La infamia del Vuelo 495


El desastre del vuelo de la compañía aérea Cubana acaecido en noviembre de 1958 es uno de los asuntos de terrorismo internacional más extraños, silenciados y controvertidos de la historia que, además, va a ser el primer secuestro de un vuelo comercial salido de un aeropuerto de los Estados Unidos. El periodista colombiano Gerardo Reyes pasó diez años tratando de esclarecer este espinoso asunto sin lograr llegar al fondo último del mismo, pero los resultados de su investigación vieron la luz en un interesante libro titulado Vuelo 495[1]. En este libro, Reyes se hizo varias preguntas que nunca han sido respondidas. La principal de ellas: ¿por qué un episodio tan nefasto como éste nunca ha salido a la luz a pesar de que La Habana y Washington llevan más de 50 años lanzándose mutuos reproches?


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Portada del libro de Gerardo Reyes que inspira esta entrada.

1 de noviembre de 1958

Son 16 las personas que esperan en el aeropuerto de Miami para tomar el vuelo 495 de la compañía aérea Cubana, con destino a Varadero[2]. El aparato, un Vickers Viscount 755D, ronronea en la pista a la espera de ser abordado por el escueto pasaje y la situación es tensa en la isla, por lo que volar allá empieza a ser cosa complicada. Faltan apenas dos meses para el triunfo de la revolución castrista, aunque nadie lo sabe todavía, y estamos en la antesala de la conocida como Batalla de Guisa, que comenzaría el 20 de noviembre. Todos aquellos que suben al avión lo ignoran aún, pero van a ser víctimas de un acontecimiento histórico sumamente controvertido y silenciado por los gobiernos cubano y estadounidense durante décadas. Ello, aún a pesar de que cinco de los 14 pasajeros que fallecerían aquel día eran titulares de un pasaporte de los Estados Unidos.

El vuelo acumula varios retrasos, pero nadie explica nada. Simplemente, en un momento dado, se da la orden de embarque y las 16 personas que esperaban en la terminal suben a bordo. No podían deberse las tardanzas a nada grave pues el viaje Miami-Varadero apenas duraba 45 minutos, por lo que los pasajeros atribuyen demora a algún inconveniente durante las operaciones a pie de pista.

Todo parece normal, pero no es así. El destino va a jugar una inesperada –quizá insospechada- broma cósmica a los pasajeros del Vuelo 495 pues, en un momento dado, cinco hombres de entre el pasaje que se identifican como miembros del Movimiento 26 de Julio (M-26-7)[3], se uniforman, toman el control del aparato, y comunican que el avión se va a desviar a algún lugar de la región oriental de Cuba. ¿El motivo? Pues al parecer el aparato llevaba en su bodega armas y municiones introducidas de manera subrepticia –nadie sabe cómo y este punto jamás ha sido aclarado si bien parece claro que habría sido imposible sin la complicidad del personal de la compañía aérea en Miami-, supuestamente destinadas a los rebeldes de Sierra Maestra[4], donde Fidel Castro, acompañado de su hermano Raúl y otros miembros del M-26-7, están en aquellos días preparando el golpe final contra el gobierno de Fulgencio Batista.

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Un Vickers Viscount 755D de la compañía británica Invicta Airlines, idéntico al empleado por Cubana de Aviación. Este modelo y sus aparatos “hermanos”, fabricado por Vickers-Armstrong, fue muy exitoso y empleado por múltiples líneas aéreas comerciales para sus vuelos de corta duración durante las décadas de 1950 y 1960.

Las cosas no funcionan

Parece que la operación del comando será incruenta en la medida que el pasaje no implicado en el secuestro acepta la broma cósmica con deportividad, a la par que la tripulación del aparato decide colaborar, pero algo no saldrá bien. A su llegada a destino el vuelo no encuentra un lugar apropiado para el aterrizaje y, tras varias intentonas, a punto ya de quedarse sin combustible –que para un viaje corto como aquel no debía ser mucho-, el piloto intenta aterrizar a la desesperada en una pista inapropiada por su escasa longitud próxima al Central Azucarero de Preston[5]. Todo parece esperar que alguien les estaba esperando en aquel lugar.

No saldrá bien. El avión terminará cayendo en el mar y falleciendo en el accidente 14 de los 16 pasajeros, entre los que se contaban cuatro niños y una mujer embarazada. Y nos queda por sumar a la historia un detalle bastante relevante: el personal de la compañía aérea pareció hacer todo lo posible para evitar que esta familia con niños tomara aquel vuelo, cosa que al final no pudo impedir de manera razonable. Como mínimo, sospechoso.

Así las cosas, parece que la tragedia era lo suficientemente importante –recordemos que nos encontramos en 1958, esto no era algo común en aquel momento, y han perdido la vida al menos cinco ciudadanos estadounidenses- como para despertar el interés del gobierno y los medios de comunicación internacionales, pero un extraño velo de misterio se abatirá sobre el acontecimiento, al punto de quedar prácticamente silenciado.

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Mapa de la región de Nipe, donde tuvo lugar la tragedia del Vuelo 495.

Teoría de la conspiración

En opinión de Gerardo Reyes, había elementos de sobra para que este silenciamiento se produjera, comenzando por el hecho de que el triunfo de la revolución castrista era algo tenido ya por seguro, y que la CIA había abandonado a su suerte al gobierno de Batista, cuya corrupción era algo ya inasumible. Por todo ello, el gobierno de los Estados Unidos estaba convencido a aquellas alturas de que el éxito de los revolucionarios era un mal menor, y se contemplaban los acontecimientos cubanos con cierto aire de “encantamiento”. Cabe recordar en este momento una de las cartas que Ernesto “Che” Guevara envió al escritor argentino Ernesto Sábato en las que afirmaba que uno de los grandes problemas de la revolución era que Eisenhower nunca les había tomado en serio. O lo que es igual: los norteamericanos siempre creyeron que, ganara quien ganara aquella guerra, siempre podrían controlar la situación[6].

Así las cosas, las agencias de noticias nunca publicaron fotografías de la tragedia –por ello no podemos ilustrar esta entrada con imagen alguna del accidente-, a la par que Fidel Castro, siempre aseguró, al ser interpelado por este hecho, no haber autorizado jamás la operación de la que aseguró no conocer detalle alguno. La teoría de Reyes a este respecto, difícil de contrastar, es que los secuestradores eran un grupo de jóvenes entusiastas de Miami que pretendían vincularse al movimiento guerrillero cubano. De hecho, en aquel momento era fácil encontrar a muchos de ellos en la ciudad norteamericana vendiendo bonos para apoyar a la revolución castrista.

Los Estados Unidos, por su parte, y pese a tratarse del primer secuestro de un vuelo salido de suelo norteamericano, encontraron la forma de sacar elegantemente el suceso de los anales: eludieron investigar el hecho aduciendo que no tenían jurisdicción sobre el lugar del accidente y que el problema era una cuestión interna de las Autoridades cubanas. Raúl Castro, por su parte, pasados dos meses del desastre, zanjó la cuestión al manifestar que la peripecia del Vuelo 495 de Cubana había sido una “heroica estupidez”. Consecuencia: el asunto se dio por cerrado por ambas partes de una manera absolutamente vergonzante, pero perfectamente conveniente.

Esta historia como todas tiene una moraleja, por supuesto. Quizá debiera aleccionar a los gobiernos –y a no pocos particulares- de los peligros inherentes a adoptar posturas que, desde la legitimidad que les otorga sus posiciones pero con una extraña moralidad, ofrecen argumentos fuerza al terrorismo cuando evalúan de manera dispar los acontecimientos en función de quién hace qué, de a quién se hace algo, y de qué es lo que se hace en cada caso.

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Escudo del Movimiento 26 de Julio.

[1] Bogotá: Grijalbo (Penguin Random House), 2015.

[2] Varadero, en Cuba, pertenece al municipio de Cárdenas, y está situada en la península de Hicacos, provincia Matanzas, a 130 kilómetros al este de La Habana.

[3] El movimiento 26 de Julio, liderado por Fidel Castro, toma su nombre de la fecha del asalto al Cuartel Moncada en Santiago de Cuba, acaecido el 26 de julio de 1953. Nació clandestinamente el 12 de junio de 1955. Por aquel entonces Castro acababa de ser amnistiado y liberado de la cárcel donde se encontraba cumpliendo una condena por haber encabezado, precisamente, el susodicho asalto. Fue gracias a esta acción que un desconocido Fidel Castro, quien ya era uno de los líderes del Partido Ortodoxo, se convirtió en un personaje célebre entre los cubanos.

[4] La mayor cordillera del país, bordea la costa sur-oriental de Cuba desde Cabo Cruz hasta la Punta de Maisí, y tiene alrededor de 250 kilómetros de largo por 60 de ancho.

[5] En la región de Nipe, explotada por la compañía norteamericana United Fruit Sugar Company, que es quien dio el nombre al lugar.

[6] Nos referimos a la fechada en 12 de abril de 1960: “Según sus hojas de testificación donde decía: ‘nacionalizaremos los servicios públicos’, debía leerse: ‘evitaremos que eso suceda si recibimos un razonable apoyo’; donde decía: ‘liquidaremos el latifundio’ debía leerse: ‘utilizaremos el latifundio como una buena base para sacar dinero para nuestra campaña política, o para nuestro bolsillo personal’, y así sucesivamente. Nunca les pasó por la cabeza que lo que Fidel Castro y nuestro Movimiento dijeran tan ingenua y drásticamente fuera la verdad de lo que pensábamos hacer; constituimos para ellos la gran estafa de este medio siglo, dijimos la verdad aparentando tergiversarla. Eisenhower dice que traicionamos nuestros principios, es parte de la verdad; traicionamos la imagen que ellos se hicieron de nosotros, como en el cuento del pastorcito mentiroso, pero al revés, tampoco se nos creyó”.

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Amityville: de crímenes, fantasmas y trolas

 

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Ronald DeFeo Jr. Una joya de muchacho.

El famoso asesinato en masa perpetrado por Ronnie DeFeo durante la madrugada del 15 de noviembre de 1974 ha quedado ensombrecido por la peripecia que, según se dice, vivieron con posterioridad los Lutz, la familia que compró la propiedad en la que sucedió todo.


De hecho, que la casa del 112 de Ocean Avenue en Amityville (Long Island, New York) se convirtiera en el singular epicentro de una historia de fantasmas, posesiones diabólicas, rituales satánicos y otras simplezas afines con las que alimentar mentes recalentadas, llegaría a ser indecentemente utilizado por el abogado del propio DeFeo -William Weber- para tratar de exculpar a su defendido. La celebridad que, tanto la ávida prensa amarilla como el libro escrito por Jay Anson, dieron a la historia de los Lutz ha contaminado el horroroso crimen cometido por Ronald DeFeo Jr., convirtiéndolo así en un simple y extravagante prólogo para acontecimientos posteriores supuestamente mucho mayores, pero bastante menos ciertos.

Hasta doce películas -a cual peor, dicho sea de paso- se han inspirado en la casa encantada de Amityville convirtiendo a George y Kathy Lutz en una maravillosa fábrica de dólares y cuentos chinos. No es para menos. El libro de Anson es bueno como novela de suspense, está bien construido y pese a no tratarse de una maravilla de la prosa literaria, que no lo es, tiene esa gracia tópica del best-seller que lleva al lector a tragárselo de una sola vez. Para muestra, un servidor. No es para menos si tenemos en cuenta que antes de dar el pelotazo literario Jay Anson se había ganado la vida escribiendo guiones cinematográficos… En efecto, el tal Jay no era Cervantes, pero no cabe la menor duda de que sabía contar una historia.

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El famoso perfil -que da a la calle- de la celebérrima casa del 112 de Ocean Avenue.

Desmontando mitos

Para comenzar la narración como es debido, aclaremos que en torno al crimen de Ronald DeFeo se han construido muchos relatos inciertos, o escasamente documentados, que lo han dotado de matices tenebrosos pero en absoluto reales. Por ejemplo, se cuenta habitualmente que puso somníferos en la sopa de sus familiares para, una vez dormidos, trasladarlos a sus camas y asesinarlos en ellas de un tiro en la cabeza. No ha podido probarse. Los cuerpos fueron encontrados en el mismo lugar en que fueron tiroteados -sus propias camas- y presentaban heridas en diferentes lugares de su anatomía. Los análisis toxicológicos no hallaron restos de fármaco alguno en sus cuerpos. El hecho de que la mayoría -que no todos- estuviesen tumbados decúbito prono -o boca-abajo- en el momento de su muerte es meramente casual… Pero claro, siempre cabría preguntarse si es realmente tan raro que la gente duerma en una postura u otra. ¿Cuánta gente duerme de lado? ¿O boca arriba? ¿Y a quién en su sano juicio le importa saberlo? ¿Como duermes tu? ¿Y tu hermana?

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Dos “friquis” posan en el otrora célebre “cuarto rojo” del sotano. Por lo que se ve, fue reconvertido en un triste lavadero.

Otro mito célebre indica que el asesinato múltiple tuvo lugar a las 3:15 horas en punto de la madrugada, pero se trata de una especulación. Los archivos policiales indican, tan solo, que los crímenes debieron tener lugar entre las 2:30 y las 3:30 horas -esto de la exquisita puntualidad fue una creación literaria posterior de Jay Anson y quien quiera conocer los motivos del invento, tendrá que leerse el libro porque no lo pienso contar, explotada a posteriori por el cine-. También se ha especulado con la posibilidad de que Ronnie DeFeo se entretuviera realizando rituales satánicos en un cuartito rojo oculto en el sótano de la casa, pero lo cierto es que este extremo nunca ha podido demostrarse, nunca se ha sabido qué finalidad tenía el dichoso cuarto y, además, el asesino ni lo mencionó en sus declaraciones antes de que esta historieta fuera publicada bastante tiempo después de los crímenes. De todo ello cabe deducir que simplemente se subió al carro de la película de terror para sustentar su propia defensa. Un rasgo tópico de carácter en los antisociales manipuladores y de los abogados caraduras dispuestos a valerse de cualquier cosa para ir tirando, por muy disparatada que sea.

Lo cierto y verdad es que no hay que buscar explicaciones sobrenaturales al terrible crimen y, de hecho, no existe constancia alguna de que los DeFeo hubieran experimentado sucesos paranormales en aquella casa de estilo colonial holandés que su primer propietario erigiera en 1928. Tampoco hacía falta porque, al parecer, el ambiente se encontraba ciertamente envenenado en el seno de aquella familia numerosa desde hacía bastante tiempo.

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Cartel de la producción de 1979 Terror en Amityville, dirigida por Stuart Rosenberg. Un taquillazo, pero no te la creas…

Familia envenenada

Ronald DeFeo padre, hasta donde se sabe, era un hombre de dos caras. Bivalente.

Fuera del hogar se mostraba como un sujeto educado, atento y encantador, pero quienes le conocían bien cuentan que de puertas adentro era extremadamente autoritario y exigente con sus hijos, a los que gobernaba manu militari. Esta actitud dura -en ocasiones incluso cruel- desembocaba a menudo en graves enfrentamientos y discusiones con su esposa, Louise. Y no descartemos los malos tratos. De hecho, la mudanza a la magnífica propiedad de Ocean Avenue, al parecer, tenía mucho que ver con un intento desesperado de la familia por mantenerse unida en un ambiente tranquilo y alejado del estrés del centro de la ciudad -una especie de terapia- para evitar una ruptura definitiva. Un dato esclarecedor: papá DeFeo, nada más aterrizar en la propiedad, la bautizó cartel en mano como High Hopes (grandes esperanzas).

La verdad es que, en aras a la buena convivencia, todos se sometían de mejor o peor grado a la tiranía del señor DeFeo excepto su primogénito, Ronald Jr. -apodado Butch– que tendía a llevarse la peor parte en aquél régimen despótico en la medida que solía mostrarse arrogante y muy poco servil. En definitiva: Ronald Sr. y Ronald Jr. eran astillas de la misma madera y chocaban permanentemente. Es más: el medio que Butch encontró para vengarse de las presiones paternas fue, obviamente, el de convertirse precisamente en aquello que su padre más detestaba: un mal estudiante, un vago, un golfo, un bebedor compulsivo y, al fin, en un adicto a diferentes tipos de drogas. Fuego para combatir el fuego.

Y la cosa solo empeoró, con mudanza o sin ella. Sintiéndose como un animal enjaulado desde la adolescencia, Butch optó por reducir al mínimo su relación con el resto de la familia, por lo que solía encerrarse durante horas -a veces días- en su cuarto y en las raras ocasiones en las que se presentaba en el colegio no hacía otra cosa que buscarse problemas. Al parecer, sólo encontraba cierta complicidad en su hermana inmediatamente menor, Dawn, con la que mantenía una relación que podría considerarse amigable.

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Ronald con sus hermanos y hermanas meses antes del crimen.

Con 17 años, hartos de recibir llamadas enojosas de diferentes centros académicos, los padres deciden sacar a Ronald del enésimo colegio y le ponen a trabajar. Peor todavía, pues del consumo de drogas Butch evolucionó hacia los robos -se sospecha que llegó incluso a apropiarse nada menos que 30.000 dólares de la empresa de su abuelo, en la que estaba empleado, si bien lo negó reiteradamente argumentando haber sido víctima de un atraco- al tiempo que, paulatinamente, iba quedándose sin amigos y sumiéndose en una espiral de terrible soledad de la que sólo parecía salir cuando contaba con algo de dinero fresco en el bolsillo.

Fue por estos días que el joven DeFeo comenzó a aficionarse a las armas de fuego, de las que siempre contaba con diferentes tipos y calibres, pero que raramente solía utilizar. Se limitaba a manipularlas, observarlas, cambiarlas, limpiarlas o venderlas cuando se veía apremiado económicamente, y poco más. Una rara afición la suya. Por supuesto, los altercados con papá DeFeo continuaron su escalada hasta que, irremediablemente, se pasó de las palabras a los hechos: durante una de las graves -y comunes- discusiones que su padre mantenía con su madre, Butch tomó uno de sus rifles, apuntó directamente a su progenitor y apretó el gatillo. Sin más. El arma se encasquilló evitando el desastre, pero la posterior amenaza de Ronald fue clara y explícita pues le indicó que si seguía maltratando de aquella manera a la familia no dudaría en matarlo. Ronald DeFeo Sr., simplemente, quedó tan atónito que ni abrió la boca. Si aquel día el rifle de Ronnie no se hubiera atascado, se habría evitado posteriormente una tragedia mucho mayor y Jay Anson nunca habría escrito libro alguno.

Pero es que el mundo funciona como funciona.

La familia que se odia unida, muere unida

Es probable, como decimos, que cuando los DeFeo adquirieron la excelente casa del 112 de Ocean Avenue, lejos del ruido y las tribulaciones urbanas del populoso Brooklyn, pensaran que aquel cambio significaría el principio de una mejora significativa en su vida familiar. Ya se sabe; cambiarlo todo para que nada cambie. De hecho, nadie en la familia DeFeo había sido capaz de entender que ya era demasiado tarde de suerte que, recurriendo al tópico, la suerte estaba echada. Así, a los pocos meses del traslado -todavía con el asunto del robo en el negocio familiar caliente en la memoria de todos-, Butch, ya en el fondo de su peculiar descenso a los infiernos, había madurado lo suficiente como para estallar.

En la noche de autos, una vez estuvo completamente seguro de que todos se encontraban en la cama y perfectamente dormidos, Ronald echó mano de su rifle del 35 y aguzó el oído. Todo era silencio si exceptuamos el fluir monótono del agua por el río que circundaba la propiedad. Iba a terminar con todos los reproches, odios y miedos de la familia de una vez y para siempre. Allá terminaban todas las miserias porque la fantasía que había urdido durante meses iba a convertirse realidad. A menudo la gente suele preguntarse -y preguntarme- qué narices pasa por la cabeza de alguien que obra de este modo, y la respuesta a esa pregunta es más bien sencilla: solo él lo sabe y difícilmente podrá ser comprendido por alguien ajeno a esas tempestades interiores más allá de la comprensión del mecanismo que activa la espoleta. A veces -y esto es muy común- ni ellos mismos son capaces de ofrecer una explicación lógica de sus actos, pues probablemente no la haya.

El caso es que, arma en mano, visitó en primer lugar el dormitorio de sus padres. Sin dudarlo, disparó en ocho ocasiones sobre la cama provocándoles diferentes heridas , la mayor parte de ellas mortales de necesidad. Acto seguido se acercó al cuarto de sus hermanos y repitió la operación… Y concluyó en la habitación de las chicas, a las que descerrajó sendos tiros en la cabeza. Todo ocurrió en apenas tres minutos. Ya estaba. Fuera el perro ladraba sin control y a Ronald le pareció increíble que nadie se hubiera despertado en la casa o hubiera oído semejante escándalo nocturno en un vecindario tranquilo como aquel. Pero así era. A continuación, lo cual indica que era dueño de sus actos en todo momento, preparó la coartada que había elaborado, pues era plenamente consciente de que se convertiría en el primer sospechoso del crimen. Planificador y organizado… Luego ni enajenado, ni poseído, ni gaitas… Qué le vamos a hacer.

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Vista aérea de la propiedad de los DeFeo.

Tras despojarse de la ropa y ducharse por temor a cualquier evidencia genética pues era consciente de que había recibido alguna salpicadura de sangre, lo metió todo -rifle incluido- en una funda de almohada y se deshizo del hatillo en una alcantarilla cercana a la propiedad. Luego, tras dar una vuelta por la casa para asegurarse de que todo estaba en orden, cogió el coche y se encaminó hacia Long Island para asistir a su jornada de trabajo en la empresa familiar aparentando normalidad. Para consolidar la coartada, a lo largo de la mañana, realizó varias llamadas telefónicas a su casa y simuló ante todos una grave preocupación por el hecho de que nadie respondiera. Fue un error que, a posteriori, hizo sospechar a muchos que algo raro pasaba con él pues, habitualmente, Butch no habría telefoneado a su casa ni para pedir la hora. Finalmente, a la hora del regreso, se aseguró de ir acompañado de un par de amigos a fin de poder escenificar como era debido su particular drama. De hecho, fue uno de ellos, particularmente afectado, quien llamó a la policía que se personaría en la finca de los DeFeo con celeridad.

