Atávicos y positivos

Cesare Lombroso
Cesare Lombroso (1835-1909).

Médico, darwinista convencido, psiquiatra prestigioso[1] y conocedor de las metodologías precoces empleadas en la detección y examen del delincuente –tales como la frenología de Gall y Spurzheim o la entonces incipiente antropometría de Alphonse Bertillon-, Cesare Lombroso comenzó a pensar hacia 1871 en las bases de lo que luego sería su harto popular teoría criminológica, un tema que ya le venía preocupando desde hacía mucho tiempo. De hecho, contaba tan sólo 24 años cuando,

“recién doctorado y trabajando en Pavía, se incorporó como médico al ejército piamontés, llegando a participar activamente en las sangrientas batallas de Magenta y Solferino, que se saldarían en ambos casos con severas derrotas de las tropas austriacas. Fue durante estos episodios bélicos, al tener que atender a un buen número de soldados heridos, que el joven Lombroso se sorprendió al observar que la mayor parte de la soldadesca deshonesta, brutal e ineducada, lucía en brazos y pecho tatuajes obscenos. El éxito del tatuaje era porcentualmente mucho mayor en el seno de esta “tropa deshonesta”, que entre el resto de los soldados”[2].

Fue a partir de sus observaciones sobre el tatuaje que Lombroso comenzó a pensar en el asunto del “atavismo”, si bien no acababa de encontrar evidencias sólidas con las que corroborar sus impresiones y, en tales condiciones, se hacía complicado avanzar una teoría precisa. No obstante, en el mencionado 1871, tuvo la ocasión de estudiar el cráneo de Villella, un celebérrimo bandido y asesino, perseguido durante décadas por la justicia transalpina. Concluyó que aquel hombre mostraba obvias deformidades craneanas, así como ciertos rasgos anatómicos “propios de los simios”. El hallazgo comparativo resultó de una serendipia en la medida que Lombroso estaba buscando específicamente criterios de base que permitieran establecer relaciones y diferencias entre el delincuente, el hombre salvaje, el sujeto normal y el enfermo mental, y no había pensado en considerar una teoría criminogenética. En todo caso, dio un giro a sus primeros planteamientos para manifestar en sus Memorias sobre los manicomios criminales (1872) que existirían preclaros puntos de contacto entre delincuentes y locos, si bien cabría considerar a los primeros no como enfermos, sino como seres claramente “deformes” y “anormales”, cercanos al hombre primitivo e incapacitados para la vida en sociedad, por lo que el Estado debiera plantearse la creación de instituciones especiales para criminales en las que no se mezclaran arbitrariamente con otros enfermos mentales y se pudiera, al mismo tiempo, estudiarlos con detenimiento y precisión para desarrollar políticas preventivas.

A partir de este momento y guiado de la asunción manifiesta de la teoría de la selección natural de Charles Darwin, así como por los planteamientos de Herbert Spencer y Francis Galton acerca de la herencia, Cesare Lombroso dedicó gran parte de su tiempo a visitar prisiones a fin de estudiar antropométricamente –centrándose con especial interés en los datos arrojados por el examen craneológico- a diversos delincuentes, vivos o ya ejecutados, para posteriormente cotejar los resultados obtenidos con la anatomía craneana de simios y fósiles humanos prehistóricos, o informes acerca de la vida y costumbres de los “hombres primitivos” que arrojaban las expediciones antropológicas tan populares en la época[3]. Su teoría del atavismo, aún dotada de un etnocentrismo absurdo y claramente impregnada de falacias eugenésicas que en aquellos días estaban aún lejos de su desacreditación científica, tomaba forma. Llegó así a la conclusión de que el delincuente era, básicamente y con total independencia de su sexo, un individuo dotado de rasgos morfológicos y conductuales arcaicos, aquejado de un síndrome hereditario: el dichoso “atavismo”. Es decir: no era la sociedad quien hacía al delincuente, ni tan siquiera la enfermedad mental como tal sino que, en todo caso, el criminal a menudo nacía ya “construido” para serlo.

Ciencia y pseudociencia

Recuérdese que, según las estimaciones del propio Galton[4], gran defensor del criterio eugenésico, a lo largo de las generaciones los caracteres sufrían a menudo una fase involutiva en la media de las poblaciones. La selección natural deficiente propiciada por la artificiosidad de las sociedades humanas daba pie a la perpetuación de rasgos indeseables y empobrecedores de la calidad genética de la especie que, cada cierto tiempo y por deriva génica, se popularizaban en una población dada. Esto permitía explicar, en su opinión, porqué entre los seres humanos de cualquier lugar, clase y condición, predominaba la mediocridad física e intelectual sobre el talento. Los individuos más aptos eran siempre una inmensa minoría. Desde este punto de vista, hoy risible pero entonces tomado muy en serio, Galton entendía que los procesos de herencia debían ser manipulados mediante una adecuada política eugenésica, a fin de incrementar la aparición de los rasgos genéticos más adaptativos y deseables, y propiciar así una disminución de aquellos otros que empobrecían la herencia. Precisamente, la investigación de un fascinado Lombroso se centró en el estudio de aquellos rasgos que Galton pretendía erradicar puesto que en ellos, sostenía, se encontraba el fundamento de la conducta criminal. El fundamento último del atavismo. Así, estimaba que en cualquier población humana sobrevivía una minoría de sujetos en los que estas taras filogenéticas se manifestaban de modo extremadamente nítido y que, en puridad, podía considerarse que aquellos individuos no eran otra cosa que indeseables efectos involutivos del proceso de la selección natural[5].

Francis Galton
Francis Galton (1822-1911), en fotografía realizada hacia 1850.

Lombroso argumentaba, por ejemplo, que en las sociedades primitivas ciertos rasgos como el fuerte deseo de matar, son muy relevantes para la supervivencia ya que los individuos guiados por este impulso resultarían “cazadores más eficaces”. Sin embargo, en las sociedades civilizadas, la aparición de este tipo de rasgos atávicos supondría una regresión a momentos pasados de la historia evolutiva de la humanidad y, consecuentemente, causa inmediata de conductas no deseables como el crimen. En los países más avanzados y entre las clases sociales más refinadas, debido a factores como la natalidad controlada y el énfasis en la “pureza de sangre”, era más extraña la aparición de sujetos genéticamente peligrosos. Pero no sucedía lo mismo en las naciones atrasadas e incluso en los suburbios industriales empobrecidos de los países desarrollados, en los que un absoluto descontrol sobre la natalidad y la mezcla indiscriminada de la población multiplicaban las posibilidades de que se presentaran los caracteres atávicos. Es evidente que todo esto no es más que una completa sarta de sandeces pseudocientíficas, pero se sorprendería el lector de la ingente cantidad de personas que aún estima que este tipo de argumentos son básicamente ciertos lo cual, en todo caso, no es otra cosa perfecto ejemplo del éxito histórico-cultural del lombrosianismo.

Añadiremos en este punto que los comentarios sexistas que jalonan la obra de Lombroso, así como de buena parte de sus seguidores, no sólo son resultado efectivo de la época en que se realizaron, sino que también muestran claramente su propia consideración acerca de la mujer, ya arraigada en la juventud[6]. Este tipo de ideas eclosionarían con la publicación de un volumen dedicado al crimen femenino, La donna delinquente (1893), en el que estableció, entre otras cosas, que las mujeres no delinquen violentamente tanto como los hombres por la sencilla razón de que ocupan un lugar inferior en la escala evolutiva. De este modo, el atavismo se manifestaría en ellas a través de una potenciación de los más bajos instintos y, en consecuencia, serían más viciosas que el varón, de suerte que elegirían prostituirse antes que matar. Esto significaba que, si bien desde un punto de vista jurídico y médico el crimen femenino es equiparable en todos los términos al masculino,

Donna Delinquente“la prostitución es un fenómeno atávico específico de la mujer, y tienen una mayor presencia dentro del tipo de delincuente nato que el resto de las mujeres delincuentes, conclusión a la que llegó no solamente a partir de la aplicación de su método a casos precisos, sino a través del análisis de un ingente material histórico y etnográfico. Además, desde el punto de vista delincuente, a las meretrices las incluyó por encima de otros tipos, como las homicidas ladronas en el modelo de la criminalidad, además de coincidir con el resto de tipos en su falta de sentido maternal”[7].

Tipología criminal

En base a sus estudios, Lombroso elaboró una tipología en clave psicobiológica del delincuente que distingue cinco tipos básicos. Sorprenderá al lector comprobar lo cercana que se encuentra esta clasificación de la ya ideada en su día por Pinel y, más aún, lo próxima que le parecerá si la compara con muchas de las que se manejan en la actualidad lo cual, dicho sea de paso, debería inducirnos a pensar en una revisión teórica de las mismas:

  1. Delincuente nato. El principal o básico y, por tanto, el más extendido en la sociedad.
  2. Delincuente loco-moral. Fundamentalmente un idiota, o “imbécil moral” como fue llamado por autores como Prichard o Nicholson, que no comprende los sentimientos morales ni tiene “conciencia”. Así, se ve constantemente superado por los instintos primarios siendo son estos los que le inducen a la conducta delictiva. Sería lo que hoy denominamos genéricamente “psicópata”
  3. Delincuente epiléptico. Lombroso arguye su existencia sobre casos reales de sujetos impelidos al crimen tras haber sufrido alguna suerte de trauma psicofisiológico que altera su percepción de la realidad.
  4. Delincuente loco. Básicamente un demente. Este aparatado engloba tres subtipos: alcohólicos, histéricos y “mattoides”[8].
  5. Delincuente pasional. El concepto de pasión se entiende en un sentido amplio y englobaría no sólo las motivaciones sentimentales, sino también a las de carácter moral como son las patrióticas, religiosas, etcétera. Lombroso no encuentra diferencia alguna entre este tipo de delincuente y los otros, si bien, tal y como sucede hoy en día cuando se habla de fenómenos como el del terrorismo, arguye que suele tener un intelecto más alto –probablemente pretendiera referirse a un mayor nivel cultural- que la media de los criminales y cuenta con un mayor grado de altruismo.
  6. Delincuente ocasional. Este tipo ni pretende cometer delitos ex profeso, ni busca a propósito el momento de cometerlos, pero sí muestra cierta tendencia hacia el crimen que en la mayor parte de los casos le lleva a él por razones generalmente insignificantes. Para Lombroso existen tres subtipos dentro de este: “pseudocriminales” -no son peligrosos y delinquen por motivos extraordinarios como el honor-; “criminaloides” -un punto intermedio entre el delincuente nato, el ocasional y el hombre normal que en el fondo tiene alguna clase de degeneración no visible a simple vista, tendente a los vicios, y que llega al crimen impelido por circunstancias adversas, o bien por efecto mimético; y “habituales” -aparentemente normales, sin taras precisas o significantes, han pasado la mayor parte de su vida en un ambiente difícil, peligroso, hostil que finalmente les lleva al delito. Se trataría pues de criminales de raíz ambiental-.

A tenor de la clasificación precedente, resulta obvio que Lombroso no abarcaba todos los casos posibles y se curaba en salud. En efecto, su teoría no admitía cierre –apresurémonos a decir ninguna de las teorías formuladas a partir del determinismo psicofisiológico lo admite- y, como él mismo reconocía, sólo el 40% de los criminales parecía tener las marcas antropométricas típicas de la “predisposición al delito”. El resto, nada menos que el 60% de los delincuentes que estudió, llegaban al crimen por lo general desde la “causación externa”. Sin embargo, y ya parece suficiente atrevimiento afirmarlo, Lombroso sostuvo que quienes contaban con esos estigmas atávicos no podrían en modo alguno escapar de la determinación biológica y sin no habían delinquido nunca, lo harían en el futuro:

“Brazos relativamente largos, pie prensil con dedo gordo móvil, frente baja y estrecha, orejas grandes, cráneo grueso, prognato en una gran mandíbula, pelo copioso en el pecho del macho, piel oscura, sensibilidad disminuida al dolor y ausencia de reacción vascular (los criminales y los salvajes no se ruborizan). […] Los niños eran algo así como criminales natos. El perfil psicológico de los pequeños se asemeja al de los delincuentes. Ambos presentan rasgos tales como enojo, venganza, celos, mentira, falta del sentido moral, falta de afectos, crueldad, pereza, uso de slang [jerga malsonante], vanidad, alcoholismo, predisposición a la obscenidad, imitación y falta de previdencia”[9].

En definitiva, más de media humanidad.

No obstante, y pese a lo disparatada que pueda resultarnos en la actualidad, en descargo de la obra de Cesare Lombroso cabe afirmar que su autor siempre fue un hombre de gran integridad científica y personal que,

“continuamente revisaba sus conclusiones a la luz de nuevos hechos, o por la nueva interpretación de sus datos originales cuando lo consideraba necesario. Nunca impuso una forma final a su teoría antropológica, y por esta razón siempre quedará como una inspiración para quienes se dediquen al terreno criminológico”[10].

Qué menos.


[1] Lombroso fundó en 1867 la Revista Trimestral Psiquiátrica, primera publicación de estas características editada en Italia.

[2] Pérez-Fernández, F. (2004). El atavismo en el albor de la psicología criminal: Cesare Lombroso y los orígenes del tatuaje. Revista de Historia de la Psicología, 25, 4: 231-240, p. 235.

[3] Cabe significar que Galton no estaba de acuerdo con las conclusiones “prematuras” de los estudios antropométricos, por cuanto albergaba serías dudas en lo referente a su validez teórica y experimental pues dudaba de la validez de la medida corporal como variable independiente [véase por ejemplo sus comentarios al respecto en: Galton, F. (1904). Memories of my life. London; Methuen].

[4] Galton, F. (1883). Inquiries into human faculty and its development. London, Macmillan.

[5] Obsérvese que hay un terrible error de fondo en este modo de pensar, por cuanto se considera que la evolución es “progresiva” y tiende siempre “hacia la mejora”, lo cual implica un proceso biológico dirigido hacia un fin –u ortogénesis-. Hoy es bien conocido que la evolución de las especies es un proceso básicamente probabilístico que no va hacia parte alguna en concreto y que, por tanto, la visión ortogenética de la misma es simplemente falsa.

[6] Con tan sólo veinte años, Lombroso se empeño en desarrollar una teoría con la que demostrar que la mujer estaba reñida con la inteligencia.

[7] Herranz de Rafael, G. (2003); Sociología y delincuencia. Granada, Editorial Alhulia, p. 33.

[8] Los “mattoides” son aquellos individuos que no manifiestan rasgos claros de demencia ni poseen dolencia alguna de carácter psicofisiológico, pero que aun así muestran tendencias impúdicas y una personalidad disoluta incapaz, en la mayor parte de las circunstancias, de aceptar normas o conducirse por un elemental sentido común. A este tipo de sujetos Maudsley los calificó como de “temperamento alocado” y otros, como Cullere, los denominaron “fronterizos”. Hoy en día, todavía subsisten en el catálogo de las enfermedades mentales (DSM-5) bajo la nomenclatura genérica de “trastorno antisocial de la personalidad”.

[9] Lizarraga, F. y Salgado, L. (2000). “Patagónicos y lombrosianos”. En: Ciencia Hoy, vol. 10, número 59.

[10] Scott, H. (comp.) (1964). Enciclopedia del crimen y los criminales. Barcelona, Editorial Ferma, p. 104.

Anuncios

La mecánica de la persuasión

Cerebro Publicitario

Una buena forma de delimitar el tema de la persuasión en los medios de comunicación de masas pasa por establecer los márgenes de lo que puede -o no- ser entendido y tratado como “manipulación” y/o “control” que, en gran medida, acotarían los ámbitos de lo que podría considerar “propaganda” frente a lo que no sería otra que “publicidad”. No obstante, caracterizar los conceptos de publicidad y propaganda -como sucede con la mayor parte de los conceptos relativos a los diversos aspectos de la comunicación- tampoco es tarea fácil. Sobre todo porque habitualmente suelen fundirse y confundirse tanto en la teoría como en la práctica. En todo caso podría servirnos para introducirnos cualquier definición coherente de lo que entendemos por publicidad:

“[La publicidad es] una actividad comunicativa mediadora entre el mundo material de la producción y el universo simbolizado del consumo, que permite que los anunciantes, merced al desarrollo de un lenguaje específico, creen demanda para sus productos, pudiendo no sólo controlar los mercados, sino incluso prescindir de ellos” [1].

Debe insistirse en la idea de que la publicidad no tiene tan sólo una dimensión comercial, sino que también es una comunicación pagada, intencional e interesada, imprescindible al sistema de producción vigente dado que en él los productores y los consumidores se encuentran desvinculados[2]. Así, la publicidad obraría como elemento mediador entre ambos de suerte que el consumidor conoce mediante la publicidad la gama de elementos de consumo que la sociedad le ofrece. De tal modo aquella publicidad que en sus orígenes tenía una mera finalidad informativa es ahora, a causa del crecimiento incesante de la oferta y la subsiguiente competencia, un elemento persuasivo que incita al consumidor potencial a la búsqueda de un producto u otro de entre todos aquellos que se le ofrecen. No puede olvidarse que la estimulación del elemento consumista entre el público es, al menos en parte, lo que permite que el sistema de producción perdure o, por mejor decir, que se mantengan las estructuras económicas vigentes.

Frente a la imagen vulgar –y excesivamente benévola- de la propaganda como forma de publicidad, debe plantearse la idea de que la publicidad es ante todo un proceso transaccional económico-comercial entretanto la propaganda opera como forma de difusión persuasiva de diferentes motivos ideológicos. Pretensión, por lo demás, ligada a los propios orígenes terminológicos del concepto puesto que la voz “propaganda” aparece en relación a la locución latina Propaganda Fide, nombre que adoptó la congregación vaticana destinada a la difusión de la fe católica[3]. De tal manera, se llama conoce como propaganda a la acción de divulgar doctrinas e ideologías con la finalidad intrínseca de ganar adeptos a las mismas. Y si en su génesis esta difusión se refería a idearios religiosos, el devenir de los tiempos ha extendido la propaganda a infinidad de manifestaciones de la vida, de las cuales la más conocida –pero en absoluto única- sería la política. Sucede además que en el devenir histórico la polisemia ha empantanado con matices el concepto, de suerte que también han pasado a ser consideradas “propaganda” la propia organización que pretende difundir un ideario concreto, la doctrina difundida, las técnicas que se emplean para tal fin, e incluso los medios materiales con los que esta difusión es llevada a cabo[4].

Tanto en el diseño de las estrategias publicitarias como de las campañas propagandísticas -a pequeña o gran escala-, el emisor siempre es capaz de persuadir en alguna medida acerca de la bondad de aquello que ofrece por la razón elemental de que posee un pleno control sobre el mensaje, el medio de transmisión y las condiciones en que será recibido por el receptor potencial. Del lado del receptor, pues, quedaría tan sólo la voluntad de dejarse -o no- persuadir por el discurso que se le transmite. Esto es así porque tanto publicidad como propaganda cuentan, más allá de la mera manipulación del mensaje, con elementos añadidos de persuasión que generan en los sujetos diana –o target– una voluntad de cambio y un impulso hacia la acción. Estos elementos generalmente apelan a criterios puramente psicológicos y permanecen ocultos al propio mensaje.

Propaganda Fide Roma (Fuente La Stampa)
Sede de la antigua “Propaganda Fide” en Roma (Fuente: La Stampa).

Fabricando ideologías

La intención del propagandista es la de promover unos intereses propios de suerte que las preferencias del receptor pasen a un segundo plano, o bien, puedan obviarse. Los contenidos del mensaje que se construye, pues, están supeditados por entero a esta finalidad y su eficacia será valorada, únicamente, en función del fin para el que ha sido elaborado. Ahora bien, la historia de la propaganda muestra que es mucho más efectiva cuando las verdaderas intenciones del emisor, e incluso su propia identidad, permanecen en el anonimato. De esta manera el mensaje se transforma en una o varias ideas en absoluto ingenuas que “se dicen”, “se creen” o “se comentan” por todo el mundo a la vez, pero por nadie en particular, dejando así su poso tanto en la mentalidad colectiva como en la individual.

Esto es así porque la respuesta habitual de las personas ante la persuasión es en primer lugar defensiva: si alguien sospecha que el mensaje que se le transmite es propagandístico -luego de intención manipulatoria- no tardará en preguntarse por el sesgo del emisor y sus posibles intereses[5]. Así pues, el primer y más importante reto del propagandista dentro de la sociedad de la información del presente en las que la opinión, la cultura, y la educación son de dominio público y accesibles a la par que transmisibles a todos, es el de no parecerlo. Las premisas, los mensajes, las autorías, deben ser debidamente disfrazadas al ojo crítico del receptor. Ello nos permite comprender, precisamente, el fenómeno cada vez más extendido de las fake-news o noticias falsas: camuflar como información fidedigna lo que en realidad no es otra cosa que un discurso ideológico-persuasivo, en la esperanza de que el usuario acepte la pretendida noticia como auténtica y eluda su posterior contrastación.

Los recursos del emisor de propaganda para camuflar el discurso o alejarse del mismo son, en muchos casos, tan viejos como la propia humanidad y se relacionan estrechamente con la simulación y/o la disimulación, así como con la activación de los resortes emocionales más básicos: la charlatanería de hacer creer que no se gana nada con lo que se dice; ofrecer una imagen equívoca o tergiversada de uno mismo alegando debilidad, falta de poder, ingenuidad o ineficacia; lanzar el mensaje de manera espontánea, como por casualidad, de manera que no parezca elaborado previamente; apelar a la movilización de las emociones más básicas –ira, temor, tristeza, alegría- o, sencillamente, idear consignas pegadizas que resulten fácilmente aprehensibles y repetibles por la audiencia[6]. No basta, por consiguiente, con poner el mensaje en manos de un buen orador o con argumentar retóricamente que se dice la verdad. En el fondo el asunto es más sibilino ya que se trata de encontrar la manera de expresar lo que se desea haciendo al receptor partícipe de ello, motivándole a creer que eso y no otra cosa es lo que realmente quiere escuchar, saber o hacer. Se trata, pues, no de una cuestión retórica –confusión muy común- sino de una cuestión erística[7].

El éxito de las armas psicológicas de la propaganda se consolida en el miedo de las personas a ser excluidas u obviadas por el colectivo. El sujeto individual experimenta una intensa fobia a “ser diferente” o “entrar en conflicto consigo mismo” y, en consecuencia, a tener que pensar y obrar libremente, tal y como mostraron muchos de los célebres experimentos de Leon Festinger en torno a la disonancia cognitiva[8], las propuestas de Erving Goffman en relación al estigma[9], o las propuestas de Aaron Beck en relación a las distorsiones cognitivas[10].

De hecho, el propio cuerpo social observa a las personas que no asumen con facilidad el ideario colectivo –o estandarizado, lo que es “normal” creer o pensar- como tipos excéntricos, raros e incluso potencialmente peligrosos[11]. Una tesis, por lo demás, ya clásica en el estudio psicosociológico –y antropológico- de la cultura occidental y que se ha fundamentado y sistematizado con gran finura en la literatura y el pensamiento contemporáneos. El problema es que, por norma, una vez enfrentadas a la expectativa de esta soledad existencial que suponen el pensamiento crítico, la libertad de acción y la autonomía personal, la mayor parte de las personas en conflicto tienden a optar “desde dentro”, como si se tratara de sus propios y razonados puntos de vista, por cualquiera del repertorio de soluciones cómodas, políticamente correctas y automatizadas que la sociedad les ofrece. Se establece de tal modo un círculo vicioso, pues se obliga a los individuos a un constante reajuste interno en la medida que “desde fuera”, se los somete sin descanso a cientos de mensajes contradictorios, equívocos o simplemente incontrastables que terminan limitando su capacidad de acción y decisión eficientes: no hay elementos de juicio nítidos por lo que un pensamiento crítico, sólido y racional se torna virtualmente imposible. A esto precisamente se referían autores con Jean-François Revel cuando argumentaban que,

“se sabe qué lugar ocupan en nuestra actividad psíquica las delicadas asociaciones de falsedad y sinceridad; la necesidad de creer, más fuerte que el deseo de saber; la mala fe, por la cual tomamos la precaución de disimularnos la verdad a nosotros mismos para estar más seguros de nuestra firmeza cuando la neguemos delante del prójimo; la repugnancia a reconocer un error, salvo si podemos imputarlo a nuestras cualidades; finalmente –y sobre todo- nuestra facilidad para implantar en nuestro espíritu esas explicaciones sistemáticas de lo real que se llaman ideologías, especie de máquinas para escoger los hechos favorables a nuestras convicciones y rechazar los otros […] Recordemos que todas las maniobras y contorsiones mentales y morales que hemos evocado tienen una finalidad común: dispensarnos de utilizar la información y, sobre todo, impedir dejarla utilizar, es decir, dejarla circular. Es bien evidente que a tal efecto la mentira simple constituye el medio más económico”[12].

