Demonios en la sombra

EC #3

Cuando se habla de EC –originalmente, Educational Comics-, la editora de William Gaines (1922-1992), nos referimos a la editorial de tebeos de crímenes por antonomasia. De crímenes muy explícitos, como queda bien claro a poco que uno realiza una somera revisión de las portadas. Resulta curiosa la denominación para una editora que se concentraba en la tarea de poner en la calle todo tipo de material relacionado con el terror, la ficción científica y el género negro, pero es que en realidad fue el padre de William, el reconocidísimo Maxwell Gaines (1894-1947), de quien heredó el negocio, quien la bautizó de tal manera.

De hecho, la EC original se dedicaba por entero al tebeo pedagógico, publicando títulos fundamentalmente destinados a relatar fragmentos de la historia norteamericana, fabulas y relatos bíblicos, historias de fundamento científico, biografías de personajes ilustres, e incluso alguna que otra cabecera de superhéroes de concepto “avanzado” como las protagonizadas por la mítica Wonder Woman o Hawkman[1]. Y no es que se vendieran mal, pues Gaines senior fue un gran gestor empresarial y uno de los grandes reinventores del negocio del tebeo al diseñar el aún vigente formato del comic-book, desarrollar hasta extremos insospechados el concepto del comic de superhéroes, contribuir a la fundación de la sempiterna DC -Detective Comics- e incluso asumir las ideas revolucionarias sobre las mujeres del psicólogo William Moulton Marston (1893-1947). Sí, el mismo “Charles Marston” que firmaba los guiones de los primeros tebeos de la Mujer Maravilla, su creación inmortal, a la que concedería concepto gráfico el excelente dibujante Harry G. Peter (1880-1958)[2].

Agitando el avispero

Pero, como bien pronto descubrió Gaines junior, la competencia era muy grande en el sector. De hecho, en la década de 1940 el del tebeo infantil y juvenil era un negocio al alza y prácticamente por explorar, por lo que había que arriesgarse y tomar partido para ser el primero de la clase. De modo que, cuando heredó el sello editorial en 1947, le imprimió un fuerte viraje ideológico y temático que ya quedó claro incluso en el logotipo y marca de la editorial, pues las siglas EC pasaron de ser acrónimo de un concepto apolillado a significar Entertaining Comics -o tebeos entretenidos[3]. Y es que William pertenecía a una nueva generación de estadounidenses que, liberados de la tiranía de la Gran Depresión y con la inapelable victoria en la contienda mundial en el bolsillo, miraban hacia un futuro repleto de optimismo, rock and roll, glamour hollywoodiense, rainbows and lollipops. No solo había que ganar el mercado infanto-juvenil, sino también el de aquellos nuevos veinteañeros, modernos, sin complejos, triunfadores, educados en los principios del incipiente American Way of Life y deseosos de un entretenimiento atractivo y dinámico[4].

William Gaines
William Gaines. Un chico muy malo.

Lo cierto es que las publicaciones de EC eran cáusticas, sugerentes y atrevidas. Lo eran a conciencia. Con descaro. Tanto que sus competidores directos, en su mayor parte editores de superhéroes y justicieros de toda forma y cuño, o bien tebeos concebidos para críos de “policías y ladrones” o Sci-Fi de inferior calidad, escasa capacidad contestataria y menor desparpajo, eran de todo punto incapaces de alcanzar sus niveles de ventas.

Los títulos de EC, que incluso desarrollaban un concepto gráfico más propio del cómic para adultos, eran los primeros en agotarse edición tras edición precisamente porque no escondían nada. Las balas mataban. Los cuchillos cortaban. La sangre corría sin verse ocultada por bocadillos estratégicos o encuadres forzados, los diálogos eran realistas, los argumentos directos como un puñetazo. En aquellas viñetas se llamaba a las cosas por su nombre, y punto. De tal modo, las revistas de EC eran siempre las más demandadas de suerte que, allá donde entraban, copaban en poco tiempo el interés de los aficionados y el beneplácito de distribuidores y minoristas que hacían su buen dinero con ellas. Así, en poco tiempo, William Gaines se convirtió en un tipo especialmente odioso para el resto de editores de la competencia en particular, y para los sectores más conservadores del país en general. Pero no era solo que este Gaines que no tenía de su respetado progenitor más que el apellido se atreviera con todo en un ejercicio de osadía desmedida, es que además se comía el mercado. Lo detestaban los padres, y los políticos, y los educadores, y los sacerdotes, y todo aquel que tuviera algo que ver con la América más tradicional y conservadora[5].

El juego, más pronto que tarde, degeneró en un circuito de retroalimentación fatal: cuanto más criticaba papá aquellos tebeos, más interés tenían los chavales en leerlos. Cuanto más subidas de tono eran las cartas críticas que llegaban a la redacción de EC, más exagerado era el número siguiente. A tal punto de irreverencia llegaron los creativos de la casa que cuando todas las fuerzas vivas de la nación propagandeaban la importancia del esfuerzo bélico y económico realizados en Europa y Asia, y cerraban filas en torno al anticomunismo más recalcitrante, ellos, asumiendo la idea de que el patriotismo no necesariamente debe relacionarse con la estrechez de miras política y la ceguera intelectual, trabajaban cual nido de “progres” sospechosos que se despachaba ridiculizando abiertamente el macartismo, o editando historietas de guerra pacifistas en las que se ponían de manifiesto las vertientes más humanas, trágicas, ideológicamente controvertidas y vergonzantes del asunto.

En general, y para entendernos, los comics de EC se componían habitualmente de tres o cuatro historias autoconclusivas, de entre seis y ocho páginas de extensión cada una. Una idea genial pues no era preciso seguir un “culebrón” para ponerse al día, ni leer números anteriores, ni verse obligado a comprar entregas posteriores, lo cual facilitaba el enganche de nuevos lectores, demolía el concepto de los seriales interminables de la competencia y rompía con las limitaciones creativas habituales en el medio. Estas narraciones breves, sin personajes fijos, adoptaban el tono de parábolas acerca de diferentes temas que, en última instancia, pretendían mostrar al lector cualquier clase de moraleja. Y la verdad es que William Gaines -que daba libertad total a sus equipos creativos siempre dentro de los estándares de la editorial- y sus comics fueron mucho más allá del entretenimiento en la medida que se adentraban críticamente en toda clase de temas tabú que ni tan siquiera muchas publicaciones adultas, serias y curtidas se atrevían a tocar, tales como el aborto, el suicidio, la homosexualidad o la eutanasia. Obviamente, esto hizo de Gaines uno de los objetivos preferidos de los sectores ultrarreligiosos y derechistas, que observaban sus tebeos como algo malsano, enfermizo, en ningún caso educativo, destinado a la corrupción de la infancia y la adolescencia. En no pocas ocasiones fueron Gaines -o alguno de sus artistas y escritores- llevados a los tribunales por diferentes colectivos, y su respuesta a tales presiones siempre resultó furibunda, rabiosa y brutal: a mayor persecución, mayor irreverencia y mayor osadía. Con el tiempo el propietario de EC se convirtió, al mismo tiempo, en uno de los hombres más repudiados y queridos del país. Con muchos enemigos poderosos, pero también con un verdadero ejército de fans incondicionales dispuestos a consumir sus productos[6].

EC #2
Queda claro de qué estamos hablando, ¿no?

Demasiada libertad

Dado que para 1952 Gaines publicaba nada menos que doce cabeceras simultáneamente –más que ningún otro competidor-, se había destacado por su defensa de las libertades, era políticamente muy incorrecto, varios de sus títulos tocaban temáticas criminales y de terror, y era precisamente el más duramente criticado por el inefable psiquiatra germano-estadounidense Fredric Wertham (1895-1981) en su famoso libelo pseudocientífico[7], era lógico que fuese llamado de manera prioritaria para testificar en el subcomité presidido por el senador Estes Kefauver (1903-1963) con motivo del problema de los cómics y sus posibles efectos perversores sobre la juventud -la monserga de siempre-. Pero cuando se enfrentó al mismo, en su línea, William Gaines no sólo no se arredró para hacerse la vida más fácil, sino que ridiculizó abiertamente el texto de Wertham -lo cual no era difícil, por cierto-, cuestionó la necesidad de un comité compuesto por personas que en su vida habían leído un tebeo, y concluyó su intervención con unas célebres palabras contra la censura y la imposición de límites a la libertad de expresión que constaron en acta, pero nadie escuchó[8].

Sin embargo, el daño ya estaba hecho. La industria, temerosa ante la imprevisible reacción de los siempre sobreexcitados políticos en busca del voto de la “ciudadanía responsable”, exacerbada por el dudoso movimiento anti-comic que capitaneaba Wertham, se anticipó a cualquier medida política autoimponiéndose la censura en la forma del Comics Code Authority (CCA). Un reglamento convenido por las propias editoras y regulado por un organismo independiente que provocó efectos tan extraños y limitantes como perversos en un ambiente que fuera de gran explosividad creativa[9].

Fredric Wertham
El psiquiatra Fredric Wertham. Paradójicamente, el lector de cómics más compulsivo de la historia y tipo que, por supuesto, sí sabía encarnar a un buen malo de tebeo. Una genuina personificación del reverso tenebroso de la fuerza.

Los comic-book convencionales para jóvenes, de una riqueza temática inusitada hasta entonces, se vieron prácticamente reducidos -con alguna notable excepción- al mundillo de unos superhéroes infantilizados hasta extremos tan ridículos que los hicieron muy poco interesantes, lo cual obligó a la cancelación de un sinnúmero de colecciones otrora exitosas. Muchos héroes del papel, como Batman, estuvieron a punto de desaparecer justo en el momento en que nacieron extravagancias absurdas como la bat-familia, el bat-perro y otro sinfín de bat-chorradas, a la par que los argumentos y diálogos de las historietas se veían reducidos a la infantilidad más pedestre. Incluso se obligó a los guionistas a inventar una explicación razonable para el hecho de que Superman pudiera volar, entretanto Wonder Woman -como otras féminas del papel- se vio mucho más cubierta de ropa y guardó su famoso Lazo de Hestia en el ropero. Ese cordón era, en la tupida imaginación de los censores, demasiado propicio para el dibujo de las más sugerentes y extravagantes prácticas sexuales sadomasoquistas. Incluso se buscó un novio a la demasiado independiente Diana, lo cual no dejaba de resultar chocante para una intrépida amazona. Afortunadamente para Marston, un furibundo defensor de los derechos de la mujer durante toda su vida, la muerte le libró del oprobio de contemplar cómo destrozaban su creación[10].

Y el efecto fue demoledor para la editora de William Gaines, pues obligado por fin a retirar sus más importantes títulos, que de repente nadie de los que había hecho un buen dinero con ellos quería distribuir o vender por miedo a represalias o simple fariseísmo, y sin poder reinventarse a sí mismo, se despidió del mundo del comic –para concentrarse en la edición del famoso Mad Magazine– con una célebre intervención televisiva que culminaría con una protesta simbólica: la quema ante las cámaras de uno de sus tebeos.

Wonder Woman
La Wonder Woman de los comienzos: una genuina pesadilla erótica para los “machirulos” de su tiempo.

La pesadilla del CCA

Lo cierto es que el Code de 1954 era tan restrictivo que no sólo llegaba a prohibir las historias en las que apareciesen asesinatos, zombis, vampiros u hombres lobo sino, incluso, el uso mismo de tales palabras. Esto provocó, por un lado, que las editoras tuvieran que diseñar un tipo específico de revistas “solo para adultos” en las que contar estas cosas y, por otro, situaciones rayanas en el más acendrado surrealismo. Así por ejemplo, cuando en 1968 se exigió desde el comité censor al guionista Marv Wolfman (n. 1946) que cambiase su apellido -que se creía un alias- y firmara los guiones con su apellido “real”. Costó deshacer el malentendido porque no hay peor tirano que un reglamentista, ni peor tonto que quien cree saberlo todo.

CCA
El maldito sello.

Pese a todo, Wertham no se cansó nunca de repetir que el CCA era un mal arreglo que no extirpaba el auténtico problema, y siguió defendiendo durante años que los cómics debieran ser prohibidos radicalmente en atención a la salud mental de la infancia. Debe indicarse en este punto que seguir las directrices del CCA no era obligatorio, aunque tampoco fue necesario imponerlo. Las editoriales enviaban sus revistas terminadas a los revisores y estos, con el código en la mano, las licitaban o no para imprimir el sello en la portada. Sin embargo, movidos por el estado de opinión generado por los cruzados anti-cómic, la asociación de distribuidores y vendedores de prensa se negó a comercializar cualquier publicación que no llevase la aprobación del CCA, lo cual catalizó en una obvia retroalimentación de la autocensura[11]. El sello no era obligatorio, pero sin sello no se podía vender, de modo que casi como si lo fuera. Así pues, cuando falleció en un trágico accidente de automóvil el genial Alex Raymond (1909-1956), quien daba vida a las historietas del detective Rip Kirby, el género negro en el tebeo alcanzó un estado de animación suspendida del que tardaría décadas en salir.

Krypto
Huelgan los comentarios.

El comic de prensa, cuyos autores a menudo eran los mismos que los del cómic-book convencional, supo desmarcarse de inmediato de la línea editorial impuesta en el ámbito de los tebeos. Dado que se sobreentendía que los lectores de periódicos eran fundamentalmente adultos, y que los rotativos estaban protegidos por la libertad de prensa, en 1955 se constituyó el Newspapers Comic Council (NCC), que separaba claramente el cómic para periódicos del “infantil” y que, en suma, otorgaba a los equipos de redacción de los diarios la tutela sobre aquellos contenidos gráficos que publicasen. Así, hecha la ley, hecha la trampa, pues muchos de los personajes que en su versión tebeo eran ridiculizados por el Comics Code, lograban salvar el tipo en la versión ideada para las tiras de prensa, a las que se otorgaba un tono más adulto a fin de satisfacer al lector potencial[12]. Tal ocurrió, por ejemplo, con Spider-Man. De tal modo, el suplemento dominical fue durante años el objeto más disputado por toda la familia en la medida que grandes creadores, como el extraordinario Will Eisner (1917-2005), vivieron durante décadas de sus creaciones para los periódicos. Por lo demás, el final de la era Eisenhower fue también el de una Norteamérica asustadiza, ultra y retrógrada que había intentado sin éxito, durante décadas, huir de sí misma y de la sombra de sus propios demonios.

Una historia condenada a repetirse.


[1] Coma, J. (1988). Bajo la “caza de brujas”. J. Coma (ed.); Cómics clásicos y modernos. Madrid: Diario El Pais: 129-131.

[2] Pérez-Fernández, F. (2009). Psiquiatría y censura en el cómic estadounidense. Fredric Wertham y la seducción del inocente. Revista de Historia de la Psicología, 30(2-3), 301-309.

[3] Gubern, R. (1988). La limpieza ideologica. J. Coma (ed.); Cómics clásicos y modernos. Madrid: Diario El Pais: 144.

[4] Pérez-Fernández, F. (2011). Mentes criminales. El crimen en la cultura popular contemporánea. Madrid: Editorial N@wtilus.

[5] Murrell, J.L. (1950). Cincinatti Rates the Comic Books. Parents’ Magazine, Feb.: 38-39.

[6] Pérez-Fernández, F. (2011), op. cit.

[7] Nos referimos a Seduction of the Innocent (Toronto & New York: Clarke, Irwin & Company, Ltd., 1953).

[8] Senate Subcommitte Hearings into Juvenile Delinquency (1954). Hearings before the Subcommitte to Investigate Juvenile Delinquency of The Committee on the Judiciary United States Eighty-Third Congress Second Session Pursuant to Investigation of Juvenile Delinquency on the United States. April 21, 22 and June 4, 1954. Washington DC: United States Government Printing Office.

[9] Nyberg, A.K. (1998). Seal of Approval: The History of the Comics Code. Jackson (MS): University Press of Mississippi.

[10] Pérez-Fernández, F. (2009), op. cit.

[11] Pérez-Fernández, F. (2011), op. cit.

[12] Gubern, R. (1988), op. cit.; Nyberg, A.K. (1998), op. cit.

Eso no me suena…

Los “fakes” y manipulaciones varias que nos persiguen en esta pretendida “sociedad de la información” son una completa pesadilla. A decir verdad, porque tampoco viene al caso hacerse líos con todo esto, mentir se ha mentido siempre y por infinidad de motivos, del mismo modo que la difusión de rumores interesados es una constante histórica de la que ya no vamos a sorprendernos. La diferencia, bien simple, es que en la actualidad los embusteros y los falsificadores cuentan con potentísimas herramientas para la emisión y expansión de sus rumores, mentiras y maledicencias. Una herramienta en la que, además, es fácil encontrar complicidades y comunidades de intereses para generar grupos de presión, acoso, censura y pensamiento único. Y, sorpresa, el engendro vale tanto para los que mandan, como para los que no. Para una sociedad que vive enganchada a los espacios virtuales y cada vez ignora lo real con mayor virulencia, y este es el verdadero problema del presente, la mentira ha pasado de la coyuntura a la norma.

La expansión de falsificaciones e imposturas en las redes, a todos los niveles y por todos los medios, precisa del elemento humano y, más específicamente, de un componente elemental e intrínseco al gregarismo de la psicología humana:  la gratificación emocional que nos incita a “creer” o “estar de acuerdo” con aquellas noticias, ideas y planteamientos que de un modo u otro corroboran nuestros propios puntos de vista por disparatados que sean y, claro está, el irremediable placer que encontramos al descubrir que no estamos solos en su defensa, y convendría recordar ahora lo que publiqué en su momento sobre las “leyendas urbanas”. Los alienados se agrupan. Los dogmáticos forman rebaño. Los autoritarios -que suelen ser ambas cosas en mayor o menor medida- buscan incesantemente remansos ideológicos comunitarios en los que, simplemente, encuentran bienestar emocional. No existe ni un solo imbécil que sea librepensador porque ningún tonto soporta la presión de sostener su necedad en solitario. Al fin y al cabo, es más fácil sucumbir a la tranquilidad de una ideología prefabricada que tener pensamiento crítico, del mismo modo que es más sencillo vivir en la inevitable y cómoda ignorancia que emana de la subjetividad, que esforzarse por buscar conocimientos certeros y lo más ajustados a los hechos que sea posible.

