De vampiros, licántropos y otros amigos (parte 2)

Nosferatu Murnau
El clásico “Nosferatu” (1922), del cineasta alemán F. W.  Murnau, trató de convertirse en la primera adaptación cinematográfica de la archifamosa novela de Bram Stoker. Sin embargo, un problema con los derechos de autor motivó una serie de transformaciones argumentales que, finalmente, convirtieron al vampiro de los Cárpatos original en el icónico Conde Orlok, interpretado por el actor Max Schreck.

Existen al parecer ciertas circunstancias médicas, si bien esta cuestión no deja de levantar controversias enconadas y debates relativos a su corrección política, que permitirían explicar lo que la superstición interpretó como vampirismo y licantropía[1]. La más obvia es una enfermedad conocida como porfiria cutánea tarda (PCT), una de las dos variantes de la porfiria eritropoyética[2]. Siendo la PCT una dolencia poco frecuente, pues es más común la otra variedad denominada porfiria aguda intermitente (PAI), que se manifiesta en forma de dolor abdominal, vómitos y diarrea, acompañados de otros síntomas neurológicos así como alteraciones psiquiátricas[3].

Quienes sufren de la extraña PCT, una enfermedad que aqueja especialmente pero no exclusivamente a los alcohólicos, se vuelven extremadamente fotosensibles y no pueden exponerse al sol sin sufrir lesiones ulcerosas en la piel a causa de la destrucción celular. Los tejidos cutáneos enrojecen con rapidez y se desarrollan ampollas, lo que bien haría a un observador externo imaginar que se trata de quemaduras provocadas por la luz solar. Quedan horribles cicatrices, pudiendo el paciente en los casos más extremos perder los dedos, la nariz y las orejas. Los ojos se ponen rojos. Por otra parte, se llegan a caer todos los dientes quedando tan solo los caninos. Todo ello termina por otorgar al paciente un aspecto grotesco y terrible.

Porfiria
Mujer afectada de PCT. Sobran los comentarios.

Ocurre que existen, además otras enfermedades que al sistema endocrino de espectaculares manifestaciones, como aquellas que desarrollan un anormal y desenfrenado crecimiento del cabello y el vello corporal en un proceso que se conoce como hirsutismo o hipertricosis, y que se relaciona con una rara mutación genética hereditaria que provoca, entre otras cosas, un aumento desproporcionado de la cantidad de andrógenos. Así se explica, por ejemplo, el fenómeno de las tristemente célebres “mujeres barbudas”.

hioertricosis
Hipertricosis.

En definitiva, la PCT y la hipertricosis dotarían al convaleciente de gran parte de las características físicas que la leyenda atribuye tanto a los vampiros como a los hombres lobo: palidez anémica, ojos inyectados en sangre, pelo en las palmas de las manos o en todo el cuerpo, y etcétera. Especialistas como David Dolphin, de la University Of British Columbia, han presentado en diversos foros científicos célebres informes en los que exponen con sumo detalle los muchos puntos de contacto que se observan entre las leyendas de vampiros y la bioquímica de la porfiria. Evidentemente, estos pacientes no son criminales sino, en todo caso, víctimas del imaginario popular y de la ignorancia como tantos otros que en el decurso de la historia han sufrido dolencias consideradas malditas por una u otra razón. En todo caso, resulta obvio imaginar que el mito precede a la enfermedad y que, sin más, ésta se habría convertido en supuesta prueba del primero. Por lo general, la gente ve lo que quiere ver siempre que se enfrenta a lo que no comprende.

También hay otras causas que pueden darnos cumplida cuenta del hecho vampírico como, por ejemplo, las dificultades que se han tenido hasta hace relativamente poco tiempo a la hora de determinar el fallecimiento clínico de una persona[4]. No era extraño –teniendo presente que incluso hoy es posible- que hasta hace no más de setenta años se enterrara aún con vida a un porcentaje de personas escalofriantemente elevado, ya fuera en estado catatónico o cataléptico inducido por una fiebre alta o cualquier otra dolencia que afectara de suerte peculiar al sistema nervioso. Si el supuesto fallecido tenía la suerte de haber sido depositado en un panteón familiar u otro lugar que le permitiera vencer las dificultades inherentes a su situación y abandonar su encierro, es lógico pensar que la superstición popular haría su trabajo para transformarlo en un ser maligno de cualquier especie. La cantidad de estremecedores relatos, historias, cuentos y leyendas que inciden en este sórdido tema son ingentes y pueden hallarse en todas las tradiciones culturales del mundo. Sirva un dato ciertamente terrible: a principios del siglo XX las autoridades de los Estados Unidos ya calculaban que en a lo largo y ancho del país se enterraba al menos a una persona viva cada semana. El pánico al respecto llegó a ser tan exagerado que se ideó toda suerte de ingeniosos aparatos para que el pretendido cadáver pudiera activarlos desde su macabro encierro en caso de entierro prematuro. También proliferaron las casas de muertos y otras dependencias similares, en las que el cuerpo reposaba bajo la estrecha vigilancia de celadores atentos al menor signo de vida durante unos días, antes de ser finalmente enterrado.

ataud_seguridad
Diseño de uno de los múltiples modelos de ataúd de seguridad, con cuyo concurso se pretendía evitar la eventualidad de ser enterrado vivo, cuya patente se registró durante el siglo XIX. Para saber más sobre esto, sigue el enlace.

Tampoco faltan los relatos de cadáveres conservados en perfectas condiciones tras años de recibir sepultura que fueron en su momento atravesados con estacas, clavados al suelo, desmembrados y otras lindezas parecidas. No obstante, es conocido que en determinadas circunstancias medioambientales un cadáver puede tardar años, décadas e incluso siglos en descomponerse.

“[…] La descomposición depende de muchas variables. Un cuerpo enterrado puede perdurar casi indefinidamente en el hielo. La turba y la humedad también son capaces de retardar la descomposición. En arena seca los cadáveres se momifican hasta convertirse en duradero pergamino. En tierras ricas en minerales pueden impregnarse de sales y metales. Pero si no han sido enterrados, sobre todo cuando hace calor, el proceso de esqueletización llega a ser asombrosamente rápido. El tiempo mínimo que requiere la esqueletización total no es de nueve años ni de nueve meses, ni siquiera de nueve semanas: puede producirse en aproximadamente nueve días. […] El recipiente funerario tiene una tremenda importancia. Los recipientes herméticos que protegen el cadáver del medio ambiente […] proporcionan un grado sorprendente de preservación, incluso durante periodos prolongados de tiempo. He visto como un cadáver bien embalsamado –un cadáver al que se había hecho la autopsia, lo cual dificulta considerablemente el embalsamamiento- duraba veintisiete años dentro de un ataúd hermético en el interior de una cripta, con rasgos perfectamente naturales y sólo unas pequeñas zonas de piel desprendidas de manos y pies. […] Aunque no esté protegido por ningún recipiente, un cadáver dura más si se encuentra bajo tierra”[5].

En todo caso, bastaba con que el fallecido hubiera sido un individuo peligroso, malvado, sospechoso de haber practicado la brujería o de costumbres poco respetables para que en lugar de santo fuese considerado vampiro o poseído por demonios. Así, el tratamiento que recibía su cuerpo era tan expeditivo como implacable. De esta época de supersticiones proceden falsas creencias que, aún hoy, se encuentran muy extendidas entre la población, como la de que el pelo y las uñas siguen creciendo después de la muerte: “es un mito que las uñas y el pelo sigan creciendo después de la muerte –explica William Maples-. Lo que sucede en realidad es que la piel se repliega a su alrededor, haciendo que el pelo y las uñas se levanten y sobresalgan más”[6].

El Entierro Prematuro (Antoine Wiertz)
“El entierro prematuro”, obra de Antoine Wiertz (1854).

Por otra parte, y pese a que las leyendas de vampiros resulten interesantes como pasatiempo o motivo de reflexión filosófica y antropológica, es evidente que tras la mayor parte de las que tienen algún viso de ser ciertas no puede esconderse otra cosa que una mente enferma o un criminal[7].

Vampirismo y licantropía como patología psíquica

El asesino vampírico, tanto como el licántropo, son, como todos los psicópatas y al igual que el resto de los seres humanos, prisioneros de sus fantasías. El problema reside en que la imaginación de estos individuos se rige por mapas mentales impensables para el resto de las personas. Obtienen satisfacción bebiendo la sangre de sus víctimas, sencillamente viéndola correr, comiendo su carne o profanando cadáveres, y no dudan en recurrir incluso al asesinato para satisfacer sus necesidades parafílicas. El fetichismo por la sangre y la carne, que algunos psiquiatras denominan Síndrome de Renfield[8], es en realidad una forma de necrofilia en la que el sujeto, en sus fases iniciales, comienza experimentando con animales hasta focalizarse en otras personas y convertirse a medida que los delirios fantásticos del individuo crecen, en auténticos depredadores de novela. Es cierto que este tipo de casos, cuya incidencia estadística es en realidad escasísima, resultan especialmente llamativos al profano y copen protagonismo en medios de comunicación, relatos de terror, películas, cómics, videojuegos o series de televisión. Y es por ello que muchos de los asesinos más conocidos de la historia del crimen –que no los más prolíficos- han pertenecido a esta curiosa especie.

De acuerdo con el estudio llevado a cabo por el psiquiatra Hershel Prins[9], el delirio vampírico puede manifestarse de muy diferentes formas, de modo que su catalogación comprende cuatro grandes grupos:

  • Vampirismo completo. Comprende toda suerte de fantasías y prácticas sádicas y necrofílicas que se convierten en móvil del asesinato o la profanación de tumbas. Esta clase de vampiro es un carroñero que experimenta una atracción incontrolable por los muertos y consume sangre –e incluso carne o vísceras- procedentes de personas a las que puede, o no, haber asesinado previamente. Gilles de Rais es un ejemplo histórico muy ilustrativo. Casos más cercanos son los del sargento Leger, quien en 1827 violó el cadáver de una niña de 12 años y bebió su sangre; el popular John George Haigh, también conocido como el Vampiro de Londres; Fritz Haarmann, el Vampiro de Hannover; y por supuesto Richard Trenton Chase, el Vampiro de Sacramento. Curiosamente, otros “vampiros” mediáticos como Peter Kürten o Mohammed Bijeh no realizaban esta suerte de prácticas pese a ser bautizados de tal modo por la prensa.
  • Vampirismo sin ingestión de sangre ni de materia muerta. A esta variedad se la asociaría con la simple necrofilia, que consiste en satisfacer el instinto sexual con cadáveres, o bien, gozar con tocarlos y contemplarlos. Un caso bien conocido y documentado de estas características es el del alemán Kuno Hofmann, el Vampiro de Núremberg. Hofmann, que pasó algún tiempo en el campo de concentración nazi de Dachau, era sordomudo, tenía un cociente intelectual por debajo de la media y una timidez patológica que le impedía acercarse a las mujeres. Durante años estuvo asaltando depósitos de cadáveres para consumir la sangre de los muertos y practicar relaciones sexuales. En 1972, durante uno de sus paseos, terminó por asesinar a tiros a dos jóvenes que dormían en un coche a fin de probar su sangre. Probablemente, Hofmann habría continuado asesinando una vez había transgredido los límites y culminado su transformación, pero fue detenido.
  • Vampirismo sin cadáver. Esta categoría reúne a gran cantidad de sujetos con tendencias psicóticas, pero aparentemente normales e integrados en la sociedad, cuyos deseos les igualan al vampiro. Hablamos de impulsos incontrolables y muchas veces ocultos incluso para ellos mismos, o bien normalizados. En el fondo, estas ideaciones guardan relación con las capacidades sobrenaturales que la tradición atribuye al no-muerto, de modo que los vampiros ideales envidiarían el poder de los vampiros legendarios, a los tratan de parecerse. El hecho de que no asesinen, no cometan delitos, o no agredan a otros no les hace menos peligrosos, pues los anhelos y fantasías desde los que elaboran sus estructuras cognitivas suelen inducirles irremediablemente a la mentira, la maquinación, la manipulación y la temeridad.
  • Auto-vampirismo. En este grupo de tendencias claramente masoquistas se incluirían casos igualmente psicóticos así como esquizotípicos y esquizofrénicos. Son capaces provocarse lesiones, a veces brutales, ya que la propia sangre se ha convertido por cualquier razón –si bien el motivo suele tener un fondo erótico o religioso- en objeto de veneración. McCully narra el caso de un niño de 11 años que aprendió a pincharse con suma pericia las arterias del cuello para llenar con su sangre una taza entera que luego bebía. También se cortaba las venas del antebrazo para lamer la sangre de las heridas, lo que le hacía experimentar una fuerte excitación sexual.
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Kuno Hofmann.

Parafilias como el vampirismo –también la licantropía- aparecen tan raramente en la población que su incidencia estadística es prácticamente nula. De hecho tanto el DSM como el CIE ni tan siquiera las mencionan explícitamente, acumulándolas –junto a muchas otras- bajo el epígrafe de parafilias no especificadas. Sin embargo, sus manifestaciones escabrosas y espectaculares son tan llamativas que siempre y en todo lugar han despertado tanto el horror como el interés del gran público hasta el punto de que, en determinados momentos históricos, como el tramo comprendido entre la baja edad media y finales del siglo XVII, llegaron a parecer cuestiones comunes. No en vano, la consideración general del vampiro, el licántropo y el asesino serial se funden y confunden, más allá de consideraciones clínicas o antropológicas, en una apreciación tópica: son “monstruos”. Criaturas diseñadas para matar, construidas tanto a nivel individual como social y que desempeñan un papel nítido en nuestra cultura. Podría decirse que la fascinación que hoy en día nos provoca el asesino en serie es precisamente un reflejo de la que los supuestos vampiros y hombres lobo generaron en el pasado, lo cual explica que los asesinos sistemáticos de ficción sean en muchos casos antihéroes “de culto” para millones de aficionados que pueden convertirse en auténticas máquinas de producir dinero para sus creadores.

Gilles de Rais
Gilles de Rais.

Ya en fecha tan temprana como 1584, autores como Reginald Scot sostenían que la licantropía era un trastorno mental, atribuyendo a la superstición popular la idea de que realmente un ser humano pudiera transformarse en lobo o cualquier otro animal[10]. Lo cierto es que los testimonios históricos de verdaderas epidemias de esta locura son variopintos y pueden ser rastreados en la literatura desde el siglo XVI hasta, prácticamente, finales del siglo XIX. Sirva un dato: tan sólo en el periodo comprendido entre 1520 y 1630, luego durante más o menos un siglo, se registraron 30.000 casos de licantropía sólo en Francia[11]. Esto es interesante desde un punto de vista antropológico. Parece que entretanto el Este de Europa era el hogar de los vampiros, los bosques franceses se habían transformado en el territorio de los hombres-lobo. El ser humano necesita de referentes socioculturales hasta para perder el juicio.

Capitan America - Hombre lobo
Hasta el Capitán América puede convertirse en hombre lobo cuando tiene en un mal día…

La idea de Scot fue posteriormente ampliada por otros autores ingleses como Robert Burton quien en 1621 sostuvo que “[algunos llaman a la licantropía] una especie de melancolía; pero yo prefiero denominarla locura”[12]. Nada tiene de sorprendente para la época este racionalismo respecto del tema, pues en las Islas Británicas los lobos se habían extinguido muchos años antes de que ambos textos fueran escritos. De hecho, es fácil encontrar relatos de hombres-lobo en el trabajo de los ensayistas británicos si nos remontamos al periodo comprendido entre los siglos X y XIII. Ahora bien, a partir del siglo XVI, este tipo de historias tan sólo sobrevivió como argumento literario. Obsérvese, por consiguiente, el anacronismo que inherente a convertir las calles de Londres, o los páramos británicos, en escenario para los clásicos hombres lobo de la ficción.

Lo cierto es que el éxito como monstruo del licántropo, con el paso de los años, ha sido mucho menor que el del vampiro. Parece que, por alguna razón, resulta mucho más fácil creer en la existencia del vampirismo que en la de la licantropía y ello, como hecho sociocultural, también ha tenido repercusión en el escenario del crimen. A partir de 1900 han aparecido varios casos de asesinos en serie movidos por fantasías vampíricas, pero no se han presentado supuestos hombres-lobo, lo cual ha motivado que la literatura psiquiátrica y psicológica apenas si haya tocado el tema, con excepción del psicoanálisis, en la medida que muchos pacientes refieren al narrar sus sueños diversos procesos de metamorfosis que han de ser iluminados por el terapeuta. Parece que el hombre-lobo tiene un sentido más folklórico, propio de un buen relato de terror para las noches de campamento, mientras que el vampiro parece tocar con mayor profundidad los aspectos más atávicos del ser humano.

El misterio de Salem's Lot
Un vampiro de ficción especialmente terrorífico -inspirado en la imagen del “Nosferatu” de Murnau-, fue el ideado por Tobe Hooper a la hora de llevar a la gran pantalla el clásico literario de terror de Stephen King en “Salem´s Lot” (1979).

