Mujeres en “todas” las ciencias

Ciencia, palabra que procede del latín scientia –o conocimiento- es, según la Real Academia Española, máxima fedataria de la pureza léxica de nuestro idioma, un “conjunto de conocimientos obtenidos mediante la observación y el razonamiento, sistemáticamente estructurados y de los que se deducen principios y leyes generales con capacidad predictiva y comprobables experimentalmente”. Al menos eso se indica en la primera acepción del término[1]. Ello implica, de entrada y sin mayores tonterías, que siendo tan válidas experimentalmente las técnicas cuantitativas como las cualitativas, entonces se debe asumir que tan ciencia es, en general, la botánica, como la mecánica clásica, la geología, la sociología, la economía o la gramática. Cada objeto de estudio, evidentemente, define el modelo de acercamiento teórico y empírico que hace posible la aplicación de una metodología científica al mismo en la misma medida que la actividad científica no viene definida por el objeto, sino por el método empleado para estudiarlo. Y hasta ahí, supongo, todos -incluido el más exquisito y riguroso epistemólogo del patio- estaremos de acuerdo.

Ciertamente, el diccionario, porque el lenguaje es rico y precisa de detalle para ajustarse a la demanda del hablante y los vericuetos del idioma, en su cuarta acepción indica que el plural “ciencias” –nunca el singular-, se reserva de manera específica para el “conjunto de conocimientos relativos a las ciencias exactas, físicas, químicas y naturales”. Un hecho que pone la ya indicada acepción primera del término en tela de juicio, pues si cabe considerar ciencia, por ejemplo, a la sociología o a la antropología –ciencias de lo humano se entiende-, entonces no cabe entender en modo alguno por qué no entran de pleno derecho en el plural de las “ciencias”. Y, sin embargo, ocurre que es perfectamente razonable hablar de “ciencias humanas” o de “ciencias sociales” de suerte que, si se lee más abajo en la acepción señalada, se descubrirá que el propio diccionario está de acuerdo con ese uso del término. Es obvio que aquí hay alguna clase de trampa, contradicción o rareza lingüística que no se alcanza a comprender y que tampoco se explica por el origen latino del concepto mismo. Recuérdese: “conocimiento”.

Que lo arreglen nuestros académicos, o que pregunten a quien pueda –y sepa- arreglarlo… O que simplemente eliminen la acepción cuarta y se tomen en serio a sí mismos.

¿Por qué me enredo en todo esto?

Vaya, porque estoy hasta el mismísimo gorro de las malversaciones lingüísticas del presente y de los malversadores que se apoyan en ellas para encaramarse a no sé qué púlpitos a fin de andar repartiéndonos a los pobres mortales actas de validez, calidad, exigencia, rigor científico e incluso capacidad e inteligencia -todo ello con el adecuado apoyo de la Autoridad competente, luz y taquígrafos, faltaría más-. No crean. No es ni una pataleta, ni un enfado retórico. Verán: si yo digo que usted está en “las ciencias” (plural), entonces aquello a lo que usted dedica su vida y sus desvelos es una cosa muy seria que recibe apoyo económico, respeto institucional y prestigio social, aunque sea usted tonto del bote. Pero si yo determino que anda usted enredado en esas banalidades de la simple ciencia (singular) entonces seguramente sea un pobre bobo que anda perdiendo el tiempo en cosas insustanciales y no tiene derecho ni a dineros, ni a reconocimientos de clase alguna, porque no hace otra cosa que tomar el pelo a los pobres mortales… Aunque sea usted un completo genio.

Ahora nos vamos centrando y caminamos hacia el objetivo –metódico que es uno-:

Si tu, querida amiga, o tu hija, o tu hermana, o tu esposa, o tu madre, no estudia física, biología, química o ingeniería de cualquier cosa, entonces no eres –no son ninguna de ellas- mujeres dedicadas a “las ciencias”. Son de esas tontillas de letras o por ahí, como yo mismo, que como siempre han sido más torpes que un canto “rodao” y carecen de cualquier talento, han tenido que dedicarse a malgastar sus tristes vidas en esas sandeces sin fuste alguno en que se ocupan –ocupamos-. Y por eso tiene entonces sentido hacerse esta preguntita retórica que, más allá de cuestiones de género, es una trampa argumental que nos explica a todos/as la clase de sociedad en la que vivimos o en la que nos quieren hacer vivir: “¿por qué no hay mujeres en las ciencias?” Algo así como venir a decirte: “mira guapa, ¿para qué te vas conformar con ser Concepción Arenal, Victoria Kent, Dorothea Dix o Margaret Mead cuando puedes ser Marie Curie?” -como si las primeras fueran cuatro lerdas, mire usted y anda con Dios-. Tal pregunta, a bote pronto, según te la formulan, y hay muchas maneras de hacerlo, admite una respuesta bastante desabrida y equivalente a la que yo le di a mi profesor de matemáticas del instituto cuando me dijo que estudiando “eso” que yo iba a estudiar no llegaría “a nada en la vida” –y porque había aprobado… menos mal que a estas alturas me queda el consuelo de haber llegado bastante más lejos que él, lo cual me ratifica en el tono desabrido de la respuesta que le di-.

No. Mire usted. Si de lo que se trata es de publicitar las “ciencias naturales”, su estudio y profesión entre las señoritas que desembarcan en la Universidad patria, idea ante la que no tengo cosa alguna que objetar y que me parece fetén, faltaría más, pues háganlo. Pero bien. Precisen: “mujeres en las ciencias naturales y/o exactas”; “mujeres en las ingenierías”… Porque decir solo “mujeres en las ciencias” es como decir que todo lo que no encaja en determinados parámetros de conocimiento no es ciencia válida, no genera conocimiento genuino, y eso es faltar a la verdad… No conviertan la necesaria demanda de la presencia de la mujer en las ciencias naturales en una nueva, sutil, y perversa forma de humillación. No hace falta que nos maltraten por enésima vez, por favor.

Ni nos mientan. Ni nos tomen el pelo. Ni traten de ponernos el pie encima como es maldita e inveterada costumbre. No castiguen a los que ya estamos por estos pagos haciendo estas cosas que ustedes encuentran tan detestables, ni a las señoritas que deciden estudiarlas porque la pobre Marie Curie les huele a ratones al menos tanto como a mí el bueno de Alfred Cantor. Nosotros también hacemos ciencias. Otras ciencias. Centradas en diferentes objetos pero con idéntico método. Destinadas a otros objetivos, medios y propósitos, pero con el mismo interés por el conocimiento o scientia –no se me ocurriría arrogarme más- que puedan tener ustedes.

Sé que muchos nos desprecian e incluso opinan -pobrecillos- que el mundo sería mejor si se convirtiera en una tecnocracia galopante en la que solo hubiera humanistas en los parques zoológicos, expuestos como meras curiosidades y vestigios del oscurantismo. Lo comprendo porque soy capaz de comprender –que no de compartir- casi cualquier cosa. Pero hagan un pequeño esfuerzo de imaginación: piensen en cómo sería una medicina sin enfermeros/as; una educación sin enseñantes ni pedagogía; una investigación biomédica sin principios éticos; una actividad política sin economistas, sociólogos o juristas; un idioma sin lingüistas; una cultura sin antropólogos; una nación sin comprensión precisa de su pasado; una conciencia sin psicólogos; un derecho a la información sin periodistas… Podría seguir así hasta mañana… También para esto necesitamos muchas mujercitas deseosas de estudiar y conocer a las que no podemos decirles sutilmente, a remanguillé, eso de: “niña, por ahí no llegarás a nada en la vida”. También esto –creo yo- es necesario y tiene derecho a la existencia.

Son “ciencias” porque también son actividades repletas de cosas, casos y objetos que quieren y deben ser conocidas.

Un respeto. Nos lo hemos ganado trabajando tanto como ustedes.


[1] https://dle.rae.es/?id=9AwuYaT

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Suicidio ampliado: El caso de Odile

odile zuliani
Odile Zuliani [Coulisses TV].

Se conocieron muy jóvenes.

Ella tenía por entonces 16 años, él 22. Odile era una chica guapa, y él un ciclista semi-profesional que incluso había competido con mediano éxito en carreras de cierto prestigio. Desde fuera, se les veía como la personificación de la pareja ideal, pero todo eso no era más que un decorado de cartón piedra. En privado, ya desde el noviazgo, Bruno se manifiestaba como un hombre posesivo, celotípico, que comenzó con las consabidas presiones psicológicas sobre una Odile que, lógicamente, creyó en su inexperiencia que esta actitud era la coherente en un hombre enamorado y que, con el tiempo, a medida que las cosas madurasen y él se sintiera más seguro de su amor, será capaz de controlarla e incluso remitirá.

Pero eso nunca iba a ocurrir. Tras el matrimonio, e incluso con la llegada sucesiva de los hijos, las cosas solo empeoraron.

La señora Zuliani y su esposo se esfuerzan por mantener esa fachada pública de la familia feliz de clase media y buena posición, perfecta e ideal cuando, tras las puertas del hogar y las persianas cerradas a cal y canto, lejos del escrutinio público, la realidad es completamente diferente: Bruno, un tipo algo introvertido pero encantador con la familia política –que lo adora como el cuñado ideal y el yerno perfecto-, amoroso y comprensivo en apariencia, padre perfecto que cuida de sus hijos hasta la extenuación y del que nadie podría sospechar maldad alguna, es en el hogar un monstruo posesivo, egocéntrico y celoso… Celoso, hasta la violencia. Él elige a todos los amigos y amigas de ambos. Determina quién entra o sale de la casa… Y Odile, con quien comparte incluso entorno laboral, no puede ni tan siquiera hablar con otros compañeros de trabajo sin su consentimiento expreso. Deben hacerlo todo juntos -deporte, salidas, compras, ocio-. Cuando se enfada con ella, lo cual ocurre cada vez más a menudo, Bruno se convierte en un demonio. El detalle más nimio, un comentario inopinado, una mirada no del todo aclarada, un silencio inoportuno, despiertan a la fiera. No le pone la mano encima con la suficiente rudeza como para marcarla, pero la agrede, la humilla, la atosiga. Esa mujer idolatrada que aparenta ser Odile Zuliani ante la sociedad es en privado hostigada, presionada y sometida a escrutinio y vigilancia constantes. Su marido, cual perro guardián, controla todos los aspectos de su vida. Le sigue la pista, la espía, la coacciona, la presiona, la empuja.

Como es normal en estos casos, ella vive sometida a una ansiedad perpetua. Ha perdido sueño y apetito, tiene pesadillas, se siente cansada y triste, pero aún le queda un clavo ardiendo al que aferrarse: la obligación moral de preservar un buen entorno familiar para sus hijos. Todavía cree que puede salvar su matrimonio del desastre y cambiar el curso de los acontecimientos. Y se esfuerza por comportarse de manera irreprochable a fin de no provocar escenas de violencia, cosa que cada vez cuesta más en la medida que el comportamiento de Bruno, con el paso de los años, se recrudece, se torna más irascible, incontrolable y violento. Una progresión que explota al fin el 31 de diciembre de 2010. Tras una fiesta de fin de año en la que cree que su mujer se ha extralimitado, enojado por la rabia y los celos, Bruno se pone un par de guantes, coloca una cuerda alrededor del cuello de Odile mientras duerme, y trata de estrangularla. Ella despierta. Él se detiene horrorizado por lo que ha estado a punto de hacer…

Por primera vez a lo largo de los años, Bruno ha traspasado esa barrera imaginaria que Odile creyó que nunca traspasaría, y la mujer comprende que el asunto no tiene arreglo. Que nunca podrá cambiarlo. Que su vida está en peligro. Que debe reaccionar. De modo que lo denuncia. Él es sentenciado a ocho meses de prisión que no cumplirá por carecer de antecedentes, si bien se muestra sinceramente arrepentido y dispuesto a acatar cualquier decisión judicial que se le imponga. Por el ordenamiento penal francés la acusación de intento de asesinato se recalifica como “violencia doméstica”, y se le condena a asistir a terapia para maltratadores, cosa que asume de buen grado. Bruno Zuliani asegura –y es sincero, lo cual tampoco es raro en estos casos- que quiere a su esposa, que ha estado confundido, que quiere salvar su matrimonio, que se compromete a garantizar la paz familiar y el bienestar de sus hijos. Parece un hombre nuevo y quizá de lo malo salga finalmente algo positivo.

Odile, convencida de que él ha aprendido la lección y de que la atención terapéutica que recibe lo reconducirá todo, perdona y retorna al hogar familiar.

Vuelta a empezar

Para el verano de 2011 todo parece haberse calmado. Hace meses que los episodios violentos han cesado. La familia se encuentra de vacaciones y todo parece “normal”. La felicidad ha entrado por fin en el hogar de los Zuliani y el entorno familiar, que lleva meses vigilante, afloja la supervisión. Pero todo es episódico. En noviembre retornan los celos, un nuevo estallido de violencia, otro intento de estrangular a su esposa –en esta ocasión frente a los hijos- que se salda con una pérdida de conocimiento. Por fortuna, Bruno se frena a tiempo. Pero Odile ya no es la mujer sumisa que era y decide irse. Entiende que debe poner distancia. Tampoco quiere que el padre de sus hijos vaya a la cárcel… Que se le interne, que reciba atención psiquiátrica, eso sí. Al fin y al cabo, su marido es muy violento con ella, pero a los niños los adora y se comporta con ellos como un padre amoroso y perfectamente ejemplar. De modo que si el problema va con ella, será ella quien se quite de en medio hasta que la justicia ponga las cosas en orden y todo se solucione.

Odile, ahora refugiada con sus padres, denuncia los hechos e informa al juez de este nuevo intento de homicidio. Indica en su escrito que, pese a dejar el hogar conyugal, Bruno la sigue a todas partes, todos los días, de la mañana a la noche. La respuesta de la justicia es tan sorprendente como estúpida, pues le informan de que él aún es legalmente su marido y de que, en consecuencia, tiene perfecto derecho a seguirla. La tragedia repetida. El abandono de siempre. La ignorancia de costumbre. Tópico sobre tópico. En todas partes. De todos modos. Pero ella está más que harta de modo que en enero de 2012, si es realmente cierto que el problema se termina reduciendo a una vinculación legal, opta por iniciar el proceso de divorcio y acuerda una custodia alternativa de los niños. Es una solución de compromiso que no convence a nadie, pero entiende que Bruno los ama con pasión y que una petición demasiado drástica en este sentido podría llegar a desestabilizarlo del todo. Su abogado piensa lo mismo. Conviene ir despacio… Pocos la entienden. Los amigos y familiares de ambos se dividen: él no es tan malo. Ella es impaciente. A lo mejor lo que pasa es que ella lo provoca. Quizá haya otra forma de arreglarlo. Las cosas no parecían ir tan mal. Lo que antes era un tormento privado ahora se ha convertido en una historia pública y, ya se sabe, ante lo público ya cabe tomar partido se sepa o no. Opinar es gratis y no compromete.

Zuydcoote (Dunkerque), 9 de febrero de 2012

Odile Zuliani había intentado hasta la saciedad salvar su matrimonio de los celos patológicos de su marido. Tardó nada menos que veinte años en comprender lo que toda víctima de maltrato –a veces antes, a veces después- llega a entender con perfecta claridad: que no hay convivencia posible y que el problema de fondo, tras años de toxicidad y enredo, se ha tornado tan peligroso como irresoluble. Por eso optó por la separación. Y así, en el día indicado, se personó en el antiguo hogar conyugal para recoger sus pertenencias, aprovechando que su ex pareja está en el trabajo y los tres hijos que comparten se encuentran en el colegio.

Las cosas ya pintaban mejor. Acababa de encontrar un piso pequeño en el que pensaba reconstruir su vida y todo parecía indicar que el tormento había concluido. De hecho, desde hacía unos quince días su ex pareja ya no la perseguía y parecía aceptar al fin la separación.

El hecho es que en el silencio del que fuera su hogar Odile Zuliani va a encontrar a Bruno ahorcado. Pero no solo. Antes de proceder al suicidio perfectamente planificado, el hombre ha apuñalado en el pecho a sus tres hijos –Nino, Leo y Emi, de 16, 14 y 5 años respectivamente- entretanto dormían. Apenas hace dos horas que todo ha ocurrido. Y los motivos son obvios, pues en las paredes de la casa, desordenadamente, ha dejado por escrito un perfecto relato su locura, así como un testimonio de su voluntad inquebrantable de castigar a su esposa por la “desfachatez” ingrata de haberlos abandonado. Ella aún tuvo las fuerzas justas para llamar a la policía antes de sumirse en un estado de shock del que solo saldría tras ser trasladada al hospital de Dunkerque.

Por lo general se ignora que este de la ruptura es justamente el peor momento. Cualquier especialista en la materia sabe que en estos casos la separación definitiva es, precisamente, el catalizador más peligroso para quienes rodean al maltratador, y especialmente para su ex pareja. De hecho, en la cabeza de Bruno Zuliani, que ahora tiene 45 años, la crisis psicológica se había recrudecido, estaba en su apogeo, al borde del disparate. Si quedarse con su esposo era peligroso para Odile, dejarlo podía serlo mucho más. Y, en efecto, ocurrió lo terrible: este hombre que aparentemente adoraba a sus hijos, que nunca les puso la mano encima, que parecía el padre de familia perfecto, que se había desvivido siempre por el bienestar de sus retoños a los que acompañaba incluso en sus actividades deportivas y del que nadie –ni tan siquiera los más cercanos- habrían sospechado jamás una reacción así, opta por asesinar a sus hijos. Se mata. Se los lleva. Se venga.

Y ahí deja ese dolor inasumible. Esa dramática incomprensión[1].

bruno zuliani e hijos
Bruno Zuliani y sus hijos [France 3].

Suicidio ampliado

No es un fenómeno nuevo, ni ha abierto páginas novedosas en la historia del crimen, pero sí se trata de un suceso cada vez menos silenciado pese a que la literatura científica en torno al mismo es, lamentablemente, escasa dada su baja incidencia y se circunscribe a menudo a la mera casuística, o bien a sus consideraciones legales. El hecho es que el conocido como “homicidio-suicidio”, “suicidio diádico” o, más comúnmente, “suicidio ampliado” parece un evento social emergente especialmente en casos de violencia de género y/o violencia doméstica. Y, si ciertamente es un fastidio científico hablar de “perfiles” –recuérdese que todo perfil criminal siempre es orientativo, pero nunca exclusivo-, cabría señalar a sus perpetradores como varones de entre 40 y 60 años de edad, con cierto sesgo violento de carácter narcisista, impulsividad y tendencia a los arrebatos de celos. Por lo común sus víctimas son mujeres –parejas y/o ex parejas menores en edad que ellos- y niños. Y hay algo interesante a tener en cuenta: los estudios existentes establecen que los homicidas-suicidas suelen tener más en común con las personalidades únicamente suicidas que con las meramente maltratadoras[2].

Que cada vez se hable más de estos casos espantosos tiene poco que ver, como decimos, con un aumento de su incidencia real, y se relaciona estrechamente con su espectacularidad mediática. Lo cierto es que, al estar a menudo –que no siempre- insertos en el círculo de la violencia doméstica/de género, son difíciles de prevenir o anticipar al tratarse de eventos que ocurren en la intimidad de las familias. Como norma general cabe señalar que, estadísticamente, tienden a ocurrir durante el momento de la separación-ruptura de las parejas, o bien a lo largo del año posterior a la misma. Sí es reseñable que, en cualquier caso, tienden a producirse en el seno de familias con un historial largo, aunque por lo común oculto, de hostilidad, desconfianza y agresividad que ha terminado degradando el núcleo mismo de la estructura familiar, hecho que suele degenerar en un falseamiento de las relaciones, emociones y sentimientos que los componentes de la familia exponen, comparten o se profesan entre sí.

