Conjurando a Frestón

Vuelo de Clavileño


El vuelo de Clavileño

Brujas, locos, pócimas, fármacos, médicos e inquisidores a través de la literatura cervantina

Francisco López-Muñoz / Francisco Pérez-Fernández

Prólogo: Juan Ramón Biedma

Madrid, Delta Publicaciones, 2017


Si alguien, hurgando en los estantes de cualquier librería, se encuentra con este libro y atraído por lo curioso de su título se decide a tomarlo, a buen seguro echará un vistazo a la contraportada. Y cuando así obre se encontrará con este texto:

“Este libro, desde la excusa cervantina, propone un viaje profundo —y crítico— al mundo de las brujas y hechiceras durante la España Áurea, un mundo de turbias supersticiones y calderos pestilentes, brutales persecuciones y torturas, fraudes médicos consentidos, leyes asfixiantes y represivas, inquisidores intransigentes, pseudoconocimiento y misoginia cerril, que se ocultaba bajo la alargada sombra de la fe absoluta, la pureza de sangre y las pretendidas buenas costumbres. Las brujas, sus cuitas y su mundo eran cosa bien conocida por Cervantes, en cuya obra los pícaros, curanderos, embusteros, timadores, ladrones y vividores son especie común por vista de cerca y formar, además, parte intrínseca de ese mosaico existencial, acrisolado de pasados que se cierran y futuros que se abren, que es el Siglo de Oro español. En sus obras se aprecian las muchas experiencias vitales del autor, su singular circunstancia y su vasta cultura: Cervantes conocía bien la medicina de su tiempo, al proceder de una familia vinculada al oficio, e incluso la farmacopea no le era ajena, pues disponía en su biblioteca particular de un la exploración del carácter, como buen conocedor de Juan Huarte de San Juan, y sabía mucho de los entresijos y submundos de la sociedad y la cultura que vivió, y a la que a menudo sobrevivió. Que la obra de Cervantes es una fuente inagotable de inspiración, que admite infinidad de lecturas, no es cosa nueva, y prueba de ello es el mundo de la brujería y sus fenómenos afines, que tanto le fascinaron. De hecho, de los textos cervantinos se extrapolan afirmaciones que hoy día podrían parecer evidentes, como que las prácticas de brujería carecían de influencia satánica y que sus unturas y pócimas solían elaborarse, obviando la excusa ritual, con fines meramente recreativos y lúdicos.”

¿Suficiente? Quién sabe. Lo cierto es que toda obra -igual da su calidad e interés manifiestos- siempre esconde muchas lecturas. De hecho, lo que hace bueno a un libro, más allá de la técnica de quien lo escribe o de la pericia de quien lo lee, reside en la habilidad del autor para exponer y superponer niveles de lectura, así como en la facilidad con la que estos quedan accesibles al posible lector. Por ello, cuando Dickens comenzó su celebrada Historia de dos ciudades con aquella sentencia mítica: “era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos”, estaba haciendo mucho más que regodearse en su indiscutible eficacia como autor: estaba dotando a su obra de un halo de intemporalidad que la haría atractiva para cualquier lector y en cualquier tiempo, que no es poca cosa.

Por eso es que los libros, en general, son siempre peligrosos para los fanáticos, los doctrinarios y los totalitarios. Abren puertas y modifican realidades. Y del mismo modo que a Don Quijote los libros lo perdieron, paradójicamente, fue también que lo salvaron. Y algo de esto debieron barruntarse aquellos que pretendían sacar al Alonso Quijano escondido en la locura del Caballero de la Triste Figura cuando la única forma que se les ocurrió para intentar atraerlo a la cordura fue quemar los libros y tapiar el cuarto de lectura. Desastre del que Don Quijote se libera, precisamente, inventando otra ficción al culpar de todo aquello a uno de sus archienemigos; el sabio Frestón (el nombre del personaje ya es deliciosamente antinómico). Y así es como la vida de cada hombre, en manos de Cervantes, se va convirtiendo en una espiral de verdades, mentiras, ficciones, creaciones y recreaciones que se hacen cosmovisión y perfilan “el mundo” de cada cual. Por eso los dogmáticos han de pasar la vida conjurando a ese paradójico secuestrador de saberes que es el tal Frestón; porque los libros son llaves que abren puertas y ventanas que -creen- debieran permanecer cerradas a fin de asegurar el pensamiento único.

Esto es lo que trata de mostrar este libro, El vuelo de Clavileño, que en realidad es un libro de libros, desde libros y para otros libros. O, por mejor decir, una puerta hacia otras puertas que, a su vez, abren pasillos, túneles y caminos hacia realidades solo aparentemente diferentes en la medida que versiones anteriores de la nuestra. Así debiera leerse más allá de tecnicismos, precisiones, teorías y retóricas -de las cuales hay muchas en la obra- porque con tal deseo se concibió. De hecho, cuando Faulkner decía que el pasado no pasa, que nunca es del todo pasado, que está aquí y ahora, lo que pretendía decirnos es que nada desaparece del todo sino que en todo caso se recicla, se disfraza,  se reconstruye y vuelve de otro modo, en otra forma.

Cuando mi compañero -y amigo- Francisco López y yo concebimos la idea de este libro teníamos claro bien fuera de manera inconsciente el argumento de Faulkner. Creímos, con Dickens, que todos los tiempos son los mejores y los peores al mismo tiempo. Pensábamos, desde la modestia más certera, como Cervantes: que si un libro te condena, solo un libro puede salvarte, y que no existe mejor antídoto contra el veneno de la ignorancia, frente al no saber quiénes somos, que el redescubrimiento de ese pasado que, en realidad, nunca pasa del todo pues lo único que ocurre es que raramente lo reconocemos al verlo oculto tras sus nuevos disfraces. ¿Lo hemos conseguido? En realidad lo ignoro y no creo que ningún autor sepa realmente si ha hecho poco más que escribirse a sí mismo cuando escribe cualquier cosa.

Sea como fuere, el libro está ahí y habla ya por sí mismo.

 

El hombre de los dulces


El protagonista -debiéramos decir como se comprobará los protagonistas– de esta historia, la de Dean Arnold Corll, ofrece tres connotaciones muy interesantes. La primera de ellas es que tratándose de uno de los asesinos seriales más salvajes de todos los tiempos, no está entre los más célebres y recordados tanto por los especialistas como por los aficionados a la materia. La segunda, no menos importante, reside en el nada desdeñable dato de que los cómplices de Corll, individuos que le suministraron la mayor parte de sus víctimas, que le ayudaron en la barbarie y que encubrieron sus brutalidades, no eran psicópatas “de manual” sino tipos dominados por la más elemental avaricia. En tercer lugar, nos muestra que en esta tipología de crímenes, de existir un pie de igualdad en las relaciones, la comunidad de intereses suele resultar enteramente circunstancial y es fácil de quebrantar, lo cual degenera en las más funestas consecuencias para todos los implicados… Razón por la que la mayoría de los asesinos en serie prefiere “trabajar solo”.


Corll
Dean Arnold Corll.

A la falta general de interés mediático por Candyman, criminal en el más puro estilo de la tradición del psychokiller norteamericana, parece sencillo darle una explicación: todo en su vida fue demasiado tópico. La infancia de Corll no fue más compleja que la de cualquier otro niño sometido a la férrea disciplina de un padre castigador y que vive el divorcio de sus progenitores. Tampoco su adolescencia difirió en exceso de los derroteros previsibles en un joven anónimo que se descubre homosexual en un entorno escasamente tolerante. Incluso la parte más negra y terrible de su vida –la criminal- es sórdida, poco literaria, repleta de estereotipos y lugares comunes. Problemas de identidad sexual, lujuria, drogas y crimen. Un esquema habitual del género y repetido hasta la saciedad como si se tratara del guion de una película de bajo presupuesto. Incluso lo prematuro de la muerte de Corll privó a la opinión pública de las narraciones morbosas y espectaculares, cuajadas de truculentos detalles en rojo que tanto gustan al experto y al profano. No hubo un juicio multitudinario, atiborrado de testigos que recurrieran a la fórmula manida del “parecía normal” para que por un segundo todos mirasen de reojo al sujeto “normal” que se sentaba a su lado. Es verdad: Dean Corll no fue un criminal mediático y se limitó a ir a lo suyo.

Lo cierto, a poco que nos adentramos en el despropósito, es que advertimos muy pronto que nada es vulgar. Nos las vemos con un relato oscuro que vincula a supuestos cuerdos y supuestos locos, que eslabona las motivaciones prosaicas y completamente normales -incluso comprensibles- de sus cómplices, con la pesadilla psíquica de un depredador sexual. Que ofrece elocuentes pistas sobre el funcionamiento psicológico de unos, los que nos situamos a ambos lados de la línea imaginaria. Corll se entregó a una matanza ciega e irreversible que le adentró en una selva e intrincada a un ritmo que sus cómplices no podían seguir o comprender.

Enfermo, mimado y cariñoso

Dean nació en Fort Wayne, Indiana, el 24 de diciembre de 1939. Creció en un hogar conflictivo en el que sus padres, Arnold y Mary Corll, se pelearon sin tregua hasta que en 1946, poco después de que viniera al mundo el segundo hijo de la pareja, Stanley, se divorciaron. Posteriormente, Mary encontró la vida “vacía” y triste sin Arnold, de suerte que, siguiéndole la pista, se trasladó con los niños a Tennessee donde volvió a contraer matrimonio con él[1]. Así, la familia reunida se trasladaría en 1950 a Houston (Texas).

El señor Corll Sr., electricista de profesión, nunca fue un padre de manual. Descuidaba la atención de los hijos, para, de súbito, castigarlos con gran severidad por el más leve error que pudieran cometer. Acto seguido, tras los gritos y los golpes, se prodigaba en caricias con los chicos. Era un hombre errático y desconcertante tanto para repartir amor como para aplicar castigos y con el que resultaba difícil saber a qué atenerse. Luego, cuando papá y mamá Corll se separaron de nuevo, Mary entró en relaciones que concluirían en boda con un comercial llamado Jake West, quien tenía también una hija de un matrimonio precedente que, a menudo, tuvo que hacer las veces de canguro con Dean y Stanley.

Unas fiebres reumáticas contraídas durante la niñez motivaron que se le declarase un problema de corazón que prácticamente le incapacitaba para los esfuerzos físicos continuados, así que Dean faltó en muchas ocasiones a la escuela, con lo que se perdió otro de los factores principales de socialización. Cobijado siempre bajo la falda de las mujeres de la familia, se transformó, con el tiempo, en un joven excesivamente mimado, taciturno y reservado. Justo el perfil contrario al de su hermano Stanley, chico extrovertido que pasaba horas disfrutando de la amistad y los juegos de sus compañeros de colegio. Limitado para los deportes, a Dean le dio por estudiar música, llegando a tocar el trombón en la banda del instituto en el que cursó la secundaria. Sus notas nunca fueron brillantes, pero tampoco excesivamente malas, y en todo caso aquella carencia quedaba contrarrestada por un excelente comportamiento.

Dean Corll (joven)
Dean en una instantánea de su época como estudiante de enseñanza secundaria.

Su madre, siguiendo la sugerencia de un comerciante del sector, pensó que podría hacer dinero fabricando caramelos de pacana[2]. Y todos los componentes de la familia colaboraron de una u otra manera en la iniciativa de modo que Dean, por ejemplo, echaba una mano pelando frutos o ayudando en el reparto de los encargos. “[Dean] –explica John Gurwell- era muy comprensivo y afectivo, especialmente con los niños. Nunca cuestionó las decisiones de su madre”[3]. De hecho, la ejemplaridad de su comportamiento quedaría puesta de manifiesto una vez más en 1960, cuando se trasladó a Indianápolis con la expresa finalidad de cuidar de su abuela viuda, la madre de su padrastro. El caso es que cuando regresó de Indianápolis, en 1962, Dean encontró que el negocio materno había prosperado mucho. Así, Mary contaba en casa con una auténtica fábrica de caramelos y había dispuesto una tienda en el garaje de la vivienda.

Sin dudarlo un instante, se instaló en un pequeño apartamento sobre el garaje y se enroló en el negocio hasta convertirse en el segundo de a bordo. También, por mediación de su padre natural, con el que siempre mantuvo una excelente relación, obtuvo un trabajo en la compañía eléctrica local, la Houston Lightning and Power, de modo que hacía caramelos durante buena parte de la noche y ganaba un salario estable durante el día. Su futuro era prometedor y no había pasado inadvertido a un buen número de chicas del vecindario que comenzaron a rondarle, pero Dean nunca pareció estar por la labor de establecer relaciones con el sexo opuesto[4].

En 1964, y a pesar de su dolencia cardiaca, Corll fue llamado a filas. En el ejército dio muestras de sus primeras señales de homosexualidad. Es muy probable que en un entorno tan tremendamente masculino y heterosexual Dean fuera objeto de crítica, burla y sanción por parte de compañeros y superiores, pero en ese preciso momento no se produjo ninguna reacción extraña que hiciera sospechar lo que sucedería después. Sirviendo al Tío Sam comenzó, por lo demás, a introducirse en las drogas. Nada serio de momento. Cannabis, marihuana, algún ácido, pegamento y otras fruslerías experimentales de ese tenor. Probablemente fuera por este conglomerado de razones que apenas un año después de su alistamiento se le licenció apresuradamente. Retornó, pues, al hogar sumido en un grave problema de identidad sexual al que se sumó una preocupación creciente, e incluso patológica, por su aspecto físico.

Y, además, las cosas habían cambiado. Durante su ausencia su madre había decidido divorciarse de Jake West, ya que la relación entre ambos se había visto fracturada a causa del absorbente negocio de Mary, que se expandía día a día. La fábrica de caramelos se trasladó a las cercanías de la Escuela Elemental Helms. Dean, que se mudó a su vez a un pequeño apartamento cercano, solía invitar a dulces a los chicos del nuevo vecindario con asiduidad, lo cual le convirtió en un tipo especialmente popular y simpático entre la chavalería, y de ahí el apodo con el que pronto empezó a ser conocido: Candyman -u Hombre de los Dulces-. El caso es que todo fue bien hasta que los críos, que antes parecía gozar de su compañía, empezaron a eludir las intimidades con Dean… Hubo rumores crecientes y un trabajador de la empresa empezó a insinuar cosas sobre “lo que ocurría con los chiquillos”[5]. Dean supo eludir este primer golpe por la vía de la indignación e hizo que su madre despidiera al bocazas. Aún pasaría, sin embargo, meses preocupado por el hecho de que se diera crédito a los rumores[6].

Corll ejercito
Imagen de Dean Corll durante su corto servicio militar.

Mary, sin embargo, tenía cosas mejores que hacer que prestar atención a la sexualidad de su primogénito. De hecho, volvería a casarse por unos años con un marino mercante, y este matrimonio también fracaso en dos ocasiones, la última en 1968. Aquí acabó la fábrica de caramelos, en la medida que la madre de Dean decidió trasladarse para instalar un negocio similar primero en Dallas y, posteriormente, en Colorado. De esta forma tan inusual fue que Dean Corll, frisando la treintena, alcanzó la independencia. Se centró entonces en su trabajo como electricista y se instaló en una pequeña casa que su padre, Arnold, poseía en Lamar Street, en el seno de un tranquilo barrio de clase media. No se deshizo, sin embargo, de un almacén que había alquilado en Silver Bell Street a fin de paliar las estrecheces de su vivienda precedente.

Liberado del control materno experimenta, súbitamente, un cambio tan insospechado como radical en su personalidad. Se transforma en un individuo tétrico, tendente a la depresión e hipersensible hasta lo morboso. Empezó entonces a pasar el tiempo con adolescentes, y a organizar fiestas en su casa donde todos se ponían a tono oliendo pintura y pegamento[7], para luego entregarse a las más diversas fantasías sexuales. Corll seguía regalando caramelos.

Amistades peligrosas

David Owen Brooks
David Owen Brooks

Lo cierto es que en septiembre de 1970, Candyman se sintió preparado para dar el primer golpe. El elegido fue un estudiante de la Universidad de Texas, Jeffrey Konen, que hacía auto-stop camino de Houston, queriendo el azar que fuera Dean Corll el único conductor que se detuvo. En efecto, llevó al chico a la ciudad, pero se las ingenió para convencerle, como otras tantas veces, de que lo pasarían bien en su casa. Una vez allí, tras consumir drogas, beber unas cervezas y oler algo de pegamento, aprovechando el momento en que Konen perdió el conocimiento, guiado por un impulso irresistible, lo ató de pies y manos para sodomizarlo antes de terminar con su vida y deshacerse del cuerpo.

Ciertamente, Dean seguía disfrutando de la compañía de Brooks al tiempo que pagaba a otros chicos para que le practicasen sexo oral, pero la situación se volvía tensa porque Candyman esperaba bastante más de los jovencitos. Si accedían de buen grado –como explicaría David con posterioridad a la policía- salían vivos del trance, pero cuando no era así los violaba y asesinaba. Por lo demás, la estrategia de Corll era virtualmente perfecta en la medida que se las ingeniaba para seleccionar chavales problemáticos, generalmente huidos del hogar, y cuya desaparición por consiguiente no era noticiable[8]. La verdad es que Brooks descubrió lo que estaba sucediendo a finales de 1970, cuando se presentó de improviso en casa de Dean, y lo sorprendió en su dormitorio, desprovisto de ropa y acompañado de dos muchachos, también desnudos, a los que había maniatado concienzudamente. Candyman se puso hecho una furia y le echó de allí con cajas destempladas. Luego, a cambio del necesario silencio, y tras explicarle con total naturalidad que había asesinado a ambos chicos, compraría el silencio de David con un Corvette[9].

