El buhonero caníbal

El hombre aparentaba ser de lo más normal. Alguien hubiera dicho que incluso una “buena persona”, lo cual ayudó a que mucha gente creyera su insospechada coartada en el momento en que fue detenido y procesado por asesino y caníbal en 1852, cuando contaba 42 años de edad, pues dijo ser un hombre-lobo. Ni más ni menos. Hoy en día esta excusa puede parecernos un completo disparate, pero en aquel entonces no era extraño en absoluto encontrarse con personas que asumían sin reservas de clase alguna la existencia de estos seres, porque “las meigas no existen, pero haberlas haylas”. De hecho, la justicia lo procesó por ello y así consta en el voluminoso sumario que se conserva en el Archivo Histórico del Reino de Galicia: Causa 1788, del Hombre Lobo. Un hecho, sin embargo, derrumba por completo la justificación presentada por el acusado en aquel entonces y que, en condiciones normales, hubiera podido obrar como eximente por enfermedad para librarle de una severa condena: Manuel Blanco Romasanta no sólo era un asesino quizá alienado, sino también un ladrón[1]. Se trataba de un sociópata en toda regla que al matar no solo alimentaba sus malos vicios, sino también su bolsillo.

Romasanta #1
Aspecto que debió tener Manuel Blanco Romasanta. Dibujo realizado a partir de la reconstrucción que el forense Fernando Serrulla realizó basándose en las mediciones antropométricas que se le realizaron tras su detención [fuente: criminalia.es].

Chanchullos de buhonero

Nacido en Esgos -otras fuentes indican que en Requeiro o Regueiro-, una aldehuela del valle de Allariz cercana a Portugal el 29 de junio de 1810, Blanco se ganaba la vida como buhonero y era, al parecer, tipo querido y respetado por sus convecinos. Tras una vida de patear sendas y caminos, conocía al dedillo la mayor parte de los bosques del noroeste de la Península Ibérica y había desarrollado un prodigioso sentido de la orientación. Esto hacía de él un excelente guía y un perfecto dominador de su oficio. Era harto conocido por todos los aldeanos de aquellas tierras por las que discurría mercadeando arriba y abajo, a su albedrío, en ciclos estacionales, y jamás se había sabido que hubiera incumplido la palabra dada, o se hubiera metido en líos dignos de mención. Por esto confiaron en él sus dos primeras víctimas: Manuela Blanco -sorprendente casualidad-, de 47 años, y su pequeña hija de 6.

La mujer, abandonada hacía poco por su marido, se ganaba el pan como sirvienta en una casa de Rebordechao –Ourense-, interesante en los planos económico y afectivo, pero es fácil imaginar que la separación le había puesto las cosas difíciles en el pueblo y pretendía, por ello, buscarse otros aires. Y Romasanta, que conocía a Manuela de toda la vida, se hizo cargo de su situación y le dijo que buscaría algo por ahí. En realidad, a lo que se dedicó durante sus largas jornadas de caminata solitaria fue a urdir un plan siniestro. En 1846, el buhonero se presentó en la localidad con una “excelente noticia” para la sirvienta: había topado, al parecer, con un cura de Santander que necesitaba una empleada y él le había hablado de Manuela. Todo estaba apalabrado. Ella liquidó de sus exiguas posesiones todo aquello que no podría transportar y, con su hija de la mano, se echó al monte tras los pasos del supuesto benefactor.

Pasó el tiempo. Quizá el suficiente como para que el vendedor ambulante ordenase sus ideas y, semanas después, retornó a la aldea con “grandes noticias” de su primera clienta. Una hermana pequeña de Manuela, Benita, que contaba 31 años, se dijo que ella también podría buscar futuros mejores y se ofreció al buhonero. Días después, completado el grupo con Francisco, un niño de 10 años a la sazón hijo de la mujer, los tres salieron del lugar en busca de su destino. Resulta evidente que el mercachifle asesino comprendió que tenía entre manos un filón virtualmente inagotable y que si llevaba las cosas con orden podría manejar el chanchullo en la más completa impunidad.

De este modo cayeron en la estratagema hasta trece personas de diversas poblaciones orensanas de las que nunca más se supo.

Romasanta #2
El actor José Luis López Vázquez interpreta a Benito Freire, alter ego ideado para Romasanta por Carlos Martínez Barbeito, autor de la novela “El bosque de Ancines” en la que, a su vez, se basa la película “El bosque del lobo”. Cinta dirigida por Pedro Olea en 1970.

El lobo se confunde

Es obvio suponer que los familiares de los viajeros que habían quedado en Galicia esperaran noticias de los que se fueron, y así se lo hacían saber al mercachifle entre idas y venidas, pero la respuesta de un impertérrito Romasanta, que ya había contado con la molesta contrariedad, era siempre la misma: “están bien, contentos, pronto escribirán”. Pero no lo hacían nunca, hasta el punto de que se empezó a sospechar que algo raro había pasado. No obstante, como buen maquinador que se precie de serlo, Manuel supo encontrar la manera de salir del trance ingeniándoselas para hacer llegar a los exigentes familiares una serie de cartas falsas, y así los ánimos caldeados se calmaron.

Pero cometió un grave error.

Si su impaciente ambición no le hubiera perdido, es más que probable que Blanco no hubiera sido descubierto en mucho tiempo dada la singularidad de sus crímenes y los exiguos recursos policiales de la época, pero intentando sacar el máximo partido de sus actos, fue vendiendo algunas posesiones de sus víctimas a diferentes aldeanos. Y, en un tiempo en el que no existía nada parecido al pret-a-porter y las prendas, especialmente las caras, gozaban de enorme singularidad, solo fue cuestión de tiempo que los familiares de los que marcharon empezaran a identificarlas entre el vestuario dominguero del vecindario. Así comenzaron las preguntas y así llegaron las respuestas: todas habían sido comerciadas por el buhonero.

Se le denunció, como es de suponer, pero Romasanta, que por su profesión tenía muchos contactos, consiguió enterarse de ello y puso tierra de por medio. Quiso imaginar que con el tiempo todo se enfriaría, pero vino a resultar que las Autoridades consideraron su detención como un asunto de máxima prioridad. Se le buscaba por todo el país. Pero fue la fortuna la que quiso que dos jornaleros gallegos que le conocían, y estaban al tanto de los pormenores de su historia, se lo encontraran en Nombela –Toledo- en julio de 1852. Los hombres alertaron a las autoridades y Manuel Blanco Romasanta fue finalmente detenido. No opuso resistencia alguna.

