Cuarenta años ahogándose

Wood y Wagner en la cubierta del Splendour
Natalie Wood y Robert Wagner fotografiados en la cubierta del yate “Splendour”.

Siempre que una estrella fallece en circunstancias poco claras, se produce un considerable revuelo mediático. Y en esta ocasión no iba a ser menos, dada la gran popularidad de la fallecida. En eso pensaba el patólogo forense encargado del caso, Thomas Noguchi, al recibir la maldita llamada. De hecho, y precisamente por el puesto que ocupaba, pues ejerció la medicina legal en Hollywood durante las décadas de 1960 y 1970 recibiría el sobrenombre de Forense de las estrellas. En efecto: Noguchi, que había tenido que vérselas con casos complejos como el suicidio de Marilyn Monroe o el asesinato de Sharon Tate a manos de los acólitos de Charles Manson, estaba acostumbrado a verse en el ojo del huracán, pero ello no significaba que le gustase.

El hecho es que el 28 de noviembre de 1981 Natalie Wood había fallecido ahogada de suerte extraña cuando pasaba la noche en su yate, el Splendour[1], acompañada de su marido, Robert Wagner, y otro conocido actor que en aquel momento compartía rodaje con Natalie, Christopher Walken[2]. La pareja pasaba largas temporadas en el barco para liberar tensiones y, por lo demás, en esta segunda intentona parecía un matrimonio bien consolidado pues duraba ya, sin altibajos, desde 1972.

Matrimonio… ¿modelo?

En efecto, Wood y Wagner ya habían estado casados con anterioridad, entre 1957 y 1962, pero las malas lenguas decían que aquel primer enlace terminó mal a causa de las envidias: la estrella emergente de Robert se había estancado entretanto la carrera de Natalie iba hacia arriba, lo cual generó tensiones en la pareja que la llevaron al divorcio. No obstante, una vez reconducidas las cosas y a su vez con sendas bodas finiquitadas de por medio –él con la actriz Marion Marshall, ella con el productor y guionista Richard Gregson-, volvieron a casarse. Y parecía que en esta ocasión, con éxito. De hecho, el ambiente aparentaba ser afectuoso, tenían tres hijos, y la familia siempre se mostró feliz en público, pero por el aquel de que las familias siempre tienen secretos ocurre que con estas cosas nunca se sabe…

Y es que Wagner, un niño mono de buena familia metido a actor casi por casualidad, con una irregular carrera y no bien ponderado como profesional dentro de la industria, nunca había caído demasiado bien a la prensa. Todo lo contrario que su esposa, una actriz que enamoraba a la cámara, con un sereno atractivo que encandilaba a muchos hombres y trataban de imitar muchas mujeres, con tres nominaciones a los Óscar, y en suma una carrera mucho más aparente y popular que la de su esposo, al que siempre se consideró por debajo de ella. O, por mejor decir, conocido y en el candelero en gran medida gracias a ella. Posiblemente todo ello fuese cierto, pero la cuestión es si daba como para considerarlo un asesino, que es cosa muy gruesa y harina de otro costal. El hecho es que muy pronto aparecieron en la prensa del corazón las sospechas veladas en torno a un posible asesinato. De suerte que los agentes encargados de la investigación –y el propio Noguchi- lo tuvieron muy claro: O bien la investigación del caso dejaba a Robert Wagner más limpio que una patena, o bien la sombra de la sospecha le perseguiría para los restos.

Pero es que el contexto en el que Natalie murió para convertirse en el caso 81-15167 no ayudaba mucho y era ideal para imaginar –y alimentar- toda clase de misterios.

Wood, Walken, Brainstorm
Christopher Walken y Natalie Wood en un fotograma de la película “Proyecto Brainstorm” [Fuente: MGM].

Una muerte “rara”

En la noche de autos el trío –Wood, Wagner, Walken- había compartido mesa y mantel en un local de ocio en Isla Catalina, cerca de Los Angeles. Allá consumieron bastante champán, al punto de que todos los presentes dijeron que parecían algo afectados por la bebida cuando se marcharon. De hecho el propietario del local, del que al parecer el matrimonio era asiduo, ordenó a uno de los camareros que tomara el volante del coche y los acompañara hasta el barco para evitar cualquier problema.

Al parecer, la actriz se retiró a la cama a poco de llegar al yate, sobre las 11:15, pero Wagner y Walken siguieron charlando y bebiendo lo cual, por lo que parece, degeneró en una discusión acalorada que, sin embargo y como luego pudo comprobarse, no llegó a las manos por cuanto ninguno de ellos mostraba lesiones. El hecho es que cuando Robert Wagner se retiró al dormitorio, pasada ya la medianoche, no encontró a su esposa en la cama. En un primer momento, explicó, no se inquietó porque ella solía salir sola en la balsa neumática de la embarcación para relajarse, pero cuando pasaron las horas y ella no regresaba, comenzó a preocuparse y se puso en marcha para tratar de encontrarla. Sirvió de poco: el cadáver de Natalie Wood aparecería un día después, flotando sobre el agua, casi a un kilómetro del yate, en el paraje conocido como Blue Cavern Point. El bote, aún más al sur, sería rescatado de una orilla a la que lo arrastró la corriente.

Se especuló con la hipótesis del suicidio, pero cuando se preguntó a Robert Wagner si su mujer podría haberse suicidado la respuesta negativa fue tajante: Natalie nunca había mostrado conductas suicidas, se había expresado en tal sentido, o había padecido trastornos psicológicos vinculados con el suicidio. Una declaración, claro, harto discutible: Los coqueteos de la pareja con las drogas y el alcohol eran bien conocidos -el mundillo de Hollywood, es lo que tiene- y es sabido que, en determinadas personalidades especialmente vulnerables, ambos son elementos de riesgo en relación a potenciales conductas autolíticas. Sin embargo, tampoco es raro que Wagner, dadas las circunstancias, tratara de dejar la memoria de su difunda esposa lo mejor posible. O quizá era sincero, y punto.

Esa era la historia, en lo básico, pero no respondía a varias cuestiones importantes e incisivas que planteaba la prensa: ¿Cómo era posible que ninguno de los tres hombres –Wagner, Walken y el capitán Dennis Davern- a bordo del yate se percataran de la marcha de la mujer? ¿Se había ido sin decir ni una palabra? ¿Por qué motivo se habría marchado en mitad de la noche a la popa del barco, habría descendido la escalerilla y tomado el bote? ¿A dónde iba? ¿Huía de algo? ¿Tenía su marcha algo que ver con la pelea entre Wagner y Walken? ¿Hubo un encuentro sexual salido de tono que degeneró en la muerte de la actriz?

Debía reconocerse que todo era, como mínimo, raro. Y la prensa estaba dispuesta a sacar partido de ello, tal y como el forense Noguchi se temió desde el primer momento. Pero es que el mensaje empezaba a calar en una opinión pública que, como ya se ha indicado, no simpatizaba en demasía con la causa del marido aparentemente compungido.

Thomas Noguchi
El popular Thomas Noguchi, forense encargado del caso.

Una autopsia psicológica

Noguchi, tras realizar la autopsia forense, lo tuvo claro: la causa de la muerte había sido compatible con ahogamiento, y no había signos de violencia sobre el cuerpo. Los arañazos y hematomas leves que mostraba el cadáver pudo hacérselos al caer del bote, y la tasa de alcohol en sangre -de 0’14, ergo no iban tan bebidos como los testigos del restaurante habían imaginado- era tan leve que no explicaba por sí sola la caída. El hecho es que la mujer, tras soltar el bote, pudo resbalar. Ese tipo de embarcaciones fuera borda sin apenas calado suelen resultar bastante inestables, y aquella noche hacía mucho viento, con lo que pudo perfectamente alejarse del yate más de lo que la mujer esperaba al ser liberado. Así las cosas, al caer al agua la pesada chaqueta de plumón que llevaba, empapada pesaría unos 15 kilogramos, la habría impedido subir, sumergiéndola hasta la muerte. Las corrientes de la zona habrían llevado el cadáver y el bote hasta el lugar en el que se encontraron finalmente.

La reconstrucción de Noguchi era factible, pero claro, esta explicación de la mecánica de la muerte no resolvía aquellos puntos calientes que más interesaban a los periodistas: ¿Natalie cayó sola al agua o la tiraron? ¿Y si cayó sola, a un par de metros de la escalerilla del barco, por qué no fue capaz de volver abandonando el bote? ¿Por qué no gritó o pidió ayuda? ¿Se suicidó? ¿La sumergieron en el agua hasta que se ahogó y luego liberaron el bote? ¿En qué eximía la explicación del forense a Wagner y Walken? En definitiva, la prensa no aceptó el dictamen de Noguchi. Una muerte accidental iniciada en un triste resbalón se antojaba menos “vendible” que una muerte devenida de una riña a bordo entre Wagner y Walken con la pobre e indefensa Natalie de por medio…

El problema, lógicamente, es que para un forense como Noguchi las razones por las que Natalie Wood decidió abandonar el Splendour, eran cuestión secundaria frente a la comprensión de cómo se había producido el fallecimiento. Ciertamente, si un matrimonio discute, la mujer sale de casa enfadada, coge el coche y luego tiene un accidente en el que muere, el culpable de la muerte no puede ser el marido… Pero a la prensa del corazón esto le resultaba un matiz legal secundario. Había un clamor contra Robert Wagner a quien se quería inculpar de la muerte de su esposa a todo trance.

Thomas Noguchi, por su parte, que ya había tenido problemas con los medios a causa de su controvertido dictamen sobre la muerte –tan solo una semana antes- del actor William Holden, fue calificado de forense histriónico y polémico. Si el mensaje no gusta, matemos al mensajero. Y es que tampoco él era del agrado de mucha gente en Los Angeles. Nacido en Japón, el forense había sido desde que fuera designado para el cargo objeto de no pocas persecuciones –ya desde fuera, ya desde dentro- por obvios motivos, estando además en el centro de muchas controversias. No podía ser de otro modo cuando uno debe actuar en casos de primerísima línea de manera casi permanente, lo cual implicaba una gran exposición pública y un permanente cuestionamiento de sus dictámenes. No en vano, harto de tales presiones y ante la que consideró “tibia” defensa de las Autoridades, dimitiría de su cargo poco después del cierre del caso de Natalie Wood, en 1982.

Sea como fuere, la respuesta del forense al problema fue recurrir a una pormenorizada autopsia psicológica. Tras un concienzudo estudio de la personalidad de Natalie, los datos arrojados por la autopsia, las circunstancias que rodeaban a los hechos y el estudio detallado del escenario en que todo ocurrió, así como el estudio exhaustivo de las declaraciones, se determinó, al fin, que Natalie, tras resbalar y caer al agua, no pudo en modo alguno volver al yate. La causa: El efecto embudo del viento que en aquella cala azotaba de manera muy intensa en aquellas fechas y que la alejó del barco a gran velocidad –un bote neumático, empujado por el viento de superficie, se comporta exactamente como un globo de aire-. El problema fue que la mujer, aferrada al costado del bote, alejándose del yate, pero no asustada todavía y por ello no gritó, pues era una persona bastante calmada, fue incapaz de subir al interior de la barca pese a sus denodados esfuerzos. Los hematomas en brazos y piernas, coincidentes con los bordes de goma dura redondeados y las aristas de la carcasa del motor fuera borda, daban fe de ello. La pesada chaqueta empapada de plumón de la que no quiso desprenderse, pues hacía frío y sabía que le haría falta, tiraba de ella con enorme fuerza. Trató entonces de desplazar el bote hacia la playa durante unos cientos de metros, pero el mar helado de noviembre y el cansancio acumulado la condujeron a la hipotermia.

Noguchi no quiso en su día que esta información se hiciera pública, pero sirvió para que la policía exculpara a Wagner y Walken y, finalmente, cerrara el caso.

Yate Splendour
La popa del “Splendour”. Ocurriera como ocurriese, desde aquí cayó Natalie Wood al agua para encontrar su final.

El resto es historia

Ello no implicó, claro está, el final de la maledicencia sobre la persona de Robert Wagner. Al contrario, la muerte de su esposa le ha perseguido durante cuarenta años, le perseguirá de hecho hasta la tumba, y no han sido pocos los investigadores empecinados en demostrar su culpabilidad.

Todos esos intentos fueron quedando en nada hasta la aparición, en 2009, de un libro escrito por Marti Rulli, que vino a inflamar la historia con fuerza renovada al contar con el testimonio inédito del entonces capitán del yate, Dennis Davern[3]. En realidad, no hay en este libro prueba fehaciente alguna que culpe directamente a Wagner de la muerte de su esposa, tratándose en realidad de un compendio de trapos sucios y sospechas veladas que solo vienen a ensuciar la historia –de ambos- y tratan de acumular pruebas circunstanciales pretendidamente inculpatorias contra el actor al que la autora trata con muy poca objetividad y a quien, como ya es costumbre entre quienes se acercan al asunto por cierto, parece tener bastante tirria. Un libro éste que, por cierto, vino a coincidir en el mercado –qué casualidad- con las memorias de Robert Wagner, en las que reconocía su discusión de aquella fatídica noche con Christopher Walken. Explicaba que se sintió celoso al advertir durante la cena la gran complicidad que el invitado tenía con su mujer[4].

De hecho, la policía reabrió el caso 81-15167 en el año 2011 a partir de las sospechas sembradas por el libro de Rulli y los testimonios de Davern[5], así como por la presión de la familia de la actriz, que nunca ha dejado de proclamar a los cuatro vientos que el actor sabe más de lo que cuenta. De modo que se llamó a Wagner a testificar sin mayores resultados, pues se negó a añadir una sola coma a lo ya dicho. De nuevo volvió a citarle en 2018, tras el testimonio de dos personas que dijeron ver, posiblemente, al matrimonio discutiendo a grito pelado en la popa del barco. Y nada. De modo que Robert Wagner –que tiene nada menos que 88 años en el momento en que escribo estas líneas- ha sido siempre declarado “person of interest”, lo cual no le convierte en sospechoso y solo indica que tal vez sabría más de lo que ha contado.

No obstante, el dictamen de Thomas Noguchi se ha impuesto siempre con más o menos matices, puntos, comas y notas a pie de página. Con discusión o sin discusión entre los conyuges, con malestar o bienestar dentro del matrimonio, con celos y envidias profesionales o sin ellas, con gritos o sin gritos… La verdad es que no hay a día de hoy indicio rastreable alguno que permita establecer que la muerte de Natalie Wood no se debiera a un desgraciado accidente.

Y continuará.

Dennis Davern
El capitán Dennis Davern… Un tipo que de repente recuperó la memoria [Fuente: Reuters].

[1] Así llamado por la película de 1961 Esplendor en la hierba (Splendor in the grass), de Elia Kazan, cinta que hizo mundialmente famosa a Natalie Wood y que debe su título a los versos de un famoso poema de William Wordsworth; Ode: Intimations of inmortality from recollections of early childhood, escrito en 1804 y publicado en 1807.

[2] Estaban rodando el film de ciencia ficción Proyecto Brainstorm (Brainstorm), de Douglas Trumbull. La muerte de Natalie supuso un gran problema pues, aunque buena parte de la cinta estaba terminada, hubo que “trampear” la presencia de la actriz en diversos planos y generar varias readaptaciones del guión y de los papeles, lo cual provocó que se estrenara en 1983, casi un año después de lo previsto. Natalie Wood pasó en los créditos de protagonista a actriz de reparto, y los cambios motivaron que la película se hiciera difícil de comprender. Todo esto provocó que su recepción entre crítica y público fuese bastante fría. Pese a todo, ganó cuatro premios en la duodécima edición de los Saturn.

[3] Rulli, M. (2009). Goodbye Natalie, Goodbye Splendour. Beverly Hills (CA): Medallion.

[4] Wagner, R.J. & Eyman, S. (2009). Pieces of my heart: A life. New York (NY): Harper Entertainment.

[5] Personalmente, estos testimonios tardíos e inesperados siempre me han dado mucho que pensar y tienen, a mi parecer, cierto halo de sospecha. Más cuando se presentan en un formato proclive al negocio. Al fin y al cabo, si ya sabías algo entonces, cuando el caso podía resolverse con mayor facilidad, y no tenías motivos razonables para callar… ¿por qué no contarlo?

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Pensamiento, lenguaje y crimen

La corriente sociológica conocida como “interaccionismo simbólico”, ha destacado la importancia que tienen los fundamentos socioculturales en el desarrollo de los símbolos lingüísticos y su funcionamiento. Consecuentemente, sostiene que el lenguaje tiene una naturaleza funciona, de suerte que las relaciones semánticas que los símbolos lingüísticos mantienen entre sí poseen gran influencia en las percepciones de los individuos, así como en la identificación de los significados de cuanto se nos dice. Ello nos permite entender que, desde un punto de vista sociocultural, el lenguaje tendría tres grandes propiedades:

  1. Remite a la actividad humana, a la cual debe su existencia.
  2. Capta las experiencias psicosociales y culturales en forma conceptual y universal, lo cual permite a los sujetos hacerlas comunicables.
  3. Orienta con respecto a la manera de crear –o crearse- experiencias socioculturales nuevas, a la par que porta consigo otras históricamente lejanas.

Es en este contexto en el que adquiere sentido el llamado “relativismo lingüístico” propugnado por los antropólogos Edward Sapir (1884-1939) y Benjamin Whorf (1897-1941), y conocido popularmente como “hipótesis de Sapir-Whorf”, que sostiene que la estructura del lenguaje propia de una cultura -o subcultura- influye en la conducta y hábitos de pensamiento de sus componentes. Esto es así porque un lenguaje –entiéndase aquí “lenguaje” en el sentido de idioma, dialecto, jerga- estructura las percepciones de los individuos a la par que moldea la manera de pensar, sentir y actuar de las personas que lo hablan. Y ello porque toda estructura de pensamiento se conforma en el seno de un contexto sociocultural y familiar mediado por el lenguaje. Precisamente esto es lo que pretendía señalar Ludwig Wittgenstein (1889-1951) cuando manifestaba que “los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”[1]: la cultura acondiciona y estructura nuestros procesos perceptuales, de modo que influye en la interpretación de los estímulos externos que se reciben, en la interpretación que se les otorga y en el modo que hablamos –o se nos habla- de ellos.

Sapir y Whorf
Edward Sapir (izquierda) y Benjamin Whorf (derecha).

Se entiende, por tanto, la importancia de la comprensión del funcionamiento de los procesos de simbolización psicolingüística en relación a fenómenos como la delincuencia y el crimen. No en vano, el lenguaje no solo conforma la identidad sino que también la comunica y reevalúa. En tal sentido, es una fuente de programación de cosmovisiones, prejuicios y estereotipos que trasciende a la mera comunicación objetual para convertirse en una estructura gramatical ideológica: las personas que hablan igual, tienden a pensar igual. Desde esta óptica, adquiere pleno sentido la siguiente anécdota, que muestra claramente como las construcciones lingüísticas que elaboramos sobre la realidad generan estructuras de pensamiento que nos inducen a interpretarla de maneras muy específicas:

“Un lunes por la mañana, el encargado de mantenimiento de una iglesia, que era anglo, se acercó a un pastor latino y le reclamó por el desorden dejado en la cocina: ‘está todo fuera de lugar y hay frijoles en el piso y otros lugares. ¿Por qué han dejado tal desorden y sobra de frijoles’ El pastor respondió: ‘ayer, nosotros no comimos nada en la iglesia.’ Le respondió el encargado: ‘¿Quiénes comen frijoles sino los hispanos?’ Este encargado anglo, tenía un estereotipo sobre quiénes comen frijoles y eso lo llevó a acusar a la gente hispana del desorden dejado en la cocina. Su prejuicio lo llevó a hablar en forma estereotipada hacia las personas latinas, discriminándoles. Aunque el frijol es parte regular en la dieta mexicana, centroamericana, caribeña y brasileña, lo cierto es que la noche anterior un grupo de jóvenes anglos había usado ese espacio para una actividad y habían comido, entre otras cosas, frijoles”[2].

De hecho, habría tres áreas de relación claras entre el discurso –entendido aquí en el sentido amplio de comunicación entre individuos- y el contexto sociocultural:

  1. Universo simbólico y/o contexto: Las estructuras sociales son condiciones para el uso del lenguaje, es decir, para la construcción, comprensión y producción del discurso.
  2. Re-descubrimiento y re-definición: El discurso comunicativo, de muchos modos que a veces permanecen ocultos incluso al propio hablante, reconstruye y modifica a las estructuras sociales.
  3. Metáforas de la realidad: Las estructuras del discurso comunicativo hablan sobre, denotan o representan partes de la sociedad.

Debemos entender que, contrariamente a lo que suele creerse, la relación entre los discursos comunicativos y la sociedad tampoco es directa y manifiesta, sino que está mediada por las cogniciones compartidas –o elementos simbólicos- de los componentes de la misma. No se trata simplemente, y recordemos ahora el ejemplo de la iglesia y los frijoles, de que el encargado “anglo” entendiera que el desorden era culpa de los latinos por el simple hecho de haber visto frijoles tirados en la cocina, pues no estamos ante una simple relación de clase 1 y clase 2. El hecho, más bien, reside en que tenía una representación cognitiva compleja del universo de “lo latino” -estereotipada, prejuiciosa- en la cual se subsumía una amalgama de elementos –frijoles, descuido, irresponsabilidad, etcétera- que le indujo a pensar que tal desorden en la cocina solo era atribuible a “esa clase” de personas. De tal modo, su conducta discriminatoria hacia el pastor latino no venía causada por los frijoles tirados en el suelo –que en todo caso suponen una evidencia débil-, sino por un universo simbólico de discriminación interétnica en el cual su falsa atribución adquiría sentido. Pensemos que una sociedad, colectivo o cultura son inconcebibles sin un universo de referencias de sentido compartidas.

