Las historias que nunca debiste creer

Chica de la Curva
Si te han contado que esta chica existe, no lo creas… Pero si la ves, tampoco la recojas.

La leyenda urbana, como solemos decir a menudo en este blog, se caracterizan por ser esa historia redonda, completa, argumentalmente cerrada, que cae de su peso y que tiene toda la pinta de ser “demasiado buena”. Tan buena que cabe sospechar que ha sido construida por alguien y que, simplemente, es tan perfecta que no puede ser cierta. Entendámonos: el mundo real es caótico, complejo, abierto, azaroso, condenado a la “magia” de la probabilística, a menudo irracional a ojos humanos, y por lo común fastidioso y molesto para la mayor parte de la gente por lo que simplemente prefiere ignorarlo. Al fin y al cabo, las “verdades” que podemos encontrar en él siempre son abiertas y están por ello mismo sometidas a ese constante proceso de discusión y revisión metódica al que llamamos ciencia. No ocurre así en el mundo imaginado, fantástico y perfecto del arte, de la creación literaria, de la cultura popular o de las magníficas leyendas urbanas –en tanto que parte de esa cultura pública- en la medida que entornos comunicativos artificiales en los que no imperan las reglas arbitrarias y a menudo incomprensibles de la naturaleza.

Por ello, del mismo modo que la mayor parte de la gente suele preferir una mentira maravillosa a una verdad mediocre, es habitual que tenga más sentido creer una perfecta leyenda urbana que comprender parcialmente un hecho real complejo. Bien lo saben los demagogos, los doctrinarios o los estafadores de toda suerte y cuño: para la mayor parte de las personas la verdad, en tanto que cuestión costosa, difícilmente alcanzable, por lo común “injusta” o “degradante”, y a menudo muy poco “razonable”, supone un completo fastidio.

Urban Legend
El cine también ha hecho dinero con las leyendas urbanas. Total, nunca debes permitir que la realidad te hunda un buen negocio.

Qué es una leyenda urbana

Tal y como explica uno de los más conocidos estudiosos de las leyendas urbanas, el profesor de literatura de la Universidad de Utah y especialista en folclore Jan Harold Brunvand, éstas son fábulas populares que relatan acontecimientos “reales” aunque raros o extravagantes, que le pasaron a alguien a quien no conocemos –ni podemos conocer-, y que nos suelen llegar por la vía del testimonio de alguien que nos resulta creíble porque, generalmente, este relator también se las cree. En general, y aunque parezca sorprendente, todas son estructuralmente muy parecidas y se caracterizan por una serie de elementos que son, precisamente, los que las hacen creíbles, fácilmente asimilables por cualquier público, y facilitan su difusión[1].

  1. Su final es aparentemente cerrado, pero permiten que sea el propio receptor quien saque sus propias conclusiones y complete el relato. Lo interesante es que cuando el receptor lo analiza descubre que solo puede concluir aquello “tiene lógica” a partir de lo que se le narra.
  2. Se construyen sobre bases argumentales simples. Tienden a ser lineales, poco complejas, de modo que puedan ser contadas y asumidas con brevedad y cierto grado de literalidad.
  3. Los elementos que las componen suelen formar parte de la vida diaria. De hecho, nos interesan porque suelen hablarnos de cosas que, aparentemente, son comunes y corrientes y “le pueden pasar a cualquiera”.
  4. Recurren a los elementos más simples y atávicos de la conciencia –especialmente el miedo-. Utilizan como palanca las emociones, nunca la razón.
  5. Son fácilmente intercambiables entre culturas y sociedades con escasos “retoques estéticos”, por lo que es normal que la misma leyenda se cuente en muchos sitios, aunque con la oportuna modificación de los detalles. Sin embargo, su estructura básica, el tronco argumental, permanece.
  6. Todas tienen una lejana base real, a veces tan remota y deformada que no recuerda en nada a los hechos originales que les sirven de inspiración. El hecho es que no importan los detalles concretos o los fundamentos documentales si los hubiere. Lo relevante es revestir el relato de veracidad -que al oyente “le suene”-.
  7. Existen en la medida que responden a la necesidad antropológica del mito en tanto que elemento que da sentido a “lo inexplicable”.
  8. Han existido en todas las culturas y épocas históricas, si bien no siempre se han llamado “leyendas urbanas”. De hecho, y en no pocos casos, las situaciones y elementos simbólicos que emplean son en su fondo los mismos, tanto en el presente como en el pasado. Por ello, muchos antropólogos las han relacionado con la teoría psicológica jungiana del inconsciente colectivo y los arquetipos[2].

La cuestión a dilucidar es cómo funcionan. Es decir, por qué se difunden con tanta facilidad al punto de que su expansión a menudo se convierte en una ola imparable y ajena a toda lógica. Ciertamente, ello se debe a que explotan toda una serie de elementos psicosociales que operan como “palancas” desde las que retroalimentarse: la necesidad de certezas, de “estar informado”, de conocer “aquello que no conoce nadie”, de poder “prevenir” o “anticipar” futuribles problemas y desastres o, en última instancia, la necesidad de integración social, de no quedar al margen y fuera de “lo que se cuece”, “lo que se dice”, “lo que se hace” o “lo que está de moda”… En realidad, son resortes psicológicos elementales que se conocen desde hace décadas y que se emplean en diferentes ámbitos y contextos relacionados con el arte de la persuasión, desde el discurso político al publicitario. Del mismo modo que el 99% de los animales que corren durante una estampida ignoran los motivos por los que la manada huye despavorida y se limitan a conducirse por el principio adaptativo de “es mejor hacer lo que hacen todos”, la inmensa mayoría de la gente prefiere, en tanto que elemento básico de nuestra sociabilidad –que nos ha concedido enorme éxito evolutivo, por cierto-, “seguir la corriente” del colectivo[3]. Así pues, las leyendas urbanas, en un fenómeno paralelo al de las falsas noticias o fakes,

