El criminal que mereces

Retrocedamos en el tiempo porque el pasado, contrariamente a lo que algunos suelen creer, no solo enseña cosas, sino que también nos muestra a menudo que lo defendido como “novedoso” no lo es tanto. Ni falta que hace.

Si contemplamos sin apasionamiento el panorama intelectual europeo del siglo XIX, resultará evidente que, ya desde los mismos comienzos del estudio científico y sistemático de la conducta criminal, hubo un buen número de voces discordantes que no tardaron en mostrar un preclaro aburrimiento y falta de interés por la inagotable y profusa charlatanería médico-psiquiátrica que lo inundaba todo. Un fenómeno reeditado hasta el presente, en el que se pretende -cierto que sin mucho éxito más allá de la venta millonaria de montones de libros cuestionables- reeditar la vieja pasión por hallar explicaciones biológicas cerradas a casi todo lo humano. Así, por ejemplo, la cháchara biomédica que rodea a todo lo relacionado con “el cerebro” y que se ha convertido, con el paso del tiempo, en una extraña forma de dualismo reformado, pervertido, en negativo: ya no se habla de “su alma” o “su mente” y usted, sino de usted y “su cerebro”. Lo que a su cerebro “le gusta”, lo que a su cerebro “le excita”, lo que su cerebro “piensa”, etcétera. Y así, esa cosa omnisciente llamada cerebro se ha convertido en una especie de caja de conexiones tan metafísica como estrambótica a la que usted, pobre, ya no puede gobernar porque le controla, le maneja, le dicta. Su yo, triste epifenómeno, es una ilusión vacía porque ya no decide nada. Solo queda “su cerebro”. Su cerebro le dice qué comer, que leer, que escuchar, e incluso qué hacer. Vivimos, a fuerza de no enseñar en las facultades ni cinco minutos de epistemología y teoría de la ciencia (esas “pajas mentales”, ya saben) en el paraíso de la falacia cientificista más tremenda de la historia: la confusión permanente del órgano con el proceso, de la estructura con la función, de la ontogénesis con la filogénesis, de la correlación con la causalidad, de la parte con el todo… No es un hecho nuevo porque el determinismo burdo, grotesco, doctrinario y sin matices tampoco lo es. Pero sí alarmante: el camino más recto (y peligroso) hacia la pseudociencia no es otro que el parte de la comprensión y aplicación confusas de la ciencia misma.

Y es que el XIX, que como ven aún nos empuja y moviliza en muchos de sus criterios y afanes, vivió la gran explosión de las ciencias médico-biológicas, pero también fue la centuria en que las ciencias sociales y humanas se desarraigaron del seno materno de la filosofía para echarse en brazos del positivismo –un abrazo no siempre bien conducido, ni exento de cierto apasionamiento irreflexivo y verborréico- para hacerse tal y como se contemplan en el momento actual, con sus virtudes y defectos. Para bien y para mal. No extrañará a nadie, por consiguiente, que durante sus primeros y dubitativos pasos la emergente Sociología comprendiera que también tenía algo que decir en relación al crimen, su génesis, su forma y su evolución.

Cosa vieja, forma nueva

Debe entenderse que el Big Data no es un invento de hoy. La pasión por reunir y cuantificar datos estadísticos a fin de bucear en ellos en busca de “regularidades” es tan vieja como la emergencia de las sociedades democráticas burguesas, el control de los Estados y la Revolución Industrial (modernidad sólida). Lo que ha cambiado en el presente, y quizá lo que motiva que se haya convertido en algo temible, es que, ahora, los datos se recaban a una velocidad inusitada, en cantidades ingentes, en tiempo real, gracias a los avances tecnológicos. Pero la idea de fondo es la misma: una sopa de datos gigante y bien ordenada sobre cualquier tema necesariamente debe ayudarnos a comprenderlo, manejarlo y modificarlo. No es que antes no hubiera Big Data (posiblemente, el documento de identidad que todos llevamos en el bolsillo sea una de las manifestaciones pioneras del Big Data más potentes que existen), es sencillamente que ahora, por devenires tecnológicos, nuestros datos han dejado de ser monopolio de los Estados y sus aparatos burocráticos, para convertirse en una mercancía más al alcance de cualquier empresa con los recursos necesarios.

¿Qué de repente se siente usted “controlado”? bueno: pues bienvenido al mundo real. Más vale tarde que nunca.

André-Michael Guerry (1802-1866) y Adolphe Quetelet (1796-1874), ambos adscritos a la emergente escuela franco-belga, fueron los primeros en comprender lo precedente: la importancia científico-técnica de la explotación sistemática de masas de datos acumulados. Frente al dato controlado, pero único, de la experiencia de laboratorio, las grandes cantidades de datos recabados en determinado contexto contaban con la cualidad predictiva propia que les concede la fuerza de la cantidad. Por ello, decidieron partir de principios completamente distintos a los conocidos hasta entonces para concentrarse en la influencia del medio social, la orografía, el clima, la clase social, la capacidad económica y etcétera en la conducta criminal. De tal modo, fundaron una nueva corriente criminológica, de corte ambientalista y bases sociológico-estadísticas, de gran interés político, que confluiría posteriormente en el trabajo de autores como Gabriel Tarde (1843-1904) y Emile Durkheim (1858-1917)[1].

No fueron Guerry y Quetelet los únicos en ver las cualidades inherentes a este proceder, claro está. En esta misma línea se situarían autores alemanes como Goerg von Mayr (1841-1925)[2], británicos como Henry Mayhew (1812-1887)[3], e italianos como Angelo Messedaglia (1820-1921). De este modo, frente a las corrientes basadas en criterios biológico-deterministas procedentes de la antigüedad y fortalecidas por los avances propiciados por la difusión masiva de los escritos de Charles Darwin (1809-1882) o Cesare Lombroso (1835-1909), la visión socio-moral del crimen tendía a rechazar cualquier clase de planteamiento eugenésico, médico o psiquiátrico para sostener que, en general, el delito no tiene nada que ver con consideraciones mentales patológicas u otros elementos endógenos más que en casos concretos. Que se aprende a lo largo del proceso de socialización como cualquier otra cosa en la vida y que, por supuesto, no se hereda. Que el medio genera al criminal. De tal modo debían ser las explicaciones sociológicas, ambientales, del crimen las que primaran sobre cualquier clase de planteamiento internalista.

Quetelet y Guerry, sin abandonar la espiral positivista que envolvía a la ciencia de la época, extrajeron el estudio de la delincuencia de los parámetros clásicos –o centrados en los factores individuales del delito- para entenderla como un fenómeno de masas que precisaba de un estudio a gran escala en la medida que hecho social. Habría, por tanto, que tratar de catalogar las regularidades económicas, socioculturales y educativas que dan razón del crimen y, desde ellas, establecer “leyes” que permitieran dar razón del fenómeno. Esto permitiría abordar dificultades como la aparición, frecuencia, distribución, volumen y cambio de las actividades delincuenciales en un momento y lugar concretos. En el fondo, y como vemos, otra clase de determinismo, de carácter externo al individuo, pero con una manifiesta vocación de control.

Desde esta pretensión inicial, el punto de partida de Guerry, Quetelet y sus sucesores va a ser obvio: los cambios propiciados por las revoluciones sociopolíticas del XVIII, así como la posterior Revolución Industrial, habían introducido graves desajustes en las sociedades que debieran ser estudiados y corregidos adecuadamente por los poderes públicos a fin de evitar su degeneración hacia situaciones incontrolables en el futuro. Ni que decir tiene que las críticas que ambos recibieron caminaron por idéntico sendero (en el fondo no muy diferente del que hoy en día reciben todas las corrientes de investigación basadas en esta metodología): la estadística no suponía más que una aproximación más o menos fidedigna a la comprensión estado del cuerpo social, pero no era en caso alguno una representación exacta del mismo. El reverso de este argumento es obvio: si la representación estadística de un hecho social a gran escala no puede utilizarse como elemento objetivo destinado a su comprensión, siempre cabe preguntarse qué otra cosa se debería utilizar… ¿Los estudios de cuatro cráneos de delincuentes? ¿La extrapolación general de unos cuantos estudios de caso? ¿Una visión metodológicamente sesgada procedente del análisis de una reducida población carcelaria? ¿La hipótesis generada en el examen de una deficiencia cromosómica de impacto poblacional tan reducido que cabría considerarla irrelevante? ¿El color de los ojos y el tamaño de la nariz? ¿La progenie del individuo? En suma, si de lo que se trataba era de renunciar a la visión del bosque, ello solo podría hacerse mirando el árbol. Y el árbol, en unos tiempos en los que campaban por sus respetos la eugenesia, el darwinismo social, la craneometría o la frenología, no tenía buena madera.

Leyes térmicas

Adolphe Quetelet era fundamentalmente un reformista cuyo máximo interés fue el de encontrar las fuentes de los anteriormente mencionados desajustes sociales, a fin de ofrecer pistas sobre la forma de alterar la dinámica de la sociedad para propiciar el bienestar público. O, dicho en términos actuales, para generar políticas de intervención y prevención. Un ideal muy propio de los progresistas de la época, dicho sea de paso. “Como reformador social, estadístico y sociólogo Quetelet, en su muy conocida ley térmica, ponía el énfasis en la existencia de correlaciones entre los delitos y ciertas variables significativas como el clima, la pobreza, el analfabetismo, el área geográfica, etc., además de analizar la correlación existente entre sexo-crimen y edad-delito”[4]. Se sirvió en su trabajo de las Leyes de Gauss, a partir de las cuales desarrolló un modelo de tres campanas –conocidas como Campanas de Quetelet– que correlacionaban el delito cometido, el ciclo estacional y otros factores sociales y psicológicos, lo cual dio pie a una interesante distribución que tomó la forma de sus famosas Leyes Térmicas: los delitos contra las personas ocurren principalmente durante el verano; los delitos económicos son propios de la estación invernal; los sexuales acaecían mayormente en primavera. Lo interesante es que Quetelet entendió que sus distribuciones no eran extrapolables a otros entornos ajenos al ámbito socio-geográfico del estudio, pero sí el método de trabajo, lo cual supone un preclaro avance metodológico.

La segunda aportación relevante –y exitosa- del trabajo de Quetelet fue, como ya se ha señalado, la comprensión genérica del delito desde los factores de edad y sexo. Dos elementos que hoy sabemos merecen especial atención en la comprensión de la conducta criminal, pero que en aquellos días habían sido manifiestamente minusvalorados por toda suerte de prejuicios y estereotipos. Merece la pena observar sus conclusiones, siempre elaboradas desde patrones estadísticos, pues a buen seguro al lector le sonarán a canción conocida. Primeramente, por cada mujer condenada había seis varones que lo eran. En segundo término, estableció que los varones tendían a delinquir con mayor profusión entre los 14 y los 25 años, mientras que para las mujeres la edad de máximo riesgo oscilaba entre los 16 y los 27 años. Un tercer detalle interesante de estos trabajos fue el de que consolidaron una idea que el tiempo ha convertido en lugar común: en función del ciclo vital del individuo, existiría una tendencia más o menos definida a cometer un tipo u otro de crímenes.

Estadística moral

André-Michael Guerry, por su parte, fue pionero en el estudio cartográfico de la delincuencia, ámbito en el que colaboró estrechamente con el geógrafo Adriano Balbi (1972-1848), junto a quien fundó lo que dio en llamarse Estadística Moral. Así, trazó una distribución geográfica del delito en Francia a partir de diversas variables como la ocupación profesional, el nivel educativo, el sexo o el clima. Coincidirá con Quetelet en la tesis climática que apoyaba las leyes térmicas, si bien lo concienzudo de su trabajo le permitió ampliarla sobre la base de otros factores socioeconómicos que, sorprendentemente, no pudo correlacionar directamente con las actividades delictivas. Fue así que Guerry permitió romper otro tópico habitual en la verborrea determinista de la época: la pobreza o el bajo nivel educativo no necesariamente correlacionaban con las conductas criminales y, por tanto, se debía matizar su valor etiológico en el delito. La pobreza o la riqueza de un individuo, en sentido estricto, eran variables que solo tangencialmente se relacionaban con la potencialidad y versatilidad criminal del individuo. Sólo así podía explicarse que las regiones norteñas de Francia, de mayor riqueza, tuvieran también un mayor índice de delincuencia que las del sur lo cual implicaba, literalmente, que a mayor nivel de vida, mayores diferencias sociales y por tanto mayor tasa de criminalidad. De otro modo: lo que impulsaba al sujeto a delinquir no era el dinero que tuviera en la cuenta bancaria, sino el nivel de desigualdad que experimentaba subjetivamente.

Los estudios de Guerry mostraron que la correlación entre educación y delito no revertía directamente en la cantidad de delitos cometidos por las personas, sino, antes bien, en su tipología: los individuos de bajo nivel educativo tendían más a los delitos violentos, pero los de alto nivel cultural eran especialmente proclives a los económicos lo cual, dicho sea de paso, supone un obvio anticipo de las tesis de Edwin Sutherland (1883-1950) en relación al delito de cuello blanco.

Más todavía: al parecer de Guerry (otro avance claramente establecido en la investigación contemporánea) la dureza inmediata en la reprensión del delito, o bien las políticas preventivas de largo alcance, tampoco mostraban gran impacto real sobre las actividades delictivas. Con ello se establecían las bases de una polémica tesis que haría popular Enrico Ferri (1856-1929), y de la que luego hablaría con profusión Emile Durkheim al esbozar su teoría de la anomia: el crimen es un elemento estructural más de la sociedad y cumple también una función social específica, de modo que un cierto nivel de delitos debe ser considerado como algo normal, inevitable e incluso necesario para el funcionamiento adecuado de una sociedad. No es que el crimen no debiera ser perseguido y controlado por el bien público: es que es inevitable. O, como lo expresaría con fina ironía Alexandre Lacassagne (1843-1924), las sociedades tienen los criminales que se merecen.


[1] Citemos dos célebres trabajos, de Guerry el primero y de Quetelet el segundo: Essai sur la Statistique Morale de la France (1833), y Sur l’Homme et le Developpement de las Facultes ou Essai de Phaysique Sociale (1836).

[2] Quien aportó a los estudios externalistas de la conducta criminal su Estadística de la Policía Judicial en el Reino de Baviera (1867) y, posteriormente, otra titulada La Regularidad en la Vida Social (1877).

[3] Resulta digna de mención por su interés y valía la obra capital de este autor; London Labour and London Poor (1862).

[4] Herranz de Rafael, G. (2003). Sociología y delincuencia. Granada: Editorial Alhulia, p. 25.

Gorros de papel de aluminio

En el conspira-mundo moderno, es habitual encontrarse con una historia absurda cada cinco minutos.

Quien no esta convencido de que los gobiernos del mundo -siempre dominados por una secta perversa de alguna especie, quede claro- buscan permanentemente el control o la manipulación de algo, “sabe” de buena tinta que el COVID-19 es un invento urdido en un laboratorio ultrasecreto o, desde luego, no cree en la eficacia de las vacunas porque sirven a alguna clase de interés ultrasecreto urdido por la misma civilización extraterrestre que construyó las pirámides del Yucatán. Tal vez, puestos a creer chorradas, sea verdad que el mundo es plano y vivamos en una moneda “gorda” rodeada de hielos perpetuos (nunca he podido comprender, dicho sea de paso, a qué interés podría servir convencer a todo el mundo de que la Tierra es redonda sin serlo, ni he encontrado a nadie dispuesto a explicármelo con algo de coherencia). Ya el pobre Jenner, cuando desarrolló la vacuna de la viruela, tuvo que trajinar con las legiones de imbéciles que argumentaban que inyectarse algo que salía de una vaca podría provocar que la gente empezara a mugir como loca, o que le terminaran creciendo cuernos. Nada nuevo bajo el Sol. Si no estamos negando la llegada de la misión Apolo 11 a la Luna, estamos tratando de quemar a Galileo, caricaturizando a Darwin o atribuyendo a Sócrates cosas que no dijo (porque nunca escribió nada de nada).

