La venganza del cazador

El juicio de sus convecinos era unánime: un buen chaval. Algo taciturno y huraño, pero majo en el fondo. Es lo tópico en estos casos en los que el personal cifra sus juicios en la mera apariencia, pues parece bastar que nunca hayas hecho nada “malo” para que todo el mundo te considere “bueno”, o que nunca hayas hecho locuras –sea eso lo que fuere- para que todos te tomen por cuerdo. Así va esto de la gramática parda, la psicología de trapillo y el juicio fácil que permite la liviandad de la vida pública. Pero Manuel, introvertido, soltero y solitario, era de los que llevaba la procesión por dentro, y en su interior anidaba un perfil violento que se había ido forjando, consolidando, en su personalidad a lo largo de los años. Una parte oscura que esperaba agazapada en la más recóndita intimidad el detonante adecuado para eclosionar. En realidad mantenía una doble vida. Aquella, la que conocían sus vecinos, en la que era un tipo sosegado que gustaba de la caza y la vida al aire libre y en la que no solía dar problemas. Otra, solo conocida por sus compañeros de trabajo y sus empleadores, en la que se mostraba conflictivo, difícil, imposible, paranoide y pleitista hasta la extenuación.

Entre ambas, seguramente, esté la verdad.

Carnet Manuel Ramirez Torrecilla
Carné de la Asociación de Cazadores de La Adrada expedido a la titularidad de Manuel Ramírez Torrecilla.

Cuidado con El Loli

En 2006, cuando todo sucedió, Manuel Ramírez Torrecilla –Manolo- tenía 43 años y se ganaba la vida como vigilante de seguridad. No había tenido una vida fácil a decir de algún que otro compañero con el que decidió sincerarse a lo largo de los años. Contaba que su niñez, vivida en una localidad de Guadalajara, había sido complicada pues su padre, empleado entonces en la construcción de la central nuclear de Zorita, falleció a causa de un accidente cuando él contaba únicamente 5 años. La vida familiar, apurada en lo económico, se hizo muy complicada y la madre, incapaz de hacerse cargo del sustento de de la prole –tenía dos hermanas- decidió ingresarlo por un tiempo en un hospicio regentado por los franciscanos. Según él mismo refirió, allá fue víctima de abusos, pero vaya usted a saber. Cuando las cosas mejoraron y retornó al hogar, vino una mudanza que le separó de sus escasos amigos. El pueblo iba a quedar anegado por un pantano de reciente construcción, y la unidad familiar hubo de trasladarse a la localidad abulense de La Adrada. Angelines, la madre de Manolo, peleó muy duro para sacar adelante a sus retoños y, con el paso de los años, él pareció reencontrarse en el amor a la naturaleza. Descubrió así el mundillo de la caza y quedó prendado de él al punto de que, entre paseo y paseo por los montes, se olvidó de unos estudios que nunca le interesaron demasiado. Así, ultimado el graduado escolar, se matriculó para cursar el bachillerato en un instituto de Cuenca, pero solo logró aprobar el primer curso antes de abandonar. Sin embargo, por el aquel de que había que ganarse la vida de alguna manera, Manuel logró sacarse el título de vigilante de seguridad, gracias a lo cual comenzó a deambular por diversos empleos y empresas del sector[1].

Nunca duraba mucho en el puesto. Cinco meses en el mejor de los casos, pues en cuanto se alejaba de sus amados campos y de sus aventuras de caza, limitado en sus habilidades sociales, encontraba enormes problemas de interacción. No le gustaba la gente –solía comentar que habitualmente todo el mundo le odiaba-, y le costaba horrores encajar con los compañeros que le iban cayendo en suerte. Discutía con todo el mundo y por cualquier cosa. A poco que comenzaban las primeras fricciones propias de cualquier desempeño laboral, su personalidad paranoide y conflictiva salía a la luz y todo, incluso lo más nimio, se convertía en un pleito permanente que intoxicaba el ambiente y motivaba en última instancia el rechazo de quienes le rodeaban. Nadie quería trabajar con él y, en tales condiciones, multiplicándose las quejas, las empresas de seguridad en las que había logrado entrar terminaban prescindiendo de sus servicios.

Por supuesto, esta profecía autocumplida alimentaba todavía más la hipervigilancia paranoica de Manolo: “yo solo me defiendo, son ellos los que me detestan”. Y el veneno no paraba de crecer en su interior alimentado por el hecho de que, al no encajar y ser un permanente conflicto, en efecto, el resto de compañeros con los que había de compartir el espacio terminaban rehuyéndole, tomándole el pelo y reafirmando su impresión preconcebida de ser víctima de un rechazo generalizado. Así le ocurrió por ejemplo en 2002 cuando fue destinado como vigilante a la Academia Militar de Toledo: alguien, no se sabe quién ni a cuento de qué, terminó por ponerle el mote de El Loli, que él como es lógico odiaba con todas sus fuerzas, y aquello se extendió al punto de que todo el mundo comenzó a llamarle de tal guisa. Ello motivó una conducta extremadamente reactiva por su parte que implicó su final en la empresa… Y se marchó amenazando a quien creía autor del dichoso mote: “volveré para acabar contigo”[2]. Baste un detalle para comprender las consecuencias de esta dinámica infernal: entre 2001 y 2003, periodo durante el que vivió en Toledo, pasó nada menos que por cuatro empresas de seguridad, al punto de que hubo de abandonar la localidad cuando ya no encontró a nadie dispuesto a contar con sus servicios.

Al Palacio de Comunicaciones

Manuel Ramírez –nadie sabe cómo pasó los “controles” si es que tales existieron alguna vez- tenía licencia para portar armas de fuego. Parece que gracias a eso pudo lograr una habilitación como escolta de seguridad privado, lo cual le animó a desplazarse al País Vasco en 2003[3]. Poco se sabe de su estancia en Euskadi, si es que realmente ocurrió y no era una invención urdida por él mismo para engordar el currículum, pero reapareció en Madrid en 2005. En aquel momento la empresa encargada de la seguridad del Palacio de Comunicaciones –actual Palacio de Cibeles, sede del Ayuntamiento de Madrid- decidió contar con sus servicios. El retén, cuya misión era vigilar las obras de rehabilitación a las que estaba siendo sometido el edificio, era de diez personas. Once contando con el recién llegado.

Y, como era de esperar, los problemas de inadaptación que perseguían a Manolo fuera a donde fuese aparecieron en seguida, apenas un mes después de comenzar a trabajar. El motivo en esta ocasión fue el cuadrante para los turnos de Navidad, en la medida que los días de trabajo que se le habían asignado durante las fiestas no eran de su agrado. Enfurecido, escribió una queja incendiaria que hizo llegar por fax a los jefes. En ella acusaba a los autores del reparto de las fiestas navideñas de tener animadversión hacia su persona y, por ello, de concederle los peores turnos. Por aquellos días, y es digno de mención, Manuel Ramírez se hospedaba en una pensión madrileña y llevaba algún tiempo alejado de sus amados montes y su desintoxicante actividad cinegética, lo cual pudo contribuir al agravamiento de su estado psicológico habitualmente poco estable: por lo que parece, se había hecho la ilusión de valerse de los fines de semana navideños para dedicarse a su obsesión por la caza, pues era en los que se abría el coto municipal de La Adrada, pero resultó que no los iba a tener libres[4].

Los compañeros, precisamente porque Manuel Ramírez no había tratado de resolver el problema dentro del grupo, se tomaron mal su reacción, y así comenzó el esperable carrusel de acusaciones y tensiones. Y la escalada no hizo más que crecer al punto de que el 16 de diciembre Manolo quiso dejar bien claro que con él habría pocas bromas: se presentó en su puesto de trabajo con una escopeta de caza marca Franchi recién comprada. Luego, ni corto ni perezoso, la montó y comenzó a apuntar a todo el mundo gritando a voz en cuello que “apuntaba muy bien”. Avisados quedaban. Allí no iba a ser El Loli ni consentiría que le tomaran el pelo como de costumbre. Se le avisó de que en su puesto no podía portar armas, claro está, pero hizo caso omiso y guardó la escopeta en su taquilla… A renglón seguido, adoptó durante varios días la rareza de encerrarse en los vestuarios durante horas… Estos inusitados episodios hicieron que cundiera el pánico en el retén ante la palpable evidencia de que la estabilidad psicológica de Manuel Ramírez Torrecilla no parecía ser la mejor de las posibles, por lo que el encargado del equipo, Manuel Montañés, solicitó a sus superiores que se le trasladara acompañando la petición de un pliego de firmas que solo un componente del equipo se negó a firmar argumentando, de suerte premonitoria, que el nuevo estaba loco y era “capaz de cualquier cosa”.

Todo pudo quedar ahí, pero a esas alturas Manuel Ramírez ya era un caballo desbocado que el día 21 de diciembre se presentó en la comisaría del distrito de Retiro para interponer una denuncia contra sus compañeros, acusándolos de coacciones, amenazas y burlas. Repitió el gesto cuatro días después dejando reflejado en el escrito un ultimátum: “a mí no me van a mamonear”. Sea como fuere, ante el cariz que estaban tomando los acontecimientos, la empresa citó a Manolo y le “invitó” –así lo explicó un familiar- a firmar la baja voluntaria.

A tenor de estos acontecimientos parece difícil entender que Ramírez Torrecilla pasara sin problemas el proceso de selección de la empresa contratante, especialmente con sus antecedentes, y cabe aventurar, especialmente a causa de las contradicciones manifestadas por ésta ante la prensa que, con toda probabilidad, tal proceso fue de todo, excepto exhaustivo:

“Manuel Ramírez, sostuvo la empresa, en ningún momento dio muestras de tener ningún tipo de problema psicológico ni trastorno psíquico alguno, siendo su comportamiento absolutamente normal en su proceso de selección. Sin embargo […] emitió un nuevo comunicado en el que aseguraba que el 22 de diciembre pasado se recibe por parte de la inspección de servicios de la empresa un escrito firmado por los operativos que prestaban servicio en el palacio de Correos solicitando la retirada del servicio de Manuel Ramírez Torrecilla por considerarle un individuo conflictivo y manifestar, a criterio de estos operativos, una falta clara de deontología profesional[5].

Sea como fuere, Ramírez Torrecilla salió por la puerta asegurando que volvería para “ajustar cuentas”.

Palacio de Comunicaciones
El Palacio de Cibeles, actual Ayuntamiento de Madrid y otrora Palacio de Comunicaciones y antigua sede de la central de Correos de Madrileña.

A tiro limpio

De nuevo sin trabajo, rechazado y expulsado por enésima vez, Manuel Ramírez retornó a sus caminatas solitarias –pues siempre cazaba en soledad- por el coto de La Adrada. Pero esta vez las cosas eran distintas. Obsesionado por el hecho de que se la habían vuelto a jugar, iracundo ante un nuevo revés de la vida, enojado por el episodio repetido, se fue cociendo a fuego lento. Esta vez iba a vengarse de un modo u otro, por lo que el día 5 de enero, aún esperanzado por imponer sus razones en sede judicial, se personó en los juzgados de Plaza de Castilla para interesarse por el curso de su demanda. Y la noticia de que el juicio de faltas no se celebraría sino hasta el 5 de marzo terminó por enloquecerlo ante la falta de una resolución inmediata de sus deseos. Esa sería la última frustración que estaba dispuesto a tolerar, y si la justicia no le procuraba satisfacción, el se la buscaría por otros medios. Así, resolvió poner en marcha el plan que había ido pergeñando en los días previos.

El día 9 de enero, tras haber informado en su taller mecánico habitual de que llevaría el coche a una revisión –por supuesto innecesaria- y necesitaría un coche de sustitución, se presentó conduciendo el vehículo prestado en la calle Montalbán y aparcó en doble fila frente a una de las puertas laterales del Palacio de Comunicaciones, frente al Cuartel General de la Armada. Puso pie a tierra con la cara cubierta por un verdugo. Llevaba consigo la escopeta Franchi y una canana bien provista de cartuchos.

Coche Manuel Ramírez
La policía retira el coche con el que Manuel Ramírez se dirigió a su último coto de caza [fuente: diario El Mundo].

Apenas alcanzó la garita de entrada la persona que se encontraba de guardia, Juan Pedro Jiménez Ortega, lo reconoció de inmediato. Salió al exterior para intentar razonar con él, pero su respuesta fue descerrajarle un disparo, a corta distancia, entre el cuello y la cara, que le provocó la muerte al instante. Tenía 49 años.

El asesino caminó hacia el interior para desembocar en uno de los patios. Le salieron al paso su antiguo y odiado jefe, Manuel Montañés Riesco, y otra ex compañera, Inés García. Tampoco ahora dudó. Disparó sobre el primero sin mediar palabra, entre el pecho y el estómago. Ella recibió el impacto de varias postas en el hemitórax derecho y quedo malherida. Montañés, de 52 años, fallecería a poco de llegar al hospital. Inés, de 44, salvó la vida.

Manolo decidió continuar con las operaciones hasta dar con un cuarto vigilante al que, ahora sí, preguntó si había firmado el documento que concluyó con su despido. El hombre, por supuesto, explicó que no y rogó por su vida. Puede que en ese momento, sobre todo tras haber disparado sobre el objeto central de sus iras, Montañés, la persona con la que más había discutido y sobre la que había focalizado todos sus odios, la cordura estuviera retornando a la mente de Ramírez Torrecilla porque le perdonó la vida. También lo hizo con uno de los obreros que en aquel momento trabajaba en las instalaciones y que se cruzó con él atraído por el estruendo de los disparos. Fue encañonado, pero al no ser reconocido como uno de los componentes del retén de seguridad, lo ignoró… Después ocurrió lo tópico en estos casos en los que la planificación obsesiva del criminal raramente va más allá del acto vengativo en sí mismo: Manuel Ramírez Torrecilla dirigió el cañón la Franchi, despacio, hacia sí mismo. Lo apoyó contra su propia sien y abrió fuego[6].

Se convirtió así en pieza de su última cacería.


[1] Rodríguez, J.M. (2006). Cacería en el turno de noche. Así Son las Cosas, 194, pp. 8-11.

[2] Rodríguez, J.M., 2006, op. cit.

[3] Hidalgo, S. (2006, 10 de enero). Un ex vigilante mata a tiros en Correos a dos compañeros y se suicida. El País [disponible en: https://elpais.com/diario/2006/01/10/madrid/1136895856_850215.html; recogido en diciembre de 2018].

[4] Rodríguez, J.M., 2006, op. cit.

[5] Hidalgo, S., 2006, op. cit.

[6] Rodríguez, J.M., 2006, op. cit.

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La ambición del mujik

La ambición jamás se detiene. Ni tan siquiera en la cima de la grandeza.

Napoleón Bonaparte.

A menudo, cuando surgen asuntos como el de la corrupción o la evasión de impuestos, topamos con la estupefacción generalizada de una sociedad que, de repente, se muestra incapaz de comprender las razones por las que alguien que ya es millonario se esfuerza por burlar sistemáticamente a la ley para acumular aún más riqueza, o por los motivos que impulsan a alguien con las necesidades vitales cubiertas con creces a defraudar a la hacienda pública una y otra vez. Duda que suele devenir sistemáticamente en indignación popular ante la aparición de estos casos. Pero, a poco que tratamos de pensar en el asunto, vemos de inmediato que laten en su fondo preguntas ético-morales que se encuentran en la misma raíz de la cuestión y que muy a menudo, simplemente y pese a ser las importantes, nadie se hace: ¿Cuánto es suficiente? ¿Cuánto de algo se debe poseer para considerar que se tiene bastante? ¿Seríamos capaces de renunciar a la posibilidad de tener más de algo si ese algo estuviera a nuestro alcance?

Personalmente, estimo que la ambición, adopte la forma que adopte en la práctica y más allá de variables relativas a la clase social, la legislación vigente o el contexto socioeconómico –que son coyunturales y cambiantes-, se relaciona de suerte muy estrecha con la mera condición humana. En el fondo todos somos acumuladores de algo –y no todo lo acumulable es necesariamente material- en la medida que tendemos a estimar, por una u otra razón que casi nunca se discierne con claridad, que eso es sumamente valioso en sí mismo y que merece la pena poseer de ello cuanto más mejor. Por lo común justificamos nuestro afán por obtener más de “eso” que nos inspira en motivaciones espurias y volátiles que no alcanzan ni remotamente el fondo de un problema cuya raíz última se nos escapa. Querer más de lo que sea es humano. Querer siempre mucho más de lo que podremos asumir o disfrutar. Tenerlo porque sí, y basta. Tal vez ello conceda sentido al comentario que me hizo un conocido estafador, condenado por fin tras largos años de apropiarse del dinero de otros sistemáticamente: “en realidad ya no me hacía falta seguir haciéndolo, pero aún así continué hasta que me cazaron porque quería saber hasta dónde se podía llegar, cuánto de bueno podía llegar a ser”.

No conozco a nadie que se considere suficientemente bien retribuido en uno u otro sentido, y lo más probable es que en ello, y paradójicamente, radique nuestro éxito como especie. Nunca tenemos “suficiente” de absolutamente nada. Toda cultura es un mecanismo impulsado por la mecánica del “siempre más” y del “siempre mejor” de acuerdo a unas condiciones materiales y éticas de posibilidad preestablecidas. Y en tal contexto, cierto grado de ambición para alcanzar determinados objetivos “buenos” resulta socialmente deseable y tiende a ser gratificado. Precisamente por ello la idea del “buen salvaje” es pura mitología, pero ocurre también que ese proceso de avance es complejo, no lineal, y, frente a las leyendas positivistas en torno al progreso, éste no siempre deviene en algo “mejor”. Progresar no siempre es crecer y, del mismo modo, “más” a menudo es “peor”. Piénsese, por ejemplo, que también las enfermedades crónicas progresan.

Al final ya no es lo que poseemos, sino, ante todo, el reto de poseer y la generación de las condiciones apropiadas para seguir poseyendo. Nadie se sentirá jamás lo bastante rico, lo bastante amado, lo bastante exitoso, lo bastante admirado, lo bastante libre. Lo bastante sabio o lo suficientemente poderoso. No es lo que obtenemos hoy –que a duras penas es disfrutado pues se pierde en el mero afán de la posesión- sino ese futuro dorado que anticipamos mediante la obtención de cierto tipo de bienes, ya sean materiales o espirituales. El miedo a no tener mañana de “eso” en una medida que pueda considerarse suficiente en cualquier sentido. El pánico a dejar escapar la ocasión, la oferta, el negocio, la posibilidad, el premio… El vicio cegador de lo superfluo frente a la sensatez de lo necesario. La pasión por lo posible que aplasta la racionalidad de lo coherente. El olvido perenne de que todo, incluso lo que más podamos desear por bueno, valioso o apetecible, tiene un precio que se debe estar dispuesto a pagar y cuyo coste –que nunca anticipamos- solo alcanzamos a comprender y valorar cuando se nos pasa la factura. Probablemente, en una cultura occidental que ha primado sobre cualquier otra la lógica del coste-beneficio, esta cuestión se manifieste con mayor claridad…

Sea como fuere, cuando invito –o se me invita- a reflexionar sobre este problema, comparto este esclarecedor relato.


mujik

¿Cuánta tierra necesita un hombre? (Lev Tolstoi, 1885)[1]

Érase una vez un mujik[2] llamado Pahom que había trabajado dura y honestamente para su familia durante largos años, pero sin embargo no tenía tierras propias, de modo que no había logrado salir de la pobreza. “Ocupados como estamos desde la niñez trabajando la madre tierra –se lamentaba a menudo- los campesinos siempre debemos morir como hemos vivido, sin nada propio. Las cosas serían muy diferentes si tuviésemos nuestra propia tierra”.

[…]

Cerca de la aldea de Pahom vivía una dama, pequeña terrateniente, que poseía una finca de 150 hectáreas. Un invierno se difundió la noticia de que la mujer iba a vender sus tierras. Pahom oyó que un vecino suyo compraría 25 hectáreas y que ella había consentido en aceptar la mitad del pago en efectivo, y esperar un año por la otra mitad. “Qué te parece -pensó Pahom-. Esa tierra se vende, y yo no conseguiré ni una parte.” Así que decidió hablar con su esposa:

-Otras personas están comprando y nosotros también deberíamos adquirir unas cuantas hectáreas. La vida se torna imposible sin poseer tierras propias. De modo que, ambos, se pusieron a pensar en el asunto y calcularon cuánto terreno podrían adquirir. Tenían ahorrados 100 rublos. Vendieron un potrillo y la mitad de sus abejas; contrataron a uno de sus hijos como peón y solicitaron anticipos sobre su paga. Pidieron prestado el resto a un cuñado, y así reunieron la mitad del precio final. Luego, Pahom escogió una parcela de 20 hectáreas, en la que había bosques, fue a ver a la señora y formalizó la compra. Ya tenía sus propias tierras. Pidió semilla prestada, la sembró, y así obtuvo una buena cosecha. Al cabo de un año de duro trabajo había logrado saldar cuentas con la dama y su cuñado, convirtiéndose en propietario. Talaba sus propios árboles y alimentaba a su ganado en sus propios pastos. Cuando salía a arar los campos, a mirar sus mieses o a contemplar sus prados, el corazón se le llenaba de alegría. La hierba y las flores que crecían en ellos le parecían diferentes de las que había en otras partes. Antaño, cuando cruzaba casualmente por aquella tierra, siempre le había parecido igual a cualquier otra, pero ahora su impresión era muy distinta.