  1. Siguen, en su propagación, la misma dinámica que el rumor: van de boca en boca -de email en email, de una red social a otra, de un usuario al siguiente, expandiéndose siguiendo el mismo modelo matemático de las ondas que genera  en el agua una piedra al ser lanzada en un estanque.
  2. La historia de la que parten puede ser cierta, inventada, de origen desconocido, o bien resultado de la desinformación pero, a medida que avanzan, los diversos relatores la  van apuntalando, adecuándola a sus necesidades o circunstancias. Por ello, y al igual que con el antes mencionado fenómeno de las noticias falsas, es un hecho que el usuario tiene una responsabilidad real y no puede encogerse de hombros argumentando que a él “también se le ha engañado”. En la sociedad digital moderna todos somos receptores, generadores y difusores de información, lo cual debería apelar de manera directa a nuestra responsabilidad a la hora de difundir falsedades o, simplemente, cosas de las que no estamos seguros o que simplemente desconocemos.
  3. Al final adquieren una forma estable y cerrada, de gran coherencia interna, que resulta muy difícil cuestionar.
  4. En algunos casos están tan bien estructuradas y consolidadas que cuesta mucho trabajo deslindar la realidad de la mera ficción, lo cual ha motivado, por ejemplo, que no pocos medios de comunicación “serios” hayan quedado atrapados por la magia inherente a la leyenda urbana y la hayan convertido en una noticia “real”[4].
Fake News
Los tipos que “cazaban” chicas desnudas con balas de pintura… Una fake news de gran éxito en su día. Si quieres saber más, debes leer la nota 4.

Como bien explica Brunvand, el miedo es una correa de transmisión excelente para estas historias. Ciertamente, no todas las leyendas urbanas son aterradoras o tienen por finalidad asustar, pero no es menos verdad que son precisamente las que nos tratan de prevenir de desastres, enfermedades, o crímenes, las que mejor funcionan y mayor éxito suelen alcanzar[5]. De hecho, si en este momento pidiéramos a alguien que nos contara “aquella historia que le contaron sobre un amigo de un amigo y que le impresionó”, es muy probable que escogiera una fábula truculenta o simplemente terrorífica. Del mismo modo, como sabe bien la industria de los productos milagrosos, que no hay nada mejor que mostrar a alguien que en el futuro podría ser calvo o gordo para venderle maravillas embotelladas, los difusores de leyendas urbanas o de mentiras políticas saben que lo que mejor funciona y más manipula a las masas es el pánico.

El modelo de los memes

El de meme es un concepto acuñado por el biólogo Richard Dawkins[6], y explicaría en buena medida el funcionamiento intrínseco de la leyenda urbana en tanto que “meme cultural”. A su parecer, en la naturaleza existen dos sistemas de procesamiento de información diferentes, pero complementarios:

  1. El genético: Transmite información biológica de generación en generación mediante la duplicación del ADN y los procesos de la herencia.
  2. El constituido por el cerebro y el sistema nervioso: Procesa información ambiental. Esta información se transmite por medio de la educación, la asimilación o la imitación –mímesis- y es la base de la cultura.

La idea de Dawkins es que los rasgos culturales –o memes– también seguirían en su  reproducción y replicación un proceso equivalente al de la información biológica (ADN). De tal modo, los memes constituyen unidades de información modificables e incrementables que evolucionarían, a largo plazo, igual que lo hacen los genes.

La diferencia fundamental entre ambos modelos de transmisión de información es que los genes son unidades naturales independientes, mientras que los memes los construimos nosotros como resultado del proceso de interacción comunicativa intrínseco a la dinámica sociocultural. Consecuentemente, y en términos antropológicos, la cultura no sería un conjunto determinado de conductas estandarizadas, sino la información que las concreta y otorga sentido. Desde este planteamiento es fácil entender las razones por las que el formato de la leyenda urbana es multicultural y fácilmente trasladable de unos entornos a otros: si aceptamos que los procesos que regulan el proceso comunicativo humano son constantes en la medida que categorías de especie, no hay motivo alguno para presuponer que los contenidos de tales procesos comunicativos sean diferentes más allá de sus peculiaridades superficiales. O de otro modo: es cierto que no todas las personas comen lo mismo, pero también lo es que todas las personas deben comer en tanto que necesidad biológica, con lo que las diferentes comidas que se expresan en la conducta “comer” dentro de culturas diversas expresan diferencias superficiales coyunturales, pero nunca de fondo en tanto que expresión de una necesidad universal.

El fascinante caso de los alienígenas

Alien
¿Te suena este tipo? Pues seguramente es inventado… Si no me crees, sigue leyendo.

Si prestamos atención a los relatos, ampliamente difundidos, de encuentros con supuestas entidades alienígenas ocurridos a partir de la década de 1960, y los analizamos pormenorizadamente y sin apasionamiento, pronto nos encontramos con el paradigma de la leyenda urbana: salvo muy peculiares excepciones tienden a reproducir un historia tipo en la que incluso se repiten, con pocas variantes significativas, las tipologías de alienígenas que los protagonizan:

  • Es sintomático que todos sean altos o bajos sin términos medios. Vayan ataviados con trajes fosforescentes o bien aparentemente desnudos. Siempre tienen “aspecto humanoide” y suelen ser delgados, de cabeza gruesa y ojos negros rasgados.
  • En raras ocasiones hablan con los abducidos, y si lo hacen, suele ser a través de comunicaciones “telepáticas”.
  • El abordado por estas entidades, o el directamente abduccido, por lo común argumenta no recordar gran cosa de lo sucedido durante la experiencia y su memoria se concentra en recuerdos sensoriales y toda suerte de cenestésias traumaticas –elevaciones, tocamientos, operaciones, penetraciones, y etcétera-. Raros, por muy extraordinarios, son los casos en los que detallan aspectos pormenorizados de lo que sucedió en el interior de la nave.
Alienigena de los Hill
El alienígena de los Hill. ¿Te suena?

