Las historias que nunca debiste creer

Chica de la Curva
Si te han contado que esta chica existe, no lo creas… Pero si la ves, tampoco la recojas.

La leyenda urbana, como solemos decir a menudo en este blog, se caracterizan por ser esa historia redonda, completa, argumentalmente cerrada, que cae de su peso y que tiene toda la pinta de ser “demasiado buena”. Tan buena que cabe sospechar que ha sido construida por alguien y que, simplemente, es tan perfecta que no puede ser cierta. Entendámonos: el mundo real es caótico, complejo, abierto, azaroso, condenado a la “magia” de la probabilística, a menudo irracional a ojos humanos, y por lo común fastidioso y molesto para la mayor parte de la gente por lo que simplemente prefiere ignorarlo. Al fin y al cabo, las “verdades” que podemos encontrar en él siempre son abiertas y están por ello mismo sometidas a ese constante proceso de discusión y revisión metódica al que llamamos ciencia. No ocurre así en el mundo imaginado, fantástico y perfecto del arte, de la creación literaria, de la cultura popular o de las magníficas leyendas urbanas –en tanto que parte de esa cultura pública- en la medida que entornos comunicativos artificiales en los que no imperan las reglas arbitrarias y a menudo incomprensibles de la naturaleza.

Por ello, del mismo modo que la mayor parte de la gente suele preferir una mentira maravillosa a una verdad mediocre, es habitual que tenga más sentido creer una perfecta leyenda urbana que comprender parcialmente un hecho real complejo. Bien lo saben los demagogos, los doctrinarios o los estafadores de toda suerte y cuño: para la mayor parte de las personas la verdad, en tanto que cuestión costosa, difícilmente alcanzable, por lo común “injusta” o “degradante”, y a menudo muy poco “razonable”, supone un completo fastidio.

Urban Legend
El cine también ha hecho dinero con las leyendas urbanas. Total, nunca debes permitir que la realidad te hunda un buen negocio.

Qué es una leyenda urbana

Tal y como explica uno de los más conocidos estudiosos de las leyendas urbanas, el profesor de literatura de la Universidad de Utah y especialista en folclore Jan Harold Brunvand, éstas son fábulas populares que relatan acontecimientos “reales” aunque raros o extravagantes, que le pasaron a alguien a quien no conocemos –ni podemos conocer-, y que nos suelen llegar por la vía del testimonio de alguien que nos resulta creíble porque, generalmente, este relator también se las cree. En general, y aunque parezca sorprendente, todas son estructuralmente muy parecidas y se caracterizan por una serie de elementos que son, precisamente, los que las hacen creíbles, fácilmente asimilables por cualquier público, y facilitan su difusión[1].

  1. Su final es aparentemente cerrado, pero permiten que sea el propio receptor quien saque sus propias conclusiones y complete el relato. Lo interesante es que cuando el receptor lo analiza descubre que solo puede concluir aquello “tiene lógica” a partir de lo que se le narra.
  2. Se construyen sobre bases argumentales simples. Tienden a ser lineales, poco complejas, de modo que puedan ser contadas y asumidas con brevedad y cierto grado de literalidad.
  3. Los elementos que las componen suelen formar parte de la vida diaria. De hecho, nos interesan porque suelen hablarnos de cosas que, aparentemente, son comunes y corrientes y “le pueden pasar a cualquiera”.
  4. Recurren a los elementos más simples y atávicos de la conciencia –especialmente el miedo-. Utilizan como palanca las emociones, nunca la razón.
  5. Son fácilmente intercambiables entre culturas y sociedades con escasos “retoques estéticos”, por lo que es normal que la misma leyenda se cuente en muchos sitios, aunque con la oportuna modificación de los detalles. Sin embargo, su estructura básica, el tronco argumental, permanece.
  6. Todas tienen una lejana base real, a veces tan remota y deformada que no recuerda en nada a los hechos originales que les sirven de inspiración. El hecho es que no importan los detalles concretos o los fundamentos documentales si los hubiere. Lo relevante es revestir el relato de veracidad -que al oyente “le suene”-.
  7. Existen en la medida que responden a la necesidad antropológica del mito en tanto que elemento que da sentido a “lo inexplicable”.
  8. Han existido en todas las culturas y épocas históricas, si bien no siempre se han llamado “leyendas urbanas”. De hecho, y en no pocos casos, las situaciones y elementos simbólicos que emplean son en su fondo los mismos, tanto en el presente como en el pasado. Por ello, muchos antropólogos las han relacionado con la teoría psicológica jungiana del inconsciente colectivo y los arquetipos[2].

La cuestión a dilucidar es cómo funcionan. Es decir, por qué se difunden con tanta facilidad al punto de que su expansión a menudo se convierte en una ola imparable y ajena a toda lógica. Ciertamente, ello se debe a que explotan toda una serie de elementos psicosociales que operan como “palancas” desde las que retroalimentarse: la necesidad de certezas, de “estar informado”, de conocer “aquello que no conoce nadie”, de poder “prevenir” o “anticipar” futuribles problemas y desastres o, en última instancia, la necesidad de integración social, de no quedar al margen y fuera de “lo que se cuece”, “lo que se dice”, “lo que se hace” o “lo que está de moda”… En realidad, son resortes psicológicos elementales que se conocen desde hace décadas y que se emplean en diferentes ámbitos y contextos relacionados con el arte de la persuasión, desde el discurso político al publicitario. Del mismo modo que el 99% de los animales que corren durante una estampida ignoran los motivos por los que la manada huye despavorida y se limitan a conducirse por el principio adaptativo de “es mejor hacer lo que hacen todos”, la inmensa mayoría de la gente prefiere, en tanto que elemento básico de nuestra sociabilidad –que nos ha concedido enorme éxito evolutivo, por cierto-, “seguir la corriente” del colectivo[3]. Así pues, las leyendas urbanas, en un fenómeno paralelo al de las falsas noticias o fakes,

  1. Siguen, en su propagación, la misma dinámica que el rumor: van de boca en boca -de email en email, de una red social a otra, de un usuario al siguiente, expandiéndose siguiendo el mismo modelo matemático de las ondas que genera  en el agua una piedra al ser lanzada en un estanque.
  2. La historia de la que parten puede ser cierta, inventada, de origen desconocido, o bien resultado de la desinformación pero, a medida que avanzan, los diversos relatores la  van apuntalando, adecuándola a sus necesidades o circunstancias. Por ello, y al igual que con el antes mencionado fenómeno de las noticias falsas, es un hecho que el usuario tiene una responsabilidad real y no puede encogerse de hombros argumentando que a él “también se le ha engañado”. En la sociedad digital moderna todos somos receptores, generadores y difusores de información, lo cual debería apelar de manera directa a nuestra responsabilidad a la hora de difundir falsedades o, simplemente, cosas de las que no estamos seguros o que simplemente desconocemos.
  3. Al final adquieren una forma estable y cerrada, de gran coherencia interna, que resulta muy difícil cuestionar.
  4. En algunos casos están tan bien estructuradas y consolidadas que cuesta mucho trabajo deslindar la realidad de la mera ficción, lo cual ha motivado, por ejemplo, que no pocos medios de comunicación “serios” hayan quedado atrapados por la magia inherente a la leyenda urbana y la hayan convertido en una noticia “real”[4].
Fake News
Los tipos que “cazaban” chicas desnudas con balas de pintura… Una fake news de gran éxito en su día. Si quieres saber más, debes leer la nota 4.

Como bien explica Brunvand, el miedo es una correa de transmisión excelente para estas historias. Ciertamente, no todas las leyendas urbanas son aterradoras o tienen por finalidad asustar, pero no es menos verdad que son precisamente las que nos tratan de prevenir de desastres, enfermedades, o crímenes, las que mejor funcionan y mayor éxito suelen alcanzar[5]. De hecho, si en este momento pidiéramos a alguien que nos contara “aquella historia que le contaron sobre un amigo de un amigo y que le impresionó”, es muy probable que escogiera una fábula truculenta o simplemente terrorífica. Del mismo modo, como sabe bien la industria de los productos milagrosos, que no hay nada mejor que mostrar a alguien que en el futuro podría ser calvo o gordo para venderle maravillas embotelladas, los difusores de leyendas urbanas o de mentiras políticas saben que lo que mejor funciona y más manipula a las masas es el pánico.

El modelo de los memes

El de meme es un concepto acuñado por el biólogo Richard Dawkins[6], y explicaría en buena medida el funcionamiento intrínseco de la leyenda urbana en tanto que “meme cultural”. A su parecer, en la naturaleza existen dos sistemas de procesamiento de información diferentes, pero complementarios:

  1. El genético: Transmite información biológica de generación en generación mediante la duplicación del ADN y los procesos de la herencia.
  2. El constituido por el cerebro y el sistema nervioso: Procesa información ambiental. Esta información se transmite por medio de la educación, la asimilación o la imitación –mímesis- y es la base de la cultura.

La idea de Dawkins es que los rasgos culturales –o memes– también seguirían en su  reproducción y replicación un proceso equivalente al de la información biológica (ADN). De tal modo, los memes constituyen unidades de información modificables e incrementables que evolucionarían, a largo plazo, igual que lo hacen los genes.

La diferencia fundamental entre ambos modelos de transmisión de información es que los genes son unidades naturales independientes, mientras que los memes los construimos nosotros como resultado del proceso de interacción comunicativa intrínseco a la dinámica sociocultural. Consecuentemente, y en términos antropológicos, la cultura no sería un conjunto determinado de conductas estandarizadas, sino la información que las concreta y otorga sentido. Desde este planteamiento es fácil entender las razones por las que el formato de la leyenda urbana es multicultural y fácilmente trasladable de unos entornos a otros: si aceptamos que los procesos que regulan el proceso comunicativo humano son constantes en la medida que categorías de especie, no hay motivo alguno para presuponer que los contenidos de tales procesos comunicativos sean diferentes más allá de sus peculiaridades superficiales. O de otro modo: es cierto que no todas las personas comen lo mismo, pero también lo es que todas las personas deben comer en tanto que necesidad biológica, con lo que las diferentes comidas que se expresan en la conducta “comer” dentro de culturas diversas expresan diferencias superficiales coyunturales, pero nunca de fondo en tanto que expresión de una necesidad universal.

El fascinante caso de los alienígenas

Alien
¿Te suena este tipo? Pues seguramente es inventado… Si no me crees, sigue leyendo.

Si prestamos atención a los relatos, ampliamente difundidos, de encuentros con supuestas entidades alienígenas ocurridos a partir de la década de 1960, y los analizamos pormenorizadamente y sin apasionamiento, pronto nos encontramos con el paradigma de la leyenda urbana: salvo muy peculiares excepciones tienden a reproducir un historia tipo en la que incluso se repiten, con pocas variantes significativas, las tipologías de alienígenas que los protagonizan:

  • Es sintomático que todos sean altos o bajos sin términos medios. Vayan ataviados con trajes fosforescentes o bien aparentemente desnudos. Siempre tienen “aspecto humanoide” y suelen ser delgados, de cabeza gruesa y ojos negros rasgados.
  • En raras ocasiones hablan con los abducidos, y si lo hacen, suele ser a través de comunicaciones “telepáticas”.
  • El abordado por estas entidades, o el directamente abduccido, por lo común argumenta no recordar gran cosa de lo sucedido durante la experiencia y su memoria se concentra en recuerdos sensoriales y toda suerte de cenestésias traumaticas –elevaciones, tocamientos, operaciones, penetraciones, y etcétera-. Raros, por muy extraordinarios, son los casos en los que detallan aspectos pormenorizados de lo que sucedió en el interior de la nave.
Alienigena de los Hill
El alienígena de los Hill. ¿Te suena?

Un antropólogo especializado en cultura popular contemporánea, John F. Moffit, profesor emérito en la New Mexico State University, se entretuvo en catalogar pacientemente infinidad de relatos anteriores y posteriores a 1965 de encuentros con pretendidos alienígenas para encontrarse con un detalle extremadamente significativo: el alienígena tipo que todos tenemos en mente siempre que sale el tema en una conversación, así como la historia de abducción básica, se apoya o recrea invariablemente en el testimonio de una sola pareja cuyo caso alcanzó enorme repercusión mediática: el del matrimonio Hill -Betty y Barney-, y data precisamente de 1965, ese año al parecer “mágico” para la consolidación cultural de esta clase de historias[7]. Lo cual, con total independencia de que exista o no vida extraterrestre -hecho que no forma parte de esta discusión- suscita inevitables preguntas: ¿es que los alienígenas que nos visitaban antes de 1965 han dejado de hacerlo? ¿A todos los “visitantes” les interesa lo mismo? ¿Todos son iguales? Y ya que estamos… Si usted pudiera realizar periódicamente un viaje de miles de años luz para visitar a unos tipos primitivos que habitan un planeta, ¿escogería a cualquier persona al azar para trabar contacto? ¿Y lo único que se le ocurriría hacer es meterles un buen susto y secuestrarlos para hacerles un examen rectal?

Barney y Betty Hill
El matrimonio Hill contándonos con pelos y detalles su historia. Poco imaginaban la que iban a armar con ella.

[1] Brunvand, J.H. (2003). El fabuloso libro de las leyendas urbanas. Demasiado bueno para ser cierto. Barcelona: Alba Editorial.

[2] Jung, C.G. (2012). Símbolos de la transformación. Madrid: Editorial Trotta.

[3] Bromhall, C. (2003). The eternal child. An explosive new theory of human origins and behavior. London: Ebury Press.

[4] En 2003, por ejemplo, el Diario El País se hizo eco de una presunta noticia difundida por gran diversidad de medios en los Estados Unidos: una supuesta empresa con sede en el estado de Nevada organizaba “cacerías”, a precios astronómicos por supuesto, de mujeres desnudas a los que los pretendidos cazadores tiroteaban con balas de pintura, en un juego absolutamente degradante y machista [Disparo a la chica]. El escándalo se había organizado a partir de las imágenes y ofertas difundidas por la pretendida página web de esta empresa. El asunto alcanzó tal revuelo que incluso el FBI investigó el caso. La realidad es que nunca se encontró a la tal empresa, ni se supo de “cacería” real alguna, ni se pudo localizar a nadie que hubiera participado –ya fuera como pretendida víctima o supuesto verdugo- en el juego perverso… La conclusión fue que se trataba de un broma a la que la sensibilización ante esta cuestión que expresan ciertos colectivos había dotado de credibilidad. Y es que la corrección política, en general, ayuda muy poco a la verdad.

[5] Brunvand, J.H. (2005). Tened miedo… mucho miedo. El libro de las leyendas urbanas de terror. Barcelona: Alba Editorial.

[6] Aunger, R. (2004). El meme eléctrico. Una nueva teoría acerca de cómo pensamos. Barcelona: Paidós.

[7] Moffit, J.F. (2006). Alienígenas. Madrid: Siruela.

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La leyenda de la necrófila imposible


Es cierto. He tardado mucho en volver a componer una entrada, pero tengo una excusa más que razonable para justificar la demora. Resulta que me encontré con esta historia “demasiado buena” y la he andado persiguiendo durante un par de semanas hasta que he podido hacerme una composición de lugar más o menos certera del hecho. No es oro todo lo que reluce y la verdad es menos divertida que la ficción, es cierto, pero creo que el esfuerzo realizado ha valido la pena.


La noticia me llegar por “Whattsap” y me la envían porque quienes me conocen de cerca saben bien que a causa de mis ocupaciones y singularidades los temas raros, chungos, extravagantes y fronterizos, suelen ser de mi más profundo interés. El hecho es que leo y releo el titular sin poder evitar la perplejidad: “Conoce a la mujer en Estados Unidos que quedó embarazada de un muerto“. Luego se me cuenta -cierto que sin mucho detalle- que una tal Felicity Marmaduke, de 38 años de edad, empleada de una funeraria ubicada en Lexington, Missouri, habría sido detenida por la policía en noviembre de 2010 tras quedar embarazada por mantener relaciones sexuales con el cadáver de un varón allí depositado en espera del oportuno sepelio.

Y digo perplejidad por diversas razones. La primera y fundamental de ellas es que conozco el hecho de que la necrofilia femenina completa es muy rara -por no decir que extremadamente rara- por obvios motivos anatómicos y fisiológicos que convierten la mecánica de la penetración en fenómeno harto complejo. De hecho, y hasta donde sé, la estimulación para alcanzar el orgasmo tendría que tener un componente netamente psicológico. En consecuencia, si la noticia es real estaríamos ante un caso interesantísimo y digno de un profundo estudio… Lamentablemente, hay cosas que me hacen sospechar de la veracidad de esta noticia que se fecha en abril de 2016 (nada menos que seis años después del hecho original), y que según advierto se ha convertido en un auténtico fenómeno viral (pero solo a partir de abril de 2016, ojo).

De hecho, el relato tiene ese singular aspecto de ser tan rematadamente bueno que no puede ser cierto.

