De vampiros, licántropos y otros amigos (parte I)

The Order 1886
Imagen del videojuego The Order, 1886. Otra visión de un tema clásico en clave posmoderna. La enésima.

El vampiro y el licántropo[1] existen, ese es el hecho. Cierto que es difícil creer que en la forma tradicional del nosferatu -o no muerto- que ataca a los vivos impelido por una irrefrenable necesidad de beber su sangre a fin de mantener su estado, o de la persona que en las noches de plenilunio se transforma en lobo, si bien incluso el vampiro y el licántropo mitológicos gozan de una precisa explicación antropológica. La sangre y la carne, como no podría ser de otra manera, siempre han sido consideradas el centro vida. Se encuentran en los cimientos de todos los cultos y religiones, desde las más ancestrales. Hay creencias en las que el corazón de los difuntos es cocinado y consumido por su ser más amado. Algunas tribus de Australia y Nueva Zelanda pretendían la curación de ciertas dolencias abriendo las venas de los amigos varones del enfermo a fin de que le ayudaran a expulsar su enfermedad en una especie de catarsis colectiva. En la eucaristía cristiana el vino se transustancia en sangre y el pan en carne para la limpieza del pecado y el ofrecimiento de una vida eterna. Otros cultos minoritarios judeocristianos, como el de los Testigos de Jehová, se oponen enconadamente a prácticas sanitarias comunes como la transfusión de sangre por motivos enteramente metafísicos. En todas las culturas existen rituales sacrificiales simbólicos o reales y relatos acerca de vampiros, hombres lobo y quimeras similares (arpías, dragones, hombres leopardo, minotauros, y otro largo etcétera). También testimonios sobre la forma en que se presentaban a sus víctimas, el atroz modo en que se comportan y la forma en que el sujeto puede protegerse de ellos, o bien son erradicados por siempre jamás.

Herodoto
Herodoto.

Los licántropos fueron particularmente populares en Grecia y Roma, y es precisamente por ello que los textos grecolatinos son una de las fuentes más antiguas y amplias a este respecto[2]. No podemos olvidar, en tal sentido, que Romulo y Remo, los supuestos fundadores de Roma, fueron según la tradición amamantados por una loba. Pero este tratamiento extensivo no se circunscribió tan solo al punto de vista de lo legendario o lo mitológico. Ya una figura en absoluta sospechosa como Heródoto de Halicárnaso (484-425 a. C.), fue uno de los primeros autores en tratar el tema de la transformación de hombres en lobos al narrar la incursión de castigo que el persa Darío realizó en Escitia[3].

No obstante, las imágenes del vampiro y el licántropo que han parecido imponerse en el ideario colectivo de Occidente no son demasiado lejanas en el tiempo y se ubican históricamente en el lapso temporal comprendido entre los siglos XII y XVIII, cuando en Europa –especialmente en el Centro y el Este del continente- se desató una fiebre vampírica así como una proliferación de cuentos y mitos sobre hombres lobo sin precedente histórico. A partir de la Edad Media, muchos eruditos se entregaron en cuerpo y alma al estudio del vampirismo, como Augustin Dom Calmet, Montague Summers, William de Newburgh o Walter Mapes.

Mucho tuvo que ver el vigor del cristianismo con ello en la medida que impuso en la visión e interpretación de los sucesos particulares y colectivos una polaridad de dos fuerzas contradictorias: Dios y el diablo. Más todavía, como acertadamente indica Fondebrider[4], la doctrina cristiana no estuvo en ningún caso dispuesta a equiparar ambos poderes en una relación simétrica, de suerte que el diablo se fue haciendo paulatinamente acreedor de una mayor gama de maldades, en la misma medida que ello evitaba que la bondad de Dios fuera en algún momento puesta en entredicho. El resultado del proceso generó la imagen siniestra de Satán que todos conocemos en contraposición a la imagen plenamente benéfica de la divinidad. De este modo, los licántropos, vampiros y demás monstruos tradicionales, que en algún momento del pasado pudieron -y así fue de hecho- albergar sesgos de positividad, se convirtieron en encarnaciones de la más absoluta maldad.

Desde entonces, la literatura, primero, y el cine después, han inmortalizado tanto al vampiro como al hombre lobo para convertirlos en uno de los más populares de los estereotipos perversos de nuestra cultura. No nos referimos tan sólo al celebérrimo Drácula de Bram Stoker. También autores de la nada dudosa talla literaria de Goethe, Lord Byron o Baudelaire, entre otros, alumbraron algunas de sus más grandes páginas tomando como referencia a los cazadores de la noche. También suele olvidarse con exasperante facilidad que la Caperucita Roja de Perrault es mucho más que un cuento para niños y, de hecho, tanto en sus orígenes como en su concepción original distaba mucho de serlo. En realidad el juego de analogías que magistralmente plasmó en sus páginas el francés nos habla de una terrible tragedia: la de una niña púber que ignorando el sabio consejo de su madre abandona el camino correcto para ser acosada, agredida y devorada –junto a su abuela- por un criminal perverso y desalmado. Una historia que ha sucedido cien veces en la vida real, en muchos rincones del mundo y con protagonistas de carne y hueso. Tan auténticos como en los tiempos en que Perrault compuso este aperitivo literario que, descafeinado por el paso del tiempo, relatamos a nuestros hijos como si tal cosa por el mero hecho de que hemos asumido esta clase de sucesos, que otrora aterraban al común de los mortales hasta el punto de elevarlos al rango de lo legendario, como algo normal.

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El actor Christopher Lee encarnando el mito del vampiro que prosperó en el imaginario colectivo del siglo XX: pretendida elegancia, supuesto erotismo y un toque hortera.
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El hombre-Lobo cinematográfico, sin embargo, ha sufrido escasa evolución estética. Quizá por su estilo de monstruo bruto y “a la antigua”, siempre ha tenido pinta un poco macarra y desastrada. Lo más que se pudo hacer por él en sagas famosas como Underworld fue quitarle los pantalones y animalizarlo más si cabe.

Egocentrismo y sociopatía

Autores como Picart y Greek señalan que el estudio científico del vampiro y el licántropo, es decir, aquel que parte de una consideración no sobrenatural del hecho atribuyendo las víctimas de estos legendarios personajes a la acción criminal, comenzó a principios del siglo XX. En 1907, el sociólogo norteamericano E. A. Ross publicó un trabajo que el tiempo ha hecho clásico: Sin and Society (pecado y sociedad). En él describe a una nueva especie de monstruo, el criminaloide[5], responsable del sufrimiento de amplios colectivos sociales a causa de su proverbial ambición y una absoluta falta de interés por la seguridad y supervivencia de las clases trabajadoras. Es evidente que Ross quería referirse figuradamente a los gurús del capitalismo que gobernaban con mano de hierro, y aras de sus propios intereses, los destinos económicos de la sociedad capitalista. En la misma teoría abundó el sociólogo de la Escuela de Chicago Robert Park, quien habló en sus trabajos del vampirismo capitalista al referirse al colonialismo económico estadounidense. Conceptos ambos que guardan, por cierto, estrecha relación con el delincuente de cuello blanco del que también hablara por extenso Sutherland.

Lo interesante, en todo caso, es que esta corriente sociológica relacionaba el comportamiento de estos sujetos con una maldad patológica que los transformaba, más que en meros explotadores, en monstruos insensibles. En suma: desde estas teorías se establecía un sugerente nexo entre la actitud –de clara raíz psicopática- de ciertos individuos con respecto a sus congéneres y la clase de conductas que nuestra cultura ha asociado indeleblemente a aquellos seres a los que tradicionalmente se ha otorgado el calificativo genérico de monstruos. Y lo cierto es que las ideas de Ross, Park o Sutherland no sólo inspiraron a los sociólogos, sino también a los estudiosos del crimen que, por primera vez, abandonaron la idea del criminal como sujeto anormal para establecer vínculos conceptuales entre la conducta criminal y los procesos que operan en el medio social que ahora –corrupción va, corrupción viene- nos parecen evidentes pero que en aquellos días distaban mucho de ser tan obvios[6]. La idea de fondo es ciertamente inquietante: vivimos en un mundo regido por una serie de procesos perversos que, por su propia idiosincrasia, producen toda suerte de monstruos.

Robert Ressler
Robert Ressler (1937-2013).

A este respecto, cuando un periodista preguntó al célebre perfilador del FBI Robert Ressler acerca de los elementos que hacían a las sociedades avanzadas –como es el caso de la estadounidense- tan proclives a la aparición de criminales antisociales, su respuesta fue tan concisa como contundente: “la gente se ha vuelto básicamente egocéntrica. Las metas de cada uno han suplantado a las metas de la sociedad. Las personas no están de acuerdo en nada salvo consigo mismas. Todo esto tiene resultados en la conducta. Si hablamos de alguien que sufre disfunciones sexuales o morales y que está educado para pensar que puede y debe solucionar sus problemas por sí mismo, pero al mismo tiempo supone que las relaciones sexuales que debiera tener son inalcanzables, entonces tiende a tomar por la fuerza aquello que está fuera de su alcance. Y, sin duda, un asesino en serie es una persona enteramente disfuncional que trata de ayudarse a sí misma a obtener aquello que quiere sin observar las consecuencias de sus actos”[7].

Lo cierto es que desde un punto de vista antropológico las raíces de la conducta criminal en el ser humano deben buscarse, más que en la propia historia o en el decurso temporal y circunstancial de las sociedades, precisamente en el fondo de los mitos y leyendas de que se ha alimentado nuestra cultura desde tiempos ancestrales y que han de tener alguna clase de fundamento real, al menos en su objeto central. Basta con releer algunos libros del Antiguo Testamento, observar las mitologías egipcia, grecorromana e hindú o detenerse en las sagas nórdicas para encontrar centenares de relatos sobre agresiones sexuales, agresión, robo, canibalismo, vampirismo, licantropía y otro largo etcétera de brutalidades, perversiones y vejaciones. Por supuesto, los antisociales, se llamasen como quiera en su día, tampoco son una invención del presente. El crimen es tan viejo como la humanidad al punto de que el Génesis bíblico, una vez establecida la Creación, explica que la historia de la Humanidad comienza con un delito –el que cometen Adán y Eva al vulnerar la única norma que Dios les impone-; continúa con un fratricidio –cuando Caín mata a Abel-; y concluye con un genocidio en la forma de Diluvio Universal. Es obvio que el texto fue compuesto por un buen observador de la condición humana.

Cain and AbelTitian c. 1570
Así vio Tiziano el asesinato de Abel a manos de Caín.

Con anterioridad a la aparición de la psicología y la psiquiatría forenses tal y como hoy las conocemos, ninguna otra corriente dedicada al estudio de los procesos mentales había prestado tanta atención a este tipo de cuestiones como el psicoanálisis. Puede que las explicaciones de los procesos inconscientes ofrecidas por los psicoanalistas desde Freud sean consideradas injustamente y con algo de malicia –más por ignorancia de los principios que por un verdadero esfuerzo de comprensión- como elucubraciones sin fundamento. Pero lo cierto es que la psicología y la psiquiatría nunca han dejado de prestarles atención, bien sea de soslayo al punto de que muchos conceptos que hoy damos por buenos fueron, originariamente, concebidos por psicoanalistas. Lo cierto es que actos como los de succionar, morder o el culto patológico a los muertos y lo sobrenatural tienen hondas raíces psíquicas y culturales que no han de ser minusvaloradas si se pretende comprender las motivaciones últimas de la necrofilia, el vampirismo y la licantropía. Ernest Jones, por ejemplo, escribió que no hay cultura en la que no exista la creencia de que los muertos, en determinadas circunstancias, observan a los vivos y sientan un impulso irresistible de retornar con ellos con cualquier propósito. En consecuencia, tampoco resulta extraño que en todos los lugares del mundo existan relatos de fallecidos que visitan a los vivos, los ayudan, los poseen o simplemente tratan de destruirlos. Del mismo modo, a fin de contrarrestar el supuesto poder de los muertos o sus demandas, en toda cultura se dan ritos de apaciguamiento, respeto y consuelo para con las almas de los que se fueron[8].

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Y el malvado Sigmund Freud (1856-1939) te pregunta: ¿a ti te gusta chupar? ¿Y por qué?

Lo interesante es que esto se ve reflejado una idea muy extendida acerca del vampirismo en la tradición eslava: los primeros atacados por un vampiro, cuando retorna, son generalmente sus allegados vivos. Pero, además, tanto en el fondo del vampirismo como en el de la licantropía subsiste un componente sexual que, sin duda, ha contribuido a incrementar el atractivo que suscita. Componente que guarda, a su vez, estrecha relación con el mordisco, el acto de chupar e incluso la acción extrema de devorar al ser amado o deseado como forma de posesión total, plena, absoluta. En otro caso, por lo demás, y sin tener presente la influencia de un patriarcado milenario que enfatiza el valor intrínseco de la heterosexualidad, resultaría inexplicable la creencia legendaria de que los vampiros y los hombres-lobo prefieran como víctimas a personas del sexo opuesto. Tampoco el supuesto subyacente a muchos de estos relatos de que, contra todo pronóstico, las personas atacadas por estos seres sientan al mismo tiempo terror y fascinación[9].


[1] Conviene realizar una precisión terminológica ya que el hombre lobo y el licántropo son cosas semejantes pero no lo mismo. El primero es aquel que tiene el poder de transformase en lobo físicamente mientras que el segundo es, precisamente, el sujeto que posee una visión distorsionada de la realidad que le hace creer que puede metamorfosearse en lobo y que, consecuentemente, durante los momentos en que se cree transformado se comporta como tal.

[2] Fondebrider, J., Licantropía. Historias de hombres lobo en Occidente. Buenos Aires, Adriana Hidalgo Editora, 2004.

[3] Herodoto, Historia. Libro IV. Madrid: Gredos, 2001.

[4] Fondebrider, 2004, Op. cit.

[5] Evidentemente, el concepto no fue acuñado por Ross, sino por Cesare Lombroso y es muy probable que se este autor se inspirase en la obra pionera de los componentes de la llamada Escuela Positiva del Derecho Penal. Ahora bien, el uso que hace del concepto, desde un punto de vista sociológico, es enteramente novedoso.

[6] Pérez-Fernández, F., Imbéciles morales. Consideraciones históricas de la mente criminal. Jaén: Ediciones del Lunar, 2005.

[7] Kouri, J., Criminal Profile: The Monsters Within. En Internet [www.oscweb.com].

[8] Jones, E. (1951). On the Nightmare. New York, Liveright. Existe traducción al español: La pesadilla, Buenos Aires, Hormé, 1967.

[9] Christopher Lee, actor que se hizo mundialmente famoso encarnando al Conde Drácula en las películas de culto que la factoría británica Hammer realizó en los años 50 y 60 no alberga duda alguna al respecto: “Drácula ofrece la ilusión de la inmortalidad, el deseo subconsciente que todos tenemos de poder sin límites. […] Es la imagen del superhombre con un atractivo erótico para las mujeres, que lo encuentran totalmente seductor”.

Conjurando a Frestón

Vuelo de Clavileño


El vuelo de Clavileño

Brujas, locos, pócimas, fármacos, médicos e inquisidores a través de la literatura cervantina

Francisco López-Muñoz / Francisco Pérez-Fernández

Prólogo: Juan Ramón Biedma

Madrid, Delta Publicaciones, 2017


Si alguien, hurgando en los estantes de cualquier librería, se encuentra con este libro y atraído por lo curioso de su título se decide a tomarlo, a buen seguro echará un vistazo a la contraportada. Y cuando así obre se encontrará con este texto:

“Este libro, desde la excusa cervantina, propone un viaje profundo —y crítico— al mundo de las brujas y hechiceras durante la España Áurea, un mundo de turbias supersticiones y calderos pestilentes, brutales persecuciones y torturas, fraudes médicos consentidos, leyes asfixiantes y represivas, inquisidores intransigentes, pseudoconocimiento y misoginia cerril, que se ocultaba bajo la alargada sombra de la fe absoluta, la pureza de sangre y las pretendidas buenas costumbres. Las brujas, sus cuitas y su mundo eran cosa bien conocida por Cervantes, en cuya obra los pícaros, curanderos, embusteros, timadores, ladrones y vividores son especie común por vista de cerca y formar, además, parte intrínseca de ese mosaico existencial, acrisolado de pasados que se cierran y futuros que se abren, que es el Siglo de Oro español. En sus obras se aprecian las muchas experiencias vitales del autor, su singular circunstancia y su vasta cultura: Cervantes conocía bien la medicina de su tiempo, al proceder de una familia vinculada al oficio, e incluso la farmacopea no le era ajena, pues disponía en su biblioteca particular de un la exploración del carácter, como buen conocedor de Juan Huarte de San Juan, y sabía mucho de los entresijos y submundos de la sociedad y la cultura que vivió, y a la que a menudo sobrevivió. Que la obra de Cervantes es una fuente inagotable de inspiración, que admite infinidad de lecturas, no es cosa nueva, y prueba de ello es el mundo de la brujería y sus fenómenos afines, que tanto le fascinaron. De hecho, de los textos cervantinos se extrapolan afirmaciones que hoy día podrían parecer evidentes, como que las prácticas de brujería carecían de influencia satánica y que sus unturas y pócimas solían elaborarse, obviando la excusa ritual, con fines meramente recreativos y lúdicos.”

¿Suficiente? Quién sabe. Lo cierto es que toda obra -igual da su calidad e interés manifiestos- siempre esconde muchas lecturas. De hecho, lo que hace bueno a un libro, más allá de la técnica de quien lo escribe o de la pericia de quien lo lee, reside en la habilidad del autor para exponer y superponer niveles de lectura, así como en la facilidad con la que estos quedan accesibles al posible lector. Por ello, cuando Dickens comenzó su celebrada Historia de dos ciudades con aquella sentencia mítica: “era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos”, estaba haciendo mucho más que regodearse en su indiscutible eficacia como autor: estaba dotando a su obra de un halo de intemporalidad que la haría atractiva para cualquier lector y en cualquier tiempo, que no es poca cosa.

Por eso es que los libros, en general, son siempre peligrosos para los fanáticos, los doctrinarios y los totalitarios. Abren puertas y modifican realidades. Y del mismo modo que a Don Quijote los libros lo perdieron, paradójicamente, fue también que lo salvaron. Y algo de esto debieron barruntarse aquellos que pretendían sacar al Alonso Quijano escondido en la locura del Caballero de la Triste Figura cuando la única forma que se les ocurrió para intentar atraerlo a la cordura fue quemar los libros y tapiar el cuarto de lectura. Desastre del que Don Quijote se libera, precisamente, inventando otra ficción al culpar de todo aquello a uno de sus archienemigos; el sabio Frestón (el nombre del personaje ya es deliciosamente antinómico). Y así es como la vida de cada hombre, en manos de Cervantes, se va convirtiendo en una espiral de verdades, mentiras, ficciones, creaciones y recreaciones que se hacen cosmovisión y perfilan “el mundo” de cada cual. Por eso los dogmáticos han de pasar la vida conjurando a ese paradójico secuestrador de saberes que es el tal Frestón; porque los libros son llaves que abren puertas y ventanas que -creen- debieran permanecer cerradas a fin de asegurar el pensamiento único.

Esto es lo que trata de mostrar este libro, El vuelo de Clavileño, que en realidad es un libro de libros, desde libros y para otros libros. O, por mejor decir, una puerta hacia otras puertas que, a su vez, abren pasillos, túneles y caminos hacia realidades solo aparentemente diferentes en la medida que versiones anteriores de la nuestra. Así debiera leerse más allá de tecnicismos, precisiones, teorías y retóricas -de las cuales hay muchas en la obra- porque con tal deseo se concibió. De hecho, cuando Faulkner decía que el pasado no pasa, que nunca es del todo pasado, que está aquí y ahora, lo que pretendía decirnos es que nada desaparece del todo sino que en todo caso se recicla, se disfraza,  se reconstruye y vuelve de otro modo, en otra forma.

Cuando mi compañero -y amigo- Francisco López y yo concebimos la idea de este libro teníamos claro bien fuera de manera inconsciente el argumento de Faulkner. Creímos, con Dickens, que todos los tiempos son los mejores y los peores al mismo tiempo. Pensábamos, desde la modestia más certera, como Cervantes: que si un libro te condena, solo un libro puede salvarte, y que no existe mejor antídoto contra el veneno de la ignorancia, frente al no saber quiénes somos, que el redescubrimiento de ese pasado que, en realidad, nunca pasa del todo pues lo único que ocurre es que raramente lo reconocemos al verlo oculto tras sus nuevos disfraces. ¿Lo hemos conseguido? En realidad lo ignoro y no creo que ningún autor sepa realmente si ha hecho poco más que escribirse a sí mismo cuando escribe cualquier cosa.

Sea como fuere, el libro está ahí y habla ya por sí mismo.

 

El hombre de los dulces


El protagonista -debiéramos decir como se comprobará los protagonistas– de esta historia, la de Dean Arnold Corll, ofrece tres connotaciones muy interesantes. La primera de ellas es que tratándose de uno de los asesinos seriales más salvajes de todos los tiempos, no está entre los más célebres y recordados tanto por los especialistas como por los aficionados a la materia. La segunda, no menos importante, reside en el nada desdeñable dato de que los cómplices de Corll, individuos que le suministraron la mayor parte de sus víctimas, que le ayudaron en la barbarie y que encubrieron sus brutalidades, no eran psicópatas “de manual” sino tipos dominados por la más elemental avaricia. En tercer lugar, nos muestra que en esta tipología de crímenes, de existir un pie de igualdad en las relaciones, la comunidad de intereses suele resultar enteramente circunstancial y es fácil de quebrantar, lo cual degenera en las más funestas consecuencias para todos los implicados… Razón por la que la mayoría de los asesinos en serie prefiere “trabajar solo”.


Corll
Dean Arnold Corll.

A la falta general de interés mediático por Candyman, criminal en el más puro estilo de la tradición del psychokiller norteamericana, parece sencillo darle una explicación: todo en su vida fue demasiado tópico. La infancia de Corll no fue más compleja que la de cualquier otro niño sometido a la férrea disciplina de un padre castigador y que vive el divorcio de sus progenitores. Tampoco su adolescencia difirió en exceso de los derroteros previsibles en un joven anónimo que se descubre homosexual en un entorno escasamente tolerante. Incluso la parte más negra y terrible de su vida –la criminal- es sórdida, poco literaria, repleta de estereotipos y lugares comunes. Problemas de identidad sexual, lujuria, drogas y crimen. Un esquema habitual del género y repetido hasta la saciedad como si se tratara del guion de una película de bajo presupuesto. Incluso lo prematuro de la muerte de Corll privó a la opinión pública de las narraciones morbosas y espectaculares, cuajadas de truculentos detalles en rojo que tanto gustan al experto y al profano. No hubo un juicio multitudinario, atiborrado de testigos que recurrieran a la fórmula manida del “parecía normal” para que por un segundo todos mirasen de reojo al sujeto “normal” que se sentaba a su lado. Es verdad: Dean Corll no fue un criminal mediático y se limitó a ir a lo suyo.

Lo cierto, a poco que nos adentramos en el despropósito, es que advertimos muy pronto que nada es vulgar. Nos las vemos con un relato oscuro que vincula a supuestos cuerdos y supuestos locos, que eslabona las motivaciones prosaicas y completamente normales -incluso comprensibles- de sus cómplices, con la pesadilla psíquica de un depredador sexual. Que ofrece elocuentes pistas sobre el funcionamiento psicológico de unos, los que nos situamos a ambos lados de la línea imaginaria. Corll se entregó a una matanza ciega e irreversible que le adentró en una selva e intrincada a un ritmo que sus cómplices no podían seguir o comprender.

Enfermo, mimado y cariñoso

Dean nació en Fort Wayne, Indiana, el 24 de diciembre de 1939. Creció en un hogar conflictivo en el que sus padres, Arnold y Mary Corll, se pelearon sin tregua hasta que en 1946, poco después de que viniera al mundo el segundo hijo de la pareja, Stanley, se divorciaron. Posteriormente, Mary encontró la vida “vacía” y triste sin Arnold, de suerte que, siguiéndole la pista, se trasladó con los niños a Tennessee donde volvió a contraer matrimonio con él[1]. Así, la familia reunida se trasladaría en 1950 a Houston (Texas).

El señor Corll Sr., electricista de profesión, nunca fue un padre de manual. Descuidaba la atención de los hijos, para, de súbito, castigarlos con gran severidad por el más leve error que pudieran cometer. Acto seguido, tras los gritos y los golpes, se prodigaba en caricias con los chicos. Era un hombre errático y desconcertante tanto para repartir amor como para aplicar castigos y con el que resultaba difícil saber a qué atenerse. Luego, cuando papá y mamá Corll se separaron de nuevo, Mary entró en relaciones que concluirían en boda con un comercial llamado Jake West, quien tenía también una hija de un matrimonio precedente que, a menudo, tuvo que hacer las veces de canguro con Dean y Stanley.

Unas fiebres reumáticas contraídas durante la niñez motivaron que se le declarase un problema de corazón que prácticamente le incapacitaba para los esfuerzos físicos continuados, así que Dean faltó en muchas ocasiones a la escuela, con lo que se perdió otro de los factores principales de socialización. Cobijado siempre bajo la falda de las mujeres de la familia, se transformó, con el tiempo, en un joven excesivamente mimado, taciturno y reservado. Justo el perfil contrario al de su hermano Stanley, chico extrovertido que pasaba horas disfrutando de la amistad y los juegos de sus compañeros de colegio. Limitado para los deportes, a Dean le dio por estudiar música, llegando a tocar el trombón en la banda del instituto en el que cursó la secundaria. Sus notas nunca fueron brillantes, pero tampoco excesivamente malas, y en todo caso aquella carencia quedaba contrarrestada por un excelente comportamiento.

Dean Corll (joven)
Dean en una instantánea de su época como estudiante de enseñanza secundaria.