De hecho, un error bastante común es el de homologar lenguaje y comunicación cuando en realidad son fenómenos estrechamente interrelacionados, pero cualitativamente diferentes. Así por ejemplo, los delincuentes jóvenes tienden a acumular un grave fracaso escolar al encontrarse por debajo del resto de adolescentes en el desarrollo de sus competencias lingüísticas, pero al mismo tiempo suelen mostrar una buena competencia comunicativa y tampoco manifiestan distorsiones en otros procesos cognitivos. Los déficits en la comunicación y en el lenguaje pueden ir aparejados y a menudo es así, pero no necesariamente, con la conducta antisocial, por lo que el comportamiento problemático de muchas personas “difíciles” podría tener antes una función comunicativa que propiamente cognitiva. Esto significa que, en muchos casos, reduciendo este déficit comunicativo, también podrían reducirse tales conductas.

La habilidad comunicativa tiene un papel básico en el dominio de las habilidades sociales, lo cual explica porque las personas que tienen dificultades a la hora de comunicarse tienden a integrarse en grupos y/o colectivos en el que estas disfunciones son la norma y en los que, por consiguiente, no experimentan rechazo, distorsiones y/o disonancias cognitivas[3]. Hoy se sabe que el estilo de crianza influye notablemente en la forma en que los niños se desarrollan psicológica e intelectualmente, y que grandes diferencias entre estilos de crianza pueden generar notables diferencias cognitivas, conductuales, caracteriales y de personalidad en la vida adulta[4]. Ello implica que un mal entorno social no necesariamente dificulta el desarrollo, pero cuenta con el problema de que es más agresivo y estresante para niños y jóvenes, lo cual predice un peor futuro en la adultez en el caso de que no existan en modo alguno los adecuados factores de protección que generen mayor resiliencia a la par que reduzcan el estrés percibido y la consiguiente vulnerabilidad[5].

Levi Strauss
Claude Levi-Strauss.

No podemos describir y explicar los contenidos y estructuras de las representaciones colectivas de la realidad en términos puramente cognitivos o psicológicos. Es necesario comprender también las funciones que los grupos e instituciones socioculturales generan, así como  sus condiciones y modos de reproducción. Téngase en cuenta que en la cotidianeidad vivimos la realidad sociocultural en términos de definiciones mentales y/o discursivas que operan como construcciones de sentido. Los fenómenos no se nos “dan” simplemente ahí fuera, sino que son construidos por los seres humanos –desde un contexto cultural, histórico, cognitivo, emocional y social- en la medida que ello forma parte de sus capacidades psíquicas. Aquí es donde adquiere sentido la idea del antropólogo Claude-Levi Strauss (1908-2009), quien indicaba que la condición humana, en tanto que única, es generadora de cultura[6].

El interaccionismo simbólico, como escuela, entiende el lenguaje como un fenómeno comunicativo entre individuos sobre el que se construye la realidad social. En este sentido, cabe comprender que al igual que ocurre en el resto de manifestaciones simbólicas socioculturales, en el caso del crimen y la criminalidad –cualquiera que sea su forma-, el lenguaje es también un correa de transmisión creadora de cosmovisiones compartidas entre individuos que en buena medida generan adhesión. En este contexto es en el que adquieren sentido fenómenos como la apología del crimen de la que se sirven determinadas organizaciones –bandas, pandillas, crimen organizado, colectivos delincuenciales gremiales, grupos terroristas o sectas- y que adoptan la forma de una jerga específica que se manifiesta en la forma de canciones, vídeos, retóricas discursivas, códigos específicos, maneras de vestir, tatuajes y etcétera.

Pese a que a menudo nos sirvamos de esta clase de comparaciones para tratar de explicarnos su mecánica interna de un modo sencillo, en realidad la inmensa mayoría de los colectivos criminales y/o delincuenciales, por lo común, no son una organización formal al uso, pues operan en el seno de subculturas minoritarias que ni representan el sentir de una cultura mayor en la que se integran, ni están reguladas por las normas, leyes, códigos ético-morales o dinámicas de tal cultura. Al contrario, suele tratarse de organizaciones “fluidas” que solo adquieren sentido a través de procesos narrativos e interactivos entre sus componentes –que pueden no ser miembros fijos- que se fundamentan en determinados procesos comunicativos y simbologías. Recordemos ahora la hipótesis de Sapir-Whorf: la expansión de esta clase de colectivos solo es posible por la vía de una construcción identitaria, o de sentido, a partir de narrativas programáticas que se expanden por diferentes canales comunicativos, como redes sociales, interacciones cara a cara, manifiestos, reuniones, películas, letras de canciones, y etcétera. Tales canales sirven de vía mediante la que proporcionar a un determinado “público objetivo” –sensibilizado- toda suerte de materiales simbólicos que “den sentido” o “construyan sentidos”. Es precisamente por ello que esta clase de discursos terminan siendo muy permeables a los recursos que se emplean en los de otras esferas públicas, como la religión, la política o la economía.

Uno de los elementos característicos del llamado crimen organizado es el de ser mucho más que una mera “empresa criminal”, como a menudo es definido con cierta simpleza. Esta categoría criminal se constituye a partir de un universo simbólico o de sentido que se basa en tradiciones, costumbres y valores socioculturales que se reproducen en el comportamiento criminal de la propia organización. Ahí es donde adquieren su razón de ser ideas como la del “código de silencio” o el “honor entre ladrones”. Entre los Zetas mexicanos la violencia extrema de la que se sirven en sus acciones es, más que un modus operandi, un elemento comunicativo de corte propagandístico que se dirige no solo a la competencia, sino también al cliente potencial. En las Maras el universo simbólico, por el contrario, funciona hacia adentro, hacia sus propios integrantes, de suerte que entretanto la imagen externa- que tiene la sociedad- del colectivo es de criminalidad funcional, la imagen interna –de sus componentes- tiene un fuerte carácter iniciático.

Los controvertidos vídeos que difunde el grupo terrorista conocido como “Estado Islámico” son un perfecto ejemplo del asunto que nos ocupa: su montaje, construcción narrativa, temática visual e incluso los recursos “cinematográficos” que en ellos se emplean no están dirigidos al grueso de una población para la que resultan simplemente grotescos o temibles, sino a un grupo reducido de personas, interesadas en esa clase de contenido audiovisual, que son capaces de sentirse interpeladas cognitiva y emocionalmente por el mismo. Así, la apología del crimen que se manifiesta en tales vídeos es en realidad un “locus” de negociaciones simbólicas cuyo objetivo último es la reproducción de la violencia y que, por tanto, puede considerarse como “violencia programática”, esto es, violencia prescriptiva, programadora de formas de pensar y de hacer. De hecho, el discurso del terror y el odio del que se valen estas organizaciones no solo sirve para obtener publicidad entre el gran público –de hecho, la publicidad mediática ya se obtiene por lo común con el propio acto terrorista-, sino ante todo para comunicarse con el público propio.

Video ISIS
Imagen de uno de los vídeos del ISIS: La composición de imagen al servicio de un mensaje ideológico… Más que terror, discurso.

Piénsese que el lenguaje y la comunicación siempre tienen un valor funcional. Ello implica que los emisores y los receptores de esos contenidos criminales programáticos no los observan como “delincuenciales” en el sentido que un observador externo les confiere y que suele tener que ver con el delito tipificado en el código penal o con la moralidad. Antes al contrario, en el emisor-receptor implicado generan y consolidan un magma psicológico de sesgos atribucionales y distorsiones cognitivas que permiten que cierta clase de criminalidad, con la que ya se simpatiza de manera más o menos consciente por diversos motivos socioeducativos y de integración, se convierta en un universo simbólico de lo cotidiano que medie en toda suerte de conductas, códigos y formas de sociabilidad a todos los niveles imaginables: subjetivo, económico, sociocultural e incluso político.

Toda violencia programática funciona porque simplifica conflictos sociopolíticos y culturales complejos estableciendo narrativas sencillas, lineales, polarizadas, y fácilmente accesibles con independencia del nivel formativo del individuo, pues dependiendo de cuan compleja o sencilla sea la estructura del lenguaje verbal y/o escrito, se producirá una variación significativa del grado de pensamiento y entendimiento del sujeto. Así es como se entra en la retórica reduccionista del amigo-enemigo, ellos-nosotros, crimen-sociedad, bueno-malo, dentro-fuera, creyente-infiel… Téngase en cuenta que un lenguaje simplificado lleva a un pensamiento simplificado, fácil, en el que la multiplicidad del mundo queda reducida a tener que escoger en última instancia entre dos posibles opciones. Por el contrario, la asunción de la realidad como una entidad compleja y difusa genera, a su vez, un pensamiento complejo y divergente que obliga al sujeto a tener que decidir entre múltiples posibilidades argumentales disponibles que debe entender e integrar para poder decidir. Así, la calidad y amplitud de la verbalización con la que una persona es capaz de exponer una situación refleja cuánto y cómo conoce los diversos puntos de vista legítimos –o ilegítimos- en torno a la misma.

La exclusión social y los entornos deprimidos no tienen por qué conducir necesariamente al delito, pero no es menos cierto que generan condiciones proclives a ahondar en las vulnerabilidades –no solo fisiológicas y madurativas, sino también cognitivas y afectivas- de los individuos que pueden llevarles a comprometerse con la violencia y el crimen, o bien a convertirse en víctima de ellos. Generan contextos proclives, entre otras cosas, a la simplificación cognitiva y las simbolizaciones distorsionadas de la realidad en el que cuestiones como la apología del crimen o la radicalización adquieren pleno sentido. Y ello porque la subjetividad lingüística que suele presentarse en estos entornos, lleva a la persona permanentemente reevaluarse y re-describirse a sí misma desde puntos de vista que en su contexto de referencia pueden ser muy eficaces, pero que sin embargo resultan socioculturalmente disfuncionales.

“Pototo (alias del histórico de ETA, Ángel María Galarraga), presunto autor de siete asesinatos, murió el 15 de marzo de 1986 abatido a tiros por la policía tras haber dado muerte a un agente en San Sebastián. […] El niño, Hodei, soltó la paloma. Los restos de su tío, Pototo, estaban delante de él, en un ataúd abierto con la ikurriña. Y más y más banderas se agitaban al viento […] Había mucha gente allí, en la plaza de Zaldibia. Gestos hoscos. Crespones negros en telas blancas que colgaban de todos los balcones. Y niños, muchos niños en primera fila, acompañaban a Hodei […]. Comenzaron los discursos. Destacaron que Pototo había sido un bakearen gudari, un soldado por la paz que había murto en la alta misión de conseguir la independencia de Euskadi. Y dijeron sus versos los bertsolaris y se cantaron canciones al son de las trikitixas, porque Pototo era muy alegre, afirmaban. El sentimiento de pertenencia al grupo, el espíritu de la tribu, iba creciendo haciéndose, a la vez, más hondo conforme el tiempo pasaba. El odio y la rabia lo inundaban todo. […] El 23 de septiembre de 2002, la explosión fortuita de una bomba de titadine de 15 kilogramos mató al conductor del coche que la transportaba. Era Hodei Galarraga, de 22 años de edad. Una urna conteniendo las cenizas de Hodei fue situada, 16 años después, en el mismo lugar que el féretro de Pototo había ocupado en la plaza de Zaldibia. La ceremonia fue parecida. […] Un niño de corta edad, primo de Hodei, abrió una caja y dos palomas blancas partieron velozmente hacia el cielo azulado de Zaldibia”[7].

Aunque podría no parecerlo a primera vista, el caso de la “conversión” de Hodei es equivalente al que podemos encontrar en los muchos vídeos destinados al proselitismo de Maras, Ñetas u otros grupos al uso, y que pueden encontrarse fácilmente en plataformas virtuales como el conocido YouTube. Son trabajos de carácter artesanal, a veces incluso muy tosco, cuyas imágenes se reciclan una y otra vez a medida que los montajes se multiplican y expanden en la red. En ellos vemos imágenes de marginalidad, urbanización incompleta, civilización precaria, y exclusión social cuya función es la de operar como metáfora de las condiciones que viven las personas que se integran en esta clase de colectivos y que, en última instancia, justifican la exaltación del crimen como forma de vida “razonada” y “razonable”. Se trata de reestructurar cognitivamente a un público objetivo por la vía de un discursos –símbolos, vocabulario- de impacto existencial y, por tanto, emocional. Así se logra la “transmutación” en la personalidad de los jóvenes que se integran en estos colectivos en este caso: manipulando simbólicamente sus condiciones vitales de exclusión y precariedad.

Maras - Gaceta Mercantil
Miembros de las Maras en acción propagandística: todo es mensaje. Y ninguno de esos mensajes es para nosotros [Fuente: Gaceta Mercantil].

[1] Wittgenstein, L. (2004). Tractatus Logico-Philosophicus. Madrid: Alianza Editorial; § 5.6.

[2] Carhuachín, C. (2013). Lenguaje y discriminación. Una perspectiva latina en los Estados Unidos de América. Realitas. Revista de Ciencias Sociales, Humanas y Artes, 1(2): 18-24, p. 19.

[3] Véase: Festinger, L. (1957). A theory of cognitive dissonance. Stanford (CA): Stanford University Press. La disonancia cognitiva hace referencia a la tensión interna que los individuos experimentan cuando tienen dos cogniciones simultáneas y conflictivas: Así, aparece cuando las personas experimentan en su sistema de ideas, creencias y emociones dos pensamientos que se encuentran en conflicto, o bien cuando ponen en marcha conductas que no son acordes a sus creencias habituales. Normalmente, el sujeto que experimenta disonancia cognitiva se siente motivado a reducirla para minimizar, a su vez, la tensión psicológica que está experimentando. Por lo común, la manera más habitual de resolver esta tensión es introducir en el propio sistema de creencias o valores toda suerte de cogniciones nuevas que justifican su actitud. Por ejemplo, si pensamos en un individuo al que se ha enseñado desde la infancia que maltratar a los demás es inmoral, y al entrar en una organización criminal se ve obligado a hacerlo, lo habitual será que busque todo tipo de excusas para justificar sus propios actos: “son el enemigo”, “nos odian”, “son malvados”, “es cuestión de ellos o yo”, “debo ser fiel a los míos”, y etcétera.

[4] Flores-Lázaro, J.C., Castillo-Preciado, R.E. y Jiménez-Miramonte, N.A. (2014). Desarrollo de funciones ejecutivas, de la niñez a la juventud. Anales de Psicología30(2), 463-473. https://dx.doi.org/10.6018/analesps.30.2.155471

[5] González Osornio, M. G. y Ostrosky, F. (2012). Estructura de las funciones ejecutivas en la edad preescolar. Acta de investigación psicológica2(1), 509-520.

[6] Levi-Strauss, C. (1995). Antropología estructural. Barcelona: Paidós Ibérica.

[7] Sanmartín, J. (2005). El terrorista: Cómo es. Cómo se hace. Barcelona: Ariel, pp. 86-88.

Ser verdugo

Garrote Vil (1894)
Garrote Vil (Ramón Casas, 1894).

La imagen del verdugo, a lo largo de los tiempos, se ha comportado como un espejo deformante que refleja todo aquello que más atávico, trágico, inmoral y degradante resulta al común de las personas y que, en gran medida, nadie aceptaría reconocer ni en sí mismo, ni en la esencia misma del orden constituido. Paradoja –seguro que autoengaño colectivo- perfectamente representada en la célebre película de 1964 dirigida por Luis García Berlanga y guionizada por Rafael Azcona. Por ello, parafraseando a quien fuera último descendiente de una larga casta de ejecutores y gran conocedor por ello mismo del asunto, Henri Sanson, podría afirmarse que la tragedia de los verdugos –y su vivencia- es el resultado de una civilización enfermiza legal y moralmente[1].

Lo cierto es la pena de muerte, en tanto que arbitraria, nunca fue un instrumento legal institucionalizado en las sociedades primigenias y, por ello, no se hacía necesaria en su seno la existencia de un personaje de perfil burocrático como el del ejecutor de sentencias. Por supuesto, existían los castigos físicos como manifestación directa del control social, pero tales, ideados desde un modelo retributivo, pretendían ser proporcionales al crimen cometido y por lo general nunca eran administrados por las mismas personas. De hecho, y hasta donde se tiene noticia, es en la civilización egipcia en la que aparece como institución el oficio de dar muerte a los sentenciados[2]. También en Grecia existió la figura del ejecutor público, pero en este caso el verdugo era un personaje ubicado a la altura de los tiempos al que se asumía como uno de los elementos fundamentales del orden vigente. Por ello, indicaba Aristóteles, se le debía observar con el debido respeto e incluso hacer todo lo posible por elevar socialmente su rango y dignidad, asegurando que sus funciones fueran cumplidas tanto con diligencia, como con el menor daño personal, social y político posible pues, a su parecer, resultaba peligroso que esta clase de empleos –verdugos o carceleros- recayeran en manos de personas poco dignas e inmorales[3].

Lictor
Lictor romano (según grabado de Cesare Vecellio).

Por supuesto, hubo verdugos oficializados entre los romanos –empleo atribuido por lo general, aunque no solo, a los guardias, mensajeros y voceros tanto de cónsules como de magistrados a los que se conocía con el nombre de lictores[4]– pero, irónicamente en el contexto de una civilización tan proclive a la violencia pública, generaban ya entre sus conciudadanos un profundo sentimiento de repulsión propiciado más por motivos ideológicos que propiamente psicológicos o morales. Debe tenerse presente que una cultura construida sobre la reglamentación, el derecho y la burocracia como lo fue la romana –sobre todo a partir del emperador Augusto- la actividad del lictor durante las causas, que habitualmente terminaba con el cumplimiento de las sentencias en el acto, al pie del propio magistrado y sin posibilidad de recurso o apelación, generaba entre los asistentes no pocos tumultos a poco que el resultado del juicio se valorase como injusto o desproporcionado. Esto motivo que la legislación tendiera a modificarse paulatinamente para desprender a los lictores de la tarea de ejecutores de sentencias, pues les acarreaba serias reprensiones públicas y desvirtuaba su papel como representantes simbólicos del orden vigente –auctoritas– en la medida que rebajaba el rango moral de las leyes y símbolos que representaban. A partir del año 100 d.C. comenzará a prosperar en el papel de verdugo la figura del carnifex, un verdadero especialista de la tortura y la ejecución. Caso de no haberlo disponible, el magistrado nombraba a un esclavo –ajeno esencialmente a la vejación social- para tal fin. Cuando la persona a castigar fuera una mujer o un personaje distinguido, se determinó darle tormento o muerte en la privacidad de la prisión[5].

Medievalismos varios

Sin embargo, el final del Imperio Romano y el retroceso jurídico-legal del de que vino aparejado, motivó que el cargo oficial de verdugo, así como el sentido jurídico último de sus funciones, se diluyera:

“La Edad Media, perdida parte de la unidad política y doctrinal del mundo romano, supuso un momento de desafuero en la administración de la justicia haciéndola cruel, arbitraria y ostentosa. El deseo de que la pena fuera motivo de disuasión para el resto de la comunidad convirtió en espectáculo lo que debiera de ser un hecho privado y conforme a ley. La aplicación de la pena capital en público, en lugar elevado y con publicidad suponía a veces motivo de diversión por la parafernalia que conllevaba la ejecución. No digamos nada sobre todo si se permitía intervenir al populacho en la aplicación de la pena. Las lapidaciones no dejaban de ser un elemento en el que todos participaban como masa social en la ejecución del condenado”[6].

Se volvió de este modo, y por varios siglos, a un modelo arcaico en el ámbito de la ejecución de sentencias que convertiría en administradores de la pena capital, y por motivos de lo más variopinto, a personas no necesariamente profesionales o conocedoras de los procedimientos más elementales. Permaneció en el fondo del asunto, pese a todo, un elemento constante e invariable: más allá de cualquier clase de implicación antropológica, la pena de muerte se institucionalizó como instrumento jurídico de las sociedades complejas en la forma de teatro moral perfecto –de acto de justicia supremo y superlativo- con un aparato escénico perfectamente desarrollado desde las diversas variantes culturales, y puesto al servicio del control social y de la prevención del delito.

Consecuentemente, y como actor en esta escenificación de la justicia activa, el verdugo no siempre fue, como decimos, un mero funcionario sino muy a menudo una persona extraída del propio orden social al que se pretendía salvaguardar con la brutalidad controlada, pero entendida como útil, del cadalso. Por esto, en diferentes lugares de Centroeuropa, de suerte inopinada y como si se tratara de un rito de paso, era el individuo más joven de la ciudad el encargado de las ejecuciones, imponiéndose duras sanciones a aquellos que se negaran a cumplir este desagradable cometido. En Baden-Württenberg y Hesse había de ser el último recién casado de la localidad quien desempeñara el cargo, pues se consideraba que era una forma de pagar la deuda contraída con una sociedad civil en la que acababa de ingresar. En regiones como Turingia, por motivos similares, las posibles ejecuciones eran trabajo para el último hombre que se hubiera mudado a la localidad en que debían verificarse. En Amberes las Autoridades designaban a un carnicero de entre los más antiguos y experimentados del gremio, por razones obvias, para obrar como verdugo[7].

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Auto de fe en la Plaza Mayor de Madrid (Francisco Rizi, 1683).

En el antiguo reino de Crimea el peso de la ejecución recaía sobre la parte acusadora en el caso de ganar un pleito que deviniera en la muerte del acusado. Las primeras legislaciones inglesas en la materia no se ocupaban del oficio de verdugo siendo el sheriff local quien, una vez pronunciado el fallo de la justicia, había de cuidar que se ejecutara. Por lo común éste designaba y pagaba convenientemente a una persona de su confianza, si bien, caso de estar el puesto vacante o de no encontrar a nadie dispuesto para realizar el trabajo, era él mismo quien debía convertirse en ejecutor. Por reflejo jurídico, el modelo norteamericano adoptó este mismo sistema.

