La pareja ideal para sobrevivir al fin del mundo (o una reflexión alegórico-irónico-sarcástica acerca del apocalipsis presente)


“Creo que la vida en la Tierra está ante un riesgo cada vez mayor de ser destruida por un desastre, como una guerra nuclear repentina, un virus creado genéticamente u otros peligros”.

Stephen Hawking


Imagina que mañana comienza el fin del mundo tal cual lo conocemos.

No es tan difícil. Basta con escuchar hablar a un experto durante diez minutos sobre el cambio climático para anticipar la idea y comenzar, inopinadamente, a tener sudores fríos.

Será por eso que no hacen otra cosa que bombardearnos con series de televisión en las que se produce el apocalipsis zombi, o un pulso electromagnético inducido por una llamarada solar nos devuelve a la Edad de Piedra, o un meteorito gigante arrasa con el noventa por ciento de la humanidad y todo se termina yendo, de un rato para otro, a hacer gárgaras… Bueno, pues imagina que eso que cualquier día terminará pasando –porque es un hecho que todo cuanto empieza termina, y que la Humanidad se acabará por necesidad-, fuera a pasar mañana mismo.

En tal tesitura, si tienes la mala pata de sobrevivir al primer desastre de los muchos que vendrán después, surge inmediatamente la cuestión de a quién te conviene tener como pareja para afrontar el caos. Y digo “mala pata” porque debes creerme si te aviso de que, a la inmensa mayoría de nosotros, incapaces como somos de distinguir entre un higo chumbo y una biela, más nos valdría morir a las primeras de cambio para ahorrarnos muchos sufrimientos innecesarios antes de terminar con nuestros tristes días.

Fíjate bien que no digo “grupo”, sino “pareja”. No es casual. Ya sabes que yo nunca doy puntada sin hilo.

Fin del mundo
No te equivoques: algún día esto ocurrirá.

Las personas que debes ignorar.

Las series, los pseudo-documentales, los libros de supervivencia baratos y las novelas de ciencia ficción se han aburrido de explicarnos que los grupos grandes sobreviven mal a este tipo de situaciones. Al fin y al cabo, es imposible, tal y como ocurre en las insufribles comunidades de vecinos, evitar que se cuelen en ellos dos o tres imbéciles patosos que creen que lo saben todo, que quieren mandar a todo trance, y que os complicarán mucho la vida al resto. Además, es un hecho que cuando las cosas se ponen mal no hay que fiarse de todo el mundo. A la gente, cuando ve su pellejo en cuestión, se le enciende la bombilla de la supervivencia y se convierte en un mal bicho capaz de cualquier burrada. De modo que, a la hora de afrontar el fin del mundo, más vale solos que mal acompañados, y volverse medianamente antisocial puede ser tan eficiente para sobrevivir como hacerse con una buena escopeta –cosa que, por cierto, es lo primero que deberías buscar-. Así que volvamos a la cuestión inicial, porque, como se sabe desde tiempos inmemoriales y por mera ciencia infusa, la soledad impuesta no es buena desde el punto de vista psicológico y hemos de conservar la chaveta.

Debes, por lo tanto, responderte esta pregunta: ¿A quién seleccionaras como pareja para garantizar la supervivencia de ambos y, tal vez, a medio plazo, de la de la propia especie humana?

Yo no soy muy de dar consejos –aconsejar es un derecho que uno no tiene, sino que ha de ganarse, que le tienen que conceder-, pero sí te daré una primera indicación de carácter general: deberías olvidarte inmediatamente de esas tías-tíos guapísimos que gritan histéricamente cuando ven un bicho, ponen gesto de asco ante un plato de coliflor hervida, se tiran la mayor parte del tiempo pensando en su imagen física, pasan horas frente al espejo colocándose el flequillo o haciéndose bodoques en la nuca con una maquinilla, creen que el epítome de la vida reside en machacarse durante horas con unas mancuernas o en comprarse modelitos, no tienen otra cosa en la cabeza que el diseño del tatuaje nuevo que se harán en el lugar más insospechado de su anatomía, y tuercen el gesto ante el olor a alcantarilla, o se agobian cuando su pareja se tira un pedo. Debes ignorar sistemáticamente a esas personas “florero” que se pasan la vida dándole caña al “whatsap” y al “Instagram”, quieren controlarte, son incapaces de leer o escribir cualquier cosa que tenga más de 140 caracteres, están llenas de prejuicios acerca de la sexualidad de los demás, y se ponen nerviosas cuando se echan un lamparón, no reciben respuesta cuando los dos ticks están azules, piensan que tienen un tumor incurable cuando les duele un poco la cabeza, o se enfadan cuando descubren que otro lleva un par de zapatos iguales a los suyos. Sólo son un completo estorbo que no solo te dificultará enormemente las cosas, sino que muy probablemente te arruinará la vida a las primeras de cambio.

Morirán sin duda alguna, y harán que te maten por el camino. Si es que no te acaban matando ellos-ellas mismos/as antes de hacerte pasar por el yermo de cientos de horas de insufribles lamentos, demandas y quejas.

Cachas
¿De verdad crees que este tipo tiene el aspecto de alguien que sobreviviría a las condiciones más extremas sin su ración diaria de esteroides? Si la respuesta es afirmativa, entonces deberías visitar algún museo arqueológico… Cualquier parecido con nuestros ancestros cavernarios -que sabían mucho de supervivencia- es meramente incidental.

La pareja ideal

En estas situaciones de extrema supervivencia solo hay un mandamiento útil que debe conducirnos en la elección de compañía, y ante el que cualquier otra consideración ha de ser secundaria: elige a quien te acompaña por sus conocimientos, por su capacidad para superar los momentos de crisis, por sus nervios templados, y porque tenga brazos fuertes para matar zombis, lobos, extraterrestres tentaculados, o piratas si llega el caso. Y sin dudarlo. Sin pestañear.

Te interesa una persona que no le haga ascos a coser una herida abierta con un hilo de lana sacado de un jersey viejo, a ordeñar una cabra o despellejar un conejo, que sea capaz de subirse a un árbol o al caballete de un tejado si la necesidad aprieta, que pueda destripar una trucha sin vomitar o comerse un huevo crudo arrugando levemente la nariz… Que tenga espaldas y brazos fuertes -ojo, digo “fuertes” no “musculosos” o “esculpidos”- para cargar pesos y repartir bofetadas… También, si es que puedes averiguarlo antes de elegir, una buena capacidad reproductiva, pues tarde o temprano habrá que ponerse a la tarea de repoblar el tinglado este. Porque en eso es en lo que se equivocan las películas. Tristemente, nos han engañado durante décadas al hacernos creer que esos maniquíes bellos e inútiles que nos venden en el cine y que corren durante horas con tacones o aprenden a manejar un AK-47 como expertos en diez minutos y por mera ciencia infusa, serán quienes sobrevivirán al desastre cuando, mucho me temo, serán los primeros en diñarlas a poco que las cosas se pongan chungas. O bien morirán solos, o bien los matará alguien para robarles las botellas de agua mineral cara que guardan en la nevera del gimnasio.

Fin del Mundo - Zombi
No te equivoques: esto ya está ocurriendo.

Mira a tu alrededor. Observa concienzudamente a quienes te rodean… Ojo, con disimulo, que no sepan en qué piensas… Reconocerás a esa pareja ideal en seguida. Analiza sus costumbres, su pasado, sus conductas, y no tendrás duda alguna… A lo mejor incluso descubres que tienes suerte y ya estas compartiendo tu vida con la persona adecuada, lo cual es una garantía de éxito. En tal caso, si eres de esas personas afortunadas, ni se te ocurra dejarla escapar, ámala mucho, pégate a ella, tenla muy contenta, y garantízate su compañía para así poder afrontar con eficacia el apocalipsis que se avecina.

¿Qué es lo que debes buscar? ¿Cómo es esa persona perfecta para el fin del mundo? Veamos:

  1. Si en su casa ha sido normal beber en vasos baratos, sin florituras, se cuida sin excesos neuróticos, no está permanentemente quejándose de algo, no es clasista ni juzga a la gente por su aspecto, puede pasarse días enteros sin gastar un céntimo en tonterías, se puede lavar la cabeza con una simple pastilla de jabón, no le importa salir a la calle con una camiseta vieja, es capaz de comerse un yogur caducado, y tampoco le hace ascos a un bocata de mortadela pringosa hecho con pan de molde reseco… Ahí tienes sobradas razones para suponer que no se le caerán los anillos si tiene que pasar penalidades, que será capaz de adaptarse a cualquier adversidad y que tirará para adelante con cualquier sustento (aunque se trate de un pincho de ratón a la brasa).
  2. Aunque te pueda parecer lo contrario, el gusto por la música de calidad, el arte, la lectura y los conocimientos generales, van estrechamente unidos a la capacidad intelectual y al buen desempeño psicológico. Hay incluso estudios bastante rigurosos que parecen apuntar en esta dirección. De modo que si tu pareja –o la persona que te gusta- no tiene ni idea de quiénes son los Led Zeppelin, Chet Baker o Shostakovich y, por el contrario, es capaz de tirarse horas y horas escuchando sin descanso “reguetón”, bodrios de “diyeis”, “chunda-chundas” y otras perversiones estéticas afines, ten claro que ni su cociente intelectual, ni su inventiva, son aptos para sobreponerse a lo que se avecina (muy posiblemente, salvo que hayan pasado una vida repleta de penurias y dramas, estas personas caerán como moscas en cuanto desaparezca la cobertura de sus “smartphones”, se les quede el coche sin gasolina, no tengan batería en el portátil o carezcan de agua corriente). Pero si descubres que hay en tu cercanía alguien que no solo tararea de carrerilla Smoke on the wáter, sino que además es capaz de hablarte durante horas sobre jazz, sabe quién es el Camarón, entiende de música folk, distingue a Baudelaire de Rimbaud y, además, diferencia perfectamente entre el cubismo y la abstracción, procura mantenerte a su lado. A buen seguro, llegado el caso, tendrá muchas ideas, inquietudes y/o conocimientos de todo tipo que podrán salvaros la vida a ambos en el momento más insospechado (los otros, si tienes suerte, igual también te funcionan. Pero… ¿te la jugaras?).
  3. ¿Sabe apretar un tornillo? ¿Le has visto alguna vez colgar un cuadro? ¿Puede utilizar un serrucho? ¿Es capaz de utilizar un martillo sin romper nada? ¿Entiende la diferencia entre un cáncamo y una alcayata? ¿Es capaz de arreglar un enchufe sin recibir un calambrazo? Si no es el caso, mueve la cabeza lastimosamente y aléjate. Estás ante un caso perdido.
  4. No es crucial que sea muy “friki”, pero sí que, al menos, domine los rudimentos elementales del “frikismo”. Me explico: debe saber por qué Star Trek no es lo mismo que Star Wars, que cuando hablas de GTA te refieres a un videojuego y no a un modelo de tostadora, que Batman es un producto de DC al igual que Spider-Man lo es de Marvel, que hay juegos de mesa muy divertidos con los que se puede pasar muy buenos ratos porque sí, y debe comprender que una película no es mala tan solo porque sea en blanco y negro, o que no hace falta que un libro sea “muy vendido” -más bien al contrario- para ser bueno. Todo ello te va a garantizar que será buena compañía en los momentos de aburrimiento –que habrá muchos, te lo garantizo, porque no todo será huir de los zombis hambrientos- (por supuesto, también puedes escoger a una persona muy seria, equilibrada, centrada, argumentativa y coherente que sea incapaz de mantener una conversación que no verse sobre un tema capital para el futuro de la Humanidad… Pero seguro que será un ególatra narcisista e impresentable, y además te vas a aburrir de firme. Piensa que la gente inteligente se maneja con cierta eficacia en todos los terrenos).
  5. Importantísimo: Cuando te metes con esa persona no duda en plantarte cara y defender su territorio y su dignidad. Eso es bueno, pues significa que estás ante alguien de carácter, y el carácter forja a los supervivientes… Tu pareja, es evidente, no debe tener ambages en soltar una ristra de blasfemias si viene al caso entretanto le parte el cuello a esos canallas que quieren arrebataros la escasa comida que habéis reunido tras muchos días de sufrimiento y privaciones (recuerda: ya no puedes confiar en que la ley disuada a nadie de nada).
  6. Tiene que ser capaz de mantener la cabeza fría en los momentos difíciles y no montar un psicodrama porque se ha partido una uña, hay una avispa, se ha hecho pupa en un dedo, o lleva un siete en los pantalones. Piensa que necesitas a tu lado a alguien templado, calmado, que cuando vea torrentes de sangre no se ponga a vomitar o a dar saltitos histéricos en un rincón.
Fin del mundo - comida
Imagina que tu pareja y tu lleváis dos días sin probar bocado y lo único que se os pone a tiro es esta “delicatesen” repulsiva con el pan duro y la salchicha salida de quién sabe dónde. ¿Os la comeríais por turnos, mano a mano, y sin rechistar?… Si la respuesta es afirmativa, entonces tenéis sin duda alguna madera de supervivientes.

Ya que estamos, te diré que no hace falta que venga el fin del mundo para que todo esto sea preciso. Si quieres sobrevivir a esta maldita vida con garantías, te hace falta una pareja así.

Por favor, deja trabajar a la selección natural.

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De policías, periodistas y sucesos

Los cambios que ha experimentado el mundo de la comunicación en todos los sentidos imaginables obligan a las policías del presente a vender adecuadamente su trabajo a los medios. Y, como es lógico, ello induce a establecer un adecuado círculo de prioridades en la relación policía-periodista. El procedimiento estándar a seguir por la policía, al menos en teoría, para el manejo de tal relación pasa necesariamente por informar a los medios de comunicación en el orden que sigue y en función de la importancia del suceso: Primero, a los medios del lugar en el que se comete el delito; segundo, a los medios de la capital de la provincia-departamento; tercero, a los medios de carácter autonómico-regional; y cuarto: a los medios nacionales.

Un orden que no es aleatorio en absoluto. Piénsese que carecería de sentido informar a la población de Zaragoza de la detención de un carterista en Badajoz y, además, tal información podría ser incluso contraproducente al sembrar una alarma innecesaria entre los ciudadanos zaragozanos que, realidad, no están afectados en modo alguno por los delitos menores que se cometen en Extremadura. No ha sido raro que casos locales y de escasa relevancia terminen generando un estado de opinión nacional por no procederse a una adecuada gestión –que no “censura”- de los canales informativos. Y con todo, ha de tenerse en cuenta que la segunda gran cuestión a resolver, previa incluso a la elección del canal informativo, será determinar el orden en el que se va a hacer, qué clase de información se va a facilitar y, sobre todo, establecer los adecuados mecanismos de protección frente a posibles filtraciones.

el caso
El periodista Enrique Rubio (izquierda) posa junto a la furgoneta con la que se desplazaba para cubrir noticias que publicar en el célebre semanario de sucesos “El Caso” [fuente: El Periódico].

Volumen de exposición

La experiencia reciente ha demostrado que una elevada visibilidad mediática de los cuerpos policiales no es lo más adecuado en términos de popularidad. Más bien al contrario. Demasiados policías en televisión, radio, prensa o Internet, incluso ofertando noticias que podrían considerarse “buenas”, contribuyen poco a la tranquilidad ciudadana y pueden generar, incluso, reacciones adversas inesperadas de la opinión pública. En España, por ejemplo, instituciones como la Guardia Civil y la Policía Nacional, muy denostadas, opacas y escasamente populares durante el periodo de la dictadura franquista precisamente porque estaban en todas partes y a todas horas, como ese Gran Hermano orwelliano, amenazante y eterno, del que era imposible liberarse, tuvieron que realizar grandes esfuerzos –internos y externos- para mejorar su imagen pública y su transparencia con el advenimiento de la democracia. De hecho, y bastante pronto, pasaron a encontrarse entre las instituciones más reconocidas públicamente.

Podría pensarse que esto fue una buena cosa, pero tampoco. Cualquier famoso sabe que si la mala prensa es muy mala a largo plazo, demasiada buena prensa también puede ser reevaluada como “propaganda” y volverse en su contra con el tiempo así como generar reacciones adversas. En general, la exposición mediática excesiva, con total independencia del contenido de la misma, siempre termina siendo perjudicial porque degenera en una sobreexposición que “quema” la propia imagen en un proceso similar a lo que sucede con la “canción del verano” de turno: del éxito al hastío. En consecuencia, a los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado les interesa, como a cualquier otra persona o institución, mantener un grado de popularidad medio y una visibilidad no muy elevada. Hay que tener en cuenta que el mercado de la comunicación dicta sus reglas, y muchas de ellas se apoyan en los resortes más elementales de la psicología de masas: ser muy conocido y estar siempre en primer plano motiva que el día en que las cosas no se hagan bien –y ese día siempre llega- todo lo que antes eran grandes elogios se transformará en tremendas críticas.

Cualquier experto en comunicación sabe que el público en su mayoría jamás es ecuánime en sus juicios y puede pasar del amor al odio, o de la admiración a la repulsa, en cuestión de horas. Hoy en día, con la enorme influencia de las redes, incluso de minutos. Así pues, es bueno que lo que se hace tenga repercusión mediática, pero matizada, pues estar siempre en el candelero puede llegar a ser muy poco interesante. Bien lo han aprendido quienes están permanentemente expuestos en redes sociales si no han sabido manejar adecuadamente ese grado de exposición y, precisamente por ello, ahí radica el peligro de su uso indiscriminado por parte de menores.

