De vampiros, licántropos y otros amigos (parte I)

The Order 1886
Imagen del videojuego The Order, 1886. Otra visión de un tema clásico en clave posmoderna. La enésima.

El vampiro y el licántropo[1] existen, ese es el hecho. Cierto que es difícil creer que en la forma tradicional del nosferatu -o no muerto- que ataca a los vivos impelido por una irrefrenable necesidad de beber su sangre a fin de mantener su estado, o de la persona que en las noches de plenilunio se transforma en lobo, si bien incluso el vampiro y el licántropo mitológicos gozan de una precisa explicación antropológica. La sangre y la carne, como no podría ser de otra manera, siempre han sido consideradas el centro vida. Se encuentran en los cimientos de todos los cultos y religiones, desde las más ancestrales. Hay creencias en las que el corazón de los difuntos es cocinado y consumido por su ser más amado. Algunas tribus de Australia y Nueva Zelanda pretendían la curación de ciertas dolencias abriendo las venas de los amigos varones del enfermo a fin de que le ayudaran a expulsar su enfermedad en una especie de catarsis colectiva. En la eucaristía cristiana el vino se transustancia en sangre y el pan en carne para la limpieza del pecado y el ofrecimiento de una vida eterna. Otros cultos minoritarios judeocristianos, como el de los Testigos de Jehová, se oponen enconadamente a prácticas sanitarias comunes como la transfusión de sangre por motivos enteramente metafísicos. En todas las culturas existen rituales sacrificiales simbólicos o reales y relatos acerca de vampiros, hombres lobo y quimeras similares (arpías, dragones, hombres leopardo, minotauros, y otro largo etcétera). También testimonios sobre la forma en que se presentaban a sus víctimas, el atroz modo en que se comportan y la forma en que el sujeto puede protegerse de ellos, o bien son erradicados por siempre jamás.

Herodoto
Herodoto.

Los licántropos fueron particularmente populares en Grecia y Roma, y es precisamente por ello que los textos grecolatinos son una de las fuentes más antiguas y amplias a este respecto[2]. No podemos olvidar, en tal sentido, que Romulo y Remo, los supuestos fundadores de Roma, fueron según la tradición amamantados por una loba. Pero este tratamiento extensivo no se circunscribió tan solo al punto de vista de lo legendario o lo mitológico. Ya una figura en absoluta sospechosa como Heródoto de Halicárnaso (484-425 a. C.), fue uno de los primeros autores en tratar el tema de la transformación de hombres en lobos al narrar la incursión de castigo que el persa Darío realizó en Escitia[3].

No obstante, las imágenes del vampiro y el licántropo que han parecido imponerse en el ideario colectivo de Occidente no son demasiado lejanas en el tiempo y se ubican históricamente en el lapso temporal comprendido entre los siglos XII y XVIII, cuando en Europa –especialmente en el Centro y el Este del continente- se desató una fiebre vampírica así como una proliferación de cuentos y mitos sobre hombres lobo sin precedente histórico. A partir de la Edad Media, muchos eruditos se entregaron en cuerpo y alma al estudio del vampirismo, como Augustin Dom Calmet, Montague Summers, William de Newburgh o Walter Mapes.

Mucho tuvo que ver el vigor del cristianismo con ello en la medida que impuso en la visión e interpretación de los sucesos particulares y colectivos una polaridad de dos fuerzas contradictorias: Dios y el diablo. Más todavía, como acertadamente indica Fondebrider[4], la doctrina cristiana no estuvo en ningún caso dispuesta a equiparar ambos poderes en una relación simétrica, de suerte que el diablo se fue haciendo paulatinamente acreedor de una mayor gama de maldades, en la misma medida que ello evitaba que la bondad de Dios fuera en algún momento puesta en entredicho. El resultado del proceso generó la imagen siniestra de Satán que todos conocemos en contraposición a la imagen plenamente benéfica de la divinidad. De este modo, los licántropos, vampiros y demás monstruos tradicionales, que en algún momento del pasado pudieron -y así fue de hecho- albergar sesgos de positividad, se convirtieron en encarnaciones de la más absoluta maldad.

