El crimen del “fantasma”


Como investigador, profesor y apasionado del método que soy desde hace muchos años, me encantan los misterios. Me apasionan y me fastidian al mismo tiempo. Me gusta la idea de profundizar, con la finalidad de esclarecerlos, en aquellos puntos oscuros de la realidad que se resisten contumaces a ser iluminados. Pero también me molesta el hecho de que la falta de luces se convierta para muchos en pretexto para falacias y fantasías sin fundamento alguno. Por ello suponen para mí un doble reto, tanto racional y científico como ético. Y hay muchos de estos enigmas que probablemente pudieran resolverse si se determinara el cabo apropiado del que tirar, pero que al mismo tiempo van cayendo en el olvido y el silencio precisamente porque nadie encuentra el cabo de marras. A veces porque existió y se destruyó inadvertidamente, en ocasiones porque no se ha encontrado aún y, las más de las veces, porque simplemente no se ha buscado con la adecuada pericia y dedicación o no se ha sabido sacar partido de la información que se tiene. Es máxima universal que al éxito todo el mundo se apunta, pero el fracaso no tiene amigos.

Siempre que me hablan de “crímenes fantasmales” o “crímenes con fantasma”, me acuerdo de mi buen amigo, en tiempos compañero, Francisco Pérez Caballero. Y lo hago porque leyendo su libro Dossier negro[1] –cuyo título quiere recordar al del célebre cómic de terror que se publicaba en la España de las décadas de 1970 y 1980-, tuve noticia de uno de los más fascinantes misterios irresueltos de la historia negra española. Me refiero al crimen cometido hace ya más de 35 años en el Hostal “El Consul”, sito en la localidad murciana de La Unión. Un asesinato “fantasmal” en toda regla sobre el que nadie fue capaz –ya fuera por acción, omisión o simple conspiración de silencio- de arrojar luz alguna.


Alfonso, el aventurero

Nunca mejor dicho. Alfonso Martínez Saura -don Alfonso para sus convecinos- había dedicado la mayor parte de su vida los viajes llegando, incluso, a ejercer como diplomático en Costa de Marfil –de ahí le venía el apodo de “el cónsul” por el que era conocido y con el que bautizó su negocio- durante años y sentía un cariño manifiesto por la cultura africana. Tal vez por tener muchas cosas que contar recopiladas a lo largo de una vida aventurera, y ser por su proverbial amabilidad una compañía sumamente grata a sus conciudadanos, se perdonaran sus excentricidades, como la de vestir túnicas en un área rural a comienzos de la década de 1980. De hecho, Alfonso había recalado en La Unión buscando sentar la cabeza por fin y para ello abrió el dichoso hostal que, por cierto, decoró con los muchos recuerdos acumulados a lo largo de su periplo africano.

Alfonso Martinez Saura e hijo (
Alfonso, de elegante pajarita, acompañado de uno de sus hijos [fuente desconocida]

Y es que Alfonso era, como corresponde al caso, todo un hombre de mundo. Culto y educado, respetaba toda clase de creencias, era sumamente tolerante, místico hasta el exceso, y afirmaba que hay pocas cosas que los hombres sepan de verdad de esta vida o de la otra. Así, viviendo desde el misterio y querido por todos pese a su excentricidad tal vez por ser él mismo el más grande de todos los misterios que albergaba el pueblo, el Hostal “El Consul”, erigido sobre aquella loma solitaria desde la que se domina la carretera RM-F40, entre La Unión y Los Camachos, se convirtió en un lugar de mediano éxito. Tenía un disco-bar -negocio tópico en aquella España de la década de 1980- que acumulaba bastantes parroquianos y había, por lo común, una razonable ocupación de habitaciones… Hasta que la suerte cambió de manera inesperada, cosa bastante común en los locales excéntricos o regentados por personajes excéntricos: siempre les llega el día en que la gente se cansa de la novedad –porque ya no es tan nueva- y comienza a responder con simple indiferencia.

“Llegar al Hostal El Cónsul es relativamente fácil una vez que ya estás allí. Quiero decir que nos perdimos lo justo, no sabíamos cual de los caminos agrícolas nos llevaría al edificio. Primera toma de contacto: preguntar a las gentes del lugar y así nos llevamos la primera sorpresa. Nosotros preguntando por el Hostal El Cónsul y los vecinos nos cuentan que también se conoce el enclave como ‘la casa de los toreros’. Unos toreros de Cartagena que al parecer eran socios, o algo por el estilo, de Alfonso Martínez”[2].

Hostal-El-Consul (descubriendomurciacom)
Vista actual del hostal [Fuente: descubriendomurcia.com]

Así que Alfonso Martínez Saura, el cónsul de la túnica, las pajaritas, los abalorios y las máscaras africanas, se fue quedando solo en su hostal vacío sobre la cima de la colina. Melancólico a decir de los amigos íntimos que le fueron quedando y que se convirtieron en sus parroquianos habituales. Entre ellos un policía local, Antonio Mata, quien solía invertir algunas horas de su tiempo libre en la grata y entretenida compañía del aventurero y que, tal vez, fuera uno de los primeros en advertir que algo raro, una atmósfera extraña, empezaba a impregnar todo lo relacionado con él.

“Recuerda [Antonio Mata] que estaban casi a oscuras, en la barra del local, cuando alguien llamó a la puerta. El dueño ni siquiera parpadeó. ‘Ve a abrir’, le dijeron. Y don Alfonso contestó que no era nadie, que no se preocuparan. Aquella actitud encendió el instinto policial de Antonio, que se levantó al instante. ‘¿Cómo que no es nadie?’, le dijo a su amigo a la vez que los golpes se repetían. ‘Que no es nadie –explicó Alfonso-, solo un fantasma que, desde hace algún tiempo me visita’. Sorprendido por la respuesta, que no parecía una broma, Antonio esperó junto a la puerta a que se repitieran los golpes. Esperó, esperó… y entonces sucedió. Uno, dos… cuando la tercera llamada se iba a estampar sobre la madera de la puerta, el policía abrió. Y allí no había nadie. Bajó las escaleras a la carrera, mirando a ambos lados, y no había ni rastro de la persona que había llamado”[3].

Nadie hizo cuentas del singular suceso ni de la peculiar interpretación que le dio el hostelero. Al fin y al cabo, quienes le conocían estaban tan acostumbrados a su excéntrica visión de la vida y a sus peculiares teorías místicas, que incluso les pareció un comentario a todas luces normal, por esperable, en alguien como él.

Alfonso, el cadáver

En la mañana del 27 de marzo de 1982, fue que Alfonso Martínez Saura se mostrara vivo por última vez, realizando algunos recados por las calles del pueblo. Posteriormente, y según lo acostumbrado, a primera hora de la tarde uno de los pocos empleados que le iban quedando a aquel hostal menguante se presentó en la casa de la loma, en el horario convenido, dispuesto a afrontar sus quehaceres. Pero todo estaba cerrado a cal y canto, lo cual era muy inusual, pues era costumbre que el propietario ya le estuviera esperando con las puertas abiertas, embebido en algún quehacer. Por supuesto, no pensó en lo peor. Quién va a pensar en esas cosas en un pueblo en el que nunca suelen ocurrir… Quiso imaginar, simplemente, que alguna razón especial retrasaba al propietario y decidió esperar un tiempo prudencial. Pero cuando pasaron un par de horas y algún otro de los compañeros que habían ido llegando comenzó a impacientarse, acordaron entre todos dar parte a las Autoridades[4].

hostal-consul (la opinion de murcia)
Otra panorámica del hostal [fuente: La Opinión de Murcia].

Resultó que el policía local y amigo de Alfonso, Antonio Mata, terminaba el turno en el momento en el que los empleados del Cónsul se personaron en la comisaría, por lo que decidió acompañarlos él mismo hasta allí. Y la primera sorpresa fue que todo estaba cerrado desde dentro. Tras fisgar entre las ranuras de postigos y persianas, el juego cambiante de las luces permitió a los visitantes intuir sobre el suelo de una de las estancias de la planta baja lo que podría ser un cuerpo. Se pensó que algún achaque de salud podría haber acosado al propietario -pues ya tenía sus años- o, en el peor de los casos y teniendo en cuenta los accesos de melancolía que lo asaltaban en los últimos tiempos y la mala marcha del negocio, cualquier otro disparate. Sea como fuere, el agente Mata decidió no esperar más. Se hizo con una linterna y en ese mismo momento se abrió paso hasta el interior rompiendo unos cristales.