Su madre, siguiendo la sugerencia de un comerciante del sector, pensó que podría hacer dinero fabricando caramelos de pacana[2]. Y todos los componentes de la familia colaboraron de una u otra manera en la iniciativa de modo que Dean, por ejemplo, echaba una mano pelando frutos o ayudando en el reparto de los encargos. “[Dean] –explica John Gurwell- era muy comprensivo y afectivo, especialmente con los niños. Nunca cuestionó las decisiones de su madre”[3]. De hecho, la ejemplaridad de su comportamiento quedaría puesta de manifiesto una vez más en 1960, cuando se trasladó a Indianápolis con la expresa finalidad de cuidar de su abuela viuda, la madre de su padrastro. El caso es que cuando regresó de Indianápolis, en 1962, Dean encontró que el negocio materno había prosperado mucho. Así, Mary contaba en casa con una auténtica fábrica de caramelos y había dispuesto una tienda en el garaje de la vivienda.

Sin dudarlo un instante, se instaló en un pequeño apartamento sobre el garaje y se enroló en el negocio hasta convertirse en el segundo de a bordo. También, por mediación de su padre natural, con el que siempre mantuvo una excelente relación, obtuvo un trabajo en la compañía eléctrica local, la Houston Lightning and Power, de modo que hacía caramelos durante buena parte de la noche y ganaba un salario estable durante el día. Su futuro era prometedor y no había pasado inadvertido a un buen número de chicas del vecindario que comenzaron a rondarle, pero Dean nunca pareció estar por la labor de establecer relaciones con el sexo opuesto[4].

En 1964, y a pesar de su dolencia cardiaca, Corll fue llamado a filas. En el ejército dio muestras de sus primeras señales de homosexualidad. Es muy probable que en un entorno tan tremendamente masculino y heterosexual Dean fuera objeto de crítica, burla y sanción por parte de compañeros y superiores, pero en ese preciso momento no se produjo ninguna reacción extraña que hiciera sospechar lo que sucedería después. Sirviendo al Tío Sam comenzó, por lo demás, a introducirse en las drogas. Nada serio de momento. Cannabis, marihuana, algún ácido, pegamento y otras fruslerías experimentales de ese tenor. Probablemente fuera por este conglomerado de razones que apenas un año después de su alistamiento se le licenció apresuradamente. Retornó, pues, al hogar sumido en un grave problema de identidad sexual al que se sumó una preocupación creciente, e incluso patológica, por su aspecto físico.

Y, además, las cosas habían cambiado. Durante su ausencia su madre había decidido divorciarse de Jake West, ya que la relación entre ambos se había visto fracturada a causa del absorbente negocio de Mary, que se expandía día a día. La fábrica de caramelos se trasladó a las cercanías de la Escuela Elemental Helms. Dean, que se mudó a su vez a un pequeño apartamento cercano, solía invitar a dulces a los chicos del nuevo vecindario con asiduidad, lo cual le convirtió en un tipo especialmente popular y simpático entre la chavalería, y de ahí el apodo con el que pronto empezó a ser conocido: Candyman -u Hombre de los Dulces-. El caso es que todo fue bien hasta que los críos, que antes parecía gozar de su compañía, empezaron a eludir las intimidades con Dean… Hubo rumores crecientes y un trabajador de la empresa empezó a insinuar cosas sobre “lo que ocurría con los chiquillos”[5]. Dean supo eludir este primer golpe por la vía de la indignación e hizo que su madre despidiera al bocazas. Aún pasaría, sin embargo, meses preocupado por el hecho de que se diera crédito a los rumores[6].

Corll ejercito
Imagen de Dean Corll durante su corto servicio militar.

Mary, sin embargo, tenía cosas mejores que hacer que prestar atención a la sexualidad de su primogénito. De hecho, volvería a casarse por unos años con un marino mercante, y este matrimonio también fracaso en dos ocasiones, la última en 1968. Aquí acabó la fábrica de caramelos, en la medida que la madre de Dean decidió trasladarse para instalar un negocio similar primero en Dallas y, posteriormente, en Colorado. De esta forma tan inusual fue que Dean Corll, frisando la treintena, alcanzó la independencia. Se centró entonces en su trabajo como electricista y se instaló en una pequeña casa que su padre, Arnold, poseía en Lamar Street, en el seno de un tranquilo barrio de clase media. No se deshizo, sin embargo, de un almacén que había alquilado en Silver Bell Street a fin de paliar las estrecheces de su vivienda precedente.

Liberado del control materno experimenta, súbitamente, un cambio tan insospechado como radical en su personalidad. Se transforma en un individuo tétrico, tendente a la depresión e hipersensible hasta lo morboso. Empezó entonces a pasar el tiempo con adolescentes, y a organizar fiestas en su casa donde todos se ponían a tono oliendo pintura y pegamento[7], para luego entregarse a las más diversas fantasías sexuales. Corll seguía regalando caramelos.

Amistades peligrosas

David Owen Brooks
David Owen Brooks

Lo cierto es que en septiembre de 1970, Candyman se sintió preparado para dar el primer golpe. El elegido fue un estudiante de la Universidad de Texas, Jeffrey Konen, que hacía auto-stop camino de Houston, queriendo el azar que fuera Dean Corll el único conductor que se detuvo. En efecto, llevó al chico a la ciudad, pero se las ingenió para convencerle, como otras tantas veces, de que lo pasarían bien en su casa. Una vez allí, tras consumir drogas, beber unas cervezas y oler algo de pegamento, aprovechando el momento en que Konen perdió el conocimiento, guiado por un impulso irresistible, lo ató de pies y manos para sodomizarlo antes de terminar con su vida y deshacerse del cuerpo.

Ciertamente, Dean seguía disfrutando de la compañía de Brooks al tiempo que pagaba a otros chicos para que le practicasen sexo oral, pero la situación se volvía tensa porque Candyman esperaba bastante más de los jovencitos. Si accedían de buen grado –como explicaría David con posterioridad a la policía- salían vivos del trance, pero cuando no era así los violaba y asesinaba. Por lo demás, la estrategia de Corll era virtualmente perfecta en la medida que se las ingeniaba para seleccionar chavales problemáticos, generalmente huidos del hogar, y cuya desaparición por consiguiente no era noticiable[8]. La verdad es que Brooks descubrió lo que estaba sucediendo a finales de 1970, cuando se presentó de improviso en casa de Dean, y lo sorprendió en su dormitorio, desprovisto de ropa y acompañado de dos muchachos, también desnudos, a los que había maniatado concienzudamente. Candyman se puso hecho una furia y le echó de allí con cajas destempladas. Luego, a cambio del necesario silencio, y tras explicarle con total naturalidad que había asesinado a ambos chicos, compraría el silencio de David con un Corvette[9].

En realidad, el coche deportivo abría otra etapa en los planes perfectamente diseñados –concebidos y desarrollados con enfermiza naturalidad- de Dean Corll, pues empezó a pasearse en él –David al volante- a fin de seleccionar juntos a sus sucesivas víctimas. Otras veces, vagabundeaban por las calles en la lustrosa camioneta blanca de Dean. Pocos rehuían la posibilidad de subirse a aquellas ratoneras rodantes para pasar un buen rato con esos dos “tipos enrollados”. Y así se fueron sucediendo las macabras fiestas del Hombre de los Dulces. A veces junto al servil y dependiente Brooks, a veces no. Por lo demás, durante esta época Corll solía alquilar apartamentos en diferentes partes de la ciudad, más o menos alejadas de Lamar Street, a fin de no levantar sospechas entre sus vecinos cercanos o provocar la animadversión de algún inquilino quisquilloso. Llegó a disfrutar tres diferentes en un año. En lo que respecta a los cadáveres, la mayor parte de ellos solía terminar enterrado bajo el entarimado de madera del almacén de Silver Bell Street.

Henley (juicio)
Elmer Wayne Henley (fuente: Associated Press).

Tras varios asesinatos, David Brooks se presentó en casa de Corll con una nueva víctima propiciatoria. En este caso se trataba de su mejor amigo, Elmer Wayne Henley. No obstante, el calculador Candyman, advirtiendo el desparpajo del nuevo, supo darse cuenta de que era distinto a los otros e improvisó una prueba: a requerimiento suyo, Elmer golpeó sin dudarlo un instante a David, de suerte que perdió el conocimiento. Cuando despertó estaba tendido sobre la cama de Dean y sangraba profusamente por el ano. Tras meses durante los que se las había apañado para evadirse de las exigencias sexuales de Corll, había caído. Sea como fuere, obró con cautela y no dijo nada aunque comprendió que ahora había otro factor en la ecuación. A Dean, tal vez hastiado de la actitud de perrillo faldero de David, parecían gustarle el atrevimiento y la independencia de un Elmer que, dicho sea de paso, no parecía mejor en el plano moral que el propio Corll. Y como en tales situaciones tres suelen ser multitud Brooks, cauteloso, comenzó a guardar las distancias con respecto a los otros.

Finalmente, el descenso a los infiernos de Corll se había consumado. Perdió el control por completo y ofreció tanto a Brooks como a Henley, quien estaba especialmente dispuesto a hacer cualquier cosa por dinero, la cantidad de doscientos dólares por cada una de las víctimas que le proporcionaran. Y aceptaron. David probablemente por miedo. En el caso de Elmer, con tal diligencia y fruición que no dudó en llevar al matadero a buena parte de sus propios amigos. La verdad es que, cegados por las constantes recompensas de Candyman, dada la notoria impunidad de sus actos, ambos empezaron a mostrarse muy descuidados a la hora de buscar nuevas víctimas. Buena parte de ellos fueron seleccionados en el mismo vecindario en el que Corll tenía su residencia. En efecto. Parece increíble que nadie pudiera sospechar lo que sucedía en el interior de la guarida del bueno de Dean. Quizá porque era un vecino ejemplar. Hombre “raro” pero en general “persona honrada y trabajadora”.

Lo interesante es que Dean Corll, tal y como explicó a sus colaboradores en el crimen, mostró una capacidad de racionalización sorprendente que le llevó a desarrollar una visión sumamente altruista de sus aficiones: solía comentar que aquellos chicos a los que violaba y asesinaba –sólo o acompañado por David y Elmer- en realidad eran una carga para sus familias, proyectos de perdedores y lastres para la nación, por lo que en el fondo estaba haciendo una “obra social”.

Un final previsible

El 8 de agosto de 1973 la carrera criminal de Dean Corll tocaría a su fin. Y no por acción de las fuerzas de la ley que, tal y como estaban las cosas, podrían haber permitido que el apetito homicida de Corll eliminase a la mitad de la juventud de Houston antes de llamar a la puerta de su casa, sino por acción de Elmer Henley, quien telefoneó a la policía visiblemente alterado para que fuera a la pequeña casita de su buen amigo y mecenas. Una vez allí, los agentes se encontraron el cuerpo de Dean Candyman Corll, muerto a causa de seis disparos en cabeza, hombro y pecho. La verdad, por cierto, es que Elmer no había tenido aquella noche la mejor idea de su vida cuando, conociendo perfectamente lo que allí sucedía, decidió presentarse allí con una chavala con la que andaba ennoviado, una tal Rhonda, y otro amigo, Tim Kerley, por el que Henley había pensado cobrar una bonita suma.

Rhonda Williams era una joven acomplejada por su físico poco agraciado, huérfana de madre y sometida a las violentas acometidas de un padre alcohólico. Solía tener problemas para conservar a sus novios –el último, un tal Frank Aguirre, había desaparecido sin dejar rastro[10]-, y cojeaba ostensiblemente a causa de un accidente reciente cuyo resultado había sido un pie malherido. Aquella noche, como de costumbre, el papá de Rhonda se había presentado en casa completamente borracho, por lo que la chica se había encerrado en su cuarto. Elmer, que sabía bien el terror que su progenitor le inspiraba, a petición de la propia chica, la había rescatado con la ayuda de Tim por la ventana de su dormitorio sobre las dos de la madrugada.

Ella no quería cuentas con el raro de Dean, de quien el mocerío del barrio contaba muchas cosas turbias, menos aun cuando se trataba de pasar la noche bajo su mismo techo, pero las opciones tampoco eran muchas a aquellas horas, de modo que el trío se encaminó hacia allá. Eran alrededor de las tres de la mañana cuando cruzaban el jardín delantero. No es que Rhonda sospechara a qué dedicaba Candyman sus ratos libres, y tampoco creía que se enfadara en exceso porque se presentara allí con los dos chicos, pero era plenamente consciente por los relatos sesgados de Elmer de que algo no funcionaba bien con su inopinado anfitrión y, por consiguiente, de que las cosas podrían torcerse. El hecho es que las circunstancias se presentaron bastante mejor de lo que ella o Henley habían supuesto. Dean estaba de muy buen humor. Hubo, de hecho, una pequeña fiesta durante la que bebieron y fumaron algo de hierba. Luego todos se fueron quedando dormidos. Todos excepto Corll.

Pasaron varias horas. Elmer se despertó de súbito, presa de una extraña agitación, justo en el momento en el que Dean terminaba de esposarle. Para entonces ya le había atado las piernas. Sorprendido, miro a su alrededor. Tim, ya desnudo, estaba inmovilizado con cuerdas y amordazado con cinta aislante, al igual que Rhonda. No hacía falta que Candyman dijese nada, pero lo hizo: “voy a mataros a todos, pero antes me divertiré un rato”[11]. Wayne pensó deprisa y le propuso un trato para ganar algo de tiempo: sería más divertido si, mientras él torturaba a Tim, le permitía a él violar a Rhonda. Dean, con gesto codicioso, evaluaba las posibilidades entretanto le amenazaba con un revolver del calibre 22 y un enorme cuchillo, hasta que finalmente tomó la decisión de desatarle: “Si no haces lo que has prometido, también serás mi víctima”[12].

Acto seguido, Corll llevó a Tim y Rhonda a uno de los dormitorios, en el que tenía preparada una peculiar sala de torturas, y los encadenó a unos tablones dispuestos en la pared. Henley, siguiendo el juego, sugirió que se divertirían más si podían escuchar los gritos de ambos, por lo que sería mejor quitarles las mordazas, a lo que Dean accedió gustoso antes de tenderle el cuchillo y ordenarle que despojara a la chica de la ropa. Aprovechando la ocasión, Henley susurró al oído de la chica que trataba de ganar tiempo y que no le sucedería nada entretanto rasgaba sus pantalones. La pura verdad es que Elmer no obraba por un impulso heroico. Simplemente, presa de la tensión, fue incapaz de tener una erección, hecho provocó airadas burlas por parte de Candyman quien, a su vez, intentaba violar a un Tim que forcejaba sin cesar[13].

Corll, tablones
Dos agentes de la policía de Pasadena posan ante uno de los tablones para torturas encontrados en la casa de Dean Corll.

 

A fin de dominar más fácilmente a su víctima, Candyman dejó el revolver en la mesilla de noche. Simulando dirigirse al baño, Elmer se apoderó del arma y le encañonó. Estaba muy herido por los ataques verbales de Dean, quien se enfureció: “¡Mátame, Wayne! ¡Mátame si puedes! ¡Estoy seguro de que no lo harás!”[14]. Se equivocaba. Elmer Wayne Henley lo hizo. Luego telefoneó a la policía. Eran las 8:30 horas de la mañana.

Corll victims
Elaboración propia.

Cementerio particular

El agente A. B. Jamison, del Departamento de Policía de Pasadena, se dirigió a la carrera hacia el 2020 de Lamar Drive, tal y como le habían indicado desde la central. Allí, frente a una casa de una planta pintada en verde y blanco, le esperaban tres adolescentes, dos chicos y una chica. Uno de ellos, que se autoidentificó como Wayne Henley, acompañó a Jamison al interior de la vivienda, hasta el lugar en el que, sobre el suelo, tiroteado y ensangrentado, yacía el cuerpo de un hombre adulto, de cabello castaño ondulado, musculoso y bastante alto. Se trataba de Dean Arnold Corll, de 33 años de edad, electricista empleado en la Houston Power and Light.

Tras las pertinentes diligencias, el cadáver fue trasladado a la morgue entretanto los jóvenes eran conducidos a comisaría a fin de que les fuera tomada declaración. La historia parecía bastante clara, pero un comentario inopinado de Tim Kerley, saltándose el guion, hizo suponer a sus interrogadores que tras aquel caso tan aparentemente sencillo había más de lo que cabía suponer en un principio: “Wayne me dijo que tenía suerte, puesto que si no fuera un buen amigo suyo, podría haber conseguido ciento cincuenta dólares por mí”[15]. Los hallazgos que los detectives realizaron en la casa del finado Dean alimentaron sus sospechas; esposas, cuerdas, tablones con grilletes, una bayoneta, un enorme consolador, cremas lubricantes, una caja con mechones de vello púbico pertenecientes a diferentes personas… En efecto, el comentario de Tim convertía a Elmer Henley en cómplice de algo muy oscuro.

Hubo que presionar poco al muchacho, que se derrumbó apenas los detectives se concentraron en él. Presa de los nervios, o tal vez impelido por la necesidad de liberar su conciencia, el joven narró a los estupefactos policías la macabra historia de sus peripecias junto al difunto Corll. En un principio, los agentes tomaron la increíble declaración con reservas. Al fin y al cabo, nada hacía sospechar que el hombre asesinado fuera realmente un criminal. Así se dedujo de la declaración del padre de Dean, Arnold, quien manifestó que su hijo jamás había sido una persona violenta ni había mostrado tendencias homosexuales. “De hecho [añadió] mi hijo adoraba a los niños y siempre había sido muy generoso con ellos. Estos chicos se han aprovechado de la hospitalidad de mi hijo y, enloquecidos por las drogas, le han asesinado en su propia casa”[16]. Testimonio que parecía corroborado por las declaraciones de los vecinos de Dean y que le catalogaban de persona de orden, con una vida normal y en absoluto sospechoso de nada que mereciera la pena contar. Incluso la dueña del almacén que Corll había transformado en cementerio, una tal señora Meynier, manifestaría en su momento a la policía, que todavía se esforzaba por destapar la fosa común, que Dean parecía una excelente persona y jamás había tenido queja alguna de él. Lo cierto es que por un momento los agentes parecieron dispuestos a creer en la versión de los hechos imaginada por Arnold Corll, pero el testimonio de Henley era demasiado tentador –quizá por disparatado- como para dejarlo pasar por alto. Sobre todo teniendo presente la elevada cantidad de denuncias sobre muchachos desaparecidos en aquella parte de la ciudad.

Se profundizó en el pasado de Candyman en busca de datos que alimentaran la sospecha, pero todo parecía indicar que Corll había sido realmente un buen ciudadano, de vida ordenada. Con alguna rareza sexual, pero quién no tiene una. Aquellos que conocieron a Dean hablaban maravillas de él. Incluso una antigua novia, Betty Hawkins, parecía dispuesta a defender su integridad a todo trance: “Dean fue el hombre más amable que he conocido. Si tenía algo y alguien lo necesitaba, no dudaba en dárselo. Hasta donde yo sé, su única afición fue la de ayudar a los demás”[17]. Así que la policía se aprestaba a cerrar el caso cuando un informador anónimo dibujó una imagen muy diferente del hombre asesinado. Este sujeto, quien se hacía llamar a sí mismo Guy, era un adolescente homosexual que manifestó conocer bien a Dean Corll. Al parecer ambos habían mantenido una estrecha relación que no llegó a consolidarse después, especialmente por su estilo de vida, cercano a los locales gays y las casas de baños. De hecho, Dean, como corresponde a un perfecto homosexual egodistónico, era muy reacio a este tipo de ambientes, disociando por completo sus tendencias homosexuales del resto de su vida: “Levantó una barrera entre mí y su vida íntima, que se convirtieron en un tabú [expresó Guy]. Supe que tenía un amigo llamado Wayne, pero siempre que yo intentaba acercarme a sus amigos, se las ingeniaba para alejarlos de mí… Nunca quiso presentármelos”[18].

Además, algunos de los nombres que Henley dio a los agentes coincidían con los de chicos cuyas desapariciones habían sido denunciadas lo que, obviamente, parecía demasiada casualidad como para que la historia no tuviera visos de ser cierta. La duda residía en delimitar la magnitud de la culpabilidad del difunto Corll. La cosa quedó más clara cuando aquella misma tarde Elmer condujo a los policías al improvisado cementerio del Hombre de los Dulces, su particular cámara de los horrores instalada bajo los tablones del almacén que Dean Corll tenía alquilado en Silver Bell Street, donde había enterrados un total de 17 cuerpos. Insistió en que, al menos que él supiera, habría 10 cadáveres más en otros lugares que, en algún caso, no supo precisar.

A todo esto, David Owen Brooks se enteró de todo por las noticias y decidió que, muerto Dean, era hora ya de contarlo todo. Cuando llegó a la comisaría y se informó a Henley del hecho, este suspiró aliviado manifestando que al fin, ahora que David había decidido entregarse, podría contar toda la historia. Comenzó, de este modo, por admitir que algunas de las víctimas habían muerto por su propia mano.

Crime Search Party
Brooks y Henley ayudan a los agentes durante la tarea de excavación de las fosas comunes de Dean Corll (fuente: Corbis).

El testimonio de Brooks resultó más ligero. En realidad, concedió que en algún caso, sobre todo desde que Elmer se había visto involucrado en los sucesos, participó en alguno de los crímenes y que lo habitual era que los tres estuvieran presentes durante ellos. Sin embargo, explicó que actuaba en gran medida por miedo a convertirse asimismo en víctima. Tal y como se estaban poniendo las cosas convenía aliarse con los fuertes, sobre todo porque “me pareció que Wayne también disfrutaba causando dolor a aquellos chicos”[19]. Luego se supo que esta declaración era una verdad a medias en la medida que Elmer y David ya se habían planteado la posibilidad de asesinar a Dean porque imaginaban acertadamente que cualquier día podría tocarles a ellos y que, además, las cosas no podían continuar así en la medida que la ferocidad cada vez mayor de Candyman provocaría que, más pronto que tarde, les detuviesen.

Considerados competentes y capaces de distinguir entre el bien y el mal por los especialistas, ambos muchachos fueron sometidos en 1974 a un juicio mediático que provocó airados debates televisivos y radiofónicos[20]. Brooks fue condenado a cadena perpetua por su participación probada en, al menos, seis asesinatos. Henley fue encontrado culpable de varias muertes y condenado a seis penas de 99 años en prisión. Su causa con respecto a la muerte de Dean Corll se resolvió con una absolución por homicidio justificado. Su abogado defensor, sin embargo, logró que el caso fuera revisado aduciendo que su cliente había sido juzgado antes en los medios de comunicación que en las salas de justicia, y que su juicio se había visto por consiguiente contaminado por la presión de la opinión publica. En efecto: Henley volvió a presentarse ante los tribunales en 1979, pero de poco le sirvió ya que fue encontrado de nuevo culpable y encarcelado con idéntica severidad. Lo cierto es que sólo el hecho de que fuesen menores de edad cuando Dean Arnold Corll les indujo al crimen, les libró de la pena capital.


[1] Bendeich, J. (2002). “Dean Corll”. En: The Crime Web [www.thecrimeweb.com].

[2] La pacana (Carya illinoiensis y Carya ovata) es un árbol oriundo de Norteamérica que da unos frutos, cuya almendra es dulce y comestible. Estos frutos, de forma ovoide, son del tamaño de nueces y reciben el mismo nombre del árbol. La madera de la pacana es parecida a la del nogal y muy apreciada en carpintería y ebanistería.

[3] Mass Murder in Houston. Houston, Cordovan Press, 1974.

[4] Bendeich, J. Op. Cit.

[5] Bendeich, J. Op. Cit.

[6] Wilson, C. y Seaman, D. (1997). The Serial Killers: A Study in the Psychology of Violence. Virgin Books.

[7] Actividad sistemática que, con total probabilidad, le produjo daños cerebrales irreversibles.

[8] Bendeich, J. Op. Cit.

[9] Espectacular modelo deportivo de la casa Chevrolet, especialmente popular –y deseado- en los Estados Unidos durante aquellos días.

[10] Luego se supo que se trataba de uno de los amigos que Henley había llevado a una de las amables fiestas de Dean Corll.

[11] Bardsley, M. (s.f.). “Dean Corll: The Sex, Sadism and Slaugther of Houston Candyman”. En Internet: Court TV’s, Crime Library. Criminal Minds and Methods. [www.crimelibrary.com].

[12] Ibíd. anterior.

[13] Olsen, J. (1990). The Man with Candy. The Story of the Houston Mass Murderers. New York, Simon & Schuster.

[14] Bardsley, M. Op. Cit.

[15] Ibid. anterior.

[16] Ibid. anterior.

[17] Ibid. anterior.

[18] Ibid. anterior.

[19] Olsen, J. Op. Cit.

[20] No ha de olvidarse que en aquellos días el contaje de víctimas de Dean Corll y sus secuaces, al menos 27, suponía un récord en los Estados Unidos, al superarse holgadamente las 25 de Juan Corona. Como es lógico, la truculenta y sórdida historia de los crímenes de Houston despertó el interés de toda la nación.

El paladín de la hipnosis

Tal y como Wilhelm Wundt (1832-1920) la presentó en 1879, la psicología como ciencia versaba sobre los procesos conscientes, que fueron asumidos por la propuesta introspeccionista como único área legítimo de conocimiento al tratarse del único que podría considerarse “empírico”. Ello propició que la constitución de la psicología como ciencia dejara de lado la explicación de fenómenos psíquicos evidentes como las alteraciones debidas a discontinuidades del consciente -sueños, amnesias- o los estados de sugestión inducida –hipnosis-, fenómenos que sin embargo eran bien conocidos desde la antigüedad y se encontraban en el fundamento de múltiples manifestaciones culturales. Así, la elección que Wundt justificaba a través de exigencias metodológicas, pronto fue contemplada como algo arbitrario. El caso de la hipnosis en particular y de la sugestión en general es paradigmático por cuanto la psicología se obstinó en sus comienzos en negar su existencia hasta que, finalmente, hubo de aceptarla si bien a regañadientes y con reservas, como un estado auténtico pero desusado de la mente.