Un antropólogo especializado en cultura popular contemporánea, John F. Moffit, profesor emérito en la New Mexico State University, se entretuvo en catalogar pacientemente infinidad de relatos anteriores y posteriores a 1965 de encuentros con pretendidos alienígenas para encontrarse con un detalle extremadamente significativo: el alienígena tipo que todos tenemos en mente siempre que sale el tema en una conversación, así como la historia de abducción básica, se apoya o recrea invariablemente en el testimonio de una sola pareja cuyo caso alcanzó enorme repercusión mediática: el del matrimonio Hill -Betty y Barney-, y data precisamente de 1965, ese año al parecer “mágico” para la consolidación cultural de esta clase de historias[7]. Lo cual, con total independencia de que exista o no vida extraterrestre -hecho que no forma parte de esta discusión- suscita inevitables preguntas: ¿es que los alienígenas que nos visitaban antes de 1965 han dejado de hacerlo? ¿A todos los “visitantes” les interesa lo mismo? ¿Todos son iguales? Y ya que estamos… Si usted pudiera realizar periódicamente un viaje de miles de años luz para visitar a unos tipos primitivos que habitan un planeta, ¿escogería a cualquier persona al azar para trabar contacto? ¿Y lo único que se le ocurriría hacer es meterles un buen susto y secuestrarlos para hacerles un examen rectal?

Barney y Betty Hill
El matrimonio Hill contándonos con pelos y detalles su historia. Poco imaginaban la que iban a armar con ella.

[1] Brunvand, J.H. (2003). El fabuloso libro de las leyendas urbanas. Demasiado bueno para ser cierto. Barcelona: Alba Editorial.

[2] Jung, C.G. (2012). Símbolos de la transformación. Madrid: Editorial Trotta.

[3] Bromhall, C. (2003). The eternal child. An explosive new theory of human origins and behavior. London: Ebury Press.

[4] En 2003, por ejemplo, el Diario El País se hizo eco de una presunta noticia difundida por gran diversidad de medios en los Estados Unidos: una supuesta empresa con sede en el estado de Nevada organizaba “cacerías”, a precios astronómicos por supuesto, de mujeres desnudas a los que los pretendidos cazadores tiroteaban con balas de pintura, en un juego absolutamente degradante y machista [Disparo a la chica]. El escándalo se había organizado a partir de las imágenes y ofertas difundidas por la pretendida página web de esta empresa. El asunto alcanzó tal revuelo que incluso el FBI investigó el caso. La realidad es que nunca se encontró a la tal empresa, ni se supo de “cacería” real alguna, ni se pudo localizar a nadie que hubiera participado –ya fuera como pretendida víctima o supuesto verdugo- en el juego perverso… La conclusión fue que se trataba de un broma a la que la sensibilización ante esta cuestión que expresan ciertos colectivos había dotado de credibilidad. Y es que la corrección política, en general, ayuda muy poco a la verdad.

[5] Brunvand, J.H. (2005). Tened miedo… mucho miedo. El libro de las leyendas urbanas de terror. Barcelona: Alba Editorial.

[6] Aunger, R. (2004). El meme eléctrico. Una nueva teoría acerca de cómo pensamos. Barcelona: Paidós.

[7] Moffit, J.F. (2006). Alienígenas. Madrid: Siruela.

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La leyenda de la necrófila imposible


Es cierto. He tardado mucho en volver a componer una entrada, pero tengo una excusa más que razonable para justificar la demora. Resulta que me encontré con esta historia “demasiado buena” y la he andado persiguiendo durante un par de semanas hasta que he podido hacerme una composición de lugar más o menos certera del hecho. No es oro todo lo que reluce y la verdad es menos divertida que la ficción, es cierto, pero creo que el esfuerzo realizado ha valido la pena.


La noticia me llegar por “Whattsap” y me la envían porque quienes me conocen de cerca saben bien que a causa de mis ocupaciones y singularidades los temas raros, chungos, extravagantes y fronterizos, suelen ser de mi más profundo interés. El hecho es que leo y releo el titular sin poder evitar la perplejidad: “Conoce a la mujer en Estados Unidos que quedó embarazada de un muerto“. Luego se me cuenta -cierto que sin mucho detalle- que una tal Felicity Marmaduke, de 38 años de edad, empleada de una funeraria ubicada en Lexington, Missouri, habría sido detenida por la policía en noviembre de 2010 tras quedar embarazada por mantener relaciones sexuales con el cadáver de un varón allí depositado en espera del oportuno sepelio.

Y digo perplejidad por diversas razones. La primera y fundamental de ellas es que conozco el hecho de que la necrofilia femenina completa es muy rara -por no decir que extremadamente rara- por obvios motivos anatómicos y fisiológicos que convierten la mecánica de la penetración en fenómeno harto complejo. De hecho, y hasta donde sé, la estimulación para alcanzar el orgasmo tendría que tener un componente netamente psicológico. En consecuencia, si la noticia es real estaríamos ante un caso interesantísimo y digno de un profundo estudio… Lamentablemente, hay cosas que me hacen sospechar de la veracidad de esta noticia que se fecha en abril de 2016 (nada menos que seis años después del hecho original), y que según advierto se ha convertido en un auténtico fenómeno viral (pero solo a partir de abril de 2016, ojo).

De hecho, el relato tiene ese singular aspecto de ser tan rematadamente bueno que no puede ser cierto.

