Baúl va, baúl viene

Las dichosas coincidencias históricas que a menudo nos sorprenden a la par que hacen las delicias de amigos de lo insólito y teóricos de la conspiración, también se producen en el mundo del crimen, lo cual nada tiene de especial si tenemos en cuenta de que lo criminal es un hecho sociocultural más dependiente de la acción humana y que, en el fondo, todos somos iguales en lo general, aunque diferentes en lo particular. Por ello, del mismo modo que el inventor que va a registrar una patente puede encontrarse con el hecho, irónico y descorazonador, de que apenas una semana antes otro tipo ha registrado una creación prácticamente idéntica a la suya, o que el escritor pergeña un argumento para una novela para descubrir que una libro de contenido muy parecido acaba de publicarse, sucede también que quien decide cometer y ocultar un crimen de cierta manera “única” y “original” bien puede encontrarse con el hecho de que alguien ha tenido la misma idea truculenta y retorcida que él. E incluso en una versión mejorada.

Con eso se encontró un estupefacto Tony Mancini en 1934, meses después de haber llegado a la estación de Brighton junto con su pareja, una bailarina madura y bastante mayor que él que respondía al nombre de Violette Kaye.


Violette Kaye & Tony Mancini
Tony Mancini y Violette Kaye.

Una relación difícil

Mancini, pese a su seudónimo de “latin-lover”, era un mocito de veintiséis años inglés por los cuatro costados. Su verdadero nombre era Cecil Lois England, aunque también era conocido por la policía con otros aliases como Jack Notyre, Tony English o Hyman Gold –le iba lo llamativo, como se puede comprobar-. En efecto, se trataba de un delincuente de baja estofa, viejo conocido de las Autoridades londinenses a causa de un buen surtido de delitos menores. Violette, por su parte, se apellidaba Watts por nacimiento, pero también se había sumado a la tradicional costumbre anglosajona de modificar su nombre, luciendo otros aparte de Kaye, como Saunders. Contaba cuarenta y dos años y aunque se promocionaba a sí misma como bailarina profesional y cantante, sus días de mediano éxito en el circuito del “vaudeville” quedaban lejos, de suerte que la mayor parte de su renta se la proporcionaba la prostitución ocasional.

La relación entre ambos era complicada. Mancini, un chorizo del montón, entre delito y delito era camarero de profesión. Violette, cuyo empleo en el oficio más antiguo solía mantenerlos a ambos durante la mayor parte del tiempo, era una mujer que, dada su edad y ocupación, había dejado ya muy atrás sus mejores días, por lo que vivía presa de los celos más atroces. La consecuencia irremediable de aquella mezcla explosiva era una permanente disputa que, con el paso del tiempo, se había ido envenenando cada vez más. No es que Tony fuera precisamente un “chulo” en el sentido estricto del término, pues trabajaba con regularidad, pero no es menos cierto que tampoco tenía dudas a la hora de valerse de las ganancias de Violette cuando era preciso. El hecho es que se ignoran los motivos por los que en septiembre de 1933 decidieron trasladarse a Brighton, pero el asunto huele a “cambio de aires”, escape de viejos problemas y búsqueda de nuevas oportunidades.

El caso es que la pareja se instaló un apartamento ubicado en el sótano del 44 de Park Crescent, justo el lugar en el que empezaría a fraguarse la sorprendente casualidad a la que aludíamos al comienzo.

Violette Kaye #2
Violette ejerciendo su profesión de bailarina.

Compremos un baúl

Mancini, si hemos de creerle, profesaba un afecto más o menos sincero por Violette. Pero quizá no la clase de deseo amoroso apasionado que ella esperaba, lo cual alimentaba una creciente paranoia celotípica. De hecho, Tony era un gran aficionado al fútbol, deporte que solía practicar los sábados por la tarde pues jugaba en un club amateur, y ello procuraba grandes problemas a la relación por cuanto ella lo acusaba sin cesar de que aquellas salidas deportivas –que no eran más que eso como luego se comprobó- en realidad ocultaban imaginarias infidelidades.

El tema empeoró cuando él encontró trabajo como pinche de cocina en el café Skylarg, local atendido por un buen surtido de camareras jovencitas con las que Tony Mancini tonteaba de vez en cuando. Lo que ignoraba, y he aquí el desencadenante de la tragedia, es que Violette se dedicaba a espiarle durante el horario laboral. Y aquellos coqueteos del apuesto futbolista se volvieron insufribles para la madurita despechada al punto de que el severo marcaje que ella ejercía sobre él se hizo mucho más asfixiante.

Tony Mancini
Tony Mancini, con sus mejores galas, luciendo su palmito de “latin-lover” de cartón piedra. Parece que a las chicas las volvía locas.

Así llegamos al 10 de mayo de 1934. En la tarde de ese día Violette, carcomida por los celos, se presentó en el Skylarg con la excusa de tomar una taza de té y Tony, ya harto de aquella vigilancia, no pudo soportarlo más. Salió de la cocina, tuvo una discusión con la mujer y luego, una vez ella huyó llorando del local, concluyó su jornada laboral como si tal cosa. Se ignora lo que pasó después cuando ambos se reencontraron en su apartamento de Park Crescent, pero el hecho es que a la mañana siguiente Violette yacía muerta en el fondo de un armario con el cráneo fracturado… Lo cual no impidió que Tony saliera de casa tan tranquilo para acudir formalmente a su puesto de trabajo. Tuvo así un día entero para madurar qué haría a continuación. Eso sí, terminada la jornada no olvidó llevarse al baile a una de sus compañeras, quizá para aligerar tensiones.

En primer término, debía ocuparse de la hermana de Violette, quién esporádicamente solía pasar algunos días con ellos, de modo que le envió una carta informándola de que la mujer había encontrado un buen trabajo en París, por lo que pasaría una larga temporada allá. Dijo que ya se pondría en contacto una vez se acomodara. Esto le concedía el tiempo necesario para poner en marcha la segunda parte del plan: alquiló una habitación en el número 52 de Kemp Street y compró un baúl de gran tamaño en el que depositó el cuerpo de la víctima para cubrirlo a continuación con algunos de sus vestidos.

Pago al casero antes de largarse y, valiéndose de una carretilla, trasladó el baúl a su nuevo domicilio sin llamar la atención, por cuanto en aquellos días era muy común que las familias de pocos posibles se mudaran de un sitio a otro con todas sus pertenencias, lo cual convertía las calles en un trasiego permanente de maletas, baúles, carretillas y furgonetas cargadas hasta los topes. Una vez en Kemp Street depositó el baúl en la habitación, lo envolvió concienzudamente, y siguió con su vida como si nada hubiera ocurrido.

Lástima que con el paso de los días empezara a no oler demasiado bien y hubiera que mejorar progresivamente los envoltorios…

Kemp Street 47
El apartamento de Kemp Street. En primer término, el baúl donde reposaban los restos de la pobre Violette.

Depositando el otro baúl

El 6 de junio de 1934, más o menos un mes después de que Tony Mancini decidiera convivir con una Violette Kaye mucho más silenciosa y complaciente que antaño, un tipo perfectamente anónimo y bastante callado se presentó en la estación del ferrocarril de Brighton con una carretilla en la que portaba un enorme baúl nuevo, atado con una cuerda. Cruzó el vestíbulo, llegó a la consigna, depositó el equipaje, recogió su recibo, dio las gracias al empleado y desapareció para no regresar jamás.

Resulta que el verano de 1934 fue especialmente caluroso en Gran Bretaña, por lo que once días después de que el misterioso personaje se esfumara, el intenso hedor que desprendía aquel baúl motivó que el encargado de la consigna decidiera tomar cartas en el asunto. Desde luego, no podía abrirlo ni tirarlo, pero sospechaba que tal vez hubiera en su interior algún tipo de alimento descomponiéndose, por lo que decidió llamar a la policía para que le librara de aquella peste inaguantable. Los agentes, una vez personados en la consigna, optaron por abrirlo. Sorpresa.

Almacen Estacion de Brighton #2
Consigna de la estación del ferrocarril de Brighton en la década de 1930 (fuente: Getty Images).

Al retirar el papel de estraza que cubría el bulto aparatoso de su interior resultó que se trataba del torso de una mujer. Los brazos y las piernas no se encontraban allí, si bien al día siguiente las extremidades inferiores aparecieron en una maleta depositada en otra consigna, la de la estación londinense de King’s Cross. De los brazos y la cabeza de la víctima, por cierto, nunca se sabría nada. Y la primera pregunta, por lo demás lógica, de los policías fue obvia: “¿Recuerda alguien a la persona que trajo esto?”

Y ninguno de los entrevistados supo qué responder…

Scotland Yard envió a Brighton a su más prestigioso y reconocido forense, Sir Bernard Spilsbury, quien no tardó en realizar la pertinente autopsia del torso. En el informe explicó que se trataba de una mujer de aproximadamente veinticinco años, bien alimentada y cuidada, lo cual permitía deducir que probablemente procedía de un estatus social elevado. Estaba embarazada de cinco meses cuando la asesinaron, lo cual debió ocurrir en los últimos días del mes de mayo. Lo que no pudo averiguar Spilsbury pese a su incuestionable talento en el ámbito de la medicina legal fue la causa última de la muerte de aquella mujer misteriosa. Poco se sabía más allá de los detalles de la autopsia y la policía se encontró muy pronto en un callejón sin salida que, día a día, se tornaba más estrecho.

Sir Bernard Spilsbury
El afamado Sir Bernard Spilsbury, uno de los mejores médicos legales de su tiempo. Paradójicamente, terminó sus días suicidándose, quizá harto de trajinar con lo peor de la especie humana. Y es que hay profesiones que exigen de mucho estómago y buena cintura.

Se hicieron averiguaciones a partir de todos los casos denunciados de mujeres desaparecidas, que mantuvieran alguna coincidencia con el cadáver del baúl, ocurridos en Gran Bretaña por aquellas fechas, al mismo tiempo que los periódicos encontraron un sustancioso asunto con el que alimentar a la opinión pública británica, pero no se sacó nada en claro y el enredo del misterioso baúl de la estación de Brighton se convirtió en un enigma criminal que atrajo la atención de investigadores procedentes de los cinco continentes. Todo parecía inútil.

Una vieja cotilla

Retrocedamos unos días en el tiempo.

El 7 de junio de 1934 Tony Mancini está leyendo durante la hora de la comida, como es su costumbre, un ejemplar del Daily Express, cuando se encuentra una noticia que le induce a frotarse los ojos. Se ha encontrado en Brighton el cadáver de una mujer dentro de un baúl… Precipitadamente, pues no había pasado la noche en su apartamento, retorna al hogar para descubrir que el cuerpo de Violette sigue justo donde lo dejó. Volvió entonces al trabajo para seguir con sumo interés el desarrollo de los acontecimientos durante los días siguientes. Alguien había tenido su misma idea, y al mismo tiempo que él, lo cual en el fondo le llevó a suponer que la cosa no dejaba de tener cierto toque irónico y, por qué no decirlo, incluso divertido.

Daily Mirror (19 Junio 1934) - Cover
Edición del Daily Mirror del 19 de junio de 1934 en la que se informa del hallazgo de las piernas de la víctima de Brighton en la estación londinense de King’s Cross. El asunto del baúl de la estación de Brighton se hizo tan sumamente famoso que dio pie a un serial mediático de largo alcance.

El problema es que Tony no iba a tener tanta suerte como el misterioso portador del baúl de la estación, por cuanto a la hermana de Violette la historia del trabajo parisino no le cuadraba y, tras varias semanas sin tener noticias de la mujer, sabedora de que Tony no era precisamente un ciudadano modelo, decidió denunciar la desaparición. De tal modo, el 14 de julio, los detectives que andaban tras el caso misterioso de la estación del ferrocarril optaron por hacerle una visita rutinaria. Mancini, muy controlado tal vez porque imaginaba que aquello podía suceder, les largó de manera convincente la historia del viaje a París e insistió en el hecho de que Violette era una mujer madura, bastante más mayor que la encontrada en la estación, con los que los agentes simplemente se limitaron a tachar su nombre de la lista para largarse con viento fresco. Sea como fuere, intuyendo que la cosa se ponía fea y que probablemente no volvería a tener tanta suerte en un segundo asalto, Tony optó por liar el petate de inmediato para largarse a Londres con la idea de desaparecer entre la multitud. Por supuesto, su baúl quedó abandonado en Kemp Street.

Y es probable que nadie hubiera dado con él en mucho tiempo, y que incluso el cuerpo de Violette hubiera llegado a momificarse sin mayor problema, de no ser por una ancianita sin nada que hacer que deambulaba por la finca. Un detalle nada desdeñable. Estas personas desocupadas que a veces resultan tan molestas por chismosas y metomentodo ayudan a resolver muchos crímenes y delitos precisamente porque, en su perpetuo deambular voyeurista, caen en la cuenta de infinidad de detalles y circunstancias que la mayor parte de la gente metida en sus propios asuntos nunca advierte.

Resulta que la señora Howe, pues así se llamaba la vieja cotilla, estaba obsesionada por el caso del baúl de la estación al punto de que lo seguía con extrema avidez en los periódicos. Uno de ellos había ofrecido una recompensa de 500 libras –un buen dinero por aquel entonces- a quien pudiera aportar un detalle que condujera a la resolución del crimen… Así que empezó a pensar. El caso que es que la mujer se había encontrado en la escalera con Mancini en varias ocasiones y no le había parecido trigo limpio… Por no hablar del misterioso olor que le parecía percibir cada vez que pasaba por delante de su puerta y que finalmente la motivó a llamar al periódico que, a su vez, puso la información en conocimiento de la policía.

Siguiendo el procedimiento de rutina, un agente se desplazó al lugar indicado por la denunciante, hizo que el casero le franqueara la entrada, encontró el baúl, y lo abrió. Lo primero que pudo ver con grave horror fue la cabeza en descomposición de Violette. Dejó caer la tapa, sumó dos y dos, y llamó a la comisaria para informar atropelladamente de que había encontrado por fin la buscada cabeza de la víctima del baúl de la estación. Y allá fue de inmediato Spilsbury con otros agentes. El forense abrió de nuevo el arcón, comenzó a retirar los vestidos, y por fin informó de algo extraordinariamente sorprendente que dejó a todos los presentes estupefactos: había una segunda víctima abandonada en un baúl… Y dos asesinos que no tenían aparentemente nada que ver entre sí, pero que habían tenido exactamente la misma idea, y al mismo tiempo. Qué cosas.

Violette Kaye
El cuerpo de Violette Kaye tal cual fue descubierto por la policía.

Guilty as hell

Los agentes de Scotland Yard no tardaron en dar con Tony Mancini, lógicamente en busca y captura, deambulando por una carretera cercana a Londres. Sucio, sin dinero, agotado y hambriento. Caminaba sin rumbo fijo ni saber dónde se encontraba pensando, tal vez, en desaparecer en la campiña. De hecho, cuando el coche de policía se acercó a él pareció sentirse aliviado, pues no dudó en informar a sus ocupantes –incluso antes de que estos le dirigiesen la palabra- de que él era el hombre al que estaban buscando por lo de Brighton. De perdidos, al río. Al menos dormiría en un lugar cubierto y con el estómago lleno.

De hecho es muy probable que Mancini hubiera pasado el resto de sus días en la cárcel de no ser por Lord Norman Birkett, a quien se reconocía como el abogado más prestigioso –se dice que uno de los mejores de la historia- de Gran Bretaña. Un hecho que, como se comprobará, refrenda un detalle importante que poca gente suele tener en cuenta cuando se presenta ante un tribunal: es cierto que todos somos iguales ante la ley pero, lamentablemente, no todos tenemos la posibilidad de conseguir al mejor abogado posible.

NPG x86371; William Norman Birkett, 1st Baron Birkett by Elliott & Fry
Lord Norman Birkett, uno de los mejores abogados de la historia de Gran Bretaña. Su participación en esta historia nos recuerda algo de manual: si tienes que ir a juicio, no seas rácano y asegúrate de que defiende tu posición un buen elemento.

Resulta que el prestigiosísimo Birkett se enteró de que los modestos padres de Mancini habían reunido sus escasos ahorros para conseguir un abogado para la defensa de su hijo. Cuando se les preguntó rutinariamente quién sería ese letrado dieron al funcionario –imaginamos que se lo tomaría con extraordinario humor- el nombre del único al que conocían a causa de su popularidad, Lord Birkett. El gesto enterneció el corazón del letrado que, sabedor de que el poder adquisitivo de aquella gente estaba a años luz de su tarifa habitual, decidió defender a Tony pro bono. Total, nada había que perder. El caso era lo suficientemente sustancioso, célebre y difícil como para incrementar su currículum y fama sin mayor esfuerzo en el caso de salir victorioso. Y si perdía, que sería lo lógico, aumentaría su fama de hombre de buen corazón y amplia generosidad. En cualquier caso salía ganando, lo cual era pago más que suficiente. Además, y no es un hecho desdeñable, la causa contaba con ese punto de reto complejo que apasiona a todo buen profesional.

Como es sabido –y ya lo hemos relatado en este blog en alguna ocasión– el sistema judicial británico establece un sistema de garantías tal que un acusado solo puede ser condenado por un delito si se demuestra que es culpable “más allá de cualquier duda razonable”, y eso era suficiente para el muy habilidoso Birkett. Ciertamente las pruebas y testimonios hacían pensar a todo el mundo que Tony Mancini era, como suele decirse, guilty as hell –culpable como el infierno-, y que no lograría salir bien parado en modo alguno. Por ello, la estrategia del célebre letrado no fue la de rebatir las pruebas en busca de la inocencia de su defendido, cosa por lo demás tan insensata como imposible, sino, por el contrario, la de conseguir sembrar entre los componentes del jurado la suficiente cantidad de “duda razonable” como para exonerarlo de la previsible condena.

Así pues, a partir del testimonio inicial de Mancini, quien dijo haberse encontrado a Violette ya muerta cuando retornó a casa de suerte que fue el miedo a que la policía no le creyera lo que le indujo a ocultar el cadáver, Birkett logró establecer que la mujer bebía mucho y con regularidad. Luego llevó al curtido Spilsbury a reconocer que la fractura de cráneo podría haber sucedido a causa del golpe que pudo darse durante la borrachera con la que ella había tratado de mitigar el disgusto a causa de la discusión –pues varios testigos aseguraron verla consumiendo alcohol copiosamente aquella noche-, y finalmente logró desacreditar todos los testimonios presentados por la acusación, dirigida por un desbordado James Cassell. De este modo, en un alegato final complejo y brillante, pudo concluir que Tony Mancini había sido inculpado del asesinato de Violette Kaye mediante pruebas de convicción, pero no a través de evidencias incontestables… Consecuentemente, tras una deliberación de tan solo dos horas, el jurado consideró que Tony era “no culpable” –ojo, que no “inocente”- del crimen del que se le acusaba y resultó absuelto en medio de la sorpresa generalizada ante el inesperado desenlace. Se dice –lo cual ha quedado inscrito con letras de oro en la historia del anecdotario judicial británico- que una vez escuchado el veredicto Birkett se giró hacia su defendido y le dijo: “y en el futuro, Mancini, no lo vuelva a hacer”.

¿Y el otro baúl? Pues tristemente nunca se supo. El dossier del caso, bautizado como The Brighton Trunk Murder Numer One, es el más voluminoso que se conserva en Scotland Yard y la colosal investigación que conllevó fue la más cara emprendida por la policía británica hasta entonces, aunque sin resultado alguno. El tema ha sido objeto de múltiples especulaciones a lo largo de la historia y ha concitado la curiosidad de infinidad de criminólogos que se lo han tomado como un reto personal, pero nadie ha sido capaz de resolver lo que a día de hoy no es más que mero pasatiempo, pues las preguntas centrales del caso jamás han podido ser respondidas. Empezando por la más obvia: ¿Quién era aquella mujer?

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El indignado ciudadano Géricault

Fragata Medusa #2
La fragata Meduse, en un grabado de la época.

En junio de 1816 la fragata francesa Meduse, que no solo estaba recién botada, sino que también se consideraba como uno de los navíos más rápidos y eficientes de la flota francesa, partió del puerto de Rochefort (Charente Maritimo) con destino a Senegal formando parte de un convoy de cuatro embarcaciones. La capitaneaba el vizconde Hugues Du Roy de Chaumereys, marino de clara trayectoria monárquica, desafecto a la causa napoleónica y con escasa experiencia naval, pues había navegado muy poco a lo largo de 20 años. Pero contaba con grandes apoyos políticos ganados a golpe de bailes, veladas en lujosos salones aristocráticos y trajines de despacho que le habían propiciado finalmente el cargo. Dada, por tanto, la no reconocida pero palmaria falta de experiencia marítima del capitán, la responsabilidad de la navegación recaía sobre el navegante: un tal Richefort que, según narran las crónicas, no hacía mucho tiempo que había salido de una prisión londinense.

La misión era importante: retomar el control de la colonia de Senegal, que le había sido devuelta a Francia tras la Paz de París de 1815, resultado de la derrota de Napoleón en Waterloo. Precisamente por ello, los dos pasajeros preeminentes de la Meduse eran el designado como nuevo gobernador del territorio, Julien Désiré Schmaltz y su esposa Reine. Pero había más aparte de la marinería: un batallón entero de infantería destinado al protocolo y todo el personal administrativo de la que sería nueva delegación del gobierno francés en Senegal.

