El hombre de los dulces


El protagonista -debiéramos decir como se comprobará los protagonistas– de esta historia, la de Dean Arnold Corll, ofrece tres connotaciones muy interesantes. La primera de ellas es que tratándose de uno de los asesinos seriales más salvajes de todos los tiempos, no está entre los más célebres y recordados tanto por los especialistas como por los aficionados a la materia. La segunda, no menos importante, reside en el nada desdeñable dato de que los cómplices de Corll, individuos que le suministraron la mayor parte de sus víctimas, que le ayudaron en la barbarie y que encubrieron sus brutalidades, no eran psicópatas “de manual” sino tipos dominados por la más elemental avaricia. En tercer lugar, nos muestra que en esta tipología de crímenes, de existir un pie de igualdad en las relaciones, la comunidad de intereses suele resultar enteramente circunstancial y es fácil de quebrantar, lo cual degenera en las más funestas consecuencias para todos los implicados… Razón por la que la mayoría de los asesinos en serie prefiere “trabajar solo”.


Corll
Dean Arnold Corll.

A la falta general de interés mediático por Candyman, criminal en el más puro estilo de la tradición del psychokiller norteamericana, parece sencillo darle una explicación: todo en su vida fue demasiado tópico. La infancia de Corll no fue más compleja que la de cualquier otro niño sometido a la férrea disciplina de un padre castigador y que vive el divorcio de sus progenitores. Tampoco su adolescencia difirió en exceso de los derroteros previsibles en un joven anónimo que se descubre homosexual en un entorno escasamente tolerante. Incluso la parte más negra y terrible de su vida –la criminal- es sórdida, poco literaria, repleta de estereotipos y lugares comunes. Problemas de identidad sexual, lujuria, drogas y crimen. Un esquema habitual del género y repetido hasta la saciedad como si se tratara del guion de una película de bajo presupuesto. Incluso lo prematuro de la muerte de Corll privó a la opinión pública de las narraciones morbosas y espectaculares, cuajadas de truculentos detalles en rojo que tanto gustan al experto y al profano. No hubo un juicio multitudinario, atiborrado de testigos que recurrieran a la fórmula manida del “parecía normal” para que por un segundo todos mirasen de reojo al sujeto “normal” que se sentaba a su lado. Es verdad: Dean Corll no fue un criminal mediático y se limitó a ir a lo suyo.

Lo cierto, a poco que nos adentramos en el despropósito, es que advertimos muy pronto que nada es vulgar. Nos las vemos con un relato oscuro que vincula a supuestos cuerdos y supuestos locos, que eslabona las motivaciones prosaicas y completamente normales -incluso comprensibles- de sus cómplices, con la pesadilla psíquica de un depredador sexual. Que ofrece elocuentes pistas sobre el funcionamiento psicológico de unos, los que nos situamos a ambos lados de la línea imaginaria. Corll se entregó a una matanza ciega e irreversible que le adentró en una selva e intrincada a un ritmo que sus cómplices no podían seguir o comprender.

Enfermo, mimado y cariñoso

Dean nació en Fort Wayne, Indiana, el 24 de diciembre de 1939. Creció en un hogar conflictivo en el que sus padres, Arnold y Mary Corll, se pelearon sin tregua hasta que en 1946, poco después de que viniera al mundo el segundo hijo de la pareja, Stanley, se divorciaron. Posteriormente, Mary encontró la vida “vacía” y triste sin Arnold, de suerte que, siguiéndole la pista, se trasladó con los niños a Tennessee donde volvió a contraer matrimonio con él[1]. Así, la familia reunida se trasladaría en 1950 a Houston (Texas).

El señor Corll Sr., electricista de profesión, nunca fue un padre de manual. Descuidaba la atención de los hijos, para, de súbito, castigarlos con gran severidad por el más leve error que pudieran cometer. Acto seguido, tras los gritos y los golpes, se prodigaba en caricias con los chicos. Era un hombre errático y desconcertante tanto para repartir amor como para aplicar castigos y con el que resultaba difícil saber a qué atenerse. Luego, cuando papá y mamá Corll se separaron de nuevo, Mary entró en relaciones que concluirían en boda con un comercial llamado Jake West, quien tenía también una hija de un matrimonio precedente que, a menudo, tuvo que hacer las veces de canguro con Dean y Stanley.

Unas fiebres reumáticas contraídas durante la niñez motivaron que se le declarase un problema de corazón que prácticamente le incapacitaba para los esfuerzos físicos continuados, así que Dean faltó en muchas ocasiones a la escuela, con lo que se perdió otro de los factores principales de socialización. Cobijado siempre bajo la falda de las mujeres de la familia, se transformó, con el tiempo, en un joven excesivamente mimado, taciturno y reservado. Justo el perfil contrario al de su hermano Stanley, chico extrovertido que pasaba horas disfrutando de la amistad y los juegos de sus compañeros de colegio. Limitado para los deportes, a Dean le dio por estudiar música, llegando a tocar el trombón en la banda del instituto en el que cursó la secundaria. Sus notas nunca fueron brillantes, pero tampoco excesivamente malas, y en todo caso aquella carencia quedaba contrarrestada por un excelente comportamiento.

Dean Corll (joven)
Dean en una instantánea de su época como estudiante de enseñanza secundaria.

Su madre, siguiendo la sugerencia de un comerciante del sector, pensó que podría hacer dinero fabricando caramelos de pacana[2]. Y todos los componentes de la familia colaboraron de una u otra manera en la iniciativa de modo que Dean, por ejemplo, echaba una mano pelando frutos o ayudando en el reparto de los encargos. “[Dean] –explica John Gurwell- era muy comprensivo y afectivo, especialmente con los niños. Nunca cuestionó las decisiones de su madre”[3]. De hecho, la ejemplaridad de su comportamiento quedaría puesta de manifiesto una vez más en 1960, cuando se trasladó a Indianápolis con la expresa finalidad de cuidar de su abuela viuda, la madre de su padrastro. El caso es que cuando regresó de Indianápolis, en 1962, Dean encontró que el negocio materno había prosperado mucho. Así, Mary contaba en casa con una auténtica fábrica de caramelos y había dispuesto una tienda en el garaje de la vivienda.

Sin dudarlo un instante, se instaló en un pequeño apartamento sobre el garaje y se enroló en el negocio hasta convertirse en el segundo de a bordo. También, por mediación de su padre natural, con el que siempre mantuvo una excelente relación, obtuvo un trabajo en la compañía eléctrica local, la Houston Lightning and Power, de modo que hacía caramelos durante buena parte de la noche y ganaba un salario estable durante el día. Su futuro era prometedor y no había pasado inadvertido a un buen número de chicas del vecindario que comenzaron a rondarle, pero Dean nunca pareció estar por la labor de establecer relaciones con el sexo opuesto[4].

En 1964, y a pesar de su dolencia cardiaca, Corll fue llamado a filas. En el ejército dio muestras de sus primeras señales de homosexualidad. Es muy probable que en un entorno tan tremendamente masculino y heterosexual Dean fuera objeto de crítica, burla y sanción por parte de compañeros y superiores, pero en ese preciso momento no se produjo ninguna reacción extraña que hiciera sospechar lo que sucedería después. Sirviendo al Tío Sam comenzó, por lo demás, a introducirse en las drogas. Nada serio de momento. Cannabis, marihuana, algún ácido, pegamento y otras fruslerías experimentales de ese tenor. Probablemente fuera por este conglomerado de razones que apenas un año después de su alistamiento se le licenció apresuradamente. Retornó, pues, al hogar sumido en un grave problema de identidad sexual al que se sumó una preocupación creciente, e incluso patológica, por su aspecto físico.

Y, además, las cosas habían cambiado. Durante su ausencia su madre había decidido divorciarse de Jake West, ya que la relación entre ambos se había visto fracturada a causa del absorbente negocio de Mary, que se expandía día a día. La fábrica de caramelos se trasladó a las cercanías de la Escuela Elemental Helms. Dean, que se mudó a su vez a un pequeño apartamento cercano, solía invitar a dulces a los chicos del nuevo vecindario con asiduidad, lo cual le convirtió en un tipo especialmente popular y simpático entre la chavalería, y de ahí el apodo con el que pronto empezó a ser conocido: Candyman -u Hombre de los Dulces-. El caso es que todo fue bien hasta que los críos, que antes parecía gozar de su compañía, empezaron a eludir las intimidades con Dean… Hubo rumores crecientes y un trabajador de la empresa empezó a insinuar cosas sobre “lo que ocurría con los chiquillos”[5]. Dean supo eludir este primer golpe por la vía de la indignación e hizo que su madre despidiera al bocazas. Aún pasaría, sin embargo, meses preocupado por el hecho de que se diera crédito a los rumores[6].

Corll ejercito
Imagen de Dean Corll durante su corto servicio militar.

Mary, sin embargo, tenía cosas mejores que hacer que prestar atención a la sexualidad de su primogénito. De hecho, volvería a casarse por unos años con un marino mercante, y este matrimonio también fracaso en dos ocasiones, la última en 1968. Aquí acabó la fábrica de caramelos, en la medida que la madre de Dean decidió trasladarse para instalar un negocio similar primero en Dallas y, posteriormente, en Colorado. De esta forma tan inusual fue que Dean Corll, frisando la treintena, alcanzó la independencia. Se centró entonces en su trabajo como electricista y se instaló en una pequeña casa que su padre, Arnold, poseía en Lamar Street, en el seno de un tranquilo barrio de clase media. No se deshizo, sin embargo, de un almacén que había alquilado en Silver Bell Street a fin de paliar las estrecheces de su vivienda precedente.

Liberado del control materno experimenta, súbitamente, un cambio tan insospechado como radical en su personalidad. Se transforma en un individuo tétrico, tendente a la depresión e hipersensible hasta lo morboso. Empezó entonces a pasar el tiempo con adolescentes, y a organizar fiestas en su casa donde todos se ponían a tono oliendo pintura y pegamento[7], para luego entregarse a las más diversas fantasías sexuales. Corll seguía regalando caramelos.

Amistades peligrosas

David Owen Brooks
David Owen Brooks

Lo cierto es que en septiembre de 1970, Candyman se sintió preparado para dar el primer golpe. El elegido fue un estudiante de la Universidad de Texas, Jeffrey Konen, que hacía auto-stop camino de Houston, queriendo el azar que fuera Dean Corll el único conductor que se detuvo. En efecto, llevó al chico a la ciudad, pero se las ingenió para convencerle, como otras tantas veces, de que lo pasarían bien en su casa. Una vez allí, tras consumir drogas, beber unas cervezas y oler algo de pegamento, aprovechando el momento en que Konen perdió el conocimiento, guiado por un impulso irresistible, lo ató de pies y manos para sodomizarlo antes de terminar con su vida y deshacerse del cuerpo.

Ciertamente, Dean seguía disfrutando de la compañía de Brooks al tiempo que pagaba a otros chicos para que le practicasen sexo oral, pero la situación se volvía tensa porque Candyman esperaba bastante más de los jovencitos. Si accedían de buen grado –como explicaría David con posterioridad a la policía- salían vivos del trance, pero cuando no era así los violaba y asesinaba. Por lo demás, la estrategia de Corll era virtualmente perfecta en la medida que se las ingeniaba para seleccionar chavales problemáticos, generalmente huidos del hogar, y cuya desaparición por consiguiente no era noticiable[8]. La verdad es que Brooks descubrió lo que estaba sucediendo a finales de 1970, cuando se presentó de improviso en casa de Dean, y lo sorprendió en su dormitorio, desprovisto de ropa y acompañado de dos muchachos, también desnudos, a los que había maniatado concienzudamente. Candyman se puso hecho una furia y le echó de allí con cajas destempladas. Luego, a cambio del necesario silencio, y tras explicarle con total naturalidad que había asesinado a ambos chicos, compraría el silencio de David con un Corvette[9].

En realidad, el coche deportivo abría otra etapa en los planes perfectamente diseñados –concebidos y desarrollados con enfermiza naturalidad- de Dean Corll, pues empezó a pasearse en él –David al volante- a fin de seleccionar juntos a sus sucesivas víctimas. Otras veces, vagabundeaban por las calles en la lustrosa camioneta blanca de Dean. Pocos rehuían la posibilidad de subirse a aquellas ratoneras rodantes para pasar un buen rato con esos dos “tipos enrollados”. Y así se fueron sucediendo las macabras fiestas del Hombre de los Dulces. A veces junto al servil y dependiente Brooks, a veces no. Por lo demás, durante esta época Corll solía alquilar apartamentos en diferentes partes de la ciudad, más o menos alejadas de Lamar Street, a fin de no levantar sospechas entre sus vecinos cercanos o provocar la animadversión de algún inquilino quisquilloso. Llegó a disfrutar tres diferentes en un año. En lo que respecta a los cadáveres, la mayor parte de ellos solía terminar enterrado bajo el entarimado de madera del almacén de Silver Bell Street.

Henley (juicio)
Elmer Wayne Henley (fuente: Associated Press).

Tras varios asesinatos, David Brooks se presentó en casa de Corll con una nueva víctima propiciatoria. En este caso se trataba de su mejor amigo, Elmer Wayne Henley. No obstante, el calculador Candyman, advirtiendo el desparpajo del nuevo, supo darse cuenta de que era distinto a los otros e improvisó una prueba: a requerimiento suyo, Elmer golpeó sin dudarlo un instante a David, de suerte que perdió el conocimiento. Cuando despertó estaba tendido sobre la cama de Dean y sangraba profusamente por el ano. Tras meses durante los que se las había apañado para evadirse de las exigencias sexuales de Corll, había caído. Sea como fuere, obró con cautela y no dijo nada aunque comprendió que ahora había otro factor en la ecuación. A Dean, tal vez hastiado de la actitud de perrillo faldero de David, parecían gustarle el atrevimiento y la independencia de un Elmer que, dicho sea de paso, no parecía mejor en el plano moral que el propio Corll. Y como en tales situaciones tres suelen ser multitud Brooks, cauteloso, comenzó a guardar las distancias con respecto a los otros.

Finalmente, el descenso a los infiernos de Corll se había consumado. Perdió el control por completo y ofreció tanto a Brooks como a Henley, quien estaba especialmente dispuesto a hacer cualquier cosa por dinero, la cantidad de doscientos dólares por cada una de las víctimas que le proporcionaran. Y aceptaron. David probablemente por miedo. En el caso de Elmer, con tal diligencia y fruición que no dudó en llevar al matadero a buena parte de sus propios amigos. La verdad es que, cegados por las constantes recompensas de Candyman, dada la notoria impunidad de sus actos, ambos empezaron a mostrarse muy descuidados a la hora de buscar nuevas víctimas. Buena parte de ellos fueron seleccionados en el mismo vecindario en el que Corll tenía su residencia. En efecto. Parece increíble que nadie pudiera sospechar lo que sucedía en el interior de la guarida del bueno de Dean. Quizá porque era un vecino ejemplar. Hombre “raro” pero en general “persona honrada y trabajadora”.

Lo interesante es que Dean Corll, tal y como explicó a sus colaboradores en el crimen, mostró una capacidad de racionalización sorprendente que le llevó a desarrollar una visión sumamente altruista de sus aficiones: solía comentar que aquellos chicos a los que violaba y asesinaba –sólo o acompañado por David y Elmer- en realidad eran una carga para sus familias, proyectos de perdedores y lastres para la nación, por lo que en el fondo estaba haciendo una “obra social”.

Un final previsible

El 8 de agosto de 1973 la carrera criminal de Dean Corll tocaría a su fin. Y no por acción de las fuerzas de la ley que, tal y como estaban las cosas, podrían haber permitido que el apetito homicida de Corll eliminase a la mitad de la juventud de Houston antes de llamar a la puerta de su casa, sino por acción de Elmer Henley, quien telefoneó a la policía visiblemente alterado para que fuera a la pequeña casita de su buen amigo y mecenas. Una vez allí, los agentes se encontraron el cuerpo de Dean Candyman Corll, muerto a causa de seis disparos en cabeza, hombro y pecho. La verdad, por cierto, es que Elmer no había tenido aquella noche la mejor idea de su vida cuando, conociendo perfectamente lo que allí sucedía, decidió presentarse allí con una chavala con la que andaba ennoviado, una tal Rhonda, y otro amigo, Tim Kerley, por el que Henley había pensado cobrar una bonita suma.

Rhonda Williams era una joven acomplejada por su físico poco agraciado, huérfana de madre y sometida a las violentas acometidas de un padre alcohólico. Solía tener problemas para conservar a sus novios –el último, un tal Frank Aguirre, había desaparecido sin dejar rastro[10]-, y cojeaba ostensiblemente a causa de un accidente reciente cuyo resultado había sido un pie malherido. Aquella noche, como de costumbre, el papá de Rhonda se había presentado en casa completamente borracho, por lo que la chica se había encerrado en su cuarto. Elmer, que sabía bien el terror que su progenitor le inspiraba, a petición de la propia chica, la había rescatado con la ayuda de Tim por la ventana de su dormitorio sobre las dos de la madrugada.

Ella no quería cuentas con el raro de Dean, de quien el mocerío del barrio contaba muchas cosas turbias, menos aun cuando se trataba de pasar la noche bajo su mismo techo, pero las opciones tampoco eran muchas a aquellas horas, de modo que el trío se encaminó hacia allá. Eran alrededor de las tres de la mañana cuando cruzaban el jardín delantero. No es que Rhonda sospechara a qué dedicaba Candyman sus ratos libres, y tampoco creía que se enfadara en exceso porque se presentara allí con los dos chicos, pero era plenamente consciente por los relatos sesgados de Elmer de que algo no funcionaba bien con su inopinado anfitrión y, por consiguiente, de que las cosas podrían torcerse. El hecho es que las circunstancias se presentaron bastante mejor de lo que ella o Henley habían supuesto. Dean estaba de muy buen humor. Hubo, de hecho, una pequeña fiesta durante la que bebieron y fumaron algo de hierba. Luego todos se fueron quedando dormidos. Todos excepto Corll.

Pasaron varias horas. Elmer se despertó de súbito, presa de una extraña agitación, justo en el momento en el que Dean terminaba de esposarle. Para entonces ya le había atado las piernas. Sorprendido, miro a su alrededor. Tim, ya desnudo, estaba inmovilizado con cuerdas y amordazado con cinta aislante, al igual que Rhonda. No hacía falta que Candyman dijese nada, pero lo hizo: “voy a mataros a todos, pero antes me divertiré un rato”[11]. Wayne pensó deprisa y le propuso un trato para ganar algo de tiempo: sería más divertido si, mientras él torturaba a Tim, le permitía a él violar a Rhonda. Dean, con gesto codicioso, evaluaba las posibilidades entretanto le amenazaba con un revolver del calibre 22 y un enorme cuchillo, hasta que finalmente tomó la decisión de desatarle: “Si no haces lo que has prometido, también serás mi víctima”[12].

Acto seguido, Corll llevó a Tim y Rhonda a uno de los dormitorios, en el que tenía preparada una peculiar sala de torturas, y los encadenó a unos tablones dispuestos en la pared. Henley, siguiendo el juego, sugirió que se divertirían más si podían escuchar los gritos de ambos, por lo que sería mejor quitarles las mordazas, a lo que Dean accedió gustoso antes de tenderle el cuchillo y ordenarle que despojara a la chica de la ropa. Aprovechando la ocasión, Henley susurró al oído de la chica que trataba de ganar tiempo y que no le sucedería nada entretanto rasgaba sus pantalones. La pura verdad es que Elmer no obraba por un impulso heroico. Simplemente, presa de la tensión, fue incapaz de tener una erección, hecho provocó airadas burlas por parte de Candyman quien, a su vez, intentaba violar a un Tim que forcejaba sin cesar[13].

Corll, tablones
Dos agentes de la policía de Pasadena posan ante uno de los tablones para torturas encontrados en la casa de Dean Corll.

