El buhonero caníbal

El hombre aparentaba ser de lo más normal. Alguien hubiera dicho que incluso una “buena persona”, lo cual ayudó a que mucha gente creyera su insospechada coartada en el momento en que fue detenido y procesado por asesino y caníbal en 1852, cuando contaba 42 años de edad, pues dijo ser un hombre-lobo. Ni más ni menos. Hoy en día esta excusa puede parecernos un completo disparate, pero en aquel entonces no era extraño en absoluto encontrarse con personas que asumían sin reservas de clase alguna la existencia de estos seres, porque “las meigas no existen, pero haberlas haylas”. De hecho, la justicia lo procesó por ello y así consta en el voluminoso sumario que se conserva en el Archivo Histórico del Reino de Galicia: Causa 1788, del Hombre Lobo. Un hecho, sin embargo, derrumba por completo la justificación presentada por el acusado en aquel entonces y que, en condiciones normales, hubiera podido obrar como eximente por enfermedad para librarle de una severa condena: Manuel Blanco Romasanta no sólo era un asesino quizá alienado, sino también un ladrón[1]. Se trataba de un sociópata en toda regla que al matar no solo alimentaba sus malos vicios, sino también su bolsillo.

Romasanta #1
Aspecto que debió tener Manuel Blanco Romasanta. Dibujo realizado a partir de la reconstrucción que el forense Fernando Serrulla realizó basándose en las mediciones antropométricas que se le realizaron tras su detención [fuente: criminalia.es].

Chanchullos de buhonero

Nacido en Esgos -otras fuentes indican que en Requeiro o Regueiro-, una aldehuela del valle de Allariz cercana a Portugal el 29 de junio de 1810, Blanco se ganaba la vida como buhonero y era, al parecer, tipo querido y respetado por sus convecinos. Tras una vida de patear sendas y caminos, conocía al dedillo la mayor parte de los bosques del noroeste de la Península Ibérica y había desarrollado un prodigioso sentido de la orientación. Esto hacía de él un excelente guía y un perfecto dominador de su oficio. Era harto conocido por todos los aldeanos de aquellas tierras por las que discurría mercadeando arriba y abajo, a su albedrío, en ciclos estacionales, y jamás se había sabido que hubiera incumplido la palabra dada, o se hubiera metido en líos dignos de mención. Por esto confiaron en él sus dos primeras víctimas: Manuela Blanco -sorprendente casualidad-, de 47 años, y su pequeña hija de 6.

La mujer, abandonada hacía poco por su marido, se ganaba el pan como sirvienta en una casa de Rebordechao –Ourense-, interesante en los planos económico y afectivo, pero es fácil imaginar que la separación le había puesto las cosas difíciles en el pueblo y pretendía, por ello, buscarse otros aires. Y Romasanta, que conocía a Manuela de toda la vida, se hizo cargo de su situación y le dijo que buscaría algo por ahí. En realidad, a lo que se dedicó durante sus largas jornadas de caminata solitaria fue a urdir un plan siniestro. En 1846, el buhonero se presentó en la localidad con una “excelente noticia” para la sirvienta: había topado, al parecer, con un cura de Santander que necesitaba una empleada y él le había hablado de Manuela. Todo estaba apalabrado. Ella liquidó de sus exiguas posesiones todo aquello que no podría transportar y, con su hija de la mano, se echó al monte tras los pasos del supuesto benefactor.

Pasó el tiempo. Quizá el suficiente como para que el vendedor ambulante ordenase sus ideas y, semanas después, retornó a la aldea con “grandes noticias” de su primera clienta. Una hermana pequeña de Manuela, Benita, que contaba 31 años, se dijo que ella también podría buscar futuros mejores y se ofreció al buhonero. Días después, completado el grupo con Francisco, un niño de 10 años a la sazón hijo de la mujer, los tres salieron del lugar en busca de su destino. Resulta evidente que el mercachifle asesino comprendió que tenía entre manos un filón virtualmente inagotable y que si llevaba las cosas con orden podría manejar el chanchullo en la más completa impunidad.

De este modo cayeron en la estratagema hasta trece personas de diversas poblaciones orensanas de las que nunca más se supo.

Romasanta #2
El actor José Luis López Vázquez interpreta a Benito Freire, alter ego ideado para Romasanta por Carlos Martínez Barbeito, autor de la novela “El bosque de Ancines” en la que, a su vez, se basa la película “El bosque del lobo”. Cinta dirigida por Pedro Olea en 1970.

El lobo se confunde

Es obvio suponer que los familiares de los viajeros que habían quedado en Galicia esperaran noticias de los que se fueron, y así se lo hacían saber al mercachifle entre idas y venidas, pero la respuesta de un impertérrito Romasanta, que ya había contado con la molesta contrariedad, era siempre la misma: “están bien, contentos, pronto escribirán”. Pero no lo hacían nunca, hasta el punto de que se empezó a sospechar que algo raro había pasado. No obstante, como buen maquinador que se precie de serlo, Manuel supo encontrar la manera de salir del trance ingeniándoselas para hacer llegar a los exigentes familiares una serie de cartas falsas, y así los ánimos caldeados se calmaron.

Pero cometió un grave error.

Si su impaciente ambición no le hubiera perdido, es más que probable que Blanco no hubiera sido descubierto en mucho tiempo dada la singularidad de sus crímenes y los exiguos recursos policiales de la época, pero intentando sacar el máximo partido de sus actos, fue vendiendo algunas posesiones de sus víctimas a diferentes aldeanos. Y, en un tiempo en el que no existía nada parecido al pret-a-porter y las prendas, especialmente las caras, gozaban de enorme singularidad, solo fue cuestión de tiempo que los familiares de los que marcharon empezaran a identificarlas entre el vestuario dominguero del vecindario. Así comenzaron las preguntas y así llegaron las respuestas: todas habían sido comerciadas por el buhonero.

Se le denunció, como es de suponer, pero Romasanta, que por su profesión tenía muchos contactos, consiguió enterarse de ello y puso tierra de por medio. Quiso imaginar que con el tiempo todo se enfriaría, pero vino a resultar que las Autoridades consideraron su detención como un asunto de máxima prioridad. Se le buscaba por todo el país. Pero fue la fortuna la que quiso que dos jornaleros gallegos que le conocían, y estaban al tanto de los pormenores de su historia, se lo encontraran en Nombela –Toledo- en julio de 1852. Los hombres alertaron a las autoridades y Manuel Blanco Romasanta fue finalmente detenido. No opuso resistencia alguna.

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Romasanta, en un grabado de la época.

Para sorpresa de todos el buhonero explicó tranquilamente al juez de instrucción, Quintín Mosquera, que había matado a todas aquellas personas y se las había comido después de transformarse en hombre-lobo. Adujo, como si se tratara de algo perfectamente normal, que se trataba de una maldición familiar y que la metamorfosis sucedía desde trece años atrás –luego teóricamente desde 1839[2]-. Interesa señalar que el inculpado manifestó que, cuando se convertía en lobo, ni perdía la conciencia de sí mismo ni olvidaba ninguna de las acciones que llevaba a cabo en aquel estado, pero que en aquellos momentos el instinto animal se imponía a su voluntad y deseaba comer carne humana. Decía sentir algo de lastima por sus víctimas cuando retornaba a su estado original, pero que nada podía hacer al respecto. Es de suponer que, pasado el momento de la sangre, se dejaba dominar por otras pasiones más prosaicas y mercantiles, y que por ello se apropiaba de lo que no era suyo para venderlo. Para qué desperdiciar una buena ganancia cuando lo hecho no tenía remedio.

El así llamado Hombre-Lobo de Allariz fue sometido a un intensivo examen médico –que no psiquiátrico-, realizado bajo una óptica claramente frenológica, corriente pseudocientífica de moda por aquellos días, como se desprende de las actas sumariales. Sin embargo, y con buen tino, los facultativos determinaron, entre otras cosas, que:

“Su inclinación al vicio es voluntaria y no forzosa. El procesado no es loco, ni imbécil, ni monomaníaco, ni lo fue ni lo logrará ser mientras esté preso, y por el contrario resulta que es un perverso, un consumado criminal capaz de todo, frío y sereno, sin bondad y con albedrío, libertad y conocimiento. El objeto moral que se proponía era el interés. Su confesión explícita fue efecto de la sorpresa, creyéndolo todo descubierto. Su exculpación es un subterfugio. Los actos de piedad, añagaza sacrílega. Su metamorfosis, un sarcasmo […]”[3].

También se visitaron todos los lugares de los crímenes, donde Blanco, voluntarioso, ayudó a las Autoridades a reconstruir los hechos. Los cuerpos de sus víctimas nunca se encontraron más allá de algunos huesos. El modus operandi del individuo, siempre el mismo, era simple: se adentraba en los bosques que tan bien conocía con sus acompañantes y, en un determinado momento –cuando supuestamente estimaba haberse transformado en lobo- los atacaba salvajemente y, tras darles muerte, las devoraba. Acto seguido desnudaba los cuerpos, se apropiaba de todo aquello que pudiera interesarle y abandonaba el lugar.

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Reseña de la causa contra Romasanta, publicada por Rúa Figueroa en 1859.

El caso de Manuel Blanco Romasanta causó un enorme impacto en todo el país y fue seguido con gran detalle por la prensa. Como era de esperar, el abogado defensor, Manuel Rúa Figueroa, trató de imponer la teoría de que su defendido era un simple loco, una víctima de una educación perversa y supersticiosa. Se dijo incluso que muchas de sus víctimas mostraban signos de haber sido atacadas realmente por lobos, lo cual nada tiene de extraño cuando se abandona un cadáver a la suerte de las alimañas del campo. En todo caso, la defensa aprovechó este elemento para sostener que Blanco no podía haber cometido realmente los crímenes y que todo era una farsa ideada por su fantasía. Para otros, sin embargo, aquella fue la prueba “evidente” de que aquel hombre podía realmente transformarse en lobo.

No obstante, tampoco debemos dejarnos llevar por la imaginación: en aquellos días la medicina forense estaba muy poco desarrollada –de hecho ni se contemplaba como especialidad-. Los errores en el manejo de los cadáveres o sus restos, los centenares de fallos cometidos habitualmente por los enfermeros y ayudantes de los depósitos, y la impericia con la que se realizaban muchas autopsias, terminaban por arrojar muy pocos datos claros y fiables. Basta con recordar la precariedad de los análisis forenses realizados a las víctimas de Jack el Destripador –cuyas autopsias, sobre los cuerpos recientes, se realizaron más de treinta años después y en un país mucho más avanzado que la España de entonces- para comprender de qué estamos hablando. Cuando se refieren datos forenses de casos tan antiguos tendemos a interpretarlos en el mismo sentido que se habla hoy de ellos cuando, en realidad, se hace referencia a elementos de juicio radicalmente distintos.

Un final… ¿misterioso?

“El juicio contra el Hombre-Lobo dura aproximadamente un año, tras el cual, el 6 de abril de 1853 se emite una sentencia de muerte por el juez de Allariz, que lo condena a garrote vil y a una indemnización de 1000 reales por cada víctima, todo ello pese a que no se hallaron los cuerpos de algunas víctimas, y otras se supo que habían sido asesinadas por lobos auténticos”[4].

Sin embargo, la pena no se cumplió. La reina Isabel II recibió una carta, firmada por un tal profesor Philips que se decía hipnólogo y cuya figura estuvo mucho tiempo sin identificar con exactitud[5]. La tal misiva solicitaba que la sentencia fuera aplazada para que pudiera estudiar personalmente el caso del lobisome. Esta misiva reforzó la postura de la defensa, que solicitó a su vez una revisión del caso alegando un déficit de datos clínicos acerca de su defendido. Ante la duda –hubiera sido desastroso ejecutar a un demente ante la opinión pública internacional- la reina revocó la sentencia de muerte en julio de 1853, conmutándola por la de cadena perpetua[6].

Pero la historia del Hombre-Lobo Gallego goza de un final ominoso y extraño. Tras la conmutación de la pena sus andanzas y su protagonismo mediático pasaron a un funesto olvido de suerte que se desconoce qué fue de él hasta el fin de sus días ignorándose, incluso, si llegó a cumplir mucho tiempo de su condena. En efecto: nunca se ha sabido con exactitud qué pasó con Manuel Blanco Romasanta después de todo aquello y, muy probablemente, el destino final del buhonero asesino continuará en el ámbito de la incógnita para siempre. Se ha llegado a publicar que falleció en prisión apenas un mes después de la conmutación de la sentencia, pero lo cierto es que no existe constancia documental de ello[7].

La peculiar historia criminal de Romasanta ha dado buen juego en el seno de la cultural popular patria, inspirando novelas y películas –de categoría artística dispar, sin duda-, pero hora va siendo de terminar, y este es tema para otra ocasión.


[1] Ya en Francia, en fecha tan temprana como 1598, un mendigo llamado Jacques Roulet fue juzgado en Angers acusado de hombre-lobo. Roulet había asesinado y devorado al menos a un muchacho, pero en aquel caso, el jurado mostró una compasión insólita en la época: estimo que el reo era un enfermo mental y tan sólo se le sentenció a reclusión en una institución asistencial [Farson, D. (1976). Vampiros, hombres lobo y aparecidos. Barcelona: Noguer].

[2] Explicó el reo que el 25 de junio de ese año se encontraba en la montaña de Couso. Allí se encontró con dos lobos grandes y que, de pronto, se sintió preso de convulsiones y se transformó él mismo en lobo. Dijo permanecer con ellos cinco días en tal estado hasta que, finalmente, retornó a su forma humana. Aquellos lobos tampoco eran tales pues también se hicieron hombres junto a él. Blanco Romasanta dijo que se trataba de dos individuos valencianos llamados Antonio y don Genaro, quienes sufrían una maldición idéntica a la suya [Berbell, C. y Ortega, S. (2003)  Psicópatas criminales. Madrid: La Esfera de los Libros].

[3] C-8938 (Legajo 1852). A.H.P. Ourense [copia de: “Causa 1788, del hombre-lobo”, 1852, Archivo Histórico del Reino de Galicia]. El informe lo firmaron el médico de Alláriz José Lorenzo Suárez, y los licenciados Demetrio Aldemira, Vicente María Feijoo Montenegro y Manuel María Cid, así como los cirujanos Manuel Bouzas y Manuel González.

[4] Simón Lorda, D. y Flórez Menendez, G. (2004). El hombre lobo de Allariz (Ourense), 1853: Una visión desde la psiquiatría actual. Anuario Revista Gallega de Psiquiatría y Neurociencias, 8, 104-115.

[5] “El Dr. Philips era con mucha probabilidad el médico francés Joseph-Pierre Durand de Gros (1826-1900), exiliado a Gran Bretaña durante un tiempo y que a su vuelta a suelo francés firmó con el seudónimo de Dr. Phillips. Junto con Azam, Brown-Séquard, Demarquay, Girard-Teulon…. formó parte del movimiento que propició la incorporación y asimilación del braidismo en Francia” [Simón Lorda y Flórez Menéndez, 2004, op. cit.].

[6] Tampoco tiene nada de particular. En España, pese a encontrarse en vigor la pena de muerte desde tiempos inmemoriales, se llegaba a ejecutar a muy pocos reos y la concesión de indultos era norma habitual. Entre otras cosas porque se pensaba con buen criterio que las ejecuciones públicas contravenían el orden público y generaban efectos desmoralizadores entre la población. A tal punto llegó la cosa que se hicieron habituales las protestas de los verdugos que, al cobrar por ejecución –más dietas-, solían quejarse de que se mataba a tan poca gente que el cargo no les daba para comer [Pérez-Fernández, F. (2013). La figura institucional del verdugo como espejo público (siglos XVIII-XX). El ejecutor de sentencias y sus variantes psicológicas. Revista de Historia de la Psicología 34(3), 57-80].

[7] Dominguez González, J. y Blanco, L. (1991). O home do unto (Blanco Romasanta, historia real de una leyenda). Ourense: Diputación Provincial de Ourense.

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El sonido furioso

Parental Advisory

No tardaron supuestos humanistas, sociólogos, criminólogos, psicólogos, psiquiatras, legos, profanos y etcétera, en presumir que el rock era una de las grandes fuentes de la delincuencia juvenil, porque siempre hay que inventarse una. De hecho, cada tiempo ha tenido la suya. Del mismo modo que el cine o los seriales radiofónicos habían sido criticados por su “inmoralidad” hasta la extenuación para ser repentinamente reemplazados por el “peligro” del comic, a partir de las décadas de 1950 y 1960 le tocó al rock el turno de convertirse en amenaza psicosocial. Igual que ahora lo son los videojuegos o el rol, mañana lo será la “realidad virtual” y dentro de cincuenta años lo serán los androides –si es que por fin llegan a ser lo que nos han prometido-. Al fin y al cabo el rock tenía madera de escándalo. También utilizaba muy a menudo como fuentes de inspiración, junto con el sexo y las drogas, otros elementos nos menos perturbadores como las vidas de asesinos, la prostitución, las mafias, la experiencia del presidio, la delincuencia o la protesta descarnada contra los elementos más criticables del mundo adulto.

Montemos una comisión

No tardaron en aparecer, en un émulo perfecto de lo que ha venido ocurriendo con todas y cada una de las manifestaciones de la cultura popular a lo largo de la historia, por todas partes, los consabidos “paneles de expertos” –horror- y las comisiones –terror- destinadas al control de la radiodifusión de contenidos pretendidamente peligrosos. En realidad, y como corresponde siempre al caso, poco más que pandillas de moralistas, conservadores y vendedores de cháchara pseudo-científica en busca de respuestas de recetario que, superados por el signo de los tiempos, en el fondo, reconocen con tanta algarada su incapacidad para detectar los verdaderos problemas socioculturales, y encontrar auténticas respuestas. Total, para qué molestarse en analizar y comprender cuando se puede criminalizar a un espantajo.

Probablemente, el más reciente y sonado de estos paneles sea el que fundara junto a las esposas de varios congresistas y senadores estadounidenses la controvertida –y pretendidamente progresista, al dato- esposa de Al Gore, Tipper Gore, durante 1985. Denominado Parents Music Resource Center (PMRC), este organismo pretendía informar a los padres sobre las “modas alarmantes” que se imponían en la música popular. Sus componentes, apoyados en datos recabados aleatoriamente y de inexistente calidad científica, aseguraban que el rock glorificaba la violencia, el consumo de drogas, el suicidio y las actividades criminales, entre otras muchas cosas terribles y tremendas que iban a terminar con la civilización occidental. Como si para ello no bastaran los silos de misiles que el gobierno estadounidense tiene repartidos por medio mundo. Sea como fuere, proponía la censura directa, o bien la catalogación de la música por edades.

Tipper Gore
Tipper Gore junto a una de sus señoreadas amigas de la PMRC. Esta gente de buen corazón, por lo que parece, nos iba a salvar de nosotros mismos.

Lo cierto es que las actividades del PMRC alcanzaron tal popularidad que la industria musical decidió, como ya ocurriera con anterioridad en los casos del cine o del cómic, sucumbir a la autocensura antes que correr el riesgo de someterse a una regulación externa. El resultado fue la famosa etiqueta de Parental Advisory -¿les suena?- en todos aquellos discos cuyos contenidos pudieran considerarse controvertidos o arriesgados para los oyentes más jóvenes. El célebre músico Frank Zappa lo tuvo claro apenas se comunicó la medida: “la industria discográfica actúa como un hatajo de cobardes. Teme mortalmente a la derecha fundamentalista y le echa un hueso con la esperanza de que no siga adelante. Pero este programa de la etiqueta sólo sentará un precedente, y querrán más”[1]. Apenas dos años después, en 1987, aparecería un organismo opositor al PMRC muy activo, Parents For Rock & Rap (PFRR), que defendía la libertad de expresión y el respeto a la primera enmienda. Una nueva reedición del viejo debate democrático: ¿se debe limitar un derecho fundamental? ¿Cuánto? ¿Cómo? ¿Con qué criterio? ¿Por qué?

Frank Zappa PMRC
Y este es nada menos que Frank Zappa dejando muy clara su opinión a las señoras de antes.

Incluso la cuna del rock europeo, Gran Bretaña, un país en el que este asunto nunca fue tomado demasiado en serio, habría de sucumbir más pronto que tarde a la nueva corriente censora con el discurrir de los años. Así, se pasó de la sorpresa cuando un tal Bill Haley, desconocido por los adultos, fuera recibido como un auténtico héroe durante su gira británica de 1957, al rechazo más absoluto cuando la gente comenzó a romper los asientos de los teatros durante sus conciertos, pues como es lógico querían bailar al son de una música concebida para tal fin. El rock, al final, parecía poco más que una fuente de vándalos, de problemas y de escándalos.

Unos tiritos… Y al tajo

En nada ayudó al buen nombre del rock su constante y abusiva relación con las drogas y el alcohol. De hecho, la correlación entre el estilo de vida del rockstar de turno y el consumo de drogas ha sido a menudo tan reiterativa y difundida por los medios que a muchas personas les resulta difícil imaginar a un intérprete que no consuma sustancias prohibidas y, por simpatía, a menudo estima que el mero hecho de ser aficionado al rock es motivo más que suficiente para estar expuesto a la tentación de consumirlas.

Ciertamente, algunas de las más rutilantes y recordadas estrellas del rock –y otros mucho menos famosos, pero también menos ruidosos- han muerto a causa de las drogas o los excesos con la bebida. Phil Lynott, por ejemplo, líder de la banda irlandesa Thin Lizzy, realizó famosas canciones autobiográficas sobre la materia llegando incluso a escribir un tema premonitorio, Got to give it up. En esta canción, que abre el álbum Black Rose: A Rock Legend (1979), se hacía eco de las dificultades permanentes con el alcohol y las drogas que al fin acabaron por llevarle a la tumba: “Decidles a mi padre y a mi madre / que su hermoso hijo no llegó lejos. / Lo hizo hasta el final de una botella / sentado en un bar mugriento. / Lo intentó con ganas / pero se rompió su espíritu”.

Phil Lynott
Phil Lynott

La relación entre los psicotrópicos, el alcohol, y las diferentes modalidades artístico-literarias e incluso místicas, es larga y puede rastrearse hasta la misma noche de los tiempos, siendo un fenómeno transcultural. No obstante, el gran estallido popular se produjo entre la bohemia decimonónica y no tardó en extenderse, por supuesto, también entre los músicos. Y se trata de una relación incluso coherente con la naturaleza del negocio artístico tal y como fuera concebido durante el siglo XIX, y las condiciones de precariedad en las que muy a menudo se desarrolla. El mundo del artista musical popular, que en contadas ocasiones es una estrella que puede permitirse el lujo de obrar como le apetezca, es el de un artista enfrentado a horarios imposibles, interminables horas de trabajo y un público que se está divirtiendo por lo que siempre quiere más y mejor. Algo a menudo muy complicado de sobrellevar sin “ayudas”. Por otra parte, las drogas y el alcohol tienen el problema de que una vez que se comienza a emplearlas es difícil detenerse y, por lo general, conducen a nuevas modalidades de consumo, e incluso a la falacia del falso control que el consumidor desarrolla sobre las sustancias, lo cual establece tremendos círculos viciosos que muy a menudo concluyen en desastre.

