La Inquisición española: ¿Institución religiosa o parapolicía?

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La petición formulada por los Reyes Católicos al Papa Sixto IV (1414-1484), motivó a este último, en noviembre de 1478, a publicar la bula Exegit sincerae devotionis, en la cual concedía a los monarcas peninsulares capacidad para establecer un tribunal con el que perseguir la herejía de los falsos conversos. De hecho, la bula reconocía en su texto que muchas personas regeneradas por la vía del bautismo, a la hora de la verdad, observaban apariencia de cristianos en la vida pública, pero seguían manteniendo sus viejos cultos y costumbres en el ámbito privado. Así pues, Sixto IV convenía en conceder a Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón (1468-1516) la facultad de nombrar inquisidores para perseguir tales prácticas, con la condición expresa de que fueran eclesiásticos –seculares o religiosos-, hubiesen cumplido al menos los cuarenta años, y fueran titulados en teología o derecho canónico[1].

La concesión del Papa se explica por la peculiaridad a la que se alude en la bula, esto es, la persecución de la herejía de los falsos conversos en tanto que problemática típicamente española que debía recaer bajo la competencia de la Corona como mera cuestión interna. Solo así se comprende que el Vaticano permitiera tal duplicidad de funciones, pues, como es notorio, existía una Inquisición funcionando en diferentes lugares cristianos –la Corona de Aragón era precisamente uno de ellos- desde el siglo XIII, y dependiente del Papado. De hecho, no tardaron en surgir fricciones entre los Reyes Católicos y el Papa a causa de los excesos y crueldades cometidos en Sevilla por los primeros inquisidores, nombrados por los monarcas en 1480, los dominicos Juan de San Martín (n.d.) y Miguel de Morillo (1428-1491), y que serían censurados no solo por las agredidas comunidades conversas sino también por los propios obispos. A tal respecto, el bachiller Andrés Bernáldez (1450-1513) escribió:

“[Entre 1481 y 1488] quemaron mas de setecientas personas, y reconciliaron mas de cinco mil y echaron en cárceles perpetuas, que ovo tales y estuvieron en ellas cuatro ó cinco años ó mas y sacáronles y echáronles cruces é unos San Benitillos colorados atrás, y adelante, y ansi anduvieron mucho tiempo, é despues se los quitaron por que no creciese el disfame en la tierra viendo aquello. Entre los que he dicho quemaron en Sevilla en torno de aquellos dichos ocho años, quemaron á tres clérigos de missa, é tres ó cuatro Frailes todos de este linaje de los confesos, é quemaron un Dotor fraile de la Trinidad que llamaban Savariego, que era un gran predicador, y gran falsario, hereje engañador que le conteció venir el Viérnes Santo á predicar la Pasion y hartarse de carne. Quemaron infinitos guesos de los Corrales de la Trinidad y San Agustin é San Bernardo, de los confesos que allí se habian enterrado cada uno sobre sí al uso judáico, é apregonaron é quemaron en estátua á muchos que hallaron dañados de los judíos huidos”[2].

La respuesta de Sixto IV a estos excesos, ya en 1482, fue emitir la bula Non dubitarimus, en la cual criticaba la actuación de estos inquisidores designados por Isabel y Fernando a la par que pretendía revocar su derecho a nombrar sus propios funcionarios, a fin de que esta capacidad retornara a Roma como era lo habitual. Sirvió de poco el esfuerzo papal en la medida que los Reyes Católicos no solo vencieron la batalla diplomática, sino que además lograron reforzar su autoridad, logrando el nombramiento como Inquisidor General para Castilla y Aragón de Fray Tomás de Torquemada (1420-1498) en 1483, cuyas funciones y autoridad se consolidaron y crecieron con el paso de los años.

Cuestión de números

Debe significarse en este punto que la Inquisición española fue más un empeño de Fernando que de Isabel –de quien ironizó Fernando Garrido (1821-1883) que en cuestiones religiosas solía dejarse conducir casi siempre por los dominicos y el nuncio papal[3]-, por cuanto lograr imponerla en Aragón y con las mismas atribuciones totales para la Corona que se habían logrado en Castilla, significaba tomar el control de una curia contestataría; un control del que nunca dispuso al ser la Inquisición aragonesa antigua, de longeva tradición, y depender directamente de Roma. Precisamente por ello, el nombramiento de Torquemada implicó, en la práctica, centralizar en manos de la monarquía una enorme cuota de poder religioso y político, hecho que implicaba un notable incremento de la soberanía, que era precisamente el objetivo pretendido con la maniobra.

“En su primera etapa la Inquisición proyectó su actividad represiva fundamentalmente hacia los conversos: así, del total de las 2345 personas procesadas por el tribunal de Valencia hasta 1530, el 91,6 por 100 lo fueron por judaizantes. Progresivamente, además de las herejías judaizante, morisca y, después, de los iluminados y protestantes, el abanico de delitos perseguidos por el Santo Oficio se haría bastante más amplio: bigamia, solicitaciones de confesionario, blasfemia, sodomía o brujería, además de la censura ideológica y cultural bien visible en los Índices de libros prohibidos, el primero de los cuales se hizo público en 1559”[4].

Lo cierto es que la cantidad de personas procesadas por la Inquisición –seguiremos llamandola genéricamente “española” aún a riesgo de cometer ciertos anacronismos-, así como los motivos de tales procesos, han sido temas muy discutidos. Los cálculos más extremos llegaron a hablar de unas 350.000 personas, pero esta cifra ha sido muy matizada a medida que se ha profundizado en el estudio de los procesos. Es cierto que solo se conservan registros de las causas de fe que tuvieron lugar entre 1500 y 1700, pero su estudio invita a pensar que la cifra a la que antes se aludía es exagerada. Si se tienen en cuenta las averiguaciones realizadas por diferentes especialistas, la cifra global de procesados por la Inquisición española hasta su desaparición en 1833 no debió superar las 150.000 y, desde luego, una ínfima cantidad de ellas lo fueron por supuesta “brujería”, delito herético para con el que la institución se mostró bastante laxa frente a lo ocurrido en otros lugares de Europa[5]. No entraremos aquí en el debate banal –por innecesario- acerca de si son “muchas” o “pocas” las personas encausadas y condenadas, desde luego, pero sí es precisa la aclaración a causa de las exageraciones sin base documental que suelen circular en torno a este asunto. Las perversiones, iniquidades, persecuciones no dependen de su peso, como pretenden muchos necios, sino de su mero ser.

Los ritmos represivos seguidos por los tribunales inquisitoriales no fueron los mismos a lo largo del tiempo. Así, siguiendo a Jean-Pierre Dedieu en su estudio de las actividades del Tribunal de Toledo, cabe señalar cuatro etapas bien diferenciadas: 1480 a 1525, en la que la presión es muy intensa y dirigida especialmente sobre los judaizantes; 1525 a 1630, con una actividad represiva constante y concentrada sobre las prácticas de los “cristianos viejos” –delitos ideológicos, hechicería, brujería, herejía en cualquier forma-, y sobre los “cristianos nuevos”, especialmente moriscos; 1630 a 1720, momento en el que la presión decrece a pesar de que haya sonados brotes de antijudaísmo; y por último el periodo comprendido entre 1720 y 1833, en el que se produce una ralentización progresiva y total de las actividades del Santo Oficio[6]. Y lo que esto nos indica, para comenzar, es que el número de procesados sería mucho mayor en el siglo XVI que en el siglo XVII. Pero, en segundo término y si ponemos números a los procesos iniciados en cada periodo, descubrimos que la actividad de la Inquisición española contra delitos como la blasfemia, el librepensamiento –delito ideológico en cualquiera de sus formas-, o las proposiciones y prácticas heréticas no llegó en su conjunto total más que hasta un 35% del total[7]. Esto, como veremos, nos aclara mucho en relación a la función y pretensión principal del organismo.

El proceso

Los procesos inquisitoriales seguían una serie de etapas precisas y en absoluto arbitrarias. Los tribunales funcionaban con una metodología elaborada a partir del Derecho Romano, el Derecho Canónico, el Derecho Natural y las Instrucciones desarrolladas por los primeros inquisidores generales, Torquemada, Diego de Deza (1444-1523) y Francisco Jiménez de Cisneros (1436-1517) –el famoso Cardenal Cisneros-, todas ellas sistematizadas por obra de Fernando de Valdés (1483-1568) en 1561[8]. Cuando una denuncia llegaba al tribunal era sometida a la evaluación de unos calificadores que determinaban si, en efecto, existía materia punible sobra la que el Santo Oficio fuera competente. De ser así, se procedía a la detención del acusado y a la confiscación de sus bienes con la finalidad de pagar el proceso y los gastos derivados de su reclusión. Tres días después del arresto, aproximadamente, el acusado era objeto de las primeras audiencias en las que se le preguntaba sobre su genealogía, se comprobaba su conocimiento de la fe cristiana, se le invitaba a arrepentirse de su delito y, por supuesto, a delatar a otros herejes en el caso de que conociera alguno. Todo ello, por cierto, sin darle explicaciones sobre la denuncia de qué era objeto, ni de quién o quiénes eran sus denunciantes.

Cuando se pasaba al juicio propiamente dicho, el acusado podía elegir un representante que le defendiera, si bien, con posterioridad, esa libertad se restringió a la elección de abogados suministrados por la propia Inquisición. En esta fase el reo podía aportar cuántos elementos para su defensa considerase oportunos, desde aportar testimonios favorables –o “abonos”-, a indicar al tribunal un listado de sus posibles enemigos –o “tachas”-, entre los que podrían encontrarse sus acusadores, lo cual posiblemente obligaría a concretar la calidad y rigor de las acusaciones mutuas (y de ahí el motivo de que no fuera informado de este extremo). Tras ello, el reo podía ser absuelto o condenado. En el segundo caso, era objeto de un auto de fe en el que se le aplicarían las medidas interpuestas por el tribunal y que no eran en absoluto aleatorias. Cada delito, de acuerdo a su gravedad específica, tenía una condena rigurosamente tipificada que el tribunal no podía en modo alguno transgredir de suerte que, por así decir, en gran medida era la magnitud de la acusación la que determinaba la posible gravedad de la pena. Este evento, el auto, consistía básicamente en una misa solemne tras la que se leían las sentencias y se aplicaban las penas correspondientes a cada caso, ya fueran espirituales, corporales o financieras[9].

La verdad es que el secretismo inherente al proceso motivaba que las falsas acusaciones fueran comunes, así como los excesos y los abusos, pero no es menos cierto que todo este procedimiento, a fin de entender su lógica, ha de observarse desde las coordenadas ideológicas y culturales de su tiempo: no es solo que estuviera asumida la existencia de la herejía en cualquiera de sus formas y que la finalidad del “buen cristiano” era contribuir activamente al orden público. Ocurría también que el Santo Oficio era un organismo cuya función era fundamentalmente represiva y ejemplarizante, no educadora o rehabilitadora, dimanando su autoridad tanto del poder de la Corona como de la inteligencia divina. Además, conceptos modernos como el de los derechos procesales eran cosa inexistente y plantearse un análisis de la institución desde tal premisa sería un inútil ejercicio de presentismo.

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Auto de Fe en la Plaza Mayor de Madrid (Francisco Rizi, 1683).

Represión y contrainteligencia

La peor consecuencia de la consolidación de una institución de fin básicamente  represivo como la Inquisición fue precisamente la “atmósfera inquisitorial” que inundó los eventos sociales y que degeneró en toda suerte de delaciones, desconfianzas y miedos que culminaron, incluso, en la histeria colectiva y paradójica de las autodenuncias. En mitad de este contexto venenoso, la “limpieza de sangre” –casi el 50% de los procesos- llegó a convertirse en una verdadera obsesión que tiñó de suerte indeleble las manifestaciones ideológicas y culturales del país. Tanto es así, que durante el siglo XVI adoptó la forma de una irracional inquina contra la diferencia. No es solo que el Santo Oficio terminará por verse transformado en una auténtica policía política destinada al espionaje y control extremo de la población, sino también que todos los cabildos, órdenes religiosas y concejos establecerían sus propios estatutos de limpieza de sangre, a fin de prevenir el ingreso en sus filas de judeoconversos, moriscos, protestantes y herejes en general. La causa de este rechazo, sin embargo, no parece residir tanto en los repudiados como en los que repudiaban –los “cristianos viejos” o “limpios”-, quienes parecían necesitar de la figura de “los otros” para poder reconocerse a sí mismos como comunidad católica de buenos súbditos, obedientes a Dios y fieles sirvientes del Estado[10]. La lógica interna que preside todo esto es aplastante (quizá hay quien debería tomar nota): si no hay “malos”, es metafísicamente imposible que existan los “buenos”.

Esta defensa radical de la alteridad como principio para la autodefinición alcanzó a lo largo del siglo XVI el rango de una verdadera paranoia, que embadurnó hechos tan cotidianos e inocentes como la manera de vestir, de hablar, de comer, e incluso de saludar, lo cual motivó que todas las manifestaciones de la cultura, incluso las más nimias (un bostezo inoportuno, una carcajada a destiempo, una salida intempestiva), se sometieran a una regulación extrema y a una disciplina en la observancia de las así llamadas “buenas costumbres” rayana en el más completo ridículo. Incluso llegaron a defenderse absurdas conspiraciones, en algunos casos importadas de otros países europeos, en las que los “enemigos”: judíos, moriscos, protestantes, se conjuraban contra el buen orden de Las Españas, y que desencadenaron acusaciones, procesos y condenas verdaderamente kafkianas, que tal vez expliquen la ancestral tendencia totalitaria del español a imaginar contubernios y conspiraciones ocultas a la sombra de cualquier evento.

“La supuesta alianza se hacía más peligrosa, si cabe, porque era propiciada por los enemigos exteriores de la Monarquía –Francia, Inglaterra, el Turco, Países Bajos- que podían enviar a sus agentes a España para destruirla. También las colonias de extranjeros serán objeto de los recelos inquisitoriales, sobre todo si provienen de tierras en las que se asiste a un abierto conflicto confesional”[11].

Junto a esa labor que hoy podríamos considerar “de contrainteligencia”, la Inquisición española no olvidó el control y la vigilancia de los “cristianos viejos”, localizando y persiguiendo cuantas sospechas de conductas heréticas pudieran producirse, a fin de preservar la calidad moral de la sociedad y fomentar su homogeneización. La diferencia o la disensión se convirtieron, sin más, en un motivo de sospecha.

Sin embargo, en el segundo tercio del siglo XVII el Santo Oficio comenzó a languidecer institucionalmente, como lo prueba el hecho de que sus ingresos por confiscaciones descendieron a tal punto que algunos tribunales de distrito comenzaron a carecer del dinero necesario para pagar a sus empleados. Tal fue, por ejemplo, el caso del de Zaragoza en 1677[12]. Por otro lado, y hasta 1630, la actividad inquisitorial se vio reducida con respecto a épocas pasadas, centrándose especialmente en cuestiones de pureza de fe y en el combate de las supersticiones. Posteriormente, y al hilo de eventos políticos como la sublevación de Portugal (1640) o el conflicto comercial con Holanda (1652), los asuntos de fe quedaron en un segundo plano, pues, valiéndose de argucias religiosas, la institución se dedicó sin ambages al hostigamiento de financieros y otros personajes vinculados económicamente a estas y otras naciones. Sea como fuere, y paulatinamente, el poder del Santo Oficio fue decreciendo hacia el final del siglo, fundamentalmente porque el poder político era cada vez menos complaciente e indiferente para con sus actividades.

