El monstruo extraviado

Pedro Alonso Lopez (Foto policial Ambato)
Fotografías de la ficha policial de Pedro Alonso López [fuente: Policía de Ambato].

Si hemos de hablar del asesino en serie número uno, del “hombre del siglo” como él mismo se autodefinió, hemos de referirnos a Pedro Alonso López, apodado por la prensa como el Monstruo de los Andes[1], quien por razones más que justificadas y se atendemos a los números conocidos –que siempre son dudosos en los casos de asesinos seriales, por diferentes razones- sería el criminal sexual más sanguinario, prolífico y feroz de la era moderna: más de trescientas muertes declaradas pesan sobre él. Su biografía es también una de las más tristes que se pueden relatar. Para empezar, López nació en uno de los momentos más convulsos de la historia de Colombia. Una época de plomo, violenta, salvaje, caótica, plagada de revueltas populares y vandalismo propiciado por los graves problemas políticos que aquejaban a la nación y que, especialmente entre las clases pobres, repercutieron de suerte devastadora.

En 1948 el político liberal Jorge Eliecer Gaitán fue asesinado[2], lo cual abrió de par en par la caja de los truenos e hizo estallar una sangrienta guerra civil que se prolongó durante diez años y dio lugar al tristemente célebre Bogotazo. El saldo final de aquella contienda, conocida como La Violencia, fue de doscientos mil muertos -sin contar las presumibles brutalidades devenidas de un largo periodo posterior caracterizado por el desgobierno y la corrupción-. Cabe imaginar que ser un niño del suburbio en aquellos días de sangre, descontrol e inmoralidad no debía ser cosa fácil. Desde luego, para el futuro Monstruo de los Andes no lo fue en modo alguno, si bien no se sabe demasiado acerca de aquella etapa de su vida y tan sólo se conoce el dudoso testimonio, jalonado por ensoñaciones, incoherencias y delirios, que quiso transmitir: “Él miente, fantasea y repite lo que alguna vez escuchó a sus compañeros de reclusión [se dijo en la prensa ecuatoriana al respecto]. Esconde su vida y prefiere no hablar de su niñez”[3]. Tan sólo el criterio diagnóstico de los profesionales de la salud mental que trabaron contacto profesional con él, como es el caso de Elizabeth Álvarez -directora de la Cárcel Número 3 de Quito durante los catorce años que Pedro Alonso permaneció allí-, arroja datos concisos, demoledores e incontrovertibles, pues no dudo en diagnosticarlo como “psicópata agresivo”. Y lo cierto es que, durante su estancia en aquel penal ecuatoriano, estuvo sometido a un férreo control médico, así como a la tiranía de los fármacos que regulaban sus niveles de agresividad.

Reacio en extremo a ser fotografiado, por lo que se conservan escasas imágenes de Pedro Alonso que no pertenezcan a entrevistas o le hayan sido simplemente “robadas” de manera furtiva, embadurnado de una estrambótica pátina de pretendida intelectualidad al expresarse, sobre todo cuando se tienen en cuenta que estamos ante una persona que apenas sabía leer y escribir -¿narcisismo?-, locuaz o callado dependiendo del momento, siempre mantuvo criterios curiosos, raros y contradictorios acerca de sus convicciones íntimas, así como sobre sus posibilidades vitales reales:

“Hablar con la verdad [dijo al reportero Ángel Lara Noriega en 1980] cuesta y cuesta mucho […]. Qué saco yo contándoles mi verdad si sólo se aprovechan de mi inocencia y de mi ingenuidad […]. Si me hubiera casado a lo mejor no me sucedía lo que estoy pasando […]. Quiero que me encierren en otro recinto carcelario del Ecuador, en Ambato, sería lo ideal, en donde podré escribir una obra literaria”[4].

En mitad del caos

Pedro Alonso López vino al mundo en Tolima, a los pies del volcán, en 1949. Hijo de una mísera prostituta, fue el séptimo de una copiosa prole de trece hijos, que se sepa[5], y su niñez, como es de suponer, no fue amable. La madre, amargada y neurótica –según dijo él mismo-, era terriblemente autoritaria y agresiva, y manejaba las cuestiones familiares con mano de hierro. La vida hogareña era miserable, pésima en todos los sentidos que quepa imaginar, pero todos los hijos de la prostituta, del primero al último, eran conscientes de que cualquier cosa -incluidos los palos y las vejaciones- era preferible a una vida solitaria en las calles. Más allá de la puerta del ranchito tan sólo había un estado de sitio salvaje, roto únicamente por los enfrentamientos entre las diferentes guerrillas y el ejército regular colombiano. La violación de los derechos humanos era la tónica en una nación en la que una vida humana no valía nada, y el índice de delincuencia era unas cincuenta veces más alto por aquellos días que en cualquier otro país en el mundo. En efecto. Dadas tales circunstancias… ¿Qué hacer fuera de la casa? ¿Adónde ir? Se hacía preferible tener un techo en el que pasar la noche, por mal que fueran las cosas, por poco futuro que se tuviera[6].

El siguiente episodio conocido de la vida de Pedrito nos lo muestra en 1957, a la edad de 8 años, cuando fue sorprendido por su madre agrediendo sexualmente a una de sus hermanas menores. Sí, en aquel mundo infernal se crecía muy deprisa y se aprendía más rápido todavía -sólo que los ejemplos a seguir no eran precisamente los mejores modelos de conducta-. El hecho es que la peor pesadilla posible para un niño de la edad de Pedro Alonso López se hizo realidad: fue expulsado de la casa, pues mintió cuando dijo que se marchó por propia voluntad tras recibir una paliza, y se le prohibió volver. Repudiado por la familia, sólo y sin un centavo en mitad de una guerra civil, se convirtió en un niño de las calles, un gamín, un cara sucia, como los llaman allá. Y, como es lógico, no tardó en aparecer el lobo feroz en la forma de un desconocido que le ofreció un lugar donde comer y pasar la noche. Demasiado bueno para ser verdad. En lugar del plato y el jergón el inopinado samaritano lo condujo a un edificio abandonado para violarlo y apalearlo. Una vez tras otra. Sorprende que saliera con vida del encuentro.

Tras la terrible experiencia, el chico era presa del pánico cuando se le aproximaba cualquier extraño. Su vida se transformó, como la de muchos otros niños de su condición, en una rutina infecta y degradante: dormir en cualquier parte, comer en los basureros y mendigar por las calles. De esta guisa pasó un año. Luego decidió viajar a Bogotá. Allá siguió malviviendo hasta que una pareja de turistas norteamericanos se apiadó de su esquelética apariencia, y se lo llevó con ellos. Como una mascota a la que se recoge, de la que se disfruta, y a la que se abandona: Pedrito terminó ingresado por el matrimonio estadounidense en un hospicio. Mejor le habría ido en la calle porque en 1963, con doce años, uno de los maestros de la institución le hizo objeto de su muy especial “cariño”. Los miedos del niño regresaron y una incipiente rabia empezó a generarse en el fondo de su mente. En venganza, robó el dinero de las oficinas de la escuela y huyó lejos, otra vez a las calles. En ellas pasaría seis años más, mendigando y robando para sobrevivir.

Con los 18 años recién cumplidos, Pedro Alonso era ya un consumado ladrón de coches, bastante experto y eficaz en su trabajo por lo que parece. Fue por ello detenido y condenado a siete años de cárcel. Y allá, en el presidio, los acontecimientos iban a precipitarse en lo que sería la forja final del Monstruo de los Andes. Tan sólo llevaba dos días entre rejas cuando otros cuatro presos lo violaron brutalmente. Era el final. Se juró a sí mismo que nadie volvería a tocarle de nuevo y que, a partir de entonces, ya no sería víctima sino verdugo. Urdió, pues, una meticulosa venganza. Se fabricó varios pinchos con diversos materiales y se encargó de ajustar las cuentas, uno por uno, a sus agresores. Sólo le cayeron dos años más de prisión. A aquellas alturas la mente de Pedro Alonso López había quedado irreparablemente dañada, transformada en una vorágine de odio, ira, miedo, agonía y perversión. Era ya un psicópata perfecto, de manual, que no podía soportar la idea de haber tenido una madre, con una sexualidad empobrecida y retorcida, vinculada a la violencia, que sólo podía satisfacer mediante el uso indiscriminado de pornografía extrema de la peor especie.

Pedro Alonso Lopez (fuente CRIMINALIA)
Una de las más conocidas y efectistas imágenes del “Monstruo”… Editorializante.  [Fuente: Criminalia]

Un reguero de cadáveres

Poco después de su puesta en libertad, en 1978, Alonso, quizá buscando un nuevo futuro, inició un largo viaje por el vecino Perú. Durante el mismo violó y asesinó, según su propio testimonio, al menos a cien jovencitas pertenecientes a varias poblaciones indígenas. Estas correrías casi le cuestan la vida, puesto que fue capturado por un grupo de quéchuas cuando intentaba seducir a una niña de 9 años. Los parroquianos lo ataron y desnudaron para someterlo a un sistemático proceso de tortura durante horas antes de decidirse a enterrarlo vivo. La suerte, dentro de lo que cabe, acompañó al Pedro Alonso al tomar la forma de un misionero estadounidense que intervino y aconsejó a sus captores que entregaran al prisionero a las Autoridades. Así se hizo y no pasó gran cosa. No había ni tiempo, ni ganas, ni dinero para ocuparse de un indigente indocumentado acusado, sin prueba alguna, de haber atacado a una niña cualquiera de una aldea sin nombre. Buen cuidado ponía Pedro Alonso en escoger a sus víctimas de entre los sectores poblacionales más débiles y menos respetados. De tal modo, los burócratas peruanos optaron por quitarse el problema de encima a las primeras de cambio deportándolo al vecino Ecuador, país del que dijo proceder.

Allí, Pedro Alonso decidió reemprender la táctica que tan buen resultado le había dado en Perú y empezó a deambular otra vez por pueblos y aldeas, dejando tras de sí un rastro de desaparecidas, siempre chiquillas. La negligencia de las Autoridades tan corruptas como claramente sobrepasadas por las dimensiones de la criminalidad con la que habían de lidiar, atribuyó estos casos, por lo común, a la trata de blancas. Otro mal endémico en aquella zona del mundo a tenor de las estadísticas que, en aquel momento, y por lo demás, aún no se había convertido en una cuestión central para las instituciones internacionales.

Pero, en 1980, hubo una inundación en la ciudad ecuatoriana de Ambato -provincia de Tungurahua- en la que residía provisionalmente el Monstruo de los Andes. Las aguas removieron la tierra para descubrir inesperadamente una fosa. Un cadáver salió a la superficie. Se alertó a la policía que, rápidamente, excavó en la zona para descubrir los cuerpos de otras tres jóvenes. Todas ellas mostraban notorios signos de haber sido brutalmente golpeadas, violadas y asesinadas. Hubo que plantearse la idea de que, tal vez, el criterio inicial de la policía fuera equivocado y no hubiera de por medio una red de prostitución o de tráfico de órganos que explicase la falta repentina de tantas jovencitas. Desapariciones que, en aquel momento, ya copaban titulares de prensa y mantenían en vilo a la nación entera.

La investigación de los agentes del SIC[7] de Tungurahua se puso en marcha con celeridad. Comenzaron los interrogatorios masivos entre el vecindario. Y así se descubrió, como de pasada, que pocos días antes de la inundación una lugareña, Carvina Poveda, quien trabajaba en su pequeño puesto en el mercado de la Plaza Urbina acompañada de su hija de 12 años, había advertido que un hombre trataba de llevarse a la pequeña. Sólo el hecho de que la madre advirtiera la estratagema y empezara a pedir ayuda a voz en cuello pudo poner en fuga al asaltante. Los otros mercaderes y algunos vecinos se movilizaron y consiguieron atrapar al supuesto raptor, que fue puntualmente entregado a la policía a las 16:00 horas del domingo 19 de marzo de 1980. El sujeto en cuestión era un tal Pedro Alonso López, y había tratado de ocultarse bajo la apariencia de un amable vendedor ambulante.

En un primer momento los agentes habían sacado poca cosa de aquel individuo desnutrido y mal aseado que divagaba incoherentemente durante los interrogatorios, de modo que pensaron que se trataba de un demente de tendencias sexuales desviadas. Pero, tras la aparición de la referida fosa, el sentido común invitó a los agentes a pensar en otra dirección: el hallazgo, dadas las características de las chicas encontradas, podría guardar alguna relación con la historia del fracasado intento de secuestro en la Plaza Urbina. Se volvió a interrogar reiteradamente al sospechoso sin resultados aparentes. La frialdad inconmovible del prisionero y la persistente falta de coherencia en sus respuestas hacían que la policía estuviera cada vez más convencida de su culpabilidad o, al menos, de que sabía más de las jovencitas de la fosa común de lo que decía. Eso, y otras averiguaciones colaterales en la medida que se, al profundizar en el caso, se conocieron los antecedentes que habían conducido a su expulsión del Perú.

Pedro Alonso Lopez (fuente EL COMERCIO)
Alonso López durante su estancia en el hospital psiquiátrico [fuente: El Comercio].

Convicto y confeso

Uno de los componentes del SIC imaginó que, tal vez, Alonso fuera un hombre creyente o al menos supersticioso, de modo sugirió enviar a un sacerdote a hablar con él a fin de ganarse su confianza. Podría darse el caso, tampoco sería la primera vez, de que un cura convenciera a un sospechoso de que era preciso y conveniente decir la verdad. El elegido fue el padre Córdoba Gudino, tipo conocido de los agentes y al parecer bastante persuasivo, que supo ganarse pronto la confianza del reo. Pedro, asistido por el cura, confesó a los estupefactos investigadores haber asesinado a más de cien jovencitas en Ecuador, otras cien en Colombia y, de nuevo, más de cien en Perú: “Me gustan las niñas de Ecuador, son más amables, confiadas e inocentes, no son tan desconfiadas como las colombianas, confesó López con absoluta tranquilidad antes de recurrir al argumento de su dura biografía para justificar sus crímenes: Perdí mi inocencia a los ocho años [manifestó] entonces decidí hacer lo mismo a todas las jóvenes que pudiera”. Y luego, como se haría costumbre en relación a sus testimonios, una contradicción: preguntado horas después por Ángel Lara, el primer periodista que tuvo acceso a la terrible historia, al respecto de los abusos sexuales que sufrió en la infancia, Pedro Alonso respondió de suerte enigmática, como si nunca hubiera dicho tal cosa antes: “Y si así fuera… ¿Qué?”[8]. La constancia de esta forma de conducirse siempre ha dado, en relación al Monstruo de los Andes, pábulo a una acalorada discusión profesional en la medida que nunca ha quedado del todo claro que su pensamiento desorganizado se deba a una genuina patología mental subyacente, o bien sea una sutil estrategia urdida para eludir sus responsabilidades.

Interpelado acerca de sus métodos, explicó que generalmente merodeaba por los mercados locales en los que seleccionaba a sus víctimas por su “mirada inocente”. Dijo asesinar siempre de día “para no desperdiciar nada”. El modus operandi siempre era, con escasas variaciones, el mismo: en un primer momento procedía a golpear a las víctimas y ya no dejaba de hacerlo durante todo el tiempo que se prolongaba la violación, justo hasta que empezaba a alcanzar el orgasmo. En ese preciso instante las estrangulaba mirándolas a los ojos fijamente, ya que esto le producía un profundo placer. Lo más excitante del proceso era la sensación de poder al contemplar como a sus víctimas se les escapaba la vida, cómo la luz iba desapareciendo de sus ojos. Sencillamente, el horario diurno era más propicio y le permitía ver mejor todo lo que sucedía, para así evitar el “desperdicio”. Añadió que, en algunos casos, cuando tenía en casa dos o tres cadáveres de niñas, puesto que había temporadas durante las que experimentaba una tensión sexual insoportable y asesinaba a diario, las sentaba, cual muñecas, alrededor de la mesa y jugaba a una variante sexualmente cargada, espantosamente necrofílica, de “tomar el té”.

Es evidente que, al comienzo, la policía se mostró muy escéptica –incluso incrédula- ante el abultado número de víctimas reportado por el testimonio de Pedro Alonso López. Sin duda alguna, aquel individuo flaco y desmañado debía sufrir delirios de grandeza. Y puede que el Monstruo de los Andes se sintiera ofendido en su virilidad criminal ante la falta de fe de sus interrogadores, pues fue él mismo quien se ofreció a llevarlos a diversas fosas comunes para mostrarles sus “trofeos”. En primer lugar, se desplazaron a Ambato lugar en el que, de fosa en fosa, palada tras palada, se descubrieron los restos de nada menos que cincuenta y tres jovencitas con edades que oscilaban entre los 8 y los 12 años. Era el comienzo del horror. Los agentes, guiados por un Pedro sonriente y jactancioso, que no paraba de hablar con extremo orgullo, siempre matizado con esa peculiar incoherencia, de sus andanzas, visitaron otras veintiocho tumbas en las que fueron apareciendo, sin solución de continuidad, cadáveres y más cadáveres. La evidencia era incuestionable. Inasumible. Parecía de todo punto mentira que nadie se hubiera dado cuenta de lo que estaba ocurriendo, y es que Alonso López, que no era ningún “genio”, se había aprovechado para mantener viva su tremenda carrera criminal en un algo bastante sencillo: nadie se fija en los pobres. Se les ignora. Uno se aparta de ellos. No quiere ni verlos. Son invisibles. Y ser invisible es perfecto para un asesino.

“Si alguien confiesa los cien que encontraste y cientos más, tiendes a creer lo que dice [manifestó Víctor Lascano, director ecuatoriano de prisiones] pero creo que el estimado de trescientas víctimas es bajo en este caso. Creo que son muchas más”[9].

Lo cierto es que no existen demasiados detalles disponibles en torno al juicio protagonizado por Pedro Alonso López en Ecuador. Tan sólo el dato de que su defensa logró imponer en la causa el criterio de incapacidad mental y terminó, con ello, condenado a dieciséis años de cárcel. Sus impresiones al respecto son, como poco, chocantes.

“Yo no tomo mucha importancia a lo que he hecho, porque estoy sujeto a la Ley y hay posibilidades de que tome un camino más recto. No le tengo miedo a la muerte, pero quiero seguir viviendo y ofrezco el brazo izquierdo y la pierna derecha como castigo, y ruego que tengan misericordia por lo que he realizado […]. Si me meten dieciséis años de cárcel y la ciudadanía de Tungurahua no está de acuerdo estoy dispuesto a pagar con toda mi vida en la cárcel, pero quiero vivir y pido a mi verdugo que no me mate, y ahí dejo mi historia […]. A mí me han dicho que si mato a una, o mato a mil, la pena es de dieciséis años, y espero la ayuda de cerebros intelectuales para que la pena no sea mayor, porque estoy asustado y quiero vivir para hacer unos libros y más tarde conseguirme una ambateñita que le agrade. Yo seré formal y educado con ella, y quizá pueda llegar a casarme […]. No estoy arrepentido de lo que he hecho porque si he recibido un poder, ese poder tiene como fin hacer el bien o el mal. Mi vida ha sido privada y he permanecido solo durante treinta y un años, solo he vivido y recorrido el mundo. He sido un cara sucia solo”[10].

