El mesías de “El Principito”

He de decir que no soy objetivo en todo esto.

El dichoso Principito que a muchos nos obligaron a leer en el colegio como si de una especie de santo grial de la literatura infanto-juvenil se tratara, me ha provocado siempre una profunda repugnancia. Es un libro cursi, de un moralismo tontorrón y pseudo-intelectual escrito por este tal Saint-Exupery que, huérfano de padre desde la infancia y procedente de una familia de boato venida a menos, después de hacerse piloto y andar en un montón de correrías aéreas, se casó con una millonaria salvadoreña que prácticamente le puso al mando de una empresa aeronáutica argentina a la que llevó a la ruina. Una pena, la verdad, porque entonces, como si hubiera visto la luz tras caerse del caballo, le dio por escribir a troche y moche a fin de ilustrarnos con pretendidos “paraísos interiores” y con los inefables resultados que todos conocemos.

En realidad, y como se clarifica a la perfección en cada una de las relamidas páginas de su célebre opúsculo, de pretensión claramente auto-terapéutica, Saint-Exupery fue el perfecto prototipo del síndrome de Peter Pan[1]: un tipo inmaduro que se pasó media vida en su Nunca Jamás particular, empantanado en el marasmo de su propia infantilidad, molesto porque la vida nunca le fue cómo a él le hubiera gustado, ahogado en sus muchos complejos, y absorto en sueños de una gloria heroica –hizo todos los esfuerzos posibles por lograrla como piloto militar durante la Segunda Guerra Mundial- que nunca obtuvo. No. No crean que es casual que al principito de marras se le pinte siempre con charreteras y espada. Y es que El Principito no es otra cosa que la obra de un niño sin padre que busca a todo trance una figura sustitutiva y, en el camino, torturado por una existencia demasiado real que no le permite huir a sus magníficas ensoñaciones, nos va colando con calzador un montón de idearios y moralinas tan viejos y manidos como nuestra propia cultura. No obstante, y al mismo tiempo, el escritor no reconoce la creación en sus creadores, y se la apropia sin complejos. En efecto. No lo soporté en mi adolescencia, y con menor razón lo soporto ahora. Entre otras cosas a causa de la historia que voy a relatar en este post. Tomen buena nota de todo cuanto he dicho.


Eduardo González Arenas (Miguel Gener - El Pais)
Eduardo González Arenas [Fuente: Miguel Gener / El País].

Vamos a la montaña

Eduardo José González Arenas –conocido popularmente como Eddy o Eddie, que tanto da- de aspecto atractivo y juvenil, siempre bien trajeado y presentable como corresponde al buen impostor, concibió la genial idea en torno a la navidad de 1969. Por aquellos días estaba ya separado de su primera mujer, a la sazón nieta del dictador dominicano Trujillo, a la que había conocido a comienzos de 1968, y era padre de un hijo al que hacía ya tiempo que no veía –argumentaba que porque la familia de ella lo había “secuestrado”-, hecho que le provocaba una tremenda frustración[2]. Sintiéndose solo, amargado y traicionado, así lo contó el mismo, decidió fundar su propia “familia” y encontrar a sus propios niños.

Aficionado al montañismo, decidió organizar un grupo de montaña para niños. ¿Adivinan cómo lo llamaron? Pues como suele denominarse a toda organización de estas características que quiera convencer a los padres de los beneficios de la vida sana, ordenada, con cierto toque militar, patriotismo de garrafón, y afán por la preservación de las buenas costumbres y de los valores tradicionales: “Asociación de Montaña Edelweiss”. Los tramposos no dan puntada sin hilo y saben mucho de psicología parda. Edelweiss, la famosa flor de montaña austriaca, suena a la familia Trapp –la protagonista de Sonrisas y lágrimas-, los míticos Alpes, esa moralidad cuadriculada germánica que tanto ha agradado siempre por estos pagos sin que nadie sepa bien por qué, y el buen rollo familiar –con cierto sesgo ario- de esa monjil fräulein Maria canturreando su inocencia por verdes praderas. De hecho, el primer centro de reuniones del colectivo fue un salón parroquial cedido por la madrileña iglesia de Nuestra Señora del Sagrado Corazón.

Por cierto, nos dejamos en el tintero un detalle fundamental: Eddy era ex legionario lo cual le concedía un manifiesto plus de respetabilidad que, en determinados entornos sociales anacrónicos y ultraconservadores, se valoraba mucho. Lo que nunca contaba, por supuesto, era que había sido un pésimo soldado que pasó por dos condenas disciplinarias y 16 meses de arresto. De hecho, el tinglado de la Asociación Juvenil de Montaña Edelweiss, luego significativamente rebautizada como “Boinas Verdes de Edelweiss”, estaba construido sobre el andamiaje de una jerarquía paramilitar, emulando no solo el tema de la pulcra uniformidad, sino también los rangos, las unidades… Y es que, lamentablemente, nada pone tanto a algún que otro padre y madre como ver a su niño embutido en un uniforme y marchando con absoluta marcialidad y gallardía, pendones al viento y al son de los tambores. Así va esto, y bien lo sabía el espabilado de Eddy, un completo apasionado de esa milicia a la que tan mal sirvió.

Lo cierto es que este tipo había diseñado el plan perfecto a fin de ganar la confianza de los padres para que alistaran a los niños en su organización juvenil de sesgo fascista. Y la estrategia era magnífica: introducirse en la comunidad por el camino más eficiente para traspasar su corazón conservador de parte a parte, a saber, los colegios y las parroquias. El éxito del engendro fue arrollador. En apenas cinco años la organización tenía sedes en cuatro colegios y tres parroquias madrileñas, y se había extendido ya a otras ciudades españolas, habiendo pasado por ella unos quinientos niños y niñas. De entre todos ellos, al menos cincuenta se terminaron incorporando como miembros fijos en la estructura del tinglado y el asunto iba ya sobre ruedas. No es solo que el negocio fuera redondo y Eddy cada vez pudiera lucir mejor palmito y coche, es que la absoluta confianza de las comunidades en las que las ratas de Edelweiss ponían el pie lo veneraban como el perfecto yerno, el perfecto hijo, el hermano ideal, el caballero español modélico. Una verdadera alma de Dios.

Sin embargo, la cosa iba de otro rollo bien diferente. González Arenas empleaba las primeras salidas campestres, así como las reuniones que mantenía con los chiquillos que se iban incorporando a la organización en los locales que gustosamente cedían colegios e iglesias, para someterlos a profusas sesiones de adoctrinamiento que, incluso, comenzaban con un solemne juramento de sesgo filonazi. El problema, sin embargo, resultó ser que aquello creció demasiado deprisa y, ya en otoño de 1975, Eddy había comenzado a perder el control total que había mantenido sobre la distopía, de modo que fue acusado por algunos de los recién incorporados a su estructura de apropiarse indebidamente de los fondos de Edelweiss. Tras su expulsión de la organización que él mismo había construido, el ex legionario se dio cuenta de que tocaba liar el petate.

De la montaña, a la dinámica sectaria

González Arenas, antes de verse en problemas, extrajo al núcleo de la primera Edelweiss –sus incondicionales-, y la recompuso sobre dos pilares: una cara visible que, emulando la temática de los Boy-Scouts y denominada en el colmo de la originalidad como “rangers”, seguía vendiendo la historia de las excursiones a la montaña, los campamentos de inquebrantable disciplina, la vida sana y toda esa parafernalia que compraban con sumo gusto padres, directores de colegio y sacerdotes; y otra oculta, para iniciados y ya propiamente afín al ideario nazi, a la que de forma harto elocuente denominó “camisas pardas”. Recuérdese que estamos en las postrimerías del franquismo y este tipo de cosas todavía estaba bien vista por muchas familias y resultaban simpáticas a las decadentes Autoridades de la dictadura. No en vano, este tipo de organizaciones juveniles milicianas, ultramontanas y derechistas eran bastante comunes en la España de entonces.

No obstante, el problema de Eddy es que además de la pasta y el control de aquellos acólitos fieles a los que en la sombra adoctrinaba sin miramiento alguno en toda suerte de perversiones ideológicas, y que terminaban admirándolo como a una especie de semidiós, era un pederasta con las manos demasiado largas que, lentamente, fue cerrando a las féminas las puertas de su montaje. Así se explica el doble rasero de sus organizaciones: junto a la visible, que realmente se dedicaba a esa vida de montaña y aventura que prometía, y en la que no ocurría nada censurable, existía la otra, oculta y pervertida, hacia la que iba deslizando a los chiquillos más débiles y sugestionables para poder aprovecharse de ellos. Todo era cuestión de estudiar el material que le llegaba y saber seleccionar.

De modo que solo un año después, en 1976, fue condenado de suerte inconcreta por “corrupción de menores”, pasando por ello dos meses en la cárcel. Él lo negó todo, claro, y la irrisoria condena se debió a la falta de testigos fiables, así como a la incapacidad de la justicia para hacer buena la acusación por falta de indicios. Pero a González Arenas, que no era tonto, el fatal acontecimiento le sirvió de aviso: Franco había muerto y el advenimiento del nuevo modelo democrático, mal que bien, se columbraba como irreversible por lo que estos devaneos ideológicos tenían poco futuro. Tocaba por consiguiente cambiar de estrategia a fin de seguir alimentando su sed de poder, dinero y sexo.

Lo relevante en este caso es que los dramas posteriores pudieron evitarse llegados a este punto, en el que la peor parte de la tragedia aún se encontraba en fase embrionaria. El hecho de que nadie hiciera gran cosa para evitarla, incluso teniendo en cuenta que algunos de los padres de los niños afectados por la vergüenza del falso ejército infantil eran policías –lo cual dice mucho por cierto de la mentalidad sociopolítica de la policía de la época-, tiene mucho que ver con el terror que provocaba la idea de que un escándalo sexual de esta magnitud explotara en la pacata España de 1976 donde, como todo el mundo sabía, “estas cosas no pasaban” (!). De modo que todos los actores implicados decidieron echar tierra sobre el asunto, esconderse en su particular agujero, capear el temporal en solitario y mirar hacia otra parte. Lo de siempre: que lo arregle otro.

El Príncipe Alain

Como todo buen liante, Eddy era un tipo con mucha labia y gramática parda gestada en bastantes horas de lectura inconsistente, acrítica, de aluvión. Igual se metía con textos ufológicos y espiritistas, que se tragaba un par de tomos de historia militar, unos cuantos folletos religiosos y terminaba con un librote de autoayuda. De postre: dos novelas. Ignoramos si fue durante su breve estancia a la sombra cuando dio con el dichoso Principito o ya lo conocía de antes, así como con otro engendro literario, no menos atiborrado de insoportables sentimentalismos y moralinas, que se hizo muy popular en la España de finales de la década de 1970: Juan Salvador Gaviota, de Richard Bach –incluso a mí me regalaron por mi cumpleaños un ejemplar de esa cosa pringosa-. Y sacó muchas ideas “productivas” de ahí.

A su salida de prisión decidió instalarse en la localidad de Las Rozas y reorganizar el grupo, si bien el cuento ideado por Eddy para mantener viva la historieta cambió de cara por completo. El maquillaje conversivo resultó fascinante. La cuasi secta de González Arenas pasó de la militarización fascistoide manifiesta y su tendencia expansiva a transformarse en un colectivo mucho más reducido y controlable regulado mediante un amasijo de estructura militar, fascismo encubierto, doctrina religiosa extravagante, pseudofilosofía de baratillo montada alrededor de los penosos librillos de Saint-Exupery y Bach, así como toda suerte de tonterías ufológicas y espiritualistas. Ya la nomenclatura ideada para la refundación de la organización, a la que popularmente se seguía conociendo en muchos lugares como “Edelweiss”, es muy significativa: “Guardia de Hierro de Delhais”[3]. Por supuesto, en la fachada sobrevivía el asunto de los grupos de montaña y las salidas al campo, pero en su reverso todo se reducía a un profundo y sostenido adoctrinamiento de los jovencitos en el magma infame que acabamos de describir, y que Eddy se encargaba de mantener muy vivo en la mente de los chicos programando reuniones periódicas de los grupos en el Parque del Retiro y el Barrio de Salamanca.

Durante esos encuentros, todo comenzaba con un extraño juramento que debía emitirse con todo rigor y sentimiento, y que de no cumplirse –empezando por el sometimiento a la estricta jerarquía del grupo y a sus demandas-, conllevaba castigos y humillaciones interpuestas por vergonzantes “tribunales de honor”[4].

Tras ello, y mezclado con las clases particulares que ofrecían a los niños para ayudarles en sus estudios y que servían de coartada perfecta ante los padres para justificar tanta reunión y compadreo, venían horas de confusas enseñanzas que mezclaban diferentes idearios tomados a bulto de colectivos, contextos y sectas heterogéneos que iban desde los Testigos de Jehová a la Legión, pasando por los Niños de Dios, el nazismo o la Misión Rama. Todo ello regado con profusos debates surgidos de la lectura de pasajes de los antedichos El Principito y Juan Salvador Gaviota –libros ambos que los críos debían, leer, estudiar y atesorar-. Por supuesto, y como corresponde al caso, este cacao mental se encontraba al servicio de Eddy, quien se presentaba príncipe del planeta Delhais, el “planeta de los niños” en una constante guerra con el planeta “Nazar”, que había venido a la Tierra a salvar a unos cuantos elegidos del desastre nuclear que la destruiría definitivamente en 1992. Porque allá en Delhais todos los elegidos, que harían un largo viaje intergaláctico, serían como el principito de la ficción: tendrían un desierto para ellos solos donde cuidarían una flor solitaria, estarían dotados con súper-poderes increíbles y vivirían experiencias maravillosas reservadas solo para ellos.

Los chiquillos, claro, debido a su tierna edad y calenturienta imaginación, escuchaban aquellas historietas en puro estado de éxtasis. Especialmente en una época en la que hacían furor los culebrones espaciales, lo alienígena estaba en boga y la juventud española había pasado casi sin solución de continuidad de los melodramas del Jabato y el Capitán Trueno a los fantasiosos cómics de Marvel y DC. Especialmente susceptibles a sus manipulaciones eran aquellos críos que, pese a proceder de “buenas familias”, tenían problemas en casa como padres autoritarios y ausentes, malas relaciones hogareñas, complejos no resueltos, dudas en torno al sexo y etcétera, para quienes Eddy –el rey del camelo- se presentaba como el progenitor y amigo perfecto, el adulto cariñoso, comprensivo y protector que nunca habían conocido. Les daba una copita, charlaban, los escuchaba, citaba al puñetero principito como si fuera un catedrático, e incluso les hacía algún que otro truco de ilusionista o “jugaba” con ellos a la “ouija” si venía al caso para demostrarles sus pretendidos poderes alienígenas[5].

Una vez que los contados chavales, puede que los más inocentes, que no habían sospechado algo y puesto tierra de por medio –porque alguno se olía el timo a tiempo y soltaba amarras- eran integrados en la estructura de la secta, ascendían en la jerarquía hasta ser nombrados “Guardias de Hierro”. Entonces, en solemne ritual, se les marcaba con el símbolo del planeta Ummo en la cara interior del brazo, junto a la axila, mediante un alambre candente como signo de filiación y juramento de vida. Algo que para un crío de 12 o 13 años, edad de fidelidades y compromisos eternos, no significa cosa banal.

Las excursiones al campo eran otro tema. En las primeras salidas todo era de lo más normal. Aventuras, buen rollo y cosas divertidas para contar el lunes en el colegio. Luego, lentamente, de manera sutil, el panorama iba cambiando e introduciéndose en territorios más tortuosos. El tono de charlas y conversaciones se deslizaba hacia derroteros menos cómodos y más confusos. Al final, los chicos salían de casa perfectamente uniformados –botas de montaña, calcetines hasta la rodilla, camisas militares, pañoletas, galones con los símbolos de alfa y omega, boinas y toda la parafernalia al uso-, para terminar en un chalet de las afueras de Madrid donde, bajo el control de un sector duro de la “guardia de hierro”, compuesto fundamentalmente por los monitores adultos –tipos captados e introducidos en toda suerte de perversiones sexuales a su vez durante la infancia por González Arenas, como se aclaró durante el juicio- eran sometidos a retorcidas dinámicas sexuales. Pues esa era la parte oculta del adoctrinamiento de Eddy: las mujeres eran impuras e imperfectas –como la Eva bíblica-, y por tanto nunca podrían alcanzar el grado de libertad, amor y justicia que estaba reservado para el varón, dechado de perfecciones al que realmente merecía la pena amar… Por lo común todo se reducía a tocamientos y masturbaciones, pero en casos especiales incluso se llegaba a la penetración anal. Algunos escogidos podían ser obligados a practicar sexo también con alguna mujer adulta que solía acompañar al gurú ocasionalmente, pero Eddy insistía en que ella se moviera violentamente durante la penetración a fin de dañar a los chicos y poder de este modo consolidar su teoría perversa: practicar sexo con mujeres solo doloroso y necesario solo para procrear, entretanto la penetración anal entre hombres era mucho más placentera y divertida. Por ello en Delhais, el planeta de los príncipes y las gaviotas donde todo era buena vida y disfrute, no había mujeres.

Algunos chicos, traumatizados tras las primeras experiencias, abandonaban el grupo tan avergonzados que no se atrevían a contarlo en casa, o bien huían hacia adelante convencidos de que algo bueno terminaría saliendo de todo aquello –los tabúes propiciados por una educación en la materia escasa o ineficiente, los traumas inherentes a un despertar sexual perverso, así como la vergüenza de la víctima, son siempre los mejores aliados de los pedófilos-. Además, estaban comprometidos al silencio por el vínculo de un juramento “sagrado”. Los que finalmente pasaban el trago y aceptaban el adoctrinamiento sin ambages, probablemente los más necesitados de integración y filiación, entraban en una espiral de absoluto sometimiento al Príncipe Alain Nazar y su guardia de hierro. Entonces se les asignaba una pareja-compañero con el que avanzarían en el aprendizaje del “puro amor” y al que denominaban “A.P.” –o “amistad particular”-. Esa AP solía ser uno de los monitores, cuya misión no solo era instruir al muchacho asignado en las prácticas sexuales, sino también enseñarle a mantener un lenguaje en clave para que nadie ajeno al grupo supiera de qué hablaban sus componentes. Así empleaban, por ejemplo, metáforas ajedrecísticas para referirse a las relaciones sexuales que mantenían durante las reuniones.

Ummo
El fraude del Planeta Ummo y su peculiar secta fue cosa que también tuvo su gracia. Algún día hablaremos de ella. De momento, y para los que desconozcan el símbolo de marras, os dejo esta supuesta foto de un OVNI procedente de Ummo y que, dicen, fue tomada en San José de Valderas en 1967.

Ellos lo montan

Sin embargo, oliéndose que algo no marchaba y que alguien se ha ido de la lengua, Eddy tratará de eludir una nueva denuncia por corrupción de menores poniendo tierra de por medio y largándose a Alicante, provincia de la que su tío era Gobernador Civil. Pero el enchufe no le ayudaría a escapar de la justicia, pues ese mismo año fue detenido y se confesó autor de cuarenta violaciones de muchachos adheridos a sus últimas organizaciones, incluida una recién constituida “Legión Juvenil de Montaña” –banderas al viento e himnos de victoria-. No todos testifican, ni tan siquiera la mayoría, como es costumbre en estos casos en los que las víctimas y las familias, a menudo, lo único que quieren es recuperarse y olvidar.

La condena, emitida en abril de 1979, volvió a ser irrisoria: seis meses de arresto mayor y 50.000 pesetas de multa. Suma y sigue. Al parecer, alguien estaba empeñado en González Arenas hiciera bien su trabajo.

Los dos Guardias de Hierro más prominentes, tipos con mucho poder al encontrarse en la cima de la jerarquía, que guardaban la huerta de Eddy durante esos larguísimos viajes a Delhais que, en realidad, solían ser alguna de sus estancias en prisión, eran Ignacio de Miguel –no confundir con el famoso baloncestista, por favor- y Carlos de los Ríos. Su misión era mantener viva la llama durante las ausencias de González Arenas y garantizar que el proceso de filiación, adoctrinamiento e inducción constante al sexo de los niños se mantuviera en funcionamiento. Para tal fin mantenían vivos los rituales eróticos y lascivos, a la par que solían introducirse en las camas de los muchachos durante la noche durante sus “viajes a la montaña”. En algún caso, los críos no superaban los 11 años de edad. Tremendo.

De hecho, de Miguel y de los Ríos, amigos íntimos de Eddy y con los que nunca perdió el contacto, fueron los artífices de su último retorno a la capital de España en la medida que primeros captadores e instructores de los chavales que ingresaban en la organización madrileña, de suerte que a su vuelta ya encontró buena parte de la estructura montada y perfectamente engrasada. No en vano, y es digno de reseñarse, sus dos más queridos acólitos habían sido a su vez captados por él mismo cuando eran menores, e introducidos en aquellas dinámicas sexuales enfermizas, por lo que le guardaban fe y respeto incondicionales. Así era el tema: Eddy primero te sometía, te avergonzaba, te humillaba… Y luego te salvaba. Y la cosa iba más lejos al punto de que ejemplifica a la perfección la gravedad del experimento psicosociológico de control mental diseñado por Eddy: de Miguel, irónicamente hijo del célebre sociólogo y tertuliano del posfranquismo Amando de Miguel por lo que hubiera debido tener la cabeza “mejor amueblada”, había captado también para la secta a un hermano menor de edad, y es que en casa del herrero…

Si por un casual el lector se pregunta en este punto dónde había estado metido González Arenas entretanto sus fieles le mantenían caliente el chanchullo, la respuesta por supuesto que no es “en otra galaxia”, aunque fuera lo que se contara a los pobres chiquillos. Ya quisiera él. Su ficha en el registro de penados certifica que había sido condenado por otro delito de corrupción de menores a seis años de prisión menor y 30.000 pesetas de multa en septiembre de 1982. El hecho de que en la primavera de 1983 ya estuviera otra vez en la calle solo prueba una cosa: el código penal de 1973, último del franquismo, era tan vergonzante en el tratamiento de ciertas tipologías delictivas que cuando alguien se queja de “lo blanda” que es la justicia patria del presente uno no sabe si reír, llorar, o darse media vuelta.

Lo cierto es que la impunidad de Eduardo González Arenas era, por lo visto, completa.

Un viejo en un retrete…

Los problemas de Eddy con la sexualidad le venían de lejos. Como él mismo explicó, sus primeras dudas y controversias en materia sexual se despertaron cuando un viejo, en un retrete público madrileño, lo abordó para hacer con él exactamente lo que él hacía con sus niños: engatusarlo y masturbarlo. La experiencia fue tan turbadora que despertó en el joven Eddy un terrible sentimiento de culpa y una fuerte ansiedad.

Agobiado, terminó por contárselo a sus padres, que decidieron enviarlo a un psiquiatra lo cual no hizo otra cosa que acrecentar su vergüenza. No era solo el hecho de tener que relatar a un extraño eventos que prefería olvidar, lo cual incrementaba su victimización, sino que al parecer el tipo era un profesional de la vieja escuela y estaba convencido de que la homosexualidad era un trastorno mental “curable” –recuérdese que la APA la sacó de su guía diagnóstica en su tercera edición, de 1980-. El hecho de que los diferentes psiquiatras que visitó no le ayudaran en absoluto llevó a Eddy a la tan manida como ineficaz estrategia de la represión y la ocultación. El sexo era un tema espinoso del que no era conveniente hablar demasiado, excepto con los niños. Ellos, puros e inocentes como eran, no maleados por esta sociedad vergonzante y caduca que no podía comprenderle, sí podían entender sus inclinaciones más íntimas. Con los adultos lo mejor era no complicarse y seguir la corriente.

De hecho, el padre de Eddy, un ingeniero que trabajo muchos años para una empresa eléctrica, se quejó amargamente del trato que les propiciaron los expertos en salud mental de la época:

“Nadie nos dijo la verdad sobre nuestro hijo […]. Desde que advertimos cosas raras en él lo hemos llevado a médicos; nos decían que no estaba loco, que era un psicótico, que no se podía hacer nada por él. Lo han reconocido también médicos militares, y nunca se nos ha ofrecido una solución. Para nosotros es una historia de tremendo dolor”[6].

Y ese fue el germen de todo.

1984

Tras su reaparición en Madrid en 1983 –de vuelta de su “excursión por los confines de la galaxia” cual Buzz Lightyear ochentero-, ocurrió que el pasado y los antecedentes de González Arenas, los rumores que empezaron a rodar en torno a la secta y las actividades que se mantenían en ese chalet, la sospechosa actividad paramilitar del colectivo, alguna que otra denuncia anónima, el aterrado relato suelto de algún niño que había logrado escapar de las garras de la Guardia de Hierro antes de que fuera demasiado tarde… hicieron sospechar que algo sucio pasaba[7]. El asunto iba demasiado lejos como para que la policía lo dejara correr, por lo que el inspector José Antonio Ávila se puso manos a la obra.

Concienzudamente, Ávila reunió pruebas que parecían ir más allá de los delitos sexuales. Las vinculaciones y nexos establecidos entre los componentes de la secta, el amor incondicional al líder, eran tan potentes que aquello iba más allá de la explotación sexual infantil. Pareciera que González Arenas estuviera reuniendo en torno suyo, en efecto, un verdadero ejército dispuesto a realizar cualquier cosa por él. Quién sabe. La verdad es que el inspector Ávila no estaba por la labor de esperarse a averiguarlo y en una operación coordinada con la policía portuguesa, efectuada el 4 de diciembre de 1984, detuvo a Eddy, a sus lugartenientes Carlos de los Ríos, Rafael Dueño y Antonio Gutiérrez, mientras cenaban en un restaurante de Lisboa. La orden de busca y captura había sido emitida tan solo un día antes. Solo Ignacio de Miguel, que no se encontraba con ellos, logró eludir la acción policial y poner tierra de por medio largándose a Brasil, si bien, siguiendo algún buen consejo, volvería después. Y bien supo sacar partido de ello ante la acción de la ley.