 

A fin de dominar más fácilmente a su víctima, Candyman dejó el revolver en la mesilla de noche. Simulando dirigirse al baño, Elmer se apoderó del arma y le encañonó. Estaba muy herido por los ataques verbales de Dean, quien se enfureció: “¡Mátame, Wayne! ¡Mátame si puedes! ¡Estoy seguro de que no lo harás!”[14]. Se equivocaba. Elmer Wayne Henley lo hizo. Luego telefoneó a la policía. Eran las 8:30 horas de la mañana.

Corll victims
Elaboración propia.

Cementerio particular

El agente A. B. Jamison, del Departamento de Policía de Pasadena, se dirigió a la carrera hacia el 2020 de Lamar Drive, tal y como le habían indicado desde la central. Allí, frente a una casa de una planta pintada en verde y blanco, le esperaban tres adolescentes, dos chicos y una chica. Uno de ellos, que se autoidentificó como Wayne Henley, acompañó a Jamison al interior de la vivienda, hasta el lugar en el que, sobre el suelo, tiroteado y ensangrentado, yacía el cuerpo de un hombre adulto, de cabello castaño ondulado, musculoso y bastante alto. Se trataba de Dean Arnold Corll, de 33 años de edad, electricista empleado en la Houston Power and Light.

Tras las pertinentes diligencias, el cadáver fue trasladado a la morgue entretanto los jóvenes eran conducidos a comisaría a fin de que les fuera tomada declaración. La historia parecía bastante clara, pero un comentario inopinado de Tim Kerley, saltándose el guion, hizo suponer a sus interrogadores que tras aquel caso tan aparentemente sencillo había más de lo que cabía suponer en un principio: “Wayne me dijo que tenía suerte, puesto que si no fuera un buen amigo suyo, podría haber conseguido ciento cincuenta dólares por mí”[15]. Los hallazgos que los detectives realizaron en la casa del finado Dean alimentaron sus sospechas; esposas, cuerdas, tablones con grilletes, una bayoneta, un enorme consolador, cremas lubricantes, una caja con mechones de vello púbico pertenecientes a diferentes personas… En efecto, el comentario de Tim convertía a Elmer Henley en cómplice de algo muy oscuro.

Hubo que presionar poco al muchacho, que se derrumbó apenas los detectives se concentraron en él. Presa de los nervios, o tal vez impelido por la necesidad de liberar su conciencia, el joven narró a los estupefactos policías la macabra historia de sus peripecias junto al difunto Corll. En un principio, los agentes tomaron la increíble declaración con reservas. Al fin y al cabo, nada hacía sospechar que el hombre asesinado fuera realmente un criminal. Así se dedujo de la declaración del padre de Dean, Arnold, quien manifestó que su hijo jamás había sido una persona violenta ni había mostrado tendencias homosexuales. “De hecho [añadió] mi hijo adoraba a los niños y siempre había sido muy generoso con ellos. Estos chicos se han aprovechado de la hospitalidad de mi hijo y, enloquecidos por las drogas, le han asesinado en su propia casa”[16]. Testimonio que parecía corroborado por las declaraciones de los vecinos de Dean y que le catalogaban de persona de orden, con una vida normal y en absoluto sospechoso de nada que mereciera la pena contar. Incluso la dueña del almacén que Corll había transformado en cementerio, una tal señora Meynier, manifestaría en su momento a la policía, que todavía se esforzaba por destapar la fosa común, que Dean parecía una excelente persona y jamás había tenido queja alguna de él. Lo cierto es que por un momento los agentes parecieron dispuestos a creer en la versión de los hechos imaginada por Arnold Corll, pero el testimonio de Henley era demasiado tentador –quizá por disparatado- como para dejarlo pasar por alto. Sobre todo teniendo presente la elevada cantidad de denuncias sobre muchachos desaparecidos en aquella parte de la ciudad.

Se profundizó en el pasado de Candyman en busca de datos que alimentaran la sospecha, pero todo parecía indicar que Corll había sido realmente un buen ciudadano, de vida ordenada. Con alguna rareza sexual, pero quién no tiene una. Aquellos que conocieron a Dean hablaban maravillas de él. Incluso una antigua novia, Betty Hawkins, parecía dispuesta a defender su integridad a todo trance: “Dean fue el hombre más amable que he conocido. Si tenía algo y alguien lo necesitaba, no dudaba en dárselo. Hasta donde yo sé, su única afición fue la de ayudar a los demás”[17]. Así que la policía se aprestaba a cerrar el caso cuando un informador anónimo dibujó una imagen muy diferente del hombre asesinado. Este sujeto, quien se hacía llamar a sí mismo Guy, era un adolescente homosexual que manifestó conocer bien a Dean Corll. Al parecer ambos habían mantenido una estrecha relación que no llegó a consolidarse después, especialmente por su estilo de vida, cercano a los locales gays y las casas de baños. De hecho, Dean, como corresponde a un perfecto homosexual egodistónico, era muy reacio a este tipo de ambientes, disociando por completo sus tendencias homosexuales del resto de su vida: “Levantó una barrera entre mí y su vida íntima, que se convirtieron en un tabú [expresó Guy]. Supe que tenía un amigo llamado Wayne, pero siempre que yo intentaba acercarme a sus amigos, se las ingeniaba para alejarlos de mí… Nunca quiso presentármelos”[18].

Además, algunos de los nombres que Henley dio a los agentes coincidían con los de chicos cuyas desapariciones habían sido denunciadas lo que, obviamente, parecía demasiada casualidad como para que la historia no tuviera visos de ser cierta. La duda residía en delimitar la magnitud de la culpabilidad del difunto Corll. La cosa quedó más clara cuando aquella misma tarde Elmer condujo a los policías al improvisado cementerio del Hombre de los Dulces, su particular cámara de los horrores instalada bajo los tablones del almacén que Dean Corll tenía alquilado en Silver Bell Street, donde había enterrados un total de 17 cuerpos. Insistió en que, al menos que él supiera, habría 10 cadáveres más en otros lugares que, en algún caso, no supo precisar.

A todo esto, David Owen Brooks se enteró de todo por las noticias y decidió que, muerto Dean, era hora ya de contarlo todo. Cuando llegó a la comisaría y se informó a Henley del hecho, este suspiró aliviado manifestando que al fin, ahora que David había decidido entregarse, podría contar toda la historia. Comenzó, de este modo, por admitir que algunas de las víctimas habían muerto por su propia mano.

Crime Search Party
Brooks y Henley ayudan a los agentes durante la tarea de excavación de las fosas comunes de Dean Corll (fuente: Corbis).

El testimonio de Brooks resultó más ligero. En realidad, concedió que en algún caso, sobre todo desde que Elmer se había visto involucrado en los sucesos, participó en alguno de los crímenes y que lo habitual era que los tres estuvieran presentes durante ellos. Sin embargo, explicó que actuaba en gran medida por miedo a convertirse asimismo en víctima. Tal y como se estaban poniendo las cosas convenía aliarse con los fuertes, sobre todo porque “me pareció que Wayne también disfrutaba causando dolor a aquellos chicos”[19]. Luego se supo que esta declaración era una verdad a medias en la medida que Elmer y David ya se habían planteado la posibilidad de asesinar a Dean porque imaginaban acertadamente que cualquier día podría tocarles a ellos y que, además, las cosas no podían continuar así en la medida que la ferocidad cada vez mayor de Candyman provocaría que, más pronto que tarde, les detuviesen.

Considerados competentes y capaces de distinguir entre el bien y el mal por los especialistas, ambos muchachos fueron sometidos en 1974 a un juicio mediático que provocó airados debates televisivos y radiofónicos[20]. Brooks fue condenado a cadena perpetua por su participación probada en, al menos, seis asesinatos. Henley fue encontrado culpable de varias muertes y condenado a seis penas de 99 años en prisión. Su causa con respecto a la muerte de Dean Corll se resolvió con una absolución por homicidio justificado. Su abogado defensor, sin embargo, logró que el caso fuera revisado aduciendo que su cliente había sido juzgado antes en los medios de comunicación que en las salas de justicia, y que su juicio se había visto por consiguiente contaminado por la presión de la opinión publica. En efecto: Henley volvió a presentarse ante los tribunales en 1979, pero de poco le sirvió ya que fue encontrado de nuevo culpable y encarcelado con idéntica severidad. Lo cierto es que sólo el hecho de que fuesen menores de edad cuando Dean Arnold Corll les indujo al crimen, les libró de la pena capital.


[1] Bendeich, J. (2002). “Dean Corll”. En: The Crime Web [www.thecrimeweb.com].

[2] La pacana (Carya illinoiensis y Carya ovata) es un árbol oriundo de Norteamérica que da unos frutos, cuya almendra es dulce y comestible. Estos frutos, de forma ovoide, son del tamaño de nueces y reciben el mismo nombre del árbol. La madera de la pacana es parecida a la del nogal y muy apreciada en carpintería y ebanistería.

[3] Mass Murder in Houston. Houston, Cordovan Press, 1974.

[4] Bendeich, J. Op. Cit.

[5] Bendeich, J. Op. Cit.

[6] Wilson, C. y Seaman, D. (1997). The Serial Killers: A Study in the Psychology of Violence. Virgin Books.

[7] Actividad sistemática que, con total probabilidad, le produjo daños cerebrales irreversibles.

[8] Bendeich, J. Op. Cit.

[9] Espectacular modelo deportivo de la casa Chevrolet, especialmente popular –y deseado- en los Estados Unidos durante aquellos días.

[10] Luego se supo que se trataba de uno de los amigos que Henley había llevado a una de las amables fiestas de Dean Corll.

[11] Bardsley, M. (s.f.). “Dean Corll: The Sex, Sadism and Slaugther of Houston Candyman”. En Internet: Court TV’s, Crime Library. Criminal Minds and Methods. [www.crimelibrary.com].

[12] Ibíd. anterior.

[13] Olsen, J. (1990). The Man with Candy. The Story of the Houston Mass Murderers. New York, Simon & Schuster.

[14] Bardsley, M. Op. Cit.

[15] Ibid. anterior.

[16] Ibid. anterior.

[17] Ibid. anterior.

[18] Ibid. anterior.

[19] Olsen, J. Op. Cit.

[20] No ha de olvidarse que en aquellos días el contaje de víctimas de Dean Corll y sus secuaces, al menos 27, suponía un récord en los Estados Unidos, al superarse holgadamente las 25 de Juan Corona. Como es lógico, la truculenta y sórdida historia de los crímenes de Houston despertó el interés de toda la nación.

El paladín de la hipnosis

Tal y como Wilhelm Wundt (1832-1920) la presentó en 1879, la psicología como ciencia versaba sobre los procesos conscientes, que fueron asumidos por la propuesta introspeccionista como único área legítimo de conocimiento al tratarse del único que podría considerarse “empírico”. Ello propició que la constitución de la psicología como ciencia dejara de lado la explicación de fenómenos psíquicos evidentes como las alteraciones debidas a discontinuidades del consciente -sueños, amnesias- o los estados de sugestión inducida –hipnosis-, fenómenos que sin embargo eran bien conocidos desde la antigüedad y se encontraban en el fundamento de múltiples manifestaciones culturales. Así, la elección que Wundt justificaba a través de exigencias metodológicas, pronto fue contemplada como algo arbitrario. El caso de la hipnosis en particular y de la sugestión en general es paradigmático por cuanto la psicología se obstinó en sus comienzos en negar su existencia hasta que, finalmente, hubo de aceptarla si bien a regañadientes y con reservas, como un estado auténtico pero desusado de la mente.

Franz-Anton-Mesmer
El controvertido Franz Anton Mesmer. Genio para unos, charlatán para otros.

El primer paladín del hipnotismo fue Franz Anton Mesmer (1734-1815), un médico  austriaco de carácter visionario, que retomó las investigaciones de autores como Paracelso (1493-1541) y van Helmont (1577-1644), así como los testimonios del sacerdote Johann Joseph Gassner (1727-1779), quien se valía del hipnotismo en la práctica del exorcismo arguyendo que ciertas enfermedades estaban provocadas –cómo no- por posesiones demoníacas[1]. Sin embargo, Mesmer dio un giro radical a la comprensión del fenómeno al aplicarlo sistemáticamente al tratamiento de las enfermedades nerviosas.

El bautizado como mesmerismo se basaba en la teoría del magnetismo animal, según la cual todo ser vivo posee un fluido magnético que altera o rige su comportamiento inconsciente, y sobre el que se puede intervenir físicamente. Dicho fluido ocupaba el universo -como un éter- y, aseguraba Mesmer inspirándose en la clásica teoría humoral, la buena salud dependía del equilibrio del mismo dentro del organismo. Así pues, un manipulador eficiente del fluido magnético -o magnetizador, como gustaba de llamarlo- podría curar aquellas enfermedades relacionadas con los desequilibrios del fluido utilizando alguna suerte de magnetoterapia.

La popularidad del mesmerismo creció tan rápidamente que no tardó en desencadenarse un considerable revuelo en el seno de la medicina oficial, por lo que Mesmer fue acusado de curanderismo. Por intervención de Luis XVI, la Academia de Ciencias y la Facultad de Medicina de París arbitraron en la controversia para someter a examen la propuesta de Mesmer. La comisión creada al efecto concluyó que dicho fluido magnético no existía y que, de existir, tampoco era observable o manipulable en modo alguno. Pero no fue suficiente. La sugestiva teoría de Mesmer, paradójicamente impulsada por la interferencia de la academia parisina, se vio reactivada y despertó una polémica considerable así como el interés de un buen número de investigadores. Entre ellos se contaba el cirujano inglés James Braid (1795-1860), a la sazón acuñador del término hipnotismo.

James Braid
James Braid. Buscaba un anestésico y se encontró con la sugestión.

Interesado en la investigación de anestésicos que aliviaran el dolor de los pacientes durante la cirugía[2], Braid logró determinar que un paciente sometido a sueño inducido por hipnosis respondía al operatorio manifiestamente mejor que otro en condiciones normales. Cierto, concluyó Braid, que la hipótesis del dichoso fluido magnético era completamente falsa, pero no así la existencia del llamado estado mesmérico (o hipnosis), que podía ser perfectamente definido como un estado natural del organismo debidamente preparado y comparable en gran medida al del amnésico. Estas conclusiones, presentadas de manera incontestable, vieron la luz con la publicación en 1843 de su obra Neurohipnología.

Persistía, sin embargo, la reticencia oficial. De hecho, entre la aparición del libro de Braid y la publicación en 1864 del trabajo sobre la materia de Ambrose Liebault (1823-1904), el hipnotismo se había ido estableciendo como una práctica médica para cirujanos progresistas, aunque poco respetable y en muchos casos oculta, que venía a paliar la falta de anestesia en los quirófanos. Liebault, fundador de la conocida Escuela de Nancy (Lorena), resumía en su tratado los resultados obtenidos con un elevado número de pacientes sometidos a hipnosis y establecía una primera hipótesis acerca del origen fisiológico de lo que llamaba sugestión[3]. Sin embargo, para alcanzar alguna respetabilidad científica el hipnotismo debía ser defendido por alguna figura de gran peso académico.

Charcot, el visionario

Jean Martin Charcot
Charcot.

Jean-Martin Charcot (1825-1893), hijo de un modesto carrocero y el menor de cuatro hermanos, mostró bien pronto un talento extraordinario tanto para las artes plásticas como para los estudios, por lo que terminó siendo el elegido por el cabeza de familia para tales fines[4]. El hecho es que tras estudiar medicina, aunque nunca abandonaría sus intereses artísticos, se encontró ocupado en el Hospital de la Salpêtriere de París, y allí hubo de encargarse hacia 1870 de una sala dedicada a pacientes neuróticas y epilépticas de especial gravedad.

Se vio obligado de este modo a ampliar sus estudios, restringidos hasta entonces a la anatomía y la patología del sistema nervioso, hacia el campo de la histeria. Gracias a ello, se convertiría muy pronto en el líder intelectual de la llamada Escuela de la Salpêtriere, así como en uno de los neurólogos más eminentes de su tiempo. De hecho, cualquier médico de la época interesado en estos asuntos que quisiera hacerse respetar, tenía que contar entre sus méritos con el de haber sido becado para mantener una estancia con el gran Charcot. Bien dotado para la enseñanza y la investigación, se convirtió de este modo en un visionario de la psicopatología que no dudó en utilizar cualquier medio a su alcance. Entre ellos, claro está, se incluyó la hipnosis.

No se trata de una elección casual ni en lo científico ni en lo humano. Charcot siempre tuvo una visión espectacular de la ciencia que nunca se molestó en ocultar ni tan siquiera durante sus clases, que presentaba como auténticas exhibiciones. Hombre de mundo -conocía un buen número de idiomas y citaba a los clásicos de la literatura desde el original-, casado con una viuda inmensamente rica, dotado de un excelente don de gentes, mantenía un estilo de vida fastuoso y contaba entre sus amigos personales a los más importantes nobles, burgueses y políticos de su tiempo. No es extraño, pues, que Francia considerara a Charcot como una especie de príncipe científico, patrimonio nacional que demostraba al mundo el genio francés. Tampoco sorprende que la imagen de Charcot -unida a su innegable talento- obnubilara completamente a quienes estudiaron con él, incluido el posteriormente no menos célebre Sigmund Freud[5].

Charcot en La Salpetriere (Andre Brouillet)
Este célebre óleo de Brouillet nos ofrece una idea perfectamente clara de cómo entendía Charcot sus “exhibiciones” científicas y de cómo presentaba el fenómeno de la hipnosis. De hecho, las sesiones públicas como ésta, que ofrecía en La Salpêtriere los martes y los jueves, llegaron a convertirse en visita obligada para periodistas, escritores, músicos y artistas en general.

Los primeros contactos de Charcot con la histeria –la grande neurose– le llevaron a la desorientación por cuanto las pacientes no parecían tener daños visibles en el sistema nervioso. Hasta entonces, había supuesto como el grueso de la comunidad científica que la neurosis, en cualquiera de sus formas, era reductible a lo anatómico. Es cierto que Charcot nunca renunció a la idea de que la histeria era una enfermedad de carácter neurológico, pero la falta de referentes empíricos le llevó a reconocer el valor del hipnotismo como herramienta de trabajo. El hecho era que mediante hipnosis se podía inducir en la paciente episodios de histeria a conveniencia y en diferentes niveles, de suerte que podían ser estudiados fácilmente[6]. Así pues, el interés de Charcot por la hipnosis nunca fue terapéutico sino experimental en la medida en que permitía acceder a complejos procesos somato-psíquicos.

Tras diez años de investigación, Charcot estableció que el estado hipnótico era una condición patológica en la que ciertas personas estaban predispuestas a entrar. Así, en 1882, expuso sus conclusiones en la Academia de Ciencias de París, consiguiendo avalar de este modo, a través de su reputación científica aunque no sin polémicas ulteriores, el empleo del hipnotismo como método de trabajo “ortodoxo”.


[1] Sánchez-Barranco, A. (1993). Técnica psicoanalítica. Desarrollo histórico, conceptos básicos y fundamentos epistemológicos. Sevilla, España: Arquetipo Ediciones.

[2] Recuérdese que la anestesia farmacológica se presentó en la década de 1840, y que empezó a popularizarse como práctica terapéutica en las de 1850 y 1860, con la aparición del cloroformo y del éter.

[3] Santamaría, C. (2001). Historia de la psicología. El nacimiento de una ciencia. Barcelona: Ariel.

[4] Cagigas, A. (2000). Introducción. En: J.M. Charcot y P. Richer, Los endemoniados en el arte. Jaén, España: Ediciones del Lunar.

[5] Breger, L. (2001). Freud. El genio y sus sombras. Buenos Aires, Argentina: Ediciones B.

[6] En la antigüedad se creía que el útero era un órgano móvil, que deambula por el cuerpo de la mujer, causando enfermedades cuando llega al pecho. A ese movimiento se le atribuían los trastornos sintomáticos de la histeria como las convulsiones. Así pues, la etimología de la palabra (del francés hystérie, y éste a su vez del griego ὑστέρα, “útero”) asume que la histeria es una enfermedad del útero y, por lo tanto, propia de la mujer. Actualmente, y como es obvio, se considera que que no existe relación alguna del trastorno con el útero y que, por consiguiente, no es una entidad exclusiva de las mujeres, por lo que la denominación “histeria” se encuentra en desuso en beneficio de otras como la de “trastorno de conversión”.

