El emperador gladiador

Marco Aurelio
El emperador Marco Aurelio (121-180).

Resulta notable advertir que los hombres más inteligentes, capaces y amables a menudo son también los menos dotados para ver las maldades y defectos de aquellos que les rodean. De hecho, la afabilidad de su carácter suele narcotizar su inteligencia a tal respecto. Eso decía Edward Gibbon del emperador romano Marco Aurelio en las páginas de su Historia de la decadencia y caída del Imperio Romano y, en efecto, resulta harto chocante que este hombre ciertamente notable, culto, excelso pensador, gran estratega y hábil político, fuera al mismo tiempo tan ciego como para no advertir la corrupción enquistada entre sus amigos más cercanos, su familia, e incluso en su progenie.

Su esposa Faustina, bella como pocas, era también célebre en toda Roma por sus perpetuas aventuras amorosas. Pero lo más escandaloso resultaba ser que, cautivado por las carantoñas de su mujer, Marco Aurelio llegó incluso a apoyar el ascenso en la escala social y política de muchos sus amantes a lo largo de los treinta años que duro un matrimonio que, en las Meditaciones,el emperador-filósofo asumía como muy dichoso. Con todo, el peor error de este hombre inteligente fue no comprender los defectos inherentes a la malsana y disoluta personalidad de su hijo Cómodo.

En manos de un inepto

El hecho es que, pese a conocer de primera mano todas y cada una de sus faltas de talento y las tachas de su personalidad, aún a pesar de que puso a disposición del joven los mejores tutores y maestros sin éxito alguno, Marco Aurelio, tras culminar la conquista de Germania y llevar el Imperio a su momento de máximo esplendor, creyó que este tipo incapaz e inmoral que era Cómodo podría llegar a gobernar con eficacia. Entendámonos: no es que Cómodo fuera un psicópata perverso como se ha llegado a escribir –o como vende Ridley Scott en su muy discutible Gladiator (2000)-, sino que era simple, débil y tímido, lo cual hizo de él una marioneta perfecta para toda suerte de manipulaciones y engaños por parte de un elevado número de malas compañías que Marco Aurelio había alejado de él por la vía del destierro. Quizá fuera este el peor error del sabio: no entender que tras su muerte aquellos desterrados que tan fácilmente influían en su sucesor, volverían a él. La cabra tira al monte, qué se le va a hacer.

Comodo Joaquim Phoenix
El actor Joaquim Phoenix encarnando al Cómodo de la versión cinematográfica de Ridley Scott… Cualquier parecido con la realidad es meramente incidental.

En efecto, cuando Cómodo recibió la aclamación del Senado en el año 180 los desterrados reaparecieron. Más o menos tres años duró el buen gobierno que Marco Aurelio garantizó al dejar a Cómodo rodeado de expertos consejeros que, en realidad gestionaban en la sombra pues el joven emperador, poco amigo del trabajo, pasó la mayor parte de este tiempo dedicado a la holganza y la buena vida rodeado de todos aquellos amigotes que le doraban la píldora. Sin embargo, Gibbon nos explica que durante el año 183 se produjo un episodio que muy probablemente desestabilizó sin remedio la ya frágil personalidad de Cómodo: fue víctima de un atentado contra su vida instigado por su propia hermana, Lucila. Ciertamente, los conspiradores fueron identificados, detenidos y castigados, incluida la propia hermana de Cómodo, que primero fue desterrada y posteriormente ejecutada[1]. Sin embargo, el asesino enviado por Lucila dijo algo al saltar sobre el joven emperador, espada en mano, desde la oscuridad de una de las puertas del anfiteatro: “de parte del Senado”… Se desconoce el motivo por el cual el agresor obró de este modo por cuanto se demostró que solo un senador, Claudio Pompeyano, amante de Lucila por lo demás, podría estar remotamente implicado en el complot, pero el evento despertó en Cómodo un odio tan visceral hacia el Senado que le indujo a una persecución tan despiadada como injustificada del mismo.

Cómodo
Supuesto busto de Cómodo (161-192) representado con sus atributos favoritos como el “Hércules Romano”. Es difícil saber cuánto de fiel es a la realidad, pero al menos en esta versión el parecido con su padre resulta ciertamente notable.

A matar, se aprende

La primera acción de Cómodo fue la de instaurar una red de delatores –costumbre que había caído en desuso- dedicados a buscar entre los senadores cualquier atisbo de traición. Y, como es lógico en estos casos, ser representante del pueblo se convirtió en un auténtica profesión de riesgo… Especialmente si se era singularmente rico, afecto al viejo Marco Aurelio, o remotamente crítico con las costumbres disolutas del nuevo emperador… En suma, cualquier censura o comentario inapropiado se convirtió en semilla de traición, motivo de juicio y causa de muerte. Y esto llevó al segundo evento relevante: cuando este simple timorato que era Cómodo probó el sabor de la sangre se convirtió –ahora sí- en un monstruo insaciable.

Y entretanto Cómodo gozaba de sus festines de sangre y lujuria, comenzó a delegar las más elevadas tareas del gobierno en algunos de aquellos amigotes trepas que, por supuesto, cometieron tantos desmanes como el lector pueda suponer. Destaca entre ellos un tal Perenne, quien se había elevado al rango de favorito haciendo matar a su predecesor, se había agenciado el mando de la Guardia Pretoriana, y había colocado a su propio hijo en un puesto preeminente del ejército. El hecho es que Perenne pretendía llegar a emperador y sería ejecutado en el año 186 cuando sus maniobras fueran descubiertas gracias al inesperado concurso de las legiones destacadas en Britania que, hartas de su pésima gestión, enviaron una delegación de 1500 hombres a Roma exigiendo su muerte para mantenerse fieles a Cómodo.

Este evento, que unos legionarios distantes –diríase que marginales- fueran capaces de retorcer el brazo del emperador al punto de deponer a uno de sus ministros, denota perfectamente el nivel de degradación que el Imperio había alcanzado en apenas seis años desde la muerte de Marco Aurelio. Un caso entre otros. Por ejemplo, muchos soldados, dadas la pésima gestión y la grave relajación de la disciplina, comenzaron a desertar por todas partes para dedicarse al bandidaje e incluso formaron un pequeño ejército en torno a la figura de otro soldado raso llamado Materno. Tropa que hubo de ser duramente combatida y que estuvo a punto de atentar, incluso, contra el propio Cómodo en las mismas calles de Roma.

El sucesor de Perenne, Cleandro, no era de mejor pasta. Se trataba de un esclavo liberto, harto avaricioso, que llegó al gobierno a través del sabio uso de la entrepierna del joven emperador, lo cual motivaba que su influencia sobre él fuera todavía mayor que la de su predecesor. Cleandro alcanzó tal grado de corrupción que vendía los cargos públicos a los ciudadanos previamente escogidos para ello y no convenía negarse a aceptar la oferta de, digamos, un consulado, si esta llegaba. Posteriormente, comenzó a vender incluso las sentencias de los tribunales al punto de que un criminal enriquecido podía librarse de una merecida condena previo pago de un buen dinero, e incluso pagar para que se flagelara a sus acusadores y al mismo juez que había instruido la causa. Como es de suponer, en esta situación la justicia se torno en todas partes –especialmente en las provincias- arbitraria, venal y vergonzosa. Eso sí: Cleandro se hizo riquísimo a la par que, a decir de muchos, hizo bueno al desaparecido Perenne.

El inevitable descontento popular estalló en el año 189, cuando la peste y el hambre asolaron Roma sin que pudiera hacerse gran cosa al disponer el ambicioso Cleandro del control del monopolio del trigo. La rebelión comenzó en el circo y se extendió por toda la ciudad hasta llegar a las mismas puertas del palacio. La Guardia Pretoriana se lanzó contra la muchedumbre ejecutando una verdadera masacre, pero en última instancia se vio superada en número y hubo de retirarse… Lo chocante es que Cómodo ignoraba todo esto. Resulta que había instaurado la estúpida costumbre de que quien le contaba malas noticias o desgracias era ejecutado inmediatamente y, así, habría sido aplastado por la masa si su hermana mayor y su concubina, Fadila y Marcia, no se hubieran atrevido a irrumpir en sus aposentos llorando. ¿La solución? Cómodo ordenó a los pretorianos que lanzaran a la plebe enardecida la cabeza de Cleandro… Y resulta que el gesto funcionó (todo esto me parece extrañamente familiar).

Espadas de plomo

A estas alturas la degeneración del emperador, en todo caso, era ya total. Se dice que pasaba las horas muertas en una orgia constante dentro de un harén en el que había dispuesto 300 mujeres y muchachos seleccionados por él mismo. Y, entre episodio y episodio de lujuria, Cómodo se dedicaba a su segunda gran afición: las armas. Enredado en luchas de gladiadores amañadas, cacerías y agotadoras sesiones de tiro con arco, se autoproclamó como el “Hércules romano”. A tal punto llegó su inaudito vicio que ideó el espectáculo definitivo –tan extraordinariamente vergonzoso como quepa imaginar para un romano- y fue el de exhibir al emperador luchando por sí mismo en la arena del coliseo y, además, cobrando por ello un oneroso estipendio. Una completa infamia que Cómodo repitió hasta en 735 ocasiones durante las cuales, por supuesto, sus oponentes no podían hacer otra cosa que huir o defenderse hasta la muerte, pero jamás agredirlo. Obviamente, y a fin de que en la comprensible desesperación ninguno de sus oponentes decidiera morir matando, Cómodo se aseguraba de que no pudieran defenderse al dotarlos con inútiles armas de plomo.

Gladiadores

Cabría pensar que la muerte de Cómodo fue el resultado de una conspiración urdida en las entrañas del Senado o entre los mandos de sus legiones, pero no fue tal. Ni siquiera cayó víctima de un ciudadano humillado, deshonrado o destruido por sus iniquidades y su mal gobierno. Al contrario; fueron sus favoritos más cercanos, temerosos de verse desplazados o ejecutados por el voluble capricho del emperador, quienes decidieron darle muerte para salvar su propio pescuezo. Así su concubina favorita, su amante ocasional y el jefe de los pretorianos –Marcia, Eclecto y Leto- urdieron un plan para asesinarlo mientras dormía y, en efecto, así lo hicieron estrangulándolo a la vuelta de una de aquellas agotadoras cacerías suyas. Luego sacaron en secreto su cadáver del palacio y lo destruyeron.

Y no pasó nada.


[1] Recuerde el lector que en la revisión cinematográfica de Scott a la tal Lucila se la pinta como una dama honorable que lucha de manera inquebrantable contra su hermano por ser un tirano. Lo cierto es que Lucila obró de tal suerte por sentirse relegada a un segundo plano y alimentar un fuerte sentimiento de envidia hacia la emperatriz. Lo que viene siendo una conspiración palaciega por un quítame allá esas pajas bastante normalita y ramplona, para que nos entendamos.

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Melodía de seducción

landru
Que alguien me explique cómo este adefesio de tipo logró sorberle el seso a un montón de señoras… O era el seductor perfecto, o había mucha necesidad.

Nacido en París el 12 de agosto de 1869, e hijo de un modesto industrial y de una costurera, la infancia de Henri Désiré Landrú no fue lo que se dice mala. Sí estrecha en lo económico, pues no entraba mucho dinero en el hogar porque los oficios del padre daban para poco, pero en general resultó decente y aseadita. Muy probablemente fueran estas limitaciones monetarias de la infancia y la juventud que pasó el pequeño Landrú, absorbido entre los estudios y la religión más estricta, lo que hizo de él un hombre obsesionado con el dinero y la “dolce vita”.

Tras terminar los estudios elementales, su padre se las ingenió para que entrase a trabajar como aprendiz en un estudio de arquitectura. Su idea era que el joven, que no era nada tonto y había dado buena prueba de ello, con tiempo y ayuda tal vez pudiera terminar estudiando la carrera y disfrutando del futuro que él nunca tuvo. Pero no fue posible pues con los veinte años recién cumplidos el joven Henri, que ya apuntaba maneras de seductor y cierta habilidad para el tema sexual, dejó embarazada a una prima con la que se vio obligado a contraer matrimonio. Poco después le sobrevino otro contratiempo pues hubo que cumplir con sus obligaciones militares.

El hecho es que, a la vuelta, Henri encontró que el sueldo que le procuraba su trabajo en el estudio era escaso y había varias bocas a las que mantener, por lo que entre 1902 y 1914 se decide a cometer varios delitos menores, pequeños robos y estafas, por los que cumplirá tres condenas cortas. La vergüenza del padre de Landrú, hombre muy recto y honrado, ante la conducta de su hijo fue tan grande que paulatinamente se fue sumergiendo en una grave depresión que terminaría empujándole al suicidio.

Sin embargo el drama familiar no alteró los puntos de vista de Henri, quien se mantenía como un apasionado del dinero fácil y gustaba de la ropa elegante y de la vida lujosa. Mala combinación para un hombre modesto: ínfulas y miseria. Así, en lugar de reconducir sus actitudes lo que hizo fue idear una nueva modalidad de estafa… En esta ocasión mucho más terrible, despiadada y sanguinaria. Le sirvió de no poca ayuda para sus fines el hecho de encontrarse Francia inmersa en la Primera Guerra Mundial (1914-1919) y ser por ello los hombres en edad casamentera una especie bastante escasa, una coyuntura que decidió aprovechar en su propio beneficio.

El moderno Casanova

A partir de 1914 comienza a publicar en los diarios un anuncio, siempre el mismo, que decía textualmente: Señor serio desea casarse con viuda o mujer incomprendida entre 35 y 45 años. Las respuestas a tal llamamiento, créanme, eran masivas. Landrú, consecuentemente, procedía a un meticuloso proceso de selección de las cartas que se le enviaban a un código postal y que estudiaba con mucha atención. Incluso elaboraba fichas de sus remitentes a fin de organizarse como es debido. Todo muy meticuloso y organizadito. Además, algo tenía que hacer para matar el tiempo porque era un hombre tan meticuloso y dedicado que no bebía, no fumaba, y además era vegetariano desde siempre.

Sea como fuere, aquellas mujeres que manifestaban no tener fortuna eran inmediatamente desestimadas por el casadero, entretanto las que parecían rentables a sus fines recibían una respuesta en la que Landrú, sutilmente y valiéndose de identidades falsas, les solicitaba informes acerca de su estado económico y familiar.