Desde entonces, la literatura, primero, y el cine después, han inmortalizado tanto al vampiro como al hombre lobo para convertirlos en uno de los más populares de los estereotipos perversos de nuestra cultura. No nos referimos tan sólo al celebérrimo Drácula de Bram Stoker. También autores de la nada dudosa talla literaria de Goethe, Lord Byron o Baudelaire, entre otros, alumbraron algunas de sus más grandes páginas tomando como referencia a los cazadores de la noche. También suele olvidarse con exasperante facilidad que la Caperucita Roja de Perrault es mucho más que un cuento para niños y, de hecho, tanto en sus orígenes como en su concepción original distaba mucho de serlo. En realidad el juego de analogías que magistralmente plasmó en sus páginas el francés nos habla de una terrible tragedia: la de una niña púber que ignorando el sabio consejo de su madre abandona el camino correcto para ser acosada, agredida y devorada –junto a su abuela- por un criminal perverso y desalmado. Una historia que ha sucedido cien veces en la vida real, en muchos rincones del mundo y con protagonistas de carne y hueso. Tan auténticos como en los tiempos en que Perrault compuso este aperitivo literario que, descafeinado por el paso del tiempo, relatamos a nuestros hijos como si tal cosa por el mero hecho de que hemos asumido esta clase de sucesos, que otrora aterraban al común de los mortales hasta el punto de elevarlos al rango de lo legendario, como algo normal.

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El actor Christopher Lee encarnando el mito del vampiro que prosperó en el imaginario colectivo del siglo XX: pretendida elegancia, supuesto erotismo y un toque hortera.
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El hombre-Lobo cinematográfico, sin embargo, ha sufrido escasa evolución estética. Quizá por su estilo de monstruo bruto y “a la antigua”, siempre ha tenido pinta un poco macarra y desastrada. Lo más que se pudo hacer por él en sagas famosas como Underworld fue quitarle los pantalones y animalizarlo más si cabe.

Egocentrismo y sociopatía

Autores como Picart y Greek señalan que el estudio científico del vampiro y el licántropo, es decir, aquel que parte de una consideración no sobrenatural del hecho atribuyendo las víctimas de estos legendarios personajes a la acción criminal, comenzó a principios del siglo XX. En 1907, el sociólogo norteamericano E. A. Ross publicó un trabajo que el tiempo ha hecho clásico: Sin and Society (pecado y sociedad). En él describe a una nueva especie de monstruo, el criminaloide[5], responsable del sufrimiento de amplios colectivos sociales a causa de su proverbial ambición y una absoluta falta de interés por la seguridad y supervivencia de las clases trabajadoras. Es evidente que Ross quería referirse figuradamente a los gurús del capitalismo que gobernaban con mano de hierro, y aras de sus propios intereses, los destinos económicos de la sociedad capitalista. En la misma teoría abundó el sociólogo de la Escuela de Chicago Robert Park, quien habló en sus trabajos del vampirismo capitalista al referirse al colonialismo económico estadounidense. Conceptos ambos que guardan, por cierto, estrecha relación con el delincuente de cuello blanco del que también hablara por extenso Sutherland.

Lo interesante, en todo caso, es que esta corriente sociológica relacionaba el comportamiento de estos sujetos con una maldad patológica que los transformaba, más que en meros explotadores, en monstruos insensibles. En suma: desde estas teorías se establecía un sugerente nexo entre la actitud –de clara raíz psicopática- de ciertos individuos con respecto a sus congéneres y la clase de conductas que nuestra cultura ha asociado indeleblemente a aquellos seres a los que tradicionalmente se ha otorgado el calificativo genérico de monstruos. Y lo cierto es que las ideas de Ross, Park o Sutherland no sólo inspiraron a los sociólogos, sino también a los estudiosos del crimen que, por primera vez, abandonaron la idea del criminal como sujeto anormal para establecer vínculos conceptuales entre la conducta criminal y los procesos que operan en el medio social que ahora –corrupción va, corrupción viene- nos parecen evidentes pero que en aquellos días distaban mucho de ser tan obvios[6]. La idea de fondo es ciertamente inquietante: vivimos en un mundo regido por una serie de procesos perversos que, por su propia idiosincrasia, producen toda suerte de monstruos.