En realidad, el coche deportivo abría otra etapa en los planes perfectamente diseñados –concebidos y desarrollados con enfermiza naturalidad- de Dean Corll, pues empezó a pasearse en él –David al volante- a fin de seleccionar juntos a sus sucesivas víctimas. Otras veces, vagabundeaban por las calles en la lustrosa camioneta blanca de Dean. Pocos rehuían la posibilidad de subirse a aquellas ratoneras rodantes para pasar un buen rato con esos dos “tipos enrollados”. Y así se fueron sucediendo las macabras fiestas del Hombre de los Dulces. A veces junto al servil y dependiente Brooks, a veces no. Por lo demás, durante esta época Corll solía alquilar apartamentos en diferentes partes de la ciudad, más o menos alejadas de Lamar Street, a fin de no levantar sospechas entre sus vecinos cercanos o provocar la animadversión de algún inquilino quisquilloso. Llegó a disfrutar tres diferentes en un año. En lo que respecta a los cadáveres, la mayor parte de ellos solía terminar enterrado bajo el entarimado de madera del almacén de Silver Bell Street.

Henley (juicio)
Elmer Wayne Henley (fuente: Associated Press).

Tras varios asesinatos, David Brooks se presentó en casa de Corll con una nueva víctima propiciatoria. En este caso se trataba de su mejor amigo, Elmer Wayne Henley. No obstante, el calculador Candyman, advirtiendo el desparpajo del nuevo, supo darse cuenta de que era distinto a los otros e improvisó una prueba: a requerimiento suyo, Elmer golpeó sin dudarlo un instante a David, de suerte que perdió el conocimiento. Cuando despertó estaba tendido sobre la cama de Dean y sangraba profusamente por el ano. Tras meses durante los que se las había apañado para evadirse de las exigencias sexuales de Corll, había caído. Sea como fuere, obró con cautela y no dijo nada aunque comprendió que ahora había otro factor en la ecuación. A Dean, tal vez hastiado de la actitud de perrillo faldero de David, parecían gustarle el atrevimiento y la independencia de un Elmer que, dicho sea de paso, no parecía mejor en el plano moral que el propio Corll. Y como en tales situaciones tres suelen ser multitud Brooks, cauteloso, comenzó a guardar las distancias con respecto a los otros.

Finalmente, el descenso a los infiernos de Corll se había consumado. Perdió el control por completo y ofreció tanto a Brooks como a Henley, quien estaba especialmente dispuesto a hacer cualquier cosa por dinero, la cantidad de doscientos dólares por cada una de las víctimas que le proporcionaran. Y aceptaron. David probablemente por miedo. En el caso de Elmer, con tal diligencia y fruición que no dudó en llevar al matadero a buena parte de sus propios amigos. La verdad es que, cegados por las constantes recompensas de Candyman, dada la notoria impunidad de sus actos, ambos empezaron a mostrarse muy descuidados a la hora de buscar nuevas víctimas. Buena parte de ellos fueron seleccionados en el mismo vecindario en el que Corll tenía su residencia. En efecto. Parece increíble que nadie pudiera sospechar lo que sucedía en el interior de la guarida del bueno de Dean. Quizá porque era un vecino ejemplar. Hombre “raro” pero en general “persona honrada y trabajadora”.

Lo interesante es que Dean Corll, tal y como explicó a sus colaboradores en el crimen, mostró una capacidad de racionalización sorprendente que le llevó a desarrollar una visión sumamente altruista de sus aficiones: solía comentar que aquellos chicos a los que violaba y asesinaba –sólo o acompañado por David y Elmer- en realidad eran una carga para sus familias, proyectos de perdedores y lastres para la nación, por lo que en el fondo estaba haciendo una “obra social”.

Un final previsible

El 8 de agosto de 1973 la carrera criminal de Dean Corll tocaría a su fin. Y no por acción de las fuerzas de la ley que, tal y como estaban las cosas, podrían haber permitido que el apetito homicida de Corll eliminase a la mitad de la juventud de Houston antes de llamar a la puerta de su casa, sino por acción de Elmer Henley, quien telefoneó a la policía visiblemente alterado para que fuera a la pequeña casita de su buen amigo y mecenas. Una vez allí, los agentes se encontraron el cuerpo de Dean Candyman Corll, muerto a causa de seis disparos en cabeza, hombro y pecho. La verdad, por cierto, es que Elmer no había tenido aquella noche la mejor idea de su vida cuando, conociendo perfectamente lo que allí sucedía, decidió presentarse allí con una chavala con la que andaba ennoviado, una tal Rhonda, y otro amigo, Tim Kerley, por el que Henley había pensado cobrar una bonita suma.

Rhonda Williams era una joven acomplejada por su físico poco agraciado, huérfana de madre y sometida a las violentas acometidas de un padre alcohólico. Solía tener problemas para conservar a sus novios –el último, un tal Frank Aguirre, había desaparecido sin dejar rastro[10]-, y cojeaba ostensiblemente a causa de un accidente reciente cuyo resultado había sido un pie malherido. Aquella noche, como de costumbre, el papá de Rhonda se había presentado en casa completamente borracho, por lo que la chica se había encerrado en su cuarto. Elmer, que sabía bien el terror que su progenitor le inspiraba, a petición de la propia chica, la había rescatado con la ayuda de Tim por la ventana de su dormitorio sobre las dos de la madrugada.

Ella no quería cuentas con el raro de Dean, de quien el mocerío del barrio contaba muchas cosas turbias, menos aun cuando se trataba de pasar la noche bajo su mismo techo, pero las opciones tampoco eran muchas a aquellas horas, de modo que el trío se encaminó hacia allá. Eran alrededor de las tres de la mañana cuando cruzaban el jardín delantero. No es que Rhonda sospechara a qué dedicaba Candyman sus ratos libres, y tampoco creía que se enfadara en exceso porque se presentara allí con los dos chicos, pero era plenamente consciente por los relatos sesgados de Elmer de que algo no funcionaba bien con su inopinado anfitrión y, por consiguiente, de que las cosas podrían torcerse. El hecho es que las circunstancias se presentaron bastante mejor de lo que ella o Henley habían supuesto. Dean estaba de muy buen humor. Hubo, de hecho, una pequeña fiesta durante la que bebieron y fumaron algo de hierba. Luego todos se fueron quedando dormidos. Todos excepto Corll.

Pasaron varias horas. Elmer se despertó de súbito, presa de una extraña agitación, justo en el momento en el que Dean terminaba de esposarle. Para entonces ya le había atado las piernas. Sorprendido, miro a su alrededor. Tim, ya desnudo, estaba inmovilizado con cuerdas y amordazado con cinta aislante, al igual que Rhonda. No hacía falta que Candyman dijese nada, pero lo hizo: “voy a mataros a todos, pero antes me divertiré un rato”[11]. Wayne pensó deprisa y le propuso un trato para ganar algo de tiempo: sería más divertido si, mientras él torturaba a Tim, le permitía a él violar a Rhonda. Dean, con gesto codicioso, evaluaba las posibilidades entretanto le amenazaba con un revolver del calibre 22 y un enorme cuchillo, hasta que finalmente tomó la decisión de desatarle: “Si no haces lo que has prometido, también serás mi víctima”[12].

Acto seguido, Corll llevó a Tim y Rhonda a uno de los dormitorios, en el que tenía preparada una peculiar sala de torturas, y los encadenó a unos tablones dispuestos en la pared. Henley, siguiendo el juego, sugirió que se divertirían más si podían escuchar los gritos de ambos, por lo que sería mejor quitarles las mordazas, a lo que Dean accedió gustoso antes de tenderle el cuchillo y ordenarle que despojara a la chica de la ropa. Aprovechando la ocasión, Henley susurró al oído de la chica que trataba de ganar tiempo y que no le sucedería nada entretanto rasgaba sus pantalones. La pura verdad es que Elmer no obraba por un impulso heroico. Simplemente, presa de la tensión, fue incapaz de tener una erección, hecho provocó airadas burlas por parte de Candyman quien, a su vez, intentaba violar a un Tim que forcejaba sin cesar[13].

Corll, tablones
Dos agentes de la policía de Pasadena posan ante uno de los tablones para torturas encontrados en la casa de Dean Corll.

 

A fin de dominar más fácilmente a su víctima, Candyman dejó el revolver en la mesilla de noche. Simulando dirigirse al baño, Elmer se apoderó del arma y le encañonó. Estaba muy herido por los ataques verbales de Dean, quien se enfureció: “¡Mátame, Wayne! ¡Mátame si puedes! ¡Estoy seguro de que no lo harás!”[14]. Se equivocaba. Elmer Wayne Henley lo hizo. Luego telefoneó a la policía. Eran las 8:30 horas de la mañana.

Corll victims
Elaboración propia.

Cementerio particular

El agente A. B. Jamison, del Departamento de Policía de Pasadena, se dirigió a la carrera hacia el 2020 de Lamar Drive, tal y como le habían indicado desde la central. Allí, frente a una casa de una planta pintada en verde y blanco, le esperaban tres adolescentes, dos chicos y una chica. Uno de ellos, que se autoidentificó como Wayne Henley, acompañó a Jamison al interior de la vivienda, hasta el lugar en el que, sobre el suelo, tiroteado y ensangrentado, yacía el cuerpo de un hombre adulto, de cabello castaño ondulado, musculoso y bastante alto. Se trataba de Dean Arnold Corll, de 33 años de edad, electricista empleado en la Houston Power and Light.

Tras las pertinentes diligencias, el cadáver fue trasladado a la morgue entretanto los jóvenes eran conducidos a comisaría a fin de que les fuera tomada declaración. La historia parecía bastante clara, pero un comentario inopinado de Tim Kerley, saltándose el guion, hizo suponer a sus interrogadores que tras aquel caso tan aparentemente sencillo había más de lo que cabía suponer en un principio: “Wayne me dijo que tenía suerte, puesto que si no fuera un buen amigo suyo, podría haber conseguido ciento cincuenta dólares por mí”[15]. Los hallazgos que los detectives realizaron en la casa del finado Dean alimentaron sus sospechas; esposas, cuerdas, tablones con grilletes, una bayoneta, un enorme consolador, cremas lubricantes, una caja con mechones de vello púbico pertenecientes a diferentes personas… En efecto, el comentario de Tim convertía a Elmer Henley en cómplice de algo muy oscuro.

Hubo que presionar poco al muchacho, que se derrumbó apenas los detectives se concentraron en él. Presa de los nervios, o tal vez impelido por la necesidad de liberar su conciencia, el joven narró a los estupefactos policías la macabra historia de sus peripecias junto al difunto Corll. En un principio, los agentes tomaron la increíble declaración con reservas. Al fin y al cabo, nada hacía sospechar que el hombre asesinado fuera realmente un criminal. Así se dedujo de la declaración del padre de Dean, Arnold, quien manifestó que su hijo jamás había sido una persona violenta ni había mostrado tendencias homosexuales. “De hecho [añadió] mi hijo adoraba a los niños y siempre había sido muy generoso con ellos. Estos chicos se han aprovechado de la hospitalidad de mi hijo y, enloquecidos por las drogas, le han asesinado en su propia casa”[16]. Testimonio que parecía corroborado por las declaraciones de los vecinos de Dean y que le catalogaban de persona de orden, con una vida normal y en absoluto sospechoso de nada que mereciera la pena contar. Incluso la dueña del almacén que Corll había transformado en cementerio, una tal señora Meynier, manifestaría en su momento a la policía, que todavía se esforzaba por destapar la fosa común, que Dean parecía una excelente persona y jamás había tenido queja alguna de él. Lo cierto es que por un momento los agentes parecieron dispuestos a creer en la versión de los hechos imaginada por Arnold Corll, pero el testimonio de Henley era demasiado tentador –quizá por disparatado- como para dejarlo pasar por alto. Sobre todo teniendo presente la elevada cantidad de denuncias sobre muchachos desaparecidos en aquella parte de la ciudad.

Se profundizó en el pasado de Candyman en busca de datos que alimentaran la sospecha, pero todo parecía indicar que Corll había sido realmente un buen ciudadano, de vida ordenada. Con alguna rareza sexual, pero quién no tiene una. Aquellos que conocieron a Dean hablaban maravillas de él. Incluso una antigua novia, Betty Hawkins, parecía dispuesta a defender su integridad a todo trance: “Dean fue el hombre más amable que he conocido. Si tenía algo y alguien lo necesitaba, no dudaba en dárselo. Hasta donde yo sé, su única afición fue la de ayudar a los demás”[17]. Así que la policía se aprestaba a cerrar el caso cuando un informador anónimo dibujó una imagen muy diferente del hombre asesinado. Este sujeto, quien se hacía llamar a sí mismo Guy, era un adolescente homosexual que manifestó conocer bien a Dean Corll. Al parecer ambos habían mantenido una estrecha relación que no llegó a consolidarse después, especialmente por su estilo de vida, cercano a los locales gays y las casas de baños. De hecho, Dean, como corresponde a un perfecto homosexual egodistónico, era muy reacio a este tipo de ambientes, disociando por completo sus tendencias homosexuales del resto de su vida: “Levantó una barrera entre mí y su vida íntima, que se convirtieron en un tabú [expresó Guy]. Supe que tenía un amigo llamado Wayne, pero siempre que yo intentaba acercarme a sus amigos, se las ingeniaba para alejarlos de mí… Nunca quiso presentármelos”[18].

Además, algunos de los nombres que Henley dio a los agentes coincidían con los de chicos cuyas desapariciones habían sido denunciadas lo que, obviamente, parecía demasiada casualidad como para que la historia no tuviera visos de ser cierta. La duda residía en delimitar la magnitud de la culpabilidad del difunto Corll. La cosa quedó más clara cuando aquella misma tarde Elmer condujo a los policías al improvisado cementerio del Hombre de los Dulces, su particular cámara de los horrores instalada bajo los tablones del almacén que Dean Corll tenía alquilado en Silver Bell Street, donde había enterrados un total de 17 cuerpos. Insistió en que, al menos que él supiera, habría 10 cadáveres más en otros lugares que, en algún caso, no supo precisar.

A todo esto, David Owen Brooks se enteró de todo por las noticias y decidió que, muerto Dean, era hora ya de contarlo todo. Cuando llegó a la comisaría y se informó a Henley del hecho, este suspiró aliviado manifestando que al fin, ahora que David había decidido entregarse, podría contar toda la historia. Comenzó, de este modo, por admitir que algunas de las víctimas habían muerto por su propia mano.

Crime Search Party
Brooks y Henley ayudan a los agentes durante la tarea de excavación de las fosas comunes de Dean Corll (fuente: Corbis).

El testimonio de Brooks resultó más ligero. En realidad, concedió que en algún caso, sobre todo desde que Elmer se había visto involucrado en los sucesos, participó en alguno de los crímenes y que lo habitual era que los tres estuvieran presentes durante ellos. Sin embargo, explicó que actuaba en gran medida por miedo a convertirse asimismo en víctima. Tal y como se estaban poniendo las cosas convenía aliarse con los fuertes, sobre todo porque “me pareció que Wayne también disfrutaba causando dolor a aquellos chicos”[19]. Luego se supo que esta declaración era una verdad a medias en la medida que Elmer y David ya se habían planteado la posibilidad de asesinar a Dean porque imaginaban acertadamente que cualquier día podría tocarles a ellos y que, además, las cosas no podían continuar así en la medida que la ferocidad cada vez mayor de Candyman provocaría que, más pronto que tarde, les detuviesen.

Considerados competentes y capaces de distinguir entre el bien y el mal por los especialistas, ambos muchachos fueron sometidos en 1974 a un juicio mediático que provocó airados debates televisivos y radiofónicos[20]. Brooks fue condenado a cadena perpetua por su participación probada en, al menos, seis asesinatos. Henley fue encontrado culpable de varias muertes y condenado a seis penas de 99 años en prisión. Su causa con respecto a la muerte de Dean Corll se resolvió con una absolución por homicidio justificado. Su abogado defensor, sin embargo, logró que el caso fuera revisado aduciendo que su cliente había sido juzgado antes en los medios de comunicación que en las salas de justicia, y que su juicio se había visto por consiguiente contaminado por la presión de la opinión publica. En efecto: Henley volvió a presentarse ante los tribunales en 1979, pero de poco le sirvió ya que fue encontrado de nuevo culpable y encarcelado con idéntica severidad. Lo cierto es que sólo el hecho de que fuesen menores de edad cuando Dean Arnold Corll les indujo al crimen, les libró de la pena capital.


[1] Bendeich, J. (2002). “Dean Corll”. En: The Crime Web [www.thecrimeweb.com].

[2] La pacana (Carya illinoiensis y Carya ovata) es un árbol oriundo de Norteamérica que da unos frutos, cuya almendra es dulce y comestible. Estos frutos, de forma ovoide, son del tamaño de nueces y reciben el mismo nombre del árbol. La madera de la pacana es parecida a la del nogal y muy apreciada en carpintería y ebanistería.

[3] Mass Murder in Houston. Houston, Cordovan Press, 1974.

[4] Bendeich, J. Op. Cit.

[5] Bendeich, J. Op. Cit.

[6] Wilson, C. y Seaman, D. (1997). The Serial Killers: A Study in the Psychology of Violence. Virgin Books.

[7] Actividad sistemática que, con total probabilidad, le produjo daños cerebrales irreversibles.

[8] Bendeich, J. Op. Cit.

[9] Espectacular modelo deportivo de la casa Chevrolet, especialmente popular –y deseado- en los Estados Unidos durante aquellos días.

[10] Luego se supo que se trataba de uno de los amigos que Henley había llevado a una de las amables fiestas de Dean Corll.

[11] Bardsley, M. (s.f.). “Dean Corll: The Sex, Sadism and Slaugther of Houston Candyman”. En Internet: Court TV’s, Crime Library. Criminal Minds and Methods. [www.crimelibrary.com].

[12] Ibíd. anterior.

[13] Olsen, J. (1990). The Man with Candy. The Story of the Houston Mass Murderers. New York, Simon & Schuster.