[1] De hecho, ya sea desde un punto de vista antropológico como desde una óptica meramente psiquiátrica, vampirismo y licantropía tienen muchos puntos de conexión. Daniel Farson en su libro Vampiros, hombres lobo y aparecidos (Barcelona, Noguer, 1976), indica que tradicionalmente se consideraba que un hombre lobo se convertiría en vampiro al morir a menos que su cadáver fuera debidamente exorcizado. También que podía bastar con beber la sangre o comer la carne de un cordero muerto por un lobo para transformarse en hombre lobo.

[2] Las porfirias son un grupo de enfermedades cuyo origen es una alteración, cualitativa o cuantitativa, del metabolismo de las porfirinas. Habría dos modalidades básicas: las eritropoyéticas y las hepáticas. Las porfirinas, básicamente, son sustancias que, al combinarse con determinados metales como el hierro, juegan un papel fundamental en la síntesis de la hemoglobina

[3] Un ejemplo claro y famoso de esta dolencia sería el de la célebre locura transitoria que aquejó al rey Jorge IV de Inglaterra, inmortalizada en La locura del rey Jorge, una extraordinaria y muy bien documentada película dirigida por el británico Nicholas Hyttner.

[4] Recomiendo al lector interesado en este asunto un excelente libro: Bonderson, J. (2002). Enterrado vivo. Barcelona, Ediciones B.

[5] Maples, W. R. y Browning, M. (2006). Los muertos también hablan. Barcelona, Random House Mondadori

[6] Ibid. anterior.

[7] La constatación de la existencia de estos perturbados sedientos de sangre hizo que ganara cuerpo la creencia del vulgo en la existencia de una supuesta enfermedad denominada hematodipsia o hematodixia, por la cual el sujeto que la padece se vería determinado fisiológicamente a beber sangre. Sin embargo, como bien manifiestan Miguel Gómez Aracil en su libro Vampiros (Barcelona, EDAF, 2003), así como otros especialistas, esta supuesta dolencia es un invención del imaginario colectivo completamente desconocida por la profesión médica.

[8] Por el personaje de la archiconocida novela de Bram Stoker. Renfield había sido vampirizado por el Conde Drácula durante una estancia de negocios en Transilvania, de suerte que empezó a experimentar una progresiva sed de la sangre de criaturas vivas para mantenerse a sí mismo con vida. Los doctores de la novela –salvo el excéntrico Van Helsing, por supuesto- consideraron que Renfield estaba loco, recluyéndolo en una institución mental.

[9] Prins, H. (1985): “Vampirism: A clinical condition”. En: British Journal of Psychiatry, 146 (6), pp. 666-668.

[10] Scot, R.; Discovery of Witchcraft. La primera edición de este tratado vio la luz en Londres en 1584. Hubo diversas reediciones del mismo a lo largo de los siglos. La más moderna es la de Montague Summers, New York, 1954.

[11] Farson, D.; op. cit. supra nota 1.

[12] Burton, R.; Anatomy of Melancholy. Londres, 1621.

De vampiros, licántropos y otros amigos (parte I)

The Order 1886
Imagen del videojuego The Order, 1886. Otra visión de un tema clásico en clave posmoderna. La enésima.

El vampiro y el licántropo[1] existen, ese es el hecho. Cierto que es difícil creer que en la forma tradicional del nosferatu -o no muerto- que ataca a los vivos impelido por una irrefrenable necesidad de beber su sangre a fin de mantener su estado, o de la persona que en las noches de plenilunio se transforma en lobo, si bien incluso el vampiro y el licántropo mitológicos gozan de una precisa explicación antropológica. La sangre y la carne, como no podría ser de otra manera, siempre han sido consideradas el centro vida. Se encuentran en los cimientos de todos los cultos y religiones, desde las más ancestrales. Hay creencias en las que el corazón de los difuntos es cocinado y consumido por su ser más amado. Algunas tribus de Australia y Nueva Zelanda pretendían la curación de ciertas dolencias abriendo las venas de los amigos varones del enfermo a fin de que le ayudaran a expulsar su enfermedad en una especie de catarsis colectiva. En la eucaristía cristiana el vino se transustancia en sangre y el pan en carne para la limpieza del pecado y el ofrecimiento de una vida eterna. Otros cultos minoritarios judeocristianos, como el de los Testigos de Jehová, se oponen enconadamente a prácticas sanitarias comunes como la transfusión de sangre por motivos enteramente metafísicos. En todas las culturas existen rituales sacrificiales simbólicos o reales y relatos acerca de vampiros, hombres lobo y quimeras similares (arpías, dragones, hombres leopardo, minotauros, y otro largo etcétera). También testimonios sobre la forma en que se presentaban a sus víctimas, el atroz modo en que se comportan y la forma en que el sujeto puede protegerse de ellos, o bien son erradicados por siempre jamás.

Herodoto
Herodoto.

Los licántropos fueron particularmente populares en Grecia y Roma, y es precisamente por ello que los textos grecolatinos son una de las fuentes más antiguas y amplias a este respecto[2]. No podemos olvidar, en tal sentido, que Romulo y Remo, los supuestos fundadores de Roma, fueron según la tradición amamantados por una loba. Pero este tratamiento extensivo no se circunscribió tan solo al punto de vista de lo legendario o lo mitológico. Ya una figura en absoluta sospechosa como Heródoto de Halicárnaso (484-425 a. C.), fue uno de los primeros autores en tratar el tema de la transformación de hombres en lobos al narrar la incursión de castigo que el persa Darío realizó en Escitia[3].

No obstante, las imágenes del vampiro y el licántropo que han parecido imponerse en el ideario colectivo de Occidente no son demasiado lejanas en el tiempo y se ubican históricamente en el lapso temporal comprendido entre los siglos XII y XVIII, cuando en Europa –especialmente en el Centro y el Este del continente- se desató una fiebre vampírica así como una proliferación de cuentos y mitos sobre hombres lobo sin precedente histórico. A partir de la Edad Media, muchos eruditos se entregaron en cuerpo y alma al estudio del vampirismo, como Augustin Dom Calmet, Montague Summers, William de Newburgh o Walter Mapes.

Mucho tuvo que ver el vigor del cristianismo con ello en la medida que impuso en la visión e interpretación de los sucesos particulares y colectivos una polaridad de dos fuerzas contradictorias: Dios y el diablo. Más todavía, como acertadamente indica Fondebrider[4], la doctrina cristiana no estuvo en ningún caso dispuesta a equiparar ambos poderes en una relación simétrica, de suerte que el diablo se fue haciendo paulatinamente acreedor de una mayor gama de maldades, en la misma medida que ello evitaba que la bondad de Dios fuera en algún momento puesta en entredicho. El resultado del proceso generó la imagen siniestra de Satán que todos conocemos en contraposición a la imagen plenamente benéfica de la divinidad. De este modo, los licántropos, vampiros y demás monstruos tradicionales, que en algún momento del pasado pudieron -y así fue de hecho- albergar sesgos de positividad, se convirtieron en encarnaciones de la más absoluta maldad.

Desde entonces, la literatura, primero, y el cine después, han inmortalizado tanto al vampiro como al hombre lobo para convertirlos en uno de los más populares de los estereotipos perversos de nuestra cultura. No nos referimos tan sólo al celebérrimo Drácula de Bram Stoker. También autores de la nada dudosa talla literaria de Goethe, Lord Byron o Baudelaire, entre otros, alumbraron algunas de sus más grandes páginas tomando como referencia a los cazadores de la noche. También suele olvidarse con exasperante facilidad que la Caperucita Roja de Perrault es mucho más que un cuento para niños y, de hecho, tanto en sus orígenes como en su concepción original distaba mucho de serlo. En realidad el juego de analogías que magistralmente plasmó en sus páginas el francés nos habla de una terrible tragedia: la de una niña púber que ignorando el sabio consejo de su madre abandona el camino correcto para ser acosada, agredida y devorada –junto a su abuela- por un criminal perverso y desalmado. Una historia que ha sucedido cien veces en la vida real, en muchos rincones del mundo y con protagonistas de carne y hueso. Tan auténticos como en los tiempos en que Perrault compuso este aperitivo literario que, descafeinado por el paso del tiempo, relatamos a nuestros hijos como si tal cosa por el mero hecho de que hemos asumido esta clase de sucesos, que otrora aterraban al común de los mortales hasta el punto de elevarlos al rango de lo legendario, como algo normal.

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El actor Christopher Lee encarnando el mito del vampiro que prosperó en el imaginario colectivo del siglo XX: pretendida elegancia, supuesto erotismo y un toque hortera.
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El hombre-Lobo cinematográfico, sin embargo, ha sufrido escasa evolución estética. Quizá por su estilo de monstruo bruto y “a la antigua”, siempre ha tenido pinta un poco macarra y desastrada. Lo más que se pudo hacer por él en sagas famosas como Underworld fue quitarle los pantalones y animalizarlo más si cabe.

Egocentrismo y sociopatía

Autores como Picart y Greek señalan que el estudio científico del vampiro y el licántropo, es decir, aquel que parte de una consideración no sobrenatural del hecho atribuyendo las víctimas de estos legendarios personajes a la acción criminal, comenzó a principios del siglo XX. En 1907, el sociólogo norteamericano E. A. Ross publicó un trabajo que el tiempo ha hecho clásico: Sin and Society (pecado y sociedad). En él describe a una nueva especie de monstruo, el criminaloide[5], responsable del sufrimiento de amplios colectivos sociales a causa de su proverbial ambición y una absoluta falta de interés por la seguridad y supervivencia de las clases trabajadoras. Es evidente que Ross quería referirse figuradamente a los gurús del capitalismo que gobernaban con mano de hierro, y aras de sus propios intereses, los destinos económicos de la sociedad capitalista. En la misma teoría abundó el sociólogo de la Escuela de Chicago Robert Park, quien habló en sus trabajos del vampirismo capitalista al referirse al colonialismo económico estadounidense. Conceptos ambos que guardan, por cierto, estrecha relación con el delincuente de cuello blanco del que también hablara por extenso Sutherland.

Lo interesante, en todo caso, es que esta corriente sociológica relacionaba el comportamiento de estos sujetos con una maldad patológica que los transformaba, más que en meros explotadores, en monstruos insensibles. En suma: desde estas teorías se establecía un sugerente nexo entre la actitud –de clara raíz psicopática- de ciertos individuos con respecto a sus congéneres y la clase de conductas que nuestra cultura ha asociado indeleblemente a aquellos seres a los que tradicionalmente se ha otorgado el calificativo genérico de monstruos. Y lo cierto es que las ideas de Ross, Park o Sutherland no sólo inspiraron a los sociólogos, sino también a los estudiosos del crimen que, por primera vez, abandonaron la idea del criminal como sujeto anormal para establecer vínculos conceptuales entre la conducta criminal y los procesos que operan en el medio social que ahora –corrupción va, corrupción viene- nos parecen evidentes pero que en aquellos días distaban mucho de ser tan obvios[6]. La idea de fondo es ciertamente inquietante: vivimos en un mundo regido por una serie de procesos perversos que, por su propia idiosincrasia, producen toda suerte de monstruos.

Robert Ressler
Robert Ressler (1937-2013).

A este respecto, cuando un periodista preguntó al célebre perfilador del FBI Robert Ressler acerca de los elementos que hacían a las sociedades avanzadas –como es el caso de la estadounidense- tan proclives a la aparición de criminales antisociales, su respuesta fue tan concisa como contundente: “la gente se ha vuelto básicamente egocéntrica. Las metas de cada uno han suplantado a las metas de la sociedad. Las personas no están de acuerdo en nada salvo consigo mismas. Todo esto tiene resultados en la conducta. Si hablamos de alguien que sufre disfunciones sexuales o morales y que está educado para pensar que puede y debe solucionar sus problemas por sí mismo, pero al mismo tiempo supone que las relaciones sexuales que debiera tener son inalcanzables, entonces tiende a tomar por la fuerza aquello que está fuera de su alcance. Y, sin duda, un asesino en serie es una persona enteramente disfuncional que trata de ayudarse a sí misma a obtener aquello que quiere sin observar las consecuencias de sus actos”[7].

Lo cierto es que desde un punto de vista antropológico las raíces de la conducta criminal en el ser humano deben buscarse, más que en la propia historia o en el decurso temporal y circunstancial de las sociedades, precisamente en el fondo de los mitos y leyendas de que se ha alimentado nuestra cultura desde tiempos ancestrales y que han de tener alguna clase de fundamento real, al menos en su objeto central. Basta con releer algunos libros del Antiguo Testamento, observar las mitologías egipcia, grecorromana e hindú o detenerse en las sagas nórdicas para encontrar centenares de relatos sobre agresiones sexuales, agresión, robo, canibalismo, vampirismo, licantropía y otro largo etcétera de brutalidades, perversiones y vejaciones. Por supuesto, los antisociales, se llamasen como quiera en su día, tampoco son una invención del presente. El crimen es tan viejo como la humanidad al punto de que el Génesis bíblico, una vez establecida la Creación, explica que la historia de la Humanidad comienza con un delito –el que cometen Adán y Eva al vulnerar la única norma que Dios les impone-; continúa con un fratricidio –cuando Caín mata a Abel-; y concluye con un genocidio en la forma de Diluvio Universal. Es obvio que el texto fue compuesto por un buen observador de la condición humana.

Cain and AbelTitian c. 1570
Así vio Tiziano el asesinato de Abel a manos de Caín.

Con anterioridad a la aparición de la psicología y la psiquiatría forenses tal y como hoy las conocemos, ninguna otra corriente dedicada al estudio de los procesos mentales había prestado tanta atención a este tipo de cuestiones como el psicoanálisis. Puede que las explicaciones de los procesos inconscientes ofrecidas por los psicoanalistas desde Freud sean consideradas injustamente y con algo de malicia –más por ignorancia de los principios que por un verdadero esfuerzo de comprensión- como elucubraciones sin fundamento. Pero lo cierto es que la psicología y la psiquiatría nunca han dejado de prestarles atención, bien sea de soslayo al punto de que muchos conceptos que hoy damos por buenos fueron, originariamente, concebidos por psicoanalistas. Lo cierto es que actos como los de succionar, morder o el culto patológico a los muertos y lo sobrenatural tienen hondas raíces psíquicas y culturales que no han de ser minusvaloradas si se pretende comprender las motivaciones últimas de la necrofilia, el vampirismo y la licantropía. Ernest Jones, por ejemplo, escribió que no hay cultura en la que no exista la creencia de que los muertos, en determinadas circunstancias, observan a los vivos y sientan un impulso irresistible de retornar con ellos con cualquier propósito. En consecuencia, tampoco resulta extraño que en todos los lugares del mundo existan relatos de fallecidos que visitan a los vivos, los ayudan, los poseen o simplemente tratan de destruirlos. Del mismo modo, a fin de contrarrestar el supuesto poder de los muertos o sus demandas, en toda cultura se dan ritos de apaciguamiento, respeto y consuelo para con las almas de los que se fueron[8].

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Y el malvado Sigmund Freud (1856-1939) te pregunta: ¿a ti te gusta chupar? ¿Y por qué?

Lo interesante es que esto se ve reflejado una idea muy extendida acerca del vampirismo en la tradición eslava: los primeros atacados por un vampiro, cuando retorna, son generalmente sus allegados vivos. Pero, además, tanto en el fondo del vampirismo como en el de la licantropía subsiste un componente sexual que, sin duda, ha contribuido a incrementar el atractivo que suscita. Componente que guarda, a su vez, estrecha relación con el mordisco, el acto de chupar e incluso la acción extrema de devorar al ser amado o deseado como forma de posesión total, plena, absoluta. En otro caso, por lo demás, y sin tener presente la influencia de un patriarcado milenario que enfatiza el valor intrínseco de la heterosexualidad, resultaría inexplicable la creencia legendaria de que los vampiros y los hombres-lobo prefieran como víctimas a personas del sexo opuesto. Tampoco el supuesto subyacente a muchos de estos relatos de que, contra todo pronóstico, las personas atacadas por estos seres sientan al mismo tiempo terror y fascinación[9].


[1] Conviene realizar una precisión terminológica ya que el hombre lobo y el licántropo son cosas semejantes pero no lo mismo. El primero es aquel que tiene el poder de transformase en lobo físicamente mientras que el segundo es, precisamente, el sujeto que posee una visión distorsionada de la realidad que le hace creer que puede metamorfosearse en lobo y que, consecuentemente, durante los momentos en que se cree transformado se comporta como tal.

[2] Fondebrider, J., Licantropía. Historias de hombres lobo en Occidente. Buenos Aires, Adriana Hidalgo Editora, 2004.

[3] Herodoto, Historia. Libro IV. Madrid: Gredos, 2001.

[4] Fondebrider, 2004, Op. cit.

[5] Evidentemente, el concepto no fue acuñado por Ross, sino por Cesare Lombroso y es muy probable que se este autor se inspirase en la obra pionera de los componentes de la llamada Escuela Positiva del Derecho Penal. Ahora bien, el uso que hace del concepto, desde un punto de vista sociológico, es enteramente novedoso.

[6] Pérez-Fernández, F., Imbéciles morales. Consideraciones históricas de la mente criminal. Jaén: Ediciones del Lunar, 2005.

[7] Kouri, J., Criminal Profile: The Monsters Within. En Internet [www.oscweb.com].

[8] Jones, E. (1951). On the Nightmare. New York, Liveright. Existe traducción al español: La pesadilla, Buenos Aires, Hormé, 1967.