Franz-Anton-Mesmer
El controvertido Franz Anton Mesmer. Genio para unos, charlatán para otros.

El primer paladín del hipnotismo fue Franz Anton Mesmer (1734-1815), un médico  austriaco de carácter visionario, que retomó las investigaciones de autores como Paracelso (1493-1541) y van Helmont (1577-1644), así como los testimonios del sacerdote Johann Joseph Gassner (1727-1779), quien se valía del hipnotismo en la práctica del exorcismo arguyendo que ciertas enfermedades estaban provocadas –cómo no- por posesiones demoníacas[1]. Sin embargo, Mesmer dio un giro radical a la comprensión del fenómeno al aplicarlo sistemáticamente al tratamiento de las enfermedades nerviosas.

El bautizado como mesmerismo se basaba en la teoría del magnetismo animal, según la cual todo ser vivo posee un fluido magnético que altera o rige su comportamiento inconsciente, y sobre el que se puede intervenir físicamente. Dicho fluido ocupaba el universo -como un éter- y, aseguraba Mesmer inspirándose en la clásica teoría humoral, la buena salud dependía del equilibrio del mismo dentro del organismo. Así pues, un manipulador eficiente del fluido magnético -o magnetizador, como gustaba de llamarlo- podría curar aquellas enfermedades relacionadas con los desequilibrios del fluido utilizando alguna suerte de magnetoterapia.

La popularidad del mesmerismo creció tan rápidamente que no tardó en desencadenarse un considerable revuelo en el seno de la medicina oficial, por lo que Mesmer fue acusado de curanderismo. Por intervención de Luis XVI, la Academia de Ciencias y la Facultad de Medicina de París arbitraron en la controversia para someter a examen la propuesta de Mesmer. La comisión creada al efecto concluyó que dicho fluido magnético no existía y que, de existir, tampoco era observable o manipulable en modo alguno. Pero no fue suficiente. La sugestiva teoría de Mesmer, paradójicamente impulsada por la interferencia de la academia parisina, se vio reactivada y despertó una polémica considerable así como el interés de un buen número de investigadores. Entre ellos se contaba el cirujano inglés James Braid (1795-1860), a la sazón acuñador del término hipnotismo.

James Braid
James Braid. Buscaba un anestésico y se encontró con la sugestión.

Interesado en la investigación de anestésicos que aliviaran el dolor de los pacientes durante la cirugía[2], Braid logró determinar que un paciente sometido a sueño inducido por hipnosis respondía al operatorio manifiestamente mejor que otro en condiciones normales. Cierto, concluyó Braid, que la hipótesis del dichoso fluido magnético era completamente falsa, pero no así la existencia del llamado estado mesmérico (o hipnosis), que podía ser perfectamente definido como un estado natural del organismo debidamente preparado y comparable en gran medida al del amnésico. Estas conclusiones, presentadas de manera incontestable, vieron la luz con la publicación en 1843 de su obra Neurohipnología.

Persistía, sin embargo, la reticencia oficial. De hecho, entre la aparición del libro de Braid y la publicación en 1864 del trabajo sobre la materia de Ambrose Liebault (1823-1904), el hipnotismo se había ido estableciendo como una práctica médica para cirujanos progresistas, aunque poco respetable y en muchos casos oculta, que venía a paliar la falta de anestesia en los quirófanos. Liebault, fundador de la conocida Escuela de Nancy (Lorena), resumía en su tratado los resultados obtenidos con un elevado número de pacientes sometidos a hipnosis y establecía una primera hipótesis acerca del origen fisiológico de lo que llamaba sugestión[3]. Sin embargo, para alcanzar alguna respetabilidad científica el hipnotismo debía ser defendido por alguna figura de gran peso académico.

Charcot, el visionario

Jean Martin Charcot
Charcot.

Jean-Martin Charcot (1825-1893), hijo de un modesto carrocero y el menor de cuatro hermanos, mostró bien pronto un talento extraordinario tanto para las artes plásticas como para los estudios, por lo que terminó siendo el elegido por el cabeza de familia para tales fines[4]. El hecho es que tras estudiar medicina, aunque nunca abandonaría sus intereses artísticos, se encontró ocupado en el Hospital de la Salpêtriere de París, y allí hubo de encargarse hacia 1870 de una sala dedicada a pacientes neuróticas y epilépticas de especial gravedad.

Se vio obligado de este modo a ampliar sus estudios, restringidos hasta entonces a la anatomía y la patología del sistema nervioso, hacia el campo de la histeria. Gracias a ello, se convertiría muy pronto en el líder intelectual de la llamada Escuela de la Salpêtriere, así como en uno de los neurólogos más eminentes de su tiempo. De hecho, cualquier médico de la época interesado en estos asuntos que quisiera hacerse respetar, tenía que contar entre sus méritos con el de haber sido becado para mantener una estancia con el gran Charcot. Bien dotado para la enseñanza y la investigación, se convirtió de este modo en un visionario de la psicopatología que no dudó en utilizar cualquier medio a su alcance. Entre ellos, claro está, se incluyó la hipnosis.

No se trata de una elección casual ni en lo científico ni en lo humano. Charcot siempre tuvo una visión espectacular de la ciencia que nunca se molestó en ocultar ni tan siquiera durante sus clases, que presentaba como auténticas exhibiciones. Hombre de mundo -conocía un buen número de idiomas y citaba a los clásicos de la literatura desde el original-, casado con una viuda inmensamente rica, dotado de un excelente don de gentes, mantenía un estilo de vida fastuoso y contaba entre sus amigos personales a los más importantes nobles, burgueses y políticos de su tiempo. No es extraño, pues, que Francia considerara a Charcot como una especie de príncipe científico, patrimonio nacional que demostraba al mundo el genio francés. Tampoco sorprende que la imagen de Charcot -unida a su innegable talento- obnubilara completamente a quienes estudiaron con él, incluido el posteriormente no menos célebre Sigmund Freud[5].

Charcot en La Salpetriere (Andre Brouillet)
Este célebre óleo de Brouillet nos ofrece una idea perfectamente clara de cómo entendía Charcot sus “exhibiciones” científicas y de cómo presentaba el fenómeno de la hipnosis. De hecho, las sesiones públicas como ésta, que ofrecía en La Salpêtriere los martes y los jueves, llegaron a convertirse en visita obligada para periodistas, escritores, músicos y artistas en general.

Los primeros contactos de Charcot con la histeria –la grande neurose– le llevaron a la desorientación por cuanto las pacientes no parecían tener daños visibles en el sistema nervioso. Hasta entonces, había supuesto como el grueso de la comunidad científica que la neurosis, en cualquiera de sus formas, era reductible a lo anatómico. Es cierto que Charcot nunca renunció a la idea de que la histeria era una enfermedad de carácter neurológico, pero la falta de referentes empíricos le llevó a reconocer el valor del hipnotismo como herramienta de trabajo. El hecho era que mediante hipnosis se podía inducir en la paciente episodios de histeria a conveniencia y en diferentes niveles, de suerte que podían ser estudiados fácilmente[6]. Así pues, el interés de Charcot por la hipnosis nunca fue terapéutico sino experimental en la medida en que permitía acceder a complejos procesos somato-psíquicos.

Tras diez años de investigación, Charcot estableció que el estado hipnótico era una condición patológica en la que ciertas personas estaban predispuestas a entrar. Así, en 1882, expuso sus conclusiones en la Academia de Ciencias de París, consiguiendo avalar de este modo, a través de su reputación científica aunque no sin polémicas ulteriores, el empleo del hipnotismo como método de trabajo “ortodoxo”.


[1] Sánchez-Barranco, A. (1993). Técnica psicoanalítica. Desarrollo histórico, conceptos básicos y fundamentos epistemológicos. Sevilla, España: Arquetipo Ediciones.

[2] Recuérdese que la anestesia farmacológica se presentó en la década de 1840, y que empezó a popularizarse como práctica terapéutica en las de 1850 y 1860, con la aparición del cloroformo y del éter.

[3] Santamaría, C. (2001). Historia de la psicología. El nacimiento de una ciencia. Barcelona: Ariel.

[4] Cagigas, A. (2000). Introducción. En: J.M. Charcot y P. Richer, Los endemoniados en el arte. Jaén, España: Ediciones del Lunar.

[5] Breger, L. (2001). Freud. El genio y sus sombras. Buenos Aires, Argentina: Ediciones B.

[6] En la antigüedad se creía que el útero era un órgano móvil, que deambula por el cuerpo de la mujer, causando enfermedades cuando llega al pecho. A ese movimiento se le atribuían los trastornos sintomáticos de la histeria como las convulsiones. Así pues, la etimología de la palabra (del francés hystérie, y éste a su vez del griego ὑστέρα, “útero”) asume que la histeria es una enfermedad del útero y, por lo tanto, propia de la mujer. Actualmente, y como es obvio, se considera que que no existe relación alguna del trastorno con el útero y que, por consiguiente, no es una entidad exclusiva de las mujeres, por lo que la denominación “histeria” se encuentra en desuso en beneficio de otras como la de “trastorno de conversión”.

 

La terrible historia de las quintillizas


En el presente, a causa de los procedimientos de fertilización artificiales, la probabilidad de que se produzcan embarazos múltiples ha experimentado cierto aumento. No obstante, que se produzcan embarazos múltiples de forma natural es raro, y la probabilidad tiende a reducirse a medida que crece el número de retoños por embarazo (por ejemplo, la cantidad de gemelos univitelinos concebidos de forma natural en España no alcanza más del 2% de todos los embarazos registrados). De hecho, un nacimiento de quintillizos idénticos (monocigóticos), sin intervención médica alguna que lo propicie, es algo tan raro que solo ha ocurrido una vez en la historia –que se sepa-. Sucedió en Canadá en la década de 1930 y, a causa de las absurdas políticas eugenésicas y de protección de la infancia imperantes en aquellos tiempos, se convirtió en motivo para la desgracia, así como para toda suerte de abusos. Y es que, por si no os lo habían dicho nunca, debéis saber que el camino del infierno suele estar empedrado con las mejores intenciones.


Elzira y las Quintillizas
Elzira Legros-Dionne junto a las quintillizas.

“Creíamos que eran gemelos, pero…”

Elzira Legros-Dionne pensaba que estaba encinta de gemelos cuando se puso de parto dos meses antes de lo previsto. Y lo cierto es que el embarazo había sido complicado desde el comienzo, al punto de que se piensa que sobre el tercer mes, tras sufrir unos calambres, pudo perder a uno de los seis que probablemente venían en camino. El médico local, el doctor Allan Roy Dafoe, que no tenía ni la más remota idea de lo que se traía entre manos, le había diagnosticado una “anormalidad fetal” y estaba convencido de que lo que viniera, si finalmente llegaba, no duraría mucho tiempo.

Así, el 28 de mayo de 1934, con la ayuda de dos matronas, trae al mundo a las cinco niñas en el hogar familiar –sorpresa- a las que inmediatamente mete entre algodones. Aquello era todo un récord pero, como decimos, Dafoe pensaba que las niñas no saldrían adelante, de suerte que las arrinconó en un lado de la cama y se preocupó por asegurar la supervivencia de la madre, que había entrado en shock tras el parto. El peso combinado de los bebés, lo único que se registró, era de unos 6 kilos y 100 gramos. Es el padre de las niñas, Oliva-Edouard Dionne, quien advierte pasado un tiempo que siguen con vida y avisa de ello a las matronas, que toman las medidas oportunas.

Estamos en una granja muy modesta ubicada en las cercanías de Corbeil, Ontario (Canadá), y acaba de comenzar un episodio ciertamente vergonzante –hoy olvidado por muchos- en la historia de ese país.

Allan Roy Dafoe y las Quintillizas
Allan Roy Dafoe posa con las niñas a las que va a destrozar la vida. Él no lo sabe, claro, y probablemente tampoco lo reconocería si pudiéramos preguntarle, pero así son las cosas.

Una gran noticia

Allan Roy Dafoe, el doctorcito de pueblo que en la vida pensó verse en otra como esta, se va a hacer muy famoso. De hecho, el nacimiento de quintillizas monocigóticas –toda una rareza, por no decir que un evento científico muy extravagante- se convierte de inmediato en una noticia de alcance internacional. Hay que tener en cuenta que estamos en lo peor de la Gran Depresión –que está afectando tanto a la economía del sur de Canadá como a la estadounidense al tratarse de vasos comunicantes-, por lo que cualquier noticia o evento que asegure entretenimiento y evasión de la cruda realidad se convierte por derecho propio en un fenómeno de masas.

Todo el mundo quiere sacar tajada del caso. Estamos en esos años en los que no hay más entretenimiento que la radio, las ferias ambulantes, los circos y las exhibiciones de fenómenos, que en aquellos pagos son tema común y bien rentable… Y, evidentemente, si hay un fenómeno que mostrar por todo el país ese no es otro que las quintillizas de los Dionne, a las que ya se conoce en todas partes, gracias a la prensa, como las “Dionne Quintuplets”, o simplemente “Quints”. De tal modo, a los pocos días, la puerta de la pequeña granja se convierte en un ir y venir de feriantes, hombres de negocios, promotores de espectáculos… Todos prometen a aquella gente miserable oro a raudales si firman un contrato con ellos. Y Oliva-Edouard, que debe pensar que le ha venido a tocar la lotería, finalmente se decide a rubricar un acuerdo para que se exhiba a las niñas en un stand de la Chicago’s Century of Progress. Algo así –imagino- como “las quintillizas de las incubadoras” o alguna otra cosa grotesca de ese tenor.

Lo cierto es que, por alguna razón que desconocemos, se impuso la cordura y el contrato nunca llegó a hacerse efectivo, pero la tentación de los padres de salir de la pobreza por la posible vía de la explotación de unas niñas de meses y endeble salud, motiva que la opinión pública se preocupe y se movilice. Es así que el gobierno se ve presionado y un tema teóricamente familiar se convierte en una cuestión de Estado que, sin duda, tuvo su máximo impulsor en el descontento del doctor Dafoe, primer interesado en asegurar la supervivencia de las crías por motivos meramente personales. De este modo, cuatro meses después de su nacimiento, las niñas son arrebatadas a sus padres por el gobierno de Ontario bajo el pretexto de que no se les considera adecuados para tener la custodia legal. Luego, en 1935, y por orden expresa del Primer Ministro canadiense, Mitchell Hepburn, el fiscal general Arthur Roebuck, regulariza la situación: la tutela de las quintillizas pasa definitivamente al estado canadiense hasta que cumplan los 18 años.

Si hay algo que sorprende en esta medida manifiestamente cínica, y antes política que humanitaria, es que los Dionne tuvieron tres hijos más tras las quintillizas (Oliva Jr., Víctor y Claude)… Y el gobierno de Canadá nunca tuvo nada que decir acerca de su validez como padres legales en ninguno de estos tres casos. Y es que donde entra un político, también entran los intereses.

Quintland
Panorámica aérea de las instalaciones de Quintland (Fuente: VintagePostcard.org).

Quintland

Como decimos, la aprobación de la Dionne Quintuplets’ Guardianship Act (1935) es el último clavo en el ataúd de las esperanzas familiares de controlar las quintillizas. Yvonne, Annette, Cécile, Émilie y Marie –que así se llaman- pasan a la custodia de la Corona Británica hasta su 18 aniversario, de suerte que sus padres solo lo serán de forma nominal, pero no tendrán responsabilidad o derecho alguno sobre la crianza y educación de las niñas. Para garantizar los adecuados cuidados de las quintillizas se construye en North Bay, a unos 14 kilómetros de Corbeil, la Dafoe Nursery, popularmente conocida como Quintland, que será dirigida como es de suponer por el doctor Allan Roy Dafoe[1]. Un tipo este destinado a la más absoluta mediocridad médica que, de repente, se ha convertido en una estrella mediática de talla mundial que incluso puede publicar artículos en revistas científicas de primer nivel que solo un año antes le estaban completamente vedadas, porque a nadie había importado nunca un pimiento lo que el tal Dafoe tuviera a bien escribir.

Dafoe contaba con todo un elenco de profesionales dispuesto a ayudarle en la tarea: dos enfermeras, un maestro, tres agentes de policía, un conserje y dos asistentas. Tenía, por lo demás, absoluta autoridad en todo lo referente a la educación y acceso a las chiquillas de suerte que la familia solo podría verlas si él lo consideraba oportuno. Y aquí viene la paradoja: poco importaba que el motivo para arrebatar a las quintillizas de su familia fuera el riesgo de explotación, pues este tinglado organizado por el gobierno se basaba precisamente en la exhibición de las niñas, evento que ocurría en dos sesiones diarias, generando así lo que suponía un enorme negocio. Miles de visitantes dispuestos a pagar su entrada para ver al fenómeno nacional, licencias para fabricación de juguetes, calendarios, tazas, baberos y todo tipo de objetos, documentales, reportajes, licencias para insertar fotos de las pequeñas en cajas de cereales, detergente, galletas… e incluso películas. Por supuesto, la familia de las niñas no veía ni un céntimo de ese río de dinero –tampoco ellas- y se presume que el doctor Dafoe, único gestor de las ganancias, solo pudo sacar de aquí la muy acomodada posición económica de la que disfrutó durante toda su vida.

Quintland, Pabellon Principal
Pabellón principal de Quintland.
Five of a Kind (1938)
Five of a Kind (1938); cartel de una de las películas en las que aparecieron las famosísimas Quintillizas Dionne.

Por hacernos una idea, se ha calculado que la presencia de Quintland, durante el tiempo que estuvo en funcionamiento, atrajo a la zona de North Bay a unos tres millones de personas, lo cual significa entre 3000 y 6000 visitantes diarios que hicieron crecer de manera exponencial los negocios hosteleros locales, al punto de que durante los peores momentos de la Gran Depresión, la North Bay Area vivía una pujanza económica sin precedentes. Tanto es así que entre los habitantes de la zona las quintillizas eran conocidas cariñosamente como las “nuggets” (pepitas de oro). De hecho, el “valor de negocio” de las Quints, se estimó en torno al medio millón de dólares estadounidenses anuales en 1938 al tratarse de un negocio que contaba con la enorme ventaja de no tener competencia alguna en el mercado[2].

Gente se agolpa a las puertas de Quintland
Gente agolpándose a la entrada de Quintland en espera del pase de las quintillizas.

No es oro todo lo que reluce

No tardó el doctor Dafoe en generarse una pléyade de incondicionales en la profesión médica dispuestos a cantar sus alabanzas, probablemente polillas que pululan alrededor de la luz de la fama, y que nunca le faltan a esta clase de gente. Prueba de ello es que incluso logró que se organizara un congreso sobre el “desarrollo” de las niñas que generó cierto ruido académico y alguna que otra controvertida publicación[3].

Pero no era oro todo lo que relucía. No es solo que el asunto estuviera montado sobre un vergonzante negocio que Dafoe justificaba asegurando que lo que único que hacía era garantizar el futuro de las niñas –cosa que luego se mostró totalmente incierta-, sino que también se cifraba en una serie de criterios pseudocientíficos y cuasi profilácticos que en realidad contravenían las bases de un desarrollo psicosocial saludable para las pequeñas. La obsesión del doctor Dafoe con la salud, la higiene y la protección “contra los gérmenes” de Quintland era tan extrema que imponía a las quintillizas una vida virtualmente carcelaria: solo interaccionaban entre ellas, solo podían desplazarse libremente dentro de ciertos lugares de las instalaciones, no conocían a otros niños ni tener amigos, solo podían socializar con los adultos que tenían acceso directo a ellas, su estilo de vida era meticulosamente controlado, la disciplina a la que eran sometidas era extremadamente férrea. Tampoco podían ser besadas o abrazadas bajo ningún concepto. No podían posar para una fotografía con naturalidad y su imagen era cuidada hasta extremos rayanos en la demencia, pues era propiedad de un periódico que pagaba escrupulosamente por la exclusiva.…[4]

Dionne Quintets - School Days (1940 - Andrew Loomis)
Uno de los populares calendarios que vendían la inexistente utopía infantil de las Dionne (School Days, 1940: Andrew Loomis).

De tal modo, entretanto los populares calendarios que vendían idílicas imágenes de aquellas niñas que parecían vivir una maravillosa utopía infantil adornaban las cocinas de millones de hogares, la realidad era que se trataba de pobres chiquillas sometidas a un régimen de vida terriblemente riguroso, en un medio inapropiado para el desarrollo de sus personalidades, aplastadas por un régimen de sangrante explotación económica que las había convertido en el medio principal de vida de un pueblo entero.

Publicidad de Palmolive (1937 - Andrew Loomis)
Publicidad de jabón Palmolive protagonizada por las quintillizas Dionne (Andrew Loomis, 1937).

Un detalle significativo: la primera vez que las quintillizas salieron al exterior de la Dafoe Nursery fue en 1939 –con cinco años-, momento en el que viajaron a Toronto para tener un breve encuentro con el rey Jorge VI, que se encontraba en Canadá realizando un viaje de Estado[5].

Con papá y mamá… Pero tampoco

Como es de suponer, Oliva-Edouard y Elzire habían mantenido una larga batalla legal contra el gobierno canadiense a fin de recuperar la tutela de sus hijas, a las que prácticamente no tenían acceso. Se veían ayudados por un creciente grupo de ciudadanos a los que la terrible injusticia que se había cometido no les era indiferente y a quienes, por cierto, la palabrería del doctor Dafoe –que por aquel entonces incluso había logrado publicar un par de famosos libros para madres- no lograba engañar. Más aún: la familia Dionne era de origen francófono entretanto Dafoe, anglófono, se había empeñado en que solo hablaran inglés… Un asunto que en Canadá es muy serio, y que solo venía a agravar la situación.

Así pues, y con el panorama descrito, en 1943, los tribunales fallaron a favor de la familia. El médico, al que se acuso de maltrato psicológico y que pasó de héroe a villano sin escalas intermedias (las polillas volaron a otra parte, que es lo que pasa cuando las luces se apagan), fue relevado de sus deberes para fallecer de una neumonía, complicada con un cáncer, en junio del mismo año[6].

Con fondos extraídos de la fundación de las quintillizas se construyó una mansión de 20 habitaciones junto a la vieja guardería para que la familia pudiera convivir reunida, y que fue bautizada como The Big House. Se mantuvo a la vieja plantilla de Quintland trabajando con los Dionne para garantizar la privacidad y bienestar de las niñas, entretanto las antiguas instalaciones fueron reconvertidas en una escuela católica para señoritas. Sin embargo, el hogar de los Dionne fue de todo menos ejemplar.

Dafoe Radio (Getty Images)
Allan Roy Dafoe, una auténtica figura pública de su tiempo, en una de sus muchas apariciones radiofónicas en las que ofrecía toda suerte de consejos sobre maternidad a la par que informaba acerca del desarrollo de las niñas Dionne (Fuente: Getty Images).

Entre las constantes ocupaciones promocionales de las niñas, el ansia del padre por recuperar cuanto fuera posible de los ingresos perdidos (y dicen las malas lenguas que quizá demasiado “cariñoso” con las pequeñas), las escasas habilidades psicosociales de unas niñas que estaban poco preparadas para llevar una vida más o menos normal, y bajo la presión de un constante escrutinio público que impedía, precisamente, normalizar las cosas, el hogar de la familia Dionne fue cualquier cosa excepto feliz, como las propias chicas manifestaron a lo largo de su vida en muchas ocasiones[7].

Por lo tanto, apenas alcanzaron la mayoría de edad, todas abandonaron el hogar y rompieron para siempre con la familia. Su vida no fue ni remotamente feliz, e incluso en algún caso llegaron al extremo de pasar toda suerte de privaciones económicas que el gobierno canadiense, el mismo que no dudó en embolsarse el río de dinero que generaron las quintillizas cuando tuvo ocasión, trataría de reparar en 1998. Tarde: para entonces, ya solo vivían tres de ellas.

A menudo, la fama solo esconde horrores.

Quintillizas en New York a los 16
Las quintillizas a los 16 años, durante una visita a New York City.

[1] The Evening Independent, 15 de marzo de 1935.

[2] Noël, F. (ed.) (2010). The Dionne Quintuplets and their entourage: Student papers on media representation. North Bay (ON), Canada.

[3] Blatz, W.E. (1937). Abstracts of studies on the development of the Dionne Quintuplets. Can. Med. Assoc. J. 37(5): 424-433.

[4] Dafoe, A.R. (1937). The physical welfare of the Dionne Quintuplets. Can. Med. Assoc. J. 37(5): 415-423.

[5] Berton, P. (2007). The Dionne’s Years: A thirties melodrama. New York City (NY): W.W. Norton & Company.

[6] http://www.thecanadianencyclopedia.ca/en/article/allan-roy-dafoe/

[7] Berton, P., Op. Cit.

La infamia del Vuelo 495


El desastre del vuelo de la compañía aérea Cubana acaecido en noviembre de 1958 es uno de los asuntos de terrorismo internacional más extraños, silenciados y controvertidos de la historia que, además, va a ser el primer secuestro de un vuelo comercial salido de un aeropuerto de los Estados Unidos. El periodista colombiano Gerardo Reyes pasó diez años tratando de esclarecer este espinoso asunto sin lograr llegar al fondo último del mismo, pero los resultados de su investigación vieron la luz en un interesante libro titulado Vuelo 495[1]. En este libro, Reyes se hizo varias preguntas que nunca han sido respondidas. La principal de ellas: ¿por qué un episodio tan nefasto como éste nunca ha salido a la luz a pesar de que La Habana y Washington llevan más de 50 años lanzándose mutuos reproches?


vuelo-495
Portada del libro de Gerardo Reyes que inspira esta entrada.