Romasanta 4
Romasanta, en un grabado de la época.

Para sorpresa de todos el buhonero explicó tranquilamente al juez de instrucción, Quintín Mosquera, que había matado a todas aquellas personas y se las había comido después de transformarse en hombre-lobo. Adujo, como si se tratara de algo perfectamente normal, que se trataba de una maldición familiar y que la metamorfosis sucedía desde trece años atrás –luego teóricamente desde 1839[2]-. Interesa señalar que el inculpado manifestó que, cuando se convertía en lobo, ni perdía la conciencia de sí mismo ni olvidaba ninguna de las acciones que llevaba a cabo en aquel estado, pero que en aquellos momentos el instinto animal se imponía a su voluntad y deseaba comer carne humana. Decía sentir algo de lastima por sus víctimas cuando retornaba a su estado original, pero que nada podía hacer al respecto. Es de suponer que, pasado el momento de la sangre, se dejaba dominar por otras pasiones más prosaicas y mercantiles, y que por ello se apropiaba de lo que no era suyo para venderlo. Para qué desperdiciar una buena ganancia cuando lo hecho no tenía remedio.

El así llamado Hombre-Lobo de Allariz fue sometido a un intensivo examen médico –que no psiquiátrico-, realizado bajo una óptica claramente frenológica, corriente pseudocientífica de moda por aquellos días, como se desprende de las actas sumariales. Sin embargo, y con buen tino, los facultativos determinaron, entre otras cosas, que:

“Su inclinación al vicio es voluntaria y no forzosa. El procesado no es loco, ni imbécil, ni monomaníaco, ni lo fue ni lo logrará ser mientras esté preso, y por el contrario resulta que es un perverso, un consumado criminal capaz de todo, frío y sereno, sin bondad y con albedrío, libertad y conocimiento. El objeto moral que se proponía era el interés. Su confesión explícita fue efecto de la sorpresa, creyéndolo todo descubierto. Su exculpación es un subterfugio. Los actos de piedad, añagaza sacrílega. Su metamorfosis, un sarcasmo […]”[3].

También se visitaron todos los lugares de los crímenes, donde Blanco, voluntarioso, ayudó a las Autoridades a reconstruir los hechos. Los cuerpos de sus víctimas nunca se encontraron más allá de algunos huesos. El modus operandi del individuo, siempre el mismo, era simple: se adentraba en los bosques que tan bien conocía con sus acompañantes y, en un determinado momento –cuando supuestamente estimaba haberse transformado en lobo- los atacaba salvajemente y, tras darles muerte, las devoraba. Acto seguido desnudaba los cuerpos, se apropiaba de todo aquello que pudiera interesarle y abandonaba el lugar.

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Reseña de la causa contra Romasanta, publicada por Rúa Figueroa en 1859.

El caso de Manuel Blanco Romasanta causó un enorme impacto en todo el país y fue seguido con gran detalle por la prensa. Como era de esperar, el abogado defensor, Manuel Rúa Figueroa, trató de imponer la teoría de que su defendido era un simple loco, una víctima de una educación perversa y supersticiosa. Se dijo incluso que muchas de sus víctimas mostraban signos de haber sido atacadas realmente por lobos, lo cual nada tiene de extraño cuando se abandona un cadáver a la suerte de las alimañas del campo. En todo caso, la defensa aprovechó este elemento para sostener que Blanco no podía haber cometido realmente los crímenes y que todo era una farsa ideada por su fantasía. Para otros, sin embargo, aquella fue la prueba “evidente” de que aquel hombre podía realmente transformarse en lobo.

No obstante, tampoco debemos dejarnos llevar por la imaginación: en aquellos días la medicina forense estaba muy poco desarrollada –de hecho ni se contemplaba como especialidad-. Los errores en el manejo de los cadáveres o sus restos, los centenares de fallos cometidos habitualmente por los enfermeros y ayudantes de los depósitos, y la impericia con la que se realizaban muchas autopsias, terminaban por arrojar muy pocos datos claros y fiables. Basta con recordar la precariedad de los análisis forenses realizados a las víctimas de Jack el Destripador –cuyas autopsias, sobre los cuerpos recientes, se realizaron más de treinta años después y en un país mucho más avanzado que la España de entonces- para comprender de qué estamos hablando. Cuando se refieren datos forenses de casos tan antiguos tendemos a interpretarlos en el mismo sentido que se habla hoy de ellos cuando, en realidad, se hace referencia a elementos de juicio radicalmente distintos.

Un final… ¿misterioso?

“El juicio contra el Hombre-Lobo dura aproximadamente un año, tras el cual, el 6 de abril de 1853 se emite una sentencia de muerte por el juez de Allariz, que lo condena a garrote vil y a una indemnización de 1000 reales por cada víctima, todo ello pese a que no se hallaron los cuerpos de algunas víctimas, y otras se supo que habían sido asesinadas por lobos auténticos”[4].

Sin embargo, la pena no se cumplió. La reina Isabel II recibió una carta, firmada por un tal profesor Philips que se decía hipnólogo y cuya figura estuvo mucho tiempo sin identificar con exactitud[5]. La tal misiva solicitaba que la sentencia fuera aplazada para que pudiera estudiar personalmente el caso del lobisome. Esta misiva reforzó la postura de la defensa, que solicitó a su vez una revisión del caso alegando un déficit de datos clínicos acerca de su defendido. Ante la duda –hubiera sido desastroso ejecutar a un demente ante la opinión pública internacional- la reina revocó la sentencia de muerte en julio de 1853, conmutándola por la de cadena perpetua[6].

Pero la historia del Hombre-Lobo Gallego goza de un final ominoso y extraño. Tras la conmutación de la pena sus andanzas y su protagonismo mediático pasaron a un funesto olvido de suerte que se desconoce qué fue de él hasta el fin de sus días ignorándose, incluso, si llegó a cumplir mucho tiempo de su condena. En efecto: nunca se ha sabido con exactitud qué pasó con Manuel Blanco Romasanta después de todo aquello y, muy probablemente, el destino final del buhonero asesino continuará en el ámbito de la incógnita para siempre. Se ha llegado a publicar que falleció en prisión apenas un mes después de la conmutación de la sentencia, pero lo cierto es que no existe constancia documental de ello[7].

La peculiar historia criminal de Romasanta ha dado buen juego en el seno de la cultural popular patria, inspirando novelas y películas –de categoría artística dispar, sin duda-, pero hora va siendo de terminar, y este es tema para otra ocasión.