Por supuesto, y junto con el hecho de que en todas partes se cuente la historia con ese estilo tan escueto y singularmente auto-conclusivo que tienen las leyendas urbanas, a la que debería añadirse una especial falta de detalles  que serían harto significativos para documentar una noticia como esta, encuentro una serie de hechos muy sospechosos:

  1. La tal Felicity es dos mujeres y no una pues, dependiendo de la web, blog o foro que uno consulte, encuentra que unos aportan la fotografía de una señora y, otros, la de otra mujer que no se le parece absolutamente nada.
  2. Cuando se busca por diversas vías el nombre “Felicity Marmaduke” no aparece ninguna información alternativa -o colateral- acerca de esta persona que no sea la relacionada con la noticia en sí.
  3. No soy capaz de encontrar en ningún directorio de la ciudad de Lexington, en el Estado de Missouri, negocio funerario presente o pasado cuyo nombre coincida con el que se aporta en las supuestas noticias: Mourning Glory Mortuory (algo así como “funeraria luto en la gloria”… ¿Es que solo yo veo la ironía intrínseca al nombrecito?).
  4. En unas noticias se dice que la tal Felicity era “empleada” en la morgue de la funeraria. Pero el empleo, dependiendo de lo que uno lea, es más bien pluriempleo pues la pobre Felicity era también “limpiadora”, “tanatopráctica”, “ayudante”, “secretaria”, “patóloga”… Vaya, como que parece mentira que con tanto trabajo aún tuviera el suficiente tiempo como para andar montándoselo con sus agradecidos clientes (supongo, ya que estamos y por seguir con la jarana, que leyendo esta noticia los Grateful Dead se habrían partido de risa).
  5. La conclusión del caso también es extrañamente variable: según unos medios, Felicity habría sido condenada a pagar una indemnización de 250.000 dólares a los familiares del difunto, pero según otros esa misma sería la cantidad que la mujer habría exigido por vía judicial a los herederos del plácido finado para el mantenimiento de su retoño.

Muchas inconsistencias y singularidades que, de inmediato, ponen en funcionamiento mi proverbial espíritu investigador, curioso y aventurero. Al tema.

felicity-1-y-2
Contéstame a una pregunta sencilla: ¿me equivoco o estas dos chicas no son la misma persona? ¿Y soy el único que se da cuenta?

Argumento “fuerza”

Con total independencia de la puerilidad inherente a gozar del escándalo inmaduro que provocan las noticias de un tono sexual más o menos subido -para que luego diga algún iletrado por ahí que Freud andaba confundido-, y que en última instancia las justifica y alienta, no es menos cierto que toda leyenda urbana que se precie necesita de un “argumento fuerza” que la mantenga funcionando con eficiencia. En este caso, y como no puede ser de otro modo, se habla de supuestos “estudios científicos” que “demostrarían” la existencia de la “erección post-mortem”, “la eyaculación post-mortem” y la posibilidad del “embarazo post-mortem”… Como es lógico, ni se dice qué estudios son esos, ni se ofrece mayor información colateral acerca de cómo encontrarlos. Con que digamos que existen, al parecer, ya vale para satisfacer el dudoso rigor del lector medio.

En realidad, deberíamos empezar por dilucidar un problema conceptual: la llamada “erección post-mortem” no existe en cuanto tal. El nombre técnico para el fenómeno del engrosamiento de los genitales masculinos no relacionado de manera directa con el deseo sexual es el de priapismo -de Príapo, divinidad relacionada con el culto a la fertilidad y a la que se representaba con una fuerte y exagerada erección-. Hasta donde se sabe, el priapismo es una erección sostenida (a veces durante horas) y dolorosa del pene en la que el tronco del órgano se mantiene duro por la entrada de sangre en los cuerpos cavernosos, entretanto el glande permanece blando en la medida que el cuerpo esponjoso no recibe el riego necesario. Habría, por lo demás,  dos tipos de priapismo que, de presentarse con habitualidad, requerirían de tratamiento médico pues podría degenerar en daños eréctiles permanentes:

  1. De alto flujo, por el que se produce un excesivo aporte de sangre arterial a los cuerpos cavernosos del pene.
  2. De bajo flujo -o venoso-, que se produce por una falla en el drenaje de la sangre alojada en los cuerpos cavernosos.

Sucede que el mecanismo de la erección normal -vinculada a la actividad sexual- es involuntario si bien se pone en funcionamiento por excitación psicofisiológica. Los músculos de la base del pene se relajan permitiendo el acceso de la sangre al mismo. La aparición del priapismo suele relacionarse con el consumo de cierto tipo de fármacos que relajan (alto flujo), o bien impiden la relajación (bajo flujo), de la musculatura de la base del pene.

priapismo
Sección transversal del pene.

El priapismo post-mortem ocurre solo en casos muy especiales y su funcionamiento no está del todo esclarecido. Parece que en aquellos casos en los que el cadáver queda en una posición en la que se favorece, por influencia de la gravedad -o livor mortis-, el paso de la sangre hacia el pene, éste podría quedar erecto, y esto es lo que comúnmente ocurre en los casos de ahorcamiento por suspensión, en los que el cuerpo queda “colgando” de suerte que la sangre invade los cuerpos cavernosos. Otra teoría plausible, pues se ha observado en pacientes vivos que sufren de priapismo, y que también podría aplicarse a los casos de ahorcamiento y/o estrangulación, tiene que ver con la presión ejercida sobre el cerebelo así como las regiones altas de la médula espinal.

En cuanto a la eyaculación en casos de priapismo post-mortem, el asunto tiene poco que ver con la estimulación sexual del cadáver -que no existe al haberse detenido la actividad nerviosa- y, según la escasa literatura existente sobre el asunto, se produciría en uno de cada tres hombres muertos por ahorcamiento y solo en el momento del espasmo cadavérico (de ahí la vieja teoría brujeril de que la mandrágora crece allá donde haya caído el semen del ahorcado). En todo caso, estamos hablando de estudios muy antiguos cuyas conclusiones no han sido debidamente contrastadas y actualizadas[1]. Es más, en muchos casos las referencias a este fenómeno son más comunes en la literatura y los relatos populares que en contribuciones propiamente científicas. Por otra parte, no parece claro que en muchos casos la calidad de esta “erección post-mortem” sea tal como para permitir la penetración y, consecuentemente, la práctica sexual por la mecánica normal. Además, es complicado encontrar estudios rigurosos que puedan establecer con rigor durante cuánto tiempo se mantendría esta erección mecánica.

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Representación de Príapo (Casa dei Vettii, Pompeya).

Necrofilia femenina

La necrofilia auténtica, en tanto que parafilia, ha recibido un tratamiento muy desigual y limitado en la literatura a causa de su rareza. De hecho, la mayor parte de los casos de necrofilia tratados en la literatura no serían “auténticos” por cuanto no responden a las exigencias específicas de la parafilia en sí y tienen más que ver con otras actividades que podríamos denominar “pseudonecrófilas” como, por ejemplo, la agresión sexual posterior a un asesinato. De hecho, el necrófilo genuino raramente mata y suele preferir cadáveres en descomposición –pues esta parafilia tiene elevada comorbilidad con otras como la coprofilia- o bien se lo procura por la vía de la profanación. Téngase en cuenta que la necrofilia genuina tiene un fuerte componente simbólico que toma la forma de “adoración hacia lo muerto” por lo que raramente implica un crimen previo. Por ello, el necrófilo auténtico se convierte en asiduo de funerales y entierros, así como en visitador permanente de cementerios. Por lo demás, sus actividades no necesariamente implican la penetración física y a menudo el goce se limita a acariciar los cuerpos, peinarlos o vestirlos. Se han conocido casos de individuos cuya peculiar manifestación necrófila consistía en comerse las uñas del difunto o simplemente en la mera necrofagia de aquellas partes que para él gozaran de un especial significado erótico (parcialismo)[2].

Por otro lado, ya lo anticipábamos al comienzo, la necrofilia femenina es, más que inusual, extremadamente rara. Spoerri, en 1959[3], estudió 47 casos de necrofilia que en su momento eran prácticamente la totalidad de los referenciados en la literatura mundial, encontrando que la edad de los sujetos oscilaba entre los 16 y los 57 años, siendo protagonizado por una mujer tan solo uno del total. Evidentemente, en este caso nunca se documentó la penetración por obvias razones “mecánicas”.

Cuéntame un cuento

Visto lo visto, comprenderá el lector mi interés personal por profundizar en este asunto “demasiado bueno para ser verdad”. Sobre todo cuando, a poco de meterme en harina, vengo a descubrir que en octubre de 2016 apareció una noticia equivalente a la protagonizada por la tal Felicity Marmaduke. En este caso la mujer se llamaba Jennifer Burrows y habría quedado también encinta tras mantener relaciones sexuales con un cadáver en una morgue de Kansas City, Missouri.

Y hay no pocos detalles interesantes en relación a esta segunda necrófila, de la que según se explica tendría 26 años de edad y que trabajaría como patóloga:

  1. La fotografía de la señora era exactamente la misma que una de las empleadas para identificar a Felicity Marmaduke.
  2. La noticia explicaba que la mujer había sido acusada tras alumbrar al hijo del difunto porque una prueba de ADN realizada al niño, y amparada en ciertas sospechas, habría arrojado como resultado una identificación positiva (no se entra en muchos detalles, pero la recurrencia del “fenómeno ADN” como argumento fuerza en esta clase de bulos criminales es ya un tópico… Hay que ver el daño que está haciendo el culebrón del CSI a la inventiva del personal).
  3. Se decía que la tal Burrows –cuyo su nombre en otras informaciones se cambia inexplicablemente por el de “Kristen”- habría venido manteniendo relaciones con “docenas de cadáveres” a lo largo de los años. Evidentemente, el relato rompe con el más elemental de los principios estadísticos. O eso, o en el Estado de Missouri, por algún tipo de extraña e inexplicada patología medioambiental, las mujeres son un puñado de necrófilas terribles y la mayor parte de los hombres sufre de priapismo post-mortem.
  4. La policía de Kansas City negó haber detenido jamás a nadie por los motivos argumentados en la noticia y, de hecho, sostiene no tener dato alguno que remita a suceso parecido.
  5. Es obvio que esta noticia, por las razones aducidas, no puede ser otra cosa que una revisión –o versión- de la primera, y que todos los testimonios de “expertos”, “psiquiatras” y “psicólogos”, a los que por cierto nadie conoce en parte alguna, que se aducen son mera invención.

Evidentemente, surge de inmediato la cuestión acerca del origen de este infame bulo que se ha reproducido exponencialmente y que mucha gente ha decidido creer en la medida que simplemente divertido, interesante, macabro o suficientemente disparatado como para merecer atención y público.

Persiguiendo el tema, encuentro que la primera información publicada en la que se habla de la pobre Felicity Marmaduke –con fecha 11 de noviembre de 2010- procede de la web Dead Serious News, página que se autodefine como “publicación satírica de periodicidad irregular”, y cuyos componentes, por lo que he podido ver al revisar sus perfiles imaginarios, son una verdadera panda de cachondos mentales que crean y publican noticias ficticias como mero divertimento crítico. Se trata, en suma, de una nota escueta, de aspecto claramente humorístico, en la que se resume toda la información relevante y que otras noticias posteriores simplemente “engorda” con detalles destinados a enriquecer el relato y otorgarle mayor credibilidad.

La “magia de internet”, operando con su maquinaria de brutal aplastamiento del más elemental sentido crítico y común de los navegantes –cuando no apelando a la simple y llana ignorancia-, ha hecho el resto, pues es sencillo advertir, al observar las fechas de publicación de las informaciones en torno a Marmaduke, su redacción, así como su forma de expansión, que todas ellas son meras copias unas de otras que en algún que otro caso no pasan del simple y triste corta-pega chapucero (y eso que plagiar es delito). En definitiva, el sistema de reproducción básico de la leyenda urbana.

Como es de suponer, eventos como este de la necrófila imposible nos introduce de nuevo en el debate de internet como cacareada “herramienta para la comunicación y difusión el conocimiento”, a la par que nos adentra en el peligro inherente a la terriblemente común y desvergonzada práctica del plagio de contenidos en la red… Porque el personal no solo se copia, es que encima copia sin criterio alguno, dando pábulo a la difusión y redifusión permanente de mentiras, sandeces y toda suerte de tonterías que harían sonrojarse al más aguerrido fan de Forrest Gump.

Seguiremos informando.


[1] Por ejemplo: Grube, W.W. (1897). A compendium of practical medicine for the use of students and practitioners of medicine. Toledo (OH): The Hadley Publishing Company / Gould, G.M. & Pyle, W.L. (1900). Anomalies and Curiosities of Medicine. Popular Edition. Philadelphia (PA): W.B. Saunders.

[2] Masters, R.E.L. y Lea, E. (1970). La sexualidad criminal en la historia. Barcelona: Ediciones Picazo.

[3] Cit. en López Ibor, J.J. (1968). El libro de la vida sexual. Barcelona: Ediciones Danae.

Delicias orientales

caballeros-del-zodiaco
“Saint Seiya” (Masami Kurumada, 1986), producto cuya versión anime se conoció durante su primera exhibición en la televisión española como “Caballeros del Zodiaco”… Uno de los animes más molones de mis años adolescentes. Todavía guardo las figuritas.

No podría entenderse la imagen estética que han ido adquiriendo las diversas manifestaciones del crimen, el sexo y la violencia en la cultura popular del presente sin prestar atención a la creciente influencia que dos productos netamente japoneses, el manga y el anime, han adquirido en el mercado del entretenimiento occidental.

Tras desembarcar por estos pagos a mediados de la década de 1970, frente a la confusa opinión de supuestos especialistas que quisieron verlos como lluvia primaveral, han echado raíces y crecido al punto de que, en gran medida, puede hablarse ya de una invasión en toda regla. Y no es una cuestión baladí la de lo que representa este proceso de colonización cultural inversa si se tiene presente que ha sido Occidente quien, por tradición, ha impuesto su maquinaria cultural al resto del mundo. Tal vez los teóricos de la globalización debieran retornar a los clásicos de la antropología para comenzar a pensar en este proceso no como algo unidireccional, sino como un procedimiento de intercambios y préstamos que modifica el aspecto final que ofrecen las culturas en contacto y sus productos. Sabido es, por ejemplo, que en el espectador hindú prefiere la versión Bollywood de cualquier producción cinematográfica occidental antes que el original, que suele fracasar en taquilla.

En efecto, el manga es un perfecto ejemplo de cómo la influencia occidental es recodificada en términos propios y devuelta a Occidente con otro aspecto y desde otras variables más sugestivas, mediáticas y víricas. De hecho, nuestro formato de historieta penetra en un Japón en el que se desconocía esta expresión artística a finales del siglo XIX, coincidiendo con ese proceso de modernización radical que supuso la llamada Revolución Meijí e hizo que, de súbito, todo lo occidental se pusiera “de moda”. Los creadores se encuentran con el formato del arte gráfico japonés tradicional y se produce un fusión de ambos elementos que, pronto, eclosionan en un nuevo estilo dentro del cual aparecen, en torno a la década de 1880, los primeros historietistas japoneses –llamados “mangaka”-, como los clásicos Okomoto o Kayashi. No obstante, sólo tras la Segunda Guerra Mundial el manga comenzará a desarrollar un lenguaje propio y alejado del modelo del cómic norteamericano que le sirvió de referencia hasta 1930, comenzando por la adopción del “bocadillo” como forma de expresión lingüística de los personajes.

osamu-tezuka
Osamu Tezuka. Por favor, quítense el sombrero.

Siempre tras una guerra

Indudablemente, y así lo muestra la historia de la humanidad, las guerras -y de forma muy especial las más duras y tremendas- son siempre para bien o para mal un elemento transformador sociocultural y psicológico de primer orden que, por lo común, genera un  claro efecto de antes y después.

Ocurre que el Japón ha perdido ha salido derrotado de la Segunda Guerra Mundial de forma cruel, estrepitosa y humillante para sumirse en una posguerra tremebunda, repleta de penurias y privaciones que sólo pueden tolerarse a través de la emergente industria del entretenimiento. Un entretenimiento, por cierto, tutelado por una autoridad invasora que ejerce un feroz control sobre los medios de comunicación y, por tanto, sobre los discursos públicos. Y que además tiene la exigencia de ser barato pues Japón, muy afectado por el hastío bélico, no anda para dispendios. Consecuentemente, el japonés medio descubre que la lectura es una vía barata, a menudo poco controlada por unos censores que suelen tener problemas con el idioma y el control de unos códigos culturales que desconocen, por lo que se produce un auge de las bibliotecas. Será en este mundillo del préstamo interbibliotecario que se desarrolle mayoritariamente el mercado del manga. En formato libro, a menudo editados a bajo coste por las propias bibliotecas que no dudan en competir con las editoras convencionales, se convierten en uno de los productos más demandados por la sociedad japonesa. Y es en medio de esta nueva industria creciente surge la figura de un creador que revolucionará el género: Osamu Tezuka (1928-1989).