Progresión geométrica

Actualmente, dentro del periodismo en general –y del especializado en sucesos en particular-, gracias a los avances constantes de los medios de comunicación, es un hecho que la información tiende a multiplicarse exponencialmente. Y el problema es que no siempre lo hace en la dirección adecuada. A menudo, ocurre que los propios periodistas conocen las noticias de la manera menos adecuada. Tanto pueden acceder a ellas mediante informes de particulares o supuestos “testigos” que suelen ser incompletos y poco certeros, como a través de una filtración interesada e inconcreta. Por supuesto, la prensa también accede a los informes por vía oficial. El problema es que al existir los dos primeros cauces, que además se expanden sin cesar, es habitual que el profesional, que ya se ha hecho una composición de lugar acerca del suceso, tienda a dudar del informe oficial y confíe, irracionalmente, en ese dato que le llega por esos canales que cree fidedignos por diferentes razones enteramente subjetivas. Pondré un ejemplo: personalmente, he hecho bastante radio, y compartido mesa y micrófono con bastantes periodistas, algunos extremadamente buenos y profesionales. Otros, no tanto. En cierta ocasión uno de estos últimos no solo estaba más pendiente de los datos que le iban entrando por Whatsapp que de lo que se decía durante el debate en directo, sino que además basaba todas sus respuestas, opiniones e intervenciones en esos “datos” que alguien le transmitía por tal medio, de suerte precaria y en tiempo real. Por supuesto, dijo muchas tonterías.

Las filtraciones, por ejemplo, son siempre peligrosas, y muy especialmente cuando se producen de manera fortuita, por error del profesional que debe informar a los medios de comunicación. Cualquier jefe de prensa de una organización que tenga un mínimo de sentido común y de profesionalidad sabe que es imprescindible poner gran cuidado en lo que se dice a los medios y, por supuesto, en cómo se les dice. No ha sido raro que los agentes que trabajan en un caso complicado, o que afrontan una emergencia, se encuentren en medio de un enorme jaleo, sometidos grandes presiones, y ello les haya conducido a “irse de la lengua” con quien no deben, cuando no deben y diciendo lo que deben y ello termine entorpeciendo la labor de sus propios compañeros. En todo caso, y este es un drama inherente a la gestión de cualquier institución, las filtraciones son difíciles de controlar y de gestionar, y a menudo resultan inevitables porque no se puede controlar con una eficacia del 100% ni la información que maneja cada persona, ni a quién se la transmite.

Por otro lado, se debe tener presente que si la transmisión de información descontrolada a los medios puede ser muy mala, una comunicación poco fluida con los ellos también puede acarrear nefastas consecuencias, lo cual hace complicado establecer el grado de equilibrio entre lo que se puede decir, y lo que no. Un ejemplo preclaro de una crisis mal gestionada ante la prensa, y de las pésimas consecuencias que ello puede ocasionar, lo tenemos en el circo informativo que se produjo en las horas posteriores a los atentados del 11-M en Madrid. Todo se hizo mal: desde la cantidad e inexactitud de información que se proporcionó, hasta el modo nervioso e inconexo de presentarla. Incluso la puesta en escena para la transmisión de los informes era la menos propicia en términos mediáticos pues ofrecía una clara imagen de falta de control de la situación, poco rigor e inseguridad. Consecuencia de ello: descalabro político, exceso de opiniones que se “venden” como auténtica información, y las consabidas teorías de la conspiración que se colaron en la prensa pretendidamente seria, que estuvieron armando ruido durante mucho tiempo, y que nadie pudo probar más allá de la maledicencia porque, obviamente, no se pueden probar las falsedades.

En general, y como regla de oro, se debe indicar que los informes que proceden directamente de la fuente, pese a estar mediatizados por la subjetividad inherente al transmisor, suelen ser buenos y fiables. De hecho, a menudo ocurre que los intermediarios informativos -portavoces, opiniones autorizadas, informadores externos, consejeros, y etcétera- terminan complicando y confundiendo las cosas. Ya sea porque no conocen todos los detalles del caso, o bien porque introducen en el mismo variables ajenas al mismo, valoraciones personales e inconsistencias. En consecuencia, la experiencia demuestra que es mucho más fácil que una nota de prensa policial cale en los medios si sale de una comisaría que si lo hace desde un ayuntamiento o ministerio pues, de hecho, el periodista tienen a desconfiar por sistema de los informes elaborados por órganos gubernativos y políticos lo cual, analizado en sí mismo, resulta incluso conveniente… Un periodista que no duda por sistema de lo que le cuentan y que no contrasta sus informes por diferentes vías, no puede ser un periodista serio.

Aceves
El entonces Ministro del Interior Ángel Acebes ofrece una de las controvertidas ruedas de prensa posteriores al terrible atentado del 11-M de 2004 en Madrid. Un ejemplo perfecto de pésima gestión de la información y escuela acerca de cómo no se deben gestionar estas cosas.

Círculos viciosos

Para los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado, una buena forma de trabajo a la hora de informar, y bastante utilizada, ha sido valerse de las agencias. Ello se debe a que las agencias de noticias difunden la información de manera homogénea, lo cual impide que haya medios que se sientan minusvalorados o ninguneados y tengan, por ello, la tentación de reflejar negativamente sus actividades. No obstante servirse de las agencias implica que luego no se está en disposición de realizar un adecuado seguimiento de lo que vayan a hacer los medios con el informe que les llega. Se pierde el control sobre la información. Hay que tener en cuenta que las fuerzas de seguridad trabajan con materias muy sensibles de modo que, inevitablemente, se encuentran siempre en el centro de la tormenta política. Esto motiva que siempre haya medios que las traten mejor, y otros que las traten peor en función de sus afinidades ideológicas. Nadie se limita a contar que se ha detenido a un diputado por corrupción –hecho aséptico-. El problema es que se ha detenido a un diputado de este u otro partido político… Y este margen de subjetividad, inherente por otra parte a la dinámica del sistema democrático en sí, debe tenerse claro, es irremediable y no puede ser combatido: las actividades policiales siempre serán valoradas mejor o peor en función del estado de cosas y del color político de quien las contemple, por lo que es imposible la situación ideal de tener “contento” a todo el mundo. Puede que, como ocurre con la vida de las propias personas, pretenderlo sea incluso contraproducente para la salud profesional de las propias policías. Como bien decía Sigmund Freud, tirando de ironía, cuando se le preguntaba por estas cosas: “si la política fuese la solución a los problemas de la Humanidad, se sabría”.

Resulta muy común, por lo demás, que en los medios de comunicación el tratamiento de los sucesos sea cíclico y tenga altibajos. Se pasa, así, de momentos en los que prácticamente no parecen interesar a nadie, a otros en los que ocupan el epicentro de la actualidad. De hecho, hay sucesos que marcan un antes y un después en la información, convirtiéndose en hitos que tiran de la opinión pública y la empujan inadvertidamente en direcciones desconocidas cuyas consecuencias solo se conocen bien a posteriori. Así ocurrió en España, por ejemplo, con el trístemente célebre Caso Alcasser (1992), o con la terrible tragedia personal de Ana Orantes (1997). Dos acontecimientos que, cada uno a su modo, no solo cambiaron la percepción de los sucesos en España sino que incluso generaron sonadas iniciativas políticas y enconados debates populares. Lo cierto, sea como fuere, es que estos y otros eventos célebres de la década de 1990 abrieron las puertas a una situación completamente nueva e inédita en España: de la noche a la mañana, los sucesos, que eran un tipo informativo completamente marginal e incluso denostado, se ubicaron de en la cresta de la ola.

En todo caso, que un suceso alcance resonancias nacionales y cope el centro de la vida pública no es cosa deseable en absoluto. En el 99% de los casos estas situaciones terminan desencadenando terribles espectáculos mediáticos cuyas consecuencias siempre son extremadamente perjudiciales, y en los más diversos sentidos, para todos los implicados sin excepción. De hecho, la presión sistemática de los medios sobre un suceso siempre es mala pues desvirtúa la realidad, la deforma y la desproporciona, desencadenando toda clase de leyendas urbanas, supuestas tramas conspiratorias, falacias, demagogias y, ante todo, un deseo en los medios de destapar casos “parecidos”, miméticos, que les permitan alimentar a las audiencias que el suceso original ha generado a través de su exposición pública reiterada. No lo olvidemos: la información, como todo en una sociedad regulada por los principios de la oferta y la demanda, también es un mercado. Si llega a establecerse un circuito de retroalimentación medios-público, en el que los primeros informen constantemente porque los segundos demandan información sin solución de continuidad –el círculo infernal-, la situación se tornará de todo punto incontrolable. Para evitar que esto ocurra, los sucesos –cuya información es necesaria para el servicio público, no lo olvidemos- deben ser tratados con rigor, honestidad y seriedad. Es una falacia argumentar que un programa de sucesos hecho con el rigor y la calidad adecuados sean simple “morbo”, pues entonces también lo serían CSI, Bones u otras series de éxito que hacen las delicias de las audiencias.

Ana Orantes
Ana Orantes tuvo la valentía de aparecer en al televisión autonómica Canal Sur para relatar su insoportable tragedia de maltrato en un tiempo en el que las mujeres maltratadas callaban. Días después era asesinada por su maltratador. Un caso cuyo tratamiento mediático marco un antes y un después en España.

Antes al contrario, el consabido morbo se genera cuando las situaciones informativas se descontrolan –como sucedió en el citado Caso Alcasser o en el 11-M-, y en esto tienen una enorme responsabilidad los propios periodistas y gestores de los medios de comunicación que, una vez han provocado y alimentado el escándalo, toda vez que el incendio escapa a su control, a menudo tratan de eludir sus responsabilidades de suerte vergonzosa. De hecho, todas las televisiones del primer mundo tienen en su parrilla programas de sucesos, en muchos casos diseñados desde los propios gobiernos y cuerpos de seguridad, cuya finalidad es ofrecer al ciudadano una información de servicio público sensata que, no lo olvidemos, puede llegar a evitar que la gente se exponga a riesgos innecesarios, e incluso llegue a salvar vidas en algún caso. La idea, sea como fuere, se resume en una premisa sencilla: hay que informar sobre sucesos, pero hay que hacerlo bien, sin generar alarmas innecesarias, deformaciones de los hechos o incentivar escándalos públicos.

De hecho, los acontecimientos establecen una curiosa regla no escrita, pero no por ello menos invariable: tras un suceso sonado –o cadena de ellos-, de gran repercusión mediática, se produce siempre una baja en esta clase de información. No es que los sucesos no sigan ocurriendo aquí o allá, ocurre que simplemente dejan de interesar por un tiempo. Pero cuando esta baja tiene lugar, suele pasar algo peor y que sí cabría tachar de morboso: comienzan a aparecer las secuelas en forma de películas, telefilmes y etcétera que, partiendo de supuestos informes periodísticos, o bajo la premisa de estar basados en hechos reales, cuentan y no paran acerca de casos que todavía no han sido juzgados y generan estados alterados –e incluso dirigidos- de opinión, lo cual es muy grave y puede tener efectos difícilmente cuantificables a medio plazo. Recuérdese que un producto de ficción, por muy basado en pretendidas realidades que se nos venda, no tiene que ser verdad, ni tiene por qué contar verdades… Solo necesita resultar verosímil y, claro, entretenido. Además, no conozco ninguno de estos productos que no esté ideológicamente dirigido desde los intereses de sus creadores.

Otra evento interesante que suele producirse en estas temporadas de baja en la información de sucesos es que, inopinadamente, suelen aparecer personas dispuestas a convertirse en juguetes mediáticos. Víctimas de delitos que invaden los medios de comunicación con testimonios extemporáneos y exigencias –a menudo disparatadas e inconsecuentes- que buscan así presionar para satisfacer diversos intereses particulares y/o colectivos (a veces no del todo claros, por cierto). Es muy común que la actividad de estas personas, y de los medios que les otorgan voz, entorpezcan gravemente el trabajo policial, judicial e incluso el buen gobierno. Ello sucede porque el hecho de que un caso esté constantemente en el centro de la vida pública no sólo dificulta su investigación e instrucción, sino que también provoca terribles presiones políticas que, de manera inevitable, llevan a investigadores, jueces, fiscales, abogados, partidos políticos y demás a cometer enormes errores o a emitir dictámenes imprecisos, construir informes apresurados y poco escrupulosos, a tomar decisiones poco meditadas, así como a la realización de declaraciones insensatas y altisonantes.

Se debe significar, para concluir, que una presión mediática excesiva no sólo exagera las cosas, sino que también tiende a motivar que casos mucho más relevantes que aquellos otros que ocupan el centro de la actualidad, y de los que posiblemente cabría establecer conclusiones políticas, policiales y científicas más positivas y eficaces, terminen pasando inadvertidos. No olvidemos, por cierto, que el tratamiento periodístico de un suceso varía mucho dependiendo de si hay alguien interesado –por cualquier motivo- en alimentarlo a diario, o no.

La inmigración: El coste real y el coste inventado

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Un debate tópico entre las diferentes administraciones, y que se ha convertido en lugar común de los enfrentamientos mediáticos y políticos, es el del coste que se ha de asumir por la incorporación de inmigrantes en todos los servicios que antes disfrutaba casi en exclusiva la población nativa. Dado que el campo profesional que mejor conozco es el de la educación, me centraré en este, pero esta argumentación sería aplicable en su fondo a todos los servicios públicos. El hecho es que cuando de lo que se trata es de ofrecer respuestas científicas y veraces a estas dificultades, y no meros intercambios de opiniones, charlataneria demagógica, o simples tonterías, la primera cuestión pasa por determinar cuánto hay de cierto y cuánto de mera invención interesada en estos debates públicos.

Más aún, si el debate en sí mismo tiene sentido en los términos que se plantea.

Calculando los gastos

Una primera opción para calcular el gasto público de la educación no universitaria imputable al alumnado inmigrante podría pasar por estimar el porcentaje que suponen los inmigrantes sobre el total del alumnado en centros públicos y concertados y cargar dicho porcentaje al presupuesto de la actividad educativa correspondiente. De hecho, es una de las soluciones más habituales al enigma. No obstante, los especialistas asumen que esta clase de cálculo no es correcta –por no decir que es falaz, aunque quede bien en esos gráficos de barras mentirosos que los políticos enseñan en los debates- ya que no tiene en cuenta cómo se lleva a cabo la producción educativa: la educación, entendida como generación de capital humano, no es un proceso individual. Esto significa que no hay un profesor para cada alumno porque la tarea se lleva a cabo en el seno un grupo, dentro de un aula que es la unidad escolar, y que a su vez se integra en una escuela. Así, una metodología para el cálculo del coste de la inmigración en el ámbito de la educación no debería utilizar al número de alumnos como unidad de análisis sino al tamaño del aula –o grupo- en tanto que unidad de producción.

En economía existe un grupo específico de bienes que se caracterizan por disponer de una oferta conjunta para un grupo más o menos amplio de individuos, y que se denominan bienes de club o también bienes públicos impuros. Bien, pues la producción educativa goza de las características de un bien de club, lo cual condiciona sobremanera la cuantificación del coste de su producción y la imputación de este coste a la población inmigrante. Y ello porque los bienes de club se caracterizan, de manera fundamental, porque presentan lo que llamamos rivalidad parcial en el consumo: esto significa que, una vez que el bien ha sido creado, el coste marginal para que un nuevo individuo disfrute del mismo es cero. Pero no sólo. La incorporación de este nuevo usuario tiende a disminuir los costes medios y, además, no afecta al uso de los demás individuos que ya consumen el bien[1]. Sin embargo, y esta es otra peculiaridad nada desdeñable de los bienes de club, a partir de un número de usuarios que podríamos considerar óptimo, cuando se añade uno o más empieza a disminuir progresivamente la calidad y utilidad del consumo para el resto de los usuarios del bien. Así, este nuevo individuo por encima del punto óptimo sí aumenta el coste del servicio ya que para poder ofrecerlo con la misma calidad hay que ampliar el servicio, esto es, crear un club mayor y mejor equipado. Para denominar a este proceso, en economía, se utiliza el término de congestión.

Así, la característica más importante en los bienes de club, como lo es la educación –la sanidad, la justicia o la piscina comunitaria-, es que la utilidad o beneficio obtenido por los usuarios no depende del bien en sí, sino del número de individuos que lo disfrutan simultáneamente. Por una parte, tienen la ventaja de que se reduce el coste de prestación del servicio por el consumo conjunto, pero gozan de la desventaja de que a partir de un número de usuarios determinado, el ahorro de estos costes se compensa –o se ve superado- con el incremento de los costes por pérdida de utilidad que origina la congestión[2]. Y lo más importante: este número debe ser calculado para cada servicio en concreto, pues no es universal sino que depende de cada caso específico. Así pues, el número de usuarios en los que se produce la igualdad en ambos valores (ahorro y pérdida) sería el número óptimo. A nivel teórico, el número óptimo de usuarios para cualquier bien de club se alcanza cuando el precio impositivo por persona es exactamente igual a los costes de congestión marginales. Es decir, y como se observa en el gráfico adjunto, la curva de costes medios alcanza el mínimo, lo cual supone la utilización del bien de club a una escala óptima.

Bien de Club

Pero el cálculo no siempre es bueno…

Esta teoría es interesante, pero no siempre se ajusta correctamente a la realidad porque la igualdad entre el precio y el coste marginal para un número óptimo de usuarios se produce, en todo caso, para un nivel arbitrario de producción que desconocemos a priori. La provisión adecuada en la vida real deberá tener en cuenta el nivel de producción óptimo, el número de usuarios óptimo y el coste de producción del bien. Tres cosas que a menudo no es fácil estimar, conocer o, simplemente, no se pueden cuantificar. Así por ejemplo, en el ámbito educativo se desconocen los valores óptimos de producción o el número de usuarios adecuado en un momento dado. Son muchas las teorías acerca del número de alumnos perfecto por aula (unidad de producción) y su relación con los costes económicos, la calidad del servicio que ofrece el docente, y etcétera, pero el hecho es que no existe ningún resultado científico definitivo que señale el número de alumnos máximo que se puede recibir en un aula sin que se deteriore el aprendizaje de los demás estudiantes. Tampoco hay resultados definitivos, sino más bien una gran controversia, acerca del efecto que el tamaño de la clase tiene en el aprendizaje de los alumnos[3].

