El sonido furioso

Parental Advisory

No tardaron supuestos humanistas, sociólogos, criminólogos, psicólogos, psiquiatras, legos, profanos y etcétera, en presumir que el rock era una de las grandes fuentes de la delincuencia juvenil, porque siempre hay que inventarse una. De hecho, cada tiempo ha tenido la suya. Del mismo modo que el cine o los seriales radiofónicos habían sido criticados por su “inmoralidad” hasta la extenuación para ser repentinamente reemplazados por el “peligro” del comic, a partir de las décadas de 1950 y 1960 le tocó al rock el turno de convertirse en amenaza psicosocial. Igual que ahora lo son los videojuegos o el rol, mañana lo será la “realidad virtual” y dentro de cincuenta años lo serán los androides –si es que por fin llegan a ser lo que nos han prometido-. Al fin y al cabo el rock tenía madera de escándalo. También utilizaba muy a menudo como fuentes de inspiración, junto con el sexo y las drogas, otros elementos nos menos perturbadores como las vidas de asesinos, la prostitución, las mafias, la experiencia del presidio, la delincuencia o la protesta descarnada contra los elementos más criticables del mundo adulto.

Montemos una comisión

No tardaron en aparecer, en un émulo perfecto de lo que ha venido ocurriendo con todas y cada una de las manifestaciones de la cultura popular a lo largo de la historia, por todas partes, los consabidos “paneles de expertos” –horror- y las comisiones –terror- destinadas al control de la radiodifusión de contenidos pretendidamente peligrosos. En realidad, y como corresponde siempre al caso, poco más que pandillas de moralistas, conservadores y vendedores de cháchara pseudo-científica en busca de respuestas de recetario que, superados por el signo de los tiempos, en el fondo, reconocen con tanta algarada su incapacidad para detectar los verdaderos problemas socioculturales, y encontrar auténticas respuestas. Total, para qué molestarse en analizar y comprender cuando se puede criminalizar a un espantajo.

Probablemente, el más reciente y sonado de estos paneles sea el que fundara junto a las esposas de varios congresistas y senadores estadounidenses la controvertida –y pretendidamente progresista, al dato- esposa de Al Gore, Tipper Gore, durante 1985. Denominado Parents Music Resource Center (PMRC), este organismo pretendía informar a los padres sobre las “modas alarmantes” que se imponían en la música popular. Sus componentes, apoyados en datos recabados aleatoriamente y de inexistente calidad científica, aseguraban que el rock glorificaba la violencia, el consumo de drogas, el suicidio y las actividades criminales, entre otras muchas cosas terribles y tremendas que iban a terminar con la civilización occidental. Como si para ello no bastaran los silos de misiles que el gobierno estadounidense tiene repartidos por medio mundo. Sea como fuere, proponía la censura directa, o bien la catalogación de la música por edades.

Tipper Gore
Tipper Gore junto a una de sus señoreadas amigas de la PMRC. Esta gente de buen corazón, por lo que parece, nos iba a salvar de nosotros mismos.

Lo cierto es que las actividades del PMRC alcanzaron tal popularidad que la industria musical decidió, como ya ocurriera con anterioridad en los casos del cine o del cómic, sucumbir a la autocensura antes que correr el riesgo de someterse a una regulación externa. El resultado fue la famosa etiqueta de Parental Advisory -¿les suena?- en todos aquellos discos cuyos contenidos pudieran considerarse controvertidos o arriesgados para los oyentes más jóvenes. El célebre músico Frank Zappa lo tuvo claro apenas se comunicó la medida: “la industria discográfica actúa como un hatajo de cobardes. Teme mortalmente a la derecha fundamentalista y le echa un hueso con la esperanza de que no siga adelante. Pero este programa de la etiqueta sólo sentará un precedente, y querrán más”[1]. Apenas dos años después, en 1987, aparecería un organismo opositor al PMRC muy activo, Parents For Rock & Rap (PFRR), que defendía la libertad de expresión y el respeto a la primera enmienda. Una nueva reedición del viejo debate democrático: ¿se debe limitar un derecho fundamental? ¿Cuánto? ¿Cómo? ¿Con qué criterio? ¿Por qué?

Frank Zappa PMRC
Y este es nada menos que Frank Zappa dejando muy clara su opinión a las señoras de antes.

Incluso la cuna del rock europeo, Gran Bretaña, un país en el que este asunto nunca fue tomado demasiado en serio, habría de sucumbir más pronto que tarde a la nueva corriente censora con el discurrir de los años. Así, se pasó de la sorpresa cuando un tal Bill Haley, desconocido por los adultos, fuera recibido como un auténtico héroe durante su gira británica de 1957, al rechazo más absoluto cuando la gente comenzó a romper los asientos de los teatros durante sus conciertos, pues como es lógico querían bailar al son de una música concebida para tal fin. El rock, al final, parecía poco más que una fuente de vándalos, de problemas y de escándalos.

Unos tiritos… Y al tajo

En nada ayudó al buen nombre del rock su constante y abusiva relación con las drogas y el alcohol. De hecho, la correlación entre el estilo de vida del rockstar de turno y el consumo de drogas ha sido a menudo tan reiterativa y difundida por los medios que a muchas personas les resulta difícil imaginar a un intérprete que no consuma sustancias prohibidas y, por simpatía, a menudo estima que el mero hecho de ser aficionado al rock es motivo más que suficiente para estar expuesto a la tentación de consumirlas.

Ciertamente, algunas de las más rutilantes y recordadas estrellas del rock –y otros mucho menos famosos, pero también menos ruidosos- han muerto a causa de las drogas o los excesos con la bebida. Phil Lynott, por ejemplo, líder de la banda irlandesa Thin Lizzy, realizó famosas canciones autobiográficas sobre la materia llegando incluso a escribir un tema premonitorio, Got to give it up. En esta canción, que abre el álbum Black Rose: A Rock Legend (1979), se hacía eco de las dificultades permanentes con el alcohol y las drogas que al fin acabaron por llevarle a la tumba: “Decidles a mi padre y a mi madre / que su hermoso hijo no llegó lejos. / Lo hizo hasta el final de una botella / sentado en un bar mugriento. / Lo intentó con ganas / pero se rompió su espíritu”.

Phil Lynott
Phil Lynott

La relación entre los psicotrópicos, el alcohol, y las diferentes modalidades artístico-literarias e incluso místicas, es larga y puede rastrearse hasta la misma noche de los tiempos, siendo un fenómeno transcultural. No obstante, el gran estallido popular se produjo entre la bohemia decimonónica y no tardó en extenderse, por supuesto, también entre los músicos. Y se trata de una relación incluso coherente con la naturaleza del negocio artístico tal y como fuera concebido durante el siglo XIX, y las condiciones de precariedad en las que muy a menudo se desarrolla. El mundo del artista musical popular, que en contadas ocasiones es una estrella que puede permitirse el lujo de obrar como le apetezca, es el de un artista enfrentado a horarios imposibles, interminables horas de trabajo y un público que se está divirtiendo por lo que siempre quiere más y mejor. Algo a menudo muy complicado de sobrellevar sin “ayudas”. Por otra parte, las drogas y el alcohol tienen el problema de que una vez que se comienza a emplearlas es difícil detenerse y, por lo general, conducen a nuevas modalidades de consumo, e incluso a la falacia del falso control que el consumidor desarrolla sobre las sustancias, lo cual establece tremendos círculos viciosos que muy a menudo concluyen en desastre.

Black Rose

La idea de la autodestrucción como excusa para los policonsumos no es más que un mito inventado por los fans –e incluso por la propia prensa y la industria discográfica-, diseñado para justificar honorablemente la muerte, el ocaso o el fracaso de sus ídolos. En realidad, el consumo de drogas es, en general, poco más que un elemento más del trabajo propiamente dicho. Así lo expresó J.J. Cale en Cocaine, una canción compuesta para Trobadour (1976), que luego se haría mundialmente famosa al ser versionada por Eric Clapton: “Cuando el día ha terminado y quieres correr / Cocaína. / Ella no miente, no miente, no miente… / Cocaína”. De hecho, no es raro que la idea del artista de rock como genio atormentado y desquiciado que sufre indeciblemente y que debe recurrir a las drogas como escapatoria sea hoy, como lo fue en su día, poco más que una treta comercial, una pose ideada para obtener una mayor credibilidad pública que, de hecho, muchos artistas ni necesitan. A ello se refería un sobrio Chris Rea cuando comentaba, refiriéndose a la popularísima Madonna, que ambos estaban en negocios muy diferentes.

En 1997, nada menos que la Organización de Naciones Unidas (ONU) se sumó al coro de los críticos más recalcitrantes e intentó inducir a los gobiernos nacionales a convertir las referencias a las drogas, el alcohol y el consumo de estupefacientes en el seno de la música popular contemporánea, en un delito. El polémico informe emitido por la ONU hablaba de las tácitas y constantes referencias a este asunto en el rock podrían ser contempladas como simple apología de las drogas e invitación a su consumo. El hecho es que, sin hacer notar que seguramente los sesudos “expertos” de la ONU deben tener con toda probabilidad cientos de cosas mejores en las que ocupar sus recursos que en criminalizar al rock achacándole la existencia de un negocio que no ha inventado, no es menos verdad que, de haber tenido un éxito que afortunadamente no tuvo, esta medida hubiera supuesto la defenestración total de un cauce de expresión estética, así como de una vía para la crítica cultural y la protesta sociopolítica con una capacidad de convocatoria de un alcance sin precedentes históricos conocidos. Quizá este silenciamiento fuera, en el fondo, lo pretendido.

Trobadour

Una buena foto

Otro de los motivos que han conducido a la idea del rock como fuente de conductas criminógenas ha sido su tendencia intrínseca a escandalizar. Algo que fue instaurado como norma habitual del negocio a partir de 1970 por las propias discográficas y promotores como elemento destinado a mantener el interés entre unas audiencias que empezaban a llegar al agotamiento tras el empuje comercial de los primeros años. Al fin y al cabo, la expansiva década de 1960 había mermado mucho la capacidad creativa en los planos artístico y contracultural del rock, y era el momento de introducir nuevas variables para asegurar la existencia del mercado. El escándalo como marketing, como un elemento más del espectáculo. En un momento en el que los espectadores empezaban a estar de vuelta, era necesario ofrecerles emociones más fuertes e intensas trufadas de sonidos diferentes y más elaborados. Y los artistas, a decir verdad, estuvieron muy dispuestos a realizar grandes y constantes esfuerzos por superarse: escenarios cada vez más grandes, juegos de luces más aparatosos, volumen más elevado, histrionismo más acentuado, escándalos más jugosos…

Frank Zappa, maestro de muchos interpretes posteriores en materia de espectáculo y planificación visual, se convirtió en un experto en el arte de escandalizar con sus números de una morbosidad y exceso tan efectistas como bien calculados. El público de Zappa, acostumbrado a su proverbial nihilismo, llegó a ser el más duro y complejo de cuantos pudiera enfrentar un artista por la sencilla razón de que, más allá de la incuestionable calidad como músico de su ídolo, estaba tan acostumbrado a tal cantidad de dislates, excesos y excentricidades que resultaba prácticamente imposible mantener el nivel y satisfacer las expectativas para cualquier otro. Todo cuanto rodeaba los conciertos de Zappa llegó a ser muy absurdo. Y el propio artista explicó que su camino hacia el exceso comenzó por pura casualidad: en una actuación alguien de la banda se había presentado, bromeando, con una muñeca hinchable, y él decidió sacar partido a la eventualidad. Invitó a unos chavales a subir al escenario y les entregó la dichosa muñeca. “Aquí tenéis una chavala asiática –les dijo-. Mostradnos lo que hacemos con ellas en Vietnam”. Los aguerridos mozos, como era esperable, se entregaron a una auténtica apoteosis de salvajismo que hizo las delicias del respetable. El éxito motivó a Zappa a seguir en adelante con aquellos números a los que denominaba eufemísticamente “ayudas visuales”.

Sea como fuere, el ejemplo de Zappa nos permite entender las razones por las que gente como The Who, KISS, Sex Pistols, Black Sabbath y muchos otros se lanzaron a su particular carrera de excesos, pastiches de satanismo, caras pintadas, vestuarios de fantasía, fuegos de artificio y extremismo: simplemente funcionaba en las salas de conciertos y en las tiendas de discos. El caso concreto de KISS, por lo demás, es paradigmático de hasta donde se puede llegar con una buena puesta en escena, en la misma medida que los personajes histriónicos que hicieron de sí mismos les auparon hasta protagonizar programas de televisión, películas de cine –bastante malas, por cierto- e incluso sus propios cómics.

Kiss
Los KISS demostrando al personal cómo se monta un buen número.

La manifestación más directa de este amor por lo excesivo se transfiguró en la denominada “furia viajera”, una expresión aséptica destinada a explicar lo que en realidad eran las enormes excentricidades que grupos e intérpretes cometían durante las giras, fuera de los escenarios, en el espacio entre un concierto y el siguiente. Destrozos en los hoteles, fiestas salvajes, consumo desmesurado de drogas, vicios de toda suerte… Cualquier cosa llegó a parecer poco en una carrera desenfrenada por superar las barbaridades de la gira anterior o de la banda competidora. El origen de estas conductas disparatadas no solo se encuentra en el alcohol o las drogas. El tedio que conlleva una gira larga y rutinaria, repleta de horas de soledad, rodeado permanentemente de los mismos rostros, con muchas emociones reprimidas y la presión de agotadoras actuaciones, terminaba resultando muy frustrante. No olvidemos que en su afán por llegar a la mayor cantidad de gente en el menor tiempo posible, las dichosas giras consisten en cubrir ingentes cantidades de kilómetros en poco tiempo, con calendarios muy rigurosos, a un ritmo agotador, teniendo que dar el ciento por ciento un día tras otro. Esto explica los accidentes en los que muchos artistas han perdido la vida de forma trágica. Vivir deprisa, vivir al límite: “Y él era demasiado viejo el rock ’n’ roll / pero demasiado joven para morir –cantaban Jethro Tull en 1976- No, nunca eres demasiado viejo / para el rock ‘n’ roll / si eres demasiado joven para morir”.

Too Old to Rock and Roll

Haz como tus ídolos

Los fans más enajenados, inevitablemente, tienden a perder los papeles y pretenden imitar las extravagancias de sus ídolos mucho más allá de lo que sería razonable. Incluso puede que, impulsados por sus propios demonios, se sientan inspirados por ellos a hacer cosas que nadie les pide ni pretende que hagan. Hay quien quiere ver en estas actitudes un efecto motivacional del rock hacia el crimen, las conductas autodestructivas, el suicidio y el delito cuando, en realidad y por fortuna, no sólo ocurren mucho más raramente de lo que se suele creer, sino que además suelen ser el resultado de personalidades inestables y/o sugestionables, de situaciones personales indeseables, o de la coincidencia de ambas cosas.

El primer episodio de fans descontrolados del que se tiene noticia se produjo en los mismos orígenes del rock como modelo musical, el 21 de marzo de 1952, en Cleveland (Ohio), y no fue precisamente la música –o su contenido- la culpable del desaguisado: unos promotores excesivamente avariciosos habían vendido hasta dos entradas por cada asiento, el sonido era pésimo y varios de los asistentes fueron aceptados en el recinto pese a estar completamente borrachos. Finalmente, a causa de una reyerta motivada por las pésimas condiciones, el concierto tuvo que ser suspendido, hubo cinco detenidos y varios heridos por arma blanca. Es obvio que la culpa no fue del rock, pero la prensa de la época no lo entendió de este modo. Lo mismo le ocurrió, como ya dijimos, al pobre Bill Haley durante su gira europea de 1957. Así por ejemplo, durante su actuación en Berlín, por motivos que aún se desconocen, se produjo una batalla campal que se saldó con varios heridos tras una brutal carga policial. Y luego, claro está, vino esa euforia desatada, excéntrica y antiestética de la beatlemanía… O la stonemanía, que se hizo especialmente odiosa tras el crimen cometido durante la actuación de los Rolling el 6 de diciembre de 1969 en Altamont. En el transcurso de la misma un joven negro, Meredith Hunter, fue golpeado hasta la muerte por miembros de la conocida banda motera Los Ángeles del Infierno. Lo irónico del caso es que en ese preciso momento los Stones estaban interpretando uno de sus grandes clásicos: Sympathy for The Devil.

Rolling Altamont
Los Rolling Stones en Altamont (1969).

Luego vinieron otros eventos, siempre puntuales, que han ayudado a sus detractores a apuntalar desde lo anecdótico la leyenda negra del rock. Así por ejemplo, el conocido disparate de la Familia Manson, quienes en el colmo del absurdo se dijeron inspirados por los mensajes subliminales de las canciones de los Beatles –concretamente en su tema Helter Skelter[2]… Y más: en 1974 un muchacho de Calgary (Canadá) se ahorcó con tan solo trece años al intentar imitar el clímax de un concierto de Alice Cooper; en 1978 otro sujeto de Baltimore sufrió graves quemaduras al intentar imitar el número de escupe-fuego que realiza en sus conciertos el bajista de KISS -Gene Simmons-; unos jóvenes se suicidaron durante la escucha de la canción Better by You, Better Than Me de los Judas Priest, lo cual sirvió para que un muy imaginativo fiscal –que perdió el caso, claro- los acusara de haber introducido en el disco mensajes subliminales instigando al suicidio; o bien los disturbios que, en 1979, culminaron con la muerte de once fans de The Who en Cincinatti (Ohio) a causa de una estampida. Evento éste, por cierto, considerado aún como el mayor desastre de la historia acaecido en un concierto rock. Incluso el propio John Lennon, en 1980, terminó por convertirse en víctima de su éxito al ser asesinado en Nueva York, a la misma puerta del edificio Dakota -en el que vivía-, por un iluminado llamado Mark David Chapman.

Situaciones que, en general, pueden encontrarse históricamente, por doquier, en el seno de cualquier fenómeno sociocultural de masas y que, en realidad, guardan escasa relación con el contenido mismo del rock. Ese maravilloso sonido furioso.

Lennon Yoko Dakota
Lennon y Yoko Ono posan ante el neoyorkino edificio Dakota.

[1] Goldstein, P. (1985, 25 Aug). Parents Warn: Take the Sex and Shock Out of Rock. Los Angeles Times.

[2] Disparate en todos los sentidos del término y en todas las direcciones imaginables. El caso de Manson comenzó en la ideología –bien regada de drogas y alcohol- pervertida y delirante de un chorizo del montón, continúo con un tratamiento jurídico y mediático rayano en el más completo absurdo y terminó convirtiendo a un hombre que físicamente no mató a nadie en un ejemplo paradigmático de “asesino en serie”. De locos.

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Machos y “supermachos”

Richard Speck
Richard Speck

Chicago. Noche del 13 de julio de 1966.