[…]

Cierto día Pahom estaba sentado a la puerta de su casa cuando un mujik viajero se detuvo ante ella. Pahom le preguntó de dónde venía y el forastero respondió que procedía del otro lado del Volga, donde había estado trabajando. Una palabra llevó a la otra, y el hombre comentó que había muchas tierras en venta por allá, y que muchos estaban viajando para comprarlas. Eran tan fértiles, aseguró, que el centeno crecía alto como un caballo, y tan tupido que cinco cortes de guadaña formaban una gavilla. Comentó que un campesino la había trabajado durante un tiempo sólo con sus manos, y ahora ya tenía seis caballos y dos vacas.

El corazón de Pahom se colmó de anhelo: “¿Por qué he de sufrir en este agujero -pensó- si se vive tan bien en otras partes? Venderé mi finca y, con ese dinero, comenzaré allá de nuevo y prosperaré”. De modo que vendió su tierra, su casa y su ganado. Con las ganancias se mudó con la familia a una nueva propiedad el triple de grande. Todo lo que había dicho el campesino era cierto, y Pahom estaba en mucha mejor posición que antes, pues adquirió muchas tierras arables y pasturas, y así pudo tener todas las cabezas de ganado que deseaba.

Al principio, en el ajetreo de la mudanza y la construcción de la nueva casa, Pahom se sentía complacido, pero cuando se habituó a la novedad comenzó a pensar que tampoco aquí estaba del todo satisfecho. Quería sembrar más trigo, pero no tenía tierras suficientes para ello, así que arrendó más terrenos por tres años. Fueron buenas temporadas y hubo buenas cosechas, de modo que ahorró un buen dinero. Podría haber seguido viviendo cómodamente, pero se cansó de arrendar tierras ajenas año tras año y de sufrir privaciones para ahorrar el dinero que le pedían por ello. “Si todas esas tierras fueran mías –pensó entonces-, sería independiente y no sufriría estas incomodidades”.

Llegó entonces el día en que un vendedor de bienes raíces que pasaba por su finca le comentó que acababa de regresar de la lejana tierra de los baskires[3], donde había comprado 600 hectáreas de tierra por sólo mil rublos:

-Sólo debes hacerte amigo del jefe –le dijo-. Yo le regalé como cien rublos en vestidos y alfombras, además de una caja de té, y di vino a quienes lo bebían, de suerte que obtuve toda esa tierra muy barata[4].

“Vaya -pensó Pahom-, allá puedo obtener fácilmente diez veces más tierras de las que poseo. Debo probar suerte”. Encomendó así a su familia el cuidado de la finca y emprendió el viaje, llevando consigo a su criado. Por el camino pararon en una ciudad y compraron una caja de té, vino y otros regalos, tal y como el vendedor les había aconsejado. Continuaron luego el viaje hasta recorrer más de 500 kilómetros, y en el séptimo día llegaron al lugar donde los baskires habían instalado sus tiendas. En cuanto advirtieron la presencia de Pahom, salieron y se reunieron en torno al visitante. Le dieron té y kurniss[5], y sacrificaron una oveja para darle de comer. Pahom sacó los presentes de su carromato y los distribuyó, diciéndoles que venía en busca de tierras. Los baskires parecieron muy satisfechos con la propuesta y le explicaron que para eso debía hablar con el jefe. De tal modo, lo mandaron a buscar y le contaron las motivaciones del visitante. El jefe escuchó pacientemente, luego pidió silencio con un gesto y se dirigió a Pahom:

-De acuerdo. Escoge la tierra que te plazca, pues tenemos en abundancia[6].

-¿Y cuál será el precio?- Preguntó Pahom.

-Nuestro precio siempre es el mismo: mil rublos por día.

Pahom no comprendió: -¿Un día? ¿Qué medida es ésa? ¿Cuántas hectáreas de tierra son?

-No sabemos calcularlo -dijo el jefe-. Vendemos la tierra por días. Todo lo que puedas recorrer a pie en el curso de un día es tuyo, y el precio es mil rublos por día.

Pahom quedó estupefacto ante la oferta: -Pero en un día se puede recorrer una vasta extensión de tierra- dijo.

El jefe se echó a reír: -¡Y será toda tuya! Pero con una condición: si no regresas en el mismo día al lugar donde comenzaste a caminar, perderás el dinero adelantado.

-¿Y cómo debo señalar el camino que he seguido?

-Iremos al lugar que gustes y nos quedaremos allí. Puedes comenzar desde ese sitio y emprender tu viaje llevando una azada contigo. Donde lo consideres necesario, deja una marca. En cada giro cava un pozo y apila la tierra; luego iremos con un arado de pozo en pozo. Puedes hacer el recorrido que desees, pero antes que se ponga el sol debes regresar al sitio del que partiste. Toda la tierra que cubras será tuya.

Pahom estaba alborozado ante la expectativa y decidió comenzar por la mañana. Charlaron, bebieron más kurniss, comieron más carne de oveja y bebieron más té, y así llegó la noche. Le proporcionaron un alojamiento con una cama de edredón, y los baskires se dispersaron prometiendo reunirse en la madrugada siguiente para viajar al punto convenido antes del amanecer. Pahom se acostó, pero no pudo dormir. No dejaba de pensar en su tierra. “¡Qué gran extensión marcaré! -pensó-. Puedo andar fácilmente cincuenta kilómetros por día. Los días ahora son largos, y un recorrido de cincuenta kilómetros representará gran cantidad de tierra. Venderé las más áridas, o se las arrendaré a los campesinos, y dejaré la mejor para trabajarla yo. Compraré dos yuntas de bueyes y contrataré dos peones más. Destinaré 90 hectáreas a la siembra y en el resto criaré ganado”.

[…]

Por la puerta abierta vio que ya rompía el alba. “Es hora de levantarse -se dijo-. Debemos ponernos en marcha”. Se puso en pie, despertó al criado que dormía en el carromato, le ordenó uncir los caballos y fue a llamar a los baskires. Estos se reunieron, y también acudió el jefe. El kurniss comenzó a correr de nuevo, y ofrecieron a Pahom un poco de té, pero él estaba ya muy impaciente y no quería esperar por más tiempo: “Si hemos de ir, vayamos de una vez. Ya es hora”.

Los baskires, entonces, se prepararon para la marcha, algunos a caballo, otros en carros. Pahom iba en su carromato con el criado, y llevaba una azada. Cuando llegaron a la estepa, las primeras luces del amanecer teñían de rojo el horizonte. Subieron una loma y todos se apearon de carros y caballos. Entonces el jefe se acercó a Pahom y, extendiendo el brazo hacia la planicie, le dijo:

-Todo esto, hasta donde llega la vista, es nuestro. Puedes tomar cuanto gustes.

A Pahom le brillaron los ojos, pues toda era tierra virgen, chata como la palma de la mano, negra como semilla de amapola, y en las hondonadas crecían altos pastizales. El jefe se quitó la gorra de piel de zorro, la apoyó en el suelo y explicó: -Ésta será la marca de salida. Regresa aquí y toda la tierra que hayas rodeado será tuya.

Entonces Pahom sacó el dinero y lo depositó en la gorra. Luego se quitó el abrigo, quedándose con su chaquetón sin mangas. Se aflojó el cinturón y lo sujetó con fuerza bajo el vientre, se puso un costal de pan en el pecho del jubón y, atando una botella de agua al cinturón, se subió la caña de las botas, empuñó la azada y se dispuso a partir. Tardó un instante en decidir el rumbo. Todas las direcciones eran igual de tentadoras. “No importa –se dijo por fin-. Iré hacia el sol naciente”. Se volvió entonces hacia el Este, se desperezó y aguardó a que el sol asomara sobre el horizonte. “No debo perder tiempo -pensó-, pues es más fácil caminar mientras el tiempo todavía está fresco”. Los rayos del sol no acababan de chispear sobre el horizonte cuando Pahom, azada al hombro, se internó en la estepa.

Caminaba a paso moderado. Tras avanzar mil metros se detuvo, cavó un pozo y apiló terrones de hierba para hacerlo más visible. Luego continuó. Ya había vencido el entumecimiento inicial, de modo que apuró el paso. Al cabo de un rato cavó otro pozo. Miró hacia atrás. La loma se veía claramente a la luz del sol, con la gente encima, y las llantas relucientes de las ruedas de los carromatos. Pahom calculó que había caminado ya unos cinco kilómetros. Hacía más calor; se quitó el chaquetón, se lo echó al hombro y continuó la marcha. Cuando el calor apretó aún más miró al sol. Era hora de pensar en el desayuno: “He recorrido el primer tramo, pero hay cuatro en un día, y todavía es demasiado pronto para virar. Sin embargo, me quitaré las botas para caminar con más comodidad”. Así lo hizo. Luego se las metió en el cinturón y reanudó la marcha con mayor soltura.

“Continuaré durante otros cinco kilómetros -pensó-, y luego giraré a la izquierda. Este lugar es tan promisorio que sería una pena perderlo. Cuanto más avanzo mejor parece la tierra.” Siguió derecho por un tiempo y, cuando miró en torno, la loma ya era apenas visible, las personas parecían ya hormigas, y apenas se veía un destello bajo el sol. “¡Ah! –se dijo-, ya he avanzado bastante en esta dirección y es hora de girar. Además, estoy sudando, y muy sediento”. Se detuvo, cavó un gran pozo y apiló hierba. Bebió un sorbo de agua y giró a la izquierda. Continuó la marcha. Ahora la hierba era alta y hacía mucho calor.

Pasado un largo rato, comenzó a cansarse. Miró hacia el sol y calculó que era mediodía.
“Bien -pensó-, debo descansar”. Se sentó, comió pan y bebió agua, pero no se tumbó por temor a quedarse dormido. Tras pasar un rato sentado, siguió andando. Al principio caminaba con dificultad, y sentía sueño, pero continuó pensando que unas horas de sufrimiento valían la pena a cambio de toda una vida para disfrutar los réditos.

Avanzó un largo trecho en la misma dirección y, ya iba a girar de nuevo a la izquierda, cuando vislumbró un fecundo valle. “Sería una pena excluir ese terreno -pensó-. El lino crecería bien aquí”. De modo que rodeó el valle y cavó un pozo del otro lado antes de volver a girar. Pahom miró entonces hacia la loma. El aire estaba brumoso y trémulo por el calor por lo que apenas se veía a la gente. “¡Ah! -convino-, los dos primeros lados son ya demasiado largos. Este debe ser más corto”. Y siguió así a lo largo del tercer lado, apurando el paso. Miró al sol de nuevo. Estaba ya a mitad de camino del horizonte y aún no había recorrido tres kilómetros del tercer lado del cuadrado por lo que todavía se encontraba a unos quince kilómetros de su meta. “No -pensó-, aunque mis tierras queden irregulares, debo volver en línea recta. Podría alejarme demasiado, y ya tengo gran cantidad”. Entonces cavó un pozo deprisa.

Echó luego a andar hacia la loma, pero con dificultad. Estaba agotado por el calor, tenía cortes y magulladuras en los pies descalzos, y le flaqueaban las piernas. Ansiaba descansar, pero era imposible si deseaba llegar antes del anochecer. El sol no esperaba a nadie y se hundía cada vez más en el horizonte. “Cielos –se lamentó-, si no hubiera cometido el error de querer demasiado… ¿Qué pasará si llego tarde?”. Miró hacia la loma y hacia el sol. Aún estaba lejos de su meta, y el astro descendía con rapidez.

Pahom siguió caminando con mucha dificultad, pero cada vez más rápido. Apuró el paso, pero todavía estaba lejos de la meta. Echó entonces a correr, arrojó la chaqueta, las botas, la botella y la gorra, conservando sólo la azada que utilizaba como bastón. “¡Ay de mí! He deseado mucho, y lo he echado todo a perder. Tengo que llegar antes de que se ponga el sol”.

El temor le quitaba el aliento. Siguió corriendo. La camisa y los pantalones empapados se le pegaban a la piel y tenía la boca reseca. Su pecho jadeaba como un fuelle, su corazón golpeaba como un martillo, sus piernas cedían como si no le pertenecieran. Pahom estaba abrumado por el terror de morir de agotamiento. Y, aunque temía a la muerte, ya no podía detenerse: “Después haber corrido tanto, me considerarán un tonto si me detengo ahora”. Y siguió corriendo, y al acercarse oyó que los baskires gritaban y aullaban en lo alto de la loma. Esos gritos le inflamaron aún más el corazón. Reunió sus últimas fuerzas y siguió corriendo.

El hinchado y brumoso sol casi rozaba el horizonte, rojo como la sangre. Estaba muy bajo, pero Pahom estaba ya muy cerca de alcanzar el objetivo. Podía ver a la gente de la loma agitando los brazos, animándolo a darse prisa. Veía la gorra de piel de zorro en el suelo, y el dinero, y al jefe sentado y riendo sonoramente. “Tengo tierras en abundancia -pensó-, ¿pero me dejará Dios vivir en ellas? ¡He perdido la vida, he perdido la vida!, ¡nunca llegaré a tiempo!”

Pahom miró de nuevo al sol, que ya desaparecía devorado por el horizonte. Con el resto de sus fuerzas apuró el paso, encorvando el cuerpo pues sus piernas apenas podían sostenerlo. Cuando llegó al pie de la loma, de pronto, oscureció. Miró al cielo por enésima vez. El sol se había puesto y Pahom soltó un alarido de desesperación. “Todo mi esfuerzo ha sido en vano”. Ya iba a detenerse, pero oyó que los baskires aún gritaban y recordó que, aunque para él, desde abajo, el sol parecía haberse puesto, desde lo alto de la loma todavía podían verlo. Aspiró entonces una buena bocanada de aire y corrió esforzadamente cuesta arriba. Allí aún había luz. Llegó entonces a la cima y vio la gorra. Sentado delante de ella el jefe aún reía a carcajadas. Pahom emitió un grito agónico. Se le aflojaron las piernas, cayó de bruces y tomó la gorra con las manos:

-¡Vaya, qué sujeto tan admirable! –exclamó entonces el jefe-. ¡Ha ganado muchas tierras!

El criado se le acercó corriendo y trató de levantarlo, pero vio que le salía sangre de la boca: ¡Estaba muerto! Los baskires chasquearon entonces la lengua para demostrar su piedad. Su criado empuñó la azada, cavó allí mismo una tumba para Pahom, y lo sepultó. Dos metros de la cabeza a los pies era todo lo que necesitaba en realidad.

Tolstoi
Lev Tolstoi (1828-1910).

[1] En algunas antologías de Tolstoi, este relato se presente bajo el título de El mujik y el diablo. Hay muchas traducciones de este texto de clara pretensión moralizante circulando por ahí y, pese a que no sé ni una palabra de ruso, parece obvio por la calidad del volcado al castellano que no todas son igualmente buenas. La adaptación libre que aquí ofrezco toma en cuenta tres de ellas, si bien he realizado alguna modificación gramatical y conceptual que me parecía coherente de cara a ofrecer una lectura más fluida. Por ejemplo, a fin de hacer el relato más comprensible, he preferido mantener el concepto de “hectárea” que propone un traductor para referirme a la medida de la tierra en lugar del original “desiatina” que sostiene otro, al ser una medida obsoleta de origen tártaro que equivaldría a unos 109.000 metros cuadrados. También he reducido u obviado algunas partes del relato que lo alargaban innecesariamente. Insto por ello al lector a que no interprete esta versión como fiel del original tolstoiano y le invito, por supuesto, a la lectura del propio texto de Tolstoi.

[2] El término mujik -en ruso: мужик, que significa literalmente “hombre”- se empleaba también con anterioridad a 1917 para referirse a los campesinos rusos que no poseían propiedades.

[3] Pueblo de origen túrquico que habita en Rusia. Se concentran en las faldas y llanuras adyacentes a los montes Urales en la zona sur de esa cordillera. También hay importantes minorías baskires en Kazajistán y Uzbekistán. Aunque los baskires hablaron el tártaro durante siglos, en la actualidad la mayoría habla ruso.

[4] A estas alturas, Tolstoi ya ha dado las suficientes pistas al lector como para invitarle a pensar que el primer viajero y el vendedor de ahora son, en realidad, versiones distintas del diablo tentando la ambición de Pahom.

[5] Tipo de vino “fortificado” o “generoso”. Este tipo de vinos, en su proceso de elaboración, incorporan procesos especiales destinados a aumentar su estabilidad y aumentar su graduación alcohólica, sin perder por ello su condición de derivado 100% de la uva. La técnica más común para fortificar el vino es la que se denomina “encabezado”, y consiste en añadir alcohol durante o antes del proceso de fermentación. Ello incrementa la graduación alcohólica, a la par que dota al vino de mayor textura y sabores más robustos. Por lo común, este tipo de vinos son más dulces debido a la mayor acumulación de azúcares que no consiguieron fermentarse, y también tienen mayor estabilidad: una vez abierta, una botella de vino fortificado puede durar varios meses sin perder sus propiedades al gusto, y esta es justamente la razón por la que comenzaron a elaborarse de este modo.

[6] Obviamente, y siguiendo la mecánica de todo relato moralizante, el jefe baskir es la tercera encarnación del diablo estrechando el cerco al incauto de Pahom.

Lecciones sobre censura

basta de censu
(by Quino).

En los Estados Unidos un vehículo de comunicación de masas de primer orden como el cine no fue considerado desde sus mismos orígenes como una expresión artística fidedigna –al mismo nivel que la literatura, la música o la pintura-, sino como una forma de entretenimiento y una industria más, lo cual motivó que fuera ajeno a la cobertura de la Primera Enmienda[1]. Existía incluso un dictamen emitido en 1915 por la Corte Suprema, basado en el caso de la Mutual Films Corporation contra la Industrial Comission of Ohio, que ratificaba legalmente este punto de vista. Esto motivaba, por tanto, que los productores, guionistas y directores fueran muy cautelosos a la hora de llevar determinadas historias, casos y cosas a la gran pantalla. No obstante y del mismo modo, en relación a la literatura, la prensa o la expresión artística, pese a no haber trabas legales explícitas, existían una serie de códigos y normas no escritos que  trataban de minimizar en la medida de lo posible los relatos y expresiones que atentasen de manera manifiesta contra las “buenas costumbres”. Como es lógico el relato de crímenes, las ofensas directas a la religión, los ataques a los medios de producción, o el cuestionamiento de las tradiciones culturales mayoritarias entraban claramente dentro de esta línea de autocensura.

Por supuesto, las limitaciones legales que afectaban de manera expresa a la naciente industria cinematográfica no impidieron los precoces escándalos con el sexo, las drogas y el alcohol de artistas de primera línea. Se ha argüido hasta la saciedad que el caso protagonizado por el entonces muy popular actor cómico Fatty Arbuckle, desencadenó de manera directa la primera normativa destinada a la censura en el cine estadounidense, pero en realidad sería más correcto señalar que el escándalo Arbuckle obró, simplemente, como la gota de agua que colmaba un vaso que se había llenado demasiado deprisa.

¿Un gordito criminal?

Roscoe Conkling Arbuckle (1887-1933), conocido entre el gran público como Fatty Arbuckle, sólo empleó el funesto apodo de “gordito” profesionalmente, ya que lo detestaba con todas sus fuerzas. Ciertamente fue uno de los actores más populares de su época, aunque en el presente sea conocido y recordado sobre todo por el dichoso escándalo que le perseguiría durante años al ser acusado de violar y provocar la muerte a la actriz principiante Viriginia Rappe durante una de las juergas fuera de control a las que era muy aficionado, al igual que un buen número de las nacientes estrellas cinematográficas del momento.

Roscoe Arbucke detenido
Arbuckle en la fotografía de su ficha policial.

Arbuckle, actor precoz, comenzó su carrera profesional con tan solo ocho años al debutar en una producción de 1908 titulada El sanatorio. A partir de ahí actuó en diversas producciones con Charles Chaplin, realizó otras con Mark Sennett y terminó dirigiendo y protagonizando otras muchas tras integrarse en los célebres estudios Keystone. Su popularidad crecería aún más  durante la Primera Guerra Mundial, pues unió fuerzas con el famosísimo Buster Keaton, hecho que lo convirtió en millonario. Sin embargo, a medida que la leyenda de Arbuckle crecía en el mundillo del cine, también su fama como hombre dado a los excesos se hizo extremadamente popular y, de hecho, a lo largo de los años, ganó y dilapidó sin solución de continuidad cientos de miles de dólares. Ciertamente, no era el único profesional del medio metido en jaleos de semejante índole –conocidos son, por poner el caso, los devaneos de Chaplin con chiquillas menores-, pero sí eran, tal vez, los menos disimulados y más espectaculares, lo cual le ganó tantos admiradores como detractores[2].

El asunto Rappe, que literalmente destruyó su carrera, tuvo lugar en 1921. Durante una juerga fuera de control acaecida en un Hotel de San Francisco, sedujo a la chica. La joven había sido recientemente operada de apendicitis, hecho que provocó que muriese a causa de un derrame interno producido por la introducción de objetos por vía anal. Sería el novio de la muchacha, Henry Pathé Lehrman quien finalmente denunció al actor por aquellos actos de sadismo, pero nunca quedó claro que fuera el propio Arbuckle el culpable. De hecho, pasó por tres juicios tras los que quedó finalmente exonerado de toda culpa. Sea como fuere, el caso se convirtió en unos de los primeros “juicios-espectáculo” de Hollywood gracias al concurso de los rotativos amarillistas de Wiliam Randolph Hearst, quien realizó una campaña masiva y extraordinariamente sensacionalista contra el actor que, por fin, dio al traste con su carrera al ser sus películas boicoteadas de suerte sistemática por el público británico y estadounidense[3]. No obstante, Arbuckle se reconvirtió en el actor de teatro John William B. Goodridge, identidad bajo la que pudo dirigir y comercializar diversos cortometrajes –apareciendo incluso en uno de ellos- hasta el día de su muerte[4].