A pesar de su prominente calvicie y escuálido aspecto -lo cual convierte el asunto en mucho más incomprensible si cabe y nos muestra cuánta mitología chorra se escribe por ahí en torno a estas cuestiones-, Landrú era todo un Casanova que seducía con sus maneras elegantes, suaves, galantes y educadas a estas mujeres solteronas o viudas de posición acomodada, siendo de su predilección las víctimas solitarias, sin familia o que mantenían escaso contacto con sus parientes. Su plan de acción era muy simple y en ello residía la eficacia: tras enredar a las mujeres en su red de mentiras y asegurarse de haberse convertido el beneficiario de sus seguros de vida así como de otras propiedades, las haría desaparecer.

Sorprendentemente, la motivación de Landrú para poner en práctica esta macabra estrategia económica fue tan prosaica como la de sacar adelante a su auténtica familia. El crimen más abyecto convertido en respetable profesión. Así son estos tipos. De hecho, tenía ya cuatro hijos como fruto de la unión matrimonial con su prima y las penalidades hogareñas no eran pocas… Y la verdad es que ni su esposa ni sus retoños se preguntaron jamás –llegaron a afirmar que ni tan siquiera lo sospechaban- de qué modo se ganaba la vida el cabeza de la familia a pesar del nivel de vida inusitadamente creciente en el que se vieron envueltos en aquellos momentos de especial carestía. No hay peor ciego que el que no quiere ver, ni listo más eficiente que el que no pregunta. Cabe la posibilidad de que Landrú ideara alguna clase de mentira para encubrir sus verdaderos quehaceres. También la de que a su auténtica familia, acostumbrada a nuevas holganzas y beneficios, no le importara un pimiento de donde salía el dinero.

Identidades falsas 

Su primera identidad falsa fue la de Diard, un próspero inspector de correos procedente de Lille. Con ella atrajo a la primera de sus víctimas, una viuda llamada Jeanne Cuchet, de 39 años. La mujer vivía con un hijo de 17 años y su cuenta bancaria era sustanciosa. Landrú, bien provisto de psicología parda como corresponde al buen mentiroso y al estafador eficaz, se dio cuenta de inmediato de que su víctima tenía graves carencias afectivas y supo trabajársela en el terreno emocional. Además, como supuesto miembro prominente de correos, prometió a la señora que podría colocar a su hijo como funcionario en la administración pública. El trato era bueno y los dos se fueron a vivir con él, en 1915, a un apartamento que Henri había alquilado en Vernouillet. Ambos desaparecieron poco después sin dejar rastro ni provocar el más mínimo oleaje.

Este primer éxito -pues el criminal había descubierto el trágico hecho de que se podía liquidar a dos personas solitarias sin llamar la atención- le alentó en sus propósitos y, a partir de entonces, repitió la operación en ocasiones sucesivas con otras mujeres cuyas edades oscilaban entre los 45 y los 50 años. Tras prometerles el cielo con sus buenos modos y su pose de hombre respetable, cortés y afectivo, luego de convencerlas de que se casaría con ellas a lo largo de varios viajes como amantes, ellas le cedían todas sus posesiones y con ello firmaban su sentencia de muerte.

Henri descuartizaba los cuerpos y hacía desaparecer los restos cremándolos en la caldera de la calefacción con gran sutileza. Poquito a poco. Pedacito a pedacito. Como el buen ratoncillo que era.

Bien pronto, sin embargo, el apartamento de Vernouillet empezó a parecerle poco discreto –especialmente porque al vecindario se le iba haciendo raro ese ir y venir de mujeres diferentes-. Dado que su fortuna personal había alcanzado una buena cifra, Landrú alquiló un chalet en Gambais conocido como L’Ermitage -o La Ermita- a fin de continuar con sus correrías en un entorno más íntimo. Por lo demás, su vida familiar era prácticamente la normal y esperable en un hombre de negocios que se ve obligado a viajar con mucha asiduidad. Visitaba a sus hijos con gran frecuencia y regalaba constantemente joyas carísimas a su auténtica mujer. Lo cierto es que la trama urdida por Henri estaba tan bien trenzada que resultaba prácticamente imposible a propios y extraños imaginar su doble vida.

El curriculum macabro de Barbazúl, pues su longilínea barba era negra como el azabache, empezó a verse comprometido cuando unos familiares lejanos de su quinta futura esposa, la señora Collomb, no quedaron conformes con la súbita desaparición de la mujer y empezaron a hacer preguntas por ahí. Escribieron al alcalde de Gambais pidiendo noticias acerca de ella y de un tal señor Dupont con el que, al parecer, había sido vista por última vez. Posteriormente, los parientes de la séptima víctima de Landrú, la señora Bouisson, obraron de idéntico modo. En este caso, informaron de que la mujer había sido vista allá por última vez con un tal señor Frémyet.

El alcalde de Gambais, superada la primera perplejidad, ató cabos e imaginó que ambas desapariciones, en tan corto espacio de tiempo, debían guardar alguna clase de relación. Además, no le sonaba el nombre de ningún Frémyet, pero sí recordaba el de un tal Dupont que tiempo atrás había alquilado el chalet de l’Ermitage. Puso entonces estos detalles en conocimiento de la policía que, tras algunas pesquisas entre el vecindario, obtuvo una vaga descripción del tal Dupont: un hombre de estatura mediana, calvo y con barba negra y larga. Luego recomendó a la familia de la señora Bouisson que interpusiera la pertinente denuncia de desaparición para formalizar la persecución del sospechoso.

Y la vida, que es extremadamente curiosa en su forma de tejer las cosas, nos procuró la rocambolesca casualidad de que en el mismo día que la hermana de la señora Bouisson cursara la denuncia, mismamente al salir del juzgado, fuera a cruzarse con un hombre que respondía a la descripción ofrecida por las autoridades del tal Frémyet-Dupont. El interfecto se encontraba en una tienda de la Rue Rívoli de París acompañado de la que había seleccionado como su siguiente víctima: Fernande Segret.

Se cierra el cepo 

La policía obró con diligencia y cautela, como es debido. Se presentó para interrogar al propietario de aquel comercio y supo de este modo que el sospechoso le había dejado una tarjeta de contacto: Lucien Guillet, 76, Rue Rochechouart, Gambais… Era la dirección del ya famoso  l’Ermitage.

Los agentes pudieron acortar plazos pero teniendo ya al sospechoso controlado, decidieron ser pacientes y no forzar la situación. Así, esperaron a que Landrú se encontrara en el chalet. Dado que el tío era -encima- un gran aficionado a la jardinería y dedicaba sus horas libres a cultivar el excelente vergel que rodeaba la propiedad, fue allí mismo detenido como principal sospechoso de las misteriosas desapariciones de mujeres casaderas. Corría el 13 de abril de 1919. Un posterior registro sacó a la luz todas las posesiones de sus víctimas así como los restos de cenizas humanas calcinadas, que Landrú guardaba en el cobertizo de la finca. No obstante, dado que los restos humanos encontrados eran exiguos e inidentificables -apenas 996 gramos de cenizas-, tampoco había testigos y los muebles y joyas encontrados no constituían una evidencia incontestable, lo que mejor vino a la acusación fueron los mezquinos libros de contabilidad que llevaba Henri Desiré Landrú.

En efecto. Tanto era el amor del avaricioso Barbazul por el dinero que en sus libros estaban detallados, incluso, los precios de los billetes de tren que consumía en el trayecto París-Gambais. Con perfecta meticulosidad contable. Para el terrible Landrú toda aquella barbarie era, simplemente, un negocio como cualquier otro. La estancia en prisión subsiguiente duró dos años y copó portadas en la prensa francesa en particular, y en la europea en general. De hecho, aburridos por las reiterativas noticias bélicas, los franceses siguieron el culebrón del hombrecito asesino con suma fruición e interés.

Frío, meticuloso, bromista, educado y calculador, Henri defendió en todo momento su inocencia, jamás confesó los crímenes -pese a las tediosas sesiones de interrogatorios a las que fue sometido-, ni expresó arrepentimiento alguno por ellos durante el tiempo que permaneció en prisión. De hecho, pasaba las horas muertas en su celda estudiando minuciosamente los expedientes de su caso y recibiendo cartas de admiradoras dispuestas a contraer matrimonio con él -se lo ruego, créanme de nuevo-. Más aún. Llegó a hacerse tan simpático a algunos sectores de la opinión pública que, entre bromas y veras, se reunieron unas cuatro mil firmas para proponerle como candidato a presidente de la república en las elecciones de 1919. Vivir para ver. La prensa había convertido a Landrú en todo un fenómeno mediático con las imprevisibles consecuencias que ello suele provocar.

El juicio del hombrecito calvo de perfil aguileño duró tres semanas. La defensa de su abogado, Moro-Giafferi, fue talentosa y en algunos momentos tan eficiente que llegó a sembrar la duda acerca de la culpabilidad de su cliente. Pero no alcanzó el éxito final. Fue por ello que cuando resultó condenado a muerte, Landrú, con gran aplomo, le dijo: le he confiado una causa difícil, digamos desesperada. En fin, no es la primera vez que condenan a un inocente. Sí, maestro, digo bien: inocente. Por supuesto, Moro-Giafferi acogió las últimas palabras que intercambió con su defendido con sumo escepticismo, pero bien es sabido que el que paga, manda.

Se le guillotinó a las puertas de la cárcel de Versalles en la madrugada del 22 de febrero de 1922. Igual también llevó la cuenta de eso.

Ejecucion
Landrú camino del patíbulo.

Las víctimas de Landrú

  • Señora Cuchet. Viuda, 39 años.
  • Hijo de la Sra. Cuchet. Soltero, 17 años.
  • Señora Guillin. 51 años. Era poco agraciada pero su fortuna se elevaba hasta unos impresionantes 20000 francos de entonces.
  • Señora Héon. La primera victima de l‘Érmitage.
  • Señora Collomb. Viuda, 39 años.
  • Señorita Andrée Bateley. Fue la excepción, y además en estos casos de asesinos que seleccionan a sus víctimas siempre hay al menos una diferente. Tenía 19 años y era guapa aunque sin dinero. No contestó a las cartas de Landrú directamente, pero éste se encaprichó de ella durante un encuentro casual en el metro, y la sedujo pese a ser feo con avaricia. Algún secreto debía tener el buen hombre.
  • Señora Buisson. Muy virtuosa, Landrú tuvo que asediarla durante dos años antes de que cediera a mantener relaciones.
  • Señora Jaumes. Era muy católica. Aceptó las propuestas de Landrú sólo cuando este se comprometió formalmente a casarse con ella.
  • Señora Pascal. Joven y guapa para aquellos días, pero sola en la vida, muy desgraciada, y necesitada del apoyo de un hombre para sobrevivir a los estándares de la época. Tuvo la mala suerte de que Landrú fuese el único dispuesto y, por supuesto, resultó víctima de sus debilidades psicológicas. De hecho, no las tenía todas consigo pues antes de marchar a la casa de Gambais escribió a una de sus tías: no sé qué hay en él, pero me asusta. Su mirada ceñuda me angustia. Parece el diablo… Pues hija…
  • Señora Marchadier. Una antigua prostituta que había logrado una posición acomodada a costa del oficio más antiguo del mundo. Cuando se alojó en l’Ermitage llevó consigo tres perros que también desaparecieron.
  • Señora Segret. Era la siguiente víctima en la lista negra de Landrú. Afortunadamente para ella el criminal fue detenido antes de culminar la fase de cortejo.
victimas
Las víctimas de Landrú recopiladas en los diarios de la época. Puede que algunos de los nombres no coincidan con los de la lista arriba expuesta o que alguna no aparezca, pero ocurre que las fuentes son contradictorias, de modo que he optado por dejar las cosas estar.

Cuidado con el bromista

Batman
El Batman de la época de Neal Adams, uno de los mejores de todos los tiempos, coincidió con la resurrección del Joker, un personaje que iba de capa caída (y nunca mejor dicho).

Sadismo sobreactuado y una ilimitada capacidad para el mal. Un deseo irracional, injustificado e incluso absurdo a menudo de destrucción. Tánatos freudiano desatado, en estado puro, básico y carente de matices… Esta es la clave fundamental de la villanía total que se nos presenta en la ficción y, por ello, todo ser humano con independencia de sus orígenes es capaz de comprenderla. Así ocurre que esta clase de malvado de la ficción resulta tan universal que ha llevado, a menudo, a la caricaturización de los verdaderos criminales. A una simplificación absurda e injustificada de sus actos que ha conducido a imaginarlos como simples imitadores de los villanos de ficción. Al malo de película, al malo de la novela o al malo del tebeo se le comprende porque es plano, es mecánico, es simple, es burdo, y a menudo ni tan siquiera necesita justificarse. Y esto gusta porque es sencillo. Nada de ello, claro está, funciona o es aplicable al “malo” real, pero la cultura popular pesa y ejerce un influjo tan fuerte en nuestras vidas, en nuestras cosmovisiones de la realidad, que a menudo nos resulta imposible deslindar el tópico del hecho y la realidad de la ficción.

Pensemos en el Joker, el archienemigo de Batman. Su primera aparición se produjo en el número 1 de la serie Batman (1940), presentándose como un tipo de singular aspecto ridículo –que refleja precisamente y con sumo acierto su disparatada psicología-, cuya creación conceptual fue concebida por el asistente de arte Jerry Robinson y luego rediseñada por el guionista Bill Finger y el dibujante Bob Kane, quien basó el aspecto final del personaje en las fotografías del actor Conrad Veidt que Finger le entregó. Veidt había protagonizado la adaptación fílmica de El hombre que ríe (1928), producción muy exitosa que adapta la novela homónima que Victor Hugo publicó en 1869, y cuyo argumento es una ácida y tremenda crítica a la aristocracia de su época. El hecho es que Veidt adoptó un trágico y estremecedor aspecto muy similar al que luego sería el planificado por Kane para representar a su villano.

Conrad Veidt
Conrad Veidt encarnando al “hombre que ríe”. La inspiración de los creadores del Joker es más que obvia.

El Joker ha pasado décadas hostigando al murciélago sin descanso, sembrando el cáos en Gotham City por simple placer. Como si de un juego se tratara. No le importan el dinero, la riqueza o el poder. Sólo la destrucción. Es el villano total, el malo mecánico incapacitado para cualquier otra cosa que no sea la maldad en sí misma y al que, precisamente por ello, no se puede vencer o reducir. Pero lo más interesante es que este tipo de malo ficticio e imposible funciona excepcionalmente bien de cara al público y se convierte en el resorte necesario al que han apelado tradicionalmente los diferentes editores de Detective Comics cuando las ventas de tebeos descendían. No en vano, el Joker ha sido nombrado el octavo mejor personaje de cómics por prestigiosas publicaciones especializadas como Empire Magazine, así como el quinto por la Wizard Magazine. Asimismo, en el año 2008, alcanzó el puesto número uno en la lista de los cien mejores villanos del tebeo de todos los tiempos, clasificación también publicada por Wizard.