Black Rose

La idea de la autodestrucción como excusa para los policonsumos no es más que un mito inventado por los fans –e incluso por la propia prensa y la industria discográfica-, diseñado para justificar honorablemente la muerte, el ocaso o el fracaso de sus ídolos. En realidad, el consumo de drogas es, en general, poco más que un elemento más del trabajo propiamente dicho. Así lo expresó J.J. Cale en Cocaine, una canción compuesta para Trobadour (1976), que luego se haría mundialmente famosa al ser versionada por Eric Clapton: “Cuando el día ha terminado y quieres correr / Cocaína. / Ella no miente, no miente, no miente… / Cocaína”. De hecho, no es raro que la idea del artista de rock como genio atormentado y desquiciado que sufre indeciblemente y que debe recurrir a las drogas como escapatoria sea hoy, como lo fue en su día, poco más que una treta comercial, una pose ideada para obtener una mayor credibilidad pública que, de hecho, muchos artistas ni necesitan. A ello se refería un sobrio Chris Rea cuando comentaba, refiriéndose a la popularísima Madonna, que ambos estaban en negocios muy diferentes.

En 1997, nada menos que la Organización de Naciones Unidas (ONU) se sumó al coro de los críticos más recalcitrantes e intentó inducir a los gobiernos nacionales a convertir las referencias a las drogas, el alcohol y el consumo de estupefacientes en el seno de la música popular contemporánea, en un delito. El polémico informe emitido por la ONU hablaba de las tácitas y constantes referencias a este asunto en el rock podrían ser contempladas como simple apología de las drogas e invitación a su consumo. El hecho es que, sin hacer notar que seguramente los sesudos “expertos” de la ONU deben tener con toda probabilidad cientos de cosas mejores en las que ocupar sus recursos que en criminalizar al rock achacándole la existencia de un negocio que no ha inventado, no es menos verdad que, de haber tenido un éxito que afortunadamente no tuvo, esta medida hubiera supuesto la defenestración total de un cauce de expresión estética, así como de una vía para la crítica cultural y la protesta sociopolítica con una capacidad de convocatoria de un alcance sin precedentes históricos conocidos. Quizá este silenciamiento fuera, en el fondo, lo pretendido.

Trobadour

Una buena foto

Otro de los motivos que han conducido a la idea del rock como fuente de conductas criminógenas ha sido su tendencia intrínseca a escandalizar. Algo que fue instaurado como norma habitual del negocio a partir de 1970 por las propias discográficas y promotores como elemento destinado a mantener el interés entre unas audiencias que empezaban a llegar al agotamiento tras el empuje comercial de los primeros años. Al fin y al cabo, la expansiva década de 1960 había mermado mucho la capacidad creativa en los planos artístico y contracultural del rock, y era el momento de introducir nuevas variables para asegurar la existencia del mercado. El escándalo como marketing, como un elemento más del espectáculo. En un momento en el que los espectadores empezaban a estar de vuelta, era necesario ofrecerles emociones más fuertes e intensas trufadas de sonidos diferentes y más elaborados. Y los artistas, a decir verdad, estuvieron muy dispuestos a realizar grandes y constantes esfuerzos por superarse: escenarios cada vez más grandes, juegos de luces más aparatosos, volumen más elevado, histrionismo más acentuado, escándalos más jugosos…

Frank Zappa, maestro de muchos interpretes posteriores en materia de espectáculo y planificación visual, se convirtió en un experto en el arte de escandalizar con sus números de una morbosidad y exceso tan efectistas como bien calculados. El público de Zappa, acostumbrado a su proverbial nihilismo, llegó a ser el más duro y complejo de cuantos pudiera enfrentar un artista por la sencilla razón de que, más allá de la incuestionable calidad como músico de su ídolo, estaba tan acostumbrado a tal cantidad de dislates, excesos y excentricidades que resultaba prácticamente imposible mantener el nivel y satisfacer las expectativas para cualquier otro. Todo cuanto rodeaba los conciertos de Zappa llegó a ser muy absurdo. Y el propio artista explicó que su camino hacia el exceso comenzó por pura casualidad: en una actuación alguien de la banda se había presentado, bromeando, con una muñeca hinchable, y él decidió sacar partido a la eventualidad. Invitó a unos chavales a subir al escenario y les entregó la dichosa muñeca. “Aquí tenéis una chavala asiática –les dijo-. Mostradnos lo que hacemos con ellas en Vietnam”. Los aguerridos mozos, como era esperable, se entregaron a una auténtica apoteosis de salvajismo que hizo las delicias del respetable. El éxito motivó a Zappa a seguir en adelante con aquellos números a los que denominaba eufemísticamente “ayudas visuales”.

Sea como fuere, el ejemplo de Zappa nos permite entender las razones por las que gente como The Who, KISS, Sex Pistols, Black Sabbath y muchos otros se lanzaron a su particular carrera de excesos, pastiches de satanismo, caras pintadas, vestuarios de fantasía, fuegos de artificio y extremismo: simplemente funcionaba en las salas de conciertos y en las tiendas de discos. El caso concreto de KISS, por lo demás, es paradigmático de hasta donde se puede llegar con una buena puesta en escena, en la misma medida que los personajes histriónicos que hicieron de sí mismos les auparon hasta protagonizar programas de televisión, películas de cine –bastante malas, por cierto- e incluso sus propios cómics.

Kiss
Los KISS demostrando al personal cómo se monta un buen número.

La manifestación más directa de este amor por lo excesivo se transfiguró en la denominada “furia viajera”, una expresión aséptica destinada a explicar lo que en realidad eran las enormes excentricidades que grupos e intérpretes cometían durante las giras, fuera de los escenarios, en el espacio entre un concierto y el siguiente. Destrozos en los hoteles, fiestas salvajes, consumo desmesurado de drogas, vicios de toda suerte… Cualquier cosa llegó a parecer poco en una carrera desenfrenada por superar las barbaridades de la gira anterior o de la banda competidora. El origen de estas conductas disparatadas no solo se encuentra en el alcohol o las drogas. El tedio que conlleva una gira larga y rutinaria, repleta de horas de soledad, rodeado permanentemente de los mismos rostros, con muchas emociones reprimidas y la presión de agotadoras actuaciones, terminaba resultando muy frustrante. No olvidemos que en su afán por llegar a la mayor cantidad de gente en el menor tiempo posible, las dichosas giras consisten en cubrir ingentes cantidades de kilómetros en poco tiempo, con calendarios muy rigurosos, a un ritmo agotador, teniendo que dar el ciento por ciento un día tras otro. Esto explica los accidentes en los que muchos artistas han perdido la vida de forma trágica. Vivir deprisa, vivir al límite: “Y él era demasiado viejo el rock ’n’ roll / pero demasiado joven para morir –cantaban Jethro Tull en 1976- No, nunca eres demasiado viejo / para el rock ‘n’ roll / si eres demasiado joven para morir”.

Too Old to Rock and Roll

Haz como tus ídolos

Los fans más enajenados, inevitablemente, tienden a perder los papeles y pretenden imitar las extravagancias de sus ídolos mucho más allá de lo que sería razonable. Incluso puede que, impulsados por sus propios demonios, se sientan inspirados por ellos a hacer cosas que nadie les pide ni pretende que hagan. Hay quien quiere ver en estas actitudes un efecto motivacional del rock hacia el crimen, las conductas autodestructivas, el suicidio y el delito cuando, en realidad y por fortuna, no sólo ocurren mucho más raramente de lo que se suele creer, sino que además suelen ser el resultado de personalidades inestables y/o sugestionables, de situaciones personales indeseables, o de la coincidencia de ambas cosas.

El primer episodio de fans descontrolados del que se tiene noticia se produjo en los mismos orígenes del rock como modelo musical, el 21 de marzo de 1952, en Cleveland (Ohio), y no fue precisamente la música –o su contenido- la culpable del desaguisado: unos promotores excesivamente avariciosos habían vendido hasta dos entradas por cada asiento, el sonido era pésimo y varios de los asistentes fueron aceptados en el recinto pese a estar completamente borrachos. Finalmente, a causa de una reyerta motivada por las pésimas condiciones, el concierto tuvo que ser suspendido, hubo cinco detenidos y varios heridos por arma blanca. Es obvio que la culpa no fue del rock, pero la prensa de la época no lo entendió de este modo. Lo mismo le ocurrió, como ya dijimos, al pobre Bill Haley durante su gira europea de 1957. Así por ejemplo, durante su actuación en Berlín, por motivos que aún se desconocen, se produjo una batalla campal que se saldó con varios heridos tras una brutal carga policial. Y luego, claro está, vino esa euforia desatada, excéntrica y antiestética de la beatlemanía… O la stonemanía, que se hizo especialmente odiosa tras el crimen cometido durante la actuación de los Rolling el 6 de diciembre de 1969 en Altamont. En el transcurso de la misma un joven negro, Meredith Hunter, fue golpeado hasta la muerte por miembros de la conocida banda motera Los Ángeles del Infierno. Lo irónico del caso es que en ese preciso momento los Stones estaban interpretando uno de sus grandes clásicos: Sympathy for The Devil.

Rolling Altamont
Los Rolling Stones en Altamont (1969).

Luego vinieron otros eventos, siempre puntuales, que han ayudado a sus detractores a apuntalar desde lo anecdótico la leyenda negra del rock. Así por ejemplo, el conocido disparate de la Familia Manson, quienes en el colmo del absurdo se dijeron inspirados por los mensajes subliminales de las canciones de los Beatles –concretamente en su tema Helter Skelter[2]… Y más: en 1974 un muchacho de Calgary (Canadá) se ahorcó con tan solo trece años al intentar imitar el clímax de un concierto de Alice Cooper; en 1978 otro sujeto de Baltimore sufrió graves quemaduras al intentar imitar el número de escupe-fuego que realiza en sus conciertos el bajista de KISS -Gene Simmons-; unos jóvenes se suicidaron durante la escucha de la canción Better by You, Better Than Me de los Judas Priest, lo cual sirvió para que un muy imaginativo fiscal –que perdió el caso, claro- los acusara de haber introducido en el disco mensajes subliminales instigando al suicidio; o bien los disturbios que, en 1979, culminaron con la muerte de once fans de The Who en Cincinatti (Ohio) a causa de una estampida. Evento éste, por cierto, considerado aún como el mayor desastre de la historia acaecido en un concierto rock. Incluso el propio John Lennon, en 1980, terminó por convertirse en víctima de su éxito al ser asesinado en Nueva York, a la misma puerta del edificio Dakota -en el que vivía-, por un iluminado llamado Mark David Chapman.

Situaciones que, en general, pueden encontrarse históricamente, por doquier, en el seno de cualquier fenómeno sociocultural de masas y que, en realidad, guardan escasa relación con el contenido mismo del rock. Ese maravilloso sonido furioso.

Lennon Yoko Dakota
Lennon y Yoko Ono posan ante el neoyorkino edificio Dakota.

[1] Goldstein, P. (1985, 25 Aug). Parents Warn: Take the Sex and Shock Out of Rock. Los Angeles Times.

[2] Disparate en todos los sentidos del término y en todas las direcciones imaginables. El caso de Manson comenzó en la ideología –bien regada de drogas y alcohol- pervertida y delirante de un chorizo del montón, continúo con un tratamiento jurídico y mediático rayano en el más completo absurdo y terminó convirtiendo a un hombre que físicamente no mató a nadie en un ejemplo paradigmático de “asesino en serie”. De locos.

El terror… ¿oculto?

Chase (Ficha Policial Reno Nevada, 1977)

Sacramento, capital del estado de California vio la luz de Richard –Rick- Trenton Chase el día 23 de mayo de 1950. No era un día especial y, de hecho, la fecha no aparece subrayada en calendario alguno de efemérides. Tampoco era un crío singular. Nada hacía pensar que acababa de nacer alguien que, por su excéntrica brutalidad, sería uno de los criminales más recordados de la historia de los Estados Unidos. Y sin embargo, podemos afirmar que su caso es el perfecto ejemplo de lo que puede llegar a suceder cuando todo el sistema que debe velar y supervisar el bienestar y la salud públicas, en un efecto dominó, se derrumba alrededor del sujeto al que precisamente debe controlar y reconducir. Una de esas maravillosas y banales historias que se gestan ante la mirada pública, ante un montón de gente que mira pero no ve, y que tras la consumación del desastre concluyen con el consabido “¿y quién iba a pensarlo?”.

De poco ayudó a Chase ser un niño hipersensible y neurótico sometido a un terrible estrés familiar, pues desde que tuvo conciencia vivió en medio de las constantes peleas de sus progenitores. Su padre, alcohólico y estricto, era un maltratador. Su madre, inestable psicológicamente desde la adolescencia, estaba obsesionada con la idea de que su marido quería envenenarla. El pequeño Richard vivió en medio de esta vorágine de gritos, peleas, golpes –de los que parece recibió una buena porción por ambas partes- y reproches durante diez años, hasta que se produjo el inevitable divorcio. Ambos reconstruirían sus vidas y seguirían ocupándose del pequeño Rick, pero el daño ya estaba hecho y aquel entorno terrible había destruido la frágil psique en construcción del niño[1].

A estas alturas Richard mostraba un cuadro consistente de problemas psicológicos severos: tendencias psicóticas, apatía, agresividad… Tenía constantes terrores nocturnos y sufrió de incontinencia urinaria hasta, al menos, los ocho años. Su único consuelo fue el de escribir un diario, tarea en la que se mostraría extremadamente meticuloso durante mucho tiempo… A la par que adquirió la costumbre de maltratar animales como forma de violencia disociada que, al parecer, era lo único que lograba relajar sus tensiones internas.

Chase (instituto)
Chase en el anuario del High-School.

Su cociente intelectual –dicen que 95- estaba en la media y ello le dio para terminar la educación secundaria, cierto que con más pena que gloria. Durante la adolescencia intentó normalizar su vida, relacionarse con chicas –llegó incluso a tener un par de novias-, pero todas sus relaciones con el sexo opuesto concluían en fracaso a causa de sus conflictos irresueltos, cuyas manifestaciones últimas se desplazaron hacia la sexualidad. Era impotente y rara vez conseguía una erección razonable, por lo que su autoestima se devaluaba progresivamente. Tampoco tenía amigos cercanos o mantenía relaciones cercanas con familiares[2]. Chase, puede que inducido por sus abusivos progenitores, intentó abordar el problema con normalidad y empezó a acudir a la consulta de un psiquiatra, pero abandonó la terapia, lo cual nada tiene de particular pues la adherencia a los tratamientos es uno de los grandes problemas en el ámbito de la salud mental. Para agravar las cosas, con quince años ya era un bebedor compulsivo y solía consumir drogas –marihuana, LSD- regularmente. No en vano, su primera condena, menor, sería por posesión de sustancias prohibidas. El hecho es que Chase advirtió pronto que todos sus intentos por conducirse como el resto de personas fracasaban porque, sencillamente, algo no marchaba en su cabeza. No era como los demás.

Se convenció de sus “diferencias” –lo cual se convirtió en constante fuente añadida de tormentos psicológicos- al intentar entrar en el mercado laboral. Su conducta era tan errática y falta de control que, tarde o temprano, terminaba siendo despedido. Así, a partir de 1969, se sucedió un rosario interminable de empleos de días, semanas a lo sumo. Incluso intentó probar suerte con los estudios universitarios, pero tenía lagunas de concentración severas y era incapaz de soportar la presión de los exámenes, con lo cual también abandonó al poco tiempo. La vida de Chase, como suele ocurrir con la de muchas personas con problemas mentales que no encuentran la pertinente ayuda externa, se convirtió inexorablemente en un rosario enfermizo de fracasos y renuncias.

Luchar por la normalidad

Si algo sorprende en el caso de Richard Trenton Chase es que tardó mucho tiempo en rendirse por completo a sus delirios. Es más, incluso hizo todo lo posible por vencerlos e integrarse, pese a no hacer otra cosa que acumular fracasos que ahondaron en su deterioro. Su última intentona antes de deslizarse por la pendiente de la locura tuvo lugar cuando contaba veintiún años. Decidió buscar la independencia compartiendo piso con unos amigos y ello, contrariamente a lo que cabría suponer, degeneró en el más completo desastre, pues en un afán por seguir la corriente se pasaba el tiempo consumiendo drogas, hecho contraproducente que motivó una rápida devaluación de su precario estado hasta consolidar su paranoidismo: tras obsesionarse con la idea de que una organización criminal trataba de acabar con él, creyó que sus compañeros de piso eran agentes a sueldo de dicha organización y, para protegerse, clavó la puerta de su habitación, que convirtió en una fortaleza. Entraba y salía de ella por un agujero practicado en el fondo de un armario empotrado. Dormía poco. Vivía aterrorizado. Montaba guardias… Sus diarios de este periodo, el de su primer brote psicótico reconocido, son testimonio del más absoluto pánico.

En 1972 fue arrestado de nuevo por conducir borracho. Retornar a una comisaría le asustó tanto que dejó de beber para tornarse completamente abstemio. Meses después, durante una fiesta, Rick intentaría manosear a una chica y se inició entonces una pelea que concluyó cuando, de nadie sabe dónde, Chase sacó una pistola del calibre 22. Tras ser reducido hasta la llegada de la policía por algunos invitados, y dado que no hubo heridos, se le incautó el arma y se le impuso una fianza de cincuenta dólares que abonaron sus progenitores. A partir de este momento, por temporadas, fue viviendo con el padre o con la madre. Sin empleo fijo. A salto de mata. Cada vez más desquiciado, lo cual complicaba enormemente la convivencia.

Chase (Funda pistola)
Chase, a quien ya se ve en la foto en un importante estado de degradación, posa engalanado con la funda de una de sus muy queridas armas.

De hecho, su manera de auto-castigarse por el incidente de la fiesta fue afeitarse la cabeza, evento que tuvo efectos ulteriores devastadores en la medida que marcó el inicio de toda suerte de percepciones alteradas del yo: dismorfobias, e hipocondrías. Se presentó en al médico muy asustado, explicando que su cráneo se estaba deformando poco a poco y que, por todo el cuerpo, los bordes de los huesos le agujereaban la piel. También dijo sentir que se moría porque alguien le había extraído la arteria pulmonar y su sangre no circulaba adecuadamente. Cabe imaginarse la cara del galeno cuando Rick le explicó que, a fin de paliar los síntomas descritos, se inyectaba sangre de conejo en las venas… Tras 72 horas de observación en un centro psiquiátrico, y contra la opinión de algún especialista que le consideraba inestable y peligroso, Chase retornó a casa bajo promesa de que se sometería al pertinente tratamiento. Y es que se ha produjo una diversidad de criterio diagnóstico. Entretanto unos profesionales están convencidos de que su esquizofrenia paranoide se debía a causaciones orgánicas, otros estimaron que era resultado de su adicción a las drogas, por lo que manteniendo su policonsumo bajo control, mejoraría de manera inmediata. Finalmente se impuso el criterio de los segundos y, toda vez que Rick ha sido estabilizado y medicado, encontrándose bajo supervisión materna, se pensó que todo habría sido reconducido. Y en este punto hemos de realizar una consideración que ha de quedar muy clara: los esquizofrénicos son pacientes que raramente se torna violentos y, en realidad, lo común es se hagan daño a sí mismos antes que a un tercero, al punto de que un elevado porcentaje de ellos termina suicidándose. Muy raros son los casos en los que ocurre otra cosa y, como estamos viendo en el caso de Chase, aun estos se deben antes a la inobservancia y el descontrol sobre el paciente que a sus propias motivaciones. De hecho, y como podemos comprobar en el caso que nos ocupa, Rick estuvo lanzando durante años, mucho antes de degenerar hacia el crimen, multitud de mensajes que simplemente se ignoraron de manera sistemática.

El hecho es que la vida familiar se complicará de manera progresiva en la medida que Rick, que pasa muchas horas solo -acompañado únicamente por sus delirios- en el apartamento que le financiaban sus padres, se obsesionó con la idea de que su madre le estaba envenenando lentamente a fin de librarse de la carga que suponía para ella. Obsérvese el singular parecido de este reproche de Richard con el que su propia madre realizaba a su padre años atrás… Así, alejado de cualquier forma de control Rick deja de tomar la medicación prescrita y su conducta comienza a empeorar de nuevo. Los delirios se recrudecen. Cabe preguntarse si Richard Trenton Chase hubiera terminado donde terminó si el sistema de protección hubiera sido consecuente con su patología, en lugar de desplomarse sin solución de continuidad a su alrededor.

Chase (Casa)
Entrada a la vivienda que Richard Trenton Chase.

Nace el vampiro

Rick se convenció de que su sangre se estaba convirtiendo en polvo y de que necesitaba contrarrestar los efectos de esta dolencia ingiriendo sangre fresca. Compró entonces varios conejos y, nuevamente, se inyectó y bebió su sangre. Por otra parte, adquirió la costumbre de tragarse las vísceras de los animales crudas, preparándose singulares “batidos” con la ayuda de una licuadora. Creyó que así evitaría que su corazón se contrajera hasta desaparecer.

Lógicamente, estas prácticas insalubres y antihigiénicas motivaron no solo que su vivienda se convirtiera en un autentico estercolero, sino también que cayera enfermo. Los médicos, tras escuchar sus relatos y percatarse de su obsesión por consumir sangre, lo internaron de nuevo diagnosticándole de esquizofrenia paranoide. Otra vez en la institución mental, Chase comienza a emular al Renfield de la novela de Bram Stoker, de modo que cazaba pájaros a los que arrancaba la cabeza a mordiscos para beberse su sangre. Al mismo tiempo, en sus sempiternos diarios, describirá con todo lujo de detalles estas prácticas y realizará pormenorizadas descripciones del sabor de la sangre en diferentes contextos y circunstancias. Estas conductas no van a más, pero tampoco mejoran. Pese a todo, y dado que no se muestra agresivo, en 1977 Richard Trenton Chase es puesto de nuevo en libertad bajo condición de que ha de pasar una revisión psiquiátrica anual. Surge un nuevo desacuerdo médico. Los psiquiatras más conservadores estiman que Rick es peligroso y se debe ser cauto, pero de nuevo se impone el criterio de los que son partidarios de tratar de reintegrarle a la vida normal. El sistema seguía haciendo aguas a su alrededor.

En constante evolución, comenzó de inmediato a secuestrar perros y gatos a los que decapitaba, descuartizaba y desangraba. Luego bebía su sangre mezclada con Coca Cola y guardaba los collares de los animales, con los que empezó a conformar una macabra colección. El efecto escalada tópico en estas patologías cuando no se reducen estaba servido y no tardó en pasar a presas mayores: deambulaba por los campos en busca de vacas, ovejas, a las que atacaba para beber su sangre. Llegó incluso a ser detenido por unos agentes de la policía india, en el interior de una reserva. Estos descubren un rifle junto a un montón de ropa y un cubo repleto de una mezcla pastosa de sangre e hígado. Siguen la pista al inopinado hallazgo y cabe imaginar su estupefacción cuando, prismáticos en mano, observan una escena absurda, propia de una novela de terror barata: un hombre desnudo, cubierto de sangre, sin duda el propietario de los objetos que acaban de encontrar, corretea por el campo como si se tratara de un demonio de cuento. Chase es detenido de inmediato, pero el sistema, en lo que ya parece un completo teatro del absurdo, sigue fallando: cuando lo lógico hubiera sido certificar su historial y devolverlo al psiquiátrico, los agentes lo ponen en libertad toda vez que comprueban que la sangre del cubo era de de oveja, y que la que cubría su cuerpo pertenecía a una vaca a la que había descuartizado.