La función continua

Los agentes, que saben lo que ven en cuanto lo ven, se dieron muy pronto cuenta de que todo aquello era raro, pues no había pista alguna, ni móvil, ni lucha, ni faltaba cosa alguna, ni las puertas o ventanas habían sido forzadas… Y, además, la coartada de Ronald Jr. -el único superviviente, hecho que no dejaba de resultar inevitablemente sospechoso- parecía excesivamente sólida, concisa, preparada de hecho: el chico manifestó con naturalidad que aquella noche no había podido dormir pues padecía insomnio -lo cual era cierto y tenía medicamentos prescritos por el médico para combatirlo-, que había permanecido hasta las cuatro de la madrugada viendo la televisión, y que posteriormente se había arreglado y marchado al trabajo sin percibir nada extraño en la casa. El problema es que este detalle no se ajustaba a la hora de la muerte estimada por los forenses que, con cadáveres tan recientes y en condiciones de temperatura y humedad normales, ajustaron la hora del óbito con bastante precisión… Por eso, cuando un agente particularmente tenaz se concentró en la habitación del chico y logró encontrar dos cajas de cartón vacías de munición para un rifle del 35, la idea del crimen en familia quedó perfectamente clara para los investigadores.

Así, tras largos interrogatorios, Ronald DeFeo se derrumbó reconciéndose culpable si bien dijo no estar arrepentido. Tenía muy claro por qué había asesinado a su padre, pero nunca supo explicar por qué se había llevado por delante a todos los demás… Tal vez fuera el exceso de entusiasmo que provoca el olor de la sangre en esas personas que han acumulado mucha tensión, mucha ira y mucho odio, durante mucho tiempo.

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Fotografías de la ficha policial de Ronald DeFeo realizadas tras su detención. Se le ve tan pancho, ¿no?

El cuento chino

Dado que la defensa de Butch se acogió al socorrido argumento de la locura, a William Weber, un letrado ciertamente espabilado, le vendría de perlas la historia paranormal urdida por el matrimonio Lutz, los siguientes inquilinos de la propiedad. No en vano, el psiquiatra escogido por el defensor de Ronald para tratar de consolidar la eximente por incapacidad mental no fue otro que Daniel Schwartz, un prestigioso especialista que tiempo después se haría célebre al ocuparse del famoso asesino en serie David Berkowitz. El problema es que a menudo prestigio y calidad no van de la mano: al igual que en el caso de el Hijo de Sam, Schwartz se cubriría de gloria con Ronald DeFeo puesto que no dio ni una en el diagnóstico, siendo fácilmente rebatido por el menos famoso y menos rico, pero más perspicaz y eficiente psiquiatra de la fiscalía.

Lo cierto es que tras el éxito de libro de Jay Anson, editado después de que la denuncia de los Lutz se hiciera muy popular -“oigan, vivo en una casa encantada”-, el propio fundador del Instituto de Parapsicología Americano, Stephen Kaplan, decidió tomar cartas en el controvertido asunto de la historia de Amityville (ignoro por qué película irían ya). El caso es que a Kaplan el asunto de los Lutz siempre le había parecido un fraude porque contaba con todos los elementos que deben hacer sospechar a cualquier persona sensata y que lo transforman en ese cuento redondo que es demasiado bueno para ser cierto. De hecho, logró la prueba más obvia del timo la obtuvo cuando el propio George Lutz renunció a que investigase la casa del 112 de Ocean Avenue. Y es que le advirtió a las claras de que se temía una estafa y de que, si lo era, no dudaría en contarlo.

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George y Kathy Lutz… Vaya par de listos (Fuente: Viewimages).

Lo cierto es que tiempo después Kaplan, cuando el matrimonio Lutz dejó la propiedad con un buen montón de pasta en el bolsillo, pudo trabajar a sus anchas sin encontrar absolutamente nada destacable -la verdad, ignoro qué clase de “investigaciones” hacen los parapsicólogos y si suelen encontrar algo de lo que supuestamente buscan-. Pero si uno de ellos, muy reputado en el gremio, reconoce que una casa encantada es un timo… Pues blanco y en botella.

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Una de las muchas ediciones del libro de Anson. Si buscáis una traducción española sabed que se editó como “Aquí vive el horror”. Bueno para una tarde de piscina.

El problema es que los medios de comunicación alimentaron -y siguen alimentando- de tal manera la falacia de la casa embrujada de Amityville –la más embrujada del mundo- que los Lutz no tuvieron que hacer otra cosa que esperar los ríos de dinero que se amontonaron en su puerta y que, por cierto, vinieron a salvarlos “casualmente de la desastrosa situación económica en la que se encontraban cuando adquirieron una propiedad que estaba muy por encima de sus posibilidades económicas reales. Ello motivó que nadie prestase atención, porque nunca se escucha lo que no se quiere oír, a la declaración del abogado William Weber, quien reconoció tiempo después haber urdido junto con el propio George Lutz el fraude para “hacerse un favor mutuo”.

Incluso la Iglesia -que por cierto nunca envió a ningún sacerdote llamado Mancuso a exorcizar la propiedad y, de hecho, el tal sacerdote no era otra cosa que una invención dramática del listo de Anson- y las Autoridades policiales han negado reiteradamente que los supuestos acontecimientos de la casa sean reales. Por supuesto, nadie ha querido escuchar sus explicaciones. Para qué si una buena teoría de la conspiración es mucho más divertida. Más aún: casi treinta años después de los hechos George y Kathy Lutz han reconocieron ante las preguntas de los periodistas que estos eran “básicamente reales”, pero que en su día “tal vez exageraron” o “embellecieron” algunas partes del relato.

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Jay Anson. Un tipo con vista.

De tal modo, el caso DeFeo, protagonista real y auténtico de todo, tan sólo ha venido a perjudicar a los posteriores -y sucesivos- propietarios del inmueble de Amityville quienes, pese a negar hasta la extenuación que allí ocurra nada de cuanto se dice, han tenido que pasarse la vida expulsando de la propiedad a los cientos de domingueros que, todavía hoy, tratan de cazar fotografías y voces de fantasmas. Se trata, por supuestos, de uno de los motivos principales por los que la propiedad ha ido rodando de propietario en propietario durante los últimos 30 años… Y es que a ver quién es el guapo que convive con las hordas de mitómanos.

Así está el panorama.

El crimen de “Los Galindos”


A día de hoy casi todo se desconoce sobre el crimen de Los Galindos salvo el crimen en sí mismo y las muchas especulaciones que ha suscitado. Es el “cluedo” favorito de los estudiantes de Criminología españoles y, con ello, se ha convertido en uno de los grandes clásicos de la historia criminal española. Incluso ahora, cuando el tiempo transcurrido debiera haber cobrado el papel de cloroformo, quien va a Paradas y pregunta a cualquier persona mayor de 60 años por el cortijo, por sus dueños, por sus jornaleros, por lo que pasó aquella tarde maldita de 1975, el interpelado suele agachar la cabeza y guardar silencio… O algo peor. De hecho, en la localidad, que bien definió su alcalde de aquellos días, José Gómez, como un sitio donde nunca había pasado nada importante y donde nunca volverá a ocurrir algo fuera de la rutina, todavía molesta esta vieja historia. Fastidia aparecer siempre en los papeles -o en los blogs- bajo la marca de algo tan truculento… Pero negar la historia, ni tiene sentido práctico alguno, ni la hace desaparecer.


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Imagen del cortijo de “Los Galindos” (Fuente: ABC de Sevilla).

22 de julio de 1975

15:15 horas de la tarde.

El SEAT 600 se desplaza lentamente por las calles de la localidad en calma, atravesándola en dirección a la costanilla desde la que parte la carretera vieja de Carmona, de cuya cuneta, a pocos kilómetros, sale el camino para el cortijo de Los Galindos. Es el único sonido que turba la paz a esas intempestivas horas de una siesta a la que invitan los cerca de 49 grados que frisa el mercurio. Las calles están desiertas, pero un rostro humano, tan sólo uno, se perfila a través de los visillos de una de las casas en el momento en que el automóvil pasa por delante. No todos sestean en el pueblo. La dueña del rostro en la ventana, no sin cierta sorpresa, identifica de inmediato tanto al vehículo como a sus dos ocupantes. “¡Qué raro!” se dice. Pero, tras meditar en ello por unos momentos, suelta el visillo, se encoge de hombros y sigue a lo suyo. Sabe quiénes son y sabe hacia dónde van. Poco comunes son la hora y circunstancia del viaje, pero todo lo demás está en orden. Así, ronroneando en la distancia, el utilitario enfila el primer tramo de la cuesta y se pierde de la vista en dirección a una insospechada tragedia.

Hacia un insondable misterio.

Sobre las 16:30 horas

A unos kilómetros de allí Antonio Fenet, de 36 años, bracero eventual de Los Galindos, ha terminado su dura jornada en el olivar y camina campo a través con ritmo cansino, justo en la dirección en la que se encuentra el cortijo. Con el recalentado sombrero de paja calado hasta las orejas y el azadón al hombro, Fenet aspira con fruición una calada del celtas[1] que aprisiona entre el índice y el pulgar de la mano derecha. Es ese cigarrillo, el mejor del día, que se fuma placido el hombre cumplidor de lo suyo que ha terminado la jornada y empieza a disfrutar al fin de sí mismo, de su propio tiempo y de sus propias cuitas.

Antonio atraviesa tranquilo, acompañado tan sólo por el rítmico zumbar de la chicharra y el rechinar de sus pasos sobre la tierra de labor, un sembrado de girasoles próximo al complejo de edificaciones del cortijo. El calor es tremendo. Tal vez evoca en su mente de labriego el regusto de ese agua fresca que le espera en el fondo del botijo, pero no le da la imaginación para mucho pues, más o menos en ese mismo momento, un fuerte tufo a quemado le golpea la nariz. Mira al frente y, en efecto, vislumbra una gran columna de humo negro como la pez que parece salir del cobertizo. Escamado, puede que ya temeroso, porque no es normal ponerse a quemar nada allá, ni a tal hora, ni con tanto calor, el bracero aprieta el paso. Cuando puede observar el escenario con claridad, las llamaradas se elevan ya sobre las copas de los árboles. El fuego, vigoroso, crepita con fuerza. Tal y como había sospechado momentos antes, se trata de un incendio. Y grande.

Ahora la pestilencia se percibe con absoluta nitidez, un fuerte olor a gasoil y aperos quemados mezclado con otro más extraño, irreconocible pero desagradable, hediondo, que revuelve el estómago de Fenet. El hombre, apenas aborda el ejido del cobertizo, descubre que lo que arde es un enorme montón de alpacas de paja que se han incendiado sin motivo aparente. El fuego, que empieza a propagarse por la estructura, está demasiado cerca de la maquinaria agrícola y amenaza con provocar un desastre. Mira en torno suyo, si bien por los alrededores no se ve un alma, llama a voz en cuello en dirección a la casa del capataz, no sea que el fuego le haya cogido sesteando, pero tampoco recibe respuesta alguna, lo cual que no deja de resultarle sorprendente conociendo como conoce la escrupulosidad y el celo -a veces excesivo- que Manuel pone en su trabajo. Lo cierto es que en lugar de las figuras del capataz o de su mujer, Fenet divisa estupefacto un reguero rojo y espeso, de algo que bien podría ser sangre y que parte de la puerta de la casa. Así las cosas, con la mente nublada por ominosas conjeturas, comienza a gritar con desesperación sin encontrar respuesta alguna. Pasa de esta guisa dos minutos, quizá tres, hasta que afónico ya por el esfuerzo intenta aventurarse lo más que puede hacia el foco del incendio para ver si existe alguna posibilidad de extinguirlo. Pero el intenso calor y la sofocante humareda se lo impiden. Aquello es demasiado grande para un hombre solo.

Presa de la ansiedad, manos en las caderas, paseando de un lado a otro como una bestia enjaulada, Antonio Fenet piensa que ha de hacer algo, pero no sabe exactamente el qué. Al fin y al cabo las llamas pueden estar también achicharrando su propio puchero. En esto, allá en lontananza, columbra varias siluetas que se mueven como espantajos en el mar de la canícula, dando la impresión de que se acercan hacia su posición. Otea esperanzado y descubre que se trata de un nutrido grupo de peones que, desde los campos colindantes, han divisado la espesa humareda y, tras organizarse con rapidez, corren a ofrecer su ayuda. El bracero, visiblemente nervioso, casi fuera de sí, agita la mano para ser visto al mismo tiempo que les sale al encuentro.

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Las víctimas del célebre crimen. De izquierda a a derecha: Juana Martín, José González, Manuel Zapata, Ramon Parrilla y Asunción Peralta (Fuente: blogs.elconfidencial.com).

17:15 horas

El reloj de la iglesia de Paradas anuncia el cuarto de hora con su letanía cansina. Una casa de Dios que data de 1600 y que resulta inexplicablemente grande y ostentosa –tiene hasta cinco naves y nada menos que un Greco- para un pueblo como este, de no más de 8.000 habitantes, y que no se distingue de manera especial, bien lo sabe el ofendido cura, por el número de parroquianos que suelen ocuparla en las fechas no señaladas del calendario.

Sea como fuere, justo en el preciso instante en que los ecos del carillón empiezan a difuminarse, Fenet y otro de los braceros que responde al nombre de Antonio Escobar, entran en el cuartelillo de la Guardia Civil sudorosos y casi sin aliento. Han venido corriendo desde el cortijo. ¡Vengan, vengan rápido! Allí, a “Los Galindos”… -dice Fenet con respiración entrecortada, tanto por los nervios como por el esfuerzo realizado- … Está ardiendo el cobertizo donde se encuentra la empacadora y delante de la casa del capataz hay un reguero de sangre. ¡Vengan, vengan! El cabo de la Benemérita, acompañado de un número así como de los dos jornaleros, actúa con resolución y ordena a todos tomar el Land Rover que les espera a la puerta.

Minutos después llegan al cortijo y, tricornio en mano, los agentes saltan del todoterreno para dirigirse a la carrera hacia el lugar del siniestro. Los jornaleros, arracimados en torno al cobertizo humeante, han conseguido controlar el fuego. También han descubierto el origen del otro olor que se mezclaba con el tufo del gasoil. Horrorizados, señalan hacia la parte alta de la construcción calcinada, lugar en el que yacen los cadáveres de dos personas, reducidos y contorsionados por el ardiente lametón de las llamas. Tapándose boca y nariz con un pañuelo, el cabo, que a duras penas puede reprimir las arcadas, comprueba el informe. No ha visto cosa parecida en su vida.

No es tiempo para especulaciones. Todavía queda el reguero de sangre –si no lo es se le parece bastante- que otro de los peones señala con el dedo. El rastro sale –o llega- del cobertizo, atraviesa un pequeño patio y conduce al interior de la casa en la que habitan el capataz de la finca, Manuel Zapata Villanueva y su señora, Juana Martín Macías. Los agentes se aproximan a la puerta cerrada. ¡Manuel, Manuel!, llaman a gritos, pero nadie responde. Aparta de ahí muchacho –grita el cabo de la Guardia Civil a uno de los braceros empezando a temerse lo peor. Así, tras ordenar al subalterno que cargue el arma y se coloque tras él, trata de girar la manilla de una puerta que no se abre al estar cerrada desde dentro. Entonces, tras tomar algo de carrerilla para impulsarse, arremete y la cerradura salta, dejando libre el paso.

Al instante, el perro del capataz, único testigo de la tragedia que se ha vivido allí en aquella tarde maldita de sol y moscas, salta desde la fresca oscuridad del zaguán, despavorido, para zafarse entre las piernas del guardia y perderse aullando lastimero entre los olivos. Pasado el susto, el cabo, seguido por su subalterno y otros cuatro peones, Fenet a la cabeza, penetran en el interior de la vivienda. Reina un silencio sepulcral. Siguen el rastro de sangre. La comitiva atraviesa sigilosamente la entrada, continúa por el comedor y llega hasta la puerta de la alcoba del matrimonio, al fondo de la casa. Para sorpresa general, se encuentra cerrada por fuera con un candado.

El cabo no se lo piensa dos veces y dispara tres veces sobre el cierre. En el interior del dormitorio espera un nuevo horror. Sobre una de las camas, brazos en cruz, está tendido el cuerpo de Juana. A la mujer, que está irreconocible, le han destrozado la cara con algún objeto de aristas duras. Tiene aplastado el cráneo. Aquello es demasiado y los agentes, tras expulsar a todo el mundo de la casa, deciden pedir refuerzos al comprender que la situación excede con mucho sus posibilidades.

Una inspección más detenida

Por algunos detalles que presentaban los cuerpos carbonizados del cobertizo, que no habían sido pasto de las llamas por completo, los peones estimaban que podía tratarse del tractorista José González, de 27 años de edad, y de su esposa, Asunción Peralta, de 34. A pesar de todo, la identificación no era fácil y quedó en suspenso hasta que el forense dictaminara, puesto que uno de los cuerpos no tenía cabeza y del otro quedaba únicamente el tronco, desde la pelvis a uno de los omóplatos. Parecía evidente que el asesino, tras arrancarles la vida, los había rociado con gasoil antes de arrojar sus cuerpos a las llamas[2].

Sea como fuere, los dos agentes de la Guardia Civil, entretanto llegaba más personal, continuaron inspeccionando el terreno en busca de alguna prueba, algún detalle, cualquier cosa que pudiera dar razón de tantos interrogantes. Eran nada menos que tres cadáveres, probablemente asesinados, lo que tenían entre manos y el criminal que los había matado no podía haberse esfumado en el aire sin dejar algo de sí mismo en mitad de la carnicería. Sea como fuere, se estaba cometiendo un grave error: la inexperiencia de aquellos agentes, en absoluto acostumbrados a enfrentarse a tales circunstancias y con una preparación dudosa, hizo que a ninguno de ellos se le ocurriera acordonar la zona y alejar de la escena del crimen al sinnúmero de curiosos que estaban destruyendo los indicios que quizá hubieran permitido resolver el crimen[3].

Poco a poco, los coches oficiales empezaban a multiplicarse. En uno de ellos llegó el juez de paz de Paradas, Antonio Jiménez, acompañado de dos personas más. En otro, comandados por el teniente de línea, llegaban refuerzos procedentes del cuartel de la vecina localidad Marchena, cabeza de partido judicial[4].

Atardecía ya cuando el oficial al mando decidió acercarse al automóvil que estaba aparcado en un ribazo muy próximo a la casa. Se trataba de un SEAT 600. No se hacía de nuevas puesto que lo había visto allí durante toda la tarde, si bien, entre unas cosas y otras, no había tenido tiempo de inspeccionarlo. Sabía a la perfección, pues se conocía al dedillo todos los coches de la parroquia, que aquel vehículo color crema era propiedad de José González Jiménez. En el asiento posterior del vehículo se encontró una escopeta partida en dos. Nada más. ¿Alguno de vosotros sabe a quién pertenece esta escopeta? Preguntaron al grupo de braceros que se apiñaba en el ejido del cortijo. Sí señor –dijo uno de ellos-. Es la escopeta de caza de Manuel Zapata. El asunto se iba complicando. El capataz no aparecía por ninguna parte y empezaba a convertirse en el principal sospechoso de la masacre. Su escopeta rota, sin embargo, estaba en el coche del tractorista y nadie los había visto juntos en todo el día.

Cundía el desánimo, pero se trabajaba con tenacidad y, a pesar de que ya se hacía la oscuridad, un grupo de personas comandadas por los agentes de la Guardia Civil continuaban buscando alguna cosa, algún indicio, ese objeto que les llevase a alguna conclusión por remota que fuera. El grupo iba a disolverse en espera de la luz de la mañana cuando uno de los peones de Los Galindos llamó la atención de sus compañeros: en el llamado Camino de Rodales, cubierto con un montón de paja, se hallaba el cuerpo sin vida del jornalero Ramón Parrilla. Tenía 40 años y era tractorista eventual de la finca. Alguno de los allí presentes recordó que por la mañana Manuel Zapata le había enviado a trabajar en la linde del olivar. El sujeto había sido abatido a tiros, uno de ellos a bocajarro. Sus brazos, con los que había tratado de protegerse inútilmente en un acto de instintivo apego a la vida, presentaban numerosos impactos de perdigones.

El juez Jiménez ordenó el levantamiento de los cuatro cadáveres, pese a las deficientes diligencias que se estaban practicando, y su posterior traslado a la morgue del cementerio municipal de Paradas. Algunos testigos recuerdan que el proceso resultó especialmente penoso en lo que respecta a los cuerpos del cobertizo. Costó dar con el sepulturero, Rafael Peña, que aquella tarde se encontraba en la vecina localidad de Arahal asistiendo a un partido de fútbol, a fin de que lo dispusiera todo oportunamente para la recepción de los finados. Sea como fuere, allá en el cementerio se hizo cargo de ellos el forense Alejandro Harcenegui, quien se limitó a realizar una serie de autopsias de aliño, poco convincentes en lo referente a sus resultados, en las que se trató de dictaminar la hora y causa de las muertes, algo que en el caso de las víctimas del cobertizo resultó bastante complejo[5]. Posteriormente, y sin mayor dilación ni ulteriores análisis, se puso a los difuntos en manos de sus familiares a fin de que se les diera cristiana sepultura. Los cuatro serían enterrados en el propio cementerio y en nichos individuales.

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Entierro de las víctimas (Fuente: La Vanguardia).

