De la banalidad del mal a la victimización

“Hay hombres sanos y hombres enfermos, pero los hay medio sanos y medio enfermos y los hay convalecientes. Hay hombres buenos y malos, pero los hay ni buenos ni malos. En todas las cosas hay matices”.

Miguel Gayarre Espinal (1886-1936)


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Hanna Arendt

Cuando Hanna Arendt (1906-1975), inspirada por el juicio del nazi Adolf Eichmann (1906-1962), que comenzó en Jerusalén en 1961, habló de la “banalidad del mal”[1], no sólo trataba de mostrarnos cómo la maldad es por lo común una actividad y una consecuencia –el proceso y resultado de una situación personal concreta- antes que una improbable condición metafísica inherente a los individuos tal y como se deduce de la sentencia del doctor Gayarre que encabeza esta entrada. Quería Arendt ir más lejos en la medida que trataba de esclarecer en alguna medida sus efectos sobre las víctimas directas e indirectas de los actos malvados y, con ello, ofrecernos la posibilidad de extraer consecuencias valiosas en el plano victimológico. Consecuencias que en estos tiempos, en los que la cultura se ve teñida de un esencialismo terrible, estereotipado y etiquetador, del que nos servimos para enjuiciar, calificar, denominar y condenar sin llegar nunca a comprender del todo son, creo, más pertinentes que nunca. Basta con observar la ligereza con la que se esencializa a las personas –y a los colectivos- en los titulares de prensa, con fines por lo común inconfesables, para darse cuenta de que algo perverso está ocurriendo con nuestra comprensión de la realidad.

Del mismo modo que Eichmann llegó a convertirse en un terrible criminal y genocida, no por perversidades diagnosticables e inherentes a su personalidad, sino por formar parte de un conglomerado burocrático enfermizo cimentado sobre la política del exterminio –y en tal sentido puede decirse que simplemente era un tipo que “hacía su trabajo” con total independencia de lo terrorífica o censurable que esa ocupación nos resulte-, carece de sentido pensar que las maldades que nos afectan en la vida diaria, o que nos conducen a la victimización, tienen algo que ver con alguna clase de esencialidad o destino cósmico. Y esta impresión, humana si se quiere en la medida que somos buscadores de sentidos, es algo de lo que hay que desprender a la víctima cuanto antes si lo que pretendemos es su recuperación personal, moral y social.

La falacia de la seguridad

Todos nos hemos convencido –pues resulta tranquilizador- de que el mal que puede llegar a afectarnos en un momento dado es controlable, restringible e incluso erradicable si somos capaces de seguir ciertas directivas y conductas tópicas, de manual, que nos mantengan “seguros”. Por eso precisamente sentir en primera o tercera persona el golpe de mal en cualquiera de sus formas –agresión, robo, asalto, violación, atentado y etcétera- nos sume en la estupefacción, pues nos relanza con enorme violencia a replantearnos las cuestiones de partida, hecho que tiene consecuencias muy severas no solo en nuestras vidas particulares, sino en el funcionamiento de la sociedad en su conjunto: ¿cómo es posible que pueda pasar/pasarme esto cuando he hecho todo lo que debería? ¿En qué consiste “estar seguro”? ¿Se puede realmente estarlo? ¿Cuánta de mi libertad he de conceder a quienes velan por mi seguridad para vivir tranquilo?

He aquí uno de los grandes problemas que la victimología trata de resolver: el de esa aparente contradicción entre la aleatoriedad y la necesidad que subyace al proceso de victimización. El prejuicio, impuesto por el sentido común, de que ser víctima es, bien un azar incontrolable, bien el resultado de haber hecho algo indebido, y de que el mal que un agresor motivado –por las razones que fueren- podría procurarnos puede ser minimizado, o eludido, si cumplimos escrupulosamente con ciertas reglas “de manual”. Nada más lejos de la verdad. El mal, llámese como se quiera, existe como evento y nos golpea, o puede hacerlo, simplemente porque vivimos. Y cuanto más complejas son las sociedades en las que desempeñamos nuestra existencia, mayores son los riesgos en la medida que resulta imposible controlar todas las variables en juego. A menudo ni tan siquiera sabemos que tales variables existen o que están operando en determinados contextos.

Esto es lo que nos muestran, por ejemplo, las historias personales de las víctimas de los atentados yihadistas que Madrid sufrió el 11 de marzo de 2004. Relatos que se repiten una y otra vez en boca de los supervivientes: personas que llevaban vidas perfectamente normales y que ignoraban estar en riesgo por la sencilla razón de que hacían lo correcto, lo rutinario, lo de siempre, y nada había que temer. Precisamente, uno de los problemas inherentes a la victimización surge de esta ignorancia de los procesos del mal a la que se suma la falacia del aparente control o de la aparente seguridad: ¿Por qué yo? ¿Por qué a mí? Parafraseando a Jean-Paul Sartre, podríamos decir que el mal siempre es “el mal de los otros”… Pero siempre cabe repensar las situaciones para entender cómo y por qué la banalidad del mal de la que hablaba Hanna Arendt puede golpearnos en cualquier momento: España llevaba décadas golpeada por el terrorismo de ETA. Estados Unidos había sufrido el terrible atentado yihadista del 11S… Pero nadie pensaba en eso en aquellos trenes de cercanías que fueron dinamitados. En realidad todos éramos víctimas potenciales de un atentado de estas características y el riesgo era muy real, pero decidimos ignorarlo sistemáticamente y de manera transversal, desde los que gobernaban nuestros destinos hasta nosotros mismos. Estábamos “seguros” y “hacíamos lo correcto”… ¿Qué podría sucedernos, entonces? ¿Por qué atormentarnos pensando que podría pasar lo que probablemente no pasaría?

Pero podría suceder y, de hecho, sucedió.

11m

El colapso de la civilización

Los testigos directos de los primeros momentos que se producen en los escenarios de un atentado terrorista en cualquier país occidental casi siempre los describen del mismo modo. Es una precisa imagen del colapso civilizatorio que supone comprender, de súbito, que cualquier forma de seguridad es tan sutil que alguien bien motivado –interesado- puede convertirla en aparente y falaz. Que la civilización que nos acoge es sensible, frágil, y puede convertirse en un espejismo que nos confunda. No es raro que en estos casos tanto policías como bomberos o médicos nos describan –con obvia perplejidad- algo que nunca pensaron ver en un “país avanzado”: un escenario de guerra. El silencio posterior a la batalla.

Todos los testigos de estas situaciones recuerdan siempre, y ante todo, el silencio. Inciden con suma estupefacción en el hecho de que nadie habla, de que nada se escucha. Es, reflexiono, un silencio devenido de la más profunda incredulidad. El silencio de quienes no comprenden qué ha pasado, ni por qué, ni a qué objeto responde lo que ocurre. El silencio del sinsentido. El silencio de la vejación vivida. El silencio de quienes nunca creyeron que aquello podría ocurrirles porque no eran conscientes del riesgo en la medida que hacían lo correcto a diario y vivían “seguros”. Es el silencio del colapso de la civilización: de las mentiras que se derrumban de súbito para mostrarnos la atroz realidad que subyace al escenario de la vida y cuyo impacto no podemos evitar sino, en todo caso, únicamente minimizar.

Empiezan a sonar los teléfonos móviles y se rompe ese silencio. La civilización que se ha fragmentado durante unos minutos vuelve a la vida. Todo recomienza –“como un reset” lo describió gráficamente un enfermero del SAMUR-. De repente las víctimas saben que lo son y que están vivas para no dejar de serlo nunca más. De súbito todo el mundo se hace consciente de la magnitud de lo que ocurre y encontrar a los vivos se transforma en obsesión. Comienza el rescate y el terrible recuento que viene primero: separar a los que viven de los que han muerto.

La civilización se reanuda.

Atentado Londres
Atentado de Londres, en 2005 [Fuente BBC].

¿Por qué?

Una vez que todo ha pasado y la víctima se ha hecho dueña de sí quiere entender lo sucedido tal y como querría hacerlo cualquier otro en su pellejo. Necesita sentido. Saber por qué ha tenido transformarse en víctima para interesarse por aquellas cosas que ni tan siquiera sabía que existían. Es una suerte de terapia: no temas, aprende. He conocido a víctimas de todo tipo que, conducidas por esta obsesión de sentido, se han convertido en auténticos especialistas en todo aquello relacionado con la clase de crimen que sufrieron. El problema, lamentablemente, es que bien pronto se dan cuenta de que los intelectualismos no satisfacen los “porqués” más profundos del problema, los emocionales, los sentimentales. Se sabe, se aprende, pero ese saber no cura.

Se trata de algo que te ha hecho otro, un malvado –moral o circunstancial-, alguien que te odia, que desea tu mal, que quiere desposeerte de algo valioso sin que sepas por qué. Sin que hayas hecho nada para merecerlo. Esto genera en la víctima una preocupación profunda y una mayor incomprensión, terror e indefensión. Las respuestas que se encuentran nunca satisfacen las dudas o los miedos perennes que se han instalado en su vida. Esto precisamente es ser una víctima fungible, inocente, comprender que nunca podrás entender del todo los motivos por los que eso te ha pasado a ti, o qué has hecho -si es que puede afirmarse con rigor que hayas hecho algo realmente- que justifique el daño del que has sido objeto.

Sobrevivir no es bastante. Solo es el primer paso. A la supervivencia le sigue la soledad de la desgracia. Le sobrevienen el pánico, el dolor y muy a menudo ese odio visceral, sucio, que puede llegar a ser todavía más destructivo que la herida sentimental. A la supervivencia le sigue la simple y llana desesperación.

victima-de-una-maldicion-familiar

Una desesperación que solo la entiende la víctima, pues nadie más está en disposición de asumir sus emociones a medida que el tiempo pasa… No es solo el daño físico, sino ante todo el daño moral. La civilización ha vuelto y trata de acogerte –es cierto-, pero como reconocen muchos “no te asume”, “no te entiende”, “no sabe por qué no dejas todo eso atrás”. Existen las indemnizaciones, las palabras de ánimo, los actos solidarios, y se agradece pero llegan incluso a ser molestia pues las secuelas psicológicas son ya cosa que la víctima debe gestionar sola… Todo cuanto le recuerde aquellos acontecimientos le provocará la misma ansiedad que ya vivió, el mismo terror, la evitación de ciertas circunstancias, el pánico inveterado a determinados eventos, el temor irracional a salir a la calle: la civilización ha vuelto a tu alrededor, en efecto, pero eres ya una víctima. Todo cuanto te daba cobijo, amparo y seguridad ha quedado destruido. Y las dudas permanentes que se repiten y que nadie resuelve, la culpa, el horror: “¿Me volverá a pasar? ¿Podré evitarlo si vuelve a ocurrir? ¿Podré liberarme de este miedo irracional? ¿Podrán entenderme? ¿Me culpabilizarán por esto? ¿Qué he hecho yo para merecérmelo?”.

Ser victimizado no es un exactamente un azar, pero tampoco forma parte de un plan cósmico. No es, al igual que la maldad, una condición esencial y/o metafísica. Es cierto que a menudo nadie puede comprenderlo del todo, pero se puede salir. Debes esforzarte y combatir. Porque, como decía el doctor Gayarre al comienzo, en todo hay matices. Incluso en la esperanza.


[1] Arendt, H. (1963). Eichmann in Jerusalem: A report on the banality of evil. New York (NY), USA: The Viking Press. Traducción Española: Eichmann en Jerusalén. Barcelona, España: Random House Mondadori.

¿Y tú qué pareces?

El médico británico Charles Goring (1870-1919), temiendo que el lombrosianismo que se extendía por el continente europeo como una mancha de aceite no fuera otra cosa que una falacia pseudocientífica, decidió tratar de comprobar por sí mismo hasta qué punto las teorías del médico transalpino Cesare Lombroso (1835-1909) y sus seguidores eran confiables. De tal modo, en 1913, publicó un estudio apoyado en masiva información estadística que contrariaba con absoluto rigor las tesis lombrosianas[1] y que, no obstante, fue misteriosamente ignorado en su momento. El caso es que Goring hizo algo bien sencillo que hasta entonces, al parecer, se había considerado innecesario: primero reunió nutridos grupos de reclusos con características que, a tenor de los expertos que los evaluaron, eran supuestamente atávicas y degenerativas. A renglón seguido procedió a una meticulosa comparación de estos colectivos con otras poblaciones criminales que no mostraban los terribles estigmas físicos descritos por Lombroso y sus seguidores. Después, comprobó las muestras poblacionales con otras compuestas de individuos que nunca habían delinquido… Y sucedió lo que ya se temía: no encontró diferencias significativas entre las diferentes muestras poblacionales, por lo que no había motivo científico alguno para afirmar la existencia de determinada apariencia física en el sujeto y una predisposición hacia el delito en general, o hacia cierto tipo delictual en particular. Pero esta y otras evidencias no surtieron efecto –de hecho ni tan siquiera fueron comentadas más allá de la sorna- por la sencilla razón de que afirmaban algo que nadie estaba dispuesto a escuchar en aquel momento. De hecho, la que sí resultaría profusamente comentada y seguida, por ser mucho más agradable a los intereses intelectuales de la corriente biomédica dominante, fue la aportación de Ernst Kretschmer (1888-1964).

Ernst Kretschmer
Ernst Kretschmer… Imaginemos que este buen hombre tuviera razón: ¿qué te sugieren esas sospechosas orejas puntiagudas? Villano, seguro.

Con la traducción al inglés, en 1925, de su Koperbau und Charakter[2], Kretschmer relanzaba al seno de la comunidad internacional, cierto que reformulada en términos más actuales y por ello mismo menos “sospechosos”, la antigua apuesta de la importancia del elemento biológico en la personalidad de los sujetos. Sostuvo así que existía una unidad morfológica, fisiológica y psicológica tan fuerte en el ser humano que las reacciones temperamentales, en el fondo, no eran otra cosa que un reflejo expreso de su tipo corporal. Una teoría, por cierto, que aún hoy goza de gran predicamento en un sector no precisamente pequeño de la clase psiquiátrica y que viene influyendo de manera muy notable en el ámbito de la cultura popular desde que fuera consolidada. La tesis de que los malos “lo parecen” es tan obvia en ámbitos como el cine, el cómic o las series de televisión que a menudo simplemente basta observar “la pinta” de los personajes para decidir sin miedo a confundirnos quién es el malvado de la historia. De este modo, Kretschmer construyó una tipología humana basada en el factor somático y temperamental que todavía se emplea con más o menos matices en el presente, constituyéndose en otro de los dudosos –y manidos- dejes del positivismo psicofisiológico que aún prevalecen.

Lo sorprendente, parafernalia conceptual aparte -y es importante que el lector tenga en cuenta este aspecto para calibrarla en sus verdaderas dimensiones-, es que se trata de una nueva versión de la misma idea que ya sostuvieron –cada cual a su modo- Hipócrates (460 a.C.-370 a.C.), Galeno (130-210), Della Porta (1535-1615) o Lavater (1741-1801). La misma idea que recuperó buena parte de la incipiente psiquiatría decimonónica y, por supuesto, la misma que subyace a las argumentaciones dudosas e intelectualmente vencidas de Cesare Lombroso. De hecho, más que una teoría científica propiamente dicha, tiene todo el aspecto de tratarse de un prejuicio sociocultural cíclico. La tópica “teoría boya” que flota durante un tiempo hasta que, refutada, se hunde sin llegar a desaparecer del todo a fin de mantenerse bajo la superficie hasta que los hados se tornen propicios.

heroes-y-villanos-spiderman-vs-venom
Vamos a imaginar que tu no sabes nada de estos dos… ¿A qué no tendrías problemas con tan solo ver esta viñeta en diferenciar al “bueno” del “malo”? ¿Y por qué crees que ocurre eso? Yo te lo digo: es lo que pasa cuando determinadas teorías -independientemente de su valor científico y contrastación empírica- se trasladan de suerte acrítica al ámbito de la cultura. Así se consolidan los estereotipos.

somatotipos kretscher

A la hora de llevar su tipología al ámbito de la delincuencia, Kretschmer tuvo ciertas dudas, por lo que se abstuvo de precisar relaciones precisas –o directas- entre delitos específicos y determinado somatotipo en el delincuente. De hecho, tal vez temeroso de ir “demasiado lejos”, quiso ofrecer una tipología criminal de talante aproximativo que, más que entretenerse tal vez de suerte infructuosa en buscar el biotipo criminal -el criminal nato– por excelencia, trató de correlacionar los factores somáticos y temperamentales con grupos muy genéricos de delitos. También introdujo una serie de elementos de carácter endocrinológico que, sin embargo, no aclaró en demasía. Concluyó en todo caso que:

  • Los pícnicos son proclives a comprometerse en delitos sin violencia (robo menor, hurto, estafa, desfalco, ataque a la propiedad, etc.). Raramente recurren al asesinato o la agresión física para lograr sus fines.
  • Los atléticos tienden a los delitos violentos (cometen más o menos el 66% de los delitos de sangre y tan sólo un 6% de ellos son estafadores o similar).
  • Los leptosómicos suelen ser ladrones a gran o pequeña escala. Tienden a verse implicados en agresiones de todo tipo a la propiedad privada o pública. Pueden recurrir ocasionalmente al asesinato o la agresión física.
Somatotipos de Kretschmer
Los somatotipos de Kretschmer (de izquierda a derecha): lepotosómico, atlético y pícnico. Se corresponderían con los de Sheldon, luego veremos como, pero se denominaron así. Es habitual en la literatura confundir ambas clasificaciones y tratarlas como si fueran idénticas.