La negación sentenciosa del valor del conocimiento serio, venga de donde venga, tiene siempre cierto tufo a complejo de inferioridad. Resuena en su fondo aquella patochada extemporánea que solían decir los paletos avergonzados del año de la polka: “no estudies tanto, que se te va a derretir el celebro”. Tiene visos de esa ignorancia fanfarrona de barra de bar (“que yo sé cosas, no te creas que me vas a llevar al huerto”), y apesta a esa furibunda gilipollez de “yo estudié en la universidad de la vida” que, en todo caso, no es más que un síntoma preclaro de baja autoestima y lamentable autoconcepto… Como si los libros no estuvieran al alcance de cualquiera dispuesto a leerlos y, a lo mejor, tener título de algo hiciera de alguien mejor persona. Ya hay que ser triste para apocarse de manera tan ramplona, alcanzar la conformidad y pretender, encima, que el resto del mundo se acomode en lo mismo.

En fin, negar lo que se sabe argumentando que no se sabe todo es tan penoso como suponer que, en donde no se sabe, cabe cualquier cosa. De modo que tendría sentido y valor ponerse un gorrito de papel de aluminio, liarse un canuto, y disfrutar del espectáculo. Pues no, mire usted. En el espacio blanco del “no saber” no entra cualquier tontería que a usted se le ocurra porque el conocimiento por llegar viene precedido y movilizado por el que ya ha llegado. Ser crítico no es trabajo para ignorantes, y la opinión, por formada que pueda presuponerse, nunca es certeza. En todo caso, y por ser algo, es cosa opinable y nada más.

Y vengo al tema: el nuevo ogro de los tiempos presentes, por lo que parece, es el temible 5G. Un pretendido engendro tecnológico que, según algún que otro iluminado de pacotilla, nos freirá a todos las neuronas con terribles radiaciones electromagnéticas de alta frecuencia -cero evidencias, por supuesto-, a la par que podrá “controlar nuestras mentes” cuando active unos nanobots que nos van a insuflar en vacunas y medicamentos -cero evidencias, por supuesto-. Y hay personal por ahí que va, y se lo cree. Total, siendo gratis creer en cosas, pues que nos vayan echando. Venga otra ronda de gorritos de papel de aluminio. Como si hiciera falta 5G para eso. Bastaría con que todos esos conspiranoicos, que suelen pirrarse por las redes sociales, los portátiles y los smartphones de la manzanita -a la buena paradoja, oiga-, se enterasen de lo que las macroempresas informáticas hacen con una concienzuda gestión de la información que ofrecen gratuitamente acerca de sus vidas, debates y batallitas, para que se dejaran de tanta memez.

¿Qué es? ¿Qué hace?

Bajo la críptica -para algunos ominosa- denominación de 5G, básicamente, se habla del que será estándar para la quinta generación de comunicaciones móviles. Es decir, sin cable y sin fibra. O sea, que el 5G no es más que el desarrollo de una cosa que hace más de cincuenta años que ya existe y que, hasta donde se sabe, no ha hecho otra cosa que facilitarnos enormemente la vida. Por resumir:

  • 1980. 1G-2G (teléfonos móviles originarios).
  • 2000. 3G-4G (aparecen los smartphones).
  • 2020+. 5G (todo conectado. El famoso Internet de las cosas o Internet of Things, IOT que, así lo indican los acontecimientos, nos conducirá a la futura sociedad digital).

Quién define qué hace el 5G son los estándares del 3GPP (Third Generation Partnership Project), que no es más que una organización formada por diferentes empresas de telecomunicaciones de varios continentes, y fundada en 1992 a partir de la aparición de estándar de comunicaciones GSM (Global System for Mobile Communication). Vamos, que no estamos hablando ni de los Illuminatti, ni de los rosacruces, ni de los caballeros templarios, ni los extraterrestres de Alfa-Centauri, sino de la gente que, desde hace décadas, ha establecido el modelo de comunicaciones que le permite a usted hacer cosas tan sencillas como tener un teléfono móvil con el que llamar a todas horas y en todas partes, molestar todo quisque haciendo fotos donde no toca, o escribir impertinencias en sus grupos de WhattsApp.

Lo cierto es que entre 2018 y 2020, momento del desarrollo del 5G, se ha alcanzado una velocidad de transmisión de 1 Gb/s, que es un montón. Vaya, una tasa de transferencia que da para bajarse muchas series y subir a Internet muchas teorías de la conspiración bien gordas. La previsión es que, a partir de 2021, en la segunda oleada y según el 3GPP, se logren objetivos antes impensables como la digitalización general de la economía gracias a la alta fiabilidad del sistema, su baja latencia, el IOT incorporado a casi todos los elementos electrónicos que quepa imaginar y etcétera. El Rumba lo va a petar y le va a dejar la casa como una patena al mismo tiempo que le pone los grandes éxitos de Maluma.

Ello implicará que las redes de comunicaciones móviles tendrán que soportar capacidades enormes, de centenares de Mb/s, con una baja tasa de latencia y una elevada confiabilidad. Piénsese, por ejemplo, en el control de una red industrial de brazos robóticos para el funcionamiento de una fábrica automatizada. El hecho es que el control de calidad es fundamental en cualquier actividad económica, y los estándares de calidad aceptables en los procesos de fabricación futuros solo serán posibles si la red que controla la maquinaria es muy eficiente. A nivel doméstico el 5G, por tanto, no va a implicar que usted se le frían las neuronas o dominen su voluntad con nanobots (a ver si maduramos) sino, y he aquí lo interesante, que sea posible tener una casa completamente automatizada como esas que se ven en las películas de ficción-científica que tanto molan. Y solo es el comienzo. De aquí a nada, como en Star Trek.

En el futuro previsto a no muy largo plazo, en función del dispositivo a regular mediante comunicaciones móviles, y teniendo en cuenta sus requerimientos concretos, las peticiones a la red van a ser múltiples y, en consecuencia, las exigencias de tráfico que soportarán, también. O, por mejor decir, que el 4G ya se nos quedará corto para hacer esas cosas que tanto nos gustan, como descargas rápidas de datos, streaming en tiempo real eficiente, teletrabajo a la carta, y etcétera. Imagínese, amigo conspiracionista, el montón de vídeos de supuestos OVNIs, posesiones demoniacas, actividades terribles de agencias gubernamentales y demostraciones de la tierra plana que va a poder subir a la red como si tal cosa. La repera.

Todo ello implica que serán precisas redes 5G muy flexibles, lo cual obligará a las empresas tradicionales de comunicación realizar un gran esfuerzo competitivo… Seguro, ya que estamos, que a más de una de las personas que leen esto ya la están friendo con llamadas sus teleoperadores. De hecho, se prevé que para 2025 el 97% de las empresas utilizarán sistemas de Inteligencia Artificial, con lo cual volumen de acceso a las redes 5G se acercará al 85% mundial. Miguel Bosé se va a volver loco.

Grandes inversiones

En tal sentido, la inversión en esta clase de tecnologías es capital para todos los países, y será central para quien no quiera quedarse atrás en el nuevo tablero económico mundial. España, por ejemplo, es líder europeo en fibra (que es lo mejor, ojo), y se calcula que un aumento en un 10% de digitalización equivale a un crecimiento, nada memos, que de un punto en el Producto Interior Bruto (PIB). De hecho, y como se viene comentando, el tráfico en las redes móviles se multiplicará por diez en los próximos cinco años. Esto implica que ser competitivo en el negocio de las comunicaciones implicará bajar el coste final por Gb manteniendo el aumento sostenido del tráfico en las redes. En tal sentido, la ventaja del 5G es que permite que con una inversión equivalente a la que se haría en 4G, se logrará ser más competitivo. Por supuesto, siempre podremos manifestarnos delante de las antenas para que no lo instalen, pero luego no se quejen si la economía no funciona, la Administración ignora sus demandas por culpa de una red sobrecargada, o la Seguridad Social no les atiende tan rápido como desean.

Todo lo expuesto hasta aquí ha motivado que el ciclo de adopción del 5G haya sido más rápido que el del 4G. Los retos futuros para los operadores van a ser básicamente dos:

  1. Mejorar la experiencia de usuario.
  2. Determinar dónde está el negocio en el ecosistema del 5G.

Así, y en atención a estos retos, el 5G precisará de mayor innovación tecnológica que permita superar algunas cuestiones que tiene pendientes:

  • Ampliar el espectro de frecuencia.
  • Mayor espacio físico en las antenas para implementar el hardware. La simplificación de las antenas va a ser fundamental, pues deberán integrar servicios para 2G, 3G, 4G y 5G en el menor espacio posible. Del mismo modo, habrán de mejorarse los anclajes y toda otra serie de elementos que son costosos, pero necesarios, en la medida que se debe dar más servicios en el mismo espacio físico.
  • Mejora de la calidad.
  • Más y mejor experiencia de usuario.
  • Mejorar la cobertura en interiores.
  • Desde el punto de vista empresarial, será importante redefinir el modelo de negocio. Cosa, por cierto, imprescindible tras la crisis mundial del coronavirus, así que vayan pensando en ello.

La mejora en estas cuestiones permitirá a las operadoras monetizar adecuadamente la implementación del 5G. Corea del Sur, por ejemplo, fue el primer país del mundo en implementar el 5G para uso particular con excelentes resultados, en la medida que las operadoras se concentraron en mejorar la experiencia de usuario, así como la calidad de las comunicaciones.

Hay un hecho claro, y es que lo mejor es la fibra óptica pues nada funciona con tanta eficacia, pero ésta no siempre se puede desplegar en la medida que el coste de instalación es demasiado elevado en relación a la cantidad potencial de usuarios. Por ejemplo, esta es una dificultad muy habitual en entornos rurales. En esta clase de situaciones el 5G se convierte en una solución de compromiso óptima (es lo que se conoce como Red 5G Stand-Alone, es decir, que se despliega solo el 5G; la red 5G Non-Stand-Alone es aquella que suele desplegarse en entornos urbanos, donde comparte espacio con el 4G). Ahora que se habla tanto de la “España vaciada” el 5G se plantea, precisamente, como la opción ideal para volver a llenarla: la banda 5G estándar con mejores prestaciones es la banda C (de 3,5 ghz). Existe otra de 26 ghz, denominada massive MIMO, pero aún no está licitada por la Unión Europea. En entornos rurales se suele emplear una banda de 700-900 mhz, que no es tan rápida, pero garantiza una experiencia de usuario bastante buena a un coste aceptable.

La ventaja general de la red 5G, y he aquí su gran utilidad, es que permite decidir hasta dónde se puede acercar una función o aplicación de la red al operador, sin que sea necesario mantenerlas en una nube como ocurría en el 4G. Esto significa que el operador podrá monetizar el servicio determinando qué funciones, y con qué grado de calidad, va a ofrecer a un usuario determinado, y cuáles no. Ello implica que se podrán ofertar a la carta y será el usuario quien decidirá si desea pagar por un servicio en concreto, o no hacerlo, y en qué condiciones. Esa es la ventaja fundamental del 5G desde un punto de vista empresarial.

Y si no, siempre le queda a usted el gorrito de papel de aluminio.

Las Cinco de Whitechapel

Las cinco mujeres

Hallie Rubenhold

Barcelona, Rocaeditorial, 2020

Trad.: Mónica Rubio

La Criminología contemporánea no puede entenderse ya sin la comprensión del papel de la víctima. De hecho, si en algo nos han ayudado los desarrollos recientes de la Victimología ha sido en la comprensión del papel decisivo que toda víctima tiene en los mecanismos que conducen a su victimización y en la asunción del hecho de que, a la hora de la verdad, el crimen es una actividad compleja que enlaza las acciones de los victimarios con las de sus víctimas de suerte inevitable. Entender el crimen no es posible ya solo desde viejas tipologías criminales superadas (la tesis de la homología es harto discutible en términos científicos, y de hecho se encuentra más que discutida), ni prestando atención únicamente a un criminal que, durante siglos, ocupó el centro del escenario con escasos resultados prácticos. El debate penológico y penalista, focalizado en el agresor, posiblemente, ha impedido tanto el avance de la criminología como ciencia, como la actitud tradicionalmente inmovilista y acaparadora de los Estados y de los Cuerpos Policiales (la así llamada “modernidad sólida”) para quienes el control externo y la mirada crítica siempre ha sido cosa “peligrosa” y “subversiva”.

Desde la década de 1960, cuando el debate en torno a la víctima fraguó en la discusión criminológica contemporánea, ha sido inevitable tener que enfrentarse a la acción politizadora en la materia de los diferentes actores sociales. Durante un tiempo pareció a ojos de algún que otro despistado que discutir acerca del “papel” de la víctima en la dinámica criminal era equivalente a “culpabilizarla” de su propia victimización. Territorio vedado. Tabú. Y el problema subsiguiente de esta posición intelectualmente castrante es obvio: si no podemos hablar de algo estamos incapacitados de suerte automática para comprenderlo.

A semejante absurdo se sumó, inevitablemente, la acción interesada de quienes han pretendido que explotar el sufrimiento de las víctimas, en cualquiera de sus formas, podría convertirse en una adecuada palanca ideológica. Ha habido víctimas, incluso, que han creído inocentemente que prestarse a esta clase de intereses podría serles benéfico, de modo que han contribuido inevitablemente a su cosificación, a su conversión en herramienta de intereses -políticos, mediáticos e incluso económicos- que ni les corresponden, ni les ayudan (porque simplemente las desprestigian al someterlas a dudosos cuestionamientos públicos), y que en última instancia solo han servido para ahondar en los mecanismos inherentes a su revictimización. Creer que la solución de los problemas de las víctimas es posible más allá de la ciencia, en la mera acción política o en la simple manifestación pública, es equivalente a pensar que los problemas económicos o personales de alguien tienen arreglo recurriendo a la astrología o al Tarot.

No cabe ser injustos, sin embargo: con ser importante que a las víctimas se las visibilice y se las apoye sociopolítica y económicamente, hecho al que ha contribuido de suerte inestimable la emergencia del asociacionismo victimal, los acontecimientos nos demuestran de suerte constante que ello, por sí solo, ni satisface infinidad de cuestiones ético-morales que están más allá de las declaraciones de principios, de los reconocimientos públicos, de las buenas obras, o de las pensiones, ni resuelve la inmensa mayoría de los problemas de fondo. Ese escaparate de lo público está bien y es necesario, pero solo es el comienzo y no puede hacer de sí mismo un fin, del mismo modo que tampoco puede convertirse en pretexto para otros fines diferentes (a veces bastante turbios) de aquellos que le son propios.

Debieran sobrar las justificaciones, pero aclaremos que comprender cómo la víctima interviene en la mecánica del crimen no quiere significar que de algún modo sea “culpable” del mismo (el culpable es el criminal, y solo él, en la inmensa mayoría de los casos), pero ayuda a entender qué ocurrió, cómo y por qué. El crimen siempre es una interacción compleja que implica a varias personas, tal cual otra cualquiera porque el crimen es una realidad sociohistórica que puede repugnarnos, pero que no va a desaparecer, en tanto que fenómeno humano, por el mero hecho de repudiarlo o perseguirlo. En realidad, el enfoque desde lo victimológico ayuda a generar estrategias preventivas, mecanismos de intervención y tratamiento, a aquilatar cuestiones accesorias relacionadas con el Derecho, la Sociología o la Psicología, e incluso a resolver casos policiales complejos que, de otro modo, atendiendo solo a los actos del criminal, nunca podrían abordarse con garantías. La Criminología del futuro no puede entenderse ya sin las víctimas, su papel, sus actos y sus necesidades.