Un sujeto de mala vida, adicto a las drogas y el alcohol, que responde al nombre de Richard Speck, penetra por la fuerza en la residencia de un grupo de chicas estudiantes de enfermería. El asaltante se hace con el control de la situación tras inmovilizar al nutrido colectivo de jóvenes que, de suerte inexplicable, no oponen resistencia alguna al hombre que las intimida con un cuchillo y un revólver. Luego, presa de un furor homicida irracional en el que se confunden terribles delirios de sexo y muerte, asesina brutalmente, de manera metódica e implacable, a todas las jóvenes excepto una de ellas que salva la vida simulando precisamente estar muerta. Gracias a ello, Speck pudo ser identificado y detenido. Convicto y confeso, fue objeto de un exhaustivo examen médico en el curso del cual se le detecto una anomalía genética prácticamente sin precedentes en individuos normales en apariencia: en lugar de poseer como todos los varones un cromosoma X (procedente de la madre) y otro Y (procedente del padre), contaba con un X y dos Y[1].

Anomalía cromosómica

Si bien la existencia de los cromosomas fue conocida a partir de 1920, fenómenos como el de la trisomía ya no resultaban una novedad en los días en que Speck cometió su terrible crimen. Su existencia había quedado establecida desde las investigaciones que Turpin, Gautier y Lejeune realizaron en 1958, cuando lograron desenrollar el ovillo en el que se presentan los cromosomas tras sumergirlos en una solución hipotónica. Los franceses encontraron que la célula de los sujetos afectados por el entonces denominado “mongolismo”[2] no tenían los 46 cromosomas habituales –23 pares-, sino 47. Este cromosoma de más, llamado habitualmente cromosoma supernumerario, se ubicaba en el lugar que debería ocupar el cromosoma normal 21 y podía tener tanto las fórmulas XXY como XYY. Además, no solía presentarse aislado sino unido a otro de suerte que no era fácilmente detectable. También pudo averiguarse que ocasionalmente este cromosoma supernumerario no producía sintomatología clínica alguna en los sujetos que lo poseían por la sencilla razón de que se había fijado a un lugar que impedía sus manifestaciones. Este proceso fue denominado traslocación equilibrada. Richard Speck pertenecía a este grupo particular de individuos con el cromosoma supernumerario no aquejados de taras físicas o psíquicas observables a primera vista.

El primer caso bien estudiado de esta manifestación de la trisomía asintomática fue el de un chico obeso de 12 años estudiado por Sanberg y su equipo, y fue contemplado desde el punto de vista de la curiosidad biológica en la medida que no existían anomalías comportamentales visibles[3]. Al muchacho se le trató por los medios habituales de sus dolencias glandulares y estas fueron corregidas con éxito. Pero el impactante caso de Richard Speck alteró por completo el panorama de la investigación de las anomalías cromosómicas, y alentó a otros en la búsqueda de sujetos agresivos o con conductas criminales dotados del célebre cromosoma supernumerario. Incluso el nombre del XYY -denominado hasta entonces Síndrome de Jacobs- sufrió alteraciones significativas que parecían indicar que nada bueno podía esconderse debajo suyo: cromosoma del supermacho o cromosoma del crimen:

“Los estudiosos del tema comienzan a encontrar un elevado número de varones XYY entre los reclusos de penales y manicomios. La mayoría eran violentos, agresivos, peligrosos, de conducta criminal, o sencillamente subnormales. Todo esto condujo a la idea que predomina en los años 60 de que el estudio del cariotipo podría predecir las conductas violentas y el crimen”[4].

Parecía, por tanto, que el viejo doctor Lombroso llevaba razón en última instancia, y que los estigmas físicos del criminal existían realmente. No como configuraciones corporales manifiestas pero sí como manifestaciones ocultas, oscuras, intangibles, devenidas del misterioso plano de lo genético… Lo cierto es que costó algún tiempo desterrar al ámbito de los errores curiosos de la historia de la ciencia el asunto del cromosoma del crimen, sobre todo a causa de la tozudez de un buen número de apasionados cientificistas que se resistían a abandonar una idea tan sugestiva, virtualmente productiva, y por qué no decirlo, bastante útil desde una óptica psicosocial, legal y cultural por maravillosamente facilona. Pero el hundimiento de este nuevo mito pseudocientícifico sería inevitable precisamente por los términos en que se planteaba.

Parecía obvio que si se realizaban búsquedas masivas de cariotipos XYY en cárceles y psiquiátricos, sesgadas de entrada por la poco objetiva segmentación poblacional, aparecerían muchos portadores de la tara maldita que, por supuesto, serían agresivos, delincuentes, inmorales o simplemente “locos peligrosos”. Ahora bien, la cosa no funcionaba tan bien como se las prometían los deterministas. Cuando se echaba un vistazo a la población no reclusa –la general-, se evidenciaba con meridiana claridad que existía una cantidad insuperablemente mayor de individuos con el XYY fuera de las prisiones y llevando, por cierto, una existencia perfectamente normal. De hecho, la mayoría de ellos eran tan “normales” en todos los sentidos –físicos y psíquicos- que no descubrían en toda su vida que eran portadores del cromosoma supernumerario. Así, Dershowitz encontró que tan sólo un 1’5% de los sujetos aquejados de esta tara cromosómica habían delinquido alguna vez[5]. En la misma línea se manifestaron autores como Borgaonkar y Shah[6]. Más aún: no tardó en quedar claro que esta clase de anomalías cromosómicas no es hereditaria ni depende en modo alguno de la extracción social de los sujetos que las padecen, con lo que perdía gran parte de su fuerza en la explicación de fenómenos como el crimen o las conductas antisociales[7].

Por estas razones, la polémica del cromosoma XYY quedó muy pronto resuelta en el plano jurídico y en referencia a la imputabilidad o no imputabilidad de los delincuentes aquejados por la anomalía. Lo cierto es que el debate se clausuró cuando pudo demostrarse que la inmensa mayoría de estos individuos no pueden ser considerados en gran medida responsables de sus actos a causa de su anormalidad, ya intrínseca ya manifiesta:

“[Se] pudo demostrar que estos sujetos presentaban un nivel intelectual dentro de los límites normales, pero con un I.Q. (cociente de inteligencia) y nivel educativo menor del que se podía esperar. Se caracterizaban por inmadurez manifestada en forma de pasividad, irreflexión, labilidad emocional, necesidad de contacto social, identificación varonil insegura y mecanismos de defensa débiles”[8].

Richard Speck, por ejemplo, fue sentenciado a muerte en su día, pero la intervención de su abogado, apoyada en las investigaciones sobre el cariotipo 47, sirvió para que obtuviera un aplazamiento indefinido de la condena[9]. No obstante, el paradigma de la jurisprudencia en esta dirección vino de la mano de un caso prácticamente coetáneo al de Speck sucedido en Francia en 1968. Nos referimos al tan célebre como polémico Caso Hugon[10].

Señoría, no lo vuelvo a hacer…

Daniel Hugon, como la mayor parte de los portadores del cariotipo XYY que optan por la mala vida, cargaba sobre sus espaldas con una prolongada historia de problemas mentales, adictivos y judiciales. Jalonada por las depresiones que le impedían conservar un empleo estable, así como por diversos intentos de suicidio. Hasta que el día 4 de septiembre de 1965, fue seducido por una prostituta de 62 años de edad que aparentaba bastantes menos gracias a la noche y un elaborado maquillaje.

Ciertamente, toda vez que el joven Hugon descubrió el engaño, se negó a cohabitar con ella, lo cual no impidió que pasaran la noche juntos en la habitación de un hotel. El drama se desencadenaría a la mañana siguiente, cuando la mujer, pese a las inexistentes relaciones sexuales, quiso cobrar la pernocta a Hugon, quien se negaba a pagar el servicio. Hubo una fuerte discusión que terminó cuando el hombre, preso de una rabia irracional, se abalanzó sobre la mujer y la estranguló. La primera reacción del asesino, presa del pánico, fue la de huir de París. No obstante, tiempo después, víctima de profundos remordimientos, se entregó a la policía. El examen médico al que fue sometido reveló por fin la trisomía que le aquejaba y que explicaba en buena medida muchas de sus complicaciones psicológicas. Los especialistas advirtieron bien pronto la incapacidad que el problema cromosómico provocaba en el joven Hugon, y lograron explicarse gracias a ella las irregularidades psíquicas y comportamentales que le torturaron a lo largo de su existencia desdichada y solitaria. Por lo demás, alegaron que podía ser tratado adecuadamente mediante y que bajo el pertinente control médico podría llevar una vida perfectamente normal. No era un peligroso criminal en potencia, como sostenían erróneamente los defensores del estigma del XYY, sino, en todo caso, un hombre enfermo -no exento de responsabilidad sobre sus actos- cuya tara genética debía considerarse un atenuante antes que un motivo de culpa. En efecto, el tribunal que le juzgó tomo una determinación ejemplar muy en la línea de la tradición intelectual francesa: aceptó el criterio expuesto por los especialistas y le sentenció a 7 años de prisión -la mitad de la pena que se prescribía para estos casos- así como a ser sometido al tratamiento médico diseñado por quienes estudiaron su caso. Daniel Hugon cumplió su condena y nunca volvió a delinquir.

La prensa gala, en un arranque de humanismo y objetividad bastante poco común en el periodismo del presente, suspiró aliviada ante la esta resolución. No en vano, como bien se argumentó en diversos rotativos, la estimación de miles de personas como criminales potenciales a causa de una anormalidad cromosómica que en la mayoría de ellos era incluso inocua, no hubiera significado en el fondo más que otra forma injustificable de racismo.


[1] Un varón tipo posee un sexo cromosómico XY, en el que la X corresponde a la mitad de la cromatina de la célula materna y la Y a la mitad de la cromatina paterna. No se sabe a ciencia cierta la causa de ello, pero ocasionalmente –especialmente cuando los padres tienen una edad avanzada a la hora de procrear- no se produce esta separación habitual en la cromatina paterna durante la meiosis celular y se añade a la cromatina materna toda la cromatina paterna y no sólo la mitad, de modo que se produce un sexo cromosómico XYY. También puede ocurrir lo contrario, esto es, que sea la cromatina materna la que no se subdivida durante la meiosis, con lo que la resultante sea un sujeto con una trisomía de tipo XXY. En este caso se habla del llamado síndrome de Klinefelter.

[2] En la actualidad la denominación de mongolismo se encuentra prácticamente en desuso por razones eufemísticas, siendo sustituida por otras como trisomía 21 o síndrome de Down.

[3] Publicado en: Lancet, 2, 48, 1961.

[4] Reverte Coma, J.M. (1993). “No existe el cromosoma del crimen”. En: Espacio y Tiempo, 23, pp. 32-39. Y un horror añadido: incluso Charles Manson, el epítome del monstruo criminal contemporáneo –aunque nunca mató a nadie por su propia mano, ojo-, pudo ser portador de esta tremenda “aberración” natural. Más madera.

[5] Dershowitz, A. (1975).“Kariotype, predictability and culpability”. En: A. Milinsky & G.J. Annas; Genetics and the Law. New York, Plenum Press.

[6] Borgaonkar, D.S. y Shah, S.A. (1974). “The XYY chromosome male – or syndrome?” En: Prog. Med. Genet. 10, pp. 135-222.

[7] Véase por ejemplo algunos influyentes trabajos en esta dirección como Casey, M.D. et al. (1972). “Male patients with chromosome abnormality in two state hospitals”. En: Journal of Mental Def. Re.., 16, p. 215. Por otra parte, se sabe desde la aportación de Weismann, a comienzos del siglo XX, que los caracteres adquiridos no son hereditarios por la vía de transmisión biológica convencional y, por consiguiente, sugerir cualquier clase de argumento en esta dirección no es otra cosa que una falacia sin base científica alguna. Que un hombre sea un criminal no quedará inscrito en su código genético y, por ende, es imposible que sus descendientes se conviertan en criminales a causa de la herencia genética que reciban del padre.

[8] Reverte Coma, J.M.; Op. cit.

[9] A título de anécdota, digamos que Speck falleció en prisión a comienzos de la década de 1990 tras haberse inyectado hormonas que desarrollaron sus pechos, y protagonizar algunos sonados escándalos sexuales penitenciarios. Todavía se mueve por Internet un video en el que el Speck transexual de la segunda época de su vida mantiene relaciones sexuales con otro recluso. La investigación de las autoridades fue intensa, pero nunca se supo cómo este material pudo ser rodado, sacado de la prisión y difundido públicamente.

[10] Thevenin, R. (1970). Criminels fous et truands. Les Grands Procès d’Assises. Paris. Editions Fayard.

Introducción a la violencia de género

Violencia de Genero

Al hablar de “violencia de género”, en la medida que el problema existe como concepto de uso común, nos olvidamos de que se trata de un asunto extremadamente complejo cuyo abordaje sería imposible sin recurrir a un enfoque multidisciplinar capaz de integrar todas sus vertientes, que son muchas. De hecho, ni tan siquiera ha sido fácil encontrar consenso a la hora de denominar a este tipo peculiar de violencia en la misma medida que sus diferentes visiones y nomenclaturas, en última instancia, generan sesgos teóricos que introducen o excluyen aspectos controvertidos para la comprensión y abordaje del fenómeno.

El primer escollo a resolver, algo por lo demás común en materias científicas que tienen un fuerte calado social, surge a partir de la novedad del problema. Es cierto que la violencia de género es un hecho indiscutible que ha venido atravesando a todas las culturas y sus manifestaciones desde tiempos ancestrales, pero la verdad es que solo empezó a entenderse que era un auténtico problema cuando las demandas de las propias mujeres lo convirtieron en tal cosa. Así, fue cuando el movimiento feminista lo visibilizó a partir del siglo XVIII que la cuestión comenzó a existir y a despertar interés sociopolítico. Estas primeras demandas de aquel feminismo incipiente se centraban en la exigencia de los derechos de ciudadanía para la mujer, como el acceso a la educación, al voto, al trabajo remunerado y etcétera. Demandas que solo era posible sostener mostrando que su carencia procedía de una desigualdad esencial –metafísica si se quiere- insostenible desde el plano intelectual, pero arraigada con gran firmeza en el sustrato último de la cultura. No podemos olvidar, por ejemplo, que la Revolución Francesa, al proclamar en 1789 la Declaración de los Derechos del Hombre, solo tenía en cuenta, literalmente, a los propios hombres. Resulta paradójico, por cuanto es público y notorio que las mujeres lucharon tanto por la consecución de esos derechos como los propios varones, que una vez obtenidos se vieran excluidas de ellos y relegadas a un segundo plano sociocultural. Y no resulta extraño, pues, que fueran estas mismas mujeres las primeras en rebelarse contra semejante injusticia histórica[1].

Tras esta primera oleada se pasó a una segunda fase, ya durante el siglo XIX, que “redujo” las ambiciones iniciales del movimiento para concentrarse en la consecución del derecho al voto. Nacería así el famoso “movimiento sufragista”, que enraizó con especial fuerza en los Estados Unidos a partir de 1848. No hemos de dejarnos engañar por esta aparente reducción de las demandas de la mujer por cuanto, teóricamente, se entendía que el derecho al voto y a la consiguiente decisión en lo relativo a la representación política supondría, a medio plazo, la mejor herramienta para combatir la desigualdad. El cálculo efectuado por las sufragistas era obvio: Si las mujeres terminaban por convertirse en una bolsa estable de votos sucedería que los políticos, necesariamente, habrían de tomar también en consideración sus problemas y demandas. De hecho, la consecución del voto para la mujer en diversos lugares del mundo provocó el inevitable efecto dominó en Occidente que, sin embargo, tardó mucho tiempo en empezar a ofrecer los efectos apetecidos, pues la consecución del sufragio femenino raramente vino acompañada de la posibilidad de que las mujeres tuvieran un acceso efectivo a la esfera política[2]. Este lento progreso desencadenó la tercera ola del feminismo, a mediados del siglo XX.

Manifestacion Sufragista USA Finales Siglo XIX (americaslibrary gov)
Manifestación sufragista en los Estados Unidos a finales del siglo XIX [fuente: Americaslibrary.gov].

Eran ya muchas las mujeres descontentas con los escasos avances logrados tras una lucha tan larga, pero fue en torno a un libro publicado en 1949, El segundo sexo, que este descontento generalizado comenzó a agruparse para tomar la forma de un movimiento intelectual y material bien construido. Su autora, Simone de Beauvoir, teorizó por primera vez en torno al significado de lo que implica “ser mujer” y con ello alimentó la toma de conciencia general sobre las relaciones de desigualdad existentes entre hombres y mujeres, mostrando a qué punto se encontraban afianzadas en la historia de la cultura y cómo iban evolucionando y readaptándose a lo largo del tiempo. De hecho, fue de Beauvoir quien comenzó a visibilizar el problema de la naturalización de la violencia sobre las mujeres, abriendo una línea de trabajo consolidada posteriormente, en 1963, cuando la psicóloga estadounidense Betty Friedan publique La mística de la feminidad. Un texto centrado, por primera vez, en la violencia de género en cuanto tal así como en los procesos psicosociales que la facilitan, la justifican y la ocultan al recluirla en el ámbito de “lo privado”.

Gracias a la aportación del tandem de Beuvoir-Friedan, y hasta su consolidación final con los muy celebrados textos antropológicos de Gayle Rubin, el movimiento feminista internacional pudo al fin contar con elementos que antes no había tenido: una teoría sólida que someter al debate sociopolítico, y capacidad organizativa desde las que exponer demandas concretas, uniformes y coherentes. La principal de ellas surge precisamente en torno al problema de la violencia de género como acontecimiento natural, fatal e invisible que afecta a la mujer en todas las manifestaciones de su existencia. La cultura y la sociedad habían convertido a las mujeres en víctimas de un destino inexorable que no podía ser alterado porque era legítimo, inmemorial e incuestionado. Precisamente, y más allá de ulteriores retóricas, ideologismos y manipulaciones, en esto reside el verdadero mérito histórico y central del feminismo: mostró que ese destino “natural” de la mujer –ser violentada, ser desigual, ser sometida- no solo se cimentaba sobre falacias históricas ocultas, sino que también era un destino injusto y terrible que una sociedad, para ser simplemente humana, debía combatir y erradicar.

Simone de Beauvoir
Simone de Beauvoir (1908-1986).