Eventos todos ellos, por cierto, presentes en el paradigmático caso de Odile Zuliani. La víctima de un hombre que la había hecho desgraciada al transformarla, por un amor patológico, en motivo de su propia desgracia y que, deseoso de matarse, pensaba que sus hijos no podrían vivir sin él… Ni con ella. Odio, amor, celos, desgracia, suicidio, dominación, egolatría y venganza.

Todos los pájaros muertos con el mismo tiro. Para siempre. El horror.


[1] La tremenda peripecia de Odile Zuliani fue motivo de un excelente documental televisivo de gran éxito en Francia: Meurtre en famille (2012). En España fue exhibido bajo el título de La historia de Odile por el canal de pago Crimen & Investigación.

[2] Véase por ejemplo: West, D.J. (1966). Murder followed by suicide. Cambridge: Harvard University Press; Berman, A.L. (1979). Dyadic death: Murder-suicide. Suicide and Life-Threatening Behavior, 9 (1), 15-23; Cooper, M. & Eaves, D. (1966). Suicide following homicide in the family. Violence and Victims, 11 (2), 99-112.

La importancia de prevenir

prevencion
Fuente: Meditips.com

La igualdad, la transversalidad, la prevención y la intervención en los ámbitos de la violencia y el delito se han convertido en materias de importancia insoslayable. Especialmente porque son temas que se encuentran en relación directa con otros que una sociedad libre y democrática que pretende solventar con éxito sus retos y avanzar hacia un futuro mejor no puede tolerar o asumir: la erradicación del abuso, combatir el empleo de la fuerza como modelo básico de relación, garantizar la igualdad de todos sus ciudadanos y trabajar en la prevención de las situaciones de riesgo. Una lucha que, por supuesto, ha de guiarse por el principio elemental de la promoción y articulación de la convivencia pacífica. Las conductas relacionadas con la violencia, los abusos, el acoso, el maltrato y las humillaciones –sea cual fueren los motivos que las movilizan- no son ni pueden ser, por tanto y sea cual fuere su contexto, asuntos privados o colaterales que podamos permitirnos el lujo de ignorar. Son agresiones directas contra el espíritu mismo del cuerpo social que horadan sus cimientos, que contaminan sibilinamente el sustrato cultural y que, con el paso del tiempo, si no se actúa en consecuencia, se acaban normalizando. De ahí la importancia de una prevención eficiente y de una intervención decidida.

Contrariamente a lo que mucha gente cree, en este asunto no está en juego únicamente la defensa de la mujer, del niño, del anciano, del “buen ciudadano”, de la propiedad o la batalla por un puñado de derechos que afectarían tan solo a una parte más o menos “respetable” de la población, sino la defensa de la libertad, de la autonomía y de la dignidad personales en sí mismas y con total independencia de quien las encarne en un momento dado. Los derechos no son bienes negociables y no deberían forma parte del debate político o estar sometidos a querencias, albures y pachangas ideológicas.

Castigar no funciona

El enfoque tradicional –y muy cuestionado de un tiempo a esta parte- en el ámbito de la violencia en particular, o del delito en general, ha sido el de abordar las consecuencias antes que atacar las causas lo cual, en realidad, supone ir a remolque del problema en sí. Sancionar es preciso porque la maldad, adopte la forma que adopte, ha de conllevar consecuencias y requiere de la repulsa decidida del cuerpo social, pero no ha de olvidarse que el castigo resulta insuficiente por sí mismo a la par que es ineficaz como terapia. Castigar no palía el daño recibido, no evita futuros daños y tampoco, por cierto, enseña cosa alguna a quien daña. Sin embargo, y junto con la creciente demanda de políticas tutelares, protectoras e integradoras para con las víctimas, nunca se han terminado de afrontar de manera precisa ni a los agresores, ni los factores de riesgo que operan como desencadenantes de sus agresiones. La mera idea de que “el malo” simplemente “es malo” y no puede ser en caso alguno rehabilitado o prevenido es torpe, acientífica, antidemocrática, indemostrable, falsa, conduce a la inacción y, por todo ello, se antoja como bastante poco práctica.

El hecho es que las políticas reactivas, sea cual fuere su forma, van siempre a la zaga de los problemas que tratan de afrontar y raramente son tan funcionales como pretenden sus defensores. A menudo comento que los robos, asaltos, violaciones, asesinatos, maltratos y etcétera no son un tema de nuestro tiempo ni una novedad histórica –se diga lo que se diga por ahí-, pero solo en las sociedades avanzadas y de derecho efectivo en las que se ha dejado de aplicar toda suerte de estrategias brutales y represivas al respecto, se ha conseguido reducir su número por habitante e impacto general. Es un hecho documentado hasta el hartazgo. La tasa de delitos por habitante en Europa Occidental, con sus políticas calificadas por algún que otro indocumentado de “blandas”, es infinitamente más baja que la que podemos encontrar en los países asiáticos, americanos o africanos, en los que la solución general al problema del criminal –que no del crimen- suele ser el trastazo y tentetieso.

Por otra parte, ir permanentemente “a la zaga de los malos” degenera en un planteamiento asimétrico de la cuestión que, por supuesto, deja sin respuesta lagunas que en determinadas situaciones conducen los esfuerzos destinados a la prevención, las intervenciones y los intentos de rehabilitación a la disfuncionalidad. Pensemos en un ejemplo de manual: el momento de mayor riesgo para la vida de la mujer maltratada –y a menudo para la de sus hijos- es precisamente el de la separación final del maltratador. Paradójicamente, hemos convencido con bastante eficiencia a estas mujeres de que han de ser conscientes de su situación para alejarse de sus torturadores, pero también hemos fracasado de manera estrepitosa a la hora de garantizar que esa separación suponga por sí misma el final de la violencia. Más aún: disponer toda suerte de recursos a favor de estas mujeres y endurecer paulatinamente las condenas destinadas hacia sus agresores, no ha reducido en demasía la incidencia de este tipo delictivo ni ha impedido que, precisamente, sea el momento del final de la relación en el que muchos agresores se lancen por la pendiente del homicidio. ¿Por qué? Precisamente por no abordar adecuadamente el problema de la prevención amparándonos en argumentos políticos y económicos, arraigados a menudo en burdos pretextos de tradición cultural, de muy dudosa calidad.

La mitología del coste-beneficio

En un momento como el presente, de profundas transformaciones económicas, sociales y culturales, en el que comienzan a aparecer especialistas y legos que cuestionan sin cesar la eficacia de los postulados centrales de la teoría social clásica, o que predican sin cesar la necesidad de replantearse los aspectos centrales de las políticas criminal y social promovidas desde los discursos “oficialistas”, cabe indicar que ni es tan obvio que el grueso de la teoría social posterior a la Segunda Guerra Mundial haya fracasado, ni parece tan lógica en consecuencia la pretensión de arrumbar, o al menos cuestionar en su conjunto, las premisas de las políticas criminales y sociales contemporáneas. El problema es que a menudo resulta que más que inoperantes parecen molestas y fastidiosas… bien porque resultan caras, bien porque simplemente son impopulares entre los sectores más conservadores y tradicionalistas de la sociedad. Sectores a los que habría que recordar algo de lo más elemental: que algo sea tradicional no lo hace mejor o peor en sí mismo; simplemente lo hace “tradicional”.

No obstante, las estadísticas disponibles parecen validar la eficiencia de muchas de estas políticas criminales supuestamente “perversas”. Sobre todo si tenemos en cuenta que toda la explicación –y su conceptuación- psicosocial delineada a lo largo de los últimos treinta años en torno a la etiología de las diferentes formas de violencia aún no ha sido del todo superada en términos científicos, ni da la impresión de que, a tenor de los conocimientos disponibles en la actualidad, lo sea en un futuro cercano. Y aquí viene otro detalle significativo: pese al sensacionalismo con los que suelen ser tratadas estas cuestiones, la realidad es que siendo España uno de los países de Europa Occidental que aporta menor cantidad de medios económicos a la rehabilitación y reinserción de sus reclusos, sin embargo, tiene una tasa de reincidencia delictiva que raramente sobrepasa el 30% para la cifra global de delitos. Y no solo, pues es otro hecho que la población carcelaria española se ha reducido en cerca de 20.000 internos a lo largo de los últimos 15 años, lo cual nos aporta –se venda lo que se venda en los discursos políticos menos informados y algunos medios de comunicación poco concienzudos- la imagen de un país con una baja tasa de criminalidad y, en general, bastante seguro[1]. Dada la incuestionable calidad de la mayoría de los profesionales que se implican en estas cuestiones y que, por sí misma, explica gran parte de este éxito, cabe preguntarse cuánto podría llegar a conseguirse con más y mejores recursos, y menos gente poniendo palos en las ruedas.

Debe tenerse en cuenta que, en general, las estadísticas son poco conocidas por la ciudadanía –o le son presentadas de formas poco claras-, que el conocimiento que el grueso de la población tiene sobre las leyes y su aplicación es por lo común bajo y que, habitualmente, todas las encuestas que se realizan tienen baja fiabilidad por cuanto arrojan el singular resultado de que el delito percibido –así como su magnitud- por la población es siempre mayor que el delito real objetivo. Este hecho viene propiciado por las curiosas políticas informativas que siguen determinados medios de comunicación y que ofrecen, por lo común, visiones extremadamente distorsionadas acerca de la violencia y la delincuencia, su cantidad, etiología y manifestaciones. Tampoco ayudan, por cierto, la escasa pedagogía que se realiza desde el Poder Judicial o desde las propias Autoridades, ni el hecho de que la formación de los jóvenes esté claramente descompensada en relación a las horas que se dedican a ciertas cosas, y el escaso tiempo que se concede a su formación como personas éticas, morales y jurídicas.

Dicho de otro modo: sabemos que enfrentamos una dificultad, pero muchos de sus aspectos siguen en la opacidad lo cual nos impide radiografiarla con exactitud a la par que la presión popular conduce inevitablemente a la impulsividad. Al fin y al cabo, debe tenerse en cuenta que los legisladores no sólo toman decisiones en función de los resultados de la investigación científica o de la realidad objetivada en los datos –que sería lo deseable-, sino, ante todo, teniendo en cuenta si las medidas que adoptan tienen “sentido” para la comunidad de referencia. En resumen: las políticas criminales y sociales que se aplican en un momento dado no sólo vienen definidas por la evidencia científica establecida, sino también y en gran medida por una opinión pública a menudo bastante mal informada, cuando no simplemente confundida.

De hecho, el súbito resquebrajamiento del modelo económico que se impuso en la mayor parte de Occidente a partir de la Segunda Guerra Mundial –el célebre “estado del bienestar”- ha motivado una situación paradójica en la medida que, siendo las demandas psicosociales de igualdad, justicia y equidad las mismas de siempre, o tal vez mayores, sucede que el sistema no parece poder responder a ellas por una falta endémica de recursos. En realidad lo que ocurre es que el crecimiento económico no conduce necesariamente hacia el ideal de la equidad pero, paradójicamente, la equidad necesita de tal crecimiento pues la justicia social y sus demandas requieren de recursos siempre crecientes. Es decir, no existe retroalimentación entre ambos elementos: una mayor equidad incide en el surgimiento de nuevos valores y necesidades, pero éstos conllevan a su vez un coste que el propio sistema no siempre puede, quiere o sabe satisfacer. Una dificultad que, naturalmente, afecta con mayor dureza a los sectores más desfavorecidos, necesitados, y/o en situación de riesgo y exclusión social. Repásese ahora lo que ya se escribió en este mismo blog sobre la inexistente relación entre la felicidad y el PIB.

Al hilo de lo precedente, y en atención al interés creciente por la equidad y la justicia social en los países occidentales, el asunto de la prevención y tratamiento de las conductas antisociales, así como de sus consecuencias, ha pasado a lo largo de los últimos cuarenta años por dos estadios claramente diferenciados: desde el pesimismo de la década de 1970 al optimismo reservado de la década de 1990 –eso que hoy en día algún que otro malintencionado llama “buenismo”-. Obviamente, y planteado el problema en términos propiamente científicos, ello se debe a un cambio generalizado en el modelo de comprensión del mismo, que se ha trasladado desde el tradicional enfoque unicausal –el origen de la de la violencia y sus manifestaciones eran reducidos a un solo mecanismo básico-, a otro multicausal y por ello mismo multidisciplinar, influido por los nuevos avances científicos, en el que ya se comienza a hablar en términos de factores de riesgo predisponentes, o bien de factores de protección, ya sean estos de carácter ambiental o individual. Consecuentemente, desde las anticuadas teorías biologicistas que justificaban un tratamiento tutelar –sanitario- de las víctimas y de los infractores, y pasando por el ambientalismo radical propugnado por los expertos mediado el siglo XX, se ha llegado finalmente a una visión panorámica del problema cuyo resultado práctico es un modelo de justicia cuyos objetivos son, necesariamente, otros bien diferentes y en cuyo contexto adquiere sentido el lenguaje jurídico del presente: interés del infractor, interés de la víctima, sanción, responsabilización, reeducación, mediación, restauración.

Riesgo y protección

Un factor de riesgo es una condición que aumenta la probabilidad de acciones agresivas o delitos, pero que no necesariamente las produce. En general, puede entenderse a los diferentes factores de riesgo ya como atributos y/o características individuales, ya como condición situacional y/o contexto medioambiental. En ambos casos, la presencia de estos factores –y la medida en la que se presentan- incrementan el inicio o mantenimiento de las conductas delictivas. Es por ello que los factores de riesgo siempre aparecen como eventos previos al inicio de las conductas antisociales y victimales y, a posteriori, predicen la evolución y el resultado de las mismas tanto para la víctima como para el agresor.

Por el contrario, los llamados factores de protección son factores individuales o ambientales que inhiben, reducen o atenúan la probabilidad del ejercicio y mantenimiento de las conductas problemáticas. Tales factores aparecen al hilo de la singular paradoja de la resistencia –o “resiliencia”[2], por la cual se trata de comprender los motivos que impiden que una persona sometida a idénticas tensiones, o factores de riesgo, que otra se convierta en delincuente o en víctima entretanto la segunda sí lo haga. Multitud de estudios realizados hasta la fecha muestran claramente la existencia de influencias o elementos que suprimen o mitigan el efecto de los factores de riesgo sobre los individuos. Este hallazgo ha dado sentido en las últimas décadas a los enfoques en materia de prevención, por cuanto se ha comprendido que no basta con intervenir sobre los riesgos, sino que también se debiera trabajar de manera integral, fomentando la protección.

Así se explica, por ejemplo, la importancia creciente que la literatura otorga a elementos como la implicación familiar –o a la intervención en la familia si esta se muestra disfuncional- en el éxito tratamiento y resocialización de víctimas y verdugos. De tal modo, la concurrencia de factores de riesgo y de protección permite plantear un abordaje de la violencia en términos de probabilidad, pero nunca de determinación. En consecuencia, el hecho de que un individuo presente un factor de riesgo no implicara necesariamente que vaya a cometer delitos o a ser víctima de ellos sino, en todo caso, que puesto en comparación con aquellos individuos que no presenten tal factor, o que se encuentren bien protegidos ante él, tendrá mayor probabilidad que éstos últimos de introducirse en el circuito de la violencia. Por lo demás, resulta evidente que los factores de riesgo, para resultar predictivos, deben aparecer en forma de constelaciones y que la presencia de uno solo no nos permitirá predecir con rigor una futura conducta problemática.

Lo interesante es que, desde esta perspectiva, se abre el camino hacia una nueva consideración de la prevención y del tratamiento, tanto jurídico como psicosocial, de las conductas delincuenciales y violentas que ha terminado por inspirar toda una gama de abordajes novedosos para los problemas y que, de un modo u otro, ha generado líneas de pensamiento generalizadas y acuerdos internacionales que se han visto incorporados con mejor o peor fortuna a prácticamente todas las legislaciones occidentales. No obstante, la falta de estudios retrospectivos –o el mero silenciamiento de los resultados- ha motivado que persista el debate en torno a la efectividad real de estas legislaciones y de su aplicación, y se ha convertido en el lugar por el que se siguen sosteniendo, por un lado, el debate en torno a la eficacia y, por otra parte, la corriente de opinión pública contraria a estas políticas a las que se considera blandas para con el agresor, ineficaces para con la víctima y, en general, poco efectivas. En otras palabras: cuando se habla de prevención y rehabilitación se habla siempre de dinero, ética, moral o justicia, pero rara vez de los resultados obtenidos, y así no hay forma.

Si al problema precedente sumamos el generado por el derrumbe económico y la crisis de la zona euro, parece sencillo comprender en qué sentido estos elementos afectan a la evolución de las políticas de equidad en general, y a la prevención y tratamiento de la violencia en cualquiera de sus formas. Durante las últimas décadas la meta de los programas públicos ha sido la de garantizar una cobertura universal, pero en el presente, y a falta de recursos, el objetivo de la cantidad ha sido reemplazado por el de la calidad.

De tal modo, los programas de largo alcance y las intervenciones ambiciosas del pasado, que en buena medida justificaban las pretensiones de más optimistas de una ley integral como la diseñada contra la violencia de género o de la delineada para abordar la problemática de los menores infractores, se han visto reemplazadas por un modelo mucho más limitado que evalúa la validez de toda acción bajo la lógica del coste-beneficio y cuyo impacto futuro resulta todavía difícilmente predecible. Otra “buena razón” para reducir y limitar el trabajo de los equipos técnicos propiciándose con ello un lento retorno a la poco operativa tradición del tutelaje, el custodialismo, la sanción y el castigo…

O lo que es lo mismo: a construir la casa por el tejado en la medida que se abordan las consecuencias del problema, pero no sus causas.

prevencion #2
Fuente: Grupoesoc.es

[1] Todos estos datos son públicos y pueden contrastarse en suma facilidad en las estadísticas oficiales. Y aquí no caben “cocinas” ni “maquillajes”… El número total de reclusos o el de sujetos reincidentes son absolutos y no admiten enmienda.

[2] Adoptado al castellano del inglés resiliency, el concepto procede de la física y viene definido como la capacidad de un material elástico para absorber y almacenar energía de deformación. Trasladado al ámbito psicológico se refiere a la mayor o menor capacidad del ser humano para asumir con facilidad situaciones límite, emocionalmente complejas, y sobreponerse a ellas.

Un periodista. Un amigo

Francisco Pérez Abellán #1

Me sorprende a media tarde, cuando me localiza vía telefónica una compañera, la siempre triste noticia del repentino fallecimiento de un buen y querido amigo, el periodista de sucesos Francisco Pérez Abellán.

Me invade de súbito la nostalgia.

Del mismo modo que la vida nos unió profesionalmente durante cuatro años, también vino a separarnos por razones profesionales. Esas que se imponen, que nadie gobierna, y que rara vez se planifican. Sin embargo, Paco y yo hicimos muchas cosas juntos –desde planes de estudios y ordenaciones docentes a programas de radio y televisión, pasando por todo lo que uno pueda imaginarse entre lo uno y lo otro- durante ese tiempo en el que trabajamos, como quien dice, codo con codo. Investigamos casos, nos las ingeniamos para entablar relaciones con el FBI, publicamos libros e incluso llegamos a montar una exposición. Porque así era él… Todo bullía a su alrededor. O te organizabas para borbotear a su marcha sin perder el paso, o estabas listo.

Paco siempre fue conocido por su labor como periodista y escritor, pero, como nos pasa a casi todos y todas, era muchas más cosas: Doctor en Periodismo por la UCM, excelente profesor, gran investigador, profundo conocedor de los vericuetos del crimen y la historia criminal, buen compañero, ameno conversador, tipo leal y persona honesta donde las hubiere. Un hombre de cuerpo entero que nunca escondió nada, que siempre dijo lo que pensaba –a veces incluso perjudicándose a sí mismo-, sacando pecho y tirando para adelante. Y si bien es cierto que en muchas cosas nunca estuvimos de acuerdo y que, por ello, tuvimos grandes discusiones, no es menos verdad que jamás podré dejar de reconocer su honradez y su compromiso con todo aquello en lo que creía sin ambages. De hecho, en medio de nuestras refriegas –que varias hubo- siempre imperó el respeto mutuo y el reconocimiento que solo puedes tener enfrentado a alguien que te mira a los ojos, sin esconderse, sin paños calientes y sin pamplinas. “A calzón quitado”, como él solía decir.

