La importancia de prevenir

prevencion
Fuente: Meditips.com

La igualdad, la transversalidad, la prevención y la intervención en los ámbitos de la violencia y el delito se han convertido en materias de importancia insoslayable. Especialmente porque son temas que se encuentran en relación directa con otros que una sociedad libre y democrática que pretende solventar con éxito sus retos y avanzar hacia un futuro mejor no puede tolerar o asumir: la erradicación del abuso, combatir el empleo de la fuerza como modelo básico de relación, garantizar la igualdad de todos sus ciudadanos y trabajar en la prevención de las situaciones de riesgo. Una lucha que, por supuesto, ha de guiarse por el principio elemental de la promoción y articulación de la convivencia pacífica. Las conductas relacionadas con la violencia, los abusos, el acoso, el maltrato y las humillaciones –sea cual fueren los motivos que las movilizan- no son ni pueden ser, por tanto y sea cual fuere su contexto, asuntos privados o colaterales que podamos permitirnos el lujo de ignorar. Son agresiones directas contra el espíritu mismo del cuerpo social que horadan sus cimientos, que contaminan sibilinamente el sustrato cultural y que, con el paso del tiempo, si no se actúa en consecuencia, se acaban normalizando. De ahí la importancia de una prevención eficiente y de una intervención decidida.

Contrariamente a lo que mucha gente cree, en este asunto no está en juego únicamente la defensa de la mujer, del niño, del anciano, del “buen ciudadano”, de la propiedad o la batalla por un puñado de derechos que afectarían tan solo a una parte más o menos “respetable” de la población, sino la defensa de la libertad, de la autonomía y de la dignidad personales en sí mismas y con total independencia de quien las encarne en un momento dado. Los derechos no son bienes negociables y no deberían forma parte del debate político o estar sometidos a querencias, albures y pachangas ideológicas.

Castigar no funciona

El enfoque tradicional –y muy cuestionado de un tiempo a esta parte- en el ámbito de la violencia en particular, o del delito en general, ha sido el de abordar las consecuencias antes que atacar las causas lo cual, en realidad, supone ir a remolque del problema en sí. Sancionar es preciso porque la maldad, adopte la forma que adopte, ha de conllevar consecuencias y requiere de la repulsa decidida del cuerpo social, pero no ha de olvidarse que el castigo resulta insuficiente por sí mismo a la par que es ineficaz como terapia. Castigar no palía el daño recibido, no evita futuros daños y tampoco, por cierto, enseña cosa alguna a quien daña. Sin embargo, y junto con la creciente demanda de políticas tutelares, protectoras e integradoras para con las víctimas, nunca se han terminado de afrontar de manera precisa ni a los agresores, ni los factores de riesgo que operan como desencadenantes de sus agresiones. La mera idea de que “el malo” simplemente “es malo” y no puede ser en caso alguno rehabilitado o prevenido es torpe, acientífica, antidemocrática, indemostrable, falsa, conduce a la inacción y, por todo ello, se antoja como bastante poco práctica.

El hecho es que las políticas reactivas, sea cual fuere su forma, van siempre a la zaga de los problemas que tratan de afrontar y raramente son tan funcionales como pretenden sus defensores. A menudo comento que los robos, asaltos, violaciones, asesinatos, maltratos y etcétera no son un tema de nuestro tiempo ni una novedad histórica –se diga lo que se diga por ahí-, pero solo en las sociedades avanzadas y de derecho efectivo en las que se ha dejado de aplicar toda suerte de estrategias brutales y represivas al respecto, se ha conseguido reducir su número por habitante e impacto general. Es un hecho documentado hasta el hartazgo. La tasa de delitos por habitante en Europa Occidental, con sus políticas calificadas por algún que otro indocumentado de “blandas”, es infinitamente más baja que la que podemos encontrar en los países asiáticos, americanos o africanos, en los que la solución general al problema del criminal –que no del crimen- suele ser el trastazo y tentetieso.

Por otra parte, ir permanentemente “a la zaga de los malos” degenera en un planteamiento asimétrico de la cuestión que, por supuesto, deja sin respuesta lagunas que en determinadas situaciones conducen los esfuerzos destinados a la prevención, las intervenciones y los intentos de rehabilitación a la disfuncionalidad. Pensemos en un ejemplo de manual: el momento de mayor riesgo para la vida de la mujer maltratada –y a menudo para la de sus hijos- es precisamente el de la separación final del maltratador. Paradójicamente, hemos convencido con bastante eficiencia a estas mujeres de que han de ser conscientes de su situación para alejarse de sus torturadores, pero también hemos fracasado de manera estrepitosa a la hora de garantizar que esa separación suponga por sí misma el final de la violencia. Más aún: disponer toda suerte de recursos a favor de estas mujeres y endurecer paulatinamente las condenas destinadas hacia sus agresores, no ha reducido en demasía la incidencia de este tipo delictivo ni ha impedido que, precisamente, sea el momento del final de la relación en el que muchos agresores se lancen por la pendiente del homicidio. ¿Por qué? Precisamente por no abordar adecuadamente el problema de la prevención amparándonos en argumentos políticos y económicos, arraigados a menudo en burdos pretextos de tradición cultural, de muy dudosa calidad.

La mitología del coste-beneficio

En un momento como el presente, de profundas transformaciones económicas, sociales y culturales, en el que comienzan a aparecer especialistas y legos que cuestionan sin cesar la eficacia de los postulados centrales de la teoría social clásica, o que predican sin cesar la necesidad de replantearse los aspectos centrales de las políticas criminal y social promovidas desde los discursos “oficialistas”, cabe indicar que ni es tan obvio que el grueso de la teoría social posterior a la Segunda Guerra Mundial haya fracasado, ni parece tan lógica en consecuencia la pretensión de arrumbar, o al menos cuestionar en su conjunto, las premisas de las políticas criminales y sociales contemporáneas. El problema es que a menudo resulta que más que inoperantes parecen molestas y fastidiosas… bien porque resultan caras, bien porque simplemente son impopulares entre los sectores más conservadores y tradicionalistas de la sociedad. Sectores a los que habría que recordar algo de lo más elemental: que algo sea tradicional no lo hace mejor o peor en sí mismo; simplemente lo hace “tradicional”.

No obstante, las estadísticas disponibles parecen validar la eficiencia de muchas de estas políticas criminales supuestamente “perversas”. Sobre todo si tenemos en cuenta que toda la explicación –y su conceptuación- psicosocial delineada a lo largo de los últimos treinta años en torno a la etiología de las diferentes formas de violencia aún no ha sido del todo superada en términos científicos, ni da la impresión de que, a tenor de los conocimientos disponibles en la actualidad, lo sea en un futuro cercano. Y aquí viene otro detalle significativo: pese al sensacionalismo con los que suelen ser tratadas estas cuestiones, la realidad es que siendo España uno de los países de Europa Occidental que aporta menor cantidad de medios económicos a la rehabilitación y reinserción de sus reclusos, sin embargo, tiene una tasa de reincidencia delictiva que raramente sobrepasa el 30% para la cifra global de delitos. Y no solo, pues es otro hecho que la población carcelaria española se ha reducido en cerca de 20.000 internos a lo largo de los últimos 15 años, lo cual nos aporta –se venda lo que se venda en los discursos políticos menos informados y algunos medios de comunicación poco concienzudos- la imagen de un país con una baja tasa de criminalidad y, en general, bastante seguro[1]. Dada la incuestionable calidad de la mayoría de los profesionales que se implican en estas cuestiones y que, por sí misma, explica gran parte de este éxito, cabe preguntarse cuánto podría llegar a conseguirse con más y mejores recursos, y menos gente poniendo palos en las ruedas.

Debe tenerse en cuenta que, en general, las estadísticas son poco conocidas por la ciudadanía –o le son presentadas de formas poco claras-, que el conocimiento que el grueso de la población tiene sobre las leyes y su aplicación es por lo común bajo y que, habitualmente, todas las encuestas que se realizan tienen baja fiabilidad por cuanto arrojan el singular resultado de que el delito percibido –así como su magnitud- por la población es siempre mayor que el delito real objetivo. Este hecho viene propiciado por las curiosas políticas informativas que siguen determinados medios de comunicación y que ofrecen, por lo común, visiones extremadamente distorsionadas acerca de la violencia y la delincuencia, su cantidad, etiología y manifestaciones. Tampoco ayudan, por cierto, la escasa pedagogía que se realiza desde el Poder Judicial o desde las propias Autoridades, ni el hecho de que la formación de los jóvenes esté claramente descompensada en relación a las horas que se dedican a ciertas cosas, y el escaso tiempo que se concede a su formación como personas éticas, morales y jurídicas.

Dicho de otro modo: sabemos que enfrentamos una dificultad, pero muchos de sus aspectos siguen en la opacidad lo cual nos impide radiografiarla con exactitud a la par que la presión popular conduce inevitablemente a la impulsividad. Al fin y al cabo, debe tenerse en cuenta que los legisladores no sólo toman decisiones en función de los resultados de la investigación científica o de la realidad objetivada en los datos –que sería lo deseable-, sino, ante todo, teniendo en cuenta si las medidas que adoptan tienen “sentido” para la comunidad de referencia. En resumen: las políticas criminales y sociales que se aplican en un momento dado no sólo vienen definidas por la evidencia científica establecida, sino también y en gran medida por una opinión pública a menudo bastante mal informada, cuando no simplemente confundida.

De hecho, el súbito resquebrajamiento del modelo económico que se impuso en la mayor parte de Occidente a partir de la Segunda Guerra Mundial –el célebre “estado del bienestar”- ha motivado una situación paradójica en la medida que, siendo las demandas psicosociales de igualdad, justicia y equidad las mismas de siempre, o tal vez mayores, sucede que el sistema no parece poder responder a ellas por una falta endémica de recursos. En realidad lo que ocurre es que el crecimiento económico no conduce necesariamente hacia el ideal de la equidad pero, paradójicamente, la equidad necesita de tal crecimiento pues la justicia social y sus demandas requieren de recursos siempre crecientes. Es decir, no existe retroalimentación entre ambos elementos: una mayor equidad incide en el surgimiento de nuevos valores y necesidades, pero éstos conllevan a su vez un coste que el propio sistema no siempre puede, quiere o sabe satisfacer. Una dificultad que, naturalmente, afecta con mayor dureza a los sectores más desfavorecidos, necesitados, y/o en situación de riesgo y exclusión social. Repásese ahora lo que ya se escribió en este mismo blog sobre la inexistente relación entre la felicidad y el PIB.

Al hilo de lo precedente, y en atención al interés creciente por la equidad y la justicia social en los países occidentales, el asunto de la prevención y tratamiento de las conductas antisociales, así como de sus consecuencias, ha pasado a lo largo de los últimos cuarenta años por dos estadios claramente diferenciados: desde el pesimismo de la década de 1970 al optimismo reservado de la década de 1990 –eso que hoy en día algún que otro malintencionado llama “buenismo”-. Obviamente, y planteado el problema en términos propiamente científicos, ello se debe a un cambio generalizado en el modelo de comprensión del mismo, que se ha trasladado desde el tradicional enfoque unicausal –el origen de la de la violencia y sus manifestaciones eran reducidos a un solo mecanismo básico-, a otro multicausal y por ello mismo multidisciplinar, influido por los nuevos avances científicos, en el que ya se comienza a hablar en términos de factores de riesgo predisponentes, o bien de factores de protección, ya sean estos de carácter ambiental o individual. Consecuentemente, desde las anticuadas teorías biologicistas que justificaban un tratamiento tutelar –sanitario- de las víctimas y de los infractores, y pasando por el ambientalismo radical propugnado por los expertos mediado el siglo XX, se ha llegado finalmente a una visión panorámica del problema cuyo resultado práctico es un modelo de justicia cuyos objetivos son, necesariamente, otros bien diferentes y en cuyo contexto adquiere sentido el lenguaje jurídico del presente: interés del infractor, interés de la víctima, sanción, responsabilización, reeducación, mediación, restauración.

Riesgo y protección

Un factor de riesgo es una condición que aumenta la probabilidad de acciones agresivas o delitos, pero que no necesariamente las produce. En general, puede entenderse a los diferentes factores de riesgo ya como atributos y/o características individuales, ya como condición situacional y/o contexto medioambiental. En ambos casos, la presencia de estos factores –y la medida en la que se presentan- incrementan el inicio o mantenimiento de las conductas delictivas. Es por ello que los factores de riesgo siempre aparecen como eventos previos al inicio de las conductas antisociales y victimales y, a posteriori, predicen la evolución y el resultado de las mismas tanto para la víctima como para el agresor.

Por el contrario, los llamados factores de protección son factores individuales o ambientales que inhiben, reducen o atenúan la probabilidad del ejercicio y mantenimiento de las conductas problemáticas. Tales factores aparecen al hilo de la singular paradoja de la resistencia –o “resiliencia”[2], por la cual se trata de comprender los motivos que impiden que una persona sometida a idénticas tensiones, o factores de riesgo, que otra se convierta en delincuente o en víctima entretanto la segunda sí lo haga. Multitud de estudios realizados hasta la fecha muestran claramente la existencia de influencias o elementos que suprimen o mitigan el efecto de los factores de riesgo sobre los individuos. Este hallazgo ha dado sentido en las últimas décadas a los enfoques en materia de prevención, por cuanto se ha comprendido que no basta con intervenir sobre los riesgos, sino que también se debiera trabajar de manera integral, fomentando la protección.

Así se explica, por ejemplo, la importancia creciente que la literatura otorga a elementos como la implicación familiar –o a la intervención en la familia si esta se muestra disfuncional- en el éxito tratamiento y resocialización de víctimas y verdugos. De tal modo, la concurrencia de factores de riesgo y de protección permite plantear un abordaje de la violencia en términos de probabilidad, pero nunca de determinación. En consecuencia, el hecho de que un individuo presente un factor de riesgo no implicara necesariamente que vaya a cometer delitos o a ser víctima de ellos sino, en todo caso, que puesto en comparación con aquellos individuos que no presenten tal factor, o que se encuentren bien protegidos ante él, tendrá mayor probabilidad que éstos últimos de introducirse en el circuito de la violencia. Por lo demás, resulta evidente que los factores de riesgo, para resultar predictivos, deben aparecer en forma de constelaciones y que la presencia de uno solo no nos permitirá predecir con rigor una futura conducta problemática.

Lo interesante es que, desde esta perspectiva, se abre el camino hacia una nueva consideración de la prevención y del tratamiento, tanto jurídico como psicosocial, de las conductas delincuenciales y violentas que ha terminado por inspirar toda una gama de abordajes novedosos para los problemas y que, de un modo u otro, ha generado líneas de pensamiento generalizadas y acuerdos internacionales que se han visto incorporados con mejor o peor fortuna a prácticamente todas las legislaciones occidentales. No obstante, la falta de estudios retrospectivos –o el mero silenciamiento de los resultados- ha motivado que persista el debate en torno a la efectividad real de estas legislaciones y de su aplicación, y se ha convertido en el lugar por el que se siguen sosteniendo, por un lado, el debate en torno a la eficacia y, por otra parte, la corriente de opinión pública contraria a estas políticas a las que se considera blandas para con el agresor, ineficaces para con la víctima y, en general, poco efectivas. En otras palabras: cuando se habla de prevención y rehabilitación se habla siempre de dinero, ética, moral o justicia, pero rara vez de los resultados obtenidos, y así no hay forma.

Si al problema precedente sumamos el generado por el derrumbe económico y la crisis de la zona euro, parece sencillo comprender en qué sentido estos elementos afectan a la evolución de las políticas de equidad en general, y a la prevención y tratamiento de la violencia en cualquiera de sus formas. Durante las últimas décadas la meta de los programas públicos ha sido la de garantizar una cobertura universal, pero en el presente, y a falta de recursos, el objetivo de la cantidad ha sido reemplazado por el de la calidad.

De tal modo, los programas de largo alcance y las intervenciones ambiciosas del pasado, que en buena medida justificaban las pretensiones de más optimistas de una ley integral como la diseñada contra la violencia de género o de la delineada para abordar la problemática de los menores infractores, se han visto reemplazadas por un modelo mucho más limitado que evalúa la validez de toda acción bajo la lógica del coste-beneficio y cuyo impacto futuro resulta todavía difícilmente predecible. Otra “buena razón” para reducir y limitar el trabajo de los equipos técnicos propiciándose con ello un lento retorno a la poco operativa tradición del tutelaje, el custodialismo, la sanción y el castigo…

O lo que es lo mismo: a construir la casa por el tejado en la medida que se abordan las consecuencias del problema, pero no sus causas.

prevencion #2
Fuente: Grupoesoc.es

[1] Todos estos datos son públicos y pueden contrastarse en suma facilidad en las estadísticas oficiales. Y aquí no caben “cocinas” ni “maquillajes”… El número total de reclusos o el de sujetos reincidentes son absolutos y no admiten enmienda.

[2] Adoptado al castellano del inglés resiliency, el concepto procede de la física y viene definido como la capacidad de un material elástico para absorber y almacenar energía de deformación. Trasladado al ámbito psicológico se refiere a la mayor o menor capacidad del ser humano para asumir con facilidad situaciones límite, emocionalmente complejas, y sobreponerse a ellas.

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Un periodista. Un amigo

Francisco Pérez Abellán #1

Me sorprende a media tarde, cuando me localiza vía telefónica una compañera, la siempre triste noticia del repentino fallecimiento de un buen y querido amigo, el periodista de sucesos Francisco Pérez Abellán.

Me invade de súbito la nostalgia.

Del mismo modo que la vida nos unió profesionalmente durante cuatro años, también vino a separarnos por razones profesionales. Esas que se imponen, que nadie gobierna, y que rara vez se planifican. Sin embargo, Paco y yo hicimos muchas cosas juntos –desde planes de estudios y ordenaciones docentes a programas de radio y televisión, pasando por todo lo que uno pueda imaginarse entre lo uno y lo otro- durante ese tiempo en el que trabajamos, como quien dice, codo con codo. Investigamos casos, nos las ingeniamos para entablar relaciones con el FBI, publicamos libros e incluso llegamos a montar una exposición. Porque así era él… Todo bullía a su alrededor. O te organizabas para borbotear a su marcha sin perder el paso, o estabas listo.

Paco siempre fue conocido por su labor como periodista y escritor, pero, como nos pasa a casi todos y todas, era muchas más cosas: Doctor en Periodismo por la UCM, excelente profesor, gran investigador, profundo conocedor de los vericuetos del crimen y la historia criminal, buen compañero, ameno conversador, tipo leal y persona honesta donde las hubiere. Un hombre de cuerpo entero que nunca escondió nada, que siempre dijo lo que pensaba –a veces incluso perjudicándose a sí mismo-, sacando pecho y tirando para adelante. Y si bien es cierto que en muchas cosas nunca estuvimos de acuerdo y que, por ello, tuvimos grandes discusiones, no es menos verdad que jamás podré dejar de reconocer su honradez y su compromiso con todo aquello en lo que creía sin ambages. De hecho, en medio de nuestras refriegas –que varias hubo- siempre imperó el respeto mutuo y el reconocimiento que solo puedes tener enfrentado a alguien que te mira a los ojos, sin esconderse, sin paños calientes y sin pamplinas. “A calzón quitado”, como él solía decir.

Y por eso llegué a apreciarlo, ya fuera en la cercanía, ya en la distancia.

Recuerdo que solíamos reírnos a menudo a causa de la confusión que provocaba en el personal la casualidad de que nuestro nombre y primer apellido, harto comunes, además coincidieran –“Paco Pérez”-, al punto de que en más de una ocasión nos quisieron convertir en parientes. Un desaguisado que aprendimos a solventar con una resignación irónica propia de los Hermanos Marx. Era norma la circunstancia de que el teléfono del despacho sonara preguntando por cualquiera de nosotros y, en el desbarajuste, se produjeran situaciones de verdadero sainete y entuerto. Y la situación se agravó aún más cuando entró en escena su hijo, Francisco Pérez Caballero, hecho que nos llevó a menudo a bromear con la idea de ir al juzgado a cambiarnos el nombre… Ocurrió en cierta ocasión que una organización me telefoneó para proponerme una conferencia, a la que se acabó presentando, a la fecha y hora señaladas, Francisco Pérez Abellán en mi lugar. Solo a aro pasado nos dimos cuenta de la confusión, pero Paco, que como sabe todo el mundo era persona de largo verbo y muchas tablas, supo salir airoso del trance. Y los organizadores del evento ni se enteraron.

Abellán, como yo solía llamarle para no armar mayores jaleos de los necesarios, era un gran tipo en las distancias cortas. Bastante alejado del guerrillero televisivo o del batallador radiofónico que se recordará para los restos. Y es que a veces los personajes públicos que nos hacemos para andar por la vida terminan ocultándonos a los ojos del mundo. No diré que no tuviera defectos –a mi eso de la falaz necrofilia post-mortem que tanto se practica en España ni me lo creo, ni me interesa-, que los tenía y no pocos, como cada hijo de vecino, pero todos ellos le convertían en lo que era y ante esto no cabe renegar. La gente sin defectos no existe, y si existiera tampoco sería interesante. No obstante, como digo, en lo cercano, Paco era un tipo estupendo que sabía infinidad de cosas, que siempre era capaz de sorprenderte con un dato inesperado, tenía una ingente cantidad de anécdotas que contar, irónico, perspicaz y con un toque de humor muy divertido con el que podía amenizar desde una comida de trabajo a una charla intrascendente de pasillo. Tan capaz era de tenerte boquiabierto con cualquiera de las peripecias reporteriles de sus años en el extinto Diario Pueblo, como de llevarte a la risa y el ocasional sonrojo con un chiste subido de tono.