El cuerpo sin vida del antiguo diplomático yacía junto a la barra del bar, sobre un charco de sangre. Sin duda, visto el piquerismo de la agresión aquello tenía que ser un asesinato –la médico que certificó la defunción contaría hasta 63 puñaladas procuradas con un arma de pequeñas dimensiones, ninguna de ellas mortal de necesidad lo cual hace pensar en un premeditado mecanismo de tortura-. En una de sus manos, ya agarrotadas, había un mechón de cabellos que probablemente pertenecieran al agresor. En una de las habitaciones alguien, quizá él, quizá el asesino, había dejado un grifo abierto y la bañera se había desbordado. Y el libro de entradas del hostal era un testigo mudo porque no había ninguna entrada o salida en aquella fecha. Teóricamente, Alfonso estaba solo. Y si no lo estaba, el hecho es que tampoco ha habido hasta el presente forma humana de discernir cómo pudo su asesino abandonar el edificio y cerrarlo desde el interior al mismo tiempo[5]. Eso, por supuesto, siempre que no fuera la propia víctima quien se encerrara en un intento de escapar de una mano asesina que bien pudo abordarlo fuera, para luego fallecer en soledad. Explicación que, visto lo visto, se antoja como la más probable.

“Lo mató el fantasma”

Ciertamente, la muerte del extravagante hotelero, por misteriosa e inesperada, dio mucho que hablar en la comarca, pero nunca se pudo pasar de la especulación y la sospecha infundada. Sin embargo, el instinto policial de Antonio Mata, implacablemente, apuntaba solo en una dirección porque solo una parecía existir. Al fin y al cabo, Alfonso no tenía relaciones conocidas que pudieran justificar un crimen pasional, no había motivo alguno para suponer que hospedara a alguien sin seguir el trámite habitual, y nadie en La Unión o en Los Camachos, donde era bien conocido, sabía de persona alguna que pudiera tener razón alguna para torturarlo hasta la muerte. De modo que, en efecto,

“lo mató el fantasma. Es decir, lo que [o quien] fuera que estuviera tras la misteriosa llamada de aquel día, aquello que llevaba tiempo asediando a don Alfonso. Es solo una hipótesis. Por frustrante que resulte, el caso nunca se resolvió”[6].

Evidentemente, Mata hablaba en sentido figurado, refiriéndose al desconocido -o desconocida- que llamó a la puerta aquella noche en la que se dedicó a perseguir humo, pero ello no obstó para que los fantasiosos de costumbre lo interpretaran literalmente. Así, ante la falta de progresos policiales pues los agentes fueron claudicando ante la falta de indicios, aquello terminó convirtiéndose con el devenir del tiempo en lugar de peregrinaje para domingueros, amigos de lo raro, caza-fantasmas “profesionales”, algún que otro vándalo, y buscadores de aventuras de todo cuño y condición. Incluso se grabaron psicofonías, algunas muy famosas y emitidas en diversos medios: “aquí nací, aquí muero” y “por mentir, cerdo, ¡muere por mentir!” –o al menos eso dicen, que dicen- son las dos más conocidas[7]. Pero hay algunas más. No obstante, y como suele ocurrir en estos casos, ninguna de ellas ayuda a resolver nada porque los fantasmas, y mira que es mala suerte, suelen ser muy ligeros para desahogarse ante el micrófono del primero que aparece, o para “mostrarse” como curiosos efectos de luz en las fotografías, pero bastante malos recordando nombres, apellidos o cualquier otra clase de dato que pueda resultar de cierta utilidad a la justicia.

El caso es que –volvamos al terreno firme- el único indicio razonable, los cabellos que Alfonso sostenía en su mano, ayudaron poco en la medida que la tecnología de la policía científica del momento no pudo emplearlos para extraer ni tan siquiera un perfil de ADN. También se encontró, dos días después, la cartera de Alfonso Martínez Saura en un camino cercano, pero quien la tirase allá no se había llevado ni el dinero que había en su interior. Ni tan siquiera los escasos clientes que se habían alojado en el hostal en días previos, y que fueron escrupulosamente localizados, fueron capaces de recordar algo singularmente raro durante su estancia. De tal suerte el caso quedó en punto muerto y terminó cerrándose. Al igual que el dichoso hostal, que aún hoy sigue abandonado. Los herederos del propietario, dueños a su vez de la finca y de la casa, sacaron de ella cuanto estimaron conveniente y la abandonaron a la ruina lamentable en la que todavía hoy permanece. Un cascarón vacío, sin cristales, expuesto a los vientos de aquella loma solitaria en la que se levanta y a la que todavía hoy se hacen excursiones en busca del fantasma asesino… O el del asesinado.

“El hostal está en barbecho, y vacío. ‘No hay muebles [explica el alcalde de La Unión, Pedro López]. Aquello en su día se expolió todo. Lo que no se llevaron los familiares, se lo llevó la gente. Sólo quedan las paredes, el cascarón’ […]. Sobre la posibilidad de que el inmueble pase a ser de titularidad municipal, y recuperarlo, Pedro López señalaba que ‘yo no sé otros alcaldes si se lo plantearon, pero ahora, por la situación en la que está en municipio, no es algo prioritario’”[8].

Hipótesis para un crimen sin criminal

Coincido con Francisco Pérez Caballero en una idea: don Alfonso conocía al criminal. Difícil es discernir de qué o por qué, sobre todo teniendo en cuenta la azarosa y aventurera existencia que el hombre había llevado hasta recalar en su hostal, pero el hecho de que no se forzaran puertas o ventanas a horas intempestivas de la madrugada solo permite explicar la presencia de un extraño en la casa de la loma desde el conocimiento previo entre víctima y victimario. Y si lo abordó en el exterior, es indudable que hubo de existir un intercambio de opiniones más o menos subido de tono previamente a la agresión. Incluso el enigmático y taciturno comentario que hiciera a sus conocidos en aquella reunión nocturna apunta a cuentas pendientes: “un fantasma que desde hace algún tiempo me visita”, es decir y leyendo entre líneas, un fantasma del pasado.

Problema bien diferente es el tipo de cuentas que ese “fantasma” trajera consigo. Lo que está claro es que no se trataba de un tema político, o de alguien que viniera a establecer una hipotética conspiración de silencio. Digo esto en la medida que, según se cuenta, por aquellos días Alfonso Martínez Saura estaba escribiendo sus memorias y, teniendo en cuenta su pasado como diplomático, bien podría pensarse que contuvieran informaciones “complicadas” o “molestas” para alguien de cierto peso. Pero sucede que el tal manuscrito es quimérico pues nunca ha aparecido –tampoco apuntes o borradores- y, además, la mecánica del crimen contradice esta teoría. Los crímenes por encargo suelen ser profesionales, asépticos, quirúrgicos: el profesional planifica, llega, mata y escapa. Reduce su intercambio con la víctima al mínimo imprescindible y, desde luego, no comete el error de dejar un jirón de su cabello o cualquier otro detalle incriminatorio de tal magnitud tras de sí… Y sin embargo aquí nos encontramos con claros signos de pelea y 63 puñaladas no letales procuradas con un arma pequeña, lo cual nos habla de enfrentamiento, tortura, saña y venganza. El asesino o asesina pudo parar, pero decidió seguir con lo suyo hasta el puro agotamiento.

Hostal el Consul (Youtube)
Panorámica del hostal desde el camino de acceso [fuente: YouTube].

Quien mató al pobre hostelero perseguido por la melancolía venía a ajustar cuentas con el honor. A purgar un desaire. A escarmentar. Tal vez, incluso, no traía la intención premeditada de agredirlo a tenor del arma utilizada, que nos habla de improvisación, enfrentamiento intempestivo y chapuza. Podría, ya que estamos, tratarse de un robo que salió mal, cometido por un aficionado de paso que esperaba más botín del que pudo encontrar en aquel negocio venido a menos y en el que, por no haber, no había ni clientes.