No obstante, una aproximación a tales valores ayudaría a conocer el coste de la educación. Es más, el problema en la práctica es que no se pueden abordar los costes de la educación sin tener en cuenta que dependerán del número de usuarios que compartan el aula, y de que existe un número óptimo de alumnos a partir del cual su aumento produciría un deterioro en el aprendizaje de todos ellos. De modo que la mayor parte del tiempo se trabaja sobre estimaciones, con las dificultades teóricas y prácticas que ello implica

La legislación educativa establece unos estándares o tamaños ideales que debiera tener un aula y, consecuentemente, estos son los que los especialistas españoles entienden como indicativos del número de alumnos más allá del cual se considera que se producen fenómenos de congestión. Así, en la enseñanza obligatoria se ha estimado que el máximo de alumnos por aula será de 25 para la educación primaria, y de 30 para la educación secundaria obligatoria y para la Formación Profesional[4]. Si el legislador entiende que dentro de grupos de ese tamaño todos los alumnos pueden recibir su educación con una calidad semejante, entonces, una vez financiada la unidad educativa (la clase) el coste y la calidad de enseñar a 15 a 20 o a 25 alumnos debería ser siempre el mismo.

Aceptando el argumento precedente, la pregunta que nos preocupa cambia para convertirse en otra: ¿cuál es el tamaño medio actual de los grupos en los diferentes tramos de la educación obligatoria en España? Los datos recabados en diferentes estudios al respecto, como los de Salinas y Santín[5] que nos sirven de referencia, muestran que ni la educación pública ni la concertada, y contrariamente a lo que se suele argumentar con excesiva ligereza, se sobrepasan las ratios legales. Es más, entre el curso 1999-2000 y el curso 2005-2006, a causa de la construcción de centros públicos y el aumento progresivo en el número de centros concertados, el número de alumnos por unidad educativa se ha redujo en todos los niveles excepto en la educación infantil. Dado el descenso progresivo de la natalidad que viene sufriendo el país, es obvio que esta situación no se ha subvertido. Antes al contrario, cada vez se produce una pérdida mayor de escuelas en los ámbitos rurales lo cual supone un problema de especie bien diferente.

Figura 1

¿Hay trampa?

Los malintencionados de siempre –porque no hay argumento que convenza a nadie de aquello que no quiera convencerse por sí mismo-, dirán que estamos haciendo alguna clase de “trampa”. Que todo esto es un birlí-birloque “buenista” (y bla, bla, bla). Bien, en atención a ellos formulemos la cuestión de otra manera y preguntémonos por cuál ha sido el impacto de la inmigración en el tamaño medio de la clase. Esto es: ¿cuál sería el tamaño de la clase en cada nivel educativo si el sistema educativo español no hubiese admitido a ningún inmigrante? Para ello debería bastarnos con restar al número de alumnos en cada nivel el número de alumnos inmigrantes, y dividir la cifra resultante entre el número de unidades de producción disponibles en cada curso. Facilito.

El resultado de este cálculo muestra que para el curso 2004-2005, en centros públicos de ESO, la inmigración supuso 2,3 alumnos más por clase que en el curso 1999-2000 y 1,11 más en las escuelas concertadas. En educación primaria la inmigración supone para el mismo periodo 2,2 alumnos más por clase en las aulas públicas y 1,02 alumnos más en la concertada. El impacto financiero de este incremento del alumnado, dado el descenso generalizado del alumnado nativo a todos los niveles, es de simplemente cero para el caso de la educación no universitaria[6]. No obstante, a todo esto ese desconfiado que sienta siempre en la última fila y pone cara de escéptico ante cualquier argumento, aún podría razonar con cierta enjundia que parte del cambio en las unidades educativas de este período se ha producido debido a la llegada de inmigrantes y que por tanto el coste de estas nuevas aulas se ha debido a la inmigración. Démosle satisfacción. Pero téngase en cuenta que para responder a esto hemos de plantearnos antes otra cuestión previa; ¿cuáles serían los tamaños de las clases si se mantuviera el mismo número de unidades de producción que en el curso 1999-2000?

Para afrontar esa pregunta podríamos calcular cuál habría sido la financiación necesaria para escolarizar en cada año a todos los alumnos en unidades de 25 alumnos, lo cual nos diría que en el curso 2003-2004 la cantidad ascendería a poco más de 17 millones de euros, coste al que habría que añadir el precio de la edificación de las nuevas escuelas concertadas necesarias para atender a este alumnado. Pero más interesante que detallar este cálculo es preguntarse si la capacidad de la escuela pública en el curso 1999-2000 hubiese podido atender a los nuevos grupos generados por la entrada de la inmigración si su capacidad hubiese permanecido constante, esto es, si no se hubiesen creado nuevos grupos. En respuesta a ello, todo parece indicar que la capacidad de la escuela pública infantil en el curso 1999-2000 era suficiente para haber escolarizado en el curso 2004-2005 a la totalidad del alumnado español, inmigrante y a todos los alumnos inmigrantes procedentes de la escuelas concertadas que no tenían capacidad para su escolarización[7]. O dicho de otro modo, que aun con inmigrantes el sistema no se encareció porque ya estaba sobredimensionado, y que los alumnos extranjeros no lo han encarecido ni un euro. Impresionante.

No queremos decir con esto que ahora debamos ponernos a cerrar colegios sino, simplemente, que nuestras Autoridades educativas, con muy buen criterio y anticipándose a eventualidades futuras, diseñaron un modelo de atención escolar amplio y flexible que pudiera funcionar sin problemas durante bastantes años. Para una vez que los políticos patrios han actuado con previsión y buen propósito tampoco nos vamos a quejar, ¿verdad? En realidad, la evolución de la educación infantil ha supuesto la creación de nuevas escuelas, y por tanto de unidades de producción, por otros motivos que sólo tangencialmente tienen que ver con el acceso a la educación de la población inmigrante, y sí con otras necesidades políticas y sociales:

  • Para garantizar la escolarización y la educación prácticamente gratuita a partir de los 3 años.
  • Como consecuencia del crecimiento demográfico de determinadas localidades.
  • Un coste que sin embargo sí es directamente imputable a la inmigración es el derivado de las actividades educativas compensatorias, es decir, actuaciones dirigidas a colectivos que por sus características sociales y/o culturales requieran de las mismas, tales como minorías culturales, población itinerante y temporera, inmigración y etcétera.

Aunque no todo el gasto generado en el punto 3 es exclusivo de la inmigración, o imputable a ella, podemos imaginar que ha originado gran parte del mismo. En 2004 el esfuerzo en la integración de este alumnado en todas las administraciones públicas fue de 208 millones de euros[8]. A esta partida específica también debería sumarse el porcentaje de becas educativas no universitarias asignadas al alumnado inmigrante, si bien sobre este punto no hay información específica. El hecho es que dada la tendencia a la baja del alumnado español y la capacidad de los centros públicos en el curso 1999-2000 se puede afirmar que, hasta la actualidad, la llegada de la inmigración no ha supuesto un coste adicional para garantizar el cumplimiento legal de la escolarización por debajo de los tamaños que ya fijó la antigua LOE.

¿Y entonces? ¿Sigue usted sin convencerse?

Claro, podría contraargumentarse que los datos son “antiguos” y que la situación ha cambiado en los últimos diez años. Frente a eso se podría explicar que el aumento de alumnos inmigrantes en las escuelas españolas no ha sufrido un aumento significativo porque, entre otras cosas, la bonanza económica no es la de la década de 1990 y España ya no es un buen destino para la inmigración, en general y entre otras cosas, y hay infinidad de datos públicos que así lo atestiguan, pero como tampoco me iba usted a creer, pues lo vamos dejando aquí, porque yo tengo otras cosas que hacer…

Figura 2


[1] Salinas, J. y Santín, D. (2007). El impacto de la inmigración en el sistema educativo español. En C. Dávila, S. Rodríguez, M. Tejera, Y. Santana, J.A. Gil y A. Rodríguez (Coords.), Investigaciones de economía de la educación, 2. Asociación de Economía de la Educación, 45-58.

[2] Salinas, J. y Santín, D., 2007, op. cit.

[3] Véase, por ejemplo: Hanushek, E.A. (2003). The failure of input based schooling policies. The Economic Journal, 113: 64-98. También: Rivkin, S.G., Hanushek, E.A. y Kain J.F. (2005). Teachers, schools and academic achievement. Econometrica, 73 (2): 417-458.

[4] LOE, artículo 157.1, a. La LOMCE (Ley 8/2013 de 9 de diciembre) no ha modificado esta ratio.

[5] Salinas, J. y Santín, D., 2007, op. cit.; Salinas, J. y Santín, D. (2009). Análisis de los efectos de la inmigración en el sistema educativo español. Fundación Alternativas.

[6] Salinas, J. y Santín, D., 2007, op. cit.

[7] Salinas, J. y Santín, D., 2007, op. cit.

[8] Centro de Investigación y Documentación Educativa, CIDE (2005). La atención al alumnado inmigrante en el sistema educativo en España. (Colección Investigación, 168). Madrid: Ministerio de Educación y Ciencia.

Los miserables

Victor Hugo
Víctor Hugo (1802-1885).

Lo que convierte a los clásicos en tales es su perennidad. La obra que calificamos de “inmortal” no lo es por sus contenidos estéticos o la mera expresión de las habilidades de su autor, sino por su capacidad premonitoria, definitoria y supervivencial. Su valor profético y ético. Los clásicos literarios lo son porque siempre parecen escritos ayer por la tarde… Así ocurre que uno retorna a sus páginas porque se ve en ellos, se encuentra, comprende lo que sucede y le encuentra explicación a sus vivencias y pensamientos más urgentes, esos que cree solo suyos pero que en realidad son tan leves, eternos y comunes como el aire que respiramos. Así es que algunas veces, entre el tedio y el no sé qué hago, me da por releer, a pellizcos, viejos novelones gloriosos. Uno de ellos –de mis favoritos- es Los miserables, del gran Víctor Hugo.

La última vez que me sumergí en sus páginas al azar, a bote pronto, tal vez esperándome agazapado, me encontré con el texto siguiente (permitidme la cita):

“Después se preguntó si era el único que había obrado mal en tal fatal historia; si no era una cosa grave que él, trabajador, careciese de trabajo; que él, laborioso, careciese de pan; si, después de cometida y confesada la falta, el castigo no había sido feroz y extremado; si no había más abuso por parte de la ley en la pena que por parte del culpado en la culpa; si el recargo de la pena no era el olvido del delito, y no producía por resultado el cambio completo de la situación, reemplazando la falta del delincuente con el exceso de la represión, transformando al culpado en víctima, y al deudor en acreedor, poniendo definitivamente el derecho de parte del mismo que lo había violado; si esta pena, complicada por recargos sucesivos por las tentativas de evasión, no concluía por ser una especie de atentado del fuerte contra el débil, un crimen de la sociedad contra el individuo […]. Se preguntó si la sociedad humana podía tener el derecho de hacer sufrir igualmente a sus miembros, en un caso su imprevisión irracional, y en otro su impía previsión; y de apoderarse para siempre de un hombre entre una falta y un exceso; falta de trabajo, exceso de castigo”.

Terrible. Hugo podría haberlo escrito ayer y se comprende que en la mayor parte de las viejas fotografías que conservamos de él deba sujetarse la cabeza con tan grave hastío.

Su mundo ya era casi nuestro sin lugar a la duda. Sus sueños de progreso eran el proyecto del presente. Pero la miseria era idéntica, al igual que la desvergüenza y el horror de la desprotección y el abandono andrajoso al que somete esta sociedad nuestra, que casi nunca mira hacia atrás, a los que va dejando en la cuneta del ser. Su mundo fue un espejo deformante del nuestro: un lugar henchido de miserables que sobreviven de migajas, que se odian, que se detestan, que matarían por llevarse un pedazo de la recompensa del vecino. Un mundo de purulenta y vergonzosa iniquidad en el que odiamos al pobre por serlo, y admiramos al rico porque nunca lo seremos. En el que desperdiciamos nuestras vidas lamentando lo que no seremos jamás entretanto nos repugna absurdamente la contemplación de lo que somos. Así detestamos al tipo de al lado tanto como a nosotros mismos por no ser ricos o poderosos, ni tener modo razonable alguno de alcanzar esa riqueza, el poder o el éxito en el que dibujamos falsas ensoñaciones de felicidad. Este asco de mundo que confunde el inconformismo y el deseo con la avaricia y el desdén era también el de Víctor Hugo. El de Jean Valjean.

Un mundo de venganzas y vengadores que odian, detestan, insultan y mancillan porque se sienten insultados, mancillados, vejados y agredidos. En el que clamamos por la justicia desde la profundidad de esas injusticias diarias que nos justifican y que justificamos. En el que exigimos respeto desde la más completa ineducación. En el que exigimos valores desde el desvalor y pedimos libertades desde los abismos de la tiranía ética y moral. Porque eso es la domesticación absoluta y no otra cosa: habernos convencido de que nada puede ser de otra manera, ni funcionará de otro modo. Haber aceptado que solo se puede convivir con quienes crees iguales, arremetiendo contra la diferencia, empujando al adjetivo contra el sustantivo solo para reventar cualquier cosa. Este grosero e infame mundo es lo que tanto preocupa conservar a nuestros próceres, pseudointelectuales y mandatarios.

Ni estamos unidos, ni podemos ser fuertes. Estamos acabados como personas, individuos, ciudadanos porque nos han roto el alma, nos han aplastado el ánimo, nos han vendado los ojos, nos han aniquilado en la casilla de salida, nos han hurtado la revolución, nos han dejado sin ideología y nos han aplastado las ilusiones. Nos pintan de miseria los derechos, las libertades y el pan porque nos creen niños incapaces. Tipos reemplazables para la gran maquinaria. Gentes que no saben qué les conviene y que, por ello, necesitan que se les explique una vez tras otra qué es lo bueno, qué se debe consumir, qué se ha de cultivar, cómo se tiene vivir. Existencia de superventas, de costumbres, de tradiciones, de listas de éxitos, de grandes almacenes, de estereotipos y prejuicios, de más vendidos y más vistos, de hacer lo que hace todo el mundo sin dudarlo, porque sí, porque conviene, sin derecho a cualquier disidencia que no sea silenciosa y complaciente con el statu quo.

Esto es lo quieren preservar quienes exigen esta preservación constante, contumaz, inalterable e imposible de todo: ese plato de lentejas que hemos cambiado alegremente por la primogenitura. El tedio. La nada.

Nada, excepto miserables.

Pensamiento, lenguaje y crimen

La corriente sociológica conocida como “interaccionismo simbólico”, ha destacado la importancia que tienen los fundamentos socioculturales en el desarrollo de los símbolos lingüísticos y su funcionamiento. Consecuentemente, sostiene que el lenguaje tiene una naturaleza funciona, de suerte que las relaciones semánticas que los símbolos lingüísticos mantienen entre sí poseen gran influencia en las percepciones de los individuos, así como en la identificación de los significados de cuanto se nos dice. Ello nos permite entender que, desde un punto de vista sociocultural, el lenguaje tendría tres grandes propiedades:

  1. Remite a la actividad humana, a la cual debe su existencia.
  2. Capta las experiencias psicosociales y culturales en forma conceptual y universal, lo cual permite a los sujetos hacerlas comunicables.
  3. Orienta con respecto a la manera de crear –o crearse- experiencias socioculturales nuevas, a la par que porta consigo otras históricamente lejanas.

Es en este contexto en el que adquiere sentido el llamado “relativismo lingüístico” propugnado por los antropólogos Edward Sapir (1884-1939) y Benjamin Whorf (1897-1941), y conocido popularmente como “hipótesis de Sapir-Whorf”, que sostiene que la estructura del lenguaje propia de una cultura -o subcultura- influye en la conducta y hábitos de pensamiento de sus componentes. Esto es así porque un lenguaje –entiéndase aquí “lenguaje” en el sentido de idioma, dialecto, jerga- estructura las percepciones de los individuos a la par que moldea la manera de pensar, sentir y actuar de las personas que lo hablan. Y ello porque toda estructura de pensamiento se conforma en el seno de un contexto sociocultural y familiar mediado por el lenguaje. Precisamente esto es lo que pretendía señalar Ludwig Wittgenstein (1889-1951) cuando manifestaba que “los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”[1]: la cultura acondiciona y estructura nuestros procesos perceptuales, de modo que influye en la interpretación de los estímulos externos que se reciben, en la interpretación que se les otorga y en el modo que hablamos –o se nos habla- de ellos.

Sapir y Whorf
Edward Sapir (izquierda) y Benjamin Whorf (derecha).

Se entiende, por tanto, la importancia de la comprensión del funcionamiento de los procesos de simbolización psicolingüística en relación a fenómenos como la delincuencia y el crimen. No en vano, el lenguaje no solo conforma la identidad sino que también la comunica y reevalúa. En tal sentido, es una fuente de programación de cosmovisiones, prejuicios y estereotipos que trasciende a la mera comunicación objetual para convertirse en una estructura gramatical ideológica: las personas que hablan igual, tienden a pensar igual. Desde esta óptica, adquiere pleno sentido la siguiente anécdota, que muestra claramente como las construcciones lingüísticas que elaboramos sobre la realidad generan estructuras de pensamiento que nos inducen a interpretarla de maneras muy específicas:

“Un lunes por la mañana, el encargado de mantenimiento de una iglesia, que era anglo, se acercó a un pastor latino y le reclamó por el desorden dejado en la cocina: ‘está todo fuera de lugar y hay frijoles en el piso y otros lugares. ¿Por qué han dejado tal desorden y sobra de frijoles’ El pastor respondió: ‘ayer, nosotros no comimos nada en la iglesia.’ Le respondió el encargado: ‘¿Quiénes comen frijoles sino los hispanos?’ Este encargado anglo, tenía un estereotipo sobre quiénes comen frijoles y eso lo llevó a acusar a la gente hispana del desorden dejado en la cocina. Su prejuicio lo llevó a hablar en forma estereotipada hacia las personas latinas, discriminándoles. Aunque el frijol es parte regular en la dieta mexicana, centroamericana, caribeña y brasileña, lo cierto es que la noche anterior un grupo de jóvenes anglos había usado ese espacio para una actividad y habían comido, entre otras cosas, frijoles”[2].