[1] Ya en Francia, en fecha tan temprana como 1598, un mendigo llamado Jacques Roulet fue juzgado en Angers acusado de hombre-lobo. Roulet había asesinado y devorado al menos a un muchacho, pero en aquel caso, el jurado mostró una compasión insólita en la época: estimo que el reo era un enfermo mental y tan sólo se le sentenció a reclusión en una institución asistencial [Farson, D. (1976). Vampiros, hombres lobo y aparecidos. Barcelona: Noguer].

[2] Explicó el reo que el 25 de junio de ese año se encontraba en la montaña de Couso. Allí se encontró con dos lobos grandes y que, de pronto, se sintió preso de convulsiones y se transformó él mismo en lobo. Dijo permanecer con ellos cinco días en tal estado hasta que, finalmente, retornó a su forma humana. Aquellos lobos tampoco eran tales pues también se hicieron hombres junto a él. Blanco Romasanta dijo que se trataba de dos individuos valencianos llamados Antonio y don Genaro, quienes sufrían una maldición idéntica a la suya [Berbell, C. y Ortega, S. (2003)  Psicópatas criminales. Madrid: La Esfera de los Libros].

[3] C-8938 (Legajo 1852). A.H.P. Ourense [copia de: “Causa 1788, del hombre-lobo”, 1852, Archivo Histórico del Reino de Galicia]. El informe lo firmaron el médico de Alláriz José Lorenzo Suárez, y los licenciados Demetrio Aldemira, Vicente María Feijoo Montenegro y Manuel María Cid, así como los cirujanos Manuel Bouzas y Manuel González.

[4] Simón Lorda, D. y Flórez Menendez, G. (2004). El hombre lobo de Allariz (Ourense), 1853: Una visión desde la psiquiatría actual. Anuario Revista Gallega de Psiquiatría y Neurociencias, 8, 104-115.

[5] “El Dr. Philips era con mucha probabilidad el médico francés Joseph-Pierre Durand de Gros (1826-1900), exiliado a Gran Bretaña durante un tiempo y que a su vuelta a suelo francés firmó con el seudónimo de Dr. Phillips. Junto con Azam, Brown-Séquard, Demarquay, Girard-Teulon…. formó parte del movimiento que propició la incorporación y asimilación del braidismo en Francia” [Simón Lorda y Flórez Menéndez, 2004, op. cit.].

[6] Tampoco tiene nada de particular. En España, pese a encontrarse en vigor la pena de muerte desde tiempos inmemoriales, se llegaba a ejecutar a muy pocos reos y la concesión de indultos era norma habitual. Entre otras cosas porque se pensaba con buen criterio que las ejecuciones públicas contravenían el orden público y generaban efectos desmoralizadores entre la población. A tal punto llegó la cosa que se hicieron habituales las protestas de los verdugos que, al cobrar por ejecución –más dietas-, solían quejarse de que se mataba a tan poca gente que el cargo no les daba para comer [Pérez-Fernández, F. (2013). La figura institucional del verdugo como espejo público (siglos XVIII-XX). El ejecutor de sentencias y sus variantes psicológicas. Revista de Historia de la Psicología 34(3), 57-80].

[7] Dominguez González, J. y Blanco, L. (1991). O home do unto (Blanco Romasanta, historia real de una leyenda). Ourense: Diputación Provincial de Ourense.

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De vampiros, licántropos y otros amigos (parte 2)

Nosferatu Murnau
El clásico “Nosferatu” (1922), del cineasta alemán F. W.  Murnau, trató de convertirse en la primera adaptación cinematográfica de la archifamosa novela de Bram Stoker. Sin embargo, un problema con los derechos de autor motivó una serie de transformaciones argumentales que, finalmente, convirtieron al vampiro de los Cárpatos original en el icónico Conde Orlok, interpretado por el actor Max Schreck.

Existen al parecer ciertas circunstancias médicas, si bien esta cuestión no deja de levantar controversias enconadas y debates relativos a su corrección política, que permitirían explicar lo que la superstición interpretó como vampirismo y licantropía[1]. La más obvia es una enfermedad conocida como porfiria cutánea tarda (PCT), una de las dos variantes de la porfiria eritropoyética[2]. Siendo la PCT una dolencia poco frecuente, pues es más común la otra variedad denominada porfiria aguda intermitente (PAI), que se manifiesta en forma de dolor abdominal, vómitos y diarrea, acompañados de otros síntomas neurológicos así como alteraciones psiquiátricas[3].

Quienes sufren de la extraña PCT, una enfermedad que aqueja especialmente pero no exclusivamente a los alcohólicos, se vuelven extremadamente fotosensibles y no pueden exponerse al sol sin sufrir lesiones ulcerosas en la piel a causa de la destrucción celular. Los tejidos cutáneos enrojecen con rapidez y se desarrollan ampollas, lo que bien haría a un observador externo imaginar que se trata de quemaduras provocadas por la luz solar. Quedan horribles cicatrices, pudiendo el paciente en los casos más extremos perder los dedos, la nariz y las orejas. Los ojos se ponen rojos. Por otra parte, se llegan a caer todos los dientes quedando tan solo los caninos. Todo ello termina por otorgar al paciente un aspecto grotesco y terrible.

Porfiria
Mujer afectada de PCT. Sobran los comentarios.

Ocurre que existen, además otras enfermedades que al sistema endocrino de espectaculares manifestaciones, como aquellas que desarrollan un anormal y desenfrenado crecimiento del cabello y el vello corporal en un proceso que se conoce como hirsutismo o hipertricosis, y que se relaciona con una rara mutación genética hereditaria que provoca, entre otras cosas, un aumento desproporcionado de la cantidad de andrógenos. Así se explica, por ejemplo, el fenómeno de las tristemente célebres “mujeres barbudas”.

hioertricosis
Hipertricosis.

En definitiva, la PCT y la hipertricosis dotarían al convaleciente de gran parte de las características físicas que la leyenda atribuye tanto a los vampiros como a los hombres lobo: palidez anémica, ojos inyectados en sangre, pelo en las palmas de las manos o en todo el cuerpo, y etcétera. Especialistas como David Dolphin, de la University Of British Columbia, han presentado en diversos foros científicos célebres informes en los que exponen con sumo detalle los muchos puntos de contacto que se observan entre las leyendas de vampiros y la bioquímica de la porfiria. Evidentemente, estos pacientes no son criminales sino, en todo caso, víctimas del imaginario popular y de la ignorancia como tantos otros que en el decurso de la historia han sufrido dolencias consideradas malditas por una u otra razón. En todo caso, resulta obvio imaginar que el mito precede a la enfermedad y que, sin más, ésta se habría convertido en supuesta prueba del primero. Por lo general, la gente ve lo que quiere ver siempre que se enfrenta a lo que no comprende.