Y por eso llegué a apreciarlo, ya fuera en la cercanía, ya en la distancia.

Recuerdo que solíamos reírnos a menudo a causa de la confusión que provocaba en el personal la casualidad de que nuestro nombre y primer apellido, harto comunes, además coincidieran –“Paco Pérez”-, al punto de que en más de una ocasión nos quisieron convertir en parientes. Un desaguisado que aprendimos a solventar con una resignación irónica propia de los Hermanos Marx. Era norma la circunstancia de que el teléfono del despacho sonara preguntando por cualquiera de nosotros y, en el desbarajuste, se produjeran situaciones de verdadero sainete y entuerto. Y la situación se agravó aún más cuando entró en escena su hijo, Francisco Pérez Caballero, hecho que nos llevó a menudo a bromear con la idea de ir al juzgado a cambiarnos el nombre… Ocurrió en cierta ocasión que una organización me telefoneó para proponerme una conferencia, a la que se acabó presentando, a la fecha y hora señaladas, Francisco Pérez Abellán en mi lugar. Solo a aro pasado nos dimos cuenta de la confusión, pero Paco, que como sabe todo el mundo era persona de largo verbo y muchas tablas, supo salir airoso del trance. Y los organizadores del evento ni se enteraron.

Abellán, como yo solía llamarle para no armar mayores jaleos de los necesarios, era un gran tipo en las distancias cortas. Bastante alejado del guerrillero televisivo o del batallador radiofónico que se recordará para los restos. Y es que a veces los personajes públicos que nos hacemos para andar por la vida terminan ocultándonos a los ojos del mundo. No diré que no tuviera defectos –a mi eso de la falaz necrofilia post-mortem que tanto se practica en España ni me lo creo, ni me interesa-, que los tenía y no pocos, como cada hijo de vecino, pero todos ellos le convertían en lo que era y ante esto no cabe renegar. La gente sin defectos no existe, y si existiera tampoco sería interesante. No obstante, como digo, en lo cercano, Paco era un tipo estupendo que sabía infinidad de cosas, que siempre era capaz de sorprenderte con un dato inesperado, tenía una ingente cantidad de anécdotas que contar, irónico, perspicaz y con un toque de humor muy divertido con el que podía amenizar desde una comida de trabajo a una charla intrascendente de pasillo. Tan capaz era de tenerte boquiabierto con cualquiera de las peripecias reporteriles de sus años en el extinto Diario Pueblo, como de llevarte a la risa y el ocasional sonrojo con un chiste subido de tono.

Francamente, le voy a echar de menos porque –y este aserto inspirado en Hannibal Lecter seguro que le haría gracia- el mundo va a ser menos interesante sin él dentro. Con Francisco Pérez Abellán se nos marcha uno de los últimos periodistas genuinos, de esos que aprendieron el oficio en la calle y no ante la pantalla de un ordenador. Un reportero de cuerpo entero, un profesional excelente que –creo- ha tenido en más de una ocasión la mala pata de sufrir ese mal patrio e incorregible del desprecio y la ingratitud. A algunos, ante y sobre todo, se nos larga un muy tipo muy querido… Y perdonadme, pero no puedo resistirme a terminar este homenaje al amigo que se va en esa barca que, como dice la copla, se hace pequeña al adentrarse en la mar, recordando una anécdota que suelo rememorar a menudo y que, creo, le define maravillosamente. Al caso:

Una mañana primaveral, tras tomarnos ese refrigerio matutino que tan bien sienta en la cafetería de la universidad, ya caminando lentamente hacia el despacho, no sé bien cómo ni a santo de qué, salió a relucir en la conversación la cuestión acerca de qué habría después de la muerte -sí, nuestras conversaciones igual versaban sobre lo humano, que se enredaban en lo divino-. Yo, muy sesudo, expuse mi punto de vista y a Paco, en un gesto muy suyo, mirándome fijamente con sus ojos empequeñecidos por los cristales de las gafas, tras ponerse muy serio, le salió ese periodista indómito y vocacional que llevaba dentro. Entonces dijo: “pues yo creo que cuando uno se muere, de repente, se le revela la verdad sobre todas las cosas, y todo queda claro como el agua”.

Bueno Paco, pues ya lo sabes.

Un abrazo y descansa, periodista.

“Road movie”

Aileen #1

Pese a no ser ni remotamente la única asesina en serie de la historia, Aileen Lee Carol Wuornos sí es una de las más célebres tanto por su andadura vital como por sus llamativos métodos criminales, tradicionalmente más propios del varón. También por las oscuras circunstancias que rodearon a sus asesinatos y el controvertido revuelo activista que se organizó alrededor de su juicio y posterior estancia en el corredor de la muerte de la prisión de Starke. Si lo común en la mujer asesina ha sido el cálculo sibilino, centrándose en familiares, amigos o conocidos, adicta a los venenos u otros recursos ajenos al enfrentamiento violento con sus víctimas, Aileen liquidó a tiros a siete hombres desconocidos para trasladar posteriormente sus cadáveres al campo y abandonarlos, tal y como hubiera hecho cualquier asesino varón.

Prostituta y lesbiana, hija del hospicio, las drogas y el alcohol, la vida de Lee fue, sin duda, una tragedia que ha sido llevada a la hipérbole –incluso cinematográfica- por unos y otros en aras de diversos intereses y que, en todo caso, poco sirvieron para ayudarla ante la ley. Por otro lado, lo inhabitual de sus crímenes ha contribuido a la difusión y extensión de tonterías de grueso calibre como, por ejemplo, la afirmación de que llegó a practicar sexo nada menos que con 250.000 hombres. Echando números, esto significaría que al menos durante veinte años habría tenido que acostarse, diariamente, con nada menos que 35 hombres. Sobran los comentarios ante tamaño absurdo… Disparates aparte, está claro que la Wuornos no supo ayudarse a sí misma cuando hubiera podido. Sostener el tonto embuste acerca de su promiscuidad, empeñarse en decir que prostituyéndose en las carreteras llegó a ganar la ilusoria cifra de 1.000 dólares diarios, sus actitudes estrambóticas, beligerantes y variables, sus reiterados comentarios a destiempo y un feroz complejo de culpa, destruyeron por completo su coartada para justificar los crímenes: dijo haber matado a aquellos hombres por venganza, cuando no en defensa propia, tras haber sido sodomizada y violada brutalmente por ellos.

Camino a ninguna parte

Aileen Carol Wuornos vino al mundo en 1956 en el seno de un hogar terrible y desestructurado. Hija de Leo Dale Pittman, un adolescente rebelde aficionado a la pedofilia y de tendencias sociopáticas, que se suicidaría en la cárcel a lo largo de 1969, y de Diane Wuornos, una chiquilla que contrajo matrimonio con Pittman cuando tenía tan sólo quince años y al que dio dos hijos. El matrimonio duró tan sólo dos años y Lee, la pequeña, nació pocos meses antes de que se produjera el divorcio. Esto supuso un problema. Para Diane, soltera, disoluta y sin oficio ni beneficio, las responsabilidades relativas a la crianza se hicieron insoportables, de modo que abandonó a los hijos en 1960. Fueron los abuelos maternos de Aileen y su hermano Keith, Lauri y Britta Wuornos, quienes los adoptaron como propios y se encargaron de ellos así como de otro hijo propio. La peculiar familia, un perfecto ejemplo de eso que despectivamente se conoce en los Estados Unidos como white trash, residía en Troy, Michigan.

Lauri Wuornos –el abuelo- era un borrachín que trató de controlar al terceto a palo limpio. Ello motivó que, a poco que pudieron responder a las agresiones, Aileen y Keith se rebelaron contra quien pensaban que era su padre adoptando, como es lógico en estos casos, una actitud díscola e incorregible. Absentismo escolar, vicios sin fin, escapadas del hogar y visitas policiales. Durante una de las constantes reyertas familiares Aileen descubrió quién era su madre realmente y que se encontraba en el domicilio de sus abuelos. Pero hubo más: a los trece años ya había sido violada durante una de sus salidas sin control y a los catorce quedó embarazada. Terminó así en un hogar de acogida para madres solteras en el que no guardaron muy buen recuerdo de ella, pues siempre se mostró hostil, poco cooperativa, agresiva con sus compañeras e insufrible para con empleados y voluntarios. Cuando se largó en enero de 1971 dejó atrás un bebé que fue puesto en adopción y un enorme alivio.

En ese mismo año falleció la abuela Britta y reapareció en escena Diane quien, al parecer, había logrado reconducir las cosas y vivía en Texas en condiciones más desahogadas. Ofreció su casa a ambos hermanos, pero estos rehusaron. Primeramente porque no tenían el más mínimo interés en reencontrarse con su madre, luego porque ya eran “espíritus libres” que se habían acostumbrado a vivir sin reglas de tipo alguno.

Buscando el dinero fácil, Aileen se echó a las carreteras a fin de ejercer la prostitución en los apartaderos de camiones. El escalón más bajo de la prostitución y, por cierto, el más peligroso. Así comenzaría una peculiar road movie que tuvo su primera parada en Florida. Allí, nadie sabe cómo, logró enredar a Lewis Fell, un hombre mucho mayor que ella que vivía desahogadamente gracias a sus cuantiosas inversiones en acciones de pujantes compañías ferroviarias, y con el que contrajo matrimonio. Pero la estabilidad no estaba escrita en el destino de Lee.

Aileen Casada
Aileen en su mejor época y felizmente casada con Lewis Fell… Lamentablemente, la cosa no duraría.

Tiempo atrás, en Michigan, había agredido al dueño de un bar de dudosa reputación y fue reclamada por las Autoridades de aquel Estado. Al parecer, aquel tipo no había querido pagarle el dinero convenido por prestar sus servicios sexuales en el garito y el señor Fell, seguramente perplejo al conocer el pasado de su esposa, logró que el matrimonio fuera anulado. Fue así como Lee volvió a rodar por el mundo y se embarcó en una década de constantes disparates: relaciones fallidas, prostitución, peleas, agresiones sexuales, pequeños robos y un absurdo atraco a mano armada por el que pasó en prisión una temporada. Y de un lío a otro, a salto de mata, acabó entrando en 1986 en un bar gay de Daytona en el que fue a conocer a una lesbiana de 24 años que sería su perdición, Tyria Moore. Con ella entabló una ardiente relación que, al menos al principio, fue como la seda. Ambas mujeres se lanzaron a una tórrida pasión jalonada por la práctica de la prostitución de Lee, con la que ambas se sostenían. De motel en motel, de barra en barra, de carretera en carretera.

La road movie seguía adelante.

Asfalto y crimen

A finales de 1989 un hombre de mediana edad con residencia en Clearwater, Florida, propietario de una pequeña tienda de reparación de electrodomésticos, decidió desentenderse del negocio por unos días para correrse la gran juerga. Era lo habitual en Richard Mallory, quien solía dejar a sus empleados al cargo del negocio asiduamente para dedicarse a su afición favorita. Por eso no extrañó a nadie que en los primeros días de diciembre, cuando la ausencia empezaba a prolongarse, Mallory no diera señales de vida. Quizá la juerga se estuviera alargando. No obstante, la preocupación resultaría inevitable algunos días después, cuando su Cadillac de 1977 apareció abandonado a las afueras de Daytona.

El 13 de diciembre dos desarrapados, Jimmy Bonchi y James Davis, andaban buscando chatarra para la venta en el Condado de Volusia, cerca de la Interestatal 95, pero lo que se encontraron fue el cuerpo de un hombre en avanzado estado de descomposición enrollado en una alfombra. Las huellas dactilares dijeron que se trataba del cadáver, con tres impactos de un calibre 22, del desaparecido Mallory. La investigación fue larga. Se indagó profundamente en las sórdidas aventuras del dueño de la tienda de reparaciones pero el caso quedó en punto muerto. Crimen sin resolver.

La historia se reprodujo el 5 de mayo de 1990. El cuerpo maniatado de un varón desconocido apareció en el Condado de Brooks, Georgia, a pocos metros del arcén de la Interestatal 75, justo en el límite con el estado de Florida. También había junto al cadáver, que los agentes del Georgia Bureau of Investigation –GBU- no identificaron en primera instancia, dos casquillos del 22. Luego, el día 1 de junio y en las mismas condiciones se dio con el cuerpo de otro desconocido. Esta vez el hallazgo tuvo lugar en el Condado de Citrus, unos 80 kilómetros al norte de Tampa. La policía sospechó de la persona que encontró el cadáver, un vigilante jurado llamado Matthew Cocking y las pesquisas se centraron en su persona.

El Condado de Pasco fue escenario del siguiente hallazgo macabro. En las cercanías de la Interestatal 75, unos kilómetros campo a través, se halló el cadáver de otro hombre, tan descompuesto que los forenses fueron incapaces de extraer sus huellas dactilares -luego se determinaría por otros medios que se trataba de un tal Charles Carskaddon-. Asesinado de nueve disparos, las balas estaban muy afectadas por los ácidos propios de la descomposición del cadáver, pero sin duda también eran del calibre 22. El hecho es que el detective encargado del caso, Tom Muck, había oído hablar de un suceso parecido en el Condado de Citrus y se puso en contacto con su colega, el investigador de la Oficina del Sheriff Marvin Padgett. Las obvias similitudes entre ambos asesinatos así como las que se presentaban entre estos y el sucedido en Georgia parecían dejar clara una cosa: el criminal era la misma persona. También debía serlo quien asesinó al camionero David Spears, quien fuera visto por última vez el 19 de mayo y cuyo cadáver apareció en el interior de su propio vehículo, al que se hubo robado las placas de matrícula, en las cercanías de la Interestatal 75 durante el 7 de junio. Este último hallazgo permitió que el vigilante Matthew Cocking quedara libre de sospecha, pero sigue nadie había imaginado aún que pudiera tratarse de una mujer… Al fin y al cabo, “ellas no matan así”.

Pontiac Sunbird

Seguimos en 1990.

El 4 de julio, día de fiesta nacional en los Estados Unidos, un coche gris se salió de la carretera ante la mirada de Rhonda Bailey, una mujer que aprovechaba el sol de la tarde sentada en el porche de su casa, ubicada a las afueras de Orange Springs, Florida, muy cerca de la Carretera Estatal 315. Dos mujeres asustadas, al borde de la histeria y algo bebidas, salieron del vehículo accidentado lanzando latas de cerveza vacías a la cuneta. Una de ellas estaba herida en un brazo pero, por lo demás, el golpe no parecía revestir gravedad. Rhonda se acercó a fin de preocuparse por su estado para recibir una extraña respuesta: no era necesario que llamara a la policía pues el supuesto padre de una de ellas vivía unos kilómetros más arriba. Sospechoso –debió imaginar la testigo accidental- pues si la afirmación fuera cierta, conocería a esta mujer, o a su padre, o al menos me sonarían de algo. A continuación, ambas regresaron al coche, pero el motor no arrancaba de modo que, tras despedirse, se alejaron a pie. En todo caso, Rhonda Bailey se puso en contacto con un voluntario del Departamento de Bomberos de la localidad, Hubert Hewett, quien se desplazó hacia el lugar para dar con las dos mujeres avanzando hacia él por el arcén de la carretera. Les preguntó si eran las que iban en el coche accidentado y una de ellas, ante el desconcierto del bombero, respondió negativamente sin detener la marcha.

Pontiac Sunbird 1980
Un Pontiac Sunbird de 1980, igualito al que Aileen y Tyria robaron a Abraham Peter Siems y luego estrellaron frente a la casa de Rhonda Bailey… Sería clave en la investigación policial.

El asunto era tan extraño que pronto llegó a oídos del Sheriff del Condado de Marion, quien envió al lugar del siniestro a uno de sus oficiales. El coche era un Pontiac Sunbird de 1988, de cuatro puertas y sin placa de matrícula. Se investigó el número del bastidor y se descubrió que el automóvil pertenecía a un sujeto llamado Abraham Peter Siems, desaparecido desde el 7 de junio cuando salió de Jupiter, Florida, para visitar a unos parientes en Arkansas. Siems, un jubilado de 65 años, fue descrito como un hombre de fuertes convicciones religiosas hasta el punto de que pasaba mucho tiempo dedicado a una iglesia local. En todo caso, el agente de la Policía de Jupiter, John Wisnieski, a quien se había asignado la investigación de la desaparición, no se mostró demasiado optimista, pero envió un teletipo con la descripción de ambas mujeres y puso en marcha su búsqueda a nivel nacional. La cosa quedó, así, en suspenso hasta fin de mes.

Sucedió entonces que ni el repartidor Troy Burress ni su camioneta regresaron a la empresa para la que trabajaban. Su jefe, Johnny Mae Thompson, cogió el teléfono dispuesto a averiguar su paradero para descubrir que el mensajero tan sólo había hecho un pequeña parte de los repartos que tenía asignados. Raro en la medida que nunca había mostrado una actitud irresponsable. La señora Burress tampoco supo dar razón de su esposo. La situación era muy inusual de modo que tanto la mujer del repartidor como su jefe pasaron el resto del día tratando de encontrar al desaparecido. Finalmente, a las dos de la madrugada, presentaron la denuncia. Apenas dos horas después los agentes de la Oficina del Sheriff del Condado de Marion encontraron la camioneta de Troy en la cuneta de la Carretera Estatal 19, unos cuarenta kilómetros al este de Ocala. El vehículo estaba abierto, sin llaves. Del conductor, ni rastro. Sería una familia que pasaba un “bonito” día de campo en el Bosque Nacional de Ocala la que cinco días después encontraría el cadáver en un lugar cercano a la Autopista 19. El cuerpo, con dos disparos del 22 en pecho y espalda, se encontraba muy deteriorado a causa del calor y la humedad, así como por la acción de las alimañas, pero la esposa del fallecido reconoció el anillo de boda del muerto. De nuevo se detuvo a un presunto culpable del asesinato -un autostopista llamado Curtis Blankenship visto en la 19 el día en que el asesinado desapareció- pero finalmente debió ser puesto en libertad por falta de pruebas.

Situación parecida se produjo con Charles Humphreys, un hombre de 56 años que trabajaba como investigador experto en casos de abuso infantil para el Departamento de Salud y Servicios de Rehabilitación de Florida. Antes había sido jefe de policía en Alabama. El hecho es que Dick, que al parecer tenía una vida feliz, cómoda y tranquila, había celebrado su 35 aniversario de boda el día anterior a su desaparición, el 10 de septiembre. El 11, tras concluir la jornada laboral en su oficina ubicada en Sumterville, ya no regresó a casa. Su cuerpo, que no el coche en que solía desplazarse, sería encontrado en la tarde del 12 de septiembre en el Condado de Marion. Había recibido siete disparos del consabido calibre 22. No fue hasta finales de mes que apareció el vehículo del malogrado Humphreys, abandonado en el Condado de Suwanee.

La última víctima de esta peculiar serie de crímenes, hallada en el Condado de Dixie, sería Walter Jeno Antonio. El cuerpo de este camionero de 60 años, asesinado menos de veinticuatro horas antes, estaba desnudo y presentaba cuatro impactos del ya célebre 22. Antonio compaginaba su trabajo al volante con otro como guardia de seguridad por lo que aquel día, el 19 de noviembre, se desplazaba en su propio coche, que aparecería cinco días después en un carretera comarcal al otro lado del Estado, en el Condado de Brevard.

