El suicidio: más allá de la imitación

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Siempre que se produce un suicidio que, por el motivo que fuere, adquiere especial repercusión en los medios de comunicación, se genera una reactivación del interés por el tema que induce a la reiteración de las viejas cuestiones en torno a esta problemática que, contra lo que cabría pensar, ha sido muy estudiada por la psiquiatría, la psicología y la sociología.

Lo cierto es que los seres humanos somos entidades biológicas desarraigadas del seno de la naturaleza por efecto de un artificio propio de nuestra especie al que se denomina “cultura”, y cuya manifestación más obvia es la “sociedad”. Ello hace que las comparaciones entre fenómenos comportamentales humanos y animales sean por lo común mero anecdotismo. Ciertamente, la cultura ha limitado, por su propia dinámica, el peso de los instintos en las diferentes manifestaciones de la vida humana, pero ese influjo no ha desaparecido del todo precisamente a causa de nuestra naturaleza biológica. De hecho, y precisamente, el instinto de supervivencia –o de conservación- es primordial en todos los seres vivos pues de su correcto funcionamiento depende el resto de las funciones vitales. Ello hace más sorprendente si cabe la existencia de ideaciones y conductas suicidas que, por cierto, no son un rasgo exclusivo de nuestra especie. Conocidos son, de hecho, los casos de animales que se suicidan ya sea de forma individual y/o colectiva. Baste señalar, por ejemplo, el caso bien conocido y estudiado de las ballenas[1].

Ballenas Varadas (Australia 2014)
Ballenas varadas en la costa australiana en 2014.

A la hora de penetrar en el tema de la ideación y conducta suicida humanas deberíamos comenzar por establecer una diferenciación clara –que a menudo se ignora- entre las pulsiones y los instintos. Las primeras, específicas de nuestra especie si bien desconocemos a qué grado podrían presentarse en otras, son motivaciones psicológicas cuyo peso en la conducta es constante. Un ejemplo perfecto para ilustrar este extremo sería el de la sexualidad que, en su vertiente humana y más allá de funestos reduccionismos sociobiológicos, cumple funciones psicológicas bastante más complejas que en el resto de los animales y camina por derroteros que a menudo tienen poco o nada que ver con meros mecanismos de “adaptación” y/o “reproducción”. Los instintos, por su parte, son biológicos, hereditarios y operan de manera intermitente al ser activados por la presencia de factores fisiológicos y/o ambientales específicos que o bien los ponen en marcha, o bien los detienen. Ejemplos de ello serían el hambre o la sed. Sea como fuere, la vertiente patológica del instinto de supervivencia nos adentra en el ámbito de toda una gama de conductas autodestructivas –o autolíticas- que van desde las autoagresiones o autolesiones, al caso extremo de las conductas suicidas que pueden terminar –o no- con la muerte del sujeto.

Suicidio

Los actos suicidas pueden ser conscientes, o no del todo. Y hablaríamos de suicidio como el acto consumado por el cual el sujeto movido por determinadas tendencias comportamentales acaba muriendo. Lo interesante, y es un detalle en absoluto baladí, es que el suicidio es un fenómeno multicultural y transversal –más allá de tópicos infundamentados- que explica aproximadamente el 1% de las muertes que se producen anualmente en el mundo, cifra que, y no conviene olvidar el detalle, se muestra constante según datos de la Organización Mundial de la Salud[2]. Ciertamente, la tasa de suicidios es variable en diferentes lugares del mundo, si bien es un hecho que lamentablemente la gente se suicida, o al menos lo intenta, en todas partes.

No existe un factor único predisponente al suicidio sino, más bien, una amalgama de elementos que coadyuvan al mismo y que van desde lo orgánico a lo social pasando por lo genético y lo psicológico. De hecho, no existen “personalidades suicidas” sino que cabría decir, para hablar con propiedad, que existen personas vulnerables a la conducta suicida que podrán –o no- ponerla en práctica si estos factores trabajan juntos o, por decirlo de un modo más conciso, si se dan las circunstancias apropiadas para ello en el momento adecuado. Interesa destacar, no obstante, que los datos epidemiológicos son claros, y que al menos en un 90% de los casos de suicidio conocidos hay antecedentes de trastornos psicológicos, siendo el más común el trastorno depresivo mayor o alguna de sus variantes (F32, F33, F34.1), que explicaría por sí solo prácticamente el 80% de los casos registrados. De hecho, el llamado “suicidio moral” que tan famoso han hecho la literatura y el cine, y al que se suele aludir en determinados casos con especial fruición pero escaso fundamento, es precisamente el menos común.