El valor de “las cinco”

Toda esta introducción centra el interés del libro que me permito recomendar encarecidamente en esta entrada: Las cinco mujeres, de la historiadora británica Hallie Rubenhold, y cuyo argumento se centra en la comprensión sociobiográfica de las cinco víctimas consideradas canónicas de Jack “el destripador”, posiblemente el criminal más famoso de los tiempos modernos. Tan destellante en sus “intrépidas” hazañas que oscureció por completo el papel de sus coprotagonistas. Esas mujeres que, al parecer de infinidad de historiadores poco cuidadosos, simplemente parecieron pasar por allí y a las que nadie prestó nunca el adecuado interés más allá de detalles anecdóticos y en muchos casos infamantes.

La deliciosa lectura de este libro (que enseña muchas cosas) nos adentra en las razones del que, posiblemente, sea también uno de los mayores fracasos policiales de la historia contemporánea. Durante décadas se nos “vendió” la idea de que estas mujeres eran meras prostitutas, hecho que parecía explicar por sí mismo su destino fatal más allá de cualquier otra consideración, cuando la verdad es que ello no solo no es exacto (más bien se trata de una terrible e injusta falacia), sino que además incurre en una terrible simplificación de las circunstancias históricas en las que el caso se desarrolló y que, probablemente, contribuyó de manera inevitable a su no resolución. Los prejuicios, embustes y estereotipos que imbuyeron a Autoridades, la policía y los medios de comunicación (que fueron incapaces de ofrecer una visión unitaria y coherente de los crímenes y sus protagonistas) desvirtuaron la investigación prácticamente desde sus inicios y, por lo demás, alimentaron toda una amalgama de enfoques conspiranóicos y teorías disparatadas (y contradictorias) que hicieron imposible un trabajo policial, criminológico e incluso histórico, a posteriori, medianamente sensato.

Hallie Rubenhold, mediante una exquisita y documentada reconstrucción de las vidas de estas mujeres, así como del entorno sociocultural de la Inglaterra victoriana en la que vivieron, y en la que “ser mujer” tenía un significado personal, social, e incluso moral, muy concreto, pone de manifiesto algo que hasta pocas décadas no ha empezado a entenderse con ciertas garantías: que las víctimas también nos ayudan a entender el crimen y sus peculiaridades. Que, de hecho, no se puede entender sin ellas porque también son protagonistas del mismo. Que, muy posiblemente, Jack no las eligió azarosamente para dar rienda suelta su furia asesina, sino que, probablemente, las escogió precisamente por ser quienes eran, por estar donde estaban y por vivir como vivían.

En lo personal, siempre me ha interesado poco enredarme en el debate acerca de si Jack era médico, veterinario, príncipe o saltimbanqui, pues posiblemente esa pregunta ya no pueda ser respondida con garantías. De hecho, es un debate bizantino que ha solido aburrirme bastante. En realidad, el problema de fondo siempre estuvo ante las narices de todo el mundo: nunca estuvo solo y sus desgraciadas víctimas, vida a vida, también enviaban un preclaro mensaje que nadie quiso, pudo o supo escuchar.

Lectura para gente sin prejuicios.

El maldito azar

Las personas que se acercan asiduamente a este blog (cosa que agradezco) saben que, de vez en cuando, trato de desempolvar algún caso abierto. No por la vana ilusión de creer que mis líneas resolverán cosa alguna sino, más bien, porque me parece una forma cuando menos testimonial de hacer justicia a esas víctimas que nunca la han obtenido, bien sea recordando su nombre, su peripecia y el absurdo insondable de sus desgracias… Y si por el camino ocurre la serendipia de que la narración sirve a algún fin positivo –cosa dudosa, pues estos casos fríos llevan mucho manoseo encima y dependen ya más de la conciencia y la voluntad del agresor, o de la mera probabilística, que otra cosa-, pues eso que nos habremos encontrado.

Solo el olvido es la muerte final, definitiva, de las cosas y las gentes.

Lo cierto es que esta historia, por sus características, elementos y peculiaridades, es de esas que se han convertido ya en referente clásico para infinidad de cursos de Criminología, ensayos de perfilación, análisis criminalísticos, ejemplo recurrente para el adiestramiento en investigación policial, letra para manuales y demás enjundia académica. Pero de solución –o algún viso de ella-, nada de nada. Y es que todo aquí es un misterio absoluto que hace pensar más en la circunstancia lamentable de una víctima escogida al azar, porque sí, cosa que siempre torna el trabajo policial en verdadera pesadilla, que en una acción planificada destinada a satisfacer un propósito preestablecido.

El caso imposible es precisamente aquel en el que no hay a la vista alguien que pudiera tener motivo, medio u oportunidad, ya que, de repente, tampoco hay hilos de los que tirar. Cuando la víctima tiene la simple y llana desgracia de encontrarse en el lugar equivocado y en el momento menos oportuno, sin más, y concurre el hecho de que el agresor -ya voluntariamente, ya por mera suerte- deja poco o nada de sí mismo en el encuentro, se nos presenta el más puro caos. Como en aquella magnífica película de Kieslowski (El azar, 1987) en la que un tipo coge un tren, o no lo coge, y ese acto aparentemente banal cambia su vida por completo.

En tales circunstancias cualquier metodología de investigación (del tipo que fuere) ha de enfrentarse a sus propios límites, y asumirlos. Las agencias de investigación policial, por su propia naturaleza interna, tienden a ser tenaces y concienzudas, de modo que por descarte valoran cualquier línea de actuación por remota que sea, si es que puede ofrecer algún resultado -lo veremos a continuación-. Pero, como en cualquier otro ámbito sometido a los rigores de lo metodológico, sin datos confiables, ni medio de obtenerlos, no pueden darse resultados positivos. Es frustrante y enojoso, pero en esta vida se llega hasta donde se llega pues sin información no se puede generar conocimiento.

Una boda como todas

Natalia, que así se llamaba la víctima, no iba a estar en Santander aquel día. De hecho, no tenía pensado asistir a la boda de aquel familiar por diferentes razones familiares. Su marido, abogado del Estado, no podía asistir, y sus hijos viajaban a Irlanda por aquellas fechas. Pero la convencieron a última hora. La típica historia: “anímate”, “vente con nosotros”, “lo pasaremos bien”, “me lo pienso”, “venga”. Así que el viernes 5 de julio de 2002 se subió al coche con su hermano y su sobrina, y allá vamos. Pareciera que el destino quisiera llevarla allí a todo trance, pues ya metidos en carretera el terceto llegó a plantearse la idea de suspender el viaje ante el monumental atasco con el que se encontraron a la salida de Madrid. Las fechas estivales, ya se sabe. Pero se armaron de paciencia y persistieron. Por lo demás, un viaje tranquilo, la llegada normal y por fin el hospedaje en casa de uno de sus tíos, el que era magistrado, que vivía cerca del Ayuntamiento… Nada destacable. A la mañana siguiente salió a comprar un regalo para los novios y darse un paseo por la Playa del Sardinero. Y en la tarde del sábado, ataviada con ese terno de tiros largos que uno se pone en las grandes ocasiones, pues de boda y a pasar un buen rato, que de eso se trataba.

Lo cierto es que María Natalia Garayo Orbe, profesora de lengua y literatura en el exclusivo British School de Somosaguas (Madrid) tenía entonces 44 años. Caeremos a sabiendas en el tópico más acendrado de cuantos existen en la triste historia del relato criminal, pero la verdad es que era una persona acomodada y tranquila cuya vida discurría en la más completa normalidad. Nada raro que decir. Nada fuera de lugar. Sin conflictos destacables más allá de los ocasionales contratiempos que depara el día a día de cada cual, esta madre de tres hijos, en excelente forma física y dotada con ese atractivo tranquilo que a muchas mujeres concede el ingreso en la madurez, estaba amablemente casada, siendo su existencia estable y a todas luces feliz. Nadie pudo aportar, de hecho, dato alguno que contrariase esta idea. Su alumnado, sin ir más lejos, la recuerda como una docente motivada y vocacional, de las que se interesan e implican, hacen bien su trabajo y a la que todo el mundo aprecia de un modo u otro. Nadie parecía desearle mal alguno, ni había razones que así lo justificasen. Sin cuentas pendientes con el pasado. Nada de nada. La policía se volvería loca escarbando aquí y allá, pero no.

El hecho es que, tras la ceremonia nupcial, la celebración de la boda fue todo lo perfecta que cabe esperar. Una boda de postín y por todo lo alto que se festejó en las instalaciones de la Real Sociedad de Tenis de la Magdalena, junto al célebre Palacio en el que la Universidad Internacional Menéndez Pelayo celebra sus cursos de verano. Un lugar exclusivo, solo para socios, muy elegante. Cena, bailoteo, muchas risas y parabienes. Y la gente, ya entrada la madrugada, que empieza a marcharse en un constante rosario de salidas. La policía –luego- se hartaría de visionar los vídeos que registraron las cámaras de seguridad de las instalaciones en busca de detalles raros, circunstancias inusuales, gestos dudosos, eventos extraños que hubieran podido pasar inadvertidos a los invitados… Pero lo que vieron durante horas, hasta frisar el más puro aburrimiento, fueron las imágenes de una boda típica y tópica en la que todo el mundo lo pasa fenomenal y punto redondo.

Zona de postín

El hermano de Natalia, que se alojaba en la casa de otro familiar ubicada en la cercana localidad de Quijas, decidió marcharse antes que ella. Tuvo que prestarle veinte euros para que pudiera tomar un taxi, pues la mujer, que no pensó inicialmente en la contingencia de gastar dinero alguno, llevaba un bolsito pequeño de color dorado en el que había metido únicamente el teléfono móvil y algún útil de maquillaje. Simplemente ocurrió que se encontraba a gusto y decidió prolongar la noche un poco más. Se despiden.

A las 3:00 de la madrugada del recién nacido 7 de julio, Natalia decide que es momento de irse ya. Pero no pide ese taxi. De hecho, verla salir caminando a aquellas horas sorprende al portero de las instalaciones, que, hasta donde se sabe, fue la última persona que pudo verla con vida antes que su asesino -o asesinos-, pero tampoco le resulta cosa alarmante. El barrio es excelente y la tasa de delitos de Santander es una de las más bajas de un país en el que tampoco son altas, de modo que Félix -así se llama el empleado- deja a la mujer ir y sigue en sus tareas. La explicación de esta conducta tampoco requiere de grandes argumentos: Ya hemos comentado que Natalia se encontraba en buena forma, la climatología era excelente y, posiblemente, decidió en el último momento que sería buena idea darse un largo paseo para terminar de bajar la copiosa cena. Ciertamente, la Sociedad de Tenis no está cerca del Ayuntamiento y el minutaje caminando es amplio, pero ella es andarina y además tiene los veinte euros a mano por si cambia de idea. Todo dentro de lo normal.

Este es el trayecto original que emprendió Natalia (se ignora si pensaba cubrirlo al completo). En total, unos 40 minutos a pie.

Nadie sabe qué ocurrió durante ese paseo que, por cierto, discurriría por una de las calles nobles de la ciudad, la Avenida de la Reina Victoria, repleta de viviendas de lujo y palacetes equipados con caros sistemas de videovigilancia, salpicada de locales con amplias terrazas que, en algún caso, aún iban cerrando a aquellas horas tardías. Lógicamente, no había muchos peatones en aquel momento, pero sí un goteo incesante de coches dado que es la arteria conecta la Playa del Sardinero con el centro de Santander. Algún camarero que regresaba de su jornada laboral todavía discurría por la avenida en aquel momento, pero ninguno advirtió nada fuera de lo normal. Uno de ellos en concreto, empleado en un restaurante cercano, incluso pasó por el lugar en el que Natalia fue agredida más o menos a la hora en que todo debió ocurrir, pero luego declararía no haber visto u oído nada sospechoso.

No obstante, a las 3:40 horas de la madrugada un joven que deambulaba por el paseo marítimo, y que luego declaró ir en aquel momento al encuentro de su novia, descubrió el cadáver ensangrentado de la mujer y lo puso en conocimiento de las Autoridades. La víctima estaba arrodillada, con la cabeza caída sobre el pecho, junto a las escaleras que descienden a la Playa de los Peligros. Le habían propinado 35 puñaladas y quedó justo donde la mataron.

La ruta que recorrió Natalia. Como puede observarse, a un paso normal, debió caminar entre 10 y 15 minutos, lo cual señala que debió ser agredida entre las 3:10 y las 3:20 de la madrugada. Alrededor de veinte minutos antes de que su cadáver fuera localizado.

Hipótesis para un absurdo

La víctima no tiene la ropa desgarrada ni muestra signos de haber sido agredida sexualmente. El pequeño bolso dorado, con todo su contenido -incluidos los veinte euros-, está junto al cuerpo. Aún porta consigo las golosas joyas valoradas en unos 18.000 euros que nadie ha tocado… Así que el robo tampoco es una opción plausible. De modo que los agentes asignados al caso, ante la enorme violencia ante-mortem desplegada sobre la víctima -ensañamiento- que asumen como manifestación de pasiones desatadas, piensan inmediatamente en un móvil de género. Tan convencidos están de que esta es la opción buena que lo primero que hacen es escarbar en el matrimonio de Natalia. Es cierto que el marido estaba en Madrid y con ello su coartada era poco menos que perfecta, pero piensan, dada la excelente condición económica de la familia, que bien podría tratarse de un crimen por encargo. Sin embargo, esta hipótesis se va a desmoronar muy pronto: si bien el propio hermano de la mujer desechó por completo la idea desde el primer momento, la policía, harta de encontrarse con cosas que no son lo que parecen, siguió adelante con esta teoría que, por supuesto, no daría resultado alguno. Se trataba de un matrimonio de postal.

Este es el acceso a la Playa de los Peligros. El cuerpo de Natalia apareció en la acera, a unos tres metros del acceso a la escalera.
La entrada a la escalera (a la izquierda) junto a la que se encontró el cuerpo. Como puede verse, el tráfico a pleno día es incesante. De noche se reduce notablemente, pero no se detiene del todo. La idea de que el agresor (o agresores) de Natalia llegó en coche al lugar en el que fue agredida tiene sentido. Este punto de la ruta, además, se encuentra especialmente aislado (véase el muro a la derecha).

Segunda línea de acción: el teléfono móvil. Igual había alguna infidelidad en ciernes, o bien Natalia había quedado en encontrarse con alguien en aquel lugar por cualquier motivo. Se estudiaron profusamente todas las llamadas salientes y entrantes de los seis meses previos al suceso, se triangularon los movimientos de la mujer en la noche de autos. Nada. Todo tan normal como quepa imaginar porque Natalia, y así eran las cosas, era una mujer con poco que esconder. Ni números desconocidos u ocultos, ni contactos dudosos, ni relaciones inusuales. Molestaba un poco que el caso fuera tan terriblemente simple y que, en efecto, como todo parecía indicar, algún desconocido la abordara durante su paseo nocturno simplemente porque sí, pero todo apuntaba en esa dirección. Sobre todo cuando, tras interrogar a todos los que pudieron mantener algún contacto con Natalia durante aquella tarde-noche de boda, no hubo manera de sacar nada en claro. La vida de la profesora estaba limpia como una patena.

