemania. Así pues, y frente a la idea extendida de que la eugenesia fue un resultado de la ideología nazi, la realidad es ambos hechos operaron como fenómenos convergentes[1].

Lo cierto es que el paradigma médico del nacional-socialismo entendía que la medicina tenía la función social del Volkgesundheit: la promoción de la salud sociocultural e incluso espiritual de la nación alemana más allá de la curación de eventuales dolencias fisiológicas. Una idea no alejada de otras sostenidas por muy respetables figuras médicas británicas o estadounidenses que abogaban -alguno todavía asoma la patita por ahí de vez en cuando- desde hacía décadas por las esterilizaciones selectivas y el control poblacional como formas de mejora psicosocial. Lamentablemente, el reverso de esta ideología residía en la consideración de ciertas personas y/o colectivos a los que se estimaba física o mentalmente “inferiores” como “riesgos” para el bienestar social, cultural, político o económico del país. La lógica conclusión de este planteamiento era evidente: resultaba tan razonable como exigible la esterilización, encarcelamiento o exterminio de tales personas, o bien de su contribución a la sociedad como sujetos experimentales. La manera oficial –eufemística- de denominar a estos procedimientos de supresión de los “seres inferiores” fue la de “eutanasia”[2]. Digamos que, a diferencia de lo sucedido en otros países en los que estos idearios contaban con un buen número de partidarios, la Alemania nazi contó la posibilidad de ponerlos en marcha de forma efectiva bajo el auspicio de un gobierno totalitario, ideológicamente convencido y bien dispuesto a invertir recursos en la cuestión.

Del “Programa T-4” (Aktion T-4) a la “eutanasia salvaje”

La primera fase de “limpieza” exigida por el criterio perverso de la Volkgesudnheit fue autorizada por Adolf Hitler en 1939 y recibió el nombre burocrático de “Programa T-4”. Ello se debió a que la organización del programa tenía su sede en el número 4 de la berlinesa Tirgartenstrasse. Para su adecuado funcionamiento se establecieron, a partir de 1940, hasta un total de seis centros, comenzando por el abierto en Brandenburgo en las instalaciones de una vieja prisión.

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Algunos niños del “Programa T-4”.

La primera fase consistió en el asesinato sistemático de niños con toda suerte de discapacidades físicas y/o psíquicas, si bien luego se fue extendiendo hacia otros colectivos como enfermos mentales, alcohólicos, drogodependientes, homosexuales, discapacitados en general o disidentes políticos partidarios de ideologías “enfermizas”. Los pacientes eran seleccionados y transferidos desde todos los hospitales del Reich a cualquier de los centros anteriormente mencionados para la recepción del adecuado “tratamiento” –así era denominado de suerte aséptica-. Y se trabajó con enorme eficacia pues en agosto de 1941 ya habían sido “procesadas” 70.000 personas a instancias del T-4. Sin embargo, y como no podía ser menos, el programa recibió una fuerte contestación social que condujo a su cierre. En realidad se trató de una medida de maquillaje político, pues el gobierno no tenía ni la más mínima intención de parar el proceso de “limpieza”.

Lo que se hizo en realidad fue desmantelar los centros del T-4 para trasladarlos a lugares menos obvios y más controlados, como los campos de trabajo de Treblinka, Sobibor y Belzec, o bien a diferentes hospitales apartados del control público. Se inició así una segunda fase del proyecto conocida como “eutanasia salvaje” a causa del embrutecimiento de los procesos de eliminación y el aumento progresivo del número de sujetos “procesados”. A partir de este momento los métodos de exterminio favoritos del programa para terminar con la vida de los “desechos sociales” van a ser la muerte por hambre[3], las sobredosis medicamentosas, el sometimiento a procedimientos experimentales extremos, o la inyección de burbujas de aire en vena[4].

Meseritz-Obrawalde

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Fachada del edificio principal de Meseritz-Obrawalde en la década de 1930 [Fuente: deathcamps.org]

Especialmente activo resultó ser el centro de Meseritz-Obrawalde, en el que se cometieron en torno a 10.000 asesinatos, por lo que sus actividades han sido profusamente documentadas. El centro se fundó en 1904 y perteneció hasta 1937 a la provincia alemana de Posen (Prusia Occidental). En 1938, con la reorganización provincial promovida por el gobierno, dicha provincia se disuelve para repartir su territorio en otras, con lo que Obrawalde se integra en la de Pomerania. Tras la invasión soviética y la consiguiente reorganización de fronteras impuesta por el final de la Segunda Guerra Mundial, el territorio retornó finalmente a Polonia, que mantenía una demanda histórica sobre él desde el siglo XVII, y la localidad pasó a denominarse Obrzyce. Tras la reforma territorial emprendida por el gobierno polaco, desde 1999 se integra en el distrito de Miedzyrzecz (Voivodato de Lubusz). Actualmente, el hospital sigue en funcionamiento como centro psiquiátrico.

A comienzos de la década de 1930 el hospital de Meseritz-Obrawalde estaba dedicado a la medicina general y, por lo que parece, su funcionamiento interno era excelente. No obstante, desde el momento en que el centro pasó a depender de la provincia de Pomerania se hizo evidente que las autoridades nazis tenían otros objetivos para aquellas instalaciones. Se cerraron todos los departamentos dirigidos por especialistas y el lugar se reconvirtió en un manicomio masificado al que se transferían sistemáticamente los pacientes en peor estado, de suerte que en el bienio 1939-1940 pasó de los 900 internos iniciales a los 2.000. Y todos ellos bajo el control de tan solo tres médicos, los doctores Mootz y Vollhein –ambos mayores de 65 años-, así como la doctora Hilde Wernicke, sin que se asignara con posterioridad otros médicos al centro. Así las cosas, y como era esperable, las condiciones del hospital empeoraron de manera muy rápida[5].

El procedimiento estándar por el que un paciente terminaba en este hospital estaba diseñado, fundamentalmente, para evitar la posible interferencia de familiares o amigos de los enfermos, así como de cualquier otra influencia externa que pudiera “interrumpir el proceso”. Las personas llegaban en tren o autobús, bajo la estricta vigilancia de los empleados, sin que constara en parte alguna de los historiales los motivos del traslado o el destino último del sujeto. De este modo, quien preguntaba por alguno de los pacientes quedaba inevitablemente atascado en un sinfín de pesquisas burocráticas que jamás se resolvían porque, en realidad, ningún funcionario –ni aun con la mejor de las voluntades- podía determinar con exactitud qué había pasado y, por lo demás, siempre existía la excusa de los problemas derivados de la guerra para ralentizar las pesquisas o impedir posibles visitas.

La situación general empeoró aún más en 1941, cuando se designó director del hospital a Walter Grabowski, un gerente que descollaba por contarse entre los miembros más radicales del NSDAP y que, obviamente, había sido destinado allí como hombre de confianza. Dado que Grabowski tenía perfectamente claros los objetivos de su nombramiento, sus primeras decisiones se destinaron de manera muy específica a provocar una baja radical en la moral de médicos y empleados con la finalidad de acelerar el proceso de eliminación de los pacientes con el menor coste posible. Así, impone turnos de catorce horas con un solo día libre cada dos semanas, reduce drásticamente los suministros médicos, limita los procedimientos higiénicos despidiendo a la mitad del personal de limpieza, reduce la plantilla dedicada a tareas administrativas, y procede a un amontonamiento de los enfermos en un número reducido de pabellones a fin de que pudieran ser controlados más fácilmente por menos personal. Por lo demás, una de sus tácticas favoritas era la de intimidar a los empleados del hospital que pretendían elevar alguna queja. De este modo, en muy poco tiempo la mortalidad “natural” aumenta a la par que todo se torna miserable y sumamente angustioso. Muy pronto, y así lo explicó la propia Hilde Wernicke, se hizo imprescindible seleccionar a los pacientes que estuvieran en “mejores condiciones” para que desarrollaran tareas en el hospital de acuerdo a sus respectivas capacidades.

De tal modo, cuando en la primavera de 1943 se designa oficialmente a Meseritz-Obrawalde como centro específico para el programa de eutanasia, Grabowski ya ha generado las condiciones psicológicas y materiales adecuadas para que a todos los empleados del hospital les parezca algo muy normal, incluso necesario, “terminar con el los sufrimientos” de aquella pobre gente que no deja de llegar en trenes y autobuses.

La banda del cementerio

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La enfermera Amanda Ratajzcak. Participe en los crímenes del hospital. [Fuente: http://www.t4-dekmal.de].

El doctor Mootz y la doctora Wernicke asumen la nueva tarea como un “deber patriótico” e inician los procesos de selección siguiendo dos criterios fundamentales: 1) Eliminación de los pacientes inútiles; y 2) eliminación de aquellos pacientes que, si bien “mentalmente aptos”, están tan enfermos que no pueden desempeñar trabajo alguno. Por otra parte, y aunque se decidió dejar fuera de las tareas de eutanasia a los empleados del hospital, Grabowski decidió ofrecer primas económicas a los trabajadores que decidieran implicarse voluntariamente en esta tarea especial. Ello motivó que dos enfermeras, Helene Wieczoreck y Amanda Ratajzcak, formaran parte activa en el proceso de exterminio.

