Del genocidio al documental

La Segunda Guerra Mundial concluyó con la deflagración de dos bombas atómicas, en Hiroshima y Nagasaki –el 6 y el 9 de agosto de 1945-, que fuerzan la rendición incondicional del Japón. En la conciencia de muchos ciudadanos victoriosos de las potencias aliadas este acontecimiento generó un hondo sentimiento de culpa. La orden del presidente Harry Truman llevó a no pocos a pensar que el brutal esfuerzo material y humano realizado para impedir el triunfo de la depravación moral que simbolizaban las fuerzas del Eje, sólo había sido un espejismo. Al final, la guerra es un hecho criminal per se. El hongo atómico que dejó tras de sí el paso del bombardero B29 Enola Gay se convirtió en hito del desarrollo de la conciencia moral de la democracia occidental pues demostró que en la guerra todo está permitido y que, si de imponer la fuerza se trata, no hay límites que se puedan considerar razonables o inquebrantables[1]. Matar siempre es matar, y al final cualquiera puede matar mucho y bien si se lo propone seriamente. En última instancia, la catástrofe atómica, como se refleja de manera magistral en películas como Creadores de Sombra (Roland Joffé, 1989), difuminó de suerte radical las fronteras entre los vencedores y los vencidos: el terror nuclear que sustentó los precarios equilibrios de la Guerra Fría se basaba en el principio fatalista de que daba exactamente igual quién llegara a pulsar antes el botón, pues en cualquier caso nadie ganaría.

Boeing B-29 "Enola Gay"
El bombardero Enola Gay (Fuente: U.S. Air Force Photo)

Pero lo peor no habían sido la guerra en sí, o la escenografía perfectamente apropiada de su colofón atómico, sino el racimo de espantos que comenzó a airearse en los años posteriores. El polvo de los campos de batalla apenas empezaba a sedimentarse cuando ya se exhibían en los noticiarios las imágenes de Auschwitz-Birkenau y de los tremebundos campos de exterminio erigidos por los japoneses en China, si bien el horror de Hiroshima y Nagasaki motivará que esta historia quede suavizada, cuando no oculta por la mala conciencia occidental. Apenas han comenzado los juicios de Nüremberg cuando la izquierda–que no deja de escandalizarse farisáicamente con la brutalidad genocida de Hitler y sus seguidores-, se ve obligada a plegar velas. Stalin, quien coyunturalmente se había aliado con las democracias occidentales para zafarse de la amenaza germánica, empezaba a ser un enemigo y los esfuerzos realizados para mostrar a la Unión Soviética como un país amigable se diluyen. Así se empiezan a airear las terribles purgas del estalinismo. Consecuentemente, el siglo XX no sólo se convierte en el de las dos grandes guerras, sino también en el de las grandes masacres, etnocidios, genocidios y dramas humanos que culminará con las limpiezas étnicas e ideológicas de Los Balcanes, Chechenia o Libia. El siglo del odio. De hecho, es tras la Segunda Guerra Mundial que un mundo atónito ante la magnitud de la barbarie “civilizada” todos entienden necesario sancionar un delito que hasta entonces había permanecido en la impunidad: el de crimen contra la humanidad.

Acceso tren Auschwitz (Cracow Tours)
Acceso ferroviario al campo de trabajo de Auschwitz-Birkenau.

Se ha dicho a menudo que el siglo XX ha sido el de los Derechos Humanos, y no sólo porque signifique un trágico punto de inflexión en él se hayan cometido barbaries tan terribles como las arriba mencionadas, u otras no menos degradantes como el apartheid sudafricano, o la emergencia de fundamentalismos terroristas de todo signo y color. También lo ha sido porque se ha comprendido que tales derechos son una realidad inalienable que debe ser protegida por encima del siempre dudoso –y peligroso- “derecho de las mayorías” o la “razón de Estado”. De hecho, sólo tras la Segunda Guerra Mundial, a partir de 1948, los Derechos Humanos van a ser concebidos como un elemento más del derecho internacional y regulados por organizaciones internacionales de carácter mundial. Y es que se ha entendido, al fin, que la preservación de los Derechos Humanos no sólo es imprescindible para la dignificación de la persona, sino también para la estabilidad internacional. Allá donde personas son perseguidas y tiranizadas sistemáticamente más tarde o más temprano la situación interna se degrada sin remisión, hasta generar conflictos más amplios y complejos.

Como es lógico, la cultura popular se hará eco por extenso de los horrores y tragedias internacionales, así como de sus consecuencias, al punto de que ha impulsado más la conciencia mundial ante los desastres humanitarios y los crímenes del odio étnico y nacionalista que una Organización de las Naciones Unidas que, muy a menudo, se ha mostrado inerme e inoperante ante las presiones políticas de criminales y genocidas de toda suerte y color. Al fin y al cabo, los gulags protegidos por la amenaza nuclear de la URSS y los regímenes tiránicos latinoamericanos salvaguardados por los Estados Unidos eran tan inatacables en el seno del Consejo de Seguridad de la ONU, como lo puedan ser hoy los regímenes de Birmania y Corea del Norte a los que protege el gigante chino. Consecuencia: muy a menudo sólo mediante la expresión artística han sido posibles la denuncia, la concienciación de los espectadores, así como la persecución, bien sea moral -como sucedió con el ex dictador chileno Augusto Pinochet-, de los criminales.

Trabajadores en un Gulag (Gulaghistory.org)
Trabajadores en un Gulag (Fuente: Gulaghistory.com)

El siglo XX convirtió en fenómeno de masas el crimen político en sus más variopintas manifestaciones, desde el magnicidio cometido por el lobo solitario de turno o los conspiradores de rigor, al crimen de Estado diseñado para aplacar –o controlar- a determinados sectores del entorno sociopolítico de los que convenía liberarse, o a los que interesaba someter. Así, tanto el crimen de estado o de guerra, el odio interracial instigado desde el poder y el magnicidio, en todas sus manifestaciones posibles, van a ocupar un lugar central entre las imágenes icónicas de la cultura popular contemporánea, al punto de que han llegado a adquirir el rango de subgénero dentro de las manifestaciones artísticas populares destinadas a la protesta y el debate sociocultural. Así, ya en fecha tan temprana como 1915, con la técnica del rodaje cinematográfico prácticamente en desarrollo, David Wark Griffith rueda la primera película estrictamente moderna de todos los tiempos, El nacimiento de una nación. Cinta polémica donde las haya por su contenido netamente racista –los héroes salvadores de la patria son encarnados nada menos que por el Ku Klux Klan-, que provocó disturbios tras su estreno en diversas ciudades y uno de cuyos puntos culminantes es precisamente un magnicidio, el de Abraham Lincoln. El primero recreado por el cine en toda su historia. Por cierto, para el momento en que Griffith estrena su película ya se han producido otros fenómenos mediáticos que van a prefigurar la cultura popular occidental. El principal de ellos es la Guerra de Cuba, primer conflicto bélico internacional narrado masivamente en los medios de comunicación modernos.

Birth of a Nation
Uno de los reclamos publicitarios de El Nacimiento de una Nación, película basada en el texto El hombre del Clan, de Thomas DixonEl contenido del filme es más que explícito.

No es extraño, pues, que entre las imágenes más difundidas y reconocibles de nuestro pasado inmediato se encuentren el hongo atómico de Hiroshima, las excavadoras desplazando las pilas de cadáveres en Auschwitz, las víctimas de las hambrunas en Ucrania, los niños vietnamitas regados con napalm o las matanzas de hutus y tutsis en Ruanda. Tampoco que una las películas más vistas de la historia, rodada por un aficionado con un tomavistas, sea precisamente el testimonio de un testigo directo, Abraham Zapruder, quien en la Plaza Dealey de Dallas el 22 de noviembre de 1963 asistió al asesinato de John F. Kennedy. Y más: en esta tesitura, a casi nadie sorprende que el siglo XXI comenzase con las imágenes del colapso de las Torres Gemelas tras el atentado islamista del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York. Parecería que la fusión de imagen, relato, símbolo y barbarie sean elementos insertos en la genética misma de nuestra cultura en tanto que producto audiovisual destinado al consumo de masas.

Zapruder 313
El archifamoso fotograma 313 de la película tomada por Abraham Zapruder. Un filme que ha hecho correr ríos de tinta.

Lo más increíble, sin embargo, y quizá un perfecto testimonio del cinismo en el que nos ha sumido el siglo de la barbarie, es que tras exhibirse en horario de máxima audiencia lindezas como las ejecuciones de Nguyen Van Lem[2] y Samuel Doe[3] o la autoinmolación de Thich Quan Duc[4], aún haya quien defienda la inexistencia de unas snuff-movies a las que denominamos “información” cuando nos interesa difundirlas, o pueda simplemente escandalizarse acerca de los contenidos de algunas expresiones culturales. De hecho, en un medio que, como la televisión, copa audiencias y alcanza todos los hogares, el debate acerca de las líneas que deben o no ser traspasadas en beneficio de la libertad de prensa ha hecho correr ríos de tinta y, aún hoy, se encuentra muy lejos de su resolución. Mucho se ha discutido acerca del tratamiento mediático de los sucesos, de los programas de tele-realidad como forma de entretenimiento, o de los contenidos que deberían exhibirse en determinados horarios.

Tampoco ha sido raro que los propios medios hayan intentado a menudo pactar una regulación de sus contenidos sin éxito alguno. La solución más habitual, una vez enfrentados los medios al dilema ético-moral que supone arriesgarse a afrontar críticas nada inocentes cuando se pretende informar del delito, ha sido simplemente la de guardar silencio. Inexplicablemente, el periodismo empresarial del presente, acorralado desde todos los ángulos y mediante toda clase de estrategias perversas, no ha sabido encontrar un término medio entre el servicio público y el sensacionalismo.

Sea como fuere, la película El juicio de Nuremberg (1961), de Stanley Kramer[5], dará el pistoletazo de salida a lo que será, en adelante, el relato en clave artística, y docu-dramática, de la ingente cantidad de barbaries y crímenes cometidos por los seres humanos en aras a los “grandes ideales”. Con ella, tal vez, ha comenzado un proceso de lenta pero progresiva inmunización ante estos asuntos que nos ha conducido a contemplarlos como un elemento más del paisaje socioantropológico de nuestro tiempo que ha conducido a su exposición en toda suerte de formatos, bajo todo tipo de estilísticas, e incluso con los fines aparentemente más espurios, como el cómic:

“En algún lugar del tiempo suena un disparo. Bang. El eco está grabado en nuestro inconsciente colectivo. Bang, bang. Es una bala en el corazón del mundo. En Miami, un abogado del distrito se desangra hasta la muerte en la calle. En Bosnia, un reformista popular es tiroteado junto a una cafetería. Bang, bang… Se oyen disparos en Nicaragua, en Irlanda y en Costa de Marfil. Caen políticos y disidentes, las economías oscilan, países enteros cambian de forma. Es el sonido de la historia cambiando. A veces son tres disparos… o cuatro… o cinco. En Dallas un desfile de coches gira a la izquierda… Bang. Un presidente elegido democráticamente cae de lado y un golpe de Estado ha tenido lugar. Tres disparos, un tirador, fin de la historia. Días después, suena otro disparo. El pistolero loco y solitario es tiroteado a su vez, y no queda nadie que hable. La gente moverá la cabeza y volverá a su vida, y maldecirá el nombre del asesino para siempre… Dejando que el auténtico asesino vuelva a hacerlo una y otra vez”[6].

Lo cierto es que Stanley Kramer, autor reincidente en esta clase de temáticas como el alemán Otto Preminger, creó escuela y lo hizo en paralelo a la evolución del mercado literario y periodístico de su tiempo, constante fuente de inspiración para guionistas y directores de medio mundo. Fundó, por tanto, una tradición cinematográfica revisionista y harto crítica tanto con la sociedad presente como con la pasada que la inspiró y que, posteriormente, durante la década de 1970, abanderarán los Giuliano Montaldo, Gillo Pontecorvo, Werner Herzog, Arthur Penn, Stuart Rosemberg o el aclamado Reiner Werner Fassbinder, uno de los primeros cineastas que recupera de manera activa el papel protagonista de la mujer en la cultura y la sociedad. Autores y temas críticos, duros, a menudo escasamente amables para el espectador que anticipan la pasión por el documental del presente.

Judgement at Nuremberg (Kramer)
Uno de los muchos carteles promocionales de El juicio de Nuremberg, de Stanley Kramer. Cinta que va a marcar un antes y un después en la concepción del cine.

[1] Hoy, para mucha gente, el nombre de Enola Gay hoy es únicamente el título de una popular canción de la banda tecno-pop Orchestral Manoeuvres in the Dark. Un ejemplo más de que la cultura popular todo lo asume, lo reinterpreta y lo transforma en otra cosa, generalmente vendible.

[2] Soldado del Vietcong ejecutado en Saigón ante los objetivos de las cámaras del periodista Eddie Adams y de los reporteros de la NBC. Adams, que captó el momento exacto en que el ejecutado recibía el impacto fue premiado con el premio Pulitzer por esta fotografía que, durante décadas, se convirtió en el testimonio perfecto de los horrores de la guerra. Un éxito amargo: el premiado se sintió durante años culpable al creer que con su conducta había instigado la ejecución de Nguyen.

[3] Presidente-dictador de Liberia entre 1980 y 1990. Tras alcanzar el poder mediante un golpe de estado y practicar durante su mandato toda suerte de crímenes y felonías, Doe sería depuesto tras una breve pero cruenta guerra civil por Charles Taylor. Las imágenes de la tortura y posterior ejecución de Doe dieron la vuelta al mundo en horario de máxima audiencia y aún puede encontrarse en algunos lugares de internet, como este: [Daily Motion].

[4] Monje budista que se quemó hasta morir en una calle de Saigon en protesta por el trato que recibían los seguidores de su religión en el país. La imagen y el relato de la autoinmolación del monje les valió sendos premios Pulitzer a los periodistas Malcolm Browne y David Halberstam. Tristemente célebre, esta forma de suicidio protesta llegaría posteriormente a hacerse verdaderamente popular, ocupando un lugar central en los medios de comunicación. Hoy la tremenda imagen ha alcanzado el punto de banalización extrema al ser incluso portada de discos, como el primer LP de la banda Rage Against The Machine (1992).

[5] En España, de manera perfectamente equívoca y necesariamente ideológica, se estrenó con el absurdo título de Vencedores o vencidos.

[6] Jenkins, P.; Garney, R. y Buscema, S. (2000). The Dogs of War: Part 1. En: The Incredible Hulk, Vol. 3, 14. Marvel Entertainment.

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Amityville: de crímenes, fantasmas y trolas

 

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Ronald DeFeo Jr. Una joya de muchacho.

El famoso asesinato en masa perpetrado por Ronnie DeFeo durante la madrugada del 15 de noviembre de 1974 ha quedado ensombrecido por la peripecia que, según se dice, vivieron con posterioridad los Lutz, la familia que compró la propiedad en la que sucedió todo.


De hecho, que la casa del 112 de Ocean Avenue en Amityville (Long Island, New York) se convirtiera en el singular epicentro de una historia de fantasmas, posesiones diabólicas, rituales satánicos y otras simplezas afines con las que alimentar mentes recalentadas, llegaría a ser indecentemente utilizado por el abogado del propio DeFeo -William Weber- para tratar de exculpar a su defendido. La celebridad que, tanto la ávida prensa amarilla como el libro escrito por Jay Anson, dieron a la historia de los Lutz ha contaminado el horroroso crimen cometido por Ronald DeFeo Jr., convirtiéndolo así en un simple y extravagante prólogo para acontecimientos posteriores supuestamente mucho mayores, pero bastante menos ciertos.

Hasta doce películas -a cual peor, dicho sea de paso- se han inspirado en la casa encantada de Amityville convirtiendo a George y Kathy Lutz en una maravillosa fábrica de dólares y cuentos chinos. No es para menos. El libro de Anson es bueno como novela de suspense, está bien construido y pese a no tratarse de una maravilla de la prosa literaria, que no lo es, tiene esa gracia tópica del best-seller que lleva al lector a tragárselo de una sola vez. Para muestra, un servidor. No es para menos si tenemos en cuenta que antes de dar el pelotazo literario Jay Anson se había ganado la vida escribiendo guiones cinematográficos… En efecto, el tal Jay no era Cervantes, pero no cabe la menor duda de que sabía contar una historia.

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El famoso perfil -que da a la calle- de la celebérrima casa del 112 de Ocean Avenue.

Desmontando mitos

Para comenzar la narración como es debido, aclaremos que en torno al crimen de Ronald DeFeo se han construido muchos relatos inciertos, o escasamente documentados, que lo han dotado de matices tenebrosos pero en absoluto reales. Por ejemplo, se cuenta habitualmente que puso somníferos en la sopa de sus familiares para, una vez dormidos, trasladarlos a sus camas y asesinarlos en ellas de un tiro en la cabeza. No ha podido probarse. Los cuerpos fueron encontrados en el mismo lugar en que fueron tiroteados -sus propias camas- y presentaban heridas en diferentes lugares de su anatomía. Los análisis toxicológicos no hallaron restos de fármaco alguno en sus cuerpos. El hecho de que la mayoría -que no todos- estuviesen tumbados decúbito prono -o boca-abajo- en el momento de su muerte es meramente casual… Pero claro, siempre cabría preguntarse si es realmente tan raro que la gente duerma en una postura u otra. ¿Cuánta gente duerme de lado? ¿O boca arriba? ¿Y a quién en su sano juicio le importa saberlo? ¿Como duermes tu? ¿Y tu hermana?

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Dos “friquis” posan en el otrora célebre “cuarto rojo” del sotano. Por lo que se ve, fue reconvertido en un triste lavadero.

Otro mito célebre indica que el asesinato múltiple tuvo lugar a las 3:15 horas en punto de la madrugada, pero se trata de una especulación. Los archivos policiales indican, tan solo, que los crímenes debieron tener lugar entre las 2:30 y las 3:30 horas -esto de la exquisita puntualidad fue una creación literaria posterior de Jay Anson y quien quiera conocer los motivos del invento, tendrá que leerse el libro porque no lo pienso contar, explotada a posteriori por el cine-. También se ha especulado con la posibilidad de que Ronnie DeFeo se entretuviera realizando rituales satánicos en un cuartito rojo oculto en el sótano de la casa, pero lo cierto es que este extremo nunca ha podido demostrarse, nunca se ha sabido qué finalidad tenía el dichoso cuarto y, además, el asesino ni lo mencionó en sus declaraciones antes de que esta historieta fuera publicada bastante tiempo después de los crímenes. De todo ello cabe deducir que simplemente se subió al carro de la película de terror para sustentar su propia defensa. Un rasgo tópico de carácter en los antisociales manipuladores y de los abogados caraduras dispuestos a valerse de cualquier cosa para ir tirando, por muy disparatada que sea.

Lo cierto y verdad es que no hay que buscar explicaciones sobrenaturales al terrible crimen y, de hecho, no existe constancia alguna de que los DeFeo hubieran experimentado sucesos paranormales en aquella casa de estilo colonial holandés que su primer propietario erigiera en 1928. Tampoco hacía falta porque, al parecer, el ambiente se encontraba ciertamente envenenado en el seno de aquella familia numerosa desde hacía bastante tiempo.

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Cartel de la producción de 1979 Terror en Amityville, dirigida por Stuart Rosenberg. Un taquillazo, pero no te la creas…

Familia envenenada

Ronald DeFeo padre, hasta donde se sabe, era un hombre de dos caras. Bivalente.

Fuera del hogar se mostraba como un sujeto educado, atento y encantador, pero quienes le conocían bien cuentan que de puertas adentro era extremadamente autoritario y exigente con sus hijos, a los que gobernaba manu militari. Esta actitud dura -en ocasiones incluso cruel- desembocaba a menudo en graves enfrentamientos y discusiones con su esposa, Louise. Y no descartemos los malos tratos. De hecho, la mudanza a la magnífica propiedad de Ocean Avenue, al parecer, tenía mucho que ver con un intento desesperado de la familia por mantenerse unida en un ambiente tranquilo y alejado del estrés del centro de la ciudad -una especie de terapia- para evitar una ruptura definitiva. Un dato esclarecedor: papá DeFeo, nada más aterrizar en la propiedad, la bautizó cartel en mano como High Hopes (grandes esperanzas).

La verdad es que, en aras a la buena convivencia, todos se sometían de mejor o peor grado a la tiranía del señor DeFeo excepto su primogénito, Ronald Jr. -apodado Butch– que tendía a llevarse la peor parte en aquél régimen despótico en la medida que solía mostrarse arrogante y muy poco servil. En definitiva: Ronald Sr. y Ronald Jr. eran astillas de la misma madera y chocaban permanentemente. Es más: el medio que Butch encontró para vengarse de las presiones paternas fue, obviamente, el de convertirse precisamente en aquello que su padre más detestaba: un mal estudiante, un vago, un golfo, un bebedor compulsivo y, al fin, en un adicto a diferentes tipos de drogas. Fuego para combatir el fuego.

Y la cosa solo empeoró, con mudanza o sin ella. Sintiéndose como un animal enjaulado desde la adolescencia, Butch optó por reducir al mínimo su relación con el resto de la familia, por lo que solía encerrarse durante horas -a veces días- en su cuarto y en las raras ocasiones en las que se presentaba en el colegio no hacía otra cosa que buscarse problemas. Al parecer, sólo encontraba cierta complicidad en su hermana inmediatamente menor, Dawn, con la que mantenía una relación que podría considerarse amigable.

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Ronald con sus hermanos y hermanas meses antes del crimen.