El discurso patriarcal sobre la violencia de género

Sería absurdo –y debemos tenerlo claro a estas alturas- decir, como se trata de argumentar desde diferentes entornos, que la violencia de género sólo afecta a la esfera privada de las personas. Absurdo y falaz porque, en realidad, se trata de un producto devenido de la tradicional organización patriarcal de la sociedad que afecta de un modo u otro a todas sus manifestaciones. Pero también sucede que, en efecto, parece que los sucesivos avances psicológicos y sociopolíticos provocados por la visibilización permanente del problema han ido matizando las desigualdades públicas, limando sus aristas, y recluyendo con ello las peores y más trágicas implicaciones de la violencia de género en la vida privada de las mujeres, donde aún permanecen ocultas en muchos casos. Poca gente toleraría ya que a una mujer se la ofendiera en la calle, o en el trabajo, por causa de su mera condición de mujer, pero las mismas personas que no admitirían tales conductas públicas –bien sea por “corrección política”, apelando a supuestos “principios morales”, o por simple “caballerosidad”- a menudo se muestran renuentes a implicarse cuando esto mismo sucede en el ámbito doméstico. Adoptan de tal modo una postura templada, inconsistente, que precisamente es más dañina que cualquier otra porque contribuye de manera sutil pero decidida a la perpetuación de esa violencia estructural y que, además, es muy difícil de combatir a causa de su aparente sensatez.

Esto ocurre porque desde el clásico discurso patriarcal en torno a la violencia de género se rehuyen las explicaciones en clave estructural, que son precisamente las relevantes, y se trata de individualizar el problema. Se convierte así en el fenómeno esporádico de unos cuantos sujetos con nombres y apellidos que, por diversas razones, rompen el equilibrio y la complementariedad entre el hombre y la mujer. Este argumento de la agresión como producto exclusivo del agresor particular concluye con un axioma sencillo: en realidad no existe un problema sociocultural de fondo, sino tan solo problemas concretos y circunstanciales. La sociedad no debería hacer nada atacar las desigualdades estructurales –que no las habría-, sino las desigualdades específicas, propias del caso. Así es como en el discurso patriarcal sobre la violencia de género transforma el hecho social en simple anomalía individual y, de nuevo más allá de intereses peculiares e ideologismos varios que no nos competen y que nada aportan al tema, esta es precisamente su verdadera palanca de fuerza.

Mediante ese argumento, hemos de indicar ahora que perfectamente integrado en la educación de un elevado número de mujeres que también lo asumen y difunden, el agresor es observado como un enfermo, un tipo marginal que no respeta las normas sociales básicas. La mujer agredida, por su parte, es considerada como una persona transgresora y/o provocadora que dificulta las relaciones familiares, que tiene problemas para gestionar su relación de pareja, o bien que no es hábil a la hora de mantener al hombre dentro de las convenciones. Así dispuesto el discurso, la violencia de género en el ámbito intrafamiliar se convierte con suma facilidad en simple “violencia doméstica” y nos habla de un conflicto entre personas particulares que se resuelve de manera disfuncional. Al ser la mujer la que transgrede o es inhábil en uno u otro sentido sucede que también, a menudo, “provoca” la acción violenta sobre ella y contribuye inevitablemente a su propia victimización.

Este modelo discursivo trata, por otro lado, de sostener que la sociedad es igualitaria y que las diferencias observables entre hombres y mujeres se fundamentan en su naturaleza biológica. Un imponderable contra el que sería ridículo luchar porque, sencillamente y de manera esencial, las mujeres y los hombres “son diferentes” y están naturalmente dirigidos hacia finalidades productivas diversas: El hombre estaría más dotado para la actividad pública, la valentía, el esfuerzo, la competitividad y los sacrificios que conlleva sacar adelante a una familia… Pero las mujeres –que necesitan ser protegidas por los hombres a causa de una supuesta debilidad biológica- estarían más dotadas para la vida hogareña, la crianza, el cuidado y la gestión de los sentimientos… Como si la maquinaria emocional de hombres y mujeres fuera fisiologicamente diferente, lo cual es un simple y llano disparate.

Si pensamos en esto durante un minuto, veremos en seguida que existe una fuerte contradicción entre el modelo discursivo patriarcal y la práctica social diaria. Contradicción irresoluble que derrumba el propio discurso y nos muestra con claridad sus falacias: Primero, porque cada vez son más las mujeres que rompen la barrera del género e irrumpen en terrenos que se consideran tópicamente varoniles. Segundo, porque entretanto se niega teóricamente que las diferencias entre hombres y mujeres, así como sus diferentes jerarquías, existan en la sociedad, se aceptan de facto todas aquellas prácticas que subordinan a la mujer por causa de su naturaleza femenina. Consecuentemente, de manera subrepticia, se desvaloriza el trabajo doméstico, se ocultan las aportaciones históricas de la mujer y se minusvaloran aquellas tradiciones, costumbres e instituciones que se consideran como propiamente femeninas.

Discurso Patriarcal
Tabla 1. La violencia de género en el discurso patriarcal tópico.

El análisis “de género”

Es interesante, desde un punto de vista psicosocial, darse cuenta de lo poco que se comprende –o lo mucho que se malinterpreta- el concepto de género. Hay quien cree que se trata de una categoría elaborada ad-hoc con la finalidad expresa de sustentar un programa político de corte feminista. También se dice que es una simple invención semántica carente de apoyo científico alguno. Hay quien sostiene, incluso, que se trata de un pretexto diseñado por los supuestos “enemigos de lo establecido” –los siempre peligrosísimos “antisistema”, sean quienes fueren- para interferir o subvertir el buen orden sociocultural. Sin embargo, ninguno de estos tres puntos de vista es correcto y quien los defiende de manera acrítica muestra un profundo desconocimiento del problema, cuando no el hecho de ser partidario –o difusor involuntario- de ciertos discursos políticos y culturales tan poco fundamentados y falaces como interesados.

John Money
John Money (1921-2006).

Lo cierto es que el concepto de género apareció en el seno de la investigación psicológica, y los primeros autores que lo emplearon, dicho sea de paso, no fueron mujeres sino hombres. Si bien acuñado en 1955 por Money, sería Robert Stoller en 1968, en el transcurso de sus estudios acerca de niños y niñas aquejadas de diferentes síndromes androgenitales y sometidos a terapias hormonales, quien establecería la diferencia conceptual entre sexo y género tal y como hoy la entendemos. De sus trabajos Stoller concluyó que la identidad y el comportamiento de género no están determinados por el sexo biológico, sino por las experiencias vividas, los ritos y las costumbres que se le atribuyen a los sexos biológicos a partir del etiquetado sociocultural[3]:

  • El “sexo” hablaría de las diferencias innatas y determinadas por la biología que existen entre hombres y mujeres, y que son universales e invariables.
  • El “género” hablaría de diferencias entre hombres y mujeres construidas en el contexto social: Actitudes, roles, actividades y pensamientos que la cultura establece como más aptas y deseables en función del sexo.
Sex & Gender (Robert Stoller)
Primera edición del célebre libro de Robert Stoller “Sex and Gender” (1968).

Siguiendo con esta argumentación en clave psicológica, pronto se nos muestra evidente que el concepto de género moviliza alrededor de la violencia tres instancias o elementos básicos que, para nosotros, van a ser muy relevantes en adelante:

  1. Asignación de género. También llamada en la literatura “rotulación”, “etiquetado” o “atribución” implica que tanto la víctima como el agresor han asumido un programa de individuación personal cuya diferencia fundamental estriba en haber sido definidos como “hombre” o como “mujer”. Estas etiquetas implican modos de relación peculiar entre los sexos que, como es lógico, van a generar estilos peculiares y específicos de violencia. Así las cosas, se comete un grave error cuando se homogeneiza la violencia de género con respecto a otras y se la trata de igual modo[4].
  2. Identidad de género. Tanto la víctima como el victimario han estructurado y consolidado todas sus experiencias vitales desde una identificación con las ideas que la sociedad y la cultura tienen acerca de lo que significa “ser hombre” o “ser mujer”. De tal modo, el proceso de identificación se convierte en un filtro de las experiencias que las transformará en eventos con significados diferentes para ambos.
  3. Rol de género. La identificación provoca la interiorización de un conjunto de preceptos y normas sobre el comportamiento que se va a considera adecuado en cada sexo. En el caso de la violencia de género esto implicará que el agresor y la víctima van a situarse en posiciones diferentes y, por tanto, desarrollarán diferentes estrategias de afrontamiento de la violencia.

Esto es lo que explica que en el caso de la violencia de género no resulté irrelevante, sino todo lo contrario, quién es el que agrede y quién es el agredido. Debemos entender que en la producción de esta clase peculiar de violencia –al igual que sucede con cada una de las formas específicas de violencia, por cierto- existe, y es un tópico en la literatura, un vínculo muy complejo y elaborado entre la sociedad y la estructura psíquica de las personas. Ahí es donde adquiere pleno sentido el hecho de que,

“no deja de ser curioso que las diferencias de sexo condicionen el tipo de violencia experimentada. Cuando un hombre sufre una agresión, ésta tiene lugar habitualmente en la calle y suele estar asociada a un robo, a una pelea, un ajuste de cuentas o un problema de celos. Las mujeres, por el contrario, al menos en la mayoría de los casos, cuando son víctimas de actos violentos, suelen sufrirlos en el hogar y a manos de sus parejas”[5].


[1] Olympia de Gouges –seudónimo de Marie Gouze- fue una de las primeras en levantarse contra ella al publicar en 1791 su Declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana, hecho por el cual fue guillotinada. Por aquel entonces, en 1792, también la británica Mary W. Shelley, autora del célebre Frankenstein, publicaría en Londres su Reivindicación de los Derechos de la Mujer.

[2] Nueva Jersey fue el primer Estado de la Unión en aprobar el voto femenino, cosa que ocurrió en 1776 y por accidente al utilizarse en la ley electoral la palabra “personas” en lugar de “hombres”, con lo cual fue de nuevo abolido en 1807. El primer país del mundo que aprobó el voto femenino sin restricciones de clase alguna, gracias al movimiento que lideró la activista Kate Sheppard, fue Nueva Zelanda, en 1893. Interesa destacar que en muchos de los lugares en los que se aceptó el voto de la mujer, se logró esta victoria incluso antes que la del sufragio universal. El primer lugar de Europa en el que se admitió el voto femenino fue Finlandia, en 1907, seguida posteriormente por Noruega y Suecia. En España las mujeres pudieron votar por vez primera a partir de la promulgación de la Constitución de 1931, y hasta 1939, año en el que la norma fundamental fuera suspendida por motivos sobradamente conocidos.

[3] No está de más mencionar que fue a partir de esta línea de trabajo que comenzó a considerarse que la homosexualidad no tenía base biológica y que, por consiguiente, carecía de sentido científico considerarla una patología. Con ello, no tardaría en ser excluida de las clasificaciones de trastornos mentales más habituales.

[4] Uno de los errores más comunes que se cometen a la hora de analizar e interpretar el fenómeno delincuencial reside, precisamente, en la igualación de la génesis del delito y del delincuente. Este yerro, muy habitual en los análisis poco concisos y mal estructurados de los medios de comunicación, lleva a la simplificación –radicalmente superada en el plano científico- de que sólo existen personas criminales y no criminales, de que solo hay agresiones, robos o asesinatos en general, y de que por tanto el problema del crimen tiene una resolución unitaria y específica. La realidad, evidentemente, es que no todos los delincuentes se conducen por las mismas motivaciones y no todos los delitos tienen el mismo origen, lo cual implica que necesitan de una comprensión y de un tratamiento tan peculiar como especializado.

[5] Echeburúa, E. y Corral, P. de (1998). Manual de violencia familiar. Madrid: Siglo XXI, p. 1.

Las historias que nunca debiste creer

Chica de la Curva
Si te han contado que esta chica existe, no lo creas… Pero si la ves, tampoco la recojas.

La leyenda urbana, como solemos decir a menudo en este blog, se caracterizan por ser esa historia redonda, completa, argumentalmente cerrada, que cae de su peso y que tiene toda la pinta de ser “demasiado buena”. Tan buena que cabe sospechar que ha sido construida por alguien y que, simplemente, es tan perfecta que no puede ser cierta. Entendámonos: el mundo real es caótico, complejo, abierto, azaroso, condenado a la “magia” de la probabilística, a menudo irracional a ojos humanos, y por lo común fastidioso y molesto para la mayor parte de la gente por lo que simplemente prefiere ignorarlo. Al fin y al cabo, las “verdades” que podemos encontrar en él siempre son abiertas y están por ello mismo sometidas a ese constante proceso de discusión y revisión metódica al que llamamos ciencia. No ocurre así en el mundo imaginado, fantástico y perfecto del arte, de la creación literaria, de la cultura popular o de las magníficas leyendas urbanas –en tanto que parte de esa cultura pública- en la medida que entornos comunicativos artificiales en los que no imperan las reglas arbitrarias y a menudo incomprensibles de la naturaleza.

Por ello, del mismo modo que la mayor parte de la gente suele preferir una mentira maravillosa a una verdad mediocre, es habitual que tenga más sentido creer una perfecta leyenda urbana que comprender parcialmente un hecho real complejo. Bien lo saben los demagogos, los doctrinarios o los estafadores de toda suerte y cuño: para la mayor parte de las personas la verdad, en tanto que cuestión costosa, difícilmente alcanzable, por lo común “injusta” o “degradante”, y a menudo muy poco “razonable”, supone un completo fastidio.

Urban Legend
El cine también ha hecho dinero con las leyendas urbanas. Total, nunca debes permitir que la realidad te hunda un buen negocio.

Qué es una leyenda urbana

Tal y como explica uno de los más conocidos estudiosos de las leyendas urbanas, el profesor de literatura de la Universidad de Utah y especialista en folclore Jan Harold Brunvand, éstas son fábulas populares que relatan acontecimientos “reales” aunque raros o extravagantes, que le pasaron a alguien a quien no conocemos –ni podemos conocer-, y que nos suelen llegar por la vía del testimonio de alguien que nos resulta creíble porque, generalmente, este relator también se las cree. En general, y aunque parezca sorprendente, todas son estructuralmente muy parecidas y se caracterizan por una serie de elementos que son, precisamente, los que las hacen creíbles, fácilmente asimilables por cualquier público, y facilitan su difusión[1].

  1. Su final es aparentemente cerrado, pero permiten que sea el propio receptor quien saque sus propias conclusiones y complete el relato. Lo interesante es que cuando el receptor lo analiza descubre que solo puede concluir aquello “tiene lógica” a partir de lo que se le narra.
  2. Se construyen sobre bases argumentales simples. Tienden a ser lineales, poco complejas, de modo que puedan ser contadas y asumidas con brevedad y cierto grado de literalidad.
  3. Los elementos que las componen suelen formar parte de la vida diaria. De hecho, nos interesan porque suelen hablarnos de cosas que, aparentemente, son comunes y corrientes y “le pueden pasar a cualquiera”.
  4. Recurren a los elementos más simples y atávicos de la conciencia –especialmente el miedo-. Utilizan como palanca las emociones, nunca la razón.
  5. Son fácilmente intercambiables entre culturas y sociedades con escasos “retoques estéticos”, por lo que es normal que la misma leyenda se cuente en muchos sitios, aunque con la oportuna modificación de los detalles. Sin embargo, su estructura básica, el tronco argumental, permanece.
  6. Todas tienen una lejana base real, a veces tan remota y deformada que no recuerda en nada a los hechos originales que les sirven de inspiración. El hecho es que no importan los detalles concretos o los fundamentos documentales si los hubiere. Lo relevante es revestir el relato de veracidad -que al oyente “le suene”-.
  7. Existen en la medida que responden a la necesidad antropológica del mito en tanto que elemento que da sentido a “lo inexplicable”.
  8. Han existido en todas las culturas y épocas históricas, si bien no siempre se han llamado “leyendas urbanas”. De hecho, y en no pocos casos, las situaciones y elementos simbólicos que emplean son en su fondo los mismos, tanto en el presente como en el pasado. Por ello, muchos antropólogos las han relacionado con la teoría psicológica jungiana del inconsciente colectivo y los arquetipos[2].

La cuestión a dilucidar es cómo funcionan. Es decir, por qué se difunden con tanta facilidad al punto de que su expansión a menudo se convierte en una ola imparable y ajena a toda lógica. Ciertamente, ello se debe a que explotan toda una serie de elementos psicosociales que operan como “palancas” desde las que retroalimentarse: la necesidad de certezas, de “estar informado”, de conocer “aquello que no conoce nadie”, de poder “prevenir” o “anticipar” futuribles problemas y desastres o, en última instancia, la necesidad de integración social, de no quedar al margen y fuera de “lo que se cuece”, “lo que se dice”, “lo que se hace” o “lo que está de moda”… En realidad, son resortes psicológicos elementales que se conocen desde hace décadas y que se emplean en diferentes ámbitos y contextos relacionados con el arte de la persuasión, desde el discurso político al publicitario. Del mismo modo que el 99% de los animales que corren durante una estampida ignoran los motivos por los que la manada huye despavorida y se limitan a conducirse por el principio adaptativo de “es mejor hacer lo que hacen todos”, la inmensa mayoría de la gente prefiere, en tanto que elemento básico de nuestra sociabilidad –que nos ha concedido enorme éxito evolutivo, por cierto-, “seguir la corriente” del colectivo[3]. Así pues, las leyendas urbanas, en un fenómeno paralelo al de las falsas noticias o fakes,

  1. Siguen, en su propagación, la misma dinámica que el rumor: van de boca en boca -de email en email, de una red social a otra, de un usuario al siguiente, expandiéndose siguiendo el mismo modelo matemático de las ondas que genera  en el agua una piedra al ser lanzada en un estanque.
  2. La historia de la que parten puede ser cierta, inventada, de origen desconocido, o bien resultado de la desinformación pero, a medida que avanzan, los diversos relatores la  van apuntalando, adecuándola a sus necesidades o circunstancias. Por ello, y al igual que con el antes mencionado fenómeno de las noticias falsas, es un hecho que el usuario tiene una responsabilidad real y no puede encogerse de hombros argumentando que a él “también se le ha engañado”. En la sociedad digital moderna todos somos receptores, generadores y difusores de información, lo cual debería apelar de manera directa a nuestra responsabilidad a la hora de difundir falsedades o, simplemente, cosas de las que no estamos seguros o que simplemente desconocemos.
  3. Al final adquieren una forma estable y cerrada, de gran coherencia interna, que resulta muy difícil cuestionar.
  4. En algunos casos están tan bien estructuradas y consolidadas que cuesta mucho trabajo deslindar la realidad de la mera ficción, lo cual ha motivado, por ejemplo, que no pocos medios de comunicación “serios” hayan quedado atrapados por la magia inherente a la leyenda urbana y la hayan convertido en una noticia “real”[4].
Fake News
Los tipos que “cazaban” chicas desnudas con balas de pintura… Una fake news de gran éxito en su día. Si quieres saber más, debes leer la nota 4.

