El indignado ciudadano Géricault

Fragata Medusa #2
La fragata Meduse, en un grabado de la época.

En junio de 1816 la fragata francesa Meduse, que no solo estaba recién botada, sino que también se consideraba como uno de los navíos más rápidos y eficientes de la flota francesa, partió del puerto de Rochefort (Charente Maritimo) con destino a Senegal formando parte de un convoy de cuatro embarcaciones. La capitaneaba el vizconde Hugues Du Roy de Chaumereys, marino de clara trayectoria monárquica, desafecto a la causa napoleónica y con escasa experiencia naval, pues había navegado muy poco a lo largo de 20 años. Pero contaba con grandes apoyos políticos ganados a golpe de bailes, veladas en lujosos salones aristocráticos y trajines de despacho que le habían propiciado finalmente el cargo. Dada, por tanto, la no reconocida pero palmaria falta de experiencia marítima del capitán, la responsabilidad de la navegación recaía sobre el navegante: un tal Richefort que, según narran las crónicas, no hacía mucho tiempo que había salido de una prisión londinense.

La misión era importante: retomar el control de la colonia de Senegal, que le había sido devuelta a Francia tras la Paz de París de 1815, resultado de la derrota de Napoleón en Waterloo. Precisamente por ello, los dos pasajeros preeminentes de la Meduse eran el designado como nuevo gobernador del territorio, Julien Désiré Schmaltz y su esposa Reine. Pero había más aparte de la marinería: un batallón entero de infantería destinado al protocolo y todo el personal administrativo de la que sería nueva delegación del gobierno francés en Senegal.

Arsenal Rochefort 1690
El arsenal del puerto de Rochefort en un grabado de 1690.

Tras recalar en Tenerife para aprovisionarse, apremiado por Schmaltz, y en su obsesión por dar cumplimiento a la misión cuanto antes para satisfacer a sus benefactores, el capitán soltó todo el trapo y se adelantó al resto del convoy, pero a causa de la velocidad –a la que deben sumarse los malos consejos de su navegante y el hecho de desoír sistemáticamente las advertencias de sus oficiales- cometió un error de navegación que le desvió de su curso unos 100 kilómetros. Realizó entonces, ya cercano a las costas africanas, la pertinente corrección de rumbo, pero fue peor el remedio que la enfermedad pues Chaumereys se adentró conscientemente en la Bahía de Arguín (Mauritania) donde, a causa de su palmaria inexperiencia e ignorando el hecho de que la profundidad disminuía de suerte dramática en torno a la nave, siguió desplegando todo el velamen con lo que la Meduse encalló finalmente en un banco de arena. De nada sirvieron las advertencias al respecto del alférez Maudet, quien sumido en la desesperación había avisado del riesgo a Chaumereys en reiteradas ocasiones.

Se pensó que con la ayuda de la marea, y aligerando el barco, sería posible desencallar y los tripulantes trataron de liberarlo durante casi tres días. No obstante, el 5 de julio, se dieron por vencidos. Al parecer, cuando la nave lograba flotar de nuevo, el Poniente constante de la costa africana metía de nuevo a la Meduse en el banco de arena certificando así el hecho de que no habría forma de salir de la trampa. En aquel momento, y tras una fugaz chispa de esperanza, ya había cundido el pánico a bordo sin que el capitán, en una enésima muestra de falta de experiencia, fuera capaz de elevar la moral y controlar los ánimos exaltados. No era para menos. La nave comenzaba a inclinarse peligrosamente pese a que se recogió todo el velamen y el agua empezaba a inundar parte de la cubierta. De hecho, la fuerza del oleaje hizo que se perdiera el timón.

Dado que se encontraban a tan solo 60 kilómetros de la costa Mauritana Chaumareys, presionado por el gobernador Schmaltz, decidió tomar la medida extrema de abandonar el barco para dirigirse a la costa mediante los botes. El problema es que en ellos solo había espacio para 250 personas. Y Chaumereuys, reunido en secreto con el gobernador Schmaltz y la oficialidad de la fragata, decidió unilateralmente quiénes serán los privilegiados que ocuparían un lugar en los botes, la mayor parte de los cuales, por supuesto, serían sus amigos, conocidos y benefactores. Así, en silencio y entre las protestas airadas y los insultos de los que tendrían que buscarse la vida, el capitán y los elegidos ocuparon silenciosamente sus puestos en los botes salvavidas. Por supuesto, en un gesto que refrenda su extrema cobardía, Chaumereys no solo no reconocería jamás estos hechos, sino que además culpó a la propia tripulación del barco del desastre, llegando a insinuar incluso una vergonzosa acusación de piratería. Cabe reseñar que ni tan siquiera los botes eran del todo seguros pues, chapuza sobre chapuza, varios de ellos estaban aún sin calafatear dada la reciente fabricación de la fragata.

Fragata Medusa #1
El abandono de la Meduse en un grabado extraído de la obra clásica de Farrere (1954).

La solución que se ideó para vencer la desgraciada contingencia de los abandonados fue una completa chapuza irreflexiva, pues a fin de transportar a las 146 personas restantes –la mayoría soldados capitaneados por un tal Dupont, aunque también había una mujer entre ellas-, se construyó aprisa y corriendo, reuniendo tablones de aquí, mástiles de allá, y traviesas de acullá, una balsa precaria de 20 metros de largo por 7 de ancho que se hundió parcialmente al recibir la carga. De hecho, los más cautos, apenas un puñado de marineros, optaron en ese mismo instante por no embarcar en la balsa y permanecer en el barco encallado esperando un futurible rescate que nadie sabía cuándo se produciría si es que llegaba a producirse, pero cuya perspectiva se antojaba preferible a enfrentarse a la mar picada hacinado en aquel simulacro de embarcación.

Encallamiento Medusa
Lugar en el que encalló la Meduse.

La idea original del capitán Chaumareys era que la frágil balsa sería en principio remolcada por los botes para cubrir una travesía que no sería demasiado larga… Pero la cosa no sería tan fácil. A los pocos kilómetros de navegación quedó claro que la balsa era ingobernable desde los botes a causa de la mar embravecida y se tomó la terrible decisión: se soltaron las amarras sin mayor explicación y tanto la dudosa almadía como sus tripulantes quedaron abandonados a su suerte. Como vemos, las víctimas de la cobarde incompetencia de Chaumereys son, además, traicionadas. Y advirtieron bien pronto que las posibilidades de supervivencia serían muy escasas, por lo que el ambiente entre los náufragos se degradó muy rápidamente.

Dibujo de la Balsa
Dibujo de la balsa realizado en la época de los acontecimientos.
Reproducción Balsa Museo Marina Rochefort
Reproducción de la balsa tal y como puede verse en el Museo Naval de Rochefort.

La gran acumulación de personas sobre la balsa había motivado que apenas hubiera provisiones de comida -un paquete de galletas que se consumió el primer día- o bebida. Solo se disponía de dos contenedores de agua que se perdieron durante las primeras disputas y cinco barriles de vino que no podrían ni remotamente abastecer de líquidos a tanta gente. Era lógica tal imprevisión. Sobre el papel –y ya se sabe que el papel lo aguanta todo- se había calculado una travesía corta que sería cubierta con la ayuda de los botes en un par de jornadas a lo sumo, y nadie había pensado en la eventualidad de una navegación más larga o en, simplemente, la posibilidad de ser abandonados en el Océano Atlántico.

Lo cierto es que el hacinamiento y las disputas hicieron el resto, de modo solo durante la primera noche al menos veinte personas se suicidaron o fueron asesinadas. La lucha por sobrevivir había sido terrible pues el oleaje era espantoso y todos tenían claro que la única forma de superar el desastre era mantenerse en el centro de la balsa, de modo que la pugna permanente por conseguir las mejores posiciones había hecho el resto. Los más débiles o quienes simplemente desfallecían, eran lanzados por la borda sin miramiento alguno a fin de preservar el preciado vino. Con el paso de los días, finalmente, se degeneró en el canibalismo, cosa bastante habitual entre los náufragos de aquellos días en los que las posibilidades de ser encontrado en alta mar eran bastante escasas, lo cual motivaba largas –y a menudo infructuosas- derivas y tremendas necesidades supervivenciales.

El hecho es que trece días de infierno después, el 17 de julio de 1816, la balsa fue avistada por el bergantín Argus, nave que formaba parte del convoy original que partió de Rochefort, y finalmente rescatada. El hallazgo fue casual, pues nadie había dado orden de buscar a los abandonados de la Medusa. Antes al contrario, el Argus, cuyo capitán nada sabía de las vergonzantes decisiones de Chaumereys, se topó con la balsa cuando retornaba hacia el lugar del naufragio en busca de los 90.000 francos en oro y los cañones que la fragata encallada transportaba en sus bodegas. Estaba claro que el infausto capitán Chaumereys –y probablemente Schmaltz aunque no se probó- había decidido echar tierra al asunto en la esperanza de que nadie encontrara con vida a los desgraciados de la balsa. Pero quiso el azar que se los encontrara. Y qué visión: la balsa estaba repleta de muertos o moribundos enloquecidos y ebrios –recuérdese que lo único que se podía beber era vino- que se habían comido hasta los sombreros, los uniformes y los correajes de cuero. Incontables restos de carne humana se secaban por doquier para ser luego consumidos. Tras la desesperación, el hambre, la sed, las peleas y los suicidios, solo había 15 supervivientes –que se habían bebido incluso su orina- de entre los 146 tripulantes del comienzo. Pese a los cuidados que se procuraron a bordo del Argus a los así rescatados, cinco más de ellos morirían a poco de desembarcar en el que se pretendía en un principio como destino final de aquella trágica travesía: Saint-Louis (Senegal).

Lo más irónico del desastre es que los pocos tripulantes que optaron en su momento por permanecer en la zozobrante Meduse azotada por el oleaje serían encontrados con vida, y en buen estado de salud, cuando se localizó finalmente la fragata nada menos que 54 días después del encallamiento. Sorprendentemente, e insistimos en ello, de Chaumereys no fue en busca del barco para rescatar la nave o tratar de salvar al resto de sus tripulantes, sino por orden del gobernador Schmaltz a fin de recuperar el oro que había depositado en sus bodegas, y que necesitaba con urgencia para financiar los gastos de su delegación.

Le Naufrage de la Meduse


La vergüenza

Cuando el evento llegó a la opinión pública francesa, se convirtió en una vergüenza nacional. Y llegó porque a menudo la verdad es tan terrible que no puede ocultarse, pues el gobierno francés –cobardía sobre cobardía- hizo todo lo posible por echar tierra sobre el desastre de la Meduse lo cual, cuando se supo, aún indignó más al pueblo. El cirujano militar Henry Savigny y el cartógrafo Alexandre Correárd, dos de los supervivientes de la tragedia de la balsa, fueron los autores del primer reportaje sobre el tema que vio la luz y puso en conocimiento de toda Francia los graves hechos. No podían callarse. Y no podían hacerlo porque el gobierno de la Restauración Borbónica –reinaba entonces Luis XVIII-, en su mezquindad y con la finalidad de ahorrarse las pertinentes indemnizaciones, quiso silenciar a todos los denunciantes expulsándolos del servicio, multándolos o bien encarcelándolos para que no pudieran realizar declaraciones públicas sobre la cuestión. Se había decretado que la tragedia de la Meduse debía quedar sepultada bajo las olas africanas ya fuera por lo civil, o por lo criminal.

Correard y Savigny Libro
Segunda edición del relato del naufragio de la Meduse compuesto por Savigny y Corréard.

Finalmente, el escándalo resultó imparable y hubo de buscarse el pertinente cabeza de turco. El capitán Chaumereys, encausado por el testimonio decidido de los pocos supervivientes, sería acusado del abandono del barco, de haberse desentendido de la balsa, así como de incompetencia. Tras un consejo de guerra se le condenó a la degradación, así como a la irrisoria pena de tres años de prisión que al menos cumplió íntegramente. Terminaría falleciendo años después en el más completo ostracismo, pues nunca fue rehabilitado pese a que lo exigió con denuedo, en su residencia del Château de Lachenaud.

También el gobernador Schmaltz –coronel en la excedencia y con una larga carrera militar para más señas- fue acusado por instigador del desastre y por no haber hecho lo que le correspondía como persona de su posición política, pero en su caso los efectos de la denuncia fueron mucho más livianos por cuanto se le consideró también víctima de las malas decisiones de Chaumereys. Continuó como gobernador de Senegal hasta 1820 para fallecer posteriormente, en 1827, ocupando el cargo de Cónsul General de Francia en Turquía.

La indignación de Géricault

Theodore Gericault
Th. Géricault (1791-1824), en un grabado de Alexandre Colin (1818).

Théodore Géricault, por aquellos días, era un joven y ambicioso pintor que quedó profundamente impresionado –e indignado, como muchos de sus compatriotas- por la peripecia de la Medusa. Así, en tanto que empezaba a obtener cierto reconocimiento público y dado que buscaba un tema llamativo y polémico con el que impulsar su carrera, decidió tratar el épico naufragio en un cuadro de gran formato (716 cm x 491 cm o 35,15 m2) que nadie le había encargado.

La tarea de investigación le llevó casi un año. Estudió a fondo la historia, se entrevistó personalmente y en varias ocasiones con Savigny y Correárd, construyó una reproducción de la balsa, visitó hospitales y depósitos de cadáveres para estudiar de primera mano la textura y color de los agonizantes y de los muertos, elaboró cientos de bocetos preparatorios, estudio todos los grabados existentes que describían la nave hundida… En alguno de sus bocetos pueden observarse escenas de canibalismo que, finalmente, Géricault decidió no incluir en la composición final de su obra en la medida que excedían con mucho los estándares de “buen gusto” asimilables por el público de la época.

Balsa Medusa - Boceto
Uno de los muchos bocetos de Géricault dibujo durante la fase preparatoria de la obra.

Tras diez meses de preparación y alquilar un estudio especial en el que poder desplegar un bastidor de las enormes dimensiones requeridas, Géricault concluyó la obra trabajando en intensas jornadas de diez horas que se prolongaron durante ocho meses. Según cuentan los pocos elegidos que tuvieron el privilegio de entrar en aquel estudio durante aquellos días, el pintor llegó a obsesionarse a tal punto con su creación que incluso se olvidaba de comer. Así lo testimonian su discípulo, Luis Alexis Jamar, su amigo y confidente Dedreux-Dory, el pintor Robert-Fleury, y un muchacho que por aquellos días se iniciaba en la profesión artística y para quien el trabajo de Géricault resultaría enormemente inspirador y modélico: Eugene Delacroix.

La Balsa de la Medusa
La balsa de la Medusa

El cuadro es asimétrico y desordenado de manera intencionada, cosa poco común en las composiciones pictóricas de comienzos del siglo XIX, pues buscaba confrontar con el espectador, hacerle sentirse incómodo y obligarle a tomar partido. No obstante, se estructura en la forma de dos pirámides que se sostienen sobre la base inestable del mar. Dado que la pintura “se lee” en Occidente de izquierda a derecha, Géricault decidió contar la historia de este modo: desde la muerte y la desesperación de los que “se rinden” a la esperanza y la lucha por sobrevivir de quienes avistan el barco rescatador. Éste último se sugiere como un punto en el horizonte entretanto la vela de la balsa es empujada por el viento en la dirección contraria, lejos de la salvación y hacia la muerte, hecho que realza el extraordinario patetismo de un cuadro en el que Géricault insertó, a título de homenaje, sendos retratos de Savigny (quien aparece en el centro del cuadro, apoyado sobre el frágil mástil de la balsa) y Corréard (que toma del brazo a Savigny para informarle del avistamiento del Argus). También el de otro superviviente llamado Lavalette. Lo cierto es que todos los personajes del cuadro son retratos de personas que acompañaron a Géricault a lo largo del proceso de composición de la obra: Delacroix se nos presenta como el hombre desesperado que sostiene el cuerpo del cadáver en el primer plano[1]. También contribuyeron con sus posados otros amigos cercanos como el oficial Dastier, Cadamar (una modelo profesional), Martigny, o Theodore Lebrun.

Pero La balsa de la Medusa es más que una obra de protesta, una excelente creación artística o un cuadro polémico. Se trata de una profunda investigación sobre la naturaleza humana en la que su autor, de suerte magistral, logra penetrar en la psicología interna de los personajes y en el modo que las personas, en tanto que diferentes, afrontan de la adversidad de muy dispares maneras. Probablemente en ese reconocimiento que el espectador hace de sí mismo, en el modo como nos proyectamos en las diferentes expresiones psíquicas de los protagonistas de la obra, resida precisamente el magnetismo que ejerce sobre todo aquel que la contempla por primera vez.

La Balsa de la Medusa Analisis

Lo cierto es que cuando el cuadro fue presentado al público, recibió un trato desigual y a todas luces injusto. Era demasiado avanzado para su tiempo. Para empezar, la idea romántica del arte como denuncia que hoy nos es tan próxima, en aquellos días no solo era extraña, sino también improcedente, por cuanto se consideraba al arte como mera expresión de la belleza que poco o nada tenía que decir sobre cuestiones políticas o sociales. En segundo lugar, su descarnada emocionalidad y su avanzadísima falta de respeto por las convenciones artísticas del neoclasicismo –como los principios de la perspectiva, o la composición escénica- motivaba que muchos espectadores lo consideraran “desagradable”, de “mal gusto” e incluso técnicamente estrambótico. Luego, ocurría que Géricault convertía en figuras de primer orden a personas anónimas, desconocidas, de la masa, lo cual terminaba por resultar extravagante e improcedente para la alta sociedad francesa de la época, precisamente la interesada por las expresiones artísticas, por mucha liberté, egalité y fraternité que se pretendiera vender en los discursos políticos… Como contrapartida, buena parte de la prensa sí supo entender las pretensiones últimas del pintor o simplemente quiso aprovechar la ocasión para remover conciencias y, pretextando la exposición pública del cuadro en 1819, desempolvó la tragedia la Meduse para alimentar la caldera de la protesta ante los desmanes del poder y el mal gobierno.

Delacroix - Medusa
Eugene Delacroix, entonces con 21 años, retratado por Géricault como uno de los personajes principales de su escena.

Se dice que Géricault vivió con grave indignación la incomprensión que suscitó su obra maestra, a tal punto que incluso valoró la idea de abandonar la pintura. Difícil es saberlo con certeza pues, lamentablemente, murió poco después, con tan solo 32 años. No obstante, tras su muerte el cuadro fue inmediatamente adquirido por el Museo del Louvre, cuyos conservadores supieron elevarse sobre la mediocridad para entender que estaban realmente ante algo tan nuevo como simplemente magnífico. En la actualidad, La balsa de la Medusa es reconocida como una de las obras fundadoras del romanticismo pictórico, a tal punto que su influencia puede observarse con claridad en artistas de la talla del ya mencionado Delacroix, Courbet  e incluso Turner.

Balsa de la Medusa - Pogues
El cuadro de Géricault ha alcanzado el rango de icono de la cultura popular, siendo objeto de infinidad de adaptaciones y readaptaciones para múltiples fines y formatos. En este caso, inspiró la portada del disco Rum, Sodomy and the Lash (1985), del grupo irlandés The Pogues

Otras fuentes:

Berger, K. (1955). Géricault and His Work. Lawrence: University of Kansas Press.

Dossier de National Geographic España sobre el naufragio de la Medusa.

Farrére, C. (1954). Histoire de la Marine Française. Paris, France: Flammarion.

Noriega, J. (2014). “La maldición de la Medusa. El naufragio más terrible de Francia [Espejo de navegantes. Blog de arqueología naval http://abcblogs.abc.es/espejo-de-navegantes/2014/04/26/la-maldicion-de-la-medusa-el-naufragio-mas-terrible-de-la-francia/].