Arsenal Rochefort 1690
El arsenal del puerto de Rochefort en un grabado de 1690.

Tras recalar en Tenerife para aprovisionarse, apremiado por Schmaltz, y en su obsesión por dar cumplimiento a la misión cuanto antes para satisfacer a sus benefactores, el capitán soltó todo el trapo y se adelantó al resto del convoy, pero a causa de la velocidad –a la que deben sumarse los malos consejos de su navegante y el hecho de desoír sistemáticamente las advertencias de sus oficiales- cometió un error de navegación que le desvió de su curso unos 100 kilómetros. Realizó entonces, ya cercano a las costas africanas, la pertinente corrección de rumbo, pero fue peor el remedio que la enfermedad pues Chaumereys se adentró conscientemente en la Bahía de Arguín (Mauritania) donde, a causa de su palmaria inexperiencia e ignorando el hecho de que la profundidad disminuía de suerte dramática en torno a la nave, siguió desplegando todo el velamen con lo que la Meduse encalló finalmente en un banco de arena. De nada sirvieron las advertencias al respecto del alférez Maudet, quien sumido en la desesperación había avisado del riesgo a Chaumereys en reiteradas ocasiones.

Se pensó que con la ayuda de la marea, y aligerando el barco, sería posible desencallar y los tripulantes trataron de liberarlo durante casi tres días. No obstante, el 5 de julio, se dieron por vencidos. Al parecer, cuando la nave lograba flotar de nuevo, el Poniente constante de la costa africana metía de nuevo a la Meduse en el banco de arena certificando así el hecho de que no habría forma de salir de la trampa. En aquel momento, y tras una fugaz chispa de esperanza, ya había cundido el pánico a bordo sin que el capitán, en una enésima muestra de falta de experiencia, fuera capaz de elevar la moral y controlar los ánimos exaltados. No era para menos. La nave comenzaba a inclinarse peligrosamente pese a que se recogió todo el velamen y el agua empezaba a inundar parte de la cubierta. De hecho, la fuerza del oleaje hizo que se perdiera el timón.

Dado que se encontraban a tan solo 60 kilómetros de la costa Mauritana Chaumareys, presionado por el gobernador Schmaltz, decidió tomar la medida extrema de abandonar el barco para dirigirse a la costa mediante los botes. El problema es que en ellos solo había espacio para 250 personas. Y Chaumareys, reunido en secreto con el gobernador Schmaltz y la oficialidad de la fragata, decidió unilateralmente quiénes serán los privilegiados que ocuparían un lugar en los botes, la mayor parte de los cuales, por supuesto, serían sus amigos, conocidos y benefactores. Así, en silencio y entre las protestas airadas y los insultos de los que tendrían que buscarse la vida, el capitán y los elegidos ocuparon sus puestos en los botes salvavidas. Por supuesto, en un gesto que refrenda su extrema cobardía, Chaumereys no solo no reconocería jamás estos sucesos, sino que además culpó a la propia tripulación del barco del desastre, llegando a insinuar incluso una vergonzosa acusación de piratería. Cabe reseñar que ni tan siquiera los botes eran del todo seguros pues, chapuza sobre chapuza, varios de ellos estaban aún sin calafatear dada la reciente fabricación de la fragata.

Fragata Medusa #1
El abandono de la Meduse en un grabado extraído de la obra clásica de Farrere (1954).

La solución que se ideó para vencer la desgraciada contingencia de los abandonados fue una completa chapuza irreflexiva, pues a fin de transportar a las 146 personas restantes –la mayoría soldados capitaneados por un tal Dupont, aunque también había una mujer entre ellas-, se construyó aprisa y corriendo, reuniendo tablones de aquí, mástiles de allá, y traviesas de acullá, una balsa precaria de 20 metros de largo por 7 de ancho que se hundió parcialmente al recibir la carga. De hecho, los más cautos, apenas un puñado de marineros, optaron en ese mismo instante por no embarcar en la balsa y permanecer en el barco encallado esperando un futurible rescate que nadie sabía cuándo se produciría si es que llegaba a producirse, pero cuya perspectiva se antojaba preferible a enfrentarse a la mar picada hacinado en aquel simulacro de embarcación.

Encallamiento Medusa
Lugar en el que encalló la Meduse.

La idea original del capitán Chaumareys era que la frágil balsa sería en principio remolcada por los botes para cubrir una travesía que no sería demasiado larga… Pero la cosa no sería tan fácil. A los pocos kilómetros de navegación quedó claro que la balsa era ingobernable desde los botes a causa de la mar embravecida y se tomó la terrible decisión: se soltaron las amarras sin mayor explicación y tanto la dudosa almadía como sus tripulantes quedaron abandonados a su suerte. Como vemos, las víctimas de la cobarde incompetencia de Chaumereys son, además, traicionadas. Y advirtieron bien pronto que las posibilidades de supervivencia serían muy escasas, por lo que el ambiente entre los náufragos se degradó muy rápidamente.

Dibujo de la Balsa
Dibujo de la balsa realizado en la época de los acontecimientos.
Reproducción Balsa Museo Marina Rochefort
Reproducción de la balsa tal y como puede verse en el Museo Naval de Rochefort.

La gran acumulación de personas sobre la balsa había motivado que apenas hubiera provisiones de comida -un paquete de galletas que se consumió el primer día- o bebida. Solo se disponía de dos contenedores de agua que se perdieron durante las primeras disputas y cinco barriles de vino que no podrían ni remotamente abastecer de líquidos a tanta gente. Era lógica tal imprevisión. Sobre el papel –y ya se sabe que el papel lo aguanta todo- se había calculado una travesía corta que sería cubierta con la ayuda de los botes en un par de jornadas a lo sumo, y nadie había pensado en la eventualidad de una navegación más larga o en, simplemente, la posibilidad de ser abandonados en el Océano Atlántico.

Lo cierto es que el hacinamiento y las disputas hicieron el resto, de modo solo durante la primera noche al menos veinte personas se suicidaron o fueron asesinadas. La lucha por sobrevivir había sido terrible pues el oleaje era espantoso y todos tenían claro que la única forma de superar el desastre era mantenerse en el centro de la balsa, de modo que la pugna permanente por conseguir las mejores posiciones había hecho el resto. Los más débiles o quienes simplemente desfallecían, eran lanzados por la borda sin miramiento alguno a fin de preservar el preciado vino. Con el paso de los días, finalmente, se degeneró en el canibalismo, cosa bastante habitual entre los náufragos de aquellos días en los que las posibilidades de ser encontrado en alta mar eran bastante escasas, lo cual motivaba largas –y a menudo infructuosas- derivas y tremendas necesidades supervivenciales.

El hecho es que trece días de infierno después, el 17 de julio de 1816, la balsa fue avistada por el bergantín Argus, nave que formaba parte del convoy original que partió de Rochefort, y finalmente rescatada. El hallazgo fue casual, pues nadie había dado orden de buscar a los abandonados de la Medusa. Antes al contrario, el Argus, cuyo capitán nada sabía de las vergonzantes decisiones de Chaumereys, se topó con la balsa cuando retornaba hacia el lugar del naufragio en busca de los 90.000 francos en oro y los cañones que la fragata encallada transportaba en sus bodegas. Estaba claro que el infausto capitán Chaumereys –y probablemente Schmaltz aunque no se probó- había decidido echar tierra al asunto en la esperanza de que nadie encontrara con vida a los desgraciados de la balsa. Pero quiso el azar que se los encontrara. Y qué visión: la balsa estaba repleta de muertos o moribundos enloquecidos y ebrios –recuérdese que lo único que se podía beber era vino- que se habían comido hasta los sombreros, los uniformes y los correajes de cuero. Incontables restos de carne humana se secaban por doquier para ser luego consumidos. Tras la desesperación, el hambre, la sed, las peleas y los suicidios, solo había 15 supervivientes –que se habían bebido incluso su orina- de entre los 146 tripulantes del comienzo. Pese a los cuidados que se procuraron a bordo del Argus a los así rescatados, cinco más de ellos morirían a poco de desembarcar en el que se pretendía en un principio como destino final de aquella trágica travesía: Saint-Louis (Senegal).

Lo más irónico del desastre es que los pocos tripulantes que optaron en su momento por permanecer en la zozobrante Meduse azotada por el oleaje serían encontrados con vida, y en buen estado de salud, cuando se localizó finalmente la fragata nada menos que 54 días después del encallamiento. Sorprendentemente, e insistimos en ello, de Chaumereys no fue en busca del barco para rescatar la nave o tratar de salvar al resto de sus tripulantes, sino por orden del gobernador Schmaltz a fin de recuperar el oro que había depositado en sus bodegas, y que necesitaba con urgencia para financiar los gastos de su delegación.

Le Naufrage de la Meduse


La vergüenza

Cuando el evento llegó a la opinión pública francesa, se convirtió en una vergüenza nacional. Y llegó porque a menudo la verdad es tan terrible que no puede ocultarse, pues el gobierno francés –cobardía sobre cobardía- hizo todo lo posible por echar tierra sobre el desastre de la Meduse lo cual, cuando se supo, aún indignó más al pueblo. El cirujano militar Henry Savigny y el cartógrafo Alexandre Correárd, dos de los supervivientes de la tragedia de la balsa, fueron los autores del primer reportaje sobre el tema que vio la luz y puso en conocimiento de toda Francia los graves hechos. No podían callarse. Y no podían hacerlo porque el gobierno de la Restauración Borbónica –reinaba entonces Luis XVIII-, en su mezquindad y con la finalidad de ahorrarse las pertinentes indemnizaciones, quiso silenciar a todos los denunciantes expulsándolos del servicio, multándolos o bien encarcelándolos para que no pudieran realizar declaraciones públicas sobre la cuestión. Se había decretado que la tragedia de la Meduse debía quedar sepultada bajo las olas africanas ya fuera por lo civil, o por lo criminal.

Correard y Savigny Libro
Segunda edición del relato del naufragio de la Meduse compuesto por Savigny y Corréard.

Finalmente, el escándalo resultó imparable y hubo de buscarse el pertinente cabeza de turco. El capitán Chaumereys, encausado por el testimonio decidido de los pocos supervivientes, sería acusado del abandono del barco, de haberse desentendido de la balsa, así como de incompetencia. Tras un consejo de guerra se le condenó a la degradación, así como a la irrisoria pena de tres años de prisión que al menos cumplió íntegramente. Terminaría falleciendo años después en el más completo ostracismo, pues nunca fue rehabilitado pese a que lo exigió con denuedo, en su residencia del Château de Lachenaud.

También el gobernador Schmaltz –coronel en la excedencia y con una larga carrera militar para más señas- fue acusado por instigador del desastre y por no haber hecho lo que le correspondía como persona de su posición política, pero en su caso los efectos de la denuncia fueron mucho más livianos por cuanto se le consideró también víctima de las malas decisiones de Chaumereys. Continuó como gobernador de Senegal hasta 1820 para fallecer posteriormente, en 1827, ocupando el cargo de Cónsul General de Francia en Turquía.

La indignación de Géricault

Theodore Gericault
Th. Géricault (1791-1824), en un grabado de Alexandre Colin (1818).

Théodore Géricault, por aquellos días, era un joven y ambicioso pintor que quedó profundamente impresionado –e indignado, como muchos de sus compatriotas- por la peripecia de la Medusa. Así, en tanto que empezaba a obtener cierto reconocimiento público y dado que buscaba un tema llamativo y polémico con el que impulsar su carrera, decidió tratar el épico naufragio en un cuadro de gran formato (716 cm x 491 cm o 35,15 m2) que nadie le había encargado.

La tarea de investigación le llevó casi un año. Estudió a fondo la historia, se entrevistó personalmente y en varias ocasiones con Savigny y Correárd, construyó una reproducción de la balsa, visitó hospitales y depósitos de cadáveres para estudiar de primera mano la textura y color de los agonizantes y de los muertos, elaboró cientos de bocetos preparatorios, estudio todos los grabados existentes que describían la nave hundida… En alguno de sus bocetos pueden observarse escenas de canibalismo que, finalmente, Géricault decidió no incluir en la composición final de su obra en la medida que excedían con mucho los estándares de “buen gusto” asimilables por el público de la época.

Balsa Medusa - Boceto
Uno de los muchos bocetos de Géricault dibujo durante la fase preparatoria de la obra.

Tras diez meses de preparación y alquilar un estudio especial en el que poder desplegar un bastidor de las enormes dimensiones requeridas, Géricault concluyó la obra trabajando en intensas jornadas de diez horas que se prolongaron durante ocho meses. Según cuentan los pocos elegidos que tuvieron el privilegio de entrar en aquel estudio durante aquellos días, el pintor llegó a obsesionarse a tal punto con su creación que incluso se olvidaba de comer. Así lo testimonian su discípulo, Luis Alexis Jamar, su amigo y confidente Dedreux-Dory, el pintor Robert-Fleury, y un muchacho que por aquellos días se iniciaba en la profesión artística y para quien el trabajo de Géricault resultaría enormemente inspirador y modélico: Eugene Delacroix.

La Balsa de la Medusa
La balsa de la Medusa

El cuadro es asimétrico y desordenado de manera intencionada, cosa poco común en las composiciones pictóricas de comienzos del siglo XIX, pues buscaba confrontar con el espectador, hacerle sentirse incómodo y obligarle a tomar partido. No obstante, se estructura en la forma de dos pirámides que se sostienen sobre la base inestable del mar. Dado que la pintura “se lee” en Occidente de izquierda a derecha, Géricault decidió contar la historia de este modo: desde la muerte y la desesperación de los que “se rinden” a la esperanza y la lucha por sobrevivir de quienes avistan el barco rescatador. Éste último se sugiere como un punto en el horizonte entretanto la vela de la balsa es empujada por el viento en la dirección contraria, lejos de la salvación y hacia la muerte, hecho que realza el extraordinario patetismo de un cuadro en el que Géricault insertó, a título de homenaje, sendos retratos de Savigny (quien aparece en el centro del cuadro, apoyado sobre el frágil mástil de la balsa) y Corréard (que toma del brazo a Savigny para informarle del avistamiento del Argus). También el de otro superviviente llamado Lavalette. Lo cierto es que todos los personajes del cuadro son retratos de personas que acompañaron a Géricault a lo largo del proceso de composición de la obra: Delacroix se nos presenta como el hombre desesperado que sostiene el cuerpo del cadáver en el primer plano[1]. También contribuyeron con sus posados otros amigos cercanos como el oficial Dastier, Cadamar (una modelo profesional), Martigny, o Theodore Lebrun.

Pero La balsa de la Medusa es más que una obra de protesta, una excelente creación artística o un cuadro polémico. Se trata de una profunda investigación sobre la naturaleza humana en la que su autor, de suerte magistral, logra penetrar en la psicología interna de los personajes y en el modo que las personas, en tanto que diferentes, afrontan de la adversidad de muy dispares maneras. Probablemente en ese reconocimiento que el espectador hace de sí mismo, en el modo como nos proyectamos en las diferentes expresiones psíquicas de los protagonistas de la obra, resida precisamente el magnetismo que ejerce sobre todo aquel que la contempla por primera vez.

La Balsa de la Medusa Analisis

Lo cierto es que cuando el cuadro fue presentado al público, recibió un trato desigual y a todas luces injusto. Era demasiado avanzado para su tiempo. Para empezar, la idea romántica del arte como denuncia que hoy nos es tan próxima, en aquellos días no solo era extraña, sino también improcedente, por cuanto se consideraba al arte como mera expresión de la belleza que poco o nada tenía que decir sobre cuestiones políticas o sociales. En segundo lugar, su descarnada emocionalidad y su avanzadísima falta de respeto por las convenciones artísticas del neoclasicismo –como los principios de la perspectiva, o la composición escénica- motivaba que muchos espectadores lo consideraran “desagradable”, de “mal gusto” e incluso técnicamente estrambótico. Luego, ocurría que Géricault convertía en figuras de primer orden a personas anónimas, desconocidas, de la masa, lo cual terminaba por resultar extravagante e improcedente para la alta sociedad francesa de la época, precisamente la interesada por las expresiones artísticas, por mucha liberté, egalité y fraternité que se pretendiera vender en los discursos políticos… Como contrapartida, buena parte de la prensa sí supo entender las pretensiones últimas del pintor o simplemente quiso aprovechar la ocasión para remover conciencias y, pretextando la exposición pública del cuadro en 1819, desempolvó la tragedia la Meduse para alimentar la caldera de la protesta ante los desmanes del poder y el mal gobierno.

Delacroix - Medusa
Eugene Delacroix, entonces con 21 años, retratado por Géricault como uno de los personajes principales de su escena.

Se dice que Géricault vivió con grave indignación la incomprensión que suscitó su obra maestra, a tal punto que incluso valoró la idea de abandonar la pintura. Difícil es saberlo con certeza pues, lamentablemente, murió poco después, con tan solo 32 años. No obstante, tras su muerte el cuadro fue inmediatamente adquirido por el Museo del Louvre, cuyos conservadores supieron elevarse sobre la mediocridad para entender que estaban realmente ante algo tan nuevo como simplemente magnífico. En la actualidad, La balsa de la Medusa es reconocida como una de las obras fundadoras del romanticismo pictórico, a tal punto que su influencia puede observarse con claridad en artistas de la talla del ya mencionado Delacroix, Courbet  e incluso Turner.

Balsa de la Medusa - Pogues
El cuadro de Géricault ha alcanzado el rango de icono de la cultura popular, siendo objeto de infinidad de adaptaciones y readaptaciones para múltiples fines y formatos. En este caso, inspiró la portada del disco Rum, Sodomy and the Lash (1985), del grupo irlandés The Pogues.

Otras fuentes:

Berger, K. (1955). Géricault and His Work. Lawrence: University of Kansas Press.

Dossier de National Geographic España sobre el naufragio de la Medusa.

Farrére, C. (1954). Histoire de la Marine Française. Paris, France: Flammarion.

Noriega, J. (2014). “La maldición de la Medusa. El naufragio más terrible de Francia [Espejo de navegantes. Blog de arqueología naval http://abcblogs.abc.es/espejo-de-navegantes/2014/04/26/la-maldicion-de-la-medusa-el-naufragio-mas-terrible-de-la-francia/].


[1] En correspondencia, Delacroix incluiría muchos años después un retrato de Géricault entre los personajes que pueblan su Barca de Dante (1854).

El hombre “demasiado” normal

Francisco Quintana, ABC
Francisco Quintana Calvo (Fuente: diario ABC).

Corría el 15 de septiembre de 2005. Jueves por abundar en los detalles.

Francisco Quintana Calvo, de 38 años, domiciliado en la localidad madrileña de Tres Cantos, echó mano de su bicicleta nueva y salió, sobre las 18:00 horas, a dar una vuelta por el paraje de Soto de Viñuelas para hacer algo de ejercicio. Se estaba iniciando en la práctica de este deporte pues al ser informático de profesión -empleado de la empresa Oracle, con sede en la localidad madrileña de Las Rozas- debió suponer que era una forma tan buena como otra cualquiera de desentumecerse tras pasar mucho tiempo sentado frente a una pantalla, a la par que para sobreponerse a una dolencia cardíaca leve. De hecho, la dichosa bicicleta era un regalo reciente de su esposa y, al parecer, era la cuarta o quinta vez que hacía aquella ruta en la que no solía emplear más de un par de horas.

Se trataba de hombre sumariamente normal, casado con una psicóloga, Miriam, – mujer muy religiosa de credo evangélico- padre de una niña de seis años a la que adoraba y con otro crío de camino al que se esperaba con sumo agrado. Vecino querido y respetado de vida muy familiar y ordenada, y del que pocas cosas raras podían colegirse. Serio, algo introvertido a decir de quienes le conocían, correcto en el trato, excelente trabajador según sus compañeros y superiores, sin costumbres altisonantes… No había ángulos oscuros ni recovecos turbios en la vida de Francisco. No tenía enemigos o cuentas pendientes con nadie. En definitiva, e insistimos en ello, un tipo extremadamente normal, incluso perfecto, que sin embargo nunca retornaría al hogar al ser víctima de una truculenta e inexplicable agresión durante aquel paseo que sería el último.

Una muerte terrible

Como decimos, Paco –así le llamaban habitualmente sus conocidos- no volvió cuando se le esperaba ni dio aviso alguno de que se retrasaría, y la cosa era muy rara porque siempre llevaba consigo su teléfono móvil y jamás faltaba sin dar razón.

Tras denunciarse la pertinente desaparición y puesta en marcha la pertinente búsqueda, el cuerpo sin vida de Francisco fue hallado un par de días después por la Guardia Civil en el paraje de Rascambres, cerca de El Molar, a unos veinte kilómetros de su domicilio. Lo encontró una mujer que paseaba por allá. Estaba completamente desnudo y tenía golpes en la cadera y el abdomen, lo cual hizo que se pensara inmediatamente en un atropello que indujo a quienes lo abandonaron a tratar de ocultar cualquier prueba incriminatoria. Y se emplearon a fondo, pues se pensó que el acto había sido perpetrado por al menos dos personas. El problema residía en que no había otras de las heridas que habitualmente aparecen en esta clase de atropellos (fracturas, marcas severas de arrastre) y la bicicleta nunca apareció, con lo que la hipótesis nunca llegaría a corroborarse más allá de las especulaciones fundadas. Tenía, por lo demás, algunos pequeños hematomas en la espalda cuyo origen se ignora, pero que bien pudieron producirse durante el traslado del cuerpo.