En resumen: la Guardia Civil se encontraba frente a cuatro cadáveres, la misteriosa desaparición del capataz, y sin rastro del asesino. Como es lógico, las primeras sospechas recaían ya sobre Manuel Zapata, hombre de confianza del Marqués de Grañina, porque no había mejor explicación posible y, como dicta el sentido común, las respuestas más evidentes suelen ser las buenas. Él tenía que ser el autor de aquellos cuatro crímenes absurdos e inconexos aunque nadie alcanzara a comprender las razones. Por eso, a la mañana siguiente, el recién llegado juez Márquez dictó contra el capataz la pertinente orden de busca y captura.

Al otro lado del muro

Pese a no existir ningún móvil, ni tener pruebas de clase alguna contra él, las Autoridades, muy presionadas por los atemorizados vecinos de una localidad otrora tranquila y amigable que aquella madrugada, en la que muchas escopetas de caza durmieron cargadas y que renunció al fresco para recluirse en la seguridad del hogar, consideraron a Manuel Zapata Villanueva, ex legionario, ex guardia civil, capataz del cortijo Los Galindos y hombre de confianza del Marqués, supuesto culpable. Aunque sólo fuera porque parecía haberse dado a la fuga. Pero las cosas distaban mucho de ser tan sencillas.

Ya habían transcurrido dos días desde que aconteciera la siniestra tragedia. El rastreo de la finca proseguía, palmo a palmo… Aquí y allá. Varios grupos de personas, capitaneadas siempre por un oficial de la Benemérita o un agente de Policía, trabajaban incansablemente en busca de algo que pudiera esclarecer el misterio. Y nada. La batida resultaba siempre infructuosa.

En todo caso, la investigación seguía su curso con esa meticulosidad tan propia al trabajo policial y que en este caso sirvió de bien poco por falta de cuidado, formación y previsión. El hecho es que se iban siguiendo todas las líneas existentes o posibles. Quién había estado con cada cual durante aquel día, qué había hecho, cómo, cuándo… ¿Tenía enemigos? ¿Deudas de alguna clase? ¿Había de por medio algún asunto pasional? Esto fue lo que permitió profundizar a la Guardia Civil en las andanzas de José González, el tractorista carbonizado, durante el día de autos. Al parecer había ido al pueblo a buscar a su esposa, Asunción Peralta, por alguna razón desconocida. Luego fueron juntos al cortijo para encontrarse con la muerte. Efectivamente, a las cuatro de la tarde del 22 de julio, bajo un sol de justicia, el viejo SEAT 600 de José atravesó el pueblo de Paradas llevando a su lado a su esposa. Así lo corroboró una pariente de Asunción que, al oír el intempestivo ruido del motor en el silencio de la siesta, miró a través de los visillos y vio al matrimonio encaminarse hacia el cortijo. Y allí fueron, sin paradas intermedias, puesto que el automóvil se encontraba en el lugar en el que habitualmente solía aparcarlo su propietario. Ambos debieron morir muy poco después de que el vehículo fuera avistado en el pueblo.

La cosa era extraña, no obstante, porque Asunción no había vuelto a pisar el cortijo desde el día en que se casó con José y hacía de ello siete meses. Decían las malas lenguas que aquella ausencia prolongada se debía a los celos de su esposo ya que la mujer, de soltera, había trabajado para el Marqués sin que se supiera demasiado bien haciendo qué, y hasta qué grado de intimidad. Otros chismorreaban sobre líos entre ella, que a decir de los más atrevidos estaba de muy buen ver a pesar de su cercanía a la cuarentena, y el propio Manuel Zapata.

Pero nadie sabía dar mayor razón. El enigma seguía envolviéndolo todo con un manto tenebroso. Y las cosas irían a peor porque Manuel fue finalmente encontrado, tal y como lo fuera antes su mujer, con el cráneo destrozado. Se supo más tarde que el contundente objeto con el que Manuel había sido golpeado con ferocidad hasta la muerte era una biela de la empacadora que dormitaba en el cobertizo incendiado. La misma con la que, presumiblemente, se había golpeado también a su esposa puesto que había aparecido en el dormitorio, junto al cadáver de Juana. Aquél rompecabezas macabro no había quien lo entendiera y los investigadores empezaban a volverse locos.

Locos, sobre todo, porque las extravagancias morbosas que aliñaban todos aquellos misterios comenzaban a alcanzar unas proporciones exorbitantes. El cuerpo del capataz apareció empotrado en el tronco de un árbol hueco, bajo unas balas de paja y a escasos metros de la puerta del cortijo. A cada paso de la investigación se rizaba más el rizo, se perdía más el asidero de la lógica como demostró el hecho de que el forense Harcenegui afirmara que el capataz había sido el primero en morir, pese a haber sido su cadáver el último en aparecer. Por lo tanto el asesino había transportado su cuerpo para ocultarlo en el lugar donde finalmente fue encontrado, a ocho metros escasos del muro del cortijo Los Galindos. Más confusión[6].

La segunda opción

El principal problema que se presentaba ahora que el presunto culpable había aparecido asesinado, era precisamente la falta de un objetivo hacia el que dirigir las investigaciones. Cuando faltaba Manuel Zapata no existía un móvil aparente, pero si una posible fuga autoinculpatoria. Con el encuentro de su cuerpo tampoco existían pruebas claras de otra cosa, pero sí un sórdido móvil pasional que parecía dirigirse hacia el tractorista José González y, precisamente por ello, tanto la instrucción del juez Márquez como el trabajo de la Guardia Civil se entregaron al esclarecimiento de esa segunda opción.

Según las conclusiones del informe elaborado por Andrés Márquez, que estuvo concluido el 16 de agosto siguiente pero permaneció en secreto de instrucción durante algún tiempo más, José había pretendido a una de las hijas del capataz, pero había recibido siempre una rotunda negativa por parte de Manuel Zapata. Aquella pretensión del tractorista era conocida de todos en el cortijo. Pasado un tiempo, la chica terminó casándose con otro lo cual convirtió a José González en objeto de muchas bromas hirientes. Puede que el sarcasmo más doloroso de todos fuera el que vino de la boca del propio Marqués de Grañina en el mismo día de la boda. Algunos testificaron que se acercó a él en la iglesia y, tras palmearle amigablemente la espalda, con algo de sorna, le espetó: La próxima boda, Pepe, la tuya.

El pronóstico del terrateniente fue acertado en la medida que siete meses antes del crimen, José González contrajo matrimonio con Asunción Peralta, una mujer bastante mayor que él pero bien plantada que había estado durante muchos años ennoviada con un tal Miguel Vargas, apodado el cantaor. El hecho causó cierta conmoción en la localidad y alimentó no poca maledicencia. Al fin y al cabo Pepe, el tractorista de Los Galindos, era un sujeto que no llegaba al metro sesenta de estatura y a duras penas excedía los cincuenta kilos de peso. Miope –se libro del servicio militar a causa de ello- y al parecer no muy agraciado. Se pretendía que estas limitaciones hicieron de él un hombre acomplejado, diagnóstico que su familia nunca quiso certificar. A Asunción, por su parte, se le iba ya pasando el arroz y, tras el plantón de Vargas, iba camino de convertirse en una solterona, de modo que –se sostenía en los mentideros locales- no había dejado de venirle como llovida del cielo la propuesta de matrimonio de José González.

El informe Márquez indica que en la festividad de San Eutropio, patrono de Paradas, que se celebra el 15 de julio, la otrora pretendida hija de Manuel Zapata se presentó embarazada en el pueblo a fin de hacer una visita a sus padres. Y volvieron las bromas supuestamente olvidadas. Si a esto sumamos el posible acomplejamiento del tractorista y sus reconocidos celos, agravados por los puntos oscuros del pasado de su mujer, así como las constantes murmuraciones de sus convecinos, todo parecía cosa de sumar dos más dos.

En base a los precedentes, y según la conclusiones de la investigación de la Benemérita con las que Márquez construyó su informe final, durante el día de autos José González se encontraba en el cobertizo del cortijo arreglando la empacadora. El capataz Zapata debió presentarse allí para increparle al respecto de su descuido en el uso de los vehículos. Es fácil imaginar en qué términos. Fue en ese instante que el odio de González explotó y golpeó en la cabeza salvajemente a Manuel con la pieza que tenía en las manos en ese momento –la dichosa biela. El agredido cayó a sus pies. Tal vez le rematara ya en el suelo. A continuación es muy probable que el tractorista recuperase el control de sí mismo y sintiera un miedo comprensible por lo que acababa de hacer. Pero ya no había vuelta atrás.

Se introdujo la biela en un bolsillo del mono de trabajo y, tras asegurarse de que no había nadie a la vista, arrastró el cadáver del capataz hasta el árbol en el que fue luego encontrado, donde lo ocultó. Acto seguido y para no dejar cabos sueltos se encaminó hacia la vivienda, en la que se encontraba Juana, a la que golpeó con la biela que portaba consigo para arrastrarla después hasta el dormitorio, tumbarla sobre la cama, librarse allí del arma homicida y, misteriosamente, cerrar la puerta con un candado al salir. Más o menos en este momento, José González debió advertir que el jornalero Parrilla, que debía pasar por allí en aquel momento, podría haber sido un testigo indiscreto. En ese momento se hace con la escopeta de caza de Manuel Zapata y echar tras él hasta que, al fin, le alcanza en el Camino de Rodales donde le asesina pese a las súplicas de su víctima. Regresa entonces al cobertizo, abandona la escopeta –tampoco se comprende por qué hubo de partirla en dos- en el asiento trasero del SEAT 600, coge algo de paja, y vuelve hasta el cadáver de Parrilla para ocultarlo con ella.

En opinión del informe Márquez, en este punto y hora el tractorista José González debió perder ya por completo la noción de realidad. Sólo de este modo puede explicarse que decidiera subir al coche y recoger a su mujer en Paradas para retornar luego, valiéndose de cualquier excusa, a Los Galindos y asesinarla. Finalmente, echó el cadáver de Asunción Peralta al almiar del cobertizo, lo roció con gasoil y le prendió fuego. Luego, concluye el informe, González se suicidó del mismo modo o bien se quemó accidentalmente durante la operación.

Las dificultades de esta reconstrucción rocambolesca de los hechos eran tan obvias que ni tan siquiera convenció a Andrés Márquez, quien decidió al punto mantener el informe en secreto y ponerse en contacto con la policía de Sevilla a fin de que iniciara otra investigación. El problema básico era que, junto a una evidente falta de pruebas materiales y forenses que permitieran articular con algo de rigor la historia, el relato dejaba fuera otra gran cantidad de elementos accesorios al crimen. Así, quedaban muchos puntos oscuros:

  • Muchos habían visto en el pueblo, a lo largo de la mañana, a Manuel Zapata cuando no era cosa habitual. Algunos incluso atestiguaron que se le veía nervioso y extrañamente cariacontecido. ¿Por qué?
  • ¿Por qué llevó José González a su esposa al cortijo cuando ella sólo había estado allí dos veces en toda su vida?
  • ¿Por qué se decapitó a Asunción Peralta?
  • ¿Por qué el asesino, estando solo, hizo algo tan poco habitual como matar de tres formas distintas?
  • ¿Cómo pudo un hombre solo, y no muy dotado físicamente, realizar todas aquellas acciones en un lapso tan corto de tiempo y sin aparente esfuerzo?
  • ¿Por qué el reguero de sangre que llevaba de la puerta de la casa de los capataces se rompía abruptamente? ¿De quién era aquella sangre?
  • ¿Por qué, si Juana había sido golpeada con la biela que mató a su marido, no había rastro alguno de su sangre sobre el objeto según el informe forense?
  • Si González había valorado la posibilidad de suicidarse tras la masacre, ¿por qué molestarse en ocultar los cadáveres?
  • ¿Por qué cerrar con un candado la habitación en la que yacía el cuerpo de la cortijera?
  • ¿Por qué se ensañó de tal modo con el cuerpo de Juana Martín?
  • ¿Por qué motivo –o de qué modo- se partió la escopeta del capataz?
  • ¿De qué forma encajaba en la historia el peón Ramón Parrilla?
  • ¿De qué manera puede explicarse que un hombre espere pacientemente a morir abrasándose vivo junto al cadáver de su esposa?
  • ¿Por qué el Marqués de Grañina, contra su costumbre habitual, se empeñó en dormir en el cortijo durante las dos noches previas al crimen?
  • ¿Por qué durante la segunda noche que el Marqués durmió en Los Galindos sólo permitió que hubiera dos guardias de vigilancia en todo el complejo de edificios?
  • ¿Qué razón llevó al administrador a la finca en la mañana de los crímenes si se tiene en cuenta que era martes y él solía ir, sin falta, los viernes o los sábados?
  • ¿Puede atribuirse a la casualidad el hecho de que el administrador abandonara el cortijo justo antes de que se produjera la masacre?
  • ¿Por qué el vehículo Mercedes Benz del administrador tenía diversos impactos en el parabrisas y en el morro que perfectamente podrían ser partículas de plomo?
  • ¿Por qué motivo un coche que había sido limpiado antes de ir a Los Galindos fue lavado nuevamente en un taller de Sevilla tras el regreso?
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Aspectos del interior de la casa de los capataces (Fuente: ABC de Sevilla).

¿Un sexto en discordia?

Poco después de que los componentes de las Brigadas de Investigación Criminal de Sevilla y de Madrid llegasen a Paradas, el juez Víctor Fuentes concluyó sus vacaciones y retomó el caso en el punto en el que lo hubo dejado Márquez. No estuvo mucho tiempo al frente del mismo ya que se nombró titular de Marchena a Antonio Moreno y fue él quien hubo de seguir adelante. Sea como fuere, ninguno de los magistrados que iba haciéndose con la patata caliente parecía conforme con la marcha de las investigaciones o el resultado de las diligencias que se practicaban, de modo que el sumario del caso se iba engrosando paulatinamente con nuevas actuaciones que nunca arrojaban los resultados deseados. Es lógico en la medida que ninguna explicación parecía argumentar con rigor todas y cada una de las piezas del extravagante rompecabezas. A todo esto, la prensa del moribundo franquismo, aprovechando los nuevos márgenes de libertad, hacía el agosto –nunca mejor dicho- con aquella historia que muy pronto se convirtió en un autentico serial mediático.

Con los datos y circunstancias recabados, la investigación alcanzaba muy pronto el punto muerto puesto que, a falta otros indicios o evidencias, sólo podía concluirse en rigor que:

  1. El orden de hallazgo de los cadáveres no tenía nada que ver con el orden en que fueron asesinados sin que estuviera claro, en algún caso, cuál había sido.
  2. Quien llevó a cabo los crímenes conocía perfectamente el terreno y había obrado con rapidez y precisión.
  3. Era posible que el quíntuple asesinato hubiera sido cometido por más de un sujeto.
  4. Dado que se desconocían a ciencia cierta las motivaciones que habían movido al asesino, nada hacía suponer que podría existir un inductor del crimen.
  5. Si el tractorista José González llevó a Asunción Peralta al cortijo fue por una razón de fuerza mayor que nadie salvo él -y tal vez ella- conocía.
  6. Cabía la posibilidad de que, cuando el matrimonio González llegó al cortijo en su vehículo, tanto el capataz como su esposa –y quizá el bracero Parrilla-, ya estuvieran muertos. De tal modo, el asesino podría estar esperándolos.
  7. No era descartable la existencia de algún testigo directo o indirecto capaz de aportar luz al esclarecimiento de las circunstancias antecedentes del caso.
  8. El móvil pasional era posible.
  9. El móvil sexual resultaba improbable puesto que ninguna de las mujeres había sufrido abusos aparentes.
  10. Si alguna prueba material acerca de la autoría de los hechos había quedado en el lugar del quíntuple asesinato, nunca fue encontrada. En tal sentido, no puede olvidarse que un buen número de personas deambuló por la zona antes de que la investigación como tal comenzara y que, muy probablemente, se alterara con ello de suerte involuntaria pero definitiva la escena del crimen.

El pueblo –que suele ser sabio en  lo suyo y sabe de cosas que nadie ajeno comprende- de Paradas apuntaba a múltiples razones. Pero casi todos los rumores y habladurías, confluían en el mismísimo Marqués de Grañina, Gonzalo Fernández de Córdoba y Topete, descendiente por línea directa del celebérrimo Gran Capitán, quien contaba con diversos antecedentes penales y era una buena pieza al decir de muchos vecinos. A él se le relacionaba con el quíntuple asesinato, no como actor directo, pero sí como inductor y en razón de diversas circunstancias y especulaciones.

Empecemos por decir que el cortijo Los Galindos no era ni mucho menos el más grande de la zona, pero sí constituía un bocado apetecible para cualquier terrateniente de la época. Tenía cuatrocientas hectáreas de superficie cultivable, un gran caserío de dos cuerpos con vivienda para los propietarios, un enorme patio rectangular, cuadras, garajes, báscula para vehículos pesados, muelle de carga y descarga, un taller de reparaciones para todo tipo de vehículos, un tanque subterráneo de gasoil, y todo lo relacionado con los vehículos agrícolas así como los aparatos necesarios para mecanizar el ciclo completo de las labores del campo. Además, la propiedad poseía olivares, plantaciones de algodón y remolacha azucarera. En la España fundamentalmente agrícola de 1975, tener una finca como aquella, coqueta y bien puesta, era cosa al alcance de pocos y resultaba equiparable a poseer un verdadero tesoro.

Los Galindos había pertenecido a varias familias desde que le fuera expropiado a la Iglesia durante las desamortizaciones del siglo XIX. En 1950 lo adquirió Francisco Delgado Durán, un veinteañero que obraba como testaferro de sus padres, Manuel Delgado Jiménez y María Durán Lázaro, dos riquísimos vecinos de Madrid. El joven Francisco fallecería en Lisboa corriendo febrero de 1969, de suerte que los padres cedieron la finca a su hija, que había contraído nupcias con el Marqués de Grañina. Fernández de Córdoba y Topete, huelga decirlo, era uno de aquellos nobles venidos a menos de las postrimerías del franquismo que paseaba mucho título y pompa, pero no tenía un duro y había rehecho su fortuna por la vía del matrimonio de conveniencia. Ya se sabe: la vieja historia del rico nuevo que busca pedigrí y del rico viejo que solo tiene apellidos.

Aquí entra en la historia  el ex legionario Manuel Zapata, el primer asesinado, que llegó a Los Galindos de la mano del Marqués –parece que ya se conocían con anterioridad- para convertirse en capataz de la finca y su hombre de confianza. Y lo cierto es que en Paradas se decían pocas cosas buenas de Zapata, cuya vida anterior a la llegada a la localidad tenía multitud de puntos tenebrosos, y que solía mostrar una personalidad dictatorial e intransigente probablemente construida a golpe de milicias y reenganches. Contaba 59 años cuando le sorprendió la muerte. Era natural de Badajoz y su fama de hombre duro y de trato difícil, que se andaba con pocas bromas y gozaba con la pendencia y el abuso de poder, era conocida en muchos kilómetros a la redonda. De Juana Martín, su esposa, poco había que contar pues era vecina antigua de Paradas. La mujer había nacido en Gibraleón, Huelva, y tanto sus padres como sus abuelos habían servido en la casa de los marqueses toda la vida.

También era vox populi que, por mediación de Manuel Zapata y sin que los motivos de ello fueran conocidos, el Marqués había dotado con una buena cantidad de dinero al matrimonio recién formado entonces por José Jiménez y Asunción Peralta. Poco más se sabía con certeza y en este punto empezaba una cadena de rumores que concluía en la idea de que algo turbio se cocía en el seno del quinteto, y que las cosas habían terminado como era de suyo. De Parrilla poco se decía, mención aparte de su cercanía con el capataz, siendo uno de los pocos hombres que mantenía relaciones de amistad con él, y nadie suponía que estuviera muy al tanto de los misterios que se cocían en Los Galindos. Era opinión del común que el bracero había sido asesinado simplemente porque se encontró allí en el lugar y hora equivocados. Quizá este prejuicio era un error, pero nunca se pudo avanzar hacia el fondo de aquella singular amistad. Sea como fuere, toda aquella rumorología no arrojaba luz alguna sobre los crímenes.

No obstante, y a pesar del disgusto de los sucesivos jueces con la versión oficial que transformaba al otrora pacífico José González en el asesino de Los Galindos, la Policía elevó finalmente un informe sospechosamente parecido al de la Guardia Civil que venía a agravar el paradigma de la chapuza nacional que rodeó en todo momento las irregularidades de la investigación. Informe que, en esta ocasión, el magistrado Antonio Moreno, quizá deseoso de cerrar el caso y quitarse de encima a la opinión pública, no mantuvo en secreto. De este modo el hombrecillo asténico[7] y miope se transformaba en un terrible y sanguinario asesino que había sucumbido en el intento. Y dado que la responsabilidad penal concluye con la muerte, el crimen podía darse en principio por resuelto. Sin embargo, el caso no fue cerrado porque no había modo de cuadrar la versión oficial con la realidad de la investigación.

Las consecuencias que estas inesperadas conclusiones tuvieron en la vida de una pequeña localidad agrícola como Paradas, en la que prácticamente todo el mundo se conocía por activa o por pasiva, fueron inmediatas y el efecto de la pedrada sobre la superficie estancada de la sociedad de aquel núcleo rural no se hizo esperar. Los cambios fueron, pues, inmediatos para las familias de los afectados que se vieron envueltas en toda clase de ofensas, chascarrillos y crónicas.

Así la viuda del jornalero Ramón Parrilla, con dos hijas a las que mantener con una pensión de miseria, retiró automáticamente la palabra a la familia de José González. La madre del tractorista, Concepción Jiménez, una mujer de 70 años presa del dolor, se recluyó entre las cuatro paredes del hogar familiar para digerir en soledad la vergüenza y el deshonor sin tener que soportar las miradas de odio o lástima de sus convecinos. El resto de la familia de José, por supuesto, también se vio afectada en la medida que hubo de soportar desde entonces toda clase de vejaciones y afrentas sin rechistar. Reconocida es la habilidad del hispano para hacer leña del árbol que cae. Las dos hijas de Manuel Zapata, por su parte y hartas de permanecer en el centro de todas las conversaciones, vendieron la casa que su difunto padre había adquirido en el pueblo tiempo atrás y no regresaron jamás. El pobre Antonio Fenet, uno de los pocos amigos que José González tuvo en vida, sufrió por partida doble ya no sólo perdió un amigo y hubo de soportar el trauma de ser el protagonista del macabro hallazgo, sino que también fue condenado al ostracismo y obligado por las circunstancias a llevar una vida de anacoreta. Y el Marqués de Grañina, separado legalmente de su esposa desde marzo de 1976, nunca volvió ni a Los Galindos, ni a Paradas.