Con 17 años, hartos de recibir llamadas enojosas de diferentes centros académicos, los padres deciden sacar a Ronald del enésimo colegio y le ponen a trabajar. Peor todavía, pues del consumo de drogas Butch evolucionó hacia los robos -se sospecha que llegó incluso a apropiarse nada menos que 30.000 dólares de la empresa de su abuelo, en la que estaba empleado, si bien lo negó reiteradamente argumentando haber sido víctima de un atraco- al tiempo que, paulatinamente, iba quedándose sin amigos y sumiéndose en una espiral de terrible soledad de la que sólo parecía salir cuando contaba con algo de dinero fresco en el bolsillo.

Fue por estos días que el joven DeFeo comenzó a aficionarse a las armas de fuego, de las que siempre contaba con diferentes tipos y calibres, pero que raramente solía utilizar. Se limitaba a manipularlas, observarlas, cambiarlas, limpiarlas o venderlas cuando se veía apremiado económicamente, y poco más. Una rara afición la suya. Por supuesto, los altercados con papá DeFeo continuaron su escalada hasta que, irremediablemente, se pasó de las palabras a los hechos: durante una de las graves -y comunes- discusiones que su padre mantenía con su madre, Butch tomó uno de sus rifles, apuntó directamente a su progenitor y apretó el gatillo. Sin más. El arma se encasquilló evitando el desastre, pero la posterior amenaza de Ronald fue clara y explícita pues le indicó que si seguía maltratando de aquella manera a la familia no dudaría en matarlo. Ronald DeFeo Sr., simplemente, quedó tan atónito que ni abrió la boca. Si aquel día el rifle de Ronnie no se hubiera atascado, se habría evitado posteriormente una tragedia mucho mayor y Jay Anson nunca habría escrito libro alguno.

Pero es que el mundo funciona como funciona.

La familia que se odia unida, muere unida

Es probable, como decimos, que cuando los DeFeo adquirieron la excelente casa del 112 de Ocean Avenue, lejos del ruido y las tribulaciones urbanas del populoso Brooklyn, pensaran que aquel cambio significaría el principio de una mejora significativa en su vida familiar. Ya se sabe; cambiarlo todo para que nada cambie. De hecho, nadie en la familia DeFeo había sido capaz de entender que ya era demasiado tarde de suerte que, recurriendo al tópico, la suerte estaba echada. Así, a los pocos meses del traslado -todavía con el asunto del robo en el negocio familiar caliente en la memoria de todos-, Butch, ya en el fondo de su peculiar descenso a los infiernos, había madurado lo suficiente como para estallar.

En la noche de autos, una vez estuvo completamente seguro de que todos se encontraban en la cama y perfectamente dormidos, Ronald echó mano de su rifle del 35 y aguzó el oído. Todo era silencio si exceptuamos el fluir monótono del agua por el río que circundaba la propiedad. Iba a terminar con todos los reproches, odios y miedos de la familia de una vez y para siempre. Allá terminaban todas las miserias porque la fantasía que había urdido durante meses iba a convertirse realidad. A menudo la gente suele preguntarse -y preguntarme- qué narices pasa por la cabeza de alguien que obra de este modo, y la respuesta a esa pregunta es más bien sencilla: solo él lo sabe y difícilmente podrá ser comprendido por alguien ajeno a esas tempestades interiores más allá de la comprensión del mecanismo que activa la espoleta. A veces -y esto es muy común- ni ellos mismos son capaces de ofrecer una explicación lógica de sus actos, pues probablemente no la haya.

El caso es que, arma en mano, visitó en primer lugar el dormitorio de sus padres. Sin dudarlo, disparó en ocho ocasiones sobre la cama provocándoles diferentes heridas , la mayor parte de ellas mortales de necesidad. Acto seguido se acercó al cuarto de sus hermanos y repitió la operación… Y concluyó en la habitación de las chicas, a las que descerrajó sendos tiros en la cabeza. Todo ocurrió en apenas tres minutos. Ya estaba. Fuera el perro ladraba sin control y a Ronald le pareció increíble que nadie se hubiera despertado en la casa o hubiera oído semejante escándalo nocturno en un vecindario tranquilo como aquel. Pero así era. A continuación, lo cual indica que era dueño de sus actos en todo momento, preparó la coartada que había elaborado, pues era plenamente consciente de que se convertiría en el primer sospechoso del crimen. Planificador y organizado… Luego ni enajenado, ni poseído, ni gaitas… Qué le vamos a hacer.

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Vista aérea de la propiedad de los DeFeo.

Tras despojarse de la ropa y ducharse por temor a cualquier evidencia genética pues era consciente de que había recibido alguna salpicadura de sangre, lo metió todo -rifle incluido- en una funda de almohada y se deshizo del hatillo en una alcantarilla cercana a la propiedad. Luego, tras dar una vuelta por la casa para asegurarse de que todo estaba en orden, cogió el coche y se encaminó hacia Long Island para asistir a su jornada de trabajo en la empresa familiar aparentando normalidad. Para consolidar la coartada, a lo largo de la mañana, realizó varias llamadas telefónicas a su casa y simuló ante todos una grave preocupación por el hecho de que nadie respondiera. Fue un error que, a posteriori, hizo sospechar a muchos que algo raro pasaba con él pues, habitualmente, Butch no habría telefoneado a su casa ni para pedir la hora. Finalmente, a la hora del regreso, se aseguró de ir acompañado de un par de amigos a fin de poder escenificar como era debido su particular drama. De hecho, fue uno de ellos, particularmente afectado, quien llamó a la policía que se personaría en la finca de los DeFeo con celeridad.

La función continua

Los agentes, que saben lo que ven en cuanto lo ven, se dieron muy pronto cuenta de que todo aquello era raro, pues no había pista alguna, ni móvil, ni lucha, ni faltaba cosa alguna, ni las puertas o ventanas habían sido forzadas… Y, además, la coartada de Ronald Jr. -el único superviviente, hecho que no dejaba de resultar inevitablemente sospechoso- parecía excesivamente sólida, concisa, preparada de hecho: el chico manifestó con naturalidad que aquella noche no había podido dormir pues padecía insomnio -lo cual era cierto y tenía medicamentos prescritos por el médico para combatirlo-, que había permanecido hasta las cuatro de la madrugada viendo la televisión, y que posteriormente se había arreglado y marchado al trabajo sin percibir nada extraño en la casa. El problema es que este detalle no se ajustaba a la hora de la muerte estimada por los forenses que, con cadáveres tan recientes y en condiciones de temperatura y humedad normales, ajustaron la hora del óbito con bastante precisión… Por eso, cuando un agente particularmente tenaz se concentró en la habitación del chico y logró encontrar dos cajas de cartón vacías de munición para un rifle del 35, la idea del crimen en familia quedó perfectamente clara para los investigadores.

Así, tras largos interrogatorios, Ronald DeFeo se derrumbó reconciéndose culpable si bien dijo no estar arrepentido. Tenía muy claro por qué había asesinado a su padre, pero nunca supo explicar por qué se había llevado por delante a todos los demás… Tal vez fuera el exceso de entusiasmo que provoca el olor de la sangre en esas personas que han acumulado mucha tensión, mucha ira y mucho odio, durante mucho tiempo.

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Fotografías de la ficha policial de Ronald DeFeo realizadas tras su detención. Se le ve tan pancho, ¿no?

El cuento chino

Dado que la defensa de Butch se acogió al socorrido argumento de la locura, a William Weber, un letrado ciertamente espabilado, le vendría de perlas la historia paranormal urdida por el matrimonio Lutz, los siguientes inquilinos de la propiedad. No en vano, el psiquiatra escogido por el defensor de Ronald para tratar de consolidar la eximente por incapacidad mental no fue otro que Daniel Schwartz, un prestigioso especialista que tiempo después se haría célebre al ocuparse del famoso asesino en serie David Berkowitz. El problema es que a menudo prestigio y calidad no van de la mano: al igual que en el caso de el Hijo de Sam, Schwartz se cubriría de gloria con Ronald DeFeo puesto que no dio ni una en el diagnóstico, siendo fácilmente rebatido por el menos famoso y menos rico, pero más perspicaz y eficiente psiquiatra de la fiscalía.

Lo cierto es que tras el éxito de libro de Jay Anson, editado después de que la denuncia de los Lutz se hiciera muy popular -“oigan, vivo en una casa encantada”-, el propio fundador del Instituto de Parapsicología Americano, Stephen Kaplan, decidió tomar cartas en el controvertido asunto de la historia de Amityville (ignoro por qué película irían ya). El caso es que a Kaplan el asunto de los Lutz siempre le había parecido un fraude porque contaba con todos los elementos que deben hacer sospechar a cualquier persona sensata y que lo transforman en ese cuento redondo que es demasiado bueno para ser cierto. De hecho, logró la prueba más obvia del timo la obtuvo cuando el propio George Lutz renunció a que investigase la casa del 112 de Ocean Avenue. Y es que le advirtió a las claras de que se temía una estafa y de que, si lo era, no dudaría en contarlo.

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George y Kathy Lutz… Vaya par de listos (Fuente: Viewimages).

Lo cierto es que tiempo después Kaplan, cuando el matrimonio Lutz dejó la propiedad con un buen montón de pasta en el bolsillo, pudo trabajar a sus anchas sin encontrar absolutamente nada destacable -la verdad, ignoro qué clase de “investigaciones” hacen los parapsicólogos y si suelen encontrar algo de lo que supuestamente buscan-. Pero si uno de ellos, muy reputado en el gremio, reconoce que una casa encantada es un timo… Pues blanco y en botella.

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Una de las muchas ediciones del libro de Anson. Si buscáis una traducción española sabed que se editó como “Aquí vive el horror”. Bueno para una tarde de piscina.

El problema es que los medios de comunicación alimentaron -y siguen alimentando- de tal manera la falacia de la casa embrujada de Amityville –la más embrujada del mundo- que los Lutz no tuvieron que hacer otra cosa que esperar los ríos de dinero que se amontonaron en su puerta y que, por cierto, vinieron a salvarlos “casualmente de la desastrosa situación económica en la que se encontraban cuando adquirieron una propiedad que estaba muy por encima de sus posibilidades económicas reales. Ello motivó que nadie prestase atención, porque nunca se escucha lo que no se quiere oír, a la declaración del abogado William Weber, quien reconoció tiempo después haber urdido junto con el propio George Lutz el fraude para “hacerse un favor mutuo”.

Incluso la Iglesia -que por cierto nunca envió a ningún sacerdote llamado Mancuso a exorcizar la propiedad y, de hecho, el tal sacerdote no era otra cosa que una invención dramática del listo de Anson- y las Autoridades policiales han negado reiteradamente que los supuestos acontecimientos de la casa sean reales. Por supuesto, nadie ha querido escuchar sus explicaciones. Para qué si una buena teoría de la conspiración es mucho más divertida. Más aún: casi treinta años después de los hechos George y Kathy Lutz han reconocieron ante las preguntas de los periodistas que estos eran “básicamente reales”, pero que en su día “tal vez exageraron” o “embellecieron” algunas partes del relato.

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Jay Anson. Un tipo con vista.

De tal modo, el caso DeFeo, protagonista real y auténtico de todo, tan sólo ha venido a perjudicar a los posteriores -y sucesivos- propietarios del inmueble de Amityville quienes, pese a negar hasta la extenuación que allí ocurra nada de cuanto se dice, han tenido que pasarse la vida expulsando de la propiedad a los cientos de domingueros que, todavía hoy, tratan de cazar fotografías y voces de fantasmas. Se trata, por supuestos, de uno de los motivos principales por los que la propiedad ha ido rodando de propietario en propietario durante los últimos 30 años… Y es que a ver quién es el guapo que convive con las hordas de mitómanos.

Así está el panorama.

Delicias orientales

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“Saint Seiya” (Masami Kurumada, 1986), producto cuya versión anime se conoció durante su primera exhibición en la televisión española como “Caballeros del Zodiaco”… Uno de los animes más molones de mis años adolescentes. Todavía guardo las figuritas.

No podría entenderse la imagen estética que han ido adquiriendo las diversas manifestaciones del crimen, el sexo y la violencia en la cultura popular del presente sin prestar atención a la creciente influencia que dos productos netamente japoneses, el manga y el anime, han adquirido en el mercado del entretenimiento occidental.

Tras desembarcar por estos pagos a mediados de la década de 1970, frente a la confusa opinión de supuestos especialistas que quisieron verlos como lluvia primaveral, han echado raíces y crecido al punto de que, en gran medida, puede hablarse ya de una invasión en toda regla. Y no es una cuestión baladí la de lo que representa este proceso de colonización cultural inversa si se tiene presente que ha sido Occidente quien, por tradición, ha impuesto su maquinaria cultural al resto del mundo. Tal vez los teóricos de la globalización debieran retornar a los clásicos de la antropología para comenzar a pensar en este proceso no como algo unidireccional, sino como un procedimiento de intercambios y préstamos que modifica el aspecto final que ofrecen las culturas en contacto y sus productos. Sabido es, por ejemplo, que en el espectador hindú prefiere la versión Bollywood de cualquier producción cinematográfica occidental antes que el original, que suele fracasar en taquilla.

En efecto, el manga es un perfecto ejemplo de cómo la influencia occidental es recodificada en términos propios y devuelta a Occidente con otro aspecto y desde otras variables más sugestivas, mediáticas y víricas. De hecho, nuestro formato de historieta penetra en un Japón en el que se desconocía esta expresión artística a finales del siglo XIX, coincidiendo con ese proceso de modernización radical que supuso la llamada Revolución Meijí e hizo que, de súbito, todo lo occidental se pusiera “de moda”. Los creadores se encuentran con el formato del arte gráfico japonés tradicional y se produce un fusión de ambos elementos que, pronto, eclosionan en un nuevo estilo dentro del cual aparecen, en torno a la década de 1880, los primeros historietistas japoneses –llamados “mangaka”-, como los clásicos Okomoto o Kayashi. No obstante, sólo tras la Segunda Guerra Mundial el manga comenzará a desarrollar un lenguaje propio y alejado del modelo del cómic norteamericano que le sirvió de referencia hasta 1930, comenzando por la adopción del “bocadillo” como forma de expresión lingüística de los personajes.

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Osamu Tezuka. Por favor, quítense el sombrero.

Siempre tras una guerra

Indudablemente, y así lo muestra la historia de la humanidad, las guerras -y de forma muy especial las más duras y tremendas- son siempre para bien o para mal un elemento transformador sociocultural y psicológico de primer orden que, por lo común, genera un  claro efecto de antes y después.

Ocurre que el Japón ha perdido ha salido derrotado de la Segunda Guerra Mundial de forma cruel, estrepitosa y humillante para sumirse en una posguerra tremebunda, repleta de penurias y privaciones que sólo pueden tolerarse a través de la emergente industria del entretenimiento. Un entretenimiento, por cierto, tutelado por una autoridad invasora que ejerce un feroz control sobre los medios de comunicación y, por tanto, sobre los discursos públicos. Y que además tiene la exigencia de ser barato pues Japón, muy afectado por el hastío bélico, no anda para dispendios. Consecuentemente, el japonés medio descubre que la lectura es una vía barata, a menudo poco controlada por unos censores que suelen tener problemas con el idioma y el control de unos códigos culturales que desconocen, por lo que se produce un auge de las bibliotecas. Será en este mundillo del préstamo interbibliotecario que se desarrolle mayoritariamente el mercado del manga. En formato libro, a menudo editados a bajo coste por las propias bibliotecas que no dudan en competir con las editoras convencionales, se convierten en uno de los productos más demandados por la sociedad japonesa. Y es en medio de esta nueva industria creciente surge la figura de un creador que revolucionará el género: Osamu Tezuka (1928-1989).

Médico de formación, buen dibujante desde la infancia y aficionado a las películas de dibujos animados de Walt Disney que empiezan a exhibirse en el país del sol naciente, Tezuka transformó el mundo del manga con su primera publicación, La nueva isla del tesoro (1947), al introducir en el desarrollo de la historieta convencional nipona el modelo cinematográfico-secuencial del cómic occidental y conseguir, con ello, vender unos 800.000 ejemplares de la obra en tiempo récord. Su segunda gran creación, si bien a lo largo de su trayectoria tocará toda clase de formatos y géneros, será el mítico personaje de Astroboy (también de 1947), que en la actualidad es un verdadero icono de la cultura popular japonesa. Muchos imitadores, pues, le saldrán a Tezuka, especialmente a causa del hecho de que el país comienza a adoptar los estándares productivos norteamericanos. Con ello, el manga tal y como hoy lo conocemos se consolidará definitivamente en 1959 cuando comiencen a aparecer los primeros dedicados exclusivamente a adultos, los llamados “gegika”, en los que desaparece por completo la inspiración Disney y se abren paso toda clase de temáticas e historias violentas, sexuales, escatologicas e incluso dramáticas. De este modo, llegado 1960, el gran público pide obras manga masivamente y los editores trabajan prácticamente a destajo y otorgando a sus creadores una libertad de acción muy amplia.

Y sin embargo, se mueve

Como es lógico, el manga tuvo su reflejo natural en el anime, erróneamente confundido con el dibujo animado occidental por el gran público, pues la técnica que se empleaba en su producción era originariamente muy distinta. Piensese que los estudios de animación nipones eran pequeños, contaban con muy pocos empleados, y ello hacía imposible desarrollar producciones de animación complejas al estilo de Occidente. De tal modo, se genera una técnica -la del anime- que es barata al ser un sistema de montaje imaginativo de imágenes fijas, lo cual permite reciclar y aprovechar los mismos fondos y dibujos una y otra vez. En ella todo dependía más de la habilidad en el manejo de la cámara, el ritmo de montaje y los tiempos de exposición, que en el rigor cinematográfico convencional.

De hecho, el anime desembarcaría en Occidente antes que el manga propiamente dicho, vía televisión, cuando muchas emisoras europeas y estadounidenses comienzan a comprar y emitir retazos de teleseries japonesas -bloques de capítulos pues las producciones originales eran larguísimas y contaban con cientos de entregas- mediada la década de 1970. Era un paso lógico: el anime gozaba de una calidad razonable, solía resultar muy entretenido y llamativo, y además los derechos de emisión eran mucho más baratos que los de las series animadas de producción occidental. Así fue que llegaron a nuestras pantallas Mazinger Z (Go Nagai), Astroboy (Osamu Tezuka) o Heidi y Marco (ambas de Hayao Miyazaki), y el público occidental asumió aquellas producciones que se emitían siempre en horario infantil primero con extrañeza, luego con fidelidad y, por fin, muy a menudo, con pasión y fervor, generando un verdadero movimiento fan emergente. Sobre todo tras el éxito explosivo que siguió a la exhibición de la muy seria y adulta película Akira (1988), basada en el manga homónimo de Katsuhiro Otomo.

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Cuando, allá por marzo de 1978, este robot gigante se presentó en las pantallas en blanco y negro de nuestros televisores, nos cambió la vida.

El mercado, es cierto, ya está maduro cuando todo esto sucede. La invasión del cine japonés a partir de la década de 1960, con las aclamadas –y muy premiadas- producciones protagonizadas por sus sempiternos samurais de Akira Kurosawa al frente, había llenado las pantallas de Occidente con montones de curiosas y llamativas películas en las que Godzilla reducía Tokio a escombros antes de liarse a bofetadas con King Kong; en las que los simios gigantes producidos por la radiación de las bombas aliadas mantenían terribles y sangrientas peleas; en las que terremotos catastróficos asolaban el territorio japonés; o en las que tremebundos monstruos espaciales invadían la tierra. Pero no sólo: los reyes de las artes marciales de China, Corea del Sur, Taiwan y, sobre todo, Honk Kong, con Bruce Lee a la cabeza, ya nos habían convencido sin remedio de que una buena pelea colectiva era la mejor forma de dirimir las diferencias -por absurdas que fueran- y de que, en realidad, combatir el crimen pasaba siempre por decapitar al criminal con una katana bien afilada o partirle las piernas con un palo.

Y la ridícula bronca de siempre

Como es lógico, la controversia acerca de la violencia y la propiedad de sus contenidos persiguió al anime –luego al manga- prácticamente desde comenzara a exhibirse fuera de Japón. La vieja historia que no cesa en la medida que nadie suele leer a los que saben y, además, tenemos la odiosa costumbre de olvidar el pasado. Tal vez nos gusta repetirnos.

Para los más críticos manga y anime siempre han sido medios demasiado expuestos al sexo, al crimen y a la violencia que no se corresponden -a veces ni de lejos- con los estándares ético-morales occidentales. No obstante, esto es poco más que incidir en lo obvio. En efecto, el manga y el anime son productos generados a partir de otras variables socioculturales, lo cual provoca que a menudo no se produzca una correspondencia entre los géneros y los contenidos que se consideran más o menos aptos para niños y adolescentes en un lugar u otro. Esto ha motivado que, muy a menudo, los mangas y animes que se editan o exhiben fuera del Japón sean escrupulosamente visionados, revisados, editados y censurados antes de su puesta en el mercado (¿lo ignoraban ustedes?). Tampoco es raro que se reconstruyan las referencias culturales de los contenidos “occidentalizando” el doblaje y/o las traducciones, lo cual muy a menudo desvirtúa o destruye las intenciones originales de los creadores y motiva que muchas de las ideas expuestas por ellos se nos presenten descontextualizadas, extravagantes y carentes de sentido.

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¿Está claro, tarugos, que yo no fui concebido como producto para niños pequeños?

Téngase en cuenta que para Occidente, como ya vimos, el cómic y la animación fueron considerados durante muchas décadas formas de transmisión netamente infantiles lo cual, en relación al manga y el anime, ha dado lugar a grotescos malentendidos, como el de exhibir productos que originariamente, en el Japón, se pensaron en exclusiva para  el público adulto, en horario infantil. Un caso manifiesto de esta confusión es el famoso Shin-Chan (obra del malogrado Yoshito Usui), pues se trata de un trabajo que su creador concibió para un público adolescente -mayor de trece años- y que en España, por ejemplo, se exhibe a menudo en horario infantil tal vez porque el protagonista tiene solo cinco años. En todo caso, para los padres agobiados por los tacos y procacidades del disoluto Shinosuke Noara siempre ha sido más fácil condenar la serie, que pedir el despido del incapacitado que la programa en una hora inapropiada. Lo de siempre.

