Conjurando a Frestón

Vuelo de Clavileño


El vuelo de Clavileño

Brujas, locos, pócimas, fármacos, médicos e inquisidores a través de la literatura cervantina

Francisco López-Muñoz / Francisco Pérez-Fernández

Prólogo: Juan Ramón Biedma

Madrid, Delta Publicaciones, 2017


Si alguien, hurgando en los estantes de cualquier librería, se encuentra con este libro y atraído por lo curioso de su título se decide a tomarlo, a buen seguro echará un vistazo a la contraportada. Y cuando así obre se encontrará con este texto:

“Este libro, desde la excusa cervantina, propone un viaje profundo —y crítico— al mundo de las brujas y hechiceras durante la España Áurea, un mundo de turbias supersticiones y calderos pestilentes, brutales persecuciones y torturas, fraudes médicos consentidos, leyes asfixiantes y represivas, inquisidores intransigentes, pseudoconocimiento y misoginia cerril, que se ocultaba bajo la alargada sombra de la fe absoluta, la pureza de sangre y las pretendidas buenas costumbres. Las brujas, sus cuitas y su mundo eran cosa bien conocida por Cervantes, en cuya obra los pícaros, curanderos, embusteros, timadores, ladrones y vividores son especie común por vista de cerca y formar, además, parte intrínseca de ese mosaico existencial, acrisolado de pasados que se cierran y futuros que se abren, que es el Siglo de Oro español. En sus obras se aprecian las muchas experiencias vitales del autor, su singular circunstancia y su vasta cultura: Cervantes conocía bien la medicina de su tiempo, al proceder de una familia vinculada al oficio, e incluso la farmacopea no le era ajena, pues disponía en su biblioteca particular de un la exploración del carácter, como buen conocedor de Juan Huarte de San Juan, y sabía mucho de los entresijos y submundos de la sociedad y la cultura que vivió, y a la que a menudo sobrevivió. Que la obra de Cervantes es una fuente inagotable de inspiración, que admite infinidad de lecturas, no es cosa nueva, y prueba de ello es el mundo de la brujería y sus fenómenos afines, que tanto le fascinaron. De hecho, de los textos cervantinos se extrapolan afirmaciones que hoy día podrían parecer evidentes, como que las prácticas de brujería carecían de influencia satánica y que sus unturas y pócimas solían elaborarse, obviando la excusa ritual, con fines meramente recreativos y lúdicos.”

¿Suficiente? Quién sabe. Lo cierto es que toda obra -igual da su calidad e interés manifiestos- siempre esconde muchas lecturas. De hecho, lo que hace bueno a un libro, más allá de la técnica de quien lo escribe o de la pericia de quien lo lee, reside en la habilidad del autor para exponer y superponer niveles de lectura, así como en la facilidad con la que estos quedan accesibles al posible lector. Por ello, cuando Dickens comenzó su celebrada Historia de dos ciudades con aquella sentencia mítica: “era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos”, estaba haciendo mucho más que regodearse en su indiscutible eficacia como autor: estaba dotando a su obra de un halo de intemporalidad que la haría atractiva para cualquier lector y en cualquier tiempo, que no es poca cosa.

Por eso es que los libros, en general, son siempre peligrosos para los fanáticos, los doctrinarios y los totalitarios. Abren puertas y modifican realidades. Y del mismo modo que a Don Quijote los libros lo perdieron, paradójicamente, fue también que lo salvaron. Y algo de esto debieron barruntarse aquellos que pretendían sacar al Alonso Quijano escondido en la locura del Caballero de la Triste Figura cuando la única forma que se les ocurrió para intentar atraerlo a la cordura fue quemar los libros y tapiar el cuarto de lectura. Desastre del que Don Quijote se libera, precisamente, inventando otra ficción al culpar de todo aquello a uno de sus archienemigos; el sabio Frestón (el nombre del personaje ya es deliciosamente antinómico). Y así es como la vida de cada hombre, en manos de Cervantes, se va convirtiendo en una espiral de verdades, mentiras, ficciones, creaciones y recreaciones que se hacen cosmovisión y perfilan “el mundo” de cada cual. Por eso los dogmáticos han de pasar la vida conjurando a ese paradójico secuestrador de saberes que es el tal Frestón; porque los libros son llaves que abren puertas y ventanas que -creen- debieran permanecer cerradas a fin de asegurar el pensamiento único.