[1] En correspondencia, Delacroix incluiría muchos años después un retrato de Géricault entre los personajes que pueblan su Barca de Dante (1854).

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El hombre “demasiado” normal

Francisco Quintana, ABC
Francisco Quintana Calvo (Fuente: diario ABC).

Corría el 15 de septiembre de 2005. Jueves por abundar en los detalles.

Francisco Quintana Calvo, de 38 años, domiciliado en la localidad madrileña de Tres Cantos, echó mano de su bicicleta nueva y salió, sobre las 18:00 horas, a dar una vuelta por el paraje de Soto de Viñuelas para hacer algo de ejercicio. Se estaba iniciando en la práctica de este deporte pues al ser informático de profesión -empleado de la empresa Oracle, con sede en la localidad madrileña de Las Rozas- debió suponer que era una forma tan buena como otra cualquiera de desentumecerse tras pasar mucho tiempo sentado frente a una pantalla, a la par que para sobreponerse a una dolencia cardíaca leve. De hecho, la dichosa bicicleta era un regalo reciente de su esposa y, al parecer, era la cuarta o quinta vez que hacía aquella ruta en la que no solía emplear más de un par de horas.

Se trataba de hombre sumariamente normal, casado con una psicóloga, Miriam, – mujer muy religiosa de credo evangélico- padre de una niña de seis años a la que adoraba y con otro crío de camino al que se esperaba con sumo agrado. Vecino querido y respetado de vida muy familiar y ordenada, y del que pocas cosas raras podían colegirse. Serio, algo introvertido a decir de quienes le conocían, correcto en el trato, excelente trabajador según sus compañeros y superiores, sin costumbres altisonantes… No había ángulos oscuros ni recovecos turbios en la vida de Francisco. No tenía enemigos o cuentas pendientes con nadie. En definitiva, e insistimos en ello, un tipo extremadamente normal, incluso perfecto, que sin embargo nunca retornaría al hogar al ser víctima de una truculenta e inexplicable agresión durante aquel paseo que sería el último.

Una muerte terrible

Como decimos, Paco –así le llamaban habitualmente sus conocidos- no volvió cuando se le esperaba ni dio aviso alguno de que se retrasaría, y la cosa era muy rara porque siempre llevaba consigo su teléfono móvil y jamás faltaba sin dar razón.

Tras denunciarse la pertinente desaparición y puesta en marcha la pertinente búsqueda, el cuerpo sin vida de Francisco fue hallado un par de días después por la Guardia Civil en el paraje de Rascambres, cerca de El Molar, a unos veinte kilómetros de su domicilio. Lo encontró una mujer que paseaba por allá. Estaba completamente desnudo y tenía golpes en la cadera y el abdomen, lo cual hizo que se pensara inmediatamente en un atropello que indujo a quienes lo abandonaron a tratar de ocultar cualquier prueba incriminatoria. Y se emplearon a fondo, pues se pensó que el acto había sido perpetrado por al menos dos personas. El problema residía en que no había otras de las heridas que habitualmente aparecen en esta clase de atropellos (fracturas, marcas severas de arrastre) y la bicicleta nunca apareció, con lo que la hipótesis nunca llegaría a corroborarse más allá de las especulaciones fundadas. Tenía, por lo demás, algunos pequeños hematomas en la espalda cuyo origen se ignora, pero que bien pudieron producirse durante el traslado del cuerpo.

Los detalles de la autopsia eran claros: El cuerpo de Francisco, golpeado con algún objeto contundente –o bien atropellado- pero aún con vida, fue meticulosamente desnudado, desposeído de cualquier objeto que permitiera una rápida identificación –como documentación o teléfono móvil- y rociado unos con dos litros de gasolina, empezando por la cabeza y terminando por la cintura. Tenía hollín en las fosas nasales, lo cual indica que aún respiraba cuando lo quemaron. El fuego también afectó a los genitales, pero ello no se debió tanto a alguna clase de interés sádico, como al hecho de que una parte de la gasolina se deslizó hacia las ingles de la víctima. Las manos tampoco escaparon al detallado tratamiento “especial” de los agresores, lo cual motivó que la identificación del cuerpo se retrasara, pues al quedar el rostro irreconocible, los forenses hubieron de reconstruir la huella dactilar de uno de los dedos índices con gran dificultad, aunque logrando la suficiente cantidad de puntos de identificación como para poder cotejarla con garantías. Una posterior reconstrucción dental y la prueba de ADN hicieron el resto. No obstante, es probable que la conciencia forense de los agresores les permitiera poner la suficiente tierra de por medio como para poder desvincularse de sus actos con éxito.

Sea como fuere, es un hecho que Francisco Quintana ni se movió durante todo el proceso, pues no había heridas de defensa o signos de forcejeo, y además la marca negruzca que quedó en el suelo allá donde se le quemó tenía los contornos perfectamente definidos. Tanto pudo perder el conocimiento durante el proceso, como encontrarse totalmente incapacitado para moverse por sus lesiones, pero este extremo nunca quedó aclarado.

Solo había una pista solida: las rodadas de un vehículo encontradas junto al cuerpo que permitieron realizar un reconocimiento de los neumáticos, así como de una lista de posibles coches que montaran esa clase de ruedas. Probablemente, algún género de furgoneta. Por lo demás, una concienzuda búsqueda por las gasolineras cercanas permitió establecer la idea de que los agresores de Francisco extrajeron la gasolina del depósito del propio vehículo, o bien ya la portaban consigo cuando lo agredieron, pues nadie en las inmediaciones recordó haber servido gasolina a persona alguna que portara una garrafa o continente similar. También se rastrearon talleres y túneles de lavado en busca de vehículos con golpes o manchas sospechosas. Cero.

Hipótesis de trabajo

No se descartó de entrada idea alguna, pero la meticulosidad de los agresores de Francisco Quintana, su clara sangre fría y su contundencia a la hora de tratar el cuerpo, llevaron inmediatamente a la Guardia Civil a pensar en una acción profesional, bastante alejada de un acto de delincuencia común y próxima al tópico ajuste de cuentas. Ningún delincuente del montón se toma tantas molestias por una bicicleta o un teléfono. Especialmente en un paraje bastante transitado por ciclistas aficionados en el que ya se habían producido algunos robos nunca denunciados, como luego se supo. Y ello complicaba las cosas porque ampliaba el abanico de posibles motivaciones e incrementaba el tamaño del círculo de las pesquisas exponencialmente:

  1. Robo (improbable).
  2. Accidente (hora y lugar equivocado).
  3. Atropello voluntario (¿por qué?).
  4. Venganza (¿de qué?).
  5. Crimen por encargo (¿con móvil económico, pasional, profesional?).

Nadie estaba libre por tanto de sospechas. Pero la vida normal –demasiado normal- de Paco Quintana se convirtió en un tremendo obstáculo que cerraba caminos a los agentes con excesiva facilidad, y se comía las posibles pistas a una velocidad vertiginosa. Parece que allá donde todo el mundo podría tener un secreto, donde podría albergarse una mentira o el conato de una conspiración, solo había en el caso de este anodino informático metido a ciclista una misteriosa claridad que nada aportaba y desmenuzaba fácilmente toda posible indagación.

Se investigaron sus últimas llamadas. Su círculo de amigos y compañeros de trabajo, con los que tampoco solía compadrear demasiado, al punto de que incluso se escapaba a la hora de la comida para ir a su casa. Se accedió a los archivos de sus ordenadores, e incluso se indagó sin resultado en algún club nocturno con el que se pensó que pudiera tener alguna remota vinculación (las Autoridades nunca explicaron, por cierto, porqué se abrió esta peculiar línea de trabajo tan aparentemente ajena a las costumbres del fallecido). Nada. Francisco era un hombre tan perfecto, ordenado e intachable… Solo el hecho de que no se encontrara muy en forma a causa de la ya indicada dolencia cardiaca en la válvula mitral que limitaba sus posibilidades atléticas, siendo además fumador compulsivo, dejaba algo meridianamente claro: era muy probable que el asalto, accidente o lo que fuera sucediera muy cerca de su casa y que su hallazgo en el distante paraje en el que apareció fuera resultado del traslado del que fuera objeto por parte de los criminales.

Y ello introducía el caso en derroteros extremadamente misteriosos y hacía pensar en otras ominosas ideas: ¿Estaban sus agresores tras su pista? ¿Querían secuestrarlo? ¿Buscaban alguna clase de información confidencial? ¿Era víctima de extorsión? ¿Algún chantaje? Ciertamente, el secuestro se presentaba como improbable en la medida que la autopsia determinó que había muerto en el mismo día de su desaparición, pero las otras cuestiones no se diluían con tanta facilidad si se prestaba atención a las ocupaciones profesionales de Francisco Quintana Calvo que, bien mirado, podrían terminar por explicar muchas cosas.

¿Información clasificada?

Oracle Ibérica, Las Rozas, Madrid
Sede de Oracle Ibérica en la localidad madrileña de Las Rozas.

La empresa Oracle, entre otras cuestiones, está especializada en la gestión y optimización de datos para gobiernos y empresas de todo el mundo, y mantenía por aquellos días –aún mantiene- contratos con el Gobierno de España y otras empresas muy importantes para controlar datos de infinidad de organismos públicos y privados, y a todos los niveles: desde simples bases de datos comunes y poco comprometidas a información reservada. Ello hizo que la Guardia Civil se decidiera a indagar en esta conexión que se presentaba jugosa.

Ciertamente, y como corresponde al caso, la multinacional se apresuró a hacer público que Francisco no trabajaba en aquel momento con información confidencial o reservada, pues se encontraba en la plantilla externa de la empresa y estaba ocupado en un proyecto para la Compañía Telefónica, pero ello no implicaba en modo alguno que no lo hiciera con anterioridad, que sus agresores lo supieran, que se hubiera enterado de algo indebido accidentalmente, o bien que estuvieran presionándolo para que les realizara alguna clase de servicio ilegal. De hecho, es conocido que Francisco Quintana había disfrutado de unos meses de baja laboral –se dice que por depresión, pero la familia no quiso abundar en detalles- y que, tras anunciarse su desaparición, hubo cierto tumulto en las altas esferas del Ministerio del Interior, desde las que se dieron órdenes expresas de priorizar su búsqueda e indagar en el caso a fondo, lo cual levantó no poca polvareda en algunos medios de comunicación.

No obstante, la meticulosa “normalidad” del asesinado volvió a imponerse. La revisión de sus últimos movimientos laborales, su oficina, ordenadores y archivos arrojó escasa luz, y los investigadores encargados del caso volvieron a encontrarse con la nada. Puede que la falta de información en esta dirección fuera justamente lo que parece, o bien que el propio Francisco o algún otro posible implicado en el misterio supieran borrar cualquier rastro con suma eficacia. Puede, incluso, que ya hubiera transmitido a sus asesinos aquello que deseaban conocer y que precisamente ello le costara la vida. Como reconocieron los agentes de la Guardia Civil, el caso que tenían sobre la mesa era fastidioso, de esos que se complican, se enquistan, tienen “mala baba” y se van convirtiendo en un engorro sin pies ni cabeza.

Al final, la tesis del accidente de tráfico empezó a perfilarse como la más verosímil, tal vez porque era la única que encajaba con la poca información circunstancial que se había podido reunir –o que al menos se hizo pública-. Tras pasar por la depuradora de Soto de Viñuelas, cerca del castillo, los ciclistas asiduos a aquel trayecto consultados por los agentes reconocieron que había un tramo aproximado de un kilómetro bastante peligroso en el que se cruzaban coches y bicicletas, y donde se encontró la única pertenencia de Francisco Quintana: la visera de su casco Catlike recién estrenado. Ello motivó, en consonancia con las huellas de rodadas encontradas junto a su cuerpo, que se buscara sin éxito al conductor –seguramente acompañado- de una furgoneta que pudo embestir a la bicicleta accidentalmente.

Paco Quintana - Recorrido
Reconstrucción a partir de Google Maps.

Sin vínculos

Tras el entierro de Francisco Quintana –el juez instructor de la causa prohibió a la familia incinerarlo por si fuera precisa la exhumación del cadáver-, ocurrido el 25 de septiembre, todo comenzó a enfriarse muy deprisa. Incluso informativamente. El extraño caso del informático de Tres Cantos, que por sus peculiaridades se había convertido en un evento de primera línea que llegó a ocupar portadas de semanarios, pronto, en cuestión de días, quedó relegado al más absoluto silencio administrativo lo cual motivó no pocas sospechas y fortaleció en algunos foros la idea de que tal vez alguien estuviera interesado en extirpar el extraño asesinato de Paco Quintana de la escena pública. Quién sabe. Tal vez la cosa fuera simplemente lo que parecía, tal vez no.

Aún se quiso ver alguna conexión entre la muerte del ciclista con otra acaecida anteriormente en el mismo paraje, concretamente el día 1 de agosto, pues existía la singular coincidencia de que en aquella fecha se había quemado a un empresario madrileño, el constructor Santiago Fiel, en un lugar cercano a aquel en el que apareció el cuerpo de Francisco Quintana Calvo. Pero también este pista se disolvió: pronto quedó claro que ambos hombres no tenían absolutamente nada que ver entre sí y que el caso del empresario, que manejaba grandes sumas de dinero y conducía un coche de gran cilindrada cuando desapareció, caminaba por derroteros bien diferentes y probablemente más prosaicos. Al fin y al cabo, Paco Quintana tenía un salario que no superaba los dos mil euros mensuales y el estado de sus cuentas corrientes era tan saneado y normal como el resto de su vida.

La última pista que rastreó la Guardia Civil, sin embargo, pareció buena. Como solemos decir, demasiado buena para ser verdad. Casi tres meses después y por mor de una denuncia ciudadana, se detuvo a tres inmigrantes ilegales que conducían por las fechas de la muerte de Paco un furgón de las características adecuadas –que luego vendieron- y que podrían haberlo atropellado accidentalmente para luego tratar de ocultar su rastro a todo trance. Posteriormente, las detenciones llegaron a siete. Se trataba de un grupo de ciudadanos de origen dominicano al que se investigó a fondo. Y agua de nuevo. Quedó establecido que la denuncia provenía de un compatriota despechado por un lío de faldas que simplemente quería llevárselos por delante haciendo todo el daño posible. El muy canalla incluso se ratificó en su denuncia ante el juez, pero finalmente quedó claro que los detenidos eran completamente inocentes y fueron puestos en libertad sin cargos.

Las últimas noticias que se tienen de este extraño caso, el de un hombre tan esforzado en ser normal e intachable que a fuerza de serlo no pudo ayudar a las Autoridades esclarecer su propia y terriblemente anormal muerte, se remontan a marzo de 2006. Nada a partir de ese momento. Silencio absoluto. Y todavía, preguntando por ahí para componer la entrada que lees, me encuentro a colegas vinculados en su día con este asunto que, al terminar, tuercen el gesto y murmuran algo entre dientes: “me parece que en eso del informático había gato encerrado…”


Fuentes complementarias

Hidalgo, C. (2005). Tres inmigrantes sin papeles, sospechosos del atropello mortal del ciclista de Tres Cantos. Diario ABC, edición del 14 de septiembre.

Rendueles, L. y Marlasca, M. (2005). Dos crímenes gemelos. Revista Interviú, edición del 26 de septiembre.

Egea, A. y López, P. (2005). Las claves de un crimen. Así son las cosas, 179, pp. 8-11.

Morcillo, C. y Muñoz, P. (2006). Huellas de humo. Diario ABC, edición del 10 de agosto.

De vampiros, licántropos y otros amigos (parte I)

The Order 1886
Imagen del videojuego The Order, 1886. Otra visión de un tema clásico en clave posmoderna. La enésima.

El vampiro y el licántropo[1] existen, ese es el hecho. Cierto que es difícil creer que en la forma tradicional del nosferatu -o no muerto- que ataca a los vivos impelido por una irrefrenable necesidad de beber su sangre a fin de mantener su estado, o de la persona que en las noches de plenilunio se transforma en lobo, si bien incluso el vampiro y el licántropo mitológicos gozan de una precisa explicación antropológica. La sangre y la carne, como no podría ser de otra manera, siempre han sido consideradas el centro vida. Se encuentran en los cimientos de todos los cultos y religiones, desde las más ancestrales. Hay creencias en las que el corazón de los difuntos es cocinado y consumido por su ser más amado. Algunas tribus de Australia y Nueva Zelanda pretendían la curación de ciertas dolencias abriendo las venas de los amigos varones del enfermo a fin de que le ayudaran a expulsar su enfermedad en una especie de catarsis colectiva. En la eucaristía cristiana el vino se transustancia en sangre y el pan en carne para la limpieza del pecado y el ofrecimiento de una vida eterna. Otros cultos minoritarios judeocristianos, como el de los Testigos de Jehová, se oponen enconadamente a prácticas sanitarias comunes como la transfusión de sangre por motivos enteramente metafísicos. En todas las culturas existen rituales sacrificiales simbólicos o reales y relatos acerca de vampiros, hombres lobo y quimeras similares (arpías, dragones, hombres leopardo, minotauros, y otro largo etcétera). También testimonios sobre la forma en que se presentaban a sus víctimas, el atroz modo en que se comportan y la forma en que el sujeto puede protegerse de ellos, o bien son erradicados por siempre jamás.

Herodoto
Herodoto.

Los licántropos fueron particularmente populares en Grecia y Roma, y es precisamente por ello que los textos grecolatinos son una de las fuentes más antiguas y amplias a este respecto[2]. No podemos olvidar, en tal sentido, que Romulo y Remo, los supuestos fundadores de Roma, fueron según la tradición amamantados por una loba. Pero este tratamiento extensivo no se circunscribió tan solo al punto de vista de lo legendario o lo mitológico. Ya una figura en absoluta sospechosa como Heródoto de Halicárnaso (484-425 a. C.), fue uno de los primeros autores en tratar el tema de la transformación de hombres en lobos al narrar la incursión de castigo que el persa Darío realizó en Escitia[3].

No obstante, las imágenes del vampiro y el licántropo que han parecido imponerse en el ideario colectivo de Occidente no son demasiado lejanas en el tiempo y se ubican históricamente en el lapso temporal comprendido entre los siglos XII y XVIII, cuando en Europa –especialmente en el Centro y el Este del continente- se desató una fiebre vampírica así como una proliferación de cuentos y mitos sobre hombres lobo sin precedente histórico. A partir de la Edad Media, muchos eruditos se entregaron en cuerpo y alma al estudio del vampirismo, como Augustin Dom Calmet, Montague Summers, William de Newburgh o Walter Mapes.

Mucho tuvo que ver el vigor del cristianismo con ello en la medida que impuso en la visión e interpretación de los sucesos particulares y colectivos una polaridad de dos fuerzas contradictorias: Dios y el diablo. Más todavía, como acertadamente indica Fondebrider[4], la doctrina cristiana no estuvo en ningún caso dispuesta a equiparar ambos poderes en una relación simétrica, de suerte que el diablo se fue haciendo paulatinamente acreedor de una mayor gama de maldades, en la misma medida que ello evitaba que la bondad de Dios fuera en algún momento puesta en entredicho. El resultado del proceso generó la imagen siniestra de Satán que todos conocemos en contraposición a la imagen plenamente benéfica de la divinidad. De este modo, los licántropos, vampiros y demás monstruos tradicionales, que en algún momento del pasado pudieron -y así fue de hecho- albergar sesgos de positividad, se convirtieron en encarnaciones de la más absoluta maldad.