Será entonces su padre quien haga un último intento de acercarse a él. Pasan los fines de semana juntos, le compra regalos, hacen excursiones… Todo es inútil. Rick ya ha perdido la razón y no sale de esa perversa obsesión con el deterioro progresivo de su organismo. A ésta, por cierto, irá añadiendo otras ideas recurrentes colaterales como las visitas de seres extraterrestres, las abducciones, los OVNI. La madeja que se teje en su cabeza compone un delirio desbordante, creativo, espectacular. Sus conversaciones giran en torno a un supuesto grupo nazi que le persigue desde que estaba cursando la educación secundaria. Su demencia se torna extremadamente imaginativa en relación a sus dolencias imaginarias, llegando a convencerse de que, a causa de la falta perniciosa de sangre, su estómago se está pudriendo, su corazón disminuye de tamaño y sus órganos internos se desplazan en su interior. Cree, en suma, que se trata de una metamorfosis que terminará transformándole en un auténtico vampiro.

Así, hacia finales de 1977, Chase da la segunda muestra –tras el episodio de la reserva india- de haber perdido por completo el control: se presenta en casa de su madre para hacerle una visita sorpresa pero, incapaz de controlar sus impulsos, discute con ella, sale dando un portazo, encuentra al gato de la familia en el jardín y lo mata con sus propias manos. Entonces retorna y, creyendo que va a disculparse, su madre le abre la puerta. Rick lanzó el cadáver del animal al suelo y, en el mismo umbral, comenzó a destriparlo. De nuevo, nadie hizo nada. De hecho, la madre de Chase solo contó esta horrenda peripecia tiempo después, durante el juicio de su hijo. Una muestra más de que los terrores subsiguientes pudieron evitarse. No en vano, días después de este episodio, Chase fue a la perrera municipal con su furgoneta destartalada, adquirió dos perros por 15 dólares y los asesinó para beberse su sangre, como de costumbre.

Bomba de relojería

Rick todavía no ha hecho daño a persona alguna, pero el desarrollo de los acontecimientos prueba que solo es cuestión de tiempo que algo muy malo ocurra si nadie interviene. Y hubo más oportunidades. Así por ejemplo, un policía le descubrió robando gasolina para su furgoneta pero, creyendo que se las estaba viendo con un simple chiflado, le dejó ir. O, posteriormente, cuando encontró a un perro perdido y, tras torturarlo, lo mató, bebió su sangre y comió sus vísceras… Pero tras enterarse de que los dueños del animal ofrecían una recompensa por él, les telefoneó para contarles con todo detalle cómo mutiló y mató al animal. Chase había ascendido un nuevo peldaño en su escalada sádica.

Finales de 1977. Richard Trenton Chase va a una armería y, como si tal cosa, adquiere otro revólver del calibre 22. Sin problema alguno. Un enfermo mental diagnosticado accede a un arma de fuego con total tranquilidad. A todo esto, las funestas desapariciones de mascotas continúan en el vecindario hasta alcanzar proporciones epidémicas, pero la sangre de los animales ya no le satisface. Chase está siguiendo por los periódicos el serial angelino de los primos asesinos, Kenneth Bianchi y Angelo Buono, los célebres “Estranguladores de la Ladera”. El tema le provoca una fascinación morbosa. Guarda celosamente los recortes de prensa y los lee una y otra vez. Rick, en efecto, está metamorfoseándose por fin en el monstruo en el que siempre pensó que terminaría por convertirse. No hay delirio que no tenga un sentido perfectamente coherente para quien lo construye.

Angelo y Buono
Angelo Buono (izquierda) y Kenneth Bianchi (derecha). Los inopinados héroes de Richard Chase.

Por navidades su padre le regaló un llamativo anorak amarillo que ya no se quitaría nunca. Ni siquiera cuando empezó a practicar con su nueva pistola, disparando contra las viviendas vecinas. Algunos, al darse cuenta, como es el caso del matrimonio Phares, simplemente lo amonestan por su actitud incivilizada. Y listos. El mundo parece haberse vuelto tan loco alrededor de Chase como él mismo. En una de estas peculiares prácticas de tiro una de las balas penetra por la ventana de una cocina cuya propietaria –una tal Polenske- elude la muerte por milímetros, pues el proyectil le roza el cuero cabelludo provocándole una herida. Rick consigue desaparecer sin ser visto.

Fin de año. Richard Trenton Chase se siente preparado para poner en marcha sus planes desquiciados. El 28 de diciembre toma el revólver, sale a la calle, deambula al volante de su furgoneta y termina disparando sobre Ambrose Griffin, un hombre que regresa del supermercado con su esposa y simplemente pasa por allí. Las circunstancias son terribles en su banalidad, pues Griffin vivía frente de la casa del cachazudo matrimonio Phares. Entonces el Sacramento Bee publica la noticia… Y Rick ya tiene su primer recorte de prensa. Como Bianchi y Buono. Nadie sabe nada, nadie ha visto nada. Nada de nada. Tampoco sucede gran cosa cuando días después prende fuego a un granero para echar a unos adolescentes que, a su parecer, habían puesto la música a un volumen demasiado alto. A estas alturas la transformación de Richard Trenton Chase es completa, pues ha llegado a la terrible conclusión de que es un vampiro y de que, como corresponde a su naturaleza, debe cazar personas[3].

La metamorfosis se ha consumado. ¿Y quién lo iba a pensar?

23 de enero de 1978…

… En la mañana Chase intenta allanar una casa entrando por una de las ventanas, pero cuando va a introducirse en el interior se topa de narices con la propietaria y, sorprendido, vuelve sobre sus pasos y se queda sentando en el jardín, pasmado, como si no hubiera contando con semejante contingencia. La mujer llama a la policía, pero Rick se marcha antes de que lleguen los agentes. Opta entonces por introducirse en otra casa cualquiera, defeca en una cama, orina en los cajones de la ropa interior, sustrae algunos objetos… También es sorprendido en el trance, pero huye. El propietario le persigue, pero consigue darle esquinazo.

Acto seguido se dirige a un centro comercial cercano. Su aspecto es lamentable. Apesta, tiene sangre reseca alrededor de la boca, mirada perdida, camina desorientado. Reconoce en el aparcamiento a una antigua compañera de instituto, se acerca y le pregunta si iba subida en la misma motocicleta en la que se mató un viejo amigo común de la escuela. Esta tan cambiado que la mujer, perpleja, solo cae en la cuenta de quién es cuando se identifica y, asqueada, trata de eludirlo introduciéndose en una sucursal bancaria. Él, pertinaz, la espera en el exterior. Ella sale, corre hasta su automóvil, lo pone en marcha entretanto Chase pretende introducirse sin éxito por la puerta del copiloto. Finalmente, la mujer logra escabullirse. Pasan varios minutos hasta que, finalmente, Rick continua vagando sin rumbo fijo.

Chase (Terry Wallin)
Teresa -Terry- Wallin.

Se mete entonces en un jardín. Uno cualquiera. El propietario de la casa sale y le exige que abandone su propiedad. Rick alega que sólo está tomando un atajo, continua y penetra, unas decenas de metros más allá, en el jardín de otra casa. En este caso e trata de la modesta vivienda de Teresa Wallin, de 22 años, embarazada de tres meses, que en ese momento está sacando la basura. Nada más verla, Chase ya se ha decidido. Arma en mano la obliga a entrar. Allá, en el dormitorio, la desnuda y le dispara dos veces. Todavía vive cuando, entre alaridos, le abre el vientre con un cuchillo para arrancarle los intestinos y esparcirlos cuidadosamente por el suelo. Sigue apuñalándola hasta que la chica fallece. Luego le extirpa parte del hígado, el diafragma, un pulmón y los riñones, colocándolos ordenadamente encima de la cama. Posteriormente golpea varias veces el cuerpo sin vida, toma un vaso para  beberse la sangre de su víctima, mastica algunos trozos de vísceras, defeca sobre la boca y el vientre abierto del cadáver, y finalmente abandona la casa. Cuando las 18:30 horas, David Wallin, el esposo, regresa al hogar y se encuentra con la carnicería, llama a la policía. Nunca se ha visto un crimen semejante en Sacramento, una ciudad pequeña y tranquila cuya población, en 1978, rondaba los 350.000 habitantes. Por ello mismo, y ante el pánico que los detalles más escabrosos del asesinato podrían provocar en la comunidad, Ray Biondi, entonces teniente de policía de Sacramento, decide eludirlos en su comunicado de prensa. Acto seguido, aún perplejo, acude al enlace del FBI, Russ Vorpagel. El Bureau, tras procesar la muy preocupante solicitud de Vorpagel, envía a un entonces desconocido agente llamado Robert K. Ressler que es puesto inmediatamente al día.[4].

La perfilación criminal es todavía algo que genera controversia pero, muy profesional, Ressler estudia el escenario y los informes, y realiza un perfil del criminal rápido tan exacto que, como pudo comprobarse luego, coincidía a la perfección con las características físicas y psíquicas de Richard Trenton Chase:

“Hombre blanco de entre 25-27 años; delgado, apariencia desnutrida. Su residencia estará muy desordenada y sucia, y habrá en ella evidencias del crimen. Historial de trastornos mentales, y podría estar relacionado con el consumo de drogas. Seguramente solitario, sin relaciones con hombres o mujeres, probablemente pasa mucho tiempo encerrado en casa, donde además vive solo. Desempleado. Posiblemente recibe alguna clase de subsidio. Si reside con alguien, podría tratarse de sus padres; sin embargo, es improbable. No habrá registros militares; fracaso o abandono escolar. Probablemente sufre alguna forma de psicosis paranoide”[5].

Biondi y sus agentes, apoyados en el sobresaliente trabajo de Ressler, buscan al asesino, pero a pesar del singular historial de Rick, sus andanzas, desajustes y despropósitos, no consiguen encontrar en primera instancia a nadie que encaje con las características peculiares del perfil. Sin embargo, será cuestión de tiempo, pues solo cuatro días después la terrible sed volverá a apoderarse de Richard Trenton Chase, a quien los periódicos ya han bautizado, legendariamente, como El Vampiro de Sacramento.

Chase (Helen Myroth)
Evelyn Miroth.

El 27 de enero allanará otra casa elegida al azar para disparar, sin mediar palabra, contra sus habitantes. Mata de este modo a Evelyn Miroth, una divorciada de 36 años; a su hijo Jason, de 6; y a un amigo de la familia, Daniel Meredith, de 52. Luego lleva el cadáver de Evelyn a su dormitorio donde lo sodomiza. Como decíamos, los delirios tienen una fuerte lógica interna y, en el caso del vampirismo, tanto el canibalismo como la necrofilia operan como actividades fronterizas e incluso sustitutivas. No es extraño, por ello, que el cadáver de la víctima despertara el apetito sexual de Chase. Como en el caso de Terry Wallin, procederá meticulosamente a eviscerar el cuerpo de Evelyn, engullirá parte de sus órganos internos y beberá la sangre de la mujer en un vaso de cristal. ¿Suficiente? Pues no. Chase ya no tiene freno y además cuenta con tiempo de sobra. Por ello le parece una buena idea introducir el cadáver del niño en la bañera, romperle el cráneo y comenzar a devorar el cerebro. Como suena. Si el caso de Chase es tan célebre como singular se debe precisamente al inusitado festival de lo grotesco que rodea a sus crímenes. Acto seguido, defeca en el agua. Tampoco es raro que este tipo tan peculiar de criminal culmine sus actividades con toda suerte de elementos coprofílicos e incluso coprofágicos, parafilias también fronterizas con muchas manifestaciones necrófilas[6].

Llegados a este punto alguien llamó a la puerta y Chase se asustó, por lo que decidió marcharse por una ventana… El problema es que en la vivienda hay también un bebé de 22 meses, Michael, a quien el vampiro se lleva consigo. Una vez en el exterior se apropia de la camioneta del finado Daniel Meredith y escapa. Abandonará el vehículo con las llaves puestas a unas cuantas calles, justo donde lo encontraría la policía.  Acto seguido, ya en el hogar, Chase torturó al bebé durante un rato hasta que –así lo dijo- se aburrió. Tomó entonces un cuchillo y procedió a decapitarlo, bebió su sangre y consumió de nuevo parte del cerebro.

De repente, la memoria

El espanto que acabamos de relatar, perfectamente descrito por los medios de comunicación, aterroriza a una población atónita, que en su vida ha visto cosa parecida, pues recuérdese que el luego célebre cine “gore” es una creación bastante posterior y lo más fuerte que podía verse en una sala de cine estándar de la época no se acercaba ni remotamente a tal grado de explicitud. Sin duda, y esto era lo único en lo que cabía estar de acuerdo, aquellas aberraciones solo podían caber en la mente de un enajenado. Así pues, y como es de suponer, la presión sobre las Autoridades fue tremenda, al punto de que el caso alcanzaría bien pronto repercusión nacional. El archifamoso Vampiro es protagonista de debates tan acalorados como absurdos a la par que cosecha fans –aunque parezca sorprendente, aun se pueden conseguir camisetas con el rostro de Chase impreso-: había incluso idiotas, porque ya se sabe cómo funciona esto del minuto de gloria, que aseguraban que se trataba de un auténtico vampiro que, por lo tanto, debía ser comprendido antes que tratado como un criminal.

Las Autoridades ponen a decenas de agentes sobre la pista. Peinan las zonas aledañas al lugar en el que abandonó la camioneta de Meredith razonando, con buen criterio, que si la utilizó para huir pero la dejó tan cerca de la casa en la que había cometido el crimen, no debía vivir muy lejos… a todo esto Rick sigue la historia por la televisión, acumula recortes de prensa… y empieza a temer que se le capture. Por ello limita sus salidas vampíricas a lo estrictamente necesario: sale brevemente, dispara contra un perro en un club cercano, lo destroza, bebe sangre de animal y regresa apresuradamente a la seguridad del hogar. Pero la policía encuentra los restos y estrecha el cerco.

Así es que al fin aparece aquella compañera de la enseñanza secundaria a la que Richard Trenton Chase asedió en el centro comercial. Sospechando que pudiera ser él la persona a quien se busca con tanto tesón, decide acudir a la policía. Se estudia el perfil del tipo denunciado y, claro está, de súbito todo cuadra a ojos de Biondi y sus agentes. En efecto, Chase encaja como un guante en el perfil de Ressler: tiene un largo historial de trastornos mentales, es un psicótico con antecedentes, posee un revolver del 22, y además vive a una manzana de distancia del lugar en el que se encontró la camioneta abandonada. Y van apareciendo otros detalles e historias colaterales que vienen a confirmar las primeras impresiones: el tiroteo de la vivienda de los Phares, el balazo que recibió Griffin, el testimonio del hombre que corrió tras él poco después de descubrirlo en su casa… Así es que la policía cerca su domicilio. Dada la impredecibilidad de un tipo como Rick, se decide no intervenir para limitarse a vigilar la casa en espera de que sea él quien salga al exterior y, en efecto, aparece poco tiempo después de que se establezca el cordón policial. Lleva una caja bajo el brazo y corre hacia su furgoneta, pero no la alcanza. Chase lucha fieramente pero logran reducirlo. En la caja lleva varios trapos ensangrentados que solo Rick sabe para qué quería. La cartera del difunto Daniel Meredith se encuentra en el bolsillo trasero de su pantalón. Biondi lo tiene claro: es, sin duda, el vampiro[7].

Se procede al pertinente registro. El hogar de Chase es un lugar hediondo, repleto de basura, excrementos y, dispuestos en platos, trozos de vísceras animales y humanas en diferentes fases de descomposición, sangre reseca, sangre en tarros, periódicos viejos, latas de cerveza vacías, cartones de leche podrida, ropa sucia por doquier… Se encuentra un cuchillo de caza de treinta centímetros de hoja, una caja de herramientas cerrada con llave y unas botas de caucho manchadas de sangre. También la colección de collares de perro y de gato, las tres licuadoras que Rick empleaba para preparar sus batidos de órganos y sangre. Del mismo modo, se hallaron sus muy detallados diarios. En la pared de la cocina había un calendario, con la palabra “hoy” escrita sobre cada una de las fechas de los asesinatos. Esa misma palabra aparecía escrita cuarenta y cuatro veces más, en fechas futuras. Lo único que no apareció fue el cuerpo del niño secuestrado. Se encontraría a mediados de 1978, enterrado en las cercanías de la casa. El espectáculo era tan abrumador y desconocido para los agentes de la policía de Sacramento que, como luego explicó el propio Ressler, algunos de los que entraron en aquel antro tuvieron que recibir tratamiento psicológico durante meses.

Chase (Licuadoras)
Algunos de los útiles con los que Chase preparaba su peculiar dieta.

Dentro del monstruo

Una de las delirantes anotaciones de los diarios de Chase induce a suponer que pudo matar a otras personas a las que no se pudo vincularse con él, si bien es difícil determinar cuánto de verdad y cuanto de fantasía psicótica destilan esas páginas:

“Maté a la primera persona por accidente. Mi coche estaba estropeado. Quería irme pero no tenía transmisión. Tenía que conseguir una casa. Mi madre no me quería acoger en Navidades. Antes siempre me acogía en Navidades, cenábamos y yo hablaba con ella, con mi abuela y con mi hermana. Aquel año no me dejó ir a su casa, disparé desde el coche y maté a alguien. La segunda vez, aquellas personas habían ganado mucho dinero y yo sentía envidia. Me estaban vigilando y disparé a una señora (conseguí algo de sangre de todo aquello). Fui a otra casa, entré y había una familia entera ahí. Les disparé a todos. Alguien me vio allí. Vi a una muchacha. Ella había llamado a la policía y no habían podido localizarme. La novia de Curt Silva… el que se mató en un accidente de moto, lo mismo que un par de amigos míos y tuve la idea de que lo habían matado a través de la Mafia, que él estaba en la Mafia, vendiendo droga. Su novia recordaba lo de Curt; yo estaba intentando sacar información. Dijo que se había casado con otro y no quiso hablar conmigo. Toda la Mafia estaba ganando dinero haciendo que mi madre me envenenara. Sé quiénes son y creo que se puede sacar esto en un juicio si, como espero, logro recomponer las piezas del rompecabezas…”[8]

Chase (Juicio 2)
Chase, acompañado de sus defensores, en la sala de vistas.

El juicio de Chase, por obvios motivos de seguridad, se trasladó desde la ciudad de Sacramento a la de Palo Alto, y comenzó en los primeros días de 1979. No duró mucho pues, en realidad, todos los detalles de los crímenes estaban bastante claros, la carga probatoria contra el criminal era abrumadora, y Chase tampoco hizo nada para eludir la inculpación. Reconocido por los especialistas como un esquizofrénico paranoide de manual, Rick, balbuceante e inconexo, trató de justificar sus macabros asesinatos diciendo que unas voces de seres extraterrestres y otras criaturas lo acosaban continuamente, obligándole a matar. Iris Yang, periodista del Sacramento Bee, describe a Richard Trenton Chase durante el juicio de esta guisa:

“El acusado estaba totalmente apático. Sombrío, pelo marrón lacio, ojos apagados y hundidos, tez cetrina y delgadez extrema, no le sobra apenas carne en los huesos. Durante los últimos cuatro meses y medio, Richard Trenton Chase, a sólo unas semanas de su vigésimo noveno cumpleaños, ha estado sentado encorvado, jugando con los papeles que tiene delante de él o con la mirada vacía puesta en las luces fluorescentes de la sala”.[9]

Chase (juicio)
Chase durante su declaración.

Lo cierto es que no había causa. El juicio tuvo lugar porque la fiscalía estaba empeñada en la petición de pena de muerte para Chase -basándose en una nueva ley recientemente aprobada en California-, frente al alegato de la defensa, que pretendía que Rick fuera considerado mentalmente enfermo. La fiscalía consiguió sentarlo en el banquillo de los acusados argumentando ante el juez que había tenido suficiente “astucia” y “conocimiento” en el momento de los crímenes como para ser considerado responsable de sus actos, ser capaz de diferenciar entre el bien y el mal y tener, por ello, capacidad de responder legalmente por ellos. Lo cierto es que el caso estaba tan atado que el jurado sólo deliberó durante las dos horas de rigor antes de declararlo culpable de todos los asesinatos. El juez, asumiendo incomprensiblemente el punto de vista de la fiscalía, pues en efecto Chase era una demente de manual, emitió una condena de muerte e hizo que Chase fuera trasladado a la prisión de San Quintín, donde esperaría su ejecución en la silla eléctrica. Posteriormente fue trasladado al penal de máxima seguridad Vacaville[10].

No obstante, la pena no llegó a cumplirse pues, durante la navidad de 1980, le encontraron muerto en su celda. Al parecer, Chase había estado guardando una buena parte de las pastillas que recibía para controlar sus alucinaciones, y se las había tomado de golpe. Nunca ha quedado claro que se tratara de un suicidio convencional ideado por Chase en un momento de lucidez, o de un postrero acto psicótico del vampiro que buscaba con ello paliar alguna extraña dolencia. Lo cierto es que el caso, por sus peculiaridades psicológicas, se sigue empleando como ejemplo formativo para los agentes que ingresan en la Behavioral Sciences Unit del FBI (Quantico, VA).


[1] Sullivan, K. Vampire. The Richard Chase Murders. Evergreen (CO): Wildblue Press, 2015.

[2] Ressler, RK & Schachtman, T. Whoever Fights Monsters, New York: St. Martin’s Paperback, 1993.

[3] Sullivan, K., op. cit.

[4] Biondi, R. & Hecox, W. Dracula Killer: The True Story of California´s Vampire Killer. London: Mondo, 1992. Este libro es muy recomendable si se desean conocer los detalles internos de la investigación policial del caso.

[5] Ressler, RK & Schachtman, T., op cit., 3.

[6] Descamps, MA. Zoofilia y necrofilia. En: Volcher, R. (comp.): Enciclopedia de la Sexualidad. Madrid: Fundamentos, 1975, 579-586.

[7] Biondi, R. & Hecox, W., op. cit.

[8] Ressler, RK & Schachtman, T., op cit., 17.

[9] Cit. en: Ressler, RK y Schachtman, T, op. cit., 17-18.

[10] Sullivan, K., op. cit.

Machos y “supermachos”

Richard Speck
Richard Speck

Chicago. Noche del 13 de julio de 1966.