Por supuesto, y junto con el hecho de que en todas partes se cuente la historia con ese estilo tan escueto y singularmente auto-conclusivo que tienen las leyendas urbanas, a la que debería añadirse una especial falta de detalles  que serían harto significativos para documentar una noticia como esta, encuentro una serie de hechos muy sospechosos:

  1. La tal Felicity es dos mujeres y no una pues, dependiendo de la web, blog o foro que uno consulte, encuentra que unos aportan la fotografía de una señora y, otros, la de otra mujer que no se le parece absolutamente nada.
  2. Cuando se busca por diversas vías el nombre “Felicity Marmaduke” no aparece ninguna información alternativa -o colateral- acerca de esta persona que no sea la relacionada con la noticia en sí.
  3. No soy capaz de encontrar en ningún directorio de la ciudad de Lexington, en el Estado de Missouri, negocio funerario presente o pasado cuyo nombre coincida con el que se aporta en las supuestas noticias: Mourning Glory Mortuory (algo así como “funeraria luto en la gloria”… ¿Es que solo yo veo la ironía intrínseca al nombrecito?).
  4. En unas noticias se dice que la tal Felicity era “empleada” en la morgue de la funeraria. Pero el empleo, dependiendo de lo que uno lea, es más bien pluriempleo pues la pobre Felicity era también “limpiadora”, “tanatopráctica”, “ayudante”, “secretaria”, “patóloga”… Vaya, como que parece mentira que con tanto trabajo aún tuviera el suficiente tiempo como para andar montándoselo con sus agradecidos clientes (supongo, ya que estamos y por seguir con la jarana, que leyendo esta noticia los Grateful Dead se habrían partido de risa).
  5. La conclusión del caso también es extrañamente variable: según unos medios, Felicity habría sido condenada a pagar una indemnización de 250.000 dólares a los familiares del difunto, pero según otros esa misma sería la cantidad que la mujer habría exigido por vía judicial a los herederos del plácido finado para el mantenimiento de su retoño.

Muchas inconsistencias y singularidades que, de inmediato, ponen en funcionamiento mi proverbial espíritu investigador, curioso y aventurero. Al tema.

felicity-1-y-2
Contéstame a una pregunta sencilla: ¿me equivoco o estas dos chicas no son la misma persona? ¿Y soy el único que se da cuenta?

Argumento “fuerza”

Con total independencia de la puerilidad inherente a gozar del escándalo inmaduro que provocan las noticias de un tono sexual más o menos subido -para que luego diga algún iletrado por ahí que Freud andaba confundido-, y que en última instancia las justifica y alienta, no es menos cierto que toda leyenda urbana que se precie necesita de un “argumento fuerza” que la mantenga funcionando con eficiencia. En este caso, y como no puede ser de otro modo, se habla de supuestos “estudios científicos” que “demostrarían” la existencia de la “erección post-mortem”, “la eyaculación post-mortem” y la posibilidad del “embarazo post-mortem”… Como es lógico, ni se dice qué estudios son esos, ni se ofrece mayor información colateral acerca de cómo encontrarlos. Con que digamos que existen, al parecer, ya vale para satisfacer el dudoso rigor del lector medio.

En realidad, deberíamos empezar por dilucidar un problema conceptual: la llamada “erección post-mortem” no existe en cuanto tal. El nombre técnico para el fenómeno del engrosamiento de los genitales masculinos no relacionado de manera directa con el deseo sexual es el de priapismo -de Príapo, divinidad relacionada con el culto a la fertilidad y a la que se representaba con una fuerte y exagerada erección-. Hasta donde se sabe, el priapismo es una erección sostenida (a veces durante horas) y dolorosa del pene en la que el tronco del órgano se mantiene duro por la entrada de sangre en los cuerpos cavernosos, entretanto el glande permanece blando en la medida que el cuerpo esponjoso no recibe el riego necesario. Habría, por lo demás,  dos tipos de priapismo que, de presentarse con habitualidad, requerirían de tratamiento médico pues podría degenerar en daños eréctiles permanentes:

  1. De alto flujo, por el que se produce un excesivo aporte de sangre arterial a los cuerpos cavernosos del pene.
  2. De bajo flujo -o venoso-, que se produce por una falla en el drenaje de la sangre alojada en los cuerpos cavernosos.

Sucede que el mecanismo de la erección normal -vinculada a la actividad sexual- es involuntario si bien se pone en funcionamiento por excitación psicofisiológica. Los músculos de la base del pene se relajan permitiendo el acceso de la sangre al mismo. La aparición del priapismo suele relacionarse con el consumo de cierto tipo de fármacos que relajan (alto flujo), o bien impiden la relajación (bajo flujo), de la musculatura de la base del pene.

priapismo
Sección transversal del pene.

El priapismo post-mortem ocurre solo en casos muy especiales y su funcionamiento no está del todo esclarecido. Parece que en aquellos casos en los que el cadáver queda en una posición en la que se favorece, por influencia de la gravedad -o livor mortis-, el paso de la sangre hacia el pene, éste podría quedar erecto, y esto es lo que comúnmente ocurre en los casos de ahorcamiento por suspensión, en los que el cuerpo queda “colgando” de suerte que la sangre invade los cuerpos cavernosos. Otra teoría plausible, pues se ha observado en pacientes vivos que sufren de priapismo, y que también podría aplicarse a los casos de ahorcamiento y/o estrangulación, tiene que ver con la presión ejercida sobre el cerebelo así como las regiones altas de la médula espinal.

En cuanto a la eyaculación en casos de priapismo post-mortem, el asunto tiene poco que ver con la estimulación sexual del cadáver -que no existe al haberse detenido la actividad nerviosa- y, según la escasa literatura existente sobre el asunto, se produciría en uno de cada tres hombres muertos por ahorcamiento y solo en el momento del espasmo cadavérico (de ahí la vieja teoría brujeril de que la mandrágora crece allá donde haya caído el semen del ahorcado). En todo caso, estamos hablando de estudios muy antiguos cuyas conclusiones no han sido debidamente contrastadas y actualizadas[1]. Es más, en muchos casos las referencias a este fenómeno son más comunes en la literatura y los relatos populares que en contribuciones propiamente científicas. Por otra parte, no parece claro que en muchos casos la calidad de esta “erección post-mortem” sea tal como para permitir la penetración y, consecuentemente, la práctica sexual por la mecánica normal. Además, es complicado encontrar estudios rigurosos que puedan establecer con rigor durante cuánto tiempo se mantendría esta erección mecánica.