Sea como fuere, la sugestiva visión de Kretschmer, que en gran medida venía a colocar a la altura de los tiempos las tan discutibles como obsoletas propuestas de la fisognomia de las que que se alimenta, alentó a un grupo de entusiastas seguidores de esta línea “positivista” a proseguir en la misma dirección. Así, a finales de la década de 1930, autores como el norteamericano Ernest Hooton (1887-1954) publicaban exitosos trabajos revisionistas con respecto a la molesta obra de Goring en los que se sostenía la naturaleza subdesarrollada y primitiva del delincuente, al que describe como un ser inferior desde el punto de vista orgánico que suele tener labios finos, hombros caídos, y orejas pequeñas. En todo caso, Hooton no estableció una tipología delincuencial, pero sí correlacionó diversas formas delictivas con el supuesto biotipo de sus autores[3].

Biotipología criminal de Hooton

Biotipo

Clase habitual de delito

Alto y corpulento

Obeso y pequeño

Bajo y delgado

Homicidio y falsificación

Estafa

Hurto y robo

Hooton
No es un neanderthal peligroso. En absoluto. Es nada menos que Ernest Hooton pontificando acerca de lo malo que es parecer lo que él parece. Y es que en casa del herrero…

Sea como fuere, la fiebre por la biología del crimen se ha mantenido viva hasta el presente, especialmente en los Estados Unidos, donde se fundó nada menos que una Escuela Americana de Biotipología de la que han formado parte autores tan destacados en la materia que nos ocupa como el especialista en embriología William Herbert Sheldon (1898-1977), principal continuador del trabajo de Hooton. En efecto, en opinión de Sheldon, autor de Variedades de delincuencia en los jóvenes (1949), la conducta criminal se desarrolla a partir de las particularidades del blastodermo[4] durante el periodo embrionario del individuo. Una teoría que Sheldon vino a perfeccionar, sin duda, pero que ya había sido al menos sugerida en su día –con cierta trampa, por cierto- por el célebre fisiólogo alemán Ernst Haeckel (1834-1919). El blastodermo cuenta con tres capas concéntricas de blastómeros a las que se denomina sucesivamente endodermo (desde el que se origina el aparato digestivo), mesodermo (desde el que se desarrollan huesos, músculos y tendones) y ectodermo (desde el que parte el desarrollo del tejido nervioso y la piel). Así, Sheldon establece que desde el predominio en el desarrollo fetal de cada una de estas capas de blastómeros parten tres tipologías somáticas del individuo: la ectomórfica, la mesomórfica y la endomórfica.

Biotipología de Sheldon[5]

Tipología Física

Tipología Mental

Endomorfo

(Se corresponde con el pícnico de Kretschmer)

Viscerotónico

(Grueso, amante de la comida, relajado, pesado, de caminar lento y reflejos atrofiados. No demasiado inteligente, pero sociable y de buen humor)

Mesomorfo

(Es el atlético definido por Kretschmer)

Somatotónico

(Alegre, dinámico, aventurero y ambicioso. Muy dotado para la interacción social, enérgico y competente, pero de inteligencia media-baja)

Ectomorfo

(Gran desarrollo de las estructuras nervo-cerebrales).

Cerebrotónico

(meticuloso, cerebral, de pensamiento ágil y dinámico. Tiende a mostrarse muy severo y poco tolerante, sensible y amante de la intimidad).

William Herbert Sheldon
William Herbert Sheldon.

Sheldon apoyó su teoría en abundante investigación fotográfica, profusas mediciones antropométricas y análisis factoriales de tales medidas, lo cual le permitió llegar a establecer tres correlaciones –siempre estadísticas- más o menos constantes entre la complexión corporal del individuo y la psicopatología:

  • Constitución endomórfica predominante y psicosis maníaco-depresiva.
  • Constitución mesomórfica predominante y delincuencia en general.
  • Constitución ectomórfica predominante y esquizofrenia.

El neolombrosianismo siguió adelante durante la década de 1950 con aportaciones de relevancia, como las realizadas por el matrimonio compuesto por los criminólogos Sheldon y Eleanor Glueck[6], pero pronto se le fue acabando la cuerda en la medida que muy a pesar de su esforzado aparataje estadístico, siempre quedaban dudas en cuanto a la causaciones últimas y, por otro lado, lo que funcionaba para el colectivo, parecía mostrar escasa aplicabilidad en el ámbito individual. No es lo mismo decir, como hicieron los Glueck por ejemplo, que entre los delincuentes siempre había un mayor número de mesomorfos, que determinar que alguien podía ser delincuente por el simple hecho de tener un biotipo mesomórfico… ¿Qué hacer entonces con los millones de mesomorfos que no habían cometido delito alguno? ¿Habría que encerrarles como política preventiva? ¿Deberíamos sin más dejar de fiarnos de ellos o alejarlos de la vida pública? O, peor todavía, imaginemos que tenemos dos sospechosos de un delito que responden a biotipos diferentes, siendo las pruebas inculpatorias muy similares en ambos casos… ¿Hemos de sospechar principalmente del mesomorfo por la peregrina razón de que no es endomorfo?

Embriología comparada
Embriología comparada.

Como vemos estas sugestivas –e imaginativas- teorías se topaban en la práctica con dificultades insalvables al ser notoriamente erróneas en su planteamiento pues, como manifiesta Gregory, “1) la complexión puede influir en la conducta, sea de modo directo, o indirectamente al modificar las experiencias a las que está sometido un individuo; 2) la conducta puede influir en la constitución de modo directo, o de modo indirecto por modificación de algunos factores que actúan directamente en la constitución; o 3) la constitución corporal y la conducta pueden ser influidas de modo independiente por otro factor determinante; v. gr.: la ‘dote’ genética o las experiencias en relación con la pertenencia a una familia o grupo socioeconómico”[7]. O lo que es igual: resulta imposible determinar cuánto de lo que una persona “es” deriva de su constitución orgánica, de su genética, de su conducta o del ambiente… O, dicho de otro modo, no es posible determinar con perfecta exactitud cuánto de lo que una persona es en un momento dado se debe a factores filogenéticos y cuánto es producto de factores ontogenéticos –nature or nurture-.

El fracaso a la hora de establecer una biología del crimen ha inducido a los partidarios de los diferentes enfoques positivistas y fisiologicistas a adoptar nuevos puntos de vista, no menos estrechos que los descritos y tampoco excesivamente diferentes en el fondo, pero sí más difíciles de combatir al venir pertrechados de una verborrea “cientificista” –que no “científica”- y un ropaje tecnológico –no siempre claro ni coherente- de compleja factura, pero igualmente inútil a la hora de establecer evidencias y correlaciones claras.

Pero eso, no obstante, lo discutiremos otro día. Ahora lo que debes hacer es ir corriendo a un espejo, no vaya a ser que tengas algún parecido sospechoso y estés -mucho ojo- al borde del delito.


[1] Goring, Ch. (1913). The English Convict: A Statistical Study. His Majesty’s Stationery Office, London.

[2] Se ha tomado como referencia la 4ª edición española de 1967: Constitución y carácter: Investigaciones acerca del problema de la constitución y de la doctrina de los temperamentos. Barcelona, Labor.

[3] Hooton, E. (1939). The American Criminal: An Anthropological Study. Cambridge (MA), Harvard University Press.

[4] El blastodermo es el acumulamiento celular del embrión cuando se encuentra en estado de blástula. Está conformado por una o varias capas de blastómeros, o células resultantes de la división celular del huevo tras la fecundación, dispuestos periféricamente en torno a una cavidad a la que se denomina blastocele. La blástula es la fase embrionaria precoz que sigue inmediatamente a la segmentación del óvulo (o conformación de la mórula).

[5] Realizado a partir de Sheldon, W.H. (1954). Atlas of Men. New York, Harper & Row Publishers, Inc.

[6] Glueck, S. y Glueck, E. (1956).  Physique and Delinquency. New York, Harper & Bros.

[7] Gregory, I. (1970). Psiquiatría clínica. México D.F., Editorial Interamericana S.A. (2ª ed.), p. 114.

El paladín de la hipnosis

Tal y como Wilhelm Wundt (1832-1920) la presentó en 1879, la psicología como ciencia versaba sobre los procesos conscientes, que fueron asumidos por la propuesta introspeccionista como único área legítimo de conocimiento al tratarse del único que podría considerarse “empírico”. Ello propició que la constitución de la psicología como ciencia dejara de lado la explicación de fenómenos psíquicos evidentes como las alteraciones debidas a discontinuidades del consciente -sueños, amnesias- o los estados de sugestión inducida –hipnosis-, fenómenos que sin embargo eran bien conocidos desde la antigüedad y se encontraban en el fundamento de múltiples manifestaciones culturales. Así, la elección que Wundt justificaba a través de exigencias metodológicas, pronto fue contemplada como algo arbitrario. El caso de la hipnosis en particular y de la sugestión en general es paradigmático por cuanto la psicología se obstinó en sus comienzos en negar su existencia hasta que, finalmente, hubo de aceptarla si bien a regañadientes y con reservas, como un estado auténtico pero desusado de la mente.

Franz-Anton-Mesmer
El controvertido Franz Anton Mesmer. Genio para unos, charlatán para otros.

El primer paladín del hipnotismo fue Franz Anton Mesmer (1734-1815), un médico  austriaco de carácter visionario, que retomó las investigaciones de autores como Paracelso (1493-1541) y van Helmont (1577-1644), así como los testimonios del sacerdote Johann Joseph Gassner (1727-1779), quien se valía del hipnotismo en la práctica del exorcismo arguyendo que ciertas enfermedades estaban provocadas –cómo no- por posesiones demoníacas[1]. Sin embargo, Mesmer dio un giro radical a la comprensión del fenómeno al aplicarlo sistemáticamente al tratamiento de las enfermedades nerviosas.

El bautizado como mesmerismo se basaba en la teoría del magnetismo animal, según la cual todo ser vivo posee un fluido magnético que altera o rige su comportamiento inconsciente, y sobre el que se puede intervenir físicamente. Dicho fluido ocupaba el universo -como un éter- y, aseguraba Mesmer inspirándose en la clásica teoría humoral, la buena salud dependía del equilibrio del mismo dentro del organismo. Así pues, un manipulador eficiente del fluido magnético -o magnetizador, como gustaba de llamarlo- podría curar aquellas enfermedades relacionadas con los desequilibrios del fluido utilizando alguna suerte de magnetoterapia.

La popularidad del mesmerismo creció tan rápidamente que no tardó en desencadenarse un considerable revuelo en el seno de la medicina oficial, por lo que Mesmer fue acusado de curanderismo. Por intervención de Luis XVI, la Academia de Ciencias y la Facultad de Medicina de París arbitraron en la controversia para someter a examen la propuesta de Mesmer. La comisión creada al efecto concluyó que dicho fluido magnético no existía y que, de existir, tampoco era observable o manipulable en modo alguno. Pero no fue suficiente. La sugestiva teoría de Mesmer, paradójicamente impulsada por la interferencia de la academia parisina, se vio reactivada y despertó una polémica considerable así como el interés de un buen número de investigadores. Entre ellos se contaba el cirujano inglés James Braid (1795-1860), a la sazón acuñador del término hipnotismo.

James Braid
James Braid. Buscaba un anestésico y se encontró con la sugestión.

Interesado en la investigación de anestésicos que aliviaran el dolor de los pacientes durante la cirugía[2], Braid logró determinar que un paciente sometido a sueño inducido por hipnosis respondía al operatorio manifiestamente mejor que otro en condiciones normales. Cierto, concluyó Braid, que la hipótesis del dichoso fluido magnético era completamente falsa, pero no así la existencia del llamado estado mesmérico (o hipnosis), que podía ser perfectamente definido como un estado natural del organismo debidamente preparado y comparable en gran medida al del amnésico. Estas conclusiones, presentadas de manera incontestable, vieron la luz con la publicación en 1843 de su obra Neurohipnología.

Persistía, sin embargo, la reticencia oficial. De hecho, entre la aparición del libro de Braid y la publicación en 1864 del trabajo sobre la materia de Ambrose Liebault (1823-1904), el hipnotismo se había ido estableciendo como una práctica médica para cirujanos progresistas, aunque poco respetable y en muchos casos oculta, que venía a paliar la falta de anestesia en los quirófanos. Liebault, fundador de la conocida Escuela de Nancy (Lorena), resumía en su tratado los resultados obtenidos con un elevado número de pacientes sometidos a hipnosis y establecía una primera hipótesis acerca del origen fisiológico de lo que llamaba sugestión[3]. Sin embargo, para alcanzar alguna respetabilidad científica el hipnotismo debía ser defendido por alguna figura de gran peso académico.

Charcot, el visionario

Jean Martin Charcot
Charcot.

Jean-Martin Charcot (1825-1893), hijo de un modesto carrocero y el menor de cuatro hermanos, mostró bien pronto un talento extraordinario tanto para las artes plásticas como para los estudios, por lo que terminó siendo el elegido por el cabeza de familia para tales fines[4]. El hecho es que tras estudiar medicina, aunque nunca abandonaría sus intereses artísticos, se encontró ocupado en el Hospital de la Salpêtriere de París, y allí hubo de encargarse hacia 1870 de una sala dedicada a pacientes neuróticas y epilépticas de especial gravedad.

Se vio obligado de este modo a ampliar sus estudios, restringidos hasta entonces a la anatomía y la patología del sistema nervioso, hacia el campo de la histeria. Gracias a ello, se convertiría muy pronto en el líder intelectual de la llamada Escuela de la Salpêtriere, así como en uno de los neurólogos más eminentes de su tiempo. De hecho, cualquier médico de la época interesado en estos asuntos que quisiera hacerse respetar, tenía que contar entre sus méritos con el de haber sido becado para mantener una estancia con el gran Charcot. Bien dotado para la enseñanza y la investigación, se convirtió de este modo en un visionario de la psicopatología que no dudó en utilizar cualquier medio a su alcance. Entre ellos, claro está, se incluyó la hipnosis.

No se trata de una elección casual ni en lo científico ni en lo humano. Charcot siempre tuvo una visión espectacular de la ciencia que nunca se molestó en ocultar ni tan siquiera durante sus clases, que presentaba como auténticas exhibiciones. Hombre de mundo -conocía un buen número de idiomas y citaba a los clásicos de la literatura desde el original-, casado con una viuda inmensamente rica, dotado de un excelente don de gentes, mantenía un estilo de vida fastuoso y contaba entre sus amigos personales a los más importantes nobles, burgueses y políticos de su tiempo. No es extraño, pues, que Francia considerara a Charcot como una especie de príncipe científico, patrimonio nacional que demostraba al mundo el genio francés. Tampoco sorprende que la imagen de Charcot -unida a su innegable talento- obnubilara completamente a quienes estudiaron con él, incluido el posteriormente no menos célebre Sigmund Freud[5].

Charcot en La Salpetriere (Andre Brouillet)
Este célebre óleo de Brouillet nos ofrece una idea perfectamente clara de cómo entendía Charcot sus “exhibiciones” científicas y de cómo presentaba el fenómeno de la hipnosis. De hecho, las sesiones públicas como ésta, que ofrecía en La Salpêtriere los martes y los jueves, llegaron a convertirse en visita obligada para periodistas, escritores, músicos y artistas en general.

Los primeros contactos de Charcot con la histeria –la grande neurose– le llevaron a la desorientación por cuanto las pacientes no parecían tener daños visibles en el sistema nervioso. Hasta entonces, había supuesto como el grueso de la comunidad científica que la neurosis, en cualquiera de sus formas, era reductible a lo anatómico. Es cierto que Charcot nunca renunció a la idea de que la histeria era una enfermedad de carácter neurológico, pero la falta de referentes empíricos le llevó a reconocer el valor del hipnotismo como herramienta de trabajo. El hecho era que mediante hipnosis se podía inducir en la paciente episodios de histeria a conveniencia y en diferentes niveles, de suerte que podían ser estudiados fácilmente[6]. Así pues, el interés de Charcot por la hipnosis nunca fue terapéutico sino experimental en la medida en que permitía acceder a complejos procesos somato-psíquicos.

Tras diez años de investigación, Charcot estableció que el estado hipnótico era una condición patológica en la que ciertas personas estaban predispuestas a entrar. Así, en 1882, expuso sus conclusiones en la Academia de Ciencias de París, consiguiendo avalar de este modo, a través de su reputación científica aunque no sin polémicas ulteriores, el empleo del hipnotismo como método de trabajo “ortodoxo”.


[1] Sánchez-Barranco, A. (1993). Técnica psicoanalítica. Desarrollo histórico, conceptos básicos y fundamentos epistemológicos. Sevilla, España: Arquetipo Ediciones.

[2] Recuérdese que la anestesia farmacológica se presentó en la década de 1840, y que empezó a popularizarse como práctica terapéutica en las de 1850 y 1860, con la aparición del cloroformo y del éter.

[3] Santamaría, C. (2001). Historia de la psicología. El nacimiento de una ciencia. Barcelona: Ariel.

[4] Cagigas, A. (2000). Introducción. En: J.M. Charcot y P. Richer, Los endemoniados en el arte. Jaén, España: Ediciones del Lunar.

[5] Breger, L. (2001). Freud. El genio y sus sombras. Buenos Aires, Argentina: Ediciones B.