Un sujeto de mala vida, adicto a las drogas y el alcohol, que responde al nombre de Richard Speck, penetra por la fuerza en la residencia de un grupo de chicas estudiantes de enfermería. El asaltante se hace con el control de la situación tras inmovilizar al nutrido colectivo de jóvenes que, de suerte inexplicable, no oponen resistencia alguna al hombre que las intimida con un cuchillo y un revólver. Luego, presa de un furor homicida irracional en el que se confunden terribles delirios de sexo y muerte, asesina brutalmente, de manera metódica e implacable, a todas las jóvenes excepto una de ellas que salva la vida simulando precisamente estar muerta. Gracias a ello, Speck pudo ser identificado y detenido. Convicto y confeso, fue objeto de un exhaustivo examen médico en el curso del cual se le detecto una anomalía genética prácticamente sin precedentes en individuos normales en apariencia: en lugar de poseer como todos los varones un cromosoma X (procedente de la madre) y otro Y (procedente del padre), contaba con un X y dos Y[1].

Anomalía cromosómica

Si bien la existencia de los cromosomas fue conocida a partir de 1920, fenómenos como el de la trisomía ya no resultaban una novedad en los días en que Speck cometió su terrible crimen. Su existencia había quedado establecida desde las investigaciones que Turpin, Gautier y Lejeune realizaron en 1958, cuando lograron desenrollar el ovillo en el que se presentan los cromosomas tras sumergirlos en una solución hipotónica. Los franceses encontraron que la célula de los sujetos afectados por el entonces denominado “mongolismo”[2] no tenían los 46 cromosomas habituales –23 pares-, sino 47. Este cromosoma de más, llamado habitualmente cromosoma supernumerario, se ubicaba en el lugar que debería ocupar el cromosoma normal 21 y podía tener tanto las fórmulas XXY como XYY. Además, no solía presentarse aislado sino unido a otro de suerte que no era fácilmente detectable. También pudo averiguarse que ocasionalmente este cromosoma supernumerario no producía sintomatología clínica alguna en los sujetos que lo poseían por la sencilla razón de que se había fijado a un lugar que impedía sus manifestaciones. Este proceso fue denominado traslocación equilibrada. Richard Speck pertenecía a este grupo particular de individuos con el cromosoma supernumerario no aquejados de taras físicas o psíquicas observables a primera vista.

El primer caso bien estudiado de esta manifestación de la trisomía asintomática fue el de un chico obeso de 12 años estudiado por Sanberg y su equipo, y fue contemplado desde el punto de vista de la curiosidad biológica en la medida que no existían anomalías comportamentales visibles[3]. Al muchacho se le trató por los medios habituales de sus dolencias glandulares y estas fueron corregidas con éxito. Pero el impactante caso de Richard Speck alteró por completo el panorama de la investigación de las anomalías cromosómicas, y alentó a otros en la búsqueda de sujetos agresivos o con conductas criminales dotados del célebre cromosoma supernumerario. Incluso el nombre del XYY -denominado hasta entonces Síndrome de Jacobs- sufrió alteraciones significativas que parecían indicar que nada bueno podía esconderse debajo suyo: cromosoma del supermacho o cromosoma del crimen:

“Los estudiosos del tema comienzan a encontrar un elevado número de varones XYY entre los reclusos de penales y manicomios. La mayoría eran violentos, agresivos, peligrosos, de conducta criminal, o sencillamente subnormales. Todo esto condujo a la idea que predomina en los años 60 de que el estudio del cariotipo podría predecir las conductas violentas y el crimen”[4].

Parecía, por tanto, que el viejo doctor Lombroso llevaba razón en última instancia, y que los estigmas físicos del criminal existían realmente. No como configuraciones corporales manifiestas pero sí como manifestaciones ocultas, oscuras, intangibles, devenidas del misterioso plano de lo genético… Lo cierto es que costó algún tiempo desterrar al ámbito de los errores curiosos de la historia de la ciencia el asunto del cromosoma del crimen, sobre todo a causa de la tozudez de un buen número de apasionados cientificistas que se resistían a abandonar una idea tan sugestiva, virtualmente productiva, y por qué no decirlo, bastante útil desde una óptica psicosocial, legal y cultural por maravillosamente facilona. Pero el hundimiento de este nuevo mito pseudocientícifico sería inevitable precisamente por los términos en que se planteaba.

Parecía obvio que si se realizaban búsquedas masivas de cariotipos XYY en cárceles y psiquiátricos, sesgadas de entrada por la poco objetiva segmentación poblacional, aparecerían muchos portadores de la tara maldita que, por supuesto, serían agresivos, delincuentes, inmorales o simplemente “locos peligrosos”. Ahora bien, la cosa no funcionaba tan bien como se las prometían los deterministas. Cuando se echaba un vistazo a la población no reclusa –la general-, se evidenciaba con meridiana claridad que existía una cantidad insuperablemente mayor de individuos con el XYY fuera de las prisiones y llevando, por cierto, una existencia perfectamente normal. De hecho, la mayoría de ellos eran tan “normales” en todos los sentidos –físicos y psíquicos- que no descubrían en toda su vida que eran portadores del cromosoma supernumerario. Así, Dershowitz encontró que tan sólo un 1’5% de los sujetos aquejados de esta tara cromosómica habían delinquido alguna vez[5]. En la misma línea se manifestaron autores como Borgaonkar y Shah[6]. Más aún: no tardó en quedar claro que esta clase de anomalías cromosómicas no es hereditaria ni depende en modo alguno de la extracción social de los sujetos que las padecen, con lo que perdía gran parte de su fuerza en la explicación de fenómenos como el crimen o las conductas antisociales[7].

Por estas razones, la polémica del cromosoma XYY quedó muy pronto resuelta en el plano jurídico y en referencia a la imputabilidad o no imputabilidad de los delincuentes aquejados por la anomalía. Lo cierto es que el debate se clausuró cuando pudo demostrarse que la inmensa mayoría de estos individuos no pueden ser considerados en gran medida responsables de sus actos a causa de su anormalidad, ya intrínseca ya manifiesta:

“[Se] pudo demostrar que estos sujetos presentaban un nivel intelectual dentro de los límites normales, pero con un I.Q. (cociente de inteligencia) y nivel educativo menor del que se podía esperar. Se caracterizaban por inmadurez manifestada en forma de pasividad, irreflexión, labilidad emocional, necesidad de contacto social, identificación varonil insegura y mecanismos de defensa débiles”[8].

Richard Speck, por ejemplo, fue sentenciado a muerte en su día, pero la intervención de su abogado, apoyada en las investigaciones sobre el cariotipo 47, sirvió para que obtuviera un aplazamiento indefinido de la condena[9]. No obstante, el paradigma de la jurisprudencia en esta dirección vino de la mano de un caso prácticamente coetáneo al de Speck sucedido en Francia en 1968. Nos referimos al tan célebre como polémico Caso Hugon[10].

Señoría, no lo vuelvo a hacer…

Daniel Hugon, como la mayor parte de los portadores del cariotipo XYY que optan por la mala vida, cargaba sobre sus espaldas con una prolongada historia de problemas mentales, adictivos y judiciales. Jalonada por las depresiones que le impedían conservar un empleo estable, así como por diversos intentos de suicidio. Hasta que el día 4 de septiembre de 1965, fue seducido por una prostituta de 62 años de edad que aparentaba bastantes menos gracias a la noche y un elaborado maquillaje.

Ciertamente, toda vez que el joven Hugon descubrió el engaño, se negó a cohabitar con ella, lo cual no impidió que pasaran la noche juntos en la habitación de un hotel. El drama se desencadenaría a la mañana siguiente, cuando la mujer, pese a las inexistentes relaciones sexuales, quiso cobrar la pernocta a Hugon, quien se negaba a pagar el servicio. Hubo una fuerte discusión que terminó cuando el hombre, preso de una rabia irracional, se abalanzó sobre la mujer y la estranguló. La primera reacción del asesino, presa del pánico, fue la de huir de París. No obstante, tiempo después, víctima de profundos remordimientos, se entregó a la policía. El examen médico al que fue sometido reveló por fin la trisomía que le aquejaba y que explicaba en buena medida muchas de sus complicaciones psicológicas. Los especialistas advirtieron bien pronto la incapacidad que el problema cromosómico provocaba en el joven Hugon, y lograron explicarse gracias a ella las irregularidades psíquicas y comportamentales que le torturaron a lo largo de su existencia desdichada y solitaria. Por lo demás, alegaron que podía ser tratado adecuadamente mediante y que bajo el pertinente control médico podría llevar una vida perfectamente normal. No era un peligroso criminal en potencia, como sostenían erróneamente los defensores del estigma del XYY, sino, en todo caso, un hombre enfermo -no exento de responsabilidad sobre sus actos- cuya tara genética debía considerarse un atenuante antes que un motivo de culpa. En efecto, el tribunal que le juzgó tomo una determinación ejemplar muy en la línea de la tradición intelectual francesa: aceptó el criterio expuesto por los especialistas y le sentenció a 7 años de prisión -la mitad de la pena que se prescribía para estos casos- así como a ser sometido al tratamiento médico diseñado por quienes estudiaron su caso. Daniel Hugon cumplió su condena y nunca volvió a delinquir.

La prensa gala, en un arranque de humanismo y objetividad bastante poco común en el periodismo del presente, suspiró aliviada ante la esta resolución. No en vano, como bien se argumentó en diversos rotativos, la estimación de miles de personas como criminales potenciales a causa de una anormalidad cromosómica que en la mayoría de ellos era incluso inocua, no hubiera significado en el fondo más que otra forma injustificable de racismo.


[1] Un varón tipo posee un sexo cromosómico XY, en el que la X corresponde a la mitad de la cromatina de la célula materna y la Y a la mitad de la cromatina paterna. No se sabe a ciencia cierta la causa de ello, pero ocasionalmente –especialmente cuando los padres tienen una edad avanzada a la hora de procrear- no se produce esta separación habitual en la cromatina paterna durante la meiosis celular y se añade a la cromatina materna toda la cromatina paterna y no sólo la mitad, de modo que se produce un sexo cromosómico XYY. También puede ocurrir lo contrario, esto es, que sea la cromatina materna la que no se subdivida durante la meiosis, con lo que la resultante sea un sujeto con una trisomía de tipo XXY. En este caso se habla del llamado síndrome de Klinefelter.

[2] En la actualidad la denominación de mongolismo se encuentra prácticamente en desuso por razones eufemísticas, siendo sustituida por otras como trisomía 21 o síndrome de Down.

[3] Publicado en: Lancet, 2, 48, 1961.

[4] Reverte Coma, J.M. (1993). “No existe el cromosoma del crimen”. En: Espacio y Tiempo, 23, pp. 32-39. Y un horror añadido: incluso Charles Manson, el epítome del monstruo criminal contemporáneo –aunque nunca mató a nadie por su propia mano, ojo-, pudo ser portador de esta tremenda “aberración” natural. Más madera.

[5] Dershowitz, A. (1975).“Kariotype, predictability and culpability”. En: A. Milinsky & G.J. Annas; Genetics and the Law. New York, Plenum Press.

[6] Borgaonkar, D.S. y Shah, S.A. (1974). “The XYY chromosome male – or syndrome?” En: Prog. Med. Genet. 10, pp. 135-222.

[7] Véase por ejemplo algunos influyentes trabajos en esta dirección como Casey, M.D. et al. (1972). “Male patients with chromosome abnormality in two state hospitals”. En: Journal of Mental Def. Re.., 16, p. 215. Por otra parte, se sabe desde la aportación de Weismann, a comienzos del siglo XX, que los caracteres adquiridos no son hereditarios por la vía de transmisión biológica convencional y, por consiguiente, sugerir cualquier clase de argumento en esta dirección no es otra cosa que una falacia sin base científica alguna. Que un hombre sea un criminal no quedará inscrito en su código genético y, por ende, es imposible que sus descendientes se conviertan en criminales a causa de la herencia genética que reciban del padre.

[8] Reverte Coma, J.M.; Op. cit.

[9] A título de anécdota, digamos que Speck falleció en prisión a comienzos de la década de 1990 tras haberse inyectado hormonas que desarrollaron sus pechos, y protagonizar algunos sonados escándalos sexuales penitenciarios. Todavía se mueve por Internet un video en el que el Speck transexual de la segunda época de su vida mantiene relaciones sexuales con otro recluso. La investigación de las autoridades fue intensa, pero nunca se supo cómo este material pudo ser rodado, sacado de la prisión y difundido públicamente.

[10] Thevenin, R. (1970). Criminels fous et truands. Les Grands Procès d’Assises. Paris. Editions Fayard.

El misterio del coche secuestrado

Ari Vatanen
Ari Vatanen en los tiempos de gloria.

El finlandés Ari Pieti Uoleti Vatanen (n. 1952), mundialmente conocido por ser uno de los mejores y más populares pilotos de rally de la historia del automovilismo, vivió durante la celebración del Rally Paris-Algiers-Dakar de 1988 una de las situaciones más estrambóticas y discutidas de su dilatada y exitosa vida deportiva. Ganador, entre otras muchas cosas, del célebre Paris-Dakar en nada menos que cuatro ocasiones -1987, 1989, 1990 y 1991-, todas ellas compitiendo en la categoría de coches, y dedicado a la política tras su retiro del pilotaje, pues fue europarlamentario en dos ocasiones, Vatanen todavía rehúsa dar excesivas explicaciones cuando se le pregunta acerca de la singular peripecia vivida durante la edición de 1988. Historia que se ha convertido en una de las anécdotas “negras” más recordadas y singulares del famoso rally que actualmente se celebra en tierras sudamericanas.

Nuevo modelo

Promocional Dakar 1988Vatanen fichó por la marca Peugeot en 1984. Los franceses querían entrar en la alta competición con el Peugeot 205 Turbo 16 y su director de equipo, el también piloto recientemente retirado Jean Todt, con quien Vatanen había mantenido enconados enfrentamientos automovilísticos, recomendó su nombre. Ari le parecía un piloto eficaz, que preparaba bien los coches con los que competía, y con dilatada experiencia de suerte que, a pesar de las limitaciones con las que había competido hasta entonces, había obtenido resultados razonables desde 1981. Y Todt no se confundía. El coche acumuló diferentes fracasos, pero ello no se debió tanto al pilotaje del finlandés, como a constantes problemas mecánicos que lastraban los resultados. Se ganaban competiciones aisladas, pero no el ansiado título mundial que quitaba el sueño a la marca francesa. No obstante, y tras sufrir un grave accidente, Ari logró llevar el 205 T16 al éxito con la victoria en el Dakar de 1987.

Peugeot 205 Turbo 16
El Peugeot 205 T16, coche que ganó el Dakar en 1987 y 1988.

Para 1988 Peugeot ponía en la competición su nuevo modelo, resultado de la experiencia acumulada, el 405 T16 Gran Raid. Los resultados volvieron a ser algo irregulares al comienzo, pero la marca francesa acudía a la cita del Dakar con una doble opción que prácticamente suponía una garantía de éxito: con Vatanen al frente del nuevo modelo, y con el también finlandés Juha Kankkunen al volante del 205, coche que había demostrado poder ganar la competición y al que, a decir de todo el mundo, le quedaba tirón.

De tal modo, tras la etapa número 14, Timbuktú-Bamako –disputada el 17 de enero sobre un recorrido de 676 kilómetros-, Ari Vatanen lideraba la prueba con dos horas de ventaja sobre Kankkunen aunque en los mentideros del negocio se decía que el 405 había terminado en la capital de Malí con serios problemas mecánicos que hacían alargadas las sombras de un posible abandono. Hecho que supondría un revés para la marca Peugeot, que había puesto toda la carne en el asador con el nuevo modelo y veía, por tanto, peligrar su campaña comercial. El hecho es que durante la tarde-noche, precisamente en aquella etapa, la organización permitía realizar las pertinentes operaciones de mantenimiento de los vehículos, pero no reparaciones de gran calado lo cual, al parecer, suponía un problema para las opciones finales del tandem Vatanen-Berglund.

Peugeot 405 turbo 16
El Peugeot 405 T16 en acción
Jean Todt
Jean Todt, un genio de los despachos…

Y detrás de todo ello –no lo olvidemos- estaba revoloteando Jean Todt, un piloto más bien regular, pero a la par hombre que siempre ha sido reconocido por los periodistas especializados en la materia como un verdadero “mago” de las relaciones públicas, capaz de sacar partido de cualquier situación. En este caso, y más allá de la verdad de una historia que nunca pasará del entramado de sospechas porque de los hechos se sabe poco, logró que la prensa internacional colocara a la marca que le pagaba el sueldo en todos los titulares habidos y por haber. Tan bueno que aún hoy -y para muestra la presente entrada- continua sumando citas gratuitas para el fabricante francés. Que no es poca cosa.

Secuestro rocambolesco

En la mañana del día 18 se destapó uno de los hechos más surrealistas de la historia del Rally Dakar: el coche de Vatanen –el líder, no lo olvidemos- había desaparecido durante la noche del parking oficial de la prueba, ubicado en el interior del estadio de fútbol de Bamako. Y en mitad del desconcierto general, el jefe del equipo Peugeot Talbot Sport, Jean Todt, hacía público de suerte oficial que había recibido una llamada en la habitación del hotel en la que se solicitaba a la marca un rescate de 25 millones de francos a cambio del vehículo secuestrado.

Se inicia la pertinente investigación. Y lo primero que queda manifiestamente claro es que las medidas de seguridad alrededor del estadio son insuficientes y las brechas enormes. Es más, algunos testigos dijeron haber visto cómo el coche de Vatanen salía de las instalaciones del estadio de fútbol, si bien ninguno de ellos sospechó que algo extraño estuviera ocurriendo. Sea como fuere, no había mucho tiempo para esclarecer lo sucedido y las preguntas al respecto del suceso eran obvias: ¿se trataba de una estrategia de Peugeot para cambiar el motor del coche de Vatanen y garantizar así la victoria del 405? ¿Todo era resultado de un simple error en la seguridad que había facilitado la original acción de los secuestradores? Y por último, teniendo en cuenta la complejidad del protocolo para la puesta en marcha de un coche de tales características, cosa que no podría hacer con facilidad alguien no especializado, ¿no se estaría ante el boicot de otro participante en la prueba? Obviamente, esta hipótesis se desestimó en seguida: es perfectamente conocido que los pilotos suelen ser extraordinariamente solidarios entre sí y, por lo demás, nadie parecía ganar gran cosa con un acto como aquel.

Estadio Futbol Bamako
El estadio de fútbol de Bamako.

En todo caso, la etapa comienza según el horario previsto. Ari Vatanen, como todos los participantes, cuenta con un tiempo de control de 30 minutos para tomar la salida y, claro está, no se presenta. Sin embargo, aún más sorprendente, de súbito el colorista 405 es localizado con el depósito vacío de combustible, abandonado en un paraje a las afueras de Bamako. Tras recuperarlo a toda prisa, Vatanen y Berglund ocupan sus puestos y se reincorporan a la carrera de modo extra-oficial, pero ello no impedirá que sean obviamente descalificados al no presentarse a la salida durante la hora indicada.

Esa fue la historia y así terminó. Nunca se supo si Peugeot pagó los 25 millones de francos a los supuestos secuestradores, ni se llegaron a esclarecer el resto de cuestiones en torno a la misteriosa desaparición del vehículo que, por cierto, tampoco quedó claro si se investigaron a conciencia… Porque Todt y la marca a la que representaba, y dejémoslo ahí, tampoco pusieron un especial empeño. Total, Peugeot volvió a ganar con el coche del año anterior, pues Juha Kankkunnen y su copiloto Juha Pironen lograron imponerse en la meta de Senegal sobre el equipo Shinozuka-Magne, que corría con Mitsubishi.

Y en los mentideros del mundo del motor aún se comenta que cuando el 405 de Vatanen se presentó por fin, antes de su descalificación definitiva, en la meta de la etapa número 15 –disputada entre Bamako y Kayes, sobre 531 kilómetros- el motor del 405 T16 tenía pinta de encontrarse “misteriosamente nuevo”.

Fascinante.

Introducción a la violencia de género

Violencia de Genero

Al hablar de “violencia de género”, en la medida que el problema existe como concepto de uso común, nos olvidamos de que se trata de un asunto extremadamente complejo cuyo abordaje sería imposible sin recurrir a un enfoque multidisciplinar capaz de integrar todas sus vertientes, que son muchas. De hecho, ni tan siquiera ha sido fácil encontrar consenso a la hora de denominar a este tipo peculiar de violencia en la misma medida que sus diferentes visiones y nomenclaturas, en última instancia, generan sesgos teóricos que introducen o excluyen aspectos controvertidos para la comprensión y abordaje del fenómeno.

El primer escollo a resolver, algo por lo demás común en materias científicas que tienen un fuerte calado social, surge a partir de la novedad del problema. Es cierto que la violencia de género es un hecho indiscutible que ha venido atravesando a todas las culturas y sus manifestaciones desde tiempos ancestrales, pero la verdad es que solo empezó a entenderse que era un auténtico problema cuando las demandas de las propias mujeres lo convirtieron en tal cosa. Así, fue cuando el movimiento feminista lo visibilizó a partir del siglo XVIII que la cuestión comenzó a existir y a despertar interés sociopolítico. Estas primeras demandas de aquel feminismo incipiente se centraban en la exigencia de los derechos de ciudadanía para la mujer, como el acceso a la educación, al voto, al trabajo remunerado y etcétera. Demandas que solo era posible sostener mostrando que su carencia procedía de una desigualdad esencial –metafísica si se quiere- insostenible desde el plano intelectual, pero arraigada con gran firmeza en el sustrato último de la cultura. No podemos olvidar, por ejemplo, que la Revolución Francesa, al proclamar en 1789 la Declaración de los Derechos del Hombre, solo tenía en cuenta, literalmente, a los propios hombres. Resulta paradójico, por cuanto es público y notorio que las mujeres lucharon tanto por la consecución de esos derechos como los propios varones, que una vez obtenidos se vieran excluidas de ellos y relegadas a un segundo plano sociocultural. Y no resulta extraño, pues, que fueran estas mismas mujeres las primeras en rebelarse contra semejante injusticia histórica[1].

Tras esta primera oleada se pasó a una segunda fase, ya durante el siglo XIX, que “redujo” las ambiciones iniciales del movimiento para concentrarse en la consecución del derecho al voto. Nacería así el famoso “movimiento sufragista”, que enraizó con especial fuerza en los Estados Unidos a partir de 1848. No hemos de dejarnos engañar por esta aparente reducción de las demandas de la mujer por cuanto, teóricamente, se entendía que el derecho al voto y a la consiguiente decisión en lo relativo a la representación política supondría, a medio plazo, la mejor herramienta para combatir la desigualdad. El cálculo efectuado por las sufragistas era obvio: Si las mujeres terminaban por convertirse en una bolsa estable de votos sucedería que los políticos, necesariamente, habrían de tomar también en consideración sus problemas y demandas. De hecho, la consecución del voto para la mujer en diversos lugares del mundo provocó el inevitable efecto dominó en Occidente que, sin embargo, tardó mucho tiempo en empezar a ofrecer los efectos apetecidos, pues la consecución del sufragio femenino raramente vino acompañada de la posibilidad de que las mujeres tuvieran un acceso efectivo a la esfera política[2]. Este lento progreso desencadenó la tercera ola del feminismo, a mediados del siglo XX.

Manifestacion Sufragista USA Finales Siglo XIX (americaslibrary gov)
Manifestación sufragista en los Estados Unidos a finales del siglo XIX [fuente: Americaslibrary.gov].