Paradójicamente, y dada su demostrada eficacia en materia de parapolicía y contra-inteligencia que, en última instancia, interfería en las atribuciones crecientes de un Estado cada vez más poderoso, burocratizado y dominante, que avanzaba hacia la modernidad, la Inquisición española terminaría muriendo de éxito.


[1] Simón Tarrés, A., La monarquía de los Reyes Católicos. Hacia un Estado hispánico plural. Historia de España, 13. Madrid: Historia 16 / Temas de Hoy; 1996.

[2] Bernáldez, A., Historia de los Reyes Católicos Don Fernando y Doña Isabel, Tomo I. Sevilla: Imprenta de D. José María Geofrin; 1870, pp. 132-133.

[3] Garrido, F., Historia de las persecuciones políticas y religiosas ocurridas en Europa desde la Edad Media hasta nuestros días. Barcelona: Imprenta y Librería de Salvador Manero; 1863.

[4] Simón Tarrés, A., op. 1996, cit., pp. 99-100.

[5] García Cárcel, R., La cultura del Siglo de Oro. Pensamiento, arte y literatura. Historia de España, 16. Madrid: Historia 17 / Temas de Hoy; 1996.

[6] Dedieu, J.P., L’administration de la foi; L’inquisition de Toledo (XVIe-XVIIe siècle). Madrid: Biblioteca de la Casa de Velázquez; 1989.

[7] García Cárcel, R., 1996, op. cit.

[8] Simón Tarrés, A., 1996, op. cit.

[9] García Cárcel, R., Orígenes de la Inquisición española. El tribunal de Valencia (1478-1530). Barcelona: Península; 1976.

[10] Bouza, F., Los Austrias Mayores. Imperio y monarquía de Carlos I y Felipe II. Historia de España, 15. Madrid: Historia 16 / Temas de Hoy; 1996.

[11] Bouza, F., 1996, op. cit., p. 68.

[12] Sánchez Belén, J.A., Los Austrias Menores. La monarquía española en el siglo XVII. Historia de España, 16. Madrid: Historia 16 / Temas de Hoy; 1996.

El “affaire” del polígrafo

poligrafo-social

Tras un arranque fulgurante a caballo entre los siglos XIX y XX, la psicología del testimonio cayó en un inesperado letargo del que tardó tiempo en recuperarse y que se acentuaría en la década de 1930[1]. Es verdad que no dejaron de publicarse trabajos más o menos precisos en torno al tema, pero los avances eran escasos en la medida que los paradigmas “de moda” en la psicología no ayudaban y los avances en la comprensión del proceso de la memoria eran escasos y tardaron, además, en ser considerados en su justa medida. De tal modo, el interés en torno al tema del testimonio fidedigno languideció.

También contribuyó a la ralentización del campo el estallido casi consecutivo de las dos guerras mundiales que, problemas sociopolíticos y económicos aparte, llevaría a poner el foco de interés sobre otras cuestiones adyacentes, aunque no menos interesantes, como las relacionadas con los servicios de inteligencia, la investigación basada en registros psicofisiológicos, la profundización en la siempre controvertida cuestión de la simulación y la disimulación de síntomas, así como la ardua cuestión de la “detección de la mentira”. Un tema éste último teóricamente discutido desde sus mismos orígenes, e incluso en todo lo relacionado con su desarrollo histórico. No en vano, y pese a que no se trate de un tópico común en los libros de texto, solo podemos empezar a hablar de él mencionando el nombre de un personaje ciertamente peculiar: William Moulton Marston (1893-1947).

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El William Marston de sus últimos años en uno de sus divertimentos favoritos: realizar registros poligráficos de señoras (otro día hablaremos del por qué de esta obsesión suya).

La batalla por la paternidad

William Marston estudió en la Escuela de Leyes de Harvard, donde se licenció en 1915 para obtener en la maestría 1918, siendo muy relevante para él la influencia de figuras como Hugo Münsterberg (1863-1916). Sus charlas sobre psicología del testimonio le impactaron tanto que decidió matricularse en el doctorado en psicología, culminándolo en 1921 con una tesis sobre la correlación entre los niveles de presión arterial de los sujetos y la mentira. Fue en ella que puso las bases de la que posteriormente sería su aportación al nacimiento del polígrafo moderno[2].

A comienzos de la década de 1890 la Universidad de Harvard había adquirido uno de los primeros aparatos de registro fisiológico del mercado que, muy pronto, Münsterberg y sus alumnos comenzaron a utilizar para establecer correlaciones más o menos clara entre las medidas registradas y la veracidad de los testimonios emitidos por los sujetos durante el proceso penal[3]. El hecho es que el alemán llegó a estar tan convencido de que existía un rastro fisiológico directo y observable de la mentira que, en sus siempre vehementes textos apologéticos, defendió que la medida fisiológica de la sinceridad debería aplicarse al campo de la justicia por el bien público[4]. Hoy, no obstante, sabemos que se equivocaba pues no parece existir un único patrón de respuesta fisiológica asociado a la mentira, del mismo modo que no se puede asegurar que una alteración fisiológica pueda ser asociada de manera fidedigna a la mentira o a cualquier otra emoción colateral como, por ejemplo, el miedo[5].

Cuando Marston convirtió la inspiración de Münsterberg en objeto de su tesis doctoral no ignoraba que estos registros no ofrecían una “medida directa” de la mentira, sino la reacción fisiológica provocada por el posible malestar del sujeto al mentir de manera consciente. En consecuencia, el problema fundamental que debía afrontarse era el de discernir entre los cambios fisiológicos asociados a la mentira consciente y los vinculados a otras emociones. Era necesaria, por tanto, una maquinaria fiable y fácil de manejar que permitiera observar los parámetros fisiológicos relevantes y, por otro, una técnica de interrogatorio que objetivara el estrés específico de la mentira[6]. Dado que durante la I Guerra Mundial Marston fue teniente del ejército, pudo realizar interrogatorios a supuestos espías extranjeros y perfeccionar el uso de su sistema, de modo que la idea de un aparato que realizara un registro fisiológico fehaciente de la mentira cuajó en su imaginario durante la misma, aunque su primer artículo al respecto viera la luz años después[7].

En 1921 Marston ha culminado su tesis doctoral y ha puesto las base teóricas del polígrafo moderno, pero no ha logrado claramente ninguno de los objetivos señalados y su popularidad es muy escasa, entre otras cosas, pues junto con su peculiar y poco convencional estilo de vida, se vería envuelto en un delito de estafa. Lo cierto es que el método no suministraba la deseada “medición directa” del embuste[8]. Además, el posible éxito comercial y legal del polígrafo era muy dudoso: las Autoridades seguían resistiéndose a aceptar interferencias extra-legales en los tribunales, y la validez científica del procedimiento estaba en entredicho[9]. Sin embargo, en 1922, Marston trató de mostrar públicamente la validez de su registro poniéndolo a prueba en el caso de James Alphonse Frye, a quien se acusaba de asesinato[10]. Tan convencido estaba de la eficacia del registro fisiológico mediante la presión arterial que se limitó a utilizar un sistema médico convencional: un esfigmomanómetro y un fonendoscopio. Tras la prueba aseguró que Frye era inocente, pero el juez negó a Marston la posibilidad de testificar pues “invadía el terreno del jurado” cuya prerrogativa era precisamente la de “medir” o “calibrar” la sinceridad del acusado a partir de las pruebas disponibles[11]. Este fallo fue ratificado por la Corte Suprema en 1925, y es la razón por la que el sistema de justicia estadounidense no acepta el registro poligráfico como prueba ante los tribunales.

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Leonarde Keeler durante una de sus famosas pruebas de selección de personal valiéndose del polígrafo. Utilizaba una baraja de póker para proceder a la calibración del instrumento y, con el tiempo, se supo que uno de sus trucos predilectos para asegurar los resultados era hacer trampas. Como suena. Tendrían que haberle pasado por su cacharro.

Pese a todo, el de los interrogatorios policiales –u otros afines como el de la seguridad- era un campo ajeno a la sentencia de la Corte Suprema y por ello sería en el terreno de la policía científica, impulsada en los Estados Unidos por August Vollmer (1876-1955), que se acometería el desarrollo de un aparato “detector de mentiras”. Así, mediada la década de 1930, Leonarde Keeler (1903-1949), logró perfeccionar un modelo manejable, fácil de transportar y de calibrar, lo patentó e hizo un suculento –a menudo deshonesto- negocio al introducirlo en el mundo empresarial[12]. Los métodos de Keeler despertaron la enconada oposición de John Larson (1892-1965), su otrora amigo y colaborador en el Departamento de Policía de Berkeley así como perfeccionador del primer método de testeo poligráfico –la Relevant/Irrelevant Technique (o RIT)-, a la par que autor de dos influyentes e inspiradores textos acerca de la materia[13]. Éste último, que era co-inventor del aparato, y se encontraba inmerso en la tarea de llevarlo a la respetabilidad científica, manifestó que los métodos de Keeler no sólo eran técnicamente inapropiados sino también ideológicamente detestables en tanto que próximos al totalitarismo. El debate subsiguiente provocó, pues, una rápida popularización del aparato[14] que hizo a Marston temer que no se reconocieran sus contribuciones. Escribió entonces, y publicó a la carrera, The Lie Detector Test (1938), un libro básicamente destinado a cantar las propias excelencias en el que desgrana todas sus experiencias en la investigación y aplicación del pretendido sistema de detección de mentiras desde 1915 y con el que intentó, de paso, recomendarse a sí mismo sin éxito para su reclutamiento por el FBI. Sin embargo, la paternidad nunca le sería reconocida y terminaría alcanzando la fama, irónicamente, en un entorno completamente alejado de la ciencia, como el del cómic, al convertirse en el creador de la intrépida Wonder Woman[15].

John Larson
John Larson, en sus años mozos. Terminó muy arrepentido.

Así no es como funciona

Sea como fuere, la controversia ha sido una constante a la hora de validar la eficiencia de este tipo de aparatología cuya penetración en la cultura popular ha sido enorme, pero cuyo rigor científico nunca ha dejado de encontrarse en entredicho, al punto de que a partir de la década de 1970 ha vivido un periodo de crisis y debate constantes. El propio Larson reconoció que su técnica tenía serias limitaciones y nunca estuvo de acuerdo con la enorme importancia que otros llegaron a concederle, al punto de que en 1961 llegó a decir:

“Originalmente, yo esperaba que la detección instrumental de la mentira llegaría a convertirse en una parte más de la ciencia policial profesional. Pero ha sido poco más que alboroto. El detector de mentiras, tal y como se usa en algunos lugares, no es más que un tercer grado psicológico destinado a extorsionar confesiones tal y como lo fueron las viejas palizas físicas. A veces lamento haber tomado parte en su desarrollo” [16].

Sea como fuere, los partidarios más enconados del polígrafo, u otras tecnologías afines en el sentido de que comparten sus principios teóricos básicos, aún hoy, defienden de manera sumamente optimista que su tasa de acierto supera el 90%, mientras que otros investigadores algo más objetivos estimarían su fiabilidad –todo ello asumiendo, por supuesto, la tesis indemostrada de que la mentira tiene un registro fisiológico propio- entre el 64% y el 85% de casos[17]. Sin embargo, y precisamente por los márgenes de error estadístico que la técnica propicia, muchos sistemas judiciales la consideran como inadmisible para la administración de justicia[18]. Y no es para menos: si aceptamos, por ejemplo, que acierta en un 75% de casos, en una muestra de 1000 personas acusadas de alguna clase de delito sometidas al polígrafo, y de las que 750 fueran realmente culpables, se podría llegar al falso positivo –o al falso negativo- en unos 180 casos[19]. Y todo ello sin tomar en consideración el error metodológico fundamental de estas medidas: que se suelen aplicar sobre sospechosos de los que hay alguna evidencia previa que apunta hacia su culpabilidad, lo cual, como es lógico, introduce un peligroso sesgo de confirmación en el procedimiento.

Eso sí, en el cine y en la televisión, es cosa divertida y que da el pego… Y es que, amigos míos, la ciencia es muy puñetera y en ella no valen las convicciones.


[1] Wells. G.L. & Loftus, E. (1984). Eyewitness testimony: Psychological perspectives. Cambridge: Cambridge University Press.

[2] Marston, W.M. (1917). Systolic blood pressure symptoms of deception. Journal of Experimental Psychology, 2: 117-163; Marston, W.M. (1938). The Lie Detector Test. New York City (NY): Smith.

[3] Investigación que también se estaba realizando en Europa de la mano de Vittorio Benussi (1878-1927), cuyas aportaciones citaría Marston en sus tesis doctoral más que las del propio Münsterberg, hecho que se sabe no fue muy del agrado de éste. De hecho, es conocido que la relación Marston-Münsterberg nunca fue buena.

[4] Alder, K. (2001). Las mentiras del detector de mentiras. Mundo Científico, 224: 58-63.

[5] Lykken, D.T. (1998). A tremor in the blood: Uses and abuses of lie detection (2nd ed.). New York City (NY): Plenum Press.

[6] Alder, K. (2001), op. cit.

[7] Pérez-Fernández, F. (2010). William Moulton Marston: Polígrafos, comics y psicología de la normalidad. Revista de Historia de la Psicología, 31(2-3): 151-166.

[8] Domínguez, B. (2004). El estudio de las mentiras verdaderas. Reseñas sobre abusos con el polígrafo. México D.F.: Comisión Nacional de los Derechos Humanos.

[9] Pérez-Fernández, F. (2010), op. cit.

[10] Alder, K. (2002, fall). A social story of untruth: Lie detection and trust in Twentieth-Century America. Representations: 1-33; Marston, W.M. (1924). Studies in testimony. Journal of Criminal Law and Criminology, 15: 5-31.

[11] Domínguez, B. (2004), op. cit.

[12] Alder, K. (2001), op. cit.

[13] Larson, J. (1922). The cardio-pneumo-psychogram and its use in the study of emotions, with practical aplications. Journal of Experimental Psychology, 5, 323-328; Larson, J. (1932). Lying and Its Detection: A Study of Deception and Deception Tests Criminology, Law Enforcement and Social Problems. Montclair (NJ): Patterson Smith.