1 de noviembre de 1958

Son 16 las personas que esperan en el aeropuerto de Miami para tomar el vuelo 495 de la compañía aérea Cubana, con destino a Varadero[2]. El aparato, un Vickers Viscount 755D, ronronea en la pista a la espera de ser abordado por el escueto pasaje y la situación es tensa en la isla, por lo que volar allá empieza a ser cosa complicada. Faltan apenas dos meses para el triunfo de la revolución castrista, aunque nadie lo sabe todavía, y estamos en la antesala de la conocida como Batalla de Guisa, que comenzaría el 20 de noviembre. Todos aquellos que suben al avión lo ignoran aún, pero van a ser víctimas de un acontecimiento histórico sumamente controvertido y silenciado por los gobiernos cubano y estadounidense durante décadas. Ello, aún a pesar de que cinco de los 14 pasajeros que fallecerían aquel día eran titulares de un pasaporte de los Estados Unidos.

El vuelo acumula varios retrasos, pero nadie explica nada. Simplemente, en un momento dado, se da la orden de embarque y las 16 personas que esperaban en la terminal suben a bordo. No podían deberse las tardanzas a nada grave pues el viaje Miami-Varadero apenas duraba 45 minutos, por lo que los pasajeros atribuyen demora a algún inconveniente durante las operaciones a pie de pista.

Todo parece normal, pero no es así. El destino va a jugar una inesperada –quizá insospechada- broma cósmica a los pasajeros del Vuelo 495 pues, en un momento dado, cinco hombres de entre el pasaje que se identifican como miembros del Movimiento 26 de Julio (M-26-7)[3], se uniforman, toman el control del aparato, y comunican que el avión se va a desviar a algún lugar de la región oriental de Cuba. ¿El motivo? Pues al parecer el aparato llevaba en su bodega armas y municiones introducidas de manera subrepticia –nadie sabe cómo y este punto jamás ha sido aclarado si bien parece claro que habría sido imposible sin la complicidad del personal de la compañía aérea en Miami-, supuestamente destinadas a los rebeldes de Sierra Maestra[4], donde Fidel Castro, acompañado de su hermano Raúl y otros miembros del M-26-7, están en aquellos días preparando el golpe final contra el gobierno de Fulgencio Batista.

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Un Vickers Viscount 755D de la compañía británica Invicta Airlines, idéntico al empleado por Cubana de Aviación. Este modelo y sus aparatos “hermanos”, fabricado por Vickers-Armstrong, fue muy exitoso y empleado por múltiples líneas aéreas comerciales para sus vuelos de corta duración durante las décadas de 1950 y 1960.

Las cosas no funcionan

Parece que la operación del comando será incruenta en la medida que el pasaje no implicado en el secuestro acepta la broma cósmica con deportividad, a la par que la tripulación del aparato decide colaborar, pero algo no saldrá bien. A su llegada a destino el vuelo no encuentra un lugar apropiado para el aterrizaje y, tras varias intentonas, a punto ya de quedarse sin combustible –que para un viaje corto como aquel no debía ser mucho-, el piloto intenta aterrizar a la desesperada en una pista inapropiada por su escasa longitud próxima al Central Azucarero de Preston[5]. Todo parece esperar que alguien les estaba esperando en aquel lugar.

No saldrá bien. El avión terminará cayendo en el mar y falleciendo en el accidente 14 de los 16 pasajeros, entre los que se contaban cuatro niños y una mujer embarazada. Y nos queda por sumar a la historia un detalle bastante relevante: el personal de la compañía aérea pareció hacer todo lo posible para evitar que esta familia con niños tomara aquel vuelo, cosa que al final no pudo impedir de manera razonable. Como mínimo, sospechoso.

Así las cosas, parece que la tragedia era lo suficientemente importante –recordemos que nos encontramos en 1958, esto no era algo común en aquel momento, y han perdido la vida al menos cinco ciudadanos estadounidenses- como para despertar el interés del gobierno y los medios de comunicación internacionales, pero un extraño velo de misterio se abatirá sobre el acontecimiento, al punto de quedar prácticamente silenciado.

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Mapa de la región de Nipe, donde tuvo lugar la tragedia del Vuelo 495.

Teoría de la conspiración

En opinión de Gerardo Reyes, había elementos de sobra para que este silenciamiento se produjera, comenzando por el hecho de que el triunfo de la revolución castrista era algo tenido ya por seguro, y que la CIA había abandonado a su suerte al gobierno de Batista, cuya corrupción era algo ya inasumible. Por todo ello, el gobierno de los Estados Unidos estaba convencido a aquellas alturas de que el éxito de los revolucionarios era un mal menor, y se contemplaban los acontecimientos cubanos con cierto aire de “encantamiento”. Cabe recordar en este momento una de las cartas que Ernesto “Che” Guevara envió al escritor argentino Ernesto Sábato en las que afirmaba que uno de los grandes problemas de la revolución era que Eisenhower nunca les había tomado en serio. O lo que es igual: los norteamericanos siempre creyeron que, ganara quien ganara aquella guerra, siempre podrían controlar la situación[6].

Así las cosas, las agencias de noticias nunca publicaron fotografías de la tragedia –por ello no podemos ilustrar esta entrada con imagen alguna del accidente-, a la par que Fidel Castro, siempre aseguró, al ser interpelado por este hecho, no haber autorizado jamás la operación de la que aseguró no conocer detalle alguno. La teoría de Reyes a este respecto, difícil de contrastar, es que los secuestradores eran un grupo de jóvenes entusiastas de Miami que pretendían vincularse al movimiento guerrillero cubano. De hecho, en aquel momento era fácil encontrar a muchos de ellos en la ciudad norteamericana vendiendo bonos para apoyar a la revolución castrista.

Los Estados Unidos, por su parte, y pese a tratarse del primer secuestro de un vuelo salido de suelo norteamericano, encontraron la forma de sacar elegantemente el suceso de los anales: eludieron investigar el hecho aduciendo que no tenían jurisdicción sobre el lugar del accidente y que el problema era una cuestión interna de las Autoridades cubanas. Raúl Castro, por su parte, pasados dos meses del desastre, zanjó la cuestión al manifestar que la peripecia del Vuelo 495 de Cubana había sido una “heroica estupidez”. Consecuencia: el asunto se dio por cerrado por ambas partes de una manera absolutamente vergonzante, pero perfectamente conveniente.

Esta historia como todas tiene una moraleja, por supuesto. Quizá debiera aleccionar a los gobiernos –y a no pocos particulares- de los peligros inherentes a adoptar posturas que, desde la legitimidad que les otorga sus posiciones pero con una extraña moralidad, ofrecen argumentos fuerza al terrorismo cuando evalúan de manera dispar los acontecimientos en función de quién hace qué, de a quién se hace algo, y de qué es lo que se hace en cada caso.

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Escudo del Movimiento 26 de Julio.

[1] Bogotá: Grijalbo (Penguin Random House), 2015.

[2] Varadero, en Cuba, pertenece al municipio de Cárdenas, y está situada en la península de Hicacos, provincia Matanzas, a 130 kilómetros al este de La Habana.

[3] El movimiento 26 de Julio, liderado por Fidel Castro, toma su nombre de la fecha del asalto al Cuartel Moncada en Santiago de Cuba, acaecido el 26 de julio de 1953. Nació clandestinamente el 12 de junio de 1955. Por aquel entonces Castro acababa de ser amnistiado y liberado de la cárcel donde se encontraba cumpliendo una condena por haber encabezado, precisamente, el susodicho asalto. Fue gracias a esta acción que un desconocido Fidel Castro, quien ya era uno de los líderes del Partido Ortodoxo, se convirtió en un personaje célebre entre los cubanos.

[4] La mayor cordillera del país, bordea la costa sur-oriental de Cuba desde Cabo Cruz hasta la Punta de Maisí, y tiene alrededor de 250 kilómetros de largo por 60 de ancho.

[5] En la región de Nipe, explotada por la compañía norteamericana United Fruit Sugar Company, que es quien dio el nombre al lugar.

[6] Nos referimos a la fechada en 12 de abril de 1960: “Según sus hojas de testificación donde decía: ‘nacionalizaremos los servicios públicos’, debía leerse: ‘evitaremos que eso suceda si recibimos un razonable apoyo’; donde decía: ‘liquidaremos el latifundio’ debía leerse: ‘utilizaremos el latifundio como una buena base para sacar dinero para nuestra campaña política, o para nuestro bolsillo personal’, y así sucesivamente. Nunca les pasó por la cabeza que lo que Fidel Castro y nuestro Movimiento dijeran tan ingenua y drásticamente fuera la verdad de lo que pensábamos hacer; constituimos para ellos la gran estafa de este medio siglo, dijimos la verdad aparentando tergiversarla. Eisenhower dice que traicionamos nuestros principios, es parte de la verdad; traicionamos la imagen que ellos se hicieron de nosotros, como en el cuento del pastorcito mentiroso, pero al revés, tampoco se nos creyó”.

La salud del pueblo

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Famosos carteles de propaganda nazi en favor de las políticas eugenésicas.

La consideración de la eugenesia como ciencia –en realidad una pseudociencia emergente- en Europa y Estados Unidos, fenómeno que venía consolidándose desde finales del siglo XIX, vino a coincidir en su última fase con el ascenso de Hitler al control del NSDAP y, posteriormente, del nazismo al poder en Alemania. Así pues, y frente a la idea extendida de que la eugenesia fue un resultado de la ideología nazi, la realidad es ambos hechos operaron como fenómenos convergentes[1].

Lo cierto es que el paradigma médico del nacional-socialismo entendía que la medicina tenía la función social del Volkgesundheit: la promoción de la salud sociocultural e incluso espiritual de la nación alemana más allá de la curación de eventuales dolencias fisiológicas. Una idea no alejada de otras sostenidas por muy respetables figuras médicas británicas o estadounidenses que abogaban -alguno todavía asoma la patita por ahí de vez en cuando- desde hacía décadas por las esterilizaciones selectivas y el control poblacional como formas de mejora psicosocial. Lamentablemente, el reverso de esta ideología residía en la consideración de ciertas personas y/o colectivos a los que se estimaba física o mentalmente “inferiores” como “riesgos” para el bienestar social, cultural, político o económico del país. La lógica conclusión de este planteamiento era evidente: resultaba tan razonable como exigible la esterilización, encarcelamiento o exterminio de tales personas, o bien de su contribución a la sociedad como sujetos experimentales. La manera oficial –eufemística- de denominar a estos procedimientos de supresión de los “seres inferiores” fue la de “eutanasia”[2]. Digamos que, a diferencia de lo sucedido en otros países en los que estos idearios contaban con un buen número de partidarios, la Alemania nazi contó la posibilidad de ponerlos en marcha de forma efectiva bajo el auspicio de un gobierno totalitario, ideológicamente convencido y bien dispuesto a invertir recursos en la cuestión.

Del “Programa T-4” (Aktion T-4) a la “eutanasia salvaje”

La primera fase de “limpieza” exigida por el criterio perverso de la Volkgesudnheit fue autorizada por Adolf Hitler en 1939 y recibió el nombre burocrático de “Programa T-4”. Ello se debió a que la organización del programa tenía su sede en el número 4 de la berlinesa Tirgartenstrasse. Para su adecuado funcionamiento se establecieron, a partir de 1940, hasta un total de seis centros, comenzando por el abierto en Brandenburgo en las instalaciones de una vieja prisión.

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Algunos niños del “Programa T-4”.

La primera fase consistió en el asesinato sistemático de niños con toda suerte de discapacidades físicas y/o psíquicas, si bien luego se fue extendiendo hacia otros colectivos como enfermos mentales, alcohólicos, drogodependientes, homosexuales, discapacitados en general o disidentes políticos partidarios de ideologías “enfermizas”. Los pacientes eran seleccionados y transferidos desde todos los hospitales del Reich a cualquier de los centros anteriormente mencionados para la recepción del adecuado “tratamiento” –así era denominado de suerte aséptica-. Y se trabajó con enorme eficacia pues en agosto de 1941 ya habían sido “procesadas” 70.000 personas a instancias del T-4. Sin embargo, y como no podía ser menos, el programa recibió una fuerte contestación social que condujo a su cierre. En realidad se trató de una medida de maquillaje político, pues el gobierno no tenía ni la más mínima intención de parar el proceso de “limpieza”.

Lo que se hizo en realidad fue desmantelar los centros del T-4 para trasladarlos a lugares menos obvios y más controlados, como los campos de trabajo de Treblinka, Sobibor y Belzec, o bien a diferentes hospitales apartados del control público. Se inició así una segunda fase del proyecto conocida como “eutanasia salvaje” a causa del embrutecimiento de los procesos de eliminación y el aumento progresivo del número de sujetos “procesados”. A partir de este momento los métodos de exterminio favoritos del programa para terminar con la vida de los “desechos sociales” van a ser la muerte por hambre[3], las sobredosis medicamentosas, el sometimiento a procedimientos experimentales extremos, o la inyección de burbujas de aire en vena[4].

Meseritz-Obrawalde

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Fachada del edificio principal de Meseritz-Obrawalde en la década de 1930 [Fuente: deathcamps.org]

Especialmente activo resultó ser el centro de Meseritz-Obrawalde, en el que se cometieron en torno a 10.000 asesinatos, por lo que sus actividades han sido profusamente documentadas. El centro se fundó en 1904 y perteneció hasta 1937 a la provincia alemana de Posen (Prusia Occidental). En 1938, con la reorganización provincial promovida por el gobierno, dicha provincia se disuelve para repartir su territorio en otras, con lo que Obrawalde se integra en la de Pomerania. Tras la invasión soviética y la consiguiente reorganización de fronteras impuesta por el final de la Segunda Guerra Mundial, el territorio retornó finalmente a Polonia, que mantenía una demanda histórica sobre él desde el siglo XVII, y la localidad pasó a denominarse Obrzyce. Tras la reforma territorial emprendida por el gobierno polaco, desde 1999 se integra en el distrito de Miedzyrzecz (Voivodato de Lubusz). Actualmente, el hospital sigue en funcionamiento como centro psiquiátrico.

A comienzos de la década de 1930 el hospital de Meseritz-Obrawalde estaba dedicado a la medicina general y, por lo que parece, su funcionamiento interno era excelente. No obstante, desde el momento en que el centro pasó a depender de la provincia de Pomerania se hizo evidente que las autoridades nazis tenían otros objetivos para aquellas instalaciones. Se cerraron todos los departamentos dirigidos por especialistas y el lugar se reconvirtió en un manicomio masificado al que se transferían sistemáticamente los pacientes en peor estado, de suerte que en el bienio 1939-1940 pasó de los 900 internos iniciales a los 2.000. Y todos ellos bajo el control de tan solo tres médicos, los doctores Mootz y Vollhein –ambos mayores de 65 años-, así como la doctora Hilde Wernicke, sin que se asignara con posterioridad otros médicos al centro. Así las cosas, y como era esperable, las condiciones del hospital empeoraron de manera muy rápida[5].

El procedimiento estándar por el que un paciente terminaba en este hospital estaba diseñado, fundamentalmente, para evitar la posible interferencia de familiares o amigos de los enfermos, así como de cualquier otra influencia externa que pudiera “interrumpir el proceso”. Las personas llegaban en tren o autobús, bajo la estricta vigilancia de los empleados, sin que constara en parte alguna de los historiales los motivos del traslado o el destino último del sujeto. De este modo, quien preguntaba por alguno de los pacientes quedaba inevitablemente atascado en un sinfín de pesquisas burocráticas que jamás se resolvían porque, en realidad, ningún funcionario –ni aun con la mejor de las voluntades- podía determinar con exactitud qué había pasado y, por lo demás, siempre existía la excusa de los problemas derivados de la guerra para ralentizar las pesquisas o impedir posibles visitas.

La situación general empeoró aún más en 1941, cuando se designó director del hospital a Walter Grabowski, un gerente que descollaba por contarse entre los miembros más radicales del NSDAP y que, obviamente, había sido destinado allí como hombre de confianza. Dado que Grabowski tenía perfectamente claros los objetivos de su nombramiento, sus primeras decisiones se destinaron de manera muy específica a provocar una baja radical en la moral de médicos y empleados con la finalidad de acelerar el proceso de eliminación de los pacientes con el menor coste posible. Así, impone turnos de catorce horas con un solo día libre cada dos semanas, reduce drásticamente los suministros médicos, limita los procedimientos higiénicos despidiendo a la mitad del personal de limpieza, reduce la plantilla dedicada a tareas administrativas, y procede a un amontonamiento de los enfermos en un número reducido de pabellones a fin de que pudieran ser controlados más fácilmente por menos personal. Por lo demás, una de sus tácticas favoritas era la de intimidar a los empleados del hospital que pretendían elevar alguna queja. De este modo, en muy poco tiempo la mortalidad “natural” aumenta a la par que todo se torna miserable y sumamente angustioso. Muy pronto, y así lo explicó la propia Hilde Wernicke, se hizo imprescindible seleccionar a los pacientes que estuvieran en “mejores condiciones” para que desarrollaran tareas en el hospital de acuerdo a sus respectivas capacidades.

De tal modo, cuando en la primavera de 1943 se designa oficialmente a Meseritz-Obrawalde como centro específico para el programa de eutanasia, Grabowski ya ha generado las condiciones psicológicas y materiales adecuadas para que a todos los empleados del hospital les parezca algo muy normal, incluso necesario, “terminar con el los sufrimientos” de aquella pobre gente que no deja de llegar en trenes y autobuses.

La banda del cementerio

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La enfermera Amanda Ratajzcak. Participe en los crímenes del hospital. [Fuente: http://www.t4-dekmal.de].

El doctor Mootz y la doctora Wernicke asumen la nueva tarea como un “deber patriótico” e inician los procesos de selección siguiendo dos criterios fundamentales: 1) Eliminación de los pacientes inútiles; y 2) eliminación de aquellos pacientes que, si bien “mentalmente aptos”, están tan enfermos que no pueden desempeñar trabajo alguno. Por otra parte, y aunque se decidió dejar fuera de las tareas de eutanasia a los empleados del hospital, Grabowski decidió ofrecer primas económicas a los trabajadores que decidieran implicarse voluntariamente en esta tarea especial. Ello motivó que dos enfermeras, Helene Wieczoreck y Amanda Ratajzcak, formaran parte activa en el proceso de exterminio.

El hecho de que Meseritz-Obrawalde contara con unas instalaciones amplias y un buen surtido de pabellones permitía que las tareas de exterminio pasaran virtualmente inadvertidas para el grueso de los ingresados. Así, las ejecuciones, generalmente mediante inyección letal, solían aplicarse en los edificios 1 (guardería), 6 y 8 (enfermedades infecciosas), 9, 10 y 18[6], lejos de miradas indiscretas o posibles sospechas.

La metodología era sencilla. Los pacientes seleccionados eran trasladados por sus cuidadores habituales al edificio designado para el exterminio e introducidos en una sala de aislamiento con la excusa de alguna clase de examen o procedimiento similar. En el caso de que el sujeto se mostrara especialmente díscolo, era adecuadamente sedado. A continuación, se procedía a su ejecución mediante la inyección de una sobredosis de barbitúricos, o bien la ingesta de los mismos disueltos en agua. En los momentos en los que los medicamentos escaseaban, se procedía a la consabida inyección de aire en vena. A continuación, los cadáveres eran retirados e inhumados por los propios cuidadores en el cementerio con el que contaba el propio hospital, si bien, a medida que la cantidad de asesinatos fue incrementándose, se seleccionó a un grupo de pacientes para este fin a los que se conocía con el apodo de la “banda del cementerio”. En última instancia, Mootz y Wernicke cumplimentaban los certificados de defunción de los pacientes, atribuyendo sus muertes a toda suerte de causas ficticias más o menos relacionadas con su patología original. Dichos certificados eran enviados a las familias para así cerrar el círculo administrativo dentro de la más estricta “legalidad”.

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Lápidas numeradas empleadas en las tumbas del cementerio de Meseritz-Obrawalde. [Fuente: deathcamps.org].

 Cumplir con la ley

Tras la guerra, solo la doctora Hilde Wernicke –que por cierto no tiene absolutamente nada que ver con el fisiólogo Carl Wernicke- pudo ser capturada y juzgada. Los doctores Mootz y Vollhein, de cuya vida se sabe realmente poca cosa, lograron fugarse y terminaron en paradero desconocido[7].

Gertrud Emmy Hilde Wernicke había nacido en 1899 en Schleswig (Schleswig-Holstein), hija de un oficial del ejército. Se graduó en medicina en la Universidad de Marburgo y, posteriormente, trabajó como médico asistente en una institución mental de Regensburg. Fue trasladada, también como asistente, a Meseritz-Obrawalde en 1927, alcanzando el puesto de directora médica en dicha institución en 1929. No se trataba, como vemos, de un médico mejor o peor que otro ni tenía especial interés en cuestiones políticas, pero sí le sucedió, como a otros muchos médicos jóvenes y con deseo de progresión profesional en aquellos días, que no tardó en advertir el interés del partido nazi por la eugenesia, la medicina y la farmacología, lo cual la impulsó a ingresar en las filas del NSDAP en 1933. Entraría a formar parte del partido nacional-socialista femenino (Nationalsozialistische Frauenschaft) en 1939. Tras participar activamente en el horror rutinario de Meseritz-Obrawalde, escapó con la llegada de las tropas soviéticas. Junto con su amiga, la enfermera Wieczorek, se trasladó al hogar paterno en Wernigerode (Alta Sajonia), al que llegó el 3 de febrero de 1945. En abril ya se encontraba ejerciendo la medicina de nuevo, cosa que hizo hasta su arresto definitivo el 10 de agosto del mismo año.

Es dudoso, como decimos, que Hilde Wernicke fuera una nazi convencida y, de hecho, ella se reconocía simpatizante del ala derecha de la Coalición de Weimar, un partido moderado que se vio muy erosionado políticamente por las posturas extremas, tanto desde la derecha (NSDAP) como desde la izquierda (KPD), hasta su desaparición definitiva en 1932. Más aún, se sabe que cuando las cosas empeoraron de manera radical en el hospital solicitó un traslado que nunca se le concedió, pero no es menos cierto que se implicó activamente –ella dijo que por temor- en las muertes y que su afiliación al nacional-socialismo obró como elemento útil para racionalizar sus crímenes a posteriori[8].

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Hilde Wernicke declara ante el tribunal que la juzgó en 1946. [Fuente: Schleswiger Nachritchtten].

El testimonio de Hilde es significativo pues se suma al de otros muchos médicos, jueces, abogados y etcétera alemanes que colaboraron activamente con el nazismo en sus terribles actividades y que dejan entrever el horror que puede llegar a alcanzar la racionalidad bien administrada cuando las personas se ven envueltas en situaciones morales y materiales, tan terribles como venenosas, que las inducen a tratar de comprender y justificar lo que resulta de todo punto incomprensible e injustificable. Para ella sus actos eran un “deber de guerra” o un “deber patriótico” –nunca llegó a tenerlo claro del todo-, a la par que resultado del temor a perder su carrera si se negaba a matar, pues sabía que habría otros médicos mucho menos escrupulosos y bien dispuestos a ocupar su lugar, cosa que el gerente Grabowski nunca dejó de recordarle. Por lo demás, las disonancias cognitivas y las argumentaciones “post-hoc” de Wernicke resultan muy esclarecedoras: ella “nunca mató a nadie”, ni se consideraba “responsable” de las muertes por cuanto, en efecto, preparaba los cócteles de medicamentos que se suministraba a los pacientes pero eran las enfermeras quienes hacían el trabajo sucio. Por lo demás, siempre manifestó “recibir órdenes” que en todo caso se encontraban “de acuerdo con la ley”. Consecuentemente, no podía verse a sí misma como una asesina sino, tal vez, como una herramienta que facilitaba “muertes piadosas” a pacientes en muy mal estado que “en todo caso habrían muerto pronto por sí mismos”. Más aún: “mis pacientes estaban muy vinculados a mí y jamás se sintieron amenazados; Obrawalde no era un campo de concentración”[9].

Sea como fuere, Hilde Wernicke fue sentenciada a muerte el 23 de marzo de 1946 por su participación probada en el asesinato de 600 pacientes. Su apelación sería rechazada, haciéndose efectiva la condena por parte del gobierno de la República Federal Alemana, y junto con la de Helene Wieczorek, el 14 de enero de 1947 en Berlín.

Moraleja: cuidado con afiliarse a las panaceas de salud, la homogeneización de conductas, el pensamiento único, lo políticamente correcto y el totalitarismo moral… No vaya a ser que el primero que no encajes en el estándar seas tu.


[1] Benedict, S. y Chelouche, T. (2008). Meseritz-Obrawalde: a “wild euthanasia” hospital of Nazi Germany. History of Psychiatry, 19 (1): 68-76.

[2] López-Muñoz, F. (2015). Panacea encadenada: La farmacología alemana bajo el yugo de la esvástica. Barcelona: Real Academia de Doctors.

[3] Uno de los métodos favoritos de ejecución y “depuración” de nazis y soviéticos, como puede verse en Snyder, T.D. (2010). Tierras de Sangre: Europa entre Hitler y Stalin. Barcelona: Galaxia Guttenberg / Círculo de Lectores.

[4] Friedlander, H. (1995). The origins of Nazi Genocide. Chapell Hill (NC): The University of North Carolina Press.

[5] Sagel-Grande, I.; Fuchs, H.H. & Rütter, C.F. (1979). Justiz und NS-Verbrechen, Heil-und Pflegeanstaldt Meseritz-Obrawalde, Vol. XX. Amsterdam: University Press Amsterdam.

[6] Ibid. anterior.

[7] Benedict, S. y Chelouche, T. (2008), op. cit.

[8] Michael, R. & Doerr, K. (2002). Nazi-Deutsch Nazi-German. Westport (CT): Greenwood Press.

[9] Testimonio de Hilde Wernicke. Landesgericht, Berlin, 7 de diciembre de 1945. El archivo se puede localizar en el Yad Vashem de Jerusalén, archivo TR 10/2584; cit. en Benedict, S. y Chelouche, T. (2008).