Esto es lo que trata de mostrar este libro, El vuelo de Clavileño, que en realidad es un libro de libros, desde libros y para otros libros. O, por mejor decir, una puerta hacia otras puertas que, a su vez, abren pasillos, túneles y caminos hacia realidades solo aparentemente diferentes en la medida que versiones anteriores de la nuestra. Así debiera leerse más allá de tecnicismos, precisiones, teorías y retóricas -de las cuales hay muchas en la obra- porque con tal deseo se concibió. De hecho, cuando Faulkner decía que el pasado no pasa, que nunca es del todo pasado, que está aquí y ahora, lo que pretendía decirnos es que nada desaparece del todo sino que en todo caso se recicla, se disfraza,  se reconstruye y vuelve de otro modo, en otra forma.

Cuando mi compañero -y amigo- Francisco López y yo concebimos la idea de este libro teníamos claro bien fuera de manera inconsciente el argumento de Faulkner. Creímos, con Dickens, que todos los tiempos son los mejores y los peores al mismo tiempo. Pensábamos, desde la modestia más certera, como Cervantes: que si un libro te condena, solo un libro puede salvarte, y que no existe mejor antídoto contra el veneno de la ignorancia, frente al no saber quiénes somos, que el redescubrimiento de ese pasado que, en realidad, nunca pasa del todo pues lo único que ocurre es que raramente lo reconocemos al verlo oculto tras sus nuevos disfraces. ¿Lo hemos conseguido? En realidad lo ignoro y no creo que ningún autor sepa realmente si ha hecho poco más que escribirse a sí mismo cuando escribe cualquier cosa.

Sea como fuere, el libro está ahí y habla ya por sí mismo.

 

Anuncios

Sandalias de tacón alto

Obscena


Obscena. Trece relatos pornocriminales

Edición y Prólogo: Juan Ramón Biedma

Carlos Salem, Carlos Zanón, David Llorente, Empar Fernández, Fernando Marías, Guillermo Orsi, José Carlos Somoza, Juan Ramón Biedma, Manuel Barea, Marcelo Luján, Marta Robles, Montero Glez, Susana Hernández.

Barcelona, Editorial Alrevés, S.L., 2016.


“Una mujer desnuda con sandalias de tacón alto puede parecer cualquier cosa excepto inocente”.

Fernando Marías


Aunque el concepto de pornografía sea empleado habitualmente en sentido despectivo, a menudo con connotaciones abiertamente insultantes, los diccionarios no lo tienen tan claro por el simple hecho de que no son nosotros y quedan, sabiamente, al margen de nuestras peculiares manifestaciones de la neurosis. De hecho, y en el caso que nos ocupa, ni tan siquiera suelen resultar taxativos en su valoración del término. Parece claro, de hecho, que el uso y abuso de la palabra “pornografía” para calificar todas aquellas cosas que nos resultan sucias, bastardas y horriblemente inmorales tiene por necesidad más tintes socioculturales que propiamente lingüísticos.

