Introducción a la violencia de género

Violencia de Genero

Al hablar de “violencia de género”, en la medida que el problema existe como concepto de uso común, nos olvidamos de que se trata de un asunto extremadamente complejo cuyo abordaje sería imposible sin recurrir a un enfoque multidisciplinar capaz de integrar todas sus vertientes, que son muchas. De hecho, ni tan siquiera ha sido fácil encontrar consenso a la hora de denominar a este tipo peculiar de violencia en la misma medida que sus diferentes visiones y nomenclaturas, en última instancia, generan sesgos teóricos que introducen o excluyen aspectos controvertidos para la comprensión y abordaje del fenómeno.

El primer escollo a resolver, algo por lo demás común en materias científicas que tienen un fuerte calado social, surge a partir de la novedad del problema. Es cierto que la violencia de género es un hecho indiscutible que ha venido atravesando a todas las culturas y sus manifestaciones desde tiempos ancestrales, pero la verdad es que solo empezó a entenderse que era un auténtico problema cuando las demandas de las propias mujeres lo convirtieron en tal cosa. Así, fue cuando el movimiento feminista lo visibilizó a partir del siglo XVIII que la cuestión comenzó a existir y a despertar interés sociopolítico. Estas primeras demandas de aquel feminismo incipiente se centraban en la exigencia de los derechos de ciudadanía para la mujer, como el acceso a la educación, al voto, al trabajo remunerado y etcétera. Demandas que solo era posible sostener mostrando que su carencia procedía de una desigualdad esencial –metafísica si se quiere- insostenible desde el plano intelectual, pero arraigada con gran firmeza en el sustrato último de la cultura. No podemos olvidar, por ejemplo, que la Revolución Francesa, al proclamar en 1789 la Declaración de los Derechos del Hombre, solo tenía en cuenta, literalmente, a los propios hombres. Resulta paradójico, por cuanto es público y notorio que las mujeres lucharon tanto por la consecución de esos derechos como los propios varones, que una vez obtenidos se vieran excluidas de ellos y relegadas a un segundo plano sociocultural. Y no resulta extraño, pues, que fueran estas mismas mujeres las primeras en rebelarse contra semejante injusticia histórica[1].

Tras esta primera oleada se pasó a una segunda fase, ya durante el siglo XIX, que “redujo” las ambiciones iniciales del movimiento para concentrarse en la consecución del derecho al voto. Nacería así el famoso “movimiento sufragista”, que enraizó con especial fuerza en los Estados Unidos a partir de 1848. No hemos de dejarnos engañar por esta aparente reducción de las demandas de la mujer por cuanto, teóricamente, se entendía que el derecho al voto y a la consiguiente decisión en lo relativo a la representación política supondría, a medio plazo, la mejor herramienta para combatir la desigualdad. El cálculo efectuado por las sufragistas era obvio: Si las mujeres terminaban por convertirse en una bolsa estable de votos sucedería que los políticos, necesariamente, habrían de tomar también en consideración sus problemas y demandas. De hecho, la consecución del voto para la mujer en diversos lugares del mundo provocó el inevitable efecto dominó en Occidente que, sin embargo, tardó mucho tiempo en empezar a ofrecer los efectos apetecidos, pues la consecución del sufragio femenino raramente vino acompañada de la posibilidad de que las mujeres tuvieran un acceso efectivo a la esfera política[2]. Este lento progreso desencadenó la tercera ola del feminismo, a mediados del siglo XX.

Manifestacion Sufragista USA Finales Siglo XIX (americaslibrary gov)
Manifestación sufragista en los Estados Unidos a finales del siglo XIX [fuente: Americaslibrary.gov].

Eran ya muchas las mujeres descontentas con los escasos avances logrados tras una lucha tan larga, pero fue en torno a un libro publicado en 1949, El segundo sexo, que este descontento generalizado comenzó a agruparse para tomar la forma de un movimiento intelectual y material bien construido. Su autora, Simone de Beauvoir, teorizó por primera vez en torno al significado de lo que implica “ser mujer” y con ello alimentó la toma de conciencia general sobre las relaciones de desigualdad existentes entre hombres y mujeres, mostrando a qué punto se encontraban afianzadas en la historia de la cultura y cómo iban evolucionando y readaptándose a lo largo del tiempo. De hecho, fue de Beauvoir quien comenzó a visibilizar el problema de la naturalización de la violencia sobre las mujeres, abriendo una línea de trabajo consolidada posteriormente, en 1963, cuando la psicóloga estadounidense Betty Friedan publique La mística de la feminidad. Un texto centrado, por primera vez, en la violencia de género en cuanto tal así como en los procesos psicosociales que la facilitan, la justifican y la ocultan al recluirla en el ámbito de “lo privado”.

Gracias a la aportación del tandem de Beuvoir-Friedan, y hasta su consolidación final con los muy celebrados textos antropológicos de Gayle Rubin, el movimiento feminista internacional pudo al fin contar con elementos que antes no había tenido: una teoría sólida que someter al debate sociopolítico, y capacidad organizativa desde las que exponer demandas concretas, uniformes y coherentes. La principal de ellas surge precisamente en torno al problema de la violencia de género como acontecimiento natural, fatal e invisible que afecta a la mujer en todas las manifestaciones de su existencia. La cultura y la sociedad habían convertido a las mujeres en víctimas de un destino inexorable que no podía ser alterado porque era legítimo, inmemorial e incuestionado. Precisamente, y más allá de ulteriores retóricas, ideologismos y manipulaciones, en esto reside el verdadero mérito histórico y central del feminismo: mostró que ese destino “natural” de la mujer –ser violentada, ser desigual, ser sometida- no solo se cimentaba sobre falacias históricas ocultas, sino que también era un destino injusto y terrible que una sociedad, para ser simplemente humana, debía combatir y erradicar.

Simone de Beauvoir
Simone de Beauvoir (1908-1986).

El discurso patriarcal sobre la violencia de género

Sería absurdo –y debemos tenerlo claro a estas alturas- decir, como se trata de argumentar desde diferentes entornos, que la violencia de género sólo afecta a la esfera privada de las personas. Absurdo y falaz porque, en realidad, se trata de un producto devenido de la tradicional organización patriarcal de la sociedad que afecta de un modo u otro a todas sus manifestaciones. Pero también sucede que, en efecto, parece que los sucesivos avances psicológicos y sociopolíticos provocados por la visibilización permanente del problema han ido matizando las desigualdades públicas, limando sus aristas, y recluyendo con ello las peores y más trágicas implicaciones de la violencia de género en la vida privada de las mujeres, donde aún permanecen ocultas en muchos casos. Poca gente toleraría ya que a una mujer se la ofendiera en la calle, o en el trabajo, por causa de su mera condición de mujer, pero las mismas personas que no admitirían tales conductas públicas –bien sea por “corrección política”, apelando a supuestos “principios morales”, o por simple “caballerosidad”- a menudo se muestran renuentes a implicarse cuando esto mismo sucede en el ámbito doméstico. Adoptan de tal modo una postura templada, inconsistente, que precisamente es más dañina que cualquier otra porque contribuye de manera sutil pero decidida a la perpetuación de esa violencia estructural y que, además, es muy difícil de combatir a causa de su aparente sensatez.

Esto ocurre porque desde el clásico discurso patriarcal en torno a la violencia de género se rehuyen las explicaciones en clave estructural, que son precisamente las relevantes, y se trata de individualizar el problema. Se convierte así en el fenómeno esporádico de unos cuantos sujetos con nombres y apellidos que, por diversas razones, rompen el equilibrio y la complementariedad entre el hombre y la mujer. Este argumento de la agresión como producto exclusivo del agresor particular concluye con un axioma sencillo: en realidad no existe un problema sociocultural de fondo, sino tan solo problemas concretos y circunstanciales. La sociedad no debería hacer nada atacar las desigualdades estructurales –que no las habría-, sino las desigualdades específicas, propias del caso. Así es como en el discurso patriarcal sobre la violencia de género transforma el hecho social en simple anomalía individual y, de nuevo más allá de intereses peculiares e ideologismos varios que no nos competen y que nada aportan al tema, esta es precisamente su verdadera palanca de fuerza.

Mediante ese argumento, hemos de indicar ahora que perfectamente integrado en la educación de un elevado número de mujeres que también lo asumen y difunden, el agresor es observado como un enfermo, un tipo marginal que no respeta las normas sociales básicas. La mujer agredida, por su parte, es considerada como una persona transgresora y/o provocadora que dificulta las relaciones familiares, que tiene problemas para gestionar su relación de pareja, o bien que no es hábil a la hora de mantener al hombre dentro de las convenciones. Así dispuesto el discurso, la violencia de género en el ámbito intrafamiliar se convierte con suma facilidad en simple “violencia doméstica” y nos habla de un conflicto entre personas particulares que se resuelve de manera disfuncional. Al ser la mujer la que transgrede o es inhábil en uno u otro sentido sucede que también, a menudo, “provoca” la acción violenta sobre ella y contribuye inevitablemente a su propia victimización.

Este modelo discursivo trata, por otro lado, de sostener que la sociedad es igualitaria y que las diferencias observables entre hombres y mujeres se fundamentan en su naturaleza biológica. Un imponderable contra el que sería ridículo luchar porque, sencillamente y de manera esencial, las mujeres y los hombres “son diferentes” y están naturalmente dirigidos hacia finalidades productivas diversas: El hombre estaría más dotado para la actividad pública, la valentía, el esfuerzo, la competitividad y los sacrificios que conlleva sacar adelante a una familia… Pero las mujeres –que necesitan ser protegidas por los hombres a causa de una supuesta debilidad biológica- estarían más dotadas para la vida hogareña, la crianza, el cuidado y la gestión de los sentimientos… Como si la maquinaria emocional de hombres y mujeres fuera fisiologicamente diferente, lo cual es un simple y llano disparate.

Si pensamos en esto durante un minuto, veremos en seguida que existe una fuerte contradicción entre el modelo discursivo patriarcal y la práctica social diaria. Contradicción irresoluble que derrumba el propio discurso y nos muestra con claridad sus falacias: Primero, porque cada vez son más las mujeres que rompen la barrera del género e irrumpen en terrenos que se consideran tópicamente varoniles. Segundo, porque entretanto se niega teóricamente que las diferencias entre hombres y mujeres, así como sus diferentes jerarquías, existan en la sociedad, se aceptan de facto todas aquellas prácticas que subordinan a la mujer por causa de su naturaleza femenina. Consecuentemente, de manera subrepticia, se desvaloriza el trabajo doméstico, se ocultan las aportaciones históricas de la mujer y se minusvaloran aquellas tradiciones, costumbres e instituciones que se consideran como propiamente femeninas.

Discurso Patriarcal
Tabla 1. La violencia de género en el discurso patriarcal tópico.

El análisis “de género”

Es interesante, desde un punto de vista psicosocial, darse cuenta de lo poco que se comprende –o lo mucho que se malinterpreta- el concepto de género. Hay quien cree que se trata de una categoría elaborada ad-hoc con la finalidad expresa de sustentar un programa político de corte feminista. También se dice que es una simple invención semántica carente de apoyo científico alguno. Hay quien sostiene, incluso, que se trata de un pretexto diseñado por los supuestos “enemigos de lo establecido” –los siempre peligrosísimos “antisistema”, sean quienes fueren- para interferir o subvertir el buen orden sociocultural. Sin embargo, ninguno de estos tres puntos de vista es correcto y quien los defiende de manera acrítica muestra un profundo desconocimiento del problema, cuando no el hecho de ser partidario –o difusor involuntario- de ciertos discursos políticos y culturales tan poco fundamentados y falaces como interesados.

John Money
John Money (1921-2006).

Lo cierto es que el concepto de género apareció en el seno de la investigación psicológica, y los primeros autores que lo emplearon, dicho sea de paso, no fueron mujeres sino hombres. Si bien acuñado en 1955 por Money, sería Robert Stoller en 1968, en el transcurso de sus estudios acerca de niños y niñas aquejadas de diferentes síndromes androgenitales y sometidos a terapias hormonales, quien establecería la diferencia conceptual entre sexo y género tal y como hoy la entendemos. De sus trabajos Stoller concluyó que la identidad y el comportamiento de género no están determinados por el sexo biológico, sino por las experiencias vividas, los ritos y las costumbres que se le atribuyen a los sexos biológicos a partir del etiquetado sociocultural[3]:

  • El “sexo” hablaría de las diferencias innatas y determinadas por la biología que existen entre hombres y mujeres, y que son universales e invariables.
  • El “género” hablaría de diferencias entre hombres y mujeres construidas en el contexto social: Actitudes, roles, actividades y pensamientos que la cultura establece como más aptas y deseables en función del sexo.
Sex & Gender (Robert Stoller)
Primera edición del célebre libro de Robert Stoller “Sex and Gender” (1968).

Siguiendo con esta argumentación en clave psicológica, pronto se nos muestra evidente que el concepto de género moviliza alrededor de la violencia tres instancias o elementos básicos que, para nosotros, van a ser muy relevantes en adelante:

  1. Asignación de género. También llamada en la literatura “rotulación”, “etiquetado” o “atribución” implica que tanto la víctima como el agresor han asumido un programa de individuación personal cuya diferencia fundamental estriba en haber sido definidos como “hombre” o como “mujer”. Estas etiquetas implican modos de relación peculiar entre los sexos que, como es lógico, van a generar estilos peculiares y específicos de violencia. Así las cosas, se comete un grave error cuando se homogeneiza la violencia de género con respecto a otras y se la trata de igual modo[4].
  2. Identidad de género. Tanto la víctima como el victimario han estructurado y consolidado todas sus experiencias vitales desde una identificación con las ideas que la sociedad y la cultura tienen acerca de lo que significa “ser hombre” o “ser mujer”. De tal modo, el proceso de identificación se convierte en un filtro de las experiencias que las transformará en eventos con significados diferentes para ambos.
  3. Rol de género. La identificación provoca la interiorización de un conjunto de preceptos y normas sobre el comportamiento que se va a considera adecuado en cada sexo. En el caso de la violencia de género esto implicará que el agresor y la víctima van a situarse en posiciones diferentes y, por tanto, desarrollarán diferentes estrategias de afrontamiento de la violencia.

Esto es lo que explica que en el caso de la violencia de género no resulté irrelevante, sino todo lo contrario, quién es el que agrede y quién es el agredido. Debemos entender que en la producción de esta clase peculiar de violencia –al igual que sucede con cada una de las formas específicas de violencia, por cierto- existe, y es un tópico en la literatura, un vínculo muy complejo y elaborado entre la sociedad y la estructura psíquica de las personas. Ahí es donde adquiere pleno sentido el hecho de que,

“no deja de ser curioso que las diferencias de sexo condicionen el tipo de violencia experimentada. Cuando un hombre sufre una agresión, ésta tiene lugar habitualmente en la calle y suele estar asociada a un robo, a una pelea, un ajuste de cuentas o un problema de celos. Las mujeres, por el contrario, al menos en la mayoría de los casos, cuando son víctimas de actos violentos, suelen sufrirlos en el hogar y a manos de sus parejas”[5].


[1] Olympia de Gouges –seudónimo de Marie Gouze- fue una de las primeras en levantarse contra ella al publicar en 1791 su Declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana, hecho por el cual fue guillotinada. Por aquel entonces, en 1792, también la británica Mary W. Shelley, autora del célebre Frankenstein, publicaría en Londres su Reivindicación de los Derechos de la Mujer.

[2] Nueva Jersey fue el primer Estado de la Unión en aprobar el voto femenino, cosa que ocurrió en 1776 y por accidente al utilizarse en la ley electoral la palabra “personas” en lugar de “hombres”, con lo cual fue de nuevo abolido en 1807. El primer país del mundo que aprobó el voto femenino sin restricciones de clase alguna, gracias al movimiento que lideró la activista Kate Sheppard, fue Nueva Zelanda, en 1893. Interesa destacar que en muchos de los lugares en los que se aceptó el voto de la mujer, se logró esta victoria incluso antes que la del sufragio universal. El primer lugar de Europa en el que se admitió el voto femenino fue Finlandia, en 1907, seguida posteriormente por Noruega y Suecia. En España las mujeres pudieron votar por vez primera a partir de la promulgación de la Constitución de 1931, y hasta 1939, año en el que la norma fundamental fuera suspendida por motivos sobradamente conocidos.

[3] No está de más mencionar que fue a partir de esta línea de trabajo que comenzó a considerarse que la homosexualidad no tenía base biológica y que, por consiguiente, carecía de sentido científico considerarla una patología. Con ello, no tardaría en ser excluida de las clasificaciones de trastornos mentales más habituales.

[4] Uno de los errores más comunes que se cometen a la hora de analizar e interpretar el fenómeno delincuencial reside, precisamente, en la igualación de la génesis del delito y del delincuente. Este yerro, muy habitual en los análisis poco concisos y mal estructurados de los medios de comunicación, lleva a la simplificación –radicalmente superada en el plano científico- de que sólo existen personas criminales y no criminales, de que solo hay agresiones, robos o asesinatos en general, y de que por tanto el problema del crimen tiene una resolución unitaria y específica. La realidad, evidentemente, es que no todos los delincuentes se conducen por las mismas motivaciones y no todos los delitos tienen el mismo origen, lo cual implica que necesitan de una comprensión y de un tratamiento tan peculiar como especializado.

[5] Echeburúa, E. y Corral, P. de (1998). Manual de violencia familiar. Madrid: Siglo XXI, p. 1.

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Las historias que nunca debiste creer

Chica de la Curva
Si te han contado que esta chica existe, no lo creas… Pero si la ves, tampoco la recojas.

La leyenda urbana, como solemos decir a menudo en este blog, se caracterizan por ser esa historia redonda, completa, argumentalmente cerrada, que cae de su peso y que tiene toda la pinta de ser “demasiado buena”. Tan buena que cabe sospechar que ha sido construida por alguien y que, simplemente, es tan perfecta que no puede ser cierta. Entendámonos: el mundo real es caótico, complejo, abierto, azaroso, condenado a la “magia” de la probabilística, a menudo irracional a ojos humanos, y por lo común fastidioso y molesto para la mayor parte de la gente por lo que simplemente prefiere ignorarlo. Al fin y al cabo, las “verdades” que podemos encontrar en él siempre son abiertas y están por ello mismo sometidas a ese constante proceso de discusión y revisión metódica al que llamamos ciencia. No ocurre así en el mundo imaginado, fantástico y perfecto del arte, de la creación literaria, de la cultura popular o de las magníficas leyendas urbanas –en tanto que parte de esa cultura pública- en la medida que entornos comunicativos artificiales en los que no imperan las reglas arbitrarias y a menudo incomprensibles de la naturaleza.

Por ello, del mismo modo que la mayor parte de la gente suele preferir una mentira maravillosa a una verdad mediocre, es habitual que tenga más sentido creer una perfecta leyenda urbana que comprender parcialmente un hecho real complejo. Bien lo saben los demagogos, los doctrinarios o los estafadores de toda suerte y cuño: para la mayor parte de las personas la verdad, en tanto que cuestión costosa, difícilmente alcanzable, por lo común “injusta” o “degradante”, y a menudo muy poco “razonable”, supone un completo fastidio.