[9] Christopher Lee, actor que se hizo mundialmente famoso encarnando al Conde Drácula en las películas de culto que la factoría británica Hammer realizó en los años 50 y 60 no alberga duda alguna al respecto: “Drácula ofrece la ilusión de la inmortalidad, el deseo subconsciente que todos tenemos de poder sin límites. […] Es la imagen del superhombre con un atractivo erótico para las mujeres, que lo encuentran totalmente seductor”.

Conjurando a Frestón

Vuelo de Clavileño


El vuelo de Clavileño

Brujas, locos, pócimas, fármacos, médicos e inquisidores a través de la literatura cervantina

Francisco López-Muñoz / Francisco Pérez-Fernández

Prólogo: Juan Ramón Biedma

Madrid, Delta Publicaciones, 2017


Si alguien, hurgando en los estantes de cualquier librería, se encuentra con este libro y atraído por lo curioso de su título se decide a tomarlo, a buen seguro echará un vistazo a la contraportada. Y cuando así obre se encontrará con este texto:

“Este libro, desde la excusa cervantina, propone un viaje profundo —y crítico— al mundo de las brujas y hechiceras durante la España Áurea, un mundo de turbias supersticiones y calderos pestilentes, brutales persecuciones y torturas, fraudes médicos consentidos, leyes asfixiantes y represivas, inquisidores intransigentes, pseudoconocimiento y misoginia cerril, que se ocultaba bajo la alargada sombra de la fe absoluta, la pureza de sangre y las pretendidas buenas costumbres. Las brujas, sus cuitas y su mundo eran cosa bien conocida por Cervantes, en cuya obra los pícaros, curanderos, embusteros, timadores, ladrones y vividores son especie común por vista de cerca y formar, además, parte intrínseca de ese mosaico existencial, acrisolado de pasados que se cierran y futuros que se abren, que es el Siglo de Oro español. En sus obras se aprecian las muchas experiencias vitales del autor, su singular circunstancia y su vasta cultura: Cervantes conocía bien la medicina de su tiempo, al proceder de una familia vinculada al oficio, e incluso la farmacopea no le era ajena, pues disponía en su biblioteca particular de un la exploración del carácter, como buen conocedor de Juan Huarte de San Juan, y sabía mucho de los entresijos y submundos de la sociedad y la cultura que vivió, y a la que a menudo sobrevivió. Que la obra de Cervantes es una fuente inagotable de inspiración, que admite infinidad de lecturas, no es cosa nueva, y prueba de ello es el mundo de la brujería y sus fenómenos afines, que tanto le fascinaron. De hecho, de los textos cervantinos se extrapolan afirmaciones que hoy día podrían parecer evidentes, como que las prácticas de brujería carecían de influencia satánica y que sus unturas y pócimas solían elaborarse, obviando la excusa ritual, con fines meramente recreativos y lúdicos.”

¿Suficiente? Quién sabe. Lo cierto es que toda obra -igual da su calidad e interés manifiestos- siempre esconde muchas lecturas. De hecho, lo que hace bueno a un libro, más allá de la técnica de quien lo escribe o de la pericia de quien lo lee, reside en la habilidad del autor para exponer y superponer niveles de lectura, así como en la facilidad con la que estos quedan accesibles al posible lector. Por ello, cuando Dickens comenzó su celebrada Historia de dos ciudades con aquella sentencia mítica: “era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos”, estaba haciendo mucho más que regodearse en su indiscutible eficacia como autor: estaba dotando a su obra de un halo de intemporalidad que la haría atractiva para cualquier lector y en cualquier tiempo, que no es poca cosa.

Por eso es que los libros, en general, son siempre peligrosos para los fanáticos, los doctrinarios y los totalitarios. Abren puertas y modifican realidades. Y del mismo modo que a Don Quijote los libros lo perdieron, paradójicamente, fue también que lo salvaron. Y algo de esto debieron barruntarse aquellos que pretendían sacar al Alonso Quijano escondido en la locura del Caballero de la Triste Figura cuando la única forma que se les ocurrió para intentar atraerlo a la cordura fue quemar los libros y tapiar el cuarto de lectura. Desastre del que Don Quijote se libera, precisamente, inventando otra ficción al culpar de todo aquello a uno de sus archienemigos; el sabio Frestón (el nombre del personaje ya es deliciosamente antinómico). Y así es como la vida de cada hombre, en manos de Cervantes, se va convirtiendo en una espiral de verdades, mentiras, ficciones, creaciones y recreaciones que se hacen cosmovisión y perfilan “el mundo” de cada cual. Por eso los dogmáticos han de pasar la vida conjurando a ese paradójico secuestrador de saberes que es el tal Frestón; porque los libros son llaves que abren puertas y ventanas que -creen- debieran permanecer cerradas a fin de asegurar el pensamiento único.

Esto es lo que trata de mostrar este libro, El vuelo de Clavileño, que en realidad es un libro de libros, desde libros y para otros libros. O, por mejor decir, una puerta hacia otras puertas que, a su vez, abren pasillos, túneles y caminos hacia realidades solo aparentemente diferentes en la medida que versiones anteriores de la nuestra. Así debiera leerse más allá de tecnicismos, precisiones, teorías y retóricas -de las cuales hay muchas en la obra- porque con tal deseo se concibió. De hecho, cuando Faulkner decía que el pasado no pasa, que nunca es del todo pasado, que está aquí y ahora, lo que pretendía decirnos es que nada desaparece del todo sino que en todo caso se recicla, se disfraza,  se reconstruye y vuelve de otro modo, en otra forma.

Cuando mi compañero -y amigo- Francisco López y yo concebimos la idea de este libro teníamos claro bien fuera de manera inconsciente el argumento de Faulkner. Creímos, con Dickens, que todos los tiempos son los mejores y los peores al mismo tiempo. Pensábamos, desde la modestia más certera, como Cervantes: que si un libro te condena, solo un libro puede salvarte, y que no existe mejor antídoto contra el veneno de la ignorancia, frente al no saber quiénes somos, que el redescubrimiento de ese pasado que, en realidad, nunca pasa del todo pues lo único que ocurre es que raramente lo reconocemos al verlo oculto tras sus nuevos disfraces. ¿Lo hemos conseguido? En realidad lo ignoro y no creo que ningún autor sepa realmente si ha hecho poco más que escribirse a sí mismo cuando escribe cualquier cosa.

Sea como fuere, el libro está ahí y habla ya por sí mismo.

 

De la banalidad del mal a la victimización

“Hay hombres sanos y hombres enfermos, pero los hay medio sanos y medio enfermos y los hay convalecientes. Hay hombres buenos y malos, pero los hay ni buenos ni malos. En todas las cosas hay matices”.

Miguel Gayarre Espinal (1886-1936)


hannah-arendt
Hanna Arendt

Cuando Hanna Arendt (1906-1975), inspirada por el juicio del nazi Adolf Eichmann (1906-1962), que comenzó en Jerusalén en 1961, habló de la “banalidad del mal”[1], no sólo trataba de mostrarnos cómo la maldad es por lo común una actividad y una consecuencia –el proceso y resultado de una situación personal concreta- antes que una improbable condición metafísica inherente a los individuos tal y como se deduce de la sentencia del doctor Gayarre que encabeza esta entrada. Quería Arendt ir más lejos en la medida que trataba de esclarecer en alguna medida sus efectos sobre las víctimas directas e indirectas de los actos malvados y, con ello, ofrecernos la posibilidad de extraer consecuencias valiosas en el plano victimológico. Consecuencias que en estos tiempos, en los que la cultura se ve teñida de un esencialismo terrible, estereotipado y etiquetador, del que nos servimos para enjuiciar, calificar, denominar y condenar sin llegar nunca a comprender del todo son, creo, más pertinentes que nunca. Basta con observar la ligereza con la que se esencializa a las personas –y a los colectivos- en los titulares de prensa, con fines por lo común inconfesables, para darse cuenta de que algo perverso está ocurriendo con nuestra comprensión de la realidad.

Del mismo modo que Eichmann llegó a convertirse en un terrible criminal y genocida, no por perversidades diagnosticables e inherentes a su personalidad, sino por formar parte de un conglomerado burocrático enfermizo cimentado sobre la política del exterminio –y en tal sentido puede decirse que simplemente era un tipo que “hacía su trabajo” con total independencia de lo terrorífica o censurable que esa ocupación nos resulte-, carece de sentido pensar que las maldades que nos afectan en la vida diaria, o que nos conducen a la victimización, tienen algo que ver con alguna clase de esencialidad o destino cósmico. Y esta impresión, humana si se quiere en la medida que somos buscadores de sentidos, es algo de lo que hay que desprender a la víctima cuanto antes si lo que pretendemos es su recuperación personal, moral y social.

La falacia de la seguridad

Todos nos hemos convencido –pues resulta tranquilizador- de que el mal que puede llegar a afectarnos en un momento dado es controlable, restringible e incluso erradicable si somos capaces de seguir ciertas directivas y conductas tópicas, de manual, que nos mantengan “seguros”. Por eso precisamente sentir en primera o tercera persona el golpe de mal en cualquiera de sus formas –agresión, robo, asalto, violación, atentado y etcétera- nos sume en la estupefacción, pues nos relanza con enorme violencia a replantearnos las cuestiones de partida, hecho que tiene consecuencias muy severas no solo en nuestras vidas particulares, sino en el funcionamiento de la sociedad en su conjunto: ¿cómo es posible que pueda pasar/pasarme esto cuando he hecho todo lo que debería? ¿En qué consiste “estar seguro”? ¿Se puede realmente estarlo? ¿Cuánta de mi libertad he de conceder a quienes velan por mi seguridad para vivir tranquilo?

He aquí uno de los grandes problemas que la victimología trata de resolver: el de esa aparente contradicción entre la aleatoriedad y la necesidad que subyace al proceso de victimización. El prejuicio, impuesto por el sentido común, de que ser víctima es, bien un azar incontrolable, bien el resultado de haber hecho algo indebido, y de que el mal que un agresor motivado –por las razones que fueren- podría procurarnos puede ser minimizado, o eludido, si cumplimos escrupulosamente con ciertas reglas “de manual”. Nada más lejos de la verdad. El mal, llámese como se quiera, existe como evento y nos golpea, o puede hacerlo, simplemente porque vivimos. Y cuanto más complejas son las sociedades en las que desempeñamos nuestra existencia, mayores son los riesgos en la medida que resulta imposible controlar todas las variables en juego. A menudo ni tan siquiera sabemos que tales variables existen o que están operando en determinados contextos.

Esto es lo que nos muestran, por ejemplo, las historias personales de las víctimas de los atentados yihadistas que Madrid sufrió el 11 de marzo de 2004. Relatos que se repiten una y otra vez en boca de los supervivientes: personas que llevaban vidas perfectamente normales y que ignoraban estar en riesgo por la sencilla razón de que hacían lo correcto, lo rutinario, lo de siempre, y nada había que temer. Precisamente, uno de los problemas inherentes a la victimización surge de esta ignorancia de los procesos del mal a la que se suma la falacia del aparente control o de la aparente seguridad: ¿Por qué yo? ¿Por qué a mí? Parafraseando a Jean-Paul Sartre, podríamos decir que el mal siempre es “el mal de los otros”… Pero siempre cabe repensar las situaciones para entender cómo y por qué la banalidad del mal de la que hablaba Hanna Arendt puede golpearnos en cualquier momento: España llevaba décadas golpeada por el terrorismo de ETA. Estados Unidos había sufrido el terrible atentado yihadista del 11S… Pero nadie pensaba en eso en aquellos trenes de cercanías que fueron dinamitados. En realidad todos éramos víctimas potenciales de un atentado de estas características y el riesgo era muy real, pero decidimos ignorarlo sistemáticamente y de manera transversal, desde los que gobernaban nuestros destinos hasta nosotros mismos. Estábamos “seguros” y “hacíamos lo correcto”… ¿Qué podría sucedernos, entonces? ¿Por qué atormentarnos pensando que podría pasar lo que probablemente no pasaría?

Pero podría suceder y, de hecho, sucedió.

11m

El colapso de la civilización

Los testigos directos de los primeros momentos que se producen en los escenarios de un atentado terrorista en cualquier país occidental casi siempre los describen del mismo modo. Es una precisa imagen del colapso civilizatorio que supone comprender, de súbito, que cualquier forma de seguridad es tan sutil que alguien bien motivado –interesado- puede convertirla en aparente y falaz. Que la civilización que nos acoge es sensible, frágil, y puede convertirse en un espejismo que nos confunda. No es raro que en estos casos tanto policías como bomberos o médicos nos describan –con obvia perplejidad- algo que nunca pensaron ver en un “país avanzado”: un escenario de guerra. El silencio posterior a la batalla.

Todos los testigos de estas situaciones recuerdan siempre, y ante todo, el silencio. Inciden con suma estupefacción en el hecho de que nadie habla, de que nada se escucha. Es, reflexiono, un silencio devenido de la más profunda incredulidad. El silencio de quienes no comprenden qué ha pasado, ni por qué, ni a qué objeto responde lo que ocurre. El silencio del sinsentido. El silencio de la vejación vivida. El silencio de quienes nunca creyeron que aquello podría ocurrirles porque no eran conscientes del riesgo en la medida que hacían lo correcto a diario y vivían “seguros”. Es el silencio del colapso de la civilización: de las mentiras que se derrumban de súbito para mostrarnos la atroz realidad que subyace al escenario de la vida y cuyo impacto no podemos evitar sino, en todo caso, únicamente minimizar.

Empiezan a sonar los teléfonos móviles y se rompe ese silencio. La civilización que se ha fragmentado durante unos minutos vuelve a la vida. Todo recomienza –“como un reset” lo describió gráficamente un enfermero del SAMUR-. De repente las víctimas saben que lo son y que están vivas para no dejar de serlo nunca más. De súbito todo el mundo se hace consciente de la magnitud de lo que ocurre y encontrar a los vivos se transforma en obsesión. Comienza el rescate y el terrible recuento que viene primero: separar a los que viven de los que han muerto.

La civilización se reanuda.

Atentado Londres
Atentado de Londres, en 2005 [Fuente BBC].

¿Por qué?

Una vez que todo ha pasado y la víctima se ha hecho dueña de sí quiere entender lo sucedido tal y como querría hacerlo cualquier otro en su pellejo. Necesita sentido. Saber por qué ha tenido transformarse en víctima para interesarse por aquellas cosas que ni tan siquiera sabía que existían. Es una suerte de terapia: no temas, aprende. He conocido a víctimas de todo tipo que, conducidas por esta obsesión de sentido, se han convertido en auténticos especialistas en todo aquello relacionado con la clase de crimen que sufrieron. El problema, lamentablemente, es que bien pronto se dan cuenta de que los intelectualismos no satisfacen los “porqués” más profundos del problema, los emocionales, los sentimentales. Se sabe, se aprende, pero ese saber no cura.

Se trata de algo que te ha hecho otro, un malvado –moral o circunstancial-, alguien que te odia, que desea tu mal, que quiere desposeerte de algo valioso sin que sepas por qué. Sin que hayas hecho nada para merecerlo. Esto genera en la víctima una preocupación profunda y una mayor incomprensión, terror e indefensión. Las respuestas que se encuentran nunca satisfacen las dudas o los miedos perennes que se han instalado en su vida. Esto precisamente es ser una víctima fungible, inocente, comprender que nunca podrás entender del todo los motivos por los que eso te ha pasado a ti, o qué has hecho -si es que puede afirmarse con rigor que hayas hecho algo realmente- que justifique el daño del que has sido objeto.

Sobrevivir no es bastante. Solo es el primer paso. A la supervivencia le sigue la soledad de la desgracia. Le sobrevienen el pánico, el dolor y muy a menudo ese odio visceral, sucio, que puede llegar a ser todavía más destructivo que la herida sentimental. A la supervivencia le sigue la simple y llana desesperación.

victima-de-una-maldicion-familiar

Una desesperación que solo la entiende la víctima, pues nadie más está en disposición de asumir sus emociones a medida que el tiempo pasa… No es solo el daño físico, sino ante todo el daño moral. La civilización ha vuelto y trata de acogerte –es cierto-, pero como reconocen muchos “no te asume”, “no te entiende”, “no sabe por qué no dejas todo eso atrás”. Existen las indemnizaciones, las palabras de ánimo, los actos solidarios, y se agradece pero llegan incluso a ser molestia pues las secuelas psicológicas son ya cosa que la víctima debe gestionar sola… Todo cuanto le recuerde aquellos acontecimientos le provocará la misma ansiedad que ya vivió, el mismo terror, la evitación de ciertas circunstancias, el pánico inveterado a determinados eventos, el temor irracional a salir a la calle: la civilización ha vuelto a tu alrededor, en efecto, pero eres ya una víctima. Todo cuanto te daba cobijo, amparo y seguridad ha quedado destruido. Y las dudas permanentes que se repiten y que nadie resuelve, la culpa, el horror: “¿Me volverá a pasar? ¿Podré evitarlo si vuelve a ocurrir? ¿Podré liberarme de este miedo irracional? ¿Podrán entenderme? ¿Me culpabilizarán por esto? ¿Qué he hecho yo para merecérmelo?”.