Vendiendo humo

Nos surge, pues, una pregunta: ¿hemos de conceder a la publicidad más pureza moral o mayor integridad ética que a la propaganda? En primer lugar, existe una distinción que nos servirá para deshacer ese primer engaño de la publicidad que al mismo tiempo es una de sus mejores armas y la primera falacia psicológica con que se nos aproxima: el “emisor real” de la publicidad -la empresa que anuncia el producto- suele esconderse bajo la máscara de un “emisor aparente” -la persona, animal o cosa que se nos presenta en el anuncio-. El juego de identificaciones entre ambos es tan intenso que en ocasiones perdemos de vista quién o quiénes están tras el producto que se nos publicita ya que el emisor aparente siempre, y en todo caso, se apropia de las posibles virtudes o de los futuribles defectos de aquello que se nos está vendiendo. Así, cuando el famoso de turno nos sugiere la compra de un perfume es su imagen la que está en juego y no la de los productores reales de la fragancia, cuyo nombre queda a salvo de toda crítica adversa. Y cuando compramos tal perfume creemos –en el colmo del absurdo- que debe ser el utiliza ese actor o deportista que nos lo anunció.

El emisor real, o anunciante, es siempre una entidad pública o privada que pone en la calle cualquier suerte de objeto –ya sea material o intelectual- y desea promocionarlo entre el público a fin de obtener los beneficios que considere óptimos en cada caso. De este modo, y contrariamente a ciertas pretensiones intelectualistas o pseudo-artísticas, la publicidad no es más que un artefacto operativo, es decir, un medio destinado a la consecución de un fin al que siempre debe supeditarse. Entre otras cosas, porque nadie contrataría los servicios de una agencia publicitaria que no pusiera todo su empeño en vender el producto que el contratista pone en sus manos y se limitara a, sencillamente, “construir anuncios” de acuerdo a una u otra pretensión estilística, intelectual o estética. En efecto. La publicidad es una tarea creativa, pero no es arte y tampoco debe ser vendida engañosamente como tal. En todo caso es una herramienta al servicio del consumo que utilizará todos los medios de que disponga para conseguir sus fines y que podrá permitirse alguna que otra licencia artística en la medida que ésta satisfaga sus exigencias de partida. Si un anuncio “no vende lo que tiene que vender” tampoco se mantendrá en antena por sus valores artísticos, sino que simplemente se retirará. Cada segundo de televisión en horario de máxima audiencia es demasiado caro como para dedicarlo a la simple exhibición de las dotes creativas de alguien.

De la misma manera, tanto los planteamientos como los medios publicitarios son el último eslabón de un proceso que comienza con una investigación de mercado, pasa por un análisis del propio producto y tiene en cuenta los aspectos relativos a su distribución. En último término, cuando la empresa, asociación o administración pública que ha realizado estos estudios determina que el producto en cuestión es susceptible de incrementar sus ventas o su aceptación popular de forma considerable, se echa mano de una estrategia publicitaria cuyos objetivos son meridianamente claros, pero en muchas ocasiones sólo se logran a un plazo medio o largo. Esto significa que no sirve de nada anunciar algo sólo durante un mes, pues en ese tiempo la publicidad apenas si puede satisfacer las primeras expectativas al no ser capaz de alcanzar más que a unos pocos consumidores o, dicho de otro modo, que las campañas publicitarias con pretensiones de efectividad son por su propia idiosincrasia largas y costosas estando tan sólo a disposición de los grandes productores.

De tal manera, se produce en el entorno de la publicidad un acontecimiento selectivo similar al que afecta al “mercado ideológico-político”: la inmensa mayoría de los productos y empresas, cuyos propietarios no están en disposición de realizar grandes dispendios económicos, no existen para el ciudadano al carecer de una “imagen de marca” definida e identificable lo cual les impide competir con sus propios productos en igualdad de condiciones.

Por otro lado, y pese a que habitualmente se ha considerado que el emisor publicitario debería permanecer completamente al margen del producto anunciado, en la actualidad se estima que una buena estrategia publicitaria consiste en explotar sus posibles virtudes y logros. Así, recurrir al prestigio y la credibilidad de la entidad o de algunas de las personas que las componen se ha convertido en un elemento importante de la persuasión publicitaria. Precisamente por ello, ahora nos anuncian la leche quienes la ordeñan y envasan -y nos permiten observar el proceso-, nos muestran el mejor coche del mercado sus propios diseñadores o se nos dice que ciertos títulos bancarios son mejores que otros cualesquiera porque los respalda el mismísimo Estado. Emisor aparente y real tienden, en teoría, a coincidir cada vez con mayor asiduidad. Sin embargo esto supone un nuevo engaño, pues la distancia entre ambos permanece en la misma medida que la publicidad jamás ofrece el lado negativo del producto o de quien lo promociona, centrándose únicamente en la vertiente positiva de ambos. Ello da lugar a farsas grotescas en las que una gran compañía cosmética anuncia y vende masivamente una crema anti-arrugas que, al fin y al cabo, nunca hace que las arrugas desaparezcan o dejen de aparecer. La escapatoria ante posibles demandas del consumidor es tan simple como efectiva: “el producto es magnífico señor cliente tal y como demuestran nuestras ‘experiencias de laboratorio’, pero en su caso particular no ha funcionado”; “no se garantiza el éxito en todos los usuarios”; “se advierte en el prospecto interior que en determinadas condiciones no funciona” y etcétera. O sea, el usuario descontento será siempre la excepción a la norma o el individuo diferente que no encaja en el arco grande de la estadística.

Rebels AreTerrorists (Star Wars)
¿Esto es publicidad o propaganda?

Lo habitual es que el receptor ya esté acostumbrado al bombardeo publicitario que sufre a diario y posea un buen número de filtros para eludirlo, de modo que el éxito de la publicidad radica en lo habilidoso que haya sido el diseñador del anuncio para burlar esos filtros y alcanzar los resortes psicológicos correctos[13]. Así, a fin de romper con la resistencia del público en general, el técnico publicitario juega con ciertas ventajas añadidas: cuenta con un potente aparato de recursos científico-técnicos a su disposición; dispone de los criterios suficientes como para seleccionar el medio en el que difundir el anuncio; tiene más o menos bien perfilado un público potencial que podrá estar interesado en la cuestión. De tal suerte, cuando el anuncio es expuesto puede parecer que todo queda ya en manos del consumidor, pero se trata de una ilusión: la realidad es que la mayor parte del público objetivo hacia el que se dirige la comunicación publicitaria mostrará alguna clase de interés en el producto que se le anuncia[14].

Como puede intuirse, la publicidad, al igual que cualquier otra forma de comunicación masiva, depende intrínsecamente de las variables socioculturales –los universos simbólicos- a las que se supedita pues estas configuran la mayor parte de la vida psicológica de los individuos. Esto motiva una curiosa paradoja: la publicidad, en tanto que medio de comunicación de masas, está destinada a generar y perpetuar un sistema de consumo cambiante que, finalmente, termina estableciendo las variables de acción de la propia publicidad. A esto se refería ya de manera ciertamente sutil Alvin Toffler cuando explicó que,

“cada uno de nosotros crea en su cerebro un modelo mental de la realidad, un almacén de imágenes […]. Todas estas imágenes juntas componen nuestra representación del mundo, situándonos en el tiempo, el espacio y la red de relaciones personales que nos rodea. Estas imágenes no surgen de la nada. Se forman, de maneras que no comprendemos, a partir de las señales o la información que nos llegan desde el entorno. Y a medida que nuestro entorno se convulsiona por efecto del cambio […], cambia también el mar de información que nos rodea”[15].


[1] González, J. A. (1996). Teoría general de la publicidad. Madrid: Fondo de Cultura  Económica.

[2] Reyzábal, Mª. V. (2002). Didáctica de los discursos persuasivos: La publicidad y la propaganda. Madrid: Editorial La Muralla.

[3] Desde 1988, y por disposición del Papa Juan Pablo II, Propaganda Fide pasó a denominarse Congregación para la Evangelización de los Pueblos. El concepto de propaganda, tal y como hoy lo conocemos, fue incluido por vez primera en el diccionario de la RAE en su duodécima edición (1884).

[4] Reyzábal, M.V., 2002, op. cit.

[5] Pratkanis, A. y Aronson, E. (1994). La era de la propaganda: Uso y abuso de la persuasión. Barcelona: Paidós.

[6] Reyzábal, M.V., 2002, op. cit.

[7] Convertir el asunto en una cuestión meramente dialéctica que evacúe el problema de fondo y convierta el debate en simple controversia. Llegados a ese punto es posible entrar en el juego del convencimiento con total independencia de la verdad interna o la coherencia lógica de lo que se dice. Por consiguiente y frente a la retórica –que sería el arte de expresar ideas con eficacia-, la erística es el arte de convencer con total independencia de las ideas en disputa.

[8] Festinger, L. (1993). Los métodos de investigación en las ciencias sociales. México: Paidós.

[9] Goffman, E. (2003). Estigma. La identidad deteriorada. Buenos Aires: Amorrortu.

[10] Beck, A.T. (2003). Prisioneros del odio: las bases de la ira, la hostilidad y la violencia. Barcelona: Paidós, 2003.

[11] Basta con observar la caracterización del trastorno de personalidad antisocial (TAP) que contemplan guías diagnósticas como el DSM-5.

[12] Revel, J.F. (1989). El conocimiento inútil. Barcelona: Planeta.

[13] Kapferer, J.N. (1978). Les chemins de la persuasion. París : Gautier-Villars.

[14] Muchos de mis alumnos/as se sorprenden cuando les explico que las marcas de refresco más populares incluso tienen registrado el diseño de sus latas y el sonido que hacen cuando se tira de la anilla, pues ha sido demostrado, mediante estudios de resonancia magnética funcional –RMf- que el cerebro humano es capaz de discernir esas sutilezas y operan como forma eficaz de condicionamiento. O que una de las estrategias más comunes de las grandes editoriales para vender sus libros consiste, precisamente, en pagar a grandes superficies comerciales y medios de comunicación para que los presenten al consumidor como “más vendidos”. Las estrategias de control del consumidor, en este sentido, son literalmente infinitas e incluso ocasionalmente hasta terriblemente siniestras: una marca de café filipina creó miles de niños adictos a su línea de caramelos de café haciendo que sus madres los consumieran en las salas de espera de los ginecólogos cuando estaban embarazadas… ¿Cómo? Pues porque hoy sabemos que lo que las madres comen –o no- se comunica al feto por vía química durante la gestación. Increíble pero cierto. (Si quiere usted saber más acerca de estas cosas le recomiendo una interesante y muy entretenida lectura: Lindstrom, M. (2012). Así se manipula al consumidor (2ª ed.). Barcelona: Planeta).

[15] Toffler, A. (1980). La tercera ola. Barcelona: Plaza & Janés.

El terror… ¿oculto?

Chase (Ficha Policial Reno Nevada, 1977)

Sacramento, capital del estado de California vio la luz de Richard –Rick- Trenton Chase el día 23 de mayo de 1950. No era un día especial y, de hecho, la fecha no aparece subrayada en calendario alguno de efemérides. Tampoco era un crío singular. Nada hacía pensar que acababa de nacer alguien que, por su excéntrica brutalidad, sería uno de los criminales más recordados de la historia de los Estados Unidos. Y sin embargo, podemos afirmar que su caso es el perfecto ejemplo de lo que puede llegar a suceder cuando todo el sistema que debe velar y supervisar el bienestar y la salud públicas, en un efecto dominó, se derrumba alrededor del sujeto al que precisamente debe controlar y reconducir. Una de esas maravillosas y banales historias que se gestan ante la mirada pública, ante un montón de gente que mira pero no ve, y que tras la consumación del desastre concluyen con el consabido “¿y quién iba a pensarlo?”.

De poco ayudó a Chase ser un niño hipersensible y neurótico sometido a un terrible estrés familiar, pues desde que tuvo conciencia vivió en medio de las constantes peleas de sus progenitores. Su padre, alcohólico y estricto, era un maltratador. Su madre, inestable psicológicamente desde la adolescencia, estaba obsesionada con la idea de que su marido quería envenenarla. El pequeño Richard vivió en medio de esta vorágine de gritos, peleas, golpes –de los que parece recibió una buena porción por ambas partes- y reproches durante diez años, hasta que se produjo el inevitable divorcio. Ambos reconstruirían sus vidas y seguirían ocupándose del pequeño Rick, pero el daño ya estaba hecho y aquel entorno terrible había destruido la frágil psique en construcción del niño[1].

A estas alturas Richard mostraba un cuadro consistente de problemas psicológicos severos: tendencias psicóticas, apatía, agresividad… Tenía constantes terrores nocturnos y sufrió de incontinencia urinaria hasta, al menos, los ocho años. Su único consuelo fue el de escribir un diario, tarea en la que se mostraría extremadamente meticuloso durante mucho tiempo… A la par que adquirió la costumbre de maltratar animales como forma de violencia disociada que, al parecer, era lo único que lograba relajar sus tensiones internas.

Chase (instituto)
Chase en el anuario del High-School.

Su cociente intelectual –dicen que 95- estaba en la media y ello le dio para terminar la educación secundaria, cierto que con más pena que gloria. Durante la adolescencia intentó normalizar su vida, relacionarse con chicas –llegó incluso a tener un par de novias-, pero todas sus relaciones con el sexo opuesto concluían en fracaso a causa de sus conflictos irresueltos, cuyas manifestaciones últimas se desplazaron hacia la sexualidad. Era impotente y rara vez conseguía una erección razonable, por lo que su autoestima se devaluaba progresivamente. Tampoco tenía amigos cercanos o mantenía relaciones cercanas con familiares[2]. Chase, puede que inducido por sus abusivos progenitores, intentó abordar el problema con normalidad y empezó a acudir a la consulta de un psiquiatra, pero abandonó la terapia, lo cual nada tiene de particular pues la adherencia a los tratamientos es uno de los grandes problemas en el ámbito de la salud mental. Para agravar las cosas, con quince años ya era un bebedor compulsivo y solía consumir drogas –marihuana, LSD- regularmente. No en vano, su primera condena, menor, sería por posesión de sustancias prohibidas. El hecho es que Chase advirtió pronto que todos sus intentos por conducirse como el resto de personas fracasaban porque, sencillamente, algo no marchaba en su cabeza. No era como los demás.

Se convenció de sus “diferencias” –lo cual se convirtió en constante fuente añadida de tormentos psicológicos- al intentar entrar en el mercado laboral. Su conducta era tan errática y falta de control que, tarde o temprano, terminaba siendo despedido. Así, a partir de 1969, se sucedió un rosario interminable de empleos de días, semanas a lo sumo. Incluso intentó probar suerte con los estudios universitarios, pero tenía lagunas de concentración severas y era incapaz de soportar la presión de los exámenes, con lo cual también abandonó al poco tiempo. La vida de Chase, como suele ocurrir con la de muchas personas con problemas mentales que no encuentran la pertinente ayuda externa, se convirtió inexorablemente en un rosario enfermizo de fracasos y renuncias.

Luchar por la normalidad

Si algo sorprende en el caso de Richard Trenton Chase es que tardó mucho tiempo en rendirse por completo a sus delirios. Es más, incluso hizo todo lo posible por vencerlos e integrarse, pese a no hacer otra cosa que acumular fracasos que ahondaron en su deterioro. Su última intentona antes de deslizarse por la pendiente de la locura tuvo lugar cuando contaba veintiún años. Decidió buscar la independencia compartiendo piso con unos amigos y ello, contrariamente a lo que cabría suponer, degeneró en el más completo desastre, pues en un afán por seguir la corriente se pasaba el tiempo consumiendo drogas, hecho contraproducente que motivó una rápida devaluación de su precario estado hasta consolidar su paranoidismo: tras obsesionarse con la idea de que una organización criminal trataba de acabar con él, creyó que sus compañeros de piso eran agentes a sueldo de dicha organización y, para protegerse, clavó la puerta de su habitación, que convirtió en una fortaleza. Entraba y salía de ella por un agujero practicado en el fondo de un armario empotrado. Dormía poco. Vivía aterrorizado. Montaba guardias… Sus diarios de este periodo, el de su primer brote psicótico reconocido, son testimonio del más absoluto pánico.

En 1972 fue arrestado de nuevo por conducir borracho. Retornar a una comisaría le asustó tanto que dejó de beber para tornarse completamente abstemio. Meses después, durante una fiesta, Rick intentaría manosear a una chica y se inició entonces una pelea que concluyó cuando, de nadie sabe dónde, Chase sacó una pistola del calibre 22. Tras ser reducido hasta la llegada de la policía por algunos invitados, y dado que no hubo heridos, se le incautó el arma y se le impuso una fianza de cincuenta dólares que abonaron sus progenitores. A partir de este momento, por temporadas, fue viviendo con el padre o con la madre. Sin empleo fijo. A salto de mata. Cada vez más desquiciado, lo cual complicaba enormemente la convivencia.

Chase (Funda pistola)
Chase, a quien ya se ve en la foto en un importante estado de degradación, posa engalanado con la funda de una de sus muy queridas armas.

De hecho, su manera de auto-castigarse por el incidente de la fiesta fue afeitarse la cabeza, evento que tuvo efectos ulteriores devastadores en la medida que marcó el inicio de toda suerte de percepciones alteradas del yo: dismorfobias, e hipocondrías. Se presentó en al médico muy asustado, explicando que su cráneo se estaba deformando poco a poco y que, por todo el cuerpo, los bordes de los huesos le agujereaban la piel. También dijo sentir que se moría porque alguien le había extraído la arteria pulmonar y su sangre no circulaba adecuadamente. Cabe imaginarse la cara del galeno cuando Rick le explicó que, a fin de paliar los síntomas descritos, se inyectaba sangre de conejo en las venas… Tras 72 horas de observación en un centro psiquiátrico, y contra la opinión de algún especialista que le consideraba inestable y peligroso, Chase retornó a casa bajo promesa de que se sometería al pertinente tratamiento. Y es que se ha produjo una diversidad de criterio diagnóstico. Entretanto unos profesionales están convencidos de que su esquizofrenia paranoide se debía a causaciones orgánicas, otros estimaron que era resultado de su adicción a las drogas, por lo que manteniendo su policonsumo bajo control, mejoraría de manera inmediata. Finalmente se impuso el criterio de los segundos y, toda vez que Rick ha sido estabilizado y medicado, encontrándose bajo supervisión materna, se pensó que todo habría sido reconducido. Y en este punto hemos de realizar una consideración que ha de quedar muy clara: los esquizofrénicos son pacientes que raramente se torna violentos y, en realidad, lo común es se hagan daño a sí mismos antes que a un tercero, al punto de que un elevado porcentaje de ellos termina suicidándose. Muy raros son los casos en los que ocurre otra cosa y, como estamos viendo en el caso de Chase, aun estos se deben antes a la inobservancia y el descontrol sobre el paciente que a sus propias motivaciones. De hecho, y como podemos comprobar en el caso que nos ocupa, Rick estuvo lanzando durante años, mucho antes de degenerar hacia el crimen, multitud de mensajes que simplemente se ignoraron de manera sistemática.

El hecho es que la vida familiar se complicará de manera progresiva en la medida que Rick, que pasa muchas horas solo -acompañado únicamente por sus delirios- en el apartamento que le financiaban sus padres, se obsesionó con la idea de que su madre le estaba envenenando lentamente a fin de librarse de la carga que suponía para ella. Obsérvese el singular parecido de este reproche de Richard con el que su propia madre realizaba a su padre años atrás… Así, alejado de cualquier forma de control Rick deja de tomar la medicación prescrita y su conducta comienza a empeorar de nuevo. Los delirios se recrudecen. Cabe preguntarse si Richard Trenton Chase hubiera terminado donde terminó si el sistema de protección hubiera sido consecuente con su patología, en lugar de desplomarse sin solución de continuidad a su alrededor.

Chase (Casa)
Entrada a la vivienda que Richard Trenton Chase.

Nace el vampiro

Rick se convenció de que su sangre se estaba convirtiendo en polvo y de que necesitaba contrarrestar los efectos de esta dolencia ingiriendo sangre fresca. Compró entonces varios conejos y, nuevamente, se inyectó y bebió su sangre. Por otra parte, adquirió la costumbre de tragarse las vísceras de los animales crudas, preparándose singulares “batidos” con la ayuda de una licuadora. Creyó que así evitaría que su corazón se contrajera hasta desaparecer.

Lógicamente, estas prácticas insalubres y antihigiénicas motivaron no solo que su vivienda se convirtiera en un autentico estercolero, sino también que cayera enfermo. Los médicos, tras escuchar sus relatos y percatarse de su obsesión por consumir sangre, lo internaron de nuevo diagnosticándole de esquizofrenia paranoide. Otra vez en la institución mental, Chase comienza a emular al Renfield de la novela de Bram Stoker, de modo que cazaba pájaros a los que arrancaba la cabeza a mordiscos para beberse su sangre. Al mismo tiempo, en sus sempiternos diarios, describirá con todo lujo de detalles estas prácticas y realizará pormenorizadas descripciones del sabor de la sangre en diferentes contextos y circunstancias. Estas conductas no van a más, pero tampoco mejoran. Pese a todo, y dado que no se muestra agresivo, en 1977 Richard Trenton Chase es puesto de nuevo en libertad bajo condición de que ha de pasar una revisión psiquiátrica anual. Surge un nuevo desacuerdo médico. Los psiquiatras más conservadores estiman que Rick es peligroso y se debe ser cauto, pero de nuevo se impone el criterio de los que son partidarios de tratar de reintegrarle a la vida normal. El sistema seguía haciendo aguas a su alrededor.

En constante evolución, comenzó de inmediato a secuestrar perros y gatos a los que decapitaba, descuartizaba y desangraba. Luego bebía su sangre mezclada con Coca Cola y guardaba los collares de los animales, con los que empezó a conformar una macabra colección. El efecto escalada tópico en estas patologías cuando no se reducen estaba servido y no tardó en pasar a presas mayores: deambulaba por los campos en busca de vacas, ovejas, a las que atacaba para beber su sangre. Llegó incluso a ser detenido por unos agentes de la policía india, en el interior de una reserva. Estos descubren un rifle junto a un montón de ropa y un cubo repleto de una mezcla pastosa de sangre e hígado. Siguen la pista al inopinado hallazgo y cabe imaginar su estupefacción cuando, prismáticos en mano, observan una escena absurda, propia de una novela de terror barata: un hombre desnudo, cubierto de sangre, sin duda el propietario de los objetos que acaban de encontrar, corretea por el campo como si se tratara de un demonio de cuento. Chase es detenido de inmediato, pero el sistema, en lo que ya parece un completo teatro del absurdo, sigue fallando: cuando lo lógico hubiera sido certificar su historial y devolverlo al psiquiátrico, los agentes lo ponen en libertad toda vez que comprueban que la sangre del cubo era de de oveja, y que la que cubría su cuerpo pertenecía a una vaca a la que había descuartizado.