Desde entonces, la literatura, primero, y el cine después, han inmortalizado tanto al vampiro como al hombre lobo para convertirlos en uno de los más populares de los estereotipos perversos de nuestra cultura. No nos referimos tan sólo al celebérrimo Drácula de Bram Stoker. También autores de la nada dudosa talla literaria de Goethe, Lord Byron o Baudelaire, entre otros, alumbraron algunas de sus más grandes páginas tomando como referencia a los cazadores de la noche. También suele olvidarse con exasperante facilidad que la Caperucita Roja de Perrault es mucho más que un cuento para niños y, de hecho, tanto en sus orígenes como en su concepción original distaba mucho de serlo. En realidad el juego de analogías que magistralmente plasmó en sus páginas el francés nos habla de una terrible tragedia: la de una niña púber que ignorando el sabio consejo de su madre abandona el camino correcto para ser acosada, agredida y devorada –junto a su abuela- por un criminal perverso y desalmado. Una historia que ha sucedido cien veces en la vida real, en muchos rincones del mundo y con protagonistas de carne y hueso. Tan auténticos como en los tiempos en que Perrault compuso este aperitivo literario que, descafeinado por el paso del tiempo, relatamos a nuestros hijos como si tal cosa por el mero hecho de que hemos asumido esta clase de sucesos, que otrora aterraban al común de los mortales hasta el punto de elevarlos al rango de lo legendario, como algo normal.

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El actor Christopher Lee encarnando el mito del vampiro que prosperó en el imaginario colectivo del siglo XX: pretendida elegancia, supuesto erotismo y un toque hortera.
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El hombre-Lobo cinematográfico, sin embargo, ha sufrido escasa evolución estética. Quizá por su estilo de monstruo bruto y “a la antigua”, siempre ha tenido pinta un poco macarra y desastrada. Lo más que se pudo hacer por él en sagas famosas como Underworld fue quitarle los pantalones y animalizarlo más si cabe.

Egocentrismo y sociopatía

Autores como Picart y Greek señalan que el estudio científico del vampiro y el licántropo, es decir, aquel que parte de una consideración no sobrenatural del hecho atribuyendo las víctimas de estos legendarios personajes a la acción criminal, comenzó a principios del siglo XX. En 1907, el sociólogo norteamericano E. A. Ross publicó un trabajo que el tiempo ha hecho clásico: Sin and Society (pecado y sociedad). En él describe a una nueva especie de monstruo, el criminaloide[5], responsable del sufrimiento de amplios colectivos sociales a causa de su proverbial ambición y una absoluta falta de interés por la seguridad y supervivencia de las clases trabajadoras. Es evidente que Ross quería referirse figuradamente a los gurús del capitalismo que gobernaban con mano de hierro, y aras de sus propios intereses, los destinos económicos de la sociedad capitalista. En la misma teoría abundó el sociólogo de la Escuela de Chicago Robert Park, quien habló en sus trabajos del vampirismo capitalista al referirse al colonialismo económico estadounidense. Conceptos ambos que guardan, por cierto, estrecha relación con el delincuente de cuello blanco del que también hablara por extenso Sutherland.

Lo interesante, en todo caso, es que esta corriente sociológica relacionaba el comportamiento de estos sujetos con una maldad patológica que los transformaba, más que en meros explotadores, en monstruos insensibles. En suma: desde estas teorías se establecía un sugerente nexo entre la actitud –de clara raíz psicopática- de ciertos individuos con respecto a sus congéneres y la clase de conductas que nuestra cultura ha asociado indeleblemente a aquellos seres a los que tradicionalmente se ha otorgado el calificativo genérico de monstruos. Y lo cierto es que las ideas de Ross, Park o Sutherland no sólo inspiraron a los sociólogos, sino también a los estudiosos del crimen que, por primera vez, abandonaron la idea del criminal como sujeto anormal para establecer vínculos conceptuales entre la conducta criminal y los procesos que operan en el medio social que ahora –corrupción va, corrupción viene- nos parecen evidentes pero que en aquellos días distaban mucho de ser tan obvios[6]. La idea de fondo es ciertamente inquietante: vivimos en un mundo regido por una serie de procesos perversos que, por su propia idiosincrasia, producen toda suerte de monstruos.

Robert Ressler
Robert Ressler (1937-2013).

A este respecto, cuando un periodista preguntó al célebre perfilador del FBI Robert Ressler acerca de los elementos que hacían a las sociedades avanzadas –como es el caso de la estadounidense- tan proclives a la aparición de criminales antisociales, su respuesta fue tan concisa como contundente: “la gente se ha vuelto básicamente egocéntrica. Las metas de cada uno han suplantado a las metas de la sociedad. Las personas no están de acuerdo en nada salvo consigo mismas. Todo esto tiene resultados en la conducta. Si hablamos de alguien que sufre disfunciones sexuales o morales y que está educado para pensar que puede y debe solucionar sus problemas por sí mismo, pero al mismo tiempo supone que las relaciones sexuales que debiera tener son inalcanzables, entonces tiende a tomar por la fuerza aquello que está fuera de su alcance. Y, sin duda, un asesino en serie es una persona enteramente disfuncional que trata de ayudarse a sí misma a obtener aquello que quiere sin observar las consecuencias de sus actos”[7].

Lo cierto es que desde un punto de vista antropológico las raíces de la conducta criminal en el ser humano deben buscarse, más que en la propia historia o en el decurso temporal y circunstancial de las sociedades, precisamente en el fondo de los mitos y leyendas de que se ha alimentado nuestra cultura desde tiempos ancestrales y que han de tener alguna clase de fundamento real, al menos en su objeto central. Basta con releer algunos libros del Antiguo Testamento, observar las mitologías egipcia, grecorromana e hindú o detenerse en las sagas nórdicas para encontrar centenares de relatos sobre agresiones sexuales, agresión, robo, canibalismo, vampirismo, licantropía y otro largo etcétera de brutalidades, perversiones y vejaciones. Por supuesto, los antisociales, se llamasen como quiera en su día, tampoco son una invención del presente. El crimen es tan viejo como la humanidad al punto de que el Génesis bíblico, una vez establecida la Creación, explica que la historia de la Humanidad comienza con un delito –el que cometen Adán y Eva al vulnerar la única norma que Dios les impone-; continúa con un fratricidio –cuando Caín mata a Abel-; y concluye con un genocidio en la forma de Diluvio Universal. Es obvio que el texto fue compuesto por un buen observador de la condición humana.

Cain and AbelTitian c. 1570
Así vio Tiziano el asesinato de Abel a manos de Caín.

Con anterioridad a la aparición de la psicología y la psiquiatría forenses tal y como hoy las conocemos, ninguna otra corriente dedicada al estudio de los procesos mentales había prestado tanta atención a este tipo de cuestiones como el psicoanálisis. Puede que las explicaciones de los procesos inconscientes ofrecidas por los psicoanalistas desde Freud sean consideradas injustamente y con algo de malicia –más por ignorancia de los principios que por un verdadero esfuerzo de comprensión- como elucubraciones sin fundamento. Pero lo cierto es que la psicología y la psiquiatría nunca han dejado de prestarles atención, bien sea de soslayo al punto de que muchos conceptos que hoy damos por buenos fueron, originariamente, concebidos por psicoanalistas. Lo cierto es que actos como los de succionar, morder o el culto patológico a los muertos y lo sobrenatural tienen hondas raíces psíquicas y culturales que no han de ser minusvaloradas si se pretende comprender las motivaciones últimas de la necrofilia, el vampirismo y la licantropía. Ernest Jones, por ejemplo, escribió que no hay cultura en la que no exista la creencia de que los muertos, en determinadas circunstancias, observan a los vivos y sientan un impulso irresistible de retornar con ellos con cualquier propósito. En consecuencia, tampoco resulta extraño que en todos los lugares del mundo existan relatos de fallecidos que visitan a los vivos, los ayudan, los poseen o simplemente tratan de destruirlos. Del mismo modo, a fin de contrarrestar el supuesto poder de los muertos o sus demandas, en toda cultura se dan ritos de apaciguamiento, respeto y consuelo para con las almas de los que se fueron[8].

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Y el malvado Sigmund Freud (1856-1939) te pregunta: ¿a ti te gusta chupar? ¿Y por qué?

Lo interesante es que esto se ve reflejado una idea muy extendida acerca del vampirismo en la tradición eslava: los primeros atacados por un vampiro, cuando retorna, son generalmente sus allegados vivos. Pero, además, tanto en el fondo del vampirismo como en el de la licantropía subsiste un componente sexual que, sin duda, ha contribuido a incrementar el atractivo que suscita. Componente que guarda, a su vez, estrecha relación con el mordisco, el acto de chupar e incluso la acción extrema de devorar al ser amado o deseado como forma de posesión total, plena, absoluta. En otro caso, por lo demás, y sin tener presente la influencia de un patriarcado milenario que enfatiza el valor intrínseco de la heterosexualidad, resultaría inexplicable la creencia legendaria de que los vampiros y los hombres-lobo prefieran como víctimas a personas del sexo opuesto. Tampoco el supuesto subyacente a muchos de estos relatos de que, contra todo pronóstico, las personas atacadas por estos seres sientan al mismo tiempo terror y fascinación[9].


[1] Conviene realizar una precisión terminológica ya que el hombre lobo y el licántropo son cosas semejantes pero no lo mismo. El primero es aquel que tiene el poder de transformase en lobo físicamente mientras que el segundo es, precisamente, el sujeto que posee una visión distorsionada de la realidad que le hace creer que puede metamorfosearse en lobo y que, consecuentemente, durante los momentos en que se cree transformado se comporta como tal.

[2] Fondebrider, J., Licantropía. Historias de hombres lobo en Occidente. Buenos Aires, Adriana Hidalgo Editora, 2004.

[3] Herodoto, Historia. Libro IV. Madrid: Gredos, 2001.

[4] Fondebrider, 2004, Op. cit.

[5] Evidentemente, el concepto no fue acuñado por Ross, sino por Cesare Lombroso y es muy probable que se este autor se inspirase en la obra pionera de los componentes de la llamada Escuela Positiva del Derecho Penal. Ahora bien, el uso que hace del concepto, desde un punto de vista sociológico, es enteramente novedoso.

[6] Pérez-Fernández, F., Imbéciles morales. Consideraciones históricas de la mente criminal. Jaén: Ediciones del Lunar, 2005.

[7] Kouri, J., Criminal Profile: The Monsters Within. En Internet [www.oscweb.com].

[8] Jones, E. (1951). On the Nightmare. New York, Liveright. Existe traducción al español: La pesadilla, Buenos Aires, Hormé, 1967.

[9] Christopher Lee, actor que se hizo mundialmente famoso encarnando al Conde Drácula en las películas de culto que la factoría británica Hammer realizó en los años 50 y 60 no alberga duda alguna al respecto: “Drácula ofrece la ilusión de la inmortalidad, el deseo subconsciente que todos tenemos de poder sin límites. […] Es la imagen del superhombre con un atractivo erótico para las mujeres, que lo encuentran totalmente seductor”.

Conjurando a Frestón

Vuelo de Clavileño


El vuelo de Clavileño

Brujas, locos, pócimas, fármacos, médicos e inquisidores a través de la literatura cervantina

Francisco López-Muñoz / Francisco Pérez-Fernández

Prólogo: Juan Ramón Biedma

Madrid, Delta Publicaciones, 2017


Si alguien, hurgando en los estantes de cualquier librería, se encuentra con este libro y atraído por lo curioso de su título se decide a tomarlo, a buen seguro echará un vistazo a la contraportada. Y cuando así obre se encontrará con este texto:

“Este libro, desde la excusa cervantina, propone un viaje profundo —y crítico— al mundo de las brujas y hechiceras durante la España Áurea, un mundo de turbias supersticiones y calderos pestilentes, brutales persecuciones y torturas, fraudes médicos consentidos, leyes asfixiantes y represivas, inquisidores intransigentes, pseudoconocimiento y misoginia cerril, que se ocultaba bajo la alargada sombra de la fe absoluta, la pureza de sangre y las pretendidas buenas costumbres. Las brujas, sus cuitas y su mundo eran cosa bien conocida por Cervantes, en cuya obra los pícaros, curanderos, embusteros, timadores, ladrones y vividores son especie común por vista de cerca y formar, además, parte intrínseca de ese mosaico existencial, acrisolado de pasados que se cierran y futuros que se abren, que es el Siglo de Oro español. En sus obras se aprecian las muchas experiencias vitales del autor, su singular circunstancia y su vasta cultura: Cervantes conocía bien la medicina de su tiempo, al proceder de una familia vinculada al oficio, e incluso la farmacopea no le era ajena, pues disponía en su biblioteca particular de un la exploración del carácter, como buen conocedor de Juan Huarte de San Juan, y sabía mucho de los entresijos y submundos de la sociedad y la cultura que vivió, y a la que a menudo sobrevivió. Que la obra de Cervantes es una fuente inagotable de inspiración, que admite infinidad de lecturas, no es cosa nueva, y prueba de ello es el mundo de la brujería y sus fenómenos afines, que tanto le fascinaron. De hecho, de los textos cervantinos se extrapolan afirmaciones que hoy día podrían parecer evidentes, como que las prácticas de brujería carecían de influencia satánica y que sus unturas y pócimas solían elaborarse, obviando la excusa ritual, con fines meramente recreativos y lúdicos.”

¿Suficiente? Quién sabe. Lo cierto es que toda obra -igual da su calidad e interés manifiestos- siempre esconde muchas lecturas. De hecho, lo que hace bueno a un libro, más allá de la técnica de quien lo escribe o de la pericia de quien lo lee, reside en la habilidad del autor para exponer y superponer niveles de lectura, así como en la facilidad con la que estos quedan accesibles al posible lector. Por ello, cuando Dickens comenzó su celebrada Historia de dos ciudades con aquella sentencia mítica: “era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos”, estaba haciendo mucho más que regodearse en su indiscutible eficacia como autor: estaba dotando a su obra de un halo de intemporalidad que la haría atractiva para cualquier lector y en cualquier tiempo, que no es poca cosa.

Por eso es que los libros, en general, son siempre peligrosos para los fanáticos, los doctrinarios y los totalitarios. Abren puertas y modifican realidades. Y del mismo modo que a Don Quijote los libros lo perdieron, paradójicamente, fue también que lo salvaron. Y algo de esto debieron barruntarse aquellos que pretendían sacar al Alonso Quijano escondido en la locura del Caballero de la Triste Figura cuando la única forma que se les ocurrió para intentar atraerlo a la cordura fue quemar los libros y tapiar el cuarto de lectura. Desastre del que Don Quijote se libera, precisamente, inventando otra ficción al culpar de todo aquello a uno de sus archienemigos; el sabio Frestón (el nombre del personaje ya es deliciosamente antinómico). Y así es como la vida de cada hombre, en manos de Cervantes, se va convirtiendo en una espiral de verdades, mentiras, ficciones, creaciones y recreaciones que se hacen cosmovisión y perfilan “el mundo” de cada cual. Por eso los dogmáticos han de pasar la vida conjurando a ese paradójico secuestrador de saberes que es el tal Frestón; porque los libros son llaves que abren puertas y ventanas que -creen- debieran permanecer cerradas a fin de asegurar el pensamiento único.

Esto es lo que trata de mostrar este libro, El vuelo de Clavileño, que en realidad es un libro de libros, desde libros y para otros libros. O, por mejor decir, una puerta hacia otras puertas que, a su vez, abren pasillos, túneles y caminos hacia realidades solo aparentemente diferentes en la medida que versiones anteriores de la nuestra. Así debiera leerse más allá de tecnicismos, precisiones, teorías y retóricas -de las cuales hay muchas en la obra- porque con tal deseo se concibió. De hecho, cuando Faulkner decía que el pasado no pasa, que nunca es del todo pasado, que está aquí y ahora, lo que pretendía decirnos es que nada desaparece del todo sino que en todo caso se recicla, se disfraza,  se reconstruye y vuelve de otro modo, en otra forma.

Cuando mi compañero -y amigo- Francisco López y yo concebimos la idea de este libro teníamos claro bien fuera de manera inconsciente el argumento de Faulkner. Creímos, con Dickens, que todos los tiempos son los mejores y los peores al mismo tiempo. Pensábamos, desde la modestia más certera, como Cervantes: que si un libro te condena, solo un libro puede salvarte, y que no existe mejor antídoto contra el veneno de la ignorancia, frente al no saber quiénes somos, que el redescubrimiento de ese pasado que, en realidad, nunca pasa del todo pues lo único que ocurre es que raramente lo reconocemos al verlo oculto tras sus nuevos disfraces. ¿Lo hemos conseguido? En realidad lo ignoro y no creo que ningún autor sepa realmente si ha hecho poco más que escribirse a sí mismo cuando escribe cualquier cosa.

Sea como fuere, el libro está ahí y habla ya por sí mismo.

 

El hombre de los dulces


El protagonista -debiéramos decir como se comprobará los protagonistas– de esta historia, la de Dean Arnold Corll, ofrece tres connotaciones muy interesantes. La primera de ellas es que tratándose de uno de los asesinos seriales más salvajes de todos los tiempos, no está entre los más célebres y recordados tanto por los especialistas como por los aficionados a la materia. La segunda, no menos importante, reside en el nada desdeñable dato de que los cómplices de Corll, individuos que le suministraron la mayor parte de sus víctimas, que le ayudaron en la barbarie y que encubrieron sus brutalidades, no eran psicópatas “de manual” sino tipos dominados por la más elemental avaricia. En tercer lugar, nos muestra que en esta tipología de crímenes, de existir un pie de igualdad en las relaciones, la comunidad de intereses suele resultar enteramente circunstancial y es fácil de quebrantar, lo cual degenera en las más funestas consecuencias para todos los implicados… Razón por la que la mayoría de los asesinos en serie prefiere “trabajar solo”.


Corll
Dean Arnold Corll.

A la falta general de interés mediático por Candyman, criminal en el más puro estilo de la tradición del psychokiller norteamericana, parece sencillo darle una explicación: todo en su vida fue demasiado tópico. La infancia de Corll no fue más compleja que la de cualquier otro niño sometido a la férrea disciplina de un padre castigador y que vive el divorcio de sus progenitores. Tampoco su adolescencia difirió en exceso de los derroteros previsibles en un joven anónimo que se descubre homosexual en un entorno escasamente tolerante. Incluso la parte más negra y terrible de su vida –la criminal- es sórdida, poco literaria, repleta de estereotipos y lugares comunes. Problemas de identidad sexual, lujuria, drogas y crimen. Un esquema habitual del género y repetido hasta la saciedad como si se tratara del guion de una película de bajo presupuesto. Incluso lo prematuro de la muerte de Corll privó a la opinión pública de las narraciones morbosas y espectaculares, cuajadas de truculentos detalles en rojo que tanto gustan al experto y al profano. No hubo un juicio multitudinario, atiborrado de testigos que recurrieran a la fórmula manida del “parecía normal” para que por un segundo todos mirasen de reojo al sujeto “normal” que se sentaba a su lado. Es verdad: Dean Corll no fue un criminal mediático y se limitó a ir a lo suyo.

Lo cierto, a poco que nos adentramos en el despropósito, es que advertimos muy pronto que nada es vulgar. Nos las vemos con un relato oscuro que vincula a supuestos cuerdos y supuestos locos, que eslabona las motivaciones prosaicas y completamente normales -incluso comprensibles- de sus cómplices, con la pesadilla psíquica de un depredador sexual. Que ofrece elocuentes pistas sobre el funcionamiento psicológico de unos, los que nos situamos a ambos lados de la línea imaginaria. Corll se entregó a una matanza ciega e irreversible que le adentró en una selva e intrincada a un ritmo que sus cómplices no podían seguir o comprender.