Médico de formación, buen dibujante desde la infancia y aficionado a las películas de dibujos animados de Walt Disney que empiezan a exhibirse en el país del sol naciente, Tezuka transformó el mundo del manga con su primera publicación, La nueva isla del tesoro (1947), al introducir en el desarrollo de la historieta convencional nipona el modelo cinematográfico-secuencial del cómic occidental y conseguir, con ello, vender unos 800.000 ejemplares de la obra en tiempo récord. Su segunda gran creación, si bien a lo largo de su trayectoria tocará toda clase de formatos y géneros, será el mítico personaje de Astroboy (también de 1947), que en la actualidad es un verdadero icono de la cultura popular japonesa. Muchos imitadores, pues, le saldrán a Tezuka, especialmente a causa del hecho de que el país comienza a adoptar los estándares productivos norteamericanos. Con ello, el manga tal y como hoy lo conocemos se consolidará definitivamente en 1959 cuando comiencen a aparecer los primeros dedicados exclusivamente a adultos, los llamados “gegika”, en los que desaparece por completo la inspiración Disney y se abren paso toda clase de temáticas e historias violentas, sexuales, escatologicas e incluso dramáticas. De este modo, llegado 1960, el gran público pide obras manga masivamente y los editores trabajan prácticamente a destajo y otorgando a sus creadores una libertad de acción muy amplia.

Y sin embargo, se mueve

Como es lógico, el manga tuvo su reflejo natural en el anime, erróneamente confundido con el dibujo animado occidental por el gran público, pues la técnica que se empleaba en su producción era originariamente muy distinta. Piensese que los estudios de animación nipones eran pequeños, contaban con muy pocos empleados, y ello hacía imposible desarrollar producciones de animación complejas al estilo de Occidente. De tal modo, se genera una técnica -la del anime- que es barata al ser un sistema de montaje imaginativo de imágenes fijas, lo cual permite reciclar y aprovechar los mismos fondos y dibujos una y otra vez. En ella todo dependía más de la habilidad en el manejo de la cámara, el ritmo de montaje y los tiempos de exposición, que en el rigor cinematográfico convencional.

De hecho, el anime desembarcaría en Occidente antes que el manga propiamente dicho, vía televisión, cuando muchas emisoras europeas y estadounidenses comienzan a comprar y emitir retazos de teleseries japonesas -bloques de capítulos pues las producciones originales eran larguísimas y contaban con cientos de entregas- mediada la década de 1970. Era un paso lógico: el anime gozaba de una calidad razonable, solía resultar muy entretenido y llamativo, y además los derechos de emisión eran mucho más baratos que los de las series animadas de producción occidental. Así fue que llegaron a nuestras pantallas Mazinger Z (Go Nagai), Astroboy (Osamu Tezuka) o Heidi y Marco (ambas de Hayao Miyazaki), y el público occidental asumió aquellas producciones que se emitían siempre en horario infantil primero con extrañeza, luego con fidelidad y, por fin, muy a menudo, con pasión y fervor, generando un verdadero movimiento fan emergente. Sobre todo tras el éxito explosivo que siguió a la exhibición de la muy seria y adulta película Akira (1988), basada en el manga homónimo de Katsuhiro Otomo.

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Cuando, allá por marzo de 1978, este robot gigante se presentó en las pantallas en blanco y negro de nuestros televisores, nos cambió la vida.

El mercado, es cierto, ya está maduro cuando todo esto sucede. La invasión del cine japonés a partir de la década de 1960, con las aclamadas –y muy premiadas- producciones protagonizadas por sus sempiternos samurais de Akira Kurosawa al frente, había llenado las pantallas de Occidente con montones de curiosas y llamativas películas en las que Godzilla reducía Tokio a escombros antes de liarse a bofetadas con King Kong; en las que los simios gigantes producidos por la radiación de las bombas aliadas mantenían terribles y sangrientas peleas; en las que terremotos catastróficos asolaban el territorio japonés; o en las que tremebundos monstruos espaciales invadían la tierra. Pero no sólo: los reyes de las artes marciales de China, Corea del Sur, Taiwan y, sobre todo, Honk Kong, con Bruce Lee a la cabeza, ya nos habían convencido sin remedio de que una buena pelea colectiva era la mejor forma de dirimir las diferencias -por absurdas que fueran- y de que, en realidad, combatir el crimen pasaba siempre por decapitar al criminal con una katana bien afilada o partirle las piernas con un palo.

Y la ridícula bronca de siempre

Como es lógico, la controversia acerca de la violencia y la propiedad de sus contenidos persiguió al anime –luego al manga- prácticamente desde comenzara a exhibirse fuera de Japón. La vieja historia que no cesa en la medida que nadie suele leer a los que saben y, además, tenemos la odiosa costumbre de olvidar el pasado. Tal vez nos gusta repetirnos.

Para los más críticos manga y anime siempre han sido medios demasiado expuestos al sexo, al crimen y a la violencia que no se corresponden -a veces ni de lejos- con los estándares ético-morales occidentales. No obstante, esto es poco más que incidir en lo obvio. En efecto, el manga y el anime son productos generados a partir de otras variables socioculturales, lo cual provoca que a menudo no se produzca una correspondencia entre los géneros y los contenidos que se consideran más o menos aptos para niños y adolescentes en un lugar u otro. Esto ha motivado que, muy a menudo, los mangas y animes que se editan o exhiben fuera del Japón sean escrupulosamente visionados, revisados, editados y censurados antes de su puesta en el mercado (¿lo ignoraban ustedes?). Tampoco es raro que se reconstruyan las referencias culturales de los contenidos “occidentalizando” el doblaje y/o las traducciones, lo cual muy a menudo desvirtúa o destruye las intenciones originales de los creadores y motiva que muchas de las ideas expuestas por ellos se nos presenten descontextualizadas, extravagantes y carentes de sentido.

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¿Está claro, tarugos, que yo no fui concebido como producto para niños pequeños?

Téngase en cuenta que para Occidente, como ya vimos, el cómic y la animación fueron considerados durante muchas décadas formas de transmisión netamente infantiles lo cual, en relación al manga y el anime, ha dado lugar a grotescos malentendidos, como el de exhibir productos que originariamente, en el Japón, se pensaron en exclusiva para  el público adulto, en horario infantil. Un caso manifiesto de esta confusión es el famoso Shin-Chan (obra del malogrado Yoshito Usui), pues se trata de un trabajo que su creador concibió para un público adolescente -mayor de trece años- y que en España, por ejemplo, se exhibe a menudo en horario infantil tal vez porque el protagonista tiene solo cinco años. En todo caso, para los padres agobiados por los tacos y procacidades del disoluto Shinosuke Noara siempre ha sido más fácil condenar la serie, que pedir el despido del incapacitado que la programa en una hora inapropiada. Lo de siempre.

Sea como fuere, el manga y el anime han despertado en el público de Occidente -especialmente entre las nuevas generaciones- una especie de pasión por lo oriental que nos ha hecho especialmente receptivos a muchas de las manifestaciones artísticas procedentes del sudeste asiático e incluso hacia su modo de vida, al punto de que esta estética, que se introdujo de manera lenta pero paulatina en nuestro entorno cultural, ha venido para quedarse en la medida que ha ido permeabilizando todas y cada una de nuestras manifestaciones socioculturales a extremos que a menudo nos resulta difícil imaginar. Basta, de hecho, con salir a la calle para encontrar a muchos jóvenes peinados con una estética que es difícil no identificar con personajes de manga, anime e incluso videojuegos japoneses. Más aún, muchas de las cosas que ocurren hoy en día en nuestras películas, teleseries, novelas, video-clips o tebeos –la multimillonaria saga Matrix dirigida por los hermanos Wachowsky es el ejemplo superlativo- serían incomprensibles sin la referencia a su inspiración oriental.

Admitamos que, sumidos en nuestro proverbial y soberbio etnocentrismo occidental, la mayor parte de nosotros nunca oímos hablar de cosas hoy tan comunes como la Yakuza, las Triadas o los Ninjas hasta aquel día, ya lejano, en que se nos ocurrió ir al cine.

Cultura

¿Qué es cultura? ¿Dónde está la cultura? No son preguntas retóricas ni pretendo con ellas poner trampa alguna. Se trata de interrogantes sinceros. ¿Es cultura la llamada “cultura de masas”? ¿Tal vez lo que una élite considera “culto”? ¿Algo es cultural porque lo paga el Ministerio de Cultura, o un ayuntamiento, o una fundación? Y las cuestiones que podemos plantearnos llegan más lejos y pueden adquirir mayor calado si nos lo proponemos. A ver: si cuatro señores a los que se tiene por doctos sin ulterior demostración deciden que esta cosa o aquella otra son “patrimonios culturales”, ¿resulta entonces que ya forman parte de la cultura en cuanto tal? Vaya lío que tengo.

¿Es cultura –pregunto porque no lo sé- una revisión del Don Juan Tenorio representada por un grupo de actores en tanga?

¿El Jazz? ¿Un concierto de la banda de mi pueblo?

¿Y una película de Torrente?

¿Eso que llaman “cultura española” consiste en comer paella y disfrutar escuchando copla?

¿Es más culto lo que te recomienda el crítico de la revista de moda porque se llama como se llame que lo te recomienda un amigo? ¿Es que al final la cultura verdadera se rige por el principio de autoridad?

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Así anunciaba el “día de la cultura española” la emisora checa Radio Praga en 2012… Definitivamente, algo no marcha bien.

A lo mejor la cultura es como lo de la “marca España” (paella + sol + playa + cachondeo + excursiones a la Ciudad Encantada). Vendámoslo todo junto, en plan 2 por 1, como si se tratara de un bote de mayonesa. De hecho, fijaos, ahora los medios ya no hablan simplemente de la cultura sino de la “oferta cultural” como si al final todo quedara reducido a las rebajas de unos grandes almacenes (igual es eso).

En un afán por democratizar y hacernos accesibles hasta extremos rayanos en la más completa estulticia masificadora todos y cada uno de los elementos que se quieren considerar “culturales” por las razones más variopintas, estamos provocando un completo desmadre. La cultura es ya un jaleo, un pretexto, una coartada, un cliché de moda más.

El resultado es que todo el mundo se siente obligado por motivos ignotos a culturizarse a todo trance y con respecto a cualquier cosa. Le importe o no. Los museos acumulan colas de domingueros que dan dos vueltas a la manzana siempre y cuando se cumpla con el requisito de haber anunciado lo que se expone a bombo y platillo… Porque entonces –y solo entonces- es que toda esa gente se acuerda de que el museo de marras existe. Y va. Y lo ve sin enterarse de nada. Y a lo mejor no vuelve más. Lo peor de todo es que el mercadillo cultural es tan extenso, rocambolesco, enrevesado y jaleoso, que ya no sabemos cómo separar el polvo de la paja. Igual crees que te culturizas cuando en realidad estás perdiendo el tiempo miserablemente. O te están tomando el pelo de la manera más triste.

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“Parad que me apeo”.

Nos han llenado la cultura de trampas. De artificios y artefactos que no se comprenden pero se admiran por prescripción facultativa, sin rechistar, no vayan a llamarte cateto por llevar la contraria. Te dicen, por ejemplo, que leer es cultura, pero no te dan un folleto de instrucciones que te ayude a separar los libros buenos de los malos… Como resultado, tenemos a millones de personas perdiendo el tiempo con el bodrio de moda cuando podrían estar empleándolo mejor en cualquier otra lectura digna. Creen que leen, pero la verdad es que simplemente se entretienen. Matan el tiempo sin provecho alguno.

Hace años, cuando era más joven y el optimismo me embargaba, pensaba honestamente que esto de leer lo que fuera no era mala cosa, que tarde o temprano el lector de libros de usar y tirar terminaría por irse navegar en mares más productivos, pero he descubierto que estaba equivocado: lo que ocurre es que simplemente se traslada hacia otro libro similar, deambula en busca de más entretenimiento, encuentra dónde engancharse, y establece de esta manera un círculo vicioso del que ya nunca sale. Ni quiere. No quiero significar con todo esto que leer cualquier cosa “de moda” sea algo intrínsecamente malo, que no lo es. Lo perverso, lo engañoso, lo irremediablemente nefasto, es no pasar de ahí. Pensar que ese es el límite y que ya se ha encontrado una impepinable llave de acceso a la cultura.

En efecto. Los metapoderes económicos que pululan en las sombras de la sociedad de consumo han terminado por transformar la cultura en una película de Indiana Jones. Ya no tenemos ni idea de cuándo nos cubriremos de bichos, se nos hundirá el suelo bajo los pies, o seremos hechizados por el malicioso chamán de una tribu amazónica. Se nos pone la zanahoria de la cultura frente a las narices para endiñarnos, a hurtadillas, cualquier cosa que el experto en mercadotecnia de turno sepa colocarnos. Se nos exige que seamos críticos, que nos formemos e informemos, que investiguemos, que nos esforcemos por comprender, y al mismo tiempo, de tapadillo, nos empancinan con un suculento menú de prensa amarilla a la salsa rosa con guarnición de fútbol. Y de postre, media hora de parte meteorológico. Dicen que algo de todo eso es cultura, información útil y valiosa, que tienes la obligación moral de embadurnarte con ella, pero en realidad sólo quieren tenernos entretenidos. Pretenden que nos mantengamos en el papel de espectadores… “Culturízate y no participes que esto no va contigo”. Más o menos como lo de la política.

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Preclaro Forges.

Acepta que la noticia pretendidamente científica que se te cuenta de pena, y que además suele versar sobre temas sobre los que lleva años publicándose, encierra alguna clase de saber mitológico que va a convertir tu vida en algo mucho mejor y menos triste de lo que es en realidad.

Métete en la red social que te soporte, vomita tus porquerías y largo. ¿Te has quedado a gusto? Pues mañana más.

Nos han malversado la cultura. Ahora un disco es bueno si es el más vendido, una película es importante si obtiene el récord de taquilla, un libro es decente si colma las expectativas de ventas, una obra de teatro es interesante si llena todas las funciones durante tres meses seguidos. Las series de televisión son fantásticas si superan los índices de audiencia preestablecidos por la cadena que las emite… La cultura se ha fusionado con las matemáticas dando lugar a una falacia como no recuerdan los tiempos. No puede extrañarnos, por consiguiente, que las prioridades de la cultura se hayan alterado por completo y que las conversaciones y tertulias que se escuchan sobre temas “cultos” no aborden ya en profundidad contenidos en sí mismos, sino que se muevan en lo meramente superficial y accesorio. No importa.

Tu consume lo tuyo. Habiendo cumplido con tu cuota del “mercado cultural” y, ante todo, habiéndonos demostrado a todos los demás que lo has hecho, ya estás en la cultura, en lo que se lleva. No necesitamos saber cómo es aquello de lo que nos hablas, pues nos basta con saber que has tenido acceso. Lo demás se da por supuesto. Bienvenido a la cultura.

¿Y el resto? ¿Qué pasa con aquello de lo que no se habla? ¿Qué ocurre con lo que nadie recomienda? Bueno, todo eso simplemente no existe. Lo triste es que el verdadero conocimiento no necesita esconderse de manera activa a tus ojos porque basta con mantenerlo precisamente ahí, en el ángulo muerto. A nadie extraña, por tanto, que en estos tiempos que corren nos haya entrado de golpe y porrazo tanto interés por las teorías de la conspiración. Claro. En el fondo sabemos que algo no funciona bien y que hay gato encerrado.

Pero debes sabe que el conocimiento positivo y eficaz es accesible, no nos lo han ocultado ni nos lo han hurtado en mitad de la noche. Antes bien, el problema es que ese conocimiento no se encuentra en el circuito habitual de la maldita fabrica de cultura “oficial”. Está aplastado por ella, vive en las catacumbas de su cadena de montaje esperando a ser desenterrado de entre la porquería con la que pasamos el rato. En la sociedad de la información no existe la censura –no lo creas- porque no hace ni repajolera falta. Basta, simplemente, con no publicitar lo que no queremos que se difunda. Para que esforzarse en esconder cuando te basta con confundir.

Sólo existen los medios. Las redes. Genialidades de 140 caracteres y miles de fotografías imbéciles que esperan un “me gusta”. El objetivo final del montaje es ser “trending topic”. Fin del debate.

¿Y la cultura dónde queda?

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Juega tranquilo, nene

Desde una desinformación manifiesta, se suele hablar de la violencia representada en las diferentes manifestaciones de la cultura popular, como el cine, los juegos de rol, el comic, o las series de televisión y su vinculación con la violencia real, los desajustes emocionales, las adicciones y demás horrores sin nombre como de un “hecho científicamente comprobado”. Un prejuicio que ya ni se discute cuando nos referimos a los videojuegos o las redes sociales en cualquiera de sus formas. No obstante, se olvida que el recurso argumental a supuestos “estudios científicos” –que en muchos casos luego nunca son tales- es otro cliché cultural que funciona más como fórmula retórica y demagógica que otra cosa. Es habitual que la inmensa mayoría los estudios científicos fidedignos –que solo leen a fondo los especialistas- estén repletos de letra pequeña, salvedades, resultados inconcluyentes, notas a pie de página, detalles significativos y afirmaciones matizadas que nunca se mencionan al gran público.