Como bien explica Brunvand, el miedo es una correa de transmisión excelente para estas historias. Ciertamente, no todas las leyendas urbanas son aterradoras o tienen por finalidad asustar, pero no es menos verdad que son precisamente las que nos tratan de prevenir de desastres, enfermedades, o crímenes, las que mejor funcionan y mayor éxito suelen alcanzar[5]. De hecho, si en este momento pidiéramos a alguien que nos contara “aquella historia que le contaron sobre un amigo de un amigo y que le impresionó”, es muy probable que escogiera una fábula truculenta o simplemente terrorífica. Del mismo modo, como sabe bien la industria de los productos milagrosos, que no hay nada mejor que mostrar a alguien que en el futuro podría ser calvo o gordo para venderle maravillas embotelladas, los difusores de leyendas urbanas o de mentiras políticas saben que lo que mejor funciona y más manipula a las masas es el pánico.

El modelo de los memes

El de meme es un concepto acuñado por el biólogo Richard Dawkins[6], y explicaría en buena medida el funcionamiento intrínseco de la leyenda urbana en tanto que “meme cultural”. A su parecer, en la naturaleza existen dos sistemas de procesamiento de información diferentes, pero complementarios:

  1. El genético: Transmite información biológica de generación en generación mediante la duplicación del ADN y los procesos de la herencia.
  2. El constituido por el cerebro y el sistema nervioso: Procesa información ambiental. Esta información se transmite por medio de la educación, la asimilación o la imitación –mímesis- y es la base de la cultura.

La idea de Dawkins es que los rasgos culturales –o memes– también seguirían en su  reproducción y replicación un proceso equivalente al de la información biológica (ADN). De tal modo, los memes constituyen unidades de información modificables e incrementables que evolucionarían, a largo plazo, igual que lo hacen los genes.

La diferencia fundamental entre ambos modelos de transmisión de información es que los genes son unidades naturales independientes, mientras que los memes los construimos nosotros como resultado del proceso de interacción comunicativa intrínseco a la dinámica sociocultural. Consecuentemente, y en términos antropológicos, la cultura no sería un conjunto determinado de conductas estandarizadas, sino la información que las concreta y otorga sentido. Desde este planteamiento es fácil entender las razones por las que el formato de la leyenda urbana es multicultural y fácilmente trasladable de unos entornos a otros: si aceptamos que los procesos que regulan el proceso comunicativo humano son constantes en la medida que categorías de especie, no hay motivo alguno para presuponer que los contenidos de tales procesos comunicativos sean diferentes más allá de sus peculiaridades superficiales. O de otro modo: es cierto que no todas las personas comen lo mismo, pero también lo es que todas las personas deben comer en tanto que necesidad biológica, con lo que las diferentes comidas que se expresan en la conducta “comer” dentro de culturas diversas expresan diferencias superficiales coyunturales, pero nunca de fondo en tanto que expresión de una necesidad universal.

El fascinante caso de los alienígenas

Alien
¿Te suena este tipo? Pues seguramente es inventado… Si no me crees, sigue leyendo.

Si prestamos atención a los relatos, ampliamente difundidos, de encuentros con supuestas entidades alienígenas ocurridos a partir de la década de 1960, y los analizamos pormenorizadamente y sin apasionamiento, pronto nos encontramos con el paradigma de la leyenda urbana: salvo muy peculiares excepciones tienden a reproducir un historia tipo en la que incluso se repiten, con pocas variantes significativas, las tipologías de alienígenas que los protagonizan:

  • Es sintomático que todos sean altos o bajos sin términos medios. Vayan ataviados con trajes fosforescentes o bien aparentemente desnudos. Siempre tienen “aspecto humanoide” y suelen ser delgados, de cabeza gruesa y ojos negros rasgados.
  • En raras ocasiones hablan con los abducidos, y si lo hacen, suele ser a través de comunicaciones “telepáticas”.
  • El abordado por estas entidades, o el directamente abduccido, por lo común argumenta no recordar gran cosa de lo sucedido durante la experiencia y su memoria se concentra en recuerdos sensoriales y toda suerte de cenestésias traumaticas –elevaciones, tocamientos, operaciones, penetraciones, y etcétera-. Raros, por muy extraordinarios, son los casos en los que detallan aspectos pormenorizados de lo que sucedió en el interior de la nave.
Alienigena de los Hill
El alienígena de los Hill. ¿Te suena?

Un antropólogo especializado en cultura popular contemporánea, John F. Moffit, profesor emérito en la New Mexico State University, se entretuvo en catalogar pacientemente infinidad de relatos anteriores y posteriores a 1965 de encuentros con pretendidos alienígenas para encontrarse con un detalle extremadamente significativo: el alienígena tipo que todos tenemos en mente siempre que sale el tema en una conversación, así como la historia de abducción básica, se apoya o recrea invariablemente en el testimonio de una sola pareja cuyo caso alcanzó enorme repercusión mediática: el del matrimonio Hill -Betty y Barney-, y data precisamente de 1965, ese año al parecer “mágico” para la consolidación cultural de esta clase de historias[7]. Lo cual, con total independencia de que exista o no vida extraterrestre -hecho que no forma parte de esta discusión- suscita inevitables preguntas: ¿es que los alienígenas que nos visitaban antes de 1965 han dejado de hacerlo? ¿A todos los “visitantes” les interesa lo mismo? ¿Todos son iguales? Y ya que estamos… Si usted pudiera realizar periódicamente un viaje de miles de años luz para visitar a unos tipos primitivos que habitan un planeta, ¿escogería a cualquier persona al azar para trabar contacto? ¿Y lo único que se le ocurriría hacer es meterles un buen susto y secuestrarlos para hacerles un examen rectal?

Barney y Betty Hill
El matrimonio Hill contándonos con pelos y detalles su historia. Poco imaginaban la que iban a armar con ella.

[1] Brunvand, J.H. (2003). El fabuloso libro de las leyendas urbanas. Demasiado bueno para ser cierto. Barcelona: Alba Editorial.

[2] Jung, C.G. (2012). Símbolos de la transformación. Madrid: Editorial Trotta.

[3] Bromhall, C. (2003). The eternal child. An explosive new theory of human origins and behavior. London: Ebury Press.

[4] En 2003, por ejemplo, el Diario El País se hizo eco de una presunta noticia difundida por gran diversidad de medios en los Estados Unidos: una supuesta empresa con sede en el estado de Nevada organizaba “cacerías”, a precios astronómicos por supuesto, de mujeres desnudas a los que los pretendidos cazadores tiroteaban con balas de pintura, en un juego absolutamente degradante y machista [Disparo a la chica]. El escándalo se había organizado a partir de las imágenes y ofertas difundidas por la pretendida página web de esta empresa. El asunto alcanzó tal revuelo que incluso el FBI investigó el caso. La realidad es que nunca se encontró a la tal empresa, ni se supo de “cacería” real alguna, ni se pudo localizar a nadie que hubiera participado –ya fuera como pretendida víctima o supuesto verdugo- en el juego perverso… La conclusión fue que se trataba de un broma a la que la sensibilización ante esta cuestión que expresan ciertos colectivos había dotado de credibilidad. Y es que la corrección política, en general, ayuda muy poco a la verdad.

[5] Brunvand, J.H. (2005). Tened miedo… mucho miedo. El libro de las leyendas urbanas de terror. Barcelona: Alba Editorial.

[6] Aunger, R. (2004). El meme eléctrico. Una nueva teoría acerca de cómo pensamos. Barcelona: Paidós.

[7] Moffit, J.F. (2006). Alienígenas. Madrid: Siruela.

Del genocidio al documental

La Segunda Guerra Mundial concluyó con la deflagración de dos bombas atómicas, en Hiroshima y Nagasaki –el 6 y el 9 de agosto de 1945-, que fuerzan la rendición incondicional del Japón. En la conciencia de muchos ciudadanos victoriosos de las potencias aliadas este acontecimiento generó un hondo sentimiento de culpa. La orden del presidente Harry Truman llevó a no pocos a pensar que el brutal esfuerzo material y humano realizado para impedir el triunfo de la depravación moral que simbolizaban las fuerzas del Eje, sólo había sido un espejismo. Al final, la guerra es un hecho criminal per se. El hongo atómico que dejó tras de sí el paso del bombardero B29 Enola Gay se convirtió en hito del desarrollo de la conciencia moral de la democracia occidental pues demostró que en la guerra todo está permitido y que, si de imponer la fuerza se trata, no hay límites que se puedan considerar razonables o inquebrantables[1]. Matar siempre es matar, y al final cualquiera puede matar mucho y bien si se lo propone seriamente. En última instancia, la catástrofe atómica, como se refleja de manera magistral en películas como Creadores de Sombra (Roland Joffé, 1989), difuminó de suerte radical las fronteras entre los vencedores y los vencidos: el terror nuclear que sustentó los precarios equilibrios de la Guerra Fría se basaba en el principio fatalista de que daba exactamente igual quién llegara a pulsar antes el botón, pues en cualquier caso nadie ganaría.

Boeing B-29 "Enola Gay"
El bombardero Enola Gay (Fuente: U.S. Air Force Photo)

Pero lo peor no habían sido la guerra en sí, o la escenografía perfectamente apropiada de su colofón atómico, sino el racimo de espantos que comenzó a airearse en los años posteriores. El polvo de los campos de batalla apenas empezaba a sedimentarse cuando ya se exhibían en los noticiarios las imágenes de Auschwitz-Birkenau y de los tremebundos campos de exterminio erigidos por los japoneses en China, si bien el horror de Hiroshima y Nagasaki motivará que esta historia quede suavizada, cuando no oculta por la mala conciencia occidental. Apenas han comenzado los juicios de Nüremberg cuando la izquierda–que no deja de escandalizarse farisáicamente con la brutalidad genocida de Hitler y sus seguidores-, se ve obligada a plegar velas. Stalin, quien coyunturalmente se había aliado con las democracias occidentales para zafarse de la amenaza germánica, empezaba a ser un enemigo y los esfuerzos realizados para mostrar a la Unión Soviética como un país amigable se diluyen. Así se empiezan a airear las terribles purgas del estalinismo. Consecuentemente, el siglo XX no sólo se convierte en el de las dos grandes guerras, sino también en el de las grandes masacres, etnocidios, genocidios y dramas humanos que culminará con las limpiezas étnicas e ideológicas de Los Balcanes, Chechenia o Libia. El siglo del odio. De hecho, es tras la Segunda Guerra Mundial que un mundo atónito ante la magnitud de la barbarie “civilizada” todos entienden necesario sancionar un delito que hasta entonces había permanecido en la impunidad: el de crimen contra la humanidad.

Acceso tren Auschwitz (Cracow Tours)
Acceso ferroviario al campo de trabajo de Auschwitz-Birkenau.

Se ha dicho a menudo que el siglo XX ha sido el de los Derechos Humanos, y no sólo porque signifique un trágico punto de inflexión en él se hayan cometido barbaries tan terribles como las arriba mencionadas, u otras no menos degradantes como el apartheid sudafricano, o la emergencia de fundamentalismos terroristas de todo signo y color. También lo ha sido porque se ha comprendido que tales derechos son una realidad inalienable que debe ser protegida por encima del siempre dudoso –y peligroso- “derecho de las mayorías” o la “razón de Estado”. De hecho, sólo tras la Segunda Guerra Mundial, a partir de 1948, los Derechos Humanos van a ser concebidos como un elemento más del derecho internacional y regulados por organizaciones internacionales de carácter mundial. Y es que se ha entendido, al fin, que la preservación de los Derechos Humanos no sólo es imprescindible para la dignificación de la persona, sino también para la estabilidad internacional. Allá donde personas son perseguidas y tiranizadas sistemáticamente más tarde o más temprano la situación interna se degrada sin remisión, hasta generar conflictos más amplios y complejos.

Como es lógico, la cultura popular se hará eco por extenso de los horrores y tragedias internacionales, así como de sus consecuencias, al punto de que ha impulsado más la conciencia mundial ante los desastres humanitarios y los crímenes del odio étnico y nacionalista que una Organización de las Naciones Unidas que, muy a menudo, se ha mostrado inerme e inoperante ante las presiones políticas de criminales y genocidas de toda suerte y color. Al fin y al cabo, los gulags protegidos por la amenaza nuclear de la URSS y los regímenes tiránicos latinoamericanos salvaguardados por los Estados Unidos eran tan inatacables en el seno del Consejo de Seguridad de la ONU, como lo puedan ser hoy los regímenes de Birmania y Corea del Norte a los que protege el gigante chino. Consecuencia: muy a menudo sólo mediante la expresión artística han sido posibles la denuncia, la concienciación de los espectadores, así como la persecución, bien sea moral -como sucedió con el ex dictador chileno Augusto Pinochet-, de los criminales.

Trabajadores en un Gulag (Gulaghistory.org)
Trabajadores en un Gulag (Fuente: Gulaghistory.com)

El siglo XX convirtió en fenómeno de masas el crimen político en sus más variopintas manifestaciones, desde el magnicidio cometido por el lobo solitario de turno o los conspiradores de rigor, al crimen de Estado diseñado para aplacar –o controlar- a determinados sectores del entorno sociopolítico de los que convenía liberarse, o a los que interesaba someter. Así, tanto el crimen de estado o de guerra, el odio interracial instigado desde el poder y el magnicidio, en todas sus manifestaciones posibles, van a ocupar un lugar central entre las imágenes icónicas de la cultura popular contemporánea, al punto de que han llegado a adquirir el rango de subgénero dentro de las manifestaciones artísticas populares destinadas a la protesta y el debate sociocultural. Así, ya en fecha tan temprana como 1915, con la técnica del rodaje cinematográfico prácticamente en desarrollo, David Wark Griffith rueda la primera película estrictamente moderna de todos los tiempos, El nacimiento de una nación. Cinta polémica donde las haya por su contenido netamente racista –los héroes salvadores de la patria son encarnados nada menos que por el Ku Klux Klan-, que provocó disturbios tras su estreno en diversas ciudades y uno de cuyos puntos culminantes es precisamente un magnicidio, el de Abraham Lincoln. El primero recreado por el cine en toda su historia. Por cierto, para el momento en que Griffith estrena su película ya se han producido otros fenómenos mediáticos que van a prefigurar la cultura popular occidental. El principal de ellos es la Guerra de Cuba, primer conflicto bélico internacional narrado masivamente en los medios de comunicación modernos.

Birth of a Nation
Uno de los reclamos publicitarios de El Nacimiento de una Nación, película basada en el texto El hombre del Clan, de Thomas DixonEl contenido del filme es más que explícito.

No es extraño, pues, que entre las imágenes más difundidas y reconocibles de nuestro pasado inmediato se encuentren el hongo atómico de Hiroshima, las excavadoras desplazando las pilas de cadáveres en Auschwitz, las víctimas de las hambrunas en Ucrania, los niños vietnamitas regados con napalm o las matanzas de hutus y tutsis en Ruanda. Tampoco que una las películas más vistas de la historia, rodada por un aficionado con un tomavistas, sea precisamente el testimonio de un testigo directo, Abraham Zapruder, quien en la Plaza Dealey de Dallas el 22 de noviembre de 1963 asistió al asesinato de John F. Kennedy. Y más: en esta tesitura, a casi nadie sorprende que el siglo XXI comenzase con las imágenes del colapso de las Torres Gemelas tras el atentado islamista del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York. Parecería que la fusión de imagen, relato, símbolo y barbarie sean elementos insertos en la genética misma de nuestra cultura en tanto que producto audiovisual destinado al consumo de masas.

Zapruder 313
El archifamoso fotograma 313 de la película tomada por Abraham Zapruder. Un filme que ha hecho correr ríos de tinta.

Lo más increíble, sin embargo, y quizá un perfecto testimonio del cinismo en el que nos ha sumido el siglo de la barbarie, es que tras exhibirse en horario de máxima audiencia lindezas como las ejecuciones de Nguyen Van Lem[2] y Samuel Doe[3] o la autoinmolación de Thich Quan Duc[4], aún haya quien defienda la inexistencia de unas snuff-movies a las que denominamos “información” cuando nos interesa difundirlas, o pueda simplemente escandalizarse acerca de los contenidos de algunas expresiones culturales. De hecho, en un medio que, como la televisión, copa audiencias y alcanza todos los hogares, el debate acerca de las líneas que deben o no ser traspasadas en beneficio de la libertad de prensa ha hecho correr ríos de tinta y, aún hoy, se encuentra muy lejos de su resolución. Mucho se ha discutido acerca del tratamiento mediático de los sucesos, de los programas de tele-realidad como forma de entretenimiento, o de los contenidos que deberían exhibirse en determinados horarios.

Tampoco ha sido raro que los propios medios hayan intentado a menudo pactar una regulación de sus contenidos sin éxito alguno. La solución más habitual, una vez enfrentados los medios al dilema ético-moral que supone arriesgarse a afrontar críticas nada inocentes cuando se pretende informar del delito, ha sido simplemente la de guardar silencio. Inexplicablemente, el periodismo empresarial del presente, acorralado desde todos los ángulos y mediante toda clase de estrategias perversas, no ha sabido encontrar un término medio entre el servicio público y el sensacionalismo.

Sea como fuere, la película El juicio de Nuremberg (1961), de Stanley Kramer[5], dará el pistoletazo de salida a lo que será, en adelante, el relato en clave artística, y docu-dramática, de la ingente cantidad de barbaries y crímenes cometidos por los seres humanos en aras a los “grandes ideales”. Con ella, tal vez, ha comenzado un proceso de lenta pero progresiva inmunización ante estos asuntos que nos ha conducido a contemplarlos como un elemento más del paisaje socioantropológico de nuestro tiempo que ha conducido a su exposición en toda suerte de formatos, bajo todo tipo de estilísticas, e incluso con los fines aparentemente más espurios, como el cómic:

“En algún lugar del tiempo suena un disparo. Bang. El eco está grabado en nuestro inconsciente colectivo. Bang, bang. Es una bala en el corazón del mundo. En Miami, un abogado del distrito se desangra hasta la muerte en la calle. En Bosnia, un reformista popular es tiroteado junto a una cafetería. Bang, bang… Se oyen disparos en Nicaragua, en Irlanda y en Costa de Marfil. Caen políticos y disidentes, las economías oscilan, países enteros cambian de forma. Es el sonido de la historia cambiando. A veces son tres disparos… o cuatro… o cinco. En Dallas un desfile de coches gira a la izquierda… Bang. Un presidente elegido democráticamente cae de lado y un golpe de Estado ha tenido lugar. Tres disparos, un tirador, fin de la historia. Días después, suena otro disparo. El pistolero loco y solitario es tiroteado a su vez, y no queda nadie que hable. La gente moverá la cabeza y volverá a su vida, y maldecirá el nombre del asesino para siempre… Dejando que el auténtico asesino vuelva a hacerlo una y otra vez”[6].