Autocensurarse es gratis

La presión mediática de Hearst, que extendió su incendiaria crítica sobre Arbuckle hasta el “depravado” mundillo del cine, motivó que la industria cinematográfica fuese aún más lejos en su autocontrol y se preocupara incluso por la preservación de la buena imagen del negocio en sí mismo. No era solo que las películas debieran ser aceptables moral y políticamente, sino también que la propia imagen del medio debía mantenerse intachable. Si los actores, directores, productores, guionistas y demás querían mantener sus ideologías, juergas y vicios debían reducirlos a la más estricta privacidad sopena de malograr sus carreras para siempre.

Artífice principal de este control estricto y abusivo fue el abogado afiliado al partido republicano William H. Hays –quien fuera director en 1920 de la campaña electoral del presidente Harding-, quien controló la Motion Picture Association of America (MPAA) desde su creación en 1922, siendo el primer interesado en la defenestración pública del gordito Arbuckle pues hizo desde su despacho todo lo posible para que el actor fuese expulsado del mundo del cine a perpetuidad. De hecho, desde el primer momento, Hays impuso una clausula moral a todas las películas que pretendieran llevar el sello de aprobación de la MPAA e incluso trató de promover una campaña para imponer la censura gubernativa en el cine que no alcanzaría el éxito al considerarse de dudosa legalidad[5].

William H Hays Time
William H. Hays en la portada del semanario Time.

Sea como fuere, no demasiado convencido de que la cláusula moral supusiera una disuasión efectiva para los productores y directores, Hays optó por impulsar, a partir de 1927, la creación de un código moral bien regulado para la autocensura de la industria cinematográfica que, tras los trabajos de un comité consultivo conformado por diversos expertos, culminó con la redacción del célebre Production Code –más conocido como “Hays Code”- de 1930. Una regulación que controlaría la acción creativa de los creadores cinematográficos durante décadas y que explica, por sí misma, muchos de los elementos, tópicos y estereotipos que se harían comunes en las producciones de la época dorada de Hollywood[6].

El Hays Code, que empezó a aplicarse con absoluto rigor en 1934, no se abandonaría hasta 1968, año en el que fue reemplazado por el MPAA Film Rating System -la célebre calificación de las películas “por edades” que terminaría funcionando de un modo u otro en medio mundo-, y entraba de lleno en la consideración de lo que podría considerarse moral o inmoral para las audiencias estadounidenses en base a tres grandes líneas de acción:

  1. Ninguna película debería rebajar el estándar moral de sus espectadores y, por consiguiente, la audiencia no debería simpatizar en modo alguno con los criminales, los malvados, los pervertidos, los pecadores o las malas conductas.
  2. Toda producción cinematográfica, dentro de su argumento y de acuerdo a él, debería representar los estándares de vida adecuados (éticos, morales, religiosos, sexuales, y etcétera). Y, en el caso de tener que mostrarlos en otro sentido, hacer constar de manera clara que se trata de actividades y actitudes reprobables e indignas.
  3. Las leyes humanas o naturales no deberían ser ridiculizadas, ni se debería permitir que el espectador simpatizara en forma alguna con los personajes, ideas o tendencias que propagasen esta clase de ridiculización.
Hays Code
Portada de la edición de 1934 del “Hays Code”.

Si alguien se ha preguntado en algún momento por los motivos de que John Wayne se comporte de la manera absurda que lo hace en algunas de sus películas, o por qué ciertos diálogos y/o contextos del cine clásico parecen a menudo tan impostados, ridículos y falaces, ya tiene una explicación. No. Esto tampoco lo inventamos nosotros. De hecho, y resulta sintomático, el código censor del franquismo seguía unas líneas de actuación bastante parejas a las pergeñadas por el modelo norteamericano, hecho que tampoco debiera sorprendernos: determinados modos de pensar operan como construcciones ideológicas universalizantes antes que como expresión de parámetros locales.

En un mundo como el del presente, en el que cada vez más aparecen por doquier partidarios de las normas morales, los discursos convergentes y los controles intelectuales, tal vez sea necesario revisar estas historias pasadas. Quizá aprendamos algo acerca del control abusivo de las libertades, las leyes restrictivas contra la expresión de las propias ideas, la importancia de entender en qué contextos –y con qué pretextos- nos autocensuramos o permitimos que se nos censure y por qué, así como sobre la mojiganga relativa a la preservación de las “tradiciones” y las “buenas costumbres”.

Recuerden: la libertad es un bien frágil… Y siempre ha tenido y tendrá enemigos. En todas partes. Con cualquier motivo. Para cualquier cosa.


[1] La Primera Enmienda a la Constitución de los Estados Unidos, adoptada el 15 de diciembre de 1791, prohíbe la creación de cualquier ley federal o local con respecto a: el establecimiento oficial de una religión que impida la práctica libre de la misma; medidas que reduzcan la libertad de expresión; normativas que vulneren la libertad de prensa; reglamentos que interfieran con el derecho de reunión pacífica; medidas que prohíban solicitar una compensación por agravios gubernamentales.

[2] Scott, H (comp.) (1964). Enciclopedia del crimen y los criminales. Barcelona, España: Editorial Ferma.

[3] Oderman, S. (1994). Roscoe “Fatty” Arbuckle: A Biography of the Silent Film Comedian, 1887-1933. Jefferson (NC): McFarland & Company.

[4] Scott, H., 1964, op. cit.

[5] Pérez-Fernández, F. (2011). Mentes criminales. El crimen en la cultural popular contemporánea. Madrid, España: N@wtilus.

[6] Una versión completa y traducida al castellano del código de 1930 puede consultarse aquí: https://web.archive.org/web/20070311053616/http://www.academiadelapipa.org.ar/cod_hays.htm [enlazado en noviembre de 2018].

Antología islofóbica

“En el colegio, el recreo es un tiempo reconfortantemente muerto para no hablar con nadie y preparar las aventuras de la tarde, y la biblioteca un espacio más muerto aún donde los profesores no entran nunca y a los alumnos les está prohibido el paso.”

Mármol negro como la nieve


Autofobia. Antología de Relatos

Juan Ramón Biedma

Editorial Grupo Tierra Trivium, 2018.

Autofobia


El bedel me entrega el sobre y no puedo evitar sentir una punzada en la boca del estómago al advertir, garrapateada en el anverso, la letra picuda y obstinada de Juan Ramón. Entre ilusionado y ansioso, ya en la cafetería de la Universidad, rasgo el borde mientras pido un café y extraigo el libro que espero desde hace un par de semanas. Caigo entonces en la cuenta de que todo es muy raro esta mañana. Resulta que me he levantado de la cama pensando en esto de suerte inadvertida. Resulta que llego a la Facultad y me encuentro con esto de suerte inopinada. Resulta que la serendipia cósmica en la que vivimos es a menudo tan bellamente precisa –así se lo escribo al autor en el acuse de recibo-, como silenciosamente aterradora en su exactitud. Igual existe el karma como entidad sustancial y propositiva, o igual todo es vanidad, mero delirio confabulatorio, y yo estoy tan loco como a veces creo.

Observo la portada y la encuentro harto conveniente. Ese muro es la clave. Es nuestro muro. El que ponemos, el que nos ponen, el que queremos saltar o derribar sin que a veces podamos o sin que por lo común nos dejen. La persona que tengo al lado, mirando por encima de mi hombro, opta por abrir la boca cuando perfectamente podría haber seguido masticando la tostada. Ambos habríamos disfrutado más. Es lo malo que tiene hacer ciertas cosas en lugares públicos, que suele haber público.

-“Autofobia”. Fobia a uno mismo- el tono aleccionador, por supuesto.

-No.

-Auto… y fobia… Pues… -Ya inseguro.

-Que no. Mírate el Google. –No borde. Sí contundente.

-…

Sé bien que si escribimos en la eterna barra de Google que ha colonizado los ordenadores de medio mundo -ese árbol de la ciencia de la posmodernidad, ese oráculo del siglo XXI que nos saca de un apuro a la misma velocidad que nos provoca un dolor de cabeza-  la palabra “autofobia”, lo primero que encontramos es una de esas asépticas definiciones manualisticas que lo dicen todo sin explicar gran cosa: “también conocida como monofobia o islofobia, es una fobia específica. No es lo mismo que sentirse solo. Es una fobia al aislamiento, a la soledad, a ser ignorado. Los que padecen este trastorno no necesariamente tienen que estar físicamente solos para experimentar los síntomas” (fin de cita). Y también sé que Juan Ramón nunca da puntada sin hilo y trata, con este título, de inducir en el lector un error deliciosamente medido. Una falla muy precisa, calibrada, que solo la posterior lectura atenta de sus relatos podrá solucionar.

No es que Biedma –lo sé bien porque lo he leído y releído a fondo a lo largo de los años- se haya propuesto la tarea de componer un compendio de relatos enlazados por las marginalidades autofóbicas de sus protagonistas, es que la islofobia es un denominador común que hilvana toda su literatura. Digo bien: “literatura”. Porque Biedma no es un escritor, o un autor, o un narrador, u otra de esas personas que se ganan la vida escribiendo aquí y allá,  sino un literato entero y verdadero. Un artista. Lo que yo no soy. Lo que casi nadie es. Lo que solo unos cuantos elegidos alcanzan y lo que muchos pretenden haber conseguido.

Del más antiguo al más moderno, los y las protagonistas de esta antología son gente al margen como aquellos españoles de los que hablaba Américo Castro. Gente que no cuenta, cada uno a su manera, pero que quiere contar, quiere decidir, lucha por su derecho a estar, a ser, a parecer y a influir. A hacerse oír. Y lo hacen. Siempre desde ese borde exterior de la galaxia –permítase la alegoría lucasiana- que es la marginalidad. El espacio de los que aparentemente no cuentan o deciden. Ese ángulo muerto desde el que toda acción es posible, lo cambia todo, lo decanta todo y hace de las cosas lo que son en realidad, justamente porque nadie mira, porque nadie cree que lo que allí sucede tenga peso alguno en el teatro del mundo. Esa es la marginalidad autofóbica en la que viven los protagonistas de Juan Ramón: gentes que para la mayoría de nosotros ni existen ni cuentan, pero que luchan denodadamente por existir y contar, y que a su modo lo consiguen. Será por eso que, como me dijo cierta persona entendida en una ocasión, los escritos de Biedma son tan inquietantes y poco amables.

Piénsenlo bien. Todos hemos conocido a un Padre Full. A un Gaspar. A un Vervel. A una Niñadelaparatortopédico. Personas que deambulan por la vida sometidas a nuestra ignorancia falaz, que a menudo no tienen nombre y a las que apenas concedemos valor o importancia; que se rebelan contra el aislamiento complaciente al que las sometemos decidiendo, haciendo, compitiendo, contando, obrando, destruyendo, construyendo, pesando. Tienen sus armas que pensamos inocuas y las emplean. Libran batallas que presuponemos miserables y las ganan. Sobreviven transmutándose en la encarnación magnífica del antiguo axioma de Fray Luis de León: “para hacer el mal [ocasionalmente el bien], cualquiera es poderoso”. Por eso es que leer a Juan Ramón Biedma es una aventura y por eso es que esta antología, evolutiva como cualquier otra que reúna el trabajo de años, puede convertirse en la excelente entrada a ese universo goticista de lo autofóbico en el que su autor ha decidido quedarse a vivir revisando de suerte perpetua el reverso tenebroso de la fuerza (sí, está claro que no puedo evitarlo).

Un mundo excelente, enigmático y perverso repleto de personajes inspiradores e imitados tal vez de suerte inadvertida, pero con una rotundidad innegable. Pues resulta imposible no reconocer, por ejemplo, a los extraordinarios gitanos nucleares de los que Biedma escribió hace años en esos trabajadores irradiados que plagan la exitosa Zona de la reciente serie de televisión… Éxito razonable en la medida que, podría argumentarse, en algún sentido, todos nos reconocemos de algún modo en el devenir del marginado, del autofóbico, porque, simplemente, a todos nos aterra la idea de no contar, de no pesar, de no ser, de no estar, de no influir. Créeme: si existe una mentira en el mundo es la que hemos construido en torno a los protagonistas de una mitológica Historia Universal en la que, al parecer, Julio César o Napoleón parecían ganar sus batallas a costa de su mero ingenio e inteligencia, sin el concurso comprometido –quizá autofóbico- de miles soldados, de cientos de litros sangre, de toneladas de vísceras. En la que las naciones son simples colorines en un mapa y los pueblos absurdos puntos, números en una estadística, censos vacíos de humanidad. Pero la verdad es que –tu lo sabes- nada de eso ha importado jamás: el verdadero motor de la historia es el esfuerzo colectivo de masas ingentes de autofóbicos luchando por su derecho a no ser aislados, ocultados e ignorados. A todo trance. Caiga quien caiga.

Precisamente por eso, si empiezas este libro ya no podrás parar. Pero si lo terminas ya nunca tendrás suficiente. Palabra.

Biedma

Perder la cabeza

Place de Greve
El antiguo ayuntamiento de París y la Place de Grève hacia 1610 (grabado de Claude Chastillon). Posteriormente, la guillotina comenzaría a emplazarse regularmente para las ejecuciones públicas en la Place de la Concorde.

La ominosa máquina se instaló en la Place de Grève –actualmente Place de l´Hotêl-de-Ville-, frente al ayuntamiento, para ser activada en la mañana del 25 de abril de 1792. Su víctima sería un ladrón acusado de robo a mano armada, Nicolás Jacques Pelletier. La expectación era enorme en la medida que hasta entonces Francia siempre había ajusticiado a sus reos de muerte por otros medios variopintos, como la horca. Ciertamente, la multitud esperaba contemplar un espectacular baño de sangre que no se produjo. Antes al contrario, entre el momento en que la pesada hoja cayó sobre el cuello de Pelletier y la exhibición de la cabeza ante la multitud por parte del verdugo solo transcurrieron unos segundos y el esperado río de sangre quedó en poca cosa. Visto y no visto. Muchos de los asistentes, despistados, incluso se lo perdieron[1].

Los pataleos y jerigonzas del reo suspendido al cabo de una soga que tanto habían divertido durante décadas a los partidarios de las ejecuciones públicas capitalinas, y que podían prolongarse durante largos minutos concluyendo a menudo con el jocoso encabalgamiento del verdugo, habían desaparecido. La fiesta de la ejecución, que convocaba a comerciantes, fiesteros, ladrones, curiosos y afines en lo que se convertía en una completa algarada populachera, había perdido mucha gracia por culpa de ese engendro tecnológico de la guillotina. Por ello, a nadie extraño que aún durante la madrugada del día siguiente, las consabidas cuadrillas de golfos y borrachos todavía estuvieran cantando por las calles de París aquello de “devuélveme mi horca, devuélveme mi horca de madera”. Pero los tiempos habían cambiado. La Ilustración había venido y ya no era cosa de deleitarse públicamente con estas cosas o de incidir en anticuadas diferenciaciones sociales. Las viejas tradiciones tenían que morir en aras a metodologías más humanísticas y menos degradantes[2]

“Qué asco de modernidad” debió pensar más de uno.

Morir sin distinción

Pese a que la guillotina no fue inventada por el médico Joseph-Ignace Guillotin (1738-1814), un diputado de la Asamblea Nacional, firme opositor de la pena de muerte, que simplemente y en calidad de experto se limitó a recomendar con vehemencia su uso, la historia no impidió que el artefacto llevara el nombre del buen doctor. De hecho, el origen de la máquina se ignora con exactitud, y se sabe que ya venía utilizándose en diferentes versiones y lugares desde hacía mucho tiempo a la par que recibiendo muchos nombres diversos[3]. El problema, en este caso, es que nadie quería escuchar al buen Guillotin con lo cual, tras suministrar al fabricante de clavicordios Tobías Schmidt los planos de diversas maquinas de decapitación europeas, le rogó que, con el asesoramiento del verdugo Charles-Henri Sanson (1739-1806), diseñara un modelo operativo del aparato.

Joseph Ignace Guillotin
Joseph-Ignace Guillotin retratado por pintor anónimo.

Y es que Guillotin estaba convencido, a caballo de la ola de humanismo ilustrado creciente que se extendía por Europa, de que al no poder evitar que el Estado ejecutara a nadie, la tal máquina de ejecución por decapitación –como él solía llamarla- sería la más “humana” para con el reo en la medida que le ahorraría sufrimientos. En teoría, o al menos en la teoría de Guillotin, las características del instrumento hacían que la muerte se produjera de manera instantánea… No podemos olvidar a este respecto que desde los tiempos de las revoluciones burguesas liberales a los partidarios de la pena de muerte no les ha preocupado tanto replantearse su postura en torno a las ejecuciones como el paradójico absurdo de matar “humanitariamente” y “con dignidad”.

Charles Henri Sanson
Charles-Henri Sanson. El más conocido de una larga estirpe de verdugos.

No en vano, una de las obsesiones internacionales más insólitas que quepa imaginar fue, durante casi trescientos años, la que animó este asunto: encontrar un método de ejecución eficiente, rápido y respetuoso para con el condenado. Y en esta carrera del despropósito fue que se perfeccionaron viejas metodologías –como la horca o el garrote vil-, a la par que fueron presentándose, cual magníficas creaciones de la tecnología moderna, toda suerte de cacharros alternativos, desde la silla eléctrica a la inyección letal, pasando por la cámara de gas o el tiro en la nuca –que tiene muchas modalidades, no se crean-. Todos ellos, en sus diversas versiones “mejoradas”, unas más imaginativas que otras, se fueron vendiendo, sucesivamente, como el “método de ejecución más humanitario”. Por supuesto, y en última instancia, todos ellos terminaban siendo objeto de un debate ético-moral que, no obstante, en un perfecto ejemplo de hipocresía, eludía el fondo mismo de la cuestión: tal vez lo más humanitario fuera no tener que matar a nadie, ya se hiciera en público o en privado.

El caso es que el triunfo de la Revolución dio la razón a Guillotin. No es solo que tal vez tuviera razón en lo del argumento humanitario, es que además la tal maquina resultaba perfectamente igualitaria –Liberté, Egalité et Fraternité– en la medida que permitía despachar a todo el mundo de idéntico modo, pretendidamente sin agonía o sufrimiento, implantando también en este contexto un procedimiento que tampoco hacía distinción de clase o condición. Por cierto que, contrariamente a lo difundido por la leyenda urbana, Guillotin no moriría en la máquina por la que él había apostado, sino en su cama[4].

¿Mueren, o no?

Charlotte Corday
Este grabado muestra a Charlotte Corday ascendiendo al patíbulo para su ejecución.

Es sabido que los mitos y leyendas se adhieren a la muerte como la porquería a los zapatos, y ello motivó que, apenas se popularizó, la dichosa máquina de decapitar comenzara a generar cuentos extravagantes y morbosos. Uno de las más populares fue, precisamente, el de que los ejecutados no morían inmediatamente tras el impacto de la cuchilla diagonal y el desprendimiento súbito de la cabeza, por lo que aún mantendrían la conciencia durante un lapso de tiempo terrible e interminable. Es posible que la tal historia tomara forma a partir de la ejecución de Charlotte Corday, la asesina de Marat, ocurrida el 17 de julio de 1793. Según contaron muchos de los asistentes –nadie sabe quiénes, ni cuántos, ni la cantidad de ellos que habló de oídas- tras la decapitación y en aras a enardecer a la masa vengativa, uno de los ayudantes del verdugo tomó la cabeza de la mujer de la cesta y la abofeteó… Tras lo cual, en un gesto de tremendo odio, ella abrió los ojos y los dirigió hacia su agresor con ira contenida[5].

Posiblemente se tratara de una leyenda urbana, pero, sea como fuere, en 1795 el célebre doctor que tanto había hecho por su muy humanitaria implantación, recibió una carta mucho más sería que le sumió en un profundo estupor. La firmaba el anatomista alemán Samuel Thomas von Sömmerring (1755-1830) y en ella se venía a argumentar algo que más de uno sospechaba tras asistir a cualquiera de las ejecuciones públicas que hacían las delicias del pueblo parisino: si bien era cierto que el ejecutado no podía emitir queja alguna ante las deficiencias del aparato –entre otras cosas porque desprendido de los pulmones era incapaz de emitir sonido alguno- cabía pensar que el cerebro era capaz de sobrevivir durante largos segundos sin riego sanguíneo y que, durante ellos, probablemente la conciencia del sujeto seguía viva en el interior de aquella cabeza cuya última visión era el fondo de un cesto[6].

Samuel Thomas von Sommering
Samuel Thomas von Sömmering (retratado en 1813 por Wendelin Moosbruger).

Así las cosas, en Francia más de un crítico –no de las ejecuciones, sino de la metodología- se sumó a las apreciaciones de Sömmering. Probablemente, el primero de ellos fue el cirujano y bibliotecario de la Facultad de Medicina de París, el también médico Jean-Joseph Sue (1710-1792), quien propuso un peculiar método para comprobar su punto de vista: adiestrar al condenado, previamente a su ejecución, en un código gestual basado en parpadeos y movimientos mandibulares que permitiera comprobar, tras la decapitación, si la cabeza aún se mantenía consciente. Y si bien todos sus colegas de profesión rechazaron la idea por considerarla demasiado truculenta –como si la decapitación misma no lo fuera-, ésta cuajó entre la opinión pública al punto de que la teoría de la cabeza viviente se hizo ya tan extremadamente popular como imparable. De tal guisa, se comenzó a exigir a los verdugos que mostraran la cabeza del ejecutado a la concurrencia a fin de comprobar si, en efecto, ésta realizaba alguna clase de movimiento “sospechoso”, produciéndose sonoros abucheos cuando se detectaba algún inevitable reflejo palpebral. Y no pocos fueron los escritores y gacetilleros de la época que comenzaron a jugar con esta tenebrosa idea en sus relatos y crónicas[7].