[6] En la antigüedad se creía que el útero era un órgano móvil, que deambula por el cuerpo de la mujer, causando enfermedades cuando llega al pecho. A ese movimiento se le atribuían los trastornos sintomáticos de la histeria como las convulsiones. Así pues, la etimología de la palabra (del francés hystérie, y éste a su vez del griego ὑστέρα, “útero”) asume que la histeria es una enfermedad del útero y, por lo tanto, propia de la mujer. Actualmente, y como es obvio, se considera que que no existe relación alguna del trastorno con el útero y que, por consiguiente, no es una entidad exclusiva de las mujeres, por lo que la denominación “histeria” se encuentra en desuso en beneficio de otras como la de “trastorno de conversión”.

 

Historia de una portada

Per Yngve Ohlin
Per Yngve Ohlin, el roquero que era un muerto viviente.

Nacido el 16 de enero de 1969, el sueco Per o Pelle Yngve Ohlin –apodado “dead”, muerto– había tenido una vida complicada. Aquejado desde la infancia de síndrome de apnea obstructiva del sueño, también conocido como apnea-hipopnea[1], fue también víctima de un virulento acoso escolar que a punto estuvo de costarle la vida: a los diez años recibió por parte de sus abusadores colegiales una paliza tan grande que le provocó una hemorragia interna. Salvó la vida de milagro, pues llegó a estar incluso clínicamente muerto, aunque finalmente los médicos conseguirían reanimarlo. No obstante, tras el evento Ohlin retornó distinto, transformado, convertido en una persona extraña a la que sus familiares tenían problemas para reconocer.

Fascinado por el heavy-metal, aprendió a cantar y tocar la batería para terminar fundando, en 1986, la banda Morbid, con la que grabó algunas maquetas y demos que no pasaron desapercibidas en el entonces efervescente ambiente del black metal nórdico. Tanto es así que cuando en 1988 dos componentes de la banda noruega Mayhem deciden abandonarla, el líder la misma, Oystein Aarseth, conocido en el circuito del metal como Euronymous[2], se fijó en él como nuevo vocalista.

Por aquel entonces Pelle –Per- había consolidado una personalidad extraña, compleja y autodestructiva que resultaba rara incluso para gente del pelaje de sus compañeros y que encajaba perfectamente con el significado de su apodo: “muerto”. Entre sus excentricidades más comunes, por ejemplo, se encontraban un odio absolutamente visceral a los gatos, su afición malsana a olisquear cadáveres de animales, la costumbre de autolesionarse, una obsesión desmedida con el vampirismo, la idea de que esta vida solo es un mero sueño transitorio del que se despierta tras la muerte, y la práctica del ayuno sistemático extremo para causarse malestar y dolor. De modo que Aarseth llegaría a comentar que estaba convencido de que su nuevo batería estaba completamente loco… Y que un zumbado como este tipo, fan acérrimo de la violencia y del satanismo, diga esto de ti con cara de cierta sorpresa resulta, cuando menos, sintomático. No en vano, quienes conocieron en la cercanía a Dead manifestaban sin ambages que era un tipo extraño, imprevisible, al que nunca se llegaba a comprender del todo. Y bien lo sabía el propio Aarseth, pues una vez fue apuñalado por Dead en medio de un ataque de ira y por motivos que nunca trascendieron.

Mayhem
Logotipo de la ya legendaria banda de black metal noruego Mayhem.

Fascinado por la muerte

En efecto, Pelle estaba tan absolutamente fascinado por la muerte que coqueteaba con ella constantemente. Sin ir más lejos, durante un concierto celebrado en 1990 en Sapsborg, Noruega, dejándose arrastrar por la pasión del momento, se practicó unos cortes tan profundos en un brazo con una botella rota que hubo de ser hospitalizado durante varios días a causa de la pérdida masiva de sangre. Así las cosas, el desenlace era tan esperado como inevitable, de suerte que nadie se sorprendió por el discurrir de los acontecimientos: El hecho es que la banda Mayhem había adquirido una casa en Krakstad que les servía como vivienda compartida, lugar de ensayo y centro de operaciones. Y fue allí, en abril de 1991, que Per Yngve Ohlin se quitó finalmente la vida.

Tras adquirir un cuchillo de caza aquel mismo día y practicarse algunos cortes en las muñecas y el cuello, Dead debió imaginar que todo ocurría demasiado despacio, por lo que se saltó la tapa de los sesos con una escopeta de caza en las habitaciones de la casa[3]. En la nota de suicidio comenzaba disculpándose educadamente –la urbanidad nórdica ante todo- por haber disparado dentro de la vivienda y dejarlo todo manchado de sangre: “siento que ya no pertenezco a este mundo, mi lugar es la fría soledad de los bosques”.

Dead y Euronymous
Dead (izquierda) y Euronymous listos para la batalla.

Lo cierto es que dada su actitud extrema ante la muerte, sus declaraciones en las que afirmaba que a menudo sentía que sus órganos o su sangre se detenían, y su constante flirteo con el más allá –obviaremos las especulaciones legendarias que aún circulan sobre las extravagantes costumbres previas a los conciertos de Ohlin-, a lo que debemos sumar los antecedentes de sus patologías infanto-juveniles y la nada descartable hipótesis de algún daño cerebral no diagnosticado, se ha especulado con la idea de que el músico pudiera padecer una extrañísima psicosis conocida como Síndrome de Cotard[4].

La portada

El cuerpo fue descubierto por Euronymous, quien se encontró la casa cerrada a cal y canto, por lo que hubo de ingeniárselas para acceder al interior por una ventana para encontrarse la terrible escena. Sin embargo, lejos de ponerse nervioso, hizo justamente lo que a la inmensa mayoría de nosotros nunca se nos habría ocurrido: antes de llamar a la policía, perfectamente calmado, salió de la casa y se trasladó en coche a un centro comercial para adquirir una cámara fotográfica. Luego retornó al hogar y realizó un reportaje fotográfico del cadáver de su compañero. Las macabras fotografías se utilizaron para ilustrar el siguiente disco de la banda, precisamente el que recogía el concierto grabado en Sarpsborg y que lleva por título Dawn of the black hearts (Warmaster Records, 1995).

DawnOfTheBlackHearts
Hela aquí: así quedó este muchacho y así nos lo fotografió su compi. Si tienes una primera edición de esto, con total independencia de lo que consideres que es de buen o mal gusto, te aseguro que tienes una muy cotizada joyita de la historia del rock que vale un buen dinero entre los coleccionistas. Que te lo tasen.

Tras llamar a la policía, dado este extraño proceder, Euronymous sería detenido como sospechoso del asesinato de su compañero. No obstante, a medida que la investigación avanzó, fue puesto en libertad porque aquello era justamente lo que parecía. Cuando un periodista, con posterioridad, preguntó a Oystein Aarseth por su singular conducta, la respuesta del líder de Mayhem no fue menos sorprendente: “¿acaso tu no lo habrías hecho?”

La leyenda negra del rock dice que, antes de llamar a la policía, y tras hacerse un guiso con unos cuantos pedacitos del cerebro de Dead, Euronymous recogió cuidadosamente unos cuantos trocitos de la caja craneal reventada con los que posteriormente fabricó amuletos que envió a algunos de sus colegas favoritos del mundillo del black metal. Se dice que uno de los componentes de la banda sueca Marduk, el guitarrista Morgan Steinmeyer Hakansson, aún conserva uno de ellos… Dato difícil de creer que, sin embargo, nunca ha sido desmentido. Por supuesto, esta historieta nunca probada no deja ser parte de los ingentes chismorreos para fans que circulan inevitablemente en el circuito y que, aunque muy sugestivos, debieran ser puestos en cuarentena.


[1] Este trastorno se debe a episodios repetidos de obstrucción o colapso de la vía aérea superior que tienen lugar mientras la persona afectada duerme. La vía respiratoria se estrecha, se bloquea o se vuelve flexible. La apnea se define como una interrupción temporal de la respiración de más de diez segundos de duración provocando un colapso, bien mediante la reducción (hipopnea) o bien mediante la detención completa (apnea) del flujo de aire hacia los pulmones, y puede producir, entre otros efectos, una disminución de los niveles de oxígeno y un aumento del nivel de CO2 en sangre, así como un pequeño despertar a menudo subconsciente que permite recuperar la respiración normal hasta que se produce el siguiente episodio. La respiración vuelve a la normalidad con un ronquido fuerte o con un sonido parecido al del atragantamiento. La duración de las pausas puede variar entre unos pocos segundos y varios minutos, y normalmente se producen entre 5 y 30 veces por hora.

[2] Supuestamente, se trata de una derivación del nombre del demonio Eurynomos tal y como lo cita Anton LaVey en la biblia satánica, que se ha traducido libremente como “príncipe de la muerte”, pero la etimología no es correcta. Además, Aarseth detestaba a LaVey, al que no dudaba en llamar estafador, por lo que es dudoso que utilizara esta denominación a causa de su influencia. De hecho, Oystein Aarseth, que sería asesinado en 1993 por Varg Vikernes a causa de una deuda, había crecido en una familia evangélica de fuertes tradiciones religiosas y conocía perfectamente las Escrituras, la mitología nórdica y el satanismo.

[3] Irónicamente, tanto la escopeta como los cartuchos que había en la casa habían sido un regalo a la banda de uno de los más fervientes admiradores de Mayhem, Varg Vikernes, el mismo tipo que años después asestaría 23 puñaladas a Oystein Aarseth.

[4] Esta patología debe su nombre al neurólogo francés Jules Cotard, quien la denominó originalmente “delirio de negación” o “delirio nihilista” al presentarlo en una conferencia celebrada en París en 1880. Se trata de una patología de la familia de las psicosis relacionada con la hipocondría por la que el afectado cree estar muerto en sentido literal, es decir, como un “muerto viviente”. Así, se queja de estar sufriendo la putrefacción de los órganos, la paralización del riego sanguíneo, cree no respirar y, en los casos extremos, dice simplemente “no existir”. A veces el paciente se cree incapaz de morir en la medida que ya se considera cadáver.

La terrible historia de las quintillizas


En el presente, a causa de los procedimientos de fertilización artificiales, la probabilidad de que se produzcan embarazos múltiples ha experimentado cierto aumento. No obstante, que se produzcan embarazos múltiples de forma natural es raro, y la probabilidad tiende a reducirse a medida que crece el número de retoños por embarazo (por ejemplo, la cantidad de gemelos univitelinos concebidos de forma natural en España no alcanza más del 2% de todos los embarazos registrados). De hecho, un nacimiento de quintillizos idénticos (monocigóticos), sin intervención médica alguna que lo propicie, es algo tan raro que solo ha ocurrido una vez en la historia –que se sepa-. Sucedió en Canadá en la década de 1930 y, a causa de las absurdas políticas eugenésicas y de protección de la infancia imperantes en aquellos tiempos, se convirtió en motivo para la desgracia, así como para toda suerte de abusos. Y es que, por si no os lo habían dicho nunca, debéis saber que el camino del infierno suele estar empedrado con las mejores intenciones.


Elzira y las Quintillizas
Elzira Legros-Dionne junto a las quintillizas.

“Creíamos que eran gemelos, pero…”

Elzira Legros-Dionne pensaba que estaba encinta de gemelos cuando se puso de parto dos meses antes de lo previsto. Y lo cierto es que el embarazo había sido complicado desde el comienzo, al punto de que se piensa que sobre el tercer mes, tras sufrir unos calambres, pudo perder a uno de los seis que probablemente venían en camino. El médico local, el doctor Allan Roy Dafoe, que no tenía ni la más remota idea de lo que se traía entre manos, le había diagnosticado una “anormalidad fetal” y estaba convencido de que lo que viniera, si finalmente llegaba, no duraría mucho tiempo.

Así, el 28 de mayo de 1934, con la ayuda de dos matronas, trae al mundo a las cinco niñas en el hogar familiar –sorpresa- a las que inmediatamente mete entre algodones. Aquello era todo un récord pero, como decimos, Dafoe pensaba que las niñas no saldrían adelante, de suerte que las arrinconó en un lado de la cama y se preocupó por asegurar la supervivencia de la madre, que había entrado en shock tras el parto. El peso combinado de los bebés, lo único que se registró, era de unos 6 kilos y 100 gramos. Es el padre de las niñas, Oliva-Edouard Dionne, quien advierte pasado un tiempo que siguen con vida y avisa de ello a las matronas, que toman las medidas oportunas.

Estamos en una granja muy modesta ubicada en las cercanías de Corbeil, Ontario (Canadá), y acaba de comenzar un episodio ciertamente vergonzante –hoy olvidado por muchos- en la historia de ese país.

Allan Roy Dafoe y las Quintillizas
Allan Roy Dafoe posa con las niñas a las que va a destrozar la vida. Él no lo sabe, claro, y probablemente tampoco lo reconocería si pudiéramos preguntarle, pero así son las cosas.

Una gran noticia

Allan Roy Dafoe, el doctorcito de pueblo que en la vida pensó verse en otra como esta, se va a hacer muy famoso. De hecho, el nacimiento de quintillizas monocigóticas –toda una rareza, por no decir que un evento científico muy extravagante- se convierte de inmediato en una noticia de alcance internacional. Hay que tener en cuenta que estamos en lo peor de la Gran Depresión –que está afectando tanto a la economía del sur de Canadá como a la estadounidense al tratarse de vasos comunicantes-, por lo que cualquier noticia o evento que asegure entretenimiento y evasión de la cruda realidad se convierte por derecho propio en un fenómeno de masas.

Todo el mundo quiere sacar tajada del caso. Estamos en esos años en los que no hay más entretenimiento que la radio, las ferias ambulantes, los circos y las exhibiciones de fenómenos, que en aquellos pagos son tema común y bien rentable… Y, evidentemente, si hay un fenómeno que mostrar por todo el país ese no es otro que las quintillizas de los Dionne, a las que ya se conoce en todas partes, gracias a la prensa, como las “Dionne Quintuplets”, o simplemente “Quints”. De tal modo, a los pocos días, la puerta de la pequeña granja se convierte en un ir y venir de feriantes, hombres de negocios, promotores de espectáculos… Todos prometen a aquella gente miserable oro a raudales si firman un contrato con ellos. Y Oliva-Edouard, que debe pensar que le ha venido a tocar la lotería, finalmente se decide a rubricar un acuerdo para que se exhiba a las niñas en un stand de la Chicago’s Century of Progress. Algo así –imagino- como “las quintillizas de las incubadoras” o alguna otra cosa grotesca de ese tenor.

Lo cierto es que, por alguna razón que desconocemos, se impuso la cordura y el contrato nunca llegó a hacerse efectivo, pero la tentación de los padres de salir de la pobreza por la posible vía de la explotación de unas niñas de meses y endeble salud, motiva que la opinión pública se preocupe y se movilice. Es así que el gobierno se ve presionado y un tema teóricamente familiar se convierte en una cuestión de Estado que, sin duda, tuvo su máximo impulsor en el descontento del doctor Dafoe, primer interesado en asegurar la supervivencia de las crías por motivos meramente personales. De este modo, cuatro meses después de su nacimiento, las niñas son arrebatadas a sus padres por el gobierno de Ontario bajo el pretexto de que no se les considera adecuados para tener la custodia legal. Luego, en 1935, y por orden expresa del Primer Ministro canadiense, Mitchell Hepburn, el fiscal general Arthur Roebuck, regulariza la situación: la tutela de las quintillizas pasa definitivamente al estado canadiense hasta que cumplan los 18 años.

Si hay algo que sorprende en esta medida manifiestamente cínica, y antes política que humanitaria, es que los Dionne tuvieron tres hijos más tras las quintillizas (Oliva Jr., Víctor y Claude)… Y el gobierno de Canadá nunca tuvo nada que decir acerca de su validez como padres legales en ninguno de estos tres casos. Y es que donde entra un político, también entran los intereses.

Quintland
Panorámica aérea de las instalaciones de Quintland (Fuente: VintagePostcard.org).

Quintland

Como decimos, la aprobación de la Dionne Quintuplets’ Guardianship Act (1935) es el último clavo en el ataúd de las esperanzas familiares de controlar las quintillizas. Yvonne, Annette, Cécile, Émilie y Marie –que así se llaman- pasan a la custodia de la Corona Británica hasta su 18 aniversario, de suerte que sus padres solo lo serán de forma nominal, pero no tendrán responsabilidad o derecho alguno sobre la crianza y educación de las niñas. Para garantizar los adecuados cuidados de las quintillizas se construye en North Bay, a unos 14 kilómetros de Corbeil, la Dafoe Nursery, popularmente conocida como Quintland, que será dirigida como es de suponer por el doctor Allan Roy Dafoe[1]. Un tipo este destinado a la más absoluta mediocridad médica que, de repente, se ha convertido en una estrella mediática de talla mundial que incluso puede publicar artículos en revistas científicas de primer nivel que solo un año antes le estaban completamente vedadas, porque a nadie había importado nunca un pimiento lo que el tal Dafoe tuviera a bien escribir.