Lo cierto es que Stanley Kramer, autor reincidente en esta clase de temáticas como el alemán Otto Preminger, creó escuela y lo hizo en paralelo a la evolución del mercado literario y periodístico de su tiempo, constante fuente de inspiración para guionistas y directores de medio mundo. Fundó, por tanto, una tradición cinematográfica revisionista y harto crítica tanto con la sociedad presente como con la pasada que la inspiró y que, posteriormente, durante la década de 1970, abanderarán los Giuliano Montaldo, Gillo Pontecorvo, Werner Herzog, Arthur Penn, Stuart Rosemberg o el aclamado Reiner Werner Fassbinder, uno de los primeros cineastas que recupera de manera activa el papel protagonista de la mujer en la cultura y la sociedad. Autores y temas críticos, duros, a menudo escasamente amables para el espectador que anticipan la pasión por el documental del presente.

Judgement at Nuremberg (Kramer)
Uno de los muchos carteles promocionales de El juicio de Nuremberg, de Stanley Kramer. Cinta que va a marcar un antes y un después en la concepción del cine.

[1] Hoy, para mucha gente, el nombre de Enola Gay hoy es únicamente el título de una popular canción de la banda tecno-pop Orchestral Manoeuvres in the Dark. Un ejemplo más de que la cultura popular todo lo asume, lo reinterpreta y lo transforma en otra cosa, generalmente vendible.

[2] Soldado del Vietcong ejecutado en Saigón ante los objetivos de las cámaras del periodista Eddie Adams y de los reporteros de la NBC. Adams, que captó el momento exacto en que el ejecutado recibía el impacto fue premiado con el premio Pulitzer por esta fotografía que, durante décadas, se convirtió en el testimonio perfecto de los horrores de la guerra. Un éxito amargo: el premiado se sintió durante años culpable al creer que con su conducta había instigado la ejecución de Nguyen.

[3] Presidente-dictador de Liberia entre 1980 y 1990. Tras alcanzar el poder mediante un golpe de estado y practicar durante su mandato toda suerte de crímenes y felonías, Doe sería depuesto tras una breve pero cruenta guerra civil por Charles Taylor. Las imágenes de la tortura y posterior ejecución de Doe dieron la vuelta al mundo en horario de máxima audiencia y aún puede encontrarse en algunos lugares de internet, como este: [Daily Motion].

[4] Monje budista que se quemó hasta morir en una calle de Saigon en protesta por el trato que recibían los seguidores de su religión en el país. La imagen y el relato de la autoinmolación del monje les valió sendos premios Pulitzer a los periodistas Malcolm Browne y David Halberstam. Tristemente célebre, esta forma de suicidio protesta llegaría posteriormente a hacerse verdaderamente popular, ocupando un lugar central en los medios de comunicación. Hoy la tremenda imagen ha alcanzado el punto de banalización extrema al ser incluso portada de discos, como el primer LP de la banda Rage Against The Machine (1992).

[5] En España, de manera perfectamente equívoca y necesariamente ideológica, se estrenó con el absurdo título de Vencedores o vencidos.

[6] Jenkins, P.; Garney, R. y Buscema, S. (2000). The Dogs of War: Part 1. En: The Incredible Hulk, Vol. 3, 14. Marvel Entertainment.

De vampiros, licántropos y otros amigos (parte 2)

Nosferatu Murnau
El clásico “Nosferatu” (1922), del cineasta alemán F. W.  Murnau, trató de convertirse en la primera adaptación cinematográfica de la archifamosa novela de Bram Stoker. Sin embargo, un problema con los derechos de autor motivó una serie de transformaciones argumentales que, finalmente, convirtieron al vampiro de los Cárpatos original en el icónico Conde Orlok, interpretado por el actor Max Schreck.

Existen al parecer ciertas circunstancias médicas, si bien esta cuestión no deja de levantar controversias enconadas y debates relativos a su corrección política, que permitirían explicar lo que la superstición interpretó como vampirismo y licantropía[1]. La más obvia es una enfermedad conocida como porfiria cutánea tarda (PCT), una de las dos variantes de la porfiria eritropoyética[2]. Siendo la PCT una dolencia poco frecuente, pues es más común la otra variedad denominada porfiria aguda intermitente (PAI), que se manifiesta en forma de dolor abdominal, vómitos y diarrea, acompañados de otros síntomas neurológicos así como alteraciones psiquiátricas[3].

Quienes sufren de la extraña PCT, una enfermedad que aqueja especialmente pero no exclusivamente a los alcohólicos, se vuelven extremadamente fotosensibles y no pueden exponerse al sol sin sufrir lesiones ulcerosas en la piel a causa de la destrucción celular. Los tejidos cutáneos enrojecen con rapidez y se desarrollan ampollas, lo que bien haría a un observador externo imaginar que se trata de quemaduras provocadas por la luz solar. Quedan horribles cicatrices, pudiendo el paciente en los casos más extremos perder los dedos, la nariz y las orejas. Los ojos se ponen rojos. Por otra parte, se llegan a caer todos los dientes quedando tan solo los caninos. Todo ello termina por otorgar al paciente un aspecto grotesco y terrible.

Porfiria
Mujer afectada de PCT. Sobran los comentarios.

Ocurre que existen, además otras enfermedades que al sistema endocrino de espectaculares manifestaciones, como aquellas que desarrollan un anormal y desenfrenado crecimiento del cabello y el vello corporal en un proceso que se conoce como hirsutismo o hipertricosis, y que se relaciona con una rara mutación genética hereditaria que provoca, entre otras cosas, un aumento desproporcionado de la cantidad de andrógenos. Así se explica, por ejemplo, el fenómeno de las tristemente célebres “mujeres barbudas”.

hioertricosis
Hipertricosis.

En definitiva, la PCT y la hipertricosis dotarían al convaleciente de gran parte de las características físicas que la leyenda atribuye tanto a los vampiros como a los hombres lobo: palidez anémica, ojos inyectados en sangre, pelo en las palmas de las manos o en todo el cuerpo, y etcétera. Especialistas como David Dolphin, de la University Of British Columbia, han presentado en diversos foros científicos célebres informes en los que exponen con sumo detalle los muchos puntos de contacto que se observan entre las leyendas de vampiros y la bioquímica de la porfiria. Evidentemente, estos pacientes no son criminales sino, en todo caso, víctimas del imaginario popular y de la ignorancia como tantos otros que en el decurso de la historia han sufrido dolencias consideradas malditas por una u otra razón. En todo caso, resulta obvio imaginar que el mito precede a la enfermedad y que, sin más, ésta se habría convertido en supuesta prueba del primero. Por lo general, la gente ve lo que quiere ver siempre que se enfrenta a lo que no comprende.

También hay otras causas que pueden darnos cumplida cuenta del hecho vampírico como, por ejemplo, las dificultades que se han tenido hasta hace relativamente poco tiempo a la hora de determinar el fallecimiento clínico de una persona[4]. No era extraño –teniendo presente que incluso hoy es posible- que hasta hace no más de setenta años se enterrara aún con vida a un porcentaje de personas escalofriantemente elevado, ya fuera en estado catatónico o cataléptico inducido por una fiebre alta o cualquier otra dolencia que afectara de suerte peculiar al sistema nervioso. Si el supuesto fallecido tenía la suerte de haber sido depositado en un panteón familiar u otro lugar que le permitiera vencer las dificultades inherentes a su situación y abandonar su encierro, es lógico pensar que la superstición popular haría su trabajo para transformarlo en un ser maligno de cualquier especie. La cantidad de estremecedores relatos, historias, cuentos y leyendas que inciden en este sórdido tema son ingentes y pueden hallarse en todas las tradiciones culturales del mundo. Sirva un dato ciertamente terrible: a principios del siglo XX las autoridades de los Estados Unidos ya calculaban que en a lo largo y ancho del país se enterraba al menos a una persona viva cada semana. El pánico al respecto llegó a ser tan exagerado que se ideó toda suerte de ingeniosos aparatos para que el pretendido cadáver pudiera activarlos desde su macabro encierro en caso de entierro prematuro. También proliferaron las casas de muertos y otras dependencias similares, en las que el cuerpo reposaba bajo la estrecha vigilancia de celadores atentos al menor signo de vida durante unos días, antes de ser finalmente enterrado.

ataud_seguridad
Diseño de uno de los múltiples modelos de ataúd de seguridad, con cuyo concurso se pretendía evitar la eventualidad de ser enterrado vivo, cuya patente se registró durante el siglo XIX. Para saber más sobre esto, sigue el enlace.

Tampoco faltan los relatos de cadáveres conservados en perfectas condiciones tras años de recibir sepultura que fueron en su momento atravesados con estacas, clavados al suelo, desmembrados y otras lindezas parecidas. No obstante, es conocido que en determinadas circunstancias medioambientales un cadáver puede tardar años, décadas e incluso siglos en descomponerse.

“[…] La descomposición depende de muchas variables. Un cuerpo enterrado puede perdurar casi indefinidamente en el hielo. La turba y la humedad también son capaces de retardar la descomposición. En arena seca los cadáveres se momifican hasta convertirse en duradero pergamino. En tierras ricas en minerales pueden impregnarse de sales y metales. Pero si no han sido enterrados, sobre todo cuando hace calor, el proceso de esqueletización llega a ser asombrosamente rápido. El tiempo mínimo que requiere la esqueletización total no es de nueve años ni de nueve meses, ni siquiera de nueve semanas: puede producirse en aproximadamente nueve días. […] El recipiente funerario tiene una tremenda importancia. Los recipientes herméticos que protegen el cadáver del medio ambiente […] proporcionan un grado sorprendente de preservación, incluso durante periodos prolongados de tiempo. He visto como un cadáver bien embalsamado –un cadáver al que se había hecho la autopsia, lo cual dificulta considerablemente el embalsamamiento- duraba veintisiete años dentro de un ataúd hermético en el interior de una cripta, con rasgos perfectamente naturales y sólo unas pequeñas zonas de piel desprendidas de manos y pies. […] Aunque no esté protegido por ningún recipiente, un cadáver dura más si se encuentra bajo tierra”[5].

En todo caso, bastaba con que el fallecido hubiera sido un individuo peligroso, malvado, sospechoso de haber practicado la brujería o de costumbres poco respetables para que en lugar de santo fuese considerado vampiro o poseído por demonios. Así, el tratamiento que recibía su cuerpo era tan expeditivo como implacable. De esta época de supersticiones proceden falsas creencias que, aún hoy, se encuentran muy extendidas entre la población, como la de que el pelo y las uñas siguen creciendo después de la muerte: “es un mito que las uñas y el pelo sigan creciendo después de la muerte –explica William Maples-. Lo que sucede en realidad es que la piel se repliega a su alrededor, haciendo que el pelo y las uñas se levanten y sobresalgan más”[6].

El Entierro Prematuro (Antoine Wiertz)
“El entierro prematuro”, obra de Antoine Wiertz (1854).

Por otra parte, y pese a que las leyendas de vampiros resulten interesantes como pasatiempo o motivo de reflexión filosófica y antropológica, es evidente que tras la mayor parte de las que tienen algún viso de ser ciertas no puede esconderse otra cosa que una mente enferma o un criminal[7].

Vampirismo y licantropía como patología psíquica

El asesino vampírico, tanto como el licántropo, son, como todos los psicópatas y al igual que el resto de los seres humanos, prisioneros de sus fantasías. El problema reside en que la imaginación de estos individuos se rige por mapas mentales impensables para el resto de las personas. Obtienen satisfacción bebiendo la sangre de sus víctimas, sencillamente viéndola correr, comiendo su carne o profanando cadáveres, y no dudan en recurrir incluso al asesinato para satisfacer sus necesidades parafílicas. El fetichismo por la sangre y la carne, que algunos psiquiatras denominan Síndrome de Renfield[8], es en realidad una forma de necrofilia en la que el sujeto, en sus fases iniciales, comienza experimentando con animales hasta focalizarse en otras personas y convertirse a medida que los delirios fantásticos del individuo crecen, en auténticos depredadores de novela. Es cierto que este tipo de casos, cuya incidencia estadística es en realidad escasísima, resultan especialmente llamativos al profano y copen protagonismo en medios de comunicación, relatos de terror, películas, cómics, videojuegos o series de televisión. Y es por ello que muchos de los asesinos más conocidos de la historia del crimen –que no los más prolíficos- han pertenecido a esta curiosa especie.

De acuerdo con el estudio llevado a cabo por el psiquiatra Hershel Prins[9], el delirio vampírico puede manifestarse de muy diferentes formas, de modo que su catalogación comprende cuatro grandes grupos:

  • Vampirismo completo. Comprende toda suerte de fantasías y prácticas sádicas y necrofílicas que se convierten en móvil del asesinato o la profanación de tumbas. Esta clase de vampiro es un carroñero que experimenta una atracción incontrolable por los muertos y consume sangre –e incluso carne o vísceras- procedentes de personas a las que puede, o no, haber asesinado previamente. Gilles de Rais es un ejemplo histórico muy ilustrativo. Casos más cercanos son los del sargento Leger, quien en 1827 violó el cadáver de una niña de 12 años y bebió su sangre; el popular John George Haigh, también conocido como el Vampiro de Londres; Fritz Haarmann, el Vampiro de Hannover; y por supuesto Richard Trenton Chase, el Vampiro de Sacramento. Curiosamente, otros “vampiros” mediáticos como Peter Kürten o Mohammed Bijeh no realizaban esta suerte de prácticas pese a ser bautizados de tal modo por la prensa.
  • Vampirismo sin ingestión de sangre ni de materia muerta. A esta variedad se la asociaría con la simple necrofilia, que consiste en satisfacer el instinto sexual con cadáveres, o bien, gozar con tocarlos y contemplarlos. Un caso bien conocido y documentado de estas características es el del alemán Kuno Hofmann, el Vampiro de Núremberg. Hofmann, que pasó algún tiempo en el campo de concentración nazi de Dachau, era sordomudo, tenía un cociente intelectual por debajo de la media y una timidez patológica que le impedía acercarse a las mujeres. Durante años estuvo asaltando depósitos de cadáveres para consumir la sangre de los muertos y practicar relaciones sexuales. En 1972, durante uno de sus paseos, terminó por asesinar a tiros a dos jóvenes que dormían en un coche a fin de probar su sangre. Probablemente, Hofmann habría continuado asesinando una vez había transgredido los límites y culminado su transformación, pero fue detenido.
  • Vampirismo sin cadáver. Esta categoría reúne a gran cantidad de sujetos con tendencias psicóticas, pero aparentemente normales e integrados en la sociedad, cuyos deseos les igualan al vampiro. Hablamos de impulsos incontrolables y muchas veces ocultos incluso para ellos mismos, o bien normalizados. En el fondo, estas ideaciones guardan relación con las capacidades sobrenaturales que la tradición atribuye al no-muerto, de modo que los vampiros ideales envidiarían el poder de los vampiros legendarios, a los tratan de parecerse. El hecho de que no asesinen, no cometan delitos, o no agredan a otros no les hace menos peligrosos, pues los anhelos y fantasías desde los que elaboran sus estructuras cognitivas suelen inducirles irremediablemente a la mentira, la maquinación, la manipulación y la temeridad.
  • Auto-vampirismo. En este grupo de tendencias claramente masoquistas se incluirían casos igualmente psicóticos así como esquizotípicos y esquizofrénicos. Son capaces provocarse lesiones, a veces brutales, ya que la propia sangre se ha convertido por cualquier razón –si bien el motivo suele tener un fondo erótico o religioso- en objeto de veneración. McCully narra el caso de un niño de 11 años que aprendió a pincharse con suma pericia las arterias del cuello para llenar con su sangre una taza entera que luego bebía. También se cortaba las venas del antebrazo para lamer la sangre de las heridas, lo que le hacía experimentar una fuerte excitación sexual.
KunoHofmann
Kuno Hofmann.

Parafilias como el vampirismo –también la licantropía- aparecen tan raramente en la población que su incidencia estadística es prácticamente nula. De hecho tanto el DSM como el CIE ni tan siquiera las mencionan explícitamente, acumulándolas –junto a muchas otras- bajo el epígrafe de parafilias no especificadas. Sin embargo, sus manifestaciones escabrosas y espectaculares son tan llamativas que siempre y en todo lugar han despertado tanto el horror como el interés del gran público hasta el punto de que, en determinados momentos históricos, como el tramo comprendido entre la baja edad media y finales del siglo XVII, llegaron a parecer cuestiones comunes. No en vano, la consideración general del vampiro, el licántropo y el asesino serial se funden y confunden, más allá de consideraciones clínicas o antropológicas, en una apreciación tópica: son “monstruos”. Criaturas diseñadas para matar, construidas tanto a nivel individual como social y que desempeñan un papel nítido en nuestra cultura. Podría decirse que la fascinación que hoy en día nos provoca el asesino en serie es precisamente un reflejo de la que los supuestos vampiros y hombres lobo generaron en el pasado, lo cual explica que los asesinos sistemáticos de ficción sean en muchos casos antihéroes “de culto” para millones de aficionados que pueden convertirse en auténticas máquinas de producir dinero para sus creadores.

Gilles de Rais
Gilles de Rais.

Ya en fecha tan temprana como 1584, autores como Reginald Scot sostenían que la licantropía era un trastorno mental, atribuyendo a la superstición popular la idea de que realmente un ser humano pudiera transformarse en lobo o cualquier otro animal[10]. Lo cierto es que los testimonios históricos de verdaderas epidemias de esta locura son variopintos y pueden ser rastreados en la literatura desde el siglo XVI hasta, prácticamente, finales del siglo XIX. Sirva un dato: tan sólo en el periodo comprendido entre 1520 y 1630, luego durante más o menos un siglo, se registraron 30.000 casos de licantropía sólo en Francia[11]. Esto es interesante desde un punto de vista antropológico. Parece que entretanto el Este de Europa era el hogar de los vampiros, los bosques franceses se habían transformado en el territorio de los hombres-lobo. El ser humano necesita de referentes socioculturales hasta para perder el juicio.

Capitan America - Hombre lobo
Hasta el Capitán América puede convertirse en hombre lobo cuando tiene en un mal día…

La idea de Scot fue posteriormente ampliada por otros autores ingleses como Robert Burton quien en 1621 sostuvo que “[algunos llaman a la licantropía] una especie de melancolía; pero yo prefiero denominarla locura”[12]. Nada tiene de sorprendente para la época este racionalismo respecto del tema, pues en las Islas Británicas los lobos se habían extinguido muchos años antes de que ambos textos fueran escritos. De hecho, es fácil encontrar relatos de hombres-lobo en el trabajo de los ensayistas británicos si nos remontamos al periodo comprendido entre los siglos X y XIII. Ahora bien, a partir del siglo XVI, este tipo de historias tan sólo sobrevivió como argumento literario. Obsérvese, por consiguiente, el anacronismo que inherente a convertir las calles de Londres, o los páramos británicos, en escenario para los clásicos hombres lobo de la ficción.