Urban Legend
El cine también ha hecho dinero con las leyendas urbanas. Total, nunca debes permitir que la realidad te hunda un buen negocio.

Qué es una leyenda urbana

Tal y como explica uno de los más conocidos estudiosos de las leyendas urbanas, el profesor de literatura de la Universidad de Utah y especialista en folclore Jan Harold Brunvand, éstas son fábulas populares que relatan acontecimientos “reales” aunque raros o extravagantes, que le pasaron a alguien a quien no conocemos –ni podemos conocer-, y que nos suelen llegar por la vía del testimonio de alguien que nos resulta creíble porque, generalmente, este relator también se las cree. En general, y aunque parezca sorprendente, todas son estructuralmente muy parecidas y se caracterizan por una serie de elementos que son, precisamente, los que las hacen creíbles, fácilmente asimilables por cualquier público, y facilitan su difusión[1].

  1. Su final es aparentemente cerrado, pero permiten que sea el propio receptor quien saque sus propias conclusiones y complete el relato. Lo interesante es que cuando el receptor lo analiza descubre que solo puede concluir aquello “tiene lógica” a partir de lo que se le narra.
  2. Se construyen sobre bases argumentales simples. Tienden a ser lineales, poco complejas, de modo que puedan ser contadas y asumidas con brevedad y cierto grado de literalidad.
  3. Los elementos que las componen suelen formar parte de la vida diaria. De hecho, nos interesan porque suelen hablarnos de cosas que, aparentemente, son comunes y corrientes y “le pueden pasar a cualquiera”.
  4. Recurren a los elementos más simples y atávicos de la conciencia –especialmente el miedo-. Utilizan como palanca las emociones, nunca la razón.
  5. Son fácilmente intercambiables entre culturas y sociedades con escasos “retoques estéticos”, por lo que es normal que la misma leyenda se cuente en muchos sitios, aunque con la oportuna modificación de los detalles. Sin embargo, su estructura básica, el tronco argumental, permanece.
  6. Todas tienen una lejana base real, a veces tan remota y deformada que no recuerda en nada a los hechos originales que les sirven de inspiración. El hecho es que no importan los detalles concretos o los fundamentos documentales si los hubiere. Lo relevante es revestir el relato de veracidad -que al oyente “le suene”-.
  7. Existen en la medida que responden a la necesidad antropológica del mito en tanto que elemento que da sentido a “lo inexplicable”.
  8. Han existido en todas las culturas y épocas históricas, si bien no siempre se han llamado “leyendas urbanas”. De hecho, y en no pocos casos, las situaciones y elementos simbólicos que emplean son en su fondo los mismos, tanto en el presente como en el pasado. Por ello, muchos antropólogos las han relacionado con la teoría psicológica jungiana del inconsciente colectivo y los arquetipos[2].

La cuestión a dilucidar es cómo funcionan. Es decir, por qué se difunden con tanta facilidad al punto de que su expansión a menudo se convierte en una ola imparable y ajena a toda lógica. Ciertamente, ello se debe a que explotan toda una serie de elementos psicosociales que operan como “palancas” desde las que retroalimentarse: la necesidad de certezas, de “estar informado”, de conocer “aquello que no conoce nadie”, de poder “prevenir” o “anticipar” futuribles problemas y desastres o, en última instancia, la necesidad de integración social, de no quedar al margen y fuera de “lo que se cuece”, “lo que se dice”, “lo que se hace” o “lo que está de moda”… En realidad, son resortes psicológicos elementales que se conocen desde hace décadas y que se emplean en diferentes ámbitos y contextos relacionados con el arte de la persuasión, desde el discurso político al publicitario. Del mismo modo que el 99% de los animales que corren durante una estampida ignoran los motivos por los que la manada huye despavorida y se limitan a conducirse por el principio adaptativo de “es mejor hacer lo que hacen todos”, la inmensa mayoría de la gente prefiere, en tanto que elemento básico de nuestra sociabilidad –que nos ha concedido enorme éxito evolutivo, por cierto-, “seguir la corriente” del colectivo[3]. Así pues, las leyendas urbanas, en un fenómeno paralelo al de las falsas noticias o fakes,

  1. Siguen, en su propagación, la misma dinámica que el rumor: van de boca en boca -de email en email, de una red social a otra, de un usuario al siguiente, expandiéndose siguiendo el mismo modelo matemático de las ondas que genera  en el agua una piedra al ser lanzada en un estanque.
  2. La historia de la que parten puede ser cierta, inventada, de origen desconocido, o bien resultado de la desinformación pero, a medida que avanzan, los diversos relatores la  van apuntalando, adecuándola a sus necesidades o circunstancias. Por ello, y al igual que con el antes mencionado fenómeno de las noticias falsas, es un hecho que el usuario tiene una responsabilidad real y no puede encogerse de hombros argumentando que a él “también se le ha engañado”. En la sociedad digital moderna todos somos receptores, generadores y difusores de información, lo cual debería apelar de manera directa a nuestra responsabilidad a la hora de difundir falsedades o, simplemente, cosas de las que no estamos seguros o que simplemente desconocemos.
  3. Al final adquieren una forma estable y cerrada, de gran coherencia interna, que resulta muy difícil cuestionar.
  4. En algunos casos están tan bien estructuradas y consolidadas que cuesta mucho trabajo deslindar la realidad de la mera ficción, lo cual ha motivado, por ejemplo, que no pocos medios de comunicación “serios” hayan quedado atrapados por la magia inherente a la leyenda urbana y la hayan convertido en una noticia “real”[4].
Fake News
Los tipos que “cazaban” chicas desnudas con balas de pintura… Una fake news de gran éxito en su día. Si quieres saber más, debes leer la nota 4.

Como bien explica Brunvand, el miedo es una correa de transmisión excelente para estas historias. Ciertamente, no todas las leyendas urbanas son aterradoras o tienen por finalidad asustar, pero no es menos verdad que son precisamente las que nos tratan de prevenir de desastres, enfermedades, o crímenes, las que mejor funcionan y mayor éxito suelen alcanzar[5]. De hecho, si en este momento pidiéramos a alguien que nos contara “aquella historia que le contaron sobre un amigo de un amigo y que le impresionó”, es muy probable que escogiera una fábula truculenta o simplemente terrorífica. Del mismo modo, como sabe bien la industria de los productos milagrosos, que no hay nada mejor que mostrar a alguien que en el futuro podría ser calvo o gordo para venderle maravillas embotelladas, los difusores de leyendas urbanas o de mentiras políticas saben que lo que mejor funciona y más manipula a las masas es el pánico.

El modelo de los memes

El de meme es un concepto acuñado por el biólogo Richard Dawkins[6], y explicaría en buena medida el funcionamiento intrínseco de la leyenda urbana en tanto que “meme cultural”. A su parecer, en la naturaleza existen dos sistemas de procesamiento de información diferentes, pero complementarios:

  1. El genético: Transmite información biológica de generación en generación mediante la duplicación del ADN y los procesos de la herencia.
  2. El constituido por el cerebro y el sistema nervioso: Procesa información ambiental. Esta información se transmite por medio de la educación, la asimilación o la imitación –mímesis- y es la base de la cultura.

La idea de Dawkins es que los rasgos culturales –o memes– también seguirían en su  reproducción y replicación un proceso equivalente al de la información biológica (ADN). De tal modo, los memes constituyen unidades de información modificables e incrementables que evolucionarían, a largo plazo, igual que lo hacen los genes.

La diferencia fundamental entre ambos modelos de transmisión de información es que los genes son unidades naturales independientes, mientras que los memes los construimos nosotros como resultado del proceso de interacción comunicativa intrínseco a la dinámica sociocultural. Consecuentemente, y en términos antropológicos, la cultura no sería un conjunto determinado de conductas estandarizadas, sino la información que las concreta y otorga sentido. Desde este planteamiento es fácil entender las razones por las que el formato de la leyenda urbana es multicultural y fácilmente trasladable de unos entornos a otros: si aceptamos que los procesos que regulan el proceso comunicativo humano son constantes en la medida que categorías de especie, no hay motivo alguno para presuponer que los contenidos de tales procesos comunicativos sean diferentes más allá de sus peculiaridades superficiales. O de otro modo: es cierto que no todas las personas comen lo mismo, pero también lo es que todas las personas deben comer en tanto que necesidad biológica, con lo que las diferentes comidas que se expresan en la conducta “comer” dentro de culturas diversas expresan diferencias superficiales coyunturales, pero nunca de fondo en tanto que expresión de una necesidad universal.

El fascinante caso de los alienígenas

Alien
¿Te suena este tipo? Pues seguramente es inventado… Si no me crees, sigue leyendo.

Si prestamos atención a los relatos, ampliamente difundidos, de encuentros con supuestas entidades alienígenas ocurridos a partir de la década de 1960, y los analizamos pormenorizadamente y sin apasionamiento, pronto nos encontramos con el paradigma de la leyenda urbana: salvo muy peculiares excepciones tienden a reproducir un historia tipo en la que incluso se repiten, con pocas variantes significativas, las tipologías de alienígenas que los protagonizan:

  • Es sintomático que todos sean altos o bajos sin términos medios. Vayan ataviados con trajes fosforescentes o bien aparentemente desnudos. Siempre tienen “aspecto humanoide” y suelen ser delgados, de cabeza gruesa y ojos negros rasgados.
  • En raras ocasiones hablan con los abducidos, y si lo hacen, suele ser a través de comunicaciones “telepáticas”.
  • El abordado por estas entidades, o el directamente abduccido, por lo común argumenta no recordar gran cosa de lo sucedido durante la experiencia y su memoria se concentra en recuerdos sensoriales y toda suerte de cenestésias traumaticas –elevaciones, tocamientos, operaciones, penetraciones, y etcétera-. Raros, por muy extraordinarios, son los casos en los que detallan aspectos pormenorizados de lo que sucedió en el interior de la nave.
Alienigena de los Hill
El alienígena de los Hill. ¿Te suena?

Un antropólogo especializado en cultura popular contemporánea, John F. Moffit, profesor emérito en la New Mexico State University, se entretuvo en catalogar pacientemente infinidad de relatos anteriores y posteriores a 1965 de encuentros con pretendidos alienígenas para encontrarse con un detalle extremadamente significativo: el alienígena tipo que todos tenemos en mente siempre que sale el tema en una conversación, así como la historia de abducción básica, se apoya o recrea invariablemente en el testimonio de una sola pareja cuyo caso alcanzó enorme repercusión mediática: el del matrimonio Hill -Betty y Barney-, y data precisamente de 1965, ese año al parecer “mágico” para la consolidación cultural de esta clase de historias[7]. Lo cual, con total independencia de que exista o no vida extraterrestre -hecho que no forma parte de esta discusión- suscita inevitables preguntas: ¿es que los alienígenas que nos visitaban antes de 1965 han dejado de hacerlo? ¿A todos los “visitantes” les interesa lo mismo? ¿Todos son iguales? Y ya que estamos… Si usted pudiera realizar periódicamente un viaje de miles de años luz para visitar a unos tipos primitivos que habitan un planeta, ¿escogería a cualquier persona al azar para trabar contacto? ¿Y lo único que se le ocurriría hacer es meterles un buen susto y secuestrarlos para hacerles un examen rectal?

Barney y Betty Hill
El matrimonio Hill contándonos con pelos y detalles su historia. Poco imaginaban la que iban a armar con ella.

[1] Brunvand, J.H. (2003). El fabuloso libro de las leyendas urbanas. Demasiado bueno para ser cierto. Barcelona: Alba Editorial.

[2] Jung, C.G. (2012). Símbolos de la transformación. Madrid: Editorial Trotta.

[3] Bromhall, C. (2003). The eternal child. An explosive new theory of human origins and behavior. London: Ebury Press.

[4] En 2003, por ejemplo, el Diario El País se hizo eco de una presunta noticia difundida por gran diversidad de medios en los Estados Unidos: una supuesta empresa con sede en el estado de Nevada organizaba “cacerías”, a precios astronómicos por supuesto, de mujeres desnudas a los que los pretendidos cazadores tiroteaban con balas de pintura, en un juego absolutamente degradante y machista [Disparo a la chica]. El escándalo se había organizado a partir de las imágenes y ofertas difundidas por la pretendida página web de esta empresa. El asunto alcanzó tal revuelo que incluso el FBI investigó el caso. La realidad es que nunca se encontró a la tal empresa, ni se supo de “cacería” real alguna, ni se pudo localizar a nadie que hubiera participado –ya fuera como pretendida víctima o supuesto verdugo- en el juego perverso… La conclusión fue que se trataba de un broma a la que la sensibilización ante esta cuestión que expresan ciertos colectivos había dotado de credibilidad. Y es que la corrección política, en general, ayuda muy poco a la verdad.

[5] Brunvand, J.H. (2005). Tened miedo… mucho miedo. El libro de las leyendas urbanas de terror. Barcelona: Alba Editorial.

[6] Aunger, R. (2004). El meme eléctrico. Una nueva teoría acerca de cómo pensamos. Barcelona: Paidós.

[7] Moffit, J.F. (2006). Alienígenas. Madrid: Siruela.

El primer catedrático de psicología español

Luis Simarro Lacabra  no sólo fue uno de los fundadores de la tradición científica de la psicología en España, sino que también desempeñó un papel esencial en su proceso de institucionalización que, a posteriori, coronaron buena parte de sus discípulos. No obstante, a causa del escaso apoyo que el proyecto clínico e investigador del doctor Simarro recibió en su día, a caballo entre los siglos XIX y XX, su tarea ha quedado oscurecida, siendo a menudo injustamente olvidada como fruto de ese eterno –y a menudo interesado- malentendido que tiende a convertir la historia de las cosas en funesta “letra muerta”. En todo caso, sus continuadores dirigieron el timón de la psicología hacia campos aplicados, especialmente el de la psicotecnia, con lo que la nueva ciencia creció y prosperó en nuestro país, consolidándose en la década de 1920, cuando se establecieron, respectivamente, los laboratorios de Madrid y Barcelona.

La Guerra Civil (1936-1939), y el consiguiente exilio sudamericano de buena parte de las cabezas pensantes de la psicología española, supusieron un fuerte varapalo para el desarrollo de la actividad psicológica que, a partir de 1945, comenzó a remontar el vuelo en un lento proceso de recuperación que pasó por la fundación en 1952 de la Sociedad Española de Psicología, para llegar a su cénit en 1968, año en el que se fundó la licenciatura en psicología.

En 1980 abrió sus puertas la primera Facultad de Psicología, con lo que finalmente las esperanzas y anhelos de pioneros como Simarro se hacían realidad y la ciencia psicológica, tras casi un siglo de esfuerzos, lograba penetrar y establecerse como miembro de pleno derecho en el corazón de la actividad académica regular.

Tabla 1. Cronología del doctor Simarro

1851. Hijo del pintor valenciano Ramón Simarro Oltra, Luis Simarro Lacabra nace en Roma.

1854. Trágicamente, el pequeño Luis Simarro queda huérfano. Es internado en el Colegio de Nobles de San Pablo, en Valencia.

1869. Participa en los levantamientos republicanos.

1873. Forma parte activa del movimiento cantonalista. Diversos problemas ideológicos le llevan a instalarse en Madrid.

1874. Obtiene en esta ciudad la licenciatura en Medicina. Enseña en la Escuela Práctica Libre de Medicina y Cirugía.

1876. Defiende su tesis doctoral: Relaciones materiales entre el organismo y el medio como fundamento de una teoría general de la higiene. Se encarga de la sección de Higiene en el Anfiteatro Anatómico Español. Gana por oposición un puesto en el Hospital de la Princesa.

1877. Es nombrado director del Manicomio Santa Isabel, sito en Leganés.

1879. Problemas con las autoridades eclesiásticas que regentan el organismo, le llevan a presentar su dimisión como director del Manicomio Santa Isabel.

1880. Comienza su estancia en París. Allí conocerá a Nicolás Salmerón y será alumno de Charcot, entre otros.

1885. Regreso de París. Inaugura su propio consultorio dedicado a la neuropsiquiatría.

1888. Comienza a ofrecer clases de  psicología fisiológica en el Museo Pedagógico.

1892. Oposita sin éxito a la cátedra de Histología normal y Anatomía patológica de la Facultad de Medicina de Madrid. El ganador de la plaza fue Santiago Ramón y Cajal.

1893. Se reincorpora como médico supernumerario (sin sueldo), en el Hospital de la Princesa.

1894. Alcanza el rango de profesor ayudante del Museo Pedagógico, donde funda el primer Laboratorio de Antropología Pedagógica de España.

1902. Obtiene la recién creada cátedra de Psicología Experimental en la Facultad de Ciencias de la Universidad Central. Funda un pequeño laboratorio que será el primero dedicado a la psicología experimental de España.

1903. Colabora en la creación de la Escuela de Criminología, donde luego ejercerá como profesor de psicopatología.

1907. Participa en la creación de la Junta de Ampliación de Estudios.

1909. Defensa pública, desde la cátedra del Ateneo de Madrid, de Francisco Ferrer Guardia.

1910. Publica su único libro: El proceso de Ferrer y la opinión europea.

1913. “Decreto del catecismo”. Simarro organiza una campaña en defensa de la libertad de conciencia. Funda la Liga para la Defensa de los Derechos del Hombre y del Ciudadano. Es elegido Gran Maestre de la Masonería Española.

1921. Fallece en Madrid.


Simarro
El Doctor Simarro en una fotografía de sus últimos años.

Los años de formación

A Simarro le tocó vivir uno de los períodos más convulsos de la historia española. Su juventud se desarrolló en el seno de una nación que se debatía sin cesar entre dos tendencias contradictorias: la apertura hacia Europa en forma de un desesperado intento de recuperación del lugar preponderante que el país tuvo en el concierto internacional y, a su vez, la consolidación de un estado social y mental inmovilista, ultramontano y conservador.

Las guerras carlistas, las constantes insurrecciones militares, la guerra de África, la Revolución de 1868, las revueltas estudiantiles que preludiaron la caída del régimen monárquico de Isabel II, e incluso el emergente movimiento obrero, influyeron decisivamente en la formación de un joven Simarro educado en el ambiente romántico de la Valencia de mediados del XIX. De hecho, marcaron definitivamente su posición ideológica y existencial ante la época que le tocó vivir. De hecho, Luis Simarro se significó muy pronto como una figura progresista, políticamente radical, orientada hacia un republicanismo militante y defensora a ultranza del librepensamiento. Así, participó activamente en la Junta Revolucionaria, llegando a ser tesorero de la misma, durante el sexenio revolucionario. Del mismo modo, fue parte activa de los levantamientos republicanos y cantonales que se sucedieron en los días previos a su marcha de la Ciudad del Turia.