Tercera línea: quizá se trataba de alguna clase de venganza retorcida. Quién sabe. Algún alumno suspenso que no había digerido bien el fracaso. Algún enemigo de la familia que había aprovechado la ocasión. Incluso, por qué no, dada la estrecha vinculación de los allegados de Natalia con el mundo del Derecho podría tratarse de un ajuste de cuentas urdido por algún enemigo del pasado… Pero tampoco salieron temas turbios a flote por este lado, y habría carecido de cualquier sentido que un viejo rival de la parentela de la mujer hubiera decidido volcar sus iras precisamente en ella. Es cierto que todo el mundo tiene alrededor a alguien que, por algún motivo, tal vez ridículo, le tiene manía, pero si lo había en relación a Natalia, o a su familia, lo cierto es que la policía no fue capaz de encontrarlo por parte alguna. Además, este planteamiento tampoco tenía mucho fuste por cuanto la mujer había decidido acudir a la boda en el último momento, casi de un día para otro, y era poca la gente que estaba al corriente de ello. Cualquier agresor que buscara una oportunidad propicia habría tenido que actuar con enorme precipitación y, literalmente, perseguirla de improviso hasta Santander. No, decididamente tampoco iban por aquí los tiros.

Cuarta línea de trabajo: un viandante encontró una camisa ensangrentada depositada en una papelera en las cercanías de la escena del crimen, y la policía pensó que ya estaba. Que ese era el error del criminal que estaban esperando para cambiar las tornas. Se peinaron parques y jardines de toda la ciudad en busca de más pistas, e incluso se removió por completo la arena de la playa en busca de algún indicio perdido. Pero tampoco. Resultó que la sangre no era de Natalia, sino del propietario de la camisa que, tras una pelea a puñetazos con otro tipo, decidió despojarse de ella. Se comprobó esta historia punto por punto, y resultó que era cierta.

Quinta línea: podría ser que un vagabundo oculto por la maleza y pasado de rosca se topara con Natalia y empezara a molestarla. Ella habría respondido airadamente y la cosa habría terminado en altercado. Pero tampoco era plausible aunque se intentó tirar de esta teoría, más que nada, por no dejar el camino sin explorar. La policía santanderina investigó a todos los indigentes -no muchos- que pululaban por la ciudad sin éxito. Además, sucedía que las jugosas posesiones de la maestra habrían supuesto una tentación muy grande para alguien sin recursos como para abandonarlas sin más.

Sexta línea: tres años antes, en Madrid, en lo que luego sería difundido por los medios de comunicación hasta la saciedad -y con no poca mala baba, por cierto- bajo el sobrenombre de Crimen del Rol, dos jóvenes asaltaron azarosamente a un hombre en la marquesina de una parada de autobús y lo apuñalaron hasta la muerte. Porque sí. Simplemente porque esa víctima les pareció bien para cumplir con los objetivos del guion perverso y disparatado que había urdido uno de ellos. De modo que, visto lo absurdo que se tornaba todo, la policía decidió probar también desde este ángulo en el caso de Natalia pensando en un crimen “de imitación”. Sin éxito. Era una tesis tan rocambolesca, de puro folletín, que no se pudo sostener.

La autopsia, por lo demás, lo empeoraría todo: no es solo que se confirmara la falta de agresión sexual y que no se encontraran otras evidencias sobre el cuerpo de Natalia más allá de las puñaladas que la mataron, es que encima los resultados parecían indicar que los asaltantes pudieron ser dos, y no uno solo como se había creído en un primer momento. Había sido agredida con dos armas diferentes: 34 de las puñaladas le fueron ocasionadas con una navaja corta, pero la herida número 35 (según se construyó la cuenta), en la cara interior de uno de sus muslos, le fue infringida con un estilete de doble filo. Y esto superaba toda lógica. Que una sola persona apuñale a otra reiteradamente con un arma y, finalmente, cambie a otra para asestar un solo golpe es tan raro, salvo que se trate de alguna clase de ritualización premeditada o que ocurra una improbable rotura accidental del arma, que no ha lugar. Más lejos: ritual o no -nada es descartable en principio-, que quien se deja arrastrar por sus impulsos hasta asestar a otro ser humano nada menos que 34 puñaladas, se tome la molestia de realizar tal cambio para conformarse con propinar tan solo una más es de todo punto absurdo en términos psicológicos. O que propine una primera puñada con un estilete y luego cambie de idea y opte por una navaja pequeña y, a todas luces, menos eficaz. Todo hace pensar, pues, que debía haber alguien más: un agresor activo, impulsivo y muy encolerizado, y otro de talante pasivo, controlado y observador. Y hay más datos a reseñar, pues Natalia mostraba cortes defensivos en manos y brazos que indicaban que debió resistirse con gran vigor mientras tuvo fuerzas. Quedó arrodillada simplemente porque así fue que la vida se le escapó del cuerpo. Los agresores, cumplida la obra, optaron por dejarla de tal guisa.

Caso abierto

Al igual que sucede en los casos de desaparición, nunca se deja de investigar un caso abierto como este. El problema es que a medida que las cosas se enfrían, todo se torna más difícil y, a falta de nuevos indicios, ni hay diligencias que incoar, ni caminos a seguir. Lo cierto es que la Policía Judicial sigue en la brecha obsesivamente y defiende la teoría de que los agresores de la mujer pudieron llegar al lugar del asesinato en un coche en el que luego se habrían largado… Pudieron verla paseando sola y decidir que aquella mujer bien vestida y atractiva era una presa fácil para alguna proposición desagradable a la que ella se negó, lo cual habría desencadenado el desastre. Por lo demás, esto explicaría la falta total de evidencias en la escena del crimen. Teniendo en cuenta que las estadísticas señalan que en la inmensa mayoría de los crímenes violentos que se cometen durante la madrugada hay alcohol y/o drogas de por medio, se antoja como una idea coherente que, además, explicaría la enorme brutalidad de la agresión. Lo malo es que nadie vio nada (o no recuerda haberlo visto, que es cosa bien diferente), y tampoco hay indicios colaterales que puedan sostener esta hipótesis.

Es conocido que a lo largo de los últimos quince años ha habido alguna que otra falsa alarma en relación al caso. El típico borracho que “se sincera” con la parroquia en un bar santanderino y cuenta, entre vapores etílicos, que él mató a la profesora… El agresor de género que grita a su atemorizada víctima que le va a hacer lo mismo que le hizo en su día a aquella profesora de la playa… Pero son bravatas absurdas que, cuando se comprueban, jamás llegan a cosa alguna. Pistas falsas que se siguen de manera compulsiva en busca de una resolución que haga justicia, por fin, a la pobre Natalia.

Una víctima del más puro, triste y doloroso azar.

Top Secret

Frente a la idea extendida, un secreto no es simplemente algo “oscuro”, o que “no se debe desvelar”, sino más bien una información que alguien tiene y trata preservar de terceros, en la medida que su conocimiento podría implicar alguna clase de riesgo. En tal sentido, se puede decir que todos tenemos secretos de algún tipo.

Los secretos, por otro lado, no son unitarios sino que a veces tienen una composición fragmentada por cuanto se necesita que dos o más personas los compartan para que sean eficientes (lo que se conocer como Two-Men-Rule). Piénsese, por ejemplo, en la activación de un misil estratégico, o en un secreto divido en varias partes, cada una de ellas con distintos depositarios, de manera que ninguno de sus depositarios conoce el todo. Por supuesto, el problema inherente a un secreto fragmentado es que la desaparición de uno de sus depositarios puede suponer un completo desastre. Para eludir tal contingencia, el israelí Adi Shamir (n. 1952) generó el algoritmo conocido como Shamir Secret Sharing (n, k) o Esquema de Shamir. Sea como fuere, lo relevante es dejar constancia de que, si cada secreto es necesariamente diferente, entonces se trata de una entidad que tiene vida propia y que ha de ser gestionada (o procedimentada) de un modo específico, luego:

  • Hay que dar a cada secreto el tratamiento que requiere.
  • Hay que darle el carácter de entidad.
  • Hay que saber cómo gestionarlos.
  • Hay que permitir que evolucionen.

Tipología de secretos

Los secretos, pues, pueden ser clasificados en función de sus atributos peculiares (duración, entidad, valor, individual, valor colectivo…). Así por ejemplo, la contraseña de un correo electrónico es individual y dura para siempre porque no se puede tener correo sin contraseña, pero a su vez tiene un valor cambiante en la medida que la vamos modificando a lo largo del tiempo.

Lo cierto es que, aunque resulte irónico, la mayor parte de los secretos han nacido para ser compartidos, pues es preciso que diversas personas tengan acceso a ellos para que cumplan su función (pensemos en el funcionamiento de los procedimientos internos de una empresa o en las fórmulas de un proyecto farmacéutico). Es más, muchos secretos deben tener necesariamente un respaldo en copias para ser realmente seguros y eficaces, pues sin ellas puede tornarse completamente disfuncional y convertirse en un obstáculo para quien lo ha generado. Así por ejemplo, la configuración de la llave de un domicilio es secreta, pero se deben tener copias de la misma por si alguna de las personas que habita en él la pierde en un momento dado. Tales copias de respaldo, como es lógico, también han de ser controladas adecuadamente. Otro caso: no es posible que una sola persona sepa qué contienen determinados informes importantes, y que solo exista la copia de los mismos que ella posee, pues la falta coyuntural de esta persona, por los motivos que fuere, haría que esa información trascendental se perdiera, o bien estuviera fuera de control.

Otra cuestión importante a dilucidar es el conocimiento acerca del lugar preciso en el que ese secreto juega un papel, y cómo debe ser utilizado en dicho contexto. No es lo mismo el código secreto de una caja de caudales personal, que el de la caja fuerte de la sucursal de una entidad bancaria: el tipo de secreto es posiblemente el mismo, pero ni funciona igual, ni puede ser tratado del mismo modo. Vemos, así, que un mismo secreto puede tener clasificaciones y/o sentidos diferentes para dos o más personas. Es más: una persona no autorizada puede acceder a una información extremadamente secreta por relevante para la seguridad de una nación, pero si no entiende qué es lo que está viendo, o no sabe en qué contexto ha de interpretarla, no será consciente de su magnitud lo cual, paradójicamente, la hará ciega al secreto. De hecho, podría no comprender que está accediendo a un secreto trascendental y por qué lo es.

El secreto, por tanto, es un ser vivo que nace, se protege, se utiliza, se comparte, se compromete y tal vez pueda morir. Es más, muchos secretos deben morir y tienen fecha de caducidad. Así por ejemplo, carece de sentido que se conserven claves de tarjetas bancarias que ya no se tienen (o incluso de tarjetas caducadas), localizadores de billetes de avión o de tren que ya se han utilizado… No en vano, tener por ahí circulando secretos efímeros que ya no deberían estar activos por inútiles, y que, incluso podrían convertirse un problema de caer en manos inadecuadas, es un error. Así, si hemos contratado una empresa para que nos haga una auditoria, toda vez que ésta se ha realizado, deben destruirse concienzudamente las claves, accesos, permisos y demás que se le han concedido para efectuar el trabajo. En otro caso, podríamos estar dejando innecesariamente una puerta de atrás abierta en la empresa. Tales accesos ya no sirven a utilidad alguna, pero pueden convertirse en agujeros por los que el auditor (o un empleado malintencionado) podrían colarse.

Secretos comprometidos

El grado de peligro que tenga el hecho de que un secreto se vea comprometido, va a determinar el grado de protección que se aplicará sobre el mismo. Hay secretos irrelevantes cuya protección será baja o nula, pero habrá otros cuyo descubrimiento pueda provocar grandes problemas a quienes los atesoran, o desencadenar terribles consecuencias, y que se deberán proteger a todo trance.

El problema, por lo general, reside en cómo determinar cuánto de importante es un secreto y por consiguiente cuánto esfuerzo se debe destinar a protegerlo. Hay personas confundidas que, de suerte paranoica, ocultan sus números de teléfono, emails o direcciones postales con extremo rigor, como si de esos datos, relativamente fáciles de localizar trasteando por Internet durante diez minutos, dependieran sus propias vidas. Y sin embargo, y paradójicamente, publican su vida privada en redes sociales sin pudor alguno. Es decir, muestran lo que debieran ocultar (por la gran cantidad de información personal que proporciona, y que sí puede llegar a provocar un terrible dolor de cabeza en malas manos) y esconden datos de mero contacto que debieran ser accesibles de forma controlada.

Lo trascendental, de hecho, es que si consideramos que un secreto debe ser compartido, hay que arbitrar medios adecuados tales que su compartición no lo ponga en compromiso, o bien lo altere. Tal sistema de protección del secreto compartido debe ser, por lo demás, sencillo y fácil de mantener (un secreto que cuesta mucho guardar y controlar, al final se convierte siempre en un problema). En general, la piedra filosofal del asunto no es esconder bajo siete llaves lo que consideramos “secreto”, sino saber siempre y en todo caso quién tiene acceso al secreto y cómo lo ha obtenido, así como controlar el cauce de comunicación por el que el secreto se comparte. Ello nos ayudará a comprender quién tiene acceso y quién debe dejar de tenerlo, así como a gestionar los cauces por los que discurre la información. Téngase en cuenta que cuando un secreto que es importante para nosotros, o para nuestra actividad, se ve comprometido, solemos ser los últimos en enterarnos. Ello nos conduce a plantearnos una serie de cuestiones que nos ayudarán a minimizar el grado de compromiso de los secretos:

  • Identificar el tipo de compromiso. Filtración voluntaria o involuntaria, modificaciones y/o accesos no autorizados, no saber dónde se encuentra porque lo hemos perdido…
  • Generar mecanismos para la detección del compromiso. Se debe poder auditar el secreto de suerte que nos ayude a comprender cómo se ha visto comprometido, o cómo podría verse comprometido en el futuro.
  • Plantearse las implicaciones directas que tal compromiso puede o podría tener. Igual tampoco es tan grave que algo se difunda.
  • Calcular los posibles daños colaterales devenidos del compromiso del secreto.
  • Si el secreto se ha visto comprometido hay dos preguntas elementales que hacerse: ¿Es posible atajar el problema? ¿Se puede revertir?

No menos importante que el compromiso que pueda afectar a un secreto, es determinar qué personas tienen o podrían tener acceso al secreto en un momento dado. ¿Es necesario que lo sepa mucha gente? ¿Todos los individuos que comparten un secreto colaborarán activamente en su preservación? ¿Todo el mundo tiene que tener acceso a toda la información disponible? ¿Qué cosa, o cosas, debe saber cada individuo? A este respecto, pensemos en el servicio de inteligencia de la Nación X: ninguno de los agentes de campo introducidos en un teatro de operaciones debería conocer la identidad y la misión específica del resto, pues ello los comprometería de manera potencial a todos en caso de que fuera capturado por el enemigo. Por consiguiente, una medida de seguridad óptima será la de compartimentar la información: se debe proporcionar al agente únicamente aquellos datos que debe conocer, en relación a los demás agentes desplegados en el lugar y sus actividades, para el cumplimiento de su propia misión.

Compartir secretos

En los tiempos presentes se comparte información por infinidad de vías. Desde el típico post-it que pegamos en la puerta de la nevera, a plataformas virtuales que comparten multitud de datos. Y cometeríamos un error si pensáramos que unas son potencialmente más peligrosas que otras, puesto que todo canal informativo puede suponer un peligro potencial si no se controla adecuadamente… Ese post-it, aparentemente inocente, puede contener información extremadamente sensible como, por ejemplo, la clave de acceso a un ordenador autorizado para consultas de alto nivel que su depositario es incapaz de recordar. A todos los efectos, puede decirse que un medio de compartición de información como WeTransfer, universalmente utilizado, puede ser tan peligroso como una red social cualquiera, un mensaje de WhatsApp, un servicio de nube tipo DropBox, o un sencillo cuaderno de anillas repleto de información sensible abandonado sobre una mesa.

La cuestión, en suma, y contrariamente a lo que se suele pensar, no es el medio que se utiliza para compartir información, sino determinar cómo compartir la información de manera segura. Esto nos lleva al problema de la detección de los puntos débiles en el intercambio de secretos cosa que, lamentablemente, es muy habitual en la situación actual, en la que todo el mundo, a todos los niveles, comparte información extremadamente sensible por cauces inseguros (o que cree seguros sin serlo).