Lo cierto es que el éxito como monstruo del licántropo, con el paso de los años, ha sido mucho menor que el del vampiro. Parece que, por alguna razón, resulta mucho más fácil creer en la existencia del vampirismo que en la de la licantropía y ello, como hecho sociocultural, también ha tenido repercusión en el escenario del crimen. A partir de 1900 han aparecido varios casos de asesinos en serie movidos por fantasías vampíricas, pero no se han presentado supuestos hombres-lobo, lo cual ha motivado que la literatura psiquiátrica y psicológica apenas si haya tocado el tema, con excepción del psicoanálisis, en la medida que muchos pacientes refieren al narrar sus sueños diversos procesos de metamorfosis que han de ser iluminados por el terapeuta. Parece que el hombre-lobo tiene un sentido más folklórico, propio de un buen relato de terror para las noches de campamento, mientras que el vampiro parece tocar con mayor profundidad los aspectos más atávicos del ser humano.

El misterio de Salem's Lot
Un vampiro de ficción especialmente terrorífico -inspirado en la imagen del “Nosferatu” de Murnau-, fue el ideado por Tobe Hooper a la hora de llevar a la gran pantalla el clásico literario de terror de Stephen King en “Salem´s Lot” (1979).

[1] De hecho, ya sea desde un punto de vista antropológico como desde una óptica meramente psiquiátrica, vampirismo y licantropía tienen muchos puntos de conexión. Daniel Farson en su libro Vampiros, hombres lobo y aparecidos (Barcelona, Noguer, 1976), indica que tradicionalmente se consideraba que un hombre lobo se convertiría en vampiro al morir a menos que su cadáver fuera debidamente exorcizado. También que podía bastar con beber la sangre o comer la carne de un cordero muerto por un lobo para transformarse en hombre lobo.

[2] Las porfirias son un grupo de enfermedades cuyo origen es una alteración, cualitativa o cuantitativa, del metabolismo de las porfirinas. Habría dos modalidades básicas: las eritropoyéticas y las hepáticas. Las porfirinas, básicamente, son sustancias que, al combinarse con determinados metales como el hierro, juegan un papel fundamental en la síntesis de la hemoglobina

[3] Un ejemplo claro y famoso de esta dolencia sería el de la célebre locura transitoria que aquejó al rey Jorge IV de Inglaterra, inmortalizada en La locura del rey Jorge, una extraordinaria y muy bien documentada película dirigida por el británico Nicholas Hyttner.

[4] Recomiendo al lector interesado en este asunto un excelente libro: Bonderson, J. (2002). Enterrado vivo. Barcelona, Ediciones B.

[5] Maples, W. R. y Browning, M. (2006). Los muertos también hablan. Barcelona, Random House Mondadori

[6] Ibid. anterior.

[7] La constatación de la existencia de estos perturbados sedientos de sangre hizo que ganara cuerpo la creencia del vulgo en la existencia de una supuesta enfermedad denominada hematodipsia o hematodixia, por la cual el sujeto que la padece se vería determinado fisiológicamente a beber sangre. Sin embargo, como bien manifiestan Miguel Gómez Aracil en su libro Vampiros (Barcelona, EDAF, 2003), así como otros especialistas, esta supuesta dolencia es un invención del imaginario colectivo completamente desconocida por la profesión médica.

[8] Por el personaje de la archiconocida novela de Bram Stoker. Renfield había sido vampirizado por el Conde Drácula durante una estancia de negocios en Transilvania, de suerte que empezó a experimentar una progresiva sed de la sangre de criaturas vivas para mantenerse a sí mismo con vida. Los doctores de la novela –salvo el excéntrico Van Helsing, por supuesto- consideraron que Renfield estaba loco, recluyéndolo en una institución mental.

[9] Prins, H. (1985): “Vampirism: A clinical condition”. En: British Journal of Psychiatry, 146 (6), pp. 666-668.

[10] Scot, R.; Discovery of Witchcraft. La primera edición de este tratado vio la luz en Londres en 1584. Hubo diversas reediciones del mismo a lo largo de los siglos. La más moderna es la de Montague Summers, New York, 1954.

[11] Farson, D.; op. cit. supra nota 1.

[12] Burton, R.; Anatomy of Melancholy. Londres, 1621.

De vampiros, licántropos y otros amigos (parte I)

The Order 1886
Imagen del videojuego The Order, 1886. Otra visión de un tema clásico en clave posmoderna. La enésima.

El vampiro y el licántropo[1] existen, ese es el hecho. Cierto que es difícil creer que en la forma tradicional del nosferatu -o no muerto- que ataca a los vivos impelido por una irrefrenable necesidad de beber su sangre a fin de mantener su estado, o de la persona que en las noches de plenilunio se transforma en lobo, si bien incluso el vampiro y el licántropo mitológicos gozan de una precisa explicación antropológica. La sangre y la carne, como no podría ser de otra manera, siempre han sido consideradas el centro vida. Se encuentran en los cimientos de todos los cultos y religiones, desde las más ancestrales. Hay creencias en las que el corazón de los difuntos es cocinado y consumido por su ser más amado. Algunas tribus de Australia y Nueva Zelanda pretendían la curación de ciertas dolencias abriendo las venas de los amigos varones del enfermo a fin de que le ayudaran a expulsar su enfermedad en una especie de catarsis colectiva. En la eucaristía cristiana el vino se transustancia en sangre y el pan en carne para la limpieza del pecado y el ofrecimiento de una vida eterna. Otros cultos minoritarios judeocristianos, como el de los Testigos de Jehová, se oponen enconadamente a prácticas sanitarias comunes como la transfusión de sangre por motivos enteramente metafísicos. En todas las culturas existen rituales sacrificiales simbólicos o reales y relatos acerca de vampiros, hombres lobo y quimeras similares (arpías, dragones, hombres leopardo, minotauros, y otro largo etcétera). También testimonios sobre la forma en que se presentaban a sus víctimas, el atroz modo en que se comportan y la forma en que el sujeto puede protegerse de ellos, o bien son erradicados por siempre jamás.

Herodoto
Herodoto.

Los licántropos fueron particularmente populares en Grecia y Roma, y es precisamente por ello que los textos grecolatinos son una de las fuentes más antiguas y amplias a este respecto[2]. No podemos olvidar, en tal sentido, que Romulo y Remo, los supuestos fundadores de Roma, fueron según la tradición amamantados por una loba. Pero este tratamiento extensivo no se circunscribió tan solo al punto de vista de lo legendario o lo mitológico. Ya una figura en absoluta sospechosa como Heródoto de Halicárnaso (484-425 a. C.), fue uno de los primeros autores en tratar el tema de la transformación de hombres en lobos al narrar la incursión de castigo que el persa Darío realizó en Escitia[3].

No obstante, las imágenes del vampiro y el licántropo que han parecido imponerse en el ideario colectivo de Occidente no son demasiado lejanas en el tiempo y se ubican históricamente en el lapso temporal comprendido entre los siglos XII y XVIII, cuando en Europa –especialmente en el Centro y el Este del continente- se desató una fiebre vampírica así como una proliferación de cuentos y mitos sobre hombres lobo sin precedente histórico. A partir de la Edad Media, muchos eruditos se entregaron en cuerpo y alma al estudio del vampirismo, como Augustin Dom Calmet, Montague Summers, William de Newburgh o Walter Mapes.

Mucho tuvo que ver el vigor del cristianismo con ello en la medida que impuso en la visión e interpretación de los sucesos particulares y colectivos una polaridad de dos fuerzas contradictorias: Dios y el diablo. Más todavía, como acertadamente indica Fondebrider[4], la doctrina cristiana no estuvo en ningún caso dispuesta a equiparar ambos poderes en una relación simétrica, de suerte que el diablo se fue haciendo paulatinamente acreedor de una mayor gama de maldades, en la misma medida que ello evitaba que la bondad de Dios fuera en algún momento puesta en entredicho. El resultado del proceso generó la imagen siniestra de Satán que todos conocemos en contraposición a la imagen plenamente benéfica de la divinidad. De este modo, los licántropos, vampiros y demás monstruos tradicionales, que en algún momento del pasado pudieron -y así fue de hecho- albergar sesgos de positividad, se convirtieron en encarnaciones de la más absoluta maldad.

Desde entonces, la literatura, primero, y el cine después, han inmortalizado tanto al vampiro como al hombre lobo para convertirlos en uno de los más populares de los estereotipos perversos de nuestra cultura. No nos referimos tan sólo al celebérrimo Drácula de Bram Stoker. También autores de la nada dudosa talla literaria de Goethe, Lord Byron o Baudelaire, entre otros, alumbraron algunas de sus más grandes páginas tomando como referencia a los cazadores de la noche. También suele olvidarse con exasperante facilidad que la Caperucita Roja de Perrault es mucho más que un cuento para niños y, de hecho, tanto en sus orígenes como en su concepción original distaba mucho de serlo. En realidad el juego de analogías que magistralmente plasmó en sus páginas el francés nos habla de una terrible tragedia: la de una niña púber que ignorando el sabio consejo de su madre abandona el camino correcto para ser acosada, agredida y devorada –junto a su abuela- por un criminal perverso y desalmado. Una historia que ha sucedido cien veces en la vida real, en muchos rincones del mundo y con protagonistas de carne y hueso. Tan auténticos como en los tiempos en que Perrault compuso este aperitivo literario que, descafeinado por el paso del tiempo, relatamos a nuestros hijos como si tal cosa por el mero hecho de que hemos asumido esta clase de sucesos, que otrora aterraban al común de los mortales hasta el punto de elevarlos al rango de lo legendario, como algo normal.

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El actor Christopher Lee encarnando el mito del vampiro que prosperó en el imaginario colectivo del siglo XX: pretendida elegancia, supuesto erotismo y un toque hortera.
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El hombre-Lobo cinematográfico, sin embargo, ha sufrido escasa evolución estética. Quizá por su estilo de monstruo bruto y “a la antigua”, siempre ha tenido pinta un poco macarra y desastrada. Lo más que se pudo hacer por él en sagas famosas como Underworld fue quitarle los pantalones y animalizarlo más si cabe.

Egocentrismo y sociopatía

Autores como Picart y Greek señalan que el estudio científico del vampiro y el licántropo, es decir, aquel que parte de una consideración no sobrenatural del hecho atribuyendo las víctimas de estos legendarios personajes a la acción criminal, comenzó a principios del siglo XX. En 1907, el sociólogo norteamericano E. A. Ross publicó un trabajo que el tiempo ha hecho clásico: Sin and Society (pecado y sociedad). En él describe a una nueva especie de monstruo, el criminaloide[5], responsable del sufrimiento de amplios colectivos sociales a causa de su proverbial ambición y una absoluta falta de interés por la seguridad y supervivencia de las clases trabajadoras. Es evidente que Ross quería referirse figuradamente a los gurús del capitalismo que gobernaban con mano de hierro, y aras de sus propios intereses, los destinos económicos de la sociedad capitalista. En la misma teoría abundó el sociólogo de la Escuela de Chicago Robert Park, quien habló en sus trabajos del vampirismo capitalista al referirse al colonialismo económico estadounidense. Conceptos ambos que guardan, por cierto, estrecha relación con el delincuente de cuello blanco del que también hablara por extenso Sutherland.

Lo interesante, en todo caso, es que esta corriente sociológica relacionaba el comportamiento de estos sujetos con una maldad patológica que los transformaba, más que en meros explotadores, en monstruos insensibles. En suma: desde estas teorías se establecía un sugerente nexo entre la actitud –de clara raíz psicopática- de ciertos individuos con respecto a sus congéneres y la clase de conductas que nuestra cultura ha asociado indeleblemente a aquellos seres a los que tradicionalmente se ha otorgado el calificativo genérico de monstruos. Y lo cierto es que las ideas de Ross, Park o Sutherland no sólo inspiraron a los sociólogos, sino también a los estudiosos del crimen que, por primera vez, abandonaron la idea del criminal como sujeto anormal para establecer vínculos conceptuales entre la conducta criminal y los procesos que operan en el medio social que ahora –corrupción va, corrupción viene- nos parecen evidentes pero que en aquellos días distaban mucho de ser tan obvios[6]. La idea de fondo es ciertamente inquietante: vivimos en un mundo regido por una serie de procesos perversos que, por su propia idiosincrasia, producen toda suerte de monstruos.

Robert Ressler
Robert Ressler (1937-2013).

A este respecto, cuando un periodista preguntó al célebre perfilador del FBI Robert Ressler acerca de los elementos que hacían a las sociedades avanzadas –como es el caso de la estadounidense- tan proclives a la aparición de criminales antisociales, su respuesta fue tan concisa como contundente: “la gente se ha vuelto básicamente egocéntrica. Las metas de cada uno han suplantado a las metas de la sociedad. Las personas no están de acuerdo en nada salvo consigo mismas. Todo esto tiene resultados en la conducta. Si hablamos de alguien que sufre disfunciones sexuales o morales y que está educado para pensar que puede y debe solucionar sus problemas por sí mismo, pero al mismo tiempo supone que las relaciones sexuales que debiera tener son inalcanzables, entonces tiende a tomar por la fuerza aquello que está fuera de su alcance. Y, sin duda, un asesino en serie es una persona enteramente disfuncional que trata de ayudarse a sí misma a obtener aquello que quiere sin observar las consecuencias de sus actos”[7].

Lo cierto es que desde un punto de vista antropológico las raíces de la conducta criminal en el ser humano deben buscarse, más que en la propia historia o en el decurso temporal y circunstancial de las sociedades, precisamente en el fondo de los mitos y leyendas de que se ha alimentado nuestra cultura desde tiempos ancestrales y que han de tener alguna clase de fundamento real, al menos en su objeto central. Basta con releer algunos libros del Antiguo Testamento, observar las mitologías egipcia, grecorromana e hindú o detenerse en las sagas nórdicas para encontrar centenares de relatos sobre agresiones sexuales, agresión, robo, canibalismo, vampirismo, licantropía y otro largo etcétera de brutalidades, perversiones y vejaciones. Por supuesto, los antisociales, se llamasen como quiera en su día, tampoco son una invención del presente. El crimen es tan viejo como la humanidad al punto de que el Génesis bíblico, una vez establecida la Creación, explica que la historia de la Humanidad comienza con un delito –el que cometen Adán y Eva al vulnerar la única norma que Dios les impone-; continúa con un fratricidio –cuando Caín mata a Abel-; y concluye con un genocidio en la forma de Diluvio Universal. Es obvio que el texto fue compuesto por un buen observador de la condición humana.

Cain and AbelTitian c. 1570
Así vio Tiziano el asesinato de Abel a manos de Caín.

Con anterioridad a la aparición de la psicología y la psiquiatría forenses tal y como hoy las conocemos, ninguna otra corriente dedicada al estudio de los procesos mentales había prestado tanta atención a este tipo de cuestiones como el psicoanálisis. Puede que las explicaciones de los procesos inconscientes ofrecidas por los psicoanalistas desde Freud sean consideradas injustamente y con algo de malicia –más por ignorancia de los principios que por un verdadero esfuerzo de comprensión- como elucubraciones sin fundamento. Pero lo cierto es que la psicología y la psiquiatría nunca han dejado de prestarles atención, bien sea de soslayo al punto de que muchos conceptos que hoy damos por buenos fueron, originariamente, concebidos por psicoanalistas. Lo cierto es que actos como los de succionar, morder o el culto patológico a los muertos y lo sobrenatural tienen hondas raíces psíquicas y culturales que no han de ser minusvaloradas si se pretende comprender las motivaciones últimas de la necrofilia, el vampirismo y la licantropía. Ernest Jones, por ejemplo, escribió que no hay cultura en la que no exista la creencia de que los muertos, en determinadas circunstancias, observan a los vivos y sientan un impulso irresistible de retornar con ellos con cualquier propósito. En consecuencia, tampoco resulta extraño que en todos los lugares del mundo existan relatos de fallecidos que visitan a los vivos, los ayudan, los poseen o simplemente tratan de destruirlos. Del mismo modo, a fin de contrarrestar el supuesto poder de los muertos o sus demandas, en toda cultura se dan ritos de apaciguamiento, respeto y consuelo para con las almas de los que se fueron[8].

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Y el malvado Sigmund Freud (1856-1939) te pregunta: ¿a ti te gusta chupar? ¿Y por qué?

Lo interesante es que esto se ve reflejado una idea muy extendida acerca del vampirismo en la tradición eslava: los primeros atacados por un vampiro, cuando retorna, son generalmente sus allegados vivos. Pero, además, tanto en el fondo del vampirismo como en el de la licantropía subsiste un componente sexual que, sin duda, ha contribuido a incrementar el atractivo que suscita. Componente que guarda, a su vez, estrecha relación con el mordisco, el acto de chupar e incluso la acción extrema de devorar al ser amado o deseado como forma de posesión total, plena, absoluta. En otro caso, por lo demás, y sin tener presente la influencia de un patriarcado milenario que enfatiza el valor intrínseco de la heterosexualidad, resultaría inexplicable la creencia legendaria de que los vampiros y los hombres-lobo prefieran como víctimas a personas del sexo opuesto. Tampoco el supuesto subyacente a muchos de estos relatos de que, contra todo pronóstico, las personas atacadas por estos seres sientan al mismo tiempo terror y fascinación[9].


[1] Conviene realizar una precisión terminológica ya que el hombre lobo y el licántropo son cosas semejantes pero no lo mismo. El primero es aquel que tiene el poder de transformase en lobo físicamente mientras que el segundo es, precisamente, el sujeto que posee una visión distorsionada de la realidad que le hace creer que puede metamorfosearse en lobo y que, consecuentemente, durante los momentos en que se cree transformado se comporta como tal.

[2] Fondebrider, J., Licantropía. Historias de hombres lobo en Occidente. Buenos Aires, Adriana Hidalgo Editora, 2004.

[3] Herodoto, Historia. Libro IV. Madrid: Gredos, 2001.

[4] Fondebrider, 2004, Op. cit.

[5] Evidentemente, el concepto no fue acuñado por Ross, sino por Cesare Lombroso y es muy probable que se este autor se inspirase en la obra pionera de los componentes de la llamada Escuela Positiva del Derecho Penal. Ahora bien, el uso que hace del concepto, desde un punto de vista sociológico, es enteramente novedoso.

[6] Pérez-Fernández, F., Imbéciles morales. Consideraciones históricas de la mente criminal. Jaén: Ediciones del Lunar, 2005.

[7] Kouri, J., Criminal Profile: The Monsters Within. En Internet [www.oscweb.com].

[8] Jones, E. (1951). On the Nightmare. New York, Liveright. Existe traducción al español: La pesadilla, Buenos Aires, Hormé, 1967.