También hay otras causas que pueden darnos cumplida cuenta del hecho vampírico como, por ejemplo, las dificultades que se han tenido hasta hace relativamente poco tiempo a la hora de determinar el fallecimiento clínico de una persona[4]. No era extraño –teniendo presente que incluso hoy es posible- que hasta hace no más de setenta años se enterrara aún con vida a un porcentaje de personas escalofriantemente elevado, ya fuera en estado catatónico o cataléptico inducido por una fiebre alta o cualquier otra dolencia que afectara de suerte peculiar al sistema nervioso. Si el supuesto fallecido tenía la suerte de haber sido depositado en un panteón familiar u otro lugar que le permitiera vencer las dificultades inherentes a su situación y abandonar su encierro, es lógico pensar que la superstición popular haría su trabajo para transformarlo en un ser maligno de cualquier especie. La cantidad de estremecedores relatos, historias, cuentos y leyendas que inciden en este sórdido tema son ingentes y pueden hallarse en todas las tradiciones culturales del mundo. Sirva un dato ciertamente terrible: a principios del siglo XX las autoridades de los Estados Unidos ya calculaban que en a lo largo y ancho del país se enterraba al menos a una persona viva cada semana. El pánico al respecto llegó a ser tan exagerado que se ideó toda suerte de ingeniosos aparatos para que el pretendido cadáver pudiera activarlos desde su macabro encierro en caso de entierro prematuro. También proliferaron las casas de muertos y otras dependencias similares, en las que el cuerpo reposaba bajo la estrecha vigilancia de celadores atentos al menor signo de vida durante unos días, antes de ser finalmente enterrado.

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Diseño de uno de los múltiples modelos de ataúd de seguridad, con cuyo concurso se pretendía evitar la eventualidad de ser enterrado vivo, cuya patente se registró durante el siglo XIX. Para saber más sobre esto, sigue el enlace.

Tampoco faltan los relatos de cadáveres conservados en perfectas condiciones tras años de recibir sepultura que fueron en su momento atravesados con estacas, clavados al suelo, desmembrados y otras lindezas parecidas. No obstante, es conocido que en determinadas circunstancias medioambientales un cadáver puede tardar años, décadas e incluso siglos en descomponerse.

“[…] La descomposición depende de muchas variables. Un cuerpo enterrado puede perdurar casi indefinidamente en el hielo. La turba y la humedad también son capaces de retardar la descomposición. En arena seca los cadáveres se momifican hasta convertirse en duradero pergamino. En tierras ricas en minerales pueden impregnarse de sales y metales. Pero si no han sido enterrados, sobre todo cuando hace calor, el proceso de esqueletización llega a ser asombrosamente rápido. El tiempo mínimo que requiere la esqueletización total no es de nueve años ni de nueve meses, ni siquiera de nueve semanas: puede producirse en aproximadamente nueve días. […] El recipiente funerario tiene una tremenda importancia. Los recipientes herméticos que protegen el cadáver del medio ambiente […] proporcionan un grado sorprendente de preservación, incluso durante periodos prolongados de tiempo. He visto como un cadáver bien embalsamado –un cadáver al que se había hecho la autopsia, lo cual dificulta considerablemente el embalsamamiento- duraba veintisiete años dentro de un ataúd hermético en el interior de una cripta, con rasgos perfectamente naturales y sólo unas pequeñas zonas de piel desprendidas de manos y pies. […] Aunque no esté protegido por ningún recipiente, un cadáver dura más si se encuentra bajo tierra”[5].

En todo caso, bastaba con que el fallecido hubiera sido un individuo peligroso, malvado, sospechoso de haber practicado la brujería o de costumbres poco respetables para que en lugar de santo fuese considerado vampiro o poseído por demonios. Así, el tratamiento que recibía su cuerpo era tan expeditivo como implacable. De esta época de supersticiones proceden falsas creencias que, aún hoy, se encuentran muy extendidas entre la población, como la de que el pelo y las uñas siguen creciendo después de la muerte: “es un mito que las uñas y el pelo sigan creciendo después de la muerte –explica William Maples-. Lo que sucede en realidad es que la piel se repliega a su alrededor, haciendo que el pelo y las uñas se levanten y sobresalgan más”[6].

El Entierro Prematuro (Antoine Wiertz)
“El entierro prematuro”, obra de Antoine Wiertz (1854).

Por otra parte, y pese a que las leyendas de vampiros resulten interesantes como pasatiempo o motivo de reflexión filosófica y antropológica, es evidente que tras la mayor parte de las que tienen algún viso de ser ciertas no puede esconderse otra cosa que una mente enferma o un criminal[7].

Vampirismo y licantropía como patología psíquica

El asesino vampírico, tanto como el licántropo, son, como todos los psicópatas y al igual que el resto de los seres humanos, prisioneros de sus fantasías. El problema reside en que la imaginación de estos individuos se rige por mapas mentales impensables para el resto de las personas. Obtienen satisfacción bebiendo la sangre de sus víctimas, sencillamente viéndola correr, comiendo su carne o profanando cadáveres, y no dudan en recurrir incluso al asesinato para satisfacer sus necesidades parafílicas. El fetichismo por la sangre y la carne, que algunos psiquiatras denominan Síndrome de Renfield[8], es en realidad una forma de necrofilia en la que el sujeto, en sus fases iniciales, comienza experimentando con animales hasta focalizarse en otras personas y convertirse a medida que los delirios fantásticos del individuo crecen, en auténticos depredadores de novela. Es cierto que este tipo de casos, cuya incidencia estadística es en realidad escasísima, resultan especialmente llamativos al profano y copen protagonismo en medios de comunicación, relatos de terror, películas, cómics, videojuegos o series de televisión. Y es por ello que muchos de los asesinos más conocidos de la historia del crimen –que no los más prolíficos- han pertenecido a esta curiosa especie.