En el plano intelectual, el radicalismo del joven Simarro se hizo patente en el curso de su ardua defensa del positivismo en el Ateneo Valenciano. Fue en el curso de la misma que se enemistó con uno de sus profesores de medicina. Esta circunstancia, unida a la pérdida de su plaza como profesor en el Colegio de San Rafael por motivos también ideológicos, obró como detonante en su decisión de trasladarse a Madrid.

Un año después de su llegada a Madrid, en 1874, Luis Simarro obtiene sin más contratiempos su licenciatura en medicina. Pero encontró mucho más que una titulación y un destino profesional. No en vano, el Madrid en el que se desenvuelve el licenciado Simarro es el del espíritu del Ateneo y de la gestación de la Institución Libre de Enseñanza (ILE). También es el del fin de la Primera República, el inicio de la Restauración canovista y, en consecuencia, el del retrotraimiento del país al plúmbeo conservadurismo de décadas pasadas.

Pedro Gonzalez de Velasco
El doctor Pedro González de Velasco

No obstante, alejado -que no olvidado- de las complicaciones políticas de los primeros años, Simarro comenzó a abrirse camino por mediación de uno de sus profesores, el peculiar médico Pedro González de Velasco, quien le introdujo en el círculo de médicos, histólogos y naturalistas que orbitaban alrededor de la Sociedad Antropológica Española y el Museo Antropológico que él mismo había puesto en pie. En este último funcionaba la Escuela Práctica Libre de Medicina y Cirugía, en cuyo seno Simarro se va a encargar de impartir un curso sobre higiene. Su interés por las cuestiones higiénicas venía ya de los años valencianos y se convirtió en el eje central de su tesis doctoral, que empieza a ultimar en este momento. También en la misma línea se hizo cargo de la Sección de Higiene del Anfiteatro Anatómico Español.

Museo Nacional de Antropología (España) 01
Actuales instalaciones del que hoy es Museo Antropológico Nacional (Madrid).

En 1880, Luis Simarro se siente desconectado de los últimos progresos científicos y toma la tajante decisión de abandonarlo todo para viajar a París, entonces punta de lanza en la investigación neurológica y psicofisiológica. Como recuerda su amigo Cortezo, Simarro se quejaba constantemente de la falta de laboratorios y de clima intelectual apropiado para hacer una ciencia sólida y perdurable en España: “yo necesito ir a París, y después… a donde haga falta”, era su coletilla habitual. Y allí pasaría cinco años enormemente productivos.

Doctor Carlos Cortezo
El doctor Carlos Cortezo.

En el parisino Hospital de la Salpêtrière, Simarro trabaja y estudia con los mejores: Duval, Ranvier, Magnan o Richer. Pero, ante todo, con el gran Jean-Martin Charcot al que los propios franceses reconocían como “Príncipe de la Ciencia” al mismo nivel que otros ilustres como Louis Pasteur. La influencia de Charcot, defensor a ultranza de una adecuada preparación psicológica para los psiquiatras, sobre el doctor Simarro resultó decisiva a la hora de orientarle hacia la práctica clínica.

Hospital Salpetiere antigua
El Hospital de la Salpêtrière (París) en una fotografía de época.

Entretanto, y gracias al concurso del doctor Federico Rubio, Simarro tomaría contacto con la Institución Libre de Enseñanza (ILE), cuyo ideario comparte y de la que se hará accionista y estrecho colaborador. De este contacto nacerá una duradera e intensa amistad con Giner de los Ríos y algunas publicaciones científicas que veran la luz en las páginas del Boletín de la Institución Libre de Enseñanza. Cuando la Institución crea el Museo Pedagógico, Simarro se implica en el mismo como profesor de psicología fisiológica, organizando allí en 1894 un pionero Laboratorio de Antropología Pedagógica.

Federico Rubio y Galí
Federico Rubio y Galí.

Una familia peculiar

Simarro vivió unas circunstancias familiares ciertamente especiales. La temprana muerte de su padre y el posterior suicidio de su madre le dejaron huérfano con tan sólo tres años de edad, lo cual motivó que su infancia y adolescencia se desarrollaran en un internado, bajo el amparo de familiares y amigos, como el pintor Luis de Madrazo y Kuntz o Beatriz Tortosa, una dama ilustrada y religiosa de la alta sociedad valencia que siempre le apoyó.

Luis de Madrazo
El pintor Luis de Madrazo y Kuntz.

Fue precisamente gracias al concurso de doña Beatriz que Simarro contrajo nupcias con Mercedes Roca Cabezas, con lo que su vida propiamente familiar se redujo al marco del matrimonio. Lo cierto es que Simarro no tuvo hijos naturales, pero la necesidad de vida hogareña y su reconocido carácter generoso, le llevaron a adoptar la decisión de acoger en su propia casa de la calle General Oraa a algunos de sus alumnos favoritos, como es el caso de Nicolás Achúcarro, con quien compartió intimidades personales e inquietudes profesionales. No obstante, tras la prematura muerte de su esposa en 1903, vivió en el plano afectivo dedicado por entero a sus amistades, como la del pintor Joaquín Sorolla, y sus ocupaciones profesionales. Entre sus pacientes, por ejemplo, se contaron muchos de los más granados personajes de su tiempo, como es el caso del escritor Juan Ramón Jiménez, quien vivió aquejado como es sobradamente conocido de graves crisis de melancolía.

Mercedes (Madrazo)
Mercedes Roca retratada por Luis de Madrazo.

Con posterioridad, sería su ahijada Marina Romero quien se trasladaría al domicilio de Luis Simarro, conviviendo con él hasta el día de su muerte. Marina se implicó tanto con el trabajo de su padrino, que incluso llegó a prestarse como sujeto experimental de las diferentes pruebas psicométricas y de medida de la inteligencia que el Doctor desarrolló a partir de 1914.

Simarro neurohistólogo

Cuando Luis Simarro retorna de París, en 1885, lo hace con una sólida formación como neurólogo así como amplios conocimientos de neurohistología adquiridos de los maestros Duval y Ranvier. De hecho, fue en el laboratorio de este último donde aprendió el novedoso método de tinción con nitrato de plata idea por Camilo Golgi en 1873, y que permitía la visualización selectiva de las células nerviosas.

Dado que la tradición neurológica española se reducía prácticamente a la escuela creada alrededor de Avelino Martínez de San Juan, bien puede decirse que a un nivel técnico Simarro estaba en la cúspide de los avances en la materia. No es extraño, por tanto, que en 1887 recibiera la visita de Santiago Ramón y Cajal, quien le confesó sin ambages los problemas que encontraba para progresar en su trabajo con los viejos métodos de tinción del tejido nervioso, pues valiéndose de ellos su visión microscópica resultaba tarea harto compleja. Simarro no dudó en compartir con el aragonés toda suerte de información al respecto de su estancia en París, así como sobre los procedimientos del método de tinción de Golgi. Los resultados ulteriores de estas enseñanzas, que permitirían al gran Ramón y Cajal avanzar en su trabajo hasta la consecución del Premio Nobel, son de todos conocidos.

Santiago Ramón y Cajal
Santiago Ramón y Cajal.

El propio Simarro trabajó habitualmente con el microscopio en el desarrollo de las técnicas neurohistológicas, logrando resultados tan relevantes como la diferenciación del cilindroeje con respecto a las dendritas. Hallazgo que se describe en un artículo que se publicó en la Revista Micrográfica que regentaba Cajal.

Revista Micrografica
Ejemplar de la Revista Micrográfica Española.

Otra vez España

Pero la vuelta de Francia supuso para Simarro, también, el reencuentro con la dura realidad española de la época que encontró más asfixiante si cabe en relación a lo vivido allende los Pirineos. Cierto que gozó del éxito como neuropsiquiatra en su propia clínica e incluso en sus estudios microscópicos, y que la reincorporación a sus actividades en el Hospital de la Princesa pudo tener un cierto efecto balsámico. Pero el clima asfixiante, inmovilista y retrógrado de un país aislado intelectualmente sirvió para acicatear de nuevo su inquieta e insobornable conciencia política. Así lo muestra la conferencia que pronunció en 1886 en el Ateneo de Madrid. Referida a las figuras dos médicos patrios relevantes como Pedro Mata (discutido en España y aislado por sus propios colegas) y Mateo Orfila (apoyado y aclamado en su exilio francés). Su alocución, de carácter apologético, quiso ser un alegato contra el conservadurismo intelectual y científico: “las obras del genio -argumentó- exigen siempre la colaboración del medio”.

Boletin ILE
Ejemplar del Boletín de la ILE.

En todo caso, el retorno a Madrid supuso también el reencuentro del doctor Simarro con la ILE, en cuyo funcionamiento docente se implicó de manera activa a partir de 1888 como profesor de psicología fisiológica. Este influjo institucionista le indujo a preocuparse estrechamente por la aplicación de la psicología experimental a los problemas de la pedagogía como demuestran los contenidos de su curso de 1889, que versó acerca de El exceso de trabajo mental en la enseñanza. El contenido del mismo resulta interesante como muestra de la personalidad de Simarro, en la medida que le permitió aunar sus dos grandes intereses, ciencia y sociedad, propugnando una de sus aspiraciones principales: el progreso científico debía ponerse en todo caso al servicio del progreso social.

Los laboratorios. Pasión y necesidad

Simarro, en tanto que persona de claro talante empírico, siempre fue un apasionado de la actividad experimental, y su estancia en París resultó decisiva a la hora de concretar y consolidar este interés que ya venía de su mocedad. De hecho, se convirtió en un apasionado del trabajo de laboratorio y no dudo en montar uno, de carácter modesto, en su primera vivienda madrileña del Arco de Santamaría. Allí recibió la trascendental visita de Ramón y Cajal a la que antes se aludió.

Tras edificar la casa de General Oraa, el doctor Simarro instaló en ella otro excepcional laboratorio y una gran biblioteca que muy pronto se convirtieron en punto de referencia obligado y lugar de encuentro para alumnos,  discípulos, colaboradores y amigos. De la magnificencia de estas instalaciones, y del rigor científico con el que se trabajaba en ellas, da buena cuenta el hecho de que Rodríguez Lafora, bajo la estricta dirección de Simarro y Achúcarro, pudiera llevar a término su primer gran proyecto científico sobre la histología del sistema nervioso de los peces.

Simarro (Sorolla) #2
Simarro retratado por Sorolla en el ejercicio de una de sus grandes pasiones: la microscopía.

Pero Simarro, un apasionado microscopista que  siempre mostró un abierto disgusto por la escasez y precariedad de las instalaciones experimentales españolas, hizo también enormes esfuerzos en el terreno las infraestructuras para la investigación pública. Así lo demuestran la apertura del Laboratorio del Museo Pedagógico y las instalaciones que puso en marcha en el seno de la Facultad de Ciencias de la Universidad Central en 1902, a poco de obtener la cátedra de Psicología Experimental. Cabe reseñar que uno de los grandes sinsabores vitales de Luis Simarro fue precisamente el de la precariedad de este laboratorio universitario, que él habría querido mucho mejor dotado de lo que pudo estarlo en la práctica.

Entre la cátedra y la ciudadanía

A principios de la década de 1890 se produjo un trascendental cambio en la organización académica de las disciplinas humanísticas en España. El resultado del mismo es la aparición de la primera cátedra de Sociología que ocupó Salas y Ferrer, la de Antropología que ganó Manuel Antón y, finalmente, la de Psicología Experimental que obtuvo Luis Simarro.

No cabe duda de que para Simarro fue una merecida recompensa si se tienen presentes sus esfuerzos por la mejora de las condiciones científicas nacionales y, por otro lado, su fracaso en 1892 cuando perdió la cátedra de Histología y Anatomía Patológica en beneficio de un competidor mucho más que digno, como era Santiago Ramón y Cajal. En todo caso, esta nueva tribuna sirvió al profesor Simarro para dar a conocer la nueva psicología europea, en especial la psicofisiología de Wilhelm Wundt, cuyo Manual de Psicología solía recomendar a los alumnos como libro de texto. Como partidario del evolucionismo y el asociacionismo, la psicología de autores como William James, Francis Galton, Ziehen o Bechterev eran también elementos habituales de sus temarios.

La actividad docente de Simarro tuvo matices singulares, muy acordes con su marcada personalidad de librepensador. Solía preguntar a los alumnos en los primeros días del curso qué deseaban estudiar e incluso les ofrecía su propia biblioteca para preparar los exámenes. Sin embargo, aprobar resultaba tan extremadamente difícil que durante el segundo año se produjo un conato de sublevación entre los estudiantes. Ni siquiera la extraña cortesía de Simarro, que nunca suspendía al interesado sino que se limitaba a devolverle la papeleta de calificación en blanco invitándole a examinarse otra vez, pudo eximirle del comprensible enojo de algunos de sus pupilos.

Sin embargo, nunca a lo largo de su andadura vital desdeñó u olvidó el doctor Simarro las ideas políticas y sociales que defendiera en la juventud. De hecho, es probable que en más de una ocasión su republicanismo confeso, la filiación a la masonería que le indujo a una defensa a ultranza de la libertad de pensamiento, el monismo que propugnó en el plano investigador y su agnosticismo, obraran en contra de sus propios intereses certificando el aislamiento intelectual y el silencio científico que dominó los últimos años de su vida.

Simarro (Sorolla) #1
Simarro en otro célebre retrato de Sorolla.

Lo cierto es que a partir de la obtención de la cátedra, Simarro se retrotrajo al proselitismo de los primeros años, con lo que su actividad como hombre de ciencia quedó bastante mermada. Destacable es, sin embargo, la tarea institucional que desempeñó como miembro activo de la Asociación para el Progreso de las Ciencias y, en el marco de la ILE, su participación en la creación de la Junta de Ampliación de Estudios en 1907 y su contribución a la constitución de la Residencia de Estudiantes.

Luis Simarro también perteneció a la Liga Monista, entidad que pretendía hacer de la ciencia la base de la explicación del mundo y el elemento conductor de la vida de los pueblos. A este organismo estaban adscritos nombres tan relevantes como los de Ernst Haeckel, Forel y Jacques Loeb. Pero el doctor Simarro fue, ante todo, un miembro destacado de la Federation Internationale de la Libre Pensée y, en calidad de tal, un enconado opositor a la pena de muerte. No resulta extraño que tras los acontecimientos de la Semana Trágica, en 1909, fuera el primer intelectual de prestigio que salió en defensa de Francisco Ferrer Guardia, fundador de la Escuela Moderna de Barcelona injustamente acusado, primero, de ser el cerebro del atentado fallido contra Alfonso XIII y Victoria Eugenia, y luego, de agitador social. En este contexto se sitúa su libro de 1910, El proceso Ferrer y la opinión europea, catalizador de un movimiento que logró en 1911 la revisión del caso, y el posterior reconocimiento del grave error judicial cometido.

Francisco Ferrer
Francisco Ferrer y Guardia, injustamente condenado por terrorismo y crímenes políticos.

Tampoco evitó Simarro las reuniones públicas en torno a elementos liberales y disidentes, llegando a organizar un buen número de ellas, ni los enfrentamientos directos con las autoridades políticas y eclesiásticas. Así, en 1913 y con motivo del controvertido “decreto del catecismo”, organizó una campaña en defensa de la libertad de conciencia a la par que fundaba la Liga para la Defensa de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, organismo que se destacó especialmente en la defensa de los sindicalistas condenados a raíz de la huelga general de 1917.

No resulta por todo ello sorprendente que la Masonería Española elevara al doctor al rango de Gran Maestre, como tampoco que el propio Simarro utilizara este foro para poner en marcha nuevos proyectos progresistas: la preparación y consolidación de la Sociedad de Naciones, una intensa campaña pacifista durante la I Guerra Mundial y, pese a no compartir en absoluto el ideario de la Revolución Bolchevique, la defensa humanitaria del pueblo ruso ante el bloqueo internacional. Incluso Miguel de Unamuno, perseguido por delitos de prensa, encontró en la proverbial apertura de miras del ciudadano Simarro un apoyo incondicional. No cabe pensar, sin embargo, que las tendencias políticas del doctor fueran capaces de nublar su buen juicio, o traicionar su manifiesto respeto por el librepensamiento y la negación del dogmatismo. A tal respecto, es conocida la anécdota que se produjo cuando en 1907 el padre Benito Menni, entonces Superior de la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios, ignorando el consejo de quienes trataron de disuadirle, se presentó en el despacho de Simarro para ofrecerle el puesto de director-médico del Manicomio de Ciempozuelos, pues quería al mejor especialista posible para el cargo. Ciertamente, y dados sus antecedentes, Luis Simarro no podía aceptar la proposición, pero no por ello renunció a ayudar también al sacerdote: le propuso que contratara a uno de sus mejores discípulos y amigos, el doctor Miguel Gayarre, persona que asumió la tarea con notables resultados.

Miguel Gayarre
El doctor Miguel Gayarre.

El último gran gesto de Luis Simarro, como hombre de ciencia y como ciudadano ejemplar, fue el de legar la mayor parte de su fortuna -unas 600.000 pesetas de la época y una biblioteca personal que contaba más de 4.000 volúmenes- para la creación de una Fundación dotada de un gran laboratorio experimental que contribuyera al estudio y el desarrollo de la psicología en España. Esta Fundación se constituyó en 1927, pero el sueño del gran centro de investigación no llegó a realizarse jamás para ser definitivamente truncado por la Guerra Civil. Sin embargo, el plan de Simarro se vio cumplido al menos en parte puesto que los fondos de su Fundación, actualmente adscrita a la Fundación General de la Universidad Complutense de Madrid, sirvieron para ayudas a la investigación y becas de las que se beneficiaron personas que han sido grandes continuadores y catalizadores de la tradición psicológica que él inició. De hecho, y como el propio Simarro dijo en cierta ocasión, los verdaderos hijos de los intelectuales no son los que éstos engendran materialmente “sino los hijos sociales por quienes sacrifican su vida”.


Otras fuentes

Bandrés, J. (2003). Luis Simarro i la psicologia científica a Espanya: Cent anys de la primera càtedra de Psicologia. Valencia, España: Universitat de València.

Carpintero, H. (1987). El Dr. Simarro y la psicología científica en España. J.J. Campos Bueno & Llavona R. (eds.), Los orígenes de la psicología experimental en España. Investigaciones Psicológicas, 4, 189-207.

Saiz, M., & Saiz, D. (1996). Personajes para una historia de la psicología en España. Barcelona, España: Servei de Publicacions de la Universitat Autònoma de Barcelona.

Simarro, L. (1889). El exceso de trabajo mental en la enseñanza. Boletín de la Institución Libre de Enseñanza13, 37-39.

Simarro, L. (1910). El proceso Ferrer y la opinión europea (Vol. 1). Madrid: E. Arias.

El suicidio: más allá de la imitación

Ayuda

Siempre que se produce un suicidio que, por el motivo que fuere, adquiere especial repercusión en los medios de comunicación, se genera una reactivación del interés por el tema que induce a la reiteración de las viejas cuestiones en torno a esta problemática que, contra lo que cabría pensar, ha sido muy estudiada por la psiquiatría, la psicología y la sociología.