Será entonces su padre quien haga un último intento de acercarse a él. Pasan los fines de semana juntos, le compra regalos, hacen excursiones… Todo es inútil. Rick ya ha perdido la razón y no sale de esa perversa obsesión con el deterioro progresivo de su organismo. A ésta, por cierto, irá añadiendo otras ideas recurrentes colaterales como las visitas de seres extraterrestres, las abducciones, los OVNI. La madeja que se teje en su cabeza compone un delirio desbordante, creativo, espectacular. Sus conversaciones giran en torno a un supuesto grupo nazi que le persigue desde que estaba cursando la educación secundaria. Su demencia se torna extremadamente imaginativa en relación a sus dolencias imaginarias, llegando a convencerse de que, a causa de la falta perniciosa de sangre, su estómago se está pudriendo, su corazón disminuye de tamaño y sus órganos internos se desplazan en su interior. Cree, en suma, que se trata de una metamorfosis que terminará transformándole en un auténtico vampiro.

Así, hacia finales de 1977, Chase da la segunda muestra –tras el episodio de la reserva india- de haber perdido por completo el control: se presenta en casa de su madre para hacerle una visita sorpresa pero, incapaz de controlar sus impulsos, discute con ella, sale dando un portazo, encuentra al gato de la familia en el jardín y lo mata con sus propias manos. Entonces retorna y, creyendo que va a disculparse, su madre le abre la puerta. Rick lanzó el cadáver del animal al suelo y, en el mismo umbral, comenzó a destriparlo. De nuevo, nadie hizo nada. De hecho, la madre de Chase solo contó esta horrenda peripecia tiempo después, durante el juicio de su hijo. Una muestra más de que los terrores subsiguientes pudieron evitarse. No en vano, días después de este episodio, Chase fue a la perrera municipal con su furgoneta destartalada, adquirió dos perros por 15 dólares y los asesinó para beberse su sangre, como de costumbre.

Bomba de relojería

Rick todavía no ha hecho daño a persona alguna, pero el desarrollo de los acontecimientos prueba que solo es cuestión de tiempo que algo muy malo ocurra si nadie interviene. Y hubo más oportunidades. Así por ejemplo, un policía le descubrió robando gasolina para su furgoneta pero, creyendo que se las estaba viendo con un simple chiflado, le dejó ir. O, posteriormente, cuando encontró a un perro perdido y, tras torturarlo, lo mató, bebió su sangre y comió sus vísceras… Pero tras enterarse de que los dueños del animal ofrecían una recompensa por él, les telefoneó para contarles con todo detalle cómo mutiló y mató al animal. Chase había ascendido un nuevo peldaño en su escalada sádica.

Finales de 1977. Richard Trenton Chase va a una armería y, como si tal cosa, adquiere otro revólver del calibre 22. Sin problema alguno. Un enfermo mental diagnosticado accede a un arma de fuego con total tranquilidad. A todo esto, las funestas desapariciones de mascotas continúan en el vecindario hasta alcanzar proporciones epidémicas, pero la sangre de los animales ya no le satisface. Chase está siguiendo por los periódicos el serial angelino de los primos asesinos, Kenneth Bianchi y Angelo Buono, los célebres “Estranguladores de la Ladera”. El tema le provoca una fascinación morbosa. Guarda celosamente los recortes de prensa y los lee una y otra vez. Rick, en efecto, está metamorfoseándose por fin en el monstruo en el que siempre pensó que terminaría por convertirse. No hay delirio que no tenga un sentido perfectamente coherente para quien lo construye.

Angelo y Buono
Angelo Buono (izquierda) y Kenneth Bianchi (derecha). Los inopinados héroes de Richard Chase.

Por navidades su padre le regaló un llamativo anorak amarillo que ya no se quitaría nunca. Ni siquiera cuando empezó a practicar con su nueva pistola, disparando contra las viviendas vecinas. Algunos, al darse cuenta, como es el caso del matrimonio Phares, simplemente lo amonestan por su actitud incivilizada. Y listos. El mundo parece haberse vuelto tan loco alrededor de Chase como él mismo. En una de estas peculiares prácticas de tiro una de las balas penetra por la ventana de una cocina cuya propietaria –una tal Polenske- elude la muerte por milímetros, pues el proyectil le roza el cuero cabelludo provocándole una herida. Rick consigue desaparecer sin ser visto.

Fin de año. Richard Trenton Chase se siente preparado para poner en marcha sus planes desquiciados. El 28 de diciembre toma el revólver, sale a la calle, deambula al volante de su furgoneta y termina disparando sobre Ambrose Griffin, un hombre que regresa del supermercado con su esposa y simplemente pasa por allí. Las circunstancias son terribles en su banalidad, pues Griffin vivía frente de la casa del cachazudo matrimonio Phares. Entonces el Sacramento Bee publica la noticia… Y Rick ya tiene su primer recorte de prensa. Como Bianchi y Buono. Nadie sabe nada, nadie ha visto nada. Nada de nada. Tampoco sucede gran cosa cuando días después prende fuego a un granero para echar a unos adolescentes que, a su parecer, habían puesto la música a un volumen demasiado alto. A estas alturas la transformación de Richard Trenton Chase es completa, pues ha llegado a la terrible conclusión de que es un vampiro y de que, como corresponde a su naturaleza, debe cazar personas[3].

La metamorfosis se ha consumado. ¿Y quién lo iba a pensar?

23 de enero de 1978…

… En la mañana Chase intenta allanar una casa entrando por una de las ventanas, pero cuando va a introducirse en el interior se topa de narices con la propietaria y, sorprendido, vuelve sobre sus pasos y se queda sentando en el jardín, pasmado, como si no hubiera contando con semejante contingencia. La mujer llama a la policía, pero Rick se marcha antes de que lleguen los agentes. Opta entonces por introducirse en otra casa cualquiera, defeca en una cama, orina en los cajones de la ropa interior, sustrae algunos objetos… También es sorprendido en el trance, pero huye. El propietario le persigue, pero consigue darle esquinazo.

Acto seguido se dirige a un centro comercial cercano. Su aspecto es lamentable. Apesta, tiene sangre reseca alrededor de la boca, mirada perdida, camina desorientado. Reconoce en el aparcamiento a una antigua compañera de instituto, se acerca y le pregunta si iba subida en la misma motocicleta en la que se mató un viejo amigo común de la escuela. Esta tan cambiado que la mujer, perpleja, solo cae en la cuenta de quién es cuando se identifica y, asqueada, trata de eludirlo introduciéndose en una sucursal bancaria. Él, pertinaz, la espera en el exterior. Ella sale, corre hasta su automóvil, lo pone en marcha entretanto Chase pretende introducirse sin éxito por la puerta del copiloto. Finalmente, la mujer logra escabullirse. Pasan varios minutos hasta que, finalmente, Rick continua vagando sin rumbo fijo.

Chase (Terry Wallin)
Teresa -Terry- Wallin.

Se mete entonces en un jardín. Uno cualquiera. El propietario de la casa sale y le exige que abandone su propiedad. Rick alega que sólo está tomando un atajo, continua y penetra, unas decenas de metros más allá, en el jardín de otra casa. En este caso e trata de la modesta vivienda de Teresa Wallin, de 22 años, embarazada de tres meses, que en ese momento está sacando la basura. Nada más verla, Chase ya se ha decidido. Arma en mano la obliga a entrar. Allá, en el dormitorio, la desnuda y le dispara dos veces. Todavía vive cuando, entre alaridos, le abre el vientre con un cuchillo para arrancarle los intestinos y esparcirlos cuidadosamente por el suelo. Sigue apuñalándola hasta que la chica fallece. Luego le extirpa parte del hígado, el diafragma, un pulmón y los riñones, colocándolos ordenadamente encima de la cama. Posteriormente golpea varias veces el cuerpo sin vida, toma un vaso para  beberse la sangre de su víctima, mastica algunos trozos de vísceras, defeca sobre la boca y el vientre abierto del cadáver, y finalmente abandona la casa. Cuando las 18:30 horas, David Wallin, el esposo, regresa al hogar y se encuentra con la carnicería, llama a la policía. Nunca se ha visto un crimen semejante en Sacramento, una ciudad pequeña y tranquila cuya población, en 1978, rondaba los 350.000 habitantes. Por ello mismo, y ante el pánico que los detalles más escabrosos del asesinato podrían provocar en la comunidad, Ray Biondi, entonces teniente de policía de Sacramento, decide eludirlos en su comunicado de prensa. Acto seguido, aún perplejo, acude al enlace del FBI, Russ Vorpagel. El Bureau, tras procesar la muy preocupante solicitud de Vorpagel, envía a un entonces desconocido agente llamado Robert K. Ressler que es puesto inmediatamente al día.[4].

La perfilación criminal es todavía algo que genera controversia pero, muy profesional, Ressler estudia el escenario y los informes, y realiza un perfil del criminal rápido tan exacto que, como pudo comprobarse luego, coincidía a la perfección con las características físicas y psíquicas de Richard Trenton Chase:

“Hombre blanco de entre 25-27 años; delgado, apariencia desnutrida. Su residencia estará muy desordenada y sucia, y habrá en ella evidencias del crimen. Historial de trastornos mentales, y podría estar relacionado con el consumo de drogas. Seguramente solitario, sin relaciones con hombres o mujeres, probablemente pasa mucho tiempo encerrado en casa, donde además vive solo. Desempleado. Posiblemente recibe alguna clase de subsidio. Si reside con alguien, podría tratarse de sus padres; sin embargo, es improbable. No habrá registros militares; fracaso o abandono escolar. Probablemente sufre alguna forma de psicosis paranoide”[5].

Biondi y sus agentes, apoyados en el sobresaliente trabajo de Ressler, buscan al asesino, pero a pesar del singular historial de Rick, sus andanzas, desajustes y despropósitos, no consiguen encontrar en primera instancia a nadie que encaje con las características peculiares del perfil. Sin embargo, será cuestión de tiempo, pues solo cuatro días después la terrible sed volverá a apoderarse de Richard Trenton Chase, a quien los periódicos ya han bautizado, legendariamente, como El Vampiro de Sacramento.

Chase (Helen Myroth)
Evelyn Miroth.

El 27 de enero allanará otra casa elegida al azar para disparar, sin mediar palabra, contra sus habitantes. Mata de este modo a Evelyn Miroth, una divorciada de 36 años; a su hijo Jason, de 6; y a un amigo de la familia, Daniel Meredith, de 52. Luego lleva el cadáver de Evelyn a su dormitorio donde lo sodomiza. Como decíamos, los delirios tienen una fuerte lógica interna y, en el caso del vampirismo, tanto el canibalismo como la necrofilia operan como actividades fronterizas e incluso sustitutivas. No es extraño, por ello, que el cadáver de la víctima despertara el apetito sexual de Chase. Como en el caso de Terry Wallin, procederá meticulosamente a eviscerar el cuerpo de Evelyn, engullirá parte de sus órganos internos y beberá la sangre de la mujer en un vaso de cristal. ¿Suficiente? Pues no. Chase ya no tiene freno y además cuenta con tiempo de sobra. Por ello le parece una buena idea introducir el cadáver del niño en la bañera, romperle el cráneo y comenzar a devorar el cerebro. Como suena. Si el caso de Chase es tan célebre como singular se debe precisamente al inusitado festival de lo grotesco que rodea a sus crímenes. Acto seguido, defeca en el agua. Tampoco es raro que este tipo tan peculiar de criminal culmine sus actividades con toda suerte de elementos coprofílicos e incluso coprofágicos, parafilias también fronterizas con muchas manifestaciones necrófilas[6].

Llegados a este punto alguien llamó a la puerta y Chase se asustó, por lo que decidió marcharse por una ventana… El problema es que en la vivienda hay también un bebé de 22 meses, Michael, a quien el vampiro se lleva consigo. Una vez en el exterior se apropia de la camioneta del finado Daniel Meredith y escapa. Abandonará el vehículo con las llaves puestas a unas cuantas calles, justo donde lo encontraría la policía.  Acto seguido, ya en el hogar, Chase torturó al bebé durante un rato hasta que –así lo dijo- se aburrió. Tomó entonces un cuchillo y procedió a decapitarlo, bebió su sangre y consumió de nuevo parte del cerebro.

De repente, la memoria

El espanto que acabamos de relatar, perfectamente descrito por los medios de comunicación, aterroriza a una población atónita, que en su vida ha visto cosa parecida, pues recuérdese que el luego célebre cine “gore” es una creación bastante posterior y lo más fuerte que podía verse en una sala de cine estándar de la época no se acercaba ni remotamente a tal grado de explicitud. Sin duda, y esto era lo único en lo que cabía estar de acuerdo, aquellas aberraciones solo podían caber en la mente de un enajenado. Así pues, y como es de suponer, la presión sobre las Autoridades fue tremenda, al punto de que el caso alcanzaría bien pronto repercusión nacional. El archifamoso Vampiro es protagonista de debates tan acalorados como absurdos a la par que cosecha fans –aunque parezca sorprendente, aun se pueden conseguir camisetas con el rostro de Chase impreso-: había incluso idiotas, porque ya se sabe cómo funciona esto del minuto de gloria, que aseguraban que se trataba de un auténtico vampiro que, por lo tanto, debía ser comprendido antes que tratado como un criminal.

Las Autoridades ponen a decenas de agentes sobre la pista. Peinan las zonas aledañas al lugar en el que abandonó la camioneta de Meredith razonando, con buen criterio, que si la utilizó para huir pero la dejó tan cerca de la casa en la que había cometido el crimen, no debía vivir muy lejos… a todo esto Rick sigue la historia por la televisión, acumula recortes de prensa… y empieza a temer que se le capture. Por ello limita sus salidas vampíricas a lo estrictamente necesario: sale brevemente, dispara contra un perro en un club cercano, lo destroza, bebe sangre de animal y regresa apresuradamente a la seguridad del hogar. Pero la policía encuentra los restos y estrecha el cerco.

Así es que al fin aparece aquella compañera de la enseñanza secundaria a la que Richard Trenton Chase asedió en el centro comercial. Sospechando que pudiera ser él la persona a quien se busca con tanto tesón, decide acudir a la policía. Se estudia el perfil del tipo denunciado y, claro está, de súbito todo cuadra a ojos de Biondi y sus agentes. En efecto, Chase encaja como un guante en el perfil de Ressler: tiene un largo historial de trastornos mentales, es un psicótico con antecedentes, posee un revolver del 22, y además vive a una manzana de distancia del lugar en el que se encontró la camioneta abandonada. Y van apareciendo otros detalles e historias colaterales que vienen a confirmar las primeras impresiones: el tiroteo de la vivienda de los Phares, el balazo que recibió Griffin, el testimonio del hombre que corrió tras él poco después de descubrirlo en su casa… Así es que la policía cerca su domicilio. Dada la impredecibilidad de un tipo como Rick, se decide no intervenir para limitarse a vigilar la casa en espera de que sea él quien salga al exterior y, en efecto, aparece poco tiempo después de que se establezca el cordón policial. Lleva una caja bajo el brazo y corre hacia su furgoneta, pero no la alcanza. Chase lucha fieramente pero logran reducirlo. En la caja lleva varios trapos ensangrentados que solo Rick sabe para qué quería. La cartera del difunto Daniel Meredith se encuentra en el bolsillo trasero de su pantalón. Biondi lo tiene claro: es, sin duda, el vampiro[7].

Se procede al pertinente registro. El hogar de Chase es un lugar hediondo, repleto de basura, excrementos y, dispuestos en platos, trozos de vísceras animales y humanas en diferentes fases de descomposición, sangre reseca, sangre en tarros, periódicos viejos, latas de cerveza vacías, cartones de leche podrida, ropa sucia por doquier… Se encuentra un cuchillo de caza de treinta centímetros de hoja, una caja de herramientas cerrada con llave y unas botas de caucho manchadas de sangre. También la colección de collares de perro y de gato, las tres licuadoras que Rick empleaba para preparar sus batidos de órganos y sangre. Del mismo modo, se hallaron sus muy detallados diarios. En la pared de la cocina había un calendario, con la palabra “hoy” escrita sobre cada una de las fechas de los asesinatos. Esa misma palabra aparecía escrita cuarenta y cuatro veces más, en fechas futuras. Lo único que no apareció fue el cuerpo del niño secuestrado. Se encontraría a mediados de 1978, enterrado en las cercanías de la casa. El espectáculo era tan abrumador y desconocido para los agentes de la policía de Sacramento que, como luego explicó el propio Ressler, algunos de los que entraron en aquel antro tuvieron que recibir tratamiento psicológico durante meses.

Chase (Licuadoras)
Algunos de los útiles con los que Chase preparaba su peculiar dieta.

Dentro del monstruo

Una de las delirantes anotaciones de los diarios de Chase induce a suponer que pudo matar a otras personas a las que no se pudo vincularse con él, si bien es difícil determinar cuánto de verdad y cuanto de fantasía psicótica destilan esas páginas:

“Maté a la primera persona por accidente. Mi coche estaba estropeado. Quería irme pero no tenía transmisión. Tenía que conseguir una casa. Mi madre no me quería acoger en Navidades. Antes siempre me acogía en Navidades, cenábamos y yo hablaba con ella, con mi abuela y con mi hermana. Aquel año no me dejó ir a su casa, disparé desde el coche y maté a alguien. La segunda vez, aquellas personas habían ganado mucho dinero y yo sentía envidia. Me estaban vigilando y disparé a una señora (conseguí algo de sangre de todo aquello). Fui a otra casa, entré y había una familia entera ahí. Les disparé a todos. Alguien me vio allí. Vi a una muchacha. Ella había llamado a la policía y no habían podido localizarme. La novia de Curt Silva… el que se mató en un accidente de moto, lo mismo que un par de amigos míos y tuve la idea de que lo habían matado a través de la Mafia, que él estaba en la Mafia, vendiendo droga. Su novia recordaba lo de Curt; yo estaba intentando sacar información. Dijo que se había casado con otro y no quiso hablar conmigo. Toda la Mafia estaba ganando dinero haciendo que mi madre me envenenara. Sé quiénes son y creo que se puede sacar esto en un juicio si, como espero, logro recomponer las piezas del rompecabezas…”[8]

Chase (Juicio 2)
Chase, acompañado de sus defensores, en la sala de vistas.

El juicio de Chase, por obvios motivos de seguridad, se trasladó desde la ciudad de Sacramento a la de Palo Alto, y comenzó en los primeros días de 1979. No duró mucho pues, en realidad, todos los detalles de los crímenes estaban bastante claros, la carga probatoria contra el criminal era abrumadora, y Chase tampoco hizo nada para eludir la inculpación. Reconocido por los especialistas como un esquizofrénico paranoide de manual, Rick, balbuceante e inconexo, trató de justificar sus macabros asesinatos diciendo que unas voces de seres extraterrestres y otras criaturas lo acosaban continuamente, obligándole a matar. Iris Yang, periodista del Sacramento Bee, describe a Richard Trenton Chase durante el juicio de esta guisa:

“El acusado estaba totalmente apático. Sombrío, pelo marrón lacio, ojos apagados y hundidos, tez cetrina y delgadez extrema, no le sobra apenas carne en los huesos. Durante los últimos cuatro meses y medio, Richard Trenton Chase, a sólo unas semanas de su vigésimo noveno cumpleaños, ha estado sentado encorvado, jugando con los papeles que tiene delante de él o con la mirada vacía puesta en las luces fluorescentes de la sala”.[9]

Chase (juicio)
Chase durante su declaración.

Lo cierto es que no había causa. El juicio tuvo lugar porque la fiscalía estaba empeñada en la petición de pena de muerte para Chase -basándose en una nueva ley recientemente aprobada en California-, frente al alegato de la defensa, que pretendía que Rick fuera considerado mentalmente enfermo. La fiscalía consiguió sentarlo en el banquillo de los acusados argumentando ante el juez que había tenido suficiente “astucia” y “conocimiento” en el momento de los crímenes como para ser considerado responsable de sus actos, ser capaz de diferenciar entre el bien y el mal y tener, por ello, capacidad de responder legalmente por ellos. Lo cierto es que el caso estaba tan atado que el jurado sólo deliberó durante las dos horas de rigor antes de declararlo culpable de todos los asesinatos. El juez, asumiendo incomprensiblemente el punto de vista de la fiscalía, pues en efecto Chase era una demente de manual, emitió una condena de muerte e hizo que Chase fuera trasladado a la prisión de San Quintín, donde esperaría su ejecución en la silla eléctrica. Posteriormente fue trasladado al penal de máxima seguridad Vacaville[10].

No obstante, la pena no llegó a cumplirse pues, durante la navidad de 1980, le encontraron muerto en su celda. Al parecer, Chase había estado guardando una buena parte de las pastillas que recibía para controlar sus alucinaciones, y se las había tomado de golpe. Nunca ha quedado claro que se tratara de un suicidio convencional ideado por Chase en un momento de lucidez, o de un postrero acto psicótico del vampiro que buscaba con ello paliar alguna extraña dolencia. Lo cierto es que el caso, por sus peculiaridades psicológicas, se sigue empleando como ejemplo formativo para los agentes que ingresan en la Behavioral Sciences Unit del FBI (Quantico, VA).


[1] Sullivan, K. Vampire. The Richard Chase Murders. Evergreen (CO): Wildblue Press, 2015.

[2] Ressler, RK & Schachtman, T. Whoever Fights Monsters, New York: St. Martin’s Paperback, 1993.

[3] Sullivan, K., op. cit.

[4] Biondi, R. & Hecox, W. Dracula Killer: The True Story of California´s Vampire Killer. London: Mondo, 1992. Este libro es muy recomendable si se desean conocer los detalles internos de la investigación policial del caso.

[5] Ressler, RK & Schachtman, T., op cit., 3.

[6] Descamps, MA. Zoofilia y necrofilia. En: Volcher, R. (comp.): Enciclopedia de la Sexualidad. Madrid: Fundamentos, 1975, 579-586.

[7] Biondi, R. & Hecox, W., op. cit.

[8] Ressler, RK & Schachtman, T., op cit., 17.

[9] Cit. en: Ressler, RK y Schachtman, T, op. cit., 17-18.

[10] Sullivan, K., op. cit.

Machos y “supermachos”

Richard Speck
Richard Speck

Chicago. Noche del 13 de julio de 1966.

Un sujeto de mala vida, adicto a las drogas y el alcohol, que responde al nombre de Richard Speck, penetra por la fuerza en la residencia de un grupo de chicas estudiantes de enfermería. El asaltante se hace con el control de la situación tras inmovilizar al nutrido colectivo de jóvenes que, de suerte inexplicable, no oponen resistencia alguna al hombre que las intimida con un cuchillo y un revólver. Luego, presa de un furor homicida irracional en el que se confunden terribles delirios de sexo y muerte, asesina brutalmente, de manera metódica e implacable, a todas las jóvenes excepto una de ellas que salva la vida simulando precisamente estar muerta. Gracias a ello, Speck pudo ser identificado y detenido. Convicto y confeso, fue objeto de un exhaustivo examen médico en el curso del cual se le detecto una anomalía genética prácticamente sin precedentes en individuos normales en apariencia: en lugar de poseer como todos los varones un cromosoma X (procedente de la madre) y otro Y (procedente del padre), contaba con un X y dos Y[1].

Anomalía cromosómica

Si bien la existencia de los cromosomas fue conocida a partir de 1920, fenómenos como el de la trisomía ya no resultaban una novedad en los días en que Speck cometió su terrible crimen. Su existencia había quedado establecida desde las investigaciones que Turpin, Gautier y Lejeune realizaron en 1958, cuando lograron desenrollar el ovillo en el que se presentan los cromosomas tras sumergirlos en una solución hipotónica. Los franceses encontraron que la célula de los sujetos afectados por el entonces denominado “mongolismo”[2] no tenían los 46 cromosomas habituales –23 pares-, sino 47. Este cromosoma de más, llamado habitualmente cromosoma supernumerario, se ubicaba en el lugar que debería ocupar el cromosoma normal 21 y podía tener tanto las fórmulas XXY como XYY. Además, no solía presentarse aislado sino unido a otro de suerte que no era fácilmente detectable. También pudo averiguarse que ocasionalmente este cromosoma supernumerario no producía sintomatología clínica alguna en los sujetos que lo poseían por la sencilla razón de que se había fijado a un lugar que impedía sus manifestaciones. Este proceso fue denominado traslocación equilibrada. Richard Speck pertenecía a este grupo particular de individuos con el cromosoma supernumerario no aquejados de taras físicas o psíquicas observables a primera vista.