Pasados catorce años y tres meses de reclusión, viendo su condena reducida por buena conducta y pese al clamor popular y la opinión de los expertos que en ningún caso lo consideraban rehabilitado para la integrarse en la sociedad, José Cobos Moscoso, juez segundo de lo penal de Chimborazo, siguiendo escrupulosamente el procedimiento legal al uso, otorgó la libertad a Pedro Alonso López. Corría agosto de 1994. Paradójicamente, el nuevo estado le duró al Monstruo de los Andes apenas una hora puesto que el intendente de policía de Pichincha, Boanérges Villagómez, ordenó su captura argumentando que se trataba de un sujeto indocumentado y cuya estancia en el Ecuador era por completo ilegal. Recaló, pues, en el Centro de Detención Provisional (CDP) en el que se comenzaron a despachar los trámites para su deportación a Colombia, país desde el que era reclamado a fin de afrontar diversas causas por los asesinatos allí cometidos.

Enjuiciado de nuevo por sus crímenes, esta vez en Tolima, se repitió la historia jurídica ecuatoriana. Los abogados de Pedro Alonso demostraron su inimputabilidad por incapacidad mental, lo cual motivó que terminara internado en un centro psiquiátrico. Pasó cuatro años encerrado en la institución mental hasta que fuera puesto en libertad bajo fianza en 1998. Se le impuso la obligación presentarse periódicamente a las Autoridades, pero Alonso siguió el trámite solo hasta apenas un año después, cuando finalmente dejó de aparecer[11].

Pedro Alonso Lopez

Y se hizo humo

Al parecer, y por lo que se sabe con certeza, durante el bienio 1998-1999, Pedro Alonso López estuvo desplazado en Cuenca (Ecuador), donde fue visto y reconocido entrando y saliendo de una casa abandonada de la Avenida 3 de Noviembre, en la que vivía desde hacía unos tres meses. Desde luego, no había visto cumplido su irracional deseo de triunfar como escritor. En medio de una oleada de histeria colectiva que colapsó la centralita de la policía, perseguido por un pasado maldito, fue detenido de nuevo precisamente por las mismas razones alegadas años antes para mantenerle privado de libertad: indocumentación[12]. Lo cierto, como explicó luego el jefe provincial de la policía, Luis Rodríguez, es que no había indicios de que Pedro Alonso López hubiera cometido delito alguno desde que saliera del manicomio colombiano, si bien se abrió una investigación al respecto. Conducido al CDP, mostraba, cayendo por la pendiente de la degeneración, un aspecto lamentable. Extremadamente delgado, demacrado, mal vestido y asustado, el detenido balbuceaba que no había hecho nada, que se ganaba la vida como albañil y que tenía la nacionalidad ecuatoriana desde 1973, detalle que fue desmentido por la policía y que, en cualquier caso, tampoco tenía manera documental alguna de demostrar. Pasó así, de nuevo, a manos de los miembros del servicio de Migración, que tendrían que estudiar de nuevo su deportación a Colombia.

A aquellas alturas el caso del Monstruo de los Andes ya se había transformado en un problema de compleja resolución para las Autoridades ecuatorianas: no resultaba sencillo libertar alegremente, especialmente por su propia seguridad, a un sujeto odiado y temido por una opinión pública que seguía clamando justicia a causa de una condena que consideró insultante y que, pese a todo, ya había cumplido con todas las deudas que el Estado ecuatoriano quiso hacerle pagar cuando tuvo la oportunidad. Paradoja.

Sea como fuere, en enero de 1999, el Monstruo de los Andes, probablemente resignado a ser un perseguido de por vida y olvidando el daño que sus soberbias declaraciones a la prensa le hicieron en el pasado, atendió a un periodista del semanario sensacionalista norteamericano National Examiner, Ron Laytner, quien transcribió sus impresiones en un testimonio escalofriante que pasará a los anales de la psicopatología y la criminología:

“Soy el hombre del siglo, nadie podrá olvidarme… [con orgullo]… Iba por mis víctimas caminando por los mercados, buscando jovencitas con una mirada de inocencia y belleza en sus caras. Tenía que ser una buena niña, que anduviese con su madre. Las seguía por dos o tres días a veces, esperando que estuvieran solas, de ahí les ofrecía alguna chuchería, como un espejito para maquillarse, acto seguido me seguían hasta un arrabal donde les prometía regalarles otro para su madre […]. Las llevaba a un escondite donde tenía las tumbas previamente cavadas. A veces había cuerpos de víctimas anteriores, todavía frescos, los cuales acariciaba y violaba para estar a tono. Todavía a la luz del día las violaba y empezaba a estrangularlas […]. En un buen día, lo hacía todo con luz diurna y las miraba a los ojos, si no, era un total desperdicio. Tenía que observarlas morir. Qué momento más divino cuando ponía mis manos en la garganta de una jovencita y miraba sus ojos de terror. El momento de la muerte es entrañable y excitante. Sólo los que han asesinado, saben de lo que hablo […]. Cuando me liberen, volveré a sentir ese momento nuevamente […]. Les tomaba a las jóvenes más o menos 15 minutos en morir. Era bastante considerado. Me pasaba mucho tiempo a su lado, revisando si ellas estaban bien muertas, si no, tenía que matarlas de nuevo […]. Nunca gritaban, porque no esperaban que algo así pasara. Eran muy inocentes […]. A mis amiguitas les gustaba la compañía, a menudo ponía a tres o cuatro en una fosa, pero a veces me aburría, porque no se movían. Entonces tenía que ir a buscar más niñas”[13].

Al parecer, y según se dice, un defecto de forma hizo que Pedro Alonso López retornara a las calles aún a pesar de seguir reclamado desde Colombia y Perú, y aun cuando sobre él pesa una orden busca y captura emitida por INTERPOL desde 2002. En 2005, a causa de una coincidencia dactilar inconcluyente con un cadáver de varón sin identificar, fue dado de baja en el censo electoral colombiano por la Registraduría Nacional de Colombia, pero esto no ha sido suficiente para la policía, que aún mantiene su número de cédula de identidad activo, con lo que seguiría en busca y captura[14]. Sin embargo, nada más se ha sabido del monstruo extraviado desde entonces y continua, ya vivo, ya muerto, en paradero desconocido. Si está entre nosotros en el momento en el que escribo estas líneas, tiene 71 años.

¿Y en la brecha?

Pedro Alonso Lopez (National Examiner)
Pedro Alonso López tal cual apareció en las páginas del semanario estadounidense National Examiner.

[1] La prensa colombiana, por su parte, bautizó originalmente a Pedro Alonso como La Bestia de Tolima.

[2] Supuestamente tiroteado por Juan Roa Sierra, un delincuente habitual de 26 años de edad que habría asesinado a Gaitán por iniciativa particular. Decimos “supuestamente” porque el presumible autor material del magnicidio fue localizado por la muchedumbre y linchado en la vía pública para ser posteriormente abandonado frente al Palacio Presidencial, en la medida que se consideró corresponsable del crimen al entonces presidente del país, Luis Mariano Ospina Pérez. Ello impidió que el caso pudiera ser investigado adecuadamente. A día de hoy, tras grandes controversias entre historiadores y periodistas, el acontecimiento permanece sumido en la confusión y es pasto habitual de especulaciones.

[3] “Conociendo al Monstruo de los Andes”. En: Diario Hoy. 31 de agosto de 1994.

[4] Diario Hoy, Ibíd. anterior.

[5] Serían trece poco tiempo después de que Pedro abandonara el hogar familiar. Cuenta él mismo que cuando tenía 19 años regresó a la casa: “Me encontré con la novedad de que nuevamente estaba de visita la cigüeña en mi casa. ¿Hasta cuándo?, le dije a mi madre y nunca más volví” (Diario Hoy, Ibíd. anterior).

[6] Lohr, D. (s. f): “All about Pedro López”. Este documento, bastante bueno y completo, lo obtuve en su día de: Court TV’s. Crime Library. Criminal Minds and Methods [www. Crimelibrary.com]. Lamentablemente, esta web ya no existe y el artículo, a día de hoy, ha desaparecido de la red.

[7] Servicio de Investigación Criminal. A partir de 1991 pasó a la denominación actual de Policial Judicial.

[8] Diario Hoy. Ibíd. anterior.

[9] Lohr, D., op. Cit.

[10] Monstruo de los Andes deportado a Colombia”. En: Diario Hoy. 1 de septiembre de 1994.

[11]La misteriosa desaparición del ‘Monstruo de los Andes’, el mayor asesino serial de niñas de Colombia. En: Infobae. 14 de noviembre de 2018 [en Internet: https://www.infobae.com/america/colombia/2018/11/14/la-misteriosa-desaparicion-del-mayor-asesino-serial-de-ninas-de-colombia/, recogido en junio de 2019].

[12] “Un ex convicto sin papeles será deportado”. En: Diario El Comercio. 4 de junio de 1998.

[13] The National Examiner. 12 de enero de 1999.

[14] Trujillo G., L.V. (2018). El misterio de Pedro Alonso López, el ‘Monstruo de los Andes’. En: Alerta Tolima, 16 de noviembre [En Internet: https://www.alertatolima.com/el-misterio-de-pedro-alonso-lopez-el-monstruo-de-los-andes/, recogido en junio de 2019].

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La pareja ideal para sobrevivir al fin del mundo (o una reflexión alegórico-irónico-sarcástica acerca del apocalipsis presente)


“Creo que la vida en la Tierra está ante un riesgo cada vez mayor de ser destruida por un desastre, como una guerra nuclear repentina, un virus creado genéticamente u otros peligros”.

Stephen Hawking


Imagina que mañana comienza el fin del mundo tal cual lo conocemos.

No es tan difícil. Basta con escuchar hablar a un experto durante diez minutos sobre el cambio climático para anticipar la idea y comenzar, inopinadamente, a tener sudores fríos.

Será por eso que no hacen otra cosa que bombardearnos con series de televisión en las que se produce el apocalipsis zombi, o un pulso electromagnético inducido por una llamarada solar nos devuelve a la Edad de Piedra, o un meteorito gigante arrasa con el noventa por ciento de la humanidad y todo se termina yendo, de un rato para otro, a hacer gárgaras… Bueno, pues imagina que eso que cualquier día terminará pasando –porque es un hecho que todo cuanto empieza termina, y que la Humanidad se acabará por necesidad-, fuera a pasar mañana mismo.

En tal tesitura, si tienes la mala pata de sobrevivir al primer desastre de los muchos que vendrán después, surge inmediatamente la cuestión de a quién te conviene tener como pareja para afrontar el caos. Y digo “mala pata” porque debes creerme si te aviso de que, a la inmensa mayoría de nosotros, incapaces como somos de distinguir entre un higo chumbo y una biela, más nos valdría morir a las primeras de cambio para ahorrarnos muchos sufrimientos innecesarios antes de terminar con nuestros tristes días.

Fíjate bien que no digo “grupo”, sino “pareja”. No es casual. Ya sabes que yo nunca doy puntada sin hilo.

Fin del mundo
No te equivoques: algún día esto ocurrirá.

Las personas que debes ignorar.

Las series, los pseudo-documentales, los libros de supervivencia baratos y las novelas de ciencia ficción se han aburrido de explicarnos que los grupos grandes sobreviven mal a este tipo de situaciones. Al fin y al cabo, es imposible, tal y como ocurre en las insufribles comunidades de vecinos, evitar que se cuelen en ellos dos o tres imbéciles patosos que creen que lo saben todo, que quieren mandar a todo trance, y que os complicarán mucho la vida al resto. Además, es un hecho que cuando las cosas se ponen mal no hay que fiarse de todo el mundo. A la gente, cuando ve su pellejo en cuestión, se le enciende la bombilla de la supervivencia y se convierte en un mal bicho capaz de cualquier burrada. De modo que, a la hora de afrontar el fin del mundo, más vale solos que mal acompañados, y volverse medianamente antisocial puede ser tan eficiente para sobrevivir como hacerse con una buena escopeta –cosa que, por cierto, es lo primero que deberías buscar-. Así que volvamos a la cuestión inicial, porque, como se sabe desde tiempos inmemoriales y por mera ciencia infusa, la soledad impuesta no es buena desde el punto de vista psicológico y hemos de conservar la chaveta.

Debes, por lo tanto, responderte esta pregunta: ¿A quién seleccionaras como pareja para garantizar la supervivencia de ambos y, tal vez, a medio plazo, de la de la propia especie humana?

Yo no soy muy de dar consejos –aconsejar es un derecho que uno no tiene, sino que ha de ganarse, que le tienen que conceder-, pero sí te daré una primera indicación de carácter general: deberías olvidarte inmediatamente de esas tías-tíos guapísimos que gritan histéricamente cuando ven un bicho, ponen gesto de asco ante un plato de coliflor hervida, se tiran la mayor parte del tiempo pensando en su imagen física, pasan horas frente al espejo colocándose el flequillo o haciéndose bodoques en la nuca con una maquinilla, creen que el epítome de la vida reside en machacarse durante horas con unas mancuernas o en comprarse modelitos, no tienen otra cosa en la cabeza que el diseño del tatuaje nuevo que se harán en el lugar más insospechado de su anatomía, y tuercen el gesto ante el olor a alcantarilla, o se agobian cuando su pareja se tira un pedo. Debes ignorar sistemáticamente a esas personas “florero” que se pasan la vida dándole caña al “whatsap” y al “Instagram”, quieren controlarte, son incapaces de leer o escribir cualquier cosa que tenga más de 140 caracteres, están llenas de prejuicios acerca de la sexualidad de los demás, y se ponen nerviosas cuando se echan un lamparón, no reciben respuesta cuando los dos ticks están azules, piensan que tienen un tumor incurable cuando les duele un poco la cabeza, o se enfadan cuando descubren que otro lleva un par de zapatos iguales a los suyos. Sólo son un completo estorbo que no solo te dificultará enormemente las cosas, sino que muy probablemente te arruinará la vida a las primeras de cambio.

Morirán sin duda alguna, y harán que te maten por el camino. Si es que no te acaban matando ellos-ellas mismos/as antes de hacerte pasar por el yermo de cientos de horas de insufribles lamentos, demandas y quejas.

Cachas
¿De verdad crees que este tipo tiene el aspecto de alguien que sobreviviría a las condiciones más extremas sin su ración diaria de esteroides? Si la respuesta es afirmativa, entonces deberías visitar algún museo arqueológico… Cualquier parecido con nuestros ancestros cavernarios -que sabían mucho de supervivencia- es meramente incidental.

La pareja ideal

En estas situaciones de extrema supervivencia solo hay un mandamiento útil que debe conducirnos en la elección de compañía, y ante el que cualquier otra consideración ha de ser secundaria: elige a quien te acompaña por sus conocimientos, por su capacidad para superar los momentos de crisis, por sus nervios templados, y porque tenga brazos fuertes para matar zombis, lobos, extraterrestres tentaculados, o piratas si llega el caso. Y sin dudarlo. Sin pestañear.

Te interesa una persona que no le haga ascos a coser una herida abierta con un hilo de lana sacado de un jersey viejo, a ordeñar una cabra o despellejar un conejo, que sea capaz de subirse a un árbol o al caballete de un tejado si la necesidad aprieta, que pueda destripar una trucha sin vomitar o comerse un huevo crudo arrugando levemente la nariz… Que tenga espaldas y brazos fuertes -ojo, digo “fuertes” no “musculosos” o “esculpidos”- para cargar pesos y repartir bofetadas… También, si es que puedes averiguarlo antes de elegir, una buena capacidad reproductiva, pues tarde o temprano habrá que ponerse a la tarea de repoblar el tinglado este. Porque en eso es en lo que se equivocan las películas. Tristemente, nos han engañado durante décadas al hacernos creer que esos maniquíes bellos e inútiles que nos venden en el cine y que corren durante horas con tacones o aprenden a manejar un AK-47 como expertos en diez minutos y por mera ciencia infusa, serán quienes sobrevivirán al desastre cuando, mucho me temo, serán los primeros en diñarlas a poco que las cosas se pongan chungas. O bien morirán solos, o bien los matará alguien para robarles las botellas de agua mineral cara que guardan en la nevera del gimnasio.

Fin del Mundo - Zombi
No te equivoques: esto ya está ocurriendo.

Mira a tu alrededor. Observa concienzudamente a quienes te rodean… Ojo, con disimulo, que no sepan en qué piensas… Reconocerás a esa pareja ideal en seguida. Analiza sus costumbres, su pasado, sus conductas, y no tendrás duda alguna… A lo mejor incluso descubres que tienes suerte y ya estas compartiendo tu vida con la persona adecuada, lo cual es una garantía de éxito. En tal caso, si eres de esas personas afortunadas, ni se te ocurra dejarla escapar, ámala mucho, pégate a ella, tenla muy contenta, y garantízate su compañía para así poder afrontar con eficacia el apocalipsis que se avecina.