Eran ya muchas las mujeres descontentas con los escasos avances logrados tras una lucha tan larga, pero fue en torno a un libro publicado en 1949, El segundo sexo, que este descontento generalizado comenzó a agruparse para tomar la forma de un movimiento intelectual y material bien construido. Su autora, Simone de Beauvoir, teorizó por primera vez en torno al significado de lo que implica “ser mujer” y con ello alimentó la toma de conciencia general sobre las relaciones de desigualdad existentes entre hombres y mujeres, mostrando a qué punto se encontraban afianzadas en la historia de la cultura y cómo iban evolucionando y readaptándose a lo largo del tiempo. De hecho, fue de Beauvoir quien comenzó a visibilizar el problema de la naturalización de la violencia sobre las mujeres, abriendo una línea de trabajo consolidada posteriormente, en 1963, cuando la psicóloga estadounidense Betty Friedan publique La mística de la feminidad. Un texto centrado, por primera vez, en la violencia de género en cuanto tal así como en los procesos psicosociales que la facilitan, la justifican y la ocultan al recluirla en el ámbito de “lo privado”.

Gracias a la aportación del tandem de Beuvoir-Friedan, y hasta su consolidación final con los muy celebrados textos antropológicos de Gayle Rubin, el movimiento feminista internacional pudo al fin contar con elementos que antes no había tenido: una teoría sólida que someter al debate sociopolítico, y capacidad organizativa desde las que exponer demandas concretas, uniformes y coherentes. La principal de ellas surge precisamente en torno al problema de la violencia de género como acontecimiento natural, fatal e invisible que afecta a la mujer en todas las manifestaciones de su existencia. La cultura y la sociedad habían convertido a las mujeres en víctimas de un destino inexorable que no podía ser alterado porque era legítimo, inmemorial e incuestionado. Precisamente, y más allá de ulteriores retóricas, ideologismos y manipulaciones, en esto reside el verdadero mérito histórico y central del feminismo: mostró que ese destino “natural” de la mujer –ser violentada, ser desigual, ser sometida- no solo se cimentaba sobre falacias históricas ocultas, sino que también era un destino injusto y terrible que una sociedad, para ser simplemente humana, debía combatir y erradicar.

Simone de Beauvoir
Simone de Beauvoir (1908-1986).

El discurso patriarcal sobre la violencia de género

Sería absurdo –y debemos tenerlo claro a estas alturas- decir, como se trata de argumentar desde diferentes entornos, que la violencia de género sólo afecta a la esfera privada de las personas. Absurdo y falaz porque, en realidad, se trata de un producto devenido de la tradicional organización patriarcal de la sociedad que afecta de un modo u otro a todas sus manifestaciones. Pero también sucede que, en efecto, parece que los sucesivos avances psicológicos y sociopolíticos provocados por la visibilización permanente del problema han ido matizando las desigualdades públicas, limando sus aristas, y recluyendo con ello las peores y más trágicas implicaciones de la violencia de género en la vida privada de las mujeres, donde aún permanecen ocultas en muchos casos. Poca gente toleraría ya que a una mujer se la ofendiera en la calle, o en el trabajo, por causa de su mera condición de mujer, pero las mismas personas que no admitirían tales conductas públicas –bien sea por “corrección política”, apelando a supuestos “principios morales”, o por simple “caballerosidad”- a menudo se muestran renuentes a implicarse cuando esto mismo sucede en el ámbito doméstico. Adoptan de tal modo una postura templada, inconsistente, que precisamente es más dañina que cualquier otra porque contribuye de manera sutil pero decidida a la perpetuación de esa violencia estructural y que, además, es muy difícil de combatir a causa de su aparente sensatez.

Esto ocurre porque desde el clásico discurso patriarcal en torno a la violencia de género se rehuyen las explicaciones en clave estructural, que son precisamente las relevantes, y se trata de individualizar el problema. Se convierte así en el fenómeno esporádico de unos cuantos sujetos con nombres y apellidos que, por diversas razones, rompen el equilibrio y la complementariedad entre el hombre y la mujer. Este argumento de la agresión como producto exclusivo del agresor particular concluye con un axioma sencillo: en realidad no existe un problema sociocultural de fondo, sino tan solo problemas concretos y circunstanciales. La sociedad no debería hacer nada atacar las desigualdades estructurales –que no las habría-, sino las desigualdades específicas, propias del caso. Así es como en el discurso patriarcal sobre la violencia de género transforma el hecho social en simple anomalía individual y, de nuevo más allá de intereses peculiares e ideologismos varios que no nos competen y que nada aportan al tema, esta es precisamente su verdadera palanca de fuerza.

Mediante ese argumento, hemos de indicar ahora que perfectamente integrado en la educación de un elevado número de mujeres que también lo asumen y difunden, el agresor es observado como un enfermo, un tipo marginal que no respeta las normas sociales básicas. La mujer agredida, por su parte, es considerada como una persona transgresora y/o provocadora que dificulta las relaciones familiares, que tiene problemas para gestionar su relación de pareja, o bien que no es hábil a la hora de mantener al hombre dentro de las convenciones. Así dispuesto el discurso, la violencia de género en el ámbito intrafamiliar se convierte con suma facilidad en simple “violencia doméstica” y nos habla de un conflicto entre personas particulares que se resuelve de manera disfuncional. Al ser la mujer la que transgrede o es inhábil en uno u otro sentido sucede que también, a menudo, “provoca” la acción violenta sobre ella y contribuye inevitablemente a su propia victimización.

Este modelo discursivo trata, por otro lado, de sostener que la sociedad es igualitaria y que las diferencias observables entre hombres y mujeres se fundamentan en su naturaleza biológica. Un imponderable contra el que sería ridículo luchar porque, sencillamente y de manera esencial, las mujeres y los hombres “son diferentes” y están naturalmente dirigidos hacia finalidades productivas diversas: El hombre estaría más dotado para la actividad pública, la valentía, el esfuerzo, la competitividad y los sacrificios que conlleva sacar adelante a una familia… Pero las mujeres –que necesitan ser protegidas por los hombres a causa de una supuesta debilidad biológica- estarían más dotadas para la vida hogareña, la crianza, el cuidado y la gestión de los sentimientos… Como si la maquinaria emocional de hombres y mujeres fuera fisiologicamente diferente, lo cual es un simple y llano disparate.

Si pensamos en esto durante un minuto, veremos en seguida que existe una fuerte contradicción entre el modelo discursivo patriarcal y la práctica social diaria. Contradicción irresoluble que derrumba el propio discurso y nos muestra con claridad sus falacias: Primero, porque cada vez son más las mujeres que rompen la barrera del género e irrumpen en terrenos que se consideran tópicamente varoniles. Segundo, porque entretanto se niega teóricamente que las diferencias entre hombres y mujeres, así como sus diferentes jerarquías, existan en la sociedad, se aceptan de facto todas aquellas prácticas que subordinan a la mujer por causa de su naturaleza femenina. Consecuentemente, de manera subrepticia, se desvaloriza el trabajo doméstico, se ocultan las aportaciones históricas de la mujer y se minusvaloran aquellas tradiciones, costumbres e instituciones que se consideran como propiamente femeninas.

Discurso Patriarcal
Tabla 1. La violencia de género en el discurso patriarcal tópico.

El análisis “de género”

Es interesante, desde un punto de vista psicosocial, darse cuenta de lo poco que se comprende –o lo mucho que se malinterpreta- el concepto de género. Hay quien cree que se trata de una categoría elaborada ad-hoc con la finalidad expresa de sustentar un programa político de corte feminista. También se dice que es una simple invención semántica carente de apoyo científico alguno. Hay quien sostiene, incluso, que se trata de un pretexto diseñado por los supuestos “enemigos de lo establecido” –los siempre peligrosísimos “antisistema”, sean quienes fueren- para interferir o subvertir el buen orden sociocultural. Sin embargo, ninguno de estos tres puntos de vista es correcto y quien los defiende de manera acrítica muestra un profundo desconocimiento del problema, cuando no el hecho de ser partidario –o difusor involuntario- de ciertos discursos políticos y culturales tan poco fundamentados y falaces como interesados.

John Money
John Money (1921-2006).

Lo cierto es que el concepto de género apareció en el seno de la investigación psicológica, y los primeros autores que lo emplearon, dicho sea de paso, no fueron mujeres sino hombres. Si bien acuñado en 1955 por Money, sería Robert Stoller en 1968, en el transcurso de sus estudios acerca de niños y niñas aquejadas de diferentes síndromes androgenitales y sometidos a terapias hormonales, quien establecería la diferencia conceptual entre sexo y género tal y como hoy la entendemos. De sus trabajos Stoller concluyó que la identidad y el comportamiento de género no están determinados por el sexo biológico, sino por las experiencias vividas, los ritos y las costumbres que se le atribuyen a los sexos biológicos a partir del etiquetado sociocultural[3]:

  • El “sexo” hablaría de las diferencias innatas y determinadas por la biología que existen entre hombres y mujeres, y que son universales e invariables.
  • El “género” hablaría de diferencias entre hombres y mujeres construidas en el contexto social: Actitudes, roles, actividades y pensamientos que la cultura establece como más aptas y deseables en función del sexo.
Sex & Gender (Robert Stoller)
Primera edición del célebre libro de Robert Stoller “Sex and Gender” (1968).

Siguiendo con esta argumentación en clave psicológica, pronto se nos muestra evidente que el concepto de género moviliza alrededor de la violencia tres instancias o elementos básicos que, para nosotros, van a ser muy relevantes en adelante:

  1. Asignación de género. También llamada en la literatura “rotulación”, “etiquetado” o “atribución” implica que tanto la víctima como el agresor han asumido un programa de individuación personal cuya diferencia fundamental estriba en haber sido definidos como “hombre” o como “mujer”. Estas etiquetas implican modos de relación peculiar entre los sexos que, como es lógico, van a generar estilos peculiares y específicos de violencia. Así las cosas, se comete un grave error cuando se homogeneiza la violencia de género con respecto a otras y se la trata de igual modo[4].
  2. Identidad de género. Tanto la víctima como el victimario han estructurado y consolidado todas sus experiencias vitales desde una identificación con las ideas que la sociedad y la cultura tienen acerca de lo que significa “ser hombre” o “ser mujer”. De tal modo, el proceso de identificación se convierte en un filtro de las experiencias que las transformará en eventos con significados diferentes para ambos.
  3. Rol de género. La identificación provoca la interiorización de un conjunto de preceptos y normas sobre el comportamiento que se va a considera adecuado en cada sexo. En el caso de la violencia de género esto implicará que el agresor y la víctima van a situarse en posiciones diferentes y, por tanto, desarrollarán diferentes estrategias de afrontamiento de la violencia.

Esto es lo que explica que en el caso de la violencia de género no resulté irrelevante, sino todo lo contrario, quién es el que agrede y quién es el agredido. Debemos entender que en la producción de esta clase peculiar de violencia –al igual que sucede con cada una de las formas específicas de violencia, por cierto- existe, y es un tópico en la literatura, un vínculo muy complejo y elaborado entre la sociedad y la estructura psíquica de las personas. Ahí es donde adquiere pleno sentido el hecho de que,

“no deja de ser curioso que las diferencias de sexo condicionen el tipo de violencia experimentada. Cuando un hombre sufre una agresión, ésta tiene lugar habitualmente en la calle y suele estar asociada a un robo, a una pelea, un ajuste de cuentas o un problema de celos. Las mujeres, por el contrario, al menos en la mayoría de los casos, cuando son víctimas de actos violentos, suelen sufrirlos en el hogar y a manos de sus parejas”[5].


[1] Olympia de Gouges –seudónimo de Marie Gouze- fue una de las primeras en levantarse contra ella al publicar en 1791 su Declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana, hecho por el cual fue guillotinada. Por aquel entonces, en 1792, también la británica Mary W. Shelley, autora del célebre Frankenstein, publicaría en Londres su Reivindicación de los Derechos de la Mujer.

[2] Nueva Jersey fue el primer Estado de la Unión en aprobar el voto femenino, cosa que ocurrió en 1776 y por accidente al utilizarse en la ley electoral la palabra “personas” en lugar de “hombres”, con lo cual fue de nuevo abolido en 1807. El primer país del mundo que aprobó el voto femenino sin restricciones de clase alguna, gracias al movimiento que lideró la activista Kate Sheppard, fue Nueva Zelanda, en 1893. Interesa destacar que en muchos de los lugares en los que se aceptó el voto de la mujer, se logró esta victoria incluso antes que la del sufragio universal. El primer lugar de Europa en el que se admitió el voto femenino fue Finlandia, en 1907, seguida posteriormente por Noruega y Suecia. En España las mujeres pudieron votar por vez primera a partir de la promulgación de la Constitución de 1931, y hasta 1939, año en el que la norma fundamental fuera suspendida por motivos sobradamente conocidos.

[3] No está de más mencionar que fue a partir de esta línea de trabajo que comenzó a considerarse que la homosexualidad no tenía base biológica y que, por consiguiente, carecía de sentido científico considerarla una patología. Con ello, no tardaría en ser excluida de las clasificaciones de trastornos mentales más habituales.

[4] Uno de los errores más comunes que se cometen a la hora de analizar e interpretar el fenómeno delincuencial reside, precisamente, en la igualación de la génesis del delito y del delincuente. Este yerro, muy habitual en los análisis poco concisos y mal estructurados de los medios de comunicación, lleva a la simplificación –radicalmente superada en el plano científico- de que sólo existen personas criminales y no criminales, de que solo hay agresiones, robos o asesinatos en general, y de que por tanto el problema del crimen tiene una resolución unitaria y específica. La realidad, evidentemente, es que no todos los delincuentes se conducen por las mismas motivaciones y no todos los delitos tienen el mismo origen, lo cual implica que necesitan de una comprensión y de un tratamiento tan peculiar como especializado.

[5] Echeburúa, E. y Corral, P. de (1998). Manual de violencia familiar. Madrid: Siglo XXI, p. 1.

Matar a mamá

Rodriguez Vega #1

José Antonio Rodríguez Vega ha pasado a los anales del crimen español con el dudoso honor de ser uno de los asesinos sistemáticos más terribles y desalmados de la historia. Estamos ante el prototipo de la personalidad sociopática, con un profundo embotamiento afectivo, amoral e impasible al dolor ajeno, que contempla a sus congéneres -especialmente a los del sexo opuesto- como meros objetos con los que satisfacer sus necesidades sexuales patológicas. Su caso inundó los medios de comunicación y tuvo un final inesperado en forma de “código carcelario”, pues moriría asesinado en prisión a manos de otros reclusos. Tampoco resulta extraño. Rodríguez Vega era un hombre con graves problemas a la hora de establecer relaciones interpersonales productivas. Narcisista, egocéntrico y solitario, nunca pudo o supo hacerse simpático a ninguno de los diferentes compañeros con los que compartió reclusión en diferentes instituciones penitenciarias. Era considerado un tipo raro, provocador, “mala persona”, que por lo demás había cometido unos crímenes sexuales tan brutales e infames que su sola presencia se hacía intolerable otros presos.

Tampoco es desdeñable la importancia criminológica que hombres -y mujeres- como Rodríguez Vega -y otros asesinos de la reciente historia española- han llegado a adquirir. Históricamente, España no es un país en el que hayan abundado los criminales de esta especie. Aquí las cosas parecían discurrir por los habituales cauces del ajuste de cuentas, el asunto pasional, el maltrato familiar, el móvil económico, la locura transitoria o el muy raro del enfermo mental incontrolado que abandona la medicación. Ni siquiera los violadores eran matadores asiduos. Los asesinatos sin motivación aparente eran poco comunes o tal vez poco reconocidos e investigados, pues las Autoridades siempre se mostraron muy reacias a aceptar la existencia de tales casos. Por ello, podía aparecer “un chalado o dos” en una década o no surgir ninguno[1], de suerte que esta tipología criminal se hacía cosa del cine, de las novelas, de “esos extranjeros que están más locos que una cabra”. Sin embargo, las perspectivas han ido cambiando porque también los modelos criminales -y la comprensión de los mismos- se importan y actualizan. Sectas, mafias, asesinos en serie… Lo nunca visto en 40 años de franquismo por la sencilla razón de que aquí, por decreto ley, “nunca pasaba nada”… Cuando pasaba no se comprendía, y si se comprendía se ocultaba.

Cuando quieres algo, lo coges

José Antonio, el Asesino de Ancianas, santanderino, nació el 3 de diciembre de 1957. Hijo de un modesto cantero y con problemas crónicos para concentrarse, tampoco valía para los estudios. Así, a poco de terminar la edad de escolarización obligatoria –que en aquel momento se fijaba en los 14 años- intentó convertirse en aprendiz de carpintero, oficio en el que no prosperó. Se decantó entonces por las chapuzas de albañilería.

Su infancia fue difícil y estuvo marcada por la acción de una madre a la que odiaba, quizá sin motivo real[2]. Su iniciación sexual resulta digna de mención pues a los ocho años fue acosado por una viuda cincuentona con la que mantuvo relaciones durante tres meses. Tras ello, solía masturbarse recordando a la mujer. Ambos elementos, el odio hacia la madre y sus chocantes inicios en la vida sexual activa, generaron en su mente preadolescente un profundo rencor hacia el sexo femenino y una serie de traumas sexuales que le impedían sostener relaciones satisfactorias. Ello explica que, mediada la década de 1970, se convirtiera en un agresor sexual consumado hasta que fuera detenido e identificado como el famoso Violador de la Moto o Violador de la Vespa.

El 20 de septiembre de 1979 fue condenado a veintisiete años de prisión, de los que cumplió tan solo ocho antes de ser puesto en libertad por buena conducta. Un tópico. Al parecer, era ya un hombre nuevo, regenerado para la sociedad, y nada hacía pensar en lo que vendría después. De hecho, y empleando su proverbial poder de persuasión, obtuvo el perdón de todas las mujeres a las que había violado, excepto el de una de ellas. En efecto: pese a su origen humilde y su escasa formación era un tipo inteligente, dotado de una perspicacia poco habitual para la manipulación y el uso de la palabra. En conclusión: daba el pego.

A raíz de aquella condena su sorprendida esposa, María del Socorro, que nunca llegó a imaginar a qué dedicaba su marido el tiempo libre, le abandonó llevándose consigo al único hijo de la pareja. Rodríguez Vega, lejos de alterarse por el suceso, decidió buscar una nueva compañera sentimental que encontró en Mari Nieves, una mujer de 23 años ciertamente agraciada, pero aquejada de una evidente disminución psíquica. Emprendió con ello una vida conyugal poco satisfactoria, pero junto a una mujer a la que podía manipular con facilidad y durante la que reconstruyó su doble existencia de antaño: se esforzará por ser un marido modelo entretanto alimentará su lado oscuro. Llegado 1987, el Violador se pone en marcha de nuevo, pero ahora se ha hecho mayor.

José Antonio, claro está, gozaba de ciertas ventajas físicas que supo explotar sin reservas. De maneras amables, carismático, persuasivo y gran seductor, era un hombre moreno y atractivo, de mirada penetrante, nariz aguileña y boca muy marcada. Además, poseía un paradójico rasgo en su fisonomía, pues aparentaba ser una “buena persona”, un tío majo e “inofensivo” en el que se podía confiar.

Haz las cosas bien

Su método favorito, y recurrente, prácticamente calcado del que en su día empleara Albert DeSalvo –el Estrangulador de Boston-, era sencillo; con una u otra excusa se ganaba la confianza de las mujeres, todas ellas seleccionadas previamente de acuerdo a dos características concretas: vivir solas y haber superado de largo los sesenta años. De suerte que conseguía acceder a sus viviendas por motivos generalmente relacionados con su profesión. Así establecía un primer contacto –a veces más de uno- que le servía para estudiar detenidamente la situación. Durante la primera visita desplegaba todo su caudal seductor de manera que las mujeres, en parte halagadas, en parte entretenidas por la conversación de un joven simpático y apuesto, ganaban confianza. Y la trampa se cerraba porque, pasado algún tiempo, Rodríguez Vega regresaba al hogar de las viejecitas argumentando cualquier cosa y ellas, obviamente, le permitían el acceso e incluso le invitaban amablemente a tomar algo. El Mataviejas –conste que detesto este desafortunado apodo- estaba a punto de actuar.

Primero se mostraba afectuoso. Luego, a las claras, proponía las mujeres que mantuviesen relaciones sexuales con él. Y, claro, se negaban… De modo que, presa de una furia arrebatada, se abalanzaba sobre ellas, les tapaba la nariz y la boca, y procedía a la violación, que bien podía culminar con la cópula completa, o no. Generalmente, pues es habitual que muchos de estos agresores tengan dificultades para alcanzar una erección completa, se conformaba con realizar una serie de tocamientos o con penetrar la vagina de las mujeres con objetos no punzantes. Lo súbito de los ataques, a los que se sumaba la avanzada edad de las víctimas y el hecho de que no pudieran respirar con facilidad al tener obstruidas las vías respiratorias, les provocaba una parada cardiorrespiratoria y el óbito. Acto seguido las depositaba sobre la cama con mucho cuidado y se marchaba, no sin antes llevarse consigo uno o varios objetos –fetiches- de la vivienda que casi nunca destacaban por su valor económico. Trofeos. Chucherías.

La gran ventaja de José Antonio era el completo anonimato en el que desarrollaba sus fechorías pero, como es habitual, cometería una serie de errores que acabarían levantando sospechas. Por ejemplo, en el caso de Carmen Martínez, una viuda de 65 años, y aparte de los extraños hematomas que presentaba en muslos, cuello y pómulos, hubo elementos accesorios que hicieron a la familia pensar que algo más había sucedido: la mujer, que todavía llevaba puesta la bata y tenía cuando se la encontró las manos cruzadas sobre el pecho, había aparecido tapada hasta el cuello con las mantas de la cama remetidas bajo el colchón, circunstancia rayana en el imposible. Además, le faltaba un anillo muy querido… Y las dos alianzas –la suya y la de su difunto marido-, que solía llevar siempre en el mismo dedo, estaban en dedos distintos. Pese a todo, la autopsia que se realizó al cadáver arrojó el sorprendente resultado de muerte por causas naturales. Caso cerrado[3]. Sin embargo, el tesón con el que su hija Soledad se opuso al dictamen judicial la llevó a denunciar públicamente el crimen y motivó que la prensa prestase atención a otras historias parecidas[4].

Vino a la memoria entonces el caso de una de las primeras ancianas encontradas en aquellas circunstancias, Margarita González Sánchez, de 82 años de edad. Repasando la investigación preliminar se encontraron datos que no cuadraban como obvios signos de violencia y robo que contradecían lo que, por otra parte, había pasado para los familiares como -esta vez sí- por un caso de muerte natural. Además, y ahora se prestó la debida atención al hecho inusual, la prótesis dentaría de la mujer, que debió desplazarse cuando su asesino le tapó la boca, había sido encontrada en el interior de su garganta. Con ocasión de otro asesinato, se encontró sangre sobre el cadáver de Natividad Robledo, una viuda de 66 años que ofrecía claros indicios de violación con un objeto duro y romo. En el asesinato de Josefina López Gutiérrez (86 años), otro rosario características extrañamente parecidas… Así una vez tras otra. Y la “epidemia de edemas pulmonares y paros cardíacos” continuaba entre las viejecitas de Santander sin que las Autoridades supieran por dónde acometer el asunto.