En espera de juicio, durante 1988, y aunque parezca sorprendente, González Arenas andaba callejeando por la vida alegremente y dirigía tres locales de ocio en Cala Millor, Ibiza, siendo una de sus estrategias comerciales favoritas la de invitar a los menores a copas. Un hecho por el que sería muchas veces censurado por los propietarios del resto de locales de la zona… Hasta su definitivo despido. Y uno, visto lo visto, no puede dejar de preguntarse, atónito, cómo es posible que haya tanto imbécil suelto en este mundo. Hoy, sin duda, se habrían montado manifestaciones.

Matar al padre

El juicio del autoproclamado Príncipe Alain, celebrado a comienzos de la década de 1990, como si hubiera sido escrito por algún discípulo de Sigmund Freud, fue el perfecto ejemplo de la ejecución del padre, pues la estrategia defensiva de todos los acólitos principales de González Arenas fue venderse a sí mismos como “víctimas-verdugos” para cargar todas las tintas sobre él. Toca, por cierto, ser justos en este punto: González Arenas, como corresponde a ese padre que tras devorar a sus hijos, cual Saturno, debe asumir sus actos, se declaró culpable confesando todos y cada de los delitos del sumario. Así que se tragaría sin pestañear la condena de 168 años que se le terminaría imponiendo por 28 delitos de corrupción de menores probados.

Se trató de un juicio absolutamente mediático que tuvo un seguimiento en los periódicos ciertamente inédito, al punto de que casi todo el mundo tenía al parecer una opinión que emitir sobre el tema. Es lógico. La España de los años 80, momento en el asunto estalló, no estaba acostumbrada a que los medios de comunicación airearan materias como ésta con tal cobertura y detalle –aquí, paraíso del nacional-catolicismo hasta hacía cuatro días, todo aquello que tenía contenido sexual más o menos morboso no eran cosa que se ignorase con facilidad-, por lo que el proceso tuvo un seguimiento masivo. Y en lo que a mí respecta –perdonen la intromisión personal- la cosa adquirió un sesgo temible. No es sólo que las víctimas tuvieran mi misma edad, sino también que era raro el chaval que en aquellos días no había formado parte de algún colectivo como aquel, pues prácticamente había uno de apariencia similar en todos los colegios del país. No en vano, entre los adultos la duda se extendía como la pólvora: ¿cuánto de esto habría oculto? ¿Cuál de estos colectivos de soldaditos estaba libre de sospecha?… Así, entre temores y suspicacias, el caso Edelweiss se llevó por delante a la inmensa mayoría de las agrupaciones juveniles de características similares –y no había pocas- por cuanto ya ningún padre o madre se fiaba, llevándolas a un ostracismo del que solo muchos años después han venido saliendo, si bien y por suerte, en su inmensa mayoría “desmilitarizadas”.

No abundaremos en muchos detalles pues el sumario se puede consultar por vía electrónica y, además, los recortes de prensa existentes al respecto abundan en las hemerotecas digitales y son prolijos en el relato del juicio. Significaremos únicamente que el testimonio que hundió la defensa de Eddy fue el de su segundo al frente, Carlos de los Ríos, quien, desmoronado ante el Tribunal, relataría con pelos y señales como González Arenas le captó en su más tierna infancia, abusó de él con engaños, le manipuló para introducirle en toda clase de vergüenzas sexuales, se ganó su fidelidad con mentiras, y finalmente le convenció de que hacía lo correcto al seguirle el juego. En la misma línea actuó Ignacio de Miguel. Como resultado, ambos serían condenados a 65 años y, al igual que ocurriría con otros miembros de la banda a su vez condenados con penas de diversa consideración, posteriormente indultado, en 1994, al ser también considerado víctima del líder de Edelweiss y mostrar su buena voluntad al entregarse al retornar de Brasil para entregarse a la justicia[8]. El padre de Ignacio, Amando de Miguel, en tanto que único personaje “famoso” involucrado en la historia fue muy interpelado por la prensa al respecto y sus respuestas, que atribuiremos a la natural afectación del momento, fueron de traca. Como por ejemplo cuando afirmó que el caso Edelweiss era el pago de una sociedad que eliminó al Frente de Juventudes y a la Acción Católica sin ser capaz de reemplazarlas… Error de bulto impropio de un catedrático de sociología pues el hecho, en realidad, es que siempre sobraron todos.

Fernando Oliete, uno de los abogados de la acusación, definió a González Arenas como el “flautista de Hamelin” por obvias razones, y la cosa debió hacerle gracia al manipulador fantasioso e inmaduro de Eddy, quizá porque las implicaciones del apodo iban mucho más lejos de lo que el propio abogado suponía… Al fin y al cabo, también los padres de los niños de Edelweiss le habían buscado a él por motivos diferentes, tal y como los otros buscaron al flautista del cuento. De hecho, durante su estancia en prisión participó en un concurso literario organizado por Instituciones Penitenciarias –obteniendo el segundo premio, que leer a Saint-Exupery da para mucho- y, muy bromista él, firmó su relato justo con ese seudónimo: “Hamelin”, lo cual nos habla mucho de la calidad de su arrepentimiento. En efecto. Eddy comenzó su condena en la ya desaparecida prisión madrileña de Carabanchel y terminó en la de Ibiza, lugar al que también se desplazó su madre, Marina, la única persona que siempre estuvo convencida de su inocencia y que nunca lo dejó de lado. Ya se sabe lo que reza, con toda la razón, el blues del gran B.B. King: “nadie me quiere como mi madre”.

Siguiendo con el despropósito, con tan solo seis años cumplidos –que dura justicia la de entonces, reitero para los abundantes desmemoriados-, en 1997, González Arenas alcanzó el tercer grado penitenciario. Junto con un socio montó un pub para ganarse la vida. Su señora madre le esperaba todos los días con el puchero bien caliente, pero el 1 de septiembre de 1998, ya con 46 años, no llegaría a la mesa. Fue degollado a la puerta de una heladería de la localidad ibicenca de Santa Eulàlia delante de un montón de testigos que dieron pelos y señales sobre el agresor. Su asesino resultó ser un joven ibicenco de 18 años, conocido delincuente y chapero, que mantenía una larga y fluctuante relación sentimental con el Príncipe Alain de Delhais. Se le cogió varias horas después cuando trataba de escurrir el bulto en un bar de la zona y, puesto ante las Autoridades, no negó los hechos. Simplemente, alegó haber sido víctima de abusos sexuales por parte del crápula[9]. La enésima.

Así murió el padre. El padre de todos los niños del mundo. El hombre que vino de otro planeta a fundar una inmensa familia.


[1] Este célebre síndrome, el de los adultos que se niegan a serlo y pretenden vivir toda su vida como niños con todo lo que ello conlleva, ha calado en la cultura popular, pero no se trata como mucha gente cree de un invento del vulgo, aunque no aparezca en las guías aceptadas de trastornos mentales (DSM y CIE) en la medida que su estatus como patología –que no como estructuración ineficiente de la personalidad- está sometido a discusión. En realidad, su postulador fue el médico norteamericano Dan Kiley, quien lo dio a conocer en 1983, cuando publicó su exitoso libro The Peter Pan Syndrome: Men Who Have Never Grown Up (New York: Dodd, Mead & Co.).

[2] Dicen las malas lenguas que la verdad de la marcha de su mujer, Julia Báez Trujillo, reside en las “confusas” caricias que Eduardo propiciaba a su hijo Iván. Parece que su esposa se alarmó ante el cariz que tomaban los acontecimientos, por lo que temerosa de lo que pudiera pasar echó mano al crío y se largó. Lo cierto es que González Arenas toda su vida se declaró como bisexual, pero parece claro que esto no era otra cosa que una estrategia para hacer más respetable –tanto a los otros como a sí mismo- su atracción patológica por los niños [Cárdenas, N. (2013). Yo jugué con un asesino. Málaga: Editorial Sepha].

[3] Esto de “Delhais” he intentado averiguar por todas partes de dónde lo pudo sacar el caradura de González Arenas y, lo reconozco, he sido incapaz. A menos que algún lector sepa otra cosa que yo ignoro y quiera compartirla conmigo, he de pensar que fue invento del propio Eddy.

[4] Así consta en la sentencia del Tribunal Supremo, sala 2º de lo penal, de 21 de junio de 1993 [puede consultarse en este enlace: https://supremo.vlex.es/vid/-202866295, recogido en junio de 2018].

[5] Cárdenas, N. (2013), op. cit.

[6] Ordaz, P. (2017, 29 de agosto). El alienígena que violaba niños en el monte. Diario El País, Edición digital [https://politica.elpais.com/politica/2017/08/29/actualidad/1504006030_167758.html, recogido en junio de 2018].

[7] De hecho, en diversos barrios de Madrid por los que el colectivo tenía alguna influencia habían empezado a aparecer pintadas tan terribles como sospechosas: “Edelweiss, mariquitas”. No en vano, y en el colmo de la desvergüenza, desde los sectores ultraconservadores madrileños se empezó a utilizar el tema de Edelweiss como justificación de una cruzada contra la homosexualidad… A nadie parecía importar que las víctimas fueran niños terriblemente manipulados, o que en el pasado a muchos de los que ahora se deshacían en insultos hacia González Arenas y su montaje, les hubiera parecido magnífico su chiringuito fascista. Ya se sabe que el gran pecado de España es la mala memoria.

[8] Anónimo (1994, 17 de marzo). Indultado Iñaki de Miguel, importante miembro de la secta Edelweiss. Diario El País [https://elpais.com/diario/1994/03/17/sociedad/763858806_850215.html, recogido en junio de 2018].

[9] Candia, P. (1998, 3 de septiembre). A líder de Edelweiss lo mató un amigo suyo de 18 años. Diario El País [Recogido de: https://elpais.com/diario/1998/09/03/sociedad/904773603_850215.html, tomado en junio de 2018].

Anuncios

Atávicos y positivos

Cesare Lombroso
Cesare Lombroso (1835-1909).

Médico, darwinista convencido, psiquiatra prestigioso[1] y conocedor de las metodologías precoces empleadas en la detección y examen del delincuente –tales como la frenología de Gall y Spurzheim o la entonces incipiente antropometría de Alphonse Bertillon-, Cesare Lombroso comenzó a pensar hacia 1871 en las bases de lo que luego sería su harto popular teoría criminológica, un tema que ya le venía preocupando desde hacía mucho tiempo. De hecho, contaba tan sólo 24 años cuando,

“recién doctorado y trabajando en Pavía, se incorporó como médico al ejército piamontés, llegando a participar activamente en las sangrientas batallas de Magenta y Solferino, que se saldarían en ambos casos con severas derrotas de las tropas austriacas. Fue durante estos episodios bélicos, al tener que atender a un buen número de soldados heridos, que el joven Lombroso se sorprendió al observar que la mayor parte de la soldadesca deshonesta, brutal e ineducada, lucía en brazos y pecho tatuajes obscenos. El éxito del tatuaje era porcentualmente mucho mayor en el seno de esta “tropa deshonesta”, que entre el resto de los soldados”[2].

Fue a partir de sus observaciones sobre el tatuaje que Lombroso comenzó a pensar en el asunto del “atavismo”, si bien no acababa de encontrar evidencias sólidas con las que corroborar sus impresiones y, en tales condiciones, se hacía complicado avanzar una teoría precisa. No obstante, en el mencionado 1871, tuvo la ocasión de estudiar el cráneo de Villella, un celebérrimo bandido y asesino, perseguido durante décadas por la justicia transalpina. Concluyó que aquel hombre mostraba obvias deformidades craneanas, así como ciertos rasgos anatómicos “propios de los simios”. El hallazgo comparativo resultó de una serendipia en la medida que Lombroso estaba buscando específicamente criterios de base que permitieran establecer relaciones y diferencias entre el delincuente, el hombre salvaje, el sujeto normal y el enfermo mental, y no había pensado en considerar una teoría criminogenética. En todo caso, dio un giro a sus primeros planteamientos para manifestar en sus Memorias sobre los manicomios criminales (1872) que existirían preclaros puntos de contacto entre delincuentes y locos, si bien cabría considerar a los primeros no como enfermos, sino como seres claramente “deformes” y “anormales”, cercanos al hombre primitivo e incapacitados para la vida en sociedad, por lo que el Estado debiera plantearse la creación de instituciones especiales para criminales en las que no se mezclaran arbitrariamente con otros enfermos mentales y se pudiera, al mismo tiempo, estudiarlos con detenimiento y precisión para desarrollar políticas preventivas.

A partir de este momento y guiado de la asunción manifiesta de la teoría de la selección natural de Charles Darwin, así como por los planteamientos de Herbert Spencer y Francis Galton acerca de la herencia, Cesare Lombroso dedicó gran parte de su tiempo a visitar prisiones a fin de estudiar antropométricamente –centrándose con especial interés en los datos arrojados por el examen craneológico- a diversos delincuentes, vivos o ya ejecutados, para posteriormente cotejar los resultados obtenidos con la anatomía craneana de simios y fósiles humanos prehistóricos, o informes acerca de la vida y costumbres de los “hombres primitivos” que arrojaban las expediciones antropológicas tan populares en la época[3]. Su teoría del atavismo, aún dotada de un etnocentrismo absurdo y claramente impregnada de falacias eugenésicas que en aquellos días estaban aún lejos de su desacreditación científica, tomaba forma. Llegó así a la conclusión de que el delincuente era, básicamente y con total independencia de su sexo, un individuo dotado de rasgos morfológicos y conductuales arcaicos, aquejado de un síndrome hereditario: el dichoso “atavismo”. Es decir: no era la sociedad quien hacía al delincuente, ni tan siquiera la enfermedad mental como tal sino que, en todo caso, el criminal a menudo nacía ya “construido” para serlo.

Ciencia y pseudociencia

Recuérdese que, según las estimaciones del propio Galton[4], gran defensor del criterio eugenésico, a lo largo de las generaciones los caracteres sufrían a menudo una fase involutiva en la media de las poblaciones. La selección natural deficiente propiciada por la artificiosidad de las sociedades humanas daba pie a la perpetuación de rasgos indeseables y empobrecedores de la calidad genética de la especie que, cada cierto tiempo y por deriva génica, se popularizaban en una población dada. Esto permitía explicar, en su opinión, porqué entre los seres humanos de cualquier lugar, clase y condición, predominaba la mediocridad física e intelectual sobre el talento. Los individuos más aptos eran siempre una inmensa minoría. Desde este punto de vista, hoy risible pero entonces tomado muy en serio, Galton entendía que los procesos de herencia debían ser manipulados mediante una adecuada política eugenésica, a fin de incrementar la aparición de los rasgos genéticos más adaptativos y deseables, y propiciar así una disminución de aquellos otros que empobrecían la herencia. Precisamente, la investigación de un fascinado Lombroso se centró en el estudio de aquellos rasgos que Galton pretendía erradicar puesto que en ellos, sostenía, se encontraba el fundamento de la conducta criminal. El fundamento último del atavismo. Así, estimaba que en cualquier población humana sobrevivía una minoría de sujetos en los que estas taras filogenéticas se manifestaban de modo extremadamente nítido y que, en puridad, podía considerarse que aquellos individuos no eran otra cosa que indeseables efectos involutivos del proceso de la selección natural[5].

Francis Galton
Francis Galton (1822-1911), en fotografía realizada hacia 1850.

Lombroso argumentaba, por ejemplo, que en las sociedades primitivas ciertos rasgos como el fuerte deseo de matar, son muy relevantes para la supervivencia ya que los individuos guiados por este impulso resultarían “cazadores más eficaces”. Sin embargo, en las sociedades civilizadas, la aparición de este tipo de rasgos atávicos supondría una regresión a momentos pasados de la historia evolutiva de la humanidad y, consecuentemente, causa inmediata de conductas no deseables como el crimen. En los países más avanzados y entre las clases sociales más refinadas, debido a factores como la natalidad controlada y el énfasis en la “pureza de sangre”, era más extraña la aparición de sujetos genéticamente peligrosos. Pero no sucedía lo mismo en las naciones atrasadas e incluso en los suburbios industriales empobrecidos de los países desarrollados, en los que un absoluto descontrol sobre la natalidad y la mezcla indiscriminada de la población multiplicaban las posibilidades de que se presentaran los caracteres atávicos. Es evidente que todo esto no es más que una completa sarta de sandeces pseudocientíficas, pero se sorprendería el lector de la ingente cantidad de personas que aún estima que este tipo de argumentos son básicamente ciertos lo cual, en todo caso, no es otra cosa perfecto ejemplo del éxito histórico-cultural del lombrosianismo.

Añadiremos en este punto que los comentarios sexistas que jalonan la obra de Lombroso, así como de buena parte de sus seguidores, no sólo son resultado efectivo de la época en que se realizaron, sino que también muestran claramente su propia consideración acerca de la mujer, ya arraigada en la juventud[6]. Este tipo de ideas eclosionarían con la publicación de un volumen dedicado al crimen femenino, La donna delinquente (1893), en el que estableció, entre otras cosas, que las mujeres no delinquen violentamente tanto como los hombres por la sencilla razón de que ocupan un lugar inferior en la escala evolutiva. De este modo, el atavismo se manifestaría en ellas a través de una potenciación de los más bajos instintos y, en consecuencia, serían más viciosas que el varón, de suerte que elegirían prostituirse antes que matar. Esto significaba que, si bien desde un punto de vista jurídico y médico el crimen femenino es equiparable en todos los términos al masculino,

Donna Delinquente“la prostitución es un fenómeno atávico específico de la mujer, y tienen una mayor presencia dentro del tipo de delincuente nato que el resto de las mujeres delincuentes, conclusión a la que llegó no solamente a partir de la aplicación de su método a casos precisos, sino a través del análisis de un ingente material histórico y etnográfico. Además, desde el punto de vista delincuente, a las meretrices las incluyó por encima de otros tipos, como las homicidas ladronas en el modelo de la criminalidad, además de coincidir con el resto de tipos en su falta de sentido maternal”[7].

Tipología criminal

En base a sus estudios, Lombroso elaboró una tipología en clave psicobiológica del delincuente que distingue cinco tipos básicos. Sorprenderá al lector comprobar lo cercana que se encuentra esta clasificación de la ya ideada en su día por Pinel y, más aún, lo próxima que le parecerá si la compara con muchas de las que se manejan en la actualidad lo cual, dicho sea de paso, debería inducirnos a pensar en una revisión teórica de las mismas:

  1. Delincuente nato. El principal o básico y, por tanto, el más extendido en la sociedad.
  2. Delincuente loco-moral. Fundamentalmente un idiota, o “imbécil moral” como fue llamado por autores como Prichard o Nicholson, que no comprende los sentimientos morales ni tiene “conciencia”. Así, se ve constantemente superado por los instintos primarios siendo son estos los que le inducen a la conducta delictiva. Sería lo que hoy denominamos genéricamente “psicópata”
  3. Delincuente epiléptico. Lombroso arguye su existencia sobre casos reales de sujetos impelidos al crimen tras haber sufrido alguna suerte de trauma psicofisiológico que altera su percepción de la realidad.
  4. Delincuente loco. Básicamente un demente. Este aparatado engloba tres subtipos: alcohólicos, histéricos y “mattoides”[8].
  5. Delincuente pasional. El concepto de pasión se entiende en un sentido amplio y englobaría no sólo las motivaciones sentimentales, sino también a las de carácter moral como son las patrióticas, religiosas, etcétera. Lombroso no encuentra diferencia alguna entre este tipo de delincuente y los otros, si bien, tal y como sucede hoy en día cuando se habla de fenómenos como el del terrorismo, arguye que suele tener un intelecto más alto –probablemente pretendiera referirse a un mayor nivel cultural- que la media de los criminales y cuenta con un mayor grado de altruismo.
  6. Delincuente ocasional. Este tipo ni pretende cometer delitos ex profeso, ni busca a propósito el momento de cometerlos, pero sí muestra cierta tendencia hacia el crimen que en la mayor parte de los casos le lleva a él por razones generalmente insignificantes. Para Lombroso existen tres subtipos dentro de este: “pseudocriminales” -no son peligrosos y delinquen por motivos extraordinarios como el honor-; “criminaloides” -un punto intermedio entre el delincuente nato, el ocasional y el hombre normal que en el fondo tiene alguna clase de degeneración no visible a simple vista, tendente a los vicios, y que llega al crimen impelido por circunstancias adversas, o bien por efecto mimético; y “habituales” -aparentemente normales, sin taras precisas o significantes, han pasado la mayor parte de su vida en un ambiente difícil, peligroso, hostil que finalmente les lleva al delito. Se trataría pues de criminales de raíz ambiental-.

A tenor de la clasificación precedente, resulta obvio que Lombroso no abarcaba todos los casos posibles y se curaba en salud. En efecto, su teoría no admitía cierre –apresurémonos a decir ninguna de las teorías formuladas a partir del determinismo psicofisiológico lo admite- y, como él mismo reconocía, sólo el 40% de los criminales parecía tener las marcas antropométricas típicas de la “predisposición al delito”. El resto, nada menos que el 60% de los delincuentes que estudió, llegaban al crimen por lo general desde la “causación externa”. Sin embargo, y ya parece suficiente atrevimiento afirmarlo, Lombroso sostuvo que quienes contaban con esos estigmas atávicos no podrían en modo alguno escapar de la determinación biológica y sin no habían delinquido nunca, lo harían en el futuro:

“Brazos relativamente largos, pie prensil con dedo gordo móvil, frente baja y estrecha, orejas grandes, cráneo grueso, prognato en una gran mandíbula, pelo copioso en el pecho del macho, piel oscura, sensibilidad disminuida al dolor y ausencia de reacción vascular (los criminales y los salvajes no se ruborizan). […] Los niños eran algo así como criminales natos. El perfil psicológico de los pequeños se asemeja al de los delincuentes. Ambos presentan rasgos tales como enojo, venganza, celos, mentira, falta del sentido moral, falta de afectos, crueldad, pereza, uso de slang [jerga malsonante], vanidad, alcoholismo, predisposición a la obscenidad, imitación y falta de previdencia”[9].

En definitiva, más de media humanidad.

No obstante, y pese a lo disparatada que pueda resultarnos en la actualidad, en descargo de la obra de Cesare Lombroso cabe afirmar que su autor siempre fue un hombre de gran integridad científica y personal que,

“continuamente revisaba sus conclusiones a la luz de nuevos hechos, o por la nueva interpretación de sus datos originales cuando lo consideraba necesario. Nunca impuso una forma final a su teoría antropológica, y por esta razón siempre quedará como una inspiración para quienes se dediquen al terreno criminológico”[10].

Qué menos.


[1] Lombroso fundó en 1867 la Revista Trimestral Psiquiátrica, primera publicación de estas características editada en Italia.

[2] Pérez-Fernández, F. (2004). El atavismo en el albor de la psicología criminal: Cesare Lombroso y los orígenes del tatuaje. Revista de Historia de la Psicología, 25, 4: 231-240, p. 235.

[3] Cabe significar que Galton no estaba de acuerdo con las conclusiones “prematuras” de los estudios antropométricos, por cuanto albergaba serías dudas en lo referente a su validez teórica y experimental pues dudaba de la validez de la medida corporal como variable independiente [véase por ejemplo sus comentarios al respecto en: Galton, F. (1904). Memories of my life. London; Methuen].

[4] Galton, F. (1883). Inquiries into human faculty and its development. London, Macmillan.

[5] Obsérvese que hay un terrible error de fondo en este modo de pensar, por cuanto se considera que la evolución es “progresiva” y tiende siempre “hacia la mejora”, lo cual implica un proceso biológico dirigido hacia un fin –u ortogénesis-. Hoy es bien conocido que la evolución de las especies es un proceso básicamente probabilístico que no va hacia parte alguna en concreto y que, por tanto, la visión ortogenética de la misma es simplemente falsa.

[6] Con tan sólo veinte años, Lombroso se empeño en desarrollar una teoría con la que demostrar que la mujer estaba reñida con la inteligencia.

[7] Herranz de Rafael, G. (2003); Sociología y delincuencia. Granada, Editorial Alhulia, p. 33.

[8] Los “mattoides” son aquellos individuos que no manifiestan rasgos claros de demencia ni poseen dolencia alguna de carácter psicofisiológico, pero que aun así muestran tendencias impúdicas y una personalidad disoluta incapaz, en la mayor parte de las circunstancias, de aceptar normas o conducirse por un elemental sentido común. A este tipo de sujetos Maudsley los calificó como de “temperamento alocado” y otros, como Cullere, los denominaron “fronterizos”. Hoy en día, todavía subsisten en el catálogo de las enfermedades mentales (DSM-5) bajo la nomenclatura genérica de “trastorno antisocial de la personalidad”.

[9] Lizarraga, F. y Salgado, L. (2000). “Patagónicos y lombrosianos”. En: Ciencia Hoy, vol. 10, número 59.

[10] Scott, H. (comp.) (1964). Enciclopedia del crimen y los criminales. Barcelona, Editorial Ferma, p. 104.

Sobre la moral, la pena y los delitos

Dilema Moral

Es el debate de los tiempos presentes: endurecer las penas e incrementar el control. Sacrificar libertades a cambio de seguridad. Otorgar, en suma, más poder a quien puede castigar aún a costa de renunciar a conquistas milenarias. Nunca funcionó y sabemos desde Cesare Beccaria (1738-1794) que es seguro que nunca funcionará, pero la verdad tiene escasa capacidad de competencia enfrentada al poder, al dinero o al albur de la circunstancia inmediata. Nadie piensa con prevención, orden y cordura cuando se siente apremiado por el presente:

“Las historias nos enseñan que debiendo ser las leyes pactos considerados de hombres libres, han sido pactos casuales de una necesidad pasajera; que debiendo ser dictadas por un apasionado examinador de la naturaleza humana, han sido instrumento de las pasiones de pocos”[1].

Legislar en caliente se llama hoy, eufemísticamente, a tal cosa cuando solo tiene un nombre coherente: insensatez.