¿Qué es lo que debes buscar? ¿Cómo es esa persona perfecta para el fin del mundo? Veamos:

  1. Si en su casa ha sido normal beber en vasos baratos, sin florituras, se cuida sin excesos neuróticos, no está permanentemente quejándose de algo, no es clasista ni juzga a la gente por su aspecto, puede pasarse días enteros sin gastar un céntimo en tonterías, se puede lavar la cabeza con una simple pastilla de jabón, no le importa salir a la calle con una camiseta vieja, es capaz de comerse un yogur caducado, y tampoco le hace ascos a un bocata de mortadela pringosa hecho con pan de molde reseco… Ahí tienes sobradas razones para suponer que no se le caerán los anillos si tiene que pasar penalidades, que será capaz de adaptarse a cualquier adversidad y que tirará para adelante con cualquier sustento (aunque se trate de un pincho de ratón a la brasa).
  2. Aunque te pueda parecer lo contrario, el gusto por la música de calidad, el arte, la lectura y los conocimientos generales, van estrechamente unidos a la capacidad intelectual y al buen desempeño psicológico. Hay incluso estudios bastante rigurosos que parecen apuntar en esta dirección. De modo que si tu pareja –o la persona que te gusta- no tiene ni idea de quiénes son los Led Zeppelin, Chet Baker o Shostakovich y, por el contrario, es capaz de tirarse horas y horas escuchando sin descanso “reguetón”, bodrios de “diyeis”, “chunda-chundas” y otras perversiones estéticas afines, ten claro que ni su cociente intelectual, ni su inventiva, son aptos para sobreponerse a lo que se avecina (muy posiblemente, salvo que hayan pasado una vida repleta de penurias y dramas, estas personas caerán como moscas en cuanto desaparezca la cobertura de sus “smartphones”, se les quede el coche sin gasolina, no tengan batería en el portátil o carezcan de agua corriente). Pero si descubres que hay en tu cercanía alguien que no solo tararea de carrerilla Smoke on the wáter, sino que además es capaz de hablarte durante horas sobre jazz, sabe quién es el Camarón, entiende de música folk, distingue a Baudelaire de Rimbaud y, además, diferencia perfectamente entre el cubismo y la abstracción, procura mantenerte a su lado. A buen seguro, llegado el caso, tendrá muchas ideas, inquietudes y/o conocimientos de todo tipo que podrán salvaros la vida a ambos en el momento más insospechado (los otros, si tienes suerte, igual también te funcionan. Pero… ¿te la jugaras?).
  3. ¿Sabe apretar un tornillo? ¿Le has visto alguna vez colgar un cuadro? ¿Puede utilizar un serrucho? ¿Es capaz de utilizar un martillo sin romper nada? ¿Entiende la diferencia entre un cáncamo y una alcayata? ¿Es capaz de arreglar un enchufe sin recibir un calambrazo? Si no es el caso, mueve la cabeza lastimosamente y aléjate. Estás ante un caso perdido.
  4. No es crucial que sea muy “friki”, pero sí que, al menos, domine los rudimentos elementales del “frikismo”. Me explico: debe saber por qué Star Trek no es lo mismo que Star Wars, que cuando hablas de GTA te refieres a un videojuego y no a un modelo de tostadora, que Batman es un producto de DC al igual que Spider-Man lo es de Marvel, que hay juegos de mesa muy divertidos con los que se puede pasar muy buenos ratos porque sí, y debe comprender que una película no es mala tan solo porque sea en blanco y negro, o que no hace falta que un libro sea “muy vendido” -más bien al contrario- para ser bueno. Todo ello te va a garantizar que será buena compañía en los momentos de aburrimiento –que habrá muchos, te lo garantizo, porque no todo será huir de los zombis hambrientos- (por supuesto, también puedes escoger a una persona muy seria, equilibrada, centrada, argumentativa y coherente que sea incapaz de mantener una conversación que no verse sobre un tema capital para el futuro de la Humanidad… Pero seguro que será un ególatra narcisista e impresentable, y además te vas a aburrir de firme. Piensa que la gente inteligente se maneja con cierta eficacia en todos los terrenos).
  5. Importantísimo: Cuando te metes con esa persona no duda en plantarte cara y defender su territorio y su dignidad. Eso es bueno, pues significa que estás ante alguien de carácter, y el carácter forja a los supervivientes… Tu pareja, es evidente, no debe tener ambages en soltar una ristra de blasfemias si viene al caso entretanto le parte el cuello a esos canallas que quieren arrebataros la escasa comida que habéis reunido tras muchos días de sufrimiento y privaciones (recuerda: ya no puedes confiar en que la ley disuada a nadie de nada).
  6. Tiene que ser capaz de mantener la cabeza fría en los momentos difíciles y no montar un psicodrama porque se ha partido una uña, hay una avispa, se ha hecho pupa en un dedo, o lleva un siete en los pantalones. Piensa que necesitas a tu lado a alguien templado, calmado, que cuando vea torrentes de sangre no se ponga a vomitar o a dar saltitos histéricos en un rincón.
Fin del mundo - comida
Imagina que tu pareja y tu lleváis dos días sin probar bocado y lo único que se os pone a tiro es esta “delicatesen” repulsiva con el pan duro y la salchicha salida de quién sabe dónde. ¿Os la comeríais por turnos, mano a mano, y sin rechistar?… Si la respuesta es afirmativa, entonces tenéis sin duda alguna madera de supervivientes.

Ya que estamos, te diré que no hace falta que venga el fin del mundo para que todo esto sea preciso. Si quieres sobrevivir a esta maldita vida con garantías, te hace falta una pareja así.

Por favor, deja trabajar a la selección natural.

De policías, periodistas y sucesos

Los cambios que ha experimentado el mundo de la comunicación en todos los sentidos imaginables obligan a las policías del presente a vender adecuadamente su trabajo a los medios. Y, como es lógico, ello induce a establecer un adecuado círculo de prioridades en la relación policía-periodista. El procedimiento estándar a seguir por la policía, al menos en teoría, para el manejo de tal relación pasa necesariamente por informar a los medios de comunicación en el orden que sigue y en función de la importancia del suceso: Primero, a los medios del lugar en el que se comete el delito; segundo, a los medios de la capital de la provincia-departamento; tercero, a los medios de carácter autonómico-regional; y cuarto: a los medios nacionales.

Un orden que no es aleatorio en absoluto. Piénsese que carecería de sentido informar a la población de Zaragoza de la detención de un carterista en Badajoz y, además, tal información podría ser incluso contraproducente al sembrar una alarma innecesaria entre los ciudadanos zaragozanos que, realidad, no están afectados en modo alguno por los delitos menores que se cometen en Extremadura. No ha sido raro que casos locales y de escasa relevancia terminen generando un estado de opinión nacional por no procederse a una adecuada gestión –que no “censura”- de los canales informativos. Y con todo, ha de tenerse en cuenta que la segunda gran cuestión a resolver, previa incluso a la elección del canal informativo, será determinar el orden en el que se va a hacer, qué clase de información se va a facilitar y, sobre todo, establecer los adecuados mecanismos de protección frente a posibles filtraciones.

el caso
El periodista Enrique Rubio (izquierda) posa junto a la furgoneta con la que se desplazaba para cubrir noticias que publicar en el célebre semanario de sucesos “El Caso” [fuente: El Periódico].

Volumen de exposición

La experiencia reciente ha demostrado que una elevada visibilidad mediática de los cuerpos policiales no es lo más adecuado en términos de popularidad. Más bien al contrario. Demasiados policías en televisión, radio, prensa o Internet, incluso ofertando noticias que podrían considerarse “buenas”, contribuyen poco a la tranquilidad ciudadana y pueden generar, incluso, reacciones adversas inesperadas de la opinión pública. En España, por ejemplo, instituciones como la Guardia Civil y la Policía Nacional, muy denostadas, opacas y escasamente populares durante el periodo de la dictadura franquista precisamente porque estaban en todas partes y a todas horas, como ese Gran Hermano orwelliano, amenazante y eterno, del que era imposible liberarse, tuvieron que realizar grandes esfuerzos –internos y externos- para mejorar su imagen pública y su transparencia con el advenimiento de la democracia. De hecho, y bastante pronto, pasaron a encontrarse entre las instituciones más reconocidas públicamente.

Podría pensarse que esto fue una buena cosa, pero tampoco. Cualquier famoso sabe que si la mala prensa es muy mala a largo plazo, demasiada buena prensa también puede ser reevaluada como “propaganda” y volverse en su contra con el tiempo así como generar reacciones adversas. En general, la exposición mediática excesiva, con total independencia del contenido de la misma, siempre termina siendo perjudicial porque degenera en una sobreexposición que “quema” la propia imagen en un proceso similar a lo que sucede con la “canción del verano” de turno: del éxito al hastío. En consecuencia, a los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado les interesa, como a cualquier otra persona o institución, mantener un grado de popularidad medio y una visibilidad no muy elevada. Hay que tener en cuenta que el mercado de la comunicación dicta sus reglas, y muchas de ellas se apoyan en los resortes más elementales de la psicología de masas: ser muy conocido y estar siempre en primer plano motiva que el día en que las cosas no se hagan bien –y ese día siempre llega- todo lo que antes eran grandes elogios se transformará en tremendas críticas.

Cualquier experto en comunicación sabe que el público en su mayoría jamás es ecuánime en sus juicios y puede pasar del amor al odio, o de la admiración a la repulsa, en cuestión de horas. Hoy en día, con la enorme influencia de las redes, incluso de minutos. Así pues, es bueno que lo que se hace tenga repercusión mediática, pero matizada, pues estar siempre en el candelero puede llegar a ser muy poco interesante. Bien lo han aprendido quienes están permanentemente expuestos en redes sociales si no han sabido manejar adecuadamente ese grado de exposición y, precisamente por ello, ahí radica el peligro de su uso indiscriminado por parte de menores.

Progresión geométrica

Actualmente, dentro del periodismo en general –y del especializado en sucesos en particular-, gracias a los avances constantes de los medios de comunicación, es un hecho que la información tiende a multiplicarse exponencialmente. Y el problema es que no siempre lo hace en la dirección adecuada. A menudo, ocurre que los propios periodistas conocen las noticias de la manera menos adecuada. Tanto pueden acceder a ellas mediante informes de particulares o supuestos “testigos” que suelen ser incompletos y poco certeros, como a través de una filtración interesada e inconcreta. Por supuesto, la prensa también accede a los informes por vía oficial. El problema es que al existir los dos primeros cauces, que además se expanden sin cesar, es habitual que el profesional, que ya se ha hecho una composición de lugar acerca del suceso, tienda a dudar del informe oficial y confíe, irracionalmente, en ese dato que le llega por esos canales que cree fidedignos por diferentes razones enteramente subjetivas. Pondré un ejemplo: personalmente, he hecho bastante radio, y compartido mesa y micrófono con bastantes periodistas, algunos extremadamente buenos y profesionales. Otros, no tanto. En cierta ocasión uno de estos últimos no solo estaba más pendiente de los datos que le iban entrando por Whatsapp que de lo que se decía durante el debate en directo, sino que además basaba todas sus respuestas, opiniones e intervenciones en esos “datos” que alguien le transmitía por tal medio, de suerte precaria y en tiempo real. Por supuesto, dijo muchas tonterías.

Las filtraciones, por ejemplo, son siempre peligrosas, y muy especialmente cuando se producen de manera fortuita, por error del profesional que debe informar a los medios de comunicación. Cualquier jefe de prensa de una organización que tenga un mínimo de sentido común y de profesionalidad sabe que es imprescindible poner gran cuidado en lo que se dice a los medios y, por supuesto, en cómo se les dice. No ha sido raro que los agentes que trabajan en un caso complicado, o que afrontan una emergencia, se encuentren en medio de un enorme jaleo, sometidos grandes presiones, y ello les haya conducido a “irse de la lengua” con quien no deben, cuando no deben y diciendo lo que deben y ello termine entorpeciendo la labor de sus propios compañeros. En todo caso, y este es un drama inherente a la gestión de cualquier institución, las filtraciones son difíciles de controlar y de gestionar, y a menudo resultan inevitables porque no se puede controlar con una eficacia del 100% ni la información que maneja cada persona, ni a quién se la transmite.

Por otro lado, se debe tener presente que si la transmisión de información descontrolada a los medios puede ser muy mala, una comunicación poco fluida con los ellos también puede acarrear nefastas consecuencias, lo cual hace complicado establecer el grado de equilibrio entre lo que se puede decir, y lo que no. Un ejemplo preclaro de una crisis mal gestionada ante la prensa, y de las pésimas consecuencias que ello puede ocasionar, lo tenemos en el circo informativo que se produjo en las horas posteriores a los atentados del 11-M en Madrid. Todo se hizo mal: desde la cantidad e inexactitud de información que se proporcionó, hasta el modo nervioso e inconexo de presentarla. Incluso la puesta en escena para la transmisión de los informes era la menos propicia en términos mediáticos pues ofrecía una clara imagen de falta de control de la situación, poco rigor e inseguridad. Consecuencia de ello: descalabro político, exceso de opiniones que se “venden” como auténtica información, y las consabidas teorías de la conspiración que se colaron en la prensa pretendidamente seria, que estuvieron armando ruido durante mucho tiempo, y que nadie pudo probar más allá de la maledicencia porque, obviamente, no se pueden probar las falsedades.

En general, y como regla de oro, se debe indicar que los informes que proceden directamente de la fuente, pese a estar mediatizados por la subjetividad inherente al transmisor, suelen ser buenos y fiables. De hecho, a menudo ocurre que los intermediarios informativos -portavoces, opiniones autorizadas, informadores externos, consejeros, y etcétera- terminan complicando y confundiendo las cosas. Ya sea porque no conocen todos los detalles del caso, o bien porque introducen en el mismo variables ajenas al mismo, valoraciones personales e inconsistencias. En consecuencia, la experiencia demuestra que es mucho más fácil que una nota de prensa policial cale en los medios si sale de una comisaría que si lo hace desde un ayuntamiento o ministerio pues, de hecho, el periodista tienen a desconfiar por sistema de los informes elaborados por órganos gubernativos y políticos lo cual, analizado en sí mismo, resulta incluso conveniente… Un periodista que no duda por sistema de lo que le cuentan y que no contrasta sus informes por diferentes vías, no puede ser un periodista serio.

Aceves
El entonces Ministro del Interior Ángel Acebes ofrece una de las controvertidas ruedas de prensa posteriores al terrible atentado del 11-M de 2004 en Madrid. Un ejemplo perfecto de pésima gestión de la información y escuela acerca de cómo no se deben gestionar estas cosas.

Círculos viciosos

Para los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado, una buena forma de trabajo a la hora de informar, y bastante utilizada, ha sido valerse de las agencias. Ello se debe a que las agencias de noticias difunden la información de manera homogénea, lo cual impide que haya medios que se sientan minusvalorados o ninguneados y tengan, por ello, la tentación de reflejar negativamente sus actividades. No obstante servirse de las agencias implica que luego no se está en disposición de realizar un adecuado seguimiento de lo que vayan a hacer los medios con el informe que les llega. Se pierde el control sobre la información. Hay que tener en cuenta que las fuerzas de seguridad trabajan con materias muy sensibles de modo que, inevitablemente, se encuentran siempre en el centro de la tormenta política. Esto motiva que siempre haya medios que las traten mejor, y otros que las traten peor en función de sus afinidades ideológicas. Nadie se limita a contar que se ha detenido a un diputado por corrupción –hecho aséptico-. El problema es que se ha detenido a un diputado de este u otro partido político… Y este margen de subjetividad, inherente por otra parte a la dinámica del sistema democrático en sí, debe tenerse claro, es irremediable y no puede ser combatido: las actividades policiales siempre serán valoradas mejor o peor en función del estado de cosas y del color político de quien las contemple, por lo que es imposible la situación ideal de tener “contento” a todo el mundo. Puede que, como ocurre con la vida de las propias personas, pretenderlo sea incluso contraproducente para la salud profesional de las propias policías. Como bien decía Sigmund Freud, tirando de ironía, cuando se le preguntaba por estas cosas: “si la política fuese la solución a los problemas de la Humanidad, se sabría”.

Resulta muy común, por lo demás, que en los medios de comunicación el tratamiento de los sucesos sea cíclico y tenga altibajos. Se pasa, así, de momentos en los que prácticamente no parecen interesar a nadie, a otros en los que ocupan el epicentro de la actualidad. De hecho, hay sucesos que marcan un antes y un después en la información, convirtiéndose en hitos que tiran de la opinión pública y la empujan inadvertidamente en direcciones desconocidas cuyas consecuencias solo se conocen bien a posteriori. Así ocurrió en España, por ejemplo, con el trístemente célebre Caso Alcasser (1992), o con la terrible tragedia personal de Ana Orantes (1997). Dos acontecimientos que, cada uno a su modo, no solo cambiaron la percepción de los sucesos en España sino que incluso generaron sonadas iniciativas políticas y enconados debates populares. Lo cierto, sea como fuere, es que estos y otros eventos célebres de la década de 1990 abrieron las puertas a una situación completamente nueva e inédita en España: de la noche a la mañana, los sucesos, que eran un tipo informativo completamente marginal e incluso denostado, se ubicaron de en la cresta de la ola.

En todo caso, que un suceso alcance resonancias nacionales y cope el centro de la vida pública no es cosa deseable en absoluto. En el 99% de los casos estas situaciones terminan desencadenando terribles espectáculos mediáticos cuyas consecuencias siempre son extremadamente perjudiciales, y en los más diversos sentidos, para todos los implicados sin excepción. De hecho, la presión sistemática de los medios sobre un suceso siempre es mala pues desvirtúa la realidad, la deforma y la desproporciona, desencadenando toda clase de leyendas urbanas, supuestas tramas conspiratorias, falacias, demagogias y, ante todo, un deseo en los medios de destapar casos “parecidos”, miméticos, que les permitan alimentar a las audiencias que el suceso original ha generado a través de su exposición pública reiterada. No lo olvidemos: la información, como todo en una sociedad regulada por los principios de la oferta y la demanda, también es un mercado. Si llega a establecerse un circuito de retroalimentación medios-público, en el que los primeros informen constantemente porque los segundos demandan información sin solución de continuidad –el círculo infernal-, la situación se tornará de todo punto incontrolable. Para evitar que esto ocurra, los sucesos –cuya información es necesaria para el servicio público, no lo olvidemos- deben ser tratados con rigor, honestidad y seriedad. Es una falacia argumentar que un programa de sucesos hecho con el rigor y la calidad adecuados sean simple “morbo”, pues entonces también lo serían CSI, Bones u otras series de éxito que hacen las delicias de las audiencias.

Ana Orantes
Ana Orantes tuvo la valentía de aparecer en al televisión autonómica Canal Sur para relatar su insoportable tragedia de maltrato en un tiempo en el que las mujeres maltratadas callaban. Días después era asesinada por su maltratador. Un caso cuyo tratamiento mediático marco un antes y un después en España.

Antes al contrario, el consabido morbo se genera cuando las situaciones informativas se descontrolan –como sucedió en el citado Caso Alcasser o en el 11-M-, y en esto tienen una enorme responsabilidad los propios periodistas y gestores de los medios de comunicación que, una vez han provocado y alimentado el escándalo, toda vez que el incendio escapa a su control, a menudo tratan de eludir sus responsabilidades de suerte vergonzosa. De hecho, todas las televisiones del primer mundo tienen en su parrilla programas de sucesos, en muchos casos diseñados desde los propios gobiernos y cuerpos de seguridad, cuya finalidad es ofrecer al ciudadano una información de servicio público sensata que, no lo olvidemos, puede llegar a evitar que la gente se exponga a riesgos innecesarios, e incluso llegue a salvar vidas en algún caso. La idea, sea como fuere, se resume en una premisa sencilla: hay que informar sobre sucesos, pero hay que hacerlo bien, sin generar alarmas innecesarias, deformaciones de los hechos o incentivar escándalos públicos.

De hecho, los acontecimientos establecen una curiosa regla no escrita, pero no por ello menos invariable: tras un suceso sonado –o cadena de ellos-, de gran repercusión mediática, se produce siempre una baja en esta clase de información. No es que los sucesos no sigan ocurriendo aquí o allá, ocurre que simplemente dejan de interesar por un tiempo. Pero cuando esta baja tiene lugar, suele pasar algo peor y que sí cabría tachar de morboso: comienzan a aparecer las secuelas en forma de películas, telefilmes y etcétera que, partiendo de supuestos informes periodísticos, o bajo la premisa de estar basados en hechos reales, cuentan y no paran acerca de casos que todavía no han sido juzgados y generan estados alterados –e incluso dirigidos- de opinión, lo cual es muy grave y puede tener efectos difícilmente cuantificables a medio plazo. Recuérdese que un producto de ficción, por muy basado en pretendidas realidades que se nos venda, no tiene que ser verdad, ni tiene por qué contar verdades… Solo necesita resultar verosímil y, claro, entretenido. Además, no conozco ninguno de estos productos que no esté ideológicamente dirigido desde los intereses de sus creadores.

Otra evento interesante que suele producirse en estas temporadas de baja en la información de sucesos es que, inopinadamente, suelen aparecer personas dispuestas a convertirse en juguetes mediáticos. Víctimas de delitos que invaden los medios de comunicación con testimonios extemporáneos y exigencias –a menudo disparatadas e inconsecuentes- que buscan así presionar para satisfacer diversos intereses particulares y/o colectivos (a veces no del todo claros, por cierto). Es muy común que la actividad de estas personas, y de los medios que les otorgan voz, entorpezcan gravemente el trabajo policial, judicial e incluso el buen gobierno. Ello sucede porque el hecho de que un caso esté constantemente en el centro de la vida pública no sólo dificulta su investigación e instrucción, sino que también provoca terribles presiones políticas que, de manera inevitable, llevan a investigadores, jueces, fiscales, abogados, partidos políticos y demás a cometer enormes errores o a emitir dictámenes imprecisos, construir informes apresurados y poco escrupulosos, a tomar decisiones poco meditadas, así como a la realización de declaraciones insensatas y altisonantes.