En España, originariamente, el verdugo –siempre odiado y sometido a exclusión social- era designado para la ocasión cuando no lo había disponible, si bien el cargo, a menudo, aunque no de suerte oficial, se trasmitía de padres a hijos pues en muchos lugares no les estaba permitido emparentarse más que con miembros de otras familias destinadas al mismo oficio. Así, y por mencionar una de estas historias, uno de los más antiguos verdugos españoles de la historia contemporánea, José González Irigoyen, ejecutor de la Audiencia Territorial de Zaragoza, era

“hijo de labradores, habiendo sido también verdugos su padre, dos hermanos y un cuñado, dotando en su familia el desempeño del mencionado oficio desde hace 117 años. Al referir la historia de su niñez, cuenta detalles verdaderamente horribles como son, por ejemplo, el de hacerle asistir su padre a las ejecuciones y ayudarle en sus lúgubres faenas, cuando aún no tenía nueve años”[8].

Víctima de la hipocresía

Por lo general rechazados y condenados por el cuerpo social, la mayoría de estos verdugos encontraban refugio psicológico en la religiosidad extrema, en un exacerbado sentido del deber y de la profesión, e incluso en el alcohol[9]. El propio Irigoyen, en el ya citado texto, se reconocía a sí mismo como “el decano de los ejecutores y hace alarde de no haber quien le iguale ni en serenidad ni en perfección en su trabajo”. Tal vez por ello, ya pasada la setentena y con cerca de doscientas ejecuciones a sus espaldas, se mostraba enojado cuando los achaques de la vejez le obligaban a ceder el protagonismo del cadalso a otros colegas más jóvenes.

El propio Sanson, francés, último descendiente como ya se mencionó de una prolongada casta familiar de borreau señalaba que el cargo, llamado oficialmente en aquel país con la pomposa denominación de “Maestro de las Altas Obras”, no era hereditario. Sin embargo, por razones fáciles de comprender, cuando había entrado en una familia era muy raro que saliera de ella, lo cual provocó que incluso llegara a recaer ocasionalmente en algunas mujeres. Más aún, si fallecía un ejecutor sin dejar hijos, y no había quien tuviera derecho a la plaza, los jueces podían absolver a un criminal sentenciado a muerte con la condición de que se hiciera ejecutor, o bien, caso de que este criminal se revelara contra la decisión de la justicia, se designaba de oficio a un mendigo. Consecuentemente, se elevaría al rango de triste tradición que la piel del verdugo se encarnara en los elementos más bajos, marginales y empobrecidos del elenco social. Piénsese que ya los propios lictores de Roma, por lo común, eran escogidos por el propio magistrado de entre sus esclavos libertos y, por ello mismo, sujetos de su máxima confianza personal, aunque de baja cuna[10].

Charles Henri Sanson
El francés Charles-Henri Sanson, uno de los más afamados verdugos de la historia (según grabado de E. Lampsonius, 1851).

Lo cierto es que si desde buena parte de la Edad Media hasta el siglo XVIII el ejecutor de sentencias gozaba de un trabajo estable, siendo un personaje que concitaba al mismo tiempo el temor, el desprecio y el respeto públicos[11], a partir del siglo XIX se va a transformar en un individuo gris a sueldo del Estado que casi nunca llegaba al cargo por propia iniciativa vocacional o interés personal, sino huyendo de penurias y fatigas cuando no del propio patíbulo. Así Eduardo Zamacois, al hablar del que fuera en su tiempo verdugo de la Audiencia Provincial de Madrid, Áureo Fernández Carrasco, relata una historia que bien pudiera en líneas generales caber en el perfil de muchos de cuantos ocuparon el oficio a lo largo de los años:

“Había ido de soldado a Cuba. Perdida la guerra regresó a España y fueron los dientes del hambre los que le forzaron a ser verdugo; empleo que muchos, tan necesitados como él, codiciaban”[12].

El ejecutor de sentencias, en definitiva, y a medida que los tiempos fueron liberándose de determinadas barbaries institucionalizadas, se convirtió en

“una víctima más del sistema penal que suele internalizar esa condición en un ejercicio subjetivo imprescindible para exonerar sus culpas […]. El justificar ante sí y los demás su trabajo es, más allá de todo cumplimiento legal, como justificar el irracionalismo de las muertes que causa”[13].

Fotograma de El Verdugo
Fotograma de “El Verdugo” (Luis García Berlanga, 1963).

[1] La autoría de la obra autobiográfica atribuida a Charles-Henri Sanson, así como la veracidad de muchos de los datos que proporciona, han sido cuestiones muy discutidas. Parece que, en efecto, el texto pudo basarse en las vivencias apócrifas del ejecutor de Luis XVI, pero fue en gran parte compuesto de manera libre por Balzac y L’Heritier de l’Ain. La edición que se conoce –y que nos ha llegado- fue reestructurada y aumentada de cara a su primera edición en seis volúmenes por un descendiente de los Sanson, Henri Sanson Clement, en 1847 [Bourdin, P. (2004). Sept générations d’executeurs. Mémoires des borreaux Sanson (1688-1847). Annales Historiques de la Révolution Française, 337, 217-219].

[2] Bourdin, P. (2004), op. cit.

[3] Aristóteles (1994). Política. C. García Gual y A. Pérez Jiménez (eds.) Madrid: Alianza.

[4] Dada su antigüedad, que se remonta a Etruria, el término lictor posee una etimología dudosa: “Festo dice que eran lictores aquellos individuos que, llevando las haces de varas ligadas, infligían castigos corporales a los magistrados tomados en falta. Abogaba por tanto por una etimología del término con el verbo ligo, atar, de forma que lictor sería el portador de, fasces unidas o atadas. El concepto aludiría al principal distintivo del personaje. Como Festo, Plutarco se inclina por un claro nexo con el infinitivo de ligo, ligare, pero no referido a las varas sino al cometido que el lictor tendría de sujetar o atar las manos, o más ampliamente, de arrestar con inmovilización a cuantos estorbasen o impidiesen el paso del magistrado al que acompañaban. […] Para Gellio […] es un servidor especializado y perteneciente a otro cuerpo de servidores, los viatores, testimoniados en la República y acaso originarios de aquellos céleres de la Monarquía. Despejaban la ruta de curiosos y obstaculizadores, valiéndose de varas y su progresiva especialización en estas tareas les valió la constitución de un cuerpo auxiliar aparte. Tanto Plutarco como Gellio muestran coincidencias en la exposición de sus opiniones. Para ambos en principio no existían como servidores independientes, sino que, ya de los céleres, ya de los viatores, sus cometidos eran asumidos por los que se situaban en los primeros lugares de las comitivas. La función creó el órgano y con el tiempo pasaron a formar un cuerpo independiente. En realidad, ambos autores desconocieron el origen concreto de la institución, prueba inequívoca de su antigüedad, y desde luego la vinculaban a las etapas más remotas de la historia de Roma” [Muñiz Coello, J. (1989). Empleados y subalternos de la administración romana (III). Los lictores. Studia historica. Historia Antigua, 7, 133-152].

[5] Ibid.

[6] Gómez Fernández, J. (2005). Morir en el puerto. Dos ejecuciones con garrote (1844). Trocadero, 17, 193-206: 195.

[7] Reader, P. (1974). Cárceles y verdugos. Barcelona: Picazo.

[8] Anónimo (1893). El verdugo. La Crónica de Huesca: Periódico independiente de avisos, noticias e intereses morales y materiales, 16 de enero, 6-7: 7.

[9] Bourdin, P. (2004), op. cit. El concepto mismo de verdugo no es unitario en todos los idiomas y se conforma a partir de variantes locales que por lo común se relaciona con el método empleado en cada caso para castigar físicamente, torturar o ajusticiar, o bien con las conductas propias de la actividad desempeñada por el ejecutor. Para el idioma español el término muestra orígenes etimológicos dudosos si bien parece existir cierto acuerdo en su procedencia a partir del latín virere -ser verde o verdear-, de donde deriva viridis -verde, fresco. Desde aquí la palabra se habría conformado bajo la forma abreviada vir-, transformada en ver-, más ductum -tomado, agarrado, adquirido. Parece que a comienzos del siglo XIII este vocablo significaba “vástago o rama que se corta verde” y, con el tiempo, adquirió el significado más específico de “vara de mimbre usada para azotar”. Consecuentemente, ya en el siglo XVI y por metonimia, terminaría designando no sólo a la vara usada para el castigo sino también a la persona que la empleaba. Más tarde también se denominó verdugo el capuchón con el que el ejecutor ocultaba su rostro y, por generalización, a cualquier tipo de pasamontañas [Soca, R. (2012). La fascinante historia de las palabras. Buenos Aires: Interzona]. Sea como fuere, la palabra otorga sentido al apellido en el momento en el que esta práctica se institucionaliza como oficio. Es por ello que el apellido Verdugo –de origen alavés- nace en la Edad Media, momento en el que la profesión comienza a formalizarse jurídicamente en un proceso equivalente al acaecido en otros países europeos [Guerra, J.C. de (1910). Estudios de heráldica vasca. San Sebastián: Librería de J. Baroja e Hijos].

[10] Muñiz Coello, J. (1989), op. cit.

[11] Personaje que muchos artistas quisieron ver como encarnación de la tragedia misma de la vida y mano ejecutora del buen orden social, y al que algunos compusieron incluso elevados poemas, como es el caso de Espronceda [Espronceda, J. de (1999). El verdugo. Pozzi, G. (ed.), Antología poética: José de Espronceda. Tres Cantos (Madrid): Ediciones AKAL, 80-88].

[12] Zamacois, E. (1964). Un hombre que se va… (Memorias). Barcelona: AHR: 164. Abundando en el ejemplo, Gregorio Mayoral Sendino, quien fuera nombrado ejecutor de sentencias de la Audiencia Territorial de Burgos a partir de 1888, y uno de los verdugos españoles más famosos, preguntado acerca de los motivos por los que se dedicaba a aquella profesión comentó: “Yo no la elegí… Vivía con mi madre, pobremente, pasando fatigas. Un señor que era abogado conocía a mi madre y le dijo que había un empleo del Estado vacante […]. Fui a ver al abogado y me explicó la cosa… Bueno, ese señor echó la solicitud, la firmé y al tiempo me dieron el cargo. Mi madre no quería que firmara y la pobrecita lloraba como si yo fuera el reo…” [García Jiménez, S. (2010). No matarás. Célebres verdugos españoles. Santa Cruz de Tenerife: Editorial Melusina: 62-63]. Un designio tremendo para los más pobres y desclasados que, aún hoy, se perpetúa en buena parte de los países menos favorecidos. Así se explica que la oferta, aparecida en 2011, de un presidio de Zimbabue que buscaba cubrir una plaza de verdugo vacante desde 2005 recibiera cientos de solicitudes. Nada sorprendente para un país terriblemente golpeado por la crisis y con un noventa por ciento de paro.

[13] Neuman, E. (2006). Verdugos y médicos. ¿Víctimas o victimarios? ILANUD, 27, 43-59: 53.

Mujeres en “todas” las ciencias

Ciencia, palabra que procede del latín scientia –o conocimiento- es, según la Real Academia Española, máxima fedataria de la pureza léxica de nuestro idioma, un “conjunto de conocimientos obtenidos mediante la observación y el razonamiento, sistemáticamente estructurados y de los que se deducen principios y leyes generales con capacidad predictiva y comprobables experimentalmente”. Al menos eso se indica en la primera acepción del término[1]. Ello implica, de entrada y sin mayores tonterías, que siendo tan válidas experimentalmente las técnicas cuantitativas como las cualitativas, entonces se debe asumir que tan ciencia es, en general, la botánica, como la mecánica clásica, la geología, la sociología, la economía o la gramática. Cada objeto de estudio, evidentemente, define el modelo de acercamiento teórico y empírico que hace posible la aplicación de una metodología científica al mismo en la misma medida que la actividad científica no viene definida por el objeto, sino por el método empleado para estudiarlo. Y hasta ahí, supongo, todos -incluido el más exquisito y riguroso epistemólogo del patio- estaremos de acuerdo.

Ciertamente, el diccionario, porque el lenguaje es rico y precisa de detalle para ajustarse a la demanda del hablante y los vericuetos del idioma, en su cuarta acepción indica que el plural “ciencias” –nunca el singular-, se reserva de manera específica para el “conjunto de conocimientos relativos a las ciencias exactas, físicas, químicas y naturales”. Un hecho que pone la ya indicada acepción primera del término en tela de juicio, pues si cabe considerar ciencia, por ejemplo, a la sociología o a la antropología –ciencias de lo humano se entiende-, entonces no cabe entender en modo alguno por qué no entran de pleno derecho en el plural de las “ciencias”. Y, sin embargo, ocurre que es perfectamente razonable hablar de “ciencias humanas” o de “ciencias sociales” de suerte que, si se lee más abajo en la acepción señalada, se descubrirá que el propio diccionario está de acuerdo con ese uso del término. Es obvio que aquí hay alguna clase de trampa, contradicción o rareza lingüística que no se alcanza a comprender y que tampoco se explica por el origen latino del concepto mismo. Recuérdese: “conocimiento”.

Que lo arreglen nuestros académicos, o que pregunten a quien pueda –y sepa- arreglarlo… O que simplemente eliminen la acepción cuarta y se tomen en serio a sí mismos.

¿Por qué me enredo en todo esto?

Vaya, porque estoy hasta el mismísimo gorro de las malversaciones lingüísticas del presente y de los malversadores que se apoyan en ellas para encaramarse a no sé qué púlpitos a fin de andar repartiéndonos a los pobres mortales actas de validez, calidad, exigencia, rigor científico e incluso capacidad e inteligencia -todo ello con el adecuado apoyo de la Autoridad competente, luz y taquígrafos, faltaría más-. No crean. No es ni una pataleta, ni un enfado retórico. Verán: si yo digo que usted está en “las ciencias” (plural), entonces aquello a lo que usted dedica su vida y sus desvelos es una cosa muy seria que recibe apoyo económico, respeto institucional y prestigio social, aunque sea usted tonto del bote. Pero si yo determino que anda usted enredado en esas banalidades de la simple ciencia (singular) entonces seguramente sea un pobre bobo que anda perdiendo el tiempo en cosas insustanciales y no tiene derecho ni a dineros, ni a reconocimientos de clase alguna, porque no hace otra cosa que tomar el pelo a los pobres mortales… Aunque sea usted un completo genio.

Ahora nos vamos centrando y caminamos hacia el objetivo –metódico que es uno-:

Si tu, querida amiga, o tu hija, o tu hermana, o tu esposa, o tu madre, no estudia física, biología, química o ingeniería de cualquier cosa, entonces no eres –no son ninguna de ellas- mujeres dedicadas a “las ciencias”. Son de esas tontillas de letras o por ahí, como yo mismo, que como siempre han sido más torpes que un canto “rodao” y carecen de cualquier talento, han tenido que dedicarse a malgastar sus tristes vidas en esas sandeces sin fuste alguno en que se ocupan –ocupamos-. Y por eso tiene entonces sentido hacerse esta preguntita retórica que, más allá de cuestiones de género, es una trampa argumental que nos explica a todos/as la clase de sociedad en la que vivimos o en la que nos quieren hacer vivir: “¿por qué no hay mujeres en las ciencias?” Algo así como venir a decirte: “mira guapa, ¿para qué te vas conformar con ser Concepción Arenal, Victoria Kent, Dorothea Dix o Margaret Mead cuando puedes ser Marie Curie?” -como si las primeras fueran cuatro lerdas, mire usted y anda con Dios-. Tal pregunta, a bote pronto, según te la formulan, y hay muchas maneras de hacerlo, admite una respuesta bastante desabrida y equivalente a la que yo le di a mi profesor de matemáticas del instituto cuando me dijo que estudiando “eso” que yo iba a estudiar no llegaría “a nada en la vida” –y porque había aprobado… menos mal que a estas alturas me queda el consuelo de haber llegado bastante más lejos que él, lo cual me ratifica en el tono desabrido de la respuesta que le di-.

No. Mire usted. Si de lo que se trata es de publicitar las “ciencias naturales”, su estudio y profesión entre las señoritas que desembarcan en la Universidad patria, idea ante la que no tengo cosa alguna que objetar y que me parece fetén, faltaría más, pues háganlo. Pero bien. Precisen: “mujeres en las ciencias naturales y/o exactas”; “mujeres en las ingenierías”… Porque decir solo “mujeres en las ciencias” es como decir que todo lo que no encaja en determinados parámetros de conocimiento no es ciencia válida, no genera conocimiento genuino, y eso es faltar a la verdad… No conviertan la necesaria demanda de la presencia de la mujer en las ciencias naturales en una nueva, sutil, y perversa forma de humillación. No hace falta que nos maltraten por enésima vez, por favor.

Ni nos mientan. Ni nos tomen el pelo. Ni traten de ponernos el pie encima como es maldita e inveterada costumbre. No castiguen a los que ya estamos por estos pagos haciendo estas cosas que ustedes encuentran tan detestables, ni a las señoritas que deciden estudiarlas porque la pobre Marie Curie les huele a ratones al menos tanto como a mí el bueno de Alfred Cantor. Nosotros también hacemos ciencias. Otras ciencias. Centradas en diferentes objetos pero con idéntico método. Destinadas a otros objetivos, medios y propósitos, pero con el mismo interés por el conocimiento o scientia –no se me ocurriría arrogarme más- que puedan tener ustedes.

Sé que muchos nos desprecian e incluso opinan -pobrecillos- que el mundo sería mejor si se convirtiera en una tecnocracia galopante en la que solo hubiera humanistas en los parques zoológicos, expuestos como meras curiosidades y vestigios del oscurantismo. Lo comprendo porque soy capaz de comprender –que no de compartir- casi cualquier cosa. Pero hagan un pequeño esfuerzo de imaginación: piensen en cómo sería una medicina sin enfermeros/as; una educación sin enseñantes ni pedagogía; una investigación biomédica sin principios éticos; una actividad política sin economistas, sociólogos o juristas; un idioma sin lingüistas; una cultura sin antropólogos; una nación sin comprensión precisa de su pasado; una conciencia sin psicólogos; un derecho a la información sin periodistas… Podría seguir así hasta mañana… También para esto necesitamos muchas mujercitas deseosas de estudiar y conocer a las que no podemos decirles sutilmente, a remanguillé, eso de: “niña, por ahí no llegarás a nada en la vida”. También esto –creo yo- es necesario y tiene derecho a la existencia.

Son “ciencias” porque también son actividades repletas de cosas, casos y objetos que quieren y deben ser conocidas.

Un respeto. Nos lo hemos ganado trabajando tanto como ustedes.


[1] https://dle.rae.es/?id=9AwuYaT

Suicidio ampliado: El caso de Odile

odile zuliani
Odile Zuliani [Coulisses TV].

Se conocieron muy jóvenes.

Ella tenía por entonces 16 años, él 22. Odile era una chica guapa, y él un ciclista semi-profesional que incluso había competido con mediano éxito en carreras de cierto prestigio. Desde fuera, se les veía como la personificación de la pareja ideal, pero todo eso no era más que un decorado de cartón piedra. En privado, ya desde el noviazgo, Bruno se manifiestaba como un hombre posesivo, celotípico, que comenzó con las consabidas presiones psicológicas sobre una Odile que, lógicamente, creyó en su inexperiencia que esta actitud era la coherente en un hombre enamorado y que, con el tiempo, a medida que las cosas madurasen y él se sintiera más seguro de su amor, será capaz de controlarla e incluso remitirá.

Pero eso nunca iba a ocurrir. Tras el matrimonio, e incluso con la llegada sucesiva de los hijos, las cosas solo empeoraron.

La señora Zuliani y su esposo se esfuerzan por mantener esa fachada pública de la familia feliz de clase media y buena posición, perfecta e ideal cuando, tras las puertas del hogar y las persianas cerradas a cal y canto, lejos del escrutinio público, la realidad es completamente diferente: Bruno, un tipo algo introvertido pero encantador con la familia política –que lo adora como el cuñado ideal y el yerno perfecto-, amoroso y comprensivo en apariencia, padre perfecto que cuida de sus hijos hasta la extenuación y del que nadie podría sospechar maldad alguna, es en el hogar un monstruo posesivo, egocéntrico y celoso… Celoso, hasta la violencia. Él elige a todos los amigos y amigas de ambos. Determina quién entra o sale de la casa… Y Odile, con quien comparte incluso entorno laboral, no puede ni tan siquiera hablar con otros compañeros de trabajo sin su consentimiento expreso. Deben hacerlo todo juntos -deporte, salidas, compras, ocio-. Cuando se enfada con ella, lo cual ocurre cada vez más a menudo, Bruno se convierte en un demonio. El detalle más nimio, un comentario inopinado, una mirada no del todo aclarada, un silencio inoportuno, despiertan a la fiera. No le pone la mano encima con la suficiente rudeza como para marcarla, pero la agrede, la humilla, la atosiga. Esa mujer idolatrada que aparenta ser Odile Zuliani ante la sociedad es en privado hostigada, presionada y sometida a escrutinio y vigilancia constantes. Su marido, cual perro guardián, controla todos los aspectos de su vida. Le sigue la pista, la espía, la coacciona, la presiona, la empuja.