Lo cierto es que más de 35 años después, salvo error u omisión, el crimen ya no se resolverá. Es probable, ya que estamos, que tantos años después ni el criminal se cuente ya entre los vivos. Que, irónicamente, sea un verdadero fantasma.


[1] Pérez-Caballero, F. (2012). Dossier Negro. Edición España. Madrid: Atanor Ediciones.

[2] Anónimo (2015, octubre). Hostal El Consul y su enigmático crimen 30 años después. En: Descubriendo Murcia [https://www.descubriendomurcia.com/hostal-el-consul/, recogido en mayo de 2018].

[3] Pérez-Caballero, F., 2012, op. cit., p. 198.

[4] Lucas, A. (2016). ¿Quién apuñaló hasta la muerte al dueño del Hostal “El Cónsul”? La Opinión de Murcia, 3 de abril [http://www.laopiniondemurcia.es/comunidad/2016/04/03/apunalo-muerte-dueno-hostal-consul/726043.html, recogido en mayo de 2018].

[5] Ibíd. anterior.

[6] Pérez-Caballero, F., 2012, op. cit., pp. 199-200.

[7] Lucas, A., 2016, op. cit.

[8] Lucas, A. (2017). El Hostal El Consul no ‘revive’ desde el asesinato de su dueño hace 35 años. La Opinión de Murcia, 30 de julio [http://www.laopiniondemurcia.es/municipios/2017/07/30/hostal-consul-revive-asesinato-dueno/849055.html, recogido en mayo de 2018].

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La mecánica de la persuasión

Cerebro Publicitario

Una buena forma de delimitar el tema de la persuasión en los medios de comunicación de masas pasa por establecer los márgenes de lo que puede -o no- ser entendido y tratado como “manipulación” y/o “control” que, en gran medida, acotarían los ámbitos de lo que podría considerar “propaganda” frente a lo que no sería otra que “publicidad”. No obstante, caracterizar los conceptos de publicidad y propaganda -como sucede con la mayor parte de los conceptos relativos a los diversos aspectos de la comunicación- tampoco es tarea fácil. Sobre todo porque habitualmente suelen fundirse y confundirse tanto en la teoría como en la práctica. En todo caso podría servirnos para introducirnos cualquier definición coherente de lo que entendemos por publicidad:

“[La publicidad es] una actividad comunicativa mediadora entre el mundo material de la producción y el universo simbolizado del consumo, que permite que los anunciantes, merced al desarrollo de un lenguaje específico, creen demanda para sus productos, pudiendo no sólo controlar los mercados, sino incluso prescindir de ellos” [1].

Debe insistirse en la idea de que la publicidad no tiene tan sólo una dimensión comercial, sino que también es una comunicación pagada, intencional e interesada, imprescindible al sistema de producción vigente dado que en él los productores y los consumidores se encuentran desvinculados[2]. Así, la publicidad obraría como elemento mediador entre ambos de suerte que el consumidor conoce mediante la publicidad la gama de elementos de consumo que la sociedad le ofrece. De tal modo aquella publicidad que en sus orígenes tenía una mera finalidad informativa es ahora, a causa del crecimiento incesante de la oferta y la subsiguiente competencia, un elemento persuasivo que incita al consumidor potencial a la búsqueda de un producto u otro de entre todos aquellos que se le ofrecen. No puede olvidarse que la estimulación del elemento consumista entre el público es, al menos en parte, lo que permite que el sistema de producción perdure o, por mejor decir, que se mantengan las estructuras económicas vigentes.

Frente a la imagen vulgar –y excesivamente benévola- de la propaganda como forma de publicidad, debe plantearse la idea de que la publicidad es ante todo un proceso transaccional económico-comercial entretanto la propaganda opera como forma de difusión persuasiva de diferentes motivos ideológicos. Pretensión, por lo demás, ligada a los propios orígenes terminológicos del concepto puesto que la voz “propaganda” aparece en relación a la locución latina Propaganda Fide, nombre que adoptó la congregación vaticana destinada a la difusión de la fe católica[3]. De tal manera, se llama conoce como propaganda a la acción de divulgar doctrinas e ideologías con la finalidad intrínseca de ganar adeptos a las mismas. Y si en su génesis esta difusión se refería a idearios religiosos, el devenir de los tiempos ha extendido la propaganda a infinidad de manifestaciones de la vida, de las cuales la más conocida –pero en absoluto única- sería la política. Sucede además que en el devenir histórico la polisemia ha empantanado con matices el concepto, de suerte que también han pasado a ser consideradas “propaganda” la propia organización que pretende difundir un ideario concreto, la doctrina difundida, las técnicas que se emplean para tal fin, e incluso los medios materiales con los que esta difusión es llevada a cabo[4].

Tanto en el diseño de las estrategias publicitarias como de las campañas propagandísticas -a pequeña o gran escala-, el emisor siempre es capaz de persuadir en alguna medida acerca de la bondad de aquello que ofrece por la razón elemental de que posee un pleno control sobre el mensaje, el medio de transmisión y las condiciones en que será recibido por el receptor potencial. Del lado del receptor, pues, quedaría tan sólo la voluntad de dejarse -o no- persuadir por el discurso que se le transmite. Esto es así porque tanto publicidad como propaganda cuentan, más allá de la mera manipulación del mensaje, con elementos añadidos de persuasión que generan en los sujetos diana –o target– una voluntad de cambio y un impulso hacia la acción. Estos elementos generalmente apelan a criterios puramente psicológicos y permanecen ocultos al propio mensaje.

Propaganda Fide Roma (Fuente La Stampa)
Sede de la antigua “Propaganda Fide” en Roma (Fuente: La Stampa).

Fabricando ideologías

La intención del propagandista es la de promover unos intereses propios de suerte que las preferencias del receptor pasen a un segundo plano, o bien, puedan obviarse. Los contenidos del mensaje que se construye, pues, están supeditados por entero a esta finalidad y su eficacia será valorada, únicamente, en función del fin para el que ha sido elaborado. Ahora bien, la historia de la propaganda muestra que es mucho más efectiva cuando las verdaderas intenciones del emisor, e incluso su propia identidad, permanecen en el anonimato. De esta manera el mensaje se transforma en una o varias ideas en absoluto ingenuas que “se dicen”, “se creen” o “se comentan” por todo el mundo a la vez, pero por nadie en particular, dejando así su poso tanto en la mentalidad colectiva como en la individual.

Esto es así porque la respuesta habitual de las personas ante la persuasión es en primer lugar defensiva: si alguien sospecha que el mensaje que se le transmite es propagandístico -luego de intención manipulatoria- no tardará en preguntarse por el sesgo del emisor y sus posibles intereses[5]. Así pues, el primer y más importante reto del propagandista dentro de la sociedad de la información del presente en las que la opinión, la cultura, y la educación son de dominio público y accesibles a la par que transmisibles a todos, es el de no parecerlo. Las premisas, los mensajes, las autorías, deben ser debidamente disfrazadas al ojo crítico del receptor. Ello nos permite comprender, precisamente, el fenómeno cada vez más extendido de las fake-news o noticias falsas: camuflar como información fidedigna lo que en realidad no es otra cosa que un discurso ideológico-persuasivo, en la esperanza de que el usuario acepte la pretendida noticia como auténtica y eluda su posterior contrastación.