Enfermo, mimado y cariñoso

Dean nació en Fort Wayne, Indiana, el 24 de diciembre de 1939. Creció en un hogar conflictivo en el que sus padres, Arnold y Mary Corll, se pelearon sin tregua hasta que en 1946, poco después de que viniera al mundo el segundo hijo de la pareja, Stanley, se divorciaron. Posteriormente, Mary encontró la vida “vacía” y triste sin Arnold, de suerte que, siguiéndole la pista, se trasladó con los niños a Tennessee donde volvió a contraer matrimonio con él[1]. Así, la familia reunida se trasladaría en 1950 a Houston (Texas).

El señor Corll Sr., electricista de profesión, nunca fue un padre de manual. Descuidaba la atención de los hijos, para, de súbito, castigarlos con gran severidad por el más leve error que pudieran cometer. Acto seguido, tras los gritos y los golpes, se prodigaba en caricias con los chicos. Era un hombre errático y desconcertante tanto para repartir amor como para aplicar castigos y con el que resultaba difícil saber a qué atenerse. Luego, cuando papá y mamá Corll se separaron de nuevo, Mary entró en relaciones que concluirían en boda con un comercial llamado Jake West, quien tenía también una hija de un matrimonio precedente que, a menudo, tuvo que hacer las veces de canguro con Dean y Stanley.

Unas fiebres reumáticas contraídas durante la niñez motivaron que se le declarase un problema de corazón que prácticamente le incapacitaba para los esfuerzos físicos continuados, así que Dean faltó en muchas ocasiones a la escuela, con lo que se perdió otro de los factores principales de socialización. Cobijado siempre bajo la falda de las mujeres de la familia, se transformó, con el tiempo, en un joven excesivamente mimado, taciturno y reservado. Justo el perfil contrario al de su hermano Stanley, chico extrovertido que pasaba horas disfrutando de la amistad y los juegos de sus compañeros de colegio. Limitado para los deportes, a Dean le dio por estudiar música, llegando a tocar el trombón en la banda del instituto en el que cursó la secundaria. Sus notas nunca fueron brillantes, pero tampoco excesivamente malas, y en todo caso aquella carencia quedaba contrarrestada por un excelente comportamiento.

Dean Corll (joven)
Dean en una instantánea de su época como estudiante de enseñanza secundaria.

Su madre, siguiendo la sugerencia de un comerciante del sector, pensó que podría hacer dinero fabricando caramelos de pacana[2]. Y todos los componentes de la familia colaboraron de una u otra manera en la iniciativa de modo que Dean, por ejemplo, echaba una mano pelando frutos o ayudando en el reparto de los encargos. “[Dean] –explica John Gurwell- era muy comprensivo y afectivo, especialmente con los niños. Nunca cuestionó las decisiones de su madre”[3]. De hecho, la ejemplaridad de su comportamiento quedaría puesta de manifiesto una vez más en 1960, cuando se trasladó a Indianápolis con la expresa finalidad de cuidar de su abuela viuda, la madre de su padrastro. El caso es que cuando regresó de Indianápolis, en 1962, Dean encontró que el negocio materno había prosperado mucho. Así, Mary contaba en casa con una auténtica fábrica de caramelos y había dispuesto una tienda en el garaje de la vivienda.

Sin dudarlo un instante, se instaló en un pequeño apartamento sobre el garaje y se enroló en el negocio hasta convertirse en el segundo de a bordo. También, por mediación de su padre natural, con el que siempre mantuvo una excelente relación, obtuvo un trabajo en la compañía eléctrica local, la Houston Lightning and Power, de modo que hacía caramelos durante buena parte de la noche y ganaba un salario estable durante el día. Su futuro era prometedor y no había pasado inadvertido a un buen número de chicas del vecindario que comenzaron a rondarle, pero Dean nunca pareció estar por la labor de establecer relaciones con el sexo opuesto[4].

En 1964, y a pesar de su dolencia cardiaca, Corll fue llamado a filas. En el ejército dio muestras de sus primeras señales de homosexualidad. Es muy probable que en un entorno tan tremendamente masculino y heterosexual Dean fuera objeto de crítica, burla y sanción por parte de compañeros y superiores, pero en ese preciso momento no se produjo ninguna reacción extraña que hiciera sospechar lo que sucedería después. Sirviendo al Tío Sam comenzó, por lo demás, a introducirse en las drogas. Nada serio de momento. Cannabis, marihuana, algún ácido, pegamento y otras fruslerías experimentales de ese tenor. Probablemente fuera por este conglomerado de razones que apenas un año después de su alistamiento se le licenció apresuradamente. Retornó, pues, al hogar sumido en un grave problema de identidad sexual al que se sumó una preocupación creciente, e incluso patológica, por su aspecto físico.

Y, además, las cosas habían cambiado. Durante su ausencia su madre había decidido divorciarse de Jake West, ya que la relación entre ambos se había visto fracturada a causa del absorbente negocio de Mary, que se expandía día a día. La fábrica de caramelos se trasladó a las cercanías de la Escuela Elemental Helms. Dean, que se mudó a su vez a un pequeño apartamento cercano, solía invitar a dulces a los chicos del nuevo vecindario con asiduidad, lo cual le convirtió en un tipo especialmente popular y simpático entre la chavalería, y de ahí el apodo con el que pronto empezó a ser conocido: Candyman -u Hombre de los Dulces-. El caso es que todo fue bien hasta que los críos, que antes parecía gozar de su compañía, empezaron a eludir las intimidades con Dean… Hubo rumores crecientes y un trabajador de la empresa empezó a insinuar cosas sobre “lo que ocurría con los chiquillos”[5]. Dean supo eludir este primer golpe por la vía de la indignación e hizo que su madre despidiera al bocazas. Aún pasaría, sin embargo, meses preocupado por el hecho de que se diera crédito a los rumores[6].

Corll ejercito
Imagen de Dean Corll durante su corto servicio militar.

Mary, sin embargo, tenía cosas mejores que hacer que prestar atención a la sexualidad de su primogénito. De hecho, volvería a casarse por unos años con un marino mercante, y este matrimonio también fracaso en dos ocasiones, la última en 1968. Aquí acabó la fábrica de caramelos, en la medida que la madre de Dean decidió trasladarse para instalar un negocio similar primero en Dallas y, posteriormente, en Colorado. De esta forma tan inusual fue que Dean Corll, frisando la treintena, alcanzó la independencia. Se centró entonces en su trabajo como electricista y se instaló en una pequeña casa que su padre, Arnold, poseía en Lamar Street, en el seno de un tranquilo barrio de clase media. No se deshizo, sin embargo, de un almacén que había alquilado en Silver Bell Street a fin de paliar las estrecheces de su vivienda precedente.

Liberado del control materno experimenta, súbitamente, un cambio tan insospechado como radical en su personalidad. Se transforma en un individuo tétrico, tendente a la depresión e hipersensible hasta lo morboso. Empezó entonces a pasar el tiempo con adolescentes, y a organizar fiestas en su casa donde todos se ponían a tono oliendo pintura y pegamento[7], para luego entregarse a las más diversas fantasías sexuales. Corll seguía regalando caramelos.

Amistades peligrosas

David Owen Brooks
David Owen Brooks

Lo cierto es que en septiembre de 1970, Candyman se sintió preparado para dar el primer golpe. El elegido fue un estudiante de la Universidad de Texas, Jeffrey Konen, que hacía auto-stop camino de Houston, queriendo el azar que fuera Dean Corll el único conductor que se detuvo. En efecto, llevó al chico a la ciudad, pero se las ingenió para convencerle, como otras tantas veces, de que lo pasarían bien en su casa. Una vez allí, tras consumir drogas, beber unas cervezas y oler algo de pegamento, aprovechando el momento en que Konen perdió el conocimiento, guiado por un impulso irresistible, lo ató de pies y manos para sodomizarlo antes de terminar con su vida y deshacerse del cuerpo.

Ciertamente, Dean seguía disfrutando de la compañía de Brooks al tiempo que pagaba a otros chicos para que le practicasen sexo oral, pero la situación se volvía tensa porque Candyman esperaba bastante más de los jovencitos. Si accedían de buen grado –como explicaría David con posterioridad a la policía- salían vivos del trance, pero cuando no era así los violaba y asesinaba. Por lo demás, la estrategia de Corll era virtualmente perfecta en la medida que se las ingeniaba para seleccionar chavales problemáticos, generalmente huidos del hogar, y cuya desaparición por consiguiente no era noticiable[8]. La verdad es que Brooks descubrió lo que estaba sucediendo a finales de 1970, cuando se presentó de improviso en casa de Dean, y lo sorprendió en su dormitorio, desprovisto de ropa y acompañado de dos muchachos, también desnudos, a los que había maniatado concienzudamente. Candyman se puso hecho una furia y le echó de allí con cajas destempladas. Luego, a cambio del necesario silencio, y tras explicarle con total naturalidad que había asesinado a ambos chicos, compraría el silencio de David con un Corvette[9].

En realidad, el coche deportivo abría otra etapa en los planes perfectamente diseñados –concebidos y desarrollados con enfermiza naturalidad- de Dean Corll, pues empezó a pasearse en él –David al volante- a fin de seleccionar juntos a sus sucesivas víctimas. Otras veces, vagabundeaban por las calles en la lustrosa camioneta blanca de Dean. Pocos rehuían la posibilidad de subirse a aquellas ratoneras rodantes para pasar un buen rato con esos dos “tipos enrollados”. Y así se fueron sucediendo las macabras fiestas del Hombre de los Dulces. A veces junto al servil y dependiente Brooks, a veces no. Por lo demás, durante esta época Corll solía alquilar apartamentos en diferentes partes de la ciudad, más o menos alejadas de Lamar Street, a fin de no levantar sospechas entre sus vecinos cercanos o provocar la animadversión de algún inquilino quisquilloso. Llegó a disfrutar tres diferentes en un año. En lo que respecta a los cadáveres, la mayor parte de ellos solía terminar enterrado bajo el entarimado de madera del almacén de Silver Bell Street.

Henley (juicio)
Elmer Wayne Henley (fuente: Associated Press).

Tras varios asesinatos, David Brooks se presentó en casa de Corll con una nueva víctima propiciatoria. En este caso se trataba de su mejor amigo, Elmer Wayne Henley. No obstante, el calculador Candyman, advirtiendo el desparpajo del nuevo, supo darse cuenta de que era distinto a los otros e improvisó una prueba: a requerimiento suyo, Elmer golpeó sin dudarlo un instante a David, de suerte que perdió el conocimiento. Cuando despertó estaba tendido sobre la cama de Dean y sangraba profusamente por el ano. Tras meses durante los que se las había apañado para evadirse de las exigencias sexuales de Corll, había caído. Sea como fuere, obró con cautela y no dijo nada aunque comprendió que ahora había otro factor en la ecuación. A Dean, tal vez hastiado de la actitud de perrillo faldero de David, parecían gustarle el atrevimiento y la independencia de un Elmer que, dicho sea de paso, no parecía mejor en el plano moral que el propio Corll. Y como en tales situaciones tres suelen ser multitud Brooks, cauteloso, comenzó a guardar las distancias con respecto a los otros.

Finalmente, el descenso a los infiernos de Corll se había consumado. Perdió el control por completo y ofreció tanto a Brooks como a Henley, quien estaba especialmente dispuesto a hacer cualquier cosa por dinero, la cantidad de doscientos dólares por cada una de las víctimas que le proporcionaran. Y aceptaron. David probablemente por miedo. En el caso de Elmer, con tal diligencia y fruición que no dudó en llevar al matadero a buena parte de sus propios amigos. La verdad es que, cegados por las constantes recompensas de Candyman, dada la notoria impunidad de sus actos, ambos empezaron a mostrarse muy descuidados a la hora de buscar nuevas víctimas. Buena parte de ellos fueron seleccionados en el mismo vecindario en el que Corll tenía su residencia. En efecto. Parece increíble que nadie pudiera sospechar lo que sucedía en el interior de la guarida del bueno de Dean. Quizá porque era un vecino ejemplar. Hombre “raro” pero en general “persona honrada y trabajadora”.

Lo interesante es que Dean Corll, tal y como explicó a sus colaboradores en el crimen, mostró una capacidad de racionalización sorprendente que le llevó a desarrollar una visión sumamente altruista de sus aficiones: solía comentar que aquellos chicos a los que violaba y asesinaba –sólo o acompañado por David y Elmer- en realidad eran una carga para sus familias, proyectos de perdedores y lastres para la nación, por lo que en el fondo estaba haciendo una “obra social”.

Un final previsible

El 8 de agosto de 1973 la carrera criminal de Dean Corll tocaría a su fin. Y no por acción de las fuerzas de la ley que, tal y como estaban las cosas, podrían haber permitido que el apetito homicida de Corll eliminase a la mitad de la juventud de Houston antes de llamar a la puerta de su casa, sino por acción de Elmer Henley, quien telefoneó a la policía visiblemente alterado para que fuera a la pequeña casita de su buen amigo y mecenas. Una vez allí, los agentes se encontraron el cuerpo de Dean Candyman Corll, muerto a causa de seis disparos en cabeza, hombro y pecho. La verdad, por cierto, es que Elmer no había tenido aquella noche la mejor idea de su vida cuando, conociendo perfectamente lo que allí sucedía, decidió presentarse allí con una chavala con la que andaba ennoviado, una tal Rhonda, y otro amigo, Tim Kerley, por el que Henley había pensado cobrar una bonita suma.

Rhonda Williams era una joven acomplejada por su físico poco agraciado, huérfana de madre y sometida a las violentas acometidas de un padre alcohólico. Solía tener problemas para conservar a sus novios –el último, un tal Frank Aguirre, había desaparecido sin dejar rastro[10]-, y cojeaba ostensiblemente a causa de un accidente reciente cuyo resultado había sido un pie malherido. Aquella noche, como de costumbre, el papá de Rhonda se había presentado en casa completamente borracho, por lo que la chica se había encerrado en su cuarto. Elmer, que sabía bien el terror que su progenitor le inspiraba, a petición de la propia chica, la había rescatado con la ayuda de Tim por la ventana de su dormitorio sobre las dos de la madrugada.

Ella no quería cuentas con el raro de Dean, de quien el mocerío del barrio contaba muchas cosas turbias, menos aun cuando se trataba de pasar la noche bajo su mismo techo, pero las opciones tampoco eran muchas a aquellas horas, de modo que el trío se encaminó hacia allá. Eran alrededor de las tres de la mañana cuando cruzaban el jardín delantero. No es que Rhonda sospechara a qué dedicaba Candyman sus ratos libres, y tampoco creía que se enfadara en exceso porque se presentara allí con los dos chicos, pero era plenamente consciente por los relatos sesgados de Elmer de que algo no funcionaba bien con su inopinado anfitrión y, por consiguiente, de que las cosas podrían torcerse. El hecho es que las circunstancias se presentaron bastante mejor de lo que ella o Henley habían supuesto. Dean estaba de muy buen humor. Hubo, de hecho, una pequeña fiesta durante la que bebieron y fumaron algo de hierba. Luego todos se fueron quedando dormidos. Todos excepto Corll.

Pasaron varias horas. Elmer se despertó de súbito, presa de una extraña agitación, justo en el momento en el que Dean terminaba de esposarle. Para entonces ya le había atado las piernas. Sorprendido, miro a su alrededor. Tim, ya desnudo, estaba inmovilizado con cuerdas y amordazado con cinta aislante, al igual que Rhonda. No hacía falta que Candyman dijese nada, pero lo hizo: “voy a mataros a todos, pero antes me divertiré un rato”[11]. Wayne pensó deprisa y le propuso un trato para ganar algo de tiempo: sería más divertido si, mientras él torturaba a Tim, le permitía a él violar a Rhonda. Dean, con gesto codicioso, evaluaba las posibilidades entretanto le amenazaba con un revolver del calibre 22 y un enorme cuchillo, hasta que finalmente tomó la decisión de desatarle: “Si no haces lo que has prometido, también serás mi víctima”[12].

Acto seguido, Corll llevó a Tim y Rhonda a uno de los dormitorios, en el que tenía preparada una peculiar sala de torturas, y los encadenó a unos tablones dispuestos en la pared. Henley, siguiendo el juego, sugirió que se divertirían más si podían escuchar los gritos de ambos, por lo que sería mejor quitarles las mordazas, a lo que Dean accedió gustoso antes de tenderle el cuchillo y ordenarle que despojara a la chica de la ropa. Aprovechando la ocasión, Henley susurró al oído de la chica que trataba de ganar tiempo y que no le sucedería nada entretanto rasgaba sus pantalones. La pura verdad es que Elmer no obraba por un impulso heroico. Simplemente, presa de la tensión, fue incapaz de tener una erección, hecho provocó airadas burlas por parte de Candyman quien, a su vez, intentaba violar a un Tim que forcejaba sin cesar[13].

Corll, tablones
Dos agentes de la policía de Pasadena posan ante uno de los tablones para torturas encontrados en la casa de Dean Corll.

 

A fin de dominar más fácilmente a su víctima, Candyman dejó el revolver en la mesilla de noche. Simulando dirigirse al baño, Elmer se apoderó del arma y le encañonó. Estaba muy herido por los ataques verbales de Dean, quien se enfureció: “¡Mátame, Wayne! ¡Mátame si puedes! ¡Estoy seguro de que no lo harás!”[14]. Se equivocaba. Elmer Wayne Henley lo hizo. Luego telefoneó a la policía. Eran las 8:30 horas de la mañana.

Corll victims
Elaboración propia.

Cementerio particular

El agente A. B. Jamison, del Departamento de Policía de Pasadena, se dirigió a la carrera hacia el 2020 de Lamar Drive, tal y como le habían indicado desde la central. Allí, frente a una casa de una planta pintada en verde y blanco, le esperaban tres adolescentes, dos chicos y una chica. Uno de ellos, que se autoidentificó como Wayne Henley, acompañó a Jamison al interior de la vivienda, hasta el lugar en el que, sobre el suelo, tiroteado y ensangrentado, yacía el cuerpo de un hombre adulto, de cabello castaño ondulado, musculoso y bastante alto. Se trataba de Dean Arnold Corll, de 33 años de edad, electricista empleado en la Houston Power and Light.

Tras las pertinentes diligencias, el cadáver fue trasladado a la morgue entretanto los jóvenes eran conducidos a comisaría a fin de que les fuera tomada declaración. La historia parecía bastante clara, pero un comentario inopinado de Tim Kerley, saltándose el guion, hizo suponer a sus interrogadores que tras aquel caso tan aparentemente sencillo había más de lo que cabía suponer en un principio: “Wayne me dijo que tenía suerte, puesto que si no fuera un buen amigo suyo, podría haber conseguido ciento cincuenta dólares por mí”[15]. Los hallazgos que los detectives realizaron en la casa del finado Dean alimentaron sus sospechas; esposas, cuerdas, tablones con grilletes, una bayoneta, un enorme consolador, cremas lubricantes, una caja con mechones de vello púbico pertenecientes a diferentes personas… En efecto, el comentario de Tim convertía a Elmer Henley en cómplice de algo muy oscuro.