Lo cierto es que los seres humanos somos entidades biológicas desarraigadas del seno de la naturaleza por efecto de un artificio propio de nuestra especie al que se denomina “cultura”, y cuya manifestación más obvia es la “sociedad”. Ello hace que las comparaciones entre fenómenos comportamentales humanos y animales sean por lo común mero anecdotismo. Ciertamente, la cultura ha limitado, por su propia dinámica, el peso de los instintos en las diferentes manifestaciones de la vida humana, pero ese influjo no ha desaparecido del todo precisamente a causa de nuestra naturaleza biológica. De hecho, y precisamente, el instinto de supervivencia –o de conservación- es primordial en todos los seres vivos pues de su correcto funcionamiento depende el resto de las funciones vitales. Ello hace más sorprendente si cabe la existencia de ideaciones y conductas suicidas que, por cierto, no son un rasgo exclusivo de nuestra especie. Conocidos son, de hecho, los casos de animales que se suicidan ya sea de forma individual y/o colectiva. Baste señalar, por ejemplo, el caso bien conocido y estudiado de las ballenas[1].

Ballenas Varadas (Australia 2014)
Ballenas varadas en la costa australiana en 2014.

A la hora de penetrar en el tema de la ideación y conducta suicida humanas deberíamos comenzar por establecer una diferenciación clara –que a menudo se ignora- entre las pulsiones y los instintos. Las primeras, específicas de nuestra especie si bien desconocemos a qué grado podrían presentarse en otras, son motivaciones psicológicas cuyo peso en la conducta es constante. Un ejemplo perfecto para ilustrar este extremo sería el de la sexualidad que, en su vertiente humana y más allá de funestos reduccionismos sociobiológicos, cumple funciones psicológicas bastante más complejas que en el resto de los animales y camina por derroteros que a menudo tienen poco o nada que ver con meros mecanismos de “adaptación” y/o “reproducción”. Los instintos, por su parte, son biológicos, hereditarios y operan de manera intermitente al ser activados por la presencia de factores fisiológicos y/o ambientales específicos que o bien los ponen en marcha, o bien los detienen. Ejemplos de ello serían el hambre o la sed. Sea como fuere, la vertiente patológica del instinto de supervivencia nos adentra en el ámbito de toda una gama de conductas autodestructivas –o autolíticas- que van desde las autoagresiones o autolesiones, al caso extremo de las conductas suicidas que pueden terminar –o no- con la muerte del sujeto.

Suicidio

Los actos suicidas pueden ser conscientes, o no del todo. Y hablaríamos de suicidio como el acto consumado por el cual el sujeto movido por determinadas tendencias comportamentales acaba muriendo. Lo interesante, y es un detalle en absoluto baladí, es que el suicidio es un fenómeno multicultural y transversal –más allá de tópicos infundamentados- que explica aproximadamente el 1% de las muertes que se producen anualmente en el mundo, cifra que, y no conviene olvidar el detalle, se muestra constante según datos de la Organización Mundial de la Salud[2]. Ciertamente, la tasa de suicidios es variable en diferentes lugares del mundo, si bien es un hecho que lamentablemente la gente se suicida, o al menos lo intenta, en todas partes.

No existe un factor único predisponente al suicidio sino, más bien, una amalgama de elementos que coadyuvan al mismo y que van desde lo orgánico a lo social pasando por lo genético y lo psicológico. De hecho, no existen “personalidades suicidas” sino que cabría decir, para hablar con propiedad, que existen personas vulnerables a la conducta suicida que podrán –o no- ponerla en práctica si estos factores trabajan juntos o, por decirlo de un modo más conciso, si se dan las circunstancias apropiadas para ello en el momento adecuado. Interesa destacar, no obstante, que los datos epidemiológicos son claros, y que al menos en un 90% de los casos de suicidio conocidos hay antecedentes de trastornos psicológicos, siendo el más común el trastorno depresivo mayor o alguna de sus variantes (F32, F33, F34.1), que explicaría por sí solo prácticamente el 80% de los casos registrados. De hecho, el llamado “suicidio moral” que tan famoso han hecho la literatura y el cine, y al que se suele aludir en determinados casos con especial fruición pero escaso fundamento, es precisamente el menos común.

El suicidio consumado afecta más a los hombres que a las mujeres, si bien se produce la singular paradoja de que las mujeres encabezan las estadísticas de intentos de suicidio (no entraremos en valoraciones sobre este hecho que desde luego se presta a todo tipo de análisis). Por otro lado, y frente al tópico de que el suicidio es muy común entre los jóvenes, el hecho es que la tasa de suicidio se incrementa con la edad, siendo tres veces más habitual entre las personas mayores de 75 años, y afectando de manera especial precisamente a dos colectivos: los jubilados y los desempleados. El problema es que el suicidio de una persona joven es más llamativo y descorazonador, y precisamente por ello encuentra más publicidad. Y cerraré con este resumen sociodemográfico con otro dato ciertamente significativo: entre el 25% y el 75% de las personas que se suicidan –o lo intentan- ha sido previamente diagnosticada de algún tipo de enfermedad grave e incapacitante (cáncer, SIDA, ELA, minusvalías severas y etcétera).

De hecho, dado su carácter necesariamente impredecible, en el momento presente no existe una visión unitaria de la ideación y conducta suicidas, recurriéndose a criterios integradores (socioculturales, psicológicos, biológicos y ambientales) para tratar de dar una explicación coherente al fenómeno. Desde este punto de vista, las personas en riesgo de cometer suicidio, y a las que habría que vigilar con especial interés, serían:

  1. Las que muestran antecedentes claros. Es decir: sujetos que en algún momento del pasado ya valoraron la posibilidad de suicidarse –e incluso lo intentaron en algún caso- y que, en el presente, aún muestran rasgos de ideación suicida.
  2. Aquellas en las que existe un trastorno psicológico (preferentemente depresivo) vinculado a una enfermedad médica incapacitante.
  3. Aquellas en las que, por su estructura de personalidad, muestran rasgos de alta impulsividad, baja tolerancia a la frustración, baja autoestima y tendencia a la sobreactuación (lo cual encajaría con los criterios diagnósticos del Trastorno Límite de Personalidad). En estos casos debe considerarse con especial atención esta opción si existe consumo sistemático de alcohol y/o drogas.
  4. Casos particulares en los que se producen sucesos vitales adversos recientes y de elevada intensidad, como pérdidas del empleo, descenso drástico de recursos económicos, diagnósticos médicos adversos, rupturas de pareja, mala gestión del luto y etcétera. Eventos que, vinculados a ciertas características de personalidad como las ya descritas pueden obrar como desencadenantes.

Sea como fuere, y pese a estas profusas explicaciones que tratan de mostrar que este tema es cuando menos complejo, la presentación esporádica de suicidios “de famosos” en los medios de comunicación no tarda en generar corrientes de opinión extravagantes que encuentran acomodo en torno al recurso explicativo de “la imitación”. Un estereotipo que genera debates enconados, e incluso sobreactuados en más ocasiones de las que sería deseable y que, como trataremos de ver a continuación, solo son posibles desde una mala comprensión –cuando de no de un extraordinaria simplificación- de la teoría misma.

La “teoría de la imitación”

Gabriel Tarde
Gabriel Tarde.

La conocida como “teoría de la imitación” es una aportación del francés Jean-Gabriel Tarde (1843-1904). Juez de profesión y sociólogo por vocación Tarde no obtuvo el reconocimiento que tal vez debió obtener en vida a causa de su enfrentamiento teórico con la estrella sociológica del momento, Emile Durkheim (1858-1917), quien copaba la autoridad académica en la Francia de aquel entonces y cerró su camino hacia la Universidad. De hecho, mientras que Durkheim defendía que los “hechos sociológicos” eran objetos –cosas- equiparables a los del mundo físico que se imponían externamente a los individuos y que debían ser tratados como tales para su análisis científico, Tarde estimaba que la sociología era una entidad más sutil y que su funcionamiento tenía más que ver con el de la química que con el de la física: los acontecimientos sociales tenían la estructura de interacciones psicológicas entre individuos que se interrelacionaban y enlazaban entre sí a través de dos grandes fuerzas; la imitación y la innovación. Obviamente, y como vemos, dos puntos de vista absolutamente incompatibles.

Lo cierto es que cuando Tarde, por motivos profesionales, fue paulatinamente centrándose en temáticas propiamente criminológicas hasta que en 1894 fuera nombrado director de estadística criminal del Ministerio de Justicia, este hecho determinaría el sentido último de su trabajo. Así, trasladó sus puntos de vista sociológicos y jurídicos al ámbito de la entonces incipiente criminología, de la que como él mismo reconoció, conocía al comienzo poca cosa más allá de lo relativo a su propia percepción de los problemas socio-criminales. En todo caso, sus posicionamientos en la materia estaban tan alejados de la corriente dominante en la época –la Escuela Positiva del Derecho Penal- como lo estaban sus planteamientos sociológicos de los de Durkheim, lo cual motivó que su obra tuviera un impacto muy limitado. Tanto es así, que Tarde quedaría virtualmente “silenciado” durante décadas hasta que su trabajo fuera recuperado por los sociólogos de la Escuela de Chicago en la década de 1960. De hecho, sería Everett Rogers (1931-2004) quien popularizaría las llamadas de “leyes de la imitación” tras la publicación en 1962 de la obra Diffusion of Innovations[3]. De la misma manera, sería posteriormente rescatada por los franceses Bruno Latour (n. 1947) y Michel Callon (n. 1945), quienes recuperaron en buena medida los planteamientos de Tarde para el diseño de su conocida como “Teoría del Actor-Red” (ANT)[4].

Sea como fuere la teoría de Tarde, al igual que la de Rogers o la diseñada por el tándem Latour-Callon, son bastante más complejas que el simple –y bastante tonto por añadidura- adagio defendido por muchos de que los comportamientos de los particulares pueden, en determinadas circunstancias, suscitar una conducta de imitación acrítica y automatizada por parte de otras personas adecuadamente “motivadas”. Una simplificación torpe e inaceptable que, en determinados contextos, se ha producido por la mera asimilación de manera simplista –y tampoco muy certera- de estas ideas con las propuestas por el psicólogo Albert Bandura (n. 1925) y los partidarios del conocido como “aprendizaje social”. El hecho es que este concepto burdo e indocumentado de la teoría de la imitación ha hecho camino para transformarse en un tópico psicosocial más con el que se trata de explicar con firme simpleza y terrible convicción infinidad de fenómenos, desde las razones por las que los jóvenes deciden estudiar masivamente determinada carrera universitaria en un momento dado, hasta fenómenos como la violencia de género o la conducta suicida. Lo cierto es que pese a tratarse de un planteamiento, en sus diferentes versiones, bastante complejo, la de la imitación es una teoría que por lo común ha mostrado dificultades para encontrar corroboración empírica sólida y sistematizada. Ello no ha impedido, no obstante, que reaparezca de manera cíclica en el seno de la sociología, de la criminología, e incluso en ámbitos como el de la economía, la tecnología y los estudios sobre información y comunicación al tratarse de un instrumento de análisis útil.

Ciñéndonos al planteamiento básico original propuesto por Tarde (obviaremos en todo caso sus ideas más anacrónicas y prescindibles)[5], digamos que se debe partir de una distinción fundamental: habría personas básicamente creativas o inventivas, y personas básicamente imitativas. Ello implica que, para comenzar, todo hecho social no puede ser explicado por mera imitación por cuanto en muchos casos lo que se estima externamente como copia podría ser, en realidad, un evento creativo en sí mismo. Dicho de otro modo; lo que determina que algo sea copia o imitación no es el hecho de que algo “esté ahí dado” en la sociedad, sino la actitud psicológica del sujeto ante el evento en la medida que si cree haberlo descubierto por sí mismo, ya no estaríamos ante una imitación sino ante lo que es subjetivamente, y en rigor, una innovación.

Por otra parte, la imitación puede ser “lógica” –o razonada-, o bien “extralógica”. Si la primera es fácil de discernir por cuanto es la que regula procedimientos estandarizados como la investigación científica, el desarrollo del derecho y las humanidades, o la innovación tecnológica, la segunda es más compleja por cuando se ciñe a leyes especiales que se relacionan estrechamente con la psicología y la cultura de los sujetos. Así se explica que entretanto un grupo de biólogos moleculares seguirían procesos de imitación lógica a los que llamamos “método científico” para guiarse en sus investigaciones, los miembros de cualquier club social seguirían procesos de imitación extralógica a la hora de conducirse (modas, tendencias, normas morales, actitudes y etcétera). Esto, como lector intuirá, tiene una importante consecuencia que a menudo se obvia: el sentido y funcionamiento específico de las leyes que controlan la imitación extralógica deben ser establecidos en cada caso y evento social, con lo cual el funcionamiento de la imitación no sigue pautas específicas y “universales”, sino pautas especiales y “particulares”.

En general, cuando Tarde trataba de explicar la conducta criminal por la vía de la imitación, como puede observarse, no estaba diciendo que cada crimen era simple copia de otros precedentes de los que el criminal había “aprendido” –idea simplista y burda de la teoría-, sino que una vez establecida la psicología creativa o imitativa del individuo (lo cual es determinante), habría que establecer que elementos lógicos y extralógicos operan en su conducta delincuencial en un momento dado. Por ello Tarde insistía en dos factores: la “identidad personal” y la “similitud social”. Así pues, y establecido que el individuo no es creativo, la imitación opera cuando la identidad del delincuente coincide con la de aquel a quien imita (identidad), y cuando el individuo no está debidamente adaptado a un grupo social de referencia, lo cual lo ubica en una situación personal de riesgo (similitud-disimilitud).

Ciertamente, el planteamiento general de Tarde plantea ventajas con respecto a otros coetáneos al suyo como, para empezar, el hecho de que no existen “tipos criminales” prestablecidos –lo cual siempre es difícil de establecer con rigor y a menudo degenera en intentos clasificatorios poco operativos-, sino un dinamismo psicosocial articulado en torno a la identidad del sujeto y su grado de adaptación e integración. Pero también, como toda teoría que flota sobre “leyes” de compleja definición y cuantificación, posee inconvenientes difíciles de soslayar. El principal de ellos es, precisamente, que se trata de un planteamiento con un fuerte componente psicologicista que, en última instancia, suscita el problema de discernir de manera clara cuánto, a quién, por qué y para qué imita cada individuo determinadas tendencias grupales y/o particulares.

¿Suicidio por imitación?

A qué punto resulta arduo explicar actitudes complejas como la ideación y conducta suicidas por la vía de la imitación es cosa relativamente fácil de establecer recurriendo a un sencillo cálculo. A la fecha de la publicación de esta entrada, la página web del Instituto Nacional de Estadística de España[6] ofrece estadísticas sobre el suicidio comprendidas entre los años 1994 y 2006 (véase Figura 1). Lo primero que puede observarse es que la cantidad de suicidios consumados o en grado de tentativa permanece muy estable a lo largo del periodo indicado, e incluso experimenta una tendencia, en general, decreciente.

Figura 1
Figura 1. Evolución de la cifra de suicidios registrados (cometidos o en grado de tentativa) en España entre 1994 y 2006 (Fuente INE).

Lo sorprendente es que si observamos la Tabla 1, en la que se ofrece una comparativa entre la evolución de la población española y el número de suicidios consumados o en grado de tentativa, vemos que la cantidad de habitantes del país no ha cesado de crecer, con lo cual se establece una correlación inversa. Cuando lo esperable sería que un aumento poblacional significara, lógicamente, un aumento del número de suicidios, lo que encontramos es justamente lo contrario: la cifra desciende con total independencia del crecimiento poblacional.

Tabla 1
Tabla 1. Evolución de la población española comparada con la evolución interanual de la cifra de suicidios (elaborado a partir de datos ofrecidos por el INE).

Esto, por supuesto y me anticipo a la sugerencia, no implica que caso alguno que los medios de comunicación no hayan publicitado por extenso casos de suicidio individual y/o colectivo especialmente célebres a lo largo del tiempo. De hecho, en la Figura 2 se muestra una serie de casos especialmente famosos –por su impacto mediático- y publicitados en España de suicidas a lo largo de los diferentes años del tramo temporal estudiado. Encontramos que su influencia en la evolución de la cantidad de suicidios consumados o en grado de tentativa no ha sido tan clara como defiende el paradigma por cuanto cabría esperar, siguiendo el adagio de “a mayor publicidad del suicidio, más casos registrados como producto de la imitación”, que necesariamente tendrían que haber aumentado, lo cual debiera invitarnos a poner en cuarentena la propuesta misma en los términos simplistas en los que suele plantearse y que tienen poco que ver, dicho sea de paso, con la propuesta original ideada por Gabriel Tarde y sus revisores.

Figura 2
Figura 2. Suicidios célebres y publicitados por los medios interanualmente y evolución de la cantidad de suicidios (consumados o en grado de tentativa) en España.

No quiere decirse con ello que el suicidio no sea grave, no sea un asunto serio del que ocuparse por su impacto o sus repercusiones, o se esté con estas líneas tratando de banalizar una realidad psicosocial evidente que merece atención, tratamiento y prevención. Simplemente se indica que la explicación del fenómeno por mera “imitación” a la que se alude de forma tópica –y escasamente documentada- no funciona y parece tener más pinta de excusa, cliché o argumento demagógico para salir del paso ante las preguntas incómodas que otra cosa. En realidad, como mostré al comienzo, lo que sucede en el fenómeno del suicidio, y que nos ayuda precisamente a explicar la estabilidad y consistencia de las cifras, es que en esta cuestión –como en todas aquellas que afectan a cuestiones psicológicas de calado social- concurren una serie de variables personales y circunstanciales que determinan la existencia de una evidente vulnerabilidad hacia las ideaciones y conductas autolíticas en ciertas personas y que, en determinados casos, coadyuvan a su consumación.


[1] Preti, A. (2011). Animal model and neurobiology of suicide. Progress in Neuro-Psychopharmacology & Biological 35(4), 818-30.

[2] http://www.who.int/topics/suicide/es/

[3] New York City (NY): Free Press of Glencoe.

[4] Véase por ejemplo: Latour, B. (1992). Ciencia en acción: cómo seguir a los científicos e ingenieros a través de la sociedad. Barcelona, España: Labor.

[5] Tarde, G. (2011). Las leyes de la imitación y la sociología. Madrid, España: Centro de Investigaciones Sociológicas.

[6] http://www.ine.es/

De vampiros, licántropos y otros amigos (parte 2)

Nosferatu Murnau
El clásico “Nosferatu” (1922), del cineasta alemán F. W.  Murnau, trató de convertirse en la primera adaptación cinematográfica de la archifamosa novela de Bram Stoker. Sin embargo, un problema con los derechos de autor motivó una serie de transformaciones argumentales que, finalmente, convirtieron al vampiro de los Cárpatos original en el icónico Conde Orlok, interpretado por el actor Max Schreck.