Ser victimizado no es un exactamente un azar, pero tampoco forma parte de un plan cósmico. No es, al igual que la maldad, una condición esencial y/o metafísica. Es cierto que a menudo nadie puede comprenderlo del todo, pero se puede salir. Debes esforzarte y combatir. Porque, como decía el doctor Gayarre al comienzo, en todo hay matices. Incluso en la esperanza.


[1] Arendt, H. (1963). Eichmann in Jerusalem: A report on the banality of evil. New York (NY), USA: The Viking Press. Traducción Española: Eichmann en Jerusalén. Barcelona, España: Random House Mondadori.

¿Y tú qué pareces?

El médico británico Charles Goring (1870-1919), temiendo que el lombrosianismo que se extendía por el continente europeo como una mancha de aceite no fuera otra cosa que una falacia pseudocientífica, decidió tratar de comprobar por sí mismo hasta qué punto las teorías del médico transalpino Cesare Lombroso (1835-1909) y sus seguidores eran confiables. De tal modo, en 1913, publicó un estudio apoyado en masiva información estadística que contrariaba con absoluto rigor las tesis lombrosianas[1] y que, no obstante, fue misteriosamente ignorado en su momento. El caso es que Goring hizo algo bien sencillo que hasta entonces, al parecer, se había considerado innecesario: primero reunió nutridos grupos de reclusos con características que, a tenor de los expertos que los evaluaron, eran supuestamente atávicas y degenerativas. A renglón seguido procedió a una meticulosa comparación de estos colectivos con otras poblaciones criminales que no mostraban los terribles estigmas físicos descritos por Lombroso y sus seguidores. Después, comprobó las muestras poblacionales con otras compuestas de individuos que nunca habían delinquido… Y sucedió lo que ya se temía: no encontró diferencias significativas entre las diferentes muestras poblacionales, por lo que no había motivo científico alguno para afirmar la existencia de determinada apariencia física en el sujeto y una predisposición hacia el delito en general, o hacia cierto tipo delictual en particular. Pero esta y otras evidencias no surtieron efecto –de hecho ni tan siquiera fueron comentadas más allá de la sorna- por la sencilla razón de que afirmaban algo que nadie estaba dispuesto a escuchar en aquel momento. De hecho, la que sí resultaría profusamente comentada y seguida, por ser mucho más agradable a los intereses intelectuales de la corriente biomédica dominante, fue la aportación de Ernst Kretschmer (1888-1964).

Ernst Kretschmer
Ernst Kretschmer… Imaginemos que este buen hombre tuviera razón: ¿qué te sugieren esas sospechosas orejas puntiagudas? Villano, seguro.

Con la traducción al inglés, en 1925, de su Koperbau und Charakter[2], Kretschmer relanzaba al seno de la comunidad internacional, cierto que reformulada en términos más actuales y por ello mismo menos “sospechosos”, la antigua apuesta de la importancia del elemento biológico en la personalidad de los sujetos. Sostuvo así que existía una unidad morfológica, fisiológica y psicológica tan fuerte en el ser humano que las reacciones temperamentales, en el fondo, no eran otra cosa que un reflejo expreso de su tipo corporal. Una teoría, por cierto, que aún hoy goza de gran predicamento en un sector no precisamente pequeño de la clase psiquiátrica y que viene influyendo de manera muy notable en el ámbito de la cultura popular desde que fuera consolidada. La tesis de que los malos “lo parecen” es tan obvia en ámbitos como el cine, el cómic o las series de televisión que a menudo simplemente basta observar “la pinta” de los personajes para decidir sin miedo a confundirnos quién es el malvado de la historia. De este modo, Kretschmer construyó una tipología humana basada en el factor somático y temperamental que todavía se emplea con más o menos matices en el presente, constituyéndose en otro de los dudosos –y manidos- dejes del positivismo psicofisiológico que aún prevalecen.

Lo sorprendente, parafernalia conceptual aparte -y es importante que el lector tenga en cuenta este aspecto para calibrarla en sus verdaderas dimensiones-, es que se trata de una nueva versión de la misma idea que ya sostuvieron –cada cual a su modo- Hipócrates (460 a.C.-370 a.C.), Galeno (130-210), Della Porta (1535-1615) o Lavater (1741-1801). La misma idea que recuperó buena parte de la incipiente psiquiatría decimonónica y, por supuesto, la misma que subyace a las argumentaciones dudosas e intelectualmente vencidas de Cesare Lombroso. De hecho, más que una teoría científica propiamente dicha, tiene todo el aspecto de tratarse de un prejuicio sociocultural cíclico. La tópica “teoría boya” que flota durante un tiempo hasta que, refutada, se hunde sin llegar a desaparecer del todo a fin de mantenerse bajo la superficie hasta que los hados se tornen propicios.

heroes-y-villanos-spiderman-vs-venom
Vamos a imaginar que tu no sabes nada de estos dos… ¿A qué no tendrías problemas con tan solo ver esta viñeta en diferenciar al “bueno” del “malo”? ¿Y por qué crees que ocurre eso? Yo te lo digo: es lo que pasa cuando determinadas teorías -independientemente de su valor científico y contrastación empírica- se trasladan de suerte acrítica al ámbito de la cultura. Así se consolidan los estereotipos.

somatotipos kretscher

A la hora de llevar su tipología al ámbito de la delincuencia, Kretschmer tuvo ciertas dudas, por lo que se abstuvo de precisar relaciones precisas –o directas- entre delitos específicos y determinado somatotipo en el delincuente. De hecho, tal vez temeroso de ir “demasiado lejos”, quiso ofrecer una tipología criminal de talante aproximativo que, más que entretenerse tal vez de suerte infructuosa en buscar el biotipo criminal -el criminal nato– por excelencia, trató de correlacionar los factores somáticos y temperamentales con grupos muy genéricos de delitos. También introdujo una serie de elementos de carácter endocrinológico que, sin embargo, no aclaró en demasía. Concluyó en todo caso que:

  • Los pícnicos son proclives a comprometerse en delitos sin violencia (robo menor, hurto, estafa, desfalco, ataque a la propiedad, etc.). Raramente recurren al asesinato o la agresión física para lograr sus fines.
  • Los atléticos tienden a los delitos violentos (cometen más o menos el 66% de los delitos de sangre y tan sólo un 6% de ellos son estafadores o similar).
  • Los leptosómicos suelen ser ladrones a gran o pequeña escala. Tienden a verse implicados en agresiones de todo tipo a la propiedad privada o pública. Pueden recurrir ocasionalmente al asesinato o la agresión física.
Somatotipos de Kretschmer
Los somatotipos de Kretschmer (de izquierda a derecha): lepotosómico, atlético y pícnico. Se corresponderían con los de Sheldon, luego veremos como, pero se denominaron así. Es habitual en la literatura confundir ambas clasificaciones y tratarlas como si fueran idénticas.

Sea como fuere, la sugestiva visión de Kretschmer, que en gran medida venía a colocar a la altura de los tiempos las tan discutibles como obsoletas propuestas de la fisognomia de las que que se alimenta, alentó a un grupo de entusiastas seguidores de esta línea “positivista” a proseguir en la misma dirección. Así, a finales de la década de 1930, autores como el norteamericano Ernest Hooton (1887-1954) publicaban exitosos trabajos revisionistas con respecto a la molesta obra de Goring en los que se sostenía la naturaleza subdesarrollada y primitiva del delincuente, al que describe como un ser inferior desde el punto de vista orgánico que suele tener labios finos, hombros caídos, y orejas pequeñas. En todo caso, Hooton no estableció una tipología delincuencial, pero sí correlacionó diversas formas delictivas con el supuesto biotipo de sus autores[3].

Biotipología criminal de Hooton

Biotipo

Clase habitual de delito

Alto y corpulento

Obeso y pequeño

Bajo y delgado

Homicidio y falsificación

Estafa

Hurto y robo

Hooton
No es un neanderthal peligroso. En absoluto. Es nada menos que Ernest Hooton pontificando acerca de lo malo que es parecer lo que él parece. Y es que en casa del herrero…

Sea como fuere, la fiebre por la biología del crimen se ha mantenido viva hasta el presente, especialmente en los Estados Unidos, donde se fundó nada menos que una Escuela Americana de Biotipología de la que han formado parte autores tan destacados en la materia que nos ocupa como el especialista en embriología William Herbert Sheldon (1898-1977), principal continuador del trabajo de Hooton. En efecto, en opinión de Sheldon, autor de Variedades de delincuencia en los jóvenes (1949), la conducta criminal se desarrolla a partir de las particularidades del blastodermo[4] durante el periodo embrionario del individuo. Una teoría que Sheldon vino a perfeccionar, sin duda, pero que ya había sido al menos sugerida en su día –con cierta trampa, por cierto- por el célebre fisiólogo alemán Ernst Haeckel (1834-1919). El blastodermo cuenta con tres capas concéntricas de blastómeros a las que se denomina sucesivamente endodermo (desde el que se origina el aparato digestivo), mesodermo (desde el que se desarrollan huesos, músculos y tendones) y ectodermo (desde el que parte el desarrollo del tejido nervioso y la piel). Así, Sheldon establece que desde el predominio en el desarrollo fetal de cada una de estas capas de blastómeros parten tres tipologías somáticas del individuo: la ectomórfica, la mesomórfica y la endomórfica.

Biotipología de Sheldon[5]

Tipología Física

Tipología Mental

Endomorfo

(Se corresponde con el pícnico de Kretschmer)

Viscerotónico

(Grueso, amante de la comida, relajado, pesado, de caminar lento y reflejos atrofiados. No demasiado inteligente, pero sociable y de buen humor)

Mesomorfo

(Es el atlético definido por Kretschmer)

Somatotónico

(Alegre, dinámico, aventurero y ambicioso. Muy dotado para la interacción social, enérgico y competente, pero de inteligencia media-baja)

Ectomorfo

(Gran desarrollo de las estructuras nervo-cerebrales).

Cerebrotónico

(meticuloso, cerebral, de pensamiento ágil y dinámico. Tiende a mostrarse muy severo y poco tolerante, sensible y amante de la intimidad).

William Herbert Sheldon
William Herbert Sheldon.

Sheldon apoyó su teoría en abundante investigación fotográfica, profusas mediciones antropométricas y análisis factoriales de tales medidas, lo cual le permitió llegar a establecer tres correlaciones –siempre estadísticas- más o menos constantes entre la complexión corporal del individuo y la psicopatología:

  • Constitución endomórfica predominante y psicosis maníaco-depresiva.
  • Constitución mesomórfica predominante y delincuencia en general.
  • Constitución ectomórfica predominante y esquizofrenia.

El neolombrosianismo siguió adelante durante la década de 1950 con aportaciones de relevancia, como las realizadas por el matrimonio compuesto por los criminólogos Sheldon y Eleanor Glueck[6], pero pronto se le fue acabando la cuerda en la medida que muy a pesar de su esforzado aparataje estadístico, siempre quedaban dudas en cuanto a la causaciones últimas y, por otro lado, lo que funcionaba para el colectivo, parecía mostrar escasa aplicabilidad en el ámbito individual. No es lo mismo decir, como hicieron los Glueck por ejemplo, que entre los delincuentes siempre había un mayor número de mesomorfos, que determinar que alguien podía ser delincuente por el simple hecho de tener un biotipo mesomórfico… ¿Qué hacer entonces con los millones de mesomorfos que no habían cometido delito alguno? ¿Habría que encerrarles como política preventiva? ¿Deberíamos sin más dejar de fiarnos de ellos o alejarlos de la vida pública? O, peor todavía, imaginemos que tenemos dos sospechosos de un delito que responden a biotipos diferentes, siendo las pruebas inculpatorias muy similares en ambos casos… ¿Hemos de sospechar principalmente del mesomorfo por la peregrina razón de que no es endomorfo?

Embriología comparada
Embriología comparada.

Como vemos estas sugestivas –e imaginativas- teorías se topaban en la práctica con dificultades insalvables al ser notoriamente erróneas en su planteamiento pues, como manifiesta Gregory, “1) la complexión puede influir en la conducta, sea de modo directo, o indirectamente al modificar las experiencias a las que está sometido un individuo; 2) la conducta puede influir en la constitución de modo directo, o de modo indirecto por modificación de algunos factores que actúan directamente en la constitución; o 3) la constitución corporal y la conducta pueden ser influidas de modo independiente por otro factor determinante; v. gr.: la ‘dote’ genética o las experiencias en relación con la pertenencia a una familia o grupo socioeconómico”[7]. O lo que es igual: resulta imposible determinar cuánto de lo que una persona “es” deriva de su constitución orgánica, de su genética, de su conducta o del ambiente… O, dicho de otro modo, no es posible determinar con perfecta exactitud cuánto de lo que una persona es en un momento dado se debe a factores filogenéticos y cuánto es producto de factores ontogenéticos –nature or nurture-.

El fracaso a la hora de establecer una biología del crimen ha inducido a los partidarios de los diferentes enfoques positivistas y fisiologicistas a adoptar nuevos puntos de vista, no menos estrechos que los descritos y tampoco excesivamente diferentes en el fondo, pero sí más difíciles de combatir al venir pertrechados de una verborrea “cientificista” –que no “científica”- y un ropaje tecnológico –no siempre claro ni coherente- de compleja factura, pero igualmente inútil a la hora de establecer evidencias y correlaciones claras.

Pero eso, no obstante, lo discutiremos otro día. Ahora lo que debes hacer es ir corriendo a un espejo, no vaya a ser que tengas algún parecido sospechoso y estés -mucho ojo- al borde del delito.


[1] Goring, Ch. (1913). The English Convict: A Statistical Study. His Majesty’s Stationery Office, London.

[2] Se ha tomado como referencia la 4ª edición española de 1967: Constitución y carácter: Investigaciones acerca del problema de la constitución y de la doctrina de los temperamentos. Barcelona, Labor.

[3] Hooton, E. (1939). The American Criminal: An Anthropological Study. Cambridge (MA), Harvard University Press.

[4] El blastodermo es el acumulamiento celular del embrión cuando se encuentra en estado de blástula. Está conformado por una o varias capas de blastómeros, o células resultantes de la división celular del huevo tras la fecundación, dispuestos periféricamente en torno a una cavidad a la que se denomina blastocele. La blástula es la fase embrionaria precoz que sigue inmediatamente a la segmentación del óvulo (o conformación de la mórula).

[5] Realizado a partir de Sheldon, W.H. (1954). Atlas of Men. New York, Harper & Row Publishers, Inc.

[6] Glueck, S. y Glueck, E. (1956).  Physique and Delinquency. New York, Harper & Bros.

[7] Gregory, I. (1970). Psiquiatría clínica. México D.F., Editorial Interamericana S.A. (2ª ed.), p. 114.

El paladín de la hipnosis

Tal y como Wilhelm Wundt (1832-1920) la presentó en 1879, la psicología como ciencia versaba sobre los procesos conscientes, que fueron asumidos por la propuesta introspeccionista como único área legítimo de conocimiento al tratarse del único que podría considerarse “empírico”. Ello propició que la constitución de la psicología como ciencia dejara de lado la explicación de fenómenos psíquicos evidentes como las alteraciones debidas a discontinuidades del consciente -sueños, amnesias- o los estados de sugestión inducida –hipnosis-, fenómenos que sin embargo eran bien conocidos desde la antigüedad y se encontraban en el fundamento de múltiples manifestaciones culturales. Así, la elección que Wundt justificaba a través de exigencias metodológicas, pronto fue contemplada como algo arbitrario. El caso de la hipnosis en particular y de la sugestión en general es paradigmático por cuanto la psicología se obstinó en sus comienzos en negar su existencia hasta que, finalmente, hubo de aceptarla si bien a regañadientes y con reservas, como un estado auténtico pero desusado de la mente.

Franz-Anton-Mesmer
El controvertido Franz Anton Mesmer. Genio para unos, charlatán para otros.

El primer paladín del hipnotismo fue Franz Anton Mesmer (1734-1815), un médico  austriaco de carácter visionario, que retomó las investigaciones de autores como Paracelso (1493-1541) y van Helmont (1577-1644), así como los testimonios del sacerdote Johann Joseph Gassner (1727-1779), quien se valía del hipnotismo en la práctica del exorcismo arguyendo que ciertas enfermedades estaban provocadas –cómo no- por posesiones demoníacas[1]. Sin embargo, Mesmer dio un giro radical a la comprensión del fenómeno al aplicarlo sistemáticamente al tratamiento de las enfermedades nerviosas.

El bautizado como mesmerismo se basaba en la teoría del magnetismo animal, según la cual todo ser vivo posee un fluido magnético que altera o rige su comportamiento inconsciente, y sobre el que se puede intervenir físicamente. Dicho fluido ocupaba el universo -como un éter- y, aseguraba Mesmer inspirándose en la clásica teoría humoral, la buena salud dependía del equilibrio del mismo dentro del organismo. Así pues, un manipulador eficiente del fluido magnético -o magnetizador, como gustaba de llamarlo- podría curar aquellas enfermedades relacionadas con los desequilibrios del fluido utilizando alguna suerte de magnetoterapia.