Hubo que presionar poco al muchacho, que se derrumbó apenas los detectives se concentraron en él. Presa de los nervios, o tal vez impelido por la necesidad de liberar su conciencia, el joven narró a los estupefactos policías la macabra historia de sus peripecias junto al difunto Corll. En un principio, los agentes tomaron la increíble declaración con reservas. Al fin y al cabo, nada hacía sospechar que el hombre asesinado fuera realmente un criminal. Así se dedujo de la declaración del padre de Dean, Arnold, quien manifestó que su hijo jamás había sido una persona violenta ni había mostrado tendencias homosexuales. “De hecho [añadió] mi hijo adoraba a los niños y siempre había sido muy generoso con ellos. Estos chicos se han aprovechado de la hospitalidad de mi hijo y, enloquecidos por las drogas, le han asesinado en su propia casa”[16]. Testimonio que parecía corroborado por las declaraciones de los vecinos de Dean y que le catalogaban de persona de orden, con una vida normal y en absoluto sospechoso de nada que mereciera la pena contar. Incluso la dueña del almacén que Corll había transformado en cementerio, una tal señora Meynier, manifestaría en su momento a la policía, que todavía se esforzaba por destapar la fosa común, que Dean parecía una excelente persona y jamás había tenido queja alguna de él. Lo cierto es que por un momento los agentes parecieron dispuestos a creer en la versión de los hechos imaginada por Arnold Corll, pero el testimonio de Henley era demasiado tentador –quizá por disparatado- como para dejarlo pasar por alto. Sobre todo teniendo presente la elevada cantidad de denuncias sobre muchachos desaparecidos en aquella parte de la ciudad.

Se profundizó en el pasado de Candyman en busca de datos que alimentaran la sospecha, pero todo parecía indicar que Corll había sido realmente un buen ciudadano, de vida ordenada. Con alguna rareza sexual, pero quién no tiene una. Aquellos que conocieron a Dean hablaban maravillas de él. Incluso una antigua novia, Betty Hawkins, parecía dispuesta a defender su integridad a todo trance: “Dean fue el hombre más amable que he conocido. Si tenía algo y alguien lo necesitaba, no dudaba en dárselo. Hasta donde yo sé, su única afición fue la de ayudar a los demás”[17]. Así que la policía se aprestaba a cerrar el caso cuando un informador anónimo dibujó una imagen muy diferente del hombre asesinado. Este sujeto, quien se hacía llamar a sí mismo Guy, era un adolescente homosexual que manifestó conocer bien a Dean Corll. Al parecer ambos habían mantenido una estrecha relación que no llegó a consolidarse después, especialmente por su estilo de vida, cercano a los locales gays y las casas de baños. De hecho, Dean, como corresponde a un perfecto homosexual egodistónico, era muy reacio a este tipo de ambientes, disociando por completo sus tendencias homosexuales del resto de su vida: “Levantó una barrera entre mí y su vida íntima, que se convirtieron en un tabú [expresó Guy]. Supe que tenía un amigo llamado Wayne, pero siempre que yo intentaba acercarme a sus amigos, se las ingeniaba para alejarlos de mí… Nunca quiso presentármelos”[18].

Además, algunos de los nombres que Henley dio a los agentes coincidían con los de chicos cuyas desapariciones habían sido denunciadas lo que, obviamente, parecía demasiada casualidad como para que la historia no tuviera visos de ser cierta. La duda residía en delimitar la magnitud de la culpabilidad del difunto Corll. La cosa quedó más clara cuando aquella misma tarde Elmer condujo a los policías al improvisado cementerio del Hombre de los Dulces, su particular cámara de los horrores instalada bajo los tablones del almacén que Dean Corll tenía alquilado en Silver Bell Street, donde había enterrados un total de 17 cuerpos. Insistió en que, al menos que él supiera, habría 10 cadáveres más en otros lugares que, en algún caso, no supo precisar.

A todo esto, David Owen Brooks se enteró de todo por las noticias y decidió que, muerto Dean, era hora ya de contarlo todo. Cuando llegó a la comisaría y se informó a Henley del hecho, este suspiró aliviado manifestando que al fin, ahora que David había decidido entregarse, podría contar toda la historia. Comenzó, de este modo, por admitir que algunas de las víctimas habían muerto por su propia mano.

Crime Search Party
Brooks y Henley ayudan a los agentes durante la tarea de excavación de las fosas comunes de Dean Corll (fuente: Corbis).

El testimonio de Brooks resultó más ligero. En realidad, concedió que en algún caso, sobre todo desde que Elmer se había visto involucrado en los sucesos, participó en alguno de los crímenes y que lo habitual era que los tres estuvieran presentes durante ellos. Sin embargo, explicó que actuaba en gran medida por miedo a convertirse asimismo en víctima. Tal y como se estaban poniendo las cosas convenía aliarse con los fuertes, sobre todo porque “me pareció que Wayne también disfrutaba causando dolor a aquellos chicos”[19]. Luego se supo que esta declaración era una verdad a medias en la medida que Elmer y David ya se habían planteado la posibilidad de asesinar a Dean porque imaginaban acertadamente que cualquier día podría tocarles a ellos y que, además, las cosas no podían continuar así en la medida que la ferocidad cada vez mayor de Candyman provocaría que, más pronto que tarde, les detuviesen.

Considerados competentes y capaces de distinguir entre el bien y el mal por los especialistas, ambos muchachos fueron sometidos en 1974 a un juicio mediático que provocó airados debates televisivos y radiofónicos[20]. Brooks fue condenado a cadena perpetua por su participación probada en, al menos, seis asesinatos. Henley fue encontrado culpable de varias muertes y condenado a seis penas de 99 años en prisión. Su causa con respecto a la muerte de Dean Corll se resolvió con una absolución por homicidio justificado. Su abogado defensor, sin embargo, logró que el caso fuera revisado aduciendo que su cliente había sido juzgado antes en los medios de comunicación que en las salas de justicia, y que su juicio se había visto por consiguiente contaminado por la presión de la opinión publica. En efecto: Henley volvió a presentarse ante los tribunales en 1979, pero de poco le sirvió ya que fue encontrado de nuevo culpable y encarcelado con idéntica severidad. Lo cierto es que sólo el hecho de que fuesen menores de edad cuando Dean Arnold Corll les indujo al crimen, les libró de la pena capital.


[1] Bendeich, J. (2002). “Dean Corll”. En: The Crime Web [www.thecrimeweb.com].

[2] La pacana (Carya illinoiensis y Carya ovata) es un árbol oriundo de Norteamérica que da unos frutos, cuya almendra es dulce y comestible. Estos frutos, de forma ovoide, son del tamaño de nueces y reciben el mismo nombre del árbol. La madera de la pacana es parecida a la del nogal y muy apreciada en carpintería y ebanistería.

[3] Mass Murder in Houston. Houston, Cordovan Press, 1974.

[4] Bendeich, J. Op. Cit.

[5] Bendeich, J. Op. Cit.

[6] Wilson, C. y Seaman, D. (1997). The Serial Killers: A Study in the Psychology of Violence. Virgin Books.

[7] Actividad sistemática que, con total probabilidad, le produjo daños cerebrales irreversibles.

[8] Bendeich, J. Op. Cit.

[9] Espectacular modelo deportivo de la casa Chevrolet, especialmente popular –y deseado- en los Estados Unidos durante aquellos días.

[10] Luego se supo que se trataba de uno de los amigos que Henley había llevado a una de las amables fiestas de Dean Corll.

[11] Bardsley, M. (s.f.). “Dean Corll: The Sex, Sadism and Slaugther of Houston Candyman”. En Internet: Court TV’s, Crime Library. Criminal Minds and Methods. [www.crimelibrary.com].

[12] Ibíd. anterior.

[13] Olsen, J. (1990). The Man with Candy. The Story of the Houston Mass Murderers. New York, Simon & Schuster.

[14] Bardsley, M. Op. Cit.

[15] Ibid. anterior.

[16] Ibid. anterior.

[17] Ibid. anterior.

[18] Ibid. anterior.

[19] Olsen, J. Op. Cit.

[20] No ha de olvidarse que en aquellos días el contaje de víctimas de Dean Corll y sus secuaces, al menos 27, suponía un récord en los Estados Unidos, al superarse holgadamente las 25 de Juan Corona. Como es lógico, la truculenta y sórdida historia de los crímenes de Houston despertó el interés de toda la nación.

El paladín de la hipnosis

Tal y como Wilhelm Wundt (1832-1920) la presentó en 1879, la psicología como ciencia versaba sobre los procesos conscientes, que fueron asumidos por la propuesta introspeccionista como único área legítimo de conocimiento al tratarse del único que podría considerarse “empírico”. Ello propició que la constitución de la psicología como ciencia dejara de lado la explicación de fenómenos psíquicos evidentes como las alteraciones debidas a discontinuidades del consciente -sueños, amnesias- o los estados de sugestión inducida –hipnosis-, fenómenos que sin embargo eran bien conocidos desde la antigüedad y se encontraban en el fundamento de múltiples manifestaciones culturales. Así, la elección que Wundt justificaba a través de exigencias metodológicas, pronto fue contemplada como algo arbitrario. El caso de la hipnosis en particular y de la sugestión en general es paradigmático por cuanto la psicología se obstinó en sus comienzos en negar su existencia hasta que, finalmente, hubo de aceptarla si bien a regañadientes y con reservas, como un estado auténtico pero desusado de la mente.

Franz-Anton-Mesmer
El controvertido Franz Anton Mesmer. Genio para unos, charlatán para otros.

El primer paladín del hipnotismo fue Franz Anton Mesmer (1734-1815), un médico  austriaco de carácter visionario, que retomó las investigaciones de autores como Paracelso (1493-1541) y van Helmont (1577-1644), así como los testimonios del sacerdote Johann Joseph Gassner (1727-1779), quien se valía del hipnotismo en la práctica del exorcismo arguyendo que ciertas enfermedades estaban provocadas –cómo no- por posesiones demoníacas[1]. Sin embargo, Mesmer dio un giro radical a la comprensión del fenómeno al aplicarlo sistemáticamente al tratamiento de las enfermedades nerviosas.

El bautizado como mesmerismo se basaba en la teoría del magnetismo animal, según la cual todo ser vivo posee un fluido magnético que altera o rige su comportamiento inconsciente, y sobre el que se puede intervenir físicamente. Dicho fluido ocupaba el universo -como un éter- y, aseguraba Mesmer inspirándose en la clásica teoría humoral, la buena salud dependía del equilibrio del mismo dentro del organismo. Así pues, un manipulador eficiente del fluido magnético -o magnetizador, como gustaba de llamarlo- podría curar aquellas enfermedades relacionadas con los desequilibrios del fluido utilizando alguna suerte de magnetoterapia.

La popularidad del mesmerismo creció tan rápidamente que no tardó en desencadenarse un considerable revuelo en el seno de la medicina oficial, por lo que Mesmer fue acusado de curanderismo. Por intervención de Luis XVI, la Academia de Ciencias y la Facultad de Medicina de París arbitraron en la controversia para someter a examen la propuesta de Mesmer. La comisión creada al efecto concluyó que dicho fluido magnético no existía y que, de existir, tampoco era observable o manipulable en modo alguno. Pero no fue suficiente. La sugestiva teoría de Mesmer, paradójicamente impulsada por la interferencia de la academia parisina, se vio reactivada y despertó una polémica considerable así como el interés de un buen número de investigadores. Entre ellos se contaba el cirujano inglés James Braid (1795-1860), a la sazón acuñador del término hipnotismo.

James Braid
James Braid. Buscaba un anestésico y se encontró con la sugestión.

Interesado en la investigación de anestésicos que aliviaran el dolor de los pacientes durante la cirugía[2], Braid logró determinar que un paciente sometido a sueño inducido por hipnosis respondía al operatorio manifiestamente mejor que otro en condiciones normales. Cierto, concluyó Braid, que la hipótesis del dichoso fluido magnético era completamente falsa, pero no así la existencia del llamado estado mesmérico (o hipnosis), que podía ser perfectamente definido como un estado natural del organismo debidamente preparado y comparable en gran medida al del amnésico. Estas conclusiones, presentadas de manera incontestable, vieron la luz con la publicación en 1843 de su obra Neurohipnología.

Persistía, sin embargo, la reticencia oficial. De hecho, entre la aparición del libro de Braid y la publicación en 1864 del trabajo sobre la materia de Ambrose Liebault (1823-1904), el hipnotismo se había ido estableciendo como una práctica médica para cirujanos progresistas, aunque poco respetable y en muchos casos oculta, que venía a paliar la falta de anestesia en los quirófanos. Liebault, fundador de la conocida Escuela de Nancy (Lorena), resumía en su tratado los resultados obtenidos con un elevado número de pacientes sometidos a hipnosis y establecía una primera hipótesis acerca del origen fisiológico de lo que llamaba sugestión[3]. Sin embargo, para alcanzar alguna respetabilidad científica el hipnotismo debía ser defendido por alguna figura de gran peso académico.

Charcot, el visionario

Jean Martin Charcot
Charcot.

Jean-Martin Charcot (1825-1893), hijo de un modesto carrocero y el menor de cuatro hermanos, mostró bien pronto un talento extraordinario tanto para las artes plásticas como para los estudios, por lo que terminó siendo el elegido por el cabeza de familia para tales fines[4]. El hecho es que tras estudiar medicina, aunque nunca abandonaría sus intereses artísticos, se encontró ocupado en el Hospital de la Salpêtriere de París, y allí hubo de encargarse hacia 1870 de una sala dedicada a pacientes neuróticas y epilépticas de especial gravedad.

Se vio obligado de este modo a ampliar sus estudios, restringidos hasta entonces a la anatomía y la patología del sistema nervioso, hacia el campo de la histeria. Gracias a ello, se convertiría muy pronto en el líder intelectual de la llamada Escuela de la Salpêtriere, así como en uno de los neurólogos más eminentes de su tiempo. De hecho, cualquier médico de la época interesado en estos asuntos que quisiera hacerse respetar, tenía que contar entre sus méritos con el de haber sido becado para mantener una estancia con el gran Charcot. Bien dotado para la enseñanza y la investigación, se convirtió de este modo en un visionario de la psicopatología que no dudó en utilizar cualquier medio a su alcance. Entre ellos, claro está, se incluyó la hipnosis.

No se trata de una elección casual ni en lo científico ni en lo humano. Charcot siempre tuvo una visión espectacular de la ciencia que nunca se molestó en ocultar ni tan siquiera durante sus clases, que presentaba como auténticas exhibiciones. Hombre de mundo -conocía un buen número de idiomas y citaba a los clásicos de la literatura desde el original-, casado con una viuda inmensamente rica, dotado de un excelente don de gentes, mantenía un estilo de vida fastuoso y contaba entre sus amigos personales a los más importantes nobles, burgueses y políticos de su tiempo. No es extraño, pues, que Francia considerara a Charcot como una especie de príncipe científico, patrimonio nacional que demostraba al mundo el genio francés. Tampoco sorprende que la imagen de Charcot -unida a su innegable talento- obnubilara completamente a quienes estudiaron con él, incluido el posteriormente no menos célebre Sigmund Freud[5].

Charcot en La Salpetriere (Andre Brouillet)
Este célebre óleo de Brouillet nos ofrece una idea perfectamente clara de cómo entendía Charcot sus “exhibiciones” científicas y de cómo presentaba el fenómeno de la hipnosis. De hecho, las sesiones públicas como ésta, que ofrecía en La Salpêtriere los martes y los jueves, llegaron a convertirse en visita obligada para periodistas, escritores, músicos y artistas en general.

Los primeros contactos de Charcot con la histeria –la grande neurose– le llevaron a la desorientación por cuanto las pacientes no parecían tener daños visibles en el sistema nervioso. Hasta entonces, había supuesto como el grueso de la comunidad científica que la neurosis, en cualquiera de sus formas, era reductible a lo anatómico. Es cierto que Charcot nunca renunció a la idea de que la histeria era una enfermedad de carácter neurológico, pero la falta de referentes empíricos le llevó a reconocer el valor del hipnotismo como herramienta de trabajo. El hecho era que mediante hipnosis se podía inducir en la paciente episodios de histeria a conveniencia y en diferentes niveles, de suerte que podían ser estudiados fácilmente[6]. Así pues, el interés de Charcot por la hipnosis nunca fue terapéutico sino experimental en la medida en que permitía acceder a complejos procesos somato-psíquicos.

Tras diez años de investigación, Charcot estableció que el estado hipnótico era una condición patológica en la que ciertas personas estaban predispuestas a entrar. Así, en 1882, expuso sus conclusiones en la Academia de Ciencias de París, consiguiendo avalar de este modo, a través de su reputación científica aunque no sin polémicas ulteriores, el empleo del hipnotismo como método de trabajo “ortodoxo”.


[1] Sánchez-Barranco, A. (1993). Técnica psicoanalítica. Desarrollo histórico, conceptos básicos y fundamentos epistemológicos. Sevilla, España: Arquetipo Ediciones.

[2] Recuérdese que la anestesia farmacológica se presentó en la década de 1840, y que empezó a popularizarse como práctica terapéutica en las de 1850 y 1860, con la aparición del cloroformo y del éter.

[3] Santamaría, C. (2001). Historia de la psicología. El nacimiento de una ciencia. Barcelona: Ariel.

[4] Cagigas, A. (2000). Introducción. En: J.M. Charcot y P. Richer, Los endemoniados en el arte. Jaén, España: Ediciones del Lunar.

[5] Breger, L. (2001). Freud. El genio y sus sombras. Buenos Aires, Argentina: Ediciones B.

[6] En la antigüedad se creía que el útero era un órgano móvil, que deambula por el cuerpo de la mujer, causando enfermedades cuando llega al pecho. A ese movimiento se le atribuían los trastornos sintomáticos de la histeria como las convulsiones. Así pues, la etimología de la palabra (del francés hystérie, y éste a su vez del griego ὑστέρα, “útero”) asume que la histeria es una enfermedad del útero y, por lo tanto, propia de la mujer. Actualmente, y como es obvio, se considera que que no existe relación alguna del trastorno con el útero y que, por consiguiente, no es una entidad exclusiva de las mujeres, por lo que la denominación “histeria” se encuentra en desuso en beneficio de otras como la de “trastorno de conversión”.

 

La terrible historia de las quintillizas


En el presente, a causa de los procedimientos de fertilización artificiales, la probabilidad de que se produzcan embarazos múltiples ha experimentado cierto aumento. No obstante, que se produzcan embarazos múltiples de forma natural es raro, y la probabilidad tiende a reducirse a medida que crece el número de retoños por embarazo (por ejemplo, la cantidad de gemelos univitelinos concebidos de forma natural en España no alcanza más del 2% de todos los embarazos registrados). De hecho, un nacimiento de quintillizos idénticos (monocigóticos), sin intervención médica alguna que lo propicie, es algo tan raro que solo ha ocurrido una vez en la historia –que se sepa-. Sucedió en Canadá en la década de 1930 y, a causa de las absurdas políticas eugenésicas y de protección de la infancia imperantes en aquellos tiempos, se convirtió en motivo para la desgracia, así como para toda suerte de abusos. Y es que, por si no os lo habían dicho nunca, debéis saber que el camino del infierno suele estar empedrado con las mejores intenciones.


Elzira y las Quintillizas
Elzira Legros-Dionne junto a las quintillizas.

“Creíamos que eran gemelos, pero…”

Elzira Legros-Dionne pensaba que estaba encinta de gemelos cuando se puso de parto dos meses antes de lo previsto. Y lo cierto es que el embarazo había sido complicado desde el comienzo, al punto de que se piensa que sobre el tercer mes, tras sufrir unos calambres, pudo perder a uno de los seis que probablemente venían en camino. El médico local, el doctor Allan Roy Dafoe, que no tenía ni la más remota idea de lo que se traía entre manos, le había diagnosticado una “anormalidad fetal” y estaba convencido de que lo que viniera, si finalmente llegaba, no duraría mucho tiempo.