Los detalles de la autopsia eran claros: El cuerpo de Francisco, golpeado con algún objeto contundente –o bien atropellado- pero aún con vida, fue meticulosamente desnudado, desposeído de cualquier objeto que permitiera una rápida identificación –como documentación o teléfono móvil- y rociado unos con dos litros de gasolina, empezando por la cabeza y terminando por la cintura. Tenía hollín en las fosas nasales, lo cual indica que aún respiraba cuando lo quemaron. El fuego también afectó a los genitales, pero ello no se debió tanto a alguna clase de interés sádico, como al hecho de que una parte de la gasolina se deslizó hacia las ingles de la víctima. Las manos tampoco escaparon al detallado tratamiento “especial” de los agresores, lo cual motivó que la identificación del cuerpo se retrasara, pues al quedar el rostro irreconocible, los forenses hubieron de reconstruir la huella dactilar de uno de los dedos índices con gran dificultad, aunque logrando la suficiente cantidad de puntos de identificación como para poder cotejarla con garantías. Una posterior reconstrucción dental y la prueba de ADN hicieron el resto. No obstante, es probable que la conciencia forense de los agresores les permitiera poner la suficiente tierra de por medio como para poder desvincularse de sus actos con éxito.

Sea como fuere, es un hecho que Francisco Quintana ni se movió durante todo el proceso, pues no había heridas de defensa o signos de forcejeo, y además la marca negruzca que quedó en el suelo allá donde se le quemó tenía los contornos perfectamente definidos. Tanto pudo perder el conocimiento durante el proceso, como encontrarse totalmente incapacitado para moverse por sus lesiones, pero este extremo nunca quedó aclarado.

Solo había una pista solida: las rodadas de un vehículo encontradas junto al cuerpo que permitieron realizar un reconocimiento de los neumáticos, así como de una lista de posibles coches que montaran esa clase de ruedas. Probablemente, algún género de furgoneta. Por lo demás, una concienzuda búsqueda por las gasolineras cercanas permitió establecer la idea de que los agresores de Francisco extrajeron la gasolina del depósito del propio vehículo, o bien ya la portaban consigo cuando lo agredieron, pues nadie en las inmediaciones recordó haber servido gasolina a persona alguna que portara una garrafa o continente similar. También se rastrearon talleres y túneles de lavado en busca de vehículos con golpes o manchas sospechosas. Cero.

Hipótesis de trabajo

No se descartó de entrada idea alguna, pero la meticulosidad de los agresores de Francisco Quintana, su clara sangre fría y su contundencia a la hora de tratar el cuerpo, llevaron inmediatamente a la Guardia Civil a pensar en una acción profesional, bastante alejada de un acto de delincuencia común y próxima al tópico ajuste de cuentas. Ningún delincuente del montón se toma tantas molestias por una bicicleta o un teléfono. Especialmente en un paraje bastante transitado por ciclistas aficionados en el que ya se habían producido algunos robos nunca denunciados, como luego se supo. Y ello complicaba las cosas porque ampliaba el abanico de posibles motivaciones e incrementaba el tamaño del círculo de las pesquisas exponencialmente:

  1. Robo (improbable).
  2. Accidente (hora y lugar equivocado).
  3. Atropello voluntario (¿por qué?).
  4. Venganza (¿de qué?).
  5. Crimen por encargo (¿con móvil económico, pasional, profesional?).

Nadie estaba libre por tanto de sospechas. Pero la vida normal –demasiado normal- de Paco Quintana se convirtió en un tremendo obstáculo que cerraba caminos a los agentes con excesiva facilidad, y se comía las posibles pistas a una velocidad vertiginosa. Parece que allá donde todo el mundo podría tener un secreto, donde podría albergarse una mentira o el conato de una conspiración, solo había en el caso de este anodino informático metido a ciclista una misteriosa claridad que nada aportaba y desmenuzaba fácilmente toda posible indagación.

Se investigaron sus últimas llamadas. Su círculo de amigos y compañeros de trabajo, con los que tampoco solía compadrear demasiado, al punto de que incluso se escapaba a la hora de la comida para ir a su casa. Se accedió a los archivos de sus ordenadores, e incluso se indagó sin resultado en algún club nocturno con el que se pensó que pudiera tener alguna remota vinculación (las Autoridades nunca explicaron, por cierto, porqué se abrió esta peculiar línea de trabajo tan aparentemente ajena a las costumbres del fallecido). Nada. Francisco era un hombre tan perfecto, ordenado e intachable… Solo el hecho de que no se encontrara muy en forma a causa de la ya indicada dolencia cardiaca en la válvula mitral que limitaba sus posibilidades atléticas, siendo además fumador compulsivo, dejaba algo meridianamente claro: era muy probable que el asalto, accidente o lo que fuera sucediera muy cerca de su casa y que su hallazgo en el distante paraje en el que apareció fuera resultado del traslado del que fuera objeto por parte de los criminales.

Y ello introducía el caso en derroteros extremadamente misteriosos y hacía pensar en otras ominosas ideas: ¿Estaban sus agresores tras su pista? ¿Querían secuestrarlo? ¿Buscaban alguna clase de información confidencial? ¿Era víctima de extorsión? ¿Algún chantaje? Ciertamente, el secuestro se presentaba como improbable en la medida que la autopsia determinó que había muerto en el mismo día de su desaparición, pero las otras cuestiones no se diluían con tanta facilidad si se prestaba atención a las ocupaciones profesionales de Francisco Quintana Calvo que, bien mirado, podrían terminar por explicar muchas cosas.

¿Información clasificada?

Oracle Ibérica, Las Rozas, Madrid
Sede de Oracle Ibérica en la localidad madrileña de Las Rozas.

La empresa Oracle, entre otras cuestiones, está especializada en la gestión y optimización de datos para gobiernos y empresas de todo el mundo, y mantenía por aquellos días –aún mantiene- contratos con el Gobierno de España y otras empresas muy importantes para controlar datos de infinidad de organismos públicos y privados, y a todos los niveles: desde simples bases de datos comunes y poco comprometidas a información reservada. Ello hizo que la Guardia Civil se decidiera a indagar en esta conexión que se presentaba jugosa.

Ciertamente, y como corresponde al caso, la multinacional se apresuró a hacer público que Francisco no trabajaba en aquel momento con información confidencial o reservada, pues se encontraba en la plantilla externa de la empresa y estaba ocupado en un proyecto para la Compañía Telefónica, pero ello no implicaba en modo alguno que no lo hiciera con anterioridad, que sus agresores lo supieran, que se hubiera enterado de algo indebido accidentalmente, o bien que estuvieran presionándolo para que les realizara alguna clase de servicio ilegal. De hecho, es conocido que Francisco Quintana había disfrutado de unos meses de baja laboral –se dice que por depresión, pero la familia no quiso abundar en detalles- y que, tras anunciarse su desaparición, hubo cierto tumulto en las altas esferas del Ministerio del Interior, desde las que se dieron órdenes expresas de priorizar su búsqueda e indagar en el caso a fondo, lo cual levantó no poca polvareda en algunos medios de comunicación.

No obstante, la meticulosa “normalidad” del asesinado volvió a imponerse. La revisión de sus últimos movimientos laborales, su oficina, ordenadores y archivos arrojó escasa luz, y los investigadores encargados del caso volvieron a encontrarse con la nada. Puede que la falta de información en esta dirección fuera justamente lo que parece, o bien que el propio Francisco o algún otro posible implicado en el misterio supieran borrar cualquier rastro con suma eficacia. Puede, incluso, que ya hubiera transmitido a sus asesinos aquello que deseaban conocer y que precisamente ello le costara la vida. Como reconocieron los agentes de la Guardia Civil, el caso que tenían sobre la mesa era fastidioso, de esos que se complican, se enquistan, tienen “mala baba” y se van convirtiendo en un engorro sin pies ni cabeza.

Al final, la tesis del accidente de tráfico empezó a perfilarse como la más verosímil, tal vez porque era la única que encajaba con la poca información circunstancial que se había podido reunir –o que al menos se hizo pública-. Tras pasar por la depuradora de Soto de Viñuelas, cerca del castillo, los ciclistas asiduos a aquel trayecto consultados por los agentes reconocieron que había un tramo aproximado de un kilómetro bastante peligroso en el que se cruzaban coches y bicicletas, y donde se encontró la única pertenencia de Francisco Quintana: la visera de su casco Catlike recién estrenado. Ello motivó, en consonancia con las huellas de rodadas encontradas junto a su cuerpo, que se buscara sin éxito al conductor –seguramente acompañado- de una furgoneta que pudo embestir a la bicicleta accidentalmente.

Paco Quintana - Recorrido
Reconstrucción a partir de Google Maps.

Sin vínculos

Tras el entierro de Francisco Quintana –el juez instructor de la causa prohibió a la familia incinerarlo por si fuera precisa la exhumación del cadáver-, ocurrido el 25 de septiembre, todo comenzó a enfriarse muy deprisa. Incluso informativamente. El extraño caso del informático de Tres Cantos, que por sus peculiaridades se había convertido en un evento de primera línea que llegó a ocupar portadas de semanarios, pronto, en cuestión de días, quedó relegado al más absoluto silencio administrativo lo cual motivó no pocas sospechas y fortaleció en algunos foros la idea de que tal vez alguien estuviera interesado en extirpar el extraño asesinato de Paco Quintana de la escena pública. Quién sabe. Tal vez la cosa fuera simplemente lo que parecía, tal vez no.

Aún se quiso ver alguna conexión entre la muerte del ciclista con otra acaecida anteriormente en el mismo paraje, concretamente el día 1 de agosto, pues existía la singular coincidencia de que en aquella fecha se había quemado a un empresario madrileño, el constructor Santiago Fiel, en un lugar cercano a aquel en el que apareció el cuerpo de Francisco Quintana Calvo. Pero también este pista se disolvió: pronto quedó claro que ambos hombres no tenían absolutamente nada que ver entre sí y que el caso del empresario, que manejaba grandes sumas de dinero y conducía un coche de gran cilindrada cuando desapareció, caminaba por derroteros bien diferentes y probablemente más prosaicos. Al fin y al cabo, Paco Quintana tenía un salario que no superaba los dos mil euros mensuales y el estado de sus cuentas corrientes era tan saneado y normal como el resto de su vida.

La última pista que rastreó la Guardia Civil, sin embargo, pareció buena. Como solemos decir, demasiado buena para ser verdad. Casi tres meses después y por mor de una denuncia ciudadana, se detuvo a tres inmigrantes ilegales que conducían por las fechas de la muerte de Paco un furgón de las características adecuadas –que luego vendieron- y que podrían haberlo atropellado accidentalmente para luego tratar de ocultar su rastro a todo trance. Posteriormente, las detenciones llegaron a siete. Se trataba de un grupo de ciudadanos de origen dominicano al que se investigó a fondo. Y agua de nuevo. Quedó establecido que la denuncia provenía de un compatriota despechado por un lío de faldas que simplemente quería llevárselos por delante haciendo todo el daño posible. El muy canalla incluso se ratificó en su denuncia ante el juez, pero finalmente quedó claro que los detenidos eran completamente inocentes y fueron puestos en libertad sin cargos.

Las últimas noticias que se tienen de este extraño caso, el de un hombre tan esforzado en ser normal e intachable que a fuerza de serlo no pudo ayudar a las Autoridades esclarecer su propia y terriblemente anormal muerte, se remontan a marzo de 2006. Nada a partir de ese momento. Silencio absoluto. Y todavía, preguntando por ahí para componer la entrada que lees, me encuentro a colegas vinculados en su día con este asunto que, al terminar, tuercen el gesto y murmuran algo entre dientes: “me parece que en eso del informático había gato encerrado…”


Fuentes complementarias

Hidalgo, C. (2005). Tres inmigrantes sin papeles, sospechosos del atropello mortal del ciclista de Tres Cantos. Diario ABC, edición del 14 de septiembre.

Rendueles, L. y Marlasca, M. (2005). Dos crímenes gemelos. Revista Interviú, edición del 26 de septiembre.

Egea, A. y López, P. (2005). Las claves de un crimen. Así son las cosas, 179, pp. 8-11.

Morcillo, C. y Muñoz, P. (2006). Huellas de humo. Diario ABC, edición del 10 de agosto.

El suicidio: más allá de la imitación

Ayuda

Siempre que se produce un suicidio que, por el motivo que fuere, adquiere especial repercusión en los medios de comunicación, se genera una reactivación del interés por el tema que induce a la reiteración de las viejas cuestiones en torno a esta problemática que, contra lo que cabría pensar, ha sido muy estudiada por la psiquiatría, la psicología y la sociología.

Lo cierto es que los seres humanos somos entidades biológicas desarraigadas del seno de la naturaleza por efecto de un artificio propio de nuestra especie al que se denomina “cultura”, y cuya manifestación más obvia es la “sociedad”. Ello hace que las comparaciones entre fenómenos comportamentales humanos y animales sean por lo común mero anecdotismo. Ciertamente, la cultura ha limitado, por su propia dinámica, el peso de los instintos en las diferentes manifestaciones de la vida humana, pero ese influjo no ha desaparecido del todo precisamente a causa de nuestra naturaleza biológica. De hecho, y precisamente, el instinto de supervivencia –o de conservación- es primordial en todos los seres vivos pues de su correcto funcionamiento depende el resto de las funciones vitales. Ello hace más sorprendente si cabe la existencia de ideaciones y conductas suicidas que, por cierto, no son un rasgo exclusivo de nuestra especie. Conocidos son, de hecho, los casos de animales que se suicidan ya sea de forma individual y/o colectiva. Baste señalar, por ejemplo, el caso bien conocido y estudiado de las ballenas[1].

Ballenas Varadas (Australia 2014)
Ballenas varadas en la costa australiana en 2014.

A la hora de penetrar en el tema de la ideación y conducta suicida humanas deberíamos comenzar por establecer una diferenciación clara –que a menudo se ignora- entre las pulsiones y los instintos. Las primeras, específicas de nuestra especie si bien desconocemos a qué grado podrían presentarse en otras, son motivaciones psicológicas cuyo peso en la conducta es constante. Un ejemplo perfecto para ilustrar este extremo sería el de la sexualidad que, en su vertiente humana y más allá de funestos reduccionismos sociobiológicos, cumple funciones psicológicas bastante más complejas que en el resto de los animales y camina por derroteros que a menudo tienen poco o nada que ver con meros mecanismos de “adaptación” y/o “reproducción”. Los instintos, por su parte, son biológicos, hereditarios y operan de manera intermitente al ser activados por la presencia de factores fisiológicos y/o ambientales específicos que o bien los ponen en marcha, o bien los detienen. Ejemplos de ello serían el hambre o la sed. Sea como fuere, la vertiente patológica del instinto de supervivencia nos adentra en el ámbito de toda una gama de conductas autodestructivas –o autolíticas- que van desde las autoagresiones o autolesiones, al caso extremo de las conductas suicidas que pueden terminar –o no- con la muerte del sujeto.

Suicidio

Los actos suicidas pueden ser conscientes, o no del todo. Y hablaríamos de suicidio como el acto consumado por el cual el sujeto movido por determinadas tendencias comportamentales acaba muriendo. Lo interesante, y es un detalle en absoluto baladí, es que el suicidio es un fenómeno multicultural y transversal –más allá de tópicos infundamentados- que explica aproximadamente el 1% de las muertes que se producen anualmente en el mundo, cifra que, y no conviene olvidar el detalle, se muestra constante según datos de la Organización Mundial de la Salud[2]. Ciertamente, la tasa de suicidios es variable en diferentes lugares del mundo, si bien es un hecho que lamentablemente la gente se suicida, o al menos lo intenta, en todas partes.

No existe un factor único predisponente al suicidio sino, más bien, una amalgama de elementos que coadyuvan al mismo y que van desde lo orgánico a lo social pasando por lo genético y lo psicológico. De hecho, no existen “personalidades suicidas” sino que cabría decir, para hablar con propiedad, que existen personas vulnerables a la conducta suicida que podrán –o no- ponerla en práctica si estos factores trabajan juntos o, por decirlo de un modo más conciso, si se dan las circunstancias apropiadas para ello en el momento adecuado. Interesa destacar, no obstante, que los datos epidemiológicos son claros, y que al menos en un 90% de los casos de suicidio conocidos hay antecedentes de trastornos psicológicos, siendo el más común el trastorno depresivo mayor o alguna de sus variantes (F32, F33, F34.1), que explicaría por sí solo prácticamente el 80% de los casos registrados. De hecho, el llamado “suicidio moral” que tan famoso han hecho la literatura y el cine, y al que se suele aludir en determinados casos con especial fruición pero escaso fundamento, es precisamente el menos común.

El suicidio consumado afecta más a los hombres que a las mujeres, si bien se produce la singular paradoja de que las mujeres encabezan las estadísticas de intentos de suicidio (no entraremos en valoraciones sobre este hecho que desde luego se presta a todo tipo de análisis). Por otro lado, y frente al tópico de que el suicidio es muy común entre los jóvenes, el hecho es que la tasa de suicidio se incrementa con la edad, siendo tres veces más habitual entre las personas mayores de 75 años, y afectando de manera especial precisamente a dos colectivos: los jubilados y los desempleados. El problema es que el suicidio de una persona joven es más llamativo y descorazonador, y precisamente por ello encuentra más publicidad. Y cerraré con este resumen sociodemográfico con otro dato ciertamente significativo: entre el 25% y el 75% de las personas que se suicidan –o lo intentan- ha sido previamente diagnosticada de algún tipo de enfermedad grave e incapacitante (cáncer, SIDA, ELA, minusvalías severas y etcétera).

De hecho, dado su carácter necesariamente impredecible, en el momento presente no existe una visión unitaria de la ideación y conducta suicidas, recurriéndose a criterios integradores (socioculturales, psicológicos, biológicos y ambientales) para tratar de dar una explicación coherente al fenómeno. Desde este punto de vista, las personas en riesgo de cometer suicidio, y a las que habría que vigilar con especial interés, serían:

  1. Las que muestran antecedentes claros. Es decir: sujetos que en algún momento del pasado ya valoraron la posibilidad de suicidarse –e incluso lo intentaron en algún caso- y que, en el presente, aún muestran rasgos de ideación suicida.
  2. Aquellas en las que existe un trastorno psicológico (preferentemente depresivo) vinculado a una enfermedad médica incapacitante.
  3. Aquellas en las que, por su estructura de personalidad, muestran rasgos de alta impulsividad, baja tolerancia a la frustración, baja autoestima y tendencia a la sobreactuación (lo cual encajaría con los criterios diagnósticos del Trastorno Límite de Personalidad). En estos casos debe considerarse con especial atención esta opción si existe consumo sistemático de alcohol y/o drogas.
  4. Casos particulares en los que se producen sucesos vitales adversos recientes y de elevada intensidad, como pérdidas del empleo, descenso drástico de recursos económicos, diagnósticos médicos adversos, rupturas de pareja, mala gestión del luto y etcétera. Eventos que, vinculados a ciertas características de personalidad como las ya descritas pueden obrar como desencadenantes.

Sea como fuere, y pese a estas profusas explicaciones que tratan de mostrar que este tema es cuando menos complejo, la presentación esporádica de suicidios “de famosos” en los medios de comunicación no tarda en generar corrientes de opinión extravagantes que encuentran acomodo en torno al recurso explicativo de “la imitación”. Un estereotipo que genera debates enconados, e incluso sobreactuados en más ocasiones de las que sería deseable y que, como trataremos de ver a continuación, solo son posibles desde una mala comprensión –cuando de no de un extraordinaria simplificación- de la teoría misma.

La “teoría de la imitación”

Gabriel Tarde
Gabriel Tarde.

La conocida como “teoría de la imitación” es una aportación del francés Jean-Gabriel Tarde (1843-1904). Juez de profesión y sociólogo por vocación Tarde no obtuvo el reconocimiento que tal vez debió obtener en vida a causa de su enfrentamiento teórico con la estrella sociológica del momento, Emile Durkheim (1858-1917), quien copaba la autoridad académica en la Francia de aquel entonces y cerró su camino hacia la Universidad. De hecho, mientras que Durkheim defendía que los “hechos sociológicos” eran objetos –cosas- equiparables a los del mundo físico que se imponían externamente a los individuos y que debían ser tratados como tales para su análisis científico, Tarde estimaba que la sociología era una entidad más sutil y que su funcionamiento tenía más que ver con el de la química que con el de la física: los acontecimientos sociales tenían la estructura de interacciones psicológicas entre individuos que se interrelacionaban y enlazaban entre sí a través de dos grandes fuerzas; la imitación y la innovación. Obviamente, y como vemos, dos puntos de vista absolutamente incompatibles.

