El cementerio de animales

Pet Cemetery abandonado tras Katrina (Daily Mail)
El cementerio de animales de St. Bernard (Nueva Orleans) tras el desastre del huracán Katrina [Seph Lawless, Daily Mail].

En el mediodía del 22 de marzo de 1845 dos hombres se batían a duelo en una plantación ubicada en la entonces conocida como Parroquia de St. Bernard, en Nueva Orleans (Louisiana). El propietario del terreno, un tal Phillipe Toca, se enfrentaba a su vecino Gilbert Leonard por un conflicto de lindes que decidieron resolver de esa peculiar manera en que los caballeros resolvían sus asuntos por aquel entonces. El caso es que Toca fue el único que acertó el tiro, terminando así con la vida de su rival. Nada tendría de especial este evento, muy común en aquel tiempo, de no ser porque pareció convertirse en el germen de una peculiar historia de misterios que, en el imaginario popular, pasado casi un siglo, haría de la plantación un terreno especial, a caballo entre la maldición y la leyenda, durante treinta años.

En 1946 el terreno de la Plantación Toca llevaba un tiempo abandonado y a la venta. Parcelado y cercado por la emergente ciudad, era ya poco más que un descuidado campo de caña de azúcar situado en uno de los márgenes del Barrio de St. Bernard, al este del gran meandro del río Mississippi y que, al tener forma de media luna, es responsable del apodo con el que es conocida Nueva Orleans: Crescent City. El centro del terreno, no obstante, aún era dominado por una vieja, resistente y enorme casa de estilo Tudor que fue adquirida por Grace Wynne, una viuda que se instaló en la antigua plantación acompañada de Dorothy, su hija de 21 años. Ya parecía raro que dos mujeres solitarias decidieran instalarse en aquella casa gigantesca y apartada, pero, bien mirada la historia tenía viso de normalidad ya que, al fin y al cabo, no es noticia que haya gente muy rara por ahí suelta. Solo aspecto, claro, pues Grace traía consigo un pasado funesto y aventurero que ocultar a la vecindad.

Grace Wynne
Grace Wynne.

Calibre 25

 

En 1913, con 22 años, Grace -cuyo apellido de soltera era Matt- contrajo matrimonio en Kansas City (Missouri) con John “Jack” Thompson. El matrimonio no fue bien, pero tampoco terminó del todo mal, pues ambos cónyuges optaron por acordar un final civilizado. Así, en 1919, tras el pertinente divorcio, pero sin romper la relación de amistad con su primer esposo, la mujer se trasladó a Oklahoma City para volver a casarse con otro hombre del que se había enamorado y cuyo apellido adoptó: Arthur Wynne. De tal modo, en 1924 Grace alumbraría a su hija Dorothy. No obstante, y dado que la presencia de Jack, quien también volvió a casarse con una tal Mary, fue habitual en la infancia de la niña -al punto de que se convertiría, de postizo, en su “Papá Jack”-, sería el apellido de éste el que Dorothy adoptaría al llegar a la edad adulta. Si a esta singular circunstancia añadimos los constantes viajes de Thompson a Oklahoma City para visitar a Grace y a Dorothy, basta con saber sumar para entender que allí había más que buenas palabras y cortesías. El hecho de que en 1931 Grace liquidase su matrimonio con Arthur y retornara a Kansas City, habla por sí mismo e incluso, si uno es mal pensado, pone en entredicho la verdadera paternidad de la cría.

Allí, Jack Thompson, introducido en el negocio de las máquinas tragaperras, se había convertido en todo un prohombre con muchas influencias políticas y potentes recursos económicos. Por supuesto, había gato encerrado. También se le sabía vinculado al aparato político de la organización mafiosa local, dirigida por Tom “Boss Tom” Pendergast. Un sujeto, y era vox populi, que traficaba con alcohol, dirigía todos los prostíbulos de la ciudad, controlaba las casas de juego -esas en las que siempre hay máquinas tragaperras-, e igual amañaba elecciones que sobornaba a la policía. Y claro, por si alguien tenía alguna duda, era precisamente Jack Thompson quien estaba esperando a Grace y a Dorothy en el andén de la estación de ferrocarril para recogerlas cuando llegaron desde Oklahoma. De hecho, las instaló en una lujosa habitación del Hotel Pickwick, les prodigó constantes regalos y las mantuvo viviendo a todo trapo durante casi tres años.