Rodriguez Vega

Sin duda, Rodríguez Vega había perdido por completo el control. Su necesidad de asesinar era cada vez más perentoria y, a medida que iba ganando confianza, se preocupaba menos por ocultar sus huellas. Su último yerro fue de escándalo: en el último escenario del crimen que se le probó, el que tuvo como protagonista a Julia Paz, de 71 años, se encontró una tarjeta de visita profesional con su nombre y dirección, de modo que la Guardia Civil tan sólo tuvo que echar tras él. Parece que el asesino había puesto una puerta blindada a la señora un mes antes de decidirse a agredirla:

“A esa le gustó cómo le puse la puerta blindada. Me sacó un [vino] blanco y aceitunas. Vimos el programa del lunes. Me sacó una cerveza, me lancé sobre ella y empecé a meterla [sic.] mano. Empezó a chillar. Me notaba excitado. Me lancé, nos caímos y es cuando le tapé la boca. Me asusté y la dejé con quejidos salteados”[5].

De esta manera, tras cerca de un mes de vigilancia durante el que la Policía Nacional de Santander se dedicó a reunir pruebas, el 19 de mayo de 1988 José Antonio fue detenido y, bien egocéntrico, confesó de pleno sus macabras andanzas a sus interrogadores. Disfrutó con su relación en la medida que le hacía sentirse importante y respetado pues, como asesino en serie de manual, vivía por y para la fantasía, lo cual hacía de él un relator excepcional[6]. Dos días después ingresaba en el centro penitenciario de Santander. Cuando se procedió al registro de su vivienda los agentes comprendieron por fin el motivo de aquellos hurtos absurdos con los que culminaba sus hazañas: Se encontró una habitación en la que almacenaba sus trofeos. Parecía un museo pulcramente ordenado y mantenido en el que se exhibía una extensa colección de fetiches otrora pertenecientes a sus víctimas: Joyas, televisores, porcelanas, figuritas decorativas, imágenes de Santos, cuadros… Pequeños y grandes recuerdos de sus victorias. Carlos Berbell y Salvador Ortega ofrecen un escalofriante detalle paralelo: no se pudo establecer el origen de más de trescientos pequeños objetos de aquella exposición, lo cual hace pensar en un número de fallecimientos por “causas naturales” debió ser mucho mayor que los 16 que se pudieron probar[7].

Museo Rodriguez Vega #2

Museo Rodriguez Vega #1
Dos perspectivas del cuarto de recreo personal -bastante hortera y cañí por cierto- de Rodríguez Vega. Con todos sus fetiches perfectamente alineados para la revista. No es inhabitual que muchos de estos criminales sean verdaderos maníacos del orden.

Sal bien en las fotos

Pese a todo, durante el juicio, que tuvo lugar en Santander a finales de noviembre de 1991, Rodríguez Vega optó por cambiar su confesión de culpabilidad a fin de sostener que las dieciséis muertes de las que se le acusaba pudieron deberse a causas naturales, y que en muchos de los casos ni siquiera conocía a las ancianas fallecidas. De hecho, fue el propio Rodríguez Vega quien se puso en contacto con los medios de comunicación a través de cartas en las que se declaraba inocente, cabeza de turco de un complot, víctima propiciatoria -a causa de su pasado- de un problema que la policía no había sabido resolver.

Rodriguez Vega #2
Rodríguez Vega, sonriente, durante una de sus visitas al juzgado.

Durante el proceso, el albañil atractivo, educado y “majo” de tiempos pasados se destapó como un sujeto prepotente, descarado, con afán de protagonismo, retador, que miraba fijamente tanto hacia los objetivos de las cámaras, como a los rostros de quienes le insultaban a la puerta del juzgado. Nada de carreritas o cabezas tapadas. José Antonio hizo de su juicio un montaje cinematográfico que exasperó sobremanera tanto a los familiares de sus víctimas, como a los abogados de la acusación particular y al público en general. No rehuía a nadie. Parecía desear que se le conociera, que se vendiera su imagen de quien parece no haber roto nunca un plato cuando, en realidad, lo que su numerito del “hombre sin miedo” ofrecía a la opinión pública era el rostro de un asesino imperturbable, frío e impasible, de sonrisa cínica y actitud insoportable. Un tipo desagradable que no se arrepentía de nada entretanto alardeaba del perdón que le concedieron las mujeres a las que violó. Peor aún: que presumía de no tener ni haber tenido nunca problemas sexuales porque mantenía relaciones “a diario”. El famoso José Antonio García Andrade, uno de los psiquiatras que le estudió de cara al juicio, indicó que Rodríguez Vega siempre tuvo problemas para satisfacer sexualmente a su primera esposa, ante cuyos requerimientos solía alegar cansancio[8].

“En los testimonios de la sentencia se recogen extractos de los informes emitidos por dos psiquiatras y cuatro médicos forenses sobre la personalidad de Rodríguez Vega. Según estos informes poseía una personalidad de carácter psicópata, con un trastorno neurótico y perversiones sexuales múltiples. Sobresalen los siguientes rasgos: desalmado y frío, inmaduro, afán de notoriedad y protagonismo, insolente, peligroso, con ciertos elementos sádicos. […] Añadiendo en algún caso la imposibilidad de ejercer acción terapéutica, farmacológica o psicológica de tratamiento anómalo de su personalidad”[9].

Rodriguez Vega #3
Otra fotografía del criminal en sede judicial. El hecho es innegable: daba bien ante las cámaras.

En vista de que la táctica del gallito no dio los frutos apetecidos, Rodríguez Vega y sus defensores decidieron tratar de reducirle la condena buscando la eximente de incapacidad mental. Así, declaró que actuaba movido por un sentimiento de odio hacia su madre -a la que decía temer desde niño a causa de su gran severidad, a la par que siempre le había despertado una profunda atracción sexual-. Dijo sentir idénticas emociones hacia su suegra. De ello se deduciría que al asesinar a sus víctimas, y en sus propias palabras, estaban “pagando justas por pecadoras”. Los especialistas tuvieron entonces que discernir si se trataba de un sujeto desalmado, inmoral y sin conciencia –de un psicópata en suma-, o de un pobre hombre con la personalidad desestructurada a causa de una infancia perversa. En tal sentido los informes periciales que aportaron resultaron concluyentes: “llegamos a la conclusión de que su imputabilidad era plena, porque su inteligencia era absolutamente brillante. Era un psicópata, con esa característica de ese grupo de psicópatas, esa frialdad clásica, sin remordimientos, no se conmueven, es un personaje verdaderamente hecho para el crimen”[10]. El hecho es que, pese a su reiterada negativa a que las ancianas le procurasen cualquier clase de excitación sexual, todo hace indicar que Rodríguez Vega sufría una fijación parafílica hacia las mujeres de edad avanzada: gerontofilia. Y ahí se terminó la parodia.

José Antonio Rodríguez Vega fue condenado a más de cuatrocientos años de cárcel: 26 años, ocho meses y un día de reclusión mayor por cada una de sus víctimas. Cuando se conoció la sentencia, el fiscal jefe de Cantabria, Lucio Valverde, se lamentó de que la justicia española fuese –entonces- tan benigna con esta clase de sujetos pues, pasados como mucho 30 años, volvería a la calle[11]. Y en efecto, con la previsible reducción de condena habría quedado en libertad en el año 2003.

Recibiendo lo tuyo, pero con clase

A partir de aquel momento el criminal comenzó un periplo carcelario que le llevó por media España. Siguió negando los crímenes, empeñándose en demostrar su inocencia, lo que le indujo a estudiar Derecho a distancia, tarea en la que destacó como alumno  modélico y aventajado según el testimonio de sus profesores. Llegó incluso a ejercer como bibliotecario en alguna de las prisiones en las que permaneció.

El anecdotario cuenta que en el ya clausurado centro penitenciario de Carabanchel, José Antonio intimó con otro conocido asesino en serie patrio, Manuel Delgado Villegas, El Arropiero. Los funcionarios de la prisión comentaban con sorpresa la estrambótica relación que se planteó entre ambos individuos: una macabra rivalidad en torno a la eficiencia con que ambos había terminado con la vida de sus víctimas. También se hizo enemigos que luego le costarían caros, puesto que sus delirios de grandeza le llevaban a menudo a mofarse del resto de los presos imaginando que el éxito y el dinero le caerían del cielo en cuanto pusiera el pie en la calle:

“[…] El pervertido santanderino se había ganado enemistades. Había coincidido con su posterior verdugo en otro presidio, y le había fastidiado recordándole que saldría antes y seguiría follando viejecitas mientras el otro se la cascaba en la celda. Aparte, el pichabrava presumía de modosito. Se mezclaba poco con sus compañeros (los cuales le despreciaban) y estaba siempre a punto de hacer un favor a los funcionarios. Tenía cierta fama de chivato, además de violador de octogenarias. Para los patibularios, está claro que las mujeres se seducen, se conquistan o se ganan a navajazos. Pero no se violan. Especialmente si se trata de ancianas respetables. En muchos de los tatuajes penitenciarios, junto al imprescindible Camarón no ha muerto suele haber el inexcusable Amor de Madre.  Los criminales sensibles también tienen su corazoncito”[12].

Mate al Mataviejas
Momento célebre donde los haya: “maté al Mataviejas”.

En efecto. La motocicleta de Rodríguez Vega terminó frenando en seco cuando tres reclusos de la prisión de Topas (Salamanca) –Daniel Rodríguez Obelleiro, Enrique González del Valle (alias Zanahorio) y Felipe Martínez Gallego- finiquitaron su vida asestándole más de cien puñaladas tan sólo dos días después de que llegase al penal por la vía del traslado. Se dijo que en cumplimiento de uno de los más viejos y tópicos códigos entre reclusos que existen. Corría el día 24 de octubre de 2002[13]. Uno de sus asesinos, al ser llevado a prestar declaración, viéndose tristemente aplaudido a la puerta de las instancias judiciales por los transeúntes que se arremolinaban alrededor suyo –hay gente para todo en esta vida-, se envalentonó para gritar ante las cámaras de televisión un descriptivo “maté al mataviejas”. Crimen y castigo. Hubo una suerte de justicia poética en aquel sainete macabro, pues el tipo tampoco se tapó la cara, tampoco corrió, también miró directamente a las cámaras… Y sonrió.

“Según las fuentes, los funcionarios trataron de evitar el apuñalamiento, pero los asesinos les amenazaron con los pinchos y los trabajadores no pudieron hacer nada para salvar la vida de Rodríguez. Las fuentes calificaron el suceso de extremadamente violento, pues los agresores siguieron apuñalando a su víctima aún después de haber fallecido. El director de la cárcel, José Ignacio Bermúdez, explicó que Rodríguez Vega, de 44 años, había llegado dos días antes procedente de la cárcel de Murcia, cumplía prisión por el asesinato de 16 ancianas y aún le quedaban seis años de condena. Al parecer, los reclusos comenzaron a agredir a la víctima en el patio de la galería tercera, en la que se encuentran los presos más conflictivos. Un funcionario intentó detenerlos, pero tuvo que irse para atrás obligado por los presos, que le impidieron su entrada, prosiguió el director de la prisión. Mientras el guardia de seguridad daba el aviso de alarma a sus compañeros, los dos agresores continuaron apuñalando al recluso, que cayó cadáver. Posteriormente, asesinos entregaron sus armas a los funcionarios y fueron ingresados en un módulo de aislamiento. Bermúdez indicó que el fallecido no tuvo actitudes violentas cuando llegó y explicó que el suceso ha sido puntual[14].

Pero este no fue el final de una historia que mostraba algunos aspectos poco claros. Lo cierto es que la hipótesis del mitológico código carcelario hacía aguas a poco que se investigara al respecto. Primero, porque los propios directores de las prisiones no dudan en sostener cuando son interpelados al respecto que esta clase de códigos no existen. De hecho, algunos incluso admiten que en los centros penitenciarios que dirigen, los violadores están mezclados habitualmente con el resto de los presos y no suele ocurrir nada destacable. Luego, porque en lo referente a este tipo de relatos suele haber más de leyenda urbana que de auténtica realidad y, en un tercer término, porque la situación penitenciaria en Topas andaba ya algo revuelta desde tiempo atrás, tal y como se deduce de los comunicados que los internos de la prisión publicaban en un blog de internet[15]:

Sea como fuere, el epílogo a este relato lo puso el propio Rodríguez Vega a título póstumo. El mismo día de su asesinato compuso una carta autógrafa, de apenas 28 líneas, que llevó al correo junto con una declaración mecanografiada en la que solicitaba el perdón por sus crímenes. Minutos después moriría al ser abordado por sus ejecutores durante la salida rutinaria al patio del penal. Dicha declaración era remitida a la Audiencia Provincial de Santander y en ella se expresaba en términos del todo desconocidos a lo largo de su trayectoria judicial:

“Desearía que se haga llegar este comunicado a todas las familias de las víctimas en mi nombre. […] Que el día de mi puesta en libertad, y dado el arrepentimiento que siento profundamente por los hechos sucedidos, en lo mejor posible indemnizaré a todas las familias de las víctimas una vez puesto en libertad. Aunque por mucho que yo quiera indemnizar, y aunque con la privación de libertad que estoy sufriendo por los hechos sucedidos no se recupere a sus seres más queridos, considero que, como ser humano y responsable, es mi obligación para que, de alguna manera, se pueda reparar el daño causado”[16].

Nadie sabrá jamás si este arrepentimiento era sincero y sólo cabrá en adelante especular al respecto, si bien, teniendo en cuenta lo dotado de su protagonista para el embuste y la manipulación, parecen quedar pocas dudas. El hecho es que ahora, en la dinámica revisionista e inevitable que perseguirá por siempre acontecimientos como los protagonizados por el santanderino, se pide desde diversos medios que se observe la figura de José Antonio Rodríguez Vega como la de un “ser humano”. Petición absurda puesto que, sin duda alguna, lo era. Humano al ciento por ciento y con denominación de origen. Carece pues de sentido entablar conflictos morales o establecer juicios paralelos innecesarios para hechos que hablan por sí mismos. En lugar de ello, cerraré la historia con otras palabras también pronunciadas por Rodríguez Vega, el hombre, el ser humano y el asesino: “cuidado con lo que publicáis. Lo duro lo dejas aparte. Yo a la calle voy a salir. Ni se os ocurra porque os asesino”[17].


[1] No se buscaba específicamente a criminales de estas características, de haberse hecho, hubieran aparecido muchos más. Lo cierto es que un buen número de casos “clásicos” de los anales criminales españoles, leídos desde los parámetros actuales, arrojan datos que nos llevan a pensar que la ley se enfrentaba realmente a asesinos psicópatas que hubieran seguido matando de haber contado con la oportunidad, o cuya carrera criminal nunca era desvelada del todo. Entiéndase: para encontrar un asesino en serie es imprescindible buscarlo.

[2] Parece que el desencadenante de este odio no era otro que el hecho de que le expulsara de casa tras agredir a su padre, un hombre enfermo e indefenso. Rodríguez Vega –se ignoran los motivos- se sentía en extremo herido y traicionado por esta actitud de su progenitora. Posteriormente, la inquina se haría extensiva a la figura de su suegra, a quien calificaba de auténtico veneno. “Yo no me sentía atraído por las ancianas. Ha sido una venganza hacia mi familia. Ha sido una venganza contra mi madre. Al no matarla a ella pues, mira… Está el amor y el odio hacia la maternidad, y lo respetas… ¿Cómo vas a matar a tu madre, qué es la que te ha traído al mundo? […] No me la cargué de misericordia, que me la tendría que haber cargado. Muerto el perro se acabó la rabia” (Guirado, L.: “Así intimé con un psicópata”. Diario El Mundo, 27 de octubre de 2002).

[3] Berbell, C. y Ortega, S. (2003). Psicópatas criminales. Madrid: La Esfera de los Libros.

[4] Así entró en el juego el periodista del Diario Montañés Maxi de la Peña, quien fue el primero en argumentar que había un asesino en serie suelto en la ciudad: “En enero de 1988 recibí la confidencia de una persona vinculada a un depósito de cadáveres. Me dijo que habían llegado tres ancianas allí con el diagnóstico de muerte natural, pero las tres presentaban lesiones en la vagina. A raíz de aquella fuente, empezamos a hablar de que andaba suelto un psicópata con un Complejo de Edipo mal curado. Y tanto los colegas de otros periódicos como el delegado del Gobierno y el comisario se lo tomaban a risa. Me sentía solo. Y así pasaron cinco meses. Hasta que lo detuvieron en mayo de 1988. Al terminar el juicio, todo el mundo vino a felicitarme. Él reconoció nueve asesinatos, se sentía feliz con tanto protagonismo. Y dijo que lo había hecho porque identificaba a las ancianas con su madre, a la que odiaba. Estuve entrevistando a los hermanos. Y para ellos era un bochorno. Contaban que era un déspota en casa. Que si no le gustaba la comida le tiraba a la madre el plato al suelo y maltrataba a los hermanos. Era un fantasma, añade una fuente de Instituciones Penitenciarias. Tenía mucho afán de protagonismo y eso mosquea mucho a los presos. Les decía a sus compañeros: ‘Me queda nada para salir y me van a soltar una millonada por mis memorias’” (Perejil, F. y Ortega, C.; “El oscuro crimen del Asesino de Ancianas”. En: Diario El País, 27 de octubre de 2002). El primer e inquietante relato de Maxi de la Peña apareció en El Diario Montañés el 27 de enero de 1988: “Una mujer de 65 años víctima de un sádico que asesinó a otras dos ancianas”.

[5] Testimonio de José Antonio Rodríguez Vega. Citado en Berbell, C. y Ortega, S.; Op. Cit.

[6] Berbell, C. y Ortega, S.; Op. Cit.

[7] Ibíd. anterior.

[8] El hecho de que dos años después fuese detenido por violación denota que, en realidad, lo que excitaba sexualmente a Rodríguez Vega eran otras cosas bastante diferentes a las que podía proporcionarle su joven esposa.

[9] Diario de Sesiones del Congreso de los Diputados (VII Legislatura, año 2002, número 651). Comisión de Justicia e Interior. Sesión 81, celebrada el 12 de diciembre de 2002.

[10] El dictamen, desde luego, no fue del agrado de Rodríguez Vega, quien no dudó en amenazar con la muerte a sus evaluadores. De hecho, albergaba un odio desmedido hacia la figura de José Antonio García Andrade: “Ese hijo de puta [dijo a la periodista Lucía Guirado] hizo un informe mío sin conocerme ni hablar nada conmigo. Por eso voy a por ese cabrón cuando salga” (Guirado, L.; Op. Cit.)

[11] Nota de prensa de la Agencia EFE. 24 de octubre de 2002.

[12] Romeu, J. [Louys] (s. f.). “El asesino asesinado”. En Internet: Distrito Hablemos de Sexo [www.telepolis.com]. Este blog ha desaparecido.

[13] Las 113 puñaladas que segaron la vida de José Antonio tuvieron tanta repercusión como su vida y llegaron incluso a convertirse en motivo de una de las preguntas que el Grupo Parlamentario Socialista elevó al Ministro de Justicia (Diario de Sesiones del Congreso de los Diputados, Ibíd… anterior). El punto oscuro de este debate giró en torno a la cantidad y calidad de protección que se prodigaba a Rodríguez Vega.

[14] Nota de prensa de la Agencia EFE. 25 de octubre de 2002.

[15] El blog en cuestión, lamentablemente ya extinto, era Desdedentro de la sociedad cárcel [www.nodo50.org/desdedentro/index.php].

[16] Citado por Pedro Simón; “La última voluntad del ‘mataviejas’”. En: Diario El Mundo. Martes, 25 de febrero de 2003.

[17] Guirado, L.; Op. Cit.

Del genocidio al documental

La Segunda Guerra Mundial concluyó con la deflagración de dos bombas atómicas, en Hiroshima y Nagasaki –el 6 y el 9 de agosto de 1945-, que fuerzan la rendición incondicional del Japón. En la conciencia de muchos ciudadanos victoriosos de las potencias aliadas este acontecimiento generó un hondo sentimiento de culpa. La orden del presidente Harry Truman llevó a no pocos a pensar que el brutal esfuerzo material y humano realizado para impedir el triunfo de la depravación moral que simbolizaban las fuerzas del Eje, sólo había sido un espejismo. Al final, la guerra es un hecho criminal per se. El hongo atómico que dejó tras de sí el paso del bombardero B29 Enola Gay se convirtió en hito del desarrollo de la conciencia moral de la democracia occidental pues demostró que en la guerra todo está permitido y que, si de imponer la fuerza se trata, no hay límites que se puedan considerar razonables o inquebrantables[1]. Matar siempre es matar, y al final cualquiera puede matar mucho y bien si se lo propone seriamente. En última instancia, la catástrofe atómica, como se refleja de manera magistral en películas como Creadores de Sombra (Roland Joffé, 1989), difuminó de suerte radical las fronteras entre los vencedores y los vencidos: el terror nuclear que sustentó los precarios equilibrios de la Guerra Fría se basaba en el principio fatalista de que daba exactamente igual quién llegara a pulsar antes el botón, pues en cualquier caso nadie ganaría.

Boeing B-29 "Enola Gay"
El bombardero Enola Gay (Fuente: U.S. Air Force Photo)

Pero lo peor no habían sido la guerra en sí, o la escenografía perfectamente apropiada de su colofón atómico, sino el racimo de espantos que comenzó a airearse en los años posteriores. El polvo de los campos de batalla apenas empezaba a sedimentarse cuando ya se exhibían en los noticiarios las imágenes de Auschwitz-Birkenau y de los tremebundos campos de exterminio erigidos por los japoneses en China, si bien el horror de Hiroshima y Nagasaki motivará que esta historia quede suavizada, cuando no oculta por la mala conciencia occidental. Apenas han comenzado los juicios de Nüremberg cuando la izquierda–que no deja de escandalizarse farisáicamente con la brutalidad genocida de Hitler y sus seguidores-, se ve obligada a plegar velas. Stalin, quien coyunturalmente se había aliado con las democracias occidentales para zafarse de la amenaza germánica, empezaba a ser un enemigo y los esfuerzos realizados para mostrar a la Unión Soviética como un país amigable se diluyen. Así se empiezan a airear las terribles purgas del estalinismo. Consecuentemente, el siglo XX no sólo se convierte en el de las dos grandes guerras, sino también en el de las grandes masacres, etnocidios, genocidios y dramas humanos que culminará con las limpiezas étnicas e ideológicas de Los Balcanes, Chechenia o Libia. El siglo del odio. De hecho, es tras la Segunda Guerra Mundial que un mundo atónito ante la magnitud de la barbarie “civilizada” todos entienden necesario sancionar un delito que hasta entonces había permanecido en la impunidad: el de crimen contra la humanidad.

Acceso tren Auschwitz (Cracow Tours)
Acceso ferroviario al campo de trabajo de Auschwitz-Birkenau.