El suicidio consumado afecta más a los hombres que a las mujeres, si bien se produce la singular paradoja de que las mujeres encabezan las estadísticas de intentos de suicidio (no entraremos en valoraciones sobre este hecho que desde luego se presta a todo tipo de análisis). Por otro lado, y frente al tópico de que el suicidio es muy común entre los jóvenes, el hecho es que la tasa de suicidio se incrementa con la edad, siendo tres veces más habitual entre las personas mayores de 75 años, y afectando de manera especial precisamente a dos colectivos: los jubilados y los desempleados. El problema es que el suicidio de una persona joven es más llamativo y descorazonador, y precisamente por ello encuentra más publicidad. Y cerraré con este resumen sociodemográfico con otro dato ciertamente significativo: entre el 25% y el 75% de las personas que se suicidan –o lo intentan- ha sido previamente diagnosticada de algún tipo de enfermedad grave e incapacitante (cáncer, SIDA, ELA, minusvalías severas y etcétera).

De hecho, dado su carácter necesariamente impredecible, en el momento presente no existe una visión unitaria de la ideación y conducta suicidas, recurriéndose a criterios integradores (socioculturales, psicológicos, biológicos y ambientales) para tratar de dar una explicación coherente al fenómeno. Desde este punto de vista, las personas en riesgo de cometer suicidio, y a las que habría que vigilar con especial interés, serían:

  1. Las que muestran antecedentes claros. Es decir: sujetos que en algún momento del pasado ya valoraron la posibilidad de suicidarse –e incluso lo intentaron en algún caso- y que, en el presente, aún muestran rasgos de ideación suicida.
  2. Aquellas en las que existe un trastorno psicológico (preferentemente depresivo) vinculado a una enfermedad médica incapacitante.
  3. Aquellas en las que, por su estructura de personalidad, muestran rasgos de alta impulsividad, baja tolerancia a la frustración, baja autoestima y tendencia a la sobreactuación (lo cual encajaría con los criterios diagnósticos del Trastorno Límite de Personalidad). En estos casos debe considerarse con especial atención esta opción si existe consumo sistemático de alcohol y/o drogas.
  4. Casos particulares en los que se producen sucesos vitales adversos recientes y de elevada intensidad, como pérdidas del empleo, descenso drástico de recursos económicos, diagnósticos médicos adversos, rupturas de pareja, mala gestión del luto y etcétera. Eventos que, vinculados a ciertas características de personalidad como las ya descritas pueden obrar como desencadenantes.

Sea como fuere, y pese a estas profusas explicaciones que tratan de mostrar que este tema es cuando menos complejo, la presentación esporádica de suicidios “de famosos” en los medios de comunicación no tarda en generar corrientes de opinión extravagantes que encuentran acomodo en torno al recurso explicativo de “la imitación”. Un estereotipo que genera debates enconados, e incluso sobreactuados en más ocasiones de las que sería deseable y que, como trataremos de ver a continuación, solo son posibles desde una mala comprensión –cuando de no de un extraordinaria simplificación- de la teoría misma.

La “teoría de la imitación”

Gabriel Tarde
Gabriel Tarde.

La conocida como “teoría de la imitación” es una aportación del francés Jean-Gabriel Tarde (1843-1904). Juez de profesión y sociólogo por vocación Tarde no obtuvo el reconocimiento que tal vez debió obtener en vida a causa de su enfrentamiento teórico con la estrella sociológica del momento, Emile Durkheim (1858-1917), quien copaba la autoridad académica en la Francia de aquel entonces y cerró su camino hacia la Universidad. De hecho, mientras que Durkheim defendía que los “hechos sociológicos” eran objetos –cosas- equiparables a los del mundo físico que se imponían externamente a los individuos y que debían ser tratados como tales para su análisis científico, Tarde estimaba que la sociología era una entidad más sutil y que su funcionamiento tenía más que ver con el de la química que con el de la física: los acontecimientos sociales tenían la estructura de interacciones psicológicas entre individuos que se interrelacionaban y enlazaban entre sí a través de dos grandes fuerzas; la imitación y la innovación. Obviamente, y como vemos, dos puntos de vista absolutamente incompatibles.

Lo cierto es que cuando Tarde, por motivos profesionales, fue paulatinamente centrándose en temáticas propiamente criminológicas hasta que en 1894 fuera nombrado director de estadística criminal del Ministerio de Justicia, hecho que determinaría el sentido de su trabajo. De hecho, Tarde trasladó sus puntos de vista sociológicos al ámbito de la entonces incipiente criminología, de la que como él mismo reconoció, conocía al comienzo poca cosa más allá de lo relativo a su propia percepción de los problemas socio-criminales. En todo caso, sus posicionamientos en la materia estaban tan alejados de la corriente dominante en la época –la Escuela Positiva del Derecho Penal- como lo estaban sus planteamientos sociológicos de los de Durkheim, lo cual motivó que su obra tuviera un impacto muy limitado. Tanto es así, que Tarde quedaría virtualmente “silenciado” durante décadas hasta que su trabajo fuera recuperado por los sociólogos de la Escuela de Chicago en la década de 1960. De hecho, sería Everett Rogers (1931-2004) quien popularizaría las llamadas de “leyes de la imitación” tras la publicación en 1962 de la obra Diffusion of Innovations[3]. De la misma manera, sería posteriormente rescatada por los franceses Bruno Latour (n. 1947) y Michel Callon (n. 1945), quienes recuperaron en buena medida los planteamientos de Tarde para el diseño de su conocida como “Teoría del Actor-Red” (ANT)[4].