[14] Bardsley, M. Op. Cit.

[15] Ibid. anterior.

[16] Ibid. anterior.

[17] Ibid. anterior.

[18] Ibid. anterior.

[19] Olsen, J. Op. Cit.

[20] No ha de olvidarse que en aquellos días el contaje de víctimas de Dean Corll y sus secuaces, al menos 27, suponía un récord en los Estados Unidos, al superarse holgadamente las 25 de Juan Corona. Como es lógico, la truculenta y sórdida historia de los crímenes de Houston despertó el interés de toda la nación.

De la banalidad del mal a la victimización

“Hay hombres sanos y hombres enfermos, pero los hay medio sanos y medio enfermos y los hay convalecientes. Hay hombres buenos y malos, pero los hay ni buenos ni malos. En todas las cosas hay matices”.

Miguel Gayarre Espinal (1886-1936)


hannah-arendt
Hanna Arendt

Cuando Hanna Arendt (1906-1975), inspirada por el juicio del nazi Adolf Eichmann (1906-1962), que comenzó en Jerusalén en 1961, habló de la “banalidad del mal”[1], no sólo trataba de mostrarnos cómo la maldad es por lo común una actividad y una consecuencia –el proceso y resultado de una situación personal concreta- antes que una improbable condición metafísica inherente a los individuos tal y como se deduce de la sentencia del doctor Gayarre que encabeza esta entrada. Quería Arendt ir más lejos en la medida que trataba de esclarecer en alguna medida sus efectos sobre las víctimas directas e indirectas de los actos malvados y, con ello, ofrecernos la posibilidad de extraer consecuencias valiosas en el plano victimológico. Consecuencias que en estos tiempos, en los que la cultura se ve teñida de un esencialismo terrible, estereotipado y etiquetador, del que nos servimos para enjuiciar, calificar, denominar y condenar sin llegar nunca a comprender del todo son, creo, más pertinentes que nunca. Basta con observar la ligereza con la que se esencializa a las personas –y a los colectivos- en los titulares de prensa, con fines por lo común inconfesables, para darse cuenta de que algo perverso está ocurriendo con nuestra comprensión de la realidad.

Del mismo modo que Eichmann llegó a convertirse en un terrible criminal y genocida, no por perversidades diagnosticables e inherentes a su personalidad, sino por formar parte de un conglomerado burocrático enfermizo cimentado sobre la política del exterminio –y en tal sentido puede decirse que simplemente era un tipo que “hacía su trabajo” con total independencia de lo terrorífica o censurable que esa ocupación nos resulte-, carece de sentido pensar que las maldades que nos afectan en la vida diaria, o que nos conducen a la victimización, tienen algo que ver con alguna clase de esencialidad o destino cósmico. Y esta impresión, humana si se quiere en la medida que somos buscadores de sentidos, es algo de lo que hay que desprender a la víctima cuanto antes si lo que pretendemos es su recuperación personal, moral y social.

La falacia de la seguridad

Todos nos hemos convencido –pues resulta tranquilizador- de que el mal que puede llegar a afectarnos en un momento dado es controlable, restringible e incluso erradicable si somos capaces de seguir ciertas directivas y conductas tópicas, de manual, que nos mantengan “seguros”. Por eso precisamente sentir en primera o tercera persona el golpe de mal en cualquiera de sus formas –agresión, robo, asalto, violación, atentado y etcétera- nos sume en la estupefacción, pues nos relanza con enorme violencia a replantearnos las cuestiones de partida, hecho que tiene consecuencias muy severas no solo en nuestras vidas particulares, sino en el funcionamiento de la sociedad en su conjunto: ¿cómo es posible que pueda pasar/pasarme esto cuando he hecho todo lo que debería? ¿En qué consiste “estar seguro”? ¿Se puede realmente estarlo? ¿Cuánta de mi libertad he de conceder a quienes velan por mi seguridad para vivir tranquilo?

He aquí uno de los grandes problemas que la victimología trata de resolver: el de esa aparente contradicción entre la aleatoriedad y la necesidad que subyace al proceso de victimización. El prejuicio, impuesto por el sentido común, de que ser víctima es, bien un azar incontrolable, bien el resultado de haber hecho algo indebido, y de que el mal que un agresor motivado –por las razones que fueren- podría procurarnos puede ser minimizado, o eludido, si cumplimos escrupulosamente con ciertas reglas “de manual”. Nada más lejos de la verdad. El mal, llámese como se quiera, existe como evento y nos golpea, o puede hacerlo, simplemente porque vivimos. Y cuanto más complejas son las sociedades en las que desempeñamos nuestra existencia, mayores son los riesgos en la medida que resulta imposible controlar todas las variables en juego. A menudo ni tan siquiera sabemos que tales variables existen o que están operando en determinados contextos.

Esto es lo que nos muestran, por ejemplo, las historias personales de las víctimas de los atentados yihadistas que Madrid sufrió el 11 de marzo de 2004. Relatos que se repiten una y otra vez en boca de los supervivientes: personas que llevaban vidas perfectamente normales y que ignoraban estar en riesgo por la sencilla razón de que hacían lo correcto, lo rutinario, lo de siempre, y nada había que temer. Precisamente, uno de los problemas inherentes a la victimización surge de esta ignorancia de los procesos del mal a la que se suma la falacia del aparente control o de la aparente seguridad: ¿Por qué yo? ¿Por qué a mí? Parafraseando a Jean-Paul Sartre, podríamos decir que el mal siempre es “el mal de los otros”… Pero siempre cabe repensar las situaciones para entender cómo y por qué la banalidad del mal de la que hablaba Hanna Arendt puede golpearnos en cualquier momento: España llevaba décadas golpeada por el terrorismo de ETA. Estados Unidos había sufrido el terrible atentado yihadista del 11S… Pero nadie pensaba en eso en aquellos trenes de cercanías que fueron dinamitados. En realidad todos éramos víctimas potenciales de un atentado de estas características y el riesgo era muy real, pero decidimos ignorarlo sistemáticamente y de manera transversal, desde los que gobernaban nuestros destinos hasta nosotros mismos. Estábamos “seguros” y “hacíamos lo correcto”… ¿Qué podría sucedernos, entonces? ¿Por qué atormentarnos pensando que podría pasar lo que probablemente no pasaría?

Pero podría suceder y, de hecho, sucedió.

11m

El colapso de la civilización

Los testigos directos de los primeros momentos que se producen en los escenarios de un atentado terrorista en cualquier país occidental casi siempre los describen del mismo modo. Es una precisa imagen del colapso civilizatorio que supone comprender, de súbito, que cualquier forma de seguridad es tan sutil que alguien bien motivado –interesado- puede convertirla en aparente y falaz. Que la civilización que nos acoge es sensible, frágil, y puede convertirse en un espejismo que nos confunda. No es raro que en estos casos tanto policías como bomberos o médicos nos describan –con obvia perplejidad- algo que nunca pensaron ver en un “país avanzado”: un escenario de guerra. El silencio posterior a la batalla.

Todos los testigos de estas situaciones recuerdan siempre, y ante todo, el silencio. Inciden con suma estupefacción en el hecho de que nadie habla, de que nada se escucha. Es, reflexiono, un silencio devenido de la más profunda incredulidad. El silencio de quienes no comprenden qué ha pasado, ni por qué, ni a qué objeto responde lo que ocurre. El silencio del sinsentido. El silencio de la vejación vivida. El silencio de quienes nunca creyeron que aquello podría ocurrirles porque no eran conscientes del riesgo en la medida que hacían lo correcto a diario y vivían “seguros”. Es el silencio del colapso de la civilización: de las mentiras que se derrumban de súbito para mostrarnos la atroz realidad que subyace al escenario de la vida y cuyo impacto no podemos evitar sino, en todo caso, únicamente minimizar.

Empiezan a sonar los teléfonos móviles y se rompe ese silencio. La civilización que se ha fragmentado durante unos minutos vuelve a la vida. Todo recomienza –“como un reset” lo describió gráficamente un enfermero del SAMUR-. De repente las víctimas saben que lo son y que están vivas para no dejar de serlo nunca más. De súbito todo el mundo se hace consciente de la magnitud de lo que ocurre y encontrar a los vivos se transforma en obsesión. Comienza el rescate y el terrible recuento que viene primero: separar a los que viven de los que han muerto.

La civilización se reanuda.

Atentado Londres
Atentado de Londres, en 2005 [Fuente BBC].

¿Por qué?

Una vez que todo ha pasado y la víctima se ha hecho dueña de sí quiere entender lo sucedido tal y como querría hacerlo cualquier otro en su pellejo. Necesita sentido. Saber por qué ha tenido transformarse en víctima para interesarse por aquellas cosas que ni tan siquiera sabía que existían. Es una suerte de terapia: no temas, aprende. He conocido a víctimas de todo tipo que, conducidas por esta obsesión de sentido, se han convertido en auténticos especialistas en todo aquello relacionado con la clase de crimen que sufrieron. El problema, lamentablemente, es que bien pronto se dan cuenta de que los intelectualismos no satisfacen los “porqués” más profundos del problema, los emocionales, los sentimentales. Se sabe, se aprende, pero ese saber no cura.

Se trata de algo que te ha hecho otro, un malvado –moral o circunstancial-, alguien que te odia, que desea tu mal, que quiere desposeerte de algo valioso sin que sepas por qué. Sin que hayas hecho nada para merecerlo. Esto genera en la víctima una preocupación profunda y una mayor incomprensión, terror e indefensión. Las respuestas que se encuentran nunca satisfacen las dudas o los miedos perennes que se han instalado en su vida. Esto precisamente es ser una víctima fungible, inocente, comprender que nunca podrás entender del todo los motivos por los que eso te ha pasado a ti, o qué has hecho -si es que puede afirmarse con rigor que hayas hecho algo realmente- que justifique el daño del que has sido objeto.

Sobrevivir no es bastante. Solo es el primer paso. A la supervivencia le sigue la soledad de la desgracia. Le sobrevienen el pánico, el dolor y muy a menudo ese odio visceral, sucio, que puede llegar a ser todavía más destructivo que la herida sentimental. A la supervivencia le sigue la simple y llana desesperación.

victima-de-una-maldicion-familiar

Una desesperación que solo la entiende la víctima, pues nadie más está en disposición de asumir sus emociones a medida que el tiempo pasa… No es solo el daño físico, sino ante todo el daño moral. La civilización ha vuelto y trata de acogerte –es cierto-, pero como reconocen muchos “no te asume”, “no te entiende”, “no sabe por qué no dejas todo eso atrás”. Existen las indemnizaciones, las palabras de ánimo, los actos solidarios, y se agradece pero llegan incluso a ser molestia pues las secuelas psicológicas son ya cosa que la víctima debe gestionar sola… Todo cuanto le recuerde aquellos acontecimientos le provocará la misma ansiedad que ya vivió, el mismo terror, la evitación de ciertas circunstancias, el pánico inveterado a determinados eventos, el temor irracional a salir a la calle: la civilización ha vuelto a tu alrededor, en efecto, pero eres ya una víctima. Todo cuanto te daba cobijo, amparo y seguridad ha quedado destruido. Y las dudas permanentes que se repiten y que nadie resuelve, la culpa, el horror: “¿Me volverá a pasar? ¿Podré evitarlo si vuelve a ocurrir? ¿Podré liberarme de este miedo irracional? ¿Podrán entenderme? ¿Me culpabilizarán por esto? ¿Qué he hecho yo para merecérmelo?”.

Ser victimizado no es un exactamente un azar, pero tampoco forma parte de un plan cósmico. No es, al igual que la maldad, una condición esencial y/o metafísica. Es cierto que a menudo nadie puede comprenderlo del todo, pero se puede salir. Debes esforzarte y combatir. Porque, como decía el doctor Gayarre al comienzo, en todo hay matices. Incluso en la esperanza.


[1] Arendt, H. (1963). Eichmann in Jerusalem: A report on the banality of evil. New York (NY), USA: The Viking Press. Traducción Española: Eichmann en Jerusalén. Barcelona, España: Random House Mondadori.

¿Y tú qué pareces?

El médico británico Charles Goring (1870-1919), temiendo que el lombrosianismo que se extendía por el continente europeo como una mancha de aceite no fuera otra cosa que una falacia pseudocientífica, decidió tratar de comprobar por sí mismo hasta qué punto las teorías del médico transalpino Cesare Lombroso (1835-1909) y sus seguidores eran confiables. De tal modo, en 1913, publicó un estudio apoyado en masiva información estadística que contrariaba con absoluto rigor las tesis lombrosianas[1] y que, no obstante, fue misteriosamente ignorado en su momento. El caso es que Goring hizo algo bien sencillo que hasta entonces, al parecer, se había considerado innecesario: primero reunió nutridos grupos de reclusos con características que, a tenor de los expertos que los evaluaron, eran supuestamente atávicas y degenerativas. A renglón seguido procedió a una meticulosa comparación de estos colectivos con otras poblaciones criminales que no mostraban los terribles estigmas físicos descritos por Lombroso y sus seguidores. Después, comprobó las muestras poblacionales con otras compuestas de individuos que nunca habían delinquido… Y sucedió lo que ya se temía: no encontró diferencias significativas entre las diferentes muestras poblacionales, por lo que no había motivo científico alguno para afirmar la existencia de determinada apariencia física en el sujeto y una predisposición hacia el delito en general, o hacia cierto tipo delictual en particular. Pero esta y otras evidencias no surtieron efecto –de hecho ni tan siquiera fueron comentadas más allá de la sorna- por la sencilla razón de que afirmaban algo que nadie estaba dispuesto a escuchar en aquel momento. De hecho, la que sí resultaría profusamente comentada y seguida, por ser mucho más agradable a los intereses intelectuales de la corriente biomédica dominante, fue la aportación de Ernst Kretschmer (1888-1964).

Ernst Kretschmer
Ernst Kretschmer… Imaginemos que este buen hombre tuviera razón: ¿qué te sugieren esas sospechosas orejas puntiagudas? Villano, seguro.

Con la traducción al inglés, en 1925, de su Koperbau und Charakter[2], Kretschmer relanzaba al seno de la comunidad internacional, cierto que reformulada en términos más actuales y por ello mismo menos “sospechosos”, la antigua apuesta de la importancia del elemento biológico en la personalidad de los sujetos. Sostuvo así que existía una unidad morfológica, fisiológica y psicológica tan fuerte en el ser humano que las reacciones temperamentales, en el fondo, no eran otra cosa que un reflejo expreso de su tipo corporal. Una teoría, por cierto, que aún hoy goza de gran predicamento en un sector no precisamente pequeño de la clase psiquiátrica y que viene influyendo de manera muy notable en el ámbito de la cultura popular desde que fuera consolidada. La tesis de que los malos “lo parecen” es tan obvia en ámbitos como el cine, el cómic o las series de televisión que a menudo simplemente basta observar “la pinta” de los personajes para decidir sin miedo a confundirnos quién es el malvado de la historia. De este modo, Kretschmer construyó una tipología humana basada en el factor somático y temperamental que todavía se emplea con más o menos matices en el presente, constituyéndose en otro de los dudosos –y manidos- dejes del positivismo psicofisiológico que aún prevalecen.

Lo sorprendente, parafernalia conceptual aparte -y es importante que el lector tenga en cuenta este aspecto para calibrarla en sus verdaderas dimensiones-, es que se trata de una nueva versión de la misma idea que ya sostuvieron –cada cual a su modo- Hipócrates (460 a.C.-370 a.C.), Galeno (130-210), Della Porta (1535-1615) o Lavater (1741-1801). La misma idea que recuperó buena parte de la incipiente psiquiatría decimonónica y, por supuesto, la misma que subyace a las argumentaciones dudosas e intelectualmente vencidas de Cesare Lombroso. De hecho, más que una teoría científica propiamente dicha, tiene todo el aspecto de tratarse de un prejuicio sociocultural cíclico. La tópica “teoría boya” que flota durante un tiempo hasta que, refutada, se hunde sin llegar a desaparecer del todo a fin de mantenerse bajo la superficie hasta que los hados se tornen propicios.

heroes-y-villanos-spiderman-vs-venom
Vamos a imaginar que tu no sabes nada de estos dos… ¿A qué no tendrías problemas con tan solo ver esta viñeta en diferenciar al “bueno” del “malo”? ¿Y por qué crees que ocurre eso? Yo te lo digo: es lo que pasa cuando determinadas teorías -independientemente de su valor científico y contrastación empírica- se trasladan de suerte acrítica al ámbito de la cultura. Así se consolidan los estereotipos.

somatotipos kretscher

A la hora de llevar su tipología al ámbito de la delincuencia, Kretschmer tuvo ciertas dudas, por lo que se abstuvo de precisar relaciones precisas –o directas- entre delitos específicos y determinado somatotipo en el delincuente. De hecho, tal vez temeroso de ir “demasiado lejos”, quiso ofrecer una tipología criminal de talante aproximativo que, más que entretenerse tal vez de suerte infructuosa en buscar el biotipo criminal -el criminal nato– por excelencia, trató de correlacionar los factores somáticos y temperamentales con grupos muy genéricos de delitos. También introdujo una serie de elementos de carácter endocrinológico que, sin embargo, no aclaró en demasía. Concluyó en todo caso que:

  • Los pícnicos son proclives a comprometerse en delitos sin violencia (robo menor, hurto, estafa, desfalco, ataque a la propiedad, etc.). Raramente recurren al asesinato o la agresión física para lograr sus fines.
  • Los atléticos tienden a los delitos violentos (cometen más o menos el 66% de los delitos de sangre y tan sólo un 6% de ellos son estafadores o similar).
  • Los leptosómicos suelen ser ladrones a gran o pequeña escala. Tienden a verse implicados en agresiones de todo tipo a la propiedad privada o pública. Pueden recurrir ocasionalmente al asesinato o la agresión física.
Somatotipos de Kretschmer
Los somatotipos de Kretschmer (de izquierda a derecha): lepotosómico, atlético y pícnico. Se corresponderían con los de Sheldon, luego veremos como, pero se denominaron así. Es habitual en la literatura confundir ambas clasificaciones y tratarlas como si fueran idénticas.