Cabe suponer que lo de ser mantenida era demasiado aburrido -e inseguro- para Grace por cuanto en 1934 decidió que vivir en un hotel no era vida y que, en última instancia, tenía que volver a formalizar relaciones con Jack Thompson para garantizarse un futuro. Ella todavía no lo sabía, claro, pero ese iba a ser el inicio del camino que terminaría con sus huesos en la vieja Plantación Toca. También es seguro que Grace era una persona con decisión y arrestos para hacer lo que era necesario, pues imaginó que la manera ideal de apropiarse de su amante no era otra que la de eliminar de la ecuación a su molestísima esposa. De tal modo, se hizo con una pistola del calibre 25, se coló en la casa de Jack Thompson, y descerrajó cinco tiros a Mary en el preciso momento en el que la mujer llegaba de un viaje.

Todo estaba muy bien calculado. No huyó de la escena del crimen y tampoco se molestó en mostrar arrepentimiento o negar su culpabilidad. Simplemente, aferrada a la idea de que así no tendría que compartir a su amante con nadie y adoptando una magnífica pose de mosquita muerta, esperó a un juicio que nunca llegó a celebrarse gracias a las influencias del protector Jack. Éste, tirando de amistades, logró que se la considerara mentalmente incapacitada, de suerte que eludió la cárcel para ser ingresada en el manicomio local de St. Joseph. Allí pasó seis meses entretanto su caso llegaba a los tribunales y, cuando ya se había fijado fecha para la vista, puso en marcha su plan maestro: durante una visita de su madre, Emma Matt, Grace logró un permiso provisional de los confiados médicos para visitarla en el hotel en el que se hospedaba… Y aprovechó la salida para huir a Nueva Orleans junto con su progenitora y su hija. Poco después, Jack Thompson se dirigió allí para encontrarse con Grace en el Hotel Jung, donde fallecería en extrañas circunstancias en la noche del 3 de diciembre de 1935. Se dijo que la causa de la muerte había sido un ataque al corazón, pero nunca quedó del todo aclarado pues la autopsia resultó inconcluyente. A todo esto, Dorothy tenía entonces solo 11 años.

Grace siempre negó haber mantenido contacto alguno con su exmarido desde que huyera de Kansas City, y arguyó que en realidad había sido asesinado, más allá de sus vínculos con la mafia, a causa de una supuesta fortuna oculta amasada con las tragaperras, que cifró en torno al medio millón de dólares y que nunca se encontró. Por otra parte, y como es lógico, las Autoridades de Kansas City cursaron a las de Nueva Orleans la pertinente orden de busca y captura, pero nadie fue capaz de echarle el guante en primera instancia. Antes al contrario, si el lector piensa que la peripecia vital de esta mujer es un completo enredo, la circunstancia de su captura es ya de puro estrambote.

El cementerio de mascotas

Haciéndose llamar Grace Thompson -la mejor manera de ocultarse es siempre ponerse en el escaparate-, abrió una floristería en el 4609 de la calle Freret sin que jamás se supiera de dónde había obtenido los recursos para ello una persona sin oficio ni beneficio. También, porque uno siempre tiene más de un talento, se hizo organista de la iglesia de Our Lady of Lourdes, para la que compuso algunos himnos… Y ocurrió que en 1940 una mujer policía de Kansas City aficionada a la música eclesiástica dio con ella al seguir la pista de una de sus composiciones, publicada en un libro para organistas del culto editado en 1939. Por cierto, era un excelente y muy popular himno que se interpretaba, por aquel entonces, en iglesias y capillas de medio mundo.

Así es como Grace, reclamada por Missouri, fue extraditada en 1942 por orden del Gobernador de Louisiana, Sam Jones, juzgada por asesinato en segundo grado, y condenada a 15 años de prisión. Sentencia que, por supuesto, nunca cumpliría. En 1944, aprovechando un nuevo juicio en la Corte Suprema de Missouri motivado por el recurso que sus abogados habían impuesto a la primera sentencia amparados en un error de procedimiento, Grace se las ingenió para fugarse de nuevo a Nueva Orleans. Allá fue detenida otra vez, pero se debía poner en marcha un nuevo procedimiento de extradición, con lo cual se abría ante ella la oportunidad de eludir a la justicia. Y lo consiguió: cuando, en 1945, se presentó junto con sus dos abogados ante el nuevo Gobernador del Estado, Jimmie H. Davis, logró imponer la idea de que todo su caso era un fraude montado por la corrupta maquinaria política de Kansas City para hacerse con la fortuna -nunca vista, recuérdese- de Jack Thompson. Dado que el tipo la creyó -vaya usted a saber por qué-, denegó la orden. Y así es como en 1946, con un montón de dinerito fresco en el bolsillo cuya procedencia tampoco se aclaró jamás, Grace adquirió la dichosa plantación que cien años antes perteneciera al duelista Phillipe Toca.