Sin embargo, la personalidad del Joker ha pasado por diversas fases que reflejan diferentes momentos históricos bien definidos. La idea original, como corresponde a su tiempo y a las innegables influencias culturales que posee el personaje, fue la de un brillante criminal sociópata, sádico pero dotado de un extraño sentido del humor, impactante, de intenciones claramente amorales. Se trata, en suma, de la representación preclara del cáos -que no de la anarquía, que no es lo mismo-, el crimen y la destrucción, en contraposición al orden, la moralidad y la justicia extrema, también algo absurda a su manera, que encarna el personaje de Batman.

La siguiente representación del Joker -muy influida por el peso del Comics Code-, es la de aspecto “camp”[1] que fue la popularizada en las décadas de 1950 y 1960. Aquí adoptó la forma de un excéntrico ladrón de opereta, algo torpe, infantil, falto de cariño y con un especial aprecio por los chistes horteras, tontorrones, y la parafernalia bufonesca. Sería esta segunda versión inocentona, descolorida y absurda del personaje la que se popularizó mundialmente. Este Joker desvirtuado, el villano total descafeinado, sería lentamente atenuado a mediados de la década de 1970 para regresar paulatinamente a la inspiración originaria de sus creadores.

El Joker así resucitado, oscuro, de los setenta ha ido ganando con el paso de los años en efectismo visual, chismorreo psiquiátrico y parafernalia pseudofilosófica, pero también perdiendo trasfondo si pensamos en la autenticidad de sus orígenes. En efecto, se ha terminado convirtiendo en esa simplificación del crimen, de la villanía, a la que antes aludíamos. Para muestra un botón: “No sé en qué pensaba, o si pensaba en algo. Lo del Joker, por lo que estaba descubriendo, no era pensar… sino actuar. Y siempre en persona. Supongo que podría decirse aquello de ‘si quieres un trabajo bien hecho…’ ¿O quizá disfrutaba del ‘trabajo’? Incluso se enorgullecía como un artista. No es que yo entienda de arte, pero como reza otro dicho, ‘uno sabe lo que le gusta’”[2].

Evolucion del Joker
Evolución estética del Joker a lo largo de las décadas.

Como se deduce de la cita, un malo plano y sin sutilezas, porque sí, extenuante y a menudo rayano en el más completo absurdo, pero sorprendente sin embargo, atractivo y cautivador de cara al espectador a causa de su apariencia monstruosa y pervertida. Su homólogo cinematográfico y literario más obvio quizá sea el psicópata favorito de todo el mundo: Hannibal Lecter, el psiquiatra asesino creado por Thomas Harris que como podemos comprobar no inventó absolutamente nada y se limitó a parodiar a los psicópatas reales, tal cual el Joker se ha terminado parodiando a sí mismo con el paso del tiempo. Tal vez suceda que la realidad nos resulte a todos tan extremadamente aburrida que sea necesario reconstituirla desde su misma esencia, aunque sea mediante falacias.

Hannibal Lecter
El actor Anthony Hopkins encarnando al psicópata imperfecto. Las cosas construidas justo como no suelen ser, se venden mucho mejor. Paradoja.

[1] El “camp” es una forma estética que basa su atractivo en la ironía y un punto de mal gusto cercano a la horterada. El término apareció en 1909 y se utilizaba para referirse a las conductas afectadas, exageradas, histriónicas, teatrales o afeminadas. Durante la década de 1960 el concepto redibujó sus contornos para definirse como banalidad, artificio y mediocridad tan extrema como para provocar la atracción. La escritora norteamericana Susan Sontag, en su ensayo publicado en forma de libro en 1966, Notes on Camp (New York: Farrar), enfatiza el artificio, la frivolidad, lo naif, y la presuntuosidad.

[2] Azarello, B. y Bermejo, L. (2009). Joker. Barcelona: Planeta DeAgostini (Traducción: Diego de Los Santos).

El intríngulis de Jardiel

La Lluvia en la Mazmorra


“No lo sé. Procuro no dar consejos. Creo que todo el mundo aconseja, no por bondad y desprendimiento, sino porque el consejo lleva implícita la inferioridad del aconsejado y eso les hace sentirse mejor”.

Juan Ramón Biedma


Yo mismo he repetido –y me he repetido a mi mismo en más de una ocasión- sentencias similares a la que encabeza esta recensión. Aforismo vital que Juan Ramón Biedma pone en boca de Enrique Jardiel Poncela, el inesperado y homenajeado protagonista de su última novela, La lluvia en la mazmorra. Y no porque los consejos sean intrínsecamente maliciosos, de hecho algunos son excelentes en función del caso, sino porque quien aconseja toma el control de situaciones que a menudo no comprende porque no las vive, porque es fácil confundir al aconsejado desde el desconocimiento profundo de su problema y, sobre todo, porque los consejeros no arriesgan en la medida que nada deciden. El consejo no es un convenio, ni un contrato, ni un compromiso cuando no se cobra por darlo, y por ello el consejo gratuito es ligero, veleidoso y por lo común viene armado. Es más: siempre que he dado un consejo gratis –pocas veces me he tomado la prebenda, es verdad- la cosa ha estado en riesgo de terminar mal entre el aconsejado y yo.

Cuando hace unos años Juan Ramón me envió el primer manuscrito –que aun conservo porque guardo absolutamente todo lo que creo importante- de La lluvia en la mazmorra, sin embargo, corrí el riesgo de meterme a consejero sin soldada. No por creerme superior al autor, que a mi modesto entender es tan insuperable como lamentablemente poco reconocido por el gran público, lo cual habla rematadamente mal de nuestro mercado literario, sino en el malentendido de que la amistad de años y la admiración nunca ocultada conceden el derecho a aconsejar. Empecé por decirle que no me gustaba el título. Insistí en tratar de ajustarle determinados detalles de la trama argumental. Pude incluso atreverme a discutir su manera de estructurar el relato… Con el paso del tiempo me fui dando cuenta de que mi fatuidad surgía de un hecho al que yo, quizá voluntariamente, no había querido prestar atención: Juan Ramón había evolucionado como escritor entretanto yo seguía anclado en el que fuera. Por supuesto, nuestra amistad –por ser auténtica- nunca corrió riesgo alguno en la medida que la contumacia nunca se ha contado entre mis defectos, y que Juan Ramón supo entender que mis tontos consejos nacían antes del enorme cariño y admiración que le profeso como persona, como amigo, como profesional, antes que de un torpe deseo de tratar de aleccionar al que ya sabe, y mejor que uno mismo. Así es que yo callé, él siguió a lo suyo y todos tan contentos.

Por eso cuando recibí el ejemplar ya publicado, en perfecto molde, de La lluvia en la mazmorra –Biedma siempre ha tenido a bien contarme entre sus primeros lectores-, la primera cosa que hice fue ponerme a leer como si no lo conociera de nada. Porque así hay que entenderse con los libros. Como seres a los que hay que tratar con respeto, con los que hemos de conocernos, frente a los que tenemos que posicionarnos y con los que, por fin, hemos de terminar estableciendo relaciones más o menos venturosas. Hice aún más cosas: se la hice leer a mi esposa en la idea de que una voz objetiva, no maleada, ajena a mis prejuicios, tal vez fuera capaz de iluminar los recodos de sombra que aún provocaban mis viejos y absurdos consejos.

De esa relectura –mejor, relecturas- del texto nació una evidencia: Juan Ramón Biedma había madurado como autor. No en el sentido de ocuparse de nuevos temas, pues a cada cual sus vicios y querencias personales lo arrastran inexorablemente por sendas repetidas, en espiral perpetua, sino en el de crecer como artista, como autor e incluso como persona. Porque de la lectura de esta novela de trama impoluta, de mecanismos de relojería implacables, de personajes de trazo fino, de un estilo sintético perfectamente medido y de singular estructura, surge de inmediato la evidencia de que Juan Ramón Biedma se nos está haciendo mayor y muy grande. Enorme.

Dado que no me agrada realizar sinopsis de las historias que recensiono, pues para eso están las contraportadas de los libros y además soy perfectamente consciente de que la riqueza de las historias de Biedma no cabe en un puñado de líneas, debo ahorrar toda referencia expresa al contenido argumental del sorprendente intríngulis que el autor ha parido en esta ocasión. Sólo, por incitaros, os pediré dos cosas: imaginad el Madrid de la década de 1930, convulsionado, con un futuro ambiguo y un pasado al borde de la clausura; repleto de personajes singulares, fronterizos, a caballo entre las viejas costumbres provincianas de la España decimonónica, sobre las cimientos de una industrialización fallida, ante los primeros devaneos de un posmodernismo que truncará una Guerra Civil que ya amenaza desde la trastienda. Pensad en lo que podría ocurrir si en ese escenario –nunca mejor dicho- de extrañas convergencias y divergencias un autor teatral de éxito, Enrique Jardiel Poncela, se viera convertido en un detective de peculiar sentido del humor obligado a hurgar en los entresijos de una extravagante conspiración. Una que incluso excederá su genial imaginación de dramaturgo y llevará al límite la singularidad de su inteligencia…

He de ir terminando. Me limitaré en última instancia a certificar que La lluvia en la mazmorra, que por cierto viene magníficamente presentada en esta cuidada edición de Versatil –felicidades-, marca el inicio de una nueva etapa en la obra de Juan Ramón. Un periodo que, como todo camino que se inicia, desconocemos a dónde conducirá con exactitud, pero es seguro que tiene un horizonte bien delimitado en la mente de su autor. Así pues, en el comienzo de ese nuevo trazado prometedor que os invito a recorrer con él, pues seguro que será extremadamente interesante, quiero hacerle una promesa pública: amigo, no pienso volver a darte un solo consejo.

No me lo permitas, te lo ruego.

La lluvia en la mazmorra / Juan Ramón Biedma / Editorial Versátil, 2016

El principio de Arquímedes

No conocí esta historia por la excelente película del director Pablo Trapero que he tenido el gusto de visionar en los últimos días, sino por una de mis alumnas, de origen argentino, quien decidió convertirla en tema central de uno de sus trabajos. Se trata de una narración absolutamente fascinante, como lo son todos los crímenes que germinan y se desarrollan en el interior de las familias, que sacudió a la sociedad argentina durante décadas –tanto que ha dado incluso para un libro, una película e incluso una serie de televisión-, pues nadie daba crédito, y que yo sencillamente desconocía. Esto me llevó a profundizar en el relato a fin de componer estas líneas que tengo el gusto de dedicarle.

El Clan
Uno de los carteles de la fascinante película de Pablo Trapero. El filme fue el más visto en Argentina en 2015, pues la nación aún no ha superado por completo el impacto del caso.

Sea como fuere, tras profundizar en el relato del tristemente célebre en Clan Puccio, he llegado a la conclusión de que el asunto no comenzó con los secuestros de 1982. A mi parecer, ese año supuso la graduación criminal de su protagonista, director y patriarca, Arquímedes, quien tuvo la extrema habilidad y capacidad de manipulación de valerse de su posición personal para arrastrar al delirio incluso a sus propios hijos. Pero tengo la impresión de que los acontecimientos que condujeron al desastre se iniciaron mucho antes. A menudo, cuando se analizan las motivaciones y resortes criminales desde los meros hechos, se comete el error de creer que son flor de un día. Que los actos criminales –al igual que los errores, los aciertos, la felicidad o el éxito- se presentan en la vida de los individuos por mero azar, de la noche a la mañana, inopinadamente, como por casualidad. Pero lo cierto es que toda historia criminal, como toda historia en realidad, tiene una gestación, se apoya sobre resortes circunstanciales y psicológicos que a menudo tardan incluso décadas en conformarse adecuadamente y que, llegada su maduración, afloran con extrema facilidad dando la impresión de ser cosa nueva, impulso momentáneo, idea recién parida, simple casualidad.

Y una de las cosas que demuestra el relato que nos ocupa es precisamente esta: todo cuanto ocurre en el mundo del crimen –como cuanto sucede en todos las ámbitos de la vida- tiene su razón de ser, su preñez, evolución y parto. Quizá las razones de nuestros aciertos y fracasos sean remotas e inalcanzables. Pero una vez detectadas y analizadas con frialdad, se nos muestran tan mecánicas como implacables. Nadie crece en un día, se arruina en un día, decide matar en un día o bate un record mundial en un día. Y quien pretenda creerlo se engaña miserablemente.

Fabricando un criminal

Arquímedes Rafael Puccio, nació en el barrio bonaerense de Barracas en septiembre de 1929, era el mayor de cuatro hermanos y miembro de una familia acomodada y culta. Su padre, Juan, trabajaba como jefe de prensa del famoso político Juan Atilio Bramuglia (1903-1962). Su madre, Isabel Ordano, se dedicaba a la pintura con mediano éxito. Tanto es así que Arquímedes bien pronto comenzó a dar muestras de que haría carrera en la vida: tras un digno proceso académico se tituló como “contador” –aquí diríamos licenciado en empresariales- en la Facultad de Ciencias Económicas de Buenos Aires. Además, introducido en las esferas políticas por los contactos familiares en 1949, tuvo una progresión meteórica dentro del peronismo que le condujo a al viceconsulado del Ministerio de Asuntos Exteriores, puesto que ocupó entre 1957 y 1964.

Arquimedes Puccio #2
Arquímedes Puccio en sus últimos años.

En el mismo 1957 contraería matrimonio con Epifanía María Ángeles Calvo, una profesora de matemáticas y contabilidad en el colegio María Auxiliadora, también natural de Buenos Aires y nacida en 1932. Con ella llegó a tener cinco hijos: Alejandro (1958), Silvia (1960), Daniel (1961), Guillermo (1963) y Adriana (1970). Un enlace que no solo resistió con eficiencia el desgaste de los años sino que también, al menos externamente, siempre pareció normal e incluso feliz. Por cierto que a fue poco de contraer matrimonio que la familia se instalaría en San Isidro, localidad del área metropolitana bonaerense, en la misma casa que con el paso de los años adquiriría una triste celebridad.

Casa del Mal #1
Vista de uno de los acceso de la casa de la familia Puccio en el barrio de San Isidro en los días en que todo ocurrió.