El hecho de que Meseritz-Obrawalde contara con unas instalaciones amplias y un buen surtido de pabellones permitía que las tareas de exterminio pasaran virtualmente inadvertidas para el grueso de los ingresados. Así, las ejecuciones, generalmente mediante inyección letal, solían aplicarse en los edificios 1 (guardería), 6 y 8 (enfermedades infecciosas), 9, 10 y 18[6], lejos de miradas indiscretas o posibles sospechas.

La metodología era sencilla. Los pacientes seleccionados eran trasladados por sus cuidadores habituales al edificio designado para el exterminio e introducidos en una sala de aislamiento con la excusa de alguna clase de examen o procedimiento similar. En el caso de que el sujeto se mostrara especialmente díscolo, era adecuadamente sedado. A continuación, se procedía a su ejecución mediante la inyección de una sobredosis de barbitúricos, o bien la ingesta de los mismos disueltos en agua. En los momentos en los que los medicamentos escaseaban, se procedía a la consabida inyección de aire en vena. A continuación, los cadáveres eran retirados e inhumados por los propios cuidadores en el cementerio con el que contaba el propio hospital, si bien, a medida que la cantidad de asesinatos fue incrementándose, se seleccionó a un grupo de pacientes para este fin a los que se conocía con el apodo de la “banda del cementerio”. En última instancia, Mootz y Wernicke cumplimentaban los certificados de defunción de los pacientes, atribuyendo sus muertes a toda suerte de causas ficticias más o menos relacionadas con su patología original. Dichos certificados eran enviados a las familias para así cerrar el círculo administrativo dentro de la más estricta “legalidad”.

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Lápidas numeradas empleadas en las tumbas del cementerio de Meseritz-Obrawalde. [Fuente: deathcamps.org].

 Cumplir con la ley

Tras la guerra, solo la doctora Hilde Wernicke –que por cierto no tiene absolutamente nada que ver con el fisiólogo Carl Wernicke- pudo ser capturada y juzgada. Los doctores Mootz y Vollhein, de cuya vida se sabe realmente poca cosa, lograron fugarse y terminaron en paradero desconocido[7].

Gertrud Emmy Hilde Wernicke había nacido en 1899 en Schleswig (Schleswig-Holstein), hija de un oficial del ejército. Se graduó en medicina en la Universidad de Marburgo y, posteriormente, trabajó como médico asistente en una institución mental de Regensburg. Fue trasladada, también como asistente, a Meseritz-Obrawalde en 1927, alcanzando el puesto de directora médica en dicha institución en 1929. No se trataba, como vemos, de un médico mejor o peor que otro ni tenía especial interés en cuestiones políticas, pero sí le sucedió, como a otros muchos médicos jóvenes y con deseo de progresión profesional en aquellos días, que no tardó en advertir el interés del partido nazi por la eugenesia, la medicina y la farmacología, lo cual la impulsó a ingresar en las filas del NSDAP en 1933. Entraría a formar parte del partido nacional-socialista femenino (Nationalsozialistische Frauenschaft) en 1939. Tras participar activamente en el horror rutinario de Meseritz-Obrawalde, escapó con la llegada de las tropas soviéticas. Junto con su amiga, la enfermera Wieczorek, se trasladó al hogar paterno en Wernigerode (Alta Sajonia), al que llegó el 3 de febrero de 1945. En abril ya se encontraba ejerciendo la medicina de nuevo, cosa que hizo hasta su arresto definitivo el 10 de agosto del mismo año.

Es dudoso, como decimos, que Hilde Wernicke fuera una nazi convencida y, de hecho, ella se reconocía simpatizante del ala derecha de la Coalición de Weimar, un partido moderado que se vio muy erosionado políticamente por las posturas extremas, tanto desde la derecha (NSDAP) como desde la izquierda (KPD), hasta su desaparición definitiva en 1932. Más aún, se sabe que cuando las cosas empeoraron de manera radical en el hospital solicitó un traslado que nunca se le concedió, pero no es menos cierto que se implicó activamente –ella dijo que por temor- en las muertes y que su afiliación al nacional-socialismo obró como elemento útil para racionalizar sus crímenes a posteriori[8].

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Hilde Wernicke declara ante el tribunal que la juzgó en 1946. [Fuente: Schleswiger Nachritchtten].

El testimonio de Hilde es significativo pues se suma al de otros muchos médicos, jueces, abogados y etcétera alemanes que colaboraron activamente con el nazismo en sus terribles actividades y que dejan entrever el horror que puede llegar a alcanzar la racionalidad bien administrada cuando las personas se ven envueltas en situaciones morales y materiales, tan terribles como venenosas, que las inducen a tratar de comprender y justificar lo que resulta de todo punto incomprensible e injustificable. Para ella sus actos eran un “deber de guerra” o un “deber patriótico” –nunca llegó a tenerlo claro del todo-, a la par que resultado del temor a perder su carrera si se negaba a matar, pues sabía que habría otros médicos mucho menos escrupulosos y bien dispuestos a ocupar su lugar, cosa que el gerente Grabowski nunca dejó de recordarle. Por lo demás, las disonancias cognitivas y las argumentaciones “post-hoc” de Wernicke resultan muy esclarecedoras: ella “nunca mató a nadie”, ni se consideraba “responsable” de las muertes por cuanto, en efecto, preparaba los cócteles de medicamentos que se suministraba a los pacientes pero eran las enfermeras quienes hacían el trabajo sucio. Por lo demás, siempre manifestó “recibir órdenes” que en todo caso se encontraban “de acuerdo con la ley”. Consecuentemente, no podía verse a sí misma como una asesina sino, tal vez, como una herramienta que facilitaba “muertes piadosas” a pacientes en muy mal estado que “en todo caso habrían muerto pronto por sí mismos”. Más aún: “mis pacientes estaban muy vinculados a mí y jamás se sintieron amenazados; Obrawalde no era un campo de concentración”[9].

Sea como fuere, Hilde Wernicke fue sentenciada a muerte el 23 de marzo de 1946 por su participación probada en el asesinato de 600 pacientes. Su apelación sería rechazada, haciéndose efectiva la condena por parte del gobierno de la República Federal Alemana, y junto con la de Helene Wieczorek, el 14 de enero de 1947 en Berlín.

Moraleja: cuidado con afiliarse a las panaceas de salud, la homogeneización de conductas, el pensamiento único, lo políticamente correcto y el totalitarismo moral… No vaya a ser que el primero que no encajes en el estándar seas tu.


[1] Benedict, S. y Chelouche, T. (2008). Meseritz-Obrawalde: a “wild euthanasia” hospital of Nazi Germany. History of Psychiatry, 19 (1): 68-76.

[2] López-Muñoz, F. (2015). Panacea encadenada: La farmacología alemana bajo el yugo de la esvástica. Barcelona: Real Academia de Doctors.

[3] Uno de los métodos favoritos de ejecución y “depuración” de nazis y soviéticos, como puede verse en Snyder, T.D. (2010). Tierras de Sangre: Europa entre Hitler y Stalin. Barcelona: Galaxia Guttenberg / Círculo de Lectores.

[4] Friedlander, H. (1995). The origins of Nazi Genocide. Chapell Hill (NC): The University of North Carolina Press.

[5] Sagel-Grande, I.; Fuchs, H.H. & Rütter, C.F. (1979). Justiz und NS-Verbrechen, Heil-und Pflegeanstaldt Meseritz-Obrawalde, Vol. XX. Amsterdam: University Press Amsterdam.

[6] Ibid. anterior.

[7] Benedict, S. y Chelouche, T. (2008), op. cit.

[8] Michael, R. & Doerr, K. (2002). Nazi-Deutsch Nazi-German. Westport (CT): Greenwood Press.

[9] Testimonio de Hilde Wernicke. Landesgericht, Berlin, 7 de diciembre de 1945. El archivo se puede localizar en el Yad Vashem de Jerusalén, archivo TR 10/2584; cit. en Benedict, S. y Chelouche, T. (2008).

La leyenda de la necrófila imposible


Es cierto. He tardado mucho en volver a componer una entrada, pero tengo una excusa más que razonable para justificar la demora. Resulta que me encontré con esta historia “demasiado buena” y la he andado persiguiendo durante un par de semanas hasta que he podido hacerme una composición de lugar más o menos certera del hecho. No es oro todo lo que reluce y la verdad es menos divertida que la ficción, es cierto, pero creo que el esfuerzo realizado ha valido la pena.


La noticia me llegar por “Whattsap” y me la envían porque quienes me conocen de cerca saben bien que a causa de mis ocupaciones y singularidades los temas raros, chungos, extravagantes y fronterizos, suelen ser de mi más profundo interés. El hecho es que leo y releo el titular sin poder evitar la perplejidad: “Conoce a la mujer en Estados Unidos que quedó embarazada de un muerto“. Luego se me cuenta -cierto que sin mucho detalle- que una tal Felicity Marmaduke, de 38 años de edad, empleada de una funeraria ubicada en Lexington, Missouri, habría sido detenida por la policía en noviembre de 2010 tras quedar embarazada por mantener relaciones sexuales con el cadáver de un varón allí depositado en espera del oportuno sepelio.