En suma: la manipulación lo tiene fácil en la misma medida que cada cual tendemos a dejarnos empujar hacia determinada dirección. Prueba de ello es que la mayor parte de nosotros es completamente “sorda” y “ciega” -cuando no directamente refractaria- ante los discursos que no le interesan por cualquier motivo, lo cual explica que cada variante del engaño tenga su propio público y, en consecuencia, su propio ejército de altavoces y difusores. Así se entiende la expansión de bulos claramente interesados y destinados al consumo de cierto público bien predispuesto que me vienen llegando vía WhatsApp en estos insoportables días de campaña -o precampaña, o lo que sea, que ya me pierdo- electoral.

Pobre Espronceda

Me llega hace unos días un mensaje que comienza tal que así:

“Esta poesía de José de Espronceda (Almendralejo 1808 – Madrid, 1842) retrata un momento de la historia idéntico al actual. ¡¡¡Espronceda vive!!!”.

De entrada, dudo que esto sea posible porque si bien es cierto que las historias pueden repetirse en su forma, nunca son en el fondo la misma historia porque los tiempos cambian de suerte inevitable y, con ellos, los matices, formas y contextos. Pero leo el primer verso:

“Oigo, patria, tu aflicción…”

Ya vamos mal. Ese es el comienzo de una popular oda titulada El Dos de Mayo, del poeta Bernardo López García (Jaén, 1838 – Madrid, 1870). No es que yo sea un experto en lírica española del siglo XIX, pero he ido a la escuela, se leer -y lo hago mucho-, conozco algo a los clásicos y me precio de tener buena memoria. Como, por otra parte, soy un tipo biempensante por principio, concedo al remitente el beneficio de la duda. Igual se ha confundido con la atribución esproncediana, que esta clase de confusiones son cosa habitual y a todos nos han ocurrido alguna vez. El problema es que, al seguir leyendo, sin entender muy bien que tendrá que ver el célebre levantamiento popular contra los franceses con un momento de la historia “idéntico al actual”, me encuentro con un despropósito falsario absolutamente vergonzante que haría sonrojarse a cualquier persona sensata. De hecho, la única correspondencia del poema original de López González con el fraude se encuentra en el primer verso. Véase someramente la comparativa:

El dos de Mayo

(Bernardo López García)[1]

El engendro del WhatsApp

(falsamente atribuido a José de Espronceda).

Oigo, patria, tu aflicción,
y escucho el triste concierto
que forman, tocando a muerto,
la campana y el cañón;
sobre tu invicto pendón
miro flotantes pendones,
y oigo alzarse a otras regiones
en estrofas funerarias,
de la iglesia las plegarias,
y del arte las canciones.

Lloras, porque te insultaron
los que su amor te ofrecieron
¡a ti, a quien siempre temieron
porque tu gloria admiraron;
a ti, por quien se inclinaron
los mundos de zona a zona;
a ti, soberbia matrona
que, libre de extraño yugo,
no has tenido más verdugo
que el peso de tu corona!

Doquiera la mente mía
sus alas rápidas lleva,
allí un sepulcro se eleva
contando tu valentía.
Desde la cumbre bravía
que el sol indio tornasola,
hasta el África, que inmola
sus hijos en torpe guerra,
¡no hay un puñado de tierra
sin una tumba española!

[y etcétera].

Oigo, patria, tu aflicción,
y no entiendo porque callas,
viendo a traidores canallas
despedazar la nación.

Dando a un ingrato felón
estúpidas concesiones,
están haciendo jirones
esta tierra milenaria
de gente, ayer solidaria,
y hoy podrida de ambiciones.

Lloras, porque ten engañaron
los que lealtad prometieron,
los mismos que te aplaudieron
y la Ley corroboraron.

Alevosos, traicioneros,
bellacos y desleales,
la convivencia entre iguales
rompen con su felonía,
y han de acabar la porfía,
en inmundos cenagales.

Buscando solo engañar,
distorsionaron la historia
para turbar la memoria
de las gentes del lugar.

[y etcétera].

Jose de Espronceda
Espronceda, el vejado.

Siendo tristes la manipulación ideológica y el ardor demagógico que emanan los versos falsificados –que no he querido reproducir al completo porque no merece la pena perder más tiempo con tanta chorrada-, mucho más penoso es que su difusor deba transgredir la memoria literaria y artística patria para revestirlos de una pretendida pátina de respetabilidad. Ciertamente, no hace falta ser un experto en poesía española decimonónica o en filología hispánica para advertir que, ni en forma ni en fondo, tales versos podrían atribuirse a cualquier poeta de la época sugerida, pero aquí poco importa. En un país en el que se lee poco y en el que casi todo cuanto se lee se entiende mal, o simplemente se tergiversa, es relativamente fácil que el embuste cuaje. Ello por no hablar del lamento acerca de la “distorsión de la historia” que emite este cenutrio a su vez distorsionador de la historia “para turbar la memoria / de las gentes del lugar”.

Los Espronceda y López se revuelven en sus tumbas azuzados por la mano de un tonto/a enemistado con la democracia, las libertades y la separación de poderes que se vale de su legado literario para fines espurios. Un tonto/a al que, seguramente, se le pongan las venas del cuello como lapiceros cuando se le saca el tema de los plagios y las falsedades de sus supuestos “enemigos” políticos.

Este es el nivel que hay.

Bernardo Lopez García
López García, el falsificado.

Ni los clásicos grecolatinos se salvan

En efecto. Dos días después –y ello fue lo que me animó a componer esta entrada- me llega otro penoso mensajillo masivo de estos que el personal difunde al buen tun-tun. En este caso, la sentencia demagógica y falsaria se atribuye a Isócrates de Atenas (436 a.C.-338 a.C.), filósofo, político y educador que regentó una prestigiosa Academia que compitió directamente con la de Platón, del que siempre fue un encarnizado opositor intelectual. La frase que se le endosa, en este caso, viene disfrazada en el formato de uno de esos odiosos “memes” que pululan por ahí y su texto tiene un enigmático detalle de fábrica al identificar la imaginaria cita con un contexto histórico también “idéntico al actual” (!). Véase la figura adjunta. Por supuesto, y cómo no podía ser menos, el autor/a del meme no nos dice de dónde ha sacado la cita, lo cual ya es por sí mismo sobrado motivo de sospecha.

Isocrates
Pues mire, de Isócrates no es…

Y resulta que, vaya casualidad notable, tengo un ejemplar de los Discursos de Isócrates en la excelente edición de Editorial Gredos[2] de modo que, sospechando ya una falsa atribución, porque tampoco me cuadra el contenido de la cita ni en forma ni en fondo, me pongo a la tarea de su localización. Bien, pues a lo largo de todo el texto (notas del traductor y del comentarista incluidas), la palabra “democracia” aparece en un total de 64 ocasiones y ninguna de ellas se inserta en lugar que corresponda con la antedicha “cita”, ni se dice cosa remotamente parecida a la expuesta.

Pero no solo. La palabra “anarquía” no se nos presenta ni una sola vez, lo cual nada tiene de extraño por cuanto en el meme se ubica totalmente fuera de contexto, razón principal que, así de entrada, nos hace dudar de la autoría de la frase… No es solo que Isócrates fuera un demócrata moderado que propugnaba un modelo democrático controlado por una élite oligárquica, idea que satisfacía a muchos de sus coetáneos, es que el concepto de anarquía como utopía política, a la Kropotkin, carecía de todo sentido para un griego del periodo clásico al derivarse el propio concepto literalmente de an-arkhé, esto es, sin principio o sin fundamento, idea simplemente inconcebible en la época. Así pues, daremos una pista al osado inventor del meme: la próxima vez utilice usted “desorden” o “caos”, e igual cuela. Y recuerde, de paso, que la idea que los griegos tenían de la democracia tiene un parecido bastante remoto con la que manejamos nosotros, pues nuestras democracias cifradas en la aséptica separación de poderes, aunque emulan con mayor o peor fortuna el ideal griego, son producto de la Ilustración… Y ya había llovido lo suyo.

Con todo, lo sorprendente es que esta maldita cita apócrifa, tal cual, ha tenido bastante más éxito y recorrido que el fraude esproncediano precedente –detectado con rapidez por muchos usuarios- en la medida que, tras una búsqueda sencillita en Google, me la he encontrado así tal cual en “sesudas” columnas de opinión elaboradas por aguerridos plumillas, en más de un blog de contenido discutible -uno de ellos incluso le coloca la cita a Sócrates, porque la de la “i” del comienzo le debió sonar raro al propietario-, e incluso en el editorial de algún periódico de cierto prestigio (me ahorraré los enlaces para no avergonzar a nadie). Casi nada. Que ya es absurda, por cierto, la manía esta de colarle al pobre Sócrates, que no dejó ni una sola línea escrita de su puño y letra, citas, referencias, chanzas y titulillos.

Y no dejo de preguntarme qué culpa tendrán los pobres Isócrates, Platón, Aristóteles, Epicteto o Epicuro para que les carguemos con nuestras porquerías, bazofias y desidias ideológicas e intelectuales. Digo yo, y huelgan otros comentarios.

En resumen: si la iluminación les entra por WhatsApp, Twitter o similar, mejor no se la crean ni contribuyan al desconcierto general. Que la gente ya anda bastante confundida ella sola.


[1] López García, B. (1867). El dos de mayo. Poesías de Don Bernardo López García. Jaén: Establecimiento tipográfico de Don F. López Vizcaíno, 51-54.

[2] Isócrates (1982). Discursos (Introducción, Juan Signes Codoñer; Traducción, Juan Manuel Guzmán de Hermida). Madrid: Editorial Gredos.


POSTCRIPTUM (5 de noviembre de 2019)

Me escribe un lector diciendo que igual estoy confundido con el asunto de Isócrates, y que la cita bien pudiera aparecer tal cual en el segundo volumen de sus Discursos, también editado por Gredos (Madrid, 1980, traducción de Juan Manuel Guzmán Hermida). Ciertamente, no creí necesario añadir más caña erudita a la entrada para no resultar pedante, pero resulta que ese libro también lo tengo. Y no es solo que cuando se habla de la “destrucción” de la democracia se haga en tono condenatorio hacia los tiranos, oligarcas y sofistas que la agredieron incesantemente -lo cual ya es como para tomar nota-, sino que, por abundar en detalles, la palabra “democracia” aparece en el texto global -notas incluidas-, en 48 ocasiones. La palabra “anarquía”, obviamente y como no podía ser de otro modo, en ninguna…

Por supuesto, y como ya dije, la cita de marras no aparece jamás (Q.E.D.).

Peste de hipócritas

Joker
[Fuente: Warner Bros].

Más sorprendente que la deliciosa -por excelente- película que nos deja para la historia el último producto de la factoría DC –Joker– ha sido su recepción en diversos sectores pretendidamente “cultos” y “elitistas”. Si el visionado de la cinta, que dirige con gran eficacia Todd Phillips e interpreta de suerte magnífica Joachim Phoenix, resulta sugestivo es porque trata de ir más allá de su pretexto -el personaje de cómic y sus vicisitudes- para escaquearse de lo de siempre y ofertarnos una terrible fábula acerca de la sociedad actual. Un fábula que traza líneas en todas direcciones, algunas claras y rotundas, otras sutiles y apenas insinuadas, y nos induce en última instancia a enfrentarnos a todo aquello de lo que huimos a diario enmascarando nuestras miserias morales en el fango de la autocomplacencia. Del silencio. Del pasar de largo.

Lo paradójico en el caso de Joker es que un producto -y la palabra “producto” es aquí totalmente intencionada- destinado al entretenimiento de masas opte, antes que por insistir en el entontecimiento general de otras producciones, por escabullirse de las propuestas amables e inútiles para valerse precisamente de todo aquello que la mayor parte de la gente no quiere ver cuando se pasa por la taquilla de un cine. Una paradoja, por cierto, muy bien calculada. Los carruseles de circenses efectos especiales desaparecen de la escena para verse reemplazados por una tragedia vital inasumible -y repetida, nada especial- que no trata de justificar nada, ni de vender cosa alguna sino, tal vez, obrar como advertencia para una mayoría silenciosa que escucha poco, hace menos y no suele entender casi nada.

Sin embargo, ocurre -perplejidad- que una película que no hace lugar común de la violencia falsaria, exagerada y efectista de la que hacen gala otras producciones ha recibido infinidad de críticas teóricamente bienintencionadas en este sentido. Especialmente, y de entre todas ellas, la más letal y repugnante que nuestras adocenadas élites de mandatarios y gerifaltes han inventado para justificarse a sí mismas apoyadas en ridículas tribunas pseudocientíficas y otros palmeros al uso: “Joker incita a la violencia”. La ironía intrínseca procede del hecho de que la cinta, hecho intencionado claro, contiene una cantidad ínfima de violencia explícita y directa, siendo el malestar que genera de un profundo orden psicológico, como no puede ser de otro modo: se nos recuerda una y otra vez que aquel aserto del viejo Lacassagne no ha perdido ni un ápice de su potencia original pues, en efecto, “las sociedades tienen los criminales que merecen” en la misma medida que solo ellas ponen las condiciones de posibilidad para que determinados crímenes -como cualesquiera otras conductas- sean viables.

Joker no es una película de superhéroes idealizados y algo atolondrados en su insidiosa perfección, y tampoco una historia de villanos perfectamente malvados en su insensata, tonta, banal, furia destructiva. Los personajes planos, fatigosos e imposibles, a lo Tony Stark, han desaparecido de la pantalla. Antes al contrario, nos cuenta precisamente lo contrario; que ningún héroe es absolutamente bueno porque surge del pozo mismo de la iniquidad moral del mundo, y que a la mayor parte de los villanos a menudo no les queda otro remedio que serlo. Que todos, cada uno a su modo, son construcciones socioculturales que emergen de las cavernas más oscuras del lumpen y la desgracia. Así las cosas, decir que Joker “incita a la violencia” se convierte en un perfecto ejemplo de a qué punto la hipocresía ilustrada de los artífices de las más terribles violencias humanas, de las más absurdas injusticias, sirve a la justificación de su vergonzante inmoralidad… Hace falta tener mucho rostro para disfrazar las constantes violencias silenciosas del mundo actual -precariedad laboral, infravivienda, desamparo social, corrupción sistemática, recortes sanitarios, fracaso de los servicios públicos, crisis medioambiental, carencia sistemática de oportunidades, pobreza, salarios miserables, políticas ineficientes, educación deficitaria, discursos del odio, populismos, deshumanización…- de consecuencias “inevitables” de la dinámica de nuestras sociedades y, al mismo tiempo, tachar de “violento” a quien ejerce el necesario acto de la denuncia. Al parecer, pobre Joker, maldito sociópata, ya no es legítimo ni el viejo recurso al pataleo.

Cómete la bazofia y calla por el bien público.

Y esta es la moraleja del cuento: ninguno de los atónitos y tensionados espectadores que asistimos a la degradación lógica del personaje quiere que Arthur Fleck (“Mancha”) se convierta en el Joker. Incluso, compasivos, deseamos durante toda la proyección que ocurra ese milagro imposible, a lo Frank Capra, que impida el desastre y saque al pobre desgraciado de su pesadillesco viaje al delirio. Pero lo inevitable, como tiene que ser, ocurre. Así llega la magia de la comprensión. La denuncia se torna efectista porque nos ubica justamente en aquel lugar que nos exigía Primo Levi al asegurarnos que “comprender no es compartir”… No queremos que eso pase y tampoco estamos de acuerdo en lo que pasa o en cómo pasa, pero somos plenamente conscientes de por qué pasa -o podría pasar-. Más que violencia, pienso, puro terror. El que suele generar casi todo aquello que nos enfrenta a nosotros mismos y nos da algo genuino y urgente en lo que pensar.

Malditos hipócritas: aguantad la bien merecida pedrada, dejad las excusas, olvidad las tonterías y poneos a trabajar. O un Joker cualquiera, ese al que estáis fabricando a conciencia en alguna parte, encontrará la excusa perfecta para patearos el trasero el día menos pensado.

Nos lo pateará a todos.

El cementerio de animales

Pet Cemetery abandonado tras Katrina (Daily Mail)
El cementerio de animales de St. Bernard (Nueva Orleans) tras el desastre del huracán Katrina [Seph Lawless, Daily Mail].

En el mediodía del 22 de marzo de 1845 dos hombres se batían a duelo en una plantación ubicada en la entonces conocida como Parroquia de St. Bernard, en Nueva Orleans (Louisiana). El propietario del terreno, un tal Phillipe Toca, se enfrentaba a su vecino Gilbert Leonard por un conflicto de lindes que decidieron resolver de esa peculiar manera en que los caballeros resolvían sus asuntos por aquel entonces. El caso es que Toca fue el único que acertó el tiro, terminando así con la vida de su rival. Nada tendría de especial este evento, muy común en aquel tiempo, de no ser porque pareció convertirse en el germen de una peculiar historia de misterios que, en el imaginario popular, pasado casi un siglo, haría de la plantación un terreno especial, a caballo entre la maldición y la leyenda, durante treinta años.

En 1946 el terreno de la Plantación Toca llevaba un tiempo abandonado y a la venta. Parcelado y cercado por la emergente ciudad, era ya poco más que un descuidado campo de caña de azúcar situado en uno de los márgenes del Barrio de St. Bernard, al este del gran meandro del río Mississippi y que, al tener forma de media luna, es responsable del apodo con el que es conocida Nueva Orleans: Crescent City. El centro del terreno, no obstante, aún era dominado por una vieja, resistente y enorme casa de estilo Tudor que fue adquirida por Grace Wynne, una viuda que se instaló en la antigua plantación acompañada de Dorothy, su hija de 21 años. Ya parecía raro que dos mujeres solitarias decidieran instalarse en aquella casa gigantesca y apartada, pero, bien mirada la historia tenía viso de normalidad ya que, al fin y al cabo, no es noticia que haya gente muy rara por ahí suelta. Solo aspecto, claro, pues Grace traía consigo un pasado funesto y aventurero que ocultar a la vecindad.