 

Historia de una portada

Per Yngve Ohlin
Per Yngve Ohlin, el roquero que era un muerto viviente.

Nacido el 16 de enero de 1969, el sueco Per o Pelle Yngve Ohlin –apodado “dead”, muerto– había tenido una vida complicada. Aquejado desde la infancia de síndrome de apnea obstructiva del sueño, también conocido como apnea-hipopnea[1], fue también víctima de un virulento acoso escolar que a punto estuvo de costarle la vida: a los diez años recibió por parte de sus abusadores colegiales una paliza tan grande que le provocó una hemorragia interna. Salvó la vida de milagro, pues llegó a estar incluso clínicamente muerto, aunque finalmente los médicos conseguirían reanimarlo. No obstante, tras el evento Ohlin retornó distinto, transformado, convertido en una persona extraña a la que sus familiares tenían problemas para reconocer.

Fascinado por el heavy-metal, aprendió a cantar y tocar la batería para terminar fundando, en 1986, la banda Morbid, con la que grabó algunas maquetas y demos que no pasaron desapercibidas en el entonces efervescente ambiente del black metal nórdico. Tanto es así que cuando en 1988 dos componentes de la banda noruega Mayhem deciden abandonarla, el líder la misma, Oystein Aarseth, conocido en el circuito del metal como Euronymous[2], se fijó en él como nuevo vocalista.

Por aquel entonces Pelle –Per- había consolidado una personalidad extraña, compleja y autodestructiva que resultaba rara incluso para gente del pelaje de sus compañeros y que encajaba perfectamente con el significado de su apodo: “muerto”. Entre sus excentricidades más comunes, por ejemplo, se encontraban un odio absolutamente visceral a los gatos, su afición malsana a olisquear cadáveres de animales, la costumbre de autolesionarse, una obsesión desmedida con el vampirismo, la idea de que esta vida solo es un mero sueño transitorio del que se despierta tras la muerte, y la práctica del ayuno sistemático extremo para causarse malestar y dolor. De modo que Aarseth llegaría a comentar que estaba convencido de que su nuevo batería estaba completamente loco… Y que un zumbado como este tipo, fan acérrimo de la violencia y del satanismo, diga esto de ti con cara de cierta sorpresa resulta, cuando menos, sintomático. No en vano, quienes conocieron en la cercanía a Dead manifestaban sin ambages que era un tipo extraño, imprevisible, al que nunca se llegaba a comprender del todo. Y bien lo sabía el propio Aarseth, pues una vez fue apuñalado por Dead en medio de un ataque de ira y por motivos que nunca trascendieron.

Mayhem
Logotipo de la ya legendaria banda de black metal noruego Mayhem.

Fascinado por la muerte

En efecto, Pelle estaba tan absolutamente fascinado por la muerte que coqueteaba con ella constantemente. Sin ir más lejos, durante un concierto celebrado en 1990 en Sapsborg, Noruega, dejándose arrastrar por la pasión del momento, se practicó unos cortes tan profundos en un brazo con una botella rota que hubo de ser hospitalizado durante varios días a causa de la pérdida masiva de sangre. Así las cosas, el desenlace era tan esperado como inevitable, de suerte que nadie se sorprendió por el discurrir de los acontecimientos: El hecho es que la banda Mayhem había adquirido una casa en Krakstad que les servía como vivienda compartida, lugar de ensayo y centro de operaciones. Y fue allí, en abril de 1991, que Per Yngve Ohlin se quitó finalmente la vida.

Tras adquirir un cuchillo de caza aquel mismo día y practicarse algunos cortes en las muñecas y el cuello, Dead debió imaginar que todo ocurría demasiado despacio, por lo que se saltó la tapa de los sesos con una escopeta de caza en las habitaciones de la casa[3]. En la nota de suicidio comenzaba disculpándose educadamente –la urbanidad nórdica ante todo- por haber disparado dentro de la vivienda y dejarlo todo manchado de sangre: “siento que ya no pertenezco a este mundo, mi lugar es la fría soledad de los bosques”.

Dead y Euronymous
Dead (izquierda) y Euronymous listos para la batalla.

Lo cierto es que dada su actitud extrema ante la muerte, sus declaraciones en las que afirmaba que a menudo sentía que sus órganos o su sangre se detenían, y su constante flirteo con el más allá –obviaremos las especulaciones legendarias que aún circulan sobre las extravagantes costumbres previas a los conciertos de Ohlin-, a lo que debemos sumar los antecedentes de sus patologías infanto-juveniles y la nada descartable hipótesis de algún daño cerebral no diagnosticado, se ha especulado con la idea de que el músico pudiera padecer una extrañísima psicosis conocida como Síndrome de Cotard[4].

La portada

El cuerpo fue descubierto por Euronymous, quien se encontró la casa cerrada a cal y canto, por lo que hubo de ingeniárselas para acceder al interior por una ventana para encontrarse la terrible escena. Sin embargo, lejos de ponerse nervioso, hizo justamente lo que a la inmensa mayoría de nosotros nunca se nos habría ocurrido: antes de llamar a la policía, perfectamente calmado, salió de la casa y se trasladó en coche a un centro comercial para adquirir una cámara fotográfica. Luego retornó al hogar y realizó un reportaje fotográfico del cadáver de su compañero. Las macabras fotografías se utilizaron para ilustrar el siguiente disco de la banda, precisamente el que recogía el concierto grabado en Sarpsborg y que lleva por título Dawn of the black hearts (Warmaster Records, 1995).

DawnOfTheBlackHearts
Hela aquí: así quedó este muchacho y así nos lo fotografió su compi. Si tienes una primera edición de esto, con total independencia de lo que consideres que es de buen o mal gusto, te aseguro que tienes una muy cotizada joyita de la historia del rock que vale un buen dinero entre los coleccionistas. Que te lo tasen.

Tras llamar a la policía, dado este extraño proceder, Euronymous sería detenido como sospechoso del asesinato de su compañero. No obstante, a medida que la investigación avanzó, fue puesto en libertad porque aquello era justamente lo que parecía. Cuando un periodista, con posterioridad, preguntó a Oystein Aarseth por su singular conducta, la respuesta del líder de Mayhem no fue menos sorprendente: “¿acaso tu no lo habrías hecho?”

La leyenda negra del rock dice que, antes de llamar a la policía, y tras hacerse un guiso con unos cuantos pedacitos del cerebro de Dead, Euronymous recogió cuidadosamente unos cuantos trocitos de la caja craneal reventada con los que posteriormente fabricó amuletos que envió a algunos de sus colegas favoritos del mundillo del black metal. Se dice que uno de los componentes de la banda sueca Marduk, el guitarrista Morgan Steinmeyer Hakansson, aún conserva uno de ellos… Dato difícil de creer que, sin embargo, nunca ha sido desmentido. Por supuesto, esta historieta nunca probada no deja ser parte de los ingentes chismorreos para fans que circulan inevitablemente en el circuito y que, aunque muy sugestivos, debieran ser puestos en cuarentena.


[1] Este trastorno se debe a episodios repetidos de obstrucción o colapso de la vía aérea superior que tienen lugar mientras la persona afectada duerme. La vía respiratoria se estrecha, se bloquea o se vuelve flexible. La apnea se define como una interrupción temporal de la respiración de más de diez segundos de duración provocando un colapso, bien mediante la reducción (hipopnea) o bien mediante la detención completa (apnea) del flujo de aire hacia los pulmones, y puede producir, entre otros efectos, una disminución de los niveles de oxígeno y un aumento del nivel de CO2 en sangre, así como un pequeño despertar a menudo subconsciente que permite recuperar la respiración normal hasta que se produce el siguiente episodio. La respiración vuelve a la normalidad con un ronquido fuerte o con un sonido parecido al del atragantamiento. La duración de las pausas puede variar entre unos pocos segundos y varios minutos, y normalmente se producen entre 5 y 30 veces por hora.

[2] Supuestamente, se trata de una derivación del nombre del demonio Eurynomos tal y como lo cita Anton LaVey en la biblia satánica, que se ha traducido libremente como “príncipe de la muerte”, pero la etimología no es correcta. Además, Aarseth detestaba a LaVey, al que no dudaba en llamar estafador, por lo que es dudoso que utilizara esta denominación a causa de su influencia. De hecho, Oystein Aarseth, que sería asesinado en 1993 por Varg Vikernes a causa de una deuda, había crecido en una familia evangélica de fuertes tradiciones religiosas y conocía perfectamente las Escrituras, la mitología nórdica y el satanismo.

[3] Irónicamente, tanto la escopeta como los cartuchos que había en la casa habían sido un regalo a la banda de uno de los más fervientes admiradores de Mayhem, Varg Vikernes, el mismo tipo que años después asestaría 23 puñaladas a Oystein Aarseth.

[4] Esta patología debe su nombre al neurólogo francés Jules Cotard, quien la denominó originalmente “delirio de negación” o “delirio nihilista” al presentarlo en una conferencia celebrada en París en 1880. Se trata de una patología de la familia de las psicosis relacionada con la hipocondría por la que el afectado cree estar muerto en sentido literal, es decir, como un “muerto viviente”. Así, se queja de estar sufriendo la putrefacción de los órganos, la paralización del riego sanguíneo, cree no respirar y, en los casos extremos, dice simplemente “no existir”. A veces el paciente se cree incapaz de morir en la medida que ya se considera cadáver.

La terrible historia de las quintillizas


En el presente, a causa de los procedimientos de fertilización artificiales, la probabilidad de que se produzcan embarazos múltiples ha experimentado cierto aumento. No obstante, que se produzcan embarazos múltiples de forma natural es raro, y la probabilidad tiende a reducirse a medida que crece el número de retoños por embarazo (por ejemplo, la cantidad de gemelos univitelinos concebidos de forma natural en España no alcanza más del 2% de todos los embarazos registrados). De hecho, un nacimiento de quintillizos idénticos (monocigóticos), sin intervención médica alguna que lo propicie, es algo tan raro que solo ha ocurrido una vez en la historia –que se sepa-. Sucedió en Canadá en la década de 1930 y, a causa de las absurdas políticas eugenésicas y de protección de la infancia imperantes en aquellos tiempos, se convirtió en motivo para la desgracia, así como para toda suerte de abusos. Y es que, por si no os lo habían dicho nunca, debéis saber que el camino del infierno suele estar empedrado con las mejores intenciones.


Elzira y las Quintillizas
Elzira Legros-Dionne junto a las quintillizas.

“Creíamos que eran gemelos, pero…”

Elzira Legros-Dionne pensaba que estaba encinta de gemelos cuando se puso de parto dos meses antes de lo previsto. Y lo cierto es que el embarazo había sido complicado desde el comienzo, al punto de que se piensa que sobre el tercer mes, tras sufrir unos calambres, pudo perder a uno de los seis que probablemente venían en camino. El médico local, el doctor Allan Roy Dafoe, que no tenía ni la más remota idea de lo que se traía entre manos, le había diagnosticado una “anormalidad fetal” y estaba convencido de que lo que viniera, si finalmente llegaba, no duraría mucho tiempo.

Así, el 28 de mayo de 1934, con la ayuda de dos matronas, trae al mundo a las cinco niñas en el hogar familiar –sorpresa- a las que inmediatamente mete entre algodones. Aquello era todo un récord pero, como decimos, Dafoe pensaba que las niñas no saldrían adelante, de suerte que las arrinconó en un lado de la cama y se preocupó por asegurar la supervivencia de la madre, que había entrado en shock tras el parto. El peso combinado de los bebés, lo único que se registró, era de unos 6 kilos y 100 gramos. Es el padre de las niñas, Oliva-Edouard Dionne, quien advierte pasado un tiempo que siguen con vida y avisa de ello a las matronas, que toman las medidas oportunas.

Estamos en una granja muy modesta ubicada en las cercanías de Corbeil, Ontario (Canadá), y acaba de comenzar un episodio ciertamente vergonzante –hoy olvidado por muchos- en la historia de ese país.

Allan Roy Dafoe y las Quintillizas
Allan Roy Dafoe posa con las niñas a las que va a destrozar la vida. Él no lo sabe, claro, y probablemente tampoco lo reconocería si pudiéramos preguntarle, pero así son las cosas.

Una gran noticia

Allan Roy Dafoe, el doctorcito de pueblo que en la vida pensó verse en otra como esta, se va a hacer muy famoso. De hecho, el nacimiento de quintillizas monocigóticas –toda una rareza, por no decir que un evento científico muy extravagante- se convierte de inmediato en una noticia de alcance internacional. Hay que tener en cuenta que estamos en lo peor de la Gran Depresión –que está afectando tanto a la economía del sur de Canadá como a la estadounidense al tratarse de vasos comunicantes-, por lo que cualquier noticia o evento que asegure entretenimiento y evasión de la cruda realidad se convierte por derecho propio en un fenómeno de masas.

Todo el mundo quiere sacar tajada del caso. Estamos en esos años en los que no hay más entretenimiento que la radio, las ferias ambulantes, los circos y las exhibiciones de fenómenos, que en aquellos pagos son tema común y bien rentable… Y, evidentemente, si hay un fenómeno que mostrar por todo el país ese no es otro que las quintillizas de los Dionne, a las que ya se conoce en todas partes, gracias a la prensa, como las “Dionne Quintuplets”, o simplemente “Quints”. De tal modo, a los pocos días, la puerta de la pequeña granja se convierte en un ir y venir de feriantes, hombres de negocios, promotores de espectáculos… Todos prometen a aquella gente miserable oro a raudales si firman un contrato con ellos. Y Oliva-Edouard, que debe pensar que le ha venido a tocar la lotería, finalmente se decide a rubricar un acuerdo para que se exhiba a las niñas en un stand de la Chicago’s Century of Progress. Algo así –imagino- como “las quintillizas de las incubadoras” o alguna otra cosa grotesca de ese tenor.

Lo cierto es que, por alguna razón que desconocemos, se impuso la cordura y el contrato nunca llegó a hacerse efectivo, pero la tentación de los padres de salir de la pobreza por la posible vía de la explotación de unas niñas de meses y endeble salud, motiva que la opinión pública se preocupe y se movilice. Es así que el gobierno se ve presionado y un tema teóricamente familiar se convierte en una cuestión de Estado que, sin duda, tuvo su máximo impulsor en el descontento del doctor Dafoe, primer interesado en asegurar la supervivencia de las crías por motivos meramente personales. De este modo, cuatro meses después de su nacimiento, las niñas son arrebatadas a sus padres por el gobierno de Ontario bajo el pretexto de que no se les considera adecuados para tener la custodia legal. Luego, en 1935, y por orden expresa del Primer Ministro canadiense, Mitchell Hepburn, el fiscal general Arthur Roebuck, regulariza la situación: la tutela de las quintillizas pasa definitivamente al estado canadiense hasta que cumplan los 18 años.

Si hay algo que sorprende en esta medida manifiestamente cínica, y antes política que humanitaria, es que los Dionne tuvieron tres hijos más tras las quintillizas (Oliva Jr., Víctor y Claude)… Y el gobierno de Canadá nunca tuvo nada que decir acerca de su validez como padres legales en ninguno de estos tres casos. Y es que donde entra un político, también entran los intereses.

Quintland
Panorámica aérea de las instalaciones de Quintland (Fuente: VintagePostcard.org).

Quintland

Como decimos, la aprobación de la Dionne Quintuplets’ Guardianship Act (1935) es el último clavo en el ataúd de las esperanzas familiares de controlar las quintillizas. Yvonne, Annette, Cécile, Émilie y Marie –que así se llaman- pasan a la custodia de la Corona Británica hasta su 18 aniversario, de suerte que sus padres solo lo serán de forma nominal, pero no tendrán responsabilidad o derecho alguno sobre la crianza y educación de las niñas. Para garantizar los adecuados cuidados de las quintillizas se construye en North Bay, a unos 14 kilómetros de Corbeil, la Dafoe Nursery, popularmente conocida como Quintland, que será dirigida como es de suponer por el doctor Allan Roy Dafoe[1]. Un tipo este destinado a la más absoluta mediocridad médica que, de repente, se ha convertido en una estrella mediática de talla mundial que incluso puede publicar artículos en revistas científicas de primer nivel que solo un año antes le estaban completamente vedadas, porque a nadie había importado nunca un pimiento lo que el tal Dafoe tuviera a bien escribir.

Dafoe contaba con todo un elenco de profesionales dispuesto a ayudarle en la tarea: dos enfermeras, un maestro, tres agentes de policía, un conserje y dos asistentas. Tenía, por lo demás, absoluta autoridad en todo lo referente a la educación y acceso a las chiquillas de suerte que la familia solo podría verlas si él lo consideraba oportuno. Y aquí viene la paradoja: poco importaba que el motivo para arrebatar a las quintillizas de su familia fuera el riesgo de explotación, pues este tinglado organizado por el gobierno se basaba precisamente en la exhibición de las niñas, evento que ocurría en dos sesiones diarias, generando así lo que suponía un enorme negocio. Miles de visitantes dispuestos a pagar su entrada para ver al fenómeno nacional, licencias para fabricación de juguetes, calendarios, tazas, baberos y todo tipo de objetos, documentales, reportajes, licencias para insertar fotos de las pequeñas en cajas de cereales, detergente, galletas… e incluso películas. Por supuesto, la familia de las niñas no veía ni un céntimo de ese río de dinero –tampoco ellas- y se presume que el doctor Dafoe, único gestor de las ganancias, solo pudo sacar de aquí la muy acomodada posición económica de la que disfrutó durante toda su vida.

Quintland, Pabellon Principal
Pabellón principal de Quintland.
Five of a Kind (1938)
Five of a Kind (1938); cartel de una de las películas en las que aparecieron las famosísimas Quintillizas Dionne.

Por hacernos una idea, se ha calculado que la presencia de Quintland, durante el tiempo que estuvo en funcionamiento, atrajo a la zona de North Bay a unos tres millones de personas, lo cual significa entre 3000 y 6000 visitantes diarios que hicieron crecer de manera exponencial los negocios hosteleros locales, al punto de que durante los peores momentos de la Gran Depresión, la North Bay Area vivía una pujanza económica sin precedentes. Tanto es así que entre los habitantes de la zona las quintillizas eran conocidas cariñosamente como las “nuggets” (pepitas de oro). De hecho, el “valor de negocio” de las Quints, se estimó en torno al medio millón de dólares estadounidenses anuales en 1938 al tratarse de un negocio que contaba con la enorme ventaja de no tener competencia alguna en el mercado[2].

Gente se agolpa a las puertas de Quintland
Gente agolpándose a la entrada de Quintland en espera del pase de las quintillizas.

No es oro todo lo que reluce

No tardó el doctor Dafoe en generarse una pléyade de incondicionales en la profesión médica dispuestos a cantar sus alabanzas, probablemente polillas que pululan alrededor de la luz de la fama, y que nunca le faltan a esta clase de gente. Prueba de ello es que incluso logró que se organizara un congreso sobre el “desarrollo” de las niñas que generó cierto ruido académico y alguna que otra controvertida publicación[3].

Pero no era oro todo lo que relucía. No es solo que el asunto estuviera montado sobre un vergonzante negocio que Dafoe justificaba asegurando que lo que único que hacía era garantizar el futuro de las niñas –cosa que luego se mostró totalmente incierta-, sino que también se cifraba en una serie de criterios pseudocientíficos y cuasi profilácticos que en realidad contravenían las bases de un desarrollo psicosocial saludable para las pequeñas. La obsesión del doctor Dafoe con la salud, la higiene y la protección “contra los gérmenes” de Quintland era tan extrema que imponía a las quintillizas una vida virtualmente carcelaria: solo interaccionaban entre ellas, solo podían desplazarse libremente dentro de ciertos lugares de las instalaciones, no conocían a otros niños ni tener amigos, solo podían socializar con los adultos que tenían acceso directo a ellas, su estilo de vida era meticulosamente controlado, la disciplina a la que eran sometidas era extremadamente férrea. Tampoco podían ser besadas o abrazadas bajo ningún concepto. No podían posar para una fotografía con naturalidad y su imagen era cuidada hasta extremos rayanos en la demencia, pues era propiedad de un periódico que pagaba escrupulosamente por la exclusiva.…[4]

Dionne Quintets - School Days (1940 - Andrew Loomis)
Uno de los populares calendarios que vendían la inexistente utopía infantil de las Dionne (School Days, 1940: Andrew Loomis).