Sea como fuere, la sugestiva visión de Kretschmer, que en gran medida venía a colocar a la altura de los tiempos las tan discutibles como obsoletas propuestas de la fisognomia de las que que se alimenta, alentó a un grupo de entusiastas seguidores de esta línea “positivista” a proseguir en la misma dirección. Así, a finales de la década de 1930, autores como el norteamericano Ernest Hooton (1887-1954) publicaban exitosos trabajos revisionistas con respecto a la molesta obra de Goring en los que se sostenía la naturaleza subdesarrollada y primitiva del delincuente, al que describe como un ser inferior desde el punto de vista orgánico que suele tener labios finos, hombros caídos, y orejas pequeñas. En todo caso, Hooton no estableció una tipología delincuencial, pero sí correlacionó diversas formas delictivas con el supuesto biotipo de sus autores[3].

Biotipología criminal de Hooton

Biotipo

Clase habitual de delito

Alto y corpulento

Obeso y pequeño

Bajo y delgado

Homicidio y falsificación

Estafa

Hurto y robo

Hooton
No es un neanderthal peligroso. En absoluto. Es nada menos que Ernest Hooton pontificando acerca de lo malo que es parecer lo que él parece. Y es que en casa del herrero…

Sea como fuere, la fiebre por la biología del crimen se ha mantenido viva hasta el presente, especialmente en los Estados Unidos, donde se fundó nada menos que una Escuela Americana de Biotipología de la que han formado parte autores tan destacados en la materia que nos ocupa como el especialista en embriología William Herbert Sheldon (1898-1977), principal continuador del trabajo de Hooton. En efecto, en opinión de Sheldon, autor de Variedades de delincuencia en los jóvenes (1949), la conducta criminal se desarrolla a partir de las particularidades del blastodermo[4] durante el periodo embrionario del individuo. Una teoría que Sheldon vino a perfeccionar, sin duda, pero que ya había sido al menos sugerida en su día –con cierta trampa, por cierto- por el célebre fisiólogo alemán Ernst Haeckel (1834-1919). El blastodermo cuenta con tres capas concéntricas de blastómeros a las que se denomina sucesivamente endodermo (desde el que se origina el aparato digestivo), mesodermo (desde el que se desarrollan huesos, músculos y tendones) y ectodermo (desde el que parte el desarrollo del tejido nervioso y la piel). Así, Sheldon establece que desde el predominio en el desarrollo fetal de cada una de estas capas de blastómeros parten tres tipologías somáticas del individuo: la ectomórfica, la mesomórfica y la endomórfica.

Biotipología de Sheldon[5]

Tipología Física

Tipología Mental

Endomorfo

(Se corresponde con el pícnico de Kretschmer)

Viscerotónico

(Grueso, amante de la comida, relajado, pesado, de caminar lento y reflejos atrofiados. No demasiado inteligente, pero sociable y de buen humor)

Mesomorfo

(Es el atlético definido por Kretschmer)

Somatotónico

(Alegre, dinámico, aventurero y ambicioso. Muy dotado para la interacción social, enérgico y competente, pero de inteligencia media-baja)

Ectomorfo

(Gran desarrollo de las estructuras nervo-cerebrales).

Cerebrotónico

(meticuloso, cerebral, de pensamiento ágil y dinámico. Tiende a mostrarse muy severo y poco tolerante, sensible y amante de la intimidad).

William Herbert Sheldon
William Herbert Sheldon.

Sheldon apoyó su teoría en abundante investigación fotográfica, profusas mediciones antropométricas y análisis factoriales de tales medidas, lo cual le permitió llegar a establecer tres correlaciones –siempre estadísticas- más o menos constantes entre la complexión corporal del individuo y la psicopatología:

  • Constitución endomórfica predominante y psicosis maníaco-depresiva.
  • Constitución mesomórfica predominante y delincuencia en general.
  • Constitución ectomórfica predominante y esquizofrenia.

El neolombrosianismo siguió adelante durante la década de 1950 con aportaciones de relevancia, como las realizadas por el matrimonio compuesto por los criminólogos Sheldon y Eleanor Glueck[6], pero pronto se le fue acabando la cuerda en la medida que muy a pesar de su esforzado aparataje estadístico, siempre quedaban dudas en cuanto a la causaciones últimas y, por otro lado, lo que funcionaba para el colectivo, parecía mostrar escasa aplicabilidad en el ámbito individual. No es lo mismo decir, como hicieron los Glueck por ejemplo, que entre los delincuentes siempre había un mayor número de mesomorfos, que determinar que alguien podía ser delincuente por el simple hecho de tener un biotipo mesomórfico… ¿Qué hacer entonces con los millones de mesomorfos que no habían cometido delito alguno? ¿Habría que encerrarles como política preventiva? ¿Deberíamos sin más dejar de fiarnos de ellos o alejarlos de la vida pública? O, peor todavía, imaginemos que tenemos dos sospechosos de un delito que responden a biotipos diferentes, siendo las pruebas inculpatorias muy similares en ambos casos… ¿Hemos de sospechar principalmente del mesomorfo por la peregrina razón de que no es endomorfo?

Embriología comparada
Embriología comparada.

Como vemos estas sugestivas –e imaginativas- teorías se topaban en la práctica con dificultades insalvables al ser notoriamente erróneas en su planteamiento pues, como manifiesta Gregory, “1) la complexión puede influir en la conducta, sea de modo directo, o indirectamente al modificar las experiencias a las que está sometido un individuo; 2) la conducta puede influir en la constitución de modo directo, o de modo indirecto por modificación de algunos factores que actúan directamente en la constitución; o 3) la constitución corporal y la conducta pueden ser influidas de modo independiente por otro factor determinante; v. gr.: la ‘dote’ genética o las experiencias en relación con la pertenencia a una familia o grupo socioeconómico”[7]. O lo que es igual: resulta imposible determinar cuánto de lo que una persona “es” deriva de su constitución orgánica, de su genética, de su conducta o del ambiente… O, dicho de otro modo, no es posible determinar con perfecta exactitud cuánto de lo que una persona es en un momento dado se debe a factores filogenéticos y cuánto es producto de factores ontogenéticos –nature or nurture-.

El fracaso a la hora de establecer una biología del crimen ha inducido a los partidarios de los diferentes enfoques positivistas y fisiologicistas a adoptar nuevos puntos de vista, no menos estrechos que los descritos y tampoco excesivamente diferentes en el fondo, pero sí más difíciles de combatir al venir pertrechados de una verborrea “cientificista” –que no “científica”- y un ropaje tecnológico –no siempre claro ni coherente- de compleja factura, pero igualmente inútil a la hora de establecer evidencias y correlaciones claras.

Pero eso, no obstante, lo discutiremos otro día. Ahora lo que debes hacer es ir corriendo a un espejo, no vaya a ser que tengas algún parecido sospechoso y estés -mucho ojo- al borde del delito.


[1] Goring, Ch. (1913). The English Convict: A Statistical Study. His Majesty’s Stationery Office, London.

[2] Se ha tomado como referencia la 4ª edición española de 1967: Constitución y carácter: Investigaciones acerca del problema de la constitución y de la doctrina de los temperamentos. Barcelona, Labor.

[3] Hooton, E. (1939). The American Criminal: An Anthropological Study. Cambridge (MA), Harvard University Press.

[4] El blastodermo es el acumulamiento celular del embrión cuando se encuentra en estado de blástula. Está conformado por una o varias capas de blastómeros, o células resultantes de la división celular del huevo tras la fecundación, dispuestos periféricamente en torno a una cavidad a la que se denomina blastocele. La blástula es la fase embrionaria precoz que sigue inmediatamente a la segmentación del óvulo (o conformación de la mórula).

[5] Realizado a partir de Sheldon, W.H. (1954). Atlas of Men. New York, Harper & Row Publishers, Inc.

[6] Glueck, S. y Glueck, E. (1956).  Physique and Delinquency. New York, Harper & Bros.

[7] Gregory, I. (1970). Psiquiatría clínica. México D.F., Editorial Interamericana S.A. (2ª ed.), p. 114.

El paladín de la hipnosis

Tal y como Wilhelm Wundt (1832-1920) la presentó en 1879, la psicología como ciencia versaba sobre los procesos conscientes, que fueron asumidos por la propuesta introspeccionista como único área legítimo de conocimiento al tratarse del único que podría considerarse “empírico”. Ello propició que la constitución de la psicología como ciencia dejara de lado la explicación de fenómenos psíquicos evidentes como las alteraciones debidas a discontinuidades del consciente -sueños, amnesias- o los estados de sugestión inducida –hipnosis-, fenómenos que sin embargo eran bien conocidos desde la antigüedad y se encontraban en el fundamento de múltiples manifestaciones culturales. Así, la elección que Wundt justificaba a través de exigencias metodológicas, pronto fue contemplada como algo arbitrario. El caso de la hipnosis en particular y de la sugestión en general es paradigmático por cuanto la psicología se obstinó en sus comienzos en negar su existencia hasta que, finalmente, hubo de aceptarla si bien a regañadientes y con reservas, como un estado auténtico pero desusado de la mente.

Franz-Anton-Mesmer
El controvertido Franz Anton Mesmer. Genio para unos, charlatán para otros.

El primer paladín del hipnotismo fue Franz Anton Mesmer (1734-1815), un médico  austriaco de carácter visionario, que retomó las investigaciones de autores como Paracelso (1493-1541) y van Helmont (1577-1644), así como los testimonios del sacerdote Johann Joseph Gassner (1727-1779), quien se valía del hipnotismo en la práctica del exorcismo arguyendo que ciertas enfermedades estaban provocadas –cómo no- por posesiones demoníacas[1]. Sin embargo, Mesmer dio un giro radical a la comprensión del fenómeno al aplicarlo sistemáticamente al tratamiento de las enfermedades nerviosas.

El bautizado como mesmerismo se basaba en la teoría del magnetismo animal, según la cual todo ser vivo posee un fluido magnético que altera o rige su comportamiento inconsciente, y sobre el que se puede intervenir físicamente. Dicho fluido ocupaba el universo -como un éter- y, aseguraba Mesmer inspirándose en la clásica teoría humoral, la buena salud dependía del equilibrio del mismo dentro del organismo. Así pues, un manipulador eficiente del fluido magnético -o magnetizador, como gustaba de llamarlo- podría curar aquellas enfermedades relacionadas con los desequilibrios del fluido utilizando alguna suerte de magnetoterapia.

La popularidad del mesmerismo creció tan rápidamente que no tardó en desencadenarse un considerable revuelo en el seno de la medicina oficial, por lo que Mesmer fue acusado de curanderismo. Por intervención de Luis XVI, la Academia de Ciencias y la Facultad de Medicina de París arbitraron en la controversia para someter a examen la propuesta de Mesmer. La comisión creada al efecto concluyó que dicho fluido magnético no existía y que, de existir, tampoco era observable o manipulable en modo alguno. Pero no fue suficiente. La sugestiva teoría de Mesmer, paradójicamente impulsada por la interferencia de la academia parisina, se vio reactivada y despertó una polémica considerable así como el interés de un buen número de investigadores. Entre ellos se contaba el cirujano inglés James Braid (1795-1860), a la sazón acuñador del término hipnotismo.

James Braid
James Braid. Buscaba un anestésico y se encontró con la sugestión.

Interesado en la investigación de anestésicos que aliviaran el dolor de los pacientes durante la cirugía[2], Braid logró determinar que un paciente sometido a sueño inducido por hipnosis respondía al operatorio manifiestamente mejor que otro en condiciones normales. Cierto, concluyó Braid, que la hipótesis del dichoso fluido magnético era completamente falsa, pero no así la existencia del llamado estado mesmérico (o hipnosis), que podía ser perfectamente definido como un estado natural del organismo debidamente preparado y comparable en gran medida al del amnésico. Estas conclusiones, presentadas de manera incontestable, vieron la luz con la publicación en 1843 de su obra Neurohipnología.

Persistía, sin embargo, la reticencia oficial. De hecho, entre la aparición del libro de Braid y la publicación en 1864 del trabajo sobre la materia de Ambrose Liebault (1823-1904), el hipnotismo se había ido estableciendo como una práctica médica para cirujanos progresistas, aunque poco respetable y en muchos casos oculta, que venía a paliar la falta de anestesia en los quirófanos. Liebault, fundador de la conocida Escuela de Nancy (Lorena), resumía en su tratado los resultados obtenidos con un elevado número de pacientes sometidos a hipnosis y establecía una primera hipótesis acerca del origen fisiológico de lo que llamaba sugestión[3]. Sin embargo, para alcanzar alguna respetabilidad científica el hipnotismo debía ser defendido por alguna figura de gran peso académico.

Charcot, el visionario

Jean Martin Charcot
Charcot.

Jean-Martin Charcot (1825-1893), hijo de un modesto carrocero y el menor de cuatro hermanos, mostró bien pronto un talento extraordinario tanto para las artes plásticas como para los estudios, por lo que terminó siendo el elegido por el cabeza de familia para tales fines[4]. El hecho es que tras estudiar medicina, aunque nunca abandonaría sus intereses artísticos, se encontró ocupado en el Hospital de la Salpêtriere de París, y allí hubo de encargarse hacia 1870 de una sala dedicada a pacientes neuróticas y epilépticas de especial gravedad.

Se vio obligado de este modo a ampliar sus estudios, restringidos hasta entonces a la anatomía y la patología del sistema nervioso, hacia el campo de la histeria. Gracias a ello, se convertiría muy pronto en el líder intelectual de la llamada Escuela de la Salpêtriere, así como en uno de los neurólogos más eminentes de su tiempo. De hecho, cualquier médico de la época interesado en estos asuntos que quisiera hacerse respetar, tenía que contar entre sus méritos con el de haber sido becado para mantener una estancia con el gran Charcot. Bien dotado para la enseñanza y la investigación, se convirtió de este modo en un visionario de la psicopatología que no dudó en utilizar cualquier medio a su alcance. Entre ellos, claro está, se incluyó la hipnosis.

No se trata de una elección casual ni en lo científico ni en lo humano. Charcot siempre tuvo una visión espectacular de la ciencia que nunca se molestó en ocultar ni tan siquiera durante sus clases, que presentaba como auténticas exhibiciones. Hombre de mundo -conocía un buen número de idiomas y citaba a los clásicos de la literatura desde el original-, casado con una viuda inmensamente rica, dotado de un excelente don de gentes, mantenía un estilo de vida fastuoso y contaba entre sus amigos personales a los más importantes nobles, burgueses y políticos de su tiempo. No es extraño, pues, que Francia considerara a Charcot como una especie de príncipe científico, patrimonio nacional que demostraba al mundo el genio francés. Tampoco sorprende que la imagen de Charcot -unida a su innegable talento- obnubilara completamente a quienes estudiaron con él, incluido el posteriormente no menos célebre Sigmund Freud[5].

Charcot en La Salpetriere (Andre Brouillet)
Este célebre óleo de Brouillet nos ofrece una idea perfectamente clara de cómo entendía Charcot sus “exhibiciones” científicas y de cómo presentaba el fenómeno de la hipnosis. De hecho, las sesiones públicas como ésta, que ofrecía en La Salpêtriere los martes y los jueves, llegaron a convertirse en visita obligada para periodistas, escritores, músicos y artistas en general.

Los primeros contactos de Charcot con la histeria –la grande neurose– le llevaron a la desorientación por cuanto las pacientes no parecían tener daños visibles en el sistema nervioso. Hasta entonces, había supuesto como el grueso de la comunidad científica que la neurosis, en cualquiera de sus formas, era reductible a lo anatómico. Es cierto que Charcot nunca renunció a la idea de que la histeria era una enfermedad de carácter neurológico, pero la falta de referentes empíricos le llevó a reconocer el valor del hipnotismo como herramienta de trabajo. El hecho era que mediante hipnosis se podía inducir en la paciente episodios de histeria a conveniencia y en diferentes niveles, de suerte que podían ser estudiados fácilmente[6]. Así pues, el interés de Charcot por la hipnosis nunca fue terapéutico sino experimental en la medida en que permitía acceder a complejos procesos somato-psíquicos.

Tras diez años de investigación, Charcot estableció que el estado hipnótico era una condición patológica en la que ciertas personas estaban predispuestas a entrar. Así, en 1882, expuso sus conclusiones en la Academia de Ciencias de París, consiguiendo avalar de este modo, a través de su reputación científica aunque no sin polémicas ulteriores, el empleo del hipnotismo como método de trabajo “ortodoxo”.


[1] Sánchez-Barranco, A. (1993). Técnica psicoanalítica. Desarrollo histórico, conceptos básicos y fundamentos epistemológicos. Sevilla, España: Arquetipo Ediciones.

[2] Recuérdese que la anestesia farmacológica se presentó en la década de 1840, y que empezó a popularizarse como práctica terapéutica en las de 1850 y 1860, con la aparición del cloroformo y del éter.

[3] Santamaría, C. (2001). Historia de la psicología. El nacimiento de una ciencia. Barcelona: Ariel.

[4] Cagigas, A. (2000). Introducción. En: J.M. Charcot y P. Richer, Los endemoniados en el arte. Jaén, España: Ediciones del Lunar.

[5] Breger, L. (2001). Freud. El genio y sus sombras. Buenos Aires, Argentina: Ediciones B.