[9] Christopher Lee, actor que se hizo mundialmente famoso encarnando al Conde Drácula en las películas de culto que la factoría británica Hammer realizó en los años 50 y 60 no alberga duda alguna al respecto: “Drácula ofrece la ilusión de la inmortalidad, el deseo subconsciente que todos tenemos de poder sin límites. […] Es la imagen del superhombre con un atractivo erótico para las mujeres, que lo encuentran totalmente seductor”.

Conjurando a Frestón

Vuelo de Clavileño


El vuelo de Clavileño

Brujas, locos, pócimas, fármacos, médicos e inquisidores a través de la literatura cervantina

Francisco López-Muñoz / Francisco Pérez-Fernández

Prólogo: Juan Ramón Biedma

Madrid, Delta Publicaciones, 2017


Si alguien, hurgando en los estantes de cualquier librería, se encuentra con este libro y atraído por lo curioso de su título se decide a tomarlo, a buen seguro echará un vistazo a la contraportada. Y cuando así obre se encontrará con este texto:

“Este libro, desde la excusa cervantina, propone un viaje profundo —y crítico— al mundo de las brujas y hechiceras durante la España Áurea, un mundo de turbias supersticiones y calderos pestilentes, brutales persecuciones y torturas, fraudes médicos consentidos, leyes asfixiantes y represivas, inquisidores intransigentes, pseudoconocimiento y misoginia cerril, que se ocultaba bajo la alargada sombra de la fe absoluta, la pureza de sangre y las pretendidas buenas costumbres. Las brujas, sus cuitas y su mundo eran cosa bien conocida por Cervantes, en cuya obra los pícaros, curanderos, embusteros, timadores, ladrones y vividores son especie común por vista de cerca y formar, además, parte intrínseca de ese mosaico existencial, acrisolado de pasados que se cierran y futuros que se abren, que es el Siglo de Oro español. En sus obras se aprecian las muchas experiencias vitales del autor, su singular circunstancia y su vasta cultura: Cervantes conocía bien la medicina de su tiempo, al proceder de una familia vinculada al oficio, e incluso la farmacopea no le era ajena, pues disponía en su biblioteca particular de un la exploración del carácter, como buen conocedor de Juan Huarte de San Juan, y sabía mucho de los entresijos y submundos de la sociedad y la cultura que vivió, y a la que a menudo sobrevivió. Que la obra de Cervantes es una fuente inagotable de inspiración, que admite infinidad de lecturas, no es cosa nueva, y prueba de ello es el mundo de la brujería y sus fenómenos afines, que tanto le fascinaron. De hecho, de los textos cervantinos se extrapolan afirmaciones que hoy día podrían parecer evidentes, como que las prácticas de brujería carecían de influencia satánica y que sus unturas y pócimas solían elaborarse, obviando la excusa ritual, con fines meramente recreativos y lúdicos.”

¿Suficiente? Quién sabe. Lo cierto es que toda obra -igual da su calidad e interés manifiestos- siempre esconde muchas lecturas. De hecho, lo que hace bueno a un libro, más allá de la técnica de quien lo escribe o de la pericia de quien lo lee, reside en la habilidad del autor para exponer y superponer niveles de lectura, así como en la facilidad con la que estos quedan accesibles al posible lector. Por ello, cuando Dickens comenzó su celebrada Historia de dos ciudades con aquella sentencia mítica: “era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos”, estaba haciendo mucho más que regodearse en su indiscutible eficacia como autor: estaba dotando a su obra de un halo de intemporalidad que la haría atractiva para cualquier lector y en cualquier tiempo, que no es poca cosa.

Por eso es que los libros, en general, son siempre peligrosos para los fanáticos, los doctrinarios y los totalitarios. Abren puertas y modifican realidades. Y del mismo modo que a Don Quijote los libros lo perdieron, paradójicamente, fue también que lo salvaron. Y algo de esto debieron barruntarse aquellos que pretendían sacar al Alonso Quijano escondido en la locura del Caballero de la Triste Figura cuando la única forma que se les ocurrió para intentar atraerlo a la cordura fue quemar los libros y tapiar el cuarto de lectura. Desastre del que Don Quijote se libera, precisamente, inventando otra ficción al culpar de todo aquello a uno de sus archienemigos; el sabio Frestón (el nombre del personaje ya es deliciosamente antinómico). Y así es como la vida de cada hombre, en manos de Cervantes, se va convirtiendo en una espiral de verdades, mentiras, ficciones, creaciones y recreaciones que se hacen cosmovisión y perfilan “el mundo” de cada cual. Por eso los dogmáticos han de pasar la vida conjurando a ese paradójico secuestrador de saberes que es el tal Frestón; porque los libros son llaves que abren puertas y ventanas que -creen- debieran permanecer cerradas a fin de asegurar el pensamiento único.

Esto es lo que trata de mostrar este libro, El vuelo de Clavileño, que en realidad es un libro de libros, desde libros y para otros libros. O, por mejor decir, una puerta hacia otras puertas que, a su vez, abren pasillos, túneles y caminos hacia realidades solo aparentemente diferentes en la medida que versiones anteriores de la nuestra. Así debiera leerse más allá de tecnicismos, precisiones, teorías y retóricas -de las cuales hay muchas en la obra- porque con tal deseo se concibió. De hecho, cuando Faulkner decía que el pasado no pasa, que nunca es del todo pasado, que está aquí y ahora, lo que pretendía decirnos es que nada desaparece del todo sino que en todo caso se recicla, se disfraza,  se reconstruye y vuelve de otro modo, en otra forma.

Cuando mi compañero -y amigo- Francisco López y yo concebimos la idea de este libro teníamos claro bien fuera de manera inconsciente el argumento de Faulkner. Creímos, con Dickens, que todos los tiempos son los mejores y los peores al mismo tiempo. Pensábamos, desde la modestia más certera, como Cervantes: que si un libro te condena, solo un libro puede salvarte, y que no existe mejor antídoto contra el veneno de la ignorancia, frente al no saber quiénes somos, que el redescubrimiento de ese pasado que, en realidad, nunca pasa del todo pues lo único que ocurre es que raramente lo reconocemos al verlo oculto tras sus nuevos disfraces. ¿Lo hemos conseguido? En realidad lo ignoro y no creo que ningún autor sepa realmente si ha hecho poco más que escribirse a sí mismo cuando escribe cualquier cosa.

Sea como fuere, el libro está ahí y habla ya por sí mismo.

 

¿Y tú qué pareces?

El médico británico Charles Goring (1870-1919), temiendo que el lombrosianismo que se extendía por el continente europeo como una mancha de aceite no fuera otra cosa que una falacia pseudocientífica, decidió tratar de comprobar por sí mismo hasta qué punto las teorías del médico transalpino Cesare Lombroso (1835-1909) y sus seguidores eran confiables. De tal modo, en 1913, publicó un estudio apoyado en masiva información estadística que contrariaba con absoluto rigor las tesis lombrosianas[1] y que, no obstante, fue misteriosamente ignorado en su momento. El caso es que Goring hizo algo bien sencillo que hasta entonces, al parecer, se había considerado innecesario: primero reunió nutridos grupos de reclusos con características que, a tenor de los expertos que los evaluaron, eran supuestamente atávicas y degenerativas. A renglón seguido procedió a una meticulosa comparación de estos colectivos con otras poblaciones criminales que no mostraban los terribles estigmas físicos descritos por Lombroso y sus seguidores. Después, comprobó las muestras poblacionales con otras compuestas de individuos que nunca habían delinquido… Y sucedió lo que ya se temía: no encontró diferencias significativas entre las diferentes muestras poblacionales, por lo que no había motivo científico alguno para afirmar la existencia de determinada apariencia física en el sujeto y una predisposición hacia el delito en general, o hacia cierto tipo delictual en particular. Pero esta y otras evidencias no surtieron efecto –de hecho ni tan siquiera fueron comentadas más allá de la sorna- por la sencilla razón de que afirmaban algo que nadie estaba dispuesto a escuchar en aquel momento. De hecho, la que sí resultaría profusamente comentada y seguida, por ser mucho más agradable a los intereses intelectuales de la corriente biomédica dominante, fue la aportación de Ernst Kretschmer (1888-1964).

Ernst Kretschmer
Ernst Kretschmer… Imaginemos que este buen hombre tuviera razón: ¿qué te sugieren esas sospechosas orejas puntiagudas? Villano, seguro.

Con la traducción al inglés, en 1925, de su Koperbau und Charakter[2], Kretschmer relanzaba al seno de la comunidad internacional, cierto que reformulada en términos más actuales y por ello mismo menos “sospechosos”, la antigua apuesta de la importancia del elemento biológico en la personalidad de los sujetos. Sostuvo así que existía una unidad morfológica, fisiológica y psicológica tan fuerte en el ser humano que las reacciones temperamentales, en el fondo, no eran otra cosa que un reflejo expreso de su tipo corporal. Una teoría, por cierto, que aún hoy goza de gran predicamento en un sector no precisamente pequeño de la clase psiquiátrica y que viene influyendo de manera muy notable en el ámbito de la cultura popular desde que fuera consolidada. La tesis de que los malos “lo parecen” es tan obvia en ámbitos como el cine, el cómic o las series de televisión que a menudo simplemente basta observar “la pinta” de los personajes para decidir sin miedo a confundirnos quién es el malvado de la historia. De este modo, Kretschmer construyó una tipología humana basada en el factor somático y temperamental que todavía se emplea con más o menos matices en el presente, constituyéndose en otro de los dudosos –y manidos- dejes del positivismo psicofisiológico que aún prevalecen.

Lo sorprendente, parafernalia conceptual aparte -y es importante que el lector tenga en cuenta este aspecto para calibrarla en sus verdaderas dimensiones-, es que se trata de una nueva versión de la misma idea que ya sostuvieron –cada cual a su modo- Hipócrates (460 a.C.-370 a.C.), Galeno (130-210), Della Porta (1535-1615) o Lavater (1741-1801). La misma idea que recuperó buena parte de la incipiente psiquiatría decimonónica y, por supuesto, la misma que subyace a las argumentaciones dudosas e intelectualmente vencidas de Cesare Lombroso. De hecho, más que una teoría científica propiamente dicha, tiene todo el aspecto de tratarse de un prejuicio sociocultural cíclico. La tópica “teoría boya” que flota durante un tiempo hasta que, refutada, se hunde sin llegar a desaparecer del todo a fin de mantenerse bajo la superficie hasta que los hados se tornen propicios.

heroes-y-villanos-spiderman-vs-venom
Vamos a imaginar que tu no sabes nada de estos dos… ¿A qué no tendrías problemas con tan solo ver esta viñeta en diferenciar al “bueno” del “malo”? ¿Y por qué crees que ocurre eso? Yo te lo digo: es lo que pasa cuando determinadas teorías -independientemente de su valor científico y contrastación empírica- se trasladan de suerte acrítica al ámbito de la cultura. Así se consolidan los estereotipos.

somatotipos kretscher

A la hora de llevar su tipología al ámbito de la delincuencia, Kretschmer tuvo ciertas dudas, por lo que se abstuvo de precisar relaciones precisas –o directas- entre delitos específicos y determinado somatotipo en el delincuente. De hecho, tal vez temeroso de ir “demasiado lejos”, quiso ofrecer una tipología criminal de talante aproximativo que, más que entretenerse tal vez de suerte infructuosa en buscar el biotipo criminal -el criminal nato– por excelencia, trató de correlacionar los factores somáticos y temperamentales con grupos muy genéricos de delitos. También introdujo una serie de elementos de carácter endocrinológico que, sin embargo, no aclaró en demasía. Concluyó en todo caso que:

  • Los pícnicos son proclives a comprometerse en delitos sin violencia (robo menor, hurto, estafa, desfalco, ataque a la propiedad, etc.). Raramente recurren al asesinato o la agresión física para lograr sus fines.
  • Los atléticos tienden a los delitos violentos (cometen más o menos el 66% de los delitos de sangre y tan sólo un 6% de ellos son estafadores o similar).
  • Los leptosómicos suelen ser ladrones a gran o pequeña escala. Tienden a verse implicados en agresiones de todo tipo a la propiedad privada o pública. Pueden recurrir ocasionalmente al asesinato o la agresión física.
Somatotipos de Kretschmer
Los somatotipos de Kretschmer (de izquierda a derecha): lepotosómico, atlético y pícnico. Se corresponderían con los de Sheldon, luego veremos como, pero se denominaron así. Es habitual en la literatura confundir ambas clasificaciones y tratarlas como si fueran idénticas.

Sea como fuere, la sugestiva visión de Kretschmer, que en gran medida venía a colocar a la altura de los tiempos las tan discutibles como obsoletas propuestas de la fisognomia de las que que se alimenta, alentó a un grupo de entusiastas seguidores de esta línea “positivista” a proseguir en la misma dirección. Así, a finales de la década de 1930, autores como el norteamericano Ernest Hooton (1887-1954) publicaban exitosos trabajos revisionistas con respecto a la molesta obra de Goring en los que se sostenía la naturaleza subdesarrollada y primitiva del delincuente, al que describe como un ser inferior desde el punto de vista orgánico que suele tener labios finos, hombros caídos, y orejas pequeñas. En todo caso, Hooton no estableció una tipología delincuencial, pero sí correlacionó diversas formas delictivas con el supuesto biotipo de sus autores[3].

Biotipología criminal de Hooton

Biotipo

Clase habitual de delito

Alto y corpulento

Obeso y pequeño

Bajo y delgado

Homicidio y falsificación

Estafa

Hurto y robo

Hooton
No es un neanderthal peligroso. En absoluto. Es nada menos que Ernest Hooton pontificando acerca de lo malo que es parecer lo que él parece. Y es que en casa del herrero…

Sea como fuere, la fiebre por la biología del crimen se ha mantenido viva hasta el presente, especialmente en los Estados Unidos, donde se fundó nada menos que una Escuela Americana de Biotipología de la que han formado parte autores tan destacados en la materia que nos ocupa como el especialista en embriología William Herbert Sheldon (1898-1977), principal continuador del trabajo de Hooton. En efecto, en opinión de Sheldon, autor de Variedades de delincuencia en los jóvenes (1949), la conducta criminal se desarrolla a partir de las particularidades del blastodermo[4] durante el periodo embrionario del individuo. Una teoría que Sheldon vino a perfeccionar, sin duda, pero que ya había sido al menos sugerida en su día –con cierta trampa, por cierto- por el célebre fisiólogo alemán Ernst Haeckel (1834-1919). El blastodermo cuenta con tres capas concéntricas de blastómeros a las que se denomina sucesivamente endodermo (desde el que se origina el aparato digestivo), mesodermo (desde el que se desarrollan huesos, músculos y tendones) y ectodermo (desde el que parte el desarrollo del tejido nervioso y la piel). Así, Sheldon establece que desde el predominio en el desarrollo fetal de cada una de estas capas de blastómeros parten tres tipologías somáticas del individuo: la ectomórfica, la mesomórfica y la endomórfica.

Biotipología de Sheldon[5]

Tipología Física

Tipología Mental

Endomorfo

(Se corresponde con el pícnico de Kretschmer)

Viscerotónico

(Grueso, amante de la comida, relajado, pesado, de caminar lento y reflejos atrofiados. No demasiado inteligente, pero sociable y de buen humor)

Mesomorfo

(Es el atlético definido por Kretschmer)

Somatotónico

(Alegre, dinámico, aventurero y ambicioso. Muy dotado para la interacción social, enérgico y competente, pero de inteligencia media-baja)

Ectomorfo

(Gran desarrollo de las estructuras nervo-cerebrales).

Cerebrotónico

(meticuloso, cerebral, de pensamiento ágil y dinámico. Tiende a mostrarse muy severo y poco tolerante, sensible y amante de la intimidad).

William Herbert Sheldon
William Herbert Sheldon.

Sheldon apoyó su teoría en abundante investigación fotográfica, profusas mediciones antropométricas y análisis factoriales de tales medidas, lo cual le permitió llegar a establecer tres correlaciones –siempre estadísticas- más o menos constantes entre la complexión corporal del individuo y la psicopatología:

  • Constitución endomórfica predominante y psicosis maníaco-depresiva.
  • Constitución mesomórfica predominante y delincuencia en general.
  • Constitución ectomórfica predominante y esquizofrenia.

El neolombrosianismo siguió adelante durante la década de 1950 con aportaciones de relevancia, como las realizadas por el matrimonio compuesto por los criminólogos Sheldon y Eleanor Glueck[6], pero pronto se le fue acabando la cuerda en la medida que muy a pesar de su esforzado aparataje estadístico, siempre quedaban dudas en cuanto a la causaciones últimas y, por otro lado, lo que funcionaba para el colectivo, parecía mostrar escasa aplicabilidad en el ámbito individual. No es lo mismo decir, como hicieron los Glueck por ejemplo, que entre los delincuentes siempre había un mayor número de mesomorfos, que determinar que alguien podía ser delincuente por el simple hecho de tener un biotipo mesomórfico… ¿Qué hacer entonces con los millones de mesomorfos que no habían cometido delito alguno? ¿Habría que encerrarles como política preventiva? ¿Deberíamos sin más dejar de fiarnos de ellos o alejarlos de la vida pública? O, peor todavía, imaginemos que tenemos dos sospechosos de un delito que responden a biotipos diferentes, siendo las pruebas inculpatorias muy similares en ambos casos… ¿Hemos de sospechar principalmente del mesomorfo por la peregrina razón de que no es endomorfo?

Embriología comparada
Embriología comparada.

Como vemos estas sugestivas –e imaginativas- teorías se topaban en la práctica con dificultades insalvables al ser notoriamente erróneas en su planteamiento pues, como manifiesta Gregory, “1) la complexión puede influir en la conducta, sea de modo directo, o indirectamente al modificar las experiencias a las que está sometido un individuo; 2) la conducta puede influir en la constitución de modo directo, o de modo indirecto por modificación de algunos factores que actúan directamente en la constitución; o 3) la constitución corporal y la conducta pueden ser influidas de modo independiente por otro factor determinante; v. gr.: la ‘dote’ genética o las experiencias en relación con la pertenencia a una familia o grupo socioeconómico”[7]. O lo que es igual: resulta imposible determinar cuánto de lo que una persona “es” deriva de su constitución orgánica, de su genética, de su conducta o del ambiente… O, dicho de otro modo, no es posible determinar con perfecta exactitud cuánto de lo que una persona es en un momento dado se debe a factores filogenéticos y cuánto es producto de factores ontogenéticos –nature or nurture-.

El fracaso a la hora de establecer una biología del crimen ha inducido a los partidarios de los diferentes enfoques positivistas y fisiologicistas a adoptar nuevos puntos de vista, no menos estrechos que los descritos y tampoco excesivamente diferentes en el fondo, pero sí más difíciles de combatir al venir pertrechados de una verborrea “cientificista” –que no “científica”- y un ropaje tecnológico –no siempre claro ni coherente- de compleja factura, pero igualmente inútil a la hora de establecer evidencias y correlaciones claras.