De hecho, habría tres áreas de relación claras entre el discurso –entendido aquí en el sentido amplio de comunicación entre individuos- y el contexto sociocultural:

  1. Universo simbólico y/o contexto: Las estructuras sociales son condiciones para el uso del lenguaje, es decir, para la construcción, comprensión y producción del discurso.
  2. Re-descubrimiento y re-definición: El discurso comunicativo, de muchos modos que a veces permanecen ocultos incluso al propio hablante, reconstruye y modifica a las estructuras sociales.
  3. Metáforas de la realidad: Las estructuras del discurso comunicativo hablan sobre, denotan o representan partes de la sociedad.

Debemos entender que, contrariamente a lo que suele creerse, la relación entre los discursos comunicativos y la sociedad tampoco es directa y manifiesta, sino que está mediada por las cogniciones compartidas –o elementos simbólicos- de los componentes de la misma. No se trata simplemente, y recordemos ahora el ejemplo de la iglesia y los frijoles, de que el encargado “anglo” entendiera que el desorden era culpa de los latinos por el simple hecho de haber visto frijoles tirados en la cocina, pues no estamos ante una simple relación de clase 1 y clase 2. El hecho, más bien, reside en que tenía una representación cognitiva compleja del universo de “lo latino” -estereotipada, prejuiciosa- en la cual se subsumía una amalgama de elementos –frijoles, descuido, irresponsabilidad, etcétera- que le indujo a pensar que tal desorden en la cocina solo era atribuible a “esa clase” de personas. De tal modo, su conducta discriminatoria hacia el pastor latino no venía causada por los frijoles tirados en el suelo –que en todo caso suponen una evidencia débil-, sino por un universo simbólico de discriminación interétnica en el cual su falsa atribución adquiría sentido. Pensemos que una sociedad, colectivo o cultura son inconcebibles sin un universo de referencias de sentido compartidas.

De hecho, un error bastante común es el de homologar lenguaje y comunicación cuando en realidad son fenómenos estrechamente interrelacionados, pero cualitativamente diferentes. Así por ejemplo, los delincuentes jóvenes tienden a acumular un grave fracaso escolar al encontrarse por debajo del resto de adolescentes en el desarrollo de sus competencias lingüísticas, pero al mismo tiempo suelen mostrar una buena competencia comunicativa y tampoco manifiestan distorsiones en otros procesos cognitivos. Los déficits en la comunicación y en el lenguaje pueden ir aparejados y a menudo es así, pero no necesariamente, con la conducta antisocial, por lo que el comportamiento problemático de muchas personas “difíciles” podría tener antes una función comunicativa que propiamente cognitiva. Esto significa que, en muchos casos, reduciendo este déficit comunicativo, también podrían reducirse tales conductas.

La habilidad comunicativa tiene un papel básico en el dominio de las habilidades sociales, lo cual explica porque las personas que tienen dificultades a la hora de comunicarse tienden a integrarse en grupos y/o colectivos en el que estas disfunciones son la norma y en los que, por consiguiente, no experimentan rechazo, distorsiones y/o disonancias cognitivas[3]. Hoy se sabe que el estilo de crianza influye notablemente en la forma en que los niños se desarrollan psicológica e intelectualmente, y que grandes diferencias entre estilos de crianza pueden generar notables diferencias cognitivas, conductuales, caracteriales y de personalidad en la vida adulta[4]. Ello implica que un mal entorno social no necesariamente dificulta el desarrollo, pero cuenta con el problema de que es más agresivo y estresante para niños y jóvenes, lo cual predice un peor futuro en la adultez en el caso de que no existan en modo alguno los adecuados factores de protección que generen mayor resiliencia a la par que reduzcan el estrés percibido y la consiguiente vulnerabilidad[5].

Levi Strauss
Claude Levi-Strauss.

No podemos describir y explicar los contenidos y estructuras de las representaciones colectivas de la realidad en términos puramente cognitivos o psicológicos. Es necesario comprender también las funciones que los grupos e instituciones socioculturales generan, así como  sus condiciones y modos de reproducción. Téngase en cuenta que en la cotidianeidad vivimos la realidad sociocultural en términos de definiciones mentales y/o discursivas que operan como construcciones de sentido. Los fenómenos no se nos “dan” simplemente ahí fuera, sino que son construidos por los seres humanos –desde un contexto cultural, histórico, cognitivo, emocional y social- en la medida que ello forma parte de sus capacidades psíquicas. Aquí es donde adquiere sentido la idea del antropólogo Claude-Levi Strauss (1908-2009), quien indicaba que la condición humana, en tanto que única, es generadora de cultura[6].

El interaccionismo simbólico, como escuela, entiende el lenguaje como un fenómeno comunicativo entre individuos sobre el que se construye la realidad social. En este sentido, cabe comprender que al igual que ocurre en el resto de manifestaciones simbólicas socioculturales, en el caso del crimen y la criminalidad –cualquiera que sea su forma-, el lenguaje es también un correa de transmisión creadora de cosmovisiones compartidas entre individuos que en buena medida generan adhesión. En este contexto es en el que adquieren sentido fenómenos como la apología del crimen de la que se sirven determinadas organizaciones –bandas, pandillas, crimen organizado, colectivos delincuenciales gremiales, grupos terroristas o sectas- y que adoptan la forma de una jerga específica que se manifiesta en la forma de canciones, vídeos, retóricas discursivas, códigos específicos, maneras de vestir, tatuajes y etcétera.

Pese a que a menudo nos sirvamos de esta clase de comparaciones para tratar de explicarnos su mecánica interna de un modo sencillo, en realidad la inmensa mayoría de los colectivos criminales y/o delincuenciales, por lo común, no son una organización formal al uso, pues operan en el seno de subculturas minoritarias que ni representan el sentir de una cultura mayor en la que se integran, ni están reguladas por las normas, leyes, códigos ético-morales o dinámicas de tal cultura. Al contrario, suele tratarse de organizaciones “fluidas” que solo adquieren sentido a través de procesos narrativos e interactivos entre sus componentes –que pueden no ser miembros fijos- que se fundamentan en determinados procesos comunicativos y simbologías. Recordemos ahora la hipótesis de Sapir-Whorf: la expansión de esta clase de colectivos solo es posible por la vía de una construcción identitaria, o de sentido, a partir de narrativas programáticas que se expanden por diferentes canales comunicativos, como redes sociales, interacciones cara a cara, manifiestos, reuniones, películas, letras de canciones, y etcétera. Tales canales sirven de vía mediante la que proporcionar a un determinado “público objetivo” –sensibilizado- toda suerte de materiales simbólicos que “den sentido” o “construyan sentidos”. Es precisamente por ello que esta clase de discursos terminan siendo muy permeables a los recursos que se emplean en los de otras esferas públicas, como la religión, la política o la economía.

Uno de los elementos característicos del llamado crimen organizado es el de ser mucho más que una mera “empresa criminal”, como a menudo es definido con cierta simpleza. Esta categoría criminal se constituye a partir de un universo simbólico o de sentido que se basa en tradiciones, costumbres y valores socioculturales que se reproducen en el comportamiento criminal de la propia organización. Ahí es donde adquieren su razón de ser ideas como la del “código de silencio” o el “honor entre ladrones”. Entre los Zetas mexicanos la violencia extrema de la que se sirven en sus acciones es, más que un modus operandi, un elemento comunicativo de corte propagandístico que se dirige no solo a la competencia, sino también al cliente potencial. En las Maras el universo simbólico, por el contrario, funciona hacia adentro, hacia sus propios integrantes, de suerte que entretanto la imagen externa- que tiene la sociedad- del colectivo es de criminalidad funcional, la imagen interna –de sus componentes- tiene un fuerte carácter iniciático.

Los controvertidos vídeos que difunde el grupo terrorista conocido como “Estado Islámico” son un perfecto ejemplo del asunto que nos ocupa: su montaje, construcción narrativa, temática visual e incluso los recursos “cinematográficos” que en ellos se emplean no están dirigidos al grueso de una población para la que resultan simplemente grotescos o temibles, sino a un grupo reducido de personas, interesadas en esa clase de contenido audiovisual, que son capaces de sentirse interpeladas cognitiva y emocionalmente por el mismo. Así, la apología del crimen que se manifiesta en tales vídeos es en realidad un “locus” de negociaciones simbólicas cuyo objetivo último es la reproducción de la violencia y que, por tanto, puede considerarse como “violencia programática”, esto es, violencia prescriptiva, programadora de formas de pensar y de hacer. De hecho, el discurso del terror y el odio del que se valen estas organizaciones no solo sirve para obtener publicidad entre el gran público –de hecho, la publicidad mediática ya se obtiene por lo común con el propio acto terrorista-, sino ante todo para comunicarse con el público propio.

Video ISIS
Imagen de uno de los vídeos del ISIS: La composición de imagen al servicio de un mensaje ideológico… Más que terror, discurso.

Piénsese que el lenguaje y la comunicación siempre tienen un valor funcional. Ello implica que los emisores y los receptores de esos contenidos criminales programáticos no los observan como “delincuenciales” en el sentido que un observador externo les confiere y que suele tener que ver con el delito tipificado en el código penal o con la moralidad. Antes al contrario, en el emisor-receptor implicado generan y consolidan un magma psicológico de sesgos atribucionales y distorsiones cognitivas que permiten que cierta clase de criminalidad, con la que ya se simpatiza de manera más o menos consciente por diversos motivos socioeducativos y de integración, se convierta en un universo simbólico de lo cotidiano que medie en toda suerte de conductas, códigos y formas de sociabilidad a todos los niveles imaginables: subjetivo, económico, sociocultural e incluso político.

Toda violencia programática funciona porque simplifica conflictos sociopolíticos y culturales complejos estableciendo narrativas sencillas, lineales, polarizadas, y fácilmente accesibles con independencia del nivel formativo del individuo, pues dependiendo de cuan compleja o sencilla sea la estructura del lenguaje verbal y/o escrito, se producirá una variación significativa del grado de pensamiento y entendimiento del sujeto. Así es como se entra en la retórica reduccionista del amigo-enemigo, ellos-nosotros, crimen-sociedad, bueno-malo, dentro-fuera, creyente-infiel… Téngase en cuenta que un lenguaje simplificado lleva a un pensamiento simplificado, fácil, en el que la multiplicidad del mundo queda reducida a tener que escoger en última instancia entre dos posibles opciones. Por el contrario, la asunción de la realidad como una entidad compleja y difusa genera, a su vez, un pensamiento complejo y divergente que obliga al sujeto a tener que decidir entre múltiples posibilidades argumentales disponibles que debe entender e integrar para poder decidir. Así, la calidad y amplitud de la verbalización con la que una persona es capaz de exponer una situación refleja cuánto y cómo conoce los diversos puntos de vista legítimos –o ilegítimos- en torno a la misma.

La exclusión social y los entornos deprimidos no tienen por qué conducir necesariamente al delito, pero no es menos cierto que generan condiciones proclives a ahondar en las vulnerabilidades –no solo fisiológicas y madurativas, sino también cognitivas y afectivas- de los individuos que pueden llevarles a comprometerse con la violencia y el crimen, o bien a convertirse en víctima de ellos. Generan contextos proclives, entre otras cosas, a la simplificación cognitiva y las simbolizaciones distorsionadas de la realidad en el que cuestiones como la apología del crimen o la radicalización adquieren pleno sentido. Y ello porque la subjetividad lingüística que suele presentarse en estos entornos, lleva a la persona permanentemente reevaluarse y re-describirse a sí misma desde puntos de vista que en su contexto de referencia pueden ser muy eficaces, pero que sin embargo resultan socioculturalmente disfuncionales.

“Pototo (alias del histórico de ETA, Ángel María Galarraga), presunto autor de siete asesinatos, murió el 15 de marzo de 1986 abatido a tiros por la policía tras haber dado muerte a un agente en San Sebastián. […] El niño, Hodei, soltó la paloma. Los restos de su tío, Pototo, estaban delante de él, en un ataúd abierto con la ikurriña. Y más y más banderas se agitaban al viento […] Había mucha gente allí, en la plaza de Zaldibia. Gestos hoscos. Crespones negros en telas blancas que colgaban de todos los balcones. Y niños, muchos niños en primera fila, acompañaban a Hodei […]. Comenzaron los discursos. Destacaron que Pototo había sido un bakearen gudari, un soldado por la paz que había murto en la alta misión de conseguir la independencia de Euskadi. Y dijeron sus versos los bertsolaris y se cantaron canciones al son de las trikitixas, porque Pototo era muy alegre, afirmaban. El sentimiento de pertenencia al grupo, el espíritu de la tribu, iba creciendo haciéndose, a la vez, más hondo conforme el tiempo pasaba. El odio y la rabia lo inundaban todo. […] El 23 de septiembre de 2002, la explosión fortuita de una bomba de titadine de 15 kilogramos mató al conductor del coche que la transportaba. Era Hodei Galarraga, de 22 años de edad. Una urna conteniendo las cenizas de Hodei fue situada, 16 años después, en el mismo lugar que el féretro de Pototo había ocupado en la plaza de Zaldibia. La ceremonia fue parecida. […] Un niño de corta edad, primo de Hodei, abrió una caja y dos palomas blancas partieron velozmente hacia el cielo azulado de Zaldibia”[7].

Aunque podría no parecerlo a primera vista, el caso de la “conversión” de Hodei es equivalente al que podemos encontrar en los muchos vídeos destinados al proselitismo de Maras, Ñetas u otros grupos al uso, y que pueden encontrarse fácilmente en plataformas virtuales como el conocido YouTube. Son trabajos de carácter artesanal, a veces incluso muy tosco, cuyas imágenes se reciclan una y otra vez a medida que los montajes se multiplican y expanden en la red. En ellos vemos imágenes de marginalidad, urbanización incompleta, civilización precaria, y exclusión social cuya función es la de operar como metáfora de las condiciones que viven las personas que se integran en esta clase de colectivos y que, en última instancia, justifican la exaltación del crimen como forma de vida “razonada” y “razonable”. Se trata de reestructurar cognitivamente a un público objetivo por la vía de un discursos –símbolos, vocabulario- de impacto existencial y, por tanto, emocional. Así se logra la “transmutación” en la personalidad de los jóvenes que se integran en estos colectivos en este caso: manipulando simbólicamente sus condiciones vitales de exclusión y precariedad.

Maras - Gaceta Mercantil
Miembros de las Maras en acción propagandística: todo es mensaje. Y ninguno de esos mensajes es para nosotros [Fuente: Gaceta Mercantil].

[1] Wittgenstein, L. (2004). Tractatus Logico-Philosophicus. Madrid: Alianza Editorial; § 5.6.

[2] Carhuachín, C. (2013). Lenguaje y discriminación. Una perspectiva latina en los Estados Unidos de América. Realitas. Revista de Ciencias Sociales, Humanas y Artes, 1(2): 18-24, p. 19.

[3] Véase: Festinger, L. (1957). A theory of cognitive dissonance. Stanford (CA): Stanford University Press. La disonancia cognitiva hace referencia a la tensión interna que los individuos experimentan cuando tienen dos cogniciones simultáneas y conflictivas: Así, aparece cuando las personas experimentan en su sistema de ideas, creencias y emociones dos pensamientos que se encuentran en conflicto, o bien cuando ponen en marcha conductas que no son acordes a sus creencias habituales. Normalmente, el sujeto que experimenta disonancia cognitiva se siente motivado a reducirla para minimizar, a su vez, la tensión psicológica que está experimentando. Por lo común, la manera más habitual de resolver esta tensión es introducir en el propio sistema de creencias o valores toda suerte de cogniciones nuevas que justifican su actitud. Por ejemplo, si pensamos en un individuo al que se ha enseñado desde la infancia que maltratar a los demás es inmoral, y al entrar en una organización criminal se ve obligado a hacerlo, lo habitual será que busque todo tipo de excusas para justificar sus propios actos: “son el enemigo”, “nos odian”, “son malvados”, “es cuestión de ellos o yo”, “debo ser fiel a los míos”, y etcétera.

[4] Flores-Lázaro, J.C., Castillo-Preciado, R.E. y Jiménez-Miramonte, N.A. (2014). Desarrollo de funciones ejecutivas, de la niñez a la juventud. Anales de Psicología30(2), 463-473. https://dx.doi.org/10.6018/analesps.30.2.155471

[5] González Osornio, M. G. y Ostrosky, F. (2012). Estructura de las funciones ejecutivas en la edad preescolar. Acta de investigación psicológica2(1), 509-520.

[6] Levi-Strauss, C. (1995). Antropología estructural. Barcelona: Paidós Ibérica.

[7] Sanmartín, J. (2005). El terrorista: Cómo es. Cómo se hace. Barcelona: Ariel, pp. 86-88.

Ser verdugo

Garrote Vil (1894)
Garrote Vil (Ramón Casas, 1894).

La imagen del verdugo, a lo largo de los tiempos, se ha comportado como un espejo deformante que refleja todo aquello que más atávico, trágico, inmoral y degradante resulta al común de las personas y que, en gran medida, nadie aceptaría reconocer ni en sí mismo, ni en la esencia misma del orden constituido. Paradoja –seguro que autoengaño colectivo- perfectamente representada en la célebre película de 1964 dirigida por Luis García Berlanga y guionizada por Rafael Azcona. Por ello, parafraseando a quien fuera último descendiente de una larga casta de ejecutores y gran conocedor por ello mismo del asunto, Henri Sanson, podría afirmarse que la tragedia de los verdugos –y su vivencia- es el resultado de una civilización enfermiza legal y moralmente[1].

Lo cierto es la pena de muerte, en tanto que arbitraria, nunca fue un instrumento legal institucionalizado en las sociedades primigenias y, por ello, no se hacía necesaria en su seno la existencia de un personaje de perfil burocrático como el del ejecutor de sentencias. Por supuesto, existían los castigos físicos como manifestación directa del control social, pero tales, ideados desde un modelo retributivo, pretendían ser proporcionales al crimen cometido y por lo general nunca eran administrados por las mismas personas. De hecho, y hasta donde se tiene noticia, es en la civilización egipcia en la que aparece como institución el oficio de dar muerte a los sentenciados[2]. También en Grecia existió la figura del ejecutor público, pero en este caso el verdugo era un personaje ubicado a la altura de los tiempos al que se asumía como uno de los elementos fundamentales del orden vigente. Por ello, indicaba Aristóteles, se le debía observar con el debido respeto e incluso hacer todo lo posible por elevar socialmente su rango y dignidad, asegurando que sus funciones fueran cumplidas tanto con diligencia, como con el menor daño personal, social y político posible pues, a su parecer, resultaba peligroso que esta clase de empleos –verdugos o carceleros- recayeran en manos de personas poco dignas e inmorales[3].