El caso coge impulso

Tras sacar las oposiciones en 1981, el recién nombrado juez Heriberto Asensio se hace cargo del juzgado de Marchena. Tal y como sucedía con otros muchos profesionales de la judicatura, Asensio estaba convencido de que el célebre Crimen de Los Galindos se había cerrado y medio olvidado en falso por razones de conveniencia. Era por esto su deseo el de impulsar con nuevos bríos las investigaciones y, en consecuencia, lo primero que hizo apenas desembarcó en su despacho de la localidad sevillana fue releer sin tregua el voluminoso sumario 20/1975.

Su primera sorpresa al abordar los más de 600 folios de que se constituía el documento fue la de encontrarse con varios anónimos acusadores, dirigidos a diversas autoridades de Paradas, y de los que nunca antes se había tenido pública noticia. Con ello, la idea de que quedaba algún cabo suelto en la investigación tomaba cuerpo. Idea que se consolidó en la mente de Asensio al comprobar que el caso parecía haber muerto para la justicia, pero no para la prensa y la opinión pública. En aquellas fechas dos excelentes trabajos de investigación periodística vieron la luz y animaron al magistrado en sus deseos. El primero de ellos fue elaborado para la Cadena SER por el periodista sevillano José Fernández, un gran conocedor del asunto de Los Galindos; el otro sería construido por la reportera Cary Peral para el archiconocido programa Informe Semanal, de Radiotelevisión Española. Ambos parecían llegar a la misma conclusión: quedaban muchas cosas por desvelar.

Se dio, por otra parte, la feliz circunstancia de que también entonces recalaba en Sevilla el forense Luis Frontela, catedrático de Medicina Legal. Frontela, formado en las técnicas del FBI y de Scotland Yard, era un personaje con cierta –y no siempre recomendable- tendencia al protagonismo mediático, pero también una de las grandes figuras emergentes de la antropología forense española, de modo que el juez Asensio no dudó en solicitarle que estudiara el sumario y la documentación fotográfica de Los Galindos y, luego, elevara el consiguiente informe. Sus primeras conclusiones demostraron que había caso: determinó que el cadáver de Juana Martín tuvo que ser transportado desde el comedor hasta el dormitorio de la casa por, al menos, dos individuos. Esto podía deducirse de las manchas de sangre que se habían depositado en el suelo y que mostraban claramente que el cuerpo había sido levantado en algunos tramos, en posición horizontal, alrededor de medio metro, lo que equivalía a decir que una persona lo había sujetado por los tobillos y otra por las muñecas. Resultaba virtualmente insostenible que un solo individuo –menos todavía si pesa poco más de 50 kilos como era el caso de José González- pudiera realizar una operación similar con los cerca de 70 kilos de peso muerto de Juana. Había más. Por lo menos una de las dos personas que trasladaron a la mujer del capataz hasta el dormitorio caminaba torpemente, con las piernas muy separadas, ya que las gotas de sangre habían caído hacia la derecha o hacia la izquierda según apoyase uno u otro pie.

Otro dato de enorme relevancia que se mantuvo en secreto tras las primeras investigaciones y del que tampoco se hizo mención en el informe público que convertía a José González en el asesino: junto a los restos de sangre de Juana Martín, del grupo 0, aparecieron en una de las camas algunas manchas que no pertenecían a la mujer al ser del grupo A+. Y esto constituía un serio problema en la medida que se hacía probable que al menos una persona fuese agredida con ferocidad en el dormitorio. No pudieron ser en tal caso ni Manuel Zapata ni Ramón Parrilla, pues ambos tenían el grupo B. Así las cosas se hacía necesario averiguar el grupo sanguíneo de los dos cadáveres carbonizados en el cobertizo, dato que la primera autopsia no desveló y que en aquel momento era todavía desconocido[8]. Pero no sólo. Era preciso determinar de una vez por todas, sin lugar a la duda, las causas de la muerte del tractorista José González. También el peso, fuerza y altura de quien asesinó al capataz y a su esposa y, en fin, una amplia serie de datos por los que nadie se había molestado en preguntar hasta entonces. Y fue por ello que Heriberto Asensio ordenó la exhumación de los cadáveres enterrados apresuradamente en aquellos nichos del cementerio de Paradas. Los muertos iban a hablar.

Y lo primero que dijeron fue que el antes maldito José González había muerto de forma violenta al igual que los demás y, posteriormente, fue quemado junto con su Asunción el alto del pajar. Ni que decir tiene que la noticia causó una conmoción sin precedentes en Paradas, un pueblo que de la noche a la mañana descubría que, durante años, había tratado injustamente a una familia entera a causa de un grave error judicial. Lo cierto es que, al menos en un principio, el hecho de que González fuera asesinado no le exoneraba al completo de sospechas -no olvidemos que cuando fue al pueblo a buscar a su esposa, era probable que ya hubiera tres cadáveres en el cortijo-, pero la noticia fue suficiente como para que sus familiares empezaran a limpiar su nombre, y por ello encargaron una nueva lápida para el nicho que ahora compartía con su esposa. En ella, en lugar del precedente muerto que antecedía a la fecha, se hizo constar la palabra asesinado.

Desde el momento en que Asensio se hizo cargo del juzgado de Marchena, las convulsiones en torno al crimen de Los Galindos no pararon de sucederse. La siguiente, cuando el forense Frontela todavía no había concluido con su concienzudo trabajo, fue la aparición de una carta anónima ocultada a la investigación durante nada menos que siete años. En dicha misiva, el autor se autoinculpaba del crimen y apuntaba el nombre del inductor del mismo para que no se culpe a un inocente. Fue el abogado Manuel Toro, quien asumió la defensa de la familia de José González de manera prácticamente altruista convencido de que se estaba cometiendo una grave injusticia, la persona que logró que la carta llegara a las manos del magistrado Asensio, y tras no pocos esfuerzos y pesquisas.

La misiva, franqueada con un sello de tres pesetas con la efigie de Francisco Franco, estaba matasellada en Zaragoza el 18 de febrero de 1976 y fue enviada al entonces alcalde de Paradas, José Gómez Salvago[9]. A partir de ese momento, la misiva siguió un recorrido que no ha quedado nunca aclarado y que la llevó al limbo durante años.

Su destinatario, José Gómez, dijo haberla hecho llegar a manos de la policía, pero lo cierto es que ninguno de los jueces que trabajó en el caso durante aquellos días manifestó haber tenido nunca acceso a la misma. No hay motivos para dudar de la honestidad del alcalde, quien negó a la prensa cualquier clase de relación con lo sucedido en torno a Los Galindos, pero el hecho de que la carta jamás fuera puesta en conocimiento de la judicatura –tal vez por error u omisión de alguien- sirvió para alimentar la teoría de Toro, quien siempre sostuvo que existía un sumario paralelo al oficial y que se había culpado a José González de los asesinatos a fin de ocultar la verdad de una historia que comprometía a otros más importantes. En todo caso, el abogado manifestó haber obtenido el documento a través de un familiar del antiguo alcalde de Paradas[10]. La teoría de la conspiración estaba servida.

El autor de la carta, que decía llamarse Juan y se mostraba arrepentido de sus terribles actos por los que decía merecer la horca, se autoidentificaba como vecino de Marchena y sostenía haber puesto tierra de por medio tras haber cometido los asesinatos. La pretensión de aquellas letras –sostenía- no era otra que la de impedir que se cargara el crimen al inocente José González ya que también fue muerto a tiros. Según el autor, había actuado a las órdenes de un tercero que estuvo presente en todo momento durante la refriega y que colaboró con él en todo momento llegando a matar a tres de las víctimas[11]. El único objetivo, sostiene el anónimo, de aquella matanza era Manuel Zapata, siendo las otras víctimas testigos indiscretos del crimen. En el caso especial de Asunción Peralta sucedió, al parecer, que el contratante ordenó a José González que fuese a buscar a su esposa, supuestamente, para evitar males mayores, orden que el tractorista obedeció sin oponer resistencia.

Afirma el comunicante anónimo que se le había dado orden expresa de liquidar al capataz del cortijo, pero que llegado el momento de la verdad no se atrevió. De este modo, el inductor tomó la decisión de hacerlo él mismo arguyendo que de él no se llegaría a sospechar nunca. A continuación el tal Juan aseguró haber dado muerte a Juana Martín. Entre ambos trasladaron el cadáver a una de las habitaciones de la casa. Parece que en ese momento, siempre según la reconstrucción del anónimo, el jornalero Ramón Parrilla se acercaba al caserío ignorante de lo que estaba sucediendo transportando un depósito con agua potable. Así, el tal Juan le salió al pasó en el camino para darle muerte allí mismo.

Se dice en el documento que fue más o menos entonces cuando González y su esposa llegaron, y que fueron asesinados a tiros apenas echaron pie a tierra por la misma mano que había dado muerte a Zapata. Luego, entre ambos, transportaron los cadáveres al altillo del cobertizo, rociaron con gasoil las alpacas amontonadas y les prendieron fuego. Acto seguido, concluye el anónimo, se marcharon.

Sea como fuere, y a pesar de que los testimonios de esta índole han de tratarse con sumo cuidado, la inmensa cantidad de detalles que ofrecía la misiva, muchos de los cuales nunca se habían hecho públicos, otorgaban a su contenido no poca fiabilidad.

A todo esto, el forense Frontela presentó al fin el esperadísimo resultado de sus autopsias que, a pesar de sus más de 250 folios, puede resumirse en una serie de conclusiones elementales:

  • El apresurado y rutinario trabajo del forense Harcenegui había sido incompleto y había resultado prácticamente inútil para la posterior investigación del asesinato múltiple.
  • La primera idea del inexperto cabo de la Benemérita que transformaba al capataz oculto, porque su cadáver se encontró mucho después, en el sospechoso principal del caso, había convertido las primeras horas de la investigación –siempre las más importantes- en un auténtico desmadre durante el que se borraron las pruebas elementales y se destruyó la posibilidad de reconstruir los hechos con fiabilidad.
  • Los cadáveres calcinados en el alto del pajar del cortijo pertenecían, sin duda alguna, a las personas de José González y Asunción Peralta. Nadie ponía en duda este extremo, pero tampoco se había demostrado fehacientemente hasta entonces.
  • Era materialmente imposible que el crimen lo hubiera podido cometer una sola persona. Por consiguiente, aún cuando el tractorista José González hubiera tenido algo que ver en el asesinato de los otros, no habría podido estar solo.
  • José González fue asesinado al igual que los demás. La causa de su muerte fue un grave traumatismo craneoencefálico producido, sin lugar a dudas, por el golpe de la culata de una escopeta. Del estudio del tórax semicalcinado del tractorista cabía deducir la existencia de los restos de una bala, si bien esto nunca ha podido confirmarse con certeza y dio lugar a muchas controversias.
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Recorte de prensa haciéndose eco de los hallazgos del forense Frontela (Fuente: El País).

El debate estaba servido. Sobre todo porque las nuevas aportaciones a la investigación del doctor Frontela, y el giro radical que tomaban los acontecimientos, dejaba en muy mal lugar la competencia de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado. Tanto es así que no tardaron en alzarse voces contrarias a la teoría defendida por el nuevo forense que, además, ratificaban la valía de las investigaciones realizadas en un primer momento y reincidían en la mayor parte de las conclusiones oficiales de aquellos primeros días. Sucede, no obstante, que el problema de reafirmarse en el error, la chapuza y la mentira es que con tales argumentos no se llega muy lejos. Luis Frontela lo sabía bien y, precisamente por ello y previa autorización del juez Asensio, puso todo el sumario en manos de varios agentes especiales del FBI y Scotland Yard quienes, tras estudiarlo, certificaron todas sus conclusiones punto por punto.

Pero el juez Heriberto Asensio fue destinado a Las Palmas de Gran Canaria y la instrucción del sumario recayó, otra vez, en manos del magistrado Antonio Moreno, designado para el caso como juez especial. Y Moreno, que valoró muy positivamente el trabajo de Frontela, trató de seguir adelante en la medida que había sospechas razonables sobre dos personas, una de ellas muy relacionada entonces con Los Galindos y, la otra, cercana a esta. Por lo demás existía un posible móvil económico referente a las diferencias entre los datos reflejados en las cuentas de explotación del cortijo y la producción real del mismo. El problema residió en que no existían pruebas materiales que relacionasen a los sospechosos con los asesinatos y todo quedaba ya en manos de una posible torpeza de estos o de la pura y dura casualidad.

Hasta hoy.

Una hipótesis razonable

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Portada de la novela de Alfonso Grosso que pretende ofrecer una explicación al crimen.

Con independencia de las especulaciones difundidas hasta la saciedad por la prensa de la época –algún amigo del amarillismo llegó a exponer incluso la ridícula teoría de los rituales satánicos-, la hipótesis que se ha hecho más popular a la hora de justificar el crimen de Los Galindos fue la expuesta por el escritor Alfonso Grosso en 1978, tres años después de las muertes y cuando se empezaba a tener claro que nunca se cogería a los autores del quíntuple asesinato. En su historia, novelada bajo el título de Los invitados –muy en el estilo de narraciones como A sangre fría, de Truman Capote-, que luego sería llevada al cine con escasa fortuna por el cineasta Víctor Barrera, Grosso apuntó tras dos años de larga investigación un móvil verosímil que, sin embargo, nunca se ha podido demostrar por terceros de modo fehaciente. La idea general era la de que los crímenes tuvieron su razón de ser en el ajuste de cuentas de un grupo mafioso asentado en Marruecos, dedicado al tráfico de marihuana, una de cuyas plantaciones clandestinas se encontraría en los terrenos del cortijo.

Es un hecho corroborado que un destacamento de la Legión estuvo de maniobras en las inmediaciones de Paradas meses antes de los asesinatos. Grosso sostuvo que uno o varios miembros de aquella unidad que podría mantener vínculos con una organización dedicada al tráfico de estupefacientes, viejo conocido a la sazón del capataz Zapata, habría entrado entonces en contacto con él para sugerirle la idea de plantar marihuana en los terrenos de la finca. Un gran negocio que no presentaba graves inconvenientes en la medida que Manuel contaba con la plena confianza del Marqués y, por lo demás, nadie buscaría un cultivo semejante allí, en el corazón de la provincia de Sevilla y en la finca de un noble. Pero el fin del proyecto no sería venturoso. Por alguna razón el militar traicionó a la organización con lo cual se frustró aquella operación a gran escala que podría haber dado pingües beneficios y la tragedia, inevitablemente, se desencadenó. Un grupo de individuos llegaría desde Tánger en un Mercedes para asesinar a quienes plantaron la marihuana, o bien, a la gente del cortijo que, por un motivo u otro, estaba al tanto de la operación.

La historia encaja con los detalles aportados por algunos habitantes de la localidad y sus inmediaciones como, por ejemplo, el hecho de que se había visto un coche como el descrito por Grosso, ocupado por varios sujetos desconocidos, durante el día de autos. Un vehículo, por cierto, que en aquella España de 1975 no podía pasar desapercibido con facilidad. Pero también responde con cierta fortuna al resto de los problemas aparentemente insolubles que el crimen plantea:

  1. Las dos mujeres fueron asesinadas junto con sus esposos en la misma medida que estaban al tanto del asunto.
  2. La presencia de los sicarios en el cortijo, quizá con el pretexto de sostener una reunión de negocios, da razón de los motivos por los que el tractorista González fue en busca de su esposa.
  3. La muerte del bracero Parrilla queda perfectamente encajada en el decurso de los acontecimientos en la medida que formaría parte del negocio, ayudando a los otros dos a sostener la supuesta plantación de marihuana.
  4. Se explica perfectamente la brutalidad de los asesinatos, típica en los ajustes de cuentas entre clanes mafiosos.
  5. Se ajusta al hecho de que los asesinos fueron más de uno.

No obstante, lo cierto es que durante las profusas indagaciones que la Guardia Civil llevó a cabo en las tierras del cortijo, se rastreó la finca palmo a palmo, con caballos, recorriéndose las tierras en las que presumiblemente podría haber estado la plantación. No se encontró nada parecido a la marihuana o a cualquier otra variedad de cáñamo índico que tuviera propiedades estupefacientes.  Tal vez ya no existía esa plantación cuando los crímenes sucedieron… Y quizá por ello, a fin de quemar los posibles restos que hubiera almacenados en el cobertizo, hubo un incendio aparentemente inútil. Todo esto, sin embargo, no deja de ser una especulación no refrendada por pruebas materiales.

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Cartel de la película de la discordia de Víctor Barrera que interpreta de manera libérrima el texto de Grosso… Y que, por cierto, es un verdadero horror cinematográfico. Pese a todo, interesante para amantes de la historiografía criminal.

Una especulación que, como ya se apuntó más arriba, el cineasta Víctor Barrera llevó al cine con título homónimo a la novela de Grosso en 1987. Ni que decir tiene que el revuelo que se armó en Paradas a causa de la exhibición de la cinta fue tremendo. Los paradeños, en grupitos, se acercaban a Sevilla –de la que el pueblo dista 53 kilómetros- para visionar la película y el resultado siempre era el mismo: Es una porquería y una mentira. La verdad es que si el trabajo de Barrera sirvió para algo fue, precisamente, para que los habitantes de Paradas permitieran a los ajenos penetrar en la auténtica psicología de los asesinados gracias a sus informes de primera mano.

La opinión generalizada del pueblo no atentaba especialmente contra la calidad del filme –que es bastante malo y pervierte en gran medida el contenido de la novela de Grosso-, o contra el hecho de que hurgara en una herida dolorosa y todavía abierta pues eran cíclicos los seriales y recordatorios puntuales de los medios de comunicación. Esta animadversión se cifraba en el hecho de que con aquella parodia cinematográfica se degradaba moralmente a la familia González y, además, se presentaba, a decir de muchos, una versión absurda de lo ocurrido. De Juana Martín, por ejemplo, papel que en la ficción interpretó la célebre Lola Flores, no pocos dijeron que se ofrecía una visión grotesca: La capataza –se comentaba entre los lugareños-, a pesar de su condición humilde, era elegante y muy educada, porque se había criado por ahí con los señores. Otros iban más lejos todavía y aseveraban ante los micrófonos: Ya quisiera la Lola Flores.

Pero la peor parte de la historia, como viene siendo habitual, se la llevaba el difunto José González. Su hermana Manuela no dudó en presentarse en un juzgado de guardia de Sevilla a poco de ver la película, el mismo día del estreno, para denunciarla por injurias y calumnias. No era para menos. Barrera, a la sazón guionista del filme, presenta al tractorista como un soberano tonto que, encima, soporta estoicamente el adulterio de su esposa –Amparo Muñoz en la ficción- con el capataz del cortijo. En efecto, la sola aparición del ficticio González en la pantalla provocaba la risa de los espectadores a tal punto que Manuela llegó incluso a discutir durante la proyección con alguno de sus vecinos de butaca. Y sus paisanos estaban de acuerdo con el dictamen. Víctor Barrera trató de defenderse, como es habitual en estos casos, asegurando no entender nada de lo que estaba sucediendo: Lo que yo he hecho no es el crimen de ‘Los Galindos’ sino una obra de creación inspirada en una hipótesis literaria. Excusa tan pobre como increíble cuando la película ni tan siquiera alcanzaba los mínimos exigibles de calidad, rigor y seriedad, pero bien se valía del tirón mediático del crimen real para hacer taquilla.

En medio del revuelo, otro hermano de José González, Francisco, se presentó en el despacho de Alfonso Muñoz-Repiso, entonces alcalde socialista de Paradas, a fin de solicitarle que se manifestara públicamente contra la exhibición de la película y expresara así el descontento popular. Y así fue. La corporación municipal al completo decidió en pleno extraordinario apoyar las demandas de la familia González. A ello siguió una populosa manifestación en la que los vecinos de Paradas, tras una pancarta que rezaba los paradeños no se venden, parafraseando el poco original eslogan publicitario del filme, recorrieron las calles de la localidad. En todo caso, para Muñoz-Repiso lo más fastidioso era que el Ministerio de Cultura hubiera subvencionado la producción: Arreglados estamos –sentenció ante las cámaras- si esto es el nuevo cine andaluz. En todo caso el jaleo provocó, como es lógico, un efecto contrario al pretendido ya que Los Invitados se convirtió en uno de los títulos más taquilleros de la temporada sevillana. Cuestión de morbo, sentenciaba el alcalde de Paradas al respecto… En efecto, cuestión de morbo, porque en condiciones normales nadie se habría gastado ni un céntimo en ver semejante atentado contra el Séptimo Arte.

Ominoso final

Tras una explosiva entrada en las páginas de la prensa nacional y su posterior conversión en un largo serial que fue seguido con fruición por la opinión pública, el asunto de Los Galindos comenzó a languidecer para verse finalmente eclipsado por la muerte del general Francisco Franco, que ocurriría cuatro meses después, el día 20 de noviembre. Luego reaparecería esporádicamente en los medios de comunicación, sobre todo con el nuevo impulso del tandem Asensio-Frontela, pero lo cierto es que llegó un punto, con la cercanía de la década de 1990 en el que aquello ya no parecía interesar a nadie. Así, el tema quedó para el deleite y la tertulia de legos y especialistas en materia criminológica.