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Se han realizado, por citar un ejemplo significativo, estudios sobre el posible efecto de los videojuegos violentos en las emociones de adolescentes problemáticos y no problemáticos, utilizando para ello registros de resonancia magnética funcional (IRM). Como era esperable, en todos ellos se observó que el registro emocional de los jugadores se veía afectado durante el juego, por lo que muchos medios de comunicación –entre los que se cuenta la “prestigiosa” revista TIME-, cogiendo el rábano por las hojas para vender tales experiencias como argumento definitivo para criminalizar el uso de los videojuegos. Pero lo que en realidad explican estas investigaciones es que los juegos violentos y los no violentos activan diferentes regiones del córtex cerebral. De tal modo, los grupos que jugaron duran a un videojuego “de tiros”, mostraron un incremento de actividad emocional a la par que una reducción en aquellas áreas relacionadas con la planificación, la concentración y el autocontrol. A la inversa, los sujetos que jugaron a un título “no violento”[1] mostraron menor impacto emocional y mayor actividad frontal. Resultados que cabe considerar lógicos y que, además, no tienen efectos demostrados a medio plazo[2]. Esto significa, literalmente, que los videojuegos violentos llevan al individuo a desplegar emociones temporales simuladas equivalentes a las que se producen cuando se visiona una película o se practica otro tipo de entretenimiento de similares características como, por ejemplo, un deporte de contacto. En suma: lo normal es asustarse cuando se visiona una película de terror, al igual que sonreír cuando se es testigo de un evento cómico.

El asunto de la representación –que no presentación- de la violencia y su influencia en las personas permanece en la controversia, por lo que la pregunta no pasa, como se cree con cierta simpleza, por determinar en qué medida los videojuegos violentos o las redes sociales inciden en la conducta o la personalidad, sino por concretar si tal conexión existe, si es duradera, cómo se produce, cómo funciona y, en última instancia, qué clase de efectos podría tener en los sujetos.

De hecho, parece sensato pensar que una cultura como la nuestra, que instiga al consumo de una abundante dosis de productos electrónicos como forma de entretenimiento, ha de generar consecuencias en la salud mental y moral de sus componentes. Parece coherente suponer, incluso, la idea de que la violencia representada en las manifestaciones de la cultura popular y la violencia real tendrían que conexionar de algún modo. En ello se basan, por ejemplo, teorías nunca corroboradas pero muy seguidas popularmente como aquellas que rezan que dar noticias de suicidios o sobre violencia de género inducirían al suicidio o al maltrato… hecho que las más sencillas estadísticas niegan y que, además, relacionan de manera clara con otras variables “sigilosas” pero claramente perniciosas de las que se habla poco porque interesa menos como, por ejemplo, la evolución del desempleo. De hecho, da igual informar que no: las estadísticas interanuales tienden a permanecer estables porque el tema va por otro sitio y lo que gobierna en las fluctuaciones observables no es precisamente el hecho coyuntural y aleatorio de que el vecino se quite la vida[3].

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José Rabadán presentado en un medio sensacionalista alemán como sanguinario videoadicto.

Y por cierto, me permito ofrecer un consejo al respecto: el sentido común, en ciencia, suele ser el menos común de los sentidos… Aplicar esta sencilla máxima les librará de grandes ridículos como el de aquellos medios de comunicación que echaron la culpa de los crímenes de José Rabadán -el asesino de la katana– al videojuego Final Fantasy sin preguntar a nadie… El problema fue que el chico, cuando se le inquirió acerca de  esta eventualidad, manifestó a los psiquiatras que no había llegado ni a jugar la mitad del producto porque experimentaba problemas para concentrarse (además, la dichosa katana se la había regalado su padre). Eso sí: “se peinaba” como el protagonista del terrible videojuego. Viva el rigor.

Lo cierto es que la sociología y la antropología han establecido que este tipo de planteamientos son prejuiciosos -o meramente inventados- en la medida que las cosas nunca son tan obvias y que, en realidad, los hechos y símbolos culturales funcionan a muchos niveles, tanto latentes como manifiestos, de maneras que a menudo es imposible precisar a priori, como bien saben los expertos en psicología publicitaria. Así, lo que para una persona o colectivo es “violento”, para otro es “normal”, del mismo modo que aquello que moviliza a muchas personas parece no tener influencia alguna en otras. Así se explica que, entretanto hay amplios sectores de la sociedad ampliamente implicados en los debates políticos o en el discurrir de la liga de fútbol, no son menos importantes los colectivos que viven por complejo ajenos a lo que sucede entre los líderes políticos o que ignoran por completo el decurso de los avatares futbolísticos.

Datos inconcluyentes

Las investigaciones más recientes realizadas con niños y adolescentes en materia de exposición a videojuegos o redes sociales –en muchos casos un émulo bastante descarado de las que ya se hicieron en la década de 1970 con el cine y la televisión, o en la década de 1950 con los cómics, mostrando de novedoso únicamente la espectacularidad del aparataje, que no el paradigma de investigación- parecen confirmar que lo relevante, por encima de cualquier otra consideración, es el factor sujeto. Así las dificultades –violencia, alteraciones emocionales, desajustes conductuales- sólo parecen verse incrementadas en el caso de aquellas personas que ya tienen rasgos de personalidad complejos, así como toda otra suerte de variables concomitantes como problemas psicológicos, escasa resiliencia, familias desestructuradas, entornos violentos y poco protectores, entretanto no parecen causar efecto alguno en el resto de los individuos. Así, el problema no estaría en el medio o en el mensaje, sino en la lectura particular que los individuos hacen del mismo no existiendo, por tanto, relación alguna de causa-efecto entre jugar a un videojuego violento y el supuesto deseo irrefrenable de empuñar un arma de fuego para asesinar a alguien… Quizá sea más necesario mejorar las condiciones de vida, materiales y psicológicas, de muchos jóvenes antes que preocuparse de qué es lo que ven en la televisión. Claro, que esto es mucho más caro y bastante menos ramplón[4].

Del mismo modo, la persona que es adicta a las redes sociales o al teléfono móvil reúne una serie de variables particulares que perfectamente, en otras circunstancias diferentes, podrían hacerla adicta a cualquier otra cosa, como el juego, el alcohol o las sectas. Es decir: no es el objeto el que hace al adicto, sino el adicto quien lo escoge, del mismo modo que no es una actividad en concreto la que hace a una persona violenta, sino que es la persona violenta la que escoge realizar esa actividad antes que otra. En suma: la gente –no las cosas- es responsable de lo que hace.

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Muchos han sido los países en todo el mundo que han financiado grupos de investigación a fin de determinar en qué medida son peligrosos los videojuegos, los juegos de rol o las redes sociales y, de serlo, cómo habrían de ser legislados tanto sus contenidos como su distribución y acceso. Tantos que, de hecho, realizar un listado exhaustivo de estas investigaciones resultaría complejo amen de innecesario. Citaremos, sin embargo, un par de ejemplos preclaros que deberían servir al lector para poner en tela de juicio, o al menos en cuarentena, muchas de las informaciones gratuitas y alarmistas que circulan por los medios de comunicación.

El Estado de Washington (EE. UU.) se planteó seriamente, a causa de la fuerte presión sociopolítica en torno a estos temas, la posibilidad de desarrollar una legislación para regular los videojuegos y limitar el acceso a redes sociales. Puestos en marcha los mecanismos adecuados de análisis por parte del Departamento de Salud Pública, financiadas las pertinentes investigaciones realizadas por equipos de prestigio y especialistas de incuestionable calidad profesional, revisada pertinentemente toda la literatura en la materia… se concluyó que no existía evidencia suficiente que justificara una ley semejante[5].

Una iniciativa similar a la anterior la adoptó el gobierno danés. En este caso fue un prestigioso equipo de especialistas –psicólogos, psiquiatras, sociólogos y criminólogos- designado por el ministerio de cultura de Dinamarca el que analizó pormenorizadamente toda la literatura científica publicada durante décadas en torno a la materia. Y se concluyó que los estudios que señalaban a los videojuegos o el uso de internet como causantes de violencia, adicciones, desarreglos conductuales o trastornos mentales tenían graves problemas metodológicos, habían sido adecuadamente contestados por otras investigaciones y, en general, fueron objeto de críticas fundadas y coherentes por parte de profesionales reputados. Así por ejemplo, se determinó que este tipo de estudios a menudo incurrían en una ignorancia intencionada de elementos necesariamente relevantes, como el nivel socioeconómico y cultural de los usuarios, los problemas familiares de los participantes, la falta de estudio de los historiales médicos previos de los sujetos, la ignorancia de los antecedentes, e incluso caían en imprecisiones conceptuales interesadas. Y ello por no mencionar un detalle significativo: la mayor parte de esos estudios “incriminatorios” eran de carácter longitudinal, lo cual motivaba que las condiciones de control de los sujetos estudiados fueran, en general, bastante deficientes. Al fin y al cabo es virtualmente imposible controlar con eficacia la vida de una persona a lo largo de los años a menos que se encuentre recluida y aislada[6].

Conviene tener esta información presente antes de lanzarse a campañas y críticas furibundas que, en el mejor de los casos, son poco más que generalizaciones basadas en evidencias inexistentes –o en datos extraídos de un solo caso- y que, por lo demás, buscan oponerse a algo tan imparable como el progreso. Un dato que a más de uno le dará que pensar: las estadísticas del Departamento de Justicia de los Estados Unidos muestran con perfecto rigor que los meses con menor cantidad de denuncias por violencia juvenil a lo largo de los últimos treinta años en los Estados Unidos han coincidido, irónicamente, con aquellos en los que se ha producido la aparición en el mercado de los diferentes modelos de videoconsola de los diversos fabricantes. El gobierno canadiense, por cierto, encontró exactamente lo mismo.

De hecho, y pese al alarmismo de la década de 1980, la violencia juvenil en los Estados Unidos no ha hecho más que descender y los motivos de este abrupto cambio que los partidarios de los escenarios más apocalípticos no supieron intuir, no tienen nada que ver con el uso o no de videojuegos[7].

Y la APA, a lo suyo

La American Psychological Association (APA), cuenta con una complicada historia de amor-odio hacia los productos electrónicos que se remonta al año 2000, momento en el que publicó en una de sus revistas especializadas uno de los estudios más citados sobre la materia y que, por ello, más popularizó entre especialistas y legos la creencia en que los videojuegos, las redes sociales o los teléfonos móviles eran causantes de toda suerte de dificultades en niños y adultos. El problema residía entonces en la falta endémica de investigación en la materia, lo cual impedía contrastar adecuadamente los resultados de este trabajo, así como en su oportunidad sociopolítica, pues apareció en un momento en el que existía un fuerte interés en el asunto. Fue por ello que la APA, apresuradamente, secundó el contenido de esta propuesta –realizado por Craig Anderson, un reputado especialista doctorado en Stanford que por aquellos días, además, presidía uno de los comités de la organización- publicitándola por extenso en su página web y sembrando, con ello, un desconcierto generalizado[8].

Hay que entender, si queremos comprender la confusión general, que estamos en el ámbito de las palabras mayores en la medida que la APA no sólo es la mayor organización de profesionales de psicología de los Estados Unidos, sino también uno de los principales –si no el principal con permiso de la OMS- organismo de referencia en la materia a nivel mundial. El problema fue que el artículo de Anderson, que ha publicado otros en la misma línea, e incluso alguno explicando concienzudamente cómo las letras de determinadas canciones de hard-rock incitan a la violencia a quien las escucha, lo cual ya nos ofrece una medida ajustada del talante del personaje, no solo ha sido ampliamente malinterpretado, sino también muy discutido científicamente en la medida que deudor de una ingente gama de fallas metodológicas y confusiones teóricas de largo alcance[9]. Y ello por no mencionar un hecho de calado que cuestiona de suerte notable el rigor científico de esta clase de trabajos: ignoran, obvian y ni tan siquiera se molestan en discutir de manera sistemática todos aquellos datos, que los hay, que contrarían las conclusiones a las que pretenden llegar. Al enemigo, ni agua.

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Sería arduo, por lo demás, entretenernos en discutir muchas de las afirmaciones de grueso calibre y atrevimiento ajeno a cualquier clase de seriedad que se realizan sobre los videojuegos, las redes sociales o el uso de dispositivos móviles con extrema alegría e irresponsabilidad. Afirmaciones que, a la hora de la verdad, solo contribuyen a un innecesario aumento de la alarma social, que no al aliento de un adecuado y responsable control paterno, como sería deseable. De hecho, existe una pléyade de especialistas que han puesto de manifiesto todas las deficiencias metodológicas, sesgos e interpretaciones torticeras de los resultados, que no son pocos, bastante habituales en este ámbito[10]. De hecho, la propia APA, apabullada ante la ola de críticas que ha venido recibiendo a cuenta de este tema, se ha visto obligada a reconocer públicamente en más de una ocasión que en ningún caso haya afirmado que existe evidencia alguna que permita establecer causaciones entre el uso de productos electrónicos y los desarreglos psíquicos o sociales, más allá de casos particulares en los que el elemento relevante no es el producto, sino el usuario del mismo. De hecho, en sus proclamas la palabra “causación” ha sido reemplazada por otras menos comprometidas como “correlación” o “vinculación”, lo cual es una manera especialmente significativa de desdecirse sin dar un paso atrás. Así, con la boca pequeña y dentro de la política templada que caracteriza a esta clase de organizaciones institucionales en las que hay muchas sensibilidades políticas encontradas que satisfacer, emitió en 2015 un documento en el que pese a las evidencias contradictorias se empeña en sostener oficialmente “probadas vinculaciones entre el uso de videojuegos violentos y la violencia infantil y juvenil”[11], a la par que ofrecía sus servicios a padres, profesores, centros educativos… Vamos, a todo el que esté dispuesto a pagar.

Por cierto, y ya que estamos, ¿saben quién criminalizó los cómics en la década de 1950 al punto de que no solo logro poner en marcha una de las campañas de censura institucional más grotescas de la historia, sino también una ola de alarmismo social y político sin precedentes…? ¿Y en qué clase de argumentos espurios y vergonzantes se apoyo para armar semejante lío…? La respuesta aquí: [12].


[1] Hay que diferenciar entre los conceptos de “agresividad y de “violencia” pues a menudo se emplean como sinónimos, pero no lo son. El concepto genérico de agresividad no habla de un acto, sino de una cualidad, es decir, de una tendencia o disposición hacia la comisión de cierto tipo de actos a los que llamaríamos “agresivos” en función de un contexto más o menos adaptativo. Así, la agresividad puede manifestarse como una capacidad relacionada con la creatividad, la audacia y la solución decidida de conflictos. Contemplada de éste modo es una cualidad potencial que se pone al servicio de lo biológico. Con la evolución del lenguaje se ha establecido una vinculación popular, si bien confusa, entre agresividad y violencia. Así, frente a la agresividad, que podríamos considerar benigna en la misma medida que adaptativa, existe una forma perversa o maligna, específica de nuestra especie, a la que denominamos violencia. Queda claro, por tanto, que no se puede equiparar todo acto agresivo con la violencia en la medida que ésta queda limitada a aquellas agresiones que se distinguen por su malignidad para con la integridad física, psíquica o moral de terceros. Esto es importante porque generalmente los códigos penales sancionan duramente las conductas violentas, en tanto que dolosas, pero no necesariamente las agresivas, a que a menudo ni tan siquiera están tipificadas en ellos.

[2] http://www.pnbhs.school.nz/wp-content/uploads/2015/11/Violent-Video-Games-Alter-Brain-Function-in-Young-Men.pdf

[3] http://www.uv.es/gicf/4A3_Ramos_GICF_13.pdf

[4] Véanse las clarificadoras explicaciones que ofrecen a este respecto Levitt y Dubner: Freakonomics. A Rogué Economist Explores de Hidden Side of Everything. New York (NY): Harper Collins, 2009.

[5] Ferguson, C.J. (2013). Violent video games and the Supreme Court: lessons for the scientific community in the wake of Brown v. Entertainment Merchants Association. Am Psychol. 2013 Feb-Mar;68(2):57-74. doi: 10.1037/a0030597.

[6] Bogost, I. (2007). Persuasive Games: The Expressive Power of Videogames. Cambridge (MA): MIT Press.

[7] Levitt y Dubner; Op. Cit. supra nota 4.

[8] http://www.apa.org/news/press/releases/2000/04/video-games.aspx

[9] https://www.researchgate.net/publication/299478142_Violencia_Psicologia_y_videojuegos_Historia_de_una_relacion_controvertida

[10]http://www.cienciaxplora.com/divulgacion/violencia-videojuegos-provoca-comportamientos-violentos_2015020400068.html

[11] American Psychological Association. (2015). Resolution on Violent Video Games. Retrieved from: http://www.apa.org/about/policy/violent-video-games.aspx. Sorprende esta declaración, por cierto, en una entidad que publica, al mismo tiempo artículos como el siguiente: “The Benefits of Playing Video Games,” Isabela Granic, PhD, Adam Lobel, PhD, and Rutger C.M.E. Engels, PhD, Radboud University Nijmegen; Nijmegen, The Netherlands; American Psychologist, Vol. 69, No. 1. 