Grace Wynne
Grace Wynne.

Calibre 25

 

En 1913, con 22 años, Grace -cuyo apellido de soltera era Matt- contrajo matrimonio en Kansas City (Missouri) con John “Jack” Thompson. El matrimonio no fue bien, pero tampoco terminó del todo mal, pues ambos cónyuges optaron por acordar un final civilizado. Así, en 1919, tras el pertinente divorcio, pero sin romper la relación de amistad con su primer esposo, la mujer se trasladó a Oklahoma City para volver a casarse con otro hombre del que se había enamorado y cuyo apellido adoptó: Arthur Wynne. De tal modo, en 1924 Grace alumbraría a su hija Dorothy. No obstante, y dado que la presencia de Jack, quien también volvió a casarse con una tal Mary, fue habitual en la infancia de la niña -al punto de que se convertiría, de postizo, en su “Papá Jack”-, sería el apellido de éste el que Dorothy adoptaría al llegar a la edad adulta. Si a esta singular circunstancia añadimos los constantes viajes de Thompson a Oklahoma City para visitar a Grace y a Dorothy, basta con saber sumar para entender que allí había más que buenas palabras y cortesías. El hecho de que en 1931 Grace liquidase su matrimonio con Arthur y retornara a Kansas City, habla por sí mismo e incluso, si uno es mal pensado, pone en entredicho la verdadera paternidad de la cría.

Allí, Jack Thompson, introducido en el negocio de las máquinas tragaperras, se había convertido en todo un prohombre con muchas influencias políticas y potentes recursos económicos. Por supuesto, había gato encerrado. También se le sabía vinculado al aparato político de la organización mafiosa local, dirigida por Tom “Boss Tom” Pendergast. Un sujeto, y era vox populi, que traficaba con alcohol, dirigía todos los prostíbulos de la ciudad, controlaba las casas de juego -esas en las que siempre hay máquinas tragaperras-, e igual amañaba elecciones que sobornaba a la policía. Y claro, por si alguien tenía alguna duda, era precisamente Jack Thompson quien estaba esperando a Grace y a Dorothy en el andén de la estación de ferrocarril para recogerlas cuando llegaron desde Oklahoma. De hecho, las instaló en una lujosa habitación del Hotel Pickwick, les prodigó constantes regalos y las mantuvo viviendo a todo trapo durante casi tres años.

Cabe suponer que lo de ser mantenida era demasiado aburrido -e inseguro- para Grace por cuanto en 1934 decidió que vivir en un hotel no era vida y que, en última instancia, tenía que volver a formalizar relaciones con Jack Thompson para garantizarse un futuro. Ella todavía no lo sabía, claro, pero ese iba a ser el inicio del camino que terminaría con sus huesos en la vieja Plantación Toca. También es seguro que Grace era una persona con decisión y arrestos para hacer lo que era necesario, pues imaginó que la manera ideal de apropiarse de su amante no era otra que la de eliminar de la ecuación a su molestísima esposa. De tal modo, se hizo con una pistola del calibre 25, se coló en la casa de Jack Thompson, y descerrajó cinco tiros a Mary en el preciso momento en el que la mujer llegaba de un viaje.

Todo estaba muy bien calculado. No huyó de la escena del crimen y tampoco se molestó en mostrar arrepentimiento o negar su culpabilidad. Simplemente, aferrada a la idea de que así no tendría que compartir a su amante con nadie y adoptando una magnífica pose de mosquita muerta, esperó a un juicio que nunca llegó a celebrarse gracias a las influencias del protector Jack. Éste, tirando de amistades, logró que se la considerara mentalmente incapacitada, de suerte que eludió la cárcel para ser ingresada en el manicomio local de St. Joseph. Allí pasó seis meses entretanto su caso llegaba a los tribunales y, cuando ya se había fijado fecha para la vista, puso en marcha su plan maestro: durante una visita de su madre, Emma Matt, Grace logró un permiso provisional de los confiados médicos para visitarla en el hotel en el que se hospedaba… Y aprovechó la salida para huir a Nueva Orleans junto con su progenitora y su hija. Poco después, Jack Thompson se dirigió allí para encontrarse con Grace en el Hotel Jung, donde fallecería en extrañas circunstancias en la noche del 3 de diciembre de 1935. Se dijo que la causa de la muerte había sido un ataque al corazón, pero nunca quedó del todo aclarado pues la autopsia resultó inconcluyente. A todo esto, Dorothy tenía entonces solo 11 años.

Grace siempre negó haber mantenido contacto alguno con su exmarido desde que huyera de Kansas City, y arguyó que en realidad había sido asesinado, más allá de sus vínculos con la mafia, a causa de una supuesta fortuna oculta amasada con las tragaperras, que cifró en torno al medio millón de dólares y que nunca se encontró. Por otra parte, y como es lógico, las Autoridades de Kansas City cursaron a las de Nueva Orleans la pertinente orden de busca y captura, pero nadie fue capaz de echarle el guante en primera instancia. Antes al contrario, si el lector piensa que la peripecia vital de esta mujer es un completo enredo, la circunstancia de su captura es ya de puro estrambote.

El cementerio de mascotas

Haciéndose llamar Grace Thompson -la mejor manera de ocultarse es siempre ponerse en el escaparate-, abrió una floristería en el 4609 de la calle Freret sin que jamás se supiera de dónde había obtenido los recursos para ello una persona sin oficio ni beneficio. También, porque uno siempre tiene más de un talento, se hizo organista de la iglesia de Our Lady of Lourdes, para la que compuso algunos himnos… Y ocurrió que en 1940 una mujer policía de Kansas City aficionada a la música eclesiástica dio con ella al seguir la pista de una de sus composiciones, publicada en un libro para organistas del culto editado en 1939. Por cierto, era un excelente y muy popular himno que se interpretaba, por aquel entonces, en iglesias y capillas de medio mundo.

Así es como Grace, reclamada por Missouri, fue extraditada en 1942 por orden del Gobernador de Louisiana, Sam Jones, juzgada por asesinato en segundo grado, y condenada a 15 años de prisión. Sentencia que, por supuesto, nunca cumpliría. En 1944, aprovechando un nuevo juicio en la Corte Suprema de Missouri motivado por el recurso que sus abogados habían impuesto a la primera sentencia amparados en un error de procedimiento, Grace se las ingenió para fugarse de nuevo a Nueva Orleans. Allá fue detenida otra vez, pero se debía poner en marcha un nuevo procedimiento de extradición, con lo cual se abría ante ella la oportunidad de eludir a la justicia. Y lo consiguió: cuando, en 1945, se presentó junto con sus dos abogados ante el nuevo Gobernador del Estado, Jimmie H. Davis, logró imponer la idea de que todo su caso era un fraude montado por la corrupta maquinaria política de Kansas City para hacerse con la fortuna -nunca vista, recuérdese- de Jack Thompson. Dado que el tipo la creyó -vaya usted a saber por qué-, denegó la orden. Y así es como en 1946, con un montón de dinerito fresco en el bolsillo cuya procedencia tampoco se aclaró jamás, Grace adquirió la dichosa plantación que cien años antes perteneciera al duelista Phillipe Toca.

El propósito último de la compra era tan singular como solo podía esperarse en alguien tan peculiar como Grace Wynne, pues Dorothy explicaría que su madre siempre había querido crear un cementerio de mascotas desde que años atrás, en Kansas City, tuvieran un perro muy querido al que no pudieron enterrar en parte alguna cuando murió… Ciertamente, y digámoslo por no dejar el tema coleando, las Autoridades de Missouri se plantearon en más de una ocasión la idea de recuperar a esa rea díscola que se les había escurrido con tanta determinación e ingenio, pero tras algún intento aislado y poco esforzado -la verdad- fueron olvidándose del tema. Y así, en 1952, el cementerio de animales de St. Bernard estaba ya funcionando a pleno rendimiento.

El escritor Stephen King, por cierto, solo tenía cinco añitos por aquellos días y, como es lógico, no había pensado aún en escribir ni una sola palabra sobre esta clase de cementerios.

Pet Cemetery abandonado tras Katrina (Daily Mail-Sepp Lawless) #3
Dos tumbas de mascotas en el cementerio de animales de St. Bernard [Seph Lawless, Daily Mail].

A la caza del tesoro

Lo cierto es que el cementerio de animales de la señora Wynne se convirtió en una famosa peculiaridad local más pronto que tarde, sobre todo por su extraña singularidad. Y no solo valía para el enterramiento de mascotas, sino que también adoptó funciones de albergue, llegando a alojar en las instalaciones incluso monos que podían ser visitados ocasionalmente por los vecinos más curiosos. Se ha calculado que, con el paso de los años, se enterró en los terrenos de la antigua Plantación Toca a unos cinco mil animales, desde perros a serpientes, pasado por loros, monos, pájaros, gatos o conejos. Cada uno con su tumba particular y su lápida perfectamente rotulada. De hecho, las tumbas iban desde lo más modesto hasta lo más costoso y elaborado que quepa imaginar, habiendo enterramientos con hermosas estatuas y ornamentos que llegaron a alcanzar para sus dolientes propietarios el coste de 2000 dólares. Y así, el conocido como E. E. Matt Pet Cemetery o Azalea Original Pet Cemetery, creció sin parar durante años, entretanto los cuidados setos de plantas tropicales exóticas medraban junto a las tumbas ayudadas por el benigno clima de Louisiana.

Lo cierto es que fue en la gestión de su viejo sueño que envejeció Grace Wynne, pasando el peso de la propiedad a manos de Dorothy Thompson, quien la seguiría gestionando con el mismo amor y dedicación que su madre. La controvertida historia familiar, al parecer, quedaría en el pasado. O eso se pensaba. Lo cierto es que el espejismo de paz construido en torno al descanso eterno de los animales se rompería el 26 de noviembre de 1970, día en el que Dorothy, casada desde hacía unos años con un tal Logan Banks, dispararía sobre su esposo cuando ambos se encontraban trabajando en la parte trasera del cementerio. El informe policial, escueto, era rotundo: la mujer había disparado sobre su marido, de 41 años, en el transcurso de un episodio de violencia doméstica. Grace y Dorothy testificaron que Banks, con un largo rosario de episodios de violencia de género, había intentado apuñalarlas durante una de sus habituales borracheras, por lo cual la oficina del Sheriff local concluyó que su esposa le disparó en defensa propia. No hubo más indagaciones. Caso resuelto.

En 1976, Dorothy Thompson contraería matrimonio con uno de los vigilantes del cementerio, Donald Eugene Robinson, de 46 años. Pero la mala suerte de las mujeres de esta familia –o el mal fario del viejo Toca- no dejaba de regodearse en la desgracia perenne, pues Robinson, por razones aún desconocidas, fue tiroteado por alguien a quien nunca se encontró y por razones jamás aclaradas, durante una de sus rondas por los terrenos. Cuando se encontró el cuerpo nadie supo ofrecer testimonio relevante, y el caso también se cerró. En esta ocasión sin resolver. A todo esto, la indómita aventurera Grace Wynne fallecería un año después de esta nueva catástrofe familiar, en 1977, a la edad de 88 años, dejando sola en el inmenso caserón a una desconsolada y viuda Dorothy.

Habrá a estas alturas de la historia quien se pregunte de qué vivía esta familia tan rara más allá de las esporádicas donaciones que recibía por parte de los compungidos propietarios de las mascotas enterradas en su propiedad. Y esto sí que es un absoluto misterio que alimentaría una peculiar y popular leyenda urbana local: Grace y Dorothy, decían los más fantasiosos, habrían enterrado el botín oculto de Jack Thompson en algún lugar de los terrenos, no siendo el cementerio de mascotas otra cosa que una rebuscada tapadera para ocultar el botín. Tan famosa se hizo esta historia del tesoro oculto de “Daddy Jack” que no era raro encontrar escarbando por los recovecos de la plantación a infinidad de caza-tesoros, lo cual obligó a la constante contratación de vigilantes que mantuvieran alejados a los codiciosos intrusos. Posiblemente fuera uno de estos indeseados visitantes el que disparase contra Robinson. Ni que decir tiene, claro, que el imaginario tesoro nunca se encontró por más que hubo infinidad de aguerridos buscadores empeñados en dar con él.

Y así llegamos a 1980, año en el que Dorothy decide contratar como vigilante, conserje y encargado de mantenimiento a Brandon Nodier, un tipo de 26 años que prácticamente se haría dueño de lugar por la sencilla razón de que su empleadora nunca pareció recuperarse por completo de la muerte de su madre, hecho que la sumió en la depresión y un abandono progresivo. Así, Nodier, con el tiempo, convertiría el cementerio de animales y la propiedad misma –en la que vivía- en su propio reflejo, llegando a gestionarla a su completo antojo. La verdad es que no parece que todo esto sea casual –recuérdese que la casualidad nunca es cosa que explique nada-, pues un año después de recalar en la Plantación Toca, entrevistado por un reportero local, el conserje confesó algo tan extraordinario como sospechoso: antes de ser contratado para trabajar en el cementerio de mascotas, e incluso con anterioridad a plantearse la idea de presentarse para solicitar el puesto, ya había “presentido” que tal cosa ocurriría algún día.

Dorothy Thompson y Brandon Nodier (nola com)
Dorothy Thompson posa ante una de las tumbas de su cementerio de animales. El hombre de pie, tras ella, no es otro que un joven Brandon Nodier.

La maldición de Phillipe Toca

Ahora es cuando la historia del cementerio de animales se torna aun más rocambolesca, si cabe.

En el mismo 1980, Dorothy Thompson trabó una intensa amistad con Pat Newman, persona a la que, tiempo después, nombraría albacea de su testamento. Además, firmó de manera inexplicable un contrato de arrendamiento con Nodier, por mediación de la empresa de éste, Brandon’s Renovations Inc., por 99 años y la mísera suma de 20 dólares mensuales. Un hecho que se comprende no solo por su mal estado anímico, sino también porque admitiría tiempo después encontrarse obnubilada por el consumo de drogas. De hecho, Brandon Nodier, como luego se supo, era un estafador que había sustraído grandes sumas de dinero a varias personas en situación de vulnerabilidad, hecho certificado por el testimonio de Louise Delise, quien fuera vecina de Nodier en el barrio de Arabi con anterioridad a su contratación en el cementerio de mascotas, y de Robert Graf, quien viviera en la misma calle en la que se encontraban las instalaciones.

Lo cierto es que Dorothy, seguramente asediada en el trance de su debilidad psicológica por su manipulador empleado, terminó cediendo los terrenos en 1984 a Brandon y su esposa, Bonnie Nodier, quienes constituían una singular pareja en la medida que, pese a estar legalmente divorciados, vivían juntos. La cantidad estipulada para la cesión fue de 20.000 dólares, que era justamente el valor catastral de la plantación. Sin embargo, nunca pudo constatarse que el pago se hiciera efectivo por más que se investigó la transacción. Vamos, y para entendernos, que los Nodier nunca abonaron el coste de la cesión pese a tener todos los documentos de la misma en regla, con lo cual la propiedad no les pertenecía legalmente.

Así las cosas, asesorada por Pat Newman, Dorothy presentó una demanda contra los Nodier en noviembre de 1984 en la que alegaba haber sido engañada por la pareja para firmar los papeles de compra-venta de la finca. El caso es que, una vez interpuesta la denuncia, la gran casa estilo Tudor sufrió diversos y continuados cortes inexplicables de energía eléctrica que Newman, por supuesto, atribuyó a la mano vengativa de Brandon Nodier. Y la cosa no iba a terminar ahí: la vista para el juicio estaba fijada en el 26 de abril de 1985, pero Dorothy Thompson nunca llegó a tal fecha en la medida que desapareció misteriosamente días antes, el 13 de abril. Su cuerpo sería encontrado el 2 de mayo en el río Mississippi, en un paraje pantanoso conocido como Myrtle Groove. Se encontraba empaquetado en una bolsa de plástico atada con gruesas cadenas de acero –sin duda para que no saliera a la superficie- y cable eléctrico. Todo era tan chapucero y apresurado que los investigadores del caso no tardaron en concluir que la pobre mujer, de 63 años, había sido asesinada en su propia casa y trasladada hasta el lugar en el que se la encontró. Parecía un asunto claro. Pero no. Por más vueltas que la policía quiso dar en torno a los Nodier, principales sospechosos, nunca se encontraron evidencias que pudieran corroborar su culpabilidad, y ambos resistieron con gran entereza y rigor todos los interrogatorios. Otro caso sin resolver.

Hacía dos años, por cierto, que el escritor Stephen King, ahora sí, había publicado su famosa novela.

Y la leyenda siguió creciendo, pues no fueron pocos los “testigos” que afirmaron durante años haber visto el fantasma de Dorothy Thompson caminando entre las tumbas de las mascotas, con lo cual el lugar se convirtió, pasado el tiempo, en un verdadero espacio de culto para los “investigadores” de lo paranormal. La Plantación Toca, pues, adquirió un ominoso halo de “maldita”, de suerte que durante veinticinco años Pat Newman intentó venderla sin éxito alguno: nadie quería ser propietario de una finca con fama de embrujada, jalonada de tumbas animales que habría que retirar por un buen dinero y devastada por el huracán Katrina. De hecho, cuando el desastre del Katrina azotó Nueva Orleans en 2006, muchas de las tumbas se removieron a causa de las inundaciones, con lo cual el cementerio se convirtió en un vertedero confuso de restos de animales y profundos pozos que hicieron de él un lugar tan siniestro como peligroso. Así, solo los ladrones, los curiosos deseosos de satisfacer sus delirios, los sempiternos buscadores de tesoros, los vagabundos y toda otra fauna imaginable del lumpen se atrevió durante años a adentrarse en el misterioso reposo de los animales.

Por supuesto, ninguno encontró lo que buscaba.