La popularidad del mesmerismo creció tan rápidamente que no tardó en desencadenarse un considerable revuelo en el seno de la medicina oficial, por lo que Mesmer fue acusado de curanderismo. Por intervención de Luis XVI, la Academia de Ciencias y la Facultad de Medicina de París arbitraron en la controversia para someter a examen la propuesta de Mesmer. La comisión creada al efecto concluyó que dicho fluido magnético no existía y que, de existir, tampoco era observable o manipulable en modo alguno. Pero no fue suficiente. La sugestiva teoría de Mesmer, paradójicamente impulsada por la interferencia de la academia parisina, se vio reactivada y despertó una polémica considerable así como el interés de un buen número de investigadores. Entre ellos se contaba el cirujano inglés James Braid (1795-1860), a la sazón acuñador del término hipnotismo.

James Braid
James Braid. Buscaba un anestésico y se encontró con la sugestión.

Interesado en la investigación de anestésicos que aliviaran el dolor de los pacientes durante la cirugía[2], Braid logró determinar que un paciente sometido a sueño inducido por hipnosis respondía al operatorio manifiestamente mejor que otro en condiciones normales. Cierto, concluyó Braid, que la hipótesis del dichoso fluido magnético era completamente falsa, pero no así la existencia del llamado estado mesmérico (o hipnosis), que podía ser perfectamente definido como un estado natural del organismo debidamente preparado y comparable en gran medida al del amnésico. Estas conclusiones, presentadas de manera incontestable, vieron la luz con la publicación en 1843 de su obra Neurohipnología.

Persistía, sin embargo, la reticencia oficial. De hecho, entre la aparición del libro de Braid y la publicación en 1864 del trabajo sobre la materia de Ambrose Liebault (1823-1904), el hipnotismo se había ido estableciendo como una práctica médica para cirujanos progresistas, aunque poco respetable y en muchos casos oculta, que venía a paliar la falta de anestesia en los quirófanos. Liebault, fundador de la conocida Escuela de Nancy (Lorena), resumía en su tratado los resultados obtenidos con un elevado número de pacientes sometidos a hipnosis y establecía una primera hipótesis acerca del origen fisiológico de lo que llamaba sugestión[3]. Sin embargo, para alcanzar alguna respetabilidad científica el hipnotismo debía ser defendido por alguna figura de gran peso académico.

Charcot, el visionario

Jean Martin Charcot
Charcot.

Jean-Martin Charcot (1825-1893), hijo de un modesto carrocero y el menor de cuatro hermanos, mostró bien pronto un talento extraordinario tanto para las artes plásticas como para los estudios, por lo que terminó siendo el elegido por el cabeza de familia para tales fines[4]. El hecho es que tras estudiar medicina, aunque nunca abandonaría sus intereses artísticos, se encontró ocupado en el Hospital de la Salpêtriere de París, y allí hubo de encargarse hacia 1870 de una sala dedicada a pacientes neuróticas y epilépticas de especial gravedad.

Se vio obligado de este modo a ampliar sus estudios, restringidos hasta entonces a la anatomía y la patología del sistema nervioso, hacia el campo de la histeria. Gracias a ello, se convertiría muy pronto en el líder intelectual de la llamada Escuela de la Salpêtriere, así como en uno de los neurólogos más eminentes de su tiempo. De hecho, cualquier médico de la época interesado en estos asuntos que quisiera hacerse respetar, tenía que contar entre sus méritos con el de haber sido becado para mantener una estancia con el gran Charcot. Bien dotado para la enseñanza y la investigación, se convirtió de este modo en un visionario de la psicopatología que no dudó en utilizar cualquier medio a su alcance. Entre ellos, claro está, se incluyó la hipnosis.

No se trata de una elección casual ni en lo científico ni en lo humano. Charcot siempre tuvo una visión espectacular de la ciencia que nunca se molestó en ocultar ni tan siquiera durante sus clases, que presentaba como auténticas exhibiciones. Hombre de mundo -conocía un buen número de idiomas y citaba a los clásicos de la literatura desde el original-, casado con una viuda inmensamente rica, dotado de un excelente don de gentes, mantenía un estilo de vida fastuoso y contaba entre sus amigos personales a los más importantes nobles, burgueses y políticos de su tiempo. No es extraño, pues, que Francia considerara a Charcot como una especie de príncipe científico, patrimonio nacional que demostraba al mundo el genio francés. Tampoco sorprende que la imagen de Charcot -unida a su innegable talento- obnubilara completamente a quienes estudiaron con él, incluido el posteriormente no menos célebre Sigmund Freud[5].

Charcot en La Salpetriere (Andre Brouillet)
Este célebre óleo de Brouillet nos ofrece una idea perfectamente clara de cómo entendía Charcot sus “exhibiciones” científicas y de cómo presentaba el fenómeno de la hipnosis. De hecho, las sesiones públicas como ésta, que ofrecía en La Salpêtriere los martes y los jueves, llegaron a convertirse en visita obligada para periodistas, escritores, músicos y artistas en general.

Los primeros contactos de Charcot con la histeria –la grande neurose– le llevaron a la desorientación por cuanto las pacientes no parecían tener daños visibles en el sistema nervioso. Hasta entonces, había supuesto como el grueso de la comunidad científica que la neurosis, en cualquiera de sus formas, era reductible a lo anatómico. Es cierto que Charcot nunca renunció a la idea de que la histeria era una enfermedad de carácter neurológico, pero la falta de referentes empíricos le llevó a reconocer el valor del hipnotismo como herramienta de trabajo. El hecho era que mediante hipnosis se podía inducir en la paciente episodios de histeria a conveniencia y en diferentes niveles, de suerte que podían ser estudiados fácilmente[6]. Así pues, el interés de Charcot por la hipnosis nunca fue terapéutico sino experimental en la medida en que permitía acceder a complejos procesos somato-psíquicos.

Tras diez años de investigación, Charcot estableció que el estado hipnótico era una condición patológica en la que ciertas personas estaban predispuestas a entrar. Así, en 1882, expuso sus conclusiones en la Academia de Ciencias de París, consiguiendo avalar de este modo, a través de su reputación científica aunque no sin polémicas ulteriores, el empleo del hipnotismo como método de trabajo “ortodoxo”.


[1] Sánchez-Barranco, A. (1993). Técnica psicoanalítica. Desarrollo histórico, conceptos básicos y fundamentos epistemológicos. Sevilla, España: Arquetipo Ediciones.

[2] Recuérdese que la anestesia farmacológica se presentó en la década de 1840, y que empezó a popularizarse como práctica terapéutica en las de 1850 y 1860, con la aparición del cloroformo y del éter.

[3] Santamaría, C. (2001). Historia de la psicología. El nacimiento de una ciencia. Barcelona: Ariel.

[4] Cagigas, A. (2000). Introducción. En: J.M. Charcot y P. Richer, Los endemoniados en el arte. Jaén, España: Ediciones del Lunar.

[5] Breger, L. (2001). Freud. El genio y sus sombras. Buenos Aires, Argentina: Ediciones B.

[6] En la antigüedad se creía que el útero era un órgano móvil, que deambula por el cuerpo de la mujer, causando enfermedades cuando llega al pecho. A ese movimiento se le atribuían los trastornos sintomáticos de la histeria como las convulsiones. Así pues, la etimología de la palabra (del francés hystérie, y éste a su vez del griego ὑστέρα, “útero”) asume que la histeria es una enfermedad del útero y, por lo tanto, propia de la mujer. Actualmente, y como es obvio, se considera que que no existe relación alguna del trastorno con el útero y que, por consiguiente, no es una entidad exclusiva de las mujeres, por lo que la denominación “histeria” se encuentra en desuso en beneficio de otras como la de “trastorno de conversión”.

 

Historia de una portada

Per Yngve Ohlin
Per Yngve Ohlin, el roquero que era un muerto viviente.

Nacido el 16 de enero de 1969, el sueco Per o Pelle Yngve Ohlin –apodado “dead”, muerto– había tenido una vida complicada. Aquejado desde la infancia de síndrome de apnea obstructiva del sueño, también conocido como apnea-hipopnea[1], fue también víctima de un virulento acoso escolar que a punto estuvo de costarle la vida: a los diez años recibió por parte de sus abusadores colegiales una paliza tan grande que le provocó una hemorragia interna. Salvó la vida de milagro, pues llegó a estar incluso clínicamente muerto, aunque finalmente los médicos conseguirían reanimarlo. No obstante, tras el evento Ohlin retornó distinto, transformado, convertido en una persona extraña a la que sus familiares tenían problemas para reconocer.

Fascinado por el heavy-metal, aprendió a cantar y tocar la batería para terminar fundando, en 1986, la banda Morbid, con la que grabó algunas maquetas y demos que no pasaron desapercibidas en el entonces efervescente ambiente del black metal nórdico. Tanto es así que cuando en 1988 dos componentes de la banda noruega Mayhem deciden abandonarla, el líder la misma, Oystein Aarseth, conocido en el circuito del metal como Euronymous[2], se fijó en él como nuevo vocalista.

Por aquel entonces Pelle –Per- había consolidado una personalidad extraña, compleja y autodestructiva que resultaba rara incluso para gente del pelaje de sus compañeros y que encajaba perfectamente con el significado de su apodo: “muerto”. Entre sus excentricidades más comunes, por ejemplo, se encontraban un odio absolutamente visceral a los gatos, su afición malsana a olisquear cadáveres de animales, la costumbre de autolesionarse, una obsesión desmedida con el vampirismo, la idea de que esta vida solo es un mero sueño transitorio del que se despierta tras la muerte, y la práctica del ayuno sistemático extremo para causarse malestar y dolor. De modo que Aarseth llegaría a comentar que estaba convencido de que su nuevo batería estaba completamente loco… Y que un zumbado como este tipo, fan acérrimo de la violencia y del satanismo, diga esto de ti con cara de cierta sorpresa resulta, cuando menos, sintomático. No en vano, quienes conocieron en la cercanía a Dead manifestaban sin ambages que era un tipo extraño, imprevisible, al que nunca se llegaba a comprender del todo. Y bien lo sabía el propio Aarseth, pues una vez fue apuñalado por Dead en medio de un ataque de ira y por motivos que nunca trascendieron.

Mayhem
Logotipo de la ya legendaria banda de black metal noruego Mayhem.

Fascinado por la muerte

En efecto, Pelle estaba tan absolutamente fascinado por la muerte que coqueteaba con ella constantemente. Sin ir más lejos, durante un concierto celebrado en 1990 en Sapsborg, Noruega, dejándose arrastrar por la pasión del momento, se practicó unos cortes tan profundos en un brazo con una botella rota que hubo de ser hospitalizado durante varios días a causa de la pérdida masiva de sangre. Así las cosas, el desenlace era tan esperado como inevitable, de suerte que nadie se sorprendió por el discurrir de los acontecimientos: El hecho es que la banda Mayhem había adquirido una casa en Krakstad que les servía como vivienda compartida, lugar de ensayo y centro de operaciones. Y fue allí, en abril de 1991, que Per Yngve Ohlin se quitó finalmente la vida.

Tras adquirir un cuchillo de caza aquel mismo día y practicarse algunos cortes en las muñecas y el cuello, Dead debió imaginar que todo ocurría demasiado despacio, por lo que se saltó la tapa de los sesos con una escopeta de caza en las habitaciones de la casa[3]. En la nota de suicidio comenzaba disculpándose educadamente –la urbanidad nórdica ante todo- por haber disparado dentro de la vivienda y dejarlo todo manchado de sangre: “siento que ya no pertenezco a este mundo, mi lugar es la fría soledad de los bosques”.

Dead y Euronymous
Dead (izquierda) y Euronymous listos para la batalla.

Lo cierto es que dada su actitud extrema ante la muerte, sus declaraciones en las que afirmaba que a menudo sentía que sus órganos o su sangre se detenían, y su constante flirteo con el más allá –obviaremos las especulaciones legendarias que aún circulan sobre las extravagantes costumbres previas a los conciertos de Ohlin-, a lo que debemos sumar los antecedentes de sus patologías infanto-juveniles y la nada descartable hipótesis de algún daño cerebral no diagnosticado, se ha especulado con la idea de que el músico pudiera padecer una extrañísima psicosis conocida como Síndrome de Cotard[4].

La portada

El cuerpo fue descubierto por Euronymous, quien se encontró la casa cerrada a cal y canto, por lo que hubo de ingeniárselas para acceder al interior por una ventana para encontrarse la terrible escena. Sin embargo, lejos de ponerse nervioso, hizo justamente lo que a la inmensa mayoría de nosotros nunca se nos habría ocurrido: antes de llamar a la policía, perfectamente calmado, salió de la casa y se trasladó en coche a un centro comercial para adquirir una cámara fotográfica. Luego retornó al hogar y realizó un reportaje fotográfico del cadáver de su compañero. Las macabras fotografías se utilizaron para ilustrar el siguiente disco de la banda, precisamente el que recogía el concierto grabado en Sarpsborg y que lleva por título Dawn of the black hearts (Warmaster Records, 1995).

DawnOfTheBlackHearts
Hela aquí: así quedó este muchacho y así nos lo fotografió su compi. Si tienes una primera edición de esto, con total independencia de lo que consideres que es de buen o mal gusto, te aseguro que tienes una muy cotizada joyita de la historia del rock que vale un buen dinero entre los coleccionistas. Que te lo tasen.

Tras llamar a la policía, dado este extraño proceder, Euronymous sería detenido como sospechoso del asesinato de su compañero. No obstante, a medida que la investigación avanzó, fue puesto en libertad porque aquello era justamente lo que parecía. Cuando un periodista, con posterioridad, preguntó a Oystein Aarseth por su singular conducta, la respuesta del líder de Mayhem no fue menos sorprendente: “¿acaso tu no lo habrías hecho?”

La leyenda negra del rock dice que, antes de llamar a la policía, y tras hacerse un guiso con unos cuantos pedacitos del cerebro de Dead, Euronymous recogió cuidadosamente unos cuantos trocitos de la caja craneal reventada con los que posteriormente fabricó amuletos que envió a algunos de sus colegas favoritos del mundillo del black metal. Se dice que uno de los componentes de la banda sueca Marduk, el guitarrista Morgan Steinmeyer Hakansson, aún conserva uno de ellos… Dato difícil de creer que, sin embargo, nunca ha sido desmentido. Por supuesto, esta historieta nunca probada no deja ser parte de los ingentes chismorreos para fans que circulan inevitablemente en el circuito y que, aunque muy sugestivos, debieran ser puestos en cuarentena.


[1] Este trastorno se debe a episodios repetidos de obstrucción o colapso de la vía aérea superior que tienen lugar mientras la persona afectada duerme. La vía respiratoria se estrecha, se bloquea o se vuelve flexible. La apnea se define como una interrupción temporal de la respiración de más de diez segundos de duración provocando un colapso, bien mediante la reducción (hipopnea) o bien mediante la detención completa (apnea) del flujo de aire hacia los pulmones, y puede producir, entre otros efectos, una disminución de los niveles de oxígeno y un aumento del nivel de CO2 en sangre, así como un pequeño despertar a menudo subconsciente que permite recuperar la respiración normal hasta que se produce el siguiente episodio. La respiración vuelve a la normalidad con un ronquido fuerte o con un sonido parecido al del atragantamiento. La duración de las pausas puede variar entre unos pocos segundos y varios minutos, y normalmente se producen entre 5 y 30 veces por hora.

[2] Supuestamente, se trata de una derivación del nombre del demonio Eurynomos tal y como lo cita Anton LaVey en la biblia satánica, que se ha traducido libremente como “príncipe de la muerte”, pero la etimología no es correcta. Además, Aarseth detestaba a LaVey, al que no dudaba en llamar estafador, por lo que es dudoso que utilizara esta denominación a causa de su influencia. De hecho, Oystein Aarseth, que sería asesinado en 1993 por Varg Vikernes a causa de una deuda, había crecido en una familia evangélica de fuertes tradiciones religiosas y conocía perfectamente las Escrituras, la mitología nórdica y el satanismo.

[3] Irónicamente, tanto la escopeta como los cartuchos que había en la casa habían sido un regalo a la banda de uno de los más fervientes admiradores de Mayhem, Varg Vikernes, el mismo tipo que años después asestaría 23 puñaladas a Oystein Aarseth.

[4] Esta patología debe su nombre al neurólogo francés Jules Cotard, quien la denominó originalmente “delirio de negación” o “delirio nihilista” al presentarlo en una conferencia celebrada en París en 1880. Se trata de una patología de la familia de las psicosis relacionada con la hipocondría por la que el afectado cree estar muerto en sentido literal, es decir, como un “muerto viviente”. Así, se queja de estar sufriendo la putrefacción de los órganos, la paralización del riego sanguíneo, cree no respirar y, en los casos extremos, dice simplemente “no existir”. A veces el paciente se cree incapaz de morir en la medida que ya se considera cadáver.