Así, el 28 de mayo de 1934, con la ayuda de dos matronas, trae al mundo a las cinco niñas en el hogar familiar –sorpresa- a las que inmediatamente mete entre algodones. Aquello era todo un récord pero, como decimos, Dafoe pensaba que las niñas no saldrían adelante, de suerte que las arrinconó en un lado de la cama y se preocupó por asegurar la supervivencia de la madre, que había entrado en shock tras el parto. El peso combinado de los bebés, lo único que se registró, era de unos 6 kilos y 100 gramos. Es el padre de las niñas, Oliva-Edouard Dionne, quien advierte pasado un tiempo que siguen con vida y avisa de ello a las matronas, que toman las medidas oportunas.

Estamos en una granja muy modesta ubicada en las cercanías de Corbeil, Ontario (Canadá), y acaba de comenzar un episodio ciertamente vergonzante –hoy olvidado por muchos- en la historia de ese país.

Allan Roy Dafoe y las Quintillizas
Allan Roy Dafoe posa con las niñas a las que va a destrozar la vida. Él no lo sabe, claro, y probablemente tampoco lo reconocería si pudiéramos preguntarle, pero así son las cosas.

Una gran noticia

Allan Roy Dafoe, el doctorcito de pueblo que en la vida pensó verse en otra como esta, se va a hacer muy famoso. De hecho, el nacimiento de quintillizas monocigóticas –toda una rareza, por no decir que un evento científico muy extravagante- se convierte de inmediato en una noticia de alcance internacional. Hay que tener en cuenta que estamos en lo peor de la Gran Depresión –que está afectando tanto a la economía del sur de Canadá como a la estadounidense al tratarse de vasos comunicantes-, por lo que cualquier noticia o evento que asegure entretenimiento y evasión de la cruda realidad se convierte por derecho propio en un fenómeno de masas.

Todo el mundo quiere sacar tajada del caso. Estamos en esos años en los que no hay más entretenimiento que la radio, las ferias ambulantes, los circos y las exhibiciones de fenómenos, que en aquellos pagos son tema común y bien rentable… Y, evidentemente, si hay un fenómeno que mostrar por todo el país ese no es otro que las quintillizas de los Dionne, a las que ya se conoce en todas partes, gracias a la prensa, como las “Dionne Quintuplets”, o simplemente “Quints”. De tal modo, a los pocos días, la puerta de la pequeña granja se convierte en un ir y venir de feriantes, hombres de negocios, promotores de espectáculos… Todos prometen a aquella gente miserable oro a raudales si firman un contrato con ellos. Y Oliva-Edouard, que debe pensar que le ha venido a tocar la lotería, finalmente se decide a rubricar un acuerdo para que se exhiba a las niñas en un stand de la Chicago’s Century of Progress. Algo así –imagino- como “las quintillizas de las incubadoras” o alguna otra cosa grotesca de ese tenor.

Lo cierto es que, por alguna razón que desconocemos, se impuso la cordura y el contrato nunca llegó a hacerse efectivo, pero la tentación de los padres de salir de la pobreza por la posible vía de la explotación de unas niñas de meses y endeble salud, motiva que la opinión pública se preocupe y se movilice. Es así que el gobierno se ve presionado y un tema teóricamente familiar se convierte en una cuestión de Estado que, sin duda, tuvo su máximo impulsor en el descontento del doctor Dafoe, primer interesado en asegurar la supervivencia de las crías por motivos meramente personales. De este modo, cuatro meses después de su nacimiento, las niñas son arrebatadas a sus padres por el gobierno de Ontario bajo el pretexto de que no se les considera adecuados para tener la custodia legal. Luego, en 1935, y por orden expresa del Primer Ministro canadiense, Mitchell Hepburn, el fiscal general Arthur Roebuck, regulariza la situación: la tutela de las quintillizas pasa definitivamente al estado canadiense hasta que cumplan los 18 años.

Si hay algo que sorprende en esta medida manifiestamente cínica, y antes política que humanitaria, es que los Dionne tuvieron tres hijos más tras las quintillizas (Oliva Jr., Víctor y Claude)… Y el gobierno de Canadá nunca tuvo nada que decir acerca de su validez como padres legales en ninguno de estos tres casos. Y es que donde entra un político, también entran los intereses.

Quintland
Panorámica aérea de las instalaciones de Quintland (Fuente: VintagePostcard.org).

Quintland

Como decimos, la aprobación de la Dionne Quintuplets’ Guardianship Act (1935) es el último clavo en el ataúd de las esperanzas familiares de controlar las quintillizas. Yvonne, Annette, Cécile, Émilie y Marie –que así se llaman- pasan a la custodia de la Corona Británica hasta su 18 aniversario, de suerte que sus padres solo lo serán de forma nominal, pero no tendrán responsabilidad o derecho alguno sobre la crianza y educación de las niñas. Para garantizar los adecuados cuidados de las quintillizas se construye en North Bay, a unos 14 kilómetros de Corbeil, la Dafoe Nursery, popularmente conocida como Quintland, que será dirigida como es de suponer por el doctor Allan Roy Dafoe[1]. Un tipo este destinado a la más absoluta mediocridad médica que, de repente, se ha convertido en una estrella mediática de talla mundial que incluso puede publicar artículos en revistas científicas de primer nivel que solo un año antes le estaban completamente vedadas, porque a nadie había importado nunca un pimiento lo que el tal Dafoe tuviera a bien escribir.

Dafoe contaba con todo un elenco de profesionales dispuesto a ayudarle en la tarea: dos enfermeras, un maestro, tres agentes de policía, un conserje y dos asistentas. Tenía, por lo demás, absoluta autoridad en todo lo referente a la educación y acceso a las chiquillas de suerte que la familia solo podría verlas si él lo consideraba oportuno. Y aquí viene la paradoja: poco importaba que el motivo para arrebatar a las quintillizas de su familia fuera el riesgo de explotación, pues este tinglado organizado por el gobierno se basaba precisamente en la exhibición de las niñas, evento que ocurría en dos sesiones diarias, generando así lo que suponía un enorme negocio. Miles de visitantes dispuestos a pagar su entrada para ver al fenómeno nacional, licencias para fabricación de juguetes, calendarios, tazas, baberos y todo tipo de objetos, documentales, reportajes, licencias para insertar fotos de las pequeñas en cajas de cereales, detergente, galletas… e incluso películas. Por supuesto, la familia de las niñas no veía ni un céntimo de ese río de dinero –tampoco ellas- y se presume que el doctor Dafoe, único gestor de las ganancias, solo pudo sacar de aquí la muy acomodada posición económica de la que disfrutó durante toda su vida.

Quintland, Pabellon Principal
Pabellón principal de Quintland.
Five of a Kind (1938)
Five of a Kind (1938); cartel de una de las películas en las que aparecieron las famosísimas Quintillizas Dionne.

Por hacernos una idea, se ha calculado que la presencia de Quintland, durante el tiempo que estuvo en funcionamiento, atrajo a la zona de North Bay a unos tres millones de personas, lo cual significa entre 3000 y 6000 visitantes diarios que hicieron crecer de manera exponencial los negocios hosteleros locales, al punto de que durante los peores momentos de la Gran Depresión, la North Bay Area vivía una pujanza económica sin precedentes. Tanto es así que entre los habitantes de la zona las quintillizas eran conocidas cariñosamente como las “nuggets” (pepitas de oro). De hecho, el “valor de negocio” de las Quints, se estimó en torno al medio millón de dólares estadounidenses anuales en 1938 al tratarse de un negocio que contaba con la enorme ventaja de no tener competencia alguna en el mercado[2].

Gente se agolpa a las puertas de Quintland
Gente agolpándose a la entrada de Quintland en espera del pase de las quintillizas.

No es oro todo lo que reluce

No tardó el doctor Dafoe en generarse una pléyade de incondicionales en la profesión médica dispuestos a cantar sus alabanzas, probablemente polillas que pululan alrededor de la luz de la fama, y que nunca le faltan a esta clase de gente. Prueba de ello es que incluso logró que se organizara un congreso sobre el “desarrollo” de las niñas que generó cierto ruido académico y alguna que otra controvertida publicación[3].

Pero no era oro todo lo que relucía. No es solo que el asunto estuviera montado sobre un vergonzante negocio que Dafoe justificaba asegurando que lo que único que hacía era garantizar el futuro de las niñas –cosa que luego se mostró totalmente incierta-, sino que también se cifraba en una serie de criterios pseudocientíficos y cuasi profilácticos que en realidad contravenían las bases de un desarrollo psicosocial saludable para las pequeñas. La obsesión del doctor Dafoe con la salud, la higiene y la protección “contra los gérmenes” de Quintland era tan extrema que imponía a las quintillizas una vida virtualmente carcelaria: solo interaccionaban entre ellas, solo podían desplazarse libremente dentro de ciertos lugares de las instalaciones, no conocían a otros niños ni tener amigos, solo podían socializar con los adultos que tenían acceso directo a ellas, su estilo de vida era meticulosamente controlado, la disciplina a la que eran sometidas era extremadamente férrea. Tampoco podían ser besadas o abrazadas bajo ningún concepto. No podían posar para una fotografía con naturalidad y su imagen era cuidada hasta extremos rayanos en la demencia, pues era propiedad de un periódico que pagaba escrupulosamente por la exclusiva.…[4]

Dionne Quintets - School Days (1940 - Andrew Loomis)
Uno de los populares calendarios que vendían la inexistente utopía infantil de las Dionne (School Days, 1940: Andrew Loomis).

De tal modo, entretanto los populares calendarios que vendían idílicas imágenes de aquellas niñas que parecían vivir una maravillosa utopía infantil adornaban las cocinas de millones de hogares, la realidad era que se trataba de pobres chiquillas sometidas a un régimen de vida terriblemente riguroso, en un medio inapropiado para el desarrollo de sus personalidades, aplastadas por un régimen de sangrante explotación económica que las había convertido en el medio principal de vida de un pueblo entero.

Publicidad de Palmolive (1937 - Andrew Loomis)
Publicidad de jabón Palmolive protagonizada por las quintillizas Dionne (Andrew Loomis, 1937).

Un detalle significativo: la primera vez que las quintillizas salieron al exterior de la Dafoe Nursery fue en 1939 –con cinco años-, momento en el que viajaron a Toronto para tener un breve encuentro con el rey Jorge VI, que se encontraba en Canadá realizando un viaje de Estado[5].

Con papá y mamá… Pero tampoco

Como es de suponer, Oliva-Edouard y Elzire habían mantenido una larga batalla legal contra el gobierno canadiense a fin de recuperar la tutela de sus hijas, a las que prácticamente no tenían acceso. Se veían ayudados por un creciente grupo de ciudadanos a los que la terrible injusticia que se había cometido no les era indiferente y a quienes, por cierto, la palabrería del doctor Dafoe –que por aquel entonces incluso había logrado publicar un par de famosos libros para madres- no lograba engañar. Más aún: la familia Dionne era de origen francófono entretanto Dafoe, anglófono, se había empeñado en que solo hablaran inglés… Un asunto que en Canadá es muy serio, y que solo venía a agravar la situación.

Así pues, y con el panorama descrito, en 1943, los tribunales fallaron a favor de la familia. El médico, al que se acuso de maltrato psicológico y que pasó de héroe a villano sin escalas intermedias (las polillas volaron a otra parte, que es lo que pasa cuando las luces se apagan), fue relevado de sus deberes para fallecer de una neumonía, complicada con un cáncer, en junio del mismo año[6].

Con fondos extraídos de la fundación de las quintillizas se construyó una mansión de 20 habitaciones junto a la vieja guardería para que la familia pudiera convivir reunida, y que fue bautizada como The Big House. Se mantuvo a la vieja plantilla de Quintland trabajando con los Dionne para garantizar la privacidad y bienestar de las niñas, entretanto las antiguas instalaciones fueron reconvertidas en una escuela católica para señoritas. Sin embargo, el hogar de los Dionne fue de todo menos ejemplar.

Dafoe Radio (Getty Images)
Allan Roy Dafoe, una auténtica figura pública de su tiempo, en una de sus muchas apariciones radiofónicas en las que ofrecía toda suerte de consejos sobre maternidad a la par que informaba acerca del desarrollo de las niñas Dionne (Fuente: Getty Images).

Entre las constantes ocupaciones promocionales de las niñas, el ansia del padre por recuperar cuanto fuera posible de los ingresos perdidos (y dicen las malas lenguas que quizá demasiado “cariñoso” con las pequeñas), las escasas habilidades psicosociales de unas niñas que estaban poco preparadas para llevar una vida más o menos normal, y bajo la presión de un constante escrutinio público que impedía, precisamente, normalizar las cosas, el hogar de la familia Dionne fue cualquier cosa excepto feliz, como las propias chicas manifestaron a lo largo de su vida en muchas ocasiones[7].

Por lo tanto, apenas alcanzaron la mayoría de edad, todas abandonaron el hogar y rompieron para siempre con la familia. Su vida no fue ni remotamente feliz, e incluso en algún caso llegaron al extremo de pasar toda suerte de privaciones económicas que el gobierno canadiense, el mismo que no dudó en embolsarse el río de dinero que generaron las quintillizas cuando tuvo ocasión, trataría de reparar en 1998. Tarde: para entonces, ya solo vivían tres de ellas.

A menudo, la fama solo esconde horrores.

Quintillizas en New York a los 16
Las quintillizas a los 16 años, durante una visita a New York City.

[1] The Evening Independent, 15 de marzo de 1935.

[2] Noël, F. (ed.) (2010). The Dionne Quintuplets and their entourage: Student papers on media representation. North Bay (ON), Canada.

[3] Blatz, W.E. (1937). Abstracts of studies on the development of the Dionne Quintuplets. Can. Med. Assoc. J. 37(5): 424-433.

[4] Dafoe, A.R. (1937). The physical welfare of the Dionne Quintuplets. Can. Med. Assoc. J. 37(5): 415-423.

[5] Berton, P. (2007). The Dionne’s Years: A thirties melodrama. New York City (NY): W.W. Norton & Company.

[6] http://www.thecanadianencyclopedia.ca/en/article/allan-roy-dafoe/

[7] Berton, P., Op. Cit.

La infamia del Vuelo 495


El desastre del vuelo de la compañía aérea Cubana acaecido en noviembre de 1958 es uno de los asuntos de terrorismo internacional más extraños, silenciados y controvertidos de la historia que, además, va a ser el primer secuestro de un vuelo comercial salido de un aeropuerto de los Estados Unidos. El periodista colombiano Gerardo Reyes pasó diez años tratando de esclarecer este espinoso asunto sin lograr llegar al fondo último del mismo, pero los resultados de su investigación vieron la luz en un interesante libro titulado Vuelo 495[1]. En este libro, Reyes se hizo varias preguntas que nunca han sido respondidas. La principal de ellas: ¿por qué un episodio tan nefasto como éste nunca ha salido a la luz a pesar de que La Habana y Washington llevan más de 50 años lanzándose mutuos reproches?


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Portada del libro de Gerardo Reyes que inspira esta entrada.

1 de noviembre de 1958

Son 16 las personas que esperan en el aeropuerto de Miami para tomar el vuelo 495 de la compañía aérea Cubana, con destino a Varadero[2]. El aparato, un Vickers Viscount 755D, ronronea en la pista a la espera de ser abordado por el escueto pasaje y la situación es tensa en la isla, por lo que volar allá empieza a ser cosa complicada. Faltan apenas dos meses para el triunfo de la revolución castrista, aunque nadie lo sabe todavía, y estamos en la antesala de la conocida como Batalla de Guisa, que comenzaría el 20 de noviembre. Todos aquellos que suben al avión lo ignoran aún, pero van a ser víctimas de un acontecimiento histórico sumamente controvertido y silenciado por los gobiernos cubano y estadounidense durante décadas. Ello, aún a pesar de que cinco de los 14 pasajeros que fallecerían aquel día eran titulares de un pasaporte de los Estados Unidos.

El vuelo acumula varios retrasos, pero nadie explica nada. Simplemente, en un momento dado, se da la orden de embarque y las 16 personas que esperaban en la terminal suben a bordo. No podían deberse las tardanzas a nada grave pues el viaje Miami-Varadero apenas duraba 45 minutos, por lo que los pasajeros atribuyen demora a algún inconveniente durante las operaciones a pie de pista.

Todo parece normal, pero no es así. El destino va a jugar una inesperada –quizá insospechada- broma cósmica a los pasajeros del Vuelo 495 pues, en un momento dado, cinco hombres de entre el pasaje que se identifican como miembros del Movimiento 26 de Julio (M-26-7)[3], se uniforman, toman el control del aparato, y comunican que el avión se va a desviar a algún lugar de la región oriental de Cuba. ¿El motivo? Pues al parecer el aparato llevaba en su bodega armas y municiones introducidas de manera subrepticia –nadie sabe cómo y este punto jamás ha sido aclarado si bien parece claro que habría sido imposible sin la complicidad del personal de la compañía aérea en Miami-, supuestamente destinadas a los rebeldes de Sierra Maestra[4], donde Fidel Castro, acompañado de su hermano Raúl y otros miembros del M-26-7, están en aquellos días preparando el golpe final contra el gobierno de Fulgencio Batista.

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Un Vickers Viscount 755D de la compañía británica Invicta Airlines, idéntico al empleado por Cubana de Aviación. Este modelo y sus aparatos “hermanos”, fabricado por Vickers-Armstrong, fue muy exitoso y empleado por múltiples líneas aéreas comerciales para sus vuelos de corta duración durante las décadas de 1950 y 1960.

Las cosas no funcionan

Parece que la operación del comando será incruenta en la medida que el pasaje no implicado en el secuestro acepta la broma cósmica con deportividad, a la par que la tripulación del aparato decide colaborar, pero algo no saldrá bien. A su llegada a destino el vuelo no encuentra un lugar apropiado para el aterrizaje y, tras varias intentonas, a punto ya de quedarse sin combustible –que para un viaje corto como aquel no debía ser mucho-, el piloto intenta aterrizar a la desesperada en una pista inapropiada por su escasa longitud próxima al Central Azucarero de Preston[5]. Todo parece esperar que alguien les estaba esperando en aquel lugar.

No saldrá bien. El avión terminará cayendo en el mar y falleciendo en el accidente 14 de los 16 pasajeros, entre los que se contaban cuatro niños y una mujer embarazada. Y nos queda por sumar a la historia un detalle bastante relevante: el personal de la compañía aérea pareció hacer todo lo posible para evitar que esta familia con niños tomara aquel vuelo, cosa que al final no pudo impedir de manera razonable. Como mínimo, sospechoso.

Así las cosas, parece que la tragedia era lo suficientemente importante –recordemos que nos encontramos en 1958, esto no era algo común en aquel momento, y han perdido la vida al menos cinco ciudadanos estadounidenses- como para despertar el interés del gobierno y los medios de comunicación internacionales, pero un extraño velo de misterio se abatirá sobre el acontecimiento, al punto de quedar prácticamente silenciado.

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Mapa de la región de Nipe, donde tuvo lugar la tragedia del Vuelo 495.

Teoría de la conspiración

En opinión de Gerardo Reyes, había elementos de sobra para que este silenciamiento se produjera, comenzando por el hecho de que el triunfo de la revolución castrista era algo tenido ya por seguro, y que la CIA había abandonado a su suerte al gobierno de Batista, cuya corrupción era algo ya inasumible. Por todo ello, el gobierno de los Estados Unidos estaba convencido a aquellas alturas de que el éxito de los revolucionarios era un mal menor, y se contemplaban los acontecimientos cubanos con cierto aire de “encantamiento”. Cabe recordar en este momento una de las cartas que Ernesto “Che” Guevara envió al escritor argentino Ernesto Sábato en las que afirmaba que uno de los grandes problemas de la revolución era que Eisenhower nunca les había tomado en serio. O lo que es igual: los norteamericanos siempre creyeron que, ganara quien ganara aquella guerra, siempre podrían controlar la situación[6].