Los recursos del emisor de propaganda para camuflar el discurso o alejarse del mismo son, en muchos casos, tan viejos como la propia humanidad y se relacionan estrechamente con la simulación y/o la disimulación, así como con la activación de los resortes emocionales más básicos: la charlatanería de hacer creer que no se gana nada con lo que se dice; ofrecer una imagen equívoca o tergiversada de uno mismo alegando debilidad, falta de poder, ingenuidad o ineficacia; lanzar el mensaje de manera espontánea, como por casualidad, de manera que no parezca elaborado previamente; apelar a la movilización de las emociones más básicas –ira, temor, tristeza, alegría- o, sencillamente, idear consignas pegadizas que resulten fácilmente aprehensibles y repetibles por la audiencia[6]. No basta, por consiguiente, con poner el mensaje en manos de un buen orador o con argumentar retóricamente que se dice la verdad. En el fondo el asunto es más sibilino ya que se trata de encontrar la manera de expresar lo que se desea haciendo al receptor partícipe de ello, motivándole a creer que eso y no otra cosa es lo que realmente quiere escuchar, saber o hacer. Se trata, pues, no de una cuestión retórica –confusión muy común- sino de una cuestión erística[7].

El éxito de las armas psicológicas de la propaganda se consolida en el miedo de las personas a ser excluidas u obviadas por el colectivo. El sujeto individual experimenta una intensa fobia a “ser diferente” o “entrar en conflicto consigo mismo” y, en consecuencia, a tener que pensar y obrar libremente, tal y como mostraron muchos de los célebres experimentos de Leon Festinger en torno a la disonancia cognitiva[8], las propuestas de Erving Goffman en relación al estigma[9], o las propuestas de Aaron Beck en relación a las distorsiones cognitivas[10].

De hecho, el propio cuerpo social observa a las personas que no asumen con facilidad el ideario colectivo –o estandarizado, lo que es “normal” creer o pensar- como tipos excéntricos, raros e incluso potencialmente peligrosos[11]. Una tesis, por lo demás, ya clásica en el estudio psicosociológico –y antropológico- de la cultura occidental y que se ha fundamentado y sistematizado con gran finura en la literatura y el pensamiento contemporáneos. El problema es que, por norma, una vez enfrentadas a la expectativa de esta soledad existencial que suponen el pensamiento crítico, la libertad de acción y la autonomía personal, la mayor parte de las personas en conflicto tienden a optar “desde dentro”, como si se tratara de sus propios y razonados puntos de vista, por cualquiera del repertorio de soluciones cómodas, políticamente correctas y automatizadas que la sociedad les ofrece. Se establece de tal modo un círculo vicioso, pues se obliga a los individuos a un constante reajuste interno en la medida que “desde fuera”, se los somete sin descanso a cientos de mensajes contradictorios, equívocos o simplemente incontrastables que terminan limitando su capacidad de acción y decisión eficientes: no hay elementos de juicio nítidos por lo que un pensamiento crítico, sólido y racional se torna virtualmente imposible. A esto precisamente se referían autores con Jean-François Revel cuando argumentaban que,

“se sabe qué lugar ocupan en nuestra actividad psíquica las delicadas asociaciones de falsedad y sinceridad; la necesidad de creer, más fuerte que el deseo de saber; la mala fe, por la cual tomamos la precaución de disimularnos la verdad a nosotros mismos para estar más seguros de nuestra firmeza cuando la neguemos delante del prójimo; la repugnancia a reconocer un error, salvo si podemos imputarlo a nuestras cualidades; finalmente –y sobre todo- nuestra facilidad para implantar en nuestro espíritu esas explicaciones sistemáticas de lo real que se llaman ideologías, especie de máquinas para escoger los hechos favorables a nuestras convicciones y rechazar los otros […] Recordemos que todas las maniobras y contorsiones mentales y morales que hemos evocado tienen una finalidad común: dispensarnos de utilizar la información y, sobre todo, impedir dejarla utilizar, es decir, dejarla circular. Es bien evidente que a tal efecto la mentira simple constituye el medio más económico”[12].

Vendiendo humo

Nos surge, pues, una pregunta: ¿hemos de conceder a la publicidad más pureza moral o mayor integridad ética que a la propaganda? En primer lugar, existe una distinción que nos servirá para deshacer ese primer engaño de la publicidad que al mismo tiempo es una de sus mejores armas y la primera falacia psicológica con que se nos aproxima: el “emisor real” de la publicidad -la empresa que anuncia el producto- suele esconderse bajo la máscara de un “emisor aparente” -la persona, animal o cosa que se nos presenta en el anuncio-. El juego de identificaciones entre ambos es tan intenso que en ocasiones perdemos de vista quién o quiénes están tras el producto que se nos publicita ya que el emisor aparente siempre, y en todo caso, se apropia de las posibles virtudes o de los futuribles defectos de aquello que se nos está vendiendo. Así, cuando el famoso de turno nos sugiere la compra de un perfume es su imagen la que está en juego y no la de los productores reales de la fragancia, cuyo nombre queda a salvo de toda crítica adversa. Y cuando compramos tal perfume creemos –en el colmo del absurdo- que debe ser el utiliza ese actor o deportista que nos lo anunció.

El emisor real, o anunciante, es siempre una entidad pública o privada que pone en la calle cualquier suerte de objeto –ya sea material o intelectual- y desea promocionarlo entre el público a fin de obtener los beneficios que considere óptimos en cada caso. De este modo, y contrariamente a ciertas pretensiones intelectualistas o pseudo-artísticas, la publicidad no es más que un artefacto operativo, es decir, un medio destinado a la consecución de un fin al que siempre debe supeditarse. Entre otras cosas, porque nadie contrataría los servicios de una agencia publicitaria que no pusiera todo su empeño en vender el producto que el contratista pone en sus manos y se limitara a, sencillamente, “construir anuncios” de acuerdo a una u otra pretensión estilística, intelectual o estética. En efecto. La publicidad es una tarea creativa, pero no es arte y tampoco debe ser vendida engañosamente como tal. En todo caso es una herramienta al servicio del consumo que utilizará todos los medios de que disponga para conseguir sus fines y que podrá permitirse alguna que otra licencia artística en la medida que ésta satisfaga sus exigencias de partida. Si un anuncio “no vende lo que tiene que vender” tampoco se mantendrá en antena por sus valores artísticos, sino que simplemente se retirará. Cada segundo de televisión en horario de máxima audiencia es demasiado caro como para dedicarlo a la simple exhibición de las dotes creativas de alguien.

De la misma manera, tanto los planteamientos como los medios publicitarios son el último eslabón de un proceso que comienza con una investigación de mercado, pasa por un análisis del propio producto y tiene en cuenta los aspectos relativos a su distribución. En último término, cuando la empresa, asociación o administración pública que ha realizado estos estudios determina que el producto en cuestión es susceptible de incrementar sus ventas o su aceptación popular de forma considerable, se echa mano de una estrategia publicitaria cuyos objetivos son meridianamente claros, pero en muchas ocasiones sólo se logran a un plazo medio o largo. Esto significa que no sirve de nada anunciar algo sólo durante un mes, pues en ese tiempo la publicidad apenas si puede satisfacer las primeras expectativas al no ser capaz de alcanzar más que a unos pocos consumidores o, dicho de otro modo, que las campañas publicitarias con pretensiones de efectividad son por su propia idiosincrasia largas y costosas estando tan sólo a disposición de los grandes productores.

De tal manera, se produce en el entorno de la publicidad un acontecimiento selectivo similar al que afecta al “mercado ideológico-político”: la inmensa mayoría de los productos y empresas, cuyos propietarios no están en disposición de realizar grandes dispendios económicos, no existen para el ciudadano al carecer de una “imagen de marca” definida e identificable lo cual les impide competir con sus propios productos en igualdad de condiciones.