El oscilante interés de las Autoridades también comenzó a amainar mediada la década de 1980 en la medida que el caso se presentaba como virtualmente insoluble. Nada quedaba ya por hacer. Nadie quedaba por ser interrogado ni en Paradas, ni en sus inmediaciones. Y si alguien sabía algo estaba claro que nunca lo diría, con lo que el dossier acabó definitivamente aparcado en algún archivo polvoriento para ser sustituido por asuntos más fáciles y perentorios. Sólo algunos periodistas y escritores pertinaces, como el fatalmente desaparecido Ismael Fuente o el conocido reportero de sucesos Francisco Pérez Abellán, continuaron buscando soluciones al imposible y publicando sobre el tema.

Lo cierto es que el crimen prescribió en julio del año 2000 y desde entonces las carpetas y legajos dormitan en la trastienda de algún negociado. Quienquiera que decidiese cometerlo, quienesquiera que fuesen sus autores o inductores y si es que alguno de ellos vive todavía, jamás tendrán que rendir cuentas a la justicia por él.


[1] Marca de cigarrillos de tabaco negro, baratos, de uso común entre la clase trabajadora de la España de aquellos días.

[2] Dictamen que sólo fue positivo nada menos que ocho años después, en 1983, cuando los cadáveres fueron exhumados por orden del juez Heriberto Asensio, quien los puso en manos del forense Luis Frontela Carreras.

[3] Sorprende todavía más que las investigaciones relativas al crimen recayeran durante más de un mes en aquellos mismos agentes rurales, inexpertos y poco dotados materialmente.

[4] Esta parte de la historia resulta algo estrambótica y enrevesada, pero marcó definitivamente el devenir posterior de las investigaciones. Lo cierto es que el caso debía recaer en manos del juez de Marchena, pero el puesto se encontraba vacante. Así las cosas, había de ser el juez de Carmona, Víctor Fuentes, quien se hiciera cargo del caso… El problema era que Fuentes se encontraba de vacaciones por lo que, de rebote, el crimen de Los Galindos fue a parar a manos del magistrado de Écija, Andrés Márquez. Sin embargo, Márquez sólo pudo hacerse cargo del sumario al día siguiente y fue por ello que la Guardia Civil decidió echar mano del ya jubilado Jiménez, un hombre de escasa experiencia en esta clase de asuntos.

[5] La escasa competencia del trabajo del forense Harcenegui quedó de manifiesto tras la exhumación de los cuerpos y los hallazgos que, ocho años después, fue capaz de realizar Luis Frontela.

[6] Aunque pueda parecer sorprendente, no fue sino hasta varios años después que se valorase con seriedad la posibilidad de que el crimen pudiera haberlo cometido más de una persona.

[7] Según la biotipología de Kretschmer, los asténicos o leptsómicos constituyen uno de los cuatro biotipos básicos de la especie humana. El asténico se caracteriza por tener la cabeza alargada en sentido anteroposterior, cuello frágil y tórax largo y estrecho. Su musculatura suele estar poco desarrollada siendo las extremidades superiores e inferiores inusualmente largas en relación al tronco. Este tipo de individuos acostumbra a tener una personalidad inquieta y muestra predisposición a las digestiones difíciles y la anemia, entre otros trastornos viscerales. Apresurémonos a señalar que la biotipología es una pseudociencia totalmente desacreditada.

[8] Aún cuando no exista líquido sanguíneo en un cadáver, es posible averiguarlo con una fiabilidad absoluta analizando los restos de tejido adheridos a los huesos en la medida que en ellos siempre quedan unas sustancias conocidas como aglutininas, que revelan dicha información. Esta técnica, todavía experimental hace treinta años, es lo que permite revelar el grupo sanguíneo incluso de las momias antiguas.

[9] Gómez Salvago llevaba en aquel entonces veinte años ininterrumpidos como alcalde de Paradas. En 1977 fue cesado ya que se celebraron los primeros comicios municipales de la democracia, y nombrado con posterioridad gobernador civil de Huesca. La victoria electoral de del PSOE en 1982 supuso también su relevo en este cargo, que coincidió con su jubilación.

[10] No es la única contradicción en la versión que el alcalde dio de su participación en los hechos. También comentó en cierta ocasión no conocer a la familia González más allá del saludo, cuando se pudo comprobar que les escribió desde Huesca en enero de 1978 y también, como afirmaron algunos miembros de la familia, que había estado varias veces en su casa.

[11] El nombre del supuesto inductor, que constaba en la carta, jamás se hizo público por obvias razones.

Sandalias de tacón alto

Obscena


Obscena. Trece relatos pornocriminales

Edición y Prólogo: Juan Ramón Biedma

Carlos Salem, Carlos Zanón, David Llorente, Empar Fernández, Fernando Marías, Guillermo Orsi, José Carlos Somoza, Juan Ramón Biedma, Manuel Barea, Marcelo Luján, Marta Robles, Montero Glez, Susana Hernández.

Barcelona, Editorial Alrevés, S.L., 2016.


“Una mujer desnuda con sandalias de tacón alto puede parecer cualquier cosa excepto inocente”.

Fernando Marías


Aunque el concepto de pornografía sea empleado habitualmente en sentido despectivo, a menudo con connotaciones abiertamente insultantes, los diccionarios no lo tienen tan claro por el simple hecho de que no son nosotros y quedan, sabiamente, al margen de nuestras peculiares manifestaciones de la neurosis. De hecho, y en el caso que nos ocupa, ni tan siquiera suelen resultar taxativos en su valoración del término. Parece claro, de hecho, que el uso y abuso de la palabra “pornografía” para calificar todas aquellas cosas que nos resultan sucias, bastardas y horriblemente inmorales tiene por necesidad más tintes socioculturales que propiamente lingüísticos.

No debiera extrañarnos tal cosa si entendemos que el lenguaje es sustancia viva y sometida al albur del vulgo –por lo común no muy letrado- en sus sentidos y contextos. Todavía menos si aceptamos el hecho de que en el mundo actual, en el que la ebullición de medios y canales comunicativos ha provocado una monumental explosión de palabras –la mayor parte de ellas innecesarias-, un colosal magreo de las ideas, hemos terminado por precipitarnos, en suma, hacia una épica degradación de la realidad a través de la perpetua e interesada malversación de los sentidos y los significados. De hecho, ya casi nada significa en la subjetividad de nuestras cabezas lo que parece significar en referencia a lo real por la sencilla razón de que ya hay pocos mensajes que no nazcan alterados, corrompidos, manipulados, usados y ensuciados por unos intereses u otros. Sacrificados en aras de esto o de aquello. Y así es como nos vamos ahogando en el fango de la corrección política y la demagogia.

Y por eso la inocente “pornografía”, que la Real Academia Española[1] define como,

“De pornógrafo

  1. Presentación abierta y cruda del sexo que busca producir excitación.
  2. Espectáculo, texto o producto audiovisual que utiliza la pornografía. Prohibieron la venta de pornografía en los quioscos.
  3. Tratado acerca de la prostitución.”

acaba en el uso y abuso de nuestra vetusta cultura católica, de honda base judeocristiana, atiborrada de toda suerte de penosas y castrantes moralinas –dicho sea en el más nietzscheano de los sentidos-, malversada en sustantivo de la inmoralidad más abyecta y transmutada en adjetivo calificativo de la peor especie. Incluso da miedo verla en molde. Aterra encontrarla en la portada un libro y provoca estupor en el expositor del quiosco e incluso en la barra del navegador. Genera espanto cuando la entrevemos en el canto de la novela que lleva consigo el compañero de viaje desconocido que nos ha tocado en suerte en el anonimato del transporte público. Incluso provoca miedo –sucio horror- sentirse obligado a escribirla, decirla o leerla pues induce invariablemente al temor de no ser entendido o de no entender. De no ser aceptado, o de no aceptar.

Tal fue el miedo que experimenté en mi propia piel al abrir en el despacho el sobre que contenía el libro que nos encabeza y echar un vistazo a la portada. Porque mi primera e inopinada reacción fue la de esconderlo a los ojos siempre voraces de quienes me rodeaban para evitar a todo trance que alguien pudiera verlo en mis manos, sobre mi mesa, incluso cerca de mí. El viejo llamamiento a la supervivencia en el ecosistema de la respetabilidad me pedía escapar como fuera del magma de ideas perversas y confusas que los otros pudieran hacerse de mí. La palabra maldita. Pornografía. El adjetivo perverso. Pornográfico. Belcebú encarnándose, perfilándose ante mis ojos. Pornógrafo.

Luego me detuve. Al fin y al cabo soy un adulto. Frené mis impulsos animales y procedí a una terapia de racionalización que me vacunase de tanta estupidez. Las palabras no matan. No dañan. Hiere la gente. No es por lo tanto del peso de las palabras –que siempre humanizan y conocen- del que hay que liberarse, sino de esa terrible enfermedad que los otros nos contagian al transmitirnos e inocularnos sus opiniones, creencias, temores y odios.

Vacunémonos pues:

Pornografía, pornografía, pornografía, pornografía, pornografía, pornografía, pornografía, pornografía, pornografía, pornografía.

¿Suficiente? Si no es el caso. Si lo que te ocurre es que, más allá de los miedos infantiles anclados en las moralinas de una cultura tan vieja que a menudo ya no se soporta, has perdido el temor a la excitación, al abrazo de la auténtica, genuina y gloriosa pornografía que contempla la RAE, entonces tienes que acercarte a esta antología de relatos que su compilador, Juan Ramón Biedma, quiso compartir conmigo y que yo deseo compartir contigo, bien sea para ayudarte en la siempre necesaria clínica del aclarado de las ideas. Trece historias terapéuticas que nos congracian con un género denostado, humillado y maltratado por quienes ni lo saben, ni lo comprenden, ni lo intentan. Por quienes estiman desde una ignorancia de décadas asumida e incluso potenciada que “porno” no es más que el prefijo de un insulto cualquiera.

Y ya sabéis lo que pasa con las antologías. Son irregulares desde su inspiración común porque hay autores que las utilizan para reciclar viejas historias sumergidas en el lodazal del disco duro –o de la vieja libreta-, entretanto otros se deciden a coger el toro por los cuernos para corresponder con entereza y pasión al llamamiento del editor -que en este caso y con este collage logra cerrar un viejo proyecto y satisfacer así un antiguo anhelo-. Hay, pues, en ellas de todo y para todos los gustos y sabores. Siempre será de tal modo y no cabe renegar de lo que es inevitable… Pero ello no obsta para que me reconozca como un gran apasionado de las antologías por simple y llana razón de que en ellas he encontrado muy a menudo piezas deliciosas, caramelos de magnífico sabor, obritas únicas en su belleza, historias sumamente inspiradoras, detalles desconocidos e inesperados de autores a los que nunca esperé leer en esa nota. En esa música. En tal escenario.

A veces son dos. A veces son cinco. A veces son más.

Obscena cuenta con la baza de haber logrado reunir a trece excelentes escritores y escritoras –sí, yo también sucumbo como todo hijo de vecino al vicio de los tiempos-. Nombres reputados del presente literario de las letras hispanas, que no necesitan presentación alguna y que suponen por sí mismos –nombres y apellidos- un  enorme atractivo para el lector. Pero más allá de la innecesaria laudatio del aficionado, ya que no soy otra cosa, dejadme que os diga algo personal: de entre esas trece historias pornocriminales –en efecto y con todas las letras-, ya sea más adentro o más fuera de foco, hay tres que me han resultado maravillosas, interesantes, inspiradoras. Que me han inducido al pensamiento y a la relectura y que, por sí mismas, han hecho que las dos tardes que he empleado en la lectura del libro hayan merecido la pena, y mucho.

Por supuesto, no os diré qué historias son. No por escabullirme de la ofensa sino porque en el gusto impera necesariamente la maldición de la subjetividad. Puede que, simplemente, para ti las elegidas sean otras. O puede que las mismas. Puede que tus vicios y pasiones más oscuros caminen por senderos convergentes a los míos o bien se deslicen en el siempre saludable sendero de las divergencias, pues en esto de la excitación los límites son difusos, confusos. Las preferencias en el placer oscilan siempre entre las luces de lo coherente y las brumas de lo antagónico. Lo que nos gusta hacer y que nos hagan es por necesidad pulsión de lo particular. Por supuesto. Por supuesto. Por supuesto. No se puede limitar lo que no conoce más limitación que la fantasía… No obstante, y te ruego encarecidamente que me hagas caso en esto: esas tres historias –gloriosas- no te las puedes perder.

Ni el resto, claro.


[1] DRAE. Edición del Tricentenario [http://www.rae.es/].

El intríngulis de Jardiel

La Lluvia en la Mazmorra


“No lo sé. Procuro no dar consejos. Creo que todo el mundo aconseja, no por bondad y desprendimiento, sino porque el consejo lleva implícita la inferioridad del aconsejado y eso les hace sentirse mejor”.

Juan Ramón Biedma


Yo mismo he repetido –y me he repetido a mi mismo en más de una ocasión- sentencias similares a la que encabeza esta recensión. Aforismo vital que Juan Ramón Biedma pone en boca de Enrique Jardiel Poncela, el inesperado y homenajeado protagonista de su última novela, La lluvia en la mazmorra. Y no porque los consejos sean intrínsecamente maliciosos, de hecho algunos son excelentes en función del caso, sino porque quien aconseja toma el control de situaciones que a menudo no comprende porque no las vive, porque es fácil confundir al aconsejado desde el desconocimiento profundo de su problema y, sobre todo, porque los consejeros no arriesgan en la medida que nada deciden. El consejo no es un convenio, ni un contrato, ni un compromiso cuando no se cobra por darlo, y por ello el consejo gratuito es ligero, veleidoso y por lo común viene armado. Es más: siempre que he dado un consejo gratis –pocas veces me he tomado la prebenda, es verdad- la cosa ha estado en riesgo de terminar mal entre el aconsejado y yo.

Cuando hace unos años Juan Ramón me envió el primer manuscrito –que aun conservo porque guardo absolutamente todo lo que creo importante- de La lluvia en la mazmorra, sin embargo, corrí el riesgo de meterme a consejero sin soldada. No por creerme superior al autor, que a mi modesto entender es tan insuperable como lamentablemente poco reconocido por el gran público, lo cual habla rematadamente mal de nuestro mercado literario, sino en el malentendido de que la amistad de años y la admiración nunca ocultada conceden el derecho a aconsejar. Empecé por decirle que no me gustaba el título. Insistí en tratar de ajustarle determinados detalles de la trama argumental. Pude incluso atreverme a discutir su manera de estructurar el relato… Con el paso del tiempo me fui dando cuenta de que mi fatuidad surgía de un hecho al que yo, quizá voluntariamente, no había querido prestar atención: Juan Ramón había evolucionado como escritor entretanto yo seguía anclado en el que fuera. Por supuesto, nuestra amistad –por ser auténtica- nunca corrió riesgo alguno en la medida que la contumacia nunca se ha contado entre mis defectos, y que Juan Ramón supo entender que mis tontos consejos nacían antes del enorme cariño y admiración que le profeso como persona, como amigo, como profesional, antes que de un torpe deseo de tratar de aleccionar al que ya sabe, y mejor que uno mismo. Así es que yo callé, él siguió a lo suyo y todos tan contentos.

Por eso cuando recibí el ejemplar ya publicado, en perfecto molde, de La lluvia en la mazmorra –Biedma siempre ha tenido a bien contarme entre sus primeros lectores-, la primera cosa que hice fue ponerme a leer como si no lo conociera de nada. Porque así hay que entenderse con los libros. Como seres a los que hay que tratar con respeto, con los que hemos de conocernos, frente a los que tenemos que posicionarnos y con los que, por fin, hemos de terminar estableciendo relaciones más o menos venturosas. Hice aún más cosas: se la hice leer a mi esposa en la idea de que una voz objetiva, no maleada, ajena a mis prejuicios, tal vez fuera capaz de iluminar los recodos de sombra que aún provocaban mis viejos y absurdos consejos.

De esa relectura –mejor, relecturas- del texto nació una evidencia: Juan Ramón Biedma había madurado como autor. No en el sentido de ocuparse de nuevos temas, pues a cada cual sus vicios y querencias personales lo arrastran inexorablemente por sendas repetidas, en espiral perpetua, sino en el de crecer como artista, como autor e incluso como persona. Porque de la lectura de esta novela de trama impoluta, de mecanismos de relojería implacables, de personajes de trazo fino, de un estilo sintético perfectamente medido y de singular estructura, surge de inmediato la evidencia de que Juan Ramón Biedma se nos está haciendo mayor y muy grande. Enorme.

Dado que no me agrada realizar sinopsis de las historias que recensiono, pues para eso están las contraportadas de los libros y además soy perfectamente consciente de que la riqueza de las historias de Biedma no cabe en un puñado de líneas, debo ahorrar toda referencia expresa al contenido argumental del sorprendente intríngulis que el autor ha parido en esta ocasión. Sólo, por incitaros, os pediré dos cosas: imaginad el Madrid de la década de 1930, convulsionado, con un futuro ambiguo y un pasado al borde de la clausura; repleto de personajes singulares, fronterizos, a caballo entre las viejas costumbres provincianas de la España decimonónica, sobre las cimientos de una industrialización fallida, ante los primeros devaneos de un posmodernismo que truncará una Guerra Civil que ya amenaza desde la trastienda. Pensad en lo que podría ocurrir si en ese escenario –nunca mejor dicho- de extrañas convergencias y divergencias un autor teatral de éxito, Enrique Jardiel Poncela, se viera convertido en un detective de peculiar sentido del humor obligado a hurgar en los entresijos de una extravagante conspiración. Una que incluso excederá su genial imaginación de dramaturgo y llevará al límite la singularidad de su inteligencia…

He de ir terminando. Me limitaré en última instancia a certificar que La lluvia en la mazmorra, que por cierto viene magníficamente presentada en esta cuidada edición de Versatil –felicidades-, marca el inicio de una nueva etapa en la obra de Juan Ramón. Un periodo que, como todo camino que se inicia, desconocemos a dónde conducirá con exactitud, pero es seguro que tiene un horizonte bien delimitado en la mente de su autor. Así pues, en el comienzo de ese nuevo trazado prometedor que os invito a recorrer con él, pues seguro que será extremadamente interesante, quiero hacerle una promesa pública: amigo, no pienso volver a darte un solo consejo.

No me lo permitas, te lo ruego.

La lluvia en la mazmorra / Juan Ramón Biedma / Editorial Versátil, 2016

El principio de Arquímedes

No conocí esta historia por la excelente película del director Pablo Trapero que he tenido el gusto de visionar en los últimos días, sino por una de mis alumnas, de origen argentino, quien decidió convertirla en tema central de uno de sus trabajos. Se trata de una narración absolutamente fascinante, como lo son todos los crímenes que germinan y se desarrollan en el interior de las familias, que sacudió a la sociedad argentina durante décadas –tanto que ha dado incluso para un libro, una película e incluso una serie de televisión-, pues nadie daba crédito, y que yo sencillamente desconocía. Esto me llevó a profundizar en el relato a fin de componer estas líneas que tengo el gusto de dedicarle.

El Clan
Uno de los carteles de la fascinante película de Pablo Trapero. El filme fue el más visto en Argentina en 2015, pues la nación aún no ha superado por completo el impacto del caso.

Sea como fuere, tras profundizar en el relato del tristemente célebre en Clan Puccio, he llegado a la conclusión de que el asunto no comenzó con los secuestros de 1982. A mi parecer, ese año supuso la graduación criminal de su protagonista, director y patriarca, Arquímedes, quien tuvo la extrema habilidad y capacidad de manipulación de valerse de su posición personal para arrastrar al delirio incluso a sus propios hijos. Pero tengo la impresión de que los acontecimientos que condujeron al desastre se iniciaron mucho antes. A menudo, cuando se analizan las motivaciones y resortes criminales desde los meros hechos, se comete el error de creer que son flor de un día. Que los actos criminales –al igual que los errores, los aciertos, la felicidad o el éxito- se presentan en la vida de los individuos por mero azar, de la noche a la mañana, inopinadamente, como por casualidad. Pero lo cierto es que toda historia criminal, como toda historia en realidad, tiene una gestación, se apoya sobre resortes circunstanciales y psicológicos que a menudo tardan incluso décadas en conformarse adecuadamente y que, llegada su maduración, afloran con extrema facilidad dando la impresión de ser cosa nueva, impulso momentáneo, idea recién parida, simple casualidad.

Y una de las cosas que demuestra el relato que nos ocupa es precisamente esta: todo cuanto ocurre en el mundo del crimen –como cuanto sucede en todos las ámbitos de la vida- tiene su razón de ser, su preñez, evolución y parto. Quizá las razones de nuestros aciertos y fracasos sean remotas e inalcanzables. Pero una vez detectadas y analizadas con frialdad, se nos muestran tan mecánicas como implacables. Nadie crece en un día, se arruina en un día, decide matar en un día o bate un record mundial en un día. Y quien pretenda creerlo se engaña miserablemente.

Fabricando un criminal

Arquímedes Rafael Puccio, nació en el barrio bonaerense de Barracas en septiembre de 1929, era el mayor de cuatro hermanos y miembro de una familia acomodada y culta. Su padre, Juan, trabajaba como jefe de prensa del famoso político Juan Atilio Bramuglia (1903-1962). Su madre, Isabel Ordano, se dedicaba a la pintura con mediano éxito. Tanto es así que Arquímedes bien pronto comenzó a dar muestras de que haría carrera en la vida: tras un digno proceso académico se tituló como “contador” –aquí diríamos licenciado en empresariales- en la Facultad de Ciencias Económicas de Buenos Aires. Además, introducido en las esferas políticas por los contactos familiares en 1949, tuvo una progresión meteórica dentro del peronismo que le condujo a al viceconsulado del Ministerio de Asuntos Exteriores, puesto que ocupó entre 1957 y 1964.

Arquimedes Puccio #2
Arquímedes Puccio en sus últimos años.