Es tópico entre los más devotos partidarios del orden, la restricción y el castigo recurrir en sus explicaciones a la filosofía y la jurisprudencia anglosajonas a la hora de justificar sus posiciones. Al obrar así se pasa por encima del hecho de que tales modelos jurídicos son reflejo inmediato de la Ilustración. En todos ellos tiene gran importancia la jurisprudencia, están plagados de criterios utilitaristas y pragmáticos e, irónicamente, se esfuerzan en limitar el alcance y poder castigador del Estado. Cuando Benjamin Franklin (1706-1790), uno de los padres fundadores de los Estados Unidos, afirmaba que quien sacrifica su libertad para obtener más seguridad no suele obtener ninguna de ambas cosas, pensaba justamente en esta cuestión. Porque la penalidad es el negativo de la libertad y es obvio que cuanto más poder se concede a un Estado –o a un particular- para castigar, más fácil es que incurra en la vulneración de los derechos más básicos y elementales[2]. Así, la defensa ilustrada de las libertades y los derechos individuales, que consagra la Constitución democrática más antigua del mundo –la de los Estados Unidos de América- permite la independencia y la libertad de los individuos y, por simpatía, de las comunidades, y motiva, entre otras cosas, que el peso de los asertos taxativos y cerrados en torno a la calidad ético-moral de sus sistema penal deban ser matizados: en aquel país, desde el mandato constitucional general, hay tantos códigos penales como Estados lo constituyen, lo cual motiva que muchos de ellos no tengan, por poner el caso, legislada la pena de muerte, o simplemente no la apliquen. Ello por no mencionar que asumen un sistema jurídico extremadamente garantista –y por ello mismo carísimo- en el que los derechos del acusado son fundamentales y absolutamente inviolables.

Tampoco resulta menos manipulatorio sostener, por principio, que quienes están contra la dura lex son “buenistas”, gentes “políticamente correctas” o meros partidarios de eso que la retórica ultraconservadora llama “optimismo antropológico”. Habitualmente, la defensa del extremista y el demagogo suele comenzar por el ataque –por fútil que resulte-. Para empezar, la ofensa puede ser efectista, pero nunca es un argumento y solo debilita a quien la practica en la medida que solo disfraza su incapacidad argumental. La condenada “corrección política” es cosa que va y viene. Tiene más que ver con el estado de una cuestión sociopolítica concreta que con cualquier forma coherente de racionalidad, y no es argumento de nada o para nada. De hecho, igual de políticamente correcto podría ser –y lo ha sido en determinado contexto- defender la amenaza, el maltrato y la tortura bajo el pretexto discutible de que una sociedad tiene el derecho y el deber de defenderse de sus posibles enemigos pues, en realidad, nada tendría que temer quien nada hubiera hecho -uno de los argumentos favoritos de un tal Joseph Göbbels (1897-1945), por cierto-. Idea que solo puede sostenerse de manera convincente vendiendo la especie de que cualquier otra forma de pensar debe ser necesariamente irracional y absurda:

“Nada importaban el ingente número de leales judíos alemanes que había luchado con de denuedo –y perdido la vida en no pocos casos- durante la guerra ni el hecho de que hubiese en el país miles de judíos que no comulgaban con el comunismo ni con las izquierdas en general; para Hitler y sus seguidores resultaba mucho más fácil hacer de ellos el chivo expiatorio de los males de Alemania. […] Desde el principio sus partidarios [del Partido Nazi] aseguraron que el odio que profesaban a los judíos no provenía de un prejuicio ignorante, sino de un hecho científico”[3].

Defender los Derechos Humanos y los Derechos Fundamentales que consagran las constituciones democráticas de los Estados no es, como vemos, un “buenismo” ridículo, sino una cuestión de principio en la medida que la salvaguarda del derecho individual es siempre, y en todo caso, la protección de un bien colectivo. No tiene que ver con el posicionamiento moral particular de alguien en concreto, sino con la altura moral de una sociedad en su conjunto. No puede convertirse en motivo ofensa lo que es simple y llana educación ético-política, así como prevención contra la barbarie y la indecencia.

Uno de los más graves problemas históricos de las culturas de raíz judeocristiana es su hipertrofia moral, como ya denunciara Friedrich Nietzsche (1844-1900). De hecho, si el endurecimiento sistemático de las leyes por encima de la prevención y de la reinserción tiene el deber que argumentarse es, precisamente, como resultado directo de tal hipertrofia. Ello explica que durante las persecuciones de herejes del Medievo y el Renacimiento uno de los esfuerzos fundamentales de los órganos inquisitoriales fuera, precisamente, el de proveerse de buen material intelectual –médico, jurídico, teológico- desde el que justificar su aberrante conducta[4]. Por el contrario, para muchos pueblos de la antigüedad ajenos a tales exigencias teóricas este factum moral no suponía problema alguno. Era asumible o prescindible en función del caso, lo cual daba justificaba en su sentido último cualquier barbarie siempre que se cometiera sobre el sujeto adecuado. Hay quien llama a tales barbaries “moral natural”, cuando lo cierto es que se trata de expresiones de no-moral posibilitadas por el hecho de que el agresor está licitado para no ver a un igual en el agredido. Un hecho que fundamenta y posibilita prácticas milenarias como el supremacismo y la esclavitud. Si el progreso de la civilización es resultado de la aceptación colectiva de propuestas morales inalienables, la negación o anulación de la moralidad de todos y para todos –se argumente como se argumente- supone, de hecho, la erradicación de cualquier comportamiento civilizado en la misma medida que conversión de determinados sujetos, por cualquier razón, en meros objetos.

Ciertamente, Nietzsche erró en sus pronósticos en la medida que las consecuencias de su crítica nos retrotraen a estados amorales e incivilizados, pero no así en sus diagnósticos: la negación del mandato moral nos convierte en sociópatas, pero su hipertrofia nos conduce irremediablemente al moralismo. Y el moralista es, por definición, un individuo hipermoral, fanatizado y capaz –precisamente por ello- de cometer idénticos actos de brutalidad que el inmoral o el amoral. Si el amoral te aniquila porque te cosifica, y el inmoral te destruye arrastrado por su perversión emocional, el moralista te tritura porque te considera imperfecto, indigno y antisocial. La racionalidad, como bien explicó Immanuel Kant, tiene límites. No llega a todas partes ni alcanza a justificar cualquier posición a menos que se violen sus reglas interesadamente, incluso por encima de la propia conciencia. Hay hechos, como el del precepto moral universal, que no pueden someterse a cálculo científico y se deben aceptar como cuestión de principio. Como criterio para la acción.

“Si el hombre nada teme tanto como hallarse ante sus propios ojos en el examen interior de sí mismo, despreciable y repugnante, puede injertarse ahora toda una buena disposición moral de ánimo; porque ese es el mejor, el único vigilante para impedir que impulsos innobles y corrompidos penetren en el ánimo”[5].

La razón por sí misma no funciona en este ámbito. Hipertrofiada, pervertida, alterada, también puede justificar genocidios, asesinatos, torturas, vejaciones sin cuento. Con razones se contamina y con razones se limpia. La racionalidad, si es genuina y se atiene a reglas, no está de parte de nadie, ni sirve a nadie más allá de sí misma. No tiene un dueño fuera de sus límites ni es lícita su apropiación.

Jugar con los números

Llegados a este punto, amenazados por el temido monstruo del inmoralismo, el doctrinario, el autoritario, el extremista, empiezan a justificarse desde el consabido baile de cifras. Reiteraciones matemáticas mareantes. Estadísticas sin fin. Lo realmente sorprendente es que son precisamente esos mismos números, calcados a la milésima, los que emplearán discrecionalmente sus opositores para justificar sus alternativas. Algo hay aquí que no funciona. ¿Unos miran los números mal? ¿Y por qué razón peregrina hemos de suponer que los otros los miran bien? ¿No estarán indicando esos dígitos, tal vez, otra cosa cualquiera…? Quienes nos dedicamos a la investigación y la enseñanza de las Humanidades solemos ser plenamente conscientes de un hecho que a mucho obseso del guarismo y el cálculo se le escapa: que en los asuntos de lo humano todo dato numérico es indicativo e intencional, “apunta hacia” algo, pero jamás refleja una verdad cerrada por lo que se encuentra sometido a constante revisión. Precisamente por ello puede ser leído de tantas maneras dispares, diversas e incluso encontradas.

Se debe ser extremadamente cauteloso con los números y su uso debe ser orientativo, pero no prescriptivo: nunca hay una realidad social –o psicológica- obvia tras ellos y sí, por lo general, mucha interpretación ideológica. No son translúcidos. Asertos como: “la mitad de los ciudadanos creen…” deben leerse como: “la mitad de la cantidad limitada de ciudadanos a los que se ha preguntado opinan…”. Y luego vendrá la interpretación particular de los motivos por los que se estima que ese colectivo específico –no toda la sociedad- opina tal cosa.

Ciertamente, este es el más grave problema metodológico que deben enfrentar las Humanidades: tras miles de horas de trabajo teórico, recolección de datos y reflexión, siempre han de enfrentarse al vértigo del salto a lo real. En efecto, Jorge Luis Borges (1899-1986), hombre indiscutiblemente perspicaz, advirtió este hecho a la perfección cuando dijo que la realidad solía ser muy poco interesante comparada con cualquier hipótesis acerca de ella, por la simple razón de que una hipótesis tiene la obligación de resultar, cuando menos, “interesante”. Por eso se avanza tan lentamente en la comprensión de los fenómenos de lo humano: las personas no son piedras. No comen con aceleración constante, no duermen según la ley de Boyle-Mariotte y, en general, no viven sus vidas particulares de acuerdo a los principios de la termodinámica. La Humanidad no cabe en una ecuación y, en la mayor parte de los casos, quienes pretenden atraparla en simples números no hacen otra cosa que jugar al reduccionismo.

Se nos dice, por ejemplo: en las cárceles de tal nación hay tantos presos, más que hace no sé cuánto tiempo y suponen, en proyección, un X% menos de los que habrá dentro de diez años. Siempre, más allá de la mera noticia, cabe preguntarse cómo se nos cuenta tal cosa y qué se nos quiere decir con ella. Un eminente sociólogo como Edwin Sutherland (1833-1950) llegó a conclusiones más operativas sin dar tantos rodeos: ni todos los que están en las cárceles son delincuentes, ni todos los delincuentes están en las cárceles… de hecho, hay delincuentes terribles -especuladores, asesinos medioambientales, arruinadores de naciones enteras, genocidas y otras hierbas-, peores que los peores de muchas prisiones que no han visto ni verán una celda en toda su vida y que, en muchos casos, cuentan incluso con una elevada consideración social. ¿Hay estadísticas de eso? Las prisiones, en toda época y lugar, han sido siempre alimentadas mayoritariamente por los estratos más bajos de la escala social para cuyas costumbres –más o menos dolosas para la opinión de los grupos hegemónicos- el cuerpo social diseña la mayor parte de los delitos y las penas –Foucault dixit-. Parecería que la sociedad no solo tolera el maltrato al reo, sino que por su propia dinámica lo exige.

Se trata de una evidencia histórica que no necesita de mayor justificación pues se descubre simplemente leyendo: salvo casos de la más rotunda excepcionalidad, no hay –ni ha habido- ricos en ningún corredor de la muerte o sala de torturas del mundo. Los códigos penales de los países avanzados tienden a ser durísimos con cierta clase de tipos delictivos que concitan el interés voluble de la opinión pública y, sin embargo, extremadamente garantistas con los delincuentes de cuello blanco, cuyas actividades tienen consecuencias devastadoras, pero difusas. Parece que cuando la víctima es identificable por la acción directa de su victimario y tiene nombre y apellidos, es más víctima. Es más adaptativo en términos biológicos  y psicológicos simpatizar con el sujeto que compadecer al grupo.

Se nos cuenta, por ejemplo, que en cierta época y en ciertos lugares se derogó la pena capital y automáticamente la cantidad de delitos ascendió. Así de simple. Tanto número para terminar siendo tan intelectualmente ramplón y terminar, por cierto, burlándose de la estadística. No es solo que se trate de una afirmación demostrablemente falaz, es que además, en el caso en concreto que pudiera acercarse a una certeza, siempre cabría preguntarse cosas interesantes: ese aumento o disminución de las tasas criminales, ¿depende solo de cuán dura sea la pena que se impone? ¿No influyen otros factores? ¿Los hechos sociales son unívocos, unidireccionales, y pueden ser explicados fuera del órgano en el que se insertan? ¿Para eso tanto dato? Desde luego, Emile Durkheim (1858-1917) se moriría de la risa ante tanta banalidad. No se dice con todo esto que la estadística sea aporte inútil o arma innecesaria y que, por tanto, no deba realizarse o tenerse presente. Sólo un imbécil redomado sostendría tal cosa sin ponerse colorado. Lo que se dice es que orienta y ayuda, pero solo ilustra y nada explica por sí misma. Que la pasión del presente por buscar regularidades universales y tendencias en procelosos mares de datos es poco menos que una moda pasajera a la que más pronto o más tarde se reconocerá como instrumento de apoyo, pero de “verdad” anecdótica. Porque el problema de la calculadora no reside en lo que ella “hace” con los números, sino en los números que le introduce “quien” la emplea[6].

En el fondo argumental de las posiciones partidarias a la limitación de derechos, el endurecimiento de penas, la aplicación de castigos cada vez más severos y etcétera, siempre late una idea que opera en su fondo como correa de transmisión. A saber, que esa postura nos hace “más civilizados” en la medida que, de algún modo, nos acerca al sufrimiento de esa víctima con nombre y apellidos. Nos sintoniza con su desgracia. Nos coloca en la siempre agradable posición de la defensa del individuo y, a través suyo, en su nombre y por simpatía, del cuerpo social en su conjunto. Nos aligera la conciencia. Nos permite cabalgar sobre la cresta de la ola de un malentendido altruismo. Y esa es precisamente una tentación a la que no se debiera sucumbir en tanto que prejuicio sentimental que poco o nada tiene que ver con la justicia en sí misma.

La metáfora del asesino

Hace varios años entré en una librería de viejo –esas que solemos recorrer los buscadores de rarezas- y un libro me encontró. Todavía lo conservo. Se trata de un texto autobiográfico escrito por un pastor metodista que fue capellán de varias prisiones en los Estados Unidos, especialmente en la célebre cárcel de San Quintín, lugar en el que hace años funcionaba una maravillosa cámara de gas que hoy es pieza de museo que se muestra a curiosos, amigos de lo macabro, nostálgicos del Medievo y sadomasoquistas en general[7]. El hecho es que, en calidad de capellán, este buen hombre asistió a muchas ejecuciones y compartió con muchos presos sus vidas en el corredor de la muerte.

Como es de suponer, el texto estaba repleto de la tópica verborrea cristiana al uso y de análisis no menos fastidiosos y extensos de la situación espiritual de los condenados durante las diferentes fases del proceso. Pero hacia el final incluía una interesante reflexión: Imagínense –decía su autor- que un asesino sádico ciertamente especial y terrible secuestrara a una persona, la encerrara en una habitación y le dijera algo como:

-Te voy a matar, pero no sé bien cuándo. Tal vez mañana, tal vez dentro de una semana o tal vez dentro de un año. Pero te aseguro que, pase el tiempo que pase, sólo saldrás de aquí muerto. Y lo voy a hacer por tal y tal motivo.

En efecto, este peculiar asesino se encargaría de alimentar a su prisionero, de mantenerlo limpio y vestido, de sacarlo a pasear al patio trasero de la casa de vez en cuando… Hasta que pensara que había llegado el momento de darle muerte. El prisionero incluso engordaría, estaría con buena salud y llegaría a intercambiar confidencias con él. Hasta que un día cualquiera entrara en la celda y le dijese:

-La semana que viene, a tal día, a tal hora, morirás.

¿Qué pensaría usted de un asesino como ese?

Bien, imagine ahora que ese criminal tan perverso se llama Estado. Que ese sujeto somos todos nosotros, erigidos en un organismo meta-humano que ya no tiene cara, cuerpo, familia, trabajo o nombre, pero que hace exactamente eso mismo con perfecta meticulosidad, presteza y eficiencia. Piénselo bien y advertirá el hecho central que nadie quiere reconocer cuando defiende este tipo de posturas, pero que inevitablemente late en el fondo de ellas. En efecto. Son posibles, pueden existir y ser defendidas alegremente porque implican necesariamente la despersonalización. No es un “yo” quien mata, castiga o tortura, sino “el Estado”. Un “todos”. Esa forma de pensar cínica y tremenda es precisamente la que sirvió a Luis García Berlanga para construir una de sus más memorables y críticas películas: El Verdugo… Este trabajo, el de verdugo, es necesario para el buen orden social, pero que lo haga otro…[8] ¿Paradoja? Porque esta es precisamente la primera cuestión que conviene hacerse: ¿Estaría usted dispuesto a ejercer como verdugo? Dejémonos de argucias intelectuales y vayamos a lo concreto, a lo terriblemente real, entero y verdadero. Es una cuestión, posiblemente, fácil de responder sentado frente a un teclado, rodeado de libros, con nuestro disco favorito sonando al fondo, un cafecito y gesto intelectual. Pero aquí no se trata de hablar, se trata de hacer. Se trata de que todos nos pongamos de acuerdo para matar a una persona. ¿Eso pretende defenderse como “civilizado”?

Si no tenemos un trasfondo personal tenebroso, y quiero decir con ello que no mostramos tendencia a alegrarnos de los males ajenos -hay gente que, desde la imbecilidad moral más básica, confunde términos y supone que defender determinada causa debe terminar necesariamente con el maltrato de quienes se oponen a ella-, entenderemos que las razones por las que la gente comete delitos son múltiples y variopintas. Hay gente que roba porque lo necesita y gente que lo hace porque es más fácil que trabajar. Hay gente que roba porque es lo único que sabe hacer y gente que lo hace porque no quiere hacer otra cosa. Incluso hay quien roba tonterías como respuesta a un trastorno psicológico. Erradiquemos de buena vez la simpleza que impera en el discurso social a la hora de enjuiciar a los demás. Hay personas que matan porque les gusta, otras se confunden, algunas pierden momentáneamente la razón, en algunos casos no ven más salida que el asesinato, a veces no tienen otra opción, del mismo modo que hay quien mata para defenderse y quien mata por accidente. La experiencia profesional me dice que “los buenos” pueden matar exactamente igual que “los malos”. Que solo basta con someter al individuo a determinadas circunstancias y presiones. Hay sujetos que matan por sistema y sujetos que matan sólo una vez. Los hay que tienen arreglo y los hay que no cambiarían aunque naciesen dos veces. Y aquí es donde se presenta el partidario de la dura lex –que ante todo quiere seguir pareciendo una persona respetable y moral- y nos dice: “es que las penas, por duras que sean, deben ser aplicadas racional y razonablemente”. ¿Cómo de razonablemente? ¿Mediante qué principios indiscutibles, inalterables y carentes de excepción? Usted quiere mecanizar y legalizar la barbarie homogeneizando situaciones completamente heterogéneas. ¿Y eso se defiende como “civilizado”?

El problema de los límites

Nuestros modelos jurídicos son limitados en lo referente a su capacidad de esclarecer las causas últimas de los delitos, así como para argumentar racionalmente algunas de las sentencias que emite y que, sin embargo, están ajustadas a derecho. De hecho, no existe ni ha existido en el mundo un solo sistema de justicia perfecto en este sentido. Ni existirá. Da igual cuántas precauciones apliquen los legisladores al mismo y cuánto cuidado pongan sus actores. Ello es resultado de evidencias tan claras que sólo los obtusos o los extremistas se niegan a ver: 1) lo moral y lo ético no son lo mismo; y 2) las leyes tienen texto, pero también espíritu.

La justicia sólo juzga a las personas por la calidad de sus acciones –eticidad-, pero nunca por los principios psicológicos que las motivan –moralidad-. Los actos se ven. Son claros y concisos. Los principios se deducen, se imaginan, se estiman. La tragedia de todo esto es que un individuo puede cometer actos terribles con las mejores intenciones, y viceversa. Y ante un tribunal no vale lo que se estima como cierto desde la convicción, sino en todo caso lo que se puede probar de acuerdo a derecho. Por ello encogerse en rincón haciendo pucheros y argumentando que “la ley no es justa” es equivalente a decir que “el agua moja”. La dañina creencia en el “mundo justo” es cosa tan infantil y cuasi religiosa que provoca profunda fascinación. Pero es que debe ser así. No es una casualidad arbitraria la que exige que la justicia opere de tal modo. Condenar o liberar por convicción nos conduce irremediablemente a los tiempos de la caza de brujas, en los que todos estaban “convencidos” de que las brujas existían. Condenar o liberar por convicción es condenar arbitrariamente, porque cualquiera puede estar perfectamente convencido de cualquier cosa, sea cierta o no. Idéntico argumento es aplicable a la tortura, y por ello las leyes de las naciones avanzadas, así como el derecho internacional, la proscriben y persiguen: bajo condiciones de tortura cualquier persona puede confesarse autora –por acción, omisión o complicidad- de cualquier disparate[9].

Dado que el sofisma es una plaga común de los tiempos presentes, cada vez es más fácil encontrarse que uno de los asertos más socorridos del partidario de la pena de muerte, del endurecimiento de las penas, de la no reinserción, del castigo mondo y lirondo, cuando es enfrentado consigo mismo -no olvidemos que estamos ante personas que viven necesariamente en la contradicción permanente de defender la vida, la dignidad y el derecho negando, a su vez, la vida, la dignidad y el derecho de determinados individuos o colectivos- es el que apela directamente a una pretendida falta de moralidad en quien se le opone: ¿Y qué hay de las víctimas? ¿Es que acaso las víctimas no tienen derechos? ¿Es que el criminal debe ser protegido entretanto las víctimas han de soportar estoicamente sus abusos? Debo decir que, por lo común, me sorprende que personas adultas y a menudo bien formadas tengan tan escasa flexibilidad mental y sean tan profundamente infantiles en sus juicios.

Resulta que en la misma medida que se intenta defender los Derechos Humanos, la dignidad, la justicia y el respecto de todos y para todos –empezando por el Estado, que debe dar ejemplo en el cumplimiento escrupuloso de las leyes que él mismo promulga y en las que se sostiene-, somos necesariamente culpable de algo. De una especie de crimen terrible y oscuro que nos convierte en monstruos. El defensor selectivo, ergo inmoral, de los castigos y de las torturas nos acusa de inmoralidad. ¿Se puede ser más cínico? ¿Esto es maldad o simple estupidez? ¿Se olvida que torturar, castigar, penalizar, robar, violar, agredir o matar es discrecional e impredecible? Cualquiera puede hacerlo. Ahora o mañana. Por un motivo u otro y nadie puede impedirlo. Siempre habrá quien delinca por cualquier motivo y, por tanto, siempre habrá quien deba convertirse en inopinada víctima. Nadie es responsable de esto excepto el criminal cuando se demuestra que lo es –por ello se le detiene y se le juzga de acuerdo a derecho-. Nadie puede culpabilizarnos de que el crimen, cualquiera que sea su modalidad, exista. Nadie puede decirme sin sonrojarse que defender el cumplimiento de la ley me iguala a quienes la transgreden.

Yo no estoy de parte más que de la defensa de la vida humana, de la justicia, del derecho, de la dignidad de la persona… Porque una sociedad que no respeta los derechos de sus culpables, de sus acusados, de sus condenados, es, sépanlo, una sociedad tiránica, deshumanizada y perdida que no respetará los derechos de nadie en absoluto.

“Bajo Stalin, la Unión Soviética había evolucionado, lentamente y de forma titubeante, de un estado marxista revolucionario a un enorme imperio plurinacional con un barniz de ideología marxista y continuamente preocupado por la seguridad de sus fronteras y por las minorías. Debido a que Stalin heredó, mantuvo y dirigió el aparato de seguridad de los años revolucionarios, estas preocupaciones derivaron en estallidos de matanzas nacionales […], y en episodios de deportaciones nacionales que empezaron en 1930 y prosiguieron durante toda la vida de Stalin”[10].

Ocurre, por lo demás, que extremar la dureza de las condenas e incrementar exponencialmente las penas cada vez que se presenta un caso sonado –los motivos y procesos por los que unos crímenes se hacen “famosos” entre la opinión pública y otros se ignoran por completo es un misterio que nadie ha sido capaz de descifrar del todo-, no ayuda en modo alguno a paliar el dolor de la víctima. Otro de los graves déficits de la justicia reside en el hecho de que no puede restituir en modo alguno los males causados. Si alguien incapacita de por vida a otra persona por causa de accidente, puede ser denunciado y castigado por su imprudencia, hecho que proporcionará una ventaja moral a la víctima, pero ello no restituirá su integridad física o psíquica. El dolor permanecerá a menos que se aprenda a convivir con él. Nada lo cubre y nada lo tapa. El mal recibido nunca es restituido o reintegrado de suerte simétrica a quien nos lo procura y, en cualquier caso, sería dudoso creer que ello fuera justo. El resentimiento de quien es objeto y objetivo del crimen es algo natural. De hecho humano y, por tanto, perfectamente comprensible. Pero la razonable sed de justicia no debe confundirse con el arrebato de odio o el simple deseo de venganza que, realmente, no conducen a nada y tampoco anulan o palian el dolor del victimizado. El más terrible de los castigos contra el agresor, la permanente y lícita exigencia de perdón y respeto, no borran ni la agresión recibida ni sus secuelas. La solución a esas cuestiones íntimas no reside ni tan siquiera centralmente en el derecho. Se encuentra en otra parte. El hecho que nadie parece querer comprender es el siguiente: el problema que la víctima plantea a la sociedad es diferente del que le plantea el victimario y, en consecuencia, ambas cuestiones han de abordarse de forma independiente.