El primer caso bien estudiado de esta manifestación de la trisomía asintomática fue el de un chico obeso de 12 años estudiado por Sanberg y su equipo, y fue contemplado desde el punto de vista de la curiosidad biológica en la medida que no existían anomalías comportamentales visibles[3]. Al muchacho se le trató por los medios habituales de sus dolencias glandulares y estas fueron corregidas con éxito. Pero el impactante caso de Richard Speck alteró por completo el panorama de la investigación de las anomalías cromosómicas, y alentó a otros en la búsqueda de sujetos agresivos o con conductas criminales dotados del célebre cromosoma supernumerario. Incluso el nombre del XYY -denominado hasta entonces Síndrome de Jacobs- sufrió alteraciones significativas que parecían indicar que nada bueno podía esconderse debajo suyo: cromosoma del supermacho o cromosoma del crimen:

“Los estudiosos del tema comienzan a encontrar un elevado número de varones XYY entre los reclusos de penales y manicomios. La mayoría eran violentos, agresivos, peligrosos, de conducta criminal, o sencillamente subnormales. Todo esto condujo a la idea que predomina en los años 60 de que el estudio del cariotipo podría predecir las conductas violentas y el crimen”[4].

Parecía, por tanto, que el viejo doctor Lombroso llevaba razón en última instancia, y que los estigmas físicos del criminal existían realmente. No como configuraciones corporales manifiestas pero sí como manifestaciones ocultas, oscuras, intangibles, devenidas del misterioso plano de lo genético… Lo cierto es que costó algún tiempo desterrar al ámbito de los errores curiosos de la historia de la ciencia el asunto del cromosoma del crimen, sobre todo a causa de la tozudez de un buen número de apasionados cientificistas que se resistían a abandonar una idea tan sugestiva, virtualmente productiva, y por qué no decirlo, bastante útil desde una óptica psicosocial, legal y cultural por maravillosamente facilona. Pero el hundimiento de este nuevo mito pseudocientícifico sería inevitable precisamente por los términos en que se planteaba.

Parecía obvio que si se realizaban búsquedas masivas de cariotipos XYY en cárceles y psiquiátricos, sesgadas de entrada por la poco objetiva segmentación poblacional, aparecerían muchos portadores de la tara maldita que, por supuesto, serían agresivos, delincuentes, inmorales o simplemente “locos peligrosos”. Ahora bien, la cosa no funcionaba tan bien como se las prometían los deterministas. Cuando se echaba un vistazo a la población no reclusa –la general-, se evidenciaba con meridiana claridad que existía una cantidad insuperablemente mayor de individuos con el XYY fuera de las prisiones y llevando, por cierto, una existencia perfectamente normal. De hecho, la mayoría de ellos eran tan “normales” en todos los sentidos –físicos y psíquicos- que no descubrían en toda su vida que eran portadores del cromosoma supernumerario. Así, Dershowitz encontró que tan sólo un 1’5% de los sujetos aquejados de esta tara cromosómica habían delinquido alguna vez[5]. En la misma línea se manifestaron autores como Borgaonkar y Shah[6]. Más aún: no tardó en quedar claro que esta clase de anomalías cromosómicas no es hereditaria ni depende en modo alguno de la extracción social de los sujetos que las padecen, con lo que perdía gran parte de su fuerza en la explicación de fenómenos como el crimen o las conductas antisociales[7].

Por estas razones, la polémica del cromosoma XYY quedó muy pronto resuelta en el plano jurídico y en referencia a la imputabilidad o no imputabilidad de los delincuentes aquejados por la anomalía. Lo cierto es que el debate se clausuró cuando pudo demostrarse que la inmensa mayoría de estos individuos no pueden ser considerados en gran medida responsables de sus actos a causa de su anormalidad, ya intrínseca ya manifiesta:

“[Se] pudo demostrar que estos sujetos presentaban un nivel intelectual dentro de los límites normales, pero con un I.Q. (cociente de inteligencia) y nivel educativo menor del que se podía esperar. Se caracterizaban por inmadurez manifestada en forma de pasividad, irreflexión, labilidad emocional, necesidad de contacto social, identificación varonil insegura y mecanismos de defensa débiles”[8].

Richard Speck, por ejemplo, fue sentenciado a muerte en su día, pero la intervención de su abogado, apoyada en las investigaciones sobre el cariotipo 47, sirvió para que obtuviera un aplazamiento indefinido de la condena[9]. No obstante, el paradigma de la jurisprudencia en esta dirección vino de la mano de un caso prácticamente coetáneo al de Speck sucedido en Francia en 1968. Nos referimos al tan célebre como polémico Caso Hugon[10].

Señoría, no lo vuelvo a hacer…

Daniel Hugon, como la mayor parte de los portadores del cariotipo XYY que optan por la mala vida, cargaba sobre sus espaldas con una prolongada historia de problemas mentales, adictivos y judiciales. Jalonada por las depresiones que le impedían conservar un empleo estable, así como por diversos intentos de suicidio. Hasta que el día 4 de septiembre de 1965, fue seducido por una prostituta de 62 años de edad que aparentaba bastantes menos gracias a la noche y un elaborado maquillaje.

Ciertamente, toda vez que el joven Hugon descubrió el engaño, se negó a cohabitar con ella, lo cual no impidió que pasaran la noche juntos en la habitación de un hotel. El drama se desencadenaría a la mañana siguiente, cuando la mujer, pese a las inexistentes relaciones sexuales, quiso cobrar la pernocta a Hugon, quien se negaba a pagar el servicio. Hubo una fuerte discusión que terminó cuando el hombre, preso de una rabia irracional, se abalanzó sobre la mujer y la estranguló. La primera reacción del asesino, presa del pánico, fue la de huir de París. No obstante, tiempo después, víctima de profundos remordimientos, se entregó a la policía. El examen médico al que fue sometido reveló por fin la trisomía que le aquejaba y que explicaba en buena medida muchas de sus complicaciones psicológicas. Los especialistas advirtieron bien pronto la incapacidad que el problema cromosómico provocaba en el joven Hugon, y lograron explicarse gracias a ella las irregularidades psíquicas y comportamentales que le torturaron a lo largo de su existencia desdichada y solitaria. Por lo demás, alegaron que podía ser tratado adecuadamente mediante y que bajo el pertinente control médico podría llevar una vida perfectamente normal. No era un peligroso criminal en potencia, como sostenían erróneamente los defensores del estigma del XYY, sino, en todo caso, un hombre enfermo -no exento de responsabilidad sobre sus actos- cuya tara genética debía considerarse un atenuante antes que un motivo de culpa. En efecto, el tribunal que le juzgó tomo una determinación ejemplar muy en la línea de la tradición intelectual francesa: aceptó el criterio expuesto por los especialistas y le sentenció a 7 años de prisión -la mitad de la pena que se prescribía para estos casos- así como a ser sometido al tratamiento médico diseñado por quienes estudiaron su caso. Daniel Hugon cumplió su condena y nunca volvió a delinquir.

La prensa gala, en un arranque de humanismo y objetividad bastante poco común en el periodismo del presente, suspiró aliviada ante la esta resolución. No en vano, como bien se argumentó en diversos rotativos, la estimación de miles de personas como criminales potenciales a causa de una anormalidad cromosómica que en la mayoría de ellos era incluso inocua, no hubiera significado en el fondo más que otra forma injustificable de racismo.


[1] Un varón tipo posee un sexo cromosómico XY, en el que la X corresponde a la mitad de la cromatina de la célula materna y la Y a la mitad de la cromatina paterna. No se sabe a ciencia cierta la causa de ello, pero ocasionalmente –especialmente cuando los padres tienen una edad avanzada a la hora de procrear- no se produce esta separación habitual en la cromatina paterna durante la meiosis celular y se añade a la cromatina materna toda la cromatina paterna y no sólo la mitad, de modo que se produce un sexo cromosómico XYY. También puede ocurrir lo contrario, esto es, que sea la cromatina materna la que no se subdivida durante la meiosis, con lo que la resultante sea un sujeto con una trisomía de tipo XXY. En este caso se habla del llamado síndrome de Klinefelter.

[2] En la actualidad la denominación de mongolismo se encuentra prácticamente en desuso por razones eufemísticas, siendo sustituida por otras como trisomía 21 o síndrome de Down.

[3] Publicado en: Lancet, 2, 48, 1961.

[4] Reverte Coma, J.M. (1993). “No existe el cromosoma del crimen”. En: Espacio y Tiempo, 23, pp. 32-39. Y un horror añadido: incluso Charles Manson, el epítome del monstruo criminal contemporáneo –aunque nunca mató a nadie por su propia mano, ojo-, pudo ser portador de esta tremenda “aberración” natural. Más madera.

[5] Dershowitz, A. (1975).“Kariotype, predictability and culpability”. En: A. Milinsky & G.J. Annas; Genetics and the Law. New York, Plenum Press.

[6] Borgaonkar, D.S. y Shah, S.A. (1974). “The XYY chromosome male – or syndrome?” En: Prog. Med. Genet. 10, pp. 135-222.

[7] Véase por ejemplo algunos influyentes trabajos en esta dirección como Casey, M.D. et al. (1972). “Male patients with chromosome abnormality in two state hospitals”. En: Journal of Mental Def. Re.., 16, p. 215. Por otra parte, se sabe desde la aportación de Weismann, a comienzos del siglo XX, que los caracteres adquiridos no son hereditarios por la vía de transmisión biológica convencional y, por consiguiente, sugerir cualquier clase de argumento en esta dirección no es otra cosa que una falacia sin base científica alguna. Que un hombre sea un criminal no quedará inscrito en su código genético y, por ende, es imposible que sus descendientes se conviertan en criminales a causa de la herencia genética que reciban del padre.

[8] Reverte Coma, J.M.; Op. cit.

[9] A título de anécdota, digamos que Speck falleció en prisión a comienzos de la década de 1990 tras haberse inyectado hormonas que desarrollaron sus pechos, y protagonizar algunos sonados escándalos sexuales penitenciarios. Todavía se mueve por Internet un video en el que el Speck transexual de la segunda época de su vida mantiene relaciones sexuales con otro recluso. La investigación de las autoridades fue intensa, pero nunca se supo cómo este material pudo ser rodado, sacado de la prisión y difundido públicamente.

[10] Thevenin, R. (1970). Criminels fous et truands. Les Grands Procès d’Assises. Paris. Editions Fayard.

Introducción a la violencia de género

Violencia de Genero

Al hablar de “violencia de género”, en la medida que el problema existe como concepto de uso común, nos olvidamos de que se trata de un asunto extremadamente complejo cuyo abordaje sería imposible sin recurrir a un enfoque multidisciplinar capaz de integrar todas sus vertientes, que son muchas. De hecho, ni tan siquiera ha sido fácil encontrar consenso a la hora de denominar a este tipo peculiar de violencia en la misma medida que sus diferentes visiones y nomenclaturas, en última instancia, generan sesgos teóricos que introducen o excluyen aspectos controvertidos para la comprensión y abordaje del fenómeno.

El primer escollo a resolver, algo por lo demás común en materias científicas que tienen un fuerte calado social, surge a partir de la novedad del problema. Es cierto que la violencia de género es un hecho indiscutible que ha venido atravesando a todas las culturas y sus manifestaciones desde tiempos ancestrales, pero la verdad es que solo empezó a entenderse que era un auténtico problema cuando las demandas de las propias mujeres lo convirtieron en tal cosa. Así, fue cuando el movimiento feminista lo visibilizó a partir del siglo XVIII que la cuestión comenzó a existir y a despertar interés sociopolítico. Estas primeras demandas de aquel feminismo incipiente se centraban en la exigencia de los derechos de ciudadanía para la mujer, como el acceso a la educación, al voto, al trabajo remunerado y etcétera. Demandas que solo era posible sostener mostrando que su carencia procedía de una desigualdad esencial –metafísica si se quiere- insostenible desde el plano intelectual, pero arraigada con gran firmeza en el sustrato último de la cultura. No podemos olvidar, por ejemplo, que la Revolución Francesa, al proclamar en 1789 la Declaración de los Derechos del Hombre, solo tenía en cuenta, literalmente, a los propios hombres. Resulta paradójico, por cuanto es público y notorio que las mujeres lucharon tanto por la consecución de esos derechos como los propios varones, que una vez obtenidos se vieran excluidas de ellos y relegadas a un segundo plano sociocultural. Y no resulta extraño, pues, que fueran estas mismas mujeres las primeras en rebelarse contra semejante injusticia histórica[1].

Tras esta primera oleada se pasó a una segunda fase, ya durante el siglo XIX, que “redujo” las ambiciones iniciales del movimiento para concentrarse en la consecución del derecho al voto. Nacería así el famoso “movimiento sufragista”, que enraizó con especial fuerza en los Estados Unidos a partir de 1848. No hemos de dejarnos engañar por esta aparente reducción de las demandas de la mujer por cuanto, teóricamente, se entendía que el derecho al voto y a la consiguiente decisión en lo relativo a la representación política supondría, a medio plazo, la mejor herramienta para combatir la desigualdad. El cálculo efectuado por las sufragistas era obvio: Si las mujeres terminaban por convertirse en una bolsa estable de votos sucedería que los políticos, necesariamente, habrían de tomar también en consideración sus problemas y demandas. De hecho, la consecución del voto para la mujer en diversos lugares del mundo provocó el inevitable efecto dominó en Occidente que, sin embargo, tardó mucho tiempo en empezar a ofrecer los efectos apetecidos, pues la consecución del sufragio femenino raramente vino acompañada de la posibilidad de que las mujeres tuvieran un acceso efectivo a la esfera política[2]. Este lento progreso desencadenó la tercera ola del feminismo, a mediados del siglo XX.

Manifestacion Sufragista USA Finales Siglo XIX (americaslibrary gov)
Manifestación sufragista en los Estados Unidos a finales del siglo XIX [fuente: Americaslibrary.gov].

Eran ya muchas las mujeres descontentas con los escasos avances logrados tras una lucha tan larga, pero fue en torno a un libro publicado en 1949, El segundo sexo, que este descontento generalizado comenzó a agruparse para tomar la forma de un movimiento intelectual y material bien construido. Su autora, Simone de Beauvoir, teorizó por primera vez en torno al significado de lo que implica “ser mujer” y con ello alimentó la toma de conciencia general sobre las relaciones de desigualdad existentes entre hombres y mujeres, mostrando a qué punto se encontraban afianzadas en la historia de la cultura y cómo iban evolucionando y readaptándose a lo largo del tiempo. De hecho, fue de Beauvoir quien comenzó a visibilizar el problema de la naturalización de la violencia sobre las mujeres, abriendo una línea de trabajo consolidada posteriormente, en 1963, cuando la psicóloga estadounidense Betty Friedan publique La mística de la feminidad. Un texto centrado, por primera vez, en la violencia de género en cuanto tal así como en los procesos psicosociales que la facilitan, la justifican y la ocultan al recluirla en el ámbito de “lo privado”.

Gracias a la aportación del tandem de Beuvoir-Friedan, y hasta su consolidación final con los muy celebrados textos antropológicos de Gayle Rubin, el movimiento feminista internacional pudo al fin contar con elementos que antes no había tenido: una teoría sólida que someter al debate sociopolítico, y capacidad organizativa desde las que exponer demandas concretas, uniformes y coherentes. La principal de ellas surge precisamente en torno al problema de la violencia de género como acontecimiento natural, fatal e invisible que afecta a la mujer en todas las manifestaciones de su existencia. La cultura y la sociedad habían convertido a las mujeres en víctimas de un destino inexorable que no podía ser alterado porque era legítimo, inmemorial e incuestionado. Precisamente, y más allá de ulteriores retóricas, ideologismos y manipulaciones, en esto reside el verdadero mérito histórico y central del feminismo: mostró que ese destino “natural” de la mujer –ser violentada, ser desigual, ser sometida- no solo se cimentaba sobre falacias históricas ocultas, sino que también era un destino injusto y terrible que una sociedad, para ser simplemente humana, debía combatir y erradicar.

Simone de Beauvoir
Simone de Beauvoir (1908-1986).

El discurso patriarcal sobre la violencia de género

Sería absurdo –y debemos tenerlo claro a estas alturas- decir, como se trata de argumentar desde diferentes entornos, que la violencia de género sólo afecta a la esfera privada de las personas. Absurdo y falaz porque, en realidad, se trata de un producto devenido de la tradicional organización patriarcal de la sociedad que afecta de un modo u otro a todas sus manifestaciones. Pero también sucede que, en efecto, parece que los sucesivos avances psicológicos y sociopolíticos provocados por la visibilización permanente del problema han ido matizando las desigualdades públicas, limando sus aristas, y recluyendo con ello las peores y más trágicas implicaciones de la violencia de género en la vida privada de las mujeres, donde aún permanecen ocultas en muchos casos. Poca gente toleraría ya que a una mujer se la ofendiera en la calle, o en el trabajo, por causa de su mera condición de mujer, pero las mismas personas que no admitirían tales conductas públicas –bien sea por “corrección política”, apelando a supuestos “principios morales”, o por simple “caballerosidad”- a menudo se muestran renuentes a implicarse cuando esto mismo sucede en el ámbito doméstico. Adoptan de tal modo una postura templada, inconsistente, que precisamente es más dañina que cualquier otra porque contribuye de manera sutil pero decidida a la perpetuación de esa violencia estructural y que, además, es muy difícil de combatir a causa de su aparente sensatez.

Esto ocurre porque desde el clásico discurso patriarcal en torno a la violencia de género se rehuyen las explicaciones en clave estructural, que son precisamente las relevantes, y se trata de individualizar el problema. Se convierte así en el fenómeno esporádico de unos cuantos sujetos con nombres y apellidos que, por diversas razones, rompen el equilibrio y la complementariedad entre el hombre y la mujer. Este argumento de la agresión como producto exclusivo del agresor particular concluye con un axioma sencillo: en realidad no existe un problema sociocultural de fondo, sino tan solo problemas concretos y circunstanciales. La sociedad no debería hacer nada atacar las desigualdades estructurales –que no las habría-, sino las desigualdades específicas, propias del caso. Así es como en el discurso patriarcal sobre la violencia de género transforma el hecho social en simple anomalía individual y, de nuevo más allá de intereses peculiares e ideologismos varios que no nos competen y que nada aportan al tema, esta es precisamente su verdadera palanca de fuerza.

Mediante ese argumento, hemos de indicar ahora que perfectamente integrado en la educación de un elevado número de mujeres que también lo asumen y difunden, el agresor es observado como un enfermo, un tipo marginal que no respeta las normas sociales básicas. La mujer agredida, por su parte, es considerada como una persona transgresora y/o provocadora que dificulta las relaciones familiares, que tiene problemas para gestionar su relación de pareja, o bien que no es hábil a la hora de mantener al hombre dentro de las convenciones. Así dispuesto el discurso, la violencia de género en el ámbito intrafamiliar se convierte con suma facilidad en simple “violencia doméstica” y nos habla de un conflicto entre personas particulares que se resuelve de manera disfuncional. Al ser la mujer la que transgrede o es inhábil en uno u otro sentido sucede que también, a menudo, “provoca” la acción violenta sobre ella y contribuye inevitablemente a su propia victimización.

Este modelo discursivo trata, por otro lado, de sostener que la sociedad es igualitaria y que las diferencias observables entre hombres y mujeres se fundamentan en su naturaleza biológica. Un imponderable contra el que sería ridículo luchar porque, sencillamente y de manera esencial, las mujeres y los hombres “son diferentes” y están naturalmente dirigidos hacia finalidades productivas diversas: El hombre estaría más dotado para la actividad pública, la valentía, el esfuerzo, la competitividad y los sacrificios que conlleva sacar adelante a una familia… Pero las mujeres –que necesitan ser protegidas por los hombres a causa de una supuesta debilidad biológica- estarían más dotadas para la vida hogareña, la crianza, el cuidado y la gestión de los sentimientos… Como si la maquinaria emocional de hombres y mujeres fuera fisiologicamente diferente, lo cual es un simple y llano disparate.

Si pensamos en esto durante un minuto, veremos en seguida que existe una fuerte contradicción entre el modelo discursivo patriarcal y la práctica social diaria. Contradicción irresoluble que derrumba el propio discurso y nos muestra con claridad sus falacias: Primero, porque cada vez son más las mujeres que rompen la barrera del género e irrumpen en terrenos que se consideran tópicamente varoniles. Segundo, porque entretanto se niega teóricamente que las diferencias entre hombres y mujeres, así como sus diferentes jerarquías, existan en la sociedad, se aceptan de facto todas aquellas prácticas que subordinan a la mujer por causa de su naturaleza femenina. Consecuentemente, de manera subrepticia, se desvaloriza el trabajo doméstico, se ocultan las aportaciones históricas de la mujer y se minusvaloran aquellas tradiciones, costumbres e instituciones que se consideran como propiamente femeninas.

Discurso Patriarcal
Tabla 1. La violencia de género en el discurso patriarcal tópico.

El análisis “de género”

Es interesante, desde un punto de vista psicosocial, darse cuenta de lo poco que se comprende –o lo mucho que se malinterpreta- el concepto de género. Hay quien cree que se trata de una categoría elaborada ad-hoc con la finalidad expresa de sustentar un programa político de corte feminista. También se dice que es una simple invención semántica carente de apoyo científico alguno. Hay quien sostiene, incluso, que se trata de un pretexto diseñado por los supuestos “enemigos de lo establecido” –los siempre peligrosísimos “antisistema”, sean quienes fueren- para interferir o subvertir el buen orden sociocultural. Sin embargo, ninguno de estos tres puntos de vista es correcto y quien los defiende de manera acrítica muestra un profundo desconocimiento del problema, cuando no el hecho de ser partidario –o difusor involuntario- de ciertos discursos políticos y culturales tan poco fundamentados y falaces como interesados.

John Money
John Money (1921-2006).

Lo cierto es que el concepto de género apareció en el seno de la investigación psicológica, y los primeros autores que lo emplearon, dicho sea de paso, no fueron mujeres sino hombres. Si bien acuñado en 1955 por Money, sería Robert Stoller en 1968, en el transcurso de sus estudios acerca de niños y niñas aquejadas de diferentes síndromes androgenitales y sometidos a terapias hormonales, quien establecería la diferencia conceptual entre sexo y género tal y como hoy la entendemos. De sus trabajos Stoller concluyó que la identidad y el comportamiento de género no están determinados por el sexo biológico, sino por las experiencias vividas, los ritos y las costumbres que se le atribuyen a los sexos biológicos a partir del etiquetado sociocultural[3]:

  • El “sexo” hablaría de las diferencias innatas y determinadas por la biología que existen entre hombres y mujeres, y que son universales e invariables.
  • El “género” hablaría de diferencias entre hombres y mujeres construidas en el contexto social: Actitudes, roles, actividades y pensamientos que la cultura establece como más aptas y deseables en función del sexo.
Sex & Gender (Robert Stoller)
Primera edición del célebre libro de Robert Stoller “Sex and Gender” (1968).

Siguiendo con esta argumentación en clave psicológica, pronto se nos muestra evidente que el concepto de género moviliza alrededor de la violencia tres instancias o elementos básicos que, para nosotros, van a ser muy relevantes en adelante:

  1. Asignación de género. También llamada en la literatura “rotulación”, “etiquetado” o “atribución” implica que tanto la víctima como el agresor han asumido un programa de individuación personal cuya diferencia fundamental estriba en haber sido definidos como “hombre” o como “mujer”. Estas etiquetas implican modos de relación peculiar entre los sexos que, como es lógico, van a generar estilos peculiares y específicos de violencia. Así las cosas, se comete un grave error cuando se homogeneiza la violencia de género con respecto a otras y se la trata de igual modo[4].
  2. Identidad de género. Tanto la víctima como el victimario han estructurado y consolidado todas sus experiencias vitales desde una identificación con las ideas que la sociedad y la cultura tienen acerca de lo que significa “ser hombre” o “ser mujer”. De tal modo, el proceso de identificación se convierte en un filtro de las experiencias que las transformará en eventos con significados diferentes para ambos.
  3. Rol de género. La identificación provoca la interiorización de un conjunto de preceptos y normas sobre el comportamiento que se va a considera adecuado en cada sexo. En el caso de la violencia de género esto implicará que el agresor y la víctima van a situarse en posiciones diferentes y, por tanto, desarrollarán diferentes estrategias de afrontamiento de la violencia.