De tal modo, entretanto los populares calendarios que vendían idílicas imágenes de aquellas niñas que parecían vivir una maravillosa utopía infantil adornaban las cocinas de millones de hogares, la realidad era que se trataba de pobres chiquillas sometidas a un régimen de vida terriblemente riguroso, en un medio inapropiado para el desarrollo de sus personalidades, aplastadas por un régimen de sangrante explotación económica que las había convertido en el medio principal de vida de un pueblo entero.

Publicidad de Palmolive (1937 - Andrew Loomis)
Publicidad de jabón Palmolive protagonizada por las quintillizas Dionne (Andrew Loomis, 1937).

Un detalle significativo: la primera vez que las quintillizas salieron al exterior de la Dafoe Nursery fue en 1939 –con cinco años-, momento en el que viajaron a Toronto para tener un breve encuentro con el rey Jorge VI, que se encontraba en Canadá realizando un viaje de Estado[5].

Con papá y mamá… Pero tampoco

Como es de suponer, Oliva-Edouard y Elzire habían mantenido una larga batalla legal contra el gobierno canadiense a fin de recuperar la tutela de sus hijas, a las que prácticamente no tenían acceso. Se veían ayudados por un creciente grupo de ciudadanos a los que la terrible injusticia que se había cometido no les era indiferente y a quienes, por cierto, la palabrería del doctor Dafoe –que por aquel entonces incluso había logrado publicar un par de famosos libros para madres- no lograba engañar. Más aún: la familia Dionne era de origen francófono entretanto Dafoe, anglófono, se había empeñado en que solo hablaran inglés… Un asunto que en Canadá es muy serio, y que solo venía a agravar la situación.

Así pues, y con el panorama descrito, en 1943, los tribunales fallaron a favor de la familia. El médico, al que se acuso de maltrato psicológico y que pasó de héroe a villano sin escalas intermedias (las polillas volaron a otra parte, que es lo que pasa cuando las luces se apagan), fue relevado de sus deberes para fallecer de una neumonía, complicada con un cáncer, en junio del mismo año[6].

Con fondos extraídos de la fundación de las quintillizas se construyó una mansión de 20 habitaciones junto a la vieja guardería para que la familia pudiera convivir reunida, y que fue bautizada como The Big House. Se mantuvo a la vieja plantilla de Quintland trabajando con los Dionne para garantizar la privacidad y bienestar de las niñas, entretanto las antiguas instalaciones fueron reconvertidas en una escuela católica para señoritas. Sin embargo, el hogar de los Dionne fue de todo menos ejemplar.

Dafoe Radio (Getty Images)
Allan Roy Dafoe, una auténtica figura pública de su tiempo, en una de sus muchas apariciones radiofónicas en las que ofrecía toda suerte de consejos sobre maternidad a la par que informaba acerca del desarrollo de las niñas Dionne (Fuente: Getty Images).

Entre las constantes ocupaciones promocionales de las niñas, el ansia del padre por recuperar cuanto fuera posible de los ingresos perdidos (y dicen las malas lenguas que quizá demasiado “cariñoso” con las pequeñas), las escasas habilidades psicosociales de unas niñas que estaban poco preparadas para llevar una vida más o menos normal, y bajo la presión de un constante escrutinio público que impedía, precisamente, normalizar las cosas, el hogar de la familia Dionne fue cualquier cosa excepto feliz, como las propias chicas manifestaron a lo largo de su vida en muchas ocasiones[7].

Por lo tanto, apenas alcanzaron la mayoría de edad, todas abandonaron el hogar y rompieron para siempre con la familia. Su vida no fue ni remotamente feliz, e incluso en algún caso llegaron al extremo de pasar toda suerte de privaciones económicas que el gobierno canadiense, el mismo que no dudó en embolsarse el río de dinero que generaron las quintillizas cuando tuvo ocasión, trataría de reparar en 1998. Tarde: para entonces, ya solo vivían tres de ellas.

A menudo, la fama solo esconde horrores.

Quintillizas en New York a los 16
Las quintillizas a los 16 años, durante una visita a New York City.

[1] The Evening Independent, 15 de marzo de 1935.

[2] Noël, F. (ed.) (2010). The Dionne Quintuplets and their entourage: Student papers on media representation. North Bay (ON), Canada.

[3] Blatz, W.E. (1937). Abstracts of studies on the development of the Dionne Quintuplets. Can. Med. Assoc. J. 37(5): 424-433.

[4] Dafoe, A.R. (1937). The physical welfare of the Dionne Quintuplets. Can. Med. Assoc. J. 37(5): 415-423.

[5] Berton, P. (2007). The Dionne’s Years: A thirties melodrama. New York City (NY): W.W. Norton & Company.

[6] http://www.thecanadianencyclopedia.ca/en/article/allan-roy-dafoe/

[7] Berton, P., Op. Cit.

Amityville: de crímenes, fantasmas y trolas

 

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Ronald DeFeo Jr. Una joya de muchacho.

El famoso asesinato en masa perpetrado por Ronnie DeFeo durante la madrugada del 15 de noviembre de 1974 ha quedado ensombrecido por la peripecia que, según se dice, vivieron con posterioridad los Lutz, la familia que compró la propiedad en la que sucedió todo.


De hecho, que la casa del 112 de Ocean Avenue en Amityville (Long Island, New York) se convirtiera en el singular epicentro de una historia de fantasmas, posesiones diabólicas, rituales satánicos y otras simplezas afines con las que alimentar mentes recalentadas, llegaría a ser indecentemente utilizado por el abogado del propio DeFeo -William Weber- para tratar de exculpar a su defendido. La celebridad que, tanto la ávida prensa amarilla como el libro escrito por Jay Anson, dieron a la historia de los Lutz ha contaminado el horroroso crimen cometido por Ronald DeFeo Jr., convirtiéndolo así en un simple y extravagante prólogo para acontecimientos posteriores supuestamente mucho mayores, pero bastante menos ciertos.

Hasta doce películas -a cual peor, dicho sea de paso- se han inspirado en la casa encantada de Amityville convirtiendo a George y Kathy Lutz en una maravillosa fábrica de dólares y cuentos chinos. No es para menos. El libro de Anson es bueno como novela de suspense, está bien construido y pese a no tratarse de una maravilla de la prosa literaria, que no lo es, tiene esa gracia tópica del best-seller que lleva al lector a tragárselo de una sola vez. Para muestra, un servidor. No es para menos si tenemos en cuenta que antes de dar el pelotazo literario Jay Anson se había ganado la vida escribiendo guiones cinematográficos… En efecto, el tal Jay no era Cervantes, pero no cabe la menor duda de que sabía contar una historia.

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El famoso perfil -que da a la calle- de la celebérrima casa del 112 de Ocean Avenue.

Desmontando mitos

Para comenzar la narración como es debido, aclaremos que en torno al crimen de Ronald DeFeo se han construido muchos relatos inciertos, o escasamente documentados, que lo han dotado de matices tenebrosos pero en absoluto reales. Por ejemplo, se cuenta habitualmente que puso somníferos en la sopa de sus familiares para, una vez dormidos, trasladarlos a sus camas y asesinarlos en ellas de un tiro en la cabeza. No ha podido probarse. Los cuerpos fueron encontrados en el mismo lugar en que fueron tiroteados -sus propias camas- y presentaban heridas en diferentes lugares de su anatomía. Los análisis toxicológicos no hallaron restos de fármaco alguno en sus cuerpos. El hecho de que la mayoría -que no todos- estuviesen tumbados decúbito prono -o boca-abajo- en el momento de su muerte es meramente casual… Pero claro, siempre cabría preguntarse si es realmente tan raro que la gente duerma en una postura u otra. ¿Cuánta gente duerme de lado? ¿O boca arriba? ¿Y a quién en su sano juicio le importa saberlo? ¿Como duermes tu? ¿Y tu hermana?

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Dos “friquis” posan en el otrora célebre “cuarto rojo” del sotano. Por lo que se ve, fue reconvertido en un triste lavadero.

Otro mito célebre indica que el asesinato múltiple tuvo lugar a las 3:15 horas en punto de la madrugada, pero se trata de una especulación. Los archivos policiales indican, tan solo, que los crímenes debieron tener lugar entre las 2:30 y las 3:30 horas -esto de la exquisita puntualidad fue una creación literaria posterior de Jay Anson y quien quiera conocer los motivos del invento, tendrá que leerse el libro porque no lo pienso contar, explotada a posteriori por el cine-. También se ha especulado con la posibilidad de que Ronnie DeFeo se entretuviera realizando rituales satánicos en un cuartito rojo oculto en el sótano de la casa, pero lo cierto es que este extremo nunca ha podido demostrarse, nunca se ha sabido qué finalidad tenía el dichoso cuarto y, además, el asesino ni lo mencionó en sus declaraciones antes de que esta historieta fuera publicada bastante tiempo después de los crímenes. De todo ello cabe deducir que simplemente se subió al carro de la película de terror para sustentar su propia defensa. Un rasgo tópico de carácter en los antisociales manipuladores y de los abogados caraduras dispuestos a valerse de cualquier cosa para ir tirando, por muy disparatada que sea.

Lo cierto y verdad es que no hay que buscar explicaciones sobrenaturales al terrible crimen y, de hecho, no existe constancia alguna de que los DeFeo hubieran experimentado sucesos paranormales en aquella casa de estilo colonial holandés que su primer propietario erigiera en 1928. Tampoco hacía falta porque, al parecer, el ambiente se encontraba ciertamente envenenado en el seno de aquella familia numerosa desde hacía bastante tiempo.

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Cartel de la producción de 1979 Terror en Amityville, dirigida por Stuart Rosenberg. Un taquillazo, pero no te la creas…

Familia envenenada

Ronald DeFeo padre, hasta donde se sabe, era un hombre de dos caras. Bivalente.

Fuera del hogar se mostraba como un sujeto educado, atento y encantador, pero quienes le conocían bien cuentan que de puertas adentro era extremadamente autoritario y exigente con sus hijos, a los que gobernaba manu militari. Esta actitud dura -en ocasiones incluso cruel- desembocaba a menudo en graves enfrentamientos y discusiones con su esposa, Louise. Y no descartemos los malos tratos. De hecho, la mudanza a la magnífica propiedad de Ocean Avenue, al parecer, tenía mucho que ver con un intento desesperado de la familia por mantenerse unida en un ambiente tranquilo y alejado del estrés del centro de la ciudad -una especie de terapia- para evitar una ruptura definitiva. Un dato esclarecedor: papá DeFeo, nada más aterrizar en la propiedad, la bautizó cartel en mano como High Hopes (grandes esperanzas).

La verdad es que, en aras a la buena convivencia, todos se sometían de mejor o peor grado a la tiranía del señor DeFeo excepto su primogénito, Ronald Jr. -apodado Butch– que tendía a llevarse la peor parte en aquél régimen despótico en la medida que solía mostrarse arrogante y muy poco servil. En definitiva: Ronald Sr. y Ronald Jr. eran astillas de la misma madera y chocaban permanentemente. Es más: el medio que Butch encontró para vengarse de las presiones paternas fue, obviamente, el de convertirse precisamente en aquello que su padre más detestaba: un mal estudiante, un vago, un golfo, un bebedor compulsivo y, al fin, en un adicto a diferentes tipos de drogas. Fuego para combatir el fuego.

Y la cosa solo empeoró, con mudanza o sin ella. Sintiéndose como un animal enjaulado desde la adolescencia, Butch optó por reducir al mínimo su relación con el resto de la familia, por lo que solía encerrarse durante horas -a veces días- en su cuarto y en las raras ocasiones en las que se presentaba en el colegio no hacía otra cosa que buscarse problemas. Al parecer, sólo encontraba cierta complicidad en su hermana inmediatamente menor, Dawn, con la que mantenía una relación que podría considerarse amigable.

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Ronald con sus hermanos y hermanas meses antes del crimen.

Con 17 años, hartos de recibir llamadas enojosas de diferentes centros académicos, los padres deciden sacar a Ronald del enésimo colegio y le ponen a trabajar. Peor todavía, pues del consumo de drogas Butch evolucionó hacia los robos -se sospecha que llegó incluso a apropiarse nada menos que 30.000 dólares de la empresa de su abuelo, en la que estaba empleado, si bien lo negó reiteradamente argumentando haber sido víctima de un atraco- al tiempo que, paulatinamente, iba quedándose sin amigos y sumiéndose en una espiral de terrible soledad de la que sólo parecía salir cuando contaba con algo de dinero fresco en el bolsillo.

Fue por estos días que el joven DeFeo comenzó a aficionarse a las armas de fuego, de las que siempre contaba con diferentes tipos y calibres, pero que raramente solía utilizar. Se limitaba a manipularlas, observarlas, cambiarlas, limpiarlas o venderlas cuando se veía apremiado económicamente, y poco más. Una rara afición la suya. Por supuesto, los altercados con papá DeFeo continuaron su escalada hasta que, irremediablemente, se pasó de las palabras a los hechos: durante una de las graves -y comunes- discusiones que su padre mantenía con su madre, Butch tomó uno de sus rifles, apuntó directamente a su progenitor y apretó el gatillo. Sin más. El arma se encasquilló evitando el desastre, pero la posterior amenaza de Ronald fue clara y explícita pues le indicó que si seguía maltratando de aquella manera a la familia no dudaría en matarlo. Ronald DeFeo Sr., simplemente, quedó tan atónito que ni abrió la boca. Si aquel día el rifle de Ronnie no se hubiera atascado, se habría evitado posteriormente una tragedia mucho mayor y Jay Anson nunca habría escrito libro alguno.

Pero es que el mundo funciona como funciona.

La familia que se odia unida, muere unida

Es probable, como decimos, que cuando los DeFeo adquirieron la excelente casa del 112 de Ocean Avenue, lejos del ruido y las tribulaciones urbanas del populoso Brooklyn, pensaran que aquel cambio significaría el principio de una mejora significativa en su vida familiar. Ya se sabe; cambiarlo todo para que nada cambie. De hecho, nadie en la familia DeFeo había sido capaz de entender que ya era demasiado tarde de suerte que, recurriendo al tópico, la suerte estaba echada. Así, a los pocos meses del traslado -todavía con el asunto del robo en el negocio familiar caliente en la memoria de todos-, Butch, ya en el fondo de su peculiar descenso a los infiernos, había madurado lo suficiente como para estallar.

En la noche de autos, una vez estuvo completamente seguro de que todos se encontraban en la cama y perfectamente dormidos, Ronald echó mano de su rifle del 35 y aguzó el oído. Todo era silencio si exceptuamos el fluir monótono del agua por el río que circundaba la propiedad. Iba a terminar con todos los reproches, odios y miedos de la familia de una vez y para siempre. Allá terminaban todas las miserias porque la fantasía que había urdido durante meses iba a convertirse realidad. A menudo la gente suele preguntarse -y preguntarme- qué narices pasa por la cabeza de alguien que obra de este modo, y la respuesta a esa pregunta es más bien sencilla: solo él lo sabe y difícilmente podrá ser comprendido por alguien ajeno a esas tempestades interiores más allá de la comprensión del mecanismo que activa la espoleta. A veces -y esto es muy común- ni ellos mismos son capaces de ofrecer una explicación lógica de sus actos, pues probablemente no la haya.

El caso es que, arma en mano, visitó en primer lugar el dormitorio de sus padres. Sin dudarlo, disparó en ocho ocasiones sobre la cama provocándoles diferentes heridas , la mayor parte de ellas mortales de necesidad. Acto seguido se acercó al cuarto de sus hermanos y repitió la operación… Y concluyó en la habitación de las chicas, a las que descerrajó sendos tiros en la cabeza. Todo ocurrió en apenas tres minutos. Ya estaba. Fuera el perro ladraba sin control y a Ronald le pareció increíble que nadie se hubiera despertado en la casa o hubiera oído semejante escándalo nocturno en un vecindario tranquilo como aquel. Pero así era. A continuación, lo cual indica que era dueño de sus actos en todo momento, preparó la coartada que había elaborado, pues era plenamente consciente de que se convertiría en el primer sospechoso del crimen. Planificador y organizado… Luego ni enajenado, ni poseído, ni gaitas… Qué le vamos a hacer.

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Vista aérea de la propiedad de los DeFeo.

Tras despojarse de la ropa y ducharse por temor a cualquier evidencia genética pues era consciente de que había recibido alguna salpicadura de sangre, lo metió todo -rifle incluido- en una funda de almohada y se deshizo del hatillo en una alcantarilla cercana a la propiedad. Luego, tras dar una vuelta por la casa para asegurarse de que todo estaba en orden, cogió el coche y se encaminó hacia Long Island para asistir a su jornada de trabajo en la empresa familiar aparentando normalidad. Para consolidar la coartada, a lo largo de la mañana, realizó varias llamadas telefónicas a su casa y simuló ante todos una grave preocupación por el hecho de que nadie respondiera. Fue un error que, a posteriori, hizo sospechar a muchos que algo raro pasaba con él pues, habitualmente, Butch no habría telefoneado a su casa ni para pedir la hora. Finalmente, a la hora del regreso, se aseguró de ir acompañado de un par de amigos a fin de poder escenificar como era debido su particular drama. De hecho, fue uno de ellos, particularmente afectado, quien llamó a la policía que se personaría en la finca de los DeFeo con celeridad.

La función continua

Los agentes, que saben lo que ven en cuanto lo ven, se dieron muy pronto cuenta de que todo aquello era raro, pues no había pista alguna, ni móvil, ni lucha, ni faltaba cosa alguna, ni las puertas o ventanas habían sido forzadas… Y, además, la coartada de Ronald Jr. -el único superviviente, hecho que no dejaba de resultar inevitablemente sospechoso- parecía excesivamente sólida, concisa, preparada de hecho: el chico manifestó con naturalidad que aquella noche no había podido dormir pues padecía insomnio -lo cual era cierto y tenía medicamentos prescritos por el médico para combatirlo-, que había permanecido hasta las cuatro de la madrugada viendo la televisión, y que posteriormente se había arreglado y marchado al trabajo sin percibir nada extraño en la casa. El problema es que este detalle no se ajustaba a la hora de la muerte estimada por los forenses que, con cadáveres tan recientes y en condiciones de temperatura y humedad normales, ajustaron la hora del óbito con bastante precisión… Por eso, cuando un agente particularmente tenaz se concentró en la habitación del chico y logró encontrar dos cajas de cartón vacías de munición para un rifle del 35, la idea del crimen en familia quedó perfectamente clara para los investigadores.

Así, tras largos interrogatorios, Ronald DeFeo se derrumbó reconciéndose culpable si bien dijo no estar arrepentido. Tenía muy claro por qué había asesinado a su padre, pero nunca supo explicar por qué se había llevado por delante a todos los demás… Tal vez fuera el exceso de entusiasmo que provoca el olor de la sangre en esas personas que han acumulado mucha tensión, mucha ira y mucho odio, durante mucho tiempo.

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Fotografías de la ficha policial de Ronald DeFeo realizadas tras su detención. Se le ve tan pancho, ¿no?

El cuento chino

Dado que la defensa de Butch se acogió al socorrido argumento de la locura, a William Weber, un letrado ciertamente espabilado, le vendría de perlas la historia paranormal urdida por el matrimonio Lutz, los siguientes inquilinos de la propiedad. No en vano, el psiquiatra escogido por el defensor de Ronald para tratar de consolidar la eximente por incapacidad mental no fue otro que Daniel Schwartz, un prestigioso especialista que tiempo después se haría célebre al ocuparse del famoso asesino en serie David Berkowitz. El problema es que a menudo prestigio y calidad no van de la mano: al igual que en el caso de el Hijo de Sam, Schwartz se cubriría de gloria con Ronald DeFeo puesto que no dio ni una en el diagnóstico, siendo fácilmente rebatido por el menos famoso y menos rico, pero más perspicaz y eficiente psiquiatra de la fiscalía.