[6] En la antigüedad se creía que el útero era un órgano móvil, que deambula por el cuerpo de la mujer, causando enfermedades cuando llega al pecho. A ese movimiento se le atribuían los trastornos sintomáticos de la histeria como las convulsiones. Así pues, la etimología de la palabra (del francés hystérie, y éste a su vez del griego ὑστέρα, “útero”) asume que la histeria es una enfermedad del útero y, por lo tanto, propia de la mujer. Actualmente, y como es obvio, se considera que que no existe relación alguna del trastorno con el útero y que, por consiguiente, no es una entidad exclusiva de las mujeres, por lo que la denominación “histeria” se encuentra en desuso en beneficio de otras como la de “trastorno de conversión”.

 

Historia de una portada

Per Yngve Ohlin
Per Yngve Ohlin, el roquero que era un muerto viviente.

Nacido el 16 de enero de 1969, el sueco Per o Pelle Yngve Ohlin –apodado “dead”, muerto– había tenido una vida complicada. Aquejado desde la infancia de síndrome de apnea obstructiva del sueño, también conocido como apnea-hipopnea[1], fue también víctima de un virulento acoso escolar que a punto estuvo de costarle la vida: a los diez años recibió por parte de sus abusadores colegiales una paliza tan grande que le provocó una hemorragia interna. Salvó la vida de milagro, pues llegó a estar incluso clínicamente muerto, aunque finalmente los médicos conseguirían reanimarlo. No obstante, tras el evento Ohlin retornó distinto, transformado, convertido en una persona extraña a la que sus familiares tenían problemas para reconocer.

Fascinado por el heavy-metal, aprendió a cantar y tocar la batería para terminar fundando, en 1986, la banda Morbid, con la que grabó algunas maquetas y demos que no pasaron desapercibidas en el entonces efervescente ambiente del black metal nórdico. Tanto es así que cuando en 1988 dos componentes de la banda noruega Mayhem deciden abandonarla, el líder la misma, Oystein Aarseth, conocido en el circuito del metal como Euronymous[2], se fijó en él como nuevo vocalista.

Por aquel entonces Pelle –Per- había consolidado una personalidad extraña, compleja y autodestructiva que resultaba rara incluso para gente del pelaje de sus compañeros y que encajaba perfectamente con el significado de su apodo: “muerto”. Entre sus excentricidades más comunes, por ejemplo, se encontraban un odio absolutamente visceral a los gatos, su afición malsana a olisquear cadáveres de animales, la costumbre de autolesionarse, una obsesión desmedida con el vampirismo, la idea de que esta vida solo es un mero sueño transitorio del que se despierta tras la muerte, y la práctica del ayuno sistemático extremo para causarse malestar y dolor. De modo que Aarseth llegaría a comentar que estaba convencido de que su nuevo batería estaba completamente loco… Y que un zumbado como este tipo, fan acérrimo de la violencia y del satanismo, diga esto de ti con cara de cierta sorpresa resulta, cuando menos, sintomático. No en vano, quienes conocieron en la cercanía a Dead manifestaban sin ambages que era un tipo extraño, imprevisible, al que nunca se llegaba a comprender del todo. Y bien lo sabía el propio Aarseth, pues una vez fue apuñalado por Dead en medio de un ataque de ira y por motivos que nunca trascendieron.

Mayhem
Logotipo de la ya legendaria banda de black metal noruego Mayhem.

Fascinado por la muerte

En efecto, Pelle estaba tan absolutamente fascinado por la muerte que coqueteaba con ella constantemente. Sin ir más lejos, durante un concierto celebrado en 1990 en Sapsborg, Noruega, dejándose arrastrar por la pasión del momento, se practicó unos cortes tan profundos en un brazo con una botella rota que hubo de ser hospitalizado durante varios días a causa de la pérdida masiva de sangre. Así las cosas, el desenlace era tan esperado como inevitable, de suerte que nadie se sorprendió por el discurrir de los acontecimientos: El hecho es que la banda Mayhem había adquirido una casa en Krakstad que les servía como vivienda compartida, lugar de ensayo y centro de operaciones. Y fue allí, en abril de 1991, que Per Yngve Ohlin se quitó finalmente la vida.

Tras adquirir un cuchillo de caza aquel mismo día y practicarse algunos cortes en las muñecas y el cuello, Dead debió imaginar que todo ocurría demasiado despacio, por lo que se saltó la tapa de los sesos con una escopeta de caza en las habitaciones de la casa[3]. En la nota de suicidio comenzaba disculpándose educadamente –la urbanidad nórdica ante todo- por haber disparado dentro de la vivienda y dejarlo todo manchado de sangre: “siento que ya no pertenezco a este mundo, mi lugar es la fría soledad de los bosques”.

Dead y Euronymous
Dead (izquierda) y Euronymous listos para la batalla.

Lo cierto es que dada su actitud extrema ante la muerte, sus declaraciones en las que afirmaba que a menudo sentía que sus órganos o su sangre se detenían, y su constante flirteo con el más allá –obviaremos las especulaciones legendarias que aún circulan sobre las extravagantes costumbres previas a los conciertos de Ohlin-, a lo que debemos sumar los antecedentes de sus patologías infanto-juveniles y la nada descartable hipótesis de algún daño cerebral no diagnosticado, se ha especulado con la idea de que el músico pudiera padecer una extrañísima psicosis conocida como Síndrome de Cotard[4].

La portada

El cuerpo fue descubierto por Euronymous, quien se encontró la casa cerrada a cal y canto, por lo que hubo de ingeniárselas para acceder al interior por una ventana para encontrarse la terrible escena. Sin embargo, lejos de ponerse nervioso, hizo justamente lo que a la inmensa mayoría de nosotros nunca se nos habría ocurrido: antes de llamar a la policía, perfectamente calmado, salió de la casa y se trasladó en coche a un centro comercial para adquirir una cámara fotográfica. Luego retornó al hogar y realizó un reportaje fotográfico del cadáver de su compañero. Las macabras fotografías se utilizaron para ilustrar el siguiente disco de la banda, precisamente el que recogía el concierto grabado en Sarpsborg y que lleva por título Dawn of the black hearts (Warmaster Records, 1995).

DawnOfTheBlackHearts
Hela aquí: así quedó este muchacho y así nos lo fotografió su compi. Si tienes una primera edición de esto, con total independencia de lo que consideres que es de buen o mal gusto, te aseguro que tienes una muy cotizada joyita de la historia del rock que vale un buen dinero entre los coleccionistas. Que te lo tasen.

Tras llamar a la policía, dado este extraño proceder, Euronymous sería detenido como sospechoso del asesinato de su compañero. No obstante, a medida que la investigación avanzó, fue puesto en libertad porque aquello era justamente lo que parecía. Cuando un periodista, con posterioridad, preguntó a Oystein Aarseth por su singular conducta, la respuesta del líder de Mayhem no fue menos sorprendente: “¿acaso tu no lo habrías hecho?”

La leyenda negra del rock dice que, antes de llamar a la policía, y tras hacerse un guiso con unos cuantos pedacitos del cerebro de Dead, Euronymous recogió cuidadosamente unos cuantos trocitos de la caja craneal reventada con los que posteriormente fabricó amuletos que envió a algunos de sus colegas favoritos del mundillo del black metal. Se dice que uno de los componentes de la banda sueca Marduk, el guitarrista Morgan Steinmeyer Hakansson, aún conserva uno de ellos… Dato difícil de creer que, sin embargo, nunca ha sido desmentido. Por supuesto, esta historieta nunca probada no deja ser parte de los ingentes chismorreos para fans que circulan inevitablemente en el circuito y que, aunque muy sugestivos, debieran ser puestos en cuarentena.


[1] Este trastorno se debe a episodios repetidos de obstrucción o colapso de la vía aérea superior que tienen lugar mientras la persona afectada duerme. La vía respiratoria se estrecha, se bloquea o se vuelve flexible. La apnea se define como una interrupción temporal de la respiración de más de diez segundos de duración provocando un colapso, bien mediante la reducción (hipopnea) o bien mediante la detención completa (apnea) del flujo de aire hacia los pulmones, y puede producir, entre otros efectos, una disminución de los niveles de oxígeno y un aumento del nivel de CO2 en sangre, así como un pequeño despertar a menudo subconsciente que permite recuperar la respiración normal hasta que se produce el siguiente episodio. La respiración vuelve a la normalidad con un ronquido fuerte o con un sonido parecido al del atragantamiento. La duración de las pausas puede variar entre unos pocos segundos y varios minutos, y normalmente se producen entre 5 y 30 veces por hora.

[2] Supuestamente, se trata de una derivación del nombre del demonio Eurynomos tal y como lo cita Anton LaVey en la biblia satánica, que se ha traducido libremente como “príncipe de la muerte”, pero la etimología no es correcta. Además, Aarseth detestaba a LaVey, al que no dudaba en llamar estafador, por lo que es dudoso que utilizara esta denominación a causa de su influencia. De hecho, Oystein Aarseth, que sería asesinado en 1993 por Varg Vikernes a causa de una deuda, había crecido en una familia evangélica de fuertes tradiciones religiosas y conocía perfectamente las Escrituras, la mitología nórdica y el satanismo.

[3] Irónicamente, tanto la escopeta como los cartuchos que había en la casa habían sido un regalo a la banda de uno de los más fervientes admiradores de Mayhem, Varg Vikernes, el mismo tipo que años después asestaría 23 puñaladas a Oystein Aarseth.

[4] Esta patología debe su nombre al neurólogo francés Jules Cotard, quien la denominó originalmente “delirio de negación” o “delirio nihilista” al presentarlo en una conferencia celebrada en París en 1880. Se trata de una patología de la familia de las psicosis relacionada con la hipocondría por la que el afectado cree estar muerto en sentido literal, es decir, como un “muerto viviente”. Así, se queja de estar sufriendo la putrefacción de los órganos, la paralización del riego sanguíneo, cree no respirar y, en los casos extremos, dice simplemente “no existir”. A veces el paciente se cree incapaz de morir en la medida que ya se considera cadáver.

La terrible historia de las quintillizas


En el presente, a causa de los procedimientos de fertilización artificiales, la probabilidad de que se produzcan embarazos múltiples ha experimentado cierto aumento. No obstante, que se produzcan embarazos múltiples de forma natural es raro, y la probabilidad tiende a reducirse a medida que crece el número de retoños por embarazo (por ejemplo, la cantidad de gemelos univitelinos concebidos de forma natural en España no alcanza más del 2% de todos los embarazos registrados). De hecho, un nacimiento de quintillizos idénticos (monocigóticos), sin intervención médica alguna que lo propicie, es algo tan raro que solo ha ocurrido una vez en la historia –que se sepa-. Sucedió en Canadá en la década de 1930 y, a causa de las absurdas políticas eugenésicas y de protección de la infancia imperantes en aquellos tiempos, se convirtió en motivo para la desgracia, así como para toda suerte de abusos. Y es que, por si no os lo habían dicho nunca, debéis saber que el camino del infierno suele estar empedrado con las mejores intenciones.


Elzira y las Quintillizas
Elzira Legros-Dionne junto a las quintillizas.

“Creíamos que eran gemelos, pero…”

Elzira Legros-Dionne pensaba que estaba encinta de gemelos cuando se puso de parto dos meses antes de lo previsto. Y lo cierto es que el embarazo había sido complicado desde el comienzo, al punto de que se piensa que sobre el tercer mes, tras sufrir unos calambres, pudo perder a uno de los seis que probablemente venían en camino. El médico local, el doctor Allan Roy Dafoe, que no tenía ni la más remota idea de lo que se traía entre manos, le había diagnosticado una “anormalidad fetal” y estaba convencido de que lo que viniera, si finalmente llegaba, no duraría mucho tiempo.

Así, el 28 de mayo de 1934, con la ayuda de dos matronas, trae al mundo a las cinco niñas en el hogar familiar –sorpresa- a las que inmediatamente mete entre algodones. Aquello era todo un récord pero, como decimos, Dafoe pensaba que las niñas no saldrían adelante, de suerte que las arrinconó en un lado de la cama y se preocupó por asegurar la supervivencia de la madre, que había entrado en shock tras el parto. El peso combinado de los bebés, lo único que se registró, era de unos 6 kilos y 100 gramos. Es el padre de las niñas, Oliva-Edouard Dionne, quien advierte pasado un tiempo que siguen con vida y avisa de ello a las matronas, que toman las medidas oportunas.

Estamos en una granja muy modesta ubicada en las cercanías de Corbeil, Ontario (Canadá), y acaba de comenzar un episodio ciertamente vergonzante –hoy olvidado por muchos- en la historia de ese país.

Allan Roy Dafoe y las Quintillizas
Allan Roy Dafoe posa con las niñas a las que va a destrozar la vida. Él no lo sabe, claro, y probablemente tampoco lo reconocería si pudiéramos preguntarle, pero así son las cosas.

Una gran noticia

Allan Roy Dafoe, el doctorcito de pueblo que en la vida pensó verse en otra como esta, se va a hacer muy famoso. De hecho, el nacimiento de quintillizas monocigóticas –toda una rareza, por no decir que un evento científico muy extravagante- se convierte de inmediato en una noticia de alcance internacional. Hay que tener en cuenta que estamos en lo peor de la Gran Depresión –que está afectando tanto a la economía del sur de Canadá como a la estadounidense al tratarse de vasos comunicantes-, por lo que cualquier noticia o evento que asegure entretenimiento y evasión de la cruda realidad se convierte por derecho propio en un fenómeno de masas.

Todo el mundo quiere sacar tajada del caso. Estamos en esos años en los que no hay más entretenimiento que la radio, las ferias ambulantes, los circos y las exhibiciones de fenómenos, que en aquellos pagos son tema común y bien rentable… Y, evidentemente, si hay un fenómeno que mostrar por todo el país ese no es otro que las quintillizas de los Dionne, a las que ya se conoce en todas partes, gracias a la prensa, como las “Dionne Quintuplets”, o simplemente “Quints”. De tal modo, a los pocos días, la puerta de la pequeña granja se convierte en un ir y venir de feriantes, hombres de negocios, promotores de espectáculos… Todos prometen a aquella gente miserable oro a raudales si firman un contrato con ellos. Y Oliva-Edouard, que debe pensar que le ha venido a tocar la lotería, finalmente se decide a rubricar un acuerdo para que se exhiba a las niñas en un stand de la Chicago’s Century of Progress. Algo así –imagino- como “las quintillizas de las incubadoras” o alguna otra cosa grotesca de ese tenor.

Lo cierto es que, por alguna razón que desconocemos, se impuso la cordura y el contrato nunca llegó a hacerse efectivo, pero la tentación de los padres de salir de la pobreza por la posible vía de la explotación de unas niñas de meses y endeble salud, motiva que la opinión pública se preocupe y se movilice. Es así que el gobierno se ve presionado y un tema teóricamente familiar se convierte en una cuestión de Estado que, sin duda, tuvo su máximo impulsor en el descontento del doctor Dafoe, primer interesado en asegurar la supervivencia de las crías por motivos meramente personales. De este modo, cuatro meses después de su nacimiento, las niñas son arrebatadas a sus padres por el gobierno de Ontario bajo el pretexto de que no se les considera adecuados para tener la custodia legal. Luego, en 1935, y por orden expresa del Primer Ministro canadiense, Mitchell Hepburn, el fiscal general Arthur Roebuck, regulariza la situación: la tutela de las quintillizas pasa definitivamente al estado canadiense hasta que cumplan los 18 años.

Si hay algo que sorprende en esta medida manifiestamente cínica, y antes política que humanitaria, es que los Dionne tuvieron tres hijos más tras las quintillizas (Oliva Jr., Víctor y Claude)… Y el gobierno de Canadá nunca tuvo nada que decir acerca de su validez como padres legales en ninguno de estos tres casos. Y es que donde entra un político, también entran los intereses.

Quintland
Panorámica aérea de las instalaciones de Quintland (Fuente: VintagePostcard.org).

Quintland

Como decimos, la aprobación de la Dionne Quintuplets’ Guardianship Act (1935) es el último clavo en el ataúd de las esperanzas familiares de controlar las quintillizas. Yvonne, Annette, Cécile, Émilie y Marie –que así se llaman- pasan a la custodia de la Corona Británica hasta su 18 aniversario, de suerte que sus padres solo lo serán de forma nominal, pero no tendrán responsabilidad o derecho alguno sobre la crianza y educación de las niñas. Para garantizar los adecuados cuidados de las quintillizas se construye en North Bay, a unos 14 kilómetros de Corbeil, la Dafoe Nursery, popularmente conocida como Quintland, que será dirigida como es de suponer por el doctor Allan Roy Dafoe[1]. Un tipo este destinado a la más absoluta mediocridad médica que, de repente, se ha convertido en una estrella mediática de talla mundial que incluso puede publicar artículos en revistas científicas de primer nivel que solo un año antes le estaban completamente vedadas, porque a nadie había importado nunca un pimiento lo que el tal Dafoe tuviera a bien escribir.

Dafoe contaba con todo un elenco de profesionales dispuesto a ayudarle en la tarea: dos enfermeras, un maestro, tres agentes de policía, un conserje y dos asistentas. Tenía, por lo demás, absoluta autoridad en todo lo referente a la educación y acceso a las chiquillas de suerte que la familia solo podría verlas si él lo consideraba oportuno. Y aquí viene la paradoja: poco importaba que el motivo para arrebatar a las quintillizas de su familia fuera el riesgo de explotación, pues este tinglado organizado por el gobierno se basaba precisamente en la exhibición de las niñas, evento que ocurría en dos sesiones diarias, generando así lo que suponía un enorme negocio. Miles de visitantes dispuestos a pagar su entrada para ver al fenómeno nacional, licencias para fabricación de juguetes, calendarios, tazas, baberos y todo tipo de objetos, documentales, reportajes, licencias para insertar fotos de las pequeñas en cajas de cereales, detergente, galletas… e incluso películas. Por supuesto, la familia de las niñas no veía ni un céntimo de ese río de dinero –tampoco ellas- y se presume que el doctor Dafoe, único gestor de las ganancias, solo pudo sacar de aquí la muy acomodada posición económica de la que disfrutó durante toda su vida.