Esto es lo que explica que en el caso de la violencia de género no resulté irrelevante, sino todo lo contrario, quién es el que agrede y quién es el agredido. Debemos entender que en la producción de esta clase peculiar de violencia –al igual que sucede con cada una de las formas específicas de violencia, por cierto- existe, y es un tópico en la literatura, un vínculo muy complejo y elaborado entre la sociedad y la estructura psíquica de las personas. Ahí es donde adquiere pleno sentido el hecho de que,

“no deja de ser curioso que las diferencias de sexo condicionen el tipo de violencia experimentada. Cuando un hombre sufre una agresión, ésta tiene lugar habitualmente en la calle y suele estar asociada a un robo, a una pelea, un ajuste de cuentas o un problema de celos. Las mujeres, por el contrario, al menos en la mayoría de los casos, cuando son víctimas de actos violentos, suelen sufrirlos en el hogar y a manos de sus parejas”[5].


[1] Olympia de Gouges –seudónimo de Marie Gouze- fue una de las primeras en levantarse contra ella al publicar en 1791 su Declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana, hecho por el cual fue guillotinada. Por aquel entonces, en 1792, también la británica Mary W. Shelley, autora del célebre Frankenstein, publicaría en Londres su Reivindicación de los Derechos de la Mujer.

[2] Nueva Jersey fue el primer Estado de la Unión en aprobar el voto femenino, cosa que ocurrió en 1776 y por accidente al utilizarse en la ley electoral la palabra “personas” en lugar de “hombres”, con lo cual fue de nuevo abolido en 1807. El primer país del mundo que aprobó el voto femenino sin restricciones de clase alguna, gracias al movimiento que lideró la activista Kate Sheppard, fue Nueva Zelanda, en 1893. Interesa destacar que en muchos de los lugares en los que se aceptó el voto de la mujer, se logró esta victoria incluso antes que la del sufragio universal. El primer lugar de Europa en el que se admitió el voto femenino fue Finlandia, en 1907, seguida posteriormente por Noruega y Suecia. En España las mujeres pudieron votar por vez primera a partir de la promulgación de la Constitución de 1931, y hasta 1939, año en el que la norma fundamental fuera suspendida por motivos sobradamente conocidos.

[3] No está de más mencionar que fue a partir de esta línea de trabajo que comenzó a considerarse que la homosexualidad no tenía base biológica y que, por consiguiente, carecía de sentido científico considerarla una patología. Con ello, no tardaría en ser excluida de las clasificaciones de trastornos mentales más habituales.

[4] Uno de los errores más comunes que se cometen a la hora de analizar e interpretar el fenómeno delincuencial reside, precisamente, en la igualación de la génesis del delito y del delincuente. Este yerro, muy habitual en los análisis poco concisos y mal estructurados de los medios de comunicación, lleva a la simplificación –radicalmente superada en el plano científico- de que sólo existen personas criminales y no criminales, de que solo hay agresiones, robos o asesinatos en general, y de que por tanto el problema del crimen tiene una resolución unitaria y específica. La realidad, evidentemente, es que no todos los delincuentes se conducen por las mismas motivaciones y no todos los delitos tienen el mismo origen, lo cual implica que necesitan de una comprensión y de un tratamiento tan peculiar como especializado.

[5] Echeburúa, E. y Corral, P. de (1998). Manual de violencia familiar. Madrid: Siglo XXI, p. 1.

Las historias que nunca debiste creer

Chica de la Curva
Si te han contado que esta chica existe, no lo creas… Pero si la ves, tampoco la recojas.

La leyenda urbana, como solemos decir a menudo en este blog, se caracterizan por ser esa historia redonda, completa, argumentalmente cerrada, que cae de su peso y que tiene toda la pinta de ser “demasiado buena”. Tan buena que cabe sospechar que ha sido construida por alguien y que, simplemente, es tan perfecta que no puede ser cierta. Entendámonos: el mundo real es caótico, complejo, abierto, azaroso, condenado a la “magia” de la probabilística, a menudo irracional a ojos humanos, y por lo común fastidioso y molesto para la mayor parte de la gente por lo que simplemente prefiere ignorarlo. Al fin y al cabo, las “verdades” que podemos encontrar en él siempre son abiertas y están por ello mismo sometidas a ese constante proceso de discusión y revisión metódica al que llamamos ciencia. No ocurre así en el mundo imaginado, fantástico y perfecto del arte, de la creación literaria, de la cultura popular o de las magníficas leyendas urbanas –en tanto que parte de esa cultura pública- en la medida que entornos comunicativos artificiales en los que no imperan las reglas arbitrarias y a menudo incomprensibles de la naturaleza.

Por ello, del mismo modo que la mayor parte de la gente suele preferir una mentira maravillosa a una verdad mediocre, es habitual que tenga más sentido creer una perfecta leyenda urbana que comprender parcialmente un hecho real complejo. Bien lo saben los demagogos, los doctrinarios o los estafadores de toda suerte y cuño: para la mayor parte de las personas la verdad, en tanto que cuestión costosa, difícilmente alcanzable, por lo común “injusta” o “degradante”, y a menudo muy poco “razonable”, supone un completo fastidio.

Urban Legend
El cine también ha hecho dinero con las leyendas urbanas. Total, nunca debes permitir que la realidad te hunda un buen negocio.

Qué es una leyenda urbana

Tal y como explica uno de los más conocidos estudiosos de las leyendas urbanas, el profesor de literatura de la Universidad de Utah y especialista en folclore Jan Harold Brunvand, éstas son fábulas populares que relatan acontecimientos “reales” aunque raros o extravagantes, que le pasaron a alguien a quien no conocemos –ni podemos conocer-, y que nos suelen llegar por la vía del testimonio de alguien que nos resulta creíble porque, generalmente, este relator también se las cree. En general, y aunque parezca sorprendente, todas son estructuralmente muy parecidas y se caracterizan por una serie de elementos que son, precisamente, los que las hacen creíbles, fácilmente asimilables por cualquier público, y facilitan su difusión[1].

  1. Su final es aparentemente cerrado, pero permiten que sea el propio receptor quien saque sus propias conclusiones y complete el relato. Lo interesante es que cuando el receptor lo analiza descubre que solo puede concluir aquello “tiene lógica” a partir de lo que se le narra.
  2. Se construyen sobre bases argumentales simples. Tienden a ser lineales, poco complejas, de modo que puedan ser contadas y asumidas con brevedad y cierto grado de literalidad.
  3. Los elementos que las componen suelen formar parte de la vida diaria. De hecho, nos interesan porque suelen hablarnos de cosas que, aparentemente, son comunes y corrientes y “le pueden pasar a cualquiera”.
  4. Recurren a los elementos más simples y atávicos de la conciencia –especialmente el miedo-. Utilizan como palanca las emociones, nunca la razón.
  5. Son fácilmente intercambiables entre culturas y sociedades con escasos “retoques estéticos”, por lo que es normal que la misma leyenda se cuente en muchos sitios, aunque con la oportuna modificación de los detalles. Sin embargo, su estructura básica, el tronco argumental, permanece.
  6. Todas tienen una lejana base real, a veces tan remota y deformada que no recuerda en nada a los hechos originales que les sirven de inspiración. El hecho es que no importan los detalles concretos o los fundamentos documentales si los hubiere. Lo relevante es revestir el relato de veracidad -que al oyente “le suene”-.
  7. Existen en la medida que responden a la necesidad antropológica del mito en tanto que elemento que da sentido a “lo inexplicable”.
  8. Han existido en todas las culturas y épocas históricas, si bien no siempre se han llamado “leyendas urbanas”. De hecho, y en no pocos casos, las situaciones y elementos simbólicos que emplean son en su fondo los mismos, tanto en el presente como en el pasado. Por ello, muchos antropólogos las han relacionado con la teoría psicológica jungiana del inconsciente colectivo y los arquetipos[2].

La cuestión a dilucidar es cómo funcionan. Es decir, por qué se difunden con tanta facilidad al punto de que su expansión a menudo se convierte en una ola imparable y ajena a toda lógica. Ciertamente, ello se debe a que explotan toda una serie de elementos psicosociales que operan como “palancas” desde las que retroalimentarse: la necesidad de certezas, de “estar informado”, de conocer “aquello que no conoce nadie”, de poder “prevenir” o “anticipar” futuribles problemas y desastres o, en última instancia, la necesidad de integración social, de no quedar al margen y fuera de “lo que se cuece”, “lo que se dice”, “lo que se hace” o “lo que está de moda”… En realidad, son resortes psicológicos elementales que se conocen desde hace décadas y que se emplean en diferentes ámbitos y contextos relacionados con el arte de la persuasión, desde el discurso político al publicitario. Del mismo modo que el 99% de los animales que corren durante una estampida ignoran los motivos por los que la manada huye despavorida y se limitan a conducirse por el principio adaptativo de “es mejor hacer lo que hacen todos”, la inmensa mayoría de la gente prefiere, en tanto que elemento básico de nuestra sociabilidad –que nos ha concedido enorme éxito evolutivo, por cierto-, “seguir la corriente” del colectivo[3]. Así pues, las leyendas urbanas, en un fenómeno paralelo al de las falsas noticias o fakes,

  1. Siguen, en su propagación, la misma dinámica que el rumor: van de boca en boca -de email en email, de una red social a otra, de un usuario al siguiente, expandiéndose siguiendo el mismo modelo matemático de las ondas que genera  en el agua una piedra al ser lanzada en un estanque.
  2. La historia de la que parten puede ser cierta, inventada, de origen desconocido, o bien resultado de la desinformación pero, a medida que avanzan, los diversos relatores la  van apuntalando, adecuándola a sus necesidades o circunstancias. Por ello, y al igual que con el antes mencionado fenómeno de las noticias falsas, es un hecho que el usuario tiene una responsabilidad real y no puede encogerse de hombros argumentando que a él “también se le ha engañado”. En la sociedad digital moderna todos somos receptores, generadores y difusores de información, lo cual debería apelar de manera directa a nuestra responsabilidad a la hora de difundir falsedades o, simplemente, cosas de las que no estamos seguros o que simplemente desconocemos.
  3. Al final adquieren una forma estable y cerrada, de gran coherencia interna, que resulta muy difícil cuestionar.
  4. En algunos casos están tan bien estructuradas y consolidadas que cuesta mucho trabajo deslindar la realidad de la mera ficción, lo cual ha motivado, por ejemplo, que no pocos medios de comunicación “serios” hayan quedado atrapados por la magia inherente a la leyenda urbana y la hayan convertido en una noticia “real”[4].
Fake News
Los tipos que “cazaban” chicas desnudas con balas de pintura… Una fake news de gran éxito en su día. Si quieres saber más, debes leer la nota 4.

Como bien explica Brunvand, el miedo es una correa de transmisión excelente para estas historias. Ciertamente, no todas las leyendas urbanas son aterradoras o tienen por finalidad asustar, pero no es menos verdad que son precisamente las que nos tratan de prevenir de desastres, enfermedades, o crímenes, las que mejor funcionan y mayor éxito suelen alcanzar[5]. De hecho, si en este momento pidiéramos a alguien que nos contara “aquella historia que le contaron sobre un amigo de un amigo y que le impresionó”, es muy probable que escogiera una fábula truculenta o simplemente terrorífica. Del mismo modo, como sabe bien la industria de los productos milagrosos, que no hay nada mejor que mostrar a alguien que en el futuro podría ser calvo o gordo para venderle maravillas embotelladas, los difusores de leyendas urbanas o de mentiras políticas saben que lo que mejor funciona y más manipula a las masas es el pánico.

El modelo de los memes

El de meme es un concepto acuñado por el biólogo Richard Dawkins[6], y explicaría en buena medida el funcionamiento intrínseco de la leyenda urbana en tanto que “meme cultural”. A su parecer, en la naturaleza existen dos sistemas de procesamiento de información diferentes, pero complementarios:

  1. El genético: Transmite información biológica de generación en generación mediante la duplicación del ADN y los procesos de la herencia.
  2. El constituido por el cerebro y el sistema nervioso: Procesa información ambiental. Esta información se transmite por medio de la educación, la asimilación o la imitación –mímesis- y es la base de la cultura.

La idea de Dawkins es que los rasgos culturales –o memes– también seguirían en su  reproducción y replicación un proceso equivalente al de la información biológica (ADN). De tal modo, los memes constituyen unidades de información modificables e incrementables que evolucionarían, a largo plazo, igual que lo hacen los genes.

La diferencia fundamental entre ambos modelos de transmisión de información es que los genes son unidades naturales independientes, mientras que los memes los construimos nosotros como resultado del proceso de interacción comunicativa intrínseco a la dinámica sociocultural. Consecuentemente, y en términos antropológicos, la cultura no sería un conjunto determinado de conductas estandarizadas, sino la información que las concreta y otorga sentido. Desde este planteamiento es fácil entender las razones por las que el formato de la leyenda urbana es multicultural y fácilmente trasladable de unos entornos a otros: si aceptamos que los procesos que regulan el proceso comunicativo humano son constantes en la medida que categorías de especie, no hay motivo alguno para presuponer que los contenidos de tales procesos comunicativos sean diferentes más allá de sus peculiaridades superficiales. O de otro modo: es cierto que no todas las personas comen lo mismo, pero también lo es que todas las personas deben comer en tanto que necesidad biológica, con lo que las diferentes comidas que se expresan en la conducta “comer” dentro de culturas diversas expresan diferencias superficiales coyunturales, pero nunca de fondo en tanto que expresión de una necesidad universal.

El fascinante caso de los alienígenas

Alien
¿Te suena este tipo? Pues seguramente es inventado… Si no me crees, sigue leyendo.

Si prestamos atención a los relatos, ampliamente difundidos, de encuentros con supuestas entidades alienígenas ocurridos a partir de la década de 1960, y los analizamos pormenorizadamente y sin apasionamiento, pronto nos encontramos con el paradigma de la leyenda urbana: salvo muy peculiares excepciones tienden a reproducir un historia tipo en la que incluso se repiten, con pocas variantes significativas, las tipologías de alienígenas que los protagonizan:

  • Es sintomático que todos sean altos o bajos sin términos medios. Vayan ataviados con trajes fosforescentes o bien aparentemente desnudos. Siempre tienen “aspecto humanoide” y suelen ser delgados, de cabeza gruesa y ojos negros rasgados.
  • En raras ocasiones hablan con los abducidos, y si lo hacen, suele ser a través de comunicaciones “telepáticas”.
  • El abordado por estas entidades, o el directamente abduccido, por lo común argumenta no recordar gran cosa de lo sucedido durante la experiencia y su memoria se concentra en recuerdos sensoriales y toda suerte de cenestésias traumaticas –elevaciones, tocamientos, operaciones, penetraciones, y etcétera-. Raros, por muy extraordinarios, son los casos en los que detallan aspectos pormenorizados de lo que sucedió en el interior de la nave.
Alienigena de los Hill
El alienígena de los Hill. ¿Te suena?

Un antropólogo especializado en cultura popular contemporánea, John F. Moffit, profesor emérito en la New Mexico State University, se entretuvo en catalogar pacientemente infinidad de relatos anteriores y posteriores a 1965 de encuentros con pretendidos alienígenas para encontrarse con un detalle extremadamente significativo: el alienígena tipo que todos tenemos en mente siempre que sale el tema en una conversación, así como la historia de abducción básica, se apoya o recrea invariablemente en el testimonio de una sola pareja cuyo caso alcanzó enorme repercusión mediática: el del matrimonio Hill -Betty y Barney-, y data precisamente de 1965, ese año al parecer “mágico” para la consolidación cultural de esta clase de historias[7]. Lo cual, con total independencia de que exista o no vida extraterrestre -hecho que no forma parte de esta discusión- suscita inevitables preguntas: ¿es que los alienígenas que nos visitaban antes de 1965 han dejado de hacerlo? ¿A todos los “visitantes” les interesa lo mismo? ¿Todos son iguales? Y ya que estamos… Si usted pudiera realizar periódicamente un viaje de miles de años luz para visitar a unos tipos primitivos que habitan un planeta, ¿escogería a cualquier persona al azar para trabar contacto? ¿Y lo único que se le ocurriría hacer es meterles un buen susto y secuestrarlos para hacerles un examen rectal?

Barney y Betty Hill
El matrimonio Hill contándonos con pelos y detalles su historia. Poco imaginaban la que iban a armar con ella.

[1] Brunvand, J.H. (2003). El fabuloso libro de las leyendas urbanas. Demasiado bueno para ser cierto. Barcelona: Alba Editorial.

[2] Jung, C.G. (2012). Símbolos de la transformación. Madrid: Editorial Trotta.

[3] Bromhall, C. (2003). The eternal child. An explosive new theory of human origins and behavior. London: Ebury Press.

[4] En 2003, por ejemplo, el Diario El País se hizo eco de una presunta noticia difundida por gran diversidad de medios en los Estados Unidos: una supuesta empresa con sede en el estado de Nevada organizaba “cacerías”, a precios astronómicos por supuesto, de mujeres desnudas a los que los pretendidos cazadores tiroteaban con balas de pintura, en un juego absolutamente degradante y machista [Disparo a la chica]. El escándalo se había organizado a partir de las imágenes y ofertas difundidas por la pretendida página web de esta empresa. El asunto alcanzó tal revuelo que incluso el FBI investigó el caso. La realidad es que nunca se encontró a la tal empresa, ni se supo de “cacería” real alguna, ni se pudo localizar a nadie que hubiera participado –ya fuera como pretendida víctima o supuesto verdugo- en el juego perverso… La conclusión fue que se trataba de un broma a la que la sensibilización ante esta cuestión que expresan ciertos colectivos había dotado de credibilidad. Y es que la corrección política, en general, ayuda muy poco a la verdad.

[5] Brunvand, J.H. (2005). Tened miedo… mucho miedo. El libro de las leyendas urbanas de terror. Barcelona: Alba Editorial.

[6] Aunger, R. (2004). El meme eléctrico. Una nueva teoría acerca de cómo pensamos. Barcelona: Paidós.

[7] Moffit, J.F. (2006). Alienígenas. Madrid: Siruela.

El primer catedrático de psicología español

Luis Simarro Lacabra  no sólo fue uno de los fundadores de la tradición científica de la psicología en España, sino que también desempeñó un papel esencial en su proceso de institucionalización que, a posteriori, coronaron buena parte de sus discípulos. No obstante, a causa del escaso apoyo que el proyecto clínico e investigador del doctor Simarro recibió en su día, a caballo entre los siglos XIX y XX, su tarea ha quedado oscurecida, siendo a menudo injustamente olvidada como fruto de ese eterno –y a menudo interesado- malentendido que tiende a convertir la historia de las cosas en funesta “letra muerta”. En todo caso, sus continuadores dirigieron el timón de la psicología hacia campos aplicados, especialmente el de la psicotecnia, con lo que la nueva ciencia creció y prosperó en nuestro país, consolidándose en la década de 1920, cuando se establecieron, respectivamente, los laboratorios de Madrid y Barcelona.

La Guerra Civil (1936-1939), y el consiguiente exilio sudamericano de buena parte de las cabezas pensantes de la psicología española, supusieron un fuerte varapalo para el desarrollo de la actividad psicológica que, a partir de 1945, comenzó a remontar el vuelo en un lento proceso de recuperación que pasó por la fundación en 1952 de la Sociedad Española de Psicología, para llegar a su cénit en 1968, año en el que se fundó la licenciatura en psicología.

En 1980 abrió sus puertas la primera Facultad de Psicología, con lo que finalmente las esperanzas y anhelos de pioneros como Simarro se hacían realidad y la ciencia psicológica, tras casi un siglo de esfuerzos, lograba penetrar y establecerse como miembro de pleno derecho en el corazón de la actividad académica regular.

Tabla 1. Cronología del doctor Simarro

1851. Hijo del pintor valenciano Ramón Simarro Oltra, Luis Simarro Lacabra nace en Roma.

1854. Trágicamente, el pequeño Luis Simarro queda huérfano. Es internado en el Colegio de Nobles de San Pablo, en Valencia.

1869. Participa en los levantamientos republicanos.

1873. Forma parte activa del movimiento cantonalista. Diversos problemas ideológicos le llevan a instalarse en Madrid.

1874. Obtiene en esta ciudad la licenciatura en Medicina. Enseña en la Escuela Práctica Libre de Medicina y Cirugía.

1876. Defiende su tesis doctoral: Relaciones materiales entre el organismo y el medio como fundamento de una teoría general de la higiene. Se encarga de la sección de Higiene en el Anfiteatro Anatómico Español. Gana por oposición un puesto en el Hospital de la Princesa.

1877. Es nombrado director del Manicomio Santa Isabel, sito en Leganés.

1879. Problemas con las autoridades eclesiásticas que regentan el organismo, le llevan a presentar su dimisión como director del Manicomio Santa Isabel.

1880. Comienza su estancia en París. Allí conocerá a Nicolás Salmerón y será alumno de Charcot, entre otros.

1885. Regreso de París. Inaugura su propio consultorio dedicado a la neuropsiquiatría.

1888. Comienza a ofrecer clases de  psicología fisiológica en el Museo Pedagógico.

1892. Oposita sin éxito a la cátedra de Histología normal y Anatomía patológica de la Facultad de Medicina de Madrid. El ganador de la plaza fue Santiago Ramón y Cajal.

1893. Se reincorpora como médico supernumerario (sin sueldo), en el Hospital de la Princesa.

1894. Alcanza el rango de profesor ayudante del Museo Pedagógico, donde funda el primer Laboratorio de Antropología Pedagógica de España.

1902. Obtiene la recién creada cátedra de Psicología Experimental en la Facultad de Ciencias de la Universidad Central. Funda un pequeño laboratorio que será el primero dedicado a la psicología experimental de España.

1903. Colabora en la creación de la Escuela de Criminología, donde luego ejercerá como profesor de psicopatología.

1907. Participa en la creación de la Junta de Ampliación de Estudios.

1909. Defensa pública, desde la cátedra del Ateneo de Madrid, de Francisco Ferrer Guardia.

1910. Publica su único libro: El proceso de Ferrer y la opinión europea.

1913. “Decreto del catecismo”. Simarro organiza una campaña en defensa de la libertad de conciencia. Funda la Liga para la Defensa de los Derechos del Hombre y del Ciudadano. Es elegido Gran Maestre de la Masonería Española.

1921. Fallece en Madrid.


Simarro
El Doctor Simarro en una fotografía de sus últimos años.

Los años de formación

A Simarro le tocó vivir uno de los períodos más convulsos de la historia española. Su juventud se desarrolló en el seno de una nación que se debatía sin cesar entre dos tendencias contradictorias: la apertura hacia Europa en forma de un desesperado intento de recuperación del lugar preponderante que el país tuvo en el concierto internacional y, a su vez, la consolidación de un estado social y mental inmovilista, ultramontano y conservador.

Las guerras carlistas, las constantes insurrecciones militares, la guerra de África, la Revolución de 1868, las revueltas estudiantiles que preludiaron la caída del régimen monárquico de Isabel II, e incluso el emergente movimiento obrero, influyeron decisivamente en la formación de un joven Simarro educado en el ambiente romántico de la Valencia de mediados del XIX. De hecho, marcaron definitivamente su posición ideológica y existencial ante la época que le tocó vivir. De hecho, Luis Simarro se significó muy pronto como una figura progresista, políticamente radical, orientada hacia un republicanismo militante y defensora a ultranza del librepensamiento. Así, participó activamente en la Junta Revolucionaria, llegando a ser tesorero de la misma, durante el sexenio revolucionario. Del mismo modo, fue parte activa de los levantamientos republicanos y cantonales que se sucedieron en los días previos a su marcha de la Ciudad del Turia.