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Representación de Príapo (Casa dei Vettii, Pompeya).

Necrofilia femenina

La necrofilia auténtica, en tanto que parafilia, ha recibido un tratamiento muy desigual y limitado en la literatura a causa de su rareza. De hecho, la mayor parte de los casos de necrofilia tratados en la literatura no serían “auténticos” por cuanto no responden a las exigencias específicas de la parafilia en sí y tienen más que ver con otras actividades que podríamos denominar “pseudonecrófilas” como, por ejemplo, la agresión sexual posterior a un asesinato. De hecho, el necrófilo genuino raramente mata y suele preferir cadáveres en descomposición –pues esta parafilia tiene elevada comorbilidad con otras como la coprofilia- o bien se lo procura por la vía de la profanación. Téngase en cuenta que la necrofilia genuina tiene un fuerte componente simbólico que toma la forma de “adoración hacia lo muerto” por lo que raramente implica un crimen previo. Por ello, el necrófilo auténtico se convierte en asiduo de funerales y entierros, así como en visitador permanente de cementerios. Por lo demás, sus actividades no necesariamente implican la penetración física y a menudo el goce se limita a acariciar los cuerpos, peinarlos o vestirlos. Se han conocido casos de individuos cuya peculiar manifestación necrófila consistía en comerse las uñas del difunto o simplemente en la mera necrofagia de aquellas partes que para él gozaran de un especial significado erótico (parcialismo)[2].

Por otro lado, ya lo anticipábamos al comienzo, la necrofilia femenina es, más que inusual, extremadamente rara. Spoerri, en 1959[3], estudió 47 casos de necrofilia que en su momento eran prácticamente la totalidad de los referenciados en la literatura mundial, encontrando que la edad de los sujetos oscilaba entre los 16 y los 57 años, siendo protagonizado por una mujer tan solo uno del total. Evidentemente, en este caso nunca se documentó la penetración por obvias razones “mecánicas”.

Cuéntame un cuento

Visto lo visto, comprenderá el lector mi interés personal por profundizar en este asunto “demasiado bueno para ser verdad”. Sobre todo cuando, a poco de meterme en harina, vengo a descubrir que en octubre de 2016 apareció una noticia equivalente a la protagonizada por la tal Felicity Marmaduke. En este caso la mujer se llamaba Jennifer Burrows y habría quedado también encinta tras mantener relaciones sexuales con un cadáver en una morgue de Kansas City, Missouri.

Y hay no pocos detalles interesantes en relación a esta segunda necrófila, de la que según se explica tendría 26 años de edad y que trabajaría como patóloga:

  1. La fotografía de la señora era exactamente la misma que una de las empleadas para identificar a Felicity Marmaduke.
  2. La noticia explicaba que la mujer había sido acusada tras alumbrar al hijo del difunto porque una prueba de ADN realizada al niño, y amparada en ciertas sospechas, habría arrojado como resultado una identificación positiva (no se entra en muchos detalles, pero la recurrencia del “fenómeno ADN” como argumento fuerza en esta clase de bulos criminales es ya un tópico… Hay que ver el daño que está haciendo el culebrón del CSI a la inventiva del personal).
  3. Se decía que la tal Burrows –cuyo su nombre en otras informaciones se cambia inexplicablemente por el de “Kristen”- habría venido manteniendo relaciones con “docenas de cadáveres” a lo largo de los años. Evidentemente, el relato rompe con el más elemental de los principios estadísticos. O eso, o en el Estado de Missouri, por algún tipo de extraña e inexplicada patología medioambiental, las mujeres son un puñado de necrófilas terribles y la mayor parte de los hombres sufre de priapismo post-mortem.
  4. La policía de Kansas City negó haber detenido jamás a nadie por los motivos argumentados en la noticia y, de hecho, sostiene no tener dato alguno que remita a suceso parecido.
  5. Es obvio que esta noticia, por las razones aducidas, no puede ser otra cosa que una revisión –o versión- de la primera, y que todos los testimonios de “expertos”, “psiquiatras” y “psicólogos”, a los que por cierto nadie conoce en parte alguna, que se aducen son mera invención.

Evidentemente, surge de inmediato la cuestión acerca del origen de este infame bulo que se ha reproducido exponencialmente y que mucha gente ha decidido creer en la medida que simplemente divertido, interesante, macabro o suficientemente disparatado como para merecer atención y público.

Persiguiendo el tema, encuentro que la primera información publicada en la que se habla de la pobre Felicity Marmaduke –con fecha 11 de noviembre de 2010- procede de la web Dead Serious News, página que se autodefine como “publicación satírica de periodicidad irregular”, y cuyos componentes, por lo que he podido ver al revisar sus perfiles imaginarios, son una verdadera panda de cachondos mentales que crean y publican noticias ficticias como mero divertimento crítico. Se trata, en suma, de una nota escueta, de aspecto claramente humorístico, en la que se resume toda la información relevante y que otras noticias posteriores simplemente “engorda” con detalles destinados a enriquecer el relato y otorgarle mayor credibilidad.

La “magia de internet”, operando con su maquinaria de brutal aplastamiento del más elemental sentido crítico y común de los navegantes –cuando no apelando a la simple y llana ignorancia-, ha hecho el resto, pues es sencillo advertir, al observar las fechas de publicación de las informaciones en torno a Marmaduke, su redacción, así como su forma de expansión, que todas ellas son meras copias unas de otras que en algún que otro caso no pasan del simple y triste corta-pega chapucero (y eso que plagiar es delito). En definitiva, el sistema de reproducción básico de la leyenda urbana.