El hecho es que, como los opositores de Sue y Sömmering no las tenían todas consigo, se decidió entrevistar al entonces asistente del verdugo de Paris, un tal Georges Martin, quien como testigo presencial en el mismo cadalso de más de cien ejecuciones, algo debía saber de lo que hacían las cabezas de los condenados tras la caída de la guillotina. Para tranquilidad de muchos de los entrevistadores, Martin opinó que, a su parecer, la muerte de la cabeza una vez separada del cuerpo era casi instantánea, pues había visto muchas y no tardaban más de un par de segundos en adoptar una completa inmovilidad. En su opinión, toda esa idea de las “cabezas vivientes” no era más que una histeria colectiva nacida de obvias motivaciones[8].

Los suspiros de alivio fueron unánimes. Al menos, de momento.

Jean-Joseph Sue
Jean-Joseph Sue (retrato de Guillaume Voiriot).

Cuestión de tiempo

De momento porque, en 1812, el fisiólogo Cesar Julien Jean Legallois (1770-1814) reactivó el asunto al publicar un artículo en el que exponía una teoría aún más truculenta y extravagante que la de Sue y digna, sin duda, del propio doctor Frankenstein. Si era cierto que el alma, la conciencia o la personalidad –o como se la quisiera llamar- residía en el cerebro, y éste no moría inmediatamente sino que lo hacía segundos después de la decapitación al verse privado de manera prolongada del riego sanguíneo, tal vez fuera posible reactivarla, o bien mantenerla con vida, si le suministraba por las arterias cerebrales cortadas una buena dosis de sangre oxigenada instantes después de la ejecución. Y una cabeza reactivada en tales condiciones podría sin duda ver, oler u oír. Al fin y al cabo, era posible en la medida que por encima del cuello cortado todo el sistema nervioso permanecería intacto[9].

Brown-Sequard
Brown-Sequard.

Es posible que Legallois se diera cuenta de que este experimento, pese a que teóricamente era factible, suponía una monstruosidad inusitada, por lo que no se atrevió a ponerlo en práctica y la cosa se fue enfriando. No obstante, en 1857, un colega médico con menos escrúpulos, el también francés Charles-Édouard Brown-Sequard (1817-1894), decidió probar la sugestiva idea con cabezas de perro unos ocho minutos después de su decapitación. Manifestó que, en efecto, obtuvo algunas reacciones con lo cual, a su parecer, era evidente que algo estaba sucediendo en el cerebro del pobre animal[10]. En realidad esto equivale, literalmente, a no decir absolutamente nada: al fin y a la postre siempre pasa “algo” en todas partes.

Y claro, teniendo en cuenta que la guillotina parisina trabajaba a destajo, que el cuento seguía vivo, y que los ejecutados no eran precisamente personas respetadas y respetables –por muy humanitaria e igualitariamente que se los quisiera liquidar-, era cuestión de tiempo que apareciese alguien dispuesto a probar todo esto en seres humanos. El avezado concursante fue el médico Jean Baptiste Vincent Laborde (1830-1903), sujeto bastante aficionado a los experimentos extremos con cadáveres, o bien con personas en estado de coma, y cuya ética profesional no era del todo asumida por sus colegas. Lo cierto es que a él la cuestión del prestigio parecía importarle bastante poco pues, como todo visionario que se precie, en lugar de practicar la autocrítica se sentía hombre notable y de objetivos elevados, pero incomprendidos por la ignorancia de la masa. En efecto, Laborde era un fanático de la tesis de la resucitación y estaba convencido de que, con una técnica adecuada, podría devolver a algunos fallecidos a la vida o bien recuperar del estado de coma irreversible a algún que otro paciente. De hecho, una de sus teorías favoritas era la de que se podía sacar del coma a algunos individuos provocandoles un shock estimular al tirarles con fuerza de la lengua[11]. De modo que si pensaban que el antes mencionado doctor Frankenstein era una mera invención literaria de Mary W. Shelley (1797-1851), deben saber que se confunden. En aquellos tiempos ya había bastante gente aparentemente seria metida en estas cuestiones. De hecho, y como muchos de sus predecesores en este ámbito, el propio Laborde solía publicar asiduamente los hallazgos de sus dudosas investigaciones en prestigiosas publicaciones médicas francesas, como la Revue Scientifique, lo cual lo hizo bastante conocido en su época.

Jean Baptiste Vincent Laborde
Jean-Baptiste Vincent Laborde (en litografía realizada a partir de la fotografía de Èdouard Rozé).

Hacia 1884, obtenidos los pertinentes permisos, las Autoridades francesas garantizaron al buen doctor un adecuado surtido de cabezas humanas cortadas a fin de que estudiara, in situ, el estado de su cerebro y su sistema nervioso. El interés del gobierno parisino en esto no había variado: el clamor popular en torno a la vida post-ejecución de las cabezas de los guillotinados seguía más vivo que nunca, por lo que se confiaba en que los estudios de Laborde resolvieran de una vez el maldito engorro de las cabezas autoconscientes boqueando agónicamente en el fondo de la cesta para completo horror del humanitarismo ilustrado. Y como es lógico, el médico comenzó a probar con las inyecciones de sangre y, posteriormente, trepanando los cráneos y estimulando los cerebros con agujas[12].

En un principio, no llegó muy lejos con las mencionadas técnicas. La cabeza de su primer sujeto experimental, un desgraciado apellidado Campi cuyos restos fueron profusamente descritos por el experimentador, llegaron muy tarde. Por lo que parece, desde el patíbulo al laboratorio de Laborde ubicado en la Rue Vaquelin no había más de seis minutos, pero el cuerpo –en dos trozos- de Campi llegó más de una hora tarde por cuanto las Autoridades exigían que los restos de los ejecutados solo podían pasar a jurisdicción médica una vez hubieran cruzado el umbral del cementerio municipal correspondiente. Un fastidio para el atrevido Laborde, quien no dudó en calificar el trámite de “ley estúpida”. En otras palabras: el fisiólogo tuvo que seguir con indisimulado fastidio el carro que condujo al finado Campi hasta el cementerio durante un buen trecho, firmar los pertinentes trámites burocráticos, y luego retornar a su laboratorio, lo cual, claro está, hacía el experimento imposible[13].

El carro del doctor Frankenstein

¿Había que rendirse? Por supuesto que no. Menudo era el doctor Laborde para estas cosas. De hecho, ideó un espectacular plan alternativo que algo nos dice de su obsesividad: apoyado por sus ayudantes creó en un carromato un laboratorio portátil con el que esperar las cabezas a la puerta misma del cementerio para, una vez recogidos los “restos frescos” –así los llamaba eufemísticamente- ponerse a trabajar de inmediato.

El laboratorio ambulante de Laborde estaba muy bien dispuesto. Contaba con una mesa de operaciones, cinco taburetes para los implicados en el experimento, iluminación con velas y todo el instrumental necesario para el trabajo a pie de calle. De suerte que cuando le llegó el cuerpo de su segundo sujeto experimental, apellidado Gamahut, se puso manos a la obra de inmediato procurando a la cabeza del ejecutado el tratamiento habitual. Y tras estabilizar la cabeza en un recipiente homeostático, practicar las perforaciones en el cráneo, insertar las agujas quirúrgicas y suministrar una dosis de corriente eléctrica, tan solo consiguió que el finado abriese un ojo muy lentamente, hecho que bien podría deberse a un reflejo. No obstante, este fracaso tampoco amilanó a Laborde. Así, achacando este fracaso de nuevo al lapso de tiempo transcurrido entre la defunción y el experimento, optó por lo habitual en estos casos: conseguir la tercera cabeza mucho más rápido por la vía del consabido soborno[14].

La cabeza del tercer tipo, Gagny, se encontró sobre la mesa de su laboratorio tan solo siete minutos después de la decapitación. En este caso el protocolo fue enteramente nuevo pues entretanto suministraba a la cabeza sangre oxigenada de vaca por las arterias de un lado cuello, conectó las del otro lado a un perro vivo a fin de garantizar un flujo constante de sangre al cerebro. El procedimiento completo llevó a Laborde, un excelente cirujano, tan solo trece minutos, con lo cual entre la decapitación y el experimento transcurrieron únicamente veinte. Todo un récord a decir verdad. El resultado fue más esperanzador en la medida que el cerebro del tal Gagny respondió con mayor afán a los cuidados de Laborde: parpadeos, movimientos mandibulares… Pero ninguna actividad que pudiera considerarse consciente. Menos mal. Así las cosas, y por fin, Laborde desistió al comprender que la muerte cerebral era demasiado rápida en ausencia de flujo sanguíneo –entre cuatro y seis minutos- como para lograr algún resultado con sus técnicas precarias[15].

Henry Languille
Henry Languille. Un tipo que, al perder la cabeza, dio mucho que hablar.

Sea como fuere, la historia de los tipos que esperan cabezas humanas recién cortadas el pie de la guillotina aún tuvo un episodio más en el protagonizado por el médico Gabriel Beaurieux, quien logró en 1905 un permiso para actuar al mismo pie del patíbulo. En este caso el reo ejecutado era Henry Languille, con cuya cabeza realizó una serie de experimentos sencillos y a buen seguro inconcluyentes como, por ejemplo, el de llamarle reiteradamente por su nombre. Obtuvo movimientos seguramente reflejos de la cabeza en cuestión que él quiso interpretar como rastro de actividad consciente, pero es dudoso que se tratara de tal cosa[16]. Pese a todo, y visto que el problema no parecía resolverse de manera definitiva, el mito de las cabezas conscientes tras la decapitación permaneció tan vivo en la mentalidad colectiva que muchos países que habían venido utilizándola periódicamente –como Bélgica, Suecia o Alemania, entre otros- decidieron rechazar la guillotina como el “método más humanitario” de ejecución.

No así en Francia, donde la historia de la máquina de decapitación todavía sería larga. El último ejecutado por este medio, el 10 de septiembre de 1977, fue el inmigrante tunecino Hamida Djandoubi, condenado a muerte por el asesinato de su ex novia[17]. Tres años más tarde el entonces primer ministro François Miterrand derogó la pena de muerte, con lo que el maldito engendro se convirtió al fin en una pieza de museo.

“Qué asco de modernidad”, debió pensar más de uno.

Hamid Djandoudi
Hamida Djandoubi en un recorte de prensa de la época.

[1] Estrin, M. (2009). The good Doctor Guillotin. An antomy of five. Cave Creek (AZ): Unbridled Books.

[2] Estrin, M., 2009, op. cit.

[3] Delaporte, M. (1777). Le voyageur Françoise ou la connaissance de l’ancien et du nouveau monde. Paris: Chez L. Cellot. Tomo XVI [puede consultarse en línea, aquí: http://www.memoriadigitalvasca.es/handle/10357/231].

[4] Así lo relata André Soubirán en su biografía de Guillotin, donde se explica que falleció a causa de un carbunco pulmonar –ántrax-. La confusión proviene del hecho de que uno de los ejecutados por la guillotina también se apellidaba Guillotin [Soubiran, A. (1961). Ce bon docteur Guilloten et sa simple mécanique. Paris: Librairie Académique Perrin].

[5] Schama, S. & Livesey, J. (2005). Citizens: A Chronicle of the French Revolution, London: Royal National Institute of the Blind.

[6] Roach, M. (2007). Fiambres. La fascinante vida de los cadáveres. Barcelona: Global Rhythm Press, S.L.

[7] Roach, M., 2007, op. cit.

[8] Soubiran, A., 1961, op. cit.

[9] Puede encontrarse en: Oeuvres de César Legallois, médecin en chef de l’hospice et de la prison de Bicêtre. Le Rouge, 1830.

[10] Roach, M., 2007, op. cit.

[11] Poirier, J. (2015). Jean-Baptiste Vincent Laborde (1830-1903), forgotten neurologist and neurophysiologist. Geriatr Psychol Neuropsychiatr Vieil, 13(1):73-82. doi: 10.1684/pnv.2015.0518.

[12] Roach, M., 2007, op. cit.

[13] Hecht, J.M. (2003). The End of the Soul: Scientific Modernity, Atheism, and Anthropology in France. New York: Columbia University Press.

[14] Roach, M., 2007, op. cit.

[15] Hecht, J.M., 2003, op cit. Véase también: The living head: A gruesome curiosity [en: http://jcsciphile.com/biology/the-living-head-a-gruesome-curiosity/].

[16] Kemp, A.H. (2017). From decapitation to positive psychology: how one nerve connects body, brain and mind. The Conversation [puede verse en: http://theconversation.com/from-decapitation-to-positive-psychology-how-one-nerve-connects-body-brain-and-mind-70685].

[17] Olaizola, B. (enero de 2017). La historia del último guillotinado de todos los tiempos. Ideal [recuperado de: https://www.ideal.es/sociedad/201701/31/historia-ultimo-guillotinado-todos-20170130132622.html, en octubre de 2018].

Construir un caso (o el problema de los “juicios paralelos”)

Alguna vez he comentado que las razones por las que un crimen, delito, suicidio concreto se convierte en un suceso “mediático” frente al resto de acontecimientos similares que pasan completamente desapercibidos es, a menudo, un “completo misterio”. Es una afirmación lapidaria, por supuesto, pero como sucede con toda sentencia de estas características en relación a los acontecimientos humanos, precisa de matices en la medida que suscita preguntas: ¿Qué tienen de especial estos casos “famosos”? ¿Por qué un crimen vulgar y corriente, de aquellos que las Autoridades afrontan muy a menudo, se convierte en fenómeno de masas?

A mi parecer, estas cuestiones se relacionan con otras como, por ejemplo, ¿Qué convierte a un sujeto sobre el que no hay más que pruebas circunstanciales en “sospechoso” de un crimen? ¿Cuál es la conducta que la opinión pública espera de un culpable? ¿Qué tiene determinada víctima para convertirse en objetivo apetecible por parte de los medios? ¿Por qué ciertas víctimas son más “agradables”, “simpáticas” o “irreprochables” a ojos del cuerpo social? ¿Qué circunstancias rodean al caso para incentivar ese interés? Esto es así porque todas las cuestiones enunciadas conforman, de presentarse en cierta manera, un circuito de retroalimentación infernal: del mismo modo que ocasionalmente los medios de comunicación y la opinión pública “demandan” un cierto tipo de caso, las Autoridades pueden concederlo inadvertidamente para aliviar la presión, convirtiéndose así en cómplices involuntarios del fenómeno.

Dolores Vázquez
Dolores Vázquez, jugada por el asesinato de Rocío Wanninkhof, fue encontrada culpable por un tribunal popular en el que ha sido uno de los casos más sangrantes de juicio paralelo y circo mediático de la España reciente. El clamor popular en su contra, una vez convertida en la “mala” de la película, fue una completa vergüenza a pesar de que todas las “pruebas” que había en su contra eran inconcretas y circunstanciales. Finalmente hubo de ser exonerada por la misma justicia que la condenó. El auténtico culpable del crimen era otro vecino de la localidad: el súbdito británico Tony Alexander King. No obstante, ella, para dejar de ser perseguida por la depredación mediática y las interminables suspicacias vecinales, tuvo que irse de España.

Pueblo pequeño, infierno grande

Por lo común, cuando un crimen o desaparición se producen en el seno de una comunidad pequeña y bien vinculada (una urbanización, un pueblo, un barrio con fuertes estructuras sociales de apoyo) ocurre que el vecindario se vuelca y moviliza de suerte masiva, hecho que tiende a suscitar por sí mismo el interés de los medios de comunicación. Y de ahí al “interés general”, una vez el caso comienza a publicitarse, solo hay un paso. Sin embargo, cuando se da ese paso, automáticamente todo se complica, especialmente para las Autoridades, que de súbito se ven en el ojo del huracán, lo cual pone en marcha toda la compleja y retorcida maquinaria de presiones políticas y judiciales que cabe esperar. Y el último escalón de esas presiones son los agentes encargados de la investigación que, de pronto, se encuentran ante la necesidad urgente de resolver el asunto: alguien tiene que “cargar con la culpa”.

Pero la búsqueda de ayuda pública, así como la obsesión por la “eficacia”, pueden ser un arma de doble filo que conviene administrar con cuidado. Sin duda porque, hasta donde se sabe, rapidez y eficacia tienden a confundirse entre sí, pero no son la misma cosa y a menudo juegan la una en contra de la otra. Si quiere usted un trabajo bien hecho no pida nunca que se lo hagan rápido.

Lo malo de este proceso es que, ocasionalmente, resta objetividad a los investigadores. De hecho, tras la inmensa mayoría de los errores policiales y judiciales existe ese conglomerado perverso de prisas, presiones, confusiones y subjetividades que lo confunden todo. Entretanto el precepto fundamental de la investigación en cualquier campo ha de ser que los datos disponibles deben siempre corroborar, o bien modificar, sin lugar a la duda la hipótesis de partida, cuando las Autoridades no pueden trabajar en condiciones normales tiende a suceder justamente lo contrario: se busca confirmar la hipótesis original a todo trance obviando, o simplemente ignorando, aquellas evidencias que podrían contrariarla o modificarla. Es decir, en lugar de permitir que los hechos construyan el caso, es el caso el que adquiere vida propia y guía cualquier interpretación y valoración de los hechos. Se deduce, pero no se induce. Y cuando se induce, se hace ignorando o reevaluando desde la teoría todo aquello que no cabe en la propia teoría, conformándose así ese esquema confabulatorio de manual que tan bien conocen los conspiracionistas: “como yo ya sé lo que pasa, no estoy dispuesto a aceptar nada que contraríe lo que yo sé que pasa… y si acepto algo nuevo será solo en la medida que confirme mi punto de vista preconcebido”.

Se olvidan así, en un afán por satisfacer la demanda social y la presión mediática intensa, las más razonables salvaguardas policiales y jurídicas. Un amigo, abogado penalista de larga trayectoria, me cuenta a este respecto que lo peor que a un sospechoso sobre el que no existen más que pruebas de convicción –que no prueban nada- le puede pasar es que la policía se obsesione con su culpabilidad… y que alguien cometa el error de filtrarlo a los medios de comunicación.

Filtración va, chivatazo viene

Esta clase de filtraciones en casos mediáticos, enquistados, que no se resuelven, perjudican de manera radical el principio elemental de la presunción de inocencia. Ocurre que la defensa, o el mismo sospechoso, se ven abocados a una situación reactiva en la que siempre van “por detrás” del caso, a remolque de lo que se dice, se piensa o se comenta en los mentideros de lo público. Las filtraciones –a menudo interesadas- obligan al sospechoso a tener que estar siempre defendiéndose, desmintiendo, corrigiendo, lo cual impide que la defensa pueda elaborar una estrategia coherente en la medida que siempre hay una filtración, un dato nuevo, un detalle, del que hay que protegerse o ante el que se debe reaccionar. Y ello incrementa en la opinión pública la impresión de que el sospechoso es culpable en la medida que, recordando la sentencia totalitaria, “si fuera inocente, no tendría nada que temer”. Tal vez habría que responder a quien así argumenta que, precisamente porque no soy culpable, te temo.

Colateralmente, aparecen las “noticias falsas”. Informaciones maliciosas o simplemente inventadas de procedencia indefinida que fantasean con detalles inexistentes del caso, y que contribuyen a su construcción simbólica social. Por lo común la opinión pública, que tras la primera ola de informaciones más o menos fidedignas aunque a menudo bastante inexactas ya ha comenzado a decantarse en uno u otro sentido –generalmente hacia la culpa del sospechoso en una mecánica de “chivo expiatorio”-, tiende a creerlas y son necesariamente imposibles de desmentir. No se puede discutir una invención. Justamente, este es el peor problema inherente a conducir una investigación policial o judicial “con luz y taquígrafos”; que alimenta la maquinaria de las especulaciones y las falsedades al punto de que el asunto se transforma en un laberinto mediático en el que ya todo empieza a valer.

La manera que la judicatura o la policía encuentran, por lo común, de anticiparse a los rumores y noticias falsas cuando se ha llegado a este punto pasa por redoblar los esfuerzos en la investigación del sospechoso mediático, en un afán de incrementar la “objetividad” de sus puntos de vista. Y llegados aquí, el caso ya se construye solo en una dinámica perversa e imparable. Todo aquello que contraríe la versión oficial empieza a desecharse como mera “pista falsa”, “argucia de la defensa” y “truco de abogados”. Tanto las Autoridades como los medios y la opinión pública ya han elaborado el caso, han decidido lo que pasó realmente, y automáticamente pasan a un segundo o tercer orden todas las cuestiones, testigos o evidencias que contradicen la versión oficial. Las redes sociales -que son una completa peste- se convierten en un arma de destrucción masiva. El efecto perverso de este proceso es que, cuando se produce, ya resulta imposible asumir errores o dar marcha atrás, pues el miedo a una reacción airada de la opinión pública se torna real. Porque a mucha gente le va esta marcha. La fomenta, la busca, la incentiva. Y en el camino hay otra víctima mortal a la que nadie presta atención: la presunción de inocencia.

Matrimonio Ramsey
Patsy y John Ramsey, padres de la niña asesinada JonBenet Ramsey, un caso que levantó una profunda indignación y seguimiento en la sociedad estadounidense. Una pésima investigación policial y unos medios de comunicación extremadamente depredadores los convirtieron, sin prueba alguna, en asesinos de su propia hija. Tuvieron que aguantar toda clase de humillaciones públicas, así como la difusión en horario de máxima audiencia de sus intimidades familiares, durante décadas. Lucharon contra la malévola acusación durante años hasta que finalmente fueron exonerados por las Autoridades (que no por muchos medios que aún sostienen, empecinados en el error, acríticamente, su culpabilidad). El auténtico asesino, cuyo ADN se encontró en el cuerpo de la víctima pese a que la policía desestimó de manera inexplicable esta evidencia capital, nunca ha sido capturado.