Francamente, le voy a echar de menos porque –y este aserto inspirado en Hannibal Lecter seguro que le haría gracia- el mundo va a ser menos interesante sin él dentro. Con Francisco Pérez Abellán se nos marcha uno de los últimos periodistas genuinos, de esos que aprendieron el oficio en la calle y no ante la pantalla de un ordenador. Un reportero de cuerpo entero, un profesional excelente que –creo- ha tenido en más de una ocasión la mala pata de sufrir ese mal patrio e incorregible del desprecio y la ingratitud. A algunos, ante y sobre todo, se nos larga un muy tipo muy querido… Y perdonadme, pero no puedo resistirme a terminar este homenaje al amigo que se va en esa barca que, como dice la copla, se hace pequeña al adentrarse en la mar, recordando una anécdota que suelo rememorar a menudo y que, creo, le define maravillosamente. Al caso:

Una mañana primaveral, tras tomarnos ese refrigerio matutino que tan bien sienta en la cafetería de la universidad, ya caminando lentamente hacia el despacho, no sé bien cómo ni a santo de qué, salió a relucir en la conversación la cuestión acerca de qué habría después de la muerte -sí, nuestras conversaciones igual versaban sobre lo humano, que se enredaban en lo divino-. Yo, muy sesudo, expuse mi punto de vista y a Paco, en un gesto muy suyo, mirándome fijamente con sus ojos empequeñecidos por los cristales de las gafas, tras ponerse muy serio, le salió ese periodista indómito y vocacional que llevaba dentro. Entonces dijo: “pues yo creo que cuando uno se muere, de repente, se le revela la verdad sobre todas las cosas, y todo queda claro como el agua”.

Bueno Paco, pues ya lo sabes.

Un abrazo y descansa, periodista.

La ambición del mujik

La ambición jamás se detiene. Ni tan siquiera en la cima de la grandeza.

Napoleón Bonaparte.

A menudo, cuando surgen asuntos como el de la corrupción o la evasión de impuestos, topamos con la estupefacción generalizada de una sociedad que, de repente, se muestra incapaz de comprender las razones por las que alguien que ya es millonario se esfuerza por burlar sistemáticamente a la ley para acumular aún más riqueza, o por los motivos que impulsan a alguien con las necesidades vitales cubiertas con creces a defraudar a la hacienda pública una y otra vez. Duda que suele devenir sistemáticamente en indignación popular ante la aparición de estos casos. Pero, a poco que tratamos de pensar en el asunto, vemos de inmediato que laten en su fondo preguntas ético-morales que se encuentran en la misma raíz de la cuestión y que muy a menudo, simplemente y pese a ser las importantes, nadie se hace: ¿Cuánto es suficiente? ¿Cuánto de algo se debe poseer para considerar que se tiene bastante? ¿Seríamos capaces de renunciar a la posibilidad de tener más de algo si ese algo estuviera a nuestro alcance?

Personalmente, estimo que la ambición, adopte la forma que adopte en la práctica y más allá de variables relativas a la clase social, la legislación vigente o el contexto socioeconómico –que son coyunturales y cambiantes-, se relaciona de suerte muy estrecha con la mera condición humana. En el fondo todos somos acumuladores de algo –y no todo lo acumulable es necesariamente material- en la medida que tendemos a estimar, por una u otra razón que casi nunca se discierne con claridad, que eso es sumamente valioso en sí mismo y que merece la pena poseer de ello cuanto más mejor. Por lo común justificamos nuestro afán por obtener más de “eso” que nos inspira en motivaciones espurias y volátiles que no alcanzan ni remotamente el fondo de un problema cuya raíz última se nos escapa. Querer más de lo que sea es humano. Querer siempre mucho más de lo que podremos asumir o disfrutar. Tenerlo porque sí, y basta. Tal vez ello conceda sentido al comentario que me hizo un conocido estafador, condenado por fin tras largos años de apropiarse del dinero de otros sistemáticamente: “en realidad ya no me hacía falta seguir haciéndolo, pero aún así continué hasta que me cazaron porque quería saber hasta dónde se podía llegar, cuánto de bueno podía llegar a ser”.

No conozco a nadie que se considere suficientemente bien retribuido en uno u otro sentido, y lo más probable es que en ello, y paradójicamente, radique nuestro éxito como especie. Nunca tenemos “suficiente” de absolutamente nada. Toda cultura es un mecanismo impulsado por la mecánica del “siempre más” y del “siempre mejor” de acuerdo a unas condiciones materiales y éticas de posibilidad preestablecidas. Y en tal contexto, cierto grado de ambición para alcanzar determinados objetivos “buenos” resulta socialmente deseable y tiende a ser gratificado. Precisamente por ello la idea del “buen salvaje” es pura mitología, pero ocurre también que ese proceso de avance es complejo, no lineal, y, frente a las leyendas positivistas en torno al progreso, éste no siempre deviene en algo “mejor”. Progresar no siempre es crecer y, del mismo modo, “más” a menudo es “peor”. Piénsese, por ejemplo, que también las enfermedades crónicas progresan.

Al final ya no es lo que poseemos, sino, ante todo, el reto de poseer y la generación de las condiciones apropiadas para seguir poseyendo. Nadie se sentirá jamás lo bastante rico, lo bastante amado, lo bastante exitoso, lo bastante admirado, lo bastante libre. Lo bastante sabio o lo suficientemente poderoso. No es lo que obtenemos hoy –que a duras penas es disfrutado pues se pierde en el mero afán de la posesión- sino ese futuro dorado que anticipamos mediante la obtención de cierto tipo de bienes, ya sean materiales o espirituales. El miedo a no tener mañana de “eso” en una medida que pueda considerarse suficiente en cualquier sentido. El pánico a dejar escapar la ocasión, la oferta, el negocio, la posibilidad, el premio… El vicio cegador de lo superfluo frente a la sensatez de lo necesario. La pasión por lo posible que aplasta la racionalidad de lo coherente. El olvido perenne de que todo, incluso lo que más podamos desear por bueno, valioso o apetecible, tiene un precio que se debe estar dispuesto a pagar y cuyo coste –que nunca anticipamos- solo alcanzamos a comprender y valorar cuando se nos pasa la factura. Probablemente, en una cultura occidental que ha primado sobre cualquier otra la lógica del coste-beneficio, esta cuestión se manifieste con mayor claridad…

Sea como fuere, cuando invito –o se me invita- a reflexionar sobre este problema, comparto este esclarecedor relato.


mujik

¿Cuánta tierra necesita un hombre? (Lev Tolstoi, 1885)[1]

Érase una vez un mujik[2] llamado Pahom que había trabajado dura y honestamente para su familia durante largos años, pero sin embargo no tenía tierras propias, de modo que no había logrado salir de la pobreza. “Ocupados como estamos desde la niñez trabajando la madre tierra –se lamentaba a menudo- los campesinos siempre debemos morir como hemos vivido, sin nada propio. Las cosas serían muy diferentes si tuviésemos nuestra propia tierra”.

[…]

Cerca de la aldea de Pahom vivía una dama, pequeña terrateniente, que poseía una finca de 150 hectáreas. Un invierno se difundió la noticia de que la mujer iba a vender sus tierras. Pahom oyó que un vecino suyo compraría 25 hectáreas y que ella había consentido en aceptar la mitad del pago en efectivo, y esperar un año por la otra mitad. “Qué te parece -pensó Pahom-. Esa tierra se vende, y yo no conseguiré ni una parte.” Así que decidió hablar con su esposa:

-Otras personas están comprando y nosotros también deberíamos adquirir unas cuantas hectáreas. La vida se torna imposible sin poseer tierras propias. De modo que, ambos, se pusieron a pensar en el asunto y calcularon cuánto terreno podrían adquirir. Tenían ahorrados 100 rublos. Vendieron un potrillo y la mitad de sus abejas; contrataron a uno de sus hijos como peón y solicitaron anticipos sobre su paga. Pidieron prestado el resto a un cuñado, y así reunieron la mitad del precio final. Luego, Pahom escogió una parcela de 20 hectáreas, en la que había bosques, fue a ver a la señora y formalizó la compra. Ya tenía sus propias tierras. Pidió semilla prestada, la sembró, y así obtuvo una buena cosecha. Al cabo de un año de duro trabajo había logrado saldar cuentas con la dama y su cuñado, convirtiéndose en propietario. Talaba sus propios árboles y alimentaba a su ganado en sus propios pastos. Cuando salía a arar los campos, a mirar sus mieses o a contemplar sus prados, el corazón se le llenaba de alegría. La hierba y las flores que crecían en ellos le parecían diferentes de las que había en otras partes. Antaño, cuando cruzaba casualmente por aquella tierra, siempre le había parecido igual a cualquier otra, pero ahora su impresión era muy distinta.

[…]

Cierto día Pahom estaba sentado a la puerta de su casa cuando un mujik viajero se detuvo ante ella. Pahom le preguntó de dónde venía y el forastero respondió que procedía del otro lado del Volga, donde había estado trabajando. Una palabra llevó a la otra, y el hombre comentó que había muchas tierras en venta por allá, y que muchos estaban viajando para comprarlas. Eran tan fértiles, aseguró, que el centeno crecía alto como un caballo, y tan tupido que cinco cortes de guadaña formaban una gavilla. Comentó que un campesino la había trabajado durante un tiempo sólo con sus manos, y ahora ya tenía seis caballos y dos vacas.

El corazón de Pahom se colmó de anhelo: “¿Por qué he de sufrir en este agujero -pensó- si se vive tan bien en otras partes? Venderé mi finca y, con ese dinero, comenzaré allá de nuevo y prosperaré”. De modo que vendió su tierra, su casa y su ganado. Con las ganancias se mudó con la familia a una nueva propiedad el triple de grande. Todo lo que había dicho el campesino era cierto, y Pahom estaba en mucha mejor posición que antes, pues adquirió muchas tierras arables y pasturas, y así pudo tener todas las cabezas de ganado que deseaba.

Al principio, en el ajetreo de la mudanza y la construcción de la nueva casa, Pahom se sentía complacido, pero cuando se habituó a la novedad comenzó a pensar que tampoco aquí estaba del todo satisfecho. Quería sembrar más trigo, pero no tenía tierras suficientes para ello, así que arrendó más terrenos por tres años. Fueron buenas temporadas y hubo buenas cosechas, de modo que ahorró un buen dinero. Podría haber seguido viviendo cómodamente, pero se cansó de arrendar tierras ajenas año tras año y de sufrir privaciones para ahorrar el dinero que le pedían por ello. “Si todas esas tierras fueran mías –pensó entonces-, sería independiente y no sufriría estas incomodidades”.

Llegó entonces el día en que un vendedor de bienes raíces que pasaba por su finca le comentó que acababa de regresar de la lejana tierra de los baskires[3], donde había comprado 600 hectáreas de tierra por sólo mil rublos:

-Sólo debes hacerte amigo del jefe –le dijo-. Yo le regalé como cien rublos en vestidos y alfombras, además de una caja de té, y di vino a quienes lo bebían, de suerte que obtuve toda esa tierra muy barata[4].

“Vaya -pensó Pahom-, allá puedo obtener fácilmente diez veces más tierras de las que poseo. Debo probar suerte”. Encomendó así a su familia el cuidado de la finca y emprendió el viaje, llevando consigo a su criado. Por el camino pararon en una ciudad y compraron una caja de té, vino y otros regalos, tal y como el vendedor les había aconsejado. Continuaron luego el viaje hasta recorrer más de 500 kilómetros, y en el séptimo día llegaron al lugar donde los baskires habían instalado sus tiendas. En cuanto advirtieron la presencia de Pahom, salieron y se reunieron en torno al visitante. Le dieron té y kurniss[5], y sacrificaron una oveja para darle de comer. Pahom sacó los presentes de su carromato y los distribuyó, diciéndoles que venía en busca de tierras. Los baskires parecieron muy satisfechos con la propuesta y le explicaron que para eso debía hablar con el jefe. De tal modo, lo mandaron a buscar y le contaron las motivaciones del visitante. El jefe escuchó pacientemente, luego pidió silencio con un gesto y se dirigió a Pahom:

-De acuerdo. Escoge la tierra que te plazca, pues tenemos en abundancia[6].

-¿Y cuál será el precio?- Preguntó Pahom.

-Nuestro precio siempre es el mismo: mil rublos por día.

Pahom no comprendió: -¿Un día? ¿Qué medida es ésa? ¿Cuántas hectáreas de tierra son?

-No sabemos calcularlo -dijo el jefe-. Vendemos la tierra por días. Todo lo que puedas recorrer a pie en el curso de un día es tuyo, y el precio es mil rublos por día.

Pahom quedó estupefacto ante la oferta: -Pero en un día se puede recorrer una vasta extensión de tierra- dijo.

El jefe se echó a reír: -¡Y será toda tuya! Pero con una condición: si no regresas en el mismo día al lugar donde comenzaste a caminar, perderás el dinero adelantado.

-¿Y cómo debo señalar el camino que he seguido?

-Iremos al lugar que gustes y nos quedaremos allí. Puedes comenzar desde ese sitio y emprender tu viaje llevando una azada contigo. Donde lo consideres necesario, deja una marca. En cada giro cava un pozo y apila la tierra; luego iremos con un arado de pozo en pozo. Puedes hacer el recorrido que desees, pero antes que se ponga el sol debes regresar al sitio del que partiste. Toda la tierra que cubras será tuya.

Pahom estaba alborozado ante la expectativa y decidió comenzar por la mañana. Charlaron, bebieron más kurniss, comieron más carne de oveja y bebieron más té, y así llegó la noche. Le proporcionaron un alojamiento con una cama de edredón, y los baskires se dispersaron prometiendo reunirse en la madrugada siguiente para viajar al punto convenido antes del amanecer. Pahom se acostó, pero no pudo dormir. No dejaba de pensar en su tierra. “¡Qué gran extensión marcaré! -pensó-. Puedo andar fácilmente cincuenta kilómetros por día. Los días ahora son largos, y un recorrido de cincuenta kilómetros representará gran cantidad de tierra. Venderé las más áridas, o se las arrendaré a los campesinos, y dejaré la mejor para trabajarla yo. Compraré dos yuntas de bueyes y contrataré dos peones más. Destinaré 90 hectáreas a la siembra y en el resto criaré ganado”.

[…]

Por la puerta abierta vio que ya rompía el alba. “Es hora de levantarse -se dijo-. Debemos ponernos en marcha”. Se puso en pie, despertó al criado que dormía en el carromato, le ordenó uncir los caballos y fue a llamar a los baskires. Estos se reunieron, y también acudió el jefe. El kurniss comenzó a correr de nuevo, y ofrecieron a Pahom un poco de té, pero él estaba ya muy impaciente y no quería esperar por más tiempo: “Si hemos de ir, vayamos de una vez. Ya es hora”.

Los baskires, entonces, se prepararon para la marcha, algunos a caballo, otros en carros. Pahom iba en su carromato con el criado, y llevaba una azada. Cuando llegaron a la estepa, las primeras luces del amanecer teñían de rojo el horizonte. Subieron una loma y todos se apearon de carros y caballos. Entonces el jefe se acercó a Pahom y, extendiendo el brazo hacia la planicie, le dijo:

-Todo esto, hasta donde llega la vista, es nuestro. Puedes tomar cuanto gustes.

A Pahom le brillaron los ojos, pues toda era tierra virgen, chata como la palma de la mano, negra como semilla de amapola, y en las hondonadas crecían altos pastizales. El jefe se quitó la gorra de piel de zorro, la apoyó en el suelo y explicó: -Ésta será la marca de salida. Regresa aquí y toda la tierra que hayas rodeado será tuya.

Entonces Pahom sacó el dinero y lo depositó en la gorra. Luego se quitó el abrigo, quedándose con su chaquetón sin mangas. Se aflojó el cinturón y lo sujetó con fuerza bajo el vientre, se puso un costal de pan en el pecho del jubón y, atando una botella de agua al cinturón, se subió la caña de las botas, empuñó la azada y se dispuso a partir. Tardó un instante en decidir el rumbo. Todas las direcciones eran igual de tentadoras. “No importa –se dijo por fin-. Iré hacia el sol naciente”. Se volvió entonces hacia el Este, se desperezó y aguardó a que el sol asomara sobre el horizonte. “No debo perder tiempo -pensó-, pues es más fácil caminar mientras el tiempo todavía está fresco”. Los rayos del sol no acababan de chispear sobre el horizonte cuando Pahom, azada al hombro, se internó en la estepa.

Caminaba a paso moderado. Tras avanzar mil metros se detuvo, cavó un pozo y apiló terrones de hierba para hacerlo más visible. Luego continuó. Ya había vencido el entumecimiento inicial, de modo que apuró el paso. Al cabo de un rato cavó otro pozo. Miró hacia atrás. La loma se veía claramente a la luz del sol, con la gente encima, y las llantas relucientes de las ruedas de los carromatos. Pahom calculó que había caminado ya unos cinco kilómetros. Hacía más calor; se quitó el chaquetón, se lo echó al hombro y continuó la marcha. Cuando el calor apretó aún más miró al sol. Era hora de pensar en el desayuno: “He recorrido el primer tramo, pero hay cuatro en un día, y todavía es demasiado pronto para virar. Sin embargo, me quitaré las botas para caminar con más comodidad”. Así lo hizo. Luego se las metió en el cinturón y reanudó la marcha con mayor soltura.

“Continuaré durante otros cinco kilómetros -pensó-, y luego giraré a la izquierda. Este lugar es tan promisorio que sería una pena perderlo. Cuanto más avanzo mejor parece la tierra.” Siguió derecho por un tiempo y, cuando miró en torno, la loma ya era apenas visible, las personas parecían ya hormigas, y apenas se veía un destello bajo el sol. “¡Ah! –se dijo-, ya he avanzado bastante en esta dirección y es hora de girar. Además, estoy sudando, y muy sediento”. Se detuvo, cavó un gran pozo y apiló hierba. Bebió un sorbo de agua y giró a la izquierda. Continuó la marcha. Ahora la hierba era alta y hacía mucho calor.

Pasado un largo rato, comenzó a cansarse. Miró hacia el sol y calculó que era mediodía.
“Bien -pensó-, debo descansar”. Se sentó, comió pan y bebió agua, pero no se tumbó por temor a quedarse dormido. Tras pasar un rato sentado, siguió andando. Al principio caminaba con dificultad, y sentía sueño, pero continuó pensando que unas horas de sufrimiento valían la pena a cambio de toda una vida para disfrutar los réditos.

Avanzó un largo trecho en la misma dirección y, ya iba a girar de nuevo a la izquierda, cuando vislumbró un fecundo valle. “Sería una pena excluir ese terreno -pensó-. El lino crecería bien aquí”. De modo que rodeó el valle y cavó un pozo del otro lado antes de volver a girar. Pahom miró entonces hacia la loma. El aire estaba brumoso y trémulo por el calor por lo que apenas se veía a la gente. “¡Ah! -convino-, los dos primeros lados son ya demasiado largos. Este debe ser más corto”. Y siguió así a lo largo del tercer lado, apurando el paso. Miró al sol de nuevo. Estaba ya a mitad de camino del horizonte y aún no había recorrido tres kilómetros del tercer lado del cuadrado por lo que todavía se encontraba a unos quince kilómetros de su meta. “No -pensó-, aunque mis tierras queden irregulares, debo volver en línea recta. Podría alejarme demasiado, y ya tengo gran cantidad”. Entonces cavó un pozo deprisa.

Echó luego a andar hacia la loma, pero con dificultad. Estaba agotado por el calor, tenía cortes y magulladuras en los pies descalzos, y le flaqueaban las piernas. Ansiaba descansar, pero era imposible si deseaba llegar antes del anochecer. El sol no esperaba a nadie y se hundía cada vez más en el horizonte. “Cielos –se lamentó-, si no hubiera cometido el error de querer demasiado… ¿Qué pasará si llego tarde?”. Miró hacia la loma y hacia el sol. Aún estaba lejos de su meta, y el astro descendía con rapidez.

Pahom siguió caminando con mucha dificultad, pero cada vez más rápido. Apuró el paso, pero todavía estaba lejos de la meta. Echó entonces a correr, arrojó la chaqueta, las botas, la botella y la gorra, conservando sólo la azada que utilizaba como bastón. “¡Ay de mí! He deseado mucho, y lo he echado todo a perder. Tengo que llegar antes de que se ponga el sol”.

El temor le quitaba el aliento. Siguió corriendo. La camisa y los pantalones empapados se le pegaban a la piel y tenía la boca reseca. Su pecho jadeaba como un fuelle, su corazón golpeaba como un martillo, sus piernas cedían como si no le pertenecieran. Pahom estaba abrumado por el terror de morir de agotamiento. Y, aunque temía a la muerte, ya no podía detenerse: “Después haber corrido tanto, me considerarán un tonto si me detengo ahora”. Y siguió corriendo, y al acercarse oyó que los baskires gritaban y aullaban en lo alto de la loma. Esos gritos le inflamaron aún más el corazón. Reunió sus últimas fuerzas y siguió corriendo.

El hinchado y brumoso sol casi rozaba el horizonte, rojo como la sangre. Estaba muy bajo, pero Pahom estaba ya muy cerca de alcanzar el objetivo. Podía ver a la gente de la loma agitando los brazos, animándolo a darse prisa. Veía la gorra de piel de zorro en el suelo, y el dinero, y al jefe sentado y riendo sonoramente. “Tengo tierras en abundancia -pensó-, ¿pero me dejará Dios vivir en ellas? ¡He perdido la vida, he perdido la vida!, ¡nunca llegaré a tiempo!”

Pahom miró de nuevo al sol, que ya desaparecía devorado por el horizonte. Con el resto de sus fuerzas apuró el paso, encorvando el cuerpo pues sus piernas apenas podían sostenerlo. Cuando llegó al pie de la loma, de pronto, oscureció. Miró al cielo por enésima vez. El sol se había puesto y Pahom soltó un alarido de desesperación. “Todo mi esfuerzo ha sido en vano”. Ya iba a detenerse, pero oyó que los baskires aún gritaban y recordó que, aunque para él, desde abajo, el sol parecía haberse puesto, desde lo alto de la loma todavía podían verlo. Aspiró entonces una buena bocanada de aire y corrió esforzadamente cuesta arriba. Allí aún había luz. Llegó entonces a la cima y vio la gorra. Sentado delante de ella el jefe aún reía a carcajadas. Pahom emitió un grito agónico. Se le aflojaron las piernas, cayó de bruces y tomó la gorra con las manos:

-¡Vaya, qué sujeto tan admirable! –exclamó entonces el jefe-. ¡Ha ganado muchas tierras!

El criado se le acercó corriendo y trató de levantarlo, pero vio que le salía sangre de la boca: ¡Estaba muerto! Los baskires chasquearon entonces la lengua para demostrar su piedad. Su criado empuñó la azada, cavó allí mismo una tumba para Pahom, y lo sepultó. Dos metros de la cabeza a los pies era todo lo que necesitaba en realidad.

Tolstoi
Lev Tolstoi (1828-1910).