De acuerdo con el estudio llevado a cabo por el psiquiatra Hershel Prins[9], el delirio vampírico puede manifestarse de muy diferentes formas, de modo que su catalogación comprende cuatro grandes grupos:

  • Vampirismo completo. Comprende toda suerte de fantasías y prácticas sádicas y necrofílicas que se convierten en móvil del asesinato o la profanación de tumbas. Esta clase de vampiro es un carroñero que experimenta una atracción incontrolable por los muertos y consume sangre –e incluso carne o vísceras- procedentes de personas a las que puede, o no, haber asesinado previamente. Gilles de Rais es un ejemplo histórico muy ilustrativo. Casos más cercanos son los del sargento Leger, quien en 1827 violó el cadáver de una niña de 12 años y bebió su sangre; el popular John George Haigh, también conocido como el Vampiro de Londres; Fritz Haarmann, el Vampiro de Hannover; y por supuesto Richard Trenton Chase, el Vampiro de Sacramento. Curiosamente, otros “vampiros” mediáticos como Peter Kürten o Mohammed Bijeh no realizaban esta suerte de prácticas pese a ser bautizados de tal modo por la prensa.
  • Vampirismo sin ingestión de sangre ni de materia muerta. A esta variedad se la asociaría con la simple necrofilia, que consiste en satisfacer el instinto sexual con cadáveres, o bien, gozar con tocarlos y contemplarlos. Un caso bien conocido y documentado de estas características es el del alemán Kuno Hofmann, el Vampiro de Núremberg. Hofmann, que pasó algún tiempo en el campo de concentración nazi de Dachau, era sordomudo, tenía un cociente intelectual por debajo de la media y una timidez patológica que le impedía acercarse a las mujeres. Durante años estuvo asaltando depósitos de cadáveres para consumir la sangre de los muertos y practicar relaciones sexuales. En 1972, durante uno de sus paseos, terminó por asesinar a tiros a dos jóvenes que dormían en un coche a fin de probar su sangre. Probablemente, Hofmann habría continuado asesinando una vez había transgredido los límites y culminado su transformación, pero fue detenido.
  • Vampirismo sin cadáver. Esta categoría reúne a gran cantidad de sujetos con tendencias psicóticas, pero aparentemente normales e integrados en la sociedad, cuyos deseos les igualan al vampiro. Hablamos de impulsos incontrolables y muchas veces ocultos incluso para ellos mismos, o bien normalizados. En el fondo, estas ideaciones guardan relación con las capacidades sobrenaturales que la tradición atribuye al no-muerto, de modo que los vampiros ideales envidiarían el poder de los vampiros legendarios, a los tratan de parecerse. El hecho de que no asesinen, no cometan delitos, o no agredan a otros no les hace menos peligrosos, pues los anhelos y fantasías desde los que elaboran sus estructuras cognitivas suelen inducirles irremediablemente a la mentira, la maquinación, la manipulación y la temeridad.
  • Auto-vampirismo. En este grupo de tendencias claramente masoquistas se incluirían casos igualmente psicóticos así como esquizotípicos y esquizofrénicos. Son capaces provocarse lesiones, a veces brutales, ya que la propia sangre se ha convertido por cualquier razón –si bien el motivo suele tener un fondo erótico o religioso- en objeto de veneración. McCully narra el caso de un niño de 11 años que aprendió a pincharse con suma pericia las arterias del cuello para llenar con su sangre una taza entera que luego bebía. También se cortaba las venas del antebrazo para lamer la sangre de las heridas, lo que le hacía experimentar una fuerte excitación sexual.
KunoHofmann
Kuno Hofmann.

Parafilias como el vampirismo –también la licantropía- aparecen tan raramente en la población que su incidencia estadística es prácticamente nula. De hecho tanto el DSM como el CIE ni tan siquiera las mencionan explícitamente, acumulándolas –junto a muchas otras- bajo el epígrafe de parafilias no especificadas. Sin embargo, sus manifestaciones escabrosas y espectaculares son tan llamativas que siempre y en todo lugar han despertado tanto el horror como el interés del gran público hasta el punto de que, en determinados momentos históricos, como el tramo comprendido entre la baja edad media y finales del siglo XVII, llegaron a parecer cuestiones comunes. No en vano, la consideración general del vampiro, el licántropo y el asesino serial se funden y confunden, más allá de consideraciones clínicas o antropológicas, en una apreciación tópica: son “monstruos”. Criaturas diseñadas para matar, construidas tanto a nivel individual como social y que desempeñan un papel nítido en nuestra cultura. Podría decirse que la fascinación que hoy en día nos provoca el asesino en serie es precisamente un reflejo de la que los supuestos vampiros y hombres lobo generaron en el pasado, lo cual explica que los asesinos sistemáticos de ficción sean en muchos casos antihéroes “de culto” para millones de aficionados que pueden convertirse en auténticas máquinas de producir dinero para sus creadores.

Gilles de Rais
Gilles de Rais.

Ya en fecha tan temprana como 1584, autores como Reginald Scot sostenían que la licantropía era un trastorno mental, atribuyendo a la superstición popular la idea de que realmente un ser humano pudiera transformarse en lobo o cualquier otro animal[10]. Lo cierto es que los testimonios históricos de verdaderas epidemias de esta locura son variopintos y pueden ser rastreados en la literatura desde el siglo XVI hasta, prácticamente, finales del siglo XIX. Sirva un dato: tan sólo en el periodo comprendido entre 1520 y 1630, luego durante más o menos un siglo, se registraron 30.000 casos de licantropía sólo en Francia[11]. Esto es interesante desde un punto de vista antropológico. Parece que entretanto el Este de Europa era el hogar de los vampiros, los bosques franceses se habían transformado en el territorio de los hombres-lobo. El ser humano necesita de referentes socioculturales hasta para perder el juicio.

Capitan America - Hombre lobo
Hasta el Capitán América puede convertirse en hombre lobo cuando tiene en un mal día…

La idea de Scot fue posteriormente ampliada por otros autores ingleses como Robert Burton quien en 1621 sostuvo que “[algunos llaman a la licantropía] una especie de melancolía; pero yo prefiero denominarla locura”[12]. Nada tiene de sorprendente para la época este racionalismo respecto del tema, pues en las Islas Británicas los lobos se habían extinguido muchos años antes de que ambos textos fueran escritos. De hecho, es fácil encontrar relatos de hombres-lobo en el trabajo de los ensayistas británicos si nos remontamos al periodo comprendido entre los siglos X y XIII. Ahora bien, a partir del siglo XVI, este tipo de historias tan sólo sobrevivió como argumento literario. Obsérvese, por consiguiente, el anacronismo que inherente a convertir las calles de Londres, o los páramos británicos, en escenario para los clásicos hombres lobo de la ficción.