Robert Ressler
Robert Ressler (1937-2013).

A este respecto, cuando un periodista preguntó al célebre perfilador del FBI Robert Ressler acerca de los elementos que hacían a las sociedades avanzadas –como es el caso de la estadounidense- tan proclives a la aparición de criminales antisociales, su respuesta fue tan concisa como contundente: “la gente se ha vuelto básicamente egocéntrica. Las metas de cada uno han suplantado a las metas de la sociedad. Las personas no están de acuerdo en nada salvo consigo mismas. Todo esto tiene resultados en la conducta. Si hablamos de alguien que sufre disfunciones sexuales o morales y que está educado para pensar que puede y debe solucionar sus problemas por sí mismo, pero al mismo tiempo supone que las relaciones sexuales que debiera tener son inalcanzables, entonces tiende a tomar por la fuerza aquello que está fuera de su alcance. Y, sin duda, un asesino en serie es una persona enteramente disfuncional que trata de ayudarse a sí misma a obtener aquello que quiere sin observar las consecuencias de sus actos”[7].

Lo cierto es que desde un punto de vista antropológico las raíces de la conducta criminal en el ser humano deben buscarse, más que en la propia historia o en el decurso temporal y circunstancial de las sociedades, precisamente en el fondo de los mitos y leyendas de que se ha alimentado nuestra cultura desde tiempos ancestrales y que han de tener alguna clase de fundamento real, al menos en su objeto central. Basta con releer algunos libros del Antiguo Testamento, observar las mitologías egipcia, grecorromana e hindú o detenerse en las sagas nórdicas para encontrar centenares de relatos sobre agresiones sexuales, agresión, robo, canibalismo, vampirismo, licantropía y otro largo etcétera de brutalidades, perversiones y vejaciones. Por supuesto, los antisociales, se llamasen como quiera en su día, tampoco son una invención del presente. El crimen es tan viejo como la humanidad al punto de que el Génesis bíblico, una vez establecida la Creación, explica que la historia de la Humanidad comienza con un delito –el que cometen Adán y Eva al vulnerar la única norma que Dios les impone-; continúa con un fratricidio –cuando Caín mata a Abel-; y concluye con un genocidio en la forma de Diluvio Universal. Es obvio que el texto fue compuesto por un buen observador de la condición humana.

Cain and AbelTitian c. 1570
Así vio Tiziano el asesinato de Abel a manos de Caín.

Con anterioridad a la aparición de la psicología y la psiquiatría forenses tal y como hoy las conocemos, ninguna otra corriente dedicada al estudio de los procesos mentales había prestado tanta atención a este tipo de cuestiones como el psicoanálisis. Puede que las explicaciones de los procesos inconscientes ofrecidas por los psicoanalistas desde Freud sean consideradas injustamente y con algo de malicia –más por ignorancia de los principios que por un verdadero esfuerzo de comprensión- como elucubraciones sin fundamento. Pero lo cierto es que la psicología y la psiquiatría nunca han dejado de prestarles atención, bien sea de soslayo al punto de que muchos conceptos que hoy damos por buenos fueron, originariamente, concebidos por psicoanalistas. Lo cierto es que actos como los de succionar, morder o el culto patológico a los muertos y lo sobrenatural tienen hondas raíces psíquicas y culturales que no han de ser minusvaloradas si se pretende comprender las motivaciones últimas de la necrofilia, el vampirismo y la licantropía. Ernest Jones, por ejemplo, escribió que no hay cultura en la que no exista la creencia de que los muertos, en determinadas circunstancias, observan a los vivos y sientan un impulso irresistible de retornar con ellos con cualquier propósito. En consecuencia, tampoco resulta extraño que en todos los lugares del mundo existan relatos de fallecidos que visitan a los vivos, los ayudan, los poseen o simplemente tratan de destruirlos. Del mismo modo, a fin de contrarrestar el supuesto poder de los muertos o sus demandas, en toda cultura se dan ritos de apaciguamiento, respeto y consuelo para con las almas de los que se fueron[8].