Hay que recordar en este punto que no hablamos tan solo de una cuestión tecnológica: Hay compañías multimillonarias que arbitran sistemas de protección de datos costosísimos pero que terminan resultando inoperantes en la medida que sus trabajadores acaban compartiendo información por medios convencionales para no complicarse la vida (eligen “fiarse”, y ello afecta ocasionalmente, incluso, a los técnicos más avezados). Es un hecho, sin ir más lejos, que las restricciones a la movilidad devenidas de la pandemia del Covid-19 han impuesto en muchas empresas el teletrabajo. Así, la inmensa mayoría de los empleados ha tenido que empezar a trabajar desde casa, con su ordenador personal, lo que simplemente ha roto por completo la seguridad de las comunicaciones que se sostenía de manera natural en la intranet de la empresa, con todos los riesgos que ello implica.

Es decir, el factor humano, tiene un gran peso específico en lo relacionado con la salvaguarda de secretos, y esto no lo resuelve ni el sistema de seguridad más complejo. Pongamos un ejemplo: si la compañía A crea un procedimiento de protección de secretos tan complejo y minucioso que su uso sea una completa lata para el empleado, éste, a fin de facilitarse la vida y poder sacar el trabajo adelante con mayor comodidad, terminará por utilizarlo indebidamente o, simplemente, recurrirá a otras vías. Con ello, los esfuerzos de tal compañía quedarán desbaratados. Es decir, un método difícil que entorpezca las rutinas del empleado tiene más probabilidad de tornarse disfuncional que otro más sencillo. Otras veces ocurre que, simplemente, el sistema que creemos perfecto no lo es. Un ejemplo actual: Apple y Google ofrecen un servicio de correo que podemos proteger con sistemas como GnuPG. Hasta ahí bien. Pero si queremos compartir archivos de más de 20Mb, Apple nos pedirá que utilicemos Live Mail Drop. Al aceptar la petición, toda la seguridad que hemos implementado en nuestro correo electrónico simplemente desaparece y los datos que compartimos salen a la red al descubierto, a menos que compartamos la URL del Mail Drop también con GnuPG, lo cual es más trabajo o bien simplemente se ignora. Gmail, por su parte, no permite compartir ficheros *.zip con archivos adjuntos protegidos mediante contraseña. Y estos son solo dos de los muchos casos posibles.

Los servicios de cifrado que se implementan en diversas plataformas, por otra parte, tampoco garantizan nada: ¿Quién tiene esas claves de cifrado que yo no controlo? ¿Cómo verifico las claves en los procesos de cifrado “de extremo a extremo” (posiblemente lo más seguro) sin quedar expuesto a una intrusión de tipo man in the middle? En suma, que un servicio nos diga que “es cifrado” no sirve de nada si no se garantiza la inviolabilidad del proceso, y para ello nos debe quedar perfectamente claro cómo se generan las claves, cómo se cifran y dónde se almacenan (por ejemplo, si las claves se almacenan en el propio servidor del servicio, es muy posible que quedemos expuestos con gran facilidad ante cualquier ataque que sufra dicho servicio). En definitiva, más que empeñarse en mantener secretos a todo trance, hay que ser conscientes de qué protege nuestros secretos, cosa que no siempre ocurre.

Un error muy común en todas las empresas es compartir información sensible por e-mail (que no es en absoluto seguro). Tales correos entran en el sistema, en claro, se envían y se reenvían cientos de veces, entran en juego otros usuarios, se difunden masivamente por CC, y finalmente se pierde el control sobre tal información pues ya es imposible conocer quién ha tenido acceso a ella y con qué fines la ha utilizado. Otras veces, las empresas no anulan las claves viejas de antiguos empleados, no rompen los accesos puntuales de servicios que han contratado, dejan “vivos” los accesos obsoletos en el servidor… El hecho es que la difusión de un secreto aparentemente inocente (un punto débil) puede generar una reacción en cadena verdaderamente terrible y de consecuencias imprevisibles. Y en general no somos conscientes de ello. Así por ejemplo, es indiferente que las contraseñas que empleemos para proteger nuestros accesos sean muy robustas por cuanto es el servicio web que contratamos, o empleamos, no nosotros, el que podría comprometerla con una mala monitorización de su seguridad.

No tiene sentido, por otra parte, confiar en el depositario externo de un secreto, pues son el “Gran Hermano”. Todas las sugerencias e ideas que nos llegan por Google y etcétera, en realidad, no son más que espionaje y uso abusivo de secretos que muchas veces ni sabemos que estamos compartiendo al ir implícitos en la configuración de los dispositivos, los contratos de uso de los servicios a los que accedemos, los permisos que proporcionamos, las extensiones que instalamos en el navegador, y etcétera. Y, por si fuera poco, las políticas de privacidad suelen ser (a propósito, por supuesto) de una lectura absolutamente farragosa e infumable a fin de que prácticamente nadie se moleste en leerlas con detenimiento. Los navegadores web, de hecho, y de manera automática, guardan todo lo que introducimos en los campos de los formularios a menos que les indiquemos lo contrario… Pero sus configuraciones son, a veces, tan complejas para el usuario no experto que se convierte en una completa pesadilla desactivar este tipo de opciones. De tal modo, almacenan usuarios y contraseñas, números de tarjetas de crédito y otro sinfín de información relevante, sin nuestro permiso, dejándonos expuestos inadvertidamente a cualquier ataque. De este modo tan aparentemente ingenuo e inocente es como nuestros secretos (del tipo que fueren) empiezan a circular por ahí.

¿Y te preocupa responder a una encuesta en la calle por “lo que harán” con tus datos?

El crimen de la Coca-Cola

Cuando hablo de crímenes, y lo hago mucho como saben los asiduos de este blog, trato de no cometer el error generalizado de enjuiciar los hechos desde una óptica mundana. El crimen, insisto en ello por enésima vez, es un fenómeno complejo que a veces (pocas) tiene una explicación más o menos sencilla, de manual, y otras es un intríngulis que escapa a cualquier tipo de entendimiento más allá del que pueda existir en la propia mente del criminal. Porque del mismo modo que todo cuanto hacemos pretende tener un sentido (al menos para cada uno de nosotros), es bastante habitual que tal sentido resulte incomprensible para los demás y que, por lo general, a la hora de concretar las razones por las que alguien hace algo, ocurra que el sentido común sea el menos común de los sentidos. Es más, hemos de reconocer que a veces ni tan siquiera nosotros mismos sabemos bien por qué hacemos algunas de las cosas que hacemos. Simplemente las hacemos, y punto redondo.

La ciencia, por supuesto, no es una cuestión de “sentido común”. Si el sentido común bastara para explicar el mundo, entonces la ciencia no haría falta alguna. De hecho, tal sentido no explica casi nada en términos científicos y una de las cosas que primero han de aprenderse cuando nos adentramos en sus territorios es, precisamente, que esa lógica lineal inquebrantable que aplicamos a la vida diaria, a menudo, en ciencia, suele servir de bastante poco. De hecho, si algo caracteriza a buena parte de las explicaciones científicas es que son de todo punto “incomprensibles” al profano. Y, obviamente, al estudio del crimen le ocurre precisamente esto. Los motivos que movilizan las actitudes y conductas criminales en infinidad de ocasiones parecen incoherentes, absurdos, “fuera de madre”, y solo un estudio concienzudo del criminal y de sus actos puede ayudar a comprenderlos sin recurrir a estereotipos, tópicos, prejuicios y otras bobadas al uso.

Desconozco si la protagonista de la historia que me dispongo a relatar fue objeto de un estudio profundo por parte de especialistas, pues no tengo constancia. No en vano, se trata de un suceso bastante antiguo y, tan olvidado en los anales, que casi no existe información circulando por ahí más allá del relato de los fríos hechos que se puede encontrar en alguna crónica criminal. Pero sin duda se trata de una de esas historias en las que, a falta de detalles que permitan ahondar en el caso, crimen y absurdo se funden y confunden hasta inducirnos al encogimiento de hombros.

De armas tomar

Antonio Osuna, de 39 años, era un tipo normal. Convivía con su esposa, Salvadora (Dori) Yepes en el chalé familiar ubicado en la localidad cordobesa de Espejo. No era conocido que el matrimonio tuviera problemas reseñables, salvo por un detalle singular que no escapaba a nadie y que, en aquellos tiempos de acendradas costumbres patriarcales, resultaba harto destacable para el común del vecindario: quien llevaba los pantalones en aquella casa era ella. Antonio, por lo que parece, estaba completamente supeditado a los designios de Dori. Una mujer de carácter. Más lista que él, más guapa que él y, desde siempre, más dominante que él. También, según se decía, de un carácter complicado, difícil. De esas personas que uno nunca sabe por dónde le van a salir y con la que no era precisamente fácil tratar. De ello daba fe la atónita comunidad. Había incluso quien cuchicheaba por los rincones que a la Salvadora “le faltaba un tornillo desde siempre”, como si con eso ya quedara todo dicho.

Quizá por todo ello, irónicamente, a Antonio su mujer le gustaba un montón pese a las advertencias y consejos de sus amigos y familiares. La veía como el prototipo de todas aquellas cosas que admiraba precisamente porque a él le faltaban: belleza, fuerza, empuje, coraje. Y así las cosas, pese la complicada personalidad de Dori, el hombre estaba dispuesto a soportar las complejidades de la relación con tal de mantenerla funcionando. Los ratos malos entre ambos (porque la Dori era mucha Dori, y de cualquier tontería hacía motivo para la disputa) eran comunes, pero los buenos compensaban de largo, y al mal tiempo buena cara. Por otra parte, en una época en la que la idea del divorcio era quimérica y una posible separación matrimonial se vivía desde la óptica de la más profunda deshonra y el estigma social, las parejas, de no mediar un desastre inasumible, lo eran tal y como reza el ceremonial eclesiástico: en lo bueno y en lo malo y hasta el fin de los días.

Para que luego aparezcan vendiendo historietas los que cuestionan las bondades de un divorcio bien legislado y regido por los más estrictos criterios civilizatorios.

El botellazo

Junio de 1977.

Antonio, empleado municipal, ha terminado con sus obligaciones anticipadamente y llega a casa antes de la hora prevista, hecho que a Salvadora, frente a lo esperable en estos casos, no le hace gracia. Le fastidia que las rutinas se alteren, y el hecho de que el marido se presente en el chalé cuando no se le espera, la pone de morros. Pero no dice nada. Solo le pregunta qué quiere tomar y, claro, en esa canícula cordobesa, con los calores sacudiendo de lo lindo, a él, entretanto se sienta en la cocina, no se le ocurre pedir otra cosa que una Coca-Cola bien fresquita.

Va la Dori a la nevera y entonces (porque sí, y aquí empieza el absurdo), le estampa a Antonio la botella en la nuca, que entonces lo de las latas aún no se llevaba. En el juicio, ante la estupefacción del juez, la mujer reconoció que se le ocurrió hacerlo en aquel mismo momento, inopinadamente, que sin más lo pensó y lo hizo… ¿Por qué? Pues porque le había molestado que él llegara a casa antes de tiempo sin avisarla, y se había enfadado, y ya está. ¿Hace falta más? Y ese juez que repregunta porque cree no haber entendido. Y esa mujer que le contesta lo mismo que antes. Todo rarísimo. No solo porque en esta clase de situaciones hogareñas las víctimas suelan ser ellas, sino también porque cuando una mujer se lanza al crimen, de no mediar la autodefensa, no suele ser partidaria de estos extremos impulsivos y sanguinarios… Menos todavía en aquellos tiempos, más apegados a las costumbres de ayer que a las del hoy. No estamos en la sala de vistas, ni hay testimonios sobre lo que allá ocurrió tras la declaración extemporánea, pero cabe imaginar las miradas de incomprensión que todos los presentes debieron cruzar entre sí al escuchar la justificación de Dori.

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Pero es que lo incomprensible continua porque Salvadora, viendo a su marido sin conocimiento en el suelo, aún vivo, todavía a tiempo de dar marcha atrás y convertir todo aquello en un incidente, grave, pero resoluble, toma una segunda decisión todavía más ilógica que la precedente: sale de la casa, coge una hoz del cobertizo de las herramientas y, con una veintena de golpes (o eso dijo), lo decapita. La sangre de Antonio salpica y chorrea por todas partes, y la casa se está poniendo perdida, de modo que arrastra la cabeza y el cuerpo hasta la bañera y allí, juntos pero separados, los deja hasta el día siguiente para que se desangren como es debido. Un lavado de manos y de cara, un fregado a la hoz y al suelo, y a dormir.

Al día siguiente, bien temprano, Dori envuelve el cadáver de Antonio en una sábana y, arrastrándolo, se las ingenia para izarlo hasta el borde del brocal del pozo de la casa y lanzarlo al fondo. Luego friega la bañera y, muy puesta, urde una coartada de lo más extravagante: se presenta en el bar al que Antonio y ella solían ir y pregunta a los parroquianos si saben algo de su marido, porque no aparece y anda preocupada. Como es lógico, ninguno le da razón. Y entonces (absurdo sobre absurdo) ella, sin que nadie le pida explicación alguna, argumenta que igual se ha caído al pozo del chalet.

Y en el pozo lo encontraron los bomberos.

Detenida, porque nadie queda decapitado y desangrado por caerse a un pozo, y tampoco se entretiene en envolverse en su propio sudario antes de saltar, Salvadora fue detenida y juzgada en los términos arriba relatados. Nunca explicó, por más que se le preguntó, porqué había revelado la ubicación del cuerpo cuando nadie la había acusado del crimen, si es que lo que pretendía era quedar impune. Claro que igual eso era justamente lo que ella no pretendía…

Algún vecino siempre lo tuvo muy claro: “si es que la Dori estaba loca”. Pero convendrán ustedes conmigo en que eso no es explicación. Imagínense que un niño de cinco años les preguntara por qué el cielo es azul. Bien podrían encogerse de hombros y responder, sin más, que porque sí, porque las cosas son como son y no de otro modo cualquiera. Pero, me temo, ni es la respuesta que el niño esperaba al hacer la pregunta, ni le explica absolutamente nada. Que el cielo es azul porque es azul es cosa que él ya sabe.

Aficionados, tomen nota.

El fin de la inocencia

Norman Bates
Nada de lo que hace este tipo en la ficción tiene sentido alguno, pero es igualmente fascinante.

Norman Bates, observado en perspectiva, fue la semilla de un reposicionamiento cultural en lo tocante a las vicisitudes del criminal de ficción, pues Hitchcock, intencionadamente, consiguió que el asesino chalado de su película resultara atractivo, sugerente, sexualmente deseable e incluso digno de lástima. Poco importaba, al fin y al cabo se trataba de ficción, que el personaje encarnado de suerte inmortal por Anthony Perkins fuera tan contradictorio como metafísicamente imposible al contravenir en sus devenires y conductas los principios más elementales de la psicopatología.