Como es normal en estos casos, ella vive sometida a una ansiedad perpetua. Ha perdido sueño y apetito, tiene pesadillas, se siente cansada y triste, pero aún le queda un clavo ardiendo al que aferrarse: la obligación moral de preservar un buen entorno familiar para sus hijos. Todavía cree que puede salvar su matrimonio del desastre y cambiar el curso de los acontecimientos. Y se esfuerza por comportarse de manera irreprochable a fin de no provocar escenas de violencia, cosa que cada vez cuesta más en la medida que el comportamiento de Bruno, con el paso de los años, se recrudece, se torna más irascible, incontrolable y violento. Una progresión que explota al fin el 31 de diciembre de 2010. Tras una fiesta de fin de año en la que cree que su mujer se ha extralimitado, enojado por la rabia y los celos, Bruno se pone un par de guantes, coloca una cuerda alrededor del cuello de Odile mientras duerme, y trata de estrangularla. Ella despierta. Él se detiene horrorizado por lo que ha estado a punto de hacer…

Por primera vez a lo largo de los años, Bruno ha traspasado esa barrera imaginaria que Odile creyó que nunca traspasaría, y la mujer comprende que el asunto no tiene arreglo. Que nunca podrá cambiarlo. Que su vida está en peligro. Que debe reaccionar. De modo que lo denuncia. Él es sentenciado a ocho meses de prisión que no cumplirá por carecer de antecedentes, si bien se muestra sinceramente arrepentido y dispuesto a acatar cualquier decisión judicial que se le imponga. Por el ordenamiento penal francés la acusación de intento de asesinato se recalifica como “violencia doméstica”, y se le condena a asistir a terapia para maltratadores, cosa que asume de buen grado. Bruno Zuliani asegura –y es sincero, lo cual tampoco es raro en estos casos- que quiere a su esposa, que ha estado confundido, que quiere salvar su matrimonio, que se compromete a garantizar la paz familiar y el bienestar de sus hijos. Parece un hombre nuevo y quizá de lo malo salga finalmente algo positivo.

Odile, convencida de que él ha aprendido la lección y de que la atención terapéutica que recibe lo reconducirá todo, perdona y retorna al hogar familiar.

Vuelta a empezar

Para el verano de 2011 todo parece haberse calmado. Hace meses que los episodios violentos han cesado. La familia se encuentra de vacaciones y todo parece “normal”. La felicidad ha entrado por fin en el hogar de los Zuliani y el entorno familiar, que lleva meses vigilante, afloja la supervisión. Pero todo es episódico. En noviembre retornan los celos, un nuevo estallido de violencia, otro intento de estrangular a su esposa –en esta ocasión frente a los hijos- que se salda con una pérdida de conocimiento. Por fortuna, Bruno se frena a tiempo. Pero Odile ya no es la mujer sumisa que era y decide irse. Entiende que debe poner distancia. Tampoco quiere que el padre de sus hijos vaya a la cárcel… Que se le interne, que reciba atención psiquiátrica, eso sí. Al fin y al cabo, su marido es muy violento con ella, pero a los niños los adora y se comporta con ellos como un padre amoroso y perfectamente ejemplar. De modo que si el problema va con ella, será ella quien se quite de en medio hasta que la justicia ponga las cosas en orden y todo se solucione.

Odile, ahora refugiada con sus padres, denuncia los hechos e informa al juez de este nuevo intento de homicidio. Indica en su escrito que, pese a dejar el hogar conyugal, Bruno la sigue a todas partes, todos los días, de la mañana a la noche. La respuesta de la justicia es tan sorprendente como estúpida, pues le informan de que él aún es legalmente su marido y de que, en consecuencia, tiene perfecto derecho a seguirla. La tragedia repetida. El abandono de siempre. La ignorancia de costumbre. Tópico sobre tópico. En todas partes. De todos modos. Pero ella está más que harta de modo que en enero de 2012, si es realmente cierto que el problema se termina reduciendo a una vinculación legal, opta por iniciar el proceso de divorcio y acuerda una custodia alternativa de los niños. Es una solución de compromiso que no convence a nadie, pero entiende que Bruno los ama con pasión y que una petición demasiado drástica en este sentido podría llegar a desestabilizarlo del todo. Su abogado piensa lo mismo. Conviene ir despacio… Pocos la entienden. Los amigos y familiares de ambos se dividen: él no es tan malo. Ella es impaciente. A lo mejor lo que pasa es que ella lo provoca. Quizá haya otra forma de arreglarlo. Las cosas no parecían ir tan mal. Lo que antes era un tormento privado ahora se ha convertido en una historia pública y, ya se sabe, ante lo público ya cabe tomar partido se sepa o no. Opinar es gratis y no compromete.

Zuydcoote (Dunkerque), 9 de febrero de 2012

Odile Zuliani había intentado hasta la saciedad salvar su matrimonio de los celos patológicos de su marido. Tardó nada menos que veinte años en comprender lo que toda víctima de maltrato –a veces antes, a veces después- llega a entender con perfecta claridad: que no hay convivencia posible y que el problema de fondo, tras años de toxicidad y enredo, se ha tornado tan peligroso como irresoluble. Por eso optó por la separación. Y así, en el día indicado, se personó en el antiguo hogar conyugal para recoger sus pertenencias, aprovechando que su ex pareja está en el trabajo y los tres hijos que comparten se encuentran en el colegio.

Las cosas ya pintaban mejor. Acababa de encontrar un piso pequeño en el que pensaba reconstruir su vida y todo parecía indicar que el tormento había concluido. De hecho, desde hacía unos quince días su ex pareja ya no la perseguía y parecía aceptar al fin la separación.

El hecho es que en el silencio del que fuera su hogar Odile Zuliani va a encontrar a Bruno ahorcado. Pero no solo. Antes de proceder al suicidio perfectamente planificado, el hombre ha apuñalado en el pecho a sus tres hijos –Nino, Leo y Emi, de 16, 14 y 5 años respectivamente- entretanto dormían. Apenas hace dos horas que todo ha ocurrido. Y los motivos son obvios, pues en las paredes de la casa, desordenadamente, ha dejado por escrito un perfecto relato su locura, así como un testimonio de su voluntad inquebrantable de castigar a su esposa por la “desfachatez” ingrata de haberlos abandonado. Ella aún tuvo las fuerzas justas para llamar a la policía antes de sumirse en un estado de shock del que solo saldría tras ser trasladada al hospital de Dunkerque.

Por lo general se ignora que este de la ruptura es justamente el peor momento. Cualquier especialista en la materia sabe que en estos casos la separación definitiva es, precisamente, el catalizador más peligroso para quienes rodean al maltratador, y especialmente para su ex pareja. De hecho, en la cabeza de Bruno Zuliani, que ahora tiene 45 años, la crisis psicológica se había recrudecido, estaba en su apogeo, al borde del disparate. Si quedarse con su esposo era peligroso para Odile, dejarlo podía serlo mucho más. Y, en efecto, ocurrió lo terrible: este hombre que aparentemente adoraba a sus hijos, que nunca les puso la mano encima, que parecía el padre de familia perfecto, que se había desvivido siempre por el bienestar de sus retoños a los que acompañaba incluso en sus actividades deportivas y del que nadie –ni tan siquiera los más cercanos- habrían sospechado jamás una reacción así, opta por asesinar a sus hijos. Se mata. Se los lleva. Se venga.

Y ahí deja ese dolor inasumible. Esa dramática incomprensión[1].

bruno zuliani e hijos
Bruno Zuliani y sus hijos [France 3].

Suicidio ampliado

No es un fenómeno nuevo, ni ha abierto páginas novedosas en la historia del crimen, pero sí se trata de un suceso cada vez menos silenciado pese a que la literatura científica en torno al mismo es, lamentablemente, escasa dada su baja incidencia y se circunscribe a menudo a la mera casuística, o bien a sus consideraciones legales. El hecho es que el conocido como “homicidio-suicidio”, “suicidio diádico” o, más comúnmente, “suicidio ampliado” parece un evento social emergente especialmente en casos de violencia de género y/o violencia doméstica. Y, si ciertamente es un fastidio científico hablar de “perfiles” –recuérdese que todo perfil criminal siempre es orientativo, pero nunca exclusivo-, cabría señalar a sus perpetradores como varones de entre 40 y 60 años de edad, con cierto sesgo violento de carácter narcisista, impulsividad y tendencia a los arrebatos de celos. Por lo común sus víctimas son mujeres –parejas y/o ex parejas menores en edad que ellos- y niños. Y hay algo interesante a tener en cuenta: los estudios existentes establecen que los homicidas-suicidas suelen tener más en común con las personalidades únicamente suicidas que con las meramente maltratadoras[2].

Que cada vez se hable más de estos casos espantosos tiene poco que ver, como decimos, con un aumento de su incidencia real, y se relaciona estrechamente con su espectacularidad mediática. Lo cierto es que, al estar a menudo –que no siempre- insertos en el círculo de la violencia doméstica/de género, son difíciles de prevenir o anticipar al tratarse de eventos que ocurren en la intimidad de las familias. Como norma general cabe señalar que, estadísticamente, tienden a ocurrir durante el momento de la separación-ruptura de las parejas, o bien a lo largo del año posterior a la misma. Sí es reseñable que, en cualquier caso, tienden a producirse en el seno de familias con un historial largo, aunque por lo común oculto, de hostilidad, desconfianza y agresividad que ha terminado degradando el núcleo mismo de la estructura familiar, hecho que suele degenerar en un falseamiento de las relaciones, emociones y sentimientos que los componentes de la familia exponen, comparten o se profesan entre sí.

Eventos todos ellos, por cierto, presentes en el paradigmático caso de Odile Zuliani. La víctima de un hombre que la había hecho desgraciada al transformarla, por un amor patológico, en motivo de su propia desgracia y que, deseoso de matarse, pensaba que sus hijos no podrían vivir sin él… Ni con ella. Odio, amor, celos, desgracia, suicidio, dominación, egolatría y venganza.

Todos los pájaros muertos con el mismo tiro. Para siempre. El horror.


[1] La tremenda peripecia de Odile Zuliani fue motivo de un excelente documental televisivo de gran éxito en Francia: Meurtre en famille (2012). En España fue exhibido bajo el título de La historia de Odile por el canal de pago Crimen & Investigación.

[2] Véase por ejemplo: West, D.J. (1966). Murder followed by suicide. Cambridge: Harvard University Press; Berman, A.L. (1979). Dyadic death: Murder-suicide. Suicide and Life-Threatening Behavior, 9 (1), 15-23; Cooper, M. & Eaves, D. (1966). Suicide following homicide in the family. Violence and Victims, 11 (2), 99-112.

La importancia de prevenir

prevencion
Fuente: Meditips.com

La igualdad, la transversalidad, la prevención y la intervención en los ámbitos de la violencia y el delito se han convertido en materias de importancia insoslayable. Especialmente porque son temas que se encuentran en relación directa con otros que una sociedad libre y democrática que pretende solventar con éxito sus retos y avanzar hacia un futuro mejor no puede tolerar o asumir: la erradicación del abuso, combatir el empleo de la fuerza como modelo básico de relación, garantizar la igualdad de todos sus ciudadanos y trabajar en la prevención de las situaciones de riesgo. Una lucha que, por supuesto, ha de guiarse por el principio elemental de la promoción y articulación de la convivencia pacífica. Las conductas relacionadas con la violencia, los abusos, el acoso, el maltrato y las humillaciones –sea cual fueren los motivos que las movilizan- no son ni pueden ser, por tanto y sea cual fuere su contexto, asuntos privados o colaterales que podamos permitirnos el lujo de ignorar. Son agresiones directas contra el espíritu mismo del cuerpo social que horadan sus cimientos, que contaminan sibilinamente el sustrato cultural y que, con el paso del tiempo, si no se actúa en consecuencia, se acaban normalizando. De ahí la importancia de una prevención eficiente y de una intervención decidida.

Contrariamente a lo que mucha gente cree, en este asunto no está en juego únicamente la defensa de la mujer, del niño, del anciano, del “buen ciudadano”, de la propiedad o la batalla por un puñado de derechos que afectarían tan solo a una parte más o menos “respetable” de la población, sino la defensa de la libertad, de la autonomía y de la dignidad personales en sí mismas y con total independencia de quien las encarne en un momento dado. Los derechos no son bienes negociables y no deberían forma parte del debate político o estar sometidos a querencias, albures y pachangas ideológicas.

Castigar no funciona

El enfoque tradicional –y muy cuestionado de un tiempo a esta parte- en el ámbito de la violencia en particular, o del delito en general, ha sido el de abordar las consecuencias antes que atacar las causas lo cual, en realidad, supone ir a remolque del problema en sí. Sancionar es preciso porque la maldad, adopte la forma que adopte, ha de conllevar consecuencias y requiere de la repulsa decidida del cuerpo social, pero no ha de olvidarse que el castigo resulta insuficiente por sí mismo a la par que es ineficaz como terapia. Castigar no palía el daño recibido, no evita futuros daños y tampoco, por cierto, enseña cosa alguna a quien daña. Sin embargo, y junto con la creciente demanda de políticas tutelares, protectoras e integradoras para con las víctimas, nunca se han terminado de afrontar de manera precisa ni a los agresores, ni los factores de riesgo que operan como desencadenantes de sus agresiones. La mera idea de que “el malo” simplemente “es malo” y no puede ser en caso alguno rehabilitado o prevenido es torpe, acientífica, antidemocrática, indemostrable, falsa, conduce a la inacción y, por todo ello, se antoja como bastante poco práctica.

El hecho es que las políticas reactivas, sea cual fuere su forma, van siempre a la zaga de los problemas que tratan de afrontar y raramente son tan funcionales como pretenden sus defensores. A menudo comento que los robos, asaltos, violaciones, asesinatos, maltratos y etcétera no son un tema de nuestro tiempo ni una novedad histórica –se diga lo que se diga por ahí-, pero solo en las sociedades avanzadas y de derecho efectivo en las que se ha dejado de aplicar toda suerte de estrategias brutales y represivas al respecto, se ha conseguido reducir su número por habitante e impacto general. Es un hecho documentado hasta el hartazgo. La tasa de delitos por habitante en Europa Occidental, con sus políticas calificadas por algún que otro indocumentado de “blandas”, es infinitamente más baja que la que podemos encontrar en los países asiáticos, americanos o africanos, en los que la solución general al problema del criminal –que no del crimen- suele ser el trastazo y tentetieso.

Por otra parte, ir permanentemente “a la zaga de los malos” degenera en un planteamiento asimétrico de la cuestión que, por supuesto, deja sin respuesta lagunas que en determinadas situaciones conducen los esfuerzos destinados a la prevención, las intervenciones y los intentos de rehabilitación a la disfuncionalidad. Pensemos en un ejemplo de manual: el momento de mayor riesgo para la vida de la mujer maltratada –y a menudo para la de sus hijos- es precisamente el de la separación final del maltratador. Paradójicamente, hemos convencido con bastante eficiencia a estas mujeres de que han de ser conscientes de su situación para alejarse de sus torturadores, pero también hemos fracasado de manera estrepitosa a la hora de garantizar que esa separación suponga por sí misma el final de la violencia. Más aún: disponer toda suerte de recursos a favor de estas mujeres y endurecer paulatinamente las condenas destinadas hacia sus agresores, no ha reducido en demasía la incidencia de este tipo delictivo ni ha impedido que, precisamente, sea el momento del final de la relación en el que muchos agresores se lancen por la pendiente del homicidio. ¿Por qué? Precisamente por no abordar adecuadamente el problema de la prevención amparándonos en argumentos políticos y económicos, arraigados a menudo en burdos pretextos de tradición cultural, de muy dudosa calidad.

La mitología del coste-beneficio

En un momento como el presente, de profundas transformaciones económicas, sociales y culturales, en el que comienzan a aparecer especialistas y legos que cuestionan sin cesar la eficacia de los postulados centrales de la teoría social clásica, o que predican sin cesar la necesidad de replantearse los aspectos centrales de las políticas criminal y social promovidas desde los discursos “oficialistas”, cabe indicar que ni es tan obvio que el grueso de la teoría social posterior a la Segunda Guerra Mundial haya fracasado, ni parece tan lógica en consecuencia la pretensión de arrumbar, o al menos cuestionar en su conjunto, las premisas de las políticas criminales y sociales contemporáneas. El problema es que a menudo resulta que más que inoperantes parecen molestas y fastidiosas… bien porque resultan caras, bien porque simplemente son impopulares entre los sectores más conservadores y tradicionalistas de la sociedad. Sectores a los que habría que recordar algo de lo más elemental: que algo sea tradicional no lo hace mejor o peor en sí mismo; simplemente lo hace “tradicional”.

No obstante, las estadísticas disponibles parecen validar la eficiencia de muchas de estas políticas criminales supuestamente “perversas”. Sobre todo si tenemos en cuenta que toda la explicación –y su conceptuación- psicosocial delineada a lo largo de los últimos treinta años en torno a la etiología de las diferentes formas de violencia aún no ha sido del todo superada en términos científicos, ni da la impresión de que, a tenor de los conocimientos disponibles en la actualidad, lo sea en un futuro cercano. Y aquí viene otro detalle significativo: pese al sensacionalismo con los que suelen ser tratadas estas cuestiones, la realidad es que siendo España uno de los países de Europa Occidental que aporta menor cantidad de medios económicos a la rehabilitación y reinserción de sus reclusos, sin embargo, tiene una tasa de reincidencia delictiva que raramente sobrepasa el 30% para la cifra global de delitos. Y no solo, pues es otro hecho que la población carcelaria española se ha reducido en cerca de 20.000 internos a lo largo de los últimos 15 años, lo cual nos aporta –se venda lo que se venda en los discursos políticos menos informados y algunos medios de comunicación poco concienzudos- la imagen de un país con una baja tasa de criminalidad y, en general, bastante seguro[1]. Dada la incuestionable calidad de la mayoría de los profesionales que se implican en estas cuestiones y que, por sí misma, explica gran parte de este éxito, cabe preguntarse cuánto podría llegar a conseguirse con más y mejores recursos, y menos gente poniendo palos en las ruedas.

Debe tenerse en cuenta que, en general, las estadísticas son poco conocidas por la ciudadanía –o le son presentadas de formas poco claras-, que el conocimiento que el grueso de la población tiene sobre las leyes y su aplicación es por lo común bajo y que, habitualmente, todas las encuestas que se realizan tienen baja fiabilidad por cuanto arrojan el singular resultado de que el delito percibido –así como su magnitud- por la población es siempre mayor que el delito real objetivo. Este hecho viene propiciado por las curiosas políticas informativas que siguen determinados medios de comunicación y que ofrecen, por lo común, visiones extremadamente distorsionadas acerca de la violencia y la delincuencia, su cantidad, etiología y manifestaciones. Tampoco ayudan, por cierto, la escasa pedagogía que se realiza desde el Poder Judicial o desde las propias Autoridades, ni el hecho de que la formación de los jóvenes esté claramente descompensada en relación a las horas que se dedican a ciertas cosas, y el escaso tiempo que se concede a su formación como personas éticas, morales y jurídicas.

Dicho de otro modo: sabemos que enfrentamos una dificultad, pero muchos de sus aspectos siguen en la opacidad lo cual nos impide radiografiarla con exactitud a la par que la presión popular conduce inevitablemente a la impulsividad. Al fin y al cabo, debe tenerse en cuenta que los legisladores no sólo toman decisiones en función de los resultados de la investigación científica o de la realidad objetivada en los datos –que sería lo deseable-, sino, ante todo, teniendo en cuenta si las medidas que adoptan tienen “sentido” para la comunidad de referencia. En resumen: las políticas criminales y sociales que se aplican en un momento dado no sólo vienen definidas por la evidencia científica establecida, sino también y en gran medida por una opinión pública a menudo bastante mal informada, cuando no simplemente confundida.

De hecho, el súbito resquebrajamiento del modelo económico que se impuso en la mayor parte de Occidente a partir de la Segunda Guerra Mundial –el célebre “estado del bienestar”- ha motivado una situación paradójica en la medida que, siendo las demandas psicosociales de igualdad, justicia y equidad las mismas de siempre, o tal vez mayores, sucede que el sistema no parece poder responder a ellas por una falta endémica de recursos. En realidad lo que ocurre es que el crecimiento económico no conduce necesariamente hacia el ideal de la equidad pero, paradójicamente, la equidad necesita de tal crecimiento pues la justicia social y sus demandas requieren de recursos siempre crecientes. Es decir, no existe retroalimentación entre ambos elementos: una mayor equidad incide en el surgimiento de nuevos valores y necesidades, pero éstos conllevan a su vez un coste que el propio sistema no siempre puede, quiere o sabe satisfacer. Una dificultad que, naturalmente, afecta con mayor dureza a los sectores más desfavorecidos, necesitados, y/o en situación de riesgo y exclusión social. Repásese ahora lo que ya se escribió en este mismo blog sobre la inexistente relación entre la felicidad y el PIB.

Al hilo de lo precedente, y en atención al interés creciente por la equidad y la justicia social en los países occidentales, el asunto de la prevención y tratamiento de las conductas antisociales, así como de sus consecuencias, ha pasado a lo largo de los últimos cuarenta años por dos estadios claramente diferenciados: desde el pesimismo de la década de 1970 al optimismo reservado de la década de 1990 –eso que hoy en día algún que otro malintencionado llama “buenismo”-. Obviamente, y planteado el problema en términos propiamente científicos, ello se debe a un cambio generalizado en el modelo de comprensión del mismo, que se ha trasladado desde el tradicional enfoque unicausal –el origen de la de la violencia y sus manifestaciones eran reducidos a un solo mecanismo básico-, a otro multicausal y por ello mismo multidisciplinar, influido por los nuevos avances científicos, en el que ya se comienza a hablar en términos de factores de riesgo predisponentes, o bien de factores de protección, ya sean estos de carácter ambiental o individual. Consecuentemente, desde las anticuadas teorías biologicistas que justificaban un tratamiento tutelar –sanitario- de las víctimas y de los infractores, y pasando por el ambientalismo radical propugnado por los expertos mediado el siglo XX, se ha llegado finalmente a una visión panorámica del problema cuyo resultado práctico es un modelo de justicia cuyos objetivos son, necesariamente, otros bien diferentes y en cuyo contexto adquiere sentido el lenguaje jurídico del presente: interés del infractor, interés de la víctima, sanción, responsabilización, reeducación, mediación, restauración.