[1] En algunas antologías de Tolstoi, este relato se presente bajo el título de El mujik y el diablo. Hay muchas traducciones de este texto de clara pretensión moralizante circulando por ahí y, pese a que no sé ni una palabra de ruso, parece obvio por la calidad del volcado al castellano que no todas son igualmente buenas. La adaptación libre que aquí ofrezco toma en cuenta tres de ellas, si bien he realizado alguna modificación gramatical y conceptual que me parecía coherente de cara a ofrecer una lectura más fluida. Por ejemplo, a fin de hacer el relato más comprensible, he preferido mantener el concepto de “hectárea” que propone un traductor para referirme a la medida de la tierra en lugar del original “desiatina” que sostiene otro, al ser una medida obsoleta de origen tártaro que equivaldría a unos 109.000 metros cuadrados. También he reducido u obviado algunas partes del relato que lo alargaban innecesariamente. Insto por ello al lector a que no interprete esta versión como fiel del original tolstoiano y le invito, por supuesto, a la lectura del propio texto de Tolstoi.

[2] El término mujik -en ruso: мужик, que significa literalmente “hombre”- se empleaba también con anterioridad a 1917 para referirse a los campesinos rusos que no poseían propiedades.

[3] Pueblo de origen túrquico que habita en Rusia. Se concentran en las faldas y llanuras adyacentes a los montes Urales en la zona sur de esa cordillera. También hay importantes minorías baskires en Kazajistán y Uzbekistán. Aunque los baskires hablaron el tártaro durante siglos, en la actualidad la mayoría habla ruso.

[4] A estas alturas, Tolstoi ya ha dado las suficientes pistas al lector como para invitarle a pensar que el primer viajero y el vendedor de ahora son, en realidad, versiones distintas del diablo tentando la ambición de Pahom.

[5] Tipo de vino “fortificado” o “generoso”. Este tipo de vinos, en su proceso de elaboración, incorporan procesos especiales destinados a aumentar su estabilidad y aumentar su graduación alcohólica, sin perder por ello su condición de derivado 100% de la uva. La técnica más común para fortificar el vino es la que se denomina “encabezado”, y consiste en añadir alcohol durante o antes del proceso de fermentación. Ello incrementa la graduación alcohólica, a la par que dota al vino de mayor textura y sabores más robustos. Por lo común, este tipo de vinos son más dulces debido a la mayor acumulación de azúcares que no consiguieron fermentarse, y también tienen mayor estabilidad: una vez abierta, una botella de vino fortificado puede durar varios meses sin perder sus propiedades al gusto, y esta es justamente la razón por la que comenzaron a elaborarse de este modo.

[6] Obviamente, y siguiendo la mecánica de todo relato moralizante, el jefe baskir es la tercera encarnación del diablo estrechando el cerco al incauto de Pahom.

Lecciones sobre censura

basta de censu
(by Quino).

En los Estados Unidos un vehículo de comunicación de masas de primer orden como el cine no fue considerado desde sus mismos orígenes como una expresión artística fidedigna –al mismo nivel que la literatura, la música o la pintura-, sino como una forma de entretenimiento y una industria más, lo cual motivó que fuera ajeno a la cobertura de la Primera Enmienda[1]. Existía incluso un dictamen emitido en 1915 por la Corte Suprema, basado en el caso de la Mutual Films Corporation contra la Industrial Comission of Ohio, que ratificaba legalmente este punto de vista. Esto motivaba, por tanto, que los productores, guionistas y directores fueran muy cautelosos a la hora de llevar determinadas historias, casos y cosas a la gran pantalla. No obstante y del mismo modo, en relación a la literatura, la prensa o la expresión artística, pese a no haber trabas legales explícitas, existían una serie de códigos y normas no escritos que  trataban de minimizar en la medida de lo posible los relatos y expresiones que atentasen de manera manifiesta contra las “buenas costumbres”. Como es lógico el relato de crímenes, las ofensas directas a la religión, los ataques a los medios de producción, o el cuestionamiento de las tradiciones culturales mayoritarias entraban claramente dentro de esta línea de autocensura.

Por supuesto, las limitaciones legales que afectaban de manera expresa a la naciente industria cinematográfica no impidieron los precoces escándalos con el sexo, las drogas y el alcohol de artistas de primera línea. Se ha argüido hasta la saciedad que el caso protagonizado por el entonces muy popular actor cómico Fatty Arbuckle, desencadenó de manera directa la primera normativa destinada a la censura en el cine estadounidense, pero en realidad sería más correcto señalar que el escándalo Arbuckle obró, simplemente, como la gota de agua que colmaba un vaso que se había llenado demasiado deprisa.

¿Un gordito criminal?

Roscoe Conkling Arbuckle (1887-1933), conocido entre el gran público como Fatty Arbuckle, sólo empleó el funesto apodo de “gordito” profesionalmente, ya que lo detestaba con todas sus fuerzas. Ciertamente fue uno de los actores más populares de su época, aunque en el presente sea conocido y recordado sobre todo por el dichoso escándalo que le perseguiría durante años al ser acusado de violar y provocar la muerte a la actriz principiante Viriginia Rappe durante una de las juergas fuera de control a las que era muy aficionado, al igual que un buen número de las nacientes estrellas cinematográficas del momento.

Roscoe Arbucke detenido
Arbuckle en la fotografía de su ficha policial.

Arbuckle, actor precoz, comenzó su carrera profesional con tan solo ocho años al debutar en una producción de 1908 titulada El sanatorio. A partir de ahí actuó en diversas producciones con Charles Chaplin, realizó otras con Mark Sennett y terminó dirigiendo y protagonizando otras muchas tras integrarse en los célebres estudios Keystone. Su popularidad crecería aún más  durante la Primera Guerra Mundial, pues unió fuerzas con el famosísimo Buster Keaton, hecho que lo convirtió en millonario. Sin embargo, a medida que la leyenda de Arbuckle crecía en el mundillo del cine, también su fama como hombre dado a los excesos se hizo extremadamente popular y, de hecho, a lo largo de los años, ganó y dilapidó sin solución de continuidad cientos de miles de dólares. Ciertamente, no era el único profesional del medio metido en jaleos de semejante índole –conocidos son, por poner el caso, los devaneos de Chaplin con chiquillas menores-, pero sí eran, tal vez, los menos disimulados y más espectaculares, lo cual le ganó tantos admiradores como detractores[2].

El asunto Rappe, que literalmente destruyó su carrera, tuvo lugar en 1921. Durante una juerga fuera de control acaecida en un Hotel de San Francisco, sedujo a la chica. La joven había sido recientemente operada de apendicitis, hecho que provocó que muriese a causa de un derrame interno producido por la introducción de objetos por vía anal. Sería el novio de la muchacha, Henry Pathé Lehrman quien finalmente denunció al actor por aquellos actos de sadismo, pero nunca quedó claro que fuera el propio Arbuckle el culpable. De hecho, pasó por tres juicios tras los que quedó finalmente exonerado de toda culpa. Sea como fuere, el caso se convirtió en unos de los primeros “juicios-espectáculo” de Hollywood gracias al concurso de los rotativos amarillistas de Wiliam Randolph Hearst, quien realizó una campaña masiva y extraordinariamente sensacionalista contra el actor que, por fin, dio al traste con su carrera al ser sus películas boicoteadas de suerte sistemática por el público británico y estadounidense[3]. No obstante, Arbuckle se reconvirtió en el actor de teatro John William B. Goodridge, identidad bajo la que pudo dirigir y comercializar diversos cortometrajes –apareciendo incluso en uno de ellos- hasta el día de su muerte[4].

Autocensurarse es gratis

La presión mediática de Hearst, que extendió su incendiaria crítica sobre Arbuckle hasta el “depravado” mundillo del cine, motivó que la industria cinematográfica fuese aún más lejos en su autocontrol y se preocupara incluso por la preservación de la buena imagen del negocio en sí mismo. No era solo que las películas debieran ser aceptables moral y políticamente, sino también que la propia imagen del medio debía mantenerse intachable. Si los actores, directores, productores, guionistas y demás querían mantener sus ideologías, juergas y vicios debían reducirlos a la más estricta privacidad sopena de malograr sus carreras para siempre.

Artífice principal de este control estricto y abusivo fue el abogado afiliado al partido republicano William H. Hays –quien fuera director en 1920 de la campaña electoral del presidente Harding-, quien controló la Motion Picture Association of America (MPAA) desde su creación en 1922, siendo el primer interesado en la defenestración pública del gordito Arbuckle pues hizo desde su despacho todo lo posible para que el actor fuese expulsado del mundo del cine a perpetuidad. De hecho, desde el primer momento, Hays impuso una clausula moral a todas las películas que pretendieran llevar el sello de aprobación de la MPAA e incluso trató de promover una campaña para imponer la censura gubernativa en el cine que no alcanzaría el éxito al considerarse de dudosa legalidad[5].

William H Hays Time
William H. Hays en la portada del semanario Time.

Sea como fuere, no demasiado convencido de que la cláusula moral supusiera una disuasión efectiva para los productores y directores, Hays optó por impulsar, a partir de 1927, la creación de un código moral bien regulado para la autocensura de la industria cinematográfica que, tras los trabajos de un comité consultivo conformado por diversos expertos, culminó con la redacción del célebre Production Code –más conocido como “Hays Code”- de 1930. Una regulación que controlaría la acción creativa de los creadores cinematográficos durante décadas y que explica, por sí misma, muchos de los elementos, tópicos y estereotipos que se harían comunes en las producciones de la época dorada de Hollywood[6].

El Hays Code, que empezó a aplicarse con absoluto rigor en 1934, no se abandonaría hasta 1968, año en el que fue reemplazado por el MPAA Film Rating System -la célebre calificación de las películas “por edades” que terminaría funcionando de un modo u otro en medio mundo-, y entraba de lleno en la consideración de lo que podría considerarse moral o inmoral para las audiencias estadounidenses en base a tres grandes líneas de acción:

  1. Ninguna película debería rebajar el estándar moral de sus espectadores y, por consiguiente, la audiencia no debería simpatizar en modo alguno con los criminales, los malvados, los pervertidos, los pecadores o las malas conductas.
  2. Toda producción cinematográfica, dentro de su argumento y de acuerdo a él, debería representar los estándares de vida adecuados (éticos, morales, religiosos, sexuales, y etcétera). Y, en el caso de tener que mostrarlos en otro sentido, hacer constar de manera clara que se trata de actividades y actitudes reprobables e indignas.
  3. Las leyes humanas o naturales no deberían ser ridiculizadas, ni se debería permitir que el espectador simpatizara en forma alguna con los personajes, ideas o tendencias que propagasen esta clase de ridiculización.
Hays Code
Portada de la edición de 1934 del “Hays Code”.

Si alguien se ha preguntado en algún momento por los motivos de que John Wayne se comporte de la manera absurda que lo hace en algunas de sus películas, o por qué ciertos diálogos y/o contextos del cine clásico parecen a menudo tan impostados, ridículos y falaces, ya tiene una explicación. No. Esto tampoco lo inventamos nosotros. De hecho, y resulta sintomático, el código censor del franquismo seguía unas líneas de actuación bastante parejas a las pergeñadas por el modelo norteamericano, hecho que tampoco debiera sorprendernos: determinados modos de pensar operan como construcciones ideológicas universalizantes antes que como expresión de parámetros locales.

En un mundo como el del presente, en el que cada vez más aparecen por doquier partidarios de las normas morales, los discursos convergentes y los controles intelectuales, tal vez sea necesario revisar estas historias pasadas. Quizá aprendamos algo acerca del control abusivo de las libertades, las leyes restrictivas contra la expresión de las propias ideas, la importancia de entender en qué contextos –y con qué pretextos- nos autocensuramos o permitimos que se nos censure y por qué, así como sobre la mojiganga relativa a la preservación de las “tradiciones” y las “buenas costumbres”.

Recuerden: la libertad es un bien frágil… Y siempre ha tenido y tendrá enemigos. En todas partes. Con cualquier motivo. Para cualquier cosa.


[1] La Primera Enmienda a la Constitución de los Estados Unidos, adoptada el 15 de diciembre de 1791, prohíbe la creación de cualquier ley federal o local con respecto a: el establecimiento oficial de una religión que impida la práctica libre de la misma; medidas que reduzcan la libertad de expresión; normativas que vulneren la libertad de prensa; reglamentos que interfieran con el derecho de reunión pacífica; medidas que prohíban solicitar una compensación por agravios gubernamentales.

[2] Scott, H (comp.) (1964). Enciclopedia del crimen y los criminales. Barcelona, España: Editorial Ferma.

[3] Oderman, S. (1994). Roscoe “Fatty” Arbuckle: A Biography of the Silent Film Comedian, 1887-1933. Jefferson (NC): McFarland & Company.

[4] Scott, H., 1964, op. cit.

[5] Pérez-Fernández, F. (2011). Mentes criminales. El crimen en la cultural popular contemporánea. Madrid, España: N@wtilus.

[6] Una versión completa y traducida al castellano del código de 1930 puede consultarse aquí: https://web.archive.org/web/20070311053616/http://www.academiadelapipa.org.ar/cod_hays.htm [enlazado en noviembre de 2018].

Construir un caso (o el problema de los “juicios paralelos”)

Alguna vez he comentado que las razones por las que un crimen, delito, suicidio concreto se convierte en un suceso “mediático” frente al resto de acontecimientos similares que pasan completamente desapercibidos es, a menudo, un “completo misterio”. Es una afirmación lapidaria, por supuesto, pero como sucede con toda sentencia de estas características en relación a los acontecimientos humanos, precisa de matices en la medida que suscita preguntas: ¿Qué tienen de especial estos casos “famosos”? ¿Por qué un crimen vulgar y corriente, de aquellos que las Autoridades afrontan muy a menudo, se convierte en fenómeno de masas?

A mi parecer, estas cuestiones se relacionan con otras como, por ejemplo, ¿Qué convierte a un sujeto sobre el que no hay más que pruebas circunstanciales en “sospechoso” de un crimen? ¿Cuál es la conducta que la opinión pública espera de un culpable? ¿Qué tiene determinada víctima para convertirse en objetivo apetecible por parte de los medios? ¿Por qué ciertas víctimas son más “agradables”, “simpáticas” o “irreprochables” a ojos del cuerpo social? ¿Qué circunstancias rodean al caso para incentivar ese interés? Esto es así porque todas las cuestiones enunciadas conforman, de presentarse en cierta manera, un circuito de retroalimentación infernal: del mismo modo que ocasionalmente los medios de comunicación y la opinión pública “demandan” un cierto tipo de caso, las Autoridades pueden concederlo inadvertidamente para aliviar la presión, convirtiéndose así en cómplices involuntarios del fenómeno.

Dolores Vázquez
Dolores Vázquez, jugada por el asesinato de Rocío Wanninkhof, fue encontrada culpable por un tribunal popular en el que ha sido uno de los casos más sangrantes de juicio paralelo y circo mediático de la España reciente. El clamor popular en su contra, una vez convertida en la “mala” de la película, fue una completa vergüenza a pesar de que todas las “pruebas” que había en su contra eran inconcretas y circunstanciales. Finalmente hubo de ser exonerada por la misma justicia que la condenó. El auténtico culpable del crimen era otro vecino de la localidad: el súbdito británico Tony Alexander King. No obstante, ella, para dejar de ser perseguida por la depredación mediática y las interminables suspicacias vecinales, tuvo que irse de España.

Pueblo pequeño, infierno grande

Por lo común, cuando un crimen o desaparición se producen en el seno de una comunidad pequeña y bien vinculada (una urbanización, un pueblo, un barrio con fuertes estructuras sociales de apoyo) ocurre que el vecindario se vuelca y moviliza de suerte masiva, hecho que tiende a suscitar por sí mismo el interés de los medios de comunicación. Y de ahí al “interés general”, una vez el caso comienza a publicitarse, solo hay un paso. Sin embargo, cuando se da ese paso, automáticamente todo se complica, especialmente para las Autoridades, que de súbito se ven en el ojo del huracán, lo cual pone en marcha toda la compleja y retorcida maquinaria de presiones políticas y judiciales que cabe esperar. Y el último escalón de esas presiones son los agentes encargados de la investigación que, de pronto, se encuentran ante la necesidad urgente de resolver el asunto: alguien tiene que “cargar con la culpa”.

Pero la búsqueda de ayuda pública, así como la obsesión por la “eficacia”, pueden ser un arma de doble filo que conviene administrar con cuidado. Sin duda porque, hasta donde se sabe, rapidez y eficacia tienden a confundirse entre sí, pero no son la misma cosa y a menudo juegan la una en contra de la otra. Si quiere usted un trabajo bien hecho no pida nunca que se lo hagan rápido.

Lo malo de este proceso es que, ocasionalmente, resta objetividad a los investigadores. De hecho, tras la inmensa mayoría de los errores policiales y judiciales existe ese conglomerado perverso de prisas, presiones, confusiones y subjetividades que lo confunden todo. Entretanto el precepto fundamental de la investigación en cualquier campo ha de ser que los datos disponibles deben siempre corroborar, o bien modificar, sin lugar a la duda la hipótesis de partida, cuando las Autoridades no pueden trabajar en condiciones normales tiende a suceder justamente lo contrario: se busca confirmar la hipótesis original a todo trance obviando, o simplemente ignorando, aquellas evidencias que podrían contrariarla o modificarla. Es decir, en lugar de permitir que los hechos construyan el caso, es el caso el que adquiere vida propia y guía cualquier interpretación y valoración de los hechos. Se deduce, pero no se induce. Y cuando se induce, se hace ignorando o reevaluando desde la teoría todo aquello que no cabe en la propia teoría, conformándose así ese esquema confabulatorio de manual que tan bien conocen los conspiracionistas: “como yo ya sé lo que pasa, no estoy dispuesto a aceptar nada que contraríe lo que yo sé que pasa… y si acepto algo nuevo será solo en la medida que confirme mi punto de vista preconcebido”.

Se olvidan así, en un afán por satisfacer la demanda social y la presión mediática intensa, las más razonables salvaguardas policiales y jurídicas. Un amigo, abogado penalista de larga trayectoria, me cuenta a este respecto que lo peor que a un sospechoso sobre el que no existen más que pruebas de convicción –que no prueban nada- le puede pasar es que la policía se obsesione con su culpabilidad… y que alguien cometa el error de filtrarlo a los medios de comunicación.

Filtración va, chivatazo viene

Esta clase de filtraciones en casos mediáticos, enquistados, que no se resuelven, perjudican de manera radical el principio elemental de la presunción de inocencia. Ocurre que la defensa, o el mismo sospechoso, se ven abocados a una situación reactiva en la que siempre van “por detrás” del caso, a remolque de lo que se dice, se piensa o se comenta en los mentideros de lo público. Las filtraciones –a menudo interesadas- obligan al sospechoso a tener que estar siempre defendiéndose, desmintiendo, corrigiendo, lo cual impide que la defensa pueda elaborar una estrategia coherente en la medida que siempre hay una filtración, un dato nuevo, un detalle, del que hay que protegerse o ante el que se debe reaccionar. Y ello incrementa en la opinión pública la impresión de que el sospechoso es culpable en la medida que, recordando la sentencia totalitaria, “si fuera inocente, no tendría nada que temer”. Tal vez habría que responder a quien así argumenta que, precisamente porque no soy culpable, te temo.

Colateralmente, aparecen las “noticias falsas”. Informaciones maliciosas o simplemente inventadas de procedencia indefinida que fantasean con detalles inexistentes del caso, y que contribuyen a su construcción simbólica social. Por lo común la opinión pública, que tras la primera ola de informaciones más o menos fidedignas aunque a menudo bastante inexactas ya ha comenzado a decantarse en uno u otro sentido –generalmente hacia la culpa del sospechoso en una mecánica de “chivo expiatorio”-, tiende a creerlas y son necesariamente imposibles de desmentir. No se puede discutir una invención. Justamente, este es el peor problema inherente a conducir una investigación policial o judicial “con luz y taquígrafos”; que alimenta la maquinaria de las especulaciones y las falsedades al punto de que el asunto se transforma en un laberinto mediático en el que ya todo empieza a valer.

La manera que la judicatura o la policía encuentran, por lo común, de anticiparse a los rumores y noticias falsas cuando se ha llegado a este punto pasa por redoblar los esfuerzos en la investigación del sospechoso mediático, en un afán de incrementar la “objetividad” de sus puntos de vista. Y llegados aquí, el caso ya se construye solo en una dinámica perversa e imparable. Todo aquello que contraríe la versión oficial empieza a desecharse como mera “pista falsa”, “argucia de la defensa” y “truco de abogados”. Tanto las Autoridades como los medios y la opinión pública ya han elaborado el caso, han decidido lo que pasó realmente, y automáticamente pasan a un segundo o tercer orden todas las cuestiones, testigos o evidencias que contradicen la versión oficial. Las redes sociales -que son una completa peste- se convierten en un arma de destrucción masiva. El efecto perverso de este proceso es que, cuando se produce, ya resulta imposible asumir errores o dar marcha atrás, pues el miedo a una reacción airada de la opinión pública se torna real. Porque a mucha gente le va esta marcha. La fomenta, la busca, la incentiva. Y en el camino hay otra víctima mortal a la que nadie presta atención: la presunción de inocencia.

Matrimonio Ramsey
Patsy y John Ramsey, padres de la niña asesinada JonBenet Ramsey, un caso que levantó una profunda indignación y seguimiento en la sociedad estadounidense. Una pésima investigación policial y unos medios de comunicación extremadamente depredadores los convirtieron, sin prueba alguna, en asesinos de su propia hija. Tuvieron que aguantar toda clase de humillaciones públicas, así como la difusión en horario de máxima audiencia de sus intimidades familiares, durante décadas. Lucharon contra la malévola acusación durante años hasta que finalmente fueron exonerados por las Autoridades (que no por muchos medios que aún sostienen, empecinados en el error, acríticamente, su culpabilidad). El auténtico asesino, cuyo ADN se encontró en el cuerpo de la víctima pese a que la policía desestimó de manera inexplicable esta evidencia capital, nunca ha sido capturado.