Sea como fuere la teoría de Tarde, al igual que la de Rogers o la diseñada por el tándem Latour-Callon, son bastante más complejas que el simple –y bastante tonto por añadidura- adagio defendido por muchos de que los comportamientos de los particulares pueden, en determinadas circunstancias, suscitar una conducta de imitación acrítica y automatizada por parte de otras personas adecuadamente “motivadas”. Una simplificación torpe e inaceptable que, en determinados contextos, se ha producido por la mera asimilación de manera simplista –y tampoco muy certera- de estas ideas con las propuestas por el psicólogo Albert Bandura (n. 1925) y los partidarios del conocido como “aprendizaje social”. El hecho es que este concepto burdo e indocumentado de la teoría de la imitación ha hecho camino para transformarse en un tópico psicosocial más con el que se trata de explicar con firme simpleza y terrible convicción infinidad de fenómenos, desde las razones por las que los jóvenes deciden estudiar masivamente determinada carrera universitaria en un momento dado, hasta fenómenos como la violencia de género o la conducta suicida. Lo cierto es que pese a tratarse de un planteamiento, en sus diferentes versiones, bastante complejo, la de la imitación es una teoría que por lo común ha mostrado dificultades para encontrar corroboración empírica sólida y sistematizada. Ello no ha impedido, no obstante, que reaparezca de manera cíclica en el seno de la sociología, de la criminología, e incluso en ámbitos como el de la economía, la tecnología y los estudios sobre información y comunicación al tratarse de un instrumento de análisis útil.

Ciñéndonos al planteamiento básico original propuesto por Tarde (obviaremos en todo caso sus ideas más anacrónicas y prescindibles)[5], digamos que se debe partir de una distinción fundamental: habría personas básicamente creativas o inventivas, y personas básicamente imitativas. Ello implica que, para comenzar, todo hecho social no puede ser explicado por mera imitación por cuanto en muchos casos lo que se estima externamente como copia podría ser, en realidad, un evento creativo en sí mismo. Dicho de otro modo; lo que determina que algo sea copia o imitación no es el hecho de que algo “esté ahí dado” en la sociedad, sino la actitud psicológica del sujeto ante el evento en la medida que si cree haberlo descubierto por sí mismo, ya no estaríamos ante una imitación sino ante lo que es subjetivamente, y en rigor, una innovación.

Por otra parte, la imitación puede ser “lógica” –o razonada-, o bien “extralógica”. Si la primera es fácil de discernir por cuanto es la que regula procedimientos estandarizados como la investigación científica, el desarrollo del derecho y las humanidades, o la innovación tecnológica, la segunda es más compleja por cuando se ciñe a leyes especiales que se relacionan estrechamente con la psicología y la cultura de los sujetos. Así se explica que entretanto un grupo de biólogos moleculares seguirían procesos de imitación lógica a los que llamamos “método científico” para guiarse en sus investigaciones, los miembros de cualquier club social seguirían procesos de imitación extralógica a la hora de conducirse (modas, tendencias, normas morales, actitudes y etcétera). Esto, como lector intuirá, tiene una importante consecuencia que a menudo se obvia: el sentido y funcionamiento específico de las leyes que controlan la imitación extralógica deben ser establecidos en cada caso y evento social, con lo cual el funcionamiento de la imitación no sigue pautas específicas y “universales”, sino pautas especiales y “particulares”.

En general, cuando Tarde trataba de explicar la conducta criminal por la vía de la imitación, como puede observarse, no estaba diciendo que cada crimen era simple copia de otros precedentes de los que el criminal había “aprendido” –idea simplista y burda de la teoría-, sino que una vez establecida la psicología creativa o imitativa del individuo (lo cual es determinante), habría que establecer que elementos lógicos y extralógicos operan en su conducta delincuencial en un momento dado. Por ello Tarde insistía en dos factores: la “identidad personal” y la “similitud social”. Así pues, y establecido que el individuo no es creativo, la imitación opera cuando la identidad del delincuente coincide con la de aquel a quien imita (identidad), y cuando el individuo no está debidamente adaptado a un grupo social de referencia, lo cual lo ubica en una situación personal de riesgo (similitud-disimilitud).