Cuando todo se resuelve

No fue sino hasta 2009 que los testigos –que los había- empezaron a “recuperar” la memoria. Es posible, tal y como afirmó con gran intuición el Detective Jefe de la Oficina del Sheriff de St. Bernard, John Doran, que muchas de estas personas, ya en la vejez, decidieran aliviar sus conciencias impelidas por su propia “sensación de mortalidad”. El hecho es que comenzaron a llegar testimonios dispersos que acusaban a Brandon Nodier de diferentes crímenes a lo largo de los años, y que, en algún caso, lo relacionaban de manera directa con el asesinato de Dorothy Thompson, contra la que había proferido amenazas de muerte en más de una ocasión. Con ello, visto que algunas de estas historias tenían visos de verosimilitud, se decidió reabrir la investigación del caso… Y las razones para estos testimonios extemporáneos resultaron ser tan sorprendentes y extravagantes como el estrepitoso silenció que los precedió: hubo quien dijo tener que hablar impelido por sus pesadillas, e incluso hubo quien afirmó decidirse a llamar tras verse acosado durante años por el fantasma de la pobre Dorothy. Está visto que la mala conciencia es un gran potenciador de la imaginación.

Tras tres años de profusas investigaciones, en 2012, pero sin otra cosa que las acostumbradas pruebas circunstanciales, los agentes decidieron tantear de nuevo a Nodier, quien tenía tras de sí un largo rosario de antecedentes y llevaba algún tiempo ganándose la vida como pintor de brocha gorda. Quizá fuera cansancio, tal vez genuino arrepentimiento, puede que los interrogadores se empeñaran con mayor pericia. Lo cierto es que en esta ocasión el tipo no pudo superar los interrogatorios y terminó derrumbándose para declararse culpable del asesinato de Dorothy Thompson. Creyó, como muchos años atrás también lo creyera aquel duelista derribado por el certero pistoletazo de Phillipe Toca, que eliminando a la mujer podría adueñarse de la propiedad sin mayores contratiempos. Y así habría sido de no mediar en el proceso la contumaz Pat Newman.

Se le condenó en 2014. Nadie sabe si el doliente fantasma de la Señora Thompson sigue circulando por ahí.

Brandon Nodier Detenido (Reuters)
Brandon Nodier detenido en 2012, 26 años después de que asesinara a su patrona, Dorothy Thompson [Reuters].

Los corsarios somos… ¿héroes?

Patente de Corso
Patente de Corso francesa.

El caso de los llamados “filibusteros”, “bucaneros” o “corsarios”, palabras que no significan lo mismo, pero tienen sentidos confluyentes que a menudo provocan su uso alternativo -e incluso sinonímico-, suscita una interesante discusión historiográfica. Y ello porque, en función de quien relate su historia, se convertirán en héroes o criminales. En tipos aguerridos al servicio de la nación que los comandaba o en repugnantes piratas puestos al servicio de una guerra sucia. Si nos acercamos a la última edición del Diccionario de la Real Academia Española esta controversia pronto se hace patente en el lenguaje ordinario, pues nos encontramos lo siguiente:

Filibustero, ra [del francés flibustier, y este del neerlanades. vrijbuiter ‘corsario’, de vrij ‘libre’ y buiten ‘saquear’. Por lo que:

  • Primera acepción (masculino y femenino): Pirata que por el siglo XVII formó parte de los grupos que infestaron el mar de las Antillas.
  • Segunda acepción (masculino, en desuso): Hombre que trabajaba por la emancipación de las que fueron provincias ultramarinas de España.

Lo cual nos obliga a profundizar en el significado del término “corsario”, de suerte que:

Corsario, ria [de corso]:

  • Primera acepción (adjetivo): Dicho de un buque que andaba al corso, con patente del Gobierno de su nación.
  • Segunda acepción (adjetivo): Dicho de un capitán o de un miembro de la tripulación: de un buque corsario. U.t.c.s.m.
  • Tercera acepción (masculino y femenino): Pirata.

Veamos entonces que se nos cuenta del sustantivo “pirata”:

Pirata [Del lat. pirāta, y este del gr. πειρατής peiratḗs, der. de πειρᾶν peirân ‘atacar, asaltar’].

  • Las acepciones 1 y 2 nos aclaran que puede emplearse tanto en el sentido de “pirático” como en el de “clandestino”.
  • Tercera acepción (masculino y femenino): Persona que, junto con otras de igual condición, se dedica al abordaje de barcos en el mar para robar.
  • Cuarta acepción (masculino y femenino): Persona cruel y despiadada.

Terminemos entonces este repaso léxico con lo que nos falta por saber:

Bucanero, ra [del francés, boucanier]:

  • Primera y única acepción (masculino y femenino): Pirata que en los siglos XVII y XVIII se entregaba al saqueo de las posesiones españolas de ultramar.

Así planteada la cuestión nos las vemos con un importante galimatías lingüístico que, en realidad, y porque las palabras están vivas y tienen siempre tras ellas una historia que las alimenta, es el resultado directo de una confrontación bélica, sociopolítica y jurídica nunca resuelta. Si, ayudados de una máquina del tiempo, pudiéramos preguntar a un Virrey español por su consideración personal acerca los corsarios, bucaneros y filibusteros británicos, portugueses -y en algún caso franceses- que asolaron el Caribe, se limitaría a indicarnos que son meros “piratas”, ergo simples criminales. Pero si hiciéramos la misma pregunta a sus coetáneos de la oposición, metidos en la lucha por la hegemonía marítima, encontraríamos que no tardarían en buscar amparo tanto en la segunda acepción de “filibustero”, como en la de “bucanero” y las dos primeras de “corsario”, de suerte que en caso alguno considerarían a esta persona como un criminal. Antes al contrario, pues en algún caso llegarían a pensar en estas personas como verdaderos héroes de la patria.

Ello se debe a que funcionaba en este ámbito una interesante trampa legal que la Corona española nunca aceptó a la hora de plantear sus exigencias, por cuanto siempre entró con suma renuencia en el juego de “legalizar” o “dar cobertura” a esta clase de personas hecho que, con el tiempo, se advirtió como una actitud política muy poco práctica, lo cual la llevó a replantearse el asunto. Lo cierto es que un corsario era estrictamente un mercenario de la mar contratado por una empresa privada para atacar a los navíos mercantes del enemigo. Este tipo de mercenarios navegaban con una patente de corsario -o de corso– concedida por algún miembro destacado del Estado, o por la propia Corona. Resultaban muy interesantes a la par que lucrativos, pues no suponían gasto alguno para las arcas del Estado entretanto habían de pagar su patente con un buen porcentaje de sus capturas. En definitiva, para quienes emitían estos documentos se trataría de una suerte de “piratas legales”, frente a los ilegales de todo punto que eran precisamente aquellos que navegaban sin patente alguna -ergo sin cobertura jurídica de ninguna nación- dedicándose al pillaje discrecional y sin hacer distinciones. Así las cosas, y por el aquel de dejar las cosas claras, conviene recurrir por última vez al Diccionario, por cuanto las “patentes de corso” nada tenían que ver -aunque lo parezca- con la isla mediterránea de Córcega. En realidad , la primera entrada “corso” nos dice:

Corso [Del latín, cursus ‘carrera’]:
  • Primera acepción (masculino): Campaña marítima que se hace al comercio enemigo, siguiendo las leyes de la guerra.
  • Segunda acepción (masculino, marina): Campaña que hacían por el mar los buques mercantes con patente de su Gobierno para perseguir a los piratas o a las embarcaciones enemigas. Ir, salir a corso. Venir de corso.
  • Locuciones que se indican: “a corso” y “patente de corso”.
  • Aclaración: La palabra “corso”, para referirse a los nativos de Córcega no procede del latín cursus, sino del latín corsus.

Henry Morgan. Héroe y villano

El célebre Morgan fue uno de estos tipos dicotómicos -pirata para unos, corsario para otros- que ha alimentado no pocas leyendas sobre el mundillo naval del periodo colonial, al igual que el no menos célebre -por motivos bien distintos- William Kidd. Lo cierto, no obstante, es que se trata de un personaje cuya vida no es muy conocida con anterioridad a su fama como mercenario, que empezó a labrarse a partir de 1667. Es muy posible que Henry Morgan naciera el año 1635 en la entonces localidad galesa de Llanrumney que actualmente forma parte de Cardiff. Se sabe que su padre, Robert Morgan, era un rico labrador con prestigiosos antepasados militares. Poco más hay que decir en torno a sus orígenes que no se adentre en los vericuetos de lo legendario pues el propio Henry Morgan fue muy celoso en la ocultación de su pasado. En su libro Los bucaneros de América -del que existe una edición moderna en español publicada por Seix Barral en 1971-, el también filibustero y cirujano francés Alexander Oliver Exquemelín (1646-1717), explicó en relación a la juventud que Morgan que, siendo éste muy joven, fue secuestrado en Bristol y vendido como sirviente en Barbuda. Así se explicaría su llegada al Caribe. Sin embargo, cuando tiempo después de su edición original (1681) Henry Morgan leyó el libro de Exquemelin, demandó a los editores argumentando que era una completa invención pues, entre otras cosas, él nunca había sido sirviente de nadie más que de “Su Majestad”. Dado que no había forma de probar que las afirmaciones de Exquemelin fueran ciertas, Morgan ganó el juicio y fue indemnizado con 200 libras, aparte de una excusa pública.

Henry Morgan (Grabado Libro Exquemelin, 1681)
Henry Morgan, según grabado del libro de Alexander Oliver Exquemelin (1681).

Otra versión de su llegada a América, aportada por el historiador Walter Platt en 1998, explica que formó parte de la expedición de castigo inglesa que tomó Jamaica en 1665. Sea como fuere y como ya se indicó, en 1667​, sin que se sepa muy bien cómo, Henry Morgan se encontraba en el Caribe y, al parecer, ya gozaba de una buena reputación como hombre de armas pues había participado en diversas misiones destinadas a desestabilizar el dominio español en América. Básicamente, y por no abundar en detalles, digamos que se trataba de una campaña emprendida por los británicos contra las posesiones españolas -el famoso Western Design ideado por Oliver Cromwell (1599-1658)-, cuya finalidad era debilitar el dominio español alimentando la “leyenda negra”, ganar espacio para los británicos en el continente y, por supuesto, fortalecer la economía de sus posesiones así como la extensión de sus dominios ultramarinos. Y lo cierto es que pese a que Morgan se entregó a estos empeños con vigor, el éxito no acompañó las primeras iniciativas de la Corona británica.

Sea como fuere, precedido por su fama, fue comisionado como corsario por el gobernador de Jamaica, Sir Thomas Modyford (1620-1679), para, entre otras cosas, apresar buques españoles. Sucedió, sin embargo, que en ese mismo año de 1667 el Monarca británico, Carlos II (1630-1685), firmó un tratado con España y ordenó el retiro de todas las licencias de corsario. No obstante, un espia indicó a Modyford que, posiblemente, los españoles se aprestaban a invadir Jamaica desde su base en Cuba. El rumor era endeble, pero el Gobernador optó desobedecer el mandato real y tomar la iniciativa, dado que carecía de protección naval de la Corona. Así pues, quiso que los corsarios por él comisionados procedieran a la conquista de Cuba. Sin embargo, y visto que la empresa era tan ambiciosa como imposible, ordenó que se realizasen incursiones a fin de capturar prisioneros españoles que le informasen, con rigor, de los planes en curso. De tal manera, dotado con doce barcos y setecientos hombres, Morgan saqueó Puerto Príncipe (actual Camagüey) tras una dura batalla, pues al parecer la guarnición local estaba al corriente de la llegada de los británicos y plantó cara. Luego torturó a todos los prisioneros sin descanso hasta que obtuvo los informes deseados. El botín obtenido en la sangrienta empresa alcanzó los 50.000 pesos pero, precisamente por estar los asediados sobre aviso, no era tan grande como se esperaba. Un hecho que sembró el descontento entre sus hombres.

Jamaica 1671
Mapa de la Isla de Jamaica en 1671.

Contrariado, Henry Morgan zarpó entonces en dirección a Portobelo (Panamá) y también logró saquear la ciudad, alcanzando esta vez, tras muchas peripecias y negociaciones, la suma de 250.000 pesos, lo cual satisfizo por entero a la tripulación.  Y no solo. El hecho de que lograra la gesta con apenas 400 hombres bajo su mando sorprendió a propios y extraños, al punto de que incrementó notablemente su fama como militar. Lo cierto es que tras estos éxitos Henry Morgan, cuya biografía no es precisamente la de un tipo modesto o comedido, estaba dispuesto a seguir adelante. Pese a todo, el Rey, enemistado inesperadamente con España, amonestó severamente a Modyford de suerte que se le retiró la licencia y el corsario quedó en dique seco. En todo caso, dado que el pretendido objetivo de salvar Jamaica de una posible invasión española se había cumplido, ambos hombres evitaron males mayores por causa de su desobediencia.

Morgan permaneció en sus plantaciones jamaicanas hasta 1670, año en que un buque español realizó una dura incursión de castigo que despertó, de nuevo, las iras del gobernador Modyford. De inmediato volvió a licenciar al aguerrido Henry Morgan, quien realizó un sangrienta incursión en el Istmo de Darién para realizar, a continuación, su más famosa gesta: el asalto a Panamá (1671). De nuevo Jamaica había sido salvaguardada con éxito y Morgan había logrado una tremenda victoria militar que, sin embargo, se vio oscurecida por el hecho de que en realidad lo que se buscaba no era la extensión del dominio británico en América, sino el simple y llano dinero. Por ello, autores como Henry Guttman calificaron esta operación como un éxito logrado por una banda de criminales.

Capitan Blood (1935)
La popularidad de Henry Morgan le ha hecho, con el paso del tiempo, acreedor de una curioso culto que lo ha convertido en protagonista de novelas, canciones populares, leyendas sobre la pirateria e incluso películas, como esta de 1935 protagonizada por el héroe cinematográfico de la época, Erroll Flynn.

En todo caso, Carlos II había planeado una guerra contra Holanda, por lo que reinició su política de apaciguamiento con España. Así, Modyford fue nuevamente amonestado y, junto con Morgan, reclamado desde Londres. Lo cierto es que nunca se formuló cargo alguno contra Henry Morgan, pero como muestra de buena voluntad hacia la Corona Española el bucanero permaneció tres años en la capital británica “bajo custodia”. Pasado este tiempo, dado que el gesto ya no se estimó oportuno, Modyford y Morgan fueron enviados de nuevo a Jamaica. El primero en calidad de juez supremo, el segundo -ordenado ya caballero en 1674- como teniente del gobernador. La paradoja del caso reside en el hecho de que Morgan pasó de ser corsario -pirata a decir de sus enemigos- a verse en la obligación de perseguir las prácticas de los corsarios y los piratas en aguas jurisdiccionales británicas. Desde luego, experiencia en la materia tenía

Y en estos menesteres que alternaba con la gestión de sus plantaciones, pasó Henry Morgan el resto de sus días hasta que la muerte le sobrevino en 1688.

Un corsario. Un bucanero. Un filibustero. Un pirata. ¿Un héroe? Pues depende de cómo se mire.

El Fenómeno de la Violencia

Fenomeno Violencia


Francisco Pérez Fernández (Coord.)

El fenómeno de la violencia

Colección de Criminología y Criminalística

Madrid: Delta Publicaciones, 2019


La violencia humana ha estado presente en la sociedad desde los albores de la humanidad. Incluso la Biblia, texto clave en el devenir de la cultura occidental, la ubica en el mismo origen de nuestras interacciones biológicas y sociales al entender que una frustración muy intensa -la de Caín- puede motivarla y conducirla. De hecho, la violencia está presente en todas las sociedades y en todos los periodos históricos imaginables. Suele manifestarse en diversos niveles que comprenden desde el más individual e interpersonal, como la violencia entre dos individuos o la violencia autoinflingida, hasta el más grupal como es el caso de las guerras. La violencia ha sido un fenómeno muy estudiado, pero evanescente, difuso más allá de sus manifestaciones particulares. Es políedrica, compleja e incomprensible desde un abordaje global y sustantivo. Hay personas que ocasionalmente son violentas, pero no hay personas solo violentas, del mismo modo que no existen las que solo comen un tipo de alimento. Incluso hay personas que solo son violentas una sola vez en su vida, y las hay que, aún siéndolo, no la manifiestan físicamente, sino solo psicológicamente. Precisamente por ello, esta obra trata de alumbrar el fenómeno de la violencia desde un enfoque multidisciplinar e integrador que ayude al lector a advertir las diferentes perspectivas científicas del problema a fin de generar un enfoque comprensivo del mismo.

Contenidos:

  1. Neurobiología de la violencia (Luis Moya Albiol y Ángel Romero Martínez).
  2. Psicosociología de la conducta violenta (Francisco Pérez Fernández).
  3. Los estereotipos en la explicación de la conducta violenta (Fernando Gordillo León).
  4. Violencia, sexualidad y violencia sexual (María Peñaranda Ortega).
  5. Agresividad y violencia en el marco del consumo de drogas de abuso (Francisco López Muñoz y Cecilio Álamo González).
  6. Violencia entre iguales. Un tema de todos (Presentación Caballero García y José Antonio Luengo de la Torre).
  7. Jóvenes y violencia (José Manuel Andreu Rodríguez, Amalia Escalona Martínez y María Elena de la Peña Fernández).
  8. El papel de la violencia en las subculturas (Michelle M. Cámara Mora).

El monstruo extraviado

Pedro Alonso Lopez (Foto policial Ambato)
Fotografías de la ficha policial de Pedro Alonso López [fuente: Policía de Ambato].

Si hemos de hablar del asesino en serie número uno, del “hombre del siglo” como él mismo se autodefinió, hemos de referirnos a Pedro Alonso López, apodado por la prensa como el Monstruo de los Andes[1], quien por razones más que justificadas y se atendemos a los números conocidos –que siempre son dudosos en los casos de asesinos seriales, por diferentes razones- sería el criminal sexual más sanguinario, prolífico y feroz de la era moderna: más de trescientas muertes declaradas pesan sobre él. Su biografía es también una de las más tristes que se pueden relatar. Para empezar, López nació en uno de los momentos más convulsos de la historia de Colombia. Una época de plomo, violenta, salvaje, caótica, plagada de revueltas populares y vandalismo propiciado por los graves problemas políticos que aquejaban a la nación y que, especialmente entre las clases pobres, repercutieron de suerte devastadora.