Lo cierto es que tras el éxito de libro de Jay Anson, editado después de que la denuncia de los Lutz se hiciera muy popular -“oigan, vivo en una casa encantada”-, el propio fundador del Instituto de Parapsicología Americano, Stephen Kaplan, decidió tomar cartas en el controvertido asunto de la historia de Amityville (ignoro por qué película irían ya). El caso es que a Kaplan el asunto de los Lutz siempre le había parecido un fraude porque contaba con todos los elementos que deben hacer sospechar a cualquier persona sensata y que lo transforman en ese cuento redondo que es demasiado bueno para ser cierto. De hecho, logró la prueba más obvia del timo la obtuvo cuando el propio George Lutz renunció a que investigase la casa del 112 de Ocean Avenue. Y es que le advirtió a las claras de que se temía una estafa y de que, si lo era, no dudaría en contarlo.

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George y Kathy Lutz… Vaya par de listos (Fuente: Viewimages).

Lo cierto es que tiempo después Kaplan, cuando el matrimonio Lutz dejó la propiedad con un buen montón de pasta en el bolsillo, pudo trabajar a sus anchas sin encontrar absolutamente nada destacable -la verdad, ignoro qué clase de “investigaciones” hacen los parapsicólogos y si suelen encontrar algo de lo que supuestamente buscan-. Pero si uno de ellos, muy reputado en el gremio, reconoce que una casa encantada es un timo… Pues blanco y en botella.

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Una de las muchas ediciones del libro de Anson. Si buscáis una traducción española sabed que se editó como “Aquí vive el horror”. Bueno para una tarde de piscina.

El problema es que los medios de comunicación alimentaron -y siguen alimentando- de tal manera la falacia de la casa embrujada de Amityville –la más embrujada del mundo- que los Lutz no tuvieron que hacer otra cosa que esperar los ríos de dinero que se amontonaron en su puerta y que, por cierto, vinieron a salvarlos “casualmente de la desastrosa situación económica en la que se encontraban cuando adquirieron una propiedad que estaba muy por encima de sus posibilidades económicas reales. Ello motivó que nadie prestase atención, porque nunca se escucha lo que no se quiere oír, a la declaración del abogado William Weber, quien reconoció tiempo después haber urdido junto con el propio George Lutz el fraude para “hacerse un favor mutuo”.

Incluso la Iglesia -que por cierto nunca envió a ningún sacerdote llamado Mancuso a exorcizar la propiedad y, de hecho, el tal sacerdote no era otra cosa que una invención dramática del listo de Anson- y las Autoridades policiales han negado reiteradamente que los supuestos acontecimientos de la casa sean reales. Por supuesto, nadie ha querido escuchar sus explicaciones. Para qué si una buena teoría de la conspiración es mucho más divertida. Más aún: casi treinta años después de los hechos George y Kathy Lutz han reconocieron ante las preguntas de los periodistas que estos eran “básicamente reales”, pero que en su día “tal vez exageraron” o “embellecieron” algunas partes del relato.

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Jay Anson. Un tipo con vista.

De tal modo, el caso DeFeo, protagonista real y auténtico de todo, tan sólo ha venido a perjudicar a los posteriores -y sucesivos- propietarios del inmueble de Amityville quienes, pese a negar hasta la extenuación que allí ocurra nada de cuanto se dice, han tenido que pasarse la vida expulsando de la propiedad a los cientos de domingueros que, todavía hoy, tratan de cazar fotografías y voces de fantasmas. Se trata, por supuestos, de uno de los motivos principales por los que la propiedad ha ido rodando de propietario en propietario durante los últimos 30 años… Y es que a ver quién es el guapo que convive con las hordas de mitómanos.

Así está el panorama.

La salud del pueblo

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Famosos carteles de propaganda nazi en favor de las políticas eugenésicas.

La consideración de la eugenesia como ciencia –en realidad una pseudociencia emergente- en Europa y Estados Unidos, fenómeno que venía consolidándose desde finales del siglo XIX, vino a coincidir en su última fase con el ascenso de Hitler al control del NSDAP y, posteriormente, del nazismo al poder en Alemania. Así pues, y frente a la idea extendida de que la eugenesia fue un resultado de la ideología nazi, la realidad es ambos hechos operaron como fenómenos convergentes[1].

Lo cierto es que el paradigma médico del nacional-socialismo entendía que la medicina tenía la función social del Volkgesundheit: la promoción de la salud sociocultural e incluso espiritual de la nación alemana más allá de la curación de eventuales dolencias fisiológicas. Una idea no alejada de otras sostenidas por muy respetables figuras médicas británicas o estadounidenses que abogaban -alguno todavía asoma la patita por ahí de vez en cuando- desde hacía décadas por las esterilizaciones selectivas y el control poblacional como formas de mejora psicosocial. Lamentablemente, el reverso de esta ideología residía en la consideración de ciertas personas y/o colectivos a los que se estimaba física o mentalmente “inferiores” como “riesgos” para el bienestar social, cultural, político o económico del país. La lógica conclusión de este planteamiento era evidente: resultaba tan razonable como exigible la esterilización, encarcelamiento o exterminio de tales personas, o bien de su contribución a la sociedad como sujetos experimentales. La manera oficial –eufemística- de denominar a estos procedimientos de supresión de los “seres inferiores” fue la de “eutanasia”[2]. Digamos que, a diferencia de lo sucedido en otros países en los que estos idearios contaban con un buen número de partidarios, la Alemania nazi contó la posibilidad de ponerlos en marcha de forma efectiva bajo el auspicio de un gobierno totalitario, ideológicamente convencido y bien dispuesto a invertir recursos en la cuestión.

Del “Programa T-4” (Aktion T-4) a la “eutanasia salvaje”

La primera fase de “limpieza” exigida por el criterio perverso de la Volkgesudnheit fue autorizada por Adolf Hitler en 1939 y recibió el nombre burocrático de “Programa T-4”. Ello se debió a que la organización del programa tenía su sede en el número 4 de la berlinesa Tirgartenstrasse. Para su adecuado funcionamiento se establecieron, a partir de 1940, hasta un total de seis centros, comenzando por el abierto en Brandenburgo en las instalaciones de una vieja prisión.

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Algunos niños del “Programa T-4”.

La primera fase consistió en el asesinato sistemático de niños con toda suerte de discapacidades físicas y/o psíquicas, si bien luego se fue extendiendo hacia otros colectivos como enfermos mentales, alcohólicos, drogodependientes, homosexuales, discapacitados en general o disidentes políticos partidarios de ideologías “enfermizas”. Los pacientes eran seleccionados y transferidos desde todos los hospitales del Reich a cualquier de los centros anteriormente mencionados para la recepción del adecuado “tratamiento” –así era denominado de suerte aséptica-. Y se trabajó con enorme eficacia pues en agosto de 1941 ya habían sido “procesadas” 70.000 personas a instancias del T-4. Sin embargo, y como no podía ser menos, el programa recibió una fuerte contestación social que condujo a su cierre. En realidad se trató de una medida de maquillaje político, pues el gobierno no tenía ni la más mínima intención de parar el proceso de “limpieza”.

Lo que se hizo en realidad fue desmantelar los centros del T-4 para trasladarlos a lugares menos obvios y más controlados, como los campos de trabajo de Treblinka, Sobibor y Belzec, o bien a diferentes hospitales apartados del control público. Se inició así una segunda fase del proyecto conocida como “eutanasia salvaje” a causa del embrutecimiento de los procesos de eliminación y el aumento progresivo del número de sujetos “procesados”. A partir de este momento los métodos de exterminio favoritos del programa para terminar con la vida de los “desechos sociales” van a ser la muerte por hambre[3], las sobredosis medicamentosas, el sometimiento a procedimientos experimentales extremos, o la inyección de burbujas de aire en vena[4].

Meseritz-Obrawalde

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Fachada del edificio principal de Meseritz-Obrawalde en la década de 1930 [Fuente: deathcamps.org]

Especialmente activo resultó ser el centro de Meseritz-Obrawalde, en el que se cometieron en torno a 10.000 asesinatos, por lo que sus actividades han sido profusamente documentadas. El centro se fundó en 1904 y perteneció hasta 1937 a la provincia alemana de Posen (Prusia Occidental). En 1938, con la reorganización provincial promovida por el gobierno, dicha provincia se disuelve para repartir su territorio en otras, con lo que Obrawalde se integra en la de Pomerania. Tras la invasión soviética y la consiguiente reorganización de fronteras impuesta por el final de la Segunda Guerra Mundial, el territorio retornó finalmente a Polonia, que mantenía una demanda histórica sobre él desde el siglo XVII, y la localidad pasó a denominarse Obrzyce. Tras la reforma territorial emprendida por el gobierno polaco, desde 1999 se integra en el distrito de Miedzyrzecz (Voivodato de Lubusz). Actualmente, el hospital sigue en funcionamiento como centro psiquiátrico.

A comienzos de la década de 1930 el hospital de Meseritz-Obrawalde estaba dedicado a la medicina general y, por lo que parece, su funcionamiento interno era excelente. No obstante, desde el momento en que el centro pasó a depender de la provincia de Pomerania se hizo evidente que las autoridades nazis tenían otros objetivos para aquellas instalaciones. Se cerraron todos los departamentos dirigidos por especialistas y el lugar se reconvirtió en un manicomio masificado al que se transferían sistemáticamente los pacientes en peor estado, de suerte que en el bienio 1939-1940 pasó de los 900 internos iniciales a los 2.000. Y todos ellos bajo el control de tan solo tres médicos, los doctores Mootz y Vollhein –ambos mayores de 65 años-, así como la doctora Hilde Wernicke, sin que se asignara con posterioridad otros médicos al centro. Así las cosas, y como era esperable, las condiciones del hospital empeoraron de manera muy rápida[5].

El procedimiento estándar por el que un paciente terminaba en este hospital estaba diseñado, fundamentalmente, para evitar la posible interferencia de familiares o amigos de los enfermos, así como de cualquier otra influencia externa que pudiera “interrumpir el proceso”. Las personas llegaban en tren o autobús, bajo la estricta vigilancia de los empleados, sin que constara en parte alguna de los historiales los motivos del traslado o el destino último del sujeto. De este modo, quien preguntaba por alguno de los pacientes quedaba inevitablemente atascado en un sinfín de pesquisas burocráticas que jamás se resolvían porque, en realidad, ningún funcionario –ni aun con la mejor de las voluntades- podía determinar con exactitud qué había pasado y, por lo demás, siempre existía la excusa de los problemas derivados de la guerra para ralentizar las pesquisas o impedir posibles visitas.

La situación general empeoró aún más en 1941, cuando se designó director del hospital a Walter Grabowski, un gerente que descollaba por contarse entre los miembros más radicales del NSDAP y que, obviamente, había sido destinado allí como hombre de confianza. Dado que Grabowski tenía perfectamente claros los objetivos de su nombramiento, sus primeras decisiones se destinaron de manera muy específica a provocar una baja radical en la moral de médicos y empleados con la finalidad de acelerar el proceso de eliminación de los pacientes con el menor coste posible. Así, impone turnos de catorce horas con un solo día libre cada dos semanas, reduce drásticamente los suministros médicos, limita los procedimientos higiénicos despidiendo a la mitad del personal de limpieza, reduce la plantilla dedicada a tareas administrativas, y procede a un amontonamiento de los enfermos en un número reducido de pabellones a fin de que pudieran ser controlados más fácilmente por menos personal. Por lo demás, una de sus tácticas favoritas era la de intimidar a los empleados del hospital que pretendían elevar alguna queja. De este modo, en muy poco tiempo la mortalidad “natural” aumenta a la par que todo se torna miserable y sumamente angustioso. Muy pronto, y así lo explicó la propia Hilde Wernicke, se hizo imprescindible seleccionar a los pacientes que estuvieran en “mejores condiciones” para que desarrollaran tareas en el hospital de acuerdo a sus respectivas capacidades.

De tal modo, cuando en la primavera de 1943 se designa oficialmente a Meseritz-Obrawalde como centro específico para el programa de eutanasia, Grabowski ya ha generado las condiciones psicológicas y materiales adecuadas para que a todos los empleados del hospital les parezca algo muy normal, incluso necesario, “terminar con el los sufrimientos” de aquella pobre gente que no deja de llegar en trenes y autobuses.

La banda del cementerio

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La enfermera Amanda Ratajzcak. Participe en los crímenes del hospital. [Fuente: http://www.t4-dekmal.de].

El doctor Mootz y la doctora Wernicke asumen la nueva tarea como un “deber patriótico” e inician los procesos de selección siguiendo dos criterios fundamentales: 1) Eliminación de los pacientes inútiles; y 2) eliminación de aquellos pacientes que, si bien “mentalmente aptos”, están tan enfermos que no pueden desempeñar trabajo alguno. Por otra parte, y aunque se decidió dejar fuera de las tareas de eutanasia a los empleados del hospital, Grabowski decidió ofrecer primas económicas a los trabajadores que decidieran implicarse voluntariamente en esta tarea especial. Ello motivó que dos enfermeras, Helene Wieczoreck y Amanda Ratajzcak, formaran parte activa en el proceso de exterminio.

El hecho de que Meseritz-Obrawalde contara con unas instalaciones amplias y un buen surtido de pabellones permitía que las tareas de exterminio pasaran virtualmente inadvertidas para el grueso de los ingresados. Así, las ejecuciones, generalmente mediante inyección letal, solían aplicarse en los edificios 1 (guardería), 6 y 8 (enfermedades infecciosas), 9, 10 y 18[6], lejos de miradas indiscretas o posibles sospechas.

La metodología era sencilla. Los pacientes seleccionados eran trasladados por sus cuidadores habituales al edificio designado para el exterminio e introducidos en una sala de aislamiento con la excusa de alguna clase de examen o procedimiento similar. En el caso de que el sujeto se mostrara especialmente díscolo, era adecuadamente sedado. A continuación, se procedía a su ejecución mediante la inyección de una sobredosis de barbitúricos, o bien la ingesta de los mismos disueltos en agua. En los momentos en los que los medicamentos escaseaban, se procedía a la consabida inyección de aire en vena. A continuación, los cadáveres eran retirados e inhumados por los propios cuidadores en el cementerio con el que contaba el propio hospital, si bien, a medida que la cantidad de asesinatos fue incrementándose, se seleccionó a un grupo de pacientes para este fin a los que se conocía con el apodo de la “banda del cementerio”. En última instancia, Mootz y Wernicke cumplimentaban los certificados de defunción de los pacientes, atribuyendo sus muertes a toda suerte de causas ficticias más o menos relacionadas con su patología original. Dichos certificados eran enviados a las familias para así cerrar el círculo administrativo dentro de la más estricta “legalidad”.

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Lápidas numeradas empleadas en las tumbas del cementerio de Meseritz-Obrawalde. [Fuente: deathcamps.org].

 Cumplir con la ley

Tras la guerra, solo la doctora Hilde Wernicke –que por cierto no tiene absolutamente nada que ver con el fisiólogo Carl Wernicke- pudo ser capturada y juzgada. Los doctores Mootz y Vollhein, de cuya vida se sabe realmente poca cosa, lograron fugarse y terminaron en paradero desconocido[7].

Gertrud Emmy Hilde Wernicke había nacido en 1899 en Schleswig (Schleswig-Holstein), hija de un oficial del ejército. Se graduó en medicina en la Universidad de Marburgo y, posteriormente, trabajó como médico asistente en una institución mental de Regensburg. Fue trasladada, también como asistente, a Meseritz-Obrawalde en 1927, alcanzando el puesto de directora médica en dicha institución en 1929. No se trataba, como vemos, de un médico mejor o peor que otro ni tenía especial interés en cuestiones políticas, pero sí le sucedió, como a otros muchos médicos jóvenes y con deseo de progresión profesional en aquellos días, que no tardó en advertir el interés del partido nazi por la eugenesia, la medicina y la farmacología, lo cual la impulsó a ingresar en las filas del NSDAP en 1933. Entraría a formar parte del partido nacional-socialista femenino (Nationalsozialistische Frauenschaft) en 1939. Tras participar activamente en el horror rutinario de Meseritz-Obrawalde, escapó con la llegada de las tropas soviéticas. Junto con su amiga, la enfermera Wieczorek, se trasladó al hogar paterno en Wernigerode (Alta Sajonia), al que llegó el 3 de febrero de 1945. En abril ya se encontraba ejerciendo la medicina de nuevo, cosa que hizo hasta su arresto definitivo el 10 de agosto del mismo año.

Es dudoso, como decimos, que Hilde Wernicke fuera una nazi convencida y, de hecho, ella se reconocía simpatizante del ala derecha de la Coalición de Weimar, un partido moderado que se vio muy erosionado políticamente por las posturas extremas, tanto desde la derecha (NSDAP) como desde la izquierda (KPD), hasta su desaparición definitiva en 1932. Más aún, se sabe que cuando las cosas empeoraron de manera radical en el hospital solicitó un traslado que nunca se le concedió, pero no es menos cierto que se implicó activamente –ella dijo que por temor- en las muertes y que su afiliación al nacional-socialismo obró como elemento útil para racionalizar sus crímenes a posteriori[8].

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Hilde Wernicke declara ante el tribunal que la juzgó en 1946. [Fuente: Schleswiger Nachritchtten].

El testimonio de Hilde es significativo pues se suma al de otros muchos médicos, jueces, abogados y etcétera alemanes que colaboraron activamente con el nazismo en sus terribles actividades y que dejan entrever el horror que puede llegar a alcanzar la racionalidad bien administrada cuando las personas se ven envueltas en situaciones morales y materiales, tan terribles como venenosas, que las inducen a tratar de comprender y justificar lo que resulta de todo punto incomprensible e injustificable. Para ella sus actos eran un “deber de guerra” o un “deber patriótico” –nunca llegó a tenerlo claro del todo-, a la par que resultado del temor a perder su carrera si se negaba a matar, pues sabía que habría otros médicos mucho menos escrupulosos y bien dispuestos a ocupar su lugar, cosa que el gerente Grabowski nunca dejó de recordarle. Por lo demás, las disonancias cognitivas y las argumentaciones “post-hoc” de Wernicke resultan muy esclarecedoras: ella “nunca mató a nadie”, ni se consideraba “responsable” de las muertes por cuanto, en efecto, preparaba los cócteles de medicamentos que se suministraba a los pacientes pero eran las enfermeras quienes hacían el trabajo sucio. Por lo demás, siempre manifestó “recibir órdenes” que en todo caso se encontraban “de acuerdo con la ley”. Consecuentemente, no podía verse a sí misma como una asesina sino, tal vez, como una herramienta que facilitaba “muertes piadosas” a pacientes en muy mal estado que “en todo caso habrían muerto pronto por sí mismos”. Más aún: “mis pacientes estaban muy vinculados a mí y jamás se sintieron amenazados; Obrawalde no era un campo de concentración”[9].

Sea como fuere, Hilde Wernicke fue sentenciada a muerte el 23 de marzo de 1946 por su participación probada en el asesinato de 600 pacientes. Su apelación sería rechazada, haciéndose efectiva la condena por parte del gobierno de la República Federal Alemana, y junto con la de Helene Wieczorek, el 14 de enero de 1947 en Berlín.

Moraleja: cuidado con afiliarse a las panaceas de salud, la homogeneización de conductas, el pensamiento único, lo políticamente correcto y el totalitarismo moral… No vaya a ser que el primero que no encajes en el estándar seas tu.


[1] Benedict, S. y Chelouche, T. (2008). Meseritz-Obrawalde: a “wild euthanasia” hospital of Nazi Germany. History of Psychiatry, 19 (1): 68-76.

[2] López-Muñoz, F. (2015). Panacea encadenada: La farmacología alemana bajo el yugo de la esvástica. Barcelona: Real Academia de Doctors.