A estas alturas el misterioso caso del asesino del calibre 22 copaba los medios de comunicación, empezaba a convertirse en una auténtica pesadilla policial, y había desencadenado una verdadera histeria colectiva entre los conductores del Estado de Florida.

Aileen (victimas)
Las víctimas de Aileen… Que se sepa.

La hipótesis más simple

Fue en la División de Investigación Criminal de la Oficina del Sheriff del Condado de Marion, entonces bajo las órdenes del capitán Steve Binegar, donde se supo recomponer las piezas del rompecabezas y orientar por fin el caso en la dirección correcta.

El equipo de Binegar, perfecto conocedor de los asesinatos que se habían cometido en su jurisdicción, así como de los otros de similares características que habían tenido lugar en los condados vecinos de Citrus y Pasco, no tardó en comprender las enormes similitudes presentes en todos los casos. Su teoría, como sucede con la mayor parte de las buenas teorías policiales, era sencilla y estaba imbuida de un sentido común aplastante: teniendo en cuenta la alarma que las sucesivas muertes habían despertado en las carreteras de Florida, parecía improbable que los criminales captasen a sus objetivos haciendo auto-stop. Nadie en su sano juicio habría recogido a un desconocido por las buenas dada de la enorme cobertura que los medios de comunicación estaban dando a los hechos. Por consiguiente, el contacto debía producirse en algún local de carretera o gasolinera, y no durante el trayecto en cuanto tal. Si se tenía presente que todas las personas asesinadas eran varones, era razonable imaginar que existía un elevado porcentaje de probabilidades de que el asesino fuera del sexo opuesto. Alguien que pudiera abordar de manera más o menos sencilla, y sin despertar sospechas, a un hombre durante cualquier parada rutinaria… Además, había dos buenas candidatas a ser las personas que se estaba buscando: las dos desconocidas que se salieron de la carretera con el Pontiac Sunbird del nunca encontrado Peter Siems.

El siguiente paso, dado a finales de noviembre, fue valerse de los medios de comunicación de Florida, a los que Binegar filtró su hipótesis, y a través de los cuales pidió la pertinente colaboración ciudadana a fin de identificar a las mujeres. El movimiento no tardó en verse recompensado: un sujeto de Homosassa Springs informó de que dos mujeres que concordaban con la descripción difundida le habían alquilado una furgoneta hacía un año. Una de ellas dijo llamarse Tyria Moore entretanto la otra se identificó, lacónicamente, como Lee. Otra testigo con residencia en Tampa explicó que había contratado a las dos mujeres, Tyria Moore y otra que dijo llamarse Susan Blahovec, para que trabajasen en un motel de su propiedad situado al sur de Ocala. Un informador anónimo identificó vía telefónica a ambas mujeres como Ty Moore y Lee Blahovec, y añadía otros datos interesantes: sostenían una relación homosexual asimétrica en la que Lee Blahovec, que ofrecía sus servicios como prostituta a los camioneros, llevaba la voz cantante. El hecho es que, uno tras otro, los diferentes testimonios permitieron a la policía conocer con todo lujo de detalles los movimientos del duo sospechoso entre los meses de septiembre y diciembre.

Las bases de datos ofrecieron cumplida información sobre Tyria Moore, Susan Blahovec y Cammie Marsh Greene. En el caso de la primera los datos se mostraban lo suficientemente consistentes como para permitir una identificación positiva, pero no era así en el caso de los otros dos nombres. Sin embargo, los oficiales de policía del Condado de Volusia, buscando información en las tiendas de empeños de la zona en las que hubieran podido desprenderse de diversos objetos y enseres sustraídos a los asesinados, encontraron una pista que seguir gracias a la concienzuda organización del propietario de un local de Daytona: una mujer llamada Cammie Marsh Greene había empeñado una cámara fotográfica y un detector de radar -luego se comprobó que ambos objetos habían pertenecido a Richard Mallory-, para lo que había tenido que dejar sus huellas dactilares en el recibo.

Las huellas fueron la evidencia que ratificó la hipótesis del equipo de Binegar. Comparadas con algunas de las encontradas en el Pontiac Sunbird de Peter Siems se determinó sin lugar a la duda que eran las mismas. Pertenecían, al parecer, a una cuarta mujer llamada Lori Grody. Cuando fueron contrastadas con los informes del Centro Nacional de Información Criminal se supo que la misma persona había sido fichada antes en Florida, Michigan y Colorado, y que Lori Grody, Susan Blahovec y Cammie Marsh Green eran, todos, aliases de una conocida delincuente habitual: Aileen Carol Wuornos.

El último refugio

La caza de Aileen Wuornos y Tyria Moore comenzó el 5 de enero de 1991. Agentes de incógnito pertenecientes a diferentes cuerpos de seguridad se lanzaron a las calles y, de hecho, la operación estuvo a punto de irse al traste en varias ocasiones por la falta de coordinación de las diferentes unidades implicadas. Todos querían colgarse la medalla.

Dos agentes no uniformados, Mike Joyner y Dick Martin, bajo los respectivos seudónimos de Bucket y Drums, localizaron a Aileen en un bar de Port Orange en la tarde del día 8 y trabaron contacto con ella. No querían detenerla hasta lograr que les condujera a su cómplice o al arma con la que se habían cometido los asesinatos. Sin embargo, varios policías locales también la reconocieron e irrumpieron en el garito con la intención de detenerla. Inmediatamente, Joyner telefoneó desde el local al puesto de mando -situado en el motel Pirate’s Cave, todo muy peliculero- e informó de la interferencia, de suerte que Bob Kelley, desde la Oficina del Sheriff del Condado de Volusia, se puso en contacto con la Estación de Policía de Port Orange y ordenó que no se arrestara a Aileen Wuornos bajo ningún concepto. La orden llegó a los agentes que retenían a la mujer en la puerta del bar en el último momento, pero funcionó, de modo que tras proceder a una identificación rutinaria se marcharon. Ella regresó al interior y se reencontró con sus nuevos “amigos”, con los que tomó algunas cervezas más. Le propusieron ir más lejos, pero ella renunció y se marchó del local hacia las diez de la noche.

No sería la última vez que el caso estuvo a punto de arruinarse aquella noche. En la calle esperaban apostados en un coche otros dos agentes de la Policía Estatal de Florida que, cautos, siguieron a Lee con las luces apagadas. Hubo que ordenarles con urgencia que se alejaran de ella -había que evitar cualquier clase de sospecha- y dejaran las cosas en manos de Joyner y Martin. Aileen Wuornos, ignorante de la compleja trama que se desarrollaba a su alrededor, terminó en un antro de moteros llamado, apropiadamente, The Last Resort -el último refugio-. Allí volvió a encontrarse, porque el mundo es así, un pañuelo, con Bucket y Drums, quienes de nuevo la invitaron a varias copas sin lograr que se le soltara la lengua o accediera a sus constantes insinuaciones. De tal modo, temiendo que la insistencia diera al traste con la investigación, los policías se marcharon sobre las doce de la noche. Lee, por su parte, muy borracha, pasó su última noche en libertad en el asiento trasero de un coche abandonado en el aparcamiento del bar.

Durante la tarde siguiente Joyner y Martin se reencontraron con Lee en el mismo lugar en el que la dejaron la noche anterior. Las cosas se habían complicado puesto que en El último refugio se preparaba una barbacoa para una banda de motoristas, y las posibilidades de que Aileen pudiera esfumarse en medio de la zarabanda eran elevadas. Así pues, se indicó a los agentes que se olvidaran de cuanto habían planeado y procedieran a sacarla del bar para practicar la detención. En efecto, una vez ella accedió de buen grado a acompañarlos a la habitación de un motel cercano, cuando el trío aún descendía las escaleras del último refugio, Larry Horzepa, de la Oficina del Sheriff del Condado de Marion, procedió al arresto de Aileen por un cargo menor: violación del permiso de armas a nombre de Lori Grody. No se mencionaron los asesinatos en la medida que no se quería poner a la sospechosa en guardia antes del interrogatorio. Tampoco se informó a la prensa en la medida que aun no se habían encontrado ni el arma del crimen, ni a Tyria Moore.

El 10 de enero Ty –que a diferencia de Aileen tenía una familia y solo había estado viviendo una aventura de juventud que se había descontrolado- fue localizada en Pittston, Pensilvania, donde pasaba unos días con una hermana. Los agentes Jerry Thompson, del Condado de Citrus, y Bruce Munster, del Condado de Marion, volaron a Scranton para entrevistarla. Le fueron leídos sus derechos pero no se la acusó de nada en absoluto. El interrogatorio fue intenso y, tras las presiones iniciales, terminó mostrándose muy cooperativa. Había decidido salvarse traicionando a Lee y ofreció, por tanto, una versión interesada de los hechos de la que poder sacar buen provecho. Manifestó así que supo “lo de los crímenes” cuando Aileen se presentó con el Cadillac de Richard Mallory y le dijo que había matado a un hombre aquella misma tarde. También que a partir de aquel momento no quiso saber nada acerca de las andanzas de su amante pese a los reiterados intentos de ella por ofrecerle el relato… “tenía miedo”, “sabía que ella era capaz de todo”, y bla, bla, bla. Típico en los asesinatos cometidos por parejas; siempre hay uno –habitualmente el menos fiel, leal y enamorado de ambos- que trata de salvarse cargándole el muerto al otro.

Al día siguiente Tyria viajó con los agentes a Florida para asistirles en la investigación del caso. El hecho es que Aileen, a la que el testimonio de su ex amante convertía en única asesina, era dura de pelar y no había confesado aún, por lo que se había urdido un plan: irían a un motel de Daytona desde el que Ty contactaría con la cárcel. Diría que había recibido dinero de su madre y que había regresado para recoger el resto de sus cosas, descubriendo entonces que todo había explotado. Las conversaciones entre ambas serían grabadas. La idea general era que Tyria habría de convencer a Aileen de que la policía la estaba acusando de los crímenes, de modo que -esperaban Munster y Thompson- Lee confesaría por lealtad a la mujer que amaba. Vergonzoso, pero por lo común eficiente. El problema residió en que, muy pronto, quedó claro que la prisionera no era estúpida y sabía exactamente lo qué se esperaba de ella: durante uno de los primeros contactos Lee manifestó que estaba convencida de que las conversaciones estaban siendo grabadas. Pero Ty supo desarrollar a la perfección el papel de mosquita muerta y, lentamente, las prevenciones de Aileen fueron en declive. Por fin, tras afirmar en repetidas ocasiones que si tenía que confesar para salvarla lo haría, Aileen Wuornos cumplió su promesa el 16 de enero. La impresión general es que, al fin y al cabo, entendió que su papel en la historia era el de cabeza de turco y decidió terminar con la farsa.

Confesión y juicio

Entrevistada por Horzepa y Munster, Aileen dejó claro en primer lugar que Tyria Moore no tenía nada que ver con los asesinatos. Fidelidad hasta el final. Luego argumentó que era una persona pacífica e incapaz de dañar a una mosca, y que todas las muertes habían sido cometidas en legítima defensa. En cada caso, alegó, los hombres a los que mató la habían asaltado, amenazado o violado. Manifestó que ya había sido violada muchas veces en el pasado y que, por lo que a ella respectaba, no estaba dispuesta a permitir que volviera a suceder. Precisamente por ello, cuando sus víctimas se mostraron agresivas no tuvo reparo alguno en asesinarlas. El hecho es que Aileen hablaba de sus crímenes con tal desparpajo e insolencia que llegó incluso a exasperar a su abogado, Michel O’Neill. “Deberías pensar [le dijo en cierto momento] que esos hombres con los que hablas son policías”. La respuesta de Aileen ante la sugerencia del letrado fue nítida y contundente: “Lo sé. Y ellos quieren colgarme. Y está bien que así sea porque, hombre, me lo merezco”[1].

Sea como fuere, el caso, por sus connotaciones ciertamente morbosas –ya saben, la lesbiana que mata como un hombre y tal-, despertó tan elevado interés en la opinión pública que tanto Aileen como Tyria, sus parientes e incluso los detectives que llevaron el caso recibieron una verdadera avalancha de ofertas para escribir libros y realizar películas sobre la historia. El problema, para nueva desgracia de Lee, era que en el Estado de Florida la ley impide que tanto los criminales como los agentes de la ley obtengan beneficios económicos publicitando sus andanzas. Lo cierto es que Lee se hizo tan tremendamente famosa que perdió los papeles: habló de sus asesinatos por extenso, sin recato, con todo aquel que quisiera escucharla. Y con cada una de sus relaciones fue refinando la historia, aquilatándola, incluso fabulándola. Estaba claro que por primera vez en toda su vida Aileen se sentía el ombligo del mundo.

Fue más o menos entonces que se desencadenó una ola de activismo terriblemente interesado, alrededor de su figura. Grupos feministas, religiosos y de activistas por los Derechos Humanos se pusieron en marcha para evitar la condena a muerte de esa “pobre mujer”, una “prostituta desgraciada”, vejada y violada, que se había limitado a defenderse de las horribles agresiones recibidas a lo largo de toda una vida de indignidad. Las simpatías hacia Lee crecieron[2]. Televisión, radio, prensa e Internet se hicieron eco de su caso y pusieron en entredicho, como es lógico, el funcionamiento del sistema a través del empleo de este caso que, posiblemente, no fuera el más apropiado para tal fin. Tyria Moore, los agentes de policía, los fiscales, los políticos en general, se convirtieron de la noche a la mañana en “traidores”, “corruptos”, ”machistas”, “homófobos” y “manipuladores”, versión de la historia que en el fondo, y bien mirado, tampoco dejaba de tener su viso de verdad[3]. Posiblemente, si Lee hubiera mantenido la cabeza fría y sabido aprovechar la ola de presión social, habría obtenido una sentencia ventajosa, pero pronto quedó claro que su peor enemigo era ella misma.

Cuando comenzaron las diferentes causas contra su persona, Lee se enfrentaba a la escalofriante petición de seis penas de muerte por parte de la fiscalía, panorama agravado por el hecho de que su ex amante, Tyria, obraba como testigo de la acusación. Así por ejemplo, cuando se juzgaba a Lee por el asesinato de Richard Mallory en enero de 1992, único del que tenía un relato, Ty indicó que la acusada no parecía especialmente nerviosa o fuera de control tras disparar sobre él y que, desde luego, tampoco estaba borracha. Indicó que la acusada, según lo narró ella misma, abrió fuego a sangre fría… provocándole una larga agonía que se debió prolongar durante unos veinte minutos, añadió posteriormente el forense. Y las cosas iban a empeorar en la medida que en la jurisprudencia de Florida existe la llamada Regla Williams, norma que no hace precisamente fácil la labor de la defensa en este tipo de casos. Esta regla permite que la evidencia en relación a otros delitos sea admitida por el jurado siempre y cuando ayude a mostrar un patrón criminal. De este modo, la información relacionada con los otros asesinatos de Aileen también fue presentada al jurado en cada caso, lo cual motivaba que el alegato de legítima defensa de la acusada resultara, cuando menos, harto discutible.

Tyria Moore (Juicio)
Tyria Moore testificando en uno de los juicios contra su ex amante. ¿Víctima o traidora?

Los abogados de Aileen, conocedores de su actitud, le insistieron reiteradamente para que se acogiese a la Quinta Enmienda y no testificase, algo a lo que ella se negó una vez tras otra. Al fin y al cabo, debían evitar en la medida de lo posible que sus propias declaraciones dañaran sus intereses. Incluso trataron de que algunos especialistas hicieran ver al tribunal que estaba mentalmente incapacitada a causa de un trastorno límite de la personalidad –personalmente lo creo posible- lo cual la limitaría para manejar las situaciones emocionalmente complicadas de forma adecuada. Pero su defendida era virtualmente ingobernable: nunca eludía una pregunta, jamás omitía un detalle, en ningún caso se dejaba aconsejar. Lo cierto es que en el fondo, y pese a su insistencia en la defensa propia como atenuante, Aileen Carol Wuornos parecía desear el previsible castigo más que cualquier otra cosa en el mundo.

El final de la historia fue lógico: seis condenas a muerte[4]. Hubieran sido más, pero no se la pudo juzgar por la desaparición de Peter Siems ya que el cadáver nunca se ha encontrado[5]. Nada de ello amilanó a los activistas pro-Aileen. De hecho tan sólo sirvió para multiplicar sus actos de protesta y encender aún más los ánimos[6]. Nadie parecía querer aceptar que la road movie protagonizada por Lee había llegado a su final.

El final

La Doncella de la Muerte, o la Mujer Araña, así fue rebautizada Aileen por la siempre imaginativa maquinaria de la prensa, pasó diez años en el corredor de la muerte sometida a los rigores de un brutal complejo de culpa. Durante todo ese tiempo exigió en reiteradas ocasiones que se hiciera efectiva su ejecución ante el pánico que le propiciaba la idea de matar de nuevo y, sobre todo, porque consideraba la prisión de por vida un castigo mucho peor que la propia muerte. A este respecto, el Sheriff que consiguió llevar a Lee ante la justicia, Steve Binegar, la definió de suerte concisa pero nítida: “es una criatura patética”.

El entonces gobernador de Florida Jeb Bush firmó su orden de ejecución el 5 de septiembre de 2002, si bien los partidarios de Lee, argumentando que había perdido la cabeza por completo, lo cual es muy posible teniendo en cuenta los terribles efectos que décadas de agresiones, policonsumos y mala vida pueden ocasionar en la personalidad de un ser humano, pensaron hasta el último momento que la condena sería revocada. Eso nunca ocurrió. El 9 de octubre, en la prisión de Starke, al norte de Florida, cuyo perímetro exterior se encontraba rodeado por los manifestantes pro-vida, la ejecución se llevó a efecto. La inyección letal –un cóctel de pentotal sódico, bromuro y cloruro potásico- le fue administrada a las 9:30 de la mañana, terminando con su existencia unos 18 minutos después. Se convirtió con ello en la segunda mujer ejecutada en ese Estado tras la reinstauración de la pena capital en 1976, y la tercera desde el siglo XIX[7].

De acuerdo con su deseo postrero, Aileen pasó el último día de su vida acompañada de un sacerdote y leyendo la Biblia. Al fin y al cabo, como dijo en varias ocasiones durante los años que estuvo en el corredor de la muerte, “había que saldar deudas con Dios”.

Aileen #2


[1] Macleod, M.; “Aileen Wuornos: Killer who preyed on truck drivers” [disponible aquí].

[2] Arlene Pralle y su marido, un matrimonio de tendencias ultracristianas llegaron incluso a adoptar a Aileen, hecho que se hizo oficial el 22 de noviembre de 1991. La primera carta que Arlene envió a una Lee entre rejas comenzaba así: “Me llamo Arlene Pralle. He renacido. Vas a pensar que estoy loca, pero Jesús me dijo que te escribiera” (citado en Macleod, M.; Op. Cit.).

[3] En efecto. Tal y como demuestran las estadísticas, las mujeres que practican la prostitución tienen un 33% más de posibilidades de ser violadas que las mujeres que ejercen otros trabajos. Y más todavía, la policía suele pasar por alto la mayor parte de estos delitos, así como los asesinatos de los que son víctimas las personas de este colectivo marginal, atribuyendo por lo general esta clase de crímenes al consumo y tráfico de estupefacientes, o a imaginarios ajustes de cuentas. Es un hecho: las prostitutas no importan a nadie ni despiertan interés alguno salvo cuando se puede sacar algún partido ideológico de ellas.

[4] El desarrollo de los juicios así como la repercusión pública del caso Wuornos puede seguirse con detalle a través del periódico The Miami Herald. Este rotativo ofreció cumplida información tanto de los juicios como de las sucesivas sentencias. Otros periódicos como The Daytona Beach News-Journal también se hicieron eco por extenso de las peripecias judiciales de Aileen. Idéntico seguimiento pormenorizado mantuvo la agencia de noticias Associated Press.