Como es de suponer, eventos como este de la necrófila imposible nos introduce de nuevo en el debate de internet como cacareada “herramienta para la comunicación y difusión el conocimiento”, a la par que nos adentra en el peligro inherente a la terriblemente común y desvergonzada práctica del plagio de contenidos en la red… Porque el personal no solo se copia, es que encima copia sin criterio alguno, dando pábulo a la difusión y redifusión permanente de mentiras, sandeces y toda suerte de tonterías que harían sonrojarse al más aguerrido fan de Forrest Gump.

Seguiremos informando.


[1] Por ejemplo: Grube, W.W. (1897). A compendium of practical medicine for the use of students and practitioners of medicine. Toledo (OH): The Hadley Publishing Company / Gould, G.M. & Pyle, W.L. (1900). Anomalies and Curiosities of Medicine. Popular Edition. Philadelphia (PA): W.B. Saunders.

[2] Masters, R.E.L. y Lea, E. (1970). La sexualidad criminal en la historia. Barcelona: Ediciones Picazo.

[3] Cit. en López Ibor, J.J. (1968). El libro de la vida sexual. Barcelona: Ediciones Danae.

Mundo “primo”

Fabricar mitologías de baratillo y leyendas urbanas con gaseosa se ha convertido en uno de los grandes fenómenos psicosociales del siglo XXI. La tontería infundamentada que hace siglos tardaba décadas en recorrer un continente entero, en el presente salta océanos a golpe de clic, de foro en foro, de red social en red social y de web en web, con tal velocidad que ya casi ni da tiempo a enterarse de qué pasó, cómo pasó, qué pasa ahora con eso y a dónde irá a parar el tema. No importa tampoco. Lo verdaderamente relevante es que cuentes tu chorrada y que la tontería se mueva en todas direcciones a la velocidad de la luz. Lo mismo que ha hecho siempre la televisión y que antes pretendían los periódicos, pero en versión vértigo, a todo trapo y sin solución de continuidad.

Ya saben: la milonga tradicional de que “un estudio publicado por una universidad de nosedonde demuesta que las ranas tienen pelo invisible.”

Hace unas semanas, en marzo de 2016, tuvimos un perfecto ejemplo de hasta qué punto la sandez superlativa puede gobernar millones de espíritus en minutos, lo cual ha elevado a máxima el axioma que cualquier buen moldeador de mentes -con cualquier fin- ha aprendido del maestro Goebbels: no hay que molestarse en desmentir un hecho, cosa que suele tener el efecto paradójico y contraproducente de validarlo, pues es mucho más efectivo difundir masivamente una mentira más atractiva que lo tape. Tal vez sea porque la gente tiene tantas ganas de creer en “cosas” -especialmente en “cosas que molen”-, que está dispuesta a creer prácticamente en “cualquier cosa” siempre y cuando venga envuelta en buen papel. Norma primera del manual del timador, axioma vital del vendedor de crecepelo, herramienta nuclear de la prensa sensacionalista y mantra oculto de cualquier editor exitoso de libros de autoayuda. Más importante que la verdad es la verosimilitud en la medida que esta última, venenosa al estar trufada de medias verdades, es mucho más difícil de afrontar y combatir.

Resulta, y voy al caso, que la expedición de la selección danesa de balonmano femenino se encontraba en un aeropuerto. Un equipo de cámara de la cadena de televisión danesa TV2 se acerca al seleccionador nacional y empieza a hacerle estas tópicas preguntas que se hacen a cualquier técnico de cualquier deporte en casi todo el mundo civilizado (y en el otro): “el partido bien, ¿no?”, “las lesiones muy chungas, o sea que mal ¿no?”, “la victoria-derrota de turno muy importante para el futuro del equipo, ¿verdad que sí?”, “tal jugadora es la pera limonera, aunque tu no la pongas, tío que no te enteras ¿eh?”… Y que el técnico en cuestión, avezado en estas lides, siempre contesta como si no las hubiera escuchado nunca. Vaya, todo muy en serio y siguiendo el guión habitual… A todo esto, al fondo del plano, dos mujeres charlan de sus cosas. Se despiden. Una de ellas se aleja empujando un carrito… Y tras ella, como por arte de magia, su interlocutora desaparece. Se esfuma. Al parecer se volatiliza, vaya… O mejor lo veis vosotros mismos, aquí (y no os olvidéis de volver luego): YouTube.

Bueno. Por cierto que lamento la musiquilla inasumible que ha puesto el crédulo que ha hecho el rocambolesco montaje y que resulta ciertamente molesta. No obstante, he elegido este video entre otros porque es de los pocos que muestran la imagen monda y lironda, sin que aparezcan flechitas, circulitos y otras estulticias prestas a subrayar lo obvio.

El hecho es que el video, publicado primeramente por la Web Imgur tuvo la friolera de 14 millones de visitas en tiempo record y fue compartido varios millones de veces. Las especulaciones se disparaban porque, lamentablemente, tal vez debiera decir “precisamente”, la revolución tecnológica ha venido a coincidir en el tiempo con una sociedad occidental repleta de gente desocupada: que si se trata de un fantasma, que si la pobre se había caído en la cinta portaequipajes de atrás, que si había sido un secuestro exprés, que si era un caso claro de teleportación… Lamentablemente para los difusores de bulos y torpezas -generadores de leyendas urbanas, para que nos entendamos- la propia mujer desaparecida salió a cargarse el mito bien pronto chafando las ilusiones de los millones de ilusos que campan a sus anchas en busca de alguien solidario que esté bien dispuesto a pegarles el timo de la estampita.