Lo cierto es que el éxito como monstruo del licántropo, con el paso de los años, ha sido mucho menor que el del vampiro. Parece que, por alguna razón, resulta mucho más fácil creer en la existencia del vampirismo que en la de la licantropía y ello, como hecho sociocultural, también ha tenido repercusión en el escenario del crimen. A partir de 1900 han aparecido varios casos de asesinos en serie movidos por fantasías vampíricas, pero no se han presentado supuestos hombres-lobo, lo cual ha motivado que la literatura psiquiátrica y psicológica apenas si haya tocado el tema, con excepción del psicoanálisis, en la medida que muchos pacientes refieren al narrar sus sueños diversos procesos de metamorfosis que han de ser iluminados por el terapeuta. Parece que el hombre-lobo tiene un sentido más folklórico, propio de un buen relato de terror para las noches de campamento, mientras que el vampiro parece tocar con mayor profundidad los aspectos más atávicos del ser humano.

El misterio de Salem's Lot
Un vampiro de ficción especialmente terrorífico -inspirado en la imagen del “Nosferatu” de Murnau-, fue el ideado por Tobe Hooper a la hora de llevar a la gran pantalla el clásico literario de terror de Stephen King en “Salem´s Lot” (1979).

[1] De hecho, ya sea desde un punto de vista antropológico como desde una óptica meramente psiquiátrica, vampirismo y licantropía tienen muchos puntos de conexión. Daniel Farson en su libro Vampiros, hombres lobo y aparecidos (Barcelona, Noguer, 1976), indica que tradicionalmente se consideraba que un hombre lobo se convertiría en vampiro al morir a menos que su cadáver fuera debidamente exorcizado. También que podía bastar con beber la sangre o comer la carne de un cordero muerto por un lobo para transformarse en hombre lobo.

[2] Las porfirias son un grupo de enfermedades cuyo origen es una alteración, cualitativa o cuantitativa, del metabolismo de las porfirinas. Habría dos modalidades básicas: las eritropoyéticas y las hepáticas. Las porfirinas, básicamente, son sustancias que, al combinarse con determinados metales como el hierro, juegan un papel fundamental en la síntesis de la hemoglobina

[3] Un ejemplo claro y famoso de esta dolencia sería el de la célebre locura transitoria que aquejó al rey Jorge IV de Inglaterra, inmortalizada en La locura del rey Jorge, una extraordinaria y muy bien documentada película dirigida por el británico Nicholas Hyttner.

[4] Recomiendo al lector interesado en este asunto un excelente libro: Bonderson, J. (2002). Enterrado vivo. Barcelona, Ediciones B.

[5] Maples, W. R. y Browning, M. (2006). Los muertos también hablan. Barcelona, Random House Mondadori

[6] Ibid. anterior.

[7] La constatación de la existencia de estos perturbados sedientos de sangre hizo que ganara cuerpo la creencia del vulgo en la existencia de una supuesta enfermedad denominada hematodipsia o hematodixia, por la cual el sujeto que la padece se vería determinado fisiológicamente a beber sangre. Sin embargo, como bien manifiestan Miguel Gómez Aracil en su libro Vampiros (Barcelona, EDAF, 2003), así como otros especialistas, esta supuesta dolencia es un invención del imaginario colectivo completamente desconocida por la profesión médica.

[8] Por el personaje de la archiconocida novela de Bram Stoker. Renfield había sido vampirizado por el Conde Drácula durante una estancia de negocios en Transilvania, de suerte que empezó a experimentar una progresiva sed de la sangre de criaturas vivas para mantenerse a sí mismo con vida. Los doctores de la novela –salvo el excéntrico Van Helsing, por supuesto- consideraron que Renfield estaba loco, recluyéndolo en una institución mental.

[9] Prins, H. (1985): “Vampirism: A clinical condition”. En: British Journal of Psychiatry, 146 (6), pp. 666-668.

[10] Scot, R.; Discovery of Witchcraft. La primera edición de este tratado vio la luz en Londres en 1584. Hubo diversas reediciones del mismo a lo largo de los siglos. La más moderna es la de Montague Summers, New York, 1954.

[11] Farson, D.; op. cit. supra nota 1.

[12] Burton, R.; Anatomy of Melancholy. Londres, 1621.

De vampiros, licántropos y otros amigos (parte I)

The Order 1886
Imagen del videojuego The Order, 1886. Otra visión de un tema clásico en clave posmoderna. La enésima.

El vampiro y el licántropo[1] existen, ese es el hecho. Cierto que es difícil creer que en la forma tradicional del nosferatu -o no muerto- que ataca a los vivos impelido por una irrefrenable necesidad de beber su sangre a fin de mantener su estado, o de la persona que en las noches de plenilunio se transforma en lobo, si bien incluso el vampiro y el licántropo mitológicos gozan de una precisa explicación antropológica. La sangre y la carne, como no podría ser de otra manera, siempre han sido consideradas el centro vida. Se encuentran en los cimientos de todos los cultos y religiones, desde las más ancestrales. Hay creencias en las que el corazón de los difuntos es cocinado y consumido por su ser más amado. Algunas tribus de Australia y Nueva Zelanda pretendían la curación de ciertas dolencias abriendo las venas de los amigos varones del enfermo a fin de que le ayudaran a expulsar su enfermedad en una especie de catarsis colectiva. En la eucaristía cristiana el vino se transustancia en sangre y el pan en carne para la limpieza del pecado y el ofrecimiento de una vida eterna. Otros cultos minoritarios judeocristianos, como el de los Testigos de Jehová, se oponen enconadamente a prácticas sanitarias comunes como la transfusión de sangre por motivos enteramente metafísicos. En todas las culturas existen rituales sacrificiales simbólicos o reales y relatos acerca de vampiros, hombres lobo y quimeras similares (arpías, dragones, hombres leopardo, minotauros, y otro largo etcétera). También testimonios sobre la forma en que se presentaban a sus víctimas, el atroz modo en que se comportan y la forma en que el sujeto puede protegerse de ellos, o bien son erradicados por siempre jamás.

Herodoto
Herodoto.

Los licántropos fueron particularmente populares en Grecia y Roma, y es precisamente por ello que los textos grecolatinos son una de las fuentes más antiguas y amplias a este respecto[2]. No podemos olvidar, en tal sentido, que Romulo y Remo, los supuestos fundadores de Roma, fueron según la tradición amamantados por una loba. Pero este tratamiento extensivo no se circunscribió tan solo al punto de vista de lo legendario o lo mitológico. Ya una figura en absoluta sospechosa como Heródoto de Halicárnaso (484-425 a. C.), fue uno de los primeros autores en tratar el tema de la transformación de hombres en lobos al narrar la incursión de castigo que el persa Darío realizó en Escitia[3].