Culpable de todo

No nos engañemos. Para la inmensa mayoría de los ciudadanos (periodistas incluidos) existe un hecho psicológico incontrovertible: si la policía o la justicia creen que eres culpable de algo, lo eres. “Tienes” que serlo porque ellos “saben”. Y ahora el papel de los medios de comunicación es consolidar esa culpabilidad. Todo se reduce, una vez el caso se ha construido de este modo, a buscar una “prueba definitiva” que corrobore esa culpabilidad permitiendo salir del ámbito de la circunstancialidad y haciendo que todo termine como debe, como se espera. El malévolo circo mediático se ha constituido: cualquier cosa sobre el sospechoso que se filtre a los medios será jugosa e interesante… Desde cómo se sienta, se viste o se rasca la nariz, hasta la vez que fue expulsado de clase durante el bachillerato o el mes que se dejó la factura del teléfono sin pagar: detalles banales, vulgares, que nada tienen que ver con el tema en cuestión, pero que ayudan a vender la idea del “malvado sin entrañas”, del “psicópata”, de una personalidad “oscura y pervertida”.

Pretendidos expertos analizarán su comunicación no verbal, sus actitudes, su pasado, su  tono de voz, su aspecto, su vida privada, y todo ello se estudia minuciosamente, con lupa, a la par que se interpreta de manera unívocamente maliciosa y perversa… Para el sospechoso escapar a esta vorágine de la culpabilidad consumada en los medios –que no en los tribunales- es literalmente imposible, pues nada de lo que haga o diga servirá para ayudarle. Antes al contrario, cualquier acción que en otro contexto sería positiva será interpretada como corroboración de su malignidad y monstruosidad. Incluso el silencio o la inacción misma.

Así lo vivió en sus propias carnes, en 2009, Diego P. V., un tinerfeño de 24 años que a causa de una serie de errores encadenados de médicos, policías y periodistas se convirtió de la noche a la mañana en el asesino de la hija de su novia. Llevó a la cría al ambulatorio pues tenía dolores de cabeza porque se había caído en un tobogán días antes. La niña presentaba algunos hematomas y arañazos que se realizó en el curso de la caída. Desgraciadamente, terminaría muriendo a causa de ese golpe fortuito al que no se dio importancia. Era un accidente lamentable, pero en apenas cuestión de horas, tras un tremendo error diagnóstico que puso en marcha los protocolos de servicios sociales y alertó a las Autoridades, Diego se convirtió para la prensa -a portada completa- en el hombre que miraba “como un asesino”. Casi nada. Luego, una vez descubierto el error y tras haber hecho pasar a este hombre por un completo calvario, como suele ocurrir en muchos de estos casos de sensacionalismo desatado e irracional, se habló durante cinco minutos de fariseismo de la dichosa autorregulación de los medios de comunicación a fin de evitar tan graves excesos. Después nada. Como de costumbre[1]. Y tiempo después un periodista de sucesos muy famoso, hablando conmigo de esto, todavía me dijo como si de un axioma científico se tratara aquella estupidez patética de que “cuando el río suena…”

El caso está listo. Todos a la mesa. Y nadie aprende nada.

Eva Blanco
La violación y posterior asesinato de la jovencísima Eva Blanco en la localidad madrileña de Algete conmocionó a la opinión pública española e hizo correr ríos de tinta. Nadie comprendía por qué la justicia -que en esta ocasión no cedió a las presiones- ignoraba el clamor popular que pedía que todos los hombres del pueblo, sospechosos porque sí, se hicieran una prueba de ADN para ser descartados, aun cuando ello contravenía los más elementales derechos constitucionales. Afamados periodistas se sumaron a esta pretensión de la familia tratando de influir en un sistema que es como es por un buen puñado de razones… Finalmente, se demostró que la justicia tenía razón: el criminal no residía en Algete, pues se trataba de Ahmed Chelh Gerj, un tipo que cometió el crimen cuando pasaba por allí y que sería arrestado en Francia 18 años después. Ninguno de los periodistas que habían apoyado con luz y taquígrafos el despropósito rectificó públicamente.

[1] Pardellas, J.M. & Gómez, R.G. (2009). Nada puede reparar al falso culpable. El País [En: https://elpais.com/diario/2009/12/01/sociedad/1259622001_850215.html, recogido en septiembre de 2018].

Conviene leer:

  1. Encarcelados por delitos que no cometieron.
  2. Graves errores judiciales en Estados Unidos.
  3. Injusticias de la justicia.

El crimen más antiguo

Que matarnos unos a otros, tal y como sucede entre el resto de las especies animales, es también condición humana es algo que ya solo discuten los indocumentados. Poco importan los laberínticos motivos que el criminal encuentra para el asesinato en la medida que hay tantas motivaciones como personas, y tantas razones como cabezas. No es solo que la historia de la humanidad sea, entre otras cosas, un buen catálogo de barbaries, crímenes y brutalidades. Es que la prehistoria, aquellos tiempos supuestamente idílicos en que camparon por sus respetos esos “buenos salvajes” roussonianos que nunca han existido, también es testimonio del crimen. Quizá no andaba tan desencaminado el desconocido autor del Génesis bíblico cuando convirtió el fratricidio en el segundo momento estelar de los orígenes… Y la historia del desventurado Ötzi es testimonio directo de este asunto.

Una momia congelada

Eso es lo que vieron en un primer momento los alpinistas alemanes Helmut y Erika Simon cuando deambulaban por la vertiente italiana de los Alpes de Ötztal –de ahí lo de “Ötzi”-, en las cercanías de la localidad de Hauslabjoch, pero ellos no lo sabían aún. De hecho, en la distancia, pensaron que se trataba del cuerpo sin vida de otro alpinista atrapado en el hielo. Una visión que entre los montañeros experimentados no resulta inusual. No obstante, al acercarse descubrieron que aquello era otra cosa mucho más vieja. De hecho, y tampoco lo sabían, se trataba de la momia natural más antigua jamás encontrada por persona alguna hasta el presente. Corría septiembre de 1991 y el verano había sido especialmente seco y caluroso, lo cual provocó un fuerte retroceso en las sempiternas masas de hielo de los glaciares de la zona, motivando que el cuerpo quedara expuesto por primera vez en miles de años.

Mapa 1

Mapa 2
El paraje en el que se encontró a Ötzi y su lugar en los mapas.

Informadas las Autoridades del hallazgo los primeros en presentarse allá, por si acaso y con notable rigor teutónico, fueron los austriacos. Hay que tener en cuenta que en aquel momento no estaba muy claro si la momia se encontraba en el lado austriaco de la frontera o en el italiano y, ante la duda, el que lo recoge y lo tiene en su poder, pues lo tiene y ya veremos. Lo cierto es que, una vez retirados el cuerpo así como los muchos enseres que portaba consigo y que se encontraban desperdigados a su alrededor, el hallazgo terminó en Innsbrück. Esto, por supuesto, motivaría un desencuentro entre Italia y Austria que resolvería, a posteriori, una estricta revisión de los límites fronterizos: según determinaba el acuerdo de St. Germain-En Laye de 1919, la momia había sido encontrada 93 metros en el interior del territorio italiano por lo que el descubrimiento pertenecía al Estado Transalpino. Sin embargo, y dadas las dificultosas circunstancias que exigía su conservación y que desaconsejaban un traslado en aquel momento, Italia convino en que permaneciera en la Universidad de Innsbrück para su estudio. Y allí estuvo en torno a siete años.

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El hallazgo in situ.

De la arqueología a la criminología

El bueno del rebautizado como Ötzi[1], cuyo aspecto “planchado” se debe al enorme peso de la cantidad de hielo bajo la que quedó enterrado, fue sometido a toda suerte de técnicas para su estudio. Y el primer dato sorprendente fue, como decimos, el de su antigüedad. Se había especulado con que podría tratarse del cuerpo de alguien del Medievo, pero la realidad era otra pues Ötzi habría muerto en torno al año 3300 a. C., en plena Edad del Cobre –o calcolítico- europea. Y lo más inquietante: había sido asesinado. Esto no solo hizo mucho más interesante y popular –si cabe- el hallazgo, sino que también convirtió lo que hasta entonces había sido una exploración netamente arqueológica en un estudio forense.

Nuestra pobre víctima debió medir en torno a 1,60 metros y, si bien cuando fue encontrado pesaba solo 38 kilos, en vida pesaría alrededor de los 50 y, para más señas, calzaba una talla 38. Su grupo sanguíneo era O+ y tenía los ojos marrones, tal y como se deduce el análisis de su ADN, siendo, además, proclive a las dolencias cardiovasculares. Más interesante es el dato de que era un hombre realmente mayor para su época. Un anciano de hecho, pues tenía nada menos que 46 años en el momento de su muerte y estaba aquejado, por tanto, de una buena cantidad de dolencias. Ninguna letal a corto plazo, pero todas ellas sin lugar a dudas fastidiosas y limitantes: artritis, caries, parásitos intestinales y enfermedad de Lyme[2]. Vamos, que el pobre y viejecito Ötzi había visto sin duda alguna días mejores. Se encontraron a lo largo de su anatomía, por cierto, 61 tatuajes a los que se atribuye una inspiración médico-curativa, pues la mayor parte de ellos se hubieron depositado en aquellos lugares de su cuerpo especialmente afectados por la artritis.

Otzi 1
Otra perspectiva del lugar en el que se encontró la momia.

En cuanto a su equipo, resultó ser de lo más completo y elaborado: capa, chaleco, zapatos de cuero entretejido ideal para caminar por la nieve, y seguramente alguna clase de raquetas para no hundirse. Asimismo, portaba consigo un hacha de cobre y pedernal, un cuchillo de pedernal con mango de madera, un carcaj repleto de flechas con vástago de viburno –el de mejor calidad-, puntas de pedernal y un arco inacabado –o en reparación- más alto que él mismo. También hongos para yesca y otros con fines medicinales.

En los restos de ropa que había sobre la propia momia, fusionados con su cuerpo, se hallaron trazas de polen de un árbol autóctono conocido como carpe negro. Dado que este árbol florece en los Alpes entre marzo y junio, quedó claro que Ötzi hubo de encontrarse con la muerte durante la primavera o en los primeros días del verano, cuando los pasos aún eran transitables, lo cual explica que falleciera a tal altitud. Por otra parte, los restos encontrados en su aparato digestivo indicaron que había comido carne de ciervo o gamuza y algún tipo de pan unas ocho horas antes de morir.

Sobre la causa inmediata de la muerte, era obvio que Ötzi tenía una herida bastante profunda, pero no del momento en que murió, en la mano derecha y que él mismo había intentado curar con musgo por lo que, dadas las circunstancias, la hemos de suponer defensiva. También tenía cortes en el pecho -tampoco mortales- y algunas contusiones. Tomados en conjunto los datos nos cuentan un historia: previamente a su muerte definitiva el hombre había tomado parte en una pelea bastante intensa de la que, por razones que desconocemos y que seguramente se relacionen con su propio valor, salió airoso, pues los vestigios del combate eran muchos en la medida que había restos de sangre de otra persona en su capa y de otra más en su cuchillo. También dos tipos de sangre diferentes en una de las flechas de su carcaj.

Sea como fuere, un TAC realizado con posterioridad reveló la auténtica causa del fallecimiento de Ötzi: una punta de flecha se encontraba alojada en su pulmón izquierdo, lo cual le debió provocar un deceso lento, angustioso y bastante doloroso, ya por asfixia, ya por desangramiento, o ambas cosas al mismo tiempo. Dado que el vástago de la flecha no estaba ni se encontró en las inmediaciones, parece obvio que quien se la disparó intentó recuperarla después al tratarse en aquel momento de un material manufacturado sumamente valioso. Un hecho corroborado por la extraña posición de su brazo izquierdo, que indica claramente alguien le dio la vuelta cuando se encontraba en el suelo, dejándolo en esa extraña postura en la finalmente murió.

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Ötzi, su aspecto “planchado” y su brazo antinatural. Así lo giraron, así se quedó, y así fue aplastado por el glaciar.

Reconstrucción

Las circunstancias del singular hallazgo muestran que Ötzi huía de alguien, con quien había mantenido un altercado previo, tal y como indican la dispersión de sus enseres –de los que posiblemente se fue librando a la carrera- y el flechazo recibido por la espalda. El enfrentamiento pudo comenzar con un mal intercambio, el rechazo de aldeanos demasiado territoriales o alguna otra clase de enfrentamiento personal motivado por alguna rencilla, tal y como denotan los signos de pelea previos al momento de su muerte. Sea como fuere, parece claro que, pese a su avanzada edad y sus dolencias físicas, Ötzi estaba todavía en forma, vendió muy cara su piel, y se llevó a unos cuantos de sus enemigos por delante antes de ser finalmente abatido.

Es posible que fuera acompañado de alguien más, aunque no cabe asegurarlo, que bien pudo morir en su compañía sin quedar expuesto a las condiciones especiales que permitieron su preservación, o que simplemente logró huir. Dado que las partidas expedicionarias de caza muy raramente se realizaban en solitario, es posible que Ötzi, simplemente, se apartara por alguna razón –quizá una tormenta- del grupo con el que iba. El hecho de que le arrancaran la flecha de la espalda puede indicar que un compañero trató de hacerlo, o bien que lo hizo la persona que pudo abatirlo. Tampoco es probable que en aquel momento la partida estuviera cazando de suerte específica, pues esta actividad no podía realizarse a tal altitud. Tal vez huían… O tal vez el conflicto surgió dentro de la propia partida y fue asesinado por sus propios compañeros.

En todo caso, sus ejecutores lo abandonaron aún con vida en el glaciar en el que falleció y en el que posteriormente se congeló. Que todas sus pertenencias permanecieran allí nos explica que no trataban de robarle y que la razón del enfrentamiento fue, en efecto, de otra naturaleza. En tal sentido, muchas han sido las especulaciones que se han vertido acerca de las motivaciones que pudieron obrar como detonante e incluso se ha hablado de alguna clase de sacrifico ritual, pero lo cierto y verdad, es que no podemos conocer con exactitud las razones del conflicto… El problema de la investigación arqueológica, especialmente cuando se centra en etapas tan antiguas, es que nos ofrece información muy detallada acerca de las condiciones en las que vivían -y morían- los seres humanos, pero no nos dice una palabra acerca de su psicología y todo ha de ser deducido sin  ulterior posibilidad de contrastación empírica.

Quién sabe. Tal vez su hermano se llamara Caín.

Ötzi, el papá famoso

Actualmente, el cuerpo de Ötzi se conserva en condiciones muy especiales, dentro de una cámara frigorífica que permite su exposición evitando el deterioro por desecación de la momia, en el museo arqueológico de Tirol del Sur, ubicado en la localidad italiana de Bolzano. Y es todo un personaje que recibe infinidad de visitas y despierta sumo interés. Tanto es así que muchos austriacos, suizos e italianos han aportado su ADN para que sea comparado con el de nuestra víctima. Hasta la fecha, se ha encontrado a 19 personas genéticamente relacionadas con él, y no se descarta hallar más en el futuro.

A lo mejor, por cierto, murió a manos de uno de tus ancestros. Vigila tus genes no vaya a ser que…


[1] Tiene otros apelativos menos familiares, como Hombre de Similaun u Hombre de Hauslabjoch, pero la verdad es que resultan bastante más aburridos y desconocidos… De hecho, poca gente sabe con exactitud qué es un australopithecus afarensis, pero raro es quien no conoce a Lucy.

[2] También conocida como borreliosis de Lyme, se trata de una enfermedad infecciosa causada por distintas especies de espiroquetas del género Borrelia. Se transmite al ser humano por distintas especies de garrapatas siendo, por consiguiente, una zoonosis en la medida que pasa de forma natural al ser humano desde los animales que actúan como reservorio de la espiroqueta, principalmente roedores salvajes y cérvidos. Puede afectar a la piel, el sistema nervioso, el sistema músculo esquelético y el corazón.

El mito de la “americanización”

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Uno de los grandes mitos de la cultura occidental es de la “americanización” del mundo. Con ello nos referimos al hecho de que la cultura popular estadounidense, al parecer, estaría colonizando todas y cada una de las culturas locales a fin de imponer un estilo de vida único, “a la americana”, inmutable y global por la vía de la invasión de productos de toda índole difundidos masivamente en los medios de comunicación y los mercados de todo el mundo. Muchos intelectuales de prestigio, cierto que sin demasiadas evidencias más allá de sus reflexivas impresiones, han defendido esta teoría y, tal vez, ello ha motivado que goce de no poco predicamento. Sin embargo, ello contrasta de manera radical con hechos incuestionables e incluso con la infinidad de evidencias en sentido contrario encontradas por muchos estudios de campo elaborados por los antropólogos culturales. Entendámonos: la proliferación de restaurantes de comida rápida no tiene tanto que ver con una pretendida “americanización” de la existencia como con el hecho, difícil de cuestionar, de que son cómodos, socorridos y baratos. Y si hace quince años se vendía de suerte apocalíptica la “muerte” de la dieta mediterránea en detrimento de la “comida basura”, lo cierto es que en la actualidad este pronóstico nunca ha estado más lejos de cumplirse. No es lo mismo –y aquí residen tanto el fondo de la incomprensión del problema, como los prejuicios que lo sustentan- que un cadena de restaurantes sea “americana” que el uso o significado de ellos que se realice fuera de los Estados Unidos.

Modelo, ¿de qué?

El mero hecho de que la mayor parte de los ciudadanos no estadounidenses entienda tan rematadamente mal cómo funcionan los sistemas político, judicial o policial de aquel país, aún a pesar de la infinidad de productos de entretenimiento relacionados con estas temáticas que se difunden en los medios de comunicación no es, en el fondo, otra cosa que la expresión directa de este fracaso de la tesis de la “americanización”. Y por supuesto, tanto la mencionada incomprensión como el subsiguiente fracaso explicativo, son elementos que tienen su razón de ser. Y es que la incomprensión es mutua. También la mayor parte de los ciudadanos estadounidenses conocen, entienden y aceptan a menudo bastante mal los estándares de vida alejados de su propio modelo, lo cual inevitablemente limita de manera radical su imaginada capacidad como “grandes colonizadores” culturales.

Y es que los Estados Unidos de América suponen un ejemplo perfecto de hasta qué punto una sociedad puede ser pervertida informativamente hasta sumirla en la más completa confusión. Contrariamente a lo que cabría suponer –no se crean todo lo que ven en el cine- en los Estados Unidos existe porcentualmente la mitad de lectores de periódicos y libros, ya sea en formato papel o digital, que en Europa o Japón. De hecho, y frente al pretendido ejemplo de “calidad cultural” que mucha gente ve en aquel país, es la nación que, también porcentualmente, menos libros publica por habitante. Más todavía: Los periódicos y noticiarios estadounidenses han reducido su cobertura de noticias “serias” en las últimas décadas y, muy especialmente, en cuanto a las noticias relativas al mundo exterior. Un verdadero escándalo si se tiene en cuenta que, hace ya veinte años, tal cobertura de los acontecimientos internacionales era la menor del mundo industrializado[1]. Estos datos se comprenderán mejor si se presta, por ejemplo, atención a los arrojados por una peculiar encuesta que el diario Los Angeles Times realizó ya en 1994[2]. Entonces se hicieron a ciudadanos de ocho países -Estados Unidos, México, Gran Bretaña, Francia, España, Alemania e Italia- cinco preguntas básicas sobre temas de actualidad. De todos los encuestados, fueron los estadounidenses quienes peores resultados obtuvieron. Así, mientras que sólo un 3% de los alemanes respondió mal a las cinco cuestiones, lo hicieron erróneamente un 37% de los estadounidenses. Y no crean que eran preguntas difíciles pues se trataba de responder a cuestiones banales como quién era el primer ministro francés.

Cuestión simbólica

Cualquier contenido difundido por los medios de comunicación puede ser analizado no sólo por su naturaleza y sus efectos, sino también como un texto que tiene un sentido, un significado y una interpretación. Desde este punto de vista, los significados y las interpretaciones que se atribuyen a tales contenidos pueden ser muy diferentes de aquellos que pretendían atribuirles sus creadores. Es un hecho bien conocido en campos como el del análisis y la crítica de arte. Esto es así porque la gente no es pasiva ante los contenidos que proporcionan los medios de comunicación y también producen sus propios significados. En suma, como ya explicamos cuando se habló de la defensa cognitiva, un mensaje puede no conseguir en modo alguno el efecto de que pretenden sus creadores y sí despertar en el público una reacción diferente, inusual, no pretendida, extravagante e incluso contraria. Todo medio, así como todo mensaje, tienen muchas lecturas posibles… Y bien habrá podido comprobarlo en sus propias carnes quien pretendiendo hacer un comentario inocente y bienintencionado vía Twitter -o Facebook- se haya encontrado, en contrapartida, con un verdadero juicio sumarísimo.

La llamada “cultura popular” se contrapone a la cultura oficial o hegemónica que intentan apuntalar los que mandan en un contexto sociocultural en un momento dado. Todo sujeto hace de la cultura popular un acto creativo en la misma medida que la lee, interpreta y utiliza a su modo[3]. Pensemos en una estrella del rock, en un personaje de cómic, en una serie de televisión o en nuestra saga literaria preferida… Si contraponemos nuestras interpretaciones de estos elementos a las que elaboran otros aficionados a los mismos –un amigo sin ir más lejos- nos daremos cuenta de que no tienen por qué ser coincidentes y de que, incluso, pueden ser motivo de grandes debates. La razón de ello es que cada uno de nosotros hace de esos elementos lecturas distintas y produce mensajes distintos a partir de idénticos contenidos. Sentimos como “propios e intransferibles” y los relacionamos con nuestra propia vida y experiencias. Y lo más interesante es que nos aferramos a estas lecturas particularizadas de la cultura popular para expresar diferentes formas de resistencia ante la cultura oficial. Ante ese mensaje único que se nos pretende imponer de suerte transversal[4]. Este fenómeno de individualización de los contenidos generales y construcción de resistencias simbólicas convierte en estrellas a los raperos más descarados, hace héroes populares de los revolucionarios como el Subcomandante Marcos, o motiva a los más iconoclastas a lucir camisetas impresas con la efigie de Charles Manson.