[5] La controversia pública acerca del caso Wuornos creció cuando se supo que Richard Mallory, la primera de sus víctimas, había pasado diez años en prisión por delitos sexuales cometidos en Maryland. Los datos habían sido ocultados al tribunal por la acusación. No obstante, el juicio no fue revisado y la Corte Suprema del estado de Florida se reafirmó en el veredicto inicial. Tampoco Aileen se ayudó en esta ocasión. En un carta dirigida a aquella institución afirmó: “Soy alguien que odia seriamente la vida humana, y podría matar de nuevo” (Macleod, M.; Op. Cit.). Además, reconoció no haber asesinado a aquellos hombres en legítima defensa y solicitó que sus abogados fueran apartados del caso a fin de evitar que apelaran cualquiera de las sentencias. El gobernador de Florida, Jeb Bush (hermano del presidente George Bush Jr.), pidió que tres psiquiatras examinaran a Lee antes de que la Corte tomase una decisión sobre la solicitud. El informe final indicó que la condenada era plenamente consciente de que podría ser ejecutada de seguir adelante con su decisión, de modo que finalmente se accedió.

[6] The Story of Aileen Wuornos. Hace años se podía ampliar esta información en la página de Internet http://www.prisonactivist.org. Lamentablemente, ha desaparecido.

[7] La Nueva España. 10 de octubre de 2002.

La venganza del cazador

El juicio de sus convecinos era unánime: un buen chaval. Algo taciturno y huraño, pero majo en el fondo. Es lo tópico en estos casos en los que el personal cifra sus juicios en la mera apariencia, pues parece bastar que nunca hayas hecho nada “malo” para que todo el mundo te considere “bueno”, o que nunca hayas cometido locuras –sea eso lo que fuere- para que todos te tomen por cuerdo. Así va esto de la gramática parda, la psicología de trapillo y el juicio fácil que permite la liviandad de la vida pública. Pero Manuel, introvertido, soltero y solitario, era de los que llevaba la procesión por dentro, y en su interior anidaba un perfil violento que se había ido forjando, consolidando, en su personalidad a lo largo de los años. Una parte oscura que esperaba agazapada en la más recóndita intimidad el detonante adecuado para eclosionar. En realidad mantenía una doble vida. Aquella, la que conocían sus vecinos, en la que era un tipo sosegado que gustaba de la caza y la vida al aire libre y en la que no solía dar problemas. Otra, solo conocida por sus compañeros de trabajo y sus empleadores, en la que se mostraba conflictivo, difícil, imposible, paranoide y pleitista hasta la extenuación.

Entre ambas, seguramente, esté la verdad.

Carnet Manuel Ramirez Torrecilla
Carné de la Asociación de Cazadores de La Adrada expedido a la titularidad de Manuel Ramírez Torrecilla.

Cuidado con El Loli

En 2006, cuando todo sucedió, Manuel Ramírez Torrecilla –Manolo- tenía 43 años y se ganaba la vida como vigilante de seguridad. No había tenido una vida fácil a decir de algún que otro compañero con el que decidió sincerarse a lo largo de los años. Contaba que su niñez, vivida en una localidad de Guadalajara, había sido complicada pues su padre, empleado entonces en la construcción de la central nuclear de Zorita, falleció a causa de un accidente cuando él contaba únicamente 5 años. La vida familiar, apurada en lo económico, se hizo muy complicada y la madre, incapaz de hacerse cargo del sustento de de la prole –tenía dos hermanas- decidió ingresarlo por un tiempo en un hospicio regentado por los franciscanos. Según él mismo refirió, allá fue víctima de abusos, pero vaya usted a saber. Cuando las cosas mejoraron y retornó al hogar, vino una mudanza que le separó de sus escasos amigos. El pueblo iba a quedar anegado por un pantano de reciente construcción, y la unidad familiar hubo de trasladarse a la localidad abulense de La Adrada. Angelines, la madre de Manolo, peleó muy duro para sacar adelante a sus retoños y, con el paso de los años, él pareció reencontrarse en el amor a la naturaleza. Descubrió así el mundillo de la caza y quedó prendado de él al punto de que, entre paseo y paseo por los montes, se olvidó de unos estudios que nunca le interesaron demasiado. Así, ultimado el graduado escolar, se matriculó para cursar el bachillerato en un instituto de Cuenca, pero solo logró aprobar el primer curso antes de abandonar. Sin embargo, por el aquel de que había que ganarse la vida de alguna manera, Manuel logró sacarse el título de vigilante de seguridad, gracias a lo cual comenzó a deambular por diversos empleos y empresas del sector[1].

Nunca duraba mucho en el puesto. Cinco meses en el mejor de los casos, pues en cuanto se alejaba de sus amados campos y de sus aventuras de caza, limitado en sus habilidades sociales, encontraba enormes problemas de interacción. No le gustaba la gente –solía comentar que habitualmente todo el mundo le odiaba-, y le costaba horrores encajar con los compañeros que le iban cayendo en suerte. Discutía con todo el mundo y por cualquier cosa. A poco que comenzaban las primeras fricciones propias de cualquier desempeño laboral, su personalidad paranoide y conflictiva salía a la luz y todo, incluso lo más nimio, se convertía en un pleito permanente que intoxicaba el ambiente y motivaba en última instancia el rechazo de quienes le rodeaban. Nadie quería trabajar con él y, en tales condiciones, multiplicándose las quejas, las empresas de seguridad en las que había logrado entrar terminaban prescindiendo de sus servicios.

Por supuesto, esta profecía autocumplida alimentaba todavía más la hipervigilancia paranoica de Manolo: “yo solo me defiendo, son ellos los que me detestan”. Y el veneno no paraba de crecer en su interior alimentado por el hecho de que, al no encajar y ser un permanente conflicto, en efecto, el resto de compañeros con los que había de compartir el espacio terminaban rehuyéndole, tomándole el pelo y reafirmando su impresión preconcebida de ser víctima de un rechazo generalizado. Así le ocurrió por ejemplo en 2002 cuando fue destinado como vigilante a la Academia Militar de Toledo: alguien, no se sabe quién ni a cuento de qué, terminó por ponerle el mote de El Loli, que él como es lógico odiaba con todas sus fuerzas, y aquello se extendió al punto de que todo el mundo comenzó a llamarle de tal guisa. Ello motivó una conducta extremadamente reactiva por su parte que implicó su final en la empresa… Y se marchó amenazando a quien creía autor del dichoso mote: “volveré para acabar contigo”[2]. Baste un detalle para comprender las consecuencias de esta dinámica infernal: entre 2001 y 2003, periodo durante el que vivió en Toledo, pasó nada menos que por cuatro empresas de seguridad, al punto de que hubo de abandonar la localidad cuando ya no encontró a nadie dispuesto a contar con sus servicios.

Al Palacio de Comunicaciones

Manuel Ramírez –nadie sabe cómo pasó los “controles” si es que tales existieron alguna vez- tenía licencia para portar armas de fuego. Parece que gracias a eso pudo lograr una habilitación como escolta de seguridad privado, lo cual le animó a desplazarse al País Vasco en 2003[3]. Poco se sabe de su estancia en Euskadi, si es que realmente ocurrió y no era una invención urdida por él mismo para engordar el currículum, pero reapareció en Madrid en 2005. En aquel momento la empresa encargada de la seguridad del Palacio de Comunicaciones –actual Palacio de Cibeles, sede del Ayuntamiento de Madrid- decidió contar con sus servicios. El retén, cuya misión era vigilar las obras de rehabilitación a las que estaba siendo sometido el edificio, era de diez personas. Once contando con el recién llegado.

Y, como era de esperar, los problemas de inadaptación que perseguían a Manolo fuera a donde fuese aparecieron en seguida, apenas un mes después de comenzar a trabajar. El motivo en esta ocasión fue el cuadrante para los turnos de Navidad, en la medida que los días de trabajo que se le habían asignado durante las fiestas no eran de su agrado. Enfurecido, escribió una queja incendiaria que hizo llegar por fax a los jefes. En ella acusaba a los autores del reparto de las fiestas navideñas de tener animadversión hacia su persona y, por ello, de concederle los peores turnos. Por aquellos días, y es digno de mención, Manuel Ramírez se hospedaba en una pensión madrileña y llevaba algún tiempo alejado de sus amados montes y su desintoxicante actividad cinegética, lo cual pudo contribuir al agravamiento de su estado psicológico habitualmente poco estable: por lo que parece, se había hecho la ilusión de valerse de los fines de semana navideños para dedicarse a su obsesión por la caza, pues era en los que se abría el coto municipal de La Adrada, pero resultó que no los iba a tener libres[4].

Los compañeros, precisamente porque Manuel Ramírez no había tratado de resolver el problema dentro del grupo, se tomaron mal su reacción, y así comenzó el esperable carrusel de acusaciones y tensiones. Y la escalada no hizo más que crecer al punto de que el 16 de diciembre Manolo quiso dejar bien claro que con él habría pocas bromas: se presentó en su puesto de trabajo con una escopeta de caza marca Franchi recién comprada. Luego, ni corto ni perezoso, la montó y comenzó a apuntar a todo el mundo gritando a voz en cuello que “apuntaba muy bien”. Avisados quedaban. Allí no iba a ser El Loli ni consentiría que le tomaran el pelo como de costumbre. Se le avisó de que en su puesto no podía portar armas, claro está, pero hizo caso omiso y guardó la escopeta en su taquilla… A renglón seguido, adoptó durante varios días la rareza de encerrarse en los vestuarios durante horas… Estos inusitados episodios hicieron que cundiera el pánico en el retén ante la palpable evidencia de que la estabilidad psicológica de Manuel Ramírez Torrecilla no parecía ser la mejor de las posibles, por lo que el encargado del equipo, Manuel Montañés, solicitó a sus superiores que se le trasladara acompañando la petición de un pliego de firmas que solo un componente del equipo se negó a firmar argumentando, de suerte premonitoria, que el nuevo estaba loco y era “capaz de cualquier cosa”.

Todo pudo quedar ahí, pero a esas alturas Manuel Ramírez ya era un caballo desbocado que el día 21 de diciembre se presentó en la comisaría del distrito de Retiro para interponer una denuncia contra sus compañeros, acusándolos de coacciones, amenazas y burlas. Repitió el gesto cuatro días después dejando reflejado en el escrito un ultimátum: “a mí no me van a mamonear”. Sea como fuere, ante el cariz que estaban tomando los acontecimientos, la empresa citó a Manolo y le “invitó” –así lo explicó un familiar- a firmar la baja voluntaria.

A tenor de estos acontecimientos parece difícil entender que Ramírez Torrecilla pasara sin problemas el proceso de selección de la empresa contratante -cuya razón social me ahorro-, especialmente con sus antecedentes, y cabe aventurar, teniendo en cuenta las contradicciones manifestadas por ésta ante la prensa que, con toda probabilidad, tal proceso fue de todo, excepto exhaustivo:

“Manuel Ramírez, sostuvo la empresa, en ningún momento dio muestras de tener ningún tipo de problema psicológico ni trastorno psíquico alguno, siendo su comportamiento absolutamente normal en su proceso de selección. Sin embargo […] emitió un nuevo comunicado en el que aseguraba que el 22 de diciembre pasado se recibe por parte de la inspección de servicios de la empresa un escrito firmado por los operativos que prestaban servicio en el palacio de Correos solicitando la retirada del servicio de Manuel Ramírez Torrecilla por considerarle un individuo conflictivo y manifestar, a criterio de estos operativos, una falta clara de deontología profesional[5].

Sea como fuere, Ramírez Torrecilla salió por la puerta asegurando que volvería para “ajustar cuentas”.

Palacio de Comunicaciones
El Palacio de Cibeles, actual Ayuntamiento de Madrid y otrora Palacio de Comunicaciones y antigua sede de la central de Correos de Madrileña.

A tiro limpio

De nuevo sin trabajo, rechazado y expulsado por enésima vez, Manuel Ramírez retornó a sus caminatas solitarias –pues siempre cazaba en soledad- por el coto de La Adrada. Pero esta vez las cosas eran distintas. Obsesionado por el hecho de que se la habían vuelto a jugar, iracundo ante un nuevo revés de la vida, enojado por el episodio repetido, se fue cociendo a fuego lento. Esta vez iba a vengarse de un modo u otro, por lo que el día 5 de enero, aún esperanzado por imponer sus razones en sede judicial, se personó en los juzgados de Plaza de Castilla para interesarse por el curso de su demanda. Y la noticia de que el juicio de faltas no se celebraría sino hasta el 5 de marzo terminó por enloquecerlo ante la falta de una resolución inmediata de sus deseos. Esa sería la última frustración que estaba dispuesto a tolerar, y si la justicia no le procuraba satisfacción, el se la buscaría por otros medios. Así, resolvió poner en marcha el plan que había ido pergeñando en los días previos.

El día 9 de enero, tras haber informado en su taller mecánico habitual de que llevaría el coche a una revisión –por supuesto innecesaria- y necesitaría un coche de sustitución, se presentó conduciendo el vehículo prestado en la calle Montalbán y aparcó en doble fila frente a una de las puertas laterales del Palacio de Comunicaciones, al lado del Cuartel General de la Armada. Puso pie a tierra con la cara cubierta por un verdugo. Llevaba consigo la escopeta Franchi y una canana bien provista de cartuchos.

Coche Manuel Ramírez
La policía retira el coche con el que Manuel Ramírez se dirigió a su último coto de caza [fuente: diario El Mundo].

Apenas alcanzó la garita de entrada la persona que se encontraba de guardia, Juan Pedro Jiménez Ortega, lo reconoció de inmediato. Salió al exterior para intentar razonar con él, pero su respuesta fue descerrajarle un disparo, a corta distancia, entre el cuello y la cara, que le provocó la muerte al instante. Tenía 49 años.

El ya asesino caminó hacia el interior para desembocar en uno de los patios. Le salieron al paso su antiguo y odiado jefe, Manuel Montañés Riesco, y otra ex compañera, Inés García. Tampoco ahora dudó. Disparó sobre el primero sin mediar palabra, entre el pecho y el estómago. Ella recibió el impacto de varias postas en el hemitórax derecho y quedo malherida. Montañés, de 52 años, fallecería a poco de llegar al hospital. Inés, de 44, salvó la vida.

Manolo, ya dubitativo, decidió continuar con las operaciones hasta dar con un cuarto vigilante al que, ahora sí, preguntó si había firmado el documento que concluyó con su despido. El hombre, por supuesto, explicó que no y rogó por su vida. Puede que en ese momento, sobre todo tras haber disparado sobre el objeto central de sus iras, Montañés, la persona con la que más había discutido y sobre la que había focalizado todos sus odios, la cordura estuviera retornando a la mente de Ramírez Torrecilla porque le perdonó la vida. También lo hizo con uno de los obreros que en aquel momento trabajaba en las instalaciones y que se cruzó con él atraído por el estruendo de los disparos. Fue encañonado, pero al no ser reconocido como uno de los componentes del retén de seguridad, lo ignoró… Después ocurrió lo tópico en estos casos en los que la planificación obsesiva del criminal raramente va más allá del acto vengativo en sí mismo: Manuel Ramírez Torrecilla dirigió el cañón la Franchi, despacio, hacia sí mismo. Lo apoyó contra su propia sien y abrió fuego[6].

Se convirtió así en pieza de su última cacería.


[1] Rodríguez, J.M. (2006). Cacería en el turno de noche. Así Son las Cosas, 194, pp. 8-11.

[2] Rodríguez, J.M., 2006, op. cit.

[3] Hidalgo, S. (2006, 10 de enero). Un ex vigilante mata a tiros en Correos a dos compañeros y se suicida. El País [disponible en: https://elpais.com/diario/2006/01/10/madrid/1136895856_850215.html; recogido en diciembre de 2018].

[4] Rodríguez, J.M., 2006, op. cit.

[5] Hidalgo, S., 2006, op. cit.

[6] Rodríguez, J.M., 2006, op. cit.

La ambición del mujik

La ambición jamás se detiene. Ni tan siquiera en la cima de la grandeza.

Napoleón Bonaparte.

A menudo, cuando surgen asuntos como el de la corrupción o la evasión de impuestos, topamos con la estupefacción generalizada de una sociedad que, de repente, se muestra incapaz de comprender las razones por las que alguien que ya es millonario se esfuerza por burlar sistemáticamente a la ley para acumular aún más riqueza, o por los motivos que impulsan a alguien con las necesidades vitales cubiertas con creces a defraudar a la hacienda pública una y otra vez. Duda que suele devenir sistemáticamente en indignación popular ante la aparición de estos casos. Pero, a poco que tratamos de pensar en el asunto, vemos de inmediato que laten en su fondo preguntas ético-morales que se encuentran en la misma raíz de la cuestión y que muy a menudo, simplemente y pese a ser las importantes, nadie se hace: ¿Cuánto es suficiente? ¿Cuánto de algo se debe poseer para considerar que se tiene bastante? ¿Seríamos capaces de renunciar a la posibilidad de tener más de algo si ese algo estuviera a nuestro alcance?

Personalmente, estimo que la ambición, adopte la forma que adopte en la práctica y más allá de variables relativas a la clase social, la legislación vigente o el contexto socioeconómico –que son coyunturales y cambiantes-, se relaciona de suerte muy estrecha con la mera condición humana. En el fondo todos somos acumuladores de algo –y no todo lo acumulable es necesariamente material- en la medida que tendemos a estimar, por una u otra razón que casi nunca se discierne con claridad, que eso es sumamente valioso en sí mismo y que merece la pena poseer de ello cuanto más mejor. Por lo común justificamos nuestro afán por obtener más de “eso” que nos inspira en motivaciones espurias y volátiles que no alcanzan ni remotamente el fondo de un problema cuya raíz última se nos escapa. Querer más de lo que sea es humano. Querer siempre mucho más de lo que podremos asumir o disfrutar. Tenerlo porque sí, y basta. Tal vez ello conceda sentido al comentario que me hizo un conocido estafador, condenado por fin tras largos años de apropiarse del dinero de otros sistemáticamente: “en realidad ya no me hacía falta seguir haciéndolo, pero aún así continué hasta que me cazaron porque quería saber hasta dónde se podía llegar, cuánto de bueno podía llegar a ser”.

No conozco a nadie que se considere suficientemente bien retribuido en uno u otro sentido, y lo más probable es que en ello, y paradójicamente, radique nuestro éxito como especie. Nunca tenemos “suficiente” de absolutamente nada. Toda cultura es un mecanismo impulsado por la mecánica del “siempre más” y del “siempre mejor” de acuerdo a unas condiciones materiales y éticas de posibilidad preestablecidas. Y en tal contexto, cierto grado de ambición para alcanzar determinados objetivos “buenos” resulta socialmente deseable y tiende a ser gratificado. Precisamente por ello la idea del “buen salvaje” es pura mitología, pero ocurre también que ese proceso de avance es complejo, no lineal, y, frente a las leyendas positivistas en torno al progreso, éste no siempre deviene en algo “mejor”. Progresar no siempre es crecer y, del mismo modo, “más” a menudo es “peor”. Piénsese, por ejemplo, que también las enfermedades crónicas progresan.