Y digo perplejidad por diversas razones. La primera y fundamental de ellas es que conozco el hecho de que la necrofilia femenina completa es muy rara -por no decir que extremadamente rara- por obvios motivos anatómicos y fisiológicos que convierten la mecánica de la penetración en fenómeno harto complejo. De hecho, y hasta donde sé, la estimulación para alcanzar el orgasmo tendría que tener un componente netamente psicológico. En consecuencia, si la noticia es real estaríamos ante un caso interesantísimo y digno de un profundo estudio… Lamentablemente, hay cosas que me hacen sospechar de la veracidad de esta noticia que se fecha en abril de 2016 (nada menos que seis años después del hecho original), y que según advierto se ha convertido en un auténtico fenómeno viral (pero solo a partir de abril de 2016, ojo).

De hecho, el relato tiene ese singular aspecto de ser tan rematadamente bueno que no puede ser cierto.

Por supuesto, y junto con el hecho de que en todas partes se cuente la historia con ese estilo tan escueto y singularmente auto-conclusivo que tienen las leyendas urbanas, a la que debería añadirse una especial falta de detalles  que serían harto significativos para documentar una noticia como esta, encuentro una serie de hechos muy sospechosos:

  1. La tal Felicity es dos mujeres y no una pues, dependiendo de la web, blog o foro que uno consulte, encuentra que unos aportan la fotografía de una señora y, otros, la de otra mujer que no se le parece absolutamente nada.
  2. Cuando se busca por diversas vías el nombre “Felicity Marmaduke” no aparece ninguna información alternativa -o colateral- acerca de esta persona que no sea la relacionada con la noticia en sí.
  3. No soy capaz de encontrar en ningún directorio de la ciudad de Lexington, en el Estado de Missouri, negocio funerario presente o pasado cuyo nombre coincida con el que se aporta en las supuestas noticias: Mourning Glory Mortuory (algo así como “funeraria luto en la gloria”… ¿Es que solo yo veo la ironía intrínseca al nombrecito?).
  4. En unas noticias se dice que la tal Felicity era “empleada” en la morgue de la funeraria. Pero el empleo, dependiendo de lo que uno lea, es más bien pluriempleo pues la pobre Felicity era también “limpiadora”, “tanatopráctica”, “ayudante”, “secretaria”, “patóloga”… Vaya, como que parece mentira que con tanto trabajo aún tuviera el suficiente tiempo como para andar montándoselo con sus agradecidos clientes (supongo, ya que estamos y por seguir con la jarana, que leyendo esta noticia los Grateful Dead se habrían partido de risa).
  5. La conclusión del caso también es extrañamente variable: según unos medios, Felicity habría sido condenada a pagar una indemnización de 250.000 dólares a los familiares del difunto, pero según otros esa misma sería la cantidad que la mujer habría exigido por vía judicial a los herederos del plácido finado para el mantenimiento de su retoño.

Muchas inconsistencias y singularidades que, de inmediato, ponen en funcionamiento mi proverbial espíritu investigador, curioso y aventurero. Al tema.

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Contéstame a una pregunta sencilla: ¿me equivoco o estas dos chicas no son la misma persona? ¿Y soy el único que se da cuenta?

Argumento “fuerza”

Con total independencia de la puerilidad inherente a gozar del escándalo inmaduro que provocan las noticias de un tono sexual más o menos subido -para que luego diga algún iletrado por ahí que Freud andaba confundido-, y que en última instancia las justifica y alienta, no es menos cierto que toda leyenda urbana que se precie necesita de un “argumento fuerza” que la mantenga funcionando con eficiencia. En este caso, y como no puede ser de otro modo, se habla de supuestos “estudios científicos” que “demostrarían” la existencia de la “erección post-mortem”, “la eyaculación post-mortem” y la posibilidad del “embarazo post-mortem”… Como es lógico, ni se dice qué estudios son esos, ni se ofrece mayor información colateral acerca de cómo encontrarlos. Con que digamos que existen, al parecer, ya vale para satisfacer el dudoso rigor del lector medio.

En realidad, deberíamos empezar por dilucidar un problema conceptual: la llamada “erección post-mortem” no existe en cuanto tal. El nombre técnico para el fenómeno del engrosamiento de los genitales masculinos no relacionado de manera directa con el deseo sexual es el de priapismo -de Príapo, divinidad relacionada con el culto a la fertilidad y a la que se representaba con una fuerte y exagerada erección-. Hasta donde se sabe, el priapismo es una erección sostenida (a veces durante horas) y dolorosa del pene en la que el tronco del órgano se mantiene duro por la entrada de sangre en los cuerpos cavernosos, entretanto el glande permanece blando en la medida que el cuerpo esponjoso no recibe el riego necesario. Habría, por lo demás,  dos tipos de priapismo que, de presentarse con habitualidad, requerirían de tratamiento médico pues podría degenerar en daños eréctiles permanentes:

  1. De alto flujo, por el que se produce un excesivo aporte de sangre arterial a los cuerpos cavernosos del pene.
  2. De bajo flujo -o venoso-, que se produce por una falla en el drenaje de la sangre alojada en los cuerpos cavernosos.

Sucede que el mecanismo de la erección normal -vinculada a la actividad sexual- es involuntario si bien se pone en funcionamiento por excitación psicofisiológica. Los músculos de la base del pene se relajan permitiendo el acceso de la sangre al mismo. La aparición del priapismo suele relacionarse con el consumo de cierto tipo de fármacos que relajan (alto flujo), o bien impiden la relajación (bajo flujo), de la musculatura de la base del pene.

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Sección transversal del pene.

El priapismo post-mortem ocurre solo en casos muy especiales y su funcionamiento no está del todo esclarecido. Parece que en aquellos casos en los que el cadáver queda en una posición en la que se favorece, por influencia de la gravedad -o livor mortis-, el paso de la sangre hacia el pene, éste podría quedar erecto, y esto es lo que comúnmente ocurre en los casos de ahorcamiento por suspensión, en los que el cuerpo queda “colgando” de suerte que la sangre invade los cuerpos cavernosos. Otra teoría plausible, pues se ha observado en pacientes vivos que sufren de priapismo, y que también podría aplicarse a los casos de ahorcamiento y/o estrangulación, tiene que ver con la presión ejercida sobre el cerebelo así como las regiones altas de la médula espinal.

En cuanto a la eyaculación en casos de priapismo post-mortem, el asunto tiene poco que ver con la estimulación sexual del cadáver -que no existe al haberse detenido la actividad nerviosa- y, según la escasa literatura existente sobre el asunto, se produciría en uno de cada tres hombres muertos por ahorcamiento y solo en el momento del espasmo cadavérico (de ahí la vieja teoría brujeril de que la mandrágora crece allá donde haya caído el semen del ahorcado). En todo caso, estamos hablando de estudios muy antiguos cuyas conclusiones no han sido debidamente contrastadas y actualizadas[1]. Es más, en muchos casos las referencias a este fenómeno son más comunes en la literatura y los relatos populares que en contribuciones propiamente científicas. Por otra parte, no parece claro que en muchos casos la calidad de esta “erección post-mortem” sea tal como para permitir la penetración y, consecuentemente, la práctica sexual por la mecánica normal. Además, es complicado encontrar estudios rigurosos que puedan establecer con rigor durante cuánto tiempo se mantendría esta erección mecánica.

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Representación de Príapo (Casa dei Vettii, Pompeya).

Necrofilia femenina

La necrofilia auténtica, en tanto que parafilia, ha recibido un tratamiento muy desigual y limitado en la literatura a causa de su rareza. De hecho, la mayor parte de los casos de necrofilia tratados en la literatura no serían “auténticos” por cuanto no responden a las exigencias específicas de la parafilia en sí y tienen más que ver con otras actividades que podríamos denominar “pseudonecrófilas” como, por ejemplo, la agresión sexual posterior a un asesinato. De hecho, el necrófilo genuino raramente mata y suele preferir cadáveres en descomposición –pues esta parafilia tiene elevada comorbilidad con otras como la coprofilia- o bien se lo procura por la vía de la profanación. Téngase en cuenta que la necrofilia genuina tiene un fuerte componente simbólico que toma la forma de “adoración hacia lo muerto” por lo que raramente implica un crimen previo. Por ello, el necrófilo auténtico se convierte en asiduo de funerales y entierros, así como en visitador permanente de cementerios. Por lo demás, sus actividades no necesariamente implican la penetración física y a menudo el goce se limita a acariciar los cuerpos, peinarlos o vestirlos. Se han conocido casos de individuos cuya peculiar manifestación necrófila consistía en comerse las uñas del difunto o simplemente en la mera necrofagia de aquellas partes que para él gozaran de un especial significado erótico (parcialismo)[2].

Por otro lado, ya lo anticipábamos al comienzo, la necrofilia femenina es, más que inusual, extremadamente rara. Spoerri, en 1959[3], estudió 47 casos de necrofilia que en su momento eran prácticamente la totalidad de los referenciados en la literatura mundial, encontrando que la edad de los sujetos oscilaba entre los 16 y los 57 años, siendo protagonizado por una mujer tan solo uno del total. Evidentemente, en este caso nunca se documentó la penetración por obvias razones “mecánicas”.