En todo caso, y posiblemente en ello radique su éxito perenne, la imagen anti-heróica de Bates, solo igualada por el Drácula de Stoker, configuraba la imagen de ficción perfecta para un tiempo delirante: El mitificado esfuerzo bélico del Vietcong (transmitido en horario de máxima audiencia) puso en valor la resistencia numantina del supuestamente débil frente a la tiranía del poderoso y, haciendo tabla rasa de matices ideológicos o morales, concitó las simpatías de buena parte de la intelectualidad occidental. Las novelas policíacas y los cómics empezaron a insistir en la estética del anti-héroe al poner en valor el papel necesario –crucial- de los malvados, listos, retadores, que incluso eran capaces de vencer llegado el caso, a poco que “el bueno” se despistara. Desde la cruda realidad, Albert deSalvo, Jarabo o Ted Bundy pusieron de manifiesto que la maldad era capaz de esconderse bajo un rostro atractivo y seductor, lo cual contravenía las convicciones acerca de la maldad aparente sembrada por siglos de historietas pseudocientíficas acerca del aspecto de la gente… De todo ello, una extraña y densa amalgama de elementos sociales, antropológicos, ideológicos y económicos, tan contradictorios como esquizoides, habría de surgir un nuevo modelo de héroe inverso y paradójico, extraño, odiado, temido, respetado, admirado, e incluso amado, que comenzó a inundar todas las manifestaciones de la cultura popular de la década de 1970. El “bueno”, simplemente, tenía que estar a la altura del nuevo “malo” al punto de que ambos se harían intercambiables e indistinguibles. No es que estuviera bien o mal matar, robar o torturar. Lo crucial, ahora, serían los motivos por los que se hiciera.

Uno de los primeros y más convincentes malos “simpáticos” de la historia de la literatura es el célebre Parker, personaje ideado por el novelista estadounidense Donald E. Westlake, pues con él nació un paradigma que se tornaría en un verdadero modelo artístico. La primera novela de la saga protagonizada por este criminal harto peculiar –The Hunter o A quemarropa-, luego llevada al cine por John Boorman, apareció en 1962. Fue la primera de las otras veinticuatro. Parker es un delincuente irredento que no acepta más normas que las suyas propias, que sigue sus propios instintos, que no duda en utilizar la violencia si es necesario y que, no obstante, mantiene un curioso código de moralidad –trabajo bien hecho, pago al contado, no te vayas de la lengua, nunca traiciones a nadie- que está dispuesto a defender contra viento y marea. Incluso en solitario y frente a organizaciones criminales poderosísimas de todo pelaje y condición. Un tipo que, al fin, termina por resultar interesante y atractivo a un lector que acaba identificándose con esta singular filosofía del honor entre ladrones.

En efecto. Los nuevos malvados de la cultura popular van a ser, en buena medida, hombres y mujeres peculiarmente honorables, atractivos o lastimosos en alguna medida. Aventureros, castigadores, canallas, y con un punto de humor negro cuando no de crítica social, en ocasiones verborréica y sobreactuada, que los hará intelectualmente más profundos y sugerentes. Malos cada vez más lejanos a los del mundo real –donde tienden a ser vulgares, anodinos y desagradables- y precisamente por ello mucho más interesantes que el criminal cruelmente torpe que se relata en las crónicas de sucesos. De hecho, no será raro que muchos de estos criminales ficticios tengan alguna clase de buena razón para ser como son y para hacer lo que hacen, como tampoco que los buenos, readaptando el cliché, comiencen a utilizar estrategias brutales y harto maliciosas para lograr imponer sus parodias de justicia. De este modo, la cultura se irá deslizando desde el héroe bondadoso de décadas anteriores, ese que siempre intentaba salvar la vida al malo de la película en el último momento, tendiéndole la mano cuando colgaba al borde del abismo, al héroe justiciero y bravucón del presente que resulta indistinguible del malo al que, por supuesto, termina asesinando sin compasión y porque sí.

Esta transformación, quizá, resida en el hecho de que los acontecimientos que empiezan a desencadenarse media la década de 1950 y que estallan en la convulsa década de 1960 significaron un apresurado final de la inocencia. La constatación de que el paraíso de prosperidad imaginado por los más optimistas tras la catarsis de la Segunda Guerra Mundial no sólo no había terminado de llegar una vez atravesado el desierto de la Guerra Fría, sino también que ya no llegaría jamás. El mundo estaba tensionado, al borde del colapso sociocultural y en el filo del apocalipsis nuclear. Los crímenes contra la humanidad eran noticia diaria, el terrorismo internacional un azote incuestionable y las crisis políticas y económicas –ya fueran regionales, nacionales, mundiales- se sucedían a tanta velocidad que comenzaban a solaparse las unas con las otras. Y acelerando hasta el despropósito del presente que ya casi nadie sabe cómo comprender o explicar más allá de la palabrería.

El temor invadía las calles, las “buenas costumbres” eran cuestionadas públicamente, el racismo y la xenofobia suponían una evidencia incontestable como probaba el creciente movimiento por los derechos civiles y la causa abierta contra el Ku Klux Klan en Mississippi, episodios que prologaron el advenimiento de Malcolm X, los Panteras Negras, el “black power” y el asesinato de Martin Luther King. La desigualdad social y cultural era ya un hecho insoslayable que, desde una Europa que salía de un estado ruinoso y comenzaba a disfrutar las mieles de un transitorio bienestar (ya en extinción), se observaba con expectación, y que entre los países del Pacto de Varsovia se celebraba –e instigaba- con alborozo en tanto que una muestra más del colapso moral y material del capitalismo. El desaliento generalizado, lógicamente, alcanzó a las vanguardias literarias y artísticas. Germinó para adoptar la forma del “no hay futuro”, del no hay remedio factible, del no hay buenos ni malos sino tan solo circunstancias. Visionaria por su carácter anticipatorio de las miserias humanas que se avecinaban durante las décadas siguientes fueron las aportaciones literarias de autores como Faulkner, Tennessee Williams o Horton Foote.

La Jauría Humana
Esta película, de todo punto sensacional, es un libro abierto al final de la inocencia y transmite un mensaje harto premonitorio. El principio del fin de los buenos tiempos ya había comenzado.

Foote, concretamente, publicaría en 1952 The Chase, novela que posteriormente inspiraría a Arthur Penn para rodar y estrenar en 1966 una de las más críticas películas de su tiempo: La jauría humana, recordada, sobre todo, por la excepcional interpretación de Marlon Brando. La historia es un aldabonazo hacia el tedio de una sociedad ultraconservadora, aburrida, autocomplaciente, repleta de vergüenzas y tensiones bajo esa superficie aparentemente calma de convenciones sociales, falsa moralidad y vida acomodada. El fin del mito. La constatación de que esa cultura del supuesto bienestar que se limita a esconder la basura bajo la alfombra convencida de que lo que no se ve, no existe, ya no funciona ni puede funcionar. La porquería oculta se ha podrido y apesta.

A sangre fría

Esa es, precisamente, la gran lección que Truman Capote ofrecería al mundo de la cultura tras publicar A sangre fría en 1966: El terrible asesinato de la familia Clutter en la pequeña localidad de Holcomb, Kansas, en 1959, fue el acontecimiento escogido por Capote para trasladar al público la desesperación inherente a ese final de la inocencia al que aludíamos. Para certificar la defunción de un statu quo decadente e insostenible y para esto, por supuesto, Capote se sirvió de la desgracia de una familia modelo que ejemplificaba a la perfección el “deseable” modelo de vida que los triunfantes Estados Unidos –los auténticos ganadores de la mayor conflagración bélica de la historia- habían convertido en imagen internacional: un pastiche de aparente bienestar y prosperidad que todo el mundo Occidental envidiaba y pretendía emular a cualquier precio. Ese que anuncian los Trump del presente bajo la añorante y torpe consigna del “make America great again”.

A Sangre Fría
Irónicamente, la Editorial Anagrama decidió poner en la portada de su novela un fotograma de la película en lugar de una fotografía del auténtico Dick Hicock. Misterios editoriales.

Los Clutter, matrimonio con dos hijos adolescentes, eran el arquetipo de familia de clase media a la que todo norteamericano del común –tal vez todo europeo por inevitable simpatía propagandística- querría parecerse y que perfectamente podría haber ocupado el papel de modelo social en cualquier publicación de la época. Prósperos y respetados agricultores, gente religiosa y de orden. Personas trabajadoras, amables, sanas, sin vicios ni enemigos, si exceptuamos la codicia de quienes fueron sus asesinos, Richard Eugene Hickock y Perry Edward Smith. Dos convictos de medio pelo en libertad condicional que habían creído el embuste –difundido por un antiguo empleado maledicente de los Clutter- de que en la casa de los granjeros había una caja fuerte con al menos diez mil dólares de la época. No la hallaron al internarse en la morada de la familia en mitad de la noche, pues ni existía tal caja ni era el granjero Clutter un hombre al que gustara llevar dinero encima o acumular grades sumas en el hogar, pero de todas formas y por diferentes circunstancias terriblemente absurdas, terminaron asesinando a la familia mientras dormía.

Hickock y Perry, sin dinero alguno a excepción de los míseros cincuenta dólares que fueron capaces de encontrar tras peinar la casa, huyeron a México para regresar luego a los Estados Unidos, deambulando sin rumbo fijo hasta que fueron finalmente identificados como los asesinos y convenientemente detenidos. La peripecia judicial contra ellos, bastante mediática en la medida que el caso concitó un enorme interés, sería larga y tortuosa. En primera instancia serían condenados a la horca en 1960, pero se impugnó el veredicto, pues se habían violado los derechos de los acusados durante la instrucción del proceso. La causa se reabriría hasta que finalmente, en 1965, ambos fueron ejecutados. Allá estuvo Truman Capote, quien persiguió todos los detalles de la historia desde el momento en que los cuerpos de los Clutter estaban aún calientes y se desconocía la identidad de los autores de la masacre, hasta el momento en que fueron ahorcados[1].

A lo largo de seis largos años, Capote entrevistó a cientos de personas y recorrió personalmente todos los escenarios de la historia. Luego noveló todos los acontecimientos detalle por detalle. Un esfuerzo ciclópeo que le sumiría en una larga depresión que le ataría de por vida a las drogas y el alcohol, pero tras el que logró publicar una de las más descarnadas y terribles novelas de todos los tiempos: una verdadera (“true-novel”) en la que demostraba que cualquiera, con total independencia de sus actos, deseos, virtudes y defectos, puede ser víctima o victimario en una sociedad en la que las personas no son nunca dueñas de sus propios destinos y se mueven constantemente impulsadas, motivadas, determinadas, por fuerzas que ni conocen ni controlan. Un mundo en el que nadie es enteramente culpable o inocente en la misma medida que todos, de un modo u otro, terminamos siendo presa de las circunstancias. Una realidad en la que nadie está a salvo y en la que, por cierto, carecería de sentido establecer divisiones ético-morales tajantes y doctrinarias[2].

Truman Capote
El Truman Capote de los últimos años. Entre la admiración y el escándalo, justo donde él siempre quiso estar.

Truman Capote, a la par que aclamado por crítica y público por su honesto esfuerzo tanto como por la calidad incuestionable del trabajo, recibiría como era de esperar grandes varapalos desde los colectivos más conservadores, así como por parte de algunas autoridades policiales y judiciales, ya fuera por el determinismo y el talante de denuncia sociopolítica que rezumaba su novela, ya por el hecho de que, en algunos momentos, pareciera esforzarse por poner al lector de parte de los asesinos, lo cual es en todo caso opinable.

Tampoco ayudó en exceso la controvertida condición sexual de Capote a que se comprendiera el mensaje que trataba de transmitir en su obra. Bill Bass, fundador de la famosa “Granja de Cadáveres” de la Universidad de Tennessee, relata que uno de sus amigos personales, el director adjunto del Kansas Bureau of Investigation (KBU) y uno de los principales investigadores del caso Clutter, Harold Nye, nunca tuvo una buena opinión del escritor pues pensaba que se había tomado demasiadas “licencias” a la hora de contar la historia. Más aún:

“Cuando Harold fue a la habitación del hotel de Capote para una entrevista, el escritor lo recibió con una negligé de encaje. El mojigato de Harold debió de quedarse de una pieza, pero se lo calló durante años, hasta que se lo contó al escritor George Plimpton, cuando éste escribía una biografía de Capote”[3].

En cualquier caso, se estuviera de acuerdo con Capote y sus antecesores o no, una cosa era cierta: la inocencia había terminado, y los héroes del pasado, inútiles en el nuevo mundo, ya solo podían ser historia. Bien lo aprendieron Harry el Sucio y todos cuantos le siguieron.

“Pim-pam-pum”.


[1] La excelente película biográfica Truman Capote (Bennett Miller, 2005), basada de manera fundamental en el libro escrito por Gerald Clarke, narra de manera pormenorizada la peripecia vital del autor entretanto perseguía los detalles de la historia a lo largo del tiempo.

[2] Por supuesto, la novela de Capote llegó al cine en una excelente versión homónima de 1967, dirigida por Richard Brooks, quien consiguió imprimir a la narración un muy apropiado aire de docudrama. La cinta recibió una gran acogida de crítica y público y se encuentra entre los grandes clásicos del cine de la década de 1960.

[3] Bass, B. y Jefferson, J. (2004). La Granja de Cadáveres. Barcelona: Alba Editorial, p.66.

La Inquisición española: ¿Institución religiosa o parapolicía?

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La petición formulada por los Reyes Católicos al Papa Sixto IV (1414-1484), motivó a este último, en noviembre de 1478, a publicar la bula Exegit sincerae devotionis, en la cual concedía a los monarcas peninsulares capacidad para establecer un tribunal con el que perseguir la herejía de los falsos conversos. De hecho, la bula reconocía en su texto que muchas personas regeneradas por la vía del bautismo, a la hora de la verdad, observaban apariencia de cristianos en la vida pública, pero seguían manteniendo sus viejos cultos y costumbres en el ámbito privado. Así pues, Sixto IV convenía en conceder a Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón (1468-1516) la facultad de nombrar inquisidores para perseguir tales prácticas, con la condición expresa de que fueran eclesiásticos –seculares o religiosos-, hubiesen cumplido al menos los cuarenta años, y fueran titulados en teología o derecho canónico[1].

La concesión del Papa se explica por la peculiaridad a la que se alude en la bula, esto es, la persecución de la herejía de los falsos conversos en tanto que problemática típicamente española que debía recaer bajo la competencia de la Corona como mera cuestión interna. Solo así se comprende que el Vaticano permitiera tal duplicidad de funciones, pues, como es notorio, existía una Inquisición funcionando en diferentes lugares cristianos –la Corona de Aragón era precisamente uno de ellos- desde el siglo XIII, y dependiente del Papado. De hecho, no tardaron en surgir fricciones entre los Reyes Católicos y el Papa a causa de los excesos y crueldades cometidos en Sevilla por los primeros inquisidores, nombrados por los monarcas en 1480, los dominicos Juan de San Martín (n.d.) y Miguel de Morillo (1428-1491), y que serían censurados no solo por las agredidas comunidades conversas sino también por los propios obispos. A tal respecto, el bachiller Andrés Bernáldez (1450-1513) escribió:

“[Entre 1481 y 1488] quemaron mas de setecientas personas, y reconciliaron mas de cinco mil y echaron en cárceles perpetuas, que ovo tales y estuvieron en ellas cuatro ó cinco años ó mas y sacáronles y echáronles cruces é unos San Benitillos colorados atrás, y adelante, y ansi anduvieron mucho tiempo, é despues se los quitaron por que no creciese el disfame en la tierra viendo aquello. Entre los que he dicho quemaron en Sevilla en torno de aquellos dichos ocho años, quemaron á tres clérigos de missa, é tres ó cuatro Frailes todos de este linaje de los confesos, é quemaron un Dotor fraile de la Trinidad que llamaban Savariego, que era un gran predicador, y gran falsario, hereje engañador que le conteció venir el Viérnes Santo á predicar la Pasion y hartarse de carne. Quemaron infinitos guesos de los Corrales de la Trinidad y San Agustin é San Bernardo, de los confesos que allí se habian enterrado cada uno sobre sí al uso judáico, é apregonaron é quemaron en estátua á muchos que hallaron dañados de los judíos huidos”[2].