[12] https://www.researchgate.net/publication/299478539_Psiquiatria_y_censura_en_el_comic_estadounidense_Fredric_Wertham_y_la_seduccion_del_inocente

Piensa en verde

Se sabe poco de la vida de Philibert Aspairt salvo el hecho de que forma parte de la historia más oscura del París de los días de la Revolución. De hecho, se trata de esas personas que concitan la paradójica singularidad de ser más conocidos por cómo murieron que por cómo vivieron y que, de hecho, tuvieron una existencia tan irrelevante que nadie se acordaría de ellas de no ser por las peculiaridades inherentes a su muerte.

Me encontré con Aspairt –porque así son las cosas de la cultura popular y por ello conviene hurgar en sus entresijos- jugando al videojuego Assassin’s Creed Unity, parte de la popular saga comercializada por Ubisoft y bien conocida de muchos aficionados. El caso es que una de las historias colaterales con la que se nos invita a disfrutar, protagonizada por nuestro hombre, es la que tiene que ver con la resolución de su misteriosa muerte. La curiosidad del caso me incitó a investigar… Para descubrir que el misterio asociado a la muerte del tal Aspairt forma parte del rico imaginario colectivo relacionado con las legendarias Catacumbas de París.

Promo de Assassins Creed Unity
Imagen promocional del videojuego Assassins’s Creed Unity.

Montañas de huesos

Las Catacumbas de París son un inmenso osario subterráneo, establecido en las antiguas galerías de las minas de roca caliza de la ciudad, que contiene los restos de unos seis millones de personas.

En efecto, desde tiempos de los romanos se sabía que la caliza parisina, al parecer, era de gran calidad y muchas de las estructuras de la ciudad se levantaron recurriendo a la riqueza de su subsuelo. Primero extraída en la forma convencional de canteras y, a medida que la ciudad fue creciendo, mediante excavaciones subterráneas. De hecho, con el paso de los años y el aumento del control por parte de las sucesivas Autoridades de la ciudad –especialmente los recaudadores de impuestos-, la mayor parte de estas minas subterráneas eran explotaciones ilegales y sus gestores las ocultaban con celo. Simplemente se horadaba el suelo, se explotaba mediante galerías excavadas sin orden ni concierto, y finalmente, cuando la veta de material parecía agotada o bien la explotación ilegal era descubierta, se clausuraba. La consecuencia de ello fue que durante el siglo XVIII muchos distritos de la ciudad estuvieran levantados sobre territorios previamente minados por la horda de gusanos mineros, lo cual a veces tenía nefastas consecuencias, si bien en otras circunstancias el hallazgo era bien recibido pues facilitaba a arquitectos y constructores las tareas de cimentación y ahorraba costes.

Imagino que, en este punto, más de uno se estará preguntando cómo llegaron allí los restos de varios millones de personas y de quién fue la idea… Bien, pues en este caso bien puede decirse que mandaron los propios muertos.

No entraré en profusos detalles históricos. Baste saber que por diferentes circunstancias geográficas, demográficas e históricas, el núcleo urbano romano original sobre el que se erigió la ciudad hubo de ser momentáneamente abandonado a finales del siglo IV –luego sería reabsorbido con el paso del tiempo- y, con ello, la urbe se refundó en una ubicación cercana a la primera. Concretamente en lo que hoy se conoce como Hôtel de Ville, junto a la iglesia de Saint-Etienne. Dada la costumbre ancestral de ubicar los camposantos en las inmediaciones de las iglesias por tratarse de suelo consagrado, y entendiendo que a medida que los barrios se iban desarrollando, siempre lo hacían alrededor de una ermita, capilla o similar, nos encontramos que hacia el siglo X todo el centro de París estaba repleto de cementerios de diferente tamaño.

El más grande de todos ellos era el llamado de los Santos Inocentes, cuya andadura comenzó en el siglo V, junto a la iglesia de Notre-Dame-des-Bois. Ciertamente, la edificación fue demolida por los normandos en el siglo IX, pero el camposanto permaneció y siguió creciendo hasta ser adscrito a la parroquia de los Santos Inocentes, de la que el lugar tomó su nombre. Se calcula que hacia el año 1130 ya era el cementerio principal de la ciudad ocupando un gran terreno circundado por las calles de Saint-Denis, Ferronnerie, Lingerie y Berger. Y ya no podía crecer más a pesar de que la gente seguía muriendo, con lo cual llegó el día en el que los problemas de espacio para los muertos empezaron a ser realmente muy acuciantes.

Cementerio Santos Inocentes de Paris
Grabado que muestra el interior del Cementerio de los Santos Inocentes.

Alguien se preguntará por qué no deshacerse de los restos de los finados, o bien fundar algún otro cementerio en las afueras de la ciudad, y ambas preguntas tienen fácil respuesta: en primer lugar, la obsoleta creencia cristiana de la necesidad de un cuerpo en el que reencarnarse con la llegada del juicio final, que entonces era aceptada a pies juntillas, hacía impensable destruir los restos de una persona –salvo que hubiera cometido un crimen tan execrable que la quisiera castigar incluso en la otra vida-, pues suponía condenarla sin posibilidad de resurrección por toda la eternidad. En segundo término, hemos de pensar que en aquellos días no existía la preocupación con las cuestiones de salud pública que nos asolan –para bien- en los tiempos presentes. Los familiares de los fallecidos querían tenerlos cerca, eran celosos de las viejas tradiciones, y nadie estaba dispuesto a echar a un ser querido del que fuera su barrio para colocarlo en un lejano extrarradio por muy muerto que estuviera, o muy insalubre y peligroso que ello pudiera resultar.

La solución de compromiso que adoptaron las Autoridades fue la de excavar criptas bajo el propio cementerio que pudieran ser empleadas como osario en el que depositar los restos exhumados de las finados más antiguos a la par que circundar el terreno de un enorme osario. La tierra que se iba sacando del subsuelo, a su vez, era amontonada sobre el propio camposanto para poder seguir disponiendo de suelo extra en el que enterrar a más gente. Esta genialidad motivó que a finales del siglo XVIII el cementerio de los Santos inocentes fuera ya una enorme catacumba subterránea peligrosamente excavada bajo una montaña de tierra circundada por un gigantesco osario y repleta de enterramientos que, al nivel de la calle, tenía más de dos metros de alto… Y no dejaban de llegar: las hambrunas, las epidemias, las guerras constantes, ser cementerio oficial de otras parroquias, de la morgue, e incluso del hospital del Hôtel-Dieu, ayudaban lo suyo a que las condiciones del monstruo se hicieran paulatinamente insostenibles.

Se trató de limitar el uso del cementerio y destinar a muchos de los nuevos fallecidos a nuevos camposantos ubicados en las afueras, pero no hubo modo. Dada la enorme resistencia ciudadana a abandonar las viejas costumbres, la pereza y los sobornos, la solución se iba aplazando… Hasta que el 30 de mayo de 1780, a causa del progresivo debilitamiento del terreno, se produjo un terrible derrumbamiento que afectó a varios edificios colindantes al cementerio e hizo que reventara una fosa común expulsando los cadáveres al exterior. El evento provocó víctimas y por fin, las Autoridades tuvieron que ser drásticas y prohibieron, bajo penas muy severas, cualquier sepelio en los cementerios intramuros de la ciudad.

Jean Charles Pierre Lenoir
Jean-Charles-Pierre Lenoir (1732-1807), prefecto de la policía de París entre 1774 y 1785.

La idea de desmantelar este y otros engendros similares repartidos por el casco urbano y reconvertir buena parte de las viejas galerías mineras de la ciudad, tras reforzarlas adecuadamente, en unas catacumbas que albergaran un gigantesco osario, provino del prefecto de policía Lenoir, quien había decidido someter a vigilancia los pasajes del subsuelo parisino en 1777. Lenoir, que formó una compañía de albañiles y vigilantes para tal fin, se había ocupado de convertir muchas de estas trampas –en todos los sentidos imaginables- en pasajes seguros y transitables que fueron abiertos al público. El proyecto fue bien recibido y se puso en marcha por ley decretada en 1785. En una tarea que debió resultar realmente ciclópea, todos los cementerios del centro de la ciudad fueron desmantelados y los restos trasladados a los túneles designados por el prefecto Lenoir. Habían nacido así las novelescas Catacumbas de París.

catacombs
Imagen actual de las Catacumbas de París.

El ciudadano Aspairt

Las fuentes son dudosas al respecto, pero si hemos de aceptar que a menudo los documentos históricos no son tan precisos como nos gustaría, Aspairt debió nacer el día 13 de abril de 1732 en Ravel-Salmerange, una localidad perteneciente al departamento francés de Puy-de-Dôme. En el archivo local consta una partida de nacimiento que nos habla de un tal Philiber Asper que bien podría ser nuestro hombre, pese a la inexactitud de la nomenclatura, por motivos que luego explicaremos y que nos permiten sostener que es la misma persona con cierta consistencia.

Ya no volvemos a encontrarnos con Aspairt sino hasta noviembre de 1793, convertido en un ciudadano parisino domiciliado en el 129 de la Rue St. Jacques. Él y su familia, como otros muchos, sobreviven en medio de las perpetuas convulsiones revolucionarias y contrarrevolucionarias. En lo que resulta otra aparente contradicción histórica ciertamente curiosa, hay quien asume que el buen Philibert era portero en el hospital de Val-de-Grâce, pero en el que bien podría ser su certificado de defunción nos indican que era cantero de profesión.

Lo cierto es que cuando se piensa un poco en el problema todo va encajando, aunque de forma muy extraña… Para empezar, el susodicho hospital, destinado actualmente a los servicios médicos del ejército francés, fue erigido junto a la iglesia y convento de Val-de Grâce –levantado entre 1645 y 1667 por orden de la reina Ana de Austria-. Mucho tiempo después, en este lugar, las monjas dispensaron atención médica a los revolucionarios heridos, lo cual motivó que posteriormente, y en atención al buen servicio y valor de estas mujeres, el edificio fuera reconvertido por el gobierno en un hospital militar propiamente dicho regentado en primera instancia por la propia Orden. Y aquí viene lo bueno: en el patio trasero de la propiedad había una entrada a las catacumbas cerrada con llave.

Un acceso que, como decíamos, en noviembre de 1793 el ciudadano Aspairt –cantero o portero, el caso es que tenía la llave- decidió franquear con finalidad desconocida para no volver nunca jamás. Su esposa, Elisabeth Millard, denunció la desaparición sin resultado, pues el cadáver de Philibert no sería encontrado sino hasta once años después, en 1804, en un pasadizo ubicado bajo la Rue d’Enfer. Se le identificó, según consta en documentos policiales, porque aún llevaba al cinturón la llave del acceso a las catacumbas por el hospital de Val-de-Grâce… Y esto debe hacernos pensar que, en efecto, Aspairt era portero del hospital y no cantero como consta en su certificado de defunción. Una aparente contradicción que tampoco tiene nada de raro por cuanto ignoramos si el pobre Aspairt había conseguido el trabajo hacía poco o mucho tiempo, siendo el de cantero su oficio habitual, lo cual es una explicación sencilla al galimatías.

Hospital Militar de Val-de-Grace
Antigua fotografía del Hospital Militar de Val-de-Grâce.

También es verdad que en el acta de defunción consta el apellido Asper y no Aspairt, pero esto tampoco supone un problema grave que deba inducirnos al rechazo del documento. Recordemos lo comentado en torno al acta de nacimiento: en aquellos días los censos no eran tan precisos como hoy en día –mucha gente ni constaba en los registros-, toda la información se tomaba a mano, en copias únicas e imprecisas, con formularios inexactos y dispares, en idiomas en los que, como el francés, la pronunciación es importante de cara a la plasmación exacta del discurso, lo cual motiva que los diferentes acentos puedan hacer bailar vocales y consonantes… Y además es un hecho que con el paso de los años los idiomas cambian y los apellidos y nombres también se modifican con ellos. En definitiva, carecemos de motivos realmente serios para dudar de que el cadáver de la llave sea nuestro Philibert Aspairt nacido en Salmerange, de profesión cantero pero reconvertido en portero por los azares de la vida y, sobre todo, por la edad: Aspairt contaba 61 años cuando desapareció, edad muy poco apropiada para dedicarse ya a oficios como el de cantero, y menos en aquellos días.

La pregunta, claro está, es qué pudo incitar a este hombre a introducirse en las catacumbas con un triste candil, que ocurrió allá, por qué se adentró tanto y con grave riesgo en el laberinto de túneles, y cómo murió.

El maravilloso bebedizo verde

Pues la teoría comúnmente aceptada en torno a esta controvertida cuestión parece tener que ver con el que por entonces era tenido como gran secreto de los monjes cartujos, el cotizado licor conocido como Chartreuse.

San Bruno
San Bruno de Colonia (1030-1101), fundador de la Orden de los Cartujos.

La orden de los cartujos, una de las más antiguas pues fue fundada en 1084 por San Bruno, siempre fue conocida por su tradición y habilidad en el uso medicinal de las plantas. Grandes boticarios, en 1605 fueron depositarios de la receta de un elixir que supuestamente alargaba la vida notablemente. Dicha receta, que al parecer se encontraba en su familia desde tiempos inmemoriales, les fue entregada como regalo a los monjes de la parisina Chartreuse de Vauvert por el Mariscal d’Estrées. No obstante, la eficiencia real de la fórmula así como su composición exacta, pese a que se empleó en parís durante décadas, no estaba clara, por lo que los monjes de la Grande-Chartreuse, en Grenoble, decidieron investigarla más a fondo en 1737. La tarea recayó sobre Jérôme de Maubec, quien logró por fin destilar un licor verde de composición perfectamente establecida que llegaba a alcanzar una elevadísima graduación y que empezó a comercializarse bajo el nombre de “Elixir Vegetal de la Grande-Chartreuse”.

Francois Annibal d`Estrees
Françoise Annibal d’Estrées (1572/73-1670), Duque de Estrées y mariscal de Francia. Nunca explicó cual era el origen de la dichosa fórmula.

El licor de la salud, como era conocido popularmente, se hizo muy famoso y cotizado entre y 1764 y 1793, llegando a alcanzar precios exorbitantes a causa tanto del secreto de la fórmula como de su escasez, pues la producción de los monjes era muy baja y ello provocaba enorme demanda.

La teoría comúnmente aceptada en torno al caso Aspairt explica que las monjas del Hospital de Val-de-Grâce tenían un remanente de cajas del cotizado licor vegetal enterrada en las catacumbas –pues se sabe que allá podía comprarse- y que Philibert, conocedor del secreto y movido por la ambición o el deseo –irónicamente- de alargar su vida, se adentró en los túneles en busca del inopinado tesoro. Allí, o bien se perdió, tal vez falleció a causa de algún accidente o dolencia, quizá fuera asesinado por un cómplice desconocido… Poco se sabe a este respecto y solo nos queda especular. Sea como fuere, su cadáver fue enterrado justo donde se encontró. En la tumba, que aún puede verse, puede leerse lo que sigue:

“A la memoria de Philibert Aspairt, perdido en esta excavación el tres de noviembre de 1793; encontrado once años después y enterrado en el mismo lugar el 30 de abril de 1804”.

Tumba Aspairt
Tumba de Aspairt en las Catacumbas de París.

Cualquier guía os contará que el fantasma de Aspairt, perdido para la eternidad en la densa oscuridad de aquellos intrincados túneles de los que es incapaz de salir, es desde entonces el portero encargado de vigilar el plácido descanso de los millones de muertos cuyos restos se apiñan en el inmenso osario de las Catacumbas de París.

Nunca seas noticia


Uno de los más viejos y conocidos axiomas del periodismo –hoy olvidado por esa nueva casta de la profesión a la que se ha dado en llamar, genéricamente, como “los comunicadores”- reza que bajo ningún concepto el periodista debe convertirse en el protagonista de la noticias que difunde. Fundamentalmente porque el profesional de la información ha de ser transmisor e intermediario de la noticia –a ser posible imparcial-, pero también ha de estar seguro de ser un mero testigo que sobrevive en todos los sentidos a lo que cuenta… para poder seguir contándolo. Seguramente, Jill Dando, copresentadora  finales de la década de 1990 de Crimewatch, famoso programa de sucesos de la BBC que aún se emite en la cadena pública británica, tenía muy claro el axioma en cuestión…

Lamentablemente, no siempre es posible cumplir con las reglas de un oficio por muy claras que estén.


Vida de una estrella

Jill Dando, nacida en Weston-super-Mare, Somerset, en 1961, se definió a sí misma como una adolescente feucha, de dientes prominentes, gafas gruesas y vestuario anticuado. Aquejada además de una enfermedad coronaria congénita de la que hubo de ser operada a los cuatro años, la chica era un verdadero poema. Probablemente, su único mérito real residiera en que era muy lista. Tanto que superaba los cursos escolares, uno tras otro, con la máxima calificación. Desde muy niña, probablemente a causa del ambiente que se vivía en el hogar, quiso ser periodista como su padre y su hermano mayor, estudios que acabaría cursando en Cardiff. Sus otras grandes aficiones eran el teatro y la interpretación, en cuya práctica acabó desarrollando cualidades como una entonación y una dicción excepcionales. No es raro, pues, que desde 1979 Jill ya anduviera metida en el mundillo de las emisoras de radio y los periódicos locales, haciendo pinitos, aunque su primer trabajo serio lo obtendría en un semanario, el Weston Mercury, en el que ya habían trabajado con anterioridad sus familiares.