En 1948 el político liberal Jorge Eliecer Gaitán fue asesinado[2], lo cual abrió de par en par la caja de los truenos e hizo estallar una sangrienta guerra civil que se prolongó durante diez años y dio lugar al tristemente célebre Bogotazo. El saldo final de aquella contienda, conocida como La Violencia, fue de doscientos mil muertos -sin contar las presumibles brutalidades devenidas de un largo periodo posterior caracterizado por el desgobierno y la corrupción-. Cabe imaginar que ser un niño del suburbio en aquellos días de sangre, descontrol e inmoralidad no debía ser cosa fácil. Desde luego, para el futuro Monstruo de los Andes no lo fue en modo alguno, si bien no se sabe demasiado acerca de aquella etapa de su vida y tan sólo se conoce el dudoso testimonio, jalonado por ensoñaciones, incoherencias y delirios, que quiso transmitir: “Él miente, fantasea y repite lo que alguna vez escuchó a sus compañeros de reclusión [se dijo en la prensa ecuatoriana al respecto]. Esconde su vida y prefiere no hablar de su niñez”[3]. Tan sólo el criterio diagnóstico de los profesionales de la salud mental que trabaron contacto profesional con él, como es el caso de Elizabeth Álvarez -directora de la Cárcel Número 3 de Quito durante los catorce años que Pedro Alonso permaneció allí-, arroja datos concisos, demoledores e incontrovertibles, pues no dudo en diagnosticarlo como “psicópata agresivo”. Y lo cierto es que, durante su estancia en aquel penal ecuatoriano, estuvo sometido a un férreo control médico, así como a la tiranía de los fármacos que regulaban sus niveles de agresividad.

Reacio en extremo a ser fotografiado, por lo que se conservan escasas imágenes de Pedro Alonso que no pertenezcan a entrevistas o le hayan sido simplemente “robadas” de manera furtiva, embadurnado de una estrambótica pátina de pretendida intelectualidad al expresarse, sobre todo cuando se tienen en cuenta que estamos ante una persona que apenas sabía leer y escribir -¿narcisismo?-, locuaz o callado dependiendo del momento, siempre mantuvo criterios curiosos, raros y contradictorios acerca de sus convicciones íntimas, así como sobre sus posibilidades vitales reales:

“Hablar con la verdad [dijo al reportero Ángel Lara Noriega en 1980] cuesta y cuesta mucho […]. Qué saco yo contándoles mi verdad si sólo se aprovechan de mi inocencia y de mi ingenuidad […]. Si me hubiera casado a lo mejor no me sucedía lo que estoy pasando […]. Quiero que me encierren en otro recinto carcelario del Ecuador, en Ambato, sería lo ideal, en donde podré escribir una obra literaria”[4].

En mitad del caos

Pedro Alonso López vino al mundo en Tolima, a los pies del volcán, en 1949. Hijo de una mísera prostituta, fue el séptimo de una copiosa prole de trece hijos, que se sepa[5], y su niñez, como es de suponer, no fue amable. La madre, amargada y neurótica –según dijo él mismo-, era terriblemente autoritaria y agresiva, y manejaba las cuestiones familiares con mano de hierro. La vida hogareña era miserable, pésima en todos los sentidos que quepa imaginar, pero todos los hijos de la prostituta, del primero al último, eran conscientes de que cualquier cosa -incluidos los palos y las vejaciones- era preferible a una vida solitaria en las calles. Más allá de la puerta del ranchito tan sólo había un estado de sitio salvaje, roto únicamente por los enfrentamientos entre las diferentes guerrillas y el ejército regular colombiano. La violación de los derechos humanos era la tónica en una nación en la que una vida humana no valía nada, y el índice de delincuencia era unas cincuenta veces más alto por aquellos días que en cualquier otro país en el mundo. En efecto. Dadas tales circunstancias… ¿Qué hacer fuera de la casa? ¿Adónde ir? Se hacía preferible tener un techo en el que pasar la noche, por mal que fueran las cosas, por poco futuro que se tuviera[6].

El siguiente episodio conocido de la vida de Pedrito nos lo muestra en 1957, a la edad de 8 años, cuando fue sorprendido por su madre agrediendo sexualmente a una de sus hermanas menores. Sí, en aquel mundo infernal se crecía muy deprisa y se aprendía más rápido todavía -sólo que los ejemplos a seguir no eran precisamente los mejores modelos de conducta-. El hecho es que la peor pesadilla posible para un niño de la edad de Pedro Alonso López se hizo realidad: fue expulsado de la casa, pues mintió cuando dijo que se marchó por propia voluntad tras recibir una paliza, y se le prohibió volver. Repudiado por la familia, sólo y sin un centavo en mitad de una guerra civil, se convirtió en un niño de las calles, un gamín, un cara sucia, como los llaman allá. Y, como es lógico, no tardó en aparecer el lobo feroz en la forma de un desconocido que le ofreció un lugar donde comer y pasar la noche. Demasiado bueno para ser verdad. En lugar del plato y el jergón el inopinado samaritano lo condujo a un edificio abandonado para violarlo y apalearlo. Una vez tras otra. Sorprende que saliera con vida del encuentro.

Tras la terrible experiencia, el chico era presa del pánico cuando se le aproximaba cualquier extraño. Su vida se transformó, como la de muchos otros niños de su condición, en una rutina infecta y degradante: dormir en cualquier parte, comer en los basureros y mendigar por las calles. De esta guisa pasó un año. Luego decidió viajar a Bogotá. Allá siguió malviviendo hasta que una pareja de turistas norteamericanos se apiadó de su esquelética apariencia, y se lo llevó con ellos. Como una mascota a la que se recoge, de la que se disfruta, y a la que se abandona: Pedrito terminó ingresado por el matrimonio estadounidense en un hospicio. Mejor le habría ido en la calle porque en 1963, con doce años, uno de los maestros de la institución le hizo objeto de su muy especial “cariño”. Los miedos del niño regresaron y una incipiente rabia empezó a generarse en el fondo de su mente. En venganza, robó el dinero de las oficinas de la escuela y huyó lejos, otra vez a las calles. En ellas pasaría seis años más, mendigando y robando para sobrevivir.

Con los 18 años recién cumplidos, Pedro Alonso era ya un consumado ladrón de coches, bastante experto y eficaz en su trabajo por lo que parece. Fue por ello detenido y condenado a siete años de cárcel. Y allá, en el presidio, los acontecimientos iban a precipitarse en lo que sería la forja final del Monstruo de los Andes. Tan sólo llevaba dos días entre rejas cuando otros cuatro presos lo violaron brutalmente. Era el final. Se juró a sí mismo que nadie volvería a tocarle de nuevo y que, a partir de entonces, ya no sería víctima sino verdugo. Urdió, pues, una meticulosa venganza. Se fabricó varios pinchos con diversos materiales y se encargó de ajustar las cuentas, uno por uno, a sus agresores. Sólo le cayeron dos años más de prisión. A aquellas alturas la mente de Pedro Alonso López había quedado irreparablemente dañada, transformada en una vorágine de odio, ira, miedo, agonía y perversión. Era ya un psicópata perfecto, de manual, que no podía soportar la idea de haber tenido una madre, con una sexualidad empobrecida y retorcida, vinculada a la violencia, que sólo podía satisfacer mediante el uso indiscriminado de pornografía extrema de la peor especie.

Pedro Alonso Lopez (fuente CRIMINALIA)
Una de las más conocidas y efectistas imágenes del “Monstruo”… Editorializante.  [Fuente: Criminalia]

Un reguero de cadáveres

Poco después de su puesta en libertad, en 1978, Alonso, quizá buscando un nuevo futuro, inició un largo viaje por el vecino Perú. Durante el mismo violó y asesinó, según su propio testimonio, al menos a cien jovencitas pertenecientes a varias poblaciones indígenas. Estas correrías casi le cuestan la vida, puesto que fue capturado por un grupo de quéchuas cuando intentaba seducir a una niña de 9 años. Los parroquianos lo ataron y desnudaron para someterlo a un sistemático proceso de tortura durante horas antes de decidirse a enterrarlo vivo. La suerte, dentro de lo que cabe, acompañó al Pedro Alonso al tomar la forma de un misionero estadounidense que intervino y aconsejó a sus captores que entregaran al prisionero a las Autoridades. Así se hizo y no pasó gran cosa. No había ni tiempo, ni ganas, ni dinero para ocuparse de un indigente indocumentado acusado, sin prueba alguna, de haber atacado a una niña cualquiera de una aldea sin nombre. Buen cuidado ponía Pedro Alonso en escoger a sus víctimas de entre los sectores poblacionales más débiles y menos respetados. De tal modo, los burócratas peruanos optaron por quitarse el problema de encima a las primeras de cambio deportándolo al vecino Ecuador, país del que dijo proceder.

Allí, Pedro Alonso decidió reemprender la táctica que tan buen resultado le había dado en Perú y empezó a deambular otra vez por pueblos y aldeas, dejando tras de sí un rastro de desaparecidas, siempre chiquillas. La negligencia de las Autoridades tan corruptas como claramente sobrepasadas por las dimensiones de la criminalidad con la que habían de lidiar, atribuyó estos casos, por lo común, a la trata de blancas. Otro mal endémico en aquella zona del mundo a tenor de las estadísticas que, en aquel momento, y por lo demás, aún no se había convertido en una cuestión central para las instituciones internacionales.

Pero, en 1980, hubo una inundación en la ciudad ecuatoriana de Ambato -provincia de Tungurahua- en la que residía provisionalmente el Monstruo de los Andes. Las aguas removieron la tierra para descubrir inesperadamente una fosa. Un cadáver salió a la superficie. Se alertó a la policía que, rápidamente, excavó en la zona para descubrir los cuerpos de otras tres jóvenes. Todas ellas mostraban notorios signos de haber sido brutalmente golpeadas, violadas y asesinadas. Hubo que plantearse la idea de que, tal vez, el criterio inicial de la policía fuera equivocado y no hubiera de por medio una red de prostitución o de tráfico de órganos que explicase la falta repentina de tantas jovencitas. Desapariciones que, en aquel momento, ya copaban titulares de prensa y mantenían en vilo a la nación entera.

La investigación de los agentes del SIC[7] de Tungurahua se puso en marcha con celeridad. Comenzaron los interrogatorios masivos entre el vecindario. Y así se descubrió, como de pasada, que pocos días antes de la inundación una lugareña, Carvina Poveda, quien trabajaba en su pequeño puesto en el mercado de la Plaza Urbina acompañada de su hija de 12 años, había advertido que un hombre trataba de llevarse a la pequeña. Sólo el hecho de que la madre advirtiera la estratagema y empezara a pedir ayuda a voz en cuello pudo poner en fuga al asaltante. Los otros mercaderes y algunos vecinos se movilizaron y consiguieron atrapar al supuesto raptor, que fue puntualmente entregado a la policía a las 16:00 horas del domingo 19 de marzo de 1980. El sujeto en cuestión era un tal Pedro Alonso López, y había tratado de ocultarse bajo la apariencia de un amable vendedor ambulante.

En un primer momento los agentes habían sacado poca cosa de aquel individuo desnutrido y mal aseado que divagaba incoherentemente durante los interrogatorios, de modo que pensaron que se trataba de un demente de tendencias sexuales desviadas. Pero, tras la aparición de la referida fosa, el sentido común invitó a los agentes a pensar en otra dirección: el hallazgo, dadas las características de las chicas encontradas, podría guardar alguna relación con la historia del fracasado intento de secuestro en la Plaza Urbina. Se volvió a interrogar reiteradamente al sospechoso sin resultados aparentes. La frialdad inconmovible del prisionero y la persistente falta de coherencia en sus respuestas hacían que la policía estuviera cada vez más convencida de su culpabilidad o, al menos, de que sabía más de las jovencitas de la fosa común de lo que decía. Eso, y otras averiguaciones colaterales en la medida que se, al profundizar en el caso, se conocieron los antecedentes que habían conducido a su expulsión del Perú.

Pedro Alonso Lopez (fuente EL COMERCIO)
Alonso López durante su estancia en el hospital psiquiátrico [fuente: El Comercio].

Convicto y confeso

Uno de los componentes del SIC imaginó que, tal vez, Alonso fuera un hombre creyente o al menos supersticioso, de modo sugirió enviar a un sacerdote a hablar con él a fin de ganarse su confianza. Podría darse el caso, tampoco sería la primera vez, de que un cura convenciera a un sospechoso de que era preciso y conveniente decir la verdad. El elegido fue el padre Córdoba Gudino, tipo conocido de los agentes y al parecer bastante persuasivo, que supo ganarse pronto la confianza del reo. Pedro, asistido por el cura, confesó a los estupefactos investigadores haber asesinado a más de cien jovencitas en Ecuador, otras cien en Colombia y, de nuevo, más de cien en Perú: “Me gustan las niñas de Ecuador, son más amables, confiadas e inocentes, no son tan desconfiadas como las colombianas, confesó López con absoluta tranquilidad antes de recurrir al argumento de su dura biografía para justificar sus crímenes: Perdí mi inocencia a los ocho años [manifestó] entonces decidí hacer lo mismo a todas las jóvenes que pudiera”. Y luego, como se haría costumbre en relación a sus testimonios, una contradicción: preguntado horas después por Ángel Lara, el primer periodista que tuvo acceso a la terrible historia, al respecto de los abusos sexuales que sufrió en la infancia, Pedro Alonso respondió de suerte enigmática, como si nunca hubiera dicho tal cosa antes: “Y si así fuera… ¿Qué?”[8]. La constancia de esta forma de conducirse siempre ha dado, en relación al Monstruo de los Andes, pábulo a una acalorada discusión profesional en la medida que nunca ha quedado del todo claro que su pensamiento desorganizado se deba a una genuina patología mental subyacente, o bien sea una sutil estrategia urdida para eludir sus responsabilidades.

Interpelado acerca de sus métodos, explicó que generalmente merodeaba por los mercados locales en los que seleccionaba a sus víctimas por su “mirada inocente”. Dijo asesinar siempre de día “para no desperdiciar nada”. El modus operandi siempre era, con escasas variaciones, el mismo: en un primer momento procedía a golpear a las víctimas y ya no dejaba de hacerlo durante todo el tiempo que se prolongaba la violación, justo hasta que empezaba a alcanzar el orgasmo. En ese preciso instante las estrangulaba mirándolas a los ojos fijamente, ya que esto le producía un profundo placer. Lo más excitante del proceso era la sensación de poder al contemplar como a sus víctimas se les escapaba la vida, cómo la luz iba desapareciendo de sus ojos. Sencillamente, el horario diurno era más propicio y le permitía ver mejor todo lo que sucedía, para así evitar el “desperdicio”. Añadió que, en algunos casos, cuando tenía en casa dos o tres cadáveres de niñas, puesto que había temporadas durante las que experimentaba una tensión sexual insoportable y asesinaba a diario, las sentaba, cual muñecas, alrededor de la mesa y jugaba a una variante sexualmente cargada, espantosamente necrofílica, de “tomar el té”.

Es evidente que, al comienzo, la policía se mostró muy escéptica –incluso incrédula- ante el abultado número de víctimas reportado por el testimonio de Pedro Alonso López. Sin duda alguna, aquel individuo flaco y desmañado debía sufrir delirios de grandeza. Y puede que el Monstruo de los Andes se sintiera ofendido en su virilidad criminal ante la falta de fe de sus interrogadores, pues fue él mismo quien se ofreció a llevarlos a diversas fosas comunes para mostrarles sus “trofeos”. En primer lugar, se desplazaron a Ambato lugar en el que, de fosa en fosa, palada tras palada, se descubrieron los restos de nada menos que cincuenta y tres jovencitas con edades que oscilaban entre los 8 y los 12 años. Era el comienzo del horror. Los agentes, guiados por un Pedro sonriente y jactancioso, que no paraba de hablar con extremo orgullo, siempre matizado con esa peculiar incoherencia, de sus andanzas, visitaron otras veintiocho tumbas en las que fueron apareciendo, sin solución de continuidad, cadáveres y más cadáveres. La evidencia era incuestionable. Inasumible. Parecía de todo punto mentira que nadie se hubiera dado cuenta de lo que estaba ocurriendo, y es que Alonso López, que no era ningún “genio”, se había aprovechado para mantener viva su tremenda carrera criminal en un algo bastante sencillo: nadie se fija en los pobres. Se les ignora. Uno se aparta de ellos. No quiere ni verlos. Son invisibles. Y ser invisible es perfecto para un asesino.

“Si alguien confiesa los cien que encontraste y cientos más, tiendes a creer lo que dice [manifestó Víctor Lascano, director ecuatoriano de prisiones] pero creo que el estimado de trescientas víctimas es bajo en este caso. Creo que son muchas más”[9].

Lo cierto es que no existen demasiados detalles disponibles en torno al juicio protagonizado por Pedro Alonso López en Ecuador. Tan sólo el dato de que su defensa logró imponer en la causa el criterio de incapacidad mental y terminó, con ello, condenado a dieciséis años de cárcel. Sus impresiones al respecto son, como poco, chocantes.

“Yo no tomo mucha importancia a lo que he hecho, porque estoy sujeto a la Ley y hay posibilidades de que tome un camino más recto. No le tengo miedo a la muerte, pero quiero seguir viviendo y ofrezco el brazo izquierdo y la pierna derecha como castigo, y ruego que tengan misericordia por lo que he realizado […]. Si me meten dieciséis años de cárcel y la ciudadanía de Tungurahua no está de acuerdo estoy dispuesto a pagar con toda mi vida en la cárcel, pero quiero vivir y pido a mi verdugo que no me mate, y ahí dejo mi historia […]. A mí me han dicho que si mato a una, o mato a mil, la pena es de dieciséis años, y espero la ayuda de cerebros intelectuales para que la pena no sea mayor, porque estoy asustado y quiero vivir para hacer unos libros y más tarde conseguirme una ambateñita que le agrade. Yo seré formal y educado con ella, y quizá pueda llegar a casarme […]. No estoy arrepentido de lo que he hecho porque si he recibido un poder, ese poder tiene como fin hacer el bien o el mal. Mi vida ha sido privada y he permanecido solo durante treinta y un años, solo he vivido y recorrido el mundo. He sido un cara sucia solo”[10].