La psicología y la antropología nos han mostrado hasta la saciedad que los significados no son inherentes a las cosas y que tampoco vienen impuestos desde fuera de ellas. Los sentidos que una cultura peculiar otorga a sus elementos son producidos dentro de ella misma, precisamente porque los construyen las personas que viven dentro de dicha cultura. Los elementos de una cultura específica, vengan de donde vengan, son siempre elementos locales y tienen –o no- significados locales. Un póster con el rostro de Ernesto Ché Guevara, o una camiseta con el logotipo de Los Ramones, pueden no significar absolutamente nada para un pastor masai, y sin embargo son imágenes plenas de significados diversos para un europeo. Esto ocurre porque el Ché es un producto de nuestra cultura, no de la cultura masai, y solo será asimilado por ésta cuando se le atribuya un significado “desde dentro” que no tiene por qué coincidir con el que se le atribuye en Europa. En consecuencia, los significados que otorgamos a los elementos de nuestra cultura son reflejos de nuestras propias experiencias culturales, y solo de ellas.

Primitivo serás tú…

Los denominados “pueblos indígenas”, o las consideradas “culturas primitivas” no existen fuera de Occidente. Tales denominaciones son los nombres que nosotros damos a esas otras culturas que son distintas de la nuestra. Y es un nombre que ya nos invita, en tanto que poseedores de una cultura con pretensiones hegemónicas, a desposeer a los llamados “indígenas” o “primitivos” de sus propias culturas para tratar de integrarlos en la nuestra. En esta clase de colonización cultural, hay que reconocerlo, no solo los estadounidenses en particular, sino todos los occidentales en general, nos hemos especializado de una manera absolutamente magistral. El proceso es sencillo: en lugar de imponer a los miembros de otras culturas la nuestra por la fuerza, lo que solemos hacer es hacerlos partícipes de nuestra cultura popular, e invitarlos a integrarse en ella. Así funciona la globalización. Lo primero que hace Occidente cuando se encuentra con otra cultura es introducir en ella su cine, sus industrias, sus grandes almacenes y supermercados, los restaurantes de comida rápida, la música rock, los estilos artísticos y literarios, los videojuegos, nuestros deportes tradicionales –los Juegos Olímpicos o el fútbol serían el ejemplo superlativo de este proceso- o los iconos del cómic[5].

Parecería que este proceso invasivo es imparable. Sin embargo, los componentes de esas otras culturas se resisten a la asimilación en la misma medida de que también hacen sus propias lecturas de nuestra cultura popular y le otorgan significados propios. Es decir, los utilizan para generar su propia cultura popular. De este modo, en una investigación de campo se encontró que la película favorita de muchos aborígenes de los desiertos australianos era Rambo, pero que su lectura era muy distinta de la que hacemos en Occidente y, por supuesto, radicalmente diferente de la propuesta por sus creadores. Para ellos John Rambo era un representante del subdesarrollo que luchaba contra la clase de los oficiales y, en gran medida, era contemplado como una imagen de su odio hacia el paternalismo de los blancos y el racismo existente en Australia. Cuando el investigador quiso profundizar en el tema, se encontró con que los aborígenes imaginaban lazos tribales y de parentesco entre el soldado John Rambo y los prisioneros que rescataba en Vietnam pues están sobrerrepresentados en la población carcelaria australiana y, según su cultura, sólo quien tiene lazos de sangre con los cautivos estaría dispuesto a liberarlos de la tiranía y del encierro[6]. Como vemos, esta singular lectura de las películas de Sylvester Stallone son generadas a partir del texto y no inducidas por el propio texto.

Lo cierto es que todas las culturas tienen un gran componente imaginario que se expresa en la forma de fantasías, mitos, leyendas y cuentos. Actualmente, por influencia de los medios de comunicación de masas, esa variabilidad, la cantidad de posibilidades imaginarias, se ha multiplicado en todo el mundo. Hoy en día cualquiera puede imaginar muchas más vidas posibles que hace cien años. Fundamentalmente porque hoy nuestro universo personal es mucho más amplio en todos los sentidos del que era posible hace un siglo[7].

Se ve, pero no se cree

Los medios de comunicación masas han propiciado un sistema mundial de imágenes que, como vemos, antes que destruir pueden incluso reforzar identidades nacionales y étnicas de manera muy potente. De hecho, todos los estudios transnacionales acerca de la televisión muestran que, contrariamente a lo que creen algunos productores de teleseries norteamericanos –y algunos intelectuales confusos- de manera marcadamente etnocéntrica, la mayoría del público suele preferir los productos locales cuando estos reúnen unos estándares mínimos de calidad. Más todavía: cada vez cuesta más esfuerzos a las grandes productoras estadounidenses –HBO, NBC, CBS o FOX- introducir sus series en las televisiones extranjeras, pues reciben audiencias inusitadamente bajas cuando deben competir con producciones locales que reúnan ciertos requisitos como el de reflejar bien los estándares culturales propios.

En Brasil, por ejemplo, las series norteamericanas –incluso las más celebradas históricamente como Dallas, Dinastía, Star Trek, CSI o Perdidos– encuentran muy bajas audiencias en comparación con las telenovelas que produce TV Globo. La respuesta del público brasileño ante este fenómeno es rotunda: entienden que los productos de TV Globo están hechos por brasileños y para brasileños, por lo que reflejan mucho mejor sus condiciones de vida y son más sensibles a su manera de entender las cosas. Más aún: TV Globo, aunque resulte sorprendente, se ha convertido en una competidora directa con los Estados Unidos de América en la exportación de teleseries que vende sus producciones en más de cien países de todo el mundo. Lo mismo podría decirse de las series venezolanas o mejicanas a las que podemos llamar despectivamente culebrones, pero que tienen sin embargo audiencias muy sólidas y compiten en el mercado internacional con gran eficacia[8].

Hay casos aún más claros. En la India y otros países de su entorno como Pakistán, Tailandia o Nepal, las grandes películas norteamericanas pasan muy a menudo inadvertidas en las carteleras y en ningún caso pueden competir con las producciones locales. Más aún: la India es el país que más películas produce al año en todo el mundo –el famoso Bollywood– y buena parte de ellas obtienen recaudaciones récord. Tanto es así que, recientemente, los productores cinematográficos occidentales solo han podido diseñar una estrategia óptima para tratar de penetrar en ese mercado, o en el chino: copiarlo. ¿Acaso hay alguien que considere casual que el dinero y los premios occidentales apoyen producciones como Tigre y Dragón (Ang Lee, 2000) o Slumdog Millionare (Danny Boyle, 2009)? En España, por poner un ejemplo patrio, teleseries de gran éxito como Los Serrano (Telecinco), Aquí no hay quien viva (Antena 3), o Isabel (TVE1), por citar algunas, nunca tuvieron competencia en la parrilla televisiva, y todas las producciones cinematográficas o televisivas estadounidenses programadas por otras emisoras en su misma franja horaria, perdieron sistemáticamente la batalla por las audiencias.

¿Necesitan más ejemplos? Bien: Países como Nigeria o Egipto –por citar dos casos africanos- programan en sus televisiones productos norteamericanos muy excepcionalmente porque nada menos que el 75% de la audiencia prefiere siempre y en todo caso las producciones nacionales. El argumento del televidente, cuando se le pregunta por esta aparente contradicción, es obvio: estás series locales están repletas de momentos cotidianos con los que el espectador se identifica bastante más que con el discurso para ellos incomprensible y artificioso de Juego de Tronos[9].

En consecuencia, la idea de que el cine y la TV estadounidenses han colonizado el mundo –uno de los argumentos centrales de los defensores de la teoría de la “americanización”- es, simplemente, una falacia que se sostiene en algunos momentos, naciones y coyunturas para apuntalar convenientemente otros planteamientos políticos e ideológicos específicos y no siempre bien definidos. Las agendas ocultas funcionan por doquier. De hecho, los programadores de medio mundo se han convencido de que introducir en la parrilla algo que sea culturalmente ajeno solo es una opción cuando no hay alternativas locales aceptables. Podemos sintetizar la idea diciendo que, frente a la falacia de que cada vez somos más parecidos en todo el mundo a los norteamericanos, el sujeto, de manera automática y si puede elegir, tiende a ser proteccionista con su propia cultura popular en la medida que repleta de sentidos y significados propios que no debe reelaborar para comprender y asumir[10].

Hay otro detalle importante que desmiente la idea de que los medios de comunicación fomentan una visión mundial y única de la realidad, y que esta visión es necesariamente “americanizante”. Los inmigrantes musulmanes en casi todos los países del mundo no renuncian ni a su etnia ni a sus costumbres en la vida privada, y una de las maneras que habitualmente emplean para conseguirlo es sintonizar la cadena catarí Al Jazeera, ya sea mediante satélite o por internet. Además, las ventajas de la red a la hora de mantener los lazos de los inmigrantes con sus países de origen son evidentes: hoy en día gracias al correo electrónico, los chats, foros y videoconferencias, nadie se desarraiga de su cultura de origen si no lo desea. Es decir, la globalización, al menos en relación a la colonización cultural, se ha convertido en una monumental paradoja que la enfrenta a sí misma en un juego de suma cero. Y si no, que pregunten por los dolores de cabeza que esta cuestión provoca a los cuerpos y fuerzas de seguridad occidentales.

Lo no americano también es buen negocio

La otra gran fuerza transnacional clave son las finanzas en la medida que quienes se dedican a fabricar dinero, hoy en día, miran más allá de las fronteras nacionales en busca de lugares en los que invertir, o bien en busca de productos que comprar. Ya lo insinuamos antes en relación a la industria del cine. En un mundo que se ha hecho pequeño gracias a los nuevos medios de transporte y los medios de comunicación masivos, el dinero, las mercancías y las personas se persiguen unos a los otros alrededor del planeta[11]. Así por ejemplo, muchas comunidades iberoamericanas han empezado paulatinamente a perder autonomía económica en la medida que dependen cada vez más del dinero en efectivo que llega a través de la emigración laboral internacional. Incluso los Estados Unidos de América, que antes se encontraban casi por entero en manos de su capital doméstico, están cada vez más sometidos a la dependencia de la inversión de capitales extranjeros, hecho que convierte las actuales políticas proteccionistas de Donald Trump en la antesala de un desastre económico cuyas consecuencias futuras –ya sean internas o externas- son aún difíciles de calibrar. Y no sólo. En el presente la economía “más fuerte del mundo” depende como nunca antes en su historia de la mano de obra foránea, ya sea en la forma de inmigración laboral, o bien recurriendo a la deslocalización y exportación de puestos de trabajo[12].

Todo esto implica que la cultura global contemporánea está muy lejos de ser controlada interesadamente desde alguna parte en concreto del planeta. En realidad, se encuentra influenciada por flujos de personas, tecnología, finanzas, e información cuyos patrones se alteran constantemente. El mundo, ciertamente, camina hacia una cultura global de consumo de la que casi todos los países participan en mayor o menor medida. Rara es la persona en cualquier parte del planeta que no ha visto una valla publicitaria o camiseta anunciando un producto occidental, o que no utiliza alguno de ellos… Pero, y en un proceso de constante retroalimentación, del mismo modo que los grupos de pop-rock occidentales suenan en las calles de Río de Janeiro, la bossa nova se escucha con suma fruición en los bares copas de Madrid, Londres o Nueva York. De hecho, el “mundo-negocio” actual ha descubierto que las culturas no occidentales también son un buen factor de productividad si se las vende adecuadamente, por lo que no duda en introducirlas en el cine, en la televisión y los centros comerciales. Así se explica el fenómeno creciente de “lo étnico” –ya sea en el arte, la moda, la literatura o la música-, o el hecho de que cada vez con mayor asiduidad los protagonistas de películas o series de televisión respondan a perfiles interétnicos. Más aún: a través de iniciativas exitosas como el “comercio justo” los grupos tribales también empiezan a competir en el mercado internacional con sus propios productos, y en pie de igualdad. Incluso el “mercado de la ciencia” se encuentra cada vez más deslocalizado, al punto de que muchos de los más potentes grupos de investigación internacionales en buena cantidad de campos no son precisamente estadounidenses… La historieta del tal Sheldon Cooper es divertida, pero no se la crean.

¿Nos estamos, por tanto, “americanizando”? Los hechos indican que es un axioma difícil de creer a menos, por supuesto, que se emplee falazmente, como mero pretexto para la defensa interesada de algún que otro corralito ideológico. Más bien cabría decir que nos estamos “mundializando”.

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[1] Banco Mundial, World Development Report, 2000/2001, 2000: 310; International Herald Tribune, 23 de octubre de 2001; Los Angeles Times, 27 de septiembre de 2001.

[2] Edición del 16 de marzo.

[3] Fiske, J. (2003). Understanding Popular Culture. London: Routledge.

[4] Fiske, J., 2003, op. cit.

[5] Appadurai, A. (1990). Disjuncture and Difference in the Global Cultural Economy. Theory, Culture & Society, 7: 295-310.

[6] Michaels, E. (1989). For a Cultural Future. Francis Jupurrurla Makes TV at Yuendumu. Sydney: Art and Text.

[7] Appadurai, A., 1990, op. cit.

[8] Kottak, C.P. (2006). Antropología cultural. Madrid: McGraw-Hill Interamericana (11ª ed.).

[9] Kottak, C.P. (2016). Prime-Time Society. An Anthropological Analysis of Television and Culture. London: Routledge.

[10] Kottak, C.P., 2016, op. cit.

[11] Appadurai, A. (1991). Global Ethnoscapes: Notes and Queries for a Transnational Anthropology. R.G. Fox (Ed.), Interventions: Anthropologies of the Present. Santa Fe: School of American Research, 191-210.

[12] Rouse, R. (1991). Mexican Migration and the Social Space of Postmodernism. Diaspora A Journal of Transnational Studies 1(1): 8-23. DOI: 10.1353/dsp.1991.0011.

El mesías de “El Principito”

He de decir que no soy objetivo en todo esto.

El dichoso Principito que a muchos nos obligaron a leer en el colegio como si de una especie de santo grial de la literatura infanto-juvenil se tratara, me ha provocado siempre una profunda repugnancia. Es un libro cursi, de un moralismo tontorrón y pseudo-intelectual escrito por este tal Saint-Exupery que, huérfano de padre desde la infancia y procedente de una familia de boato venida a menos, después de hacerse piloto y andar en un montón de correrías aéreas, se casó con una millonaria salvadoreña que prácticamente le puso al mando de una empresa aeronáutica argentina a la que llevó a la ruina. Una pena, la verdad, porque entonces, como si hubiera visto la luz tras caerse del caballo, le dio por escribir a troche y moche a fin de ilustrarnos con pretendidos “paraísos interiores” y con los inefables resultados que todos conocemos.

En realidad, y como se clarifica a la perfección en cada una de las relamidas páginas de su célebre opúsculo, de pretensión claramente auto-terapéutica, Saint-Exupery fue el perfecto prototipo del síndrome de Peter Pan[1]: un tipo inmaduro que se pasó media vida en su Nunca Jamás particular, empantanado en el marasmo de su propia infantilidad, molesto porque la vida nunca le fue cómo a él le hubiera gustado, ahogado en sus muchos complejos, y absorto en sueños de una gloria heroica –hizo todos los esfuerzos posibles por lograrla como piloto militar durante la Segunda Guerra Mundial- que nunca obtuvo. No. No crean que es casual que al principito de marras se le pinte siempre con charreteras y espada. Y es que El Principito no es otra cosa que la obra de un niño sin padre que busca a todo trance una figura sustitutiva y, en el camino, torturado por una existencia demasiado real que no le permite huir a sus magníficas ensoñaciones, nos va colando con calzador un montón de idearios y moralinas tan viejos y manidos como nuestra propia cultura. No obstante, y al mismo tiempo, el escritor no reconoce la creación en sus creadores, y se la apropia sin complejos. En efecto. No lo soporté en mi adolescencia, y con menor razón lo soporto ahora. Entre otras cosas a causa de la historia que voy a relatar en este post. Tomen buena nota de todo cuanto he dicho.


Eduardo González Arenas (Miguel Gener - El Pais)
Eduardo González Arenas [Fuente: Miguel Gener / El País].

Vamos a la montaña

Eduardo José González Arenas –conocido popularmente como Eddy o Eddie, que tanto da- de aspecto atractivo y juvenil, siempre bien trajeado y presentable como corresponde al buen impostor, concibió la genial idea en torno a la navidad de 1969. Por aquellos días estaba ya separado de su primera mujer, a la sazón nieta del dictador dominicano Trujillo, a la que había conocido a comienzos de 1968, y era padre de un hijo al que hacía ya tiempo que no veía –argumentaba que porque la familia de ella lo había “secuestrado”-, hecho que le provocaba una tremenda frustración[2]. Sintiéndose solo, amargado y traicionado, así lo contó el mismo, decidió fundar su propia “familia” y encontrar a sus propios niños.

Aficionado al montañismo, decidió organizar un grupo de montaña para niños. ¿Adivinan cómo lo llamaron? Pues como suele denominarse a toda organización de estas características que quiera convencer a los padres de los beneficios de la vida sana, ordenada, con cierto toque militar, patriotismo de garrafón, y afán por la preservación de las buenas costumbres y de los valores tradicionales: “Asociación de Montaña Edelweiss”. Los tramposos no dan puntada sin hilo y saben mucho de psicología parda. Edelweiss, la famosa flor de montaña austriaca, suena a la familia Trapp –la protagonista de Sonrisas y lágrimas-, los míticos Alpes, esa moralidad cuadriculada germánica que tanto ha agradado siempre por estos pagos sin que nadie sepa bien por qué, y el buen rollo familiar –con cierto sesgo ario- de esa monjil fräulein Maria canturreando su inocencia por verdes praderas. De hecho, el primer centro de reuniones del colectivo fue un salón parroquial cedido por la madrileña iglesia de Nuestra Señora del Sagrado Corazón.

Por cierto, nos dejamos en el tintero un detalle fundamental: Eddy era ex legionario lo cual le concedía un manifiesto plus de respetabilidad que, en determinados entornos sociales anacrónicos y ultraconservadores, se valoraba mucho. Lo que nunca contaba, por supuesto, era que había sido un pésimo soldado que pasó por dos condenas disciplinarias y 16 meses de arresto. De hecho, el tinglado de la Asociación Juvenil de Montaña Edelweiss, luego significativamente rebautizada como “Boinas Verdes de Edelweiss”, estaba construido sobre el andamiaje de una jerarquía paramilitar, emulando no solo el tema de la pulcra uniformidad, sino también los rangos, las unidades… Y es que, lamentablemente, nada pone tanto a algún que otro padre y madre como ver a su niño embutido en un uniforme y marchando con absoluta marcialidad y gallardía, pendones al viento y al son de los tambores. Así va esto, y bien lo sabía el espabilado de Eddy, un completo apasionado de esa milicia a la que tan mal sirvió.

Lo cierto es que este tipo había diseñado el plan perfecto a fin de ganar la confianza de los padres para que alistaran a los niños en su organización juvenil de sesgo fascista. Y la estrategia era magnífica: introducirse en la comunidad por el camino más eficiente para traspasar su corazón conservador de parte a parte, a saber, los colegios y las parroquias. El éxito del engendro fue arrollador. En apenas cinco años la organización tenía sedes en cuatro colegios y tres parroquias madrileñas, y se había extendido ya a otras ciudades españolas, habiendo pasado por ella unos quinientos niños y niñas. De entre todos ellos, al menos cincuenta se terminaron incorporando como miembros fijos en la estructura del tinglado y el asunto iba ya sobre ruedas. No es solo que el negocio fuera redondo y Eddy cada vez pudiera lucir mejor palmito y coche, es que la absoluta confianza de las comunidades en las que las ratas de Edelweiss ponían el pie lo veneraban como el perfecto yerno, el perfecto hijo, el hermano ideal, el caballero español modélico. Una verdadera alma de Dios.

Sin embargo, la cosa iba de otro rollo bien diferente. González Arenas empleaba las primeras salidas campestres, así como las reuniones que mantenía con los chiquillos que se iban incorporando a la organización en los locales que gustosamente cedían colegios e iglesias, para someterlos a profusas sesiones de adoctrinamiento que, incluso, comenzaban con un solemne juramento de sesgo filonazi. El problema, sin embargo, resultó ser que aquello creció demasiado deprisa y, ya en otoño de 1975, Eddy había comenzado a perder el control total que había mantenido sobre la distopía, de modo que fue acusado por algunos de los recién incorporados a su estructura de apropiarse indebidamente de los fondos de Edelweiss. Tras su expulsión de la organización que él mismo había construido, el ex legionario se dio cuenta de que tocaba liar el petate.

De la montaña, a la dinámica sectaria

González Arenas, antes de verse en problemas, extrajo al núcleo de la primera Edelweiss –sus incondicionales-, y la recompuso sobre dos pilares: una cara visible que, emulando la temática de los Boy-Scouts y denominada en el colmo de la originalidad como “rangers”, seguía vendiendo la historia de las excursiones a la montaña, los campamentos de inquebrantable disciplina, la vida sana y toda esa parafernalia que compraban con sumo gusto padres, directores de colegio y sacerdotes; y otra oculta, para iniciados y ya propiamente afín al ideario nazi, a la que de forma harto elocuente denominó “camisas pardas”. Recuérdese que estamos en las postrimerías del franquismo y este tipo de cosas todavía estaba bien vista por muchas familias y resultaban simpáticas a las decadentes Autoridades de la dictadura. No en vano, este tipo de organizaciones juveniles milicianas, ultramontanas y derechistas eran bastante comunes en la España de entonces.