El caso del “Zurrumbón”

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Juan Díaz de Garayo: ¿Se fiaría usted de un tipo con esta cara?

En un tiempo en el que la frenología de Franz Joseph Gall, las teorías sobre el criminal nato de Cesare Lombroso y la craneometría de Anders Retzius eran aún tenidas por ciencias serias, Juan Díaz de Garayo y Ruiz de Argandoña se constituía en el paradigma del criminal por naturaleza, de nacimiento y sin posibilidad de eludir un destino prefigurado por fuerzas cósmicas. Un hombre que tampoco podría ser jamás rehabilitado o redimido. No en vano, su cráneo era deforme, brutal. Rostro ancho, frente abombada, cejas prominentes, occipucio muy retrasado y puntiagudo, mandíbulas enormes, pómulos exageradamente marcados, ojos hundidos… Piénsese que por aquel entonces -paraíso pseudocientífico- tener las cuatro muelas del juicio como este que les escribe era considerado un rasgo de primitivismo y tendencia criminal, de suerte que poco más que el garrote vil podía esperar a un individuo portador de las deformidades del maldito Garayo.

Eso sí, y no exageremos, tampoco era “un neandertal” como he llegado a leer por ahí, que hay mucho amigo de la hipérbole suelto. Miren ustedes las fotografías que acompañan a este texto y díganme si alguna vez no han visto suelto por ahí a algún mastuerzo de este talante. Yo, desde luego, sí.

Quienes llegaron a examinarle tras su detención, sin duda instalados ya en el prejuicio inevitable de los malsanos crímenes que había cometido, miraban a un hombre pero no veían otra cosa que un animal. Tal fue el caso del afamado doctor alicantino José María Esquerdo y Zaragoza, quien se interesó por el estudio psiquiátrico de este sujeto y le visitó varias veces en la cárcel. Su análisis del reo, realizado a ojo cual cabe deducir de su testimonio, no escatimaba calificativos como el de “anormal”. Su erudito diagnóstico, observado desde el presente, es de puro escándalo: Imbécil moral[1]. Con apreciaciones y “tecnicismos” de este estilo se pavoneaba Esquerdo en los círculos del saber, conferenciando por doquier, argumentando que un tipo como Díaz de Garayo le podía parecer completamente normal a cualquiera sin experiencia psiquiátrica. Pues vaya.

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El célebre Doctor Esquerdo, encargado del examen de Garayo.

El hecho es que este animal imbécil llamado Juan, apodado Zurrumbón por quienes le conocían, llevó al parecer una existencia completamente normal hasta frisar la cincuentena. Hombre fortalecido por el trabajo duro, de estatura mediana y cuello de toro, tenía al parecer un insaciable apetito sexual que le llevó a casarse hasta cuatro veces, pues enviudó en tres ocasiones, a fin de tener la cama caliente. Es muy probable que de haber logrado satisfacer sus ansias dentro de las uniones matrimoniales sucesivas nunca hubiera llegado a cometer los asesinatos, pues con su primera mujer estuvo casado trece años y nunca se advirtieron en él tales tendencias. El problema, por lo que parece, es que las otras no supieron, no quisieron, o no pudieron tenerlo contento en el cuadrilatero de las sábanas blancas, con lo que Garayo se transformó en el tópico individuo explosivo con la cabeza henchida de ideas raras, bomba ambulante, que podía reventar en el momento menos pensado, por cualquier motivo.

Marzo de 1870

Por aquellos días no existían en muchos lugares de la geografía española burdeles establecidos, y un buen número de mujeres se veían obligadas a ejercer la prostitución, bien fuera temporalmente, al raso de caminos y aldeas. Las meretrices –especialmente las no habituales, que se veían obligadas a tal empleo por los reveses de la vida- ejercían donde salía, y el oficio era generalmente ambulante. En el mejor de los casos un grupo de mujeres regentado por un proxeneta -o una madame- se desplazaba de aldea en aldea con cierta seguridad, en carros traqueteantes y desvencijados, que podían obrar de inopinado prostíbulo. En el peor, una mujer solitaria, a pie, presta al ejercicio más antiguo con quien le saliera al paso –cosa que no era inhabitual-. Bien lo sabía Juan Díaz de Garayo. Por eso cuando -según dijo luego- “los demonios se apoderaron de su mente”, decidió ocultarse a la vera de uno de aquellos caminos en espera de aquella mujer solitaria que ya había divisado en lontananza.

En efecto. La prostituta, conocida por muchos con el mote de la Valdegoviesa, apareció en el camino del polvorín viejo de Vitoria, ya en las afueras solitarias de la ciudad, y el Zurrumbón se le cruzó el paso para llevársela bosque adentro. Ella le siguió el juego porque igual daba uno que otro y el dinero es el dinero, pero Juan Díaz de Garayo era mal cliente: no estaba dispuesto a pagar el precio requerido –cinco míseros reales- para obtener lo que bien podía salirle gratis. De este modo, echando mano de sus incuestionables argumentos físicos, la arrastró hacia los árboles, se aferró a su garganta y le oprimió cuello hasta que perdió el conocimiento. Acto seguido la desnudó, satisfizo sus necesidades, y la remató sumergiéndola en un riachuelo. Luego se fueron los demonios y vino la conciencia. Cuando el ya satisfecho Juan se hizo consciente de sus actos escapó de allí a todo correr.

Pasó un largo año -que se sepa- hasta que los demonios volvieron a pasar factura al Sacamantecas.

Primavera de 1871… Y más allá

Era el mismo paraje desierto y otra prostituta, una viuda pobre que sobrevivía vendiendo su cuerpo y a la que se conocía por aquellos pagos como la Riojana. Vuelta a empezar. Esta vez el crimen serviría para que los insaciables diablillos que movían al Zurrumbón callaran durante otro año y medio, hasta agosto de 1872 en que se volvieron a hacer notar con energías renovadas porque Garayo ya le había cogido el tranquillo y, además, había descubierto una terrible evidencia: a nadie le había importado ni un comino la muerte de aquellas mujeres.

Así que con su modus operandi habitual finiquitó primero a una muchacha de trece años y luego, de forma sucesiva, a otra prostituta. Las circunstancias de ambos asesinatos variaron poco con respecto a los primeros, salvo que ahora Garayo empezaba a perfeccionarse: a la última mujer le arrancó un largo alfiler que llevaba para sujetarse el peinado y se ensañó con ella hasta la saciedad, clavándoselo reiteradamente en el pecho. Sin embargo, y pese a la enorme cantidad de literatura que rueda sobre el caso, no ha quedado claro que el Sacamantecas de Vitoria realmente despanzurrara a sus víctimas, o practicara el canibalismo. Las lagunas de su propio testimonio hacen pensar que, en efecto, pudo llegar a consumir la sangre de alguna de sus víctimas e incluso a probar sus entrañas, pero no parece que estas circunstancias concurriesen en todos los casos, y tampoco es fácil decidir cuánto de lo que Díaz de Garayo dijo, a posteriori, fuera verdad y cuánto fue resultado de su imaginación presidiaria… O de la mano de bofetadas que le arrearon, que también debieron contribuir lo suyo al engrandecimiento del relato.

Sin embargo, cosa común en los criminales psicológicamente trastornados, no era un hombre inteligente y, como asesino, funcionaba de manera asistemática y poco planificada. Su mejor aliado, siempre lo fue para los criminales rurales en aquella España subdesarrollada, era la falta de control policial sobre campos y caminos, así como la poca -o nula- preparación y la escasa dotación de los agentes de la ley. También la suerte. Lo errático de sus crímenes hace pensar que actuaba sin método, cuando se le presentaba la ocasión y la necesidad de satisfacer sus repulsivos instintos se le hacía apremiante. Era un asesino desorganizado. Esto explica el hecho de que muchas de las mujeres a las que agredió -o intentó agredir- lograran a la postre zafarse del que puede presumirse brutal abrazo de este fornido individuo. De tal modo que, en agosto de 1873 se le escapó una prostituta, y en 1874, una mendiga a la que no pudo echar el guante.

Es posible que esto le detuviera momentáneamente por miedo a ser capturado, o puede que no. Nunca lo sabremos con certeza puesto que se piensa que cometió muchos crímenes más de los que confesó o se le pudieron probar. Concurre además la circunstancia de que en esta época enviudó de su tercera esposa y volvió a casarse con una tal Juana Ibisate, de suerte que bien pudiera ser que sus grotescos impulsos sexuales se vieran cumplidamente satisfechos durante una larga temporada.

El caso es que el siguiente asalto reconocido del Zurrumbón, que también terminó en fracaso, tuvo lugar cuatro años después, en noviembre de 1878. Ahora el objetivo seleccionado fue la molinera de Las Trianas, que logró zafarse de él antes de que consumara el delito para denunciarle por asalto. Dos meses de cárcel le costó a Garayo el trance. Sorprende que en aquel tiempo a nadie se le ocurriera relacionarle con los anteriores crímenes del que ya se conocía como Sacamantecas. También fracasó en su intentona de agosto de 1879, cuando abordó a una anciana en la carretera de Castilla. La mujer acertó a propinarle una patada en los genitales y huyó, pero el asesino la siguió para averiguar donde vivía y compró su silencio con nada menos que veinte pesetazas de la época que, para un campesino como él, debían suponer los ahorros de años de privaciones y sudor. Todo menos regresar a los rigores del penal.

Un alguacil disciplinado

El pánico cundía ya en el campo alavés, así como en algunas áreas de Burgos a las que el trabajo o el vagabundeo –su segunda gran afición- habían llevado Díaz de Garayo. Las mujeres se encerraban en sus casas en un radio de cien leguas a la redonda del territorio de acción del Zurrumbón. Las autoridades se esforzaban en la empresa de atraparlo, pero no había forma de dar con él y tampoco, todo sea dicho, se sabía muy bien por dónde comenzar. Su conducta dispersa, los enormes lapsos temporales entre cada golpe conocido del criminal, contribuían en gran medida a despistar a los agentes de la ley. Juan actuaba en la más completa impunidad y puede que ni él mismo fuese plenamente consciente de ello.

Contribuía grandemente a la relativa libertad de acción del Sacamantecas -y no sólo de él sino también de otros muchos criminales de la España de entonces-, el férreo control gubernativo que se ejercía sobre los medios de comunicación al que aportaba lo suyo, sin duda, la proverbial doble moral española. Se entendía que en el tratar de crímenes y criminales, así como en el dedicarse a su estudio, no había otra cosa que un entretenimiento grosero, vulgar, de gente baja y con escasa educación. Así es que cuando España pudo poner, como el que más, su buen granito de arena al avance de los estudios criminológicos, psiquiátricos y psicológicos, resultó que había que vender la apariencia de que este era un país de buenas costumbres y gentes reputadas. Sólo las vacas sagradas, como el antes mencionado doctor Esquerdo, parecían facultadas para hablar de estas cosas, y siempre desde un punto de vista prejuicioso, confuso y sesgado.

Sea como fuere, en septiembre de aquel 1879, Díaz de Garayo volvió a la carga y atacó a María Dolores Cortázar, una campesina joven, alta y fuerte que le opuso gran resistencia. Paradójico. Este hombre poco ágil y nada habilidoso al que se le habían escapado varias ancianas débiles, presa supuestamente fácil para su desenfrenada lujuria, pudo doblegar las violentas acometidas de quien más y mejor se defendió. Le clavó un cuchillo en el pecho para luego cebarse salvajemente con el cadáver… Cuanto más parecía resistirse la víctima, más parecía disfrutar el Sacamantecas de su victoria, lo cual nada tiene de extraño en las agresiones de motivación sexual. No tuvo bastante. Dos días después finiquitó y destripó salvajemente a otra campesina, Manuela Audícana. Es sorprendente el modo en que funciona el imaginario colectivo, pues esta fue en realidad la única vez que Garayo obró de sacamantecas propiamente dicho, lo cual no obstó para que le cayera el sambenito a perpetuidad.

La cacería, según nos dice el anecdotario, concluyó de pura casualidad y no por obra de la policía. Aquel rostro animal y deforme, que los supuestos expertos interpretaron luego como la facha involutiva del criminal, fue su perdición según la leyenda. Explica Constancio Bernaldo de Quirós[2] que Garayo entró a trabajar como jornalero para un labrador. Estando en el tajo una niña pequeña, hija del propietario, sorprendida por su apariencia, le señaló con el dedo y gritó: ¡Qué cara! ¡Parece el Sacamantecas![3]. En efecto, de ser cierta la chirigota, aquella niña, sin tantos estudios y boato como Esquerdo y compañía, habría puesto el dedo en la llaga. Todos pensaron en lo de la cara y el espejo del alma y, en consecuencia, un hombre con aquel estigma no podía ser trigo limpio. El relato concluye sosteniendo que se alertó a la policía. Se interrogó al Zurrumbón y aquel sujeto pétreo, fornido y de apariencia inconmovible, se derrumbó en pocos minutos para confesar sus atroces crímenes. Es cierto que éste habría sido un interesante y apropiado final, pero la realidad fue otra bien diferente. La captura de Garayo corrió a cargo de un meticuloso alguacil del Ayuntamiento de Vitoria llamado Pío Fernández de Pinedo.

Lo cierto es que el hombre de la ley -meticuloso- pudo orientarse en sus pesquisas por la proximidad geográfica[4] y temporal de los dos últimos asesinatos y ese, precisamente, fue el gran error del Sacamantecas. Fernández de Pinedo se personó en los escenarios de ambos asesinatos y recurrió al viejo método intemporal del policía de raza: tenacidad y sentido común. Observó, tomó notas, interrogó a las últimas personas que habían visto a las mujeres con vida… Y dio con una pista valiosísima puesto que vino a enterarse de que María Dolores Cortazar había sido vista por un lugareño en compañía de un sujeto al que todos conocían como Zurrumbón, de apellido Díaz de Garayo por más señas, poco antes de su muerte. Lógicamente, el alguacil empezó a preguntar por el tipo en cuestión que, dadas sus características físicas, resultaba por completo inconfundible. También supo que tenía antecedentes penales por delitos sexuales y concluyó que era el hombre que estaba buscando.

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Los alguaciles del Ayuntamiento de Vitoria hacia 1885.  Pío Fernández de Pinedo se encuentra en la fila superior, a la izquierda [Foto: Archivo Municipal de Vitoria].

De tal suerte, Fernández de Pinedo se presentó en la puerta del sospechoso –que no estaba, como de costumbre- y charló amigablemente con su señora, a la que sonsacó hábilmente la historia de las veinte pesetas que traían a la mujer por la calle de la amargura. Como es de suponer, cuando el Zurrumbón regresó a Vitoria para asearse y cambiarse de ropa, pasadas sus correrías, el alguacil le echó el guante. Contrariamente a lo que cuenta la anécdota antes referida, la resistencia de Garayo fue muy difícil de doblegar, como corresponde a un tipo de su constitución. Doce días de bofetadas -entonces la tortura era cosa normal- aguantó el labrador hasta que se decidió a contar la verdad al juez de instrucción[5].

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El Zurrumbón, posa en prisión, poco antes de que fuera ejecutado.

Así, en 1881, sentenciado a muerte por garrote vil, vería Garayo el fin de sus días en el patíbulo de la Prisión Provincial de Burgos. Curiosamente en un país tendente al sensacionalismo y la chirigota como el nuestro, el caso del Sacamantecas quedó exento de literatura zafia en la hora postrera, aunque que se prestaba, y las notas de prensa en las que se relató su ejecución son más bien tirando a sosas. Ni siquiera fue famoso el verdugo que le aplicó el tornillo, pues Gregorio Mayoral Sendino, hombre al que se celebra como harto profesional en lo suyo y del que se dice sin cesar por ahí que ajustició al Zurrumbón, nunca fue el encargado de ejecutar la sentencia de marras. Este error, ya que estamos, se debe al gran escritor Pío Baroja, quien atribuyó a Mayoral la hazaña de suerte errónea al olvidarse de un detalle ciertamente significativo: en 1881 don Gregorio aún no había cumplido los 18 años de edad y, por lo tanto, no podía ejercer legalmente como funcionario público.

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Gregorio Mayoral. El verdugo que no ajustició al Zurrumbón.

Eso sí, como bien rezan los manuales en la materia, el Zurrumbón nunca se mostró arrepentido por ninguno de sus crímenes. Hecho que, dicho sea de paso, tampoco he llegado a comprender nunca por qué preocupa -o agobia- tanto a los que hablan de estas cosas cuando en realidad entra la misma lógica del caso: ¿pero cómo va a experimentar arrepentimiento sincero un tipo capaz de apiolarse a un montón de gente por simple placer?


[1] El concepto de alienación o imbecilidad moral fue acuñado en 1835 por Prichard para referirse a aquellos individuos que carecen de sentimientos, autodominio y sentido ético. Esta denominación perduró durante prácticamente todo el siglo XIX hasta que, finalmente, Koch creó para describir a estos sujetos notoriamente antisociales la acepción de inferioridad psicopática. En los Estados Unidos la clasificación tomó la forma de personalidad psicopática, que fue finalmente la que se impuso hasta mediado el siglo pasado. Hoy en día se sigue utilizando el concepto, que ha variado hacia la acepción popularizada de “psicópata”, pero su validez es objeto de discusión científica.

[2] Bernaldo de Quirós, C. (1898). Las nuevas teorías de la criminalidad. Madrid, Hijos de Reus (Establecimiento tipográfico de Gómez).

[3] Hay otras versiones del supuesto incidente que no alteran el fondo de la historia, como la que cuenta Fabiola Maqueda Abreu en Garayo: El Sacamantecas Vitoriano (Vitoria, Diputación Foral de Álava, 1985).

[4] El penúltimo cometido en un paraje conocido como las Carboneras de Ordumbre, y el último en el camino que enlaza Gamarra y Araca.

[5] Evidentemente, los métodos de interrogatorio de la época eran bastante diferentes de los actuales. Además, se añadía el hecho de que Garayo era un asesino de mujeres, lo cual le convertía en un individuo especialmente odioso para sus captores.

La ejecución del señorito

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No me interesa mitificar a los criminales porque, hasta donde yo sé y con total independencia de lo interesantes que puedan resultar, tienen poco de heroico. Los criminales deben ser para el profesional, a mi modesto entender, como bichos en un parque zoológico: uno los mira, los estudia, los remira y trata de diseccionar sus conductas y recovecos… Pero no se enamora de ellos del mismo modo que un buen biólogo no se enamoraría de un camello o de un pulpo. Solo los malos profesionales obran de tal suerte y se implican emocionalmente con el objeto al que tratan de comprender, lo cual les resta objetividad y, finalmente, les induce a decir muchas sandeces. Así que, para entender adecuadamente la historia que voy a relatar, se debe partir de un hecho incontrovertible: José María Manuel Pablo de la Cruz Jarabo Pérez-Morris (casi nada), nuestro protagonista, apariencias y mitologías aparte, no era más que un señorito golferas, malcriado desde la cuna por una madre terriblemente permisiva que le pagó todos los caprichos, y convertido por la mala vida en un sinvergüenza sin oficio, beneficio, ni posibilidad de redención. Un bala perdida cuyo único mérito -según se cuenta, pero vaya usted a saber- era el de poseer un enorme miembro viril que le garantizó no poco éxito en sus relaciones íntimas con el sexo opuesto. 

Para agravar las cosas, hay quien dice -si bien este detalle parece turbio- que de pequeño vio y oyó cosas que le marcaron profundamente e hicieron de él un adulto tendente a la violencia que solía llevar en la cintura una pistola de calibre 7,65 mm porque, como solía decir con socarronería a todo el que quisiera escucharlo, en la vida uno tiene que hacerse respetar. En efecto. Estando sus padres fuera de España durante la Guerra Civil, José María -que estudiaba en el prestigioso Colegio de Nuestra Señora del Pilar, del que salieron muchas de las primeras figuras de la vida política e intelectual españolas del siglo XX- pasó el conflicto en el chalé familiar de la calle Arturo Soria. Allí recibiría sus primeros bautismos en aquello de ver correr la sangre, pues el novio de una criada había montado una particular checa en la que alguna que otra vez se daba el pasaporte a los no afines.

Nosotros sí queremos a los malos

Dice mucho de la personalidad de Jarabo que en un plazo de pocos años envió una carta a las Autoridades portorriqueñas en la que se reconocía como antifranquista a fin de ser admitido como exiliado politico… Pero cuando se vio necesitado de retornar a España envió otra al embajador español en Estados Unidos reconociéndose franquista convencido, miembro de Falange y testigo del “terror rojo”. Y coló en ambos casos. Está claro que no hay nada mejor en esta vida que decirle a la gente justo lo que quiere escuchar, y que un buen mentiroso llega más lejos en la vida que un tipo honrado. Así hemos montado este tinglado, qué se le va a hacer..

El caso es que terminada la guerra, Jarabo marchó a Puerto Rico donde se reunió con su madre, de la que pasó separado la mayor parte de su infancia, lo cual no es detalle baladí. Posteriormente, con la mayoría de edad, viajó a los Estados Unidos supuestamente para estudiar una carrera universitaria. Pero en lugar de ello descubrió que su señora madre, probablemente dolida en la conciencia por haberse perdido buena parte de la niñez de su retoño, era una fábrica de billetes que daban para mucha holganza y golferío.

Se enredó, pues, en asuntos turbios de drogas y trata de blancas que le llevaron a prisión para cumplir condena en un centro correccional de Missouri. Tras ello, y entre otras cosas porque irónicamente –y a pesar de que aquí estábamos en una dictadura- las Autoridades españolas eran más blandas con las gentes de noble cuna que las estadounidenses y ponían mejor cara a los malos de buena extracción social, decidió retornar a Madrid. Corría 1950.

Sí. Uno de los mitos que corren acerca del franquismo era el de que en España se hacía valer la ley y el orden a todo trance cuando, con los años y la madurez democrática, hemos ido descubriendo que los códigos penales de la dictadura imponían a los criminales penas literalmente irrisorias y que aquí, en realidad, lo único que se hacía era perseguir sin descanso a los “enemigos del Estado”, llenar las prisiones de presos políticos y maleantes del tres al cuarto, idear contubernios imposibles que justificaran los límites que se imponían las libertades básicas, hacer cumplir toda suerte de chorradas religiosas a todo quisque, y censurar miles y miles de tonterías que habrían hecho partirse de la risa a cualquier villano de opereta. Más o menos.

Así, en la capital de España y alejado de cualquier control familiar, Jarabo inició una vida de absoluto desenfreno amparado por el dinero que mamá le enviaba sin cesar. Es cierto que anduvo casado, pero aquello fue un completo desastre sin tacha ni enmienda y la vida conyugal llegó pronto a la total disolución. De hecho, las juergas con mujeres (que lo adoraban, dicho sea de paso), drogas y cachondeo sin fin que armaba Jarabo se hicieron legendarias en los ambientes nocturnos capitalinos.

Porque en el Madrid de la década de 1950, con dinero en abundancia, a pesar de la dictadura nacional-católica, la verdad era que había mucha manga ancha, la noche era libre, y se podía hacer prácticamente de todo. Eso sí: con mucha hipocresía, sin armar escándalo y dentro del decoro y la conservación de las apariencias. Al fin y al cabo, el turismo era -como ahora- la primera industria nacional y no convenía reducir los atractivos que movían las divisas (también como ahora)… Hace años, de hecho, un abuelete alemán me contó que en ese Madrid aparentemente cerrado de la dictadura se podían hacer cosas que en el avanzado y democrático Bonn de la posguerra mundial eran mera ensoñación. Fíjate tu.

Y así pasaron ocho años en los que, él mismo lo reconocía con jactancia a la mínima ocasión, Jarabo dilapidó en juergas nada menos que quince millones de pesetas de la época. Quince. Todo un fortunón si se piensa que un SEAT 600, el modelo utilitario soñado en aquellos días por cualquier empleado de clase media para llevar a la familia de excursión campestre, valía alrededor de 60.000 pesetas.

Se cierra el grifo

Sus familiares de ultramar estaban ya tan aburridos de sus dispendios que llegó el punto en que convencieron a la madre de que aquello tenía que acabarse y, así, el dinero de ultramar dejó de llegar. Más aún, sus familiares portorriqueños amenazaron con viajar hasta Madrid para comprobar personalmente en qué clase de negocios –así justificaba Jarabo los onerosos gastos- estaban invirtiendo aquella fortuna que le llovía del cielo mensualmente. Ante esto José María, que no había dado golpe en toda su vida y tenía claro que no iba a dar la cara porque tampoco tenía una pasta muy honorable, decidió que todo valía excepto trabajar, buscó dinero fácil para paliar la sequía inesperada y redujo un poco su tren de vida. Fue así que hipotecó el chalé de Arturo Soria, se alojó en una pensión, y siguió en la gran holganza durante un tiempo.

Tan altas eran las ínfulas del fantasmón de Jarabo, tan grande era el pisto que se daba por ahí, que no dudaba en presentarse a sí mismo como médico o abogado. La primera fue precisamente la profesión que dijo tener cuando se presentó a su casera de la pensión de la calle Escosura, en el céntrico y populoso barrio de Chamberí. Un detalle muy interesante acerca de su personalidad egocéntrica y narcisista. Pero la buena vida tira, genera adicción y por lo demás Jarabo no dejaba de ser un tipo sin oficio ni beneficio que nunca podría haber obtenido un trabajo que estuviera de acuerdo con sus pretensiones, de modo que lo de trabajar para salir adelante, ni se lo planteaba como opción. Así que cuando también se hubo fundido los nuevos ingresos que le había procurado la hipoteca, vinieron los chanchullos, los empeños, los préstamos, y toda esa pendiente sobradamente conocida.