Quintland, Pabellon Principal
Pabellón principal de Quintland.
Five of a Kind (1938)
Five of a Kind (1938); cartel de una de las películas en las que aparecieron las famosísimas Quintillizas Dionne.

Por hacernos una idea, se ha calculado que la presencia de Quintland, durante el tiempo que estuvo en funcionamiento, atrajo a la zona de North Bay a unos tres millones de personas, lo cual significa entre 3000 y 6000 visitantes diarios que hicieron crecer de manera exponencial los negocios hosteleros locales, al punto de que durante los peores momentos de la Gran Depresión, la North Bay Area vivía una pujanza económica sin precedentes. Tanto es así que entre los habitantes de la zona las quintillizas eran conocidas cariñosamente como las “nuggets” (pepitas de oro). De hecho, el “valor de negocio” de las Quints, se estimó en torno al medio millón de dólares estadounidenses anuales en 1938 al tratarse de un negocio que contaba con la enorme ventaja de no tener competencia alguna en el mercado[2].

Gente se agolpa a las puertas de Quintland
Gente agolpándose a la entrada de Quintland en espera del pase de las quintillizas.

No es oro todo lo que reluce

No tardó el doctor Dafoe en generarse una pléyade de incondicionales en la profesión médica dispuestos a cantar sus alabanzas, probablemente polillas que pululan alrededor de la luz de la fama, y que nunca le faltan a esta clase de gente. Prueba de ello es que incluso logró que se organizara un congreso sobre el “desarrollo” de las niñas que generó cierto ruido académico y alguna que otra controvertida publicación[3].

Pero no era oro todo lo que relucía. No es solo que el asunto estuviera montado sobre un vergonzante negocio que Dafoe justificaba asegurando que lo que único que hacía era garantizar el futuro de las niñas –cosa que luego se mostró totalmente incierta-, sino que también se cifraba en una serie de criterios pseudocientíficos y cuasi profilácticos que en realidad contravenían las bases de un desarrollo psicosocial saludable para las pequeñas. La obsesión del doctor Dafoe con la salud, la higiene y la protección “contra los gérmenes” de Quintland era tan extrema que imponía a las quintillizas una vida virtualmente carcelaria: solo interaccionaban entre ellas, solo podían desplazarse libremente dentro de ciertos lugares de las instalaciones, no conocían a otros niños ni tener amigos, solo podían socializar con los adultos que tenían acceso directo a ellas, su estilo de vida era meticulosamente controlado, la disciplina a la que eran sometidas era extremadamente férrea. Tampoco podían ser besadas o abrazadas bajo ningún concepto. No podían posar para una fotografía con naturalidad y su imagen era cuidada hasta extremos rayanos en la demencia, pues era propiedad de un periódico que pagaba escrupulosamente por la exclusiva.…[4]

Dionne Quintets - School Days (1940 - Andrew Loomis)
Uno de los populares calendarios que vendían la inexistente utopía infantil de las Dionne (School Days, 1940: Andrew Loomis).

De tal modo, entretanto los populares calendarios que vendían idílicas imágenes de aquellas niñas que parecían vivir una maravillosa utopía infantil adornaban las cocinas de millones de hogares, la realidad era que se trataba de pobres chiquillas sometidas a un régimen de vida terriblemente riguroso, en un medio inapropiado para el desarrollo de sus personalidades, aplastadas por un régimen de sangrante explotación económica que las había convertido en el medio principal de vida de un pueblo entero.

Publicidad de Palmolive (1937 - Andrew Loomis)
Publicidad de jabón Palmolive protagonizada por las quintillizas Dionne (Andrew Loomis, 1937).

Un detalle significativo: la primera vez que las quintillizas salieron al exterior de la Dafoe Nursery fue en 1939 –con cinco años-, momento en el que viajaron a Toronto para tener un breve encuentro con el rey Jorge VI, que se encontraba en Canadá realizando un viaje de Estado[5].

Con papá y mamá… Pero tampoco

Como es de suponer, Oliva-Edouard y Elzire habían mantenido una larga batalla legal contra el gobierno canadiense a fin de recuperar la tutela de sus hijas, a las que prácticamente no tenían acceso. Se veían ayudados por un creciente grupo de ciudadanos a los que la terrible injusticia que se había cometido no les era indiferente y a quienes, por cierto, la palabrería del doctor Dafoe –que por aquel entonces incluso había logrado publicar un par de famosos libros para madres- no lograba engañar. Más aún: la familia Dionne era de origen francófono entretanto Dafoe, anglófono, se había empeñado en que solo hablaran inglés… Un asunto que en Canadá es muy serio, y que solo venía a agravar la situación.

Así pues, y con el panorama descrito, en 1943, los tribunales fallaron a favor de la familia. El médico, al que se acuso de maltrato psicológico y que pasó de héroe a villano sin escalas intermedias (las polillas volaron a otra parte, que es lo que pasa cuando las luces se apagan), fue relevado de sus deberes para fallecer de una neumonía, complicada con un cáncer, en junio del mismo año[6].

Con fondos extraídos de la fundación de las quintillizas se construyó una mansión de 20 habitaciones junto a la vieja guardería para que la familia pudiera convivir reunida, y que fue bautizada como The Big House. Se mantuvo a la vieja plantilla de Quintland trabajando con los Dionne para garantizar la privacidad y bienestar de las niñas, entretanto las antiguas instalaciones fueron reconvertidas en una escuela católica para señoritas. Sin embargo, el hogar de los Dionne fue de todo menos ejemplar.

Dafoe Radio (Getty Images)
Allan Roy Dafoe, una auténtica figura pública de su tiempo, en una de sus muchas apariciones radiofónicas en las que ofrecía toda suerte de consejos sobre maternidad a la par que informaba acerca del desarrollo de las niñas Dionne (Fuente: Getty Images).

Entre las constantes ocupaciones promocionales de las niñas, el ansia del padre por recuperar cuanto fuera posible de los ingresos perdidos (y dicen las malas lenguas que quizá demasiado “cariñoso” con las pequeñas), las escasas habilidades psicosociales de unas niñas que estaban poco preparadas para llevar una vida más o menos normal, y bajo la presión de un constante escrutinio público que impedía, precisamente, normalizar las cosas, el hogar de la familia Dionne fue cualquier cosa excepto feliz, como las propias chicas manifestaron a lo largo de su vida en muchas ocasiones[7].

Por lo tanto, apenas alcanzaron la mayoría de edad, todas abandonaron el hogar y rompieron para siempre con la familia. Su vida no fue ni remotamente feliz, e incluso en algún caso llegaron al extremo de pasar toda suerte de privaciones económicas que el gobierno canadiense, el mismo que no dudó en embolsarse el río de dinero que generaron las quintillizas cuando tuvo ocasión, trataría de reparar en 1998. Tarde: para entonces, ya solo vivían tres de ellas.

A menudo, la fama solo esconde horrores.

Quintillizas en New York a los 16
Las quintillizas a los 16 años, durante una visita a New York City.

[1] The Evening Independent, 15 de marzo de 1935.

[2] Noël, F. (ed.) (2010). The Dionne Quintuplets and their entourage: Student papers on media representation. North Bay (ON), Canada.

[3] Blatz, W.E. (1937). Abstracts of studies on the development of the Dionne Quintuplets. Can. Med. Assoc. J. 37(5): 424-433.

[4] Dafoe, A.R. (1937). The physical welfare of the Dionne Quintuplets. Can. Med. Assoc. J. 37(5): 415-423.

[5] Berton, P. (2007). The Dionne’s Years: A thirties melodrama. New York City (NY): W.W. Norton & Company.

[6] http://www.thecanadianencyclopedia.ca/en/article/allan-roy-dafoe/

[7] Berton, P., Op. Cit.

La infamia del Vuelo 495


El desastre del vuelo de la compañía aérea Cubana acaecido en noviembre de 1958 es uno de los asuntos de terrorismo internacional más extraños, silenciados y controvertidos de la historia que, además, va a ser el primer secuestro de un vuelo comercial salido de un aeropuerto de los Estados Unidos. El periodista colombiano Gerardo Reyes pasó diez años tratando de esclarecer este espinoso asunto sin lograr llegar al fondo último del mismo, pero los resultados de su investigación vieron la luz en un interesante libro titulado Vuelo 495[1]. En este libro, Reyes se hizo varias preguntas que nunca han sido respondidas. La principal de ellas: ¿por qué un episodio tan nefasto como éste nunca ha salido a la luz a pesar de que La Habana y Washington llevan más de 50 años lanzándose mutuos reproches?


vuelo-495
Portada del libro de Gerardo Reyes que inspira esta entrada.

1 de noviembre de 1958

Son 16 las personas que esperan en el aeropuerto de Miami para tomar el vuelo 495 de la compañía aérea Cubana, con destino a Varadero[2]. El aparato, un Vickers Viscount 755D, ronronea en la pista a la espera de ser abordado por el escueto pasaje y la situación es tensa en la isla, por lo que volar allá empieza a ser cosa complicada. Faltan apenas dos meses para el triunfo de la revolución castrista, aunque nadie lo sabe todavía, y estamos en la antesala de la conocida como Batalla de Guisa, que comenzaría el 20 de noviembre. Todos aquellos que suben al avión lo ignoran aún, pero van a ser víctimas de un acontecimiento histórico sumamente controvertido y silenciado por los gobiernos cubano y estadounidense durante décadas. Ello, aún a pesar de que cinco de los 14 pasajeros que fallecerían aquel día eran titulares de un pasaporte de los Estados Unidos.

El vuelo acumula varios retrasos, pero nadie explica nada. Simplemente, en un momento dado, se da la orden de embarque y las 16 personas que esperaban en la terminal suben a bordo. No podían deberse las tardanzas a nada grave pues el viaje Miami-Varadero apenas duraba 45 minutos, por lo que los pasajeros atribuyen demora a algún inconveniente durante las operaciones a pie de pista.

Todo parece normal, pero no es así. El destino va a jugar una inesperada –quizá insospechada- broma cósmica a los pasajeros del Vuelo 495 pues, en un momento dado, cinco hombres de entre el pasaje que se identifican como miembros del Movimiento 26 de Julio (M-26-7)[3], se uniforman, toman el control del aparato, y comunican que el avión se va a desviar a algún lugar de la región oriental de Cuba. ¿El motivo? Pues al parecer el aparato llevaba en su bodega armas y municiones introducidas de manera subrepticia –nadie sabe cómo y este punto jamás ha sido aclarado si bien parece claro que habría sido imposible sin la complicidad del personal de la compañía aérea en Miami-, supuestamente destinadas a los rebeldes de Sierra Maestra[4], donde Fidel Castro, acompañado de su hermano Raúl y otros miembros del M-26-7, están en aquellos días preparando el golpe final contra el gobierno de Fulgencio Batista.

vickers-viscount-755d
Un Vickers Viscount 755D de la compañía británica Invicta Airlines, idéntico al empleado por Cubana de Aviación. Este modelo y sus aparatos “hermanos”, fabricado por Vickers-Armstrong, fue muy exitoso y empleado por múltiples líneas aéreas comerciales para sus vuelos de corta duración durante las décadas de 1950 y 1960.

Las cosas no funcionan

Parece que la operación del comando será incruenta en la medida que el pasaje no implicado en el secuestro acepta la broma cósmica con deportividad, a la par que la tripulación del aparato decide colaborar, pero algo no saldrá bien. A su llegada a destino el vuelo no encuentra un lugar apropiado para el aterrizaje y, tras varias intentonas, a punto ya de quedarse sin combustible –que para un viaje corto como aquel no debía ser mucho-, el piloto intenta aterrizar a la desesperada en una pista inapropiada por su escasa longitud próxima al Central Azucarero de Preston[5]. Todo parece esperar que alguien les estaba esperando en aquel lugar.

No saldrá bien. El avión terminará cayendo en el mar y falleciendo en el accidente 14 de los 16 pasajeros, entre los que se contaban cuatro niños y una mujer embarazada. Y nos queda por sumar a la historia un detalle bastante relevante: el personal de la compañía aérea pareció hacer todo lo posible para evitar que esta familia con niños tomara aquel vuelo, cosa que al final no pudo impedir de manera razonable. Como mínimo, sospechoso.

Así las cosas, parece que la tragedia era lo suficientemente importante –recordemos que nos encontramos en 1958, esto no era algo común en aquel momento, y han perdido la vida al menos cinco ciudadanos estadounidenses- como para despertar el interés del gobierno y los medios de comunicación internacionales, pero un extraño velo de misterio se abatirá sobre el acontecimiento, al punto de quedar prácticamente silenciado.

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Mapa de la región de Nipe, donde tuvo lugar la tragedia del Vuelo 495.

Teoría de la conspiración

En opinión de Gerardo Reyes, había elementos de sobra para que este silenciamiento se produjera, comenzando por el hecho de que el triunfo de la revolución castrista era algo tenido ya por seguro, y que la CIA había abandonado a su suerte al gobierno de Batista, cuya corrupción era algo ya inasumible. Por todo ello, el gobierno de los Estados Unidos estaba convencido a aquellas alturas de que el éxito de los revolucionarios era un mal menor, y se contemplaban los acontecimientos cubanos con cierto aire de “encantamiento”. Cabe recordar en este momento una de las cartas que Ernesto “Che” Guevara envió al escritor argentino Ernesto Sábato en las que afirmaba que uno de los grandes problemas de la revolución era que Eisenhower nunca les había tomado en serio. O lo que es igual: los norteamericanos siempre creyeron que, ganara quien ganara aquella guerra, siempre podrían controlar la situación[6].

Así las cosas, las agencias de noticias nunca publicaron fotografías de la tragedia –por ello no podemos ilustrar esta entrada con imagen alguna del accidente-, a la par que Fidel Castro, siempre aseguró, al ser interpelado por este hecho, no haber autorizado jamás la operación de la que aseguró no conocer detalle alguno. La teoría de Reyes a este respecto, difícil de contrastar, es que los secuestradores eran un grupo de jóvenes entusiastas de Miami que pretendían vincularse al movimiento guerrillero cubano. De hecho, en aquel momento era fácil encontrar a muchos de ellos en la ciudad norteamericana vendiendo bonos para apoyar a la revolución castrista.

Los Estados Unidos, por su parte, y pese a tratarse del primer secuestro de un vuelo salido de suelo norteamericano, encontraron la forma de sacar elegantemente el suceso de los anales: eludieron investigar el hecho aduciendo que no tenían jurisdicción sobre el lugar del accidente y que el problema era una cuestión interna de las Autoridades cubanas. Raúl Castro, por su parte, pasados dos meses del desastre, zanjó la cuestión al manifestar que la peripecia del Vuelo 495 de Cubana había sido una “heroica estupidez”. Consecuencia: el asunto se dio por cerrado por ambas partes de una manera absolutamente vergonzante, pero perfectamente conveniente.

Esta historia como todas tiene una moraleja, por supuesto. Quizá debiera aleccionar a los gobiernos –y a no pocos particulares- de los peligros inherentes a adoptar posturas que, desde la legitimidad que les otorga sus posiciones pero con una extraña moralidad, ofrecen argumentos fuerza al terrorismo cuando evalúan de manera dispar los acontecimientos en función de quién hace qué, de a quién se hace algo, y de qué es lo que se hace en cada caso.

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Escudo del Movimiento 26 de Julio.

[1] Bogotá: Grijalbo (Penguin Random House), 2015.

[2] Varadero, en Cuba, pertenece al municipio de Cárdenas, y está situada en la península de Hicacos, provincia Matanzas, a 130 kilómetros al este de La Habana.

[3] El movimiento 26 de Julio, liderado por Fidel Castro, toma su nombre de la fecha del asalto al Cuartel Moncada en Santiago de Cuba, acaecido el 26 de julio de 1953. Nació clandestinamente el 12 de junio de 1955. Por aquel entonces Castro acababa de ser amnistiado y liberado de la cárcel donde se encontraba cumpliendo una condena por haber encabezado, precisamente, el susodicho asalto. Fue gracias a esta acción que un desconocido Fidel Castro, quien ya era uno de los líderes del Partido Ortodoxo, se convirtió en un personaje célebre entre los cubanos.

[4] La mayor cordillera del país, bordea la costa sur-oriental de Cuba desde Cabo Cruz hasta la Punta de Maisí, y tiene alrededor de 250 kilómetros de largo por 60 de ancho.

[5] En la región de Nipe, explotada por la compañía norteamericana United Fruit Sugar Company, que es quien dio el nombre al lugar.

[6] Nos referimos a la fechada en 12 de abril de 1960: “Según sus hojas de testificación donde decía: ‘nacionalizaremos los servicios públicos’, debía leerse: ‘evitaremos que eso suceda si recibimos un razonable apoyo’; donde decía: ‘liquidaremos el latifundio’ debía leerse: ‘utilizaremos el latifundio como una buena base para sacar dinero para nuestra campaña política, o para nuestro bolsillo personal’, y así sucesivamente. Nunca les pasó por la cabeza que lo que Fidel Castro y nuestro Movimiento dijeran tan ingenua y drásticamente fuera la verdad de lo que pensábamos hacer; constituimos para ellos la gran estafa de este medio siglo, dijimos la verdad aparentando tergiversarla. Eisenhower dice que traicionamos nuestros principios, es parte de la verdad; traicionamos la imagen que ellos se hicieron de nosotros, como en el cuento del pastorcito mentiroso, pero al revés, tampoco se nos creyó”.

Amityville: de crímenes, fantasmas y trolas

 

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Ronald DeFeo Jr. Una joya de muchacho.

El famoso asesinato en masa perpetrado por Ronnie DeFeo durante la madrugada del 15 de noviembre de 1974 ha quedado ensombrecido por la peripecia que, según se dice, vivieron con posterioridad los Lutz, la familia que compró la propiedad en la que sucedió todo.