Lo cierto es que cuando Tarde, por motivos profesionales, fue paulatinamente centrándose en temáticas propiamente criminológicas hasta que en 1894 fuera nombrado director de estadística criminal del Ministerio de Justicia, este hecho determinaría el sentido último de su trabajo. Así, trasladó sus puntos de vista sociológicos y jurídicos al ámbito de la entonces incipiente criminología, de la que como él mismo reconoció, conocía al comienzo poca cosa más allá de lo relativo a su propia percepción de los problemas socio-criminales. En todo caso, sus posicionamientos en la materia estaban tan alejados de la corriente dominante en la época –la Escuela Positiva del Derecho Penal- como lo estaban sus planteamientos sociológicos de los de Durkheim, lo cual motivó que su obra tuviera un impacto muy limitado. Tanto es así, que Tarde quedaría virtualmente “silenciado” durante décadas hasta que su trabajo fuera recuperado por los sociólogos de la Escuela de Chicago en la década de 1960. De hecho, sería Everett Rogers (1931-2004) quien popularizaría las llamadas de “leyes de la imitación” tras la publicación en 1962 de la obra Diffusion of Innovations[3]. De la misma manera, sería posteriormente rescatada por los franceses Bruno Latour (n. 1947) y Michel Callon (n. 1945), quienes recuperaron en buena medida los planteamientos de Tarde para el diseño de su conocida como “Teoría del Actor-Red” (ANT)[4].

Sea como fuere la teoría de Tarde, al igual que la de Rogers o la diseñada por el tándem Latour-Callon, son bastante más complejas que el simple –y bastante tonto por añadidura- adagio defendido por muchos de que los comportamientos de los particulares pueden, en determinadas circunstancias, suscitar una conducta de imitación acrítica y automatizada por parte de otras personas adecuadamente “motivadas”. Una simplificación torpe e inaceptable que, en determinados contextos, se ha producido por la mera asimilación de manera simplista –y tampoco muy certera- de estas ideas con las propuestas por el psicólogo Albert Bandura (n. 1925) y los partidarios del conocido como “aprendizaje social”. El hecho es que este concepto burdo e indocumentado de la teoría de la imitación ha hecho camino para transformarse en un tópico psicosocial más con el que se trata de explicar con firme simpleza y terrible convicción infinidad de fenómenos, desde las razones por las que los jóvenes deciden estudiar masivamente determinada carrera universitaria en un momento dado, hasta fenómenos como la violencia de género o la conducta suicida. Lo cierto es que pese a tratarse de un planteamiento, en sus diferentes versiones, bastante complejo, la de la imitación es una teoría que por lo común ha mostrado dificultades para encontrar corroboración empírica sólida y sistematizada. Ello no ha impedido, no obstante, que reaparezca de manera cíclica en el seno de la sociología, de la criminología, e incluso en ámbitos como el de la economía, la tecnología y los estudios sobre información y comunicación al tratarse de un instrumento de análisis útil.

Ciñéndonos al planteamiento básico original propuesto por Tarde (obviaremos en todo caso sus ideas más anacrónicas y prescindibles)[5], digamos que se debe partir de una distinción fundamental: habría personas básicamente creativas o inventivas, y personas básicamente imitativas. Ello implica que, para comenzar, todo hecho social no puede ser explicado por mera imitación por cuanto en muchos casos lo que se estima externamente como copia podría ser, en realidad, un evento creativo en sí mismo. Dicho de otro modo; lo que determina que algo sea copia o imitación no es el hecho de que algo “esté ahí dado” en la sociedad, sino la actitud psicológica del sujeto ante el evento en la medida que si cree haberlo descubierto por sí mismo, ya no estaríamos ante una imitación sino ante lo que es subjetivamente, y en rigor, una innovación.

Por otra parte, la imitación puede ser “lógica” –o razonada-, o bien “extralógica”. Si la primera es fácil de discernir por cuanto es la que regula procedimientos estandarizados como la investigación científica, el desarrollo del derecho y las humanidades, o la innovación tecnológica, la segunda es más compleja por cuando se ciñe a leyes especiales que se relacionan estrechamente con la psicología y la cultura de los sujetos. Así se explica que entretanto un grupo de biólogos moleculares seguirían procesos de imitación lógica a los que llamamos “método científico” para guiarse en sus investigaciones, los miembros de cualquier club social seguirían procesos de imitación extralógica a la hora de conducirse (modas, tendencias, normas morales, actitudes y etcétera). Esto, como lector intuirá, tiene una importante consecuencia que a menudo se obvia: el sentido y funcionamiento específico de las leyes que controlan la imitación extralógica deben ser establecidos en cada caso y evento social, con lo cual el funcionamiento de la imitación no sigue pautas específicas y “universales”, sino pautas especiales y “particulares”.

En general, cuando Tarde trataba de explicar la conducta criminal por la vía de la imitación, como puede observarse, no estaba diciendo que cada crimen era simple copia de otros precedentes de los que el criminal había “aprendido” –idea simplista y burda de la teoría-, sino que una vez establecida la psicología creativa o imitativa del individuo (lo cual es determinante), habría que establecer que elementos lógicos y extralógicos operan en su conducta delincuencial en un momento dado. Por ello Tarde insistía en dos factores: la “identidad personal” y la “similitud social”. Así pues, y establecido que el individuo no es creativo, la imitación opera cuando la identidad del delincuente coincide con la de aquel a quien imita (identidad), y cuando el individuo no está debidamente adaptado a un grupo social de referencia, lo cual lo ubica en una situación personal de riesgo (similitud-disimilitud).

Ciertamente, el planteamiento general de Tarde plantea ventajas con respecto a otros coetáneos al suyo como, para empezar, el hecho de que no existen “tipos criminales” prestablecidos –lo cual siempre es difícil de establecer con rigor y a menudo degenera en intentos clasificatorios poco operativos-, sino un dinamismo psicosocial articulado en torno a la identidad del sujeto y su grado de adaptación e integración. Pero también, como toda teoría que flota sobre “leyes” de compleja definición y cuantificación, posee inconvenientes difíciles de soslayar. El principal de ellos es, precisamente, que se trata de un planteamiento con un fuerte componente psicologicista que, en última instancia, suscita el problema de discernir de manera clara cuánto, a quién, por qué y para qué imita cada individuo determinadas tendencias grupales y/o particulares.

¿Suicidio por imitación?

A qué punto resulta arduo explicar actitudes complejas como la ideación y conducta suicidas por la vía de la imitación es cosa relativamente fácil de establecer recurriendo a un sencillo cálculo. A la fecha de la publicación de esta entrada, la página web del Instituto Nacional de Estadística de España[6] ofrece estadísticas sobre el suicidio comprendidas entre los años 1994 y 2006 (véase Figura 1). Lo primero que puede observarse es que la cantidad de suicidios consumados o en grado de tentativa permanece muy estable a lo largo del periodo indicado, e incluso experimenta una tendencia, en general, decreciente.

Figura 1
Figura 1. Evolución de la cifra de suicidios registrados (cometidos o en grado de tentativa) en España entre 1994 y 2006 (Fuente INE).

Lo sorprendente es que si observamos la Tabla 1, en la que se ofrece una comparativa entre la evolución de la población española y el número de suicidios consumados o en grado de tentativa, vemos que la cantidad de habitantes del país no ha cesado de crecer, con lo cual se establece una correlación inversa. Cuando lo esperable sería que un aumento poblacional significara, lógicamente, un aumento del número de suicidios, lo que encontramos es justamente lo contrario: la cifra desciende con total independencia del crecimiento poblacional.

Tabla 1
Tabla 1. Evolución de la población española comparada con la evolución interanual de la cifra de suicidios (elaborado a partir de datos ofrecidos por el INE).

Esto, por supuesto y me anticipo a la sugerencia, no implica que caso alguno que los medios de comunicación no hayan publicitado por extenso casos de suicidio individual y/o colectivo especialmente célebres a lo largo del tiempo. De hecho, en la Figura 2 se muestra una serie de casos especialmente famosos –por su impacto mediático- y publicitados en España de suicidas a lo largo de los diferentes años del tramo temporal estudiado. Encontramos que su influencia en la evolución de la cantidad de suicidios consumados o en grado de tentativa no ha sido tan clara como defiende el paradigma por cuanto cabría esperar, siguiendo el adagio de “a mayor publicidad del suicidio, más casos registrados como producto de la imitación”, que necesariamente tendrían que haber aumentado, lo cual debiera invitarnos a poner en cuarentena la propuesta misma en los términos simplistas en los que suele plantearse y que tienen poco que ver, dicho sea de paso, con la propuesta original ideada por Gabriel Tarde y sus revisores.

Figura 2
Figura 2. Suicidios célebres y publicitados por los medios interanualmente y evolución de la cantidad de suicidios (consumados o en grado de tentativa) en España.

No quiere decirse con ello que el suicidio no sea grave, no sea un asunto serio del que ocuparse por su impacto o sus repercusiones, o se esté con estas líneas tratando de banalizar una realidad psicosocial evidente que merece atención, tratamiento y prevención. Simplemente se indica que la explicación del fenómeno por mera “imitación” a la que se alude de forma tópica –y escasamente documentada- no funciona y parece tener más pinta de excusa, cliché o argumento demagógico para salir del paso ante las preguntas incómodas que otra cosa. En realidad, como mostré al comienzo, lo que sucede en el fenómeno del suicidio, y que nos ayuda precisamente a explicar la estabilidad y consistencia de las cifras, es que en esta cuestión –como en todas aquellas que afectan a cuestiones psicológicas de calado social- concurren una serie de variables personales y circunstanciales que determinan la existencia de una evidente vulnerabilidad hacia las ideaciones y conductas autolíticas en ciertas personas y que, en determinados casos, coadyuvan a su consumación.


[1] Preti, A. (2011). Animal model and neurobiology of suicide. Progress in Neuro-Psychopharmacology & Biological 35(4), 818-30.

[2] http://www.who.int/topics/suicide/es/

[3] New York City (NY): Free Press of Glencoe.

[4] Véase por ejemplo: Latour, B. (1992). Ciencia en acción: cómo seguir a los científicos e ingenieros a través de la sociedad. Barcelona, España: Labor.

[5] Tarde, G. (2011). Las leyes de la imitación y la sociología. Madrid, España: Centro de Investigaciones Sociológicas.

[6] http://www.ine.es/

De vampiros, licántropos y otros amigos (parte 2)

Nosferatu Murnau
El clásico “Nosferatu” (1922), del cineasta alemán F. W.  Murnau, trató de convertirse en la primera adaptación cinematográfica de la archifamosa novela de Bram Stoker. Sin embargo, un problema con los derechos de autor motivó una serie de transformaciones argumentales que, finalmente, convirtieron al vampiro de los Cárpatos original en el icónico Conde Orlok, interpretado por el actor Max Schreck.

Existen al parecer ciertas circunstancias médicas, si bien esta cuestión no deja de levantar controversias enconadas y debates relativos a su corrección política, que permitirían explicar lo que la superstición interpretó como vampirismo y licantropía[1]. La más obvia es una enfermedad conocida como porfiria cutánea tarda (PCT), una de las dos variantes de la porfiria eritropoyética[2]. Siendo la PCT una dolencia poco frecuente, pues es más común la otra variedad denominada porfiria aguda intermitente (PAI), que se manifiesta en forma de dolor abdominal, vómitos y diarrea, acompañados de otros síntomas neurológicos así como alteraciones psiquiátricas[3].

Quienes sufren de la extraña PCT, una enfermedad que aqueja especialmente pero no exclusivamente a los alcohólicos, se vuelven extremadamente fotosensibles y no pueden exponerse al sol sin sufrir lesiones ulcerosas en la piel a causa de la destrucción celular. Los tejidos cutáneos enrojecen con rapidez y se desarrollan ampollas, lo que bien haría a un observador externo imaginar que se trata de quemaduras provocadas por la luz solar. Quedan horribles cicatrices, pudiendo el paciente en los casos más extremos perder los dedos, la nariz y las orejas. Los ojos se ponen rojos. Por otra parte, se llegan a caer todos los dientes quedando tan solo los caninos. Todo ello termina por otorgar al paciente un aspecto grotesco y terrible.

Porfiria
Mujer afectada de PCT. Sobran los comentarios.

Ocurre que existen, además otras enfermedades que al sistema endocrino de espectaculares manifestaciones, como aquellas que desarrollan un anormal y desenfrenado crecimiento del cabello y el vello corporal en un proceso que se conoce como hirsutismo o hipertricosis, y que se relaciona con una rara mutación genética hereditaria que provoca, entre otras cosas, un aumento desproporcionado de la cantidad de andrógenos. Así se explica, por ejemplo, el fenómeno de las tristemente célebres “mujeres barbudas”.

hioertricosis
Hipertricosis.

En definitiva, la PCT y la hipertricosis dotarían al convaleciente de gran parte de las características físicas que la leyenda atribuye tanto a los vampiros como a los hombres lobo: palidez anémica, ojos inyectados en sangre, pelo en las palmas de las manos o en todo el cuerpo, y etcétera. Especialistas como David Dolphin, de la University Of British Columbia, han presentado en diversos foros científicos célebres informes en los que exponen con sumo detalle los muchos puntos de contacto que se observan entre las leyendas de vampiros y la bioquímica de la porfiria. Evidentemente, estos pacientes no son criminales sino, en todo caso, víctimas del imaginario popular y de la ignorancia como tantos otros que en el decurso de la historia han sufrido dolencias consideradas malditas por una u otra razón. En todo caso, resulta obvio imaginar que el mito precede a la enfermedad y que, sin más, ésta se habría convertido en supuesta prueba del primero. Por lo general, la gente ve lo que quiere ver siempre que se enfrenta a lo que no comprende.

También hay otras causas que pueden darnos cumplida cuenta del hecho vampírico como, por ejemplo, las dificultades que se han tenido hasta hace relativamente poco tiempo a la hora de determinar el fallecimiento clínico de una persona[4]. No era extraño –teniendo presente que incluso hoy es posible- que hasta hace no más de setenta años se enterrara aún con vida a un porcentaje de personas escalofriantemente elevado, ya fuera en estado catatónico o cataléptico inducido por una fiebre alta o cualquier otra dolencia que afectara de suerte peculiar al sistema nervioso. Si el supuesto fallecido tenía la suerte de haber sido depositado en un panteón familiar u otro lugar que le permitiera vencer las dificultades inherentes a su situación y abandonar su encierro, es lógico pensar que la superstición popular haría su trabajo para transformarlo en un ser maligno de cualquier especie. La cantidad de estremecedores relatos, historias, cuentos y leyendas que inciden en este sórdido tema son ingentes y pueden hallarse en todas las tradiciones culturales del mundo. Sirva un dato ciertamente terrible: a principios del siglo XX las autoridades de los Estados Unidos ya calculaban que en a lo largo y ancho del país se enterraba al menos a una persona viva cada semana. El pánico al respecto llegó a ser tan exagerado que se ideó toda suerte de ingeniosos aparatos para que el pretendido cadáver pudiera activarlos desde su macabro encierro en caso de entierro prematuro. También proliferaron las casas de muertos y otras dependencias similares, en las que el cuerpo reposaba bajo la estrecha vigilancia de celadores atentos al menor signo de vida durante unos días, antes de ser finalmente enterrado.

ataud_seguridad
Diseño de uno de los múltiples modelos de ataúd de seguridad, con cuyo concurso se pretendía evitar la eventualidad de ser enterrado vivo, cuya patente se registró durante el siglo XIX. Para saber más sobre esto, sigue el enlace.

Tampoco faltan los relatos de cadáveres conservados en perfectas condiciones tras años de recibir sepultura que fueron en su momento atravesados con estacas, clavados al suelo, desmembrados y otras lindezas parecidas. No obstante, es conocido que en determinadas circunstancias medioambientales un cadáver puede tardar años, décadas e incluso siglos en descomponerse.

“[…] La descomposición depende de muchas variables. Un cuerpo enterrado puede perdurar casi indefinidamente en el hielo. La turba y la humedad también son capaces de retardar la descomposición. En arena seca los cadáveres se momifican hasta convertirse en duradero pergamino. En tierras ricas en minerales pueden impregnarse de sales y metales. Pero si no han sido enterrados, sobre todo cuando hace calor, el proceso de esqueletización llega a ser asombrosamente rápido. El tiempo mínimo que requiere la esqueletización total no es de nueve años ni de nueve meses, ni siquiera de nueve semanas: puede producirse en aproximadamente nueve días. […] El recipiente funerario tiene una tremenda importancia. Los recipientes herméticos que protegen el cadáver del medio ambiente […] proporcionan un grado sorprendente de preservación, incluso durante periodos prolongados de tiempo. He visto como un cadáver bien embalsamado –un cadáver al que se había hecho la autopsia, lo cual dificulta considerablemente el embalsamamiento- duraba veintisiete años dentro de un ataúd hermético en el interior de una cripta, con rasgos perfectamente naturales y sólo unas pequeñas zonas de piel desprendidas de manos y pies. […] Aunque no esté protegido por ningún recipiente, un cadáver dura más si se encuentra bajo tierra”[5].

En todo caso, bastaba con que el fallecido hubiera sido un individuo peligroso, malvado, sospechoso de haber practicado la brujería o de costumbres poco respetables para que en lugar de santo fuese considerado vampiro o poseído por demonios. Así, el tratamiento que recibía su cuerpo era tan expeditivo como implacable. De esta época de supersticiones proceden falsas creencias que, aún hoy, se encuentran muy extendidas entre la población, como la de que el pelo y las uñas siguen creciendo después de la muerte: “es un mito que las uñas y el pelo sigan creciendo después de la muerte –explica William Maples-. Lo que sucede en realidad es que la piel se repliega a su alrededor, haciendo que el pelo y las uñas se levanten y sobresalgan más”[6].

El Entierro Prematuro (Antoine Wiertz)
“El entierro prematuro”, obra de Antoine Wiertz (1854).

Por otra parte, y pese a que las leyendas de vampiros resulten interesantes como pasatiempo o motivo de reflexión filosófica y antropológica, es evidente que tras la mayor parte de las que tienen algún viso de ser ciertas no puede esconderse otra cosa que una mente enferma o un criminal[7].

Vampirismo y licantropía como patología psíquica

El asesino vampírico, tanto como el licántropo, son, como todos los psicópatas y al igual que el resto de los seres humanos, prisioneros de sus fantasías. El problema reside en que la imaginación de estos individuos se rige por mapas mentales impensables para el resto de las personas. Obtienen satisfacción bebiendo la sangre de sus víctimas, sencillamente viéndola correr, comiendo su carne o profanando cadáveres, y no dudan en recurrir incluso al asesinato para satisfacer sus necesidades parafílicas. El fetichismo por la sangre y la carne, que algunos psiquiatras denominan Síndrome de Renfield[8], es en realidad una forma de necrofilia en la que el sujeto, en sus fases iniciales, comienza experimentando con animales hasta focalizarse en otras personas y convertirse a medida que los delirios fantásticos del individuo crecen, en auténticos depredadores de novela. Es cierto que este tipo de casos, cuya incidencia estadística es en realidad escasísima, resultan especialmente llamativos al profano y copen protagonismo en medios de comunicación, relatos de terror, películas, cómics, videojuegos o series de televisión. Y es por ello que muchos de los asesinos más conocidos de la historia del crimen –que no los más prolíficos- han pertenecido a esta curiosa especie.

De acuerdo con el estudio llevado a cabo por el psiquiatra Hershel Prins[9], el delirio vampírico puede manifestarse de muy diferentes formas, de modo que su catalogación comprende cuatro grandes grupos:

  • Vampirismo completo. Comprende toda suerte de fantasías y prácticas sádicas y necrofílicas que se convierten en móvil del asesinato o la profanación de tumbas. Esta clase de vampiro es un carroñero que experimenta una atracción incontrolable por los muertos y consume sangre –e incluso carne o vísceras- procedentes de personas a las que puede, o no, haber asesinado previamente. Gilles de Rais es un ejemplo histórico muy ilustrativo. Casos más cercanos son los del sargento Leger, quien en 1827 violó el cadáver de una niña de 12 años y bebió su sangre; el popular John George Haigh, también conocido como el Vampiro de Londres; Fritz Haarmann, el Vampiro de Hannover; y por supuesto Richard Trenton Chase, el Vampiro de Sacramento. Curiosamente, otros “vampiros” mediáticos como Peter Kürten o Mohammed Bijeh no realizaban esta suerte de prácticas pese a ser bautizados de tal modo por la prensa.
  • Vampirismo sin ingestión de sangre ni de materia muerta. A esta variedad se la asociaría con la simple necrofilia, que consiste en satisfacer el instinto sexual con cadáveres, o bien, gozar con tocarlos y contemplarlos. Un caso bien conocido y documentado de estas características es el del alemán Kuno Hofmann, el Vampiro de Núremberg. Hofmann, que pasó algún tiempo en el campo de concentración nazi de Dachau, era sordomudo, tenía un cociente intelectual por debajo de la media y una timidez patológica que le impedía acercarse a las mujeres. Durante años estuvo asaltando depósitos de cadáveres para consumir la sangre de los muertos y practicar relaciones sexuales. En 1972, durante uno de sus paseos, terminó por asesinar a tiros a dos jóvenes que dormían en un coche a fin de probar su sangre. Probablemente, Hofmann habría continuado asesinando una vez había transgredido los límites y culminado su transformación, pero fue detenido.
  • Vampirismo sin cadáver. Esta categoría reúne a gran cantidad de sujetos con tendencias psicóticas, pero aparentemente normales e integrados en la sociedad, cuyos deseos les igualan al vampiro. Hablamos de impulsos incontrolables y muchas veces ocultos incluso para ellos mismos, o bien normalizados. En el fondo, estas ideaciones guardan relación con las capacidades sobrenaturales que la tradición atribuye al no-muerto, de modo que los vampiros ideales envidiarían el poder de los vampiros legendarios, a los tratan de parecerse. El hecho de que no asesinen, no cometan delitos, o no agredan a otros no les hace menos peligrosos, pues los anhelos y fantasías desde los que elaboran sus estructuras cognitivas suelen inducirles irremediablemente a la mentira, la maquinación, la manipulación y la temeridad.
  • Auto-vampirismo. En este grupo de tendencias claramente masoquistas se incluirían casos igualmente psicóticos así como esquizotípicos y esquizofrénicos. Son capaces provocarse lesiones, a veces brutales, ya que la propia sangre se ha convertido por cualquier razón –si bien el motivo suele tener un fondo erótico o religioso- en objeto de veneración. McCully narra el caso de un niño de 11 años que aprendió a pincharse con suma pericia las arterias del cuello para llenar con su sangre una taza entera que luego bebía. También se cortaba las venas del antebrazo para lamer la sangre de las heridas, lo que le hacía experimentar una fuerte excitación sexual.
KunoHofmann
Kuno Hofmann.