Riesgo y protección

Un factor de riesgo es una condición que aumenta la probabilidad de acciones agresivas o delitos, pero que no necesariamente las produce. En general, puede entenderse a los diferentes factores de riesgo ya como atributos y/o características individuales, ya como condición situacional y/o contexto medioambiental. En ambos casos, la presencia de estos factores –y la medida en la que se presentan- incrementan el inicio o mantenimiento de las conductas delictivas. Es por ello que los factores de riesgo siempre aparecen como eventos previos al inicio de las conductas antisociales y victimales y, a posteriori, predicen la evolución y el resultado de las mismas tanto para la víctima como para el agresor.

Por el contrario, los llamados factores de protección son factores individuales o ambientales que inhiben, reducen o atenúan la probabilidad del ejercicio y mantenimiento de las conductas problemáticas. Tales factores aparecen al hilo de la singular paradoja de la resistencia –o “resiliencia”[2], por la cual se trata de comprender los motivos que impiden que una persona sometida a idénticas tensiones, o factores de riesgo, que otra se convierta en delincuente o en víctima entretanto la segunda sí lo haga. Multitud de estudios realizados hasta la fecha muestran claramente la existencia de influencias o elementos que suprimen o mitigan el efecto de los factores de riesgo sobre los individuos. Este hallazgo ha dado sentido en las últimas décadas a los enfoques en materia de prevención, por cuanto se ha comprendido que no basta con intervenir sobre los riesgos, sino que también se debiera trabajar de manera integral, fomentando la protección.

Así se explica, por ejemplo, la importancia creciente que la literatura otorga a elementos como la implicación familiar –o a la intervención en la familia si esta se muestra disfuncional- en el éxito tratamiento y resocialización de víctimas y verdugos. De tal modo, la concurrencia de factores de riesgo y de protección permite plantear un abordaje de la violencia en términos de probabilidad, pero nunca de determinación. En consecuencia, el hecho de que un individuo presente un factor de riesgo no implicara necesariamente que vaya a cometer delitos o a ser víctima de ellos sino, en todo caso, que puesto en comparación con aquellos individuos que no presenten tal factor, o que se encuentren bien protegidos ante él, tendrá mayor probabilidad que éstos últimos de introducirse en el circuito de la violencia. Por lo demás, resulta evidente que los factores de riesgo, para resultar predictivos, deben aparecer en forma de constelaciones y que la presencia de uno solo no nos permitirá predecir con rigor una futura conducta problemática.

Lo interesante es que, desde esta perspectiva, se abre el camino hacia una nueva consideración de la prevención y del tratamiento, tanto jurídico como psicosocial, de las conductas delincuenciales y violentas que ha terminado por inspirar toda una gama de abordajes novedosos para los problemas y que, de un modo u otro, ha generado líneas de pensamiento generalizadas y acuerdos internacionales que se han visto incorporados con mejor o peor fortuna a prácticamente todas las legislaciones occidentales. No obstante, la falta de estudios retrospectivos –o el mero silenciamiento de los resultados- ha motivado que persista el debate en torno a la efectividad real de estas legislaciones y de su aplicación, y se ha convertido en el lugar por el que se siguen sosteniendo, por un lado, el debate en torno a la eficacia y, por otra parte, la corriente de opinión pública contraria a estas políticas a las que se considera blandas para con el agresor, ineficaces para con la víctima y, en general, poco efectivas. En otras palabras: cuando se habla de prevención y rehabilitación se habla siempre de dinero, ética, moral o justicia, pero rara vez de los resultados obtenidos, y así no hay forma.

Si al problema precedente sumamos el generado por el derrumbe económico y la crisis de la zona euro, parece sencillo comprender en qué sentido estos elementos afectan a la evolución de las políticas de equidad en general, y a la prevención y tratamiento de la violencia en cualquiera de sus formas. Durante las últimas décadas la meta de los programas públicos ha sido la de garantizar una cobertura universal, pero en el presente, y a falta de recursos, el objetivo de la cantidad ha sido reemplazado por el de la calidad.

De tal modo, los programas de largo alcance y las intervenciones ambiciosas del pasado, que en buena medida justificaban las pretensiones de más optimistas de una ley integral como la diseñada contra la violencia de género o de la delineada para abordar la problemática de los menores infractores, se han visto reemplazadas por un modelo mucho más limitado que evalúa la validez de toda acción bajo la lógica del coste-beneficio y cuyo impacto futuro resulta todavía difícilmente predecible. Otra “buena razón” para reducir y limitar el trabajo de los equipos técnicos propiciándose con ello un lento retorno a la poco operativa tradición del tutelaje, el custodialismo, la sanción y el castigo…

O lo que es lo mismo: a construir la casa por el tejado en la medida que se abordan las consecuencias del problema, pero no sus causas.

prevencion #2
Fuente: Grupoesoc.es

[1] Todos estos datos son públicos y pueden contrastarse en suma facilidad en las estadísticas oficiales. Y aquí no caben “cocinas” ni “maquillajes”… El número total de reclusos o el de sujetos reincidentes son absolutos y no admiten enmienda.

[2] Adoptado al castellano del inglés resiliency, el concepto procede de la física y viene definido como la capacidad de un material elástico para absorber y almacenar energía de deformación. Trasladado al ámbito psicológico se refiere a la mayor o menor capacidad del ser humano para asumir con facilidad situaciones límite, emocionalmente complejas, y sobreponerse a ellas.

Un periodista. Un amigo

Francisco Pérez Abellán #1

Me sorprende a media tarde, cuando me localiza vía telefónica una compañera, la siempre triste noticia del repentino fallecimiento de un buen y querido amigo, el periodista de sucesos Francisco Pérez Abellán.

Me invade de súbito la nostalgia.

Del mismo modo que la vida nos unió profesionalmente durante cuatro años, también vino a separarnos por razones profesionales. Esas que se imponen, que nadie gobierna, y que rara vez se planifican. Sin embargo, Paco y yo hicimos muchas cosas juntos –desde planes de estudios y ordenaciones docentes a programas de radio y televisión, pasando por todo lo que uno pueda imaginarse entre lo uno y lo otro- durante ese tiempo en el que trabajamos, como quien dice, codo con codo. Investigamos casos, nos las ingeniamos para entablar relaciones con el FBI, publicamos libros e incluso llegamos a montar una exposición. Porque así era él… Todo bullía a su alrededor. O te organizabas para borbotear a su marcha sin perder el paso, o estabas listo.

Paco siempre fue conocido por su labor como periodista y escritor, pero, como nos pasa a casi todos y todas, era muchas más cosas: Doctor en Periodismo por la UCM, excelente profesor, gran investigador, profundo conocedor de los vericuetos del crimen y la historia criminal, buen compañero, ameno conversador, tipo leal y persona honesta donde las hubiere. Un hombre de cuerpo entero que nunca escondió nada, que siempre dijo lo que pensaba –a veces incluso perjudicándose a sí mismo-, sacando pecho y tirando para adelante. Y si bien es cierto que en muchas cosas nunca estuvimos de acuerdo y que, por ello, tuvimos grandes discusiones, no es menos verdad que jamás podré dejar de reconocer su honradez y su compromiso con todo aquello en lo que creía sin ambages. De hecho, en medio de nuestras refriegas –que varias hubo- siempre imperó el respeto mutuo y el reconocimiento que solo puedes tener enfrentado a alguien que te mira a los ojos, sin esconderse, sin paños calientes y sin pamplinas. “A calzón quitado”, como él solía decir.

Y por eso llegué a apreciarlo, ya fuera en la cercanía, ya en la distancia.

Recuerdo que solíamos reírnos a menudo a causa de la confusión que provocaba en el personal la casualidad de que nuestro nombre y primer apellido, harto comunes, además coincidieran –“Paco Pérez”-, al punto de que en más de una ocasión nos quisieron convertir en parientes. Un desaguisado que aprendimos a solventar con una resignación irónica propia de los Hermanos Marx. Era norma la circunstancia de que el teléfono del despacho sonara preguntando por cualquiera de nosotros y, en el desbarajuste, se produjeran situaciones de verdadero sainete y entuerto. Y la situación se agravó aún más cuando entró en escena su hijo, Francisco Pérez Caballero, hecho que nos llevó a menudo a bromear con la idea de ir al juzgado a cambiarnos el nombre… Ocurrió en cierta ocasión que una organización me telefoneó para proponerme una conferencia, a la que se acabó presentando, a la fecha y hora señaladas, Francisco Pérez Abellán en mi lugar. Solo a aro pasado nos dimos cuenta de la confusión, pero Paco, que como sabe todo el mundo era persona de largo verbo y muchas tablas, supo salir airoso del trance. Y los organizadores del evento ni se enteraron.

Abellán, como yo solía llamarle para no armar mayores jaleos de los necesarios, era un gran tipo en las distancias cortas. Bastante alejado del guerrillero televisivo o del batallador radiofónico que se recordará para los restos. Y es que a veces los personajes públicos que nos hacemos para andar por la vida terminan ocultándonos a los ojos del mundo. No diré que no tuviera defectos –a mi eso de la falaz necrofilia post-mortem que tanto se practica en España ni me lo creo, ni me interesa-, que los tenía y no pocos, como cada hijo de vecino, pero todos ellos le convertían en lo que era y ante esto no cabe renegar. La gente sin defectos no existe, y si existiera tampoco sería interesante. No obstante, como digo, en lo cercano, Paco era un tipo estupendo que sabía infinidad de cosas, que siempre era capaz de sorprenderte con un dato inesperado, tenía una ingente cantidad de anécdotas que contar, irónico, perspicaz y con un toque de humor muy divertido con el que podía amenizar desde una comida de trabajo a una charla intrascendente de pasillo. Tan capaz era de tenerte boquiabierto con cualquiera de las peripecias reporteriles de sus años en el extinto Diario Pueblo, como de llevarte a la risa y el ocasional sonrojo con un chiste subido de tono.

Francamente, le voy a echar de menos porque –y este aserto inspirado en Hannibal Lecter seguro que le haría gracia- el mundo va a ser menos interesante sin él dentro. Con Francisco Pérez Abellán se nos marcha uno de los últimos periodistas genuinos, de esos que aprendieron el oficio en la calle y no ante la pantalla de un ordenador. Un reportero de cuerpo entero, un profesional excelente que –creo- ha tenido en más de una ocasión la mala pata de sufrir ese mal patrio e incorregible del desprecio y la ingratitud. A algunos, ante y sobre todo, se nos larga un muy tipo muy querido… Y perdonadme, pero no puedo resistirme a terminar este homenaje al amigo que se va en esa barca que, como dice la copla, se hace pequeña al adentrarse en la mar, recordando una anécdota que suelo rememorar a menudo y que, creo, le define maravillosamente. Al caso:

Una mañana primaveral, tras tomarnos ese refrigerio matutino que tan bien sienta en la cafetería de la universidad, ya caminando lentamente hacia el despacho, no sé bien cómo ni a santo de qué, salió a relucir en la conversación la cuestión acerca de qué habría después de la muerte -sí, nuestras conversaciones igual versaban sobre lo humano, que se enredaban en lo divino-. Yo, muy sesudo, expuse mi punto de vista y a Paco, en un gesto muy suyo, mirándome fijamente con sus ojos empequeñecidos por los cristales de las gafas, tras ponerse muy serio, le salió ese periodista indómito y vocacional que llevaba dentro. Entonces dijo: “pues yo creo que cuando uno se muere, de repente, se le revela la verdad sobre todas las cosas, y todo queda claro como el agua”.

Bueno Paco, pues ya lo sabes.

Un abrazo y descansa, periodista.

“Road movie”

Aileen #1

Pese a no ser ni remotamente la única asesina en serie de la historia, Aileen Lee Carol Wuornos sí es una de las más célebres tanto por su andadura vital como por sus llamativos métodos criminales, tradicionalmente más propios del varón. También por las oscuras circunstancias que rodearon a sus asesinatos y el controvertido revuelo activista que se organizó alrededor de su juicio y posterior estancia en el corredor de la muerte de la prisión de Starke. Si lo común en la mujer asesina ha sido el cálculo sibilino, centrándose en familiares, amigos o conocidos, adicta a los venenos u otros recursos ajenos al enfrentamiento violento con sus víctimas, Aileen liquidó a tiros a siete hombres desconocidos para trasladar posteriormente sus cadáveres al campo y abandonarlos, tal y como hubiera hecho cualquier asesino varón.

Prostituta y lesbiana, hija del hospicio, las drogas y el alcohol, la vida de Lee fue, sin duda, una tragedia que ha sido llevada a la hipérbole –incluso cinematográfica- por unos y otros en aras de diversos intereses y que, en todo caso, poco sirvieron para ayudarla ante la ley. Por otro lado, lo inhabitual de sus crímenes ha contribuido a la difusión y extensión de tonterías de grueso calibre como, por ejemplo, la afirmación de que llegó a practicar sexo nada menos que con 250.000 hombres. Echando números, esto significaría que al menos durante veinte años habría tenido que acostarse, diariamente, con nada menos que 35 hombres. Sobran los comentarios ante tamaño absurdo… Disparates aparte, está claro que la Wuornos no supo ayudarse a sí misma cuando hubiera podido. Sostener el tonto embuste acerca de su promiscuidad, empeñarse en decir que prostituyéndose en las carreteras llegó a ganar la ilusoria cifra de 1.000 dólares diarios, sus actitudes estrambóticas, beligerantes y variables, sus reiterados comentarios a destiempo y un feroz complejo de culpa, destruyeron por completo su coartada para justificar los crímenes: dijo haber matado a aquellos hombres por venganza, cuando no en defensa propia, tras haber sido sodomizada y violada brutalmente por ellos.

Camino a ninguna parte

Aileen Carol Wuornos vino al mundo en 1956 en el seno de un hogar terrible y desestructurado. Hija de Leo Dale Pittman, un adolescente rebelde aficionado a la pedofilia y de tendencias sociopáticas, que se suicidaría en la cárcel a lo largo de 1969, y de Diane Wuornos, una chiquilla que contrajo matrimonio con Pittman cuando tenía tan sólo quince años y al que dio dos hijos. El matrimonio duró tan sólo dos años y Lee, la pequeña, nació pocos meses antes de que se produjera el divorcio. Esto supuso un problema. Para Diane, soltera, disoluta y sin oficio ni beneficio, las responsabilidades relativas a la crianza se hicieron insoportables, de modo que abandonó a los hijos en 1960. Fueron los abuelos maternos de Aileen y su hermano Keith, Lauri y Britta Wuornos, quienes los adoptaron como propios y se encargaron de ellos así como de otro hijo propio. La peculiar familia, un perfecto ejemplo de eso que despectivamente se conoce en los Estados Unidos como white trash, residía en Troy, Michigan.

Lauri Wuornos –el abuelo- era un borrachín que trató de controlar al terceto a palo limpio. Ello motivó que, a poco que pudieron responder a las agresiones, Aileen y Keith se rebelaron contra quien pensaban que era su padre adoptando, como es lógico en estos casos, una actitud díscola e incorregible. Absentismo escolar, vicios sin fin, escapadas del hogar y visitas policiales. Durante una de las constantes reyertas familiares Aileen descubrió quién era su madre realmente y que se encontraba en el domicilio de sus abuelos. Pero hubo más: a los trece años ya había sido violada durante una de sus salidas sin control y a los catorce quedó embarazada. Terminó así en un hogar de acogida para madres solteras en el que no guardaron muy buen recuerdo de ella, pues siempre se mostró hostil, poco cooperativa, agresiva con sus compañeras e insufrible para con empleados y voluntarios. Cuando se largó en enero de 1971 dejó atrás un bebé que fue puesto en adopción y un enorme alivio.

En ese mismo año falleció la abuela Britta y reapareció en escena Diane quien, al parecer, había logrado reconducir las cosas y vivía en Texas en condiciones más desahogadas. Ofreció su casa a ambos hermanos, pero estos rehusaron. Primeramente porque no tenían el más mínimo interés en reencontrarse con su madre, luego porque ya eran “espíritus libres” que se habían acostumbrado a vivir sin reglas de tipo alguno.

Buscando el dinero fácil, Aileen se echó a las carreteras a fin de ejercer la prostitución en los apartaderos de camiones. El escalón más bajo de la prostitución y, por cierto, el más peligroso. Así comenzaría una peculiar road movie que tuvo su primera parada en Florida. Allí, nadie sabe cómo, logró enredar a Lewis Fell, un hombre mucho mayor que ella que vivía desahogadamente gracias a sus cuantiosas inversiones en acciones de pujantes compañías ferroviarias, y con el que contrajo matrimonio. Pero la estabilidad no estaba escrita en el destino de Lee.

Aileen Casada
Aileen en su mejor época y felizmente casada con Lewis Fell… Lamentablemente, la cosa no duraría.

Tiempo atrás, en Michigan, había agredido al dueño de un bar de dudosa reputación y fue reclamada por las Autoridades de aquel Estado. Al parecer, aquel tipo no había querido pagarle el dinero convenido por prestar sus servicios sexuales en el garito y el señor Fell, seguramente perplejo al conocer el pasado de su esposa, logró que el matrimonio fuera anulado. Fue así como Lee volvió a rodar por el mundo y se embarcó en una década de constantes disparates: relaciones fallidas, prostitución, peleas, agresiones sexuales, pequeños robos y un absurdo atraco a mano armada por el que pasó en prisión una temporada. Y de un lío a otro, a salto de mata, acabó entrando en 1986 en un bar gay de Daytona en el que fue a conocer a una lesbiana de 24 años que sería su perdición, Tyria Moore. Con ella entabló una ardiente relación que, al menos al principio, fue como la seda. Ambas mujeres se lanzaron a una tórrida pasión jalonada por la práctica de la prostitución de Lee, con la que ambas se sostenían. De motel en motel, de barra en barra, de carretera en carretera.

La road movie seguía adelante.

Asfalto y crimen

A finales de 1989 un hombre de mediana edad con residencia en Clearwater, Florida, propietario de una pequeña tienda de reparación de electrodomésticos, decidió desentenderse del negocio por unos días para correrse la gran juerga. Era lo habitual en Richard Mallory, quien solía dejar a sus empleados al cargo del negocio asiduamente para dedicarse a su afición favorita. Por eso no extrañó a nadie que en los primeros días de diciembre, cuando la ausencia empezaba a prolongarse, Mallory no diera señales de vida. Quizá la juerga se estuviera alargando. No obstante, la preocupación resultaría inevitable algunos días después, cuando su Cadillac de 1977 apareció abandonado a las afueras de Daytona.

El 13 de diciembre dos desarrapados, Jimmy Bonchi y James Davis, andaban buscando chatarra para la venta en el Condado de Volusia, cerca de la Interestatal 95, pero lo que se encontraron fue el cuerpo de un hombre en avanzado estado de descomposición enrollado en una alfombra. Las huellas dactilares dijeron que se trataba del cadáver, con tres impactos de un calibre 22, del desaparecido Mallory. La investigación fue larga. Se indagó profundamente en las sórdidas aventuras del dueño de la tienda de reparaciones pero el caso quedó en punto muerto. Crimen sin resolver.

La historia se reprodujo el 5 de mayo de 1990. El cuerpo maniatado de un varón desconocido apareció en el Condado de Brooks, Georgia, a pocos metros del arcén de la Interestatal 75, justo en el límite con el estado de Florida. También había junto al cadáver, que los agentes del Georgia Bureau of Investigation –GBU- no identificaron en primera instancia, dos casquillos del 22. Luego, el día 1 de junio y en las mismas condiciones se dio con el cuerpo de otro desconocido. Esta vez el hallazgo tuvo lugar en el Condado de Citrus, unos 80 kilómetros al norte de Tampa. La policía sospechó de la persona que encontró el cadáver, un vigilante jurado llamado Matthew Cocking y las pesquisas se centraron en su persona.

El Condado de Pasco fue escenario del siguiente hallazgo macabro. En las cercanías de la Interestatal 75, unos kilómetros campo a través, se halló el cadáver de otro hombre, tan descompuesto que los forenses fueron incapaces de extraer sus huellas dactilares -luego se determinaría por otros medios que se trataba de un tal Charles Carskaddon-. Asesinado de nueve disparos, las balas estaban muy afectadas por los ácidos propios de la descomposición del cadáver, pero sin duda también eran del calibre 22. El hecho es que el detective encargado del caso, Tom Muck, había oído hablar de un suceso parecido en el Condado de Citrus y se puso en contacto con su colega, el investigador de la Oficina del Sheriff Marvin Padgett. Las obvias similitudes entre ambos asesinatos así como las que se presentaban entre estos y el sucedido en Georgia parecían dejar clara una cosa: el criminal era la misma persona. También debía serlo quien asesinó al camionero David Spears, quien fuera visto por última vez el 19 de mayo y cuyo cadáver apareció en el interior de su propio vehículo, al que se hubo robado las placas de matrícula, en las cercanías de la Interestatal 75 durante el 7 de junio. Este último hallazgo permitió que el vigilante Matthew Cocking quedara libre de sospecha, pero sigue nadie había imaginado aún que pudiera tratarse de una mujer… Al fin y al cabo, “ellas no matan así”.

Pontiac Sunbird

Seguimos en 1990.