Resulta que se trataba de la jugadora del combinado danés Trine Jensen -en el colmo de la chorrez y el corta-pega chungo incluso muchos de los medios que han querido sumarse al desmentido del bulo han puesto mal el apellido de la moza porque, total, para qué vas a trabajar si puedes copiarlo- quien, al terminar la charla, y advirtiendo que estaba dentro del foco de la cámara, decidió utilizar el cuerpo de la otra como pantalla para salir de plano. Y el hecho es que lo hizo tan bien que, al escabullirse, produjo el curioso efecto óptico que vino a levantar tanta polvareda. Y es que el mundo en 3D a veces sale muy mal retratado en el 2D de las pantallas.

Trine Jensen
La balonmanista “desaparecida” Trine Jensen, alias ninja.

Lo mejor de todo: muchos de los medios que se sumaron al bulo legendario no lo han desmentido. Quienes especularon con fantasmagorías y otros engendros similares tampoco se han dignado en cambiar de opinión públicamente, bien sea como leve escarnio y flagelo de sus delirios. Seguro que aún quedan por ahí un par de millones de crédulos preocupados por la triste suerte de esa pobre mujer diluida en la nada.

Parece mentira que gente pretendidamente adulta viva y se comporte con tal grado de infantilismo y goce de tan escaso sesgo autocrítico. Supongo que se trata de uno de esos perversos artificios biológicos con los que nos ha dotado la carrera evolutiva, que son parte intrínseca de nuestra condición antropológica, pero que al mismo tiempo, descontextualizados, fuera de selvas y sabanas, opera en nuestra contra. Pero, cierto que con menos literatura, ya me lo explicó en cierta ocasión en un penal un tipo que cumplía condena por estafa cuando le expresé mi sorpresa ante alguna de las historias que me contó:

-Pero tío, ¿la gente se lo creía?

-Macho, a ver si te enteras de que cada minuto nace un primo.

Pues eso. Mundo Primo.

Ejércitos fantasmales. O de cómo se fabrica una leyenda

Si hemos de creer esta clase de relatos, sería cierto que los soldados no mueren al ser abatidos en el campo de batalla. Tan sólo se esfuman. Los guerreros del pasado retornan al mundo de los vivos, integrando ejércitos fantasmales que reviven eternamente sus batallas… Al menos, existe una ingente cantidad de leyendas que así lo afirman.

Se dice que el eco lejano de las pisadas de cientos de caballeros que marchan perfectamente aparejados para la batalla han sido oídas a menudo en el histórico Glastonbury, en Somerset. También que en un valle de Wiltshire, cerca de Woodmanton, se han visto caballos de guerra desprovistos de cabeza que atraviesan la región al galope por los mismos lugares por los que se libraron antiguas batallas entre romanos y britanos. Se cuenta, asimismo, que en las ruinas de lo que antaño fuera la población española de Belchite -totalmente aniquilada durante la Guerra Civil- aún hoy, si se presta mucha atención, puede el visitante verse sorprendido por los sonidos lejanos de los bombardeos y el fuego antiaéreo. Muchas son las personas sugestionables que lo confirman. Idénticos relatos encuentran su razón de ser en algunos lugares de Normandía, en los que muchos testigos dicen haber podido escuchar los ecos del célebre desembarco del 6 de junio de 1944.

Sin embargo, el más célebre de los campos de batalla fantasmales se encuentra en el Reino Unido. Más concretamente en Edgehill, Warwickshire. Allí se libró una terrible batalla a lo largo del día 23 de octubre de 1642. Intervinieron más de 40.000 hombres. El choque se produjo entre las tropas del rey, conducidas por el príncipe Rupert, y los parlamentaristas, conocidos como Cabezas Peladas, que capitaneaba Oliver Cromwell. Al terminarla jornada el campo estaba cubierto de cadáveres, heridos y moribundos. Ambos bandos se retiraron para continuar con la guerra en otras regiones. Pero tiempo después del acontecimiento llegaron a Londres informes de aldeanos que indicaban que la batalla se había vuelto a producir en varias ocasiones desde entonces, siendo los contendientes nada menos que los fantasmas de los soldados fallecidos en aquel duro día. En efecto, se cuenta que los habitantes de la zona pudieron contemplar por vez primera, y con todo lujo de detalles, una reproducción exacta del choque apenas dos meses después de que la batalla real hubiera tenido lugar.

Desconcertado por estos relatos, el rey Carlos I envió a cuatro oficiales de su confianza a fin de que investigaran el caso. Los militares informaron del cuento narrado por los supuestos testigos: varios pastores que recorrían la zona con su ganado. Al parecer, se encontraban cuidando de sus rebaños durante el día de Nochebuena –aquel año de 1642 cayó en domingo-, cuando de pronto oyeron el inesperado sonido de tambores que se aproximaban, y vieron cómo en un instante los dos ejércitos aparecieron en el cielo, con sus banderas y pendones desplegados, disparando mosquetes y cañones. Los dos bandos lucharon encarnizadamente durante varias horas hasta que, finalmente, desaparecieron sin dejar rastro en la madrugada del día de Navidad. A la noche siguiente los pastores montaron guardia en el campo, pero esta vez acompañados por ciudadanos ilustres y respetados de su parroquia, así como de las poblaciones vecinas. Y todos los testigos quedaron asombrados cuando los dos ejércitos fantasmales aparecieron de nuevo “con el mismo tumulto guerrero, luchando con la misma fiereza y furia que antes”. Esta no sería -contaron- la última aparición: durante el domingo siguiente los soldados espectrales retornaron al campo de batalla y lucharon “con un tumulto todavía mayor” durante al menos cuatro horas. Y el fenómeno, invariable, aún se repetiría en varias ocasiones más durante los días sucesivos. Se dice, incluso, que los propios oficiales enviados por el rey pudieron contemplar por sí mismos la batalla, y que incluso reconocieron a alguno de los combatientes que había intervenido –y encontrado la muerte- en la lucha original.