Cuéntame un cuento

Visto lo visto, comprenderá el lector mi interés personal por profundizar en este asunto “demasiado bueno para ser verdad”. Sobre todo cuando, a poco de meterme en harina, vengo a descubrir que en octubre de 2016 apareció una noticia equivalente a la protagonizada por la tal Felicity Marmaduke. En este caso la mujer se llamaba Jennifer Burrows y habría quedado también encinta tras mantener relaciones sexuales con un cadáver en una morgue de Kansas City, Missouri.

Y hay no pocos detalles interesantes en relación a esta segunda necrófila, de la que según se explica tendría 26 años de edad y que trabajaría como patóloga:

  1. La fotografía de la señora era exactamente la misma que una de las empleadas para identificar a Felicity Marmaduke.
  2. La noticia explicaba que la mujer había sido acusada tras alumbrar al hijo del difunto porque una prueba de ADN realizada al niño, y amparada en ciertas sospechas, habría arrojado como resultado una identificación positiva (no se entra en muchos detalles, pero la recurrencia del “fenómeno ADN” como argumento fuerza en esta clase de bulos criminales es ya un tópico… Hay que ver el daño que está haciendo el culebrón del CSI a la inventiva del personal).
  3. Se decía que la tal Burrows –cuyo su nombre en otras informaciones se cambia inexplicablemente por el de “Kristen”- habría venido manteniendo relaciones con “docenas de cadáveres” a lo largo de los años. Evidentemente, el relato rompe con el más elemental de los principios estadísticos. O eso, o en el Estado de Missouri, por algún tipo de extraña e inexplicada patología medioambiental, las mujeres son un puñado de necrófilas terribles y la mayor parte de los hombres sufre de priapismo post-mortem.
  4. La policía de Kansas City negó haber detenido jamás a nadie por los motivos argumentados en la noticia y, de hecho, sostiene no tener dato alguno que remita a suceso parecido.
  5. Es obvio que esta noticia, por las razones aducidas, no puede ser otra cosa que una revisión –o versión- de la primera, y que todos los testimonios de “expertos”, “psiquiatras” y “psicólogos”, a los que por cierto nadie conoce en parte alguna, que se aducen son mera invención.

Evidentemente, surge de inmediato la cuestión acerca del origen de este infame bulo que se ha reproducido exponencialmente y que mucha gente ha decidido creer en la medida que simplemente divertido, interesante, macabro o suficientemente disparatado como para merecer atención y público.

Persiguiendo el tema, encuentro que la primera información publicada en la que se habla de la pobre Felicity Marmaduke –con fecha 11 de noviembre de 2010- procede de la web Dead Serious News, página que se autodefine como “publicación satírica de periodicidad irregular”, y cuyos componentes, por lo que he podido ver al revisar sus perfiles imaginarios, son una verdadera panda de cachondos mentales que crean y publican noticias ficticias como mero divertimento crítico. Se trata, en suma, de una nota escueta, de aspecto claramente humorístico, en la que se resume toda la información relevante y que otras noticias posteriores simplemente “engorda” con detalles destinados a enriquecer el relato y otorgarle mayor credibilidad.

La “magia de internet”, operando con su maquinaria de brutal aplastamiento del más elemental sentido crítico y común de los navegantes –cuando no apelando a la simple y llana ignorancia-, ha hecho el resto, pues es sencillo advertir, al observar las fechas de publicación de las informaciones en torno a Marmaduke, su redacción, así como su forma de expansión, que todas ellas son meras copias unas de otras que en algún que otro caso no pasan del simple y triste corta-pega chapucero (y eso que plagiar es delito). En definitiva, el sistema de reproducción básico de la leyenda urbana.

Como es de suponer, eventos como este de la necrófila imposible nos introduce de nuevo en el debate de internet como cacareada “herramienta para la comunicación y difusión el conocimiento”, a la par que nos adentra en el peligro inherente a la terriblemente común y desvergonzada práctica del plagio de contenidos en la red… Porque el personal no solo se copia, es que encima copia sin criterio alguno, dando pábulo a la difusión y redifusión permanente de mentiras, sandeces y toda suerte de tonterías que harían sonrojarse al más aguerrido fan de Forrest Gump.

Seguiremos informando.


[1] Por ejemplo: Grube, W.W. (1897). A compendium of practical medicine for the use of students and practitioners of medicine. Toledo (OH): The Hadley Publishing Company / Gould, G.M. & Pyle, W.L. (1900). Anomalies and Curiosities of Medicine. Popular Edition. Philadelphia (PA): W.B. Saunders.

[2] Masters, R.E.L. y Lea, E. (1970). La sexualidad criminal en la historia. Barcelona: Ediciones Picazo.

[3] Cit. en López Ibor, J.J. (1968). El libro de la vida sexual. Barcelona: Ediciones Danae.

Delicias orientales

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“Saint Seiya” (Masami Kurumada, 1986), producto cuya versión anime se conoció durante su primera exhibición en la televisión española como “Caballeros del Zodiaco”… Uno de los animes más molones de mis años adolescentes. Todavía guardo las figuritas.

No podría entenderse la imagen estética que han ido adquiriendo las diversas manifestaciones del crimen, el sexo y la violencia en la cultura popular del presente sin prestar atención a la creciente influencia que dos productos netamente japoneses, el manga y el anime, han adquirido en el mercado del entretenimiento occidental.

Tras desembarcar por estos pagos a mediados de la década de 1970, frente a la confusa opinión de supuestos especialistas que quisieron verlos como lluvia primaveral, han echado raíces y crecido al punto de que, en gran medida, puede hablarse ya de una invasión en toda regla. Y no es una cuestión baladí la de lo que representa este proceso de colonización cultural inversa si se tiene presente que ha sido Occidente quien, por tradición, ha impuesto su maquinaria cultural al resto del mundo. Tal vez los teóricos de la globalización debieran retornar a los clásicos de la antropología para comenzar a pensar en este proceso no como algo unidireccional, sino como un procedimiento de intercambios y préstamos que modifica el aspecto final que ofrecen las culturas en contacto y sus productos. Sabido es, por ejemplo, que en el espectador hindú prefiere la versión Bollywood de cualquier producción cinematográfica occidental antes que el original, que suele fracasar en taquilla.

En efecto, el manga es un perfecto ejemplo de cómo la influencia occidental es recodificada en términos propios y devuelta a Occidente con otro aspecto y desde otras variables más sugestivas, mediáticas y víricas. De hecho, nuestro formato de historieta penetra en un Japón en el que se desconocía esta expresión artística a finales del siglo XIX, coincidiendo con ese proceso de modernización radical que supuso la llamada Revolución Meijí e hizo que, de súbito, todo lo occidental se pusiera “de moda”. Los creadores se encuentran con el formato del arte gráfico japonés tradicional y se produce un fusión de ambos elementos que, pronto, eclosionan en un nuevo estilo dentro del cual aparecen, en torno a la década de 1880, los primeros historietistas japoneses –llamados “mangaka”-, como los clásicos Okomoto o Kayashi. No obstante, sólo tras la Segunda Guerra Mundial el manga comenzará a desarrollar un lenguaje propio y alejado del modelo del cómic norteamericano que le sirvió de referencia hasta 1930, comenzando por la adopción del “bocadillo” como forma de expresión lingüística de los personajes.

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Osamu Tezuka. Por favor, quítense el sombrero.

Siempre tras una guerra

Indudablemente, y así lo muestra la historia de la humanidad, las guerras -y de forma muy especial las más duras y tremendas- son siempre para bien o para mal un elemento transformador sociocultural y psicológico de primer orden que, por lo común, genera un  claro efecto de antes y después.

Ocurre que el Japón ha perdido ha salido derrotado de la Segunda Guerra Mundial de forma cruel, estrepitosa y humillante para sumirse en una posguerra tremebunda, repleta de penurias y privaciones que sólo pueden tolerarse a través de la emergente industria del entretenimiento. Un entretenimiento, por cierto, tutelado por una autoridad invasora que ejerce un feroz control sobre los medios de comunicación y, por tanto, sobre los discursos públicos. Y que además tiene la exigencia de ser barato pues Japón, muy afectado por el hastío bélico, no anda para dispendios. Consecuentemente, el japonés medio descubre que la lectura es una vía barata, a menudo poco controlada por unos censores que suelen tener problemas con el idioma y el control de unos códigos culturales que desconocen, por lo que se produce un auge de las bibliotecas. Será en este mundillo del préstamo interbibliotecario que se desarrolle mayoritariamente el mercado del manga. En formato libro, a menudo editados a bajo coste por las propias bibliotecas que no dudan en competir con las editoras convencionales, se convierten en uno de los productos más demandados por la sociedad japonesa. Y es en medio de esta nueva industria creciente surge la figura de un creador que revolucionará el género: Osamu Tezuka (1928-1989).