De hecho, que la casa del 112 de Ocean Avenue en Amityville (Long Island, New York) se convirtiera en el singular epicentro de una historia de fantasmas, posesiones diabólicas, rituales satánicos y otras simplezas afines con las que alimentar mentes recalentadas, llegaría a ser indecentemente utilizado por el abogado del propio DeFeo -William Weber- para tratar de exculpar a su defendido. La celebridad que, tanto la ávida prensa amarilla como el libro escrito por Jay Anson, dieron a la historia de los Lutz ha contaminado el horroroso crimen cometido por Ronald DeFeo Jr., convirtiéndolo así en un simple y extravagante prólogo para acontecimientos posteriores supuestamente mucho mayores, pero bastante menos ciertos.

Hasta doce películas -a cual peor, dicho sea de paso- se han inspirado en la casa encantada de Amityville convirtiendo a George y Kathy Lutz en una maravillosa fábrica de dólares y cuentos chinos. No es para menos. El libro de Anson es bueno como novela de suspense, está bien construido y pese a no tratarse de una maravilla de la prosa literaria, que no lo es, tiene esa gracia tópica del best-seller que lleva al lector a tragárselo de una sola vez. Para muestra, un servidor. No es para menos si tenemos en cuenta que antes de dar el pelotazo literario Jay Anson se había ganado la vida escribiendo guiones cinematográficos… En efecto, el tal Jay no era Cervantes, pero no cabe la menor duda de que sabía contar una historia.

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El famoso perfil -que da a la calle- de la celebérrima casa del 112 de Ocean Avenue.

Desmontando mitos

Para comenzar la narración como es debido, aclaremos que en torno al crimen de Ronald DeFeo se han construido muchos relatos inciertos, o escasamente documentados, que lo han dotado de matices tenebrosos pero en absoluto reales. Por ejemplo, se cuenta habitualmente que puso somníferos en la sopa de sus familiares para, una vez dormidos, trasladarlos a sus camas y asesinarlos en ellas de un tiro en la cabeza. No ha podido probarse. Los cuerpos fueron encontrados en el mismo lugar en que fueron tiroteados -sus propias camas- y presentaban heridas en diferentes lugares de su anatomía. Los análisis toxicológicos no hallaron restos de fármaco alguno en sus cuerpos. El hecho de que la mayoría -que no todos- estuviesen tumbados decúbito prono -o boca-abajo- en el momento de su muerte es meramente casual… Pero claro, siempre cabría preguntarse si es realmente tan raro que la gente duerma en una postura u otra. ¿Cuánta gente duerme de lado? ¿O boca arriba? ¿Y a quién en su sano juicio le importa saberlo? ¿Como duermes tu? ¿Y tu hermana?

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Dos “friquis” posan en el otrora célebre “cuarto rojo” del sotano. Por lo que se ve, fue reconvertido en un triste lavadero.

Otro mito célebre indica que el asesinato múltiple tuvo lugar a las 3:15 horas en punto de la madrugada, pero se trata de una especulación. Los archivos policiales indican, tan solo, que los crímenes debieron tener lugar entre las 2:30 y las 3:30 horas -esto de la exquisita puntualidad fue una creación literaria posterior de Jay Anson y quien quiera conocer los motivos del invento, tendrá que leerse el libro porque no lo pienso contar, explotada a posteriori por el cine-. También se ha especulado con la posibilidad de que Ronnie DeFeo se entretuviera realizando rituales satánicos en un cuartito rojo oculto en el sótano de la casa, pero lo cierto es que este extremo nunca ha podido demostrarse, nunca se ha sabido qué finalidad tenía el dichoso cuarto y, además, el asesino ni lo mencionó en sus declaraciones antes de que esta historieta fuera publicada bastante tiempo después de los crímenes. De todo ello cabe deducir que simplemente se subió al carro de la película de terror para sustentar su propia defensa. Un rasgo tópico de carácter en los antisociales manipuladores y de los abogados caraduras dispuestos a valerse de cualquier cosa para ir tirando, por muy disparatada que sea.

Lo cierto y verdad es que no hay que buscar explicaciones sobrenaturales al terrible crimen y, de hecho, no existe constancia alguna de que los DeFeo hubieran experimentado sucesos paranormales en aquella casa de estilo colonial holandés que su primer propietario erigiera en 1928. Tampoco hacía falta porque, al parecer, el ambiente se encontraba ciertamente envenenado en el seno de aquella familia numerosa desde hacía bastante tiempo.

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Cartel de la producción de 1979 Terror en Amityville, dirigida por Stuart Rosenberg. Un taquillazo, pero no te la creas…

Familia envenenada

Ronald DeFeo padre, hasta donde se sabe, era un hombre de dos caras. Bivalente.

Fuera del hogar se mostraba como un sujeto educado, atento y encantador, pero quienes le conocían bien cuentan que de puertas adentro era extremadamente autoritario y exigente con sus hijos, a los que gobernaba manu militari. Esta actitud dura -en ocasiones incluso cruel- desembocaba a menudo en graves enfrentamientos y discusiones con su esposa, Louise. Y no descartemos los malos tratos. De hecho, la mudanza a la magnífica propiedad de Ocean Avenue, al parecer, tenía mucho que ver con un intento desesperado de la familia por mantenerse unida en un ambiente tranquilo y alejado del estrés del centro de la ciudad -una especie de terapia- para evitar una ruptura definitiva. Un dato esclarecedor: papá DeFeo, nada más aterrizar en la propiedad, la bautizó cartel en mano como High Hopes (grandes esperanzas).

La verdad es que, en aras a la buena convivencia, todos se sometían de mejor o peor grado a la tiranía del señor DeFeo excepto su primogénito, Ronald Jr. -apodado Butch– que tendía a llevarse la peor parte en aquél régimen despótico en la medida que solía mostrarse arrogante y muy poco servil. En definitiva: Ronald Sr. y Ronald Jr. eran astillas de la misma madera y chocaban permanentemente. Es más: el medio que Butch encontró para vengarse de las presiones paternas fue, obviamente, el de convertirse precisamente en aquello que su padre más detestaba: un mal estudiante, un vago, un golfo, un bebedor compulsivo y, al fin, en un adicto a diferentes tipos de drogas. Fuego para combatir el fuego.

Y la cosa solo empeoró, con mudanza o sin ella. Sintiéndose como un animal enjaulado desde la adolescencia, Butch optó por reducir al mínimo su relación con el resto de la familia, por lo que solía encerrarse durante horas -a veces días- en su cuarto y en las raras ocasiones en las que se presentaba en el colegio no hacía otra cosa que buscarse problemas. Al parecer, sólo encontraba cierta complicidad en su hermana inmediatamente menor, Dawn, con la que mantenía una relación que podría considerarse amigable.

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Ronald con sus hermanos y hermanas meses antes del crimen.

Con 17 años, hartos de recibir llamadas enojosas de diferentes centros académicos, los padres deciden sacar a Ronald del enésimo colegio y le ponen a trabajar. Peor todavía, pues del consumo de drogas Butch evolucionó hacia los robos -se sospecha que llegó incluso a apropiarse nada menos que 30.000 dólares de la empresa de su abuelo, en la que estaba empleado, si bien lo negó reiteradamente argumentando haber sido víctima de un atraco- al tiempo que, paulatinamente, iba quedándose sin amigos y sumiéndose en una espiral de terrible soledad de la que sólo parecía salir cuando contaba con algo de dinero fresco en el bolsillo.

Fue por estos días que el joven DeFeo comenzó a aficionarse a las armas de fuego, de las que siempre contaba con diferentes tipos y calibres, pero que raramente solía utilizar. Se limitaba a manipularlas, observarlas, cambiarlas, limpiarlas o venderlas cuando se veía apremiado económicamente, y poco más. Una rara afición la suya. Por supuesto, los altercados con papá DeFeo continuaron su escalada hasta que, irremediablemente, se pasó de las palabras a los hechos: durante una de las graves -y comunes- discusiones que su padre mantenía con su madre, Butch tomó uno de sus rifles, apuntó directamente a su progenitor y apretó el gatillo. Sin más. El arma se encasquilló evitando el desastre, pero la posterior amenaza de Ronald fue clara y explícita pues le indicó que si seguía maltratando de aquella manera a la familia no dudaría en matarlo. Ronald DeFeo Sr., simplemente, quedó tan atónito que ni abrió la boca. Si aquel día el rifle de Ronnie no se hubiera atascado, se habría evitado posteriormente una tragedia mucho mayor y Jay Anson nunca habría escrito libro alguno.

Pero es que el mundo funciona como funciona.

La familia que se odia unida, muere unida

Es probable, como decimos, que cuando los DeFeo adquirieron la excelente casa del 112 de Ocean Avenue, lejos del ruido y las tribulaciones urbanas del populoso Brooklyn, pensaran que aquel cambio significaría el principio de una mejora significativa en su vida familiar. Ya se sabe; cambiarlo todo para que nada cambie. De hecho, nadie en la familia DeFeo había sido capaz de entender que ya era demasiado tarde de suerte que, recurriendo al tópico, la suerte estaba echada. Así, a los pocos meses del traslado -todavía con el asunto del robo en el negocio familiar caliente en la memoria de todos-, Butch, ya en el fondo de su peculiar descenso a los infiernos, había madurado lo suficiente como para estallar.

En la noche de autos, una vez estuvo completamente seguro de que todos se encontraban en la cama y perfectamente dormidos, Ronald echó mano de su rifle del 35 y aguzó el oído. Todo era silencio si exceptuamos el fluir monótono del agua por el río que circundaba la propiedad. Iba a terminar con todos los reproches, odios y miedos de la familia de una vez y para siempre. Allá terminaban todas las miserias porque la fantasía que había urdido durante meses iba a convertirse realidad. A menudo la gente suele preguntarse -y preguntarme- qué narices pasa por la cabeza de alguien que obra de este modo, y la respuesta a esa pregunta es más bien sencilla: solo él lo sabe y difícilmente podrá ser comprendido por alguien ajeno a esas tempestades interiores más allá de la comprensión del mecanismo que activa la espoleta. A veces -y esto es muy común- ni ellos mismos son capaces de ofrecer una explicación lógica de sus actos, pues probablemente no la haya.

El caso es que, arma en mano, visitó en primer lugar el dormitorio de sus padres. Sin dudarlo, disparó en ocho ocasiones sobre la cama provocándoles diferentes heridas , la mayor parte de ellas mortales de necesidad. Acto seguido se acercó al cuarto de sus hermanos y repitió la operación… Y concluyó en la habitación de las chicas, a las que descerrajó sendos tiros en la cabeza. Todo ocurrió en apenas tres minutos. Ya estaba. Fuera el perro ladraba sin control y a Ronald le pareció increíble que nadie se hubiera despertado en la casa o hubiera oído semejante escándalo nocturno en un vecindario tranquilo como aquel. Pero así era. A continuación, lo cual indica que era dueño de sus actos en todo momento, preparó la coartada que había elaborado, pues era plenamente consciente de que se convertiría en el primer sospechoso del crimen. Planificador y organizado… Luego ni enajenado, ni poseído, ni gaitas… Qué le vamos a hacer.

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Vista aérea de la propiedad de los DeFeo.

Tras despojarse de la ropa y ducharse por temor a cualquier evidencia genética pues era consciente de que había recibido alguna salpicadura de sangre, lo metió todo -rifle incluido- en una funda de almohada y se deshizo del hatillo en una alcantarilla cercana a la propiedad. Luego, tras dar una vuelta por la casa para asegurarse de que todo estaba en orden, cogió el coche y se encaminó hacia Long Island para asistir a su jornada de trabajo en la empresa familiar aparentando normalidad. Para consolidar la coartada, a lo largo de la mañana, realizó varias llamadas telefónicas a su casa y simuló ante todos una grave preocupación por el hecho de que nadie respondiera. Fue un error que, a posteriori, hizo sospechar a muchos que algo raro pasaba con él pues, habitualmente, Butch no habría telefoneado a su casa ni para pedir la hora. Finalmente, a la hora del regreso, se aseguró de ir acompañado de un par de amigos a fin de poder escenificar como era debido su particular drama. De hecho, fue uno de ellos, particularmente afectado, quien llamó a la policía que se personaría en la finca de los DeFeo con celeridad.

La función continua

Los agentes, que saben lo que ven en cuanto lo ven, se dieron muy pronto cuenta de que todo aquello era raro, pues no había pista alguna, ni móvil, ni lucha, ni faltaba cosa alguna, ni las puertas o ventanas habían sido forzadas… Y, además, la coartada de Ronald Jr. -el único superviviente, hecho que no dejaba de resultar inevitablemente sospechoso- parecía excesivamente sólida, concisa, preparada de hecho: el chico manifestó con naturalidad que aquella noche no había podido dormir pues padecía insomnio -lo cual era cierto y tenía medicamentos prescritos por el médico para combatirlo-, que había permanecido hasta las cuatro de la madrugada viendo la televisión, y que posteriormente se había arreglado y marchado al trabajo sin percibir nada extraño en la casa. El problema es que este detalle no se ajustaba a la hora de la muerte estimada por los forenses que, con cadáveres tan recientes y en condiciones de temperatura y humedad normales, ajustaron la hora del óbito con bastante precisión… Por eso, cuando un agente particularmente tenaz se concentró en la habitación del chico y logró encontrar dos cajas de cartón vacías de munición para un rifle del 35, la idea del crimen en familia quedó perfectamente clara para los investigadores.

Así, tras largos interrogatorios, Ronald DeFeo se derrumbó reconciéndose culpable si bien dijo no estar arrepentido. Tenía muy claro por qué había asesinado a su padre, pero nunca supo explicar por qué se había llevado por delante a todos los demás… Tal vez fuera el exceso de entusiasmo que provoca el olor de la sangre en esas personas que han acumulado mucha tensión, mucha ira y mucho odio, durante mucho tiempo.

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Fotografías de la ficha policial de Ronald DeFeo realizadas tras su detención. Se le ve tan pancho, ¿no?

El cuento chino

Dado que la defensa de Butch se acogió al socorrido argumento de la locura, a William Weber, un letrado ciertamente espabilado, le vendría de perlas la historia paranormal urdida por el matrimonio Lutz, los siguientes inquilinos de la propiedad. No en vano, el psiquiatra escogido por el defensor de Ronald para tratar de consolidar la eximente por incapacidad mental no fue otro que Daniel Schwartz, un prestigioso especialista que tiempo después se haría célebre al ocuparse del famoso asesino en serie David Berkowitz. El problema es que a menudo prestigio y calidad no van de la mano: al igual que en el caso de el Hijo de Sam, Schwartz se cubriría de gloria con Ronald DeFeo puesto que no dio ni una en el diagnóstico, siendo fácilmente rebatido por el menos famoso y menos rico, pero más perspicaz y eficiente psiquiatra de la fiscalía.

Lo cierto es que tras el éxito de libro de Jay Anson, editado después de que la denuncia de los Lutz se hiciera muy popular -“oigan, vivo en una casa encantada”-, el propio fundador del Instituto de Parapsicología Americano, Stephen Kaplan, decidió tomar cartas en el controvertido asunto de la historia de Amityville (ignoro por qué película irían ya). El caso es que a Kaplan el asunto de los Lutz siempre le había parecido un fraude porque contaba con todos los elementos que deben hacer sospechar a cualquier persona sensata y que lo transforman en ese cuento redondo que es demasiado bueno para ser cierto. De hecho, logró la prueba más obvia del timo la obtuvo cuando el propio George Lutz renunció a que investigase la casa del 112 de Ocean Avenue. Y es que le advirtió a las claras de que se temía una estafa y de que, si lo era, no dudaría en contarlo.

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George y Kathy Lutz… Vaya par de listos (Fuente: Viewimages).

Lo cierto es que tiempo después Kaplan, cuando el matrimonio Lutz dejó la propiedad con un buen montón de pasta en el bolsillo, pudo trabajar a sus anchas sin encontrar absolutamente nada destacable -la verdad, ignoro qué clase de “investigaciones” hacen los parapsicólogos y si suelen encontrar algo de lo que supuestamente buscan-. Pero si uno de ellos, muy reputado en el gremio, reconoce que una casa encantada es un timo… Pues blanco y en botella.

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Una de las muchas ediciones del libro de Anson. Si buscáis una traducción española sabed que se editó como “Aquí vive el horror”. Bueno para una tarde de piscina.

El problema es que los medios de comunicación alimentaron -y siguen alimentando- de tal manera la falacia de la casa embrujada de Amityville –la más embrujada del mundo- que los Lutz no tuvieron que hacer otra cosa que esperar los ríos de dinero que se amontonaron en su puerta y que, por cierto, vinieron a salvarlos “casualmente de la desastrosa situación económica en la que se encontraban cuando adquirieron una propiedad que estaba muy por encima de sus posibilidades económicas reales. Ello motivó que nadie prestase atención, porque nunca se escucha lo que no se quiere oír, a la declaración del abogado William Weber, quien reconoció tiempo después haber urdido junto con el propio George Lutz el fraude para “hacerse un favor mutuo”.

Incluso la Iglesia -que por cierto nunca envió a ningún sacerdote llamado Mancuso a exorcizar la propiedad y, de hecho, el tal sacerdote no era otra cosa que una invención dramática del listo de Anson- y las Autoridades policiales han negado reiteradamente que los supuestos acontecimientos de la casa sean reales. Por supuesto, nadie ha querido escuchar sus explicaciones. Para qué si una buena teoría de la conspiración es mucho más divertida. Más aún: casi treinta años después de los hechos George y Kathy Lutz han reconocieron ante las preguntas de los periodistas que estos eran “básicamente reales”, pero que en su día “tal vez exageraron” o “embellecieron” algunas partes del relato.

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Jay Anson. Un tipo con vista.