La leyenda de Edgehill se hizo tan popular que, de repente, se registraron numerosas denuncias acerca de extraños estruendos y de la aparición de fantasmas luchadores, procedentes de diversas guerras, en diferentes áreas de Gran Bretaña. Toda comarca parecía querer contar en su historial con una buena batalla fantasmal, pero lo cierto es que estos combates espectralesde “segunda mano” nunca llegaron a alcanzar un grado de dramatismo y persistencia parecido al original. Así por ejemplo, en 1745 unas treinta personas pudieron contemplar un ejército de fantasmas que marchaba sobre el cielo de Souter Fell, en Cumbria, durante la época de la rebelión de los jacobitas… Y así hasta hace muy poco tiempo: en 1932, por ejemplo, dos asustados motociclistas denunciarion haber visto a dos soldados “antiguos” cubiertos con capotes cerca del Páramo de Marston (Yorkshire), en el mismo lugar donde en 1644 se libró otra importante batalla de la guerra civil. Quizá fantasmas… Seguramente bromistas.

También las grandes acciones de la Guerra de Secesión estadounidense contaron con un buen surtido de fantasmas bélicos. La más célebre supuesta aparición de este tipo es la del cruento enfrentamiento de Shiloh (Tennessee), durante el que murieron unos 23.000 hombres. En el día siguiente a la batalla –a decir de los lugareños-, el río Tennessee, aledaño al campo, corría teñido en rojo a causa de la ingente cantidad de sangre vertida sobre sus aguas por los soldados. Y, desde entonces, numerosas personas han dicho ver y oír reproducciones fantasmagóricas del feroz episodio bélico.

Las dos guerras mundiales, por su parte, han aportado también una considerable cantidad de fantasmas, espectros y leyendas de esta índole. Y es posible que uno de los relatos de esta especie más conocidos sea el de los llamados Ángeles de Mons. Según se contó, estos espectros aparecieron por primera vez durante la Batalla de Mons -la primera gran confrontación entre británicos y alemanes, englobada en el conjunto de enfrentamientos conocido como Batalla del Marne-, en Bélgica, en el curso de la Primera Guerra Mundial. Era el 26 de agosto de 1914. Se trataba -se dice- de los fantasmas de los arqueros que intervinieron en la batalla de Agincourt en 1415. Su aparición consternó tan seriamente a las tropas alemanas que se mostraron incapacitadas para el combate, lo cual permitió que las fuerzas expedicionarias británicas se retiraran y reagruparan después de una lucha feroz que, en otro caso, habría terminado en un completo desastre.

Lo cierto es que nadie, ya fuera civil o militar, había dicho una sola palabra de este suceso hasta bien entrado el mes de septiembre, y la demora tiene su explicación: Ocurrió que, impresionado por este primer revés del ejército británico que salvó los muebles en el último momento, el excepcional escritor galés Arthur Machen, especializado en relatos de carácter sobrenatural y gran inspirador de autores tan célebres como H. P. Lovecraft, escribió en el Evening News de Londres, cual si de una noticia más se tratara, un extraordinario relato acerca de una “banda de  ángeles” que había aparecido para salvar a las tropas británicas del desastre. Como si de un anticipo de la célebre emisión desde el Mercury Theater de Orson Welles se tratara, hubo gente que leyó la historia de Machen y simplemente interpretó que se encontraba ante una fascinante noticia… Ante la insospechada expansión de la historia entre la opinión pública, su autor decidió rectificar y confesó que se la había inventado de principio a fin. No sirvió de nada. Pese a la retractación pública del escritor, numerosos oficiales y soldados tuvieron un súbito arrebato de memoria durante el que juraron haber visto a los dichosos ángeles.

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De tal modo, y por citar uno de estos testimonios intempestivos, un oficial de Bristol, en una entrevista que concedió a la revista de su parroquia, relató que cuando un grupo de la caballería alemana le aisló junto con sus compañeros, comprendió que les esperaba una muerte irremediable. Y que fue entonces cuando los ángeles se materializaron, colocándose entre las dos fuerzas de suerte que los caballos alemanes se aterraron y no quisieron entrar en la lucha. Un brigadier y otros dos oficiales británicos refirieron una historia similar a su capellán; un teniente coronel narró que, durante la retirada, su batallón de caballería fue escoltado durante veinte minutos, hasta que se encontraron en terreno seguro, por jinetes espectrales situados en los campos, a ambos lados del camino… De súbito, un arrebato de memoria colectiva.

De nada sirvió que Machen reiterase una y otra vez que se había inventado el cuento inspirado por los acontecimientos de Mons. En pocos meses, para la opinión pública británica la aparición de los viejos arqueros de Agincourt era ya tan real como el propio Kaiser Guillermo. Más todavía: en un arrebato de histeria colectiva sin precedentes los casos de ejércitos espectrales que acudían desde el más allá en ayuda de las tropas de Su Majestad, comenzaron a multiplicarse. Así, tras la finalización la Primera Guerra Mundial, se difundieron versiones alternativas del mismo cuento, proporcionadas por los soldados franceses y alemanes, según las cuales el bando británico habría contado a menudo con la ayuda de aliados sobrenaturales. Pero lo cierto es que los tres ejércitos que se disputaron el Frente Occidental estaban exhaustos después de la dura lucha, y es posible que los soldados hubieran sufrido alucinaciones a causa de las penalidades pasadas en las terroríficas trincheras que jalonaron Europa. Ello por no hablar de la ingente cantidad de aprovechados, caraduras o tipos sencillos necesitados de protagonismo que suelen pescar en esta clase de aguas revueltas.

Sin embargo, reales o no, los célebres Ángeles de Mons, así como otras leyendas similares, se difundieron con profusión incluso por parte de las Autoridades, pues los servicios de propaganda entendieron que se trataba de algo que no hacía daño a nadie y, como contrapartida, contribuía a elevar la moral entre las huestes británicas.

En el amor y en la guerra… ya se sabe.