Existen al parecer ciertas circunstancias médicas, si bien esta cuestión no deja de levantar controversias enconadas y debates relativos a su corrección política, que permitirían explicar lo que la superstición interpretó como vampirismo y licantropía[1]. La más obvia es una enfermedad conocida como porfiria cutánea tarda (PCT), una de las dos variantes de la porfiria eritropoyética[2]. Siendo la PCT una dolencia poco frecuente, pues es más común la otra variedad denominada porfiria aguda intermitente (PAI), que se manifiesta en forma de dolor abdominal, vómitos y diarrea, acompañados de otros síntomas neurológicos así como alteraciones psiquiátricas[3].

Quienes sufren de la extraña PCT, una enfermedad que aqueja especialmente pero no exclusivamente a los alcohólicos, se vuelven extremadamente fotosensibles y no pueden exponerse al sol sin sufrir lesiones ulcerosas en la piel a causa de la destrucción celular. Los tejidos cutáneos enrojecen con rapidez y se desarrollan ampollas, lo que bien haría a un observador externo imaginar que se trata de quemaduras provocadas por la luz solar. Quedan horribles cicatrices, pudiendo el paciente en los casos más extremos perder los dedos, la nariz y las orejas. Los ojos se ponen rojos. Por otra parte, se llegan a caer todos los dientes quedando tan solo los caninos. Todo ello termina por otorgar al paciente un aspecto grotesco y terrible.

Porfiria
Mujer afectada de PCT. Sobran los comentarios.

Ocurre que existen, además otras enfermedades que al sistema endocrino de espectaculares manifestaciones, como aquellas que desarrollan un anormal y desenfrenado crecimiento del cabello y el vello corporal en un proceso que se conoce como hirsutismo o hipertricosis, y que se relaciona con una rara mutación genética hereditaria que provoca, entre otras cosas, un aumento desproporcionado de la cantidad de andrógenos. Así se explica, por ejemplo, el fenómeno de las tristemente célebres “mujeres barbudas”.

hioertricosis
Hipertricosis.

En definitiva, la PCT y la hipertricosis dotarían al convaleciente de gran parte de las características físicas que la leyenda atribuye tanto a los vampiros como a los hombres lobo: palidez anémica, ojos inyectados en sangre, pelo en las palmas de las manos o en todo el cuerpo, y etcétera. Especialistas como David Dolphin, de la University Of British Columbia, han presentado en diversos foros científicos célebres informes en los que exponen con sumo detalle los muchos puntos de contacto que se observan entre las leyendas de vampiros y la bioquímica de la porfiria. Evidentemente, estos pacientes no son criminales sino, en todo caso, víctimas del imaginario popular y de la ignorancia como tantos otros que en el decurso de la historia han sufrido dolencias consideradas malditas por una u otra razón. En todo caso, resulta obvio imaginar que el mito precede a la enfermedad y que, sin más, ésta se habría convertido en supuesta prueba del primero. Por lo general, la gente ve lo que quiere ver siempre que se enfrenta a lo que no comprende.

También hay otras causas que pueden darnos cumplida cuenta del hecho vampírico como, por ejemplo, las dificultades que se han tenido hasta hace relativamente poco tiempo a la hora de determinar el fallecimiento clínico de una persona[4]. No era extraño –teniendo presente que incluso hoy es posible- que hasta hace no más de setenta años se enterrara aún con vida a un porcentaje de personas escalofriantemente elevado, ya fuera en estado catatónico o cataléptico inducido por una fiebre alta o cualquier otra dolencia que afectara de suerte peculiar al sistema nervioso. Si el supuesto fallecido tenía la suerte de haber sido depositado en un panteón familiar u otro lugar que le permitiera vencer las dificultades inherentes a su situación y abandonar su encierro, es lógico pensar que la superstición popular haría su trabajo para transformarlo en un ser maligno de cualquier especie. La cantidad de estremecedores relatos, historias, cuentos y leyendas que inciden en este sórdido tema son ingentes y pueden hallarse en todas las tradiciones culturales del mundo. Sirva un dato ciertamente terrible: a principios del siglo XX las autoridades de los Estados Unidos ya calculaban que en a lo largo y ancho del país se enterraba al menos a una persona viva cada semana. El pánico al respecto llegó a ser tan exagerado que se ideó toda suerte de ingeniosos aparatos para que el pretendido cadáver pudiera activarlos desde su macabro encierro en caso de entierro prematuro. También proliferaron las casas de muertos y otras dependencias similares, en las que el cuerpo reposaba bajo la estrecha vigilancia de celadores atentos al menor signo de vida durante unos días, antes de ser finalmente enterrado.

ataud_seguridad
Diseño de uno de los múltiples modelos de ataúd de seguridad, con cuyo concurso se pretendía evitar la eventualidad de ser enterrado vivo, cuya patente se registró durante el siglo XIX. Para saber más sobre esto, sigue el enlace.

Tampoco faltan los relatos de cadáveres conservados en perfectas condiciones tras años de recibir sepultura que fueron en su momento atravesados con estacas, clavados al suelo, desmembrados y otras lindezas parecidas. No obstante, es conocido que en determinadas circunstancias medioambientales un cadáver puede tardar años, décadas e incluso siglos en descomponerse.

“[…] La descomposición depende de muchas variables. Un cuerpo enterrado puede perdurar casi indefinidamente en el hielo. La turba y la humedad también son capaces de retardar la descomposición. En arena seca los cadáveres se momifican hasta convertirse en duradero pergamino. En tierras ricas en minerales pueden impregnarse de sales y metales. Pero si no han sido enterrados, sobre todo cuando hace calor, el proceso de esqueletización llega a ser asombrosamente rápido. El tiempo mínimo que requiere la esqueletización total no es de nueve años ni de nueve meses, ni siquiera de nueve semanas: puede producirse en aproximadamente nueve días. […] El recipiente funerario tiene una tremenda importancia. Los recipientes herméticos que protegen el cadáver del medio ambiente […] proporcionan un grado sorprendente de preservación, incluso durante periodos prolongados de tiempo. He visto como un cadáver bien embalsamado –un cadáver al que se había hecho la autopsia, lo cual dificulta considerablemente el embalsamamiento- duraba veintisiete años dentro de un ataúd hermético en el interior de una cripta, con rasgos perfectamente naturales y sólo unas pequeñas zonas de piel desprendidas de manos y pies. […] Aunque no esté protegido por ningún recipiente, un cadáver dura más si se encuentra bajo tierra”[5].

En todo caso, bastaba con que el fallecido hubiera sido un individuo peligroso, malvado, sospechoso de haber practicado la brujería o de costumbres poco respetables para que en lugar de santo fuese considerado vampiro o poseído por demonios. Así, el tratamiento que recibía su cuerpo era tan expeditivo como implacable. De esta época de supersticiones proceden falsas creencias que, aún hoy, se encuentran muy extendidas entre la población, como la de que el pelo y las uñas siguen creciendo después de la muerte: “es un mito que las uñas y el pelo sigan creciendo después de la muerte –explica William Maples-. Lo que sucede en realidad es que la piel se repliega a su alrededor, haciendo que el pelo y las uñas se levanten y sobresalgan más”[6].

El Entierro Prematuro (Antoine Wiertz)
“El entierro prematuro”, obra de Antoine Wiertz (1854).

Por otra parte, y pese a que las leyendas de vampiros resulten interesantes como pasatiempo o motivo de reflexión filosófica y antropológica, es evidente que tras la mayor parte de las que tienen algún viso de ser ciertas no puede esconderse otra cosa que una mente enferma o un criminal[7].

Vampirismo y licantropía como patología psíquica

El asesino vampírico, tanto como el licántropo, son, como todos los psicópatas y al igual que el resto de los seres humanos, prisioneros de sus fantasías. El problema reside en que la imaginación de estos individuos se rige por mapas mentales impensables para el resto de las personas. Obtienen satisfacción bebiendo la sangre de sus víctimas, sencillamente viéndola correr, comiendo su carne o profanando cadáveres, y no dudan en recurrir incluso al asesinato para satisfacer sus necesidades parafílicas. El fetichismo por la sangre y la carne, que algunos psiquiatras denominan Síndrome de Renfield[8], es en realidad una forma de necrofilia en la que el sujeto, en sus fases iniciales, comienza experimentando con animales hasta focalizarse en otras personas y convertirse a medida que los delirios fantásticos del individuo crecen, en auténticos depredadores de novela. Es cierto que este tipo de casos, cuya incidencia estadística es en realidad escasísima, resultan especialmente llamativos al profano y copen protagonismo en medios de comunicación, relatos de terror, películas, cómics, videojuegos o series de televisión. Y es por ello que muchos de los asesinos más conocidos de la historia del crimen –que no los más prolíficos- han pertenecido a esta curiosa especie.

De acuerdo con el estudio llevado a cabo por el psiquiatra Hershel Prins[9], el delirio vampírico puede manifestarse de muy diferentes formas, de modo que su catalogación comprende cuatro grandes grupos:

  • Vampirismo completo. Comprende toda suerte de fantasías y prácticas sádicas y necrofílicas que se convierten en móvil del asesinato o la profanación de tumbas. Esta clase de vampiro es un carroñero que experimenta una atracción incontrolable por los muertos y consume sangre –e incluso carne o vísceras- procedentes de personas a las que puede, o no, haber asesinado previamente. Gilles de Rais es un ejemplo histórico muy ilustrativo. Casos más cercanos son los del sargento Leger, quien en 1827 violó el cadáver de una niña de 12 años y bebió su sangre; el popular John George Haigh, también conocido como el Vampiro de Londres; Fritz Haarmann, el Vampiro de Hannover; y por supuesto Richard Trenton Chase, el Vampiro de Sacramento. Curiosamente, otros “vampiros” mediáticos como Peter Kürten o Mohammed Bijeh no realizaban esta suerte de prácticas pese a ser bautizados de tal modo por la prensa.
  • Vampirismo sin ingestión de sangre ni de materia muerta. A esta variedad se la asociaría con la simple necrofilia, que consiste en satisfacer el instinto sexual con cadáveres, o bien, gozar con tocarlos y contemplarlos. Un caso bien conocido y documentado de estas características es el del alemán Kuno Hofmann, el Vampiro de Núremberg. Hofmann, que pasó algún tiempo en el campo de concentración nazi de Dachau, era sordomudo, tenía un cociente intelectual por debajo de la media y una timidez patológica que le impedía acercarse a las mujeres. Durante años estuvo asaltando depósitos de cadáveres para consumir la sangre de los muertos y practicar relaciones sexuales. En 1972, durante uno de sus paseos, terminó por asesinar a tiros a dos jóvenes que dormían en un coche a fin de probar su sangre. Probablemente, Hofmann habría continuado asesinando una vez había transgredido los límites y culminado su transformación, pero fue detenido.
  • Vampirismo sin cadáver. Esta categoría reúne a gran cantidad de sujetos con tendencias psicóticas, pero aparentemente normales e integrados en la sociedad, cuyos deseos les igualan al vampiro. Hablamos de impulsos incontrolables y muchas veces ocultos incluso para ellos mismos, o bien normalizados. En el fondo, estas ideaciones guardan relación con las capacidades sobrenaturales que la tradición atribuye al no-muerto, de modo que los vampiros ideales envidiarían el poder de los vampiros legendarios, a los tratan de parecerse. El hecho de que no asesinen, no cometan delitos, o no agredan a otros no les hace menos peligrosos, pues los anhelos y fantasías desde los que elaboran sus estructuras cognitivas suelen inducirles irremediablemente a la mentira, la maquinación, la manipulación y la temeridad.
  • Auto-vampirismo. En este grupo de tendencias claramente masoquistas se incluirían casos igualmente psicóticos así como esquizotípicos y esquizofrénicos. Son capaces provocarse lesiones, a veces brutales, ya que la propia sangre se ha convertido por cualquier razón –si bien el motivo suele tener un fondo erótico o religioso- en objeto de veneración. McCully narra el caso de un niño de 11 años que aprendió a pincharse con suma pericia las arterias del cuello para llenar con su sangre una taza entera que luego bebía. También se cortaba las venas del antebrazo para lamer la sangre de las heridas, lo que le hacía experimentar una fuerte excitación sexual.
KunoHofmann
Kuno Hofmann.

Parafilias como el vampirismo –también la licantropía- aparecen tan raramente en la población que su incidencia estadística es prácticamente nula. De hecho tanto el DSM como el CIE ni tan siquiera las mencionan explícitamente, acumulándolas –junto a muchas otras- bajo el epígrafe de parafilias no especificadas. Sin embargo, sus manifestaciones escabrosas y espectaculares son tan llamativas que siempre y en todo lugar han despertado tanto el horror como el interés del gran público hasta el punto de que, en determinados momentos históricos, como el tramo comprendido entre la baja edad media y finales del siglo XVII, llegaron a parecer cuestiones comunes. No en vano, la consideración general del vampiro, el licántropo y el asesino serial se funden y confunden, más allá de consideraciones clínicas o antropológicas, en una apreciación tópica: son “monstruos”. Criaturas diseñadas para matar, construidas tanto a nivel individual como social y que desempeñan un papel nítido en nuestra cultura. Podría decirse que la fascinación que hoy en día nos provoca el asesino en serie es precisamente un reflejo de la que los supuestos vampiros y hombres lobo generaron en el pasado, lo cual explica que los asesinos sistemáticos de ficción sean en muchos casos antihéroes “de culto” para millones de aficionados que pueden convertirse en auténticas máquinas de producir dinero para sus creadores.

Gilles de Rais
Gilles de Rais.

Ya en fecha tan temprana como 1584, autores como Reginald Scot sostenían que la licantropía era un trastorno mental, atribuyendo a la superstición popular la idea de que realmente un ser humano pudiera transformarse en lobo o cualquier otro animal[10]. Lo cierto es que los testimonios históricos de verdaderas epidemias de esta locura son variopintos y pueden ser rastreados en la literatura desde el siglo XVI hasta, prácticamente, finales del siglo XIX. Sirva un dato: tan sólo en el periodo comprendido entre 1520 y 1630, luego durante más o menos un siglo, se registraron 30.000 casos de licantropía sólo en Francia[11]. Esto es interesante desde un punto de vista antropológico. Parece que entretanto el Este de Europa era el hogar de los vampiros, los bosques franceses se habían transformado en el territorio de los hombres-lobo. El ser humano necesita de referentes socioculturales hasta para perder el juicio.

Capitan America - Hombre lobo
Hasta el Capitán América puede convertirse en hombre lobo cuando tiene en un mal día…

La idea de Scot fue posteriormente ampliada por otros autores ingleses como Robert Burton quien en 1621 sostuvo que “[algunos llaman a la licantropía] una especie de melancolía; pero yo prefiero denominarla locura”[12]. Nada tiene de sorprendente para la época este racionalismo respecto del tema, pues en las Islas Británicas los lobos se habían extinguido muchos años antes de que ambos textos fueran escritos. De hecho, es fácil encontrar relatos de hombres-lobo en el trabajo de los ensayistas británicos si nos remontamos al periodo comprendido entre los siglos X y XIII. Ahora bien, a partir del siglo XVI, este tipo de historias tan sólo sobrevivió como argumento literario. Obsérvese, por consiguiente, el anacronismo que inherente a convertir las calles de Londres, o los páramos británicos, en escenario para los clásicos hombres lobo de la ficción.

Lo cierto es que el éxito como monstruo del licántropo, con el paso de los años, ha sido mucho menor que el del vampiro. Parece que, por alguna razón, resulta mucho más fácil creer en la existencia del vampirismo que en la de la licantropía y ello, como hecho sociocultural, también ha tenido repercusión en el escenario del crimen. A partir de 1900 han aparecido varios casos de asesinos en serie movidos por fantasías vampíricas, pero no se han presentado supuestos hombres-lobo, lo cual ha motivado que la literatura psiquiátrica y psicológica apenas si haya tocado el tema, con excepción del psicoanálisis, en la medida que muchos pacientes refieren al narrar sus sueños diversos procesos de metamorfosis que han de ser iluminados por el terapeuta. Parece que el hombre-lobo tiene un sentido más folklórico, propio de un buen relato de terror para las noches de campamento, mientras que el vampiro parece tocar con mayor profundidad los aspectos más atávicos del ser humano.

El misterio de Salem's Lot
Un vampiro de ficción especialmente terrorífico -inspirado en la imagen del “Nosferatu” de Murnau-, fue el ideado por Tobe Hooper a la hora de llevar a la gran pantalla el clásico literario de terror de Stephen King en “Salem´s Lot” (1979).

[1] De hecho, ya sea desde un punto de vista antropológico como desde una óptica meramente psiquiátrica, vampirismo y licantropía tienen muchos puntos de conexión. Daniel Farson en su libro Vampiros, hombres lobo y aparecidos (Barcelona, Noguer, 1976), indica que tradicionalmente se consideraba que un hombre lobo se convertiría en vampiro al morir a menos que su cadáver fuera debidamente exorcizado. También que podía bastar con beber la sangre o comer la carne de un cordero muerto por un lobo para transformarse en hombre lobo.

[2] Las porfirias son un grupo de enfermedades cuyo origen es una alteración, cualitativa o cuantitativa, del metabolismo de las porfirinas. Habría dos modalidades básicas: las eritropoyéticas y las hepáticas. Las porfirinas, básicamente, son sustancias que, al combinarse con determinados metales como el hierro, juegan un papel fundamental en la síntesis de la hemoglobina

[3] Un ejemplo claro y famoso de esta dolencia sería el de la célebre locura transitoria que aquejó al rey Jorge IV de Inglaterra, inmortalizada en La locura del rey Jorge, una extraordinaria y muy bien documentada película dirigida por el británico Nicholas Hyttner.

[4] Recomiendo al lector interesado en este asunto un excelente libro: Bonderson, J. (2002). Enterrado vivo. Barcelona, Ediciones B.

[5] Maples, W. R. y Browning, M. (2006). Los muertos también hablan. Barcelona, Random House Mondadori

[6] Ibid. anterior.

[7] La constatación de la existencia de estos perturbados sedientos de sangre hizo que ganara cuerpo la creencia del vulgo en la existencia de una supuesta enfermedad denominada hematodipsia o hematodixia, por la cual el sujeto que la padece se vería determinado fisiológicamente a beber sangre. Sin embargo, como bien manifiestan Miguel Gómez Aracil en su libro Vampiros (Barcelona, EDAF, 2003), así como otros especialistas, esta supuesta dolencia es un invención del imaginario colectivo completamente desconocida por la profesión médica.

[8] Por el personaje de la archiconocida novela de Bram Stoker. Renfield había sido vampirizado por el Conde Drácula durante una estancia de negocios en Transilvania, de suerte que empezó a experimentar una progresiva sed de la sangre de criaturas vivas para mantenerse a sí mismo con vida. Los doctores de la novela –salvo el excéntrico Van Helsing, por supuesto- consideraron que Renfield estaba loco, recluyéndolo en una institución mental.