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Y el malvado Sigmund Freud (1856-1939) te pregunta: ¿a ti te gusta chupar? ¿Y por qué?

Lo interesante es que esto se ve reflejado una idea muy extendida acerca del vampirismo en la tradición eslava: los primeros atacados por un vampiro, cuando retorna, son generalmente sus allegados vivos. Pero, además, tanto en el fondo del vampirismo como en el de la licantropía subsiste un componente sexual que, sin duda, ha contribuido a incrementar el atractivo que suscita. Componente que guarda, a su vez, estrecha relación con el mordisco, el acto de chupar e incluso la acción extrema de devorar al ser amado o deseado como forma de posesión total, plena, absoluta. En otro caso, por lo demás, y sin tener presente la influencia de un patriarcado milenario que enfatiza el valor intrínseco de la heterosexualidad, resultaría inexplicable la creencia legendaria de que los vampiros y los hombres-lobo prefieran como víctimas a personas del sexo opuesto. Tampoco el supuesto subyacente a muchos de estos relatos de que, contra todo pronóstico, las personas atacadas por estos seres sientan al mismo tiempo terror y fascinación[9].


[1] Conviene realizar una precisión terminológica ya que el hombre lobo y el licántropo son cosas semejantes pero no lo mismo. El primero es aquel que tiene el poder de transformase en lobo físicamente mientras que el segundo es, precisamente, el sujeto que posee una visión distorsionada de la realidad que le hace creer que puede metamorfosearse en lobo y que, consecuentemente, durante los momentos en que se cree transformado se comporta como tal.

[2] Fondebrider, J., Licantropía. Historias de hombres lobo en Occidente. Buenos Aires, Adriana Hidalgo Editora, 2004.

[3] Herodoto, Historia. Libro IV. Madrid: Gredos, 2001.

[4] Fondebrider, 2004, Op. cit.

[5] Evidentemente, el concepto no fue acuñado por Ross, sino por Cesare Lombroso y es muy probable que se este autor se inspirase en la obra pionera de los componentes de la llamada Escuela Positiva del Derecho Penal. Ahora bien, el uso que hace del concepto, desde un punto de vista sociológico, es enteramente novedoso.

[6] Pérez-Fernández, F., Imbéciles morales. Consideraciones históricas de la mente criminal. Jaén: Ediciones del Lunar, 2005.

[7] Kouri, J., Criminal Profile: The Monsters Within. En Internet [www.oscweb.com].

[8] Jones, E. (1951). On the Nightmare. New York, Liveright. Existe traducción al español: La pesadilla, Buenos Aires, Hormé, 1967.

[9] Christopher Lee, actor que se hizo mundialmente famoso encarnando al Conde Drácula en las películas de culto que la factoría británica Hammer realizó en los años 50 y 60 no alberga duda alguna al respecto: “Drácula ofrece la ilusión de la inmortalidad, el deseo subconsciente que todos tenemos de poder sin límites. […] Es la imagen del superhombre con un atractivo erótico para las mujeres, que lo encuentran totalmente seductor”.

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La música “del diablo”

Buena parte de la leyenda negra que acompaña al rock comienza en 1956 cuando un pastor pentecostalista, Albert Carter, lo condenó públicamente como música atea destinada a convertir a los jóvenes en adoradores del diablo y destructores de lo sagrado. Comentarios que no tardaron en extenderse a lo largo y ancho de los Estados Unidos para provocar una verdadera ola de pánico moral. Por aquellos días, por cierto, ya corría por ahí la leyenda de Robert Johnson, el célebre bluesman negro que supuestamente se encontró con el diablo en un cruce caminos siendo adolescente[1].