El intringulis criminal

En una de esas, y dado que era todo un caballero galante y bien plantado que tenía una gran éxito con las mujeres amen de ser sexualmente insaciable, ligó con una acaudalada turista inglesa, Beryl Martin Jones, a la que logró sacar una sortija de diamantes que empeñó en Jusfer, una tienda de compraventa de la que era cliente asiduo, pues allí iba pignorando otras cosillas -que salían de aquí y allá- para mantener en marcha su tren de vida. 4.000 pesetas le dieron los propietarios no sin usura, como es lógico en estos casos, pues su valor era mucho mayor. Qué duda cabe, habían entrevisto un excelente negocio. Y así fue, entre truco y trato, que se comenzó con la peripecia del tira y afloja que terminaría con el señorito en el patíbulo.

Beryl, ya en Inglaterra, necesitó pronto del anillo pues había sido un regalo de su marido quien, al no verlo por parte alguna, empezó a hacer preguntas impertinentes y a sospechar de su infidelidad. Y Jarabo, todo un caballero español como a él le gustaba venderse (a algunos les sale barato el titulillo), aseguró a la amante que no faltaría a su palabra y que lo recuperaría a todo trance.

No iba a ser tan fácil. Emilio Fernández Díez y Felix López Robledo, los propietarios de Jusfer, se mostraron dispuestos a retornar la joya a Jarabo si este satisfacía la deuda con ellos contraída, pero lo cierto era que no tenían la más mínima intención de cumplir el trato fácilmente en la medida que se trataba del germen de un suculento negocio que, bien manejado, podría ser redondo. El jugoso anillo valía mucho más que las míseras 4.000 pelas con las que conformaron al golfo estúpido y, además, como de tontos no tenían un pelo, o tal vez porque se pasaban de listos, habían llegado a sospechar que ni había damisela inglesa de por medio, ni nada de nada. De este modo, cuando el señorito se presentó allí con el dinero para desempeñar la sortija, le exigieron una autorización de la propietaria… Y cuando tras cartearse con la inglesa al fin presentó el documento, los usureros le volvieron a negar la joya porque, en el ínterin, Jarabo se había gastado las 4.000 pesetas en un par de juergas tan inoportunas como inevitables. E impusieron nuevas condiciones: se quedaron también con la carta y le explicaron que si quería desempeñar la sortija habría de ir con el dinero por delante.

Digamos en este punto que la carta que presentó Jarabo en Jusfer, y de la que circulan algunas fotografías por ahí, tenía toda la pinta de ser una burda -y cutre- falsificación hecha de su puño y letra (bastante infantil y chapucera como corresponde a la personalidad de este energúmeno), por lo que de nada le sirvieron ya al caradura las negociaciones y súplicas con las que intentó solventar el problema. Los de Jusfer no parecían tener interés alguno en su magnífica tranca, y todo indicaba que no iban a sucumbir a sus encantos de machito feroz.

La impresión general del caso es que los propietarios de la casa de empeños, que habían detectado el tufillo del escándalo, tenían la avariciosa intención de sacar un buen pellizco a Jarabo pues siempre, aunque algo lerdo y fantasmilla, les había parecido hombre de muchos posibles económicos y se le veía muy desesperado. No había más que ver los trajes carísimos, de corte perfecto, que llevaba siempre, los relojes que empeñaba y la pompa que se daba a la menor ocasión. Ello por no hablar de la velada sospecha de que el anillo -y así lo parecía por esa carta chapucera- bien podría ser robado… El problema era que no sabían con quién estaban jugando porque el caballero español, también era sujeto tendente a la violencia y de graves resoluciones si se terciaba. Así, harto como estaba de aquella situación y tal vez aburrido de verse chuleado por aquel par de “don nadies”, Jarabo decidió recuperar por la fuerza lo que se le negaba por las buenas.

Para colmo, la familia americana amenazaba cada vez con mayor intensidad con venir desde Puerto Rico para comprobar en qué se había invertido aquel dineral que le habían proporcionado durante aquellos años. En fin: muchas presiones para un cerebro poco acostumbrado a pensar y algo torrado por tanto exceso.

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Portada de la versión en DVD del episodio de la legendaria serie de TVE La huella del crimen, en la que el actor Sancho Gracia interpretó magistralmente a Jarabo.

El crimen

Jarabo se presentó dispuesto a todo en la noche del 19 de julio en el domicilio de Emilio Fernández, cuidando de no dejar huellas por parte alguna. Luego dijo a la policía que había ido a negociar, pero sus actos -empezando por tocar el timbre con el nudillo- hablan de otra cosa muy diferente y perfectamente planificada: le recibió la criada -Paulina Ramos-, pues el señor no estaba. Jarabo entró en la casa de rollo simpático, pero en el primer despiste de la chica, se coló en la cocina en la que Paulina se ganaba el pan y la asesinó con el cuchillo con el que estaba pelando las judías verdes de la cena. Acto seguido la pasó a la habitación del servicio y la tumbó sobre su cama. A lo mejor hasta hizo algo más, cosa que no sería de extrañar pues le entra en el perfil a este cenutrio y bien se habría preocupado la falsa moral de la época de ocultarlo.

Luego esperó al señor, que se introdujo en el baño nada más llegar y sin reparar en su presencia, y al que se acercó por detrás para descerrajarle un tiro en la cabeza sin mediar palabra. Así terminaron las negociaciones. A fin de que la estancia no se anegara de la sangre que debía brotar a borbotones de la herida, pensó en introducir el cuerpo en la bañera, pero entreviendo la posibilidad de ensuciarse, decidió dejarlo en el suelo y se limitó a ponerle una toalla encima para no verle el rostro a la par que empapaba la sangre. Dio entonces algunas vueltas por la casa, se hizo con las llaves de la tienda y se apropió de algún dinero. Le sorprendió en éstas la esposa de Emilio, Amparo Alonso, que llegaba muy poco después. A ella también la asesinó del mismo modo que a su esposo, de un tiro en la nuca y sin mediar palabra cuando la pobre mujer se cambiaba de ropa en el dormitorio. Esta muerte resultaría especialmente odiosa a la opinión pública puesto que Amparo estaba en aquel momento en las primeras fases de gestación, cosa que Jarabo no podía saber en modo alguno.

Terminado el trabajo, y entendiendo que a tales horas el portal podría haber sido cerrado ya por el sereno, pasó la noche allí tras preparar la escena del crimen de suerte que pareciera que había tenido lugar una juerga demasiado salida de tono entre el terceto, y que aquel jaleo había terminado en desastre.

Salió del piso a la mañana siguiente, bien temprano y sin ser visto. Dado que era domingo, pasó la tarde de juerga a costa de los dineros que había robado en la casa de Emilio Fernández y, aunque llegó a la pensión en la que vivía completamente borracho para escándalo de su casera, madrugó el lunes para esperar a Félix López en el interior de la tienda de empeños. Un hombre con un propósito. Según entró, y también sin mediar palabra, le disparó dos veces en la cabeza, vertió serrín alrededor del cuerpo para que la sangre empapara sin formar charco y se puso, acto seguido, a la tarea de recuperar la carta comprometedora y el anillo de Beryl. Pero no hubo forma. Jarabo, mucho músculo y poco cerebro, se había olvidado en su “perfectamente calculado” plan de un detalle fundamental: exigir a los propietarios de Jusfer la combinación de la caja fuerte antes de matarlos.

Intentó entonces camelarse a la compañera de Félix, a la que telefoneó para explicarle que su pareja no había aparecido por la tienda, que le estaba esperando para cerrar un trato, que tenía mucha prisa y que si podía personarse ella en el local para atenderle. Afortunadamente, la mujer no mordió el anzuelo pues muy probablemente habría terminado con otro tiro en la cabeza. De hecho, fue ella quien alertó a la policía al ver que nadie cogía el teléfono en Jusfer, lo cual era verdaderamente raro a aquellas horas. Por lo demás, tampoco se sabía la combinación de la caja de modo que habría muerto en balde.

Por su parte, Jarabo, tras hurgar en la trastienda y encontrar alguno de los trajes que tenía empeñados allí, se cambió. El que llevaba puesto estaba muy manchado de la sangre de Félix López. Luego arrampló con lo que le pareció que podría tener algún valor de cuanto estaba expuesto y se marchó con viento fresco. Un fiasco de robo, pues lo que trincó no valía gran cosa. Está visto que, excepción hecha del golfeo a lo grande, la jarana y el sexo desenfrenado, Jarabo no era un hombre demasiado competente en el plano intelectual. Vamos, que era bastante más tonto de lo que su narcisismo patológico le permitía entender y que como criminal profesional era poco más que un bruto mentecato.

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Las víctimas del autoproclamado “Caballero Español”.

Esos amados trajes…

De hecho, y junto con la inutilidad del crimen, otro de sus principales errores tácticos –bien absurdo- sería el de no querer desprenderse de uno de sus amados trajes, el manchado de sangre. Así es que como quien no quiere la cosa lo llevó a su tintorería habitual, sita en la calle Orense, explicando al tintorero que toda aquella sangre era el resultado de una de las muchas peleas tabernarias que solía tener. No coló porque la cantidad de sangre era excesiva para unas cuantas bofetadas, Jarabo no tenía pinta alguna de haber cobrado en especie, y todo ello despertó recelos. El propietario de la tintorería, escamado, terminaría alertando a las Autoridades. No quería que luego se pensara que él habría sido cómplice de lo que el borriquito de su cliente, que le parecía capaz de cualquier cosa, hubiera hecho por ahí.

Pero hubo otros fallos en grueso que delatan la escasa capacidad planificadora de Jarabo y que, a su vez, hacen incomprensible cómo se le ha podido conceder tanto bombo en los anales -será porque la historia criminal patria estuvo hasta hace poco más llena de tiros en las lindes de los campos que cualquier otra cosa- a semejante cenutrio. Por ejemplo, cuando el genial Comisario Antonio Viqueira Hinojosa, encargado de la investigación, se encontraba en el escenario del crimen, Jarabo no tuvo otra ocurrencia que la de llamar a la tienda. Probablemente, en un intento pueril de averiguar cuánta ventaja le llevaba a la policía. Cuando Viqueira contestó al teléfono y preguntó tranquilamente quién era, Jarabo contestó que el señor Morris, y colgó. Porque claro, un tipo de la pompa y boato de Jarabo no podía limitarse a colgar el teléfono sin decir nada, del mismo modo que tampoco podía presentarse como “el señor Pérez” o “el señor Jarabo”… Tenía que ser el único e intransferible “señor Morris”. El policía, intuitivo y conocedor de su oficio, supo inmediatamente que aquel tipo seguramente era el asesino por lo que inmediatamente puso a sus subordinados a buscar en el archivo de la tienda a cualquiera que pudiera apellidarse de manera tan poco convencional en la España de entonces.

Así es que en la puerta misma de la tintorería, en la que también se le conocía como señor Morris, fue detenido Jarabo en el mediodia del martes 22 de julio tras la eficaz investigación del comisario, que fue acabó atando cabos con enorme inteligencia y profesionalidad… Viqueira supo escarbar en la psicología del criminal y dio con la tecla oportuna: Un hombre que era capaz de robar un traje caro, y de cuidar su imagen al punto de entretenerse en cambiarse de ropa en la escena de un terrible asesinato, también sería incapaz de deshacerse del traje que había manchado, por lo que aquella pista de la tintorería tenía que ser la buena, de modo que una vez llegada la conclusión adecuada, solo tuvo que sentarse y esperar.

A todo esto, y por cierto, cuando fue detenido Jarabo venía de otra juerga. La última.

Solo faltaba que confesase. Se cerró en banda porque no aceptaba ser tratado como un criminal del montón, pero a las pocas horas, tras la sagaz presión del inspector Serafín Fernández Rivas, quien entendió a la perfección que a un tipo como Jarabo se le sacaría lo que fuera siempre y cuando se lo tratara como a un caballero, el asesino claudicó a cambio de una ducha, una buena cena, unas copas, unos chistes y unos puros. Genio y figura.

La ejecución

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Portada del célebre semanario El Caso, en el que se ofrece información sobre el suculento juicio de Jarabo (Fuente: criminalia.es).

Fue un juicio muy mediático al punto de que la gente hacía cola en la calle para entrar a la sala y no faltaron, entre los espectadores, algunos famosos que habían incluso compartido fiesta o amistad con el acusado a lo largo de los años. Cierto que era vox populi que por ser un niño rico Jarabo lograría eludir el brazo de la justicia… Pero en realidad ni tenía escapatoria porque las pruebas eran abrumadoras, ni se podía hacer nada a causa de las características intrínsecas del crimen, demasiado inaceptable para las convenciones socioculturales de la época. La opinión pública detestaba tanto el suceso horrible protagonizado por aquel tipo golfo y sinvergüenza, que ni tan siquiera sus influencias, que eran muchas pues pertenecía a una familia de gran ascendencia en el mundillo del derecho, iban a librarle del patíbulo… Si al menos la cosa hubiera ido de tapadillo, algo habría podido hacerse, pero el cuádruple crimen se había hecho tan famoso que no había forma de echarle tierra encima.

De hecho, se esperó con total convencimiento la llegada del indulto durante toda la noche previa a la ejecución, pero no ocurrió a pesar de que hubo muchas presiones. Nadie en las altas esferas estaba dispuesto a quemarse con Jarabo o a provocar un motín para salvar la vida del parásito. Así es que la condena, muerte por agarrotamiento, se cumpliría el 4 de julio de 1959 en el patio central de la Prisión Provincial de Madrid. Al ser un hombre tan fuerte, con un cuello de toro que el collarín del garrote abrazaba con dificultad, tardó más de veinte minutos en fallecer a pesar de las dos vueltas que el verdugo, Antonio López Sierra, un hombre de complexión débil –y dicen que algo borracho en aquella hora- le dio al torno. Todos los presentes recordaron aquella como una de las ejecuciones más espantosas que habían presenciado nunca jamás. Tan tremendo debió ser el espectáculo que, posteriormente, hubo una comisión de médicos designada al efecto de estudiar la práctica del agarrotamiento. Dicha comisión decidió finalmente que no era la forma de ejecución más óptima y humanitaria, por lo que Jarabo tuvo el dudoso privilegio de ser el último ejecutado por garrote vil de la historia de España.

Su cadáver, a fin de acallar los rumores de que se le perdonaría por ser rico, se expuso con el ataúd abierto para que todo el que quisiera pudiese comprobar por sí mismo que, en efecto, el señorito había sido ejecutado con todas las de la ley. Y hubo cola.

España cañí.

El crimen de “Los Galindos”


A día de hoy casi todo se desconoce sobre el crimen de Los Galindos salvo el crimen en sí mismo y las muchas especulaciones que ha suscitado. Es el “cluedo” favorito de los estudiantes de Criminología españoles y, con ello, se ha convertido en uno de los grandes clásicos de la historia criminal española. Incluso ahora, cuando el tiempo transcurrido debiera haber cobrado el papel de cloroformo, quien va a Paradas y pregunta a cualquier persona mayor de 60 años por el cortijo, por sus dueños, por sus jornaleros, por lo que pasó aquella tarde maldita de 1975, el interpelado suele agachar la cabeza y guardar silencio… O algo peor. De hecho, en la localidad, que bien definió su alcalde de aquellos días, José Gómez, como un sitio donde nunca había pasado nada importante y donde nunca volverá a ocurrir algo fuera de la rutina, todavía molesta esta vieja historia. Fastidia aparecer siempre en los papeles -o en los blogs- bajo la marca de algo tan truculento… Pero negar la historia, ni tiene sentido práctico alguno, ni la hace desaparecer.


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Imagen del cortijo de “Los Galindos” (Fuente: ABC de Sevilla).

22 de julio de 1975

15:15 horas de la tarde.

El SEAT 600 se desplaza lentamente por las calles de la localidad en calma, atravesándola en dirección a la costanilla desde la que parte la carretera vieja de Carmona, de cuya cuneta, a pocos kilómetros, sale el camino para el cortijo de Los Galindos. Es el único sonido que turba la paz a esas intempestivas horas de una siesta a la que invitan los cerca de 49 grados que frisa el mercurio. Las calles están desiertas, pero un rostro humano, tan sólo uno, se perfila a través de los visillos de una de las casas en el momento en que el automóvil pasa por delante. No todos sestean en el pueblo. La dueña del rostro en la ventana, no sin cierta sorpresa, identifica de inmediato tanto al vehículo como a sus dos ocupantes. “¡Qué raro!” se dice. Pero, tras meditar en ello por unos momentos, suelta el visillo, se encoge de hombros y sigue a lo suyo. Sabe quiénes son y sabe hacia dónde van. Poco comunes son la hora y circunstancia del viaje, pero todo lo demás está en orden. Así, ronroneando en la distancia, el utilitario enfila el primer tramo de la cuesta y se pierde de la vista en dirección a una insospechada tragedia.

Hacia un insondable misterio.

Sobre las 16:30 horas

A unos kilómetros de allí Antonio Fenet, de 36 años, bracero eventual de Los Galindos, ha terminado su dura jornada en el olivar y camina campo a través con ritmo cansino, justo en la dirección en la que se encuentra el cortijo. Con el recalentado sombrero de paja calado hasta las orejas y el azadón al hombro, Fenet aspira con fruición una calada del celtas[1] que aprisiona entre el índice y el pulgar de la mano derecha. Es ese cigarrillo, el mejor del día, que se fuma placido el hombre cumplidor de lo suyo que ha terminado la jornada y empieza a disfrutar al fin de sí mismo, de su propio tiempo y de sus propias cuitas.

Antonio atraviesa tranquilo, acompañado tan sólo por el rítmico zumbar de la chicharra y el rechinar de sus pasos sobre la tierra de labor, un sembrado de girasoles próximo al complejo de edificaciones del cortijo. El calor es tremendo. Tal vez evoca en su mente de labriego el regusto de ese agua fresca que le espera en el fondo del botijo, pero no le da la imaginación para mucho pues, más o menos en ese mismo momento, un fuerte tufo a quemado le golpea la nariz. Mira al frente y, en efecto, vislumbra una gran columna de humo negro como la pez que parece salir del cobertizo. Escamado, puede que ya temeroso, porque no es normal ponerse a quemar nada allá, ni a tal hora, ni con tanto calor, el bracero aprieta el paso. Cuando puede observar el escenario con claridad, las llamaradas se elevan ya sobre las copas de los árboles. El fuego, vigoroso, crepita con fuerza. Tal y como había sospechado momentos antes, se trata de un incendio. Y grande.

Ahora la pestilencia se percibe con absoluta nitidez, un fuerte olor a gasoil y aperos quemados mezclado con otro más extraño, irreconocible pero desagradable, hediondo, que revuelve el estómago de Fenet. El hombre, apenas aborda el ejido del cobertizo, descubre que lo que arde es un enorme montón de alpacas de paja que se han incendiado sin motivo aparente. El fuego, que empieza a propagarse por la estructura, está demasiado cerca de la maquinaria agrícola y amenaza con provocar un desastre. Mira en torno suyo, si bien por los alrededores no se ve un alma, llama a voz en cuello en dirección a la casa del capataz, no sea que el fuego le haya cogido sesteando, pero tampoco recibe respuesta alguna, lo cual que no deja de resultarle sorprendente conociendo como conoce la escrupulosidad y el celo -a veces excesivo- que Manuel pone en su trabajo. Lo cierto es que en lugar de las figuras del capataz o de su mujer, Fenet divisa estupefacto un reguero rojo y espeso, de algo que bien podría ser sangre y que parte de la puerta de la casa. Así las cosas, con la mente nublada por ominosas conjeturas, comienza a gritar con desesperación sin encontrar respuesta alguna. Pasa de esta guisa dos minutos, quizá tres, hasta que afónico ya por el esfuerzo intenta aventurarse lo más que puede hacia el foco del incendio para ver si existe alguna posibilidad de extinguirlo. Pero el intenso calor y la sofocante humareda se lo impiden. Aquello es demasiado grande para un hombre solo.

Presa de la ansiedad, manos en las caderas, paseando de un lado a otro como una bestia enjaulada, Antonio Fenet piensa que ha de hacer algo, pero no sabe exactamente el qué. Al fin y al cabo las llamas pueden estar también achicharrando su propio puchero. En esto, allá en lontananza, columbra varias siluetas que se mueven como espantajos en el mar de la canícula, dando la impresión de que se acercan hacia su posición. Otea esperanzado y descubre que se trata de un nutrido grupo de peones que, desde los campos colindantes, han divisado la espesa humareda y, tras organizarse con rapidez, corren a ofrecer su ayuda. El bracero, visiblemente nervioso, casi fuera de sí, agita la mano para ser visto al mismo tiempo que les sale al encuentro.

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Las víctimas del célebre crimen. De izquierda a a derecha: Juana Martín, José González, Manuel Zapata, Ramon Parrilla y Asunción Peralta (Fuente: blogs.elconfidencial.com).

17:15 horas

El reloj de la iglesia de Paradas anuncia el cuarto de hora con su letanía cansina. Una casa de Dios que data de 1600 y que resulta inexplicablemente grande y ostentosa –tiene hasta cinco naves y nada menos que un Greco- para un pueblo como este, de no más de 8.000 habitantes, y que no se distingue de manera especial, bien lo sabe el ofendido cura, por el número de parroquianos que suelen ocuparla en las fechas no señaladas del calendario.

Sea como fuere, justo en el preciso instante en que los ecos del carillón empiezan a difuminarse, Fenet y otro de los braceros que responde al nombre de Antonio Escobar, entran en el cuartelillo de la Guardia Civil sudorosos y casi sin aliento. Han venido corriendo desde el cortijo. ¡Vengan, vengan rápido! Allí, a “Los Galindos”… -dice Fenet con respiración entrecortada, tanto por los nervios como por el esfuerzo realizado- … Está ardiendo el cobertizo donde se encuentra la empacadora y delante de la casa del capataz hay un reguero de sangre. ¡Vengan, vengan! El cabo de la Benemérita, acompañado de un número así como de los dos jornaleros, actúa con resolución y ordena a todos tomar el Land Rover que les espera a la puerta.

Minutos después llegan al cortijo y, tricornio en mano, los agentes saltan del todoterreno para dirigirse a la carrera hacia el lugar del siniestro. Los jornaleros, arracimados en torno al cobertizo humeante, han conseguido controlar el fuego. También han descubierto el origen del otro olor que se mezclaba con el tufo del gasoil. Horrorizados, señalan hacia la parte alta de la construcción calcinada, lugar en el que yacen los cadáveres de dos personas, reducidos y contorsionados por el ardiente lametón de las llamas. Tapándose boca y nariz con un pañuelo, el cabo, que a duras penas puede reprimir las arcadas, comprueba el informe. No ha visto cosa parecida en su vida.

No es tiempo para especulaciones. Todavía queda el reguero de sangre –si no lo es se le parece bastante- que otro de los peones señala con el dedo. El rastro sale –o llega- del cobertizo, atraviesa un pequeño patio y conduce al interior de la casa en la que habitan el capataz de la finca, Manuel Zapata Villanueva y su señora, Juana Martín Macías. Los agentes se aproximan a la puerta cerrada. ¡Manuel, Manuel!, llaman a gritos, pero nadie responde. Aparta de ahí muchacho –grita el cabo de la Guardia Civil a uno de los braceros empezando a temerse lo peor. Así, tras ordenar al subalterno que cargue el arma y se coloque tras él, trata de girar la manilla de una puerta que no se abre al estar cerrada desde dentro. Entonces, tras tomar algo de carrerilla para impulsarse, arremete y la cerradura salta, dejando libre el paso.

Al instante, el perro del capataz, único testigo de la tragedia que se ha vivido allí en aquella tarde maldita de sol y moscas, salta desde la fresca oscuridad del zaguán, despavorido, para zafarse entre las piernas del guardia y perderse aullando lastimero entre los olivos. Pasado el susto, el cabo, seguido por su subalterno y otros cuatro peones, Fenet a la cabeza, penetran en el interior de la vivienda. Reina un silencio sepulcral. Siguen el rastro de sangre. La comitiva atraviesa sigilosamente la entrada, continúa por el comedor y llega hasta la puerta de la alcoba del matrimonio, al fondo de la casa. Para sorpresa general, se encuentra cerrada por fuera con un candado.

El cabo no se lo piensa dos veces y dispara tres veces sobre el cierre. En el interior del dormitorio espera un nuevo horror. Sobre una de las camas, brazos en cruz, está tendido el cuerpo de Juana. A la mujer, que está irreconocible, le han destrozado la cara con algún objeto de aristas duras. Tiene aplastado el cráneo. Aquello es demasiado y los agentes, tras expulsar a todo el mundo de la casa, deciden pedir refuerzos al comprender que la situación excede con mucho sus posibilidades.

Una inspección más detenida

Por algunos detalles que presentaban los cuerpos carbonizados del cobertizo, que no habían sido pasto de las llamas por completo, los peones estimaban que podía tratarse del tractorista José González, de 27 años de edad, y de su esposa, Asunción Peralta, de 34. A pesar de todo, la identificación no era fácil y quedó en suspenso hasta que el forense dictaminara, puesto que uno de los cuerpos no tenía cabeza y del otro quedaba únicamente el tronco, desde la pelvis a uno de los omóplatos. Parecía evidente que el asesino, tras arrancarles la vida, los había rociado con gasoil antes de arrojar sus cuerpos a las llamas[2].

Sea como fuere, los dos agentes de la Guardia Civil, entretanto llegaba más personal, continuaron inspeccionando el terreno en busca de alguna prueba, algún detalle, cualquier cosa que pudiera dar razón de tantos interrogantes. Eran nada menos que tres cadáveres, probablemente asesinados, lo que tenían entre manos y el criminal que los había matado no podía haberse esfumado en el aire sin dejar algo de sí mismo en mitad de la carnicería. Sea como fuere, se estaba cometiendo un grave error: la inexperiencia de aquellos agentes, en absoluto acostumbrados a enfrentarse a tales circunstancias y con una preparación dudosa, hizo que a ninguno de ellos se le ocurriera acordonar la zona y alejar de la escena del crimen al sinnúmero de curiosos que estaban destruyendo los indicios que quizá hubieran permitido resolver el crimen[3].