La terrible historia de las quintillizas


En el presente, a causa de los procedimientos de fertilización artificiales, la probabilidad de que se produzcan embarazos múltiples ha experimentado cierto aumento. No obstante, que se produzcan embarazos múltiples de forma natural es raro, y la probabilidad tiende a reducirse a medida que crece el número de retoños por embarazo (por ejemplo, la cantidad de gemelos univitelinos concebidos de forma natural en España no alcanza más del 2% de todos los embarazos registrados). De hecho, un nacimiento de quintillizos idénticos (monocigóticos), sin intervención médica alguna que lo propicie, es algo tan raro que solo ha ocurrido una vez en la historia –que se sepa-. Sucedió en Canadá en la década de 1930 y, a causa de las absurdas políticas eugenésicas y de protección de la infancia imperantes en aquellos tiempos, se convirtió en motivo para la desgracia, así como para toda suerte de abusos. Y es que, por si no os lo habían dicho nunca, debéis saber que el camino del infierno suele estar empedrado con las mejores intenciones.


Elzira y las Quintillizas
Elzira Legros-Dionne junto a las quintillizas.

“Creíamos que eran gemelos, pero…”

Elzira Legros-Dionne pensaba que estaba encinta de gemelos cuando se puso de parto dos meses antes de lo previsto. Y lo cierto es que el embarazo había sido complicado desde el comienzo, al punto de que se piensa que sobre el tercer mes, tras sufrir unos calambres, pudo perder a uno de los seis que probablemente venían en camino. El médico local, el doctor Allan Roy Dafoe, que no tenía ni la más remota idea de lo que se traía entre manos, le había diagnosticado una “anormalidad fetal” y estaba convencido de que lo que viniera, si finalmente llegaba, no duraría mucho tiempo.

Así, el 28 de mayo de 1934, con la ayuda de dos matronas, trae al mundo a las cinco niñas en el hogar familiar –sorpresa- a las que inmediatamente mete entre algodones. Aquello era todo un récord pero, como decimos, Dafoe pensaba que las niñas no saldrían adelante, de suerte que las arrinconó en un lado de la cama y se preocupó por asegurar la supervivencia de la madre, que había entrado en shock tras el parto. El peso combinado de los bebés, lo único que se registró, era de unos 6 kilos y 100 gramos. Es el padre de las niñas, Oliva-Edouard Dionne, quien advierte pasado un tiempo que siguen con vida y avisa de ello a las matronas, que toman las medidas oportunas.

Estamos en una granja muy modesta ubicada en las cercanías de Corbeil, Ontario (Canadá), y acaba de comenzar un episodio ciertamente vergonzante –hoy olvidado por muchos- en la historia de ese país.

Allan Roy Dafoe y las Quintillizas
Allan Roy Dafoe posa con las niñas a las que va a destrozar la vida. Él no lo sabe, claro, y probablemente tampoco lo reconocería si pudiéramos preguntarle, pero así son las cosas.

Una gran noticia

Allan Roy Dafoe, el doctorcito de pueblo que en la vida pensó verse en otra como esta, se va a hacer muy famoso. De hecho, el nacimiento de quintillizas monocigóticas –toda una rareza, por no decir que un evento científico muy extravagante- se convierte de inmediato en una noticia de alcance internacional. Hay que tener en cuenta que estamos en lo peor de la Gran Depresión –que está afectando tanto a la economía del sur de Canadá como a la estadounidense al tratarse de vasos comunicantes-, por lo que cualquier noticia o evento que asegure entretenimiento y evasión de la cruda realidad se convierte por derecho propio en un fenómeno de masas.

Todo el mundo quiere sacar tajada del caso. Estamos en esos años en los que no hay más entretenimiento que la radio, las ferias ambulantes, los circos y las exhibiciones de fenómenos, que en aquellos pagos son tema común y bien rentable… Y, evidentemente, si hay un fenómeno que mostrar por todo el país ese no es otro que las quintillizas de los Dionne, a las que ya se conoce en todas partes, gracias a la prensa, como las “Dionne Quintuplets”, o simplemente “Quints”. De tal modo, a los pocos días, la puerta de la pequeña granja se convierte en un ir y venir de feriantes, hombres de negocios, promotores de espectáculos… Todos prometen a aquella gente miserable oro a raudales si firman un contrato con ellos. Y Oliva-Edouard, que debe pensar que le ha venido a tocar la lotería, finalmente se decide a rubricar un acuerdo para que se exhiba a las niñas en un stand de la Chicago’s Century of Progress. Algo así –imagino- como “las quintillizas de las incubadoras” o alguna otra cosa grotesca de ese tenor.

Lo cierto es que, por alguna razón que desconocemos, se impuso la cordura y el contrato nunca llegó a hacerse efectivo, pero la tentación de los padres de salir de la pobreza por la posible vía de la explotación de unas niñas de meses y endeble salud, motiva que la opinión pública se preocupe y se movilice. Es así que el gobierno se ve presionado y un tema teóricamente familiar se convierte en una cuestión de Estado que, sin duda, tuvo su máximo impulsor en el descontento del doctor Dafoe, primer interesado en asegurar la supervivencia de las crías por motivos meramente personales. De este modo, cuatro meses después de su nacimiento, las niñas son arrebatadas a sus padres por el gobierno de Ontario bajo el pretexto de que no se les considera adecuados para tener la custodia legal. Luego, en 1935, y por orden expresa del Primer Ministro canadiense, Mitchell Hepburn, el fiscal general Arthur Roebuck, regulariza la situación: la tutela de las quintillizas pasa definitivamente al estado canadiense hasta que cumplan los 18 años.

Si hay algo que sorprende en esta medida manifiestamente cínica, y antes política que humanitaria, es que los Dionne tuvieron tres hijos más tras las quintillizas (Oliva Jr., Víctor y Claude)… Y el gobierno de Canadá nunca tuvo nada que decir acerca de su validez como padres legales en ninguno de estos tres casos. Y es que donde entra un político, también entran los intereses.

Quintland
Panorámica aérea de las instalaciones de Quintland (Fuente: VintagePostcard.org).

Quintland

Como decimos, la aprobación de la Dionne Quintuplets’ Guardianship Act (1935) es el último clavo en el ataúd de las esperanzas familiares de controlar las quintillizas. Yvonne, Annette, Cécile, Émilie y Marie –que así se llaman- pasan a la custodia de la Corona Británica hasta su 18 aniversario, de suerte que sus padres solo lo serán de forma nominal, pero no tendrán responsabilidad o derecho alguno sobre la crianza y educación de las niñas. Para garantizar los adecuados cuidados de las quintillizas se construye en North Bay, a unos 14 kilómetros de Corbeil, la Dafoe Nursery, popularmente conocida como Quintland, que será dirigida como es de suponer por el doctor Allan Roy Dafoe[1]. Un tipo este destinado a la más absoluta mediocridad médica que, de repente, se ha convertido en una estrella mediática de talla mundial que incluso puede publicar artículos en revistas científicas de primer nivel que solo un año antes le estaban completamente vedadas, porque a nadie había importado nunca un pimiento lo que el tal Dafoe tuviera a bien escribir.

Dafoe contaba con todo un elenco de profesionales dispuesto a ayudarle en la tarea: dos enfermeras, un maestro, tres agentes de policía, un conserje y dos asistentas. Tenía, por lo demás, absoluta autoridad en todo lo referente a la educación y acceso a las chiquillas de suerte que la familia solo podría verlas si él lo consideraba oportuno. Y aquí viene la paradoja: poco importaba que el motivo para arrebatar a las quintillizas de su familia fuera el riesgo de explotación, pues este tinglado organizado por el gobierno se basaba precisamente en la exhibición de las niñas, evento que ocurría en dos sesiones diarias, generando así lo que suponía un enorme negocio. Miles de visitantes dispuestos a pagar su entrada para ver al fenómeno nacional, licencias para fabricación de juguetes, calendarios, tazas, baberos y todo tipo de objetos, documentales, reportajes, licencias para insertar fotos de las pequeñas en cajas de cereales, detergente, galletas… e incluso películas. Por supuesto, la familia de las niñas no veía ni un céntimo de ese río de dinero –tampoco ellas- y se presume que el doctor Dafoe, único gestor de las ganancias, solo pudo sacar de aquí la muy acomodada posición económica de la que disfrutó durante toda su vida.

Quintland, Pabellon Principal
Pabellón principal de Quintland.
Five of a Kind (1938)
Five of a Kind (1938); cartel de una de las películas en las que aparecieron las famosísimas Quintillizas Dionne.

Por hacernos una idea, se ha calculado que la presencia de Quintland, durante el tiempo que estuvo en funcionamiento, atrajo a la zona de North Bay a unos tres millones de personas, lo cual significa entre 3000 y 6000 visitantes diarios que hicieron crecer de manera exponencial los negocios hosteleros locales, al punto de que durante los peores momentos de la Gran Depresión, la North Bay Area vivía una pujanza económica sin precedentes. Tanto es así que entre los habitantes de la zona las quintillizas eran conocidas cariñosamente como las “nuggets” (pepitas de oro). De hecho, el “valor de negocio” de las Quints, se estimó en torno al medio millón de dólares estadounidenses anuales en 1938 al tratarse de un negocio que contaba con la enorme ventaja de no tener competencia alguna en el mercado[2].

Gente se agolpa a las puertas de Quintland
Gente agolpándose a la entrada de Quintland en espera del pase de las quintillizas.

No es oro todo lo que reluce

No tardó el doctor Dafoe en generarse una pléyade de incondicionales en la profesión médica dispuestos a cantar sus alabanzas, probablemente polillas que pululan alrededor de la luz de la fama, y que nunca le faltan a esta clase de gente. Prueba de ello es que incluso logró que se organizara un congreso sobre el “desarrollo” de las niñas que generó cierto ruido académico y alguna que otra controvertida publicación[3].

Pero no era oro todo lo que relucía. No es solo que el asunto estuviera montado sobre un vergonzante negocio que Dafoe justificaba asegurando que lo que único que hacía era garantizar el futuro de las niñas –cosa que luego se mostró totalmente incierta-, sino que también se cifraba en una serie de criterios pseudocientíficos y cuasi profilácticos que en realidad contravenían las bases de un desarrollo psicosocial saludable para las pequeñas. La obsesión del doctor Dafoe con la salud, la higiene y la protección “contra los gérmenes” de Quintland era tan extrema que imponía a las quintillizas una vida virtualmente carcelaria: solo interaccionaban entre ellas, solo podían desplazarse libremente dentro de ciertos lugares de las instalaciones, no conocían a otros niños ni tener amigos, solo podían socializar con los adultos que tenían acceso directo a ellas, su estilo de vida era meticulosamente controlado, la disciplina a la que eran sometidas era extremadamente férrea. Tampoco podían ser besadas o abrazadas bajo ningún concepto. No podían posar para una fotografía con naturalidad y su imagen era cuidada hasta extremos rayanos en la demencia, pues era propiedad de un periódico que pagaba escrupulosamente por la exclusiva.…[4]

Dionne Quintets - School Days (1940 - Andrew Loomis)
Uno de los populares calendarios que vendían la inexistente utopía infantil de las Dionne (School Days, 1940: Andrew Loomis).

De tal modo, entretanto los populares calendarios que vendían idílicas imágenes de aquellas niñas que parecían vivir una maravillosa utopía infantil adornaban las cocinas de millones de hogares, la realidad era que se trataba de pobres chiquillas sometidas a un régimen de vida terriblemente riguroso, en un medio inapropiado para el desarrollo de sus personalidades, aplastadas por un régimen de sangrante explotación económica que las había convertido en el medio principal de vida de un pueblo entero.

Publicidad de Palmolive (1937 - Andrew Loomis)
Publicidad de jabón Palmolive protagonizada por las quintillizas Dionne (Andrew Loomis, 1937).

Un detalle significativo: la primera vez que las quintillizas salieron al exterior de la Dafoe Nursery fue en 1939 –con cinco años-, momento en el que viajaron a Toronto para tener un breve encuentro con el rey Jorge VI, que se encontraba en Canadá realizando un viaje de Estado[5].

Con papá y mamá… Pero tampoco

Como es de suponer, Oliva-Edouard y Elzire habían mantenido una larga batalla legal contra el gobierno canadiense a fin de recuperar la tutela de sus hijas, a las que prácticamente no tenían acceso. Se veían ayudados por un creciente grupo de ciudadanos a los que la terrible injusticia que se había cometido no les era indiferente y a quienes, por cierto, la palabrería del doctor Dafoe –que por aquel entonces incluso había logrado publicar un par de famosos libros para madres- no lograba engañar. Más aún: la familia Dionne era de origen francófono entretanto Dafoe, anglófono, se había empeñado en que solo hablaran inglés… Un asunto que en Canadá es muy serio, y que solo venía a agravar la situación.

Así pues, y con el panorama descrito, en 1943, los tribunales fallaron a favor de la familia. El médico, al que se acuso de maltrato psicológico y que pasó de héroe a villano sin escalas intermedias (las polillas volaron a otra parte, que es lo que pasa cuando las luces se apagan), fue relevado de sus deberes para fallecer de una neumonía, complicada con un cáncer, en junio del mismo año[6].

Con fondos extraídos de la fundación de las quintillizas se construyó una mansión de 20 habitaciones junto a la vieja guardería para que la familia pudiera convivir reunida, y que fue bautizada como The Big House. Se mantuvo a la vieja plantilla de Quintland trabajando con los Dionne para garantizar la privacidad y bienestar de las niñas, entretanto las antiguas instalaciones fueron reconvertidas en una escuela católica para señoritas. Sin embargo, el hogar de los Dionne fue de todo menos ejemplar.

Dafoe Radio (Getty Images)
Allan Roy Dafoe, una auténtica figura pública de su tiempo, en una de sus muchas apariciones radiofónicas en las que ofrecía toda suerte de consejos sobre maternidad a la par que informaba acerca del desarrollo de las niñas Dionne (Fuente: Getty Images).

Entre las constantes ocupaciones promocionales de las niñas, el ansia del padre por recuperar cuanto fuera posible de los ingresos perdidos (y dicen las malas lenguas que quizá demasiado “cariñoso” con las pequeñas), las escasas habilidades psicosociales de unas niñas que estaban poco preparadas para llevar una vida más o menos normal, y bajo la presión de un constante escrutinio público que impedía, precisamente, normalizar las cosas, el hogar de la familia Dionne fue cualquier cosa excepto feliz, como las propias chicas manifestaron a lo largo de su vida en muchas ocasiones[7].

Por lo tanto, apenas alcanzaron la mayoría de edad, todas abandonaron el hogar y rompieron para siempre con la familia. Su vida no fue ni remotamente feliz, e incluso en algún caso llegaron al extremo de pasar toda suerte de privaciones económicas que el gobierno canadiense, el mismo que no dudó en embolsarse el río de dinero que generaron las quintillizas cuando tuvo ocasión, trataría de reparar en 1998. Tarde: para entonces, ya solo vivían tres de ellas.

A menudo, la fama solo esconde horrores.

Quintillizas en New York a los 16
Las quintillizas a los 16 años, durante una visita a New York City.

[1] The Evening Independent, 15 de marzo de 1935.

[2] Noël, F. (ed.) (2010). The Dionne Quintuplets and their entourage: Student papers on media representation. North Bay (ON), Canada.

[3] Blatz, W.E. (1937). Abstracts of studies on the development of the Dionne Quintuplets. Can. Med. Assoc. J. 37(5): 424-433.

[4] Dafoe, A.R. (1937). The physical welfare of the Dionne Quintuplets. Can. Med. Assoc. J. 37(5): 415-423.

[5] Berton, P. (2007). The Dionne’s Years: A thirties melodrama. New York City (NY): W.W. Norton & Company.

[6] http://www.thecanadianencyclopedia.ca/en/article/allan-roy-dafoe/

[7] Berton, P., Op. Cit.

El caso del “Zurrumbón”

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Juan Díaz de Garayo: ¿Se fiaría usted de un tipo con esta cara?

En un tiempo en el que la frenología de Franz Joseph Gall, las teorías sobre el criminal nato de Cesare Lombroso y la craneometría de Anders Retzius eran aún tenidas por ciencias serias, Juan Díaz de Garayo y Ruiz de Argandoña se constituía en el paradigma del criminal por naturaleza, de nacimiento y sin posibilidad de eludir un destino prefigurado por fuerzas cósmicas. Un hombre que tampoco podría ser jamás rehabilitado o redimido. No en vano, su cráneo era deforme, brutal. Rostro ancho, frente abombada, cejas prominentes, occipucio muy retrasado y puntiagudo, mandíbulas enormes, pómulos exageradamente marcados, ojos hundidos… Piénsese que por aquel entonces -paraíso pseudocientífico- tener las cuatro muelas del juicio como este que les escribe era considerado un rasgo de primitivismo y tendencia criminal, de suerte que poco más que el garrote vil podía esperar a un individuo portador de las deformidades del maldito Garayo.

Eso sí, y no exageremos, tampoco era “un neandertal” como he llegado a leer por ahí, que hay mucho amigo de la hipérbole suelto. Miren ustedes las fotografías que acompañan a este texto y díganme si alguna vez no han visto suelto por ahí a algún mastuerzo de este talante. Yo, desde luego, sí.

Quienes llegaron a examinarle tras su detención, sin duda instalados ya en el prejuicio inevitable de los malsanos crímenes que había cometido, miraban a un hombre pero no veían otra cosa que un animal. Tal fue el caso del afamado doctor alicantino José María Esquerdo y Zaragoza, quien se interesó por el estudio psiquiátrico de este sujeto y le visitó varias veces en la cárcel. Su análisis del reo, realizado a ojo cual cabe deducir de su testimonio, no escatimaba calificativos como el de “anormal”. Su erudito diagnóstico, observado desde el presente, es de puro escándalo: Imbécil moral[1]. Con apreciaciones y “tecnicismos” de este estilo se pavoneaba Esquerdo en los círculos del saber, conferenciando por doquier, argumentando que un tipo como Díaz de Garayo le podía parecer completamente normal a cualquiera sin experiencia psiquiátrica. Pues vaya.