No debiera extrañarnos tal cosa si entendemos que el lenguaje es sustancia viva y sometida al albur del vulgo –por lo común no muy letrado- en sus sentidos y contextos. Todavía menos si aceptamos el hecho de que en el mundo actual, en el que la ebullición de medios y canales comunicativos ha provocado una monumental explosión de palabras –la mayor parte de ellas innecesarias-, un colosal magreo de las ideas, hemos terminado por precipitarnos, en suma, hacia una épica degradación de la realidad a través de la perpetua e interesada malversación de los sentidos y los significados. De hecho, ya casi nada significa en la subjetividad de nuestras cabezas lo que parece significar en referencia a lo real por la sencilla razón de que ya hay pocos mensajes que no nazcan alterados, corrompidos, manipulados, usados y ensuciados por unos intereses u otros. Sacrificados en aras de esto o de aquello. Y así es como nos vamos ahogando en el fango de la corrección política y la demagogia.

Y por eso la inocente “pornografía”, que la Real Academia Española[1] define como,

“De pornógrafo

  1. Presentación abierta y cruda del sexo que busca producir excitación.
  2. Espectáculo, texto o producto audiovisual que utiliza la pornografía. Prohibieron la venta de pornografía en los quioscos.
  3. Tratado acerca de la prostitución.”

acaba en el uso y abuso de nuestra vetusta cultura católica, de honda base judeocristiana, atiborrada de toda suerte de penosas y castrantes moralinas –dicho sea en el más nietzscheano de los sentidos-, malversada en sustantivo de la inmoralidad más abyecta y transmutada en adjetivo calificativo de la peor especie. Incluso da miedo verla en molde. Aterra encontrarla en la portada un libro y provoca estupor en el expositor del quiosco e incluso en la barra del navegador. Genera espanto cuando la entrevemos en el canto de la novela que lleva consigo el compañero de viaje desconocido que nos ha tocado en suerte en el anonimato del transporte público. Incluso provoca miedo –sucio horror- sentirse obligado a escribirla, decirla o leerla pues induce invariablemente al temor de no ser entendido o de no entender. De no ser aceptado, o de no aceptar.

Tal fue el miedo que experimenté en mi propia piel al abrir en el despacho el sobre que contenía el libro que nos encabeza y echar un vistazo a la portada. Porque mi primera e inopinada reacción fue la de esconderlo a los ojos siempre voraces de quienes me rodeaban para evitar a todo trance que alguien pudiera verlo en mis manos, sobre mi mesa, incluso cerca de mí. El viejo llamamiento a la supervivencia en el ecosistema de la respetabilidad me pedía escapar como fuera del magma de ideas perversas y confusas que los otros pudieran hacerse de mí. La palabra maldita. Pornografía. El adjetivo perverso. Pornográfico. Belcebú encarnándose, perfilándose ante mis ojos. Pornógrafo.

Luego me detuve. Al fin y al cabo soy un adulto. Frené mis impulsos animales y procedí a una terapia de racionalización que me vacunase de tanta estupidez. Las palabras no matan. No dañan. Hiere la gente. No es por lo tanto del peso de las palabras –que siempre humanizan y conocen- del que hay que liberarse, sino de esa terrible enfermedad que los otros nos contagian al transmitirnos e inocularnos sus opiniones, creencias, temores y odios.

Vacunémonos pues:

Pornografía, pornografía, pornografía, pornografía, pornografía, pornografía, pornografía, pornografía, pornografía, pornografía.

¿Suficiente? Si no es el caso. Si lo que te ocurre es que, más allá de los miedos infantiles anclados en las moralinas de una cultura tan vieja que a menudo ya no se soporta, has perdido el temor a la excitación, al abrazo de la auténtica, genuina y gloriosa pornografía que contempla la RAE, entonces tienes que acercarte a esta antología de relatos que su compilador, Juan Ramón Biedma, quiso compartir conmigo y que yo deseo compartir contigo, bien sea para ayudarte en la siempre necesaria clínica del aclarado de las ideas. Trece historias terapéuticas que nos congracian con un género denostado, humillado y maltratado por quienes ni lo saben, ni lo comprenden, ni lo intentan. Por quienes estiman desde una ignorancia de décadas asumida e incluso potenciada que “porno” no es más que el prefijo de un insulto cualquiera.