El 4 de julio, día de fiesta nacional en los Estados Unidos, un coche gris se salió de la carretera ante la mirada de Rhonda Bailey, una mujer que aprovechaba el sol de la tarde sentada en el porche de su casa, ubicada a las afueras de Orange Springs, Florida, muy cerca de la Carretera Estatal 315. Dos mujeres asustadas, al borde de la histeria y algo bebidas, salieron del vehículo accidentado lanzando latas de cerveza vacías a la cuneta. Una de ellas estaba herida en un brazo pero, por lo demás, el golpe no parecía revestir gravedad. Rhonda se acercó a fin de preocuparse por su estado para recibir una extraña respuesta: no era necesario que llamara a la policía pues el supuesto padre de una de ellas vivía unos kilómetros más arriba. Sospechoso –debió imaginar la testigo accidental- pues si la afirmación fuera cierta, conocería a esta mujer, o a su padre, o al menos me sonarían de algo. A continuación, ambas regresaron al coche, pero el motor no arrancaba de modo que, tras despedirse, se alejaron a pie. En todo caso, Rhonda Bailey se puso en contacto con un voluntario del Departamento de Bomberos de la localidad, Hubert Hewett, quien se desplazó hacia el lugar para dar con las dos mujeres avanzando hacia él por el arcén de la carretera. Les preguntó si eran las que iban en el coche accidentado y una de ellas, ante el desconcierto del bombero, respondió negativamente sin detener la marcha.

Pontiac Sunbird 1980
Un Pontiac Sunbird de 1980, igualito al que Aileen y Tyria robaron a Abraham Peter Siems y luego estrellaron frente a la casa de Rhonda Bailey… Sería clave en la investigación policial.

El asunto era tan extraño que pronto llegó a oídos del Sheriff del Condado de Marion, quien envió al lugar del siniestro a uno de sus oficiales. El coche era un Pontiac Sunbird de 1988, de cuatro puertas y sin placa de matrícula. Se investigó el número del bastidor y se descubrió que el automóvil pertenecía a un sujeto llamado Abraham Peter Siems, desaparecido desde el 7 de junio cuando salió de Jupiter, Florida, para visitar a unos parientes en Arkansas. Siems, un jubilado de 65 años, fue descrito como un hombre de fuertes convicciones religiosas hasta el punto de que pasaba mucho tiempo dedicado a una iglesia local. En todo caso, el agente de la Policía de Jupiter, John Wisnieski, a quien se había asignado la investigación de la desaparición, no se mostró demasiado optimista, pero envió un teletipo con la descripción de ambas mujeres y puso en marcha su búsqueda a nivel nacional. La cosa quedó, así, en suspenso hasta fin de mes.

Sucedió entonces que ni el repartidor Troy Burress ni su camioneta regresaron a la empresa para la que trabajaban. Su jefe, Johnny Mae Thompson, cogió el teléfono dispuesto a averiguar su paradero para descubrir que el mensajero tan sólo había hecho un pequeña parte de los repartos que tenía asignados. Raro en la medida que nunca había mostrado una actitud irresponsable. La señora Burress tampoco supo dar razón de su esposo. La situación era muy inusual de modo que tanto la mujer del repartidor como su jefe pasaron el resto del día tratando de encontrar al desaparecido. Finalmente, a las dos de la madrugada, presentaron la denuncia. Apenas dos horas después los agentes de la Oficina del Sheriff del Condado de Marion encontraron la camioneta de Troy en la cuneta de la Carretera Estatal 19, unos cuarenta kilómetros al este de Ocala. El vehículo estaba abierto, sin llaves. Del conductor, ni rastro. Sería una familia que pasaba un “bonito” día de campo en el Bosque Nacional de Ocala la que cinco días después encontraría el cadáver en un lugar cercano a la Autopista 19. El cuerpo, con dos disparos del 22 en pecho y espalda, se encontraba muy deteriorado a causa del calor y la humedad, así como por la acción de las alimañas, pero la esposa del fallecido reconoció el anillo de boda del muerto. De nuevo se detuvo a un presunto culpable del asesinato -un autostopista llamado Curtis Blankenship visto en la 19 el día en que el asesinado desapareció- pero finalmente debió ser puesto en libertad por falta de pruebas.

Situación parecida se produjo con Charles Humphreys, un hombre de 56 años que trabajaba como investigador experto en casos de abuso infantil para el Departamento de Salud y Servicios de Rehabilitación de Florida. Antes había sido jefe de policía en Alabama. El hecho es que Dick, que al parecer tenía una vida feliz, cómoda y tranquila, había celebrado su 35 aniversario de boda el día anterior a su desaparición, el 10 de septiembre. El 11, tras concluir la jornada laboral en su oficina ubicada en Sumterville, ya no regresó a casa. Su cuerpo, que no el coche en que solía desplazarse, sería encontrado en la tarde del 12 de septiembre en el Condado de Marion. Había recibido siete disparos del consabido calibre 22. No fue hasta finales de mes que apareció el vehículo del malogrado Humphreys, abandonado en el Condado de Suwanee.

La última víctima de esta peculiar serie de crímenes, hallada en el Condado de Dixie, sería Walter Jeno Antonio. El cuerpo de este camionero de 60 años, asesinado menos de veinticuatro horas antes, estaba desnudo y presentaba cuatro impactos del ya célebre 22. Antonio compaginaba su trabajo al volante con otro como guardia de seguridad por lo que aquel día, el 19 de noviembre, se desplazaba en su propio coche, que aparecería cinco días después en un carretera comarcal al otro lado del Estado, en el Condado de Brevard.

A estas alturas el misterioso caso del asesino del calibre 22 copaba los medios de comunicación, empezaba a convertirse en una auténtica pesadilla policial, y había desencadenado una verdadera histeria colectiva entre los conductores del Estado de Florida.

Aileen (victimas)
Las víctimas de Aileen… Que se sepa.

La hipótesis más simple

Fue en la División de Investigación Criminal de la Oficina del Sheriff del Condado de Marion, entonces bajo las órdenes del capitán Steve Binegar, donde se supo recomponer las piezas del rompecabezas y orientar por fin el caso en la dirección correcta.

El equipo de Binegar, perfecto conocedor de los asesinatos que se habían cometido en su jurisdicción, así como de los otros de similares características que habían tenido lugar en los condados vecinos de Citrus y Pasco, no tardó en comprender las enormes similitudes presentes en todos los casos. Su teoría, como sucede con la mayor parte de las buenas teorías policiales, era sencilla y estaba imbuida de un sentido común aplastante: teniendo en cuenta la alarma que las sucesivas muertes habían despertado en las carreteras de Florida, parecía improbable que los criminales captasen a sus objetivos haciendo auto-stop. Nadie en su sano juicio habría recogido a un desconocido por las buenas dada de la enorme cobertura que los medios de comunicación estaban dando a los hechos. Por consiguiente, el contacto debía producirse en algún local de carretera o gasolinera, y no durante el trayecto en cuanto tal. Si se tenía presente que todas las personas asesinadas eran varones, era razonable imaginar que existía un elevado porcentaje de probabilidades de que el asesino fuera del sexo opuesto. Alguien que pudiera abordar de manera más o menos sencilla, y sin despertar sospechas, a un hombre durante cualquier parada rutinaria… Además, había dos buenas candidatas a ser las personas que se estaba buscando: las dos desconocidas que se salieron de la carretera con el Pontiac Sunbird del nunca encontrado Peter Siems.

El siguiente paso, dado a finales de noviembre, fue valerse de los medios de comunicación de Florida, a los que Binegar filtró su hipótesis, y a través de los cuales pidió la pertinente colaboración ciudadana a fin de identificar a las mujeres. El movimiento no tardó en verse recompensado: un sujeto de Homosassa Springs informó de que dos mujeres que concordaban con la descripción difundida le habían alquilado una furgoneta hacía un año. Una de ellas dijo llamarse Tyria Moore entretanto la otra se identificó, lacónicamente, como Lee. Otra testigo con residencia en Tampa explicó que había contratado a las dos mujeres, Tyria Moore y otra que dijo llamarse Susan Blahovec, para que trabajasen en un motel de su propiedad situado al sur de Ocala. Un informador anónimo identificó vía telefónica a ambas mujeres como Ty Moore y Lee Blahovec, y añadía otros datos interesantes: sostenían una relación homosexual asimétrica en la que Lee Blahovec, que ofrecía sus servicios como prostituta a los camioneros, llevaba la voz cantante. El hecho es que, uno tras otro, los diferentes testimonios permitieron a la policía conocer con todo lujo de detalles los movimientos del duo sospechoso entre los meses de septiembre y diciembre.

Las bases de datos ofrecieron cumplida información sobre Tyria Moore, Susan Blahovec y Cammie Marsh Greene. En el caso de la primera los datos se mostraban lo suficientemente consistentes como para permitir una identificación positiva, pero no era así en el caso de los otros dos nombres. Sin embargo, los oficiales de policía del Condado de Volusia, buscando información en las tiendas de empeños de la zona en las que hubieran podido desprenderse de diversos objetos y enseres sustraídos a los asesinados, encontraron una pista que seguir gracias a la concienzuda organización del propietario de un local de Daytona: una mujer llamada Cammie Marsh Greene había empeñado una cámara fotográfica y un detector de radar -luego se comprobó que ambos objetos habían pertenecido a Richard Mallory-, para lo que había tenido que dejar sus huellas dactilares en el recibo.

Las huellas fueron la evidencia que ratificó la hipótesis del equipo de Binegar. Comparadas con algunas de las encontradas en el Pontiac Sunbird de Peter Siems se determinó sin lugar a la duda que eran las mismas. Pertenecían, al parecer, a una cuarta mujer llamada Lori Grody. Cuando fueron contrastadas con los informes del Centro Nacional de Información Criminal se supo que la misma persona había sido fichada antes en Florida, Michigan y Colorado, y que Lori Grody, Susan Blahovec y Cammie Marsh Green eran, todos, aliases de una conocida delincuente habitual: Aileen Carol Wuornos.

El último refugio

La caza de Aileen Wuornos y Tyria Moore comenzó el 5 de enero de 1991. Agentes de incógnito pertenecientes a diferentes cuerpos de seguridad se lanzaron a las calles y, de hecho, la operación estuvo a punto de irse al traste en varias ocasiones por la falta de coordinación de las diferentes unidades implicadas. Todos querían colgarse la medalla.

Dos agentes no uniformados, Mike Joyner y Dick Martin, bajo los respectivos seudónimos de Bucket y Drums, localizaron a Aileen en un bar de Port Orange en la tarde del día 8 y trabaron contacto con ella. No querían detenerla hasta lograr que les condujera a su cómplice o al arma con la que se habían cometido los asesinatos. Sin embargo, varios policías locales también la reconocieron e irrumpieron en el garito con la intención de detenerla. Inmediatamente, Joyner telefoneó desde el local al puesto de mando -situado en el motel Pirate’s Cave, todo muy peliculero- e informó de la interferencia, de suerte que Bob Kelley, desde la Oficina del Sheriff del Condado de Volusia, se puso en contacto con la Estación de Policía de Port Orange y ordenó que no se arrestara a Aileen Wuornos bajo ningún concepto. La orden llegó a los agentes que retenían a la mujer en la puerta del bar en el último momento, pero funcionó, de modo que tras proceder a una identificación rutinaria se marcharon. Ella regresó al interior y se reencontró con sus nuevos “amigos”, con los que tomó algunas cervezas más. Le propusieron ir más lejos, pero ella renunció y se marchó del local hacia las diez de la noche.

No sería la última vez que el caso estuvo a punto de arruinarse aquella noche. En la calle esperaban apostados en un coche otros dos agentes de la Policía Estatal de Florida que, cautos, siguieron a Lee con las luces apagadas. Hubo que ordenarles con urgencia que se alejaran de ella -había que evitar cualquier clase de sospecha- y dejaran las cosas en manos de Joyner y Martin. Aileen Wuornos, ignorante de la compleja trama que se desarrollaba a su alrededor, terminó en un antro de moteros llamado, apropiadamente, The Last Resort -el último refugio-. Allí volvió a encontrarse, porque el mundo es así, un pañuelo, con Bucket y Drums, quienes de nuevo la invitaron a varias copas sin lograr que se le soltara la lengua o accediera a sus constantes insinuaciones. De tal modo, temiendo que la insistencia diera al traste con la investigación, los policías se marcharon sobre las doce de la noche. Lee, por su parte, muy borracha, pasó su última noche en libertad en el asiento trasero de un coche abandonado en el aparcamiento del bar.

Durante la tarde siguiente Joyner y Martin se reencontraron con Lee en el mismo lugar en el que la dejaron la noche anterior. Las cosas se habían complicado puesto que en El último refugio se preparaba una barbacoa para una banda de motoristas, y las posibilidades de que Aileen pudiera esfumarse en medio de la zarabanda eran elevadas. Así pues, se indicó a los agentes que se olvidaran de cuanto habían planeado y procedieran a sacarla del bar para practicar la detención. En efecto, una vez ella accedió de buen grado a acompañarlos a la habitación de un motel cercano, cuando el trío aún descendía las escaleras del último refugio, Larry Horzepa, de la Oficina del Sheriff del Condado de Marion, procedió al arresto de Aileen por un cargo menor: violación del permiso de armas a nombre de Lori Grody. No se mencionaron los asesinatos en la medida que no se quería poner a la sospechosa en guardia antes del interrogatorio. Tampoco se informó a la prensa en la medida que aun no se habían encontrado ni el arma del crimen, ni a Tyria Moore.

El 10 de enero Ty –que a diferencia de Aileen tenía una familia y solo había estado viviendo una aventura de juventud que se había descontrolado- fue localizada en Pittston, Pensilvania, donde pasaba unos días con una hermana. Los agentes Jerry Thompson, del Condado de Citrus, y Bruce Munster, del Condado de Marion, volaron a Scranton para entrevistarla. Le fueron leídos sus derechos pero no se la acusó de nada en absoluto. El interrogatorio fue intenso y, tras las presiones iniciales, terminó mostrándose muy cooperativa. Había decidido salvarse traicionando a Lee y ofreció, por tanto, una versión interesada de los hechos de la que poder sacar buen provecho. Manifestó así que supo “lo de los crímenes” cuando Aileen se presentó con el Cadillac de Richard Mallory y le dijo que había matado a un hombre aquella misma tarde. También que a partir de aquel momento no quiso saber nada acerca de las andanzas de su amante pese a los reiterados intentos de ella por ofrecerle el relato… “tenía miedo”, “sabía que ella era capaz de todo”, y bla, bla, bla. Típico en los asesinatos cometidos por parejas; siempre hay uno –habitualmente el menos fiel, leal y enamorado de ambos- que trata de salvarse cargándole el muerto al otro.

Al día siguiente Tyria viajó con los agentes a Florida para asistirles en la investigación del caso. El hecho es que Aileen, a la que el testimonio de su ex amante convertía en única asesina, era dura de pelar y no había confesado aún, por lo que se había urdido un plan: irían a un motel de Daytona desde el que Ty contactaría con la cárcel. Diría que había recibido dinero de su madre y que había regresado para recoger el resto de sus cosas, descubriendo entonces que todo había explotado. Las conversaciones entre ambas serían grabadas. La idea general era que Tyria habría de convencer a Aileen de que la policía la estaba acusando de los crímenes, de modo que -esperaban Munster y Thompson- Lee confesaría por lealtad a la mujer que amaba. Vergonzoso, pero por lo común eficiente. El problema residió en que, muy pronto, quedó claro que la prisionera no era estúpida y sabía exactamente lo qué se esperaba de ella: durante uno de los primeros contactos Lee manifestó que estaba convencida de que las conversaciones estaban siendo grabadas. Pero Ty supo desarrollar a la perfección el papel de mosquita muerta y, lentamente, las prevenciones de Aileen fueron en declive. Por fin, tras afirmar en repetidas ocasiones que si tenía que confesar para salvarla lo haría, Aileen Wuornos cumplió su promesa el 16 de enero. La impresión general es que, al fin y al cabo, entendió que su papel en la historia era el de cabeza de turco y decidió terminar con la farsa.

Confesión y juicio

Entrevistada por Horzepa y Munster, Aileen dejó claro en primer lugar que Tyria Moore no tenía nada que ver con los asesinatos. Fidelidad hasta el final. Luego argumentó que era una persona pacífica e incapaz de dañar a una mosca, y que todas las muertes habían sido cometidas en legítima defensa. En cada caso, alegó, los hombres a los que mató la habían asaltado, amenazado o violado. Manifestó que ya había sido violada muchas veces en el pasado y que, por lo que a ella respectaba, no estaba dispuesta a permitir que volviera a suceder. Precisamente por ello, cuando sus víctimas se mostraron agresivas no tuvo reparo alguno en asesinarlas. El hecho es que Aileen hablaba de sus crímenes con tal desparpajo e insolencia que llegó incluso a exasperar a su abogado, Michel O’Neill. “Deberías pensar [le dijo en cierto momento] que esos hombres con los que hablas son policías”. La respuesta de Aileen ante la sugerencia del letrado fue nítida y contundente: “Lo sé. Y ellos quieren colgarme. Y está bien que así sea porque, hombre, me lo merezco”[1].

Sea como fuere, el caso, por sus connotaciones ciertamente morbosas –ya saben, la lesbiana que mata como un hombre y tal-, despertó tan elevado interés en la opinión pública que tanto Aileen como Tyria, sus parientes e incluso los detectives que llevaron el caso recibieron una verdadera avalancha de ofertas para escribir libros y realizar películas sobre la historia. El problema, para nueva desgracia de Lee, era que en el Estado de Florida la ley impide que tanto los criminales como los agentes de la ley obtengan beneficios económicos publicitando sus andanzas. Lo cierto es que Lee se hizo tan tremendamente famosa que perdió los papeles: habló de sus asesinatos por extenso, sin recato, con todo aquel que quisiera escucharla. Y con cada una de sus relaciones fue refinando la historia, aquilatándola, incluso fabulándola. Estaba claro que por primera vez en toda su vida Aileen se sentía el ombligo del mundo.

Fue más o menos entonces que se desencadenó una ola de activismo terriblemente interesado, alrededor de su figura. Grupos feministas, religiosos y de activistas por los Derechos Humanos se pusieron en marcha para evitar la condena a muerte de esa “pobre mujer”, una “prostituta desgraciada”, vejada y violada, que se había limitado a defenderse de las horribles agresiones recibidas a lo largo de toda una vida de indignidad. Las simpatías hacia Lee crecieron[2]. Televisión, radio, prensa e Internet se hicieron eco de su caso y pusieron en entredicho, como es lógico, el funcionamiento del sistema a través del empleo de este caso que, posiblemente, no fuera el más apropiado para tal fin. Tyria Moore, los agentes de policía, los fiscales, los políticos en general, se convirtieron de la noche a la mañana en “traidores”, “corruptos”, ”machistas”, “homófobos” y “manipuladores”, versión de la historia que en el fondo, y bien mirado, tampoco dejaba de tener su viso de verdad[3]. Posiblemente, si Lee hubiera mantenido la cabeza fría y sabido aprovechar la ola de presión social, habría obtenido una sentencia ventajosa, pero pronto quedó claro que su peor enemigo era ella misma.

Cuando comenzaron las diferentes causas contra su persona, Lee se enfrentaba a la escalofriante petición de seis penas de muerte por parte de la fiscalía, panorama agravado por el hecho de que su ex amante, Tyria, obraba como testigo de la acusación. Así por ejemplo, cuando se juzgaba a Lee por el asesinato de Richard Mallory en enero de 1992, único del que tenía un relato, Ty indicó que la acusada no parecía especialmente nerviosa o fuera de control tras disparar sobre él y que, desde luego, tampoco estaba borracha. Indicó que la acusada, según lo narró ella misma, abrió fuego a sangre fría… provocándole una larga agonía que se debió prolongar durante unos veinte minutos, añadió posteriormente el forense. Y las cosas iban a empeorar en la medida que en la jurisprudencia de Florida existe la llamada Regla Williams, norma que no hace precisamente fácil la labor de la defensa en este tipo de casos. Esta regla permite que la evidencia en relación a otros delitos sea admitida por el jurado siempre y cuando ayude a mostrar un patrón criminal. De este modo, la información relacionada con los otros asesinatos de Aileen también fue presentada al jurado en cada caso, lo cual motivaba que el alegato de legítima defensa de la acusada resultara, cuando menos, harto discutible.

Tyria Moore (Juicio)
Tyria Moore testificando en uno de los juicios contra su ex amante. ¿Víctima o traidora?

Los abogados de Aileen, conocedores de su actitud, le insistieron reiteradamente para que se acogiese a la Quinta Enmienda y no testificase, algo a lo que ella se negó una vez tras otra. Al fin y al cabo, debían evitar en la medida de lo posible que sus propias declaraciones dañaran sus intereses. Incluso trataron de que algunos especialistas hicieran ver al tribunal que estaba mentalmente incapacitada a causa de un trastorno límite de la personalidad –personalmente lo creo posible- lo cual la limitaría para manejar las situaciones emocionalmente complicadas de forma adecuada. Pero su defendida era virtualmente ingobernable: nunca eludía una pregunta, jamás omitía un detalle, en ningún caso se dejaba aconsejar. Lo cierto es que en el fondo, y pese a su insistencia en la defensa propia como atenuante, Aileen Carol Wuornos parecía desear el previsible castigo más que cualquier otra cosa en el mundo.

El final de la historia fue lógico: seis condenas a muerte[4]. Hubieran sido más, pero no se la pudo juzgar por la desaparición de Peter Siems ya que el cadáver nunca se ha encontrado[5]. Nada de ello amilanó a los activistas pro-Aileen. De hecho tan sólo sirvió para multiplicar sus actos de protesta y encender aún más los ánimos[6]. Nadie parecía querer aceptar que la road movie protagonizada por Lee había llegado a su final.