La respuesta de Sixto IV a estos excesos, ya en 1482, fue emitir la bula Non dubitarimus, en la cual criticaba la actuación de estos inquisidores designados por Isabel y Fernando a la par que pretendía revocar su derecho a nombrar sus propios funcionarios, a fin de que esta capacidad retornara a Roma como era lo habitual. Sirvió de poco el esfuerzo papal en la medida que los Reyes Católicos no solo vencieron la batalla diplomática, sino que además lograron reforzar su autoridad, logrando el nombramiento como Inquisidor General para Castilla y Aragón de Fray Tomás de Torquemada (1420-1498) en 1483, cuyas funciones y autoridad se consolidaron y crecieron con el paso de los años.

Cuestión de números

Debe significarse en este punto que la Inquisición española fue más un empeño de Fernando que de Isabel –de quien ironizó Fernando Garrido (1821-1883) que en cuestiones religiosas solía dejarse conducir casi siempre por los dominicos y el nuncio papal[3]-, por cuanto lograr imponerla en Aragón y con las mismas atribuciones totales para la Corona que se habían logrado en Castilla, significaba tomar el control de una curia contestataría; un control del que nunca dispuso al ser la Inquisición aragonesa antigua, de longeva tradición, y depender directamente de Roma. Precisamente por ello, el nombramiento de Torquemada implicó, en la práctica, centralizar en manos de la monarquía una enorme cuota de poder religioso y político, hecho que implicaba un notable incremento de la soberanía, que era precisamente el objetivo pretendido con la maniobra.

“En su primera etapa la Inquisición proyectó su actividad represiva fundamentalmente hacia los conversos: así, del total de las 2345 personas procesadas por el tribunal de Valencia hasta 1530, el 91,6 por 100 lo fueron por judaizantes. Progresivamente, además de las herejías judaizante, morisca y, después, de los iluminados y protestantes, el abanico de delitos perseguidos por el Santo Oficio se haría bastante más amplio: bigamia, solicitaciones de confesionario, blasfemia, sodomía o brujería, además de la censura ideológica y cultural bien visible en los Índices de libros prohibidos, el primero de los cuales se hizo público en 1559”[4].

Lo cierto es que la cantidad de personas procesadas por la Inquisición –seguiremos llamandola genéricamente “española” aún a riesgo de cometer ciertos anacronismos-, así como los motivos de tales procesos, han sido temas muy discutidos. Los cálculos más extremos llegaron a hablar de unas 350.000 personas, pero esta cifra ha sido muy matizada a medida que se ha profundizado en el estudio de los procesos. Es cierto que solo se conservan registros de las causas de fe que tuvieron lugar entre 1500 y 1700, pero su estudio invita a pensar que la cifra a la que antes se aludía es exagerada. Si se tienen en cuenta las averiguaciones realizadas por diferentes especialistas, la cifra global de procesados por la Inquisición española hasta su desaparición en 1833 no debió superar las 150.000 y, desde luego, una ínfima cantidad de ellas lo fueron por supuesta “brujería”, delito herético para con el que la institución se mostró bastante laxa frente a lo ocurrido en otros lugares de Europa[5]. No entraremos aquí en el debate banal –por innecesario- acerca de si son “muchas” o “pocas” las personas encausadas y condenadas, desde luego, pero sí es precisa la aclaración a causa de las exageraciones sin base documental que suelen circular en torno a este asunto. Las perversiones, iniquidades, persecuciones no dependen de su peso, como pretenden muchos necios, sino de su mero ser.

Los ritmos represivos seguidos por los tribunales inquisitoriales no fueron los mismos a lo largo del tiempo. Así, siguiendo a Jean-Pierre Dedieu en su estudio de las actividades del Tribunal de Toledo, cabe señalar cuatro etapas bien diferenciadas: 1480 a 1525, en la que la presión es muy intensa y dirigida especialmente sobre los judaizantes; 1525 a 1630, con una actividad represiva constante y concentrada sobre las prácticas de los “cristianos viejos” –delitos ideológicos, hechicería, brujería, herejía en cualquier forma-, y sobre los “cristianos nuevos”, especialmente moriscos; 1630 a 1720, momento en el que la presión decrece a pesar de que haya sonados brotes de antijudaísmo; y por último el periodo comprendido entre 1720 y 1833, en el que se produce una ralentización progresiva y total de las actividades del Santo Oficio[6]. Y lo que esto nos indica, para comenzar, es que el número de procesados sería mucho mayor en el siglo XVI que en el siglo XVII. Pero, en segundo término y si ponemos números a los procesos iniciados en cada periodo, descubrimos que la actividad de la Inquisición española contra delitos como la blasfemia, el librepensamiento –delito ideológico en cualquiera de sus formas-, o las proposiciones y prácticas heréticas no llegó en su conjunto total más que hasta un 35% del total[7]. Esto, como veremos, nos aclara mucho en relación a la función y pretensión principal del organismo.

El proceso

Los procesos inquisitoriales seguían una serie de etapas precisas y en absoluto arbitrarias. Los tribunales funcionaban con una metodología elaborada a partir del Derecho Romano, el Derecho Canónico, el Derecho Natural y las Instrucciones desarrolladas por los primeros inquisidores generales, Torquemada, Diego de Deza (1444-1523) y Francisco Jiménez de Cisneros (1436-1517) –el famoso Cardenal Cisneros-, todas ellas sistematizadas por obra de Fernando de Valdés (1483-1568) en 1561[8]. Cuando una denuncia llegaba al tribunal era sometida a la evaluación de unos calificadores que determinaban si, en efecto, existía materia punible sobra la que el Santo Oficio fuera competente. De ser así, se procedía a la detención del acusado y a la confiscación de sus bienes con la finalidad de pagar el proceso y los gastos derivados de su reclusión. Tres días después del arresto, aproximadamente, el acusado era objeto de las primeras audiencias en las que se le preguntaba sobre su genealogía, se comprobaba su conocimiento de la fe cristiana, se le invitaba a arrepentirse de su delito y, por supuesto, a delatar a otros herejes en el caso de que conociera alguno. Todo ello, por cierto, sin darle explicaciones sobre la denuncia de qué era objeto, ni de quién o quiénes eran sus denunciantes.

Cuando se pasaba al juicio propiamente dicho, el acusado podía elegir un representante que le defendiera, si bien, con posterioridad, esa libertad se restringió a la elección de abogados suministrados por la propia Inquisición. En esta fase el reo podía aportar cuántos elementos para su defensa considerase oportunos, desde aportar testimonios favorables –o “abonos”-, a indicar al tribunal un listado de sus posibles enemigos –o “tachas”-, entre los que podrían encontrarse sus acusadores, lo cual posiblemente obligaría a concretar la calidad y rigor de las acusaciones mutuas (y de ahí el motivo de que no fuera informado de este extremo). Tras ello, el reo podía ser absuelto o condenado. En el segundo caso, era objeto de un auto de fe en el que se le aplicarían las medidas interpuestas por el tribunal y que no eran en absoluto aleatorias. Cada delito, de acuerdo a su gravedad específica, tenía una condena rigurosamente tipificada que el tribunal no podía en modo alguno transgredir de suerte que, por así decir, en gran medida era la magnitud de la acusación la que determinaba la posible gravedad de la pena. Este evento, el auto, consistía básicamente en una misa solemne tras la que se leían las sentencias y se aplicaban las penas correspondientes a cada caso, ya fueran espirituales, corporales o financieras[9].

La verdad es que el secretismo inherente al proceso motivaba que las falsas acusaciones fueran comunes, así como los excesos y los abusos, pero no es menos cierto que todo este procedimiento, a fin de entender su lógica, ha de observarse desde las coordenadas ideológicas y culturales de su tiempo: no es solo que estuviera asumida la existencia de la herejía en cualquiera de sus formas y que la finalidad del “buen cristiano” era contribuir activamente al orden público. Ocurría también que el Santo Oficio era un organismo cuya función era fundamentalmente represiva y ejemplarizante, no educadora o rehabilitadora, dimanando su autoridad tanto del poder de la Corona como de la inteligencia divina. Además, conceptos modernos como el de los derechos procesales eran cosa inexistente y plantearse un análisis de la institución desde tal premisa sería un inútil ejercicio de presentismo.

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Auto de Fe en la Plaza Mayor de Madrid (Francisco Rizi, 1683).

Represión y contrainteligencia

La peor consecuencia de la consolidación de una institución de fin básicamente  represivo como la Inquisición fue precisamente la “atmósfera inquisitorial” que inundó los eventos sociales y que degeneró en toda suerte de delaciones, desconfianzas y miedos que culminaron, incluso, en la histeria colectiva y paradójica de las autodenuncias. En mitad de este contexto venenoso, la “limpieza de sangre” –casi el 50% de los procesos- llegó a convertirse en una verdadera obsesión que tiñó de suerte indeleble las manifestaciones ideológicas y culturales del país. Tanto es así, que durante el siglo XVI adoptó la forma de una irracional inquina contra la diferencia. No es solo que el Santo Oficio terminará por verse transformado en una auténtica policía política destinada al espionaje y control extremo de la población, sino también que todos los cabildos, órdenes religiosas y concejos establecerían sus propios estatutos de limpieza de sangre, a fin de prevenir el ingreso en sus filas de judeoconversos, moriscos, protestantes y herejes en general. La causa de este rechazo, sin embargo, no parece residir tanto en los repudiados como en los que repudiaban –los “cristianos viejos” o “limpios”-, quienes parecían necesitar de la figura de “los otros” para poder reconocerse a sí mismos como comunidad católica de buenos súbditos, obedientes a Dios y fieles sirvientes del Estado[10]. La lógica interna que preside todo esto es aplastante (quizá hay quien debería tomar nota): si no hay “malos”, es metafísicamente imposible que existan los “buenos”.

Esta defensa radical de la alteridad como principio para la autodefinición alcanzó a lo largo del siglo XVI el rango de una verdadera paranoia, que embadurnó hechos tan cotidianos e inocentes como la manera de vestir, de hablar, de comer, e incluso de saludar, lo cual motivó que todas las manifestaciones de la cultura, incluso las más nimias (un bostezo inoportuno, una carcajada a destiempo, una salida intempestiva), se sometieran a una regulación extrema y a una disciplina en la observancia de las así llamadas “buenas costumbres” rayana en el más completo ridículo. Incluso llegaron a defenderse absurdas conspiraciones, en algunos casos importadas de otros países europeos, en las que los “enemigos”: judíos, moriscos, protestantes, se conjuraban contra el buen orden de Las Españas, y que desencadenaron acusaciones, procesos y condenas verdaderamente kafkianas, que tal vez expliquen la ancestral tendencia totalitaria del español a imaginar contubernios y conspiraciones ocultas a la sombra de cualquier evento.

“La supuesta alianza se hacía más peligrosa, si cabe, porque era propiciada por los enemigos exteriores de la Monarquía –Francia, Inglaterra, el Turco, Países Bajos- que podían enviar a sus agentes a España para destruirla. También las colonias de extranjeros serán objeto de los recelos inquisitoriales, sobre todo si provienen de tierras en las que se asiste a un abierto conflicto confesional”[11].

Junto a esa labor que hoy podríamos considerar “de contrainteligencia”, la Inquisición española no olvidó el control y la vigilancia de los “cristianos viejos”, localizando y persiguiendo cuantas sospechas de conductas heréticas pudieran producirse, a fin de preservar la calidad moral de la sociedad y fomentar su homogeneización. La diferencia o la disensión se convirtieron, sin más, en un motivo de sospecha.

Sin embargo, en el segundo tercio del siglo XVII el Santo Oficio comenzó a languidecer institucionalmente, como lo prueba el hecho de que sus ingresos por confiscaciones descendieron a tal punto que algunos tribunales de distrito comenzaron a carecer del dinero necesario para pagar a sus empleados. Tal fue, por ejemplo, el caso del de Zaragoza en 1677[12]. Por otro lado, y hasta 1630, la actividad inquisitorial se vio reducida con respecto a épocas pasadas, centrándose especialmente en cuestiones de pureza de fe y en el combate de las supersticiones. Posteriormente, y al hilo de eventos políticos como la sublevación de Portugal (1640) o el conflicto comercial con Holanda (1652), los asuntos de fe quedaron en un segundo plano, pues, valiéndose de argucias religiosas, la institución se dedicó sin ambages al hostigamiento de financieros y otros personajes vinculados económicamente a estas y otras naciones. Sea como fuere, y paulatinamente, el poder del Santo Oficio fue decreciendo hacia el final del siglo, fundamentalmente porque el poder político era cada vez menos complaciente e indiferente para con sus actividades.

Paradójicamente, y dada su demostrada eficacia en materia de parapolicía y contra-inteligencia que, en última instancia, interfería en las atribuciones crecientes de un Estado cada vez más poderoso, burocratizado y dominante, que avanzaba hacia la modernidad, la Inquisición española terminaría muriendo de éxito.


[1] Simón Tarrés, A., La monarquía de los Reyes Católicos. Hacia un Estado hispánico plural. Historia de España, 13. Madrid: Historia 16 / Temas de Hoy; 1996.

[2] Bernáldez, A., Historia de los Reyes Católicos Don Fernando y Doña Isabel, Tomo I. Sevilla: Imprenta de D. José María Geofrin; 1870, pp. 132-133.

[3] Garrido, F., Historia de las persecuciones políticas y religiosas ocurridas en Europa desde la Edad Media hasta nuestros días. Barcelona: Imprenta y Librería de Salvador Manero; 1863.

[4] Simón Tarrés, A., op. 1996, cit., pp. 99-100.

[5] García Cárcel, R., La cultura del Siglo de Oro. Pensamiento, arte y literatura. Historia de España, 16. Madrid: Historia 17 / Temas de Hoy; 1996.

[6] Dedieu, J.P., L’administration de la foi; L’inquisition de Toledo (XVIe-XVIIe siècle). Madrid: Biblioteca de la Casa de Velázquez; 1989.

[7] García Cárcel, R., 1996, op. cit.

[8] Simón Tarrés, A., 1996, op. cit.

[9] García Cárcel, R., Orígenes de la Inquisición española. El tribunal de Valencia (1478-1530). Barcelona: Península; 1976.

[10] Bouza, F., Los Austrias Mayores. Imperio y monarquía de Carlos I y Felipe II. Historia de España, 15. Madrid: Historia 16 / Temas de Hoy; 1996.

[11] Bouza, F., 1996, op. cit., p. 68.

[12] Sánchez Belén, J.A., Los Austrias Menores. La monarquía española en el siglo XVII. Historia de España, 16. Madrid: Historia 16 / Temas de Hoy; 1996.

El “affaire” del polígrafo

poligrafo-social

Tras un arranque fulgurante a caballo entre los siglos XIX y XX, la psicología del testimonio cayó en un inesperado letargo del que tardó tiempo en recuperarse y que se acentuaría en la década de 1930[1]. Es verdad que no dejaron de publicarse trabajos más o menos precisos en torno al tema, pero los avances eran escasos en la medida que los paradigmas “de moda” en la psicología no ayudaban y los avances en la comprensión del proceso de la memoria eran escasos y tardaron, además, en ser considerados en su justa medida. De tal modo, el interés en torno al tema del testimonio fidedigno languideció.

También contribuyó a la ralentización del campo el estallido casi consecutivo de las dos guerras mundiales que, problemas sociopolíticos y económicos aparte, llevaría a poner el foco de interés sobre otras cuestiones adyacentes, aunque no menos interesantes, como las relacionadas con los servicios de inteligencia, la investigación basada en registros psicofisiológicos, la profundización en la siempre controvertida cuestión de la simulación y la disimulación de síntomas, así como la ardua cuestión de la “detección de la mentira”. Un tema éste último teóricamente discutido desde sus mismos orígenes, e incluso en todo lo relacionado con su desarrollo histórico. No en vano, y pese a que no se trate de un tópico común en los libros de texto, solo podemos empezar a hablar de él mencionando el nombre de un personaje ciertamente peculiar: William Moulton Marston (1893-1947).