De tal modo, el caso DeFeo, protagonista real y auténtico de todo, tan sólo ha venido a perjudicar a los posteriores -y sucesivos- propietarios del inmueble de Amityville quienes, pese a negar hasta la extenuación que allí ocurra nada de cuanto se dice, han tenido que pasarse la vida expulsando de la propiedad a los cientos de domingueros que, todavía hoy, tratan de cazar fotografías y voces de fantasmas. Se trata, por supuestos, de uno de los motivos principales por los que la propiedad ha ido rodando de propietario en propietario durante los últimos 30 años… Y es que a ver quién es el guapo que convive con las hordas de mitómanos.

Así está el panorama.

La salud del pueblo

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Famosos carteles de propaganda nazi en favor de las políticas eugenésicas.

La consideración de la eugenesia como ciencia –en realidad una pseudociencia emergente- en Europa y Estados Unidos, fenómeno que venía consolidándose desde finales del siglo XIX, vino a coincidir en su última fase con el ascenso de Hitler al control del NSDAP y, posteriormente, del nazismo al poder en Alemania. Así pues, y frente a la idea extendida de que la eugenesia fue un resultado de la ideología nazi, la realidad es ambos hechos operaron como fenómenos convergentes[1].

Lo cierto es que el paradigma médico del nacional-socialismo entendía que la medicina tenía la función social del Volkgesundheit: la promoción de la salud sociocultural e incluso espiritual de la nación alemana más allá de la curación de eventuales dolencias fisiológicas. Una idea no alejada de otras sostenidas por muy respetables figuras médicas británicas o estadounidenses que abogaban -alguno todavía asoma la patita por ahí de vez en cuando- desde hacía décadas por las esterilizaciones selectivas y el control poblacional como formas de mejora psicosocial. Lamentablemente, el reverso de esta ideología residía en la consideración de ciertas personas y/o colectivos a los que se estimaba física o mentalmente “inferiores” como “riesgos” para el bienestar social, cultural, político o económico del país. La lógica conclusión de este planteamiento era evidente: resultaba tan razonable como exigible la esterilización, encarcelamiento o exterminio de tales personas, o bien de su contribución a la sociedad como sujetos experimentales. La manera oficial –eufemística- de denominar a estos procedimientos de supresión de los “seres inferiores” fue la de “eutanasia”[2]. Digamos que, a diferencia de lo sucedido en otros países en los que estos idearios contaban con un buen número de partidarios, la Alemania nazi contó la posibilidad de ponerlos en marcha de forma efectiva bajo el auspicio de un gobierno totalitario, ideológicamente convencido y bien dispuesto a invertir recursos en la cuestión.

Del “Programa T-4” (Aktion T-4) a la “eutanasia salvaje”

La primera fase de “limpieza” exigida por el criterio perverso de la Volkgesudnheit fue autorizada por Adolf Hitler en 1939 y recibió el nombre burocrático de “Programa T-4”. Ello se debió a que la organización del programa tenía su sede en el número 4 de la berlinesa Tirgartenstrasse. Para su adecuado funcionamiento se establecieron, a partir de 1940, hasta un total de seis centros, comenzando por el abierto en Brandenburgo en las instalaciones de una vieja prisión.

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Algunos niños del “Programa T-4”.

La primera fase consistió en el asesinato sistemático de niños con toda suerte de discapacidades físicas y/o psíquicas, si bien luego se fue extendiendo hacia otros colectivos como enfermos mentales, alcohólicos, drogodependientes, homosexuales, discapacitados en general o disidentes políticos partidarios de ideologías “enfermizas”. Los pacientes eran seleccionados y transferidos desde todos los hospitales del Reich a cualquier de los centros anteriormente mencionados para la recepción del adecuado “tratamiento” –así era denominado de suerte aséptica-. Y se trabajó con enorme eficacia pues en agosto de 1941 ya habían sido “procesadas” 70.000 personas a instancias del T-4. Sin embargo, y como no podía ser menos, el programa recibió una fuerte contestación social que condujo a su cierre. En realidad se trató de una medida de maquillaje político, pues el gobierno no tenía ni la más mínima intención de parar el proceso de “limpieza”.

Lo que se hizo en realidad fue desmantelar los centros del T-4 para trasladarlos a lugares menos obvios y más controlados, como los campos de trabajo de Treblinka, Sobibor y Belzec, o bien a diferentes hospitales apartados del control público. Se inició así una segunda fase del proyecto conocida como “eutanasia salvaje” a causa del embrutecimiento de los procesos de eliminación y el aumento progresivo del número de sujetos “procesados”. A partir de este momento los métodos de exterminio favoritos del programa para terminar con la vida de los “desechos sociales” van a ser la muerte por hambre[3], las sobredosis medicamentosas, el sometimiento a procedimientos experimentales extremos, o la inyección de burbujas de aire en vena[4].

Meseritz-Obrawalde

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Fachada del edificio principal de Meseritz-Obrawalde en la década de 1930 [Fuente: deathcamps.org]

Especialmente activo resultó ser el centro de Meseritz-Obrawalde, en el que se cometieron en torno a 10.000 asesinatos, por lo que sus actividades han sido profusamente documentadas. El centro se fundó en 1904 y perteneció hasta 1937 a la provincia alemana de Posen (Prusia Occidental). En 1938, con la reorganización provincial promovida por el gobierno, dicha provincia se disuelve para repartir su territorio en otras, con lo que Obrawalde se integra en la de Pomerania. Tras la invasión soviética y la consiguiente reorganización de fronteras impuesta por el final de la Segunda Guerra Mundial, el territorio retornó finalmente a Polonia, que mantenía una demanda histórica sobre él desde el siglo XVII, y la localidad pasó a denominarse Obrzyce. Tras la reforma territorial emprendida por el gobierno polaco, desde 1999 se integra en el distrito de Miedzyrzecz (Voivodato de Lubusz). Actualmente, el hospital sigue en funcionamiento como centro psiquiátrico.

A comienzos de la década de 1930 el hospital de Meseritz-Obrawalde estaba dedicado a la medicina general y, por lo que parece, su funcionamiento interno era excelente. No obstante, desde el momento en que el centro pasó a depender de la provincia de Pomerania se hizo evidente que las autoridades nazis tenían otros objetivos para aquellas instalaciones. Se cerraron todos los departamentos dirigidos por especialistas y el lugar se reconvirtió en un manicomio masificado al que se transferían sistemáticamente los pacientes en peor estado, de suerte que en el bienio 1939-1940 pasó de los 900 internos iniciales a los 2.000. Y todos ellos bajo el control de tan solo tres médicos, los doctores Mootz y Vollhein –ambos mayores de 65 años-, así como la doctora Hilde Wernicke, sin que se asignara con posterioridad otros médicos al centro. Así las cosas, y como era esperable, las condiciones del hospital empeoraron de manera muy rápida[5].

El procedimiento estándar por el que un paciente terminaba en este hospital estaba diseñado, fundamentalmente, para evitar la posible interferencia de familiares o amigos de los enfermos, así como de cualquier otra influencia externa que pudiera “interrumpir el proceso”. Las personas llegaban en tren o autobús, bajo la estricta vigilancia de los empleados, sin que constara en parte alguna de los historiales los motivos del traslado o el destino último del sujeto. De este modo, quien preguntaba por alguno de los pacientes quedaba inevitablemente atascado en un sinfín de pesquisas burocráticas que jamás se resolvían porque, en realidad, ningún funcionario –ni aun con la mejor de las voluntades- podía determinar con exactitud qué había pasado y, por lo demás, siempre existía la excusa de los problemas derivados de la guerra para ralentizar las pesquisas o impedir posibles visitas.

La situación general empeoró aún más en 1941, cuando se designó director del hospital a Walter Grabowski, un gerente que descollaba por contarse entre los miembros más radicales del NSDAP y que, obviamente, había sido destinado allí como hombre de confianza. Dado que Grabowski tenía perfectamente claros los objetivos de su nombramiento, sus primeras decisiones se destinaron de manera muy específica a provocar una baja radical en la moral de médicos y empleados con la finalidad de acelerar el proceso de eliminación de los pacientes con el menor coste posible. Así, impone turnos de catorce horas con un solo día libre cada dos semanas, reduce drásticamente los suministros médicos, limita los procedimientos higiénicos despidiendo a la mitad del personal de limpieza, reduce la plantilla dedicada a tareas administrativas, y procede a un amontonamiento de los enfermos en un número reducido de pabellones a fin de que pudieran ser controlados más fácilmente por menos personal. Por lo demás, una de sus tácticas favoritas era la de intimidar a los empleados del hospital que pretendían elevar alguna queja. De este modo, en muy poco tiempo la mortalidad “natural” aumenta a la par que todo se torna miserable y sumamente angustioso. Muy pronto, y así lo explicó la propia Hilde Wernicke, se hizo imprescindible seleccionar a los pacientes que estuvieran en “mejores condiciones” para que desarrollaran tareas en el hospital de acuerdo a sus respectivas capacidades.

De tal modo, cuando en la primavera de 1943 se designa oficialmente a Meseritz-Obrawalde como centro específico para el programa de eutanasia, Grabowski ya ha generado las condiciones psicológicas y materiales adecuadas para que a todos los empleados del hospital les parezca algo muy normal, incluso necesario, “terminar con el los sufrimientos” de aquella pobre gente que no deja de llegar en trenes y autobuses.

La banda del cementerio

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La enfermera Amanda Ratajzcak. Participe en los crímenes del hospital. [Fuente: http://www.t4-dekmal.de].

El doctor Mootz y la doctora Wernicke asumen la nueva tarea como un “deber patriótico” e inician los procesos de selección siguiendo dos criterios fundamentales: 1) Eliminación de los pacientes inútiles; y 2) eliminación de aquellos pacientes que, si bien “mentalmente aptos”, están tan enfermos que no pueden desempeñar trabajo alguno. Por otra parte, y aunque se decidió dejar fuera de las tareas de eutanasia a los empleados del hospital, Grabowski decidió ofrecer primas económicas a los trabajadores que decidieran implicarse voluntariamente en esta tarea especial. Ello motivó que dos enfermeras, Helene Wieczoreck y Amanda Ratajzcak, formaran parte activa en el proceso de exterminio.

El hecho de que Meseritz-Obrawalde contara con unas instalaciones amplias y un buen surtido de pabellones permitía que las tareas de exterminio pasaran virtualmente inadvertidas para el grueso de los ingresados. Así, las ejecuciones, generalmente mediante inyección letal, solían aplicarse en los edificios 1 (guardería), 6 y 8 (enfermedades infecciosas), 9, 10 y 18[6], lejos de miradas indiscretas o posibles sospechas.

La metodología era sencilla. Los pacientes seleccionados eran trasladados por sus cuidadores habituales al edificio designado para el exterminio e introducidos en una sala de aislamiento con la excusa de alguna clase de examen o procedimiento similar. En el caso de que el sujeto se mostrara especialmente díscolo, era adecuadamente sedado. A continuación, se procedía a su ejecución mediante la inyección de una sobredosis de barbitúricos, o bien la ingesta de los mismos disueltos en agua. En los momentos en los que los medicamentos escaseaban, se procedía a la consabida inyección de aire en vena. A continuación, los cadáveres eran retirados e inhumados por los propios cuidadores en el cementerio con el que contaba el propio hospital, si bien, a medida que la cantidad de asesinatos fue incrementándose, se seleccionó a un grupo de pacientes para este fin a los que se conocía con el apodo de la “banda del cementerio”. En última instancia, Mootz y Wernicke cumplimentaban los certificados de defunción de los pacientes, atribuyendo sus muertes a toda suerte de causas ficticias más o menos relacionadas con su patología original. Dichos certificados eran enviados a las familias para así cerrar el círculo administrativo dentro de la más estricta “legalidad”.

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Lápidas numeradas empleadas en las tumbas del cementerio de Meseritz-Obrawalde. [Fuente: deathcamps.org].

 Cumplir con la ley

Tras la guerra, solo la doctora Hilde Wernicke –que por cierto no tiene absolutamente nada que ver con el fisiólogo Carl Wernicke- pudo ser capturada y juzgada. Los doctores Mootz y Vollhein, de cuya vida se sabe realmente poca cosa, lograron fugarse y terminaron en paradero desconocido[7].

Gertrud Emmy Hilde Wernicke había nacido en 1899 en Schleswig (Schleswig-Holstein), hija de un oficial del ejército. Se graduó en medicina en la Universidad de Marburgo y, posteriormente, trabajó como médico asistente en una institución mental de Regensburg. Fue trasladada, también como asistente, a Meseritz-Obrawalde en 1927, alcanzando el puesto de directora médica en dicha institución en 1929. No se trataba, como vemos, de un médico mejor o peor que otro ni tenía especial interés en cuestiones políticas, pero sí le sucedió, como a otros muchos médicos jóvenes y con deseo de progresión profesional en aquellos días, que no tardó en advertir el interés del partido nazi por la eugenesia, la medicina y la farmacología, lo cual la impulsó a ingresar en las filas del NSDAP en 1933. Entraría a formar parte del partido nacional-socialista femenino (Nationalsozialistische Frauenschaft) en 1939. Tras participar activamente en el horror rutinario de Meseritz-Obrawalde, escapó con la llegada de las tropas soviéticas. Junto con su amiga, la enfermera Wieczorek, se trasladó al hogar paterno en Wernigerode (Alta Sajonia), al que llegó el 3 de febrero de 1945. En abril ya se encontraba ejerciendo la medicina de nuevo, cosa que hizo hasta su arresto definitivo el 10 de agosto del mismo año.

Es dudoso, como decimos, que Hilde Wernicke fuera una nazi convencida y, de hecho, ella se reconocía simpatizante del ala derecha de la Coalición de Weimar, un partido moderado que se vio muy erosionado políticamente por las posturas extremas, tanto desde la derecha (NSDAP) como desde la izquierda (KPD), hasta su desaparición definitiva en 1932. Más aún, se sabe que cuando las cosas empeoraron de manera radical en el hospital solicitó un traslado que nunca se le concedió, pero no es menos cierto que se implicó activamente –ella dijo que por temor- en las muertes y que su afiliación al nacional-socialismo obró como elemento útil para racionalizar sus crímenes a posteriori[8].

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Hilde Wernicke declara ante el tribunal que la juzgó en 1946. [Fuente: Schleswiger Nachritchtten].

El testimonio de Hilde es significativo pues se suma al de otros muchos médicos, jueces, abogados y etcétera alemanes que colaboraron activamente con el nazismo en sus terribles actividades y que dejan entrever el horror que puede llegar a alcanzar la racionalidad bien administrada cuando las personas se ven envueltas en situaciones morales y materiales, tan terribles como venenosas, que las inducen a tratar de comprender y justificar lo que resulta de todo punto incomprensible e injustificable. Para ella sus actos eran un “deber de guerra” o un “deber patriótico” –nunca llegó a tenerlo claro del todo-, a la par que resultado del temor a perder su carrera si se negaba a matar, pues sabía que habría otros médicos mucho menos escrupulosos y bien dispuestos a ocupar su lugar, cosa que el gerente Grabowski nunca dejó de recordarle. Por lo demás, las disonancias cognitivas y las argumentaciones “post-hoc” de Wernicke resultan muy esclarecedoras: ella “nunca mató a nadie”, ni se consideraba “responsable” de las muertes por cuanto, en efecto, preparaba los cócteles de medicamentos que se suministraba a los pacientes pero eran las enfermeras quienes hacían el trabajo sucio. Por lo demás, siempre manifestó “recibir órdenes” que en todo caso se encontraban “de acuerdo con la ley”. Consecuentemente, no podía verse a sí misma como una asesina sino, tal vez, como una herramienta que facilitaba “muertes piadosas” a pacientes en muy mal estado que “en todo caso habrían muerto pronto por sí mismos”. Más aún: “mis pacientes estaban muy vinculados a mí y jamás se sintieron amenazados; Obrawalde no era un campo de concentración”[9].

Sea como fuere, Hilde Wernicke fue sentenciada a muerte el 23 de marzo de 1946 por su participación probada en el asesinato de 600 pacientes. Su apelación sería rechazada, haciéndose efectiva la condena por parte del gobierno de la República Federal Alemana, y junto con la de Helene Wieczorek, el 14 de enero de 1947 en Berlín.

Moraleja: cuidado con afiliarse a las panaceas de salud, la homogeneización de conductas, el pensamiento único, lo políticamente correcto y el totalitarismo moral… No vaya a ser que el primero que no encajes en el estándar seas tu.


[1] Benedict, S. y Chelouche, T. (2008). Meseritz-Obrawalde: a “wild euthanasia” hospital of Nazi Germany. History of Psychiatry, 19 (1): 68-76.

[2] López-Muñoz, F. (2015). Panacea encadenada: La farmacología alemana bajo el yugo de la esvástica. Barcelona: Real Academia de Doctors.

[3] Uno de los métodos favoritos de ejecución y “depuración” de nazis y soviéticos, como puede verse en Snyder, T.D. (2010). Tierras de Sangre: Europa entre Hitler y Stalin. Barcelona: Galaxia Guttenberg / Círculo de Lectores.

[4] Friedlander, H. (1995). The origins of Nazi Genocide. Chapell Hill (NC): The University of North Carolina Press.

[5] Sagel-Grande, I.; Fuchs, H.H. & Rütter, C.F. (1979). Justiz und NS-Verbrechen, Heil-und Pflegeanstaldt Meseritz-Obrawalde, Vol. XX. Amsterdam: University Press Amsterdam.

[6] Ibid. anterior.

[7] Benedict, S. y Chelouche, T. (2008), op. cit.

[8] Michael, R. & Doerr, K. (2002). Nazi-Deutsch Nazi-German. Westport (CT): Greenwood Press.

[9] Testimonio de Hilde Wernicke. Landesgericht, Berlin, 7 de diciembre de 1945. El archivo se puede localizar en el Yad Vashem de Jerusalén, archivo TR 10/2584; cit. en Benedict, S. y Chelouche, T. (2008).