Jill Dando
Jill Dando en sus días de gloria.

Tiempo después sería contratada como locutora de informativos por la BBC, trabajando en Radio Devon a partir de 1985. Y a partir de ahí todo fue muy rápido. El patito feo se había transformado en una mujer atractiva, inteligente, profesional y eficaz que no dejaba a nadie indiferente en ningún sentido. Tanto es así que en apenas dos años ya presentaba los boletines de noticias televisivos de la mañana en BBC1 y BBC2. Todo un éxito al punto de que había espectadores que sintonizaban la emisora solo a las horas en que Jill Dando daba las noticias… ¿Su mérito? Los compañeros –que siempre la adoraron- lo tenían muy claro: era natural y sincera, nada egocéntrica, el éxito no se le había subido a la cabeza y encima sabía transmitir todas esas cualidades al público. Además era agradable a la vista, resultaba atractiva y gozaba de un buen tono de voz, lo cual hacían de Jill una de esas personas que enamoran al objetivo de la cámara y que, como suele decirse en estos casos, “dan bien” en la pantalla.

De tal modo, tras presentar durante seis años diferentes programas matutinos con mediano éxito –destacando de manera especial su concurso en un espacio dedicado al turismo y los viajes en el que ganó gran popularidad-, los directivos de BBC decidieron que había llegado el momento de elevarla al estrellato. Sería por ello elegida para presentar el célebre programa de sucesos Crimewatch, ubicado en la franja de máxima audiencia y que empezó a copresentar junto a otro clásico de la televisión británica, Nick Ross, a partir de 1995. Todo un bombazo. Fundamentalmente porque a Jill no le agradaba –nunca le gustó- la información de sucesos: las historias que se veía obligada a transmitir la conmovían; se emocionaba con los invitados; se aterraba sinceramente con los relatos que se veía obligada a contar… Y en consecuencia ofrecía una visión humana, sencilla, trágica y sentimental, de aquellas terribles historias que calaba muy hondo en la audiencia… Se dice, incluso, que la propia reina Isabel terminó por convertirse en una espectadora asidua de Crimewatch gracias al concurso de Jill.

El patito feo se había transmutado en una estrella imparable.

Jill Dando - Crimewatch
Jill Dando, Nick Ross (a su izquierda) y parte del equipo de Crimewatch.

Los ricos también lloran

Pero el estrellato y el triunfo, como todas las cosas de la vida, tienen un lado oscuro. Su mugre y sus piojos. Suele ocurrir que las personas que alcanzan la fama estén también expuestas a las manías, filias, fobias y locuras anónimas de quienes las observan ávidos desde el otro lado de la popularidad. Es cierto que el famoso nada debe al admirador, ni tiene obligaciones de clase alguna contraídas con el público más allá del buen ejercicio profesional, pues quien alcanza el éxito solo cosecha los frutos de su propia siembra, pero algunos “admiradores” –quizá desde las gafas de la envidia- no lo ven de ese modo: entienden que el famoso les debe su fama y que el exitoso no lo sería de contar con su colaboración. Otros, no menos idiotas, sencillamente se convencen de que tienen “derecho” a odiar a una celebridad por el mero hecho de que no defienda o sostenga las causas que son de su agrado. En ambos casos nos encontramos ante el reverso tenebroso –estúpido, acrítico, fanático y tal vez demente- del fan.

El hecho es que el equipo del programa Crimewatch recibía a menudo anónimos de personas despechadas, amenazas de gente que se sentía perjudicada por el modo en que el programa la trataba, advertencias de organizaciones criminales que exigían que los equipos de investigación dejaran de meter las narices en sus asuntos, críticas disparatadas de seguidores defraudados… Y, de manera muy especial, tanto Nick Ross como Jill Dando, las caras visibles del programa, solían ser objetivo constante de toda suerte de anónimos, correos electrónicos y llamadas amenazantes.

JILL DANDO WITH FIANCE ALAN FARTHING - march 1999.
Jill Dando y Alan Farthing anunciando su compromiso en la prensa rosa durante el mes de marzo de 1999. ¿Pudo esta foto ser el detonante de su muerte? (Tony Ward/ScopeFeatures.com).

En el caso de Jill la cosa había empeorado dramáticamente a partir de finales de 1998, con los  37 años cumplidos, cuando se convirtiera en noticia por sí misma –error- al anunciar en algunas revistas del corazón su enlace matrimonial con su novio, Alan Farthing, famoso ginecólogo de muchas celebridades de la jet set. A partir de aquel momento el asunto de los mensajes molestos y las llamadas intempestivas se recrudeció al punto de que alguien incluso se atrevió a meter una nota por debajo de la puerta de su domicilio. Jill estaba algo sobrepasada, pero la policía no consideró que corriera un peligro real. La acción de estas personas desequilibradas que persiguen a las estrellas es un fenómeno bastante común que no suele pasar de las palabras y que casi siempre acaba en nada. De hecho, el propio Nick Ross manifestó a las Autoridades que, pese a la constante presión que los componentes de Crimewatch solían recibir, ninguno de ellos había llegado a sentir jamás que su vida estuviera realmente en juego.

Sea como fuere, Jill prácticamente vivía a caballo entre su casa del selecto barrio londinense de Fulham y la de Farthing en Chiswick. Tanto es así que la vivienda estaba en manos de una inmobiliaria, que la tenía prácticamente vendida, de suerte que solía aparecer poco por allí y a horas muy concretas. De tal guisa, el 26 de abril de 1999 se produciría la última y mortal visita de la periodista al que iba a dejar de ser su hogar.

Dando regresó a la casa de Fulham en su propio coche, llegando hacia las 11:30 horas. Cuando estaba abriendo la puerta de la calle un desconocido se aproximó a ella por detrás y le descerrajó un único tiro en la cabeza, a cañón tocante, con un arma de 9 milímetros. Se sospecha que debía ir equipada alguna clase de dispositivo silenciador, pues nadie oyó disparo alguno y el cuerpo de Jill, desangrándose en la puerta del 29 de Gowan Avenue, sería descubierto por su vecina, Helen Doble, alrededor de 15 minutos después de la agresión. La policía fue avisada exactamente a las 11:47 y los servicios de emergencias trataron de reanimar y estabilizar a Jill durante un buen rato. Sin embargo, la famosa presentadora de la BBC, para conmoción mayúscula del público, fue declarada muerta a su llegada al cercano hospital de Charing Cross, a las 13:03 horas.

29 Gowan Avenue Fulham May 1999 Home of Murder Victim Jill Dando
Puerta de la casa de Jill Dando en Fulham.

La cosa tenía su morbo: no todos los días la más célebre estrella televisiva de uno de los programas de sucesos más seguidos de un país del Primer Mundo se convierte en protagonista de sus propios contenidos. Baste un dato: incluso la Casa Real Británica, ante el impacto popular del crimen, emitió una nota de pésame y repulsa.

Diferentes teorías

Jill Dando Murderer - Police Sketch
Retrato Robot del posible asesino de Jill Dando elaborado por Scotland Yard y difundido masivamente por los medios de comunicación.

Solo siete personas reconocieron, tal vez, haber visto al hombre que pudo disparar a Jill Dando por la espalda, y la descripción fue unánime: se trataba de un tipo caucásico de entre 30 y 40 años, corpulento, pelo negro, bien vestido, sin guantes, con gafas de sol y gabardina, que abandonó el lugar de los hechos a la hora del crimen, a pie, sin correr, pero caminando a paso rápido en dirección al Támesis a la par que hablaba nervioso por teléfono. Se le perdió la pista junto a una parada de autobús. No era mucho, pero los testimonios recabados por los detectives de Scotland Yard dieron el suficiente juego como para elaborar un retrato-robot.

El detective Hamish Campbell, enfrentado a los medios de comunicación, no tardó en indicar que no se excluía ningún motivo –incluidos el pasional a pesar de que Farthing estaba fuera de toda sospecha o la revancha de alguien “maltratado” por Crimewatch-, pero eran cuatro, básicamente, las principales hipótesis que se manejaban: crimen por encargo[1], venganza de un radical serbio, acción de un componente de la extrema derecha o ataque de un admirador despechado. Había buenos motivos para sostenerlas todas, pues Jill era una persona implicada y comprometida con diversas causas humanitarias, progresistas y anti-xenófobas -incluido un apoyo explícito al pueblo albano-kosovar[2]– que no dudada en expresar sus opiniones abiertamente y a la mínima ocasión. Sin embargo, para Campbell y su equipo, la hipótesis favorita nunca dejó de ser la del admirador desairado dadas ciertas características de la mecánica del crimen que hicieron a los psicólogos criminales dudar de las otras opciones. Especialmente el hecho de que, a decir de algunos testigos, el hombre del retrato-robot rondara la casa de Jill durante más de una hora antes de poder matarla, y que no encaja con la conducta subrepticia y calculada que caracteriza a un criminal profesional.

Jill Dando - MirrorLa cosa vino a complicarse unos quince días después de la muerte de Jill Dando cuando el caso parecía estancarse y un empresario anónimo, convencido de que alguien más debía saber algo, ofreció una recompensa de 50.000 libras –unos 72.000 euros- a cualquier persona que diera a las Autoridades una pista que condujera a la detención del asesino. Cantidad que se sumaba a las 100.000 libras -144.000 euros- previamente ofertados por el rotativo Daily Mail con idéntico fin. La presión se hizo muy grande sobre Scotland Yard, especialmente cuando estaba ante un caso que no podía permitirse dejar sin resolver, pero las ofertas motivaron a nuevos testigos que, simplemente, vinieron a corroborar con mayor detalle todo cuanto se sabía.

Y la cosa se fue enfriando.

Jill Dando - Daily Mail

Un año después

Se produjeron varias detenciones que no fructificaron, pues los sospechosos no encajaban con la información disponible, y ello indujo un estado de decepción generalizado entre los familiares de Jill, sus amigos, la BBC –que nunca dejó de realizar llamamientos para ayudar al esclarecimiento del asesinato- e incluso la opinión pública.

Todo cambiaría a finales de mayo del año 2000 cuando por fin se detuvo a alguien que parecía encajar a la perfección en el caso. El tipo en cuestión, cuyo nombre e imagen Scotland Yard mantuvo en secreto por orden judicial –el juez encargado del caso era William Gage- durante varios días a fin de no contaminar las posibles ruedas de identificación, era Barry Michael George, un músico en paro de 40 años. Cuando fuera detenido, Barry respondía al apellido de Bulsara –el auténtico de Freddie Mercury, el célebre componente de la legendaria banda Queen-, y ya venía siendo investigado por el equipo de Hamish Campbell desde el año anterior.

Barry Michael George
Barry Michael George (Bulsara) en los días que fuera detenido.

George, que a veces tocaba en algunos pubs, era un sujeto peculiar que había sido militar, estuvo casado con una japonesa, cobraba una pensión por enfermedad, había tenido problemas con la justicia por diversos delitos sexuales de poca monta y solía realizar a veces comentarios extravagantes –alguno de ellos sospechosamente relacionado con el caso de Jill Dando-, pero desde hacía tiempo llevaba una vida discreta en un barrio tranquilo, por lo que su detención, efectuada tras el pertinente seguimiento, generó gran conmoción entre sus vecinos y allegados… Pero había algo que no encajaba del todo, por lo que muchos investigadores, en privado, agitaban negativamente la cabeza y se resistían a aceptar que el caso estuviera en verdad cerrado… Ciertamente, George encajaba en algunos elementos del caso e incluso guardaba cierto parecido con el retrato-robot que ya se había hecho famoso en toda Gran Bretaña, pero otras cuestiones seguían en el aire y no había forma de cuadrarlas. Especialmente por el hecho de que el propio sospechoso nunca dejó de proclamar su inocencia a los cuatro vientos y jamás se derrumbó durante los interrogatorios.

Durante los exhaustivos registros realizados en su casa se descubrió que George era un mirón que tenía la pésima costumbre de perseguir a las chicas, merodear, fisgar, hacerles fotos que luego coleccionaba… Y que, examinado el montón de material recolectado en su vivienda, parecía tener una obsesión importante con la finada Jill Dando. Pese a sus proclamas de inocencia, para Scotland Yard y para la justicia, pese a las pruebas circunstanciales reunidas en su contra, era el hombre. De hecho, el punto fuerte del caso contra Barry George se articuló sobre una dudosa prueba forense: una partícula microscópica de pólvora encontrada en uno de sus abrigos… Tan pequeña que tanto podía proceder de un arma disparada por el propio acusado –que nunca se encontró ni se supo que jamás tuviera alguna- como de la chispa de un encendedor o de cualquier otra persona con la que se hubiera rozado por la calle… Una información que solo se supo a posteriori pues, por si fuera poco, el ministerio fiscal la ocultó durante el juicio para favorecer su instrucción. Resumiendo: la única “evidencia” forense por la que Barry George fue condenado a cadena perpetua en 2001 no evidenciaba absolutamente nada.

La consecuencia de todo ello fue que George se tiró siete años en la cárcel antes de que el Estado, en la figura del Lord Chief of Justice, atendiera la tercera alegación de su abogado y se decidiera a repetir el juicio en noviembre de 2007. Resultó finalmente exonerado en agosto de 2008, de modo que el asesinato de Jill Dando, la admirada estrella tiroteada en el clímax del brillo[3], que ha dado ya para varios libros y alimentado teorías de la conspiración de toda índole y color, permanece irresuelto.

Eso sí, fue noticia. Y de las gordas.

Barry George - Soy Inocente
George, tras su liberación, proclama su inocencia a la puerta del Old Bailey.

[1] El Reino Unido vivió durante la década de 1990 un recrudecimiento inusitado de los crímenes por encargo que preocupaba sobremanera a las Autoridades. Scotland Yard llegó a identificar al menos a veinte criminales de este tipo solo en el área de Londres, así como en el sureste del país. Este tipo de criminales solía operar con armas cortas, del estilo de la empleada en el caso Dando, y manejaba tarifas que, por aquellos días, oscilaban los 1500 euros.

[2] Recuérdese que en este momento se encontraba activo el conflicto de Los Balcanes, en el que el Reino Unido, así como otros componentes de la OTAN, se encontraba comprometido de manera muy especial contra la causa serbia. De hecho, en los días en que Jill Dando fue asesinada, había hecho un ferviente llamamiento en pantalla para que se socorriera a los refugiados kosovares que vino a coincidir con el bombardeo de la televisión serbia por parte de la OTAN. Dado que la BBC, en la figura de varios de sus directivos, se vio asediada en los días sucesivos por varias amenazas de supuestos terroristas serbios, Scotland Yard hubo de valorar muy seriamente una posible conexión con el asesinato de Jill.

[3] El recuerdo de Jill Dando, lejos de desvanecerse, continua muy vivo en el Reino Unido, lo cual ha motivado que la investigación de su muerte siga viva y que los llamamientos para la resolución del caso nunca hayan cesado. Prueba de ello es el legado que ha dejado tras de sí. Nick Ross y Alan Farthing realizaron una cuestación pública para crear un Instituto de Investigación Criminal con el nombre de la periodista. Lograron, para tal fin, reunir millón y medio de libras de suerte que se abrió en la Universidad de Londres en abril de 2001. Existe un jardín que también lleva su nombre en su ciudad natal y que fue costeado enteramente por la BBC que, además, creó y actualmente sigue concediendo una beca para financiar los estudios de periodismo a jóvenes promesas a la que puso el nombre de Jill. Incluso el centro académico en el que Dando estudio periodismo, el Weston College, abrió en 2007 un pabellón al que también dio el nombre de la que ha sido una de sus estudiantes más ilustres.

Buenos, malos, violentos

Lo mismo que ha venido ocurriendo en la ficción con los criminales desde que la visión idealizada por Puzo y Coppola en El Padrino reelaborase los clichés delincuenciales, y difuminara las fronteras entre los delitos y los negocios, ha venido a suceder en el presente con el resto del elenco de personajes: héroes, antihéroes, villanos, malvados, bondadosos, justos e injustos conforman una amalgama de personajes vacíos. Se han hecho indiscernibles e incluso intercambiables. Al fin y al cabo, si don Vito Corleone –el cabeza de una familia dedicada por entero al crimen, no lo olvidemos- podía caer simpático, ¿por qué no podía hacerlo un asesino caníbal como el Hannibal Lecter creado por el novelista Thomas Harris? En efecto, todo era una simple cuestión de redefinir términos.

Vito Corleone
Reconócelo: este tipo es un criminal execrable, pero por más vueltas que le das no encuentras la manera de que te caiga mal.