Tras realizar diferentes misiones diplomáticas en el extranjero, especialmente en Madrid, y recibir de manos de Juan Domingo Perón (1895-1974) la condecoración que le certificaba como el diplomático más joven y prometedor del país, nadie dudaba de que Arquímedes Puccio llegaría muy alto… Pero a comienzos de la década de 1960, nuestro protagonista, que siempre tuvo cierta querencia hacia el dinero fácil, el dispendio y la vida onerosa, sufrió su primer revés al ser acusado de contrabando de armas en valija diplomática. Ello frenó su avance al desafectarlo con el régimen y le hizo dar algunos tumbos hasta que un amigo, el teniente coronel Jorge Osinde –quien luego sería uno de los cerebros de la masacre de Ezeiza- le tendió la mano. Por su concurso, en 1973, se matricula en la Escuela Superior de Conducción Política, organismo dependiente del Movimiento Nacional Justicialista, y accede a la Municipalidad de Buenos Aires, de la que es nombrado Subsecretario de Deportes. Sería en la mencionada escuela que conocería al primero de los miembros del famoso clan, Guillermo Luis Fernández Laborda, entonces administrador del Hospital General de Agudos José María Ramos Mejía.

Epifania Angeles Calvo
Epifanía Ángeles Calvo, esposa de Arquímedes, es escoltada durante una de las sesiones del proceso.

Eran aquellos años turbios y complicados para el país. No estaba claro qué iba a suceder y era momento de tomar el partido correcto para quedar bien colocado ante posibles adversidades. Bien lo sabía el hábil Puccio, que continuó con su peculiar descenso a los infiernos haciendo amigos como el ya citado Osinde o como Anibal Gordón, reconocido miembro de la Triple A. Sería por el complicado ambiente que se vivía en los entornos políticos y administrativos que los entonces recién conocidos Puccio y Fernández Laborda decidieron integrarse en el Servicio de Inteligencia de la Fuerza Aérea, aún a pesar de que se contaron entre los que recibieron a Perón en Ezeiza a su regreso, el 20 de junio de 1973. El viejo plan de jugar a dos barajas por si acaso. De hecho, Arquímedes Puccio formó parte del tristemente célebre Batallón de Inteligencia 601, organizado a finales de 1970 y obró como partícipe activo de la “guerra sucia” y de la Operación Cóndor.

Así las cosas, cuando el golpe de Estado de 1976 derrocó a María Estela Martínez de Perón y se puso en marcha el Proceso de Reorganización Nacional, Puccio y Laborda estaban perfectamente colocados y tenían contactos de considerable peso en el entramado del poder como el del Teniente Coronel Victoriano Franco. Pero no sólo. Como alumnos aplicados que eran, también contaban con la formación necesaria como para organizar secuestros, extorsiones, chantajes, desapariciones… Y claro, también demostraron tener la catadura moral necesaria para pasar de la teoría a la práctica. De hecho, todavía hay quien recuerda al Puccio de los años previos al golpe de estado, así como a sus amigos de la Triple A infiltrados en la municipalidad bonaerense, recorriendo los pasillos del edificio municipal como si fuera de su propiedad, mostrando sus armas largas a cualquiera, con cualquier pretexto, realizando constantes exhibiciones de fuerza e intimidando a quien se atreviera a mirarles de un modo que no les gustara. Suyo sería el país.

Guillermo Fernandez Laborda
Guillermo Fernández Laborda, en custodia policial.

Campo de pruebas

A las 7:00 horas del 23 de enero de 1973 un empresario vinculado a Bonafide, Enrique Segismundo Pels, es secuestrado en su casa. Un hombre, a punta de ametralladora, penetra en su dormitorio y le ordena que se ponga algo de ropa. Luego, aún descalzo y sin camisa, pero con un saco en la cabeza, le introduce en el Peugeot 404 de su propia esposa, a la que dejan en la casa maniatada junto con una de las empleadas del servicio doméstico. Todo sucede a escasas diez manzanas de la residencia presidencial. Poco después, sobre la marcha, es trasladado a un Ford Falcon que –según se sabe- era propiedad de Arquímedes Puccio. Luego hubo un largo viaje que terminó con Pels encadenado en una habitación de paradero desconocido. La petición de los secuestradores, garabateada en un papel dejado en la residencia del secuestrado durante el proceso, era bien simple: 10 millones de pesos. Por lo que se sabe, el empresario Pels habló muy poco con los secuestradores durante su cautiverio, de apenas diez días, pues el 2 de febrero, previo pago del rescate, fue liberado en el barrio de Avellaneda.

Se ha dicho a menudo que Puccio nunca fue condenado por este secuestro a causa de la falta de pruebas, pero como mostró el periodista Carlos Juvenal en su libro Buenos muchachos: la industria del secuestro en Argentina (Planeta, 1994), lo que sucedió fue que el caso Pels nunca quedó resuelto a causa de un incomprensible marasmo de torpezas jurídicas y decisiones raras que terminó en la absolución de Arquímedes. De hecho, tras la investigación policial y demostrado su vínculo con el secuestro, Puccio fue detenido y confesó tanto su pertenencia a la Brigada Avellaneda como su participación en la operación, pero luego se desdiría ante el juez, tanto en lo referente a sí mismo, como en relación a los nombres que había ido deslizando en su testimonio. No podemos olvidar que por aquellos días la Triple A ya era muy fuerte en Argentina y cuidaba bien de los suyos, por lo que los estrambóticos derroteros que tomó el caso del secuestro del empresario Pels terminaron, tras muchas vueltas y revueltas, en el sobreseimiento definitivo de la causa.

Ciertamente, el expediente Pels se volvería a reabrir ante las flagrantes irregularidades, pero la dictadura terminó con el asunto definitivamente en 1978 de la mano del entonces juez instructor de Morón, el sempiterno Federico Nieva Woodgate. Sorprenden más en este asunto, por cierto, las reiteradas omisiones de la justicia y de la policía que sus escasas acciones: falta de registros, falta de testificales, falta de pruebas, falta de indagatorias… Falta de todo porque nadie quería saber absolutamente nada del tema. Ni tan siquiera el propio secuestrado, Enrique Segismundo Pels, quiso hablar jamás de su cautiverio pese a los muchos intentos para contactarlo realizados por la prensa argentina.

Sea como fuere, Arquímedes Rafael Puccio, tipo que como hemos visto había recibido la formación necesaria en la vulneración impune de los derechos y libertades de los demás amparado en toda clase de “buenas razones”, había dado un paso decisivo para convertirse en el terrible criminal que le llevaría a la fama. De hecho, extrajo una interesante lección de toda aquella peripecia judicial que vendría a alimentar una personalidad que, luego quedó claro, gozaba de obvios rasgos psicopáticos: para determinadas personas colocadas en ciertas posiciones de poder era posible secuestrar, cobrar, vencer a la justicia y salir de rositas. Venció al sistema con su frustrado negocio del contrabando. Había vencido al sistema en la historia del secuestro Pels. A lo mejor los tipos como él –debió pensar- podían vencer al sistema para siempre.

El Clan Puccio

No ha sido esclarecido, aun a pesar de las sospechas policiales, pero cabe suponer que un tipo con la catadura y amistades de Arquímedes debió participar activamente en otros secuestros y desapariciones durante la década de 1970. De hecho se le vinculó a determinados casos con poco éxito por cuanto –y lamentablemente es norma- muchas de las brutalidades de los Años de Plomo que aquejan a naciones y sociedades nunca son aclaradas y, a veces, ni tan siquiera contadas. Quedan en el limbo de lo que ya nadie quiere saber, preguntar o recordar. Pero en abril de 1982, justo cuando comienza la Guerra de las Malvinas, parecía claro que la dictadura militar argentina, esclerotizada en el marasmo de su ineptitud, empezaba a tener los días contados. Cabe pensar que Puccio, que por aquel entonces era copropietario de una tienda de deportes –que regentaba su hijo Alejandro- situada en un local habilitado en la propia casa de San Isidro, ubicada en el 544 de la calle Martín y Omar, y a la sazón propietario de un bar en el edificio colindante, había decidido dar los últimos golpes para asegurarse la vejez… Porque de un modo u otro Arquímedes no había dejado nunca de hacer trampas o de vivir al filo de la ley. Tal y como contó uno de los antiguos miembros del Clan, Roberto Oscar Díaz, al periodista Rodolfo Palacios en una entrevista concedida a la web bigbangnews.com, Puccio andaba entre otras cosas metido en chanchullos con el propietario de un concesionario de automóviles, Alberto J. Armando, quien “contrataba patotas [pandillas, bandas] para deshacerse de los autos, los mandaba a robar, a romperle los vidrios, a prenderlos fuego. La idea era cobrar el seguro. Puccio era parte de esas patotas”. No obstante, el ambicioso Arquímedes picaba más alto y no estaba dispuesto a conformarse con las migajas que iba picoteando aquí y allá. Había urdido un plan.

Roberto Diaz (detencion)
Roberto Oscar Díaz (izquierda) escoltado por la policía.

A comienzos de 1982 los dos viejos amigos, Puccio y Fernández Laborda, se reencuentran en el Servicio de Aduanas, y el primero hace partícipe al segundo del proyecto para montar su propia red de secuestros extorsivos. Le informó en aquellas conversaciones de que tenía un buen contacto, el coronel retirado Rodolfo Victoriano Franco, y un buen elemento para ayudarse en el operativo, Roberto Oscar Díaz, a quien conocía del negocio sucio del concesionario de automóviles. Así pues, iban a hacerlo todo por sí mismos, sin intermediarios, sin repartos embarazosos y sin tener que dar explicaciones a nadie. Firmarían un pacto de sangre y crearían un clan. Una una asociación criminal indestructible… “Todo era una locura [relata Díaz]. Hicimos el pacto de sangre como si fuéramos mafiosos. A Puccio le gustaba ponerse la boina y hacerse el siciliano”… Lo más estremecedor del caso era que este inopinado caporegime en el que se había convertido Arquímedes había decidido montar el negocio en su propia casa y con la ayuda de su hijo primogénito, Alejandro, al que siempre se ha querido vender como una víctima del negocio de su padre, pero que no solo estaba al corriente de todos los operativos, sino que era parte activa del plan como manifestó Díaz en la antes referida entrevista: “Alejandro era ambicioso. Lo pintan como inocente o culposo o víctima del padre. Pero era flor de turro [persona deshonesta, sinvergüenza]”. De hecho, y para muestra un botón, la primera víctima designada fue un compañero y amigo del propio Alejandro, Ricardo Manoukian.

Alejandro Puccio tenía una carrera bastante respetable como jugador de rugby en el Club Atlético de San Isidro, popularmente conocido como CASI. Tanto que incluso había llegado a debutar con los famosos “pumas” de la selección argentina. Manoukian, de 23 años, compañero de equipo y miembro de una familia que regentaba la próspera cadena de supermercados Tanti –hoy absorbida por Supermercados Norte-, se desplazaba por ahí en un coche blindado y había sido formado por un grupo antisecuestros después de que un familiar suyo sufriera la terrible experiencia –se sospecha que el propio Arquímedes ya estuvo implicado en aquel episodio-, pero cayó en la trampa confiado en la amistad que mantenía con Alejandro. El resto de la historia es tan plano como triste: el chico estuvo nueve días encapuchado y atado de pies y manos en la bañera de uno de los aseos de la segunda planta de la casa entretanto a su familia se le exigían nada menos que 500.000 dólares como rescate. La cantidad llegó a manos del Clan Puccio, pero Ricardo fue asesinado a tiros el 30 de julio y su cadáver terminó en el río Luján, cerca de Escóbar, si bien aparecería mucho después en Benavídez.

Alejandro Puccio (Rugby) #2
Alejandro Puccio. Tenía un prometedor futuro en el rugby.

Fue por estos días que, como relata el periodista Palacios en su libro El Clan Puccio: La historia definitiva (Planeta, 2015) que Arquímedes se ganó en el barrio apodos como “el loco de la escoba” o “el cú-cú”, por cuanto se pasaba el día entero rezongando mientras barría el camino de entrada a la casa, ya fuera día o noche, lo cual le valió algún que otro encontronazo con los vecinos, o bien se asomaba a una ventana del piso superior sin cesar, de manera compulsiva. Nadie pudo explicarse tal conducta extravagante hasta tiempo después, cuando se destapó la organización criminal familiar: lo que hacía el patriarca del Clan era pasarse el día en una perpetua vigilancia.

El segundo en caer fue otro conocido que Alejandro había hecho en el mundillo del rugby, Eduardo Aulet, un ingeniero industrial perteneciente a otra familia adinerada, recién casado, y que jugaba en el Club Pueyrredón. Secuestrado cuando se dirigía al trabajo en su propio coche el 5 de mayo de 1983, no se le volvió a ver con vida. Y ello aún a pesar de que la familia pagó los 150.000 dólares que se le exigieron. Su cuerpo no aparecería sino hasta cuatro años más tarde. Su ejecutor fue Díaz, quien no solo reconoció haberlo matado sino que también ha sido el único miembro del Clan que, con el paso de los años, ha mostrado públicamente su arrepentimiento: “Fue horrible. Puccio me obligó a disparar. Pobrecito Aulet. Cuánta crueldad. Puccio me dijo que lo hiciera por la familia, que no traicionara el pacto de sangre. No pude negarme. […] Si no lo hacía, me hubiesen matado a mí”.

El Clan Puccio
Portada del best-seller de Rodolfo Palacios que inspiró la película.

El tercero de la lista había de ser Emilio Naum, de 38 años, dueño de las tiendas de ropa McTaylor y bien conocido por Arquímedes Puccio, que tenía perfectamente fijados sus movimientos, por lo que obraría como gancho. Así, debía hacerse el encontradizo con Naum cuando este fuera al volante de su coche y rogarle que le trasladara unas cuantas manzanas más arriba. Llegados a destino, le estarían esperando otros componentes del Clan para proceder al secuestro. Sorprendentemente, Emilio Naum, que no era deportista ni se encontraba en especial buena forma, se resistió al intento de inmovilización de los hombres que intentaban reducirlo con tal fiereza y decisión que se vieron obligados a ejecutarlo allí mismo para no dejar testigos, antes de darse a la fuga.