Poco a poco, los coches oficiales empezaban a multiplicarse. En uno de ellos llegó el juez de paz de Paradas, Antonio Jiménez, acompañado de dos personas más. En otro, comandados por el teniente de línea, llegaban refuerzos procedentes del cuartel de la vecina localidad Marchena, cabeza de partido judicial[4].

Atardecía ya cuando el oficial al mando decidió acercarse al automóvil que estaba aparcado en un ribazo muy próximo a la casa. Se trataba de un SEAT 600. No se hacía de nuevas puesto que lo había visto allí durante toda la tarde, si bien, entre unas cosas y otras, no había tenido tiempo de inspeccionarlo. Sabía a la perfección, pues se conocía al dedillo todos los coches de la parroquia, que aquel vehículo color crema era propiedad de José González Jiménez. En el asiento posterior del vehículo se encontró una escopeta partida en dos. Nada más. ¿Alguno de vosotros sabe a quién pertenece esta escopeta? Preguntaron al grupo de braceros que se apiñaba en el ejido del cortijo. Sí señor –dijo uno de ellos-. Es la escopeta de caza de Manuel Zapata. El asunto se iba complicando. El capataz no aparecía por ninguna parte y empezaba a convertirse en el principal sospechoso de la masacre. Su escopeta rota, sin embargo, estaba en el coche del tractorista y nadie los había visto juntos en todo el día.

Cundía el desánimo, pero se trabajaba con tenacidad y, a pesar de que ya se hacía la oscuridad, un grupo de personas comandadas por los agentes de la Guardia Civil continuaban buscando alguna cosa, algún indicio, ese objeto que les llevase a alguna conclusión por remota que fuera. El grupo iba a disolverse en espera de la luz de la mañana cuando uno de los peones de Los Galindos llamó la atención de sus compañeros: en el llamado Camino de Rodales, cubierto con un montón de paja, se hallaba el cuerpo sin vida del jornalero Ramón Parrilla. Tenía 40 años y era tractorista eventual de la finca. Alguno de los allí presentes recordó que por la mañana Manuel Zapata le había enviado a trabajar en la linde del olivar. El sujeto había sido abatido a tiros, uno de ellos a bocajarro. Sus brazos, con los que había tratado de protegerse inútilmente en un acto de instintivo apego a la vida, presentaban numerosos impactos de perdigones.

El juez Jiménez ordenó el levantamiento de los cuatro cadáveres, pese a las deficientes diligencias que se estaban practicando, y su posterior traslado a la morgue del cementerio municipal de Paradas. Algunos testigos recuerdan que el proceso resultó especialmente penoso en lo que respecta a los cuerpos del cobertizo. Costó dar con el sepulturero, Rafael Peña, que aquella tarde se encontraba en la vecina localidad de Arahal asistiendo a un partido de fútbol, a fin de que lo dispusiera todo oportunamente para la recepción de los finados. Sea como fuere, allá en el cementerio se hizo cargo de ellos el forense Alejandro Harcenegui, quien se limitó a realizar una serie de autopsias de aliño, poco convincentes en lo referente a sus resultados, en las que se trató de dictaminar la hora y causa de las muertes, algo que en el caso de las víctimas del cobertizo resultó bastante complejo[5]. Posteriormente, y sin mayor dilación ni ulteriores análisis, se puso a los difuntos en manos de sus familiares a fin de que se les diera cristiana sepultura. Los cuatro serían enterrados en el propio cementerio y en nichos individuales.

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Entierro de las víctimas (Fuente: La Vanguardia).

En resumen: la Guardia Civil se encontraba frente a cuatro cadáveres, la misteriosa desaparición del capataz, y sin rastro del asesino. Como es lógico, las primeras sospechas recaían ya sobre Manuel Zapata, hombre de confianza del Marqués de Grañina, porque no había mejor explicación posible y, como dicta el sentido común, las respuestas más evidentes suelen ser las buenas. Él tenía que ser el autor de aquellos cuatro crímenes absurdos e inconexos aunque nadie alcanzara a comprender las razones. Por eso, a la mañana siguiente, el recién llegado juez Márquez dictó contra el capataz la pertinente orden de busca y captura.

Al otro lado del muro

Pese a no existir ningún móvil, ni tener pruebas de clase alguna contra él, las Autoridades, muy presionadas por los atemorizados vecinos de una localidad otrora tranquila y amigable que aquella madrugada, en la que muchas escopetas de caza durmieron cargadas y que renunció al fresco para recluirse en la seguridad del hogar, consideraron a Manuel Zapata Villanueva, ex legionario, ex guardia civil, capataz del cortijo Los Galindos y hombre de confianza del Marqués, supuesto culpable. Aunque sólo fuera porque parecía haberse dado a la fuga. Pero las cosas distaban mucho de ser tan sencillas.

Ya habían transcurrido dos días desde que aconteciera la siniestra tragedia. El rastreo de la finca proseguía, palmo a palmo… Aquí y allá. Varios grupos de personas, capitaneadas siempre por un oficial de la Benemérita o un agente de Policía, trabajaban incansablemente en busca de algo que pudiera esclarecer el misterio. Y nada. La batida resultaba siempre infructuosa.

En todo caso, la investigación seguía su curso con esa meticulosidad tan propia al trabajo policial y que en este caso sirvió de bien poco por falta de cuidado, formación y previsión. El hecho es que se iban siguiendo todas las líneas existentes o posibles. Quién había estado con cada cual durante aquel día, qué había hecho, cómo, cuándo… ¿Tenía enemigos? ¿Deudas de alguna clase? ¿Había de por medio algún asunto pasional? Esto fue lo que permitió profundizar a la Guardia Civil en las andanzas de José González, el tractorista carbonizado, durante el día de autos. Al parecer había ido al pueblo a buscar a su esposa, Asunción Peralta, por alguna razón desconocida. Luego fueron juntos al cortijo para encontrarse con la muerte. Efectivamente, a las cuatro de la tarde del 22 de julio, bajo un sol de justicia, el viejo SEAT 600 de José atravesó el pueblo de Paradas llevando a su lado a su esposa. Así lo corroboró una pariente de Asunción que, al oír el intempestivo ruido del motor en el silencio de la siesta, miró a través de los visillos y vio al matrimonio encaminarse hacia el cortijo. Y allí fueron, sin paradas intermedias, puesto que el automóvil se encontraba en el lugar en el que habitualmente solía aparcarlo su propietario. Ambos debieron morir muy poco después de que el vehículo fuera avistado en el pueblo.

La cosa era extraña, no obstante, porque Asunción no había vuelto a pisar el cortijo desde el día en que se casó con José y hacía de ello siete meses. Decían las malas lenguas que aquella ausencia prolongada se debía a los celos de su esposo ya que la mujer, de soltera, había trabajado para el Marqués sin que se supiera demasiado bien haciendo qué, y hasta qué grado de intimidad. Otros chismorreaban sobre líos entre ella, que a decir de los más atrevidos estaba de muy buen ver a pesar de su cercanía a la cuarentena, y el propio Manuel Zapata.

Pero nadie sabía dar mayor razón. El enigma seguía envolviéndolo todo con un manto tenebroso. Y las cosas irían a peor porque Manuel fue finalmente encontrado, tal y como lo fuera antes su mujer, con el cráneo destrozado. Se supo más tarde que el contundente objeto con el que Manuel había sido golpeado con ferocidad hasta la muerte era una biela de la empacadora que dormitaba en el cobertizo incendiado. La misma con la que, presumiblemente, se había golpeado también a su esposa puesto que había aparecido en el dormitorio, junto al cadáver de Juana. Aquél rompecabezas macabro no había quien lo entendiera y los investigadores empezaban a volverse locos.

Locos, sobre todo, porque las extravagancias morbosas que aliñaban todos aquellos misterios comenzaban a alcanzar unas proporciones exorbitantes. El cuerpo del capataz apareció empotrado en el tronco de un árbol hueco, bajo unas balas de paja y a escasos metros de la puerta del cortijo. A cada paso de la investigación se rizaba más el rizo, se perdía más el asidero de la lógica como demostró el hecho de que el forense Harcenegui afirmara que el capataz había sido el primero en morir, pese a haber sido su cadáver el último en aparecer. Por lo tanto el asesino había transportado su cuerpo para ocultarlo en el lugar donde finalmente fue encontrado, a ocho metros escasos del muro del cortijo Los Galindos. Más confusión[6].

La segunda opción

El principal problema que se presentaba ahora que el presunto culpable había aparecido asesinado, era precisamente la falta de un objetivo hacia el que dirigir las investigaciones. Cuando faltaba Manuel Zapata no existía un móvil aparente, pero si una posible fuga autoinculpatoria. Con el encuentro de su cuerpo tampoco existían pruebas claras de otra cosa, pero sí un sórdido móvil pasional que parecía dirigirse hacia el tractorista José González y, precisamente por ello, tanto la instrucción del juez Márquez como el trabajo de la Guardia Civil se entregaron al esclarecimiento de esa segunda opción.

Según las conclusiones del informe elaborado por Andrés Márquez, que estuvo concluido el 16 de agosto siguiente pero permaneció en secreto de instrucción durante algún tiempo más, José había pretendido a una de las hijas del capataz, pero había recibido siempre una rotunda negativa por parte de Manuel Zapata. Aquella pretensión del tractorista era conocida de todos en el cortijo. Pasado un tiempo, la chica terminó casándose con otro lo cual convirtió a José González en objeto de muchas bromas hirientes. Puede que el sarcasmo más doloroso de todos fuera el que vino de la boca del propio Marqués de Grañina en el mismo día de la boda. Algunos testificaron que se acercó a él en la iglesia y, tras palmearle amigablemente la espalda, con algo de sorna, le espetó: La próxima boda, Pepe, la tuya.

El pronóstico del terrateniente fue acertado en la medida que siete meses antes del crimen, José González contrajo matrimonio con Asunción Peralta, una mujer bastante mayor que él pero bien plantada que había estado durante muchos años ennoviada con un tal Miguel Vargas, apodado el cantaor. El hecho causó cierta conmoción en la localidad y alimentó no poca maledicencia. Al fin y al cabo Pepe, el tractorista de Los Galindos, era un sujeto que no llegaba al metro sesenta de estatura y a duras penas excedía los cincuenta kilos de peso. Miope –se libro del servicio militar a causa de ello- y al parecer no muy agraciado. Se pretendía que estas limitaciones hicieron de él un hombre acomplejado, diagnóstico que su familia nunca quiso certificar. A Asunción, por su parte, se le iba ya pasando el arroz y, tras el plantón de Vargas, iba camino de convertirse en una solterona, de modo que –se sostenía en los mentideros locales- no había dejado de venirle como llovida del cielo la propuesta de matrimonio de José González.

El informe Márquez indica que en la festividad de San Eutropio, patrono de Paradas, que se celebra el 15 de julio, la otrora pretendida hija de Manuel Zapata se presentó embarazada en el pueblo a fin de hacer una visita a sus padres. Y volvieron las bromas supuestamente olvidadas. Si a esto sumamos el posible acomplejamiento del tractorista y sus reconocidos celos, agravados por los puntos oscuros del pasado de su mujer, así como las constantes murmuraciones de sus convecinos, todo parecía cosa de sumar dos más dos.

En base a los precedentes, y según la conclusiones de la investigación de la Benemérita con las que Márquez construyó su informe final, durante el día de autos José González se encontraba en el cobertizo del cortijo arreglando la empacadora. El capataz Zapata debió presentarse allí para increparle al respecto de su descuido en el uso de los vehículos. Es fácil imaginar en qué términos. Fue en ese instante que el odio de González explotó y golpeó en la cabeza salvajemente a Manuel con la pieza que tenía en las manos en ese momento –la dichosa biela. El agredido cayó a sus pies. Tal vez le rematara ya en el suelo. A continuación es muy probable que el tractorista recuperase el control de sí mismo y sintiera un miedo comprensible por lo que acababa de hacer. Pero ya no había vuelta atrás.

Se introdujo la biela en un bolsillo del mono de trabajo y, tras asegurarse de que no había nadie a la vista, arrastró el cadáver del capataz hasta el árbol en el que fue luego encontrado, donde lo ocultó. Acto seguido y para no dejar cabos sueltos se encaminó hacia la vivienda, en la que se encontraba Juana, a la que golpeó con la biela que portaba consigo para arrastrarla después hasta el dormitorio, tumbarla sobre la cama, librarse allí del arma homicida y, misteriosamente, cerrar la puerta con un candado al salir. Más o menos en este momento, José González debió advertir que el jornalero Parrilla, que debía pasar por allí en aquel momento, podría haber sido un testigo indiscreto. En ese momento se hace con la escopeta de caza de Manuel Zapata y echar tras él hasta que, al fin, le alcanza en el Camino de Rodales donde le asesina pese a las súplicas de su víctima. Regresa entonces al cobertizo, abandona la escopeta –tampoco se comprende por qué hubo de partirla en dos- en el asiento trasero del SEAT 600, coge algo de paja, y vuelve hasta el cadáver de Parrilla para ocultarlo con ella.

En opinión del informe Márquez, en este punto y hora el tractorista José González debió perder ya por completo la noción de realidad. Sólo de este modo puede explicarse que decidiera subir al coche y recoger a su mujer en Paradas para retornar luego, valiéndose de cualquier excusa, a Los Galindos y asesinarla. Finalmente, echó el cadáver de Asunción Peralta al almiar del cobertizo, lo roció con gasoil y le prendió fuego. Luego, concluye el informe, González se suicidó del mismo modo o bien se quemó accidentalmente durante la operación.

Las dificultades de esta reconstrucción rocambolesca de los hechos eran tan obvias que ni tan siquiera convenció a Andrés Márquez, quien decidió al punto mantener el informe en secreto y ponerse en contacto con la policía de Sevilla a fin de que iniciara otra investigación. El problema básico era que, junto a una evidente falta de pruebas materiales y forenses que permitieran articular con algo de rigor la historia, el relato dejaba fuera otra gran cantidad de elementos accesorios al crimen. Así, quedaban muchos puntos oscuros:

  • Muchos habían visto en el pueblo, a lo largo de la mañana, a Manuel Zapata cuando no era cosa habitual. Algunos incluso atestiguaron que se le veía nervioso y extrañamente cariacontecido. ¿Por qué?
  • ¿Por qué llevó José González a su esposa al cortijo cuando ella sólo había estado allí dos veces en toda su vida?
  • ¿Por qué se decapitó a Asunción Peralta?
  • ¿Por qué el asesino, estando solo, hizo algo tan poco habitual como matar de tres formas distintas?
  • ¿Cómo pudo un hombre solo, y no muy dotado físicamente, realizar todas aquellas acciones en un lapso tan corto de tiempo y sin aparente esfuerzo?
  • ¿Por qué el reguero de sangre que llevaba de la puerta de la casa de los capataces se rompía abruptamente? ¿De quién era aquella sangre?
  • ¿Por qué, si Juana había sido golpeada con la biela que mató a su marido, no había rastro alguno de su sangre sobre el objeto según el informe forense?
  • Si González había valorado la posibilidad de suicidarse tras la masacre, ¿por qué molestarse en ocultar los cadáveres?
  • ¿Por qué cerrar con un candado la habitación en la que yacía el cuerpo de la cortijera?
  • ¿Por qué se ensañó de tal modo con el cuerpo de Juana Martín?
  • ¿Por qué motivo –o de qué modo- se partió la escopeta del capataz?
  • ¿De qué forma encajaba en la historia el peón Ramón Parrilla?
  • ¿De qué manera puede explicarse que un hombre espere pacientemente a morir abrasándose vivo junto al cadáver de su esposa?
  • ¿Por qué el Marqués de Grañina, contra su costumbre habitual, se empeñó en dormir en el cortijo durante las dos noches previas al crimen?
  • ¿Por qué durante la segunda noche que el Marqués durmió en Los Galindos sólo permitió que hubiera dos guardias de vigilancia en todo el complejo de edificios?
  • ¿Qué razón llevó al administrador a la finca en la mañana de los crímenes si se tiene en cuenta que era martes y él solía ir, sin falta, los viernes o los sábados?
  • ¿Puede atribuirse a la casualidad el hecho de que el administrador abandonara el cortijo justo antes de que se produjera la masacre?
  • ¿Por qué el vehículo Mercedes Benz del administrador tenía diversos impactos en el parabrisas y en el morro que perfectamente podrían ser partículas de plomo?
  • ¿Por qué motivo un coche que había sido limpiado antes de ir a Los Galindos fue lavado nuevamente en un taller de Sevilla tras el regreso?
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Aspectos del interior de la casa de los capataces (Fuente: ABC de Sevilla).

¿Un sexto en discordia?

Poco después de que los componentes de las Brigadas de Investigación Criminal de Sevilla y de Madrid llegasen a Paradas, el juez Víctor Fuentes concluyó sus vacaciones y retomó el caso en el punto en el que lo hubo dejado Márquez. No estuvo mucho tiempo al frente del mismo ya que se nombró titular de Marchena a Antonio Moreno y fue él quien hubo de seguir adelante. Sea como fuere, ninguno de los magistrados que iba haciéndose con la patata caliente parecía conforme con la marcha de las investigaciones o el resultado de las diligencias que se practicaban, de modo que el sumario del caso se iba engrosando paulatinamente con nuevas actuaciones que nunca arrojaban los resultados deseados. Es lógico en la medida que ninguna explicación parecía argumentar con rigor todas y cada una de las piezas del extravagante rompecabezas. A todo esto, la prensa del moribundo franquismo, aprovechando los nuevos márgenes de libertad, hacía el agosto –nunca mejor dicho- con aquella historia que muy pronto se convirtió en un autentico serial mediático.

Con los datos y circunstancias recabados, la investigación alcanzaba muy pronto el punto muerto puesto que, a falta otros indicios o evidencias, sólo podía concluirse en rigor que:

  1. El orden de hallazgo de los cadáveres no tenía nada que ver con el orden en que fueron asesinados sin que estuviera claro, en algún caso, cuál había sido.
  2. Quien llevó a cabo los crímenes conocía perfectamente el terreno y había obrado con rapidez y precisión.
  3. Era posible que el quíntuple asesinato hubiera sido cometido por más de un sujeto.
  4. Dado que se desconocían a ciencia cierta las motivaciones que habían movido al asesino, nada hacía suponer que podría existir un inductor del crimen.
  5. Si el tractorista José González llevó a Asunción Peralta al cortijo fue por una razón de fuerza mayor que nadie salvo él -y tal vez ella- conocía.
  6. Cabía la posibilidad de que, cuando el matrimonio González llegó al cortijo en su vehículo, tanto el capataz como su esposa –y quizá el bracero Parrilla-, ya estuvieran muertos. De tal modo, el asesino podría estar esperándolos.
  7. No era descartable la existencia de algún testigo directo o indirecto capaz de aportar luz al esclarecimiento de las circunstancias antecedentes del caso.
  8. El móvil pasional era posible.
  9. El móvil sexual resultaba improbable puesto que ninguna de las mujeres había sufrido abusos aparentes.
  10. Si alguna prueba material acerca de la autoría de los hechos había quedado en el lugar del quíntuple asesinato, nunca fue encontrada. En tal sentido, no puede olvidarse que un buen número de personas deambuló por la zona antes de que la investigación como tal comenzara y que, muy probablemente, se alterara con ello de suerte involuntaria pero definitiva la escena del crimen.

El pueblo –que suele ser sabio en  lo suyo y sabe de cosas que nadie ajeno comprende- de Paradas apuntaba a múltiples razones. Pero casi todos los rumores y habladurías, confluían en el mismísimo Marqués de Grañina, Gonzalo Fernández de Córdoba y Topete, descendiente por línea directa del celebérrimo Gran Capitán, quien contaba con diversos antecedentes penales y era una buena pieza al decir de muchos vecinos. A él se le relacionaba con el quíntuple asesinato, no como actor directo, pero sí como inductor y en razón de diversas circunstancias y especulaciones.

Empecemos por decir que el cortijo Los Galindos no era ni mucho menos el más grande de la zona, pero sí constituía un bocado apetecible para cualquier terrateniente de la época. Tenía cuatrocientas hectáreas de superficie cultivable, un gran caserío de dos cuerpos con vivienda para los propietarios, un enorme patio rectangular, cuadras, garajes, báscula para vehículos pesados, muelle de carga y descarga, un taller de reparaciones para todo tipo de vehículos, un tanque subterráneo de gasoil, y todo lo relacionado con los vehículos agrícolas así como los aparatos necesarios para mecanizar el ciclo completo de las labores del campo. Además, la propiedad poseía olivares, plantaciones de algodón y remolacha azucarera. En la España fundamentalmente agrícola de 1975, tener una finca como aquella, coqueta y bien puesta, era cosa al alcance de pocos y resultaba equiparable a poseer un verdadero tesoro.

Los Galindos había pertenecido a varias familias desde que le fuera expropiado a la Iglesia durante las desamortizaciones del siglo XIX. En 1950 lo adquirió Francisco Delgado Durán, un veinteañero que obraba como testaferro de sus padres, Manuel Delgado Jiménez y María Durán Lázaro, dos riquísimos vecinos de Madrid. El joven Francisco fallecería en Lisboa corriendo febrero de 1969, de suerte que los padres cedieron la finca a su hija, que había contraído nupcias con el Marqués de Grañina. Fernández de Córdoba y Topete, huelga decirlo, era uno de aquellos nobles venidos a menos de las postrimerías del franquismo que paseaba mucho título y pompa, pero no tenía un duro y había rehecho su fortuna por la vía del matrimonio de conveniencia. Ya se sabe: la vieja historia del rico nuevo que busca pedigrí y del rico viejo que solo tiene apellidos.

Aquí entra en la historia  el ex legionario Manuel Zapata, el primer asesinado, que llegó a Los Galindos de la mano del Marqués –parece que ya se conocían con anterioridad- para convertirse en capataz de la finca y su hombre de confianza. Y lo cierto es que en Paradas se decían pocas cosas buenas de Zapata, cuya vida anterior a la llegada a la localidad tenía multitud de puntos tenebrosos, y que solía mostrar una personalidad dictatorial e intransigente probablemente construida a golpe de milicias y reenganches. Contaba 59 años cuando le sorprendió la muerte. Era natural de Badajoz y su fama de hombre duro y de trato difícil, que se andaba con pocas bromas y gozaba con la pendencia y el abuso de poder, era conocida en muchos kilómetros a la redonda. De Juana Martín, su esposa, poco había que contar pues era vecina antigua de Paradas. La mujer había nacido en Gibraleón, Huelva, y tanto sus padres como sus abuelos habían servido en la casa de los marqueses toda la vida.

También era vox populi que, por mediación de Manuel Zapata y sin que los motivos de ello fueran conocidos, el Marqués había dotado con una buena cantidad de dinero al matrimonio recién formado entonces por José Jiménez y Asunción Peralta. Poco más se sabía con certeza y en este punto empezaba una cadena de rumores que concluía en la idea de que algo turbio se cocía en el seno del quinteto, y que las cosas habían terminado como era de suyo. De Parrilla poco se decía, mención aparte de su cercanía con el capataz, siendo uno de los pocos hombres que mantenía relaciones de amistad con él, y nadie suponía que estuviera muy al tanto de los misterios que se cocían en Los Galindos. Era opinión del común que el bracero había sido asesinado simplemente porque se encontró allí en el lugar y hora equivocados. Quizá este prejuicio era un error, pero nunca se pudo avanzar hacia el fondo de aquella singular amistad. Sea como fuere, toda aquella rumorología no arrojaba luz alguna sobre los crímenes.

No obstante, y a pesar del disgusto de los sucesivos jueces con la versión oficial que transformaba al otrora pacífico José González en el asesino de Los Galindos, la Policía elevó finalmente un informe sospechosamente parecido al de la Guardia Civil que venía a agravar el paradigma de la chapuza nacional que rodeó en todo momento las irregularidades de la investigación. Informe que, en esta ocasión, el magistrado Antonio Moreno, quizá deseoso de cerrar el caso y quitarse de encima a la opinión pública, no mantuvo en secreto. De este modo el hombrecillo asténico[7] y miope se transformaba en un terrible y sanguinario asesino que había sucumbido en el intento. Y dado que la responsabilidad penal concluye con la muerte, el crimen podía darse en principio por resuelto. Sin embargo, el caso no fue cerrado porque no había modo de cuadrar la versión oficial con la realidad de la investigación.

Las consecuencias que estas inesperadas conclusiones tuvieron en la vida de una pequeña localidad agrícola como Paradas, en la que prácticamente todo el mundo se conocía por activa o por pasiva, fueron inmediatas y el efecto de la pedrada sobre la superficie estancada de la sociedad de aquel núcleo rural no se hizo esperar. Los cambios fueron, pues, inmediatos para las familias de los afectados que se vieron envueltas en toda clase de ofensas, chascarrillos y crónicas.

Así la viuda del jornalero Ramón Parrilla, con dos hijas a las que mantener con una pensión de miseria, retiró automáticamente la palabra a la familia de José González. La madre del tractorista, Concepción Jiménez, una mujer de 70 años presa del dolor, se recluyó entre las cuatro paredes del hogar familiar para digerir en soledad la vergüenza y el deshonor sin tener que soportar las miradas de odio o lástima de sus convecinos. El resto de la familia de José, por supuesto, también se vio afectada en la medida que hubo de soportar desde entonces toda clase de vejaciones y afrentas sin rechistar. Reconocida es la habilidad del hispano para hacer leña del árbol que cae. Las dos hijas de Manuel Zapata, por su parte y hartas de permanecer en el centro de todas las conversaciones, vendieron la casa que su difunto padre había adquirido en el pueblo tiempo atrás y no regresaron jamás. El pobre Antonio Fenet, uno de los pocos amigos que José González tuvo en vida, sufrió por partida doble ya no sólo perdió un amigo y hubo de soportar el trauma de ser el protagonista del macabro hallazgo, sino que también fue condenado al ostracismo y obligado por las circunstancias a llevar una vida de anacoreta. Y el Marqués de Grañina, separado legalmente de su esposa desde marzo de 1976, nunca volvió ni a Los Galindos, ni a Paradas.