Parafilias como el vampirismo –también la licantropía- aparecen tan raramente en la población que su incidencia estadística es prácticamente nula. De hecho tanto el DSM como el CIE ni tan siquiera las mencionan explícitamente, acumulándolas –junto a muchas otras- bajo el epígrafe de parafilias no especificadas. Sin embargo, sus manifestaciones escabrosas y espectaculares son tan llamativas que siempre y en todo lugar han despertado tanto el horror como el interés del gran público hasta el punto de que, en determinados momentos históricos, como el tramo comprendido entre la baja edad media y finales del siglo XVII, llegaron a parecer cuestiones comunes. No en vano, la consideración general del vampiro, el licántropo y el asesino serial se funden y confunden, más allá de consideraciones clínicas o antropológicas, en una apreciación tópica: son “monstruos”. Criaturas diseñadas para matar, construidas tanto a nivel individual como social y que desempeñan un papel nítido en nuestra cultura. Podría decirse que la fascinación que hoy en día nos provoca el asesino en serie es precisamente un reflejo de la que los supuestos vampiros y hombres lobo generaron en el pasado, lo cual explica que los asesinos sistemáticos de ficción sean en muchos casos antihéroes “de culto” para millones de aficionados que pueden convertirse en auténticas máquinas de producir dinero para sus creadores.

Gilles de Rais
Gilles de Rais.

Ya en fecha tan temprana como 1584, autores como Reginald Scot sostenían que la licantropía era un trastorno mental, atribuyendo a la superstición popular la idea de que realmente un ser humano pudiera transformarse en lobo o cualquier otro animal[10]. Lo cierto es que los testimonios históricos de verdaderas epidemias de esta locura son variopintos y pueden ser rastreados en la literatura desde el siglo XVI hasta, prácticamente, finales del siglo XIX. Sirva un dato: tan sólo en el periodo comprendido entre 1520 y 1630, luego durante más o menos un siglo, se registraron 30.000 casos de licantropía sólo en Francia[11]. Esto es interesante desde un punto de vista antropológico. Parece que entretanto el Este de Europa era el hogar de los vampiros, los bosques franceses se habían transformado en el territorio de los hombres-lobo. El ser humano necesita de referentes socioculturales hasta para perder el juicio.

Capitan America - Hombre lobo
Hasta el Capitán América puede convertirse en hombre lobo cuando tiene en un mal día…

La idea de Scot fue posteriormente ampliada por otros autores ingleses como Robert Burton quien en 1621 sostuvo que “[algunos llaman a la licantropía] una especie de melancolía; pero yo prefiero denominarla locura”[12]. Nada tiene de sorprendente para la época este racionalismo respecto del tema, pues en las Islas Británicas los lobos se habían extinguido muchos años antes de que ambos textos fueran escritos. De hecho, es fácil encontrar relatos de hombres-lobo en el trabajo de los ensayistas británicos si nos remontamos al periodo comprendido entre los siglos X y XIII. Ahora bien, a partir del siglo XVI, este tipo de historias tan sólo sobrevivió como argumento literario. Obsérvese, por consiguiente, el anacronismo que inherente a convertir las calles de Londres, o los páramos británicos, en escenario para los clásicos hombres lobo de la ficción.

Lo cierto es que el éxito como monstruo del licántropo, con el paso de los años, ha sido mucho menor que el del vampiro. Parece que, por alguna razón, resulta mucho más fácil creer en la existencia del vampirismo que en la de la licantropía y ello, como hecho sociocultural, también ha tenido repercusión en el escenario del crimen. A partir de 1900 han aparecido varios casos de asesinos en serie movidos por fantasías vampíricas, pero no se han presentado supuestos hombres-lobo, lo cual ha motivado que la literatura psiquiátrica y psicológica apenas si haya tocado el tema, con excepción del psicoanálisis, en la medida que muchos pacientes refieren al narrar sus sueños diversos procesos de metamorfosis que han de ser iluminados por el terapeuta. Parece que el hombre-lobo tiene un sentido más folklórico, propio de un buen relato de terror para las noches de campamento, mientras que el vampiro parece tocar con mayor profundidad los aspectos más atávicos del ser humano.

El misterio de Salem's Lot
Un vampiro de ficción especialmente terrorífico -inspirado en la imagen del “Nosferatu” de Murnau-, fue el ideado por Tobe Hooper a la hora de llevar a la gran pantalla el clásico literario de terror de Stephen King en “Salem´s Lot” (1979).

[1] De hecho, ya sea desde un punto de vista antropológico como desde una óptica meramente psiquiátrica, vampirismo y licantropía tienen muchos puntos de conexión. Daniel Farson en su libro Vampiros, hombres lobo y aparecidos (Barcelona, Noguer, 1976), indica que tradicionalmente se consideraba que un hombre lobo se convertiría en vampiro al morir a menos que su cadáver fuera debidamente exorcizado. También que podía bastar con beber la sangre o comer la carne de un cordero muerto por un lobo para transformarse en hombre lobo.

[2] Las porfirias son un grupo de enfermedades cuyo origen es una alteración, cualitativa o cuantitativa, del metabolismo de las porfirinas. Habría dos modalidades básicas: las eritropoyéticas y las hepáticas. Las porfirinas, básicamente, son sustancias que, al combinarse con determinados metales como el hierro, juegan un papel fundamental en la síntesis de la hemoglobina

[3] Un ejemplo claro y famoso de esta dolencia sería el de la célebre locura transitoria que aquejó al rey Jorge IV de Inglaterra, inmortalizada en La locura del rey Jorge, una extraordinaria y muy bien documentada película dirigida por el británico Nicholas Hyttner.

[4] Recomiendo al lector interesado en este asunto un excelente libro: Bonderson, J. (2002). Enterrado vivo. Barcelona, Ediciones B.

[5] Maples, W. R. y Browning, M. (2006). Los muertos también hablan. Barcelona, Random House Mondadori

[6] Ibid. anterior.

[7] La constatación de la existencia de estos perturbados sedientos de sangre hizo que ganara cuerpo la creencia del vulgo en la existencia de una supuesta enfermedad denominada hematodipsia o hematodixia, por la cual el sujeto que la padece se vería determinado fisiológicamente a beber sangre. Sin embargo, como bien manifiestan Miguel Gómez Aracil en su libro Vampiros (Barcelona, EDAF, 2003), así como otros especialistas, esta supuesta dolencia es un invención del imaginario colectivo completamente desconocida por la profesión médica.

[8] Por el personaje de la archiconocida novela de Bram Stoker. Renfield había sido vampirizado por el Conde Drácula durante una estancia de negocios en Transilvania, de suerte que empezó a experimentar una progresiva sed de la sangre de criaturas vivas para mantenerse a sí mismo con vida. Los doctores de la novela –salvo el excéntrico Van Helsing, por supuesto- consideraron que Renfield estaba loco, recluyéndolo en una institución mental.

[9] Prins, H. (1985): “Vampirism: A clinical condition”. En: British Journal of Psychiatry, 146 (6), pp. 666-668.

[10] Scot, R.; Discovery of Witchcraft. La primera edición de este tratado vio la luz en Londres en 1584. Hubo diversas reediciones del mismo a lo largo de los siglos. La más moderna es la de Montague Summers, New York, 1954.

[11] Farson, D.; op. cit. supra nota 1.

[12] Burton, R.; Anatomy of Melancholy. Londres, 1621.

De vampiros, licántropos y otros amigos (parte I)

The Order 1886
Imagen del videojuego The Order, 1886. Otra visión de un tema clásico en clave posmoderna. La enésima.

El vampiro y el licántropo[1] existen, ese es el hecho. Cierto que es difícil creer que en la forma tradicional del nosferatu -o no muerto- que ataca a los vivos impelido por una irrefrenable necesidad de beber su sangre a fin de mantener su estado, o de la persona que en las noches de plenilunio se transforma en lobo, si bien incluso el vampiro y el licántropo mitológicos gozan de una precisa explicación antropológica. La sangre y la carne, como no podría ser de otra manera, siempre han sido consideradas el centro vida. Se encuentran en los cimientos de todos los cultos y religiones, desde las más ancestrales. Hay creencias en las que el corazón de los difuntos es cocinado y consumido por su ser más amado. Algunas tribus de Australia y Nueva Zelanda pretendían la curación de ciertas dolencias abriendo las venas de los amigos varones del enfermo a fin de que le ayudaran a expulsar su enfermedad en una especie de catarsis colectiva. En la eucaristía cristiana el vino se transustancia en sangre y el pan en carne para la limpieza del pecado y el ofrecimiento de una vida eterna. Otros cultos minoritarios judeocristianos, como el de los Testigos de Jehová, se oponen enconadamente a prácticas sanitarias comunes como la transfusión de sangre por motivos enteramente metafísicos. En todas las culturas existen rituales sacrificiales simbólicos o reales y relatos acerca de vampiros, hombres lobo y quimeras similares (arpías, dragones, hombres leopardo, minotauros, y otro largo etcétera). También testimonios sobre la forma en que se presentaban a sus víctimas, el atroz modo en que se comportan y la forma en que el sujeto puede protegerse de ellos, o bien son erradicados por siempre jamás.

Herodoto
Herodoto.

Los licántropos fueron particularmente populares en Grecia y Roma, y es precisamente por ello que los textos grecolatinos son una de las fuentes más antiguas y amplias a este respecto[2]. No podemos olvidar, en tal sentido, que Romulo y Remo, los supuestos fundadores de Roma, fueron según la tradición amamantados por una loba. Pero este tratamiento extensivo no se circunscribió tan solo al punto de vista de lo legendario o lo mitológico. Ya una figura en absoluta sospechosa como Heródoto de Halicárnaso (484-425 a. C.), fue uno de los primeros autores en tratar el tema de la transformación de hombres en lobos al narrar la incursión de castigo que el persa Darío realizó en Escitia[3].

No obstante, las imágenes del vampiro y el licántropo que han parecido imponerse en el ideario colectivo de Occidente no son demasiado lejanas en el tiempo y se ubican históricamente en el lapso temporal comprendido entre los siglos XII y XVIII, cuando en Europa –especialmente en el Centro y el Este del continente- se desató una fiebre vampírica así como una proliferación de cuentos y mitos sobre hombres lobo sin precedente histórico. A partir de la Edad Media, muchos eruditos se entregaron en cuerpo y alma al estudio del vampirismo, como Augustin Dom Calmet, Montague Summers, William de Newburgh o Walter Mapes.

Mucho tuvo que ver el vigor del cristianismo con ello en la medida que impuso en la visión e interpretación de los sucesos particulares y colectivos una polaridad de dos fuerzas contradictorias: Dios y el diablo. Más todavía, como acertadamente indica Fondebrider[4], la doctrina cristiana no estuvo en ningún caso dispuesta a equiparar ambos poderes en una relación simétrica, de suerte que el diablo se fue haciendo paulatinamente acreedor de una mayor gama de maldades, en la misma medida que ello evitaba que la bondad de Dios fuera en algún momento puesta en entredicho. El resultado del proceso generó la imagen siniestra de Satán que todos conocemos en contraposición a la imagen plenamente benéfica de la divinidad. De este modo, los licántropos, vampiros y demás monstruos tradicionales, que en algún momento del pasado pudieron -y así fue de hecho- albergar sesgos de positividad, se convirtieron en encarnaciones de la más absoluta maldad.

Desde entonces, la literatura, primero, y el cine después, han inmortalizado tanto al vampiro como al hombre lobo para convertirlos en uno de los más populares de los estereotipos perversos de nuestra cultura. No nos referimos tan sólo al celebérrimo Drácula de Bram Stoker. También autores de la nada dudosa talla literaria de Goethe, Lord Byron o Baudelaire, entre otros, alumbraron algunas de sus más grandes páginas tomando como referencia a los cazadores de la noche. También suele olvidarse con exasperante facilidad que la Caperucita Roja de Perrault es mucho más que un cuento para niños y, de hecho, tanto en sus orígenes como en su concepción original distaba mucho de serlo. En realidad el juego de analogías que magistralmente plasmó en sus páginas el francés nos habla de una terrible tragedia: la de una niña púber que ignorando el sabio consejo de su madre abandona el camino correcto para ser acosada, agredida y devorada –junto a su abuela- por un criminal perverso y desalmado. Una historia que ha sucedido cien veces en la vida real, en muchos rincones del mundo y con protagonistas de carne y hueso. Tan auténticos como en los tiempos en que Perrault compuso este aperitivo literario que, descafeinado por el paso del tiempo, relatamos a nuestros hijos como si tal cosa por el mero hecho de que hemos asumido esta clase de sucesos, que otrora aterraban al común de los mortales hasta el punto de elevarlos al rango de lo legendario, como algo normal.

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El actor Christopher Lee encarnando el mito del vampiro que prosperó en el imaginario colectivo del siglo XX: pretendida elegancia, supuesto erotismo y un toque hortera.
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El hombre-Lobo cinematográfico, sin embargo, ha sufrido escasa evolución estética. Quizá por su estilo de monstruo bruto y “a la antigua”, siempre ha tenido pinta un poco macarra y desastrada. Lo más que se pudo hacer por él en sagas famosas como Underworld fue quitarle los pantalones y animalizarlo más si cabe.

Egocentrismo y sociopatía

Autores como Picart y Greek señalan que el estudio científico del vampiro y el licántropo, es decir, aquel que parte de una consideración no sobrenatural del hecho atribuyendo las víctimas de estos legendarios personajes a la acción criminal, comenzó a principios del siglo XX. En 1907, el sociólogo norteamericano E. A. Ross publicó un trabajo que el tiempo ha hecho clásico: Sin and Society (pecado y sociedad). En él describe a una nueva especie de monstruo, el criminaloide[5], responsable del sufrimiento de amplios colectivos sociales a causa de su proverbial ambición y una absoluta falta de interés por la seguridad y supervivencia de las clases trabajadoras. Es evidente que Ross quería referirse figuradamente a los gurús del capitalismo que gobernaban con mano de hierro, y aras de sus propios intereses, los destinos económicos de la sociedad capitalista. En la misma teoría abundó el sociólogo de la Escuela de Chicago Robert Park, quien habló en sus trabajos del vampirismo capitalista al referirse al colonialismo económico estadounidense. Conceptos ambos que guardan, por cierto, estrecha relación con el delincuente de cuello blanco del que también hablara por extenso Sutherland.

Lo interesante, en todo caso, es que esta corriente sociológica relacionaba el comportamiento de estos sujetos con una maldad patológica que los transformaba, más que en meros explotadores, en monstruos insensibles. En suma: desde estas teorías se establecía un sugerente nexo entre la actitud –de clara raíz psicopática- de ciertos individuos con respecto a sus congéneres y la clase de conductas que nuestra cultura ha asociado indeleblemente a aquellos seres a los que tradicionalmente se ha otorgado el calificativo genérico de monstruos. Y lo cierto es que las ideas de Ross, Park o Sutherland no sólo inspiraron a los sociólogos, sino también a los estudiosos del crimen que, por primera vez, abandonaron la idea del criminal como sujeto anormal para establecer vínculos conceptuales entre la conducta criminal y los procesos que operan en el medio social que ahora –corrupción va, corrupción viene- nos parecen evidentes pero que en aquellos días distaban mucho de ser tan obvios[6]. La idea de fondo es ciertamente inquietante: vivimos en un mundo regido por una serie de procesos perversos que, por su propia idiosincrasia, producen toda suerte de monstruos.

Robert Ressler
Robert Ressler (1937-2013).

A este respecto, cuando un periodista preguntó al célebre perfilador del FBI Robert Ressler acerca de los elementos que hacían a las sociedades avanzadas –como es el caso de la estadounidense- tan proclives a la aparición de criminales antisociales, su respuesta fue tan concisa como contundente: “la gente se ha vuelto básicamente egocéntrica. Las metas de cada uno han suplantado a las metas de la sociedad. Las personas no están de acuerdo en nada salvo consigo mismas. Todo esto tiene resultados en la conducta. Si hablamos de alguien que sufre disfunciones sexuales o morales y que está educado para pensar que puede y debe solucionar sus problemas por sí mismo, pero al mismo tiempo supone que las relaciones sexuales que debiera tener son inalcanzables, entonces tiende a tomar por la fuerza aquello que está fuera de su alcance. Y, sin duda, un asesino en serie es una persona enteramente disfuncional que trata de ayudarse a sí misma a obtener aquello que quiere sin observar las consecuencias de sus actos”[7].

Lo cierto es que desde un punto de vista antropológico las raíces de la conducta criminal en el ser humano deben buscarse, más que en la propia historia o en el decurso temporal y circunstancial de las sociedades, precisamente en el fondo de los mitos y leyendas de que se ha alimentado nuestra cultura desde tiempos ancestrales y que han de tener alguna clase de fundamento real, al menos en su objeto central. Basta con releer algunos libros del Antiguo Testamento, observar las mitologías egipcia, grecorromana e hindú o detenerse en las sagas nórdicas para encontrar centenares de relatos sobre agresiones sexuales, agresión, robo, canibalismo, vampirismo, licantropía y otro largo etcétera de brutalidades, perversiones y vejaciones. Por supuesto, los antisociales, se llamasen como quiera en su día, tampoco son una invención del presente. El crimen es tan viejo como la humanidad al punto de que el Génesis bíblico, una vez establecida la Creación, explica que la historia de la Humanidad comienza con un delito –el que cometen Adán y Eva al vulnerar la única norma que Dios les impone-; continúa con un fratricidio –cuando Caín mata a Abel-; y concluye con un genocidio en la forma de Diluvio Universal. Es obvio que el texto fue compuesto por un buen observador de la condición humana.

Cain and AbelTitian c. 1570
Así vio Tiziano el asesinato de Abel a manos de Caín.

Con anterioridad a la aparición de la psicología y la psiquiatría forenses tal y como hoy las conocemos, ninguna otra corriente dedicada al estudio de los procesos mentales había prestado tanta atención a este tipo de cuestiones como el psicoanálisis. Puede que las explicaciones de los procesos inconscientes ofrecidas por los psicoanalistas desde Freud sean consideradas injustamente y con algo de malicia –más por ignorancia de los principios que por un verdadero esfuerzo de comprensión- como elucubraciones sin fundamento. Pero lo cierto es que la psicología y la psiquiatría nunca han dejado de prestarles atención, bien sea de soslayo al punto de que muchos conceptos que hoy damos por buenos fueron, originariamente, concebidos por psicoanalistas. Lo cierto es que actos como los de succionar, morder o el culto patológico a los muertos y lo sobrenatural tienen hondas raíces psíquicas y culturales que no han de ser minusvaloradas si se pretende comprender las motivaciones últimas de la necrofilia, el vampirismo y la licantropía. Ernest Jones, por ejemplo, escribió que no hay cultura en la que no exista la creencia de que los muertos, en determinadas circunstancias, observan a los vivos y sientan un impulso irresistible de retornar con ellos con cualquier propósito. En consecuencia, tampoco resulta extraño que en todos los lugares del mundo existan relatos de fallecidos que visitan a los vivos, los ayudan, los poseen o simplemente tratan de destruirlos. Del mismo modo, a fin de contrarrestar el supuesto poder de los muertos o sus demandas, en toda cultura se dan ritos de apaciguamiento, respeto y consuelo para con las almas de los que se fueron[8].

Sigmund_freud_um_1905
Y el malvado Sigmund Freud (1856-1939) te pregunta: ¿a ti te gusta chupar? ¿Y por qué?

Lo interesante es que esto se ve reflejado una idea muy extendida acerca del vampirismo en la tradición eslava: los primeros atacados por un vampiro, cuando retorna, son generalmente sus allegados vivos. Pero, además, tanto en el fondo del vampirismo como en el de la licantropía subsiste un componente sexual que, sin duda, ha contribuido a incrementar el atractivo que suscita. Componente que guarda, a su vez, estrecha relación con el mordisco, el acto de chupar e incluso la acción extrema de devorar al ser amado o deseado como forma de posesión total, plena, absoluta. En otro caso, por lo demás, y sin tener presente la influencia de un patriarcado milenario que enfatiza el valor intrínseco de la heterosexualidad, resultaría inexplicable la creencia legendaria de que los vampiros y los hombres-lobo prefieran como víctimas a personas del sexo opuesto. Tampoco el supuesto subyacente a muchos de estos relatos de que, contra todo pronóstico, las personas atacadas por estos seres sientan al mismo tiempo terror y fascinación[9].