Se ha dicho a menudo que el siglo XX ha sido el de los Derechos Humanos, y no sólo porque signifique un trágico punto de inflexión en él se hayan cometido barbaries tan terribles como las arriba mencionadas, u otras no menos degradantes como el apartheid sudafricano, o la emergencia de fundamentalismos terroristas de todo signo y color. También lo ha sido porque se ha comprendido que tales derechos son una realidad inalienable que debe ser protegida por encima del siempre dudoso –y peligroso- “derecho de las mayorías” o la “razón de Estado”. De hecho, sólo tras la Segunda Guerra Mundial, a partir de 1948, los Derechos Humanos van a ser concebidos como un elemento más del derecho internacional y regulados por organizaciones internacionales de carácter mundial. Y es que se ha entendido, al fin, que la preservación de los Derechos Humanos no sólo es imprescindible para la dignificación de la persona, sino también para la estabilidad internacional. Allá donde personas son perseguidas y tiranizadas sistemáticamente más tarde o más temprano la situación interna se degrada sin remisión, hasta generar conflictos más amplios y complejos.

Como es lógico, la cultura popular se hará eco por extenso de los horrores y tragedias internacionales, así como de sus consecuencias, al punto de que ha impulsado más la conciencia mundial ante los desastres humanitarios y los crímenes del odio étnico y nacionalista que una Organización de las Naciones Unidas que, muy a menudo, se ha mostrado inerme e inoperante ante las presiones políticas de criminales y genocidas de toda suerte y color. Al fin y al cabo, los gulags protegidos por la amenaza nuclear de la URSS y los regímenes tiránicos latinoamericanos salvaguardados por los Estados Unidos eran tan inatacables en el seno del Consejo de Seguridad de la ONU, como lo puedan ser hoy los regímenes de Birmania y Corea del Norte a los que protege el gigante chino. Consecuencia: muy a menudo sólo mediante la expresión artística han sido posibles la denuncia, la concienciación de los espectadores, así como la persecución, bien sea moral -como sucedió con el ex dictador chileno Augusto Pinochet-, de los criminales.

Trabajadores en un Gulag (Gulaghistory.org)
Trabajadores en un Gulag (Fuente: Gulaghistory.com)

El siglo XX convirtió en fenómeno de masas el crimen político en sus más variopintas manifestaciones, desde el magnicidio cometido por el lobo solitario de turno o los conspiradores de rigor, al crimen de Estado diseñado para aplacar –o controlar- a determinados sectores del entorno sociopolítico de los que convenía liberarse, o a los que interesaba someter. Así, tanto el crimen de estado o de guerra, el odio interracial instigado desde el poder y el magnicidio, en todas sus manifestaciones posibles, van a ocupar un lugar central entre las imágenes icónicas de la cultura popular contemporánea, al punto de que han llegado a adquirir el rango de subgénero dentro de las manifestaciones artísticas populares destinadas a la protesta y el debate sociocultural. Así, ya en fecha tan temprana como 1915, con la técnica del rodaje cinematográfico prácticamente en desarrollo, David Wark Griffith rueda la primera película estrictamente moderna de todos los tiempos, El nacimiento de una nación. Cinta polémica donde las haya por su contenido netamente racista –los héroes salvadores de la patria son encarnados nada menos que por el Ku Klux Klan-, que provocó disturbios tras su estreno en diversas ciudades y uno de cuyos puntos culminantes es precisamente un magnicidio, el de Abraham Lincoln. El primero recreado por el cine en toda su historia. Por cierto, para el momento en que Griffith estrena su película ya se han producido otros fenómenos mediáticos que van a prefigurar la cultura popular occidental. El principal de ellos es la Guerra de Cuba, primer conflicto bélico internacional narrado masivamente en los medios de comunicación modernos.

Birth of a Nation
Uno de los reclamos publicitarios de El Nacimiento de una Nación, película basada en el texto El hombre del Clan, de Thomas DixonEl contenido del filme es más que explícito.

No es extraño, pues, que entre las imágenes más difundidas y reconocibles de nuestro pasado inmediato se encuentren el hongo atómico de Hiroshima, las excavadoras desplazando las pilas de cadáveres en Auschwitz, las víctimas de las hambrunas en Ucrania, los niños vietnamitas regados con napalm o las matanzas de hutus y tutsis en Ruanda. Tampoco que una las películas más vistas de la historia, rodada por un aficionado con un tomavistas, sea precisamente el testimonio de un testigo directo, Abraham Zapruder, quien en la Plaza Dealey de Dallas el 22 de noviembre de 1963 asistió al asesinato de John F. Kennedy. Y más: en esta tesitura, a casi nadie sorprende que el siglo XXI comenzase con las imágenes del colapso de las Torres Gemelas tras el atentado islamista del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York. Parecería que la fusión de imagen, relato, símbolo y barbarie sean elementos insertos en la genética misma de nuestra cultura en tanto que producto audiovisual destinado al consumo de masas.

Zapruder 313
El archifamoso fotograma 313 de la película tomada por Abraham Zapruder. Un filme que ha hecho correr ríos de tinta.

Lo más increíble, sin embargo, y quizá un perfecto testimonio del cinismo en el que nos ha sumido el siglo de la barbarie, es que tras exhibirse en horario de máxima audiencia lindezas como las ejecuciones de Nguyen Van Lem[2] y Samuel Doe[3] o la autoinmolación de Thich Quan Duc[4], aún haya quien defienda la inexistencia de unas snuff-movies a las que denominamos “información” cuando nos interesa difundirlas, o pueda simplemente escandalizarse acerca de los contenidos de algunas expresiones culturales. De hecho, en un medio que, como la televisión, copa audiencias y alcanza todos los hogares, el debate acerca de las líneas que deben o no ser traspasadas en beneficio de la libertad de prensa ha hecho correr ríos de tinta y, aún hoy, se encuentra muy lejos de su resolución. Mucho se ha discutido acerca del tratamiento mediático de los sucesos, de los programas de tele-realidad como forma de entretenimiento, o de los contenidos que deberían exhibirse en determinados horarios.

Tampoco ha sido raro que los propios medios hayan intentado a menudo pactar una regulación de sus contenidos sin éxito alguno. La solución más habitual, una vez enfrentados los medios al dilema ético-moral que supone arriesgarse a afrontar críticas nada inocentes cuando se pretende informar del delito, ha sido simplemente la de guardar silencio. Inexplicablemente, el periodismo empresarial del presente, acorralado desde todos los ángulos y mediante toda clase de estrategias perversas, no ha sabido encontrar un término medio entre el servicio público y el sensacionalismo.

Sea como fuere, la película El juicio de Nuremberg (1961), de Stanley Kramer[5], dará el pistoletazo de salida a lo que será, en adelante, el relato en clave artística, y docu-dramática, de la ingente cantidad de barbaries y crímenes cometidos por los seres humanos en aras a los “grandes ideales”. Con ella, tal vez, ha comenzado un proceso de lenta pero progresiva inmunización ante estos asuntos que nos ha conducido a contemplarlos como un elemento más del paisaje socioantropológico de nuestro tiempo que ha conducido a su exposición en toda suerte de formatos, bajo todo tipo de estilísticas, e incluso con los fines aparentemente más espurios, como el cómic:

“En algún lugar del tiempo suena un disparo. Bang. El eco está grabado en nuestro inconsciente colectivo. Bang, bang. Es una bala en el corazón del mundo. En Miami, un abogado del distrito se desangra hasta la muerte en la calle. En Bosnia, un reformista popular es tiroteado junto a una cafetería. Bang, bang… Se oyen disparos en Nicaragua, en Irlanda y en Costa de Marfil. Caen políticos y disidentes, las economías oscilan, países enteros cambian de forma. Es el sonido de la historia cambiando. A veces son tres disparos… o cuatro… o cinco. En Dallas un desfile de coches gira a la izquierda… Bang. Un presidente elegido democráticamente cae de lado y un golpe de Estado ha tenido lugar. Tres disparos, un tirador, fin de la historia. Días después, suena otro disparo. El pistolero loco y solitario es tiroteado a su vez, y no queda nadie que hable. La gente moverá la cabeza y volverá a su vida, y maldecirá el nombre del asesino para siempre… Dejando que el auténtico asesino vuelva a hacerlo una y otra vez”[6].

Lo cierto es que Stanley Kramer, autor reincidente en esta clase de temáticas como el alemán Otto Preminger, creó escuela y lo hizo en paralelo a la evolución del mercado literario y periodístico de su tiempo, constante fuente de inspiración para guionistas y directores de medio mundo. Fundó, por tanto, una tradición cinematográfica revisionista y harto crítica tanto con la sociedad presente como con la pasada que la inspiró y que, posteriormente, durante la década de 1970, abanderarán los Giuliano Montaldo, Gillo Pontecorvo, Werner Herzog, Arthur Penn, Stuart Rosemberg o el aclamado Reiner Werner Fassbinder, uno de los primeros cineastas que recupera de manera activa el papel protagonista de la mujer en la cultura y la sociedad. Autores y temas críticos, duros, a menudo escasamente amables para el espectador que anticipan la pasión por el documental del presente.

Judgement at Nuremberg (Kramer)
Uno de los muchos carteles promocionales de El juicio de Nuremberg, de Stanley Kramer. Cinta que va a marcar un antes y un después en la concepción del cine.

[1] Hoy, para mucha gente, el nombre de Enola Gay hoy es únicamente el título de una popular canción de la banda tecno-pop Orchestral Manoeuvres in the Dark. Un ejemplo más de que la cultura popular todo lo asume, lo reinterpreta y lo transforma en otra cosa, generalmente vendible.

[2] Soldado del Vietcong ejecutado en Saigón ante los objetivos de las cámaras del periodista Eddie Adams y de los reporteros de la NBC. Adams, que captó el momento exacto en que el ejecutado recibía el impacto fue premiado con el premio Pulitzer por esta fotografía que, durante décadas, se convirtió en el testimonio perfecto de los horrores de la guerra. Un éxito amargo: el premiado se sintió durante años culpable al creer que con su conducta había instigado la ejecución de Nguyen.

[3] Presidente-dictador de Liberia entre 1980 y 1990. Tras alcanzar el poder mediante un golpe de estado y practicar durante su mandato toda suerte de crímenes y felonías, Doe sería depuesto tras una breve pero cruenta guerra civil por Charles Taylor. Las imágenes de la tortura y posterior ejecución de Doe dieron la vuelta al mundo en horario de máxima audiencia y aún puede encontrarse en algunos lugares de internet, como este: [Daily Motion].

[4] Monje budista que se quemó hasta morir en una calle de Saigon en protesta por el trato que recibían los seguidores de su religión en el país. La imagen y el relato de la autoinmolación del monje les valió sendos premios Pulitzer a los periodistas Malcolm Browne y David Halberstam. Tristemente célebre, esta forma de suicidio protesta llegaría posteriormente a hacerse verdaderamente popular, ocupando un lugar central en los medios de comunicación. Hoy la tremenda imagen ha alcanzado el punto de banalización extrema al ser incluso portada de discos, como el primer LP de la banda Rage Against The Machine (1992).

[5] En España, de manera perfectamente equívoca y necesariamente ideológica, se estrenó con el absurdo título de Vencedores o vencidos.

[6] Jenkins, P.; Garney, R. y Buscema, S. (2000). The Dogs of War: Part 1. En: The Incredible Hulk, Vol. 3, 14. Marvel Entertainment.

Baúl va, baúl viene

Las dichosas coincidencias históricas que a menudo nos sorprenden a la par que hacen las delicias de amigos de lo insólito y teóricos de la conspiración, también se producen en el mundo del crimen, lo cual nada tiene de especial si tenemos en cuenta que lo criminal es un hecho sociocultural más dependiente de la acción humana y que, en el fondo, todos somos iguales en lo general, aunque diferentes en lo particular. Por ello, del mismo modo que el inventor que va a registrar una patente puede encontrarse con el hecho, irónico y descorazonador, de que apenas una semana antes otro tipo ha registrado una creación prácticamente idéntica a la suya, o que el escritor pergeña un argumento para una novela para descubrir que un libro de contenido muy parecido acaba de publicarse, sucede también que quien decide cometer y ocultar un crimen de cierta manera “única” y “original” bien puede encontrarse con el hecho de que alguien ha tenido la misma idea truculenta y retorcida que él. E incluso en una versión mejorada.

Con eso se encontró un estupefacto Tony Mancini en 1934, meses después de haber llegado a la estación de Brighton junto con su pareja, una bailarina madura y bastante mayor que él que respondía al nombre de Violette Kaye.


Violette Kaye & Tony Mancini
Tony Mancini y Violette Kaye.

Una relación difícil

Mancini, pese a su seudónimo de “latin-lover”, era un mocito de veintiséis años inglés por los cuatro costados. Su verdadero nombre era Cecil Lois England, aunque también era conocido por la policía con otros aliases como Jack Notyre, Tony English o Hyman Gold –le iba lo llamativo, como se puede comprobar-. En efecto, se trataba de un delincuente de baja estofa, viejo conocido de las Autoridades londinenses a causa de un buen surtido de delitos menores. Violette, por su parte, se apellidaba Watts por nacimiento, pero también se había sumado a la tradicional costumbre anglosajona de modificar su nombre, luciendo otros aparte de Kaye, como Saunders. Contaba cuarenta y dos años y aunque se promocionaba a sí misma como bailarina profesional y cantante, sus días de mediano éxito en el circuito del “vaudeville” quedaban lejos, de suerte que la mayor parte de su renta se la proporcionaba la prostitución ocasional.

La relación entre ambos era complicada. Mancini, un chorizo del montón, entre delito y delito era camarero de profesión. Violette, cuyo empleo en el oficio más antiguo solía mantenerlos a ambos durante la mayor parte del tiempo, era una mujer que, dada su edad y ocupación, había dejado ya muy atrás sus mejores días, por lo que vivía presa de los celos más atroces. La consecuencia irremediable de aquella mezcla explosiva era una permanente disputa que, con el paso del tiempo, se había ido envenenando cada vez más. No es que Tony fuera precisamente un “chulo” en el sentido estricto del término, pues trabajaba con regularidad, pero no es menos cierto que tampoco tenía dudas a la hora de valerse de las ganancias de Violette cuando era preciso. El hecho es que se ignoran los motivos por los que en septiembre de 1933 decidieron trasladarse a Brighton, pero el asunto huele a “cambio de aires”, escape de viejos problemas y búsqueda de nuevas oportunidades.

El caso es que la pareja se instaló un apartamento ubicado en el sótano del 44 de Park Crescent, justo el lugar en el que empezaría a fraguarse la sorprendente casualidad a la que aludíamos al comienzo.

Violette Kaye #2
Violette ejerciendo su profesión de bailarina.

Compremos un baúl

Mancini, si hemos de creerle, profesaba un afecto más o menos sincero por Violette. Pero quizá no la clase de deseo amoroso apasionado que ella esperaba, lo cual alimentaba una creciente paranoia celotípica. De hecho, Tony era un gran aficionado al fútbol, deporte que solía practicar los sábados por la tarde pues jugaba en un club amateur, y ello procuraba grandes problemas a la relación por cuanto ella lo acusaba sin cesar de que aquellas salidas deportivas –que no eran más que eso como luego se comprobó- en realidad ocultaban imaginarias infidelidades.

El tema empeoró cuando él encontró trabajo como pinche de cocina en el café Skylarg, local atendido por un buen surtido de camareras jovencitas con las que Tony Mancini tonteaba de vez en cuando. Lo que ignoraba, y he aquí el desencadenante de la tragedia, es que Violette se dedicaba a espiarle durante el horario laboral. Y aquellos coqueteos del apuesto futbolista se volvieron insufribles para la madurita despechada al punto de que el severo marcaje que ella ejercía sobre él se hizo mucho más asfixiante.

Tony Mancini
Tony Mancini, con sus mejores galas, luciendo su palmito de “latin-lover” de cartón piedra. Parece que a las chicas las volvía locas.

Así llegamos al 10 de mayo de 1934. En la tarde de ese día Violette, carcomida por los celos, se presentó en el Skylarg con la excusa de tomar una taza de té y Tony, ya harto de aquella vigilancia, no pudo soportarlo más. Salió de la cocina, tuvo una discusión con la mujer y luego, una vez ella huyó llorando del local, concluyó su jornada laboral como si tal cosa. Se ignora lo que pasó después cuando ambos se reencontraron en su apartamento de Park Crescent, pero el hecho es que a la mañana siguiente Violette yacía muerta en el fondo de un armario con el cráneo fracturado… Lo cual no impidió que Tony saliera de casa tan tranquilo para acudir formalmente a su puesto de trabajo. Tuvo así un día entero para madurar qué haría a continuación. Eso sí, terminada la jornada no olvidó llevarse al baile a una de sus compañeras, quizá para aligerar tensiones.

En primer término, debía ocuparse de la hermana de Violette, quién esporádicamente solía pasar algunos días con ellos, de modo que le envió una carta informándola de que la mujer había encontrado un buen trabajo en París, por lo que pasaría una larga temporada allá. Dijo que ya se pondría en contacto una vez se acomodara. Esto le concedía el tiempo necesario para poner en marcha la segunda parte del plan: alquiló una habitación en el número 52 de Kemp Street y compró un baúl de gran tamaño en el que depositó el cuerpo de la víctima para cubrirlo a continuación con algunos de sus vestidos.

Pago al casero antes de largarse y, valiéndose de una carretilla, trasladó el baúl a su nuevo domicilio sin llamar la atención, por cuanto en aquellos días era muy común que las familias de pocos posibles se mudaran de un sitio a otro con todas sus pertenencias, lo cual convertía las calles en un trasiego permanente de maletas, baúles, carretillas y furgonetas cargadas hasta los topes. Una vez en Kemp Street depositó el baúl en la habitación, lo envolvió concienzudamente, y siguió con su vida como si nada hubiera ocurrido.

Lástima que con el paso de los días empezara a no oler demasiado bien y hubiera que mejorar progresivamente los envoltorios…

Kemp Street 47
El apartamento de Kemp Street. En primer término, el baúl donde reposaban los restos de la pobre Violette.

Depositando el otro baúl

El 6 de junio de 1934, más o menos un mes después de que Tony Mancini decidiera convivir con una Violette Kaye mucho más silenciosa y complaciente que antaño, un tipo perfectamente anónimo y bastante callado se presentó en la estación del ferrocarril de Brighton con una carretilla en la que portaba un enorme baúl nuevo, atado con una cuerda. Cruzó el vestíbulo, llegó a la consigna, depositó el equipaje, recogió su recibo, dio las gracias al empleado y desapareció para no regresar jamás.

Resulta que el verano de 1934 fue especialmente caluroso en Gran Bretaña, por lo que once días después de que el misterioso personaje se esfumara, el intenso hedor que desprendía aquel baúl motivó que el encargado de la consigna decidiera tomar cartas en el asunto. Desde luego, no podía abrirlo ni tirarlo, pero sospechaba que tal vez hubiera en su interior algún tipo de alimento descomponiéndose, por lo que decidió llamar a la policía para que le librara de aquella peste inaguantable. Los agentes, una vez personados en la consigna, optaron por abrirlo. Sorpresa.

Almacen Estacion de Brighton #2
Consigna de la estación del ferrocarril de Brighton en la década de 1930 (fuente: Getty Images).

Al retirar el papel de estraza que cubría el bulto aparatoso de su interior resultó que se trataba del torso de una mujer. Los brazos y las piernas no se encontraban allí, si bien al día siguiente las extremidades inferiores aparecieron en una maleta depositada en otra consigna, la de la estación londinense de King’s Cross. De los brazos y la cabeza de la víctima, por cierto, nunca se sabría nada. Y la primera pregunta, por lo demás lógica, de los policías fue obvia: “¿Recuerda alguien a la persona que trajo esto?”

Y ninguno de los entrevistados supo qué responder…

Scotland Yard envió a Brighton a su más prestigioso y reconocido forense, Sir Bernard Spilsbury, quien no tardó en realizar la pertinente autopsia del torso. En el informe explicó que se trataba de una mujer de aproximadamente veinticinco años, bien alimentada y cuidada, lo cual permitía deducir que probablemente procedía de un estatus social elevado. Estaba embarazada de cinco meses cuando la asesinaron, lo cual debió ocurrir en los últimos días del mes de mayo. Lo que no pudo averiguar Spilsbury pese a su incuestionable talento en el ámbito de la medicina legal fue la causa última de la muerte de aquella mujer misteriosa. Poco se sabía más allá de los detalles de la autopsia y la policía se encontró muy pronto en un callejón sin salida que, día a día, se tornaba más estrecho.

Sir Bernard Spilsbury
El afamado Sir Bernard Spilsbury, uno de los mejores médicos legales de su tiempo. Paradójicamente, terminó sus días suicidándose, quizá harto de trajinar con lo peor de la especie humana. Y es que hay profesiones que exigen de mucho estómago y buena cintura.

Se hicieron averiguaciones a partir de todos los casos denunciados de mujeres desaparecidas, que mantuvieran alguna coincidencia con el cadáver del baúl, ocurridos en Gran Bretaña por aquellas fechas, al mismo tiempo que los periódicos encontraron un sustancioso asunto con el que alimentar a la opinión pública británica, pero no se sacó nada en claro y el enredo del misterioso baúl de la estación de Brighton se convirtió en un enigma criminal que atrajo la atención de investigadores procedentes de los cinco continentes. Todo parecía inútil.

Una vieja cotilla

Retrocedamos unos días en el tiempo.

El 7 de junio de 1934 Tony Mancini está leyendo durante la hora de la comida, como es su costumbre, un ejemplar del Daily Express, cuando se encuentra una noticia que le induce a frotarse los ojos. Se ha encontrado en Brighton el cadáver de una mujer dentro de un baúl… Precipitadamente, pues no había pasado la noche en su apartamento, retorna al hogar para descubrir que el cuerpo de Violette sigue justo donde lo dejó. Volvió entonces al trabajo para seguir con sumo interés el desarrollo de los acontecimientos durante los días siguientes. Alguien había tenido su misma idea, y al mismo tiempo que él, lo cual en el fondo le llevó a suponer que la cosa no dejaba de tener cierto toque irónico y, por qué no decirlo, incluso divertido.

Daily Mirror (19 Junio 1934) - Cover
Edición del Daily Mirror del 19 de junio de 1934 en la que se informa del hallazgo de las piernas de la víctima de Brighton en la estación londinense de King’s Cross. El asunto del baúl de la estación de Brighton se hizo tan sumamente famoso que dio pie a un serial mediático de largo alcance.

El problema es que Tony no iba a tener tanta suerte como el misterioso portador del baúl de la estación, por cuanto a la hermana de Violette la historia del trabajo parisino no le cuadraba y, tras varias semanas sin tener noticias de la mujer, sabedora de que Tony no era precisamente un ciudadano modelo, decidió denunciar la desaparición. De tal modo, el 14 de julio, los detectives que andaban tras el caso misterioso de la estación del ferrocarril optaron por hacerle una visita rutinaria. Mancini, muy controlado tal vez porque imaginaba que aquello podía suceder, les largó de manera convincente la historia del viaje a París e insistió en el hecho de que Violette era una mujer madura, bastante más mayor que la encontrada en la estación, con los que los agentes simplemente se limitaron a tachar su nombre de la lista para largarse con viento fresco. Sea como fuere, intuyendo que la cosa se ponía fea y que probablemente no volvería a tener tanta suerte en un segundo asalto, Tony optó por liar el petate de inmediato para largarse a Londres con la idea de desaparecer entre la multitud. Por supuesto, su baúl quedó abandonado en Kemp Street.