Y ya sabéis lo que pasa con las antologías. Son irregulares desde su inspiración común porque hay autores que las utilizan para reciclar viejas historias sumergidas en el lodazal del disco duro –o de la vieja libreta-, entretanto otros se deciden a coger el toro por los cuernos para corresponder con entereza y pasión al llamamiento del editor -que en este caso y con este collage logra cerrar un viejo proyecto y satisfacer así un antiguo anhelo-. Hay, pues, en ellas de todo y para todos los gustos y sabores. Siempre será de tal modo y no cabe renegar de lo que es inevitable… Pero ello no obsta para que me reconozca como un gran apasionado de las antologías por simple y llana razón de que en ellas he encontrado muy a menudo piezas deliciosas, caramelos de magnífico sabor, obritas únicas en su belleza, historias sumamente inspiradoras, detalles desconocidos e inesperados de autores a los que nunca esperé leer en esa nota. En esa música. En tal escenario.

A veces son dos. A veces son cinco. A veces son más.

Obscena cuenta con la baza de haber logrado reunir a trece excelentes escritores y escritoras –sí, yo también sucumbo como todo hijo de vecino al vicio de los tiempos-. Nombres reputados del presente literario de las letras hispanas, que no necesitan presentación alguna y que suponen por sí mismos –nombres y apellidos- un  enorme atractivo para el lector. Pero más allá de la innecesaria laudatio del aficionado, ya que no soy otra cosa, dejadme que os diga algo personal: de entre esas trece historias pornocriminales –en efecto y con todas las letras-, ya sea más adentro o más fuera de foco, hay tres que me han resultado maravillosas, interesantes, inspiradoras. Que me han inducido al pensamiento y a la relectura y que, por sí mismas, han hecho que las dos tardes que he empleado en la lectura del libro hayan merecido la pena, y mucho.

Por supuesto, no os diré qué historias son. No por escabullirme de la ofensa sino porque en el gusto impera necesariamente la maldición de la subjetividad. Puede que, simplemente, para ti las elegidas sean otras. O puede que las mismas. Puede que tus vicios y pasiones más oscuros caminen por senderos convergentes a los míos o bien se deslicen en el siempre saludable sendero de las divergencias, pues en esto de la excitación los límites son difusos, confusos. Las preferencias en el placer oscilan siempre entre las luces de lo coherente y las brumas de lo antagónico. Lo que nos gusta hacer y que nos hagan es por necesidad pulsión de lo particular. Por supuesto. Por supuesto. Por supuesto. No se puede limitar lo que no conoce más limitación que la fantasía… No obstante, y te ruego encarecidamente que me hagas caso en esto: esas tres historias –gloriosas- no te las puedes perder.

Ni el resto, claro.


[1] DRAE. Edición del Tricentenario [http://www.rae.es/].

El intríngulis de Jardiel

La Lluvia en la Mazmorra


“No lo sé. Procuro no dar consejos. Creo que todo el mundo aconseja, no por bondad y desprendimiento, sino porque el consejo lleva implícita la inferioridad del aconsejado y eso les hace sentirse mejor”.

Juan Ramón Biedma


Yo mismo he repetido –y me he repetido a mi mismo en más de una ocasión- sentencias similares a la que encabeza esta recensión. Aforismo vital que Juan Ramón Biedma pone en boca de Enrique Jardiel Poncela, el inesperado y homenajeado protagonista de su última novela, La lluvia en la mazmorra. Y no porque los consejos sean intrínsecamente maliciosos, de hecho algunos son excelentes en función del caso, sino porque quien aconseja toma el control de situaciones que a menudo no comprende porque no las vive, porque es fácil confundir al aconsejado desde el desconocimiento profundo de su problema y, sobre todo, porque los consejeros no arriesgan en la medida que nada deciden. El consejo no es un convenio, ni un contrato, ni un compromiso cuando no se cobra por darlo, y por ello el consejo gratuito es ligero, veleidoso y por lo común viene armado. Es más: siempre que he dado un consejo gratis –pocas veces me he tomado la prebenda, es verdad- la cosa ha estado en riesgo de terminar mal entre el aconsejado y yo.