Al final ya no es lo que poseemos, sino, ante todo, el reto de poseer y la generación de las condiciones apropiadas para seguir poseyendo. Nadie se sentirá jamás lo bastante rico, lo bastante amado, lo bastante exitoso, lo bastante admirado, lo bastante libre. Lo bastante sabio o lo suficientemente poderoso. No es lo que obtenemos hoy –que a duras penas es disfrutado pues se pierde en el mero afán de la posesión- sino ese futuro dorado que anticipamos mediante la obtención de cierto tipo de bienes, ya sean materiales o espirituales. El miedo a no tener mañana de “eso” en una medida que pueda considerarse suficiente en cualquier sentido. El pánico a dejar escapar la ocasión, la oferta, el negocio, la posibilidad, el premio… El vicio cegador de lo superfluo frente a la sensatez de lo necesario. La pasión por lo posible que aplasta la racionalidad de lo coherente. El olvido perenne de que todo, incluso lo que más podamos desear por bueno, valioso o apetecible, tiene un precio que se debe estar dispuesto a pagar y cuyo coste –que nunca anticipamos- solo alcanzamos a comprender y valorar cuando se nos pasa la factura. Probablemente, en una cultura occidental que ha primado sobre cualquier otra la lógica del coste-beneficio, esta cuestión se manifieste con mayor claridad…

Sea como fuere, cuando invito –o se me invita- a reflexionar sobre este problema, comparto este esclarecedor relato.


mujik

¿Cuánta tierra necesita un hombre? (Lev Tolstoi, 1885)[1]

Érase una vez un mujik[2] llamado Pahom que había trabajado dura y honestamente para su familia durante largos años, pero sin embargo no tenía tierras propias, de modo que no había logrado salir de la pobreza. “Ocupados como estamos desde la niñez trabajando la madre tierra –se lamentaba a menudo- los campesinos siempre debemos morir como hemos vivido, sin nada propio. Las cosas serían muy diferentes si tuviésemos nuestra propia tierra”.

[…]

Cerca de la aldea de Pahom vivía una dama, pequeña terrateniente, que poseía una finca de 150 hectáreas. Un invierno se difundió la noticia de que la mujer iba a vender sus tierras. Pahom oyó que un vecino suyo compraría 25 hectáreas y que ella había consentido en aceptar la mitad del pago en efectivo, y esperar un año por la otra mitad. “Qué te parece -pensó Pahom-. Esa tierra se vende, y yo no conseguiré ni una parte.” Así que decidió hablar con su esposa:

-Otras personas están comprando y nosotros también deberíamos adquirir unas cuantas hectáreas. La vida se torna imposible sin poseer tierras propias. De modo que, ambos, se pusieron a pensar en el asunto y calcularon cuánto terreno podrían adquirir. Tenían ahorrados 100 rublos. Vendieron un potrillo y la mitad de sus abejas; contrataron a uno de sus hijos como peón y solicitaron anticipos sobre su paga. Pidieron prestado el resto a un cuñado, y así reunieron la mitad del precio final. Luego, Pahom escogió una parcela de 20 hectáreas, en la que había bosques, fue a ver a la señora y formalizó la compra. Ya tenía sus propias tierras. Pidió semilla prestada, la sembró, y así obtuvo una buena cosecha. Al cabo de un año de duro trabajo había logrado saldar cuentas con la dama y su cuñado, convirtiéndose en propietario. Talaba sus propios árboles y alimentaba a su ganado en sus propios pastos. Cuando salía a arar los campos, a mirar sus mieses o a contemplar sus prados, el corazón se le llenaba de alegría. La hierba y las flores que crecían en ellos le parecían diferentes de las que había en otras partes. Antaño, cuando cruzaba casualmente por aquella tierra, siempre le había parecido igual a cualquier otra, pero ahora su impresión era muy distinta.

[…]

Cierto día Pahom estaba sentado a la puerta de su casa cuando un mujik viajero se detuvo ante ella. Pahom le preguntó de dónde venía y el forastero respondió que procedía del otro lado del Volga, donde había estado trabajando. Una palabra llevó a la otra, y el hombre comentó que había muchas tierras en venta por allá, y que muchos estaban viajando para comprarlas. Eran tan fértiles, aseguró, que el centeno crecía alto como un caballo, y tan tupido que cinco cortes de guadaña formaban una gavilla. Comentó que un campesino la había trabajado durante un tiempo sólo con sus manos, y ahora ya tenía seis caballos y dos vacas.

El corazón de Pahom se colmó de anhelo: “¿Por qué he de sufrir en este agujero -pensó- si se vive tan bien en otras partes? Venderé mi finca y, con ese dinero, comenzaré allá de nuevo y prosperaré”. De modo que vendió su tierra, su casa y su ganado. Con las ganancias se mudó con la familia a una nueva propiedad el triple de grande. Todo lo que había dicho el campesino era cierto, y Pahom estaba en mucha mejor posición que antes, pues adquirió muchas tierras arables y pasturas, y así pudo tener todas las cabezas de ganado que deseaba.

Al principio, en el ajetreo de la mudanza y la construcción de la nueva casa, Pahom se sentía complacido, pero cuando se habituó a la novedad comenzó a pensar que tampoco aquí estaba del todo satisfecho. Quería sembrar más trigo, pero no tenía tierras suficientes para ello, así que arrendó más terrenos por tres años. Fueron buenas temporadas y hubo buenas cosechas, de modo que ahorró un buen dinero. Podría haber seguido viviendo cómodamente, pero se cansó de arrendar tierras ajenas año tras año y de sufrir privaciones para ahorrar el dinero que le pedían por ello. “Si todas esas tierras fueran mías –pensó entonces-, sería independiente y no sufriría estas incomodidades”.

Llegó entonces el día en que un vendedor de bienes raíces que pasaba por su finca le comentó que acababa de regresar de la lejana tierra de los baskires[3], donde había comprado 600 hectáreas de tierra por sólo mil rublos:

-Sólo debes hacerte amigo del jefe –le dijo-. Yo le regalé como cien rublos en vestidos y alfombras, además de una caja de té, y di vino a quienes lo bebían, de suerte que obtuve toda esa tierra muy barata[4].

“Vaya -pensó Pahom-, allá puedo obtener fácilmente diez veces más tierras de las que poseo. Debo probar suerte”. Encomendó así a su familia el cuidado de la finca y emprendió el viaje, llevando consigo a su criado. Por el camino pararon en una ciudad y compraron una caja de té, vino y otros regalos, tal y como el vendedor les había aconsejado. Continuaron luego el viaje hasta recorrer más de 500 kilómetros, y en el séptimo día llegaron al lugar donde los baskires habían instalado sus tiendas. En cuanto advirtieron la presencia de Pahom, salieron y se reunieron en torno al visitante. Le dieron té y kurniss[5], y sacrificaron una oveja para darle de comer. Pahom sacó los presentes de su carromato y los distribuyó, diciéndoles que venía en busca de tierras. Los baskires parecieron muy satisfechos con la propuesta y le explicaron que para eso debía hablar con el jefe. De tal modo, lo mandaron a buscar y le contaron las motivaciones del visitante. El jefe escuchó pacientemente, luego pidió silencio con un gesto y se dirigió a Pahom:

-De acuerdo. Escoge la tierra que te plazca, pues tenemos en abundancia[6].

-¿Y cuál será el precio?- Preguntó Pahom.

-Nuestro precio siempre es el mismo: mil rublos por día.

Pahom no comprendió: -¿Un día? ¿Qué medida es ésa? ¿Cuántas hectáreas de tierra son?

-No sabemos calcularlo -dijo el jefe-. Vendemos la tierra por días. Todo lo que puedas recorrer a pie en el curso de un día es tuyo, y el precio es mil rublos por día.

Pahom quedó estupefacto ante la oferta: -Pero en un día se puede recorrer una vasta extensión de tierra- dijo.

El jefe se echó a reír: -¡Y será toda tuya! Pero con una condición: si no regresas en el mismo día al lugar donde comenzaste a caminar, perderás el dinero adelantado.

-¿Y cómo debo señalar el camino que he seguido?

-Iremos al lugar que gustes y nos quedaremos allí. Puedes comenzar desde ese sitio y emprender tu viaje llevando una azada contigo. Donde lo consideres necesario, deja una marca. En cada giro cava un pozo y apila la tierra; luego iremos con un arado de pozo en pozo. Puedes hacer el recorrido que desees, pero antes que se ponga el sol debes regresar al sitio del que partiste. Toda la tierra que cubras será tuya.

Pahom estaba alborozado ante la expectativa y decidió comenzar por la mañana. Charlaron, bebieron más kurniss, comieron más carne de oveja y bebieron más té, y así llegó la noche. Le proporcionaron un alojamiento con una cama de edredón, y los baskires se dispersaron prometiendo reunirse en la madrugada siguiente para viajar al punto convenido antes del amanecer. Pahom se acostó, pero no pudo dormir. No dejaba de pensar en su tierra. “¡Qué gran extensión marcaré! -pensó-. Puedo andar fácilmente cincuenta kilómetros por día. Los días ahora son largos, y un recorrido de cincuenta kilómetros representará gran cantidad de tierra. Venderé las más áridas, o se las arrendaré a los campesinos, y dejaré la mejor para trabajarla yo. Compraré dos yuntas de bueyes y contrataré dos peones más. Destinaré 90 hectáreas a la siembra y en el resto criaré ganado”.

[…]

Por la puerta abierta vio que ya rompía el alba. “Es hora de levantarse -se dijo-. Debemos ponernos en marcha”. Se puso en pie, despertó al criado que dormía en el carromato, le ordenó uncir los caballos y fue a llamar a los baskires. Estos se reunieron, y también acudió el jefe. El kurniss comenzó a correr de nuevo, y ofrecieron a Pahom un poco de té, pero él estaba ya muy impaciente y no quería esperar por más tiempo: “Si hemos de ir, vayamos de una vez. Ya es hora”.

Los baskires, entonces, se prepararon para la marcha, algunos a caballo, otros en carros. Pahom iba en su carromato con el criado, y llevaba una azada. Cuando llegaron a la estepa, las primeras luces del amanecer teñían de rojo el horizonte. Subieron una loma y todos se apearon de carros y caballos. Entonces el jefe se acercó a Pahom y, extendiendo el brazo hacia la planicie, le dijo:

-Todo esto, hasta donde llega la vista, es nuestro. Puedes tomar cuanto gustes.

A Pahom le brillaron los ojos, pues toda era tierra virgen, chata como la palma de la mano, negra como semilla de amapola, y en las hondonadas crecían altos pastizales. El jefe se quitó la gorra de piel de zorro, la apoyó en el suelo y explicó: -Ésta será la marca de salida. Regresa aquí y toda la tierra que hayas rodeado será tuya.

Entonces Pahom sacó el dinero y lo depositó en la gorra. Luego se quitó el abrigo, quedándose con su chaquetón sin mangas. Se aflojó el cinturón y lo sujetó con fuerza bajo el vientre, se puso un costal de pan en el pecho del jubón y, atando una botella de agua al cinturón, se subió la caña de las botas, empuñó la azada y se dispuso a partir. Tardó un instante en decidir el rumbo. Todas las direcciones eran igual de tentadoras. “No importa –se dijo por fin-. Iré hacia el sol naciente”. Se volvió entonces hacia el Este, se desperezó y aguardó a que el sol asomara sobre el horizonte. “No debo perder tiempo -pensó-, pues es más fácil caminar mientras el tiempo todavía está fresco”. Los rayos del sol no acababan de chispear sobre el horizonte cuando Pahom, azada al hombro, se internó en la estepa.

Caminaba a paso moderado. Tras avanzar mil metros se detuvo, cavó un pozo y apiló terrones de hierba para hacerlo más visible. Luego continuó. Ya había vencido el entumecimiento inicial, de modo que apuró el paso. Al cabo de un rato cavó otro pozo. Miró hacia atrás. La loma se veía claramente a la luz del sol, con la gente encima, y las llantas relucientes de las ruedas de los carromatos. Pahom calculó que había caminado ya unos cinco kilómetros. Hacía más calor; se quitó el chaquetón, se lo echó al hombro y continuó la marcha. Cuando el calor apretó aún más miró al sol. Era hora de pensar en el desayuno: “He recorrido el primer tramo, pero hay cuatro en un día, y todavía es demasiado pronto para virar. Sin embargo, me quitaré las botas para caminar con más comodidad”. Así lo hizo. Luego se las metió en el cinturón y reanudó la marcha con mayor soltura.

“Continuaré durante otros cinco kilómetros -pensó-, y luego giraré a la izquierda. Este lugar es tan promisorio que sería una pena perderlo. Cuanto más avanzo mejor parece la tierra.” Siguió derecho por un tiempo y, cuando miró en torno, la loma ya era apenas visible, las personas parecían ya hormigas, y apenas se veía un destello bajo el sol. “¡Ah! –se dijo-, ya he avanzado bastante en esta dirección y es hora de girar. Además, estoy sudando, y muy sediento”. Se detuvo, cavó un gran pozo y apiló hierba. Bebió un sorbo de agua y giró a la izquierda. Continuó la marcha. Ahora la hierba era alta y hacía mucho calor.

Pasado un largo rato, comenzó a cansarse. Miró hacia el sol y calculó que era mediodía.
“Bien -pensó-, debo descansar”. Se sentó, comió pan y bebió agua, pero no se tumbó por temor a quedarse dormido. Tras pasar un rato sentado, siguió andando. Al principio caminaba con dificultad, y sentía sueño, pero continuó pensando que unas horas de sufrimiento valían la pena a cambio de toda una vida para disfrutar los réditos.

Avanzó un largo trecho en la misma dirección y, ya iba a girar de nuevo a la izquierda, cuando vislumbró un fecundo valle. “Sería una pena excluir ese terreno -pensó-. El lino crecería bien aquí”. De modo que rodeó el valle y cavó un pozo del otro lado antes de volver a girar. Pahom miró entonces hacia la loma. El aire estaba brumoso y trémulo por el calor por lo que apenas se veía a la gente. “¡Ah! -convino-, los dos primeros lados son ya demasiado largos. Este debe ser más corto”. Y siguió así a lo largo del tercer lado, apurando el paso. Miró al sol de nuevo. Estaba ya a mitad de camino del horizonte y aún no había recorrido tres kilómetros del tercer lado del cuadrado por lo que todavía se encontraba a unos quince kilómetros de su meta. “No -pensó-, aunque mis tierras queden irregulares, debo volver en línea recta. Podría alejarme demasiado, y ya tengo gran cantidad”. Entonces cavó un pozo deprisa.

Echó luego a andar hacia la loma, pero con dificultad. Estaba agotado por el calor, tenía cortes y magulladuras en los pies descalzos, y le flaqueaban las piernas. Ansiaba descansar, pero era imposible si deseaba llegar antes del anochecer. El sol no esperaba a nadie y se hundía cada vez más en el horizonte. “Cielos –se lamentó-, si no hubiera cometido el error de querer demasiado… ¿Qué pasará si llego tarde?”. Miró hacia la loma y hacia el sol. Aún estaba lejos de su meta, y el astro descendía con rapidez.

Pahom siguió caminando con mucha dificultad, pero cada vez más rápido. Apuró el paso, pero todavía estaba lejos de la meta. Echó entonces a correr, arrojó la chaqueta, las botas, la botella y la gorra, conservando sólo la azada que utilizaba como bastón. “¡Ay de mí! He deseado mucho, y lo he echado todo a perder. Tengo que llegar antes de que se ponga el sol”.

El temor le quitaba el aliento. Siguió corriendo. La camisa y los pantalones empapados se le pegaban a la piel y tenía la boca reseca. Su pecho jadeaba como un fuelle, su corazón golpeaba como un martillo, sus piernas cedían como si no le pertenecieran. Pahom estaba abrumado por el terror de morir de agotamiento. Y, aunque temía a la muerte, ya no podía detenerse: “Después haber corrido tanto, me considerarán un tonto si me detengo ahora”. Y siguió corriendo, y al acercarse oyó que los baskires gritaban y aullaban en lo alto de la loma. Esos gritos le inflamaron aún más el corazón. Reunió sus últimas fuerzas y siguió corriendo.

El hinchado y brumoso sol casi rozaba el horizonte, rojo como la sangre. Estaba muy bajo, pero Pahom estaba ya muy cerca de alcanzar el objetivo. Podía ver a la gente de la loma agitando los brazos, animándolo a darse prisa. Veía la gorra de piel de zorro en el suelo, y el dinero, y al jefe sentado y riendo sonoramente. “Tengo tierras en abundancia -pensó-, ¿pero me dejará Dios vivir en ellas? ¡He perdido la vida, he perdido la vida!, ¡nunca llegaré a tiempo!”

Pahom miró de nuevo al sol, que ya desaparecía devorado por el horizonte. Con el resto de sus fuerzas apuró el paso, encorvando el cuerpo pues sus piernas apenas podían sostenerlo. Cuando llegó al pie de la loma, de pronto, oscureció. Miró al cielo por enésima vez. El sol se había puesto y Pahom soltó un alarido de desesperación. “Todo mi esfuerzo ha sido en vano”. Ya iba a detenerse, pero oyó que los baskires aún gritaban y recordó que, aunque para él, desde abajo, el sol parecía haberse puesto, desde lo alto de la loma todavía podían verlo. Aspiró entonces una buena bocanada de aire y corrió esforzadamente cuesta arriba. Allí aún había luz. Llegó entonces a la cima y vio la gorra. Sentado delante de ella el jefe aún reía a carcajadas. Pahom emitió un grito agónico. Se le aflojaron las piernas, cayó de bruces y tomó la gorra con las manos:

-¡Vaya, qué sujeto tan admirable! –exclamó entonces el jefe-. ¡Ha ganado muchas tierras!

El criado se le acercó corriendo y trató de levantarlo, pero vio que le salía sangre de la boca: ¡Estaba muerto! Los baskires chasquearon entonces la lengua para demostrar su piedad. Su criado empuñó la azada, cavó allí mismo una tumba para Pahom, y lo sepultó. Dos metros de la cabeza a los pies era todo lo que necesitaba en realidad.

Tolstoi
Lev Tolstoi (1828-1910).

[1] En algunas antologías de Tolstoi, este relato se presente bajo el título de El mujik y el diablo. Hay muchas traducciones de este texto de clara pretensión moralizante circulando por ahí y, pese a que no sé ni una palabra de ruso, parece obvio por la calidad del volcado al castellano que no todas son igualmente buenas. La adaptación libre que aquí ofrezco toma en cuenta tres de ellas, si bien he realizado alguna modificación gramatical y conceptual que me parecía coherente de cara a ofrecer una lectura más fluida. Por ejemplo, a fin de hacer el relato más comprensible, he preferido mantener el concepto de “hectárea” que propone un traductor para referirme a la medida de la tierra en lugar del original “desiatina” que sostiene otro, al ser una medida obsoleta de origen tártaro que equivaldría a unos 109.000 metros cuadrados. También he reducido u obviado algunas partes del relato que lo alargaban innecesariamente. Insto por ello al lector a que no interprete esta versión como fiel del original tolstoiano y le invito, por supuesto, a la lectura del propio texto de Tolstoi.

[2] El término mujik -en ruso: мужик, que significa literalmente “hombre”- se empleaba también con anterioridad a 1917 para referirse a los campesinos rusos que no poseían propiedades.

[3] Pueblo de origen túrquico que habita en Rusia. Se concentran en las faldas y llanuras adyacentes a los montes Urales en la zona sur de esa cordillera. También hay importantes minorías baskires en Kazajistán y Uzbekistán. Aunque los baskires hablaron el tártaro durante siglos, en la actualidad la mayoría habla ruso.

[4] A estas alturas, Tolstoi ya ha dado las suficientes pistas al lector como para invitarle a pensar que el primer viajero y el vendedor de ahora son, en realidad, versiones distintas del diablo tentando la ambición de Pahom.

[5] Tipo de vino “fortificado” o “generoso”. Este tipo de vinos, en su proceso de elaboración, incorporan procesos especiales destinados a aumentar su estabilidad y aumentar su graduación alcohólica, sin perder por ello su condición de derivado 100% de la uva. La técnica más común para fortificar el vino es la que se denomina “encabezado”, y consiste en añadir alcohol durante o antes del proceso de fermentación. Ello incrementa la graduación alcohólica, a la par que dota al vino de mayor textura y sabores más robustos. Por lo común, este tipo de vinos son más dulces debido a la mayor acumulación de azúcares que no consiguieron fermentarse, y también tienen mayor estabilidad: una vez abierta, una botella de vino fortificado puede durar varios meses sin perder sus propiedades al gusto, y esta es justamente la razón por la que comenzaron a elaborarse de este modo.