Por otro lado, y pese a que habitualmente se ha considerado que el emisor publicitario debería permanecer completamente al margen del producto anunciado, en la actualidad se estima que una buena estrategia publicitaria consiste en explotar sus posibles virtudes y logros. Así, recurrir al prestigio y la credibilidad de la entidad o de algunas de las personas que las componen se ha convertido en un elemento importante de la persuasión publicitaria. Precisamente por ello, ahora nos anuncian la leche quienes la ordeñan y envasan -y nos permiten observar el proceso-, nos muestran el mejor coche del mercado sus propios diseñadores o se nos dice que ciertos títulos bancarios son mejores que otros cualesquiera porque los respalda el mismísimo Estado. Emisor aparente y real tienden, en teoría, a coincidir cada vez con mayor asiduidad. Sin embargo esto supone un nuevo engaño, pues la distancia entre ambos permanece en la misma medida que la publicidad jamás ofrece el lado negativo del producto o de quien lo promociona, centrándose únicamente en la vertiente positiva de ambos. Ello da lugar a farsas grotescas en las que una gran compañía cosmética anuncia y vende masivamente una crema anti-arrugas que, al fin y al cabo, nunca hace que las arrugas desaparezcan o dejen de aparecer. La escapatoria ante posibles demandas del consumidor es tan simple como efectiva: “el producto es magnífico señor cliente tal y como demuestran nuestras ‘experiencias de laboratorio’, pero en su caso particular no ha funcionado”; “no se garantiza el éxito en todos los usuarios”; “se advierte en el prospecto interior que en determinadas condiciones no funciona” y etcétera. O sea, el usuario descontento será siempre la excepción a la norma o el individuo diferente que no encaja en el arco grande de la estadística.

Rebels AreTerrorists (Star Wars)
¿Esto es publicidad o propaganda?

Lo habitual es que el receptor ya esté acostumbrado al bombardeo publicitario que sufre a diario y posea un buen número de filtros para eludirlo, de modo que el éxito de la publicidad radica en lo habilidoso que haya sido el diseñador del anuncio para burlar esos filtros y alcanzar los resortes psicológicos correctos[13]. Así, a fin de romper con la resistencia del público en general, el técnico publicitario juega con ciertas ventajas añadidas: cuenta con un potente aparato de recursos científico-técnicos a su disposición; dispone de los criterios suficientes como para seleccionar el medio en el que difundir el anuncio; tiene más o menos bien perfilado un público potencial que podrá estar interesado en la cuestión. De tal suerte, cuando el anuncio es expuesto puede parecer que todo queda ya en manos del consumidor, pero se trata de una ilusión: la realidad es que la mayor parte del público objetivo hacia el que se dirige la comunicación publicitaria mostrará alguna clase de interés en el producto que se le anuncia[14].

Como puede intuirse, la publicidad, al igual que cualquier otra forma de comunicación masiva, depende intrínsecamente de las variables socioculturales –los universos simbólicos- a las que se supedita pues estas configuran la mayor parte de la vida psicológica de los individuos. Esto motiva una curiosa paradoja: la publicidad, en tanto que medio de comunicación de masas, está destinada a generar y perpetuar un sistema de consumo cambiante que, finalmente, termina estableciendo las variables de acción de la propia publicidad. A esto se refería ya de manera ciertamente sutil Alvin Toffler cuando explicó que,

“cada uno de nosotros crea en su cerebro un modelo mental de la realidad, un almacén de imágenes […]. Todas estas imágenes juntas componen nuestra representación del mundo, situándonos en el tiempo, el espacio y la red de relaciones personales que nos rodea. Estas imágenes no surgen de la nada. Se forman, de maneras que no comprendemos, a partir de las señales o la información que nos llegan desde el entorno. Y a medida que nuestro entorno se convulsiona por efecto del cambio […], cambia también el mar de información que nos rodea”[15].


[1] González, J. A. (1996). Teoría general de la publicidad. Madrid: Fondo de Cultura  Económica.

[2] Reyzábal, Mª. V. (2002). Didáctica de los discursos persuasivos: La publicidad y la propaganda. Madrid: Editorial La Muralla.

[3] Desde 1988, y por disposición del Papa Juan Pablo II, Propaganda Fide pasó a denominarse Congregación para la Evangelización de los Pueblos. El concepto de propaganda, tal y como hoy lo conocemos, fue incluido por vez primera en el diccionario de la RAE en su duodécima edición (1884).

[4] Reyzábal, M.V., 2002, op. cit.

[5] Pratkanis, A. y Aronson, E. (1994). La era de la propaganda: Uso y abuso de la persuasión. Barcelona: Paidós.

[6] Reyzábal, M.V., 2002, op. cit.

[7] Convertir el asunto en una cuestión meramente dialéctica que evacúe el problema de fondo y convierta el debate en simple controversia. Llegados a ese punto es posible entrar en el juego del convencimiento con total independencia de la verdad interna o la coherencia lógica de lo que se dice. Por consiguiente y frente a la retórica –que sería el arte de expresar ideas con eficacia-, la erística es el arte de convencer con total independencia de las ideas en disputa.

[8] Festinger, L. (1993). Los métodos de investigación en las ciencias sociales. México: Paidós.

[9] Goffman, E. (2003). Estigma. La identidad deteriorada. Buenos Aires: Amorrortu.

[10] Beck, A.T. (2003). Prisioneros del odio: las bases de la ira, la hostilidad y la violencia. Barcelona: Paidós, 2003.

[11] Basta con observar la caracterización del trastorno de personalidad antisocial (TAP) que contemplan guías diagnósticas como el DSM-5.

[12] Revel, J.F. (1989). El conocimiento inútil. Barcelona: Planeta.

[13] Kapferer, J.N. (1978). Les chemins de la persuasion. París : Gautier-Villars.

[14] Muchos de mis alumnos/as se sorprenden cuando les explico que las marcas de refresco más populares incluso tienen registrado el diseño de sus latas y el sonido que hacen cuando se tira de la anilla, pues ha sido demostrado, mediante estudios de resonancia magnética funcional –RMf- que el cerebro humano es capaz de discernir esas sutilezas y operan como forma eficaz de condicionamiento. O que una de las estrategias más comunes de las grandes editoriales para vender sus libros consiste, precisamente, en pagar a grandes superficies comerciales y medios de comunicación para que los presenten al consumidor como “más vendidos”. Las estrategias de control del consumidor, en este sentido, son literalmente infinitas e incluso ocasionalmente hasta terriblemente siniestras: una marca de café filipina creó miles de niños adictos a su línea de caramelos de café haciendo que sus madres los consumieran en las salas de espera de los ginecólogos cuando estaban embarazadas… ¿Cómo? Pues porque hoy sabemos que lo que las madres comen –o no- se comunica al feto por vía química durante la gestación. Increíble pero cierto. (Si quiere usted saber más acerca de estas cosas le recomiendo una interesante y muy entretenida lectura: Lindstrom, M. (2012). Así se manipula al consumidor (2ª ed.). Barcelona: Planeta).

[15] Toffler, A. (1980). La tercera ola. Barcelona: Plaza & Janés.

El buhonero caníbal

El hombre aparentaba ser de lo más normal. Alguien hubiera dicho que incluso una “buena persona”, lo cual ayudó a que mucha gente creyera su insospechada coartada en el momento en que fue detenido y procesado por asesino y caníbal en 1852, cuando contaba 42 años de edad, pues dijo ser un hombre-lobo. Ni más ni menos. Hoy en día esta excusa puede parecernos un completo disparate, pero en aquel entonces no era extraño en absoluto encontrarse con personas que asumían sin reservas de clase alguna la existencia de estos seres, porque “las meigas no existen, pero haberlas haylas”. De hecho, la justicia lo procesó por ello y así consta en el voluminoso sumario que se conserva en el Archivo Histórico del Reino de Galicia: Causa 1788, del Hombre Lobo. Un hecho, sin embargo, derrumba por completo la justificación presentada por el acusado en aquel entonces y que, en condiciones normales, hubiera podido obrar como eximente por enfermedad para librarle de una severa condena: Manuel Blanco Romasanta no sólo era un asesino quizá alienado, sino también un ladrón[1]. Se trataba de un sociópata en toda regla que al matar no solo alimentaba sus malos vicios, sino también su bolsillo.

Romasanta #1
Aspecto que debió tener Manuel Blanco Romasanta. Dibujo realizado a partir de la reconstrucción que el forense Fernando Serrulla realizó basándose en las mediciones antropométricas que se le realizaron tras su detención [fuente: criminalia.es].