Cuando hace unos años Juan Ramón me envió el primer manuscrito –que aun conservo porque guardo absolutamente todo lo que creo importante- de La lluvia en la mazmorra, sin embargo, corrí el riesgo de meterme a consejero sin soldada. No por creerme superior al autor, que a mi modesto entender es tan insuperable como lamentablemente poco reconocido por el gran público, lo cual habla rematadamente mal de nuestro mercado literario, sino en el malentendido de que la amistad de años y la admiración nunca ocultada conceden el derecho a aconsejar. Empecé por decirle que no me gustaba el título. Insistí en tratar de ajustarle determinados detalles de la trama argumental. Pude incluso atreverme a discutir su manera de estructurar el relato… Con el paso del tiempo me fui dando cuenta de que mi fatuidad surgía de un hecho al que yo, quizá voluntariamente, no había querido prestar atención: Juan Ramón había evolucionado como escritor entretanto yo seguía anclado en el que fuera. Por supuesto, nuestra amistad –por ser auténtica- nunca corrió riesgo alguno en la medida que la contumacia nunca se ha contado entre mis defectos, y que Juan Ramón supo entender que mis tontos consejos nacían antes del enorme cariño y admiración que le profeso como persona, como amigo, como profesional, antes que de un torpe deseo de tratar de aleccionar al que ya sabe, y mejor que uno mismo. Así es que yo callé, él siguió a lo suyo y todos tan contentos.

Por eso cuando recibí el ejemplar ya publicado, en perfecto molde, de La lluvia en la mazmorra –Biedma siempre ha tenido a bien contarme entre sus primeros lectores-, la primera cosa que hice fue ponerme a leer como si no lo conociera de nada. Porque así hay que entenderse con los libros. Como seres a los que hay que tratar con respeto, con los que hemos de conocernos, frente a los que tenemos que posicionarnos y con los que, por fin, hemos de terminar estableciendo relaciones más o menos venturosas. Hice aún más cosas: se la hice leer a mi esposa en la idea de que una voz objetiva, no maleada, ajena a mis prejuicios, tal vez fuera capaz de iluminar los recodos de sombra que aún provocaban mis viejos y absurdos consejos.

De esa relectura –mejor, relecturas- del texto nació una evidencia: Juan Ramón Biedma había madurado como autor. No en el sentido de ocuparse de nuevos temas, pues a cada cual sus vicios y querencias personales lo arrastran inexorablemente por sendas repetidas, en espiral perpetua, sino en el de crecer como artista, como autor e incluso como persona. Porque de la lectura de esta novela de trama impoluta, de mecanismos de relojería implacables, de personajes de trazo fino, de un estilo sintético perfectamente medido y de singular estructura, surge de inmediato la evidencia de que Juan Ramón Biedma se nos está haciendo mayor y muy grande. Enorme.

Dado que no me agrada realizar sinopsis de las historias que recensiono, pues para eso están las contraportadas de los libros y además soy perfectamente consciente de que la riqueza de las historias de Biedma no cabe en un puñado de líneas, debo ahorrar toda referencia expresa al contenido argumental del sorprendente intríngulis que el autor ha parido en esta ocasión. Sólo, por incitaros, os pediré dos cosas: imaginad el Madrid de la década de 1930, convulsionado, con un futuro ambiguo y un pasado al borde de la clausura; repleto de personajes singulares, fronterizos, a caballo entre las viejas costumbres provincianas de la España decimonónica, sobre las cimientos de una industrialización fallida, ante los primeros devaneos de un posmodernismo que truncará una Guerra Civil que ya amenaza desde la trastienda. Pensad en lo que podría ocurrir si en ese escenario –nunca mejor dicho- de extrañas convergencias y divergencias un autor teatral de éxito, Enrique Jardiel Poncela, se viera convertido en un detective de peculiar sentido del humor obligado a hurgar en los entresijos de una extravagante conspiración. Una que incluso excederá su genial imaginación de dramaturgo y llevará al límite la singularidad de su inteligencia…