Dafoe contaba con todo un elenco de profesionales dispuesto a ayudarle en la tarea: dos enfermeras, un maestro, tres agentes de policía, un conserje y dos asistentas. Tenía, por lo demás, absoluta autoridad en todo lo referente a la educación y acceso a las chiquillas de suerte que la familia solo podría verlas si él lo consideraba oportuno. Y aquí viene la paradoja: poco importaba que el motivo para arrebatar a las quintillizas de su familia fuera el riesgo de explotación, pues este tinglado organizado por el gobierno se basaba precisamente en la exhibición de las niñas, evento que ocurría en dos sesiones diarias, generando así lo que suponía un enorme negocio. Miles de visitantes dispuestos a pagar su entrada para ver al fenómeno nacional, licencias para fabricación de juguetes, calendarios, tazas, baberos y todo tipo de objetos, documentales, reportajes, licencias para insertar fotos de las pequeñas en cajas de cereales, detergente, galletas… e incluso películas. Por supuesto, la familia de las niñas no veía ni un céntimo de ese río de dinero –tampoco ellas- y se presume que el doctor Dafoe, único gestor de las ganancias, solo pudo sacar de aquí la muy acomodada posición económica de la que disfrutó durante toda su vida.

Quintland, Pabellon Principal
Pabellón principal de Quintland.
Five of a Kind (1938)
Five of a Kind (1938); cartel de una de las películas en las que aparecieron las famosísimas Quintillizas Dionne.

Por hacernos una idea, se ha calculado que la presencia de Quintland, durante el tiempo que estuvo en funcionamiento, atrajo a la zona de North Bay a unos tres millones de personas, lo cual significa entre 3000 y 6000 visitantes diarios que hicieron crecer de manera exponencial los negocios hosteleros locales, al punto de que durante los peores momentos de la Gran Depresión, la North Bay Area vivía una pujanza económica sin precedentes. Tanto es así que entre los habitantes de la zona las quintillizas eran conocidas cariñosamente como las “nuggets” (pepitas de oro). De hecho, el “valor de negocio” de las Quints, se estimó en torno al medio millón de dólares estadounidenses anuales en 1938 al tratarse de un negocio que contaba con la enorme ventaja de no tener competencia alguna en el mercado[2].

Gente se agolpa a las puertas de Quintland
Gente agolpándose a la entrada de Quintland en espera del pase de las quintillizas.

No es oro todo lo que reluce

No tardó el doctor Dafoe en generarse una pléyade de incondicionales en la profesión médica dispuestos a cantar sus alabanzas, probablemente polillas que pululan alrededor de la luz de la fama, y que nunca le faltan a esta clase de gente. Prueba de ello es que incluso logró que se organizara un congreso sobre el “desarrollo” de las niñas que generó cierto ruido académico y alguna que otra controvertida publicación[3].

Pero no era oro todo lo que relucía. No es solo que el asunto estuviera montado sobre un vergonzante negocio que Dafoe justificaba asegurando que lo que único que hacía era garantizar el futuro de las niñas –cosa que luego se mostró totalmente incierta-, sino que también se cifraba en una serie de criterios pseudocientíficos y cuasi profilácticos que en realidad contravenían las bases de un desarrollo psicosocial saludable para las pequeñas. La obsesión del doctor Dafoe con la salud, la higiene y la protección “contra los gérmenes” de Quintland era tan extrema que imponía a las quintillizas una vida virtualmente carcelaria: solo interaccionaban entre ellas, solo podían desplazarse libremente dentro de ciertos lugares de las instalaciones, no conocían a otros niños ni tener amigos, solo podían socializar con los adultos que tenían acceso directo a ellas, su estilo de vida era meticulosamente controlado, la disciplina a la que eran sometidas era extremadamente férrea. Tampoco podían ser besadas o abrazadas bajo ningún concepto. No podían posar para una fotografía con naturalidad y su imagen era cuidada hasta extremos rayanos en la demencia, pues era propiedad de un periódico que pagaba escrupulosamente por la exclusiva.…[4]

Dionne Quintets - School Days (1940 - Andrew Loomis)
Uno de los populares calendarios que vendían la inexistente utopía infantil de las Dionne (School Days, 1940: Andrew Loomis).

De tal modo, entretanto los populares calendarios que vendían idílicas imágenes de aquellas niñas que parecían vivir una maravillosa utopía infantil adornaban las cocinas de millones de hogares, la realidad era que se trataba de pobres chiquillas sometidas a un régimen de vida terriblemente riguroso, en un medio inapropiado para el desarrollo de sus personalidades, aplastadas por un régimen de sangrante explotación económica que las había convertido en el medio principal de vida de un pueblo entero.

Publicidad de Palmolive (1937 - Andrew Loomis)
Publicidad de jabón Palmolive protagonizada por las quintillizas Dionne (Andrew Loomis, 1937).

Un detalle significativo: la primera vez que las quintillizas salieron al exterior de la Dafoe Nursery fue en 1939 –con cinco años-, momento en el que viajaron a Toronto para tener un breve encuentro con el rey Jorge VI, que se encontraba en Canadá realizando un viaje de Estado[5].

Con papá y mamá… Pero tampoco

Como es de suponer, Oliva-Edouard y Elzire habían mantenido una larga batalla legal contra el gobierno canadiense a fin de recuperar la tutela de sus hijas, a las que prácticamente no tenían acceso. Se veían ayudados por un creciente grupo de ciudadanos a los que la terrible injusticia que se había cometido no les era indiferente y a quienes, por cierto, la palabrería del doctor Dafoe –que por aquel entonces incluso había logrado publicar un par de famosos libros para madres- no lograba engañar. Más aún: la familia Dionne era de origen francófono entretanto Dafoe, anglófono, se había empeñado en que solo hablaran inglés… Un asunto que en Canadá es muy serio, y que solo venía a agravar la situación.

Así pues, y con el panorama descrito, en 1943, los tribunales fallaron a favor de la familia. El médico, al que se acuso de maltrato psicológico y que pasó de héroe a villano sin escalas intermedias (las polillas volaron a otra parte, que es lo que pasa cuando las luces se apagan), fue relevado de sus deberes para fallecer de una neumonía, complicada con un cáncer, en junio del mismo año[6].

Con fondos extraídos de la fundación de las quintillizas se construyó una mansión de 20 habitaciones junto a la vieja guardería para que la familia pudiera convivir reunida, y que fue bautizada como The Big House. Se mantuvo a la vieja plantilla de Quintland trabajando con los Dionne para garantizar la privacidad y bienestar de las niñas, entretanto las antiguas instalaciones fueron reconvertidas en una escuela católica para señoritas. Sin embargo, el hogar de los Dionne fue de todo menos ejemplar.

Dafoe Radio (Getty Images)
Allan Roy Dafoe, una auténtica figura pública de su tiempo, en una de sus muchas apariciones radiofónicas en las que ofrecía toda suerte de consejos sobre maternidad a la par que informaba acerca del desarrollo de las niñas Dionne (Fuente: Getty Images).

Entre las constantes ocupaciones promocionales de las niñas, el ansia del padre por recuperar cuanto fuera posible de los ingresos perdidos (y dicen las malas lenguas que quizá demasiado “cariñoso” con las pequeñas), las escasas habilidades psicosociales de unas niñas que estaban poco preparadas para llevar una vida más o menos normal, y bajo la presión de un constante escrutinio público que impedía, precisamente, normalizar las cosas, el hogar de la familia Dionne fue cualquier cosa excepto feliz, como las propias chicas manifestaron a lo largo de su vida en muchas ocasiones[7].

Por lo tanto, apenas alcanzaron la mayoría de edad, todas abandonaron el hogar y rompieron para siempre con la familia. Su vida no fue ni remotamente feliz, e incluso en algún caso llegaron al extremo de pasar toda suerte de privaciones económicas que el gobierno canadiense, el mismo que no dudó en embolsarse el río de dinero que generaron las quintillizas cuando tuvo ocasión, trataría de reparar en 1998. Tarde: para entonces, ya solo vivían tres de ellas.

A menudo, la fama solo esconde horrores.

Quintillizas en New York a los 16
Las quintillizas a los 16 años, durante una visita a New York City.

[1] The Evening Independent, 15 de marzo de 1935.

[2] Noël, F. (ed.) (2010). The Dionne Quintuplets and their entourage: Student papers on media representation. North Bay (ON), Canada.

[3] Blatz, W.E. (1937). Abstracts of studies on the development of the Dionne Quintuplets. Can. Med. Assoc. J. 37(5): 424-433.

[4] Dafoe, A.R. (1937). The physical welfare of the Dionne Quintuplets. Can. Med. Assoc. J. 37(5): 415-423.

[5] Berton, P. (2007). The Dionne’s Years: A thirties melodrama. New York City (NY): W.W. Norton & Company.

[6] http://www.thecanadianencyclopedia.ca/en/article/allan-roy-dafoe/

[7] Berton, P., Op. Cit.

La infamia del Vuelo 495


El desastre del vuelo de la compañía aérea Cubana acaecido en noviembre de 1958 es uno de los asuntos de terrorismo internacional más extraños, silenciados y controvertidos de la historia que, además, va a ser el primer secuestro de un vuelo comercial salido de un aeropuerto de los Estados Unidos. El periodista colombiano Gerardo Reyes pasó diez años tratando de esclarecer este espinoso asunto sin lograr llegar al fondo último del mismo, pero los resultados de su investigación vieron la luz en un interesante libro titulado Vuelo 495[1]. En este libro, Reyes se hizo varias preguntas que nunca han sido respondidas. La principal de ellas: ¿por qué un episodio tan nefasto como éste nunca ha salido a la luz a pesar de que La Habana y Washington llevan más de 50 años lanzándose mutuos reproches?


vuelo-495
Portada del libro de Gerardo Reyes que inspira esta entrada.

1 de noviembre de 1958

Son 16 las personas que esperan en el aeropuerto de Miami para tomar el vuelo 495 de la compañía aérea Cubana, con destino a Varadero[2]. El aparato, un Vickers Viscount 755D, ronronea en la pista a la espera de ser abordado por el escueto pasaje y la situación es tensa en la isla, por lo que volar allá empieza a ser cosa complicada. Faltan apenas dos meses para el triunfo de la revolución castrista, aunque nadie lo sabe todavía, y estamos en la antesala de la conocida como Batalla de Guisa, que comenzaría el 20 de noviembre. Todos aquellos que suben al avión lo ignoran aún, pero van a ser víctimas de un acontecimiento histórico sumamente controvertido y silenciado por los gobiernos cubano y estadounidense durante décadas. Ello, aún a pesar de que cinco de los 14 pasajeros que fallecerían aquel día eran titulares de un pasaporte de los Estados Unidos.

El vuelo acumula varios retrasos, pero nadie explica nada. Simplemente, en un momento dado, se da la orden de embarque y las 16 personas que esperaban en la terminal suben a bordo. No podían deberse las tardanzas a nada grave pues el viaje Miami-Varadero apenas duraba 45 minutos, por lo que los pasajeros atribuyen demora a algún inconveniente durante las operaciones a pie de pista.

Todo parece normal, pero no es así. El destino va a jugar una inesperada –quizá insospechada- broma cósmica a los pasajeros del Vuelo 495 pues, en un momento dado, cinco hombres de entre el pasaje que se identifican como miembros del Movimiento 26 de Julio (M-26-7)[3], se uniforman, toman el control del aparato, y comunican que el avión se va a desviar a algún lugar de la región oriental de Cuba. ¿El motivo? Pues al parecer el aparato llevaba en su bodega armas y municiones introducidas de manera subrepticia –nadie sabe cómo y este punto jamás ha sido aclarado si bien parece claro que habría sido imposible sin la complicidad del personal de la compañía aérea en Miami-, supuestamente destinadas a los rebeldes de Sierra Maestra[4], donde Fidel Castro, acompañado de su hermano Raúl y otros miembros del M-26-7, están en aquellos días preparando el golpe final contra el gobierno de Fulgencio Batista.

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Un Vickers Viscount 755D de la compañía británica Invicta Airlines, idéntico al empleado por Cubana de Aviación. Este modelo y sus aparatos “hermanos”, fabricado por Vickers-Armstrong, fue muy exitoso y empleado por múltiples líneas aéreas comerciales para sus vuelos de corta duración durante las décadas de 1950 y 1960.

Las cosas no funcionan

Parece que la operación del comando será incruenta en la medida que el pasaje no implicado en el secuestro acepta la broma cósmica con deportividad, a la par que la tripulación del aparato decide colaborar, pero algo no saldrá bien. A su llegada a destino el vuelo no encuentra un lugar apropiado para el aterrizaje y, tras varias intentonas, a punto ya de quedarse sin combustible –que para un viaje corto como aquel no debía ser mucho-, el piloto intenta aterrizar a la desesperada en una pista inapropiada por su escasa longitud próxima al Central Azucarero de Preston[5]. Todo parece esperar que alguien les estaba esperando en aquel lugar.

No saldrá bien. El avión terminará cayendo en el mar y falleciendo en el accidente 14 de los 16 pasajeros, entre los que se contaban cuatro niños y una mujer embarazada. Y nos queda por sumar a la historia un detalle bastante relevante: el personal de la compañía aérea pareció hacer todo lo posible para evitar que esta familia con niños tomara aquel vuelo, cosa que al final no pudo impedir de manera razonable. Como mínimo, sospechoso.

Así las cosas, parece que la tragedia era lo suficientemente importante –recordemos que nos encontramos en 1958, esto no era algo común en aquel momento, y han perdido la vida al menos cinco ciudadanos estadounidenses- como para despertar el interés del gobierno y los medios de comunicación internacionales, pero un extraño velo de misterio se abatirá sobre el acontecimiento, al punto de quedar prácticamente silenciado.

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Mapa de la región de Nipe, donde tuvo lugar la tragedia del Vuelo 495.

Teoría de la conspiración

En opinión de Gerardo Reyes, había elementos de sobra para que este silenciamiento se produjera, comenzando por el hecho de que el triunfo de la revolución castrista era algo tenido ya por seguro, y que la CIA había abandonado a su suerte al gobierno de Batista, cuya corrupción era algo ya inasumible. Por todo ello, el gobierno de los Estados Unidos estaba convencido a aquellas alturas de que el éxito de los revolucionarios era un mal menor, y se contemplaban los acontecimientos cubanos con cierto aire de “encantamiento”. Cabe recordar en este momento una de las cartas que Ernesto “Che” Guevara envió al escritor argentino Ernesto Sábato en las que afirmaba que uno de los grandes problemas de la revolución era que Eisenhower nunca les había tomado en serio. O lo que es igual: los norteamericanos siempre creyeron que, ganara quien ganara aquella guerra, siempre podrían controlar la situación[6].

Así las cosas, las agencias de noticias nunca publicaron fotografías de la tragedia –por ello no podemos ilustrar esta entrada con imagen alguna del accidente-, a la par que Fidel Castro, siempre aseguró, al ser interpelado por este hecho, no haber autorizado jamás la operación de la que aseguró no conocer detalle alguno. La teoría de Reyes a este respecto, difícil de contrastar, es que los secuestradores eran un grupo de jóvenes entusiastas de Miami que pretendían vincularse al movimiento guerrillero cubano. De hecho, en aquel momento era fácil encontrar a muchos de ellos en la ciudad norteamericana vendiendo bonos para apoyar a la revolución castrista.

Los Estados Unidos, por su parte, y pese a tratarse del primer secuestro de un vuelo salido de suelo norteamericano, encontraron la forma de sacar elegantemente el suceso de los anales: eludieron investigar el hecho aduciendo que no tenían jurisdicción sobre el lugar del accidente y que el problema era una cuestión interna de las Autoridades cubanas. Raúl Castro, por su parte, pasados dos meses del desastre, zanjó la cuestión al manifestar que la peripecia del Vuelo 495 de Cubana había sido una “heroica estupidez”. Consecuencia: el asunto se dio por cerrado por ambas partes de una manera absolutamente vergonzante, pero perfectamente conveniente.

Esta historia como todas tiene una moraleja, por supuesto. Quizá debiera aleccionar a los gobiernos –y a no pocos particulares- de los peligros inherentes a adoptar posturas que, desde la legitimidad que les otorga sus posiciones pero con una extraña moralidad, ofrecen argumentos fuerza al terrorismo cuando evalúan de manera dispar los acontecimientos en función de quién hace qué, de a quién se hace algo, y de qué es lo que se hace en cada caso.

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Escudo del Movimiento 26 de Julio.

[1] Bogotá: Grijalbo (Penguin Random House), 2015.

[2] Varadero, en Cuba, pertenece al municipio de Cárdenas, y está situada en la península de Hicacos, provincia Matanzas, a 130 kilómetros al este de La Habana.

[3] El movimiento 26 de Julio, liderado por Fidel Castro, toma su nombre de la fecha del asalto al Cuartel Moncada en Santiago de Cuba, acaecido el 26 de julio de 1953. Nació clandestinamente el 12 de junio de 1955. Por aquel entonces Castro acababa de ser amnistiado y liberado de la cárcel donde se encontraba cumpliendo una condena por haber encabezado, precisamente, el susodicho asalto. Fue gracias a esta acción que un desconocido Fidel Castro, quien ya era uno de los líderes del Partido Ortodoxo, se convirtió en un personaje célebre entre los cubanos.

[4] La mayor cordillera del país, bordea la costa sur-oriental de Cuba desde Cabo Cruz hasta la Punta de Maisí, y tiene alrededor de 250 kilómetros de largo por 60 de ancho.

[5] En la región de Nipe, explotada por la compañía norteamericana United Fruit Sugar Company, que es quien dio el nombre al lugar.