En el mismo 1957 contraería matrimonio con Epifanía María Ángeles Calvo, una profesora de matemáticas y contabilidad en el colegio María Auxiliadora, también natural de Buenos Aires y nacida en 1932. Con ella llegó a tener cinco hijos: Alejandro (1958), Silvia (1960), Daniel (1961), Guillermo (1963) y Adriana (1970). Un enlace que no solo resistió con eficiencia el desgaste de los años sino que también, al menos externamente, siempre pareció normal e incluso feliz. Por cierto que a fue poco de contraer matrimonio que la familia se instalaría en San Isidro, localidad del área metropolitana bonaerense, en la misma casa que con el paso de los años adquiriría una triste celebridad.

Casa del Mal #1
Vista de uno de los acceso de la casa de la familia Puccio en el barrio de San Isidro en los días en que todo ocurrió.

Tras realizar diferentes misiones diplomáticas en el extranjero, especialmente en Madrid, y recibir de manos de Juan Domingo Perón (1895-1974) la condecoración que le certificaba como el diplomático más joven y prometedor del país, nadie dudaba de que Arquímedes Puccio llegaría muy alto… Pero a comienzos de la década de 1960, nuestro protagonista, que siempre tuvo cierta querencia hacia el dinero fácil, el dispendio y la vida onerosa, sufrió su primer revés al ser acusado de contrabando de armas en valija diplomática. Ello frenó su avance al desafectarlo con el régimen y le hizo dar algunos tumbos hasta que un amigo, el teniente coronel Jorge Osinde –quien luego sería uno de los cerebros de la masacre de Ezeiza- le tendió la mano. Por su concurso, en 1973, se matricula en la Escuela Superior de Conducción Política, organismo dependiente del Movimiento Nacional Justicialista, y accede a la Municipalidad de Buenos Aires, de la que es nombrado Subsecretario de Deportes. Sería en la mencionada escuela que conocería al primero de los miembros del famoso clan, Guillermo Luis Fernández Laborda, entonces administrador del Hospital General de Agudos José María Ramos Mejía.

Epifania Angeles Calvo
Epifanía Ángeles Calvo, esposa de Arquímedes, es escoltada durante una de las sesiones del proceso.

Eran aquellos años turbios y complicados para el país. No estaba claro qué iba a suceder y era momento de tomar el partido correcto para quedar bien colocado ante posibles adversidades. Bien lo sabía el hábil Puccio, que continuó con su peculiar descenso a los infiernos haciendo amigos como el ya citado Osinde o como Anibal Gordón, reconocido miembro de la Triple A. Sería por el complicado ambiente que se vivía en los entornos políticos y administrativos que los entonces recién conocidos Puccio y Fernández Laborda decidieron integrarse en el Servicio de Inteligencia de la Fuerza Aérea, aún a pesar de que se contaron entre los que recibieron a Perón en Ezeiza a su regreso, el 20 de junio de 1973. El viejo plan de jugar a dos barajas por si acaso. De hecho, Arquímedes Puccio formó parte del tristemente célebre Batallón de Inteligencia 601, organizado a finales de 1970 y obró como partícipe activo de la “guerra sucia” y de la Operación Cóndor.

Así las cosas, cuando el golpe de Estado de 1976 derrocó a María Estela Martínez de Perón y se puso en marcha el Proceso de Reorganización Nacional, Puccio y Laborda estaban perfectamente colocados y tenían contactos de considerable peso en el entramado del poder como el del Teniente Coronel Victoriano Franco. Pero no sólo. Como alumnos aplicados que eran, también contaban con la formación necesaria como para organizar secuestros, extorsiones, chantajes, desapariciones… Y claro, también demostraron tener la catadura moral necesaria para pasar de la teoría a la práctica. De hecho, todavía hay quien recuerda al Puccio de los años previos al golpe de estado, así como a sus amigos de la Triple A infiltrados en la municipalidad bonaerense, recorriendo los pasillos del edificio municipal como si fuera de su propiedad, mostrando sus armas largas a cualquiera, con cualquier pretexto, realizando constantes exhibiciones de fuerza e intimidando a quien se atreviera a mirarles de un modo que no les gustara. Suyo sería el país.

Guillermo Fernandez Laborda
Guillermo Fernández Laborda, en custodia policial.

Campo de pruebas

A las 7:00 horas del 23 de enero de 1973 un empresario vinculado a Bonafide, Enrique Segismundo Pels, es secuestrado en su casa. Un hombre, a punta de ametralladora, penetra en su dormitorio y le ordena que se ponga algo de ropa. Luego, aún descalzo y sin camisa, pero con un saco en la cabeza, le introduce en el Peugeot 404 de su propia esposa, a la que dejan en la casa maniatada junto con una de las empleadas del servicio doméstico. Todo sucede a escasas diez manzanas de la residencia presidencial. Poco después, sobre la marcha, es trasladado a un Ford Falcon que –según se sabe- era propiedad de Arquímedes Puccio. Luego hubo un largo viaje que terminó con Pels encadenado en una habitación de paradero desconocido. La petición de los secuestradores, garabateada en un papel dejado en la residencia del secuestrado durante el proceso, era bien simple: 10 millones de pesos. Por lo que se sabe, el empresario Pels habló muy poco con los secuestradores durante su cautiverio, de apenas diez días, pues el 2 de febrero, previo pago del rescate, fue liberado en el barrio de Avellaneda.

Se ha dicho a menudo que Puccio nunca fue condenado por este secuestro a causa de la falta de pruebas, pero como mostró el periodista Carlos Juvenal en su libro Buenos muchachos: la industria del secuestro en Argentina (Planeta, 1994), lo que sucedió fue que el caso Pels nunca quedó resuelto a causa de un incomprensible marasmo de torpezas jurídicas y decisiones raras que terminó en la absolución de Arquímedes. De hecho, tras la investigación policial y demostrado su vínculo con el secuestro, Puccio fue detenido y confesó tanto su pertenencia a la Brigada Avellaneda como su participación en la operación, pero luego se desdiría ante el juez, tanto en lo referente a sí mismo, como en relación a los nombres que había ido deslizando en su testimonio. No podemos olvidar que por aquellos días la Triple A ya era muy fuerte en Argentina y cuidaba bien de los suyos, por lo que los estrambóticos derroteros que tomó el caso del secuestro del empresario Pels terminaron, tras muchas vueltas y revueltas, en el sobreseimiento definitivo de la causa.

Ciertamente, el expediente Pels se volvería a reabrir ante las flagrantes irregularidades, pero la dictadura terminó con el asunto definitivamente en 1978 de la mano del entonces juez instructor de Morón, el sempiterno Federico Nieva Woodgate. Sorprenden más en este asunto, por cierto, las reiteradas omisiones de la justicia y de la policía que sus escasas acciones: falta de registros, falta de testificales, falta de pruebas, falta de indagatorias… Falta de todo porque nadie quería saber absolutamente nada del tema. Ni tan siquiera el propio secuestrado, Enrique Segismundo Pels, quiso hablar jamás de su cautiverio pese a los muchos intentos para contactarlo realizados por la prensa argentina.

Sea como fuere, Arquímedes Rafael Puccio, tipo que como hemos visto había recibido la formación necesaria en la vulneración impune de los derechos y libertades de los demás amparado en toda clase de “buenas razones”, había dado un paso decisivo para convertirse en el terrible criminal que le llevaría a la fama. De hecho, extrajo una interesante lección de toda aquella peripecia judicial que vendría a alimentar una personalidad que, luego quedó claro, gozaba de obvios rasgos psicopáticos: para determinadas personas colocadas en ciertas posiciones de poder era posible secuestrar, cobrar, vencer a la justicia y salir de rositas. Venció al sistema con su frustrado negocio del contrabando. Había vencido al sistema en la historia del secuestro Pels. A lo mejor los tipos como él –debió pensar- podían vencer al sistema para siempre.

El Clan Puccio

No ha sido esclarecido, aun a pesar de las sospechas policiales, pero cabe suponer que un tipo con la catadura y amistades de Arquímedes debió participar activamente en otros secuestros y desapariciones durante la década de 1970. De hecho se le vinculó a determinados casos con poco éxito por cuanto –y lamentablemente es norma- muchas de las brutalidades de los Años de Plomo que aquejan a naciones y sociedades nunca son aclaradas y, a veces, ni tan siquiera contadas. Quedan en el limbo de lo que ya nadie quiere saber, preguntar o recordar. Pero en abril de 1982, justo cuando comienza la Guerra de las Malvinas, parecía claro que la dictadura militar argentina, esclerotizada en el marasmo de su ineptitud, empezaba a tener los días contados. Cabe pensar que Puccio, que por aquel entonces era copropietario de una tienda de deportes –que regentaba su hijo Alejandro- situada en un local habilitado en la propia casa de San Isidro, ubicada en el 544 de la calle Martín y Omar, y a la sazón propietario de un bar en el edificio colindante, había decidido dar los últimos golpes para asegurarse la vejez… Porque de un modo u otro Arquímedes no había dejado nunca de hacer trampas o de vivir al filo de la ley. Tal y como contó uno de los antiguos miembros del Clan, Roberto Oscar Díaz, al periodista Rodolfo Palacios en una entrevista concedida a la web bigbangnews.com, Puccio andaba entre otras cosas metido en chanchullos con el propietario de un concesionario de automóviles, Alberto J. Armando, quien “contrataba patotas [pandillas, bandas] para deshacerse de los autos, los mandaba a robar, a romperle los vidrios, a prenderlos fuego. La idea era cobrar el seguro. Puccio era parte de esas patotas”. No obstante, el ambicioso Arquímedes picaba más alto y no estaba dispuesto a conformarse con las migajas que iba picoteando aquí y allá. Había urdido un plan.

Roberto Diaz (detencion)
Roberto Oscar Díaz (izquierda) escoltado por la policía.

A comienzos de 1982 los dos viejos amigos, Puccio y Fernández Laborda, se reencuentran en el Servicio de Aduanas, y el primero hace partícipe al segundo del proyecto para montar su propia red de secuestros extorsivos. Le informó en aquellas conversaciones de que tenía un buen contacto, el coronel retirado Rodolfo Victoriano Franco, y un buen elemento para ayudarse en el operativo, Roberto Oscar Díaz, a quien conocía del negocio sucio del concesionario de automóviles. Así pues, iban a hacerlo todo por sí mismos, sin intermediarios, sin repartos embarazosos y sin tener que dar explicaciones a nadie. Firmarían un pacto de sangre y crearían un clan. Una una asociación criminal indestructible… “Todo era una locura [relata Díaz]. Hicimos el pacto de sangre como si fuéramos mafiosos. A Puccio le gustaba ponerse la boina y hacerse el siciliano”… Lo más estremecedor del caso era que este inopinado caporegime en el que se había convertido Arquímedes había decidido montar el negocio en su propia casa y con la ayuda de su hijo primogénito, Alejandro, al que siempre se ha querido vender como una víctima del negocio de su padre, pero que no solo estaba al corriente de todos los operativos, sino que era parte activa del plan como manifestó Díaz en la antes referida entrevista: “Alejandro era ambicioso. Lo pintan como inocente o culposo o víctima del padre. Pero era flor de turro [persona deshonesta, sinvergüenza]”. De hecho, y para muestra un botón, la primera víctima designada fue un compañero y amigo del propio Alejandro, Ricardo Manoukian.

Alejandro Puccio tenía una carrera bastante respetable como jugador de rugby en el Club Atlético de San Isidro, popularmente conocido como CASI. Tanto que incluso había llegado a debutar con los famosos “pumas” de la selección argentina. Manoukian, de 23 años, compañero de equipo y miembro de una familia que regentaba la próspera cadena de supermercados Tanti –hoy absorbida por Supermercados Norte-, se desplazaba por ahí en un coche blindado y había sido formado por un grupo antisecuestros después de que un familiar suyo sufriera la terrible experiencia –se sospecha que el propio Arquímedes ya estuvo implicado en aquel episodio-, pero cayó en la trampa confiado en la amistad que mantenía con Alejandro. El resto de la historia es tan plano como triste: el chico estuvo nueve días encapuchado y atado de pies y manos en la bañera de uno de los aseos de la segunda planta de la casa entretanto a su familia se le exigían nada menos que 500.000 dólares como rescate. La cantidad llegó a manos del Clan Puccio, pero Ricardo fue asesinado a tiros el 30 de julio y su cadáver terminó en el río Luján, cerca de Escóbar, si bien aparecería mucho después en Benavídez.

Alejandro Puccio (Rugby) #2
Alejandro Puccio. Tenía un prometedor futuro en el rugby.

Fue por estos días que, como relata el periodista Palacios en su libro El Clan Puccio: La historia definitiva (Planeta, 2015) que Arquímedes se ganó en el barrio apodos como “el loco de la escoba” o “el cú-cú”, por cuanto se pasaba el día entero rezongando mientras barría el camino de entrada a la casa, ya fuera día o noche, lo cual le valió algún que otro encontronazo con los vecinos, o bien se asomaba a una ventana del piso superior sin cesar, de manera compulsiva. Nadie pudo explicarse tal conducta extravagante hasta tiempo después, cuando se destapó la organización criminal familiar: lo que hacía el patriarca del Clan era pasarse el día en una perpetua vigilancia.

El segundo en caer fue otro conocido que Alejandro había hecho en el mundillo del rugby, Eduardo Aulet, un ingeniero industrial perteneciente a otra familia adinerada, recién casado, y que jugaba en el Club Pueyrredón. Secuestrado cuando se dirigía al trabajo en su propio coche el 5 de mayo de 1983, no se le volvió a ver con vida. Y ello aún a pesar de que la familia pagó los 150.000 dólares que se le exigieron. Su cuerpo no aparecería sino hasta cuatro años más tarde. Su ejecutor fue Díaz, quien no solo reconoció haberlo matado sino que también ha sido el único miembro del Clan que, con el paso de los años, ha mostrado públicamente su arrepentimiento: “Fue horrible. Puccio me obligó a disparar. Pobrecito Aulet. Cuánta crueldad. Puccio me dijo que lo hiciera por la familia, que no traicionara el pacto de sangre. No pude negarme. […] Si no lo hacía, me hubiesen matado a mí”.

El Clan Puccio
Portada del best-seller de Rodolfo Palacios que inspiró la película.

El tercero de la lista había de ser Emilio Naum, de 38 años, dueño de las tiendas de ropa McTaylor y bien conocido por Arquímedes Puccio, que tenía perfectamente fijados sus movimientos, por lo que obraría como gancho. Así, debía hacerse el encontradizo con Naum cuando este fuera al volante de su coche y rogarle que le trasladara unas cuantas manzanas más arriba. Llegados a destino, le estarían esperando otros componentes del Clan para proceder al secuestro. Sorprendentemente, Emilio Naum, que no era deportista ni se encontraba en especial buena forma, se resistió al intento de inmovilización de los hombres que intentaban reducirlo con tal fiereza y decisión que se vieron obligados a ejecutarlo allí mismo para no dejar testigos, antes de darse a la fuga.

Este fracaso habría resultado en un momento perfecto para que el clan abandonase sus actividades, pero la ambición de Arquímedes Puccio era ilimitada, no estaba conforme con cómo habían salido las cosas y se sentía invulnerable. Además, contaba con nuevos efectivos en la medida que su hijo Daniel –conocido en el mundillo del rugby, que también practicaba como su hermano, con el apodo de maguila-, y que no había formado parte de las tres primeras acciones al encontrarse fuera del país, fue incorporado al Clan. No ha quedado bien establecido si Daniel Puccio se avino a participar de buen grado u obligado por el padre y esto, aunado al hecho de que no estuvo implicado en las primeras muertes, motivó que su condena fuera mucho menor que la del resto de implicados en la organización, lo cual le ayudó a poner tierra de por medio a la menor ocasión. Tampoco ha ayudado mucho a comprender hasta qué punto la participación de los hijos en la empresa criminal fue voluntaria o resultado de la manipulación una de las pomposas sentencias con las que Arquímedes Puccio adornó su vejez: “Si Hitler convenció a millones, ¿cómo no iba yo a convencer a mis hijos?” De hecho, una de las cosas que nunca ha quedado clara –lo que se cuenta a este respecto es licencia cinematográfica o mera novela- ha sido cómo era la vida en el interior de aquella casa, cómo funcionaban las cosas o si, simplemente, la mujer y el resto de los hijos de Arquímedes tenían alguna idea de lo que sucedía a su alrededor, hecho probable. Es cierto que la familia, de cara al exterior, mantenía una vida perfecta, una convivencia redonda y honrada, siendo “normal” y respetada en el barrio, pero poco o nada se sabe de cuánto ocurría bajo aquel techo más allá de la circunstancia de que los secuestros solían coincidir con los viajes de la esposa y las hijas… Porque es una constante cósmica que las familias –todas- tienen secretos. Solo parecía tener una preocupación el patriarca con respecto a sus dos hijos y subalternos en el crimen: que no se mancharan las manos personalmente con la sangre de sus víctimas.

Así las cosas, se pasó al siguiente nombre de la lista, la empresaria Nélida Bollini de Prado, de 58 años, quien sería secuestrada el 23 de agosto de 1985. En el entendido de que matar gente era necesariamente peligroso en la medida que un cadáver siempre termina siendo un problema y que el gobierno militar había caído -y con él muchos de los amigos con cuya protección pensaba contar en caso de que vinieran mal dadas-, el jefe Puccio había diseñado una estrategia alternativa. Así, acondicionó el sótano de la casa de San Isidro para mantener a los cautivos en condiciones de reclusión adecuadas y, de paso, para confundirlos organizándolo todo como si se tratara del local de una casa de campo, colocando incluso fardos de paja como atrezzo. Esto permite pensar que, tal vez, pensaba seguir secuestrando pero no matando.

Victimas de los Puccio (Aulet, Naum, Manoukian y Bollini)
Las víctimas del Clan Puccio. De izquierda a derecha: Eduardo Aulet, Emilio Naum, Ricardo Manoukian y Nélida Bollini de Prado.

El final del Clan

Alejandro y su novia estaban solos en la casa, viendo la televisión, cuando el equipo policial irrumpió en el hogar de los Puccio. Ya venían sospechando que aquella familia no era trigo limpio, pero la denuncia a las Autoridades por parte de los familiares de Nélida –cosa que no habían hecho quienes les precedieron en el trago- y el seguimiento de las actividades de Arquímedes Puccio para la negociación del rescate vinieron a confirmarlo todo. El descenso de los policías al sótano certificó el final del Clan Puccio: allá se encontraba Nélida Bollini de Prado, encadenada y tirada sobre un camastro. Arquímedes fue detenido casi al mismo tiempo, cuando todavía intentaba cobrar. Aún quiso, el muy torpe, amenazar a sus captores argumentando que la casa de San Isidro estaba repleta de explosivos y que volarían por los aires si intentaban entrar por la fuerza. Delirios de grandeza de quien aún creía tener un poder que ya no le pertenecía.

Sotano Casa
Aspecto del sótano en el que se mantuvo encerrada durante un mes a Nélida Bollini de Prado, la única superviviente a las actividades del Clan.

El eslabón débil del juramento de sangre que pretendía convertir el Clan en un organismo monolítico e impenetrable fue Díaz, quien harto de todo decidió contar la verdad. Una verdad que nunca fue reconocida ni por Arquímedes, ni por sus hijos, ni por el resto de sus secuaces, quienes siempre negaron todas y cada una de las acusaciones más graves. Lo mismo haría el resto de la familia Puccio, con Epifanía al frente, que dijo desconocer por completo a qué se dedicaban su marido y sus dos hijos mayores durante sus viajes e incluso negó tener la menor constancia de cuánto sucedía en su hogar. Nadie llegó a creerlas del todo jamás, pero tampoco pudo nadie demostrar lo contrario, por lo que la justicia no supo penetrar en el misterio. En todo caso, se estableció en el seno de la familia una impenetrable conspiración de silencio en torno a lo sucedido en la casa de San Isidro. Silencio tan pertinaz que su propietaria, la propia Epifanía, impuso la absurda condición de que, por cláusula contractual, sus inquilinos sucesivos no pudieran publicar o permitir que se hicieran fotografías del interior de la vivienda. Prohibición que permanece en vigor.

Arquimedes Puccio (detencion) #3
Arquímedes escoltado por la fuerza policial.

Alejandro, condenado a prisión perpetua y tras varios intentos infructuosos de suicidio, terminó falleciendo prematuramente en prisión, en 2008, probablemente a causa de las secuelas que le acarrearon sus constantes coqueteos con la muerte. Lo de Daniel fue otra historia. Castigado con una condena más suave quedó pronto en libertad condicional y retornó a San Isidro dispuesto a reabrir el bar familia a fin de rehacer su vida. Sin embargo, el vecindario interpretó su osadía como una burla inaceptable y, finalmente, decidió largarse con viento fresco. Parece que se instaló en Nueva Zelanda. En 2013, cuando la causa contra él por prófugo de la justicia hubo expirado, regresó coyunturalmente a Argentina para recoger la documentación que certificaba el fin del proceso y volvió a desaparecer.

Alejandro Puccio (detencion)
Alejandro Puccio en el momento de su detención.

Arquímedes Puccio, el caporegime, se vendió a sí mismo como un “patriota” –ese viejo último recurso de los cobardes, los canallas y los sinvergüenzas de todo cuño y profesión para justificar sus atrocidades- y un “preso político”. De poco le sirvió en la medida que terminó condenado a prisión perpetua en 1985. Aprovecharía los años de reclusión para estudiar Derecho –otro clásico- y convertirse a la religión evangélica hasta ser beneficiado en 2008 por la llamada ley del “2×1”, que sirvió para que saliera libre. Ante el escándalo que procuró en el país esta excarcelación, las Autoridades se replantearon el caso y le reingresaron en el Instituto Correccional Abierto General Pico de La Pampa. Tras ganar –ahora sí- la libertad condicional acabó malviviendo, convertido en un paria al que acogió bajo su protección un pastor evangélico que se ocuparía de él hasta su muerte en el mismo General Pico, ocurrida en 2013, y devenida a causa de un accidente cerebro-vascular. Aún tuvo su minuto de gloria gracias al interés de Rodolfo Palacios, quien lo contactó para documentar su libro y al que realizó todo tipo de declaraciones autoexculpatorias, extemporáneas, zafias y psicopáticas que no repetiremos aquí porque carecen el menor interés. Baste significar que como corresponde a todos estos campeones de la manipulación y el engaño, jamás se arrepintió de sus actos ni explicó las razones por las que decidió convertir a su propia familia en una organización criminal.