La década de los ochenta, entre hombreras y música tecno, fue la primera tras la constatación del final de esa falaz “inocencia edénica” surgida del nuevo orden de cosas impuesto por el final de la Segunda Guerra Mundial. Consecuentemente, supuso también el final del absolutismo moral, así como el advenimiento caos intelectual, el crepúsculo de las doctrinas cerradas… Convirtiéndose en partida de nacimiento del primer periodo histórico en el que el relativismo y el escepticismo se convirtieron en una opción ideológica y existencial real e indiscutible antes que en una mera posición teórica y retórica. Nunca antes en la historia de la cultura occidental se había podido reconocer -y ejercer- públicamente el “todo vale” o el “nada es cierto” y, en realidad, esa constatación era en el fondo el resultado directo de las condiciones vitales impuestas por un sistema de producción regulado únicamente por la política del beneficio. Semejante imperialismo de las condiciones materiales -la tiranía de lo real de que la se nos vino advirtiendo desde el surgimiento de la modernidad -, tarde o temprano, tenía que afectar a lo ideológico al penetrar en la política, y a lo ético, al adueñarse de la vida pública, de las relaciones en todos los ámbitos de la vida. A nadie puede extrañar, por tanto, que el sociópata haya pasado de ser un tipo que debía ocultarse para poder sobrevivir en el anonimato del colectivo, a convertirse en un personaje público, identificable y tan legítimo como cualquier otro. Es la consecuencia degenerada del individualismo descontrolado que anega todas las facetas de la vida: cada vez menos gente piensa en los demás, la urbanidad es un timo, “yo soy así”…

En un sistema en el que todo se mide por parámetros de productividad, eficacia, capacidad de transformación y cuentas de resultados caben pocas florituras intelectuales que no estén destinadas de un modo u otro al aumento de la productividad, así como al sacrificio de cualquier valor “inoportuno” en los altares de la capacidad económica. Por consiguiente, a medida que la década de los ochenta fueron avanzando y se sacrificaron en el altar de los negocios los fundamentos morales e intelectuales de la cultura occidental, fueron asimismo despareciendo los grandes pensadores, las grandes creaciones, las ideas definitivas y las grandes cuestiones para verse todo ello reemplazado por cuentos de posmodernidad, soluciones coyunturales y puntuales, el tente mientras cobro ético, el tormento intelectual de los reduccionismos y otras filosofías de trapillo. La inteligente parodia que Groucho Marx realizara sobre los tiempos modernos había triunfado: “tengo estos principios, pero si no le gustan tengo estos otros”.

La caída del Muro de Berlín y el final del régimen soviético, agotados por una maquinaria de producción occidental con la que simplemente no podían competir en modo alguno desde un Estado burocratizado e inmovilista, sólo trajeron más de lo mismo en tanto en cuanto quedaba certificada la probada eficacia de esta nueva cultura basada en estadísticas, gráficas, números, paradigmas económicos, políticas de consumo, laissez-faire, depredación bancaria, desigualdades internacionales, explotación irracional de los recursos naturales y falsas libertades.

Hannibal Lecter
Reconócelo: este tipo es un monstruo terrorífico, amoral, depravado y absolutamente repugnante… Pero te cae la mar de bien.

¿Hannibal no es un héroe?

Este panorama -en perpetuo agravamiento- ha afectado a la cultura popular de múltiples maneras, pero la fundamental ha sido la de relativizar el papel ético-moral de los personajes de ficción al convertir sus actos no en una cuestión de mayor o menor cercanía a determinados ideales de bondad y justicia, sino ante todo en un mero asunto de intereses. Otro más. Esto sucedió muy claramente, ya lo hemos anticipado, en el cine que se adentraba en los territorios del crimen organizado –ya fuera este de carácter familiar, empresarial o gubernamental-, pero se plasmó de manera muy clara en el papel de los héroes. Así, mientras que en 1940 se presentaba a Superman y Batman como paradigmas de la justicia inmaculada -al igual que en España se nos mostraba a Purk, El Cachorro, El Guerrero del Antifaz o el Capitán Trueno-, y si en 1960 Stan Lee tomaba el control de Marvel para preocuparnos por los problemillas existenciales de posadolescentes como Peter Parker o de complicadas familias tradicionales como los 4 Fantásticos, ahora resulta que el público se había acostumbrado al relativismo y al cinismo, tolerando los extremismos con mayor soltura y dejando de torcer el gesto ante un cubo de sangre y vísceras de pescado bien tirado frente a una cámara. No será raro, por tanto, que los creadores de estos productos de consumo revolucionen los paradigmas y traten de conducirlos justamente al ese extremo en el que la falta de sentido sea un sentido en sí: el psicópata criminal y reprobable -Lecter, Dexter- ya es admirado, citado e imitado como si de cualquier otro héroe se tratara.

Los policías del nuevo cine de acción que harían -y hacen- las delicias de los aficionados, han dejado de ser esos luchadores incansables contra el crimen de antaño, ejemplares y honorables, para transformarse en émulos brutales de los mismos criminales a los que persiguen. Sería fácil acordarse ahora de Harry Callahan, apodado el “Sucio”, –al que Clint Eastwood encarnó hasta en cinco ocasiones, la última de ellas en 1988-, pero él sólo fue la punta del iceberg. El anticipador de una nueva escuela de héroes populistas con olor a pólvora, gatillo fácil, barba cerrada y mucho músculo que no dudan en transgredir las leyes que han jurado defender si con ello se alcanza el fin pretendido (y Maquiavelo ha vencido). El nuevo héroe de los ochenta era Chuck Norris atizando a los delincuentes patadas voladoras sin compasión, era Charles Bronson pateando puertas y volando cabezas sin preguntar, era Arnold Schwarzenegger haciendo reventar cualquier cosa con un lanzagranadas o Sylvester Stallone desmembrando vietnamitas… Lo mismo que el Bruce Willis de los 90 o el Jason Statham de los 2000. El fin de la inocencia ha traído consigo el triunfo de los bárbaros y la indefinición entre buenos y malos: ya no es cosa de principios, sino de circunstancias.

Harry Callahan
Reconócelo: si pudieras hacerlo sin miedo a posibles consecuencias, apretarías el gatillo como él sin dudarlo ni un instante.

El nuevo héroe es, de este modo, un mito descerebrado del pressing-catch que no tiene problema alguno en romper huesos, aplastar cabezas, disparar antes de preguntar, torturar por principio, matar si es necesario o pasar por encima de los más elementales principios de convivencia. De tal modo, los héroes y los villanos se han fusionado no ya porque sus creadores los doten de detalles, matices y precisiones que hagan dudar al espectador, sino porque ha ocurrido justamente lo contrario: todo se ha simplificado a tal punto que ya no existen recodos ni aristas que analizar y comprender… Lo único que separa al bueno del malo es el motivo último por el que cada uno de ellos decide ejercer unilateralmente su retahíla de sempiterna e inevitable violencia.

Quizá sea por lo expuesto que en este imperio del relativismo, de laxos principios, escépticos teoremas y corolarios cínicos en el que se nos ha educado sistemáticamente para aceptar que los buenos, los malos y los violentos ya no admiten separación, margen o frontera, por lo que cada vez tenga más sentido ser gobernado por corruptos, estar sometido a relaciones laborales tiránicas, educar a los más jóvenes en la amoralidad, padecer relaciones interpersonales destructivas… a la par que cada vez tenga menos sentido exigir justicia, respeto y humanidad. Son ideales imposibles en un mundo en el que los individuos y sus intereses, deseos y demandas particulares se han expandido con tal fuerza que ya no dejan ni el más mínimo espacio a los demás. Que ya no contemplan ni tan siquiera la existencia de los otros.

La lógica implacable del “yoísmo” nos ha vencido. Amén.

Cuidado con el bromista

Batman
El Batman de la época de Neal Adams, uno de los mejores de todos los tiempos, coincidió con la resurrección del Joker, un personaje que iba de capa caída (y nunca mejor dicho).

Sadismo sobreactuado y una ilimitada capacidad para el mal. Un deseo irracional, injustificado e incluso absurdo a menudo de destrucción. Tánatos freudiano desatado, en estado puro, básico y carente de matices… Esta es la clave fundamental de la villanía total que se nos presenta en la ficción y, por ello, todo ser humano con independencia de sus orígenes es capaz de comprenderla. Así ocurre que esta clase de malvado de la ficción resulta tan universal que ha llevado, a menudo, a la caricaturización de los verdaderos criminales. A una simplificación absurda e injustificada de sus actos que ha conducido a imaginarlos como simples imitadores de los villanos de ficción. Al malo de película, al malo de la novela o al malo del tebeo se le comprende porque es plano, es mecánico, es simple, es burdo, y a menudo ni tan siquiera necesita justificarse. Y esto gusta porque es sencillo. Nada de ello, claro está, funciona o es aplicable al “malo” real, pero la cultura popular pesa y ejerce un influjo tan fuerte en nuestras vidas, en nuestras cosmovisiones de la realidad, que a menudo nos resulta imposible deslindar el tópico del hecho y la realidad de la ficción.

Pensemos en el Joker, el archienemigo de Batman. Su primera aparición se produjo en el número 1 de la serie Batman (1940), presentándose como un tipo de singular aspecto ridículo –que refleja precisamente y con sumo acierto su disparatada psicología-, cuya creación conceptual fue concebida por el asistente de arte Jerry Robinson y luego rediseñada por el guionista Bill Finger y el dibujante Bob Kane, quien basó el aspecto final del personaje en las fotografías del actor Conrad Veidt que Finger le entregó. Veidt había protagonizado la adaptación fílmica de El hombre que ríe (1928), producción muy exitosa que adapta la novela homónima que Victor Hugo publicó en 1869, y cuyo argumento es una ácida y tremenda crítica a la aristocracia de su época. El hecho es que Veidt adoptó un trágico y estremecedor aspecto muy similar al que luego sería el planificado por Kane para representar a su villano.

Conrad Veidt
Conrad Veidt encarnando al “hombre que ríe”. La inspiración de los creadores del Joker es más que obvia.

El Joker ha pasado décadas hostigando al murciélago sin descanso, sembrando el cáos en Gotham City por simple placer. Como si de un juego se tratara. No le importan el dinero, la riqueza o el poder. Sólo la destrucción. Es el villano total, el malo mecánico incapacitado para cualquier otra cosa que no sea la maldad en sí misma y al que, precisamente por ello, no se puede vencer o reducir. Pero lo más interesante es que este tipo de malo ficticio e imposible funciona excepcionalmente bien de cara al público y se convierte en el resorte necesario al que han apelado tradicionalmente los diferentes editores de Detective Comics cuando las ventas de tebeos descendían. No en vano, el Joker ha sido nombrado el octavo mejor personaje de cómics por prestigiosas publicaciones especializadas como Empire Magazine, así como el quinto por la Wizard Magazine. Asimismo, en el año 2008, alcanzó el puesto número uno en la lista de los cien mejores villanos del tebeo de todos los tiempos, clasificación también publicada por Wizard.

Sin embargo, la personalidad del Joker ha pasado por diversas fases que reflejan diferentes momentos históricos bien definidos. La idea original, como corresponde a su tiempo y a las innegables influencias culturales que posee el personaje, fue la de un brillante criminal sociópata, sádico pero dotado de un extraño sentido del humor, impactante, de intenciones claramente amorales. Se trata, en suma, de la representación preclara del cáos -que no de la anarquía, que no es lo mismo-, el crimen y la destrucción, en contraposición al orden, la moralidad y la justicia extrema, también algo absurda a su manera, que encarna el personaje de Batman.

La siguiente representación del Joker -muy influida por el peso del Comics Code-, es la de aspecto “camp”[1] que fue la popularizada en las décadas de 1950 y 1960. Aquí adoptó la forma de un excéntrico ladrón de opereta, algo torpe, infantil, falto de cariño y con un especial aprecio por los chistes horteras, tontorrones, y la parafernalia bufonesca. Sería esta segunda versión inocentona, descolorida y absurda del personaje la que se popularizó mundialmente. Este Joker desvirtuado, el villano total descafeinado, sería lentamente atenuado a mediados de la década de 1970 para regresar paulatinamente a la inspiración originaria de sus creadores.

El Joker así resucitado, oscuro, de los setenta ha ido ganando con el paso de los años en efectismo visual, chismorreo psiquiátrico y parafernalia pseudofilosófica, pero también perdiendo trasfondo si pensamos en la autenticidad de sus orígenes. En efecto, se ha terminado convirtiendo en esa simplificación del crimen, de la villanía, a la que antes aludíamos. Para muestra un botón: “No sé en qué pensaba, o si pensaba en algo. Lo del Joker, por lo que estaba descubriendo, no era pensar… sino actuar. Y siempre en persona. Supongo que podría decirse aquello de ‘si quieres un trabajo bien hecho…’ ¿O quizá disfrutaba del ‘trabajo’? Incluso se enorgullecía como un artista. No es que yo entienda de arte, pero como reza otro dicho, ‘uno sabe lo que le gusta’”[2].

Evolucion del Joker
Evolución estética del Joker a lo largo de las décadas.

Como se deduce de la cita, un malo plano y sin sutilezas, porque sí, extenuante y a menudo rayano en el más completo absurdo, pero sorprendente sin embargo, atractivo y cautivador de cara al espectador a causa de su apariencia monstruosa y pervertida. Su homólogo cinematográfico y literario más obvio quizá sea el psicópata favorito de todo el mundo: Hannibal Lecter, el psiquiatra asesino creado por Thomas Harris que como podemos comprobar no inventó absolutamente nada y se limitó a parodiar a los psicópatas reales, tal cual el Joker se ha terminado parodiando a sí mismo con el paso del tiempo. Tal vez suceda que la realidad nos resulte a todos tan extremadamente aburrida que sea necesario reconstituirla desde su misma esencia, aunque sea mediante falacias.

Hannibal Lecter
El actor Anthony Hopkins encarnando al psicópata imperfecto. Las cosas construidas justo como no suelen ser, se venden mucho mejor. Paradoja.

[1] El “camp” es una forma estética que basa su atractivo en la ironía y un punto de mal gusto cercano a la horterada. El término apareció en 1909 y se utilizaba para referirse a las conductas afectadas, exageradas, histriónicas, teatrales o afeminadas. Durante la década de 1960 el concepto redibujó sus contornos para definirse como banalidad, artificio y mediocridad tan extrema como para provocar la atracción. La escritora norteamericana Susan Sontag, en su ensayo publicado en forma de libro en 1966, Notes on Camp (New York: Farrar), enfatiza el artificio, la frivolidad, lo naif, y la presuntuosidad.

[2] Azarello, B. y Bermejo, L. (2009). Joker. Barcelona: Planeta DeAgostini (Traducción: Diego de Los Santos).

In dubio pro reo

OJ Simpson
O. J. Simpson durante los días de vino y rosas.

Orenthal James Simpson nació en San Francisco (California, EE.UU.) en julio de 1947 y fue, por así decirlo, el perfecto ejemplo del “sueño americano”, pues procedía de una modesta familia de clase media. El sueño se truncaría, no obstante, a finales de la década de 1980, cuando comenzara a tener problemas con la justicia por el maltrato de su mujer por aquellos días, para reventar definitivamente mediada la década de 1990 al ser acusado del asesinato de su ya ex mujer y un amigo.

El caso Simpson copó portadas de prensa y ocupó miles de horas en la televisión y las radios estadounidenses. Generó acalorados debates y ofreció un juicio propio de una película policíaca, repleto de giros, golpes de efecto y con un final tan apoteósico como inesperado… Sin embargo, y en el fondo, más allá del circo mediático, el asunto nunca dejó de ser el resultado de un terrible chapuza judicial que sirvió como colofón a una de las investigaciones policiales más chapuceras que se recuerdan. No en vano, un caso en el que, y por seguir el adagio anglosajón, todo el mundo “sabía” que el acusado era guilty as hell -culpable como el infierno-, hubo de concluir en una duda razonable que significó su absolución.


O. J. Simpson comenzó a jugar al fútbol americano en el instituto y pronto destacó como jugador polivalente, de excelentes facultades atléticas que tanto corría con eficacia como defendía con rigor, lo cual le valió el acceso a la universidad por la vía de una beca deportiva. Así, en la Southern California University culminó una carrera deportiva meteórica, consagrándose como una de las grandes promesas de futuro, lo cual motivó que los equipos profesionales de la NFL prácticamente se lo rifaran cuando dio el salto al fútbol profesional. Finalmente fueron los Buffalo Bills, equipo en el que realizó prácticamente toda su andadura como jugador de élite, los que lograron su fichaje en 1969. Con ellos llegaría a ganar el título de MVP –jugador más valioso- de la liga en 1973. Así, y tras una exitosa carrera deportiva, llegó a convertirse en una figura conocida en todo el país. Sin embargo, y como sucede a menudo con los deportistas de élite, su andadura triunfal se vio truncada por una inoportuna lesión que le indujo a retirarse en 1979, prácticamente sin pena ni gloria y militando en las filas de los San Francisco 49ers, con los que jugó dos temporadas intrascendentes.

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O. J. cuando militaba como estrella del fútbol americano en las filas de los Buffalo Bills.