[1] Conviene realizar una precisión terminológica ya que el hombre lobo y el licántropo son cosas semejantes pero no lo mismo. El primero es aquel que tiene el poder de transformase en lobo físicamente mientras que el segundo es, precisamente, el sujeto que posee una visión distorsionada de la realidad que le hace creer que puede metamorfosearse en lobo y que, consecuentemente, durante los momentos en que se cree transformado se comporta como tal.

[2] Fondebrider, J., Licantropía. Historias de hombres lobo en Occidente. Buenos Aires, Adriana Hidalgo Editora, 2004.

[3] Herodoto, Historia. Libro IV. Madrid: Gredos, 2001.

[4] Fondebrider, 2004, Op. cit.

[5] Evidentemente, el concepto no fue acuñado por Ross, sino por Cesare Lombroso y es muy probable que se este autor se inspirase en la obra pionera de los componentes de la llamada Escuela Positiva del Derecho Penal. Ahora bien, el uso que hace del concepto, desde un punto de vista sociológico, es enteramente novedoso.

[6] Pérez-Fernández, F., Imbéciles morales. Consideraciones históricas de la mente criminal. Jaén: Ediciones del Lunar, 2005.

[7] Kouri, J., Criminal Profile: The Monsters Within. En Internet [www.oscweb.com].

[8] Jones, E. (1951). On the Nightmare. New York, Liveright. Existe traducción al español: La pesadilla, Buenos Aires, Hormé, 1967.

[9] Christopher Lee, actor que se hizo mundialmente famoso encarnando al Conde Drácula en las películas de culto que la factoría británica Hammer realizó en los años 50 y 60 no alberga duda alguna al respecto: “Drácula ofrece la ilusión de la inmortalidad, el deseo subconsciente que todos tenemos de poder sin límites. […] Es la imagen del superhombre con un atractivo erótico para las mujeres, que lo encuentran totalmente seductor”.

Conjurando a Frestón

Vuelo de Clavileño


El vuelo de Clavileño

Brujas, locos, pócimas, fármacos, médicos e inquisidores a través de la literatura cervantina

Francisco López-Muñoz / Francisco Pérez-Fernández

Prólogo: Juan Ramón Biedma

Madrid, Delta Publicaciones, 2017


Si alguien, hurgando en los estantes de cualquier librería, se encuentra con este libro y atraído por lo curioso de su título se decide a tomarlo, a buen seguro echará un vistazo a la contraportada. Y cuando así obre se encontrará con este texto:

“Este libro, desde la excusa cervantina, propone un viaje profundo —y crítico— al mundo de las brujas y hechiceras durante la España Áurea, un mundo de turbias supersticiones y calderos pestilentes, brutales persecuciones y torturas, fraudes médicos consentidos, leyes asfixiantes y represivas, inquisidores intransigentes, pseudoconocimiento y misoginia cerril, que se ocultaba bajo la alargada sombra de la fe absoluta, la pureza de sangre y las pretendidas buenas costumbres. Las brujas, sus cuitas y su mundo eran cosa bien conocida por Cervantes, en cuya obra los pícaros, curanderos, embusteros, timadores, ladrones y vividores son especie común por vista de cerca y formar, además, parte intrínseca de ese mosaico existencial, acrisolado de pasados que se cierran y futuros que se abren, que es el Siglo de Oro español. En sus obras se aprecian las muchas experiencias vitales del autor, su singular circunstancia y su vasta cultura: Cervantes conocía bien la medicina de su tiempo, al proceder de una familia vinculada al oficio, e incluso la farmacopea no le era ajena, pues disponía en su biblioteca particular de un la exploración del carácter, como buen conocedor de Juan Huarte de San Juan, y sabía mucho de los entresijos y submundos de la sociedad y la cultura que vivió, y a la que a menudo sobrevivió. Que la obra de Cervantes es una fuente inagotable de inspiración, que admite infinidad de lecturas, no es cosa nueva, y prueba de ello es el mundo de la brujería y sus fenómenos afines, que tanto le fascinaron. De hecho, de los textos cervantinos se extrapolan afirmaciones que hoy día podrían parecer evidentes, como que las prácticas de brujería carecían de influencia satánica y que sus unturas y pócimas solían elaborarse, obviando la excusa ritual, con fines meramente recreativos y lúdicos.”

¿Suficiente? Quién sabe. Lo cierto es que toda obra -igual da su calidad e interés manifiestos- siempre esconde muchas lecturas. De hecho, lo que hace bueno a un libro, más allá de la técnica de quien lo escribe o de la pericia de quien lo lee, reside en la habilidad del autor para exponer y superponer niveles de lectura, así como en la facilidad con la que estos quedan accesibles al posible lector. Por ello, cuando Dickens comenzó su celebrada Historia de dos ciudades con aquella sentencia mítica: “era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos”, estaba haciendo mucho más que regodearse en su indiscutible eficacia como autor: estaba dotando a su obra de un halo de intemporalidad que la haría atractiva para cualquier lector y en cualquier tiempo, que no es poca cosa.

Por eso es que los libros, en general, son siempre peligrosos para los fanáticos, los doctrinarios y los totalitarios. Abren puertas y modifican realidades. Y del mismo modo que a Don Quijote los libros lo perdieron, paradójicamente, fue también que lo salvaron. Y algo de esto debieron barruntarse aquellos que pretendían sacar al Alonso Quijano escondido en la locura del Caballero de la Triste Figura cuando la única forma que se les ocurrió para intentar atraerlo a la cordura fue quemar los libros y tapiar el cuarto de lectura. Desastre del que Don Quijote se libera, precisamente, inventando otra ficción al culpar de todo aquello a uno de sus archienemigos; el sabio Frestón (el nombre del personaje ya es deliciosamente antinómico). Y así es como la vida de cada hombre, en manos de Cervantes, se va convirtiendo en una espiral de verdades, mentiras, ficciones, creaciones y recreaciones que se hacen cosmovisión y perfilan “el mundo” de cada cual. Por eso los dogmáticos han de pasar la vida conjurando a ese paradójico secuestrador de saberes que es el tal Frestón; porque los libros son llaves que abren puertas y ventanas que -creen- debieran permanecer cerradas a fin de asegurar el pensamiento único.

Esto es lo que trata de mostrar este libro, El vuelo de Clavileño, que en realidad es un libro de libros, desde libros y para otros libros. O, por mejor decir, una puerta hacia otras puertas que, a su vez, abren pasillos, túneles y caminos hacia realidades solo aparentemente diferentes en la medida que versiones anteriores de la nuestra. Así debiera leerse más allá de tecnicismos, precisiones, teorías y retóricas -de las cuales hay muchas en la obra- porque con tal deseo se concibió. De hecho, cuando Faulkner decía que el pasado no pasa, que nunca es del todo pasado, que está aquí y ahora, lo que pretendía decirnos es que nada desaparece del todo sino que en todo caso se recicla, se disfraza,  se reconstruye y vuelve de otro modo, en otra forma.

Cuando mi compañero -y amigo- Francisco López y yo concebimos la idea de este libro teníamos claro bien fuera de manera inconsciente el argumento de Faulkner. Creímos, con Dickens, que todos los tiempos son los mejores y los peores al mismo tiempo. Pensábamos, desde la modestia más certera, como Cervantes: que si un libro te condena, solo un libro puede salvarte, y que no existe mejor antídoto contra el veneno de la ignorancia, frente al no saber quiénes somos, que el redescubrimiento de ese pasado que, en realidad, nunca pasa del todo pues lo único que ocurre es que raramente lo reconocemos al verlo oculto tras sus nuevos disfraces. ¿Lo hemos conseguido? En realidad lo ignoro y no creo que ningún autor sepa realmente si ha hecho poco más que escribirse a sí mismo cuando escribe cualquier cosa.

Sea como fuere, el libro está ahí y habla ya por sí mismo.

 

El hombre de los dulces


El protagonista -debiéramos decir como se comprobará los protagonistas– de esta historia, la de Dean Arnold Corll, ofrece tres connotaciones muy interesantes. La primera de ellas es que tratándose de uno de los asesinos seriales más salvajes de todos los tiempos, no está entre los más célebres y recordados tanto por los especialistas como por los aficionados a la materia. La segunda, no menos importante, reside en el nada desdeñable dato de que los cómplices de Corll, individuos que le suministraron la mayor parte de sus víctimas, que le ayudaron en la barbarie y que encubrieron sus brutalidades, no eran psicópatas “de manual” sino tipos dominados por la más elemental avaricia. En tercer lugar, nos muestra que en esta tipología de crímenes, de existir un pie de igualdad en las relaciones, la comunidad de intereses suele resultar enteramente circunstancial y es fácil de quebrantar, lo cual degenera en las más funestas consecuencias para todos los implicados… Razón por la que la mayoría de los asesinos en serie prefiere “trabajar solo”.


Corll
Dean Arnold Corll.

A la falta general de interés mediático por Candyman, criminal en el más puro estilo de la tradición del psychokiller norteamericana, parece sencillo darle una explicación: todo en su vida fue demasiado tópico. La infancia de Corll no fue más compleja que la de cualquier otro niño sometido a la férrea disciplina de un padre castigador y que vive el divorcio de sus progenitores. Tampoco su adolescencia difirió en exceso de los derroteros previsibles en un joven anónimo que se descubre homosexual en un entorno escasamente tolerante. Incluso la parte más negra y terrible de su vida –la criminal- es sórdida, poco literaria, repleta de estereotipos y lugares comunes. Problemas de identidad sexual, lujuria, drogas y crimen. Un esquema habitual del género y repetido hasta la saciedad como si se tratara del guion de una película de bajo presupuesto. Incluso lo prematuro de la muerte de Corll privó a la opinión pública de las narraciones morbosas y espectaculares, cuajadas de truculentos detalles en rojo que tanto gustan al experto y al profano. No hubo un juicio multitudinario, atiborrado de testigos que recurrieran a la fórmula manida del “parecía normal” para que por un segundo todos mirasen de reojo al sujeto “normal” que se sentaba a su lado. Es verdad: Dean Corll no fue un criminal mediático y se limitó a ir a lo suyo.

Lo cierto, a poco que nos adentramos en el despropósito, es que advertimos muy pronto que nada es vulgar. Nos las vemos con un relato oscuro que vincula a supuestos cuerdos y supuestos locos, que eslabona las motivaciones prosaicas y completamente normales -incluso comprensibles- de sus cómplices, con la pesadilla psíquica de un depredador sexual. Que ofrece elocuentes pistas sobre el funcionamiento psicológico de unos, los que nos situamos a ambos lados de la línea imaginaria. Corll se entregó a una matanza ciega e irreversible que le adentró en una selva e intrincada a un ritmo que sus cómplices no podían seguir o comprender.

Enfermo, mimado y cariñoso

Dean nació en Fort Wayne, Indiana, el 24 de diciembre de 1939. Creció en un hogar conflictivo en el que sus padres, Arnold y Mary Corll, se pelearon sin tregua hasta que en 1946, poco después de que viniera al mundo el segundo hijo de la pareja, Stanley, se divorciaron. Posteriormente, Mary encontró la vida “vacía” y triste sin Arnold, de suerte que, siguiéndole la pista, se trasladó con los niños a Tennessee donde volvió a contraer matrimonio con él[1]. Así, la familia reunida se trasladaría en 1950 a Houston (Texas).

El señor Corll Sr., electricista de profesión, nunca fue un padre de manual. Descuidaba la atención de los hijos, para, de súbito, castigarlos con gran severidad por el más leve error que pudieran cometer. Acto seguido, tras los gritos y los golpes, se prodigaba en caricias con los chicos. Era un hombre errático y desconcertante tanto para repartir amor como para aplicar castigos y con el que resultaba difícil saber a qué atenerse. Luego, cuando papá y mamá Corll se separaron de nuevo, Mary entró en relaciones que concluirían en boda con un comercial llamado Jake West, quien tenía también una hija de un matrimonio precedente que, a menudo, tuvo que hacer las veces de canguro con Dean y Stanley.

Unas fiebres reumáticas contraídas durante la niñez motivaron que se le declarase un problema de corazón que prácticamente le incapacitaba para los esfuerzos físicos continuados, así que Dean faltó en muchas ocasiones a la escuela, con lo que se perdió otro de los factores principales de socialización. Cobijado siempre bajo la falda de las mujeres de la familia, se transformó, con el tiempo, en un joven excesivamente mimado, taciturno y reservado. Justo el perfil contrario al de su hermano Stanley, chico extrovertido que pasaba horas disfrutando de la amistad y los juegos de sus compañeros de colegio. Limitado para los deportes, a Dean le dio por estudiar música, llegando a tocar el trombón en la banda del instituto en el que cursó la secundaria. Sus notas nunca fueron brillantes, pero tampoco excesivamente malas, y en todo caso aquella carencia quedaba contrarrestada por un excelente comportamiento.

Dean Corll (joven)
Dean en una instantánea de su época como estudiante de enseñanza secundaria.

Su madre, siguiendo la sugerencia de un comerciante del sector, pensó que podría hacer dinero fabricando caramelos de pacana[2]. Y todos los componentes de la familia colaboraron de una u otra manera en la iniciativa de modo que Dean, por ejemplo, echaba una mano pelando frutos o ayudando en el reparto de los encargos. “[Dean] –explica John Gurwell- era muy comprensivo y afectivo, especialmente con los niños. Nunca cuestionó las decisiones de su madre”[3]. De hecho, la ejemplaridad de su comportamiento quedaría puesta de manifiesto una vez más en 1960, cuando se trasladó a Indianápolis con la expresa finalidad de cuidar de su abuela viuda, la madre de su padrastro. El caso es que cuando regresó de Indianápolis, en 1962, Dean encontró que el negocio materno había prosperado mucho. Así, Mary contaba en casa con una auténtica fábrica de caramelos y había dispuesto una tienda en el garaje de la vivienda.

Sin dudarlo un instante, se instaló en un pequeño apartamento sobre el garaje y se enroló en el negocio hasta convertirse en el segundo de a bordo. También, por mediación de su padre natural, con el que siempre mantuvo una excelente relación, obtuvo un trabajo en la compañía eléctrica local, la Houston Lightning and Power, de modo que hacía caramelos durante buena parte de la noche y ganaba un salario estable durante el día. Su futuro era prometedor y no había pasado inadvertido a un buen número de chicas del vecindario que comenzaron a rondarle, pero Dean nunca pareció estar por la labor de establecer relaciones con el sexo opuesto[4].

En 1964, y a pesar de su dolencia cardiaca, Corll fue llamado a filas. En el ejército dio muestras de sus primeras señales de homosexualidad. Es muy probable que en un entorno tan tremendamente masculino y heterosexual Dean fuera objeto de crítica, burla y sanción por parte de compañeros y superiores, pero en ese preciso momento no se produjo ninguna reacción extraña que hiciera sospechar lo que sucedería después. Sirviendo al Tío Sam comenzó, por lo demás, a introducirse en las drogas. Nada serio de momento. Cannabis, marihuana, algún ácido, pegamento y otras fruslerías experimentales de ese tenor. Probablemente fuera por este conglomerado de razones que apenas un año después de su alistamiento se le licenció apresuradamente. Retornó, pues, al hogar sumido en un grave problema de identidad sexual al que se sumó una preocupación creciente, e incluso patológica, por su aspecto físico.

Y, además, las cosas habían cambiado. Durante su ausencia su madre había decidido divorciarse de Jake West, ya que la relación entre ambos se había visto fracturada a causa del absorbente negocio de Mary, que se expandía día a día. La fábrica de caramelos se trasladó a las cercanías de la Escuela Elemental Helms. Dean, que se mudó a su vez a un pequeño apartamento cercano, solía invitar a dulces a los chicos del nuevo vecindario con asiduidad, lo cual le convirtió en un tipo especialmente popular y simpático entre la chavalería, y de ahí el apodo con el que pronto empezó a ser conocido: Candyman -u Hombre de los Dulces-. El caso es que todo fue bien hasta que los críos, que antes parecía gozar de su compañía, empezaron a eludir las intimidades con Dean… Hubo rumores crecientes y un trabajador de la empresa empezó a insinuar cosas sobre “lo que ocurría con los chiquillos”[5]. Dean supo eludir este primer golpe por la vía de la indignación e hizo que su madre despidiera al bocazas. Aún pasaría, sin embargo, meses preocupado por el hecho de que se diera crédito a los rumores[6].

Corll ejercito
Imagen de Dean Corll durante su corto servicio militar.

Mary, sin embargo, tenía cosas mejores que hacer que prestar atención a la sexualidad de su primogénito. De hecho, volvería a casarse por unos años con un marino mercante, y este matrimonio también fracaso en dos ocasiones, la última en 1968. Aquí acabó la fábrica de caramelos, en la medida que la madre de Dean decidió trasladarse para instalar un negocio similar primero en Dallas y, posteriormente, en Colorado. De esta forma tan inusual fue que Dean Corll, frisando la treintena, alcanzó la independencia. Se centró entonces en su trabajo como electricista y se instaló en una pequeña casa que su padre, Arnold, poseía en Lamar Street, en el seno de un tranquilo barrio de clase media. No se deshizo, sin embargo, de un almacén que había alquilado en Silver Bell Street a fin de paliar las estrecheces de su vivienda precedente.

Liberado del control materno experimenta, súbitamente, un cambio tan insospechado como radical en su personalidad. Se transforma en un individuo tétrico, tendente a la depresión e hipersensible hasta lo morboso. Empezó entonces a pasar el tiempo con adolescentes, y a organizar fiestas en su casa donde todos se ponían a tono oliendo pintura y pegamento[7], para luego entregarse a las más diversas fantasías sexuales. Corll seguía regalando caramelos.

Amistades peligrosas

David Owen Brooks
David Owen Brooks

Lo cierto es que en septiembre de 1970, Candyman se sintió preparado para dar el primer golpe. El elegido fue un estudiante de la Universidad de Texas, Jeffrey Konen, que hacía auto-stop camino de Houston, queriendo el azar que fuera Dean Corll el único conductor que se detuvo. En efecto, llevó al chico a la ciudad, pero se las ingenió para convencerle, como otras tantas veces, de que lo pasarían bien en su casa. Una vez allí, tras consumir drogas, beber unas cervezas y oler algo de pegamento, aprovechando el momento en que Konen perdió el conocimiento, guiado por un impulso irresistible, lo ató de pies y manos para sodomizarlo antes de terminar con su vida y deshacerse del cuerpo.

Ciertamente, Dean seguía disfrutando de la compañía de Brooks al tiempo que pagaba a otros chicos para que le practicasen sexo oral, pero la situación se volvía tensa porque Candyman esperaba bastante más de los jovencitos. Si accedían de buen grado –como explicaría David con posterioridad a la policía- salían vivos del trance, pero cuando no era así los violaba y asesinaba. Por lo demás, la estrategia de Corll era virtualmente perfecta en la medida que se las ingeniaba para seleccionar chavales problemáticos, generalmente huidos del hogar, y cuya desaparición por consiguiente no era noticiable[8]. La verdad es que Brooks descubrió lo que estaba sucediendo a finales de 1970, cuando se presentó de improviso en casa de Dean, y lo sorprendió en su dormitorio, desprovisto de ropa y acompañado de dos muchachos, también desnudos, a los que había maniatado concienzudamente. Candyman se puso hecho una furia y le echó de allí con cajas destempladas. Luego, a cambio del necesario silencio, y tras explicarle con total naturalidad que había asesinado a ambos chicos, compraría el silencio de David con un Corvette[9].

En realidad, el coche deportivo abría otra etapa en los planes perfectamente diseñados –concebidos y desarrollados con enfermiza naturalidad- de Dean Corll, pues empezó a pasearse en él –David al volante- a fin de seleccionar juntos a sus sucesivas víctimas. Otras veces, vagabundeaban por las calles en la lustrosa camioneta blanca de Dean. Pocos rehuían la posibilidad de subirse a aquellas ratoneras rodantes para pasar un buen rato con esos dos “tipos enrollados”. Y así se fueron sucediendo las macabras fiestas del Hombre de los Dulces. A veces junto al servil y dependiente Brooks, a veces no. Por lo demás, durante esta época Corll solía alquilar apartamentos en diferentes partes de la ciudad, más o menos alejadas de Lamar Street, a fin de no levantar sospechas entre sus vecinos cercanos o provocar la animadversión de algún inquilino quisquilloso. Llegó a disfrutar tres diferentes en un año. En lo que respecta a los cadáveres, la mayor parte de ellos solía terminar enterrado bajo el entarimado de madera del almacén de Silver Bell Street.

Henley (juicio)
Elmer Wayne Henley (fuente: Associated Press).