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El célebre Doctor Esquerdo, encargado del examen de Garayo.

El hecho es que este animal imbécil llamado Juan, apodado Zurrumbón por quienes le conocían, llevó al parecer una existencia completamente normal hasta frisar la cincuentena. Hombre fortalecido por el trabajo duro, de estatura mediana y cuello de toro, tenía al parecer un insaciable apetito sexual que le llevó a casarse hasta cuatro veces, pues enviudó en tres ocasiones, a fin de tener la cama caliente. Es muy probable que de haber logrado satisfacer sus ansias dentro de las uniones matrimoniales sucesivas nunca hubiera llegado a cometer los asesinatos, pues con su primera mujer estuvo casado trece años y nunca se advirtieron en él tales tendencias. El problema, por lo que parece, es que las otras no supieron, no quisieron, o no pudieron tenerlo contento en el cuadrilatero de las sábanas blancas, con lo que Garayo se transformó en el tópico individuo explosivo con la cabeza henchida de ideas raras, bomba ambulante, que podía reventar en el momento menos pensado, por cualquier motivo.

Marzo de 1870

Por aquellos días no existían en muchos lugares de la geografía española burdeles establecidos, y un buen número de mujeres se veían obligadas a ejercer la prostitución, bien fuera temporalmente, al raso de caminos y aldeas. Las meretrices –especialmente las no habituales, que se veían obligadas a tal empleo por los reveses de la vida- ejercían donde salía, y el oficio era generalmente ambulante. En el mejor de los casos un grupo de mujeres regentado por un proxeneta -o una madame- se desplazaba de aldea en aldea con cierta seguridad, en carros traqueteantes y desvencijados, que podían obrar de inopinado prostíbulo. En el peor, una mujer solitaria, a pie, presta al ejercicio más antiguo con quien le saliera al paso –cosa que no era inhabitual-. Bien lo sabía Juan Díaz de Garayo. Por eso cuando -según dijo luego- “los demonios se apoderaron de su mente”, decidió ocultarse a la vera de uno de aquellos caminos en espera de aquella mujer solitaria que ya había divisado en lontananza.

En efecto. La prostituta, conocida por muchos con el mote de la Valdegoviesa, apareció en el camino del polvorín viejo de Vitoria, ya en las afueras solitarias de la ciudad, y el Zurrumbón se le cruzó el paso para llevársela bosque adentro. Ella le siguió el juego porque igual daba uno que otro y el dinero es el dinero, pero Juan Díaz de Garayo era mal cliente: no estaba dispuesto a pagar el precio requerido –cinco míseros reales- para obtener lo que bien podía salirle gratis. De este modo, echando mano de sus incuestionables argumentos físicos, la arrastró hacia los árboles, se aferró a su garganta y le oprimió cuello hasta que perdió el conocimiento. Acto seguido la desnudó, satisfizo sus necesidades, y la remató sumergiéndola en un riachuelo. Luego se fueron los demonios y vino la conciencia. Cuando el ya satisfecho Juan se hizo consciente de sus actos escapó de allí a todo correr.

Pasó un largo año -que se sepa- hasta que los demonios volvieron a pasar factura al Sacamantecas.

Primavera de 1871… Y más allá

Era el mismo paraje desierto y otra prostituta, una viuda pobre que sobrevivía vendiendo su cuerpo y a la que se conocía por aquellos pagos como la Riojana. Vuelta a empezar. Esta vez el crimen serviría para que los insaciables diablillos que movían al Zurrumbón callaran durante otro año y medio, hasta agosto de 1872 en que se volvieron a hacer notar con energías renovadas porque Garayo ya le había cogido el tranquillo y, además, había descubierto una terrible evidencia: a nadie le había importado ni un comino la muerte de aquellas mujeres.

Así que con su modus operandi habitual finiquitó primero a una muchacha de trece años y luego, de forma sucesiva, a otra prostituta. Las circunstancias de ambos asesinatos variaron poco con respecto a los primeros, salvo que ahora Garayo empezaba a perfeccionarse: a la última mujer le arrancó un largo alfiler que llevaba para sujetarse el peinado y se ensañó con ella hasta la saciedad, clavándoselo reiteradamente en el pecho. Sin embargo, y pese a la enorme cantidad de literatura que rueda sobre el caso, no ha quedado claro que el Sacamantecas de Vitoria realmente despanzurrara a sus víctimas, o practicara el canibalismo. Las lagunas de su propio testimonio hacen pensar que, en efecto, pudo llegar a consumir la sangre de alguna de sus víctimas e incluso a probar sus entrañas, pero no parece que estas circunstancias concurriesen en todos los casos, y tampoco es fácil decidir cuánto de lo que Díaz de Garayo dijo, a posteriori, fuera verdad y cuánto fue resultado de su imaginación presidiaria… O de la mano de bofetadas que le arrearon, que también debieron contribuir lo suyo al engrandecimiento del relato.

Sin embargo, cosa común en los criminales psicológicamente trastornados, no era un hombre inteligente y, como asesino, funcionaba de manera asistemática y poco planificada. Su mejor aliado, siempre lo fue para los criminales rurales en aquella España subdesarrollada, era la falta de control policial sobre campos y caminos, así como la poca -o nula- preparación y la escasa dotación de los agentes de la ley. También la suerte. Lo errático de sus crímenes hace pensar que actuaba sin método, cuando se le presentaba la ocasión y la necesidad de satisfacer sus repulsivos instintos se le hacía apremiante. Era un asesino desorganizado. Esto explica el hecho de que muchas de las mujeres a las que agredió -o intentó agredir- lograran a la postre zafarse del que puede presumirse brutal abrazo de este fornido individuo. De tal modo que, en agosto de 1873 se le escapó una prostituta, y en 1874, una mendiga a la que no pudo echar el guante.

Es posible que esto le detuviera momentáneamente por miedo a ser capturado, o puede que no. Nunca lo sabremos con certeza puesto que se piensa que cometió muchos crímenes más de los que confesó o se le pudieron probar. Concurre además la circunstancia de que en esta época enviudó de su tercera esposa y volvió a casarse con una tal Juana Ibisate, de suerte que bien pudiera ser que sus grotescos impulsos sexuales se vieran cumplidamente satisfechos durante una larga temporada.

El caso es que el siguiente asalto reconocido del Zurrumbón, que también terminó en fracaso, tuvo lugar cuatro años después, en noviembre de 1878. Ahora el objetivo seleccionado fue la molinera de Las Trianas, que logró zafarse de él antes de que consumara el delito para denunciarle por asalto. Dos meses de cárcel le costó a Garayo el trance. Sorprende que en aquel tiempo a nadie se le ocurriera relacionarle con los anteriores crímenes del que ya se conocía como Sacamantecas. También fracasó en su intentona de agosto de 1879, cuando abordó a una anciana en la carretera de Castilla. La mujer acertó a propinarle una patada en los genitales y huyó, pero el asesino la siguió para averiguar donde vivía y compró su silencio con nada menos que veinte pesetazas de la época que, para un campesino como él, debían suponer los ahorros de años de privaciones y sudor. Todo menos regresar a los rigores del penal.

Un alguacil disciplinado

El pánico cundía ya en el campo alavés, así como en algunas áreas de Burgos a las que el trabajo o el vagabundeo –su segunda gran afición- habían llevado Díaz de Garayo. Las mujeres se encerraban en sus casas en un radio de cien leguas a la redonda del territorio de acción del Zurrumbón. Las autoridades se esforzaban en la empresa de atraparlo, pero no había forma de dar con él y tampoco, todo sea dicho, se sabía muy bien por dónde comenzar. Su conducta dispersa, los enormes lapsos temporales entre cada golpe conocido del criminal, contribuían en gran medida a despistar a los agentes de la ley. Juan actuaba en la más completa impunidad y puede que ni él mismo fuese plenamente consciente de ello.

Contribuía grandemente a la relativa libertad de acción del Sacamantecas -y no sólo de él sino también de otros muchos criminales de la España de entonces-, el férreo control gubernativo que se ejercía sobre los medios de comunicación al que aportaba lo suyo, sin duda, la proverbial doble moral española. Se entendía que en el tratar de crímenes y criminales, así como en el dedicarse a su estudio, no había otra cosa que un entretenimiento grosero, vulgar, de gente baja y con escasa educación. Así es que cuando España pudo poner, como el que más, su buen granito de arena al avance de los estudios criminológicos, psiquiátricos y psicológicos, resultó que había que vender la apariencia de que este era un país de buenas costumbres y gentes reputadas. Sólo las vacas sagradas, como el antes mencionado doctor Esquerdo, parecían facultadas para hablar de estas cosas, y siempre desde un punto de vista prejuicioso, confuso y sesgado.

Sea como fuere, en septiembre de aquel 1879, Díaz de Garayo volvió a la carga y atacó a María Dolores Cortázar, una campesina joven, alta y fuerte que le opuso gran resistencia. Paradójico. Este hombre poco ágil y nada habilidoso al que se le habían escapado varias ancianas débiles, presa supuestamente fácil para su desenfrenada lujuria, pudo doblegar las violentas acometidas de quien más y mejor se defendió. Le clavó un cuchillo en el pecho para luego cebarse salvajemente con el cadáver… Cuanto más parecía resistirse la víctima, más parecía disfrutar el Sacamantecas de su victoria, lo cual nada tiene de extraño en las agresiones de motivación sexual. No tuvo bastante. Dos días después finiquitó y destripó salvajemente a otra campesina, Manuela Audícana. Es sorprendente el modo en que funciona el imaginario colectivo, pues esta fue en realidad la única vez que Garayo obró de sacamantecas propiamente dicho, lo cual no obstó para que le cayera el sambenito a perpetuidad.

La cacería, según nos dice el anecdotario, concluyó de pura casualidad y no por obra de la policía. Aquel rostro animal y deforme, que los supuestos expertos interpretaron luego como la facha involutiva del criminal, fue su perdición según la leyenda. Explica Constancio Bernaldo de Quirós[2] que Garayo entró a trabajar como jornalero para un labrador. Estando en el tajo una niña pequeña, hija del propietario, sorprendida por su apariencia, le señaló con el dedo y gritó: ¡Qué cara! ¡Parece el Sacamantecas![3]. En efecto, de ser cierta la chirigota, aquella niña, sin tantos estudios y boato como Esquerdo y compañía, habría puesto el dedo en la llaga. Todos pensaron en lo de la cara y el espejo del alma y, en consecuencia, un hombre con aquel estigma no podía ser trigo limpio. El relato concluye sosteniendo que se alertó a la policía. Se interrogó al Zurrumbón y aquel sujeto pétreo, fornido y de apariencia inconmovible, se derrumbó en pocos minutos para confesar sus atroces crímenes. Es cierto que éste habría sido un interesante y apropiado final, pero la realidad fue otra bien diferente. La captura de Garayo corrió a cargo de un meticuloso alguacil del Ayuntamiento de Vitoria llamado Pío Fernández de Pinedo.

Lo cierto es que el hombre de la ley -meticuloso- pudo orientarse en sus pesquisas por la proximidad geográfica[4] y temporal de los dos últimos asesinatos y ese, precisamente, fue el gran error del Sacamantecas. Fernández de Pinedo se personó en los escenarios de ambos asesinatos y recurrió al viejo método intemporal del policía de raza: tenacidad y sentido común. Observó, tomó notas, interrogó a las últimas personas que habían visto a las mujeres con vida… Y dio con una pista valiosísima puesto que vino a enterarse de que María Dolores Cortazar había sido vista por un lugareño en compañía de un sujeto al que todos conocían como Zurrumbón, de apellido Díaz de Garayo por más señas, poco antes de su muerte. Lógicamente, el alguacil empezó a preguntar por el tipo en cuestión que, dadas sus características físicas, resultaba por completo inconfundible. También supo que tenía antecedentes penales por delitos sexuales y concluyó que era el hombre que estaba buscando.

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Los alguaciles del Ayuntamiento de Vitoria hacia 1885.  Pío Fernández de Pinedo se encuentra en la fila superior, a la izquierda [Foto: Archivo Municipal de Vitoria].

De tal suerte, Fernández de Pinedo se presentó en la puerta del sospechoso –que no estaba, como de costumbre- y charló amigablemente con su señora, a la que sonsacó hábilmente la historia de las veinte pesetas que traían a la mujer por la calle de la amargura. Como es de suponer, cuando el Zurrumbón regresó a Vitoria para asearse y cambiarse de ropa, pasadas sus correrías, el alguacil le echó el guante. Contrariamente a lo que cuenta la anécdota antes referida, la resistencia de Garayo fue muy difícil de doblegar, como corresponde a un tipo de su constitución. Doce días de bofetadas -entonces la tortura era cosa normal- aguantó el labrador hasta que se decidió a contar la verdad al juez de instrucción[5].

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El Zurrumbón, posa en prisión, poco antes de que fuera ejecutado.

Así, en 1881, sentenciado a muerte por garrote vil, vería Garayo el fin de sus días en el patíbulo de la Prisión Provincial de Burgos. Curiosamente en un país tendente al sensacionalismo y la chirigota como el nuestro, el caso del Sacamantecas quedó exento de literatura zafia en la hora postrera, aunque que se prestaba, y las notas de prensa en las que se relató su ejecución son más bien tirando a sosas. Ni siquiera fue famoso el verdugo que le aplicó el tornillo, pues Gregorio Mayoral Sendino, hombre al que se celebra como harto profesional en lo suyo y del que se dice sin cesar por ahí que ajustició al Zurrumbón, nunca fue el encargado de ejecutar la sentencia de marras. Este error, ya que estamos, se debe al gran escritor Pío Baroja, quien atribuyó a Mayoral la hazaña de suerte errónea al olvidarse de un detalle ciertamente significativo: en 1881 don Gregorio aún no había cumplido los 18 años de edad y, por lo tanto, no podía ejercer legalmente como funcionario público.

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Gregorio Mayoral. El verdugo que no ajustició al Zurrumbón.

Eso sí, como bien rezan los manuales en la materia, el Zurrumbón nunca se mostró arrepentido por ninguno de sus crímenes. Hecho que, dicho sea de paso, tampoco he llegado a comprender nunca por qué preocupa -o agobia- tanto a los que hablan de estas cosas cuando en realidad entra la misma lógica del caso: ¿pero cómo va a experimentar arrepentimiento sincero un tipo capaz de apiolarse a un montón de gente por simple placer?


[1] El concepto de alienación o imbecilidad moral fue acuñado en 1835 por Prichard para referirse a aquellos individuos que carecen de sentimientos, autodominio y sentido ético. Esta denominación perduró durante prácticamente todo el siglo XIX hasta que, finalmente, Koch creó para describir a estos sujetos notoriamente antisociales la acepción de inferioridad psicopática. En los Estados Unidos la clasificación tomó la forma de personalidad psicopática, que fue finalmente la que se impuso hasta mediado el siglo pasado. Hoy en día se sigue utilizando el concepto, que ha variado hacia la acepción popularizada de “psicópata”, pero su validez es objeto de discusión científica.

[2] Bernaldo de Quirós, C. (1898). Las nuevas teorías de la criminalidad. Madrid, Hijos de Reus (Establecimiento tipográfico de Gómez).

[3] Hay otras versiones del supuesto incidente que no alteran el fondo de la historia, como la que cuenta Fabiola Maqueda Abreu en Garayo: El Sacamantecas Vitoriano (Vitoria, Diputación Foral de Álava, 1985).

[4] El penúltimo cometido en un paraje conocido como las Carboneras de Ordumbre, y el último en el camino que enlaza Gamarra y Araca.

[5] Evidentemente, los métodos de interrogatorio de la época eran bastante diferentes de los actuales. Además, se añadía el hecho de que Garayo era un asesino de mujeres, lo cual le convertía en un individuo especialmente odioso para sus captores.

Juega tranquilo, nene

Desde una desinformación manifiesta, se suele hablar de la violencia representada en las diferentes manifestaciones de la cultura popular, como el cine, los juegos de rol, el comic, o las series de televisión y su vinculación con la violencia real, los desajustes emocionales, las adicciones y demás horrores sin nombre como de un “hecho científicamente comprobado”. Un prejuicio que ya ni se discute cuando nos referimos a los videojuegos o las redes sociales en cualquiera de sus formas. No obstante, se olvida que el recurso argumental a supuestos “estudios científicos” –que en muchos casos luego nunca son tales- es otro cliché cultural que funciona más como fórmula retórica y demagógica que otra cosa. Es habitual que la inmensa mayoría los estudios científicos fidedignos –que solo leen a fondo los especialistas- estén repletos de letra pequeña, salvedades, resultados inconcluyentes, notas a pie de página, detalles significativos y afirmaciones matizadas que nunca se mencionan al gran público.