Pasados catorce años y tres meses de reclusión, viendo su condena reducida por buena conducta y pese al clamor popular y la opinión de los expertos que en ningún caso lo consideraban rehabilitado para la integrarse en la sociedad, José Cobos Moscoso, juez segundo de lo penal de Chimborazo, siguiendo escrupulosamente el procedimiento legal al uso, otorgó la libertad a Pedro Alonso López. Corría agosto de 1994. Paradójicamente, el nuevo estado le duró al Monstruo de los Andes apenas una hora puesto que el intendente de policía de Pichincha, Boanérges Villagómez, ordenó su captura argumentando que se trataba de un sujeto indocumentado y cuya estancia en el Ecuador era por completo ilegal. Recaló, pues, en el Centro de Detención Provisional (CDP) en el que se comenzaron a despachar los trámites para su deportación a Colombia, país desde el que era reclamado a fin de afrontar diversas causas por los asesinatos allí cometidos.

Enjuiciado de nuevo por sus crímenes, esta vez en Tolima, se repitió la historia jurídica ecuatoriana. Los abogados de Pedro Alonso demostraron su inimputabilidad por incapacidad mental, lo cual motivó que terminara internado en un centro psiquiátrico. Pasó cuatro años encerrado en la institución mental hasta que fuera puesto en libertad bajo fianza en 1998. Se le impuso la obligación presentarse periódicamente a las Autoridades, pero Alonso siguió el trámite solo hasta apenas un año después, cuando finalmente dejó de aparecer[11].

Pedro Alonso Lopez

Y se hizo humo

Al parecer, y por lo que se sabe con certeza, durante el bienio 1998-1999, Pedro Alonso López estuvo desplazado en Cuenca (Ecuador), donde fue visto y reconocido entrando y saliendo de una casa abandonada de la Avenida 3 de Noviembre, en la que vivía desde hacía unos tres meses. Desde luego, no había visto cumplido su irracional deseo de triunfar como escritor. En medio de una oleada de histeria colectiva que colapsó la centralita de la policía, perseguido por un pasado maldito, fue detenido de nuevo precisamente por las mismas razones alegadas años antes para mantenerle privado de libertad: indocumentación[12]. Lo cierto, como explicó luego el jefe provincial de la policía, Luis Rodríguez, es que no había indicios de que Pedro Alonso López hubiera cometido delito alguno desde que saliera del manicomio colombiano, si bien se abrió una investigación al respecto. Conducido al CDP, mostraba, cayendo por la pendiente de la degeneración, un aspecto lamentable. Extremadamente delgado, demacrado, mal vestido y asustado, el detenido balbuceaba que no había hecho nada, que se ganaba la vida como albañil y que tenía la nacionalidad ecuatoriana desde 1973, detalle que fue desmentido por la policía y que, en cualquier caso, tampoco tenía manera documental alguna de demostrar. Pasó así, de nuevo, a manos de los miembros del servicio de Migración, que tendrían que estudiar de nuevo su deportación a Colombia.

A aquellas alturas el caso del Monstruo de los Andes ya se había transformado en un problema de compleja resolución para las Autoridades ecuatorianas: no resultaba sencillo libertar alegremente, especialmente por su propia seguridad, a un sujeto odiado y temido por una opinión pública que seguía clamando justicia a causa de una condena que consideró insultante y que, pese a todo, ya había cumplido con todas las deudas que el Estado ecuatoriano quiso hacerle pagar cuando tuvo la oportunidad. Paradoja.

Sea como fuere, en enero de 1999, el Monstruo de los Andes, probablemente resignado a ser un perseguido de por vida y olvidando el daño que sus soberbias declaraciones a la prensa le hicieron en el pasado, atendió a un periodista del semanario sensacionalista norteamericano National Examiner, Ron Laytner, quien transcribió sus impresiones en un testimonio escalofriante que pasará a los anales de la psicopatología y la criminología:

“Soy el hombre del siglo, nadie podrá olvidarme… [con orgullo]… Iba por mis víctimas caminando por los mercados, buscando jovencitas con una mirada de inocencia y belleza en sus caras. Tenía que ser una buena niña, que anduviese con su madre. Las seguía por dos o tres días a veces, esperando que estuvieran solas, de ahí les ofrecía alguna chuchería, como un espejito para maquillarse, acto seguido me seguían hasta un arrabal donde les prometía regalarles otro para su madre […]. Las llevaba a un escondite donde tenía las tumbas previamente cavadas. A veces había cuerpos de víctimas anteriores, todavía frescos, los cuales acariciaba y violaba para estar a tono. Todavía a la luz del día las violaba y empezaba a estrangularlas […]. En un buen día, lo hacía todo con luz diurna y las miraba a los ojos, si no, era un total desperdicio. Tenía que observarlas morir. Qué momento más divino cuando ponía mis manos en la garganta de una jovencita y miraba sus ojos de terror. El momento de la muerte es entrañable y excitante. Sólo los que han asesinado, saben de lo que hablo […]. Cuando me liberen, volveré a sentir ese momento nuevamente […]. Les tomaba a las jóvenes más o menos 15 minutos en morir. Era bastante considerado. Me pasaba mucho tiempo a su lado, revisando si ellas estaban bien muertas, si no, tenía que matarlas de nuevo […]. Nunca gritaban, porque no esperaban que algo así pasara. Eran muy inocentes […]. A mis amiguitas les gustaba la compañía, a menudo ponía a tres o cuatro en una fosa, pero a veces me aburría, porque no se movían. Entonces tenía que ir a buscar más niñas”[13].

Al parecer, y según se dice, un defecto de forma hizo que Pedro Alonso López retornara a las calles aún a pesar de seguir reclamado desde Colombia y Perú, y aun cuando sobre él pesa una orden busca y captura emitida por INTERPOL desde 2002. En 2005, a causa de una coincidencia dactilar inconcluyente con un cadáver de varón sin identificar, fue dado de baja en el censo electoral colombiano por la Registraduría Nacional de Colombia, pero esto no ha sido suficiente para la policía, que aún mantiene su número de cédula de identidad activo, con lo que seguiría en busca y captura[14]. Sin embargo, nada más se ha sabido del monstruo extraviado desde entonces y continua, ya vivo, ya muerto, en paradero desconocido. Si está entre nosotros en el momento en el que escribo estas líneas, tiene 71 años.

¿Y en la brecha?

Pedro Alonso Lopez (National Examiner)
Pedro Alonso López tal cual apareció en las páginas del semanario estadounidense National Examiner.

[1] La prensa colombiana, por su parte, bautizó originalmente a Pedro Alonso como La Bestia de Tolima.

[2] Supuestamente tiroteado por Juan Roa Sierra, un delincuente habitual de 26 años de edad que habría asesinado a Gaitán por iniciativa particular. Decimos “supuestamente” porque el presumible autor material del magnicidio fue localizado por la muchedumbre y linchado en la vía pública para ser posteriormente abandonado frente al Palacio Presidencial, en la medida que se consideró corresponsable del crimen al entonces presidente del país, Luis Mariano Ospina Pérez. Ello impidió que el caso pudiera ser investigado adecuadamente. A día de hoy, tras grandes controversias entre historiadores y periodistas, el acontecimiento permanece sumido en la confusión y es pasto habitual de especulaciones.

[3] “Conociendo al Monstruo de los Andes”. En: Diario Hoy. 31 de agosto de 1994.

[4] Diario Hoy, Ibíd. anterior.

[5] Serían trece poco tiempo después de que Pedro abandonara el hogar familiar. Cuenta él mismo que cuando tenía 19 años regresó a la casa: “Me encontré con la novedad de que nuevamente estaba de visita la cigüeña en mi casa. ¿Hasta cuándo?, le dije a mi madre y nunca más volví” (Diario Hoy, Ibíd. anterior).

[6] Lohr, D. (s. f): “All about Pedro López”. Este documento, bastante bueno y completo, lo obtuve en su día de: Court TV’s. Crime Library. Criminal Minds and Methods [www. Crimelibrary.com]. Lamentablemente, esta web ya no existe y el artículo, a día de hoy, ha desaparecido de la red.

[7] Servicio de Investigación Criminal. A partir de 1991 pasó a la denominación actual de Policial Judicial.

[8] Diario Hoy. Ibíd. anterior.

[9] Lohr, D., op. Cit.

[10] Monstruo de los Andes deportado a Colombia”. En: Diario Hoy. 1 de septiembre de 1994.

[11]La misteriosa desaparición del ‘Monstruo de los Andes’, el mayor asesino serial de niñas de Colombia. En: Infobae. 14 de noviembre de 2018 [en Internet: https://www.infobae.com/america/colombia/2018/11/14/la-misteriosa-desaparicion-del-mayor-asesino-serial-de-ninas-de-colombia/, recogido en junio de 2019].

[12] “Un ex convicto sin papeles será deportado”. En: Diario El Comercio. 4 de junio de 1998.

[13] The National Examiner. 12 de enero de 1999.

[14] Trujillo G., L.V. (2018). El misterio de Pedro Alonso López, el ‘Monstruo de los Andes’. En: Alerta Tolima, 16 de noviembre [En Internet: https://www.alertatolima.com/el-misterio-de-pedro-alonso-lopez-el-monstruo-de-los-andes/, recogido en junio de 2019].

La pareja ideal para sobrevivir al fin del mundo (o una reflexión alegórico-irónico-sarcástica acerca del apocalipsis presente)


“Creo que la vida en la Tierra está ante un riesgo cada vez mayor de ser destruida por un desastre, como una guerra nuclear repentina, un virus creado genéticamente u otros peligros”.

Stephen Hawking


Imagina que mañana comienza el fin del mundo tal cual lo conocemos.

No es tan difícil. Basta con escuchar hablar a un experto durante diez minutos sobre el cambio climático para anticipar la idea y comenzar, inopinadamente, a tener sudores fríos.

Será por eso que no hacen otra cosa que bombardearnos con series de televisión en las que se produce el apocalipsis zombi, o un pulso electromagnético inducido por una llamarada solar nos devuelve a la Edad de Piedra, o un meteorito gigante arrasa con el noventa por ciento de la humanidad y todo se termina yendo, de un rato para otro, a hacer gárgaras… Bueno, pues imagina que eso que cualquier día terminará pasando –porque es un hecho que todo cuanto empieza termina, y que la Humanidad se acabará por necesidad-, fuera a pasar mañana mismo.

En tal tesitura, si tienes la mala pata de sobrevivir al primer desastre de los muchos que vendrán después, surge inmediatamente la cuestión de a quién te conviene tener como pareja para afrontar el caos. Y digo “mala pata” porque debes creerme si te aviso de que, a la inmensa mayoría de nosotros, incapaces como somos de distinguir entre un higo chumbo y una biela, más nos valdría morir a las primeras de cambio para ahorrarnos muchos sufrimientos innecesarios antes de terminar con nuestros tristes días.

Fíjate bien que no digo “grupo”, sino “pareja”. No es casual. Ya sabes que yo nunca doy puntada sin hilo.

Fin del mundo
No te equivoques: algún día esto ocurrirá.

Las personas que debes ignorar.

Las series, los pseudo-documentales, los libros de supervivencia baratos y las novelas de ciencia ficción se han aburrido de explicarnos que los grupos grandes sobreviven mal a este tipo de situaciones. Al fin y al cabo, es imposible, tal y como ocurre en las insufribles comunidades de vecinos, evitar que se cuelen en ellos dos o tres imbéciles patosos que creen que lo saben todo, que quieren mandar a todo trance, y que os complicarán mucho la vida al resto. Además, es un hecho que cuando las cosas se ponen mal no hay que fiarse de todo el mundo. A la gente, cuando ve su pellejo en cuestión, se le enciende la bombilla de la supervivencia y se convierte en un mal bicho capaz de cualquier burrada. De modo que, a la hora de afrontar el fin del mundo, más vale solos que mal acompañados, y volverse medianamente antisocial puede ser tan eficiente para sobrevivir como hacerse con una buena escopeta –cosa que, por cierto, es lo primero que deberías buscar-. Así que volvamos a la cuestión inicial, porque, como se sabe desde tiempos inmemoriales y por mera ciencia infusa, la soledad impuesta no es buena desde el punto de vista psicológico y hemos de conservar la chaveta.

Debes, por lo tanto, responderte esta pregunta: ¿A quién seleccionaras como pareja para garantizar la supervivencia de ambos y, tal vez, a medio plazo, de la de la propia especie humana?

Yo no soy muy de dar consejos –aconsejar es un derecho que uno no tiene, sino que ha de ganarse, que le tienen que conceder-, pero sí te daré una primera indicación de carácter general: deberías olvidarte inmediatamente de esas tías-tíos guapísimos que gritan histéricamente cuando ven un bicho, ponen gesto de asco ante un plato de coliflor hervida, se tiran la mayor parte del tiempo pensando en su imagen física, pasan horas frente al espejo colocándose el flequillo o haciéndose bodoques en la nuca con una maquinilla, creen que el epítome de la vida reside en machacarse durante horas con unas mancuernas o en comprarse modelitos, no tienen otra cosa en la cabeza que el diseño del tatuaje nuevo que se harán en el lugar más insospechado de su anatomía, y tuercen el gesto ante el olor a alcantarilla, o se agobian cuando su pareja se tira un pedo. Debes ignorar sistemáticamente a esas personas “florero” que se pasan la vida dándole caña al “whatsap” y al “Instagram”, quieren controlarte, son incapaces de leer o escribir cualquier cosa que tenga más de 140 caracteres, están llenas de prejuicios acerca de la sexualidad de los demás, y se ponen nerviosas cuando se echan un lamparón, no reciben respuesta cuando los dos ticks están azules, piensan que tienen un tumor incurable cuando les duele un poco la cabeza, o se enfadan cuando descubren que otro lleva un par de zapatos iguales a los suyos. Sólo son un completo estorbo que no solo te dificultará enormemente las cosas, sino que muy probablemente te arruinará la vida a las primeras de cambio.

Morirán sin duda alguna, y harán que te maten por el camino. Si es que no te acaban matando ellos-ellas mismos/as antes de hacerte pasar por el yermo de cientos de horas de insufribles lamentos, demandas y quejas.

Cachas
¿De verdad crees que este tipo tiene el aspecto de alguien que sobreviviría a las condiciones más extremas sin su ración diaria de esteroides? Si la respuesta es afirmativa, entonces deberías visitar algún museo arqueológico… Cualquier parecido con nuestros ancestros cavernarios -que sabían mucho de supervivencia- es meramente incidental.

La pareja ideal

En estas situaciones de extrema supervivencia solo hay un mandamiento útil que debe conducirnos en la elección de compañía, y ante el que cualquier otra consideración ha de ser secundaria: elige a quien te acompaña por sus conocimientos, por su capacidad para superar los momentos de crisis, por sus nervios templados, y porque tenga brazos fuertes para matar zombis, lobos, extraterrestres tentaculados, o piratas si llega el caso. Y sin dudarlo. Sin pestañear.

Te interesa una persona que no le haga ascos a coser una herida abierta con un hilo de lana sacado de un jersey viejo, a ordeñar una cabra o despellejar un conejo, que sea capaz de subirse a un árbol o al caballete de un tejado si la necesidad aprieta, que pueda destripar una trucha sin vomitar o comerse un huevo crudo arrugando levemente la nariz… Que tenga espaldas y brazos fuertes -ojo, digo “fuertes” no “musculosos” o “esculpidos”- para cargar pesos y repartir bofetadas… También, si es que puedes averiguarlo antes de elegir, una buena capacidad reproductiva, pues tarde o temprano habrá que ponerse a la tarea de repoblar el tinglado este. Porque en eso es en lo que se equivocan las películas. Tristemente, nos han engañado durante décadas al hacernos creer que esos maniquíes bellos e inútiles que nos venden en el cine y que corren durante horas con tacones o aprenden a manejar un AK-47 como expertos en diez minutos y por mera ciencia infusa, serán quienes sobrevivirán al desastre cuando, mucho me temo, serán los primeros en diñarlas a poco que las cosas se pongan chungas. O bien morirán solos, o bien los matará alguien para robarles las botellas de agua mineral cara que guardan en la nevera del gimnasio.

Fin del Mundo - Zombi
No te equivoques: esto ya está ocurriendo.

Mira a tu alrededor. Observa concienzudamente a quienes te rodean… Ojo, con disimulo, que no sepan en qué piensas… Reconocerás a esa pareja ideal en seguida. Analiza sus costumbres, su pasado, sus conductas, y no tendrás duda alguna… A lo mejor incluso descubres que tienes suerte y ya estas compartiendo tu vida con la persona adecuada, lo cual es una garantía de éxito. En tal caso, si eres de esas personas afortunadas, ni se te ocurra dejarla escapar, ámala mucho, pégate a ella, tenla muy contenta, y garantízate su compañía para así poder afrontar con eficacia el apocalipsis que se avecina.