[14] La nomenclatura “detector de mentiras” fue un invento de los medios de comunicación, así como de la publicidad engañosa y los productos de entretenimiento –se crearon versiones domésticas del aparato para su comercialización-, pues en realidad el registro poligráfico no detecta “mentiras”. Teóricamente, registra cambios fisiológicos supuestamente asociados a la actividad cognitiva de la mentira voluntaria, si bien el problema de fondo, y fuente de todos los debates, reside en que una persona que dice la verdad también puede experimentar reacciones fisiológicas intensas de todo tipo (Martínez Selva, J.M. (2005). La psicología de la mentira. Barcelona: Paidós Ibérica). Una de las muchas tonterías que aparecen en los anuncios con las que Marston intentó hacer dinero fue la de comercializar el aparato como un instrumento con el que los maridos podían “detectar” fácilmente la infidelidad de sus esposas. De hecho, uno de los argumentos favoritos de Marston -por supuesto nunca probado- era el de que las mujeres eran más confiables que los hombres, y por tanto más proclives a decir la verdad, porque su fisiología tenía más dificultades para procesar la mentira. Saque usted sus propias conclusiones.

[15] Pérez-Fernández, F. (2010), op. cit. Ahora muchos lectores entenderán por qué una de las armas de la super-heroína es el célebre lazo de Hestia, instrumento que al estar en contacto con una persona le impide mentir. En efecto: Marston dotó a la aguerrida Diana de su sueño irrealizado: un polígrafo portátil, sencillo e infalible.

[16] Citado en Lykken (1998), op. cit., 28-29. Traducción propia.

[17] Swenson, L.C. (1997). Psychology and law for the helping professions. Pacific Groove (CA): Brooks/Cole.

[18] En la legislación española la prueba poligráfica, lo cual es ampliable a cualquier otra prueba de registro fisiológico, no tiene valor probatorio sino en todo caso indiciario.

[19] Iacono, W.G. & Patrick, C.J. (1999). Polygraph (“lie detector”) testing: The estate of the art. In: A.K. Hess & I.B. Weiner (eds.), The handbook of forensic psychology. New York City (NY): Wiley and Sons, 440-473.

El viaje del alma

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La barca de Caronte. El largo viaje histórico del alma humana a través del pensamiento, la ciencia y la medicina


Francisco López Muñoz y Francisco Pérez Fernández
Formato: 17 x 24 cm.
Edición: 1ª Edición
ISBN: 17526-55-9
Encuadernación: Rústica
Nº Páginas: 504
Precio: 32,00 €

DELTA EDITORIAL


El estudio y el conocimiento del alma, la mente, la conciencia, o como se la quiera catalogar, ha constituido un severo problema para el ser humano que viene de muy antiguo. Tanto como la Humanidad misma. Este conocimiento ha preocupado por igual a las religiones, a las escuelas filosóficas y a la ciencia y ha recibido multitud de abordajes, que han oscilado desde los enfoques numinosos y mistéricos que preocuparon a nuestros primeros ancestros, hasta los avances más novedosos de las neurociencias del presente. Y, sin embargo, como se intenta mostrar en estas páginas, se trata de una cuestión evanescente, difusa y harto compleja, que nunca parece quedar concluida, ya que, posiblemente, no pueda nunca clausurarse. Tal vez porque la métrica del asunto está fuera de nuestras posibilidades racionales o, quizá, porque simplemente no sea posible encontrar respuestas que abarquen y satisfagan todo el arco de dificultades morales, éticas, metafísicas y científicas que su mero enunciado suscita. Esta es la historia que, desde un enfoque poliédrico, aunque rigurosamente científico, trata de narrar esta obra, que interesará a filósofos, teólogos, antropólogos o juristas, pero cuya lectura no será menos interesante para psicólogos,médicos, o neurocientíficos, en general, y para todos aquellos interesados en adentrarse en el conocimiento íntimo de la esencia humana. La travesía incesante de un asunto —el del alma— en el que los seres humanos nos hemos jugado siempre mucho más que un tema para la diletancia o el afán de conocimiento, pues sus derivadas se adentran en los territorios de la salud física y psíquica, de nuestra condición, de nuestra consideración sociocultural e histórica, e incluso de nuestro destino mismo como especie.

CONTENIDO:

  • Prólogo
  • Introducción
  •  Capítulo 1: ¿Qué es el “alma”? De los orígenes al espacio simbólico
  •  Capítulo 2: Médicos frente a filósofos: El alma frente al humor
  •  Capítulo 3: De almas, espíritus y órganos
  •  Capítulo 4: Las pasiones del alma: Melancolía, depresión… y Descartes
  •  Capítulo 5: Cuerpos, almas, mentes… y Descartes
  •  Capítulo 6: El modelo mental
  •  Capítulo 7: Neuropsicología del alma, o cuando la ciencia todo lo quiere explicar
  •  Capítulo 8: El problema cuerpo-alma empieza hoy
  •  Capítulo 9: Emergentismo sistémico, eticidad y moralidad
  •  Bibliografía

Embrujecida

El Sonido de tu Cabello


“Por mí se llega a la ciudad del llanto;

Por mí a los reinos de la eterna pena,

Y a los que sufren inmortal quebranto”

La Divina Comedia (Canto III)


Primera reflexión:

Me gustan las novelas de Juan Ramón Biedma porque me leo en ellas. El mayor goce que puede encontrar un lector no es otro que el de volver la última página y pensar aquello de “así lo habría contado yo”. El mayor disfrute de quien lee es alcanzar tal complicidad con el autor del relato como para sentirse interpelado, elegido, señalado. El mayor goce de la lectura reside en pensar que eso se ha escrito para uno mismo, para sus ojos, para su único y exclusivo solaz. El mayor goce de un lector, como digo, es sentirse cómplice, encontrarse en lo leído, percibirse como seleccionado, verse como parte de la historia, asumirse como personaje, tener la impresión de que el delito se ha perpetrado con su anuencia y simpatía.

Porque ese lector, seguramente, volverá a por más.

Segunda reflexión:

El lector “de género” (si es que eso existe más allá de las espurias convenciones de la crítica literaria), ni es fácil, ni se rinde fácilmente. Es un lector maleado, con picardía, resabiado. Se las sabe todas, las ve venir desde lejos y se conoce todos los trucos, trampas y clichés del negocio. No es un lector fácil de engañar, o al menos no tan fácil de convencer como el lector que va de erudito, de listo, de intelectual, al que se las suelen meter dobladas (y bien) bajo el pretexto del elitismo, el filosofema charlatán, y el siempre sospechoso tufo de una absurda exclusividad. Y si me gustan las novelas de Juan Ramón Biedma es, justamente, porque no engaña, ni quiere, ni lo pretende. Se sirve del género, pero siempre hay un punto en el que de una manera completamente natural y coherente rompe con él, va más allá de él, cruza el espejo como Alicia y hace que sus relatos se conviertan en otra cosa diferente. Entiende que las convenciones no son un fin, sino un medio para llevarte más lejos, a otra parte en la que ya todo es posible.

Es tremendo, cierto, pero es que, amigo mío, la vida es tremenda.

Tercera reflexión:

Los mejores malos son los invisibles. Esos tipos perversos y omniscientes cuya mano fantasmal alcanza el destino de todos los implicados en sus tejemanejes en cualquier forma, de diverso modo, para un único fin. Malos por antonomasia. Malos absolutos. Malos que no necesitan ni tan siquiera presentarse físicamente para que maldad se materialice, tome carne, destruya vidas y haciendas, trague niños cual Saturno. Los malos perfectos obran en solitario porque no necesitan compañía. Han comprendido que nadie estará a su altura porque nadie será capaz de comprenderlos… En estos tiempos ridículamente conspiranóicos en los que parece que toda maldad debiera ser sistémica, y en los que resulta ya imposible imaginarla sin organización, sin colectivo, sin soporte alguno (llamadlo Gobierno, servicios de inteligencia, intereses financieros, grupos de poder, Club Bilderberg, o Spectra) Biedma es capaz de volver a lo esencial para poner sobre la mesa a un malo perfecto, redondo, solitario, único y perfectamente incomprensible. A un malo que no sintoniza con nada ni con nadie porque está más allá de toda convención y programa. A uno de esos malvados redondos que empiezan y terminan en sí mismos, que nada deben a nadie, que son lo que son porque así deben ser, de modo que “relájate y disfruta”. Un malo que se reduce a un nombre que se cuchichea por los rincones y cuya mera pronunciación es capaz de hacer tambalear instituciones enteras. Un malo cuyas maldades elípticas provocan en el estanque de la vida olas capaces de volver loco a todo el mundo.

Cuarta reflexión:

Hace años cuando, empujado por el regusto amable que me dejó El imán y la brújula (lo primero que leí de él), me metí en El espejo del monstruo, quedé definitivamente subyugado por el estilo narrativo de Juan Ramón Biedma. Desde entonces no me ha dejado faltar ni a una sola cita con él, y se lo agradezco porque nunca me ha defraudado en modo alguno. Sin embargo, siempre eché de menos el retorno del protagonista de aquella novela; el abogado Set Santiago. Lo hablamos en alguna ocasión y siempre me respondía con un lacónico “ya veremos”… Porque Santiago es un personaje perfecto, de una pieza, redondo en sus aristas, superviviente, vividor, sucio, perdedor, peleón y tramposo. Pero, a su peculiar manera, también honesto, inteligente, justo, convincente, y con un punto de esa valentía canallesca que nace del hecho de no tener nada que perder. Un tipo sumergido en un pantano de basura, empapado en el más asqueroso cieno de la perdición, que, de algún modo, siempre se las ingenia para hacer lo que a su singular manera entiende correcto. Merecía otra oportunidad. Quién sabe si ésta es la última (en estas cosas Biedma siempre es reservado y suele dar pocas pistas porque es muy suyo, y hace bien).

Quinta reflexión:

El sonido de tu cabello (que de esto hablamos, porque los títulos de Biedma siempre tienen ese punto de enigmático que incita a la interpretación) es un perfecto ejemplo de lo que son los esquemas literarios que su autor sigue y persigue obsesivamente. Historias que nacen en un punto conocido, en un referente claro, para ir transformándose en una escalera de caracol (iba a decir “de Jacob”, pero no me parece un buen símil) que se adentra, lenta pero inexorable, en extraños infiernos. Son historias dantescas en sentido estricto pues, cual Divina Comedia, se convierten en un discurrir sinuoso por las más retorcidas etapas de la degradación psicológica y material hasta culminar en una lenta, pero perfectamente lógica, salida a la luz. Una iluminación tenue, brumosa, que para todos los implicados no será más que una etapa de transición tras la que se columbra lo que será el siguiente e inevitable salto a los abismos. Para el lector queda abierta la pregunta de qué clase de infierno será el próximo, y de quién (o qué) empujará a los supervivientes a la siguiente sima de sus vidas.

Sexta reflexión:

Biedma no renuncia (nunca lo hace porque los siente propios) a los modelos narrativos de los que se alimentó su –nuestra- generación. En sus ritmos y pausas se escuchan los motores de la nave Nostromo. Los silencios insondables de Deckard. Los miedos ignotos de replicantes que han visto cosas que no creeríamos. Los huevos gomosos que se abren para activar el resorte del infierno. Los susurrantes espíritus que agitan incansables la mesa del médium. Los ataúdes desconchados en los que se ocultan vampiros sedientos de sangre. Tórridas escenas de sexo en una cabaña rodeada de zombis. Monstruos invisibles y de nombre impronunciable que empujan con sus zarpas elásticos muros interdimensionales. Black Metal a todo volumen rasgando el eco de tapias monacales. El roce en dramático blanco y negro de la gabardina de Bogart. El crujido de la capa de Batman en mitad de la noche. Los castillos góticos que ocultan inesperadas hordas narcosatánicas. Pactos con el diablo a la luz de velas negras aderezados con un coro de atronadoras descargas de fusiles AK-47. Todo eso es la literatura de Juan Ramón Biedma, y por eso me resulta apasionante.

Conclusión para neófitos:

Esta novela, merecida ganadora del XXI Premio Unicaja de Novela Fernando Quiñones, es una lectura muy recomendable para iniciarse en la literatura (digo bien, “literatura”) de Juan Ramón Biedma.

Y te garantizo que volverás a por más.

Y estoy orgullosa de serlo

Sylvia Likens
Sylvia Marie Likens (Fuente: Indianapolis Star).

La vida a menudo es muy rara, y en su rareza residen sus aspectos más hermosos, pero también los más terribles.

Para quienes no tenemos problemas severos más allá de las cuitas comunes, la vida va rodando de día en día, a veces anodina, en ocasiones divertida, a ratos normalita, sin más. Pero para quienes viven instalados en dificultades eternas e irresolubles, y la existencia diaria es un genuino ejercicio de supervivencia, todo se va haciendo cada vez más raro, surrealista y extravagante, al punto de que llegan a pasar por donde nunca pensaron, a hacer lo que nunca imaginaron y a moverse por territorios cada vez más inexplorados y tremendos. Nosotros, los pretendidamente “normales”, desde la atalaya que nos permite contemplar un futuro ordenado y aparentemente resuelto, no entendemos nada de lo que hacen o dicen. Ellos, muy posiblemente, tampoco. La diferencia reside en que nosotros (encaramados sobre la cómoda “normalidad”) somos meros espectadores que podemos permitirnos el lujo de observarlos boquiabiertos desde el otro lado de la jaula, cual animales en un parque zoológico. Pero ellos, jugándose el tipo a cada paso, hacen chasquear el látigo delante de los leones sobre la eterna cuerda floja. No tenemos derecho a juzgarlos, cierto, pero tampoco podemos evitarlo.

Un ejemplo preclaro de todo esto a lo que me refiero era el matrimonio formado por Bertha –Betty– y Lester Likens. Una de esas parejas que tuvo problemas desde el primer día. Siempre sin un céntimo, de bronca en bronca, de casa en casa, de lío en lío, y carente de cualquier tipo de estabilidad. Separados aunque no divorciados. Una de esos modus vivendi raros que son tan comunes entre los desclasados, en plan no vivimos juntos, pero no obstante nos conducimos como una familia. Y encima con cinco bocas que alimentar a su cargo, porque ya se sabe que cuando tienes una vida totalmente anormal y rayana en el más completo caos, suele parecer que lo aparentemente lógico es traer al mundo muchos hijos. Y es que, por lo visto, cuando estás en un agujero del que no puedes salir, excavar termina pareciéndote una buena idea. Completemos el cuadro: la hija pequeña de los Likens, Jenny Faye, de 15 años, estaba enferma de poliomielitis, con dificultades evidentes para viajar y arrostrar incomodidades.

¿La solución a todo esto? Por supuesto, otro estrambote. Porque el jaleo llama a la algarada y la mierda se pega a los zapatos. Así es que Betty y Lester Likens decidieron que la mejor opción para salir del pozo en el que andaban metidos era enrolarse en las filas de una feria ambulante para ganar unos cuantos dólares. Así, pretendían reflotar sus vidas tirando de la ayuda de los tres hermanos mayores.

Corría julio de 1965. Hacía mucho calor.