Sea como fuere, el manga y el anime han despertado en el público de Occidente -especialmente entre las nuevas generaciones- una especie de pasión por lo oriental que nos ha hecho especialmente receptivos a muchas de las manifestaciones artísticas procedentes del sudeste asiático e incluso hacia su modo de vida, al punto de que esta estética, que se introdujo de manera lenta pero paulatina en nuestro entorno cultural, ha venido para quedarse en la medida que ha ido permeabilizando todas y cada una de nuestras manifestaciones socioculturales a extremos que a menudo nos resulta difícil imaginar. Basta, de hecho, con salir a la calle para encontrar a muchos jóvenes peinados con una estética que es difícil no identificar con personajes de manga, anime e incluso videojuegos japoneses. Más aún, muchas de las cosas que ocurren hoy en día en nuestras películas, teleseries, novelas, video-clips o tebeos –la multimillonaria saga Matrix dirigida por los hermanos Wachowsky es el ejemplo superlativo- serían incomprensibles sin la referencia a su inspiración oriental.

Admitamos que, sumidos en nuestro proverbial y soberbio etnocentrismo occidental, la mayor parte de nosotros nunca oímos hablar de cosas hoy tan comunes como la Yakuza, las Triadas o los Ninjas hasta aquel día, ya lejano, en que se nos ocurrió ir al cine.

El crimen de “Los Galindos”


A día de hoy casi todo se desconoce sobre el crimen de Los Galindos salvo el crimen en sí mismo y las muchas especulaciones que ha suscitado. Es el “cluedo” favorito de los estudiantes de Criminología españoles y, con ello, se ha convertido en uno de los grandes clásicos de la historia criminal española. Incluso ahora, cuando el tiempo transcurrido debiera haber cobrado el papel de cloroformo, quien va a Paradas y pregunta a cualquier persona mayor de 60 años por el cortijo, por sus dueños, por sus jornaleros, por lo que pasó aquella tarde maldita de 1975, el interpelado suele agachar la cabeza y guardar silencio… O algo peor. De hecho, en la localidad, que bien definió su alcalde de aquellos días, José Gómez, como un sitio donde nunca había pasado nada importante y donde nunca volverá a ocurrir algo fuera de la rutina, todavía molesta esta vieja historia. Fastidia aparecer siempre en los papeles -o en los blogs- bajo la marca de algo tan truculento… Pero negar la historia, ni tiene sentido práctico alguno, ni la hace desaparecer.


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Imagen del cortijo de “Los Galindos” (Fuente: ABC de Sevilla).

22 de julio de 1975

15:15 horas de la tarde.

El SEAT 600 se desplaza lentamente por las calles de la localidad en calma, atravesándola en dirección a la costanilla desde la que parte la carretera vieja de Carmona, de cuya cuneta, a pocos kilómetros, sale el camino para el cortijo de Los Galindos. Es el único sonido que turba la paz a esas intempestivas horas de una siesta a la que invitan los cerca de 49 grados que frisa el mercurio. Las calles están desiertas, pero un rostro humano, tan sólo uno, se perfila a través de los visillos de una de las casas en el momento en que el automóvil pasa por delante. No todos sestean en el pueblo. La dueña del rostro en la ventana, no sin cierta sorpresa, identifica de inmediato tanto al vehículo como a sus dos ocupantes. “¡Qué raro!” se dice. Pero, tras meditar en ello por unos momentos, suelta el visillo, se encoge de hombros y sigue a lo suyo. Sabe quiénes son y sabe hacia dónde van. Poco comunes son la hora y circunstancia del viaje, pero todo lo demás está en orden. Así, ronroneando en la distancia, el utilitario enfila el primer tramo de la cuesta y se pierde de la vista en dirección a una insospechada tragedia.

Hacia un insondable misterio.

Sobre las 16:30 horas

A unos kilómetros de allí Antonio Fenet, de 36 años, bracero eventual de Los Galindos, ha terminado su dura jornada en el olivar y camina campo a través con ritmo cansino, justo en la dirección en la que se encuentra el cortijo. Con el recalentado sombrero de paja calado hasta las orejas y el azadón al hombro, Fenet aspira con fruición una calada del celtas[1] que aprisiona entre el índice y el pulgar de la mano derecha. Es ese cigarrillo, el mejor del día, que se fuma placido el hombre cumplidor de lo suyo que ha terminado la jornada y empieza a disfrutar al fin de sí mismo, de su propio tiempo y de sus propias cuitas.

Antonio atraviesa tranquilo, acompañado tan sólo por el rítmico zumbar de la chicharra y el rechinar de sus pasos sobre la tierra de labor, un sembrado de girasoles próximo al complejo de edificaciones del cortijo. El calor es tremendo. Tal vez evoca en su mente de labriego el regusto de ese agua fresca que le espera en el fondo del botijo, pero no le da la imaginación para mucho pues, más o menos en ese mismo momento, un fuerte tufo a quemado le golpea la nariz. Mira al frente y, en efecto, vislumbra una gran columna de humo negro como la pez que parece salir del cobertizo. Escamado, puede que ya temeroso, porque no es normal ponerse a quemar nada allá, ni a tal hora, ni con tanto calor, el bracero aprieta el paso. Cuando puede observar el escenario con claridad, las llamaradas se elevan ya sobre las copas de los árboles. El fuego, vigoroso, crepita con fuerza. Tal y como había sospechado momentos antes, se trata de un incendio. Y grande.

Ahora la pestilencia se percibe con absoluta nitidez, un fuerte olor a gasoil y aperos quemados mezclado con otro más extraño, irreconocible pero desagradable, hediondo, que revuelve el estómago de Fenet. El hombre, apenas aborda el ejido del cobertizo, descubre que lo que arde es un enorme montón de alpacas de paja que se han incendiado sin motivo aparente. El fuego, que empieza a propagarse por la estructura, está demasiado cerca de la maquinaria agrícola y amenaza con provocar un desastre. Mira en torno suyo, si bien por los alrededores no se ve un alma, llama a voz en cuello en dirección a la casa del capataz, no sea que el fuego le haya cogido sesteando, pero tampoco recibe respuesta alguna, lo cual que no deja de resultarle sorprendente conociendo como conoce la escrupulosidad y el celo -a veces excesivo- que Manuel pone en su trabajo. Lo cierto es que en lugar de las figuras del capataz o de su mujer, Fenet divisa estupefacto un reguero rojo y espeso, de algo que bien podría ser sangre y que parte de la puerta de la casa. Así las cosas, con la mente nublada por ominosas conjeturas, comienza a gritar con desesperación sin encontrar respuesta alguna. Pasa de esta guisa dos minutos, quizá tres, hasta que afónico ya por el esfuerzo intenta aventurarse lo más que puede hacia el foco del incendio para ver si existe alguna posibilidad de extinguirlo. Pero el intenso calor y la sofocante humareda se lo impiden. Aquello es demasiado grande para un hombre solo.

Presa de la ansiedad, manos en las caderas, paseando de un lado a otro como una bestia enjaulada, Antonio Fenet piensa que ha de hacer algo, pero no sabe exactamente el qué. Al fin y al cabo las llamas pueden estar también achicharrando su propio puchero. En esto, allá en lontananza, columbra varias siluetas que se mueven como espantajos en el mar de la canícula, dando la impresión de que se acercan hacia su posición. Otea esperanzado y descubre que se trata de un nutrido grupo de peones que, desde los campos colindantes, han divisado la espesa humareda y, tras organizarse con rapidez, corren a ofrecer su ayuda. El bracero, visiblemente nervioso, casi fuera de sí, agita la mano para ser visto al mismo tiempo que les sale al encuentro.

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Las víctimas del célebre crimen. De izquierda a a derecha: Juana Martín, José González, Manuel Zapata, Ramon Parrilla y Asunción Peralta (Fuente: blogs.elconfidencial.com).

17:15 horas

El reloj de la iglesia de Paradas anuncia el cuarto de hora con su letanía cansina. Una casa de Dios que data de 1600 y que resulta inexplicablemente grande y ostentosa –tiene hasta cinco naves y nada menos que un Greco- para un pueblo como este, de no más de 8.000 habitantes, y que no se distingue de manera especial, bien lo sabe el ofendido cura, por el número de parroquianos que suelen ocuparla en las fechas no señaladas del calendario.

Sea como fuere, justo en el preciso instante en que los ecos del carillón empiezan a difuminarse, Fenet y otro de los braceros que responde al nombre de Antonio Escobar, entran en el cuartelillo de la Guardia Civil sudorosos y casi sin aliento. Han venido corriendo desde el cortijo. ¡Vengan, vengan rápido! Allí, a “Los Galindos”… -dice Fenet con respiración entrecortada, tanto por los nervios como por el esfuerzo realizado- … Está ardiendo el cobertizo donde se encuentra la empacadora y delante de la casa del capataz hay un reguero de sangre. ¡Vengan, vengan! El cabo de la Benemérita, acompañado de un número así como de los dos jornaleros, actúa con resolución y ordena a todos tomar el Land Rover que les espera a la puerta.

Minutos después llegan al cortijo y, tricornio en mano, los agentes saltan del todoterreno para dirigirse a la carrera hacia el lugar del siniestro. Los jornaleros, arracimados en torno al cobertizo humeante, han conseguido controlar el fuego. También han descubierto el origen del otro olor que se mezclaba con el tufo del gasoil. Horrorizados, señalan hacia la parte alta de la construcción calcinada, lugar en el que yacen los cadáveres de dos personas, reducidos y contorsionados por el ardiente lametón de las llamas. Tapándose boca y nariz con un pañuelo, el cabo, que a duras penas puede reprimir las arcadas, comprueba el informe. No ha visto cosa parecida en su vida.

No es tiempo para especulaciones. Todavía queda el reguero de sangre –si no lo es se le parece bastante- que otro de los peones señala con el dedo. El rastro sale –o llega- del cobertizo, atraviesa un pequeño patio y conduce al interior de la casa en la que habitan el capataz de la finca, Manuel Zapata Villanueva y su señora, Juana Martín Macías. Los agentes se aproximan a la puerta cerrada. ¡Manuel, Manuel!, llaman a gritos, pero nadie responde. Aparta de ahí muchacho –grita el cabo de la Guardia Civil a uno de los braceros empezando a temerse lo peor. Así, tras ordenar al subalterno que cargue el arma y se coloque tras él, trata de girar la manilla de una puerta que no se abre al estar cerrada desde dentro. Entonces, tras tomar algo de carrerilla para impulsarse, arremete y la cerradura salta, dejando libre el paso.

Al instante, el perro del capataz, único testigo de la tragedia que se ha vivido allí en aquella tarde maldita de sol y moscas, salta desde la fresca oscuridad del zaguán, despavorido, para zafarse entre las piernas del guardia y perderse aullando lastimero entre los olivos. Pasado el susto, el cabo, seguido por su subalterno y otros cuatro peones, Fenet a la cabeza, penetran en el interior de la vivienda. Reina un silencio sepulcral. Siguen el rastro de sangre. La comitiva atraviesa sigilosamente la entrada, continúa por el comedor y llega hasta la puerta de la alcoba del matrimonio, al fondo de la casa. Para sorpresa general, se encuentra cerrada por fuera con un candado.

El cabo no se lo piensa dos veces y dispara tres veces sobre el cierre. En el interior del dormitorio espera un nuevo horror. Sobre una de las camas, brazos en cruz, está tendido el cuerpo de Juana. A la mujer, que está irreconocible, le han destrozado la cara con algún objeto de aristas duras. Tiene aplastado el cráneo. Aquello es demasiado y los agentes, tras expulsar a todo el mundo de la casa, deciden pedir refuerzos al comprender que la situación excede con mucho sus posibilidades.

Una inspección más detenida

Por algunos detalles que presentaban los cuerpos carbonizados del cobertizo, que no habían sido pasto de las llamas por completo, los peones estimaban que podía tratarse del tractorista José González, de 27 años de edad, y de su esposa, Asunción Peralta, de 34. A pesar de todo, la identificación no era fácil y quedó en suspenso hasta que el forense dictaminara, puesto que uno de los cuerpos no tenía cabeza y del otro quedaba únicamente el tronco, desde la pelvis a uno de los omóplatos. Parecía evidente que el asesino, tras arrancarles la vida, los había rociado con gasoil antes de arrojar sus cuerpos a las llamas[2].

Sea como fuere, los dos agentes de la Guardia Civil, entretanto llegaba más personal, continuaron inspeccionando el terreno en busca de alguna prueba, algún detalle, cualquier cosa que pudiera dar razón de tantos interrogantes. Eran nada menos que tres cadáveres, probablemente asesinados, lo que tenían entre manos y el criminal que los había matado no podía haberse esfumado en el aire sin dejar algo de sí mismo en mitad de la carnicería. Sea como fuere, se estaba cometiendo un grave error: la inexperiencia de aquellos agentes, en absoluto acostumbrados a enfrentarse a tales circunstancias y con una preparación dudosa, hizo que a ninguno de ellos se le ocurriera acordonar la zona y alejar de la escena del crimen al sinnúmero de curiosos que estaban destruyendo los indicios que quizá hubieran permitido resolver el crimen[3].

Poco a poco, los coches oficiales empezaban a multiplicarse. En uno de ellos llegó el juez de paz de Paradas, Antonio Jiménez, acompañado de dos personas más. En otro, comandados por el teniente de línea, llegaban refuerzos procedentes del cuartel de la vecina localidad Marchena, cabeza de partido judicial[4].

Atardecía ya cuando el oficial al mando decidió acercarse al automóvil que estaba aparcado en un ribazo muy próximo a la casa. Se trataba de un SEAT 600. No se hacía de nuevas puesto que lo había visto allí durante toda la tarde, si bien, entre unas cosas y otras, no había tenido tiempo de inspeccionarlo. Sabía a la perfección, pues se conocía al dedillo todos los coches de la parroquia, que aquel vehículo color crema era propiedad de José González Jiménez. En el asiento posterior del vehículo se encontró una escopeta partida en dos. Nada más. ¿Alguno de vosotros sabe a quién pertenece esta escopeta? Preguntaron al grupo de braceros que se apiñaba en el ejido del cortijo. Sí señor –dijo uno de ellos-. Es la escopeta de caza de Manuel Zapata. El asunto se iba complicando. El capataz no aparecía por ninguna parte y empezaba a convertirse en el principal sospechoso de la masacre. Su escopeta rota, sin embargo, estaba en el coche del tractorista y nadie los había visto juntos en todo el día.

Cundía el desánimo, pero se trabajaba con tenacidad y, a pesar de que ya se hacía la oscuridad, un grupo de personas comandadas por los agentes de la Guardia Civil continuaban buscando alguna cosa, algún indicio, ese objeto que les llevase a alguna conclusión por remota que fuera. El grupo iba a disolverse en espera de la luz de la mañana cuando uno de los peones de Los Galindos llamó la atención de sus compañeros: en el llamado Camino de Rodales, cubierto con un montón de paja, se hallaba el cuerpo sin vida del jornalero Ramón Parrilla. Tenía 40 años y era tractorista eventual de la finca. Alguno de los allí presentes recordó que por la mañana Manuel Zapata le había enviado a trabajar en la linde del olivar. El sujeto había sido abatido a tiros, uno de ellos a bocajarro. Sus brazos, con los que había tratado de protegerse inútilmente en un acto de instintivo apego a la vida, presentaban numerosos impactos de perdigones.

El juez Jiménez ordenó el levantamiento de los cuatro cadáveres, pese a las deficientes diligencias que se estaban practicando, y su posterior traslado a la morgue del cementerio municipal de Paradas. Algunos testigos recuerdan que el proceso resultó especialmente penoso en lo que respecta a los cuerpos del cobertizo. Costó dar con el sepulturero, Rafael Peña, que aquella tarde se encontraba en la vecina localidad de Arahal asistiendo a un partido de fútbol, a fin de que lo dispusiera todo oportunamente para la recepción de los finados. Sea como fuere, allá en el cementerio se hizo cargo de ellos el forense Alejandro Harcenegui, quien se limitó a realizar una serie de autopsias de aliño, poco convincentes en lo referente a sus resultados, en las que se trató de dictaminar la hora y causa de las muertes, algo que en el caso de las víctimas del cobertizo resultó bastante complejo[5]. Posteriormente, y sin mayor dilación ni ulteriores análisis, se puso a los difuntos en manos de sus familiares a fin de que se les diera cristiana sepultura. Los cuatro serían enterrados en el propio cementerio y en nichos individuales.

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Entierro de las víctimas (Fuente: La Vanguardia).

En resumen: la Guardia Civil se encontraba frente a cuatro cadáveres, la misteriosa desaparición del capataz, y sin rastro del asesino. Como es lógico, las primeras sospechas recaían ya sobre Manuel Zapata, hombre de confianza del Marqués de Grañina, porque no había mejor explicación posible y, como dicta el sentido común, las respuestas más evidentes suelen ser las buenas. Él tenía que ser el autor de aquellos cuatro crímenes absurdos e inconexos aunque nadie alcanzara a comprender las razones. Por eso, a la mañana siguiente, el recién llegado juez Márquez dictó contra el capataz la pertinente orden de busca y captura.

Al otro lado del muro

Pese a no existir ningún móvil, ni tener pruebas de clase alguna contra él, las Autoridades, muy presionadas por los atemorizados vecinos de una localidad otrora tranquila y amigable que aquella madrugada, en la que muchas escopetas de caza durmieron cargadas y que renunció al fresco para recluirse en la seguridad del hogar, consideraron a Manuel Zapata Villanueva, ex legionario, ex guardia civil, capataz del cortijo Los Galindos y hombre de confianza del Marqués, supuesto culpable. Aunque sólo fuera porque parecía haberse dado a la fuga. Pero las cosas distaban mucho de ser tan sencillas.

Ya habían transcurrido dos días desde que aconteciera la siniestra tragedia. El rastreo de la finca proseguía, palmo a palmo… Aquí y allá. Varios grupos de personas, capitaneadas siempre por un oficial de la Benemérita o un agente de Policía, trabajaban incansablemente en busca de algo que pudiera esclarecer el misterio. Y nada. La batida resultaba siempre infructuosa.

En todo caso, la investigación seguía su curso con esa meticulosidad tan propia al trabajo policial y que en este caso sirvió de bien poco por falta de cuidado, formación y previsión. El hecho es que se iban siguiendo todas las líneas existentes o posibles. Quién había estado con cada cual durante aquel día, qué había hecho, cómo, cuándo… ¿Tenía enemigos? ¿Deudas de alguna clase? ¿Había de por medio algún asunto pasional? Esto fue lo que permitió profundizar a la Guardia Civil en las andanzas de José González, el tractorista carbonizado, durante el día de autos. Al parecer había ido al pueblo a buscar a su esposa, Asunción Peralta, por alguna razón desconocida. Luego fueron juntos al cortijo para encontrarse con la muerte. Efectivamente, a las cuatro de la tarde del 22 de julio, bajo un sol de justicia, el viejo SEAT 600 de José atravesó el pueblo de Paradas llevando a su lado a su esposa. Así lo corroboró una pariente de Asunción que, al oír el intempestivo ruido del motor en el silencio de la siesta, miró a través de los visillos y vio al matrimonio encaminarse hacia el cortijo. Y allí fueron, sin paradas intermedias, puesto que el automóvil se encontraba en el lugar en el que habitualmente solía aparcarlo su propietario. Ambos debieron morir muy poco después de que el vehículo fuera avistado en el pueblo.

La cosa era extraña, no obstante, porque Asunción no había vuelto a pisar el cortijo desde el día en que se casó con José y hacía de ello siete meses. Decían las malas lenguas que aquella ausencia prolongada se debía a los celos de su esposo ya que la mujer, de soltera, había trabajado para el Marqués sin que se supiera demasiado bien haciendo qué, y hasta qué grado de intimidad. Otros chismorreaban sobre líos entre ella, que a decir de los más atrevidos estaba de muy buen ver a pesar de su cercanía a la cuarentena, y el propio Manuel Zapata.

Pero nadie sabía dar mayor razón. El enigma seguía envolviéndolo todo con un manto tenebroso. Y las cosas irían a peor porque Manuel fue finalmente encontrado, tal y como lo fuera antes su mujer, con el cráneo destrozado. Se supo más tarde que el contundente objeto con el que Manuel había sido golpeado con ferocidad hasta la muerte era una biela de la empacadora que dormitaba en el cobertizo incendiado. La misma con la que, presumiblemente, se había golpeado también a su esposa puesto que había aparecido en el dormitorio, junto al cadáver de Juana. Aquél rompecabezas macabro no había quien lo entendiera y los investigadores empezaban a volverse locos.

Locos, sobre todo, porque las extravagancias morbosas que aliñaban todos aquellos misterios comenzaban a alcanzar unas proporciones exorbitantes. El cuerpo del capataz apareció empotrado en el tronco de un árbol hueco, bajo unas balas de paja y a escasos metros de la puerta del cortijo. A cada paso de la investigación se rizaba más el rizo, se perdía más el asidero de la lógica como demostró el hecho de que el forense Harcenegui afirmara que el capataz había sido el primero en morir, pese a haber sido su cadáver el último en aparecer. Por lo tanto el asesino había transportado su cuerpo para ocultarlo en el lugar donde finalmente fue encontrado, a ocho metros escasos del muro del cortijo Los Galindos. Más confusión[6].