Se debe significar, para concluir, que una presión mediática excesiva no sólo exagera las cosas, sino que también tiende a motivar que casos mucho más relevantes que aquellos otros que ocupan el centro de la actualidad, y de los que posiblemente cabría establecer conclusiones políticas, policiales y científicas más positivas y eficaces, terminen pasando inadvertidos. No olvidemos, por cierto, que el tratamiento periodístico de un suceso varía mucho dependiendo de si hay alguien interesado –por cualquier motivo- en alimentarlo a diario, o no.

La inmigración: El coste real y el coste inventado

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Un debate tópico entre las diferentes administraciones, y que se ha convertido en lugar común de los enfrentamientos mediáticos y políticos, es el del coste que se ha de asumir por la incorporación de inmigrantes en todos los servicios que antes disfrutaba casi en exclusiva la población nativa. Dado que el campo profesional que mejor conozco es el de la educación, me centraré en este, pero esta argumentación sería aplicable en su fondo a todos los servicios públicos. El hecho es que cuando de lo que se trata es de ofrecer respuestas científicas y veraces a estas dificultades, y no meros intercambios de opiniones, charlataneria demagógica, o simples tonterías, la primera cuestión pasa por determinar cuánto hay de cierto y cuánto de mera invención interesada en estos debates públicos.

Más aún, si el debate en sí mismo tiene sentido en los términos que se plantea.

Calculando los gastos

Una primera opción para calcular el gasto público de la educación no universitaria imputable al alumnado inmigrante podría pasar por estimar el porcentaje que suponen los inmigrantes sobre el total del alumnado en centros públicos y concertados y cargar dicho porcentaje al presupuesto de la actividad educativa correspondiente. De hecho, es una de las soluciones más habituales al enigma. No obstante, los especialistas asumen que esta clase de cálculo no es correcta –por no decir que es falaz, aunque quede bien en esos gráficos de barras mentirosos que los políticos enseñan en los debates- ya que no tiene en cuenta cómo se lleva a cabo la producción educativa: la educación, entendida como generación de capital humano, no es un proceso individual. Esto significa que no hay un profesor para cada alumno porque la tarea se lleva a cabo en el seno un grupo, dentro de un aula que es la unidad escolar, y que a su vez se integra en una escuela. Así, una metodología para el cálculo del coste de la inmigración en el ámbito de la educación no debería utilizar al número de alumnos como unidad de análisis sino al tamaño del aula –o grupo- en tanto que unidad de producción.

En economía existe un grupo específico de bienes que se caracterizan por disponer de una oferta conjunta para un grupo más o menos amplio de individuos, y que se denominan bienes de club o también bienes públicos impuros. Bien, pues la producción educativa goza de las características de un bien de club, lo cual condiciona sobremanera la cuantificación del coste de su producción y la imputación de este coste a la población inmigrante. Y ello porque los bienes de club se caracterizan, de manera fundamental, porque presentan lo que llamamos rivalidad parcial en el consumo: esto significa que, una vez que el bien ha sido creado, el coste marginal para que un nuevo individuo disfrute del mismo es cero. Pero no sólo. La incorporación de este nuevo usuario tiende a disminuir los costes medios y, además, no afecta al uso de los demás individuos que ya consumen el bien[1]. Sin embargo, y esta es otra peculiaridad nada desdeñable de los bienes de club, a partir de un número de usuarios que podríamos considerar óptimo, cuando se añade uno o más empieza a disminuir progresivamente la calidad y utilidad del consumo para el resto de los usuarios del bien. Así, este nuevo individuo por encima del punto óptimo sí aumenta el coste del servicio ya que para poder ofrecerlo con la misma calidad hay que ampliar el servicio, esto es, crear un club mayor y mejor equipado. Para denominar a este proceso, en economía, se utiliza el término de congestión.

Así, la característica más importante en los bienes de club, como lo es la educación –la sanidad, la justicia o la piscina comunitaria-, es que la utilidad o beneficio obtenido por los usuarios no depende del bien en sí, sino del número de individuos que lo disfrutan simultáneamente. Por una parte, tienen la ventaja de que se reduce el coste de prestación del servicio por el consumo conjunto, pero gozan de la desventaja de que a partir de un número de usuarios determinado, el ahorro de estos costes se compensa –o se ve superado- con el incremento de los costes por pérdida de utilidad que origina la congestión[2]. Y lo más importante: este número debe ser calculado para cada servicio en concreto, pues no es universal sino que depende de cada caso específico. Así pues, el número de usuarios en los que se produce la igualdad en ambos valores (ahorro y pérdida) sería el número óptimo. A nivel teórico, el número óptimo de usuarios para cualquier bien de club se alcanza cuando el precio impositivo por persona es exactamente igual a los costes de congestión marginales. Es decir, y como se observa en el gráfico adjunto, la curva de costes medios alcanza el mínimo, lo cual supone la utilización del bien de club a una escala óptima.

Bien de Club

Pero el cálculo no siempre es bueno…

Esta teoría es interesante, pero no siempre se ajusta correctamente a la realidad porque la igualdad entre el precio y el coste marginal para un número óptimo de usuarios se produce, en todo caso, para un nivel arbitrario de producción que desconocemos a priori. La provisión adecuada en la vida real deberá tener en cuenta el nivel de producción óptimo, el número de usuarios óptimo y el coste de producción del bien. Tres cosas que a menudo no es fácil estimar, conocer o, simplemente, no se pueden cuantificar. Así por ejemplo, en el ámbito educativo se desconocen los valores óptimos de producción o el número de usuarios adecuado en un momento dado. Son muchas las teorías acerca del número de alumnos perfecto por aula (unidad de producción) y su relación con los costes económicos, la calidad del servicio que ofrece el docente, y etcétera, pero el hecho es que no existe ningún resultado científico definitivo que señale el número de alumnos máximo que se puede recibir en un aula sin que se deteriore el aprendizaje de los demás estudiantes. Tampoco hay resultados definitivos, sino más bien una gran controversia, acerca del efecto que el tamaño de la clase tiene en el aprendizaje de los alumnos[3].

No obstante, una aproximación a tales valores ayudaría a conocer el coste de la educación. Es más, el problema en la práctica es que no se pueden abordar los costes de la educación sin tener en cuenta que dependerán del número de usuarios que compartan el aula, y de que existe un número óptimo de alumnos a partir del cual su aumento produciría un deterioro en el aprendizaje de todos ellos. De modo que la mayor parte del tiempo se trabaja sobre estimaciones, con las dificultades teóricas y prácticas que ello implica

La legislación educativa establece unos estándares o tamaños ideales que debiera tener un aula y, consecuentemente, estos son los que los especialistas españoles entienden como indicativos del número de alumnos más allá del cual se considera que se producen fenómenos de congestión. Así, en la enseñanza obligatoria se ha estimado que el máximo de alumnos por aula será de 25 para la educación primaria, y de 30 para la educación secundaria obligatoria y para la Formación Profesional[4]. Si el legislador entiende que dentro de grupos de ese tamaño todos los alumnos pueden recibir su educación con una calidad semejante, entonces, una vez financiada la unidad educativa (la clase) el coste y la calidad de enseñar a 15 a 20 o a 25 alumnos debería ser siempre el mismo.

Aceptando el argumento precedente, la pregunta que nos preocupa cambia para convertirse en otra: ¿cuál es el tamaño medio actual de los grupos en los diferentes tramos de la educación obligatoria en España? Los datos recabados en diferentes estudios al respecto, como los de Salinas y Santín[5] que nos sirven de referencia, muestran que ni la educación pública ni la concertada, y contrariamente a lo que se suele argumentar con excesiva ligereza, se sobrepasan las ratios legales. Es más, entre el curso 1999-2000 y el curso 2005-2006, a causa de la construcción de centros públicos y el aumento progresivo en el número de centros concertados, el número de alumnos por unidad educativa se ha redujo en todos los niveles excepto en la educación infantil. Dado el descenso progresivo de la natalidad que viene sufriendo el país, es obvio que esta situación no se ha subvertido. Antes al contrario, cada vez se produce una pérdida mayor de escuelas en los ámbitos rurales lo cual supone un problema de especie bien diferente.

Figura 1

¿Hay trampa?

Los malintencionados de siempre –porque no hay argumento que convenza a nadie de aquello que no quiera convencerse por sí mismo-, dirán que estamos haciendo alguna clase de “trampa”. Que todo esto es un birlí-birloque “buenista” (y bla, bla, bla). Bien, en atención a ellos formulemos la cuestión de otra manera y preguntémonos por cuál ha sido el impacto de la inmigración en el tamaño medio de la clase. Esto es: ¿cuál sería el tamaño de la clase en cada nivel educativo si el sistema educativo español no hubiese admitido a ningún inmigrante? Para ello debería bastarnos con restar al número de alumnos en cada nivel el número de alumnos inmigrantes, y dividir la cifra resultante entre el número de unidades de producción disponibles en cada curso. Facilito.

El resultado de este cálculo muestra que para el curso 2004-2005, en centros públicos de ESO, la inmigración supuso 2,3 alumnos más por clase que en el curso 1999-2000 y 1,11 más en las escuelas concertadas. En educación primaria la inmigración supone para el mismo periodo 2,2 alumnos más por clase en las aulas públicas y 1,02 alumnos más en la concertada. El impacto financiero de este incremento del alumnado, dado el descenso generalizado del alumnado nativo a todos los niveles, es de simplemente cero para el caso de la educación no universitaria[6]. No obstante, a todo esto ese desconfiado que sienta siempre en la última fila y pone cara de escéptico ante cualquier argumento, aún podría razonar con cierta enjundia que parte del cambio en las unidades educativas de este período se ha producido debido a la llegada de inmigrantes y que por tanto el coste de estas nuevas aulas se ha debido a la inmigración. Démosle satisfacción. Pero téngase en cuenta que para responder a esto hemos de plantearnos antes otra cuestión previa; ¿cuáles serían los tamaños de las clases si se mantuviera el mismo número de unidades de producción que en el curso 1999-2000?

Para afrontar esa pregunta podríamos calcular cuál habría sido la financiación necesaria para escolarizar en cada año a todos los alumnos en unidades de 25 alumnos, lo cual nos diría que en el curso 2003-2004 la cantidad ascendería a poco más de 17 millones de euros, coste al que habría que añadir el precio de la edificación de las nuevas escuelas concertadas necesarias para atender a este alumnado. Pero más interesante que detallar este cálculo es preguntarse si la capacidad de la escuela pública en el curso 1999-2000 hubiese podido atender a los nuevos grupos generados por la entrada de la inmigración si su capacidad hubiese permanecido constante, esto es, si no se hubiesen creado nuevos grupos. En respuesta a ello, todo parece indicar que la capacidad de la escuela pública infantil en el curso 1999-2000 era suficiente para haber escolarizado en el curso 2004-2005 a la totalidad del alumnado español, inmigrante y a todos los alumnos inmigrantes procedentes de la escuelas concertadas que no tenían capacidad para su escolarización[7]. O dicho de otro modo, que aun con inmigrantes el sistema no se encareció porque ya estaba sobredimensionado, y que los alumnos extranjeros no lo han encarecido ni un euro. Impresionante.

No queremos decir con esto que ahora debamos ponernos a cerrar colegios sino, simplemente, que nuestras Autoridades educativas, con muy buen criterio y anticipándose a eventualidades futuras, diseñaron un modelo de atención escolar amplio y flexible que pudiera funcionar sin problemas durante bastantes años. Para una vez que los políticos patrios han actuado con previsión y buen propósito tampoco nos vamos a quejar, ¿verdad? En realidad, la evolución de la educación infantil ha supuesto la creación de nuevas escuelas, y por tanto de unidades de producción, por otros motivos que sólo tangencialmente tienen que ver con el acceso a la educación de la población inmigrante, y sí con otras necesidades políticas y sociales:

  • Para garantizar la escolarización y la educación prácticamente gratuita a partir de los 3 años.
  • Como consecuencia del crecimiento demográfico de determinadas localidades.
  • Un coste que sin embargo sí es directamente imputable a la inmigración es el derivado de las actividades educativas compensatorias, es decir, actuaciones dirigidas a colectivos que por sus características sociales y/o culturales requieran de las mismas, tales como minorías culturales, población itinerante y temporera, inmigración y etcétera.

Aunque no todo el gasto generado en el punto 3 es exclusivo de la inmigración, o imputable a ella, podemos imaginar que ha originado gran parte del mismo. En 2004 el esfuerzo en la integración de este alumnado en todas las administraciones públicas fue de 208 millones de euros[8]. A esta partida específica también debería sumarse el porcentaje de becas educativas no universitarias asignadas al alumnado inmigrante, si bien sobre este punto no hay información específica. El hecho es que dada la tendencia a la baja del alumnado español y la capacidad de los centros públicos en el curso 1999-2000 se puede afirmar que, hasta la actualidad, la llegada de la inmigración no ha supuesto un coste adicional para garantizar el cumplimiento legal de la escolarización por debajo de los tamaños que ya fijó la antigua LOE.

¿Y entonces? ¿Sigue usted sin convencerse?

Claro, podría contraargumentarse que los datos son “antiguos” y que la situación ha cambiado en los últimos diez años. Frente a eso se podría explicar que el aumento de alumnos inmigrantes en las escuelas españolas no ha sufrido un aumento significativo porque, entre otras cosas, la bonanza económica no es la de la década de 1990 y España ya no es un buen destino para la inmigración, en general y entre otras cosas, y hay infinidad de datos públicos que así lo atestiguan, pero como tampoco me iba usted a creer, pues lo vamos dejando aquí, porque yo tengo otras cosas que hacer…

Figura 2


[1] Salinas, J. y Santín, D. (2007). El impacto de la inmigración en el sistema educativo español. En C. Dávila, S. Rodríguez, M. Tejera, Y. Santana, J.A. Gil y A. Rodríguez (Coords.), Investigaciones de economía de la educación, 2. Asociación de Economía de la Educación, 45-58.

[2] Salinas, J. y Santín, D., 2007, op. cit.

[3] Véase, por ejemplo: Hanushek, E.A. (2003). The failure of input based schooling policies. The Economic Journal, 113: 64-98. También: Rivkin, S.G., Hanushek, E.A. y Kain J.F. (2005). Teachers, schools and academic achievement. Econometrica, 73 (2): 417-458.

[4] LOE, artículo 157.1, a. La LOMCE (Ley 8/2013 de 9 de diciembre) no ha modificado esta ratio.

[5] Salinas, J. y Santín, D., 2007, op. cit.; Salinas, J. y Santín, D. (2009). Análisis de los efectos de la inmigración en el sistema educativo español. Fundación Alternativas.

[6] Salinas, J. y Santín, D., 2007, op. cit.

[7] Salinas, J. y Santín, D., 2007, op. cit.

[8] Centro de Investigación y Documentación Educativa, CIDE (2005). La atención al alumnado inmigrante en el sistema educativo en España. (Colección Investigación, 168). Madrid: Ministerio de Educación y Ciencia.

Los miserables

Victor Hugo
Víctor Hugo (1802-1885).

Lo que convierte a los clásicos en tales es su perennidad. La obra que calificamos de “inmortal” no lo es por sus contenidos estéticos o la mera expresión de las habilidades de su autor, sino por su capacidad premonitoria, definitoria y supervivencial. Su valor profético y ético. Los clásicos literarios lo son porque siempre parecen escritos ayer por la tarde… Así ocurre que uno retorna a sus páginas porque se ve en ellos, se encuentra, comprende lo que sucede y le encuentra explicación a sus vivencias y pensamientos más urgentes, esos que cree solo suyos pero que en realidad son tan leves, eternos y comunes como el aire que respiramos. Así es que algunas veces, entre el tedio y el no sé qué hago, me da por releer, a pellizcos, viejos novelones gloriosos. Uno de ellos –de mis favoritos- es Los miserables, del gran Víctor Hugo.

La última vez que me sumergí en sus páginas al azar, a bote pronto, tal vez esperándome agazapado, me encontré con el texto siguiente (permitidme la cita):

“Después se preguntó si era el único que había obrado mal en tal fatal historia; si no era una cosa grave que él, trabajador, careciese de trabajo; que él, laborioso, careciese de pan; si, después de cometida y confesada la falta, el castigo no había sido feroz y extremado; si no había más abuso por parte de la ley en la pena que por parte del culpado en la culpa; si el recargo de la pena no era el olvido del delito, y no producía por resultado el cambio completo de la situación, reemplazando la falta del delincuente con el exceso de la represión, transformando al culpado en víctima, y al deudor en acreedor, poniendo definitivamente el derecho de parte del mismo que lo había violado; si esta pena, complicada por recargos sucesivos por las tentativas de evasión, no concluía por ser una especie de atentado del fuerte contra el débil, un crimen de la sociedad contra el individuo […]. Se preguntó si la sociedad humana podía tener el derecho de hacer sufrir igualmente a sus miembros, en un caso su imprevisión irracional, y en otro su impía previsión; y de apoderarse para siempre de un hombre entre una falta y un exceso; falta de trabajo, exceso de castigo”.

Terrible. Hugo podría haberlo escrito ayer y se comprende que en la mayor parte de las viejas fotografías que conservamos de él deba sujetarse la cabeza con tan grave hastío.

Su mundo ya era casi nuestro sin lugar a la duda. Sus sueños de progreso eran el proyecto del presente. Pero la miseria era idéntica, al igual que la desvergüenza y el horror de la desprotección y el abandono andrajoso al que somete esta sociedad nuestra, que casi nunca mira hacia atrás, a los que va dejando en la cuneta del ser. Su mundo fue un espejo deformante del nuestro: un lugar henchido de miserables que sobreviven de migajas, que se odian, que se detestan, que matarían por llevarse un pedazo de la recompensa del vecino. Un mundo de purulenta y vergonzosa iniquidad en el que odiamos al pobre por serlo, y admiramos al rico porque nunca lo seremos. En el que desperdiciamos nuestras vidas lamentando lo que no seremos jamás entretanto nos repugna absurdamente la contemplación de lo que somos. Así detestamos al tipo de al lado tanto como a nosotros mismos por no ser ricos o poderosos, ni tener modo razonable alguno de alcanzar esa riqueza, el poder o el éxito en el que dibujamos falsas ensoñaciones de felicidad. Este asco de mundo que confunde el inconformismo y el deseo con la avaricia y el desdén era también el de Víctor Hugo. El de Jean Valjean.

Un mundo de venganzas y vengadores que odian, detestan, insultan y mancillan porque se sienten insultados, mancillados, vejados y agredidos. En el que clamamos por la justicia desde la profundidad de esas injusticias diarias que nos justifican y que justificamos. En el que exigimos respeto desde la más completa ineducación. En el que exigimos valores desde el desvalor y pedimos libertades desde los abismos de la tiranía ética y moral. Porque eso es la domesticación absoluta y no otra cosa: habernos convencido de que nada puede ser de otra manera, ni funcionará de otro modo. Haber aceptado que solo se puede convivir con quienes crees iguales, arremetiendo contra la diferencia, empujando al adjetivo contra el sustantivo solo para reventar cualquier cosa. Este grosero e infame mundo es lo que tanto preocupa conservar a nuestros próceres, pseudointelectuales y mandatarios.