[6] Obviamente, y siguiendo la mecánica de todo relato moralizante, el jefe baskir es la tercera encarnación del diablo estrechando el cerco al incauto de Pahom.

Lecciones sobre censura

basta de censu
(by Quino).

En los Estados Unidos un vehículo de comunicación de masas de primer orden como el cine no fue considerado desde sus mismos orígenes como una expresión artística fidedigna –al mismo nivel que la literatura, la música o la pintura-, sino como una forma de entretenimiento y una industria más, lo cual motivó que fuera ajeno a la cobertura de la Primera Enmienda[1]. Existía incluso un dictamen emitido en 1915 por la Corte Suprema, basado en el caso de la Mutual Films Corporation contra la Industrial Comission of Ohio, que ratificaba legalmente este punto de vista. Esto motivaba, por tanto, que los productores, guionistas y directores fueran muy cautelosos a la hora de llevar determinadas historias, casos y cosas a la gran pantalla. No obstante y del mismo modo, en relación a la literatura, la prensa o la expresión artística, pese a no haber trabas legales explícitas, existían una serie de códigos y normas no escritos que  trataban de minimizar en la medida de lo posible los relatos y expresiones que atentasen de manera manifiesta contra las “buenas costumbres”. Como es lógico el relato de crímenes, las ofensas directas a la religión, los ataques a los medios de producción, o el cuestionamiento de las tradiciones culturales mayoritarias entraban claramente dentro de esta línea de autocensura.

Por supuesto, las limitaciones legales que afectaban de manera expresa a la naciente industria cinematográfica no impidieron los precoces escándalos con el sexo, las drogas y el alcohol de artistas de primera línea. Se ha argüido hasta la saciedad que el caso protagonizado por el entonces muy popular actor cómico Fatty Arbuckle, desencadenó de manera directa la primera normativa destinada a la censura en el cine estadounidense, pero en realidad sería más correcto señalar que el escándalo Arbuckle obró, simplemente, como la gota de agua que colmaba un vaso que se había llenado demasiado deprisa.

¿Un gordito criminal?

Roscoe Conkling Arbuckle (1887-1933), conocido entre el gran público como Fatty Arbuckle, sólo empleó el funesto apodo de “gordito” profesionalmente, ya que lo detestaba con todas sus fuerzas. Ciertamente fue uno de los actores más populares de su época, aunque en el presente sea conocido y recordado sobre todo por el dichoso escándalo que le perseguiría durante años al ser acusado de violar y provocar la muerte a la actriz principiante Viriginia Rappe durante una de las juergas fuera de control a las que era muy aficionado, al igual que un buen número de las nacientes estrellas cinematográficas del momento.

Roscoe Arbucke detenido
Arbuckle en la fotografía de su ficha policial.

Arbuckle, actor precoz, comenzó su carrera profesional con tan solo ocho años al debutar en una producción de 1908 titulada El sanatorio. A partir de ahí actuó en diversas producciones con Charles Chaplin, realizó otras con Mark Sennett y terminó dirigiendo y protagonizando otras muchas tras integrarse en los célebres estudios Keystone. Su popularidad crecería aún más  durante la Primera Guerra Mundial, pues unió fuerzas con el famosísimo Buster Keaton, hecho que lo convirtió en millonario. Sin embargo, a medida que la leyenda de Arbuckle crecía en el mundillo del cine, también su fama como hombre dado a los excesos se hizo extremadamente popular y, de hecho, a lo largo de los años, ganó y dilapidó sin solución de continuidad cientos de miles de dólares. Ciertamente, no era el único profesional del medio metido en jaleos de semejante índole –conocidos son, por poner el caso, los devaneos de Chaplin con chiquillas menores-, pero sí eran, tal vez, los menos disimulados y más espectaculares, lo cual le ganó tantos admiradores como detractores[2].

El asunto Rappe, que literalmente destruyó su carrera, tuvo lugar en 1921. Durante una juerga fuera de control acaecida en un Hotel de San Francisco, sedujo a la chica. La joven había sido recientemente operada de apendicitis, hecho que provocó que muriese a causa de un derrame interno producido por la introducción de objetos por vía anal. Sería el novio de la muchacha, Henry Pathé Lehrman quien finalmente denunció al actor por aquellos actos de sadismo, pero nunca quedó claro que fuera el propio Arbuckle el culpable. De hecho, pasó por tres juicios tras los que quedó finalmente exonerado de toda culpa. Sea como fuere, el caso se convirtió en unos de los primeros “juicios-espectáculo” de Hollywood gracias al concurso de los rotativos amarillistas de Wiliam Randolph Hearst, quien realizó una campaña masiva y extraordinariamente sensacionalista contra el actor que, por fin, dio al traste con su carrera al ser sus películas boicoteadas de suerte sistemática por el público británico y estadounidense[3]. No obstante, Arbuckle se reconvirtió en el actor de teatro John William B. Goodridge, identidad bajo la que pudo dirigir y comercializar diversos cortometrajes –apareciendo incluso en uno de ellos- hasta el día de su muerte[4].

Autocensurarse es gratis

La presión mediática de Hearst, que extendió su incendiaria crítica sobre Arbuckle hasta el “depravado” mundillo del cine, motivó que la industria cinematográfica fuese aún más lejos en su autocontrol y se preocupara incluso por la preservación de la buena imagen del negocio en sí mismo. No era solo que las películas debieran ser aceptables moral y políticamente, sino también que la propia imagen del medio debía mantenerse intachable. Si los actores, directores, productores, guionistas y demás querían mantener sus ideologías, juergas y vicios debían reducirlos a la más estricta privacidad sopena de malograr sus carreras para siempre.

Artífice principal de este control estricto y abusivo fue el abogado afiliado al partido republicano William H. Hays –quien fuera director en 1920 de la campaña electoral del presidente Harding-, quien controló la Motion Picture Association of America (MPAA) desde su creación en 1922, siendo el primer interesado en la defenestración pública del gordito Arbuckle pues hizo desde su despacho todo lo posible para que el actor fuese expulsado del mundo del cine a perpetuidad. De hecho, desde el primer momento, Hays impuso una clausula moral a todas las películas que pretendieran llevar el sello de aprobación de la MPAA e incluso trató de promover una campaña para imponer la censura gubernativa en el cine que no alcanzaría el éxito al considerarse de dudosa legalidad[5].

William H Hays Time
William H. Hays en la portada del semanario Time.

Sea como fuere, no demasiado convencido de que la cláusula moral supusiera una disuasión efectiva para los productores y directores, Hays optó por impulsar, a partir de 1927, la creación de un código moral bien regulado para la autocensura de la industria cinematográfica que, tras los trabajos de un comité consultivo conformado por diversos expertos, culminó con la redacción del célebre Production Code –más conocido como “Hays Code”- de 1930. Una regulación que controlaría la acción creativa de los creadores cinematográficos durante décadas y que explica, por sí misma, muchos de los elementos, tópicos y estereotipos que se harían comunes en las producciones de la época dorada de Hollywood[6].

El Hays Code, que empezó a aplicarse con absoluto rigor en 1934, no se abandonaría hasta 1968, año en el que fue reemplazado por el MPAA Film Rating System -la célebre calificación de las películas “por edades” que terminaría funcionando de un modo u otro en medio mundo-, y entraba de lleno en la consideración de lo que podría considerarse moral o inmoral para las audiencias estadounidenses en base a tres grandes líneas de acción:

  1. Ninguna película debería rebajar el estándar moral de sus espectadores y, por consiguiente, la audiencia no debería simpatizar en modo alguno con los criminales, los malvados, los pervertidos, los pecadores o las malas conductas.
  2. Toda producción cinematográfica, dentro de su argumento y de acuerdo a él, debería representar los estándares de vida adecuados (éticos, morales, religiosos, sexuales, y etcétera). Y, en el caso de tener que mostrarlos en otro sentido, hacer constar de manera clara que se trata de actividades y actitudes reprobables e indignas.
  3. Las leyes humanas o naturales no deberían ser ridiculizadas, ni se debería permitir que el espectador simpatizara en forma alguna con los personajes, ideas o tendencias que propagasen esta clase de ridiculización.
Hays Code
Portada de la edición de 1934 del “Hays Code”.

Si alguien se ha preguntado en algún momento por los motivos de que John Wayne se comporte de la manera absurda que lo hace en algunas de sus películas, o por qué ciertos diálogos y/o contextos del cine clásico parecen a menudo tan impostados, ridículos y falaces, ya tiene una explicación. No. Esto tampoco lo inventamos nosotros. De hecho, y resulta sintomático, el código censor del franquismo seguía unas líneas de actuación bastante parejas a las pergeñadas por el modelo norteamericano, hecho que tampoco debiera sorprendernos: determinados modos de pensar operan como construcciones ideológicas universalizantes antes que como expresión de parámetros locales.

En un mundo como el del presente, en el que cada vez más aparecen por doquier partidarios de las normas morales, los discursos convergentes y los controles intelectuales, tal vez sea necesario revisar estas historias pasadas. Quizá aprendamos algo acerca del control abusivo de las libertades, las leyes restrictivas contra la expresión de las propias ideas, la importancia de entender en qué contextos –y con qué pretextos- nos autocensuramos o permitimos que se nos censure y por qué, así como sobre la mojiganga relativa a la preservación de las “tradiciones” y las “buenas costumbres”.

Recuerden: la libertad es un bien frágil… Y siempre ha tenido y tendrá enemigos. En todas partes. Con cualquier motivo. Para cualquier cosa.


[1] La Primera Enmienda a la Constitución de los Estados Unidos, adoptada el 15 de diciembre de 1791, prohíbe la creación de cualquier ley federal o local con respecto a: el establecimiento oficial de una religión que impida la práctica libre de la misma; medidas que reduzcan la libertad de expresión; normativas que vulneren la libertad de prensa; reglamentos que interfieran con el derecho de reunión pacífica; medidas que prohíban solicitar una compensación por agravios gubernamentales.

[2] Scott, H (comp.) (1964). Enciclopedia del crimen y los criminales. Barcelona, España: Editorial Ferma.

[3] Oderman, S. (1994). Roscoe “Fatty” Arbuckle: A Biography of the Silent Film Comedian, 1887-1933. Jefferson (NC): McFarland & Company.

[4] Scott, H., 1964, op. cit.

[5] Pérez-Fernández, F. (2011). Mentes criminales. El crimen en la cultural popular contemporánea. Madrid, España: N@wtilus.

[6] Una versión completa y traducida al castellano del código de 1930 puede consultarse aquí: https://web.archive.org/web/20070311053616/http://www.academiadelapipa.org.ar/cod_hays.htm [enlazado en noviembre de 2018].

Antología islofóbica

“En el colegio, el recreo es un tiempo reconfortantemente muerto para no hablar con nadie y preparar las aventuras de la tarde, y la biblioteca un espacio más muerto aún donde los profesores no entran nunca y a los alumnos les está prohibido el paso.”

Mármol negro como la nieve


Autofobia. Antología de Relatos

Juan Ramón Biedma

Editorial Grupo Tierra Trivium, 2018.

Autofobia


El bedel me entrega el sobre y no puedo evitar sentir una punzada en la boca del estómago al advertir, garrapateada en el anverso, la letra picuda y obstinada de Juan Ramón. Entre ilusionado y ansioso, ya en la cafetería de la Universidad, rasgo el borde mientras pido un café y extraigo el libro que espero desde hace un par de semanas. Caigo entonces en la cuenta de que todo es muy raro esta mañana. Resulta que me he levantado de la cama pensando en esto de suerte inadvertida. Resulta que llego a la Facultad y me encuentro con esto de suerte inopinada. Resulta que la serendipia cósmica en la que vivimos es a menudo tan bellamente precisa –así se lo escribo al autor en el acuse de recibo-, como silenciosamente aterradora en su exactitud. Igual existe el karma como entidad sustancial y propositiva, o igual todo es vanidad, mero delirio confabulatorio, y yo estoy tan loco como a veces creo.

Observo la portada y la encuentro harto conveniente. Ese muro es la clave. Es nuestro muro. El que ponemos, el que nos ponen, el que queremos saltar o derribar sin que a veces podamos o sin que por lo común nos dejen. La persona que tengo al lado, mirando por encima de mi hombro, opta por abrir la boca cuando perfectamente podría haber seguido masticando la tostada. Ambos habríamos disfrutado más. Es lo malo que tiene hacer ciertas cosas en lugares públicos, que suele haber público.

-“Autofobia”. Fobia a uno mismo- el tono aleccionador, por supuesto.

-No.

-Auto… y fobia… Pues… -Ya inseguro.

-Que no. Mírate el Google. –No borde. Sí contundente.

-…

Sé bien que si escribimos en la eterna barra de Google que ha colonizado los ordenadores de medio mundo -ese árbol de la ciencia de la posmodernidad, ese oráculo del siglo XXI que nos saca de un apuro a la misma velocidad que nos provoca un dolor de cabeza-  la palabra “autofobia”, lo primero que encontramos es una de esas asépticas definiciones manualisticas que lo dicen todo sin explicar gran cosa: “también conocida como monofobia o islofobia, es una fobia específica. No es lo mismo que sentirse solo. Es una fobia al aislamiento, a la soledad, a ser ignorado. Los que padecen este trastorno no necesariamente tienen que estar físicamente solos para experimentar los síntomas” (fin de cita). Y también sé que Juan Ramón nunca da puntada sin hilo y trata, con este título, de inducir en el lector un error deliciosamente medido. Una falla muy precisa, calibrada, que solo la posterior lectura atenta de sus relatos podrá solucionar.

No es que Biedma –lo sé bien porque lo he leído y releído a fondo a lo largo de los años- se haya propuesto la tarea de componer un compendio de relatos enlazados por las marginalidades autofóbicas de sus protagonistas, es que la islofobia es un denominador común que hilvana toda su literatura. Digo bien: “literatura”. Porque Biedma no es un escritor, o un autor, o un narrador, u otra de esas personas que se ganan la vida escribiendo aquí y allá,  sino un literato entero y verdadero. Un artista. Lo que yo no soy. Lo que casi nadie es. Lo que solo unos cuantos elegidos alcanzan y lo que muchos pretenden haber conseguido.

Del más antiguo al más moderno, los y las protagonistas de esta antología son gente al margen como aquellos españoles de los que hablaba Américo Castro. Gente que no cuenta, cada uno a su manera, pero que quiere contar, quiere decidir, lucha por su derecho a estar, a ser, a parecer y a influir. A hacerse oír. Y lo hacen. Siempre desde ese borde exterior de la galaxia –permítase la alegoría lucasiana- que es la marginalidad. El espacio de los que aparentemente no cuentan o deciden. Ese ángulo muerto desde el que toda acción es posible, lo cambia todo, lo decanta todo y hace de las cosas lo que son en realidad, justamente porque nadie mira, porque nadie cree que lo que allí sucede tenga peso alguno en el teatro del mundo. Esa es la marginalidad autofóbica en la que viven los protagonistas de Juan Ramón: gentes que para la mayoría de nosotros ni existen ni cuentan, pero que luchan denodadamente por existir y contar, y que a su modo lo consiguen. Será por eso que, como me dijo cierta persona entendida en una ocasión, los escritos de Biedma son tan inquietantes y poco amables.

Piénsenlo bien. Todos hemos conocido a un Padre Full. A un Gaspar. A un Vervel. A una Niñadelaparatortopédico. Personas que deambulan por la vida sometidas a nuestra ignorancia falaz, que a menudo no tienen nombre y a las que apenas concedemos valor o importancia; que se rebelan contra el aislamiento complaciente al que las sometemos decidiendo, haciendo, compitiendo, contando, obrando, destruyendo, construyendo, pesando. Tienen sus armas que pensamos inocuas y las emplean. Libran batallas que presuponemos miserables y las ganan. Sobreviven transmutándose en la encarnación magnífica del antiguo axioma de Fray Luis de León: “para hacer el mal [ocasionalmente el bien], cualquiera es poderoso”. Por eso es que leer a Juan Ramón Biedma es una aventura y por eso es que esta antología, evolutiva como cualquier otra que reúna el trabajo de años, puede convertirse en la excelente entrada a ese universo goticista de lo autofóbico en el que su autor ha decidido quedarse a vivir revisando de suerte perpetua el reverso tenebroso de la fuerza (sí, está claro que no puedo evitarlo).

Un mundo excelente, enigmático y perverso repleto de personajes inspiradores e imitados tal vez de suerte inadvertida, pero con una rotundidad innegable. Pues resulta imposible no reconocer, por ejemplo, a los extraordinarios gitanos nucleares de los que Biedma escribió hace años en esos trabajadores irradiados que plagan la exitosa Zona de la reciente serie de televisión… Éxito razonable en la medida que, podría argumentarse, en algún sentido, todos nos reconocemos de algún modo en el devenir del marginado, del autofóbico, porque, simplemente, a todos nos aterra la idea de no contar, de no pesar, de no ser, de no estar, de no influir. Créeme: si existe una mentira en el mundo es la que hemos construido en torno a los protagonistas de una mitológica Historia Universal en la que, al parecer, Julio César o Napoleón parecían ganar sus batallas a costa de su mero ingenio e inteligencia, sin el concurso comprometido –quizá autofóbico- de miles soldados, de cientos de litros sangre, de toneladas de vísceras. En la que las naciones son simples colorines en un mapa y los pueblos absurdos puntos, números en una estadística, censos vacíos de humanidad. Pero la verdad es que –tu lo sabes- nada de eso ha importado jamás: el verdadero motor de la historia es el esfuerzo colectivo de masas ingentes de autofóbicos luchando por su derecho a no ser aislados, ocultados e ignorados. A todo trance. Caiga quien caiga.

Precisamente por eso, si empiezas este libro ya no podrás parar. Pero si lo terminas ya nunca tendrás suficiente. Palabra.

Biedma

Perder la cabeza

Place de Greve
El antiguo ayuntamiento de París y la Place de Grève hacia 1610 (grabado de Claude Chastillon). Posteriormente, la guillotina comenzaría a emplazarse regularmente para las ejecuciones públicas en la Place de la Concorde.

La ominosa máquina se instaló en la Place de Grève –actualmente Place de l´Hotêl-de-Ville-, frente al ayuntamiento, para ser activada en la mañana del 25 de abril de 1792. Su víctima sería un ladrón acusado de robo a mano armada, Nicolás Jacques Pelletier. La expectación era enorme en la medida que hasta entonces Francia siempre había ajusticiado a sus reos de muerte por otros medios variopintos, como la horca. Ciertamente, la multitud esperaba contemplar un espectacular baño de sangre que no se produjo. Antes al contrario, entre el momento en que la pesada hoja cayó sobre el cuello de Pelletier y la exhibición de la cabeza ante la multitud por parte del verdugo solo transcurrieron unos segundos y el esperado río de sangre quedó en poca cosa. Visto y no visto. Muchos de los asistentes, despistados, incluso se lo perdieron[1].

Los pataleos y jerigonzas del reo suspendido al cabo de una soga que tanto habían divertido durante décadas a los partidarios de las ejecuciones públicas capitalinas, y que podían prolongarse durante largos minutos concluyendo a menudo con el jocoso encabalgamiento del verdugo, habían desaparecido. La fiesta de la ejecución, que convocaba a comerciantes, fiesteros, ladrones, curiosos y afines en lo que se convertía en una completa algarada populachera, había perdido mucha gracia por culpa de ese engendro tecnológico de la guillotina. Por ello, a nadie extraño que aún durante la madrugada del día siguiente, las consabidas cuadrillas de golfos y borrachos todavía estuvieran cantando por las calles de París aquello de “devuélveme mi horca, devuélveme mi horca de madera”. Pero los tiempos habían cambiado. La Ilustración había venido y ya no era cosa de deleitarse públicamente con estas cosas o de incidir en anticuadas diferenciaciones sociales. Las viejas tradiciones tenían que morir en aras a metodologías más humanísticas y menos degradantes[2]

“Qué asco de modernidad” debió pensar más de uno.