Marston
El William Marston de sus últimos años en uno de sus divertimentos favoritos: realizar registros poligráficos de señoras (otro día hablaremos del por qué de esta obsesión suya).

La batalla por la paternidad

William Marston estudió en la Escuela de Leyes de Harvard, donde se licenció en 1915 para obtener en la maestría 1918, siendo muy relevante para él la influencia de figuras como Hugo Münsterberg (1863-1916). Sus charlas sobre psicología del testimonio le impactaron tanto que decidió matricularse en el doctorado en psicología, culminándolo en 1921 con una tesis sobre la correlación entre los niveles de presión arterial de los sujetos y la mentira. Fue en ella que puso las bases de la que posteriormente sería su aportación al nacimiento del polígrafo moderno[2].

A comienzos de la década de 1890 la Universidad de Harvard había adquirido uno de los primeros aparatos de registro fisiológico del mercado que, muy pronto, Münsterberg y sus alumnos comenzaron a utilizar para establecer correlaciones más o menos clara entre las medidas registradas y la veracidad de los testimonios emitidos por los sujetos durante el proceso penal[3]. El hecho es que el alemán llegó a estar tan convencido de que existía un rastro fisiológico directo y observable de la mentira que, en sus siempre vehementes textos apologéticos, defendió que la medida fisiológica de la sinceridad debería aplicarse al campo de la justicia por el bien público[4]. Hoy, no obstante, sabemos que se equivocaba pues no parece existir un único patrón de respuesta fisiológica asociado a la mentira, del mismo modo que no se puede asegurar que una alteración fisiológica pueda ser asociada de manera fidedigna a la mentira o a cualquier otra emoción colateral como, por ejemplo, el miedo[5].

Cuando Marston convirtió la inspiración de Münsterberg en objeto de su tesis doctoral no ignoraba que estos registros no ofrecían una “medida directa” de la mentira, sino la reacción fisiológica provocada por el posible malestar del sujeto al mentir de manera consciente. En consecuencia, el problema fundamental que debía afrontarse era el de discernir entre los cambios fisiológicos asociados a la mentira consciente y los vinculados a otras emociones. Era necesaria, por tanto, una maquinaria fiable y fácil de manejar que permitiera observar los parámetros fisiológicos relevantes y, por otro, una técnica de interrogatorio que objetivara el estrés específico de la mentira[6]. Dado que durante la I Guerra Mundial Marston fue teniente del ejército, pudo realizar interrogatorios a supuestos espías extranjeros y perfeccionar el uso de su sistema, de modo que la idea de un aparato que realizara un registro fisiológico fehaciente de la mentira cuajó en su imaginario durante la misma, aunque su primer artículo al respecto viera la luz años después[7].

En 1921 Marston ha culminado su tesis doctoral y ha puesto las base teóricas del polígrafo moderno, pero no ha logrado claramente ninguno de los objetivos señalados y su popularidad es muy escasa, entre otras cosas, pues junto con su peculiar y poco convencional estilo de vida, se vería envuelto en un delito de estafa. Lo cierto es que el método no suministraba la deseada “medición directa” del embuste[8]. Además, el posible éxito comercial y legal del polígrafo era muy dudoso: las Autoridades seguían resistiéndose a aceptar interferencias extra-legales en los tribunales, y la validez científica del procedimiento estaba en entredicho[9]. Sin embargo, en 1922, Marston trató de mostrar públicamente la validez de su registro poniéndolo a prueba en el caso de James Alphonse Frye, a quien se acusaba de asesinato[10]. Tan convencido estaba de la eficacia del registro fisiológico mediante la presión arterial que se limitó a utilizar un sistema médico convencional: un esfigmomanómetro y un fonendoscopio. Tras la prueba aseguró que Frye era inocente, pero el juez negó a Marston la posibilidad de testificar pues “invadía el terreno del jurado” cuya prerrogativa era precisamente la de “medir” o “calibrar” la sinceridad del acusado a partir de las pruebas disponibles[11]. Este fallo fue ratificado por la Corte Suprema en 1925, y es la razón por la que el sistema de justicia estadounidense no acepta el registro poligráfico como prueba ante los tribunales.

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Leonarde Keeler durante una de sus famosas pruebas de selección de personal valiéndose del polígrafo. Utilizaba una baraja de póker para proceder a la calibración del instrumento y, con el tiempo, se supo que uno de sus trucos predilectos para asegurar los resultados era hacer trampas. Como suena. Tendrían que haberle pasado por su cacharro.

Pese a todo, el de los interrogatorios policiales –u otros afines como el de la seguridad- era un campo ajeno a la sentencia de la Corte Suprema y por ello sería en el terreno de la policía científica, impulsada en los Estados Unidos por August Vollmer (1876-1955), que se acometería el desarrollo de un aparato “detector de mentiras”. Así, mediada la década de 1930, Leonarde Keeler (1903-1949), logró perfeccionar un modelo manejable, fácil de transportar y de calibrar, lo patentó e hizo un suculento –a menudo deshonesto- negocio al introducirlo en el mundo empresarial[12]. Los métodos de Keeler despertaron la enconada oposición de John Larson (1892-1965), su otrora amigo y colaborador en el Departamento de Policía de Berkeley así como perfeccionador del primer método de testeo poligráfico –la Relevant/Irrelevant Technique (o RIT)-, a la par que autor de dos influyentes e inspiradores textos acerca de la materia[13]. Éste último, que era co-inventor del aparato, y se encontraba inmerso en la tarea de llevarlo a la respetabilidad científica, manifestó que los métodos de Keeler no sólo eran técnicamente inapropiados sino también ideológicamente detestables en tanto que próximos al totalitarismo. El debate subsiguiente provocó, pues, una rápida popularización del aparato[14] que hizo a Marston temer que no se reconocieran sus contribuciones. Escribió entonces, y publicó a la carrera, The Lie Detector Test (1938), un libro básicamente destinado a cantar las propias excelencias en el que desgrana todas sus experiencias en la investigación y aplicación del pretendido sistema de detección de mentiras desde 1915 y con el que intentó, de paso, recomendarse a sí mismo sin éxito para su reclutamiento por el FBI. Sin embargo, la paternidad nunca le sería reconocida y terminaría alcanzando la fama, irónicamente, en un entorno completamente alejado de la ciencia, como el del cómic, al convertirse en el creador de la intrépida Wonder Woman[15].

John Larson
John Larson, en sus años mozos. Terminó muy arrepentido.

Así no es como funciona

Sea como fuere, la controversia ha sido una constante a la hora de validar la eficiencia de este tipo de aparatología cuya penetración en la cultura popular ha sido enorme, pero cuyo rigor científico nunca ha dejado de encontrarse en entredicho, al punto de que a partir de la década de 1970 ha vivido un periodo de crisis y debate constantes. El propio Larson reconoció que su técnica tenía serias limitaciones y nunca estuvo de acuerdo con la enorme importancia que otros llegaron a concederle, al punto de que en 1961 llegó a decir:

“Originalmente, yo esperaba que la detección instrumental de la mentira llegaría a convertirse en una parte más de la ciencia policial profesional. Pero ha sido poco más que alboroto. El detector de mentiras, tal y como se usa en algunos lugares, no es más que un tercer grado psicológico destinado a extorsionar confesiones tal y como lo fueron las viejas palizas físicas. A veces lamento haber tomado parte en su desarrollo” [16].

Sea como fuere, los partidarios más enconados del polígrafo, u otras tecnologías afines en el sentido de que comparten sus principios teóricos básicos, aún hoy, defienden de manera sumamente optimista que su tasa de acierto supera el 90%, mientras que otros investigadores algo más objetivos estimarían su fiabilidad –todo ello asumiendo, por supuesto, la tesis indemostrada de que la mentira tiene un registro fisiológico propio- entre el 64% y el 85% de casos[17]. Sin embargo, y precisamente por los márgenes de error estadístico que la técnica propicia, muchos sistemas judiciales la consideran como inadmisible para la administración de justicia[18]. Y no es para menos: si aceptamos, por ejemplo, que acierta en un 75% de casos, en una muestra de 1000 personas acusadas de alguna clase de delito sometidas al polígrafo, y de las que 750 fueran realmente culpables, se podría llegar al falso positivo –o al falso negativo- en unos 180 casos[19]. Y todo ello sin tomar en consideración el error metodológico fundamental de estas medidas: que se suelen aplicar sobre sospechosos de los que hay alguna evidencia previa que apunta hacia su culpabilidad, lo cual, como es lógico, introduce un peligroso sesgo de confirmación en el procedimiento.

Eso sí, en el cine y en la televisión, es cosa divertida y que da el pego… Y es que, amigos míos, la ciencia es muy puñetera y en ella no valen las convicciones.


[1] Wells. G.L. & Loftus, E. (1984). Eyewitness testimony: Psychological perspectives. Cambridge: Cambridge University Press.

[2] Marston, W.M. (1917). Systolic blood pressure symptoms of deception. Journal of Experimental Psychology, 2: 117-163; Marston, W.M. (1938). The Lie Detector Test. New York City (NY): Smith.

[3] Investigación que también se estaba realizando en Europa de la mano de Vittorio Benussi (1878-1927), cuyas aportaciones citaría Marston en sus tesis doctoral más que las del propio Münsterberg, hecho que se sabe no fue muy del agrado de éste. De hecho, es conocido que la relación Marston-Münsterberg nunca fue buena.

[4] Alder, K. (2001). Las mentiras del detector de mentiras. Mundo Científico, 224: 58-63.

[5] Lykken, D.T. (1998). A tremor in the blood: Uses and abuses of lie detection (2nd ed.). New York City (NY): Plenum Press.

[6] Alder, K. (2001), op. cit.

[7] Pérez-Fernández, F. (2010). William Moulton Marston: Polígrafos, comics y psicología de la normalidad. Revista de Historia de la Psicología, 31(2-3): 151-166.

[8] Domínguez, B. (2004). El estudio de las mentiras verdaderas. Reseñas sobre abusos con el polígrafo. México D.F.: Comisión Nacional de los Derechos Humanos.

[9] Pérez-Fernández, F. (2010), op. cit.

[10] Alder, K. (2002, fall). A social story of untruth: Lie detection and trust in Twentieth-Century America. Representations: 1-33; Marston, W.M. (1924). Studies in testimony. Journal of Criminal Law and Criminology, 15: 5-31.

[11] Domínguez, B. (2004), op. cit.

[12] Alder, K. (2001), op. cit.

[13] Larson, J. (1922). The cardio-pneumo-psychogram and its use in the study of emotions, with practical aplications. Journal of Experimental Psychology, 5, 323-328; Larson, J. (1932). Lying and Its Detection: A Study of Deception and Deception Tests Criminology, Law Enforcement and Social Problems. Montclair (NJ): Patterson Smith.

[14] La nomenclatura “detector de mentiras” fue un invento de los medios de comunicación, así como de la publicidad engañosa y los productos de entretenimiento –se crearon versiones domésticas del aparato para su comercialización-, pues en realidad el registro poligráfico no detecta “mentiras”. Teóricamente, registra cambios fisiológicos supuestamente asociados a la actividad cognitiva de la mentira voluntaria, si bien el problema de fondo, y fuente de todos los debates, reside en que una persona que dice la verdad también puede experimentar reacciones fisiológicas intensas de todo tipo (Martínez Selva, J.M. (2005). La psicología de la mentira. Barcelona: Paidós Ibérica). Una de las muchas tonterías que aparecen en los anuncios con las que Marston intentó hacer dinero fue la de comercializar el aparato como un instrumento con el que los maridos podían “detectar” fácilmente la infidelidad de sus esposas. De hecho, uno de los argumentos favoritos de Marston -por supuesto nunca probado- era el de que las mujeres eran más confiables que los hombres, y por tanto más proclives a decir la verdad, porque su fisiología tenía más dificultades para procesar la mentira. Saque usted sus propias conclusiones.

[15] Pérez-Fernández, F. (2010), op. cit. Ahora muchos lectores entenderán por qué una de las armas de la super-heroína es el célebre lazo de Hestia, instrumento que al estar en contacto con una persona le impide mentir. En efecto: Marston dotó a la aguerrida Diana de su sueño irrealizado: un polígrafo portátil, sencillo e infalible.

[16] Citado en Lykken (1998), op. cit., 28-29. Traducción propia.

[17] Swenson, L.C. (1997). Psychology and law for the helping professions. Pacific Groove (CA): Brooks/Cole.

[18] En la legislación española la prueba poligráfica, lo cual es ampliable a cualquier otra prueba de registro fisiológico, no tiene valor probatorio sino en todo caso indiciario.

[19] Iacono, W.G. & Patrick, C.J. (1999). Polygraph (“lie detector”) testing: The estate of the art. In: A.K. Hess & I.B. Weiner (eds.), The handbook of forensic psychology. New York City (NY): Wiley and Sons, 440-473.

El viaje del alma

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La barca de Caronte. El largo viaje histórico del alma humana a través del pensamiento, la ciencia y la medicina


Francisco López Muñoz y Francisco Pérez Fernández
Formato: 17 x 24 cm.
Edición: 1ª Edición
ISBN: 17526-55-9
Encuadernación: Rústica
Nº Páginas: 504
Precio: 32,00 €

DELTA EDITORIAL


El estudio y el conocimiento del alma, la mente, la conciencia, o como se la quiera catalogar, ha constituido un severo problema para el ser humano que viene de muy antiguo. Tanto como la Humanidad misma. Este conocimiento ha preocupado por igual a las religiones, a las escuelas filosóficas y a la ciencia y ha recibido multitud de abordajes, que han oscilado desde los enfoques numinosos y mistéricos que preocuparon a nuestros primeros ancestros, hasta los avances más novedosos de las neurociencias del presente. Y, sin embargo, como se intenta mostrar en estas páginas, se trata de una cuestión evanescente, difusa y harto compleja, que nunca parece quedar concluida, ya que, posiblemente, no pueda nunca clausurarse. Tal vez porque la métrica del asunto está fuera de nuestras posibilidades racionales o, quizá, porque simplemente no sea posible encontrar respuestas que abarquen y satisfagan todo el arco de dificultades morales, éticas, metafísicas y científicas que su mero enunciado suscita. Esta es la historia que, desde un enfoque poliédrico, aunque rigurosamente científico, trata de narrar esta obra, que interesará a filósofos, teólogos, antropólogos o juristas, pero cuya lectura no será menos interesante para psicólogos,médicos, o neurocientíficos, en general, y para todos aquellos interesados en adentrarse en el conocimiento íntimo de la esencia humana. La travesía incesante de un asunto —el del alma— en el que los seres humanos nos hemos jugado siempre mucho más que un tema para la diletancia o el afán de conocimiento, pues sus derivadas se adentran en los territorios de la salud física y psíquica, de nuestra condición, de nuestra consideración sociocultural e histórica, e incluso de nuestro destino mismo como especie.

CONTENIDO:

  • Prólogo
  • Introducción
  •  Capítulo 1: ¿Qué es el “alma”? De los orígenes al espacio simbólico
  •  Capítulo 2: Médicos frente a filósofos: El alma frente al humor
  •  Capítulo 3: De almas, espíritus y órganos
  •  Capítulo 4: Las pasiones del alma: Melancolía, depresión… y Descartes
  •  Capítulo 5: Cuerpos, almas, mentes… y Descartes
  •  Capítulo 6: El modelo mental
  •  Capítulo 7: Neuropsicología del alma, o cuando la ciencia todo lo quiere explicar
  •  Capítulo 8: El problema cuerpo-alma empieza hoy
  •  Capítulo 9: Emergentismo sistémico, eticidad y moralidad
  •  Bibliografía