Ni estamos unidos, ni podemos ser fuertes. Estamos acabados como personas, individuos, ciudadanos porque nos han roto el alma, nos han aplastado el ánimo, nos han vendado los ojos, nos han aniquilado en la casilla de salida, nos han hurtado la revolución, nos han dejado sin ideología y nos han aplastado las ilusiones. Nos pintan de miseria los derechos, las libertades y el pan porque nos creen niños incapaces. Tipos reemplazables para la gran maquinaria. Gentes que no saben qué les conviene y que, por ello, necesitan que se les explique una vez tras otra qué es lo bueno, qué se debe consumir, qué se ha de cultivar, cómo se tiene vivir. Existencia de superventas, de costumbres, de tradiciones, de listas de éxitos, de grandes almacenes, de estereotipos y prejuicios, de más vendidos y más vistos, de hacer lo que hace todo el mundo sin dudarlo, porque sí, porque conviene, sin derecho a cualquier disidencia que no sea silenciosa y complaciente con el statu quo.

Esto es lo quieren preservar quienes exigen esta preservación constante, contumaz, inalterable e imposible de todo: ese plato de lentejas que hemos cambiado alegremente por la primogenitura. El tedio. La nada.

Nada, excepto miserables.

Cuarenta años ahogándose

Wood y Wagner en la cubierta del Splendour
Natalie Wood y Robert Wagner fotografiados en la cubierta del yate “Splendour”.

Siempre que una estrella fallece en circunstancias poco claras, se produce un considerable revuelo mediático. Y en esta ocasión no iba a ser menos, dada la gran popularidad de la fallecida. En eso pensaba el patólogo forense encargado del caso, Thomas Noguchi, al recibir la maldita llamada. De hecho, y precisamente por el puesto que ocupaba, pues ejerció la medicina legal en Hollywood durante las décadas de 1960 y 1970 recibiría el sobrenombre de Forense de las estrellas. En efecto: Noguchi, que había tenido que vérselas con casos complejos como el suicidio de Marilyn Monroe o el asesinato de Sharon Tate a manos de los acólitos de Charles Manson, estaba acostumbrado a verse en el ojo del huracán, pero ello no significaba que le gustase.

El hecho es que el 28 de noviembre de 1981 Natalie Wood había fallecido ahogada de suerte extraña cuando pasaba la noche en su yate, el Splendour[1], acompañada de su marido, Robert Wagner, y otro conocido actor que en aquel momento compartía rodaje con Natalie, Christopher Walken[2]. La pareja pasaba largas temporadas en el barco para liberar tensiones y, por lo demás, en esta segunda intentona parecía un matrimonio bien consolidado pues duraba ya, sin altibajos, desde 1972.

Matrimonio… ¿modelo?

En efecto, Wood y Wagner ya habían estado casados con anterioridad, entre 1957 y 1962, pero las malas lenguas decían que aquel primer enlace terminó mal a causa de las envidias: la estrella emergente de Robert se había estancado entretanto la carrera de Natalie iba hacia arriba, lo cual generó tensiones en la pareja que la llevaron al divorcio. No obstante, una vez reconducidas las cosas y a su vez con sendas bodas finiquitadas de por medio –él con la actriz Marion Marshall, ella con el productor y guionista Richard Gregson-, volvieron a casarse. Y parecía que en esta ocasión, con éxito. De hecho, el ambiente aparentaba ser afectuoso, tenían tres hijos, y la familia siempre se mostró feliz en público, pero por el aquel de que las familias siempre tienen secretos ocurre que con estas cosas nunca se sabe…

Y es que Wagner, un niño mono de buena familia metido a actor casi por casualidad, con una irregular carrera y no bien ponderado como profesional dentro de la industria, nunca había caído demasiado bien a la prensa. Todo lo contrario que su esposa, una actriz que enamoraba a la cámara, con un sereno atractivo que encandilaba a muchos hombres y trataban de imitar muchas mujeres, con tres nominaciones a los Óscar, y en suma una carrera mucho más aparente y popular que la de su esposo, al que siempre se consideró por debajo de ella. O, por mejor decir, conocido y en el candelero en gran medida gracias a ella. Posiblemente todo ello fuese cierto, pero la cuestión es si daba como para considerarlo un asesino, que es cosa muy gruesa y harina de otro costal. El hecho es que muy pronto aparecieron en la prensa del corazón las sospechas veladas en torno a un posible asesinato. De suerte que los agentes encargados de la investigación –y el propio Noguchi- lo tuvieron muy claro: O bien la investigación del caso dejaba a Robert Wagner más limpio que una patena, o bien la sombra de la sospecha le perseguiría para los restos.

Pero es que el contexto en el que Natalie murió para convertirse en el caso 81-15167 no ayudaba mucho y era ideal para imaginar –y alimentar- toda clase de misterios.

Wood, Walken, Brainstorm
Christopher Walken y Natalie Wood en un fotograma de la película “Proyecto Brainstorm” [Fuente: MGM].

Una muerte “rara”

En la noche de autos el trío –Wood, Wagner, Walken- había compartido mesa y mantel en un local de ocio en Isla Catalina, cerca de Los Angeles. Allá consumieron bastante champán, al punto de que todos los presentes dijeron que parecían algo afectados por la bebida cuando se marcharon. De hecho el propietario del local, del que al parecer el matrimonio era asiduo, ordenó a uno de los camareros que tomara el volante del coche y los acompañara hasta el barco para evitar cualquier problema.

Al parecer, la actriz se retiró a la cama a poco de llegar al yate, sobre las 11:15, pero Wagner y Walken siguieron charlando y bebiendo lo cual, por lo que parece, degeneró en una discusión acalorada que, sin embargo y como luego pudo comprobarse, no llegó a las manos por cuanto ninguno de ellos mostraba lesiones. El hecho es que cuando Robert Wagner se retiró al dormitorio, pasada ya la medianoche, no encontró a su esposa en la cama. En un primer momento, explicó, no se inquietó porque ella solía salir sola en la balsa neumática de la embarcación para relajarse, pero cuando pasaron las horas y ella no regresaba, comenzó a preocuparse y se puso en marcha para tratar de encontrarla. Sirvió de poco: el cadáver de Natalie Wood aparecería un día después, flotando sobre el agua, casi a un kilómetro del yate, en el paraje conocido como Blue Cavern Point. El bote, aún más al sur, sería rescatado de una orilla a la que lo arrastró la corriente.

Se especuló con la hipótesis del suicidio, pero cuando se preguntó a Robert Wagner si su mujer podría haberse suicidado la respuesta negativa fue tajante: Natalie nunca había mostrado conductas suicidas, se había expresado en tal sentido, o había padecido trastornos psicológicos vinculados con el suicidio. Una declaración, claro, harto discutible: Los coqueteos de la pareja con las drogas y el alcohol eran bien conocidos -el mundillo de Hollywood, es lo que tiene- y es sabido que, en determinadas personalidades especialmente vulnerables, ambos son elementos de riesgo en relación a potenciales conductas autolíticas. Sin embargo, tampoco es raro que Wagner, dadas las circunstancias, tratara de dejar la memoria de su difunda esposa lo mejor posible. O quizá era sincero, y punto.

Esa era la historia, en lo básico, pero no respondía a varias cuestiones importantes e incisivas que planteaba la prensa: ¿Cómo era posible que ninguno de los tres hombres –Wagner, Walken y el capitán Dennis Davern- a bordo del yate se percataran de la marcha de la mujer? ¿Se había ido sin decir ni una palabra? ¿Por qué motivo se habría marchado en mitad de la noche a la popa del barco, habría descendido la escalerilla y tomado el bote? ¿A dónde iba? ¿Huía de algo? ¿Tenía su marcha algo que ver con la pelea entre Wagner y Walken? ¿Hubo un encuentro sexual salido de tono que degeneró en la muerte de la actriz?

Debía reconocerse que todo era, como mínimo, raro. Y la prensa estaba dispuesta a sacar partido de ello, tal y como el forense Noguchi se temió desde el primer momento. Pero es que el mensaje empezaba a calar en una opinión pública que, como ya se ha indicado, no simpatizaba en demasía con la causa del marido aparentemente compungido.

Thomas Noguchi
El popular Thomas Noguchi, forense encargado del caso.

Una autopsia psicológica

Noguchi, tras realizar la autopsia forense, lo tuvo claro: la causa de la muerte había sido compatible con ahogamiento, y no había signos de violencia sobre el cuerpo. Los arañazos y hematomas leves que mostraba el cadáver pudo hacérselos al caer del bote, y la tasa de alcohol en sangre -de 0’14, ergo no iban tan bebidos como los testigos del restaurante habían imaginado- era tan leve que no explicaba por sí sola la caída. El hecho es que la mujer, tras soltar el bote, pudo resbalar. Ese tipo de embarcaciones fuera borda sin apenas calado suelen resultar bastante inestables, y aquella noche hacía mucho viento, con lo que pudo perfectamente alejarse del yate más de lo que la mujer esperaba al ser liberado. Así las cosas, al caer al agua la pesada chaqueta de plumón que llevaba, empapada pesaría unos 15 kilogramos, la habría impedido subir, sumergiéndola hasta la muerte. Las corrientes de la zona habrían llevado el cadáver y el bote hasta el lugar en el que se encontraron finalmente.

La reconstrucción de Noguchi era factible, pero claro, esta explicación de la mecánica de la muerte no resolvía aquellos puntos calientes que más interesaban a los periodistas: ¿Natalie cayó sola al agua o la tiraron? ¿Y si cayó sola, a un par de metros de la escalerilla del barco, por qué no fue capaz de volver abandonando el bote? ¿Por qué no gritó o pidió ayuda? ¿Se suicidó? ¿La sumergieron en el agua hasta que se ahogó y luego liberaron el bote? ¿En qué eximía la explicación del forense a Wagner y Walken? En definitiva, la prensa no aceptó el dictamen de Noguchi. Una muerte accidental iniciada en un triste resbalón se antojaba menos “vendible” que una muerte devenida de una riña a bordo entre Wagner y Walken con la pobre e indefensa Natalie de por medio…

El problema, lógicamente, es que para un forense como Noguchi las razones por las que Natalie Wood decidió abandonar el Splendour, eran cuestión secundaria frente a la comprensión de cómo se había producido el fallecimiento. Ciertamente, si un matrimonio discute, la mujer sale de casa enfadada, coge el coche y luego tiene un accidente en el que muere, el culpable de la muerte no puede ser el marido… Pero a la prensa del corazón esto le resultaba un matiz legal secundario. Había un clamor contra Robert Wagner a quien se quería inculpar de la muerte de su esposa a todo trance.

Thomas Noguchi, por su parte, que ya había tenido problemas con los medios a causa de su controvertido dictamen sobre la muerte –tan solo una semana antes- del actor William Holden, fue calificado de forense histriónico y polémico. Si el mensaje no gusta, matemos al mensajero. Y es que tampoco él era del agrado de mucha gente en Los Angeles. Nacido en Japón, el forense había sido desde que fuera designado para el cargo objeto de no pocas persecuciones –ya desde fuera, ya desde dentro- por obvios motivos, estando además en el centro de muchas controversias. No podía ser de otro modo cuando uno debe actuar en casos de primerísima línea de manera casi permanente, lo cual implicaba una gran exposición pública y un permanente cuestionamiento de sus dictámenes. No en vano, harto de tales presiones y ante la que consideró “tibia” defensa de las Autoridades, dimitiría de su cargo poco después del cierre del caso de Natalie Wood, en 1982.

Sea como fuere, la respuesta del forense al problema fue recurrir a una pormenorizada autopsia psicológica. Tras un concienzudo estudio de la personalidad de Natalie, los datos arrojados por la autopsia, las circunstancias que rodeaban a los hechos y el estudio detallado del escenario en que todo ocurrió, así como el estudio exhaustivo de las declaraciones, se determinó, al fin, que Natalie, tras resbalar y caer al agua, no pudo en modo alguno volver al yate. La causa: El efecto embudo del viento que en aquella cala azotaba de manera muy intensa en aquellas fechas y que la alejó del barco a gran velocidad –un bote neumático, empujado por el viento de superficie, se comporta exactamente como un globo de aire-. El problema fue que la mujer, aferrada al costado del bote, alejándose del yate, pero no asustada todavía y por ello no gritó, pues era una persona bastante calmada, fue incapaz de subir al interior de la barca pese a sus denodados esfuerzos. Los hematomas en brazos y piernas, coincidentes con los bordes de goma dura redondeados y las aristas de la carcasa del motor fuera borda, daban fe de ello. La pesada chaqueta empapada de plumón de la que no quiso desprenderse, pues hacía frío y sabía que le haría falta, tiraba de ella con enorme fuerza. Trató entonces de desplazar el bote hacia la playa durante unos cientos de metros, pero el mar helado de noviembre y el cansancio acumulado la condujeron a la hipotermia.

Noguchi no quiso en su día que esta información se hiciera pública, pero sirvió para que la policía exculpara a Wagner y Walken y, finalmente, cerrara el caso.

Yate Splendour
La popa del “Splendour”. Ocurriera como ocurriese, desde aquí cayó Natalie Wood al agua para encontrar su final.

El resto es historia

Ello no implicó, claro está, el final de la maledicencia sobre la persona de Robert Wagner. Al contrario, la muerte de su esposa le ha perseguido durante cuarenta años, le perseguirá de hecho hasta la tumba, y no han sido pocos los investigadores empecinados en demostrar su culpabilidad.

Todos esos intentos fueron quedando en nada hasta la aparición, en 2009, de un libro escrito por Marti Rulli, que vino a inflamar la historia con fuerza renovada al contar con el testimonio inédito del entonces capitán del yate, Dennis Davern[3]. En realidad, no hay en este libro prueba fehaciente alguna que culpe directamente a Wagner de la muerte de su esposa, tratándose en realidad de un compendio de trapos sucios y sospechas veladas que solo vienen a ensuciar la historia –de ambos- y tratan de acumular pruebas circunstanciales pretendidamente inculpatorias contra el actor al que la autora trata con muy poca objetividad y a quien, como ya es costumbre entre quienes se acercan al asunto por cierto, parece tener bastante tirria. Un libro éste que, por cierto, vino a coincidir en el mercado –qué casualidad- con las memorias de Robert Wagner, en las que reconocía su discusión de aquella fatídica noche con Christopher Walken. Explicaba que se sintió celoso al advertir durante la cena la gran complicidad que el invitado tenía con su mujer[4].

De hecho, la policía reabrió el caso 81-15167 en el año 2011 a partir de las sospechas sembradas por el libro de Rulli y los testimonios de Davern[5], así como por la presión de la familia de la actriz, que nunca ha dejado de proclamar a los cuatro vientos que el actor sabe más de lo que cuenta. De modo que se llamó a Wagner a testificar sin mayores resultados, pues se negó a añadir una sola coma a lo ya dicho. De nuevo volvió a citarle en 2018, tras el testimonio de dos personas que dijeron ver, posiblemente, al matrimonio discutiendo a grito pelado en la popa del barco. Y nada. De modo que Robert Wagner –que tiene nada menos que 88 años en el momento en que escribo estas líneas- ha sido siempre declarado “person of interest”, lo cual no le convierte en sospechoso y solo indica que tal vez sabría más de lo que ha contado.

No obstante, el dictamen de Thomas Noguchi se ha impuesto siempre con más o menos matices, puntos, comas y notas a pie de página. Con discusión o sin discusión entre los conyuges, con malestar o bienestar dentro del matrimonio, con celos y envidias profesionales o sin ellas, con gritos o sin gritos… La verdad es que no hay a día de hoy indicio rastreable alguno que permita establecer que la muerte de Natalie Wood no se debiera a un desgraciado accidente.

Y continuará.

Dennis Davern
El capitán Dennis Davern… Un tipo que de repente recuperó la memoria [Fuente: Reuters].

[1] Así llamado por la película de 1961 Esplendor en la hierba (Splendor in the grass), de Elia Kazan, cinta que hizo mundialmente famosa a Natalie Wood y que debe su título a los versos de un famoso poema de William Wordsworth; Ode: Intimations of inmortality from recollections of early childhood, escrito en 1804 y publicado en 1807.

[2] Estaban rodando el film de ciencia ficción Proyecto Brainstorm (Brainstorm), de Douglas Trumbull. La muerte de Natalie supuso un gran problema pues, aunque buena parte de la cinta estaba terminada, hubo que “trampear” la presencia de la actriz en diversos planos y generar varias readaptaciones del guión y de los papeles, lo cual provocó que se estrenara en 1983, casi un año después de lo previsto. Natalie Wood pasó en los créditos de protagonista a actriz de reparto, y los cambios motivaron que la película se hiciera difícil de comprender. Todo esto provocó que su recepción entre crítica y público fuese bastante fría. Pese a todo, ganó cuatro premios en la duodécima edición de los Saturn.

[3] Rulli, M. (2009). Goodbye Natalie, Goodbye Splendour. Beverly Hills (CA): Medallion.

[4] Wagner, R.J. & Eyman, S. (2009). Pieces of my heart: A life. New York (NY): Harper Entertainment.

[5] Personalmente, estos testimonios tardíos e inesperados siempre me han dado mucho que pensar y tienen, a mi parecer, cierto halo de sospecha. Más cuando se presentan en un formato proclive al negocio. Al fin y al cabo, si ya sabías algo entonces, cuando el caso podía resolverse con mayor facilidad, y no tenías motivos razonables para callar… ¿por qué no contarlo?

Pensamiento, lenguaje y crimen

La corriente sociológica conocida como “interaccionismo simbólico”, ha destacado la importancia que tienen los fundamentos socioculturales en el desarrollo de los símbolos lingüísticos y su funcionamiento. Consecuentemente, sostiene que el lenguaje tiene una naturaleza funciona, de suerte que las relaciones semánticas que los símbolos lingüísticos mantienen entre sí poseen gran influencia en las percepciones de los individuos, así como en la identificación de los significados de cuanto se nos dice. Ello nos permite entender que, desde un punto de vista sociocultural, el lenguaje tendría tres grandes propiedades:

  1. Remite a la actividad humana, a la cual debe su existencia.
  2. Capta las experiencias psicosociales y culturales en forma conceptual y universal, lo cual permite a los sujetos hacerlas comunicables.
  3. Orienta con respecto a la manera de crear –o crearse- experiencias socioculturales nuevas, a la par que porta consigo otras históricamente lejanas.

Es en este contexto en el que adquiere sentido el llamado “relativismo lingüístico” propugnado por los antropólogos Edward Sapir (1884-1939) y Benjamin Whorf (1897-1941), y conocido popularmente como “hipótesis de Sapir-Whorf”, que sostiene que la estructura del lenguaje propia de una cultura -o subcultura- influye en la conducta y hábitos de pensamiento de sus componentes. Esto es así porque un lenguaje –entiéndase aquí “lenguaje” en el sentido de idioma, dialecto, jerga- estructura las percepciones de los individuos a la par que moldea la manera de pensar, sentir y actuar de las personas que lo hablan. Y ello porque toda estructura de pensamiento se conforma en el seno de un contexto sociocultural y familiar mediado por el lenguaje. Precisamente esto es lo que pretendía señalar Ludwig Wittgenstein (1889-1951) cuando manifestaba que “los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”[1]: la cultura acondiciona y estructura nuestros procesos perceptuales, de modo que influye en la interpretación de los estímulos externos que se reciben, en la interpretación que se les otorga y en el modo que hablamos –o se nos habla- de ellos.