Culpable de todo

No nos engañemos. Para la inmensa mayoría de los ciudadanos (periodistas incluidos) existe un hecho psicológico incontrovertible: si la policía o la justicia creen que eres culpable de algo, lo eres. “Tienes” que serlo porque ellos “saben”. Y ahora el papel de los medios de comunicación es consolidar esa culpabilidad. Todo se reduce, una vez el caso se ha construido de este modo, a buscar una “prueba definitiva” que corrobore esa culpabilidad permitiendo salir del ámbito de la circunstancialidad y haciendo que todo termine como debe, como se espera. El malévolo circo mediático se ha constituido: cualquier cosa sobre el sospechoso que se filtre a los medios será jugosa e interesante… Desde cómo se sienta, se viste o se rasca la nariz, hasta la vez que fue expulsado de clase durante el bachillerato o el mes que se dejó la factura del teléfono sin pagar: detalles banales, vulgares, que nada tienen que ver con el tema en cuestión, pero que ayudan a vender la idea del “malvado sin entrañas”, del “psicópata”, de una personalidad “oscura y pervertida”.

Pretendidos expertos analizarán su comunicación no verbal, sus actitudes, su pasado, su  tono de voz, su aspecto, su vida privada, y todo ello se estudia minuciosamente, con lupa, a la par que se interpreta de manera unívocamente maliciosa y perversa… Para el sospechoso escapar a esta vorágine de la culpabilidad consumada en los medios –que no en los tribunales- es literalmente imposible, pues nada de lo que haga o diga servirá para ayudarle. Antes al contrario, cualquier acción que en otro contexto sería positiva será interpretada como corroboración de su malignidad y monstruosidad. Incluso el silencio o la inacción misma.

Así lo vivió en sus propias carnes, en 2009, Diego P. V., un tinerfeño de 24 años que a causa de una serie de errores encadenados de médicos, policías y periodistas se convirtió de la noche a la mañana en el asesino de la hija de su novia. Llevó a la cría al ambulatorio pues tenía dolores de cabeza porque se había caído en un tobogán días antes. La niña presentaba algunos hematomas y arañazos que se realizó en el curso de la caída. Desgraciadamente, terminaría muriendo a causa de ese golpe fortuito al que no se dio importancia. Era un accidente lamentable, pero en apenas cuestión de horas, tras un tremendo error diagnóstico que puso en marcha los protocolos de servicios sociales y alertó a las Autoridades, Diego se convirtió para la prensa -a portada completa- en el hombre que miraba “como un asesino”. Casi nada. Luego, una vez descubierto el error y tras haber hecho pasar a este hombre por un completo calvario, como suele ocurrir en muchos de estos casos de sensacionalismo desatado e irracional, se habló durante cinco minutos de fariseismo de la dichosa autorregulación de los medios de comunicación a fin de evitar tan graves excesos. Después nada. Como de costumbre[1]. Y tiempo después un periodista de sucesos muy famoso, hablando conmigo de esto, todavía me dijo como si de un axioma científico se tratara aquella estupidez patética de que “cuando el río suena…”

El caso está listo. Todos a la mesa. Y nadie aprende nada.

Eva Blanco
La violación y posterior asesinato de la jovencísima Eva Blanco en la localidad madrileña de Algete conmocionó a la opinión pública española e hizo correr ríos de tinta. Nadie comprendía por qué la justicia -que en esta ocasión no cedió a las presiones- ignoraba el clamor popular que pedía que todos los hombres del pueblo, sospechosos porque sí, se hicieran una prueba de ADN para ser descartados, aun cuando ello contravenía los más elementales derechos constitucionales. Afamados periodistas se sumaron a esta pretensión de la familia tratando de influir en un sistema que es como es por un buen puñado de razones… Finalmente, se demostró que la justicia tenía razón: el criminal no residía en Algete, pues se trataba de Ahmed Chelh Gerj, un tipo que cometió el crimen cuando pasaba por allí y que sería arrestado en Francia 18 años después. Ninguno de los periodistas que habían apoyado con luz y taquígrafos el despropósito rectificó públicamente.

[1] Pardellas, J.M. & Gómez, R.G. (2009). Nada puede reparar al falso culpable. El País [En: https://elpais.com/diario/2009/12/01/sociedad/1259622001_850215.html, recogido en septiembre de 2018].

Conviene leer:

  1. Encarcelados por delitos que no cometieron.
  2. Graves errores judiciales en Estados Unidos.
  3. Injusticias de la justicia.

El mito de la “americanización”

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Uno de los grandes mitos de la cultura occidental es de la “americanización” del mundo. Con ello nos referimos al hecho de que la cultura popular estadounidense, al parecer, estaría colonizando todas y cada una de las culturas locales a fin de imponer un estilo de vida único, “a la americana”, inmutable y global por la vía de la invasión de productos de toda índole difundidos masivamente en los medios de comunicación y los mercados de todo el mundo. Muchos intelectuales de prestigio, cierto que sin demasiadas evidencias más allá de sus reflexivas impresiones, han defendido esta teoría y, tal vez, ello ha motivado que goce de no poco predicamento. Sin embargo, ello contrasta de manera radical con hechos incuestionables e incluso con la infinidad de evidencias en sentido contrario encontradas por muchos estudios de campo elaborados por los antropólogos culturales. Entendámonos: la proliferación de restaurantes de comida rápida no tiene tanto que ver con una pretendida “americanización” de la existencia como con el hecho, difícil de cuestionar, de que son cómodos, socorridos y baratos. Y si hace quince años se vendía de suerte apocalíptica la “muerte” de la dieta mediterránea en detrimento de la “comida basura”, lo cierto es que en la actualidad este pronóstico nunca ha estado más lejos de cumplirse. No es lo mismo –y aquí residen tanto el fondo de la incomprensión del problema, como los prejuicios que lo sustentan- que un cadena de restaurantes sea “americana” que el uso o significado de ellos que se realice fuera de los Estados Unidos.

Modelo, ¿de qué?

El mero hecho de que la mayor parte de los ciudadanos no estadounidenses entienda tan rematadamente mal cómo funcionan los sistemas político, judicial o policial de aquel país, aún a pesar de la infinidad de productos de entretenimiento relacionados con estas temáticas que se difunden en los medios de comunicación no es, en el fondo, otra cosa que la expresión directa de este fracaso de la tesis de la “americanización”. Y por supuesto, tanto la mencionada incomprensión como el subsiguiente fracaso explicativo, son elementos que tienen su razón de ser. Y es que la incomprensión es mutua. También la mayor parte de los ciudadanos estadounidenses conocen, entienden y aceptan a menudo bastante mal los estándares de vida alejados de su propio modelo, lo cual inevitablemente limita de manera radical su imaginada capacidad como “grandes colonizadores” culturales.

Y es que los Estados Unidos de América suponen un ejemplo perfecto de hasta qué punto una sociedad puede ser pervertida informativamente hasta sumirla en la más completa confusión. Contrariamente a lo que cabría suponer –no se crean todo lo que ven en el cine- en los Estados Unidos existe porcentualmente la mitad de lectores de periódicos y libros, ya sea en formato papel o digital, que en Europa o Japón. De hecho, y frente al pretendido ejemplo de “calidad cultural” que mucha gente ve en aquel país, es la nación que, también porcentualmente, menos libros publica por habitante. Más todavía: Los periódicos y noticiarios estadounidenses han reducido su cobertura de noticias “serias” en las últimas décadas y, muy especialmente, en cuanto a las noticias relativas al mundo exterior. Un verdadero escándalo si se tiene en cuenta que, hace ya veinte años, tal cobertura de los acontecimientos internacionales era la menor del mundo industrializado[1]. Estos datos se comprenderán mejor si se presta, por ejemplo, atención a los arrojados por una peculiar encuesta que el diario Los Angeles Times realizó ya en 1994[2]. Entonces se hicieron a ciudadanos de ocho países -Estados Unidos, México, Gran Bretaña, Francia, España, Alemania e Italia- cinco preguntas básicas sobre temas de actualidad. De todos los encuestados, fueron los estadounidenses quienes peores resultados obtuvieron. Así, mientras que sólo un 3% de los alemanes respondió mal a las cinco cuestiones, lo hicieron erróneamente un 37% de los estadounidenses. Y no crean que eran preguntas difíciles pues se trataba de responder a cuestiones banales como quién era el primer ministro francés.

Cuestión simbólica

Cualquier contenido difundido por los medios de comunicación puede ser analizado no sólo por su naturaleza y sus efectos, sino también como un texto que tiene un sentido, un significado y una interpretación. Desde este punto de vista, los significados y las interpretaciones que se atribuyen a tales contenidos pueden ser muy diferentes de aquellos que pretendían atribuirles sus creadores. Es un hecho bien conocido en campos como el del análisis y la crítica de arte. Esto es así porque la gente no es pasiva ante los contenidos que proporcionan los medios de comunicación y también producen sus propios significados. En suma, como ya explicamos cuando se habló de la defensa cognitiva, un mensaje puede no conseguir en modo alguno el efecto de que pretenden sus creadores y sí despertar en el público una reacción diferente, inusual, no pretendida, extravagante e incluso contraria. Todo medio, así como todo mensaje, tienen muchas lecturas posibles… Y bien habrá podido comprobarlo en sus propias carnes quien pretendiendo hacer un comentario inocente y bienintencionado vía Twitter -o Facebook- se haya encontrado, en contrapartida, con un verdadero juicio sumarísimo.

La llamada “cultura popular” se contrapone a la cultura oficial o hegemónica que intentan apuntalar los que mandan en un contexto sociocultural en un momento dado. Todo sujeto hace de la cultura popular un acto creativo en la misma medida que la lee, interpreta y utiliza a su modo[3]. Pensemos en una estrella del rock, en un personaje de cómic, en una serie de televisión o en nuestra saga literaria preferida… Si contraponemos nuestras interpretaciones de estos elementos a las que elaboran otros aficionados a los mismos –un amigo sin ir más lejos- nos daremos cuenta de que no tienen por qué ser coincidentes y de que, incluso, pueden ser motivo de grandes debates. La razón de ello es que cada uno de nosotros hace de esos elementos lecturas distintas y produce mensajes distintos a partir de idénticos contenidos. Sentimos como “propios e intransferibles” y los relacionamos con nuestra propia vida y experiencias. Y lo más interesante es que nos aferramos a estas lecturas particularizadas de la cultura popular para expresar diferentes formas de resistencia ante la cultura oficial. Ante ese mensaje único que se nos pretende imponer de suerte transversal[4]. Este fenómeno de individualización de los contenidos generales y construcción de resistencias simbólicas convierte en estrellas a los raperos más descarados, hace héroes populares de los revolucionarios como el Subcomandante Marcos, o motiva a los más iconoclastas a lucir camisetas impresas con la efigie de Charles Manson.

La psicología y la antropología nos han mostrado hasta la saciedad que los significados no son inherentes a las cosas y que tampoco vienen impuestos desde fuera de ellas. Los sentidos que una cultura peculiar otorga a sus elementos son producidos dentro de ella misma, precisamente porque los construyen las personas que viven dentro de dicha cultura. Los elementos de una cultura específica, vengan de donde vengan, son siempre elementos locales y tienen –o no- significados locales. Un póster con el rostro de Ernesto Ché Guevara, o una camiseta con el logotipo de Los Ramones, pueden no significar absolutamente nada para un pastor masai, y sin embargo son imágenes plenas de significados diversos para un europeo. Esto ocurre porque el Ché es un producto de nuestra cultura, no de la cultura masai, y solo será asimilado por ésta cuando se le atribuya un significado “desde dentro” que no tiene por qué coincidir con el que se le atribuye en Europa. En consecuencia, los significados que otorgamos a los elementos de nuestra cultura son reflejos de nuestras propias experiencias culturales, y solo de ellas.

Primitivo serás tú…

Los denominados “pueblos indígenas”, o las consideradas “culturas primitivas” no existen fuera de Occidente. Tales denominaciones son los nombres que nosotros damos a esas otras culturas que son distintas de la nuestra. Y es un nombre que ya nos invita, en tanto que poseedores de una cultura con pretensiones hegemónicas, a desposeer a los llamados “indígenas” o “primitivos” de sus propias culturas para tratar de integrarlos en la nuestra. En esta clase de colonización cultural, hay que reconocerlo, no solo los estadounidenses en particular, sino todos los occidentales en general, nos hemos especializado de una manera absolutamente magistral. El proceso es sencillo: en lugar de imponer a los miembros de otras culturas la nuestra por la fuerza, lo que solemos hacer es hacerlos partícipes de nuestra cultura popular, e invitarlos a integrarse en ella. Así funciona la globalización. Lo primero que hace Occidente cuando se encuentra con otra cultura es introducir en ella su cine, sus industrias, sus grandes almacenes y supermercados, los restaurantes de comida rápida, la música rock, los estilos artísticos y literarios, los videojuegos, nuestros deportes tradicionales –los Juegos Olímpicos o el fútbol serían el ejemplo superlativo de este proceso- o los iconos del cómic[5].

Parecería que este proceso invasivo es imparable. Sin embargo, los componentes de esas otras culturas se resisten a la asimilación en la misma medida de que también hacen sus propias lecturas de nuestra cultura popular y le otorgan significados propios. Es decir, los utilizan para generar su propia cultura popular. De este modo, en una investigación de campo se encontró que la película favorita de muchos aborígenes de los desiertos australianos era Rambo, pero que su lectura era muy distinta de la que hacemos en Occidente y, por supuesto, radicalmente diferente de la propuesta por sus creadores. Para ellos John Rambo era un representante del subdesarrollo que luchaba contra la clase de los oficiales y, en gran medida, era contemplado como una imagen de su odio hacia el paternalismo de los blancos y el racismo existente en Australia. Cuando el investigador quiso profundizar en el tema, se encontró con que los aborígenes imaginaban lazos tribales y de parentesco entre el soldado John Rambo y los prisioneros que rescataba en Vietnam pues están sobrerrepresentados en la población carcelaria australiana y, según su cultura, sólo quien tiene lazos de sangre con los cautivos estaría dispuesto a liberarlos de la tiranía y del encierro[6]. Como vemos, esta singular lectura de las películas de Sylvester Stallone son generadas a partir del texto y no inducidas por el propio texto.

Lo cierto es que todas las culturas tienen un gran componente imaginario que se expresa en la forma de fantasías, mitos, leyendas y cuentos. Actualmente, por influencia de los medios de comunicación de masas, esa variabilidad, la cantidad de posibilidades imaginarias, se ha multiplicado en todo el mundo. Hoy en día cualquiera puede imaginar muchas más vidas posibles que hace cien años. Fundamentalmente porque hoy nuestro universo personal es mucho más amplio en todos los sentidos del que era posible hace un siglo[7].

Se ve, pero no se cree

Los medios de comunicación masas han propiciado un sistema mundial de imágenes que, como vemos, antes que destruir pueden incluso reforzar identidades nacionales y étnicas de manera muy potente. De hecho, todos los estudios transnacionales acerca de la televisión muestran que, contrariamente a lo que creen algunos productores de teleseries norteamericanos –y algunos intelectuales confusos- de manera marcadamente etnocéntrica, la mayoría del público suele preferir los productos locales cuando estos reúnen unos estándares mínimos de calidad. Más todavía: cada vez cuesta más esfuerzos a las grandes productoras estadounidenses –HBO, NBC, CBS o FOX- introducir sus series en las televisiones extranjeras, pues reciben audiencias inusitadamente bajas cuando deben competir con producciones locales que reúnan ciertos requisitos como el de reflejar bien los estándares culturales propios.

En Brasil, por ejemplo, las series norteamericanas –incluso las más celebradas históricamente como Dallas, Dinastía, Star Trek, CSI o Perdidos– encuentran muy bajas audiencias en comparación con las telenovelas que produce TV Globo. La respuesta del público brasileño ante este fenómeno es rotunda: entienden que los productos de TV Globo están hechos por brasileños y para brasileños, por lo que reflejan mucho mejor sus condiciones de vida y son más sensibles a su manera de entender las cosas. Más aún: TV Globo, aunque resulte sorprendente, se ha convertido en una competidora directa con los Estados Unidos de América en la exportación de teleseries que vende sus producciones en más de cien países de todo el mundo. Lo mismo podría decirse de las series venezolanas o mejicanas a las que podemos llamar despectivamente culebrones, pero que tienen sin embargo audiencias muy sólidas y compiten en el mercado internacional con gran eficacia[8].

Hay casos aún más claros. En la India y otros países de su entorno como Pakistán, Tailandia o Nepal, las grandes películas norteamericanas pasan muy a menudo inadvertidas en las carteleras y en ningún caso pueden competir con las producciones locales. Más aún: la India es el país que más películas produce al año en todo el mundo –el famoso Bollywood– y buena parte de ellas obtienen recaudaciones récord. Tanto es así que, recientemente, los productores cinematográficos occidentales solo han podido diseñar una estrategia óptima para tratar de penetrar en ese mercado, o en el chino: copiarlo. ¿Acaso hay alguien que considere casual que el dinero y los premios occidentales apoyen producciones como Tigre y Dragón (Ang Lee, 2000) o Slumdog Millionare (Danny Boyle, 2009)? En España, por poner un ejemplo patrio, teleseries de gran éxito como Los Serrano (Telecinco), Aquí no hay quien viva (Antena 3), o Isabel (TVE1), por citar algunas, nunca tuvieron competencia en la parrilla televisiva, y todas las producciones cinematográficas o televisivas estadounidenses programadas por otras emisoras en su misma franja horaria, perdieron sistemáticamente la batalla por las audiencias.

¿Necesitan más ejemplos? Bien: Países como Nigeria o Egipto –por citar dos casos africanos- programan en sus televisiones productos norteamericanos muy excepcionalmente porque nada menos que el 75% de la audiencia prefiere siempre y en todo caso las producciones nacionales. El argumento del televidente, cuando se le pregunta por esta aparente contradicción, es obvio: estás series locales están repletas de momentos cotidianos con los que el espectador se identifica bastante más que con el discurso para ellos incomprensible y artificioso de Juego de Tronos[9].

En consecuencia, la idea de que el cine y la TV estadounidenses han colonizado el mundo –uno de los argumentos centrales de los defensores de la teoría de la “americanización”- es, simplemente, una falacia que se sostiene en algunos momentos, naciones y coyunturas para apuntalar convenientemente otros planteamientos políticos e ideológicos específicos y no siempre bien definidos. Las agendas ocultas funcionan por doquier. De hecho, los programadores de medio mundo se han convencido de que introducir en la parrilla algo que sea culturalmente ajeno solo es una opción cuando no hay alternativas locales aceptables. Podemos sintetizar la idea diciendo que, frente a la falacia de que cada vez somos más parecidos en todo el mundo a los norteamericanos, el sujeto, de manera automática y si puede elegir, tiende a ser proteccionista con su propia cultura popular en la medida que repleta de sentidos y significados propios que no debe reelaborar para comprender y asumir[10].

Hay otro detalle importante que desmiente la idea de que los medios de comunicación fomentan una visión mundial y única de la realidad, y que esta visión es necesariamente “americanizante”. Los inmigrantes musulmanes en casi todos los países del mundo no renuncian ni a su etnia ni a sus costumbres en la vida privada, y una de las maneras que habitualmente emplean para conseguirlo es sintonizar la cadena catarí Al Jazeera, ya sea mediante satélite o por internet. Además, las ventajas de la red a la hora de mantener los lazos de los inmigrantes con sus países de origen son evidentes: hoy en día gracias al correo electrónico, los chats, foros y videoconferencias, nadie se desarraiga de su cultura de origen si no lo desea. Es decir, la globalización, al menos en relación a la colonización cultural, se ha convertido en una monumental paradoja que la enfrenta a sí misma en un juego de suma cero. Y si no, que pregunten por los dolores de cabeza que esta cuestión provoca a los cuerpos y fuerzas de seguridad occidentales.

Lo no americano también es buen negocio

La otra gran fuerza transnacional clave son las finanzas en la medida que quienes se dedican a fabricar dinero, hoy en día, miran más allá de las fronteras nacionales en busca de lugares en los que invertir, o bien en busca de productos que comprar. Ya lo insinuamos antes en relación a la industria del cine. En un mundo que se ha hecho pequeño gracias a los nuevos medios de transporte y los medios de comunicación masivos, el dinero, las mercancías y las personas se persiguen unos a los otros alrededor del planeta[11]. Así por ejemplo, muchas comunidades iberoamericanas han empezado paulatinamente a perder autonomía económica en la medida que dependen cada vez más del dinero en efectivo que llega a través de la emigración laboral internacional. Incluso los Estados Unidos de América, que antes se encontraban casi por entero en manos de su capital doméstico, están cada vez más sometidos a la dependencia de la inversión de capitales extranjeros, hecho que convierte las actuales políticas proteccionistas de Donald Trump en la antesala de un desastre económico cuyas consecuencias futuras –ya sean internas o externas- son aún difíciles de calibrar. Y no sólo. En el presente la economía “más fuerte del mundo” depende como nunca antes en su historia de la mano de obra foránea, ya sea en la forma de inmigración laboral, o bien recurriendo a la deslocalización y exportación de puestos de trabajo[12].

Todo esto implica que la cultura global contemporánea está muy lejos de ser controlada interesadamente desde alguna parte en concreto del planeta. En realidad, se encuentra influenciada por flujos de personas, tecnología, finanzas, e información cuyos patrones se alteran constantemente. El mundo, ciertamente, camina hacia una cultura global de consumo de la que casi todos los países participan en mayor o menor medida. Rara es la persona en cualquier parte del planeta que no ha visto una valla publicitaria o camiseta anunciando un producto occidental, o que no utiliza alguno de ellos… Pero, y en un proceso de constante retroalimentación, del mismo modo que los grupos de pop-rock occidentales suenan en las calles de Río de Janeiro, la bossa nova se escucha con suma fruición en los bares copas de Madrid, Londres o Nueva York. De hecho, el “mundo-negocio” actual ha descubierto que las culturas no occidentales también son un buen factor de productividad si se las vende adecuadamente, por lo que no duda en introducirlas en el cine, en la televisión y los centros comerciales. Así se explica el fenómeno creciente de “lo étnico” –ya sea en el arte, la moda, la literatura o la música-, o el hecho de que cada vez con mayor asiduidad los protagonistas de películas o series de televisión respondan a perfiles interétnicos. Más aún: a través de iniciativas exitosas como el “comercio justo” los grupos tribales también empiezan a competir en el mercado internacional con sus propios productos, y en pie de igualdad. Incluso el “mercado de la ciencia” se encuentra cada vez más deslocalizado, al punto de que muchos de los más potentes grupos de investigación internacionales en buena cantidad de campos no son precisamente estadounidenses… La historieta del tal Sheldon Cooper es divertida, pero no se la crean.