En el plano intelectual, el radicalismo del joven Simarro se hizo patente en el curso de su ardua defensa del positivismo en el Ateneo Valenciano. Fue en el curso de la misma que se enemistó con uno de sus profesores de medicina. Esta circunstancia, unida a la pérdida de su plaza como profesor en el Colegio de San Rafael por motivos también ideológicos, obró como detonante en su decisión de trasladarse a Madrid.

Un año después de su llegada a Madrid, en 1874, Luis Simarro obtiene sin más contratiempos su licenciatura en medicina. Pero encontró mucho más que una titulación y un destino profesional. No en vano, el Madrid en el que se desenvuelve el licenciado Simarro es el del espíritu del Ateneo y de la gestación de la Institución Libre de Enseñanza (ILE). También es el del fin de la Primera República, el inicio de la Restauración canovista y, en consecuencia, el del retrotraimiento del país al plúmbeo conservadurismo de décadas pasadas.

Pedro Gonzalez de Velasco
El doctor Pedro González de Velasco

No obstante, alejado -que no olvidado- de las complicaciones políticas de los primeros años, Simarro comenzó a abrirse camino por mediación de uno de sus profesores, el peculiar médico Pedro González de Velasco, quien le introdujo en el círculo de médicos, histólogos y naturalistas que orbitaban alrededor de la Sociedad Antropológica Española y el Museo Antropológico que él mismo había puesto en pie. En este último funcionaba la Escuela Práctica Libre de Medicina y Cirugía, en cuyo seno Simarro se va a encargar de impartir un curso sobre higiene. Su interés por las cuestiones higiénicas venía ya de los años valencianos y se convirtió en el eje central de su tesis doctoral, que empieza a ultimar en este momento. También en la misma línea se hizo cargo de la Sección de Higiene del Anfiteatro Anatómico Español.

Museo Nacional de Antropología (España) 01
Actuales instalaciones del que hoy es Museo Antropológico Nacional (Madrid).

En 1880, Luis Simarro se siente desconectado de los últimos progresos científicos y toma la tajante decisión de abandonarlo todo para viajar a París, entonces punta de lanza en la investigación neurológica y psicofisiológica. Como recuerda su amigo Cortezo, Simarro se quejaba constantemente de la falta de laboratorios y de clima intelectual apropiado para hacer una ciencia sólida y perdurable en España: “yo necesito ir a París, y después… a donde haga falta”, era su coletilla habitual. Y allí pasaría cinco años enormemente productivos.

Doctor Carlos Cortezo
El doctor Carlos Cortezo.

En el parisino Hospital de la Salpêtrière, Simarro trabaja y estudia con los mejores: Duval, Ranvier, Magnan o Richer. Pero, ante todo, con el gran Jean-Martin Charcot al que los propios franceses reconocían como “Príncipe de la Ciencia” al mismo nivel que otros ilustres como Louis Pasteur. La influencia de Charcot, defensor a ultranza de una adecuada preparación psicológica para los psiquiatras, sobre el doctor Simarro resultó decisiva a la hora de orientarle hacia la práctica clínica.

Hospital Salpetiere antigua
El Hospital de la Salpêtrière (París) en una fotografía de época.

Entretanto, y gracias al concurso del doctor Federico Rubio, Simarro tomaría contacto con la Institución Libre de Enseñanza (ILE), cuyo ideario comparte y de la que se hará accionista y estrecho colaborador. De este contacto nacerá una duradera e intensa amistad con Giner de los Ríos y algunas publicaciones científicas que veran la luz en las páginas del Boletín de la Institución Libre de Enseñanza. Cuando la Institución crea el Museo Pedagógico, Simarro se implica en el mismo como profesor de psicología fisiológica, organizando allí en 1894 un pionero Laboratorio de Antropología Pedagógica.

Federico Rubio y Galí
Federico Rubio y Galí.

Una familia peculiar

Simarro vivió unas circunstancias familiares ciertamente especiales. La temprana muerte de su padre y el posterior suicidio de su madre le dejaron huérfano con tan sólo tres años de edad, lo cual motivó que su infancia y adolescencia se desarrollaran en un internado, bajo el amparo de familiares y amigos, como el pintor Luis de Madrazo y Kuntz o Beatriz Tortosa, una dama ilustrada y religiosa de la alta sociedad valencia que siempre le apoyó.

Luis de Madrazo
El pintor Luis de Madrazo y Kuntz.

Fue precisamente gracias al concurso de doña Beatriz que Simarro contrajo nupcias con Mercedes Roca Cabezas, con lo que su vida propiamente familiar se redujo al marco del matrimonio. Lo cierto es que Simarro no tuvo hijos naturales, pero la necesidad de vida hogareña y su reconocido carácter generoso, le llevaron a adoptar la decisión de acoger en su propia casa de la calle General Oraa a algunos de sus alumnos favoritos, como es el caso de Nicolás Achúcarro, con quien compartió intimidades personales e inquietudes profesionales. No obstante, tras la prematura muerte de su esposa en 1903, vivió en el plano afectivo dedicado por entero a sus amistades, como la del pintor Joaquín Sorolla, y sus ocupaciones profesionales. Entre sus pacientes, por ejemplo, se contaron muchos de los más granados personajes de su tiempo, como es el caso del escritor Juan Ramón Jiménez, quien vivió aquejado como es sobradamente conocido de graves crisis de melancolía.

Mercedes (Madrazo)
Mercedes Roca retratada por Luis de Madrazo.

Con posterioridad, sería su ahijada Marina Romero quien se trasladaría al domicilio de Luis Simarro, conviviendo con él hasta el día de su muerte. Marina se implicó tanto con el trabajo de su padrino, que incluso llegó a prestarse como sujeto experimental de las diferentes pruebas psicométricas y de medida de la inteligencia que el Doctor desarrolló a partir de 1914.

Simarro neurohistólogo

Cuando Luis Simarro retorna de París, en 1885, lo hace con una sólida formación como neurólogo así como amplios conocimientos de neurohistología adquiridos de los maestros Duval y Ranvier. De hecho, fue en el laboratorio de este último donde aprendió el novedoso método de tinción con nitrato de plata idea por Camilo Golgi en 1873, y que permitía la visualización selectiva de las células nerviosas.

Dado que la tradición neurológica española se reducía prácticamente a la escuela creada alrededor de Avelino Martínez de San Juan, bien puede decirse que a un nivel técnico Simarro estaba en la cúspide de los avances en la materia. No es extraño, por tanto, que en 1887 recibiera la visita de Santiago Ramón y Cajal, quien le confesó sin ambages los problemas que encontraba para progresar en su trabajo con los viejos métodos de tinción del tejido nervioso, pues valiéndose de ellos su visión microscópica resultaba tarea harto compleja. Simarro no dudó en compartir con el aragonés toda suerte de información al respecto de su estancia en París, así como sobre los procedimientos del método de tinción de Golgi. Los resultados ulteriores de estas enseñanzas, que permitirían al gran Ramón y Cajal avanzar en su trabajo hasta la consecución del Premio Nobel, son de todos conocidos.

Santiago Ramón y Cajal
Santiago Ramón y Cajal.

El propio Simarro trabajó habitualmente con el microscopio en el desarrollo de las técnicas neurohistológicas, logrando resultados tan relevantes como la diferenciación del cilindroeje con respecto a las dendritas. Hallazgo que se describe en un artículo que se publicó en la Revista Micrográfica que regentaba Cajal.

Revista Micrografica
Ejemplar de la Revista Micrográfica Española.

Otra vez España

Pero la vuelta de Francia supuso para Simarro, también, el reencuentro con la dura realidad española de la época que encontró más asfixiante si cabe en relación a lo vivido allende los Pirineos. Cierto que gozó del éxito como neuropsiquiatra en su propia clínica e incluso en sus estudios microscópicos, y que la reincorporación a sus actividades en el Hospital de la Princesa pudo tener un cierto efecto balsámico. Pero el clima asfixiante, inmovilista y retrógrado de un país aislado intelectualmente sirvió para acicatear de nuevo su inquieta e insobornable conciencia política. Así lo muestra la conferencia que pronunció en 1886 en el Ateneo de Madrid. Referida a las figuras dos médicos patrios relevantes como Pedro Mata (discutido en España y aislado por sus propios colegas) y Mateo Orfila (apoyado y aclamado en su exilio francés). Su alocución, de carácter apologético, quiso ser un alegato contra el conservadurismo intelectual y científico: “las obras del genio -argumentó- exigen siempre la colaboración del medio”.

Boletin ILE
Ejemplar del Boletín de la ILE.

En todo caso, el retorno a Madrid supuso también el reencuentro del doctor Simarro con la ILE, en cuyo funcionamiento docente se implicó de manera activa a partir de 1888 como profesor de psicología fisiológica. Este influjo institucionista le indujo a preocuparse estrechamente por la aplicación de la psicología experimental a los problemas de la pedagogía como demuestran los contenidos de su curso de 1889, que versó acerca de El exceso de trabajo mental en la enseñanza. El contenido del mismo resulta interesante como muestra de la personalidad de Simarro, en la medida que le permitió aunar sus dos grandes intereses, ciencia y sociedad, propugnando una de sus aspiraciones principales: el progreso científico debía ponerse en todo caso al servicio del progreso social.

Los laboratorios. Pasión y necesidad

Simarro, en tanto que persona de claro talante empírico, siempre fue un apasionado de la actividad experimental, y su estancia en París resultó decisiva a la hora de concretar y consolidar este interés que ya venía de su mocedad. De hecho, se convirtió en un apasionado del trabajo de laboratorio y no dudo en montar uno, de carácter modesto, en su primera vivienda madrileña del Arco de Santamaría. Allí recibió la trascendental visita de Ramón y Cajal a la que antes se aludió.

Tras edificar la casa de General Oraa, el doctor Simarro instaló en ella otro excepcional laboratorio y una gran biblioteca que muy pronto se convirtieron en punto de referencia obligado y lugar de encuentro para alumnos,  discípulos, colaboradores y amigos. De la magnificencia de estas instalaciones, y del rigor científico con el que se trabajaba en ellas, da buena cuenta el hecho de que Rodríguez Lafora, bajo la estricta dirección de Simarro y Achúcarro, pudiera llevar a término su primer gran proyecto científico sobre la histología del sistema nervioso de los peces.

Simarro (Sorolla) #2
Simarro retratado por Sorolla en el ejercicio de una de sus grandes pasiones: la microscopía.

Pero Simarro, un apasionado microscopista que  siempre mostró un abierto disgusto por la escasez y precariedad de las instalaciones experimentales españolas, hizo también enormes esfuerzos en el terreno las infraestructuras para la investigación pública. Así lo demuestran la apertura del Laboratorio del Museo Pedagógico y las instalaciones que puso en marcha en el seno de la Facultad de Ciencias de la Universidad Central en 1902, a poco de obtener la cátedra de Psicología Experimental. Cabe reseñar que uno de los grandes sinsabores vitales de Luis Simarro fue precisamente el de la precariedad de este laboratorio universitario, que él habría querido mucho mejor dotado de lo que pudo estarlo en la práctica.

Entre la cátedra y la ciudadanía

A principios de la década de 1890 se produjo un trascendental cambio en la organización académica de las disciplinas humanísticas en España. El resultado del mismo es la aparición de la primera cátedra de Sociología que ocupó Salas y Ferrer, la de Antropología que ganó Manuel Antón y, finalmente, la de Psicología Experimental que obtuvo Luis Simarro.

No cabe duda de que para Simarro fue una merecida recompensa si se tienen presentes sus esfuerzos por la mejora de las condiciones científicas nacionales y, por otro lado, su fracaso en 1892 cuando perdió la cátedra de Histología y Anatomía Patológica en beneficio de un competidor mucho más que digno, como era Santiago Ramón y Cajal. En todo caso, esta nueva tribuna sirvió al profesor Simarro para dar a conocer la nueva psicología europea, en especial la psicofisiología de Wilhelm Wundt, cuyo Manual de Psicología solía recomendar a los alumnos como libro de texto. Como partidario del evolucionismo y el asociacionismo, la psicología de autores como William James, Francis Galton, Ziehen o Bechterev eran también elementos habituales de sus temarios.

La actividad docente de Simarro tuvo matices singulares, muy acordes con su marcada personalidad de librepensador. Solía preguntar a los alumnos en los primeros días del curso qué deseaban estudiar e incluso les ofrecía su propia biblioteca para preparar los exámenes. Sin embargo, aprobar resultaba tan extremadamente difícil que durante el segundo año se produjo un conato de sublevación entre los estudiantes. Ni siquiera la extraña cortesía de Simarro, que nunca suspendía al interesado sino que se limitaba a devolverle la papeleta de calificación en blanco invitándole a examinarse otra vez, pudo eximirle del comprensible enojo de algunos de sus pupilos.

Sin embargo, nunca a lo largo de su andadura vital desdeñó u olvidó el doctor Simarro las ideas políticas y sociales que defendiera en la juventud. De hecho, es probable que en más de una ocasión su republicanismo confeso, la filiación a la masonería que le indujo a una defensa a ultranza de la libertad de pensamiento, el monismo que propugnó en el plano investigador y su agnosticismo, obraran en contra de sus propios intereses certificando el aislamiento intelectual y el silencio científico que dominó los últimos años de su vida.

Simarro (Sorolla) #1
Simarro en otro célebre retrato de Sorolla.

Lo cierto es que a partir de la obtención de la cátedra, Simarro se retrotrajo al proselitismo de los primeros años, con lo que su actividad como hombre de ciencia quedó bastante mermada. Destacable es, sin embargo, la tarea institucional que desempeñó como miembro activo de la Asociación para el Progreso de las Ciencias y, en el marco de la ILE, su participación en la creación de la Junta de Ampliación de Estudios en 1907 y su contribución a la constitución de la Residencia de Estudiantes.

Luis Simarro también perteneció a la Liga Monista, entidad que pretendía hacer de la ciencia la base de la explicación del mundo y el elemento conductor de la vida de los pueblos. A este organismo estaban adscritos nombres tan relevantes como los de Ernst Haeckel, Forel y Jacques Loeb. Pero el doctor Simarro fue, ante todo, un miembro destacado de la Federation Internationale de la Libre Pensée y, en calidad de tal, un enconado opositor a la pena de muerte. No resulta extraño que tras los acontecimientos de la Semana Trágica, en 1909, fuera el primer intelectual de prestigio que salió en defensa de Francisco Ferrer Guardia, fundador de la Escuela Moderna de Barcelona injustamente acusado, primero, de ser el cerebro del atentado fallido contra Alfonso XIII y Victoria Eugenia, y luego, de agitador social. En este contexto se sitúa su libro de 1910, El proceso Ferrer y la opinión europea, catalizador de un movimiento que logró en 1911 la revisión del caso, y el posterior reconocimiento del grave error judicial cometido.

Francisco Ferrer
Francisco Ferrer y Guardia, injustamente condenado por terrorismo y crímenes políticos.

Tampoco evitó Simarro las reuniones públicas en torno a elementos liberales y disidentes, llegando a organizar un buen número de ellas, ni los enfrentamientos directos con las autoridades políticas y eclesiásticas. Así, en 1913 y con motivo del controvertido “decreto del catecismo”, organizó una campaña en defensa de la libertad de conciencia a la par que fundaba la Liga para la Defensa de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, organismo que se destacó especialmente en la defensa de los sindicalistas condenados a raíz de la huelga general de 1917.

No resulta por todo ello sorprendente que la Masonería Española elevara al doctor al rango de Gran Maestre, como tampoco que el propio Simarro utilizara este foro para poner en marcha nuevos proyectos progresistas: la preparación y consolidación de la Sociedad de Naciones, una intensa campaña pacifista durante la I Guerra Mundial y, pese a no compartir en absoluto el ideario de la Revolución Bolchevique, la defensa humanitaria del pueblo ruso ante el bloqueo internacional. Incluso Miguel de Unamuno, perseguido por delitos de prensa, encontró en la proverbial apertura de miras del ciudadano Simarro un apoyo incondicional. No cabe pensar, sin embargo, que las tendencias políticas del doctor fueran capaces de nublar su buen juicio, o traicionar su manifiesto respeto por el librepensamiento y la negación del dogmatismo. A tal respecto, es conocida la anécdota que se produjo cuando en 1907 el padre Benito Menni, entonces Superior de la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios, ignorando el consejo de quienes trataron de disuadirle, se presentó en el despacho de Simarro para ofrecerle el puesto de director-médico del Manicomio de Ciempozuelos, pues quería al mejor especialista posible para el cargo. Ciertamente, y dados sus antecedentes, Luis Simarro no podía aceptar la proposición, pero no por ello renunció a ayudar también al sacerdote: le propuso que contratara a uno de sus mejores discípulos y amigos, el doctor Miguel Gayarre, persona que asumió la tarea con notables resultados.

Miguel Gayarre
El doctor Miguel Gayarre.

El último gran gesto de Luis Simarro, como hombre de ciencia y como ciudadano ejemplar, fue el de legar la mayor parte de su fortuna -unas 600.000 pesetas de la época y una biblioteca personal que contaba más de 4.000 volúmenes- para la creación de una Fundación dotada de un gran laboratorio experimental que contribuyera al estudio y el desarrollo de la psicología en España. Esta Fundación se constituyó en 1927, pero el sueño del gran centro de investigación no llegó a realizarse jamás para ser definitivamente truncado por la Guerra Civil. Sin embargo, el plan de Simarro se vio cumplido al menos en parte puesto que los fondos de su Fundación, actualmente adscrita a la Fundación General de la Universidad Complutense de Madrid, sirvieron para ayudas a la investigación y becas de las que se beneficiaron personas que han sido grandes continuadores y catalizadores de la tradición psicológica que él inició. De hecho, y como el propio Simarro dijo en cierta ocasión, los verdaderos hijos de los intelectuales no son los que éstos engendran materialmente “sino los hijos sociales por quienes sacrifican su vida”.


Otras fuentes

Bandrés, J. (2003). Luis Simarro i la psicologia científica a Espanya: Cent anys de la primera càtedra de Psicologia. Valencia, España: Universitat de València.

Carpintero, H. (1987). El Dr. Simarro y la psicología científica en España. J.J. Campos Bueno & Llavona R. (eds.), Los orígenes de la psicología experimental en España. Investigaciones Psicológicas, 4, 189-207.

Saiz, M., & Saiz, D. (1996). Personajes para una historia de la psicología en España. Barcelona, España: Servei de Publicacions de la Universitat Autònoma de Barcelona.

Simarro, L. (1889). El exceso de trabajo mental en la enseñanza. Boletín de la Institución Libre de Enseñanza13, 37-39.

Simarro, L. (1910). El proceso Ferrer y la opinión europea (Vol. 1). Madrid: E. Arias.

El suicidio: más allá de la imitación

Ayuda

Siempre que se produce un suicidio que, por el motivo que fuere, adquiere especial repercusión en los medios de comunicación, se genera una reactivación del interés por el tema que induce a la reiteración de las viejas cuestiones en torno a esta problemática que, contra lo que cabría pensar, ha sido muy estudiada por la psiquiatría, la psicología y la sociología.

Lo cierto es que los seres humanos somos entidades biológicas desarraigadas del seno de la naturaleza por efecto de un artificio propio de nuestra especie al que se denomina “cultura”, y cuya manifestación más obvia es la “sociedad”. Ello hace que las comparaciones entre fenómenos comportamentales humanos y animales sean por lo común mero anecdotismo. Ciertamente, la cultura ha limitado, por su propia dinámica, el peso de los instintos en las diferentes manifestaciones de la vida humana, pero ese influjo no ha desaparecido del todo precisamente a causa de nuestra naturaleza biológica. De hecho, y precisamente, el instinto de supervivencia –o de conservación- es primordial en todos los seres vivos pues de su correcto funcionamiento depende el resto de las funciones vitales. Ello hace más sorprendente si cabe la existencia de ideaciones y conductas suicidas que, por cierto, no son un rasgo exclusivo de nuestra especie. Conocidos son, de hecho, los casos de animales que se suicidan ya sea de forma individual y/o colectiva. Baste señalar, por ejemplo, el caso bien conocido y estudiado de las ballenas[1].

Ballenas Varadas (Australia 2014)
Ballenas varadas en la costa australiana en 2014.

A la hora de penetrar en el tema de la ideación y conducta suicida humanas deberíamos comenzar por establecer una diferenciación clara –que a menudo se ignora- entre las pulsiones y los instintos. Las primeras, específicas de nuestra especie si bien desconocemos a qué grado podrían presentarse en otras, son motivaciones psicológicas cuyo peso en la conducta es constante. Un ejemplo perfecto para ilustrar este extremo sería el de la sexualidad que, en su vertiente humana y más allá de funestos reduccionismos sociobiológicos, cumple funciones psicológicas bastante más complejas que en el resto de los animales y camina por derroteros que a menudo tienen poco o nada que ver con meros mecanismos de “adaptación” y/o “reproducción”. Los instintos, por su parte, son biológicos, hereditarios y operan de manera intermitente al ser activados por la presencia de factores fisiológicos y/o ambientales específicos que o bien los ponen en marcha, o bien los detienen. Ejemplos de ello serían el hambre o la sed. Sea como fuere, la vertiente patológica del instinto de supervivencia nos adentra en el ámbito de toda una gama de conductas autodestructivas –o autolíticas- que van desde las autoagresiones o autolesiones, al caso extremo de las conductas suicidas que pueden terminar –o no- con la muerte del sujeto.

Suicidio

Los actos suicidas pueden ser conscientes, o no del todo. Y hablaríamos de suicidio como el acto consumado por el cual el sujeto movido por determinadas tendencias comportamentales acaba muriendo. Lo interesante, y es un detalle en absoluto baladí, es que el suicidio es un fenómeno multicultural y transversal –más allá de tópicos infundamentados- que explica aproximadamente el 1% de las muertes que se producen anualmente en el mundo, cifra que, y no conviene olvidar el detalle, se muestra constante según datos de la Organización Mundial de la Salud[2]. Ciertamente, la tasa de suicidios es variable en diferentes lugares del mundo, si bien es un hecho que lamentablemente la gente se suicida, o al menos lo intenta, en todas partes.

No existe un factor único predisponente al suicidio sino, más bien, una amalgama de elementos que coadyuvan al mismo y que van desde lo orgánico a lo social pasando por lo genético y lo psicológico. De hecho, no existen “personalidades suicidas” sino que cabría decir, para hablar con propiedad, que existen personas vulnerables a la conducta suicida que podrán –o no- ponerla en práctica si estos factores trabajan juntos o, por decirlo de un modo más conciso, si se dan las circunstancias apropiadas para ello en el momento adecuado. Interesa destacar, no obstante, que los datos epidemiológicos son claros, y que al menos en un 90% de los casos de suicidio conocidos hay antecedentes de trastornos psicológicos, siendo el más común el trastorno depresivo mayor o alguna de sus variantes (F32, F33, F34.1), que explicaría por sí solo prácticamente el 80% de los casos registrados. De hecho, el llamado “suicidio moral” que tan famoso han hecho la literatura y el cine, y al que se suele aludir en determinados casos con especial fruición pero escaso fundamento, es precisamente el menos común.

El suicidio consumado afecta más a los hombres que a las mujeres, si bien se produce la singular paradoja de que las mujeres encabezan las estadísticas de intentos de suicidio (no entraremos en valoraciones sobre este hecho que desde luego se presta a todo tipo de análisis). Por otro lado, y frente al tópico de que el suicidio es muy común entre los jóvenes, el hecho es que la tasa de suicidio se incrementa con la edad, siendo tres veces más habitual entre las personas mayores de 75 años, y afectando de manera especial precisamente a dos colectivos: los jubilados y los desempleados. El problema es que el suicidio de una persona joven es más llamativo y descorazonador, y precisamente por ello encuentra más publicidad. Y cerraré con este resumen sociodemográfico con otro dato ciertamente significativo: entre el 25% y el 75% de las personas que se suicidan –o lo intentan- ha sido previamente diagnosticada de algún tipo de enfermedad grave e incapacitante (cáncer, SIDA, ELA, minusvalías severas y etcétera).