El caso coge impulso

Tras sacar las oposiciones en 1981, el recién nombrado juez Heriberto Asensio se hace cargo del juzgado de Marchena. Tal y como sucedía con otros muchos profesionales de la judicatura, Asensio estaba convencido de que el célebre Crimen de Los Galindos se había cerrado y medio olvidado en falso por razones de conveniencia. Era por esto su deseo el de impulsar con nuevos bríos las investigaciones y, en consecuencia, lo primero que hizo apenas desembarcó en su despacho de la localidad sevillana fue releer sin tregua el voluminoso sumario 20/1975.

Su primera sorpresa al abordar los más de 600 folios de que se constituía el documento fue la de encontrarse con varios anónimos acusadores, dirigidos a diversas autoridades de Paradas, y de los que nunca antes se había tenido pública noticia. Con ello, la idea de que quedaba algún cabo suelto en la investigación tomaba cuerpo. Idea que se consolidó en la mente de Asensio al comprobar que el caso parecía haber muerto para la justicia, pero no para la prensa y la opinión pública. En aquellas fechas dos excelentes trabajos de investigación periodística vieron la luz y animaron al magistrado en sus deseos. El primero de ellos fue elaborado para la Cadena SER por el periodista sevillano José Fernández, un gran conocedor del asunto de Los Galindos; el otro sería construido por la reportera Cary Peral para el archiconocido programa Informe Semanal, de Radiotelevisión Española. Ambos parecían llegar a la misma conclusión: quedaban muchas cosas por desvelar.

Se dio, por otra parte, la feliz circunstancia de que también entonces recalaba en Sevilla el forense Luis Frontela, catedrático de Medicina Legal. Frontela, formado en las técnicas del FBI y de Scotland Yard, era un personaje con cierta –y no siempre recomendable- tendencia al protagonismo mediático, pero también una de las grandes figuras emergentes de la antropología forense española, de modo que el juez Asensio no dudó en solicitarle que estudiara el sumario y la documentación fotográfica de Los Galindos y, luego, elevara el consiguiente informe. Sus primeras conclusiones demostraron que había caso: determinó que el cadáver de Juana Martín tuvo que ser transportado desde el comedor hasta el dormitorio de la casa por, al menos, dos individuos. Esto podía deducirse de las manchas de sangre que se habían depositado en el suelo y que mostraban claramente que el cuerpo había sido levantado en algunos tramos, en posición horizontal, alrededor de medio metro, lo que equivalía a decir que una persona lo había sujetado por los tobillos y otra por las muñecas. Resultaba virtualmente insostenible que un solo individuo –menos todavía si pesa poco más de 50 kilos como era el caso de José González- pudiera realizar una operación similar con los cerca de 70 kilos de peso muerto de Juana. Había más. Por lo menos una de las dos personas que trasladaron a la mujer del capataz hasta el dormitorio caminaba torpemente, con las piernas muy separadas, ya que las gotas de sangre habían caído hacia la derecha o hacia la izquierda según apoyase uno u otro pie.

Otro dato de enorme relevancia que se mantuvo en secreto tras las primeras investigaciones y del que tampoco se hizo mención en el informe público que convertía a José González en el asesino: junto a los restos de sangre de Juana Martín, del grupo 0, aparecieron en una de las camas algunas manchas que no pertenecían a la mujer al ser del grupo A+. Y esto constituía un serio problema en la medida que se hacía probable que al menos una persona fuese agredida con ferocidad en el dormitorio. No pudieron ser en tal caso ni Manuel Zapata ni Ramón Parrilla, pues ambos tenían el grupo B. Así las cosas se hacía necesario averiguar el grupo sanguíneo de los dos cadáveres carbonizados en el cobertizo, dato que la primera autopsia no desveló y que en aquel momento era todavía desconocido[8]. Pero no sólo. Era preciso determinar de una vez por todas, sin lugar a la duda, las causas de la muerte del tractorista José González. También el peso, fuerza y altura de quien asesinó al capataz y a su esposa y, en fin, una amplia serie de datos por los que nadie se había molestado en preguntar hasta entonces. Y fue por ello que Heriberto Asensio ordenó la exhumación de los cadáveres enterrados apresuradamente en aquellos nichos del cementerio de Paradas. Los muertos iban a hablar.

Y lo primero que dijeron fue que el antes maldito José González había muerto de forma violenta al igual que los demás y, posteriormente, fue quemado junto con su Asunción el alto del pajar. Ni que decir tiene que la noticia causó una conmoción sin precedentes en Paradas, un pueblo que de la noche a la mañana descubría que, durante años, había tratado injustamente a una familia entera a causa de un grave error judicial. Lo cierto es que, al menos en un principio, el hecho de que González fuera asesinado no le exoneraba al completo de sospechas -no olvidemos que cuando fue al pueblo a buscar a su esposa, era probable que ya hubiera tres cadáveres en el cortijo-, pero la noticia fue suficiente como para que sus familiares empezaran a limpiar su nombre, y por ello encargaron una nueva lápida para el nicho que ahora compartía con su esposa. En ella, en lugar del precedente muerto que antecedía a la fecha, se hizo constar la palabra asesinado.

Desde el momento en que Asensio se hizo cargo del juzgado de Marchena, las convulsiones en torno al crimen de Los Galindos no pararon de sucederse. La siguiente, cuando el forense Frontela todavía no había concluido con su concienzudo trabajo, fue la aparición de una carta anónima ocultada a la investigación durante nada menos que siete años. En dicha misiva, el autor se autoinculpaba del crimen y apuntaba el nombre del inductor del mismo para que no se culpe a un inocente. Fue el abogado Manuel Toro, quien asumió la defensa de la familia de José González de manera prácticamente altruista convencido de que se estaba cometiendo una grave injusticia, la persona que logró que la carta llegara a las manos del magistrado Asensio, y tras no pocos esfuerzos y pesquisas.

La misiva, franqueada con un sello de tres pesetas con la efigie de Francisco Franco, estaba matasellada en Zaragoza el 18 de febrero de 1976 y fue enviada al entonces alcalde de Paradas, José Gómez Salvago[9]. A partir de ese momento, la misiva siguió un recorrido que no ha quedado nunca aclarado y que la llevó al limbo durante años.

Su destinatario, José Gómez, dijo haberla hecho llegar a manos de la policía, pero lo cierto es que ninguno de los jueces que trabajó en el caso durante aquellos días manifestó haber tenido nunca acceso a la misma. No hay motivos para dudar de la honestidad del alcalde, quien negó a la prensa cualquier clase de relación con lo sucedido en torno a Los Galindos, pero el hecho de que la carta jamás fuera puesta en conocimiento de la judicatura –tal vez por error u omisión de alguien- sirvió para alimentar la teoría de Toro, quien siempre sostuvo que existía un sumario paralelo al oficial y que se había culpado a José González de los asesinatos a fin de ocultar la verdad de una historia que comprometía a otros más importantes. En todo caso, el abogado manifestó haber obtenido el documento a través de un familiar del antiguo alcalde de Paradas[10]. La teoría de la conspiración estaba servida.

El autor de la carta, que decía llamarse Juan y se mostraba arrepentido de sus terribles actos por los que decía merecer la horca, se autoidentificaba como vecino de Marchena y sostenía haber puesto tierra de por medio tras haber cometido los asesinatos. La pretensión de aquellas letras –sostenía- no era otra que la de impedir que se cargara el crimen al inocente José González ya que también fue muerto a tiros. Según el autor, había actuado a las órdenes de un tercero que estuvo presente en todo momento durante la refriega y que colaboró con él en todo momento llegando a matar a tres de las víctimas[11]. El único objetivo, sostiene el anónimo, de aquella matanza era Manuel Zapata, siendo las otras víctimas testigos indiscretos del crimen. En el caso especial de Asunción Peralta sucedió, al parecer, que el contratante ordenó a José González que fuese a buscar a su esposa, supuestamente, para evitar males mayores, orden que el tractorista obedeció sin oponer resistencia.

Afirma el comunicante anónimo que se le había dado orden expresa de liquidar al capataz del cortijo, pero que llegado el momento de la verdad no se atrevió. De este modo, el inductor tomó la decisión de hacerlo él mismo arguyendo que de él no se llegaría a sospechar nunca. A continuación el tal Juan aseguró haber dado muerte a Juana Martín. Entre ambos trasladaron el cadáver a una de las habitaciones de la casa. Parece que en ese momento, siempre según la reconstrucción del anónimo, el jornalero Ramón Parrilla se acercaba al caserío ignorante de lo que estaba sucediendo transportando un depósito con agua potable. Así, el tal Juan le salió al pasó en el camino para darle muerte allí mismo.

Se dice en el documento que fue más o menos entonces cuando González y su esposa llegaron, y que fueron asesinados a tiros apenas echaron pie a tierra por la misma mano que había dado muerte a Zapata. Luego, entre ambos, transportaron los cadáveres al altillo del cobertizo, rociaron con gasoil las alpacas amontonadas y les prendieron fuego. Acto seguido, concluye el anónimo, se marcharon.

Sea como fuere, y a pesar de que los testimonios de esta índole han de tratarse con sumo cuidado, la inmensa cantidad de detalles que ofrecía la misiva, muchos de los cuales nunca se habían hecho públicos, otorgaban a su contenido no poca fiabilidad.

A todo esto, el forense Frontela presentó al fin el esperadísimo resultado de sus autopsias que, a pesar de sus más de 250 folios, puede resumirse en una serie de conclusiones elementales:

  • El apresurado y rutinario trabajo del forense Harcenegui había sido incompleto y había resultado prácticamente inútil para la posterior investigación del asesinato múltiple.
  • La primera idea del inexperto cabo de la Benemérita que transformaba al capataz oculto, porque su cadáver se encontró mucho después, en el sospechoso principal del caso, había convertido las primeras horas de la investigación –siempre las más importantes- en un auténtico desmadre durante el que se borraron las pruebas elementales y se destruyó la posibilidad de reconstruir los hechos con fiabilidad.
  • Los cadáveres calcinados en el alto del pajar del cortijo pertenecían, sin duda alguna, a las personas de José González y Asunción Peralta. Nadie ponía en duda este extremo, pero tampoco se había demostrado fehacientemente hasta entonces.
  • Era materialmente imposible que el crimen lo hubiera podido cometer una sola persona. Por consiguiente, aún cuando el tractorista José González hubiera tenido algo que ver en el asesinato de los otros, no habría podido estar solo.
  • José González fue asesinado al igual que los demás. La causa de su muerte fue un grave traumatismo craneoencefálico producido, sin lugar a dudas, por el golpe de la culata de una escopeta. Del estudio del tórax semicalcinado del tractorista cabía deducir la existencia de los restos de una bala, si bien esto nunca ha podido confirmarse con certeza y dio lugar a muchas controversias.
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Recorte de prensa haciéndose eco de los hallazgos del forense Frontela (Fuente: El País).

El debate estaba servido. Sobre todo porque las nuevas aportaciones a la investigación del doctor Frontela, y el giro radical que tomaban los acontecimientos, dejaba en muy mal lugar la competencia de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado. Tanto es así que no tardaron en alzarse voces contrarias a la teoría defendida por el nuevo forense que, además, ratificaban la valía de las investigaciones realizadas en un primer momento y reincidían en la mayor parte de las conclusiones oficiales de aquellos primeros días. Sucede, no obstante, que el problema de reafirmarse en el error, la chapuza y la mentira es que con tales argumentos no se llega muy lejos. Luis Frontela lo sabía bien y, precisamente por ello y previa autorización del juez Asensio, puso todo el sumario en manos de varios agentes especiales del FBI y Scotland Yard quienes, tras estudiarlo, certificaron todas sus conclusiones punto por punto.

Pero el juez Heriberto Asensio fue destinado a Las Palmas de Gran Canaria y la instrucción del sumario recayó, otra vez, en manos del magistrado Antonio Moreno, designado para el caso como juez especial. Y Moreno, que valoró muy positivamente el trabajo de Frontela, trató de seguir adelante en la medida que había sospechas razonables sobre dos personas, una de ellas muy relacionada entonces con Los Galindos y, la otra, cercana a esta. Por lo demás existía un posible móvil económico referente a las diferencias entre los datos reflejados en las cuentas de explotación del cortijo y la producción real del mismo. El problema residió en que no existían pruebas materiales que relacionasen a los sospechosos con los asesinatos y todo quedaba ya en manos de una posible torpeza de estos o de la pura y dura casualidad.

Hasta hoy.

Una hipótesis razonable

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Portada de la novela de Alfonso Grosso que pretende ofrecer una explicación al crimen.

Con independencia de las especulaciones difundidas hasta la saciedad por la prensa de la época –algún amigo del amarillismo llegó a exponer incluso la ridícula teoría de los rituales satánicos-, la hipótesis que se ha hecho más popular a la hora de justificar el crimen de Los Galindos fue la expuesta por el escritor Alfonso Grosso en 1978, tres años después de las muertes y cuando se empezaba a tener claro que nunca se cogería a los autores del quíntuple asesinato. En su historia, novelada bajo el título de Los invitados –muy en el estilo de narraciones como A sangre fría, de Truman Capote-, que luego sería llevada al cine con escasa fortuna por el cineasta Víctor Barrera, Grosso apuntó tras dos años de larga investigación un móvil verosímil que, sin embargo, nunca se ha podido demostrar por terceros de modo fehaciente. La idea general era la de que los crímenes tuvieron su razón de ser en el ajuste de cuentas de un grupo mafioso asentado en Marruecos, dedicado al tráfico de marihuana, una de cuyas plantaciones clandestinas se encontraría en los terrenos del cortijo.

Es un hecho corroborado que un destacamento de la Legión estuvo de maniobras en las inmediaciones de Paradas meses antes de los asesinatos. Grosso sostuvo que uno o varios miembros de aquella unidad que podría mantener vínculos con una organización dedicada al tráfico de estupefacientes, viejo conocido a la sazón del capataz Zapata, habría entrado entonces en contacto con él para sugerirle la idea de plantar marihuana en los terrenos de la finca. Un gran negocio que no presentaba graves inconvenientes en la medida que Manuel contaba con la plena confianza del Marqués y, por lo demás, nadie buscaría un cultivo semejante allí, en el corazón de la provincia de Sevilla y en la finca de un noble. Pero el fin del proyecto no sería venturoso. Por alguna razón el militar traicionó a la organización con lo cual se frustró aquella operación a gran escala que podría haber dado pingües beneficios y la tragedia, inevitablemente, se desencadenó. Un grupo de individuos llegaría desde Tánger en un Mercedes para asesinar a quienes plantaron la marihuana, o bien, a la gente del cortijo que, por un motivo u otro, estaba al tanto de la operación.

La historia encaja con los detalles aportados por algunos habitantes de la localidad y sus inmediaciones como, por ejemplo, el hecho de que se había visto un coche como el descrito por Grosso, ocupado por varios sujetos desconocidos, durante el día de autos. Un vehículo, por cierto, que en aquella España de 1975 no podía pasar desapercibido con facilidad. Pero también responde con cierta fortuna al resto de los problemas aparentemente insolubles que el crimen plantea:

  1. Las dos mujeres fueron asesinadas junto con sus esposos en la misma medida que estaban al tanto del asunto.
  2. La presencia de los sicarios en el cortijo, quizá con el pretexto de sostener una reunión de negocios, da razón de los motivos por los que el tractorista González fue en busca de su esposa.
  3. La muerte del bracero Parrilla queda perfectamente encajada en el decurso de los acontecimientos en la medida que formaría parte del negocio, ayudando a los otros dos a sostener la supuesta plantación de marihuana.
  4. Se explica perfectamente la brutalidad de los asesinatos, típica en los ajustes de cuentas entre clanes mafiosos.
  5. Se ajusta al hecho de que los asesinos fueron más de uno.

No obstante, lo cierto es que durante las profusas indagaciones que la Guardia Civil llevó a cabo en las tierras del cortijo, se rastreó la finca palmo a palmo, con caballos, recorriéndose las tierras en las que presumiblemente podría haber estado la plantación. No se encontró nada parecido a la marihuana o a cualquier otra variedad de cáñamo índico que tuviera propiedades estupefacientes.  Tal vez ya no existía esa plantación cuando los crímenes sucedieron… Y quizá por ello, a fin de quemar los posibles restos que hubiera almacenados en el cobertizo, hubo un incendio aparentemente inútil. Todo esto, sin embargo, no deja de ser una especulación no refrendada por pruebas materiales.

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Cartel de la película de la discordia de Víctor Barrera que interpreta de manera libérrima el texto de Grosso… Y que, por cierto, es un verdadero horror cinematográfico. Pese a todo, interesante para amantes de la historiografía criminal.

Una especulación que, como ya se apuntó más arriba, el cineasta Víctor Barrera llevó al cine con título homónimo a la novela de Grosso en 1987. Ni que decir tiene que el revuelo que se armó en Paradas a causa de la exhibición de la cinta fue tremendo. Los paradeños, en grupitos, se acercaban a Sevilla –de la que el pueblo dista 53 kilómetros- para visionar la película y el resultado siempre era el mismo: Es una porquería y una mentira. La verdad es que si el trabajo de Barrera sirvió para algo fue, precisamente, para que los habitantes de Paradas permitieran a los ajenos penetrar en la auténtica psicología de los asesinados gracias a sus informes de primera mano.

La opinión generalizada del pueblo no atentaba especialmente contra la calidad del filme –que es bastante malo y pervierte en gran medida el contenido de la novela de Grosso-, o contra el hecho de que hurgara en una herida dolorosa y todavía abierta pues eran cíclicos los seriales y recordatorios puntuales de los medios de comunicación. Esta animadversión se cifraba en el hecho de que con aquella parodia cinematográfica se degradaba moralmente a la familia González y, además, se presentaba, a decir de muchos, una versión absurda de lo ocurrido. De Juana Martín, por ejemplo, papel que en la ficción interpretó la célebre Lola Flores, no pocos dijeron que se ofrecía una visión grotesca: La capataza –se comentaba entre los lugareños-, a pesar de su condición humilde, era elegante y muy educada, porque se había criado por ahí con los señores. Otros iban más lejos todavía y aseveraban ante los micrófonos: Ya quisiera la Lola Flores.

Pero la peor parte de la historia, como viene siendo habitual, se la llevaba el difunto José González. Su hermana Manuela no dudó en presentarse en un juzgado de guardia de Sevilla a poco de ver la película, el mismo día del estreno, para denunciarla por injurias y calumnias. No era para menos. Barrera, a la sazón guionista del filme, presenta al tractorista como un soberano tonto que, encima, soporta estoicamente el adulterio de su esposa –Amparo Muñoz en la ficción- con el capataz del cortijo. En efecto, la sola aparición del ficticio González en la pantalla provocaba la risa de los espectadores a tal punto que Manuela llegó incluso a discutir durante la proyección con alguno de sus vecinos de butaca. Y sus paisanos estaban de acuerdo con el dictamen. Víctor Barrera trató de defenderse, como es habitual en estos casos, asegurando no entender nada de lo que estaba sucediendo: Lo que yo he hecho no es el crimen de ‘Los Galindos’ sino una obra de creación inspirada en una hipótesis literaria. Excusa tan pobre como increíble cuando la película ni tan siquiera alcanzaba los mínimos exigibles de calidad, rigor y seriedad, pero bien se valía del tirón mediático del crimen real para hacer taquilla.

En medio del revuelo, otro hermano de José González, Francisco, se presentó en el despacho de Alfonso Muñoz-Repiso, entonces alcalde socialista de Paradas, a fin de solicitarle que se manifestara públicamente contra la exhibición de la película y expresara así el descontento popular. Y así fue. La corporación municipal al completo decidió en pleno extraordinario apoyar las demandas de la familia González. A ello siguió una populosa manifestación en la que los vecinos de Paradas, tras una pancarta que rezaba los paradeños no se venden, parafraseando el poco original eslogan publicitario del filme, recorrieron las calles de la localidad. En todo caso, para Muñoz-Repiso lo más fastidioso era que el Ministerio de Cultura hubiera subvencionado la producción: Arreglados estamos –sentenció ante las cámaras- si esto es el nuevo cine andaluz. En todo caso el jaleo provocó, como es lógico, un efecto contrario al pretendido ya que Los Invitados se convirtió en uno de los títulos más taquilleros de la temporada sevillana. Cuestión de morbo, sentenciaba el alcalde de Paradas al respecto… En efecto, cuestión de morbo, porque en condiciones normales nadie se habría gastado ni un céntimo en ver semejante atentado contra el Séptimo Arte.

Ominoso final

Tras una explosiva entrada en las páginas de la prensa nacional y su posterior conversión en un largo serial que fue seguido con fruición por la opinión pública, el asunto de Los Galindos comenzó a languidecer para verse finalmente eclipsado por la muerte del general Francisco Franco, que ocurriría cuatro meses después, el día 20 de noviembre. Luego reaparecería esporádicamente en los medios de comunicación, sobre todo con el nuevo impulso del tandem Asensio-Frontela, pero lo cierto es que llegó un punto, con la cercanía de la década de 1990 en el que aquello ya no parecía interesar a nadie. Así, el tema quedó para el deleite y la tertulia de legos y especialistas en materia criminológica.

El oscilante interés de las Autoridades también comenzó a amainar mediada la década de 1980 en la medida que el caso se presentaba como virtualmente insoluble. Nada quedaba ya por hacer. Nadie quedaba por ser interrogado ni en Paradas, ni en sus inmediaciones. Y si alguien sabía algo estaba claro que nunca lo diría, con lo que el dossier acabó definitivamente aparcado en algún archivo polvoriento para ser sustituido por asuntos más fáciles y perentorios. Sólo algunos periodistas y escritores pertinaces, como el fatalmente desaparecido Ismael Fuente o el conocido reportero de sucesos Francisco Pérez Abellán, continuaron buscando soluciones al imposible y publicando sobre el tema.

Lo cierto es que el crimen prescribió en julio del año 2000 y desde entonces las carpetas y legajos dormitan en la trastienda de algún negociado. Quienquiera que decidiese cometerlo, quienesquiera que fuesen sus autores o inductores y si es que alguno de ellos vive todavía, jamás tendrán que rendir cuentas a la justicia por él.


[1] Marca de cigarrillos de tabaco negro, baratos, de uso común entre la clase trabajadora de la España de aquellos días.

[2] Dictamen que sólo fue positivo nada menos que ocho años después, en 1983, cuando los cadáveres fueron exhumados por orden del juez Heriberto Asensio, quien los puso en manos del forense Luis Frontela Carreras.

[3] Sorprende todavía más que las investigaciones relativas al crimen recayeran durante más de un mes en aquellos mismos agentes rurales, inexpertos y poco dotados materialmente.

[4] Esta parte de la historia resulta algo estrambótica y enrevesada, pero marcó definitivamente el devenir posterior de las investigaciones. Lo cierto es que el caso debía recaer en manos del juez de Marchena, pero el puesto se encontraba vacante. Así las cosas, había de ser el juez de Carmona, Víctor Fuentes, quien se hiciera cargo del caso… El problema era que Fuentes se encontraba de vacaciones por lo que, de rebote, el crimen de Los Galindos fue a parar a manos del magistrado de Écija, Andrés Márquez. Sin embargo, Márquez sólo pudo hacerse cargo del sumario al día siguiente y fue por ello que la Guardia Civil decidió echar mano del ya jubilado Jiménez, un hombre de escasa experiencia en esta clase de asuntos.

[5] La escasa competencia del trabajo del forense Harcenegui quedó de manifiesto tras la exhumación de los cuerpos y los hallazgos que, ocho años después, fue capaz de realizar Luis Frontela.

[6] Aunque pueda parecer sorprendente, no fue sino hasta varios años después que se valorase con seriedad la posibilidad de que el crimen pudiera haberlo cometido más de una persona.

[7] Según la biotipología de Kretschmer, los asténicos o leptsómicos constituyen uno de los cuatro biotipos básicos de la especie humana. El asténico se caracteriza por tener la cabeza alargada en sentido anteroposterior, cuello frágil y tórax largo y estrecho. Su musculatura suele estar poco desarrollada siendo las extremidades superiores e inferiores inusualmente largas en relación al tronco. Este tipo de individuos acostumbra a tener una personalidad inquieta y muestra predisposición a las digestiones difíciles y la anemia, entre otros trastornos viscerales. Apresurémonos a señalar que la biotipología es una pseudociencia totalmente desacreditada.

[8] Aún cuando no exista líquido sanguíneo en un cadáver, es posible averiguarlo con una fiabilidad absoluta analizando los restos de tejido adheridos a los huesos en la medida que en ellos siempre quedan unas sustancias conocidas como aglutininas, que revelan dicha información. Esta técnica, todavía experimental hace treinta años, es lo que permite revelar el grupo sanguíneo incluso de las momias antiguas.

[9] Gómez Salvago llevaba en aquel entonces veinte años ininterrumpidos como alcalde de Paradas. En 1977 fue cesado ya que se celebraron los primeros comicios municipales de la democracia, y nombrado con posterioridad gobernador civil de Huesca. La victoria electoral de del PSOE en 1982 supuso también su relevo en este cargo, que coincidió con su jubilación.

[10] No es la única contradicción en la versión que el alcalde dio de su participación en los hechos. También comentó en cierta ocasión no conocer a la familia González más allá del saludo, cuando se pudo comprobar que les escribió desde Huesca en enero de 1978 y también, como afirmaron algunos miembros de la familia, que había estado varias veces en su casa.

[11] El nombre del supuesto inductor, que constaba en la carta, jamás se hizo público por obvias razones.