Contrariamente a lo que el común de los mortales cree, la justicia moderna no está hecha para castigar a los culpables, sino para proteger a los inocentes. Y debe ser así porque cualquier otra cosa degeneraría en un estado reduccionista, policial, infame y peligroso. Ya ha sucedido. No respetar arbitrariamente los derechos de determinados colectivos es abrir la puerta a un sutil riesgo: el de que mañana alguien decida que nadie –o solo unos pocos- tienen cierta clase de derechos. Es evidente que las garantías que se imponen para proteger al inocente permiten a algunos culpables zafarse del abrazo de la ley, pero este es un problema que hemos de asumir si queremos evitar males mayores. Las garantías son imprescindibles para proteger a quien es acusado injusta o erróneamente. ¿Es preferible que se detenga a cualquiera, con cualquier pretexto y se le torture hasta la muerte por miedo a que sea culpable? ¿Esto es lo civilizado?

Es preferible un sistema judicial garantista que se esfuerza por seleccionar y extraer las manzanas podridas del cesto de las sanas, que aquel que piensa por principio que todas las manzanas están podridas. La justicia y la aplicación de las penas no pueden ser retributivas porque ello las conduciría al absurdo. Y si la justicia no puede operar desde la retribución, tiene que buscar el espíritu de la reinserción, pues algo tiene que hacer para afrontar el problema del delito de modo constructivo, operativo, eficaz.

El problema de los modelos penitenciarios actuales es que, más allá del mandato constitucional en el que basan, han evacuado de su seno la pedagogía por diversas razones. La principal son los costes. El actual modelo jurídico-penitenciario, oscuro y poco ilustrativo, nada amigo de ofrecer explicaciones, y ciertamente limitado en sus capacidades, ha motivado un crecimiento exponencial de sus detractores y críticos, cosa que conduce al populismo: aumento de los partidarios de las medidas extremas, los castigos, el endurecimiento de las penas e incluso, en la exigencia de la pena de muerte como medida pretendidamente ejemplarizante. De nada sirve que se viva en un país básicamente seguro, o que las cifras de la criminalidad sean razonables para el volumen creciente del cuerpo social. Ello no sirve frente a los enemigos de las libertades que se agazapan en todas partes. El hecho es que hoy la ciencia cuenta con medios eficaces en lo relativo a la prevención y corrección de las conductas delictivas, pero no solo ocurre que no se publicitan en un silenciamiento manifiestamente sospechoso, es que el contribuyente tampoco quiere invertir en recursos para las prisiones, ni en programas de reinserción, ni en terapias, ni en cosa alguna que pueda sonar a conceder a los reos –que ante todo deben ser castigados por sus iniquidades- alguna suerte de ventaja que pueda, remotamente, incomodarnos frente a la víctima.

Seamos sinceros: Los contribuyentes prefieren que sus dineros se gasten en otras cosas, ignorando que una buena política de reinserción contribuiría más a su propio beneficio que una buena carretera. Así es el abrazo del autoritarismo. Ciego, irracional e implacable. Y con total independencia de las tasas de reincidencia –esa cifra que irónicamente no suele servir a quien tanto se sirve de ella, y por ello nunca se ofrece al gran público- homogeneizamos casos y cosas. Dado que no contamos con los medios para hacer obrar de otro modo -ni pensamos arbitrarlos-, institucionalizamos al convicto y a otra cosa.

No es caso de convencer a alguien de algo tan ridículo como que todos los condenados/as, con total independencia del delito que hayan cometido, son salvables “almas de Dios”. Pero una mayoría sí. ¿Qué hacer con el resto? Pues precisamente lo mejor que podemos hacer: Investigar, estudiar, comprender sus motivaciones y prevenir a los que vendrán… Porque vendrán. Hoy la ciencia está en disposición de ello como no lo ha estado nunca antes en el pasado, precisamente porque hemos ido desprendiéndonos, no sin esfuerzos, de buena parte de los prejuicios pseudocientíficos que la inundaban respecto de la consideración del crimen. Precisamente, el argumento invalidatorio más importante para los partidarios del endurecimiento extremo de las penas como medida coercitiva eficiente reside en la ignorancia de que el crimen, en tanto que fenómeno psicosocial, va mucho más allá lo meramente policial, jurídico o penitenciario y se relaciona, de suerte intrínseca, con variables ajenas a la redacción, aprobación y cumplimiento de las leyes.

Panoptico


[1] Beccaria, C. (1993). De los delitos y de las penas. Madrid: Alianza, pp, 25-26.

[2] John Locke (1632-1704) o Jeremy Bentham (1748-1832), por ejemplo, referencias comunes en este contexto, no eran partidarios de la acumulación de poder, la justicia vengativa, los castigos excesivos o la represión sistémica, cosas que consideraban contrarias al buen orden y al gobierno democrático en tanto que enemigos directos del valor del individuo: “La teoría del castigo de Locke es liberal porque se funda en ciertos principios y valores individualistas. En efecto, una teoría del castigo que no tome en serio el valor del individuo difícilmente podría entenderse como una teoría lockeana del castigo. […] La sugerencia de que el individuo debe mantener su derecho a efectuar/actualizar su derecho a amenazar a otros y, en consecuencia, mantener su derecho natural a castigar en el contexto de una comunidad política, es algo que ninguna propuesta genuinamente lockeana podría defender” [Donoso, A. (2012). Hacia una teoría liberal del castigo: Locke, propiedad e individualismo. Revista de Ciencia Política (Santiago), 32, 2, 433-448].

[3] Rees, L. (2007). Auschwitz. Los Nazis y la “solución final”. Barcelona: Crítica, p. 36.

[4] López-Muñoz, F. & Pérez-Fernández, F. (2017). El Vuelo de Clavileño. Brujas, pócimas, fármacos, médicos e inquisidores a través de la literatura cervantina. Madrid: Delta Publicaciones.

[5] Kant, I. (1995). Crítica de la razón práctica. Barcelona: Círculo de Lectores.

[6] Véase, por ejemplo: El gran problema del big data: las mentiras de los consumidores y la información falsa. PuroMarketing.com [visitado en mayo de 2018].

[7] Eshellman, B.E. & Riley, F. (1963). Pabellón de la muerte. Día de ejecución. Barcelona, Madrid: Dux, Ediciones y Publicaciones.

[8] Sueiro, D. (1974). La pena de muerte. Ceremonial, historia, procedimientos. Madrid: Alianza.

[9] Tomás y Valiente, F. (1973). La tortura en España. Estudios históricos. Barcelona: Ariel.

[10] Snyder, T. (2011). Tierras de sangre. Europa entre Hitler y Stalin. Barcelona: Galaxia Guttenberg, pp. 389-390.

El crimen del “fantasma”


Como investigador, profesor y apasionado del método que soy desde hace muchos años, me encantan los misterios. Me apasionan y me fastidian al mismo tiempo. Me gusta la idea de profundizar, con la finalidad de esclarecerlos, en aquellos puntos oscuros de la realidad que se resisten contumaces a ser iluminados. Pero también me molesta el hecho de que la falta de luces se convierta para muchos en pretexto para falacias y fantasías sin fundamento alguno. Por ello suponen para mí un doble reto, tanto racional y científico como ético. Y hay muchos de estos enigmas que probablemente pudieran resolverse si se determinara el cabo apropiado del que tirar, pero que al mismo tiempo van cayendo en el olvido y el silencio precisamente porque nadie encuentra el cabo de marras. A veces porque existió y se destruyó inadvertidamente, en ocasiones porque no se ha encontrado aún y, las más de las veces, porque simplemente no se ha buscado con la adecuada pericia y dedicación o no se ha sabido sacar partido de la información que se tiene. Es máxima universal que al éxito todo el mundo se apunta, pero el fracaso no tiene amigos.

Siempre que me hablan de “crímenes fantasmales” o “crímenes con fantasma”, me acuerdo de mi buen amigo, en tiempos compañero, Francisco Pérez Caballero. Y lo hago porque leyendo su libro Dossier negro[1] –cuyo título quiere recordar al del célebre cómic de terror que se publicaba en la España de las décadas de 1970 y 1980-, tuve noticia de uno de los más fascinantes misterios irresueltos de la historia negra española. Me refiero al crimen cometido hace ya más de 35 años en el Hostal “El Consul”, sito en la localidad murciana de La Unión. Un asesinato “fantasmal” en toda regla sobre el que nadie fue capaz –ya fuera por acción, omisión o simple conspiración de silencio- de arrojar luz alguna.


Alfonso, el aventurero

Nunca mejor dicho. Alfonso Martínez Saura -don Alfonso para sus convecinos- había dedicado la mayor parte de su vida los viajes llegando, incluso, a ejercer como diplomático en Costa de Marfil –de ahí le venía el apodo de “el cónsul” por el que era conocido y con el que bautizó su negocio- durante años y sentía un cariño manifiesto por la cultura africana. Tal vez por tener muchas cosas que contar recopiladas a lo largo de una vida aventurera, y ser por su proverbial amabilidad una compañía sumamente grata a sus conciudadanos, se perdonaran sus excentricidades, como la de vestir túnicas en un área rural a comienzos de la década de 1980. De hecho, Alfonso había recalado en La Unión buscando sentar la cabeza por fin y para ello abrió el dichoso hostal que, por cierto, decoró con los muchos recuerdos acumulados a lo largo de su periplo africano.

Alfonso Martinez Saura e hijo (
Alfonso, de elegante pajarita, acompañado de uno de sus hijos [fuente desconocida]

Y es que Alfonso era, como corresponde al caso, todo un hombre de mundo. Culto y educado, respetaba toda clase de creencias, era sumamente tolerante, místico hasta el exceso, y afirmaba que hay pocas cosas que los hombres sepan de verdad de esta vida o de la otra. Así, viviendo desde el misterio y querido por todos pese a su excentricidad tal vez por ser él mismo el más grande de todos los misterios que albergaba el pueblo, el Hostal “El Consul”, erigido sobre aquella loma solitaria desde la que se domina la carretera RM-F40, entre La Unión y Los Camachos, se convirtió en un lugar de mediano éxito. Tenía un disco-bar -negocio tópico en aquella España de la década de 1980- que acumulaba bastantes parroquianos y había, por lo común, una razonable ocupación de habitaciones… Hasta que la suerte cambió de manera inesperada, cosa bastante común en los locales excéntricos o regentados por personajes excéntricos: siempre les llega el día en que la gente se cansa de la novedad –porque ya no es tan nueva- y comienza a responder con simple indiferencia.

“Llegar al Hostal El Cónsul es relativamente fácil una vez que ya estás allí. Quiero decir que nos perdimos lo justo, no sabíamos cual de los caminos agrícolas nos llevaría al edificio. Primera toma de contacto: preguntar a las gentes del lugar y así nos llevamos la primera sorpresa. Nosotros preguntando por el Hostal El Cónsul y los vecinos nos cuentan que también se conoce el enclave como ‘la casa de los toreros’. Unos toreros de Cartagena que al parecer eran socios, o algo por el estilo, de Alfonso Martínez”[2].

Hostal-El-Consul (descubriendomurciacom)
Vista actual del hostal [Fuente: descubriendomurcia.com]

Así que Alfonso Martínez Saura, el cónsul de la túnica, las pajaritas, los abalorios y las máscaras africanas, se fue quedando solo en su hostal vacío sobre la cima de la colina. Melancólico a decir de los amigos íntimos que le fueron quedando y que se convirtieron en sus parroquianos habituales. Entre ellos un policía local, Antonio Mata, quien solía invertir algunas horas de su tiempo libre en la grata y entretenida compañía del aventurero y que, tal vez, fuera uno de los primeros en advertir que algo raro, una atmósfera extraña, empezaba a impregnar todo lo relacionado con él.

“Recuerda [Antonio Mata] que estaban casi a oscuras, en la barra del local, cuando alguien llamó a la puerta. El dueño ni siquiera parpadeó. ‘Ve a abrir’, le dijeron. Y don Alfonso contestó que no era nadie, que no se preocuparan. Aquella actitud encendió el instinto policial de Antonio, que se levantó al instante. ‘¿Cómo que no es nadie?’, le dijo a su amigo a la vez que los golpes se repetían. ‘Que no es nadie –explicó Alfonso-, solo un fantasma que, desde hace algún tiempo me visita’. Sorprendido por la respuesta, que no parecía una broma, Antonio esperó junto a la puerta a que se repitieran los golpes. Esperó, esperó… y entonces sucedió. Uno, dos… cuando la tercera llamada se iba a estampar sobre la madera de la puerta, el policía abrió. Y allí no había nadie. Bajó las escaleras a la carrera, mirando a ambos lados, y no había ni rastro de la persona que había llamado”[3].

Nadie hizo cuentas del singular suceso ni de la peculiar interpretación que le dio el hostelero. Al fin y al cabo, quienes le conocían estaban tan acostumbrados a su excéntrica visión de la vida y a sus peculiares teorías místicas, que incluso les pareció un comentario a todas luces normal, por esperable, en alguien como él.

Alfonso, el cadáver

En la mañana del 27 de marzo de 1982, fue que Alfonso Martínez Saura se mostrara vivo por última vez, realizando algunos recados por las calles del pueblo. Posteriormente, y según lo acostumbrado, a primera hora de la tarde uno de los pocos empleados que le iban quedando a aquel hostal menguante se presentó en la casa de la loma, en el horario convenido, dispuesto a afrontar sus quehaceres. Pero todo estaba cerrado a cal y canto, lo cual era muy inusual, pues era costumbre que el propietario ya le estuviera esperando con las puertas abiertas, embebido en algún quehacer. Por supuesto, no pensó en lo peor. Quién va a pensar en esas cosas en un pueblo en el que nunca suelen ocurrir… Quiso imaginar, simplemente, que alguna razón especial retrasaba al propietario y decidió esperar un tiempo prudencial. Pero cuando pasaron un par de horas y algún otro de los compañeros que habían ido llegando comenzó a impacientarse, acordaron entre todos dar parte a las Autoridades[4].

hostal-consul (la opinion de murcia)
Otra panorámica del hostal [fuente: La Opinión de Murcia].

Resultó que el policía local y amigo de Alfonso, Antonio Mata, terminaba el turno en el momento en el que los empleados del Cónsul se personaron en la comisaría, por lo que decidió acompañarlos él mismo hasta allí. Y la primera sorpresa fue que todo estaba cerrado desde dentro. Tras fisgar entre las ranuras de postigos y persianas, el juego cambiante de las luces permitió a los visitantes intuir sobre el suelo de una de las estancias de la planta baja lo que podría ser un cuerpo. Se pensó que algún achaque de salud podría haber acosado al propietario -pues ya tenía sus años- o, en el peor de los casos y teniendo en cuenta los accesos de melancolía que lo asaltaban en los últimos tiempos y la mala marcha del negocio, cualquier otro disparate. Sea como fuere, el agente Mata decidió no esperar más. Se hizo con una linterna y en ese mismo momento se abrió paso hasta el interior rompiendo unos cristales.

El cuerpo sin vida del antiguo diplomático yacía junto a la barra del bar, sobre un charco de sangre. Sin duda, visto el piquerismo de la agresión aquello tenía que ser un asesinato –la médico que certificó la defunción contaría hasta 63 puñaladas procuradas con un arma de pequeñas dimensiones, ninguna de ellas mortal de necesidad lo cual hace pensar en un premeditado mecanismo de tortura-. En una de sus manos, ya agarrotadas, había un mechón de cabellos que probablemente pertenecieran al agresor. En una de las habitaciones alguien, quizá él, quizá el asesino, había dejado un grifo abierto y la bañera se había desbordado. Y el libro de entradas del hostal era un testigo mudo porque no había ninguna entrada o salida en aquella fecha. Teóricamente, Alfonso estaba solo. Y si no lo estaba, el hecho es que tampoco ha habido hasta el presente forma humana de discernir cómo pudo su asesino abandonar el edificio y cerrarlo desde el interior al mismo tiempo[5]. Eso, por supuesto, siempre que no fuera la propia víctima quien se encerrara en un intento de escapar de una mano asesina que bien pudo abordarlo fuera, para luego fallecer en soledad. Explicación que, visto lo visto, se antoja como la más probable.

“Lo mató el fantasma”

Ciertamente, la muerte del extravagante hotelero, por misteriosa e inesperada, dio mucho que hablar en la comarca, pero nunca se pudo pasar de la especulación y la sospecha infundada. Sin embargo, el instinto policial de Antonio Mata, implacablemente, apuntaba solo en una dirección porque solo una parecía existir. Al fin y al cabo, Alfonso no tenía relaciones conocidas que pudieran justificar un crimen pasional, no había motivo alguno para suponer que hospedara a alguien sin seguir el trámite habitual, y nadie en La Unión o en Los Camachos, donde era bien conocido, sabía de persona alguna que pudiera tener razón alguna para torturarlo hasta la muerte. De modo que, en efecto,

“lo mató el fantasma. Es decir, lo que [o quien] fuera que estuviera tras la misteriosa llamada de aquel día, aquello que llevaba tiempo asediando a don Alfonso. Es solo una hipótesis. Por frustrante que resulte, el caso nunca se resolvió”[6].

Evidentemente, Mata hablaba en sentido figurado, refiriéndose al desconocido -o desconocida- que llamó a la puerta aquella noche en la que se dedicó a perseguir humo, pero ello no obstó para que los fantasiosos de costumbre lo interpretaran literalmente. Así, ante la falta de progresos policiales pues los agentes fueron claudicando ante la falta de indicios, aquello terminó convirtiéndose con el devenir del tiempo en lugar de peregrinaje para domingueros, amigos de lo raro, caza-fantasmas “profesionales”, algún que otro vándalo, y buscadores de aventuras de todo cuño y condición. Incluso se grabaron psicofonías, algunas muy famosas y emitidas en diversos medios: “aquí nací, aquí muero” y “por mentir, cerdo, ¡muere por mentir!” –o al menos eso dicen, que dicen- son las dos más conocidas[7]. Pero hay algunas más. No obstante, y como suele ocurrir en estos casos, ninguna de ellas ayuda a resolver nada porque los fantasmas, y mira que es mala suerte, suelen ser muy ligeros para desahogarse ante el micrófono del primero que aparece, o para “mostrarse” como curiosos efectos de luz en las fotografías, pero bastante malos recordando nombres, apellidos o cualquier otra clase de dato que pueda resultar de cierta utilidad a la justicia.

El caso es que –volvamos al terreno firme- el único indicio razonable, los cabellos que Alfonso sostenía en su mano, ayudaron poco en la medida que la tecnología de la policía científica del momento no pudo emplearlos para extraer ni tan siquiera un perfil de ADN. También se encontró, dos días después, la cartera de Alfonso Martínez Saura en un camino cercano, pero quien la tirase allá no se había llevado ni el dinero que había en su interior. Ni tan siquiera los escasos clientes que se habían alojado en el hostal en días previos, y que fueron escrupulosamente localizados, fueron capaces de recordar algo singularmente raro durante su estancia. De tal suerte el caso quedó en punto muerto y terminó cerrándose. Al igual que el dichoso hostal, que aún hoy sigue abandonado. Los herederos del propietario, dueños a su vez de la finca y de la casa, sacaron de ella cuanto estimaron conveniente y la abandonaron a la ruina lamentable en la que todavía hoy permanece. Un cascarón vacío, sin cristales, expuesto a los vientos de aquella loma solitaria en la que se levanta y a la que todavía hoy se hacen excursiones en busca del fantasma asesino… O el del asesinado.

“El hostal está en barbecho, y vacío. ‘No hay muebles [explica el alcalde de La Unión, Pedro López]. Aquello en su día se expolió todo. Lo que no se llevaron los familiares, se lo llevó la gente. Sólo quedan las paredes, el cascarón’ […]. Sobre la posibilidad de que el inmueble pase a ser de titularidad municipal, y recuperarlo, Pedro López señalaba que ‘yo no sé otros alcaldes si se lo plantearon, pero ahora, por la situación en la que está en municipio, no es algo prioritario’”[8].

Hipótesis para un crimen sin criminal

Coincido con Francisco Pérez Caballero en una idea: don Alfonso conocía al criminal. Difícil es discernir de qué o por qué, sobre todo teniendo en cuenta la azarosa y aventurera existencia que el hombre había llevado hasta recalar en su hostal, pero el hecho de que no se forzaran puertas o ventanas a horas intempestivas de la madrugada solo permite explicar la presencia de un extraño en la casa de la loma desde el conocimiento previo entre víctima y victimario. Y si lo abordó en el exterior, es indudable que hubo de existir un intercambio de opiniones más o menos subido de tono previamente a la agresión. Incluso el enigmático y taciturno comentario que hiciera a sus conocidos en aquella reunión nocturna apunta a cuentas pendientes: “un fantasma que desde hace algún tiempo me visita”, es decir y leyendo entre líneas, un fantasma del pasado.

Problema bien diferente es el tipo de cuentas que ese “fantasma” trajera consigo. Lo que está claro es que no se trataba de un tema político, o de alguien que viniera a establecer una hipotética conspiración de silencio. Digo esto en la medida que, según se cuenta, por aquellos días Alfonso Martínez Saura estaba escribiendo sus memorias y, teniendo en cuenta su pasado como diplomático, bien podría pensarse que contuvieran informaciones “complicadas” o “molestas” para alguien de cierto peso. Pero sucede que el tal manuscrito es quimérico pues nunca ha aparecido –tampoco apuntes o borradores- y, además, la mecánica del crimen contradice esta teoría. Los crímenes por encargo suelen ser profesionales, asépticos, quirúrgicos: el profesional planifica, llega, mata y escapa. Reduce su intercambio con la víctima al mínimo imprescindible y, desde luego, no comete el error de dejar un jirón de su cabello o cualquier otro detalle incriminatorio de tal magnitud tras de sí… Y sin embargo aquí nos encontramos con claros signos de pelea y 63 puñaladas no letales procuradas con un arma pequeña, lo cual nos habla de enfrentamiento, tortura, saña y venganza. El asesino o asesina pudo parar, pero decidió seguir con lo suyo hasta el puro agotamiento.

Hostal el Consul (Youtube)
Panorámica del hostal desde el camino de acceso [fuente: YouTube].

Quien mató al pobre hostelero perseguido por la melancolía venía a ajustar cuentas con el honor. A purgar un desaire. A escarmentar. Tal vez, incluso, no traía la intención premeditada de agredirlo a tenor del arma utilizada, que nos habla de improvisación, enfrentamiento intempestivo y chapuza. Podría, ya que estamos, tratarse de un robo que salió mal, cometido por un aficionado de paso que esperaba más botín del que pudo encontrar en aquel negocio venido a menos y en el que, por no haber, no había ni clientes.

Lo cierto es que más de 35 años después, salvo error u omisión, el crimen ya no se resolverá. Es probable, ya que estamos, que tantos años después ni el criminal se cuente ya entre los vivos. Que, irónicamente, sea un verdadero fantasma.


[1] Pérez-Caballero, F. (2012). Dossier Negro. Edición España. Madrid: Atanor Ediciones.

[2] Anónimo (2015, octubre). Hostal El Consul y su enigmático crimen 30 años después. En: Descubriendo Murcia [https://www.descubriendomurcia.com/hostal-el-consul/, recogido en mayo de 2018].

[3] Pérez-Caballero, F., 2012, op. cit., p. 198.

[4] Lucas, A. (2016). ¿Quién apuñaló hasta la muerte al dueño del Hostal “El Cónsul”? La Opinión de Murcia, 3 de abril [http://www.laopiniondemurcia.es/comunidad/2016/04/03/apunalo-muerte-dueno-hostal-consul/726043.html, recogido en mayo de 2018].

[5] Ibíd. anterior.

[6] Pérez-Caballero, F., 2012, op. cit., pp. 199-200.

[7] Lucas, A., 2016, op. cit.

[8] Lucas, A. (2017). El Hostal El Consul no ‘revive’ desde el asesinato de su dueño hace 35 años. La Opinión de Murcia, 30 de julio [http://www.laopiniondemurcia.es/municipios/2017/07/30/hostal-consul-revive-asesinato-dueno/849055.html, recogido en mayo de 2018].

El buhonero caníbal

El hombre aparentaba ser de lo más normal. Alguien hubiera dicho que incluso una “buena persona”, lo cual ayudó a que mucha gente creyera su insospechada coartada en el momento en que fue detenido y procesado por asesino y caníbal en 1852, cuando contaba 42 años de edad, pues dijo ser un hombre-lobo. Ni más ni menos. Hoy en día esta excusa puede parecernos un completo disparate, pero en aquel entonces no era extraño en absoluto encontrarse con personas que asumían sin reservas de clase alguna la existencia de estos seres, porque “las meigas no existen, pero haberlas haylas”. De hecho, la justicia lo procesó por ello y así consta en el voluminoso sumario que se conserva en el Archivo Histórico del Reino de Galicia: Causa 1788, del Hombre Lobo. Un hecho, sin embargo, derrumba por completo la justificación presentada por el acusado en aquel entonces y que, en condiciones normales, hubiera podido obrar como eximente por enfermedad para librarle de una severa condena: Manuel Blanco Romasanta no sólo era un asesino quizá alienado, sino también un ladrón[1]. Se trataba de un sociópata en toda regla que al matar no solo alimentaba sus malos vicios, sino también su bolsillo.

Romasanta #1
Aspecto que debió tener Manuel Blanco Romasanta. Dibujo realizado a partir de la reconstrucción que el forense Fernando Serrulla realizó basándose en las mediciones antropométricas que se le realizaron tras su detención [fuente: criminalia.es].

Chanchullos de buhonero

Nacido en Esgos -otras fuentes indican que en Requeiro o Regueiro-, una aldehuela del valle de Allariz cercana a Portugal el 29 de junio de 1810, Blanco se ganaba la vida como buhonero y era, al parecer, tipo querido y respetado por sus convecinos. Tras una vida de patear sendas y caminos, conocía al dedillo la mayor parte de los bosques del noroeste de la Península Ibérica y había desarrollado un prodigioso sentido de la orientación. Esto hacía de él un excelente guía y un perfecto dominador de su oficio. Era harto conocido por todos los aldeanos de aquellas tierras por las que discurría mercadeando arriba y abajo, a su albedrío, en ciclos estacionales, y jamás se había sabido que hubiera incumplido la palabra dada, o se hubiera metido en líos dignos de mención. Por esto confiaron en él sus dos primeras víctimas: Manuela Blanco -sorprendente casualidad-, de 47 años, y su pequeña hija de 6.