Lictor
Lictor romano (según grabado de Cesare Vecellio).

Por supuesto, hubo verdugos oficializados entre los romanos –empleo atribuido por lo general, aunque no solo, a los guardias, mensajeros y voceros tanto de cónsules como de magistrados a los que se conocía con el nombre de lictores[4]– pero, irónicamente en el contexto de una civilización tan proclive a la violencia pública, generaban ya entre sus conciudadanos un profundo sentimiento de repulsión propiciado más por motivos ideológicos que propiamente psicológicos o morales. Debe tenerse presente que una cultura construida sobre la reglamentación, el derecho y la burocracia como lo fue la romana –sobre todo a partir del emperador Augusto- la actividad del lictor durante las causas, que habitualmente terminaba con el cumplimiento de las sentencias en el acto, al pie del propio magistrado y sin posibilidad de recurso o apelación, generaba entre los asistentes no pocos tumultos a poco que el resultado del juicio se valorase como injusto o desproporcionado. Esto motivo que la legislación tendiera a modificarse paulatinamente para desprender a los lictores de la tarea de ejecutores de sentencias, pues les acarreaba serias reprensiones públicas y desvirtuaba su papel como representantes simbólicos del orden vigente –auctoritas– en la medida que rebajaba el rango moral de las leyes y símbolos que representaban. A partir del año 100 d.C. comenzará a prosperar en el papel de verdugo la figura del carnifex, un verdadero especialista de la tortura y la ejecución. Caso de no haberlo disponible, el magistrado nombraba a un esclavo –ajeno esencialmente a la vejación social- para tal fin. Cuando la persona a castigar fuera una mujer o un personaje distinguido, se determinó darle tormento o muerte en la privacidad de la prisión[5].

Medievalismos varios

Sin embargo, el final del Imperio Romano y el retroceso jurídico-legal del de que vino aparejado, motivó que el cargo oficial de verdugo, así como el sentido jurídico último de sus funciones, se diluyera:

“La Edad Media, perdida parte de la unidad política y doctrinal del mundo romano, supuso un momento de desafuero en la administración de la justicia haciéndola cruel, arbitraria y ostentosa. El deseo de que la pena fuera motivo de disuasión para el resto de la comunidad convirtió en espectáculo lo que debiera de ser un hecho privado y conforme a ley. La aplicación de la pena capital en público, en lugar elevado y con publicidad suponía a veces motivo de diversión por la parafernalia que conllevaba la ejecución. No digamos nada sobre todo si se permitía intervenir al populacho en la aplicación de la pena. Las lapidaciones no dejaban de ser un elemento en el que todos participaban como masa social en la ejecución del condenado”[6].

Se volvió de este modo, y por varios siglos, a un modelo arcaico en el ámbito de la ejecución de sentencias que convertiría en administradores de la pena capital, y por motivos de lo más variopinto, a personas no necesariamente profesionales o conocedoras de los procedimientos más elementales. Permaneció en el fondo del asunto, pese a todo, un elemento constante e invariable: más allá de cualquier clase de implicación antropológica, la pena de muerte se institucionalizó como instrumento jurídico de las sociedades complejas en la forma de teatro moral perfecto –de acto de justicia supremo y superlativo- con un aparato escénico perfectamente desarrollado desde las diversas variantes culturales, y puesto al servicio del control social y de la prevención del delito.

Consecuentemente, y como actor en esta escenificación de la justicia activa, el verdugo no siempre fue, como decimos, un mero funcionario sino muy a menudo una persona extraída del propio orden social al que se pretendía salvaguardar con la brutalidad controlada, pero entendida como útil, del cadalso. Por esto, en diferentes lugares de Centroeuropa, de suerte inopinada y como si se tratara de un rito de paso, era el individuo más joven de la ciudad el encargado de las ejecuciones, imponiéndose duras sanciones a aquellos que se negaran a cumplir este desagradable cometido. En Baden-Württenberg y Hesse había de ser el último recién casado de la localidad quien desempeñara el cargo, pues se consideraba que era una forma de pagar la deuda contraída con una sociedad civil en la que acababa de ingresar. En regiones como Turingia, por motivos similares, las posibles ejecuciones eran trabajo para el último hombre que se hubiera mudado a la localidad en que debían verificarse. En Amberes las Autoridades designaban a un carnicero de entre los más antiguos y experimentados del gremio, por razones obvias, para obrar como verdugo[7].

Francisco_rizi-auto_de_fe
Auto de fe en la Plaza Mayor de Madrid (Francisco Rizi, 1683).

En el antiguo reino de Crimea el peso de la ejecución recaía sobre la parte acusadora en el caso de ganar un pleito que deviniera en la muerte del acusado. Las primeras legislaciones inglesas en la materia no se ocupaban del oficio de verdugo siendo el sheriff local quien, una vez pronunciado el fallo de la justicia, había de cuidar que se ejecutara. Por lo común éste designaba y pagaba convenientemente a una persona de su confianza, si bien, caso de estar el puesto vacante o de no encontrar a nadie dispuesto para realizar el trabajo, era él mismo quien debía convertirse en ejecutor. Por reflejo jurídico, el modelo norteamericano adoptó este mismo sistema.

En España, originariamente, el verdugo –siempre odiado y sometido a exclusión social- era designado para la ocasión cuando no lo había disponible, si bien el cargo, a menudo, aunque no de suerte oficial, se trasmitía de padres a hijos pues en muchos lugares no les estaba permitido emparentarse más que con miembros de otras familias destinadas al mismo oficio. Así, y por mencionar una de estas historias, uno de los más antiguos verdugos españoles de la historia contemporánea, José González Irigoyen, ejecutor de la Audiencia Territorial de Zaragoza, era

“hijo de labradores, habiendo sido también verdugos su padre, dos hermanos y un cuñado, dotando en su familia el desempeño del mencionado oficio desde hace 117 años. Al referir la historia de su niñez, cuenta detalles verdaderamente horribles como son, por ejemplo, el de hacerle asistir su padre a las ejecuciones y ayudarle en sus lúgubres faenas, cuando aún no tenía nueve años”[8].

Víctima de la hipocresía

Por lo general rechazados y condenados por el cuerpo social, la mayoría de estos verdugos encontraban refugio psicológico en la religiosidad extrema, en un exacerbado sentido del deber y de la profesión, e incluso en el alcohol[9]. El propio Irigoyen, en el ya citado texto, se reconocía a sí mismo como “el decano de los ejecutores y hace alarde de no haber quien le iguale ni en serenidad ni en perfección en su trabajo”. Tal vez por ello, ya pasada la setentena y con cerca de doscientas ejecuciones a sus espaldas, se mostraba enojado cuando los achaques de la vejez le obligaban a ceder el protagonismo del cadalso a otros colegas más jóvenes.

El propio Sanson, francés, último descendiente como ya se mencionó de una prolongada casta familiar de borreau señalaba que el cargo, llamado oficialmente en aquel país con la pomposa denominación de “Maestro de las Altas Obras”, no era hereditario. Sin embargo, por razones fáciles de comprender, cuando había entrado en una familia era muy raro que saliera de ella, lo cual provocó que incluso llegara a recaer ocasionalmente en algunas mujeres. Más aún, si fallecía un ejecutor sin dejar hijos, y no había quien tuviera derecho a la plaza, los jueces podían absolver a un criminal sentenciado a muerte con la condición de que se hiciera ejecutor, o bien, caso de que este criminal se revelara contra la decisión de la justicia, se designaba de oficio a un mendigo. Consecuentemente, se elevaría al rango de triste tradición que la piel del verdugo se encarnara en los elementos más bajos, marginales y empobrecidos del elenco social. Piénsese que ya los propios lictores de Roma, por lo común, eran escogidos por el propio magistrado de entre sus esclavos libertos y, por ello mismo, sujetos de su máxima confianza personal, aunque de baja cuna[10].

Charles Henri Sanson
El francés Charles-Henri Sanson, uno de los más afamados verdugos de la historia (según grabado de E. Lampsonius, 1851).

Lo cierto es que si desde buena parte de la Edad Media hasta el siglo XVIII el ejecutor de sentencias gozaba de un trabajo estable, siendo un personaje que concitaba al mismo tiempo el temor, el desprecio y el respeto públicos[11], a partir del siglo XIX se va a transformar en un individuo gris a sueldo del Estado que casi nunca llegaba al cargo por propia iniciativa vocacional o interés personal, sino huyendo de penurias y fatigas cuando no del propio patíbulo. Así Eduardo Zamacois, al hablar del que fuera en su tiempo verdugo de la Audiencia Provincial de Madrid, Áureo Fernández Carrasco, relata una historia que bien pudiera en líneas generales caber en el perfil de muchos de cuantos ocuparon el oficio a lo largo de los años:

“Había ido de soldado a Cuba. Perdida la guerra regresó a España y fueron los dientes del hambre los que le forzaron a ser verdugo; empleo que muchos, tan necesitados como él, codiciaban”[12].

El ejecutor de sentencias, en definitiva, y a medida que los tiempos fueron liberándose de determinadas barbaries institucionalizadas, se convirtió en

“una víctima más del sistema penal que suele internalizar esa condición en un ejercicio subjetivo imprescindible para exonerar sus culpas […]. El justificar ante sí y los demás su trabajo es, más allá de todo cumplimiento legal, como justificar el irracionalismo de las muertes que causa”[13].

Fotograma de El Verdugo
Fotograma de “El Verdugo” (Luis García Berlanga, 1963).

[1] La autoría de la obra autobiográfica atribuida a Charles-Henri Sanson, así como la veracidad de muchos de los datos que proporciona, han sido cuestiones muy discutidas. Parece que, en efecto, el texto pudo basarse en las vivencias apócrifas del ejecutor de Luis XVI, pero fue en gran parte compuesto de manera libre por Balzac y L’Heritier de l’Ain. La edición que se conoce –y que nos ha llegado- fue reestructurada y aumentada de cara a su primera edición en seis volúmenes por un descendiente de los Sanson, Henri Sanson Clement, en 1847 [Bourdin, P. (2004). Sept générations d’executeurs. Mémoires des borreaux Sanson (1688-1847). Annales Historiques de la Révolution Française, 337, 217-219].

[2] Bourdin, P. (2004), op. cit.

[3] Aristóteles (1994). Política. C. García Gual y A. Pérez Jiménez (eds.) Madrid: Alianza.

[4] Dada su antigüedad, que se remonta a Etruria, el término lictor posee una etimología dudosa: “Festo dice que eran lictores aquellos individuos que, llevando las haces de varas ligadas, infligían castigos corporales a los magistrados tomados en falta. Abogaba por tanto por una etimología del término con el verbo ligo, atar, de forma que lictor sería el portador de, fasces unidas o atadas. El concepto aludiría al principal distintivo del personaje. Como Festo, Plutarco se inclina por un claro nexo con el infinitivo de ligo, ligare, pero no referido a las varas sino al cometido que el lictor tendría de sujetar o atar las manos, o más ampliamente, de arrestar con inmovilización a cuantos estorbasen o impidiesen el paso del magistrado al que acompañaban. […] Para Gellio […] es un servidor especializado y perteneciente a otro cuerpo de servidores, los viatores, testimoniados en la República y acaso originarios de aquellos céleres de la Monarquía. Despejaban la ruta de curiosos y obstaculizadores, valiéndose de varas y su progresiva especialización en estas tareas les valió la constitución de un cuerpo auxiliar aparte. Tanto Plutarco como Gellio muestran coincidencias en la exposición de sus opiniones. Para ambos en principio no existían como servidores independientes, sino que, ya de los céleres, ya de los viatores, sus cometidos eran asumidos por los que se situaban en los primeros lugares de las comitivas. La función creó el órgano y con el tiempo pasaron a formar un cuerpo independiente. En realidad, ambos autores desconocieron el origen concreto de la institución, prueba inequívoca de su antigüedad, y desde luego la vinculaban a las etapas más remotas de la historia de Roma” [Muñiz Coello, J. (1989). Empleados y subalternos de la administración romana (III). Los lictores. Studia historica. Historia Antigua, 7, 133-152].

[5] Ibid.

[6] Gómez Fernández, J. (2005). Morir en el puerto. Dos ejecuciones con garrote (1844). Trocadero, 17, 193-206: 195.

[7] Reader, P. (1974). Cárceles y verdugos. Barcelona: Picazo.

[8] Anónimo (1893). El verdugo. La Crónica de Huesca: Periódico independiente de avisos, noticias e intereses morales y materiales, 16 de enero, 6-7: 7.

[9] Bourdin, P. (2004), op. cit. El concepto mismo de verdugo no es unitario en todos los idiomas y se conforma a partir de variantes locales que por lo común se relaciona con el método empleado en cada caso para castigar físicamente, torturar o ajusticiar, o bien con las conductas propias de la actividad desempeñada por el ejecutor. Para el idioma español el término muestra orígenes etimológicos dudosos si bien parece existir cierto acuerdo en su procedencia a partir del latín virere -ser verde o verdear-, de donde deriva viridis -verde, fresco. Desde aquí la palabra se habría conformado bajo la forma abreviada vir-, transformada en ver-, más ductum -tomado, agarrado, adquirido. Parece que a comienzos del siglo XIII este vocablo significaba “vástago o rama que se corta verde” y, con el tiempo, adquirió el significado más específico de “vara de mimbre usada para azotar”. Consecuentemente, ya en el siglo XVI y por metonimia, terminaría designando no sólo a la vara usada para el castigo sino también a la persona que la empleaba. Más tarde también se denominó verdugo el capuchón con el que el ejecutor ocultaba su rostro y, por generalización, a cualquier tipo de pasamontañas [Soca, R. (2012). La fascinante historia de las palabras. Buenos Aires: Interzona]. Sea como fuere, la palabra otorga sentido al apellido en el momento en el que esta práctica se institucionaliza como oficio. Es por ello que el apellido Verdugo –de origen alavés- nace en la Edad Media, momento en el que la profesión comienza a formalizarse jurídicamente en un proceso equivalente al acaecido en otros países europeos [Guerra, J.C. de (1910). Estudios de heráldica vasca. San Sebastián: Librería de J. Baroja e Hijos].

[10] Muñiz Coello, J. (1989), op. cit.

[11] Personaje que muchos artistas quisieron ver como encarnación de la tragedia misma de la vida y mano ejecutora del buen orden social, y al que algunos compusieron incluso elevados poemas, como es el caso de Espronceda [Espronceda, J. de (1999). El verdugo. Pozzi, G. (ed.), Antología poética: José de Espronceda. Tres Cantos (Madrid): Ediciones AKAL, 80-88].

[12] Zamacois, E. (1964). Un hombre que se va… (Memorias). Barcelona: AHR: 164. Abundando en el ejemplo, Gregorio Mayoral Sendino, quien fuera nombrado ejecutor de sentencias de la Audiencia Territorial de Burgos a partir de 1888, y uno de los verdugos españoles más famosos, preguntado acerca de los motivos por los que se dedicaba a aquella profesión comentó: “Yo no la elegí… Vivía con mi madre, pobremente, pasando fatigas. Un señor que era abogado conocía a mi madre y le dijo que había un empleo del Estado vacante […]. Fui a ver al abogado y me explicó la cosa… Bueno, ese señor echó la solicitud, la firmé y al tiempo me dieron el cargo. Mi madre no quería que firmara y la pobrecita lloraba como si yo fuera el reo…” [García Jiménez, S. (2010). No matarás. Célebres verdugos españoles. Santa Cruz de Tenerife: Editorial Melusina: 62-63]. Un designio tremendo para los más pobres y desclasados que, aún hoy, se perpetúa en buena parte de los países menos favorecidos. Así se explica que la oferta, aparecida en 2011, de un presidio de Zimbabue que buscaba cubrir una plaza de verdugo vacante desde 2005 recibiera cientos de solicitudes. Nada sorprendente para un país terriblemente golpeado por la crisis y con un noventa por ciento de paro.

[13] Neuman, E. (2006). Verdugos y médicos. ¿Víctimas o victimarios? ILANUD, 27, 43-59: 53.

Mujeres en “todas” las ciencias

Ciencia, palabra que procede del latín scientia –o conocimiento- es, según la Real Academia Española, máxima fedataria de la pureza léxica de nuestro idioma, un “conjunto de conocimientos obtenidos mediante la observación y el razonamiento, sistemáticamente estructurados y de los que se deducen principios y leyes generales con capacidad predictiva y comprobables experimentalmente”. Al menos eso se indica en la primera acepción del término[1]. Ello implica, de entrada y sin mayores tonterías, que siendo tan válidas experimentalmente las técnicas cuantitativas como las cualitativas, entonces se debe asumir que tan ciencia es, en general, la botánica, como la mecánica clásica, la geología, la sociología, la economía o la gramática. Cada objeto de estudio, evidentemente, define el modelo de acercamiento teórico y empírico que hace posible la aplicación de una metodología científica al mismo en la misma medida que la actividad científica no viene definida por el objeto que se estudia, sino por el método empleado para estudiarlo y sus posibilidades de aplicación. Y hasta ahí, supongo, todos -incluido el más exquisito y riguroso epistemólogo del patio- estaremos de acuerdo.