De hecho, dado su carácter necesariamente impredecible, en el momento presente no existe una visión unitaria de la ideación y conducta suicidas, recurriéndose a criterios integradores (socioculturales, psicológicos, biológicos y ambientales) para tratar de dar una explicación coherente al fenómeno. Desde este punto de vista, las personas en riesgo de cometer suicidio, y a las que habría que vigilar con especial interés, serían:

  1. Las que muestran antecedentes claros. Es decir: sujetos que en algún momento del pasado ya valoraron la posibilidad de suicidarse –e incluso lo intentaron en algún caso- y que, en el presente, aún muestran rasgos de ideación suicida.
  2. Aquellas en las que existe un trastorno psicológico (preferentemente depresivo) vinculado a una enfermedad médica incapacitante.
  3. Aquellas en las que, por su estructura de personalidad, muestran rasgos de alta impulsividad, baja tolerancia a la frustración, baja autoestima y tendencia a la sobreactuación (lo cual encajaría con los criterios diagnósticos del Trastorno Límite de Personalidad). En estos casos debe considerarse con especial atención esta opción si existe consumo sistemático de alcohol y/o drogas.
  4. Casos particulares en los que se producen sucesos vitales adversos recientes y de elevada intensidad, como pérdidas del empleo, descenso drástico de recursos económicos, diagnósticos médicos adversos, rupturas de pareja, mala gestión del luto y etcétera. Eventos que, vinculados a ciertas características de personalidad como las ya descritas pueden obrar como desencadenantes.

Sea como fuere, y pese a estas profusas explicaciones que tratan de mostrar que este tema es cuando menos complejo, la presentación esporádica de suicidios “de famosos” en los medios de comunicación no tarda en generar corrientes de opinión extravagantes que encuentran acomodo en torno al recurso explicativo de “la imitación”. Un estereotipo que genera debates enconados, e incluso sobreactuados en más ocasiones de las que sería deseable y que, como trataremos de ver a continuación, solo son posibles desde una mala comprensión –cuando de no de un extraordinaria simplificación- de la teoría misma.

La “teoría de la imitación”

Gabriel Tarde
Gabriel Tarde.

La conocida como “teoría de la imitación” es una aportación del francés Jean-Gabriel Tarde (1843-1904). Juez de profesión y sociólogo por vocación Tarde no obtuvo el reconocimiento que tal vez debió obtener en vida a causa de su enfrentamiento teórico con la estrella sociológica del momento, Emile Durkheim (1858-1917), quien copaba la autoridad académica en la Francia de aquel entonces y cerró su camino hacia la Universidad. De hecho, mientras que Durkheim defendía que los “hechos sociológicos” eran objetos –cosas- equiparables a los del mundo físico que se imponían externamente a los individuos y que debían ser tratados como tales para su análisis científico, Tarde estimaba que la sociología era una entidad más sutil y que su funcionamiento tenía más que ver con el de la química que con el de la física: los acontecimientos sociales tenían la estructura de interacciones psicológicas entre individuos que se interrelacionaban y enlazaban entre sí a través de dos grandes fuerzas; la imitación y la innovación. Obviamente, y como vemos, dos puntos de vista absolutamente incompatibles.

Lo cierto es que cuando Tarde, por motivos profesionales, fue paulatinamente centrándose en temáticas propiamente criminológicas hasta que en 1894 fuera nombrado director de estadística criminal del Ministerio de Justicia, este hecho determinaría el sentido último de su trabajo. Así, trasladó sus puntos de vista sociológicos y jurídicos al ámbito de la entonces incipiente criminología, de la que como él mismo reconoció, conocía al comienzo poca cosa más allá de lo relativo a su propia percepción de los problemas socio-criminales. En todo caso, sus posicionamientos en la materia estaban tan alejados de la corriente dominante en la época –la Escuela Positiva del Derecho Penal- como lo estaban sus planteamientos sociológicos de los de Durkheim, lo cual motivó que su obra tuviera un impacto muy limitado. Tanto es así, que Tarde quedaría virtualmente “silenciado” durante décadas hasta que su trabajo fuera recuperado por los sociólogos de la Escuela de Chicago en la década de 1960. De hecho, sería Everett Rogers (1931-2004) quien popularizaría las llamadas de “leyes de la imitación” tras la publicación en 1962 de la obra Diffusion of Innovations[3]. De la misma manera, sería posteriormente rescatada por los franceses Bruno Latour (n. 1947) y Michel Callon (n. 1945), quienes recuperaron en buena medida los planteamientos de Tarde para el diseño de su conocida como “Teoría del Actor-Red” (ANT)[4].

Sea como fuere la teoría de Tarde, al igual que la de Rogers o la diseñada por el tándem Latour-Callon, son bastante más complejas que el simple –y bastante tonto por añadidura- adagio defendido por muchos de que los comportamientos de los particulares pueden, en determinadas circunstancias, suscitar una conducta de imitación acrítica y automatizada por parte de otras personas adecuadamente “motivadas”. Una simplificación torpe e inaceptable que, en determinados contextos, se ha producido por la mera asimilación de manera simplista –y tampoco muy certera- de estas ideas con las propuestas por el psicólogo Albert Bandura (n. 1925) y los partidarios del conocido como “aprendizaje social”. El hecho es que este concepto burdo e indocumentado de la teoría de la imitación ha hecho camino para transformarse en un tópico psicosocial más con el que se trata de explicar con firme simpleza y terrible convicción infinidad de fenómenos, desde las razones por las que los jóvenes deciden estudiar masivamente determinada carrera universitaria en un momento dado, hasta fenómenos como la violencia de género o la conducta suicida. Lo cierto es que pese a tratarse de un planteamiento, en sus diferentes versiones, bastante complejo, la de la imitación es una teoría que por lo común ha mostrado dificultades para encontrar corroboración empírica sólida y sistematizada. Ello no ha impedido, no obstante, que reaparezca de manera cíclica en el seno de la sociología, de la criminología, e incluso en ámbitos como el de la economía, la tecnología y los estudios sobre información y comunicación al tratarse de un instrumento de análisis útil.

Ciñéndonos al planteamiento básico original propuesto por Tarde (obviaremos en todo caso sus ideas más anacrónicas y prescindibles)[5], digamos que se debe partir de una distinción fundamental: habría personas básicamente creativas o inventivas, y personas básicamente imitativas. Ello implica que, para comenzar, todo hecho social no puede ser explicado por mera imitación por cuanto en muchos casos lo que se estima externamente como copia podría ser, en realidad, un evento creativo en sí mismo. Dicho de otro modo; lo que determina que algo sea copia o imitación no es el hecho de que algo “esté ahí dado” en la sociedad, sino la actitud psicológica del sujeto ante el evento en la medida que si cree haberlo descubierto por sí mismo, ya no estaríamos ante una imitación sino ante lo que es subjetivamente, y en rigor, una innovación.

Por otra parte, la imitación puede ser “lógica” –o razonada-, o bien “extralógica”. Si la primera es fácil de discernir por cuanto es la que regula procedimientos estandarizados como la investigación científica, el desarrollo del derecho y las humanidades, o la innovación tecnológica, la segunda es más compleja por cuando se ciñe a leyes especiales que se relacionan estrechamente con la psicología y la cultura de los sujetos. Así se explica que entretanto un grupo de biólogos moleculares seguirían procesos de imitación lógica a los que llamamos “método científico” para guiarse en sus investigaciones, los miembros de cualquier club social seguirían procesos de imitación extralógica a la hora de conducirse (modas, tendencias, normas morales, actitudes y etcétera). Esto, como lector intuirá, tiene una importante consecuencia que a menudo se obvia: el sentido y funcionamiento específico de las leyes que controlan la imitación extralógica deben ser establecidos en cada caso y evento social, con lo cual el funcionamiento de la imitación no sigue pautas específicas y “universales”, sino pautas especiales y “particulares”.

En general, cuando Tarde trataba de explicar la conducta criminal por la vía de la imitación, como puede observarse, no estaba diciendo que cada crimen era simple copia de otros precedentes de los que el criminal había “aprendido” –idea simplista y burda de la teoría-, sino que una vez establecida la psicología creativa o imitativa del individuo (lo cual es determinante), habría que establecer que elementos lógicos y extralógicos operan en su conducta delincuencial en un momento dado. Por ello Tarde insistía en dos factores: la “identidad personal” y la “similitud social”. Así pues, y establecido que el individuo no es creativo, la imitación opera cuando la identidad del delincuente coincide con la de aquel a quien imita (identidad), y cuando el individuo no está debidamente adaptado a un grupo social de referencia, lo cual lo ubica en una situación personal de riesgo (similitud-disimilitud).

Ciertamente, el planteamiento general de Tarde plantea ventajas con respecto a otros coetáneos al suyo como, para empezar, el hecho de que no existen “tipos criminales” prestablecidos –lo cual siempre es difícil de establecer con rigor y a menudo degenera en intentos clasificatorios poco operativos-, sino un dinamismo psicosocial articulado en torno a la identidad del sujeto y su grado de adaptación e integración. Pero también, como toda teoría que flota sobre “leyes” de compleja definición y cuantificación, posee inconvenientes difíciles de soslayar. El principal de ellos es, precisamente, que se trata de un planteamiento con un fuerte componente psicologicista que, en última instancia, suscita el problema de discernir de manera clara cuánto, a quién, por qué y para qué imita cada individuo determinadas tendencias grupales y/o particulares.

¿Suicidio por imitación?

A qué punto resulta arduo explicar actitudes complejas como la ideación y conducta suicidas por la vía de la imitación es cosa relativamente fácil de establecer recurriendo a un sencillo cálculo. A la fecha de la publicación de esta entrada, la página web del Instituto Nacional de Estadística de España[6] ofrece estadísticas sobre el suicidio comprendidas entre los años 1994 y 2006 (véase Figura 1). Lo primero que puede observarse es que la cantidad de suicidios consumados o en grado de tentativa permanece muy estable a lo largo del periodo indicado, e incluso experimenta una tendencia, en general, decreciente.

Figura 1
Figura 1. Evolución de la cifra de suicidios registrados (cometidos o en grado de tentativa) en España entre 1994 y 2006 (Fuente INE).

Lo sorprendente es que si observamos la Tabla 1, en la que se ofrece una comparativa entre la evolución de la población española y el número de suicidios consumados o en grado de tentativa, vemos que la cantidad de habitantes del país no ha cesado de crecer, con lo cual se establece una correlación inversa. Cuando lo esperable sería que un aumento poblacional significara, lógicamente, un aumento del número de suicidios, lo que encontramos es justamente lo contrario: la cifra desciende con total independencia del crecimiento poblacional.

Tabla 1
Tabla 1. Evolución de la población española comparada con la evolución interanual de la cifra de suicidios (elaborado a partir de datos ofrecidos por el INE).

Esto, por supuesto y me anticipo a la sugerencia, no implica que caso alguno que los medios de comunicación no hayan publicitado por extenso casos de suicidio individual y/o colectivo especialmente célebres a lo largo del tiempo. De hecho, en la Figura 2 se muestra una serie de casos especialmente famosos –por su impacto mediático- y publicitados en España de suicidas a lo largo de los diferentes años del tramo temporal estudiado. Encontramos que su influencia en la evolución de la cantidad de suicidios consumados o en grado de tentativa no ha sido tan clara como defiende el paradigma por cuanto cabría esperar, siguiendo el adagio de “a mayor publicidad del suicidio, más casos registrados como producto de la imitación”, que necesariamente tendrían que haber aumentado, lo cual debiera invitarnos a poner en cuarentena la propuesta misma en los términos simplistas en los que suele plantearse y que tienen poco que ver, dicho sea de paso, con la propuesta original ideada por Gabriel Tarde y sus revisores.

Figura 2
Figura 2. Suicidios célebres y publicitados por los medios interanualmente y evolución de la cantidad de suicidios (consumados o en grado de tentativa) en España.

No quiere decirse con ello que el suicidio no sea grave, no sea un asunto serio del que ocuparse por su impacto o sus repercusiones, o se esté con estas líneas tratando de banalizar una realidad psicosocial evidente que merece atención, tratamiento y prevención. Simplemente se indica que la explicación del fenómeno por mera “imitación” a la que se alude de forma tópica –y escasamente documentada- no funciona y parece tener más pinta de excusa, cliché o argumento demagógico para salir del paso ante las preguntas incómodas que otra cosa. En realidad, como mostré al comienzo, lo que sucede en el fenómeno del suicidio, y que nos ayuda precisamente a explicar la estabilidad y consistencia de las cifras, es que en esta cuestión –como en todas aquellas que afectan a cuestiones psicológicas de calado social- concurren una serie de variables personales y circunstanciales que determinan la existencia de una evidente vulnerabilidad hacia las ideaciones y conductas autolíticas en ciertas personas y que, en determinados casos, coadyuvan a su consumación.


[1] Preti, A. (2011). Animal model and neurobiology of suicide. Progress in Neuro-Psychopharmacology & Biological 35(4), 818-30.

[2] http://www.who.int/topics/suicide/es/

[3] New York City (NY): Free Press of Glencoe.

[4] Véase por ejemplo: Latour, B. (1992). Ciencia en acción: cómo seguir a los científicos e ingenieros a través de la sociedad. Barcelona, España: Labor.

[5] Tarde, G. (2011). Las leyes de la imitación y la sociología. Madrid, España: Centro de Investigaciones Sociológicas.

[6] http://www.ine.es/

De vampiros, licántropos y otros amigos (parte 2)

Nosferatu Murnau
El clásico “Nosferatu” (1922), del cineasta alemán F. W.  Murnau, trató de convertirse en la primera adaptación cinematográfica de la archifamosa novela de Bram Stoker. Sin embargo, un problema con los derechos de autor motivó una serie de transformaciones argumentales que, finalmente, convirtieron al vampiro de los Cárpatos original en el icónico Conde Orlok, interpretado por el actor Max Schreck.

Existen al parecer ciertas circunstancias médicas, si bien esta cuestión no deja de levantar controversias enconadas y debates relativos a su corrección política, que permitirían explicar lo que la superstición interpretó como vampirismo y licantropía[1]. La más obvia es una enfermedad conocida como porfiria cutánea tarda (PCT), una de las dos variantes de la porfiria eritropoyética[2]. Siendo la PCT una dolencia poco frecuente, pues es más común la otra variedad denominada porfiria aguda intermitente (PAI), que se manifiesta en forma de dolor abdominal, vómitos y diarrea, acompañados de otros síntomas neurológicos así como alteraciones psiquiátricas[3].

Quienes sufren de la extraña PCT, una enfermedad que aqueja especialmente pero no exclusivamente a los alcohólicos, se vuelven extremadamente fotosensibles y no pueden exponerse al sol sin sufrir lesiones ulcerosas en la piel a causa de la destrucción celular. Los tejidos cutáneos enrojecen con rapidez y se desarrollan ampollas, lo que bien haría a un observador externo imaginar que se trata de quemaduras provocadas por la luz solar. Quedan horribles cicatrices, pudiendo el paciente en los casos más extremos perder los dedos, la nariz y las orejas. Los ojos se ponen rojos. Por otra parte, se llegan a caer todos los dientes quedando tan solo los caninos. Todo ello termina por otorgar al paciente un aspecto grotesco y terrible.

Porfiria
Mujer afectada de PCT. Sobran los comentarios.

Ocurre que existen, además otras enfermedades que al sistema endocrino de espectaculares manifestaciones, como aquellas que desarrollan un anormal y desenfrenado crecimiento del cabello y el vello corporal en un proceso que se conoce como hirsutismo o hipertricosis, y que se relaciona con una rara mutación genética hereditaria que provoca, entre otras cosas, un aumento desproporcionado de la cantidad de andrógenos. Así se explica, por ejemplo, el fenómeno de las tristemente célebres “mujeres barbudas”.

hioertricosis
Hipertricosis.

En definitiva, la PCT y la hipertricosis dotarían al convaleciente de gran parte de las características físicas que la leyenda atribuye tanto a los vampiros como a los hombres lobo: palidez anémica, ojos inyectados en sangre, pelo en las palmas de las manos o en todo el cuerpo, y etcétera. Especialistas como David Dolphin, de la University Of British Columbia, han presentado en diversos foros científicos célebres informes en los que exponen con sumo detalle los muchos puntos de contacto que se observan entre las leyendas de vampiros y la bioquímica de la porfiria. Evidentemente, estos pacientes no son criminales sino, en todo caso, víctimas del imaginario popular y de la ignorancia como tantos otros que en el decurso de la historia han sufrido dolencias consideradas malditas por una u otra razón. En todo caso, resulta obvio imaginar que el mito precede a la enfermedad y que, sin más, ésta se habría convertido en supuesta prueba del primero. Por lo general, la gente ve lo que quiere ver siempre que se enfrenta a lo que no comprende.

También hay otras causas que pueden darnos cumplida cuenta del hecho vampírico como, por ejemplo, las dificultades que se han tenido hasta hace relativamente poco tiempo a la hora de determinar el fallecimiento clínico de una persona[4]. No era extraño –teniendo presente que incluso hoy es posible- que hasta hace no más de setenta años se enterrara aún con vida a un porcentaje de personas escalofriantemente elevado, ya fuera en estado catatónico o cataléptico inducido por una fiebre alta o cualquier otra dolencia que afectara de suerte peculiar al sistema nervioso. Si el supuesto fallecido tenía la suerte de haber sido depositado en un panteón familiar u otro lugar que le permitiera vencer las dificultades inherentes a su situación y abandonar su encierro, es lógico pensar que la superstición popular haría su trabajo para transformarlo en un ser maligno de cualquier especie. La cantidad de estremecedores relatos, historias, cuentos y leyendas que inciden en este sórdido tema son ingentes y pueden hallarse en todas las tradiciones culturales del mundo. Sirva un dato ciertamente terrible: a principios del siglo XX las autoridades de los Estados Unidos ya calculaban que en a lo largo y ancho del país se enterraba al menos a una persona viva cada semana. El pánico al respecto llegó a ser tan exagerado que se ideó toda suerte de ingeniosos aparatos para que el pretendido cadáver pudiera activarlos desde su macabro encierro en caso de entierro prematuro. También proliferaron las casas de muertos y otras dependencias similares, en las que el cuerpo reposaba bajo la estrecha vigilancia de celadores atentos al menor signo de vida durante unos días, antes de ser finalmente enterrado.

ataud_seguridad
Diseño de uno de los múltiples modelos de ataúd de seguridad, con cuyo concurso se pretendía evitar la eventualidad de ser enterrado vivo, cuya patente se registró durante el siglo XIX. Para saber más sobre esto, sigue el enlace.

Tampoco faltan los relatos de cadáveres conservados en perfectas condiciones tras años de recibir sepultura que fueron en su momento atravesados con estacas, clavados al suelo, desmembrados y otras lindezas parecidas. No obstante, es conocido que en determinadas circunstancias medioambientales un cadáver puede tardar años, décadas e incluso siglos en descomponerse.

“[…] La descomposición depende de muchas variables. Un cuerpo enterrado puede perdurar casi indefinidamente en el hielo. La turba y la humedad también son capaces de retardar la descomposición. En arena seca los cadáveres se momifican hasta convertirse en duradero pergamino. En tierras ricas en minerales pueden impregnarse de sales y metales. Pero si no han sido enterrados, sobre todo cuando hace calor, el proceso de esqueletización llega a ser asombrosamente rápido. El tiempo mínimo que requiere la esqueletización total no es de nueve años ni de nueve meses, ni siquiera de nueve semanas: puede producirse en aproximadamente nueve días. […] El recipiente funerario tiene una tremenda importancia. Los recipientes herméticos que protegen el cadáver del medio ambiente […] proporcionan un grado sorprendente de preservación, incluso durante periodos prolongados de tiempo. He visto como un cadáver bien embalsamado –un cadáver al que se había hecho la autopsia, lo cual dificulta considerablemente el embalsamamiento- duraba veintisiete años dentro de un ataúd hermético en el interior de una cripta, con rasgos perfectamente naturales y sólo unas pequeñas zonas de piel desprendidas de manos y pies. […] Aunque no esté protegido por ningún recipiente, un cadáver dura más si se encuentra bajo tierra”[5].

En todo caso, bastaba con que el fallecido hubiera sido un individuo peligroso, malvado, sospechoso de haber practicado la brujería o de costumbres poco respetables para que en lugar de santo fuese considerado vampiro o poseído por demonios. Así, el tratamiento que recibía su cuerpo era tan expeditivo como implacable. De esta época de supersticiones proceden falsas creencias que, aún hoy, se encuentran muy extendidas entre la población, como la de que el pelo y las uñas siguen creciendo después de la muerte: “es un mito que las uñas y el pelo sigan creciendo después de la muerte –explica William Maples-. Lo que sucede en realidad es que la piel se repliega a su alrededor, haciendo que el pelo y las uñas se levanten y sobresalgan más”[6].

El Entierro Prematuro (Antoine Wiertz)
“El entierro prematuro”, obra de Antoine Wiertz (1854).

Por otra parte, y pese a que las leyendas de vampiros resulten interesantes como pasatiempo o motivo de reflexión filosófica y antropológica, es evidente que tras la mayor parte de las que tienen algún viso de ser ciertas no puede esconderse otra cosa que una mente enferma o un criminal[7].

Vampirismo y licantropía como patología psíquica

El asesino vampírico, tanto como el licántropo, son, como todos los psicópatas y al igual que el resto de los seres humanos, prisioneros de sus fantasías. El problema reside en que la imaginación de estos individuos se rige por mapas mentales impensables para el resto de las personas. Obtienen satisfacción bebiendo la sangre de sus víctimas, sencillamente viéndola correr, comiendo su carne o profanando cadáveres, y no dudan en recurrir incluso al asesinato para satisfacer sus necesidades parafílicas. El fetichismo por la sangre y la carne, que algunos psiquiatras denominan Síndrome de Renfield[8], es en realidad una forma de necrofilia en la que el sujeto, en sus fases iniciales, comienza experimentando con animales hasta focalizarse en otras personas y convertirse a medida que los delirios fantásticos del individuo crecen, en auténticos depredadores de novela. Es cierto que este tipo de casos, cuya incidencia estadística es en realidad escasísima, resultan especialmente llamativos al profano y copen protagonismo en medios de comunicación, relatos de terror, películas, cómics, videojuegos o series de televisión. Y es por ello que muchos de los asesinos más conocidos de la historia del crimen –que no los más prolíficos- han pertenecido a esta curiosa especie.