Médico de formación, buen dibujante desde la infancia y aficionado a las películas de dibujos animados de Walt Disney que empiezan a exhibirse en el país del sol naciente, Tezuka transformó el mundo del manga con su primera publicación, La nueva isla del tesoro (1947), al introducir en el desarrollo de la historieta convencional nipona el modelo cinematográfico-secuencial del cómic occidental y conseguir, con ello, vender unos 800.000 ejemplares de la obra en tiempo récord. Su segunda gran creación, si bien a lo largo de su trayectoria tocará toda clase de formatos y géneros, será el mítico personaje de Astroboy (también de 1947), que en la actualidad es un verdadero icono de la cultura popular japonesa. Muchos imitadores, pues, le saldrán a Tezuka, especialmente a causa del hecho de que el país comienza a adoptar los estándares productivos norteamericanos. Con ello, el manga tal y como hoy lo conocemos se consolidará definitivamente en 1959 cuando comiencen a aparecer los primeros dedicados exclusivamente a adultos, los llamados “gegika”, en los que desaparece por completo la inspiración Disney y se abren paso toda clase de temáticas e historias violentas, sexuales, escatologicas e incluso dramáticas. De este modo, llegado 1960, el gran público pide obras manga masivamente y los editores trabajan prácticamente a destajo y otorgando a sus creadores una libertad de acción muy amplia.

Y sin embargo, se mueve

Como es lógico, el manga tuvo su reflejo natural en el anime, erróneamente confundido con el dibujo animado occidental por el gran público, pues la técnica que se empleaba en su producción era originariamente muy distinta. Piensese que los estudios de animación nipones eran pequeños, contaban con muy pocos empleados, y ello hacía imposible desarrollar producciones de animación complejas al estilo de Occidente. De tal modo, se genera una técnica -la del anime- que es barata al ser un sistema de montaje imaginativo de imágenes fijas, lo cual permite reciclar y aprovechar los mismos fondos y dibujos una y otra vez. En ella todo dependía más de la habilidad en el manejo de la cámara, el ritmo de montaje y los tiempos de exposición, que en el rigor cinematográfico convencional.

De hecho, el anime desembarcaría en Occidente antes que el manga propiamente dicho, vía televisión, cuando muchas emisoras europeas y estadounidenses comienzan a comprar y emitir retazos de teleseries japonesas -bloques de capítulos pues las producciones originales eran larguísimas y contaban con cientos de entregas- mediada la década de 1970. Era un paso lógico: el anime gozaba de una calidad razonable, solía resultar muy entretenido y llamativo, y además los derechos de emisión eran mucho más baratos que los de las series animadas de producción occidental. Así fue que llegaron a nuestras pantallas Mazinger Z (Go Nagai), Astroboy (Osamu Tezuka) o Heidi y Marco (ambas de Hayao Miyazaki), y el público occidental asumió aquellas producciones que se emitían siempre en horario infantil primero con extrañeza, luego con fidelidad y, por fin, muy a menudo, con pasión y fervor, generando un verdadero movimiento fan emergente. Sobre todo tras el éxito explosivo que siguió a la exhibición de la muy seria y adulta película Akira (1988), basada en el manga homónimo de Katsuhiro Otomo.

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Cuando, allá por marzo de 1978, este robot gigante se presentó en las pantallas en blanco y negro de nuestros televisores, nos cambió la vida.

El mercado, es cierto, ya está maduro cuando todo esto sucede. La invasión del cine japonés a partir de la década de 1960, con las aclamadas –y muy premiadas- producciones protagonizadas por sus sempiternos samurais de Akira Kurosawa al frente, había llenado las pantallas de Occidente con montones de curiosas y llamativas películas en las que Godzilla reducía Tokio a escombros antes de liarse a bofetadas con King Kong; en las que los simios gigantes producidos por la radiación de las bombas aliadas mantenían terribles y sangrientas peleas; en las que terremotos catastróficos asolaban el territorio japonés; o en las que tremebundos monstruos espaciales invadían la tierra. Pero no sólo: los reyes de las artes marciales de China, Corea del Sur, Taiwan y, sobre todo, Honk Kong, con Bruce Lee a la cabeza, ya nos habían convencido sin remedio de que una buena pelea colectiva era la mejor forma de dirimir las diferencias -por absurdas que fueran- y de que, en realidad, combatir el crimen pasaba siempre por decapitar al criminal con una katana bien afilada o partirle las piernas con un palo.

Y la ridícula bronca de siempre

Como es lógico, la controversia acerca de la violencia y la propiedad de sus contenidos persiguió al anime –luego al manga- prácticamente desde comenzara a exhibirse fuera de Japón. La vieja historia que no cesa en la medida que nadie suele leer a los que saben y, además, tenemos la odiosa costumbre de olvidar el pasado. Tal vez nos gusta repetirnos.

Para los más críticos manga y anime siempre han sido medios demasiado expuestos al sexo, al crimen y a la violencia que no se corresponden -a veces ni de lejos- con los estándares ético-morales occidentales. No obstante, esto es poco más que incidir en lo obvio. En efecto, el manga y el anime son productos generados a partir de otras variables socioculturales, lo cual provoca que a menudo no se produzca una correspondencia entre los géneros y los contenidos que se consideran más o menos aptos para niños y adolescentes en un lugar u otro. Esto ha motivado que, muy a menudo, los mangas y animes que se editan o exhiben fuera del Japón sean escrupulosamente visionados, revisados, editados y censurados antes de su puesta en el mercado (¿lo ignoraban ustedes?). Tampoco es raro que se reconstruyan las referencias culturales de los contenidos “occidentalizando” el doblaje y/o las traducciones, lo cual muy a menudo desvirtúa o destruye las intenciones originales de los creadores y motiva que muchas de las ideas expuestas por ellos se nos presenten descontextualizadas, extravagantes y carentes de sentido.

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¿Está claro, tarugos, que yo no fui concebido como producto para niños pequeños?

Téngase en cuenta que para Occidente, como ya vimos, el cómic y la animación fueron considerados durante muchas décadas formas de transmisión netamente infantiles lo cual, en relación al manga y el anime, ha dado lugar a grotescos malentendidos, como el de exhibir productos que originariamente, en el Japón, se pensaron en exclusiva para  el público adulto, en horario infantil. Un caso manifiesto de esta confusión es el famoso Shin-Chan (obra del malogrado Yoshito Usui), pues se trata de un trabajo que su creador concibió para un público adolescente -mayor de trece años- y que en España, por ejemplo, se exhibe a menudo en horario infantil tal vez porque el protagonista tiene solo cinco años. En todo caso, para los padres agobiados por los tacos y procacidades del disoluto Shinosuke Noara siempre ha sido más fácil condenar la serie, que pedir el despido del incapacitado que la programa en una hora inapropiada. Lo de siempre.

Sea como fuere, el manga y el anime han despertado en el público de Occidente -especialmente entre las nuevas generaciones- una especie de pasión por lo oriental que nos ha hecho especialmente receptivos a muchas de las manifestaciones artísticas procedentes del sudeste asiático e incluso hacia su modo de vida, al punto de que esta estética, que se introdujo de manera lenta pero paulatina en nuestro entorno cultural, ha venido para quedarse en la medida que ha ido permeabilizando todas y cada una de nuestras manifestaciones socioculturales a extremos que a menudo nos resulta difícil imaginar. Basta, de hecho, con salir a la calle para encontrar a muchos jóvenes peinados con una estética que es difícil no identificar con personajes de manga, anime e incluso videojuegos japoneses. Más aún, muchas de las cosas que ocurren hoy en día en nuestras películas, teleseries, novelas, video-clips o tebeos –la multimillonaria saga Matrix dirigida por los hermanos Wachowsky es el ejemplo superlativo- serían incomprensibles sin la referencia a su inspiración oriental.

Admitamos que, sumidos en nuestro proverbial y soberbio etnocentrismo occidental, la mayor parte de nosotros nunca oímos hablar de cosas hoy tan comunes como la Yakuza, las Triadas o los Ninjas hasta aquel día, ya lejano, en que se nos ocurrió ir al cine.

Piensa en verde

Se sabe poco de la vida de Philibert Aspairt salvo el hecho de que forma parte de la historia más oscura del París de los días de la Revolución. De hecho, se trata de esas personas que concitan la paradójica singularidad de ser más conocidos por cómo murieron que por cómo vivieron y que, de hecho, tuvieron una existencia tan irrelevante que nadie se acordaría de ellas de no ser por las peculiaridades inherentes a su muerte.

Me encontré con Aspairt –porque así son las cosas de la cultura popular y por ello conviene hurgar en sus entresijos- jugando al videojuego Assassin’s Creed Unity, parte de la popular saga comercializada por Ubisoft y bien conocida de muchos aficionados. El caso es que una de las historias colaterales con la que se nos invita a disfrutar, protagonizada por nuestro hombre, es la que tiene que ver con la resolución de su misteriosa muerte. La curiosidad del caso me incitó a investigar… Para descubrir que el misterio asociado a la muerte del tal Aspairt forma parte del rico imaginario colectivo relacionado con las legendarias Catacumbas de París.