¿Qué es lo que debes buscar? ¿Cómo es esa persona perfecta para el fin del mundo? Veamos:

  1. Si en su casa ha sido normal beber en vasos baratos, sin florituras, se cuida sin excesos neuróticos, no está permanentemente quejándose de algo, no es clasista ni juzga a la gente por su aspecto, puede pasarse días enteros sin gastar un céntimo en tonterías, se puede lavar la cabeza con una simple pastilla de jabón, no le importa salir a la calle con una camiseta vieja, es capaz de comerse un yogur caducado, y tampoco le hace ascos a un bocata de mortadela pringosa hecho con pan de molde reseco… Ahí tienes sobradas razones para suponer que no se le caerán los anillos si tiene que pasar penalidades, que será capaz de adaptarse a cualquier adversidad y que tirará para adelante con cualquier sustento (aunque se trate de un pincho de ratón a la brasa).
  2. Aunque te pueda parecer lo contrario, el gusto por la música de calidad, el arte, la lectura y los conocimientos generales, van estrechamente unidos a la capacidad intelectual y al buen desempeño psicológico. Hay incluso estudios bastante rigurosos que parecen apuntar en esta dirección. De modo que si tu pareja –o la persona que te gusta- no tiene ni idea de quiénes son los Led Zeppelin, Chet Baker o Shostakovich y, por el contrario, es capaz de tirarse horas y horas escuchando sin descanso “reguetón”, bodrios de “diyeis”, “chunda-chundas” y otras perversiones estéticas afines, ten claro que ni su cociente intelectual, ni su inventiva, son aptos para sobreponerse a lo que se avecina (muy posiblemente, salvo que hayan pasado una vida repleta de penurias y dramas, estas personas caerán como moscas en cuanto desaparezca la cobertura de sus “smartphones”, se les quede el coche sin gasolina, no tengan batería en el portátil o carezcan de agua corriente). Pero si descubres que hay en tu cercanía alguien que no solo tararea de carrerilla Smoke on the wáter, sino que además es capaz de hablarte durante horas sobre jazz, sabe quién es el Camarón, entiende de música folk, distingue a Baudelaire de Rimbaud y, además, diferencia perfectamente entre el cubismo y la abstracción, procura mantenerte a su lado. A buen seguro, llegado el caso, tendrá muchas ideas, inquietudes y/o conocimientos de todo tipo que podrán salvaros la vida a ambos en el momento más insospechado (los otros, si tienes suerte, igual también te funcionan. Pero… ¿te la jugaras?).
  3. ¿Sabe apretar un tornillo? ¿Le has visto alguna vez colgar un cuadro? ¿Puede utilizar un serrucho? ¿Es capaz de utilizar un martillo sin romper nada? ¿Entiende la diferencia entre un cáncamo y una alcayata? ¿Es capaz de arreglar un enchufe sin recibir un calambrazo? Si no es el caso, mueve la cabeza lastimosamente y aléjate. Estás ante un caso perdido.
  4. No es crucial que sea muy “friki”, pero sí que, al menos, domine los rudimentos elementales del “frikismo”. Me explico: debe saber por qué Star Trek no es lo mismo que Star Wars, que cuando hablas de GTA te refieres a un videojuego y no a un modelo de tostadora, que Batman es un producto de DC al igual que Spider-Man lo es de Marvel, que hay juegos de mesa muy divertidos con los que se puede pasar muy buenos ratos porque sí, y debe comprender que una película no es mala tan solo porque sea en blanco y negro, o que no hace falta que un libro sea “muy vendido” -más bien al contrario- para ser bueno. Todo ello te va a garantizar que será buena compañía en los momentos de aburrimiento –que habrá muchos, te lo garantizo, porque no todo será huir de los zombis hambrientos- (por supuesto, también puedes escoger a una persona muy seria, equilibrada, centrada, argumentativa y coherente que sea incapaz de mantener una conversación que no verse sobre un tema capital para el futuro de la Humanidad… Pero seguro que será un ególatra narcisista e impresentable, y además te vas a aburrir de firme. Piensa que la gente inteligente se maneja con cierta eficacia en todos los terrenos).
  5. Importantísimo: Cuando te metes con esa persona no duda en plantarte cara y defender su territorio y su dignidad. Eso es bueno, pues significa que estás ante alguien de carácter, y el carácter forja a los supervivientes… Tu pareja, es evidente, no debe tener ambages en soltar una ristra de blasfemias si viene al caso entretanto le parte el cuello a esos canallas que quieren arrebataros la escasa comida que habéis reunido tras muchos días de sufrimiento y privaciones (recuerda: ya no puedes confiar en que la ley disuada a nadie de nada).
  6. Tiene que ser capaz de mantener la cabeza fría en los momentos difíciles y no montar un psicodrama porque se ha partido una uña, hay una avispa, se ha hecho pupa en un dedo, o lleva un siete en los pantalones. Piensa que necesitas a tu lado a alguien templado, calmado, que cuando vea torrentes de sangre no se ponga a vomitar o a dar saltitos histéricos en un rincón.
Fin del mundo - comida
Imagina que tu pareja y tu lleváis dos días sin probar bocado y lo único que se os pone a tiro es esta “delicatesen” repulsiva con el pan duro y la salchicha salida de quién sabe dónde. ¿Os la comeríais por turnos, mano a mano, y sin rechistar?… Si la respuesta es afirmativa, entonces tenéis sin duda alguna madera de supervivientes.

Ya que estamos, te diré que no hace falta que venga el fin del mundo para que todo esto sea preciso. Si quieres sobrevivir a esta maldita vida con garantías, te hace falta una pareja así.

Por favor, deja trabajar a la selección natural.

De policías, periodistas y sucesos

Los cambios que ha experimentado el mundo de la comunicación en todos los sentidos imaginables obligan a las policías del presente a vender adecuadamente su trabajo a los medios. Y, como es lógico, ello induce a establecer un adecuado círculo de prioridades en la relación policía-periodista. El procedimiento estándar a seguir por la policía, al menos en teoría, para el manejo de tal relación pasa necesariamente por informar a los medios de comunicación en el orden que sigue y en función de la importancia del suceso: Primero, a los medios del lugar en el que se comete el delito; segundo, a los medios de la capital de la provincia-departamento; tercero, a los medios de carácter autonómico-regional; y cuarto: a los medios nacionales.

Un orden que no es aleatorio en absoluto. Piénsese que carecería de sentido informar a la población de Zaragoza de la detención de un carterista en Badajoz y, además, tal información podría ser incluso contraproducente al sembrar una alarma innecesaria entre los ciudadanos zaragozanos que, realidad, no están afectados en modo alguno por los delitos menores que se cometen en Extremadura. No ha sido raro que casos locales y de escasa relevancia terminen generando un estado de opinión nacional por no procederse a una adecuada gestión –que no “censura”- de los canales informativos. Y con todo, ha de tenerse en cuenta que la segunda gran cuestión a resolver, previa incluso a la elección del canal informativo, será determinar el orden en el que se va a hacer, qué clase de información se va a facilitar y, sobre todo, establecer los adecuados mecanismos de protección frente a posibles filtraciones.

el caso
El periodista Enrique Rubio (izquierda) posa junto a la furgoneta con la que se desplazaba para cubrir noticias que publicar en el célebre semanario de sucesos “El Caso” [fuente: El Periódico].

Volumen de exposición

La experiencia reciente ha demostrado que una elevada visibilidad mediática de los cuerpos policiales no es lo más adecuado en términos de popularidad. Más bien al contrario. Demasiados policías en televisión, radio, prensa o Internet, incluso ofertando noticias que podrían considerarse “buenas”, contribuyen poco a la tranquilidad ciudadana y pueden generar, incluso, reacciones adversas inesperadas de la opinión pública. En España, por ejemplo, instituciones como la Guardia Civil y la Policía Nacional, muy denostadas, opacas y escasamente populares durante el periodo de la dictadura franquista precisamente porque estaban en todas partes y a todas horas, como ese Gran Hermano orwelliano, amenazante y eterno, del que era imposible liberarse, tuvieron que realizar grandes esfuerzos –internos y externos- para mejorar su imagen pública y su transparencia con el advenimiento de la democracia. De hecho, y bastante pronto, pasaron a encontrarse entre las instituciones más reconocidas públicamente.

Podría pensarse que esto fue una buena cosa, pero tampoco. Cualquier famoso sabe que si la mala prensa es muy mala a largo plazo, demasiada buena prensa también puede ser reevaluada como “propaganda” y volverse en su contra con el tiempo así como generar reacciones adversas. En general, la exposición mediática excesiva, con total independencia del contenido de la misma, siempre termina siendo perjudicial porque degenera en una sobreexposición que “quema” la propia imagen en un proceso similar a lo que sucede con la “canción del verano” de turno: del éxito al hastío. En consecuencia, a los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado les interesa, como a cualquier otra persona o institución, mantener un grado de popularidad medio y una visibilidad no muy elevada. Hay que tener en cuenta que el mercado de la comunicación dicta sus reglas, y muchas de ellas se apoyan en los resortes más elementales de la psicología de masas: ser muy conocido y estar siempre en primer plano motiva que el día en que las cosas no se hagan bien –y ese día siempre llega- todo lo que antes eran grandes elogios se transformará en tremendas críticas.

Cualquier experto en comunicación sabe que el público en su mayoría jamás es ecuánime en sus juicios y puede pasar del amor al odio, o de la admiración a la repulsa, en cuestión de horas. Hoy en día, con la enorme influencia de las redes, incluso de minutos. Así pues, es bueno que lo que se hace tenga repercusión mediática, pero matizada, pues estar siempre en el candelero puede llegar a ser muy poco interesante. Bien lo han aprendido quienes están permanentemente expuestos en redes sociales si no han sabido manejar adecuadamente ese grado de exposición y, precisamente por ello, ahí radica el peligro de su uso indiscriminado por parte de menores.

Progresión geométrica

Actualmente, dentro del periodismo en general –y del especializado en sucesos en particular-, gracias a los avances constantes de los medios de comunicación, es un hecho que la información tiende a multiplicarse exponencialmente. Y el problema es que no siempre lo hace en la dirección adecuada. A menudo, ocurre que los propios periodistas conocen las noticias de la manera menos adecuada. Tanto pueden acceder a ellas mediante informes de particulares o supuestos “testigos” que suelen ser incompletos y poco certeros, como a través de una filtración interesada e inconcreta. Por supuesto, la prensa también accede a los informes por vía oficial. El problema es que al existir los dos primeros cauces, que además se expanden sin cesar, es habitual que el profesional, que ya se ha hecho una composición de lugar acerca del suceso, tienda a dudar del informe oficial y confíe, irracionalmente, en ese dato que le llega por esos canales que cree fidedignos por diferentes razones enteramente subjetivas. Pondré un ejemplo: personalmente, he hecho bastante radio, y compartido mesa y micrófono con bastantes periodistas, algunos extremadamente buenos y profesionales. Otros, no tanto. En cierta ocasión uno de estos últimos no solo estaba más pendiente de los datos que le iban entrando por Whatsapp que de lo que se decía durante el debate en directo, sino que además basaba todas sus respuestas, opiniones e intervenciones en esos “datos” que alguien le transmitía por tal medio, de suerte precaria y en tiempo real. Por supuesto, dijo muchas tonterías.

Las filtraciones, por ejemplo, son siempre peligrosas, y muy especialmente cuando se producen de manera fortuita, por error del profesional que debe informar a los medios de comunicación. Cualquier jefe de prensa de una organización que tenga un mínimo de sentido común y de profesionalidad sabe que es imprescindible poner gran cuidado en lo que se dice a los medios y, por supuesto, en cómo se les dice. No ha sido raro que los agentes que trabajan en un caso complicado, o que afrontan una emergencia, se encuentren en medio de un enorme jaleo, sometidos grandes presiones, y ello les haya conducido a “irse de la lengua” con quien no deben, cuando no deben y diciendo lo que deben y ello termine entorpeciendo la labor de sus propios compañeros. En todo caso, y este es un drama inherente a la gestión de cualquier institución, las filtraciones son difíciles de controlar y de gestionar, y a menudo resultan inevitables porque no se puede controlar con una eficacia del 100% ni la información que maneja cada persona, ni a quién se la transmite.

Por otro lado, se debe tener presente que si la transmisión de información descontrolada a los medios puede ser muy mala, una comunicación poco fluida con los ellos también puede acarrear nefastas consecuencias, lo cual hace complicado establecer el grado de equilibrio entre lo que se puede decir, y lo que no. Un ejemplo preclaro de una crisis mal gestionada ante la prensa, y de las pésimas consecuencias que ello puede ocasionar, lo tenemos en el circo informativo que se produjo en las horas posteriores a los atentados del 11-M en Madrid. Todo se hizo mal: desde la cantidad e inexactitud de información que se proporcionó, hasta el modo nervioso e inconexo de presentarla. Incluso la puesta en escena para la transmisión de los informes era la menos propicia en términos mediáticos pues ofrecía una clara imagen de falta de control de la situación, poco rigor e inseguridad. Consecuencia de ello: descalabro político, exceso de opiniones que se “venden” como auténtica información, y las consabidas teorías de la conspiración que se colaron en la prensa pretendidamente seria, que estuvieron armando ruido durante mucho tiempo, y que nadie pudo probar más allá de la maledicencia porque, obviamente, no se pueden probar las falsedades.

En general, y como regla de oro, se debe indicar que los informes que proceden directamente de la fuente, pese a estar mediatizados por la subjetividad inherente al transmisor, suelen ser buenos y fiables. De hecho, a menudo ocurre que los intermediarios informativos -portavoces, opiniones autorizadas, informadores externos, consejeros, y etcétera- terminan complicando y confundiendo las cosas. Ya sea porque no conocen todos los detalles del caso, o bien porque introducen en el mismo variables ajenas al mismo, valoraciones personales e inconsistencias. En consecuencia, la experiencia demuestra que es mucho más fácil que una nota de prensa policial cale en los medios si sale de una comisaría que si lo hace desde un ayuntamiento o ministerio pues, de hecho, el periodista tienen a desconfiar por sistema de los informes elaborados por órganos gubernativos y políticos lo cual, analizado en sí mismo, resulta incluso conveniente… Un periodista que no duda por sistema de lo que le cuentan y que no contrasta sus informes por diferentes vías, no puede ser un periodista serio.

Aceves
El entonces Ministro del Interior Ángel Acebes ofrece una de las controvertidas ruedas de prensa posteriores al terrible atentado del 11-M de 2004 en Madrid. Un ejemplo perfecto de pésima gestión de la información y escuela acerca de cómo no se deben gestionar estas cosas.

Círculos viciosos

Para los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado, una buena forma de trabajo a la hora de informar, y bastante utilizada, ha sido valerse de las agencias. Ello se debe a que las agencias de noticias difunden la información de manera homogénea, lo cual impide que haya medios que se sientan minusvalorados o ninguneados y tengan, por ello, la tentación de reflejar negativamente sus actividades. No obstante servirse de las agencias implica que luego no se está en disposición de realizar un adecuado seguimiento de lo que vayan a hacer los medios con el informe que les llega. Se pierde el control sobre la información. Hay que tener en cuenta que las fuerzas de seguridad trabajan con materias muy sensibles de modo que, inevitablemente, se encuentran siempre en el centro de la tormenta política. Esto motiva que siempre haya medios que las traten mejor, y otros que las traten peor en función de sus afinidades ideológicas. Nadie se limita a contar que se ha detenido a un diputado por corrupción –hecho aséptico-. El problema es que se ha detenido a un diputado de este u otro partido político… Y este margen de subjetividad, inherente por otra parte a la dinámica del sistema democrático en sí, debe tenerse claro, es irremediable y no puede ser combatido: las actividades policiales siempre serán valoradas mejor o peor en función del estado de cosas y del color político de quien las contemple, por lo que es imposible la situación ideal de tener “contento” a todo el mundo. Puede que, como ocurre con la vida de las propias personas, pretenderlo sea incluso contraproducente para la salud profesional de las propias policías. Como bien decía Sigmund Freud, tirando de ironía, cuando se le preguntaba por estas cosas: “si la política fuese la solución a los problemas de la Humanidad, se sabría”.

Resulta muy común, por lo demás, que en los medios de comunicación el tratamiento de los sucesos sea cíclico y tenga altibajos. Se pasa, así, de momentos en los que prácticamente no parecen interesar a nadie, a otros en los que ocupan el epicentro de la actualidad. De hecho, hay sucesos que marcan un antes y un después en la información, convirtiéndose en hitos que tiran de la opinión pública y la empujan inadvertidamente en direcciones desconocidas cuyas consecuencias solo se conocen bien a posteriori. Así ocurrió en España, por ejemplo, con el trístemente célebre Caso Alcasser (1992), o con la terrible tragedia personal de Ana Orantes (1997). Dos acontecimientos que, cada uno a su modo, no solo cambiaron la percepción de los sucesos en España sino que incluso generaron sonadas iniciativas políticas y enconados debates populares. Lo cierto, sea como fuere, es que estos y otros eventos célebres de la década de 1990 abrieron las puertas a una situación completamente nueva e inédita en España: de la noche a la mañana, los sucesos, que eran un tipo informativo completamente marginal e incluso denostado, se ubicaron de en la cresta de la ola.

En todo caso, que un suceso alcance resonancias nacionales y cope el centro de la vida pública no es cosa deseable en absoluto. En el 99% de los casos estas situaciones terminan desencadenando terribles espectáculos mediáticos cuyas consecuencias siempre son extremadamente perjudiciales, y en los más diversos sentidos, para todos los implicados sin excepción. De hecho, la presión sistemática de los medios sobre un suceso siempre es mala pues desvirtúa la realidad, la deforma y la desproporciona, desencadenando toda clase de leyendas urbanas, supuestas tramas conspiratorias, falacias, demagogias y, ante todo, un deseo en los medios de destapar casos “parecidos”, miméticos, que les permitan alimentar a las audiencias que el suceso original ha generado a través de su exposición pública reiterada. No lo olvidemos: la información, como todo en una sociedad regulada por los principios de la oferta y la demanda, también es un mercado. Si llega a establecerse un circuito de retroalimentación medios-público, en el que los primeros informen constantemente porque los segundos demandan información sin solución de continuidad –el círculo infernal-, la situación se tornará de todo punto incontrolable. Para evitar que esto ocurra, los sucesos –cuya información es necesaria para el servicio público, no lo olvidemos- deben ser tratados con rigor, honestidad y seriedad. Es una falacia argumentar que un programa de sucesos hecho con el rigor y la calidad adecuados sean simple “morbo”, pues entonces también lo serían CSI, Bones u otras series de éxito que hacen las delicias de las audiencias.

Ana Orantes
Ana Orantes tuvo la valentía de aparecer en al televisión autonómica Canal Sur para relatar su insoportable tragedia de maltrato en un tiempo en el que las mujeres maltratadas callaban. Días después era asesinada por su maltratador. Un caso cuyo tratamiento mediático marco un antes y un después en España.