El acuerdo

Una de las leyes no escritas de la vida dice que cuantos más problemas tienes, más cerca te sientes de Dios, y los Likens, como corresponde al caso, eran una familia muy religiosa que asistía cada domingo a una iglesia evangélica de Indianápolis. Allí conocieron a Gertrude Baniszewsky, asmática, madre soltera con siete hijos. Allí, de encuentro en encuentro, las hijas de los Likens, Sylvia y Jenny, fueron amigándose con las de Gertrude, Paula y Stephanie, de manera que al matrimonio, que andaba buscando a alguien que cuidara de las pequeñas –sobre todo de la pobrecita Jenny- e impidiera que perdiesen días de colegio entretanto giraban con la feria ambulante, la propuesta de la señora Baniszewsky de tenerlas a su cargo a cambio de un emolumento les pareció muy conveniente. Cabe imaginar la cumbre familiar: las chicas son majas, la madre es amable y religiosa, la pobre anda necesitada de dinero, sola y con tantas bocas que alimentar… Es un buen acuerdo para todos.

Quizá hubieran tomado otra decisión de conocer la verdad que se ocultaba tras la aparentemente formal vida de Gertrude, pues la señora ya había andado lo suyo, y no precisamente dentro de los cauces de esa ejemplaridad que parecía deducirse de tanta misa dominical y tanta sonrisa meliflua. También andaba en la cuerda floja. También trajinaba con sus propios leones. La mujer, natural de Indianápolis y cuyo nombre de soltera era Gertrude Nadine van Fossan había nacido en 1929, tercera de seis hermanos. Su padre falleció en 1940 de un infarto –de hecho murió delante de ella- y, a los 16, quedó embarazada prematuramente del que sería su marido durante diez años, John Baniszewsky, que tenía por aquel entonces los 18 recién cumplidos. Optó entonces por abandonar los estudios –normal- y tuvo con él otros cinco hijos antes del inevitable divorcio, pues ya se sabe que estas cosas no suelen funcionar y además, según se cuenta, él tenía un carácter insoportable. Aunque la cuesta abajo no había terminado. A los 34 años se encaprichó de un mocito de 23, Dennis Lee Wright, quien le hizo otro hijo entre paliza y paliza antes de abandonarla. ¿Suficiente? Pues no. Wright, al parecer, volvía regularmente a los siempre receptivos brazos de Gertrude para sacarle el dinero y propinarle, de paso, otra buena ración de bofetadas. En definitiva, una mujer muy castigada por la vida, inestable, afectada por un trastorno maniaco-depresivo que la llevaba a alternar tremendas explosiones de ira con días de absoluta postración y dependencia que, justamente, por si ya tuviera poco, lo que necesitaba era meter a otras dos adolescentes bajo su techo.

El caso es que se encontró con los necesitados Likens, y estos, confiadamente, porque la psicología no es cosa que abunde en el magín de los mortales por muchos libros de autoayuda que se traguen, pusieron en sus manos a Sylvia, de 16, y a la enferma Jenny Faye, a cambio de un pago regular de 20 dólares semanales, entretanto el resto de la familia emprendía viaje para ganarse la vida. Habían cometido el peor error de sus vidas, pero esto es lo que tiene equivocarse, que a priori es imposible saberlo.

Casa Gertrude
Esta es la casa de Gertrude Baniszewsky en la que, aparentemente, todo iban a ser golosinas y pompas de jabón para las hermanas Likens (Fuente: David Brady / Indianapolis Star).

La caja de Pandora

Todo empezó bien. Muy bien, de hecho.

La situación en el hogar de los Baniszewsky era aparentemente idílica. Risas, juegos, colegio, mesa compartida, salidas en grupo, buen rollo. Pero eso duró tan solo una semana. Cuando el primer cheque de los Likens no llegó puntualmente –de hecho, se retraso tan solo un día- Gertrude se sintió estafada e hizo lo que suelen hacer todas las personas que llevan muchos años acumulando frustraciones, tragando bilis, están aburridas de que les tomen el pelo, y de repente se encuentran en una posición de poder (a ver a quién ponéis al mando de lo que sea): bajó a Sylvia y Jenny al sótano dispuesta a propinarles una buena paliza con una pala de madera. Pero, tras ordenarles que se desprendieran de la ropa interior, Sylvia le rogó que, dada la enfermedad incapacitante de su hermana, ella cargaría con el injusto castigo de las dos.

A cualquiera habría enternecido la heroicidad, pero Gertrude, fuera de sí (cosas de la euforia), interpretó aquello como una provocación en toda regla. Y accedió.

Ciertamente, el cheque llegó. Hubo algún maltrato psicológico durante la semana siguiente, pero las cosas estuvieron más calmadas, aún a pesar de que el gesto de Sylvia la había hecho especialmente odiosa a los ojos de su cuidadora, transformada ahora en la peor bruja de los cuentos de los Hermanos Grimm, y que buscaba cualquier pretexto para las amenazas, especialmente porque la chica mayor le había parecido resolutiva, dura de pelar, algo respondona, y eso no le gustaba. El abusón, toda vez que se ha instalado en la dinámica del abuso, quiere todo el poder de suerte incontestable y si percibe no tenerlo hará cualquier cosa para lograrlo. No lo duden.

El siguiente pago llegó en mano, pues los Likens estaban cerca y decidieron pasarse a visitarlas. No advirtieron nada raro y es lógico. Quizá algo de frialdad en el ambiente, pero nada de lo que preocuparse. Gertrude, que con la primera paliza ya había cruzado esa línea invisible en la que toda moralidad comienza a diluirse, quería seguir manteniendo los pagos de 20 dólares que aliviaban su eternamente trastornada economía. Se encargó, por tanto, de aleccionar perfectamente a las pequeñas, e incluso amenazó con matarlas si decían algo. Luego, ante los padres, representó ese cuento de la armonía familiar que nadie sabe escenificar tan bien como los canallas y los maltratadores, y había tenido buenos maestros. El caso es que cuando el virus de la degeneración se instala en un contexto, la patología suele empeorar muy deprisa y por cualquier motivo, por espurio que pueda parecer. Y si bien al comienzo la amistad de las niñas Likens con las hijas de Gertrude mantuvo las cosas en un precario equilibrio, las relaciones se fueron enfriando por una de esas tonterías de la juventud de las que uno suele reírse cuando deja de ser joven.

Ocurrió que la hija mayor de los Baniszewsky, Paula, de 18 años, salía con un chico que se sintió inesperadamente atraído por Sylvia Likens. Nada serio. El conflicto, tan viejo como la Humanidad misma, estaba servido. De suerte que la despechada, que no era tonta y sabía cómo era el percal de las cosas en el hogar, optó por vengarse contándole a su madre que Sylvia era una chica fácil, que se acostaba con cualquiera que se le cruzase en el camino. A consecuencia de la mentira, Gertrude, que pudo así tirar de Biblia de los Gedeones y sumar a su lista de imaginarios agravios todos los cuentos de Sodoma y Gomorra que quisiera inventarse, reanudó el carrusel de malos tratos. Una agonía creciente que alcanzaría el punto sin retorno días después, cuando descubrió que Sylvia manejaba un dinero que ella no le había proporcionado, de modo que le preguntó de dónde había salido. La chica, inocentemente, explicó que durante sus salidas se dedicaba a recoger botellas de cristal vacías para el reciclaje, y así se ganaba un dinerillo. Gertrude, entonces, la acusó de mentir argumentando que ese dinero era la confirmación de la historia de Paula y que había salido de la venta impúdica de su cuerpo. Consecuencia: introdujo en su vagina, como castigo ejemplar, la botella de un refresco ante los ojos atónitos de toda la familia. El cristal se quebró y provocó a Silvia diversos cortes, pero nadie sintió pena pues, en cierto modo, se lo tenía merecido.

Se había abierto la caja de Pandora.

Un cadáver en el sótano

El estado de Sylvia, sometida a partir de entonces a todos los malos tratos físicos y mentales que quepa imaginar, aderezados con una dieta a base de agua, galletas saladas y algunas sobras, comenzó a deteriorarse muy rápidamente. Paula, por ejemplo, una de las partícipes más activas e imaginativas en los actos de tortura, obligaba a Jenny Faye a pegar a su hermana en la cara. Así las hacía sufrir a las dos y se iba a la cama tan contenta. Sin remordimientos, solo es una broma, tampoco hay para tanto.

Es una historia repetida. A medida que la pobre Sylvia se deterioraba moral y físicamente, iba también deshumanizándose y despersonalizándose a ojos de los Baniszewsky, con lo cual, en un proceso de retroalimentación constante, maltratar al pingajo se convertía en una vía útil para encauzar las frustraciones de la vida diaria, a la par que acallaba el asco que el propio pingajo provocaba. Cuanto más se rebaja la dignidad de alguien, menos dignidad se le concede. Y el proceso siempre es cuesta abajo. Así es que, ya lanzados por la pendiente, John, uno de los hijos de Gertrude, de tan solo 13 años, decidió invitar a varios de sus amigos del barrio a observar y participar de los maltratos y abusos que sufría Sylvia. Alguno de estos chicos tenía solo 10 años. Pero ello no evitó que mostraran enorme pericia a la hora de apagar cigarrillos sobre la piel de la chica, como habían visto hacer regularmente a Gertrude Baniszewsky, y tampoco tuvieron problema en agredirla sexualmente cuando se presentaba la ocasión. La gente es así, a lo que se la enseña.

Por supuesto, la familia Baniszewsky tenía vecinos. Algunos estaban más o menos al tanto de que en aquella casa pasaban cosas extrañas, e incluso luego testificarían haber escuchado gritos desgarradores, quejas y lamentos, pero decidieron no intervenir. En primer lugar, ocurría que era frecuente escuchar peleas, amenazas y gritos en aquella casa desde tiempos inmemoriales, pues la iracunda Gertrude, en sus días animados, aplicaba mano de hierro a sus propios hijos con bastante asiduidad. Y bien que se lo debían merecer, caramba, cuchicheaba algún fan de la mano dura -siempre para los otros, claro- que esa pobre mujer sola con tantos críos de los que tirar se tenía el cielo bien ganado. Otros pensaron –muy mal pensado- que era un asunto relativo a la vida privada de los Baniszewsky en el que no debían entrometerse. Finalmente, todos coincidían en mayor o menor medida en el hecho de que se trataba de una familia conflictiva, propensa a la reyerta, de la que convenía mantenerse alejado. El caldo de cultivo perfecto para que Sylvia nunca recibiera ayuda externa de ninguna clase.

Sea como fuere, durante una de aquellas sesiones de tortura, el novio de Stephanie Baniszewsky, Coy Hubbard, quien practicaba artes marciales y solía emplear el cuerpo de Sylvia como maniquí de entrenamiento, la empujó por las escaleras del sótano cuando ésta intentaba zafarse de la enésima agresión. La caída le provocó un edema cerebral que la mantuvo inconsciente dos días. Al despertar se encontraba al borde de la muerte. El hecho es que sin ningún tipo de atención medica, Sylvia Likens, que además llevaba varios días sin comer, terminó falleciendo en octubre de 1965, al tercer mes de tormento. Su hermana, presa de los nervios, tuvo una crisis de ansiedad. Sobre todo porque, muerto el paragolpes, tuvo muy claro que ahora le tocaba el turno a ella.

Teóricamente, nada de lo que preocuparse, pues la gente chunga siempre tiene un plan para estas cosas por tonto que sea y, como corresponde, Gertrude Baniszewsky ya lo tenía todo aparentemente bien pensado en previsión de que lo inevitable pasaría más tarde o más temprano. Había obligado a Sylvia Likens, días antes de la funesta caída, a escribir una supuesta carta exculpatoria en la que unos desconocidos la habían sometido a una larga sesión de sexo forzoso. Supuestamente, decía el texto, sus vandálicos agresores la habrían seguido hasta la casa. Luego entraron por la fuerza, la torturaron, la violaron y finalmente la mataron. Como remate de la coartada, ayudada por sus hijos, había grabado en el vientre de Sylvia, con una aguja de punto caliente, la siguiente frase: “soy una prostituta y estoy orgullosa de serlo” (en su momento, y dado que no fue capaz de terminar el trabajo por sí misma, uno de los amigos de John, Richard Hobbs, se ofreció voluntario para finiquitar el horrendo tatuaje). Una mentira entretejida con verdades que justificaba los terribles daños de su cuerpo a la par que liberaba a la familia de cualquier responsabilidad directa en los acontecimientos.

Sylvia Likens #2
El cuerpo de Sylvia, tal y como lo encontró la policía.

Realizada la pertinente denuncia del falso suceso por parte de Hobbs, quien convenció a todos de que los policías “sabrían” reanimar a una Sylvia que llevaba muerta un par de horas, fue que varios agentes capitaneados por oficial Melvin Dixon se presentaron en la casa. Todos los presentes, incluyendo a una amenazada y visiblemente nerviosa Jenny Faye Likens, repitieron punto por punto la historia en la que Gertrude Baniszewsky les había aleccionado. Y debieron resultar harto convincentes porque el agente Dixon, conmocionado por el espectáculo roturado del cuerpo sin vida de Sylvia, no cuestionó la historia en un primer momento. Solo cuando se procedía al levantamiento del cadáver, en el momento en el que la policía estaba a punto de irse, Jenny fue capaz de llevarse aparte al agente para rogarle que la sacara de allí. Ciertamente, y como es de suponer, Gertrude puso todos los inconvenientes habidos y por haber a fin de impedirlo, pero Dixon se había olido algo por lo que, intrigado, apartó a la chica. Fue entonces que conoció con todos los pormenores el relato de la terrible verdad y procedió a las pertinentes detenciones, entre las que incluyó a varios de los muchachos del barrio que habían participado en las torturas.

Una lección

La investigación del caso, a partir del testimonio de la hermana de Sylvia, fue todo lo rápida que cabe esperar. Las pruebas forenses eran abrumadoras. El juicio, tan mediático como quepa imaginar, se convirtió en un indescriptible relato de brutalidades y torturas al punto de que, a día de hoy, el asunto Likens sigue considerado como el más terrible caso de asesinato cometido sobre una sola persona en la historia criminal del Estado de Indiana.

Gertrude Baniszewsky, cuyo sadismo impidió no solo que reconociera alguna de las acusaciones, sino que además en momento alguno experimentó arrepentimiento amparada en el argumento de debía dar a la chica una lección, sería acusada de asesinato, declarada culpable y condenada a una cadena perpetua que nunca cumplió. Tras un largo proceso de apelaciones, terminó saliendo en libertad condicional por buena conducta en 1985. El hecho es que moriría de cáncer de pulmón en 1990, a los 60 años. Durante las entrevistas que mantuvo a lo largo del tiempo con diferentes periodistas y escritores nunca logró ofrecer una explicación mínimamente coherente de sus motivos o sus conductas, si bien en sus últimos días de vida, reconoció el crimen.

La hija mayor de Gertrude, Paula, reconocida como una de las principales instigadoras de la tortura y el posterior asesinato, fue declarada culpable de homicidio en segundo grado y también condenada a cadena perpetua.

John Baniszewsky, de tan solo 13 años cuando comenzó el juicio, fue encarcelado en el Reformatorio Estatal de Indiana, teniendo el dudoso honor de convertirse en el interno más joven que nunca había albergado la institución. Cuando finalmente salió en libertad, terriblemente arrepentido, se hizo clérigo.