Promo de Assassins Creed Unity
Imagen promocional del videojuego Assassins’s Creed Unity.

Montañas de huesos

Las Catacumbas de París son un inmenso osario subterráneo, establecido en las antiguas galerías de las minas de roca caliza de la ciudad, que contiene los restos de unos seis millones de personas.

En efecto, desde tiempos de los romanos se sabía que la caliza parisina, al parecer, era de gran calidad y muchas de las estructuras de la ciudad se levantaron recurriendo a la riqueza de su subsuelo. Primero extraída en la forma convencional de canteras y, a medida que la ciudad fue creciendo, mediante excavaciones subterráneas. De hecho, con el paso de los años y el aumento del control por parte de las sucesivas Autoridades de la ciudad –especialmente los recaudadores de impuestos-, la mayor parte de estas minas subterráneas eran explotaciones ilegales y sus gestores las ocultaban con celo. Simplemente se horadaba el suelo, se explotaba mediante galerías excavadas sin orden ni concierto, y finalmente, cuando la veta de material parecía agotada o bien la explotación ilegal era descubierta, se clausuraba. La consecuencia de ello fue que durante el siglo XVIII muchos distritos de la ciudad estuvieran levantados sobre territorios previamente minados por la horda de gusanos mineros, lo cual a veces tenía nefastas consecuencias, si bien en otras circunstancias el hallazgo era bien recibido pues facilitaba a arquitectos y constructores las tareas de cimentación y ahorraba costes.

Imagino que, en este punto, más de uno se estará preguntando cómo llegaron allí los restos de varios millones de personas y de quién fue la idea… Bien, pues en este caso bien puede decirse que mandaron los propios muertos.

No entraré en profusos detalles históricos. Baste saber que por diferentes circunstancias geográficas, demográficas e históricas, el núcleo urbano romano original sobre el que se erigió la ciudad hubo de ser momentáneamente abandonado a finales del siglo IV –luego sería reabsorbido con el paso del tiempo- y, con ello, la urbe se refundó en una ubicación cercana a la primera. Concretamente en lo que hoy se conoce como Hôtel de Ville, junto a la iglesia de Saint-Etienne. Dada la costumbre ancestral de ubicar los camposantos en las inmediaciones de las iglesias por tratarse de suelo consagrado, y entendiendo que a medida que los barrios se iban desarrollando, siempre lo hacían alrededor de una ermita, capilla o similar, nos encontramos que hacia el siglo X todo el centro de París estaba repleto de cementerios de diferente tamaño.

El más grande de todos ellos era el llamado de los Santos Inocentes, cuya andadura comenzó en el siglo V, junto a la iglesia de Notre-Dame-des-Bois. Ciertamente, la edificación fue demolida por los normandos en el siglo IX, pero el camposanto permaneció y siguió creciendo hasta ser adscrito a la parroquia de los Santos Inocentes, de la que el lugar tomó su nombre. Se calcula que hacia el año 1130 ya era el cementerio principal de la ciudad ocupando un gran terreno circundado por las calles de Saint-Denis, Ferronnerie, Lingerie y Berger. Y ya no podía crecer más a pesar de que la gente seguía muriendo, con lo cual llegó el día en el que los problemas de espacio para los muertos empezaron a ser realmente muy acuciantes.

Cementerio Santos Inocentes de Paris
Grabado que muestra el interior del Cementerio de los Santos Inocentes.

Alguien se preguntará por qué no deshacerse de los restos de los finados, o bien fundar algún otro cementerio en las afueras de la ciudad, y ambas preguntas tienen fácil respuesta: en primer lugar, la obsoleta creencia cristiana de la necesidad de un cuerpo en el que reencarnarse con la llegada del juicio final, que entonces era aceptada a pies juntillas, hacía impensable destruir los restos de una persona –salvo que hubiera cometido un crimen tan execrable que la quisiera castigar incluso en la otra vida-, pues suponía condenarla sin posibilidad de resurrección por toda la eternidad. En segundo término, hemos de pensar que en aquellos días no existía la preocupación con las cuestiones de salud pública que nos asolan –para bien- en los tiempos presentes. Los familiares de los fallecidos querían tenerlos cerca, eran celosos de las viejas tradiciones, y nadie estaba dispuesto a echar a un ser querido del que fuera su barrio para colocarlo en un lejano extrarradio por muy muerto que estuviera, o muy insalubre y peligroso que ello pudiera resultar.

La solución de compromiso que adoptaron las Autoridades fue la de excavar criptas bajo el propio cementerio que pudieran ser empleadas como osario en el que depositar los restos exhumados de las finados más antiguos a la par que circundar el terreno de un enorme osario. La tierra que se iba sacando del subsuelo, a su vez, era amontonada sobre el propio camposanto para poder seguir disponiendo de suelo extra en el que enterrar a más gente. Esta genialidad motivó que a finales del siglo XVIII el cementerio de los Santos inocentes fuera ya una enorme catacumba subterránea peligrosamente excavada bajo una montaña de tierra circundada por un gigantesco osario y repleta de enterramientos que, al nivel de la calle, tenía más de dos metros de alto… Y no dejaban de llegar: las hambrunas, las epidemias, las guerras constantes, ser cementerio oficial de otras parroquias, de la morgue, e incluso del hospital del Hôtel-Dieu, ayudaban lo suyo a que las condiciones del monstruo se hicieran paulatinamente insostenibles.

Se trató de limitar el uso del cementerio y destinar a muchos de los nuevos fallecidos a nuevos camposantos ubicados en las afueras, pero no hubo modo. Dada la enorme resistencia ciudadana a abandonar las viejas costumbres, la pereza y los sobornos, la solución se iba aplazando… Hasta que el 30 de mayo de 1780, a causa del progresivo debilitamiento del terreno, se produjo un terrible derrumbamiento que afectó a varios edificios colindantes al cementerio e hizo que reventara una fosa común expulsando los cadáveres al exterior. El evento provocó víctimas y por fin, las Autoridades tuvieron que ser drásticas y prohibieron, bajo penas muy severas, cualquier sepelio en los cementerios intramuros de la ciudad.

Jean Charles Pierre Lenoir
Jean-Charles-Pierre Lenoir (1732-1807), prefecto de la policía de París entre 1774 y 1785.

La idea de desmantelar este y otros engendros similares repartidos por el casco urbano y reconvertir buena parte de las viejas galerías mineras de la ciudad, tras reforzarlas adecuadamente, en unas catacumbas que albergaran un gigantesco osario, provino del prefecto de policía Lenoir, quien había decidido someter a vigilancia los pasajes del subsuelo parisino en 1777. Lenoir, que formó una compañía de albañiles y vigilantes para tal fin, se había ocupado de convertir muchas de estas trampas –en todos los sentidos imaginables- en pasajes seguros y transitables que fueron abiertos al público. El proyecto fue bien recibido y se puso en marcha por ley decretada en 1785. En una tarea que debió resultar realmente ciclópea, todos los cementerios del centro de la ciudad fueron desmantelados y los restos trasladados a los túneles designados por el prefecto Lenoir. Habían nacido así las novelescas Catacumbas de París.

catacombs
Imagen actual de las Catacumbas de París.

El ciudadano Aspairt

Las fuentes son dudosas al respecto, pero si hemos de aceptar que a menudo los documentos históricos no son tan precisos como nos gustaría, Aspairt debió nacer el día 13 de abril de 1732 en Ravel-Salmerange, una localidad perteneciente al departamento francés de Puy-de-Dôme. En el archivo local consta una partida de nacimiento que nos habla de un tal Philiber Asper que bien podría ser nuestro hombre, pese a la inexactitud de la nomenclatura, por motivos que luego explicaremos y que nos permiten sostener que es la misma persona con cierta consistencia.

Ya no volvemos a encontrarnos con Aspairt sino hasta noviembre de 1793, convertido en un ciudadano parisino domiciliado en el 129 de la Rue St. Jacques. Él y su familia, como otros muchos, sobreviven en medio de las perpetuas convulsiones revolucionarias y contrarrevolucionarias. En lo que resulta otra aparente contradicción histórica ciertamente curiosa, hay quien asume que el buen Philibert era portero en el hospital de Val-de-Grâce, pero en el que bien podría ser su certificado de defunción nos indican que era cantero de profesión.

Lo cierto es que cuando se piensa un poco en el problema todo va encajando, aunque de forma muy extraña… Para empezar, el susodicho hospital, destinado actualmente a los servicios médicos del ejército francés, fue erigido junto a la iglesia y convento de Val-de Grâce –levantado entre 1645 y 1667 por orden de la reina Ana de Austria-. Mucho tiempo después, en este lugar, las monjas dispensaron atención médica a los revolucionarios heridos, lo cual motivó que posteriormente, y en atención al buen servicio y valor de estas mujeres, el edificio fuera reconvertido por el gobierno en un hospital militar propiamente dicho regentado en primera instancia por la propia Orden. Y aquí viene lo bueno: en el patio trasero de la propiedad había una entrada a las catacumbas cerrada con llave.