[3] Uno de los métodos favoritos de ejecución y “depuración” de nazis y soviéticos, como puede verse en Snyder, T.D. (2010). Tierras de Sangre: Europa entre Hitler y Stalin. Barcelona: Galaxia Guttenberg / Círculo de Lectores.

[4] Friedlander, H. (1995). The origins of Nazi Genocide. Chapell Hill (NC): The University of North Carolina Press.

[5] Sagel-Grande, I.; Fuchs, H.H. & Rütter, C.F. (1979). Justiz und NS-Verbrechen, Heil-und Pflegeanstaldt Meseritz-Obrawalde, Vol. XX. Amsterdam: University Press Amsterdam.

[6] Ibid. anterior.

[7] Benedict, S. y Chelouche, T. (2008), op. cit.

[8] Michael, R. & Doerr, K. (2002). Nazi-Deutsch Nazi-German. Westport (CT): Greenwood Press.

[9] Testimonio de Hilde Wernicke. Landesgericht, Berlin, 7 de diciembre de 1945. El archivo se puede localizar en el Yad Vashem de Jerusalén, archivo TR 10/2584; cit. en Benedict, S. y Chelouche, T. (2008).

El caso del “Zurrumbón”

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Juan Díaz de Garayo: ¿Se fiaría usted de un tipo con esta cara?

En un tiempo en el que la frenología de Franz Joseph Gall, las teorías sobre el criminal nato de Cesare Lombroso y la craneometría de Anders Retzius eran aún tenidas por ciencias serias, Juan Díaz de Garayo y Ruiz de Argandoña se constituía en el paradigma del criminal por naturaleza, de nacimiento y sin posibilidad de eludir un destino prefigurado por fuerzas cósmicas. Un hombre que tampoco podría ser jamás rehabilitado o redimido. No en vano, su cráneo era deforme, brutal. Rostro ancho, frente abombada, cejas prominentes, occipucio muy retrasado y puntiagudo, mandíbulas enormes, pómulos exageradamente marcados, ojos hundidos… Piénsese que por aquel entonces -paraíso pseudocientífico- tener las cuatro muelas del juicio como este que les escribe era considerado un rasgo de primitivismo y tendencia criminal, de suerte que poco más que el garrote vil podía esperar a un individuo portador de las deformidades del maldito Garayo.

Eso sí, y no exageremos, tampoco era “un neandertal” como he llegado a leer por ahí, que hay mucho amigo de la hipérbole suelto. Miren ustedes las fotografías que acompañan a este texto y díganme si alguna vez no han visto suelto por ahí a algún mastuerzo de este talante. Yo, desde luego, sí.

Quienes llegaron a examinarle tras su detención, sin duda instalados ya en el prejuicio inevitable de los malsanos crímenes que había cometido, miraban a un hombre pero no veían otra cosa que un animal. Tal fue el caso del afamado doctor alicantino José María Esquerdo y Zaragoza, quien se interesó por el estudio psiquiátrico de este sujeto y le visitó varias veces en la cárcel. Su análisis del reo, realizado a ojo cual cabe deducir de su testimonio, no escatimaba calificativos como el de “anormal”. Su erudito diagnóstico, observado desde el presente, es de puro escándalo: Imbécil moral[1]. Con apreciaciones y “tecnicismos” de este estilo se pavoneaba Esquerdo en los círculos del saber, conferenciando por doquier, argumentando que un tipo como Díaz de Garayo le podía parecer completamente normal a cualquiera sin experiencia psiquiátrica. Pues vaya.

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El célebre Doctor Esquerdo, encargado del examen de Garayo.

El hecho es que este animal imbécil llamado Juan, apodado Zurrumbón por quienes le conocían, llevó al parecer una existencia completamente normal hasta frisar la cincuentena. Hombre fortalecido por el trabajo duro, de estatura mediana y cuello de toro, tenía al parecer un insaciable apetito sexual que le llevó a casarse hasta cuatro veces, pues enviudó en tres ocasiones, a fin de tener la cama caliente. Es muy probable que de haber logrado satisfacer sus ansias dentro de las uniones matrimoniales sucesivas nunca hubiera llegado a cometer los asesinatos, pues con su primera mujer estuvo casado trece años y nunca se advirtieron en él tales tendencias. El problema, por lo que parece, es que las otras no supieron, no quisieron, o no pudieron tenerlo contento en el cuadrilatero de las sábanas blancas, con lo que Garayo se transformó en el tópico individuo explosivo con la cabeza henchida de ideas raras, bomba ambulante, que podía reventar en el momento menos pensado, por cualquier motivo.

Marzo de 1870

Por aquellos días no existían en muchos lugares de la geografía española burdeles establecidos, y un buen número de mujeres se veían obligadas a ejercer la prostitución, bien fuera temporalmente, al raso de caminos y aldeas. Las meretrices –especialmente las no habituales, que se veían obligadas a tal empleo por los reveses de la vida- ejercían donde salía, y el oficio era generalmente ambulante. En el mejor de los casos un grupo de mujeres regentado por un proxeneta -o una madame- se desplazaba de aldea en aldea con cierta seguridad, en carros traqueteantes y desvencijados, que podían obrar de inopinado prostíbulo. En el peor, una mujer solitaria, a pie, presta al ejercicio más antiguo con quien le saliera al paso –cosa que no era inhabitual-. Bien lo sabía Juan Díaz de Garayo. Por eso cuando -según dijo luego- “los demonios se apoderaron de su mente”, decidió ocultarse a la vera de uno de aquellos caminos en espera de aquella mujer solitaria que ya había divisado en lontananza.

En efecto. La prostituta, conocida por muchos con el mote de la Valdegoviesa, apareció en el camino del polvorín viejo de Vitoria, ya en las afueras solitarias de la ciudad, y el Zurrumbón se le cruzó el paso para llevársela bosque adentro. Ella le siguió el juego porque igual daba uno que otro y el dinero es el dinero, pero Juan Díaz de Garayo era mal cliente: no estaba dispuesto a pagar el precio requerido –cinco míseros reales- para obtener lo que bien podía salirle gratis. De este modo, echando mano de sus incuestionables argumentos físicos, la arrastró hacia los árboles, se aferró a su garganta y le oprimió cuello hasta que perdió el conocimiento. Acto seguido la desnudó, satisfizo sus necesidades, y la remató sumergiéndola en un riachuelo. Luego se fueron los demonios y vino la conciencia. Cuando el ya satisfecho Juan se hizo consciente de sus actos escapó de allí a todo correr.

Pasó un largo año -que se sepa- hasta que los demonios volvieron a pasar factura al Sacamantecas.

Primavera de 1871… Y más allá

Era el mismo paraje desierto y otra prostituta, una viuda pobre que sobrevivía vendiendo su cuerpo y a la que se conocía por aquellos pagos como la Riojana. Vuelta a empezar. Esta vez el crimen serviría para que los insaciables diablillos que movían al Zurrumbón callaran durante otro año y medio, hasta agosto de 1872 en que se volvieron a hacer notar con energías renovadas porque Garayo ya le había cogido el tranquillo y, además, había descubierto una terrible evidencia: a nadie le había importado ni un comino la muerte de aquellas mujeres.

Así que con su modus operandi habitual finiquitó primero a una muchacha de trece años y luego, de forma sucesiva, a otra prostituta. Las circunstancias de ambos asesinatos variaron poco con respecto a los primeros, salvo que ahora Garayo empezaba a perfeccionarse: a la última mujer le arrancó un largo alfiler que llevaba para sujetarse el peinado y se ensañó con ella hasta la saciedad, clavándoselo reiteradamente en el pecho. Sin embargo, y pese a la enorme cantidad de literatura que rueda sobre el caso, no ha quedado claro que el Sacamantecas de Vitoria realmente despanzurrara a sus víctimas, o practicara el canibalismo. Las lagunas de su propio testimonio hacen pensar que, en efecto, pudo llegar a consumir la sangre de alguna de sus víctimas e incluso a probar sus entrañas, pero no parece que estas circunstancias concurriesen en todos los casos, y tampoco es fácil decidir cuánto de lo que Díaz de Garayo dijo, a posteriori, fuera verdad y cuánto fue resultado de su imaginación presidiaria… O de la mano de bofetadas que le arrearon, que también debieron contribuir lo suyo al engrandecimiento del relato.

Sin embargo, cosa común en los criminales psicológicamente trastornados, no era un hombre inteligente y, como asesino, funcionaba de manera asistemática y poco planificada. Su mejor aliado, siempre lo fue para los criminales rurales en aquella España subdesarrollada, era la falta de control policial sobre campos y caminos, así como la poca -o nula- preparación y la escasa dotación de los agentes de la ley. También la suerte. Lo errático de sus crímenes hace pensar que actuaba sin método, cuando se le presentaba la ocasión y la necesidad de satisfacer sus repulsivos instintos se le hacía apremiante. Era un asesino desorganizado. Esto explica el hecho de que muchas de las mujeres a las que agredió -o intentó agredir- lograran a la postre zafarse del que puede presumirse brutal abrazo de este fornido individuo. De tal modo que, en agosto de 1873 se le escapó una prostituta, y en 1874, una mendiga a la que no pudo echar el guante.

Es posible que esto le detuviera momentáneamente por miedo a ser capturado, o puede que no. Nunca lo sabremos con certeza puesto que se piensa que cometió muchos crímenes más de los que confesó o se le pudieron probar. Concurre además la circunstancia de que en esta época enviudó de su tercera esposa y volvió a casarse con una tal Juana Ibisate, de suerte que bien pudiera ser que sus grotescos impulsos sexuales se vieran cumplidamente satisfechos durante una larga temporada.

El caso es que el siguiente asalto reconocido del Zurrumbón, que también terminó en fracaso, tuvo lugar cuatro años después, en noviembre de 1878. Ahora el objetivo seleccionado fue la molinera de Las Trianas, que logró zafarse de él antes de que consumara el delito para denunciarle por asalto. Dos meses de cárcel le costó a Garayo el trance. Sorprende que en aquel tiempo a nadie se le ocurriera relacionarle con los anteriores crímenes del que ya se conocía como Sacamantecas. También fracasó en su intentona de agosto de 1879, cuando abordó a una anciana en la carretera de Castilla. La mujer acertó a propinarle una patada en los genitales y huyó, pero el asesino la siguió para averiguar donde vivía y compró su silencio con nada menos que veinte pesetazas de la época que, para un campesino como él, debían suponer los ahorros de años de privaciones y sudor. Todo menos regresar a los rigores del penal.

Un alguacil disciplinado

El pánico cundía ya en el campo alavés, así como en algunas áreas de Burgos a las que el trabajo o el vagabundeo –su segunda gran afición- habían llevado Díaz de Garayo. Las mujeres se encerraban en sus casas en un radio de cien leguas a la redonda del territorio de acción del Zurrumbón. Las autoridades se esforzaban en la empresa de atraparlo, pero no había forma de dar con él y tampoco, todo sea dicho, se sabía muy bien por dónde comenzar. Su conducta dispersa, los enormes lapsos temporales entre cada golpe conocido del criminal, contribuían en gran medida a despistar a los agentes de la ley. Juan actuaba en la más completa impunidad y puede que ni él mismo fuese plenamente consciente de ello.

Contribuía grandemente a la relativa libertad de acción del Sacamantecas -y no sólo de él sino también de otros muchos criminales de la España de entonces-, el férreo control gubernativo que se ejercía sobre los medios de comunicación al que aportaba lo suyo, sin duda, la proverbial doble moral española. Se entendía que en el tratar de crímenes y criminales, así como en el dedicarse a su estudio, no había otra cosa que un entretenimiento grosero, vulgar, de gente baja y con escasa educación. Así es que cuando España pudo poner, como el que más, su buen granito de arena al avance de los estudios criminológicos, psiquiátricos y psicológicos, resultó que había que vender la apariencia de que este era un país de buenas costumbres y gentes reputadas. Sólo las vacas sagradas, como el antes mencionado doctor Esquerdo, parecían facultadas para hablar de estas cosas, y siempre desde un punto de vista prejuicioso, confuso y sesgado.

Sea como fuere, en septiembre de aquel 1879, Díaz de Garayo volvió a la carga y atacó a María Dolores Cortázar, una campesina joven, alta y fuerte que le opuso gran resistencia. Paradójico. Este hombre poco ágil y nada habilidoso al que se le habían escapado varias ancianas débiles, presa supuestamente fácil para su desenfrenada lujuria, pudo doblegar las violentas acometidas de quien más y mejor se defendió. Le clavó un cuchillo en el pecho para luego cebarse salvajemente con el cadáver… Cuanto más parecía resistirse la víctima, más parecía disfrutar el Sacamantecas de su victoria, lo cual nada tiene de extraño en las agresiones de motivación sexual. No tuvo bastante. Dos días después finiquitó y destripó salvajemente a otra campesina, Manuela Audícana. Es sorprendente el modo en que funciona el imaginario colectivo, pues esta fue en realidad la única vez que Garayo obró de sacamantecas propiamente dicho, lo cual no obstó para que le cayera el sambenito a perpetuidad.

La cacería, según nos dice el anecdotario, concluyó de pura casualidad y no por obra de la policía. Aquel rostro animal y deforme, que los supuestos expertos interpretaron luego como la facha involutiva del criminal, fue su perdición según la leyenda. Explica Constancio Bernaldo de Quirós[2] que Garayo entró a trabajar como jornalero para un labrador. Estando en el tajo una niña pequeña, hija del propietario, sorprendida por su apariencia, le señaló con el dedo y gritó: ¡Qué cara! ¡Parece el Sacamantecas![3]. En efecto, de ser cierta la chirigota, aquella niña, sin tantos estudios y boato como Esquerdo y compañía, habría puesto el dedo en la llaga. Todos pensaron en lo de la cara y el espejo del alma y, en consecuencia, un hombre con aquel estigma no podía ser trigo limpio. El relato concluye sosteniendo que se alertó a la policía. Se interrogó al Zurrumbón y aquel sujeto pétreo, fornido y de apariencia inconmovible, se derrumbó en pocos minutos para confesar sus atroces crímenes. Es cierto que éste habría sido un interesante y apropiado final, pero la realidad fue otra bien diferente. La captura de Garayo corrió a cargo de un meticuloso alguacil del Ayuntamiento de Vitoria llamado Pío Fernández de Pinedo.

Lo cierto es que el hombre de la ley -meticuloso- pudo orientarse en sus pesquisas por la proximidad geográfica[4] y temporal de los dos últimos asesinatos y ese, precisamente, fue el gran error del Sacamantecas. Fernández de Pinedo se personó en los escenarios de ambos asesinatos y recurrió al viejo método intemporal del policía de raza: tenacidad y sentido común. Observó, tomó notas, interrogó a las últimas personas que habían visto a las mujeres con vida… Y dio con una pista valiosísima puesto que vino a enterarse de que María Dolores Cortazar había sido vista por un lugareño en compañía de un sujeto al que todos conocían como Zurrumbón, de apellido Díaz de Garayo por más señas, poco antes de su muerte. Lógicamente, el alguacil empezó a preguntar por el tipo en cuestión que, dadas sus características físicas, resultaba por completo inconfundible. También supo que tenía antecedentes penales por delitos sexuales y concluyó que era el hombre que estaba buscando.

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Los alguaciles del Ayuntamiento de Vitoria hacia 1885.  Pío Fernández de Pinedo se encuentra en la fila superior, a la izquierda [Foto: Archivo Municipal de Vitoria].

De tal suerte, Fernández de Pinedo se presentó en la puerta del sospechoso –que no estaba, como de costumbre- y charló amigablemente con su señora, a la que sonsacó hábilmente la historia de las veinte pesetas que traían a la mujer por la calle de la amargura. Como es de suponer, cuando el Zurrumbón regresó a Vitoria para asearse y cambiarse de ropa, pasadas sus correrías, el alguacil le echó el guante. Contrariamente a lo que cuenta la anécdota antes referida, la resistencia de Garayo fue muy difícil de doblegar, como corresponde a un tipo de su constitución. Doce días de bofetadas -entonces la tortura era cosa normal- aguantó el labrador hasta que se decidió a contar la verdad al juez de instrucción[5].

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El Zurrumbón, posa en prisión, poco antes de que fuera ejecutado.

Así, en 1881, sentenciado a muerte por garrote vil, vería Garayo el fin de sus días en el patíbulo de la Prisión Provincial de Burgos. Curiosamente en un país tendente al sensacionalismo y la chirigota como el nuestro, el caso del Sacamantecas quedó exento de literatura zafia en la hora postrera, aunque que se prestaba, y las notas de prensa en las que se relató su ejecución son más bien tirando a sosas. Ni siquiera fue famoso el verdugo que le aplicó el tornillo, pues Gregorio Mayoral Sendino, hombre al que se celebra como harto profesional en lo suyo y del que se dice sin cesar por ahí que ajustició al Zurrumbón, nunca fue el encargado de ejecutar la sentencia de marras. Este error, ya que estamos, se debe al gran escritor Pío Baroja, quien atribuyó a Mayoral la hazaña de suerte errónea al olvidarse de un detalle ciertamente significativo: en 1881 don Gregorio aún no había cumplido los 18 años de edad y, por lo tanto, no podía ejercer legalmente como funcionario público.

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Gregorio Mayoral. El verdugo que no ajustició al Zurrumbón.

Eso sí, como bien rezan los manuales en la materia, el Zurrumbón nunca se mostró arrepentido por ninguno de sus crímenes. Hecho que, dicho sea de paso, tampoco he llegado a comprender nunca por qué preocupa -o agobia- tanto a los que hablan de estas cosas cuando en realidad entra la misma lógica del caso: ¿pero cómo va a experimentar arrepentimiento sincero un tipo capaz de apiolarse a un montón de gente por simple placer?


[1] El concepto de alienación o imbecilidad moral fue acuñado en 1835 por Prichard para referirse a aquellos individuos que carecen de sentimientos, autodominio y sentido ético. Esta denominación perduró durante prácticamente todo el siglo XIX hasta que, finalmente, Koch creó para describir a estos sujetos notoriamente antisociales la acepción de inferioridad psicopática. En los Estados Unidos la clasificación tomó la forma de personalidad psicopática, que fue finalmente la que se impuso hasta mediado el siglo pasado. Hoy en día se sigue utilizando el concepto, que ha variado hacia la acepción popularizada de “psicópata”, pero su validez es objeto de discusión científica.

[2] Bernaldo de Quirós, C. (1898). Las nuevas teorías de la criminalidad. Madrid, Hijos de Reus (Establecimiento tipográfico de Gómez).

[3] Hay otras versiones del supuesto incidente que no alteran el fondo de la historia, como la que cuenta Fabiola Maqueda Abreu en Garayo: El Sacamantecas Vitoriano (Vitoria, Diputación Foral de Álava, 1985).

[4] El penúltimo cometido en un paraje conocido como las Carboneras de Ordumbre, y el último en el camino que enlaza Gamarra y Araca.

[5] Evidentemente, los métodos de interrogatorio de la época eran bastante diferentes de los actuales. Además, se añadía el hecho de que Garayo era un asesino de mujeres, lo cual le convertía en un individuo especialmente odioso para sus captores.

Nunca seas noticia


Uno de los más viejos y conocidos axiomas del periodismo –hoy olvidado por esa nueva casta de la profesión a la que se ha dado en llamar, genéricamente, como “los comunicadores”- reza que bajo ningún concepto el periodista debe convertirse en el protagonista de la noticias que difunde. Fundamentalmente porque el profesional de la información ha de ser transmisor e intermediario de la noticia –a ser posible imparcial-, pero también ha de estar seguro de ser un mero testigo que sobrevive en todos los sentidos a lo que cuenta… para poder seguir contándolo. Seguramente, Jill Dando, copresentadora  finales de la década de 1990 de Crimewatch, famoso programa de sucesos de la BBC que aún se emite en la cadena pública británica, tenía muy claro el axioma en cuestión…

Lamentablemente, no siempre es posible cumplir con las reglas de un oficio por muy claras que estén.