He de ir terminando. Me limitaré en última instancia a certificar que La lluvia en la mazmorra, que por cierto viene magníficamente presentada en esta cuidada edición de Versatil –felicidades-, marca el inicio de una nueva etapa en la obra de Juan Ramón. Un periodo que, como todo camino que se inicia, desconocemos a dónde conducirá con exactitud, pero es seguro que tiene un horizonte bien delimitado en la mente de su autor. Así pues, en el comienzo de ese nuevo trazado prometedor que os invito a recorrer con él, pues seguro que será extremadamente interesante, quiero hacerle una promesa pública: amigo, no pienso volver a darte un solo consejo.

No me lo permitas, te lo ruego.

La lluvia en la mazmorra / Juan Ramón Biedma / Editorial Versátil, 2016

El Clan de Acuario


Mi gran amigo, el escritor Juan Ramón Biedma -uno de los tíos con más talento que conozco-, ha tenido el impagable detalle de componer esta reseña de mi nueva novela. Espero sea de vuestro agrado e interés.


Clan de Acuario

“Hasta donde yo sé, Freud era un cocainómano misógino, reprimido, petardo y embustero que se creía el coño de la creación”.

Francis P. Fernández

Del farragoso debate sobre las causas por las que la literatura de género no termina de despegar hasta otras listas más allá de los habituales directorios comarcales, ni las elaboradas a partir de las ventas ni del reconocimiento crítico generalista, siempre destaco la endogamia como uno de los factores que más tóxicos en estos sectores literarios, entendiendo por endogámicos a aquellos escritores de ciencia-ficción, de policíaca o de fantasía que no han leído más que de lo suyo y que carecen de otra influencia o magisterio que el inscrito dentro de los parámetros que limitan sus historias; en este escenario, el hallazgo de novelas como El clan de Acuario, de un autor marcado por todos los géneros y sin géneros pero también profundo conocedor de altas y bajas psicologías -me refiero tanto a su formación científica como a su bagaje en enfoques callejeros que permiten su aplicación en diversas realidades-, nos descoloca gratamente al situarnos frente a una obra exactamente inclasificable.

La historia, más que ubicarnos, nos deja caer en un futuro tan probablemente deplorable como queramos imaginar en el que nuestra suerte se une a la de Octavio Galilea, un precognitivo de tres al cuarto que se gana la vida utilizando sus poderes en el juego, un outsider que intenta mantenerse al margen de todos hasta verse forzado a implicarse en el tejemaneje de un oscuro consorcio que pasa de utilizarle en lo que aparenta ser un experimento de trascendencia equívoca pero limitada a una artimaña universal centrada en hacer saltar por los aires la contracivilización a la que se encuentran sometidos.

Porque lo que de verdad distingue esta novela de otras narraciones que se limitan a reflejar rutinariamente un chascarrillo argumental que en muchos casos no daría ni para un relato corto es su tremenda ambición; el autor, con una firmeza y seguridad al alcance de pocos representantes de su generación, se atreve con un futuro ya infectado desde el punto de partida, sigue en su obsesión destructiva hasta llegar a la devastación total de la matriz de la infraestructura oficial y no se detiene ahí, sino que se atreve a mirar cara a cara a la recuperación social, política y moral, que es quizá el ejercicio literario más complejo. John Clute en su ensayo sobre literatura fantástica El jardín crepuscular nos dice que “en la ciencia-ficción, la pérdida de la memoria o la inmersión en algún vórtice impersonal o trascendental suele ser preludio de que el personaje regresará con una conciencia más plena que antes”. Con estas herramientas, Francis nos conduce hacia ese otro mundo cimentado sobre unas bases desconocidas y no se conforma con cerrar la historia tras vislumbrar esa nueva panorámica, nos proporciona una credencial para entrar en ella y nos invita a participar a fondo en el debate sobre las líneas maestras del nuevo orden.