La mujer, abandonada hacía poco por su marido, se ganaba el pan como sirvienta en una casa de Rebordechao –Ourense-, interesante en los planos económico y afectivo, pero es fácil imaginar que la separación le había puesto las cosas difíciles en el pueblo y pretendía, por ello, buscarse otros aires. Y Romasanta, que conocía a Manuela de toda la vida, se hizo cargo de su situación y le dijo que buscaría algo por ahí. En realidad, a lo que se dedicó durante sus largas jornadas de caminata solitaria fue a urdir un plan siniestro. En 1846, el buhonero se presentó en la localidad con una “excelente noticia” para la sirvienta: había topado, al parecer, con un cura de Santander que necesitaba una empleada y él le había hablado de Manuela. Todo estaba apalabrado. Ella liquidó de sus exiguas posesiones todo aquello que no podría transportar y, con su hija de la mano, se echó al monte tras los pasos del supuesto benefactor.

Pasó el tiempo. Quizá el suficiente como para que el vendedor ambulante ordenase sus ideas y, semanas después, retornó a la aldea con “grandes noticias” de su primera clienta. Una hermana pequeña de Manuela, Benita, que contaba 31 años, se dijo que ella también podría buscar futuros mejores y se ofreció al buhonero. Días después, completado el grupo con Francisco, un niño de 10 años a la sazón hijo de la mujer, los tres salieron del lugar en busca de su destino. Resulta evidente que el mercachifle asesino comprendió que tenía entre manos un filón virtualmente inagotable y que si llevaba las cosas con orden podría manejar el chanchullo en la más completa impunidad.

De este modo cayeron en la estratagema hasta trece personas de diversas poblaciones orensanas de las que nunca más se supo.

Romasanta #2
El actor José Luis López Vázquez interpreta a Benito Freire, alter ego ideado para Romasanta por Carlos Martínez Barbeito, autor de la novela “El bosque de Ancines” en la que, a su vez, se basa la película “El bosque del lobo”. Cinta dirigida por Pedro Olea en 1970.

El lobo se confunde

Es obvio suponer que los familiares de los viajeros que habían quedado en Galicia esperaran noticias de los que se fueron, y así se lo hacían saber al mercachifle entre idas y venidas, pero la respuesta de un impertérrito Romasanta, que ya había contado con la molesta contrariedad, era siempre la misma: “están bien, contentos, pronto escribirán”. Pero no lo hacían nunca, hasta el punto de que se empezó a sospechar que algo raro había pasado. No obstante, como buen maquinador que se precie de serlo, Manuel supo encontrar la manera de salir del trance ingeniándoselas para hacer llegar a los exigentes familiares una serie de cartas falsas, y así los ánimos caldeados se calmaron.

Pero cometió un grave error.

Si su impaciente ambición no le hubiera perdido, es más que probable que Blanco no hubiera sido descubierto en mucho tiempo dada la singularidad de sus crímenes y los exiguos recursos policiales de la época, pero intentando sacar el máximo partido de sus actos, fue vendiendo algunas posesiones de sus víctimas a diferentes aldeanos. Y, en un tiempo en el que no existía nada parecido al pret-a-porter y las prendas, especialmente las caras, gozaban de enorme singularidad, solo fue cuestión de tiempo que los familiares de los que marcharon empezaran a identificarlas entre el vestuario dominguero del vecindario. Así comenzaron las preguntas y así llegaron las respuestas: todas habían sido comerciadas por el buhonero.

Se le denunció, como es de suponer, pero Romasanta, que por su profesión tenía muchos contactos, consiguió enterarse de ello y puso tierra de por medio. Quiso imaginar que con el tiempo todo se enfriaría, pero vino a resultar que las Autoridades consideraron su detención como un asunto de máxima prioridad. Se le buscaba por todo el país. Pero fue la fortuna la que quiso que dos jornaleros gallegos que le conocían, y estaban al tanto de los pormenores de su historia, se lo encontraran en Nombela –Toledo- en julio de 1852. Los hombres alertaron a las autoridades y Manuel Blanco Romasanta fue finalmente detenido. No opuso resistencia alguna.

Romasanta 4
Romasanta, en un grabado de la época.

Para sorpresa de todos el buhonero explicó tranquilamente al juez de instrucción, Quintín Mosquera, que había matado a todas aquellas personas y se las había comido después de transformarse en hombre-lobo. Adujo, como si se tratara de algo perfectamente normal, que se trataba de una maldición familiar y que la metamorfosis sucedía desde trece años atrás –luego teóricamente desde 1839[2]-. Interesa señalar que el inculpado manifestó que, cuando se convertía en lobo, ni perdía la conciencia de sí mismo ni olvidaba ninguna de las acciones que llevaba a cabo en aquel estado, pero que en aquellos momentos el instinto animal se imponía a su voluntad y deseaba comer carne humana. Decía sentir algo de lastima por sus víctimas cuando retornaba a su estado original, pero que nada podía hacer al respecto. Es de suponer que, pasado el momento de la sangre, se dejaba dominar por otras pasiones más prosaicas y mercantiles, y que por ello se apropiaba de lo que no era suyo para venderlo. Para qué desperdiciar una buena ganancia cuando lo hecho no tenía remedio.

El así llamado Hombre-Lobo de Allariz fue sometido a un intensivo examen médico –que no psiquiátrico-, realizado bajo una óptica claramente frenológica, corriente pseudocientífica de moda por aquellos días, como se desprende de las actas sumariales. Sin embargo, y con buen tino, los facultativos determinaron, entre otras cosas, que:

“Su inclinación al vicio es voluntaria y no forzosa. El procesado no es loco, ni imbécil, ni monomaníaco, ni lo fue ni lo logrará ser mientras esté preso, y por el contrario resulta que es un perverso, un consumado criminal capaz de todo, frío y sereno, sin bondad y con albedrío, libertad y conocimiento. El objeto moral que se proponía era el interés. Su confesión explícita fue efecto de la sorpresa, creyéndolo todo descubierto. Su exculpación es un subterfugio. Los actos de piedad, añagaza sacrílega. Su metamorfosis, un sarcasmo […]”[3].

También se visitaron todos los lugares de los crímenes, donde Blanco, voluntarioso, ayudó a las Autoridades a reconstruir los hechos. Los cuerpos de sus víctimas nunca se encontraron más allá de algunos huesos. El modus operandi del individuo, siempre el mismo, era simple: se adentraba en los bosques que tan bien conocía con sus acompañantes y, en un determinado momento –cuando supuestamente estimaba haberse transformado en lobo- los atacaba salvajemente y, tras darles muerte, las devoraba. Acto seguido desnudaba los cuerpos, se apropiaba de todo aquello que pudiera interesarle y abandonaba el lugar.

Romasanta 3
Reseña de la causa contra Romasanta, publicada por Rúa Figueroa en 1859.

El caso de Manuel Blanco Romasanta causó un enorme impacto en todo el país y fue seguido con gran detalle por la prensa. Como era de esperar, el abogado defensor, Manuel Rúa Figueroa, trató de imponer la teoría de que su defendido era un simple loco, una víctima de una educación perversa y supersticiosa. Se dijo incluso que muchas de sus víctimas mostraban signos de haber sido atacadas realmente por lobos, lo cual nada tiene de extraño cuando se abandona un cadáver a la suerte de las alimañas del campo. En todo caso, la defensa aprovechó este elemento para sostener que Blanco no podía haber cometido realmente los crímenes y que todo era una farsa ideada por su fantasía. Para otros, sin embargo, aquella fue la prueba “evidente” de que aquel hombre podía realmente transformarse en lobo.

No obstante, tampoco debemos dejarnos llevar por la imaginación: en aquellos días la medicina forense estaba muy poco desarrollada –de hecho ni se contemplaba como especialidad-. Los errores en el manejo de los cadáveres o sus restos, los centenares de fallos cometidos habitualmente por los enfermeros y ayudantes de los depósitos, y la impericia con la que se realizaban muchas autopsias, terminaban por arrojar muy pocos datos claros y fiables. Basta con recordar la precariedad de los análisis forenses realizados a las víctimas de Jack el Destripador –cuyas autopsias, sobre los cuerpos recientes, se realizaron más de treinta años después y en un país mucho más avanzado que la España de entonces- para comprender de qué estamos hablando. Cuando se refieren datos forenses de casos tan antiguos tendemos a interpretarlos en el mismo sentido que se habla hoy de ellos cuando, en realidad, se hace referencia a elementos de juicio radicalmente distintos.

Un final… ¿misterioso?

“El juicio contra el Hombre-Lobo dura aproximadamente un año, tras el cual, el 6 de abril de 1853 se emite una sentencia de muerte por el juez de Allariz, que lo condena a garrote vil y a una indemnización de 1000 reales por cada víctima, todo ello pese a que no se hallaron los cuerpos de algunas víctimas, y otras se supo que habían sido asesinadas por lobos auténticos”[4].

Sin embargo, la pena no se cumplió. La reina Isabel II recibió una carta, firmada por un tal profesor Philips que se decía hipnólogo y cuya figura estuvo mucho tiempo sin identificar con exactitud[5]. La tal misiva solicitaba que la sentencia fuera aplazada para que pudiera estudiar personalmente el caso del lobisome. Esta misiva reforzó la postura de la defensa, que solicitó a su vez una revisión del caso alegando un déficit de datos clínicos acerca de su defendido. Ante la duda –hubiera sido desastroso ejecutar a un demente ante la opinión pública internacional- la reina revocó la sentencia de muerte en julio de 1853, conmutándola por la de cadena perpetua[6].

Pero la historia del Hombre-Lobo Gallego goza de un final ominoso y extraño. Tras la conmutación de la pena sus andanzas y su protagonismo mediático pasaron a un funesto olvido de suerte que se desconoce qué fue de él hasta el fin de sus días ignorándose, incluso, si llegó a cumplir mucho tiempo de su condena. En efecto: nunca se ha sabido con exactitud qué pasó con Manuel Blanco Romasanta después de todo aquello y, muy probablemente, el destino final del buhonero asesino continuará en el ámbito de la incógnita para siempre. Se ha llegado a publicar que falleció en prisión apenas un mes después de la conmutación de la sentencia, pero lo cierto es que no existe constancia documental de ello[7].

La peculiar historia criminal de Romasanta ha dado buen juego en el seno de la cultural popular patria, inspirando novelas y películas –de categoría artística dispar, sin duda-, pero hora va siendo de terminar, y este es tema para otra ocasión.


[1] Ya en Francia, en fecha tan temprana como 1598, un mendigo llamado Jacques Roulet fue juzgado en Angers acusado de hombre-lobo. Roulet había asesinado y devorado al menos a un muchacho, pero en aquel caso, el jurado mostró una compasión insólita en la época: estimo que el reo era un enfermo mental y tan sólo se le sentenció a reclusión en una institución asistencial [Farson, D. (1976). Vampiros, hombres lobo y aparecidos. Barcelona: Noguer].

[2] Explicó el reo que el 25 de junio de ese año se encontraba en la montaña de Couso. Allí se encontró con dos lobos grandes y que, de pronto, se sintió preso de convulsiones y se transformó él mismo en lobo. Dijo permanecer con ellos cinco días en tal estado hasta que, finalmente, retornó a su forma humana. Aquellos lobos tampoco eran tales pues también se hicieron hombres junto a él. Blanco Romasanta dijo que se trataba de dos individuos valencianos llamados Antonio y don Genaro, quienes sufrían una maldición idéntica a la suya [Berbell, C. y Ortega, S. (2003)  Psicópatas criminales. Madrid: La Esfera de los Libros].

[3] C-8938 (Legajo 1852). A.H.P. Ourense [copia de: “Causa 1788, del hombre-lobo”, 1852, Archivo Histórico del Reino de Galicia]. El informe lo firmaron el médico de Alláriz José Lorenzo Suárez, y los licenciados Demetrio Aldemira, Vicente María Feijoo Montenegro y Manuel María Cid, así como los cirujanos Manuel Bouzas y Manuel González.

[4] Simón Lorda, D. y Flórez Menendez, G. (2004). El hombre lobo de Allariz (Ourense), 1853: Una visión desde la psiquiatría actual. Anuario Revista Gallega de Psiquiatría y Neurociencias, 8, 104-115.

[5] “El Dr. Philips era con mucha probabilidad el médico francés Joseph-Pierre Durand de Gros (1826-1900), exiliado a Gran Bretaña durante un tiempo y que a su vuelta a suelo francés firmó con el seudónimo de Dr. Phillips. Junto con Azam, Brown-Séquard, Demarquay, Girard-Teulon…. formó parte del movimiento que propició la incorporación y asimilación del braidismo en Francia” [Simón Lorda y Flórez Menéndez, 2004, op. cit.].

[6] Tampoco tiene nada de particular. En España, pese a encontrarse en vigor la pena de muerte desde tiempos inmemoriales, se llegaba a ejecutar a muy pocos reos y la concesión de indultos era norma habitual. Entre otras cosas porque se pensaba con buen criterio que las ejecuciones públicas contravenían el orden público y generaban efectos desmoralizadores entre la población. A tal punto llegó la cosa que se hicieron habituales las protestas de los verdugos que, al cobrar por ejecución –más dietas-, solían quejarse de que se mataba a tan poca gente que el cargo no les daba para comer [Pérez-Fernández, F. (2013). La figura institucional del verdugo como espejo público (siglos XVIII-XX). El ejecutor de sentencias y sus variantes psicológicas. Revista de Historia de la Psicología 34(3), 57-80].

[7] Dominguez González, J. y Blanco, L. (1991). O home do unto (Blanco Romasanta, historia real de una leyenda). Ourense: Diputación Provincial de Ourense.

El sonido furioso

Parental Advisory

No tardaron supuestos humanistas, sociólogos, criminólogos, psicólogos, psiquiatras, legos, profanos y etcétera, en presumir que el rock era una de las grandes fuentes de la delincuencia juvenil, porque siempre hay que inventarse una. De hecho, cada tiempo ha tenido la suya. Del mismo modo que el cine o los seriales radiofónicos habían sido criticados por su “inmoralidad” hasta la extenuación para ser repentinamente reemplazados por el “peligro” del comic, a partir de las décadas de 1950 y 1960 le tocó al rock el turno de convertirse en amenaza psicosocial. Igual que ahora lo son los videojuegos o el rol, mañana lo será la “realidad virtual” y dentro de cincuenta años lo serán los androides –si es que por fin llegan a ser lo que nos han prometido-. Al fin y al cabo el rock tenía madera de escándalo. También utilizaba muy a menudo como fuentes de inspiración, junto con el sexo y las drogas, otros elementos nos menos perturbadores como las vidas de asesinos, la prostitución, las mafias, la experiencia del presidio, la delincuencia o la protesta descarnada contra los elementos más criticables del mundo adulto.

Montemos una comisión

No tardaron en aparecer, en un émulo perfecto de lo que ha venido ocurriendo con todas y cada una de las manifestaciones de la cultura popular a lo largo de la historia, por todas partes, los consabidos “paneles de expertos” –horror- y las comisiones –terror- destinadas al control de la radiodifusión de contenidos pretendidamente peligrosos. En realidad, y como corresponde siempre al caso, poco más que pandillas de moralistas, conservadores y vendedores de cháchara pseudo-científica en busca de respuestas de recetario que, superados por el signo de los tiempos, en el fondo, reconocen con tanta algarada su incapacidad para detectar los verdaderos problemas socioculturales, y encontrar auténticas respuestas. Total, para qué molestarse en analizar y comprender cuando se puede criminalizar a un espantajo.

Probablemente, el más reciente y sonado de estos paneles sea el que fundara junto a las esposas de varios congresistas y senadores estadounidenses la controvertida –y pretendidamente progresista, al dato- esposa de Al Gore, Tipper Gore, durante 1985. Denominado Parents Music Resource Center (PMRC), este organismo pretendía informar a los padres sobre las “modas alarmantes” que se imponían en la música popular. Sus componentes, apoyados en datos recabados aleatoriamente y de inexistente calidad científica, aseguraban que el rock glorificaba la violencia, el consumo de drogas, el suicidio y las actividades criminales, entre otras muchas cosas terribles y tremendas que iban a terminar con la civilización occidental. Como si para ello no bastaran los silos de misiles que el gobierno estadounidense tiene repartidos por medio mundo. Sea como fuere, proponía la censura directa, o bien la catalogación de la música por edades.

Tipper Gore
Tipper Gore junto a una de sus señoreadas amigas de la PMRC. Esta gente de buen corazón, por lo que parece, nos iba a salvar de nosotros mismos.

Lo cierto es que las actividades del PMRC alcanzaron tal popularidad que la industria musical decidió, como ya ocurriera con anterioridad en los casos del cine o del cómic, sucumbir a la autocensura antes que correr el riesgo de someterse a una regulación externa. El resultado fue la famosa etiqueta de Parental Advisory -¿les suena?- en todos aquellos discos cuyos contenidos pudieran considerarse controvertidos o arriesgados para los oyentes más jóvenes. El célebre músico Frank Zappa lo tuvo claro apenas se comunicó la medida: “la industria discográfica actúa como un hatajo de cobardes. Teme mortalmente a la derecha fundamentalista y le echa un hueso con la esperanza de que no siga adelante. Pero este programa de la etiqueta sólo sentará un precedente, y querrán más”[1]. Apenas dos años después, en 1987, aparecería un organismo opositor al PMRC muy activo, Parents For Rock & Rap (PFRR), que defendía la libertad de expresión y el respeto a la primera enmienda. Una nueva reedición del viejo debate democrático: ¿se debe limitar un derecho fundamental? ¿Cuánto? ¿Cómo? ¿Con qué criterio? ¿Por qué?

Frank Zappa PMRC
Y este es nada menos que Frank Zappa dejando muy clara su opinión a las señoras de antes.

Incluso la cuna del rock europeo, Gran Bretaña, un país en el que este asunto nunca fue tomado demasiado en serio, habría de sucumbir más pronto que tarde a la nueva corriente censora con el discurrir de los años. Así, se pasó de la sorpresa cuando un tal Bill Haley, desconocido por los adultos, fuera recibido como un auténtico héroe durante su gira británica de 1957, al rechazo más absoluto cuando la gente comenzó a romper los asientos de los teatros durante sus conciertos, pues como es lógico querían bailar al son de una música concebida para tal fin. El rock, al final, parecía poco más que una fuente de vándalos, de problemas y de escándalos.

Unos tiritos… Y al tajo

En nada ayudó al buen nombre del rock su constante y abusiva relación con las drogas y el alcohol. De hecho, la correlación entre el estilo de vida del rockstar de turno y el consumo de drogas ha sido a menudo tan reiterativa y difundida por los medios que a muchas personas les resulta difícil imaginar a un intérprete que no consuma sustancias prohibidas y, por simpatía, a menudo estima que el mero hecho de ser aficionado al rock es motivo más que suficiente para estar expuesto a la tentación de consumirlas.

Ciertamente, algunas de las más rutilantes y recordadas estrellas del rock –y otros mucho menos famosos, pero también menos ruidosos- han muerto a causa de las drogas o los excesos con la bebida. Phil Lynott, por ejemplo, líder de la banda irlandesa Thin Lizzy, realizó famosas canciones autobiográficas sobre la materia llegando incluso a escribir un tema premonitorio, Got to give it up. En esta canción, que abre el álbum Black Rose: A Rock Legend (1979), se hacía eco de las dificultades permanentes con el alcohol y las drogas que al fin acabaron por llevarle a la tumba: “Decidles a mi padre y a mi madre / que su hermoso hijo no llegó lejos. / Lo hizo hasta el final de una botella / sentado en un bar mugriento. / Lo intentó con ganas / pero se rompió su espíritu”.

Phil Lynott
Phil Lynott

La relación entre los psicotrópicos, el alcohol, y las diferentes modalidades artístico-literarias e incluso místicas, es larga y puede rastrearse hasta la misma noche de los tiempos, siendo un fenómeno transcultural. No obstante, el gran estallido popular se produjo entre la bohemia decimonónica y no tardó en extenderse, por supuesto, también entre los músicos. Y se trata de una relación incluso coherente con la naturaleza del negocio artístico tal y como fuera concebido durante el siglo XIX, y las condiciones de precariedad en las que muy a menudo se desarrolla. El mundo del artista musical popular, que en contadas ocasiones es una estrella que puede permitirse el lujo de obrar como le apetezca, es el de un artista enfrentado a horarios imposibles, interminables horas de trabajo y un público que se está divirtiendo por lo que siempre quiere más y mejor. Algo a menudo muy complicado de sobrellevar sin “ayudas”. Por otra parte, las drogas y el alcohol tienen el problema de que una vez que se comienza a emplearlas es difícil detenerse y, por lo general, conducen a nuevas modalidades de consumo, e incluso a la falacia del falso control que el consumidor desarrolla sobre las sustancias, lo cual establece tremendos círculos viciosos que muy a menudo concluyen en desastre.

Black Rose

La idea de la autodestrucción como excusa para los policonsumos no es más que un mito inventado por los fans –e incluso por la propia prensa y la industria discográfica-, diseñado para justificar honorablemente la muerte, el ocaso o el fracaso de sus ídolos. En realidad, el consumo de drogas es, en general, poco más que un elemento más del trabajo propiamente dicho. Así lo expresó J.J. Cale en Cocaine, una canción compuesta para Trobadour (1976), que luego se haría mundialmente famosa al ser versionada por Eric Clapton: “Cuando el día ha terminado y quieres correr / Cocaína. / Ella no miente, no miente, no miente… / Cocaína”. De hecho, no es raro que la idea del artista de rock como genio atormentado y desquiciado que sufre indeciblemente y que debe recurrir a las drogas como escapatoria sea hoy, como lo fue en su día, poco más que una treta comercial, una pose ideada para obtener una mayor credibilidad pública que, de hecho, muchos artistas ni necesitan. A ello se refería un sobrio Chris Rea cuando comentaba, refiriéndose a la popularísima Madonna, que ambos estaban en negocios muy diferentes.

En 1997, nada menos que la Organización de Naciones Unidas (ONU) se sumó al coro de los críticos más recalcitrantes e intentó inducir a los gobiernos nacionales a convertir las referencias a las drogas, el alcohol y el consumo de estupefacientes en el seno de la música popular contemporánea, en un delito. El polémico informe emitido por la ONU hablaba de las tácitas y constantes referencias a este asunto en el rock podrían ser contempladas como simple apología de las drogas e invitación a su consumo. El hecho es que, sin hacer notar que seguramente los sesudos “expertos” de la ONU deben tener con toda probabilidad cientos de cosas mejores en las que ocupar sus recursos que en criminalizar al rock achacándole la existencia de un negocio que no ha inventado, no es menos verdad que, de haber tenido un éxito que afortunadamente no tuvo, esta medida hubiera supuesto la defenestración total de un cauce de expresión estética, así como de una vía para la crítica cultural y la protesta sociopolítica con una capacidad de convocatoria de un alcance sin precedentes históricos conocidos. Quizá este silenciamiento fuera, en el fondo, lo pretendido.

Trobadour

Una buena foto

Otro de los motivos que han conducido a la idea del rock como fuente de conductas criminógenas ha sido su tendencia intrínseca a escandalizar. Algo que fue instaurado como norma habitual del negocio a partir de 1970 por las propias discográficas y promotores como elemento destinado a mantener el interés entre unas audiencias que empezaban a llegar al agotamiento tras el empuje comercial de los primeros años. Al fin y al cabo, la expansiva década de 1960 había mermado mucho la capacidad creativa en los planos artístico y contracultural del rock, y era el momento de introducir nuevas variables para asegurar la existencia del mercado. El escándalo como marketing, como un elemento más del espectáculo. En un momento en el que los espectadores empezaban a estar de vuelta, era necesario ofrecerles emociones más fuertes e intensas trufadas de sonidos diferentes y más elaborados. Y los artistas, a decir verdad, estuvieron muy dispuestos a realizar grandes y constantes esfuerzos por superarse: escenarios cada vez más grandes, juegos de luces más aparatosos, volumen más elevado, histrionismo más acentuado, escándalos más jugosos…

Frank Zappa, maestro de muchos interpretes posteriores en materia de espectáculo y planificación visual, se convirtió en un experto en el arte de escandalizar con sus números de una morbosidad y exceso tan efectistas como bien calculados. El público de Zappa, acostumbrado a su proverbial nihilismo, llegó a ser el más duro y complejo de cuantos pudiera enfrentar un artista por la sencilla razón de que, más allá de la incuestionable calidad como músico de su ídolo, estaba tan acostumbrado a tal cantidad de dislates, excesos y excentricidades que resultaba prácticamente imposible mantener el nivel y satisfacer las expectativas para cualquier otro. Todo cuanto rodeaba los conciertos de Zappa llegó a ser muy absurdo. Y el propio artista explicó que su camino hacia el exceso comenzó por pura casualidad: en una actuación alguien de la banda se había presentado, bromeando, con una muñeca hinchable, y él decidió sacar partido a la eventualidad. Invitó a unos chavales a subir al escenario y les entregó la dichosa muñeca. “Aquí tenéis una chavala asiática –les dijo-. Mostradnos lo que hacemos con ellas en Vietnam”. Los aguerridos mozos, como era esperable, se entregaron a una auténtica apoteosis de salvajismo que hizo las delicias del respetable. El éxito motivó a Zappa a seguir en adelante con aquellos números a los que denominaba eufemísticamente “ayudas visuales”.

Sea como fuere, el ejemplo de Zappa nos permite entender las razones por las que gente como The Who, KISS, Sex Pistols, Black Sabbath y muchos otros se lanzaron a su particular carrera de excesos, pastiches de satanismo, caras pintadas, vestuarios de fantasía, fuegos de artificio y extremismo: simplemente funcionaba en las salas de conciertos y en las tiendas de discos. El caso concreto de KISS, por lo demás, es paradigmático de hasta donde se puede llegar con una buena puesta en escena, en la misma medida que los personajes histriónicos que hicieron de sí mismos les auparon hasta protagonizar programas de televisión, películas de cine –bastante malas, por cierto- e incluso sus propios cómics.