Sapir y Whorf
Edward Sapir (izquierda) y Benjamin Whorf (derecha).

Se entiende, por tanto, la importancia de la comprensión del funcionamiento de los procesos de simbolización psicolingüística en relación a fenómenos como la delincuencia y el crimen. No en vano, el lenguaje no solo conforma la identidad sino que también la comunica y reevalúa. En tal sentido, es una fuente de programación de cosmovisiones, prejuicios y estereotipos que trasciende a la mera comunicación objetual para convertirse en una estructura gramatical ideológica: las personas que hablan igual, tienden a pensar igual. Desde esta óptica, adquiere pleno sentido la siguiente anécdota, que muestra claramente como las construcciones lingüísticas que elaboramos sobre la realidad generan estructuras de pensamiento que nos inducen a interpretarla de maneras muy específicas:

“Un lunes por la mañana, el encargado de mantenimiento de una iglesia, que era anglo, se acercó a un pastor latino y le reclamó por el desorden dejado en la cocina: ‘está todo fuera de lugar y hay frijoles en el piso y otros lugares. ¿Por qué han dejado tal desorden y sobra de frijoles’ El pastor respondió: ‘ayer, nosotros no comimos nada en la iglesia.’ Le respondió el encargado: ‘¿Quiénes comen frijoles sino los hispanos?’ Este encargado anglo, tenía un estereotipo sobre quiénes comen frijoles y eso lo llevó a acusar a la gente hispana del desorden dejado en la cocina. Su prejuicio lo llevó a hablar en forma estereotipada hacia las personas latinas, discriminándoles. Aunque el frijol es parte regular en la dieta mexicana, centroamericana, caribeña y brasileña, lo cierto es que la noche anterior un grupo de jóvenes anglos había usado ese espacio para una actividad y habían comido, entre otras cosas, frijoles”[2].

De hecho, habría tres áreas de relación claras entre el discurso –entendido aquí en el sentido amplio de comunicación entre individuos- y el contexto sociocultural:

  1. Universo simbólico y/o contexto: Las estructuras sociales son condiciones para el uso del lenguaje, es decir, para la construcción, comprensión y producción del discurso.
  2. Re-descubrimiento y re-definición: El discurso comunicativo, de muchos modos que a veces permanecen ocultos incluso al propio hablante, reconstruye y modifica a las estructuras sociales.
  3. Metáforas de la realidad: Las estructuras del discurso comunicativo hablan sobre, denotan o representan partes de la sociedad.

Debemos entender que, contrariamente a lo que suele creerse, la relación entre los discursos comunicativos y la sociedad tampoco es directa y manifiesta, sino que está mediada por las cogniciones compartidas –o elementos simbólicos- de los componentes de la misma. No se trata simplemente, y recordemos ahora el ejemplo de la iglesia y los frijoles, de que el encargado “anglo” entendiera que el desorden era culpa de los latinos por el simple hecho de haber visto frijoles tirados en la cocina, pues no estamos ante una simple relación de clase 1 y clase 2. El hecho, más bien, reside en que tenía una representación cognitiva compleja del universo de “lo latino” -estereotipada, prejuiciosa- en la cual se subsumía una amalgama de elementos –frijoles, descuido, irresponsabilidad, etcétera- que le indujo a pensar que tal desorden en la cocina solo era atribuible a “esa clase” de personas. De tal modo, su conducta discriminatoria hacia el pastor latino no venía causada por los frijoles tirados en el suelo –que en todo caso suponen una evidencia débil-, sino por un universo simbólico de discriminación interétnica en el cual su falsa atribución adquiría sentido. Pensemos que una sociedad, colectivo o cultura son inconcebibles sin un universo de referencias de sentido compartidas.

De hecho, un error bastante común es el de homologar lenguaje y comunicación cuando en realidad son fenómenos estrechamente interrelacionados, pero cualitativamente diferentes. Así por ejemplo, los delincuentes jóvenes tienden a acumular un grave fracaso escolar al encontrarse por debajo del resto de adolescentes en el desarrollo de sus competencias lingüísticas, pero al mismo tiempo suelen mostrar una buena competencia comunicativa y tampoco manifiestan distorsiones en otros procesos cognitivos. Los déficits en la comunicación y en el lenguaje pueden ir aparejados y a menudo es así, pero no necesariamente, con la conducta antisocial, por lo que el comportamiento problemático de muchas personas “difíciles” podría tener antes una función comunicativa que propiamente cognitiva. Esto significa que, en muchos casos, reduciendo este déficit comunicativo, también podrían reducirse tales conductas.

La habilidad comunicativa tiene un papel básico en el dominio de las habilidades sociales, lo cual explica porque las personas que tienen dificultades a la hora de comunicarse tienden a integrarse en grupos y/o colectivos en el que estas disfunciones son la norma y en los que, por consiguiente, no experimentan rechazo, distorsiones y/o disonancias cognitivas[3]. Hoy se sabe que el estilo de crianza influye notablemente en la forma en que los niños se desarrollan psicológica e intelectualmente, y que grandes diferencias entre estilos de crianza pueden generar notables diferencias cognitivas, conductuales, caracteriales y de personalidad en la vida adulta[4]. Ello implica que un mal entorno social no necesariamente dificulta el desarrollo, pero cuenta con el problema de que es más agresivo y estresante para niños y jóvenes, lo cual predice un peor futuro en la adultez en el caso de que no existan en modo alguno los adecuados factores de protección que generen mayor resiliencia a la par que reduzcan el estrés percibido y la consiguiente vulnerabilidad[5].

Levi Strauss
Claude Levi-Strauss.

No podemos describir y explicar los contenidos y estructuras de las representaciones colectivas de la realidad en términos puramente cognitivos o psicológicos. Es necesario comprender también las funciones que los grupos e instituciones socioculturales generan, así como  sus condiciones y modos de reproducción. Téngase en cuenta que en la cotidianeidad vivimos la realidad sociocultural en términos de definiciones mentales y/o discursivas que operan como construcciones de sentido. Los fenómenos no se nos “dan” simplemente ahí fuera, sino que son construidos por los seres humanos –desde un contexto cultural, histórico, cognitivo, emocional y social- en la medida que ello forma parte de sus capacidades psíquicas. Aquí es donde adquiere sentido la idea del antropólogo Claude-Levi Strauss (1908-2009), quien indicaba que la condición humana, en tanto que única, es generadora de cultura[6].

El interaccionismo simbólico, como escuela, entiende el lenguaje como un fenómeno comunicativo entre individuos sobre el que se construye la realidad social. En este sentido, cabe comprender que al igual que ocurre en el resto de manifestaciones simbólicas socioculturales, en el caso del crimen y la criminalidad –cualquiera que sea su forma-, el lenguaje es también un correa de transmisión creadora de cosmovisiones compartidas entre individuos que en buena medida generan adhesión. En este contexto es en el que adquieren sentido fenómenos como la apología del crimen de la que se sirven determinadas organizaciones –bandas, pandillas, crimen organizado, colectivos delincuenciales gremiales, grupos terroristas o sectas- y que adoptan la forma de una jerga específica que se manifiesta en la forma de canciones, vídeos, retóricas discursivas, códigos específicos, maneras de vestir, tatuajes y etcétera.

Pese a que a menudo nos sirvamos de esta clase de comparaciones para tratar de explicarnos su mecánica interna de un modo sencillo, en realidad la inmensa mayoría de los colectivos criminales y/o delincuenciales, por lo común, no son una organización formal al uso, pues operan en el seno de subculturas minoritarias que ni representan el sentir de una cultura mayor en la que se integran, ni están reguladas por las normas, leyes, códigos ético-morales o dinámicas de tal cultura. Al contrario, suele tratarse de organizaciones “fluidas” que solo adquieren sentido a través de procesos narrativos e interactivos entre sus componentes –que pueden no ser miembros fijos- que se fundamentan en determinados procesos comunicativos y simbologías. Recordemos ahora la hipótesis de Sapir-Whorf: la expansión de esta clase de colectivos solo es posible por la vía de una construcción identitaria, o de sentido, a partir de narrativas programáticas que se expanden por diferentes canales comunicativos, como redes sociales, interacciones cara a cara, manifiestos, reuniones, películas, letras de canciones, y etcétera. Tales canales sirven de vía mediante la que proporcionar a un determinado “público objetivo” –sensibilizado- toda suerte de materiales simbólicos que “den sentido” o “construyan sentidos”. Es precisamente por ello que esta clase de discursos terminan siendo muy permeables a los recursos que se emplean en los de otras esferas públicas, como la religión, la política o la economía.

Uno de los elementos característicos del llamado crimen organizado es el de ser mucho más que una mera “empresa criminal”, como a menudo es definido con cierta simpleza. Esta categoría criminal se constituye a partir de un universo simbólico o de sentido que se basa en tradiciones, costumbres y valores socioculturales que se reproducen en el comportamiento criminal de la propia organización. Ahí es donde adquieren su razón de ser ideas como la del “código de silencio” o el “honor entre ladrones”. Entre los Zetas mexicanos la violencia extrema de la que se sirven en sus acciones es, más que un modus operandi, un elemento comunicativo de corte propagandístico que se dirige no solo a la competencia, sino también al cliente potencial. En las Maras el universo simbólico, por el contrario, funciona hacia adentro, hacia sus propios integrantes, de suerte que entretanto la imagen externa- que tiene la sociedad- del colectivo es de criminalidad funcional, la imagen interna –de sus componentes- tiene un fuerte carácter iniciático.

Los controvertidos vídeos que difunde el grupo terrorista conocido como “Estado Islámico” son un perfecto ejemplo del asunto que nos ocupa: su montaje, construcción narrativa, temática visual e incluso los recursos “cinematográficos” que en ellos se emplean no están dirigidos al grueso de una población para la que resultan simplemente grotescos o temibles, sino a un grupo reducido de personas, interesadas en esa clase de contenido audiovisual, que son capaces de sentirse interpeladas cognitiva y emocionalmente por el mismo. Así, la apología del crimen que se manifiesta en tales vídeos es en realidad un “locus” de negociaciones simbólicas cuyo objetivo último es la reproducción de la violencia y que, por tanto, puede considerarse como “violencia programática”, esto es, violencia prescriptiva, programadora de formas de pensar y de hacer. De hecho, el discurso del terror y el odio del que se valen estas organizaciones no solo sirve para obtener publicidad entre el gran público –de hecho, la publicidad mediática ya se obtiene por lo común con el propio acto terrorista-, sino ante todo para comunicarse con el público propio.

Video ISIS
Imagen de uno de los vídeos del ISIS: La composición de imagen al servicio de un mensaje ideológico… Más que terror, discurso.

Piénsese que el lenguaje y la comunicación siempre tienen un valor funcional. Ello implica que los emisores y los receptores de esos contenidos criminales programáticos no los observan como “delincuenciales” en el sentido que un observador externo les confiere y que suele tener que ver con el delito tipificado en el código penal o con la moralidad. Antes al contrario, en el emisor-receptor implicado generan y consolidan un magma psicológico de sesgos atribucionales y distorsiones cognitivas que permiten que cierta clase de criminalidad, con la que ya se simpatiza de manera más o menos consciente por diversos motivos socioeducativos y de integración, se convierta en un universo simbólico de lo cotidiano que medie en toda suerte de conductas, códigos y formas de sociabilidad a todos los niveles imaginables: subjetivo, económico, sociocultural e incluso político.

Toda violencia programática funciona porque simplifica conflictos sociopolíticos y culturales complejos estableciendo narrativas sencillas, lineales, polarizadas, y fácilmente accesibles con independencia del nivel formativo del individuo, pues dependiendo de cuan compleja o sencilla sea la estructura del lenguaje verbal y/o escrito, se producirá una variación significativa del grado de pensamiento y entendimiento del sujeto. Así es como se entra en la retórica reduccionista del amigo-enemigo, ellos-nosotros, crimen-sociedad, bueno-malo, dentro-fuera, creyente-infiel… Téngase en cuenta que un lenguaje simplificado lleva a un pensamiento simplificado, fácil, en el que la multiplicidad del mundo queda reducida a tener que escoger en última instancia entre dos posibles opciones. Por el contrario, la asunción de la realidad como una entidad compleja y difusa genera, a su vez, un pensamiento complejo y divergente que obliga al sujeto a tener que decidir entre múltiples posibilidades argumentales disponibles que debe entender e integrar para poder decidir. Así, la calidad y amplitud de la verbalización con la que una persona es capaz de exponer una situación refleja cuánto y cómo conoce los diversos puntos de vista legítimos –o ilegítimos- en torno a la misma.

La exclusión social y los entornos deprimidos no tienen por qué conducir necesariamente al delito, pero no es menos cierto que generan condiciones proclives a ahondar en las vulnerabilidades –no solo fisiológicas y madurativas, sino también cognitivas y afectivas- de los individuos que pueden llevarles a comprometerse con la violencia y el crimen, o bien a convertirse en víctima de ellos. Generan contextos proclives, entre otras cosas, a la simplificación cognitiva y las simbolizaciones distorsionadas de la realidad en el que cuestiones como la apología del crimen o la radicalización adquieren pleno sentido. Y ello porque la subjetividad lingüística que suele presentarse en estos entornos, lleva a la persona permanentemente reevaluarse y re-describirse a sí misma desde puntos de vista que en su contexto de referencia pueden ser muy eficaces, pero que sin embargo resultan socioculturalmente disfuncionales.

“Pototo (alias del histórico de ETA, Ángel María Galarraga), presunto autor de siete asesinatos, murió el 15 de marzo de 1986 abatido a tiros por la policía tras haber dado muerte a un agente en San Sebastián. […] El niño, Hodei, soltó la paloma. Los restos de su tío, Pototo, estaban delante de él, en un ataúd abierto con la ikurriña. Y más y más banderas se agitaban al viento […] Había mucha gente allí, en la plaza de Zaldibia. Gestos hoscos. Crespones negros en telas blancas que colgaban de todos los balcones. Y niños, muchos niños en primera fila, acompañaban a Hodei […]. Comenzaron los discursos. Destacaron que Pototo había sido un bakearen gudari, un soldado por la paz que había murto en la alta misión de conseguir la independencia de Euskadi. Y dijeron sus versos los bertsolaris y se cantaron canciones al son de las trikitixas, porque Pototo era muy alegre, afirmaban. El sentimiento de pertenencia al grupo, el espíritu de la tribu, iba creciendo haciéndose, a la vez, más hondo conforme el tiempo pasaba. El odio y la rabia lo inundaban todo. […] El 23 de septiembre de 2002, la explosión fortuita de una bomba de titadine de 15 kilogramos mató al conductor del coche que la transportaba. Era Hodei Galarraga, de 22 años de edad. Una urna conteniendo las cenizas de Hodei fue situada, 16 años después, en el mismo lugar que el féretro de Pototo había ocupado en la plaza de Zaldibia. La ceremonia fue parecida. […] Un niño de corta edad, primo de Hodei, abrió una caja y dos palomas blancas partieron velozmente hacia el cielo azulado de Zaldibia”[7].

Aunque podría no parecerlo a primera vista, el caso de la “conversión” de Hodei es equivalente al que podemos encontrar en los muchos vídeos destinados al proselitismo de Maras, Ñetas u otros grupos al uso, y que pueden encontrarse fácilmente en plataformas virtuales como el conocido YouTube. Son trabajos de carácter artesanal, a veces incluso muy tosco, cuyas imágenes se reciclan una y otra vez a medida que los montajes se multiplican y expanden en la red. En ellos vemos imágenes de marginalidad, urbanización incompleta, civilización precaria, y exclusión social cuya función es la de operar como metáfora de las condiciones que viven las personas que se integran en esta clase de colectivos y que, en última instancia, justifican la exaltación del crimen como forma de vida “razonada” y “razonable”. Se trata de reestructurar cognitivamente a un público objetivo por la vía de un discursos –símbolos, vocabulario- de impacto existencial y, por tanto, emocional. Así se logra la “transmutación” en la personalidad de los jóvenes que se integran en estos colectivos en este caso: manipulando simbólicamente sus condiciones vitales de exclusión y precariedad.

Maras - Gaceta Mercantil
Miembros de las Maras en acción propagandística: todo es mensaje. Y ninguno de esos mensajes es para nosotros [Fuente: Gaceta Mercantil].

[1] Wittgenstein, L. (2004). Tractatus Logico-Philosophicus. Madrid: Alianza Editorial; § 5.6.

[2] Carhuachín, C. (2013). Lenguaje y discriminación. Una perspectiva latina en los Estados Unidos de América. Realitas. Revista de Ciencias Sociales, Humanas y Artes, 1(2): 18-24, p. 19.

[3] Véase: Festinger, L. (1957). A theory of cognitive dissonance. Stanford (CA): Stanford University Press. La disonancia cognitiva hace referencia a la tensión interna que los individuos experimentan cuando tienen dos cogniciones simultáneas y conflictivas: Así, aparece cuando las personas experimentan en su sistema de ideas, creencias y emociones dos pensamientos que se encuentran en conflicto, o bien cuando ponen en marcha conductas que no son acordes a sus creencias habituales. Normalmente, el sujeto que experimenta disonancia cognitiva se siente motivado a reducirla para minimizar, a su vez, la tensión psicológica que está experimentando. Por lo común, la manera más habitual de resolver esta tensión es introducir en el propio sistema de creencias o valores toda suerte de cogniciones nuevas que justifican su actitud. Por ejemplo, si pensamos en un individuo al que se ha enseñado desde la infancia que maltratar a los demás es inmoral, y al entrar en una organización criminal se ve obligado a hacerlo, lo habitual será que busque todo tipo de excusas para justificar sus propios actos: “son el enemigo”, “nos odian”, “son malvados”, “es cuestión de ellos o yo”, “debo ser fiel a los míos”, y etcétera.

[4] Flores-Lázaro, J.C., Castillo-Preciado, R.E. y Jiménez-Miramonte, N.A. (2014). Desarrollo de funciones ejecutivas, de la niñez a la juventud. Anales de Psicología30(2), 463-473. https://dx.doi.org/10.6018/analesps.30.2.155471

[5] González Osornio, M. G. y Ostrosky, F. (2012). Estructura de las funciones ejecutivas en la edad preescolar. Acta de investigación psicológica2(1), 509-520.

[6] Levi-Strauss, C. (1995). Antropología estructural. Barcelona: Paidós Ibérica.

[7] Sanmartín, J. (2005). El terrorista: Cómo es. Cómo se hace. Barcelona: Ariel, pp. 86-88.

Ser verdugo

Garrote Vil (1894)
Garrote Vil (Ramón Casas, 1894).

La imagen del verdugo, a lo largo de los tiempos, se ha comportado como un espejo deformante que refleja todo aquello que más atávico, trágico, inmoral y degradante resulta al común de las personas y que, en gran medida, nadie aceptaría reconocer ni en sí mismo, ni en la esencia misma del orden constituido. Paradoja –seguro que autoengaño colectivo- perfectamente representada en la célebre película de 1964 dirigida por Luis García Berlanga y guionizada por Rafael Azcona. Por ello, parafraseando a quien fuera último descendiente de una larga casta de ejecutores y gran conocedor por ello mismo del asunto, Henri Sanson, podría afirmarse que la tragedia de los verdugos –y su vivencia- es el resultado de una civilización enfermiza legal y moralmente[1].