No obstante, el problema de Eddy es que además de la pasta y el control de aquellos acólitos fieles a los que en la sombra adoctrinaba sin miramiento alguno en toda suerte de perversiones ideológicas, y que terminaban admirándolo como a una especie de semidiós, era un pederasta con las manos demasiado largas que, lentamente, fue cerrando a las féminas las puertas de su montaje. Así se explica el doble rasero de sus organizaciones: junto a la visible, que realmente se dedicaba a esa vida de montaña y aventura que prometía, y en la que no ocurría nada censurable, existía la otra, oculta y pervertida, hacia la que iba deslizando a los chiquillos más débiles y sugestionables para poder aprovecharse de ellos. Todo era cuestión de estudiar el material que le llegaba y saber seleccionar.

De modo que solo un año después, en 1976, fue condenado de suerte inconcreta por “corrupción de menores”, pasando por ello dos meses en la cárcel. Él lo negó todo, claro, y la irrisoria condena se debió a la falta de testigos fiables, así como a la incapacidad de la justicia para hacer buena la acusación por falta de indicios. Pero a González Arenas, que no era tonto, el fatal acontecimiento le sirvió de aviso: Franco había muerto y el advenimiento del nuevo modelo democrático, mal que bien, se columbraba como irreversible por lo que estos devaneos ideológicos tenían poco futuro. Tocaba por consiguiente cambiar de estrategia a fin de seguir alimentando su sed de poder, dinero y sexo.

Lo relevante en este caso es que los dramas posteriores pudieron evitarse llegados a este punto, en el que la peor parte de la tragedia aún se encontraba en fase embrionaria. El hecho de que nadie hiciera gran cosa para evitarla, incluso teniendo en cuenta que algunos de los padres de los niños afectados por la vergüenza del falso ejército infantil eran policías –lo cual dice mucho por cierto de la mentalidad sociopolítica de la policía de la época-, tiene mucho que ver con el terror que provocaba la idea de que un escándalo sexual de esta magnitud explotara en la pacata España de 1976 donde, como todo el mundo sabía, “estas cosas no pasaban” (!). De modo que todos los actores implicados decidieron echar tierra sobre el asunto, esconderse en su particular agujero, capear el temporal en solitario y mirar hacia otra parte. Lo de siempre: que lo arregle otro.

El Príncipe Alain

Como todo buen liante, Eddy era un tipo con mucha labia y gramática parda gestada en bastantes horas de lectura inconsistente, acrítica, de aluvión. Igual se metía con textos ufológicos y espiritistas, que se tragaba un par de tomos de historia militar, unos cuantos folletos religiosos y terminaba con un librote de autoayuda. De postre: dos novelas. Ignoramos si fue durante su breve estancia a la sombra cuando dio con el dichoso Principito o ya lo conocía de antes, así como con otro engendro literario, no menos atiborrado de insoportables sentimentalismos y moralinas, que se hizo muy popular en la España de finales de la década de 1970: Juan Salvador Gaviota, de Richard Bach –incluso a mí me regalaron por mi cumpleaños un ejemplar de esa cosa pringosa-. Y sacó muchas ideas “productivas” de ahí.

A su salida de prisión decidió instalarse en la localidad de Las Rozas y reorganizar el grupo, si bien el cuento ideado por Eddy para mantener viva la historieta cambió de cara por completo. El maquillaje conversivo resultó fascinante. La cuasi secta de González Arenas pasó de la militarización fascistoide manifiesta y su tendencia expansiva a transformarse en un colectivo mucho más reducido y controlable regulado mediante un amasijo de estructura militar, fascismo encubierto, doctrina religiosa extravagante, pseudofilosofía de baratillo montada alrededor de los penosos librillos de Saint-Exupery y Bach, así como toda suerte de tonterías ufológicas y espiritualistas. Ya la nomenclatura ideada para la refundación de la organización, a la que popularmente se seguía conociendo en muchos lugares como “Edelweiss”, es muy significativa: “Guardia de Hierro de Delhais”[3]. Por supuesto, en la fachada sobrevivía el asunto de los grupos de montaña y las salidas al campo, pero en su reverso todo se reducía a un profundo y sostenido adoctrinamiento de los jovencitos en el magma infame que acabamos de describir, y que Eddy se encargaba de mantener muy vivo en la mente de los chicos programando reuniones periódicas de los grupos en el Parque del Retiro y el Barrio de Salamanca.

Durante esos encuentros, todo comenzaba con un extraño juramento que debía emitirse con todo rigor y sentimiento, y que de no cumplirse –empezando por el sometimiento a la estricta jerarquía del grupo y a sus demandas-, conllevaba castigos y humillaciones interpuestas por vergonzantes “tribunales de honor”[4].

Tras ello, y mezclado con las clases particulares que ofrecían a los niños para ayudarles en sus estudios y que servían de coartada perfecta ante los padres para justificar tanta reunión y compadreo, venían horas de confusas enseñanzas que mezclaban diferentes idearios tomados a bulto de colectivos, contextos y sectas heterogéneos que iban desde los Testigos de Jehová a la Legión, pasando por los Niños de Dios, el nazismo o la Misión Rama. Todo ello regado con profusos debates surgidos de la lectura de pasajes de los antedichos El Principito y Juan Salvador Gaviota –libros ambos que los críos debían, leer, estudiar y atesorar-. Por supuesto, y como corresponde al caso, este cacao mental se encontraba al servicio de Eddy, quien se presentaba príncipe del planeta Delhais, el “planeta de los niños” en una constante guerra con el planeta “Nazar”, que había venido a la Tierra a salvar a unos cuantos elegidos del desastre nuclear que la destruiría definitivamente en 1992. Porque allá en Delhais todos los elegidos, que harían un largo viaje intergaláctico, serían como el principito de la ficción: tendrían un desierto para ellos solos donde cuidarían una flor solitaria, estarían dotados con súper-poderes increíbles y vivirían experiencias maravillosas reservadas solo para ellos.

Los chiquillos, claro, debido a su tierna edad y calenturienta imaginación, escuchaban aquellas historietas en puro estado de éxtasis. Especialmente en una época en la que hacían furor los culebrones espaciales, lo alienígena estaba en boga y la juventud española había pasado casi sin solución de continuidad de los melodramas del Jabato y el Capitán Trueno a los fantasiosos cómics de Marvel y DC. Especialmente susceptibles a sus manipulaciones eran aquellos críos que, pese a proceder de “buenas familias”, tenían problemas en casa como padres autoritarios y ausentes, malas relaciones hogareñas, complejos no resueltos, dudas en torno al sexo y etcétera, para quienes Eddy –el rey del camelo- se presentaba como el progenitor y amigo perfecto, el adulto cariñoso, comprensivo y protector que nunca habían conocido. Les daba una copita, charlaban, los escuchaba, citaba al puñetero principito como si fuera un catedrático, e incluso les hacía algún que otro truco de ilusionista o “jugaba” con ellos a la “ouija” si venía al caso para demostrarles sus pretendidos poderes alienígenas[5].

Una vez que los contados chavales, puede que los más inocentes, que no habían sospechado algo y puesto tierra de por medio –porque alguno se olía el timo a tiempo y soltaba amarras- eran integrados en la estructura de la secta, ascendían en la jerarquía hasta ser nombrados “Guardias de Hierro”. Entonces, en solemne ritual, se les marcaba con el símbolo del planeta Ummo en la cara interior del brazo, junto a la axila, mediante un alambre candente como signo de filiación y juramento de vida. Algo que para un crío de 12 o 13 años, edad de fidelidades y compromisos eternos, no significa cosa banal.

Las excursiones al campo eran otro tema. En las primeras salidas todo era de lo más normal. Aventuras, buen rollo y cosas divertidas para contar el lunes en el colegio. Luego, lentamente, de manera sutil, el panorama iba cambiando e introduciéndose en territorios más tortuosos. El tono de charlas y conversaciones se deslizaba hacia derroteros menos cómodos y más confusos. Al final, los chicos salían de casa perfectamente uniformados –botas de montaña, calcetines hasta la rodilla, camisas militares, pañoletas, galones con los símbolos de alfa y omega, boinas y toda la parafernalia al uso-, para terminar en un chalet de las afueras de Madrid donde, bajo el control de un sector duro de la “guardia de hierro”, compuesto fundamentalmente por los monitores adultos –tipos captados e introducidos en toda suerte de perversiones sexuales a su vez durante la infancia por González Arenas, como se aclaró durante el juicio- eran sometidos a retorcidas dinámicas sexuales. Pues esa era la parte oculta del adoctrinamiento de Eddy: las mujeres eran impuras e imperfectas –como la Eva bíblica-, y por tanto nunca podrían alcanzar el grado de libertad, amor y justicia que estaba reservado para el varón, dechado de perfecciones al que realmente merecía la pena amar… Por lo común todo se reducía a tocamientos y masturbaciones, pero en casos especiales incluso se llegaba a la penetración anal. Algunos escogidos podían ser obligados a practicar sexo también con alguna mujer adulta que solía acompañar al gurú ocasionalmente, pero Eddy insistía en que ella se moviera violentamente durante la penetración a fin de dañar a los chicos y poder de este modo consolidar su teoría perversa: practicar sexo con mujeres solo doloroso y necesario solo para procrear, entretanto la penetración anal entre hombres era mucho más placentera y divertida. Por ello en Delhais, el planeta de los príncipes y las gaviotas donde todo era buena vida y disfrute, no había mujeres.

Algunos chicos, traumatizados tras las primeras experiencias, abandonaban el grupo tan avergonzados que no se atrevían a contarlo en casa, o bien huían hacia adelante convencidos de que algo bueno terminaría saliendo de todo aquello –los tabúes propiciados por una educación en la materia escasa o ineficiente, los traumas inherentes a un despertar sexual perverso, así como la vergüenza de la víctima, son siempre los mejores aliados de los pedófilos-. Además, estaban comprometidos al silencio por el vínculo de un juramento “sagrado”. Los que finalmente pasaban el trago y aceptaban el adoctrinamiento sin ambages, probablemente los más necesitados de integración y filiación, entraban en una espiral de absoluto sometimiento al Príncipe Alain Nazar y su guardia de hierro. Entonces se les asignaba una pareja-compañero con el que avanzarían en el aprendizaje del “puro amor” y al que denominaban “A.P.” –o “amistad particular”-. Esa AP solía ser uno de los monitores, cuya misión no solo era instruir al muchacho asignado en las prácticas sexuales, sino también enseñarle a mantener un lenguaje en clave para que nadie ajeno al grupo supiera de qué hablaban sus componentes. Así empleaban, por ejemplo, metáforas ajedrecísticas para referirse a las relaciones sexuales que mantenían durante las reuniones.

Ummo
El fraude del Planeta Ummo y su peculiar secta fue cosa que también tuvo su gracia. Algún día hablaremos de ella. De momento, y para los que desconozcan el símbolo de marras, os dejo esta supuesta foto de un OVNI procedente de Ummo y que, dicen, fue tomada en San José de Valderas en 1967.

Ellos lo montan

Sin embargo, oliéndose que algo no marchaba y que alguien se ha ido de la lengua, Eddy tratará de eludir una nueva denuncia por corrupción de menores poniendo tierra de por medio y largándose a Alicante, provincia de la que su tío era Gobernador Civil. Pero el enchufe no le ayudaría a escapar de la justicia, pues ese mismo año fue detenido y se confesó autor de cuarenta violaciones de muchachos adheridos a sus últimas organizaciones, incluida una recién constituida “Legión Juvenil de Montaña” –banderas al viento e himnos de victoria-. No todos testifican, ni tan siquiera la mayoría, como es costumbre en estos casos en los que las víctimas y las familias, a menudo, lo único que quieren es recuperarse y olvidar.

La condena, emitida en abril de 1979, volvió a ser irrisoria: seis meses de arresto mayor y 50.000 pesetas de multa. Suma y sigue. Al parecer, alguien estaba empeñado en González Arenas hiciera bien su trabajo.

Los dos Guardias de Hierro más prominentes, tipos con mucho poder al encontrarse en la cima de la jerarquía, que guardaban la huerta de Eddy durante esos larguísimos viajes a Delhais que, en realidad, solían ser alguna de sus estancias en prisión, eran Ignacio de Miguel –no confundir con el famoso baloncestista, por favor- y Carlos de los Ríos. Su misión era mantener viva la llama durante las ausencias de González Arenas y garantizar que el proceso de filiación, adoctrinamiento e inducción constante al sexo de los niños se mantuviera en funcionamiento. Para tal fin mantenían vivos los rituales eróticos y lascivos, a la par que solían introducirse en las camas de los muchachos durante la noche durante sus “viajes a la montaña”. En algún caso, los críos no superaban los 11 años de edad. Tremendo.

De hecho, de Miguel y de los Ríos, amigos íntimos de Eddy y con los que nunca perdió el contacto, fueron los artífices de su último retorno a la capital de España en la medida que primeros captadores e instructores de los chavales que ingresaban en la organización madrileña, de suerte que a su vuelta ya encontró buena parte de la estructura montada y perfectamente engrasada. No en vano, y es digno de reseñarse, sus dos más queridos acólitos habían sido a su vez captados por él mismo cuando eran menores, e introducidos en aquellas dinámicas sexuales enfermizas, por lo que le guardaban fe y respeto incondicionales. Así era el tema: Eddy primero te sometía, te avergonzaba, te humillaba… Y luego te salvaba. Y la cosa iba más lejos al punto de que ejemplifica a la perfección la gravedad del experimento psicosociológico de control mental diseñado por Eddy: de Miguel, irónicamente hijo del célebre sociólogo y tertuliano del posfranquismo Amando de Miguel por lo que hubiera debido tener la cabeza “mejor amueblada”, había captado también para la secta a un hermano menor de edad, y es que en casa del herrero…

Si por un casual el lector se pregunta en este punto dónde había estado metido González Arenas entretanto sus fieles le mantenían caliente el chanchullo, la respuesta por supuesto que no es “en otra galaxia”, aunque fuera lo que se contara a los pobres chiquillos. Ya quisiera él. Su ficha en el registro de penados certifica que había sido condenado por otro delito de corrupción de menores a seis años de prisión menor y 30.000 pesetas de multa en septiembre de 1982. El hecho de que en la primavera de 1983 ya estuviera otra vez en la calle solo prueba una cosa: el código penal de 1973, último del franquismo, era tan vergonzante en el tratamiento de ciertas tipologías delictivas que cuando alguien se queja de “lo blanda” que es la justicia patria del presente uno no sabe si reír, llorar, o darse media vuelta.

Lo cierto es que la impunidad de Eduardo González Arenas era, por lo visto, completa.

Un viejo en un retrete…

Los problemas de Eddy con la sexualidad le venían de lejos. Como él mismo explicó, sus primeras dudas y controversias en materia sexual se despertaron cuando un viejo, en un retrete público madrileño, lo abordó para hacer con él exactamente lo que él hacía con sus niños: engatusarlo y masturbarlo. La experiencia fue tan turbadora que despertó en el joven Eddy un terrible sentimiento de culpa y una fuerte ansiedad.

Agobiado, terminó por contárselo a sus padres, que decidieron enviarlo a un psiquiatra lo cual no hizo otra cosa que acrecentar su vergüenza. No era solo el hecho de tener que relatar a un extraño eventos que prefería olvidar, lo cual incrementaba su victimización, sino que al parecer el tipo era un profesional de la vieja escuela y estaba convencido de que la homosexualidad era un trastorno mental “curable” –recuérdese que la APA la sacó de su guía diagnóstica en su tercera edición, de 1980-. El hecho de que los diferentes psiquiatras que visitó no le ayudaran en absoluto llevó a Eddy a la tan manida como ineficaz estrategia de la represión y la ocultación. El sexo era un tema espinoso del que no era conveniente hablar demasiado, excepto con los niños. Ellos, puros e inocentes como eran, no maleados por esta sociedad vergonzante y caduca que no podía comprenderle, sí podían entender sus inclinaciones más íntimas. Con los adultos lo mejor era no complicarse y seguir la corriente.

De hecho, el padre de Eddy, un ingeniero que trabajo muchos años para una empresa eléctrica, se quejó amargamente del trato que les propiciaron los expertos en salud mental de la época:

“Nadie nos dijo la verdad sobre nuestro hijo […]. Desde que advertimos cosas raras en él lo hemos llevado a médicos; nos decían que no estaba loco, que era un psicótico, que no se podía hacer nada por él. Lo han reconocido también médicos militares, y nunca se nos ha ofrecido una solución. Para nosotros es una historia de tremendo dolor”[6].

Y ese fue el germen de todo.

1984

Tras su reaparición en Madrid en 1983 –de vuelta de su “excursión por los confines de la galaxia” cual Buzz Lightyear ochentero-, ocurrió que el pasado y los antecedentes de González Arenas, los rumores que empezaron a rodar en torno a la secta y las actividades que se mantenían en ese chalet, la sospechosa actividad paramilitar del colectivo, alguna que otra denuncia anónima, el aterrado relato suelto de algún niño que había logrado escapar de las garras de la Guardia de Hierro antes de que fuera demasiado tarde… hicieron sospechar que algo sucio pasaba[7]. El asunto iba demasiado lejos como para que la policía lo dejara correr, por lo que el inspector José Antonio Ávila se puso manos a la obra.

Concienzudamente, Ávila reunió pruebas que parecían ir más allá de los delitos sexuales. Las vinculaciones y nexos establecidos entre los componentes de la secta, el amor incondicional al líder, eran tan potentes que aquello iba más allá de la explotación sexual infantil. Pareciera que González Arenas estuviera reuniendo en torno suyo, en efecto, un verdadero ejército dispuesto a realizar cualquier cosa por él. Quién sabe. La verdad es que el inspector Ávila no estaba por la labor de esperarse a averiguarlo y en una operación coordinada con la policía portuguesa, efectuada el 4 de diciembre de 1984, detuvo a Eddy, a sus lugartenientes Carlos de los Ríos, Rafael Dueño y Antonio Gutiérrez, mientras cenaban en un restaurante de Lisboa. La orden de busca y captura había sido emitida tan solo un día antes. Solo Ignacio de Miguel, que no se encontraba con ellos, logró eludir la acción policial y poner tierra de por medio largándose a Brasil, si bien, siguiendo algún buen consejo, volvería después. Y bien supo sacar partido de ello ante la acción de la ley.

En espera de juicio, durante 1988, y aunque parezca sorprendente, González Arenas andaba callejeando por la vida alegremente y dirigía tres locales de ocio en Cala Millor, Ibiza, siendo una de sus estrategias comerciales favoritas la de invitar a los menores a copas. Un hecho por el que sería muchas veces censurado por los propietarios del resto de locales de la zona… Hasta su definitivo despido. Y uno, visto lo visto, no puede dejar de preguntarse, atónito, cómo es posible que haya tanto imbécil suelto en este mundo. Hoy, sin duda, se habrían montado manifestaciones.

Matar al padre

El juicio del autoproclamado Príncipe Alain, celebrado a comienzos de la década de 1990, como si hubiera sido escrito por algún discípulo de Sigmund Freud, fue el perfecto ejemplo de la ejecución del padre, pues la estrategia defensiva de todos los acólitos principales de González Arenas fue venderse a sí mismos como “víctimas-verdugos” para cargar todas las tintas sobre él. Toca, por cierto, ser justos en este punto: González Arenas, como corresponde a ese padre que tras devorar a sus hijos, cual Saturno, debe asumir sus actos, se declaró culpable confesando todos y cada de los delitos del sumario. Así que se tragaría sin pestañear la condena de 168 años que se le terminaría imponiendo por 28 delitos de corrupción de menores probados.

Se trató de un juicio absolutamente mediático que tuvo un seguimiento en los periódicos ciertamente inédito, al punto de que casi todo el mundo tenía al parecer una opinión que emitir sobre el tema. Es lógico. La España de los años 80, momento en que el asunto estalló, no estaba acostumbrada a que los medios de comunicación airearan materias como ésta con tal cobertura y detalle –aquí, paraíso del nacional-catolicismo hasta hacía cuatro días, todo aquello que tenía contenido sexual más o menos morboso no eran cosa que se ignorase con facilidad-, por lo que el proceso tuvo un seguimiento masivo. Y en lo que a mí respecta –perdonen la intromisión personal- la cosa adquirió un sesgo temible. No es sólo que las víctimas tuvieran mi misma edad, sino también que era raro el chaval que en aquellos días no había formado parte de algún colectivo como aquel, pues prácticamente había uno de apariencia similar en todos los colegios del país. No en vano, entre los adultos la duda se extendía como la pólvora: ¿cuánto de esto habría oculto? ¿Cuál de estos colectivos de soldaditos estaba libre de sospecha?… Así, entre temores y suspicacias, el caso Edelweiss se llevó por delante a la inmensa mayoría de las agrupaciones juveniles de características similares –y no había pocas- por cuanto ya ningún padre o madre se fiaba, llevándolas a un ostracismo del que solo muchos años después han venido saliendo, si bien y por suerte, en su inmensa mayoría “desmilitarizadas”.