Vida de una estrella

Jill Dando, nacida en Weston-super-Mare, Somerset, en 1961, se definió a sí misma como una adolescente feucha, de dientes prominentes, gafas gruesas y vestuario anticuado. Aquejada además de una enfermedad coronaria congénita de la que hubo de ser operada a los cuatro años, la chica era un verdadero poema. Probablemente, su único mérito real residiera en que era muy lista. Tanto que superaba los cursos escolares, uno tras otro, con la máxima calificación. Desde muy niña, probablemente a causa del ambiente que se vivía en el hogar, quiso ser periodista como su padre y su hermano mayor, estudios que acabaría cursando en Cardiff. Sus otras grandes aficiones eran el teatro y la interpretación, en cuya práctica acabó desarrollando cualidades como una entonación y una dicción excepcionales. No es raro, pues, que desde 1979 Jill ya anduviera metida en el mundillo de las emisoras de radio y los periódicos locales, haciendo pinitos, aunque su primer trabajo serio lo obtendría en un semanario, el Weston Mercury, en el que ya habían trabajado con anterioridad sus familiares.

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Jill Dando en sus días de gloria.

Tiempo después sería contratada como locutora de informativos por la BBC, trabajando en Radio Devon a partir de 1985. Y a partir de ahí todo fue muy rápido. El patito feo se había transformado en una mujer atractiva, inteligente, profesional y eficaz que no dejaba a nadie indiferente en ningún sentido. Tanto es así que en apenas dos años ya presentaba los boletines de noticias televisivos de la mañana en BBC1 y BBC2. Todo un éxito al punto de que había espectadores que sintonizaban la emisora solo a las horas en que Jill Dando daba las noticias… ¿Su mérito? Los compañeros –que siempre la adoraron- lo tenían muy claro: era natural y sincera, nada egocéntrica, el éxito no se le había subido a la cabeza y encima sabía transmitir todas esas cualidades al público. Además era agradable a la vista, resultaba atractiva y gozaba de un buen tono de voz, lo cual hacían de Jill una de esas personas que enamoran al objetivo de la cámara y que, como suele decirse en estos casos, “dan bien” en la pantalla.

De tal modo, tras presentar durante seis años diferentes programas matutinos con mediano éxito –destacando de manera especial su concurso en un espacio dedicado al turismo y los viajes en el que ganó gran popularidad-, los directivos de BBC decidieron que había llegado el momento de elevarla al estrellato. Sería por ello elegida para presentar el célebre programa de sucesos Crimewatch, ubicado en la franja de máxima audiencia y que empezó a copresentar junto a otro clásico de la televisión británica, Nick Ross, a partir de 1995. Todo un bombazo. Fundamentalmente porque a Jill no le agradaba –nunca le gustó- la información de sucesos: las historias que se veía obligada a transmitir la conmovían; se emocionaba con los invitados; se aterraba sinceramente con los relatos que se veía obligada a contar… Y en consecuencia ofrecía una visión humana, sencilla, trágica y sentimental, de aquellas terribles historias que calaba muy hondo en la audiencia… Se dice, incluso, que la propia reina Isabel terminó por convertirse en una espectadora asidua de Crimewatch gracias al concurso de Jill.

El patito feo se había transmutado en una estrella imparable.

Jill Dando - Crimewatch
Jill Dando, Nick Ross (a su izquierda) y parte del equipo de Crimewatch.

Los ricos también lloran

Pero el estrellato y el triunfo, como todas las cosas de la vida, tienen un lado oscuro. Su mugre y sus piojos. Suele ocurrir que las personas que alcanzan la fama estén también expuestas a las manías, filias, fobias y locuras anónimas de quienes las observan ávidos desde el otro lado de la popularidad. Es cierto que el famoso nada debe al admirador, ni tiene obligaciones de clase alguna contraídas con el público más allá del buen ejercicio profesional, pues quien alcanza el éxito solo cosecha los frutos de su propia siembra, pero algunos “admiradores” –quizá desde las gafas de la envidia- no lo ven de ese modo: entienden que el famoso les debe su fama y que el exitoso no lo sería de contar con su colaboración. Otros, no menos idiotas, sencillamente se convencen de que tienen “derecho” a odiar a una celebridad por el mero hecho de que no defienda o sostenga las causas que son de su agrado. En ambos casos nos encontramos ante el reverso tenebroso –estúpido, acrítico, fanático y tal vez demente- del fan.

El hecho es que el equipo del programa Crimewatch recibía a menudo anónimos de personas despechadas, amenazas de gente que se sentía perjudicada por el modo en que el programa la trataba, advertencias de organizaciones criminales que exigían que los equipos de investigación dejaran de meter las narices en sus asuntos, críticas disparatadas de seguidores defraudados… Y, de manera muy especial, tanto Nick Ross como Jill Dando, las caras visibles del programa, solían ser objetivo constante de toda suerte de anónimos, correos electrónicos y llamadas amenazantes.

JILL DANDO WITH FIANCE ALAN FARTHING - march 1999.
Jill Dando y Alan Farthing anunciando su compromiso en la prensa rosa durante el mes de marzo de 1999. ¿Pudo esta foto ser el detonante de su muerte? (Tony Ward/ScopeFeatures.com).

En el caso de Jill la cosa había empeorado dramáticamente a partir de finales de 1998, con los  37 años cumplidos, cuando se convirtiera en noticia por sí misma –error- al anunciar en algunas revistas del corazón su enlace matrimonial con su novio, Alan Farthing, famoso ginecólogo de muchas celebridades de la jet set. A partir de aquel momento el asunto de los mensajes molestos y las llamadas intempestivas se recrudeció al punto de que alguien incluso se atrevió a meter una nota por debajo de la puerta de su domicilio. Jill estaba algo sobrepasada, pero la policía no consideró que corriera un peligro real. La acción de estas personas desequilibradas que persiguen a las estrellas es un fenómeno bastante común que no suele pasar de las palabras y que casi siempre acaba en nada. De hecho, el propio Nick Ross manifestó a las Autoridades que, pese a la constante presión que los componentes de Crimewatch solían recibir, ninguno de ellos había llegado a sentir jamás que su vida estuviera realmente en juego.

Sea como fuere, Jill prácticamente vivía a caballo entre su casa del selecto barrio londinense de Fulham y la de Farthing en Chiswick. Tanto es así que la vivienda estaba en manos de una inmobiliaria, que la tenía prácticamente vendida, de suerte que solía aparecer poco por allí y a horas muy concretas. De tal guisa, el 26 de abril de 1999 se produciría la última y mortal visita de la periodista al que iba a dejar de ser su hogar.

Dando regresó a la casa de Fulham en su propio coche, llegando hacia las 11:30 horas. Cuando estaba abriendo la puerta de la calle un desconocido se aproximó a ella por detrás y le descerrajó un único tiro en la cabeza, a cañón tocante, con un arma de 9 milímetros. Se sospecha que debía ir equipada alguna clase de dispositivo silenciador, pues nadie oyó disparo alguno y el cuerpo de Jill, desangrándose en la puerta del 29 de Gowan Avenue, sería descubierto por su vecina, Helen Doble, alrededor de 15 minutos después de la agresión. La policía fue avisada exactamente a las 11:47 y los servicios de emergencias trataron de reanimar y estabilizar a Jill durante un buen rato. Sin embargo, la famosa presentadora de la BBC, para conmoción mayúscula del público, fue declarada muerta a su llegada al cercano hospital de Charing Cross, a las 13:03 horas.

29 Gowan Avenue Fulham May 1999 Home of Murder Victim Jill Dando
Puerta de la casa de Jill Dando en Fulham.

La cosa tenía su morbo: no todos los días la más célebre estrella televisiva de uno de los programas de sucesos más seguidos de un país del Primer Mundo se convierte en protagonista de sus propios contenidos. Baste un dato: incluso la Casa Real Británica, ante el impacto popular del crimen, emitió una nota de pésame y repulsa.

Diferentes teorías

Jill Dando Murderer - Police Sketch
Retrato Robot del posible asesino de Jill Dando elaborado por Scotland Yard y difundido masivamente por los medios de comunicación.

Solo siete personas reconocieron, tal vez, haber visto al hombre que pudo disparar a Jill Dando por la espalda, y la descripción fue unánime: se trataba de un tipo caucásico de entre 30 y 40 años, corpulento, pelo negro, bien vestido, sin guantes, con gafas de sol y gabardina, que abandonó el lugar de los hechos a la hora del crimen, a pie, sin correr, pero caminando a paso rápido en dirección al Támesis a la par que hablaba nervioso por teléfono. Se le perdió la pista junto a una parada de autobús. No era mucho, pero los testimonios recabados por los detectives de Scotland Yard dieron el suficiente juego como para elaborar un retrato-robot.

El detective Hamish Campbell, enfrentado a los medios de comunicación, no tardó en indicar que no se excluía ningún motivo –incluidos el pasional a pesar de que Farthing estaba fuera de toda sospecha o la revancha de alguien “maltratado” por Crimewatch-, pero eran cuatro, básicamente, las principales hipótesis que se manejaban: crimen por encargo[1], venganza de un radical serbio, acción de un componente de la extrema derecha o ataque de un admirador despechado. Había buenos motivos para sostenerlas todas, pues Jill era una persona implicada y comprometida con diversas causas humanitarias, progresistas y anti-xenófobas -incluido un apoyo explícito al pueblo albano-kosovar[2]– que no dudada en expresar sus opiniones abiertamente y a la mínima ocasión. Sin embargo, para Campbell y su equipo, la hipótesis favorita nunca dejó de ser la del admirador desairado dadas ciertas características de la mecánica del crimen que hicieron a los psicólogos criminales dudar de las otras opciones. Especialmente el hecho de que, a decir de algunos testigos, el hombre del retrato-robot rondara la casa de Jill durante más de una hora antes de poder matarla, y que no encaja con la conducta subrepticia y calculada que caracteriza a un criminal profesional.

Jill Dando - MirrorLa cosa vino a complicarse unos quince días después de la muerte de Jill Dando cuando el caso parecía estancarse y un empresario anónimo, convencido de que alguien más debía saber algo, ofreció una recompensa de 50.000 libras –unos 72.000 euros- a cualquier persona que diera a las Autoridades una pista que condujera a la detención del asesino. Cantidad que se sumaba a las 100.000 libras -144.000 euros- previamente ofertados por el rotativo Daily Mail con idéntico fin. La presión se hizo muy grande sobre Scotland Yard, especialmente cuando estaba ante un caso que no podía permitirse dejar sin resolver, pero las ofertas motivaron a nuevos testigos que, simplemente, vinieron a corroborar con mayor detalle todo cuanto se sabía.

Y la cosa se fue enfriando.

Jill Dando - Daily Mail

Un año después

Se produjeron varias detenciones que no fructificaron, pues los sospechosos no encajaban con la información disponible, y ello indujo un estado de decepción generalizado entre los familiares de Jill, sus amigos, la BBC –que nunca dejó de realizar llamamientos para ayudar al esclarecimiento del asesinato- e incluso la opinión pública.

Todo cambiaría a finales de mayo del año 2000 cuando por fin se detuvo a alguien que parecía encajar a la perfección en el caso. El tipo en cuestión, cuyo nombre e imagen Scotland Yard mantuvo en secreto por orden judicial –el juez encargado del caso era William Gage- durante varios días a fin de no contaminar las posibles ruedas de identificación, era Barry Michael George, un músico en paro de 40 años. Cuando fuera detenido, Barry respondía al apellido de Bulsara –el auténtico de Freddie Mercury, el célebre componente de la legendaria banda Queen-, y ya venía siendo investigado por el equipo de Hamish Campbell desde el año anterior.

Barry Michael George
Barry Michael George (Bulsara) en los días que fuera detenido.

George, que a veces tocaba en algunos pubs, era un sujeto peculiar que había sido militar, estuvo casado con una japonesa, cobraba una pensión por enfermedad, había tenido problemas con la justicia por diversos delitos sexuales de poca monta y solía realizar a veces comentarios extravagantes –alguno de ellos sospechosamente relacionado con el caso de Jill Dando-, pero desde hacía tiempo llevaba una vida discreta en un barrio tranquilo, por lo que su detención, efectuada tras el pertinente seguimiento, generó gran conmoción entre sus vecinos y allegados… Pero había algo que no encajaba del todo, por lo que muchos investigadores, en privado, agitaban negativamente la cabeza y se resistían a aceptar que el caso estuviera en verdad cerrado… Ciertamente, George encajaba en algunos elementos del caso e incluso guardaba cierto parecido con el retrato-robot que ya se había hecho famoso en toda Gran Bretaña, pero otras cuestiones seguían en el aire y no había forma de cuadrarlas. Especialmente por el hecho de que el propio sospechoso nunca dejó de proclamar su inocencia a los cuatro vientos y jamás se derrumbó durante los interrogatorios.

Durante los exhaustivos registros realizados en su casa se descubrió que George era un mirón que tenía la pésima costumbre de perseguir a las chicas, merodear, fisgar, hacerles fotos que luego coleccionaba… Y que, examinado el montón de material recolectado en su vivienda, parecía tener una obsesión importante con la finada Jill Dando. Pese a sus proclamas de inocencia, para Scotland Yard y para la justicia, pese a las pruebas circunstanciales reunidas en su contra, era el hombre. De hecho, el punto fuerte del caso contra Barry George se articuló sobre una dudosa prueba forense: una partícula microscópica de pólvora encontrada en uno de sus abrigos… Tan pequeña que tanto podía proceder de un arma disparada por el propio acusado –que nunca se encontró ni se supo que jamás tuviera alguna- como de la chispa de un encendedor o de cualquier otra persona con la que se hubiera rozado por la calle… Una información que solo se supo a posteriori pues, por si fuera poco, el ministerio fiscal la ocultó durante el juicio para favorecer su instrucción. Resumiendo: la única “evidencia” forense por la que Barry George fue condenado a cadena perpetua en 2001 no evidenciaba absolutamente nada.

La consecuencia de todo ello fue que George se tiró siete años en la cárcel antes de que el Estado, en la figura del Lord Chief of Justice, atendiera la tercera alegación de su abogado y se decidiera a repetir el juicio en noviembre de 2007. Resultó finalmente exonerado en agosto de 2008, de modo que el asesinato de Jill Dando, la admirada estrella tiroteada en el clímax del brillo[3], que ha dado ya para varios libros y alimentado teorías de la conspiración de toda índole y color, permanece irresuelto.

Eso sí, fue noticia. Y de las gordas.

Barry George - Soy Inocente
George, tras su liberación, proclama su inocencia a la puerta del Old Bailey.

[1] El Reino Unido vivió durante la década de 1990 un recrudecimiento inusitado de los crímenes por encargo que preocupaba sobremanera a las Autoridades. Scotland Yard llegó a identificar al menos a veinte criminales de este tipo solo en el área de Londres, así como en el sureste del país. Este tipo de criminales solía operar con armas cortas, del estilo de la empleada en el caso Dando, y manejaba tarifas que, por aquellos días, oscilaban los 1500 euros.

[2] Recuérdese que en este momento se encontraba activo el conflicto de Los Balcanes, en el que el Reino Unido, así como otros componentes de la OTAN, se encontraba comprometido de manera muy especial contra la causa serbia. De hecho, en los días en que Jill Dando fue asesinada, había hecho un ferviente llamamiento en pantalla para que se socorriera a los refugiados kosovares que vino a coincidir con el bombardeo de la televisión serbia por parte de la OTAN. Dado que la BBC, en la figura de varios de sus directivos, se vio asediada en los días sucesivos por varias amenazas de supuestos terroristas serbios, Scotland Yard hubo de valorar muy seriamente una posible conexión con el asesinato de Jill.

[3] El recuerdo de Jill Dando, lejos de desvanecerse, continua muy vivo en el Reino Unido, lo cual ha motivado que la investigación de su muerte siga viva y que los llamamientos para la resolución del caso nunca hayan cesado. Prueba de ello es el legado que ha dejado tras de sí. Nick Ross y Alan Farthing realizaron una cuestación pública para crear un Instituto de Investigación Criminal con el nombre de la periodista. Lograron, para tal fin, reunir millón y medio de libras de suerte que se abrió en la Universidad de Londres en abril de 2001. Existe un jardín que también lleva su nombre en su ciudad natal y que fue costeado enteramente por la BBC que, además, creó y actualmente sigue concediendo una beca para financiar los estudios de periodismo a jóvenes promesas a la que puso el nombre de Jill. Incluso el centro académico en el que Dando estudio periodismo, el Weston College, abrió en 2007 un pabellón al que también dio el nombre de la que ha sido una de sus estudiantes más ilustres.

El emperador gladiador

Marco Aurelio
El emperador Marco Aurelio (121-180).

Resulta notable advertir que los hombres más inteligentes, capaces y amables a menudo son también los menos dotados para ver las maldades y defectos de aquellos que les rodean. De hecho, la afabilidad de su carácter suele narcotizar su inteligencia a tal respecto. Eso decía Edward Gibbon del emperador romano Marco Aurelio en las páginas de su Historia de la decadencia y caída del Imperio Romano y, en efecto, resulta harto chocante que este hombre ciertamente notable, culto, excelso pensador, gran estratega y hábil político, fuera al mismo tiempo tan ciego como para no advertir la corrupción enquistada entre sus amigos más cercanos, su familia, e incluso en su progenie.

Su esposa Faustina, bella como pocas, era también célebre en toda Roma por sus perpetuas aventuras amorosas. Pero lo más escandaloso resultaba ser que, cautivado por las carantoñas de su mujer, Marco Aurelio llegó incluso a apoyar el ascenso en la escala social y política de muchos sus amantes a lo largo de los treinta años que duro un matrimonio que, en las Meditaciones,el emperador-filósofo asumía como muy dichoso. Con todo, el peor error de este hombre inteligente fue no comprender los defectos inherentes a la malsana y disoluta personalidad de su hijo Cómodo.

En manos de un inepto

El hecho es que, pese a conocer de primera mano todas y cada una de sus faltas de talento y las tachas de su personalidad, aún a pesar de que puso a disposición del joven los mejores tutores y maestros sin éxito alguno, Marco Aurelio, tras culminar la conquista de Germania y llevar el Imperio a su momento de máximo esplendor, creyó que este tipo incapaz e inmoral que era Cómodo podría llegar a gobernar con eficacia. Entendámonos: no es que Cómodo fuera un psicópata perverso como se ha llegado a escribir –o como vende Ridley Scott en su muy discutible Gladiator (2000)-, sino que era simple, débil y tímido, lo cual hizo de él una marioneta perfecta para toda suerte de manipulaciones y engaños por parte de un elevado número de malas compañías que Marco Aurelio había alejado de él por la vía del destierro. Quizá fuera este el peor error del sabio: no entender que tras su muerte aquellos desterrados que tan fácilmente influían en su sucesor, volverían a él. La cabra tira al monte, qué se le va a hacer.

Comodo Joaquim Phoenix
El actor Joaquim Phoenix encarnando al Cómodo de la versión cinematográfica de Ridley Scott… Cualquier parecido con la realidad es meramente incidental.

En efecto, cuando Cómodo recibió la aclamación del Senado en el año 180 los desterrados reaparecieron. Más o menos tres años duró el buen gobierno que Marco Aurelio garantizó al dejar a Cómodo rodeado de expertos consejeros que, en realidad gestionaban en la sombra pues el joven emperador, poco amigo del trabajo, pasó la mayor parte de este tiempo dedicado a la holganza y la buena vida rodeado de todos aquellos amigotes que le doraban la píldora. Sin embargo, Gibbon nos explica que durante el año 183 se produjo un episodio que muy probablemente desestabilizó sin remedio la ya frágil personalidad de Cómodo: fue víctima de un atentado contra su vida instigado por su propia hermana, Lucila. Ciertamente, los conspiradores fueron identificados, detenidos y castigados, incluida la propia hermana de Cómodo, que primero fue desterrada y posteriormente ejecutada[1]. Sin embargo, el asesino enviado por Lucila dijo algo al saltar sobre el joven emperador, espada en mano, desde la oscuridad de una de las puertas del anfiteatro: “de parte del Senado”… Se desconoce el motivo por el cual el agresor obró de este modo por cuanto se demostró que solo un senador, Claudio Pompeyano, amante de Lucila por lo demás, podría estar remotamente implicado en el complot, pero el evento despertó en Cómodo un odio tan visceral hacia el Senado que le indujo a una persecución tan despiadada como injustificada del mismo.