Tras varios asesinatos, David Brooks se presentó en casa de Corll con una nueva víctima propiciatoria. En este caso se trataba de su mejor amigo, Elmer Wayne Henley. No obstante, el calculador Candyman, advirtiendo el desparpajo del nuevo, supo darse cuenta de que era distinto a los otros e improvisó una prueba: a requerimiento suyo, Elmer golpeó sin dudarlo un instante a David, de suerte que perdió el conocimiento. Cuando despertó estaba tendido sobre la cama de Dean y sangraba profusamente por el ano. Tras meses durante los que se las había apañado para evadirse de las exigencias sexuales de Corll, había caído. Sea como fuere, obró con cautela y no dijo nada aunque comprendió que ahora había otro factor en la ecuación. A Dean, tal vez hastiado de la actitud de perrillo faldero de David, parecían gustarle el atrevimiento y la independencia de un Elmer que, dicho sea de paso, no parecía mejor en el plano moral que el propio Corll. Y como en tales situaciones tres suelen ser multitud Brooks, cauteloso, comenzó a guardar las distancias con respecto a los otros.

Finalmente, el descenso a los infiernos de Corll se había consumado. Perdió el control por completo y ofreció tanto a Brooks como a Henley, quien estaba especialmente dispuesto a hacer cualquier cosa por dinero, la cantidad de doscientos dólares por cada una de las víctimas que le proporcionaran. Y aceptaron. David probablemente por miedo. En el caso de Elmer, con tal diligencia y fruición que no dudó en llevar al matadero a buena parte de sus propios amigos. La verdad es que, cegados por las constantes recompensas de Candyman, dada la notoria impunidad de sus actos, ambos empezaron a mostrarse muy descuidados a la hora de buscar nuevas víctimas. Buena parte de ellos fueron seleccionados en el mismo vecindario en el que Corll tenía su residencia. En efecto. Parece increíble que nadie pudiera sospechar lo que sucedía en el interior de la guarida del bueno de Dean. Quizá porque era un vecino ejemplar. Hombre “raro” pero en general “persona honrada y trabajadora”.

Lo interesante es que Dean Corll, tal y como explicó a sus colaboradores en el crimen, mostró una capacidad de racionalización sorprendente que le llevó a desarrollar una visión sumamente altruista de sus aficiones: solía comentar que aquellos chicos a los que violaba y asesinaba –sólo o acompañado por David y Elmer- en realidad eran una carga para sus familias, proyectos de perdedores y lastres para la nación, por lo que en el fondo estaba haciendo una “obra social”.

Un final previsible

El 8 de agosto de 1973 la carrera criminal de Dean Corll tocaría a su fin. Y no por acción de las fuerzas de la ley que, tal y como estaban las cosas, podrían haber permitido que el apetito homicida de Corll eliminase a la mitad de la juventud de Houston antes de llamar a la puerta de su casa, sino por acción de Elmer Henley, quien telefoneó a la policía visiblemente alterado para que fuera a la pequeña casita de su buen amigo y mecenas. Una vez allí, los agentes se encontraron el cuerpo de Dean Candyman Corll, muerto a causa de seis disparos en cabeza, hombro y pecho. La verdad, por cierto, es que Elmer no había tenido aquella noche la mejor idea de su vida cuando, conociendo perfectamente lo que allí sucedía, decidió presentarse allí con una chavala con la que andaba ennoviado, una tal Rhonda, y otro amigo, Tim Kerley, por el que Henley había pensado cobrar una bonita suma.

Rhonda Williams era una joven acomplejada por su físico poco agraciado, huérfana de madre y sometida a las violentas acometidas de un padre alcohólico. Solía tener problemas para conservar a sus novios –el último, un tal Frank Aguirre, había desaparecido sin dejar rastro[10]-, y cojeaba ostensiblemente a causa de un accidente reciente cuyo resultado había sido un pie malherido. Aquella noche, como de costumbre, el papá de Rhonda se había presentado en casa completamente borracho, por lo que la chica se había encerrado en su cuarto. Elmer, que sabía bien el terror que su progenitor le inspiraba, a petición de la propia chica, la había rescatado con la ayuda de Tim por la ventana de su dormitorio sobre las dos de la madrugada.

Ella no quería cuentas con el raro de Dean, de quien el mocerío del barrio contaba muchas cosas turbias, menos aun cuando se trataba de pasar la noche bajo su mismo techo, pero las opciones tampoco eran muchas a aquellas horas, de modo que el trío se encaminó hacia allá. Eran alrededor de las tres de la mañana cuando cruzaban el jardín delantero. No es que Rhonda sospechara a qué dedicaba Candyman sus ratos libres, y tampoco creía que se enfadara en exceso porque se presentara allí con los dos chicos, pero era plenamente consciente por los relatos sesgados de Elmer de que algo no funcionaba bien con su inopinado anfitrión y, por consiguiente, de que las cosas podrían torcerse. El hecho es que las circunstancias se presentaron bastante mejor de lo que ella o Henley habían supuesto. Dean estaba de muy buen humor. Hubo, de hecho, una pequeña fiesta durante la que bebieron y fumaron algo de hierba. Luego todos se fueron quedando dormidos. Todos excepto Corll.

Pasaron varias horas. Elmer se despertó de súbito, presa de una extraña agitación, justo en el momento en el que Dean terminaba de esposarle. Para entonces ya le había atado las piernas. Sorprendido, miro a su alrededor. Tim, ya desnudo, estaba inmovilizado con cuerdas y amordazado con cinta aislante, al igual que Rhonda. No hacía falta que Candyman dijese nada, pero lo hizo: “voy a mataros a todos, pero antes me divertiré un rato”[11]. Wayne pensó deprisa y le propuso un trato para ganar algo de tiempo: sería más divertido si, mientras él torturaba a Tim, le permitía a él violar a Rhonda. Dean, con gesto codicioso, evaluaba las posibilidades entretanto le amenazaba con un revolver del calibre 22 y un enorme cuchillo, hasta que finalmente tomó la decisión de desatarle: “Si no haces lo que has prometido, también serás mi víctima”[12].

Acto seguido, Corll llevó a Tim y Rhonda a uno de los dormitorios, en el que tenía preparada una peculiar sala de torturas, y los encadenó a unos tablones dispuestos en la pared. Henley, siguiendo el juego, sugirió que se divertirían más si podían escuchar los gritos de ambos, por lo que sería mejor quitarles las mordazas, a lo que Dean accedió gustoso antes de tenderle el cuchillo y ordenarle que despojara a la chica de la ropa. Aprovechando la ocasión, Henley susurró al oído de la chica que trataba de ganar tiempo y que no le sucedería nada entretanto rasgaba sus pantalones. La pura verdad es que Elmer no obraba por un impulso heroico. Simplemente, presa de la tensión, fue incapaz de tener una erección, hecho provocó airadas burlas por parte de Candyman quien, a su vez, intentaba violar a un Tim que forcejaba sin cesar[13].

Corll, tablones
Dos agentes de la policía de Pasadena posan ante uno de los tablones para torturas encontrados en la casa de Dean Corll.

 

A fin de dominar más fácilmente a su víctima, Candyman dejó el revolver en la mesilla de noche. Simulando dirigirse al baño, Elmer se apoderó del arma y le encañonó. Estaba muy herido por los ataques verbales de Dean, quien se enfureció: “¡Mátame, Wayne! ¡Mátame si puedes! ¡Estoy seguro de que no lo harás!”[14]. Se equivocaba. Elmer Wayne Henley lo hizo. Luego telefoneó a la policía. Eran las 8:30 horas de la mañana.

Corll victims
Elaboración propia.

Cementerio particular

El agente A. B. Jamison, del Departamento de Policía de Pasadena, se dirigió a la carrera hacia el 2020 de Lamar Drive, tal y como le habían indicado desde la central. Allí, frente a una casa de una planta pintada en verde y blanco, le esperaban tres adolescentes, dos chicos y una chica. Uno de ellos, que se autoidentificó como Wayne Henley, acompañó a Jamison al interior de la vivienda, hasta el lugar en el que, sobre el suelo, tiroteado y ensangrentado, yacía el cuerpo de un hombre adulto, de cabello castaño ondulado, musculoso y bastante alto. Se trataba de Dean Arnold Corll, de 33 años de edad, electricista empleado en la Houston Power and Light.

Tras las pertinentes diligencias, el cadáver fue trasladado a la morgue entretanto los jóvenes eran conducidos a comisaría a fin de que les fuera tomada declaración. La historia parecía bastante clara, pero un comentario inopinado de Tim Kerley, saltándose el guion, hizo suponer a sus interrogadores que tras aquel caso tan aparentemente sencillo había más de lo que cabía suponer en un principio: “Wayne me dijo que tenía suerte, puesto que si no fuera un buen amigo suyo, podría haber conseguido ciento cincuenta dólares por mí”[15]. Los hallazgos que los detectives realizaron en la casa del finado Dean alimentaron sus sospechas; esposas, cuerdas, tablones con grilletes, una bayoneta, un enorme consolador, cremas lubricantes, una caja con mechones de vello púbico pertenecientes a diferentes personas… En efecto, el comentario de Tim convertía a Elmer Henley en cómplice de algo muy oscuro.

Hubo que presionar poco al muchacho, que se derrumbó apenas los detectives se concentraron en él. Presa de los nervios, o tal vez impelido por la necesidad de liberar su conciencia, el joven narró a los estupefactos policías la macabra historia de sus peripecias junto al difunto Corll. En un principio, los agentes tomaron la increíble declaración con reservas. Al fin y al cabo, nada hacía sospechar que el hombre asesinado fuera realmente un criminal. Así se dedujo de la declaración del padre de Dean, Arnold, quien manifestó que su hijo jamás había sido una persona violenta ni había mostrado tendencias homosexuales. “De hecho [añadió] mi hijo adoraba a los niños y siempre había sido muy generoso con ellos. Estos chicos se han aprovechado de la hospitalidad de mi hijo y, enloquecidos por las drogas, le han asesinado en su propia casa”[16]. Testimonio que parecía corroborado por las declaraciones de los vecinos de Dean y que le catalogaban de persona de orden, con una vida normal y en absoluto sospechoso de nada que mereciera la pena contar. Incluso la dueña del almacén que Corll había transformado en cementerio, una tal señora Meynier, manifestaría en su momento a la policía, que todavía se esforzaba por destapar la fosa común, que Dean parecía una excelente persona y jamás había tenido queja alguna de él. Lo cierto es que por un momento los agentes parecieron dispuestos a creer en la versión de los hechos imaginada por Arnold Corll, pero el testimonio de Henley era demasiado tentador –quizá por disparatado- como para dejarlo pasar por alto. Sobre todo teniendo presente la elevada cantidad de denuncias sobre muchachos desaparecidos en aquella parte de la ciudad.

Se profundizó en el pasado de Candyman en busca de datos que alimentaran la sospecha, pero todo parecía indicar que Corll había sido realmente un buen ciudadano, de vida ordenada. Con alguna rareza sexual, pero quién no tiene una. Aquellos que conocieron a Dean hablaban maravillas de él. Incluso una antigua novia, Betty Hawkins, parecía dispuesta a defender su integridad a todo trance: “Dean fue el hombre más amable que he conocido. Si tenía algo y alguien lo necesitaba, no dudaba en dárselo. Hasta donde yo sé, su única afición fue la de ayudar a los demás”[17]. Así que la policía se aprestaba a cerrar el caso cuando un informador anónimo dibujó una imagen muy diferente del hombre asesinado. Este sujeto, quien se hacía llamar a sí mismo Guy, era un adolescente homosexual que manifestó conocer bien a Dean Corll. Al parecer ambos habían mantenido una estrecha relación que no llegó a consolidarse después, especialmente por su estilo de vida, cercano a los locales gays y las casas de baños. De hecho, Dean, como corresponde a un perfecto homosexual egodistónico, era muy reacio a este tipo de ambientes, disociando por completo sus tendencias homosexuales del resto de su vida: “Levantó una barrera entre mí y su vida íntima, que se convirtieron en un tabú [expresó Guy]. Supe que tenía un amigo llamado Wayne, pero siempre que yo intentaba acercarme a sus amigos, se las ingeniaba para alejarlos de mí… Nunca quiso presentármelos”[18].

Además, algunos de los nombres que Henley dio a los agentes coincidían con los de chicos cuyas desapariciones habían sido denunciadas lo que, obviamente, parecía demasiada casualidad como para que la historia no tuviera visos de ser cierta. La duda residía en delimitar la magnitud de la culpabilidad del difunto Corll. La cosa quedó más clara cuando aquella misma tarde Elmer condujo a los policías al improvisado cementerio del Hombre de los Dulces, su particular cámara de los horrores instalada bajo los tablones del almacén que Dean Corll tenía alquilado en Silver Bell Street, donde había enterrados un total de 17 cuerpos. Insistió en que, al menos que él supiera, habría 10 cadáveres más en otros lugares que, en algún caso, no supo precisar.

A todo esto, David Owen Brooks se enteró de todo por las noticias y decidió que, muerto Dean, era hora ya de contarlo todo. Cuando llegó a la comisaría y se informó a Henley del hecho, este suspiró aliviado manifestando que al fin, ahora que David había decidido entregarse, podría contar toda la historia. Comenzó, de este modo, por admitir que algunas de las víctimas habían muerto por su propia mano.

Crime Search Party
Brooks y Henley ayudan a los agentes durante la tarea de excavación de las fosas comunes de Dean Corll (fuente: Corbis).

El testimonio de Brooks resultó más ligero. En realidad, concedió que en algún caso, sobre todo desde que Elmer se había visto involucrado en los sucesos, participó en alguno de los crímenes y que lo habitual era que los tres estuvieran presentes durante ellos. Sin embargo, explicó que actuaba en gran medida por miedo a convertirse asimismo en víctima. Tal y como se estaban poniendo las cosas convenía aliarse con los fuertes, sobre todo porque “me pareció que Wayne también disfrutaba causando dolor a aquellos chicos”[19]. Luego se supo que esta declaración era una verdad a medias en la medida que Elmer y David ya se habían planteado la posibilidad de asesinar a Dean porque imaginaban acertadamente que cualquier día podría tocarles a ellos y que, además, las cosas no podían continuar así en la medida que la ferocidad cada vez mayor de Candyman provocaría que, más pronto que tarde, les detuviesen.

Considerados competentes y capaces de distinguir entre el bien y el mal por los especialistas, ambos muchachos fueron sometidos en 1974 a un juicio mediático que provocó airados debates televisivos y radiofónicos[20]. Brooks fue condenado a cadena perpetua por su participación probada en, al menos, seis asesinatos. Henley fue encontrado culpable de varias muertes y condenado a seis penas de 99 años en prisión. Su causa con respecto a la muerte de Dean Corll se resolvió con una absolución por homicidio justificado. Su abogado defensor, sin embargo, logró que el caso fuera revisado aduciendo que su cliente había sido juzgado antes en los medios de comunicación que en las salas de justicia, y que su juicio se había visto por consiguiente contaminado por la presión de la opinión publica. En efecto: Henley volvió a presentarse ante los tribunales en 1979, pero de poco le sirvió ya que fue encontrado de nuevo culpable y encarcelado con idéntica severidad. Lo cierto es que sólo el hecho de que fuesen menores de edad cuando Dean Arnold Corll les indujo al crimen, les libró de la pena capital.


[1] Bendeich, J. (2002). “Dean Corll”. En: The Crime Web [www.thecrimeweb.com].

[2] La pacana (Carya illinoiensis y Carya ovata) es un árbol oriundo de Norteamérica que da unos frutos, cuya almendra es dulce y comestible. Estos frutos, de forma ovoide, son del tamaño de nueces y reciben el mismo nombre del árbol. La madera de la pacana es parecida a la del nogal y muy apreciada en carpintería y ebanistería.

[3] Mass Murder in Houston. Houston, Cordovan Press, 1974.

[4] Bendeich, J. Op. Cit.

[5] Bendeich, J. Op. Cit.

[6] Wilson, C. y Seaman, D. (1997). The Serial Killers: A Study in the Psychology of Violence. Virgin Books.

[7] Actividad sistemática que, con total probabilidad, le produjo daños cerebrales irreversibles.

[8] Bendeich, J. Op. Cit.

[9] Espectacular modelo deportivo de la casa Chevrolet, especialmente popular –y deseado- en los Estados Unidos durante aquellos días.

[10] Luego se supo que se trataba de uno de los amigos que Henley había llevado a una de las amables fiestas de Dean Corll.

[11] Bardsley, M. (s.f.). “Dean Corll: The Sex, Sadism and Slaugther of Houston Candyman”. En Internet: Court TV’s, Crime Library. Criminal Minds and Methods. [www.crimelibrary.com].

[12] Ibíd. anterior.

[13] Olsen, J. (1990). The Man with Candy. The Story of the Houston Mass Murderers. New York, Simon & Schuster.

[14] Bardsley, M. Op. Cit.

[15] Ibid. anterior.

[16] Ibid. anterior.

[17] Ibid. anterior.

[18] Ibid. anterior.

[19] Olsen, J. Op. Cit.

[20] No ha de olvidarse que en aquellos días el contaje de víctimas de Dean Corll y sus secuaces, al menos 27, suponía un récord en los Estados Unidos, al superarse holgadamente las 25 de Juan Corona. Como es lógico, la truculenta y sórdida historia de los crímenes de Houston despertó el interés de toda la nación.

De la banalidad del mal a la victimización

“Hay hombres sanos y hombres enfermos, pero los hay medio sanos y medio enfermos y los hay convalecientes. Hay hombres buenos y malos, pero los hay ni buenos ni malos. En todas las cosas hay matices”.

Miguel Gayarre Espinal (1886-1936)


hannah-arendt
Hanna Arendt

Cuando Hanna Arendt (1906-1975), inspirada por el juicio del nazi Adolf Eichmann (1906-1962), que comenzó en Jerusalén en 1961, habló de la “banalidad del mal”[1], no sólo trataba de mostrarnos cómo la maldad es por lo común una actividad y una consecuencia –el proceso y resultado de una situación personal concreta- antes que una improbable condición metafísica inherente a los individuos tal y como se deduce de la sentencia del doctor Gayarre que encabeza esta entrada. Quería Arendt ir más lejos en la medida que trataba de esclarecer en alguna medida sus efectos sobre las víctimas directas e indirectas de los actos malvados y, con ello, ofrecernos la posibilidad de extraer consecuencias valiosas en el plano victimológico. Consecuencias que en estos tiempos, en los que la cultura se ve teñida de un esencialismo terrible, estereotipado y etiquetador, del que nos servimos para enjuiciar, calificar, denominar y condenar sin llegar nunca a comprender del todo son, creo, más pertinentes que nunca. Basta con observar la ligereza con la que se esencializa a las personas –y a los colectivos- en los titulares de prensa, con fines por lo común inconfesables, para darse cuenta de que algo perverso está ocurriendo con nuestra comprensión de la realidad.

Del mismo modo que Eichmann llegó a convertirse en un terrible criminal y genocida, no por perversidades diagnosticables e inherentes a su personalidad, sino por formar parte de un conglomerado burocrático enfermizo cimentado sobre la política del exterminio –y en tal sentido puede decirse que simplemente era un tipo que “hacía su trabajo” con total independencia de lo terrorífica o censurable que esa ocupación nos resulte-, carece de sentido pensar que las maldades que nos afectan en la vida diaria, o que nos conducen a la victimización, tienen algo que ver con alguna clase de esencialidad o destino cósmico. Y esta impresión, humana si se quiere en la medida que somos buscadores de sentidos, es algo de lo que hay que desprender a la víctima cuanto antes si lo que pretendemos es su recuperación personal, moral y social.

La falacia de la seguridad

Todos nos hemos convencido –pues resulta tranquilizador- de que el mal que puede llegar a afectarnos en un momento dado es controlable, restringible e incluso erradicable si somos capaces de seguir ciertas directivas y conductas tópicas, de manual, que nos mantengan “seguros”. Por eso precisamente sentir en primera o tercera persona el golpe de mal en cualquiera de sus formas –agresión, robo, asalto, violación, atentado y etcétera- nos sume en la estupefacción, pues nos relanza con enorme violencia a replantearnos las cuestiones de partida, hecho que tiene consecuencias muy severas no solo en nuestras vidas particulares, sino en el funcionamiento de la sociedad en su conjunto: ¿cómo es posible que pueda pasar/pasarme esto cuando he hecho todo lo que debería? ¿En qué consiste “estar seguro”? ¿Se puede realmente estarlo? ¿Cuánta de mi libertad he de conceder a quienes velan por mi seguridad para vivir tranquilo?

He aquí uno de los grandes problemas que la victimología trata de resolver: el de esa aparente contradicción entre la aleatoriedad y la necesidad que subyace al proceso de victimización. El prejuicio, impuesto por el sentido común, de que ser víctima es, bien un azar incontrolable, bien el resultado de haber hecho algo indebido, y de que el mal que un agresor motivado –por las razones que fueren- podría procurarnos puede ser minimizado, o eludido, si cumplimos escrupulosamente con ciertas reglas “de manual”. Nada más lejos de la verdad. El mal, llámese como se quiera, existe como evento y nos golpea, o puede hacerlo, simplemente porque vivimos. Y cuanto más complejas son las sociedades en las que desempeñamos nuestra existencia, mayores son los riesgos en la medida que resulta imposible controlar todas las variables en juego. A menudo ni tan siquiera sabemos que tales variables existen o que están operando en determinados contextos.