Morir sin distinción

Pese a que la guillotina no fue inventada por el médico Joseph-Ignace Guillotin (1738-1814), un diputado de la Asamblea Nacional, firme opositor de la pena de muerte, que simplemente y en calidad de experto se limitó a recomendar con vehemencia su uso, la historia no impidió que el artefacto llevara el nombre del buen doctor. De hecho, el origen de la máquina se ignora con exactitud, y se sabe que ya venía utilizándose en diferentes versiones y lugares desde hacía mucho tiempo a la par que recibiendo muchos nombres diversos[3]. El problema, en este caso, es que nadie quería escuchar al buen Guillotin con lo cual, tras suministrar al fabricante de clavicordios Tobías Schmidt los planos de diversas maquinas de decapitación europeas, le rogó que, con el asesoramiento del verdugo Charles-Henri Sanson (1739-1806), diseñara un modelo operativo del aparato.

Joseph Ignace Guillotin
Joseph-Ignace Guillotin retratado por pintor anónimo.

Y es que Guillotin estaba convencido, a caballo de la ola de humanismo ilustrado creciente que se extendía por Europa, de que al no poder evitar que el Estado ejecutara a nadie, la tal máquina de ejecución por decapitación –como él solía llamarla- sería la más “humana” para con el reo en la medida que le ahorraría sufrimientos. En teoría, o al menos en la teoría de Guillotin, las características del instrumento hacían que la muerte se produjera de manera instantánea… No podemos olvidar a este respecto que desde los tiempos de las revoluciones burguesas liberales a los partidarios de la pena de muerte no les ha preocupado tanto replantearse su postura en torno a las ejecuciones como el paradójico absurdo de matar “humanitariamente” y “con dignidad”.

Charles Henri Sanson
Charles-Henri Sanson. El más conocido de una larga estirpe de verdugos.

No en vano, una de las obsesiones internacionales más insólitas que quepa imaginar fue, durante casi trescientos años, la que animó este asunto: encontrar un método de ejecución eficiente, rápido y respetuoso para con el condenado. Y en esta carrera del despropósito fue que se perfeccionaron viejas metodologías –como la horca o el garrote vil-, a la par que fueron presentándose, cual magníficas creaciones de la tecnología moderna, toda suerte de cacharros alternativos, desde la silla eléctrica a la inyección letal, pasando por la cámara de gas o el tiro en la nuca –que tiene muchas modalidades, no se crean-. Todos ellos, en sus diversas versiones “mejoradas”, unas más imaginativas que otras, se fueron vendiendo, sucesivamente, como el “método de ejecución más humanitario”. Por supuesto, y en última instancia, todos ellos terminaban siendo objeto de un debate ético-moral que, no obstante, en un perfecto ejemplo de hipocresía, eludía el fondo mismo de la cuestión: tal vez lo más humanitario fuera no tener que matar a nadie, ya se hiciera en público o en privado.

El caso es que el triunfo de la Revolución dio la razón a Guillotin. No es solo que tal vez tuviera razón en lo del argumento humanitario, es que además la tal maquina resultaba perfectamente igualitaria –Liberté, Egalité et Fraternité– en la medida que permitía despachar a todo el mundo de idéntico modo, pretendidamente sin agonía o sufrimiento, implantando también en este contexto un procedimiento que tampoco hacía distinción de clase o condición. Por cierto que, contrariamente a lo difundido por la leyenda urbana, Guillotin no moriría en la máquina por la que él había apostado, sino en su cama[4].

¿Mueren, o no?

Charlotte Corday
Este grabado muestra a Charlotte Corday ascendiendo al patíbulo para su ejecución.

Es sabido que los mitos y leyendas se adhieren a la muerte como la porquería a los zapatos, y ello motivó que, apenas se popularizó, la dichosa máquina de decapitar comenzara a generar cuentos extravagantes y morbosos. Uno de las más populares fue, precisamente, el de que los ejecutados no morían inmediatamente tras el impacto de la cuchilla diagonal y el desprendimiento súbito de la cabeza, por lo que aún mantendrían la conciencia durante un lapso de tiempo terrible e interminable. Es posible que la tal historia tomara forma a partir de la ejecución de Charlotte Corday, la asesina de Marat, ocurrida el 17 de julio de 1793. Según contaron muchos de los asistentes –nadie sabe quiénes, ni cuántos, ni la cantidad de ellos que habló de oídas- tras la decapitación y en aras a enardecer a la masa vengativa, uno de los ayudantes del verdugo tomó la cabeza de la mujer de la cesta y la abofeteó… Tras lo cual, en un gesto de tremendo odio, ella abrió los ojos y los dirigió hacia su agresor con ira contenida[5].

Posiblemente se tratara de una leyenda urbana, pero, sea como fuere, en 1795 el célebre doctor que tanto había hecho por su muy humanitaria implantación, recibió una carta mucho más sería que le sumió en un profundo estupor. La firmaba el anatomista alemán Samuel Thomas von Sömmerring (1755-1830) y en ella se venía a argumentar algo que más de uno sospechaba tras asistir a cualquiera de las ejecuciones públicas que hacían las delicias del pueblo parisino: si bien era cierto que el ejecutado no podía emitir queja alguna ante las deficiencias del aparato –entre otras cosas porque desprendido de los pulmones era incapaz de emitir sonido alguno- cabía pensar que el cerebro era capaz de sobrevivir durante largos segundos sin riego sanguíneo y que, durante ellos, probablemente la conciencia del sujeto seguía viva en el interior de aquella cabeza cuya última visión era el fondo de un cesto[6].

Samuel Thomas von Sommering
Samuel Thomas von Sömmering (retratado en 1813 por Wendelin Moosbruger).

Así las cosas, en Francia más de un crítico –no de las ejecuciones, sino de la metodología- se sumó a las apreciaciones de Sömmering. Probablemente, el primero de ellos fue el cirujano y bibliotecario de la Facultad de Medicina de París, el también médico Jean-Joseph Sue (1710-1792), quien propuso un peculiar método para comprobar su punto de vista: adiestrar al condenado, previamente a su ejecución, en un código gestual basado en parpadeos y movimientos mandibulares que permitiera comprobar, tras la decapitación, si la cabeza aún se mantenía consciente. Y si bien todos sus colegas de profesión rechazaron la idea por considerarla demasiado truculenta –como si la decapitación misma no lo fuera-, ésta cuajó entre la opinión pública al punto de que la teoría de la cabeza viviente se hizo ya tan extremadamente popular como imparable. De tal guisa, se comenzó a exigir a los verdugos que mostraran la cabeza del ejecutado a la concurrencia a fin de comprobar si, en efecto, ésta realizaba alguna clase de movimiento “sospechoso”, produciéndose sonoros abucheos cuando se detectaba algún inevitable reflejo palpebral. Y no pocos fueron los escritores y gacetilleros de la época que comenzaron a jugar con esta tenebrosa idea en sus relatos y crónicas[7].

El hecho es que, como los opositores de Sue y Sömmering no las tenían todas consigo, se decidió entrevistar al entonces asistente del verdugo de Paris, un tal Georges Martin, quien como testigo presencial en el mismo cadalso de más de cien ejecuciones, algo debía saber de lo que hacían las cabezas de los condenados tras la caída de la guillotina. Para tranquilidad de muchos de los entrevistadores, Martin opinó que, a su parecer, la muerte de la cabeza una vez separada del cuerpo era casi instantánea, pues había visto muchas y no tardaban más de un par de segundos en adoptar una completa inmovilidad. En su opinión, toda esa idea de las “cabezas vivientes” no era más que una histeria colectiva nacida de obvias motivaciones[8].

Los suspiros de alivio fueron unánimes. Al menos, de momento.

Jean-Joseph Sue
Jean-Joseph Sue (retrato de Guillaume Voiriot).

Cuestión de tiempo

De momento porque, en 1812, el fisiólogo Cesar Julien Jean Legallois (1770-1814) reactivó el asunto al publicar un artículo en el que exponía una teoría aún más truculenta y extravagante que la de Sue y digna, sin duda, del propio doctor Frankenstein. Si era cierto que el alma, la conciencia o la personalidad –o como se la quisiera llamar- residía en el cerebro, y éste no moría inmediatamente sino que lo hacía segundos después de la decapitación al verse privado de manera prolongada del riego sanguíneo, tal vez fuera posible reactivarla, o bien mantenerla con vida, si le suministraba por las arterias cerebrales cortadas una buena dosis de sangre oxigenada instantes después de la ejecución. Y una cabeza reactivada en tales condiciones podría sin duda ver, oler u oír. Al fin y al cabo, era posible en la medida que por encima del cuello cortado todo el sistema nervioso permanecería intacto[9].

Brown-Sequard
Brown-Sequard.

Es posible que Legallois se diera cuenta de que este experimento, pese a que teóricamente era factible, suponía una monstruosidad inusitada, por lo que no se atrevió a ponerlo en práctica y la cosa se fue enfriando. No obstante, en 1857, un colega médico con menos escrúpulos, el también francés Charles-Édouard Brown-Sequard (1817-1894), decidió probar la sugestiva idea con cabezas de perro unos ocho minutos después de su decapitación. Manifestó que, en efecto, obtuvo algunas reacciones con lo cual, a su parecer, era evidente que algo estaba sucediendo en el cerebro del pobre animal[10]. En realidad esto equivale, literalmente, a no decir absolutamente nada: al fin y a la postre siempre pasa “algo” en todas partes.

Y claro, teniendo en cuenta que la guillotina parisina trabajaba a destajo, que el cuento seguía vivo, y que los ejecutados no eran precisamente personas respetadas y respetables –por muy humanitaria e igualitariamente que se los quisiera liquidar-, era cuestión de tiempo que apareciese alguien dispuesto a probar todo esto en seres humanos. El avezado concursante fue el médico Jean Baptiste Vincent Laborde (1830-1903), sujeto bastante aficionado a los experimentos extremos con cadáveres, o bien con personas en estado de coma, y cuya ética profesional no era del todo asumida por sus colegas. Lo cierto es que a él la cuestión del prestigio parecía importarle bastante poco pues, como todo visionario que se precie, en lugar de practicar la autocrítica se sentía hombre notable y de objetivos elevados, pero incomprendidos por la ignorancia de la masa. En efecto, Laborde era un fanático de la tesis de la resucitación y estaba convencido de que, con una técnica adecuada, podría devolver a algunos fallecidos a la vida o bien recuperar del estado de coma irreversible a algún que otro paciente. De hecho, una de sus teorías favoritas era la de que se podía sacar del coma a algunos individuos provocandoles un shock estimular al tirarles con fuerza de la lengua[11]. De modo que si pensaban que el antes mencionado doctor Frankenstein era una mera invención literaria de Mary W. Shelley (1797-1851), deben saber que se confunden. En aquellos tiempos ya había bastante gente aparentemente seria metida en estas cuestiones. De hecho, y como muchos de sus predecesores en este ámbito, el propio Laborde solía publicar asiduamente los hallazgos de sus dudosas investigaciones en prestigiosas publicaciones médicas francesas, como la Revue Scientifique, lo cual lo hizo bastante conocido en su época.

Jean Baptiste Vincent Laborde
Jean-Baptiste Vincent Laborde (en litografía realizada a partir de la fotografía de Èdouard Rozé).

Hacia 1884, obtenidos los pertinentes permisos, las Autoridades francesas garantizaron al buen doctor un adecuado surtido de cabezas humanas cortadas a fin de que estudiara, in situ, el estado de su cerebro y su sistema nervioso. El interés del gobierno parisino en esto no había variado: el clamor popular en torno a la vida post-ejecución de las cabezas de los guillotinados seguía más vivo que nunca, por lo que se confiaba en que los estudios de Laborde resolvieran de una vez el maldito engorro de las cabezas autoconscientes boqueando agónicamente en el fondo de la cesta para completo horror del humanitarismo ilustrado. Y como es lógico, el médico comenzó a probar con las inyecciones de sangre y, posteriormente, trepanando los cráneos y estimulando los cerebros con agujas[12].

En un principio, no llegó muy lejos con las mencionadas técnicas. La cabeza de su primer sujeto experimental, un desgraciado apellidado Campi cuyos restos fueron profusamente descritos por el experimentador, llegaron muy tarde. Por lo que parece, desde el patíbulo al laboratorio de Laborde ubicado en la Rue Vaquelin no había más de seis minutos, pero el cuerpo –en dos trozos- de Campi llegó más de una hora tarde por cuanto las Autoridades exigían que los restos de los ejecutados solo podían pasar a jurisdicción médica una vez hubieran cruzado el umbral del cementerio municipal correspondiente. Un fastidio para el atrevido Laborde, quien no dudó en calificar el trámite de “ley estúpida”. En otras palabras: el fisiólogo tuvo que seguir con indisimulado fastidio el carro que condujo al finado Campi hasta el cementerio durante un buen trecho, firmar los pertinentes trámites burocráticos, y luego retornar a su laboratorio, lo cual, claro está, hacía el experimento imposible[13].

El carro del doctor Frankenstein

¿Había que rendirse? Por supuesto que no. Menudo era el doctor Laborde para estas cosas. De hecho, ideó un espectacular plan alternativo que algo nos dice de su obsesividad: apoyado por sus ayudantes creó en un carromato un laboratorio portátil con el que esperar las cabezas a la puerta misma del cementerio para, una vez recogidos los “restos frescos” –así los llamaba eufemísticamente- ponerse a trabajar de inmediato.

El laboratorio ambulante de Laborde estaba muy bien dispuesto. Contaba con una mesa de operaciones, cinco taburetes para los implicados en el experimento, iluminación con velas y todo el instrumental necesario para el trabajo a pie de calle. De suerte que cuando le llegó el cuerpo de su segundo sujeto experimental, apellidado Gamahut, se puso manos a la obra de inmediato procurando a la cabeza del ejecutado el tratamiento habitual. Y tras estabilizar la cabeza en un recipiente homeostático, practicar las perforaciones en el cráneo, insertar las agujas quirúrgicas y suministrar una dosis de corriente eléctrica, tan solo consiguió que el finado abriese un ojo muy lentamente, hecho que bien podría deberse a un reflejo. No obstante, este fracaso tampoco amilanó a Laborde. Así, achacando este fracaso de nuevo al lapso de tiempo transcurrido entre la defunción y el experimento, optó por lo habitual en estos casos: conseguir la tercera cabeza mucho más rápido por la vía del consabido soborno[14].

La cabeza del tercer tipo, Gagny, se encontró sobre la mesa de su laboratorio tan solo siete minutos después de la decapitación. En este caso el protocolo fue enteramente nuevo pues entretanto suministraba a la cabeza sangre oxigenada de vaca por las arterias de un lado cuello, conectó las del otro lado a un perro vivo a fin de garantizar un flujo constante de sangre al cerebro. El procedimiento completo llevó a Laborde, un excelente cirujano, tan solo trece minutos, con lo cual entre la decapitación y el experimento transcurrieron únicamente veinte. Todo un récord a decir verdad. El resultado fue más esperanzador en la medida que el cerebro del tal Gagny respondió con mayor afán a los cuidados de Laborde: parpadeos, movimientos mandibulares… Pero ninguna actividad que pudiera considerarse consciente. Menos mal. Así las cosas, y por fin, Laborde desistió al comprender que la muerte cerebral era demasiado rápida en ausencia de flujo sanguíneo –entre cuatro y seis minutos- como para lograr algún resultado con sus técnicas precarias[15].

Henry Languille
Henry Languille. Un tipo que, al perder la cabeza, dio mucho que hablar.

Sea como fuere, la historia de los tipos que esperan cabezas humanas recién cortadas el pie de la guillotina aún tuvo un episodio más en el protagonizado por el médico Gabriel Beaurieux, quien logró en 1905 un permiso para actuar al mismo pie del patíbulo. En este caso el reo ejecutado era Henry Languille, con cuya cabeza realizó una serie de experimentos sencillos y a buen seguro inconcluyentes como, por ejemplo, el de llamarle reiteradamente por su nombre. Obtuvo movimientos seguramente reflejos de la cabeza en cuestión que él quiso interpretar como rastro de actividad consciente, pero es dudoso que se tratara de tal cosa[16]. Pese a todo, y visto que el problema no parecía resolverse de manera definitiva, el mito de las cabezas conscientes tras la decapitación permaneció tan vivo en la mentalidad colectiva que muchos países que habían venido utilizándola periódicamente –como Bélgica, Suecia o Alemania, entre otros- decidieron rechazar la guillotina como el “método más humanitario” de ejecución.

No así en Francia, donde la historia de la máquina de decapitación todavía sería larga. El último ejecutado por este medio, el 10 de septiembre de 1977, fue el inmigrante tunecino Hamida Djandoubi, condenado a muerte por el asesinato de su ex novia[17]. Tres años más tarde el entonces primer ministro François Miterrand derogó la pena de muerte, con lo que el maldito engendro se convirtió al fin en una pieza de museo.

“Qué asco de modernidad”, debió pensar más de uno.

Hamid Djandoudi
Hamida Djandoubi en un recorte de prensa de la época.

[1] Estrin, M. (2009). The good Doctor Guillotin. An antomy of five. Cave Creek (AZ): Unbridled Books.

[2] Estrin, M., 2009, op. cit.

[3] Delaporte, M. (1777). Le voyageur Françoise ou la connaissance de l’ancien et du nouveau monde. Paris: Chez L. Cellot. Tomo XVI [puede consultarse en línea, aquí: http://www.memoriadigitalvasca.es/handle/10357/231].

[4] Así lo relata André Soubirán en su biografía de Guillotin, donde se explica que falleció a causa de un carbunco pulmonar –ántrax-. La confusión proviene del hecho de que uno de los ejecutados por la guillotina también se apellidaba Guillotin [Soubiran, A. (1961). Ce bon docteur Guilloten et sa simple mécanique. Paris: Librairie Académique Perrin].

[5] Schama, S. & Livesey, J. (2005). Citizens: A Chronicle of the French Revolution, London: Royal National Institute of the Blind.

[6] Roach, M. (2007). Fiambres. La fascinante vida de los cadáveres. Barcelona: Global Rhythm Press, S.L.

[7] Roach, M., 2007, op. cit.

[8] Soubiran, A., 1961, op. cit.

[9] Puede encontrarse en: Oeuvres de César Legallois, médecin en chef de l’hospice et de la prison de Bicêtre. Le Rouge, 1830.

[10] Roach, M., 2007, op. cit.

[11] Poirier, J. (2015). Jean-Baptiste Vincent Laborde (1830-1903), forgotten neurologist and neurophysiologist. Geriatr Psychol Neuropsychiatr Vieil, 13(1):73-82. doi: 10.1684/pnv.2015.0518.

[12] Roach, M., 2007, op. cit.

[13] Hecht, J.M. (2003). The End of the Soul: Scientific Modernity, Atheism, and Anthropology in France. New York: Columbia University Press.

[14] Roach, M., 2007, op. cit.

[15] Hecht, J.M., 2003, op cit. Véase también: The living head: A gruesome curiosity [en: http://jcsciphile.com/biology/the-living-head-a-gruesome-curiosity/].

[16] Kemp, A.H. (2017). From decapitation to positive psychology: how one nerve connects body, brain and mind. The Conversation [puede verse en: http://theconversation.com/from-decapitation-to-positive-psychology-how-one-nerve-connects-body-brain-and-mind-70685].

[17] Olaizola, B. (enero de 2017). La historia del último guillotinado de todos los tiempos. Ideal [recuperado de: https://www.ideal.es/sociedad/201701/31/historia-ultimo-guillotinado-todos-20170130132622.html, en octubre de 2018].