Antes que todas estas señas de identidad, la rúbrica que caracteriza esta obra, como ya sucedió con sus anteriores novelas “La versión del Minotauro” y “El Sueño del Errante“, es esa manera propia de Francis P. Fernández de aportar en cada línea, en cada giro, un estilo propio de decir, mezcla de sentido venenoso del humor, de inteligencia extrema y de las laceraciones, punciones y contusiones que produce su prosa.

El clan me ha parecido algo así como una recreación libre, visionaria, política, esotérica y escalofriantemente próximas de todas las distopías del mundo; una peripecia que empieza siendo anecdótica y termina siendo colosal, global, atemporal. Una novela formidable en el sentido titánico del término. Y en el sentido de exquisita, también. De inolvidable.

Juan Ramón Biedma / 2015


Post-Scriptum (Mayo de 2017)

Pues todavía hay quien lee y reseña esta novela… Por ejemplo, mi muy querida Pily Barba en su blog NGC 3630 (pincha el enlace si quieres saber lo que piensa).


Si te interesa, puedes adquirirlo aquí:

Si eres librero o distribuidor, y quieres trabajarlo, tu servicio es este:


Biedma, desde la bruma


Tus magníficos ojos vengativos cuando todo ha pasado

Narrativa / Editorial Lengua de Trapo (2015)


Biedma

La nueva novela de Juan Ramón Biedma nos llega envuelta en una densa nebulosa de smog y violencia contenida, latente, difusa pero eficiente. Nacida en calles sucias, crecida en bajos fondos de sempiterno olor a carbonilla, madera a medio quemar, mataderos mal ventilados y detritus. Criada con a los pechos secos de putas desdentadas y enfermas. Acunada en el regazo de la inanición, la desolación, la sórdida violencia del lumpen y la inmoralidad del resurrecionismo. Ilustrada en la escuela del ocultismo y educada en los más turbios y perversos recovecos de lo esotérico.

La nueva novela de Biedma, que se sustancia desde un marasmo de bruma densa y plomiza, sabe a pescado pasándose en una ruinosa lonja del Támesis. Huele como el sudor y la sangre estratificados sobre la pared del local que aloja cientos de peleas ilegales. Suena como lo hace el dolor de los estómagos vacíos de los miserables, y se queja con la oronda displicencia de las tripas llenas de los nobles. Vicios y virtudes. Gritos y golpes. Quizá solo vida.

La nueva novela de Biedma es, por cierto, extraordinaria.

Sobre el fondo de ese tétrico Londres de finales del siglo XIX que se desangra lentamente por debajo del trampantojo de mansas apariencias y buenas costumbres precariamente sostenido por el victorianismo, Holmes y Moriarty, héroe y antihéroe -los epítetos son intercambiables en este caso-, van a librar la penúltima batalla. Un episodio más en esa guerra eterna que, en realidad, no deja de ser el viejo combate del hombre contra sí mismo, de lo mejor y de lo peor que hay en nosotros pugnando por imponer su criterio al mundo para retorcer el pescuezo al pollo manchado de la realidad. Con una salvedad: nadie encarna nada y no existen posiciones cerradas ni trincheras porque ambos, cada uno a su modo, asumen su parte de bondad, de maldad, de idealismo, de convicción y de odio, lejos de los esquemas planos de pasados romanticismos decimonónicos. Pues del mismo modo que Carl Gustav Jung nos hizo saber que la personalidad estaría incompleta si no contuviera de alguna manera a su opuesto, Biedma ha comprendido que Holmes y Moriarty, en el fondo y por encima de clichés manidos, son demasiado parecidos como para ignorarse mutuamente. Como para no respetarse y detestarse con placer siempre correspondido.