El propósito último de la compra era tan singular como solo podía esperarse en alguien tan peculiar como Grace Wynne, pues Dorothy explicaría que su madre siempre había querido crear un cementerio de mascotas desde que años atrás, en Kansas City, tuvieran un perro muy querido al que no pudieron enterrar en parte alguna cuando murió… Ciertamente, y digámoslo por no dejar el tema coleando, las Autoridades de Missouri se plantearon en más de una ocasión la idea de recuperar a esa rea díscola que se les había escurrido con tanta determinación e ingenio, pero tras algún intento aislado y poco esforzado -la verdad- fueron olvidándose del tema. Y así, en 1952, el cementerio de animales de St. Bernard estaba ya funcionando a pleno rendimiento.

El escritor Stephen King, por cierto, solo tenía cinco añitos por aquellos días y, como es lógico, no había pensado aún en escribir ni una sola palabra sobre esta clase de cementerios.

Pet Cemetery abandonado tras Katrina (Daily Mail-Sepp Lawless) #3
Dos tumbas de mascotas en el cementerio de animales de St. Bernard [Seph Lawless, Daily Mail].

A la caza del tesoro

Lo cierto es que el cementerio de animales de la señora Wynne se convirtió en una famosa peculiaridad local más pronto que tarde, sobre todo por su extraña singularidad. Y no solo valía para el enterramiento de mascotas, sino que también adoptó funciones de albergue, llegando a alojar en las instalaciones incluso monos que podían ser visitados ocasionalmente por los vecinos más curiosos. Se ha calculado que, con el paso de los años, se enterró en los terrenos de la antigua Plantación Toca a unos cinco mil animales, desde perros a serpientes, pasado por loros, monos, pájaros, gatos o conejos. Cada uno con su tumba particular y su lápida perfectamente rotulada. De hecho, las tumbas iban desde lo más modesto hasta lo más costoso y elaborado que quepa imaginar, habiendo enterramientos con hermosas estatuas y ornamentos que llegaron a alcanzar para sus dolientes propietarios el coste de 2000 dólares. Y así, el conocido como E. E. Matt Pet Cemetery o Azalea Original Pet Cemetery, creció sin parar durante años, entretanto los cuidados setos de plantas tropicales exóticas medraban junto a las tumbas ayudadas por el benigno clima de Louisiana.

Lo cierto es que fue en la gestión de su viejo sueño que envejeció Grace Wynne, pasando el peso de la propiedad a manos de Dorothy Thompson, quien la seguiría gestionando con el mismo amor y dedicación que su madre. La controvertida historia familiar, al parecer, quedaría en el pasado. O eso se pensaba. Lo cierto es que el espejismo de paz construido en torno al descanso eterno de los animales se rompería el 26 de noviembre de 1970, día en el que Dorothy, casada desde hacía unos años con un tal Logan Banks, dispararía sobre su esposo cuando ambos se encontraban trabajando en la parte trasera del cementerio. El informe policial, escueto, era rotundo: la mujer había disparado sobre su marido, de 41 años, en el transcurso de un episodio de violencia doméstica. Grace y Dorothy testificaron que Banks, con un largo rosario de episodios de violencia de género, había intentado apuñalarlas durante una de sus habituales borracheras, por lo cual la oficina del Sheriff local concluyó que su esposa le disparó en defensa propia. No hubo más indagaciones. Caso resuelto.

En 1976, Dorothy Thompson contraería matrimonio con uno de los vigilantes del cementerio, Donald Eugene Robinson, de 46 años. Pero la mala suerte de las mujeres de esta familia –o el mal fario del viejo Toca- no dejaba de regodearse en la desgracia perenne, pues Robinson, por razones aún desconocidas, fue tiroteado por alguien a quien nunca se encontró y por razones jamás aclaradas, durante una de sus rondas por los terrenos. Cuando se encontró el cuerpo nadie supo ofrecer testimonio relevante, y el caso también se cerró. En esta ocasión sin resolver. A todo esto, la indómita aventurera Grace Wynne fallecería un año después de esta nueva catástrofe familiar, en 1977, a la edad de 88 años, dejando sola en el inmenso caserón a una desconsolada y viuda Dorothy.