Lo cierto es la pena de muerte, en tanto que arbitraria, nunca fue un instrumento legal institucionalizado en las sociedades primigenias y, por ello, no se hacía necesaria en su seno la existencia de un personaje de perfil burocrático como el del ejecutor de sentencias. Por supuesto, existían los castigos físicos como manifestación directa del control social, pero tales, ideados desde un modelo retributivo, pretendían ser proporcionales al crimen cometido y por lo general nunca eran administrados por las mismas personas. De hecho, y hasta donde se tiene noticia, es en la civilización egipcia en la que aparece como institución el oficio de dar muerte a los sentenciados[2]. También en Grecia existió la figura del ejecutor público, pero en este caso el verdugo era un personaje ubicado a la altura de los tiempos al que se asumía como uno de los elementos fundamentales del orden vigente. Por ello, indicaba Aristóteles, se le debía observar con el debido respeto e incluso hacer todo lo posible por elevar socialmente su rango y dignidad, asegurando que sus funciones fueran cumplidas tanto con diligencia, como con el menor daño personal, social y político posible pues, a su parecer, resultaba peligroso que esta clase de empleos –verdugos o carceleros- recayeran en manos de personas poco dignas e inmorales[3].

Lictor
Lictor romano (según grabado de Cesare Vecellio).

Por supuesto, hubo verdugos oficializados entre los romanos –empleo atribuido por lo general, aunque no solo, a los guardias, mensajeros y voceros tanto de cónsules como de magistrados a los que se conocía con el nombre de lictores[4]– pero, irónicamente en el contexto de una civilización tan proclive a la violencia pública, generaban ya entre sus conciudadanos un profundo sentimiento de repulsión propiciado más por motivos ideológicos que propiamente psicológicos o morales. Debe tenerse presente que una cultura construida sobre la reglamentación, el derecho y la burocracia como lo fue la romana –sobre todo a partir del emperador Augusto- la actividad del lictor durante las causas, que habitualmente terminaba con el cumplimiento de las sentencias en el acto, al pie del propio magistrado y sin posibilidad de recurso o apelación, generaba entre los asistentes no pocos tumultos a poco que el resultado del juicio se valorase como injusto o desproporcionado. Esto motivo que la legislación tendiera a modificarse paulatinamente para desprender a los lictores de la tarea de ejecutores de sentencias, pues les acarreaba serias reprensiones públicas y desvirtuaba su papel como representantes simbólicos del orden vigente –auctoritas– en la medida que rebajaba el rango moral de las leyes y símbolos que representaban. A partir del año 100 d.C. comenzará a prosperar en el papel de verdugo la figura del carnifex, un verdadero especialista de la tortura y la ejecución. Caso de no haberlo disponible, el magistrado nombraba a un esclavo –ajeno esencialmente a la vejación social- para tal fin. Cuando la persona a castigar fuera una mujer o un personaje distinguido, se determinó darle tormento o muerte en la privacidad de la prisión[5].

Medievalismos varios

Sin embargo, el final del Imperio Romano y el retroceso jurídico-legal del de que vino aparejado, motivó que el cargo oficial de verdugo, así como el sentido jurídico último de sus funciones, se diluyera:

“La Edad Media, perdida parte de la unidad política y doctrinal del mundo romano, supuso un momento de desafuero en la administración de la justicia haciéndola cruel, arbitraria y ostentosa. El deseo de que la pena fuera motivo de disuasión para el resto de la comunidad convirtió en espectáculo lo que debiera de ser un hecho privado y conforme a ley. La aplicación de la pena capital en público, en lugar elevado y con publicidad suponía a veces motivo de diversión por la parafernalia que conllevaba la ejecución. No digamos nada sobre todo si se permitía intervenir al populacho en la aplicación de la pena. Las lapidaciones no dejaban de ser un elemento en el que todos participaban como masa social en la ejecución del condenado”[6].

Se volvió de este modo, y por varios siglos, a un modelo arcaico en el ámbito de la ejecución de sentencias que convertiría en administradores de la pena capital, y por motivos de lo más variopinto, a personas no necesariamente profesionales o conocedoras de los procedimientos más elementales. Permaneció en el fondo del asunto, pese a todo, un elemento constante e invariable: más allá de cualquier clase de implicación antropológica, la pena de muerte se institucionalizó como instrumento jurídico de las sociedades complejas en la forma de teatro moral perfecto –de acto de justicia supremo y superlativo- con un aparato escénico perfectamente desarrollado desde las diversas variantes culturales, y puesto al servicio del control social y de la prevención del delito.

Consecuentemente, y como actor en esta escenificación de la justicia activa, el verdugo no siempre fue, como decimos, un mero funcionario sino muy a menudo una persona extraída del propio orden social al que se pretendía salvaguardar con la brutalidad controlada, pero entendida como útil, del cadalso. Por esto, en diferentes lugares de Centroeuropa, de suerte inopinada y como si se tratara de un rito de paso, era el individuo más joven de la ciudad el encargado de las ejecuciones, imponiéndose duras sanciones a aquellos que se negaran a cumplir este desagradable cometido. En Baden-Württenberg y Hesse había de ser el último recién casado de la localidad quien desempeñara el cargo, pues se consideraba que era una forma de pagar la deuda contraída con una sociedad civil en la que acababa de ingresar. En regiones como Turingia, por motivos similares, las posibles ejecuciones eran trabajo para el último hombre que se hubiera mudado a la localidad en que debían verificarse. En Amberes las Autoridades designaban a un carnicero de entre los más antiguos y experimentados del gremio, por razones obvias, para obrar como verdugo[7].

Francisco_rizi-auto_de_fe
Auto de fe en la Plaza Mayor de Madrid (Francisco Rizi, 1683).

En el antiguo reino de Crimea el peso de la ejecución recaía sobre la parte acusadora en el caso de ganar un pleito que deviniera en la muerte del acusado. Las primeras legislaciones inglesas en la materia no se ocupaban del oficio de verdugo siendo el sheriff local quien, una vez pronunciado el fallo de la justicia, había de cuidar que se ejecutara. Por lo común éste designaba y pagaba convenientemente a una persona de su confianza, si bien, caso de estar el puesto vacante o de no encontrar a nadie dispuesto para realizar el trabajo, era él mismo quien debía convertirse en ejecutor. Por reflejo jurídico, el modelo norteamericano adoptó este mismo sistema.

En España, originariamente, el verdugo –siempre odiado y sometido a exclusión social- era designado para la ocasión cuando no lo había disponible, si bien el cargo, a menudo, aunque no de suerte oficial, se trasmitía de padres a hijos pues en muchos lugares no les estaba permitido emparentarse más que con miembros de otras familias destinadas al mismo oficio. Así, y por mencionar una de estas historias, uno de los más antiguos verdugos españoles de la historia contemporánea, José González Irigoyen, ejecutor de la Audiencia Territorial de Zaragoza, era

“hijo de labradores, habiendo sido también verdugos su padre, dos hermanos y un cuñado, dotando en su familia el desempeño del mencionado oficio desde hace 117 años. Al referir la historia de su niñez, cuenta detalles verdaderamente horribles como son, por ejemplo, el de hacerle asistir su padre a las ejecuciones y ayudarle en sus lúgubres faenas, cuando aún no tenía nueve años”[8].

Víctima de la hipocresía

Por lo general rechazados y condenados por el cuerpo social, la mayoría de estos verdugos encontraban refugio psicológico en la religiosidad extrema, en un exacerbado sentido del deber y de la profesión, e incluso en el alcohol[9]. El propio Irigoyen, en el ya citado texto, se reconocía a sí mismo como “el decano de los ejecutores y hace alarde de no haber quien le iguale ni en serenidad ni en perfección en su trabajo”. Tal vez por ello, ya pasada la setentena y con cerca de doscientas ejecuciones a sus espaldas, se mostraba enojado cuando los achaques de la vejez le obligaban a ceder el protagonismo del cadalso a otros colegas más jóvenes.

El propio Sanson, francés, último descendiente como ya se mencionó de una prolongada casta familiar de borreau señalaba que el cargo, llamado oficialmente en aquel país con la pomposa denominación de “Maestro de las Altas Obras”, no era hereditario. Sin embargo, por razones fáciles de comprender, cuando había entrado en una familia era muy raro que saliera de ella, lo cual provocó que incluso llegara a recaer ocasionalmente en algunas mujeres. Más aún, si fallecía un ejecutor sin dejar hijos, y no había quien tuviera derecho a la plaza, los jueces podían absolver a un criminal sentenciado a muerte con la condición de que se hiciera ejecutor, o bien, caso de que este criminal se revelara contra la decisión de la justicia, se designaba de oficio a un mendigo. Consecuentemente, se elevaría al rango de triste tradición que la piel del verdugo se encarnara en los elementos más bajos, marginales y empobrecidos del elenco social. Piénsese que ya los propios lictores de Roma, por lo común, eran escogidos por el propio magistrado de entre sus esclavos libertos y, por ello mismo, sujetos de su máxima confianza personal, aunque de baja cuna[10].

Charles Henri Sanson
El francés Charles-Henri Sanson, uno de los más afamados verdugos de la historia (según grabado de E. Lampsonius, 1851).

Lo cierto es que si desde buena parte de la Edad Media hasta el siglo XVIII el ejecutor de sentencias gozaba de un trabajo estable, siendo un personaje que concitaba al mismo tiempo el temor, el desprecio y el respeto públicos[11], a partir del siglo XIX se va a transformar en un individuo gris a sueldo del Estado que casi nunca llegaba al cargo por propia iniciativa vocacional o interés personal, sino huyendo de penurias y fatigas cuando no del propio patíbulo. Así Eduardo Zamacois, al hablar del que fuera en su tiempo verdugo de la Audiencia Provincial de Madrid, Áureo Fernández Carrasco, relata una historia que bien pudiera en líneas generales caber en el perfil de muchos de cuantos ocuparon el oficio a lo largo de los años:

“Había ido de soldado a Cuba. Perdida la guerra regresó a España y fueron los dientes del hambre los que le forzaron a ser verdugo; empleo que muchos, tan necesitados como él, codiciaban”[12].

El ejecutor de sentencias, en definitiva, y a medida que los tiempos fueron liberándose de determinadas barbaries institucionalizadas, se convirtió en

“una víctima más del sistema penal que suele internalizar esa condición en un ejercicio subjetivo imprescindible para exonerar sus culpas […]. El justificar ante sí y los demás su trabajo es, más allá de todo cumplimiento legal, como justificar el irracionalismo de las muertes que causa”[13].

Fotograma de El Verdugo
Fotograma de “El Verdugo” (Luis García Berlanga, 1963).

[1] La autoría de la obra autobiográfica atribuida a Charles-Henri Sanson, así como la veracidad de muchos de los datos que proporciona, han sido cuestiones muy discutidas. Parece que, en efecto, el texto pudo basarse en las vivencias apócrifas del ejecutor de Luis XVI, pero fue en gran parte compuesto de manera libre por Balzac y L’Heritier de l’Ain. La edición que se conoce –y que nos ha llegado- fue reestructurada y aumentada de cara a su primera edición en seis volúmenes por un descendiente de los Sanson, Henri Sanson Clement, en 1847 [Bourdin, P. (2004). Sept générations d’executeurs. Mémoires des borreaux Sanson (1688-1847). Annales Historiques de la Révolution Française, 337, 217-219].

[2] Bourdin, P. (2004), op. cit.

[3] Aristóteles (1994). Política. C. García Gual y A. Pérez Jiménez (eds.) Madrid: Alianza.

[4] Dada su antigüedad, que se remonta a Etruria, el término lictor posee una etimología dudosa: “Festo dice que eran lictores aquellos individuos que, llevando las haces de varas ligadas, infligían castigos corporales a los magistrados tomados en falta. Abogaba por tanto por una etimología del término con el verbo ligo, atar, de forma que lictor sería el portador de, fasces unidas o atadas. El concepto aludiría al principal distintivo del personaje. Como Festo, Plutarco se inclina por un claro nexo con el infinitivo de ligo, ligare, pero no referido a las varas sino al cometido que el lictor tendría de sujetar o atar las manos, o más ampliamente, de arrestar con inmovilización a cuantos estorbasen o impidiesen el paso del magistrado al que acompañaban. […] Para Gellio […] es un servidor especializado y perteneciente a otro cuerpo de servidores, los viatores, testimoniados en la República y acaso originarios de aquellos céleres de la Monarquía. Despejaban la ruta de curiosos y obstaculizadores, valiéndose de varas y su progresiva especialización en estas tareas les valió la constitución de un cuerpo auxiliar aparte. Tanto Plutarco como Gellio muestran coincidencias en la exposición de sus opiniones. Para ambos en principio no existían como servidores independientes, sino que, ya de los céleres, ya de los viatores, sus cometidos eran asumidos por los que se situaban en los primeros lugares de las comitivas. La función creó el órgano y con el tiempo pasaron a formar un cuerpo independiente. En realidad, ambos autores desconocieron el origen concreto de la institución, prueba inequívoca de su antigüedad, y desde luego la vinculaban a las etapas más remotas de la historia de Roma” [Muñiz Coello, J. (1989). Empleados y subalternos de la administración romana (III). Los lictores. Studia historica. Historia Antigua, 7, 133-152].

[5] Ibid.

[6] Gómez Fernández, J. (2005). Morir en el puerto. Dos ejecuciones con garrote (1844). Trocadero, 17, 193-206: 195.

[7] Reader, P. (1974). Cárceles y verdugos. Barcelona: Picazo.

[8] Anónimo (1893). El verdugo. La Crónica de Huesca: Periódico independiente de avisos, noticias e intereses morales y materiales, 16 de enero, 6-7: 7.

[9] Bourdin, P. (2004), op. cit. El concepto mismo de verdugo no es unitario en todos los idiomas y se conforma a partir de variantes locales que por lo común se relaciona con el método empleado en cada caso para castigar físicamente, torturar o ajusticiar, o bien con las conductas propias de la actividad desempeñada por el ejecutor. Para el idioma español el término muestra orígenes etimológicos dudosos si bien parece existir cierto acuerdo en su procedencia a partir del latín virere -ser verde o verdear-, de donde deriva viridis -verde, fresco. Desde aquí la palabra se habría conformado bajo la forma abreviada vir-, transformada en ver-, más ductum -tomado, agarrado, adquirido. Parece que a comienzos del siglo XIII este vocablo significaba “vástago o rama que se corta verde” y, con el tiempo, adquirió el significado más específico de “vara de mimbre usada para azotar”. Consecuentemente, ya en el siglo XVI y por metonimia, terminaría designando no sólo a la vara usada para el castigo sino también a la persona que la empleaba. Más tarde también se denominó verdugo el capuchón con el que el ejecutor ocultaba su rostro y, por generalización, a cualquier tipo de pasamontañas [Soca, R. (2012). La fascinante historia de las palabras. Buenos Aires: Interzona]. Sea como fuere, la palabra otorga sentido al apellido en el momento en el que esta práctica se institucionaliza como oficio. Es por ello que el apellido Verdugo –de origen alavés- nace en la Edad Media, momento en el que la profesión comienza a formalizarse jurídicamente en un proceso equivalente al acaecido en otros países europeos [Guerra, J.C. de (1910). Estudios de heráldica vasca. San Sebastián: Librería de J. Baroja e Hijos].

[10] Muñiz Coello, J. (1989), op. cit.

[11] Personaje que muchos artistas quisieron ver como encarnación de la tragedia misma de la vida y mano ejecutora del buen orden social, y al que algunos compusieron incluso elevados poemas, como es el caso de Espronceda [Espronceda, J. de (1999). El verdugo. Pozzi, G. (ed.), Antología poética: José de Espronceda. Tres Cantos (Madrid): Ediciones AKAL, 80-88].

[12] Zamacois, E. (1964). Un hombre que se va… (Memorias). Barcelona: AHR: 164. Abundando en el ejemplo, Gregorio Mayoral Sendino, quien fuera nombrado ejecutor de sentencias de la Audiencia Territorial de Burgos a partir de 1888, y uno de los verdugos españoles más famosos, preguntado acerca de los motivos por los que se dedicaba a aquella profesión comentó: “Yo no la elegí… Vivía con mi madre, pobremente, pasando fatigas. Un señor que era abogado conocía a mi madre y le dijo que había un empleo del Estado vacante […]. Fui a ver al abogado y me explicó la cosa… Bueno, ese señor echó la solicitud, la firmé y al tiempo me dieron el cargo. Mi madre no quería que firmara y la pobrecita lloraba como si yo fuera el reo…” [García Jiménez, S. (2010). No matarás. Célebres verdugos españoles. Santa Cruz de Tenerife: Editorial Melusina: 62-63]. Un designio tremendo para los más pobres y desclasados que, aún hoy, se perpetúa en buena parte de los países menos favorecidos. Así se explica que la oferta, aparecida en 2011, de un presidio de Zimbabue que buscaba cubrir una plaza de verdugo vacante desde 2005 recibiera cientos de solicitudes. Nada sorprendente para un país terriblemente golpeado por la crisis y con un noventa por ciento de paro.

[13] Neuman, E. (2006). Verdugos y médicos. ¿Víctimas o victimarios? ILANUD, 27, 43-59: 53.

Mujeres en “todas” las ciencias

Ciencia, palabra que procede del latín scientia –o conocimiento- es, según la Real Academia Española, máxima fedataria de la pureza léxica de nuestro idioma, un “conjunto de conocimientos obtenidos mediante la observación y el razonamiento, sistemáticamente estructurados y de los que se deducen principios y leyes generales con capacidad predictiva y comprobables experimentalmente”. Al menos eso se indica en la primera acepción del término[1]. Ello implica, de entrada y sin mayores tonterías, que siendo tan válidas experimentalmente las técnicas cuantitativas como las cualitativas, entonces se debe asumir que tan ciencia es, en general, la botánica, como la mecánica clásica, la geología, la sociología, la economía o la gramática. Cada objeto de estudio, evidentemente, define el modelo de acercamiento teórico y empírico que hace posible la aplicación de una metodología científica al mismo en la misma medida que la actividad científica no viene definida por el objeto que se estudia, sino por el método empleado para estudiarlo y sus posibilidades de aplicación. Y hasta ahí, supongo, todos -incluido el más exquisito y riguroso epistemólogo del patio- estaremos de acuerdo.

Ciertamente, el diccionario, porque el lenguaje es rico y precisa de detalle para ajustarse a la demanda del hablante y los vericuetos del idioma, en su cuarta acepción indica que el plural “ciencias” –nunca el singular-, se reserva de manera específica para el “conjunto de conocimientos relativos a las ciencias exactas, físicas, químicas y naturales”. Un hecho que pone la ya indicada acepción primera del término en tela de juicio, pues si cabe considerar ciencia, por ejemplo, a la sociología o a la antropología –ciencias de lo humano se entiende-, entonces no cabe entender en modo alguno por qué no entran de pleno derecho en el plural de las “ciencias”. Y, sin embargo, ocurre que es perfectamente razonable hablar de “ciencias humanas” o de “ciencias sociales” de suerte que, si se lee más abajo en la acepción señalada, se descubrirá que el propio diccionario está de acuerdo con ese uso extendido del término. Es obvio que aquí hay alguna clase de trampa, contradicción o rareza lingüística que no se alcanza a comprender y que tampoco se explica por el origen latino del concepto mismo. Recuérdese: “conocimiento”.