Richard Hobbs y Coy Hubbard fueron hallados culpables de complicidad en asesinato, siendo ingresados, al igual que John, en el reformatorio estatal. Hobbs moriría de cáncer a los 21 años. A Hubbard, por su parte, se le condenaría a 21 años de prisión por homicidio impremeditado. Tras la salida del centro de menores inició una vida al margen de la ley que le llevó a cumplir diversas condenas sucesivas.

Con respecto a Stephanie Baniszewsky, solo se pudo demostrar su participación en los hechos que condujeron a la caída por las escaleras de Sylvia, por lo cual se la condenaría a doce meses de prisión. Nunca más se supo.

Gertrude Baniszewsky
Gertrude Baniszewsky es conducida a juicio. El prenda de las gafitas, con pinta de no haber roto un plato en su vida, es Richard Dean Hobbs (Fuente: Joe Young / The News).

Cabe extraer una lección de todo esto, y es que la vida es muy rara en lo que tiene de imprevisible, pero absolutamente matemática cuando las situaciones cuadran. Lo difícil es advertir el instante en el que se produce esa cuadratura. Los Baniszewsky no eran una familia especialmente mala. O al menos no peor que cualquier otra en su misma situación. Nunca habían tenido graves contratiempos con las Autoridades ni eran conocidos por ser peores que cualesquiera otros vecinos de su barrio. Quizá con demasiadas malas pulgas que invitaban al resto a mantenerse al margen. Poco más. Y, sin embargo, terminaron cometiendo un crimen colectivo terrible porque hay situaciones que, en sí mismas, cuando confluyen determinados elementos de riesgo, son explosivas: pobreza, exclusión social, inestabilidad emocional, fracturas familiares, problemas psicológicos, frustraciones personales y colectivas… Bastó introducir en ese polvorín dos agentes extraños que alterasen de alguna manera los precarios equilibrios del sistema, como las hermanas Likens, para que todo explotara y lo inesperado tomase forma.

Ellos andaban en la cuerda floja, chasqueando el látigo. Sylvia Likens terminó entre las fauces del león. Nosotros miramos boquiabiertos.

Un día en la Mamertina

Mamertina
La iglesia de San José de los Carpinteros, en el Foro de Roma.

Por lo que parece, el primer edificio público destinado exclusivamente a servir como prisión, inserto en el interior del casco urbano, y como parte de la infraestructura civil de la ciudad, lo tuvo Roma. Se trataba del Carcer Tullianus –o el Tullianum– popularmente denominada prisión Mamertina, cuyos restos se ubican actualmente bajo la Iglesia de San José dei Falegnami, o de los carpinteros (rione de Campitelli). Dicha iglesia comenzó a levantarse junto al Foro, en 1597 aprovechando la estructura de una iglesia anterior, llamada oportunamente de San Pietro in Carcere, que también se valió para su cimentación de los restos de la antigua prisión[1]. Tales restos se encuentran aún en buen estado de conservación, y han podido visitarse por temporadas tras la reforma que sufrió la iglesia en la década de 1930, y que elevó su fachada para permitir el acceso.

Origen controvertido

De por qué la cárcel se denominó originalmente Tullianum es asunto que generó controversias ya en la Antigüedad y que aún permanece sometido a debate historiográfico. Se cuenta que su presumible fundador, Anco Marcio (641 a.C-617 a.C.), le habría puesto este nombre en honor de su antecesor, el monarca Tulio Hostilio (muerto en 642 a.C.). Otros argumentan que la prisión recibió esta denominación a partir del reinado de Servio Tulio (muerto en 534 a.C.), quien habría ampliado o reformado sus instalaciones originales, lo cual es más probable al no ser solo defendido por Tito Livio (59 a.C.-17 d.C.), sino también por otros como Salustio (86 a.C.-35 a.C.). Una tercera teoría plausible sostiene que el origen del nombre se encuentra en el latín arcaico, idioma en el que tullius significa “chorro de agua”. Esto tendría sentido por cuanto en la instancia inferior de la construcción había una fuente natural que debió emerger cuando se excavó la roca y de la que aún hoy, ocasionalmente, mana agua. Por otro lado, es conocido que el sobrenombre de Mamertina es de origen medieval. Se ha querido ver una conexión entre esta nueva nomenclatura y el cercano Campo de Marte, pero en realidad tampoco se sabe con exactitud a qué podría deberse.

El relato de Tito Livio explica que la prisión Mamertina se construyó sobre la ladera del monte Capitolino aún en tiempos de los sabinos[2], bajo el reinado como ya se dijo de su último rey, Anco Marcio, nieto por línea materna del monarca que habría sucedido al cuasi legendario Rómulo, Numa Pompilio (736 a.C.-674 a.C.). Marcio, uno de los grandes reformadores de la población de Roma originaria, se hizo célebre no solo por su política de conquistas y la eficacia general de su reinado, sino también por ser uno de los grandes impulsores urbanísticos y económicos de la ciudad. Relata Tito Livio que no solo incrementó notablemente su extensión y demografía e instaló a la primera colonia latina en el Aventino, sino que también emprendió una buena cantidad de obras públicas, entre las que se encontraría la célebre cárcel.

Tal edificio se levantó, a decir del historiador romano, por cuanto el crecimiento humano y económico exponencial de la ciudad produjo una aglomeración de tal densidad que “era difícil establecer la distinción entre las acciones buenas y las malas, y se cometían delitos en la clandestinidad”. Para poner fin a esta situación Anco Marcio habría optado por eludir la antigua pena de destierro, y habría hecho erigir la cárcel en el centro mismo de la urbe, bien visible, a fin de que su presencia ejerciera efecto disuasorio[3]. No obstante, este enfoque ha sido puesto en entredicho por algunos autores que argumentan que la cárcel se debió construir en fecha bastante más reciente, en torno al año 386 a.C., fecha del primer saqueo de Roma. De hecho, los arqueólogos han dudado de la inusitada antigüedad que las fuentes disponibles conceden a la prisión. Así, dado que hoy parece aceptarse la teoría de que, originalmente, el piso inferior del edificio era una cisterna de agua que solo posteriormente sería reconvertida en prisión, los especialistas han datado la estructura propia de la cárcel en torno al siglo II a. C. Esto contravendría el relato de Tito Livio, así como las historias antes referidas en relación a su denominación, y permitirían decantarse por el origen lingüístico de la misma y relativo la presencia del manantial[4].

Sin sistema correccional

Ciertamente, ni en época de Marcio y Tulio, ni luego en el periodo Imperial, existió en el Derecho Romano una pena de presidio o reclusión en sentido estricto[5]. En realidad, calabozos y cárceles se concibieron siempre como espacios de detención o arresto en los que mantener al reo en espera de juicio o con anterioridad a su ejecución, ya fuera ésta pública o en el interior de la propia prisión. Los campos de trabajo, únicos espacios de reclusión permanente de la época, en realidad, funcionaban como lugares en los que retener a quien fuera condenado a desempeñarse en minas, canteras o explotaciones agrícolas, pena a la que, dada la dureza extrema de las condiciones de vida, tampoco se sobrevivía durante mucho tiempo. En consecuencia, es dudoso sostener la existencia en Roma de un sistema correccional tal cual lo conocemos en la actualidad. De hecho, fuera Anco Marcio o cualquier otro quien mandase construir el Tullianum, el mensaje que su presencia en el casco urbano enviaba a la población era claro: nadie sería desterrado de Roma, pena entonces común para muchos delitos, sino que en todo caso sería retenido en la propia ciudad y adecuadamente castigado.

Hay que tener en cuenta que el concepto del encarcelamiento no se consideraba en aquellos días, tal y como se concibe hoy, como el encierro en un lugar físico concreto y destinado específicamente a tal finalidad (“la cárcel”). Ello explica que el encierro de personajes de alto rango in carcere, a menudo, consistiera en la reclusión de los mismos en casas o fincas particulares, bajo el control de ciudadanos romanos de prestigio. Ello motivaba que el Tullianum se reservara a cierta tipología criminal que reuniera  características especiales. Téngase en cuenta que los límites entre ser un rehén o un prisionero de guerra, o bien entre ser considerado un traidor al Estado y no un mero enemigo político, eran extremadamente delgados y arbitrarios. Por lo común dependían de las filias, fobias, deseos y querencias del mandatario de turno[6]. A tal respecto, y por citar un preclaro ejemplo, Plutarco (ca. 50-120), relata que en los tiempos de la implacable dictadura de Lucio Cornelio Sila (138 a.C-.78 a.C.) éste decidió perseguir sin piedad a sus eventuales enemigos políticos, reales o imaginados, de tal modo que:

“Sila estaba entregado a la matanza y llenaba la ciudad de crímenes que no tenían número de fin, muchos encontraban la muerte por odios personales, sin que tuvieran nada que ver con Sila, pero éste lo permitía para congraciarse con sus partidarios. Un joven, Cayo Metelo, se atrevió a preguntar a Sila en el senado si iba a poner fin a sus desgracias y si podían esperar que cesaran. […] Sila respondió que aún no había determinado a quiénes iba a perdonar. Metelo le interrumpió diciendo: ‘Acláranos entonces a quién vas a castigar’. […]. Al momento Sila publicó una lista en la que aparecían ochenta proscritos, sin consultar a ninguno de los magistrados. A pesar de que todos se indignaron, al día siguiente proscribió a doscientos veinte, y al tercer día a un número no menor. Una vez durante un discurso público acerca de este asunto, dijo que había proscrito a aquellos de los que se había acordado, de los que se había olvidado ya se ocuparía después”[7].

Un lugar terrible

De hecho, un vistazo a la cárcel Mamertina permite darse cuenta de inmediato de que el lugar nunca estuvo pensado para detenciones prolongadas en la medida que carece de las condiciones mínimas para ello, y su estructura es muy sencilla. Consta de dos estancias superpuestas. La superior, abovedada, que obraba como lugar de recepción y posiblemente dotada en su tiempo para encierros algo más prolongados, permitía el acceso a otra inferior excavada en la roca, semicircular y de techo plano que operaba como lugar de encierro y ejecución intramuros en sentido estricto y que, posiblemente, siempre ocuparan los condenados a muerte. Esta zona inferior originalmente era un círculo perfecto, lo cual parece corroborar la idea de que se concibiera como cisterna de agua excavada directamente en la montaña, pero fue modificada durante el periodo Imperial[8]. El único acceso original era una abertura circular dispuesta en el suelo del piso superior por la que los carceleros lanzaban a los reos, o bien izaban sus cadáveres, de suerte que se constituía en un pozo del que era literalmente imposible escapar. En su relato de la muerte de Publio Cornelio Léntulo Sura (muerto en 63 a.C.), Salustio describe la cárcel del siguiente modo:

“Tras distribuir los puestos de policía, [el cónsul Catón] en persona conduce a Léntulo a la cárcel. Lo mismo hacen los pretores con los demás. Hay en la cárcel, al subir, un poco a la izquierda, un lugar al que llaman el Tuliano, a una profundidad de unos doce pies bajo la superficie de la tierra. Pero dado su abandono, su oscuridad y su hedor, su aspecto es desagradable y terrible. Cuando Léntulo fue bajado a este lugar, los verdugos, según les habían ordenado, lo estrangularon con un lazo”[9].

Tullianum #2
Vista del Tullianum desde la escalera que conecta el piso superior con el inferior (Fuente: National Geographic).

 

Tullianum #1
Abertura que comunicaba, originalmente, el piso superior con el inferior. Puede verse perfectamente el rastro del manantial original de la cisterna (Fuente: National Geographic).

Si bien comenzó albergando a toda suerte de delincuentes, con el paso de los años el Tullianum se convirtió, a menudo, en una especie de presidio de Estado al que se destinaba a los enemigos declarados de Roma y de forma muy especial a los prisioneros de guerra ilustres, ya fuera para que esperasen juicio público o cumplimiento de sentencia, ya para ser ajusticiados allí mismo. De hecho, en la sangrienta Mamertina, donde se practicaban toda suerte de torturas, vivieron sus últimos días personajes célebres como, entre otros, y junto al antes mencionado Léntulo, el caudillo galo Vercingétorix (80 a.C.-46 a.C.), el rey numidio Jugurta –o Yugurta- (160 a.C.-106 a.C.), o Lucio Elio Sejano (20 a.C.-31 d.C.). De hecho, a día de hoy, existe en el lugar una placa que rememora al visitante muchos de los nombres ilustres de la historia que vivieron sus últimos momentos en el Tullianum.


[1] Oportuna nomenclatura. De hecho, la leyenda explica que se utilizó tal espacio y denominación para erigir el templo original al ser el Tullianum el lugar en el que habrían estado presos San Pedro (Simón Pedro, Siglo I a.C.-67 d.C.) y San Pablo (Pablo de Tarso, ca. 10 d.C.-ca. 64 d.C.). No en vano, la tradición cristiana del monumento atribuye la existencia del manantial al milagro supuestamente acometido por ambos santos que, durante su encierro, habrían hecho que brotara agua del suelo a fin de bautizar a todos los que estaban allí encerrados con ellos. No obstante, Es poco probable que San Pedro estuviera encerrado en el lugar por cuanto las referencias al respecto solo empezaron a aparecer en la literatura hacia el siglo VI, a la par que la propia literatura católica asume que el manantial nada tiene que ver con la participación de ambos hombres. Véase a este respecto: Hassett, M. (1910). Mamertine Prison. The Catholic Encyclopedia, New York (NY): Robert Appleton Company, Vol. 9.

[2] Junto con etruscos, latinos, ecuos, ligures, samnitas, sabelios y hérnicos, entre otros, los sabinos fueron uno de los pueblos antiguos que habitaban la Italia prerromana desde la prehistoria. Estos sabinos, cuyo origen preciso no ha sido determinado, eran un pueblo básicamente ganadero que habitaba las colinas cercanas a Roma en el Lacio. Concretamente, se ubicaron al oeste de los Montes Apeninos, ocupando toda la ribera este del río Nera y a ambos lados del Velino, hasta llegar al Tíber y el Aniene, por el sur (Estrabón, Geografía, II, 10. Madrid: Gredos, 1991).

[3] Véase: Tito Livio, Historia de Roma, I, 32-34. (Madrid: Gredos, 1982).

[4] Coarelli, F. (1991). Guide archéologique de Rome. Paris: Hachette, 53-54.

[5] Bauman, R.A. (1996). Crime and Punishment in Ancient Rome. London: Routledge.

[6] Peters, E.M. (1995). Prison before prison: The Ancient and Medieval worlds. N. Morris & D.J. Rothman (eds.), The Oxford history of the prison: The practice of punishment in western society. New York (NY): Oxford University Press, 3-43.

[7] Vidas paralelas, V. Sila, 31, 1-4 (Madrid: Gredos, 1982).

[8] Ver Historia National Geographic: https://historia.nationalgeographic.com.es/a/carcel-mamertina-roma-ha-sido-reabierta-publico_10539/9 [Consultado en mayo de 2020]. Esta modificación tuvo que ver con la inserción de la escalera que actualmente permite descender al piso inferior, y posiblemente se realizara durante la construcción de la Basílica Porcia, en el año 184 a.C.

[9] Conjuración de Catilina, 55, 1-5 (Madrid: Gredos, 1982).