Pero eso, no obstante, lo discutiremos otro día. Ahora lo que debes hacer es ir corriendo a un espejo, no vaya a ser que tengas algún parecido sospechoso y estés -mucho ojo- al borde del delito.


[1] Goring, Ch. (1913). The English Convict: A Statistical Study. His Majesty’s Stationery Office, London.

[2] Se ha tomado como referencia la 4ª edición española de 1967: Constitución y carácter: Investigaciones acerca del problema de la constitución y de la doctrina de los temperamentos. Barcelona, Labor.

[3] Hooton, E. (1939). The American Criminal: An Anthropological Study. Cambridge (MA), Harvard University Press.

[4] El blastodermo es el acumulamiento celular del embrión cuando se encuentra en estado de blástula. Está conformado por una o varias capas de blastómeros, o células resultantes de la división celular del huevo tras la fecundación, dispuestos periféricamente en torno a una cavidad a la que se denomina blastocele. La blástula es la fase embrionaria precoz que sigue inmediatamente a la segmentación del óvulo (o conformación de la mórula).

[5] Realizado a partir de Sheldon, W.H. (1954). Atlas of Men. New York, Harper & Row Publishers, Inc.

[6] Glueck, S. y Glueck, E. (1956).  Physique and Delinquency. New York, Harper & Bros.

[7] Gregory, I. (1970). Psiquiatría clínica. México D.F., Editorial Interamericana S.A. (2ª ed.), p. 114.

La salud del pueblo

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Famosos carteles de propaganda nazi en favor de las políticas eugenésicas.

La consideración de la eugenesia como ciencia –en realidad una pseudociencia emergente- en Europa y Estados Unidos, fenómeno que venía consolidándose desde finales del siglo XIX, vino a coincidir en su última fase con el ascenso de Hitler al control del NSDAP y, posteriormente, del nazismo al poder en Alemania. Así pues, y frente a la idea extendida de que la eugenesia fue un resultado de la ideología nazi, la realidad es ambos hechos operaron como fenómenos convergentes[1].

Lo cierto es que el paradigma médico del nacional-socialismo entendía que la medicina tenía la función social del Volkgesundheit: la promoción de la salud sociocultural e incluso espiritual de la nación alemana más allá de la curación de eventuales dolencias fisiológicas. Una idea no alejada de otras sostenidas por muy respetables figuras médicas británicas o estadounidenses que abogaban -alguno todavía asoma la patita por ahí de vez en cuando- desde hacía décadas por las esterilizaciones selectivas y el control poblacional como formas de mejora psicosocial. Lamentablemente, el reverso de esta ideología residía en la consideración de ciertas personas y/o colectivos a los que se estimaba física o mentalmente “inferiores” como “riesgos” para el bienestar social, cultural, político o económico del país. La lógica conclusión de este planteamiento era evidente: resultaba tan razonable como exigible la esterilización, encarcelamiento o exterminio de tales personas, o bien de su contribución a la sociedad como sujetos experimentales. La manera oficial –eufemística- de denominar a estos procedimientos de supresión de los “seres inferiores” fue la de “eutanasia”[2]. Digamos que, a diferencia de lo sucedido en otros países en los que estos idearios contaban con un buen número de partidarios, la Alemania nazi contó la posibilidad de ponerlos en marcha de forma efectiva bajo el auspicio de un gobierno totalitario, ideológicamente convencido y bien dispuesto a invertir recursos en la cuestión.

Del “Programa T-4” (Aktion T-4) a la “eutanasia salvaje”

La primera fase de “limpieza” exigida por el criterio perverso de la Volkgesudnheit fue autorizada por Adolf Hitler en 1939 y recibió el nombre burocrático de “Programa T-4”. Ello se debió a que la organización del programa tenía su sede en el número 4 de la berlinesa Tirgartenstrasse. Para su adecuado funcionamiento se establecieron, a partir de 1940, hasta un total de seis centros, comenzando por el abierto en Brandenburgo en las instalaciones de una vieja prisión.

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Algunos niños del “Programa T-4”.

La primera fase consistió en el asesinato sistemático de niños con toda suerte de discapacidades físicas y/o psíquicas, si bien luego se fue extendiendo hacia otros colectivos como enfermos mentales, alcohólicos, drogodependientes, homosexuales, discapacitados en general o disidentes políticos partidarios de ideologías “enfermizas”. Los pacientes eran seleccionados y transferidos desde todos los hospitales del Reich a cualquier de los centros anteriormente mencionados para la recepción del adecuado “tratamiento” –así era denominado de suerte aséptica-. Y se trabajó con enorme eficacia pues en agosto de 1941 ya habían sido “procesadas” 70.000 personas a instancias del T-4. Sin embargo, y como no podía ser menos, el programa recibió una fuerte contestación social que condujo a su cierre. En realidad se trató de una medida de maquillaje político, pues el gobierno no tenía ni la más mínima intención de parar el proceso de “limpieza”.

Lo que se hizo en realidad fue desmantelar los centros del T-4 para trasladarlos a lugares menos obvios y más controlados, como los campos de trabajo de Treblinka, Sobibor y Belzec, o bien a diferentes hospitales apartados del control público. Se inició así una segunda fase del proyecto conocida como “eutanasia salvaje” a causa del embrutecimiento de los procesos de eliminación y el aumento progresivo del número de sujetos “procesados”. A partir de este momento los métodos de exterminio favoritos del programa para terminar con la vida de los “desechos sociales” van a ser la muerte por hambre[3], las sobredosis medicamentosas, el sometimiento a procedimientos experimentales extremos, o la inyección de burbujas de aire en vena[4].

Meseritz-Obrawalde

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Fachada del edificio principal de Meseritz-Obrawalde en la década de 1930 [Fuente: deathcamps.org]

Especialmente activo resultó ser el centro de Meseritz-Obrawalde, en el que se cometieron en torno a 10.000 asesinatos, por lo que sus actividades han sido profusamente documentadas. El centro se fundó en 1904 y perteneció hasta 1937 a la provincia alemana de Posen (Prusia Occidental). En 1938, con la reorganización provincial promovida por el gobierno, dicha provincia se disuelve para repartir su territorio en otras, con lo que Obrawalde se integra en la de Pomerania. Tras la invasión soviética y la consiguiente reorganización de fronteras impuesta por el final de la Segunda Guerra Mundial, el territorio retornó finalmente a Polonia, que mantenía una demanda histórica sobre él desde el siglo XVII, y la localidad pasó a denominarse Obrzyce. Tras la reforma territorial emprendida por el gobierno polaco, desde 1999 se integra en el distrito de Miedzyrzecz (Voivodato de Lubusz). Actualmente, el hospital sigue en funcionamiento como centro psiquiátrico.

A comienzos de la década de 1930 el hospital de Meseritz-Obrawalde estaba dedicado a la medicina general y, por lo que parece, su funcionamiento interno era excelente. No obstante, desde el momento en que el centro pasó a depender de la provincia de Pomerania se hizo evidente que las autoridades nazis tenían otros objetivos para aquellas instalaciones. Se cerraron todos los departamentos dirigidos por especialistas y el lugar se reconvirtió en un manicomio masificado al que se transferían sistemáticamente los pacientes en peor estado, de suerte que en el bienio 1939-1940 pasó de los 900 internos iniciales a los 2.000. Y todos ellos bajo el control de tan solo tres médicos, los doctores Mootz y Vollhein –ambos mayores de 65 años-, así como la doctora Hilde Wernicke, sin que se asignara con posterioridad otros médicos al centro. Así las cosas, y como era esperable, las condiciones del hospital empeoraron de manera muy rápida[5].

El procedimiento estándar por el que un paciente terminaba en este hospital estaba diseñado, fundamentalmente, para evitar la posible interferencia de familiares o amigos de los enfermos, así como de cualquier otra influencia externa que pudiera “interrumpir el proceso”. Las personas llegaban en tren o autobús, bajo la estricta vigilancia de los empleados, sin que constara en parte alguna de los historiales los motivos del traslado o el destino último del sujeto. De este modo, quien preguntaba por alguno de los pacientes quedaba inevitablemente atascado en un sinfín de pesquisas burocráticas que jamás se resolvían porque, en realidad, ningún funcionario –ni aun con la mejor de las voluntades- podía determinar con exactitud qué había pasado y, por lo demás, siempre existía la excusa de los problemas derivados de la guerra para ralentizar las pesquisas o impedir posibles visitas.

La situación general empeoró aún más en 1941, cuando se designó director del hospital a Walter Grabowski, un gerente que descollaba por contarse entre los miembros más radicales del NSDAP y que, obviamente, había sido destinado allí como hombre de confianza. Dado que Grabowski tenía perfectamente claros los objetivos de su nombramiento, sus primeras decisiones se destinaron de manera muy específica a provocar una baja radical en la moral de médicos y empleados con la finalidad de acelerar el proceso de eliminación de los pacientes con el menor coste posible. Así, impone turnos de catorce horas con un solo día libre cada dos semanas, reduce drásticamente los suministros médicos, limita los procedimientos higiénicos despidiendo a la mitad del personal de limpieza, reduce la plantilla dedicada a tareas administrativas, y procede a un amontonamiento de los enfermos en un número reducido de pabellones a fin de que pudieran ser controlados más fácilmente por menos personal. Por lo demás, una de sus tácticas favoritas era la de intimidar a los empleados del hospital que pretendían elevar alguna queja. De este modo, en muy poco tiempo la mortalidad “natural” aumenta a la par que todo se torna miserable y sumamente angustioso. Muy pronto, y así lo explicó la propia Hilde Wernicke, se hizo imprescindible seleccionar a los pacientes que estuvieran en “mejores condiciones” para que desarrollaran tareas en el hospital de acuerdo a sus respectivas capacidades.

De tal modo, cuando en la primavera de 1943 se designa oficialmente a Meseritz-Obrawalde como centro específico para el programa de eutanasia, Grabowski ya ha generado las condiciones psicológicas y materiales adecuadas para que a todos los empleados del hospital les parezca algo muy normal, incluso necesario, “terminar con el los sufrimientos” de aquella pobre gente que no deja de llegar en trenes y autobuses.

La banda del cementerio

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La enfermera Amanda Ratajzcak. Participe en los crímenes del hospital. [Fuente: http://www.t4-dekmal.de].

El doctor Mootz y la doctora Wernicke asumen la nueva tarea como un “deber patriótico” e inician los procesos de selección siguiendo dos criterios fundamentales: 1) Eliminación de los pacientes inútiles; y 2) eliminación de aquellos pacientes que, si bien “mentalmente aptos”, están tan enfermos que no pueden desempeñar trabajo alguno. Por otra parte, y aunque se decidió dejar fuera de las tareas de eutanasia a los empleados del hospital, Grabowski decidió ofrecer primas económicas a los trabajadores que decidieran implicarse voluntariamente en esta tarea especial. Ello motivó que dos enfermeras, Helene Wieczoreck y Amanda Ratajzcak, formaran parte activa en el proceso de exterminio.

El hecho de que Meseritz-Obrawalde contara con unas instalaciones amplias y un buen surtido de pabellones permitía que las tareas de exterminio pasaran virtualmente inadvertidas para el grueso de los ingresados. Así, las ejecuciones, generalmente mediante inyección letal, solían aplicarse en los edificios 1 (guardería), 6 y 8 (enfermedades infecciosas), 9, 10 y 18[6], lejos de miradas indiscretas o posibles sospechas.

La metodología era sencilla. Los pacientes seleccionados eran trasladados por sus cuidadores habituales al edificio designado para el exterminio e introducidos en una sala de aislamiento con la excusa de alguna clase de examen o procedimiento similar. En el caso de que el sujeto se mostrara especialmente díscolo, era adecuadamente sedado. A continuación, se procedía a su ejecución mediante la inyección de una sobredosis de barbitúricos, o bien la ingesta de los mismos disueltos en agua. En los momentos en los que los medicamentos escaseaban, se procedía a la consabida inyección de aire en vena. A continuación, los cadáveres eran retirados e inhumados por los propios cuidadores en el cementerio con el que contaba el propio hospital, si bien, a medida que la cantidad de asesinatos fue incrementándose, se seleccionó a un grupo de pacientes para este fin a los que se conocía con el apodo de la “banda del cementerio”. En última instancia, Mootz y Wernicke cumplimentaban los certificados de defunción de los pacientes, atribuyendo sus muertes a toda suerte de causas ficticias más o menos relacionadas con su patología original. Dichos certificados eran enviados a las familias para así cerrar el círculo administrativo dentro de la más estricta “legalidad”.

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Lápidas numeradas empleadas en las tumbas del cementerio de Meseritz-Obrawalde. [Fuente: deathcamps.org].

 Cumplir con la ley

Tras la guerra, solo la doctora Hilde Wernicke –que por cierto no tiene absolutamente nada que ver con el fisiólogo Carl Wernicke- pudo ser capturada y juzgada. Los doctores Mootz y Vollhein, de cuya vida se sabe realmente poca cosa, lograron fugarse y terminaron en paradero desconocido[7].

Gertrud Emmy Hilde Wernicke había nacido en 1899 en Schleswig (Schleswig-Holstein), hija de un oficial del ejército. Se graduó en medicina en la Universidad de Marburgo y, posteriormente, trabajó como médico asistente en una institución mental de Regensburg. Fue trasladada, también como asistente, a Meseritz-Obrawalde en 1927, alcanzando el puesto de directora médica en dicha institución en 1929. No se trataba, como vemos, de un médico mejor o peor que otro ni tenía especial interés en cuestiones políticas, pero sí le sucedió, como a otros muchos médicos jóvenes y con deseo de progresión profesional en aquellos días, que no tardó en advertir el interés del partido nazi por la eugenesia, la medicina y la farmacología, lo cual la impulsó a ingresar en las filas del NSDAP en 1933. Entraría a formar parte del partido nacional-socialista femenino (Nationalsozialistische Frauenschaft) en 1939. Tras participar activamente en el horror rutinario de Meseritz-Obrawalde, escapó con la llegada de las tropas soviéticas. Junto con su amiga, la enfermera Wieczorek, se trasladó al hogar paterno en Wernigerode (Alta Sajonia), al que llegó el 3 de febrero de 1945. En abril ya se encontraba ejerciendo la medicina de nuevo, cosa que hizo hasta su arresto definitivo el 10 de agosto del mismo año.

Es dudoso, como decimos, que Hilde Wernicke fuera una nazi convencida y, de hecho, ella se reconocía simpatizante del ala derecha de la Coalición de Weimar, un partido moderado que se vio muy erosionado políticamente por las posturas extremas, tanto desde la derecha (NSDAP) como desde la izquierda (KPD), hasta su desaparición definitiva en 1932. Más aún, se sabe que cuando las cosas empeoraron de manera radical en el hospital solicitó un traslado que nunca se le concedió, pero no es menos cierto que se implicó activamente –ella dijo que por temor- en las muertes y que su afiliación al nacional-socialismo obró como elemento útil para racionalizar sus crímenes a posteriori[8].

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Hilde Wernicke declara ante el tribunal que la juzgó en 1946. [Fuente: Schleswiger Nachritchtten].

El testimonio de Hilde es significativo pues se suma al de otros muchos médicos, jueces, abogados y etcétera alemanes que colaboraron activamente con el nazismo en sus terribles actividades y que dejan entrever el horror que puede llegar a alcanzar la racionalidad bien administrada cuando las personas se ven envueltas en situaciones morales y materiales, tan terribles como venenosas, que las inducen a tratar de comprender y justificar lo que resulta de todo punto incomprensible e injustificable. Para ella sus actos eran un “deber de guerra” o un “deber patriótico” –nunca llegó a tenerlo claro del todo-, a la par que resultado del temor a perder su carrera si se negaba a matar, pues sabía que habría otros médicos mucho menos escrupulosos y bien dispuestos a ocupar su lugar, cosa que el gerente Grabowski nunca dejó de recordarle. Por lo demás, las disonancias cognitivas y las argumentaciones “post-hoc” de Wernicke resultan muy esclarecedoras: ella “nunca mató a nadie”, ni se consideraba “responsable” de las muertes por cuanto, en efecto, preparaba los cócteles de medicamentos que se suministraba a los pacientes pero eran las enfermeras quienes hacían el trabajo sucio. Por lo demás, siempre manifestó “recibir órdenes” que en todo caso se encontraban “de acuerdo con la ley”. Consecuentemente, no podía verse a sí misma como una asesina sino, tal vez, como una herramienta que facilitaba “muertes piadosas” a pacientes en muy mal estado que “en todo caso habrían muerto pronto por sí mismos”. Más aún: “mis pacientes estaban muy vinculados a mí y jamás se sintieron amenazados; Obrawalde no era un campo de concentración”[9].

Sea como fuere, Hilde Wernicke fue sentenciada a muerte el 23 de marzo de 1946 por su participación probada en el asesinato de 600 pacientes. Su apelación sería rechazada, haciéndose efectiva la condena por parte del gobierno de la República Federal Alemana, y junto con la de Helene Wieczorek, el 14 de enero de 1947 en Berlín.

Moraleja: cuidado con afiliarse a las panaceas de salud, la homogeneización de conductas, el pensamiento único, lo políticamente correcto y el totalitarismo moral… No vaya a ser que el primero que no encajes en el estándar seas tu.


[1] Benedict, S. y Chelouche, T. (2008). Meseritz-Obrawalde: a “wild euthanasia” hospital of Nazi Germany. History of Psychiatry, 19 (1): 68-76.

[2] López-Muñoz, F. (2015). Panacea encadenada: La farmacología alemana bajo el yugo de la esvástica. Barcelona: Real Academia de Doctors.

[3] Uno de los métodos favoritos de ejecución y “depuración” de nazis y soviéticos, como puede verse en Snyder, T.D. (2010). Tierras de Sangre: Europa entre Hitler y Stalin. Barcelona: Galaxia Guttenberg / Círculo de Lectores.

[4] Friedlander, H. (1995). The origins of Nazi Genocide. Chapell Hill (NC): The University of North Carolina Press.

[5] Sagel-Grande, I.; Fuchs, H.H. & Rütter, C.F. (1979). Justiz und NS-Verbrechen, Heil-und Pflegeanstaldt Meseritz-Obrawalde, Vol. XX. Amsterdam: University Press Amsterdam.

[6] Ibid. anterior.

[7] Benedict, S. y Chelouche, T. (2008), op. cit.

[8] Michael, R. & Doerr, K. (2002). Nazi-Deutsch Nazi-German. Westport (CT): Greenwood Press.

[9] Testimonio de Hilde Wernicke. Landesgericht, Berlin, 7 de diciembre de 1945. El archivo se puede localizar en el Yad Vashem de Jerusalén, archivo TR 10/2584; cit. en Benedict, S. y Chelouche, T. (2008).