[6] Nos referimos a la fechada en 12 de abril de 1960: “Según sus hojas de testificación donde decía: ‘nacionalizaremos los servicios públicos’, debía leerse: ‘evitaremos que eso suceda si recibimos un razonable apoyo’; donde decía: ‘liquidaremos el latifundio’ debía leerse: ‘utilizaremos el latifundio como una buena base para sacar dinero para nuestra campaña política, o para nuestro bolsillo personal’, y así sucesivamente. Nunca les pasó por la cabeza que lo que Fidel Castro y nuestro Movimiento dijeran tan ingenua y drásticamente fuera la verdad de lo que pensábamos hacer; constituimos para ellos la gran estafa de este medio siglo, dijimos la verdad aparentando tergiversarla. Eisenhower dice que traicionamos nuestros principios, es parte de la verdad; traicionamos la imagen que ellos se hicieron de nosotros, como en el cuento del pastorcito mentiroso, pero al revés, tampoco se nos creyó”.

Amityville: de crímenes, fantasmas y trolas

 

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Ronald DeFeo Jr. Una joya de muchacho.

El famoso asesinato en masa perpetrado por Ronnie DeFeo durante la madrugada del 15 de noviembre de 1974 ha quedado ensombrecido por la peripecia que, según se dice, vivieron con posterioridad los Lutz, la familia que compró la propiedad en la que sucedió todo.


De hecho, que la casa del 112 de Ocean Avenue en Amityville (Long Island, New York) se convirtiera en el singular epicentro de una historia de fantasmas, posesiones diabólicas, rituales satánicos y otras simplezas afines con las que alimentar mentes recalentadas, llegaría a ser indecentemente utilizado por el abogado del propio DeFeo -William Weber- para tratar de exculpar a su defendido. La celebridad que, tanto la ávida prensa amarilla como el libro escrito por Jay Anson, dieron a la historia de los Lutz ha contaminado el horroroso crimen cometido por Ronald DeFeo Jr., convirtiéndolo así en un simple y extravagante prólogo para acontecimientos posteriores supuestamente mucho mayores, pero bastante menos ciertos.

Hasta doce películas -a cual peor, dicho sea de paso- se han inspirado en la casa encantada de Amityville convirtiendo a George y Kathy Lutz en una maravillosa fábrica de dólares y cuentos chinos. No es para menos. El libro de Anson es bueno como novela de suspense, está bien construido y pese a no tratarse de una maravilla de la prosa literaria, que no lo es, tiene esa gracia tópica del best-seller que lleva al lector a tragárselo de una sola vez. Para muestra, un servidor. No es para menos si tenemos en cuenta que antes de dar el pelotazo literario Jay Anson se había ganado la vida escribiendo guiones cinematográficos… En efecto, el tal Jay no era Cervantes, pero no cabe la menor duda de que sabía contar una historia.

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El famoso perfil -que da a la calle- de la celebérrima casa del 112 de Ocean Avenue.

Desmontando mitos

Para comenzar la narración como es debido, aclaremos que en torno al crimen de Ronald DeFeo se han construido muchos relatos inciertos, o escasamente documentados, que lo han dotado de matices tenebrosos pero en absoluto reales. Por ejemplo, se cuenta habitualmente que puso somníferos en la sopa de sus familiares para, una vez dormidos, trasladarlos a sus camas y asesinarlos en ellas de un tiro en la cabeza. No ha podido probarse. Los cuerpos fueron encontrados en el mismo lugar en que fueron tiroteados -sus propias camas- y presentaban heridas en diferentes lugares de su anatomía. Los análisis toxicológicos no hallaron restos de fármaco alguno en sus cuerpos. El hecho de que la mayoría -que no todos- estuviesen tumbados decúbito prono -o boca-abajo- en el momento de su muerte es meramente casual… Pero claro, siempre cabría preguntarse si es realmente tan raro que la gente duerma en una postura u otra. ¿Cuánta gente duerme de lado? ¿O boca arriba? ¿Y a quién en su sano juicio le importa saberlo? ¿Como duermes tu? ¿Y tu hermana?

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Dos “friquis” posan en el otrora célebre “cuarto rojo” del sotano. Por lo que se ve, fue reconvertido en un triste lavadero.

Otro mito célebre indica que el asesinato múltiple tuvo lugar a las 3:15 horas en punto de la madrugada, pero se trata de una especulación. Los archivos policiales indican, tan solo, que los crímenes debieron tener lugar entre las 2:30 y las 3:30 horas -esto de la exquisita puntualidad fue una creación literaria posterior de Jay Anson y quien quiera conocer los motivos del invento, tendrá que leerse el libro porque no lo pienso contar, explotada a posteriori por el cine-. También se ha especulado con la posibilidad de que Ronnie DeFeo se entretuviera realizando rituales satánicos en un cuartito rojo oculto en el sótano de la casa, pero lo cierto es que este extremo nunca ha podido demostrarse, nunca se ha sabido qué finalidad tenía el dichoso cuarto y, además, el asesino ni lo mencionó en sus declaraciones antes de que esta historieta fuera publicada bastante tiempo después de los crímenes. De todo ello cabe deducir que simplemente se subió al carro de la película de terror para sustentar su propia defensa. Un rasgo tópico de carácter en los antisociales manipuladores y de los abogados caraduras dispuestos a valerse de cualquier cosa para ir tirando, por muy disparatada que sea.

Lo cierto y verdad es que no hay que buscar explicaciones sobrenaturales al terrible crimen y, de hecho, no existe constancia alguna de que los DeFeo hubieran experimentado sucesos paranormales en aquella casa de estilo colonial holandés que su primer propietario erigiera en 1928. Tampoco hacía falta porque, al parecer, el ambiente se encontraba ciertamente envenenado en el seno de aquella familia numerosa desde hacía bastante tiempo.

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Cartel de la producción de 1979 Terror en Amityville, dirigida por Stuart Rosenberg. Un taquillazo, pero no te la creas…

Familia envenenada

Ronald DeFeo padre, hasta donde se sabe, era un hombre de dos caras. Bivalente.

Fuera del hogar se mostraba como un sujeto educado, atento y encantador, pero quienes le conocían bien cuentan que de puertas adentro era extremadamente autoritario y exigente con sus hijos, a los que gobernaba manu militari. Esta actitud dura -en ocasiones incluso cruel- desembocaba a menudo en graves enfrentamientos y discusiones con su esposa, Louise. Y no descartemos los malos tratos. De hecho, la mudanza a la magnífica propiedad de Ocean Avenue, al parecer, tenía mucho que ver con un intento desesperado de la familia por mantenerse unida en un ambiente tranquilo y alejado del estrés del centro de la ciudad -una especie de terapia- para evitar una ruptura definitiva. Un dato esclarecedor: papá DeFeo, nada más aterrizar en la propiedad, la bautizó cartel en mano como High Hopes (grandes esperanzas).

La verdad es que, en aras a la buena convivencia, todos se sometían de mejor o peor grado a la tiranía del señor DeFeo excepto su primogénito, Ronald Jr. -apodado Butch– que tendía a llevarse la peor parte en aquél régimen despótico en la medida que solía mostrarse arrogante y muy poco servil. En definitiva: Ronald Sr. y Ronald Jr. eran astillas de la misma madera y chocaban permanentemente. Es más: el medio que Butch encontró para vengarse de las presiones paternas fue, obviamente, el de convertirse precisamente en aquello que su padre más detestaba: un mal estudiante, un vago, un golfo, un bebedor compulsivo y, al fin, en un adicto a diferentes tipos de drogas. Fuego para combatir el fuego.

Y la cosa solo empeoró, con mudanza o sin ella. Sintiéndose como un animal enjaulado desde la adolescencia, Butch optó por reducir al mínimo su relación con el resto de la familia, por lo que solía encerrarse durante horas -a veces días- en su cuarto y en las raras ocasiones en las que se presentaba en el colegio no hacía otra cosa que buscarse problemas. Al parecer, sólo encontraba cierta complicidad en su hermana inmediatamente menor, Dawn, con la que mantenía una relación que podría considerarse amigable.

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Ronald con sus hermanos y hermanas meses antes del crimen.

Con 17 años, hartos de recibir llamadas enojosas de diferentes centros académicos, los padres deciden sacar a Ronald del enésimo colegio y le ponen a trabajar. Peor todavía, pues del consumo de drogas Butch evolucionó hacia los robos -se sospecha que llegó incluso a apropiarse nada menos que 30.000 dólares de la empresa de su abuelo, en la que estaba empleado, si bien lo negó reiteradamente argumentando haber sido víctima de un atraco- al tiempo que, paulatinamente, iba quedándose sin amigos y sumiéndose en una espiral de terrible soledad de la que sólo parecía salir cuando contaba con algo de dinero fresco en el bolsillo.

Fue por estos días que el joven DeFeo comenzó a aficionarse a las armas de fuego, de las que siempre contaba con diferentes tipos y calibres, pero que raramente solía utilizar. Se limitaba a manipularlas, observarlas, cambiarlas, limpiarlas o venderlas cuando se veía apremiado económicamente, y poco más. Una rara afición la suya. Por supuesto, los altercados con papá DeFeo continuaron su escalada hasta que, irremediablemente, se pasó de las palabras a los hechos: durante una de las graves -y comunes- discusiones que su padre mantenía con su madre, Butch tomó uno de sus rifles, apuntó directamente a su progenitor y apretó el gatillo. Sin más. El arma se encasquilló evitando el desastre, pero la posterior amenaza de Ronald fue clara y explícita pues le indicó que si seguía maltratando de aquella manera a la familia no dudaría en matarlo. Ronald DeFeo Sr., simplemente, quedó tan atónito que ni abrió la boca. Si aquel día el rifle de Ronnie no se hubiera atascado, se habría evitado posteriormente una tragedia mucho mayor y Jay Anson nunca habría escrito libro alguno.

Pero es que el mundo funciona como funciona.

La familia que se odia unida, muere unida

Es probable, como decimos, que cuando los DeFeo adquirieron la excelente casa del 112 de Ocean Avenue, lejos del ruido y las tribulaciones urbanas del populoso Brooklyn, pensaran que aquel cambio significaría el principio de una mejora significativa en su vida familiar. Ya se sabe; cambiarlo todo para que nada cambie. De hecho, nadie en la familia DeFeo había sido capaz de entender que ya era demasiado tarde de suerte que, recurriendo al tópico, la suerte estaba echada. Así, a los pocos meses del traslado -todavía con el asunto del robo en el negocio familiar caliente en la memoria de todos-, Butch, ya en el fondo de su peculiar descenso a los infiernos, había madurado lo suficiente como para estallar.

En la noche de autos, una vez estuvo completamente seguro de que todos se encontraban en la cama y perfectamente dormidos, Ronald echó mano de su rifle del 35 y aguzó el oído. Todo era silencio si exceptuamos el fluir monótono del agua por el río que circundaba la propiedad. Iba a terminar con todos los reproches, odios y miedos de la familia de una vez y para siempre. Allá terminaban todas las miserias porque la fantasía que había urdido durante meses iba a convertirse realidad. A menudo la gente suele preguntarse -y preguntarme- qué narices pasa por la cabeza de alguien que obra de este modo, y la respuesta a esa pregunta es más bien sencilla: solo él lo sabe y difícilmente podrá ser comprendido por alguien ajeno a esas tempestades interiores más allá de la comprensión del mecanismo que activa la espoleta. A veces -y esto es muy común- ni ellos mismos son capaces de ofrecer una explicación lógica de sus actos, pues probablemente no la haya.

El caso es que, arma en mano, visitó en primer lugar el dormitorio de sus padres. Sin dudarlo, disparó en ocho ocasiones sobre la cama provocándoles diferentes heridas , la mayor parte de ellas mortales de necesidad. Acto seguido se acercó al cuarto de sus hermanos y repitió la operación… Y concluyó en la habitación de las chicas, a las que descerrajó sendos tiros en la cabeza. Todo ocurrió en apenas tres minutos. Ya estaba. Fuera el perro ladraba sin control y a Ronald le pareció increíble que nadie se hubiera despertado en la casa o hubiera oído semejante escándalo nocturno en un vecindario tranquilo como aquel. Pero así era. A continuación, lo cual indica que era dueño de sus actos en todo momento, preparó la coartada que había elaborado, pues era plenamente consciente de que se convertiría en el primer sospechoso del crimen. Planificador y organizado… Luego ni enajenado, ni poseído, ni gaitas… Qué le vamos a hacer.

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Vista aérea de la propiedad de los DeFeo.

Tras despojarse de la ropa y ducharse por temor a cualquier evidencia genética pues era consciente de que había recibido alguna salpicadura de sangre, lo metió todo -rifle incluido- en una funda de almohada y se deshizo del hatillo en una alcantarilla cercana a la propiedad. Luego, tras dar una vuelta por la casa para asegurarse de que todo estaba en orden, cogió el coche y se encaminó hacia Long Island para asistir a su jornada de trabajo en la empresa familiar aparentando normalidad. Para consolidar la coartada, a lo largo de la mañana, realizó varias llamadas telefónicas a su casa y simuló ante todos una grave preocupación por el hecho de que nadie respondiera. Fue un error que, a posteriori, hizo sospechar a muchos que algo raro pasaba con él pues, habitualmente, Butch no habría telefoneado a su casa ni para pedir la hora. Finalmente, a la hora del regreso, se aseguró de ir acompañado de un par de amigos a fin de poder escenificar como era debido su particular drama. De hecho, fue uno de ellos, particularmente afectado, quien llamó a la policía que se personaría en la finca de los DeFeo con celeridad.

La función continua

Los agentes, que saben lo que ven en cuanto lo ven, se dieron muy pronto cuenta de que todo aquello era raro, pues no había pista alguna, ni móvil, ni lucha, ni faltaba cosa alguna, ni las puertas o ventanas habían sido forzadas… Y, además, la coartada de Ronald Jr. -el único superviviente, hecho que no dejaba de resultar inevitablemente sospechoso- parecía excesivamente sólida, concisa, preparada de hecho: el chico manifestó con naturalidad que aquella noche no había podido dormir pues padecía insomnio -lo cual era cierto y tenía medicamentos prescritos por el médico para combatirlo-, que había permanecido hasta las cuatro de la madrugada viendo la televisión, y que posteriormente se había arreglado y marchado al trabajo sin percibir nada extraño en la casa. El problema es que este detalle no se ajustaba a la hora de la muerte estimada por los forenses que, con cadáveres tan recientes y en condiciones de temperatura y humedad normales, ajustaron la hora del óbito con bastante precisión… Por eso, cuando un agente particularmente tenaz se concentró en la habitación del chico y logró encontrar dos cajas de cartón vacías de munición para un rifle del 35, la idea del crimen en familia quedó perfectamente clara para los investigadores.

Así, tras largos interrogatorios, Ronald DeFeo se derrumbó reconciéndose culpable si bien dijo no estar arrepentido. Tenía muy claro por qué había asesinado a su padre, pero nunca supo explicar por qué se había llevado por delante a todos los demás… Tal vez fuera el exceso de entusiasmo que provoca el olor de la sangre en esas personas que han acumulado mucha tensión, mucha ira y mucho odio, durante mucho tiempo.

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Fotografías de la ficha policial de Ronald DeFeo realizadas tras su detención. Se le ve tan pancho, ¿no?

El cuento chino

Dado que la defensa de Butch se acogió al socorrido argumento de la locura, a William Weber, un letrado ciertamente espabilado, le vendría de perlas la historia paranormal urdida por el matrimonio Lutz, los siguientes inquilinos de la propiedad. No en vano, el psiquiatra escogido por el defensor de Ronald para tratar de consolidar la eximente por incapacidad mental no fue otro que Daniel Schwartz, un prestigioso especialista que tiempo después se haría célebre al ocuparse del famoso asesino en serie David Berkowitz. El problema es que a menudo prestigio y calidad no van de la mano: al igual que en el caso de el Hijo de Sam, Schwartz se cubriría de gloria con Ronald DeFeo puesto que no dio ni una en el diagnóstico, siendo fácilmente rebatido por el menos famoso y menos rico, pero más perspicaz y eficiente psiquiatra de la fiscalía.

Lo cierto es que tras el éxito de libro de Jay Anson, editado después de que la denuncia de los Lutz se hiciera muy popular -“oigan, vivo en una casa encantada”-, el propio fundador del Instituto de Parapsicología Americano, Stephen Kaplan, decidió tomar cartas en el controvertido asunto de la historia de Amityville (ignoro por qué película irían ya). El caso es que a Kaplan el asunto de los Lutz siempre le había parecido un fraude porque contaba con todos los elementos que deben hacer sospechar a cualquier persona sensata y que lo transforman en ese cuento redondo que es demasiado bueno para ser cierto. De hecho, logró la prueba más obvia del timo la obtuvo cuando el propio George Lutz renunció a que investigase la casa del 112 de Ocean Avenue. Y es que le advirtió a las claras de que se temía una estafa y de que, si lo era, no dudaría en contarlo.

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George y Kathy Lutz… Vaya par de listos (Fuente: Viewimages).

Lo cierto es que tiempo después Kaplan, cuando el matrimonio Lutz dejó la propiedad con un buen montón de pasta en el bolsillo, pudo trabajar a sus anchas sin encontrar absolutamente nada destacable -la verdad, ignoro qué clase de “investigaciones” hacen los parapsicólogos y si suelen encontrar algo de lo que supuestamente buscan-. Pero si uno de ellos, muy reputado en el gremio, reconoce que una casa encantada es un timo… Pues blanco y en botella.

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Una de las muchas ediciones del libro de Anson. Si buscáis una traducción española sabed que se editó como “Aquí vive el horror”. Bueno para una tarde de piscina.