Chanchullos de buhonero

Nacido en Esgos -otras fuentes indican que en Requeiro o Regueiro-, una aldehuela del valle de Allariz cercana a Portugal el 29 de junio de 1810, Blanco se ganaba la vida como buhonero y era, al parecer, tipo querido y respetado por sus convecinos. Tras una vida de patear sendas y caminos, conocía al dedillo la mayor parte de los bosques del noroeste de la Península Ibérica y había desarrollado un prodigioso sentido de la orientación. Esto hacía de él un excelente guía y un perfecto dominador de su oficio. Era harto conocido por todos los aldeanos de aquellas tierras por las que discurría mercadeando arriba y abajo, a su albedrío, en ciclos estacionales, y jamás se había sabido que hubiera incumplido la palabra dada, o se hubiera metido en líos dignos de mención. Por esto confiaron en él sus dos primeras víctimas: Manuela Blanco -sorprendente casualidad-, de 47 años, y su pequeña hija de 6.

La mujer, abandonada hacía poco por su marido, se ganaba el pan como sirvienta en una casa de Rebordechao –Ourense-, interesante en los planos económico y afectivo, pero es fácil imaginar que la separación le había puesto las cosas difíciles en el pueblo y pretendía, por ello, buscarse otros aires. Y Romasanta, que conocía a Manuela de toda la vida, se hizo cargo de su situación y le dijo que buscaría algo por ahí. En realidad, a lo que se dedicó durante sus largas jornadas de caminata solitaria fue a urdir un plan siniestro. En 1846, el buhonero se presentó en la localidad con una “excelente noticia” para la sirvienta: había topado, al parecer, con un cura de Santander que necesitaba una empleada y él le había hablado de Manuela. Todo estaba apalabrado. Ella liquidó de sus exiguas posesiones todo aquello que no podría transportar y, con su hija de la mano, se echó al monte tras los pasos del supuesto benefactor.

Pasó el tiempo. Quizá el suficiente como para que el vendedor ambulante ordenase sus ideas y, semanas después, retornó a la aldea con “grandes noticias” de su primera clienta. Una hermana pequeña de Manuela, Benita, que contaba 31 años, se dijo que ella también podría buscar futuros mejores y se ofreció al buhonero. Días después, completado el grupo con Francisco, un niño de 10 años a la sazón hijo de la mujer, los tres salieron del lugar en busca de su destino. Resulta evidente que el mercachifle asesino comprendió que tenía entre manos un filón virtualmente inagotable y que si llevaba las cosas con orden podría manejar el chanchullo en la más completa impunidad.

De este modo cayeron en la estratagema hasta trece personas de diversas poblaciones orensanas de las que nunca más se supo.

Romasanta #2
El actor José Luis López Vázquez interpreta a Benito Freire, alter ego ideado para Romasanta por Carlos Martínez Barbeito, autor de la novela “El bosque de Ancines” en la que, a su vez, se basa la película “El bosque del lobo”. Cinta dirigida por Pedro Olea en 1970.

El lobo se confunde

Es obvio suponer que los familiares de los viajeros que habían quedado en Galicia esperaran noticias de los que se fueron, y así se lo hacían saber al mercachifle entre idas y venidas, pero la respuesta de un impertérrito Romasanta, que ya había contado con la molesta contrariedad, era siempre la misma: “están bien, contentos, pronto escribirán”. Pero no lo hacían nunca, hasta el punto de que se empezó a sospechar que algo raro había pasado. No obstante, como buen maquinador que se precie de serlo, Manuel supo encontrar la manera de salir del trance ingeniándoselas para hacer llegar a los exigentes familiares una serie de cartas falsas, y así los ánimos caldeados se calmaron.

Pero cometió un grave error.

Si su impaciente ambición no le hubiera perdido, es más que probable que Blanco no hubiera sido descubierto en mucho tiempo dada la singularidad de sus crímenes y los exiguos recursos policiales de la época, pero intentando sacar el máximo partido de sus actos, fue vendiendo algunas posesiones de sus víctimas a diferentes aldeanos. Y, en un tiempo en el que no existía nada parecido al pret-a-porter y las prendas, especialmente las caras, gozaban de enorme singularidad, solo fue cuestión de tiempo que los familiares de los que marcharon empezaran a identificarlas entre el vestuario dominguero del vecindario. Así comenzaron las preguntas y así llegaron las respuestas: todas habían sido comerciadas por el buhonero.

Se le denunció, como es de suponer, pero Romasanta, que por su profesión tenía muchos contactos, consiguió enterarse de ello y puso tierra de por medio. Quiso imaginar que con el tiempo todo se enfriaría, pero vino a resultar que las Autoridades consideraron su detención como un asunto de máxima prioridad. Se le buscaba por todo el país. Pero fue la fortuna la que quiso que dos jornaleros gallegos que le conocían, y estaban al tanto de los pormenores de su historia, se lo encontraran en Nombela –Toledo- en julio de 1852. Los hombres alertaron a las autoridades y Manuel Blanco Romasanta fue finalmente detenido. No opuso resistencia alguna.

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Romasanta, en un grabado de la época.

Para sorpresa de todos el buhonero explicó tranquilamente al juez de instrucción, Quintín Mosquera, que había matado a todas aquellas personas y se las había comido después de transformarse en hombre-lobo. Adujo, como si se tratara de algo perfectamente normal, que se trataba de una maldición familiar y que la metamorfosis sucedía desde trece años atrás –luego teóricamente desde 1839[2]-. Interesa señalar que el inculpado manifestó que, cuando se convertía en lobo, ni perdía la conciencia de sí mismo ni olvidaba ninguna de las acciones que llevaba a cabo en aquel estado, pero que en aquellos momentos el instinto animal se imponía a su voluntad y deseaba comer carne humana. Decía sentir algo de lastima por sus víctimas cuando retornaba a su estado original, pero que nada podía hacer al respecto. Es de suponer que, pasado el momento de la sangre, se dejaba dominar por otras pasiones más prosaicas y mercantiles, y que por ello se apropiaba de lo que no era suyo para venderlo. Para qué desperdiciar una buena ganancia cuando lo hecho no tenía remedio.

El así llamado Hombre-Lobo de Allariz fue sometido a un intensivo examen médico –que no psiquiátrico-, realizado bajo una óptica claramente frenológica, corriente pseudocientífica de moda por aquellos días, como se desprende de las actas sumariales. Sin embargo, y con buen tino, los facultativos determinaron, entre otras cosas, que:

“Su inclinación al vicio es voluntaria y no forzosa. El procesado no es loco, ni imbécil, ni monomaníaco, ni lo fue ni lo logrará ser mientras esté preso, y por el contrario resulta que es un perverso, un consumado criminal capaz de todo, frío y sereno, sin bondad y con albedrío, libertad y conocimiento. El objeto moral que se proponía era el interés. Su confesión explícita fue efecto de la sorpresa, creyéndolo todo descubierto. Su exculpación es un subterfugio. Los actos de piedad, añagaza sacrílega. Su metamorfosis, un sarcasmo […]”[3].

También se visitaron todos los lugares de los crímenes, donde Blanco, voluntarioso, ayudó a las Autoridades a reconstruir los hechos. Los cuerpos de sus víctimas nunca se encontraron más allá de algunos huesos. El modus operandi del individuo, siempre el mismo, era simple: se adentraba en los bosques que tan bien conocía con sus acompañantes y, en un determinado momento –cuando supuestamente estimaba haberse transformado en lobo- los atacaba salvajemente y, tras darles muerte, las devoraba. Acto seguido desnudaba los cuerpos, se apropiaba de todo aquello que pudiera interesarle y abandonaba el lugar.

Romasanta 3
Reseña de la causa contra Romasanta, publicada por Rúa Figueroa en 1859.

El caso de Manuel Blanco Romasanta causó un enorme impacto en todo el país y fue seguido con gran detalle por la prensa. Como era de esperar, el abogado defensor, Manuel Rúa Figueroa, trató de imponer la teoría de que su defendido era un simple loco, una víctima de una educación perversa y supersticiosa. Se dijo incluso que muchas de sus víctimas mostraban signos de haber sido atacadas realmente por lobos, lo cual nada tiene de extraño cuando se abandona un cadáver a la suerte de las alimañas del campo. En todo caso, la defensa aprovechó este elemento para sostener que Blanco no podía haber cometido realmente los crímenes y que todo era una farsa ideada por su fantasía. Para otros, sin embargo, aquella fue la prueba “evidente” de que aquel hombre podía realmente transformarse en lobo.