La segunda opción

El principal problema que se presentaba ahora que el presunto culpable había aparecido asesinado, era precisamente la falta de un objetivo hacia el que dirigir las investigaciones. Cuando faltaba Manuel Zapata no existía un móvil aparente, pero si una posible fuga autoinculpatoria. Con el encuentro de su cuerpo tampoco existían pruebas claras de otra cosa, pero sí un sórdido móvil pasional que parecía dirigirse hacia el tractorista José González y, precisamente por ello, tanto la instrucción del juez Márquez como el trabajo de la Guardia Civil se entregaron al esclarecimiento de esa segunda opción.

Según las conclusiones del informe elaborado por Andrés Márquez, que estuvo concluido el 16 de agosto siguiente pero permaneció en secreto de instrucción durante algún tiempo más, José había pretendido a una de las hijas del capataz, pero había recibido siempre una rotunda negativa por parte de Manuel Zapata. Aquella pretensión del tractorista era conocida de todos en el cortijo. Pasado un tiempo, la chica terminó casándose con otro lo cual convirtió a José González en objeto de muchas bromas hirientes. Puede que el sarcasmo más doloroso de todos fuera el que vino de la boca del propio Marqués de Grañina en el mismo día de la boda. Algunos testificaron que se acercó a él en la iglesia y, tras palmearle amigablemente la espalda, con algo de sorna, le espetó: La próxima boda, Pepe, la tuya.

El pronóstico del terrateniente fue acertado en la medida que siete meses antes del crimen, José González contrajo matrimonio con Asunción Peralta, una mujer bastante mayor que él pero bien plantada que había estado durante muchos años ennoviada con un tal Miguel Vargas, apodado el cantaor. El hecho causó cierta conmoción en la localidad y alimentó no poca maledicencia. Al fin y al cabo Pepe, el tractorista de Los Galindos, era un sujeto que no llegaba al metro sesenta de estatura y a duras penas excedía los cincuenta kilos de peso. Miope –se libro del servicio militar a causa de ello- y al parecer no muy agraciado. Se pretendía que estas limitaciones hicieron de él un hombre acomplejado, diagnóstico que su familia nunca quiso certificar. A Asunción, por su parte, se le iba ya pasando el arroz y, tras el plantón de Vargas, iba camino de convertirse en una solterona, de modo que –se sostenía en los mentideros locales- no había dejado de venirle como llovida del cielo la propuesta de matrimonio de José González.

El informe Márquez indica que en la festividad de San Eutropio, patrono de Paradas, que se celebra el 15 de julio, la otrora pretendida hija de Manuel Zapata se presentó embarazada en el pueblo a fin de hacer una visita a sus padres. Y volvieron las bromas supuestamente olvidadas. Si a esto sumamos el posible acomplejamiento del tractorista y sus reconocidos celos, agravados por los puntos oscuros del pasado de su mujer, así como las constantes murmuraciones de sus convecinos, todo parecía cosa de sumar dos más dos.

En base a los precedentes, y según la conclusiones de la investigación de la Benemérita con las que Márquez construyó su informe final, durante el día de autos José González se encontraba en el cobertizo del cortijo arreglando la empacadora. El capataz Zapata debió presentarse allí para increparle al respecto de su descuido en el uso de los vehículos. Es fácil imaginar en qué términos. Fue en ese instante que el odio de González explotó y golpeó en la cabeza salvajemente a Manuel con la pieza que tenía en las manos en ese momento –la dichosa biela. El agredido cayó a sus pies. Tal vez le rematara ya en el suelo. A continuación es muy probable que el tractorista recuperase el control de sí mismo y sintiera un miedo comprensible por lo que acababa de hacer. Pero ya no había vuelta atrás.

Se introdujo la biela en un bolsillo del mono de trabajo y, tras asegurarse de que no había nadie a la vista, arrastró el cadáver del capataz hasta el árbol en el que fue luego encontrado, donde lo ocultó. Acto seguido y para no dejar cabos sueltos se encaminó hacia la vivienda, en la que se encontraba Juana, a la que golpeó con la biela que portaba consigo para arrastrarla después hasta el dormitorio, tumbarla sobre la cama, librarse allí del arma homicida y, misteriosamente, cerrar la puerta con un candado al salir. Más o menos en este momento, José González debió advertir que el jornalero Parrilla, que debía pasar por allí en aquel momento, podría haber sido un testigo indiscreto. En ese momento se hace con la escopeta de caza de Manuel Zapata y echar tras él hasta que, al fin, le alcanza en el Camino de Rodales donde le asesina pese a las súplicas de su víctima. Regresa entonces al cobertizo, abandona la escopeta –tampoco se comprende por qué hubo de partirla en dos- en el asiento trasero del SEAT 600, coge algo de paja, y vuelve hasta el cadáver de Parrilla para ocultarlo con ella.

En opinión del informe Márquez, en este punto y hora el tractorista José González debió perder ya por completo la noción de realidad. Sólo de este modo puede explicarse que decidiera subir al coche y recoger a su mujer en Paradas para retornar luego, valiéndose de cualquier excusa, a Los Galindos y asesinarla. Finalmente, echó el cadáver de Asunción Peralta al almiar del cobertizo, lo roció con gasoil y le prendió fuego. Luego, concluye el informe, González se suicidó del mismo modo o bien se quemó accidentalmente durante la operación.

Las dificultades de esta reconstrucción rocambolesca de los hechos eran tan obvias que ni tan siquiera convenció a Andrés Márquez, quien decidió al punto mantener el informe en secreto y ponerse en contacto con la policía de Sevilla a fin de que iniciara otra investigación. El problema básico era que, junto a una evidente falta de pruebas materiales y forenses que permitieran articular con algo de rigor la historia, el relato dejaba fuera otra gran cantidad de elementos accesorios al crimen. Así, quedaban muchos puntos oscuros:

  • Muchos habían visto en el pueblo, a lo largo de la mañana, a Manuel Zapata cuando no era cosa habitual. Algunos incluso atestiguaron que se le veía nervioso y extrañamente cariacontecido. ¿Por qué?
  • ¿Por qué llevó José González a su esposa al cortijo cuando ella sólo había estado allí dos veces en toda su vida?
  • ¿Por qué se decapitó a Asunción Peralta?
  • ¿Por qué el asesino, estando solo, hizo algo tan poco habitual como matar de tres formas distintas?
  • ¿Cómo pudo un hombre solo, y no muy dotado físicamente, realizar todas aquellas acciones en un lapso tan corto de tiempo y sin aparente esfuerzo?
  • ¿Por qué el reguero de sangre que llevaba de la puerta de la casa de los capataces se rompía abruptamente? ¿De quién era aquella sangre?
  • ¿Por qué, si Juana había sido golpeada con la biela que mató a su marido, no había rastro alguno de su sangre sobre el objeto según el informe forense?
  • Si González había valorado la posibilidad de suicidarse tras la masacre, ¿por qué molestarse en ocultar los cadáveres?
  • ¿Por qué cerrar con un candado la habitación en la que yacía el cuerpo de la cortijera?
  • ¿Por qué se ensañó de tal modo con el cuerpo de Juana Martín?
  • ¿Por qué motivo –o de qué modo- se partió la escopeta del capataz?
  • ¿De qué forma encajaba en la historia el peón Ramón Parrilla?
  • ¿De qué manera puede explicarse que un hombre espere pacientemente a morir abrasándose vivo junto al cadáver de su esposa?
  • ¿Por qué el Marqués de Grañina, contra su costumbre habitual, se empeñó en dormir en el cortijo durante las dos noches previas al crimen?
  • ¿Por qué durante la segunda noche que el Marqués durmió en Los Galindos sólo permitió que hubiera dos guardias de vigilancia en todo el complejo de edificios?
  • ¿Qué razón llevó al administrador a la finca en la mañana de los crímenes si se tiene en cuenta que era martes y él solía ir, sin falta, los viernes o los sábados?
  • ¿Puede atribuirse a la casualidad el hecho de que el administrador abandonara el cortijo justo antes de que se produjera la masacre?
  • ¿Por qué el vehículo Mercedes Benz del administrador tenía diversos impactos en el parabrisas y en el morro que perfectamente podrían ser partículas de plomo?
  • ¿Por qué motivo un coche que había sido limpiado antes de ir a Los Galindos fue lavado nuevamente en un taller de Sevilla tras el regreso?
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Aspectos del interior de la casa de los capataces (Fuente: ABC de Sevilla).

¿Un sexto en discordia?

Poco después de que los componentes de las Brigadas de Investigación Criminal de Sevilla y de Madrid llegasen a Paradas, el juez Víctor Fuentes concluyó sus vacaciones y retomó el caso en el punto en el que lo hubo dejado Márquez. No estuvo mucho tiempo al frente del mismo ya que se nombró titular de Marchena a Antonio Moreno y fue él quien hubo de seguir adelante. Sea como fuere, ninguno de los magistrados que iba haciéndose con la patata caliente parecía conforme con la marcha de las investigaciones o el resultado de las diligencias que se practicaban, de modo que el sumario del caso se iba engrosando paulatinamente con nuevas actuaciones que nunca arrojaban los resultados deseados. Es lógico en la medida que ninguna explicación parecía argumentar con rigor todas y cada una de las piezas del extravagante rompecabezas. A todo esto, la prensa del moribundo franquismo, aprovechando los nuevos márgenes de libertad, hacía el agosto –nunca mejor dicho- con aquella historia que muy pronto se convirtió en un autentico serial mediático.

Con los datos y circunstancias recabados, la investigación alcanzaba muy pronto el punto muerto puesto que, a falta otros indicios o evidencias, sólo podía concluirse en rigor que:

  1. El orden de hallazgo de los cadáveres no tenía nada que ver con el orden en que fueron asesinados sin que estuviera claro, en algún caso, cuál había sido.
  2. Quien llevó a cabo los crímenes conocía perfectamente el terreno y había obrado con rapidez y precisión.
  3. Era posible que el quíntuple asesinato hubiera sido cometido por más de un sujeto.
  4. Dado que se desconocían a ciencia cierta las motivaciones que habían movido al asesino, nada hacía suponer que podría existir un inductor del crimen.
  5. Si el tractorista José González llevó a Asunción Peralta al cortijo fue por una razón de fuerza mayor que nadie salvo él -y tal vez ella- conocía.
  6. Cabía la posibilidad de que, cuando el matrimonio González llegó al cortijo en su vehículo, tanto el capataz como su esposa –y quizá el bracero Parrilla-, ya estuvieran muertos. De tal modo, el asesino podría estar esperándolos.
  7. No era descartable la existencia de algún testigo directo o indirecto capaz de aportar luz al esclarecimiento de las circunstancias antecedentes del caso.
  8. El móvil pasional era posible.
  9. El móvil sexual resultaba improbable puesto que ninguna de las mujeres había sufrido abusos aparentes.
  10. Si alguna prueba material acerca de la autoría de los hechos había quedado en el lugar del quíntuple asesinato, nunca fue encontrada. En tal sentido, no puede olvidarse que un buen número de personas deambuló por la zona antes de que la investigación como tal comenzara y que, muy probablemente, se alterara con ello de suerte involuntaria pero definitiva la escena del crimen.

El pueblo –que suele ser sabio en  lo suyo y sabe de cosas que nadie ajeno comprende- de Paradas apuntaba a múltiples razones. Pero casi todos los rumores y habladurías, confluían en el mismísimo Marqués de Grañina, Gonzalo Fernández de Córdoba y Topete, descendiente por línea directa del celebérrimo Gran Capitán, quien contaba con diversos antecedentes penales y era una buena pieza al decir de muchos vecinos. A él se le relacionaba con el quíntuple asesinato, no como actor directo, pero sí como inductor y en razón de diversas circunstancias y especulaciones.

Empecemos por decir que el cortijo Los Galindos no era ni mucho menos el más grande de la zona, pero sí constituía un bocado apetecible para cualquier terrateniente de la época. Tenía cuatrocientas hectáreas de superficie cultivable, un gran caserío de dos cuerpos con vivienda para los propietarios, un enorme patio rectangular, cuadras, garajes, báscula para vehículos pesados, muelle de carga y descarga, un taller de reparaciones para todo tipo de vehículos, un tanque subterráneo de gasoil, y todo lo relacionado con los vehículos agrícolas así como los aparatos necesarios para mecanizar el ciclo completo de las labores del campo. Además, la propiedad poseía olivares, plantaciones de algodón y remolacha azucarera. En la España fundamentalmente agrícola de 1975, tener una finca como aquella, coqueta y bien puesta, era cosa al alcance de pocos y resultaba equiparable a poseer un verdadero tesoro.

Los Galindos había pertenecido a varias familias desde que le fuera expropiado a la Iglesia durante las desamortizaciones del siglo XIX. En 1950 lo adquirió Francisco Delgado Durán, un veinteañero que obraba como testaferro de sus padres, Manuel Delgado Jiménez y María Durán Lázaro, dos riquísimos vecinos de Madrid. El joven Francisco fallecería en Lisboa corriendo febrero de 1969, de suerte que los padres cedieron la finca a su hija, que había contraído nupcias con el Marqués de Grañina. Fernández de Córdoba y Topete, huelga decirlo, era uno de aquellos nobles venidos a menos de las postrimerías del franquismo que paseaba mucho título y pompa, pero no tenía un duro y había rehecho su fortuna por la vía del matrimonio de conveniencia. Ya se sabe: la vieja historia del rico nuevo que busca pedigrí y del rico viejo que solo tiene apellidos.

Aquí entra en la historia  el ex legionario Manuel Zapata, el primer asesinado, que llegó a Los Galindos de la mano del Marqués –parece que ya se conocían con anterioridad- para convertirse en capataz de la finca y su hombre de confianza. Y lo cierto es que en Paradas se decían pocas cosas buenas de Zapata, cuya vida anterior a la llegada a la localidad tenía multitud de puntos tenebrosos, y que solía mostrar una personalidad dictatorial e intransigente probablemente construida a golpe de milicias y reenganches. Contaba 59 años cuando le sorprendió la muerte. Era natural de Badajoz y su fama de hombre duro y de trato difícil, que se andaba con pocas bromas y gozaba con la pendencia y el abuso de poder, era conocida en muchos kilómetros a la redonda. De Juana Martín, su esposa, poco había que contar pues era vecina antigua de Paradas. La mujer había nacido en Gibraleón, Huelva, y tanto sus padres como sus abuelos habían servido en la casa de los marqueses toda la vida.

También era vox populi que, por mediación de Manuel Zapata y sin que los motivos de ello fueran conocidos, el Marqués había dotado con una buena cantidad de dinero al matrimonio recién formado entonces por José Jiménez y Asunción Peralta. Poco más se sabía con certeza y en este punto empezaba una cadena de rumores que concluía en la idea de que algo turbio se cocía en el seno del quinteto, y que las cosas habían terminado como era de suyo. De Parrilla poco se decía, mención aparte de su cercanía con el capataz, siendo uno de los pocos hombres que mantenía relaciones de amistad con él, y nadie suponía que estuviera muy al tanto de los misterios que se cocían en Los Galindos. Era opinión del común que el bracero había sido asesinado simplemente porque se encontró allí en el lugar y hora equivocados. Quizá este prejuicio era un error, pero nunca se pudo avanzar hacia el fondo de aquella singular amistad. Sea como fuere, toda aquella rumorología no arrojaba luz alguna sobre los crímenes.

No obstante, y a pesar del disgusto de los sucesivos jueces con la versión oficial que transformaba al otrora pacífico José González en el asesino de Los Galindos, la Policía elevó finalmente un informe sospechosamente parecido al de la Guardia Civil que venía a agravar el paradigma de la chapuza nacional que rodeó en todo momento las irregularidades de la investigación. Informe que, en esta ocasión, el magistrado Antonio Moreno, quizá deseoso de cerrar el caso y quitarse de encima a la opinión pública, no mantuvo en secreto. De este modo el hombrecillo asténico[7] y miope se transformaba en un terrible y sanguinario asesino que había sucumbido en el intento. Y dado que la responsabilidad penal concluye con la muerte, el crimen podía darse en principio por resuelto. Sin embargo, el caso no fue cerrado porque no había modo de cuadrar la versión oficial con la realidad de la investigación.

Las consecuencias que estas inesperadas conclusiones tuvieron en la vida de una pequeña localidad agrícola como Paradas, en la que prácticamente todo el mundo se conocía por activa o por pasiva, fueron inmediatas y el efecto de la pedrada sobre la superficie estancada de la sociedad de aquel núcleo rural no se hizo esperar. Los cambios fueron, pues, inmediatos para las familias de los afectados que se vieron envueltas en toda clase de ofensas, chascarrillos y crónicas.

Así la viuda del jornalero Ramón Parrilla, con dos hijas a las que mantener con una pensión de miseria, retiró automáticamente la palabra a la familia de José González. La madre del tractorista, Concepción Jiménez, una mujer de 70 años presa del dolor, se recluyó entre las cuatro paredes del hogar familiar para digerir en soledad la vergüenza y el deshonor sin tener que soportar las miradas de odio o lástima de sus convecinos. El resto de la familia de José, por supuesto, también se vio afectada en la medida que hubo de soportar desde entonces toda clase de vejaciones y afrentas sin rechistar. Reconocida es la habilidad del hispano para hacer leña del árbol que cae. Las dos hijas de Manuel Zapata, por su parte y hartas de permanecer en el centro de todas las conversaciones, vendieron la casa que su difunto padre había adquirido en el pueblo tiempo atrás y no regresaron jamás. El pobre Antonio Fenet, uno de los pocos amigos que José González tuvo en vida, sufrió por partida doble ya no sólo perdió un amigo y hubo de soportar el trauma de ser el protagonista del macabro hallazgo, sino que también fue condenado al ostracismo y obligado por las circunstancias a llevar una vida de anacoreta. Y el Marqués de Grañina, separado legalmente de su esposa desde marzo de 1976, nunca volvió ni a Los Galindos, ni a Paradas.

El caso coge impulso

Tras sacar las oposiciones en 1981, el recién nombrado juez Heriberto Asensio se hace cargo del juzgado de Marchena. Tal y como sucedía con otros muchos profesionales de la judicatura, Asensio estaba convencido de que el célebre Crimen de Los Galindos se había cerrado y medio olvidado en falso por razones de conveniencia. Era por esto su deseo el de impulsar con nuevos bríos las investigaciones y, en consecuencia, lo primero que hizo apenas desembarcó en su despacho de la localidad sevillana fue releer sin tregua el voluminoso sumario 20/1975.

Su primera sorpresa al abordar los más de 600 folios de que se constituía el documento fue la de encontrarse con varios anónimos acusadores, dirigidos a diversas autoridades de Paradas, y de los que nunca antes se había tenido pública noticia. Con ello, la idea de que quedaba algún cabo suelto en la investigación tomaba cuerpo. Idea que se consolidó en la mente de Asensio al comprobar que el caso parecía haber muerto para la justicia, pero no para la prensa y la opinión pública. En aquellas fechas dos excelentes trabajos de investigación periodística vieron la luz y animaron al magistrado en sus deseos. El primero de ellos fue elaborado para la Cadena SER por el periodista sevillano José Fernández, un gran conocedor del asunto de Los Galindos; el otro sería construido por la reportera Cary Peral para el archiconocido programa Informe Semanal, de Radiotelevisión Española. Ambos parecían llegar a la misma conclusión: quedaban muchas cosas por desvelar.

Se dio, por otra parte, la feliz circunstancia de que también entonces recalaba en Sevilla el forense Luis Frontela, catedrático de Medicina Legal. Frontela, formado en las técnicas del FBI y de Scotland Yard, era un personaje con cierta –y no siempre recomendable- tendencia al protagonismo mediático, pero también una de las grandes figuras emergentes de la antropología forense española, de modo que el juez Asensio no dudó en solicitarle que estudiara el sumario y la documentación fotográfica de Los Galindos y, luego, elevara el consiguiente informe. Sus primeras conclusiones demostraron que había caso: determinó que el cadáver de Juana Martín tuvo que ser transportado desde el comedor hasta el dormitorio de la casa por, al menos, dos individuos. Esto podía deducirse de las manchas de sangre que se habían depositado en el suelo y que mostraban claramente que el cuerpo había sido levantado en algunos tramos, en posición horizontal, alrededor de medio metro, lo que equivalía a decir que una persona lo había sujetado por los tobillos y otra por las muñecas. Resultaba virtualmente insostenible que un solo individuo –menos todavía si pesa poco más de 50 kilos como era el caso de José González- pudiera realizar una operación similar con los cerca de 70 kilos de peso muerto de Juana. Había más. Por lo menos una de las dos personas que trasladaron a la mujer del capataz hasta el dormitorio caminaba torpemente, con las piernas muy separadas, ya que las gotas de sangre habían caído hacia la derecha o hacia la izquierda según apoyase uno u otro pie.

Otro dato de enorme relevancia que se mantuvo en secreto tras las primeras investigaciones y del que tampoco se hizo mención en el informe público que convertía a José González en el asesino: junto a los restos de sangre de Juana Martín, del grupo 0, aparecieron en una de las camas algunas manchas que no pertenecían a la mujer al ser del grupo A+. Y esto constituía un serio problema en la medida que se hacía probable que al menos una persona fuese agredida con ferocidad en el dormitorio. No pudieron ser en tal caso ni Manuel Zapata ni Ramón Parrilla, pues ambos tenían el grupo B. Así las cosas se hacía necesario averiguar el grupo sanguíneo de los dos cadáveres carbonizados en el cobertizo, dato que la primera autopsia no desveló y que en aquel momento era todavía desconocido[8]. Pero no sólo. Era preciso determinar de una vez por todas, sin lugar a la duda, las causas de la muerte del tractorista José González. También el peso, fuerza y altura de quien asesinó al capataz y a su esposa y, en fin, una amplia serie de datos por los que nadie se había molestado en preguntar hasta entonces. Y fue por ello que Heriberto Asensio ordenó la exhumación de los cadáveres enterrados apresuradamente en aquellos nichos del cementerio de Paradas. Los muertos iban a hablar.