Sin embargo, y para entonces, Simpson había dado sobradas muestras de su visión de futuro al asegurarse una vida productiva tras el retiro deportivo, cosa que lamentablemente no prevén muchos de estos jóvenes millonarios. Hombre simpático e inteligente, no exento de atractivo personal, Simpson aprovechó su popularidad futbolística para introducirse en el mundo del cine, con lo cual ya era un actor conocido, que gozaba de cierta cotización y con el que solía contarse en diferentes producciones para las pantallas grande y pequeña, cuando abandonó el deporte. También se convirtió en un habitual del mundo de la publicidad, de los programas deportivos, así como de otros eventos de variedades como el seguidísimo e incombustible Saturday Night Live, a causa de su popularidad y buena labia[1]. Con un físico resultón y un buen número de fans –especialmente femeninas- Simpson terminó fundando su propia productora –la Orenthal Productions- con la que rodó algunos telefilmes de bajo presupuesto protagonizados por él mismo y mediante la que canalizó los réditos de su imagen. Sin embargo, todo ello se iría al garete tras ser acusado en 1994 del asesinato de su segunda esposa, Nicole Brown, y de un amigo de ésta, Ronald Goldman.

El caso es que tan bien como le habían ido a Simpson las cosas en su vida pública, se le fueron torciendo en la vida privada. Había  contraído nupcias con Nicole Brown en 1985 tras un primer matrimonio finiquitado por una terrible tragedia. Casado en 1967 con Marguerite Whitley, con la que tuvo tres hijos, las cosas fueron más o menos bien hasta que todo se derrumbó en 1979 -justo el año en el que cerró su carrera deportiva- a causa de la muerte del hijo pequeño de ambos, Aaren, de dos años, que se ahogó en la piscina familiar. La pareja no pudo soportar el bache con lo que rompió en marzo de 1980.

Con Nicole, una camarera a la que había conocido poco antes de romper con su primera esposa, Simpson tendría otros dos hijos. La relación, sin embargo, no fue venturosa y el divorcio entre ambos tendría lugar en 1992. La razón de esta separación fue un turbio asunto de violencia de género que parecía bien probado pero nunca quedó del todo esclarecido a causa de la peculiar negativa de Simpson a hablar acerca del tema en modo alguno durante el juicio. De hecho, alegó nolo contenderé, una figura curiosa del derecho estadounidense por la cual el acusado no se declara ni culpable ni inocente de los cargos. Esto no obra como eximente en caso de condena, pero otorga ciertas ventajas en posteriores juicios civiles por causas relacionadas con la primera. El hecho es que tras el divorcio pasó puntualmente la manutención a Nicole Brown hasta el día de su muerte.

Coloso en Llamas
Simpson currándoselo al frente de los mandos del Coloso en Llamas.

Los hechos

Hacia la medianoche del 12 de junio de 1994, Nicole Brown y Ronald Goldman fueron encontrados sin vida en la propiedad de la primera, ubicada en el barrio de Brentwood en Los Angeles. Se trata de un barrio residencial para gente acomodada en el que este tipo de hechos no son comunes. El crimen se había cometido con especial saña pues ambos habían sido apuñalados con virulencia, especialmente Nicole a la que su agresor degolló, y ofrecían síntomas de haber sido golpeados violentamente pre-mortem. Probablemente como resultado de una cruenta pelea. La relación entre Nicole y Ronald, un ex camarero que se ganaba la vida como modelo, no está del todo clara. Se presupone que eran amantes. Eso, y el hecho de que nada había sido sustraído de la escena del crimen, hizo a la policía sospechar de razones pasionales para la comisión del doble crimen, por lo que dados sus antecedentes de violencia doméstica y la tensa relación que mantenía con su ex esposa, O. J. Simpson se convirtió en el sospechoso número uno para las Autoridades.

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Nicole Brown y Ronald Goldman, las supuestas víctimas de O. J.

Todo parecía indicar que el propio Simpson, motu proprio, se personaría en las instalaciones policiales para ser interrogado tras ofrecer una rueda de prensa que se preveía tan jugosa como multitudinaria, pero nunca apareció. De hecho, y temiendo que se había dado a la fuga, se cursó la pertinente orden de busca y captura, hecho que coincidió con la aparición pública del abogado y amigo de Simpson, Robert Kardashian, quien leyó una nota del actor en la que parecía autoinculparse del crimen a la par que daba la impresión de que iba a quitarse la vida.

Hacia las 18:45 se detectó a Simpson en el Ford Bronco de su amigo Al Cowlings -otro célebre futbolista- por la Autopista Interestatal 405 y se inició una espectacular persecución. Al parecer, Simpson había secuestrado a un aterrado Cowlings, al que mantenía encañonado con una pistola entretanto éste último conducía. Pronto se formó un auténtico cortejo de coches de policía, furgonetas de prensa, particulares curiosos y helicópteros alrededor del vehículo en movimiento. El evento, retransmitido en directo por todas las televisiones del país, estaba acorde a la altura del personaje en tanto en cuanto parecía que Simpson haría de sus últimas horas de vida un autentico evento cinematográfico. El Ford Bronco se detuvo por fin a las 20:00 horas en North Rockingham Avenue, pero Simpson aún permaneció otros cuarenta tensos minutos en el interior del vehículo antes de optar por entregarse. Portaba consigo algunos objetos personales, un bigote postizo y 8.000 dólares.

Pese a todo, y aunque el detenido se encontraba en muy mala situación psicológica, los agentes que procedieron a su interrogatorio no lograron obtener de él una confesión de culpabilidad.

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De esta guisa apareció Nicole en la escena del crimen.

 

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Ronald, junto a la escalera frente a la que yacía Nicole (arriba). Se ignora cual de ellos falleció antes pero la saña con la que fueron ejecutados es obvia.

El juicio

El periplo judicial de O. J. Simpson, mediático donde los haya y denominado por la prensa como el “juicio del siglo”, comenzó el 20 de junio, momento en el que afrontó su audiencia preliminar. El acusado se presentó emocionalmente desecho, dubitativo y cabizabajo, pero se declaró no culpable entre balbuceos. En todo caso, la fiscalía consideró que tenía caso contra él y siguió adelante con el proceso. Así, el 22 de julio, mucho más seguro de sí mismo, Orenthal James Simpson entró en los juzgados con su porte habitual de estrella del deporte, seguro de sí, y negó todos los cargos con absoluta rotundidad. La instrucción posterior duraría 133 días durante los que se produjo un rosario de intervenciones públicas a favor y en contra de Simpson, así como toda suerte de especulaciones, debates y gags televisivos, algunos tan famosos como el protagonizado por el famoso monologuista y presentador televisivo Jay Leno.

El juicio propiamente dicho comenzó el 24 de enero de 1995, siendo la directora del equipo fiscal la letrada Marcia Clark. Las sesiones fueron muy publicitadas y debatidas en los medios, lo cual generó  una gran división popular en torno al caso. De hecho, hacia el final de juicio Simpson había logrado que le considerase inocente tanta gente como la que le consideraba culpable, cosa que provocó algunos disturbios y enfrentamientos entre admiradores y detractores de su figura a la puerta de la Corte Superior de California.

La acusación manejaba los celos de Simpson como móvil del asesinato de la pareja Brown-Goldman, y basó todo el caso tres elementos fundamentales:

  1. Una grabación con la voz de Nicole Brown, obtenida durante una llamada al 911 –número de emergencias en los Estados Unidos- en la que decía estar atemorizada por su marido, y en la que se mostraba temerosa de que la maltratara. Una prueba efectista acerca de la personalidad violenta en el ámbito doméstico de Simpson que tenía, no obstante, un serio contratiempo: la llamada había tenido lugar en 1989, luego dos años antes del divorcio de ambos que se basó, precisamente, en una acusación de malos tratos. De tal modo, la grabación solo incidía en lo que ya había quedado esclarecido en sede judicial con motivo de una causa precedente y ya juzgada.
  2. Una serie de pruebas de ADN –se encontró sangre coincidente con la de Simpson y ambas víctimas en el lugar de los hechos, así como en su coche y en su casa- y huellas de pisadas que, al parecer, probaban la presencia del acusado en la escena del crimen.
  3. Un guante de cuero ensangrentado, reseco, que apareció en el lugar de los hechos y cuya supuesta pareja se encontró en la casa de Simpson.

Frente a esto, Simpson se presentó en el juicio con un equipo de excelentes abogados defensores –entre ellos el famosísimo J. Lee Bailey[2]– por el que había pagado la escandalosa cifra de, nada menos, cuatro millones de dólares. El hecho es que argumentaron que su cliente estaba siendo víctima de una trampa urdida por la policía para “cargarle el muerto”, y lo argumentaron como sigue:

  1. Las pruebas genéticas estaban claramente contaminadas, habían sido obtenidas en algún caso sin la pertinente autorización judicial y no estaba tampoco claro que se hubiera seguido la adecuada cadena de custodia para su preservación, lo cual era posible. En tales circunstancias, no podían ser contempladas como válidas ni tales evidencias, ni cualquier otra que resultara de ellas.
  2. Las huellas de pisadas habían sido colocadas en la escena del crimen por la policía para “construir” un escenario ad hoc… ¿Por qué?
  3. Pues porque el detective encargado del caso, Mark Furhman, era un reconocido racista que trataba de culpar a Simpson de todo “apañando” la cosas por la vía de la falsificación de pruebas. Y en este sentido no cabía olvidar que Nicole Brown era una chica blanca, lo cual había motivado que el matrimonio que contrajo con su cliente resultara especialmente controvertido para algunos sectores de la sociedad más conservadora de los Estados Unidos.
  4. Pese a que Furhman negó radicalmente que fuera la clase de persona que dijeron los abogados de Simpson, del mismo modo que negó en redondo haber montado la escena, aquellos airearon un buen número de grabaciones en las que hablaba despectivamente los afroamericanos y que, en suma, corroboraban su actitud negativa hacia la raza negra lo cual, sin duda, desacreditó al principal testigo de la acusación en la medida que mostró su parcialidad.

De hecho, el equipo defensor de Simpson fue muy hábil no solo a la hora de desacreditar las evidencias criminalísticas presentadas por la fiscalía, sino también para convertir un caso de asesinato en una causa racial: el chico negro que mata a la chica blanca por lo que, a pesar de ser un triunfador –cosa que los blancos nunca perdonan a los negros- la sociedad blanca dominante decide utilizar el asunto como medio de venganza contra ese “negrito” que no sabía cuál era su sitio. Un hecho especialmente relevante si tenemos en cuenta que diez de los doce miembros del jurado que juzgaron a Simpson eran afroamericanos y, por lo tanto, estaban especialmente sensibilizados con su causa… Otro error de la fiscalía a la hora de seleccionar el jurado: su intención de mostrarse progresista y no permitir que fueran mayoritariamente blancos quienes juzgaran a un negro para evitar la argumentación racial –inevitable por otro lado- motivó que, a la postre, se encontrara frente a un jurado de dudosa imparcialidad.

En último término, y no menos importante, la única evidencia no desacreditada en principio por la defensa era el célebre guante de cuero marrón encontrado en la escena del crimen por la policía. La acusación la presentó como la evidencia irrefutable de que O. J. Simpson era el criminal por cuanto, se dijo, era la pareja de otro encontrado en la casa del acusado y además éste exhibía un profundo corte en el dedo corazón cuando fue detenido que, probablemente, se había hecho durante la pelea previa al asesinato de Ronald Goldman. De este modo, un miembro del equipo de la fiscalía, Christopher Darden, en un alarde típicamente peliculero, pidió a Simpson, con gran énfasis, que se probara el guante plenamente convencido de que le serviría… Pero, lamentablemente, la prenda no encajó en su mano, de una talla claramente mayor, y además tampoco tenía el presumible corte que habría provocado, durante el forcejeo, la herida en el dedo del acusado. Un desastre.

Pese a todo, la acusación, aún en la inopia con respecto a su propia ineficacia, estaba tan convencida de haber probado la culpabilidad de Simpson que arguyó que con toda probabilidad la sangre, al secarse, habría reducido la talla del guante. Un argumento, como poco, discutible y relativamente fácil de desacreditar.

Finalmente, el 10 de octubre de 1995 y ante una audiencia de 150 millones de espectadores O. J. Simpson fue declarado “no culpable” por un jurado que deliberó tan solo durante tres horas. Y la disputa racial en la que el caso se había convertido estaba servida: entretanto la población de raza negra estaba mayoritariamente convencida de la inocencia de Simpson, supuesta víctima de un exceso de celo policial racista, la población de raza blanca se manifestaba a favor de su culpabilidad y consideraron aquello una farsa que se había financiado con los cuatro millones que Simpson había puesto sobre la mesa.

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El agente señala el guante ensangrentado que, supuestamente, O. J. Simpson dejó en la escena del crimen.

¿Qué pasó entonces?

Como bien explicara Vincent Bugliosi, el fiscal que llevó el archifamoso caso de la Familia Manson, la acusación, confundida por una mala investigación, había cometido una “monumental chapuza”. Las pruebas a favor de la culpabilidad de Simpson –empezando por las trazas de ADN- eran abrumadoras al punto de que cualquier fiscal riguroso debiera haber sido capaz de lograr la condena del acusado, pero se mostraron incapaces de hacerlas valer ante el tribunal en la medida que:

  1. Se dejaron arrastrar por la estrategia en torno al racismo montada por la defensa en lugar de hacer valer el obvio historial de malos tratos del acusado.
  2. La investigación criminal fue ineficiente al no ser capaz de establecer la conexión entre la mecánica del crimen, las evidencias criminalísticas y el acusado, lo cual convirtió todo el proceso en dudoso.
  3. No fue capaz de garantizar que las evidencias forenses se habían obtenido por la vía adecuada, no estaban contaminadas y habían seguido la adecuada cadena de custodia.
  4. Se obvió el hecho de que Simpson hubiera tratado de fugarse de la justicia así como su supuesta nota de suicidio, en la cual daba la clara impresión de declararse culpable del crimen.
  5. La reacción psicológica del acusado tras su detención fue netamente autoinculpatoria en la medida que se presentó como abatido y dando el aspecto de no tener salida. De hecho, en los primeros interrogatorios policiales nunca negó de manera clara y tajante su culpabilidad, pero los agentes que le interrogaron fueron incapaces de lograr una confesión. Dado que esta debilidad psicológica ya no volvió a producirse tras trabar contacto con sus abogados, lo cual es tópico en casos de asesinato, se perdió una gran oportunidad.
  6. Se pasaron por alto todas las evidencias encontradas en el Ford Bronco de Al Cowlings, que habrían podido ayudar a concretar las halladas en el lugar del crimen.
  7. Simpson nunca fue capaz de explicar cómo se había realizado el profundo corte de su dedo corazón, ni por qué motivo se encontró en su casa un guante de cuero marrón muy parecido al hallado en la escena del crimen… Y sin pareja. Un hecho que la fiscalía dejó pasar inexplicablemente en lugar de convertirlo en argumento fuerza.
  8. Nunca se estableció cómo llegó la sangre de las víctimas al coche y la casa del propio Simpson, o por qué las huellas de sus zapatos estaban en la escena del crimen.
  9. Se permitió que se desacreditara al testigo principal de la acusación –el detective Furhman- por motivos no directamente relacionados con el caso en cuestión.
  10. La elección de un jurado tan mal equilibrado determinó claramente el veredicto. La fiscal Marcia Clark había pensado que las mujeres del mismo, simplemente, simpatizarían con la víctima por ser también mujer y encontrarse sensibilizadas ante la violencia de género, lo cual se mostró claramente como un error.

Lo más interesante es que meses después de la absolución de O. J. Simpson, alguno de los miembros del jurado que lo exoneró manifestaron ante los medios de comunicación estar plenamente convencidos, desde el primer momento, de que era culpable, pero no habían podido sustanciar el veredicto más allá de la duda razonable a causa de la chapucera investigación policial y la mala praxis del ministerio fiscal, que destruyeron la causa. Por todo ello, y dado que no se logró establecer sin lugar a la duda la culpabilidad de Simpson, hubieron de acogerse al lógico principio de in dubio pro reo.



[1] Simpson es recordado internacionalmente por su participación en célebres producciones como El coloso en llamas (1974), Capricornio I (1978) y la teleserie Raíces (1977).

[2] Bailey se hizo mundialmente famoso con su defensa del doctor Sam Sheppard, acusado de asesinar a su esposa en 1954. Caso que inspiró la célebre serie de televisión El fugitivo. Otros criminales famosos defendidos por él a partir de entones fueron Albert DeSalvo –el estrangulador de Boston-, o Patty Hearst, que supusieron alguno de sus más rotundos reveses. Acumulando éxitos y fracasos a partes iguales, Bailey ha sido reconocido como uno de los abogados defensores con más éxito y reconocimiento de la historia, pero también como uno de los más “tramposos” en la medida que no dudaba en utilizar cualquier circunstancia, por sucia que fuera, para ganar o sacar tajada. De hecho, a lo largo de su vida profesional, ha tenido que afrontar varias acusaciones por mala praxis, siendo finalmente inhabilitado en 2001 por su actuación irregular en el caso Duboc.