Kiss
Los KISS demostrando al personal cómo se monta un buen número.

La manifestación más directa de este amor por lo excesivo se transfiguró en la denominada “furia viajera”, una expresión aséptica destinada a explicar lo que en realidad eran las enormes excentricidades que grupos e intérpretes cometían durante las giras, fuera de los escenarios, en el espacio entre un concierto y el siguiente. Destrozos en los hoteles, fiestas salvajes, consumo desmesurado de drogas, vicios de toda suerte… Cualquier cosa llegó a parecer poco en una carrera desenfrenada por superar las barbaridades de la gira anterior o de la banda competidora. El origen de estas conductas disparatadas no solo se encuentra en el alcohol o las drogas. El tedio que conlleva una gira larga y rutinaria, repleta de horas de soledad, rodeado permanentemente de los mismos rostros, con muchas emociones reprimidas y la presión de agotadoras actuaciones, terminaba resultando muy frustrante. No olvidemos que en su afán por llegar a la mayor cantidad de gente en el menor tiempo posible, las dichosas giras consisten en cubrir ingentes cantidades de kilómetros en poco tiempo, con calendarios muy rigurosos, a un ritmo agotador, teniendo que dar el ciento por ciento un día tras otro. Esto explica los accidentes en los que muchos artistas han perdido la vida de forma trágica. Vivir deprisa, vivir al límite: “Y él era demasiado viejo el rock ’n’ roll / pero demasiado joven para morir –cantaban Jethro Tull en 1976- No, nunca eres demasiado viejo / para el rock ‘n’ roll / si eres demasiado joven para morir”.

Too Old to Rock and Roll

Haz como tus ídolos

Los fans más enajenados, inevitablemente, tienden a perder los papeles y pretenden imitar las extravagancias de sus ídolos mucho más allá de lo que sería razonable. Incluso puede que, impulsados por sus propios demonios, se sientan inspirados por ellos a hacer cosas que nadie les pide ni pretende que hagan. Hay quien quiere ver en estas actitudes un efecto motivacional del rock hacia el crimen, las conductas autodestructivas, el suicidio y el delito cuando, en realidad y por fortuna, no sólo ocurren mucho más raramente de lo que se suele creer, sino que además suelen ser el resultado de personalidades inestables y/o sugestionables, de situaciones personales indeseables, o de la coincidencia de ambas cosas.

El primer episodio de fans descontrolados del que se tiene noticia se produjo en los mismos orígenes del rock como modelo musical, el 21 de marzo de 1952, en Cleveland (Ohio), y no fue precisamente la música –o su contenido- la culpable del desaguisado: unos promotores excesivamente avariciosos habían vendido hasta dos entradas por cada asiento, el sonido era pésimo y varios de los asistentes fueron aceptados en el recinto pese a estar completamente borrachos. Finalmente, a causa de una reyerta motivada por las pésimas condiciones, el concierto tuvo que ser suspendido, hubo cinco detenidos y varios heridos por arma blanca. Es obvio que la culpa no fue del rock, pero la prensa de la época no lo entendió de este modo. Lo mismo le ocurrió, como ya dijimos, al pobre Bill Haley durante su gira europea de 1957. Así por ejemplo, durante su actuación en Berlín, por motivos que aún se desconocen, se produjo una batalla campal que se saldó con varios heridos tras una brutal carga policial. Y luego, claro está, vino esa euforia desatada, excéntrica y antiestética de la beatlemanía… O la stonemanía, que se hizo especialmente odiosa tras el crimen cometido durante la actuación de los Rolling el 6 de diciembre de 1969 en Altamont. En el transcurso de la misma un joven negro, Meredith Hunter, fue golpeado hasta la muerte por miembros de la conocida banda motera Los Ángeles del Infierno. Lo irónico del caso es que en ese preciso momento los Stones estaban interpretando uno de sus grandes clásicos: Sympathy for The Devil.

Rolling Altamont
Los Rolling Stones en Altamont (1969).

Luego vinieron otros eventos, siempre puntuales, que han ayudado a sus detractores a apuntalar desde lo anecdótico la leyenda negra del rock. Así por ejemplo, el conocido disparate de la Familia Manson, quienes en el colmo del absurdo se dijeron inspirados por los mensajes subliminales de las canciones de los Beatles –concretamente en su tema Helter Skelter[2]… Y más: en 1974 un muchacho de Calgary (Canadá) se ahorcó con tan solo trece años al intentar imitar el clímax de un concierto de Alice Cooper; en 1978 otro sujeto de Baltimore sufrió graves quemaduras al intentar imitar el número de escupe-fuego que realiza en sus conciertos el bajista de KISS -Gene Simmons-; unos jóvenes se suicidaron durante la escucha de la canción Better by You, Better Than Me de los Judas Priest, lo cual sirvió para que un muy imaginativo fiscal –que perdió el caso, claro- los acusara de haber introducido en el disco mensajes subliminales instigando al suicidio; o bien los disturbios que, en 1979, culminaron con la muerte de once fans de The Who en Cincinatti (Ohio) a causa de una estampida. Evento éste, por cierto, considerado aún como el mayor desastre de la historia acaecido en un concierto rock. Incluso el propio John Lennon, en 1980, terminó por convertirse en víctima de su éxito al ser asesinado en Nueva York, a la misma puerta del edificio Dakota -en el que vivía-, por un iluminado llamado Mark David Chapman.

Situaciones que, en general, pueden encontrarse históricamente, por doquier, en el seno de cualquier fenómeno sociocultural de masas y que, en realidad, guardan escasa relación con el contenido mismo del rock. Ese maravilloso sonido furioso.

Lennon Yoko Dakota
Lennon y Yoko Ono posan ante el neoyorkino edificio Dakota.

[1] Goldstein, P. (1985, 25 Aug). Parents Warn: Take the Sex and Shock Out of Rock. Los Angeles Times.

[2] Disparate en todos los sentidos del término y en todas las direcciones imaginables. El caso de Manson comenzó en la ideología –bien regada de drogas y alcohol- pervertida y delirante de un chorizo del montón, continúo con un tratamiento jurídico y mediático rayano en el más completo absurdo y terminó convirtiendo a un hombre que físicamente no mató a nadie en un ejemplo paradigmático de “asesino en serie”. De locos.

El terror… ¿oculto?

Chase (Ficha Policial Reno Nevada, 1977)

Sacramento, capital del estado de California vio la luz de Richard –Rick- Trenton Chase el día 23 de mayo de 1950. No era un día especial y, de hecho, la fecha no aparece subrayada en calendario alguno de efemérides. Tampoco era un crío singular. Nada hacía pensar que acababa de nacer alguien que, por su excéntrica brutalidad, sería uno de los criminales más recordados de la historia de los Estados Unidos. Y sin embargo, podemos afirmar que su caso es el perfecto ejemplo de lo que puede llegar a suceder cuando todo el sistema que debe velar y supervisar el bienestar y la salud públicas, en un efecto dominó, se derrumba alrededor del sujeto al que precisamente debe controlar y reconducir. Una de esas maravillosas y banales historias que se gestan ante la mirada pública, ante un montón de gente que mira pero no ve, y que tras la consumación del desastre concluyen con el consabido “¿y quién iba a pensarlo?”.

De poco ayudó a Chase ser un niño hipersensible y neurótico sometido a un terrible estrés familiar, pues desde que tuvo conciencia vivió en medio de las constantes peleas de sus progenitores. Su padre, alcohólico y estricto, era un maltratador. Su madre, inestable psicológicamente desde la adolescencia, estaba obsesionada con la idea de que su marido quería envenenarla. El pequeño Richard vivió en medio de esta vorágine de gritos, peleas, golpes –de los que parece recibió una buena porción por ambas partes- y reproches durante diez años, hasta que se produjo el inevitable divorcio. Ambos reconstruirían sus vidas y seguirían ocupándose del pequeño Rick, pero el daño ya estaba hecho y aquel entorno terrible había destruido la frágil psique en construcción del niño[1].

A estas alturas Richard mostraba un cuadro consistente de problemas psicológicos severos: tendencias psicóticas, apatía, agresividad… Tenía constantes terrores nocturnos y sufrió de incontinencia urinaria hasta, al menos, los ocho años. Su único consuelo fue el de escribir un diario, tarea en la que se mostraría extremadamente meticuloso durante mucho tiempo… A la par que adquirió la costumbre de maltratar animales como forma de violencia disociada que, al parecer, era lo único que lograba relajar sus tensiones internas.

Chase (instituto)
Chase en el anuario del High-School.

Su cociente intelectual –dicen que 95- estaba en la media y ello le dio para terminar la educación secundaria, cierto que con más pena que gloria. Durante la adolescencia intentó normalizar su vida, relacionarse con chicas –llegó incluso a tener un par de novias-, pero todas sus relaciones con el sexo opuesto concluían en fracaso a causa de sus conflictos irresueltos, cuyas manifestaciones últimas se desplazaron hacia la sexualidad. Era impotente y rara vez conseguía una erección razonable, por lo que su autoestima se devaluaba progresivamente. Tampoco tenía amigos cercanos o mantenía relaciones cercanas con familiares[2]. Chase, puede que inducido por sus abusivos progenitores, intentó abordar el problema con normalidad y empezó a acudir a la consulta de un psiquiatra, pero abandonó la terapia, lo cual nada tiene de particular pues la adherencia a los tratamientos es uno de los grandes problemas en el ámbito de la salud mental. Para agravar las cosas, con quince años ya era un bebedor compulsivo y solía consumir drogas –marihuana, LSD- regularmente. No en vano, su primera condena, menor, sería por posesión de sustancias prohibidas. El hecho es que Chase advirtió pronto que todos sus intentos por conducirse como el resto de personas fracasaban porque, sencillamente, algo no marchaba en su cabeza. No era como los demás.

Se convenció de sus “diferencias” –lo cual se convirtió en constante fuente añadida de tormentos psicológicos- al intentar entrar en el mercado laboral. Su conducta era tan errática y falta de control que, tarde o temprano, terminaba siendo despedido. Así, a partir de 1969, se sucedió un rosario interminable de empleos de días, semanas a lo sumo. Incluso intentó probar suerte con los estudios universitarios, pero tenía lagunas de concentración severas y era incapaz de soportar la presión de los exámenes, con lo cual también abandonó al poco tiempo. La vida de Chase, como suele ocurrir con la de muchas personas con problemas mentales que no encuentran la pertinente ayuda externa, se convirtió inexorablemente en un rosario enfermizo de fracasos y renuncias.

Luchar por la normalidad

Si algo sorprende en el caso de Richard Trenton Chase es que tardó mucho tiempo en rendirse por completo a sus delirios. Es más, incluso hizo todo lo posible por vencerlos e integrarse, pese a no hacer otra cosa que acumular fracasos que ahondaron en su deterioro. Su última intentona antes de deslizarse por la pendiente de la locura tuvo lugar cuando contaba veintiún años. Decidió buscar la independencia compartiendo piso con unos amigos y ello, contrariamente a lo que cabría suponer, degeneró en el más completo desastre, pues en un afán por seguir la corriente se pasaba el tiempo consumiendo drogas, hecho contraproducente que motivó una rápida devaluación de su precario estado hasta consolidar su paranoidismo: tras obsesionarse con la idea de que una organización criminal trataba de acabar con él, creyó que sus compañeros de piso eran agentes a sueldo de dicha organización y, para protegerse, clavó la puerta de su habitación, que convirtió en una fortaleza. Entraba y salía de ella por un agujero practicado en el fondo de un armario empotrado. Dormía poco. Vivía aterrorizado. Montaba guardias… Sus diarios de este periodo, el de su primer brote psicótico reconocido, son testimonio del más absoluto pánico.

En 1972 fue arrestado de nuevo por conducir borracho. Retornar a una comisaría le asustó tanto que dejó de beber para tornarse completamente abstemio. Meses después, durante una fiesta, Rick intentaría manosear a una chica y se inició entonces una pelea que concluyó cuando, de nadie sabe dónde, Chase sacó una pistola del calibre 22. Tras ser reducido hasta la llegada de la policía por algunos invitados, y dado que no hubo heridos, se le incautó el arma y se le impuso una fianza de cincuenta dólares que abonaron sus progenitores. A partir de este momento, por temporadas, fue viviendo con el padre o con la madre. Sin empleo fijo. A salto de mata. Cada vez más desquiciado, lo cual complicaba enormemente la convivencia.

Chase (Funda pistola)
Chase, a quien ya se ve en la foto en un importante estado de degradación, posa engalanado con la funda de una de sus muy queridas armas.

De hecho, su manera de auto-castigarse por el incidente de la fiesta fue afeitarse la cabeza, evento que tuvo efectos ulteriores devastadores en la medida que marcó el inicio de toda suerte de percepciones alteradas del yo: dismorfobias, e hipocondrías. Se presentó en al médico muy asustado, explicando que su cráneo se estaba deformando poco a poco y que, por todo el cuerpo, los bordes de los huesos le agujereaban la piel. También dijo sentir que se moría porque alguien le había extraído la arteria pulmonar y su sangre no circulaba adecuadamente. Cabe imaginarse la cara del galeno cuando Rick le explicó que, a fin de paliar los síntomas descritos, se inyectaba sangre de conejo en las venas… Tras 72 horas de observación en un centro psiquiátrico, y contra la opinión de algún especialista que le consideraba inestable y peligroso, Chase retornó a casa bajo promesa de que se sometería al pertinente tratamiento. Y es que se ha produjo una diversidad de criterio diagnóstico. Entretanto unos profesionales están convencidos de que su esquizofrenia paranoide se debía a causaciones orgánicas, otros estimaron que era resultado de su adicción a las drogas, por lo que manteniendo su policonsumo bajo control, mejoraría de manera inmediata. Finalmente se impuso el criterio de los segundos y, toda vez que Rick ha sido estabilizado y medicado, encontrándose bajo supervisión materna, se pensó que todo habría sido reconducido. Y en este punto hemos de realizar una consideración que ha de quedar muy clara: los esquizofrénicos son pacientes que raramente se torna violentos y, en realidad, lo común es se hagan daño a sí mismos antes que a un tercero, al punto de que un elevado porcentaje de ellos termina suicidándose. Muy raros son los casos en los que ocurre otra cosa y, como estamos viendo en el caso de Chase, aun estos se deben antes a la inobservancia y el descontrol sobre el paciente que a sus propias motivaciones. De hecho, y como podemos comprobar en el caso que nos ocupa, Rick estuvo lanzando durante años, mucho antes de degenerar hacia el crimen, multitud de mensajes que simplemente se ignoraron de manera sistemática.

El hecho es que la vida familiar se complicará de manera progresiva en la medida que Rick, que pasa muchas horas solo -acompañado únicamente por sus delirios- en el apartamento que le financiaban sus padres, se obsesionó con la idea de que su madre le estaba envenenando lentamente a fin de librarse de la carga que suponía para ella. Obsérvese el singular parecido de este reproche de Richard con el que su propia madre realizaba a su padre años atrás… Así, alejado de cualquier forma de control Rick deja de tomar la medicación prescrita y su conducta comienza a empeorar de nuevo. Los delirios se recrudecen. Cabe preguntarse si Richard Trenton Chase hubiera terminado donde terminó si el sistema de protección hubiera sido consecuente con su patología, en lugar de desplomarse sin solución de continuidad a su alrededor.

Chase (Casa)
Entrada a la vivienda que Richard Trenton Chase.

Nace el vampiro

Rick se convenció de que su sangre se estaba convirtiendo en polvo y de que necesitaba contrarrestar los efectos de esta dolencia ingiriendo sangre fresca. Compró entonces varios conejos y, nuevamente, se inyectó y bebió su sangre. Por otra parte, adquirió la costumbre de tragarse las vísceras de los animales crudas, preparándose singulares “batidos” con la ayuda de una licuadora. Creyó que así evitaría que su corazón se contrajera hasta desaparecer.

Lógicamente, estas prácticas insalubres y antihigiénicas motivaron no solo que su vivienda se convirtiera en un autentico estercolero, sino también que cayera enfermo. Los médicos, tras escuchar sus relatos y percatarse de su obsesión por consumir sangre, lo internaron de nuevo diagnosticándole de esquizofrenia paranoide. Otra vez en la institución mental, Chase comienza a emular al Renfield de la novela de Bram Stoker, de modo que cazaba pájaros a los que arrancaba la cabeza a mordiscos para beberse su sangre. Al mismo tiempo, en sus sempiternos diarios, describirá con todo lujo de detalles estas prácticas y realizará pormenorizadas descripciones del sabor de la sangre en diferentes contextos y circunstancias. Estas conductas no van a más, pero tampoco mejoran. Pese a todo, y dado que no se muestra agresivo, en 1977 Richard Trenton Chase es puesto de nuevo en libertad bajo condición de que ha de pasar una revisión psiquiátrica anual. Surge un nuevo desacuerdo médico. Los psiquiatras más conservadores estiman que Rick es peligroso y se debe ser cauto, pero de nuevo se impone el criterio de los que son partidarios de tratar de reintegrarle a la vida normal. El sistema seguía haciendo aguas a su alrededor.

En constante evolución, comenzó de inmediato a secuestrar perros y gatos a los que decapitaba, descuartizaba y desangraba. Luego bebía su sangre mezclada con Coca Cola y guardaba los collares de los animales, con los que empezó a conformar una macabra colección. El efecto escalada tópico en estas patologías cuando no se reducen estaba servido y no tardó en pasar a presas mayores: deambulaba por los campos en busca de vacas, ovejas, a las que atacaba para beber su sangre. Llegó incluso a ser detenido por unos agentes de la policía india, en el interior de una reserva. Estos descubren un rifle junto a un montón de ropa y un cubo repleto de una mezcla pastosa de sangre e hígado. Siguen la pista al inopinado hallazgo y cabe imaginar su estupefacción cuando, prismáticos en mano, observan una escena absurda, propia de una novela de terror barata: un hombre desnudo, cubierto de sangre, sin duda el propietario de los objetos que acaban de encontrar, corretea por el campo como si se tratara de un demonio de cuento. Chase es detenido de inmediato, pero el sistema, en lo que ya parece un completo teatro del absurdo, sigue fallando: cuando lo lógico hubiera sido certificar su historial y devolverlo al psiquiátrico, los agentes lo ponen en libertad toda vez que comprueban que la sangre del cubo era de de oveja, y que la que cubría su cuerpo pertenecía a una vaca a la que había descuartizado.

Será entonces su padre quien haga un último intento de acercarse a él. Pasan los fines de semana juntos, le compra regalos, hacen excursiones… Todo es inútil. Rick ya ha perdido la razón y no sale de esa perversa obsesión con el deterioro progresivo de su organismo. A ésta, por cierto, irá añadiendo otras ideas recurrentes colaterales como las visitas de seres extraterrestres, las abducciones, los OVNI. La madeja que se teje en su cabeza compone un delirio desbordante, creativo, espectacular. Sus conversaciones giran en torno a un supuesto grupo nazi que le persigue desde que estaba cursando la educación secundaria. Su demencia se torna extremadamente imaginativa en relación a sus dolencias imaginarias, llegando a convencerse de que, a causa de la falta perniciosa de sangre, su estómago se está pudriendo, su corazón disminuye de tamaño y sus órganos internos se desplazan en su interior. Cree, en suma, que se trata de una metamorfosis que terminará transformándole en un auténtico vampiro.

Así, hacia finales de 1977, Chase da la segunda muestra –tras el episodio de la reserva india- de haber perdido por completo el control: se presenta en casa de su madre para hacerle una visita sorpresa pero, incapaz de controlar sus impulsos, discute con ella, sale dando un portazo, encuentra al gato de la familia en el jardín y lo mata con sus propias manos. Entonces retorna y, creyendo que va a disculparse, su madre le abre la puerta. Rick lanzó el cadáver del animal al suelo y, en el mismo umbral, comenzó a destriparlo. De nuevo, nadie hizo nada. De hecho, la madre de Chase solo contó esta horrenda peripecia tiempo después, durante el juicio de su hijo. Una muestra más de que los terrores subsiguientes pudieron evitarse. No en vano, días después de este episodio, Chase fue a la perrera municipal con su furgoneta destartalada, adquirió dos perros por 15 dólares y los asesinó para beberse su sangre, como de costumbre.

Bomba de relojería

Rick todavía no ha hecho daño a persona alguna, pero el desarrollo de los acontecimientos prueba que solo es cuestión de tiempo que algo muy malo ocurra si nadie interviene. Y hubo más oportunidades. Así por ejemplo, un policía le descubrió robando gasolina para su furgoneta pero, creyendo que se las estaba viendo con un simple chiflado, le dejó ir. O, posteriormente, cuando encontró a un perro perdido y, tras torturarlo, lo mató, bebió su sangre y comió sus vísceras… Pero tras enterarse de que los dueños del animal ofrecían una recompensa por él, les telefoneó para contarles con todo detalle cómo mutiló y mató al animal. Chase había ascendido un nuevo peldaño en su escalada sádica.

Finales de 1977. Richard Trenton Chase va a una armería y, como si tal cosa, adquiere otro revólver del calibre 22. Sin problema alguno. Un enfermo mental diagnosticado accede a un arma de fuego con total tranquilidad. A todo esto, las funestas desapariciones de mascotas continúan en el vecindario hasta alcanzar proporciones epidémicas, pero la sangre de los animales ya no le satisface. Chase está siguiendo por los periódicos el serial angelino de los primos asesinos, Kenneth Bianchi y Angelo Buono, los célebres “Estranguladores de la Ladera”. El tema le provoca una fascinación morbosa. Guarda celosamente los recortes de prensa y los lee una y otra vez. Rick, en efecto, está metamorfoseándose por fin en el monstruo en el que siempre pensó que terminaría por convertirse. No hay delirio que no tenga un sentido perfectamente coherente para quien lo construye.

Angelo y Buono
Angelo Buono (izquierda) y Kenneth Bianchi (derecha). Los inopinados héroes de Richard Chase.

Por navidades su padre le regaló un llamativo anorak amarillo que ya no se quitaría nunca. Ni siquiera cuando empezó a practicar con su nueva pistola, disparando contra las viviendas vecinas. Algunos, al darse cuenta, como es el caso del matrimonio Phares, simplemente lo amonestan por su actitud incivilizada. Y listos. El mundo parece haberse vuelto tan loco alrededor de Chase como él mismo. En una de estas peculiares prácticas de tiro una de las balas penetra por la ventana de una cocina cuya propietaria –una tal Polenske- elude la muerte por milímetros, pues el proyectil le roza el cuero cabelludo provocándole una herida. Rick consigue desaparecer sin ser visto.

Fin de año. Richard Trenton Chase se siente preparado para poner en marcha sus planes desquiciados. El 28 de diciembre toma el revólver, sale a la calle, deambula al volante de su furgoneta y termina disparando sobre Ambrose Griffin, un hombre que regresa del supermercado con su esposa y simplemente pasa por allí. Las circunstancias son terribles en su banalidad, pues Griffin vivía frente de la casa del cachazudo matrimonio Phares. Entonces el Sacramento Bee publica la noticia… Y Rick ya tiene su primer recorte de prensa. Como Bianchi y Buono. Nadie sabe nada, nadie ha visto nada. Nada de nada. Tampoco sucede gran cosa cuando días después prende fuego a un granero para echar a unos adolescentes que, a su parecer, habían puesto la música a un volumen demasiado alto. A estas alturas la transformación de Richard Trenton Chase es completa, pues ha llegado a la terrible conclusión de que es un vampiro y de que, como corresponde a su naturaleza, debe cazar personas[3].

La metamorfosis se ha consumado. ¿Y quién lo iba a pensar?

23 de enero de 1978…

… En la mañana Chase intenta allanar una casa entrando por una de las ventanas, pero cuando va a introducirse en el interior se topa de narices con la propietaria y, sorprendido, vuelve sobre sus pasos y se queda sentando en el jardín, pasmado, como si no hubiera contando con semejante contingencia. La mujer llama a la policía, pero Rick se marcha antes de que lleguen los agentes. Opta entonces por introducirse en otra casa cualquiera, defeca en una cama, orina en los cajones de la ropa interior, sustrae algunos objetos… También es sorprendido en el trance, pero huye. El propietario le persigue, pero consigue darle esquinazo.

Acto seguido se dirige a un centro comercial cercano. Su aspecto es lamentable. Apesta, tiene sangre reseca alrededor de la boca, mirada perdida, camina desorientado. Reconoce en el aparcamiento a una antigua compañera de instituto, se acerca y le pregunta si iba subida en la misma motocicleta en la que se mató un viejo amigo común de la escuela. Esta tan cambiado que la mujer, perpleja, solo cae en la cuenta de quién es cuando se identifica y, asqueada, trata de eludirlo introduciéndose en una sucursal bancaria. Él, pertinaz, la espera en el exterior. Ella sale, corre hasta su automóvil, lo pone en marcha entretanto Chase pretende introducirse sin éxito por la puerta del copiloto. Finalmente, la mujer logra escabullirse. Pasan varios minutos hasta que, finalmente, Rick continua vagando sin rumbo fijo.

Chase (Terry Wallin)
Teresa -Terry- Wallin.