No obstante, tampoco debemos dejarnos llevar por la imaginación: en aquellos días la medicina forense estaba muy poco desarrollada –de hecho ni se contemplaba como especialidad-. Los errores en el manejo de los cadáveres o sus restos, los centenares de fallos cometidos habitualmente por los enfermeros y ayudantes de los depósitos, y la impericia con la que se realizaban muchas autopsias, terminaban por arrojar muy pocos datos claros y fiables. Basta con recordar la precariedad de los análisis forenses realizados a las víctimas de Jack el Destripador –cuyas autopsias, sobre los cuerpos recientes, se realizaron más de treinta años después y en un país mucho más avanzado que la España de entonces- para comprender de qué estamos hablando. Cuando se refieren datos forenses de casos tan antiguos tendemos a interpretarlos en el mismo sentido que se habla hoy de ellos cuando, en realidad, se hace referencia a elementos de juicio radicalmente distintos.

Un final… ¿misterioso?

“El juicio contra el Hombre-Lobo dura aproximadamente un año, tras el cual, el 6 de abril de 1853 se emite una sentencia de muerte por el juez de Allariz, que lo condena a garrote vil y a una indemnización de 1000 reales por cada víctima, todo ello pese a que no se hallaron los cuerpos de algunas víctimas, y otras se supo que habían sido asesinadas por lobos auténticos”[4].

Sin embargo, la pena no se cumplió. La reina Isabel II recibió una carta, firmada por un tal profesor Philips que se decía hipnólogo y cuya figura estuvo mucho tiempo sin identificar con exactitud[5]. La tal misiva solicitaba que la sentencia fuera aplazada para que pudiera estudiar personalmente el caso del lobisome. Esta misiva reforzó la postura de la defensa, que solicitó a su vez una revisión del caso alegando un déficit de datos clínicos acerca de su defendido. Ante la duda –hubiera sido desastroso ejecutar a un demente ante la opinión pública internacional- la reina revocó la sentencia de muerte en julio de 1853, conmutándola por la de cadena perpetua[6].

Pero la historia del Hombre-Lobo Gallego goza de un final ominoso y extraño. Tras la conmutación de la pena sus andanzas y su protagonismo mediático pasaron a un funesto olvido de suerte que se desconoce qué fue de él hasta el fin de sus días ignorándose, incluso, si llegó a cumplir mucho tiempo de su condena. En efecto: nunca se ha sabido con exactitud qué pasó con Manuel Blanco Romasanta después de todo aquello y, muy probablemente, el destino final del buhonero asesino continuará en el ámbito de la incógnita para siempre. Se ha llegado a publicar que falleció en prisión apenas un mes después de la conmutación de la sentencia, pero lo cierto es que no existe constancia documental de ello[7].

La peculiar historia criminal de Romasanta ha dado buen juego en el seno de la cultural popular patria, inspirando novelas y películas –de categoría artística dispar, sin duda-, pero hora va siendo de terminar, y este es tema para otra ocasión.


[1] Ya en Francia, en fecha tan temprana como 1598, un mendigo llamado Jacques Roulet fue juzgado en Angers acusado de hombre-lobo. Roulet había asesinado y devorado al menos a un muchacho, pero en aquel caso, el jurado mostró una compasión insólita en la época: estimo que el reo era un enfermo mental y tan sólo se le sentenció a reclusión en una institución asistencial [Farson, D. (1976). Vampiros, hombres lobo y aparecidos. Barcelona: Noguer].

[2] Explicó el reo que el 25 de junio de ese año se encontraba en la montaña de Couso. Allí se encontró con dos lobos grandes y que, de pronto, se sintió preso de convulsiones y se transformó él mismo en lobo. Dijo permanecer con ellos cinco días en tal estado hasta que, finalmente, retornó a su forma humana. Aquellos lobos tampoco eran tales pues también se hicieron hombres junto a él. Blanco Romasanta dijo que se trataba de dos individuos valencianos llamados Antonio y don Genaro, quienes sufrían una maldición idéntica a la suya [Berbell, C. y Ortega, S. (2003)  Psicópatas criminales. Madrid: La Esfera de los Libros].

[3] C-8938 (Legajo 1852). A.H.P. Ourense [copia de: “Causa 1788, del hombre-lobo”, 1852, Archivo Histórico del Reino de Galicia]. El informe lo firmaron el médico de Alláriz José Lorenzo Suárez, y los licenciados Demetrio Aldemira, Vicente María Feijoo Montenegro y Manuel María Cid, así como los cirujanos Manuel Bouzas y Manuel González.

[4] Simón Lorda, D. y Flórez Menendez, G. (2004). El hombre lobo de Allariz (Ourense), 1853: Una visión desde la psiquiatría actual. Anuario Revista Gallega de Psiquiatría y Neurociencias, 8, 104-115.

[5] “El Dr. Philips era con mucha probabilidad el médico francés Joseph-Pierre Durand de Gros (1826-1900), exiliado a Gran Bretaña durante un tiempo y que a su vuelta a suelo francés firmó con el seudónimo de Dr. Phillips. Junto con Azam, Brown-Séquard, Demarquay, Girard-Teulon…. formó parte del movimiento que propició la incorporación y asimilación del braidismo en Francia” [Simón Lorda y Flórez Menéndez, 2004, op. cit.].

[6] Tampoco tiene nada de particular. En España, pese a encontrarse en vigor la pena de muerte desde tiempos inmemoriales, se llegaba a ejecutar a muy pocos reos y la concesión de indultos era norma habitual. Entre otras cosas porque se pensaba con buen criterio que las ejecuciones públicas contravenían el orden público y generaban efectos desmoralizadores entre la población. A tal punto llegó la cosa que se hicieron habituales las protestas de los verdugos que, al cobrar por ejecución –más dietas-, solían quejarse de que se mataba a tan poca gente que el cargo no les daba para comer [Pérez-Fernández, F. (2013). La figura institucional del verdugo como espejo público (siglos XVIII-XX). El ejecutor de sentencias y sus variantes psicológicas. Revista de Historia de la Psicología 34(3), 57-80].

[7] Dominguez González, J. y Blanco, L. (1991). O home do unto (Blanco Romasanta, historia real de una leyenda). Ourense: Diputación Provincial de Ourense.

El sonido furioso

Parental Advisory

No tardaron supuestos humanistas, sociólogos, criminólogos, psicólogos, psiquiatras, legos, profanos y etcétera, en presumir que el rock era una de las grandes fuentes de la delincuencia juvenil, porque siempre hay que inventarse una. De hecho, cada tiempo ha tenido la suya. Del mismo modo que el cine o los seriales radiofónicos habían sido criticados por su “inmoralidad” hasta la extenuación para ser repentinamente reemplazados por el “peligro” del comic, a partir de las décadas de 1950 y 1960 le tocó al rock el turno de convertirse en amenaza psicosocial. Igual que ahora lo son los videojuegos o el rol, mañana lo será la “realidad virtual” y dentro de cincuenta años lo serán los androides –si es que por fin llegan a ser lo que nos han prometido-. Al fin y al cabo el rock tenía madera de escándalo. También utilizaba muy a menudo como fuentes de inspiración, junto con el sexo y las drogas, otros elementos nos menos perturbadores como las vidas de asesinos, la prostitución, las mafias, la experiencia del presidio, la delincuencia o la protesta descarnada contra los elementos más criticables del mundo adulto.

Montemos una comisión

No tardaron en aparecer, en un émulo perfecto de lo que ha venido ocurriendo con todas y cada una de las manifestaciones de la cultura popular a lo largo de la historia, por todas partes, los consabidos “paneles de expertos” –horror- y las comisiones –terror- destinadas al control de la radiodifusión de contenidos pretendidamente peligrosos. En realidad, y como corresponde siempre al caso, poco más que pandillas de moralistas, conservadores y vendedores de cháchara pseudo-científica en busca de respuestas de recetario que, superados por el signo de los tiempos, en el fondo, reconocen con tanta algarada su incapacidad para detectar los verdaderos problemas socioculturales, y encontrar auténticas respuestas. Total, para qué molestarse en analizar y comprender cuando se puede criminalizar a un espantajo.