Ciertamente, el diccionario, porque el lenguaje es rico y precisa de detalle para ajustarse a la demanda del hablante y los vericuetos del idioma, en su cuarta acepción indica que el plural “ciencias” –nunca el singular-, se reserva de manera específica para el “conjunto de conocimientos relativos a las ciencias exactas, físicas, químicas y naturales”. Un hecho que pone la ya indicada acepción primera del término en tela de juicio, pues si cabe considerar ciencia, por ejemplo, a la sociología o a la antropología –ciencias de lo humano se entiende-, entonces no cabe entender en modo alguno por qué no entran de pleno derecho en el plural de las “ciencias”. Y, sin embargo, ocurre que es perfectamente razonable hablar de “ciencias humanas” o de “ciencias sociales” de suerte que, si se lee más abajo en la acepción señalada, se descubrirá que el propio diccionario está de acuerdo con ese uso extendido del término. Es obvio que aquí hay alguna clase de trampa, contradicción o rareza lingüística que no se alcanza a comprender y que tampoco se explica por el origen latino del concepto mismo. Recuérdese: “conocimiento”.

Un caso claro de eso que decía Paco el bajo, el personaje de Delibes, a su hija: “misterios de la gramática”. Que lo arreglen nuestros académicos, o que pregunten a quien pueda –y sepa- arreglarlo… O que simplemente eliminen la acepción cuarta y se tomen en serio a sí mismos.

¿Por qué me enredo en todo esto?

Vaya, porque estoy hasta el mismísimo gorro de las malversaciones lingüísticas del presente y de los malversadores que se apoyan en ellas para encaramarse a no sé qué púlpitos a fin de andar repartiéndonos a los pobres mortales actas de validez, calidad, exigencia, rigor científico e incluso capacidad e inteligencia -todo ello con el adecuado apoyo de la Autoridad competente, luz y taquígrafos, faltaría más-. No crean. No es ni una pataleta, ni un enfado retórico. Verán: si yo digo que usted está en “las ciencias” (plural), entonces aquello a lo que usted dedica su vida y sus desvelos es una cosa muy seria que recibe apoyo económico, respeto institucional y prestigio social, aunque sea usted un tonto del bote que en su vida va a aportar cosa alguna digna de mención. Pero si yo determino que anda usted enredado en esas banalidades de la simple ciencia (singular) entonces seguramente sea un pobre bobo que anda perdiendo el tiempo en cosas insustanciales y no tiene derecho ni a dineros, ni a reconocimientos de clase alguna, porque no hace otra cosa que tomar el pelo a los pobres mortales… Aunque sea usted un completo genio. Misterios de la gramática.

Ahora nos vamos centrando y caminamos hacia el objetivo –metódico que es uno-:

Si tu, querida amiga -o tu hija, o tu hermana, o tu esposa, o tu madre- no estudias física, biología, química o ingeniería de cualquier cosa, entonces no eres –no son ninguna de ellas- mujeres dedicadas a “las ciencias”. Son de esas tontillas de letras o por ahí, como yo mismo, que como siempre han sido más torpes que un canto “rodao” y carecen de cualquier talento, han tenido que dedicarse a malgastar sus tristes vidas en esas sandeces sin fuste alguno en que se ocupan –nos ocupamos- las pobrecillas. Y por eso tiene entonces sentido hacerse esta preguntita retórica que, más allá de cuestiones de género, es una trampa argumental que nos explica a todos/as la clase de sociedad en la que vivimos o en la que nos quieren hacer vivir: “¿por qué no hay mujeres en las ciencias?” Algo así como venir a decirte: “mira guapa, ¿para qué te vas conformar con ser Concepción Arenal, Victoria Kent, Dorothea Dix o Margaret Mead cuando puedes ser Marie Curie?” -como si las primeras fueran cuatro lerdas, mire usted y anda con Dios-. Tal pregunta, a bote pronto, según te la formulan, y hay muchas maneras de hacerlo, ya te pone de muy mala baba y admite una respuesta bastante desabrida y equivalente a la que yo le di a mi profesor de matemáticas del instituto cuando me dijo que estudiando “eso” que yo iba a estudiar no llegaría “a nada en la vida” –y porque había aprobado… menos mal que a estas alturas me queda el consuelo de haber llegado bastante más lejos que él, lo cual me ratifica en el tono desabrido de la respuesta que le di-.

No. Mire usted. Si de lo que se trata es de publicitar las “ciencias naturales”, su estudio y profesión entre las señoritas que desembarcan en la Universidad patria, idea ante la que no tengo cosa alguna que objetar y que me parece de lo más fetén, faltaría más, pues háganlo. Pero bien. Precisen: “mujeres en las ciencias naturales y/o exactas”; “mujeres en las ingenierías”… Porque decir solo “mujeres en las ciencias” es como decir que todo lo que no encaja en determinados parámetros de conocimiento no es ciencia válida, no genera conocimiento genuino, y eso es faltar a la verdad… No conviertan la necesaria demanda de la presencia de la mujer en las ciencias naturales en una nueva, sutil, y perversa forma de humillación. No hace falta que nos maltraten por enésima vez, por favor. No nos “ayuden” más.

Ni nos mientan. Ni nos tomen el pelo. Ni traten de ponernos el pie encima como ya es maldita e inveterada costumbre en este país de tecnocracias inmemoriales. No castiguen a los que ya estamos por estos pagos haciendo estas cosas que ustedes encuentran tan detestables, ni a las señoritas que deciden estudiarlas porque resulta que la pobre Marie Curie -que buena culpa tendrá ella de estas tonterías- les huele a ratones al menos tanto como a mí el bueno de Alfred Cantor -que seguro que tampoco tiene culpa alguna-. Nosotros también hacemos ciencias. Otras ciencias. Centradas en diferentes objetos pero con idéntico método. Destinadas a otros objetivos, medios y propósitos, pero con el mismo interés por el conocimiento o scientia –no se me ocurriría arrogarme más- que puedan tener ustedes.

Sé que muchos nos desprecian e incluso opinan -pobres- que el mundo sería mejor si se convirtiera en una tecnocracia galopante en la que solo hubiera humanistas en los parques zoológicos, expuestos como meras curiosidades y vestigios del oscurantismo. Lo comprendo porque soy capaz de comprender –que no de compartir- casi cualquier cosa. Pero hagan un pequeño esfuerzo de imaginación: piensen en cómo sería una medicina sin enfermeros/as; una educación sin enseñantes ni pedagogía; una investigación biomédica sin principios éticos; una actividad política sin economistas, sociólogos o juristas; un idioma sin lingüistas; una cultura sin antropólogos; una nación sin comprensión precisa de su pasado; una gestión del conocimiento sin filósofos; una conciencia sin psicólogos; un derecho a la información sin periodistas… Podría seguir así hasta mañana… También para esto necesitamos muchas mujercitas deseosas de estudiar y conocer a las que no podemos decirles sutilmente, a remanguillé, eso de: “niña, por ahí no llegarás a nada en la vida”. También esto –creo yo- es necesario y tiene derecho a la existencia.

Son “ciencias” porque también son actividades repletas de cosas, casos y objetos que quieren, pueden y deben ser conocidas.

Un respeto. Nos lo hemos ganado trabajando tanto como ustedes.


[1] https://dle.rae.es/?id=9AwuYaT

La importancia de prevenir

prevencion
Fuente: Meditips.com

La igualdad, la transversalidad, la prevención y la intervención en los ámbitos de la violencia y el delito se han convertido en materias de importancia insoslayable. Especialmente porque son temas que se encuentran en relación directa con otros que una sociedad libre y democrática que pretende solventar con éxito sus retos y avanzar hacia un futuro mejor no puede tolerar o asumir: la erradicación del abuso, combatir el empleo de la fuerza como modelo básico de relación, garantizar la igualdad de todos sus ciudadanos y trabajar en la prevención de las situaciones de riesgo. Una lucha que, por supuesto, ha de guiarse por el principio elemental de la promoción y articulación de la convivencia pacífica. Las conductas relacionadas con la violencia, los abusos, el acoso, el maltrato y las humillaciones –sea cual fueren los motivos que las movilizan- no son ni pueden ser, por tanto y sea cual fuere su contexto, asuntos privados o colaterales que podamos permitirnos el lujo de ignorar. Son agresiones directas contra el espíritu mismo del cuerpo social que horadan sus cimientos, que contaminan sibilinamente el sustrato cultural y que, con el paso del tiempo, si no se actúa en consecuencia, se acaban normalizando. De ahí la importancia de una prevención eficiente y de una intervención decidida.

Contrariamente a lo que mucha gente cree, en este asunto no está en juego únicamente la defensa de la mujer, del niño, del anciano, del “buen ciudadano”, de la propiedad o la batalla por un puñado de derechos que afectarían tan solo a una parte más o menos “respetable” de la población, sino la defensa de la libertad, de la autonomía y de la dignidad personales en sí mismas y con total independencia de quien las encarne en un momento dado. Los derechos no son bienes negociables y no deberían forma parte del debate político o estar sometidos a querencias, albures y pachangas ideológicas.

Castigar no funciona

El enfoque tradicional –y muy cuestionado de un tiempo a esta parte- en el ámbito de la violencia en particular, o del delito en general, ha sido el de abordar las consecuencias antes que atacar las causas lo cual, en realidad, supone ir a remolque del problema en sí. Sancionar es preciso porque la maldad, adopte la forma que adopte, ha de conllevar consecuencias y requiere de la repulsa decidida del cuerpo social, pero no ha de olvidarse que el castigo resulta insuficiente por sí mismo a la par que es ineficaz como terapia. Castigar no palía el daño recibido, no evita futuros daños y tampoco, por cierto, enseña cosa alguna a quien daña. Sin embargo, y junto con la creciente demanda de políticas tutelares, protectoras e integradoras para con las víctimas, nunca se han terminado de afrontar de manera precisa ni a los agresores, ni los factores de riesgo que operan como desencadenantes de sus agresiones. La mera idea de que “el malo” simplemente “es malo” y no puede ser en caso alguno rehabilitado o prevenido es torpe, acientífica, antidemocrática, indemostrable, falsa, conduce a la inacción y, por todo ello, se antoja como bastante poco práctica.

El hecho es que las políticas reactivas, sea cual fuere su forma, van siempre a la zaga de los problemas que tratan de afrontar y raramente son tan funcionales como pretenden sus defensores. A menudo comento que los robos, asaltos, violaciones, asesinatos, maltratos y etcétera no son un tema de nuestro tiempo ni una novedad histórica –se diga lo que se diga por ahí-, pero solo en las sociedades avanzadas y de derecho efectivo en las que se ha dejado de aplicar toda suerte de estrategias brutales y represivas al respecto, se ha conseguido reducir su número por habitante e impacto general. Es un hecho documentado hasta el hartazgo. La tasa de delitos por habitante en Europa Occidental, con sus políticas calificadas por algún que otro indocumentado de “blandas”, es infinitamente más baja que la que podemos encontrar en los países asiáticos, americanos o africanos, en los que la solución general al problema del criminal –que no del crimen- suele ser el trastazo y tentetieso.

Por otra parte, ir permanentemente “a la zaga de los malos” degenera en un planteamiento asimétrico de la cuestión que, por supuesto, deja sin respuesta lagunas que en determinadas situaciones conducen los esfuerzos destinados a la prevención, las intervenciones y los intentos de rehabilitación a la disfuncionalidad. Pensemos en un ejemplo de manual: el momento de mayor riesgo para la vida de la mujer maltratada –y a menudo para la de sus hijos- es precisamente el de la separación final del maltratador. Paradójicamente, hemos convencido con bastante eficiencia a estas mujeres de que han de ser conscientes de su situación para alejarse de sus torturadores, pero también hemos fracasado de manera estrepitosa a la hora de garantizar que esa separación suponga por sí misma el final de la violencia. Más aún: disponer toda suerte de recursos a favor de estas mujeres y endurecer paulatinamente las condenas destinadas hacia sus agresores, no ha reducido en demasía la incidencia de este tipo delictivo ni ha impedido que, precisamente, sea el momento del final de la relación en el que muchos agresores se lancen por la pendiente del homicidio. ¿Por qué? Precisamente por no abordar adecuadamente el problema de la prevención amparándonos en argumentos políticos y económicos, arraigados a menudo en burdos pretextos de tradición cultural, de muy dudosa calidad.

La mitología del coste-beneficio

En un momento como el presente, de profundas transformaciones económicas, sociales y culturales, en el que comienzan a aparecer especialistas y legos que cuestionan sin cesar la eficacia de los postulados centrales de la teoría social clásica, o que predican sin cesar la necesidad de replantearse los aspectos centrales de las políticas criminal y social promovidas desde los discursos “oficialistas”, cabe indicar que ni es tan obvio que el grueso de la teoría social posterior a la Segunda Guerra Mundial haya fracasado, ni parece tan lógica en consecuencia la pretensión de arrumbar, o al menos cuestionar en su conjunto, las premisas de las políticas criminales y sociales contemporáneas. El problema es que a menudo resulta que más que inoperantes parecen molestas y fastidiosas… bien porque resultan caras, bien porque simplemente son impopulares entre los sectores más conservadores y tradicionalistas de la sociedad. Sectores a los que habría que recordar algo de lo más elemental: que algo sea tradicional no lo hace mejor o peor en sí mismo; simplemente lo hace “tradicional”.

No obstante, las estadísticas disponibles parecen validar la eficiencia de muchas de estas políticas criminales supuestamente “perversas”. Sobre todo si tenemos en cuenta que toda la explicación –y su conceptuación- psicosocial delineada a lo largo de los últimos treinta años en torno a la etiología de las diferentes formas de violencia aún no ha sido del todo superada en términos científicos, ni da la impresión de que, a tenor de los conocimientos disponibles en la actualidad, lo sea en un futuro cercano. Y aquí viene otro detalle significativo: pese al sensacionalismo con los que suelen ser tratadas estas cuestiones, la realidad es que siendo España uno de los países de Europa Occidental que aporta menor cantidad de medios económicos a la rehabilitación y reinserción de sus reclusos, sin embargo, tiene una tasa de reincidencia delictiva que raramente sobrepasa el 30% para la cifra global de delitos. Y no solo, pues es otro hecho que la población carcelaria española se ha reducido en cerca de 20.000 internos a lo largo de los últimos 15 años, lo cual nos aporta –se venda lo que se venda en los discursos políticos menos informados y algunos medios de comunicación poco concienzudos- la imagen de un país con una baja tasa de criminalidad y, en general, bastante seguro[1]. Dada la incuestionable calidad de la mayoría de los profesionales que se implican en estas cuestiones y que, por sí misma, explica gran parte de este éxito, cabe preguntarse cuánto podría llegar a conseguirse con más y mejores recursos, y menos gente poniendo palos en las ruedas.

Debe tenerse en cuenta que, en general, las estadísticas son poco conocidas por la ciudadanía –o le son presentadas de formas poco claras-, que el conocimiento que el grueso de la población tiene sobre las leyes y su aplicación es por lo común bajo y que, habitualmente, todas las encuestas que se realizan tienen baja fiabilidad por cuanto arrojan el singular resultado de que el delito percibido –así como su magnitud- por la población es siempre mayor que el delito real objetivo. Este hecho viene propiciado por las curiosas políticas informativas que siguen determinados medios de comunicación y que ofrecen, por lo común, visiones extremadamente distorsionadas acerca de la violencia y la delincuencia, su cantidad, etiología y manifestaciones. Tampoco ayudan, por cierto, la escasa pedagogía que se realiza desde el Poder Judicial o desde las propias Autoridades, ni el hecho de que la formación de los jóvenes esté claramente descompensada en relación a las horas que se dedican a ciertas cosas, y el escaso tiempo que se concede a su formación como personas éticas, morales y jurídicas.

Dicho de otro modo: sabemos que enfrentamos una dificultad, pero muchos de sus aspectos siguen en la opacidad lo cual nos impide radiografiarla con exactitud a la par que la presión popular conduce inevitablemente a la impulsividad. Al fin y al cabo, debe tenerse en cuenta que los legisladores no sólo toman decisiones en función de los resultados de la investigación científica o de la realidad objetivada en los datos –que sería lo deseable-, sino, ante todo, teniendo en cuenta si las medidas que adoptan tienen “sentido” para la comunidad de referencia. En resumen: las políticas criminales y sociales que se aplican en un momento dado no sólo vienen definidas por la evidencia científica establecida, sino también y en gran medida por una opinión pública a menudo bastante mal informada, cuando no simplemente confundida.

De hecho, el súbito resquebrajamiento del modelo económico que se impuso en la mayor parte de Occidente a partir de la Segunda Guerra Mundial –el célebre “estado del bienestar”- ha motivado una situación paradójica en la medida que, siendo las demandas psicosociales de igualdad, justicia y equidad las mismas de siempre, o tal vez mayores, sucede que el sistema no parece poder responder a ellas por una falta endémica de recursos. En realidad lo que ocurre es que el crecimiento económico no conduce necesariamente hacia el ideal de la equidad pero, paradójicamente, la equidad necesita de tal crecimiento pues la justicia social y sus demandas requieren de recursos siempre crecientes. Es decir, no existe retroalimentación entre ambos elementos: una mayor equidad incide en el surgimiento de nuevos valores y necesidades, pero éstos conllevan a su vez un coste que el propio sistema no siempre puede, quiere o sabe satisfacer. Una dificultad que, naturalmente, afecta con mayor dureza a los sectores más desfavorecidos, necesitados, y/o en situación de riesgo y exclusión social. Repásese ahora lo que ya se escribió en este mismo blog sobre la inexistente relación entre la felicidad y el PIB.

Al hilo de lo precedente, y en atención al interés creciente por la equidad y la justicia social en los países occidentales, el asunto de la prevención y tratamiento de las conductas antisociales, así como de sus consecuencias, ha pasado a lo largo de los últimos cuarenta años por dos estadios claramente diferenciados: desde el pesimismo de la década de 1970 al optimismo reservado de la década de 1990 –eso que hoy en día algún que otro malintencionado llama “buenismo”-. Obviamente, y planteado el problema en términos propiamente científicos, ello se debe a un cambio generalizado en el modelo de comprensión del mismo, que se ha trasladado desde el tradicional enfoque unicausal –el origen de la de la violencia y sus manifestaciones eran reducidos a un solo mecanismo básico-, a otro multicausal y por ello mismo multidisciplinar, influido por los nuevos avances científicos, en el que ya se comienza a hablar en términos de factores de riesgo predisponentes, o bien de factores de protección, ya sean estos de carácter ambiental o individual. Consecuentemente, desde las anticuadas teorías biologicistas que justificaban un tratamiento tutelar –sanitario- de las víctimas y de los infractores, y pasando por el ambientalismo radical propugnado por los expertos mediado el siglo XX, se ha llegado finalmente a una visión panorámica del problema cuyo resultado práctico es un modelo de justicia cuyos objetivos son, necesariamente, otros bien diferentes y en cuyo contexto adquiere sentido el lenguaje jurídico del presente: interés del infractor, interés de la víctima, sanción, responsabilización, reeducación, mediación, restauración.