Se mete entonces en un jardín. Uno cualquiera. El propietario de la casa sale y le exige que abandone su propiedad. Rick alega que sólo está tomando un atajo, continua y penetra, unas decenas de metros más allá, en el jardín de otra casa. En este caso e trata de la modesta vivienda de Teresa Wallin, de 22 años, embarazada de tres meses, que en ese momento está sacando la basura. Nada más verla, Chase ya se ha decidido. Arma en mano la obliga a entrar. Allá, en el dormitorio, la desnuda y le dispara dos veces. Todavía vive cuando, entre alaridos, le abre el vientre con un cuchillo para arrancarle los intestinos y esparcirlos cuidadosamente por el suelo. Sigue apuñalándola hasta que la chica fallece. Luego le extirpa parte del hígado, el diafragma, un pulmón y los riñones, colocándolos ordenadamente encima de la cama. Posteriormente golpea varias veces el cuerpo sin vida, toma un vaso para  beberse la sangre de su víctima, mastica algunos trozos de vísceras, defeca sobre la boca y el vientre abierto del cadáver, y finalmente abandona la casa. Cuando las 18:30 horas, David Wallin, el esposo, regresa al hogar y se encuentra con la carnicería, llama a la policía. Nunca se ha visto un crimen semejante en Sacramento, una ciudad pequeña y tranquila cuya población, en 1978, rondaba los 350.000 habitantes. Por ello mismo, y ante el pánico que los detalles más escabrosos del asesinato podrían provocar en la comunidad, Ray Biondi, entonces teniente de policía de Sacramento, decide eludirlos en su comunicado de prensa. Acto seguido, aún perplejo, acude al enlace del FBI, Russ Vorpagel. El Bureau, tras procesar la muy preocupante solicitud de Vorpagel, envía a un entonces desconocido agente llamado Robert K. Ressler que es puesto inmediatamente al día.[4].

La perfilación criminal es todavía algo que genera controversia pero, muy profesional, Ressler estudia el escenario y los informes, y realiza un perfil del criminal rápido tan exacto que, como pudo comprobarse luego, coincidía a la perfección con las características físicas y psíquicas de Richard Trenton Chase:

“Hombre blanco de entre 25-27 años; delgado, apariencia desnutrida. Su residencia estará muy desordenada y sucia, y habrá en ella evidencias del crimen. Historial de trastornos mentales, y podría estar relacionado con el consumo de drogas. Seguramente solitario, sin relaciones con hombres o mujeres, probablemente pasa mucho tiempo encerrado en casa, donde además vive solo. Desempleado. Posiblemente recibe alguna clase de subsidio. Si reside con alguien, podría tratarse de sus padres; sin embargo, es improbable. No habrá registros militares; fracaso o abandono escolar. Probablemente sufre alguna forma de psicosis paranoide”[5].

Biondi y sus agentes, apoyados en el sobresaliente trabajo de Ressler, buscan al asesino, pero a pesar del singular historial de Rick, sus andanzas, desajustes y despropósitos, no consiguen encontrar en primera instancia a nadie que encaje con las características peculiares del perfil. Sin embargo, será cuestión de tiempo, pues solo cuatro días después la terrible sed volverá a apoderarse de Richard Trenton Chase, a quien los periódicos ya han bautizado, legendariamente, como El Vampiro de Sacramento.

Chase (Helen Myroth)
Evelyn Miroth.

El 27 de enero allanará otra casa elegida al azar para disparar, sin mediar palabra, contra sus habitantes. Mata de este modo a Evelyn Miroth, una divorciada de 36 años; a su hijo Jason, de 6; y a un amigo de la familia, Daniel Meredith, de 52. Luego lleva el cadáver de Evelyn a su dormitorio donde lo sodomiza. Como decíamos, los delirios tienen una fuerte lógica interna y, en el caso del vampirismo, tanto el canibalismo como la necrofilia operan como actividades fronterizas e incluso sustitutivas. No es extraño, por ello, que el cadáver de la víctima despertara el apetito sexual de Chase. Como en el caso de Terry Wallin, procederá meticulosamente a eviscerar el cuerpo de Evelyn, engullirá parte de sus órganos internos y beberá la sangre de la mujer en un vaso de cristal. ¿Suficiente? Pues no. Chase ya no tiene freno y además cuenta con tiempo de sobra. Por ello le parece una buena idea introducir el cadáver del niño en la bañera, romperle el cráneo y comenzar a devorar el cerebro. Como suena. Si el caso de Chase es tan célebre como singular se debe precisamente al inusitado festival de lo grotesco que rodea a sus crímenes. Acto seguido, defeca en el agua. Tampoco es raro que este tipo tan peculiar de criminal culmine sus actividades con toda suerte de elementos coprofílicos e incluso coprofágicos, parafilias también fronterizas con muchas manifestaciones necrófilas[6].

Llegados a este punto alguien llamó a la puerta y Chase se asustó, por lo que decidió marcharse por una ventana… El problema es que en la vivienda hay también un bebé de 22 meses, Michael, a quien el vampiro se lleva consigo. Una vez en el exterior se apropia de la camioneta del finado Daniel Meredith y escapa. Abandonará el vehículo con las llaves puestas a unas cuantas calles, justo donde lo encontraría la policía.  Acto seguido, ya en el hogar, Chase torturó al bebé durante un rato hasta que –así lo dijo- se aburrió. Tomó entonces un cuchillo y procedió a decapitarlo, bebió su sangre y consumió de nuevo parte del cerebro.

De repente, la memoria

El espanto que acabamos de relatar, perfectamente descrito por los medios de comunicación, aterroriza a una población atónita, que en su vida ha visto cosa parecida, pues recuérdese que el luego célebre cine “gore” es una creación bastante posterior y lo más fuerte que podía verse en una sala de cine estándar de la época no se acercaba ni remotamente a tal grado de explicitud. Sin duda, y esto era lo único en lo que cabía estar de acuerdo, aquellas aberraciones solo podían caber en la mente de un enajenado. Así pues, y como es de suponer, la presión sobre las Autoridades fue tremenda, al punto de que el caso alcanzaría bien pronto repercusión nacional. El archifamoso Vampiro es protagonista de debates tan acalorados como absurdos a la par que cosecha fans –aunque parezca sorprendente, aun se pueden conseguir camisetas con el rostro de Chase impreso-: había incluso idiotas, porque ya se sabe cómo funciona esto del minuto de gloria, que aseguraban que se trataba de un auténtico vampiro que, por lo tanto, debía ser comprendido antes que tratado como un criminal.

Las Autoridades ponen a decenas de agentes sobre la pista. Peinan las zonas aledañas al lugar en el que abandonó la camioneta de Meredith razonando, con buen criterio, que si la utilizó para huir pero la dejó tan cerca de la casa en la que había cometido el crimen, no debía vivir muy lejos… a todo esto Rick sigue la historia por la televisión, acumula recortes de prensa… y empieza a temer que se le capture. Por ello limita sus salidas vampíricas a lo estrictamente necesario: sale brevemente, dispara contra un perro en un club cercano, lo destroza, bebe sangre de animal y regresa apresuradamente a la seguridad del hogar. Pero la policía encuentra los restos y estrecha el cerco.

Así es que al fin aparece aquella compañera de la enseñanza secundaria a la que Richard Trenton Chase asedió en el centro comercial. Sospechando que pudiera ser él la persona a quien se busca con tanto tesón, decide acudir a la policía. Se estudia el perfil del tipo denunciado y, claro está, de súbito todo cuadra a ojos de Biondi y sus agentes. En efecto, Chase encaja como un guante en el perfil de Ressler: tiene un largo historial de trastornos mentales, es un psicótico con antecedentes, posee un revolver del 22, y además vive a una manzana de distancia del lugar en el que se encontró la camioneta abandonada. Y van apareciendo otros detalles e historias colaterales que vienen a confirmar las primeras impresiones: el tiroteo de la vivienda de los Phares, el balazo que recibió Griffin, el testimonio del hombre que corrió tras él poco después de descubrirlo en su casa… Así es que la policía cerca su domicilio. Dada la impredecibilidad de un tipo como Rick, se decide no intervenir para limitarse a vigilar la casa en espera de que sea él quien salga al exterior y, en efecto, aparece poco tiempo después de que se establezca el cordón policial. Lleva una caja bajo el brazo y corre hacia su furgoneta, pero no la alcanza. Chase lucha fieramente pero logran reducirlo. En la caja lleva varios trapos ensangrentados que solo Rick sabe para qué quería. La cartera del difunto Daniel Meredith se encuentra en el bolsillo trasero de su pantalón. Biondi lo tiene claro: es, sin duda, el vampiro[7].

Se procede al pertinente registro. El hogar de Chase es un lugar hediondo, repleto de basura, excrementos y, dispuestos en platos, trozos de vísceras animales y humanas en diferentes fases de descomposición, sangre reseca, sangre en tarros, periódicos viejos, latas de cerveza vacías, cartones de leche podrida, ropa sucia por doquier… Se encuentra un cuchillo de caza de treinta centímetros de hoja, una caja de herramientas cerrada con llave y unas botas de caucho manchadas de sangre. También la colección de collares de perro y de gato, las tres licuadoras que Rick empleaba para preparar sus batidos de órganos y sangre. Del mismo modo, se hallaron sus muy detallados diarios. En la pared de la cocina había un calendario, con la palabra “hoy” escrita sobre cada una de las fechas de los asesinatos. Esa misma palabra aparecía escrita cuarenta y cuatro veces más, en fechas futuras. Lo único que no apareció fue el cuerpo del niño secuestrado. Se encontraría a mediados de 1978, enterrado en las cercanías de la casa. El espectáculo era tan abrumador y desconocido para los agentes de la policía de Sacramento que, como luego explicó el propio Ressler, algunos de los que entraron en aquel antro tuvieron que recibir tratamiento psicológico durante meses.

Chase (Licuadoras)
Algunos de los útiles con los que Chase preparaba su peculiar dieta.

Dentro del monstruo

Una de las delirantes anotaciones de los diarios de Chase induce a suponer que pudo matar a otras personas a las que no se pudo vincularse con él, si bien es difícil determinar cuánto de verdad y cuanto de fantasía psicótica destilan esas páginas:

“Maté a la primera persona por accidente. Mi coche estaba estropeado. Quería irme pero no tenía transmisión. Tenía que conseguir una casa. Mi madre no me quería acoger en Navidades. Antes siempre me acogía en Navidades, cenábamos y yo hablaba con ella, con mi abuela y con mi hermana. Aquel año no me dejó ir a su casa, disparé desde el coche y maté a alguien. La segunda vez, aquellas personas habían ganado mucho dinero y yo sentía envidia. Me estaban vigilando y disparé a una señora (conseguí algo de sangre de todo aquello). Fui a otra casa, entré y había una familia entera ahí. Les disparé a todos. Alguien me vio allí. Vi a una muchacha. Ella había llamado a la policía y no habían podido localizarme. La novia de Curt Silva… el que se mató en un accidente de moto, lo mismo que un par de amigos míos y tuve la idea de que lo habían matado a través de la Mafia, que él estaba en la Mafia, vendiendo droga. Su novia recordaba lo de Curt; yo estaba intentando sacar información. Dijo que se había casado con otro y no quiso hablar conmigo. Toda la Mafia estaba ganando dinero haciendo que mi madre me envenenara. Sé quiénes son y creo que se puede sacar esto en un juicio si, como espero, logro recomponer las piezas del rompecabezas…”[8]

Chase (Juicio 2)
Chase, acompañado de sus defensores, en la sala de vistas.

El juicio de Chase, por obvios motivos de seguridad, se trasladó desde la ciudad de Sacramento a la de Palo Alto, y comenzó en los primeros días de 1979. No duró mucho pues, en realidad, todos los detalles de los crímenes estaban bastante claros, la carga probatoria contra el criminal era abrumadora, y Chase tampoco hizo nada para eludir la inculpación. Reconocido por los especialistas como un esquizofrénico paranoide de manual, Rick, balbuceante e inconexo, trató de justificar sus macabros asesinatos diciendo que unas voces de seres extraterrestres y otras criaturas lo acosaban continuamente, obligándole a matar. Iris Yang, periodista del Sacramento Bee, describe a Richard Trenton Chase durante el juicio de esta guisa:

“El acusado estaba totalmente apático. Sombrío, pelo marrón lacio, ojos apagados y hundidos, tez cetrina y delgadez extrema, no le sobra apenas carne en los huesos. Durante los últimos cuatro meses y medio, Richard Trenton Chase, a sólo unas semanas de su vigésimo noveno cumpleaños, ha estado sentado encorvado, jugando con los papeles que tiene delante de él o con la mirada vacía puesta en las luces fluorescentes de la sala”.[9]

Chase (juicio)
Chase durante su declaración.

Lo cierto es que no había causa. El juicio tuvo lugar porque la fiscalía estaba empeñada en la petición de pena de muerte para Chase -basándose en una nueva ley recientemente aprobada en California-, frente al alegato de la defensa, que pretendía que Rick fuera considerado mentalmente enfermo. La fiscalía consiguió sentarlo en el banquillo de los acusados argumentando ante el juez que había tenido suficiente “astucia” y “conocimiento” en el momento de los crímenes como para ser considerado responsable de sus actos, ser capaz de diferenciar entre el bien y el mal y tener, por ello, capacidad de responder legalmente por ellos. Lo cierto es que el caso estaba tan atado que el jurado sólo deliberó durante las dos horas de rigor antes de declararlo culpable de todos los asesinatos. El juez, asumiendo incomprensiblemente el punto de vista de la fiscalía, pues en efecto Chase era una demente de manual, emitió una condena de muerte e hizo que Chase fuera trasladado a la prisión de San Quintín, donde esperaría su ejecución en la silla eléctrica. Posteriormente fue trasladado al penal de máxima seguridad Vacaville[10].

No obstante, la pena no llegó a cumplirse pues, durante la navidad de 1980, le encontraron muerto en su celda. Al parecer, Chase había estado guardando una buena parte de las pastillas que recibía para controlar sus alucinaciones, y se las había tomado de golpe. Nunca ha quedado claro que se tratara de un suicidio convencional ideado por Chase en un momento de lucidez, o de un postrero acto psicótico del vampiro que buscaba con ello paliar alguna extraña dolencia. Lo cierto es que el caso, por sus peculiaridades psicológicas, se sigue empleando como ejemplo formativo para los agentes que ingresan en la Behavioral Sciences Unit del FBI (Quantico, VA).


[1] Sullivan, K. Vampire. The Richard Chase Murders. Evergreen (CO): Wildblue Press, 2015.

[2] Ressler, RK & Schachtman, T. Whoever Fights Monsters, New York: St. Martin’s Paperback, 1993.

[3] Sullivan, K., op. cit.

[4] Biondi, R. & Hecox, W. Dracula Killer: The True Story of California´s Vampire Killer. London: Mondo, 1992. Este libro es muy recomendable si se desean conocer los detalles internos de la investigación policial del caso.

[5] Ressler, RK & Schachtman, T., op cit., 3.

[6] Descamps, MA. Zoofilia y necrofilia. En: Volcher, R. (comp.): Enciclopedia de la Sexualidad. Madrid: Fundamentos, 1975, 579-586.

[7] Biondi, R. & Hecox, W., op. cit.

[8] Ressler, RK & Schachtman, T., op cit., 17.

[9] Cit. en: Ressler, RK y Schachtman, T, op. cit., 17-18.

[10] Sullivan, K., op. cit.

Machos y “supermachos”

Richard Speck
Richard Speck

Chicago. Noche del 13 de julio de 1966.

Un sujeto de mala vida, adicto a las drogas y el alcohol, que responde al nombre de Richard Speck, penetra por la fuerza en la residencia de un grupo de chicas estudiantes de enfermería. El asaltante se hace con el control de la situación tras inmovilizar al nutrido colectivo de jóvenes que, de suerte inexplicable, no oponen resistencia alguna al hombre que las intimida con un cuchillo y un revólver. Luego, presa de un furor homicida irracional en el que se confunden terribles delirios de sexo y muerte, asesina brutalmente, de manera metódica e implacable, a todas las jóvenes excepto una de ellas que salva la vida simulando precisamente estar muerta. Gracias a ello, Speck pudo ser identificado y detenido. Convicto y confeso, fue objeto de un exhaustivo examen médico en el curso del cual se le detecto una anomalía genética prácticamente sin precedentes en individuos normales en apariencia: en lugar de poseer como todos los varones un cromosoma X (procedente de la madre) y otro Y (procedente del padre), contaba con un X y dos Y[1].

Anomalía cromosómica

Si bien la existencia de los cromosomas fue conocida a partir de 1920, fenómenos como el de la trisomía ya no resultaban una novedad en los días en que Speck cometió su terrible crimen. Su existencia había quedado establecida desde las investigaciones que Turpin, Gautier y Lejeune realizaron en 1958, cuando lograron desenrollar el ovillo en el que se presentan los cromosomas tras sumergirlos en una solución hipotónica. Los franceses encontraron que la célula de los sujetos afectados por el entonces denominado “mongolismo”[2] no tenían los 46 cromosomas habituales –23 pares-, sino 47. Este cromosoma de más, llamado habitualmente cromosoma supernumerario, se ubicaba en el lugar que debería ocupar el cromosoma normal 21 y podía tener tanto las fórmulas XXY como XYY. Además, no solía presentarse aislado sino unido a otro de suerte que no era fácilmente detectable. También pudo averiguarse que ocasionalmente este cromosoma supernumerario no producía sintomatología clínica alguna en los sujetos que lo poseían por la sencilla razón de que se había fijado a un lugar que impedía sus manifestaciones. Este proceso fue denominado traslocación equilibrada. Richard Speck pertenecía a este grupo particular de individuos con el cromosoma supernumerario no aquejados de taras físicas o psíquicas observables a primera vista.

El primer caso bien estudiado de esta manifestación de la trisomía asintomática fue el de un chico obeso de 12 años estudiado por Sanberg y su equipo, y fue contemplado desde el punto de vista de la curiosidad biológica en la medida que no existían anomalías comportamentales visibles[3]. Al muchacho se le trató por los medios habituales de sus dolencias glandulares y estas fueron corregidas con éxito. Pero el impactante caso de Richard Speck alteró por completo el panorama de la investigación de las anomalías cromosómicas, y alentó a otros en la búsqueda de sujetos agresivos o con conductas criminales dotados del célebre cromosoma supernumerario. Incluso el nombre del XYY -denominado hasta entonces Síndrome de Jacobs- sufrió alteraciones significativas que parecían indicar que nada bueno podía esconderse debajo suyo: cromosoma del supermacho o cromosoma del crimen:

“Los estudiosos del tema comienzan a encontrar un elevado número de varones XYY entre los reclusos de penales y manicomios. La mayoría eran violentos, agresivos, peligrosos, de conducta criminal, o sencillamente subnormales. Todo esto condujo a la idea que predomina en los años 60 de que el estudio del cariotipo podría predecir las conductas violentas y el crimen”[4].

Parecía, por tanto, que el viejo doctor Lombroso llevaba razón en última instancia, y que los estigmas físicos del criminal existían realmente. No como configuraciones corporales manifiestas pero sí como manifestaciones ocultas, oscuras, intangibles, devenidas del misterioso plano de lo genético… Lo cierto es que costó algún tiempo desterrar al ámbito de los errores curiosos de la historia de la ciencia el asunto del cromosoma del crimen, sobre todo a causa de la tozudez de un buen número de apasionados cientificistas que se resistían a abandonar una idea tan sugestiva, virtualmente productiva, y por qué no decirlo, bastante útil desde una óptica psicosocial, legal y cultural por maravillosamente facilona. Pero el hundimiento de este nuevo mito pseudocientícifico sería inevitable precisamente por los términos en que se planteaba.

Parecía obvio que si se realizaban búsquedas masivas de cariotipos XYY en cárceles y psiquiátricos, sesgadas de entrada por la poco objetiva segmentación poblacional, aparecerían muchos portadores de la tara maldita que, por supuesto, serían agresivos, delincuentes, inmorales o simplemente “locos peligrosos”. Ahora bien, la cosa no funcionaba tan bien como se las prometían los deterministas. Cuando se echaba un vistazo a la población no reclusa –la general-, se evidenciaba con meridiana claridad que existía una cantidad insuperablemente mayor de individuos con el XYY fuera de las prisiones y llevando, por cierto, una existencia perfectamente normal. De hecho, la mayoría de ellos eran tan “normales” en todos los sentidos –físicos y psíquicos- que no descubrían en toda su vida que eran portadores del cromosoma supernumerario. Así, Dershowitz encontró que tan sólo un 1’5% de los sujetos aquejados de esta tara cromosómica habían delinquido alguna vez[5]. En la misma línea se manifestaron autores como Borgaonkar y Shah[6]. Más aún: no tardó en quedar claro que esta clase de anomalías cromosómicas no es hereditaria ni depende en modo alguno de la extracción social de los sujetos que las padecen, con lo que perdía gran parte de su fuerza en la explicación de fenómenos como el crimen o las conductas antisociales[7].

Por estas razones, la polémica del cromosoma XYY quedó muy pronto resuelta en el plano jurídico y en referencia a la imputabilidad o no imputabilidad de los delincuentes aquejados por la anomalía. Lo cierto es que el debate se clausuró cuando pudo demostrarse que la inmensa mayoría de estos individuos no pueden ser considerados en gran medida responsables de sus actos a causa de su anormalidad, ya intrínseca ya manifiesta:

“[Se] pudo demostrar que estos sujetos presentaban un nivel intelectual dentro de los límites normales, pero con un I.Q. (cociente de inteligencia) y nivel educativo menor del que se podía esperar. Se caracterizaban por inmadurez manifestada en forma de pasividad, irreflexión, labilidad emocional, necesidad de contacto social, identificación varonil insegura y mecanismos de defensa débiles”[8].

Richard Speck, por ejemplo, fue sentenciado a muerte en su día, pero la intervención de su abogado, apoyada en las investigaciones sobre el cariotipo 47, sirvió para que obtuviera un aplazamiento indefinido de la condena[9]. No obstante, el paradigma de la jurisprudencia en esta dirección vino de la mano de un caso prácticamente coetáneo al de Speck sucedido en Francia en 1968. Nos referimos al tan célebre como polémico Caso Hugon[10].

Señoría, no lo vuelvo a hacer…

Daniel Hugon, como la mayor parte de los portadores del cariotipo XYY que optan por la mala vida, cargaba sobre sus espaldas con una prolongada historia de problemas mentales, adictivos y judiciales. Jalonada por las depresiones que le impedían conservar un empleo estable, así como por diversos intentos de suicidio. Hasta que el día 4 de septiembre de 1965, fue seducido por una prostituta de 62 años de edad que aparentaba bastantes menos gracias a la noche y un elaborado maquillaje.

Ciertamente, toda vez que el joven Hugon descubrió el engaño, se negó a cohabitar con ella, lo cual no impidió que pasaran la noche juntos en la habitación de un hotel. El drama se desencadenaría a la mañana siguiente, cuando la mujer, pese a las inexistentes relaciones sexuales, quiso cobrar la pernocta a Hugon, quien se negaba a pagar el servicio. Hubo una fuerte discusión que terminó cuando el hombre, preso de una rabia irracional, se abalanzó sobre la mujer y la estranguló. La primera reacción del asesino, presa del pánico, fue la de huir de París. No obstante, tiempo después, víctima de profundos remordimientos, se entregó a la policía. El examen médico al que fue sometido reveló por fin la trisomía que le aquejaba y que explicaba en buena medida muchas de sus complicaciones psicológicas. Los especialistas advirtieron bien pronto la incapacidad que el problema cromosómico provocaba en el joven Hugon, y lograron explicarse gracias a ella las irregularidades psíquicas y comportamentales que le torturaron a lo largo de su existencia desdichada y solitaria. Por lo demás, alegaron que podía ser tratado adecuadamente mediante y que bajo el pertinente control médico podría llevar una vida perfectamente normal. No era un peligroso criminal en potencia, como sostenían erróneamente los defensores del estigma del XYY, sino, en todo caso, un hombre enfermo -no exento de responsabilidad sobre sus actos- cuya tara genética debía considerarse un atenuante antes que un motivo de culpa. En efecto, el tribunal que le juzgó tomo una determinación ejemplar muy en la línea de la tradición intelectual francesa: aceptó el criterio expuesto por los especialistas y le sentenció a 7 años de prisión -la mitad de la pena que se prescribía para estos casos- así como a ser sometido al tratamiento médico diseñado por quienes estudiaron su caso. Daniel Hugon cumplió su condena y nunca volvió a delinquir.

La prensa gala, en un arranque de humanismo y objetividad bastante poco común en el periodismo del presente, suspiró aliviada ante la esta resolución. No en vano, como bien se argumentó en diversos rotativos, la estimación de miles de personas como criminales potenciales a causa de una anormalidad cromosómica que en la mayoría de ellos era incluso inocua, no hubiera significado en el fondo más que otra forma injustificable de racismo.


[1] Un varón tipo posee un sexo cromosómico XY, en el que la X corresponde a la mitad de la cromatina de la célula materna y la Y a la mitad de la cromatina paterna. No se sabe a ciencia cierta la causa de ello, pero ocasionalmente –especialmente cuando los padres tienen una edad avanzada a la hora de procrear- no se produce esta separación habitual en la cromatina paterna durante la meiosis celular y se añade a la cromatina materna toda la cromatina paterna y no sólo la mitad, de modo que se produce un sexo cromosómico XYY. También puede ocurrir lo contrario, esto es, que sea la cromatina materna la que no se subdivida durante la meiosis, con lo que la resultante sea un sujeto con una trisomía de tipo XXY. En este caso se habla del llamado síndrome de Klinefelter.

[2] En la actualidad la denominación de mongolismo se encuentra prácticamente en desuso por razones eufemísticas, siendo sustituida por otras como trisomía 21 o síndrome de Down.

[3] Publicado en: Lancet, 2, 48, 1961.

[4] Reverte Coma, J.M. (1993). “No existe el cromosoma del crimen”. En: Espacio y Tiempo, 23, pp. 32-39. Y un horror añadido: incluso Charles Manson, el epítome del monstruo criminal contemporáneo –aunque nunca mató a nadie por su propia mano, ojo-, pudo ser portador de esta tremenda “aberración” natural. Más madera.

[5] Dershowitz, A. (1975).“Kariotype, predictability and culpability”. En: A. Milinsky & G.J. Annas; Genetics and the Law. New York, Plenum Press.

[6] Borgaonkar, D.S. y Shah, S.A. (1974). “The XYY chromosome male – or syndrome?” En: Prog. Med. Genet. 10, pp. 135-222.