De acuerdo con el estudio llevado a cabo por el psiquiatra Hershel Prins[9], el delirio vampírico puede manifestarse de muy diferentes formas, de modo que su catalogación comprende cuatro grandes grupos:

  • Vampirismo completo. Comprende toda suerte de fantasías y prácticas sádicas y necrofílicas que se convierten en móvil del asesinato o la profanación de tumbas. Esta clase de vampiro es un carroñero que experimenta una atracción incontrolable por los muertos y consume sangre –e incluso carne o vísceras- procedentes de personas a las que puede, o no, haber asesinado previamente. Gilles de Rais es un ejemplo histórico muy ilustrativo. Casos más cercanos son los del sargento Leger, quien en 1827 violó el cadáver de una niña de 12 años y bebió su sangre; el popular John George Haigh, también conocido como el Vampiro de Londres; Fritz Haarmann, el Vampiro de Hannover; y por supuesto Richard Trenton Chase, el Vampiro de Sacramento. Curiosamente, otros “vampiros” mediáticos como Peter Kürten o Mohammed Bijeh no realizaban esta suerte de prácticas pese a ser bautizados de tal modo por la prensa.
  • Vampirismo sin ingestión de sangre ni de materia muerta. A esta variedad se la asociaría con la simple necrofilia, que consiste en satisfacer el instinto sexual con cadáveres, o bien, gozar con tocarlos y contemplarlos. Un caso bien conocido y documentado de estas características es el del alemán Kuno Hofmann, el Vampiro de Núremberg. Hofmann, que pasó algún tiempo en el campo de concentración nazi de Dachau, era sordomudo, tenía un cociente intelectual por debajo de la media y una timidez patológica que le impedía acercarse a las mujeres. Durante años estuvo asaltando depósitos de cadáveres para consumir la sangre de los muertos y practicar relaciones sexuales. En 1972, durante uno de sus paseos, terminó por asesinar a tiros a dos jóvenes que dormían en un coche a fin de probar su sangre. Probablemente, Hofmann habría continuado asesinando una vez había transgredido los límites y culminado su transformación, pero fue detenido.
  • Vampirismo sin cadáver. Esta categoría reúne a gran cantidad de sujetos con tendencias psicóticas, pero aparentemente normales e integrados en la sociedad, cuyos deseos les igualan al vampiro. Hablamos de impulsos incontrolables y muchas veces ocultos incluso para ellos mismos, o bien normalizados. En el fondo, estas ideaciones guardan relación con las capacidades sobrenaturales que la tradición atribuye al no-muerto, de modo que los vampiros ideales envidiarían el poder de los vampiros legendarios, a los tratan de parecerse. El hecho de que no asesinen, no cometan delitos, o no agredan a otros no les hace menos peligrosos, pues los anhelos y fantasías desde los que elaboran sus estructuras cognitivas suelen inducirles irremediablemente a la mentira, la maquinación, la manipulación y la temeridad.
  • Auto-vampirismo. En este grupo de tendencias claramente masoquistas se incluirían casos igualmente psicóticos así como esquizotípicos y esquizofrénicos. Son capaces provocarse lesiones, a veces brutales, ya que la propia sangre se ha convertido por cualquier razón –si bien el motivo suele tener un fondo erótico o religioso- en objeto de veneración. McCully narra el caso de un niño de 11 años que aprendió a pincharse con suma pericia las arterias del cuello para llenar con su sangre una taza entera que luego bebía. También se cortaba las venas del antebrazo para lamer la sangre de las heridas, lo que le hacía experimentar una fuerte excitación sexual.
KunoHofmann
Kuno Hofmann.

Parafilias como el vampirismo –también la licantropía- aparecen tan raramente en la población que su incidencia estadística es prácticamente nula. De hecho tanto el DSM como el CIE ni tan siquiera las mencionan explícitamente, acumulándolas –junto a muchas otras- bajo el epígrafe de parafilias no especificadas. Sin embargo, sus manifestaciones escabrosas y espectaculares son tan llamativas que siempre y en todo lugar han despertado tanto el horror como el interés del gran público hasta el punto de que, en determinados momentos históricos, como el tramo comprendido entre la baja edad media y finales del siglo XVII, llegaron a parecer cuestiones comunes. No en vano, la consideración general del vampiro, el licántropo y el asesino serial se funden y confunden, más allá de consideraciones clínicas o antropológicas, en una apreciación tópica: son “monstruos”. Criaturas diseñadas para matar, construidas tanto a nivel individual como social y que desempeñan un papel nítido en nuestra cultura. Podría decirse que la fascinación que hoy en día nos provoca el asesino en serie es precisamente un reflejo de la que los supuestos vampiros y hombres lobo generaron en el pasado, lo cual explica que los asesinos sistemáticos de ficción sean en muchos casos antihéroes “de culto” para millones de aficionados que pueden convertirse en auténticas máquinas de producir dinero para sus creadores.

Gilles de Rais
Gilles de Rais.

Ya en fecha tan temprana como 1584, autores como Reginald Scot sostenían que la licantropía era un trastorno mental, atribuyendo a la superstición popular la idea de que realmente un ser humano pudiera transformarse en lobo o cualquier otro animal[10]. Lo cierto es que los testimonios históricos de verdaderas epidemias de esta locura son variopintos y pueden ser rastreados en la literatura desde el siglo XVI hasta, prácticamente, finales del siglo XIX. Sirva un dato: tan sólo en el periodo comprendido entre 1520 y 1630, luego durante más o menos un siglo, se registraron 30.000 casos de licantropía sólo en Francia[11]. Esto es interesante desde un punto de vista antropológico. Parece que entretanto el Este de Europa era el hogar de los vampiros, los bosques franceses se habían transformado en el territorio de los hombres-lobo. El ser humano necesita de referentes socioculturales hasta para perder el juicio.

Capitan America - Hombre lobo
Hasta el Capitán América puede convertirse en hombre lobo cuando tiene en un mal día…

La idea de Scot fue posteriormente ampliada por otros autores ingleses como Robert Burton quien en 1621 sostuvo que “[algunos llaman a la licantropía] una especie de melancolía; pero yo prefiero denominarla locura”[12]. Nada tiene de sorprendente para la época este racionalismo respecto del tema, pues en las Islas Británicas los lobos se habían extinguido muchos años antes de que ambos textos fueran escritos. De hecho, es fácil encontrar relatos de hombres-lobo en el trabajo de los ensayistas británicos si nos remontamos al periodo comprendido entre los siglos X y XIII. Ahora bien, a partir del siglo XVI, este tipo de historias tan sólo sobrevivió como argumento literario. Obsérvese, por consiguiente, el anacronismo que inherente a convertir las calles de Londres, o los páramos británicos, en escenario para los clásicos hombres lobo de la ficción.

Lo cierto es que el éxito como monstruo del licántropo, con el paso de los años, ha sido mucho menor que el del vampiro. Parece que, por alguna razón, resulta mucho más fácil creer en la existencia del vampirismo que en la de la licantropía y ello, como hecho sociocultural, también ha tenido repercusión en el escenario del crimen. A partir de 1900 han aparecido varios casos de asesinos en serie movidos por fantasías vampíricas, pero no se han presentado supuestos hombres-lobo, lo cual ha motivado que la literatura psiquiátrica y psicológica apenas si haya tocado el tema, con excepción del psicoanálisis, en la medida que muchos pacientes refieren al narrar sus sueños diversos procesos de metamorfosis que han de ser iluminados por el terapeuta. Parece que el hombre-lobo tiene un sentido más folklórico, propio de un buen relato de terror para las noches de campamento, mientras que el vampiro parece tocar con mayor profundidad los aspectos más atávicos del ser humano.

El misterio de Salem's Lot
Un vampiro de ficción especialmente terrorífico -inspirado en la imagen del “Nosferatu” de Murnau-, fue el ideado por Tobe Hooper a la hora de llevar a la gran pantalla el clásico literario de terror de Stephen King en “Salem´s Lot” (1979).

[1] De hecho, ya sea desde un punto de vista antropológico como desde una óptica meramente psiquiátrica, vampirismo y licantropía tienen muchos puntos de conexión. Daniel Farson en su libro Vampiros, hombres lobo y aparecidos (Barcelona, Noguer, 1976), indica que tradicionalmente se consideraba que un hombre lobo se convertiría en vampiro al morir a menos que su cadáver fuera debidamente exorcizado. También que podía bastar con beber la sangre o comer la carne de un cordero muerto por un lobo para transformarse en hombre lobo.

[2] Las porfirias son un grupo de enfermedades cuyo origen es una alteración, cualitativa o cuantitativa, del metabolismo de las porfirinas. Habría dos modalidades básicas: las eritropoyéticas y las hepáticas. Las porfirinas, básicamente, son sustancias que, al combinarse con determinados metales como el hierro, juegan un papel fundamental en la síntesis de la hemoglobina

[3] Un ejemplo claro y famoso de esta dolencia sería el de la célebre locura transitoria que aquejó al rey Jorge IV de Inglaterra, inmortalizada en La locura del rey Jorge, una extraordinaria y muy bien documentada película dirigida por el británico Nicholas Hyttner.

[4] Recomiendo al lector interesado en este asunto un excelente libro: Bonderson, J. (2002). Enterrado vivo. Barcelona, Ediciones B.

[5] Maples, W. R. y Browning, M. (2006). Los muertos también hablan. Barcelona, Random House Mondadori

[6] Ibid. anterior.

[7] La constatación de la existencia de estos perturbados sedientos de sangre hizo que ganara cuerpo la creencia del vulgo en la existencia de una supuesta enfermedad denominada hematodipsia o hematodixia, por la cual el sujeto que la padece se vería determinado fisiológicamente a beber sangre. Sin embargo, como bien manifiestan Miguel Gómez Aracil en su libro Vampiros (Barcelona, EDAF, 2003), así como otros especialistas, esta supuesta dolencia es un invención del imaginario colectivo completamente desconocida por la profesión médica.

[8] Por el personaje de la archiconocida novela de Bram Stoker. Renfield había sido vampirizado por el Conde Drácula durante una estancia de negocios en Transilvania, de suerte que empezó a experimentar una progresiva sed de la sangre de criaturas vivas para mantenerse a sí mismo con vida. Los doctores de la novela –salvo el excéntrico Van Helsing, por supuesto- consideraron que Renfield estaba loco, recluyéndolo en una institución mental.

[9] Prins, H. (1985): “Vampirism: A clinical condition”. En: British Journal of Psychiatry, 146 (6), pp. 666-668.

[10] Scot, R.; Discovery of Witchcraft. La primera edición de este tratado vio la luz en Londres en 1584. Hubo diversas reediciones del mismo a lo largo de los siglos. La más moderna es la de Montague Summers, New York, 1954.

[11] Farson, D.; op. cit. supra nota 1.

[12] Burton, R.; Anatomy of Melancholy. Londres, 1621.

De vampiros, licántropos y otros amigos (parte I)

The Order 1886
Imagen del videojuego The Order, 1886. Otra visión de un tema clásico en clave posmoderna. La enésima.

El vampiro y el licántropo[1] existen, ese es el hecho. Cierto que es difícil creer que en la forma tradicional del nosferatu -o no muerto- que ataca a los vivos impelido por una irrefrenable necesidad de beber su sangre a fin de mantener su estado, o de la persona que en las noches de plenilunio se transforma en lobo, si bien incluso el vampiro y el licántropo mitológicos gozan de una precisa explicación antropológica. La sangre y la carne, como no podría ser de otra manera, siempre han sido consideradas el centro vida. Se encuentran en los cimientos de todos los cultos y religiones, desde las más ancestrales. Hay creencias en las que el corazón de los difuntos es cocinado y consumido por su ser más amado. Algunas tribus de Australia y Nueva Zelanda pretendían la curación de ciertas dolencias abriendo las venas de los amigos varones del enfermo a fin de que le ayudaran a expulsar su enfermedad en una especie de catarsis colectiva. En la eucaristía cristiana el vino se transustancia en sangre y el pan en carne para la limpieza del pecado y el ofrecimiento de una vida eterna. Otros cultos minoritarios judeocristianos, como el de los Testigos de Jehová, se oponen enconadamente a prácticas sanitarias comunes como la transfusión de sangre por motivos enteramente metafísicos. En todas las culturas existen rituales sacrificiales simbólicos o reales y relatos acerca de vampiros, hombres lobo y quimeras similares (arpías, dragones, hombres leopardo, minotauros, y otro largo etcétera). También testimonios sobre la forma en que se presentaban a sus víctimas, el atroz modo en que se comportan y la forma en que el sujeto puede protegerse de ellos, o bien son erradicados por siempre jamás.

Herodoto
Herodoto.

Los licántropos fueron particularmente populares en Grecia y Roma, y es precisamente por ello que los textos grecolatinos son una de las fuentes más antiguas y amplias a este respecto[2]. No podemos olvidar, en tal sentido, que Romulo y Remo, los supuestos fundadores de Roma, fueron según la tradición amamantados por una loba. Pero este tratamiento extensivo no se circunscribió tan solo al punto de vista de lo legendario o lo mitológico. Ya una figura en absoluta sospechosa como Heródoto de Halicárnaso (484-425 a. C.), fue uno de los primeros autores en tratar el tema de la transformación de hombres en lobos al narrar la incursión de castigo que el persa Darío realizó en Escitia[3].

No obstante, las imágenes del vampiro y el licántropo que han parecido imponerse en el ideario colectivo de Occidente no son demasiado lejanas en el tiempo y se ubican históricamente en el lapso temporal comprendido entre los siglos XII y XVIII, cuando en Europa –especialmente en el Centro y el Este del continente- se desató una fiebre vampírica así como una proliferación de cuentos y mitos sobre hombres lobo sin precedente histórico. A partir de la Edad Media, muchos eruditos se entregaron en cuerpo y alma al estudio del vampirismo, como Augustin Dom Calmet, Montague Summers, William de Newburgh o Walter Mapes.

Mucho tuvo que ver el vigor del cristianismo con ello en la medida que impuso en la visión e interpretación de los sucesos particulares y colectivos una polaridad de dos fuerzas contradictorias: Dios y el diablo. Más todavía, como acertadamente indica Fondebrider[4], la doctrina cristiana no estuvo en ningún caso dispuesta a equiparar ambos poderes en una relación simétrica, de suerte que el diablo se fue haciendo paulatinamente acreedor de una mayor gama de maldades, en la misma medida que ello evitaba que la bondad de Dios fuera en algún momento puesta en entredicho. El resultado del proceso generó la imagen siniestra de Satán que todos conocemos en contraposición a la imagen plenamente benéfica de la divinidad. De este modo, los licántropos, vampiros y demás monstruos tradicionales, que en algún momento del pasado pudieron -y así fue de hecho- albergar sesgos de positividad, se convirtieron en encarnaciones de la más absoluta maldad.

Desde entonces, la literatura, primero, y el cine después, han inmortalizado tanto al vampiro como al hombre lobo para convertirlos en uno de los más populares de los estereotipos perversos de nuestra cultura. No nos referimos tan sólo al celebérrimo Drácula de Bram Stoker. También autores de la nada dudosa talla literaria de Goethe, Lord Byron o Baudelaire, entre otros, alumbraron algunas de sus más grandes páginas tomando como referencia a los cazadores de la noche. También suele olvidarse con exasperante facilidad que la Caperucita Roja de Perrault es mucho más que un cuento para niños y, de hecho, tanto en sus orígenes como en su concepción original distaba mucho de serlo. En realidad el juego de analogías que magistralmente plasmó en sus páginas el francés nos habla de una terrible tragedia: la de una niña púber que ignorando el sabio consejo de su madre abandona el camino correcto para ser acosada, agredida y devorada –junto a su abuela- por un criminal perverso y desalmado. Una historia que ha sucedido cien veces en la vida real, en muchos rincones del mundo y con protagonistas de carne y hueso. Tan auténticos como en los tiempos en que Perrault compuso este aperitivo literario que, descafeinado por el paso del tiempo, relatamos a nuestros hijos como si tal cosa por el mero hecho de que hemos asumido esta clase de sucesos, que otrora aterraban al común de los mortales hasta el punto de elevarlos al rango de lo legendario, como algo normal.

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El actor Christopher Lee encarnando el mito del vampiro que prosperó en el imaginario colectivo del siglo XX: pretendida elegancia, supuesto erotismo y un toque hortera.
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El hombre-Lobo cinematográfico, sin embargo, ha sufrido escasa evolución estética. Quizá por su estilo de monstruo bruto y “a la antigua”, siempre ha tenido pinta un poco macarra y desastrada. Lo más que se pudo hacer por él en sagas famosas como Underworld fue quitarle los pantalones y animalizarlo más si cabe.

Egocentrismo y sociopatía

Autores como Picart y Greek señalan que el estudio científico del vampiro y el licántropo, es decir, aquel que parte de una consideración no sobrenatural del hecho atribuyendo las víctimas de estos legendarios personajes a la acción criminal, comenzó a principios del siglo XX. En 1907, el sociólogo norteamericano E. A. Ross publicó un trabajo que el tiempo ha hecho clásico: Sin and Society (pecado y sociedad). En él describe a una nueva especie de monstruo, el criminaloide[5], responsable del sufrimiento de amplios colectivos sociales a causa de su proverbial ambición y una absoluta falta de interés por la seguridad y supervivencia de las clases trabajadoras. Es evidente que Ross quería referirse figuradamente a los gurús del capitalismo que gobernaban con mano de hierro, y aras de sus propios intereses, los destinos económicos de la sociedad capitalista. En la misma teoría abundó el sociólogo de la Escuela de Chicago Robert Park, quien habló en sus trabajos del vampirismo capitalista al referirse al colonialismo económico estadounidense. Conceptos ambos que guardan, por cierto, estrecha relación con el delincuente de cuello blanco del que también hablara por extenso Sutherland.

Lo interesante, en todo caso, es que esta corriente sociológica relacionaba el comportamiento de estos sujetos con una maldad patológica que los transformaba, más que en meros explotadores, en monstruos insensibles. En suma: desde estas teorías se establecía un sugerente nexo entre la actitud –de clara raíz psicopática- de ciertos individuos con respecto a sus congéneres y la clase de conductas que nuestra cultura ha asociado indeleblemente a aquellos seres a los que tradicionalmente se ha otorgado el calificativo genérico de monstruos. Y lo cierto es que las ideas de Ross, Park o Sutherland no sólo inspiraron a los sociólogos, sino también a los estudiosos del crimen que, por primera vez, abandonaron la idea del criminal como sujeto anormal para establecer vínculos conceptuales entre la conducta criminal y los procesos que operan en el medio social que ahora –corrupción va, corrupción viene- nos parecen evidentes pero que en aquellos días distaban mucho de ser tan obvios[6]. La idea de fondo es ciertamente inquietante: vivimos en un mundo regido por una serie de procesos perversos que, por su propia idiosincrasia, producen toda suerte de monstruos.

Robert Ressler
Robert Ressler (1937-2013).

A este respecto, cuando un periodista preguntó al célebre perfilador del FBI Robert Ressler acerca de los elementos que hacían a las sociedades avanzadas –como es el caso de la estadounidense- tan proclives a la aparición de criminales antisociales, su respuesta fue tan concisa como contundente: “la gente se ha vuelto básicamente egocéntrica. Las metas de cada uno han suplantado a las metas de la sociedad. Las personas no están de acuerdo en nada salvo consigo mismas. Todo esto tiene resultados en la conducta. Si hablamos de alguien que sufre disfunciones sexuales o morales y que está educado para pensar que puede y debe solucionar sus problemas por sí mismo, pero al mismo tiempo supone que las relaciones sexuales que debiera tener son inalcanzables, entonces tiende a tomar por la fuerza aquello que está fuera de su alcance. Y, sin duda, un asesino en serie es una persona enteramente disfuncional que trata de ayudarse a sí misma a obtener aquello que quiere sin observar las consecuencias de sus actos”[7].

Lo cierto es que desde un punto de vista antropológico las raíces de la conducta criminal en el ser humano deben buscarse, más que en la propia historia o en el decurso temporal y circunstancial de las sociedades, precisamente en el fondo de los mitos y leyendas de que se ha alimentado nuestra cultura desde tiempos ancestrales y que han de tener alguna clase de fundamento real, al menos en su objeto central. Basta con releer algunos libros del Antiguo Testamento, observar las mitologías egipcia, grecorromana e hindú o detenerse en las sagas nórdicas para encontrar centenares de relatos sobre agresiones sexuales, agresión, robo, canibalismo, vampirismo, licantropía y otro largo etcétera de brutalidades, perversiones y vejaciones. Por supuesto, los antisociales, se llamasen como quiera en su día, tampoco son una invención del presente. El crimen es tan viejo como la humanidad al punto de que el Génesis bíblico, una vez establecida la Creación, explica que la historia de la Humanidad comienza con un delito –el que cometen Adán y Eva al vulnerar la única norma que Dios les impone-; continúa con un fratricidio –cuando Caín mata a Abel-; y concluye con un genocidio en la forma de Diluvio Universal. Es obvio que el texto fue compuesto por un buen observador de la condición humana.

Cain and AbelTitian c. 1570
Así vio Tiziano el asesinato de Abel a manos de Caín.

Con anterioridad a la aparición de la psicología y la psiquiatría forenses tal y como hoy las conocemos, ninguna otra corriente dedicada al estudio de los procesos mentales había prestado tanta atención a este tipo de cuestiones como el psicoanálisis. Puede que las explicaciones de los procesos inconscientes ofrecidas por los psicoanalistas desde Freud sean consideradas injustamente y con algo de malicia –más por ignorancia de los principios que por un verdadero esfuerzo de comprensión- como elucubraciones sin fundamento. Pero lo cierto es que la psicología y la psiquiatría nunca han dejado de prestarles atención, bien sea de soslayo al punto de que muchos conceptos que hoy damos por buenos fueron, originariamente, concebidos por psicoanalistas. Lo cierto es que actos como los de succionar, morder o el culto patológico a los muertos y lo sobrenatural tienen hondas raíces psíquicas y culturales que no han de ser minusvaloradas si se pretende comprender las motivaciones últimas de la necrofilia, el vampirismo y la licantropía. Ernest Jones, por ejemplo, escribió que no hay cultura en la que no exista la creencia de que los muertos, en determinadas circunstancias, observan a los vivos y sientan un impulso irresistible de retornar con ellos con cualquier propósito. En consecuencia, tampoco resulta extraño que en todos los lugares del mundo existan relatos de fallecidos que visitan a los vivos, los ayudan, los poseen o simplemente tratan de destruirlos. Del mismo modo, a fin de contrarrestar el supuesto poder de los muertos o sus demandas, en toda cultura se dan ritos de apaciguamiento, respeto y consuelo para con las almas de los que se fueron[8].

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Y el malvado Sigmund Freud (1856-1939) te pregunta: ¿a ti te gusta chupar? ¿Y por qué?

Lo interesante es que esto se ve reflejado una idea muy extendida acerca del vampirismo en la tradición eslava: los primeros atacados por un vampiro, cuando retorna, son generalmente sus allegados vivos. Pero, además, tanto en el fondo del vampirismo como en el de la licantropía subsiste un componente sexual que, sin duda, ha contribuido a incrementar el atractivo que suscita. Componente que guarda, a su vez, estrecha relación con el mordisco, el acto de chupar e incluso la acción extrema de devorar al ser amado o deseado como forma de posesión total, plena, absoluta. En otro caso, por lo demás, y sin tener presente la influencia de un patriarcado milenario que enfatiza el valor intrínseco de la heterosexualidad, resultaría inexplicable la creencia legendaria de que los vampiros y los hombres-lobo prefieran como víctimas a personas del sexo opuesto. Tampoco el supuesto subyacente a muchos de estos relatos de que, contra todo pronóstico, las personas atacadas por estos seres sientan al mismo tiempo terror y fascinación[9].


[1] Conviene realizar una precisión terminológica ya que el hombre lobo y el licántropo son cosas semejantes pero no lo mismo. El primero es aquel que tiene el poder de transformase en lobo físicamente mientras que el segundo es, precisamente, el sujeto que posee una visión distorsionada de la realidad que le hace creer que puede metamorfosearse en lobo y que, consecuentemente, durante los momentos en que se cree transformado se comporta como tal.

[2] Fondebrider, J., Licantropía. Historias de hombres lobo en Occidente. Buenos Aires, Adriana Hidalgo Editora, 2004.

[3] Herodoto, Historia. Libro IV. Madrid: Gredos, 2001.

[4] Fondebrider, 2004, Op. cit.

[5] Evidentemente, el concepto no fue acuñado por Ross, sino por Cesare Lombroso y es muy probable que se este autor se inspirase en la obra pionera de los componentes de la llamada Escuela Positiva del Derecho Penal. Ahora bien, el uso que hace del concepto, desde un punto de vista sociológico, es enteramente novedoso.

[6] Pérez-Fernández, F., Imbéciles morales. Consideraciones históricas de la mente criminal. Jaén: Ediciones del Lunar, 2005.

[7] Kouri, J., Criminal Profile: The Monsters Within. En Internet [www.oscweb.com].

[8] Jones, E. (1951). On the Nightmare. New York, Liveright. Existe traducción al español: La pesadilla, Buenos Aires, Hormé, 1967.

[9] Christopher Lee, actor que se hizo mundialmente famoso encarnando al Conde Drácula en las películas de culto que la factoría británica Hammer realizó en los años 50 y 60 no alberga duda alguna al respecto: “Drácula ofrece la ilusión de la inmortalidad, el deseo subconsciente que todos tenemos de poder sin límites. […] Es la imagen del superhombre con un atractivo erótico para las mujeres, que lo encuentran totalmente seductor”.