De la cultura de la corrupción, a la cultura de la conspiración

“Toda propaganda debe ser popular, adaptando su nivel al menos inteligente de los individuos a los que va dirigida. Cuanto más grande sea la masa a convencer, más pequeño ha de ser el esfuerzo mental a realizar. La capacidad receptiva de las masas es limitada y su comprensión escasa; además, tienen gran facilidad para olvidar.”

Joseph Goebbels


La presión y las maniobras de diversión de los lobbys económicos de los países democráticos occidentales para subvertir la idea de una conexión entre los poderosos, cuerpos policiales, políticos, poderes financieros financieros u otros grupos de poder, y las diferentes formas de corrupción o sus vinculaciones con el crimen organizado, que trataba de establecerse desde la prensa, la creación artística y la literatura, dejaron de funcionar de forma lenta pero inexorable mediado el siglo XX. La razón fue obvia: cada vez había más medios de comunicación, tecnologías de la información, autores e industrias que controlar, lo cual limitaba las estrategias y recursos disponibles entonces para ello. Además, en sociedades teóricamente respetuosas con los derechos fundamentales, tampoco se podía recurrir al uso directo de la fuerza para gestionar los mensajes sin esperar una dura respuesta ciudadana.


Disgresión:

Mucho ha cambiado la cosa en un presente que, irónicamente, ha convertido en prohombres modelo y héroes sociales a los Jobs, Gates o Zuckerberg. Tres tipos que han puesto al servicio del poder, en apenas tres décadas, más herramientas para el control de la humanidad que todos los tiranos a lo largo milenios. Y encima se hicieron millonarios con ello. Pero esta es otra historia, y toca otro día.

(Esperad, que me suena el i-Phone).


En lo que estábamos:

La corrupción policial que, en 1942, cuando Michael Curtiz rodó Casablanca, sólo se insinuaba en un segundo plano, como trasfondo de la almendra central del argumento, con un enfoque condescendiente e incluso simpático, en 1953 se había convertido ya en el epicentro argumental muy serio de Los Sobornados (The Big Heat). Una película escrita por Sydney Boehm y dirigida por Fritz Lang a partir de un popular relato por entregas que William P. McGivern publicó en el Saturday Evening Post. Se abrían nuevos espacios a la reflexión en torno a estas cuestiones que vino a consolidar, entre otros, el gran Orson Welles cuando en 1958, resucitado para el cine por Charlton Heston, presentó la excepcional Sed de Mal (Touch of Evil): cinta guionizada por el propio Welles en la que el policía corrupto a quien él mismo encarna ya ni tan siquiera es galante, simpático o atractivo como lo fuera el Claude Rains de Casablanca, sino un vejestorio sumariamente desagradable, envilecido y perverso que refleja con la meridiana exactitud de un espejo deformante aquellos ideales que traicionaba en lugar de defender.

Sed de Mal
Orson Welles dando a Charlton Heston una clase teórico-práctica de corrupción policial.

Otra digresión:

Algo similar esto del espejo deformante de Welles, pero sin ficción alguna, lo cual es mucho más aterrador, es el engendro caricaturesco de Donald Trump, que no tiene empacho alguno en preguntar frente a las cámaras si sería posible combatir el COVID-19 inyectando a la gente desinfectante, y que representa justo lo opuesto que uno tiene en mente al pensar en el líder el “mundo libre”. Que este imbécil sea tenido por modelo de cualquier cosa para quienes le sostienen en su país y le jalean en el exterior, es como para echarse a temblar sobre el nivel que hay, a la par que explica muchas de las cosas que pasan, se dicen, se hacen…


Sigo (y perdonen):

Lo mismo puede decirse de la corrupción política, incluso tomada a risa en muchas de las comedias y melodramas protagonizados por personajes atractivos, supuestos periodistas o amables políticos, la mayoría de los filmes de las décadas de 1930 y 1940. El propio Cary Grant, prototipo del galán bien plantado, encantador y risueño de la época, encabezó el reparto de alguna de estas cintas paródicas. Sin embargo, a partir de 1950 y gracias al concurso de las diferentes variantes de la expresión artística y el creciente número de medios críticos, la sociedad occidental va a comenzar a despertar de su inopia criminológica para abrir los ojos a una realidad hacia la que había permanecido ciega. Sobre todo porque empezará a descubrirse un novedoso concepto de crimen organizado en el que variables como la clase social, la ideología o la etnia de sus actores comenzarán a ser algo secundario, pues las únicas relevantes serán el dinero y el poder. La compra-venta de favores.

Parafraseando a Francisco de Goya, el sueño de la democracia construye sus propios monstruos. Ya intentó avisar de ello el sociólogo Max Weber a comienzos del siglo XX, pero ningún intelectual quiso escucharlo en aquellos inocentes tiempos de la Gran Ilusión –Jean Renoir, dixit– que no fueron otra cosa que espejismo y estulticia colectiva. Porque Weber, recogiendo una idea ya presente en el meollo mismo de las teorizaciones sociales de Emile Durkheim, mostró que la democracia era imposible sin política. Y que la política no tiene sentido sin organización, orden, control y sistema porque no es otra cosa que un negocio. No hay política sin burócratas, sin gestores, propaganda o mercado. Los políticos solo hablan de ideología cuando les conviene, y no siempre del todo bien. Entérense de que en una democracia burguesa (lo de los griegos es otro rollo), sistema imposible sin libertad de mercado, los políticos que trabajan en los partidos no son más que empresarios que siguen reglas inherentes al comercio: sus clientes son sus votantes, y cuantos más votantes potenciales, más sencillos se tornan los objetivos del poder y su mantenimiento. En consecuencia, y al igual que muchos empresarios transgreden las leyes para obtener beneficios, muchos políticos estarán dispuestos a recurrir a cualquier método para alcanzar y mantenerse en el poder.

Fueron Robert Rossen, guionista y director de El político (All the King’s Men, 1949), así como el autor de la novela ganadora del premio Pulitzer en la que se basa, Robert Penn Warren, los primeros en mostrar sin tapujos al gran público lo que hasta entonces no había sido otra cosa que un secreto cuchicheado en los pasillos de los parlamentos, susurrado entre las élites creativas, o simplemente teorizado en los foros intelectuales: que el poder corrompe y que en la democracia moderna es extremadamente fácil corromper a un hombre –sea bueno, o no- porque en ella misma, en la esencia de su mecánica, residen los principios elementales de la corrupción[1].

Así, Rossen y Warren, al narrar con enorme vigor esta historia que a todos “nos suena”, explican como Willie Stark, un tipo bienintencionado aunque no muy inteligente, inculto pero osado e idealista, dotado con un don de palabra y de gentes extraordinarios, descubre que al luchar por los derechos de los campesinos de los que él mismo procede, tendrá que toparse más tarde o más temprano con los grupos de presión que controlan la ciudad, la región, el Estado… Y que la única forma de llegar a gobernador para hacer algún bien por los más necesitados pasa, inexcusablemente, por pactar con toda esa gente corrompida que lo presiona, y que probablemente empezó siendo tan idealista como él mismo. No es extraño, pues, que la película de Robert Rossen, un éxito absoluto a pesar –o precisamente por- del terrible escándalo que generó, fuera prohibida en algunos países como Argentina o España.

El Politico
Broderick Crawford vendiendo la moto y forjándose una buena carrera política.

Tercera digresión:

Estos mandatarios y doctrinarios del “tuiter” que tanto berrean debieran tener claro de una vez cómo funciona el asunto de la psicología inversa. Si de verdad quieres que algo no se vea, no se comente, o simplemente se olvide, no arremetas contra ello públicamente. Déjalo estar. Es una mala estrategia comercial que te enseñan a los diez minutos de haberte matriculado en marketing, y que yo te voy a regalar simplemente por leerme: la manera más ineficiente de vender tu producto es hablar mal del producto de la competencia.


Continúo:

El hecho es que la novela de Warren y la película de Rossen presentan al atónito espectador todas y cada una de las mentiras y trampas que se deben urdir para ganar y mantener electores. Toda la porquería que hay que remover para financiar un partido y una campaña. Todas las estrategias de control de los medios de comunicación necesarias para mantener en la sombra lo que el ciudadano no debe conocer y exhibir los trapos sucios del rival… La consecuencia de esta osadía fue que el valeroso Robert Rossen se vio acusado por el tribunal de actividades antinorteamericanas y fue llamado a declarar ante el mismo en 1951. No delató a nadie en aquella comparecencia, pero dos años después, al comprender que por estar en la lista negra de Hollywood nadie le daría un trabajo, claudicó. El sistema le obligó a venderse como hiciera con el Willie Stark de la ficción. La prometedora carrera que se auguraba a Rossen a poco de exhibirse El político, quedó reducida a la participación en proyectos cinematográficos de poca monta. La muerte le sobrevino en 1966, cuando tras el nuevo éxito de crítica y público que le supuso El buscavidas, comenzaba a retomar el prestigio perdido.

Todos los tipos y niveles de gobierno, y este será uno de los grandes descubrimientos de la posguerra mundial, la esencia misma de relatos como los que inspiraron el El Político y sus sucesoras –Tempestad sobre Washington (Otto Preminger, 1962), El Informe Pelicano (Alan J. Pakula, 1993), City Hall (Harold Becker, 1996), y otro largo etcétera-, son susceptibles a la corrupción política y en cualquiera de sus formas. De hecho, las formas de corrupción predilectas en cada país varían, pero la verdad es que sus manifestaciones se encuentran lamentablemente estandarizadas, como uso ilegítimo de información privilegiada, tráfico de influencias, pucherazo, soborno, extorsión, fraude, malversación fiscal y de fondos públicos, prevaricación, caciquismo, cohecho, nepotismo, impunidad y etcétera. Ítem más: la corrupción opera a menudo como cauce facilitador de otros hechos criminales ya sean organizados, gremiales o puntuales, como el tráfico de drogas, el blanqueo de capitales, el juego ilegal, la trata de seres humanos o la prostitución. Por lo demás, el concepto de corrupción diferirá dependiendo del país o de la jurisdicción en la que se produzcan ciertos hechos, en la medida que no es raro que sean los propios corruptos –o sus aliados- quienes estén en disposición de establecer lo que será considerado delito y lo que no.

City Hall
Al Pacino, de alcalde de Nueva York, mostrando a un bisoño John Cusack lo que es venderse con estilo.

 

¿La verdad está en las novelas?

Es una constatación que no ha de servirnos de precedente, pero en este caso es enteramente cierto que la cultura popular ha contribuido más que la ciencia, o que la propia prensa, a la difusión y caracterización social del delito de cuello blanco, así como a la comprensión de qué es y cómo funcionan la corrupción política, policial, judicial o empresarial en cualquiera de sus manifestaciones. No en vano, desde la década de 1960, las películas, series de televisión, novelas, tebeos, e incluso los videojuegos que tocan directamente o tienen como trasfondo estas cuestiones han crecido exponencialmente y concitan el interés de grandes audiencias que, en cierto sentido, han asumido que de una manera u otra se debe sospechar intenciones e intereses ocultos detrás de casi todo. La pregunta que un investigador social curioso debería hacerse –regalo la idea- es si realmente se debe pensar que los poderosos tratan de confundirnos siempre o bien esta impresión, exagerada por los creativos y asumida acríticamente por las audiencias, no es otra cosa que un nuevo estereotipo cultural que también pasará de moda.

Pondré un ejemplo que creo esclarecedor: si mañana nos desayunásemos con la noticia de que se ha descubierto que una organización multinacional que posee diferentes ramas de investigación y desarrollo químicas, farmacéuticas y cosméticas, es en realidad la tapadera de una industria para la producción y venta de armas biológicas de última generación, daríamos tranquilamente un sorbo al café y pensaríamos: “claro, normal”. Si, además, los informadores nos dijeran que este descubrimiento se ha producido como resultado de la fuga de un peligroso material bacteriológico fabricado en secreto en una de las plantas de esa corporación ubicada en un país asiático, asumiríamos el dato como algo también en gran medida lógico: “pues qué se creen estos del periódico, ¿qué soy tonto?”.


Digresión cuatro:

Una de las teorías en torno al origen del COVID-19 más difunda por las redes va de esto. Incluso hay variantes aún mas retorcidas que defienden que no es un arma descontrolada, sino un invento diseñado para luego vendernos la cura ideado por esas “odiosas y repugnantes” industrias farmacéuticas (te recuerdo, por cierto, que si no fuera por esas industrias tan terribles lo más posible es que tu esperanza de vida actual fuera de 20 o 30 años menos, así que un respeto). No me voy a poner a discutir esta teoría aquí, que ni tiempo ni ganas, pero sus defensores deben advertir que tiene una paradoja argumental bastante gorda y bastante triste: parece un poco absurdo destruir el sistema económico global, para forrarse a través del sistema económico global (que ya, que sí, que estoy equivocado, la tierra es plana, usted perdone).


Venga, que redondeamos lo del ejemplo:

El problema es que esta historia que podríamos leer en algún periódico, web, o blog, y que nos parece “auténtica” es en realidad el argumento –ya manido en muchos sentidos- del que parte una famosísima serie de videojuegos iniciada en 1996, e ideados por la empresa CAPCOM, cuyo nombre (“marca registrada”) te sonará de algo: Resident Evil. Hasta la fecha, esta franquicia se ha revelado como una de las más brutales fábricas de hacer dinero de los últimos veinte años con cerca de treinta videojuegos diferentes, en torno a diez novelas, siete películas, tanto con actores reales como de animación, una serie de televisión, e incluso publicaciones en cómic. Nada nuevo. Esta idea ya se exploró en el cine en una curiosa –y olvidada- producción de 1976 titulada El puente de Casandra, dirigida por George Pan Cosmatos. Si me apuran, todo esto incluso mantiene cierto vínculo argumental con esa vieja joya del cine fantástico de Don Siegel: La invasión de los ladrones de cuerpos (1957), basada en la novela de Jack Finney.

resident evil
Igual no te has enterado, pero la pesadilla del COVID-19 antes fue un videojuego.

Está claro que la teoría de la conspiración vende, y lo hace bien. De hecho, es un negocio en sí misma, y hay hasta quien sostiene un programa de televisión de éxito con ella.

Hay una moraleja final para toda esta historia “cultureta”: la corrupción, a todos los niveles, es algo tan reiterativo en el devenir de nuestra cultura de luces y sombras, y enfocado desde tantos puntos de vista que, muy a menudo, ya nos resulta prácticamente imposible separar la realidad de la ficción. Lo bueno de todo esto –por encontrarle alguna bondad- es que gracias a la acción valiente de creadores con conciencia social y ardor moral, estamos ya curados de espanto. Lo malo, simplemente, es que se nos ha entrenado –y entrena- con tanto ahínco para pensar mal de todo, que nos resulta prácticamente imposible pensar bien acerca de casi nada. Evidentemente, esto nos ha llevado a un estado de indefensión aprendida retorcido ciertamente maravilloso, y eficiente, para quienes mandan: estamos tan convencidos de que ninguno de estos terribles males puede ser remediado, que ya no hacemos nada para intervenir en la modificación del proceso. Más aún, creemos a pies juntillas que las cosas pueden cambiarse desde dentro del proceso. Así, es como diferimos nuestra responsabilidad y delegamos en aquellos que necesitan que el proceso siga adelante, intocable, inalterable. Ab aeterno.