Este fracaso habría resultado en un momento perfecto para que el clan abandonase sus actividades, pero la ambición de Arquímedes Puccio era ilimitada, no estaba conforme con cómo habían salido las cosas y se sentía invulnerable. Además, contaba con nuevos efectivos en la medida que su hijo Daniel –conocido en el mundillo del rugby, que también practicaba como su hermano, con el apodo de maguila-, y que no había formado parte de las tres primeras acciones al encontrarse fuera del país, fue incorporado al Clan. No ha quedado bien establecido si Daniel Puccio se avino a participar de buen grado u obligado por el padre y esto, aunado al hecho de que no estuvo implicado en las primeras muertes, motivó que su condena fuera mucho menor que la del resto de implicados en la organización, lo cual le ayudó a poner tierra de por medio a la menor ocasión. Tampoco ha ayudado mucho a comprender hasta qué punto la participación de los hijos en la empresa criminal fue voluntaria o resultado de la manipulación una de las pomposas sentencias con las que Arquímedes Puccio adornó su vejez: “Si Hitler convenció a millones, ¿cómo no iba yo a convencer a mis hijos?” De hecho, una de las cosas que nunca ha quedado clara –lo que se cuenta a este respecto es licencia cinematográfica o mera novela- ha sido cómo era la vida en el interior de aquella casa, cómo funcionaban las cosas o si, simplemente, la mujer y el resto de los hijos de Arquímedes tenían alguna idea de lo que sucedía a su alrededor, hecho probable. Es cierto que la familia, de cara al exterior, mantenía una vida perfecta, una convivencia redonda y honrada, siendo “normal” y respetada en el barrio, pero poco o nada se sabe de cuánto ocurría bajo aquel techo más allá de la circunstancia de que los secuestros solían coincidir con los viajes de la esposa y las hijas… Porque es una constante cósmica que las familias –todas- tienen secretos. Solo parecía tener una preocupación el patriarca con respecto a sus dos hijos y subalternos en el crimen: que no se mancharan las manos personalmente con la sangre de sus víctimas.

Así las cosas, se pasó al siguiente nombre de la lista, la empresaria Nélida Bollini de Prado, de 58 años, quien sería secuestrada el 23 de agosto de 1985. En el entendido de que matar gente era necesariamente peligroso en la medida que un cadáver siempre termina siendo un problema y que el gobierno militar había caído -y con él muchos de los amigos con cuya protección pensaba contar en caso de que vinieran mal dadas-, el jefe Puccio había diseñado una estrategia alternativa. Así, acondicionó el sótano de la casa de San Isidro para mantener a los cautivos en condiciones de reclusión adecuadas y, de paso, para confundirlos organizándolo todo como si se tratara del local de una casa de campo, colocando incluso fardos de paja como atrezzo. Esto permite pensar que, tal vez, pensaba seguir secuestrando pero no matando.

Victimas de los Puccio (Aulet, Naum, Manoukian y Bollini)
Las víctimas del Clan Puccio. De izquierda a derecha: Eduardo Aulet, Emilio Naum, Ricardo Manoukian y Nélida Bollini de Prado.

El final del Clan

Alejandro y su novia estaban solos en la casa, viendo la televisión, cuando el equipo policial irrumpió en el hogar de los Puccio. Ya venían sospechando que aquella familia no era trigo limpio, pero la denuncia a las Autoridades por parte de los familiares de Nélida –cosa que no habían hecho quienes les precedieron en el trago- y el seguimiento de las actividades de Arquímedes Puccio para la negociación del rescate vinieron a confirmarlo todo. El descenso de los policías al sótano certificó el final del Clan Puccio: allá se encontraba Nélida Bollini de Prado, encadenada y tirada sobre un camastro. Arquímedes fue detenido casi al mismo tiempo, cuando todavía intentaba cobrar. Aún quiso, el muy torpe, amenazar a sus captores argumentando que la casa de San Isidro estaba repleta de explosivos y que volarían por los aires si intentaban entrar por la fuerza. Delirios de grandeza de quien aún creía tener un poder que ya no le pertenecía.

Sotano Casa
Aspecto del sótano en el que se mantuvo encerrada durante un mes a Nélida Bollini de Prado, la única superviviente a las actividades del Clan.

El eslabón débil del juramento de sangre que pretendía convertir el Clan en un organismo monolítico e impenetrable fue Díaz, quien harto de todo decidió contar la verdad. Una verdad que nunca fue reconocida ni por Arquímedes, ni por sus hijos, ni por el resto de sus secuaces, quienes siempre negaron todas y cada una de las acusaciones más graves. Lo mismo haría el resto de la familia Puccio, con Epifanía al frente, que dijo desconocer por completo a qué se dedicaban su marido y sus dos hijos mayores durante sus viajes e incluso negó tener la menor constancia de cuánto sucedía en su hogar. Nadie llegó a creerlas del todo jamás, pero tampoco pudo nadie demostrar lo contrario, por lo que la justicia no supo penetrar en el misterio. En todo caso, se estableció en el seno de la familia una impenetrable conspiración de silencio en torno a lo sucedido en la casa de San Isidro. Silencio tan pertinaz que su propietaria, la propia Epifanía, impuso la absurda condición de que, por cláusula contractual, sus inquilinos sucesivos no pudieran publicar o permitir que se hicieran fotografías del interior de la vivienda. Prohibición que permanece en vigor.

Arquimedes Puccio (detencion) #3
Arquímedes escoltado por la fuerza policial.

Alejandro, condenado a prisión perpetua y tras varios intentos infructuosos de suicidio, terminó falleciendo prematuramente en prisión, en 2008, probablemente a causa de las secuelas que le acarrearon sus constantes coqueteos con la muerte. Lo de Daniel fue otra historia. Castigado con una condena más suave quedó pronto en libertad condicional y retornó a San Isidro dispuesto a reabrir el bar familia a fin de rehacer su vida. Sin embargo, el vecindario interpretó su osadía como una burla inaceptable y, finalmente, decidió largarse con viento fresco. Parece que se instaló en Nueva Zelanda. En 2013, cuando la causa contra él por prófugo de la justicia hubo expirado, regresó coyunturalmente a Argentina para recoger la documentación que certificaba el fin del proceso y volvió a desaparecer.

Alejandro Puccio (detencion)
Alejandro Puccio en el momento de su detención.

Arquímedes Puccio, el caporegime, se vendió a sí mismo como un “patriota” –ese viejo último recurso de los cobardes, los canallas y los sinvergüenzas de todo cuño y profesión para justificar sus atrocidades- y un “preso político”. De poco le sirvió en la medida que terminó condenado a prisión perpetua en 1985. Aprovecharía los años de reclusión para estudiar Derecho –otro clásico- y convertirse a la religión evangélica hasta ser beneficiado en 2008 por la llamada ley del “2×1”, que sirvió para que saliera libre. Ante el escándalo que procuró en el país esta excarcelación, las Autoridades se replantearon el caso y le reingresaron en el Instituto Correccional Abierto General Pico de La Pampa. Tras ganar –ahora sí- la libertad condicional acabó malviviendo, convertido en un paria al que acogió bajo su protección un pastor evangélico que se ocuparía de él hasta su muerte en el mismo General Pico, ocurrida en 2013, y devenida a causa de un accidente cerebro-vascular. Aún tuvo su minuto de gloria gracias al interés de Rodolfo Palacios, quien lo contactó para documentar su libro y al que realizó todo tipo de declaraciones autoexculpatorias, extemporáneas, zafias y psicopáticas que no repetiremos aquí porque carecen el menor interés. Baste significar que como corresponde a todos estos campeones de la manipulación y el engaño, jamás se arrepintió de sus actos ni explicó las razones por las que decidió convertir a su propia familia en una organización criminal.

Nadie reclamó el cuerpo, por lo que terminó en una fosa común.

Daniel Puccio (detencion)
Daniel “Maguila” Puccio es escoltado por las Autoridades.

Morir de éxito

De no ser por el secuestro de la famosa Patty Hearst, nadie se habría enterado de la existencia del autodenominado Ejército Simbiótico -o “simbionés”- de Liberación (Symbionese Liberation Army, SLA), en la medida que grupúsculo insignificante de pirados californianos reunidos en 1973. En su mayoría, se trataba de un puñado de estudiantes fumados de extraña ideología que aparentaban tener una organización enorme, estable y compleja, dispuesta a operar en cualquier parte de los Estados Unidos -así lo vendían-, pero lo cierto era que el grupo se componía de una docena de personas entre las que parecía llevar la voz cantante un presidiario negro fugado de la cárcel de Soledad, Donald David de Freeze… No está claro que fuese el jefe pero, al menos, nunca tuvo reparo en hacerse notar más que los otros, quizá porque ya tenía una notable experiencia en aquello de las actividades delincuenciales.

Como recordatorio de otro grupo criminal californiano precedente, la famosa “Familia” de Charles Manson, los del SLA no solo funcionaban de un modo similar como organización, sino que también propugnaban la defensa de una causa tan rara como inasumible en la medida que fusión de un vago pseudo-marxismo con algo de rollo new age y mucha labia canutera: el grupúsculo armado se autodefinía como entidad armónica surgida de organismos y entidades capaces de convivir en una profunda y amorosa armonía -de ahí lo de “simbiótico”-, destinada a la guerra revolucionaria contra la “clase capitalista fascista” y dispuesta a salvar del hambre y la pobreza a cualquier ser humano con total independencia de su raza, clase, nación y condición. Casi nada.

Donald David De Freeze
Donald Davis de Freeze… Un vulgar chorizo con ínfulas mesiánicas.

Cuando todo comienza

Marcus Aurelius Foster
Marcus Aurelius Foster. Un buen hombre que no merecía morir, pero al que un grupo de zumbados convirtieron en objetivo de una causa torpe que no iba con él.

El 6 de noviembre de 1973 es asesinado el doctor Marcus Foster, un relevante y reconocido profesor nacido en Athens (Georgia), que ocupaba el puesto de Superintendente de las Escuelas de Oakland. Parece un objetivo absurdo para un grupo supuestamente “antifascista”, y lo es, pues el delito de Foster no había sido otro que proponer la creación de un sistema de tarjetas identificativas en las escuelas de Oakland a fin de poder expulsar de la comunidad académica a los vendedores de drogas, que solían camuflarse entre el alumnado de los centros para sostener su negocio. La lectura de sus paranoicos asesinos: las dichosas tarjetas serían un medio destinado a cercenar las libertades de los jóvenes para someterlos a la dinámica controladora de las clases capitalistas dominantes.

La verdad es que el asesinato de Foster fue interpretado por la policía, como es lógico, como una acción de algún colectivo dedicado al narcotráfico local, por lo que cuando el SLA se atribuyó el crimen en un rimbombante comunicado días después, todo fueron gestos de extrañeza. ¿Quiénes eran? ¿Estaban tan organizados como decían? ¿Eran una simple panda de pirados revestidos de grandilocuencia? Tal era la confusión que algunos agentes del FBI incluso defendían la idea de que el comunicado era oportunista y que los “simbióticos” se atribuían una acción que no habían cometido para darse publicidad.

SLA Logo
El logotipo del SLA. Se supone que es una cobra con siete cabezas que simboliza no sé cuántas chorradas… La verdad es que denota el caldo de creencias pueriles que rezuman muchos de estos idearios fanáticos y poco racionalizados.

Al fin y al cabo, tras el jipismo desenfrenado de la década de 1960, la llegada del grupo crepuscular de Manson y su posterior disolución habían causado un grave daño al movimiento californiano. Tanto que se encontraba en franca decadencia. San Francisco y el campus de la Universidad de Berkeley, otrora epicentros de la radicalidad política, se encontraban sumidos en la tranquilidad. Las huelgas, las protestas y los boicots estudiantiles habían terminado. Hacía muchos meses que nadie realizaba amenazas de bomba -o de incendio- a edificios públicos y años que la policía no tenía que salir a la calle a reprimir a manifestantes salidos de madre. En tal contexto, la aparición de una organización como el SLA, surgida aparentemente de la nada, despertaba un profundo escepticismo a todos los niveles.

Sin embargo, dos meses mas tarde, el 10 de enero de 1974, los acontecimientos tomaron otro cariz. Cuando la policía detuvo una furgoneta sospechosa en una autopista californiana, sus ocupantes, dos hombres que luego resultaron ser Russell Little y Joseph Remiro, la emprendieron a tiros con los agentes. Una vez reducidos y detenidos, cuando la furgoneta fue registrada, se encuentra una ingente cantidad de documentación impresa sobre el SLA y sus actividades. Remiro y Little son automáticamente acusados del asesinato de Marcus Foster pero, lo que es más importante, toda esa información condujo a la policía hasta una casa franca en la que se declaró un sospechoso incendio momentos antes de que llegaran los agentes… No obstante, era tarde: cuando el fuego resultó sofocado, salieron a la luz manuales de guerrilla urbana, cajas de munición de gran calibre, un utensilio empleado para poner cianuro en las balas, ácidos y diversos tipos de venenos, caretas antigás, kits de maquillaje, disfraces, mapas, cuadernos con información detallada sobre posibles objetivos y, lo mejor de todo, los nombres de algunos de los componentes del SLA: Nancy Ling Perry, William Wolfe, Camilla Hall, Angela Atwood, Patricia Soltysik, y el ya mencionado Donald de Freeze.

Joseph Remiro and Russell Little
Remiro (izquierda) y Little (derecha). Los dos componentes del SLA que perdieron una furgoneta… Y dieron al traste con el secreto.

El secuestro de Patty Hearst

Entre los objetivos señalados por  el SLA se encontraban muchos de los mayores empresarios afincados en California. Entre ellos, William Randolph Hearst Jr. -hijo del conocido magnate de la prensa estadounidense que inspiró el legendario filme Ciudadano Kane-. Entre la información que acompañaba a su fotografía había alguna anotación marginal referida a, Patty, hija del supuesto objetivo principal, a la que nadie prestó excesiva atención. Entendámonos: el asunto de los “simbióticos” no era aún tomado demasiado en serio por el FBI en la medida que nadie terminaba de creérselo, y ello motivó que ninguna de las personas cuyo nombre se mencionaba en el listado incautado a la banda terrorista fuera advertida de la posible amenaza lo cual, como se demostró después, degeneró en un estrepitoso error policial.

Patty y Steven Weed
Patty Hearst y Steven Weed en plan novios formales.

El caso es que sobre las 21:30 horas de la noche del 4 de febrero de 1974, luna llena como se indicaba en aquella anotación ignorada, los miembros del SLA secuestraron en la casa que compartía con su novio, Steven Weed, a Patricia Campbell Hearst. La chica tenía entonces 20 años y estudiaba arte en la Universidad de California-Berkeley. Al parecer ambos estaban preparando exámenes cuando alguien llamó a la puerta principal. Resultó ser una joven blanca vestida con una gabardina que solicitaba ayuda, pues explicó encontrarse tirada a causa de una avería de su automóvil, y pedía utilizar el teléfono. Weed se disponía a franquear la entrada a la chica cuando dos hombres negros armados la apartaron e irrumpieron en el interior. Ataron al joven y se llevaron a Patty, a la que pedían insistentemente información sobre una caja fuerte que no existía, a la cocina. En un despiste, Weed se puso a correr por el salón, dando gritos, y generando la suficiente confusión como para poder escapar al exterior por la puerta trasera. Sorprendentemente, los intrusos no hicieron nada por detenerle. Simplemente arrastraron a Patty Hearst a la calle. La joven, que nunca dejó de defenderse, patalear o gritar, fue finalmente introducida en el maletero de un descapotable. Varios testigos alertados por el jaleo corroboraron esta historia. De hecho, la calle ya comenzaba a poblarse en exceso, por lo que los secuestradores dispararon varias ráfagas al aire para intimidar a los mirones antes de largarse a toda velocidad.