Y lo primero que dijeron fue que el antes maldito José González había muerto de forma violenta al igual que los demás y, posteriormente, fue quemado junto con su Asunción el alto del pajar. Ni que decir tiene que la noticia causó una conmoción sin precedentes en Paradas, un pueblo que de la noche a la mañana descubría que, durante años, había tratado injustamente a una familia entera a causa de un grave error judicial. Lo cierto es que, al menos en un principio, el hecho de que González fuera asesinado no le exoneraba al completo de sospechas -no olvidemos que cuando fue al pueblo a buscar a su esposa, era probable que ya hubiera tres cadáveres en el cortijo-, pero la noticia fue suficiente como para que sus familiares empezaran a limpiar su nombre, y por ello encargaron una nueva lápida para el nicho que ahora compartía con su esposa. En ella, en lugar del precedente muerto que antecedía a la fecha, se hizo constar la palabra asesinado.

Desde el momento en que Asensio se hizo cargo del juzgado de Marchena, las convulsiones en torno al crimen de Los Galindos no pararon de sucederse. La siguiente, cuando el forense Frontela todavía no había concluido con su concienzudo trabajo, fue la aparición de una carta anónima ocultada a la investigación durante nada menos que siete años. En dicha misiva, el autor se autoinculpaba del crimen y apuntaba el nombre del inductor del mismo para que no se culpe a un inocente. Fue el abogado Manuel Toro, quien asumió la defensa de la familia de José González de manera prácticamente altruista convencido de que se estaba cometiendo una grave injusticia, la persona que logró que la carta llegara a las manos del magistrado Asensio, y tras no pocos esfuerzos y pesquisas.

La misiva, franqueada con un sello de tres pesetas con la efigie de Francisco Franco, estaba matasellada en Zaragoza el 18 de febrero de 1976 y fue enviada al entonces alcalde de Paradas, José Gómez Salvago[9]. A partir de ese momento, la misiva siguió un recorrido que no ha quedado nunca aclarado y que la llevó al limbo durante años.

Su destinatario, José Gómez, dijo haberla hecho llegar a manos de la policía, pero lo cierto es que ninguno de los jueces que trabajó en el caso durante aquellos días manifestó haber tenido nunca acceso a la misma. No hay motivos para dudar de la honestidad del alcalde, quien negó a la prensa cualquier clase de relación con lo sucedido en torno a Los Galindos, pero el hecho de que la carta jamás fuera puesta en conocimiento de la judicatura –tal vez por error u omisión de alguien- sirvió para alimentar la teoría de Toro, quien siempre sostuvo que existía un sumario paralelo al oficial y que se había culpado a José González de los asesinatos a fin de ocultar la verdad de una historia que comprometía a otros más importantes. En todo caso, el abogado manifestó haber obtenido el documento a través de un familiar del antiguo alcalde de Paradas[10]. La teoría de la conspiración estaba servida.

El autor de la carta, que decía llamarse Juan y se mostraba arrepentido de sus terribles actos por los que decía merecer la horca, se autoidentificaba como vecino de Marchena y sostenía haber puesto tierra de por medio tras haber cometido los asesinatos. La pretensión de aquellas letras –sostenía- no era otra que la de impedir que se cargara el crimen al inocente José González ya que también fue muerto a tiros. Según el autor, había actuado a las órdenes de un tercero que estuvo presente en todo momento durante la refriega y que colaboró con él en todo momento llegando a matar a tres de las víctimas[11]. El único objetivo, sostiene el anónimo, de aquella matanza era Manuel Zapata, siendo las otras víctimas testigos indiscretos del crimen. En el caso especial de Asunción Peralta sucedió, al parecer, que el contratante ordenó a José González que fuese a buscar a su esposa, supuestamente, para evitar males mayores, orden que el tractorista obedeció sin oponer resistencia.

Afirma el comunicante anónimo que se le había dado orden expresa de liquidar al capataz del cortijo, pero que llegado el momento de la verdad no se atrevió. De este modo, el inductor tomó la decisión de hacerlo él mismo arguyendo que de él no se llegaría a sospechar nunca. A continuación el tal Juan aseguró haber dado muerte a Juana Martín. Entre ambos trasladaron el cadáver a una de las habitaciones de la casa. Parece que en ese momento, siempre según la reconstrucción del anónimo, el jornalero Ramón Parrilla se acercaba al caserío ignorante de lo que estaba sucediendo transportando un depósito con agua potable. Así, el tal Juan le salió al pasó en el camino para darle muerte allí mismo.

Se dice en el documento que fue más o menos entonces cuando González y su esposa llegaron, y que fueron asesinados a tiros apenas echaron pie a tierra por la misma mano que había dado muerte a Zapata. Luego, entre ambos, transportaron los cadáveres al altillo del cobertizo, rociaron con gasoil las alpacas amontonadas y les prendieron fuego. Acto seguido, concluye el anónimo, se marcharon.

Sea como fuere, y a pesar de que los testimonios de esta índole han de tratarse con sumo cuidado, la inmensa cantidad de detalles que ofrecía la misiva, muchos de los cuales nunca se habían hecho públicos, otorgaban a su contenido no poca fiabilidad.

A todo esto, el forense Frontela presentó al fin el esperadísimo resultado de sus autopsias que, a pesar de sus más de 250 folios, puede resumirse en una serie de conclusiones elementales:

  • El apresurado y rutinario trabajo del forense Harcenegui había sido incompleto y había resultado prácticamente inútil para la posterior investigación del asesinato múltiple.
  • La primera idea del inexperto cabo de la Benemérita que transformaba al capataz oculto, porque su cadáver se encontró mucho después, en el sospechoso principal del caso, había convertido las primeras horas de la investigación –siempre las más importantes- en un auténtico desmadre durante el que se borraron las pruebas elementales y se destruyó la posibilidad de reconstruir los hechos con fiabilidad.
  • Los cadáveres calcinados en el alto del pajar del cortijo pertenecían, sin duda alguna, a las personas de José González y Asunción Peralta. Nadie ponía en duda este extremo, pero tampoco se había demostrado fehacientemente hasta entonces.
  • Era materialmente imposible que el crimen lo hubiera podido cometer una sola persona. Por consiguiente, aún cuando el tractorista José González hubiera tenido algo que ver en el asesinato de los otros, no habría podido estar solo.
  • José González fue asesinado al igual que los demás. La causa de su muerte fue un grave traumatismo craneoencefálico producido, sin lugar a dudas, por el golpe de la culata de una escopeta. Del estudio del tórax semicalcinado del tractorista cabía deducir la existencia de los restos de una bala, si bien esto nunca ha podido confirmarse con certeza y dio lugar a muchas controversias.
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Recorte de prensa haciéndose eco de los hallazgos del forense Frontela (Fuente: El País).

El debate estaba servido. Sobre todo porque las nuevas aportaciones a la investigación del doctor Frontela, y el giro radical que tomaban los acontecimientos, dejaba en muy mal lugar la competencia de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado. Tanto es así que no tardaron en alzarse voces contrarias a la teoría defendida por el nuevo forense que, además, ratificaban la valía de las investigaciones realizadas en un primer momento y reincidían en la mayor parte de las conclusiones oficiales de aquellos primeros días. Sucede, no obstante, que el problema de reafirmarse en el error, la chapuza y la mentira es que con tales argumentos no se llega muy lejos. Luis Frontela lo sabía bien y, precisamente por ello y previa autorización del juez Asensio, puso todo el sumario en manos de varios agentes especiales del FBI y Scotland Yard quienes, tras estudiarlo, certificaron todas sus conclusiones punto por punto.

Pero el juez Heriberto Asensio fue destinado a Las Palmas de Gran Canaria y la instrucción del sumario recayó, otra vez, en manos del magistrado Antonio Moreno, designado para el caso como juez especial. Y Moreno, que valoró muy positivamente el trabajo de Frontela, trató de seguir adelante en la medida que había sospechas razonables sobre dos personas, una de ellas muy relacionada entonces con Los Galindos y, la otra, cercana a esta. Por lo demás existía un posible móvil económico referente a las diferencias entre los datos reflejados en las cuentas de explotación del cortijo y la producción real del mismo. El problema residió en que no existían pruebas materiales que relacionasen a los sospechosos con los asesinatos y todo quedaba ya en manos de una posible torpeza de estos o de la pura y dura casualidad.

Hasta hoy.

Una hipótesis razonable

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Portada de la novela de Alfonso Grosso que pretende ofrecer una explicación al crimen.

Con independencia de las especulaciones difundidas hasta la saciedad por la prensa de la época –algún amigo del amarillismo llegó a exponer incluso la ridícula teoría de los rituales satánicos-, la hipótesis que se ha hecho más popular a la hora de justificar el crimen de Los Galindos fue la expuesta por el escritor Alfonso Grosso en 1978, tres años después de las muertes y cuando se empezaba a tener claro que nunca se cogería a los autores del quíntuple asesinato. En su historia, novelada bajo el título de Los invitados –muy en el estilo de narraciones como A sangre fría, de Truman Capote-, que luego sería llevada al cine con escasa fortuna por el cineasta Víctor Barrera, Grosso apuntó tras dos años de larga investigación un móvil verosímil que, sin embargo, nunca se ha podido demostrar por terceros de modo fehaciente. La idea general era la de que los crímenes tuvieron su razón de ser en el ajuste de cuentas de un grupo mafioso asentado en Marruecos, dedicado al tráfico de marihuana, una de cuyas plantaciones clandestinas se encontraría en los terrenos del cortijo.

Es un hecho corroborado que un destacamento de la Legión estuvo de maniobras en las inmediaciones de Paradas meses antes de los asesinatos. Grosso sostuvo que uno o varios miembros de aquella unidad que podría mantener vínculos con una organización dedicada al tráfico de estupefacientes, viejo conocido a la sazón del capataz Zapata, habría entrado entonces en contacto con él para sugerirle la idea de plantar marihuana en los terrenos de la finca. Un gran negocio que no presentaba graves inconvenientes en la medida que Manuel contaba con la plena confianza del Marqués y, por lo demás, nadie buscaría un cultivo semejante allí, en el corazón de la provincia de Sevilla y en la finca de un noble. Pero el fin del proyecto no sería venturoso. Por alguna razón el militar traicionó a la organización con lo cual se frustró aquella operación a gran escala que podría haber dado pingües beneficios y la tragedia, inevitablemente, se desencadenó. Un grupo de individuos llegaría desde Tánger en un Mercedes para asesinar a quienes plantaron la marihuana, o bien, a la gente del cortijo que, por un motivo u otro, estaba al tanto de la operación.

La historia encaja con los detalles aportados por algunos habitantes de la localidad y sus inmediaciones como, por ejemplo, el hecho de que se había visto un coche como el descrito por Grosso, ocupado por varios sujetos desconocidos, durante el día de autos. Un vehículo, por cierto, que en aquella España de 1975 no podía pasar desapercibido con facilidad. Pero también responde con cierta fortuna al resto de los problemas aparentemente insolubles que el crimen plantea:

  1. Las dos mujeres fueron asesinadas junto con sus esposos en la misma medida que estaban al tanto del asunto.
  2. La presencia de los sicarios en el cortijo, quizá con el pretexto de sostener una reunión de negocios, da razón de los motivos por los que el tractorista González fue en busca de su esposa.
  3. La muerte del bracero Parrilla queda perfectamente encajada en el decurso de los acontecimientos en la medida que formaría parte del negocio, ayudando a los otros dos a sostener la supuesta plantación de marihuana.
  4. Se explica perfectamente la brutalidad de los asesinatos, típica en los ajustes de cuentas entre clanes mafiosos.
  5. Se ajusta al hecho de que los asesinos fueron más de uno.

No obstante, lo cierto es que durante las profusas indagaciones que la Guardia Civil llevó a cabo en las tierras del cortijo, se rastreó la finca palmo a palmo, con caballos, recorriéndose las tierras en las que presumiblemente podría haber estado la plantación. No se encontró nada parecido a la marihuana o a cualquier otra variedad de cáñamo índico que tuviera propiedades estupefacientes.  Tal vez ya no existía esa plantación cuando los crímenes sucedieron… Y quizá por ello, a fin de quemar los posibles restos que hubiera almacenados en el cobertizo, hubo un incendio aparentemente inútil. Todo esto, sin embargo, no deja de ser una especulación no refrendada por pruebas materiales.

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Cartel de la película de la discordia de Víctor Barrera que interpreta de manera libérrima el texto de Grosso… Y que, por cierto, es un verdadero horror cinematográfico. Pese a todo, interesante para amantes de la historiografía criminal.

Una especulación que, como ya se apuntó más arriba, el cineasta Víctor Barrera llevó al cine con título homónimo a la novela de Grosso en 1987. Ni que decir tiene que el revuelo que se armó en Paradas a causa de la exhibición de la cinta fue tremendo. Los paradeños, en grupitos, se acercaban a Sevilla –de la que el pueblo dista 53 kilómetros- para visionar la película y el resultado siempre era el mismo: Es una porquería y una mentira. La verdad es que si el trabajo de Barrera sirvió para algo fue, precisamente, para que los habitantes de Paradas permitieran a los ajenos penetrar en la auténtica psicología de los asesinados gracias a sus informes de primera mano.

La opinión generalizada del pueblo no atentaba especialmente contra la calidad del filme –que es bastante malo y pervierte en gran medida el contenido de la novela de Grosso-, o contra el hecho de que hurgara en una herida dolorosa y todavía abierta pues eran cíclicos los seriales y recordatorios puntuales de los medios de comunicación. Esta animadversión se cifraba en el hecho de que con aquella parodia cinematográfica se degradaba moralmente a la familia González y, además, se presentaba, a decir de muchos, una versión absurda de lo ocurrido. De Juana Martín, por ejemplo, papel que en la ficción interpretó la célebre Lola Flores, no pocos dijeron que se ofrecía una visión grotesca: La capataza –se comentaba entre los lugareños-, a pesar de su condición humilde, era elegante y muy educada, porque se había criado por ahí con los señores. Otros iban más lejos todavía y aseveraban ante los micrófonos: Ya quisiera la Lola Flores.

Pero la peor parte de la historia, como viene siendo habitual, se la llevaba el difunto José González. Su hermana Manuela no dudó en presentarse en un juzgado de guardia de Sevilla a poco de ver la película, el mismo día del estreno, para denunciarla por injurias y calumnias. No era para menos. Barrera, a la sazón guionista del filme, presenta al tractorista como un soberano tonto que, encima, soporta estoicamente el adulterio de su esposa –Amparo Muñoz en la ficción- con el capataz del cortijo. En efecto, la sola aparición del ficticio González en la pantalla provocaba la risa de los espectadores a tal punto que Manuela llegó incluso a discutir durante la proyección con alguno de sus vecinos de butaca. Y sus paisanos estaban de acuerdo con el dictamen. Víctor Barrera trató de defenderse, como es habitual en estos casos, asegurando no entender nada de lo que estaba sucediendo: Lo que yo he hecho no es el crimen de ‘Los Galindos’ sino una obra de creación inspirada en una hipótesis literaria. Excusa tan pobre como increíble cuando la película ni tan siquiera alcanzaba los mínimos exigibles de calidad, rigor y seriedad, pero bien se valía del tirón mediático del crimen real para hacer taquilla.

En medio del revuelo, otro hermano de José González, Francisco, se presentó en el despacho de Alfonso Muñoz-Repiso, entonces alcalde socialista de Paradas, a fin de solicitarle que se manifestara públicamente contra la exhibición de la película y expresara así el descontento popular. Y así fue. La corporación municipal al completo decidió en pleno extraordinario apoyar las demandas de la familia González. A ello siguió una populosa manifestación en la que los vecinos de Paradas, tras una pancarta que rezaba los paradeños no se venden, parafraseando el poco original eslogan publicitario del filme, recorrieron las calles de la localidad. En todo caso, para Muñoz-Repiso lo más fastidioso era que el Ministerio de Cultura hubiera subvencionado la producción: Arreglados estamos –sentenció ante las cámaras- si esto es el nuevo cine andaluz. En todo caso el jaleo provocó, como es lógico, un efecto contrario al pretendido ya que Los Invitados se convirtió en uno de los títulos más taquilleros de la temporada sevillana. Cuestión de morbo, sentenciaba el alcalde de Paradas al respecto… En efecto, cuestión de morbo, porque en condiciones normales nadie se habría gastado ni un céntimo en ver semejante atentado contra el Séptimo Arte.

Ominoso final

Tras una explosiva entrada en las páginas de la prensa nacional y su posterior conversión en un largo serial que fue seguido con fruición por la opinión pública, el asunto de Los Galindos comenzó a languidecer para verse finalmente eclipsado por la muerte del general Francisco Franco, que ocurriría cuatro meses después, el día 20 de noviembre. Luego reaparecería esporádicamente en los medios de comunicación, sobre todo con el nuevo impulso del tandem Asensio-Frontela, pero lo cierto es que llegó un punto, con la cercanía de la década de 1990 en el que aquello ya no parecía interesar a nadie. Así, el tema quedó para el deleite y la tertulia de legos y especialistas en materia criminológica.

El oscilante interés de las Autoridades también comenzó a amainar mediada la década de 1980 en la medida que el caso se presentaba como virtualmente insoluble. Nada quedaba ya por hacer. Nadie quedaba por ser interrogado ni en Paradas, ni en sus inmediaciones. Y si alguien sabía algo estaba claro que nunca lo diría, con lo que el dossier acabó definitivamente aparcado en algún archivo polvoriento para ser sustituido por asuntos más fáciles y perentorios. Sólo algunos periodistas y escritores pertinaces, como el fatalmente desaparecido Ismael Fuente o el conocido reportero de sucesos Francisco Pérez Abellán, continuaron buscando soluciones al imposible y publicando sobre el tema.

Lo cierto es que el crimen prescribió en julio del año 2000 y desde entonces las carpetas y legajos dormitan en la trastienda de algún negociado. Quienquiera que decidiese cometerlo, quienesquiera que fuesen sus autores o inductores y si es que alguno de ellos vive todavía, jamás tendrán que rendir cuentas a la justicia por él.


[1] Marca de cigarrillos de tabaco negro, baratos, de uso común entre la clase trabajadora de la España de aquellos días.

[2] Dictamen que sólo fue positivo nada menos que ocho años después, en 1983, cuando los cadáveres fueron exhumados por orden del juez Heriberto Asensio, quien los puso en manos del forense Luis Frontela Carreras.

[3] Sorprende todavía más que las investigaciones relativas al crimen recayeran durante más de un mes en aquellos mismos agentes rurales, inexpertos y poco dotados materialmente.

[4] Esta parte de la historia resulta algo estrambótica y enrevesada, pero marcó definitivamente el devenir posterior de las investigaciones. Lo cierto es que el caso debía recaer en manos del juez de Marchena, pero el puesto se encontraba vacante. Así las cosas, había de ser el juez de Carmona, Víctor Fuentes, quien se hiciera cargo del caso… El problema era que Fuentes se encontraba de vacaciones por lo que, de rebote, el crimen de Los Galindos fue a parar a manos del magistrado de Écija, Andrés Márquez. Sin embargo, Márquez sólo pudo hacerse cargo del sumario al día siguiente y fue por ello que la Guardia Civil decidió echar mano del ya jubilado Jiménez, un hombre de escasa experiencia en esta clase de asuntos.

[5] La escasa competencia del trabajo del forense Harcenegui quedó de manifiesto tras la exhumación de los cuerpos y los hallazgos que, ocho años después, fue capaz de realizar Luis Frontela.

[6] Aunque pueda parecer sorprendente, no fue sino hasta varios años después que se valorase con seriedad la posibilidad de que el crimen pudiera haberlo cometido más de una persona.

[7] Según la biotipología de Kretschmer, los asténicos o leptsómicos constituyen uno de los cuatro biotipos básicos de la especie humana. El asténico se caracteriza por tener la cabeza alargada en sentido anteroposterior, cuello frágil y tórax largo y estrecho. Su musculatura suele estar poco desarrollada siendo las extremidades superiores e inferiores inusualmente largas en relación al tronco. Este tipo de individuos acostumbra a tener una personalidad inquieta y muestra predisposición a las digestiones difíciles y la anemia, entre otros trastornos viscerales. Apresurémonos a señalar que la biotipología es una pseudociencia totalmente desacreditada.

[8] Aún cuando no exista líquido sanguíneo en un cadáver, es posible averiguarlo con una fiabilidad absoluta analizando los restos de tejido adheridos a los huesos en la medida que en ellos siempre quedan unas sustancias conocidas como aglutininas, que revelan dicha información. Esta técnica, todavía experimental hace treinta años, es lo que permite revelar el grupo sanguíneo incluso de las momias antiguas.

[9] Gómez Salvago llevaba en aquel entonces veinte años ininterrumpidos como alcalde de Paradas. En 1977 fue cesado ya que se celebraron los primeros comicios municipales de la democracia, y nombrado con posterioridad gobernador civil de Huesca. La victoria electoral de del PSOE en 1982 supuso también su relevo en este cargo, que coincidió con su jubilación.

[10] No es la única contradicción en la versión que el alcalde dio de su participación en los hechos. También comentó en cierta ocasión no conocer a la familia González más allá del saludo, cuando se pudo comprobar que les escribió desde Huesca en enero de 1978 y también, como afirmaron algunos miembros de la familia, que había estado varias veces en su casa.

[11] El nombre del supuesto inductor, que constaba en la carta, jamás se hizo público por obvias razones.

El emperador gladiador

Marco Aurelio
El emperador Marco Aurelio (121-180).