Un acceso que, como decíamos, en noviembre de 1793 el ciudadano Aspairt –cantero o portero, el caso es que tenía la llave- decidió franquear con finalidad desconocida para no volver nunca jamás. Su esposa, Elisabeth Millard, denunció la desaparición sin resultado, pues el cadáver de Philibert no sería encontrado sino hasta once años después, en 1804, en un pasadizo ubicado bajo la Rue d’Enfer. Se le identificó, según consta en documentos policiales, porque aún llevaba al cinturón la llave del acceso a las catacumbas por el hospital de Val-de-Grâce… Y esto debe hacernos pensar que, en efecto, Aspairt era portero del hospital y no cantero como consta en su certificado de defunción. Una aparente contradicción que tampoco tiene nada de raro por cuanto ignoramos si el pobre Aspairt había conseguido el trabajo hacía poco o mucho tiempo, siendo el de cantero su oficio habitual, lo cual es una explicación sencilla al galimatías.

Hospital Militar de Val-de-Grace
Antigua fotografía del Hospital Militar de Val-de-Grâce.

También es verdad que en el acta de defunción consta el apellido Asper y no Aspairt, pero esto tampoco supone un problema grave que deba inducirnos al rechazo del documento. Recordemos lo comentado en torno al acta de nacimiento: en aquellos días los censos no eran tan precisos como hoy en día –mucha gente ni constaba en los registros-, toda la información se tomaba a mano, en copias únicas e imprecisas, con formularios inexactos y dispares, en idiomas en los que, como el francés, la pronunciación es importante de cara a la plasmación exacta del discurso, lo cual motiva que los diferentes acentos puedan hacer bailar vocales y consonantes… Y además es un hecho que con el paso de los años los idiomas cambian y los apellidos y nombres también se modifican con ellos. En definitiva, carecemos de motivos realmente serios para dudar de que el cadáver de la llave sea nuestro Philibert Aspairt nacido en Salmerange, de profesión cantero pero reconvertido en portero por los azares de la vida y, sobre todo, por la edad: Aspairt contaba 61 años cuando desapareció, edad muy poco apropiada para dedicarse ya a oficios como el de cantero, y menos en aquellos días.

La pregunta, claro está, es qué pudo incitar a este hombre a introducirse en las catacumbas con un triste candil, que ocurrió allá, por qué se adentró tanto y con grave riesgo en el laberinto de túneles, y cómo murió.

El maravilloso bebedizo verde

Pues la teoría comúnmente aceptada en torno a esta controvertida cuestión parece tener que ver con el que por entonces era tenido como gran secreto de los monjes cartujos, el cotizado licor conocido como Chartreuse.

San Bruno
San Bruno de Colonia (1030-1101), fundador de la Orden de los Cartujos.

La orden de los cartujos, una de las más antiguas pues fue fundada en 1084 por San Bruno, siempre fue conocida por su tradición y habilidad en el uso medicinal de las plantas. Grandes boticarios, en 1605 fueron depositarios de la receta de un elixir que supuestamente alargaba la vida notablemente. Dicha receta, que al parecer se encontraba en su familia desde tiempos inmemoriales, les fue entregada como regalo a los monjes de la parisina Chartreuse de Vauvert por el Mariscal d’Estrées. No obstante, la eficiencia real de la fórmula así como su composición exacta, pese a que se empleó en parís durante décadas, no estaba clara, por lo que los monjes de la Grande-Chartreuse, en Grenoble, decidieron investigarla más a fondo en 1737. La tarea recayó sobre Jérôme de Maubec, quien logró por fin destilar un licor verde de composición perfectamente establecida que llegaba a alcanzar una elevadísima graduación y que empezó a comercializarse bajo el nombre de “Elixir Vegetal de la Grande-Chartreuse”.

Francois Annibal d`Estrees
Françoise Annibal d’Estrées (1572/73-1670), Duque de Estrées y mariscal de Francia. Nunca explicó cual era el origen de la dichosa fórmula.

El licor de la salud, como era conocido popularmente, se hizo muy famoso y cotizado entre y 1764 y 1793, llegando a alcanzar precios exorbitantes a causa tanto del secreto de la fórmula como de su escasez, pues la producción de los monjes era muy baja y ello provocaba enorme demanda.

La teoría comúnmente aceptada en torno al caso Aspairt explica que las monjas del Hospital de Val-de-Grâce tenían un remanente de cajas del cotizado licor vegetal enterrada en las catacumbas –pues se sabe que allá podía comprarse- y que Philibert, conocedor del secreto y movido por la ambición o el deseo –irónicamente- de alargar su vida, se adentró en los túneles en busca del inopinado tesoro. Allí, o bien se perdió, tal vez falleció a causa de algún accidente o dolencia, quizá fuera asesinado por un cómplice desconocido… Poco se sabe a este respecto y solo nos queda especular. Sea como fuere, su cadáver fue enterrado justo donde se encontró. En la tumba, que aún puede verse, puede leerse lo que sigue:

“A la memoria de Philibert Aspairt, perdido en esta excavación el tres de noviembre de 1793; encontrado once años después y enterrado en el mismo lugar el 30 de abril de 1804”.

Tumba Aspairt
Tumba de Aspairt en las Catacumbas de París.

Cualquier guía os contará que el fantasma de Aspairt, perdido para la eternidad en la densa oscuridad de aquellos intrincados túneles de los que es incapaz de salir, es desde entonces el portero encargado de vigilar el plácido descanso de los millones de muertos cuyos restos se apiñan en el inmenso osario de las Catacumbas de París.

El Padrino “Cult”

Fue la madre de Adolfo de Jesús Constanzo (Miami, Florida, 1962), Delia Aurora González, una cubana aficionada hasta la obsesión con los asuntos relativos a la brujería, quien se encargó de llenarle al crío la cabeza con toda suerte de historias extravagantes relativas al “mundo de los espíritus”. De hecho, había adquirido tal convencimiento de que su hijo era un elegido, que contaba tan sólo con seis meses de vida cuando se empeñó en que fuera bendecido por un sacerdote haitiano del culto Palo Mayombe. Una secta de procedencia africana -concretamente bantú- cuya práctica está bastante extendida en el Caribe a donde llegó con los esclavos. A partir de ahí, la infancia y juventud de Adolfo giraron en torno al oscuro mundo de la secta, de cuyos secretos recibió cumplida información de la mano de su progenitora. Juntos asaltaron cementerios a fin de obtener aderezos para el caldero de los sacerdotes. Juntos empapaban muñecos vudú en sangre para maldecir a sus supuestos enemigos. Juntos elaboraron pociones y filtros con los que apropiarse de los beneficios de sus oscuras deidades.

Adolfo de Jesus Constanzo
Constanzo, fotografiado en los tiempos que alcanzó la cima de su carrera criminal.

Ocurría, además, que Constanzo se convirtió con el paso de los años en un hombre atractivo, con aire de seductor y dotado para la manipulación y el engaño. También era homosexual, pero ello jamás le impidió tener relaciones con mujeres si la situación así lo requería, lo cual para un tipo dedicado a sus menesteres sucedía a menudo. Era tan eficaz a la hora de embaucar a los clientes que él y su madre atendían que, bien pronto, fue perfectamente consciente de los resortes psicológicos que debía pulsar en cada caso. Así, inexorablemente, los mafiosos, artistas, policías e incluso políticos que iban desfilando por los rituales a fin de protegerse de supuestas maldiciones y malas vibraciones, no sólo comenzaron a pagar grandes sumas por hacerse con sus servicios sino que extendieron su fama. El éxito definitivo le llegó cuando hizo su primera “predicción” exitosa al pronosticar el atentado contra el presidente Ronald Reagan, acaecido en 1981. Una predicción de poco mérito, dicho sea de paso, si se tiene en cuenta que al menos ocho presidentes de los Estados Unidos han sufrido algún atentado durante el ejercicio de su cargo, lo cual lo convierte, estadísticamente hablando, en una verdadera profesión de riesgo.

Sea como fuere, el futuro pintaba bien y la lista de clientes iba en aumento, pero no era suficiente. Constanzo quería más dinero y sólo había un modo de obtenerlo: llevar las cosas al extremo. Cuanto más retorcidos y terribles fueran los ritos, cuánto más extravagantes y raros, cuanto más estrambóticas las peticiones que realizar a los espíritus, más dinero en juego. Ni que decir tiene que todo ello estaba aderezado con los delirios de una mente contaminada desde la cuna al crecer en un magma de creencias retorcidas, enfermizas, monstruosas. Fue de esta manera que en 1983 decidió entregarse al lado oscuro del Palo Mayombe y vendió su alma y sus servicios a Kadiempembe -Lukankazi o Lungambe-, más o menos el equivalente del Satán cristiano, de suerte que tras hacer que durante la pertinente ceremonia los símbolos del mal le fuesen grabados en el cuerpo con un cuchillo, se sintió todopoderoso. Invencible.