William Randolph Hearst Jr.
William Randolph Hearst Jr. en una foto de juventud. El atribulado hijo del Ciudadano Kane, el atribulado padre de Patricia Hearst… Un hombre gris -y rico- atrapado entre dos generaciones de famosos.

Tres días después, el SLA emitió un comunicado en el que se reconocía autor del secuestro de Patricia Hearst. En él, De Freeze -quien ahora, súbitamente inspirado por el esclavo Joseph Cinqué, quien encabezara el motín del buque negrero Amistad en 1839, se había rebautizado como “Cinque”-, exigía a William Hearst Jr. la entrega de setenta dólares a cada pobre de California… Ciertamente, se trata de una petición muy estúpida en la medida que esa cantidad no arreglaría la vida de nadie y el contenido simbólico de la misma resultaba absurdo, pero es que también el concepto mismo de “pobre” era extraño para la gente del SLA. A su parecer entraba dentro de esa categoría cualquier persona que recibiera ayudas de la seguridad social, prestación social sustitutoria de alguna clase o una pensión del tipo que fuere. En total, cubrir la extravagante exigencia habría costado a la familia Hearst la ingente suma de 400 millones de dólares de 1974, cantidad que probablemente no habría podido reunir en metálico ni aún teniéndola.

El comunicado terminaba con las consabidas amenazas sobre la vida de Patty, así como con un mensaje grabado por ésta en el que afirmaba encontrarse con vida, en buen estado de salud y rogaba tranquilidad a sus familiares.

William Randolph Hearst Jr., tras explicar que le resultaba imposible cumplir con tales exigencias, realizó una donación de dos millones de dólares para bancos de alimentos y comedores sociales, lo cual devino en un nuevo comunicado del SLA al que también puso voz “Cinque”: tras manifestar que estaba completamente seguro de que los Hearst tenían “cientos y cientos” de millones de dólares, los acusó de dar “migajas” a los pobres. Luego indicó que estaba seguro de que Hearst Jr. era amigo íntimo de personajes archimillonarios, criminales y “fascistas” como Howard Hughes y el Sah de Persia. Tras ello, una nueva soflama racial pseudo-marxista y al final la voz de Patty extrañamente cambiada, robótica: “hoy -dijo- es día 19 y ayer al amanecer el Sah de Persia ejecutó a dos personas”. Nada más. Algo raro estaba ocurriendo…

Sea como fuere, la demanda inicial se redujo y el SLA pidió que se repartieran otros cuatro millones de dólares entre los pobres. Hearst Jr. contestó que lo haría, si bien antes debían liberar a su hija, y ello condujo a un nuevo comunicado en el que la enojada voz de Patty confirmaba la idea de que se había producido alguna clase de transformación en su personalidad. Exigía que cumplieran con la nueva petición, culpaba al FBI y al gobierno de estar presionando a sus padres y demostraba simpatizar con la causa de sus supuestos captores. El culebrón internacional en el que ya se había convertido el secuestro de Patty Hearst daba un interesantísimo giro inesperado. De hecho, aquella era la víctima perfecta para obtener publicidad. Si lo que el minúsculo SLA deseaba era convertirse en un fenómeno mundial, lo había hecho mejor que bien. Tanto que ni ellos mismos habían previsto las consecuencias de sus actos pues tanta notoriedad no tardaría en llevar al grupo a morir de éxito.

Síndrome de Estocolmo

Pasados dos meses del secuestro, el 3 de abril, Patricia Campbell Hearst hizo pública su afiliación al Ejército Simbiótico de Liberación. Había adoptado el nombre de guerra de Tania -como la célebre guerrillera que acompañó a Ernesto Che Guevara-. Al parecer le habían dado a elegir entre la liberación y la lucha armada para conseguir la libertad de los oprimidos, y ella había optado por la segunda opción… El concepto de “síndrome de Estocolmo” comenzó a aparecer con profusión en los medios de comunicación.

Patty Hearst SLA
Patty Hearst, la aquejada de síndrome de Estocolmo más famosa de la historia, reconvertida en un póster de Tania. Todo un icono de la cultura popular contemporánea. Hay que hacer un esfuerzo muy grande para mantener la cabeza fría y no simpatizar -bien sea remotamente- con este monumental despropósito.

Debemos indicar que actualmente este es un concepto ya clásico a la hora de referirse al vínculo afectivo que las personas secuestradas, maltratadas, vejadas o violadas experimentan para con sus captores. El vínculo se establece cuando la situación de agresión desaparece en la medida que la víctima sometida  a un fuerte estrés, indefensa y necesitada de protección, interpreta esta falta de violencia y el tratamiento amable como un “gesto humanitario” del agresor, que de repente se convierte en inopinado benefactor. Al parecer, las estadísticas indican que afectaría en torno al 30% de las personas que pasan por esta clase de situaciones. Como decimos, entonces era algo realmente novedoso pues el primer caso conocido -y de ahí su nombre- se produjo el 23 de agosto de 1973 cuando Jan Erik Olsson intentó atracar el Banco de Crédito de Estocolmo, en dicha ciudad sueca. Al verse acorralado por la policía tomó varios rehenes que, tras pasar muchas horas con él, modificaron su actitud ante la situación: lejos de temer al delincuente que los tenía retenidos y amenazados como era de esperar, terminaron protegiéndolo a fin de evitar que fuera “atacado” por los agentes de la ley que acababan de liberarlos. El término “síndrome de Estocolmo” para referirse a esta singular reacción de los secuestrados fue acuñado por el psiquiatra Nils Bejerot tras estudiar pormenorizadamente el caso.

Patty Bank Robbery of Hibernia
Patty, la guerrillera, en el Banco Hibernia.

Y de bancos va la cosa, precisamente, pues el 15 de abril de 1974 Patty Hearst, maldisimulando su apariencia con una peluca, pero perfectamente reconocible en las grabaciones de las cámaras de seguridad, formó parte del equipo de siete personas que atracó el Banco Hibernia, en San Francisco. El SLA necesitaba dinero para seguir adelante, y atracar bancos se presentaba como la única salida viable para financiar sus actividades. Patricia también intervino en el tiroteo del 16 de mayo frente a una tienda de deportes de Inglewood, Los Ángeles, en la que algunos de sus compañeros fueron detectados robando material por uno de los empleados… Evento que sucedió, por cierto, justo un día antes del final del grupo terrorista. Signifiquemos, de paso, que en ninguno de ambos sucesos hubo víctimas.

 Al final de todo

La policía, finalmente, había logrado identificar una de las furgonetas que los componentes del SLA empleaban para sus traslados. Tras seguirla, aparcó en una casa del barrio de Compton, al sur de Los Angeles, concretamente en el 1466 de la calle 54 Este, por lo que se dispuso el pertinente operativo para acceder al lugar. Así, tres escuadrones de la unidad de Special Weapons And Tactics -SWAT, creados originalmente por el Departamento de Policía de Los Angeles en 1967-, tomaron posiciones en completo silencio. Una vecina había informado a los agentes de que allí entraban y salían al menos dos hombres y varias mujeres con cierta asiduidad, pero se ignoraba cuántas personas habría en el interior de la casa exactamente y de qué clase de equipo dispondrían, por lo que no se escatimaron medios: rifles automáticos, escopetas, bombas lacrimógenas y etcétera. La convicción general era que los integrantes de la célula terrorista, al verse completamente cercados, se rendirían.

A las 17:44 horas, mediante un megáfono, el líder del operativo SWAT dio orden a la gente de la casa de salir con las manos en alto. Pasaron un par de minutos y la puerta se abrió. Del interior, deslumbrados, salieron los inquilinos originales de la vivienda, un hombre y un niño desarmados que se encontraban retenidos por la célula terrorista y a los que los agentes pusieron a salvo de inmediato. La puerta se cerró tras ellos… El megáfono volvió a emitir el mensaje, pero la respuesta fue un silencio prolongado. En consecuencia, se lanzó al interior el primer bote de humo, aunque no se logró efecto alguno lo cual hizo pensar a los agentes que los atrincherados llevarían máscaras antigás. Ante la expectativa, se dio orden de lanzar otro bote con la finalidad de que la acumulación de gas lacrimógeno saturase los filtros de las máscaras y terminara por afectar a sus propietarios… Y esto desencadenó un tiroteo tremendo que se prolongó durante varios minutos.

Tal fue el encono del enfrentamiento que el intercambio de fuego afectó a varias viviendas del barrio. El final de la batalla, retransmitida en directo por la televisión, se precipitó cuando una de las balas de los SWAT atravesó una lata de gasolina. El calor acumulado en el interior provocó la ignición del combustible y un devastador incendio del que nadie saldría con vida. Contrariamente a lo que había imaginado la policía, los componentes del SLA atrincherados en la casa -Hall, de Freeze, Perry, Atwood, Wolfe y Soltysik- prefirieron morir abrasados, respondiendo al fuego hasta el último segundo de sus vidas, antes que entregarse a las Autoridades. Patty, para alivio de sus progenitores, no estaba entre los cadáveres examinados por el equipo del célebre forense Thomas Noguchi. Se la encontró meses después, en septiembre, en un apartamento con otro de los militantes del SLA. Sería detenida y puesta a disposición de la justicia… Pero esa es otra historia.

Soltysik, Hall y Perry
Otras componentes del SLA. Todas ellas se encontraban entre los cadáveres del tiroteo infernal de Compton.

El forense Noguchi, sorprendido por la reacción final de los componentes carbonizados del SLA, realizó una autopsia psicológica tanto de ellos como de su situación final. Descubrió algo que nadie había pensado hasta entonces y que fue lo que llevó a la batalla con el SWAT y al fracaso de las técnicas de asedio convencionales: los grupos terroristas viven alimentados de un fuerte componente fanático que convierte a sus miembros en criminales fuera de la convención, y justamente ahí radica su potencial peligrosidad. A menudo creen que su muerte es la causa más eficiente para ganarse las simpatías ajenas y por ello buscan activamente el martirio al verse acorralados. Esto hace que una situación en la que cualquiera tendría miedo a la muerte sea para ellos una oportunidad, el contexto idóneo para emitir un poderoso mensaje. El terrorista acorralado se inmola, no se entrega.

Muere de éxito.

El doctor Satán

Marcel André Henri Felix Petiot nació en Auxerre, Francia, en 1893. Hijo de un empleado de correos, su familia era perfectamente normal.

Sin embargo, desde sus primeros días escolares ya mostró preclaras dotes para la perversidad. El pequeño Petiot, encanijado y más bien tirando a feo, era un muchacho inteligente, atrevido, audaz y sobre todo malo. Muy malo. Pronto se convirtió en el abusón del colegio y, pese a no pasar por estrecheces económicas, disfrutaba robando a sus compañeros, abusando de los críos de los cursos inferiores al suyo con toda clase de malicias y maltratando a perros y gatos. Su herramienta favorita para estos menesteres eran las tijeras y tampoco es extraño: le gustaba ver correr la sangre.

Los padres de los otros niños no tardaron en advertir el peligro de Marcel y, en consecuencia, advirtieron a sus retoños de que era un tipo con el que no debían juntarse. Un pequeño monstruo. Así, el pequeño Petiot creció solo y sin amigos. Nadie quería su compañía. Del mismo modo que es habitual que la mayoría de los criminales sistemáticos hayan vivido infancias complejas, el caso de Petiot resulta excepcional porque siempre fue malvado y amoral sin razón o necesidad, casi desde la cuna. Un monstruo sin conciencia. Un ser humano perverso y defectuoso.

Como sujeto inteligente que era, Petiot terminó sus estudios escolares con excelentes calificaciones y se matriculó en la facultad de medicina. Lógicamente, para un hombre con querencias tan retorcidas como las suyas era la profesión ideal. Como buen sádico se deleitaba con las heridas, cuanto más grandes y aparatosas mejor. Las agujas y los bisturíes eran juguetes en sus manos, y emplearlos en cobayas y pacientes le producía un visible placer. Disfrutaba contemplando el dolor de los demás, causandolo, y así lo advirtieron sus profesores y compañeros, que también empezaron a tratarle con reservas.

Petiot (1921)
Marcel Petiot en 1921. Un proyecto de gran hombre.

Sólo era cuestión de tiempo que un tipo de semejante catadura comenzara a adentrarse en el mundo del delito, y sus primeros pinitos los realizó durante la Primera Guerra Mundial. Petiot fue llamado a filas y destinado, como era de esperar, al Cuerpo de Sanidad Militar. Allá adquirió la costumbre de escaquear parte de las drogas y fármacos que pasaban por sus manos para venderlos en el mercado negro, pues su segunda gran pasión eran el dinero y la buena vida. Sería descubierto, pero se le trató con indulgencia y se le licenció con la condición de que se sometiera a tratamiento psiquiátrico.

Las tribulaciones del señor alcalde

El problema fue que los doctores que le atendieron no vieron nada extraño en él y le dejaron ir. La excusa que Marcel Petiot arguyó para montar aquel negocio ilegal fue la de que necesitaba sanear su economía para poder terminar la carrera de medicina. Alguno de aquellos médicos, ablandado por la persuasión del prometedor joven, incluso contribuyó económicamente al sufragio de sus estudios. De hecho, al poco tiempo de este episodio se licenció con todos los honores.

Se instalaría como médico en Villeneuve-Sur-Yonne, una pequeña localidad cercana a su Auxerre natal, y en poco tiempo los parroquianos tuvieron opiniones muy dispares acerca de su persona. Algunos le contemplaban con cierta precaución a causa de sus rarezas, pero entre otros se extendió la opinión de que era un buen tipo, y es que la táctica de Petiot para ganarse a la ciudadanía fue la de cobrar sumas exorbitantes por sus tratamientos a los pacientes adinerados mientras que, por el contrario, prestaba sus servicios gratuitamente a los más desfavorecidos. De hecho, muy pronto Petiot se ganó el favor de los campesinos con esta estrategia, y ello le sirvió para lograr el objetivo que se había planteado desde que puso el pie en el pueblo: conseguir la alcaldía.