Moriarty y Holmes –tanto monta- son en manos de Juan Ramón Biedma tipos que se perciben por encima de la altura de su tiempo, por encima del escenario y de sus actores. Tipos que alzan la vista sobre la masificación de las medianías que en el pecado mismo de sus propias excelencias y decisiones llevan inscrita la penitencia de sus vidas. A lo largo de la novela quiero imaginarlos como el Joker y Batman de la última página de La broma asesina: mirándose a los ojos, entre carcajadas, como uno miraría su reflejo absurdo en un espejo deformante. Separados únicamente por la precariedad de una línea pintada sobre el asfalto mojado. A ambos les bastaría con dar un simple paso y cruzar esa línea sucia para convertirse en el otro. Pero ninguno de los dos lo hará porque ya han tomado partido y asumido como parte intrínseca de sí mismos un destino inquebrantable.

La nueva novela de Biedma, como todas, nos relata una historia coral que ya se intuye desde su título a priori enigmático, a posteriori coherente. Es crisol de relatos, personajes, existencias y vivencias aparentemente inconexas –lo importante en este caso es la apariencia misma- que caminan hacia un mismo fin, que explotan en una apoteosis cósmica de consecuencias imprevisibles. Porque la vida es compleja, multicausal, y la única verdad metafísica es que todo se encuentra interconectado en el andamiaje de esta charada universal que es el mundo. Un mismo tren en el que todos los viajeros deben desarrollar su propio trabajo para que el convoy alcance su destino, que siempre es el de todos ellos en general, pero el de ninguno en particular. Piezas de un reloj eterno que late hasta agotar la clepsidra del tiempo.

Hacía mucho tiempo que Biedma, desde siempre un admirador entregado de los relatos de Sherlock Holmes, me venía hablando de su interés por escribir esta historia. Un proyecto que tardó en madurar porque lo bueno necesita ser pensado y repensado con calma. Y el resultado final, construido sobre un excelente trabajo de documentación, se encuentra muy por encima de mis mejores expectativas y ha demolido cualquier viso de escepticismo. No es solo que la cuidada prosa de Biedma –que es un escritor sensacional como ya nos ha demostrado muchas veces- se ajuste como un guante al contexto de sabor gótico, a ratos emborrachado de Poe, en el que nada la historia. Es también que ha sabido ir más allá de la inspiración original para descubrir nuevas facetas y detalles, nuevas formas y fondos que tal vez latieran ya de alguna manera en los textos de Conan Doyle, pero que nuestro Biedma ha sabido desarrollar y expandir desde la panorámica del presente. Menos inocente y más retorcida si se quiere, pero también mucho más auténtica.

Parafraseando a Nietzsche podríamos decir que Arthur Conan Doyle ha muerto, y que Biedma lo ha matado. Con sumo respeto. Con grave admiración. Incluso con la severidad solemne que preside el sepelio de los grandes hombres. Con la más distinguida consideración, pero sin piedad de clase alguna porque nadie concede lo que no se pide. Y tengo la impresión de que Doyle debió sonreír entretanto recibía cada puñalada con el emocionado acomodo del maestro que se reconoce en ese discípulo que vuela, y evoluciona, y transforma la herencia recibida para volar más allá del horizonte sobre alas nuevas. Tal cual debió sonreír Julio César tras la embestida postrera de un Bruto que –siempre lo he creído- nunca traicionó al tutor sino que, en todo caso, se limitaba a despedirse del docente demostrando en la práctica misma cuánto había aprendido.

Por cierto: la nueva novela de Juan Ramón Biedma es extraordinaria. Como siempre. Una de esas obras inolvidables que uno, tras volver la última página, envidia. Que simplemente lamenta no ser capaz de componer.