Las autoridades no tardaron en optar por la censura, las comisiones de investigación y la búsqueda de medidas para el control de la industria discográfica. Los propios artistas fueron víctimas de esta crisis moral en la medida que muchos de ellos procedían de modestas familias tradicionalmente religiosas. Así por ejemplo el propio Elvis Presley, nacido y criado en una familia fundamentalista cristiana, quien nunca superó muchos de sus tabúes morales a pesar de su éxito y el enorme reconocimiento social que recibió a lo largo de los años: “Éramos una familia muy religiosa –recordaría-. Íbamos siempre juntos a los oficios [de la First Assembly of God Church] y a cantar a los campamentos estivales y a las reuniones evangelistas. Desde que tenía dos años todo lo que sabía cantar era música góspel”[2].

El Bowie andrógino que marcó una época: más de un padre se pilló un buen cabreo cuando su hijo empapeló la habitación con este tipo.
El Bowie andrógino que marcó una época: más de un padre se pilló un buen cabreo cuando su hijo empapeló la habitación con este tipo.

Lo cierto es que la ambivalencia moral, quizá su carácter necesariamente amoral, hizo muy pronto que el rock ganase ingentes cantidades de enemigos entre los sectores más conservadores de la sociedad occidental. Algunos artistas encontraron la manera de conjugar ambas posturas aparentemente contradictorias, el rupturismo moral del rock y las restricciones de la fe religiosa, pero la mayoría no hallaron el camino y se vieron obligados a tomar partido. De hecho, durante los años sesenta el rock se convirtió en uno de los temas favoritos de los sermones de los pastores evangélicos, creándose con ello una larga escuela de críticos y criticones dispuestos a ver la huella del demonio tras cualquier cosa que oliera a transgresión musical. Al fin y al cabo, buena parte de las estrellas del rock se reconocían abiertamente homosexuales lo cual, ya que estamos, era para muchos casi peor que la sospecha de haber vendido el alma al diablo. Otras, como David Bowie, se limitaron a jugar al mensaje de la indefinición sexual a fin de fomentar una imagen contracultural e irreverente.

Gary Greenwald vendiendo el rollo del "backmasking"... Aunque parezca mentira, este tarugo de gastó miles de dólares en discos "diabólicos" para escucharlos al revés.
Gary Greenwald vendiendo el rollo del “backmasking”… Aunque parezca mentira, este tarugo de gastó miles de dólares en discos “diabólicos” para escucharlos al revés.

En buena medida, el tema de la adoración del diablo no ha sido otra cosa que una estrategia comercial útil iniciada, paradójicamente, por quienes pretendían condenarla. Leyenda arriba o abajo, el gran culpable de su proliferación y extensión no fue otro que un pastor cristiano fundamentalista, el padre Gary Greenwald, quien en la década de 1970 hizo mundialmente famoso el procedimiento llamado backmasking (o enmascaramiento del revés). En su opinión, muchos discos de pop y rock, al ser escuchados en el sentido contrario al habitual, reproducían mensajes ocultos, supuestamente satánicos, que tenían el potencial de inducir subliminalmente a los sujetos a realizar actos perversos y contrarios a su voluntad. Muchos fueron los artistas acusados de realizar esta práctica, desde los Beatles a Led Zeppelin, pero lo cierto y verdad es que no ha podido establecerse de un modo fidedigno que los supuestos mensajes encontrados por Greenwald fueran otra cosa que curiosas asociaciones de sílabas y acentos. Debe pensar el lector que el inglés es un idioma que no se pronuncia como se escribe, lo cual a menudo origina esta clase de extrañas confusiones auditivas muy improbables, por cierto, en otros idiomas como el nuestro. Por otro lado, está por demostrar que, aun existiendo estos mensajes, el oído humano fuera capaz de interpretarlos y verse influido por ellos. A día de hoy la evidencia empírica a este respecto es inexistente.