[9] Prins, H. (1985): “Vampirism: A clinical condition”. En: British Journal of Psychiatry, 146 (6), pp. 666-668.

[10] Scot, R.; Discovery of Witchcraft. La primera edición de este tratado vio la luz en Londres en 1584. Hubo diversas reediciones del mismo a lo largo de los siglos. La más moderna es la de Montague Summers, New York, 1954.

[11] Farson, D.; op. cit. supra nota 1.

[12] Burton, R.; Anatomy of Melancholy. Londres, 1621.

De vampiros, licántropos y otros amigos (parte I)

The Order 1886
Imagen del videojuego The Order, 1886. Otra visión de un tema clásico en clave posmoderna. La enésima.

El vampiro y el licántropo[1] existen, ese es el hecho. Cierto que es difícil creer que en la forma tradicional del nosferatu -o no muerto- que ataca a los vivos impelido por una irrefrenable necesidad de beber su sangre a fin de mantener su estado, o de la persona que en las noches de plenilunio se transforma en lobo, si bien incluso el vampiro y el licántropo mitológicos gozan de una precisa explicación antropológica. La sangre y la carne, como no podría ser de otra manera, siempre han sido consideradas el centro vida. Se encuentran en los cimientos de todos los cultos y religiones, desde las más ancestrales. Hay creencias en las que el corazón de los difuntos es cocinado y consumido por su ser más amado. Algunas tribus de Australia y Nueva Zelanda pretendían la curación de ciertas dolencias abriendo las venas de los amigos varones del enfermo a fin de que le ayudaran a expulsar su enfermedad en una especie de catarsis colectiva. En la eucaristía cristiana el vino se transustancia en sangre y el pan en carne para la limpieza del pecado y el ofrecimiento de una vida eterna. Otros cultos minoritarios judeocristianos, como el de los Testigos de Jehová, se oponen enconadamente a prácticas sanitarias comunes como la transfusión de sangre por motivos enteramente metafísicos. En todas las culturas existen rituales sacrificiales simbólicos o reales y relatos acerca de vampiros, hombres lobo y quimeras similares (arpías, dragones, hombres leopardo, minotauros, y otro largo etcétera). También testimonios sobre la forma en que se presentaban a sus víctimas, el atroz modo en que se comportan y la forma en que el sujeto puede protegerse de ellos, o bien son erradicados por siempre jamás.

Herodoto
Herodoto.

Los licántropos fueron particularmente populares en Grecia y Roma, y es precisamente por ello que los textos grecolatinos son una de las fuentes más antiguas y amplias a este respecto[2]. No podemos olvidar, en tal sentido, que Romulo y Remo, los supuestos fundadores de Roma, fueron según la tradición amamantados por una loba. Pero este tratamiento extensivo no se circunscribió tan solo al punto de vista de lo legendario o lo mitológico. Ya una figura en absoluta sospechosa como Heródoto de Halicárnaso (484-425 a. C.), fue uno de los primeros autores en tratar el tema de la transformación de hombres en lobos al narrar la incursión de castigo que el persa Darío realizó en Escitia[3].

No obstante, las imágenes del vampiro y el licántropo que han parecido imponerse en el ideario colectivo de Occidente no son demasiado lejanas en el tiempo y se ubican históricamente en el lapso temporal comprendido entre los siglos XII y XVIII, cuando en Europa –especialmente en el Centro y el Este del continente- se desató una fiebre vampírica así como una proliferación de cuentos y mitos sobre hombres lobo sin precedente histórico. A partir de la Edad Media, muchos eruditos se entregaron en cuerpo y alma al estudio del vampirismo, como Augustin Dom Calmet, Montague Summers, William de Newburgh o Walter Mapes.

Mucho tuvo que ver el vigor del cristianismo con ello en la medida que impuso en la visión e interpretación de los sucesos particulares y colectivos una polaridad de dos fuerzas contradictorias: Dios y el diablo. Más todavía, como acertadamente indica Fondebrider[4], la doctrina cristiana no estuvo en ningún caso dispuesta a equiparar ambos poderes en una relación simétrica, de suerte que el diablo se fue haciendo paulatinamente acreedor de una mayor gama de maldades, en la misma medida que ello evitaba que la bondad de Dios fuera en algún momento puesta en entredicho. El resultado del proceso generó la imagen siniestra de Satán que todos conocemos en contraposición a la imagen plenamente benéfica de la divinidad. De este modo, los licántropos, vampiros y demás monstruos tradicionales, que en algún momento del pasado pudieron -y así fue de hecho- albergar sesgos de positividad, se convirtieron en encarnaciones de la más absoluta maldad.

Desde entonces, la literatura, primero, y el cine después, han inmortalizado tanto al vampiro como al hombre lobo para convertirlos en uno de los más populares de los estereotipos perversos de nuestra cultura. No nos referimos tan sólo al celebérrimo Drácula de Bram Stoker. También autores de la nada dudosa talla literaria de Goethe, Lord Byron o Baudelaire, entre otros, alumbraron algunas de sus más grandes páginas tomando como referencia a los cazadores de la noche. También suele olvidarse con exasperante facilidad que la Caperucita Roja de Perrault es mucho más que un cuento para niños y, de hecho, tanto en sus orígenes como en su concepción original distaba mucho de serlo. En realidad el juego de analogías que magistralmente plasmó en sus páginas el francés nos habla de una terrible tragedia: la de una niña púber que ignorando el sabio consejo de su madre abandona el camino correcto para ser acosada, agredida y devorada –junto a su abuela- por un criminal perverso y desalmado. Una historia que ha sucedido cien veces en la vida real, en muchos rincones del mundo y con protagonistas de carne y hueso. Tan auténticos como en los tiempos en que Perrault compuso este aperitivo literario que, descafeinado por el paso del tiempo, relatamos a nuestros hijos como si tal cosa por el mero hecho de que hemos asumido esta clase de sucesos, que otrora aterraban al común de los mortales hasta el punto de elevarlos al rango de lo legendario, como algo normal.

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El actor Christopher Lee encarnando el mito del vampiro que prosperó en el imaginario colectivo del siglo XX: pretendida elegancia, supuesto erotismo y un toque hortera.
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El hombre-Lobo cinematográfico, sin embargo, ha sufrido escasa evolución estética. Quizá por su estilo de monstruo bruto y “a la antigua”, siempre ha tenido pinta un poco macarra y desastrada. Lo más que se pudo hacer por él en sagas famosas como Underworld fue quitarle los pantalones y animalizarlo más si cabe.

Egocentrismo y sociopatía

Autores como Picart y Greek señalan que el estudio científico del vampiro y el licántropo, es decir, aquel que parte de una consideración no sobrenatural del hecho atribuyendo las víctimas de estos legendarios personajes a la acción criminal, comenzó a principios del siglo XX. En 1907, el sociólogo norteamericano E. A. Ross publicó un trabajo que el tiempo ha hecho clásico: Sin and Society (pecado y sociedad). En él describe a una nueva especie de monstruo, el criminaloide[5], responsable del sufrimiento de amplios colectivos sociales a causa de su proverbial ambición y una absoluta falta de interés por la seguridad y supervivencia de las clases trabajadoras. Es evidente que Ross quería referirse figuradamente a los gurús del capitalismo que gobernaban con mano de hierro, y aras de sus propios intereses, los destinos económicos de la sociedad capitalista. En la misma teoría abundó el sociólogo de la Escuela de Chicago Robert Park, quien habló en sus trabajos del vampirismo capitalista al referirse al colonialismo económico estadounidense. Conceptos ambos que guardan, por cierto, estrecha relación con el delincuente de cuello blanco del que también hablara por extenso Sutherland.

Lo interesante, en todo caso, es que esta corriente sociológica relacionaba el comportamiento de estos sujetos con una maldad patológica que los transformaba, más que en meros explotadores, en monstruos insensibles. En suma: desde estas teorías se establecía un sugerente nexo entre la actitud –de clara raíz psicopática- de ciertos individuos con respecto a sus congéneres y la clase de conductas que nuestra cultura ha asociado indeleblemente a aquellos seres a los que tradicionalmente se ha otorgado el calificativo genérico de monstruos. Y lo cierto es que las ideas de Ross, Park o Sutherland no sólo inspiraron a los sociólogos, sino también a los estudiosos del crimen que, por primera vez, abandonaron la idea del criminal como sujeto anormal para establecer vínculos conceptuales entre la conducta criminal y los procesos que operan en el medio social que ahora –corrupción va, corrupción viene- nos parecen evidentes pero que en aquellos días distaban mucho de ser tan obvios[6]. La idea de fondo es ciertamente inquietante: vivimos en un mundo regido por una serie de procesos perversos que, por su propia idiosincrasia, producen toda suerte de monstruos.

Robert Ressler
Robert Ressler (1937-2013).

A este respecto, cuando un periodista preguntó al célebre perfilador del FBI Robert Ressler acerca de los elementos que hacían a las sociedades avanzadas –como es el caso de la estadounidense- tan proclives a la aparición de criminales antisociales, su respuesta fue tan concisa como contundente: “la gente se ha vuelto básicamente egocéntrica. Las metas de cada uno han suplantado a las metas de la sociedad. Las personas no están de acuerdo en nada salvo consigo mismas. Todo esto tiene resultados en la conducta. Si hablamos de alguien que sufre disfunciones sexuales o morales y que está educado para pensar que puede y debe solucionar sus problemas por sí mismo, pero al mismo tiempo supone que las relaciones sexuales que debiera tener son inalcanzables, entonces tiende a tomar por la fuerza aquello que está fuera de su alcance. Y, sin duda, un asesino en serie es una persona enteramente disfuncional que trata de ayudarse a sí misma a obtener aquello que quiere sin observar las consecuencias de sus actos”[7].

Lo cierto es que desde un punto de vista antropológico las raíces de la conducta criminal en el ser humano deben buscarse, más que en la propia historia o en el decurso temporal y circunstancial de las sociedades, precisamente en el fondo de los mitos y leyendas de que se ha alimentado nuestra cultura desde tiempos ancestrales y que han de tener alguna clase de fundamento real, al menos en su objeto central. Basta con releer algunos libros del Antiguo Testamento, observar las mitologías egipcia, grecorromana e hindú o detenerse en las sagas nórdicas para encontrar centenares de relatos sobre agresiones sexuales, agresión, robo, canibalismo, vampirismo, licantropía y otro largo etcétera de brutalidades, perversiones y vejaciones. Por supuesto, los antisociales, se llamasen como quiera en su día, tampoco son una invención del presente. El crimen es tan viejo como la humanidad al punto de que el Génesis bíblico, una vez establecida la Creación, explica que la historia de la Humanidad comienza con un delito –el que cometen Adán y Eva al vulnerar la única norma que Dios les impone-; continúa con un fratricidio –cuando Caín mata a Abel-; y concluye con un genocidio en la forma de Diluvio Universal. Es obvio que el texto fue compuesto por un buen observador de la condición humana.

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Así vio Tiziano el asesinato de Abel a manos de Caín.

Con anterioridad a la aparición de la psicología y la psiquiatría forenses tal y como hoy las conocemos, ninguna otra corriente dedicada al estudio de los procesos mentales había prestado tanta atención a este tipo de cuestiones como el psicoanálisis. Puede que las explicaciones de los procesos inconscientes ofrecidas por los psicoanalistas desde Freud sean consideradas injustamente y con algo de malicia –más por ignorancia de los principios que por un verdadero esfuerzo de comprensión- como elucubraciones sin fundamento. Pero lo cierto es que la psicología y la psiquiatría nunca han dejado de prestarles atención, bien sea de soslayo al punto de que muchos conceptos que hoy damos por buenos fueron, originariamente, concebidos por psicoanalistas. Lo cierto es que actos como los de succionar, morder o el culto patológico a los muertos y lo sobrenatural tienen hondas raíces psíquicas y culturales que no han de ser minusvaloradas si se pretende comprender las motivaciones últimas de la necrofilia, el vampirismo y la licantropía. Ernest Jones, por ejemplo, escribió que no hay cultura en la que no exista la creencia de que los muertos, en determinadas circunstancias, observan a los vivos y sientan un impulso irresistible de retornar con ellos con cualquier propósito. En consecuencia, tampoco resulta extraño que en todos los lugares del mundo existan relatos de fallecidos que visitan a los vivos, los ayudan, los poseen o simplemente tratan de destruirlos. Del mismo modo, a fin de contrarrestar el supuesto poder de los muertos o sus demandas, en toda cultura se dan ritos de apaciguamiento, respeto y consuelo para con las almas de los que se fueron[8].

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Y el malvado Sigmund Freud (1856-1939) te pregunta: ¿a ti te gusta chupar? ¿Y por qué?

Lo interesante es que esto se ve reflejado una idea muy extendida acerca del vampirismo en la tradición eslava: los primeros atacados por un vampiro, cuando retorna, son generalmente sus allegados vivos. Pero, además, tanto en el fondo del vampirismo como en el de la licantropía subsiste un componente sexual que, sin duda, ha contribuido a incrementar el atractivo que suscita. Componente que guarda, a su vez, estrecha relación con el mordisco, el acto de chupar e incluso la acción extrema de devorar al ser amado o deseado como forma de posesión total, plena, absoluta. En otro caso, por lo demás, y sin tener presente la influencia de un patriarcado milenario que enfatiza el valor intrínseco de la heterosexualidad, resultaría inexplicable la creencia legendaria de que los vampiros y los hombres-lobo prefieran como víctimas a personas del sexo opuesto. Tampoco el supuesto subyacente a muchos de estos relatos de que, contra todo pronóstico, las personas atacadas por estos seres sientan al mismo tiempo terror y fascinación[9].


[1] Conviene realizar una precisión terminológica ya que el hombre lobo y el licántropo son cosas semejantes pero no lo mismo. El primero es aquel que tiene el poder de transformase en lobo físicamente mientras que el segundo es, precisamente, el sujeto que posee una visión distorsionada de la realidad que le hace creer que puede metamorfosearse en lobo y que, consecuentemente, durante los momentos en que se cree transformado se comporta como tal.

[2] Fondebrider, J., Licantropía. Historias de hombres lobo en Occidente. Buenos Aires, Adriana Hidalgo Editora, 2004.

[3] Herodoto, Historia. Libro IV. Madrid: Gredos, 2001.

[4] Fondebrider, 2004, Op. cit.

[5] Evidentemente, el concepto no fue acuñado por Ross, sino por Cesare Lombroso y es muy probable que se este autor se inspirase en la obra pionera de los componentes de la llamada Escuela Positiva del Derecho Penal. Ahora bien, el uso que hace del concepto, desde un punto de vista sociológico, es enteramente novedoso.

[6] Pérez-Fernández, F., Imbéciles morales. Consideraciones históricas de la mente criminal. Jaén: Ediciones del Lunar, 2005.

[7] Kouri, J., Criminal Profile: The Monsters Within. En Internet [www.oscweb.com].

[8] Jones, E. (1951). On the Nightmare. New York, Liveright. Existe traducción al español: La pesadilla, Buenos Aires, Hormé, 1967.

[9] Christopher Lee, actor que se hizo mundialmente famoso encarnando al Conde Drácula en las películas de culto que la factoría británica Hammer realizó en los años 50 y 60 no alberga duda alguna al respecto: “Drácula ofrece la ilusión de la inmortalidad, el deseo subconsciente que todos tenemos de poder sin límites. […] Es la imagen del superhombre con un atractivo erótico para las mujeres, que lo encuentran totalmente seductor”.

Conjurando a Frestón

Vuelo de Clavileño


El vuelo de Clavileño

Brujas, locos, pócimas, fármacos, médicos e inquisidores a través de la literatura cervantina

Francisco López-Muñoz / Francisco Pérez-Fernández

Prólogo: Juan Ramón Biedma

Madrid, Delta Publicaciones, 2017


Si alguien, hurgando en los estantes de cualquier librería, se encuentra con este libro y atraído por lo curioso de su título se decide a tomarlo, a buen seguro echará un vistazo a la contraportada. Y cuando así obre se encontrará con este texto:

“Este libro, desde la excusa cervantina, propone un viaje profundo —y crítico— al mundo de las brujas y hechiceras durante la España Áurea, un mundo de turbias supersticiones y calderos pestilentes, brutales persecuciones y torturas, fraudes médicos consentidos, leyes asfixiantes y represivas, inquisidores intransigentes, pseudoconocimiento y misoginia cerril, que se ocultaba bajo la alargada sombra de la fe absoluta, la pureza de sangre y las pretendidas buenas costumbres. Las brujas, sus cuitas y su mundo eran cosa bien conocida por Cervantes, en cuya obra los pícaros, curanderos, embusteros, timadores, ladrones y vividores son especie común por vista de cerca y formar, además, parte intrínseca de ese mosaico existencial, acrisolado de pasados que se cierran y futuros que se abren, que es el Siglo de Oro español. En sus obras se aprecian las muchas experiencias vitales del autor, su singular circunstancia y su vasta cultura: Cervantes conocía bien la medicina de su tiempo, al proceder de una familia vinculada al oficio, e incluso la farmacopea no le era ajena, pues disponía en su biblioteca particular de un la exploración del carácter, como buen conocedor de Juan Huarte de San Juan, y sabía mucho de los entresijos y submundos de la sociedad y la cultura que vivió, y a la que a menudo sobrevivió. Que la obra de Cervantes es una fuente inagotable de inspiración, que admite infinidad de lecturas, no es cosa nueva, y prueba de ello es el mundo de la brujería y sus fenómenos afines, que tanto le fascinaron. De hecho, de los textos cervantinos se extrapolan afirmaciones que hoy día podrían parecer evidentes, como que las prácticas de brujería carecían de influencia satánica y que sus unturas y pócimas solían elaborarse, obviando la excusa ritual, con fines meramente recreativos y lúdicos.”

¿Suficiente? Quién sabe. Lo cierto es que toda obra -igual da su calidad e interés manifiestos- siempre esconde muchas lecturas. De hecho, lo que hace bueno a un libro, más allá de la técnica de quien lo escribe o de la pericia de quien lo lee, reside en la habilidad del autor para exponer y superponer niveles de lectura, así como en la facilidad con la que estos quedan accesibles al posible lector. Por ello, cuando Dickens comenzó su celebrada Historia de dos ciudades con aquella sentencia mítica: “era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos”, estaba haciendo mucho más que regodearse en su indiscutible eficacia como autor: estaba dotando a su obra de un halo de intemporalidad que la haría atractiva para cualquier lector y en cualquier tiempo, que no es poca cosa.