¿Nos estamos, por tanto, “americanizando”? Los hechos indican que es un axioma difícil de creer a menos, por supuesto, que se emplee falazmente, como mero pretexto para la defensa interesada de algún que otro corralito ideológico. Más bien cabría decir que nos estamos “mundializando”.

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[1] Banco Mundial, World Development Report, 2000/2001, 2000: 310; International Herald Tribune, 23 de octubre de 2001; Los Angeles Times, 27 de septiembre de 2001.

[2] Edición del 16 de marzo.

[3] Fiske, J. (2003). Understanding Popular Culture. London: Routledge.

[4] Fiske, J., 2003, op. cit.

[5] Appadurai, A. (1990). Disjuncture and Difference in the Global Cultural Economy. Theory, Culture & Society, 7: 295-310.

[6] Michaels, E. (1989). For a Cultural Future. Francis Jupurrurla Makes TV at Yuendumu. Sydney: Art and Text.

[7] Appadurai, A., 1990, op. cit.

[8] Kottak, C.P. (2006). Antropología cultural. Madrid: McGraw-Hill Interamericana (11ª ed.).

[9] Kottak, C.P. (2016). Prime-Time Society. An Anthropological Analysis of Television and Culture. London: Routledge.

[10] Kottak, C.P., 2016, op. cit.

[11] Appadurai, A. (1991). Global Ethnoscapes: Notes and Queries for a Transnational Anthropology. R.G. Fox (Ed.), Interventions: Anthropologies of the Present. Santa Fe: School of American Research, 191-210.

[12] Rouse, R. (1991). Mexican Migration and the Social Space of Postmodernism. Diaspora A Journal of Transnational Studies 1(1): 8-23. DOI: 10.1353/dsp.1991.0011.

Sobre la moral, la pena y los delitos

Dilema Moral

Es el debate de los tiempos presentes: endurecer las penas e incrementar el control. Sacrificar libertades a cambio de seguridad. Otorgar, en suma, más poder a quien puede castigar aún a costa de renunciar a conquistas milenarias. Nunca funcionó y sabemos desde Cesare Beccaria (1738-1794) que es seguro que nunca funcionará, pero la verdad tiene escasa capacidad de competencia enfrentada al poder, al dinero o al albur de la circunstancia inmediata. Nadie piensa con prevención, orden y cordura cuando se siente apremiado por el presente:

“Las historias nos enseñan que debiendo ser las leyes pactos considerados de hombres libres, han sido pactos casuales de una necesidad pasajera; que debiendo ser dictadas por un apasionado examinador de la naturaleza humana, han sido instrumento de las pasiones de pocos”[1].

Legislar en caliente se llama hoy, eufemísticamente, a tal cosa cuando solo tiene un nombre coherente: insensatez.

Es tópico entre los más devotos partidarios del orden, la restricción y el castigo recurrir en sus explicaciones a la filosofía y la jurisprudencia anglosajonas a la hora de justificar sus posiciones. Al obrar así se pasa por encima del hecho de que tales modelos jurídicos son reflejo inmediato de la Ilustración. En todos ellos tiene gran importancia la jurisprudencia, están plagados de criterios utilitaristas y pragmáticos e, irónicamente, se esfuerzan en limitar el alcance y poder castigador del Estado. Cuando Benjamin Franklin (1706-1790), uno de los padres fundadores de los Estados Unidos, afirmaba que quien sacrifica su libertad para obtener más seguridad no suele obtener ninguna de ambas cosas, pensaba justamente en esta cuestión. Porque la penalidad es el negativo de la libertad y es obvio que cuanto más poder se concede a un Estado –o a un particular- para castigar, más fácil es que incurra en la vulneración de los derechos más básicos y elementales[2]. Así, la defensa ilustrada de las libertades y los derechos individuales, que consagra la Constitución democrática más antigua del mundo –la de los Estados Unidos de América- permite la independencia y la libertad de los individuos y, por simpatía, de las comunidades, y motiva, entre otras cosas, que el peso de los asertos taxativos y cerrados en torno a la calidad ético-moral de sus sistema penal deban ser matizados: en aquel país, desde el mandato constitucional general, hay tantos códigos penales como Estados lo constituyen, lo cual motiva que muchos de ellos no tengan, por poner el caso, legislada la pena de muerte, o simplemente no la apliquen. Ello por no mencionar que asumen un sistema jurídico extremadamente garantista –y por ello mismo carísimo- en el que los derechos del acusado son fundamentales y absolutamente inviolables.

Tampoco resulta menos manipulatorio sostener, por principio, que quienes están contra la dura lex son “buenistas”, gentes “políticamente correctas” o meros partidarios de eso que la retórica ultraconservadora llama “optimismo antropológico”. Habitualmente, la defensa del extremista y el demagogo suele comenzar por el ataque –por fútil que resulte-. Para empezar, la ofensa puede ser efectista, pero nunca es un argumento y solo debilita a quien la practica en la medida que solo disfraza su incapacidad argumental. La condenada “corrección política” es cosa que va y viene. Tiene más que ver con el estado de una cuestión sociopolítica concreta que con cualquier forma coherente de racionalidad, y no es argumento de nada o para nada. De hecho, igual de políticamente correcto podría ser –y lo ha sido en determinado contexto- defender la amenaza, el maltrato y la tortura bajo el pretexto discutible de que una sociedad tiene el derecho y el deber de defenderse de sus posibles enemigos pues, en realidad, nada tendría que temer quien nada hubiera hecho -uno de los argumentos favoritos de un tal Joseph Göbbels (1897-1945), por cierto-. Idea que solo puede sostenerse de manera convincente vendiendo la especie de que cualquier otra forma de pensar debe ser necesariamente irracional y absurda:

“Nada importaban el ingente número de leales judíos alemanes que había luchado con de denuedo –y perdido la vida en no pocos casos- durante la guerra ni el hecho de que hubiese en el país miles de judíos que no comulgaban con el comunismo ni con las izquierdas en general; para Hitler y sus seguidores resultaba mucho más fácil hacer de ellos el chivo expiatorio de los males de Alemania. […] Desde el principio sus partidarios [del Partido Nazi] aseguraron que el odio que profesaban a los judíos no provenía de un prejuicio ignorante, sino de un hecho científico”[3].

Defender los Derechos Humanos y los Derechos Fundamentales que consagran las constituciones democráticas de los Estados no es, como vemos, un “buenismo” ridículo, sino una cuestión de principio en la medida que la salvaguarda del derecho individual es siempre, y en todo caso, la protección de un bien colectivo. No tiene que ver con el posicionamiento moral particular de alguien en concreto, sino con la altura moral de una sociedad en su conjunto. No puede convertirse en motivo ofensa lo que es simple y llana educación ético-política, así como prevención contra la barbarie y la indecencia.

Uno de los más graves problemas históricos de las culturas de raíz judeocristiana es su hipertrofia moral, como ya denunciara Friedrich Nietzsche (1844-1900). De hecho, si el endurecimiento sistemático de las leyes por encima de la prevención y de la reinserción tiene el deber que argumentarse es, precisamente, como resultado directo de tal hipertrofia. Ello explica que durante las persecuciones de herejes del Medievo y el Renacimiento uno de los esfuerzos fundamentales de los órganos inquisitoriales fuera, precisamente, el de proveerse de buen material intelectual –médico, jurídico, teológico- desde el que justificar su aberrante conducta[4]. Por el contrario, para muchos pueblos de la antigüedad ajenos a tales exigencias teóricas este factum moral no suponía problema alguno. Era asumible o prescindible en función del caso, lo cual daba justificaba en su sentido último cualquier barbarie siempre que se cometiera sobre el sujeto adecuado. Hay quien llama a tales barbaries “moral natural”, cuando lo cierto es que se trata de expresiones de no-moral posibilitadas por el hecho de que el agresor está licitado para no ver a un igual en el agredido. Un hecho que fundamenta y posibilita prácticas milenarias como el supremacismo y la esclavitud. Si el progreso de la civilización es resultado de la aceptación colectiva de propuestas morales inalienables, la negación o anulación de la moralidad de todos y para todos –se argumente como se argumente- supone, de hecho, la erradicación de cualquier comportamiento civilizado en la misma medida que conversión de determinados sujetos, por cualquier razón, en meros objetos.

Ciertamente, Nietzsche erró en sus pronósticos en la medida que las consecuencias de su crítica nos retrotraen a estados amorales e incivilizados, pero no así en sus diagnósticos: la negación del mandato moral nos convierte en sociópatas, pero su hipertrofia nos conduce irremediablemente al moralismo. Y el moralista es, por definición, un individuo hipermoral, fanatizado y capaz –precisamente por ello- de cometer idénticos actos de brutalidad que el inmoral o el amoral. Si el amoral te aniquila porque te cosifica, y el inmoral te destruye arrastrado por su perversión emocional, el moralista te tritura porque te considera imperfecto, indigno y antisocial. La racionalidad, como bien explicó Immanuel Kant, tiene límites. No llega a todas partes ni alcanza a justificar cualquier posición a menos que se violen sus reglas interesadamente, incluso por encima de la propia conciencia. Hay hechos, como el del precepto moral universal, que no pueden someterse a cálculo científico y se deben aceptar como cuestión de principio. Como criterio para la acción.

“Si el hombre nada teme tanto como hallarse ante sus propios ojos en el examen interior de sí mismo, despreciable y repugnante, puede injertarse ahora toda una buena disposición moral de ánimo; porque ese es el mejor, el único vigilante para impedir que impulsos innobles y corrompidos penetren en el ánimo”[5].

La razón por sí misma no funciona en este ámbito. Hipertrofiada, pervertida, alterada, también puede justificar genocidios, asesinatos, torturas, vejaciones sin cuento. Con razones se contamina y con razones se limpia. La racionalidad, si es genuina y se atiene a reglas, no está de parte de nadie, ni sirve a nadie más allá de sí misma. No tiene un dueño fuera de sus límites ni es lícita su apropiación.

Jugar con los números

Llegados a este punto, amenazados por el temido monstruo del inmoralismo, el doctrinario, el autoritario, el extremista, empiezan a justificarse desde el consabido baile de cifras. Reiteraciones matemáticas mareantes. Estadísticas sin fin. Lo realmente sorprendente es que son precisamente esos mismos números, calcados a la milésima, los que emplearán discrecionalmente sus opositores para justificar sus alternativas. Algo hay aquí que no funciona. ¿Unos miran los números mal? ¿Y por qué razón peregrina hemos de suponer que los otros los miran bien? ¿No estarán indicando esos dígitos, tal vez, otra cosa cualquiera…? Quienes nos dedicamos a la investigación y la enseñanza de las Humanidades solemos ser plenamente conscientes de un hecho que a mucho obseso del guarismo y el cálculo se le escapa: que en los asuntos de lo humano todo dato numérico es indicativo e intencional, “apunta hacia” algo, pero jamás refleja una verdad cerrada por lo que se encuentra sometido a constante revisión. Precisamente por ello puede ser leído de tantas maneras dispares, diversas e incluso encontradas.

Se debe ser extremadamente cauteloso con los números y su uso debe ser orientativo, pero no prescriptivo: nunca hay una realidad social –o psicológica- obvia tras ellos y sí, por lo general, mucha interpretación ideológica. No son translúcidos. Asertos como: “la mitad de los ciudadanos creen…” deben leerse como: “la mitad de la cantidad limitada de ciudadanos a los que se ha preguntado opinan…”. Y luego vendrá la interpretación particular de los motivos por los que se estima que ese colectivo específico –no toda la sociedad- opina tal cosa.

Ciertamente, este es el más grave problema metodológico que deben enfrentar las Humanidades: tras miles de horas de trabajo teórico, recolección de datos y reflexión, siempre han de enfrentarse al vértigo del salto a lo real. En efecto, Jorge Luis Borges (1899-1986), hombre indiscutiblemente perspicaz, advirtió este hecho a la perfección cuando dijo que la realidad solía ser muy poco interesante comparada con cualquier hipótesis acerca de ella, por la simple razón de que una hipótesis tiene la obligación de resultar, cuando menos, “interesante”. Por eso se avanza tan lentamente en la comprensión de los fenómenos de lo humano: las personas no son piedras. No comen con aceleración constante, no duermen según la ley de Boyle-Mariotte y, en general, no viven sus vidas particulares de acuerdo a los principios de la termodinámica. La Humanidad no cabe en una ecuación y, en la mayor parte de los casos, quienes pretenden atraparla en simples números no hacen otra cosa que jugar al reduccionismo.

Se nos dice, por ejemplo: en las cárceles de tal nación hay tantos presos, más que hace no sé cuánto tiempo y suponen, en proyección, un X% menos de los que habrá dentro de diez años. Siempre, más allá de la mera noticia, cabe preguntarse cómo se nos cuenta tal cosa y qué se nos quiere decir con ella. Un eminente sociólogo como Edwin Sutherland (1833-1950) llegó a conclusiones más operativas sin dar tantos rodeos: ni todos los que están en las cárceles son delincuentes, ni todos los delincuentes están en las cárceles… de hecho, hay delincuentes terribles -especuladores, asesinos medioambientales, arruinadores de naciones enteras, genocidas y otras hierbas-, peores que los peores de muchas prisiones que no han visto ni verán una celda en toda su vida y que, en muchos casos, cuentan incluso con una elevada consideración social. ¿Hay estadísticas de eso? Las prisiones, en toda época y lugar, han sido siempre alimentadas mayoritariamente por los estratos más bajos de la escala social para cuyas costumbres –más o menos dolosas para la opinión de los grupos hegemónicos- el cuerpo social diseña la mayor parte de los delitos y las penas –Foucault dixit-. Parecería que la sociedad no solo tolera el maltrato al reo, sino que por su propia dinámica lo exige.

Se trata de una evidencia histórica que no necesita de mayor justificación pues se descubre simplemente leyendo: salvo casos de la más rotunda excepcionalidad, no hay –ni ha habido- ricos en ningún corredor de la muerte o sala de torturas del mundo. Los códigos penales de los países avanzados tienden a ser durísimos con cierta clase de tipos delictivos que concitan el interés voluble de la opinión pública y, sin embargo, extremadamente garantistas con los delincuentes de cuello blanco, cuyas actividades tienen consecuencias devastadoras, pero difusas. Parece que cuando la víctima es identificable por la acción directa de su victimario y tiene nombre y apellidos, es más víctima. Es más adaptativo en términos biológicos  y psicológicos simpatizar con el sujeto que compadecer al grupo.

Se nos cuenta, por ejemplo, que en cierta época y en ciertos lugares se derogó la pena capital y automáticamente la cantidad de delitos ascendió. Así de simple. Tanto número para terminar siendo tan intelectualmente ramplón y terminar, por cierto, burlándose de la estadística. No es solo que se trate de una afirmación demostrablemente falaz, es que además, en el caso en concreto que pudiera acercarse a una certeza, siempre cabría preguntarse cosas interesantes: ese aumento o disminución de las tasas criminales, ¿depende solo de cuán dura sea la pena que se impone? ¿No influyen otros factores? ¿Los hechos sociales son unívocos, unidireccionales, y pueden ser explicados fuera del órgano en el que se insertan? ¿Para eso tanto dato? Desde luego, Emile Durkheim (1858-1917) se moriría de la risa ante tanta banalidad. No se dice con todo esto que la estadística sea aporte inútil o arma innecesaria y que, por tanto, no deba realizarse o tenerse presente. Sólo un imbécil redomado sostendría tal cosa sin ponerse colorado. Lo que se dice es que orienta y ayuda, pero solo ilustra y nada explica por sí misma. Que la pasión del presente por buscar regularidades universales y tendencias en procelosos mares de datos es poco menos que una moda pasajera a la que más pronto o más tarde se reconocerá como instrumento de apoyo, pero de “verdad” anecdótica. Porque el problema de la calculadora no reside en lo que ella “hace” con los números, sino en los números que le introduce “quien” la emplea[6].

En el fondo argumental de las posiciones partidarias a la limitación de derechos, el endurecimiento de penas, la aplicación de castigos cada vez más severos y etcétera, siempre late una idea que opera en su fondo como correa de transmisión. A saber, que esa postura nos hace “más civilizados” en la medida que, de algún modo, nos acerca al sufrimiento de esa víctima con nombre y apellidos. Nos sintoniza con su desgracia. Nos coloca en la siempre agradable posición de la defensa del individuo y, a través suyo, en su nombre y por simpatía, del cuerpo social en su conjunto. Nos aligera la conciencia. Nos permite cabalgar sobre la cresta de la ola de un malentendido altruismo. Y esa es precisamente una tentación a la que no se debiera sucumbir en tanto que prejuicio sentimental que poco o nada tiene que ver con la justicia en sí misma.

La metáfora del asesino

Hace varios años entré en una librería de viejo –esas que solemos recorrer los buscadores de rarezas- y un libro me encontró. Todavía lo conservo. Se trata de un texto autobiográfico escrito por un pastor metodista que fue capellán de varias prisiones en los Estados Unidos, especialmente en la célebre cárcel de San Quintín, lugar en el que hace años funcionaba una maravillosa cámara de gas que hoy es pieza de museo que se muestra a curiosos, amigos de lo macabro, nostálgicos del Medievo y sadomasoquistas en general[7]. El hecho es que, en calidad de capellán, este buen hombre asistió a muchas ejecuciones y compartió con muchos presos sus vidas en el corredor de la muerte.

Como es de suponer, el texto estaba repleto de la tópica verborrea cristiana al uso y de análisis no menos fastidiosos y extensos de la situación espiritual de los condenados durante las diferentes fases del proceso. Pero hacia el final incluía una interesante reflexión: Imagínense –decía su autor- que un asesino sádico ciertamente especial y terrible secuestrara a una persona, la encerrara en una habitación y le dijera algo como:

-Te voy a matar, pero no sé bien cuándo. Tal vez mañana, tal vez dentro de una semana o tal vez dentro de un año. Pero te aseguro que, pase el tiempo que pase, sólo saldrás de aquí muerto. Y lo voy a hacer por tal y tal motivo.

En efecto, este peculiar asesino se encargaría de alimentar a su prisionero, de mantenerlo limpio y vestido, de sacarlo a pasear al patio trasero de la casa de vez en cuando… Hasta que pensara que había llegado el momento de darle muerte. El prisionero incluso engordaría, estaría con buena salud y llegaría a intercambiar confidencias con él. Hasta que un día cualquiera entrara en la celda y le dijese:

-La semana que viene, a tal día, a tal hora, morirás.

¿Qué pensaría usted de un asesino como ese?

Bien, imagine ahora que ese criminal tan perverso se llama Estado. Que ese sujeto somos todos nosotros, erigidos en un organismo meta-humano que ya no tiene cara, cuerpo, familia, trabajo o nombre, pero que hace exactamente eso mismo con perfecta meticulosidad, presteza y eficiencia. Piénselo bien y advertirá el hecho central que nadie quiere reconocer cuando defiende este tipo de posturas, pero que inevitablemente late en el fondo de ellas. En efecto. Son posibles, pueden existir y ser defendidas alegremente porque implican necesariamente la despersonalización. No es un “yo” quien mata, castiga o tortura, sino “el Estado”. Un “todos”. Esa forma de pensar cínica y tremenda es precisamente la que sirvió a Luis García Berlanga para construir una de sus más memorables y críticas películas: El Verdugo… Este trabajo, el de verdugo, es necesario para el buen orden social, pero que lo haga otro…[8] ¿Paradoja? Porque esta es precisamente la primera cuestión que conviene hacerse: ¿Estaría usted dispuesto a ejercer como verdugo? Dejémonos de argucias intelectuales y vayamos a lo concreto, a lo terriblemente real, entero y verdadero. Es una cuestión, posiblemente, fácil de responder sentado frente a un teclado, rodeado de libros, con nuestro disco favorito sonando al fondo, un cafecito y gesto intelectual. Pero aquí no se trata de hablar, se trata de hacer. Se trata de que todos nos pongamos de acuerdo para matar a una persona. ¿Eso pretende defenderse como “civilizado”?

Si no tenemos un trasfondo personal tenebroso, y quiero decir con ello que no mostramos tendencia a alegrarnos de los males ajenos -hay gente que, desde la imbecilidad moral más básica, confunde términos y supone que defender determinada causa debe terminar necesariamente con el maltrato de quienes se oponen a ella-, entenderemos que las razones por las que la gente comete delitos son múltiples y variopintas. Hay gente que roba porque lo necesita y gente que lo hace porque es más fácil que trabajar. Hay gente que roba porque es lo único que sabe hacer y gente que lo hace porque no quiere hacer otra cosa. Incluso hay quien roba tonterías como respuesta a un trastorno psicológico. Erradiquemos de buena vez la simpleza que impera en el discurso social a la hora de enjuiciar a los demás. Hay personas que matan porque les gusta, otras se confunden, algunas pierden momentáneamente la razón, en algunos casos no ven más salida que el asesinato, a veces no tienen otra opción, del mismo modo que hay quien mata para defenderse y quien mata por accidente. La experiencia profesional me dice que “los buenos” pueden matar exactamente igual que “los malos”. Que solo basta con someter al individuo a determinadas circunstancias y presiones. Hay sujetos que matan por sistema y sujetos que matan sólo una vez. Los hay que tienen arreglo y los hay que no cambiarían aunque naciesen dos veces. Y aquí es donde se presenta el partidario de la dura lex –que ante todo quiere seguir pareciendo una persona respetable y moral- y nos dice: “es que las penas, por duras que sean, deben ser aplicadas racional y razonablemente”. ¿Cómo de razonablemente? ¿Mediante qué principios indiscutibles, inalterables y carentes de excepción? Usted quiere mecanizar y legalizar la barbarie homogeneizando situaciones completamente heterogéneas. ¿Y eso se defiende como “civilizado”?

El problema de los límites

Nuestros modelos jurídicos son limitados en lo referente a su capacidad de esclarecer las causas últimas de los delitos, así como para argumentar racionalmente algunas de las sentencias que emite y que, sin embargo, están ajustadas a derecho. De hecho, no existe ni ha existido en el mundo un solo sistema de justicia perfecto en este sentido. Ni existirá. Da igual cuántas precauciones apliquen los legisladores al mismo y cuánto cuidado pongan sus actores. Ello es resultado de evidencias tan claras que sólo los obtusos o los extremistas se niegan a ver: 1) lo moral y lo ético no son lo mismo; y 2) las leyes tienen texto, pero también espíritu.