Esto es lo que nos muestran, por ejemplo, las historias personales de las víctimas de los atentados yihadistas que Madrid sufrió el 11 de marzo de 2004. Relatos que se repiten una y otra vez en boca de los supervivientes: personas que llevaban vidas perfectamente normales y que ignoraban estar en riesgo por la sencilla razón de que hacían lo correcto, lo rutinario, lo de siempre, y nada había que temer. Precisamente, uno de los problemas inherentes a la victimización surge de esta ignorancia de los procesos del mal a la que se suma la falacia del aparente control o de la aparente seguridad: ¿Por qué yo? ¿Por qué a mí? Parafraseando a Jean-Paul Sartre, podríamos decir que el mal siempre es “el mal de los otros”… Pero siempre cabe repensar las situaciones para entender cómo y por qué la banalidad del mal de la que hablaba Hanna Arendt puede golpearnos en cualquier momento: España llevaba décadas golpeada por el terrorismo de ETA. Estados Unidos había sufrido el terrible atentado yihadista del 11S… Pero nadie pensaba en eso en aquellos trenes de cercanías que fueron dinamitados. En realidad todos éramos víctimas potenciales de un atentado de estas características y el riesgo era muy real, pero decidimos ignorarlo sistemáticamente y de manera transversal, desde los que gobernaban nuestros destinos hasta nosotros mismos. Estábamos “seguros” y “hacíamos lo correcto”… ¿Qué podría sucedernos, entonces? ¿Por qué atormentarnos pensando que podría pasar lo que probablemente no pasaría?

Pero podría suceder y, de hecho, sucedió.

11m

El colapso de la civilización

Los testigos directos de los primeros momentos que se producen en los escenarios de un atentado terrorista en cualquier país occidental casi siempre los describen del mismo modo. Es una precisa imagen del colapso civilizatorio que supone comprender, de súbito, que cualquier forma de seguridad es tan sutil que alguien bien motivado –interesado- puede convertirla en aparente y falaz. Que la civilización que nos acoge es sensible, frágil, y puede convertirse en un espejismo que nos confunda. No es raro que en estos casos tanto policías como bomberos o médicos nos describan –con obvia perplejidad- algo que nunca pensaron ver en un “país avanzado”: un escenario de guerra. El silencio posterior a la batalla.

Todos los testigos de estas situaciones recuerdan siempre, y ante todo, el silencio. Inciden con suma estupefacción en el hecho de que nadie habla, de que nada se escucha. Es, reflexiono, un silencio devenido de la más profunda incredulidad. El silencio de quienes no comprenden qué ha pasado, ni por qué, ni a qué objeto responde lo que ocurre. El silencio del sinsentido. El silencio de la vejación vivida. El silencio de quienes nunca creyeron que aquello podría ocurrirles porque no eran conscientes del riesgo en la medida que hacían lo correcto a diario y vivían “seguros”. Es el silencio del colapso de la civilización: de las mentiras que se derrumban de súbito para mostrarnos la atroz realidad que subyace al escenario de la vida y cuyo impacto no podemos evitar sino, en todo caso, únicamente minimizar.

Empiezan a sonar los teléfonos móviles y se rompe ese silencio. La civilización que se ha fragmentado durante unos minutos vuelve a la vida. Todo recomienza –“como un reset” lo describió gráficamente un enfermero del SAMUR-. De repente las víctimas saben que lo son y que están vivas para no dejar de serlo nunca más. De súbito todo el mundo se hace consciente de la magnitud de lo que ocurre y encontrar a los vivos se transforma en obsesión. Comienza el rescate y el terrible recuento que viene primero: separar a los que viven de los que han muerto.

La civilización se reanuda.

Atentado Londres
Atentado de Londres, en 2005 [Fuente BBC].

¿Por qué?

Una vez que todo ha pasado y la víctima se ha hecho dueña de sí quiere entender lo sucedido tal y como querría hacerlo cualquier otro en su pellejo. Necesita sentido. Saber por qué ha tenido transformarse en víctima para interesarse por aquellas cosas que ni tan siquiera sabía que existían. Es una suerte de terapia: no temas, aprende. He conocido a víctimas de todo tipo que, conducidas por esta obsesión de sentido, se han convertido en auténticos especialistas en todo aquello relacionado con la clase de crimen que sufrieron. El problema, lamentablemente, es que bien pronto se dan cuenta de que los intelectualismos no satisfacen los “porqués” más profundos del problema, los emocionales, los sentimentales. Se sabe, se aprende, pero ese saber no cura.

Se trata de algo que te ha hecho otro, un malvado –moral o circunstancial-, alguien que te odia, que desea tu mal, que quiere desposeerte de algo valioso sin que sepas por qué. Sin que hayas hecho nada para merecerlo. Esto genera en la víctima una preocupación profunda y una mayor incomprensión, terror e indefensión. Las respuestas que se encuentran nunca satisfacen las dudas o los miedos perennes que se han instalado en su vida. Esto precisamente es ser una víctima fungible, inocente, comprender que nunca podrás entender del todo los motivos por los que eso te ha pasado a ti, o qué has hecho -si es que puede afirmarse con rigor que hayas hecho algo realmente- que justifique el daño del que has sido objeto.

Sobrevivir no es bastante. Solo es el primer paso. A la supervivencia le sigue la soledad de la desgracia. Le sobrevienen el pánico, el dolor y muy a menudo ese odio visceral, sucio, que puede llegar a ser todavía más destructivo que la herida sentimental. A la supervivencia le sigue la simple y llana desesperación.

victima-de-una-maldicion-familiar

Una desesperación que solo la entiende la víctima, pues nadie más está en disposición de asumir sus emociones a medida que el tiempo pasa… No es solo el daño físico, sino ante todo el daño moral. La civilización ha vuelto y trata de acogerte –es cierto-, pero como reconocen muchos “no te asume”, “no te entiende”, “no sabe por qué no dejas todo eso atrás”. Existen las indemnizaciones, las palabras de ánimo, los actos solidarios, y se agradece pero llegan incluso a ser molestia pues las secuelas psicológicas son ya cosa que la víctima debe gestionar sola… Todo cuanto le recuerde aquellos acontecimientos le provocará la misma ansiedad que ya vivió, el mismo terror, la evitación de ciertas circunstancias, el pánico inveterado a determinados eventos, el temor irracional a salir a la calle: la civilización ha vuelto a tu alrededor, en efecto, pero eres ya una víctima. Todo cuanto te daba cobijo, amparo y seguridad ha quedado destruido. Y las dudas permanentes que se repiten y que nadie resuelve, la culpa, el horror: “¿Me volverá a pasar? ¿Podré evitarlo si vuelve a ocurrir? ¿Podré liberarme de este miedo irracional? ¿Podrán entenderme? ¿Me culpabilizarán por esto? ¿Qué he hecho yo para merecérmelo?”.

Ser victimizado no es un exactamente un azar, pero tampoco forma parte de un plan cósmico. No es, al igual que la maldad, una condición esencial y/o metafísica. Es cierto que a menudo nadie puede comprenderlo del todo, pero se puede salir. Debes esforzarte y combatir. Porque, como decía el doctor Gayarre al comienzo, en todo hay matices. Incluso en la esperanza.


[1] Arendt, H. (1963). Eichmann in Jerusalem: A report on the banality of evil. New York (NY), USA: The Viking Press. Traducción Española: Eichmann en Jerusalén. Barcelona, España: Random House Mondadori.

¿Y tú qué pareces?

El médico británico Charles Goring (1870-1919), temiendo que el lombrosianismo que se extendía por el continente europeo como una mancha de aceite no fuera otra cosa que una falacia pseudocientífica, decidió tratar de comprobar por sí mismo hasta qué punto las teorías del médico transalpino Cesare Lombroso (1835-1909) y sus seguidores eran confiables. De tal modo, en 1913, publicó un estudio apoyado en masiva información estadística que contrariaba con absoluto rigor las tesis lombrosianas[1] y que, no obstante, fue misteriosamente ignorado en su momento. El caso es que Goring hizo algo bien sencillo que hasta entonces, al parecer, se había considerado innecesario: primero reunió nutridos grupos de reclusos con características que, a tenor de los expertos que los evaluaron, eran supuestamente atávicas y degenerativas. A renglón seguido procedió a una meticulosa comparación de estos colectivos con otras poblaciones criminales que no mostraban los terribles estigmas físicos descritos por Lombroso y sus seguidores. Después, comprobó las muestras poblacionales con otras compuestas de individuos que nunca habían delinquido… Y sucedió lo que ya se temía: no encontró diferencias significativas entre las diferentes muestras poblacionales, por lo que no había motivo científico alguno para afirmar la existencia de determinada apariencia física en el sujeto y una predisposición hacia el delito en general, o hacia cierto tipo delictual en particular. Pero esta y otras evidencias no surtieron efecto –de hecho ni tan siquiera fueron comentadas más allá de la sorna- por la sencilla razón de que afirmaban algo que nadie estaba dispuesto a escuchar en aquel momento. De hecho, la que sí resultaría profusamente comentada y seguida, por ser mucho más agradable a los intereses intelectuales de la corriente biomédica dominante, fue la aportación de Ernst Kretschmer (1888-1964).

Ernst Kretschmer
Ernst Kretschmer… Imaginemos que este buen hombre tuviera razón: ¿qué te sugieren esas sospechosas orejas puntiagudas? Villano, seguro.

Con la traducción al inglés, en 1925, de su Koperbau und Charakter[2], Kretschmer relanzaba al seno de la comunidad internacional, cierto que reformulada en términos más actuales y por ello mismo menos “sospechosos”, la antigua apuesta de la importancia del elemento biológico en la personalidad de los sujetos. Sostuvo así que existía una unidad morfológica, fisiológica y psicológica tan fuerte en el ser humano que las reacciones temperamentales, en el fondo, no eran otra cosa que un reflejo expreso de su tipo corporal. Una teoría, por cierto, que aún hoy goza de gran predicamento en un sector no precisamente pequeño de la clase psiquiátrica y que viene influyendo de manera muy notable en el ámbito de la cultura popular desde que fuera consolidada. La tesis de que los malos “lo parecen” es tan obvia en ámbitos como el cine, el cómic o las series de televisión que a menudo simplemente basta observar “la pinta” de los personajes para decidir sin miedo a confundirnos quién es el malvado de la historia. De este modo, Kretschmer construyó una tipología humana basada en el factor somático y temperamental que todavía se emplea con más o menos matices en el presente, constituyéndose en otro de los dudosos –y manidos- dejes del positivismo psicofisiológico que aún prevalecen.

Lo sorprendente, parafernalia conceptual aparte -y es importante que el lector tenga en cuenta este aspecto para calibrarla en sus verdaderas dimensiones-, es que se trata de una nueva versión de la misma idea que ya sostuvieron –cada cual a su modo- Hipócrates (460 a.C.-370 a.C.), Galeno (130-210), Della Porta (1535-1615) o Lavater (1741-1801). La misma idea que recuperó buena parte de la incipiente psiquiatría decimonónica y, por supuesto, la misma que subyace a las argumentaciones dudosas e intelectualmente vencidas de Cesare Lombroso. De hecho, más que una teoría científica propiamente dicha, tiene todo el aspecto de tratarse de un prejuicio sociocultural cíclico. La tópica “teoría boya” que flota durante un tiempo hasta que, refutada, se hunde sin llegar a desaparecer del todo a fin de mantenerse bajo la superficie hasta que los hados se tornen propicios.

heroes-y-villanos-spiderman-vs-venom
Vamos a imaginar que tu no sabes nada de estos dos… ¿A qué no tendrías problemas con tan solo ver esta viñeta en diferenciar al “bueno” del “malo”? ¿Y por qué crees que ocurre eso? Yo te lo digo: es lo que pasa cuando determinadas teorías -independientemente de su valor científico y contrastación empírica- se trasladan de suerte acrítica al ámbito de la cultura. Así se consolidan los estereotipos.

somatotipos kretscher

A la hora de llevar su tipología al ámbito de la delincuencia, Kretschmer tuvo ciertas dudas, por lo que se abstuvo de precisar relaciones precisas –o directas- entre delitos específicos y determinado somatotipo en el delincuente. De hecho, tal vez temeroso de ir “demasiado lejos”, quiso ofrecer una tipología criminal de talante aproximativo que, más que entretenerse tal vez de suerte infructuosa en buscar el biotipo criminal -el criminal nato– por excelencia, trató de correlacionar los factores somáticos y temperamentales con grupos muy genéricos de delitos. También introdujo una serie de elementos de carácter endocrinológico que, sin embargo, no aclaró en demasía. Concluyó en todo caso que:

  • Los pícnicos son proclives a comprometerse en delitos sin violencia (robo menor, hurto, estafa, desfalco, ataque a la propiedad, etc.). Raramente recurren al asesinato o la agresión física para lograr sus fines.
  • Los atléticos tienden a los delitos violentos (cometen más o menos el 66% de los delitos de sangre y tan sólo un 6% de ellos son estafadores o similar).
  • Los leptosómicos suelen ser ladrones a gran o pequeña escala. Tienden a verse implicados en agresiones de todo tipo a la propiedad privada o pública. Pueden recurrir ocasionalmente al asesinato o la agresión física.
Somatotipos de Kretschmer
Los somatotipos de Kretschmer (de izquierda a derecha): lepotosómico, atlético y pícnico. Se corresponderían con los de Sheldon, luego veremos como, pero se denominaron así. Es habitual en la literatura confundir ambas clasificaciones y tratarlas como si fueran idénticas.

Sea como fuere, la sugestiva visión de Kretschmer, que en gran medida venía a colocar a la altura de los tiempos las tan discutibles como obsoletas propuestas de la fisognomia de las que que se alimenta, alentó a un grupo de entusiastas seguidores de esta línea “positivista” a proseguir en la misma dirección. Así, a finales de la década de 1930, autores como el norteamericano Ernest Hooton (1887-1954) publicaban exitosos trabajos revisionistas con respecto a la molesta obra de Goring en los que se sostenía la naturaleza subdesarrollada y primitiva del delincuente, al que describe como un ser inferior desde el punto de vista orgánico que suele tener labios finos, hombros caídos, y orejas pequeñas. En todo caso, Hooton no estableció una tipología delincuencial, pero sí correlacionó diversas formas delictivas con el supuesto biotipo de sus autores[3].

Biotipología criminal de Hooton

Biotipo

Clase habitual de delito

Alto y corpulento

Obeso y pequeño

Bajo y delgado

Homicidio y falsificación

Estafa

Hurto y robo

Hooton
No es un neanderthal peligroso. En absoluto. Es nada menos que Ernest Hooton pontificando acerca de lo malo que es parecer lo que él parece. Y es que en casa del herrero…

Sea como fuere, la fiebre por la biología del crimen se ha mantenido viva hasta el presente, especialmente en los Estados Unidos, donde se fundó nada menos que una Escuela Americana de Biotipología de la que han formado parte autores tan destacados en la materia que nos ocupa como el especialista en embriología William Herbert Sheldon (1898-1977), principal continuador del trabajo de Hooton. En efecto, en opinión de Sheldon, autor de Variedades de delincuencia en los jóvenes (1949), la conducta criminal se desarrolla a partir de las particularidades del blastodermo[4] durante el periodo embrionario del individuo. Una teoría que Sheldon vino a perfeccionar, sin duda, pero que ya había sido al menos sugerida en su día –con cierta trampa, por cierto- por el célebre fisiólogo alemán Ernst Haeckel (1834-1919). El blastodermo cuenta con tres capas concéntricas de blastómeros a las que se denomina sucesivamente endodermo (desde el que se origina el aparato digestivo), mesodermo (desde el que se desarrollan huesos, músculos y tendones) y ectodermo (desde el que parte el desarrollo del tejido nervioso y la piel). Así, Sheldon establece que desde el predominio en el desarrollo fetal de cada una de estas capas de blastómeros parten tres tipologías somáticas del individuo: la ectomórfica, la mesomórfica y la endomórfica.

Biotipología de Sheldon[5]

Tipología Física

Tipología Mental

Endomorfo

(Se corresponde con el pícnico de Kretschmer)

Viscerotónico

(Grueso, amante de la comida, relajado, pesado, de caminar lento y reflejos atrofiados. No demasiado inteligente, pero sociable y de buen humor)

Mesomorfo

(Es el atlético definido por Kretschmer)

Somatotónico

(Alegre, dinámico, aventurero y ambicioso. Muy dotado para la interacción social, enérgico y competente, pero de inteligencia media-baja)

Ectomorfo

(Gran desarrollo de las estructuras nervo-cerebrales).

Cerebrotónico

(meticuloso, cerebral, de pensamiento ágil y dinámico. Tiende a mostrarse muy severo y poco tolerante, sensible y amante de la intimidad).

William Herbert Sheldon
William Herbert Sheldon.

Sheldon apoyó su teoría en abundante investigación fotográfica, profusas mediciones antropométricas y análisis factoriales de tales medidas, lo cual le permitió llegar a establecer tres correlaciones –siempre estadísticas- más o menos constantes entre la complexión corporal del individuo y la psicopatología:

  • Constitución endomórfica predominante y psicosis maníaco-depresiva.
  • Constitución mesomórfica predominante y delincuencia en general.
  • Constitución ectomórfica predominante y esquizofrenia.

El neolombrosianismo siguió adelante durante la década de 1950 con aportaciones de relevancia, como las realizadas por el matrimonio compuesto por los criminólogos Sheldon y Eleanor Glueck[6], pero pronto se le fue acabando la cuerda en la medida que muy a pesar de su esforzado aparataje estadístico, siempre quedaban dudas en cuanto a la causaciones últimas y, por otro lado, lo que funcionaba para el colectivo, parecía mostrar escasa aplicabilidad en el ámbito individual. No es lo mismo decir, como hicieron los Glueck por ejemplo, que entre los delincuentes siempre había un mayor número de mesomorfos, que determinar que alguien podía ser delincuente por el simple hecho de tener un biotipo mesomórfico… ¿Qué hacer entonces con los millones de mesomorfos que no habían cometido delito alguno? ¿Habría que encerrarles como política preventiva? ¿Deberíamos sin más dejar de fiarnos de ellos o alejarlos de la vida pública? O, peor todavía, imaginemos que tenemos dos sospechosos de un delito que responden a biotipos diferentes, siendo las pruebas inculpatorias muy similares en ambos casos… ¿Hemos de sospechar principalmente del mesomorfo por la peregrina razón de que no es endomorfo?

Embriología comparada
Embriología comparada.

Como vemos estas sugestivas –e imaginativas- teorías se topaban en la práctica con dificultades insalvables al ser notoriamente erróneas en su planteamiento pues, como manifiesta Gregory, “1) la complexión puede influir en la conducta, sea de modo directo, o indirectamente al modificar las experiencias a las que está sometido un individuo; 2) la conducta puede influir en la constitución de modo directo, o de modo indirecto por modificación de algunos factores que actúan directamente en la constitución; o 3) la constitución corporal y la conducta pueden ser influidas de modo independiente por otro factor determinante; v. gr.: la ‘dote’ genética o las experiencias en relación con la pertenencia a una familia o grupo socioeconómico”[7]. O lo que es igual: resulta imposible determinar cuánto de lo que una persona “es” deriva de su constitución orgánica, de su genética, de su conducta o del ambiente… O, dicho de otro modo, no es posible determinar con perfecta exactitud cuánto de lo que una persona es en un momento dado se debe a factores filogenéticos y cuánto es producto de factores ontogenéticos –nature or nurture-.

El fracaso a la hora de establecer una biología del crimen ha inducido a los partidarios de los diferentes enfoques positivistas y fisiologicistas a adoptar nuevos puntos de vista, no menos estrechos que los descritos y tampoco excesivamente diferentes en el fondo, pero sí más difíciles de combatir al venir pertrechados de una verborrea “cientificista” –que no “científica”- y un ropaje tecnológico –no siempre claro ni coherente- de compleja factura, pero igualmente inútil a la hora de establecer evidencias y correlaciones claras.

Pero eso, no obstante, lo discutiremos otro día. Ahora lo que debes hacer es ir corriendo a un espejo, no vaya a ser que tengas algún parecido sospechoso y estés -mucho ojo- al borde del delito.


[1] Goring, Ch. (1913). The English Convict: A Statistical Study. His Majesty’s Stationery Office, London.

[2] Se ha tomado como referencia la 4ª edición española de 1967: Constitución y carácter: Investigaciones acerca del problema de la constitución y de la doctrina de los temperamentos. Barcelona, Labor.

[3] Hooton, E. (1939). The American Criminal: An Anthropological Study. Cambridge (MA), Harvard University Press.

[4] El blastodermo es el acumulamiento celular del embrión cuando se encuentra en estado de blástula. Está conformado por una o varias capas de blastómeros, o células resultantes de la división celular del huevo tras la fecundación, dispuestos periféricamente en torno a una cavidad a la que se denomina blastocele. La blástula es la fase embrionaria precoz que sigue inmediatamente a la segmentación del óvulo (o conformación de la mórula).

[5] Realizado a partir de Sheldon, W.H. (1954). Atlas of Men. New York, Harper & Row Publishers, Inc.

[6] Glueck, S. y Glueck, E. (1956).  Physique and Delinquency. New York, Harper & Bros.

[7] Gregory, I. (1970). Psiquiatría clínica. México D.F., Editorial Interamericana S.A. (2ª ed.), p. 114.