Por eso es que los libros, en general, son siempre peligrosos para los fanáticos, los doctrinarios y los totalitarios. Abren puertas y modifican realidades. Y del mismo modo que a Don Quijote los libros lo perdieron, paradójicamente, fue también que lo salvaron. Y algo de esto debieron barruntarse aquellos que pretendían sacar al Alonso Quijano escondido en la locura del Caballero de la Triste Figura cuando la única forma que se les ocurrió para intentar atraerlo a la cordura fue quemar los libros y tapiar el cuarto de lectura. Desastre del que Don Quijote se libera, precisamente, inventando otra ficción al culpar de todo aquello a uno de sus archienemigos; el sabio Frestón (el nombre del personaje ya es deliciosamente antinómico). Y así es como la vida de cada hombre, en manos de Cervantes, se va convirtiendo en una espiral de verdades, mentiras, ficciones, creaciones y recreaciones que se hacen cosmovisión y perfilan “el mundo” de cada cual. Por eso los dogmáticos han de pasar la vida conjurando a ese paradójico secuestrador de saberes que es el tal Frestón; porque los libros son llaves que abren puertas y ventanas que -creen- debieran permanecer cerradas a fin de asegurar el pensamiento único.

Esto es lo que trata de mostrar este libro, El vuelo de Clavileño, que en realidad es un libro de libros, desde libros y para otros libros. O, por mejor decir, una puerta hacia otras puertas que, a su vez, abren pasillos, túneles y caminos hacia realidades solo aparentemente diferentes en la medida que versiones anteriores de la nuestra. Así debiera leerse más allá de tecnicismos, precisiones, teorías y retóricas -de las cuales hay muchas en la obra- porque con tal deseo se concibió. De hecho, cuando Faulkner decía que el pasado no pasa, que nunca es del todo pasado, que está aquí y ahora, lo que pretendía decirnos es que nada desaparece del todo sino que en todo caso se recicla, se disfraza,  se reconstruye y vuelve de otro modo, en otra forma.

Cuando mi compañero -y amigo- Francisco López y yo concebimos la idea de este libro teníamos claro bien fuera de manera inconsciente el argumento de Faulkner. Creímos, con Dickens, que todos los tiempos son los mejores y los peores al mismo tiempo. Pensábamos, desde la modestia más certera, como Cervantes: que si un libro te condena, solo un libro puede salvarte, y que no existe mejor antídoto contra el veneno de la ignorancia, frente al no saber quiénes somos, que el redescubrimiento de ese pasado que, en realidad, nunca pasa del todo pues lo único que ocurre es que raramente lo reconocemos al verlo oculto tras sus nuevos disfraces. ¿Lo hemos conseguido? En realidad lo ignoro y no creo que ningún autor sepa realmente si ha hecho poco más que escribirse a sí mismo cuando escribe cualquier cosa.

Sea como fuere, el libro está ahí y habla ya por sí mismo.

 

De la banalidad del mal a la victimización

“Hay hombres sanos y hombres enfermos, pero los hay medio sanos y medio enfermos y los hay convalecientes. Hay hombres buenos y malos, pero los hay ni buenos ni malos. En todas las cosas hay matices”.

Miguel Gayarre Espinal (1886-1936)


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Hanna Arendt

Cuando Hanna Arendt (1906-1975), inspirada por el juicio del nazi Adolf Eichmann (1906-1962), que comenzó en Jerusalén en 1961, habló de la “banalidad del mal”[1], no sólo trataba de mostrarnos cómo la maldad es por lo común una actividad y una consecuencia –el proceso y resultado de una situación personal concreta- antes que una improbable condición metafísica inherente a los individuos tal y como se deduce de la sentencia del doctor Gayarre que encabeza esta entrada. Quería Arendt ir más lejos en la medida que trataba de esclarecer en alguna medida sus efectos sobre las víctimas directas e indirectas de los actos malvados y, con ello, ofrecernos la posibilidad de extraer consecuencias valiosas en el plano victimológico. Consecuencias que en estos tiempos, en los que la cultura se ve teñida de un esencialismo terrible, estereotipado y etiquetador, del que nos servimos para enjuiciar, calificar, denominar y condenar sin llegar nunca a comprender del todo son, creo, más pertinentes que nunca. Basta con observar la ligereza con la que se esencializa a las personas –y a los colectivos- en los titulares de prensa, con fines por lo común inconfesables, para darse cuenta de que algo perverso está ocurriendo con nuestra comprensión de la realidad.

Del mismo modo que Eichmann llegó a convertirse en un terrible criminal y genocida, no por perversidades diagnosticables e inherentes a su personalidad, sino por formar parte de un conglomerado burocrático enfermizo cimentado sobre la política del exterminio –y en tal sentido puede decirse que simplemente era un tipo que “hacía su trabajo” con total independencia de lo terrorífica o censurable que esa ocupación nos resulte-, carece de sentido pensar que las maldades que nos afectan en la vida diaria, o que nos conducen a la victimización, tienen algo que ver con alguna clase de esencialidad o destino cósmico. Y esta impresión, humana si se quiere en la medida que somos buscadores de sentidos, es algo de lo que hay que desprender a la víctima cuanto antes si lo que pretendemos es su recuperación personal, moral y social.

La falacia de la seguridad

Todos nos hemos convencido –pues resulta tranquilizador- de que el mal que puede llegar a afectarnos en un momento dado es controlable, restringible e incluso erradicable si somos capaces de seguir ciertas directivas y conductas tópicas, de manual, que nos mantengan “seguros”. Por eso precisamente sentir en primera o tercera persona el golpe de mal en cualquiera de sus formas –agresión, robo, asalto, violación, atentado y etcétera- nos sume en la estupefacción, pues nos relanza con enorme violencia a replantearnos las cuestiones de partida, hecho que tiene consecuencias muy severas no solo en nuestras vidas particulares, sino en el funcionamiento de la sociedad en su conjunto: ¿cómo es posible que pueda pasar/pasarme esto cuando he hecho todo lo que debería? ¿En qué consiste “estar seguro”? ¿Se puede realmente estarlo? ¿Cuánta de mi libertad he de conceder a quienes velan por mi seguridad para vivir tranquilo?

He aquí uno de los grandes problemas que la victimología trata de resolver: el de esa aparente contradicción entre la aleatoriedad y la necesidad que subyace al proceso de victimización. El prejuicio, impuesto por el sentido común, de que ser víctima es, bien un azar incontrolable, bien el resultado de haber hecho algo indebido, y de que el mal que un agresor motivado –por las razones que fueren- podría procurarnos puede ser minimizado, o eludido, si cumplimos escrupulosamente con ciertas reglas “de manual”. Nada más lejos de la verdad. El mal, llámese como se quiera, existe como evento y nos golpea, o puede hacerlo, simplemente porque vivimos. Y cuanto más complejas son las sociedades en las que desempeñamos nuestra existencia, mayores son los riesgos en la medida que resulta imposible controlar todas las variables en juego. A menudo ni tan siquiera sabemos que tales variables existen o que están operando en determinados contextos.

Esto es lo que nos muestran, por ejemplo, las historias personales de las víctimas de los atentados yihadistas que Madrid sufrió el 11 de marzo de 2004. Relatos que se repiten una y otra vez en boca de los supervivientes: personas que llevaban vidas perfectamente normales y que ignoraban estar en riesgo por la sencilla razón de que hacían lo correcto, lo rutinario, lo de siempre, y nada había que temer. Precisamente, uno de los problemas inherentes a la victimización surge de esta ignorancia de los procesos del mal a la que se suma la falacia del aparente control o de la aparente seguridad: ¿Por qué yo? ¿Por qué a mí? Parafraseando a Jean-Paul Sartre, podríamos decir que el mal siempre es “el mal de los otros”… Pero siempre cabe repensar las situaciones para entender cómo y por qué la banalidad del mal de la que hablaba Hanna Arendt puede golpearnos en cualquier momento: España llevaba décadas golpeada por el terrorismo de ETA. Estados Unidos había sufrido el terrible atentado yihadista del 11S… Pero nadie pensaba en eso en aquellos trenes de cercanías que fueron dinamitados. En realidad todos éramos víctimas potenciales de un atentado de estas características y el riesgo era muy real, pero decidimos ignorarlo sistemáticamente y de manera transversal, desde los que gobernaban nuestros destinos hasta nosotros mismos. Estábamos “seguros” y “hacíamos lo correcto”… ¿Qué podría sucedernos, entonces? ¿Por qué atormentarnos pensando que podría pasar lo que probablemente no pasaría?

Pero podría suceder y, de hecho, sucedió.

11m

El colapso de la civilización

Los testigos directos de los primeros momentos que se producen en los escenarios de un atentado terrorista en cualquier país occidental casi siempre los describen del mismo modo. Es una precisa imagen del colapso civilizatorio que supone comprender, de súbito, que cualquier forma de seguridad es tan sutil que alguien bien motivado –interesado- puede convertirla en aparente y falaz. Que la civilización que nos acoge es sensible, frágil, y puede convertirse en un espejismo que nos confunda. No es raro que en estos casos tanto policías como bomberos o médicos nos describan –con obvia perplejidad- algo que nunca pensaron ver en un “país avanzado”: un escenario de guerra. El silencio posterior a la batalla.

Todos los testigos de estas situaciones recuerdan siempre, y ante todo, el silencio. Inciden con suma estupefacción en el hecho de que nadie habla, de que nada se escucha. Es, reflexiono, un silencio devenido de la más profunda incredulidad. El silencio de quienes no comprenden qué ha pasado, ni por qué, ni a qué objeto responde lo que ocurre. El silencio del sinsentido. El silencio de la vejación vivida. El silencio de quienes nunca creyeron que aquello podría ocurrirles porque no eran conscientes del riesgo en la medida que hacían lo correcto a diario y vivían “seguros”. Es el silencio del colapso de la civilización: de las mentiras que se derrumban de súbito para mostrarnos la atroz realidad que subyace al escenario de la vida y cuyo impacto no podemos evitar sino, en todo caso, únicamente minimizar.

Empiezan a sonar los teléfonos móviles y se rompe ese silencio. La civilización que se ha fragmentado durante unos minutos vuelve a la vida. Todo recomienza –“como un reset” lo describió gráficamente un enfermero del SAMUR-. De repente las víctimas saben que lo son y que están vivas para no dejar de serlo nunca más. De súbito todo el mundo se hace consciente de la magnitud de lo que ocurre y encontrar a los vivos se transforma en obsesión. Comienza el rescate y el terrible recuento que viene primero: separar a los que viven de los que han muerto.

La civilización se reanuda.

Atentado Londres
Atentado de Londres, en 2005 [Fuente BBC].

¿Por qué?

Una vez que todo ha pasado y la víctima se ha hecho dueña de sí quiere entender lo sucedido tal y como querría hacerlo cualquier otro en su pellejo. Necesita sentido. Saber por qué ha tenido transformarse en víctima para interesarse por aquellas cosas que ni tan siquiera sabía que existían. Es una suerte de terapia: no temas, aprende. He conocido a víctimas de todo tipo que, conducidas por esta obsesión de sentido, se han convertido en auténticos especialistas en todo aquello relacionado con la clase de crimen que sufrieron. El problema, lamentablemente, es que bien pronto se dan cuenta de que los intelectualismos no satisfacen los “porqués” más profundos del problema, los emocionales, los sentimentales. Se sabe, se aprende, pero ese saber no cura.

Se trata de algo que te ha hecho otro, un malvado –moral o circunstancial-, alguien que te odia, que desea tu mal, que quiere desposeerte de algo valioso sin que sepas por qué. Sin que hayas hecho nada para merecerlo. Esto genera en la víctima una preocupación profunda y una mayor incomprensión, terror e indefensión. Las respuestas que se encuentran nunca satisfacen las dudas o los miedos perennes que se han instalado en su vida. Esto precisamente es ser una víctima fungible, inocente, comprender que nunca podrás entender del todo los motivos por los que eso te ha pasado a ti, o qué has hecho -si es que puede afirmarse con rigor que hayas hecho algo realmente- que justifique el daño del que has sido objeto.

Sobrevivir no es bastante. Solo es el primer paso. A la supervivencia le sigue la soledad de la desgracia. Le sobrevienen el pánico, el dolor y muy a menudo ese odio visceral, sucio, que puede llegar a ser todavía más destructivo que la herida sentimental. A la supervivencia le sigue la simple y llana desesperación.

victima-de-una-maldicion-familiar

Una desesperación que solo la entiende la víctima, pues nadie más está en disposición de asumir sus emociones a medida que el tiempo pasa… No es solo el daño físico, sino ante todo el daño moral. La civilización ha vuelto y trata de acogerte –es cierto-, pero como reconocen muchos “no te asume”, “no te entiende”, “no sabe por qué no dejas todo eso atrás”. Existen las indemnizaciones, las palabras de ánimo, los actos solidarios, y se agradece pero llegan incluso a ser molestia pues las secuelas psicológicas son ya cosa que la víctima debe gestionar sola… Todo cuanto le recuerde aquellos acontecimientos le provocará la misma ansiedad que ya vivió, el mismo terror, la evitación de ciertas circunstancias, el pánico inveterado a determinados eventos, el temor irracional a salir a la calle: la civilización ha vuelto a tu alrededor, en efecto, pero eres ya una víctima. Todo cuanto te daba cobijo, amparo y seguridad ha quedado destruido. Y las dudas permanentes que se repiten y que nadie resuelve, la culpa, el horror: “¿Me volverá a pasar? ¿Podré evitarlo si vuelve a ocurrir? ¿Podré liberarme de este miedo irracional? ¿Podrán entenderme? ¿Me culpabilizarán por esto? ¿Qué he hecho yo para merecérmelo?”.

Ser victimizado no es un exactamente un azar, pero tampoco forma parte de un plan cósmico. No es, al igual que la maldad, una condición esencial y/o metafísica. Es cierto que a menudo nadie puede comprenderlo del todo, pero se puede salir. Debes esforzarte y combatir. Porque, como decía el doctor Gayarre al comienzo, en todo hay matices. Incluso en la esperanza.


[1] Arendt, H. (1963). Eichmann in Jerusalem: A report on the banality of evil. New York (NY), USA: The Viking Press. Traducción Española: Eichmann en Jerusalén. Barcelona, España: Random House Mondadori.

¿Y tú qué pareces?

El médico británico Charles Goring (1870-1919), temiendo que el lombrosianismo que se extendía por el continente europeo como una mancha de aceite no fuera otra cosa que una falacia pseudocientífica, decidió tratar de comprobar por sí mismo hasta qué punto las teorías del médico transalpino Cesare Lombroso (1835-1909) y sus seguidores eran confiables. De tal modo, en 1913, publicó un estudio apoyado en masiva información estadística que contrariaba con absoluto rigor las tesis lombrosianas[1] y que, no obstante, fue misteriosamente ignorado en su momento. El caso es que Goring hizo algo bien sencillo que hasta entonces, al parecer, se había considerado innecesario: primero reunió nutridos grupos de reclusos con características que, a tenor de los expertos que los evaluaron, eran supuestamente atávicas y degenerativas. A renglón seguido procedió a una meticulosa comparación de estos colectivos con otras poblaciones criminales que no mostraban los terribles estigmas físicos descritos por Lombroso y sus seguidores. Después, comprobó las muestras poblacionales con otras compuestas de individuos que nunca habían delinquido… Y sucedió lo que ya se temía: no encontró diferencias significativas entre las diferentes muestras poblacionales, por lo que no había motivo científico alguno para afirmar la existencia de determinada apariencia física en el sujeto y una predisposición hacia el delito en general, o hacia cierto tipo delictual en particular. Pero esta y otras evidencias no surtieron efecto –de hecho ni tan siquiera fueron comentadas más allá de la sorna- por la sencilla razón de que afirmaban algo que nadie estaba dispuesto a escuchar en aquel momento. De hecho, la que sí resultaría profusamente comentada y seguida, por ser mucho más agradable a los intereses intelectuales de la corriente biomédica dominante, fue la aportación de Ernst Kretschmer (1888-1964).

Ernst Kretschmer
Ernst Kretschmer… Imaginemos que este buen hombre tuviera razón: ¿qué te sugieren esas sospechosas orejas puntiagudas? Villano, seguro.

Con la traducción al inglés, en 1925, de su Koperbau und Charakter[2], Kretschmer relanzaba al seno de la comunidad internacional, cierto que reformulada en términos más actuales y por ello mismo menos “sospechosos”, la antigua apuesta de la importancia del elemento biológico en la personalidad de los sujetos. Sostuvo así que existía una unidad morfológica, fisiológica y psicológica tan fuerte en el ser humano que las reacciones temperamentales, en el fondo, no eran otra cosa que un reflejo expreso de su tipo corporal. Una teoría, por cierto, que aún hoy goza de gran predicamento en un sector no precisamente pequeño de la clase psiquiátrica y que viene influyendo de manera muy notable en el ámbito de la cultura popular desde que fuera consolidada. La tesis de que los malos “lo parecen” es tan obvia en ámbitos como el cine, el cómic o las series de televisión que a menudo simplemente basta observar “la pinta” de los personajes para decidir sin miedo a confundirnos quién es el malvado de la historia. De este modo, Kretschmer construyó una tipología humana basada en el factor somático y temperamental que todavía se emplea con más o menos matices en el presente, constituyéndose en otro de los dudosos –y manidos- dejes del positivismo psicofisiológico que aún prevalecen.

Lo sorprendente, parafernalia conceptual aparte -y es importante que el lector tenga en cuenta este aspecto para calibrarla en sus verdaderas dimensiones-, es que se trata de una nueva versión de la misma idea que ya sostuvieron –cada cual a su modo- Hipócrates (460 a.C.-370 a.C.), Galeno (130-210), Della Porta (1535-1615) o Lavater (1741-1801). La misma idea que recuperó buena parte de la incipiente psiquiatría decimonónica y, por supuesto, la misma que subyace a las argumentaciones dudosas e intelectualmente vencidas de Cesare Lombroso. De hecho, más que una teoría científica propiamente dicha, tiene todo el aspecto de tratarse de un prejuicio sociocultural cíclico. La tópica “teoría boya” que flota durante un tiempo hasta que, refutada, se hunde sin llegar a desaparecer del todo a fin de mantenerse bajo la superficie hasta que los hados se tornen propicios.

heroes-y-villanos-spiderman-vs-venom
Vamos a imaginar que tu no sabes nada de estos dos… ¿A qué no tendrías problemas con tan solo ver esta viñeta en diferenciar al “bueno” del “malo”? ¿Y por qué crees que ocurre eso? Yo te lo digo: es lo que pasa cuando determinadas teorías -independientemente de su valor científico y contrastación empírica- se trasladan de suerte acrítica al ámbito de la cultura. Así se consolidan los estereotipos.

somatotipos kretscher

A la hora de llevar su tipología al ámbito de la delincuencia, Kretschmer tuvo ciertas dudas, por lo que se abstuvo de precisar relaciones precisas –o directas- entre delitos específicos y determinado somatotipo en el delincuente. De hecho, tal vez temeroso de ir “demasiado lejos”, quiso ofrecer una tipología criminal de talante aproximativo que, más que entretenerse tal vez de suerte infructuosa en buscar el biotipo criminal -el criminal nato– por excelencia, trató de correlacionar los factores somáticos y temperamentales con grupos muy genéricos de delitos. También introdujo una serie de elementos de carácter endocrinológico que, sin embargo, no aclaró en demasía. Concluyó en todo caso que:

  • Los pícnicos son proclives a comprometerse en delitos sin violencia (robo menor, hurto, estafa, desfalco, ataque a la propiedad, etc.). Raramente recurren al asesinato o la agresión física para lograr sus fines.
  • Los atléticos tienden a los delitos violentos (cometen más o menos el 66% de los delitos de sangre y tan sólo un 6% de ellos son estafadores o similar).
  • Los leptosómicos suelen ser ladrones a gran o pequeña escala. Tienden a verse implicados en agresiones de todo tipo a la propiedad privada o pública. Pueden recurrir ocasionalmente al asesinato o la agresión física.
Somatotipos de Kretschmer
Los somatotipos de Kretschmer (de izquierda a derecha): lepotosómico, atlético y pícnico. Se corresponderían con los de Sheldon, luego veremos como, pero se denominaron así. Es habitual en la literatura confundir ambas clasificaciones y tratarlas como si fueran idénticas.