La justicia sólo juzga a las personas por la calidad de sus acciones –eticidad-, pero nunca por los principios psicológicos que las motivan –moralidad-. Los actos se ven. Son claros y concisos. Los principios se deducen, se imaginan, se estiman. La tragedia de todo esto es que un individuo puede cometer actos terribles con las mejores intenciones, y viceversa. Y ante un tribunal no vale lo que se estima como cierto desde la convicción, sino en todo caso lo que se puede probar de acuerdo a derecho. Por ello encogerse en rincón haciendo pucheros y argumentando que “la ley no es justa” es equivalente a decir que “el agua moja”. La dañina creencia en el “mundo justo” es cosa tan infantil y cuasi religiosa que provoca profunda fascinación. Pero es que debe ser así. No es una casualidad arbitraria la que exige que la justicia opere de tal modo. Condenar o liberar por convicción nos conduce irremediablemente a los tiempos de la caza de brujas, en los que todos estaban “convencidos” de que las brujas existían. Condenar o liberar por convicción es condenar arbitrariamente, porque cualquiera puede estar perfectamente convencido de cualquier cosa, sea cierta o no. Idéntico argumento es aplicable a la tortura, y por ello las leyes de las naciones avanzadas, así como el derecho internacional, la proscriben y persiguen: bajo condiciones de tortura cualquier persona puede confesarse autora –por acción, omisión o complicidad- de cualquier disparate[9].

Dado que el sofisma es una plaga común de los tiempos presentes, cada vez es más fácil encontrarse que uno de los asertos más socorridos del partidario de la pena de muerte, del endurecimiento de las penas, de la no reinserción, del castigo mondo y lirondo, cuando es enfrentado consigo mismo -no olvidemos que estamos ante personas que viven necesariamente en la contradicción permanente de defender la vida, la dignidad y el derecho negando, a su vez, la vida, la dignidad y el derecho de determinados individuos o colectivos- es el que apela directamente a una pretendida falta de moralidad en quien se le opone: ¿Y qué hay de las víctimas? ¿Es que acaso las víctimas no tienen derechos? ¿Es que el criminal debe ser protegido entretanto las víctimas han de soportar estoicamente sus abusos? Debo decir que, por lo común, me sorprende que personas adultas y a menudo bien formadas tengan tan escasa flexibilidad mental y sean tan profundamente infantiles en sus juicios.

Resulta que en la misma medida que se intenta defender los Derechos Humanos, la dignidad, la justicia y el respecto de todos y para todos –empezando por el Estado, que debe dar ejemplo en el cumplimiento escrupuloso de las leyes que él mismo promulga y en las que se sostiene-, somos necesariamente culpable de algo. De una especie de crimen terrible y oscuro que nos convierte en monstruos. El defensor selectivo, ergo inmoral, de los castigos y de las torturas nos acusa de inmoralidad. ¿Se puede ser más cínico? ¿Esto es maldad o simple estupidez? ¿Se olvida que torturar, castigar, penalizar, robar, violar, agredir o matar es discrecional e impredecible? Cualquiera puede hacerlo. Ahora o mañana. Por un motivo u otro y nadie puede impedirlo. Siempre habrá quien delinca por cualquier motivo y, por tanto, siempre habrá quien deba convertirse en inopinada víctima. Nadie es responsable de esto excepto el criminal cuando se demuestra que lo es –por ello se le detiene y se le juzga de acuerdo a derecho-. Nadie puede culpabilizarnos de que el crimen, cualquiera que sea su modalidad, exista. Nadie puede decirme sin sonrojarse que defender el cumplimiento de la ley me iguala a quienes la transgreden.

Yo no estoy de parte más que de la defensa de la vida humana, de la justicia, del derecho, de la dignidad de la persona… Porque una sociedad que no respeta los derechos de sus culpables, de sus acusados, de sus condenados, es, sépanlo, una sociedad tiránica, deshumanizada y perdida que no respetará los derechos de nadie en absoluto.

“Bajo Stalin, la Unión Soviética había evolucionado, lentamente y de forma titubeante, de un estado marxista revolucionario a un enorme imperio plurinacional con un barniz de ideología marxista y continuamente preocupado por la seguridad de sus fronteras y por las minorías. Debido a que Stalin heredó, mantuvo y dirigió el aparato de seguridad de los años revolucionarios, estas preocupaciones derivaron en estallidos de matanzas nacionales […], y en episodios de deportaciones nacionales que empezaron en 1930 y prosiguieron durante toda la vida de Stalin”[10].

Ocurre, por lo demás, que extremar la dureza de las condenas e incrementar exponencialmente las penas cada vez que se presenta un caso sonado –los motivos y procesos por los que unos crímenes se hacen “famosos” entre la opinión pública y otros se ignoran por completo es un misterio que nadie ha sido capaz de descifrar del todo-, no ayuda en modo alguno a paliar el dolor de la víctima. Otro de los graves déficits de la justicia reside en el hecho de que no puede restituir en modo alguno los males causados. Si alguien incapacita de por vida a otra persona por causa de accidente, puede ser denunciado y castigado por su imprudencia, hecho que proporcionará una ventaja moral a la víctima, pero ello no restituirá su integridad física o psíquica. El dolor permanecerá a menos que se aprenda a convivir con él. Nada lo cubre y nada lo tapa. El mal recibido nunca es restituido o reintegrado de suerte simétrica a quien nos lo procura y, en cualquier caso, sería dudoso creer que ello fuera justo. El resentimiento de quien es objeto y objetivo del crimen es algo natural. De hecho humano y, por tanto, perfectamente comprensible. Pero la razonable sed de justicia no debe confundirse con el arrebato de odio o el simple deseo de venganza que, realmente, no conducen a nada y tampoco anulan o palian el dolor del victimizado. El más terrible de los castigos contra el agresor, la permanente y lícita exigencia de perdón y respeto, no borran ni la agresión recibida ni sus secuelas. La solución a esas cuestiones íntimas no reside ni tan siquiera centralmente en el derecho. Se encuentra en otra parte. El hecho que nadie parece querer comprender es el siguiente: el problema que la víctima plantea a la sociedad es diferente del que le plantea el victimario y, en consecuencia, ambas cuestiones han de abordarse de forma independiente.

Contrariamente a lo que el común de los mortales cree, la justicia moderna no está hecha para castigar a los culpables, sino para proteger a los inocentes. Y debe ser así porque cualquier otra cosa degeneraría en un estado reduccionista, policial, infame y peligroso. Ya ha sucedido. No respetar arbitrariamente los derechos de determinados colectivos es abrir la puerta a un sutil riesgo: el de que mañana alguien decida que nadie –o solo unos pocos- tienen cierta clase de derechos. Es evidente que las garantías que se imponen para proteger al inocente permiten a algunos culpables zafarse del abrazo de la ley, pero este es un problema que hemos de asumir si queremos evitar males mayores. Las garantías son imprescindibles para proteger a quien es acusado injusta o erróneamente. ¿Es preferible que se detenga a cualquiera, con cualquier pretexto y se le torture hasta la muerte por miedo a que sea culpable? ¿Esto es lo civilizado?

Es preferible un sistema judicial garantista que se esfuerza por seleccionar y extraer las manzanas podridas del cesto de las sanas, que aquel que piensa por principio que todas las manzanas están podridas. La justicia y la aplicación de las penas no pueden ser retributivas porque ello las conduciría al absurdo. Y si la justicia no puede operar desde la retribución, tiene que buscar el espíritu de la reinserción, pues algo tiene que hacer para afrontar el problema del delito de modo constructivo, operativo, eficaz.

El problema de los modelos penitenciarios actuales es que, más allá del mandato constitucional en el que basan, han evacuado de su seno la pedagogía por diversas razones. La principal son los costes. El actual modelo jurídico-penitenciario, oscuro y poco ilustrativo, nada amigo de ofrecer explicaciones, y ciertamente limitado en sus capacidades, ha motivado un crecimiento exponencial de sus detractores y críticos, cosa que conduce al populismo: aumento de los partidarios de las medidas extremas, los castigos, el endurecimiento de las penas e incluso, en la exigencia de la pena de muerte como medida pretendidamente ejemplarizante. De nada sirve que se viva en un país básicamente seguro, o que las cifras de la criminalidad sean razonables para el volumen creciente del cuerpo social. Ello no sirve frente a los enemigos de las libertades que se agazapan en todas partes. El hecho es que hoy la ciencia cuenta con medios eficaces en lo relativo a la prevención y corrección de las conductas delictivas, pero no solo ocurre que no se publicitan en un silenciamiento manifiestamente sospechoso, es que el contribuyente tampoco quiere invertir en recursos para las prisiones, ni en programas de reinserción, ni en terapias, ni en cosa alguna que pueda sonar a conceder a los reos –que ante todo deben ser castigados por sus iniquidades- alguna suerte de ventaja que pueda, remotamente, incomodarnos frente a la víctima.

Seamos sinceros: Los contribuyentes prefieren que sus dineros se gasten en otras cosas, ignorando que una buena política de reinserción contribuiría más a su propio beneficio que una buena carretera. Así es el abrazo del autoritarismo. Ciego, irracional e implacable. Y con total independencia de las tasas de reincidencia –esa cifra que irónicamente no suele servir a quien tanto se sirve de ella, y por ello nunca se ofrece al gran público- homogeneizamos casos y cosas. Dado que no contamos con los medios para hacer obrar de otro modo -ni pensamos arbitrarlos-, institucionalizamos al convicto y a otra cosa.

No es caso de convencer a alguien de algo tan ridículo como que todos los condenados/as, con total independencia del delito que hayan cometido, son salvables “almas de Dios”. Pero una mayoría sí. ¿Qué hacer con el resto? Pues precisamente lo mejor que podemos hacer: Investigar, estudiar, comprender sus motivaciones y prevenir a los que vendrán… Porque vendrán. Hoy la ciencia está en disposición de ello como no lo ha estado nunca antes en el pasado, precisamente porque hemos ido desprendiéndonos, no sin esfuerzos, de buena parte de los prejuicios pseudocientíficos que la inundaban respecto de la consideración del crimen. Precisamente, el argumento invalidatorio más importante para los partidarios del endurecimiento extremo de las penas como medida coercitiva eficiente reside en la ignorancia de que el crimen, en tanto que fenómeno psicosocial, va mucho más allá lo meramente policial, jurídico o penitenciario y se relaciona, de suerte intrínseca, con variables ajenas a la redacción, aprobación y cumplimiento de las leyes.

Panoptico


[1] Beccaria, C. (1993). De los delitos y de las penas. Madrid: Alianza, pp, 25-26.

[2] John Locke (1632-1704) o Jeremy Bentham (1748-1832), por ejemplo, referencias comunes en este contexto, no eran partidarios de la acumulación de poder, la justicia vengativa, los castigos excesivos o la represión sistémica, cosas que consideraban contrarias al buen orden y al gobierno democrático en tanto que enemigos directos del valor del individuo: “La teoría del castigo de Locke es liberal porque se funda en ciertos principios y valores individualistas. En efecto, una teoría del castigo que no tome en serio el valor del individuo difícilmente podría entenderse como una teoría lockeana del castigo. […] La sugerencia de que el individuo debe mantener su derecho a efectuar/actualizar su derecho a amenazar a otros y, en consecuencia, mantener su derecho natural a castigar en el contexto de una comunidad política, es algo que ninguna propuesta genuinamente lockeana podría defender” [Donoso, A. (2012). Hacia una teoría liberal del castigo: Locke, propiedad e individualismo. Revista de Ciencia Política (Santiago), 32, 2, 433-448].

[3] Rees, L. (2007). Auschwitz. Los Nazis y la “solución final”. Barcelona: Crítica, p. 36.

[4] López-Muñoz, F. & Pérez-Fernández, F. (2017). El Vuelo de Clavileño. Brujas, pócimas, fármacos, médicos e inquisidores a través de la literatura cervantina. Madrid: Delta Publicaciones.

[5] Kant, I. (1995). Crítica de la razón práctica. Barcelona: Círculo de Lectores.

[6] Véase, por ejemplo: El gran problema del big data: las mentiras de los consumidores y la información falsa. PuroMarketing.com [visitado en mayo de 2018].

[7] Eshellman, B.E. & Riley, F. (1963). Pabellón de la muerte. Día de ejecución. Barcelona, Madrid: Dux, Ediciones y Publicaciones.

[8] Sueiro, D. (1974). La pena de muerte. Ceremonial, historia, procedimientos. Madrid: Alianza.

[9] Tomás y Valiente, F. (1973). La tortura en España. Estudios históricos. Barcelona: Ariel.

[10] Snyder, T. (2011). Tierras de sangre. Europa entre Hitler y Stalin. Barcelona: Galaxia Guttenberg, pp. 389-390.

La mecánica de la persuasión

Cerebro Publicitario

Una buena forma de delimitar el tema de la persuasión en los medios de comunicación de masas pasa por establecer los márgenes de lo que puede -o no- ser entendido y tratado como “manipulación” y/o “control” que, en gran medida, acotarían los ámbitos de lo que podría considerar “propaganda” frente a lo que no sería otra que “publicidad”. No obstante, caracterizar los conceptos de publicidad y propaganda -como sucede con la mayor parte de los conceptos relativos a los diversos aspectos de la comunicación- tampoco es tarea fácil. Sobre todo porque habitualmente suelen fundirse y confundirse tanto en la teoría como en la práctica. En todo caso podría servirnos para introducirnos cualquier definición coherente de lo que entendemos por publicidad:

“[La publicidad es] una actividad comunicativa mediadora entre el mundo material de la producción y el universo simbolizado del consumo, que permite que los anunciantes, merced al desarrollo de un lenguaje específico, creen demanda para sus productos, pudiendo no sólo controlar los mercados, sino incluso prescindir de ellos” [1].

Debe insistirse en la idea de que la publicidad no tiene tan sólo una dimensión comercial, sino que también es una comunicación pagada, intencional e interesada, imprescindible al sistema de producción vigente dado que en él los productores y los consumidores se encuentran desvinculados[2]. Así, la publicidad obraría como elemento mediador entre ambos de suerte que el consumidor conoce mediante la publicidad la gama de elementos de consumo que la sociedad le ofrece. De tal modo aquella publicidad que en sus orígenes tenía una mera finalidad informativa es ahora, a causa del crecimiento incesante de la oferta y la subsiguiente competencia, un elemento persuasivo que incita al consumidor potencial a la búsqueda de un producto u otro de entre todos aquellos que se le ofrecen. No puede olvidarse que la estimulación del elemento consumista entre el público es, al menos en parte, lo que permite que el sistema de producción perdure o, por mejor decir, que se mantengan las estructuras económicas vigentes.

Frente a la imagen vulgar –y excesivamente benévola- de la propaganda como forma de publicidad, debe plantearse la idea de que la publicidad es ante todo un proceso transaccional económico-comercial entretanto la propaganda opera como forma de difusión persuasiva de diferentes motivos ideológicos. Pretensión, por lo demás, ligada a los propios orígenes terminológicos del concepto puesto que la voz “propaganda” aparece en relación a la locución latina Propaganda Fide, nombre que adoptó la congregación vaticana destinada a la difusión de la fe católica[3]. De tal manera, se llama conoce como propaganda a la acción de divulgar doctrinas e ideologías con la finalidad intrínseca de ganar adeptos a las mismas. Y si en su génesis esta difusión se refería a idearios religiosos, el devenir de los tiempos ha extendido la propaganda a infinidad de manifestaciones de la vida, de las cuales la más conocida –pero en absoluto única- sería la política. Sucede además que en el devenir histórico la polisemia ha empantanado con matices el concepto, de suerte que también han pasado a ser consideradas “propaganda” la propia organización que pretende difundir un ideario concreto, la doctrina difundida, las técnicas que se emplean para tal fin, e incluso los medios materiales con los que esta difusión es llevada a cabo[4].

Tanto en el diseño de las estrategias publicitarias como de las campañas propagandísticas -a pequeña o gran escala-, el emisor siempre es capaz de persuadir en alguna medida acerca de la bondad de aquello que ofrece por la razón elemental de que posee un pleno control sobre el mensaje, el medio de transmisión y las condiciones en que será recibido por el receptor potencial. Del lado del receptor, pues, quedaría tan sólo la voluntad de dejarse -o no- persuadir por el discurso que se le transmite. Esto es así porque tanto publicidad como propaganda cuentan, más allá de la mera manipulación del mensaje, con elementos añadidos de persuasión que generan en los sujetos diana –o target– una voluntad de cambio y un impulso hacia la acción. Estos elementos generalmente apelan a criterios puramente psicológicos y permanecen ocultos al propio mensaje.

Propaganda Fide Roma (Fuente La Stampa)
Sede de la antigua “Propaganda Fide” en Roma (Fuente: La Stampa).

Fabricando ideologías

La intención del propagandista es la de promover unos intereses propios de suerte que las preferencias del receptor pasen a un segundo plano, o bien, puedan obviarse. Los contenidos del mensaje que se construye, pues, están supeditados por entero a esta finalidad y su eficacia será valorada, únicamente, en función del fin para el que ha sido elaborado. Ahora bien, la historia de la propaganda muestra que es mucho más efectiva cuando las verdaderas intenciones del emisor, e incluso su propia identidad, permanecen en el anonimato. De esta manera el mensaje se transforma en una o varias ideas en absoluto ingenuas que “se dicen”, “se creen” o “se comentan” por todo el mundo a la vez, pero por nadie en particular, dejando así su poso tanto en la mentalidad colectiva como en la individual.

Esto es así porque la respuesta habitual de las personas ante la persuasión es en primer lugar defensiva: si alguien sospecha que el mensaje que se le transmite es propagandístico -luego de intención manipulatoria- no tardará en preguntarse por el sesgo del emisor y sus posibles intereses[5]. Así pues, el primer y más importante reto del propagandista dentro de la sociedad de la información del presente en las que la opinión, la cultura, y la educación son de dominio público y accesibles a la par que transmisibles a todos, es el de no parecerlo. Las premisas, los mensajes, las autorías, deben ser debidamente disfrazadas al ojo crítico del receptor. Ello nos permite comprender, precisamente, el fenómeno cada vez más extendido de las fake-news o noticias falsas: camuflar como información fidedigna lo que en realidad no es otra cosa que un discurso ideológico-persuasivo, en la esperanza de que el usuario acepte la pretendida noticia como auténtica y eluda su posterior contrastación.

Los recursos del emisor de propaganda para camuflar el discurso o alejarse del mismo son, en muchos casos, tan viejos como la propia humanidad y se relacionan estrechamente con la simulación y/o la disimulación, así como con la activación de los resortes emocionales más básicos: la charlatanería de hacer creer que no se gana nada con lo que se dice; ofrecer una imagen equívoca o tergiversada de uno mismo alegando debilidad, falta de poder, ingenuidad o ineficacia; lanzar el mensaje de manera espontánea, como por casualidad, de manera que no parezca elaborado previamente; apelar a la movilización de las emociones más básicas –ira, temor, tristeza, alegría- o, sencillamente, idear consignas pegadizas que resulten fácilmente aprehensibles y repetibles por la audiencia[6]. No basta, por consiguiente, con poner el mensaje en manos de un buen orador o con argumentar retóricamente que se dice la verdad. En el fondo el asunto es más sibilino ya que se trata de encontrar la manera de expresar lo que se desea haciendo al receptor partícipe de ello, motivándole a creer que eso y no otra cosa es lo que realmente quiere escuchar, saber o hacer. Se trata, pues, no de una cuestión retórica –confusión muy común- sino de una cuestión erística[7].

El éxito de las armas psicológicas de la propaganda se consolida en el miedo de las personas a ser excluidas u obviadas por el colectivo. El sujeto individual experimenta una intensa fobia a “ser diferente” o “entrar en conflicto consigo mismo” y, en consecuencia, a tener que pensar y obrar libremente, tal y como mostraron muchos de los célebres experimentos de Leon Festinger en torno a la disonancia cognitiva[8], las propuestas de Erving Goffman en relación al estigma[9], o las propuestas de Aaron Beck en relación a las distorsiones cognitivas[10].

De hecho, el propio cuerpo social observa a las personas que no asumen con facilidad el ideario colectivo –o estandarizado, lo que es “normal” creer o pensar- como tipos excéntricos, raros e incluso potencialmente peligrosos[11]. Una tesis, por lo demás, ya clásica en el estudio psicosociológico –y antropológico- de la cultura occidental y que se ha fundamentado y sistematizado con gran finura en la literatura y el pensamiento contemporáneos. El problema es que, por norma, una vez enfrentadas a la expectativa de esta soledad existencial que suponen el pensamiento crítico, la libertad de acción y la autonomía personal, la mayor parte de las personas en conflicto tienden a optar “desde dentro”, como si se tratara de sus propios y razonados puntos de vista, por cualquiera del repertorio de soluciones cómodas, políticamente correctas y automatizadas que la sociedad les ofrece. Se establece de tal modo un círculo vicioso, pues se obliga a los individuos a un constante reajuste interno en la medida que “desde fuera”, se los somete sin descanso a cientos de mensajes contradictorios, equívocos o simplemente incontrastables que terminan limitando su capacidad de acción y decisión eficientes: no hay elementos de juicio nítidos por lo que un pensamiento crítico, sólido y racional se torna virtualmente imposible. A esto precisamente se referían autores con Jean-François Revel cuando argumentaban que,

“se sabe qué lugar ocupan en nuestra actividad psíquica las delicadas asociaciones de falsedad y sinceridad; la necesidad de creer, más fuerte que el deseo de saber; la mala fe, por la cual tomamos la precaución de disimularnos la verdad a nosotros mismos para estar más seguros de nuestra firmeza cuando la neguemos delante del prójimo; la repugnancia a reconocer un error, salvo si podemos imputarlo a nuestras cualidades; finalmente –y sobre todo- nuestra facilidad para implantar en nuestro espíritu esas explicaciones sistemáticas de lo real que se llaman ideologías, especie de máquinas para escoger los hechos favorables a nuestras convicciones y rechazar los otros […] Recordemos que todas las maniobras y contorsiones mentales y morales que hemos evocado tienen una finalidad común: dispensarnos de utilizar la información y, sobre todo, impedir dejarla utilizar, es decir, dejarla circular. Es bien evidente que a tal efecto la mentira simple constituye el medio más económico”[12].