Habrá a estas alturas de la historia quien se pregunte de qué vivía esta familia tan rara más allá de las esporádicas donaciones que recibía por parte de los compungidos propietarios de las mascotas enterradas en su propiedad. Y esto sí que es un absoluto misterio que alimentaría una peculiar y popular leyenda urbana local: Grace y Dorothy, decían los más fantasiosos, habrían enterrado el botín oculto de Jack Thompson en algún lugar de los terrenos, no siendo el cementerio de mascotas otra cosa que una rebuscada tapadera para ocultar el botín. Tan famosa se hizo esta historia del tesoro oculto de “Daddy Jack” que no era raro encontrar escarbando por los recovecos de la plantación a infinidad de caza-tesoros, lo cual obligó a la constante contratación de vigilantes que mantuvieran alejados a los codiciosos intrusos. Posiblemente fuera uno de estos indeseados visitantes el que disparase contra Robinson. Ni que decir tiene, claro, que el imaginario tesoro nunca se encontró por más que hubo infinidad de aguerridos buscadores empeñados en dar con él.

Y así llegamos a 1980, año en el que Dorothy decide contratar como vigilante, conserje y encargado de mantenimiento a Brandon Nodier, un tipo de 26 años que prácticamente se haría dueño de lugar por la sencilla razón de que su empleadora nunca pareció recuperarse por completo de la muerte de su madre, hecho que la sumió en la depresión y un abandono progresivo. Así, Nodier, con el tiempo, convertiría el cementerio de animales y la propiedad misma –en la que vivía- en su propio reflejo, llegando a gestionarla a su completo antojo. La verdad es que no parece que todo esto sea casual –recuérdese que la casualidad nunca es cosa que explique nada-, pues un año después de recalar en la Plantación Toca, entrevistado por un reportero local, el conserje confesó algo tan extraordinario como sospechoso: antes de ser contratado para trabajar en el cementerio de mascotas, e incluso con anterioridad a plantearse la idea de presentarse para solicitar el puesto, ya había “presentido” que tal cosa ocurriría algún día.

Dorothy Thompson y Brandon Nodier (nola com)
Dorothy Thompson posa ante una de las tumbas de su cementerio de animales. El hombre de pie, tras ella, no es otro que un joven Brandon Nodier.

La maldición de Phillipe Toca

Ahora es cuando la historia del cementerio de animales se torna aun más rocambolesca, si cabe.

En el mismo 1980, Dorothy Thompson trabó una intensa amistad con Pat Newman, persona a la que, tiempo después, nombraría albacea de su testamento. Además, firmó de manera inexplicable un contrato de arrendamiento con Nodier, por mediación de la empresa de éste, Brandon’s Renovations Inc., por 99 años y la mísera suma de 20 dólares mensuales. Un hecho que se comprende no solo por su mal estado anímico, sino también porque admitiría tiempo después encontrarse obnubilada por el consumo de drogas. De hecho, Brandon Nodier, como luego se supo, era un estafador que había sustraído grandes sumas de dinero a varias personas en situación de vulnerabilidad, hecho certificado por el testimonio de Louise Delise, quien fuera vecina de Nodier en el barrio de Arabi con anterioridad a su contratación en el cementerio de mascotas, y de Robert Graf, quien viviera en la misma calle en la que se encontraban las instalaciones.

Lo cierto es que Dorothy, seguramente asediada en el trance de su debilidad psicológica por su manipulador empleado, terminó cediendo los terrenos en 1984 a Brandon y su esposa, Bonnie Nodier, quienes constituían una singular pareja en la medida que, pese a estar legalmente divorciados, vivían juntos. La cantidad estipulada para la cesión fue de 20.000 dólares, que era justamente el valor catastral de la plantación. Sin embargo, nunca pudo constatarse que el pago se hiciera efectivo por más que se investigó la transacción. Vamos, y para entendernos, que los Nodier nunca abonaron el coste de la cesión pese a tener todos los documentos de la misma en regla, con lo cual la propiedad no les pertenecía legalmente.