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Se han realizado, por citar un ejemplo significativo, estudios sobre el posible efecto de los videojuegos violentos en las emociones de adolescentes problemáticos y no problemáticos, utilizando para ello registros de resonancia magnética funcional (IRM). Como era esperable, en todos ellos se observó que el registro emocional de los jugadores se veía afectado durante el juego, por lo que muchos medios de comunicación –entre los que se cuenta la “prestigiosa” revista TIME-, cogiendo el rábano por las hojas para vender tales experiencias como argumento definitivo para criminalizar el uso de los videojuegos. Pero lo que en realidad explican estas investigaciones es que los juegos violentos y los no violentos activan diferentes regiones del córtex cerebral. De tal modo, los grupos que jugaron duran a un videojuego “de tiros”, mostraron un incremento de actividad emocional a la par que una reducción en aquellas áreas relacionadas con la planificación, la concentración y el autocontrol. A la inversa, los sujetos que jugaron a un título “no violento”[1] mostraron menor impacto emocional y mayor actividad frontal. Resultados que cabe considerar lógicos y que, además, no tienen efectos demostrados a medio plazo[2]. Esto significa, literalmente, que los videojuegos violentos llevan al individuo a desplegar emociones temporales simuladas equivalentes a las que se producen cuando se visiona una película o se practica otro tipo de entretenimiento de similares características como, por ejemplo, un deporte de contacto. En suma: lo normal es asustarse cuando se visiona una película de terror, al igual que sonreír cuando se es testigo de un evento cómico.

El asunto de la representación –que no presentación- de la violencia y su influencia en las personas permanece en la controversia, por lo que la pregunta no pasa, como se cree con cierta simpleza, por determinar en qué medida los videojuegos violentos o las redes sociales inciden en la conducta o la personalidad, sino por concretar si tal conexión existe, si es duradera, cómo se produce, cómo funciona y, en última instancia, qué clase de efectos podría tener en los sujetos.

De hecho, parece sensato pensar que una cultura como la nuestra, que instiga al consumo de una abundante dosis de productos electrónicos como forma de entretenimiento, ha de generar consecuencias en la salud mental y moral de sus componentes. Parece coherente suponer, incluso, la idea de que la violencia representada en las manifestaciones de la cultura popular y la violencia real tendrían que conexionar de algún modo. En ello se basan, por ejemplo, teorías nunca corroboradas pero muy seguidas popularmente como aquellas que rezan que dar noticias de suicidios o sobre violencia de género inducirían al suicidio o al maltrato… hecho que las más sencillas estadísticas niegan y que, además, relacionan de manera clara con otras variables “sigilosas” pero claramente perniciosas de las que se habla poco porque interesa menos como, por ejemplo, la evolución del desempleo. De hecho, da igual informar que no: las estadísticas interanuales tienden a permanecer estables porque el tema va por otro sitio y lo que gobierna en las fluctuaciones observables no es precisamente el hecho coyuntural y aleatorio de que el vecino se quite la vida[3].

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José Rabadán presentado en un medio sensacionalista alemán como sanguinario videoadicto.

Y por cierto, me permito ofrecer un consejo al respecto: el sentido común, en ciencia, suele ser el menos común de los sentidos… Aplicar esta sencilla máxima les librará de grandes ridículos como el de aquellos medios de comunicación que echaron la culpa de los crímenes de José Rabadán -el asesino de la katana– al videojuego Final Fantasy sin preguntar a nadie… El problema fue que el chico, cuando se le inquirió acerca de  esta eventualidad, manifestó a los psiquiatras que no había llegado ni a jugar la mitad del producto porque experimentaba problemas para concentrarse (además, la dichosa katana se la había regalado su padre). Eso sí: “se peinaba” como el protagonista del terrible videojuego. Viva el rigor.

Lo cierto es que la sociología y la antropología han establecido que este tipo de planteamientos son prejuiciosos -o meramente inventados- en la medida que las cosas nunca son tan obvias y que, en realidad, los hechos y símbolos culturales funcionan a muchos niveles, tanto latentes como manifiestos, de maneras que a menudo es imposible precisar a priori, como bien saben los expertos en psicología publicitaria. Así, lo que para una persona o colectivo es “violento”, para otro es “normal”, del mismo modo que aquello que moviliza a muchas personas parece no tener influencia alguna en otras. Así se explica que, entretanto hay amplios sectores de la sociedad ampliamente implicados en los debates políticos o en el discurrir de la liga de fútbol, no son menos importantes los colectivos que viven por complejo ajenos a lo que sucede entre los líderes políticos o que ignoran por completo el decurso de los avatares futbolísticos.

Datos inconcluyentes

Las investigaciones más recientes realizadas con niños y adolescentes en materia de exposición a videojuegos o redes sociales –en muchos casos un émulo bastante descarado de las que ya se hicieron en la década de 1970 con el cine y la televisión, o en la década de 1950 con los cómics, mostrando de novedoso únicamente la espectacularidad del aparataje, que no el paradigma de investigación- parecen confirmar que lo relevante, por encima de cualquier otra consideración, es el factor sujeto. Así las dificultades –violencia, alteraciones emocionales, desajustes conductuales- sólo parecen verse incrementadas en el caso de aquellas personas que ya tienen rasgos de personalidad complejos, así como toda otra suerte de variables concomitantes como problemas psicológicos, escasa resiliencia, familias desestructuradas, entornos violentos y poco protectores, entretanto no parecen causar efecto alguno en el resto de los individuos. Así, el problema no estaría en el medio o en el mensaje, sino en la lectura particular que los individuos hacen del mismo no existiendo, por tanto, relación alguna de causa-efecto entre jugar a un videojuego violento y el supuesto deseo irrefrenable de empuñar un arma de fuego para asesinar a alguien… Quizá sea más necesario mejorar las condiciones de vida, materiales y psicológicas, de muchos jóvenes antes que preocuparse de qué es lo que ven en la televisión. Claro, que esto es mucho más caro y bastante menos ramplón[4].

Del mismo modo, la persona que es adicta a las redes sociales o al teléfono móvil reúne una serie de variables particulares que perfectamente, en otras circunstancias diferentes, podrían hacerla adicta a cualquier otra cosa, como el juego, el alcohol o las sectas. Es decir: no es el objeto el que hace al adicto, sino el adicto quien lo escoge, del mismo modo que no es una actividad en concreto la que hace a una persona violenta, sino que es la persona violenta la que escoge realizar esa actividad antes que otra. En suma: la gente –no las cosas- es responsable de lo que hace.

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Muchos han sido los países en todo el mundo que han financiado grupos de investigación a fin de determinar en qué medida son peligrosos los videojuegos, los juegos de rol o las redes sociales y, de serlo, cómo habrían de ser legislados tanto sus contenidos como su distribución y acceso. Tantos que, de hecho, realizar un listado exhaustivo de estas investigaciones resultaría complejo amen de innecesario. Citaremos, sin embargo, un par de ejemplos preclaros que deberían servir al lector para poner en tela de juicio, o al menos en cuarentena, muchas de las informaciones gratuitas y alarmistas que circulan por los medios de comunicación.

El Estado de Washington (EE. UU.) se planteó seriamente, a causa de la fuerte presión sociopolítica en torno a estos temas, la posibilidad de desarrollar una legislación para regular los videojuegos y limitar el acceso a redes sociales. Puestos en marcha los mecanismos adecuados de análisis por parte del Departamento de Salud Pública, financiadas las pertinentes investigaciones realizadas por equipos de prestigio y especialistas de incuestionable calidad profesional, revisada pertinentemente toda la literatura en la materia… se concluyó que no existía evidencia suficiente que justificara una ley semejante[5].

Una iniciativa similar a la anterior la adoptó el gobierno danés. En este caso fue un prestigioso equipo de especialistas –psicólogos, psiquiatras, sociólogos y criminólogos- designado por el ministerio de cultura de Dinamarca el que analizó pormenorizadamente toda la literatura científica publicada durante décadas en torno a la materia. Y se concluyó que los estudios que señalaban a los videojuegos o el uso de internet como causantes de violencia, adicciones, desarreglos conductuales o trastornos mentales tenían graves problemas metodológicos, habían sido adecuadamente contestados por otras investigaciones y, en general, fueron objeto de críticas fundadas y coherentes por parte de profesionales reputados. Así por ejemplo, se determinó que este tipo de estudios a menudo incurrían en una ignorancia intencionada de elementos necesariamente relevantes, como el nivel socioeconómico y cultural de los usuarios, los problemas familiares de los participantes, la falta de estudio de los historiales médicos previos de los sujetos, la ignorancia de los antecedentes, e incluso caían en imprecisiones conceptuales interesadas. Y ello por no mencionar un detalle significativo: la mayor parte de esos estudios “incriminatorios” eran de carácter longitudinal, lo cual motivaba que las condiciones de control de los sujetos estudiados fueran, en general, bastante deficientes. Al fin y al cabo es virtualmente imposible controlar con eficacia la vida de una persona a lo largo de los años a menos que se encuentre recluida y aislada[6].

Conviene tener esta información presente antes de lanzarse a campañas y críticas furibundas que, en el mejor de los casos, son poco más que generalizaciones basadas en evidencias inexistentes –o en datos extraídos de un solo caso- y que, por lo demás, buscan oponerse a algo tan imparable como el progreso. Un dato que a más de uno le dará que pensar: las estadísticas del Departamento de Justicia de los Estados Unidos muestran con perfecto rigor que los meses con menor cantidad de denuncias por violencia juvenil a lo largo de los últimos treinta años en los Estados Unidos han coincidido, irónicamente, con aquellos en los que se ha producido la aparición en el mercado de los diferentes modelos de videoconsola de los diversos fabricantes. El gobierno canadiense, por cierto, encontró exactamente lo mismo.

De hecho, y pese al alarmismo de la década de 1980, la violencia juvenil en los Estados Unidos no ha hecho más que descender y los motivos de este abrupto cambio que los partidarios de los escenarios más apocalípticos no supieron intuir, no tienen nada que ver con el uso o no de videojuegos[7].

Y la APA, a lo suyo

La American Psychological Association (APA), cuenta con una complicada historia de amor-odio hacia los productos electrónicos que se remonta al año 2000, momento en el que publicó en una de sus revistas especializadas uno de los estudios más citados sobre la materia y que, por ello, más popularizó entre especialistas y legos la creencia en que los videojuegos, las redes sociales o los teléfonos móviles eran causantes de toda suerte de dificultades en niños y adultos. El problema residía entonces en la falta endémica de investigación en la materia, lo cual impedía contrastar adecuadamente los resultados de este trabajo, así como en su oportunidad sociopolítica, pues apareció en un momento en el que existía un fuerte interés en el asunto. Fue por ello que la APA, apresuradamente, secundó el contenido de esta propuesta –realizado por Craig Anderson, un reputado especialista doctorado en Stanford que por aquellos días, además, presidía uno de los comités de la organización- publicitándola por extenso en su página web y sembrando, con ello, un desconcierto generalizado[8].

Hay que entender, si queremos comprender la confusión general, que estamos en el ámbito de las palabras mayores en la medida que la APA no sólo es la mayor organización de profesionales de psicología de los Estados Unidos, sino también uno de los principales –si no el principal con permiso de la OMS- organismo de referencia en la materia a nivel mundial. El problema fue que el artículo de Anderson, que ha publicado otros en la misma línea, e incluso alguno explicando concienzudamente cómo las letras de determinadas canciones de hard-rock incitan a la violencia a quien las escucha, lo cual ya nos ofrece una medida ajustada del talante del personaje, no solo ha sido ampliamente malinterpretado, sino también muy discutido científicamente en la medida que deudor de una ingente gama de fallas metodológicas y confusiones teóricas de largo alcance[9]. Y ello por no mencionar un hecho de calado que cuestiona de suerte notable el rigor científico de esta clase de trabajos: ignoran, obvian y ni tan siquiera se molestan en discutir de manera sistemática todos aquellos datos, que los hay, que contrarían las conclusiones a las que pretenden llegar. Al enemigo, ni agua.

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Sería arduo, por lo demás, entretenernos en discutir muchas de las afirmaciones de grueso calibre y atrevimiento ajeno a cualquier clase de seriedad que se realizan sobre los videojuegos, las redes sociales o el uso de dispositivos móviles con extrema alegría e irresponsabilidad. Afirmaciones que, a la hora de la verdad, solo contribuyen a un innecesario aumento de la alarma social, que no al aliento de un adecuado y responsable control paterno, como sería deseable. De hecho, existe una pléyade de especialistas que han puesto de manifiesto todas las deficiencias metodológicas, sesgos e interpretaciones torticeras de los resultados, que no son pocos, bastante habituales en este ámbito[10]. De hecho, la propia APA, apabullada ante la ola de críticas que ha venido recibiendo a cuenta de este tema, se ha visto obligada a reconocer públicamente en más de una ocasión que en ningún caso haya afirmado que existe evidencia alguna que permita establecer causaciones entre el uso de productos electrónicos y los desarreglos psíquicos o sociales, más allá de casos particulares en los que el elemento relevante no es el producto, sino el usuario del mismo. De hecho, en sus proclamas la palabra “causación” ha sido reemplazada por otras menos comprometidas como “correlación” o “vinculación”, lo cual es una manera especialmente significativa de desdecirse sin dar un paso atrás. Así, con la boca pequeña y dentro de la política templada que caracteriza a esta clase de organizaciones institucionales en las que hay muchas sensibilidades políticas encontradas que satisfacer, emitió en 2015 un documento en el que pese a las evidencias contradictorias se empeña en sostener oficialmente “probadas vinculaciones entre el uso de videojuegos violentos y la violencia infantil y juvenil”[11], a la par que ofrecía sus servicios a padres, profesores, centros educativos… Vamos, a todo el que esté dispuesto a pagar.

Por cierto, y ya que estamos, ¿saben quién criminalizó los cómics en la década de 1950 al punto de que no solo logro poner en marcha una de las campañas de censura institucional más grotescas de la historia, sino también una ola de alarmismo social y político sin precedentes…? ¿Y en qué clase de argumentos espurios y vergonzantes se apoyo para armar semejante lío…? La respuesta aquí: [12].


[1] Hay que diferenciar entre los conceptos de “agresividad y de “violencia” pues a menudo se emplean como sinónimos, pero no lo son. El concepto genérico de agresividad no habla de un acto, sino de una cualidad, es decir, de una tendencia o disposición hacia la comisión de cierto tipo de actos a los que llamaríamos “agresivos” en función de un contexto más o menos adaptativo. Así, la agresividad puede manifestarse como una capacidad relacionada con la creatividad, la audacia y la solución decidida de conflictos. Contemplada de éste modo es una cualidad potencial que se pone al servicio de lo biológico. Con la evolución del lenguaje se ha establecido una vinculación popular, si bien confusa, entre agresividad y violencia. Así, frente a la agresividad, que podríamos considerar benigna en la misma medida que adaptativa, existe una forma perversa o maligna, específica de nuestra especie, a la que denominamos violencia. Queda claro, por tanto, que no se puede equiparar todo acto agresivo con la violencia en la medida que ésta queda limitada a aquellas agresiones que se distinguen por su malignidad para con la integridad física, psíquica o moral de terceros. Esto es importante porque generalmente los códigos penales sancionan duramente las conductas violentas, en tanto que dolosas, pero no necesariamente las agresivas, a que a menudo ni tan siquiera están tipificadas en ellos.

[2] http://www.pnbhs.school.nz/wp-content/uploads/2015/11/Violent-Video-Games-Alter-Brain-Function-in-Young-Men.pdf

[3] http://www.uv.es/gicf/4A3_Ramos_GICF_13.pdf

[4] Véanse las clarificadoras explicaciones que ofrecen a este respecto Levitt y Dubner: Freakonomics. A Rogué Economist Explores de Hidden Side of Everything. New York (NY): Harper Collins, 2009.

[5] Ferguson, C.J. (2013). Violent video games and the Supreme Court: lessons for the scientific community in the wake of Brown v. Entertainment Merchants Association. Am Psychol. 2013 Feb-Mar;68(2):57-74. doi: 10.1037/a0030597.

[6] Bogost, I. (2007). Persuasive Games: The Expressive Power of Videogames. Cambridge (MA): MIT Press.

[7] Levitt y Dubner; Op. Cit. supra nota 4.

[8] http://www.apa.org/news/press/releases/2000/04/video-games.aspx

[9] https://www.researchgate.net/publication/299478142_Violencia_Psicologia_y_videojuegos_Historia_de_una_relacion_controvertida

[10]http://www.cienciaxplora.com/divulgacion/violencia-videojuegos-provoca-comportamientos-violentos_2015020400068.html

[11] American Psychological Association. (2015). Resolution on Violent Video Games. Retrieved from: http://www.apa.org/about/policy/violent-video-games.aspx. Sorprende esta declaración, por cierto, en una entidad que publica, al mismo tiempo artículos como el siguiente: “The Benefits of Playing Video Games,” Isabela Granic, PhD, Adam Lobel, PhD, and Rutger C.M.E. Engels, PhD, Radboud University Nijmegen; Nijmegen, The Netherlands; American Psychologist, Vol. 69, No. 1. 

[12] https://www.researchgate.net/publication/299478539_Psiquiatria_y_censura_en_el_comic_estadounidense_Fredric_Wertham_y_la_seduccion_del_inocente