"Welcome to Hell" (1981) es el primer LP de Venom. Como se puede comprobar, el mensaje a los fans es muy sutil.
“Welcome to Hell” (1981) es el primer LP de Venom. Como se puede comprobar, el mensaje a los fans es muy sutil.

Sin embargo, y desde entonces, los seguidores de Greenwald han dedicado millones de horas a la singular -y francamente estúpida- práctica de escuchar discos al revés, acusando a lo largo de los años a cientos de artistas de introducir esta clase de mensajes. Más aún, músicos y bandas, como es el caso de los británicos Venom, comenzaron a incluir a propósito en sus discos este tipo de mensajes e imaginerías en lo que sería, más allá de una irónica y nada inocente estrategia comercial basada en el escándalo, un guiño rijoso a sus aguerridos fans. Otro de los que más comúnmente lo ha hecho y con no poco éxito es el controvertido artista Marilyn Manson.

El célebre "Sargento Pimienta"... Algún iluminado consideró que este disco colorista, regado de LSD y aparentemente inocente, era un auténtico tributo al demonio.
El célebre “Sargento Pimienta”… Algún iluminado consideró que este disco colorista, regado de LSD y aparentemente inocente, era un auténtico tributo al demonio.

Tampoco las portadas, ya que hablamos de imágenes, de los discos se han escapado al ojo crítico de los cazadores de demonios desde que los Beatles tuvieran la ocurrencia de introducir, entre el montón de personajes populares que se presentan en la portada de su legendario (y excelente) album Sargeant Pepper’s Lonely Hearts Club Band (1967), el rostro del conocido satanista Aleister Crowley. A nadie preocupó, porque así son estas cosas, la presencia en la misma imagen de Edgar Allan Poe, Oscar Wilde, Stan Laurel, Oliver Hardy o el mismísimo Bob Dylan. El hecho valió al cuarteto de Liverpool una longeva historia alternativa de adoraciones al diablo y mitos musicales y personales jamás corroborados -el más necio de todos: que John Lennon falleció para ser sustituido por un doble que ocupó lugar en la banda-. Leyendas urbanas que terminarían por verse reforzadas en el imaginario colectivo, de suerte nefasta, a causa de la vinculación que Charles Manson estableció entre los crímenes de “La Familia” y el tema Helter Skelter, o el luctuoso final del siempre complicado Lennon, al ser tiroteado por el despechado Mark David Chapman a las puertas del neoyorkino edificio Dakota el 8 de diciembre de 1980.

Primer LP de la banda británica Black Sabbath... Los más crédulos del corral dicen que esta señora no ha existido nunca. Lo más interesante del caso es que sin la señora de por medio, la portada habría sido una completa birria... ¿no?
Primer LP de la banda británica Black Sabbath… Los más crédulos del corral dicen que esta señora no ha existido nunca. Lo más interesante del caso es que sin la señora de por medio, la portada habría sido una completa birria… ¿no?

Sin embargo, la más famosa historieta de portada de rock maldita es la del primer disco de un grupo largamente relacionado -y buen dinero que les ha dado- con la adoración satánica: Black Sabbath. En ella aparece una mujer vestida de negro rodeada de un bucólico paisaje británico dominado por la presencia de una enorme casa de campo. Lanzado –intencionadamente, por supuesto- el viernes 13 de febrero de 1970, no es sólo es un excelente y aclamado disco de debut a pesar de la malas críticas entre la prensa especializada que cosechó, sino también un trabajo rodeado de una leyenda peculiar: se hizo correr la especie de que cuando se reveló la fotografía de la casa, supuestamente embrujada, apareció por sorpresa esa mujer que, dicen, no estaba allí en el momento en el que el fotógrafo Marcus Keef captó la imagen. Lo cierto es que ni la banda ni la discográfica llegaron a afirmar jamás que esta historia fuese cierta, pero intuyó con buen criterio que tampoco debía hacerse nada para desmentirlo. Muy pronto se difundió entre los aficionados el cuento sobrenatural, llegándose a decir que ni tan siquiera la casa en sí misma existía, lo cual es obviamente falso pues el lugar está perfectamente identificado y se trata del molino de agua de Mapledurham, en Inglaterra. De la mujer, por otro lado, no se ha llegado a saber nada a pesar de que algunos periodistas se esforzaron por encontrarla sin resultados, pero la hipótesis más plausible y nunca discutida es que se tratara de una modelo de escaso éxito de la que nunca más se supo.