Cómodo
Supuesto busto de Cómodo (161-192) representado con sus atributos favoritos como el “Hércules Romano”. Es difícil saber cuánto de fiel es a la realidad, pero al menos en esta versión el parecido con su padre resulta ciertamente notable.

A matar, se aprende

La primera acción de Cómodo fue la de instaurar una red de delatores –costumbre que había caído en desuso- dedicados a buscar entre los senadores cualquier atisbo de traición. Y, como es lógico en estos casos, ser representante del pueblo se convirtió en un auténtica profesión de riesgo… Especialmente si se era singularmente rico, afecto al viejo Marco Aurelio, o remotamente crítico con las costumbres disolutas del nuevo emperador… En suma, cualquier censura o comentario inapropiado se convirtió en semilla de traición, motivo de juicio y causa de muerte. Y esto llevó al segundo evento relevante: cuando este simple timorato que era Cómodo probó el sabor de la sangre se convirtió –ahora sí- en un monstruo insaciable.

Y entretanto Cómodo gozaba de sus festines de sangre y lujuria, comenzó a delegar las más elevadas tareas del gobierno en algunos de aquellos amigotes trepas que, por supuesto, cometieron tantos desmanes como el lector pueda suponer. Destaca entre ellos un tal Perenne, quien se había elevado al rango de favorito haciendo matar a su predecesor, se había agenciado el mando de la Guardia Pretoriana, y había colocado a su propio hijo en un puesto preeminente del ejército. El hecho es que Perenne pretendía llegar a emperador y sería ejecutado en el año 186 cuando sus maniobras fueran descubiertas gracias al inesperado concurso de las legiones destacadas en Britania que, hartas de su pésima gestión, enviaron una delegación de 1500 hombres a Roma exigiendo su muerte para mantenerse fieles a Cómodo.

Este evento, que unos legionarios distantes –diríase que marginales- fueran capaces de retorcer el brazo del emperador al punto de deponer a uno de sus ministros, denota perfectamente el nivel de degradación que el Imperio había alcanzado en apenas seis años desde la muerte de Marco Aurelio. Un caso entre otros. Por ejemplo, muchos soldados, dadas la pésima gestión y la grave relajación de la disciplina, comenzaron a desertar por todas partes para dedicarse al bandidaje e incluso formaron un pequeño ejército en torno a la figura de otro soldado raso llamado Materno. Tropa que hubo de ser duramente combatida y que estuvo a punto de atentar, incluso, contra el propio Cómodo en las mismas calles de Roma.

El sucesor de Perenne, Cleandro, no era de mejor pasta. Se trataba de un esclavo liberto, harto avaricioso, que llegó al gobierno a través del sabio uso de la entrepierna del joven emperador, lo cual motivaba que su influencia sobre él fuera todavía mayor que la de su predecesor. Cleandro alcanzó tal grado de corrupción que vendía los cargos públicos a los ciudadanos previamente escogidos para ello y no convenía negarse a aceptar la oferta de, digamos, un consulado, si esta llegaba. Posteriormente, comenzó a vender incluso las sentencias de los tribunales al punto de que un criminal enriquecido podía librarse de una merecida condena previo pago de un buen dinero, e incluso pagar para que se flagelara a sus acusadores y al mismo juez que había instruido la causa. Como es de suponer, en esta situación la justicia se torno en todas partes –especialmente en las provincias- arbitraria, venal y vergonzosa. Eso sí: Cleandro se hizo riquísimo a la par que, a decir de muchos, hizo bueno al desaparecido Perenne.

El inevitable descontento popular estalló en el año 189, cuando la peste y el hambre asolaron Roma sin que pudiera hacerse gran cosa al disponer el ambicioso Cleandro del control del monopolio del trigo. La rebelión comenzó en el circo y se extendió por toda la ciudad hasta llegar a las mismas puertas del palacio. La Guardia Pretoriana se lanzó contra la muchedumbre ejecutando una verdadera masacre, pero en última instancia se vio superada en número y hubo de retirarse… Lo chocante es que Cómodo ignoraba todo esto. Resulta que había instaurado la estúpida costumbre de que quien le contaba malas noticias o desgracias era ejecutado inmediatamente y, así, habría sido aplastado por la masa si su hermana mayor y su concubina, Fadila y Marcia, no se hubieran atrevido a irrumpir en sus aposentos llorando. ¿La solución? Cómodo ordenó a los pretorianos que lanzaran a la plebe enardecida la cabeza de Cleandro… Y resulta que el gesto funcionó (todo esto me parece extrañamente familiar).

Espadas de plomo

A estas alturas la degeneración del emperador, en todo caso, era ya total. Se dice que pasaba las horas muertas en una orgia constante dentro de un harén en el que había dispuesto 300 mujeres y muchachos seleccionados por él mismo. Y, entre episodio y episodio de lujuria, Cómodo se dedicaba a su segunda gran afición: las armas. Enredado en luchas de gladiadores amañadas, cacerías y agotadoras sesiones de tiro con arco, se autoproclamó como el “Hércules romano”. A tal punto llegó su inaudito vicio que ideó el espectáculo definitivo –tan extraordinariamente vergonzoso como quepa imaginar para un romano- y fue el de exhibir al emperador luchando por sí mismo en la arena del coliseo y, además, cobrando por ello un oneroso estipendio. Una completa infamia que Cómodo repitió hasta en 735 ocasiones durante las cuales, por supuesto, sus oponentes no podían hacer otra cosa que huir o defenderse hasta la muerte, pero jamás agredirlo. Obviamente, y a fin de que en la comprensible desesperación ninguno de sus oponentes decidiera morir matando, Cómodo se aseguraba de que no pudieran defenderse al dotarlos con inútiles armas de plomo.

Gladiadores

Cabría pensar que la muerte de Cómodo fue el resultado de una conspiración urdida en las entrañas del Senado o entre los mandos de sus legiones, pero no fue tal. Ni siquiera cayó víctima de un ciudadano humillado, deshonrado o destruido por sus iniquidades y su mal gobierno. Al contrario; fueron sus favoritos más cercanos, temerosos de verse desplazados o ejecutados por el voluble capricho del emperador, quienes decidieron darle muerte para salvar su propio pescuezo. Así su concubina favorita, su amante ocasional y el jefe de los pretorianos –Marcia, Eclecto y Leto- urdieron un plan para asesinarlo mientras dormía y, en efecto, así lo hicieron estrangulándolo a la vuelta de una de aquellas agotadoras cacerías suyas. Luego sacaron en secreto su cadáver del palacio y lo destruyeron.

Y no pasó nada.


[1] Recuerde el lector que en la revisión cinematográfica de Scott a la tal Lucila se la pinta como una dama honorable que lucha de manera inquebrantable contra su hermano por ser un tirano. Lo cierto es que Lucila obró de tal suerte por sentirse relegada a un segundo plano y alimentar un fuerte sentimiento de envidia hacia la emperatriz. Lo que viene siendo una conspiración palaciega por un quítame allá esas pajas bastante normalita y ramplona, para que nos entendamos.

El Padrino “Cult”

Fue la madre de Adolfo de Jesús Constanzo (Miami, Florida, 1962), Delia Aurora González, una cubana aficionada hasta la obsesión con los asuntos relativos a la brujería, quien se encargó de llenarle al crío la cabeza con toda suerte de historias extravagantes relativas al “mundo de los espíritus”. De hecho, había adquirido tal convencimiento de que su hijo era un elegido, que contaba tan sólo con seis meses de vida cuando se empeñó en que fuera bendecido por un sacerdote haitiano del culto Palo Mayombe. Una secta de procedencia africana -concretamente bantú- cuya práctica está bastante extendida en el Caribe a donde llegó con los esclavos. A partir de ahí, la infancia y juventud de Adolfo giraron en torno al oscuro mundo de la secta, de cuyos secretos recibió cumplida información de la mano de su progenitora. Juntos asaltaron cementerios a fin de obtener aderezos para el caldero de los sacerdotes. Juntos empapaban muñecos vudú en sangre para maldecir a sus supuestos enemigos. Juntos elaboraron pociones y filtros con los que apropiarse de los beneficios de sus oscuras deidades.

Adolfo de Jesus Constanzo
Constanzo, fotografiado en los tiempos que alcanzó la cima de su carrera criminal.

Ocurría, además, que Constanzo se convirtió con el paso de los años en un hombre atractivo, con aire de seductor y dotado para la manipulación y el engaño. También era homosexual, pero ello jamás le impidió tener relaciones con mujeres si la situación así lo requería, lo cual para un tipo dedicado a sus menesteres sucedía a menudo. Era tan eficaz a la hora de embaucar a los clientes que él y su madre atendían que, bien pronto, fue perfectamente consciente de los resortes psicológicos que debía pulsar en cada caso. Así, inexorablemente, los mafiosos, artistas, policías e incluso políticos que iban desfilando por los rituales a fin de protegerse de supuestas maldiciones y malas vibraciones, no sólo comenzaron a pagar grandes sumas por hacerse con sus servicios sino que extendieron su fama. El éxito definitivo le llegó cuando hizo su primera “predicción” exitosa al pronosticar el atentado contra el presidente Ronald Reagan, acaecido en 1981. Una predicción de poco mérito, dicho sea de paso, si se tiene en cuenta que al menos ocho presidentes de los Estados Unidos han sufrido algún atentado durante el ejercicio de su cargo, lo cual lo convierte, estadísticamente hablando, en una verdadera profesión de riesgo.

Sea como fuere, el futuro pintaba bien y la lista de clientes iba en aumento, pero no era suficiente. Constanzo quería más dinero y sólo había un modo de obtenerlo: llevar las cosas al extremo. Cuanto más retorcidos y terribles fueran los ritos, cuánto más extravagantes y raros, cuanto más estrambóticas las peticiones que realizar a los espíritus, más dinero en juego. Ni que decir tiene que todo ello estaba aderezado con los delirios de una mente contaminada desde la cuna al crecer en un magma de creencias retorcidas, enfermizas, monstruosas. Fue de esta manera que en 1983 decidió entregarse al lado oscuro del Palo Mayombe y vendió su alma y sus servicios a Kadiempembe -Lukankazi o Lungambe-, más o menos el equivalente del Satán cristiano, de suerte que tras hacer que durante la pertinente ceremonia los símbolos del mal le fuesen grabados en el cuerpo con un cuchillo, se sintió todopoderoso. Invencible.

Ultimado el ritual, Adolfo de Jesús Constanzo se trasladó a México D.F. Allí había mucha más superstición que explotar que en Miami, más dinero negro que obtener y menos complicaciones con una justicia que no solo tendía a hacer la vista gorda, sino cuyos representantes a menudo estaban dispuestos a ser clientes del sacerdote mayombero. Fue entonces que fundó su propia secta y reunió en torno suyo a los primeros acólitos y discípulos; Martín Quintana y Omar Orea. Y su fama se iba extendiendo. Los narcotraficantes y hampones locales se convirtieron en clientela habitual al punto de solicitar del gurú Constanzo cosas tan ridículas como la inmunidad a las balas. Como suena. Los precios de rituales de este tenor alcanzaban cifras exhorbitantes. Cierto que parece estúpido que alguien estuviera dispuesto a pagar por estos servicios, pero no menos incomprensible es el hecho de que la clientela creciera en progresión geométrica, sobre todo si se tiene en cuenta que entre los habituales empezó a contarse incluso el comandante de narcóticos mexicano Salvador García. Vivir para ver. Piénsese que la lógica en estos casos cuenta bien poco y que no existe argumento racional que pueda retorcer el brazo de una creencia fuertemente consolidada.

Ritual Mayombero
Elementos que, al parecer, formarían parte de un genuino ritual mayombero.

Camino del exceso

Como es lógico, la pendiente de degradación adoptada por Constanzo no tardó en degenerar en los sacrificios humanos. Los calderos en los que preparaba sus filtros y pociones comenzaron a rebosar de la sangre, los huesos y las vísceras de sus víctimas. Y el ritual, para ser exitoso, exigía que los sacrificados murieran entre terribles sufrimientos y alaridos.

La lujosa vida de Constanzo, pagada en gran parte por el cartel de la familia Calzada, uno de los más importantes de México por aquellos días y para el que Adolfo trabajaba prácticamente en exclusiva desde 1986, no sirvió para que su ambición se aplacase. Al contrario, Constanzo exigió a los Calzada una parte del negocio en la medida que entendía que un buen pellizco de las ingentes ganancias se debían a sus rituales. No hubo caso. La negativa del cartel motivó la terrible venganza del sacerdote de Kadiempembe: en 1987 Guillermo Calzada y seis de sus secuaces se esfumaron como por arte de magia. Sus cuerpos fueron encontrados mutilados tiempo después. Hay quien dice que, sin duda, habían alimentado el caldero -y dicen que el poder– de Adolfo de Jesús Constanzo, entretanto que otros, menos crédulos, contemplan la matanza como un episodio más del permanente estado de  guerra que acosa a estas organizaciones. El hecho es que tras este suceso la secta se desplazó a la ciudad de Matamoros, fronteriza con los Estados Unidos. Allá conoció a Sara Aldrete (nacida en 1964), una atractiva mujer que fue inmediatamente subyugada por el brujo hasta convertirse en su sacerdotisa y ocasional amante.

Con el concurso de Sara -hija de un electricista, inteligente, estudiosa y que habría tenido un interesante futuro de no haber mostrado siempre una inquietante tendencia a enamorarse de los malos-, Adolfo entró en contacto con el Clan de los Hernández. Y al igual que hizo con anterioridad se las ingenió para convencer a su jefe, Elio Hernández, de que el gran Kadiempembe no sólo les protegería contra todo mal, sino que además se encargaría de multiplicar las ganancias. El precio convenido, dicen las crónicas más exageradas, fue nada menos que un cincuenta por ciento del negocio. Hecho el acuerdo, el Padrino Constanzo y la Madrina Aldrete se instalaron en el rancho Santa Elena, cercano a Matamoros, donde desarrollaron sus actividades. Habría poco sexo entre ellos, pues el gran gurú prefería los servicios de sus subalternos Quintana y Orea, qué se le iba a hacer.

Sara Aldrete en prision
Sara Aldrete, fotografiada por un reportero del Diario El País en 2004, durante una entrevista que concedió a este periódico en la prisión de Méjico D.F.

Las cosas, no obstante, fueron viento en popa. Constanzo y los Hernández eran capaces de introducir nada menos que una tonelada de hachís por semana en los Estados Unidos, si bien la contrapartida a los enormes beneficios era obvia: a fin de consolidar su situación de poder, los ritos requeridos al parecer del sacerdote para garantizar la protección del Palo Mayombe eran cada vez más frecuentes, salvajes y espantosos. Alimentar el puchero de Constanzo se hacía cada vez más complicado y a ello se añadía el problema de que los lugareños a los que habitualmente se sacrificaba no parecían gritar lo suficiente para satisfacer al temible Kadiempembe. Así surgió la idea más disparatada de cuantas Adolfo alimentó a lo largo de su vida: quizá un gringo gritase más fuerte. El sacerdote, al disponer las cosas de tal manera, iba a cometer un gran error. Su último error.

¡Grita gringo, grita!

A comienzos de 1989 se puso al estadounidense solicitado en sus manos. Se trataba de Mark Kilroy, un turista veinteañero; uno más de los muchos jóvenes estadounidenses que cruzan la frontera mejicana durante sus años universitarios en busca de exotismo, drogas, sexo y alcohol fáciles. El joven fue horriblemente desmembrado al punto de que muchas de las partes de su cuerpo que no terminaron en el caldero, como su espina dorsal, se convirtieron en piezas para abalorios protectores. El problema era que Kilroy no era uno de esos donnadies a los que Constanzo estaba acostumbrado a triturar. Antes al contrario, se trataba de uno de los retoños de una influyente familia norteamericana cuyos tentáculos alcanzaban esferas políticas muy altas, lo cual movilizó a las Autoridades estadounidenses a la par que causó que la recompensa ofrecida por algún dato sobre el desaparecido fuera enorme. No menos grande resultó ser el conflicto diplomático que se organizó entre México y los Estados Unidos -países condenados a entenderse por mera vecindad y diferencial de poder- a costa del Padrino de Matamoros. Su suerte estaba echada.

La policía -espoleada por las presiones gubernativas- entró a saco en el caso y los Hernández se esfumaron por la puerta trasera al advertir que todo el poder Kadiempembe no iba a salvarles de aquel trance. El encargado de pasar los envíos de droga a través de la frontera, David Serna, fue detenido y contó a sus captores todo cuanto necesitaban saber y mucho más. Los horrores del rancho Santa Elena se destaparon el 11 de abril de 1989. Junto con los desechos de los rituales se encontraron los restos de 15 cadáveres -Kilroy incluido-, pero ni rastro de Constanzo y sus acólitos, quienes habían huido tras ser alertados por un viejo y fiel cliente: el comandante de narcóticos Salvador García Alarcón.

Mark Kilroy
El estudiante estadounidense sacrificado, Mark Kilroy. Él solo quería pasarlo bien. Irónicamente, si un blanco rico no hubiera sido asesinado por los criminales de Matamoros, es muy probable que Constanzo y su secta nunca hubieran sido detenidos.

La secta, acorralada de suerte implacable, se instaló discretamente a finales de abril en un apartamento de México D.F. De allí Constanzo ya no saldría nunca, hecho que sucedió por mera casualidad. Resulta que el día 6 de mayo unos policías llamaron a la puerta. Parece que los agentes andaban a la busca de un niño perdido pero el gran adivinador creyó que iban a por él y abrió fuego sin mediar palabra… El poderoso Kadiempembe debía estar en otra cosa. Ni que decir tiene que la policía -advertida al fin de la presencia del narcosatánico- acordonó la zona de inmediato. Tras un tiroteo de 45 minutos, Adolfo de Jesús Constanzo se dio por vencido, aunque no estaba dispuesto a entregarse con vida. Entregó su ametralladora a Álvaro Valdés –el Duby– y pidió que le matase allí mismo. Quintana, solidarizándose con el Padrino, se puso a su lado dispuesto a morir con él, de manera que ambos fueron obedientemente ejecutados. A continuación, el resto del grupo se entregó. Orea, por su parte, nunca sería juzgado pues murió de SIDA en espera del pertinente proceso.

Lo divertido del caso vino cuando Sara Aldrete, durante el juicio, tiró del folletín de la buena chica domeñada por las circunstancias para explicar que los mayomberos la tenían retenida contra su voluntad y que no era culpable de nada en absoluto… ¿A que les suena? Ello no la libró, finalmente, de una condena de más de 600 años que aún cumple. Ýa en la cárcel escribió y publicó un famosos libro autobiográfico, de carácter autoexculpatorio, que lleva por título Me dicen la narcosatánica, y que se ha editado en varios países siendo un auténtico superventas.

Lo cierto es que nunca se sabrá a ciencia cierta a cuántas personas asesinó el paradigma del narcosatanismo -que incluso inspiró películas como la célebre Perdita Durango (Alex de la Iglesia, 1997)-, ni hasta qué punto llegaban sus influencias en las esferas políticas, policiales y judiciales, y ello a pesar de que se llegó a detener a más de doscientas personas vinculadas de un modo u otro a sus andanzas. A Constanzo  y su grupo sólo se les pudieron probar las muertes de los quince cadáveres desenterrados en el rancho Santa Elena del que, por cierto, no queda ni rastro pues fue quemado hasta los cimientos a fin de evitar la tentación de que se convirtiera en un lugar de peregrinación para crédulos, curiosos y amigos lo raro.

Cuando la antropología y el crimen se funden, y confunden.

Me Dicen la Narcostánica