Riesgo y protección

Un factor de riesgo es una condición que aumenta la probabilidad de acciones agresivas o delitos, pero que no necesariamente las produce. En general, puede entenderse a los diferentes factores de riesgo ya como atributos y/o características individuales, ya como condición situacional y/o contexto medioambiental. En ambos casos, la presencia de estos factores –y la medida en la que se presentan- incrementan el inicio o mantenimiento de las conductas delictivas. Es por ello que los factores de riesgo siempre aparecen como eventos previos al inicio de las conductas antisociales y victimales y, a posteriori, predicen la evolución y el resultado de las mismas tanto para la víctima como para el agresor.

Por el contrario, los llamados factores de protección son factores individuales o ambientales que inhiben, reducen o atenúan la probabilidad del ejercicio y mantenimiento de las conductas problemáticas. Tales factores aparecen al hilo de la singular paradoja de la resistencia –o “resiliencia”[2], por la cual se trata de comprender los motivos que impiden que una persona sometida a idénticas tensiones, o factores de riesgo, que otra se convierta en delincuente o en víctima entretanto la segunda sí lo haga. Multitud de estudios realizados hasta la fecha muestran claramente la existencia de influencias o elementos que suprimen o mitigan el efecto de los factores de riesgo sobre los individuos. Este hallazgo ha dado sentido en las últimas décadas a los enfoques en materia de prevención, por cuanto se ha comprendido que no basta con intervenir sobre los riesgos, sino que también se debiera trabajar de manera integral, fomentando la protección.

Así se explica, por ejemplo, la importancia creciente que la literatura otorga a elementos como la implicación familiar –o a la intervención en la familia si esta se muestra disfuncional- en el éxito tratamiento y resocialización de víctimas y verdugos. De tal modo, la concurrencia de factores de riesgo y de protección permite plantear un abordaje de la violencia en términos de probabilidad, pero nunca de determinación. En consecuencia, el hecho de que un individuo presente un factor de riesgo no implicara necesariamente que vaya a cometer delitos o a ser víctima de ellos sino, en todo caso, que puesto en comparación con aquellos individuos que no presenten tal factor, o que se encuentren bien protegidos ante él, tendrá mayor probabilidad que éstos últimos de introducirse en el circuito de la violencia. Por lo demás, resulta evidente que los factores de riesgo, para resultar predictivos, deben aparecer en forma de constelaciones y que la presencia de uno solo no nos permitirá predecir con rigor una futura conducta problemática.

Lo interesante es que, desde esta perspectiva, se abre el camino hacia una nueva consideración de la prevención y del tratamiento, tanto jurídico como psicosocial, de las conductas delincuenciales y violentas que ha terminado por inspirar toda una gama de abordajes novedosos para los problemas y que, de un modo u otro, ha generado líneas de pensamiento generalizadas y acuerdos internacionales que se han visto incorporados con mejor o peor fortuna a prácticamente todas las legislaciones occidentales. No obstante, la falta de estudios retrospectivos –o el mero silenciamiento de los resultados- ha motivado que persista el debate en torno a la efectividad real de estas legislaciones y de su aplicación, y se ha convertido en el lugar por el que se siguen sosteniendo, por un lado, el debate en torno a la eficacia y, por otra parte, la corriente de opinión pública contraria a estas políticas a las que se considera blandas para con el agresor, ineficaces para con la víctima y, en general, poco efectivas. En otras palabras: cuando se habla de prevención y rehabilitación se habla siempre de dinero, ética, moral o justicia, pero rara vez de los resultados obtenidos, y así no hay forma.

Si al problema precedente sumamos el generado por el derrumbe económico y la crisis de la zona euro, parece sencillo comprender en qué sentido estos elementos afectan a la evolución de las políticas de equidad en general, y a la prevención y tratamiento de la violencia en cualquiera de sus formas. Durante las últimas décadas la meta de los programas públicos ha sido la de garantizar una cobertura universal, pero en el presente, y a falta de recursos, el objetivo de la cantidad ha sido reemplazado por el de la calidad.

De tal modo, los programas de largo alcance y las intervenciones ambiciosas del pasado, que en buena medida justificaban las pretensiones de más optimistas de una ley integral como la diseñada contra la violencia de género o de la delineada para abordar la problemática de los menores infractores, se han visto reemplazadas por un modelo mucho más limitado que evalúa la validez de toda acción bajo la lógica del coste-beneficio y cuyo impacto futuro resulta todavía difícilmente predecible. Otra “buena razón” para reducir y limitar el trabajo de los equipos técnicos propiciándose con ello un lento retorno a la poco operativa tradición del tutelaje, el custodialismo, la sanción y el castigo…

O lo que es lo mismo: a construir la casa por el tejado en la medida que se abordan las consecuencias del problema, pero no sus causas.

prevencion #2
Fuente: Grupoesoc.es

[1] Todos estos datos son públicos y pueden contrastarse en suma facilidad en las estadísticas oficiales. Y aquí no caben “cocinas” ni “maquillajes”… El número total de reclusos o el de sujetos reincidentes son absolutos y no admiten enmienda.

[2] Adoptado al castellano del inglés resiliency, el concepto procede de la física y viene definido como la capacidad de un material elástico para absorber y almacenar energía de deformación. Trasladado al ámbito psicológico se refiere a la mayor o menor capacidad del ser humano para asumir con facilidad situaciones límite, emocionalmente complejas, y sobreponerse a ellas.

Un periodista. Un amigo

Francisco Pérez Abellán #1

Me sorprende a media tarde, cuando me localiza vía telefónica una compañera, la siempre triste noticia del repentino fallecimiento de un buen y querido amigo, el periodista de sucesos Francisco Pérez Abellán.

Me invade de súbito la nostalgia.

Del mismo modo que la vida nos unió profesionalmente durante cuatro años, también vino a separarnos por razones profesionales. Esas que se imponen, que nadie gobierna, y que rara vez se planifican. Sin embargo, Paco y yo hicimos muchas cosas juntos –desde planes de estudios y ordenaciones docentes a programas de radio y televisión, pasando por todo lo que uno pueda imaginarse entre lo uno y lo otro- durante ese tiempo en el que trabajamos, como quien dice, codo con codo. Investigamos casos, nos las ingeniamos para entablar relaciones con el FBI, publicamos libros e incluso llegamos a montar una exposición. Porque así era él… Todo bullía a su alrededor. O te organizabas para borbotear a su marcha sin perder el paso, o estabas listo.

Paco siempre fue conocido por su labor como periodista y escritor, pero, como nos pasa a casi todos y todas, era muchas más cosas: Doctor en Periodismo por la UCM, excelente profesor, gran investigador, profundo conocedor de los vericuetos del crimen y la historia criminal, buen compañero, ameno conversador, tipo leal y persona honesta donde las hubiere. Un hombre de cuerpo entero que nunca escondió nada, que siempre dijo lo que pensaba –a veces incluso perjudicándose a sí mismo-, sacando pecho y tirando para adelante. Y si bien es cierto que en muchas cosas nunca estuvimos de acuerdo y que, por ello, tuvimos grandes discusiones, no es menos verdad que jamás podré dejar de reconocer su honradez y su compromiso con todo aquello en lo que creía sin ambages. De hecho, en medio de nuestras refriegas –que varias hubo- siempre imperó el respeto mutuo y el reconocimiento que solo puedes tener enfrentado a alguien que te mira a los ojos, sin esconderse, sin paños calientes y sin pamplinas. “A calzón quitado”, como él solía decir.

Y por eso llegué a apreciarlo, ya fuera en la cercanía, ya en la distancia.

Recuerdo que solíamos reírnos a menudo a causa de la confusión que provocaba en el personal la casualidad de que nuestro nombre y primer apellido, harto comunes, además coincidieran –“Paco Pérez”-, al punto de que en más de una ocasión nos quisieron convertir en parientes. Un desaguisado que aprendimos a solventar con una resignación irónica propia de los Hermanos Marx. Era norma la circunstancia de que el teléfono del despacho sonara preguntando por cualquiera de nosotros y, en el desbarajuste, se produjeran situaciones de verdadero sainete y entuerto. Y la situación se agravó aún más cuando entró en escena su hijo, Francisco Pérez Caballero, hecho que nos llevó a menudo a bromear con la idea de ir al juzgado a cambiarnos el nombre… Ocurrió en cierta ocasión que una organización me telefoneó para proponerme una conferencia, a la que se acabó presentando, a la fecha y hora señaladas, Francisco Pérez Abellán en mi lugar. Solo a aro pasado nos dimos cuenta de la confusión, pero Paco, que como sabe todo el mundo era persona de largo verbo y muchas tablas, supo salir airoso del trance. Y los organizadores del evento ni se enteraron.

Abellán, como yo solía llamarle para no armar mayores jaleos de los necesarios, era un gran tipo en las distancias cortas. Bastante alejado del guerrillero televisivo o del batallador radiofónico que se recordará para los restos. Y es que a veces los personajes públicos que nos hacemos para andar por la vida terminan ocultándonos a los ojos del mundo. No diré que no tuviera defectos –a mi eso de la falaz necrofilia post-mortem que tanto se practica en España ni me interesa, ni me lo creo-, que los tenía y no pocos, como cada hijo de vecino, pero todos ellos le convertían en lo que era y ante esto no cabe renegar. La gente sin defectos no existe, y si existiera tampoco sería interesante. No obstante, como digo, en lo cercano, Paco era un tipo estupendo que sabía infinidad de cosas, que siempre era capaz de sorprenderte con un dato inesperado, tenía una ingente cantidad de anécdotas que contar, irónico, perspicaz y con un toque de humor muy divertido con el que podía amenizar desde una comida de trabajo a una charla intrascendente de pasillo. Tan capaz era de tenerte boquiabierto con cualquiera de las peripecias reporteriles de sus años en el extinto Diario Pueblo, como de llevarte a la risa y el ocasional sonrojo con un chiste subido de tono.

Francamente, le voy a echar de menos porque –y este aserto inspirado en Hannibal Lecter seguro que le haría gracia- el mundo va a ser menos interesante sin él dentro. Con Francisco Pérez Abellán se nos marcha uno de los últimos periodistas genuinos, de esos que aprendieron el oficio en la calle y no ante la pantalla de un ordenador. Un reportero de cuerpo entero, un profesional excelente que –creo- ha tenido en más de una ocasión la mala pata de sufrir ese mal patrio e incorregible del desprecio y la ingratitud. A algunos, ante y sobre todo, se nos larga un muy tipo muy querido… Y perdonadme, pero no puedo resistirme a terminar este homenaje al amigo que se va en esa barca que, como dice la copla, se hace pequeña al adentrarse en la mar, recordando una anécdota que suelo rememorar a menudo y que, creo, le define maravillosamente. Al caso:

Una mañana primaveral, tras tomarnos ese refrigerio matutino que tan bien sienta en la cafetería de la universidad, ya caminando lentamente hacia el despacho, no sé bien cómo ni a santo de qué, salió a relucir en la conversación la cuestión acerca de qué habría después de la muerte -sí, nuestras conversaciones igual versaban sobre lo humano, que se enredaban en lo divino-. Yo, muy sesudo, expuse mi punto de vista y a Paco, en un gesto muy suyo, mirándome fijamente con sus ojos empequeñecidos por los cristales de las gafas, tras ponerse muy serio, le salió ese periodista indómito y vocacional que llevaba dentro. Entonces dijo: “pues yo creo que cuando uno se muere, de repente, se le revela la verdad sobre todas las cosas, y todo queda claro como el agua”.

Bueno Paco, pues ya lo sabes.

Un abrazo y descansa, periodista.

La ambición del mujik

La ambición jamás se detiene. Ni tan siquiera en la cima de la grandeza.

Napoleón Bonaparte.

A menudo, cuando surgen asuntos como el de la corrupción o la evasión de impuestos, topamos con la estupefacción generalizada de una sociedad que, de repente, se muestra incapaz de comprender las razones por las que alguien que ya es millonario se esfuerza por burlar sistemáticamente a la ley para acumular aún más riqueza, o por los motivos que impulsan a alguien con las necesidades vitales cubiertas con creces a defraudar a la hacienda pública una y otra vez. Duda que suele devenir sistemáticamente en indignación popular ante la aparición de estos casos. Pero, a poco que tratamos de pensar en el asunto, vemos de inmediato que laten en su fondo preguntas ético-morales que se encuentran en la misma raíz de la cuestión y que muy a menudo, simplemente y pese a ser las importantes, nadie se hace: ¿Cuánto es suficiente? ¿Cuánto de algo se debe poseer para considerar que se tiene bastante? ¿Seríamos capaces de renunciar a la posibilidad de tener más de algo si ese algo estuviera a nuestro alcance?

Personalmente, estimo que la ambición, adopte la forma que adopte en la práctica y más allá de variables relativas a la clase social, la legislación vigente o el contexto socioeconómico –que son coyunturales y cambiantes-, se relaciona de suerte muy estrecha con la mera condición humana. En el fondo todos somos acumuladores de algo –y no todo lo acumulable es necesariamente material- en la medida que tendemos a estimar, por una u otra razón que casi nunca se discierne con claridad, que eso es sumamente valioso en sí mismo y que merece la pena poseer de ello cuanto más mejor. Por lo común justificamos nuestro afán por obtener más de “eso” que nos inspira en motivaciones espurias y volátiles que no alcanzan ni remotamente el fondo de un problema cuya raíz última se nos escapa. Querer más de lo que sea es humano. Querer siempre mucho más de lo que podremos asumir o disfrutar. Tenerlo porque sí, y basta. Tal vez ello conceda sentido al comentario que me hizo un conocido estafador, condenado por fin tras largos años de apropiarse del dinero de otros sistemáticamente: “en realidad ya no me hacía falta seguir haciéndolo, pero aún así continué hasta que me cazaron porque quería saber hasta dónde se podía llegar, cuánto de bueno podía llegar a ser”.

No conozco a nadie que se considere suficientemente bien retribuido en uno u otro sentido, y lo más probable es que en ello, y paradójicamente, radique nuestro éxito como especie. Nunca tenemos “suficiente” de absolutamente nada. Toda cultura es un mecanismo impulsado por la mecánica del “siempre más” y del “siempre mejor” de acuerdo a unas condiciones materiales y éticas de posibilidad preestablecidas. Y en tal contexto, cierto grado de ambición para alcanzar determinados objetivos “buenos” resulta socialmente deseable y tiende a ser gratificado. Precisamente por ello la idea del “buen salvaje” es pura mitología, pero ocurre también que ese proceso de avance es complejo, no lineal, y, frente a las leyendas positivistas en torno al progreso, éste no siempre deviene en algo “mejor”. Progresar no siempre es crecer y, del mismo modo, “más” a menudo es “peor”. Piénsese, por ejemplo, que también las enfermedades crónicas progresan.

Al final ya no es lo que poseemos, sino, ante todo, el reto de poseer y la generación de las condiciones apropiadas para seguir poseyendo. Nadie se sentirá jamás lo bastante rico, lo bastante amado, lo bastante exitoso, lo bastante admirado, lo bastante libre. Lo bastante sabio o lo suficientemente poderoso. No es lo que obtenemos hoy –que a duras penas es disfrutado pues se pierde en el mero afán de la posesión- sino ese futuro dorado que anticipamos mediante la obtención de cierto tipo de bienes, ya sean materiales o espirituales. El miedo a no tener mañana de “eso” en una medida que pueda considerarse suficiente en cualquier sentido. El pánico a dejar escapar la ocasión, la oferta, el negocio, la posibilidad, el premio… El vicio cegador de lo superfluo frente a la sensatez de lo necesario. La pasión por lo posible que aplasta la racionalidad de lo coherente. El olvido perenne de que todo, incluso lo que más podamos desear por bueno, valioso o apetecible, tiene un precio que se debe estar dispuesto a pagar y cuyo coste –que nunca anticipamos- solo alcanzamos a comprender y valorar cuando se nos pasa la factura. Probablemente, en una cultura occidental que ha primado sobre cualquier otra la lógica del coste-beneficio, esta cuestión se manifieste con mayor claridad…

Sea como fuere, cuando invito –o se me invita- a reflexionar sobre este problema, comparto este esclarecedor relato.


mujik

¿Cuánta tierra necesita un hombre? (Lev Tolstoi, 1885)[1]

Érase una vez un mujik[2] llamado Pahom que había trabajado dura y honestamente para su familia durante largos años, pero sin embargo no tenía tierras propias, de modo que no había logrado salir de la pobreza. “Ocupados como estamos desde la niñez trabajando la madre tierra –se lamentaba a menudo- los campesinos siempre debemos morir como hemos vivido, sin nada propio. Las cosas serían muy diferentes si tuviésemos nuestra propia tierra”.