Así las cosas, las agencias de noticias nunca publicaron fotografías de la tragedia –por ello no podemos ilustrar esta entrada con imagen alguna del accidente-, a la par que Fidel Castro, siempre aseguró, al ser interpelado por este hecho, no haber autorizado jamás la operación de la que aseguró no conocer detalle alguno. La teoría de Reyes a este respecto, difícil de contrastar, es que los secuestradores eran un grupo de jóvenes entusiastas de Miami que pretendían vincularse al movimiento guerrillero cubano. De hecho, en aquel momento era fácil encontrar a muchos de ellos en la ciudad norteamericana vendiendo bonos para apoyar a la revolución castrista.

Los Estados Unidos, por su parte, y pese a tratarse del primer secuestro de un vuelo salido de suelo norteamericano, encontraron la forma de sacar elegantemente el suceso de los anales: eludieron investigar el hecho aduciendo que no tenían jurisdicción sobre el lugar del accidente y que el problema era una cuestión interna de las Autoridades cubanas. Raúl Castro, por su parte, pasados dos meses del desastre, zanjó la cuestión al manifestar que la peripecia del Vuelo 495 de Cubana había sido una “heroica estupidez”. Consecuencia: el asunto se dio por cerrado por ambas partes de una manera absolutamente vergonzante, pero perfectamente conveniente.

Esta historia como todas tiene una moraleja, por supuesto. Quizá debiera aleccionar a los gobiernos –y a no pocos particulares- de los peligros inherentes a adoptar posturas que, desde la legitimidad que les otorga sus posiciones pero con una extraña moralidad, ofrecen argumentos fuerza al terrorismo cuando evalúan de manera dispar los acontecimientos en función de quién hace qué, de a quién se hace algo, y de qué es lo que se hace en cada caso.

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Escudo del Movimiento 26 de Julio.

[1] Bogotá: Grijalbo (Penguin Random House), 2015.

[2] Varadero, en Cuba, pertenece al municipio de Cárdenas, y está situada en la península de Hicacos, provincia Matanzas, a 130 kilómetros al este de La Habana.

[3] El movimiento 26 de Julio, liderado por Fidel Castro, toma su nombre de la fecha del asalto al Cuartel Moncada en Santiago de Cuba, acaecido el 26 de julio de 1953. Nació clandestinamente el 12 de junio de 1955. Por aquel entonces Castro acababa de ser amnistiado y liberado de la cárcel donde se encontraba cumpliendo una condena por haber encabezado, precisamente, el susodicho asalto. Fue gracias a esta acción que un desconocido Fidel Castro, quien ya era uno de los líderes del Partido Ortodoxo, se convirtió en un personaje célebre entre los cubanos.

[4] La mayor cordillera del país, bordea la costa sur-oriental de Cuba desde Cabo Cruz hasta la Punta de Maisí, y tiene alrededor de 250 kilómetros de largo por 60 de ancho.

[5] En la región de Nipe, explotada por la compañía norteamericana United Fruit Sugar Company, que es quien dio el nombre al lugar.

[6] Nos referimos a la fechada en 12 de abril de 1960: “Según sus hojas de testificación donde decía: ‘nacionalizaremos los servicios públicos’, debía leerse: ‘evitaremos que eso suceda si recibimos un razonable apoyo’; donde decía: ‘liquidaremos el latifundio’ debía leerse: ‘utilizaremos el latifundio como una buena base para sacar dinero para nuestra campaña política, o para nuestro bolsillo personal’, y así sucesivamente. Nunca les pasó por la cabeza que lo que Fidel Castro y nuestro Movimiento dijeran tan ingenua y drásticamente fuera la verdad de lo que pensábamos hacer; constituimos para ellos la gran estafa de este medio siglo, dijimos la verdad aparentando tergiversarla. Eisenhower dice que traicionamos nuestros principios, es parte de la verdad; traicionamos la imagen que ellos se hicieron de nosotros, como en el cuento del pastorcito mentiroso, pero al revés, tampoco se nos creyó”.

La salud del pueblo

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Famosos carteles de propaganda nazi en favor de las políticas eugenésicas.

La consideración de la eugenesia como ciencia –en realidad una pseudociencia emergente- en Europa y Estados Unidos, fenómeno que venía consolidándose desde finales del siglo XIX, vino a coincidir en su última fase con el ascenso de Hitler al control del NSDAP y, posteriormente, del nazismo al poder en Alemania. Así pues, y frente a la idea extendida de que la eugenesia fue un resultado de la ideología nazi, la realidad es ambos hechos operaron como fenómenos convergentes[1].

Lo cierto es que el paradigma médico del nacional-socialismo entendía que la medicina tenía la función social del Volkgesundheit: la promoción de la salud sociocultural e incluso espiritual de la nación alemana más allá de la curación de eventuales dolencias fisiológicas. Una idea no alejada de otras sostenidas por muy respetables figuras médicas británicas o estadounidenses que abogaban -alguno todavía asoma la patita por ahí de vez en cuando- desde hacía décadas por las esterilizaciones selectivas y el control poblacional como formas de mejora psicosocial. Lamentablemente, el reverso de esta ideología residía en la consideración de ciertas personas y/o colectivos a los que se estimaba física o mentalmente “inferiores” como “riesgos” para el bienestar social, cultural, político o económico del país. La lógica conclusión de este planteamiento era evidente: resultaba tan razonable como exigible la esterilización, encarcelamiento o exterminio de tales personas, o bien de su contribución a la sociedad como sujetos experimentales. La manera oficial –eufemística- de denominar a estos procedimientos de supresión de los “seres inferiores” fue la de “eutanasia”[2]. Digamos que, a diferencia de lo sucedido en otros países en los que estos idearios contaban con un buen número de partidarios, la Alemania nazi contó la posibilidad de ponerlos en marcha de forma efectiva bajo el auspicio de un gobierno totalitario, ideológicamente convencido y bien dispuesto a invertir recursos en la cuestión.

Del “Programa T-4” (Aktion T-4) a la “eutanasia salvaje”

La primera fase de “limpieza” exigida por el criterio perverso de la Volkgesudnheit fue autorizada por Adolf Hitler en 1939 y recibió el nombre burocrático de “Programa T-4”. Ello se debió a que la organización del programa tenía su sede en el número 4 de la berlinesa Tirgartenstrasse. Para su adecuado funcionamiento se establecieron, a partir de 1940, hasta un total de seis centros, comenzando por el abierto en Brandenburgo en las instalaciones de una vieja prisión.

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Algunos niños del “Programa T-4”.

La primera fase consistió en el asesinato sistemático de niños con toda suerte de discapacidades físicas y/o psíquicas, si bien luego se fue extendiendo hacia otros colectivos como enfermos mentales, alcohólicos, drogodependientes, homosexuales, discapacitados en general o disidentes políticos partidarios de ideologías “enfermizas”. Los pacientes eran seleccionados y transferidos desde todos los hospitales del Reich a cualquier de los centros anteriormente mencionados para la recepción del adecuado “tratamiento” –así era denominado de suerte aséptica-. Y se trabajó con enorme eficacia pues en agosto de 1941 ya habían sido “procesadas” 70.000 personas a instancias del T-4. Sin embargo, y como no podía ser menos, el programa recibió una fuerte contestación social que condujo a su cierre. En realidad se trató de una medida de maquillaje político, pues el gobierno no tenía ni la más mínima intención de parar el proceso de “limpieza”.

Lo que se hizo en realidad fue desmantelar los centros del T-4 para trasladarlos a lugares menos obvios y más controlados, como los campos de trabajo de Treblinka, Sobibor y Belzec, o bien a diferentes hospitales apartados del control público. Se inició así una segunda fase del proyecto conocida como “eutanasia salvaje” a causa del embrutecimiento de los procesos de eliminación y el aumento progresivo del número de sujetos “procesados”. A partir de este momento los métodos de exterminio favoritos del programa para terminar con la vida de los “desechos sociales” van a ser la muerte por hambre[3], las sobredosis medicamentosas, el sometimiento a procedimientos experimentales extremos, o la inyección de burbujas de aire en vena[4].

Meseritz-Obrawalde

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Fachada del edificio principal de Meseritz-Obrawalde en la década de 1930 [Fuente: deathcamps.org]

Especialmente activo resultó ser el centro de Meseritz-Obrawalde, en el que se cometieron en torno a 10.000 asesinatos, por lo que sus actividades han sido profusamente documentadas. El centro se fundó en 1904 y perteneció hasta 1937 a la provincia alemana de Posen (Prusia Occidental). En 1938, con la reorganización provincial promovida por el gobierno, dicha provincia se disuelve para repartir su territorio en otras, con lo que Obrawalde se integra en la de Pomerania. Tras la invasión soviética y la consiguiente reorganización de fronteras impuesta por el final de la Segunda Guerra Mundial, el territorio retornó finalmente a Polonia, que mantenía una demanda histórica sobre él desde el siglo XVII, y la localidad pasó a denominarse Obrzyce. Tras la reforma territorial emprendida por el gobierno polaco, desde 1999 se integra en el distrito de Miedzyrzecz (Voivodato de Lubusz). Actualmente, el hospital sigue en funcionamiento como centro psiquiátrico.

A comienzos de la década de 1930 el hospital de Meseritz-Obrawalde estaba dedicado a la medicina general y, por lo que parece, su funcionamiento interno era excelente. No obstante, desde el momento en que el centro pasó a depender de la provincia de Pomerania se hizo evidente que las autoridades nazis tenían otros objetivos para aquellas instalaciones. Se cerraron todos los departamentos dirigidos por especialistas y el lugar se reconvirtió en un manicomio masificado al que se transferían sistemáticamente los pacientes en peor estado, de suerte que en el bienio 1939-1940 pasó de los 900 internos iniciales a los 2.000. Y todos ellos bajo el control de tan solo tres médicos, los doctores Mootz y Vollhein –ambos mayores de 65 años-, así como la doctora Hilde Wernicke, sin que se asignara con posterioridad otros médicos al centro. Así las cosas, y como era esperable, las condiciones del hospital empeoraron de manera muy rápida[5].

El procedimiento estándar por el que un paciente terminaba en este hospital estaba diseñado, fundamentalmente, para evitar la posible interferencia de familiares o amigos de los enfermos, así como de cualquier otra influencia externa que pudiera “interrumpir el proceso”. Las personas llegaban en tren o autobús, bajo la estricta vigilancia de los empleados, sin que constara en parte alguna de los historiales los motivos del traslado o el destino último del sujeto. De este modo, quien preguntaba por alguno de los pacientes quedaba inevitablemente atascado en un sinfín de pesquisas burocráticas que jamás se resolvían porque, en realidad, ningún funcionario –ni aun con la mejor de las voluntades- podía determinar con exactitud qué había pasado y, por lo demás, siempre existía la excusa de los problemas derivados de la guerra para ralentizar las pesquisas o impedir posibles visitas.

La situación general empeoró aún más en 1941, cuando se designó director del hospital a Walter Grabowski, un gerente que descollaba por contarse entre los miembros más radicales del NSDAP y que, obviamente, había sido destinado allí como hombre de confianza. Dado que Grabowski tenía perfectamente claros los objetivos de su nombramiento, sus primeras decisiones se destinaron de manera muy específica a provocar una baja radical en la moral de médicos y empleados con la finalidad de acelerar el proceso de eliminación de los pacientes con el menor coste posible. Así, impone turnos de catorce horas con un solo día libre cada dos semanas, reduce drásticamente los suministros médicos, limita los procedimientos higiénicos despidiendo a la mitad del personal de limpieza, reduce la plantilla dedicada a tareas administrativas, y procede a un amontonamiento de los enfermos en un número reducido de pabellones a fin de que pudieran ser controlados más fácilmente por menos personal. Por lo demás, una de sus tácticas favoritas era la de intimidar a los empleados del hospital que pretendían elevar alguna queja. De este modo, en muy poco tiempo la mortalidad “natural” aumenta a la par que todo se torna miserable y sumamente angustioso. Muy pronto, y así lo explicó la propia Hilde Wernicke, se hizo imprescindible seleccionar a los pacientes que estuvieran en “mejores condiciones” para que desarrollaran tareas en el hospital de acuerdo a sus respectivas capacidades.

De tal modo, cuando en la primavera de 1943 se designa oficialmente a Meseritz-Obrawalde como centro específico para el programa de eutanasia, Grabowski ya ha generado las condiciones psicológicas y materiales adecuadas para que a todos los empleados del hospital les parezca algo muy normal, incluso necesario, “terminar con el los sufrimientos” de aquella pobre gente que no deja de llegar en trenes y autobuses.

La banda del cementerio

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La enfermera Amanda Ratajzcak. Participe en los crímenes del hospital. [Fuente: http://www.t4-dekmal.de].

El doctor Mootz y la doctora Wernicke asumen la nueva tarea como un “deber patriótico” e inician los procesos de selección siguiendo dos criterios fundamentales: 1) Eliminación de los pacientes inútiles; y 2) eliminación de aquellos pacientes que, si bien “mentalmente aptos”, están tan enfermos que no pueden desempeñar trabajo alguno. Por otra parte, y aunque se decidió dejar fuera de las tareas de eutanasia a los empleados del hospital, Grabowski decidió ofrecer primas económicas a los trabajadores que decidieran implicarse voluntariamente en esta tarea especial. Ello motivó que dos enfermeras, Helene Wieczoreck y Amanda Ratajzcak, formaran parte activa en el proceso de exterminio.

El hecho de que Meseritz-Obrawalde contara con unas instalaciones amplias y un buen surtido de pabellones permitía que las tareas de exterminio pasaran virtualmente inadvertidas para el grueso de los ingresados. Así, las ejecuciones, generalmente mediante inyección letal, solían aplicarse en los edificios 1 (guardería), 6 y 8 (enfermedades infecciosas), 9, 10 y 18[6], lejos de miradas indiscretas o posibles sospechas.

La metodología era sencilla. Los pacientes seleccionados eran trasladados por sus cuidadores habituales al edificio designado para el exterminio e introducidos en una sala de aislamiento con la excusa de alguna clase de examen o procedimiento similar. En el caso de que el sujeto se mostrara especialmente díscolo, era adecuadamente sedado. A continuación, se procedía a su ejecución mediante la inyección de una sobredosis de barbitúricos, o bien la ingesta de los mismos disueltos en agua. En los momentos en los que los medicamentos escaseaban, se procedía a la consabida inyección de aire en vena. A continuación, los cadáveres eran retirados e inhumados por los propios cuidadores en el cementerio con el que contaba el propio hospital, si bien, a medida que la cantidad de asesinatos fue incrementándose, se seleccionó a un grupo de pacientes para este fin a los que se conocía con el apodo de la “banda del cementerio”. En última instancia, Mootz y Wernicke cumplimentaban los certificados de defunción de los pacientes, atribuyendo sus muertes a toda suerte de causas ficticias más o menos relacionadas con su patología original. Dichos certificados eran enviados a las familias para así cerrar el círculo administrativo dentro de la más estricta “legalidad”.

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Lápidas numeradas empleadas en las tumbas del cementerio de Meseritz-Obrawalde. [Fuente: deathcamps.org].

 Cumplir con la ley

Tras la guerra, solo la doctora Hilde Wernicke –que por cierto no tiene absolutamente nada que ver con el fisiólogo Carl Wernicke- pudo ser capturada y juzgada. Los doctores Mootz y Vollhein, de cuya vida se sabe realmente poca cosa, lograron fugarse y terminaron en paradero desconocido[7].

Gertrud Emmy Hilde Wernicke había nacido en 1899 en Schleswig (Schleswig-Holstein), hija de un oficial del ejército. Se graduó en medicina en la Universidad de Marburgo y, posteriormente, trabajó como médico asistente en una institución mental de Regensburg. Fue trasladada, también como asistente, a Meseritz-Obrawalde en 1927, alcanzando el puesto de directora médica en dicha institución en 1929. No se trataba, como vemos, de un médico mejor o peor que otro ni tenía especial interés en cuestiones políticas, pero sí le sucedió, como a otros muchos médicos jóvenes y con deseo de progresión profesional en aquellos días, que no tardó en advertir el interés del partido nazi por la eugenesia, la medicina y la farmacología, lo cual la impulsó a ingresar en las filas del NSDAP en 1933. Entraría a formar parte del partido nacional-socialista femenino (Nationalsozialistische Frauenschaft) en 1939. Tras participar activamente en el horror rutinario de Meseritz-Obrawalde, escapó con la llegada de las tropas soviéticas. Junto con su amiga, la enfermera Wieczorek, se trasladó al hogar paterno en Wernigerode (Alta Sajonia), al que llegó el 3 de febrero de 1945. En abril ya se encontraba ejerciendo la medicina de nuevo, cosa que hizo hasta su arresto definitivo el 10 de agosto del mismo año.

Es dudoso, como decimos, que Hilde Wernicke fuera una nazi convencida y, de hecho, ella se reconocía simpatizante del ala derecha de la Coalición de Weimar, un partido moderado que se vio muy erosionado políticamente por las posturas extremas, tanto desde la derecha (NSDAP) como desde la izquierda (KPD), hasta su desaparición definitiva en 1932. Más aún, se sabe que cuando las cosas empeoraron de manera radical en el hospital solicitó un traslado que nunca se le concedió, pero no es menos cierto que se implicó activamente –ella dijo que por temor- en las muertes y que su afiliación al nacional-socialismo obró como elemento útil para racionalizar sus crímenes a posteriori[8].

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Hilde Wernicke declara ante el tribunal que la juzgó en 1946. [Fuente: Schleswiger Nachritchtten].

El testimonio de Hilde es significativo pues se suma al de otros muchos médicos, jueces, abogados y etcétera alemanes que colaboraron activamente con el nazismo en sus terribles actividades y que dejan entrever el horror que puede llegar a alcanzar la racionalidad bien administrada cuando las personas se ven envueltas en situaciones morales y materiales, tan terribles como venenosas, que las inducen a tratar de comprender y justificar lo que resulta de todo punto incomprensible e injustificable. Para ella sus actos eran un “deber de guerra” o un “deber patriótico” –nunca llegó a tenerlo claro del todo-, a la par que resultado del temor a perder su carrera si se negaba a matar, pues sabía que habría otros médicos mucho menos escrupulosos y bien dispuestos a ocupar su lugar, cosa que el gerente Grabowski nunca dejó de recordarle. Por lo demás, las disonancias cognitivas y las argumentaciones “post-hoc” de Wernicke resultan muy esclarecedoras: ella “nunca mató a nadie”, ni se consideraba “responsable” de las muertes por cuanto, en efecto, preparaba los cócteles de medicamentos que se suministraba a los pacientes pero eran las enfermeras quienes hacían el trabajo sucio. Por lo demás, siempre manifestó “recibir órdenes” que en todo caso se encontraban “de acuerdo con la ley”. Consecuentemente, no podía verse a sí misma como una asesina sino, tal vez, como una herramienta que facilitaba “muertes piadosas” a pacientes en muy mal estado que “en todo caso habrían muerto pronto por sí mismos”. Más aún: “mis pacientes estaban muy vinculados a mí y jamás se sintieron amenazados; Obrawalde no era un campo de concentración”[9].

Sea como fuere, Hilde Wernicke fue sentenciada a muerte el 23 de marzo de 1946 por su participación probada en el asesinato de 600 pacientes. Su apelación sería rechazada, haciéndose efectiva la condena por parte del gobierno de la República Federal Alemana, y junto con la de Helene Wieczorek, el 14 de enero de 1947 en Berlín.