[7] Véase por ejemplo algunos influyentes trabajos en esta dirección como Casey, M.D. et al. (1972). “Male patients with chromosome abnormality in two state hospitals”. En: Journal of Mental Def. Re.., 16, p. 215. Por otra parte, se sabe desde la aportación de Weismann, a comienzos del siglo XX, que los caracteres adquiridos no son hereditarios por la vía de transmisión biológica convencional y, por consiguiente, sugerir cualquier clase de argumento en esta dirección no es otra cosa que una falacia sin base científica alguna. Que un hombre sea un criminal no quedará inscrito en su código genético y, por ende, es imposible que sus descendientes se conviertan en criminales a causa de la herencia genética que reciban del padre.

[8] Reverte Coma, J.M.; Op. cit.

[9] A título de anécdota, digamos que Speck falleció en prisión a comienzos de la década de 1990 tras haberse inyectado hormonas que desarrollaron sus pechos, y protagonizar algunos sonados escándalos sexuales penitenciarios. Todavía se mueve por Internet un video en el que el Speck transexual de la segunda época de su vida mantiene relaciones sexuales con otro recluso. La investigación de las autoridades fue intensa, pero nunca se supo cómo este material pudo ser rodado, sacado de la prisión y difundido públicamente.

[10] Thevenin, R. (1970). Criminels fous et truands. Les Grands Procès d’Assises. Paris. Editions Fayard.

El misterio del coche secuestrado

Ari Vatanen
Ari Vatanen en los tiempos de gloria.

El finlandés Ari Pieti Uoleti Vatanen (n. 1952), mundialmente conocido por ser uno de los mejores y más populares pilotos de rally de la historia del automovilismo, vivió durante la celebración del Rally Paris-Algiers-Dakar de 1988 una de las situaciones más estrambóticas y discutidas de su dilatada y exitosa vida deportiva. Ganador, entre otras muchas cosas, del célebre Paris-Dakar en nada menos que cuatro ocasiones -1987, 1989, 1990 y 1991-, todas ellas compitiendo en la categoría de coches, y dedicado a la política tras su retiro del pilotaje, pues fue europarlamentario en dos ocasiones, Vatanen todavía rehúsa dar excesivas explicaciones cuando se le pregunta acerca de la singular peripecia vivida durante la edición de 1988. Historia que se ha convertido en una de las anécdotas “negras” más recordadas y singulares del famoso rally que actualmente se celebra en tierras sudamericanas.

Nuevo modelo

Promocional Dakar 1988Vatanen fichó por la marca Peugeot en 1984. Los franceses querían entrar en la alta competición con el Peugeot 205 Turbo 16 y su director de equipo, el también piloto recientemente retirado Jean Todt, con quien Vatanen había mantenido enconados enfrentamientos automovilísticos, recomendó su nombre. Ari le parecía un piloto eficaz, que preparaba bien los coches con los que competía, y con dilatada experiencia de suerte que, a pesar de las limitaciones con las que había competido hasta entonces, había obtenido resultados razonables desde 1981. Y Todt no se confundía. El coche acumuló diferentes fracasos, pero ello no se debió tanto al pilotaje del finlandés, como a constantes problemas mecánicos que lastraban los resultados. Se ganaban competiciones aisladas, pero no el ansiado título mundial que quitaba el sueño a la marca francesa. No obstante, y tras sufrir un grave accidente, Ari logró llevar el 205 T16 al éxito con la victoria en el Dakar de 1987.

Peugeot 205 Turbo 16
El Peugeot 205 T16, coche que ganó el Dakar en 1987 y 1988.

Para 1988 Peugeot ponía en la competición su nuevo modelo, resultado de la experiencia acumulada, el 405 T16 Gran Raid. Los resultados volvieron a ser algo irregulares al comienzo, pero la marca francesa acudía a la cita del Dakar con una doble opción que prácticamente suponía una garantía de éxito: con Vatanen al frente del nuevo modelo, y con el también finlandés Juha Kankkunen al volante del 205, coche que había demostrado poder ganar la competición y al que, a decir de todo el mundo, le quedaba tirón.

De tal modo, tras la etapa número 14, Timbuktú-Bamako –disputada el 17 de enero sobre un recorrido de 676 kilómetros-, Ari Vatanen lideraba la prueba con dos horas de ventaja sobre Kankkunen aunque en los mentideros del negocio se decía que el 405 había terminado en la capital de Malí con serios problemas mecánicos que hacían alargadas las sombras de un posible abandono. Hecho que supondría un revés para la marca Peugeot, que había puesto toda la carne en el asador con el nuevo modelo y veía, por tanto, peligrar su campaña comercial. El hecho es que durante la tarde-noche, precisamente en aquella etapa, la organización permitía realizar las pertinentes operaciones de mantenimiento de los vehículos, pero no reparaciones de gran calado lo cual, al parecer, suponía un problema para las opciones finales del tandem Vatanen-Berglund.

Peugeot 405 turbo 16
El Peugeot 405 T16 en acción
Jean Todt
Jean Todt, un genio de los despachos…

Y detrás de todo ello –no lo olvidemos- estaba revoloteando Jean Todt, un piloto más bien regular, pero a la par hombre que siempre ha sido reconocido por los periodistas especializados en la materia como un verdadero “mago” de las relaciones públicas, capaz de sacar partido de cualquier situación. En este caso, y más allá de la verdad de una historia que nunca pasará del entramado de sospechas porque de los hechos se sabe poco, logró que la prensa internacional colocara a la marca que le pagaba el sueldo en todos los titulares habidos y por haber. Tan bueno que aún hoy -y para muestra la presente entrada- continua sumando citas gratuitas para el fabricante francés. Que no es poca cosa.

Secuestro rocambolesco

En la mañana del día 18 se destapó uno de los hechos más surrealistas de la historia del Rally Dakar: el coche de Vatanen –el líder, no lo olvidemos- había desaparecido durante la noche del parking oficial de la prueba, ubicado en el interior del estadio de fútbol de Bamako. Y en mitad del desconcierto general, el jefe del equipo Peugeot Talbot Sport, Jean Todt, hacía público de suerte oficial que había recibido una llamada en la habitación del hotel en la que se solicitaba a la marca un rescate de 25 millones de francos a cambio del vehículo secuestrado.

Se inicia la pertinente investigación. Y lo primero que queda manifiestamente claro es que las medidas de seguridad alrededor del estadio son insuficientes y las brechas enormes. Es más, algunos testigos dijeron haber visto cómo el coche de Vatanen salía de las instalaciones del estadio de fútbol, si bien ninguno de ellos sospechó que algo extraño estuviera ocurriendo. Sea como fuere, no había mucho tiempo para esclarecer lo sucedido y las preguntas al respecto del suceso eran obvias: ¿se trataba de una estrategia de Peugeot para cambiar el motor del coche de Vatanen y garantizar así la victoria del 405? ¿Todo era resultado de un simple error en la seguridad que había facilitado la original acción de los secuestradores? Y por último, teniendo en cuenta la complejidad del protocolo para la puesta en marcha de un coche de tales características, cosa que no podría hacer con facilidad alguien no especializado, ¿no se estaría ante el boicot de otro participante en la prueba? Obviamente, esta hipótesis se desestimó en seguida: es perfectamente conocido que los pilotos suelen ser extraordinariamente solidarios entre sí y, por lo demás, nadie parecía ganar gran cosa con un acto como aquel.

Estadio Futbol Bamako
El estadio de fútbol de Bamako.

En todo caso, la etapa comienza según el horario previsto. Ari Vatanen, como todos los participantes, cuenta con un tiempo de control de 30 minutos para tomar la salida y, claro está, no se presenta. Sin embargo, aún más sorprendente, de súbito el colorista 405 es localizado con el depósito vacío de combustible, abandonado en un paraje a las afueras de Bamako. Tras recuperarlo a toda prisa, Vatanen y Berglund ocupan sus puestos y se reincorporan a la carrera de modo extra-oficial, pero ello no impedirá que sean obviamente descalificados al no presentarse a la salida durante la hora indicada.

Esa fue la historia y así terminó. Nunca se supo si Peugeot pagó los 25 millones de francos a los supuestos secuestradores, ni se llegaron a esclarecer el resto de cuestiones en torno a la misteriosa desaparición del vehículo que, por cierto, tampoco quedó claro si se investigaron a conciencia… Porque Todt y la marca a la que representaba, y dejémoslo ahí, tampoco pusieron un especial empeño. Total, Peugeot volvió a ganar con el coche del año anterior, pues Juha Kankkunnen y su copiloto Juha Pironen lograron imponerse en la meta de Senegal sobre el equipo Shinozuka-Magne, que corría con Mitsubishi.

Y en los mentideros del mundo del motor aún se comenta que cuando el 405 de Vatanen se presentó por fin, antes de su descalificación definitiva, en la meta de la etapa número 15 –disputada entre Bamako y Kayes, sobre 531 kilómetros- el motor del 405 T16 tenía pinta de encontrarse “misteriosamente nuevo”.

Fascinante.

Introducción a la violencia de género

Violencia de Genero

Al hablar de “violencia de género”, en la medida que el problema existe como concepto de uso común, nos olvidamos de que se trata de un asunto extremadamente complejo cuyo abordaje sería imposible sin recurrir a un enfoque multidisciplinar capaz de integrar todas sus vertientes, que son muchas. De hecho, ni tan siquiera ha sido fácil encontrar consenso a la hora de denominar a este tipo peculiar de violencia en la misma medida que sus diferentes visiones y nomenclaturas, en última instancia, generan sesgos teóricos que introducen o excluyen aspectos controvertidos para la comprensión y abordaje del fenómeno.

El primer escollo a resolver, algo por lo demás común en materias científicas que tienen un fuerte calado social, surge a partir de la novedad del problema. Es cierto que la violencia de género es un hecho indiscutible que ha venido atravesando a todas las culturas y sus manifestaciones desde tiempos ancestrales, pero la verdad es que solo empezó a entenderse que era un auténtico problema cuando las demandas de las propias mujeres lo convirtieron en tal cosa. Así, fue cuando el movimiento feminista lo visibilizó a partir del siglo XVIII que la cuestión comenzó a existir y a despertar interés sociopolítico. Estas primeras demandas de aquel feminismo incipiente se centraban en la exigencia de los derechos de ciudadanía para la mujer, como el acceso a la educación, al voto, al trabajo remunerado y etcétera. Demandas que solo era posible sostener mostrando que su carencia procedía de una desigualdad esencial –metafísica si se quiere- insostenible desde el plano intelectual, pero arraigada con gran firmeza en el sustrato último de la cultura. No podemos olvidar, por ejemplo, que la Revolución Francesa, al proclamar en 1789 la Declaración de los Derechos del Hombre, solo tenía en cuenta, literalmente, a los propios hombres. Resulta paradójico, por cuanto es público y notorio que las mujeres lucharon tanto por la consecución de esos derechos como los propios varones, que una vez obtenidos se vieran excluidas de ellos y relegadas a un segundo plano sociocultural. Y no resulta extraño, pues, que fueran estas mismas mujeres las primeras en rebelarse contra semejante injusticia histórica[1].

Tras esta primera oleada se pasó a una segunda fase, ya durante el siglo XIX, que “redujo” las ambiciones iniciales del movimiento para concentrarse en la consecución del derecho al voto. Nacería así el famoso “movimiento sufragista”, que enraizó con especial fuerza en los Estados Unidos a partir de 1848. No hemos de dejarnos engañar por esta aparente reducción de las demandas de la mujer por cuanto, teóricamente, se entendía que el derecho al voto y a la consiguiente decisión en lo relativo a la representación política supondría, a medio plazo, la mejor herramienta para combatir la desigualdad. El cálculo efectuado por las sufragistas era obvio: Si las mujeres terminaban por convertirse en una bolsa estable de votos sucedería que los políticos, necesariamente, habrían de tomar también en consideración sus problemas y demandas. De hecho, la consecución del voto para la mujer en diversos lugares del mundo provocó el inevitable efecto dominó en Occidente que, sin embargo, tardó mucho tiempo en empezar a ofrecer los efectos apetecidos, pues la consecución del sufragio femenino raramente vino acompañada de la posibilidad de que las mujeres tuvieran un acceso efectivo a la esfera política[2]. Este lento progreso desencadenó la tercera ola del feminismo, a mediados del siglo XX.

Manifestacion Sufragista USA Finales Siglo XIX (americaslibrary gov)
Manifestación sufragista en los Estados Unidos a finales del siglo XIX [fuente: Americaslibrary.gov].

Eran ya muchas las mujeres descontentas con los escasos avances logrados tras una lucha tan larga, pero fue en torno a un libro publicado en 1949, El segundo sexo, que este descontento generalizado comenzó a agruparse para tomar la forma de un movimiento intelectual y material bien construido. Su autora, Simone de Beauvoir, teorizó por primera vez en torno al significado de lo que implica “ser mujer” y con ello alimentó la toma de conciencia general sobre las relaciones de desigualdad existentes entre hombres y mujeres, mostrando a qué punto se encontraban afianzadas en la historia de la cultura y cómo iban evolucionando y readaptándose a lo largo del tiempo. De hecho, fue de Beauvoir quien comenzó a visibilizar el problema de la naturalización de la violencia sobre las mujeres, abriendo una línea de trabajo consolidada posteriormente, en 1963, cuando la psicóloga estadounidense Betty Friedan publique La mística de la feminidad. Un texto centrado, por primera vez, en la violencia de género en cuanto tal así como en los procesos psicosociales que la facilitan, la justifican y la ocultan al recluirla en el ámbito de “lo privado”.

Gracias a la aportación del tandem de Beuvoir-Friedan, y hasta su consolidación final con los muy celebrados textos antropológicos de Gayle Rubin, el movimiento feminista internacional pudo al fin contar con elementos que antes no había tenido: una teoría sólida que someter al debate sociopolítico, y capacidad organizativa desde las que exponer demandas concretas, uniformes y coherentes. La principal de ellas surge precisamente en torno al problema de la violencia de género como acontecimiento natural, fatal e invisible que afecta a la mujer en todas las manifestaciones de su existencia. La cultura y la sociedad habían convertido a las mujeres en víctimas de un destino inexorable que no podía ser alterado porque era legítimo, inmemorial e incuestionado. Precisamente, y más allá de ulteriores retóricas, ideologismos y manipulaciones, en esto reside el verdadero mérito histórico y central del feminismo: mostró que ese destino “natural” de la mujer –ser violentada, ser desigual, ser sometida- no solo se cimentaba sobre falacias históricas ocultas, sino que también era un destino injusto y terrible que una sociedad, para ser simplemente humana, debía combatir y erradicar.

Simone de Beauvoir
Simone de Beauvoir (1908-1986).

El discurso patriarcal sobre la violencia de género

Sería absurdo –y debemos tenerlo claro a estas alturas- decir, como se trata de argumentar desde diferentes entornos, que la violencia de género sólo afecta a la esfera privada de las personas. Absurdo y falaz porque, en realidad, se trata de un producto devenido de la tradicional organización patriarcal de la sociedad que afecta de un modo u otro a todas sus manifestaciones. Pero también sucede que, en efecto, parece que los sucesivos avances psicológicos y sociopolíticos provocados por la visibilización permanente del problema han ido matizando las desigualdades públicas, limando sus aristas, y recluyendo con ello las peores y más trágicas implicaciones de la violencia de género en la vida privada de las mujeres, donde aún permanecen ocultas en muchos casos. Poca gente toleraría ya que a una mujer se la ofendiera en la calle, o en el trabajo, por causa de su mera condición de mujer, pero las mismas personas que no admitirían tales conductas públicas –bien sea por “corrección política”, apelando a supuestos “principios morales”, o por simple “caballerosidad”- a menudo se muestran renuentes a implicarse cuando esto mismo sucede en el ámbito doméstico. Adoptan de tal modo una postura templada, inconsistente, que precisamente es más dañina que cualquier otra porque contribuye de manera sutil pero decidida a la perpetuación de esa violencia estructural y que, además, es muy difícil de combatir a causa de su aparente sensatez.

Esto ocurre porque desde el clásico discurso patriarcal en torno a la violencia de género se rehuyen las explicaciones en clave estructural, que son precisamente las relevantes, y se trata de individualizar el problema. Se convierte así en el fenómeno esporádico de unos cuantos sujetos con nombres y apellidos que, por diversas razones, rompen el equilibrio y la complementariedad entre el hombre y la mujer. Este argumento de la agresión como producto exclusivo del agresor particular concluye con un axioma sencillo: en realidad no existe un problema sociocultural de fondo, sino tan solo problemas concretos y circunstanciales. La sociedad no debería hacer nada atacar las desigualdades estructurales –que no las habría-, sino las desigualdades específicas, propias del caso. Así es como en el discurso patriarcal sobre la violencia de género transforma el hecho social en simple anomalía individual y, de nuevo más allá de intereses peculiares e ideologismos varios que no nos competen y que nada aportan al tema, esta es precisamente su verdadera palanca de fuerza.

Mediante ese argumento, hemos de indicar ahora que perfectamente integrado en la educación de un elevado número de mujeres que también lo asumen y difunden, el agresor es observado como un enfermo, un tipo marginal que no respeta las normas sociales básicas. La mujer agredida, por su parte, es considerada como una persona transgresora y/o provocadora que dificulta las relaciones familiares, que tiene problemas para gestionar su relación de pareja, o bien que no es hábil a la hora de mantener al hombre dentro de las convenciones. Así dispuesto el discurso, la violencia de género en el ámbito intrafamiliar se convierte con suma facilidad en simple “violencia doméstica” y nos habla de un conflicto entre personas particulares que se resuelve de manera disfuncional. Al ser la mujer la que transgrede o es inhábil en uno u otro sentido sucede que también, a menudo, “provoca” la acción violenta sobre ella y contribuye inevitablemente a su propia victimización.

Este modelo discursivo trata, por otro lado, de sostener que la sociedad es igualitaria y que las diferencias observables entre hombres y mujeres se fundamentan en su naturaleza biológica. Un imponderable contra el que sería ridículo luchar porque, sencillamente y de manera esencial, las mujeres y los hombres “son diferentes” y están naturalmente dirigidos hacia finalidades productivas diversas: El hombre estaría más dotado para la actividad pública, la valentía, el esfuerzo, la competitividad y los sacrificios que conlleva sacar adelante a una familia… Pero las mujeres –que necesitan ser protegidas por los hombres a causa de una supuesta debilidad biológica- estarían más dotadas para la vida hogareña, la crianza, el cuidado y la gestión de los sentimientos… Como si la maquinaria emocional de hombres y mujeres fuera fisiologicamente diferente, lo cual es un simple y llano disparate.

Si pensamos en esto durante un minuto, veremos en seguida que existe una fuerte contradicción entre el modelo discursivo patriarcal y la práctica social diaria. Contradicción irresoluble que derrumba el propio discurso y nos muestra con claridad sus falacias: Primero, porque cada vez son más las mujeres que rompen la barrera del género e irrumpen en terrenos que se consideran tópicamente varoniles. Segundo, porque entretanto se niega teóricamente que las diferencias entre hombres y mujeres, así como sus diferentes jerarquías, existan en la sociedad, se aceptan de facto todas aquellas prácticas que subordinan a la mujer por causa de su naturaleza femenina. Consecuentemente, de manera subrepticia, se desvaloriza el trabajo doméstico, se ocultan las aportaciones históricas de la mujer y se minusvaloran aquellas tradiciones, costumbres e instituciones que se consideran como propiamente femeninas.

Discurso Patriarcal
Tabla 1. La violencia de género en el discurso patriarcal tópico.

El análisis “de género”

Es interesante, desde un punto de vista psicosocial, darse cuenta de lo poco que se comprende –o lo mucho que se malinterpreta- el concepto de género. Hay quien cree que se trata de una categoría elaborada ad-hoc con la finalidad expresa de sustentar un programa político de corte feminista. También se dice que es una simple invención semántica carente de apoyo científico alguno. Hay quien sostiene, incluso, que se trata de un pretexto diseñado por los supuestos “enemigos de lo establecido” –los siempre peligrosísimos “antisistema”, sean quienes fueren- para interferir o subvertir el buen orden sociocultural. Sin embargo, ninguno de estos tres puntos de vista es correcto y quien los defiende de manera acrítica muestra un profundo desconocimiento del problema, cuando no el hecho de ser partidario –o difusor involuntario- de ciertos discursos políticos y culturales tan poco fundamentados y falaces como interesados.

John Money
John Money (1921-2006).

Lo cierto es que el concepto de género apareció en el seno de la investigación psicológica, y los primeros autores que lo emplearon, dicho sea de paso, no fueron mujeres sino hombres. Si bien acuñado en 1955 por Money, sería Robert Stoller en 1968, en el transcurso de sus estudios acerca de niños y niñas aquejadas de diferentes síndromes androgenitales y sometidos a terapias hormonales, quien establecería la diferencia conceptual entre sexo y género tal y como hoy la entendemos. De sus trabajos Stoller concluyó que la identidad y el comportamiento de género no están determinados por el sexo biológico, sino por las experiencias vividas, los ritos y las costumbres que se le atribuyen a los sexos biológicos a partir del etiquetado sociocultural[3]:

  • El “sexo” hablaría de las diferencias innatas y determinadas por la biología que existen entre hombres y mujeres, y que son universales e invariables.
  • El “género” hablaría de diferencias entre hombres y mujeres construidas en el contexto social: Actitudes, roles, actividades y pensamientos que la cultura establece como más aptas y deseables en función del sexo.
Sex & Gender (Robert Stoller)
Primera edición del célebre libro de Robert Stoller “Sex and Gender” (1968).

Siguiendo con esta argumentación en clave psicológica, pronto se nos muestra evidente que el concepto de género moviliza alrededor de la violencia tres instancias o elementos básicos que, para nosotros, van a ser muy relevantes en adelante:

  1. Asignación de género. También llamada en la literatura “rotulación”, “etiquetado” o “atribución” implica que tanto la víctima como el agresor han asumido un programa de individuación personal cuya diferencia fundamental estriba en haber sido definidos como “hombre” o como “mujer”. Estas etiquetas implican modos de relación peculiar entre los sexos que, como es lógico, van a generar estilos peculiares y específicos de violencia. Así las cosas, se comete un grave error cuando se homogeneiza la violencia de género con respecto a otras y se la trata de igual modo[4].
  2. Identidad de género. Tanto la víctima como el victimario han estructurado y consolidado todas sus experiencias vitales desde una identificación con las ideas que la sociedad y la cultura tienen acerca de lo que significa “ser hombre” o “ser mujer”. De tal modo, el proceso de identificación se convierte en un filtro de las experiencias que las transformará en eventos con significados diferentes para ambos.
  3. Rol de género. La identificación provoca la interiorización de un conjunto de preceptos y normas sobre el comportamiento que se va a considera adecuado en cada sexo. En el caso de la violencia de género esto implicará que el agresor y la víctima van a situarse en posiciones diferentes y, por tanto, desarrollarán diferentes estrategias de afrontamiento de la violencia.

Esto es lo que explica que en el caso de la violencia de género no resulté irrelevante, sino todo lo contrario, quién es el que agrede y quién es el agredido. Debemos entender que en la producción de esta clase peculiar de violencia –al igual que sucede con cada una de las formas específicas de violencia, por cierto- existe, y es un tópico en la literatura, un vínculo muy complejo y elaborado entre la sociedad y la estructura psíquica de las personas. Ahí es donde adquiere pleno sentido el hecho de que,

“no deja de ser curioso que las diferencias de sexo condicionen el tipo de violencia experimentada. Cuando un hombre sufre una agresión, ésta tiene lugar habitualmente en la calle y suele estar asociada a un robo, a una pelea, un ajuste de cuentas o un problema de celos. Las mujeres, por el contrario, al menos en la mayoría de los casos, cuando son víctimas de actos violentos, suelen sufrirlos en el hogar y a manos de sus parejas”[5].


[1] Olympia de Gouges –seudónimo de Marie Gouze- fue una de las primeras en levantarse contra ella al publicar en 1791 su Declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana, hecho por el cual fue guillotinada. Por aquel entonces, en 1792, también la británica Mary W. Shelley, autora del célebre Frankenstein, publicaría en Londres su Reivindicación de los Derechos de la Mujer.

[2] Nueva Jersey fue el primer Estado de la Unión en aprobar el voto femenino, cosa que ocurrió en 1776 y por accidente al utilizarse en la ley electoral la palabra “personas” en lugar de “hombres”, con lo cual fue de nuevo abolido en 1807. El primer país del mundo que aprobó el voto femenino sin restricciones de clase alguna, gracias al movimiento que lideró la activista Kate Sheppard, fue Nueva Zelanda, en 1893. Interesa destacar que en muchos de los lugares en los que se aceptó el voto de la mujer, se logró esta victoria incluso antes que la del sufragio universal. El primer lugar de Europa en el que se admitió el voto femenino fue Finlandia, en 1907, seguida posteriormente por Noruega y Suecia. En España las mujeres pudieron votar por vez primera a partir de la promulgación de la Constitución de 1931, y hasta 1939, año en el que la norma fundamental fuera suspendida por motivos sobradamente conocidos.

[3] No está de más mencionar que fue a partir de esta línea de trabajo que comenzó a considerarse que la homosexualidad no tenía base biológica y que, por consiguiente, carecía de sentido científico considerarla una patología. Con ello, no tardaría en ser excluida de las clasificaciones de trastornos mentales más habituales.

[4] Uno de los errores más comunes que se cometen a la hora de analizar e interpretar el fenómeno delincuencial reside, precisamente, en la igualación de la génesis del delito y del delincuente. Este yerro, muy habitual en los análisis poco concisos y mal estructurados de los medios de comunicación, lleva a la simplificación –radicalmente superada en el plano científico- de que sólo existen personas criminales y no criminales, de que solo hay agresiones, robos o asesinatos en general, y de que por tanto el problema del crimen tiene una resolución unitaria y específica. La realidad, evidentemente, es que no todos los delincuentes se conducen por las mismas motivaciones y no todos los delitos tienen el mismo origen, lo cual implica que necesitan de una comprensión y de un tratamiento tan peculiar como especializado.

[5] Echeburúa, E. y Corral, P. de (1998). Manual de violencia familiar. Madrid: Siglo XXI, p. 1.