Antes al contrario, el consabido morbo se genera cuando las situaciones informativas se descontrolan –como sucedió en el citado Caso Alcasser o en el 11-M-, y en esto tienen una enorme responsabilidad los propios periodistas y gestores de los medios de comunicación que, una vez han provocado y alimentado el escándalo, toda vez que el incendio escapa a su control, a menudo tratan de eludir sus responsabilidades de suerte vergonzosa. De hecho, todas las televisiones del primer mundo tienen en su parrilla programas de sucesos, en muchos casos diseñados desde los propios gobiernos y cuerpos de seguridad, cuya finalidad es ofrecer al ciudadano una información de servicio público sensata que, no lo olvidemos, puede llegar a evitar que la gente se exponga a riesgos innecesarios, e incluso llegue a salvar vidas en algún caso. La idea, sea como fuere, se resume en una premisa sencilla: hay que informar sobre sucesos, pero hay que hacerlo bien, sin generar alarmas innecesarias, deformaciones de los hechos o incentivar escándalos públicos.

De hecho, los acontecimientos establecen una curiosa regla no escrita, pero no por ello menos invariable: tras un suceso sonado –o cadena de ellos-, de gran repercusión mediática, se produce siempre una baja en esta clase de información. No es que los sucesos no sigan ocurriendo aquí o allá, ocurre que simplemente dejan de interesar por un tiempo. Pero cuando esta baja tiene lugar, suele pasar algo peor y que sí cabría tachar de morboso: comienzan a aparecer las secuelas en forma de películas, telefilmes y etcétera que, partiendo de supuestos informes periodísticos, o bajo la premisa de estar basados en hechos reales, cuentan y no paran acerca de casos que todavía no han sido juzgados y generan estados alterados –e incluso dirigidos- de opinión, lo cual es muy grave y puede tener efectos difícilmente cuantificables a medio plazo. Recuérdese que un producto de ficción, por muy basado en pretendidas realidades que se nos venda, no tiene que ser verdad, ni tiene por qué contar verdades… Solo necesita resultar verosímil y, claro, entretenido. Además, no conozco ninguno de estos productos que no esté ideológicamente dirigido desde los intereses de sus creadores.

Otra evento interesante que suele producirse en estas temporadas de baja en la información de sucesos es que, inopinadamente, suelen aparecer personas dispuestas a convertirse en juguetes mediáticos. Víctimas de delitos que invaden los medios de comunicación con testimonios extemporáneos y exigencias –a menudo disparatadas e inconsecuentes- que buscan así presionar para satisfacer diversos intereses particulares y/o colectivos (a veces no del todo claros, por cierto). Es muy común que la actividad de estas personas, y de los medios que les otorgan voz, entorpezcan gravemente el trabajo policial, judicial e incluso el buen gobierno. Ello sucede porque el hecho de que un caso esté constantemente en el centro de la vida pública no sólo dificulta su investigación e instrucción, sino que también provoca terribles presiones políticas que, de manera inevitable, llevan a investigadores, jueces, fiscales, abogados, partidos políticos y demás a cometer enormes errores o a emitir dictámenes imprecisos, construir informes apresurados y poco escrupulosos, a tomar decisiones poco meditadas, así como a la realización de declaraciones insensatas y altisonantes.

Se debe significar, para concluir, que una presión mediática excesiva no sólo exagera las cosas, sino que también tiende a motivar que casos mucho más relevantes que aquellos otros que ocupan el centro de la actualidad, y de los que posiblemente cabría establecer conclusiones políticas, policiales y científicas más positivas y eficaces, terminen pasando inadvertidos. No olvidemos, por cierto, que el tratamiento periodístico de un suceso varía mucho dependiendo de si hay alguien interesado –por cualquier motivo- en alimentarlo a diario, o no.

La inmigración: El coste real y el coste inventado

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Un debate tópico entre las diferentes administraciones, y que se ha convertido en lugar común de los enfrentamientos mediáticos y políticos, es el del coste que se ha de asumir por la incorporación de inmigrantes en todos los servicios que antes disfrutaba casi en exclusiva la población nativa. Dado que el campo profesional que mejor conozco es el de la educación, me centraré en este, pero esta argumentación sería aplicable en su fondo a todos los servicios públicos. El hecho es que cuando de lo que se trata es de ofrecer respuestas científicas y veraces a estas dificultades, y no meros intercambios de opiniones, charlataneria demagógica, o simples tonterías, la primera cuestión pasa por determinar cuánto hay de cierto y cuánto de mera invención interesada en estos debates públicos.

Más aún, si el debate en sí mismo tiene sentido en los términos que se plantea.

Calculando los gastos

Una primera opción para calcular el gasto público de la educación no universitaria imputable al alumnado inmigrante podría pasar por estimar el porcentaje que suponen los inmigrantes sobre el total del alumnado en centros públicos y concertados y cargar dicho porcentaje al presupuesto de la actividad educativa correspondiente. De hecho, es una de las soluciones más habituales al enigma. No obstante, los especialistas asumen que esta clase de cálculo no es correcta –por no decir que es falaz, aunque quede bien en esos gráficos de barras mentirosos que los políticos enseñan en los debates- ya que no tiene en cuenta cómo se lleva a cabo la producción educativa: la educación, entendida como generación de capital humano, no es un proceso individual. Esto significa que no hay un profesor para cada alumno porque la tarea se lleva a cabo en el seno un grupo, dentro de un aula que es la unidad escolar, y que a su vez se integra en una escuela. Así, una metodología para el cálculo del coste de la inmigración en el ámbito de la educación no debería utilizar al número de alumnos como unidad de análisis sino al tamaño del aula –o grupo- en tanto que unidad de producción.

En economía existe un grupo específico de bienes que se caracterizan por disponer de una oferta conjunta para un grupo más o menos amplio de individuos, y que se denominan bienes de club o también bienes públicos impuros. Bien, pues la producción educativa goza de las características de un bien de club, lo cual condiciona sobremanera la cuantificación del coste de su producción y la imputación de este coste a la población inmigrante. Y ello porque los bienes de club se caracterizan, de manera fundamental, porque presentan lo que llamamos rivalidad parcial en el consumo: esto significa que, una vez que el bien ha sido creado, el coste marginal para que un nuevo individuo disfrute del mismo es cero. Pero no sólo. La incorporación de este nuevo usuario tiende a disminuir los costes medios y, además, no afecta al uso de los demás individuos que ya consumen el bien[1]. Sin embargo, y esta es otra peculiaridad nada desdeñable de los bienes de club, a partir de un número de usuarios que podríamos considerar óptimo, cuando se añade uno o más empieza a disminuir progresivamente la calidad y utilidad del consumo para el resto de los usuarios del bien. Así, este nuevo individuo por encima del punto óptimo sí aumenta el coste del servicio ya que para poder ofrecerlo con la misma calidad hay que ampliar el servicio, esto es, crear un club mayor y mejor equipado. Para denominar a este proceso, en economía, se utiliza el término de congestión.

Así, la característica más importante en los bienes de club, como lo es la educación –la sanidad, la justicia o la piscina comunitaria-, es que la utilidad o beneficio obtenido por los usuarios no depende del bien en sí, sino del número de individuos que lo disfrutan simultáneamente. Por una parte, tienen la ventaja de que se reduce el coste de prestación del servicio por el consumo conjunto, pero gozan de la desventaja de que a partir de un número de usuarios determinado, el ahorro de estos costes se compensa –o se ve superado- con el incremento de los costes por pérdida de utilidad que origina la congestión[2]. Y lo más importante: este número debe ser calculado para cada servicio en concreto, pues no es universal sino que depende de cada caso específico. Así pues, el número de usuarios en los que se produce la igualdad en ambos valores (ahorro y pérdida) sería el número óptimo. A nivel teórico, el número óptimo de usuarios para cualquier bien de club se alcanza cuando el precio impositivo por persona es exactamente igual a los costes de congestión marginales. Es decir, y como se observa en el gráfico adjunto, la curva de costes medios alcanza el mínimo, lo cual supone la utilización del bien de club a una escala óptima.

Bien de Club

Pero el cálculo no siempre es bueno…

Esta teoría es interesante, pero no siempre se ajusta correctamente a la realidad porque la igualdad entre el precio y el coste marginal para un número óptimo de usuarios se produce, en todo caso, para un nivel arbitrario de producción que desconocemos a priori. La provisión adecuada en la vida real deberá tener en cuenta el nivel de producción óptimo, el número de usuarios óptimo y el coste de producción del bien. Tres cosas que a menudo no es fácil estimar, conocer o, simplemente, no se pueden cuantificar. Así por ejemplo, en el ámbito educativo se desconocen los valores óptimos de producción o el número de usuarios adecuado en un momento dado. Son muchas las teorías acerca del número de alumnos perfecto por aula (unidad de producción) y su relación con los costes económicos, la calidad del servicio que ofrece el docente, y etcétera, pero el hecho es que no existe ningún resultado científico definitivo que señale el número de alumnos máximo que se puede recibir en un aula sin que se deteriore el aprendizaje de los demás estudiantes. Tampoco hay resultados definitivos, sino más bien una gran controversia, acerca del efecto que el tamaño de la clase tiene en el aprendizaje de los alumnos[3].

No obstante, una aproximación a tales valores ayudaría a conocer el coste de la educación. Es más, el problema en la práctica es que no se pueden abordar los costes de la educación sin tener en cuenta que dependerán del número de usuarios que compartan el aula, y de que existe un número óptimo de alumnos a partir del cual su aumento produciría un deterioro en el aprendizaje de todos ellos. De modo que la mayor parte del tiempo se trabaja sobre estimaciones, con las dificultades teóricas y prácticas que ello implica

La legislación educativa establece unos estándares o tamaños ideales que debiera tener un aula y, consecuentemente, estos son los que los especialistas españoles entienden como indicativos del número de alumnos más allá del cual se considera que se producen fenómenos de congestión. Así, en la enseñanza obligatoria se ha estimado que el máximo de alumnos por aula será de 25 para la educación primaria, y de 30 para la educación secundaria obligatoria y para la Formación Profesional[4]. Si el legislador entiende que dentro de grupos de ese tamaño todos los alumnos pueden recibir su educación con una calidad semejante, entonces, una vez financiada la unidad educativa (la clase) el coste y la calidad de enseñar a 15 a 20 o a 25 alumnos debería ser siempre el mismo.

Aceptando el argumento precedente, la pregunta que nos preocupa cambia para convertirse en otra: ¿cuál es el tamaño medio actual de los grupos en los diferentes tramos de la educación obligatoria en España? Los datos recabados en diferentes estudios al respecto, como los de Salinas y Santín[5] que nos sirven de referencia, muestran que ni la educación pública ni la concertada, y contrariamente a lo que se suele argumentar con excesiva ligereza, se sobrepasan las ratios legales. Es más, entre el curso 1999-2000 y el curso 2005-2006, a causa de la construcción de centros públicos y el aumento progresivo en el número de centros concertados, el número de alumnos por unidad educativa se ha redujo en todos los niveles excepto en la educación infantil. Dado el descenso progresivo de la natalidad que viene sufriendo el país, es obvio que esta situación no se ha subvertido. Antes al contrario, cada vez se produce una pérdida mayor de escuelas en los ámbitos rurales lo cual supone un problema de especie bien diferente.

Figura 1

¿Hay trampa?

Los malintencionados de siempre –porque no hay argumento que convenza a nadie de aquello que no quiera convencerse por sí mismo-, dirán que estamos haciendo alguna clase de “trampa”. Que todo esto es un birlí-birloque “buenista” (y bla, bla, bla). Bien, en atención a ellos formulemos la cuestión de otra manera y preguntémonos por cuál ha sido el impacto de la inmigración en el tamaño medio de la clase. Esto es: ¿cuál sería el tamaño de la clase en cada nivel educativo si el sistema educativo español no hubiese admitido a ningún inmigrante? Para ello debería bastarnos con restar al número de alumnos en cada nivel el número de alumnos inmigrantes, y dividir la cifra resultante entre el número de unidades de producción disponibles en cada curso. Facilito.

El resultado de este cálculo muestra que para el curso 2004-2005, en centros públicos de ESO, la inmigración supuso 2,3 alumnos más por clase que en el curso 1999-2000 y 1,11 más en las escuelas concertadas. En educación primaria la inmigración supone para el mismo periodo 2,2 alumnos más por clase en las aulas públicas y 1,02 alumnos más en la concertada. El impacto financiero de este incremento del alumnado, dado el descenso generalizado del alumnado nativo a todos los niveles, es de simplemente cero para el caso de la educación no universitaria[6]. No obstante, a todo esto ese desconfiado que sienta siempre en la última fila y pone cara de escéptico ante cualquier argumento, aún podría razonar con cierta enjundia que parte del cambio en las unidades educativas de este período se ha producido debido a la llegada de inmigrantes y que por tanto el coste de estas nuevas aulas se ha debido a la inmigración. Démosle satisfacción. Pero téngase en cuenta que para responder a esto hemos de plantearnos antes otra cuestión previa; ¿cuáles serían los tamaños de las clases si se mantuviera el mismo número de unidades de producción que en el curso 1999-2000?

Para afrontar esa pregunta podríamos calcular cuál habría sido la financiación necesaria para escolarizar en cada año a todos los alumnos en unidades de 25 alumnos, lo cual nos diría que en el curso 2003-2004 la cantidad ascendería a poco más de 17 millones de euros, coste al que habría que añadir el precio de la edificación de las nuevas escuelas concertadas necesarias para atender a este alumnado. Pero más interesante que detallar este cálculo es preguntarse si la capacidad de la escuela pública en el curso 1999-2000 hubiese podido atender a los nuevos grupos generados por la entrada de la inmigración si su capacidad hubiese permanecido constante, esto es, si no se hubiesen creado nuevos grupos. En respuesta a ello, todo parece indicar que la capacidad de la escuela pública infantil en el curso 1999-2000 era suficiente para haber escolarizado en el curso 2004-2005 a la totalidad del alumnado español, inmigrante y a todos los alumnos inmigrantes procedentes de la escuelas concertadas que no tenían capacidad para su escolarización[7]. O dicho de otro modo, que aun con inmigrantes el sistema no se encareció porque ya estaba sobredimensionado, y que los alumnos extranjeros no lo han encarecido ni un euro. Impresionante.

No queremos decir con esto que ahora debamos ponernos a cerrar colegios sino, simplemente, que nuestras Autoridades educativas, con muy buen criterio y anticipándose a eventualidades futuras, diseñaron un modelo de atención escolar amplio y flexible que pudiera funcionar sin problemas durante bastantes años. Para una vez que los políticos patrios han actuado con previsión y buen propósito tampoco nos vamos a quejar, ¿verdad? En realidad, la evolución de la educación infantil ha supuesto la creación de nuevas escuelas, y por tanto de unidades de producción, por otros motivos que sólo tangencialmente tienen que ver con el acceso a la educación de la población inmigrante, y sí con otras necesidades políticas y sociales:

  • Para garantizar la escolarización y la educación prácticamente gratuita a partir de los 3 años.
  • Como consecuencia del crecimiento demográfico de determinadas localidades.
  • Un coste que sin embargo sí es directamente imputable a la inmigración es el derivado de las actividades educativas compensatorias, es decir, actuaciones dirigidas a colectivos que por sus características sociales y/o culturales requieran de las mismas, tales como minorías culturales, población itinerante y temporera, inmigración y etcétera.

Aunque no todo el gasto generado en el punto 3 es exclusivo de la inmigración, o imputable a ella, podemos imaginar que ha originado gran parte del mismo. En 2004 el esfuerzo en la integración de este alumnado en todas las administraciones públicas fue de 208 millones de euros[8]. A esta partida específica también debería sumarse el porcentaje de becas educativas no universitarias asignadas al alumnado inmigrante, si bien sobre este punto no hay información específica. El hecho es que dada la tendencia a la baja del alumnado español y la capacidad de los centros públicos en el curso 1999-2000 se puede afirmar que, hasta la actualidad, la llegada de la inmigración no ha supuesto un coste adicional para garantizar el cumplimiento legal de la escolarización por debajo de los tamaños que ya fijó la antigua LOE.

¿Y entonces? ¿Sigue usted sin convencerse?

Claro, podría contraargumentarse que los datos son “antiguos” y que la situación ha cambiado en los últimos diez años. Frente a eso se podría explicar que el aumento de alumnos inmigrantes en las escuelas españolas no ha sufrido un aumento significativo porque, entre otras cosas, la bonanza económica no es la de la década de 1990 y España ya no es un buen destino para la inmigración, en general y entre otras cosas, y hay infinidad de datos públicos que así lo atestiguan, pero como tampoco me iba usted a creer, pues lo vamos dejando aquí, porque yo tengo otras cosas que hacer…

Figura 2


[1] Salinas, J. y Santín, D. (2007). El impacto de la inmigración en el sistema educativo español. En C. Dávila, S. Rodríguez, M. Tejera, Y. Santana, J.A. Gil y A. Rodríguez (Coords.), Investigaciones de economía de la educación, 2. Asociación de Economía de la Educación, 45-58.

[2] Salinas, J. y Santín, D., 2007, op. cit.

[3] Véase, por ejemplo: Hanushek, E.A. (2003). The failure of input based schooling policies. The Economic Journal, 113: 64-98. También: Rivkin, S.G., Hanushek, E.A. y Kain J.F. (2005). Teachers, schools and academic achievement. Econometrica, 73 (2): 417-458.

[4] LOE, artículo 157.1, a. La LOMCE (Ley 8/2013 de 9 de diciembre) no ha modificado esta ratio.

[5] Salinas, J. y Santín, D., 2007, op. cit.; Salinas, J. y Santín, D. (2009). Análisis de los efectos de la inmigración en el sistema educativo español. Fundación Alternativas.

[6] Salinas, J. y Santín, D., 2007, op. cit.

[7] Salinas, J. y Santín, D., 2007, op. cit.

[8] Centro de Investigación y Documentación Educativa, CIDE (2005). La atención al alumnado inmigrante en el sistema educativo en España. (Colección Investigación, 168). Madrid: Ministerio de Educación y Ciencia.