Nadie reclamó el cuerpo, por lo que terminó en una fosa común.

Daniel Puccio (detencion)
Daniel “Maguila” Puccio es escoltado por las Autoridades.

El Clan de Acuario


Mi gran amigo, el escritor Juan Ramón Biedma -uno de los tíos con más talento que conozco-, ha tenido el impagable detalle de componer esta reseña de mi nueva novela. Espero sea de vuestro agrado e interés.


Clan de Acuario

“Hasta donde yo sé, Freud era un cocainómano misógino, reprimido, petardo y embustero que se creía el coño de la creación”.

Francis P. Fernández

Del farragoso debate sobre las causas por las que la literatura de género no termina de despegar hasta otras listas más allá de los habituales directorios comarcales, ni las elaboradas a partir de las ventas ni del reconocimiento crítico generalista, siempre destaco la endogamia como uno de los factores que más tóxicos en estos sectores literarios, entendiendo por endogámicos a aquellos escritores de ciencia-ficción, de policíaca o de fantasía que no han leído más que de lo suyo y que carecen de otra influencia o magisterio que el inscrito dentro de los parámetros que limitan sus historias; en este escenario, el hallazgo de novelas como El clan de Acuario, de un autor marcado por todos los géneros y sin géneros pero también profundo conocedor de altas y bajas psicologías -me refiero tanto a su formación científica como a su bagaje en enfoques callejeros que permiten su aplicación en diversas realidades-, nos descoloca gratamente al situarnos frente a una obra exactamente inclasificable.

La historia, más que ubicarnos, nos deja caer en un futuro tan probablemente deplorable como queramos imaginar en el que nuestra suerte se une a la de Octavio Galilea, un precognitivo de tres al cuarto que se gana la vida utilizando sus poderes en el juego, un outsider que intenta mantenerse al margen de todos hasta verse forzado a implicarse en el tejemaneje de un oscuro consorcio que pasa de utilizarle en lo que aparenta ser un experimento de trascendencia equívoca pero limitada a una artimaña universal centrada en hacer saltar por los aires la contracivilización a la que se encuentran sometidos.

Porque lo que de verdad distingue esta novela de otras narraciones que se limitan a reflejar rutinariamente un chascarrillo argumental que en muchos casos no daría ni para un relato corto es su tremenda ambición; el autor, con una firmeza y seguridad al alcance de pocos representantes de su generación, se atreve con un futuro ya infectado desde el punto de partida, sigue en su obsesión destructiva hasta llegar a la devastación total de la matriz de la infraestructura oficial y no se detiene ahí, sino que se atreve a mirar cara a cara a la recuperación social, política y moral, que es quizá el ejercicio literario más complejo. John Clute en su ensayo sobre literatura fantástica El jardín crepuscular nos dice que “en la ciencia-ficción, la pérdida de la memoria o la inmersión en algún vórtice impersonal o trascendental suele ser preludio de que el personaje regresará con una conciencia más plena que antes”. Con estas herramientas, Francis nos conduce hacia ese otro mundo cimentado sobre unas bases desconocidas y no se conforma con cerrar la historia tras vislumbrar esa nueva panorámica, nos proporciona una credencial para entrar en ella y nos invita a participar a fondo en el debate sobre las líneas maestras del nuevo orden.

Antes que todas estas señas de identidad, la rúbrica que caracteriza esta obra, como ya sucedió con sus anteriores novelas “La versión del Minotauro” y “El Sueño del Errante“, es esa manera propia de Francis P. Fernández de aportar en cada línea, en cada giro, un estilo propio de decir, mezcla de sentido venenoso del humor, de inteligencia extrema y de las laceraciones, punciones y contusiones que produce su prosa.

El clan me ha parecido algo así como una recreación libre, visionaria, política, esotérica y escalofriantemente próximas de todas las distopías del mundo; una peripecia que empieza siendo anecdótica y termina siendo colosal, global, atemporal. Una novela formidable en el sentido titánico del término. Y en el sentido de exquisita, también. De inolvidable.

Juan Ramón Biedma / 2015


Post-Scriptum (Mayo de 2017)

Pues todavía hay quien lee y reseña esta novela… Por ejemplo, mi muy querida Pily Barba en su blog NGC 3630 (pincha el enlace si quieres saber lo que piensa).


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Demonios y brujas

Hace tan sólo 150 años que el común de los mortales creía en la hechicería y la brujería. Hoy en día la creencia aún permanece revestida de tradición y pseudorreligiosidad así como de falsa ciencia en otros. Ya no se celebran aquelarres multitudinarios como los de entonces –si es que alguna vez fueron tan multitudinarios como se dice, lo cual no está documentado-, pero de vez en cuando nos vemos sorprendidos por medios de comunicación que hablan de la existencia de supuestas sectas satánicas que llevan a la práctica rituales tan extraños como extravagantes[1]. Encontramos personas que siguen postulando la existencia del mal de ojo o, sencillamente, nos vemos apabullados con la proliferación de una nueva casta de hechiceros, magos y brujas que dicen poder predecir el futuro, limpiar energías negativas, invocar y erradicar fantasmas o realizar cualquier suerte de conjuro. El hecho de que existan y se consuman páginas dedicadas a la astrología por doquier da buena cuenta del poso cultural que han dejado estas tradiciones del pasado. Sin embargo, lo que hoy no es más que un pasatiempo o un estilo de vida “alternativo” fue tenido durante muchos siglos por un crimen execrable que podía costar muy caro. De hecho, los estudios pretendidamente serios sobre el tema de la brujería y la demonología en tanto que herejías cristianas, se multiplicaron entre los siglos XV y XVIII, encontrando su punto culminante alrededor del año 1600. “Los anales de la brujería [explica Robbins] son terribles y brutales: la degradación ahogó la honradez, se enmascararon las pasiones más bajas tras la protección de la religión y el intelecto del hombre se trastornó de tal modo que perdonó bestialidades que ni los yahoos de Swift hubieran cometido sin sonrojarse. Nunca hubo tantas personas tan equivocadas ni que mantuvieran su error tanto tiempo. La brujería destruyó los principios del honor y la justicia: abrió de par en par las puertas del Salón de la Vergüenza”[2].

Aquelarre, Francisco de Goya.
Aquelarre, Francisco de Goya.

Pese a que la brujería y la demonología no eran inventos nuevos en la Alta Edad Media, fueron las matizaciones de los teóricos del cristianismo y del catolicismo las que las llevaron a convertirse en lo que fueron a posteriori[3]. De hecho, debe concederse principalmente a San Agustín de Hipona el más que dudoso honor de ser “inventor” de la brujería y la demonología en un sentido no mítico. Tal vez a causa de la vida licenciosa que llevó antes de sucumbir a la Revelación, San Agustín se decía un experto detector de diablos que parecía tener una virtud especial para encontrarlos por todas partes. Con la proverbial capacidad para la condena de lo rechazable en el nuevo estatus de que goza el renegado pasó, por ejemplo, de ser un fanático de la astrología a considerar que “estas prácticas son asimismo objeto de rechazo y condenación por parte de la auténtica piedad cristiana que es consecuente consigo misma”[4]. Así, cuando sentó las bases del derecho canónico, creó una interminable lista de normas para la persecución y evitación del demonio así como diversas denominaciones de la corte demoníaca que fueron citadas sin solución de continuidad por eruditos posteriores. Lo cierto, no obstante, es que hasta el siglo XIII la brujería sólo gozó de la consideración de delito en aquellos casos excepcionales en los que, de un modo u otro, pudiera probarse que había producido daños a terceros, cosa que tampoco sucedía muy a menudo. De hecho, los curanderos, hechiceros y adivinos solían recibir el mismo tratamiento legal y judicial que las prostitutas[5].

Esta situación de tolerancia controlada para con las brujas –que no hacia los colectivos de otras religiones como la judía- empezó a sufrir cambios significativos a comienzos del siglo XIV, momento en el que la Iglesia decide tomar cartas en el asunto de la hechicería y empiezan a promulgarse las primeras disposiciones verdaderamente restrictivas en su contra. Debe hacerse notar que, al menos en un primer momento, existieron matices en lo que a la consideración criminal de la brujería y la hechicería respecta: el cristianismo no se oponía a la creencia de que algunos seres humanos podían interrumpir el curso de la naturaleza a su antojo pues, en realidad, en esto consistían los supuestos milagros de los santos. Eran las alteraciones del curso natural de los acontecimientos que pudieran ser atribuidas al concurso de supuestos demonios las que debían perseguirse. Importa señalar que, obviamente, en un magma intelectual como este a nadie le cabía la menor duda de que la brujería era algo en absoluto excepcional, y que formaba parte de la vida diaria del común de los mortales.

La práctica de la brujería, a causa de estas primeras presiones externas, empezó a transformarse en algo oculto, propio de iniciados y ajeno a la vida social del vulgo. En efecto, es precisamente en este punto de inflexión histórico en el que nacen prácticas sectarias como la del aquelarre que, según diversas fuentes, ya en 1400 debía estar constituida como tal[6]. Y con ello, se fue gestando en las disposiciones penales inquisitoriales el concepto de herejía o traición a Dios, presente en el derecho canónico desde el IV Concilio de Letrán (1215) presidido por Inocencio III, que se convertiría ya en delito a todas luces oficial cuando la Inquisición decidió condenarla públicamente en el año 1375. “La sociedad europea medieval [indica Szasz a este respecto] estaba dominada por la Iglesia. En el seno de una sociedad religiosa, toda desviación tenía que ser concebida en términos teológicos: quien se desvía es la bruja, el agente de Satanás. En consecuencia se catalogaba como ‘heréticos’ a la hechicera que curaba las enfermedades, al hereje que pensaba por sí mismo, al fornicador que abusaba del placer sexual y al judío que –inmerso en una sociedad cristiana- rechazaba sistemáticamente la divinidad de Jesús; no se paraban mientes en los abismos que pudieran diferenciarlos entre sí. […] cada uno de ellos era un enemigo de Dios que debía ser perseguido por la Inquisición”[7].

En 1484, el Papa Inocencio VIII promulgó la bula Summis Desiderantes Affectibus que supuso la persecución, tortura y condena de centenares de miles de personas supuestamente dedicadas a la brujería, la hechicería, la adoración del diablo y toda otra suerte de supuestas herejías que se pudiera imaginar durante los tres siglos siguientes. Este documento no añadía nuevo a las disposiciones al respecto puestas en circulación durante el IV Concilio de Letrán, pero sí refundía su texto oficializando la caza de brujas: “Ha llegado a nuestros oídos, no sin afligirnos con amargo pesar, que […] muchas personas de ambos sexos, olvidadas de su propia salvación y apartándose de la Fe Católica, se han entregado a los demonios, íncubos y súcubos […]. Decretamos y ordenamos que los antedichos inquisidores gocen de la facultad de proceder a la justa corrección, encierro y castigo de cualesquiera personas, sin obstáculos ni impedimentos, con todos los medios, como si las provincias, parroquias, diócesis, distritos, territorios y, lo que es más, como si las mismas personas y sus crímenes de esta categoría estuvieran nombrados y designados individualmente en Nuestro documento […]”[8]. El texto de la bula se completó dos años más tarde con la publicación del célebre manual para los cazadores de brujas (el Malleus Maleficarum o Martillo de Brujas), lo cual dio pie a la súbita aparición de una desconocida hasta entonces epidemia de brujería a lo largo y ancho de la Europa cristiana[9].

A pesar de que todo cuanto se dice en el Martillo de Brujas resulta disparatado y absurdo, no es menos cierto que cometeríamos una injusticia histórica si olvidáramos que Heinrich Krämer y Jacob Sprenger, los dos inquisidores dominicos que concibieron el texto, gozan en igual medida del privilegio de ser los primeros en publicar un auténtico manual policial entendido en un sentido moderno, esto es, destinado a la instrucción sistemática del defensor de la ley para la persecución, detección, confesión, procedimiento penal y castigo de cierta clase de delitos. Por lo demás, comienza con una declaración de principios que delimita perfectamente la naturaleza y alcance del crimen que se persigue: “La creencia en la existencia de brujas constituye una parte tan esencial de la Fe Católica, que obstinarse en mantener la opinión contraria huele indefectiblemente a herejía”[10]. O, dicho de otro modo, Satanás y sus servidores también forman parte de la religión cristiana al igual que Dios y sus santos, sin que pueda caber duda alguna al respecto, y negar por tanto que las brujas puedan existir ya es en cierto modo hacerse sospechoso de herejía y brujería.

Portada de una de las múltiples ediciones del
Portada de una de las múltiples ediciones del “Malleus Maleficarum” (Krämer y Sprenger).

Desde los nuevos parámetros brujo o bruja, en sentido estricto, serían todas aquellas personas que inducen, valiéndose de medios mágicos o de la simple seducción, a otro u otros a realizar cualquier clase de prodigio maligno, o a mantener relaciones con demonios. De este modo, el inducido, en la medida que sujeto bautizado y miembro de la Iglesia de Dios que cede a la tentación, habría de ser contemplado como un hereje antes que como la víctima de un engaño. Como es de suponer, el estigma de Eva se hace pronto notar en la argumentación teórica de la brujería y la hechicería, y las mujeres en general (con especial atención a las comadronas) son contempladas como brujas potenciales ya que, según los inquisidores, resultan presa más fácil de la superstición y la maldad a las que suelen ceder incluso con agrado (prejuicio de larga tradición en nuestra cultura que se vio posteriormente readaptado a los nuevos hallazgos de la ciencia). Y esto porque en el sexo femenino –señalan los autores del Malleus– el apetito carnal es “insaciable”, sin contar con el nada desdeñable hecho de que fue Eva quien supuestamente incitó a Adán al pecado. Por el contrario, los hombres parecen quedar fácilmente al margen de la práctica de la brujería por la peregrina razón de que Jesucristo nació hombre y privilegia por ello a la condición masculina. De este modo, el Martillo de Brujas se plantea desde el primer momento como una teoría grosera acerca de la superioridad del hombre sobre la mujer, pecadora irredenta, que justifica toda clase de persecuciones y castigos.

Ahora bien, no debemos equivocarnos ni en cuanto al alcance de la consideración de la brujería como crimen, ni en lo referente a su ámbito de aplicación. De hecho, cualquier clase de enajenación mental o de conducta extravagante, era susceptible de ser transformada en acto, causa o efecto de pactos demoníacos, rituales mágicos o cualquier otra suerte de circunstancias malignas. No resulta sorprendente, por tanto, que durante los siglos que duró la caza de brujas la herencia cultural de Occidente encontrase un suelo fértil sobre el que germinar y, con ello, se multiplicasen en Europa los casos de supuestos encantamientos, vampiros, ogros y hombres-lobo, así como la proliferación de leyendas que involucraban la presencia de seres sobrenaturales y quiméricos de toda especie, forma, tamaño y apariencia: ondinas, duendes, gigantes, y otro largo etcétera[11]. La literatura y el acervo popular tuvieron buen cuidado en hacerse eco de todo ello. En otras palabras: bajo el imperio moral del cristianismo el binomio Maldad-Bondad se hizo tan absoluto que, consideraciones ético-morales aparte, arraigó en la mentalidad colectiva con enorme fuerza. Así el Bien y el Mal adquirieron la inusitada capacidad de hacerse tangibles, físicos, con una facilidad pasmosa. Esto explicaría porqué hubo entonces más brujas que nunca, pero también porqué se multiplicaron los supuestos milagros y, en el ámbito católico, creció el santoral en proporción desmesurada con respecto a etapas previas de la historia eclesiástica[12]. Todo cuanto acaecía en la vida diaria era bien obra de Dios, bien trabajo del diablo, sin excepciones ni posible término medio en la ecuación.

Una enfermedad inexplicable en el seno de una familia, cualquier plaga o epidemia, la muerte de algunas cabezas de ganado o la súbita destrucción de las cosechas a causa de un temporal, y la idea de que alguien practicaba la brujería en la comunidad no tardaba en tomar forma, desencadenándose en ocasiones terribles episodios de histeria colectiva que podían llevarse por delante a decenas e incluso centenas de personas con un solo golpe del martillo[13]. Y, sin embargo, no eran los sucesos que provocaban la práctica de las brujas lo que se condenaba con extrema dureza por parte de los tribunales sino, ante todo, el delito ideológico: el hecho de la herejía, la venta del alma al diablo y la traición a Dios. El problema era que esta clase de crimen moral resultaba extremadamente difícil de identificar y catalogar porque, tal y como reconocían la mayor parte de los juristas de la época, era prácticamente imposible sorprender a una supuesta bruja in flagrante crimine. Precisamente por esto “en 1468 se declaró a la brujería crimen excepta, delito excepcional, para el que no servían ni las normas ni las garantías habituales. En los procesos por brujería se aceptaban pruebas que no se admitían en otros casos: testimonios de reuniones con el demonio, ritos mágicos y supuestas metamorfosis, aportados por niños pequeños, por cómplices, perjuros e individuos excomulgados. Se permitía la tortura con el fin de obtener confesiones de culpabilidad; de hecho, era imprescindible, pues la confesión sin tortura no se consideraba digna de crédito. Y, para asegurar el trabajo y los ingresos de todo el aparato de los cazadores de brujas, el acusado tenía que acusar a sus cómplices, quienes a su vez eran torturados hasta que confesaban y denunciaban a otros” [14]. Resulta sintomático el detalle de que en las pocas zonas en que no se consideró la idea del crimen excepta jamás hubo casos de brujería, vampirismo o licantropía dignos de mención. Así, en el ducado de Juliers-Berg (Austria), por citar un ejemplo, no se quemó a una sola bruja entre 1609 y 1682.

Una de las ilustraciones del Malleus Maleficarum.
Una de las ilustraciones del Malleus Maleficarum.

Entretanto la mayor parte de los médicos se especializaban en la detección de estigmas, marcas del diablo, enfermedades anormales que pudieran ser provocadas por actos de brujería y otras cuestiones similares, unos pocos alzaban su voz contra estas persecuciones indiscriminadas. Así por ejemplo el que fuera médico personal de Guillermo de Cleves, Johann Weyer -o Wierus- (1515-1588) quien, aún creyendo en la existencia de las brujas, sostenía que sus colegas solían emitir diagnósticos de brujería con excesiva ligereza y una frecuencia a todas luces exagerada. En su De Preastigiis Daemonum (1563) Weyer argumentaba que había muchos médicos ineptos que atribuían cualquier enfermedad incurable o cuyo remedio desconocían a actos de brujería, pocas veces sin maldad, pero en la mayor parte de los casos para ocultar su propia ignorancia y ganarse un buen sueldo. Y, en efecto, esta clase de abusos eran comunes. Tanto, que no resultaba extraño que la medicina confundiera los supuestos “efectos fisiológicos” de la brujería en una persona con lo que en muchas ocasiones no era más que el efecto de un veneno (luego de un crimen común) o de cualquier clase de enajenación mental y, con ello, se llevara a los tribunales a la confusión y a muchos inocentes al patíbulo. Y tampoco era inhabitual la acusación de brujería interesada, en contra de parientes o vecinos con los que se tenía alguna clase de deuda pendiente. Las propias autoridades recurrieron en muchos casos a estas acusaciones infundadas a fin de apropiarse legalmente de la jugosa hacienda del acusado. Ni que decir tiene que los grandes juristas de su época, como Jean Bodin[15], acusaron en sus obras a Johann Weyer de amigo y defensor de las brujas y de ser, probablemente, él mismo un brujo.

La obra de Weyer fue censurada por la Iglesia y permaneció en el índice de libros prohibidos hasta comienzos del siglo XX, pero ello no fue traba para que las voces partidarias de posiciones más humanistas al respecto, como Luis Vives (1492-1540), cuestionaran el origen demoníaco de lo que en realidad no eran otra cosa que enfermedades mentales. En la misma línea se situaron autores como Fernel (1497-1588) e incluso el célebre –y maldito- Paracelso (1493-1541), quien adoptó un punto de vista más radical para ofrecer un enfoque fisiologicista de la enfermedad mental cimentado sobre los presupuestos de la yatromecánica[16]. Sería el primero en proponer públicamente la terapia farmacológica para hacer frente a las dolencias mentales y condenó el indigno, ignorante e infamante trato social y judicial que recibían los acusados de brujería.


[1] La expresión “ritual satánico” obra ya en nuestras sociedades como un cliché cultural e inespecífico más al que se alude de forma sistemática, y poco cauta, cuando topamos con situaciones y acontecimientos social y culturalmente inaceptables, como profanaciones de cadáveres o ritos estramboticos, que en la mayor parte de los casos son obra de enajenados mentales, bromistas, gamberros o cultos sectarios de dudoso origen y fundamento.

[2] Robbins, R.H. (1988). Enciclopedia de brujería y demonología. Barcelona, Debate, p. 10.

[3] Con anterioridad a 1350, la brujería se relacionaba fundamentalmente con la hechicería y se constituía como un compendio de supersticiones populares de carácter pagano –en la medida que anteriores a la aparición del cristianismo. En tal sentido, puede sostenerse desde un punto de vista meramente antropológico que la hechicería y la magia son fenómenos globales que se remontan a las primeras sociedades humanas, reconocidos en la experiencia de todos los pueblos y culturas, que pretenden ser un intento de controlar la naturaleza y sus vicisitudes. De este modo, en toda cultura la hechicería es predecesora de la religión.

[4] Hipona, San Agustín de (1986); Confesiones. Madrid, B.A.C., p. 104.