[…]

Cerca de la aldea de Pahom vivía una dama, pequeña terrateniente, que poseía una finca de 150 hectáreas. Un invierno se difundió la noticia de que la mujer iba a vender sus tierras. Pahom oyó que un vecino suyo compraría 25 hectáreas y que ella había consentido en aceptar la mitad del pago en efectivo, y esperar un año por la otra mitad. “Qué te parece -pensó Pahom-. Esa tierra se vende, y yo no conseguiré ni una parte.” Así que decidió hablar con su esposa:

-Otras personas están comprando y nosotros también deberíamos adquirir unas cuantas hectáreas. La vida se torna imposible sin poseer tierras propias. De modo que, ambos, se pusieron a pensar en el asunto y calcularon cuánto terreno podrían adquirir. Tenían ahorrados 100 rublos. Vendieron un potrillo y la mitad de sus abejas; contrataron a uno de sus hijos como peón y solicitaron anticipos sobre su paga. Pidieron prestado el resto a un cuñado, y así reunieron la mitad del precio final. Luego, Pahom escogió una parcela de 20 hectáreas, en la que había bosques, fue a ver a la señora y formalizó la compra. Ya tenía sus propias tierras. Pidió semilla prestada, la sembró, y así obtuvo una buena cosecha. Al cabo de un año de duro trabajo había logrado saldar cuentas con la dama y su cuñado, convirtiéndose en propietario. Talaba sus propios árboles y alimentaba a su ganado en sus propios pastos. Cuando salía a arar los campos, a mirar sus mieses o a contemplar sus prados, el corazón se le llenaba de alegría. La hierba y las flores que crecían en ellos le parecían diferentes de las que había en otras partes. Antaño, cuando cruzaba casualmente por aquella tierra, siempre le había parecido igual a cualquier otra, pero ahora su impresión era muy distinta.

[…]

Cierto día Pahom estaba sentado a la puerta de su casa cuando un mujik viajero se detuvo ante ella. Pahom le preguntó de dónde venía y el forastero respondió que procedía del otro lado del Volga, donde había estado trabajando. Una palabra llevó a la otra, y el hombre comentó que había muchas tierras en venta por allá, y que muchos estaban viajando para comprarlas. Eran tan fértiles, aseguró, que el centeno crecía alto como un caballo, y tan tupido que cinco cortes de guadaña formaban una gavilla. Comentó que un campesino la había trabajado durante un tiempo sólo con sus manos, y ahora ya tenía seis caballos y dos vacas.

El corazón de Pahom se colmó de anhelo: “¿Por qué he de sufrir en este agujero -pensó- si se vive tan bien en otras partes? Venderé mi finca y, con ese dinero, comenzaré allá de nuevo y prosperaré”. De modo que vendió su tierra, su casa y su ganado. Con las ganancias se mudó con la familia a una nueva propiedad el triple de grande. Todo lo que había dicho el campesino era cierto, y Pahom estaba en mucha mejor posición que antes, pues adquirió muchas tierras arables y pasturas, y así pudo tener todas las cabezas de ganado que deseaba.

Al principio, en el ajetreo de la mudanza y la construcción de la nueva casa, Pahom se sentía complacido, pero cuando se habituó a la novedad comenzó a pensar que tampoco aquí estaba del todo satisfecho. Quería sembrar más trigo, pero no tenía tierras suficientes para ello, así que arrendó más terrenos por tres años. Fueron buenas temporadas y hubo buenas cosechas, de modo que ahorró un buen dinero. Podría haber seguido viviendo cómodamente, pero se cansó de arrendar tierras ajenas año tras año y de sufrir privaciones para ahorrar el dinero que le pedían por ello. “Si todas esas tierras fueran mías –pensó entonces-, sería independiente y no sufriría estas incomodidades”.

Llegó entonces el día en que un vendedor de bienes raíces que pasaba por su finca le comentó que acababa de regresar de la lejana tierra de los baskires[3], donde había comprado 600 hectáreas de tierra por sólo mil rublos:

-Sólo debes hacerte amigo del jefe –le dijo-. Yo le regalé como cien rublos en vestidos y alfombras, además de una caja de té, y di vino a quienes lo bebían, de suerte que obtuve toda esa tierra muy barata[4].

“Vaya -pensó Pahom-, allá puedo obtener fácilmente diez veces más tierras de las que poseo. Debo probar suerte”. Encomendó así a su familia el cuidado de la finca y emprendió el viaje, llevando consigo a su criado. Por el camino pararon en una ciudad y compraron una caja de té, vino y otros regalos, tal y como el vendedor les había aconsejado. Continuaron luego el viaje hasta recorrer más de 500 kilómetros, y en el séptimo día llegaron al lugar donde los baskires habían instalado sus tiendas. En cuanto advirtieron la presencia de Pahom, salieron y se reunieron en torno al visitante. Le dieron té y kurniss[5], y sacrificaron una oveja para darle de comer. Pahom sacó los presentes de su carromato y los distribuyó, diciéndoles que venía en busca de tierras. Los baskires parecieron muy satisfechos con la propuesta y le explicaron que para eso debía hablar con el jefe. De tal modo, lo mandaron a buscar y le contaron las motivaciones del visitante. El jefe escuchó pacientemente, luego pidió silencio con un gesto y se dirigió a Pahom:

-De acuerdo. Escoge la tierra que te plazca, pues tenemos en abundancia[6].

-¿Y cuál será el precio?- Preguntó Pahom.

-Nuestro precio siempre es el mismo: mil rublos por día.

Pahom no comprendió: -¿Un día? ¿Qué medida es ésa? ¿Cuántas hectáreas de tierra son?

-No sabemos calcularlo -dijo el jefe-. Vendemos la tierra por días. Todo lo que puedas recorrer a pie en el curso de un día es tuyo, y el precio es mil rublos por día.

Pahom quedó estupefacto ante la oferta: -Pero en un día se puede recorrer una vasta extensión de tierra- dijo.

El jefe se echó a reír: -¡Y será toda tuya! Pero con una condición: si no regresas en el mismo día al lugar donde comenzaste a caminar, perderás el dinero adelantado.

-¿Y cómo debo señalar el camino que he seguido?

-Iremos al lugar que gustes y nos quedaremos allí. Puedes comenzar desde ese sitio y emprender tu viaje llevando una azada contigo. Donde lo consideres necesario, deja una marca. En cada giro cava un pozo y apila la tierra; luego iremos con un arado de pozo en pozo. Puedes hacer el recorrido que desees, pero antes que se ponga el sol debes regresar al sitio del que partiste. Toda la tierra que cubras será tuya.

Pahom estaba alborozado ante la expectativa y decidió comenzar por la mañana. Charlaron, bebieron más kurniss, comieron más carne de oveja y bebieron más té, y así llegó la noche. Le proporcionaron un alojamiento con una cama de edredón, y los baskires se dispersaron prometiendo reunirse en la madrugada siguiente para viajar al punto convenido antes del amanecer. Pahom se acostó, pero no pudo dormir. No dejaba de pensar en su tierra. “¡Qué gran extensión marcaré! -pensó-. Puedo andar fácilmente cincuenta kilómetros por día. Los días ahora son largos, y un recorrido de cincuenta kilómetros representará gran cantidad de tierra. Venderé las más áridas, o se las arrendaré a los campesinos, y dejaré la mejor para trabajarla yo. Compraré dos yuntas de bueyes y contrataré dos peones más. Destinaré 90 hectáreas a la siembra y en el resto criaré ganado”.

[…]

Por la puerta abierta vio que ya rompía el alba. “Es hora de levantarse -se dijo-. Debemos ponernos en marcha”. Se puso en pie, despertó al criado que dormía en el carromato, le ordenó uncir los caballos y fue a llamar a los baskires. Estos se reunieron, y también acudió el jefe. El kurniss comenzó a correr de nuevo, y ofrecieron a Pahom un poco de té, pero él estaba ya muy impaciente y no quería esperar por más tiempo: “Si hemos de ir, vayamos de una vez. Ya es hora”.

Los baskires, entonces, se prepararon para la marcha, algunos a caballo, otros en carros. Pahom iba en su carromato con el criado, y llevaba una azada. Cuando llegaron a la estepa, las primeras luces del amanecer teñían de rojo el horizonte. Subieron una loma y todos se apearon de carros y caballos. Entonces el jefe se acercó a Pahom y, extendiendo el brazo hacia la planicie, le dijo:

-Todo esto, hasta donde llega la vista, es nuestro. Puedes tomar cuanto gustes.

A Pahom le brillaron los ojos, pues toda era tierra virgen, chata como la palma de la mano, negra como semilla de amapola, y en las hondonadas crecían altos pastizales. El jefe se quitó la gorra de piel de zorro, la apoyó en el suelo y explicó: -Ésta será la marca de salida. Regresa aquí y toda la tierra que hayas rodeado será tuya.

Entonces Pahom sacó el dinero y lo depositó en la gorra. Luego se quitó el abrigo, quedándose con su chaquetón sin mangas. Se aflojó el cinturón y lo sujetó con fuerza bajo el vientre, se puso un costal de pan en el pecho del jubón y, atando una botella de agua al cinturón, se subió la caña de las botas, empuñó la azada y se dispuso a partir. Tardó un instante en decidir el rumbo. Todas las direcciones eran igual de tentadoras. “No importa –se dijo por fin-. Iré hacia el sol naciente”. Se volvió entonces hacia el Este, se desperezó y aguardó a que el sol asomara sobre el horizonte. “No debo perder tiempo -pensó-, pues es más fácil caminar mientras el tiempo todavía está fresco”. Los rayos del sol no acababan de chispear sobre el horizonte cuando Pahom, azada al hombro, se internó en la estepa.

Caminaba a paso moderado. Tras avanzar mil metros se detuvo, cavó un pozo y apiló terrones de hierba para hacerlo más visible. Luego continuó. Ya había vencido el entumecimiento inicial, de modo que apuró el paso. Al cabo de un rato cavó otro pozo. Miró hacia atrás. La loma se veía claramente a la luz del sol, con la gente encima, y las llantas relucientes de las ruedas de los carromatos. Pahom calculó que había caminado ya unos cinco kilómetros. Hacía más calor; se quitó el chaquetón, se lo echó al hombro y continuó la marcha. Cuando el calor apretó aún más miró al sol. Era hora de pensar en el desayuno: “He recorrido el primer tramo, pero hay cuatro en un día, y todavía es demasiado pronto para virar. Sin embargo, me quitaré las botas para caminar con más comodidad”. Así lo hizo. Luego se las metió en el cinturón y reanudó la marcha con mayor soltura.

“Continuaré durante otros cinco kilómetros -pensó-, y luego giraré a la izquierda. Este lugar es tan promisorio que sería una pena perderlo. Cuanto más avanzo mejor parece la tierra.” Siguió derecho por un tiempo y, cuando miró en torno, la loma ya era apenas visible, las personas parecían ya hormigas, y apenas se veía un destello bajo el sol. “¡Ah! –se dijo-, ya he avanzado bastante en esta dirección y es hora de girar. Además, estoy sudando, y muy sediento”. Se detuvo, cavó un gran pozo y apiló hierba. Bebió un sorbo de agua y giró a la izquierda. Continuó la marcha. Ahora la hierba era alta y hacía mucho calor.

Pasado un largo rato, comenzó a cansarse. Miró hacia el sol y calculó que era mediodía.
“Bien -pensó-, debo descansar”. Se sentó, comió pan y bebió agua, pero no se tumbó por temor a quedarse dormido. Tras pasar un rato sentado, siguió andando. Al principio caminaba con dificultad, y sentía sueño, pero continuó pensando que unas horas de sufrimiento valían la pena a cambio de toda una vida para disfrutar los réditos.

Avanzó un largo trecho en la misma dirección y, ya iba a girar de nuevo a la izquierda, cuando vislumbró un fecundo valle. “Sería una pena excluir ese terreno -pensó-. El lino crecería bien aquí”. De modo que rodeó el valle y cavó un pozo del otro lado antes de volver a girar. Pahom miró entonces hacia la loma. El aire estaba brumoso y trémulo por el calor por lo que apenas se veía a la gente. “¡Ah! -convino-, los dos primeros lados son ya demasiado largos. Este debe ser más corto”. Y siguió así a lo largo del tercer lado, apurando el paso. Miró al sol de nuevo. Estaba ya a mitad de camino del horizonte y aún no había recorrido tres kilómetros del tercer lado del cuadrado por lo que todavía se encontraba a unos quince kilómetros de su meta. “No -pensó-, aunque mis tierras queden irregulares, debo volver en línea recta. Podría alejarme demasiado, y ya tengo gran cantidad”. Entonces cavó un pozo deprisa.

Echó luego a andar hacia la loma, pero con dificultad. Estaba agotado por el calor, tenía cortes y magulladuras en los pies descalzos, y le flaqueaban las piernas. Ansiaba descansar, pero era imposible si deseaba llegar antes del anochecer. El sol no esperaba a nadie y se hundía cada vez más en el horizonte. “Cielos –se lamentó-, si no hubiera cometido el error de querer demasiado… ¿Qué pasará si llego tarde?”. Miró hacia la loma y hacia el sol. Aún estaba lejos de su meta, y el astro descendía con rapidez.

Pahom siguió caminando con mucha dificultad, pero cada vez más rápido. Apuró el paso, pero todavía estaba lejos de la meta. Echó entonces a correr, arrojó la chaqueta, las botas, la botella y la gorra, conservando sólo la azada que utilizaba como bastón. “¡Ay de mí! He deseado mucho, y lo he echado todo a perder. Tengo que llegar antes de que se ponga el sol”.

El temor le quitaba el aliento. Siguió corriendo. La camisa y los pantalones empapados se le pegaban a la piel y tenía la boca reseca. Su pecho jadeaba como un fuelle, su corazón golpeaba como un martillo, sus piernas cedían como si no le pertenecieran. Pahom estaba abrumado por el terror de morir de agotamiento. Y, aunque temía a la muerte, ya no podía detenerse: “Después haber corrido tanto, me considerarán un tonto si me detengo ahora”. Y siguió corriendo, y al acercarse oyó que los baskires gritaban y aullaban en lo alto de la loma. Esos gritos le inflamaron aún más el corazón. Reunió sus últimas fuerzas y siguió corriendo.

El hinchado y brumoso sol casi rozaba el horizonte, rojo como la sangre. Estaba muy bajo, pero Pahom estaba ya muy cerca de alcanzar el objetivo. Podía ver a la gente de la loma agitando los brazos, animándolo a darse prisa. Veía la gorra de piel de zorro en el suelo, y el dinero, y al jefe sentado y riendo sonoramente. “Tengo tierras en abundancia -pensó-, ¿pero me dejará Dios vivir en ellas? ¡He perdido la vida, he perdido la vida!, ¡nunca llegaré a tiempo!”

Pahom miró de nuevo al sol, que ya desaparecía devorado por el horizonte. Con el resto de sus fuerzas apuró el paso, encorvando el cuerpo pues sus piernas apenas podían sostenerlo. Cuando llegó al pie de la loma, de pronto, oscureció. Miró al cielo por enésima vez. El sol se había puesto y Pahom soltó un alarido de desesperación. “Todo mi esfuerzo ha sido en vano”. Ya iba a detenerse, pero oyó que los baskires aún gritaban y recordó que, aunque para él, desde abajo, el sol parecía haberse puesto, desde lo alto de la loma todavía podían verlo. Aspiró entonces una buena bocanada de aire y corrió esforzadamente cuesta arriba. Allí aún había luz. Llegó entonces a la cima y vio la gorra. Sentado delante de ella el jefe aún reía a carcajadas. Pahom emitió un grito agónico. Se le aflojaron las piernas, cayó de bruces y tomó la gorra con las manos:

-¡Vaya, qué sujeto tan admirable! –exclamó entonces el jefe-. ¡Ha ganado muchas tierras!

El criado se le acercó corriendo y trató de levantarlo, pero vio que le salía sangre de la boca: ¡Estaba muerto! Los baskires chasquearon entonces la lengua para demostrar su piedad. Su criado empuñó la azada, cavó allí mismo una tumba para Pahom, y lo sepultó. Dos metros de la cabeza a los pies era todo lo que necesitaba en realidad.

Tolstoi
Lev Tolstoi (1828-1910).

[1] En algunas antologías de Tolstoi, este relato se presente bajo el título de El mujik y el diablo. Hay muchas traducciones de este texto de clara pretensión moralizante circulando por ahí y, pese a que no sé ni una palabra de ruso, parece obvio por la calidad del volcado al castellano que no todas son igualmente buenas. La adaptación libre que aquí ofrezco toma en cuenta tres de ellas, si bien he realizado alguna modificación gramatical y conceptual que me parecía coherente de cara a ofrecer una lectura más fluida. Por ejemplo, a fin de hacer el relato más comprensible, he preferido mantener el concepto de “hectárea” que propone un traductor para referirme a la medida de la tierra en lugar del original “desiatina” que sostiene otro, al ser una medida obsoleta de origen tártaro que equivaldría a unos 109.000 metros cuadrados. También he reducido u obviado algunas partes del relato que lo alargaban innecesariamente. Insto por ello al lector a que no interprete esta versión como fiel del original tolstoiano y le invito, por supuesto, a la lectura del propio texto de Tolstoi.

[2] El término mujik -en ruso: мужик, que significa literalmente “hombre”- se empleaba también con anterioridad a 1917 para referirse a los campesinos rusos que no poseían propiedades.

[3] Pueblo de origen túrquico que habita en Rusia. Se concentran en las faldas y llanuras adyacentes a los montes Urales en la zona sur de esa cordillera. También hay importantes minorías baskires en Kazajistán y Uzbekistán. Aunque los baskires hablaron el tártaro durante siglos, en la actualidad la mayoría habla ruso.

[4] A estas alturas, Tolstoi ya ha dado las suficientes pistas al lector como para invitarle a pensar que el primer viajero y el vendedor de ahora son, en realidad, versiones distintas del diablo tentando la ambición de Pahom.

[5] Tipo de vino “fortificado” o “generoso”. Este tipo de vinos, en su proceso de elaboración, incorporan procesos especiales destinados a aumentar su estabilidad y aumentar su graduación alcohólica, sin perder por ello su condición de derivado 100% de la uva. La técnica más común para fortificar el vino es la que se denomina “encabezado”, y consiste en añadir alcohol durante o antes del proceso de fermentación. Ello incrementa la graduación alcohólica, a la par que dota al vino de mayor textura y sabores más robustos. Por lo común, este tipo de vinos son más dulces debido a la mayor acumulación de azúcares que no consiguieron fermentarse, y también tienen mayor estabilidad: una vez abierta, una botella de vino fortificado puede durar varios meses sin perder sus propiedades al gusto, y esta es justamente la razón por la que comenzaron a elaborarse de este modo.

[6] Obviamente, y siguiendo la mecánica de todo relato moralizante, el jefe baskir es la tercera encarnación del diablo estrechando el cerco al incauto de Pahom.