El problema es que los medios de comunicación alimentaron -y siguen alimentando- de tal manera la falacia de la casa embrujada de Amityville –la más embrujada del mundo- que los Lutz no tuvieron que hacer otra cosa que esperar los ríos de dinero que se amontonaron en su puerta y que, por cierto, vinieron a salvarlos “casualmente de la desastrosa situación económica en la que se encontraban cuando adquirieron una propiedad que estaba muy por encima de sus posibilidades económicas reales. Ello motivó que nadie prestase atención, porque nunca se escucha lo que no se quiere oír, a la declaración del abogado William Weber, quien reconoció tiempo después haber urdido junto con el propio George Lutz el fraude para “hacerse un favor mutuo”.

Incluso la Iglesia -que por cierto nunca envió a ningún sacerdote llamado Mancuso a exorcizar la propiedad y, de hecho, el tal sacerdote no era otra cosa que una invención dramática del listo de Anson- y las Autoridades policiales han negado reiteradamente que los supuestos acontecimientos de la casa sean reales. Por supuesto, nadie ha querido escuchar sus explicaciones. Para qué si una buena teoría de la conspiración es mucho más divertida. Más aún: casi treinta años después de los hechos George y Kathy Lutz han reconocieron ante las preguntas de los periodistas que estos eran “básicamente reales”, pero que en su día “tal vez exageraron” o “embellecieron” algunas partes del relato.

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Jay Anson. Un tipo con vista.

De tal modo, el caso DeFeo, protagonista real y auténtico de todo, tan sólo ha venido a perjudicar a los posteriores -y sucesivos- propietarios del inmueble de Amityville quienes, pese a negar hasta la extenuación que allí ocurra nada de cuanto se dice, han tenido que pasarse la vida expulsando de la propiedad a los cientos de domingueros que, todavía hoy, tratan de cazar fotografías y voces de fantasmas. Se trata, por supuestos, de uno de los motivos principales por los que la propiedad ha ido rodando de propietario en propietario durante los últimos 30 años… Y es que a ver quién es el guapo que convive con las hordas de mitómanos.

Así está el panorama.

La salud del pueblo

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Famosos carteles de propaganda nazi en favor de las políticas eugenésicas.

La consideración de la eugenesia como ciencia –en realidad una pseudociencia emergente- en Europa y Estados Unidos, fenómeno que venía consolidándose desde finales del siglo XIX, vino a coincidir en su última fase con el ascenso de Hitler al control del NSDAP y, posteriormente, del nazismo al poder en Alemania. Así pues, y frente a la idea extendida de que la eugenesia fue un resultado de la ideología nazi, la realidad es ambos hechos operaron como fenómenos convergentes[1].

Lo cierto es que el paradigma médico del nacional-socialismo entendía que la medicina tenía la función social del Volkgesundheit: la promoción de la salud sociocultural e incluso espiritual de la nación alemana más allá de la curación de eventuales dolencias fisiológicas. Una idea no alejada de otras sostenidas por muy respetables figuras médicas británicas o estadounidenses que abogaban -alguno todavía asoma la patita por ahí de vez en cuando- desde hacía décadas por las esterilizaciones selectivas y el control poblacional como formas de mejora psicosocial. Lamentablemente, el reverso de esta ideología residía en la consideración de ciertas personas y/o colectivos a los que se estimaba física o mentalmente “inferiores” como “riesgos” para el bienestar social, cultural, político o económico del país. La lógica conclusión de este planteamiento era evidente: resultaba tan razonable como exigible la esterilización, encarcelamiento o exterminio de tales personas, o bien de su contribución a la sociedad como sujetos experimentales. La manera oficial –eufemística- de denominar a estos procedimientos de supresión de los “seres inferiores” fue la de “eutanasia”[2]. Digamos que, a diferencia de lo sucedido en otros países en los que estos idearios contaban con un buen número de partidarios, la Alemania nazi contó la posibilidad de ponerlos en marcha de forma efectiva bajo el auspicio de un gobierno totalitario, ideológicamente convencido y bien dispuesto a invertir recursos en la cuestión.

Del “Programa T-4” (Aktion T-4) a la “eutanasia salvaje”

La primera fase de “limpieza” exigida por el criterio perverso de la Volkgesudnheit fue autorizada por Adolf Hitler en 1939 y recibió el nombre burocrático de “Programa T-4”. Ello se debió a que la organización del programa tenía su sede en el número 4 de la berlinesa Tirgartenstrasse. Para su adecuado funcionamiento se establecieron, a partir de 1940, hasta un total de seis centros, comenzando por el abierto en Brandenburgo en las instalaciones de una vieja prisión.

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Algunos niños del “Programa T-4”.

La primera fase consistió en el asesinato sistemático de niños con toda suerte de discapacidades físicas y/o psíquicas, si bien luego se fue extendiendo hacia otros colectivos como enfermos mentales, alcohólicos, drogodependientes, homosexuales, discapacitados en general o disidentes políticos partidarios de ideologías “enfermizas”. Los pacientes eran seleccionados y transferidos desde todos los hospitales del Reich a cualquier de los centros anteriormente mencionados para la recepción del adecuado “tratamiento” –así era denominado de suerte aséptica-. Y se trabajó con enorme eficacia pues en agosto de 1941 ya habían sido “procesadas” 70.000 personas a instancias del T-4. Sin embargo, y como no podía ser menos, el programa recibió una fuerte contestación social que condujo a su cierre. En realidad se trató de una medida de maquillaje político, pues el gobierno no tenía ni la más mínima intención de parar el proceso de “limpieza”.

Lo que se hizo en realidad fue desmantelar los centros del T-4 para trasladarlos a lugares menos obvios y más controlados, como los campos de trabajo de Treblinka, Sobibor y Belzec, o bien a diferentes hospitales apartados del control público. Se inició así una segunda fase del proyecto conocida como “eutanasia salvaje” a causa del embrutecimiento de los procesos de eliminación y el aumento progresivo del número de sujetos “procesados”. A partir de este momento los métodos de exterminio favoritos del programa para terminar con la vida de los “desechos sociales” van a ser la muerte por hambre[3], las sobredosis medicamentosas, el sometimiento a procedimientos experimentales extremos, o la inyección de burbujas de aire en vena[4].

Meseritz-Obrawalde

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Fachada del edificio principal de Meseritz-Obrawalde en la década de 1930 [Fuente: deathcamps.org]

Especialmente activo resultó ser el centro de Meseritz-Obrawalde, en el que se cometieron en torno a 10.000 asesinatos, por lo que sus actividades han sido profusamente documentadas. El centro se fundó en 1904 y perteneció hasta 1937 a la provincia alemana de Posen (Prusia Occidental). En 1938, con la reorganización provincial promovida por el gobierno, dicha provincia se disuelve para repartir su territorio en otras, con lo que Obrawalde se integra en la de Pomerania. Tras la invasión soviética y la consiguiente reorganización de fronteras impuesta por el final de la Segunda Guerra Mundial, el territorio retornó finalmente a Polonia, que mantenía una demanda histórica sobre él desde el siglo XVII, y la localidad pasó a denominarse Obrzyce. Tras la reforma territorial emprendida por el gobierno polaco, desde 1999 se integra en el distrito de Miedzyrzecz (Voivodato de Lubusz). Actualmente, el hospital sigue en funcionamiento como centro psiquiátrico.

A comienzos de la década de 1930 el hospital de Meseritz-Obrawalde estaba dedicado a la medicina general y, por lo que parece, su funcionamiento interno era excelente. No obstante, desde el momento en que el centro pasó a depender de la provincia de Pomerania se hizo evidente que las autoridades nazis tenían otros objetivos para aquellas instalaciones. Se cerraron todos los departamentos dirigidos por especialistas y el lugar se reconvirtió en un manicomio masificado al que se transferían sistemáticamente los pacientes en peor estado, de suerte que en el bienio 1939-1940 pasó de los 900 internos iniciales a los 2.000. Y todos ellos bajo el control de tan solo tres médicos, los doctores Mootz y Vollhein –ambos mayores de 65 años-, así como la doctora Hilde Wernicke, sin que se asignara con posterioridad otros médicos al centro. Así las cosas, y como era esperable, las condiciones del hospital empeoraron de manera muy rápida[5].

El procedimiento estándar por el que un paciente terminaba en este hospital estaba diseñado, fundamentalmente, para evitar la posible interferencia de familiares o amigos de los enfermos, así como de cualquier otra influencia externa que pudiera “interrumpir el proceso”. Las personas llegaban en tren o autobús, bajo la estricta vigilancia de los empleados, sin que constara en parte alguna de los historiales los motivos del traslado o el destino último del sujeto. De este modo, quien preguntaba por alguno de los pacientes quedaba inevitablemente atascado en un sinfín de pesquisas burocráticas que jamás se resolvían porque, en realidad, ningún funcionario –ni aun con la mejor de las voluntades- podía determinar con exactitud qué había pasado y, por lo demás, siempre existía la excusa de los problemas derivados de la guerra para ralentizar las pesquisas o impedir posibles visitas.

La situación general empeoró aún más en 1941, cuando se designó director del hospital a Walter Grabowski, un gerente que descollaba por contarse entre los miembros más radicales del NSDAP y que, obviamente, había sido destinado allí como hombre de confianza. Dado que Grabowski tenía perfectamente claros los objetivos de su nombramiento, sus primeras decisiones se destinaron de manera muy específica a provocar una baja radical en la moral de médicos y empleados con la finalidad de acelerar el proceso de eliminación de los pacientes con el menor coste posible. Así, impone turnos de catorce horas con un solo día libre cada dos semanas, reduce drásticamente los suministros médicos, limita los procedimientos higiénicos despidiendo a la mitad del personal de limpieza, reduce la plantilla dedicada a tareas administrativas, y procede a un amontonamiento de los enfermos en un número reducido de pabellones a fin de que pudieran ser controlados más fácilmente por menos personal. Por lo demás, una de sus tácticas favoritas era la de intimidar a los empleados del hospital que pretendían elevar alguna queja. De este modo, en muy poco tiempo la mortalidad “natural” aumenta a la par que todo se torna miserable y sumamente angustioso. Muy pronto, y así lo explicó la propia Hilde Wernicke, se hizo imprescindible seleccionar a los pacientes que estuvieran en “mejores condiciones” para que desarrollaran tareas en el hospital de acuerdo a sus respectivas capacidades.

De tal modo, cuando en la primavera de 1943 se designa oficialmente a Meseritz-Obrawalde como centro específico para el programa de eutanasia, Grabowski ya ha generado las condiciones psicológicas y materiales adecuadas para que a todos los empleados del hospital les parezca algo muy normal, incluso necesario, “terminar con el los sufrimientos” de aquella pobre gente que no deja de llegar en trenes y autobuses.

La banda del cementerio

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La enfermera Amanda Ratajzcak. Participe en los crímenes del hospital. [Fuente: http://www.t4-dekmal.de].

El doctor Mootz y la doctora Wernicke asumen la nueva tarea como un “deber patriótico” e inician los procesos de selección siguiendo dos criterios fundamentales: 1) Eliminación de los pacientes inútiles; y 2) eliminación de aquellos pacientes que, si bien “mentalmente aptos”, están tan enfermos que no pueden desempeñar trabajo alguno. Por otra parte, y aunque se decidió dejar fuera de las tareas de eutanasia a los empleados del hospital, Grabowski decidió ofrecer primas económicas a los trabajadores que decidieran implicarse voluntariamente en esta tarea especial. Ello motivó que dos enfermeras, Helene Wieczoreck y Amanda Ratajzcak, formaran parte activa en el proceso de exterminio.

El hecho de que Meseritz-Obrawalde contara con unas instalaciones amplias y un buen surtido de pabellones permitía que las tareas de exterminio pasaran virtualmente inadvertidas para el grueso de los ingresados. Así, las ejecuciones, generalmente mediante inyección letal, solían aplicarse en los edificios 1 (guardería), 6 y 8 (enfermedades infecciosas), 9, 10 y 18[6], lejos de miradas indiscretas o posibles sospechas.

La metodología era sencilla. Los pacientes seleccionados eran trasladados por sus cuidadores habituales al edificio designado para el exterminio e introducidos en una sala de aislamiento con la excusa de alguna clase de examen o procedimiento similar. En el caso de que el sujeto se mostrara especialmente díscolo, era adecuadamente sedado. A continuación, se procedía a su ejecución mediante la inyección de una sobredosis de barbitúricos, o bien la ingesta de los mismos disueltos en agua. En los momentos en los que los medicamentos escaseaban, se procedía a la consabida inyección de aire en vena. A continuación, los cadáveres eran retirados e inhumados por los propios cuidadores en el cementerio con el que contaba el propio hospital, si bien, a medida que la cantidad de asesinatos fue incrementándose, se seleccionó a un grupo de pacientes para este fin a los que se conocía con el apodo de la “banda del cementerio”. En última instancia, Mootz y Wernicke cumplimentaban los certificados de defunción de los pacientes, atribuyendo sus muertes a toda suerte de causas ficticias más o menos relacionadas con su patología original. Dichos certificados eran enviados a las familias para así cerrar el círculo administrativo dentro de la más estricta “legalidad”.

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Lápidas numeradas empleadas en las tumbas del cementerio de Meseritz-Obrawalde. [Fuente: deathcamps.org].

 Cumplir con la ley

Tras la guerra, solo la doctora Hilde Wernicke –que por cierto no tiene absolutamente nada que ver con el fisiólogo Carl Wernicke- pudo ser capturada y juzgada. Los doctores Mootz y Vollhein, de cuya vida se sabe realmente poca cosa, lograron fugarse y terminaron en paradero desconocido[7].

Gertrud Emmy Hilde Wernicke había nacido en 1899 en Schleswig (Schleswig-Holstein), hija de un oficial del ejército. Se graduó en medicina en la Universidad de Marburgo y, posteriormente, trabajó como médico asistente en una institución mental de Regensburg. Fue trasladada, también como asistente, a Meseritz-Obrawalde en 1927, alcanzando el puesto de directora médica en dicha institución en 1929. No se trataba, como vemos, de un médico mejor o peor que otro ni tenía especial interés en cuestiones políticas, pero sí le sucedió, como a otros muchos médicos jóvenes y con deseo de progresión profesional en aquellos días, que no tardó en advertir el interés del partido nazi por la eugenesia, la medicina y la farmacología, lo cual la impulsó a ingresar en las filas del NSDAP en 1933. Entraría a formar parte del partido nacional-socialista femenino (Nationalsozialistische Frauenschaft) en 1939. Tras participar activamente en el horror rutinario de Meseritz-Obrawalde, escapó con la llegada de las tropas soviéticas. Junto con su amiga, la enfermera Wieczorek, se trasladó al hogar paterno en Wernigerode (Alta Sajonia), al que llegó el 3 de febrero de 1945. En abril ya se encontraba ejerciendo la medicina de nuevo, cosa que hizo hasta su arresto definitivo el 10 de agosto del mismo año.

Es dudoso, como decimos, que Hilde Wernicke fuera una nazi convencida y, de hecho, ella se reconocía simpatizante del ala derecha de la Coalición de Weimar, un partido moderado que se vio muy erosionado políticamente por las posturas extremas, tanto desde la derecha (NSDAP) como desde la izquierda (KPD), hasta su desaparición definitiva en 1932. Más aún, se sabe que cuando las cosas empeoraron de manera radical en el hospital solicitó un traslado que nunca se le concedió, pero no es menos cierto que se implicó activamente –ella dijo que por temor- en las muertes y que su afiliación al nacional-socialismo obró como elemento útil para racionalizar sus crímenes a posteriori[8].

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Hilde Wernicke declara ante el tribunal que la juzgó en 1946. [Fuente: Schleswiger Nachritchtten].

El testimonio de Hilde es significativo pues se suma al de otros muchos médicos, jueces, abogados y etcétera alemanes que colaboraron activamente con el nazismo en sus terribles actividades y que dejan entrever el horror que puede llegar a alcanzar la racionalidad bien administrada cuando las personas se ven envueltas en situaciones morales y materiales, tan terribles como venenosas, que las inducen a tratar de comprender y justificar lo que resulta de todo punto incomprensible e injustificable. Para ella sus actos eran un “deber de guerra” o un “deber patriótico” –nunca llegó a tenerlo claro del todo-, a la par que resultado del temor a perder su carrera si se negaba a matar, pues sabía que habría otros médicos mucho menos escrupulosos y bien dispuestos a ocupar su lugar, cosa que el gerente Grabowski nunca dejó de recordarle. Por lo demás, las disonancias cognitivas y las argumentaciones “post-hoc” de Wernicke resultan muy esclarecedoras: ella “nunca mató a nadie”, ni se consideraba “responsable” de las muertes por cuanto, en efecto, preparaba los cócteles de medicamentos que se suministraba a los pacientes pero eran las enfermeras quienes hacían el trabajo sucio. Por lo demás, siempre manifestó “recibir órdenes” que en todo caso se encontraban “de acuerdo con la ley”. Consecuentemente, no podía verse a sí misma como una asesina sino, tal vez, como una herramienta que facilitaba “muertes piadosas” a pacientes en muy mal estado que “en todo caso habrían muerto pronto por sí mismos”. Más aún: “mis pacientes estaban muy vinculados a mí y jamás se sintieron amenazados; Obrawalde no era un campo de concentración”[9].

Sea como fuere, Hilde Wernicke fue sentenciada a muerte el 23 de marzo de 1946 por su participación probada en el asesinato de 600 pacientes. Su apelación sería rechazada, haciéndose efectiva la condena por parte del gobierno de la República Federal Alemana, y junto con la de Helene Wieczorek, el 14 de enero de 1947 en Berlín.