Ciertamente, el planteamiento general de Tarde plantea ventajas con respecto a otros coetáneos al suyo como, para empezar, el hecho de que no existen “tipos criminales” prestablecidos –lo cual siempre es difícil de establecer con rigor y a menudo degenera en intentos clasificatorios poco operativos-, sino un dinamismo psicosocial articulado en torno a la identidad del sujeto y su grado de adaptación e integración. Pero también, como toda teoría que flota sobre “leyes” de compleja definición y cuantificación, posee inconvenientes difíciles de soslayar. El principal de ellos es, precisamente, que se trata de un planteamiento con un fuerte componente psicologicista que, en última instancia, suscita el problema de discernir de manera clara cuánto, a quién, por qué y para qué imita cada individuo determinadas tendencias grupales y/o particulares.

¿Suicidio por imitación?

A qué punto resulta arduo explicar actitudes complejas como la ideación y conducta suicidas por la vía de la imitación es cosa relativamente fácil de establecer recurriendo a un sencillo cálculo. A la fecha de la publicación de esta entrada, la página web del Instituto Nacional de Estadística de España[6] ofrece estadísticas sobre el suicidio comprendidas entre los años 1994 y 2006 (véase Figura 1). Lo primero que puede observarse es que la cantidad de suicidios consumados o en grado de tentativa permanece muy estable a lo largo del periodo indicado, e incluso experimenta una tendencia, en general, decreciente.

Figura 1
Figura 1. Evolución de la cifra de suicidios registrados (cometidos o en grado de tentativa) en España entre 1994 y 2006 (Fuente INE).

Lo sorprendente es que si observamos la Tabla 1, en la que se ofrece una comparativa entre la evolución de la población española y el número de suicidios consumados o en grado de tentativa, vemos que la cantidad de habitantes del país no ha cesado de crecer, con lo cual se establece una correlación inversa. Cuando lo esperable sería que un aumento poblacional significara, lógicamente, un aumento del número de suicidios, lo que encontramos es justamente lo contrario: la cifra desciende con total independencia del crecimiento poblacional.

Tabla 1
Tabla 1. Evolución de la población española comparada con la evolución interanual de la cifra de suicidios (elaborado a partir de datos ofrecidos por el INE).

Esto, por supuesto y me anticipo a la sugerencia, no implica que caso alguno que los medios de comunicación no hayan publicitado por extenso casos de suicidio individual y/o colectivo especialmente célebres a lo largo del tiempo. De hecho, en la Figura 2 se muestra una serie de casos especialmente famosos –por su impacto mediático- y publicitados en España de suicidas a lo largo de los diferentes años del tramo temporal estudiado. Encontramos que su influencia en la evolución de la cantidad de suicidios consumados o en grado de tentativa no ha sido tan clara como defiende el paradigma por cuanto cabría esperar, siguiendo el adagio de “a mayor publicidad del suicidio, más casos registrados como producto de la imitación”, que necesariamente tendrían que haber aumentado, lo cual debiera invitarnos a poner en cuarentena la propuesta misma en los términos simplistas en los que suele plantearse y que tienen poco que ver, dicho sea de paso, con la propuesta original ideada por Gabriel Tarde y sus revisores.

Figura 2
Figura 2. Suicidios célebres y publicitados por los medios interanualmente y evolución de la cantidad de suicidios (consumados o en grado de tentativa) en España.

No quiere decirse con ello que el suicidio no sea grave, no sea un asunto serio del que ocuparse por su impacto o sus repercusiones, o se esté con estas líneas tratando de banalizar una realidad psicosocial evidente que merece atención, tratamiento y prevención. Simplemente se indica que la explicación del fenómeno por mera “imitación” a la que se alude de forma tópica –y escasamente documentada- no funciona y parece tener más pinta de excusa, cliché o argumento demagógico para salir del paso ante las preguntas incómodas que otra cosa. En realidad, como mostré al comienzo, lo que sucede en el fenómeno del suicidio, y que nos ayuda precisamente a explicar la estabilidad y consistencia de las cifras, es que en esta cuestión –como en todas aquellas que afectan a cuestiones psicológicas de calado social- concurren una serie de variables personales y circunstanciales que determinan la existencia de una evidente vulnerabilidad hacia las ideaciones y conductas autolíticas en ciertas personas y que, en determinados casos, coadyuvan a su consumación.


[1] Preti, A. (2011). Animal model and neurobiology of suicide. Progress in Neuro-Psychopharmacology & Biological 35(4), 818-30.

[2] http://www.who.int/topics/suicide/es/

[3] New York City (NY): Free Press of Glencoe.

[4] Véase por ejemplo: Latour, B. (1992). Ciencia en acción: cómo seguir a los científicos e ingenieros a través de la sociedad. Barcelona, España: Labor.

[5] Tarde, G. (2011). Las leyes de la imitación y la sociología. Madrid, España: Centro de Investigaciones Sociológicas.

[6] http://www.ine.es/