Resulta notable advertir que los hombres más inteligentes, capaces y amables a menudo son también los menos dotados para ver las maldades y defectos de aquellos que les rodean. De hecho, la afabilidad de su carácter suele narcotizar su inteligencia a tal respecto. Eso decía Edward Gibbon del emperador romano Marco Aurelio en las páginas de su Historia de la decadencia y caída del Imperio Romano y, en efecto, resulta harto chocante que este hombre ciertamente notable, culto, excelso pensador, gran estratega y hábil político, fuera al mismo tiempo tan ciego como para no advertir la corrupción enquistada entre sus amigos más cercanos, su familia, e incluso en su progenie.

Su esposa Faustina, bella como pocas, era también célebre en toda Roma por sus perpetuas aventuras amorosas. Pero lo más escandaloso resultaba ser que, cautivado por las carantoñas de su mujer, Marco Aurelio llegó incluso a apoyar el ascenso en la escala social y política de muchos sus amantes a lo largo de los treinta años que duro un matrimonio que, en las Meditaciones,el emperador-filósofo asumía como muy dichoso. Con todo, el peor error de este hombre inteligente fue no comprender los defectos inherentes a la malsana y disoluta personalidad de su hijo Cómodo.

En manos de un inepto

El hecho es que, pese a conocer de primera mano todas y cada una de sus faltas de talento y las tachas de su personalidad, aún a pesar de que puso a disposición del joven los mejores tutores y maestros sin éxito alguno, Marco Aurelio, tras culminar la conquista de Germania y llevar el Imperio a su momento de máximo esplendor, creyó que este tipo incapaz e inmoral que era Cómodo podría llegar a gobernar con eficacia. Entendámonos: no es que Cómodo fuera un psicópata perverso como se ha llegado a escribir –o como vende Ridley Scott en su muy discutible Gladiator (2000)-, sino que era simple, débil y tímido, lo cual hizo de él una marioneta perfecta para toda suerte de manipulaciones y engaños por parte de un elevado número de malas compañías que Marco Aurelio había alejado de él por la vía del destierro. Quizá fuera este el peor error del sabio: no entender que tras su muerte aquellos desterrados que tan fácilmente influían en su sucesor, volverían a él. La cabra tira al monte, qué se le va a hacer.

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El actor Joaquim Phoenix encarnando al Cómodo de la versión cinematográfica de Ridley Scott… Cualquier parecido con la realidad es meramente incidental.

En efecto, cuando Cómodo recibió la aclamación del Senado en el año 180 los desterrados reaparecieron. Más o menos tres años duró el buen gobierno que Marco Aurelio garantizó al dejar a Cómodo rodeado de expertos consejeros que, en realidad gestionaban en la sombra pues el joven emperador, poco amigo del trabajo, pasó la mayor parte de este tiempo dedicado a la holganza y la buena vida rodeado de todos aquellos amigotes que le doraban la píldora. Sin embargo, Gibbon nos explica que durante el año 183 se produjo un episodio que muy probablemente desestabilizó sin remedio la ya frágil personalidad de Cómodo: fue víctima de un atentado contra su vida instigado por su propia hermana, Lucila. Ciertamente, los conspiradores fueron identificados, detenidos y castigados, incluida la propia hermana de Cómodo, que primero fue desterrada y posteriormente ejecutada[1]. Sin embargo, el asesino enviado por Lucila dijo algo al saltar sobre el joven emperador, espada en mano, desde la oscuridad de una de las puertas del anfiteatro: “de parte del Senado”… Se desconoce el motivo por el cual el agresor obró de este modo por cuanto se demostró que solo un senador, Claudio Pompeyano, amante de Lucila por lo demás, podría estar remotamente implicado en el complot, pero el evento despertó en Cómodo un odio tan visceral hacia el Senado que le indujo a una persecución tan despiadada como injustificada del mismo.

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Supuesto busto de Cómodo (161-192) representado con sus atributos favoritos como el “Hércules Romano”. Es difícil saber cuánto de fiel es a la realidad, pero al menos en esta versión el parecido con su padre resulta ciertamente notable.

A matar, se aprende

La primera acción de Cómodo fue la de instaurar una red de delatores –costumbre que había caído en desuso- dedicados a buscar entre los senadores cualquier atisbo de traición. Y, como es lógico en estos casos, ser representante del pueblo se convirtió en un auténtica profesión de riesgo… Especialmente si se era singularmente rico, afecto al viejo Marco Aurelio, o remotamente crítico con las costumbres disolutas del nuevo emperador… En suma, cualquier censura o comentario inapropiado se convirtió en semilla de traición, motivo de juicio y causa de muerte. Y esto llevó al segundo evento relevante: cuando este simple timorato que era Cómodo probó el sabor de la sangre se convirtió –ahora sí- en un monstruo insaciable.

Y entretanto Cómodo gozaba de sus festines de sangre y lujuria, comenzó a delegar las más elevadas tareas del gobierno en algunos de aquellos amigotes trepas que, por supuesto, cometieron tantos desmanes como el lector pueda suponer. Destaca entre ellos un tal Perenne, quien se había elevado al rango de favorito haciendo matar a su predecesor, se había agenciado el mando de la Guardia Pretoriana, y había colocado a su propio hijo en un puesto preeminente del ejército. El hecho es que Perenne pretendía llegar a emperador y sería ejecutado en el año 186 cuando sus maniobras fueran descubiertas gracias al inesperado concurso de las legiones destacadas en Britania que, hartas de su pésima gestión, enviaron una delegación de 1500 hombres a Roma exigiendo su muerte para mantenerse fieles a Cómodo.

Este evento, que unos legionarios distantes –diríase que marginales- fueran capaces de retorcer el brazo del emperador al punto de deponer a uno de sus ministros, denota perfectamente el nivel de degradación que el Imperio había alcanzado en apenas seis años desde la muerte de Marco Aurelio. Un caso entre otros. Por ejemplo, muchos soldados, dadas la pésima gestión y la grave relajación de la disciplina, comenzaron a desertar por todas partes para dedicarse al bandidaje e incluso formaron un pequeño ejército en torno a la figura de otro soldado raso llamado Materno. Tropa que hubo de ser duramente combatida y que estuvo a punto de atentar, incluso, contra el propio Cómodo en las mismas calles de Roma.

El sucesor de Perenne, Cleandro, no era de mejor pasta. Se trataba de un esclavo liberto, harto avaricioso, que llegó al gobierno a través del sabio uso de la entrepierna del joven emperador, lo cual motivaba que su influencia sobre él fuera todavía mayor que la de su predecesor. Cleandro alcanzó tal grado de corrupción que vendía los cargos públicos a los ciudadanos previamente escogidos para ello y no convenía negarse a aceptar la oferta de, digamos, un consulado, si esta llegaba. Posteriormente, comenzó a vender incluso las sentencias de los tribunales al punto de que un criminal enriquecido podía librarse de una merecida condena previo pago de un buen dinero, e incluso pagar para que se flagelara a sus acusadores y al mismo juez que había instruido la causa. Como es de suponer, en esta situación la justicia se torno en todas partes –especialmente en las provincias- arbitraria, venal y vergonzosa. Eso sí: Cleandro se hizo riquísimo a la par que, a decir de muchos, hizo bueno al desaparecido Perenne.

El inevitable descontento popular estalló en el año 189, cuando la peste y el hambre asolaron Roma sin que pudiera hacerse gran cosa al disponer el ambicioso Cleandro del control del monopolio del trigo. La rebelión comenzó en el circo y se extendió por toda la ciudad hasta llegar a las mismas puertas del palacio. La Guardia Pretoriana se lanzó contra la muchedumbre ejecutando una verdadera masacre, pero en última instancia se vio superada en número y hubo de retirarse… Lo chocante es que Cómodo ignoraba todo esto. Resulta que había instaurado la estúpida costumbre de que quien le contaba malas noticias o desgracias era ejecutado inmediatamente y, así, habría sido aplastado por la masa si su hermana mayor y su concubina, Fadila y Marcia, no se hubieran atrevido a irrumpir en sus aposentos llorando. ¿La solución? Cómodo ordenó a los pretorianos que lanzaran a la plebe enardecida la cabeza de Cleandro… Y resulta que el gesto funcionó (todo esto me parece extrañamente familiar).

Espadas de plomo

A estas alturas la degeneración del emperador, en todo caso, era ya total. Se dice que pasaba las horas muertas en una orgia constante dentro de un harén en el que había dispuesto 300 mujeres y muchachos seleccionados por él mismo. Y, entre episodio y episodio de lujuria, Cómodo se dedicaba a su segunda gran afición: las armas. Enredado en luchas de gladiadores amañadas, cacerías y agotadoras sesiones de tiro con arco, se autoproclamó como el “Hércules romano”. A tal punto llegó su inaudito vicio que ideó el espectáculo definitivo –tan extraordinariamente vergonzoso como quepa imaginar para un romano- y fue el de exhibir al emperador luchando por sí mismo en la arena del coliseo y, además, cobrando por ello un oneroso estipendio. Una completa infamia que Cómodo repitió hasta en 735 ocasiones durante las cuales, por supuesto, sus oponentes no podían hacer otra cosa que huir o defenderse hasta la muerte, pero jamás agredirlo. Obviamente, y a fin de que en la comprensible desesperación ninguno de sus oponentes decidiera morir matando, Cómodo se aseguraba de que no pudieran defenderse al dotarlos con inútiles armas de plomo.

Gladiadores

Cabría pensar que la muerte de Cómodo fue el resultado de una conspiración urdida en las entrañas del Senado o entre los mandos de sus legiones, pero no fue tal. Ni siquiera cayó víctima de un ciudadano humillado, deshonrado o destruido por sus iniquidades y su mal gobierno. Al contrario; fueron sus favoritos más cercanos, temerosos de verse desplazados o ejecutados por el voluble capricho del emperador, quienes decidieron darle muerte para salvar su propio pescuezo. Así su concubina favorita, su amante ocasional y el jefe de los pretorianos –Marcia, Eclecto y Leto- urdieron un plan para asesinarlo mientras dormía y, en efecto, así lo hicieron estrangulándolo a la vuelta de una de aquellas agotadoras cacerías suyas. Luego sacaron en secreto su cadáver del palacio y lo destruyeron.

Y no pasó nada.


[1] Recuerde el lector que en la revisión cinematográfica de Scott a la tal Lucila se la pinta como una dama honorable que lucha de manera inquebrantable contra su hermano por ser un tirano. Lo cierto es que Lucila obró de tal suerte por sentirse relegada a un segundo plano y alimentar un fuerte sentimiento de envidia hacia la emperatriz. Lo que viene siendo una conspiración palaciega por un quítame allá esas pajas bastante normalita y ramplona, para que nos entendamos.

In dubio pro reo

OJ Simpson
O. J. Simpson durante los días de vino y rosas.

Orenthal James Simpson nació en San Francisco (California, EE.UU.) en julio de 1947 y fue, por así decirlo, el perfecto ejemplo del “sueño americano”, pues procedía de una modesta familia de clase media. El sueño se truncaría, no obstante, a finales de la década de 1980, cuando comenzara a tener problemas con la justicia por el maltrato de su mujer por aquellos días, para reventar definitivamente mediada la década de 1990 al ser acusado del asesinato de su ya ex mujer y un amigo.

El caso Simpson copó portadas de prensa y ocupó miles de horas en la televisión y las radios estadounidenses. Generó acalorados debates y ofreció un juicio propio de una película policíaca, repleto de giros, golpes de efecto y con un final tan apoteósico como inesperado… Sin embargo, y en el fondo, más allá del circo mediático, el asunto nunca dejó de ser el resultado de un terrible chapuza judicial que sirvió como colofón a una de las investigaciones policiales más chapuceras que se recuerdan. No en vano, un caso en el que, y por seguir el adagio anglosajón, todo el mundo “sabía” que el acusado era guilty as hell -culpable como el infierno-, hubo de concluir en una duda razonable que significó su absolución.


O. J. Simpson comenzó a jugar al fútbol americano en el instituto y pronto destacó como jugador polivalente, de excelentes facultades atléticas que tanto corría con eficacia como defendía con rigor, lo cual le valió el acceso a la universidad por la vía de una beca deportiva. Así, en la Southern California University culminó una carrera deportiva meteórica, consagrándose como una de las grandes promesas de futuro, lo cual motivó que los equipos profesionales de la NFL prácticamente se lo rifaran cuando dio el salto al fútbol profesional. Finalmente fueron los Buffalo Bills, equipo en el que realizó prácticamente toda su andadura como jugador de élite, los que lograron su fichaje en 1969. Con ellos llegaría a ganar el título de MVP –jugador más valioso- de la liga en 1973. Así, y tras una exitosa carrera deportiva, llegó a convertirse en una figura conocida en todo el país. Sin embargo, y como sucede a menudo con los deportistas de élite, su andadura triunfal se vio truncada por una inoportuna lesión que le indujo a retirarse en 1979, prácticamente sin pena ni gloria y militando en las filas de los San Francisco 49ers, con los que jugó dos temporadas intrascendentes.

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O. J. cuando militaba como estrella del fútbol americano en las filas de los Buffalo Bills.

Sin embargo, y para entonces, Simpson había dado sobradas muestras de su visión de futuro al asegurarse una vida productiva tras el retiro deportivo, cosa que lamentablemente no prevén muchos de estos jóvenes millonarios. Hombre simpático e inteligente, no exento de atractivo personal, Simpson aprovechó su popularidad futbolística para introducirse en el mundo del cine, con lo cual ya era un actor conocido, que gozaba de cierta cotización y con el que solía contarse en diferentes producciones para las pantallas grande y pequeña, cuando abandonó el deporte. También se convirtió en un habitual del mundo de la publicidad, de los programas deportivos, así como de otros eventos de variedades como el seguidísimo e incombustible Saturday Night Live, a causa de su popularidad y buena labia[1]. Con un físico resultón y un buen número de fans –especialmente femeninas- Simpson terminó fundando su propia productora –la Orenthal Productions- con la que rodó algunos telefilmes de bajo presupuesto protagonizados por él mismo y mediante la que canalizó los réditos de su imagen. Sin embargo, todo ello se iría al garete tras ser acusado en 1994 del asesinato de su segunda esposa, Nicole Brown, y de un amigo de ésta, Ronald Goldman.

El caso es que tan bien como le habían ido a Simpson las cosas en su vida pública, se le fueron torciendo en la vida privada. Había  contraído nupcias con Nicole Brown en 1985 tras un primer matrimonio finiquitado por una terrible tragedia. Casado en 1967 con Marguerite Whitley, con la que tuvo tres hijos, las cosas fueron más o menos bien hasta que todo se derrumbó en 1979 -justo el año en el que cerró su carrera deportiva- a causa de la muerte del hijo pequeño de ambos, Aaren, de dos años, que se ahogó en la piscina familiar. La pareja no pudo soportar el bache con lo que rompió en marzo de 1980.

Con Nicole, una camarera a la que había conocido poco antes de romper con su primera esposa, Simpson tendría otros dos hijos. La relación, sin embargo, no fue venturosa y el divorcio entre ambos tendría lugar en 1992. La razón de esta separación fue un turbio asunto de violencia de género que parecía bien probado pero nunca quedó del todo esclarecido a causa de la peculiar negativa de Simpson a hablar acerca del tema en modo alguno durante el juicio. De hecho, alegó nolo contenderé, una figura curiosa del derecho estadounidense por la cual el acusado no se declara ni culpable ni inocente de los cargos. Esto no obra como eximente en caso de condena, pero otorga ciertas ventajas en posteriores juicios civiles por causas relacionadas con la primera. El hecho es que tras el divorcio pasó puntualmente la manutención a Nicole Brown hasta el día de su muerte.

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Simpson currándoselo al frente de los mandos del Coloso en Llamas.

Los hechos

Hacia la medianoche del 12 de junio de 1994, Nicole Brown y Ronald Goldman fueron encontrados sin vida en la propiedad de la primera, ubicada en el barrio de Brentwood en Los Angeles. Se trata de un barrio residencial para gente acomodada en el que este tipo de hechos no son comunes. El crimen se había cometido con especial saña pues ambos habían sido apuñalados con virulencia, especialmente Nicole a la que su agresor degolló, y ofrecían síntomas de haber sido golpeados violentamente pre-mortem. Probablemente como resultado de una cruenta pelea. La relación entre Nicole y Ronald, un ex camarero que se ganaba la vida como modelo, no está del todo clara. Se presupone que eran amantes. Eso, y el hecho de que nada había sido sustraído de la escena del crimen, hizo a la policía sospechar de razones pasionales para la comisión del doble crimen, por lo que dados sus antecedentes de violencia doméstica y la tensa relación que mantenía con su ex esposa, O. J. Simpson se convirtió en el sospechoso número uno para las Autoridades.

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Nicole Brown y Ronald Goldman, las supuestas víctimas de O. J.

Todo parecía indicar que el propio Simpson, motu proprio, se personaría en las instalaciones policiales para ser interrogado tras ofrecer una rueda de prensa que se preveía tan jugosa como multitudinaria, pero nunca apareció. De hecho, y temiendo que se había dado a la fuga, se cursó la pertinente orden de busca y captura, hecho que coincidió con la aparición pública del abogado y amigo de Simpson, Robert Kardashian, quien leyó una nota del actor en la que parecía autoinculparse del crimen a la par que daba la impresión de que iba a quitarse la vida.

Hacia las 18:45 se detectó a Simpson en el Ford Bronco de su amigo Al Cowlings -otro célebre futbolista- por la Autopista Interestatal 405 y se inició una espectacular persecución. Al parecer, Simpson había secuestrado a un aterrado Cowlings, al que mantenía encañonado con una pistola entretanto éste último conducía. Pronto se formó un auténtico cortejo de coches de policía, furgonetas de prensa, particulares curiosos y helicópteros alrededor del vehículo en movimiento. El evento, retransmitido en directo por todas las televisiones del país, estaba acorde a la altura del personaje en tanto en cuanto parecía que Simpson haría de sus últimas horas de vida un autentico evento cinematográfico. El Ford Bronco se detuvo por fin a las 20:00 horas en North Rockingham Avenue, pero Simpson aún permaneció otros cuarenta tensos minutos en el interior del vehículo antes de optar por entregarse. Portaba consigo algunos objetos personales, un bigote postizo y 8.000 dólares.

Pese a todo, y aunque el detenido se encontraba en muy mala situación psicológica, los agentes que procedieron a su interrogatorio no lograron obtener de él una confesión de culpabilidad.

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De esta guisa apareció Nicole en la escena del crimen.

 

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Ronald, junto a la escalera frente a la que yacía Nicole (arriba). Se ignora cual de ellos falleció antes pero la saña con la que fueron ejecutados es obvia.

El juicio

El periplo judicial de O. J. Simpson, mediático donde los haya y denominado por la prensa como el “juicio del siglo”, comenzó el 20 de junio, momento en el que afrontó su audiencia preliminar. El acusado se presentó emocionalmente desecho, dubitativo y cabizabajo, pero se declaró no culpable entre balbuceos. En todo caso, la fiscalía consideró que tenía caso contra él y siguió adelante con el proceso. Así, el 22 de julio, mucho más seguro de sí mismo, Orenthal James Simpson entró en los juzgados con su porte habitual de estrella del deporte, seguro de sí, y negó todos los cargos con absoluta rotundidad. La instrucción posterior duraría 133 días durante los que se produjo un rosario de intervenciones públicas a favor y en contra de Simpson, así como toda suerte de especulaciones, debates y gags televisivos, algunos tan famosos como el protagonizado por el famoso monologuista y presentador televisivo Jay Leno.

El juicio propiamente dicho comenzó el 24 de enero de 1995, siendo la directora del equipo fiscal la letrada Marcia Clark. Las sesiones fueron muy publicitadas y debatidas en los medios, lo cual generó  una gran división popular en torno al caso. De hecho, hacia el final de juicio Simpson había logrado que le considerase inocente tanta gente como la que le consideraba culpable, cosa que provocó algunos disturbios y enfrentamientos entre admiradores y detractores de su figura a la puerta de la Corte Superior de California.

La acusación manejaba los celos de Simpson como móvil del asesinato de la pareja Brown-Goldman, y basó todo el caso tres elementos fundamentales:

  1. Una grabación con la voz de Nicole Brown, obtenida durante una llamada al 911 –número de emergencias en los Estados Unidos- en la que decía estar atemorizada por su marido, y en la que se mostraba temerosa de que la maltratara. Una prueba efectista acerca de la personalidad violenta en el ámbito doméstico de Simpson que tenía, no obstante, un serio contratiempo: la llamada había tenido lugar en 1989, luego dos años antes del divorcio de ambos que se basó, precisamente, en una acusación de malos tratos. De tal modo, la grabación solo incidía en lo que ya había quedado esclarecido en sede judicial con motivo de una causa precedente y ya juzgada.
  2. Una serie de pruebas de ADN –se encontró sangre coincidente con la de Simpson y ambas víctimas en el lugar de los hechos, así como en su coche y en su casa- y huellas de pisadas que, al parecer, probaban la presencia del acusado en la escena del crimen.
  3. Un guante de cuero ensangrentado, reseco, que apareció en el lugar de los hechos y cuya supuesta pareja se encontró en la casa de Simpson.