Los críticos religiosos y otros alarmistas afines siempre han demostrado con sus diatribas fundamentalistas y escasamente documentadas haber entendido poca cosa, no ya de esa música que solo escuchan al revés, sino también acerca de la filosofía subyacente al rock mismo. Es cierto que su estética y conducta supera con amplitud los márgenes de los cultos cristianos tradicionales en la medida que propugna la rebelión, la irreverencia y el desorden, elementos que repugnan sin excepción los siempre estructurados y doctrinarios cultos religiosos, pero al mismo tiempo el rock es una música de enorme carga emocional y una fuerte perspectiva espiritual que no puede ser analizada solo externamente. No podría comprenderse el origen del rock sin el góspel, del mismo modo que tampoco podría comprenderse la evolución de muchas de sus estrellas hacia caminos espirituales, e incluso hacia la salvación vital y moral, sin su vertiente mística, sin su énfasis manifiesto y muy extendido en el amor, la trascendencia y la tolerancia. “Ninguna metáfora  ha evocado mejor el espíritu fugaz de aquel tiempo que el estribillo de una canción que en su expresión y contenido recoge aquella ligereza que actualmente no es tan difícil de entender en su liviandad y superficialidad: if you can`t be the one you love, love the one you’re with, cantaba el cuarteto Crosby, Stills, Nash & Young, que actuó unido en Woodstock por segunda vez. Una confesión de fe, una cita de la Biblia underground […]. Poder compartirlo todo, sin celos, envidia o competencia: amar y vivir, comida y drogas, música e incluso paz –en eso creían, totalmente en serio, y también creíamos muchos de nosotros. En medio de ese sueño, nadie pensaba en la carrera o el consumo. Ni siquiera en la catástrofe del SIDA.”[3]


[1] De vida oscura y poco conocida, se cuenta que siendo un adolescente el músico negro Robert Johnson (1905-1938) –apodado como “el abuelo del rock and roll”- se perdió durante la noche en un cruce de carreteras de Clarksdale (Mississippi), tradicionalmente uno de los lugares más adecuados para establecer pactos con Satanás. Allá se encontró con un hombre blanco vestido de negro, que le propuso la compra de su alma a cambio del éxito como intérprete. Johnson accedió y el tipo se limitó a tomar la guitarra que el bluesman siempre llevaba consigo para afinarla. Esto explicaría por qué las letras de las canciones de Robert Johnson  tocaban a menudo temas como el vudú, el ocultismo o la adoración satánica y, dicen los más crédulos, también el hecho de que Johnson muriera prematuramente, por causas no del todo aclaradas, cuando solo contaba veintisiete años de edad. Fue el precio que hubo de pagar a cambio de su rápido éxito, forjado únicamente en las veintinueve canciones que dejó grabadas [Komara, E. (2007). The Road to Robert Johnson, The genesis and evolution of blues in the Delta from the late 1800s through 1938. Milwaukee (WI): Hal Leonard].

[2] García, J.C. (ed.) (2000). Elvis, el rey del rock. Barcelona: RBA, p. 8.

[3] Schmitt, U. (1994). “Una nación por tres días. Sonido y delirio en Woodstock”. Schultz, U. (dir.), La fiesta. De las Saturnales a Woodstock. Madrid: Alianza, p. 76.