No abundaremos en muchos detalles pues el sumario se puede consultar por vía electrónica y, además, los recortes de prensa existentes al respecto abundan en las hemerotecas digitales y son prolijos en el relato del juicio. Significaremos únicamente que el testimonio que hundió la defensa de Eddy fue el de su segundo al frente, Carlos de los Ríos, quien, desmoronado ante el Tribunal, relataría con pelos y señales como González Arenas le captó en su más tierna infancia, abusó de él con engaños, le manipuló para introducirle en toda clase de vergüenzas sexuales, se ganó su fidelidad con mentiras, y finalmente le convenció de que hacía lo correcto al seguirle el juego. En la misma línea actuó Ignacio de Miguel. Como resultado, ambos serían condenados a 65 años y, al igual que ocurriría con otros miembros de la banda a su vez condenados con penas de diversa consideración serían posteriormente indultados. En el caso de de Miguel el indulto llegaría en 1994 al ser también considerado víctima del líder de Edelweiss, y mostrar su buena voluntad cuando retornó de Brasil para entregarse a la justicia[8]. El padre de Ignacio, Amando de Miguel, en tanto que único personaje “famoso” involucrado en la historia fue muy interpelado por la prensa al respecto y sus respuestas, que atribuiremos a la natural afectación del momento, fueron de traca. Como por ejemplo cuando afirmó que el caso Edelweiss era el pago de una sociedad que eliminó al Frente de Juventudes y a la Acción Católica sin ser capaz de reemplazarlas… Error de bulto impropio de un catedrático de sociología pues el hecho, en realidad, es que siempre sobraron todos.

Fernando Oliete, uno de los abogados de la acusación, definió a González Arenas como el “flautista de Hamelin” por obvias razones, y la cosa debió hacerle gracia al manipulador fantasioso e inmaduro de Eddy, quizá porque las implicaciones del apodo iban mucho más lejos de lo que el propio abogado suponía… Al fin y al cabo, también los padres de los niños de Edelweiss le habían buscado a él por motivos diferentes, tal y como los otros buscaron al flautista del cuento. De hecho, durante su estancia en prisión participó en un concurso literario organizado por Instituciones Penitenciarias –obteniendo el segundo premio, que leer a Saint-Exupery da para mucho- y, muy bromista él, firmó su relato justo con ese seudónimo: “Hamelin”, lo cual nos habla mucho de la calidad de su arrepentimiento. En efecto. Eddy comenzó su condena en la ya desaparecida prisión madrileña de Carabanchel y terminó en la de Ibiza, lugar al que también se desplazó su madre, Marina, la única persona que siempre estuvo convencida de su inocencia y que nunca lo dejó de lado. Ya se sabe lo que reza, con toda la razón, el blues del gran B.B. King: “nadie me quiere como mi madre”.

Siguiendo con el despropósito, con tan solo seis años cumplidos –que dura justicia la de entonces, reitero para los abundantes desmemoriados-, en 1997, González Arenas alcanzó el tercer grado penitenciario. Junto con un socio montó un pub para ganarse la vida. Su señora madre le esperaba todos los días con el puchero bien caliente, pero el 1 de septiembre de 1998, ya con 46 años, no llegaría a la mesa. Fue degollado a la puerta de una heladería de la localidad ibicenca de Santa Eulàlia delante de un montón de testigos que dieron pelos y señales sobre el agresor. Su asesino resultó ser un joven ibicenco de 18 años, conocido delincuente y chapero, que mantenía una larga y fluctuante relación sentimental con el Príncipe Alain de Delhais. Se le cogió varias horas después cuando trataba de escurrir el bulto en un bar de la zona y, puesto ante las Autoridades, no negó los hechos. Simplemente, alegó haber sido víctima de abusos sexuales por parte del crápula[9]. La enésima.

Así murió el padre. El padre de todos los niños del mundo. El hombre que vino de otro planeta a fundar una inmensa familia.


[1] Este célebre síndrome, el de los adultos que se niegan a serlo y pretenden vivir toda su vida como niños con todo lo que ello conlleva, ha calado en la cultura popular, pero no se trata como mucha gente cree de un invento del vulgo, aunque no aparezca en las guías aceptadas de trastornos mentales (DSM y CIE) en la medida que su estatus como patología –que no como estructuración ineficiente de la personalidad- está sometido a discusión. En realidad, su postulador fue el médico norteamericano Dan Kiley, quien lo dio a conocer en 1983, cuando publicó su exitoso libro The Peter Pan Syndrome: Men Who Have Never Grown Up (New York: Dodd, Mead & Co.).

[2] Dicen las malas lenguas que la verdad de la marcha de su mujer, Julia Báez Trujillo, reside en las “confusas” caricias que Eduardo propiciaba a su hijo Iván. Parece que su esposa se alarmó ante el cariz que tomaban los acontecimientos, por lo que temerosa de lo que pudiera pasar echó mano al crío y se largó. Lo cierto es que González Arenas toda su vida se declaró como bisexual, pero parece claro que esto no era otra cosa que una estrategia para hacer más respetable –tanto a los otros como a sí mismo- su atracción patológica por los niños [Cárdenas, N. (2013). Yo jugué con un asesino. Málaga: Editorial Sepha].

[3] Esto de “Delhais” he intentado averiguar por todas partes de dónde lo pudo sacar el caradura de González Arenas y, lo reconozco, he sido incapaz. A menos que algún lector sepa otra cosa que yo ignoro y quiera compartirla conmigo, he de pensar que fue invento del propio Eddy.

[4] Así consta en la sentencia del Tribunal Supremo, sala 2º de lo penal, de 21 de junio de 1993 [puede consultarse en este enlace: https://supremo.vlex.es/vid/-202866295, recogido en junio de 2018].

[5] Cárdenas, N. (2013), op. cit.

[6] Ordaz, P. (2017, 29 de agosto). El alienígena que violaba niños en el monte. Diario El País, Edición digital [https://politica.elpais.com/politica/2017/08/29/actualidad/1504006030_167758.html, recogido en junio de 2018].

[7] De hecho, en diversos barrios de Madrid por los que el colectivo tenía alguna influencia habían empezado a aparecer pintadas tan terribles como sospechosas: “Edelweiss, mariquitas”. No en vano, y en el colmo de la desvergüenza, desde los sectores ultraconservadores madrileños se empezó a utilizar el tema de Edelweiss como justificación de una cruzada contra la homosexualidad… A nadie parecía importar que las víctimas fueran niños terriblemente manipulados, o que en el pasado a muchos de los que ahora se deshacían en insultos hacia González Arenas y su montaje, les hubiera parecido magnífico su chiringuito fascista. Ya se sabe que el gran pecado de España es la mala memoria.

[8] Anónimo (1994, 17 de marzo). Indultado Iñaki de Miguel, importante miembro de la secta Edelweiss. Diario El País [https://elpais.com/diario/1994/03/17/sociedad/763858806_850215.html, recogido en junio de 2018].

[9] Candia, P. (1998, 3 de septiembre). A líder de Edelweiss lo mató un amigo suyo de 18 años. Diario El País [Recogido de: https://elpais.com/diario/1998/09/03/sociedad/904773603_850215.html, tomado en junio de 2018].

Atávicos y positivos

Cesare Lombroso
Cesare Lombroso (1835-1909).

Médico, darwinista convencido, psiquiatra prestigioso[1] y conocedor de las metodologías precoces empleadas en la detección y examen del delincuente –tales como la frenología de Gall y Spurzheim o la entonces incipiente antropometría de Alphonse Bertillon-, Cesare Lombroso comenzó a pensar hacia 1871 en las bases de lo que luego sería su harto popular teoría criminológica, un tema que ya le venía preocupando desde hacía mucho tiempo. De hecho, contaba tan sólo 24 años cuando,

“recién doctorado y trabajando en Pavía, se incorporó como médico al ejército piamontés, llegando a participar activamente en las sangrientas batallas de Magenta y Solferino, que se saldarían en ambos casos con severas derrotas de las tropas austriacas. Fue durante estos episodios bélicos, al tener que atender a un buen número de soldados heridos, que el joven Lombroso se sorprendió al observar que la mayor parte de la soldadesca deshonesta, brutal e ineducada, lucía en brazos y pecho tatuajes obscenos. El éxito del tatuaje era porcentualmente mucho mayor en el seno de esta “tropa deshonesta”, que entre el resto de los soldados”[2].

Fue a partir de sus observaciones sobre el tatuaje que Lombroso comenzó a pensar en el asunto del “atavismo”, si bien no acababa de encontrar evidencias sólidas con las que corroborar sus impresiones y, en tales condiciones, se hacía complicado avanzar una teoría precisa. No obstante, en el mencionado 1871, tuvo la ocasión de estudiar el cráneo de Villella, un celebérrimo bandido y asesino, perseguido durante décadas por la justicia transalpina. Concluyó que aquel hombre mostraba obvias deformidades craneanas, así como ciertos rasgos anatómicos “propios de los simios”. El hallazgo comparativo resultó de una serendipia en la medida que Lombroso estaba buscando específicamente criterios de base que permitieran establecer relaciones y diferencias entre el delincuente, el hombre salvaje, el sujeto normal y el enfermo mental, y no había pensado en considerar una teoría criminogenética. En todo caso, dio un giro a sus primeros planteamientos para manifestar en sus Memorias sobre los manicomios criminales (1872) que existirían preclaros puntos de contacto entre delincuentes y locos, si bien cabría considerar a los primeros no como enfermos, sino como seres claramente “deformes” y “anormales”, cercanos al hombre primitivo e incapacitados para la vida en sociedad, por lo que el Estado debiera plantearse la creación de instituciones especiales para criminales en las que no se mezclaran arbitrariamente con otros enfermos mentales y se pudiera, al mismo tiempo, estudiarlos con detenimiento y precisión para desarrollar políticas preventivas.

A partir de este momento y guiado de la asunción manifiesta de la teoría de la selección natural de Charles Darwin, así como por los planteamientos de Herbert Spencer y Francis Galton acerca de la herencia, Cesare Lombroso dedicó gran parte de su tiempo a visitar prisiones a fin de estudiar antropométricamente –centrándose con especial interés en los datos arrojados por el examen craneológico- a diversos delincuentes, vivos o ya ejecutados, para posteriormente cotejar los resultados obtenidos con la anatomía craneana de simios y fósiles humanos prehistóricos, o informes acerca de la vida y costumbres de los “hombres primitivos” que arrojaban las expediciones antropológicas tan populares en la época[3]. Su teoría del atavismo, aún dotada de un etnocentrismo absurdo y claramente impregnada de falacias eugenésicas que en aquellos días estaban aún lejos de su desacreditación científica, tomaba forma. Llegó así a la conclusión de que el delincuente era, básicamente y con total independencia de su sexo, un individuo dotado de rasgos morfológicos y conductuales arcaicos, aquejado de un síndrome hereditario: el dichoso “atavismo”. Es decir: no era la sociedad quien hacía al delincuente, ni tan siquiera la enfermedad mental como tal sino que, en todo caso, el criminal a menudo nacía ya “construido” para serlo.

Ciencia y pseudociencia

Recuérdese que, según las estimaciones del propio Galton[4], gran defensor del criterio eugenésico, a lo largo de las generaciones los caracteres sufrían a menudo una fase involutiva en la media de las poblaciones. La selección natural deficiente propiciada por la artificiosidad de las sociedades humanas daba pie a la perpetuación de rasgos indeseables y empobrecedores de la calidad genética de la especie que, cada cierto tiempo y por deriva génica, se popularizaban en una población dada. Esto permitía explicar, en su opinión, porqué entre los seres humanos de cualquier lugar, clase y condición, predominaba la mediocridad física e intelectual sobre el talento. Los individuos más aptos eran siempre una inmensa minoría. Desde este punto de vista, hoy risible pero entonces tomado muy en serio, Galton entendía que los procesos de herencia debían ser manipulados mediante una adecuada política eugenésica, a fin de incrementar la aparición de los rasgos genéticos más adaptativos y deseables, y propiciar así una disminución de aquellos otros que empobrecían la herencia. Precisamente, la investigación de un fascinado Lombroso se centró en el estudio de aquellos rasgos que Galton pretendía erradicar puesto que en ellos, sostenía, se encontraba el fundamento de la conducta criminal. El fundamento último del atavismo. Así, estimaba que en cualquier población humana sobrevivía una minoría de sujetos en los que estas taras filogenéticas se manifestaban de modo extremadamente nítido y que, en puridad, podía considerarse que aquellos individuos no eran otra cosa que indeseables efectos involutivos del proceso de la selección natural[5].

Francis Galton
Francis Galton (1822-1911), en fotografía realizada hacia 1850.

Lombroso argumentaba, por ejemplo, que en las sociedades primitivas ciertos rasgos como el fuerte deseo de matar, son muy relevantes para la supervivencia ya que los individuos guiados por este impulso resultarían “cazadores más eficaces”. Sin embargo, en las sociedades civilizadas, la aparición de este tipo de rasgos atávicos supondría una regresión a momentos pasados de la historia evolutiva de la humanidad y, consecuentemente, causa inmediata de conductas no deseables como el crimen. En los países más avanzados y entre las clases sociales más refinadas, debido a factores como la natalidad controlada y el énfasis en la “pureza de sangre”, era más extraña la aparición de sujetos genéticamente peligrosos. Pero no sucedía lo mismo en las naciones atrasadas e incluso en los suburbios industriales empobrecidos de los países desarrollados, en los que un absoluto descontrol sobre la natalidad y la mezcla indiscriminada de la población multiplicaban las posibilidades de que se presentaran los caracteres atávicos. Es evidente que todo esto no es más que una completa sarta de sandeces pseudocientíficas, pero se sorprendería el lector de la ingente cantidad de personas que aún estima que este tipo de argumentos son básicamente ciertos lo cual, en todo caso, no es otra cosa perfecto ejemplo del éxito histórico-cultural del lombrosianismo.

Añadiremos en este punto que los comentarios sexistas que jalonan la obra de Lombroso, así como de buena parte de sus seguidores, no sólo son resultado efectivo de la época en que se realizaron, sino que también muestran claramente su propia consideración acerca de la mujer, ya arraigada en la juventud[6]. Este tipo de ideas eclosionarían con la publicación de un volumen dedicado al crimen femenino, La donna delinquente (1893), en el que estableció, entre otras cosas, que las mujeres no delinquen violentamente tanto como los hombres por la sencilla razón de que ocupan un lugar inferior en la escala evolutiva. De este modo, el atavismo se manifestaría en ellas a través de una potenciación de los más bajos instintos y, en consecuencia, serían más viciosas que el varón, de suerte que elegirían prostituirse antes que matar. Esto significaba que, si bien desde un punto de vista jurídico y médico el crimen femenino es equiparable en todos los términos al masculino,

Donna Delinquente“la prostitución es un fenómeno atávico específico de la mujer, y tienen una mayor presencia dentro del tipo de delincuente nato que el resto de las mujeres delincuentes, conclusión a la que llegó no solamente a partir de la aplicación de su método a casos precisos, sino a través del análisis de un ingente material histórico y etnográfico. Además, desde el punto de vista delincuente, a las meretrices las incluyó por encima de otros tipos, como las homicidas ladronas en el modelo de la criminalidad, además de coincidir con el resto de tipos en su falta de sentido maternal”[7].

Tipología criminal

En base a sus estudios, Lombroso elaboró una tipología en clave psicobiológica del delincuente que distingue cinco tipos básicos. Sorprenderá al lector comprobar lo cercana que se encuentra esta clasificación de la ya ideada en su día por Pinel y, más aún, lo próxima que le parecerá si la compara con muchas de las que se manejan en la actualidad lo cual, dicho sea de paso, debería inducirnos a pensar en una revisión teórica de las mismas:

  1. Delincuente nato. El principal o básico y, por tanto, el más extendido en la sociedad.
  2. Delincuente loco-moral. Fundamentalmente un idiota, o “imbécil moral” como fue llamado por autores como Prichard o Nicholson, que no comprende los sentimientos morales ni tiene “conciencia”. Así, se ve constantemente superado por los instintos primarios siendo son estos los que le inducen a la conducta delictiva. Sería lo que hoy denominamos genéricamente “psicópata”
  3. Delincuente epiléptico. Lombroso arguye su existencia sobre casos reales de sujetos impelidos al crimen tras haber sufrido alguna suerte de trauma psicofisiológico que altera su percepción de la realidad.
  4. Delincuente loco. Básicamente un demente. Este aparatado engloba tres subtipos: alcohólicos, histéricos y “mattoides”[8].
  5. Delincuente pasional. El concepto de pasión se entiende en un sentido amplio y englobaría no sólo las motivaciones sentimentales, sino también a las de carácter moral como son las patrióticas, religiosas, etcétera. Lombroso no encuentra diferencia alguna entre este tipo de delincuente y los otros, si bien, tal y como sucede hoy en día cuando se habla de fenómenos como el del terrorismo, arguye que suele tener un intelecto más alto –probablemente pretendiera referirse a un mayor nivel cultural- que la media de los criminales y cuenta con un mayor grado de altruismo.
  6. Delincuente ocasional. Este tipo ni pretende cometer delitos ex profeso, ni busca a propósito el momento de cometerlos, pero sí muestra cierta tendencia hacia el crimen que en la mayor parte de los casos le lleva a él por razones generalmente insignificantes. Para Lombroso existen tres subtipos dentro de este: “pseudocriminales” -no son peligrosos y delinquen por motivos extraordinarios como el honor-; “criminaloides” -un punto intermedio entre el delincuente nato, el ocasional y el hombre normal que en el fondo tiene alguna clase de degeneración no visible a simple vista, tendente a los vicios, y que llega al crimen impelido por circunstancias adversas, o bien por efecto mimético; y “habituales” -aparentemente normales, sin taras precisas o significantes, han pasado la mayor parte de su vida en un ambiente difícil, peligroso, hostil que finalmente les lleva al delito. Se trataría pues de criminales de raíz ambiental-.

A tenor de la clasificación precedente, resulta obvio que Lombroso no abarcaba todos los casos posibles y se curaba en salud. En efecto, su teoría no admitía cierre –apresurémonos a decir ninguna de las teorías formuladas a partir del determinismo psicofisiológico lo admite- y, como él mismo reconocía, sólo el 40% de los criminales parecía tener las marcas antropométricas típicas de la “predisposición al delito”. El resto, nada menos que el 60% de los delincuentes que estudió, llegaban al crimen por lo general desde la “causación externa”. Sin embargo, y ya parece suficiente atrevimiento afirmarlo, Lombroso sostuvo que quienes contaban con esos estigmas atávicos no podrían en modo alguno escapar de la determinación biológica y si no habían delinquido nunca, lo harían en el futuro:

“Brazos relativamente largos, pie prensil con dedo gordo móvil, frente baja y estrecha, orejas grandes, cráneo grueso, prognato en una gran mandíbula, pelo copioso en el pecho del macho, piel oscura, sensibilidad disminuida al dolor y ausencia de reacción vascular (los criminales y los salvajes no se ruborizan). […] Los niños eran algo así como criminales natos. El perfil psicológico de los pequeños se asemeja al de los delincuentes. Ambos presentan rasgos tales como enojo, venganza, celos, mentira, falta del sentido moral, falta de afectos, crueldad, pereza, uso de slang [jerga malsonante], vanidad, alcoholismo, predisposición a la obscenidad, imitación y falta de providencia”[9].

En definitiva, más de media humanidad.

No obstante, y pese a lo disparatada que pueda resultarnos en la actualidad, en descargo de la obra de Cesare Lombroso cabe afirmar que su autor siempre fue un hombre de gran integridad científica y personal que,

“continuamente revisaba sus conclusiones a la luz de nuevos hechos, o por la nueva interpretación de sus datos originales cuando lo consideraba necesario. Nunca impuso una forma final a su teoría antropológica, y por esta razón siempre quedará como una inspiración para quienes se dediquen al terreno criminológico”[10].

Qué menos.


[1] Lombroso fundó en 1867 la Revista Trimestral Psiquiátrica, primera publicación de estas características editada en Italia.

[2] Pérez-Fernández, F. (2004). El atavismo en el albor de la psicología criminal: Cesare Lombroso y los orígenes del tatuaje. Revista de Historia de la Psicología, 25, 4: 231-240, p. 235.

[3] Cabe significar que Galton no estaba de acuerdo con las conclusiones “prematuras” de los estudios antropométricos, por cuanto albergaba serías dudas en lo referente a su validez teórica y experimental pues dudaba de la validez de la medida corporal como variable independiente [véase por ejemplo sus comentarios al respecto en: Galton, F. (1904). Memories of my life. London; Methuen].

[4] Galton, F. (1883). Inquiries into human faculty and its development. London, Macmillan.

[5] Obsérvese que hay un terrible error de fondo en este modo de pensar, por cuanto se considera que la evolución es “progresiva” y tiende siempre “hacia la mejora”, lo cual implica un proceso biológico dirigido hacia un fin –u ortogénesis-. Hoy es bien conocido que la evolución de las especies es un proceso básicamente probabilístico que no va hacia parte alguna en concreto y que, por tanto, la visión ortogenética de la misma es simplemente falsa.

[6] Con tan sólo veinte años, Lombroso se empeño en desarrollar una teoría con la que demostrar que la mujer estaba reñida con la inteligencia.

[7] Herranz de Rafael, G. (2003); Sociología y delincuencia. Granada, Editorial Alhulia, p. 33.

[8] Los “mattoides” son aquellos individuos que no manifiestan rasgos claros de demencia ni poseen dolencia alguna de carácter psicofisiológico, pero que aun así muestran tendencias impúdicas y una personalidad disoluta incapaz, en la mayor parte de las circunstancias, de aceptar normas o conducirse por un elemental sentido común. A este tipo de sujetos Maudsley los calificó como de “temperamento alocado” y otros, como Cullere, los denominaron “fronterizos”. Hoy en día, todavía subsisten en el catálogo de las enfermedades mentales (DSM-5) bajo la nomenclatura genérica de “trastorno antisocial de la personalidad”.

[9] Lizarraga, F. y Salgado, L. (2000). “Patagónicos y lombrosianos”. En: Ciencia Hoy, vol. 10, número 59.

[10] Scott, H. (comp.) (1964). Enciclopedia del crimen y los criminales. Barcelona, Editorial Ferma, p. 104.