Frente a esto, Simpson se presentó en el juicio con un equipo de excelentes abogados defensores –entre ellos el famosísimo J. Lee Bailey[2]– por el que había pagado la escandalosa cifra de, nada menos, cuatro millones de dólares. El hecho es que argumentaron que su cliente estaba siendo víctima de una trampa urdida por la policía para “cargarle el muerto”, y lo argumentaron como sigue:

  1. Las pruebas genéticas estaban claramente contaminadas, habían sido obtenidas en algún caso sin la pertinente autorización judicial y no estaba tampoco claro que se hubiera seguido la adecuada cadena de custodia para su preservación, lo cual era posible. En tales circunstancias, no podían ser contempladas como válidas ni tales evidencias, ni cualquier otra que resultara de ellas.
  2. Las huellas de pisadas habían sido colocadas en la escena del crimen por la policía para “construir” un escenario ad hoc… ¿Por qué?
  3. Pues porque el detective encargado del caso, Mark Furhman, era un reconocido racista que trataba de culpar a Simpson de todo “apañando” la cosas por la vía de la falsificación de pruebas. Y en este sentido no cabía olvidar que Nicole Brown era una chica blanca, lo cual había motivado que el matrimonio que contrajo con su cliente resultara especialmente controvertido para algunos sectores de la sociedad más conservadora de los Estados Unidos.
  4. Pese a que Furhman negó radicalmente que fuera la clase de persona que dijeron los abogados de Simpson, del mismo modo que negó en redondo haber montado la escena, aquellos airearon un buen número de grabaciones en las que hablaba despectivamente los afroamericanos y que, en suma, corroboraban su actitud negativa hacia la raza negra lo cual, sin duda, desacreditó al principal testigo de la acusación en la medida que mostró su parcialidad.

De hecho, el equipo defensor de Simpson fue muy hábil no solo a la hora de desacreditar las evidencias criminalísticas presentadas por la fiscalía, sino también para convertir un caso de asesinato en una causa racial: el chico negro que mata a la chica blanca por lo que, a pesar de ser un triunfador –cosa que los blancos nunca perdonan a los negros- la sociedad blanca dominante decide utilizar el asunto como medio de venganza contra ese “negrito” que no sabía cuál era su sitio. Un hecho especialmente relevante si tenemos en cuenta que diez de los doce miembros del jurado que juzgaron a Simpson eran afroamericanos y, por lo tanto, estaban especialmente sensibilizados con su causa… Otro error de la fiscalía a la hora de seleccionar el jurado: su intención de mostrarse progresista y no permitir que fueran mayoritariamente blancos quienes juzgaran a un negro para evitar la argumentación racial –inevitable por otro lado- motivó que, a la postre, se encontrara frente a un jurado de dudosa imparcialidad.

En último término, y no menos importante, la única evidencia no desacreditada en principio por la defensa era el célebre guante de cuero marrón encontrado en la escena del crimen por la policía. La acusación la presentó como la evidencia irrefutable de que O. J. Simpson era el criminal por cuanto, se dijo, era la pareja de otro encontrado en la casa del acusado y además éste exhibía un profundo corte en el dedo corazón cuando fue detenido que, probablemente, se había hecho durante la pelea previa al asesinato de Ronald Goldman. De este modo, un miembro del equipo de la fiscalía, Christopher Darden, en un alarde típicamente peliculero, pidió a Simpson, con gran énfasis, que se probara el guante plenamente convencido de que le serviría… Pero, lamentablemente, la prenda no encajó en su mano, de una talla claramente mayor, y además tampoco tenía el presumible corte que habría provocado, durante el forcejeo, la herida en el dedo del acusado. Un desastre.

Pese a todo, la acusación, aún en la inopia con respecto a su propia ineficacia, estaba tan convencida de haber probado la culpabilidad de Simpson que arguyó que con toda probabilidad la sangre, al secarse, habría reducido la talla del guante. Un argumento, como poco, discutible y relativamente fácil de desacreditar.

Finalmente, el 10 de octubre de 1995 y ante una audiencia de 150 millones de espectadores O. J. Simpson fue declarado “no culpable” por un jurado que deliberó tan solo durante tres horas. Y la disputa racial en la que el caso se había convertido estaba servida: entretanto la población de raza negra estaba mayoritariamente convencida de la inocencia de Simpson, supuesta víctima de un exceso de celo policial racista, la población de raza blanca se manifestaba a favor de su culpabilidad y consideraron aquello una farsa que se había financiado con los cuatro millones que Simpson había puesto sobre la mesa.

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El agente señala el guante ensangrentado que, supuestamente, O. J. Simpson dejó en la escena del crimen.

¿Qué pasó entonces?

Como bien explicara Vincent Bugliosi, el fiscal que llevó el archifamoso caso de la Familia Manson, la acusación, confundida por una mala investigación, había cometido una “monumental chapuza”. Las pruebas a favor de la culpabilidad de Simpson –empezando por las trazas de ADN- eran abrumadoras al punto de que cualquier fiscal riguroso debiera haber sido capaz de lograr la condena del acusado, pero se mostraron incapaces de hacerlas valer ante el tribunal en la medida que:

  1. Se dejaron arrastrar por la estrategia en torno al racismo montada por la defensa en lugar de hacer valer el obvio historial de malos tratos del acusado.
  2. La investigación criminal fue ineficiente al no ser capaz de establecer la conexión entre la mecánica del crimen, las evidencias criminalísticas y el acusado, lo cual convirtió todo el proceso en dudoso.
  3. No fue capaz de garantizar que las evidencias forenses se habían obtenido por la vía adecuada, no estaban contaminadas y habían seguido la adecuada cadena de custodia.
  4. Se obvió el hecho de que Simpson hubiera tratado de fugarse de la justicia así como su supuesta nota de suicidio, en la cual daba la clara impresión de declararse culpable del crimen.
  5. La reacción psicológica del acusado tras su detención fue netamente autoinculpatoria en la medida que se presentó como abatido y dando el aspecto de no tener salida. De hecho, en los primeros interrogatorios policiales nunca negó de manera clara y tajante su culpabilidad, pero los agentes que le interrogaron fueron incapaces de lograr una confesión. Dado que esta debilidad psicológica ya no volvió a producirse tras trabar contacto con sus abogados, lo cual es tópico en casos de asesinato, se perdió una gran oportunidad.
  6. Se pasaron por alto todas las evidencias encontradas en el Ford Bronco de Al Cowlings, que habrían podido ayudar a concretar las halladas en el lugar del crimen.
  7. Simpson nunca fue capaz de explicar cómo se había realizado el profundo corte de su dedo corazón, ni por qué motivo se encontró en su casa un guante de cuero marrón muy parecido al hallado en la escena del crimen… Y sin pareja. Un hecho que la fiscalía dejó pasar inexplicablemente en lugar de convertirlo en argumento fuerza.
  8. Nunca se estableció cómo llegó la sangre de las víctimas al coche y la casa del propio Simpson, o por qué las huellas de sus zapatos estaban en la escena del crimen.
  9. Se permitió que se desacreditara al testigo principal de la acusación –el detective Furhman- por motivos no directamente relacionados con el caso en cuestión.
  10. La elección de un jurado tan mal equilibrado determinó claramente el veredicto. La fiscal Marcia Clark había pensado que las mujeres del mismo, simplemente, simpatizarían con la víctima por ser también mujer y encontrarse sensibilizadas ante la violencia de género, lo cual se mostró claramente como un error.

Lo más interesante es que meses después de la absolución de O. J. Simpson, alguno de los miembros del jurado que lo exoneró manifestaron ante los medios de comunicación estar plenamente convencidos, desde el primer momento, de que era culpable, pero no habían podido sustanciar el veredicto más allá de la duda razonable a causa de la chapucera investigación policial y la mala praxis del ministerio fiscal, que destruyeron la causa. Por todo ello, y dado que no se logró establecer sin lugar a la duda la culpabilidad de Simpson, hubieron de acogerse al lógico principio de in dubio pro reo.



[1] Simpson es recordado internacionalmente por su participación en célebres producciones como El coloso en llamas (1974), Capricornio I (1978) y la teleserie Raíces (1977).

[2] Bailey se hizo mundialmente famoso con su defensa del doctor Sam Sheppard, acusado de asesinar a su esposa en 1954. Caso que inspiró la célebre serie de televisión El fugitivo. Otros criminales famosos defendidos por él a partir de entones fueron Albert DeSalvo –el estrangulador de Boston-, o Patty Hearst, que supusieron alguno de sus más rotundos reveses. Acumulando éxitos y fracasos a partes iguales, Bailey ha sido reconocido como uno de los abogados defensores con más éxito y reconocimiento de la historia, pero también como uno de los más “tramposos” en la medida que no dudaba en utilizar cualquier circunstancia, por sucia que fuera, para ganar o sacar tajada. De hecho, a lo largo de su vida profesional, ha tenido que afrontar varias acusaciones por mala praxis, siendo finalmente inhabilitado en 2001 por su actuación irregular en el caso Duboc.

El principio de Arquímedes

No conocí esta historia por la excelente película del director Pablo Trapero que he tenido el gusto de visionar en los últimos días, sino por una de mis alumnas, de origen argentino, quien decidió convertirla en tema central de uno de sus trabajos. Se trata de una narración absolutamente fascinante, como lo son todos los crímenes que germinan y se desarrollan en el interior de las familias, que sacudió a la sociedad argentina durante décadas –tanto que ha dado incluso para un libro, una película e incluso una serie de televisión-, pues nadie daba crédito, y que yo sencillamente desconocía. Esto me llevó a profundizar en el relato a fin de componer estas líneas que tengo el gusto de dedicarle.

El Clan
Uno de los carteles de la fascinante película de Pablo Trapero. El filme fue el más visto en Argentina en 2015, pues la nación aún no ha superado por completo el impacto del caso.

Sea como fuere, tras profundizar en el relato del tristemente célebre en Clan Puccio, he llegado a la conclusión de que el asunto no comenzó con los secuestros de 1982. A mi parecer, ese año supuso la graduación criminal de su protagonista, director y patriarca, Arquímedes, quien tuvo la extrema habilidad y capacidad de manipulación de valerse de su posición personal para arrastrar al delirio incluso a sus propios hijos. Pero tengo la impresión de que los acontecimientos que condujeron al desastre se iniciaron mucho antes. A menudo, cuando se analizan las motivaciones y resortes criminales desde los meros hechos, se comete el error de creer que son flor de un día. Que los actos criminales –al igual que los errores, los aciertos, la felicidad o el éxito- se presentan en la vida de los individuos por mero azar, de la noche a la mañana, inopinadamente, como por casualidad. Pero lo cierto es que toda historia criminal, como toda historia en realidad, tiene una gestación, se apoya sobre resortes circunstanciales y psicológicos que a menudo tardan incluso décadas en conformarse adecuadamente y que, llegada su maduración, afloran con extrema facilidad dando la impresión de ser cosa nueva, impulso momentáneo, idea recién parida, simple casualidad.

Y una de las cosas que demuestra el relato que nos ocupa es precisamente esta: todo cuanto ocurre en el mundo del crimen –como cuanto sucede en todos las ámbitos de la vida- tiene su razón de ser, su preñez, evolución y parto. Quizá las razones de nuestros aciertos y fracasos sean remotas e inalcanzables. Pero una vez detectadas y analizadas con frialdad, se nos muestran tan mecánicas como implacables. Nadie crece en un día, se arruina en un día, decide matar en un día o bate un record mundial en un día. Y quien pretenda creerlo se engaña miserablemente.

Fabricando un criminal

Arquímedes Rafael Puccio, nació en el barrio bonaerense de Barracas en septiembre de 1929, era el mayor de cuatro hermanos y miembro de una familia acomodada y culta. Su padre, Juan, trabajaba como jefe de prensa del famoso político Juan Atilio Bramuglia (1903-1962). Su madre, Isabel Ordano, se dedicaba a la pintura con mediano éxito. Tanto es así que Arquímedes bien pronto comenzó a dar muestras de que haría carrera en la vida: tras un digno proceso académico se tituló como “contador” –aquí diríamos licenciado en empresariales- en la Facultad de Ciencias Económicas de Buenos Aires. Además, introducido en las esferas políticas por los contactos familiares en 1949, tuvo una progresión meteórica dentro del peronismo que le condujo a al viceconsulado del Ministerio de Asuntos Exteriores, puesto que ocupó entre 1957 y 1964.

Arquimedes Puccio #2
Arquímedes Puccio en sus últimos años.

En el mismo 1957 contraería matrimonio con Epifanía María Ángeles Calvo, una profesora de matemáticas y contabilidad en el colegio María Auxiliadora, también natural de Buenos Aires y nacida en 1932. Con ella llegó a tener cinco hijos: Alejandro (1958), Silvia (1960), Daniel (1961), Guillermo (1963) y Adriana (1970). Un enlace que no solo resistió con eficiencia el desgaste de los años sino que también, al menos externamente, siempre pareció normal e incluso feliz. Por cierto que a fue poco de contraer matrimonio que la familia se instalaría en San Isidro, localidad del área metropolitana bonaerense, en la misma casa que con el paso de los años adquiriría una triste celebridad.

Casa del Mal #1
Vista de uno de los acceso de la casa de la familia Puccio en el barrio de San Isidro en los días en que todo ocurrió.

Tras realizar diferentes misiones diplomáticas en el extranjero, especialmente en Madrid, y recibir de manos de Juan Domingo Perón (1895-1974) la condecoración que le certificaba como el diplomático más joven y prometedor del país, nadie dudaba de que Arquímedes Puccio llegaría muy alto… Pero a comienzos de la década de 1960, nuestro protagonista, que siempre tuvo cierta querencia hacia el dinero fácil, el dispendio y la vida onerosa, sufrió su primer revés al ser acusado de contrabando de armas en valija diplomática. Ello frenó su avance al desafectarlo con el régimen y le hizo dar algunos tumbos hasta que un amigo, el teniente coronel Jorge Osinde –quien luego sería uno de los cerebros de la masacre de Ezeiza- le tendió la mano. Por su concurso, en 1973, se matricula en la Escuela Superior de Conducción Política, organismo dependiente del Movimiento Nacional Justicialista, y accede a la Municipalidad de Buenos Aires, de la que es nombrado Subsecretario de Deportes. Sería en la mencionada escuela que conocería al primero de los miembros del famoso clan, Guillermo Luis Fernández Laborda, entonces administrador del Hospital General de Agudos José María Ramos Mejía.

Epifania Angeles Calvo
Epifanía Ángeles Calvo, esposa de Arquímedes, es escoltada durante una de las sesiones del proceso.

Eran aquellos años turbios y complicados para el país. No estaba claro qué iba a suceder y era momento de tomar el partido correcto para quedar bien colocado ante posibles adversidades. Bien lo sabía el hábil Puccio, que continuó con su peculiar descenso a los infiernos haciendo amigos como el ya citado Osinde o como Anibal Gordón, reconocido miembro de la Triple A. Sería por el complicado ambiente que se vivía en los entornos políticos y administrativos que los entonces recién conocidos Puccio y Fernández Laborda decidieron integrarse en el Servicio de Inteligencia de la Fuerza Aérea, aún a pesar de que se contaron entre los que recibieron a Perón en Ezeiza a su regreso, el 20 de junio de 1973. El viejo plan de jugar a dos barajas por si acaso. De hecho, Arquímedes Puccio formó parte del tristemente célebre Batallón de Inteligencia 601, organizado a finales de 1970 y obró como partícipe activo de la “guerra sucia” y de la Operación Cóndor.

Así las cosas, cuando el golpe de Estado de 1976 derrocó a María Estela Martínez de Perón y se puso en marcha el Proceso de Reorganización Nacional, Puccio y Laborda estaban perfectamente colocados y tenían contactos de considerable peso en el entramado del poder como el del Teniente Coronel Victoriano Franco. Pero no sólo. Como alumnos aplicados que eran, también contaban con la formación necesaria como para organizar secuestros, extorsiones, chantajes, desapariciones… Y claro, también demostraron tener la catadura moral necesaria para pasar de la teoría a la práctica. De hecho, todavía hay quien recuerda al Puccio de los años previos al golpe de estado, así como a sus amigos de la Triple A infiltrados en la municipalidad bonaerense, recorriendo los pasillos del edificio municipal como si fuera de su propiedad, mostrando sus armas largas a cualquiera, con cualquier pretexto, realizando constantes exhibiciones de fuerza e intimidando a quien se atreviera a mirarles de un modo que no les gustara. Suyo sería el país.

Guillermo Fernandez Laborda
Guillermo Fernández Laborda, en custodia policial.

Campo de pruebas

A las 7:00 horas del 23 de enero de 1973 un empresario vinculado a Bonafide, Enrique Segismundo Pels, es secuestrado en su casa. Un hombre, a punta de ametralladora, penetra en su dormitorio y le ordena que se ponga algo de ropa. Luego, aún descalzo y sin camisa, pero con un saco en la cabeza, le introduce en el Peugeot 404 de su propia esposa, a la que dejan en la casa maniatada junto con una de las empleadas del servicio doméstico. Todo sucede a escasas diez manzanas de la residencia presidencial. Poco después, sobre la marcha, es trasladado a un Ford Falcon que –según se sabe- era propiedad de Arquímedes Puccio. Luego hubo un largo viaje que terminó con Pels encadenado en una habitación de paradero desconocido. La petición de los secuestradores, garabateada en un papel dejado en la residencia del secuestrado durante el proceso, era bien simple: 10 millones de pesos. Por lo que se sabe, el empresario Pels habló muy poco con los secuestradores durante su cautiverio, de apenas diez días, pues el 2 de febrero, previo pago del rescate, fue liberado en el barrio de Avellaneda.

Se ha dicho a menudo que Puccio nunca fue condenado por este secuestro a causa de la falta de pruebas, pero como mostró el periodista Carlos Juvenal en su libro Buenos muchachos: la industria del secuestro en Argentina (Planeta, 1994), lo que sucedió fue que el caso Pels nunca quedó resuelto a causa de un incomprensible marasmo de torpezas jurídicas y decisiones raras que terminó en la absolución de Arquímedes. De hecho, tras la investigación policial y demostrado su vínculo con el secuestro, Puccio fue detenido y confesó tanto su pertenencia a la Brigada Avellaneda como su participación en la operación, pero luego se desdiría ante el juez, tanto en lo referente a sí mismo, como en relación a los nombres que había ido deslizando en su testimonio. No podemos olvidar que por aquellos días la Triple A ya era muy fuerte en Argentina y cuidaba bien de los suyos, por lo que los estrambóticos derroteros que tomó el caso del secuestro del empresario Pels terminaron, tras muchas vueltas y revueltas, en el sobreseimiento definitivo de la causa.

Ciertamente, el expediente Pels se volvería a reabrir ante las flagrantes irregularidades, pero la dictadura terminó con el asunto definitivamente en 1978 de la mano del entonces juez instructor de Morón, el sempiterno Federico Nieva Woodgate. Sorprenden más en este asunto, por cierto, las reiteradas omisiones de la justicia y de la policía que sus escasas acciones: falta de registros, falta de testificales, falta de pruebas, falta de indagatorias… Falta de todo porque nadie quería saber absolutamente nada del tema. Ni tan siquiera el propio secuestrado, Enrique Segismundo Pels, quiso hablar jamás de su cautiverio pese a los muchos intentos para contactarlo realizados por la prensa argentina.

Sea como fuere, Arquímedes Rafael Puccio, tipo que como hemos visto había recibido la formación necesaria en la vulneración impune de los derechos y libertades de los demás amparado en toda clase de “buenas razones”, había dado un paso decisivo para convertirse en el terrible criminal que le llevaría a la fama. De hecho, extrajo una interesante lección de toda aquella peripecia judicial que vendría a alimentar una personalidad que, luego quedó claro, gozaba de obvios rasgos psicopáticos: para determinadas personas colocadas en ciertas posiciones de poder era posible secuestrar, cobrar, vencer a la justicia y salir de rositas. Venció al sistema con su frustrado negocio del contrabando. Había vencido al sistema en la historia del secuestro Pels. A lo mejor los tipos como él –debió pensar- podían vencer al sistema para siempre.

El Clan Puccio

No ha sido esclarecido, aun a pesar de las sospechas policiales, pero cabe suponer que un tipo con la catadura y amistades de Arquímedes debió participar activamente en otros secuestros y desapariciones durante la década de 1970. De hecho se le vinculó a determinados casos con poco éxito por cuanto –y lamentablemente es norma- muchas de las brutalidades de los Años de Plomo que aquejan a naciones y sociedades nunca son aclaradas y, a veces, ni tan siquiera contadas. Quedan en el limbo de lo que ya nadie quiere saber, preguntar o recordar. Pero en abril de 1982, justo cuando comienza la Guerra de las Malvinas, parecía claro que la dictadura militar argentina, esclerotizada en el marasmo de su ineptitud, empezaba a tener los días contados. Cabe pensar que Puccio, que por aquel entonces era copropietario de una tienda de deportes –que regentaba su hijo Alejandro- situada en un local habilitado en la propia casa de San Isidro, ubicada en el 544 de la calle Martín y Omar, y a la sazón propietario de un bar en el edificio colindante, había decidido dar los últimos golpes para asegurarse la vejez… Porque de un modo u otro Arquímedes no había dejado nunca de hacer trampas o de vivir al filo de la ley. Tal y como contó uno de los antiguos miembros del Clan, Roberto Oscar Díaz, al periodista Rodolfo Palacios en una entrevista concedida a la web bigbangnews.com, Puccio andaba entre otras cosas metido en chanchullos con el propietario de un concesionario de automóviles, Alberto J. Armando, quien “contrataba patotas [pandillas, bandas] para deshacerse de los autos, los mandaba a robar, a romperle los vidrios, a prenderlos fuego. La idea era cobrar el seguro. Puccio era parte de esas patotas”. No obstante, el ambicioso Arquímedes picaba más alto y no estaba dispuesto a conformarse con las migajas que iba picoteando aquí y allá. Había urdido un plan.

Roberto Diaz (detencion)
Roberto Oscar Díaz (izquierda) escoltado por la policía.