Cambian los tiempos, se modifican los estilos, se depura la calidad estética de los actos, pero permanecen los defectos. Cambiarlo todo. Modificar el escenario. Repartir nuevos papeles. Cambiar de actores.

Pero siempre la misma representación.


[1] Si bien es cierto que el Robert Penn Warren lo negó públicamente, quizá para evitar posibles demandas, se basó para construir el personaje del protagonista de su novela en la célebre peripecia Huey Pierce Long, senador por Luisiana, con el que guarda incuestionables similitudes. Político conocido por su proverbial corrupción, Long terminaría sus días en 1935, asesinado por el hermano de una chica a la que supuestamente había violado.

Tiempos salvajes

Ilegales

Cierto que he tardado mucho en volver a escribir una entrada, pero es que, más allá de las obligaciones inherentes al teletrabajo, he estado dedicando esta inusual situación al saludable ejercicio de la observación. Porque estos tiempos nuevos –tiempos salvajes, corearían Los Ilegales-, en los que un kilo de harina y un paquete de levadura se han vuelto más raros que el telurio, dan para mucho pensar.

Yo, que de natural soy estudioso de las gentes y reflexivo de las cosas, esperaba que este paréntesis del confinamiento significara, para el común de los mortales, una reacción que hasta cierto punto suponía lógica: Ahora el personal –me decía, ufano- encerrado en su casa las horas sin cuento se replanteará hasta cierto punto muchas de esas cosas en las que nunca piensa porque ya las imagina coherentes, hechas, terminadas, sensatas e incluso “normales”. Ese sistema inmunológico natural ante la falacia y el fraude que anida en el fondo de toda mente que trabaja –soñaba yo- despertará del letargo. Y entonces todos nos enfrentaremos al tipo del espejo, desenmascararemos sus embustes y vanidades, lo confrontaremos con sus contradicciones, lo invitaremos a repensarse, a andar y desandar. A hacer balance, liberarse de la porquería y tirar del tapón del desagüe. Así, cuando todo esto acabe –seguía delirando casi henchido de gozo- todos y todas saldremos a la calle plenos de alborozo y placer en el reencuentro de la libertad. Más inteligentes, más formados, más solidarios, más y mejores personas. Esta lección nos cambiará. Lo cambiará todo.

Pero el tiempo fue avanzando. Entendí, en su devenir, que para muchos lo de pensar es cosa mal vista, de listos odiosos, de gente enredosa y molesta. Que no tiene sentido la floritura lírica de un buen silogismo si puedes entretenerte horneando bizcochos, haciendo mejunjes incomestibles, aburriendo al mundo con la exhibición de tu indecente falta de talento, viendo series sin solución de continuidad, leyendo porquerías, escuchando músicas inaguantables y corriendo sobre una cinta cual hámster en la rueda interminable. No pensar. Nunca. El que piensa porque sí es peligroso y se pone a sí mismo en peligro. Cuidado.

Los aplausos espontáneos al personal sanitario se fueron convirtiendo, de tal suerte, en “la salida de las ocho para aplaudir” porque es lo que toca (ya nadie sabe con certeza a quién, ni para qué). Las muestras solidarias de entretenimiento vecinal se fueron reciclando en los interminables espectáculos balconeros del “pelmazo del resistiré”, que ya se podía ir a hacer puñetas. Los imaginativos canales de YouTube del principio se transmutaron en una nueva exhibición de postureo intolerable, inagotable, imposible, tedioso. Y las redes sociales, los blogs y los medios digitales, que al principio de este desastre ignoto y absolutamente desconocido eran nidos de arcoíris, jarros de vino, manojos de rosas y bienaventuranzas, se han puesto –nadie sabe bien cómo- a regurgitar más porquería falaz que nunca. Con pasión inusitada.

Las quintillas torpes de gentes poco talentosas –más bien malas-, pero bientencionadas en su honradez y por ello mismo tolerables, de los primeros días se tornaron en burdos –por no decir penosos- poemarios del desatino (por favor, deje usted de decir tonterías para cursis y de maltratar las artes).

Las teorías de la conspiración, casi siempre risibles en sus argumentarios de cartón piedra y papel maché, arreciaron hasta culminar en un paroxismo de imbecilidad como no se recuerda en los tiempos modernos (“no sé si sabía usted que esto del COVID ha sido un invento de los chinos en colaboración con los Illuminati para defenestrar el mercado económico internacional y convertir a la masonería en dueña de la NASA, que lo sé de buena tinta”).

Las canciones malas del inicio, cada vez se fueron tornando peores.

Las imaginativas y generosas iniciativas del ayer, ya resobadas y cansinas, empezaron a no interesar en el hoy.

Las noticias falsas se multiplicaron por diez. Y los necios que las creyeron, y difunden, por cien.

Los ejercicios de paciencia se fueron conviertiendo en sapos, culebras y pataleos.

Los informativos transmutarón en el eterno retorno heraclíteo. Intercambiables, reiterativos, sobados, imposibles. Insoportables. Día de la Marmota. Al punto de que con uno bien grabado, repetido todos los días, habría sido más que suficiente.

La comunidad ecuménica de ideologías que presidió el inicio del confinamiento –hay que estar unidos en la tragedia, bla, bla-, ya se ha visto y constatado, era un fraude que ha venido a resucitar, cual ave fénix de lo cutre, el corral de pollos ideológico de siempre. Cómo amo España, que diría el maestro Unamuno con su retranca pertinaz, porque no me gusta.

Entonces, claro, me di cuenta de que estaba confundido. De medio a medio. Esto no nos hará mejores. Simplemente ha sido un oasis en la vorágine. Un tiempo muerto pedido a dos minutos del final del partido, cuando se pierde de veinte puntos y ya no hay nada que hacer, pinte lo que pinte el entrenador en la pizarra. Este país nuestro, esencialista hasta extremos furibundos, fundado desde las trincheras de la pureza de sangre y el mamotreto escolástico, que encuentra especial placer en echarse los muertos en cara, no puede –ni sabe-  entender que los muertos ya están muertos. Porque la gente, y esta es la única certeza de la vida, se muere. Sin más. Cualquier día, en cualquier momento, de cualquier modo. Sé bien de lo que hablo porque esta crisis me deja el penoso dolor de unos cuantos menos. Familiares, amigos. Solo me queda llorarlos, reírlos, soñarlos, revivirlos y recordarlos porque el odio indiscriminado y ciego, porque sí, porque me duelen, solo nublaría su memoria. Solo me haría peor de lo que soy en el trecho –no sé cuánto de largo- que me queda hasta la anatomía de la tumba, que diría el poeta (este, sí, bueno de verdad).

El confinamiento debería habernos enseñado, de una vez, que todo es vanidad. Esfuerzo baldío por encontrar seguridades que nunca han existido y certezas que solo son imaginadas. Debería habernos mostrado cómo relativizar todas esas cosas banales, prescindibles, que subjetivamente nos parecen tan importantes. A comprender que este mundo nuestro del rendimiento y la cuenta de resultados es absurdo hasta el aburrimiento, inasumible, invivible, débil e insoportablemente leve. Debería habernos enseñado a amar más y mejor, a respetarnos con eficacia, a tolerar el error, a comprender la incertidumbre, a aceptar que lo único cierto del Universo es el caos. Que no hay destino. Que toda elección es tentativa y toda idea coyuntural. Que el porvenir es un misterio ignoto. Que solo del ayer se sabe algo, y no siempre todo lo que sería necesario. Que la frustración y el choque forman parte intrínseca de la dinámica de la adaptación y la mejora.

Pero no hemos aprendido nada de todo esto. Nadie. A algunos, porque toda adversidad tiene alguna cosa salvable, al menos nos ha servido para sentarnos a hacer limpieza de contactos tóxicos, molestos e intrusivos.

De modo que se acabará el confinamiento a no mucho tardar. Volveremos a lo de siempre, y posiblemente peores que ayer por más enfurecidos, más rabiosos, más molestos. Esto será aquello que uno le cuenta a los nietos cual batallita.

Así, hasta la próxima (que la habrá).


P.D.: Hoy, durante la comida, mi hija me dijo algo tan magnífico como sorprendente: “papá, yo lo que voy a hacer en cuanto podamos salir a la calle es ir a  la terraza de un café, pediré algo, y me quedaré allí sentada viendo pasar a la gente, imaginando de dónde viene o hacia dónde va. Eso es lo que más me apetece. Casi lo único”.

Sonreí. ¡Ah, maravillosa juventud!

El libro de instrucciones

obligatorio leer el manual de instrucciones

Nunca me he cansado de advertirlo y de explicarlo: no lo sabemos todo. De hecho, ni tan siquiera sabemos el 10% de lo que deberíamos saber y, posiblemente, nunca pasaremos de ahí en la medida que todo cuanto se puede conocer lleva a otra cuestión ulterior, enteramente nueva, que debe responderse otra vez, desde cero. Si el mundo fuese mecánico y toda respuesta pudiera argumentarse en clave matemática (cosa aún por demostrar) ya habríamos resuelto el enigma último de todo este tinglado hace mucho. El hecho de que las preguntas realmente importantes aún resistan incólumes solo nos informa de una cosa: algún factor se nos escapa, escurridizo, de la ecuación.

Esta idea ridícula, como solo puede serlo cualquier argumento en clave presentista, de que los seres humanos del pasado eran “idiotas” porque sabían menos que nosotros solo sirve para un cosa: convertirnos en los idiotas del futuro, cuando otros encaramados sobre torres más altas miren hacia atrás y se tronchen a costa de nuestras tonterías… “¡Vaya panda de tarugos aquellos tipos del siglo XXI!”. Con la misma soberbia que nosotros nos mondamos con las “tonterías” de aquellos “necios” del 1900, del 1800, del 1700… Falta perspectiva histórica, en efecto. Pero también hay una carencia superlativa de humildad que nos lleva a confundir, época tras época, el saber con el poder y nos induce a la prepotencia sin solución de continuidad.

Mis alumnos no me creen cuando les digo estas cosas porque es un hecho que toda generación incurre en este mismo error. Idéntico. Cuesta entender que hubo un tiempo en el que todo el mundo “sabía” que la Tierra era el centro del Universo, porque todo tiempo tiene su Titanic y, vaya por Dios, resulta que siempre es “insumergible”. Así argumentaba Hegel a sus discípulos cuando estos le interpelaban acerca de lo impreciso de sus predicciones históricas: cualquier estúpido es capaz de comprender lo que ya ha pasado, pues lo verdaderamente difícil es anticipar lo que va a pasar. Eso que técnicamente se conoce como generar un heurísitico predictivo. No obstante, del mismo modo que los discípulos de Hegel eran incapaces de asumir este hecho obvio, seguimos absortos en la inopia del a posteriori. Cualquier necio es capaz de analizar lo que ha ocurrido, lo que ocurre, y extraer consecuencias ejemplarizantes y magníficas del tipo “esto se veía venir” (el mundillo de los tertulianos y los listos de salón es proceloso, grande y profundamente ególatra). Es sorprendente la facilidad con la que todo el mundo saca el libro de instrucciones acerca de cualquier acontecimiento cuando ya ha ocurrido, y uno no puede dejar de preguntarse porque (malvados) nos lo escondieron a los demás antes de que ocurriera.

La pandemia del coronavirus es un perfecto ejemplo de este galimatias perverso del que venimos hablando (declarada por la OMS, al dato, en fecha tan reciente como el 11 de marzo, a pesar de que los del maldito libro ya supieran qué hacer con el tema desde “hace semanas”). Una evidencia palmaria (la enésima) de que si algo exterminará a la especie humana, hecho que inevitablemente ocurrirá en algún momento, será su propia arrogancia aunada a ese deseo implícito, malévolo, y por lo demás profundamente adaptativo (qué se le va a hacer), de sacar ventaja de cualquier situación por mala que ésta sea. Esa maldita tentación de creer que ya se sabe todo y que, si no sabe, se sabrá, pero de momento aprovecha la ocasión que anida en la incertidumbre.

Al fin y al cabo somos los descendientes de Prometeo, los portadores de la antorcha. El problema reside en ignorar el fin (la finalidad) del mito: no existe luz sin oscuridad, ni conocimiento que carezca de un precio. Ocurre, a causa de este olvido que suele inducirnos cíclicamente al desastre, que nos vemos sumidos en una búsqueda permanente de culpables que justifiquen nuestros delirios de grandeza, minimicen nuestras confusiones, alivien nuestras miserias o, cuando menos, nos permitan sacar partido de lo que pasa: si algo ha ido mal es porque alguien se ha confundido. El problema reside en determinar los criterios para decidir quién se confundió, cuándo, dónde y cómo, porque nadie sabía que se estaba equivocando cuando se equivocaba… Hecho elemental que conoce cualquiera porque todos nos hemos equivocado en alguna ocasión. Excepto los sabios diletantes que nos escondieron el libro de instrucciones y que ahora lo pasean por canales de Youtube, comentarios de Twitter, foros de Instagram y ruedas de prensa. Esos lo sabían todo. Esos no se equivocaban en nada. Esos entendían perfectamente las medidas que habían de tomarse antes de que todo esto sucediera. Esos se sienten legitimados para buscar culpables. Esos que al final, y es lo que me temo, solo buscan sacar tajada de la desgracia (otro ejercicio en el que la Humanidad entera, dentro de su juego de costes y beneficios, parece haberse especializado).

Ya sobrevuelan nuestras cabezas cual buitres en espera de que la carroña esté en su punto. Y sin embargo, entretanto observo su circunvolucionar de alas tensas sobre mi cabeza, no puedo dejar de pregúntarmelo una y otra vez: si ya tenían el libro de instrucciones, ¿por qué no lo compartieron? ¿Acaso mienten cuando nos cuentan que lo tenían? Mucho me temo que cualquier respuesta a ambas cuestiones solo tiene una solución ética honrosa: cállate y, si no estás dispuesto a ayudar, al menos no molestes.

Aquí. Resistiendo.

 

Cuidado con el “hombre del saco”

Hombre del Saco #1
Uno de los terrores nocturnos más recurrentes de la historia.

Cualquier persona de mi generación ha conocido más o menos de cerca al célebre y temible Hombre del Saco que, según decían “los mayores”, vendría a llevárselo en el caso de que no se comiera la verdura, se portara mal o fuera desobediente.