También se convirtió en un soltero apetecible para las damas casaderas de la localidad y muchas de ellas comenzaron a hacerse pasar por enfermas a fin de poder verse con él. Así, y pese a ser un hombre poco agraciado, se ganó una envidiada fama de Don Juan. No obstante, algo raro comenzó a suceder: las jovencitas casaderas que pasaban por la consulta del doctor tarde o temprano empezaban a rehuirle. Nadie sabía qué ocurría durante aquellas citas médicas, pero desde luego no debía ser nada bueno. Comenzó a rumorearse que el médico las sometía a toda clase de vejaciones y que incluso habían llegado a escucharse gritos saliendo de la casa. Cuando los rumores llegaron a oídos de Petiot, este supo que tenía que acallarlos y tomó una determinación: marchó una temporada a París para regresar poco después casado con una mujer no muy inteligente y diez años más joven que él. Así es que la calma regresó por un tiempo. Poco. Finalmente la criada de la casa quedó encinta y Petiot, con su honor en entredicho, ya no fue reelegido alcalde.

Petiot recien casado (1927)
Petiot recién casado, en 1927… Junto a la pobre mujer que sirvió para limpiar su nombre de las habladurías.

Acompañado de la familia se trasladó a París, donde abrió una consulta en la calle Caumartin en la que volvió a emplear la estratagema que le hizo célebre en el pueblo: atendía gratuitamente a pobres, inválidos de guerra, y gente de pocos posibles mientras que sangraba económicamente a sus pacientes más ricos. El resultado de ello fue una popularidad creciente y una gran fama de hombre humanitario que le propició pingües beneficios. Así, al comenzar la Segunda Guerra Mundial, Marcel Petiot tenía sustanciosas cuentas abiertas en al menos veinte bancos.

En 1940 las tropas alemanas llegaron a París y Petiot se preocupó al advertir que el gran negocio se le podría terminar. De modo que empezó a darle vueltas a la situación. Eran tiempos revueltos y en ellos suele pescar la gente decidida, por lo que empieza a urdir algún plan para no dejar pasar la ocasión. Como es lógico, de su mente perversa no podía salir nada honorable pues lo primero que hace, dado que muchos hombres están en el frente y muchas mujeres quedan embarazadas por sus amantes ocasionales, es dedicarse a los abortos ilegales. Complementariamente, recupera el viejo negocio del tráfico de drogas y fármacos.

De tal guisa, su consulta empieza a verse repleta otra vez. Pero ahora de toxicómanos en busca de alivio sabedores de que en casa de Petiot pueden conseguir a buen precio lo que ya no circula por las calles, así como de mujeres aturulladas de toda edad y condición dispuestas a abortar a cambio de un buen pellizco. Como puede verse, las cosas le iban otra vez viento en popa al buen doctor. Cuanto peor, mejor.

La red

En 1941, al calor de su fama de hombre dispuesto incluso a pasar por encima de las leyes para echar una mano a quien fuese, se presenta en la puerta de Marcel Petiot un rico sastre judío de origen polaco llamado Isaac Gouchinow. El hombre, que reconoce no tener a nadie a quien acudir y que ha ido a verle por recomendación de unos conocidos, está muy asustado. Dado que los nazis estaban empezando a limpiar Francia de judíos y trasladándolos a los campos de Alemania y Polonia, Gouchinow solicita a Petiot que le ayude a salir del país con su familia antes de que los localice la Gestapo. Y el médico, que ha empezado a entrever la posibilidad de una nueva y sustanciosa fuente de ingresos, le ruega que siga escondido cuanto pueda a la par que promete que se ocupará del tema. Y su maquinación, esta vez, será infernal.

Lo primero que hace es buscar un casa bien alejada de su consultorio, que encuentra en el número 21 de la Rue Le Sueur, a escasos metros de la Place de l’Etoile –actualmente llamada Plaza de Charles De Gaulle-. Se trataba de una villa antigua, grande, que había pertenecido en otra época a una princesa rusa. La casona no se encontraba en malas condiciones, poseía un garaje para dos coches y una vivienda trasera para el chófer, pero tras adquirirla inicia una serie de reformas.

21 Rue Sueur
El 21 de la Rue Sueur de Paris. El lugar en el que el Doctor Satán montaría su campo de exterminio particular.

En un primer momento los albañiles se extrañan con algunas de las modificaciones que pide Petiot, pero éste les indica para no levantar sospechas que es necesario seguir escrupulosamente sus especificaciones porque va a convertir el lugar en una casa de reposo para enfermos mentales. Así por ejemplo, una de las habitaciones fue modificada para adquirir forma triangular. Sin ventanas. Las paredes se forraron de madera para su aislamiento acústico. Contaba con otra puerta falsa y varias mirillas en las paredes dispuestas de tal manera que pudiera observarse todo lo que ocurría en el interior, y desde cualquier ángulo. También el garaje resultó pertinentemente modificado: se instaló en el interior un pozo muy profundo con una tapa metálica enorme que era levantada mediante una polea y en el que se vertió una gran cantidad de cal viva. En el sótano se instalaron varios hornos industriales, capaces incluso de derretir el hierro, y a lo largo y ancho de toda la casa se pusieron puertas de seguridad.

Una vez acabadas las obras, a comienzos de 1942, Petiot contactó con la familia Gouchinow. Les pidió dos millones de francos con la finalidad de sobornar a varios oficiales nazis y para, asimismo, adquirir pasajes a fin de que toda la familia pudiera viajar con rumbo a La Habana. Luego les presentó la casa como el lugar en el que habrían de ocultarse hasta que, supuestamente, Petiot hubiera concluido sus gestiones. No hubo regateos, pues estaba claro que los Gouchinow apreciaban más su vida que su dinero.

En la noche de su llegada les puso una inyección, según les indicó destinada a aplacar su estado de ansiedad, y les hizo pasar a la habitación triangular, en la que los encerró. Y allá murieron los Gouchinow entre terribles estertores de agonía pues lo que el humanitario Petiot les había inoculado no era otra cosa que un veneno. Resulta fácil imaginar el rostro de sádica satisfacción del perverso doctor entretanto contemplaba su obra a través de las mirillas. Cuando se hubo asegurado de que todos estaban bien muertos, los descuartizó meticulosamente y lanzó los pedazos al pozo de cal. En definitiva, un negocio rápido, limpio, redondo y muy lucrativo.

Tras difundirse el rumor de la satisfactoria huída de los Gouchinow en los lugares adecuados, empezaron a desfilar por la villa judíos, disidentes políticos y todo aquel que, en definitiva, estuviera en problemas con la Gestapo. A todos se les vendía la misma historia fantástica de la red de oficiales nazis sobornados que trabajaban para él y que, de tal suerte, había logrado crear una ruta de escape infalible. Al fin y a la postre, aseguraba Petiot, él era un nacionalista que odiaba a los invasores tanto como el que más. Tras cobrar por el servicio, no se olvidaba de decir a sus nuevos clientes que llevaran todo aquello que tuvieran de valor, especialmente joyas y dinero, pues les serían útiles para reemprender su nueva vida en el extranjero. De tal guisa, según las estimaciones más bajas, fue que Petiot se llevó por delante a 63 personas. Hombres, mujeres y niños. Probablemente fueron más.

Sospechas

Por supuesto que todo esto despertaba sospechas,  claro, pero Petiot era muy listo y siempre encontraba una manera de eludir las preguntas indiscretas o de encubrir sus actividades. De hecho, en cierta ocasión fue detenido por la Gestapo en su consultorio de la Rue Caumartin y pertinentemente interrogado. Los alemanes querían saber cómo es que desaparecían tantas personas a las que ellos querían detener y que, curiosamente, todas ellas estuvieran relacionadas con él. El médico no se alteró. Aceptó que conocía a toda esa gente y manifestó que dada su fama de humanitario y comprensivo, no era extraño que mucha gente acudiera a él en busca de abortos, drogas o fármacos escasos en el mercado.

Dado que la Gestapo conocía estas actividades de Petiot y tras tres meses de encierro no lograron dar con nada anormal -evidentemente era imposible que la investigación fuera concluyente, pues la supuesta red de disidentes dirigida por el doctor era imaginaria-, le pusieron en libertad. Y el monstruo volvió a lo suyo… Hasta marzo de 1944, momento en el que va a comenzar su final.

Por esas fechas las fuerzas de ocupación envían un comunicado al propietario del 21 de la Rue Le Sueur indicándole que debe abandonar la villa en el plazo de una semana, pues la intendencia nazi había decidido convertirla en alojamiento para los chóferes de la Gestapo. Y Petiot se sabe atrapado sin solución. No en vano, el pozo del garaje está atestado de restos de cadáveres en diferentes fases de descomposición, aún hay cuerpos enteros de los que no ha podido deshacerse repartidos por la casa, y varias habitaciones están repletas de maletas y efectos personales de las víctimas que no ha podido procesar. Sus únicas salidas viables eran incendiar la mansión, acción que inevitablemente le enfrentaría de nuevo con la Gestapo con imprevisibles consecuencias, o bien tratar de incinerar los restos humanos y sus enseres en los hornos del sótano para hacerlos desaparecer. Tras pensarlo un momento, el siempre decidido Petiot opta por lo segundo.

Mala idea, porque el doctor que nunca había imaginado que esto ocurriría, había realizado mal los cálculos a la hora de elegir los hornos. En los días siguientes la chimenea de la villa comenzó a vomitar un humo denso, negro y pestilente que, retenido por las nubes bajas, en lugar de ascender quedó suspendido a la altura de los tejados y comenzó a extenderse por todo el barrio provocando un gran estado de alarma entre los vecinos. La humareda era tan densa y aquella peste resultaba tan insoportable que se avisó a los bomberos y a la policía. Algo había que hacer con esa chimenea que estaba contaminándolo todo, y no pocos creían que se había declarado un incendio en el interior de la mansión. Lo cierto es que cuando la policía accedió a la villa, Petiot, en medio de la confusión, ya se las había ingeniado para darse a la fuga montado en una bicicleta.

El espectáculo que se ofreció a los agentes a poco que registraron resultó tan dantesco como el lector pueda imaginar. Infernal de todo punto pues al pequeño campo de exterminio casero no le faltaba ni uno solo de los horrores que luego encontrarían los aliados en las factorías de la muerte nazis. Montones de calaveras, huesos y restos humanos en diferentes estados de descomposición, se apilaban formando montañas en la trasera de los hornos. Un primer recuento de las autoridades estimó que en aquellas pilas había pedazos de, al menos, 45 personas. La mayoría de las habitaciones de la casa estaban atestadas de maletas, montañas de ropa, armarios repletos de dinero, joyas y los más variopintos objetos de valor. El pozo del garaje estaba lleno a rebosar de una pasta de cal trufada de restos de personas. Había incluso libros de contabilidad en los que aparecían casi un centenar de nombres de supuestos clientes ya liquidados o potenciales, así como el pertinente control de cantidades e inventario. Nadie daba crédito.

Recogiendo restos caso Petiot
Agentes recogiendo restos humanos previamente sumergidos en la cal viva del garaje de los horrores de Petiot.

La buena persona

Muchos fueron los que creyeron que aquello no podía ser obra suya, especialmente quienes le conocían –recordemos que era tenido por un hombre extraordinariamente humanitario-, pero el peso de las pruebas aportado por la policía judicial era tan grande que no podía ser ignorado. Ya saben, la historia manida del “parecía buena persona”.

Se tardó bastante poco en identificar a muchos de los propietarios de los enseres hallados en la casa, por lo que era evidente dónde terminaba la ruta de escape regentada por Marcel Petiot, y mucha ironía hicieron las tropas de ocupación alemanas con el asunto cuando saltó a los medios de comunicación pues, al fin y al cabo, decían con sorna en sus emisiones de radio, también parecía haber franceses dispuestos a colaborar en el exterminio de los judíos. Consecuentemente, el caso Petiot no sólo resultaba en la monstruosidad de un hombre criminal, malvado y avaricioso, sino que también era ya una vergüenza nacional para los franceses. De hecho, y en el colmo del ridículo, muchos editorialistas de los rotativos galos comenzaron a especular con la idea de que, tal vez, Petiot fuera un agente encubierto de la Gestapo, pues un ciudadano francés de bien no podía ser capaz de idear aquella barbarie. Otros simplemente asumieron los hechos y le dieron el apodo de “Doctor Satán”.

Pero de Petiot, por cierto, ni rastro. Ni una sola noticia hasta que llega a la redacción de un rotativo parisino una carta matasellada en Reuilly que cantaba alabanzas sobre el doctor. Se decía en la misiva que todo cuanto estaba ocurriendo era una conspiración contra uno de los más grandes y comprometidos hombres de Francia. Un patriota, bienhechor e incomprendido ser humano cuyo único delito era el de haber ayudado reiteradamente a los más desfavorecidos. A la policía la carta le dio mala espina desde el primer momento y pidió al periódico que se la hiciera llegar. Estaba escrita a mano. Un perito calígrafo comparó la letra con la de otros documentos de Petiot y corroboró las sospechas iniciales: aquella carta era obra del propio Satán.

No se pudo seguir la pista a la misiva a causa de los imponderables de la guerra, pero el jefe de policía –que demostró tener mucha psicología parda- supuso cual era el plan del doctor Petiot: tratar de integrarse en un grupo de la resistencia a fin de ocultarse entre sus componentes para, una vez terminada la contienda, que se decantaba ya hacia el bando aliado, reaparecer convertido de nuevo en un héroe popular, lo cual volcaría a la opinión pública de su lado en caso de ser detenido y pondría las cosas difíciles a las autoridades. Así, amparado en esta intuición, esperó paciente.

Llegó el Desembarco de Normandía y, poco después, la liberación de Francia. Cuando De Gaulle y los héroes de la resistencia francesa iban a entrar victoriosos en París, se repartieron entre los agentes de policía fotografías de Petiot. Y, en efecto, tan engreído como las autoridades habían supuesto, el doctor se presentó entre las tropas vencedoras uniformado como oficial del ejército. Días después de la liberación, el día 2 de noviembre de 1944, se le cogió cuando salía del metro en la estación de St. Mandé-Tourelle. Se había dejado la barba y llevaba unas gafas ahumadas, haciéndose pasar desde hacía meses por capitán de la resistencia bajo el alias de Henri Valéri.

Petior Detenido
Petiot posa en instalaciones policiales poco después de ser detenido.