[5] Episodios de persecución de supuestas herejías y quema masiva de herejes, como los acaecidos sobre albigenses, judíos, templarios o cátaros, que salpican el siglo XIII, solían obedecer más a condicionantes políticos, sociales y económicos que a una defensa de la religión en sentido estricto que la sociedad aceptó sin disonancias. De hecho, en estas situaciones el criterio religioso solía obrar como coartada para la masacre y no como fin en sí mismo: “Aunque los siglos comprendidos entre 1200 y 1600 fueron siglos de agonía para los judíos no lo fueron menos para los cristianos. El hecho de que las acusaciones contra los judíos llevaran la etiqueta de ‘asesinato ritual’ o ‘profanación eucarística’ en vez de ‘brujería’ o ‘herejía’, no nos debe llevar a engaño. En ambos casos se daba la misma psicología, el mismo modo de pensar, el mismo tipo de juicio, el mismo tipo de evidencia y el mismo tipo de tortura” (Dimont, M.I.; Jews, God and History. Toronto, New American Library, 1962, p. 238).

[6] Debe hacerse constar que el concepto de aquelarre –también sabbat o sinagoga, en referencia explícita a las perseguidas tradiciones “infieles” del judaísmo- tal y como es conocido en la actualidad fue en gran medida ideado y publicitado por la propia Inquisición. Resulta indudable que ante las primeras persecuciones más o menos templadas de la brujería y la hechicería, las personas aficionadas a estas prácticas debieron constituirse en grupos cerrados que las llevaban a la práctica en la clandestinidad, pero esto, más que para aliviar la presión jurídica sobre ellos, alentó sobremanera la imaginación de juristas, teólogos sacerdotes y estudiosos de la materia, que idearon la imagen actual del aquelarre como la reunión impía de un grupo de brujas y hechiceros perfectamente organizado, en la que se invocaba al diablo, se realizaban toda suerte de prácticas lujuriosas y criminales y, al fin, se parodiaba la actividad de la propia Iglesia para con Dios.

[7] Szasz, Th. S. (1974). La fabricación de la locura. Barcelona, Kairós, pp. 16-17.

[8] Bula papal de 9 de diciembre de 1484. Citado en Sprenger, J. y Krämer H. (1928). Malleus Maleficarum. Londres (trad. Inglesa de Montague Summers; de esta versión se realizó una reimpresión en 1948), pp. XIX-XX. Existe otra edición en lengua alemana de J.W.R. Schmidt: Der Hexenhammer (Berlin, 1906 y 1922; Viena, 1938).

[9] El éxito del Malleus Maleficarum queda confirmado con un dato: entre 1487 y 1669 vivió nada menos que 29 ediciones, 16 de ellas en alemán (Pacho, A. (1975); “La bula Summis Desiderantes de Inocencio VIII. Mito y realidad”. En: Brujología. Congreso de San Sebastián. Madrid, Seminarios y Ediciones S.A. pp. 291-296).

[10] Sprenger, J. y Krämer, H.; Op. cit., p. 1.

[11] Sobradamente conocidos son casos de psicópatas medievales y renacentistas cuyas andanzas se revistieron de elementos sobrenaturales, como los de Gilles de Rais, Erszebeth Bathory o Peter Stubb. El lector puede consultar el ilustrativo trabajo de Masters, R.E.L. y Lea, E. (1970). Sexualidad criminal en la historia. Barcelona, Ediciones Picazo.

[12] Véase a tal respecto el clásico e interesante estudio hagiográfico realizado por Eça de Queiroz (1990). Diccionario de milagros. Madrid, Mondadori.

[13] El más célebre de estos casos de delirio colectivo es, sin duda alguna, el de las archifamosas brujas de Salem, acaecido en Nueva Inglaterra entre 1692 y 1693. La obra más profusamente documentada, y todavía más consultada al respecto en la actualidad, acerca de los sucesos de Salem es la de Charles W. Upham: Salem Witchcraft (Boston, 1867).

[14] Robbins, R.H.; Op. cit., pp. 109-110. Para el lector interesado en profundizar en el tema de las torturas inquisitoriales, especialmente en lo que a España respecta, es muy recomendable el trabajo de Francisco Tomás y Valiente La tortura en España. Estudios históricos (Barcelona, Ariel, 1973).

[15] Como señala Jean Touchard (Historia de las ideas políticas, vol. I, Madrid, Tecnos, 1988), la vida de Bodin (1529 o 30-1596) –o Bodino– es bastante mal conocida, pero al mismo tiempo muy singular. Educado por carmelitas, es muy probable que estuviera cerca de terminar en la hoguera por su cercanía al calvinismo y, en la misma medida, también es factible que la experiencia le transformara en un radical ultracristiano. Conocido ante y sobre todo por su aportación inestimable en el ámbito de la reflexión política y jurídica, Bodin fue no obstante un gran curioso que se introdujo en multitud de temas relativos a su tiempo. También en el de la magia y la brujería, acerca de las cuales escribió dos célebres tratados titulados De la Demonomanie des Sorciers (1580), y De Magorum Daemonomanía (1581). Resulta sorprendente que un hombre de la vasta cultura de Bodin –amplio conocedor y cultivador de la economía, la filosofía, la filología y el derecho- dedicara tiempo al fomento de una superstición absurda, pero Bodin creía en estos asuntos a pies juntillas. Lo interesante en este caso es que a pesar de su protestantismo militante y de que sus obras de carácter político estaban condenadas por la Inquisición, tanto católicos como protestantes asumieron sus ideas al respecto de la brujería y el modo de combatirla (feroz, por supuesto).

[16] Pagán, G. y Ruiz, M.J.; “La historia del pensamiento psiquiátrico”. En Internet: http://www.sepsiquiatria.org (recogido en junio de 2004).

El mito vampírico: entre la antropología y la literatura

Se insiste hasta el hastío en que el irlandés Bram Stoker se inspiró en la figura de Vlad III de Valaquia -popularmente conocido como Vlad Tepes, Vlad Dracul o Vlad el empalador– para construir el personaje del vampiro por antonomasia, pero no parece que sea verdad más allá de las meras similitudes físicas y nominales. De hecho, Tepes fue un tirano homicida y brutal, por otra parte no más que cualquier otro reyezuelo de aquellos días y latitudes, pero jamás practicó el vampirismo ni existe constancia documental alguna de que así fuera. Lo cierto es que la conexión parece menos estrecha de lo que se presume y es, básicamente, una leyenda urbana difundida y acrecentada, más por apasionamiento que por malicia, por muchos de los seguidores y críticos de la archiconocida -y excelente- novela. Hasta donde puede afirmarse sin caer en especulaciones, el dramaturgo irlandés era miembro de la orden ocultista conocida como Golden Dawn, siendo allí que se le da a conocer la existencia del personaje histórico. Interesado en el mismo, y acicateado por la preexistente leyenda popular construida en torno a la vida del “Drácula real”, Stoker se limitó a utilizar poco más que el nombre y la apariencia física de Tepes para dar forma a su personaje. No olvidemos que el escritor jamás estuvo en Rumanía, conocía el país únicamente a partir de los escasos testimonios de unos cuantos libros de viajes, y las referencias históricas en torno a de Vlad Dracul en la literatura científica de la época eran vagas, harto confusas y a menudo no sobrepasaban el rango de la simple y llana invención.

Vlad Tepes, según un retrato de la época.
Vlad Tepes, según un muy popular retrato de la época.

La verdad es que una vez madurado el personaje central, puede que con la ayuda de un misterioso “catedrático” de la Universidad de Budapest llamado Arminius Vambery -de cuya vida se sabe poca cosa con la excepción de que fue un devoto viajero y escritor obsesionado por el folklore turco-húngaro y que, probablemente, nunca fuera profesor universitario-, Stoker construyó su novela desde bases antropológicas, prestando suma atención a las leyendas y mitos del folklore del centro y del este de Europa. En ellas la figura del vampiro y el sinfín de cuentos populares que protagoniza, se constituyen en piedra angular de muchas supersticiones y manifestaciones tradicionales. Se presume también que fue capital en la conformación final de la figura del celebérrimo vampiro de la ficción la historia de otra terrible asesina en serie real, esta sí estrechamente relacionada con la sangre y cercana en el tiempo a Vlad Tepes: Erszebeth Bathory.

Bram Stoker en el momento cumbre de su fama. A pesar del enorme éxito de su obra, falleció solo, demente y en la indigencia.
Bram Stoker en el momento cumbre de su fama. A pesar del enorme éxito de su obra, falleció solo, demente y en la indigencia.

Por otro lado, una de las inspiraciones literarias fundamentales de Bram Stoker, pues cuando comienza a escribir su novela en 1890 el tema de los vampiros no suponía ni mucho menos una novedad y contaba con una notable tradición en el seno de la tradición literaria gótica, fue Carmilla, del afamado escritor Sheridan le Fanu.

Por supuesto, los propios rumanos no han hecho nada por deshacer esta singular cadena de equívocos y malversaciones históricas a fin de montar un impresionante –y comprensible- negocio turístico alrededor de Tepes, sus nebulosos castillos, su oscura historia de crueldades, sus empalamientos masivos y el circo de sus supuestos e indemostrados “rituales vampíricos”.

El hecho es que los primeros eslabones literarios que conducen a la mitificación literaria –y cultural- del vampiro se venían encadenando desde 1797, cuando Goethe escribe La novia de Corinto y, casi de inmediato, Samuel Taylor Coleridge publicó el poema titulado Christabel. Sin embargo, puede decirse que el relato de adoradores de la sangre que introduce el vampirismo en la modernidad –titulado como no podía ser de otro modo El vampiro– fue creación de John Polidori, aunque estuviera falsamente atribuido durante mucho tiempo a Lord Byron. En la línea de los relatos góticos alemanes en los que se inspira, la historia de Polidori vio la luz en 1819, en las páginas del New Monthly Magazine, y obtuvo un éxito notable que influyó enormemente en muchas variaciones posteriores sobre el tema, como las de Nicolai Gogol, Nathaniel Hawthorne o el antes referido de Sheridan Le Fanu. Así, este tipo de personajes e historias se hicieron con el paso del tiempo enormemente populares y demandados por el público. Lo interesante es que los protagonistas de los relatos de Polidori y Le Fanu adquieren una variante perversa: su proverbial aspecto de maldad y diabolismo que se hará tópico en relación a la figura del vampiro.

Portada de la primera edición integral (1847).
Portada de la primera edición integral (1847).

Era, por tanto, cuestión de tiempo que apareciese la primera novela de vampiros contemporánea, que no fue precisamente la de Bram Stoker sino un folletín británico, editado por entregas, que se hizo muy popular y que con toda probabilidad el propio Stoker conocía muy bien: nos referimos a Varney, The Vampire or The Feast of Blood, creación del escritor James Malcolm Rymer -aunque también mal atribuida durante décadas por algunos especialistas a un coetáneo suyo, Thomas Preskett Press- que vería la luz entre 1845 y 1847. Se trata de un texto vastísimo, de un abigarrado espíritu romántico, que cuando al fin se editó por primera vez en formato libro adquirió proporciones ciclópeas: 220 capítulos y más de 800 páginas a dos columnas impresas en letra minúscula.

Muchos son los relatos de vampiros posteriores, e incluso contemporáneos, cuyos protagonistas adoptarán características físicas y psíquicas muy similares a las de Varney, por lo que puede decirse que con él eclosionó el vampiro de ficción tal cual se ha popularizado en la cultura occidental. Además, Varney introduce un detalle que ha terminado siendo muy relevante en las historias de vampiros del presente: el vampiro es un ser con conciencia moral, que se sabe maldito y sufre tanto por ello como por la monstruosidad de sus actos. Consecuentemente la célebre y multimillonaria Saga Crepúsculo no ha inventado absolutamente nada y, como prueba, contemos el final del trágico Varney: martirizado por la culpa e incapaz de encontrar el medio de recuperar su humanidad para reencontrarse con el Altísimo, decide terminar con todo arrojándose a un volcán.

Te parecerá mentira, pero esto está muy visto.
Te parecerá mentira, pero esto está ya muy visto.

Sin embargo, es un hecho que en todas las culturas, cierto que con características definitorias y preferencias depredadoras muy particulares, existen vampiros. No hay lugar en el mundo en el que este tipo de leyenda -seres que chupan sangre, que absorben el alma, que parasitan la energía vital de sus víctimas en cualquier forma- no exista en alguna forma. Baste recordar los vampiros espaciales con los que el cineasta Tobe Hooper agasajó a los fans del cine fantástico en su singular Lifeforce (1985). Y no podemos atribuir este hecho a la casualidad sino, en todo caso, a la necesidad de razonar determinados sucesos que han tenido lugar en algún momento y que nadie ha sido capaz de explicar o comprender. Se trata del fundamento y mecanismo de toda leyenda nacida o por nacer: el pensamiento mágico que es parte intrínseca de la condición humana y que, simplificando, permite llenar de sentido cualquier forma de misterio impenetrable para encajarla en un ámbito concreto de la existencia.

Así por ejemplo, los pueblos eslavos, origen de la visión propiamente occidental del mito vampírico, distinguían entre dos tipos de muertos: los “puros”, que fallecían por causas enteramente naturales, y los “impuros”. Entretanto el muerto puro alcanzaba el rango de influencia benéfica y protectora para la familia y el clan, el impuro, que era resultado de fallecimientos violentos y prematuros, o habían sido en vida practicantes de la brujería, personas malvadas, viciosas, perversas o simplemente de poco fiar, se convertían en origen de toda suerte de calamidades y desgracias para sus allegados vivos. Se les atribuían las enfermedades, las epidemias e incluso las muertes del ganado -en Europa Occidental este “honor” fue copado durante siglos por las supuestas brujas-. Estos fallecidos malditos recibían el nombre de “upir” o “nav” sobrevivían víricamente, chupando la sangre a los vivos, y se les creía capaces de mostrarse en forma de aves como el cuervo cuyo graznido, en muchos lugares, se consideraba presagio de muerte. De hecho, el upir -de ahí que el nombre de la rama antropológica que estudia el fenómeno del vampirismo sea el de upirología- era un auténtico muerto viviente pues el folklore eslavo anterior a la llegada del cristianismo no era animista y, por lo tanto, estimaba que era el propio cadáver físico del fallecido maldito el que volvía de la tumba y trataba de retornar al hogar. Por consiguiente, la única defensa posible cuando se sospechaba que un vampiro rondaba a la familia durante la noche tomaba la forma de todo aquello que impedía al muerto acercarse materialmente al hogar: muros, vallas, cerrojos, fuego, corrientes de agua, y toda suerte de remedios disuasorios de índole físico-química, como los ajos o los amuletos del tipo que fuere.

Richard Trenton Chase
Richard Trenton Chase, conducido a los juzgados.

No obstante, con el tiempo hemos asumido que, en efecto, los vampiros existen más allá de las creencias o la ficción. Cierto que no como en la historias de campamento, en los cuentos infantiles o en la literatura, pero sí de un modo más descarnado y aterrador: pensemos en Richard Trenton Chase, el conocido como Vampiro de Sacramento, un demente que asesinó a cuatro personas para beberse su sangre y curarse –según él- de una inexistente dolencia que diluía sus vísceras y convertía su propia sangre en polvo. Antes se había hecho experto en degollar pájaros, conejos, ovejas e incluso vacas para mantener su angustiosa dieta… Si nos retrotraemos a épocas pasadas de nuestra historia, momentos en los que la ciencia era un ideal antes que una realidad, en los que el analfabetismo, el misticismo, los ritos esotéricos y las supersticiones eran norma de vida, comprenderemos perfectamente que estos vampiros, por incomprendidos, en realidad siempre fueron tipos como Chase. Enfermos mentales, parafílicos delirantes de la sangre. No es que con esta constatación se pretenda destruir la magia de los viejos mitos, entiéndase bien, pues descubrir la verdadera naturaleza del monstruo sólo ha servido para cambiar el misterio de sitio, para alumbrarlo con nuevos focos. Ahora la “magia” simplemente es otra porque lo desconocido ha cambiado de aspecto y el “misterio” ha cambiado tanto de lugar, como de enfoque.

Mente-Ficción

Sin ser un gran lector de ciencia-ficción, que lo soy sólo en la medida justa porque me parece un género algo “trash” en el que no siempre triunfa lo mejor, siendo el concepto de “lo mejor” de difícil definición por cuanto se mueve en el ámbito de las preferencias del lector de turno, no es menos cierto que cuenta con obras y autores que son clásicos irrepetibles. Porque en la Ci-Fi más que producciones sistemáticas consistentes –excepción hecha, tal vez, de la célebre Fundación de Asimov o de la obra de Arthur C. Clarke- hay piezas escogidas. Obras singulares que se concibieron y parieron en momentos de deliciosa inspiración y que luego sus propios creadores han sido incapaces de superar. Permitidme que me entretenga en alguna de ellas a fin de desarrollar una idea.

UbikComencemos por la muy filosófica Ubik, de Philip K. Dick. Una novela sencilla, de criterio argumental fácil, lineal y escasamente retórico. Es una historia sin adorno, trampa ni cartón, de estilo feísta, en la que K. Dick prima el fin sobre los medios y a los motivos sobre los personajes. Al mismo tiempo, se trata de una historia inconcreta que no concluye en nada, pero que finaliza en todo. Un relato que plantea preguntas que nunca responde y que responde a cuestiones que nadie plantea. Al final -y esto es lo más interesante- no se sabe qué es el dichoso “Ubik” (una especie de soporte, de esencia, de materia instantánea), pero quizá quede en evidencia que nuestros propios cuerpos no son otra cosa que el “Ubik” que soporta aquello que realmente somos. Paranoia K. Dick en estado puro.

Starship TroopersHablemos ahora de Starship Troopers, de Robert A. Heinlein. Una utopía fascista que se mofa del fascismo. Una oda al militarismo escrita por un libertario y destinada -irónicamente- a ridiculizar al propio militarismo. Starship Troopers es una novela excesiva, sobreactuada, en la que todo es a lo grande, brutal, salvaje, desmedido… Se trata de una historia grandilocuente que se ríe de sí misma y que abusa del superlativo para desenmascarar el absurdo de fondo. Suele ocurrir, y así lo descubre Heinlein, que muchas posturas sólo desvelan su estupidez intrínseca cuando son elevadas a la enésima potencia. Es una pena que Paul Verhoeven no entendiese nada de esto y se limitara a hacer una película de violencia redundante y escasa fidelidad al texto, que termina por traicionar la intención de partida de su autor, algo por lo demás bastante habitual en el cine fantástico si exceptuamos a la siempre colosal e indiscutible Blade Runner. Para Heinlein -y esta es su guasa final contra los amantes de la tropa y el pensamiento único- el factor individuo vence a la superioridad aparente del elemento colectivo: un hombre sólo es capaz de triunfar allá donde no ha podido hacerlo un ejército completo.

DunePasemos a la muy célebre Dune de Frank Herbert -obviaremos muchas de sus absurdas secuelas así como la muy estética pero bastante aburrida versión cinematográfica de David Lynch- porque viene a contarnos una historia que no se parece prácticamente a nada. Herbert ofrece una lección de cómo construir un cosmos desde cero, un ecosistema con vida propia desde la nada. Un mundo alternativo que funciona con sus propias reglas, con sus propios fines y que se vale de sus propios medios. Lo más interesante es que el ejercicio de Herbert, que ha sido pretendido por muchos otros con bastante menor éxito, funciona a la perfección. Está imbuido de una lógica aplastante que el lector asume, que sólo vale para él mismo, pero que al mismo tiempo carece de sentido alguno fuera de él. Dune, entendida desde un punto de vista meramente técnico, es la novela total. Un ejercicio creativo de arquitectura literaria realmente espectacular. Y lo mejor, culmina con otro relato del factor individuo: en un universo genéticamente matriarcal, en el que sólo las mujeres desarrollan poderes psíquicos, resulta que el mesías, el elegido, es el único hombre capaz de desarrollar semejante clase de poderes. ¿Una broma psicoanalítica? ¿Inversión de roles de género? ¿Simple provocación?

El Hombre CompletoTerminaré con la aportación del relativamente desconocido John Brunner con El hombre completo. Una historia que opera como el equivalente británico a los desvaríos psicologicistas de Philip K. Dick, y que se replantea, de manera enteramente nueva, la vieja dicotomía mente-cuerpo. Si tu mente se desarrolla de manera tan prodigiosa que te permita hacer cosas increíbles, ello sólo será posible a costa de sacrificar tu cuerpo, de convertirlo en un mero sostén fisiológico (otra vez el soporte vital), porque en la naturaleza nada sale gratis. La belleza extrema necesita de la extrema estupidez para reproducirse. La psique ultra-desarrollada plantea como condición la poca o nula inversión en materia estética. Así lo sufre el protagonista de la historia de Brunner, Howson, pues el telépata más potente del mundo es al mismo tiempo un ser contrahecho que detesta tanto su propia apariencia que, por lo pronto, no entiende qué clase de ventaja podría suponer la posesión de un poder como el que posee.

Si nos damos cuenta, el hilo conductor de estas cuatro historias, así como de otros clásicos del género que bien podría traer a colación como Yo, Robot o El planeta de los simios, es el mismo. Plantean visiones filosóficas y psicosociales del ser humano dominadas -mejor sería decir atravesadas en lo transversal- por lo más misterioso, inexplorado e incontrolable que existe: la mente, su génesis, sus capacidades, su desarrollo, su potencial y sus limitaciones. Ello, imagino, nos lleva a concluir que el catalizador necesario para una gran novela de Ci-Fi no son la técnica o la ciencia, que a menudo operan tan solo como elementos circunstanciales sino, antes bien, la experiencia psíquica, el factor individuo, la esencialidad personal, su calidad y sus fronteras. Si estos autores visionarios tratan de mostrar que, por encima de las vicisitudes de la naturaleza, lo único que realmente rige nuestro destino, el elemento decisivo de cuanto acontece en la cultura, reside en nuestra propia condición… ¿Por qué llamar ciencia-ficción a lo que en realidad no sería en última instancia otra cosa que mente-ficción?