Moraleja: cuidado con afiliarse a las panaceas de salud, la homogeneización de conductas, el pensamiento único, lo políticamente correcto y el totalitarismo moral… No vaya a ser que el primero que no encajes en el estándar seas tu.


[1] Benedict, S. y Chelouche, T. (2008). Meseritz-Obrawalde: a “wild euthanasia” hospital of Nazi Germany. History of Psychiatry, 19 (1): 68-76.

[2] López-Muñoz, F. (2015). Panacea encadenada: La farmacología alemana bajo el yugo de la esvástica. Barcelona: Real Academia de Doctors.

[3] Uno de los métodos favoritos de ejecución y “depuración” de nazis y soviéticos, como puede verse en Snyder, T.D. (2010). Tierras de Sangre: Europa entre Hitler y Stalin. Barcelona: Galaxia Guttenberg / Círculo de Lectores.

[4] Friedlander, H. (1995). The origins of Nazi Genocide. Chapell Hill (NC): The University of North Carolina Press.

[5] Sagel-Grande, I.; Fuchs, H.H. & Rütter, C.F. (1979). Justiz und NS-Verbrechen, Heil-und Pflegeanstaldt Meseritz-Obrawalde, Vol. XX. Amsterdam: University Press Amsterdam.

[6] Ibid. anterior.

[7] Benedict, S. y Chelouche, T. (2008), op. cit.

[8] Michael, R. & Doerr, K. (2002). Nazi-Deutsch Nazi-German. Westport (CT): Greenwood Press.

[9] Testimonio de Hilde Wernicke. Landesgericht, Berlin, 7 de diciembre de 1945. El archivo se puede localizar en el Yad Vashem de Jerusalén, archivo TR 10/2584; cit. en Benedict, S. y Chelouche, T. (2008).

El caso del “Zurrumbón”

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Juan Díaz de Garayo: ¿Se fiaría usted de un tipo con esta cara?

En un tiempo en el que la frenología de Franz Joseph Gall, las teorías sobre el criminal nato de Cesare Lombroso y la craneometría de Anders Retzius eran aún tenidas por ciencias serias, Juan Díaz de Garayo y Ruiz de Argandoña se constituía en el paradigma del criminal por naturaleza, de nacimiento y sin posibilidad de eludir un destino prefigurado por fuerzas cósmicas. Un hombre que tampoco podría ser jamás rehabilitado o redimido. No en vano, su cráneo era deforme, brutal. Rostro ancho, frente abombada, cejas prominentes, occipucio muy retrasado y puntiagudo, mandíbulas enormes, pómulos exageradamente marcados, ojos hundidos… Piénsese que por aquel entonces -paraíso pseudocientífico- tener las cuatro muelas del juicio como este que les escribe era considerado un rasgo de primitivismo y tendencia criminal, de suerte que poco más que el garrote vil podía esperar a un individuo portador de las deformidades del maldito Garayo.

Eso sí, y no exageremos, tampoco era “un neandertal” como he llegado a leer por ahí, que hay mucho amigo de la hipérbole suelto. Miren ustedes las fotografías que acompañan a este texto y díganme si alguna vez no han visto suelto por ahí a algún mastuerzo de este talante. Yo, desde luego, sí.

Quienes llegaron a examinarle tras su detención, sin duda instalados ya en el prejuicio inevitable de los malsanos crímenes que había cometido, miraban a un hombre pero no veían otra cosa que un animal. Tal fue el caso del afamado doctor alicantino José María Esquerdo y Zaragoza, quien se interesó por el estudio psiquiátrico de este sujeto y le visitó varias veces en la cárcel. Su análisis del reo, realizado a ojo cual cabe deducir de su testimonio, no escatimaba calificativos como el de “anormal”. Su erudito diagnóstico, observado desde el presente, es de puro escándalo: Imbécil moral[1]. Con apreciaciones y “tecnicismos” de este estilo se pavoneaba Esquerdo en los círculos del saber, conferenciando por doquier, argumentando que un tipo como Díaz de Garayo le podía parecer completamente normal a cualquiera sin experiencia psiquiátrica. Pues vaya.

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El célebre Doctor Esquerdo, encargado del examen de Garayo.

El hecho es que este animal imbécil llamado Juan, apodado Zurrumbón por quienes le conocían, llevó al parecer una existencia completamente normal hasta frisar la cincuentena. Hombre fortalecido por el trabajo duro, de estatura mediana y cuello de toro, tenía al parecer un insaciable apetito sexual que le llevó a casarse hasta cuatro veces, pues enviudó en tres ocasiones, a fin de tener la cama caliente. Es muy probable que de haber logrado satisfacer sus ansias dentro de las uniones matrimoniales sucesivas nunca hubiera llegado a cometer los asesinatos, pues con su primera mujer estuvo casado trece años y nunca se advirtieron en él tales tendencias. El problema, por lo que parece, es que las otras no supieron, no quisieron, o no pudieron tenerlo contento en el cuadrilatero de las sábanas blancas, con lo que Garayo se transformó en el tópico individuo explosivo con la cabeza henchida de ideas raras, bomba ambulante, que podía reventar en el momento menos pensado, por cualquier motivo.

Marzo de 1870

Por aquellos días no existían en muchos lugares de la geografía española burdeles establecidos, y un buen número de mujeres se veían obligadas a ejercer la prostitución, bien fuera temporalmente, al raso de caminos y aldeas. Las meretrices –especialmente las no habituales, que se veían obligadas a tal empleo por los reveses de la vida- ejercían donde salía, y el oficio era generalmente ambulante. En el mejor de los casos un grupo de mujeres regentado por un proxeneta -o una madame- se desplazaba de aldea en aldea con cierta seguridad, en carros traqueteantes y desvencijados, que podían obrar de inopinado prostíbulo. En el peor, una mujer solitaria, a pie, presta al ejercicio más antiguo con quien le saliera al paso –cosa que no era inhabitual-. Bien lo sabía Juan Díaz de Garayo. Por eso cuando -según dijo luego- “los demonios se apoderaron de su mente”, decidió ocultarse a la vera de uno de aquellos caminos en espera de aquella mujer solitaria que ya había divisado en lontananza.

En efecto. La prostituta, conocida por muchos con el mote de la Valdegoviesa, apareció en el camino del polvorín viejo de Vitoria, ya en las afueras solitarias de la ciudad, y el Zurrumbón se le cruzó el paso para llevársela bosque adentro. Ella le siguió el juego porque igual daba uno que otro y el dinero es el dinero, pero Juan Díaz de Garayo era mal cliente: no estaba dispuesto a pagar el precio requerido –cinco míseros reales- para obtener lo que bien podía salirle gratis. De este modo, echando mano de sus incuestionables argumentos físicos, la arrastró hacia los árboles, se aferró a su garganta y le oprimió cuello hasta que perdió el conocimiento. Acto seguido la desnudó, satisfizo sus necesidades, y la remató sumergiéndola en un riachuelo. Luego se fueron los demonios y vino la conciencia. Cuando el ya satisfecho Juan se hizo consciente de sus actos escapó de allí a todo correr.

Pasó un largo año -que se sepa- hasta que los demonios volvieron a pasar factura al Sacamantecas.

Primavera de 1871… Y más allá

Era el mismo paraje desierto y otra prostituta, una viuda pobre que sobrevivía vendiendo su cuerpo y a la que se conocía por aquellos pagos como la Riojana. Vuelta a empezar. Esta vez el crimen serviría para que los insaciables diablillos que movían al Zurrumbón callaran durante otro año y medio, hasta agosto de 1872 en que se volvieron a hacer notar con energías renovadas porque Garayo ya le había cogido el tranquillo y, además, había descubierto una terrible evidencia: a nadie le había importado ni un comino la muerte de aquellas mujeres.

Así que con su modus operandi habitual finiquitó primero a una muchacha de trece años y luego, de forma sucesiva, a otra prostituta. Las circunstancias de ambos asesinatos variaron poco con respecto a los primeros, salvo que ahora Garayo empezaba a perfeccionarse: a la última mujer le arrancó un largo alfiler que llevaba para sujetarse el peinado y se ensañó con ella hasta la saciedad, clavándoselo reiteradamente en el pecho. Sin embargo, y pese a la enorme cantidad de literatura que rueda sobre el caso, no ha quedado claro que el Sacamantecas de Vitoria realmente despanzurrara a sus víctimas, o practicara el canibalismo. Las lagunas de su propio testimonio hacen pensar que, en efecto, pudo llegar a consumir la sangre de alguna de sus víctimas e incluso a probar sus entrañas, pero no parece que estas circunstancias concurriesen en todos los casos, y tampoco es fácil decidir cuánto de lo que Díaz de Garayo dijo, a posteriori, fuera verdad y cuánto fue resultado de su imaginación presidiaria… O de la mano de bofetadas que le arrearon, que también debieron contribuir lo suyo al engrandecimiento del relato.

Sin embargo, cosa común en los criminales psicológicamente trastornados, no era un hombre inteligente y, como asesino, funcionaba de manera asistemática y poco planificada. Su mejor aliado, siempre lo fue para los criminales rurales en aquella España subdesarrollada, era la falta de control policial sobre campos y caminos, así como la poca -o nula- preparación y la escasa dotación de los agentes de la ley. También la suerte. Lo errático de sus crímenes hace pensar que actuaba sin método, cuando se le presentaba la ocasión y la necesidad de satisfacer sus repulsivos instintos se le hacía apremiante. Era un asesino desorganizado. Esto explica el hecho de que muchas de las mujeres a las que agredió -o intentó agredir- lograran a la postre zafarse del que puede presumirse brutal abrazo de este fornido individuo. De tal modo que, en agosto de 1873 se le escapó una prostituta, y en 1874, una mendiga a la que no pudo echar el guante.

Es posible que esto le detuviera momentáneamente por miedo a ser capturado, o puede que no. Nunca lo sabremos con certeza puesto que se piensa que cometió muchos crímenes más de los que confesó o se le pudieron probar. Concurre además la circunstancia de que en esta época enviudó de su tercera esposa y volvió a casarse con una tal Juana Ibisate, de suerte que bien pudiera ser que sus grotescos impulsos sexuales se vieran cumplidamente satisfechos durante una larga temporada.

El caso es que el siguiente asalto reconocido del Zurrumbón, que también terminó en fracaso, tuvo lugar cuatro años después, en noviembre de 1878. Ahora el objetivo seleccionado fue la molinera de Las Trianas, que logró zafarse de él antes de que consumara el delito para denunciarle por asalto. Dos meses de cárcel le costó a Garayo el trance. Sorprende que en aquel tiempo a nadie se le ocurriera relacionarle con los anteriores crímenes del que ya se conocía como Sacamantecas. También fracasó en su intentona de agosto de 1879, cuando abordó a una anciana en la carretera de Castilla. La mujer acertó a propinarle una patada en los genitales y huyó, pero el asesino la siguió para averiguar donde vivía y compró su silencio con nada menos que veinte pesetazas de la época que, para un campesino como él, debían suponer los ahorros de años de privaciones y sudor. Todo menos regresar a los rigores del penal.

Un alguacil disciplinado

El pánico cundía ya en el campo alavés, así como en algunas áreas de Burgos a las que el trabajo o el vagabundeo –su segunda gran afición- habían llevado Díaz de Garayo. Las mujeres se encerraban en sus casas en un radio de cien leguas a la redonda del territorio de acción del Zurrumbón. Las autoridades se esforzaban en la empresa de atraparlo, pero no había forma de dar con él y tampoco, todo sea dicho, se sabía muy bien por dónde comenzar. Su conducta dispersa, los enormes lapsos temporales entre cada golpe conocido del criminal, contribuían en gran medida a despistar a los agentes de la ley. Juan actuaba en la más completa impunidad y puede que ni él mismo fuese plenamente consciente de ello.

Contribuía grandemente a la relativa libertad de acción del Sacamantecas -y no sólo de él sino también de otros muchos criminales de la España de entonces-, el férreo control gubernativo que se ejercía sobre los medios de comunicación al que aportaba lo suyo, sin duda, la proverbial doble moral española. Se entendía que en el tratar de crímenes y criminales, así como en el dedicarse a su estudio, no había otra cosa que un entretenimiento grosero, vulgar, de gente baja y con escasa educación. Así es que cuando España pudo poner, como el que más, su buen granito de arena al avance de los estudios criminológicos, psiquiátricos y psicológicos, resultó que había que vender la apariencia de que este era un país de buenas costumbres y gentes reputadas. Sólo las vacas sagradas, como el antes mencionado doctor Esquerdo, parecían facultadas para hablar de estas cosas, y siempre desde un punto de vista prejuicioso, confuso y sesgado.

Sea como fuere, en septiembre de aquel 1879, Díaz de Garayo volvió a la carga y atacó a María Dolores Cortázar, una campesina joven, alta y fuerte que le opuso gran resistencia. Paradójico. Este hombre poco ágil y nada habilidoso al que se le habían escapado varias ancianas débiles, presa supuestamente fácil para su desenfrenada lujuria, pudo doblegar las violentas acometidas de quien más y mejor se defendió. Le clavó un cuchillo en el pecho para luego cebarse salvajemente con el cadáver… Cuanto más parecía resistirse la víctima, más parecía disfrutar el Sacamantecas de su victoria, lo cual nada tiene de extraño en las agresiones de motivación sexual. No tuvo bastante. Dos días después finiquitó y destripó salvajemente a otra campesina, Manuela Audícana. Es sorprendente el modo en que funciona el imaginario colectivo, pues esta fue en realidad la única vez que Garayo obró de sacamantecas propiamente dicho, lo cual no obstó para que le cayera el sambenito a perpetuidad.

La cacería, según nos dice el anecdotario, concluyó de pura casualidad y no por obra de la policía. Aquel rostro animal y deforme, que los supuestos expertos interpretaron luego como la facha involutiva del criminal, fue su perdición según la leyenda. Explica Constancio Bernaldo de Quirós[2] que Garayo entró a trabajar como jornalero para un labrador. Estando en el tajo una niña pequeña, hija del propietario, sorprendida por su apariencia, le señaló con el dedo y gritó: ¡Qué cara! ¡Parece el Sacamantecas![3]. En efecto, de ser cierta la chirigota, aquella niña, sin tantos estudios y boato como Esquerdo y compañía, habría puesto el dedo en la llaga. Todos pensaron en lo de la cara y el espejo del alma y, en consecuencia, un hombre con aquel estigma no podía ser trigo limpio. El relato concluye sosteniendo que se alertó a la policía. Se interrogó al Zurrumbón y aquel sujeto pétreo, fornido y de apariencia inconmovible, se derrumbó en pocos minutos para confesar sus atroces crímenes. Es cierto que éste habría sido un interesante y apropiado final, pero la realidad fue otra bien diferente. La captura de Garayo corrió a cargo de un meticuloso alguacil del Ayuntamiento de Vitoria llamado Pío Fernández de Pinedo.

Lo cierto es que el hombre de la ley -meticuloso- pudo orientarse en sus pesquisas por la proximidad geográfica[4] y temporal de los dos últimos asesinatos y ese, precisamente, fue el gran error del Sacamantecas. Fernández de Pinedo se personó en los escenarios de ambos asesinatos y recurrió al viejo método intemporal del policía de raza: tenacidad y sentido común. Observó, tomó notas, interrogó a las últimas personas que habían visto a las mujeres con vida… Y dio con una pista valiosísima puesto que vino a enterarse de que María Dolores Cortazar había sido vista por un lugareño en compañía de un sujeto al que todos conocían como Zurrumbón, de apellido Díaz de Garayo por más señas, poco antes de su muerte. Lógicamente, el alguacil empezó a preguntar por el tipo en cuestión que, dadas sus características físicas, resultaba por completo inconfundible. También supo que tenía antecedentes penales por delitos sexuales y concluyó que era el hombre que estaba buscando.

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Los alguaciles del Ayuntamiento de Vitoria hacia 1885.  Pío Fernández de Pinedo se encuentra en la fila superior, a la izquierda [Foto: Archivo Municipal de Vitoria].

De tal suerte, Fernández de Pinedo se presentó en la puerta del sospechoso –que no estaba, como de costumbre- y charló amigablemente con su señora, a la que sonsacó hábilmente la historia de las veinte pesetas que traían a la mujer por la calle de la amargura. Como es de suponer, cuando el Zurrumbón regresó a Vitoria para asearse y cambiarse de ropa, pasadas sus correrías, el alguacil le echó el guante. Contrariamente a lo que cuenta la anécdota antes referida, la resistencia de Garayo fue muy difícil de doblegar, como corresponde a un tipo de su constitución. Doce días de bofetadas -entonces la tortura era cosa normal- aguantó el labrador hasta que se decidió a contar la verdad al juez de instrucción[5].

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El Zurrumbón, posa en prisión, poco antes de que fuera ejecutado.