A comienzos de 1982 los dos viejos amigos, Puccio y Fernández Laborda, se reencuentran en el Servicio de Aduanas, y el primero hace partícipe al segundo del proyecto para montar su propia red de secuestros extorsivos. Le informó en aquellas conversaciones de que tenía un buen contacto, el coronel retirado Rodolfo Victoriano Franco, y un buen elemento para ayudarse en el operativo, Roberto Oscar Díaz, a quien conocía del negocio sucio del concesionario de automóviles. Así pues, iban a hacerlo todo por sí mismos, sin intermediarios, sin repartos embarazosos y sin tener que dar explicaciones a nadie. Firmarían un pacto de sangre y crearían un clan. Una una asociación criminal indestructible… “Todo era una locura [relata Díaz]. Hicimos el pacto de sangre como si fuéramos mafiosos. A Puccio le gustaba ponerse la boina y hacerse el siciliano”… Lo más estremecedor del caso era que este inopinado caporegime en el que se había convertido Arquímedes había decidido montar el negocio en su propia casa y con la ayuda de su hijo primogénito, Alejandro, al que siempre se ha querido vender como una víctima del negocio de su padre, pero que no solo estaba al corriente de todos los operativos, sino que era parte activa del plan como manifestó Díaz en la antes referida entrevista: “Alejandro era ambicioso. Lo pintan como inocente o culposo o víctima del padre. Pero era flor de turro [persona deshonesta, sinvergüenza]”. De hecho, y para muestra un botón, la primera víctima designada fue un compañero y amigo del propio Alejandro, Ricardo Manoukian.

Alejandro Puccio tenía una carrera bastante respetable como jugador de rugby en el Club Atlético de San Isidro, popularmente conocido como CASI. Tanto que incluso había llegado a debutar con los famosos “pumas” de la selección argentina. Manoukian, de 23 años, compañero de equipo y miembro de una familia que regentaba la próspera cadena de supermercados Tanti –hoy absorbida por Supermercados Norte-, se desplazaba por ahí en un coche blindado y había sido formado por un grupo antisecuestros después de que un familiar suyo sufriera la terrible experiencia –se sospecha que el propio Arquímedes ya estuvo implicado en aquel episodio-, pero cayó en la trampa confiado en la amistad que mantenía con Alejandro. El resto de la historia es tan plano como triste: el chico estuvo nueve días encapuchado y atado de pies y manos en la bañera de uno de los aseos de la segunda planta de la casa entretanto a su familia se le exigían nada menos que 500.000 dólares como rescate. La cantidad llegó a manos del Clan Puccio, pero Ricardo fue asesinado a tiros el 30 de julio y su cadáver terminó en el río Luján, cerca de Escóbar, si bien aparecería mucho después en Benavídez.

Alejandro Puccio (Rugby) #2
Alejandro Puccio. Tenía un prometedor futuro en el rugby.

Fue por estos días que, como relata el periodista Palacios en su libro El Clan Puccio: La historia definitiva (Planeta, 2015) que Arquímedes se ganó en el barrio apodos como “el loco de la escoba” o “el cú-cú”, por cuanto se pasaba el día entero rezongando mientras barría el camino de entrada a la casa, ya fuera día o noche, lo cual le valió algún que otro encontronazo con los vecinos, o bien se asomaba a una ventana del piso superior sin cesar, de manera compulsiva. Nadie pudo explicarse tal conducta extravagante hasta tiempo después, cuando se destapó la organización criminal familiar: lo que hacía el patriarca del Clan era pasarse el día en una perpetua vigilancia.

El segundo en caer fue otro conocido que Alejandro había hecho en el mundillo del rugby, Eduardo Aulet, un ingeniero industrial perteneciente a otra familia adinerada, recién casado, y que jugaba en el Club Pueyrredón. Secuestrado cuando se dirigía al trabajo en su propio coche el 5 de mayo de 1983, no se le volvió a ver con vida. Y ello aún a pesar de que la familia pagó los 150.000 dólares que se le exigieron. Su cuerpo no aparecería sino hasta cuatro años más tarde. Su ejecutor fue Díaz, quien no solo reconoció haberlo matado sino que también ha sido el único miembro del Clan que, con el paso de los años, ha mostrado públicamente su arrepentimiento: “Fue horrible. Puccio me obligó a disparar. Pobrecito Aulet. Cuánta crueldad. Puccio me dijo que lo hiciera por la familia, que no traicionara el pacto de sangre. No pude negarme. […] Si no lo hacía, me hubiesen matado a mí”.

El Clan Puccio
Portada del best-seller de Rodolfo Palacios que inspiró la película.

El tercero de la lista había de ser Emilio Naum, de 38 años, dueño de las tiendas de ropa McTaylor y bien conocido por Arquímedes Puccio, que tenía perfectamente fijados sus movimientos, por lo que obraría como gancho. Así, debía hacerse el encontradizo con Naum cuando este fuera al volante de su coche y rogarle que le trasladara unas cuantas manzanas más arriba. Llegados a destino, le estarían esperando otros componentes del Clan para proceder al secuestro. Sorprendentemente, Emilio Naum, que no era deportista ni se encontraba en especial buena forma, se resistió al intento de inmovilización de los hombres que intentaban reducirlo con tal fiereza y decisión que se vieron obligados a ejecutarlo allí mismo para no dejar testigos, antes de darse a la fuga.

Este fracaso habría resultado en un momento perfecto para que el clan abandonase sus actividades, pero la ambición de Arquímedes Puccio era ilimitada, no estaba conforme con cómo habían salido las cosas y se sentía invulnerable. Además, contaba con nuevos efectivos en la medida que su hijo Daniel –conocido en el mundillo del rugby, que también practicaba como su hermano, con el apodo de maguila-, y que no había formado parte de las tres primeras acciones al encontrarse fuera del país, fue incorporado al Clan. No ha quedado bien establecido si Daniel Puccio se avino a participar de buen grado u obligado por el padre y esto, aunado al hecho de que no estuvo implicado en las primeras muertes, motivó que su condena fuera mucho menor que la del resto de implicados en la organización, lo cual le ayudó a poner tierra de por medio a la menor ocasión. Tampoco ha ayudado mucho a comprender hasta qué punto la participación de los hijos en la empresa criminal fue voluntaria o resultado de la manipulación una de las pomposas sentencias con las que Arquímedes Puccio adornó su vejez: “Si Hitler convenció a millones, ¿cómo no iba yo a convencer a mis hijos?” De hecho, una de las cosas que nunca ha quedado clara –lo que se cuenta a este respecto es licencia cinematográfica o mera novela- ha sido cómo era la vida en el interior de aquella casa, cómo funcionaban las cosas o si, simplemente, la mujer y el resto de los hijos de Arquímedes tenían alguna idea de lo que sucedía a su alrededor, hecho probable. Es cierto que la familia, de cara al exterior, mantenía una vida perfecta, una convivencia redonda y honrada, siendo “normal” y respetada en el barrio, pero poco o nada se sabe de cuánto ocurría bajo aquel techo más allá de la circunstancia de que los secuestros solían coincidir con los viajes de la esposa y las hijas… Porque es una constante cósmica que las familias –todas- tienen secretos. Solo parecía tener una preocupación el patriarca con respecto a sus dos hijos y subalternos en el crimen: que no se mancharan las manos personalmente con la sangre de sus víctimas.

Así las cosas, se pasó al siguiente nombre de la lista, la empresaria Nélida Bollini de Prado, de 58 años, quien sería secuestrada el 23 de agosto de 1985. En el entendido de que matar gente era necesariamente peligroso en la medida que un cadáver siempre termina siendo un problema y que el gobierno militar había caído -y con él muchos de los amigos con cuya protección pensaba contar en caso de que vinieran mal dadas-, el jefe Puccio había diseñado una estrategia alternativa. Así, acondicionó el sótano de la casa de San Isidro para mantener a los cautivos en condiciones de reclusión adecuadas y, de paso, para confundirlos organizándolo todo como si se tratara del local de una casa de campo, colocando incluso fardos de paja como atrezzo. Esto permite pensar que, tal vez, pensaba seguir secuestrando pero no matando.

Victimas de los Puccio (Aulet, Naum, Manoukian y Bollini)
Las víctimas del Clan Puccio. De izquierda a derecha: Eduardo Aulet, Emilio Naum, Ricardo Manoukian y Nélida Bollini de Prado.

El final del Clan

Alejandro y su novia estaban solos en la casa, viendo la televisión, cuando el equipo policial irrumpió en el hogar de los Puccio. Ya venían sospechando que aquella familia no era trigo limpio, pero la denuncia a las Autoridades por parte de los familiares de Nélida –cosa que no habían hecho quienes les precedieron en el trago- y el seguimiento de las actividades de Arquímedes Puccio para la negociación del rescate vinieron a confirmarlo todo. El descenso de los policías al sótano certificó el final del Clan Puccio: allá se encontraba Nélida Bollini de Prado, encadenada y tirada sobre un camastro. Arquímedes fue detenido casi al mismo tiempo, cuando todavía intentaba cobrar. Aún quiso, el muy torpe, amenazar a sus captores argumentando que la casa de San Isidro estaba repleta de explosivos y que volarían por los aires si intentaban entrar por la fuerza. Delirios de grandeza de quien aún creía tener un poder que ya no le pertenecía.

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Aspecto del sótano en el que se mantuvo encerrada durante un mes a Nélida Bollini de Prado, la única superviviente a las actividades del Clan.

El eslabón débil del juramento de sangre que pretendía convertir el Clan en un organismo monolítico e impenetrable fue Díaz, quien harto de todo decidió contar la verdad. Una verdad que nunca fue reconocida ni por Arquímedes, ni por sus hijos, ni por el resto de sus secuaces, quienes siempre negaron todas y cada una de las acusaciones más graves. Lo mismo haría el resto de la familia Puccio, con Epifanía al frente, que dijo desconocer por completo a qué se dedicaban su marido y sus dos hijos mayores durante sus viajes e incluso negó tener la menor constancia de cuánto sucedía en su hogar. Nadie llegó a creerlas del todo jamás, pero tampoco pudo nadie demostrar lo contrario, por lo que la justicia no supo penetrar en el misterio. En todo caso, se estableció en el seno de la familia una impenetrable conspiración de silencio en torno a lo sucedido en la casa de San Isidro. Silencio tan pertinaz que su propietaria, la propia Epifanía, impuso la absurda condición de que, por cláusula contractual, sus inquilinos sucesivos no pudieran publicar o permitir que se hicieran fotografías del interior de la vivienda. Prohibición que permanece en vigor.

Arquimedes Puccio (detencion) #3
Arquímedes escoltado por la fuerza policial.

Alejandro, condenado a prisión perpetua y tras varios intentos infructuosos de suicidio, terminó falleciendo prematuramente en prisión, en 2008, probablemente a causa de las secuelas que le acarrearon sus constantes coqueteos con la muerte. Lo de Daniel fue otra historia. Castigado con una condena más suave quedó pronto en libertad condicional y retornó a San Isidro dispuesto a reabrir el bar familia a fin de rehacer su vida. Sin embargo, el vecindario interpretó su osadía como una burla inaceptable y, finalmente, decidió largarse con viento fresco. Parece que se instaló en Nueva Zelanda. En 2013, cuando la causa contra él por prófugo de la justicia hubo expirado, regresó coyunturalmente a Argentina para recoger la documentación que certificaba el fin del proceso y volvió a desaparecer.

Alejandro Puccio (detencion)
Alejandro Puccio en el momento de su detención.

Arquímedes Puccio, el caporegime, se vendió a sí mismo como un “patriota” –ese viejo último recurso de los cobardes, los canallas y los sinvergüenzas de todo cuño y profesión para justificar sus atrocidades- y un “preso político”. De poco le sirvió en la medida que terminó condenado a prisión perpetua en 1985. Aprovecharía los años de reclusión para estudiar Derecho –otro clásico- y convertirse a la religión evangélica hasta ser beneficiado en 2008 por la llamada ley del “2×1”, que sirvió para que saliera libre. Ante el escándalo que procuró en el país esta excarcelación, las Autoridades se replantearon el caso y le reingresaron en el Instituto Correccional Abierto General Pico de La Pampa. Tras ganar –ahora sí- la libertad condicional acabó malviviendo, convertido en un paria al que acogió bajo su protección un pastor evangélico que se ocuparía de él hasta su muerte en el mismo General Pico, ocurrida en 2013, y devenida a causa de un accidente cerebro-vascular. Aún tuvo su minuto de gloria gracias al interés de Rodolfo Palacios, quien lo contactó para documentar su libro y al que realizó todo tipo de declaraciones autoexculpatorias, extemporáneas, zafias y psicopáticas que no repetiremos aquí porque carecen el menor interés. Baste significar que como corresponde a todos estos campeones de la manipulación y el engaño, jamás se arrepintió de sus actos ni explicó las razones por las que decidió convertir a su propia familia en una organización criminal.

Nadie reclamó el cuerpo, por lo que terminó en una fosa común.

Daniel Puccio (detencion)
Daniel “Maguila” Puccio es escoltado por las Autoridades.

El extraño viaje

Tal y como consta en el encabezado fue que Fernando Fernán Gómez decidió titular en 1964 una de esas extrañas joyas del cine español, a menudo desapercibidas cuando no directamente ignoradas, que sin embargo han alcanzado el rango de grandes clásicos entre aficionados y expertos. Su título original iba a ser tan  explícito como El crimen de Mazarrón pero, según relató uno de sus protagonistas, el actor Carlos Larrañaga, hubo de cambiarse a causa de las protestas del alcalde de la localidad murciana, quien consideró que una referencia tan explícita arruinaría el turismo. Sospecha infundada, por cierto, que alimentó no obstante el delirio letal de los censores y que denota cuán poco sabía el primer edil de los rudimentos de la psicología social.

Lo interesante, en todo caso, y con total independencia de que esta película de escasísimo presupuesto que en su día pasó desapercibida llegara a las pantallas, es el hecho de que se inspiraba en uno de los más extraños sucesos de la historia criminal española; el conocido como “crimen -o caso- de las tres copas”.

Vamos a ello.

El extraño viaje
Cartel de la célebre película de Fernando Fernán Gómez inspirada en el extravagante caso de las tres copas.

 

Dos cuerpos en la playa

El amanecer del día 14 de enero de 1956 alumbró dos cadáveres sobre la arena de la playa de Nares. Descubiertos por un pescador que se disponía a realizar su faena diaria, los cuerpos del hombre y la mujer se presentaban con singular aspecto. Ella, a quien se identificó como María Luisa Pérez de Nanclares Gómez, de 42 años de edad, se encontraba boca abajo sobre la arena y completamente desnuda con excepción del abrigo de pieles que alguien había depositado sobre sus hombros. Él, identificado como su hermano Julio, de 62 años, estaba tendido a una docena de metros y vestido con un traje. El tema tenía pinta de raro por lo peculiar de un hallazgo semejante a aquellas alturas del año, en la que casi no había turistas en Mazarrón, por no faltar ni un céntimo de la cartera del varón -bien surtida para la época con aquellas 1.700 pesetas- lo cual excluía el móvil del robo para explicar el caso y, sobre todo, por ser ellos de costumbres extremadamente religiosas. Por lo demás, ambos hermanos procedían de la localidad riojana de Haro y eran solteros.

Más se enrareció todo cuando se descubrió la existencia de una botella de champán y tres copas perfectamente depositadas sobre una roca aledaña que terminaron por dar nombre al enigma criminal. Y es que, claro, encontrar solo dos cuerpos y tres copas despertó de inmediato la imaginación de la policía, que puso en marcha la búsqueda de esa tercera persona que faltaba en la cuenta y que, probablemente, sería la explicación última de todo.

Historia de tres solterones

No tardaron los agentes en descubrir que la identidad de la tercera persona no podía ser otra que la de Marina Pérez de Nanclares Gómez, de 52 años y hermana como es lógico de los dos difuntos. Al parecer, el trío había salido días antes de su casa en Haro prácticamente con lo puesto. De hecho, y antes de abandonar la localidad, habían contratado un camión de mudanzas en el que empaquetaron todas sus enseres a fin de que llegasen a unos parientes de Álava.

Era rara aquella prisa por abandonarlo todo. Los tres hermanos, propietarios de un hotel en la localidad riojana, habían tenido una existencia próspera. No en vano, los dineros ganados en la regencia del establecimiento fueron luego reinvertidos en varios negocios en Madrid que les proporcionaron pingües beneficios. Pero, como bien supo la policía, la fortuna había decidido serles esquiva durante los últimos años y aquel pequeño imperio comenzó a amenazar ruina de la noche a la mañana.

Los investigadores decidieron entonces que aquello tenía clara pinta de suicidio: los tres hermanos solterones, muy religiosos, cruzan España de punta a punta para ir a inmolarse mediante alguna clase de veneno a aquella playa en la que nadie, por ser todo el mundo desconocido, podría afearles la conducta. Todo apuntaba en esa dirección: explicaron su marcha de Haro argumentando un viaje al extranjero, María Luisa apareció indocumentada y Julio tenía el carné de identidad reducido a pedazos en un bolsillo de la chaqueta. La historia, sin embargo, mantenía un impertinente cabo suelto que traía a la policía de cabeza: ¿Dónde estaba Marina entonces? ¿Se había arrepentido en el momento decisivo? ¿Les había dejado por el camino? ¿Se había quitado la vida en otro lugar? ¿Había otra explicación tal vez más macabra?

Sal de acederas

Se prosiguió en la reconstrucción del recorrido del terceto. Pronto se supo que, portando con ellos tan solo una maleta y un bolso de mano, dejaron Haro en el tren Irún-Madrid para luego enlazar hacia Cartagena, ciudad en la que se presentaron el día 10 de enero, luego cuatro días antes del hallazgo de los cadáveres.

Ya en Cartagena se produjeron una serie de idas y venidas incomprensibles para tres personas que se han planteado con seriedad la idea de la autolisis colectiva. Tras contratar una habitación en una pensión conocida como “La Madrileña”, a la que llegaron tras pedir presupuesto en otros hostales y hoteles, realizaron varias visitas turísticas -se ignora si con fin lúdico o no- en los dos días siguientes y compraron un par de zapatillas así como veinte gramos de sal de acederas… El caso es que a la una de la madrugada del día 13 de enero, Marina y Julio tomaron el taxi conducido por el único testigo de las últimas horas de la familia, Rafael Rivas.

Según testificó Rivas, lo primero que hicieron fue dirigirse a la Calle Mayor de Cartagena, donde recogieron a María Luisa. Acto seguido, le indicaron que condujese hasta Mazarrón. El trayecto se desarrolló en un completo silencio. Ya en destino, y rogando al taxista que no encendiera la luz interior del coche para cobrar la carrera, pagaron y se apearon. Rivas, entonces, no le echó más cuenta y retornó a Cartagena.

Nadie más supo dar explicaciones de lo que pudiera haber sucedido entre ese momento y el hallazgo de los cadáveres de María Luisa y Julio… Y la investigación no podía dejar pasar el detalle del suicidio en la medida que en el interior de las copas abandonadas en la playa se encontró un sedimento de sal de acederas y, en el interior de la maleta, un ejemplar de La Nueva Rioja en el se que relataba la muerte de un vendedor ambulante de Valencia que había fallecido a causa de la ingestión accidental de ese compuesto. Demasiado bueno para dejarlo pasar. Demasiado bueno, como suele decirse, para ser verdad. Demasiado obvio como para pensar en otra cosa.

Digamos en este punto que la sal de acedera -planta de la familia de las poligonáceas-, cuyo nombre químico es bioxalato potásico, es un compuesto tradicionalmente utilizado como quitamanchas, y de ahí que se vendiera en droguerías con el sobrenombre de “sal de limones”. Es interesante señalar que eran raros los casos de intoxicación o envenenamiento por causa de esta sustancia por cuanto sus capacidades como veneno eran poco conocidas entre el vulgo y su ingestión era tan rara como accidental, siendo más común para este fin el empleo del ácido oxálico.

No obstante la rareza del método y mecánica elegidos por los suicidas, la policía, tras rastrear la costa de Mazarrón durante días lo tuvo claro: los tres habían consumido el veneno disuelto en champán, pero el cadáver de la tercera en discordia no había aparecido por cuanto el bebedizo no debió hacerle un efecto inmediato y esto la llevó a adentrarse en el mar a fin de culminar el suicidio. El oleaje hizo, pues, desaparecer el cuerpo. Caso cerrado.

La memoria del enterrador

Sin embargo, la explicación oficial nunca disipó las conjeturas en torno al extraño suceso. La falta de una persona -nada menos- siempre se presenta incómoda en un expediente oficial, desata toda clase de especulaciones, y lleva a la gente a hacerse preguntas. El misterio es divertido en las novelas, pero no en los archivos.

Sobre todo cuando en 1990, luego 34 años más tarde, José Antonio Moreno, encargado del cementerio de Mazarrón, reveló una singular vivencia adolescente que le había perseguido durante décadas e iluminado muchas de sus peores pesadillas: Él había, aquella noche fatídica, visto los dos cuerpos tendidos sobre la arena de la playa de Nares antes de salir corriendo tan espantado que nunca se había atrevido a contarlo… Y, terror sobre terror, un año después -debía ser buen andarín el mozo-  encontró el cadáver descuartizado de una mujer medio enterrado en el monte de El Castellar, aledaño a la playa de marras. Otra vez a correr.

¿Mentía? ¿Quería protagonismo? ¿A qué venía si no este relato tanto tiempo después? ¿Y por qué no lo dijo entonces?

Pues resulta que el hombre era sincero. Harto de que le tomaran el pelo, le sacaran titulillos y le tildasen de embustero, decidido finalmente a aliviar su conciencia y sacudirse las viejas pesadillas, Moreno se fue ni corto ni perezoso al lugar en el que dijo haber visto la carnicería y fue capaz de encontrar, tras remover la tierra, algunos huesos humanos que entregó en el cuartel de la Guardia Civil de Mazarrón.

¿Se resolvió el caso? Pues tampoco porque no había forma de determinar si aquellos restos pertenecían a Marina Pérez de Nanclares. De suerte que el gesto tardío del enterrador solo sirvió para reavivar un viejo misterio: el del extraño viaje de tres hermanos que inspiró, porque así son las cosas, una de las más excepcionales películas de nuestro cine.

Playa de Nares
Imagen de la Playa de Nares.