No obstante, las imágenes del vampiro y el licántropo que han parecido imponerse en el ideario colectivo de Occidente no son demasiado lejanas en el tiempo y se ubican históricamente en el lapso temporal comprendido entre los siglos XII y XVIII, cuando en Europa –especialmente en el Centro y el Este del continente- se desató una fiebre vampírica así como una proliferación de cuentos y mitos sobre hombres lobo sin precedente histórico. A partir de la Edad Media, muchos eruditos se entregaron en cuerpo y alma al estudio del vampirismo, como Augustin Dom Calmet, Montague Summers, William de Newburgh o Walter Mapes.

Mucho tuvo que ver el vigor del cristianismo con ello en la medida que impuso en la visión e interpretación de los sucesos particulares y colectivos una polaridad de dos fuerzas contradictorias: Dios y el diablo. Más todavía, como acertadamente indica Fondebrider[4], la doctrina cristiana no estuvo en ningún caso dispuesta a equiparar ambos poderes en una relación simétrica, de suerte que el diablo se fue haciendo paulatinamente acreedor de una mayor gama de maldades, en la misma medida que ello evitaba que la bondad de Dios fuera en algún momento puesta en entredicho. El resultado del proceso generó la imagen siniestra de Satán que todos conocemos en contraposición a la imagen plenamente benéfica de la divinidad. De este modo, los licántropos, vampiros y demás monstruos tradicionales, que en algún momento del pasado pudieron -y así fue de hecho- albergar sesgos de positividad, se convirtieron en encarnaciones de la más absoluta maldad.

Desde entonces, la literatura, primero, y el cine después, han inmortalizado tanto al vampiro como al hombre lobo para convertirlos en uno de los más populares de los estereotipos perversos de nuestra cultura. No nos referimos tan sólo al celebérrimo Drácula de Bram Stoker. También autores de la nada dudosa talla literaria de Goethe, Lord Byron o Baudelaire, entre otros, alumbraron algunas de sus más grandes páginas tomando como referencia a los cazadores de la noche. También suele olvidarse con exasperante facilidad que la Caperucita Roja de Perrault es mucho más que un cuento para niños y, de hecho, tanto en sus orígenes como en su concepción original distaba mucho de serlo. En realidad el juego de analogías que magistralmente plasmó en sus páginas el francés nos habla de una terrible tragedia: la de una niña púber que ignorando el sabio consejo de su madre abandona el camino correcto para ser acosada, agredida y devorada –junto a su abuela- por un criminal perverso y desalmado. Una historia que ha sucedido cien veces en la vida real, en muchos rincones del mundo y con protagonistas de carne y hueso. Tan auténticos como en los tiempos en que Perrault compuso este aperitivo literario que, descafeinado por el paso del tiempo, relatamos a nuestros hijos como si tal cosa por el mero hecho de que hemos asumido esta clase de sucesos, que otrora aterraban al común de los mortales hasta el punto de elevarlos al rango de lo legendario, como algo normal.

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El actor Christopher Lee encarnando el mito del vampiro que prosperó en el imaginario colectivo del siglo XX: pretendida elegancia, supuesto erotismo y un toque hortera.
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El hombre-Lobo cinematográfico, sin embargo, ha sufrido escasa evolución estética. Quizá por su estilo de monstruo bruto y “a la antigua”, siempre ha tenido pinta un poco macarra y desastrada. Lo más que se pudo hacer por él en sagas famosas como Underworld fue quitarle los pantalones y animalizarlo más si cabe.

Egocentrismo y sociopatía

Autores como Picart y Greek señalan que el estudio científico del vampiro y el licántropo, es decir, aquel que parte de una consideración no sobrenatural del hecho atribuyendo las víctimas de estos legendarios personajes a la acción criminal, comenzó a principios del siglo XX. En 1907, el sociólogo norteamericano E. A. Ross publicó un trabajo que el tiempo ha hecho clásico: Sin and Society (pecado y sociedad). En él describe a una nueva especie de monstruo, el criminaloide[5], responsable del sufrimiento de amplios colectivos sociales a causa de su proverbial ambición y una absoluta falta de interés por la seguridad y supervivencia de las clases trabajadoras. Es evidente que Ross quería referirse figuradamente a los gurús del capitalismo que gobernaban con mano de hierro, y aras de sus propios intereses, los destinos económicos de la sociedad capitalista. En la misma teoría abundó el sociólogo de la Escuela de Chicago Robert Park, quien habló en sus trabajos del vampirismo capitalista al referirse al colonialismo económico estadounidense. Conceptos ambos que guardan, por cierto, estrecha relación con el delincuente de cuello blanco del que también hablara por extenso Sutherland.

Lo interesante, en todo caso, es que esta corriente sociológica relacionaba el comportamiento de estos sujetos con una maldad patológica que los transformaba, más que en meros explotadores, en monstruos insensibles. En suma: desde estas teorías se establecía un sugerente nexo entre la actitud –de clara raíz psicopática- de ciertos individuos con respecto a sus congéneres y la clase de conductas que nuestra cultura ha asociado indeleblemente a aquellos seres a los que tradicionalmente se ha otorgado el calificativo genérico de monstruos. Y lo cierto es que las ideas de Ross, Park o Sutherland no sólo inspiraron a los sociólogos, sino también a los estudiosos del crimen que, por primera vez, abandonaron la idea del criminal como sujeto anormal para establecer vínculos conceptuales entre la conducta criminal y los procesos que operan en el medio social que ahora –corrupción va, corrupción viene- nos parecen evidentes pero que en aquellos días distaban mucho de ser tan obvios[6]. La idea de fondo es ciertamente inquietante: vivimos en un mundo regido por una serie de procesos perversos que, por su propia idiosincrasia, producen toda suerte de monstruos.

Robert Ressler
Robert Ressler (1937-2013).