Ultimado el ritual, Adolfo de Jesús Constanzo se trasladó a México D.F. Allí había mucha más superstición que explotar que en Miami, más dinero negro que obtener y menos complicaciones con una justicia que no solo tendía a hacer la vista gorda, sino cuyos representantes a menudo estaban dispuestos a ser clientes del sacerdote mayombero. Fue entonces que fundó su propia secta y reunió en torno suyo a los primeros acólitos y discípulos; Martín Quintana y Omar Orea. Y su fama se iba extendiendo. Los narcotraficantes y hampones locales se convirtieron en clientela habitual al punto de solicitar del gurú Constanzo cosas tan ridículas como la inmunidad a las balas. Como suena. Los precios de rituales de este tenor alcanzaban cifras exhorbitantes. Cierto que parece estúpido que alguien estuviera dispuesto a pagar por estos servicios, pero no menos incomprensible es el hecho de que la clientela creciera en progresión geométrica, sobre todo si se tiene en cuenta que entre los habituales empezó a contarse incluso el comandante de narcóticos mexicano Salvador García. Vivir para ver. Piénsese que la lógica en estos casos cuenta bien poco y que no existe argumento racional que pueda retorcer el brazo de una creencia fuertemente consolidada.

Ritual Mayombero
Elementos que, al parecer, formarían parte de un genuino ritual mayombero.

Camino del exceso

Como es lógico, la pendiente de degradación adoptada por Constanzo no tardó en degenerar en los sacrificios humanos. Los calderos en los que preparaba sus filtros y pociones comenzaron a rebosar de la sangre, los huesos y las vísceras de sus víctimas. Y el ritual, para ser exitoso, exigía que los sacrificados murieran entre terribles sufrimientos y alaridos.

La lujosa vida de Constanzo, pagada en gran parte por el cartel de la familia Calzada, uno de los más importantes de México por aquellos días y para el que Adolfo trabajaba prácticamente en exclusiva desde 1986, no sirvió para que su ambición se aplacase. Al contrario, Constanzo exigió a los Calzada una parte del negocio en la medida que entendía que un buen pellizco de las ingentes ganancias se debían a sus rituales. No hubo caso. La negativa del cartel motivó la terrible venganza del sacerdote de Kadiempembe: en 1987 Guillermo Calzada y seis de sus secuaces se esfumaron como por arte de magia. Sus cuerpos fueron encontrados mutilados tiempo después. Hay quien dice que, sin duda, habían alimentado el caldero -y dicen que el poder– de Adolfo de Jesús Constanzo, entretanto que otros, menos crédulos, contemplan la matanza como un episodio más del permanente estado de  guerra que acosa a estas organizaciones. El hecho es que tras este suceso la secta se desplazó a la ciudad de Matamoros, fronteriza con los Estados Unidos. Allá conoció a Sara Aldrete (nacida en 1964), una atractiva mujer que fue inmediatamente subyugada por el brujo hasta convertirse en su sacerdotisa y ocasional amante.

Con el concurso de Sara -hija de un electricista, inteligente, estudiosa y que habría tenido un interesante futuro de no haber mostrado siempre una inquietante tendencia a enamorarse de los malos-, Adolfo entró en contacto con el Clan de los Hernández. Y al igual que hizo con anterioridad se las ingenió para convencer a su jefe, Elio Hernández, de que el gran Kadiempembe no sólo les protegería contra todo mal, sino que además se encargaría de multiplicar las ganancias. El precio convenido, dicen las crónicas más exageradas, fue nada menos que un cincuenta por ciento del negocio. Hecho el acuerdo, el Padrino Constanzo y la Madrina Aldrete se instalaron en el rancho Santa Elena, cercano a Matamoros, donde desarrollaron sus actividades. Habría poco sexo entre ellos, pues el gran gurú prefería los servicios de sus subalternos Quintana y Orea, qué se le iba a hacer.

Sara Aldrete en prision
Sara Aldrete, fotografiada por un reportero del Diario El País en 2004, durante una entrevista que concedió a este periódico en la prisión de Méjico D.F.

Las cosas, no obstante, fueron viento en popa. Constanzo y los Hernández eran capaces de introducir nada menos que una tonelada de hachís por semana en los Estados Unidos, si bien la contrapartida a los enormes beneficios era obvia: a fin de consolidar su situación de poder, los ritos requeridos al parecer del sacerdote para garantizar la protección del Palo Mayombe eran cada vez más frecuentes, salvajes y espantosos. Alimentar el puchero de Constanzo se hacía cada vez más complicado y a ello se añadía el problema de que los lugareños a los que habitualmente se sacrificaba no parecían gritar lo suficiente para satisfacer al temible Kadiempembe. Así surgió la idea más disparatada de cuantas Adolfo alimentó a lo largo de su vida: quizá un gringo gritase más fuerte. El sacerdote, al disponer las cosas de tal manera, iba a cometer un gran error. Su último error.

¡Grita gringo, grita!

A comienzos de 1989 se puso al estadounidense solicitado en sus manos. Se trataba de Mark Kilroy, un turista veinteañero; uno más de los muchos jóvenes estadounidenses que cruzan la frontera mejicana durante sus años universitarios en busca de exotismo, drogas, sexo y alcohol fáciles. El joven fue horriblemente desmembrado al punto de que muchas de las partes de su cuerpo que no terminaron en el caldero, como su espina dorsal, se convirtieron en piezas para abalorios protectores. El problema era que Kilroy no era uno de esos donnadies a los que Constanzo estaba acostumbrado a triturar. Antes al contrario, se trataba de uno de los retoños de una influyente familia norteamericana cuyos tentáculos alcanzaban esferas políticas muy altas, lo cual movilizó a las Autoridades estadounidenses a la par que causó que la recompensa ofrecida por algún dato sobre el desaparecido fuera enorme. No menos grande resultó ser el conflicto diplomático que se organizó entre México y los Estados Unidos -países condenados a entenderse por mera vecindad y diferencial de poder- a costa del Padrino de Matamoros. Su suerte estaba echada.

La policía -espoleada por las presiones gubernativas- entró a saco en el caso y los Hernández se esfumaron por la puerta trasera al advertir que todo el poder Kadiempembe no iba a salvarles de aquel trance. El encargado de pasar los envíos de droga a través de la frontera, David Serna, fue detenido y contó a sus captores todo cuanto necesitaban saber y mucho más. Los horrores del rancho Santa Elena se destaparon el 11 de abril de 1989. Junto con los desechos de los rituales se encontraron los restos de 15 cadáveres -Kilroy incluido-, pero ni rastro de Constanzo y sus acólitos, quienes habían huido tras ser alertados por un viejo y fiel cliente: el comandante de narcóticos Salvador García Alarcón.

Mark Kilroy
El estudiante estadounidense sacrificado, Mark Kilroy. Él solo quería pasarlo bien. Irónicamente, si un blanco rico no hubiera sido asesinado por los criminales de Matamoros, es muy probable que Constanzo y su secta nunca hubieran sido detenidos.

La secta, acorralada de suerte implacable, se instaló discretamente a finales de abril en un apartamento de México D.F. De allí Constanzo ya no saldría nunca, hecho que sucedió por mera casualidad. Resulta que el día 6 de mayo unos policías llamaron a la puerta. Parece que los agentes andaban a la busca de un niño perdido pero el gran adivinador creyó que iban a por él y abrió fuego sin mediar palabra… El poderoso Kadiempembe debía estar en otra cosa. Ni que decir tiene que la policía -advertida al fin de la presencia del narcosatánico- acordonó la zona de inmediato. Tras un tiroteo de 45 minutos, Adolfo de Jesús Constanzo se dio por vencido, aunque no estaba dispuesto a entregarse con vida. Entregó su ametralladora a Álvaro Valdés –el Duby– y pidió que le matase allí mismo. Quintana, solidarizándose con el Padrino, se puso a su lado dispuesto a morir con él, de manera que ambos fueron obedientemente ejecutados. A continuación, el resto del grupo se entregó. Orea, por su parte, nunca sería juzgado pues murió de SIDA en espera del pertinente proceso.

Lo divertido del caso vino cuando Sara Aldrete, durante el juicio, tiró del folletín de la buena chica domeñada por las circunstancias para explicar que los mayomberos la tenían retenida contra su voluntad y que no era culpable de nada en absoluto… ¿A que les suena? Ello no la libró, finalmente, de una condena de más de 600 años que aún cumple. Ýa en la cárcel escribió y publicó un famosos libro autobiográfico, de carácter autoexculpatorio, que lleva por título Me dicen la narcosatánica, y que se ha editado en varios países siendo un auténtico superventas.

Lo cierto es que nunca se sabrá a ciencia cierta a cuántas personas asesinó el paradigma del narcosatanismo -que incluso inspiró películas como la célebre Perdita Durango (Alex de la Iglesia, 1997)-, ni hasta qué punto llegaban sus influencias en las esferas políticas, policiales y judiciales, y ello a pesar de que se llegó a detener a más de doscientas personas vinculadas de un modo u otro a sus andanzas. A Constanzo  y su grupo sólo se les pudieron probar las muertes de los quince cadáveres desenterrados en el rancho Santa Elena del que, por cierto, no queda ni rastro pues fue quemado hasta los cimientos a fin de evitar la tentación de que se convirtiera en un lugar de peregrinación para crédulos, curiosos y amigos lo raro.

Cuando la antropología y el crimen se funden, y confunden.

Me Dicen la Narcostánica