Al paso de la vida este personaje del imaginario popular ha llegado a convertirse para los hombres y mujeres de varias generaciones (también y con sus variantes en muchos lugares de Latinoamérica, pues los cocos suelen colarse en la herencia cultural y son “de ida y vuelta”) en un viejo amigo de la infancia. Ese sujeto terrible al que, afortunadamente, la inmensa mayoría nunca vio, pero que siempre se podía imaginar acechante, camuflado entre las sombras a poco que la noche caía y se transgredía la hora prefijada para el regreso al hogar (sí, el Slenderman de los “milenials” no tiene nada de original). Luego, porque el inconsciente colectivo suele reajustar y adaptar cualquier ficción a cualquier tiempo, el Hombre del Saco (que en un mundo de nuevas tecnologías, cine de terror para todos los públicos y videojuegos espeluznantes, ya no asustaba a nadie) dejó paso al señor raro que reparte caramelos a la puerta del colegio. Al desconocido que podríamos encontrar en la calle y con quien no debíamos ir bajo pretexto alguno, o el tipo que arrastra a los mocitos al interior del coche. Y así rueda el mundo.

Sin embargo, no era mentira. No del todo al menos.

Detrás de toda ficción de lo tradicional, de cualquier leyenda, y se trata de un hecho corroborado hasta la extenuación por la Antropología Cultural, existe un sesgo de verdad. Cierto que alterado, manipulado, vejado y rehecho en infinidad de ocasiones, pero verdad al fin y al cabo. Y también tras este Hombre del Saco, monstruo a la española por antonomasia.

Ese aspecto real del personaje que nos ocupa se recolectó a partir de las andanzas de nuestros propios asesinos, tan brutales como el que más, pero made in Spain, con ese carácter típicamente analfabeto, campero, brutal, que solía adquirir todo en un país anclado en un retraso dieciochesco, de base económica fundamentalmente agraria, y que durante muchísimo tiempo fue a partes iguales puro terreno de labranza y extenso pasto de vacas y ovejas salpicado de casas bajas. Se les quiso llamar a estos criminales, genéricamente, Sacamantecas: tremendos asesinos que hunden sus raíces en acontecimientos truculentos de los que existe sobrada información documental, y que se repartieron por toda la geografía española adquiriendo así infinidad de variantes y denominaciones locales (Tabla 1)[1].

Tabla 1. El Hombre del Saco en España

ÁREA GEOGRÁFICA

DENOMINACIÓN

Cataluña

Sanguiners

Mesquidetas

Asturias

Sacamanteigas

Galicia

Hombre del Unto

Ciudad Real

Tío Sacamantecas

Murcia

Tío Saín

Andalucía

Mantequeros

Aragón

Ensundieros

Extremadura

Cortabesos

Slenderman
Slenderman, un hombre del saco para los tiempos modernos… Como decía la canción de Víctor Manuel: “no hemos inventado nada, nos amamos con palabras que otros se dijeron ya”.

¿Qué es un Sacamantecas?

El apodo de Sacamantecas o Sacauntos se atribuyó a todo aquel que mataba, destripaba, desangraba y despanzurraba a sus víctimas. Y hubo un tiempo en el que toda comarca de la geografía española de cierto prestigio tuvo en los anales a su peculiar asesino (múltiple o no), bandolero o criminal de coplas. En esto, España nada tuvo nunca que envidiar a los progresos europeos puesto que muchos de estos delincuentes son anteriores a ellos, y tan salvajes como pudieran serlo los extranjeros. Por ejemplo, a Juan Díaz de Garayo y Ruiz de Argandoña (1821-1881), un jornalero criminal cuyas andanzas transcurrieron en el campo alavés entre 1870 y 1879, se le pudo culpar de una víctima más que al sobrevalorado Jack el Destripador, y se estima que al menos le triplicó en números. Incluso superó su bestialidad. Manuel Blanco Romasanta (1809-1863), por su parte, el archiconocido Hombre Lobo de Allariz, era un humilde buhonero que se ganó el privilegio no sólo de ser el primer asesino serial (que se sepa) de la historia española, sino también uno de los más terribles. Cierto es que en ambos casos, como sucede con los de otros criminales hispanos de aquellos días, no hemos contando con la maquinaria mediática suficiente como para darnos la pompa falsaria de las conspiraciones políticas, los juegos de la realeza, o permitirnos perorar engoládamente y salpicando la charla de anglicismos sobre el crimen en el seno de la moderna sociedad industrial. Es verdad que el marketing histórico nunca ha sido lo nuestro, que nos comimos la leyenda negra sin pestañear entretanto otros menos escrupulosos exterminaban en silencio a pueblos enteros, pero tampoco es menos cierto que en esto de los grandes criminales no hemos sido importadores. Hay que pensar que la España del siglo XIX, por muchos cuentos imperiales que se quiera relatar a los crédulos, era un país decadente, analfabeto, austero, modesto y cutre… atiborrado de gente tan analfabeta, austera, modesta y cutre como el propio suelo. Vamos, que aquí no estábamos para zarandajas intelectuales ni charlas de salón.

En cualquier caso, la figura del Sacamantecas llegó a adquirir una enorme popularidad a causa de diversas creencias y supersticiones más o menos fundadas en los primeros devenires de la industrialización y el maquinismo. Así, por ejemplo, y dado que tanto las ruedas de los carros como los engranajes de los molinos debían engrasarse muy a menudo para que funcionasen perfectamente (al igual que los cojinetes de la maquinaria industrial o los elementos de las locomotoras de vapor), se llegó a extender la leyenda urbana de que algunos desaprensivos empleaban para estos fines grasa humana (o saín). Se argumentaba semejante disparate diciendo que la grasa animal no era tan densa y que, por tanto, no lubricaba igual de bien[2]. Se exigía, además, para incrementar debidamente el grado de terror de la historieta, que el saín fuera fresco y tierno como el de los niños. De tal modo que no fueron pocos los que imaginaron la existencia de un auténtico ejército de individuos que, a fin de satisfacer dichas necesidades industriales a bajo coste, merodeaban por las comarcas de España con sacos al hombro… Sacos en los que meter niños desprevenidos o escasamente vigilados para alimentar la insaciable sed del maquinismo. Aquella metáfora de la máquina devorando al hombre que Chaplin hiciera inmortal en Tiempos modernos (1936), nunca tuvo tanta eficacia.

La fantasía del vulgo mostraba a estos sujetos engatusando a la infancia con un teatrillo de títeres, un instrumento musical, o cualquier otro artefacto que atrajera a los niños (sí, embrujándolos, cual El Flautista de Hamelin, otra antiquísima fabula germánica que no deja de tener su misterio y su motivación, y de la que posiblemente hablaremos otro día). Luego, argumentando cualquier pretexto que doblegara la resistencia de los chavales, se los llevaría al monte para retorcerles el pescuezo, meterlos en el susodicho continente y, tranquilamente, llevarlos al desollador (o despanzurrarlos ellos mismos al abrigo de alguna cueva) a fin de ganarse unos buenos reales con la venta de las grasas obtenidas de tan macabra suerte.

El despropósito, argumentan algunos fantasiosos para echar más leña al fuego, no podría no ser tan enorme como alguien pueda llegar a imaginar. Es un hecho que cuando se instituyeron los primeros ferrocarriles españoles[3], así lo muestran unas estadísticas poco claras y difíciles de corroborar, desaparecieron muchos niños. Tampoco es casualidad. En aquellos tiempos el concepto de “infancia” era inexistente, el trato a los niños y niñas distaba mucho de ser el mejor posible y, además, la España de aquel tiempo, como ocurre en todo país escasamente desarrollado, era un hervidero de gérmenes y miasmas, objetivo de las epidemias más catastróficas y con unos índices de explotación, maltrato y mortalidad infantil tercermundistas, que no siempre eran completamente conocidos porque los censos y las estadísticas nunca eran fiables. Piénsese que muchos cabezas de familia ni tan siquiera se molestaban en inscribir a sus hijos en el registro civil cuando venían al mundo, por lo que era virtualmente imposible saber con exactitud la población real en un momento dado. Una anécdota clarificadora: yo mismo conocí a dos ancianos que no sabían con exactitud su edad real a causa de este problema… Uno de ellos, incluso tuvo problemas para regularizar determinadas situaciones legales en la medida que tuvo enormes dificultades para obtener una partida de nacimiento.

Tren siglo XIX
Pregunta retórica: ¿Cuantos niños de cinco años habría que despanzurrar para mantener engrasado este armatoste? (Vale. Acaba usted de descubrir por qué no tiene el más mínimo sentido plantearse la idea).

Curanderismo y literatura

También los afines al curanderismo y las sanaciones jugaron un relevante papel en la extensión de esta dramática crónica negra. En las llamadas relaciones de sucesos, pliegos de cordel o pliegos sueltos, de larga tradición en la literatura popular española, y que llegaron a ser un producto de elevado consumo, se narraban profusamente crímenes, generalmente verídicos (aunque no pocos inventados o “adornados”) de tal índole. Este producto de las imprentas, equivalente en gran medida a los famosos Pulp, se componía de varias hojas dobladas en su parte media, sin encuadernación, y servía a la difusión de cuentos, villancicos, relatos históricos, crímenes, leyendas, oraciones, y etcétera:

“Las relaciones de sucesos son documentos que narran un acontecimiento ocurrido o, en algunas ocasiones, inventado (pero verosímil), con el fin de informar, entretener y conmover al público -bien sea lector u oyente-. Tratan de muy diversos temas: acontecimientos histórico-políticos (guerras, autos de fe…), sucesos monárquicos, fiestas religiosas o cortesanas, viajes, sucesos extraordinarios como catástrofes naturales, milagros, desgracias personales… Su forma es también variada: pueden ser manuscritas o impresas, estar en verso o prosa, y constar de un solo pliego (la mayor parte tienen esta forma de pliego suelto compuesto por dos o cuatro hojas) o llegar a tener las dimensiones de un libro voluminoso. Las Relaciones de sucesos surgen en el siglo XV vinculadas al género epistolar: la carta-relación, que informa generalmente a un particular de algún acontecimiento del que fue testigo el emisor. Su uso se va extendiendo en el siglo XVI, en el que aparece ya la Relación de sucesos de forma autónoma (aunque convivirá siempre con la carta) dirigida a un público más amplio, para alcanzar su apogeo en el siglo XVII, sobre todo en los reinados de Felipe IV y Carlos II. Su desaparición vendrá condicionada por el nacimiento y éxito de las Gacetas, ya en el siglo XVIII, que amplían el mundo informativo al contar las noticias periódicamente, y no de manera ocasional como lo hacían las Relaciones [4].

Este material (a veces firmado, pero por lo común anónimo) era muy seguido y solía gozar de plena aceptación por parte del público. Baste recordar en este punto, y como mero ejemplo, la enorme repercusión que alcanzó en su día la archiconocida relación del famoso Crimen de Cuenca. No eran, pues, extraños los casos de personas iletradas que compraban el pliego para que otro se lo leyera, o bien se arremolinaban en torno al relator de turno en plazas y mercados para escucharle narrar la historia con deleite a cambio de la voluntad. Algunas de estas ediciones podían presentarse encabezadas por títulos tan expresivos como Relato del horroroso crimen y descuartizamiento de una niña de 12 años en las Urdes de Plasencia (Cáceres). Este, concretamente, relataba la espantosa peripecia de un tal José de la Iglesia que asesinaba y sacaba la asadura a una niña, Francisca, para producir un ungüento con el que curar de la tisis a su hermana pequeña.

Dentro de este mismo género criminal (el del uso de la manteca, los huesos y la sangre de los niños para producir fármacos milagrosos) solía incluirse a muchos indianos, hombres y mujeres retornados de América que habían logrado hacer fortuna al otro lado del Atlántico. Algunos de estos nuevos ricos debían ser tan prepotentes, odiosos, o simplemente envidiados, que se extendió un turbio rumor: los que estaban enfermos de tuberculosis, bronquitis o neumonía bebían sangre de niños pequeños para sanarse, en un émulo de supuestas conductas bárbaras y tradiciones primitivas que habrían aprendido en el Nuevo Mundo. Los intermediarios en este macabro negocio eran conocidos generalmente como Chupasangres.

Francisco Leona
Francisco Leona, un verdadero hombre del saco.

Así las cosas, se dio pábulo a toda suerte de especulaciones basadas en acontecimientos más o menos reales. En concreto, hubo dos terribles sucesos genuinos y bien documentados que alentaron todavía más los temores del imaginario colectivo: uno en la localidad almeriense de Gádor, ocurrido en 1910 y protagonizado por Francisco Leona Romero (1835-1910). Otro en Barcelona, con el nombre propio de Enriqueta Martí Ripoll -o Ripollés- (1868-1913), esclarecido en 1912. Ambas historias, célebres como pocas en los anales del crimen español, reavivaron hasta límites insospechados los mitos del Hombre del Saco y del Sacamantecas[5]. Sin embargo, y pese a la literatura poco enjundiosa que circula al respecto, en ellos no pudieron encontrarse elementos de juicio que hicieran pensar en patología psíquica alguna, o en cualquier tipo de motivación psicopática. Gentes como Leona (el Sacamantecas de Gádor) o la Martí (La Vampira de Barcelona) alimentaron sus actos de la ambición personal, el analfabetismo galopante y la superstición colectiva, pero no de una locura o un ansia criminal en sentido estricto, y bien puede afirmarse que se trataba de asesinos tremendos y odiosos por sus actos, pero perfectamente comunes y prosaicos por sus motivos.


[1] Elaborada a partir de los detalles que ofrece Miguel G. Aracil en su libro Vampiros. Mito y realidad de los no muertos (Barcelona, EDAF, 2003).

[2] Argumento, por cierto, completamente absurdo. En primer lugar, ocurre que existen dos tipos de tejidos conjuntivos adiposos: La grasa blanca (o tejido adiposo unilocular), que curiosamente en el ser humano es de color amarillo a causa de su alto contenido en carotenos, es la responsable de la obesidad y tiene la misma consistencia en los animales que, además, en muchos casos, cuentan con depósitos mucho mayores. En cuanto al tejido adiposo multilocular (o grasa parda), los depósitos en nuestra especie son bastante escasos salvo en los niños de pocos meses, y en realidad los animales tienen cantidades bastante más elevadas, especialmente las especies que hibernan (Eynard, A.R.; Valentich, M.A. & Rovasio, R.A. Histología y embriología del ser humano. Bases celulares y moleculares. Madrid: Editorial Médica Panamericana, 2008). La realidad del tema es que los diferentes lubricantes minerales industriales son, como es lógico, los mejores, en cada caso específico, para el engrasado de cualquier tipo de maquinaria. De hecho, el siglo XIX supuso un gran avance en esta materia, pues el desarrollo de los lubricantes industriales, mucho más eficaces, de los cuales el primero fue una pasta densa conocida como “briqueta”, permitió desechar los compuestos animales y vegetales.

[3] El primero de ellos, que enlazaba Barcelona y Mataró, se inauguró en 1848.

[4] López Pozas, S. (s.f.). Biblioteca digital Siglo de Oro. (Relaciones de sucesos; Proyecto SIELAE de la Universidade da Coruña) [https://www.bidiso.es/estaticas/ver.htm?id=6].

[5] De hecho, Leona fue el “hombre del saco” por antonomasia con el que se asustó a los niños españoles durante decenios, pues, que se sepa, fue el único que se valió en 1910 de tal elemento para secuestrar y trasladar al niño Bernardo González Parra, de apenas siete años, al que terminaría despanzurrando a fin de elaborar por encargo un pretendido remedio contra la tuberculosis.