Vendiendo humo

Nos surge, pues, una pregunta: ¿hemos de conceder a la publicidad más pureza moral o mayor integridad ética que a la propaganda? En primer lugar, existe una distinción que nos servirá para deshacer ese primer engaño de la publicidad que al mismo tiempo es una de sus mejores armas y la primera falacia psicológica con que se nos aproxima: el “emisor real” de la publicidad -la empresa que anuncia el producto- suele esconderse bajo la máscara de un “emisor aparente” -la persona, animal o cosa que se nos presenta en el anuncio-. El juego de identificaciones entre ambos es tan intenso que en ocasiones perdemos de vista quién o quiénes están tras el producto que se nos publicita ya que el emisor aparente siempre, y en todo caso, se apropia de las posibles virtudes o de los futuribles defectos de aquello que se nos está vendiendo. Así, cuando el famoso de turno nos sugiere la compra de un perfume es su imagen la que está en juego y no la de los productores reales de la fragancia, cuyo nombre queda a salvo de toda crítica adversa. Y cuando compramos tal perfume creemos –en el colmo del absurdo- que debe ser el utiliza ese actor o deportista que nos lo anunció.

El emisor real, o anunciante, es siempre una entidad pública o privada que pone en la calle cualquier suerte de objeto –ya sea material o intelectual- y desea promocionarlo entre el público a fin de obtener los beneficios que considere óptimos en cada caso. De este modo, y contrariamente a ciertas pretensiones intelectualistas o pseudo-artísticas, la publicidad no es más que un artefacto operativo, es decir, un medio destinado a la consecución de un fin al que siempre debe supeditarse. Entre otras cosas, porque nadie contrataría los servicios de una agencia publicitaria que no pusiera todo su empeño en vender el producto que el contratista pone en sus manos y se limitara a, sencillamente, “construir anuncios” de acuerdo a una u otra pretensión estilística, intelectual o estética. En efecto. La publicidad es una tarea creativa, pero no es arte y tampoco debe ser vendida engañosamente como tal. En todo caso es una herramienta al servicio del consumo que utilizará todos los medios de que disponga para conseguir sus fines y que podrá permitirse alguna que otra licencia artística en la medida que ésta satisfaga sus exigencias de partida. Si un anuncio “no vende lo que tiene que vender” tampoco se mantendrá en antena por sus valores artísticos, sino que simplemente se retirará. Cada segundo de televisión en horario de máxima audiencia es demasiado caro como para dedicarlo a la simple exhibición de las dotes creativas de alguien.

De la misma manera, tanto los planteamientos como los medios publicitarios son el último eslabón de un proceso que comienza con una investigación de mercado, pasa por un análisis del propio producto y tiene en cuenta los aspectos relativos a su distribución. En último término, cuando la empresa, asociación o administración pública que ha realizado estos estudios determina que el producto en cuestión es susceptible de incrementar sus ventas o su aceptación popular de forma considerable, se echa mano de una estrategia publicitaria cuyos objetivos son meridianamente claros, pero en muchas ocasiones sólo se logran a un plazo medio o largo. Esto significa que no sirve de nada anunciar algo sólo durante un mes, pues en ese tiempo la publicidad apenas si puede satisfacer las primeras expectativas al no ser capaz de alcanzar más que a unos pocos consumidores o, dicho de otro modo, que las campañas publicitarias con pretensiones de efectividad son por su propia idiosincrasia largas y costosas estando tan sólo a disposición de los grandes productores.

De tal manera, se produce en el entorno de la publicidad un acontecimiento selectivo similar al que afecta al “mercado ideológico-político”: la inmensa mayoría de los productos y empresas, cuyos propietarios no están en disposición de realizar grandes dispendios económicos, no existen para el ciudadano al carecer de una “imagen de marca” definida e identificable lo cual les impide competir con sus propios productos en igualdad de condiciones.

Por otro lado, y pese a que habitualmente se ha considerado que el emisor publicitario debería permanecer completamente al margen del producto anunciado, en la actualidad se estima que una buena estrategia publicitaria consiste en explotar sus posibles virtudes y logros. Así, recurrir al prestigio y la credibilidad de la entidad o de algunas de las personas que las componen se ha convertido en un elemento importante de la persuasión publicitaria. Precisamente por ello, ahora nos anuncian la leche quienes la ordeñan y envasan -y nos permiten observar el proceso-, nos muestran el mejor coche del mercado sus propios diseñadores o se nos dice que ciertos títulos bancarios son mejores que otros cualesquiera porque los respalda el mismísimo Estado. Emisor aparente y real tienden, en teoría, a coincidir cada vez con mayor asiduidad. Sin embargo esto supone un nuevo engaño, pues la distancia entre ambos permanece en la misma medida que la publicidad jamás ofrece el lado negativo del producto o de quien lo promociona, centrándose únicamente en la vertiente positiva de ambos. Ello da lugar a farsas grotescas en las que una gran compañía cosmética anuncia y vende masivamente una crema anti-arrugas que, al fin y al cabo, nunca hace que las arrugas desaparezcan o dejen de aparecer. La escapatoria ante posibles demandas del consumidor es tan simple como efectiva: “el producto es magnífico señor cliente tal y como demuestran nuestras ‘experiencias de laboratorio’, pero en su caso particular no ha funcionado”; “no se garantiza el éxito en todos los usuarios”; “se advierte en el prospecto interior que en determinadas condiciones no funciona” y etcétera. O sea, el usuario descontento será siempre la excepción a la norma o el individuo diferente que no encaja en el arco grande de la estadística.

Rebels AreTerrorists (Star Wars)
¿Esto es publicidad o propaganda?

Lo habitual es que el receptor ya esté acostumbrado al bombardeo publicitario que sufre a diario y posea un buen número de filtros para eludirlo, de modo que el éxito de la publicidad radica en lo habilidoso que haya sido el diseñador del anuncio para burlar esos filtros y alcanzar los resortes psicológicos correctos[13]. Así, a fin de romper con la resistencia del público en general, el técnico publicitario juega con ciertas ventajas añadidas: cuenta con un potente aparato de recursos científico-técnicos a su disposición; dispone de los criterios suficientes como para seleccionar el medio en el que difundir el anuncio; tiene más o menos bien perfilado un público potencial que podrá estar interesado en la cuestión. De tal suerte, cuando el anuncio es expuesto puede parecer que todo queda ya en manos del consumidor, pero se trata de una ilusión: la realidad es que la mayor parte del público objetivo hacia el que se dirige la comunicación publicitaria mostrará alguna clase de interés en el producto que se le anuncia[14].

Como puede intuirse, la publicidad, al igual que cualquier otra forma de comunicación masiva, depende intrínsecamente de las variables socioculturales –los universos simbólicos- a las que se supedita pues estas configuran la mayor parte de la vida psicológica de los individuos. Esto motiva una curiosa paradoja: la publicidad, en tanto que medio de comunicación de masas, está destinada a generar y perpetuar un sistema de consumo cambiante que, finalmente, termina estableciendo las variables de acción de la propia publicidad. A esto se refería ya de manera ciertamente sutil Alvin Toffler cuando explicó que,

“cada uno de nosotros crea en su cerebro un modelo mental de la realidad, un almacén de imágenes […]. Todas estas imágenes juntas componen nuestra representación del mundo, situándonos en el tiempo, el espacio y la red de relaciones personales que nos rodea. Estas imágenes no surgen de la nada. Se forman, de maneras que no comprendemos, a partir de las señales o la información que nos llegan desde el entorno. Y a medida que nuestro entorno se convulsiona por efecto del cambio […], cambia también el mar de información que nos rodea”[15].


[1] González, J. A. (1996). Teoría general de la publicidad. Madrid: Fondo de Cultura  Económica.

[2] Reyzábal, Mª. V. (2002). Didáctica de los discursos persuasivos: La publicidad y la propaganda. Madrid: Editorial La Muralla.

[3] Desde 1988, y por disposición del Papa Juan Pablo II, Propaganda Fide pasó a denominarse Congregación para la Evangelización de los Pueblos. El concepto de propaganda, tal y como hoy lo conocemos, fue incluido por vez primera en el diccionario de la RAE en su duodécima edición (1884).

[4] Reyzábal, M.V., 2002, op. cit.

[5] Pratkanis, A. y Aronson, E. (1994). La era de la propaganda: Uso y abuso de la persuasión. Barcelona: Paidós.

[6] Reyzábal, M.V., 2002, op. cit.

[7] Convertir el asunto en una cuestión meramente dialéctica que evacúe el problema de fondo y convierta el debate en simple controversia. Llegados a ese punto es posible entrar en el juego del convencimiento con total independencia de la verdad interna o la coherencia lógica de lo que se dice. Por consiguiente y frente a la retórica –que sería el arte de expresar ideas con eficacia-, la erística es el arte de convencer con total independencia de las ideas en disputa.

[8] Festinger, L. (1993). Los métodos de investigación en las ciencias sociales. México: Paidós.

[9] Goffman, E. (2003). Estigma. La identidad deteriorada. Buenos Aires: Amorrortu.

[10] Beck, A.T. (2003). Prisioneros del odio: las bases de la ira, la hostilidad y la violencia. Barcelona: Paidós, 2003.

[11] Basta con observar la caracterización del trastorno de personalidad antisocial (TAP) que contemplan guías diagnósticas como el DSM-5.

[12] Revel, J.F. (1989). El conocimiento inútil. Barcelona: Planeta.

[13] Kapferer, J.N. (1978). Les chemins de la persuasion. París : Gautier-Villars.

[14] Muchos de mis alumnos/as se sorprenden cuando les explico que las marcas de refresco más populares incluso tienen registrado el diseño de sus latas y el sonido que hacen cuando se tira de la anilla, pues ha sido demostrado, mediante estudios de resonancia magnética funcional –RMf- que el cerebro humano es capaz de discernir esas sutilezas y operan como forma eficaz de condicionamiento. O que una de las estrategias más comunes de las grandes editoriales para vender sus libros consiste, precisamente, en pagar a grandes superficies comerciales y medios de comunicación para que los presenten al consumidor como “más vendidos”. Las estrategias de control del consumidor, en este sentido, son literalmente infinitas e incluso ocasionalmente hasta terriblemente siniestras: una marca de café filipina creó miles de niños adictos a su línea de caramelos de café haciendo que sus madres los consumieran en las salas de espera de los ginecólogos cuando estaban embarazadas… ¿Cómo? Pues porque hoy sabemos que lo que las madres comen –o no- se comunica al feto por vía química durante la gestación. Increíble pero cierto. (Si quiere usted saber más acerca de estas cosas le recomiendo una interesante y muy entretenida lectura: Lindstrom, M. (2012). Así se manipula al consumidor (2ª ed.). Barcelona: Planeta).

[15] Toffler, A. (1980). La tercera ola. Barcelona: Plaza & Janés.

La pesadilla del Plan Bolonia

Para Gloria. Cariño, es lo que hay.

Resulta que mi hija comienza este año estudios de arqueología y uno de los primeros trabajos que le mandan sus docentes tiene que ver con el modo en que el dichoso Plan Bolonia ha afectado a su especialidad. Se pasa varios días escribiéndolo, me pide que lo lea para ver qué me parece… Y encuentro con suprema fascinación algo que ya me barruntaba desde hace unos años y es, precisamente, que los muchos males, críticas y deficiencias que en ese trabajo se desgranan son equiparables a los que padecen todas las titulaciones relacionadas con las humanidades en España. Males endémicos que el engendro de Bolonia no puede –ni podrá- resolver porque ni está pensado para beneficio de la academia, ni acaba de dar al alumnado lo que le promete, ni es otra cosa que un producto tecnocrático pensado, en el mejor de los casos, para el beneficio –sin pasarse- de las ciencias que se nos venden como pretendidamente “duras” y las carreras tecnológicas. Defectos que en el caso español se agravan, precisamente, por su larga tradición en eso de renegar del humanismo y la intelectualidad, alentándolos en público pero hundiéndolos en privado.

Plan Bolonia

Las humanidades siempre han estado maltratadas en los planes de estudio españoles prácticamente desde que existe la educación reglada, y en todo el arco educativo. Y la tendencia va a más a tenor de los acontecimientos. Paradójicamente, pese a ser cuna de grandes humanistas procedentes de los más diversos ámbitos del conocimiento –no me entretendré en enumeraciones innecesarias-, España es una nación que siempre ha mirado con sospecha al humanismo y al humanista. De reojo. Como no fiándose. Tiene lógica si entendemos que en este país las humanidades nacieron ligadas a insoportables mamotretos tomistas y estuvieron durante siglos bajo el control de las autoridades eclesiásticas de la Contrarreforma, lo cual las sumió en un escandaloso atraso formativo e investigador. Consecuentemente, a poco que el poder civil pudo decidir con cierta tranquilidad sobre los contenidos de los planes de estudio, entendió que el “progresismo” comenzaba por librarse de ese pasado oscuro y retrógrado que, lamentablemente, quedó de suerte indeleble asociado a “las letras”. Para los primeros prebostes de la universidad decimonónica española, si no andabas metido en las ciencias naturales –y sus variantes-, por definición, eras un tipo arcaico que solo se limitaba a perorar, a no producir absolutamente nada, y a vivir del cuento. Fin de la cita.

Por supuesto, y con oscilaciones, la situación se agudizó tras el régimen franquista: tras cuarenta años de nacional-catolicismo y adoctrinamiento ético-moral transversal, todo lo que pudiera oler remotamente a letras era ya la mismísima peste, con lo cual se dio pie a una segunda ola de anti-humanismo. Y ello sin contar con el hecho de que no eran los prebostes franquistas gente precisamente favorable al debate intelectual, hecho que redujo a la formación en humanidades a poca cosa, generalmente supeditada a los avatares del desarrollismo, y reducida a discurso único. Así, España, en 1975, era el resultado de un país autárquico, con un sistema educativo sin parangón en el continente europeo, extravagante y desajustado a la altura de los tiempos, que formaba titulados no homologables a prácticamente nada. Si a ello sumamos la falta de profesionales formados para sacar a la nación de su atraso galopante y la paulatina universalización de los estudios universitarios –pues ahora ya, por suerte, podía estudiar una carrera casi todo el mundo-, tenemos un resultado claro: las carreras científico-tecnológicas se convirtieron en la formación estrella, lo cual devino en un abandono progresivo de las ciencias sociales y las humanidades. Total, para eso, en el reino de los tecnócratas y los “progres” de paella dominguera, había poco o ningún futuro. Resultado: hoy en día dices que has estudiado una carrera de ciencias sociales o de humanidades y cualquier tonto del bote se permite el lujo de faltarte al respeto. Como si a los de letras los títulos nos los anduvieran regalando. Como si tuviéramos que creernos que un físico, un ingeniero o un médico son más listos, más científicos y mejores personas que un filólogo o un sociólogo nada más que porque sí.

¡Qué país, amigo Sancho!

Tampoco nos ha concedido grandes réditos a los docentes el pésimo concepto que siempre se tuvo de la enseñanza. En España, desde tiempos inmemoriales, el público solo ha venido hablando del maestro, o de la docencia, para hacer leña. Otro mal endémico. La enseñanza siempre ha sido –y lo sigue siendo en comparación con el resto de naciones de la UE- una profesión denostada, mal pagada, machacada, vilipendiada y roturada… Ya es curioso –por sintomático- que un país que se pasa horas y horas perorando sobre la “calidad del sistema educativo” a todos los niveles dedique tan escasos recursos a la formación del docente, a su satisfacción laboral, a su formación continua y a prestigiar socialmente una profesión que es justamente la base de tal sistema. Raro porque me barrunto que existen intenciones aviesas tras tales carencias ancestrales y siempre corregidas, por lo común, a desgana y a destiempo. Consecuentemente, a la gente le importa que le construyan un colegio, le pongan ordenadores a los chiquillos, o esté acondicionado con un buen gimnasio, pero no pregunta nada acerca de las condiciones en las que los enseñantes desarrollan su trabajo. Los chavales y chavalas se matriculan en la universidad y lo primero que preguntan el padre o la madre es con qué recursos materiales va a contar su retoño, pero no conozco universidad alguna que venda como un plus la excelente calidad de sus docentes. Eso, al parecer, no hace “marketing” genuino.

Precisamente por ello, cuando alguien me cantó en cierta ocasión las excelencias del sistema educativo finlandés a la par que se quejaba de lo “malo” que era el nuestro, solo pude argumentarle que para tener un sistema educativo como el de Finlandia, lo que hacía falta –y no sería mal comienzo- eran padres y madres finlandeses. Porque cuando, y esta es otra, uno de los deportes familiares es la desautorización –cuando no el insulto- del docente, muy mal comienza la cosa. Sepan ustedes, ya que estamos, que la de maestro, en Finlandia, es una profesión reconocidísima, respetadísima y aún mejor pagada. Igual hay que empezar por ahí y aburrir menos al personal con tanta chinchorrería pedagógica y tanta tertulia de baratillo.

Y así vamos a Bolonia…

…Y fuimos para allá pensando que eso del Espacio Europeo de Educación Superior (EEES) iba a ser la tabla de salvación de la universidad española. No conozco los datos generales de la universidad patria, pero si puedo garantizar una cosa que estoy seguro las cifras corroboran: a las humanidades y a las ciencias sociales las ha hecho trizas. Las ha metido en un laberinto de toda suerte de carencias y contradicciones del que ya nadie sabe cómo ir saliendo con garantías. La formación humanística –utilizaré en adelante el término en sentido genérico- arrastra tal cantidad de limitaciones históricas que la impiden adecuarse en España a las demandas socioculturales del momento. De hecho vienen precisando de un tratamiento especial desde hace décadas, y amalgamarlas en el mismo modelo de las titulaciones científico-técnicas no solo es un completo error –que no creo falto de intención-; es un disparate garrafal que parece ideado ex profeso para terminar liquidándolas por derribo. Total, en España es un hecho que el que piensa por sí mismo, se sale de la vorágine del adoctrinamiento único, y desarrolla cierto espíritu crítico ante las cosas, molesta más que una china en un zapato. Y si no me creen, es que no tienen cuenta abierta en una red social.

A la mayor parte de las humanidades, en la universidad española, e históricamente, se las ha hecho depender, por sistema y salvo excepciones, de otras ciencias –o carreras más generales en su caso- a las que han estado asociadas. El aprendizaje de muchas de ellas era casi marginal. Apenas una asignatura en un plan de estudios. Quizá unos seminarios. Algunos ciclos de conferencias… Si estabas interesado en algo “diferente” tenías que buscarte la vida por ahí como pudieras. Además, con la llegada de la Constitución de 1978 nació el Estado de las Autonomías y esto vino a complicarlo todo por cuanto cada región a los pocos días tenía ya su universidad, y cada universidad tenía su propio modelo, y cada modelo daba mayor o menor importancia a una cosa u otra en función de las cabezas pensantes que lo montaran. Cierto que el Estado ha mantenido un tutelaje general sobre el sistema universitario de cara a garantizar la homologación nacional de los títulos, pero poco más en la medida que toda posible intervención en la autonomía universitaria se veía, en última instancia, como una amenaza contra el modelo territorial mismo. De hecho, la única forma confiable que la administración central tenía de controlar el desarrollo de los títulos universitarios era la de tomar iniciativas legislativas que, de un modo u otro, obligaran a las universidades, motu proprio, a impulsar modificaciones en sus planes de estudios para adecuarlos a normativa.

La política chapucera del parche y tentetieso. Todo muy español.

España suscribió el Plan Bolonia en 1999. Éste divide la enseñanza superior en tres niveles: grado, máster y doctorado. El grado tiene una duración de cuatro años y sustituye a las diplomaturas y licenciaturas. El máster supone una especialización en un ámbito concreto o multidisciplinar y puede tener una duración de un año o dos. Al doctorado se accede a través de un máster específico y, por término medio, los estudios se prolongan durante cuatro años. El proyecto, en realidad, no era otra cosa que la adaptación y unificación de los criterios educativos de todos los centros europeos a fin de tener un criterio estandarizado que pudiera medirlos a todos por los mismos parámetros -o eso dicen-. La verdad es que en el caso de España, precisamente por las particularidades que venimos describiendo, el dichoso plan entró como elefante en cacharrería por cuanto su letra pequeña no tenía prácticamente nada que ver con lo que existía aquí, se impuso manu militari con plazos inasumibles para satisfacer a los capitostes políticos de turno, y además el Estado trató por todos los medios de que fueran las propias universidades las que asumieran los costes del proceso, lo cual degeneró en un completo desastre económico para muchas.

Si alguien recuerda aquellos años tan bien como yo, seguro que se hartó de escuchar las dos palabritas de marras en boca de todo el que tuviera algún cargo que exhibir y que ahora seguro que anda escondido en algún agujero: “calidad” y “excelencia”… Pues no, mire usted.

Competente, ¿para qué?

Porque, supuestamente, lo que prima en el modelo Bolonia son las “competencias” que el alumno desarrolla a lo largo de su carrera universitaria. Pero detrás de la nueva palabra de moda no hay nada en absoluto si exceptuamos muchos kilos de papel mojado y toneladas de verborrea. Los títulos ahora discurren hacia una pretendida orientación formativa destinada a las salidas profesionales que, en un futuro, permita al alumnado integrarse en el mercado de trabajo. O lo que es lo mismo: bajo esta peregrina excusa se obliga a diseñarlos para tratar de ahorrar a las empresas, en la medida de lo posible, gastos en formación en una reedición de ese viejo axioma patrio: que pague otro. Ese es el hecho, y no funciona. No lo hace porque cada empresa y empresario tiene sus demandas peculiares y, al final, lo único que puede hacer un centro académico digno es formar a un profesional adaptable, pero no a un profesional a la carta. Vamos, que en un mundo normal y lógico debiera ser quien contrata el que se hiciera cargo de que sus empleados sepan hacer lo que él necesita específicamente. Una universidad respetable, en suma y permítanme ser tan gráfico, no puede ser ni funcionar como una fábrica de tornillos. Punto.