El final

La Doncella de la Muerte, o la Mujer Araña, así fue rebautizada Aileen por la siempre imaginativa maquinaria de la prensa, pasó diez años en el corredor de la muerte sometida a los rigores de un brutal complejo de culpa. Durante todo ese tiempo exigió en reiteradas ocasiones que se hiciera efectiva su ejecución ante el pánico que le propiciaba la idea de matar de nuevo y, sobre todo, porque consideraba la prisión de por vida un castigo mucho peor que la propia muerte. A este respecto, el Sheriff que consiguió llevar a Lee ante la justicia, Steve Binegar, la definió de suerte concisa pero nítida: “es una criatura patética”.

El entonces gobernador de Florida Jeb Bush firmó su orden de ejecución el 5 de septiembre de 2002, si bien los partidarios de Lee, argumentando que había perdido la cabeza por completo, lo cual es muy posible teniendo en cuenta los terribles efectos que décadas de agresiones, policonsumos y mala vida pueden ocasionar en la personalidad de un ser humano, pensaron hasta el último momento que la condena sería revocada. Eso nunca ocurrió. El 9 de octubre, en la prisión de Starke, al norte de Florida, cuyo perímetro exterior se encontraba rodeado por los manifestantes pro-vida, la ejecución se llevó a efecto. La inyección letal –un cóctel de pentotal sódico, bromuro y cloruro potásico- le fue administrada a las 9:30 de la mañana, terminando con su existencia unos 18 minutos después. Se convirtió con ello en la segunda mujer ejecutada en ese Estado tras la reinstauración de la pena capital en 1976, y la tercera desde el siglo XIX[7].

De acuerdo con su deseo postrero, Aileen pasó el último día de su vida acompañada de un sacerdote y leyendo la Biblia. Al fin y al cabo, como dijo en varias ocasiones durante los años que estuvo en el corredor de la muerte, “había que saldar deudas con Dios”.

Aileen #2


[1] Macleod, M.; “Aileen Wuornos: Killer who preyed on truck drivers” [disponible aquí].

[2] Arlene Pralle y su marido, un matrimonio de tendencias ultracristianas llegaron incluso a adoptar a Aileen, hecho que se hizo oficial el 22 de noviembre de 1991. La primera carta que Arlene envió a una Lee entre rejas comenzaba así: “Me llamo Arlene Pralle. He renacido. Vas a pensar que estoy loca, pero Jesús me dijo que te escribiera” (citado en Macleod, M.; Op. Cit.).

[3] En efecto. Tal y como demuestran las estadísticas, las mujeres que practican la prostitución tienen un 33% más de posibilidades de ser violadas que las mujeres que ejercen otros trabajos. Y más todavía, la policía suele pasar por alto la mayor parte de estos delitos, así como los asesinatos de los que son víctimas las personas de este colectivo marginal, atribuyendo por lo general esta clase de crímenes al consumo y tráfico de estupefacientes, o a imaginarios ajustes de cuentas. Es un hecho: las prostitutas no importan a nadie ni despiertan interés alguno salvo cuando se puede sacar algún partido ideológico de ellas.

[4] El desarrollo de los juicios así como la repercusión pública del caso Wuornos puede seguirse con detalle a través del periódico The Miami Herald. Este rotativo ofreció cumplida información tanto de los juicios como de las sucesivas sentencias. Otros periódicos como The Daytona Beach News-Journal también se hicieron eco por extenso de las peripecias judiciales de Aileen. Idéntico seguimiento pormenorizado mantuvo la agencia de noticias Associated Press.

[5] La controversia pública acerca del caso Wuornos creció cuando se supo que Richard Mallory, la primera de sus víctimas, había pasado diez años en prisión por delitos sexuales cometidos en Maryland. Los datos habían sido ocultados al tribunal por la acusación. No obstante, el juicio no fue revisado y la Corte Suprema del estado de Florida se reafirmó en el veredicto inicial. Tampoco Aileen se ayudó en esta ocasión. En un carta dirigida a aquella institución afirmó: “Soy alguien que odia seriamente la vida humana, y podría matar de nuevo” (Macleod, M.; Op. Cit.). Además, reconoció no haber asesinado a aquellos hombres en legítima defensa y solicitó que sus abogados fueran apartados del caso a fin de evitar que apelaran cualquiera de las sentencias. El gobernador de Florida, Jeb Bush (hermano del presidente George Bush Jr.), pidió que tres psiquiatras examinaran a Lee antes de que la Corte tomase una decisión sobre la solicitud. El informe final indicó que la condenada era plenamente consciente de que podría ser ejecutada de seguir adelante con su decisión, de modo que finalmente se accedió.

[6] The Story of Aileen Wuornos. Hace años se podía ampliar esta información en la página de Internet http://www.prisonactivist.org. Lamentablemente, ha desaparecido.

[7] La Nueva España. 10 de octubre de 2002.

La venganza del cazador

El juicio de sus convecinos era unánime: un buen chaval. Algo taciturno y huraño, pero majo en el fondo. Es lo tópico en estos casos en los que el personal cifra sus juicios en la mera apariencia, pues parece bastar que nunca hayas hecho nada “malo” para que todo el mundo te considere “bueno”, o que nunca hayas cometido locuras –sea eso lo que fuere- para que todos te tomen por cuerdo. Así va esto de la gramática parda, la psicología de trapillo y el juicio fácil que permite la liviandad de la vida pública. Pero Manuel, introvertido, soltero y solitario, era de los que llevaba la procesión por dentro, y en su interior anidaba un perfil violento que se había ido forjando, consolidando, en su personalidad a lo largo de los años. Una parte oscura que esperaba agazapada en la más recóndita intimidad el detonante adecuado para eclosionar. En realidad mantenía una doble vida. Aquella, la que conocían sus vecinos, en la que era un tipo sosegado que gustaba de la caza y la vida al aire libre y en la que no solía dar problemas. Otra, solo conocida por sus compañeros de trabajo y sus empleadores, en la que se mostraba conflictivo, difícil, imposible, paranoide y pleitista hasta la extenuación.

Entre ambas, seguramente, esté la verdad.

Carnet Manuel Ramirez Torrecilla
Carné de la Asociación de Cazadores de La Adrada expedido a la titularidad de Manuel Ramírez Torrecilla.

Cuidado con El Loli

En 2006, cuando todo sucedió, Manuel Ramírez Torrecilla –Manolo- tenía 43 años y se ganaba la vida como vigilante de seguridad. No había tenido una vida fácil a decir de algún que otro compañero con el que decidió sincerarse a lo largo de los años. Contaba que su niñez, vivida en una localidad de Guadalajara, había sido complicada pues su padre, empleado entonces en la construcción de la central nuclear de Zorita, falleció a causa de un accidente cuando él contaba únicamente 5 años. La vida familiar, apurada en lo económico, se hizo muy complicada y la madre, incapaz de hacerse cargo del sustento de de la prole –tenía dos hermanas- decidió ingresarlo por un tiempo en un hospicio regentado por los franciscanos. Según él mismo refirió, allá fue víctima de abusos, pero vaya usted a saber. Cuando las cosas mejoraron y retornó al hogar, vino una mudanza que le separó de sus escasos amigos. El pueblo iba a quedar anegado por un pantano de reciente construcción, y la unidad familiar hubo de trasladarse a la localidad abulense de La Adrada. Angelines, la madre de Manolo, peleó muy duro para sacar adelante a sus retoños y, con el paso de los años, él pareció reencontrarse en el amor a la naturaleza. Descubrió así el mundillo de la caza y quedó prendado de él al punto de que, entre paseo y paseo por los montes, se olvidó de unos estudios que nunca le interesaron demasiado. Así, ultimado el graduado escolar, se matriculó para cursar el bachillerato en un instituto de Cuenca, pero solo logró aprobar el primer curso antes de abandonar. Sin embargo, por el aquel de que había que ganarse la vida de alguna manera, Manuel logró sacarse el título de vigilante de seguridad, gracias a lo cual comenzó a deambular por diversos empleos y empresas del sector[1].

Nunca duraba mucho en el puesto. Cinco meses en el mejor de los casos, pues en cuanto se alejaba de sus amados campos y de sus aventuras de caza, limitado en sus habilidades sociales, encontraba enormes problemas de interacción. No le gustaba la gente –solía comentar que habitualmente todo el mundo le odiaba-, y le costaba horrores encajar con los compañeros que le iban cayendo en suerte. Discutía con todo el mundo y por cualquier cosa. A poco que comenzaban las primeras fricciones propias de cualquier desempeño laboral, su personalidad paranoide y conflictiva salía a la luz y todo, incluso lo más nimio, se convertía en un pleito permanente que intoxicaba el ambiente y motivaba en última instancia el rechazo de quienes le rodeaban. Nadie quería trabajar con él y, en tales condiciones, multiplicándose las quejas, las empresas de seguridad en las que había logrado entrar terminaban prescindiendo de sus servicios.

Por supuesto, esta profecía autocumplida alimentaba todavía más la hipervigilancia paranoica de Manolo: “yo solo me defiendo, son ellos los que me detestan”. Y el veneno no paraba de crecer en su interior alimentado por el hecho de que, al no encajar y ser un permanente conflicto, en efecto, el resto de compañeros con los que había de compartir el espacio terminaban rehuyéndole, tomándole el pelo y reafirmando su impresión preconcebida de ser víctima de un rechazo generalizado. Así le ocurrió por ejemplo en 2002 cuando fue destinado como vigilante a la Academia Militar de Toledo: alguien, no se sabe quién ni a cuento de qué, terminó por ponerle el mote de El Loli, que él como es lógico odiaba con todas sus fuerzas, y aquello se extendió al punto de que todo el mundo comenzó a llamarle de tal guisa. Ello motivó una conducta extremadamente reactiva por su parte que implicó su final en la empresa… Y se marchó amenazando a quien creía autor del dichoso mote: “volveré para acabar contigo”[2]. Baste un detalle para comprender las consecuencias de esta dinámica infernal: entre 2001 y 2003, periodo durante el que vivió en Toledo, pasó nada menos que por cuatro empresas de seguridad, al punto de que hubo de abandonar la localidad cuando ya no encontró a nadie dispuesto a contar con sus servicios.

Al Palacio de Comunicaciones

Manuel Ramírez –nadie sabe cómo pasó los “controles” si es que tales existieron alguna vez- tenía licencia para portar armas de fuego. Parece que gracias a eso pudo lograr una habilitación como escolta de seguridad privado, lo cual le animó a desplazarse al País Vasco en 2003[3]. Poco se sabe de su estancia en Euskadi, si es que realmente ocurrió y no era una invención urdida por él mismo para engordar el currículum, pero reapareció en Madrid en 2005. En aquel momento la empresa encargada de la seguridad del Palacio de Comunicaciones –actual Palacio de Cibeles, sede del Ayuntamiento de Madrid- decidió contar con sus servicios. El retén, cuya misión era vigilar las obras de rehabilitación a las que estaba siendo sometido el edificio, era de diez personas. Once contando con el recién llegado.

Y, como era de esperar, los problemas de inadaptación que perseguían a Manolo fuera a donde fuese aparecieron en seguida, apenas un mes después de comenzar a trabajar. El motivo en esta ocasión fue el cuadrante para los turnos de Navidad, en la medida que los días de trabajo que se le habían asignado durante las fiestas no eran de su agrado. Enfurecido, escribió una queja incendiaria que hizo llegar por fax a los jefes. En ella acusaba a los autores del reparto de las fiestas navideñas de tener animadversión hacia su persona y, por ello, de concederle los peores turnos. Por aquellos días, y es digno de mención, Manuel Ramírez se hospedaba en una pensión madrileña y llevaba algún tiempo alejado de sus amados montes y su desintoxicante actividad cinegética, lo cual pudo contribuir al agravamiento de su estado psicológico habitualmente poco estable: por lo que parece, se había hecho la ilusión de valerse de los fines de semana navideños para dedicarse a su obsesión por la caza, pues era en los que se abría el coto municipal de La Adrada, pero resultó que no los iba a tener libres[4].

Los compañeros, precisamente porque Manuel Ramírez no había tratado de resolver el problema dentro del grupo, se tomaron mal su reacción, y así comenzó el esperable carrusel de acusaciones y tensiones. Y la escalada no hizo más que crecer al punto de que el 16 de diciembre Manolo quiso dejar bien claro que con él habría pocas bromas: se presentó en su puesto de trabajo con una escopeta de caza marca Franchi recién comprada. Luego, ni corto ni perezoso, la montó y comenzó a apuntar a todo el mundo gritando a voz en cuello que “apuntaba muy bien”. Avisados quedaban. Allí no iba a ser El Loli ni consentiría que le tomaran el pelo como de costumbre. Se le avisó de que en su puesto no podía portar armas, claro está, pero hizo caso omiso y guardó la escopeta en su taquilla… A renglón seguido, adoptó durante varios días la rareza de encerrarse en los vestuarios durante horas… Estos inusitados episodios hicieron que cundiera el pánico en el retén ante la palpable evidencia de que la estabilidad psicológica de Manuel Ramírez Torrecilla no parecía ser la mejor de las posibles, por lo que el encargado del equipo, Manuel Montañés, solicitó a sus superiores que se le trasladara acompañando la petición de un pliego de firmas que solo un componente del equipo se negó a firmar argumentando, de suerte premonitoria, que el nuevo estaba loco y era “capaz de cualquier cosa”.

Todo pudo quedar ahí, pero a esas alturas Manuel Ramírez ya era un caballo desbocado que el día 21 de diciembre se presentó en la comisaría del distrito de Retiro para interponer una denuncia contra sus compañeros, acusándolos de coacciones, amenazas y burlas. Repitió el gesto cuatro días después dejando reflejado en el escrito un ultimátum: “a mí no me van a mamonear”. Sea como fuere, ante el cariz que estaban tomando los acontecimientos, la empresa citó a Manolo y le “invitó” –así lo explicó un familiar- a firmar la baja voluntaria.

A tenor de estos acontecimientos parece difícil entender que Ramírez Torrecilla pasara sin problemas el proceso de selección de la empresa contratante -cuya razón social me ahorro-, especialmente con sus antecedentes, y cabe aventurar, teniendo en cuenta las contradicciones manifestadas por ésta ante la prensa que, con toda probabilidad, tal proceso fue de todo, excepto exhaustivo:

“Manuel Ramírez, sostuvo la empresa, en ningún momento dio muestras de tener ningún tipo de problema psicológico ni trastorno psíquico alguno, siendo su comportamiento absolutamente normal en su proceso de selección. Sin embargo […] emitió un nuevo comunicado en el que aseguraba que el 22 de diciembre pasado se recibe por parte de la inspección de servicios de la empresa un escrito firmado por los operativos que prestaban servicio en el palacio de Correos solicitando la retirada del servicio de Manuel Ramírez Torrecilla por considerarle un individuo conflictivo y manifestar, a criterio de estos operativos, una falta clara de deontología profesional[5].

Sea como fuere, Ramírez Torrecilla salió por la puerta asegurando que volvería para “ajustar cuentas”.

Palacio de Comunicaciones
El Palacio de Cibeles, actual Ayuntamiento de Madrid y otrora Palacio de Comunicaciones y antigua sede de la central de Correos de Madrileña.

A tiro limpio

De nuevo sin trabajo, rechazado y expulsado por enésima vez, Manuel Ramírez retornó a sus caminatas solitarias –pues siempre cazaba en soledad- por el coto de La Adrada. Pero esta vez las cosas eran distintas. Obsesionado por el hecho de que se la habían vuelto a jugar, iracundo ante un nuevo revés de la vida, enojado por el episodio repetido, se fue cociendo a fuego lento. Esta vez iba a vengarse de un modo u otro, por lo que el día 5 de enero, aún esperanzado por imponer sus razones en sede judicial, se personó en los juzgados de Plaza de Castilla para interesarse por el curso de su demanda. Y la noticia de que el juicio de faltas no se celebraría sino hasta el 5 de marzo terminó por enloquecerlo ante la falta de una resolución inmediata de sus deseos. Esa sería la última frustración que estaba dispuesto a tolerar, y si la justicia no le procuraba satisfacción, el se la buscaría por otros medios. Así, resolvió poner en marcha el plan que había ido pergeñando en los días previos.

El día 9 de enero, tras haber informado en su taller mecánico habitual de que llevaría el coche a una revisión –por supuesto innecesaria- y necesitaría un coche de sustitución, se presentó conduciendo el vehículo prestado en la calle Montalbán y aparcó en doble fila frente a una de las puertas laterales del Palacio de Comunicaciones, al lado del Cuartel General de la Armada. Puso pie a tierra con la cara cubierta por un verdugo. Llevaba consigo la escopeta Franchi y una canana bien provista de cartuchos.

Coche Manuel Ramírez
La policía retira el coche con el que Manuel Ramírez se dirigió a su último coto de caza [fuente: diario El Mundo].

Apenas alcanzó la garita de entrada la persona que se encontraba de guardia, Juan Pedro Jiménez Ortega, lo reconoció de inmediato. Salió al exterior para intentar razonar con él, pero su respuesta fue descerrajarle un disparo, a corta distancia, entre el cuello y la cara, que le provocó la muerte al instante. Tenía 49 años.

El ya asesino caminó hacia el interior para desembocar en uno de los patios. Le salieron al paso su antiguo y odiado jefe, Manuel Montañés Riesco, y otra ex compañera, Inés García. Tampoco ahora dudó. Disparó sobre el primero sin mediar palabra, entre el pecho y el estómago. Ella recibió el impacto de varias postas en el hemitórax derecho y quedo malherida. Montañés, de 52 años, fallecería a poco de llegar al hospital. Inés, de 44, salvó la vida.

Manolo, ya dubitativo, decidió continuar con las operaciones hasta dar con un cuarto vigilante al que, ahora sí, preguntó si había firmado el documento que concluyó con su despido. El hombre, por supuesto, explicó que no y rogó por su vida. Puede que en ese momento, sobre todo tras haber disparado sobre el objeto central de sus iras, Montañés, la persona con la que más había discutido y sobre la que había focalizado todos sus odios, la cordura estuviera retornando a la mente de Ramírez Torrecilla porque le perdonó la vida. También lo hizo con uno de los obreros que en aquel momento trabajaba en las instalaciones y que se cruzó con él atraído por el estruendo de los disparos. Fue encañonado, pero al no ser reconocido como uno de los componentes del retén de seguridad, lo ignoró… Después ocurrió lo tópico en estos casos en los que la planificación obsesiva del criminal raramente va más allá del acto vengativo en sí mismo: Manuel Ramírez Torrecilla dirigió el cañón la Franchi, despacio, hacia sí mismo. Lo apoyó contra su propia sien y abrió fuego[6].

Se convirtió así en pieza de su última cacería.


[1] Rodríguez, J.M. (2006). Cacería en el turno de noche. Así Son las Cosas, 194, pp. 8-11.

[2] Rodríguez, J.M., 2006, op. cit.

[3] Hidalgo, S. (2006, 10 de enero). Un ex vigilante mata a tiros en Correos a dos compañeros y se suicida. El País [disponible en: https://elpais.com/diario/2006/01/10/madrid/1136895856_850215.html; recogido en diciembre de 2018].

[4] Rodríguez, J.M., 2006, op. cit.

[5] Hidalgo, S., 2006, op. cit.

[6] Rodríguez, J.M., 2006, op. cit.

La ambición del mujik

La ambición jamás se detiene. Ni tan siquiera en la cima de la grandeza.

Napoleón Bonaparte.

A menudo, cuando surgen asuntos como el de la corrupción o la evasión de impuestos, topamos con la estupefacción generalizada de una sociedad que, de repente, se muestra incapaz de comprender las razones por las que alguien que ya es millonario se esfuerza por burlar sistemáticamente a la ley para acumular aún más riqueza, o por los motivos que impulsan a alguien con las necesidades vitales cubiertas con creces a defraudar a la hacienda pública una y otra vez. Duda que suele devenir sistemáticamente en indignación popular ante la aparición de estos casos. Pero, a poco que tratamos de pensar en el asunto, vemos de inmediato que laten en su fondo preguntas ético-morales que se encuentran en la misma raíz de la cuestión y que muy a menudo, simplemente y pese a ser las importantes, nadie se hace: ¿Cuánto es suficiente? ¿Cuánto de algo se debe poseer para considerar que se tiene bastante? ¿Seríamos capaces de renunciar a la posibilidad de tener más de algo si ese algo estuviera a nuestro alcance?

Personalmente, estimo que la ambición, adopte la forma que adopte en la práctica y más allá de variables relativas a la clase social, la legislación vigente o el contexto socioeconómico –que son coyunturales y cambiantes-, se relaciona de suerte muy estrecha con la mera condición humana. En el fondo todos somos acumuladores de algo –y no todo lo acumulable es necesariamente material- en la medida que tendemos a estimar, por una u otra razón que casi nunca se discierne con claridad, que eso es sumamente valioso en sí mismo y que merece la pena poseer de ello cuanto más mejor. Por lo común justificamos nuestro afán por obtener más de “eso” que nos inspira en motivaciones espurias y volátiles que no alcanzan ni remotamente el fondo de un problema cuya raíz última se nos escapa. Querer más de lo que sea es humano. Querer siempre mucho más de lo que podremos asumir o disfrutar. Tenerlo porque sí, y basta. Tal vez ello conceda sentido al comentario que me hizo un conocido estafador, condenado por fin tras largos años de apropiarse del dinero de otros sistemáticamente: “en realidad ya no me hacía falta seguir haciéndolo, pero aún así continué hasta que me cazaron porque quería saber hasta dónde se podía llegar, cuánto de bueno podía llegar a ser”.