Un caso claro de eso que decía Paco el bajo, el personaje de Delibes, a su hija: “misterios de la gramática”. Que lo arreglen nuestros académicos, o que pregunten a quien pueda –y sepa- arreglarlo… O que simplemente eliminen la acepción cuarta y se tomen en serio a sí mismos.

¿Por qué me enredo en todo esto?

Vaya, porque estoy hasta el mismísimo gorro de las malversaciones lingüísticas del presente y de los malversadores que se apoyan en ellas para encaramarse a no sé qué púlpitos a fin de andar repartiéndonos a los pobres mortales actas de validez, calidad, exigencia, rigor científico e incluso capacidad e inteligencia -todo ello con el adecuado apoyo de la Autoridad competente, luz y taquígrafos, faltaría más-. No crean. No es ni una pataleta, ni un enfado retórico. Verán: si yo digo que usted está en “las ciencias” (plural), entonces aquello a lo que usted dedica su vida y sus desvelos es una cosa muy seria que recibe apoyo económico, respeto institucional y prestigio social, aunque sea usted un tonto del bote que en su vida va a aportar cosa alguna digna de mención. Pero si yo determino que anda usted enredado en esas banalidades de la simple ciencia (singular) entonces seguramente sea un pobre bobo que anda perdiendo el tiempo en cosas insustanciales y no tiene derecho ni a dineros, ni a reconocimientos de clase alguna, porque no hace otra cosa que tomar el pelo a los pobres mortales… Aunque sea usted un completo genio. Misterios de la gramática.

Ahora nos vamos centrando y caminamos hacia el objetivo –metódico que es uno-:

Si tu, querida amiga -o tu hija, o tu hermana, o tu esposa, o tu madre- no estudias física, biología, química o ingeniería de cualquier cosa, entonces no eres –no son ninguna de ellas- mujeres dedicadas a “las ciencias”. Son de esas tontillas de letras o por ahí, como yo mismo, que como siempre han sido más torpes que un canto “rodao” y carecen de cualquier talento, han tenido que dedicarse a malgastar sus tristes vidas en esas sandeces sin fuste alguno en que se ocupan –nos ocupamos- las pobrecillas. Y por eso tiene entonces sentido hacerse esta preguntita retórica que, más allá de cuestiones de género, es una trampa argumental que nos explica a todos/as la clase de sociedad en la que vivimos o en la que nos quieren hacer vivir: “¿por qué no hay mujeres en las ciencias?” Algo así como venir a decirte: “mira guapa, ¿para qué te vas conformar con ser Concepción Arenal, Victoria Kent, Dorothea Dix o Margaret Mead cuando puedes ser Marie Curie?” -como si las primeras fueran cuatro lerdas, mire usted y anda con Dios-. Tal pregunta, a bote pronto, según te la formulan, y hay muchas maneras de hacerlo, ya te pone de muy mala baba y admite una respuesta bastante desabrida y equivalente a la que yo le di a mi profesor de matemáticas del instituto cuando me dijo que estudiando “eso” que yo iba a estudiar no llegaría “a nada en la vida” –y porque había aprobado… menos mal que a estas alturas me queda el consuelo de haber llegado bastante más lejos que él, lo cual me ratifica en el tono desabrido de la respuesta que le di-.

No. Mire usted. Si de lo que se trata es de publicitar las “ciencias naturales”, su estudio y profesión entre las señoritas que desembarcan en la Universidad patria, idea ante la que no tengo cosa alguna que objetar y que me parece de lo más fetén, faltaría más, pues háganlo. Pero bien. Precisen: “mujeres en las ciencias naturales y/o exactas”; “mujeres en las ingenierías”… Porque decir solo “mujeres en las ciencias” es como decir que todo lo que no encaja en determinados parámetros de conocimiento no es ciencia válida, no genera conocimiento genuino, y eso es faltar a la verdad… No conviertan la necesaria demanda de la presencia de la mujer en las ciencias naturales en una nueva, sutil, y perversa forma de humillación. No hace falta que nos maltraten por enésima vez, por favor. No nos “ayuden” más.

Ni nos mientan. Ni nos tomen el pelo. Ni traten de ponernos el pie encima como ya es maldita e inveterada costumbre en este país de tecnocracias inmemoriales. No castiguen a los que ya estamos por estos pagos haciendo estas cosas que ustedes encuentran tan detestables, ni a las señoritas que deciden estudiarlas porque resulta que la pobre Marie Curie -que buena culpa tendrá ella de estas tonterías- les huele a ratones al menos tanto como a mí el bueno de Alfred Cantor -que seguro que tampoco tiene culpa alguna-. Nosotros también hacemos ciencias. Otras ciencias. Centradas en diferentes objetos pero con idéntico método. Destinadas a otros objetivos, medios y propósitos, pero con el mismo interés por el conocimiento o scientia –no se me ocurriría arrogarme más- que puedan tener ustedes.

Sé que muchos nos desprecian e incluso opinan -pobres- que el mundo sería mejor si se convirtiera en una tecnocracia galopante en la que solo hubiera humanistas en los parques zoológicos, expuestos como meras curiosidades y vestigios del oscurantismo. Lo comprendo porque soy capaz de comprender –que no de compartir- casi cualquier cosa. Pero hagan un pequeño esfuerzo de imaginación: piensen en cómo sería una medicina sin enfermeros/as; una educación sin enseñantes ni pedagogía; una investigación biomédica sin principios éticos; una actividad política sin economistas, sociólogos o juristas; un idioma sin lingüistas; una cultura sin antropólogos; una nación sin comprensión precisa de su pasado; una gestión del conocimiento sin filósofos; una conciencia sin psicólogos; un derecho a la información sin periodistas… Podría seguir así hasta mañana… También para esto necesitamos muchas mujercitas deseosas de estudiar y conocer a las que no podemos decirles sutilmente, a remanguillé, eso de: “niña, por ahí no llegarás a nada en la vida”. También esto –creo yo- es necesario y tiene derecho a la existencia.

Son “ciencias” porque también son actividades repletas de cosas, casos y objetos que quieren, pueden y deben ser conocidas.

Un respeto. Nos lo hemos ganado trabajando tanto como ustedes.


[1] https://dle.rae.es/?id=9AwuYaT

Suicidio ampliado: El caso de Odile

odile zuliani
Odile Zuliani [Coulisses TV].

Se conocieron muy jóvenes.

Ella tenía por entonces 16 años, él 22. Odile era una chica guapa, y él un ciclista semi-profesional que incluso había competido con mediano éxito en carreras de cierto prestigio. Desde fuera, se les veía como la personificación de la pareja ideal, pero todo eso no era más que un decorado de cartón piedra. En privado, ya desde el noviazgo, Bruno se manifiestaba como un hombre posesivo, celotípico, que comenzó con las consabidas presiones psicológicas sobre una Odile que, lógicamente, creyó en su inexperiencia que esta actitud era la coherente en un hombre enamorado y que, con el tiempo, a medida que las cosas madurasen y él se sintiera más seguro de su amor, será capaz de controlarla e incluso remitirá.

Pero eso nunca iba a ocurrir. Tras el matrimonio, e incluso con la llegada sucesiva de los hijos, las cosas solo empeoraron.

La señora Zuliani y su esposo se esfuerzan por mantener esa fachada pública de la familia feliz de clase media y buena posición, perfecta e ideal cuando, tras las puertas del hogar y las persianas cerradas a cal y canto, lejos del escrutinio público, la realidad es completamente diferente: Bruno, un tipo algo introvertido pero encantador con la familia política –que lo adora como el cuñado ideal y el yerno perfecto-, amoroso y comprensivo en apariencia, padre perfecto que cuida de sus hijos hasta la extenuación y del que nadie podría sospechar maldad alguna, es en el hogar un monstruo posesivo, egocéntrico y celoso… Celoso, hasta la violencia. Él elige a todos los amigos y amigas de ambos. Determina quién entra o sale de la casa… Y Odile, con quien comparte incluso entorno laboral, no puede ni tan siquiera hablar con otros compañeros de trabajo sin su consentimiento expreso. Deben hacerlo todo juntos -deporte, salidas, compras, ocio-. Cuando se enfada con ella, lo cual ocurre cada vez más a menudo, Bruno se convierte en un demonio. El detalle más nimio, un comentario inopinado, una mirada no del todo aclarada, un silencio inoportuno, despiertan a la fiera. No le pone la mano encima con la suficiente rudeza como para marcarla, pero la agrede, la humilla, la atosiga. Esa mujer idolatrada que aparenta ser Odile Zuliani ante la sociedad es en privado hostigada, presionada y sometida a escrutinio y vigilancia constantes. Su marido, cual perro guardián, controla todos los aspectos de su vida. Le sigue la pista, la espía, la coacciona, la presiona, la empuja.

Como es normal en estos casos, ella vive sometida a una ansiedad perpetua. Ha perdido sueño y apetito, tiene pesadillas, se siente cansada y triste, pero aún le queda un clavo ardiendo al que aferrarse: la obligación moral de preservar un buen entorno familiar para sus hijos. Todavía cree que puede salvar su matrimonio del desastre y cambiar el curso de los acontecimientos. Y se esfuerza por comportarse de manera irreprochable a fin de no provocar escenas de violencia, cosa que cada vez cuesta más en la medida que el comportamiento de Bruno, con el paso de los años, se recrudece, se torna más irascible, incontrolable y violento. Una progresión que explota al fin el 31 de diciembre de 2010. Tras una fiesta de fin de año en la que cree que su mujer se ha extralimitado, enojado por la rabia y los celos, Bruno se pone un par de guantes, coloca una cuerda alrededor del cuello de Odile mientras duerme, y trata de estrangularla. Ella despierta. Él se detiene horrorizado por lo que ha estado a punto de hacer…

Por primera vez a lo largo de los años, Bruno ha traspasado esa barrera imaginaria que Odile creyó que nunca traspasaría, y la mujer comprende que el asunto no tiene arreglo. Que nunca podrá cambiarlo. Que su vida está en peligro. Que debe reaccionar. De modo que lo denuncia. Él es sentenciado a ocho meses de prisión que no cumplirá por carecer de antecedentes, si bien se muestra sinceramente arrepentido y dispuesto a acatar cualquier decisión judicial que se le imponga. Por el ordenamiento penal francés la acusación de intento de asesinato se recalifica como “violencia doméstica”, y se le condena a asistir a terapia para maltratadores, cosa que asume de buen grado. Bruno Zuliani asegura –y es sincero, lo cual tampoco es raro en estos casos- que quiere a su esposa, que ha estado confundido, que quiere salvar su matrimonio, que se compromete a garantizar la paz familiar y el bienestar de sus hijos. Parece un hombre nuevo y quizá de lo malo salga finalmente algo positivo.

Odile, convencida de que él ha aprendido la lección y de que la atención terapéutica que recibe lo reconducirá todo, perdona y retorna al hogar familiar.

Vuelta a empezar

Para el verano de 2011 todo parece haberse calmado. Hace meses que los episodios violentos han cesado. La familia se encuentra de vacaciones y todo parece “normal”. La felicidad ha entrado por fin en el hogar de los Zuliani y el entorno familiar, que lleva meses vigilante, afloja la supervisión. Pero todo es episódico. En noviembre retornan los celos, un nuevo estallido de violencia, otro intento de estrangular a su esposa –en esta ocasión frente a los hijos- que se salda con una pérdida de conocimiento. Por fortuna, Bruno se frena a tiempo. Pero Odile ya no es la mujer sumisa que era y decide irse. Entiende que debe poner distancia. Tampoco quiere que el padre de sus hijos vaya a la cárcel… Que se le interne, que reciba atención psiquiátrica, eso sí. Al fin y al cabo, su marido es muy violento con ella, pero a los niños los adora y se comporta con ellos como un padre amoroso y perfectamente ejemplar. De modo que si el problema va con ella, será ella quien se quite de en medio hasta que la justicia ponga las cosas en orden y todo se solucione.

Odile, ahora refugiada con sus padres, denuncia los hechos e informa al juez de este nuevo intento de homicidio. Indica en su escrito que, pese a dejar el hogar conyugal, Bruno la sigue a todas partes, todos los días, de la mañana a la noche. La respuesta de la justicia es tan sorprendente como estúpida, pues le informan de que él aún es legalmente su marido y de que, en consecuencia, tiene perfecto derecho a seguirla. La tragedia repetida. El abandono de siempre. La ignorancia de costumbre. Tópico sobre tópico. En todas partes. De todos modos. Pero ella está más que harta de modo que en enero de 2012, si es realmente cierto que el problema se termina reduciendo a una vinculación legal, opta por iniciar el proceso de divorcio y acuerda una custodia alternativa de los niños. Es una solución de compromiso que no convence a nadie, pero entiende que Bruno los ama con pasión y que una petición demasiado drástica en este sentido podría llegar a desestabilizarlo del todo. Su abogado piensa lo mismo. Conviene ir despacio… Pocos la entienden. Los amigos y familiares de ambos se dividen: él no es tan malo. Ella es impaciente. A lo mejor lo que pasa es que ella lo provoca. Quizá haya otra forma de arreglarlo. Las cosas no parecían ir tan mal. Lo que antes era un tormento privado ahora se ha convertido en una historia pública y, ya se sabe, ante lo público ya cabe tomar partido se sepa o no. Opinar es gratis y no compromete.

Zuydcoote (Dunkerque), 9 de febrero de 2012

Odile Zuliani había intentado hasta la saciedad salvar su matrimonio de los celos patológicos de su marido. Tardó nada menos que veinte años en comprender lo que toda víctima de maltrato –a veces antes, a veces después- llega a entender con perfecta claridad: que no hay convivencia posible y que el problema de fondo, tras años de toxicidad y enredo, se ha tornado tan peligroso como irresoluble. Por eso optó por la separación. Y así, en el día indicado, se personó en el antiguo hogar conyugal para recoger sus pertenencias, aprovechando que su ex pareja está en el trabajo y los tres hijos que comparten se encuentran en el colegio.

Las cosas ya pintaban mejor. Acababa de encontrar un piso pequeño en el que pensaba reconstruir su vida y todo parecía indicar que el tormento había concluido. De hecho, desde hacía unos quince días su ex pareja ya no la perseguía y parecía aceptar al fin la separación.

El hecho es que en el silencio del que fuera su hogar Odile Zuliani va a encontrar a Bruno ahorcado. Pero no solo. Antes de proceder al suicidio perfectamente planificado, el hombre ha apuñalado en el pecho a sus tres hijos –Nino, Leo y Emi, de 16, 14 y 5 años respectivamente- entretanto dormían. Apenas hace dos horas que todo ha ocurrido. Y los motivos son obvios, pues en las paredes de la casa, desordenadamente, ha dejado por escrito un perfecto relato su locura, así como un testimonio de su voluntad inquebrantable de castigar a su esposa por la “desfachatez” ingrata de haberlos abandonado. Ella aún tuvo las fuerzas justas para llamar a la policía antes de sumirse en un estado de shock del que solo saldría tras ser trasladada al hospital de Dunkerque.

Por lo general se ignora que este de la ruptura es justamente el peor momento. Cualquier especialista en la materia sabe que en estos casos la separación definitiva es, precisamente, el catalizador más peligroso para quienes rodean al maltratador, y especialmente para su ex pareja. De hecho, en la cabeza de Bruno Zuliani, que ahora tiene 45 años, la crisis psicológica se había recrudecido, estaba en su apogeo, al borde del disparate. Si quedarse con su esposo era peligroso para Odile, dejarlo podía serlo mucho más. Y, en efecto, ocurrió lo terrible: este hombre que aparentemente adoraba a sus hijos, que nunca les puso la mano encima, que parecía el padre de familia perfecto, que se había desvivido siempre por el bienestar de sus retoños a los que acompañaba incluso en sus actividades deportivas y del que nadie –ni tan siquiera los más cercanos- habrían sospechado jamás una reacción así, opta por asesinar a sus hijos. Se mata. Se los lleva. Se venga.

Y ahí deja ese dolor inasumible. Esa dramática incomprensión[1].

bruno zuliani e hijos
Bruno Zuliani y sus hijos [France 3].

Suicidio ampliado

No es un fenómeno nuevo, ni ha abierto páginas novedosas en la historia del crimen, pero sí se trata de un suceso cada vez menos silenciado pese a que la literatura científica en torno al mismo es, lamentablemente, escasa dada su baja incidencia y se circunscribe a menudo a la mera casuistica, o bien a sus consideraciones legales. El hecho es que el conocido como “homicidio-suicidio”, “suicidio diádico” o, más comúnmente, “suicidio ampliado” parece un evento social emergente especialmente en casos de violencia de género y/o violencia doméstica. Y, si ciertamente es un fastidio científico hablar de “perfiles” –recuérdese que todo perfil criminal siempre es orientativo, pero nunca exclusivo-, cabría señalar a sus perpetradores como varones de entre 40 y 60 años de edad, con cierto sesgo violento de carácter narcisista, impulsividad y tendencia a los arrebatos de celos. Por lo común sus víctimas son mujeres –parejas y/o ex parejas menores en edad que ellos- y niños. Y hay algo interesante a tener en cuenta: los estudios existentes establecen que los homicidas-suicidas suelen tener más en común con las personalidades únicamente suicidas que con las meramente maltratadoras[2].

Que cada vez se hable más de estos casos espantosos tiene poco que ver, como decimos, con un aumento de su incidencia real, y se relaciona estrechamente con su espectacularidad mediática. Lo cierto es que, al estar a menudo –que no siempre- insertos en el círculo de la violencia doméstica/de género, son difíciles de prevenir o anticipar al tratarse de eventos que ocurren en la intimidad de las familias. Como norma general cabe señalar que, estadísticamente, tienden a ocurrir durante el momento de la separación-ruptura de las parejas, o bien a lo largo del año posterior a la misma. Sí es reseñable que, en cualquier caso, tienden a producirse en el seno de familias con un historial largo, aunque por lo común oculto, de hostilidad, desconfianza y agresividad que ha terminado degradando el núcleo mismo de la estructura familiar, hecho que suele degenerar en un falseamiento de las relaciones, emociones y sentimientos que los componentes de la familia exponen, comparten o se profesan entre sí.

Eventos todos ellos, por cierto, presentes en el paradigmático caso de Odile Zuliani. La víctima de un hombre que la había hecho desgraciada al transformarla, por un amor patológico, en motivo de su propia desgracia y que, deseoso de matarse, pensaba que sus hijos no podrían vivir sin él… Ni con ella. Odio, amor, celos, desgracia, suicidio, dominación, egolatría y venganza.

Todos los pájaros muertos con el mismo tiro. Para siempre. El horror.


[1] La tremenda peripecia de Odile Zuliani fue motivo de un excelente documental televisivo de gran éxito en Francia: Meurtre en famille (2012). En España fue exhibido bajo el título de La historia de Odile por el canal de pago Crimen & Investigación.

[2] Véase por ejemplo: West, D.J. (1966). Murder followed by suicide. Cambridge: Harvard University Press; Berman, A.L. (1979). Dyadic death: Murder-suicide. Suicide and Life-Threatening Behavior, 9 (1), 15-23; Cooper, M. & Eaves, D. (1966). Suicide following homicide in the family. Violence and Victims, 11 (2), 99-112.