Sea como fuere, la sugestiva visión de Kretschmer, que en gran medida venía a colocar a la altura de los tiempos las tan discutibles como obsoletas propuestas de la fisognomia de las que que se alimenta, alentó a un grupo de entusiastas seguidores de esta línea “positivista” a proseguir en la misma dirección. Así, a finales de la década de 1930, autores como el norteamericano Ernest Hooton (1887-1954) publicaban exitosos trabajos revisionistas con respecto a la molesta obra de Goring en los que se sostenía la naturaleza subdesarrollada y primitiva del delincuente, al que describe como un ser inferior desde el punto de vista orgánico que suele tener labios finos, hombros caídos, y orejas pequeñas. En todo caso, Hooton no estableció una tipología delincuencial, pero sí correlacionó diversas formas delictivas con el supuesto biotipo de sus autores[3].

Biotipología criminal de Hooton

Biotipo

Clase habitual de delito

Alto y corpulento

Obeso y pequeño

Bajo y delgado

Homicidio y falsificación

Estafa

Hurto y robo

Hooton
No es un neanderthal peligroso. En absoluto. Es nada menos que Ernest Hooton pontificando acerca de lo malo que es parecer lo que él parece. Y es que en casa del herrero…

Sea como fuere, la fiebre por la biología del crimen se ha mantenido viva hasta el presente, especialmente en los Estados Unidos, donde se fundó nada menos que una Escuela Americana de Biotipología de la que han formado parte autores tan destacados en la materia que nos ocupa como el especialista en embriología William Herbert Sheldon (1898-1977), principal continuador del trabajo de Hooton. En efecto, en opinión de Sheldon, autor de Variedades de delincuencia en los jóvenes (1949), la conducta criminal se desarrolla a partir de las particularidades del blastodermo[4] durante el periodo embrionario del individuo. Una teoría que Sheldon vino a perfeccionar, sin duda, pero que ya había sido al menos sugerida en su día –con cierta trampa, por cierto- por el célebre fisiólogo alemán Ernst Haeckel (1834-1919). El blastodermo cuenta con tres capas concéntricas de blastómeros a las que se denomina sucesivamente endodermo (desde el que se origina el aparato digestivo), mesodermo (desde el que se desarrollan huesos, músculos y tendones) y ectodermo (desde el que parte el desarrollo del tejido nervioso y la piel). Así, Sheldon establece que desde el predominio en el desarrollo fetal de cada una de estas capas de blastómeros parten tres tipologías somáticas del individuo: la ectomórfica, la mesomórfica y la endomórfica.

Biotipología de Sheldon[5]

Tipología Física

Tipología Mental

Endomorfo

(Se corresponde con el pícnico de Kretschmer)

Viscerotónico

(Grueso, amante de la comida, relajado, pesado, de caminar lento y reflejos atrofiados. No demasiado inteligente, pero sociable y de buen humor)

Mesomorfo

(Es el atlético definido por Kretschmer)

Somatotónico

(Alegre, dinámico, aventurero y ambicioso. Muy dotado para la interacción social, enérgico y competente, pero de inteligencia media-baja)

Ectomorfo

(Gran desarrollo de las estructuras nervo-cerebrales).

Cerebrotónico

(meticuloso, cerebral, de pensamiento ágil y dinámico. Tiende a mostrarse muy severo y poco tolerante, sensible y amante de la intimidad).

William Herbert Sheldon
William Herbert Sheldon.

Sheldon apoyó su teoría en abundante investigación fotográfica, profusas mediciones antropométricas y análisis factoriales de tales medidas, lo cual le permitió llegar a establecer tres correlaciones –siempre estadísticas- más o menos constantes entre la complexión corporal del individuo y la psicopatología:

  • Constitución endomórfica predominante y psicosis maníaco-depresiva.
  • Constitución mesomórfica predominante y delincuencia en general.
  • Constitución ectomórfica predominante y esquizofrenia.

El neolombrosianismo siguió adelante durante la década de 1950 con aportaciones de relevancia, como las realizadas por el matrimonio compuesto por los criminólogos Sheldon y Eleanor Glueck[6], pero pronto se le fue acabando la cuerda en la medida que muy a pesar de su esforzado aparataje estadístico, siempre quedaban dudas en cuanto a la causaciones últimas y, por otro lado, lo que funcionaba para el colectivo, parecía mostrar escasa aplicabilidad en el ámbito individual. No es lo mismo decir, como hicieron los Glueck por ejemplo, que entre los delincuentes siempre había un mayor número de mesomorfos, que determinar que alguien podía ser delincuente por el simple hecho de tener un biotipo mesomórfico… ¿Qué hacer entonces con los millones de mesomorfos que no habían cometido delito alguno? ¿Habría que encerrarles como política preventiva? ¿Deberíamos sin más dejar de fiarnos de ellos o alejarlos de la vida pública? O, peor todavía, imaginemos que tenemos dos sospechosos de un delito que responden a biotipos diferentes, siendo las pruebas inculpatorias muy similares en ambos casos… ¿Hemos de sospechar principalmente del mesomorfo por la peregrina razón de que no es endomorfo?

Embriología comparada
Embriología comparada.

Como vemos estas sugestivas –e imaginativas- teorías se topaban en la práctica con dificultades insalvables al ser notoriamente erróneas en su planteamiento pues, como manifiesta Gregory, “1) la complexión puede influir en la conducta, sea de modo directo, o indirectamente al modificar las experiencias a las que está sometido un individuo; 2) la conducta puede influir en la constitución de modo directo, o de modo indirecto por modificación de algunos factores que actúan directamente en la constitución; o 3) la constitución corporal y la conducta pueden ser influidas de modo independiente por otro factor determinante; v. gr.: la ‘dote’ genética o las experiencias en relación con la pertenencia a una familia o grupo socioeconómico”[7]. O lo que es igual: resulta imposible determinar cuánto de lo que una persona “es” deriva de su constitución orgánica, de su genética, de su conducta o del ambiente… O, dicho de otro modo, no es posible determinar con perfecta exactitud cuánto de lo que una persona es en un momento dado se debe a factores filogenéticos y cuánto es producto de factores ontogenéticos –nature or nurture-.

El fracaso a la hora de establecer una biología del crimen ha inducido a los partidarios de los diferentes enfoques positivistas y fisiologicistas a adoptar nuevos puntos de vista, no menos estrechos que los descritos y tampoco excesivamente diferentes en el fondo, pero sí más difíciles de combatir al venir pertrechados de una verborrea “cientificista” –que no “científica”- y un ropaje tecnológico –no siempre claro ni coherente- de compleja factura, pero igualmente inútil a la hora de establecer evidencias y correlaciones claras.

Pero eso, no obstante, lo discutiremos otro día. Ahora lo que debes hacer es ir corriendo a un espejo, no vaya a ser que tengas algún parecido sospechoso y estés -mucho ojo- al borde del delito.


[1] Goring, Ch. (1913). The English Convict: A Statistical Study. His Majesty’s Stationery Office, London.

[2] Se ha tomado como referencia la 4ª edición española de 1967: Constitución y carácter: Investigaciones acerca del problema de la constitución y de la doctrina de los temperamentos. Barcelona, Labor.

[3] Hooton, E. (1939). The American Criminal: An Anthropological Study. Cambridge (MA), Harvard University Press.

[4] El blastodermo es el acumulamiento celular del embrión cuando se encuentra en estado de blástula. Está conformado por una o varias capas de blastómeros, o células resultantes de la división celular del huevo tras la fecundación, dispuestos periféricamente en torno a una cavidad a la que se denomina blastocele. La blástula es la fase embrionaria precoz que sigue inmediatamente a la segmentación del óvulo (o conformación de la mórula).

[5] Realizado a partir de Sheldon, W.H. (1954). Atlas of Men. New York, Harper & Row Publishers, Inc.

[6] Glueck, S. y Glueck, E. (1956).  Physique and Delinquency. New York, Harper & Bros.

[7] Gregory, I. (1970). Psiquiatría clínica. México D.F., Editorial Interamericana S.A. (2ª ed.), p. 114.

El paladín de la hipnosis

Tal y como Wilhelm Wundt (1832-1920) la presentó en 1879, la psicología como ciencia versaba sobre los procesos conscientes, que fueron asumidos por la propuesta introspeccionista como único área legítimo de conocimiento al tratarse del único que podría considerarse “empírico”. Ello propició que la constitución de la psicología como ciencia dejara de lado la explicación de fenómenos psíquicos evidentes como las alteraciones debidas a discontinuidades del consciente -sueños, amnesias- o los estados de sugestión inducida –hipnosis-, fenómenos que sin embargo eran bien conocidos desde la antigüedad y se encontraban en el fundamento de múltiples manifestaciones culturales. Así, la elección que Wundt justificaba a través de exigencias metodológicas, pronto fue contemplada como algo arbitrario. El caso de la hipnosis en particular y de la sugestión en general es paradigmático por cuanto la psicología se obstinó en sus comienzos en negar su existencia hasta que, finalmente, hubo de aceptarla si bien a regañadientes y con reservas, como un estado auténtico pero desusado de la mente.

Franz-Anton-Mesmer
El controvertido Franz Anton Mesmer. Genio para unos, charlatán para otros.

El primer paladín del hipnotismo fue Franz Anton Mesmer (1734-1815), un médico  austriaco de carácter visionario, que retomó las investigaciones de autores como Paracelso (1493-1541) y van Helmont (1577-1644), así como los testimonios del sacerdote Johann Joseph Gassner (1727-1779), quien se valía del hipnotismo en la práctica del exorcismo arguyendo que ciertas enfermedades estaban provocadas –cómo no- por posesiones demoníacas[1]. Sin embargo, Mesmer dio un giro radical a la comprensión del fenómeno al aplicarlo sistemáticamente al tratamiento de las enfermedades nerviosas.

El bautizado como mesmerismo se basaba en la teoría del magnetismo animal, según la cual todo ser vivo posee un fluido magnético que altera o rige su comportamiento inconsciente, y sobre el que se puede intervenir físicamente. Dicho fluido ocupaba el universo -como un éter- y, aseguraba Mesmer inspirándose en la clásica teoría humoral, la buena salud dependía del equilibrio del mismo dentro del organismo. Así pues, un manipulador eficiente del fluido magnético -o magnetizador, como gustaba de llamarlo- podría curar aquellas enfermedades relacionadas con los desequilibrios del fluido utilizando alguna suerte de magnetoterapia.

La popularidad del mesmerismo creció tan rápidamente que no tardó en desencadenarse un considerable revuelo en el seno de la medicina oficial, por lo que Mesmer fue acusado de curanderismo. Por intervención de Luis XVI, la Academia de Ciencias y la Facultad de Medicina de París arbitraron en la controversia para someter a examen la propuesta de Mesmer. La comisión creada al efecto concluyó que dicho fluido magnético no existía y que, de existir, tampoco era observable o manipulable en modo alguno. Pero no fue suficiente. La sugestiva teoría de Mesmer, paradójicamente impulsada por la interferencia de la academia parisina, se vio reactivada y despertó una polémica considerable así como el interés de un buen número de investigadores. Entre ellos se contaba el cirujano inglés James Braid (1795-1860), a la sazón acuñador del término hipnotismo.

James Braid
James Braid. Buscaba un anestésico y se encontró con la sugestión.

Interesado en la investigación de anestésicos que aliviaran el dolor de los pacientes durante la cirugía[2], Braid logró determinar que un paciente sometido a sueño inducido por hipnosis respondía al operatorio manifiestamente mejor que otro en condiciones normales. Cierto, concluyó Braid, que la hipótesis del dichoso fluido magnético era completamente falsa, pero no así la existencia del llamado estado mesmérico (o hipnosis), que podía ser perfectamente definido como un estado natural del organismo debidamente preparado y comparable en gran medida al del amnésico. Estas conclusiones, presentadas de manera incontestable, vieron la luz con la publicación en 1843 de su obra Neurohipnología.

Persistía, sin embargo, la reticencia oficial. De hecho, entre la aparición del libro de Braid y la publicación en 1864 del trabajo sobre la materia de Ambrose Liebault (1823-1904), el hipnotismo se había ido estableciendo como una práctica médica para cirujanos progresistas, aunque poco respetable y en muchos casos oculta, que venía a paliar la falta de anestesia en los quirófanos. Liebault, fundador de la conocida Escuela de Nancy (Lorena), resumía en su tratado los resultados obtenidos con un elevado número de pacientes sometidos a hipnosis y establecía una primera hipótesis acerca del origen fisiológico de lo que llamaba sugestión[3]. Sin embargo, para alcanzar alguna respetabilidad científica el hipnotismo debía ser defendido por alguna figura de gran peso académico.

Charcot, el visionario

Jean Martin Charcot
Charcot.

Jean-Martin Charcot (1825-1893), hijo de un modesto carrocero y el menor de cuatro hermanos, mostró bien pronto un talento extraordinario tanto para las artes plásticas como para los estudios, por lo que terminó siendo el elegido por el cabeza de familia para tales fines[4]. El hecho es que tras estudiar medicina, aunque nunca abandonaría sus intereses artísticos, se encontró ocupado en el Hospital de la Salpêtriere de París, y allí hubo de encargarse hacia 1870 de una sala dedicada a pacientes neuróticas y epilépticas de especial gravedad.

Se vio obligado de este modo a ampliar sus estudios, restringidos hasta entonces a la anatomía y la patología del sistema nervioso, hacia el campo de la histeria. Gracias a ello, se convertiría muy pronto en el líder intelectual de la llamada Escuela de la Salpêtriere, así como en uno de los neurólogos más eminentes de su tiempo. De hecho, cualquier médico de la época interesado en estos asuntos que quisiera hacerse respetar, tenía que contar entre sus méritos con el de haber sido becado para mantener una estancia con el gran Charcot. Bien dotado para la enseñanza y la investigación, se convirtió de este modo en un visionario de la psicopatología que no dudó en utilizar cualquier medio a su alcance. Entre ellos, claro está, se incluyó la hipnosis.

No se trata de una elección casual ni en lo científico ni en lo humano. Charcot siempre tuvo una visión espectacular de la ciencia que nunca se molestó en ocultar ni tan siquiera durante sus clases, que presentaba como auténticas exhibiciones. Hombre de mundo -conocía un buen número de idiomas y citaba a los clásicos de la literatura desde el original-, casado con una viuda inmensamente rica, dotado de un excelente don de gentes, mantenía un estilo de vida fastuoso y contaba entre sus amigos personales a los más importantes nobles, burgueses y políticos de su tiempo. No es extraño, pues, que Francia considerara a Charcot como una especie de príncipe científico, patrimonio nacional que demostraba al mundo el genio francés. Tampoco sorprende que la imagen de Charcot -unida a su innegable talento- obnubilara completamente a quienes estudiaron con él, incluido el posteriormente no menos célebre Sigmund Freud[5].

Charcot en La Salpetriere (Andre Brouillet)
Este célebre óleo de Brouillet nos ofrece una idea perfectamente clara de cómo entendía Charcot sus “exhibiciones” científicas y de cómo presentaba el fenómeno de la hipnosis. De hecho, las sesiones públicas como ésta, que ofrecía en La Salpêtriere los martes y los jueves, llegaron a convertirse en visita obligada para periodistas, escritores, músicos y artistas en general.

Los primeros contactos de Charcot con la histeria –la grande neurose– le llevaron a la desorientación por cuanto las pacientes no parecían tener daños visibles en el sistema nervioso. Hasta entonces, había supuesto como el grueso de la comunidad científica que la neurosis, en cualquiera de sus formas, era reductible a lo anatómico. Es cierto que Charcot nunca renunció a la idea de que la histeria era una enfermedad de carácter neurológico, pero la falta de referentes empíricos le llevó a reconocer el valor del hipnotismo como herramienta de trabajo. El hecho era que mediante hipnosis se podía inducir en la paciente episodios de histeria a conveniencia y en diferentes niveles, de suerte que podían ser estudiados fácilmente[6]. Así pues, el interés de Charcot por la hipnosis nunca fue terapéutico sino experimental en la medida en que permitía acceder a complejos procesos somato-psíquicos.

Tras diez años de investigación, Charcot estableció que el estado hipnótico era una condición patológica en la que ciertas personas estaban predispuestas a entrar. Así, en 1882, expuso sus conclusiones en la Academia de Ciencias de París, consiguiendo avalar de este modo, a través de su reputación científica aunque no sin polémicas ulteriores, el empleo del hipnotismo como método de trabajo “ortodoxo”.


[1] Sánchez-Barranco, A. (1993). Técnica psicoanalítica. Desarrollo histórico, conceptos básicos y fundamentos epistemológicos. Sevilla, España: Arquetipo Ediciones.

[2] Recuérdese que la anestesia farmacológica se presentó en la década de 1840, y que empezó a popularizarse como práctica terapéutica en las de 1850 y 1860, con la aparición del cloroformo y del éter.

[3] Santamaría, C. (2001). Historia de la psicología. El nacimiento de una ciencia. Barcelona: Ariel.

[4] Cagigas, A. (2000). Introducción. En: J.M. Charcot y P. Richer, Los endemoniados en el arte. Jaén, España: Ediciones del Lunar.

[5] Breger, L. (2001). Freud. El genio y sus sombras. Buenos Aires, Argentina: Ediciones B.

[6] En la antigüedad se creía que el útero era un órgano móvil, que deambula por el cuerpo de la mujer, causando enfermedades cuando llega al pecho. A ese movimiento se le atribuían los trastornos sintomáticos de la histeria como las convulsiones. Así pues, la etimología de la palabra (del francés hystérie, y éste a su vez del griego ὑστέρα, “útero”) asume que la histeria es una enfermedad del útero y, por lo tanto, propia de la mujer. Actualmente, y como es obvio, se considera que que no existe relación alguna del trastorno con el útero y que, por consiguiente, no es una entidad exclusiva de las mujeres, por lo que la denominación “histeria” se encuentra en desuso en beneficio de otras como la de “trastorno de conversión”.