Moraleja: cuidado con afiliarse a las panaceas de salud, la homogeneización de conductas, el pensamiento único, lo políticamente correcto y el totalitarismo moral… No vaya a ser que el primero que no encajes en el estándar seas tu.


[1] Benedict, S. y Chelouche, T. (2008). Meseritz-Obrawalde: a “wild euthanasia” hospital of Nazi Germany. History of Psychiatry, 19 (1): 68-76.

[2] López-Muñoz, F. (2015). Panacea encadenada: La farmacología alemana bajo el yugo de la esvástica. Barcelona: Real Academia de Doctors.

[3] Uno de los métodos favoritos de ejecución y “depuración” de nazis y soviéticos, como puede verse en Snyder, T.D. (2010). Tierras de Sangre: Europa entre Hitler y Stalin. Barcelona: Galaxia Guttenberg / Círculo de Lectores.

[4] Friedlander, H. (1995). The origins of Nazi Genocide. Chapell Hill (NC): The University of North Carolina Press.

[5] Sagel-Grande, I.; Fuchs, H.H. & Rütter, C.F. (1979). Justiz und NS-Verbrechen, Heil-und Pflegeanstaldt Meseritz-Obrawalde, Vol. XX. Amsterdam: University Press Amsterdam.

[6] Ibid. anterior.

[7] Benedict, S. y Chelouche, T. (2008), op. cit.

[8] Michael, R. & Doerr, K. (2002). Nazi-Deutsch Nazi-German. Westport (CT): Greenwood Press.

[9] Testimonio de Hilde Wernicke. Landesgericht, Berlin, 7 de diciembre de 1945. El archivo se puede localizar en el Yad Vashem de Jerusalén, archivo TR 10/2584; cit. en Benedict, S. y Chelouche, T. (2008).

El caso del “Zurrumbón”

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Juan Díaz de Garayo: ¿Se fiaría usted de un tipo con esta cara?

En un tiempo en el que la frenología de Franz Joseph Gall, las teorías sobre el criminal nato de Cesare Lombroso y la craneometría de Anders Retzius eran aún tenidas por ciencias serias, Juan Díaz de Garayo y Ruiz de Argandoña se constituía en el paradigma del criminal por naturaleza, de nacimiento y sin posibilidad de eludir un destino prefigurado por fuerzas cósmicas. Un hombre que tampoco podría ser jamás rehabilitado o redimido. No en vano, su cráneo era deforme, brutal. Rostro ancho, frente abombada, cejas prominentes, occipucio muy retrasado y puntiagudo, mandíbulas enormes, pómulos exageradamente marcados, ojos hundidos… Piénsese que por aquel entonces -paraíso pseudocientífico- tener las cuatro muelas del juicio como este que les escribe era considerado un rasgo de primitivismo y tendencia criminal, de suerte que poco más que el garrote vil podía esperar a un individuo portador de las deformidades del maldito Garayo.

Eso sí, y no exageremos, tampoco era “un neandertal” como he llegado a leer por ahí, que hay mucho amigo de la hipérbole suelto. Miren ustedes las fotografías que acompañan a este texto y díganme si alguna vez no han visto suelto por ahí a algún mastuerzo de este talante. Yo, desde luego, sí.

Quienes llegaron a examinarle tras su detención, sin duda instalados ya en el prejuicio inevitable de los malsanos crímenes que había cometido, miraban a un hombre pero no veían otra cosa que un animal. Tal fue el caso del afamado doctor alicantino José María Esquerdo y Zaragoza, quien se interesó por el estudio psiquiátrico de este sujeto y le visitó varias veces en la cárcel. Su análisis del reo, realizado a ojo cual cabe deducir de su testimonio, no escatimaba calificativos como el de “anormal”. Su erudito diagnóstico, observado desde el presente, es de puro escándalo: Imbécil moral[1]. Con apreciaciones y “tecnicismos” de este estilo se pavoneaba Esquerdo en los círculos del saber, conferenciando por doquier, argumentando que un tipo como Díaz de Garayo le podía parecer completamente normal a cualquiera sin experiencia psiquiátrica. Pues vaya.

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El célebre Doctor Esquerdo, encargado del examen de Garayo.

El hecho es que este animal imbécil llamado Juan, apodado Zurrumbón por quienes le conocían, llevó al parecer una existencia completamente normal hasta frisar la cincuentena. Hombre fortalecido por el trabajo duro, de estatura mediana y cuello de toro, tenía al parecer un insaciable apetito sexual que le llevó a casarse hasta cuatro veces, pues enviudó en tres ocasiones, a fin de tener la cama caliente. Es muy probable que de haber logrado satisfacer sus ansias dentro de las uniones matrimoniales sucesivas nunca hubiera llegado a cometer los asesinatos, pues con su primera mujer estuvo casado trece años y nunca se advirtieron en él tales tendencias. El problema, por lo que parece, es que las otras no supieron, no quisieron, o no pudieron tenerlo contento en el cuadrilatero de las sábanas blancas, con lo que Garayo se transformó en el tópico individuo explosivo con la cabeza henchida de ideas raras, bomba ambulante, que podía reventar en el momento menos pensado, por cualquier motivo.

Marzo de 1870

Por aquellos días no existían en muchos lugares de la geografía española burdeles establecidos, y un buen número de mujeres se veían obligadas a ejercer la prostitución, bien fuera temporalmente, al raso de caminos y aldeas. Las meretrices –especialmente las no habituales, que se veían obligadas a tal empleo por los reveses de la vida- ejercían donde salía, y el oficio era generalmente ambulante. En el mejor de los casos un grupo de mujeres regentado por un proxeneta -o una madame- se desplazaba de aldea en aldea con cierta seguridad, en carros traqueteantes y desvencijados, que podían obrar de inopinado prostíbulo. En el peor, una mujer solitaria, a pie, presta al ejercicio más antiguo con quien le saliera al paso –cosa que no era inhabitual-. Bien lo sabía Juan Díaz de Garayo. Por eso cuando -según dijo luego- “los demonios se apoderaron de su mente”, decidió ocultarse a la vera de uno de aquellos caminos en espera de aquella mujer solitaria que ya había divisado en lontananza.

En efecto. La prostituta, conocida por muchos con el mote de la Valdegoviesa, apareció en el camino del polvorín viejo de Vitoria, ya en las afueras solitarias de la ciudad, y el Zurrumbón se le cruzó el paso para llevársela bosque adentro. Ella le siguió el juego porque igual daba uno que otro y el dinero es el dinero, pero Juan Díaz de Garayo era mal cliente: no estaba dispuesto a pagar el precio requerido –cinco míseros reales- para obtener lo que bien podía salirle gratis. De este modo, echando mano de sus incuestionables argumentos físicos, la arrastró hacia los árboles, se aferró a su garganta y le oprimió cuello hasta que perdió el conocimiento. Acto seguido la desnudó, satisfizo sus necesidades, y la remató sumergiéndola en un riachuelo. Luego se fueron los demonios y vino la conciencia. Cuando el ya satisfecho Juan se hizo consciente de sus actos escapó de allí a todo correr.

Pasó un largo año -que se sepa- hasta que los demonios volvieron a pasar factura al Sacamantecas.

Primavera de 1871… Y más allá

Era el mismo paraje desierto y otra prostituta, una viuda pobre que sobrevivía vendiendo su cuerpo y a la que se conocía por aquellos pagos como la Riojana. Vuelta a empezar. Esta vez el crimen serviría para que los insaciables diablillos que movían al Zurrumbón callaran durante otro año y medio, hasta agosto de 1872 en que se volvieron a hacer notar con energías renovadas porque Garayo ya le había cogido el tranquillo y, además, había descubierto una terrible evidencia: a nadie le había importado ni un comino la muerte de aquellas mujeres.

Así que con su modus operandi habitual finiquitó primero a una muchacha de trece años y luego, de forma sucesiva, a otra prostituta. Las circunstancias de ambos asesinatos variaron poco con respecto a los primeros, salvo que ahora Garayo empezaba a perfeccionarse: a la última mujer le arrancó un largo alfiler que llevaba para sujetarse el peinado y se ensañó con ella hasta la saciedad, clavándoselo reiteradamente en el pecho. Sin embargo, y pese a la enorme cantidad de literatura que rueda sobre el caso, no ha quedado claro que el Sacamantecas de Vitoria realmente despanzurrara a sus víctimas, o practicara el canibalismo. Las lagunas de su propio testimonio hacen pensar que, en efecto, pudo llegar a consumir la sangre de alguna de sus víctimas e incluso a probar sus entrañas, pero no parece que estas circunstancias concurriesen en todos los casos, y tampoco es fácil decidir cuánto de lo que Díaz de Garayo dijo, a posteriori, fuera verdad y cuánto fue resultado de su imaginación presidiaria… O de la mano de bofetadas que le arrearon, que también debieron contribuir lo suyo al engrandecimiento del relato.

Sin embargo, cosa común en los criminales psicológicamente trastornados, no era un hombre inteligente y, como asesino, funcionaba de manera asistemática y poco planificada. Su mejor aliado, siempre lo fue para los criminales rurales en aquella España subdesarrollada, era la falta de control policial sobre campos y caminos, así como la poca -o nula- preparación y la escasa dotación de los agentes de la ley. También la suerte. Lo errático de sus crímenes hace pensar que actuaba sin método, cuando se le presentaba la ocasión y la necesidad de satisfacer sus repulsivos instintos se le hacía apremiante. Era un asesino desorganizado. Esto explica el hecho de que muchas de las mujeres a las que agredió -o intentó agredir- lograran a la postre zafarse del que puede presumirse brutal abrazo de este fornido individuo. De tal modo que, en agosto de 1873 se le escapó una prostituta, y en 1874, una mendiga a la que no pudo echar el guante.

Es posible que esto le detuviera momentáneamente por miedo a ser capturado, o puede que no. Nunca lo sabremos con certeza puesto que se piensa que cometió muchos crímenes más de los que confesó o se le pudieron probar. Concurre además la circunstancia de que en esta época enviudó de su tercera esposa y volvió a casarse con una tal Juana Ibisate, de suerte que bien pudiera ser que sus grotescos impulsos sexuales se vieran cumplidamente satisfechos durante una larga temporada.

El caso es que el siguiente asalto reconocido del Zurrumbón, que también terminó en fracaso, tuvo lugar cuatro años después, en noviembre de 1878. Ahora el objetivo seleccionado fue la molinera de Las Trianas, que logró zafarse de él antes de que consumara el delito para denunciarle por asalto. Dos meses de cárcel le costó a Garayo el trance. Sorprende que en aquel tiempo a nadie se le ocurriera relacionarle con los anteriores crímenes del que ya se conocía como Sacamantecas. También fracasó en su intentona de agosto de 1879, cuando abordó a una anciana en la carretera de Castilla. La mujer acertó a propinarle una patada en los genitales y huyó, pero el asesino la siguió para averiguar donde vivía y compró su silencio con nada menos que veinte pesetazas de la época que, para un campesino como él, debían suponer los ahorros de años de privaciones y sudor. Todo menos regresar a los rigores del penal.

Un alguacil disciplinado

El pánico cundía ya en el campo alavés, así como en algunas áreas de Burgos a las que el trabajo o el vagabundeo –su segunda gran afición- habían llevado Díaz de Garayo. Las mujeres se encerraban en sus casas en un radio de cien leguas a la redonda del territorio de acción del Zurrumbón. Las autoridades se esforzaban en la empresa de atraparlo, pero no había forma de dar con él y tampoco, todo sea dicho, se sabía muy bien por dónde comenzar. Su conducta dispersa, los enormes lapsos temporales entre cada golpe conocido del criminal, contribuían en gran medida a despistar a los agentes de la ley. Juan actuaba en la más completa impunidad y puede que ni él mismo fuese plenamente consciente de ello.

Contribuía grandemente a la relativa libertad de acción del Sacamantecas -y no sólo de él sino también de otros muchos criminales de la España de entonces-, el férreo control gubernativo que se ejercía sobre los medios de comunicación al que aportaba lo suyo, sin duda, la proverbial doble moral española. Se entendía que en el tratar de crímenes y criminales, así como en el dedicarse a su estudio, no había otra cosa que un entretenimiento grosero, vulgar, de gente baja y con escasa educación. Así es que cuando España pudo poner, como el que más, su buen granito de arena al avance de los estudios criminológicos, psiquiátricos y psicológicos, resultó que había que vender la apariencia de que este era un país de buenas costumbres y gentes reputadas. Sólo las vacas sagradas, como el antes mencionado doctor Esquerdo, parecían facultadas para hablar de estas cosas, y siempre desde un punto de vista prejuicioso, confuso y sesgado.

Sea como fuere, en septiembre de aquel 1879, Díaz de Garayo volvió a la carga y atacó a María Dolores Cortázar, una campesina joven, alta y fuerte que le opuso gran resistencia. Paradójico. Este hombre poco ágil y nada habilidoso al que se le habían escapado varias ancianas débiles, presa supuestamente fácil para su desenfrenada lujuria, pudo doblegar las violentas acometidas de quien más y mejor se defendió. Le clavó un cuchillo en el pecho para luego cebarse salvajemente con el cadáver… Cuanto más parecía resistirse la víctima, más parecía disfrutar el Sacamantecas de su victoria, lo cual nada tiene de extraño en las agresiones de motivación sexual. No tuvo bastante. Dos días después finiquitó y destripó salvajemente a otra campesina, Manuela Audícana. Es sorprendente el modo en que funciona el imaginario colectivo, pues esta fue en realidad la única vez que Garayo obró de sacamantecas propiamente dicho, lo cual no obstó para que le cayera el sambenito a perpetuidad.

La cacería, según nos dice el anecdotario, concluyó de pura casualidad y no por obra de la policía. Aquel rostro animal y deforme, que los supuestos expertos interpretaron luego como la facha involutiva del criminal, fue su perdición según la leyenda. Explica Constancio Bernaldo de Quirós[2] que Garayo entró a trabajar como jornalero para un labrador. Estando en el tajo una niña pequeña, hija del propietario, sorprendida por su apariencia, le señaló con el dedo y gritó: ¡Qué cara! ¡Parece el Sacamantecas![3]. En efecto, de ser cierta la chirigota, aquella niña, sin tantos estudios y boato como Esquerdo y compañía, habría puesto el dedo en la llaga. Todos pensaron en lo de la cara y el espejo del alma y, en consecuencia, un hombre con aquel estigma no podía ser trigo limpio. El relato concluye sosteniendo que se alertó a la policía. Se interrogó al Zurrumbón y aquel sujeto pétreo, fornido y de apariencia inconmovible, se derrumbó en pocos minutos para confesar sus atroces crímenes. Es cierto que éste habría sido un interesante y apropiado final, pero la realidad fue otra bien diferente. La captura de Garayo corrió a cargo de un meticuloso alguacil del Ayuntamiento de Vitoria llamado Pío Fernández de Pinedo.

Lo cierto es que el hombre de la ley -meticuloso- pudo orientarse en sus pesquisas por la proximidad geográfica[4] y temporal de los dos últimos asesinatos y ese, precisamente, fue el gran error del Sacamantecas. Fernández de Pinedo se personó en los escenarios de ambos asesinatos y recurrió al viejo método intemporal del policía de raza: tenacidad y sentido común. Observó, tomó notas, interrogó a las últimas personas que habían visto a las mujeres con vida… Y dio con una pista valiosísima puesto que vino a enterarse de que María Dolores Cortazar había sido vista por un lugareño en compañía de un sujeto al que todos conocían como Zurrumbón, de apellido Díaz de Garayo por más señas, poco antes de su muerte. Lógicamente, el alguacil empezó a preguntar por el tipo en cuestión que, dadas sus características físicas, resultaba por completo inconfundible. También supo que tenía antecedentes penales por delitos sexuales y concluyó que era el hombre que estaba buscando.

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Los alguaciles del Ayuntamiento de Vitoria hacia 1885.  Pío Fernández de Pinedo se encuentra en la fila superior, a la izquierda [Foto: Archivo Municipal de Vitoria].

De tal suerte, Fernández de Pinedo se presentó en la puerta del sospechoso –que no estaba, como de costumbre- y charló amigablemente con su señora, a la que sonsacó hábilmente la historia de las veinte pesetas que traían a la mujer por la calle de la amargura. Como es de suponer, cuando el Zurrumbón regresó a Vitoria para asearse y cambiarse de ropa, pasadas sus correrías, el alguacil le echó el guante. Contrariamente a lo que cuenta la anécdota antes referida, la resistencia de Garayo fue muy difícil de doblegar, como corresponde a un tipo de su constitución. Doce días de bofetadas -entonces la tortura era cosa normal- aguantó el labrador hasta que se decidió a contar la verdad al juez de instrucción[5].

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El Zurrumbón, posa en prisión, poco antes de que fuera ejecutado.

Así, en 1881, sentenciado a muerte por garrote vil, vería Garayo el fin de sus días en el patíbulo de la Prisión Provincial de Burgos. Curiosamente en un país tendente al sensacionalismo y la chirigota como el nuestro, el caso del Sacamantecas quedó exento de literatura zafia en la hora postrera, aunque que se prestaba, y las notas de prensa en las que se relató su ejecución son más bien tirando a sosas. Ni siquiera fue famoso el verdugo que le aplicó el tornillo, pues Gregorio Mayoral Sendino, hombre al que se celebra como harto profesional en lo suyo y del que se dice sin cesar por ahí que ajustició al Zurrumbón, nunca fue el encargado de ejecutar la sentencia de marras. Este error, ya que estamos, se debe al gran escritor Pío Baroja, quien atribuyó a Mayoral la hazaña de suerte errónea al olvidarse de un detalle ciertamente significativo: en 1881 don Gregorio aún no había cumplido los 18 años de edad y, por lo tanto, no podía ejercer legalmente como funcionario público.

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Gregorio Mayoral. El verdugo que no ajustició al Zurrumbón.

Eso sí, como bien rezan los manuales en la materia, el Zurrumbón nunca se mostró arrepentido por ninguno de sus crímenes. Hecho que, dicho sea de paso, tampoco he llegado a comprender nunca por qué preocupa -o agobia- tanto a los que hablan de estas cosas cuando en realidad entra la misma lógica del caso: ¿pero cómo va a experimentar arrepentimiento sincero un tipo capaz de apiolarse a un montón de gente por simple placer?


[1] El concepto de alienación o imbecilidad moral fue acuñado en 1835 por Prichard para referirse a aquellos individuos que carecen de sentimientos, autodominio y sentido ético. Esta denominación perduró durante prácticamente todo el siglo XIX hasta que, finalmente, Koch creó para describir a estos sujetos notoriamente antisociales la acepción de inferioridad psicopática. En los Estados Unidos la clasificación tomó la forma de personalidad psicopática, que fue finalmente la que se impuso hasta mediado el siglo pasado. Hoy en día se sigue utilizando el concepto, que ha variado hacia la acepción popularizada de “psicópata”, pero su validez es objeto de discusión científica.

[2] Bernaldo de Quirós, C. (1898). Las nuevas teorías de la criminalidad. Madrid, Hijos de Reus (Establecimiento tipográfico de Gómez).

[3] Hay otras versiones del supuesto incidente que no alteran el fondo de la historia, como la que cuenta Fabiola Maqueda Abreu en Garayo: El Sacamantecas Vitoriano (Vitoria, Diputación Foral de Álava, 1985).

[4] El penúltimo cometido en un paraje conocido como las Carboneras de Ordumbre, y el último en el camino que enlaza Gamarra y Araca.

[5] Evidentemente, los métodos de interrogatorio de la época eran bastante diferentes de los actuales. Además, se añadía el hecho de que Garayo era un asesino de mujeres, lo cual le convertía en un individuo especialmente odioso para sus captores.