Los argumentos de Petiot a la hora de defenderse fueron los esperables: él era un cabeza de turco de la Gestapo que, a la sazón, era la única responsable de los horrores encontrados en su propiedad. Sea como fuere, tras una larga instrucción sumarial, su juicio comenzó el 18 de marzo de 1946, habiendo poco espacio para espectáculos mediáticos, pues las pruebas en su contra eran tan abrumadoras que tan sólo sirvió para que se relataran públicamente sus horrores. Terminaría, de tal modo, el 4 de abril cuando el jurado le declaro culpable y único responsable del asesinato de al menos 24 personas.

A Marcel Petiot se le guillotinó el 25 de mayo de 1946. Tuvo el dudoso privilegio de ser el primer criminal francés que era ejecutado de tal guisa desde que el estallido de la Segunda Guerra Mundial motivara que la guillotina fuera almacenada en los sótanos del Ministerio de Justicia.

¿Pirata o corsario?

En efecto, pese a ser conocido como uno de los más célebres “piratas” de todos los tiempos, el escocés –natural probablemente de Greenock- William Kidd, nacido en 1645, era a decir de quienes le conocieron un hombre egocéntrico y algo excesivo pero jamás ejerció la piratería con seguridad y más allá de las especulaciones, siendo a buen seguro inocente de los cargos por los que fuera condenado a muerte. Incluso la acusación de asesinato resultó dudosa en la medida que sí terminó con la vida de uno de sus subordinados, pero todo parece indicar que accidentalmente y en legítima defensa. Sin embargo,  también es cierto que su pasado como violento corsario no le ayudó en los momentos más apurados de su vida.

william kidd
William Kidd en su momento de mayor prosperidad.

Corría 1695. Por aquellos días Kidd era un hombre de buena posición, respetado capitán mercante a título privado y persona enredada en ciertas empresas políticas y militares que tal vez le habían granjeado enemigos temibles. La vida le sonreía y tras una juventud repleta de dudosas aventuras marineras –básicamente como caza-piratas- todo le iba de cara. Pero se aburría. La vida de los negocios seguros en tierra firme le resultaba poco llevadera. El hecho es que fue invitado a capitanear una expedición destinada a apresar algunos del elevado número de buques piratas que operaban en las costas del Mar Rojo. Dicha expedición contaba con la financiación de, entre otros, el Lord Canciller y el primer Lord del Almirantazgo. Incluso el propio monarca, Guillermo III, habría querido participar de los beneficios de la aventura pero la Corona no se encontraba en aquellos momentos demasiado bien de fondos y hubo de abstenerse de participar en la empresa. Se daba además la circunstancia de que Inglaterra y Francia se encontraban en guerra, por lo que se informó a Kidd de que también podría apresar cuantos barcos franceses se pusieran a su alcance.

Un mal comienzo

William Kidd, apoyado en su principal contacto con los inversores, Robert Livingston, seleccionó a la tripulación de su nave en Nueva York, pero dada su larga experiencia como marino era perfectamente consciente de los problemas que este tipo de empresas solía acarrear como, por ejemplo, el de las tentaciones ambiciosas de los marineros que podían degenerar en actos de piratería.

Habitualmente se concedía como paga a repartir entre los marineros un seis por ciento de todos los botines capturados, pero a Kidd sus codiciosos patronos le indicaron que sólo podría contar con un cuatro por ciento de las capturas para asalariar a sus hombres y ello suponía una grave dificultad. Aún cobrando el máximo, era bastante común que los marineros se amotinasen, depusieran al capitán, se apropiaran del barco y se dedicaran a la piratería. No podemos olvidar que las tripulaciones que solían emplearse en este trabajo peligroso, mal pagado y del que no todos volvían con vida o simplemente enteros, solían componerse de tipos extremadamente duros y violentos. Por lo general criminales, renegados, prófugos y toda suerte de individuos sin nada que perder a los que debían controlar el capitán, varios oficiales y apenas un puñado de hombres confianza con los que ya se habría navegado con anterioridad. Precisamente por ello, Kidd desoyó el mandato de sus patrones y optó unilateralmente por pagar el seis por ciento establecido como máximo intentando, además, contratar a hombres con familia para evitar las tentaciones aventureras.

Charles Galley, by
El Charles, barco construido en el astillero de William Castle, al igual que el Adventure de Kidd. Es probable que ambos barcos fueran extremadamente parecidos (Oleo de W. V. Velde, 1677).

El hecho es que las cosas comenzaban con mal pie. Tanto que Kidd, puede que arrepentido de sus intenciones originales, había intentado durante meses deshacerse del contrato a pesar de que se le había prometido un sustancioso porcentaje de los botines. Pero fue tan presionado por el grupo de inversores que, en última instancia, incluso se vio obligado a vender uno de sus propios barcos mercantes –el Antegoa– y adquirir otro más modesto, el galeón Adventure, equipado con 37 cañones, para poner en pie la expedición y hacerse a la mar.

Y la situación no mejoró con el tiempo. A poco de echarse a la mar, el Adventure se cruzó con un barco de la marina británica. En lugar de ofrecer el debido respeto, la tripulación de Kidd ofendió a los oficiales del navío de guerra mostrándoles el trasero, con lo que el galeón fue abordado y los ofensores reclutados para el servicio. A Kidd le dejaron a cambio un grupo de insurrectos de los que la oficialidad de la nave británica llevaba mucho tiempo deseando librarse… Con ello, y para completar la tripulación, Kidd hubo de retornar a Nueva York, donde ya solo pudo captar a otro montón de aquella gentuza peligrosa de la que había estado intentado evitar desde el comienzo de la empresa.

Para agravar las cosas, no se obtuvo ni una sola captura durante el primer año del viaje. La marinería no estaba demasiado satisfecha previendo que la paga no sería tan cuantiosa como se le había prometido y en el barco crecían los rumores de sedición. Así, tras tres semanas fondeado en el Mar Rojo a la espera de algún objetivo y conducido por la desesperación, Kidd cometió el error de lanzarse contra un barco mercante que resultó ser británico, el Spectre, capitaneado por un tal Edward Barlow. Pese a que William Kidd, consciente del error, no consumó la captura, el suspicaz Barlow le acusó de piratería tras fondear en Karwar el 14 de octubre de 1697.

Kidd Assassins Creed
Una de las muchas versiones legendarias del Capitan Kidd que jalonan la historia del cómic, el cine o los videojuegos. Esta en concreto es la representación del “Pirata Kidd” imaginada por los creativos de Ubisoft para la saga multimillonaria Assassins Creed.

Y aquí es donde la historia se bifurca. Algunos dicen que Kidd, frustrado por la nefasta campaña y tal vez sediento de aventuras, decidió dejarse influenciar por la tripulación descontenta para dedicarse a la piratería. El problema es que no parece probable, en primer lugar, porque Kidd era un hombre perfectamente acomodado, bien relacionado, prestigioso y respetable que no tenía necesidad alguna de convertirse en pirata. Y, en segundo término, porque como vamos a ver los acontecimientos subsiguientes –incluyendo las actas judiciales- se explican mejor si damos crédito a su autoproclamada inocencia.

¿Corsario o pirata?

Inevitablemente los temores de Kidd se hicieron pronto realidad cuando la tripulación se amotinó e intentó capturar un barco que navegaba bajo pabellón británico contra el lógico criterio del capitán. Fue en la represión de este motín que, acorralado por un grupo de hombres, golpeó con un cubo en la cabeza al marinero William Moore. Lo cierto es que la rebelión fue finalmente reprimida con éxito y la expedición continuó, pero Moore falleció al día siguiente a causa de las heridas y los tripulantes despechados se aseguraron de indicar a Kidd que le acusarían de asesinato apenas el barco recalara en un puerto británico.

Poco después, William Kidd abordó un buque armenio, otro portugués y otro holandés. Todos ellos navegaban con pases franceses, por lo que las capturas podían considerarse plenamente legales. Sin embargo, la última nave, el Quedah, cuyo capitán era un tal Wright, resultó ser un navío británico encubierto. Kidd quiso liberarlo y devolver el botín, pero la tripulación se negó en redondo amenazando con nuevas violencias, de modo que desistió. Ello condujo a que los propietarios de la nave capturada expresaran una queja formal al gobierno de Londres.

La campaña iba de mal en peor y la situación empeoraba a bordo del Adventure a tal punto que las órdenes de Kidd se seguían de muy mala gana. El capitán supo entonces que el pirata Robert Culliford –un viejo conocido y enemigo de otros tiempos- estaba operando en el archipiélago de Madagascar, e imaginó que sería una buena presa que además subsanaría cualquier malentendido con las Autoridades británicas. No obstante, apenas el Adventure fondeó en la Isla de Santa María para aprovisionarse, trece miembros de su tripulación desertaron y se unieron a Culliford, abandonando a Kidd a su suerte. El testimonio de dos de estos desertores, Robert Brandinham y Joseph Palmer, sería capital en el posterior juicio contra el capitán. El resto de la tripulación le encerró en su camarote y emprendió diversos actos de piratería antes de saquear el barco y abandonarlo con varías vías de agua a favor del previamente capturado Quedah. Lo cierto es que los piratas pronto serían capturados por un convoy británico enviado en su persecución, pero entonces sucedió algo ciertamente notable por lo paradójico: cuando Kidd pensaba que sería rescatado ocurrió que la mayor parte de la tripulación rebelde fue indultada, quedando solo acusados por piratería él mismo y algunos otros de los que le fueron fieles. De esta manera Richard Coote, Lord Bellomont, gobernador de Boston, New York y New Hampshire, encerró a Kidd y sus fieles en la prisión de Stone apenas tomaron tierra tres años después de su partida.

Se dice –y viene la leyenda- que, conociendo perfectamente los procedimientos habituales del negocio y aún no preocupado por su vida pues esta clase de denuncias eran normales en el mundillo de los corsarios y solían resolverse sin mayores contratiempos, el capitán habría ocultado buena parte del botín en el pecio del Adventure  –pues solo él conocería la ubicación del hundimiento- a fin de tener una base sobre la que concertar su libertad. Un hecho ciertamente dudoso si tenemos en cuenta la secuencia de los acontecimientos antes indicada. De hecho, no es posible creer que unos insurrectos decididos a dedicarse a la piratería dejaran el botín de las capturas hundirse en un barco que del que probablemente no podrían recuperarlo. Resulta, por tanto, mucho más probable la teoría de que el supuesto “tesoro” de Kidd fuera bastante menos cuantioso de lo que se cree y se transformara en carne de corruptelas.

Sea como fuere, el capitán entregó a sus captores los pases franceses y el cuaderno de bitácora del Adventure, que había logrado conservar. Pese a la legitimidad de sus capturas y la honradez con la que trató de conducir el asunto, William Kidd fue cargado de cadenas y enviado a Inglaterra en 1701, donde la Cámara de los Comunes, sin escuchar su testimonio, decidió llevarle a un juicio que resultó ser una pantomima en la medida que ni tan siquiera se le permitió defenderse con una declaración como sería lo esperable. Es más, y sorprendentemente, Kidd encontró que su libro de bitácora había sido adulterado y que los pases de los barcos capturados habían “desaparecido”, con lo cual incluso su explicación de los sucesos del motín fue puesta en entredicho por una acusación muy parcial. De hecho, las actas del juicio de Kidd son absolutamente vergonzosas. Finalmente, pese a que varios testigos importantes insistieron reiteradamente en la proverbial honradez y valor del acusado, el tribunal, extrañamente enconado e irreflexivo, decidió que Kidd era un pirata y un asesino en la misma medida que los pases en cuestión nunca habrían existido. Fue, por lo tanto, condenado a muerte por los cargos de asesinato y piratería lo cual exigía de un castigo ejemplar.

Ejecucion de Kidd
Grabado en el que se muestra el aspecto que debió tener el cuerpo de William Kidd expuesto a orillas del Támesis.

Llegado el mes de mayo se le embreó, se le ciñó de cadenas y se le colgó a orillas del Támesis tal y como exigía la tradición. Su cadáver permaneció allí como advertencia para futuros piratas hasta bien avanzado su estado de descomposición. Nunca se han aclarado las razones por las que recibió Kidd un trato semejante de la justicia británica, pero parece claro que a lo largo de su carrera se había forjado grandes y peligrosos enemigos.

La memoria del Capitán Kidd sería restituida más de doscientos años después gracias a las investigaciones del historiador estadounidense Ralph Delahaye Paine. Buscando documentación en el Departamento de Archivos Públicos de Londres, vino a encontrar, ocultos entre montones de legajos polvorientos, los pases franceses que probaban la legitimidad y honradez de las capturas de William Kidd y que, por tanto, corroboraban su versión de la historia.

Muchos han sido, sin embargo, los que han comprado y vendido la interesada leyenda de pirata sanguinario que un juicio injusto vertió sobre Kidd[1]. No pocos han aceptado la idea de que dejó tras de sí un tesoro inmenso que nadie ha encontrado jamás  pero que, en vista de su irregular éxito como corsario, debió ser bastante más pobre de lo imaginado por ingenuos y fantasiosos[2]… La verdad, tal y como indico el propio Paine, es que “cualesquiera que fuesen sus faltas, [Kidd] fue injustamente tratado por sus clientes, maltratado por una tripulación de pícaros y calumniado por una posteridad de crédulos”[3].

Tesoro de Kidd
El lingote de plata encontrado en el supuesto pecio del Adventure por el equipo dirigido por el historiador Barry Clifford.

[1] En el colmo del disparate he llegado a leer por ahí que William Kidd era dueño de la mayor parte del barrio neoyorkino de Wall Street, y que probablemente habría comprado tales posesiones con el fruto de su actividades como pirata. Lo cierto es que Kidd vivió en tal barrio, en efecto, pero no era dueño del mismo y la mayor parte de su fortuna procedía de la viuda norteamericana con la que se casó en 1691, a poco de llegar a Nueva York, Sarah Bradley Cox Oort, cuyo difunto primer marido poseía un pujante negocio naviero que William Kidd pasó a gestionar al convertirse en el cabeza de familia.

[2] El último de ellos ha sido el investigador estadounidense Barry Clifford, quien, al frente de un equipo de buzos, ha encontrado en las costas de Madagascar un lingote de 50 kilogramos de plata en el interior un pecio al que, de manera dudosa, se ha identificado como el célebre Adventure. Se ha encontrado poco más con lo cual el dichoso “tesoro” queda en bastante poca cosa, pero Clifford insiste en que habría muchos más lingotes como el primero que, por cierto, no han aparecido. Por otro lado, el significado del hallazgo, anunciado a bombo y platillo en mayo de 2015, ha sido fuertemente cuestionado por los historiadores y no está exento de controversia.

[3] Paine, R.D. (1922). The Book of Buried Treasure. New York: McMillan Company, p. 128.