No conozco a nadie que se considere suficientemente bien retribuido en uno u otro sentido, y lo más probable es que en ello, y paradójicamente, radique nuestro éxito como especie. Nunca tenemos “suficiente” de absolutamente nada. Toda cultura es un mecanismo impulsado por la mecánica del “siempre más” y del “siempre mejor” de acuerdo a unas condiciones materiales y éticas de posibilidad preestablecidas. Y en tal contexto, cierto grado de ambición para alcanzar determinados objetivos “buenos” resulta socialmente deseable y tiende a ser gratificado. Precisamente por ello la idea del “buen salvaje” es pura mitología, pero ocurre también que ese proceso de avance es complejo, no lineal, y, frente a las leyendas positivistas en torno al progreso, éste no siempre deviene en algo “mejor”. Progresar no siempre es crecer y, del mismo modo, “más” a menudo es “peor”. Piénsese, por ejemplo, que también las enfermedades crónicas progresan.

Al final ya no es lo que poseemos, sino, ante todo, el reto de poseer y la generación de las condiciones apropiadas para seguir poseyendo. Nadie se sentirá jamás lo bastante rico, lo bastante amado, lo bastante exitoso, lo bastante admirado, lo bastante libre. Lo bastante sabio o lo suficientemente poderoso. No es lo que obtenemos hoy –que a duras penas es disfrutado pues se pierde en el mero afán de la posesión- sino ese futuro dorado que anticipamos mediante la obtención de cierto tipo de bienes, ya sean materiales o espirituales. El miedo a no tener mañana de “eso” en una medida que pueda considerarse suficiente en cualquier sentido. El pánico a dejar escapar la ocasión, la oferta, el negocio, la posibilidad, el premio… El vicio cegador de lo superfluo frente a la sensatez de lo necesario. La pasión por lo posible que aplasta la racionalidad de lo coherente. El olvido perenne de que todo, incluso lo que más podamos desear por bueno, valioso o apetecible, tiene un precio que se debe estar dispuesto a pagar y cuyo coste –que nunca anticipamos- solo alcanzamos a comprender y valorar cuando se nos pasa la factura. Probablemente, en una cultura occidental que ha primado sobre cualquier otra la lógica del coste-beneficio, esta cuestión se manifieste con mayor claridad…

Sea como fuere, cuando invito –o se me invita- a reflexionar sobre este problema, comparto este esclarecedor relato.


mujik

¿Cuánta tierra necesita un hombre? (Lev Tolstoi, 1885)[1]

Érase una vez un mujik[2] llamado Pahom que había trabajado dura y honestamente para su familia durante largos años, pero sin embargo no tenía tierras propias, de modo que no había logrado salir de la pobreza. “Ocupados como estamos desde la niñez trabajando la madre tierra –se lamentaba a menudo- los campesinos siempre debemos morir como hemos vivido, sin nada propio. Las cosas serían muy diferentes si tuviésemos nuestra propia tierra”.

[…]

Cerca de la aldea de Pahom vivía una dama, pequeña terrateniente, que poseía una finca de 150 hectáreas. Un invierno se difundió la noticia de que la mujer iba a vender sus tierras. Pahom oyó que un vecino suyo compraría 25 hectáreas y que ella había consentido en aceptar la mitad del pago en efectivo, y esperar un año por la otra mitad. “Qué te parece -pensó Pahom-. Esa tierra se vende, y yo no conseguiré ni una parte.” Así que decidió hablar con su esposa:

-Otras personas están comprando y nosotros también deberíamos adquirir unas cuantas hectáreas. La vida se torna imposible sin poseer tierras propias. De modo que, ambos, se pusieron a pensar en el asunto y calcularon cuánto terreno podrían adquirir. Tenían ahorrados 100 rublos. Vendieron un potrillo y la mitad de sus abejas; contrataron a uno de sus hijos como peón y solicitaron anticipos sobre su paga. Pidieron prestado el resto a un cuñado, y así reunieron la mitad del precio final. Luego, Pahom escogió una parcela de 20 hectáreas, en la que había bosques, fue a ver a la señora y formalizó la compra. Ya tenía sus propias tierras. Pidió semilla prestada, la sembró, y así obtuvo una buena cosecha. Al cabo de un año de duro trabajo había logrado saldar cuentas con la dama y su cuñado, convirtiéndose en propietario. Talaba sus propios árboles y alimentaba a su ganado en sus propios pastos. Cuando salía a arar los campos, a mirar sus mieses o a contemplar sus prados, el corazón se le llenaba de alegría. La hierba y las flores que crecían en ellos le parecían diferentes de las que había en otras partes. Antaño, cuando cruzaba casualmente por aquella tierra, siempre le había parecido igual a cualquier otra, pero ahora su impresión era muy distinta.

[…]

Cierto día Pahom estaba sentado a la puerta de su casa cuando un mujik viajero se detuvo ante ella. Pahom le preguntó de dónde venía y el forastero respondió que procedía del otro lado del Volga, donde había estado trabajando. Una palabra llevó a la otra, y el hombre comentó que había muchas tierras en venta por allá, y que muchos estaban viajando para comprarlas. Eran tan fértiles, aseguró, que el centeno crecía alto como un caballo, y tan tupido que cinco cortes de guadaña formaban una gavilla. Comentó que un campesino la había trabajado durante un tiempo sólo con sus manos, y ahora ya tenía seis caballos y dos vacas.

El corazón de Pahom se colmó de anhelo: “¿Por qué he de sufrir en este agujero -pensó- si se vive tan bien en otras partes? Venderé mi finca y, con ese dinero, comenzaré allá de nuevo y prosperaré”. De modo que vendió su tierra, su casa y su ganado. Con las ganancias se mudó con la familia a una nueva propiedad el triple de grande. Todo lo que había dicho el campesino era cierto, y Pahom estaba en mucha mejor posición que antes, pues adquirió muchas tierras arables y pasturas, y así pudo tener todas las cabezas de ganado que deseaba.

Al principio, en el ajetreo de la mudanza y la construcción de la nueva casa, Pahom se sentía complacido, pero cuando se habituó a la novedad comenzó a pensar que tampoco aquí estaba del todo satisfecho. Quería sembrar más trigo, pero no tenía tierras suficientes para ello, así que arrendó más terrenos por tres años. Fueron buenas temporadas y hubo buenas cosechas, de modo que ahorró un buen dinero. Podría haber seguido viviendo cómodamente, pero se cansó de arrendar tierras ajenas año tras año y de sufrir privaciones para ahorrar el dinero que le pedían por ello. “Si todas esas tierras fueran mías –pensó entonces-, sería independiente y no sufriría estas incomodidades”.

Llegó entonces el día en que un vendedor de bienes raíces que pasaba por su finca le comentó que acababa de regresar de la lejana tierra de los baskires[3], donde había comprado 600 hectáreas de tierra por sólo mil rublos:

-Sólo debes hacerte amigo del jefe –le dijo-. Yo le regalé como cien rublos en vestidos y alfombras, además de una caja de té, y di vino a quienes lo bebían, de suerte que obtuve toda esa tierra muy barata[4].

“Vaya -pensó Pahom-, allá puedo obtener fácilmente diez veces más tierras de las que poseo. Debo probar suerte”. Encomendó así a su familia el cuidado de la finca y emprendió el viaje, llevando consigo a su criado. Por el camino pararon en una ciudad y compraron una caja de té, vino y otros regalos, tal y como el vendedor les había aconsejado. Continuaron luego el viaje hasta recorrer más de 500 kilómetros, y en el séptimo día llegaron al lugar donde los baskires habían instalado sus tiendas. En cuanto advirtieron la presencia de Pahom, salieron y se reunieron en torno al visitante. Le dieron té y kurniss[5], y sacrificaron una oveja para darle de comer. Pahom sacó los presentes de su carromato y los distribuyó, diciéndoles que venía en busca de tierras. Los baskires parecieron muy satisfechos con la propuesta y le explicaron que para eso debía hablar con el jefe. De tal modo, lo mandaron a buscar y le contaron las motivaciones del visitante. El jefe escuchó pacientemente, luego pidió silencio con un gesto y se dirigió a Pahom:

-De acuerdo. Escoge la tierra que te plazca, pues tenemos en abundancia[6].

-¿Y cuál será el precio?- Preguntó Pahom.

-Nuestro precio siempre es el mismo: mil rublos por día.

Pahom no comprendió: -¿Un día? ¿Qué medida es ésa? ¿Cuántas hectáreas de tierra son?

-No sabemos calcularlo -dijo el jefe-. Vendemos la tierra por días. Todo lo que puedas recorrer a pie en el curso de un día es tuyo, y el precio es mil rublos por día.

Pahom quedó estupefacto ante la oferta: -Pero en un día se puede recorrer una vasta extensión de tierra- dijo.

El jefe se echó a reír: -¡Y será toda tuya! Pero con una condición: si no regresas en el mismo día al lugar donde comenzaste a caminar, perderás el dinero adelantado.

-¿Y cómo debo señalar el camino que he seguido?

-Iremos al lugar que gustes y nos quedaremos allí. Puedes comenzar desde ese sitio y emprender tu viaje llevando una azada contigo. Donde lo consideres necesario, deja una marca. En cada giro cava un pozo y apila la tierra; luego iremos con un arado de pozo en pozo. Puedes hacer el recorrido que desees, pero antes que se ponga el sol debes regresar al sitio del que partiste. Toda la tierra que cubras será tuya.

Pahom estaba alborozado ante la expectativa y decidió comenzar por la mañana. Charlaron, bebieron más kurniss, comieron más carne de oveja y bebieron más té, y así llegó la noche. Le proporcionaron un alojamiento con una cama de edredón, y los baskires se dispersaron prometiendo reunirse en la madrugada siguiente para viajar al punto convenido antes del amanecer. Pahom se acostó, pero no pudo dormir. No dejaba de pensar en su tierra. “¡Qué gran extensión marcaré! -pensó-. Puedo andar fácilmente cincuenta kilómetros por día. Los días ahora son largos, y un recorrido de cincuenta kilómetros representará gran cantidad de tierra. Venderé las más áridas, o se las arrendaré a los campesinos, y dejaré la mejor para trabajarla yo. Compraré dos yuntas de bueyes y contrataré dos peones más. Destinaré 90 hectáreas a la siembra y en el resto criaré ganado”.

[…]

Por la puerta abierta vio que ya rompía el alba. “Es hora de levantarse -se dijo-. Debemos ponernos en marcha”. Se puso en pie, despertó al criado que dormía en el carromato, le ordenó uncir los caballos y fue a llamar a los baskires. Estos se reunieron, y también acudió el jefe. El kurniss comenzó a correr de nuevo, y ofrecieron a Pahom un poco de té, pero él estaba ya muy impaciente y no quería esperar por más tiempo: “Si hemos de ir, vayamos de una vez. Ya es hora”.

Los baskires, entonces, se prepararon para la marcha, algunos a caballo, otros en carros. Pahom iba en su carromato con el criado, y llevaba una azada. Cuando llegaron a la estepa, las primeras luces del amanecer teñían de rojo el horizonte. Subieron una loma y todos se apearon de carros y caballos. Entonces el jefe se acercó a Pahom y, extendiendo el brazo hacia la planicie, le dijo:

-Todo esto, hasta donde llega la vista, es nuestro. Puedes tomar cuanto gustes.

A Pahom le brillaron los ojos, pues toda era tierra virgen, chata como la palma de la mano, negra como semilla de amapola, y en las hondonadas crecían altos pastizales. El jefe se quitó la gorra de piel de zorro, la apoyó en el suelo y explicó: -Ésta será la marca de salida. Regresa aquí y toda la tierra que hayas rodeado será tuya.

Entonces Pahom sacó el dinero y lo depositó en la gorra. Luego se quitó el abrigo, quedándose con su chaquetón sin mangas. Se aflojó el cinturón y lo sujetó con fuerza bajo el vientre, se puso un costal de pan en el pecho del jubón y, atando una botella de agua al cinturón, se subió la caña de las botas, empuñó la azada y se dispuso a partir. Tardó un instante en decidir el rumbo. Todas las direcciones eran igual de tentadoras. “No importa –se dijo por fin-. Iré hacia el sol naciente”. Se volvió entonces hacia el Este, se desperezó y aguardó a que el sol asomara sobre el horizonte. “No debo perder tiempo -pensó-, pues es más fácil caminar mientras el tiempo todavía está fresco”. Los rayos del sol no acababan de chispear sobre el horizonte cuando Pahom, azada al hombro, se internó en la estepa.

Caminaba a paso moderado. Tras avanzar mil metros se detuvo, cavó un pozo y apiló terrones de hierba para hacerlo más visible. Luego continuó. Ya había vencido el entumecimiento inicial, de modo que apuró el paso. Al cabo de un rato cavó otro pozo. Miró hacia atrás. La loma se veía claramente a la luz del sol, con la gente encima, y las llantas relucientes de las ruedas de los carromatos. Pahom calculó que había caminado ya unos cinco kilómetros. Hacía más calor; se quitó el chaquetón, se lo echó al hombro y continuó la marcha. Cuando el calor apretó aún más miró al sol. Era hora de pensar en el desayuno: “He recorrido el primer tramo, pero hay cuatro en un día, y todavía es demasiado pronto para virar. Sin embargo, me quitaré las botas para caminar con más comodidad”. Así lo hizo. Luego se las metió en el cinturón y reanudó la marcha con mayor soltura.

“Continuaré durante otros cinco kilómetros -pensó-, y luego giraré a la izquierda. Este lugar es tan promisorio que sería una pena perderlo. Cuanto más avanzo mejor parece la tierra.” Siguió derecho por un tiempo y, cuando miró en torno, la loma ya era apenas visible, las personas parecían ya hormigas, y apenas se veía un destello bajo el sol. “¡Ah! –se dijo-, ya he avanzado bastante en esta dirección y es hora de girar. Además, estoy sudando, y muy sediento”. Se detuvo, cavó un gran pozo y apiló hierba. Bebió un sorbo de agua y giró a la izquierda. Continuó la marcha. Ahora la hierba era alta y hacía mucho calor.

Pasado un largo rato, comenzó a cansarse. Miró hacia el sol y calculó que era mediodía.
“Bien -pensó-, debo descansar”. Se sentó, comió pan y bebió agua, pero no se tumbó por temor a quedarse dormido. Tras pasar un rato sentado, siguió andando. Al principio caminaba con dificultad, y sentía sueño, pero continuó pensando que unas horas de sufrimiento valían la pena a cambio de toda una vida para disfrutar los réditos.

Avanzó un largo trecho en la misma dirección y, ya iba a girar de nuevo a la izquierda, cuando vislumbró un fecundo valle. “Sería una pena excluir ese terreno -pensó-. El lino crecería bien aquí”. De modo que rodeó el valle y cavó un pozo del otro lado antes de volver a girar. Pahom miró entonces hacia la loma. El aire estaba brumoso y trémulo por el calor por lo que apenas se veía a la gente. “¡Ah! -convino-, los dos primeros lados son ya demasiado largos. Este debe ser más corto”. Y siguió así a lo largo del tercer lado, apurando el paso. Miró al sol de nuevo. Estaba ya a mitad de camino del horizonte y aún no había recorrido tres kilómetros del tercer lado del cuadrado por lo que todavía se encontraba a unos quince kilómetros de su meta. “No -pensó-, aunque mis tierras queden irregulares, debo volver en línea recta. Podría alejarme demasiado, y ya tengo gran cantidad”. Entonces cavó un pozo deprisa.

Echó luego a andar hacia la loma, pero con dificultad. Estaba agotado por el calor, tenía cortes y magulladuras en los pies descalzos, y le flaqueaban las piernas. Ansiaba descansar, pero era imposible si deseaba llegar antes del anochecer. El sol no esperaba a nadie y se hundía cada vez más en el horizonte. “Cielos –se lamentó-, si no hubiera cometido el error de querer demasiado… ¿Qué pasará si llego tarde?”. Miró hacia la loma y hacia el sol. Aún estaba lejos de su meta, y el astro descendía con rapidez.

Pahom siguió caminando con mucha dificultad, pero cada vez más rápido. Apuró el paso, pero todavía estaba lejos de la meta. Echó entonces a correr, arrojó la chaqueta, las botas, la botella y la gorra, conservando sólo la azada que utilizaba como bastón. “¡Ay de mí! He deseado mucho, y lo he echado todo a perder. Tengo que llegar antes de que se ponga el sol”.

El temor le quitaba el aliento. Siguió corriendo. La camisa y los pantalones empapados se le pegaban a la piel y tenía la boca reseca. Su pecho jadeaba como un fuelle, su corazón golpeaba como un martillo, sus piernas cedían como si no le pertenecieran. Pahom estaba abrumado por el terror de morir de agotamiento. Y, aunque temía a la muerte, ya no podía detenerse: “Después haber corrido tanto, me considerarán un tonto si me detengo ahora”. Y siguió corriendo, y al acercarse oyó que los baskires gritaban y aullaban en lo alto de la loma. Esos gritos le inflamaron aún más el corazón. Reunió sus últimas fuerzas y siguió corriendo.

El hinchado y brumoso sol casi rozaba el horizonte, rojo como la sangre. Estaba muy bajo, pero Pahom estaba ya muy cerca de alcanzar el objetivo. Podía ver a la gente de la loma agitando los brazos, animándolo a darse prisa. Veía la gorra de piel de zorro en el suelo, y el dinero, y al jefe sentado y riendo sonoramente. “Tengo tierras en abundancia -pensó-, ¿pero me dejará Dios vivir en ellas? ¡He perdido la vida, he perdido la vida!, ¡nunca llegaré a tiempo!”

Pahom miró de nuevo al sol, que ya desaparecía devorado por el horizonte. Con el resto de sus fuerzas apuró el paso, encorvando el cuerpo pues sus piernas apenas podían sostenerlo. Cuando llegó al pie de la loma, de pronto, oscureció. Miró al cielo por enésima vez. El sol se había puesto y Pahom soltó un alarido de desesperación. “Todo mi esfuerzo ha sido en vano”. Ya iba a detenerse, pero oyó que los baskires aún gritaban y recordó que, aunque para él, desde abajo, el sol parecía haberse puesto, desde lo alto de la loma todavía podían verlo. Aspiró entonces una buena bocanada de aire y corrió esforzadamente cuesta arriba. Allí aún había luz. Llegó entonces a la cima y vio la gorra. Sentado delante de ella el jefe aún reía a carcajadas. Pahom emitió un grito agónico. Se le aflojaron las piernas, cayó de bruces y tomó la gorra con las manos:

-¡Vaya, qué sujeto tan admirable! –exclamó entonces el jefe-. ¡Ha ganado muchas tierras!

El criado se le acercó corriendo y trató de levantarlo, pero vio que le salía sangre de la boca: ¡Estaba muerto! Los baskires chasquearon entonces la lengua para demostrar su piedad. Su criado empuñó la azada, cavó allí mismo una tumba para Pahom, y lo sepultó. Dos metros de la cabeza a los pies era todo lo que necesitaba en realidad.

Tolstoi
Lev Tolstoi (1828-1910).

[1] En algunas antologías de Tolstoi, este relato se presente bajo el título de El mujik y el diablo. Hay muchas traducciones de este texto de clara pretensión moralizante circulando por ahí y, pese a que no sé ni una palabra de ruso, parece obvio por la calidad del volcado al castellano que no todas son igualmente buenas. La adaptación libre que aquí ofrezco toma en cuenta tres de ellas, si bien he realizado alguna modificación gramatical y conceptual que me parecía coherente de cara a ofrecer una lectura más fluida. Por ejemplo, a fin de hacer el relato más comprensible, he preferido mantener el concepto de “hectárea” que propone un traductor para referirme a la medida de la tierra en lugar del original “desiatina” que sostiene otro, al ser una medida obsoleta de origen tártaro que equivaldría a unos 109.000 metros cuadrados. También he reducido u obviado algunas partes del relato que lo alargaban innecesariamente. Insto por ello al lector a que no interprete esta versión como fiel del original tolstoiano y le invito, por supuesto, a la lectura del propio texto de Tolstoi.

[2] El término mujik -en ruso: мужик, que significa literalmente “hombre”- se empleaba también con anterioridad a 1917 para referirse a los campesinos rusos que no poseían propiedades.

[3] Pueblo de origen túrquico que habita en Rusia. Se concentran en las faldas y llanuras adyacentes a los montes Urales en la zona sur de esa cordillera. También hay importantes minorías baskires en Kazajistán y Uzbekistán. Aunque los baskires hablaron el tártaro durante siglos, en la actualidad la mayoría habla ruso.

[4] A estas alturas, Tolstoi ya ha dado las suficientes pistas al lector como para invitarle a pensar que el primer viajero y el vendedor de ahora son, en realidad, versiones distintas del diablo tentando la ambición de Pahom.

[5] Tipo de vino “fortificado” o “generoso”. Este tipo de vinos, en su proceso de elaboración, incorporan procesos especiales destinados a aumentar su estabilidad y aumentar su graduación alcohólica, sin perder por ello su condición de derivado 100% de la uva. La técnica más común para fortificar el vino es la que se denomina “encabezado”, y consiste en añadir alcohol durante o antes del proceso de fermentación. Ello incrementa la graduación alcohólica, a la par que dota al vino de mayor textura y sabores más robustos. Por lo común, este tipo de vinos son más dulces debido a la mayor acumulación de azúcares que no consiguieron fermentarse, y también tienen mayor estabilidad: una vez abierta, una botella de vino fortificado puede durar varios meses sin perder sus propiedades al gusto, y esta es justamente la razón por la que comenzaron a elaborarse de este modo.

[6] Obviamente, y siguiendo la mecánica de todo relato moralizante, el jefe baskir es la tercera encarnación del diablo estrechando el cerco al incauto de Pahom.