A este respecto, cuando un periodista preguntó al célebre perfilador del FBI Robert Ressler acerca de los elementos que hacían a las sociedades avanzadas –como es el caso de la estadounidense- tan proclives a la aparición de criminales antisociales, su respuesta fue tan concisa como contundente: “la gente se ha vuelto básicamente egocéntrica. Las metas de cada uno han suplantado a las metas de la sociedad. Las personas no están de acuerdo en nada salvo consigo mismas. Todo esto tiene resultados en la conducta. Si hablamos de alguien que sufre disfunciones sexuales o morales y que está educado para pensar que puede y debe solucionar sus problemas por sí mismo, pero al mismo tiempo supone que las relaciones sexuales que debiera tener son inalcanzables, entonces tiende a tomar por la fuerza aquello que está fuera de su alcance. Y, sin duda, un asesino en serie es una persona enteramente disfuncional que trata de ayudarse a sí misma a obtener aquello que quiere sin observar las consecuencias de sus actos”[7].

Lo cierto es que desde un punto de vista antropológico las raíces de la conducta criminal en el ser humano deben buscarse, más que en la propia historia o en el decurso temporal y circunstancial de las sociedades, precisamente en el fondo de los mitos y leyendas de que se ha alimentado nuestra cultura desde tiempos ancestrales y que han de tener alguna clase de fundamento real, al menos en su objeto central. Basta con releer algunos libros del Antiguo Testamento, observar las mitologías egipcia, grecorromana e hindú o detenerse en las sagas nórdicas para encontrar centenares de relatos sobre agresiones sexuales, agresión, robo, canibalismo, vampirismo, licantropía y otro largo etcétera de brutalidades, perversiones y vejaciones. Por supuesto, los antisociales, se llamasen como quiera en su día, tampoco son una invención del presente. El crimen es tan viejo como la humanidad al punto de que el Génesis bíblico, una vez establecida la Creación, explica que la historia de la Humanidad comienza con un delito –el que cometen Adán y Eva al vulnerar la única norma que Dios les impone-; continúa con un fratricidio –cuando Caín mata a Abel-; y concluye con un genocidio en la forma de Diluvio Universal. Es obvio que el texto fue compuesto por un buen observador de la condición humana.

Cain and AbelTitian c. 1570
Así vio Tiziano el asesinato de Abel a manos de Caín.

Con anterioridad a la aparición de la psicología y la psiquiatría forenses tal y como hoy las conocemos, ninguna otra corriente dedicada al estudio de los procesos mentales había prestado tanta atención a este tipo de cuestiones como el psicoanálisis. Puede que las explicaciones de los procesos inconscientes ofrecidas por los psicoanalistas desde Freud sean consideradas injustamente y con algo de malicia –más por ignorancia de los principios que por un verdadero esfuerzo de comprensión- como elucubraciones sin fundamento. Pero lo cierto es que la psicología y la psiquiatría nunca han dejado de prestarles atención, bien sea de soslayo al punto de que muchos conceptos que hoy damos por buenos fueron, originariamente, concebidos por psicoanalistas. Lo cierto es que actos como los de succionar, morder o el culto patológico a los muertos y lo sobrenatural tienen hondas raíces psíquicas y culturales que no han de ser minusvaloradas si se pretende comprender las motivaciones últimas de la necrofilia, el vampirismo y la licantropía. Ernest Jones, por ejemplo, escribió que no hay cultura en la que no exista la creencia de que los muertos, en determinadas circunstancias, observan a los vivos y sientan un impulso irresistible de retornar con ellos con cualquier propósito. En consecuencia, tampoco resulta extraño que en todos los lugares del mundo existan relatos de fallecidos que visitan a los vivos, los ayudan, los poseen o simplemente tratan de destruirlos. Del mismo modo, a fin de contrarrestar el supuesto poder de los muertos o sus demandas, en toda cultura se dan ritos de apaciguamiento, respeto y consuelo para con las almas de los que se fueron[8].

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Y el malvado Sigmund Freud (1856-1939) te pregunta: ¿a ti te gusta chupar? ¿Y por qué?

Lo interesante es que esto se ve reflejado una idea muy extendida acerca del vampirismo en la tradición eslava: los primeros atacados por un vampiro, cuando retorna, son generalmente sus allegados vivos. Pero, además, tanto en el fondo del vampirismo como en el de la licantropía subsiste un componente sexual que, sin duda, ha contribuido a incrementar el atractivo que suscita. Componente que guarda, a su vez, estrecha relación con el mordisco, el acto de chupar e incluso la acción extrema de devorar al ser amado o deseado como forma de posesión total, plena, absoluta. En otro caso, por lo demás, y sin tener presente la influencia de un patriarcado milenario que enfatiza el valor intrínseco de la heterosexualidad, resultaría inexplicable la creencia legendaria de que los vampiros y los hombres-lobo prefieran como víctimas a personas del sexo opuesto. Tampoco el supuesto subyacente a muchos de estos relatos de que, contra todo pronóstico, las personas atacadas por estos seres sientan al mismo tiempo terror y fascinación[9].


[1] Conviene realizar una precisión terminológica ya que el hombre lobo y el licántropo son cosas semejantes pero no lo mismo. El primero es aquel que tiene el poder de transformase en lobo físicamente mientras que el segundo es, precisamente, el sujeto que posee una visión distorsionada de la realidad que le hace creer que puede metamorfosearse en lobo y que, consecuentemente, durante los momentos en que se cree transformado se comporta como tal.

[2] Fondebrider, J., Licantropía. Historias de hombres lobo en Occidente. Buenos Aires, Adriana Hidalgo Editora, 2004.

[3] Herodoto, Historia. Libro IV. Madrid: Gredos, 2001.

[4] Fondebrider, 2004, Op. cit.

[5] Evidentemente, el concepto no fue acuñado por Ross, sino por Cesare Lombroso y es muy probable que se este autor se inspirase en la obra pionera de los componentes de la llamada Escuela Positiva del Derecho Penal. Ahora bien, el uso que hace del concepto, desde un punto de vista sociológico, es enteramente novedoso.

[6] Pérez-Fernández, F., Imbéciles morales. Consideraciones históricas de la mente criminal. Jaén: Ediciones del Lunar, 2005.

[7] Kouri, J., Criminal Profile: The Monsters Within. En Internet [www.oscweb.com].

[8] Jones, E. (1951). On the Nightmare. New York, Liveright. Existe traducción al español: La pesadilla, Buenos Aires, Hormé, 1967.

[9] Christopher Lee, actor que se hizo mundialmente famoso encarnando al Conde Drácula en las películas de culto que la factoría británica Hammer realizó en los años 50 y 60 no alberga duda alguna al respecto: “Drácula ofrece la ilusión de la inmortalidad, el deseo subconsciente que todos tenemos de poder sin límites. […] Es la imagen del superhombre con un atractivo erótico para las mujeres, que lo encuentran totalmente seductor”.