Así las cosas, asesorada por Pat Newman, Dorothy presentó una demanda contra los Nodier en noviembre de 1984 en la que alegaba haber sido engañada por la pareja para firmar los papeles de compra-venta de la finca. El caso es que, una vez interpuesta la denuncia, la gran casa estilo Tudor sufrió diversos y continuados cortes inexplicables de energía eléctrica que Newman, por supuesto, atribuyó a la mano vengativa de Brandon Nodier. Y la cosa no iba a terminar ahí: la vista para el juicio estaba fijada en el 26 de abril de 1985, pero Dorothy Thompson nunca llegó a tal fecha en la medida que desapareció misteriosamente días antes, el 13 de abril. Su cuerpo sería encontrado el 2 de mayo en el río Mississippi, en un paraje pantanoso conocido como Myrtle Groove. Se encontraba empaquetado en una bolsa de plástico atada con gruesas cadenas de acero –sin duda para que no saliera a la superficie- y cable eléctrico. Todo era tan chapucero y apresurado que los investigadores del caso no tardaron en concluir que la pobre mujer, de 63 años, había sido asesinada en su propia casa y trasladada hasta el lugar en el que se la encontró. Parecía un asunto claro. Pero no. Por más vueltas que la policía quiso dar en torno a los Nodier, principales sospechosos, nunca se encontraron evidencias que pudieran corroborar su culpabilidad, y ambos resistieron con gran entereza y rigor todos los interrogatorios. Otro caso sin resolver.

Hacía dos años, por cierto, que el escritor Stephen King, ahora sí, había publicado su famosa novela.

Y la leyenda siguió creciendo, pues no fueron pocos los “testigos” que afirmaron durante años haber visto el fantasma de Dorothy Thompson caminando entre las tumbas de las mascotas, con lo cual el lugar se convirtió, pasado el tiempo, en un verdadero espacio de culto para los “investigadores” de lo paranormal. La Plantación Toca, pues, adquirió un ominoso halo de “maldita”, de suerte que durante veinticinco años Pat Newman intentó venderla sin éxito alguno: nadie quería ser propietario de una finca con fama de embrujada, jalonada de tumbas animales que habría que retirar por un buen dinero y devastada por el huracán Katrina. De hecho, cuando el desastre del Katrina azotó Nueva Orleans en 2006, muchas de las tumbas se removieron a causa de las inundaciones, con lo cual el cementerio se convirtió en un vertedero confuso de restos de animales y profundos pozos que hicieron de él un lugar tan siniestro como peligroso. Así, solo los ladrones, los curiosos deseosos de satisfacer sus delirios, los sempiternos buscadores de tesoros, los vagabundos y toda otra fauna imaginable del lumpen se atrevió durante años a adentrarse en el misterioso reposo de los animales.

Por supuesto, ninguno encontró lo que buscaba.

Cuando todo se resuelve

No fue sino hasta 2009 que los testigos –que los había- empezaron a “recuperar” la memoria. Es posible, tal y como afirmó con gran intuición el Detective Jefe de la Oficina del Sheriff de St. Bernard, John Doran, que muchas de estas personas, ya en la vejez, decidieran aliviar sus conciencias impelidas por su propia “sensación de mortalidad”. El hecho es que comenzaron a llegar testimonios dispersos que acusaban a Brandon Nodier de diferentes crímenes a lo largo de los años, y que, en algún caso, lo relacionaban de manera directa con el asesinato de Dorothy Thompson, contra la que había proferido amenazas de muerte en más de una ocasión. Con ello, visto que algunas de estas historias tenían visos de verosimilitud, se decidió reabrir la investigación del caso… Y las razones para estos testimonios extemporáneos resultaron ser tan sorprendentes y extravagantes como el estrepitoso silenció que los precedió: hubo quien dijo tener que hablar impelido por sus pesadillas, e incluso hubo quien afirmó decidirse a llamar tras verse acosado durante años por el fantasma de la pobre Dorothy. Está visto que la mala conciencia es un gran potenciador de la imaginación.

Tras tres años de profusas investigaciones, en 2012, pero sin otra cosa que las acostumbradas pruebas circunstanciales, los agentes decidieron tantear de nuevo a Nodier, quien tenía tras de sí un largo rosario de antecedentes y llevaba algún tiempo ganándose la vida como pintor de brocha gorda. Quizá fuera cansancio, tal vez genuino arrepentimiento, puede que los interrogadores se empeñaran con mayor pericia. Lo cierto es que en esta ocasión el tipo no pudo superar los interrogatorios y terminó derrumbándose para declararse culpable del asesinato de Dorothy Thompson. Creyó, como muchos años atrás también lo creyera aquel duelista derribado por el certero pistoletazo de Phillipe Toca, que eliminando a la mujer podría adueñarse de la propiedad sin mayores contratiempos. Y así habría sido de no mediar en el proceso la contumaz Pat Newman.

Se le condenó en 2014. Nadie sabe si el doliente fantasma de la Señora Thompson sigue circulando por ahí.

Brandon Nodier Detenido (Reuters)
Brandon Nodier detenido en 2012, 26 años después de que asesinara a su patrona, Dorothy Thompson [Reuters].

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