En segundo lugar, hay muchas profesiones -algunas no tan nuevas, no se crean el cuento- carentes de una regulación específica, lo cual impide dotar al alumno de esas supuestas competencias en la medida que, sencillamente, no existen al no tratarse de profesiones reguladas –hecho que afecta de suerte dramática no solo a las humanidades, sino también a diversas carreras científico-técnicas-. Así, existe un desfase imposible de salvar entre lo que se presupone que académicamente “debe saber” cierto egresado, y lo que se pretende que haga en su desarrollo profesional. Para que nos entendamos, una reedición del viejo dualismo kantiano entre lo que las cosas son y lo que debieran ser. Esta situación provoca un gran problema a la hora de elaborar los planes de estudio, ya que los grados no pueden diseñarse para cubrir racionalmente las competencias requeridas.

Así, la formación básica de los grados, que se adquiere en general durante el primer curso académico, consiste en asignaturas que no hacen sino completar las carencias formativas de un bachillerato en el que, lamento decirlo, se pierde mucho el tiempo en zalamerías y letra muerta –y conste que no culpo de ello a los compañeros de esta etapa formativa, pues la mayor parte de ellos son muy competentes, sino al pésimo sistema en el que se ven obligados a trabajar-. Esto conlleva la necesidad de incluir, en el primer año de carrera, asignaturas cuyos contenidos y competencias deberían estar asimilados por el alumno en etapas anteriores a la universitaria, lo cual provoca un arrastre hacia la universidad de los defectos inherentes a otros tramos educativos. También se percibe en infinidad de títulos, por cierto, un número muy bajo de asignaturas relacionadas con la práctica de la profesión –recordemos, no desarrollada-, lo que supone una contradicción de base con respecto a la idea de que el grado debe formar profesionalmente al alumno.

Y en tercer lugar, hay un problema de homogeneización de la evaluación de la calidad docente que la hace a todas luces injusta y disfuncional. No puede ser el mismo el criterio para evaluar a un profesor de psicología, de ciencias de la comunicación o de criminología, que el que se emplea para evaluar a un profesor de química o de ingeniera de la edificación. Y no puede serlo porque ni enseñan lo mismo, ni hacen lo mismo, ni están formados de igual modo, ni cuentan con las mismas posibilidades a la hora de investigar y/o publicar, ni tienen nada que ver entre sí. Porque nuestros mandatarios parecen olvidar que por mucho que se le pinten rayas blancas a un caballo negro, no se convertirá en una cebra… Sin contar con la profunda ignorancia epistemológica de este modelo que hace tabla rasa de toda diferencia: las ciencias sociales, técnicas, naturales y humanas comparten a lo sumo metodologías y ahí se terminan los parecidos. Ello por no hablar del absurdo inherente a tratar de evaluar la calidad docente de un profesional midiendo su calidad investigadora, que es cosa radicalmente distinta; o la dificultad cada vez más acusada a la hora de etiquetar campos de investigación específicos en una comunidad científica y académica que, en general, y por la fuerza de los acontecimientos, camina cada vez con mayor velocidad hacia la interdisciplinariedad y la consiguiente difusión de fronteras a la hora de abordar los problemas.

Se puede hacer peor, pero es difícil discernir cómo.

Desastre Europeo de Educación Superior

El hecho es que las condiciones de implantación del EEES han perjudicado de manera muy especial a las nuevas materias, especialmente a las carreras de humanidades, al punto de que ha conducido a las universidades a la adopción de actitudes claramente defensivas: la filosofía del Plan Bolonia con respecto a las competencias del alumno, o la utilidad del grado, las ha llevado a una protección numantina de los departamentos universitarios en términos meramente supervivenciales. Había que mantener a los mismos profesores de antaño impartiendo clases a todo trance –ya fuera dentro o fuera de sus materias específicas-, pues era necesario preservar las cargas docentes, el peso académico de los departamentos en sus ecosistemas universitarios y, por supuesto, los puestos de trabajo.

Este problema va más lejos de lo que se pudiera pensar en un principio pues el diseño de un nuevo plan curricular que respetara las antiguas divisiones departamentales, siempre sin aumentar las plantillas a causa de unos presupuestos bajos y/o inexistentes, ha dado como resultado una ingente cantidad de docentes burocratizados, sobre-exigidos, sobrecargados, mal pagados, desmotivados, aburridos y cada vez más interesados en buscarse la vida fuera de la universidad española, o bien fuera de la universidad misma, lo cual ha comenzado a empobrecer la calidad –justo aquello que el Plan Bolonia pretendía preservar y aumentar a bombo y platillo, ¿recuerdan?-.

O como me dijo en cierta ocasión un amigo al que le sobra la sorna: “de catedrático, a taquillero”.

Consecuentemente, el panorama que se está abriendo para las ciencias sociales y las humanidades –aunque no solo- en las universidades es muy preocupante: la falta de estrategias claras a la hora de planificar los planes de estudio necesarios, la imposición de una visión mercantilista y “empresarializada” de la enseñanza superior, y las propias dinámicas de la academia provocarán a medio plazo –lo están provocando ya de hecho- un escenario en el que primará la competitividad de las universidades a la hora de captar estudiantes sobre la propia calidad de las titulaciones, o de la docencia misma.

En efecto, esto es lo que hay. Pero no pasa nada.

No a Bolonia

Introducción a la violencia de género

Violencia de Genero

Al hablar de “violencia de género”, en la medida que el problema existe como concepto de uso común, nos olvidamos de que se trata de un asunto extremadamente complejo cuyo abordaje sería imposible sin recurrir a un enfoque multidisciplinar capaz de integrar todas sus vertientes, que son muchas. De hecho, ni tan siquiera ha sido fácil encontrar consenso a la hora de denominar a este tipo peculiar de violencia en la misma medida que sus diferentes visiones y nomenclaturas, en última instancia, generan sesgos teóricos que introducen o excluyen aspectos controvertidos para la comprensión y abordaje del fenómeno.

El primer escollo a resolver, algo por lo demás común en materias científicas que tienen un fuerte calado social, surge a partir de la novedad del problema. Es cierto que la violencia de género es un hecho indiscutible que ha venido atravesando a todas las culturas y sus manifestaciones desde tiempos ancestrales, pero la verdad es que solo empezó a entenderse que era un auténtico problema cuando las demandas de las propias mujeres lo convirtieron en tal cosa. Así, fue cuando el movimiento feminista lo visibilizó a partir del siglo XVIII que la cuestión comenzó a existir y a despertar interés sociopolítico. Estas primeras demandas de aquel feminismo incipiente se centraban en la exigencia de los derechos de ciudadanía para la mujer, como el acceso a la educación, al voto, al trabajo remunerado y etcétera. Demandas que solo era posible sostener mostrando que su carencia procedía de una desigualdad esencial –metafísica si se quiere- insostenible desde el plano intelectual, pero arraigada con gran firmeza en el sustrato último de la cultura. No podemos olvidar, por ejemplo, que la Revolución Francesa, al proclamar en 1789 la Declaración de los Derechos del Hombre, solo tenía en cuenta, literalmente, a los propios hombres. Resulta paradójico, por cuanto es público y notorio que las mujeres lucharon tanto por la consecución de esos derechos como los propios varones, que una vez obtenidos se vieran excluidas de ellos y relegadas a un segundo plano sociocultural. Y no resulta extraño, pues, que fueran estas mismas mujeres las primeras en rebelarse contra semejante injusticia histórica[1].

Tras esta primera oleada se pasó a una segunda fase, ya durante el siglo XIX, que “redujo” las ambiciones iniciales del movimiento para concentrarse en la consecución del derecho al voto. Nacería así el famoso “movimiento sufragista”, que enraizó con especial fuerza en los Estados Unidos a partir de 1848. No hemos de dejarnos engañar por esta aparente reducción de las demandas de la mujer por cuanto, teóricamente, se entendía que el derecho al voto y a la consiguiente decisión en lo relativo a la representación política supondría, a medio plazo, la mejor herramienta para combatir la desigualdad. El cálculo efectuado por las sufragistas era obvio: Si las mujeres terminaban por convertirse en una bolsa estable de votos sucedería que los políticos, necesariamente, habrían de tomar también en consideración sus problemas y demandas. De hecho, la consecución del voto para la mujer en diversos lugares del mundo provocó el inevitable efecto dominó en Occidente que, sin embargo, tardó mucho tiempo en empezar a ofrecer los efectos apetecidos, pues la consecución del sufragio femenino raramente vino acompañada de la posibilidad de que las mujeres tuvieran un acceso efectivo a la esfera política[2]. Este lento progreso desencadenó la tercera ola del feminismo, a mediados del siglo XX.

Manifestacion Sufragista USA Finales Siglo XIX (americaslibrary gov)
Manifestación sufragista en los Estados Unidos a finales del siglo XIX [fuente: Americaslibrary.gov].

Eran ya muchas las mujeres descontentas con los escasos avances logrados tras una lucha tan larga, pero fue en torno a un libro publicado en 1949, El segundo sexo, que este descontento generalizado comenzó a agruparse para tomar la forma de un movimiento intelectual y material bien construido. Su autora, Simone de Beauvoir, teorizó por primera vez en torno al significado de lo que implica “ser mujer” y con ello alimentó la toma de conciencia general sobre las relaciones de desigualdad existentes entre hombres y mujeres, mostrando a qué punto se encontraban afianzadas en la historia de la cultura y cómo iban evolucionando y readaptándose a lo largo del tiempo. De hecho, fue de Beauvoir quien comenzó a visibilizar el problema de la naturalización de la violencia sobre las mujeres, abriendo una línea de trabajo consolidada posteriormente, en 1963, cuando la psicóloga estadounidense Betty Friedan publique La mística de la feminidad. Un texto centrado, por primera vez, en la violencia de género en cuanto tal así como en los procesos psicosociales que la facilitan, la justifican y la ocultan al recluirla en el ámbito de “lo privado”.

Gracias a la aportación del tandem de Beuvoir-Friedan, y hasta su consolidación final con los muy celebrados textos antropológicos de Gayle Rubin, el movimiento feminista internacional pudo al fin contar con elementos que antes no había tenido: una teoría sólida que someter al debate sociopolítico, y capacidad organizativa desde las que exponer demandas concretas, uniformes y coherentes. La principal de ellas surge precisamente en torno al problema de la violencia de género como acontecimiento natural, fatal e invisible que afecta a la mujer en todas las manifestaciones de su existencia. La cultura y la sociedad habían convertido a las mujeres en víctimas de un destino inexorable que no podía ser alterado porque era legítimo, inmemorial e incuestionado. Precisamente, y más allá de ulteriores retóricas, ideologismos y manipulaciones, en esto reside el verdadero mérito histórico y central del feminismo: mostró que ese destino “natural” de la mujer –ser violentada, ser desigual, ser sometida- no solo se cimentaba sobre falacias históricas ocultas, sino que también era un destino injusto y terrible que una sociedad, para ser simplemente humana, debía combatir y erradicar.

Simone de Beauvoir
Simone de Beauvoir (1908-1986).

El discurso patriarcal sobre la violencia de género

Sería absurdo –y debemos tenerlo claro a estas alturas- decir, como se trata de argumentar desde diferentes entornos, que la violencia de género sólo afecta a la esfera privada de las personas. Absurdo y falaz porque, en realidad, se trata de un producto devenido de la tradicional organización patriarcal de la sociedad que afecta de un modo u otro a todas sus manifestaciones. Pero también sucede que, en efecto, parece que los sucesivos avances psicológicos y sociopolíticos provocados por la visibilización permanente del problema han ido matizando las desigualdades públicas, limando sus aristas, y recluyendo con ello las peores y más trágicas implicaciones de la violencia de género en la vida privada de las mujeres, donde aún permanecen ocultas en muchos casos. Poca gente toleraría ya que a una mujer se la ofendiera en la calle, o en el trabajo, por causa de su mera condición de mujer, pero las mismas personas que no admitirían tales conductas públicas –bien sea por “corrección política”, apelando a supuestos “principios morales”, o por simple “caballerosidad”- a menudo se muestran renuentes a implicarse cuando esto mismo sucede en el ámbito doméstico. Adoptan de tal modo una postura templada, inconsistente, que precisamente es más dañina que cualquier otra porque contribuye de manera sutil pero decidida a la perpetuación de esa violencia estructural y que, además, es muy difícil de combatir a causa de su aparente sensatez.

Esto ocurre porque desde el clásico discurso patriarcal en torno a la violencia de género se rehuyen las explicaciones en clave estructural, que son precisamente las relevantes, y se trata de individualizar el problema. Se convierte así en el fenómeno esporádico de unos cuantos sujetos con nombres y apellidos que, por diversas razones, rompen el equilibrio y la complementariedad entre el hombre y la mujer. Este argumento de la agresión como producto exclusivo del agresor particular concluye con un axioma sencillo: en realidad no existe un problema sociocultural de fondo, sino tan solo problemas concretos y circunstanciales. La sociedad no debería hacer nada atacar las desigualdades estructurales –que no las habría-, sino las desigualdades específicas, propias del caso. Así es como en el discurso patriarcal sobre la violencia de género transforma el hecho social en simple anomalía individual y, de nuevo más allá de intereses peculiares e ideologismos varios que no nos competen y que nada aportan al tema, esta es precisamente su verdadera palanca de fuerza.

Mediante ese argumento, hemos de indicar ahora que perfectamente integrado en la educación de un elevado número de mujeres que también lo asumen y difunden, el agresor es observado como un enfermo, un tipo marginal que no respeta las normas sociales básicas. La mujer agredida, por su parte, es considerada como una persona transgresora y/o provocadora que dificulta las relaciones familiares, que tiene problemas para gestionar su relación de pareja, o bien que no es hábil a la hora de mantener al hombre dentro de las convenciones. Así dispuesto el discurso, la violencia de género en el ámbito intrafamiliar se convierte con suma facilidad en simple “violencia doméstica” y nos habla de un conflicto entre personas particulares que se resuelve de manera disfuncional. Al ser la mujer la que transgrede o es inhábil en uno u otro sentido sucede que también, a menudo, “provoca” la acción violenta sobre ella y contribuye inevitablemente a su propia victimización.

Este modelo discursivo trata, por otro lado, de sostener que la sociedad es igualitaria y que las diferencias observables entre hombres y mujeres se fundamentan en su naturaleza biológica. Un imponderable contra el que sería ridículo luchar porque, sencillamente y de manera esencial, las mujeres y los hombres “son diferentes” y están naturalmente dirigidos hacia finalidades productivas diversas: El hombre estaría más dotado para la actividad pública, la valentía, el esfuerzo, la competitividad y los sacrificios que conlleva sacar adelante a una familia… Pero las mujeres –que necesitan ser protegidas por los hombres a causa de una supuesta debilidad biológica- estarían más dotadas para la vida hogareña, la crianza, el cuidado y la gestión de los sentimientos… Como si la maquinaria emocional de hombres y mujeres fuera fisiologicamente diferente, lo cual es un simple y llano disparate.

Si pensamos en esto durante un minuto, veremos en seguida que existe una fuerte contradicción entre el modelo discursivo patriarcal y la práctica social diaria. Contradicción irresoluble que derrumba el propio discurso y nos muestra con claridad sus falacias: Primero, porque cada vez son más las mujeres que rompen la barrera del género e irrumpen en terrenos que se consideran tópicamente varoniles. Segundo, porque entretanto se niega teóricamente que las diferencias entre hombres y mujeres, así como sus diferentes jerarquías, existan en la sociedad, se aceptan de facto todas aquellas prácticas que subordinan a la mujer por causa de su naturaleza femenina. Consecuentemente, de manera subrepticia, se desvaloriza el trabajo doméstico, se ocultan las aportaciones históricas de la mujer y se minusvaloran aquellas tradiciones, costumbres e instituciones que se consideran como propiamente femeninas.

Discurso Patriarcal
Tabla 1. La violencia de género en el discurso patriarcal tópico.

El análisis “de género”

Es interesante, desde un punto de vista psicosocial, darse cuenta de lo poco que se comprende –o lo mucho que se malinterpreta- el concepto de género. Hay quien cree que se trata de una categoría elaborada ad-hoc con la finalidad expresa de sustentar un programa político de corte feminista. También se dice que es una simple invención semántica carente de apoyo científico alguno. Hay quien sostiene, incluso, que se trata de un pretexto diseñado por los supuestos “enemigos de lo establecido” –los siempre peligrosísimos “antisistema”, sean quienes fueren- para interferir o subvertir el buen orden sociocultural. Sin embargo, ninguno de estos tres puntos de vista es correcto y quien los defiende de manera acrítica muestra un profundo desconocimiento del problema, cuando no el hecho de ser partidario –o difusor involuntario- de ciertos discursos políticos y culturales tan poco fundamentados y falaces como interesados.

John Money
John Money (1921-2006).

Lo cierto es que el concepto de género apareció en el seno de la investigación psicológica, y los primeros autores que lo emplearon, dicho sea de paso, no fueron mujeres sino hombres. Si bien acuñado en 1955 por Money, sería Robert Stoller en 1968, en el transcurso de sus estudios acerca de niños y niñas aquejadas de diferentes síndromes androgenitales y sometidos a terapias hormonales, quien establecería la diferencia conceptual entre sexo y género tal y como hoy la entendemos. De sus trabajos Stoller concluyó que la identidad y el comportamiento de género no están determinados por el sexo biológico, sino por las experiencias vividas, los ritos y las costumbres que se le atribuyen a los sexos biológicos a partir del etiquetado sociocultural[3]:

  • El “sexo” hablaría de las diferencias innatas y determinadas por la biología que existen entre hombres y mujeres, y que son universales e invariables.
  • El “género” hablaría de diferencias entre hombres y mujeres construidas en el contexto social: Actitudes, roles, actividades y pensamientos que la cultura establece como más aptas y deseables en función del sexo.
Sex & Gender (Robert Stoller)
Primera edición del célebre libro de Robert Stoller “Sex and Gender” (1968).

Siguiendo con esta argumentación en clave psicológica, pronto se nos muestra evidente que el concepto de género moviliza alrededor de la violencia tres instancias o elementos básicos que, para nosotros, van a ser muy relevantes en adelante:

  1. Asignación de género. También llamada en la literatura “rotulación”, “etiquetado” o “atribución” implica que tanto la víctima como el agresor han asumido un programa de individuación personal cuya diferencia fundamental estriba en haber sido definidos como “hombre” o como “mujer”. Estas etiquetas implican modos de relación peculiar entre los sexos que, como es lógico, van a generar estilos peculiares y específicos de violencia. Así las cosas, se comete un grave error cuando se homogeneiza la violencia de género con respecto a otras y se la trata de igual modo[4].
  2. Identidad de género. Tanto la víctima como el victimario han estructurado y consolidado todas sus experiencias vitales desde una identificación con las ideas que la sociedad y la cultura tienen acerca de lo que significa “ser hombre” o “ser mujer”. De tal modo, el proceso de identificación se convierte en un filtro de las experiencias que las transformará en eventos con significados diferentes para ambos.
  3. Rol de género. La identificación provoca la interiorización de un conjunto de preceptos y normas sobre el comportamiento que se va a considera adecuado en cada sexo. En el caso de la violencia de género esto implicará que el agresor y la víctima van a situarse en posiciones diferentes y, por tanto, desarrollarán diferentes estrategias de afrontamiento de la violencia.

Esto es lo que explica que en el caso de la violencia de género no resulté irrelevante, sino todo lo contrario, quién es el que agrede y quién es el agredido. Debemos entender que en la producción de esta clase peculiar de violencia –al igual que sucede con cada una de las formas específicas de violencia, por cierto- existe, y es un tópico en la literatura, un vínculo muy complejo y elaborado entre la sociedad y la estructura psíquica de las personas. Ahí es donde adquiere pleno sentido el hecho de que,

“no deja de ser curioso que las diferencias de sexo condicionen el tipo de violencia experimentada. Cuando un hombre sufre una agresión, ésta tiene lugar habitualmente en la calle y suele estar asociada a un robo, a una pelea, un ajuste de cuentas o un problema de celos. Las mujeres, por el contrario, al menos en la mayoría de los casos, cuando son víctimas de actos violentos, suelen sufrirlos en el hogar y a manos de sus parejas”[5].


[1] Olympia de Gouges –seudónimo de Marie Gouze- fue una de las primeras en levantarse contra ella al publicar en 1791 su Declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana, hecho por el cual fue guillotinada. Por aquel entonces, en 1792, también la británica Mary W. Shelley, autora del célebre Frankenstein, publicaría en Londres su Reivindicación de los Derechos de la Mujer.

[2] Nueva Jersey fue el primer Estado de la Unión en aprobar el voto femenino, cosa que ocurrió en 1776 y por accidente al utilizarse en la ley electoral la palabra “personas” en lugar de “hombres”, con lo cual fue de nuevo abolido en 1807. El primer país del mundo que aprobó el voto femenino sin restricciones de clase alguna, gracias al movimiento que lideró la activista Kate Sheppard, fue Nueva Zelanda, en 1893. Interesa destacar que en muchos de los lugares en los que se aceptó el voto de la mujer, se logró esta victoria incluso antes que la del sufragio universal. El primer lugar de Europa en el que se admitió el voto femenino fue Finlandia, en 1907, seguida posteriormente por Noruega y Suecia. En España las mujeres pudieron votar por vez primera a partir de la promulgación de la Constitución de 1931, y hasta 1939, año en el que la norma fundamental fuera suspendida por motivos sobradamente conocidos.

[3] No está de más mencionar que fue a partir de esta línea de trabajo que comenzó a considerarse que la homosexualidad no tenía base biológica y que, por consiguiente, carecía de sentido científico considerarla una patología. Con ello, no tardaría en ser excluida de las clasificaciones de trastornos mentales más habituales.

[4] Uno de los errores más comunes que se cometen a la hora de analizar e interpretar el fenómeno delincuencial reside, precisamente, en la igualación de la génesis del delito y del delincuente. Este yerro, muy habitual en los análisis poco concisos y mal estructurados de los medios de comunicación, lleva a la simplificación –radicalmente superada en el plano científico- de que sólo existen personas criminales y no criminales, de que solo hay agresiones, robos o asesinatos en general, y de que por tanto el problema del crimen tiene una resolución unitaria y específica. La realidad, evidentemente, es que no todos los delincuentes se conducen por las mismas motivaciones y no todos los delitos tienen el mismo origen, lo cual implica que necesitan de una comprensión y de un tratamiento tan peculiar como especializado.

[5] Echeburúa, E. y Corral, P. de (1998). Manual de violencia familiar. Madrid: Siglo XXI, p. 1.