Así, en 1881, sentenciado a muerte por garrote vil, vería Garayo el fin de sus días en el patíbulo de la Prisión Provincial de Burgos. Curiosamente en un país tendente al sensacionalismo y la chirigota como el nuestro, el caso del Sacamantecas quedó exento de literatura zafia en la hora postrera, aunque que se prestaba, y las notas de prensa en las que se relató su ejecución son más bien tirando a sosas. Ni siquiera fue famoso el verdugo que le aplicó el tornillo, pues Gregorio Mayoral Sendino, hombre al que se celebra como harto profesional en lo suyo y del que se dice sin cesar por ahí que ajustició al Zurrumbón, nunca fue el encargado de ejecutar la sentencia de marras. Este error, ya que estamos, se debe al gran escritor Pío Baroja, quien atribuyó a Mayoral la hazaña de suerte errónea al olvidarse de un detalle ciertamente significativo: en 1881 don Gregorio aún no había cumplido los 18 años de edad y, por lo tanto, no podía ejercer legalmente como funcionario público.

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Gregorio Mayoral. El verdugo que no ajustició al Zurrumbón.

Eso sí, como bien rezan los manuales en la materia, el Zurrumbón nunca se mostró arrepentido por ninguno de sus crímenes. Hecho que, dicho sea de paso, tampoco he llegado a comprender nunca por qué preocupa -o agobia- tanto a los que hablan de estas cosas cuando en realidad entra la misma lógica del caso: ¿pero cómo va a experimentar arrepentimiento sincero un tipo capaz de apiolarse a un montón de gente por simple placer?


[1] El concepto de alienación o imbecilidad moral fue acuñado en 1835 por Prichard para referirse a aquellos individuos que carecen de sentimientos, autodominio y sentido ético. Esta denominación perduró durante prácticamente todo el siglo XIX hasta que, finalmente, Koch creó para describir a estos sujetos notoriamente antisociales la acepción de inferioridad psicopática. En los Estados Unidos la clasificación tomó la forma de personalidad psicopática, que fue finalmente la que se impuso hasta mediado el siglo pasado. Hoy en día se sigue utilizando el concepto, que ha variado hacia la acepción popularizada de “psicópata”, pero su validez es objeto de discusión científica.

[2] Bernaldo de Quirós, C. (1898). Las nuevas teorías de la criminalidad. Madrid, Hijos de Reus (Establecimiento tipográfico de Gómez).

[3] Hay otras versiones del supuesto incidente que no alteran el fondo de la historia, como la que cuenta Fabiola Maqueda Abreu en Garayo: El Sacamantecas Vitoriano (Vitoria, Diputación Foral de Álava, 1985).

[4] El penúltimo cometido en un paraje conocido como las Carboneras de Ordumbre, y el último en el camino que enlaza Gamarra y Araca.

[5] Evidentemente, los métodos de interrogatorio de la época eran bastante diferentes de los actuales. Además, se añadía el hecho de que Garayo era un asesino de mujeres, lo cual le convertía en un individuo especialmente odioso para sus captores.

La leyenda de la necrófila imposible


Es cierto. He tardado mucho en volver a componer una entrada, pero tengo una excusa más que razonable para justificar la demora. Resulta que me encontré con esta historia “demasiado buena” y la he andado persiguiendo durante un par de semanas hasta que he podido hacerme una composición de lugar más o menos certera del hecho. No es oro todo lo que reluce y la verdad es menos divertida que la ficción, es cierto, pero creo que el esfuerzo realizado ha valido la pena.


La noticia me llegar por “Whattsap” y me la envían porque quienes me conocen de cerca saben bien que a causa de mis ocupaciones y singularidades los temas raros, chungos, extravagantes y fronterizos, suelen ser de mi más profundo interés. El hecho es que leo y releo el titular sin poder evitar la perplejidad: “Conoce a la mujer en Estados Unidos que quedó embarazada de un muerto“. Luego se me cuenta -cierto que sin mucho detalle- que una tal Felicity Marmaduke, de 38 años de edad, empleada de una funeraria ubicada en Lexington, Missouri, habría sido detenida por la policía en noviembre de 2010 tras quedar embarazada por mantener relaciones sexuales con el cadáver de un varón allí depositado en espera del oportuno sepelio.

Y digo perplejidad por diversas razones. La primera y fundamental de ellas es que conozco el hecho de que la necrofilia femenina completa es muy rara -por no decir que extremadamente rara- por obvios motivos anatómicos y fisiológicos que convierten la mecánica de la penetración en fenómeno harto complejo. De hecho, y hasta donde sé, la estimulación para alcanzar el orgasmo tendría que tener un componente netamente psicológico. En consecuencia, si la noticia es real estaríamos ante un caso interesantísimo y digno de un profundo estudio… Lamentablemente, hay cosas que me hacen sospechar de la veracidad de esta noticia que se fecha en abril de 2016 (nada menos que seis años después del hecho original), y que según advierto se ha convertido en un auténtico fenómeno viral (pero solo a partir de abril de 2016, ojo).

De hecho, el relato tiene ese singular aspecto de ser tan rematadamente bueno que no puede ser cierto.

Por supuesto, y junto con el hecho de que en todas partes se cuente la historia con ese estilo tan escueto y singularmente auto-conclusivo que tienen las leyendas urbanas, a la que debería añadirse una especial falta de detalles  que serían harto significativos para documentar una noticia como esta, encuentro una serie de hechos muy sospechosos:

  1. La tal Felicity es dos mujeres y no una pues, dependiendo de la web, blog o foro que uno consulte, encuentra que unos aportan la fotografía de una señora y, otros, la de otra mujer que no se le parece absolutamente nada.
  2. Cuando se busca por diversas vías el nombre “Felicity Marmaduke” no aparece ninguna información alternativa -o colateral- acerca de esta persona que no sea la relacionada con la noticia en sí.
  3. No soy capaz de encontrar en ningún directorio de la ciudad de Lexington, en el Estado de Missouri, negocio funerario presente o pasado cuyo nombre coincida con el que se aporta en las supuestas noticias: Mourning Glory Mortuory (algo así como “funeraria luto en la gloria”… ¿Es que solo yo veo la ironía intrínseca al nombrecito?).
  4. En unas noticias se dice que la tal Felicity era “empleada” en la morgue de la funeraria. Pero el empleo, dependiendo de lo que uno lea, es más bien pluriempleo pues la pobre Felicity era también “limpiadora”, “tanatopráctica”, “ayudante”, “secretaria”, “patóloga”… Vaya, como que parece mentira que con tanto trabajo aún tuviera el suficiente tiempo como para andar montándoselo con sus agradecidos clientes (supongo, ya que estamos y por seguir con la jarana, que leyendo esta noticia los Grateful Dead se habrían partido de risa).
  5. La conclusión del caso también es extrañamente variable: según unos medios, Felicity habría sido condenada a pagar una indemnización de 250.000 dólares a los familiares del difunto, pero según otros esa misma sería la cantidad que la mujer habría exigido por vía judicial a los herederos del plácido finado para el mantenimiento de su retoño.

Muchas inconsistencias y singularidades que, de inmediato, ponen en funcionamiento mi proverbial espíritu investigador, curioso y aventurero. Al tema.

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Contéstame a una pregunta sencilla: ¿me equivoco o estas dos chicas no son la misma persona? ¿Y soy el único que se da cuenta?

Argumento “fuerza”

Con total independencia de la puerilidad inherente a gozar del escándalo inmaduro que provocan las noticias de un tono sexual más o menos subido -para que luego diga algún iletrado por ahí que Freud andaba confundido-, y que en última instancia las justifica y alienta, no es menos cierto que toda leyenda urbana que se precie necesita de un “argumento fuerza” que la mantenga funcionando con eficiencia. En este caso, y como no puede ser de otro modo, se habla de supuestos “estudios científicos” que “demostrarían” la existencia de la “erección post-mortem”, “la eyaculación post-mortem” y la posibilidad del “embarazo post-mortem”… Como es lógico, ni se dice qué estudios son esos, ni se ofrece mayor información colateral acerca de cómo encontrarlos. Con que digamos que existen, al parecer, ya vale para satisfacer el dudoso rigor del lector medio.

En realidad, deberíamos empezar por dilucidar un problema conceptual: la llamada “erección post-mortem” no existe en cuanto tal. El nombre técnico para el fenómeno del engrosamiento de los genitales masculinos no relacionado de manera directa con el deseo sexual es el de priapismo -de Príapo, divinidad relacionada con el culto a la fertilidad y a la que se representaba con una fuerte y exagerada erección-. Hasta donde se sabe, el priapismo es una erección sostenida (a veces durante horas) y dolorosa del pene en la que el tronco del órgano se mantiene duro por la entrada de sangre en los cuerpos cavernosos, entretanto el glande permanece blando en la medida que el cuerpo esponjoso no recibe el riego necesario. Habría, por lo demás,  dos tipos de priapismo que, de presentarse con habitualidad, requerirían de tratamiento médico pues podría degenerar en daños eréctiles permanentes:

  1. De alto flujo, por el que se produce un excesivo aporte de sangre arterial a los cuerpos cavernosos del pene.
  2. De bajo flujo -o venoso-, que se produce por una falla en el drenaje de la sangre alojada en los cuerpos cavernosos.

Sucede que el mecanismo de la erección normal -vinculada a la actividad sexual- es involuntario si bien se pone en funcionamiento por excitación psicofisiológica. Los músculos de la base del pene se relajan permitiendo el acceso de la sangre al mismo. La aparición del priapismo suele relacionarse con el consumo de cierto tipo de fármacos que relajan (alto flujo), o bien impiden la relajación (bajo flujo), de la musculatura de la base del pene.

priapismo
Sección transversal del pene.

El priapismo post-mortem ocurre solo en casos muy especiales y su funcionamiento no está del todo esclarecido. Parece que en aquellos casos en los que el cadáver queda en una posición en la que se favorece, por influencia de la gravedad -o livor mortis-, el paso de la sangre hacia el pene, éste podría quedar erecto, y esto es lo que comúnmente ocurre en los casos de ahorcamiento por suspensión, en los que el cuerpo queda “colgando” de suerte que la sangre invade los cuerpos cavernosos. Otra teoría plausible, pues se ha observado en pacientes vivos que sufren de priapismo, y que también podría aplicarse a los casos de ahorcamiento y/o estrangulación, tiene que ver con la presión ejercida sobre el cerebelo así como las regiones altas de la médula espinal.

En cuanto a la eyaculación en casos de priapismo post-mortem, el asunto tiene poco que ver con la estimulación sexual del cadáver -que no existe al haberse detenido la actividad nerviosa- y, según la escasa literatura existente sobre el asunto, se produciría en uno de cada tres hombres muertos por ahorcamiento y solo en el momento del espasmo cadavérico (de ahí la vieja teoría brujeril de que la mandrágora crece allá donde haya caído el semen del ahorcado). En todo caso, estamos hablando de estudios muy antiguos cuyas conclusiones no han sido debidamente contrastadas y actualizadas[1]. Es más, en muchos casos las referencias a este fenómeno son más comunes en la literatura y los relatos populares que en contribuciones propiamente científicas. Por otra parte, no parece claro que en muchos casos la calidad de esta “erección post-mortem” sea tal como para permitir la penetración y, consecuentemente, la práctica sexual por la mecánica normal. Además, es complicado encontrar estudios rigurosos que puedan establecer con rigor durante cuánto tiempo se mantendría esta erección mecánica.

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Representación de Príapo (Casa dei Vettii, Pompeya).

Necrofilia femenina

La necrofilia auténtica, en tanto que parafilia, ha recibido un tratamiento muy desigual y limitado en la literatura a causa de su rareza. De hecho, la mayor parte de los casos de necrofilia tratados en la literatura no serían “auténticos” por cuanto no responden a las exigencias específicas de la parafilia en sí y tienen más que ver con otras actividades que podríamos denominar “pseudonecrófilas” como, por ejemplo, la agresión sexual posterior a un asesinato. De hecho, el necrófilo genuino raramente mata y suele preferir cadáveres en descomposición –pues esta parafilia tiene elevada comorbilidad con otras como la coprofilia- o bien se lo procura por la vía de la profanación. Téngase en cuenta que la necrofilia genuina tiene un fuerte componente simbólico que toma la forma de “adoración hacia lo muerto” por lo que raramente implica un crimen previo. Por ello, el necrófilo auténtico se convierte en asiduo de funerales y entierros, así como en visitador permanente de cementerios. Por lo demás, sus actividades no necesariamente implican la penetración física y a menudo el goce se limita a acariciar los cuerpos, peinarlos o vestirlos. Se han conocido casos de individuos cuya peculiar manifestación necrófila consistía en comerse las uñas del difunto o simplemente en la mera necrofagia de aquellas partes que para él gozaran de un especial significado erótico (parcialismo)[2].

Por otro lado, ya lo anticipábamos al comienzo, la necrofilia femenina es, más que inusual, extremadamente rara. Spoerri, en 1959[3], estudió 47 casos de necrofilia que en su momento eran prácticamente la totalidad de los referenciados en la literatura mundial, encontrando que la edad de los sujetos oscilaba entre los 16 y los 57 años, siendo protagonizado por una mujer tan solo uno del total. Evidentemente, en este caso nunca se documentó la penetración por obvias razones “mecánicas”.

Cuéntame un cuento

Visto lo visto, comprenderá el lector mi interés personal por profundizar en este asunto “demasiado bueno para ser verdad”. Sobre todo cuando, a poco de meterme en harina, vengo a descubrir que en octubre de 2016 apareció una noticia equivalente a la protagonizada por la tal Felicity Marmaduke. En este caso la mujer se llamaba Jennifer Burrows y habría quedado también encinta tras mantener relaciones sexuales con un cadáver en una morgue de Kansas City, Missouri.

Y hay no pocos detalles interesantes en relación a esta segunda necrófila, de la que según se explica tendría 26 años de edad y que trabajaría como patóloga:

  1. La fotografía de la señora era exactamente la misma que una de las empleadas para identificar a Felicity Marmaduke.
  2. La noticia explicaba que la mujer había sido acusada tras alumbrar al hijo del difunto porque una prueba de ADN realizada al niño, y amparada en ciertas sospechas, habría arrojado como resultado una identificación positiva (no se entra en muchos detalles, pero la recurrencia del “fenómeno ADN” como argumento fuerza en esta clase de bulos criminales es ya un tópico… Hay que ver el daño que está haciendo el culebrón del CSI a la inventiva del personal).
  3. Se decía que la tal Burrows –cuyo su nombre en otras informaciones se cambia inexplicablemente por el de “Kristen”- habría venido manteniendo relaciones con “docenas de cadáveres” a lo largo de los años. Evidentemente, el relato rompe con el más elemental de los principios estadísticos. O eso, o en el Estado de Missouri, por algún tipo de extraña e inexplicada patología medioambiental, las mujeres son un puñado de necrófilas terribles y la mayor parte de los hombres sufre de priapismo post-mortem.
  4. La policía de Kansas City negó haber detenido jamás a nadie por los motivos argumentados en la noticia y, de hecho, sostiene no tener dato alguno que remita a suceso parecido.
  5. Es obvio que esta noticia, por las razones aducidas, no puede ser otra cosa que una revisión –o versión- de la primera, y que todos los testimonios de “expertos”, “psiquiatras” y “psicólogos”, a los que por cierto nadie conoce en parte alguna, que se aducen son mera invención.

Evidentemente, surge de inmediato la cuestión acerca del origen de este infame bulo que se ha reproducido exponencialmente y que mucha gente ha decidido creer en la medida que simplemente divertido, interesante, macabro o suficientemente disparatado como para merecer atención y público.

Persiguiendo el tema, encuentro que la primera información publicada en la que se habla de la pobre Felicity Marmaduke –con fecha 11 de noviembre de 2010- procede de la web Dead Serious News, página que se autodefine como “publicación satírica de periodicidad irregular”, y cuyos componentes, por lo que he podido ver al revisar sus perfiles imaginarios, son una verdadera panda de cachondos mentales que crean y publican noticias ficticias como mero divertimento crítico. Se trata, en suma, de una nota escueta, de aspecto claramente humorístico, en la que se resume toda la información relevante y que otras noticias posteriores simplemente “engorda” con detalles destinados a enriquecer el relato y otorgarle mayor credibilidad.

La “magia de internet”, operando con su maquinaria de brutal aplastamiento del más elemental sentido crítico y común de los navegantes –cuando no apelando a la simple y llana ignorancia-, ha hecho el resto, pues es sencillo advertir, al observar las fechas de publicación de las informaciones en torno a Marmaduke, su redacción, así como su forma de expansión, que todas ellas son meras copias unas de otras que en algún que otro caso no pasan del simple y triste corta-pega chapucero (y eso que plagiar es delito). En definitiva, el sistema de reproducción básico de la leyenda urbana.

Como es de suponer, eventos como este de la necrófila imposible nos introduce de nuevo en el debate de internet como cacareada “herramienta para la comunicación y difusión el conocimiento”, a la par que nos adentra en el peligro inherente a la terriblemente común y desvergonzada práctica del plagio de contenidos en la red… Porque el personal no solo se copia, es que encima copia sin criterio alguno, dando pábulo a la difusión y redifusión permanente de mentiras, sandeces y toda suerte de tonterías que harían sonrojarse al más aguerrido fan de Forrest Gump.

Seguiremos informando.


[1] Por ejemplo: Grube, W.W. (1897). A compendium of practical medicine for the use of students and practitioners of medicine. Toledo (OH): The Hadley Publishing Company / Gould, G.M. & Pyle, W.L. (1900). Anomalies and Curiosities of Medicine. Popular Edition. Philadelphia (PA): W.B. Saunders.

[2] Masters, R.E.L. y Lea, E. (1970). La sexualidad criminal en la historia. Barcelona: Ediciones Picazo.

[3] Cit. en López Ibor, J.J. (1968). El libro de la vida sexual. Barcelona: Ediciones Danae.