Y es probable que nadie hubiera dado con él en mucho tiempo, y que incluso el cuerpo de Violette hubiera llegado a momificarse sin mayor problema, de no ser por una ancianita sin nada que hacer que deambulaba por la finca. Un detalle nada desdeñable. Estas personas desocupadas que a veces resultan tan molestas por chismosas y metomentodo ayudan a resolver muchos crímenes y delitos precisamente porque, en su perpetuo deambular voyeurista, caen en la cuenta de infinidad de detalles y circunstancias que la mayor parte de la gente metida en sus propios asuntos nunca advierte.

Resulta que la señora Howe, pues así se llamaba la vieja cotilla, estaba obsesionada por el caso del baúl de la estación al punto de que lo seguía con extrema avidez en los periódicos. Uno de ellos había ofrecido una recompensa de 500 libras –un buen dinero por aquel entonces- a quien pudiera aportar un detalle que condujera a la resolución del crimen… Así que empezó a pensar. El caso que es que la mujer se había encontrado en la escalera con Mancini en varias ocasiones y no le había parecido trigo limpio… Por no hablar del misterioso olor que le parecía percibir cada vez que pasaba por delante de su puerta y que finalmente la motivó a llamar al periódico que, a su vez, puso la información en conocimiento de la policía.

Siguiendo el procedimiento de rutina, un agente se desplazó al lugar indicado por la denunciante, hizo que el casero le franqueara la entrada, encontró el baúl, y lo abrió. Lo primero que pudo ver con grave horror fue la cabeza en descomposición de Violette. Dejó caer la tapa, sumó dos y dos, y llamó a la comisaria para informar atropelladamente de que había encontrado por fin la buscada cabeza de la víctima del baúl de la estación. Y allá fue de inmediato Spilsbury con otros agentes. El forense abrió de nuevo el arcón, comenzó a retirar los vestidos, y por fin informó de algo extraordinariamente sorprendente que dejó a todos los presentes estupefactos: había una segunda víctima abandonada en un baúl… Y dos asesinos que no tenían aparentemente nada que ver entre sí, pero que habían tenido exactamente la misma idea, y al mismo tiempo. Qué cosas.

Violette Kaye
El cuerpo de Violette Kaye tal cual fue descubierto por la policía.

Guilty as hell

Los agentes de Scotland Yard no tardaron en dar con Tony Mancini, lógicamente en busca y captura, deambulando por una carretera cercana a Londres. Sucio, sin dinero, agotado y hambriento. Caminaba sin rumbo fijo ni saber dónde se encontraba pensando, tal vez, en desaparecer en la campiña. De hecho, cuando el coche de policía se acercó a él pareció sentirse aliviado, pues no dudó en informar a sus ocupantes –incluso antes de que estos le dirigiesen la palabra- de que él era el hombre al que estaban buscando por lo de Brighton. De perdidos, al río. Al menos dormiría en un lugar cubierto y con el estómago lleno.

De hecho es muy probable que Mancini hubiera pasado el resto de sus días en la cárcel de no ser por Lord Norman Birkett, a quien se reconocía como el abogado más prestigioso –se dice que uno de los mejores de la historia- de Gran Bretaña. Un hecho que, como se comprobará, refrenda un detalle importante que poca gente suele tener en cuenta cuando se presenta ante un tribunal: es cierto que todos somos iguales ante la ley pero, lamentablemente, no todos tenemos la posibilidad de conseguir al mejor abogado posible.

NPG x86371; William Norman Birkett, 1st Baron Birkett by Elliott & Fry
Lord Norman Birkett, uno de los mejores abogados de la historia de Gran Bretaña. Su participación en esta historia nos recuerda algo de manual: si tienes que ir a juicio, no seas rácano y asegúrate de que defiende tu posición un buen elemento.

Resulta que el prestigiosísimo Birkett se enteró de que los modestos padres de Mancini habían reunido sus escasos ahorros para conseguir un abogado para la defensa de su hijo. Cuando se les preguntó rutinariamente quién sería ese letrado dieron al funcionario –imaginamos que se lo tomaría con extraordinario humor- el nombre del único al que conocían a causa de su popularidad, Lord Birkett. El gesto enterneció el corazón del letrado que, sabedor de que el poder adquisitivo de aquella gente estaba a años luz de su tarifa habitual, decidió defender a Tony pro bono. Total, nada había que perder. El caso era lo suficientemente sustancioso, célebre y difícil como para incrementar su currículum y fama sin mayor esfuerzo en el caso de salir victorioso. Y si perdía, que sería lo lógico, aumentaría su fama de hombre de buen corazón y amplia generosidad. En cualquier caso salía ganando, lo cual era pago más que suficiente. Además, y no es un hecho desdeñable, la causa contaba con ese punto de reto complejo que apasiona a todo buen profesional.

Como es sabido –y ya lo hemos relatado en este blog en alguna ocasión– el sistema judicial británico establece un sistema de garantías tal que un acusado solo puede ser condenado por un delito si se demuestra que es culpable “más allá de cualquier duda razonable”, y eso era suficiente para el muy habilidoso Birkett. Ciertamente las pruebas y testimonios hacían pensar a todo el mundo que Tony Mancini era, como suele decirse, guilty as hell –culpable como el infierno-, y que no lograría salir bien parado en modo alguno. Por ello, la estrategia del célebre letrado no fue la de rebatir las pruebas en busca de la inocencia de su defendido, cosa por lo demás tan insensata como imposible, sino, por el contrario, la de conseguir sembrar entre los componentes del jurado la suficiente cantidad de “duda razonable” como para exonerarlo de la previsible condena.

Así pues, a partir del testimonio inicial de Mancini, quien dijo haberse encontrado a Violette ya muerta cuando retornó a casa de suerte que fue el miedo a que la policía no le creyera lo que le indujo a ocultar el cadáver, Birkett logró establecer que la mujer bebía mucho y con regularidad. Luego llevó al curtido Spilsbury a reconocer que la fractura de cráneo podría haber sucedido a causa del golpe que pudo darse durante la borrachera con la que ella había tratado de mitigar el disgusto a causa de la discusión –pues varios testigos aseguraron verla consumiendo alcohol copiosamente aquella noche-, y finalmente logró desacreditar todos los testimonios presentados por la acusación, dirigida por un desbordado James Cassell. De este modo, en un alegato final complejo y brillante, pudo concluir que Tony Mancini había sido inculpado del asesinato de Violette Kaye mediante pruebas de convicción, pero no a través de evidencias incontestables… Consecuentemente, tras una deliberación de tan solo dos horas, el jurado consideró que Tony era “no culpable” –ojo, que no “inocente”- del crimen del que se le acusaba y resultó absuelto en medio de la sorpresa generalizada ante el inesperado desenlace. Se dice –lo cual ha quedado inscrito con letras de oro en la historia del anecdotario judicial británico- que una vez escuchado el veredicto Birkett se giró hacia su defendido y le dijo: “y en el futuro, Mancini, no lo vuelva a hacer”.

¿Y el otro baúl? Pues tristemente nunca se supo. El dossier del caso, bautizado como The Brighton Trunk Murder Numer One, es el más voluminoso que se conserva en Scotland Yard y la colosal investigación que conllevó fue la más cara emprendida por la policía británica hasta entonces, aunque sin resultado alguno. El tema ha sido objeto de múltiples especulaciones a lo largo de la historia y ha concitado la curiosidad de infinidad de criminólogos que se lo han tomado como un reto personal, pero nadie ha sido capaz de resolver lo que a día de hoy no es más que mero pasatiempo, pues las preguntas centrales del caso jamás han podido ser respondidas. Empezando por la más obvia: ¿Quién era aquella mujer?

El hombre “demasiado” normal

Francisco Quintana, ABC
Francisco Quintana Calvo (Fuente: diario ABC).

Corría el 15 de septiembre de 2005. Jueves por abundar en los detalles.

Francisco Quintana Calvo, de 38 años, domiciliado en la localidad madrileña de Tres Cantos, echó mano de su bicicleta nueva y salió, sobre las 18:00 horas, a dar una vuelta por el paraje de Soto de Viñuelas para hacer algo de ejercicio. Se estaba iniciando en la práctica de este deporte pues al ser informático de profesión -empleado de la empresa Oracle, con sede en la localidad madrileña de Las Rozas- debió suponer que era una forma tan buena como otra cualquiera de desentumecerse tras pasar mucho tiempo sentado frente a una pantalla, a la par que para sobreponerse a una dolencia cardíaca leve. De hecho, la dichosa bicicleta era un regalo reciente de su esposa y, al parecer, era la cuarta o quinta vez que hacía aquella ruta en la que no solía emplear más de un par de horas.

Se trataba de hombre sumariamente normal, casado con una psicóloga, Miriam, – mujer muy religiosa de credo evangélico- padre de una niña de seis años a la que adoraba y con otro crío de camino al que se esperaba con sumo agrado. Vecino querido y respetado de vida muy familiar y ordenada, y del que pocas cosas raras podían colegirse. Serio, algo introvertido a decir de quienes le conocían, correcto en el trato, excelente trabajador según sus compañeros y superiores, sin costumbres altisonantes… No había ángulos oscuros ni recovecos turbios en la vida de Francisco. No tenía enemigos o cuentas pendientes con nadie. En definitiva, e insistimos en ello, un tipo extremadamente normal, incluso perfecto, que sin embargo nunca retornaría al hogar al ser víctima de una truculenta e inexplicable agresión durante aquel paseo que sería el último.

Una muerte terrible

Como decimos, Paco –así le llamaban habitualmente sus conocidos- no volvió cuando se le esperaba ni dio aviso alguno de que se retrasaría, y la cosa era muy rara porque siempre llevaba consigo su teléfono móvil y jamás faltaba sin dar razón.

Tras denunciarse la pertinente desaparición y puesta en marcha la consiguiente búsqueda, el cuerpo sin vida de Francisco fue hallado un par de días después por la Guardia Civil en el paraje de Rascambres, cerca de El Molar, a unos veinte kilómetros de su domicilio. Lo encontró una mujer que paseaba por allá. Estaba completamente desnudo y tenía golpes en la cadera y el abdomen, lo cual hizo que se pensara inmediatamente en un atropello que indujo a quienes lo abandonaron a tratar de ocultar cualquier prueba incriminatoria. Y se emplearon a fondo, pues se pensó que el acto había sido perpetrado por al menos dos personas. El problema residía en que no había otras de las heridas que habitualmente aparecen en esta clase de atropellos (fracturas, marcas severas de arrastre) y la bicicleta nunca apareció, con lo que la hipótesis nunca llegaría a corroborarse más allá de las especulaciones fundadas. Tenía, por lo demás, algunos pequeños hematomas en la espalda cuyo origen se ignora, pero que bien pudieron producirse durante el traslado del cuerpo.

Los detalles de la autopsia eran claros: El cuerpo de Francisco, golpeado con algún objeto contundente –o bien atropellado- pero aún con vida, fue meticulosamente desnudado, desposeído de cualquier objeto que permitiera una rápida identificación –como documentación o teléfono móvil- y rociado unos con dos litros de gasolina, empezando por la cabeza y terminando por la cintura. Tenía hollín en las fosas nasales, lo cual indica que aún respiraba cuando lo quemaron. El fuego también afectó a los genitales, pero ello no se debió tanto a alguna clase de interés sádico, como al hecho de que una parte de la gasolina se deslizó hacia las ingles de la víctima. Las manos tampoco escaparon al detallado tratamiento “especial” de los agresores, lo cual motivó que la identificación del cuerpo se retrasara, pues al quedar el rostro irreconocible, los forenses hubieron de reconstruir la huella dactilar de uno de los dedos índices con gran dificultad, aunque logrando la suficiente cantidad de puntos de identificación como para poder cotejarla con garantías. Una posterior reconstrucción dental y la prueba de ADN hicieron el resto. No obstante, es probable que la conciencia forense de los agresores les permitiera poner la suficiente tierra de por medio como para poder desvincularse de sus actos con éxito.

Sea como fuere, es un hecho que Francisco Quintana ni se movió durante todo el proceso, pues no había heridas de defensa o signos de forcejeo, y además la marca negruzca que quedó en el suelo allá donde se le quemó tenía los contornos perfectamente definidos. Tanto pudo perder el conocimiento durante el proceso, como encontrarse totalmente incapacitado para moverse por sus lesiones, pero este extremo nunca quedó aclarado.

Solo había una pista solida: las rodadas de un vehículo encontradas junto al cuerpo que permitieron realizar un reconocimiento de los neumáticos, así como de una lista de posibles coches que montaran esa clase de ruedas. Probablemente, algún género de furgoneta. Por lo demás, una concienzuda búsqueda por las gasolineras cercanas permitió establecer la idea de que los agresores de Francisco extrajeron la gasolina del depósito del propio vehículo, o bien ya la portaban consigo cuando lo agredieron, pues nadie en las inmediaciones recordó haber servido gasolina a persona alguna que portara una garrafa o continente similar. También se rastrearon talleres y túneles de lavado en busca de vehículos con golpes o manchas sospechosas. Cero.

Hipótesis de trabajo

No se descartó de entrada idea alguna, pero la meticulosidad de los agresores de Francisco Quintana, su clara sangre fría y su contundencia a la hora de tratar el cuerpo, llevaron inmediatamente a la Guardia Civil a pensar en una acción profesional, bastante alejada de un acto de delincuencia común y próxima al tópico ajuste de cuentas. Ningún delincuente del montón se toma tantas molestias por una bicicleta o un teléfono. Especialmente en un paraje bastante transitado por ciclistas aficionados en el que ya se habían producido algunos robos nunca denunciados, como luego se supo. Y ello complicaba las cosas porque ampliaba el abanico de posibles motivaciones e incrementaba el tamaño del círculo de las pesquisas exponencialmente:

  1. Robo (improbable).
  2. Accidente (hora y lugar equivocado).
  3. Atropello voluntario (¿por qué?).
  4. Venganza (¿de qué?).
  5. Crimen por encargo (¿con móvil económico, pasional, profesional?).

Nadie estaba libre por tanto de sospechas. Pero la vida normal –demasiado normal- de Paco Quintana se convirtió en un tremendo obstáculo que cerraba caminos a los agentes con excesiva facilidad, y se comía las posibles pistas a una velocidad vertiginosa. Parece que allá donde todo el mundo podría tener un secreto, donde podría albergarse una mentira o el conato de una conspiración, solo había en el caso de este anodino informático metido a ciclista una misteriosa claridad que nada aportaba y desmenuzaba fácilmente toda posible indagación.

Se investigaron sus últimas llamadas. Su círculo de amigos y compañeros de trabajo, con los que tampoco solía compadrear demasiado, al punto de que incluso se escapaba a la hora de la comida para ir a su casa. Se accedió a los archivos de sus ordenadores, e incluso se indagó sin resultado en algún club nocturno con el que se pensó que pudiera tener alguna remota vinculación (las Autoridades nunca explicaron, por cierto, porqué se abrió esta peculiar línea de trabajo tan aparentemente ajena a las costumbres del fallecido). Nada. Francisco era un hombre tan perfecto, ordenado e intachable… Solo el hecho de que no se encontrara muy en forma a causa de la ya indicada dolencia cardiaca en la válvula mitral que limitaba sus posibilidades atléticas, siendo además fumador compulsivo, dejaba algo meridianamente claro: era muy probable que el asalto, accidente o lo que fuera sucediera muy cerca de su casa y que su hallazgo en el distante paraje en el que apareció fuera resultado del traslado del que fuera objeto por parte de los criminales.

Y ello introducía el caso en derroteros extremadamente misteriosos y hacía pensar en otras ominosas ideas: ¿Estaban sus agresores tras su pista? ¿Querían secuestrarlo? ¿Buscaban alguna clase de información confidencial? ¿Era víctima de extorsión? ¿Algún chantaje? Ciertamente, el secuestro se presentaba como improbable en la medida que la autopsia determinó que había muerto en el mismo día de su desaparición, pero las otras cuestiones no se diluían con tanta facilidad si se prestaba atención a las ocupaciones profesionales de Francisco Quintana Calvo que, bien mirado, podrían terminar por explicar muchas cosas.

¿Información clasificada?

Oracle Ibérica, Las Rozas, Madrid
Sede de Oracle Ibérica en la localidad madrileña de Las Rozas.

La empresa Oracle, entre otras cuestiones, está especializada en la gestión y optimización de datos para gobiernos y empresas de todo el mundo, y mantenía por aquellos días –aún mantiene- contratos con el Gobierno de España y otras empresas muy importantes para controlar datos de infinidad de organismos públicos y privados, y a todos los niveles: desde simples bases de datos comunes y poco comprometidas a información reservada. Ello hizo que la Guardia Civil se decidiera a indagar en esta conexión que se presentaba jugosa.

Ciertamente, y como corresponde al caso, la multinacional se apresuró a hacer público que Francisco no trabajaba en aquel momento con información confidencial o reservada, pues se encontraba en la plantilla externa de la empresa y estaba ocupado en un proyecto para la Compañía Telefónica, pero ello no implicaba en modo alguno que no lo hiciera con anterioridad, que sus agresores lo supieran, que se hubiera enterado de algo indebido accidentalmente, o bien que estuvieran presionándolo para que les realizara alguna clase de servicio ilegal. De hecho, es conocido que Francisco Quintana había disfrutado de unos meses de baja laboral –se dice que por depresión, pero la familia no quiso abundar en detalles- y que, tras anunciarse su desaparición, hubo cierto tumulto en las altas esferas del Ministerio del Interior, desde las que se dieron órdenes expresas de priorizar su búsqueda e indagar en el caso a fondo, lo cual levantó no poca polvareda en algunos medios de comunicación.

No obstante, la meticulosa “normalidad” del asesinado volvió a imponerse. La revisión de sus últimos movimientos laborales, su oficina, ordenadores y archivos arrojó escasa luz, y los investigadores encargados del caso volvieron a encontrarse con la nada. Puede que la falta de información en esta dirección fuera justamente lo que parece, o bien que el propio Francisco o algún otro posible implicado en el misterio supieran borrar cualquier rastro con suma eficacia. Puede, incluso, que ya hubiera transmitido a sus asesinos aquello que deseaban conocer y que precisamente ello le costara la vida. Como reconocieron los agentes de la Guardia Civil, el caso que tenían sobre la mesa era fastidioso, de esos que se complican, se enquistan, tienen “mala baba” y se van convirtiendo en un engorro sin pies ni cabeza.

Al final, la tesis del accidente de tráfico empezó a perfilarse como la más verosímil, tal vez porque era la única que encajaba con la poca información circunstancial que se había podido reunir –o que al menos se hizo pública-. Tras pasar por la depuradora de Soto de Viñuelas, cerca del castillo, los ciclistas asiduos a aquel trayecto consultados por los agentes reconocieron que había un tramo aproximado de un kilómetro bastante peligroso en el que se cruzaban coches y bicicletas, y donde se encontró la única pertenencia de Francisco Quintana: la visera de su casco Catlike recién estrenado. Ello motivó, en consonancia con las huellas de rodadas encontradas junto a su cuerpo, que se buscara sin éxito al conductor –seguramente acompañado- de una furgoneta que pudo embestir a la bicicleta accidentalmente.

Paco Quintana - Recorrido
Reconstrucción a partir de Google Maps.

Sin vínculos

Tras el entierro de Francisco Quintana –el juez instructor de la causa prohibió a la familia incinerarlo por si fuera precisa la exhumación del cadáver-, ocurrido el 25 de septiembre, todo comenzó a enfriarse muy deprisa. Incluso informativamente. El extraño caso del informático de Tres Cantos, que por sus peculiaridades se había convertido en un evento de primera línea que llegó a ocupar portadas de semanarios, pronto, en cuestión de días, quedó relegado al más absoluto silencio administrativo lo cual motivó no pocas sospechas y fortaleció en algunos foros la idea de que tal vez alguien estuviera interesado en extirpar el extraño asesinato de Paco Quintana de la escena pública. Quién sabe. Tal vez la cosa fuera simplemente lo que parecía, tal vez no.

Aún se quiso ver alguna conexión entre la muerte del ciclista con otra acaecida anteriormente en el mismo paraje, concretamente el día 1 de agosto, pues existía la singular coincidencia de que en aquella fecha se había quemado a un empresario madrileño, el constructor Santiago Fiel, en un lugar cercano a aquel en el que apareció el cuerpo de Francisco Quintana Calvo. Pero también este pista se disolvió: pronto quedó claro que ambos hombres no tenían absolutamente nada que ver entre sí y que el caso del empresario, que manejaba grandes sumas de dinero y conducía un coche de gran cilindrada cuando desapareció, caminaba por derroteros bien diferentes y probablemente más prosaicos. Al fin y al cabo, Paco Quintana tenía un salario que no superaba los dos mil euros mensuales y el estado de sus cuentas corrientes era tan saneado y normal como el resto de su vida.

La última pista que rastreó la Guardia Civil, sin embargo, pareció buena. Como solemos decir, demasiado buena para ser verdad. Casi tres meses después y por mor de una denuncia ciudadana, se detuvo a tres inmigrantes ilegales que conducían por las fechas de la muerte de Paco un furgón de las características adecuadas –que luego vendieron- y que podrían haberlo atropellado accidentalmente para luego tratar de ocultar su rastro a todo trance. Posteriormente, las detenciones llegaron a siete. Se trataba de un grupo de ciudadanos de origen dominicano al que se investigó a fondo. Y agua de nuevo. Quedó establecido que la denuncia provenía de un compatriota despechado por un lío de faldas que simplemente quería llevárselos por delante haciendo todo el daño posible. El muy canalla incluso se ratificó en su denuncia ante el juez, pero finalmente quedó claro que los detenidos eran completamente inocentes y fueron puestos en libertad sin cargos.

Las últimas noticias que se tienen de este extraño caso, el de un hombre tan esforzado en ser normal e intachable que a fuerza de serlo no pudo ayudar a las Autoridades esclarecer su propia y terriblemente anormal muerte, se remontan a marzo de 2006. Nada a partir de ese momento. Silencio absoluto. Y todavía, preguntando por ahí para componer la entrada que lees, me encuentro a colegas vinculados en su día con este asunto que, al terminar, tuercen el gesto y murmuran algo entre dientes: “me parece que en eso del informático había gato encerrado…”


Fuentes complementarias

Hidalgo, C. (2005). Tres inmigrantes sin papeles, sospechosos del atropello mortal del ciclista de Tres Cantos. Diario ABC, edición del 14 de septiembre.

Rendueles, L. y Marlasca, M. (2005). Dos crímenes gemelos. Revista Interviú, edición del 26 de septiembre.

Egea, A. y López, P. (2005). Las claves de un crimen. Así son las cosas, 179, pp. 8-11.

Morcillo, C. y Muñoz, P. (2006). Huellas de humo. Diario ABC, edición del 10 de agosto.