Probablemente, el más reciente y sonado de estos paneles sea el que fundara junto a las esposas de varios congresistas y senadores estadounidenses la controvertida –y pretendidamente progresista, al dato- esposa de Al Gore, Tipper Gore, durante 1985. Denominado Parents Music Resource Center (PMRC), este organismo pretendía informar a los padres sobre las “modas alarmantes” que se imponían en la música popular. Sus componentes, apoyados en datos recabados aleatoriamente y de inexistente calidad científica, aseguraban que el rock glorificaba la violencia, el consumo de drogas, el suicidio y las actividades criminales, entre otras muchas cosas terribles y tremendas que iban a terminar con la civilización occidental. Como si para ello no bastaran los silos de misiles que el gobierno estadounidense tiene repartidos por medio mundo. Sea como fuere, proponía la censura directa, o bien la catalogación de la música por edades.

Tipper Gore
Tipper Gore junto a una de sus señoreadas amigas de la PMRC. Esta gente de buen corazón, por lo que parece, nos iba a salvar de nosotros mismos.

Lo cierto es que las actividades del PMRC alcanzaron tal popularidad que la industria musical decidió, como ya ocurriera con anterioridad en los casos del cine o del cómic, sucumbir a la autocensura antes que correr el riesgo de someterse a una regulación externa. El resultado fue la famosa etiqueta de Parental Advisory -¿les suena?- en todos aquellos discos cuyos contenidos pudieran considerarse controvertidos o arriesgados para los oyentes más jóvenes. El célebre músico Frank Zappa lo tuvo claro apenas se comunicó la medida: “la industria discográfica actúa como un hatajo de cobardes. Teme mortalmente a la derecha fundamentalista y le echa un hueso con la esperanza de que no siga adelante. Pero este programa de la etiqueta sólo sentará un precedente, y querrán más”[1]. Apenas dos años después, en 1987, aparecería un organismo opositor al PMRC muy activo, Parents For Rock & Rap (PFRR), que defendía la libertad de expresión y el respeto a la primera enmienda. Una nueva reedición del viejo debate democrático: ¿se debe limitar un derecho fundamental? ¿Cuánto? ¿Cómo? ¿Con qué criterio? ¿Por qué?

Frank Zappa PMRC
Y este es nada menos que Frank Zappa dejando muy clara su opinión a las señoras de antes.

Incluso la cuna del rock europeo, Gran Bretaña, un país en el que este asunto nunca fue tomado demasiado en serio, habría de sucumbir más pronto que tarde a la nueva corriente censora con el discurrir de los años. Así, se pasó de la sorpresa cuando un tal Bill Haley, desconocido por los adultos, fuera recibido como un auténtico héroe durante su gira británica de 1957, al rechazo más absoluto cuando la gente comenzó a romper los asientos de los teatros durante sus conciertos, pues como es lógico querían bailar al son de una música concebida para tal fin. El rock, al final, parecía poco más que una fuente de vándalos, de problemas y de escándalos.

Unos tiritos… Y al tajo

En nada ayudó al buen nombre del rock su constante y abusiva relación con las drogas y el alcohol. De hecho, la correlación entre el estilo de vida del rockstar de turno y el consumo de drogas ha sido a menudo tan reiterativa y difundida por los medios que a muchas personas les resulta difícil imaginar a un intérprete que no consuma sustancias prohibidas y, por simpatía, a menudo estima que el mero hecho de ser aficionado al rock es motivo más que suficiente para estar expuesto a la tentación de consumirlas.

Ciertamente, algunas de las más rutilantes y recordadas estrellas del rock –y otros mucho menos famosos, pero también menos ruidosos- han muerto a causa de las drogas o los excesos con la bebida. Phil Lynott, por ejemplo, líder de la banda irlandesa Thin Lizzy, realizó famosas canciones autobiográficas sobre la materia llegando incluso a escribir un tema premonitorio, Got to give it up. En esta canción, que abre el álbum Black Rose: A Rock Legend (1979), se hacía eco de las dificultades permanentes con el alcohol y las drogas que al fin acabaron por llevarle a la tumba: “Decidles a mi padre y a mi madre / que su hermoso hijo no llegó lejos. / Lo hizo hasta el final de una botella / sentado en un bar mugriento. / Lo intentó con ganas / pero se rompió su espíritu”.

Phil Lynott
Phil Lynott

La relación entre los psicotrópicos, el alcohol, y las diferentes modalidades artístico-literarias e incluso místicas, es larga y puede rastrearse hasta la misma noche de los tiempos, siendo un fenómeno transcultural. No obstante, el gran estallido popular se produjo entre la bohemia decimonónica y no tardó en extenderse, por supuesto, también entre los músicos. Y se trata de una relación incluso coherente con la naturaleza del negocio artístico tal y como fuera concebido durante el siglo XIX, y las condiciones de precariedad en las que muy a menudo se desarrolla. El mundo del artista musical popular, que en contadas ocasiones es una estrella que puede permitirse el lujo de obrar como le apetezca, es el de un artista enfrentado a horarios imposibles, interminables horas de trabajo y un público que se está divirtiendo por lo que siempre quiere más y mejor. Algo a menudo muy complicado de sobrellevar sin “ayudas”. Por otra parte, las drogas y el alcohol tienen el problema de que una vez que se comienza a emplearlas es difícil detenerse y, por lo general, conducen a nuevas modalidades de consumo, e incluso a la falacia del falso control que el consumidor desarrolla sobre las sustancias, lo cual establece tremendos círculos viciosos que muy a menudo concluyen en desastre.

Black Rose

La idea de la autodestrucción como excusa para los policonsumos no es más que un mito inventado por los fans –e incluso por la propia prensa y la industria discográfica-, diseñado para justificar honorablemente la muerte, el ocaso o el fracaso de sus ídolos. En realidad, el consumo de drogas es, en general, poco más que un elemento más del trabajo propiamente dicho. Así lo expresó J.J. Cale en Cocaine, una canción compuesta para Trobadour (1976), que luego se haría mundialmente famosa al ser versionada por Eric Clapton: “Cuando el día ha terminado y quieres correr / Cocaína. / Ella no miente, no miente, no miente… / Cocaína”. De hecho, no es raro que la idea del artista de rock como genio atormentado y desquiciado que sufre indeciblemente y que debe recurrir a las drogas como escapatoria sea hoy, como lo fue en su día, poco más que una treta comercial, una pose ideada para obtener una mayor credibilidad pública que, de hecho, muchos artistas ni necesitan. A ello se refería un sobrio Chris Rea cuando comentaba, refiriéndose a la popularísima Madonna, que ambos estaban en negocios muy diferentes.

En 1997, nada menos que la Organización de Naciones Unidas (ONU) se sumó al coro de los críticos más recalcitrantes e intentó inducir a los gobiernos nacionales a convertir las referencias a las drogas, el alcohol y el consumo de estupefacientes en el seno de la música popular contemporánea, en un delito. El polémico informe emitido por la ONU hablaba de las tácitas y constantes referencias a este asunto en el rock podrían ser contempladas como simple apología de las drogas e invitación a su consumo. El hecho es que, sin hacer notar que seguramente los sesudos “expertos” de la ONU deben tener con toda probabilidad cientos de cosas mejores en las que ocupar sus recursos que en criminalizar al rock achacándole la existencia de un negocio que no ha inventado, no es menos verdad que, de haber tenido un éxito que afortunadamente no tuvo, esta medida hubiera supuesto la defenestración total de un cauce de expresión estética, así como de una vía para la crítica cultural y la protesta sociopolítica con una capacidad de convocatoria de un alcance sin precedentes históricos conocidos. Quizá este silenciamiento fuera, en el fondo, lo pretendido.

Trobadour

Una buena foto

Otro de los motivos que han conducido a la idea del rock como fuente de conductas criminógenas ha sido su tendencia intrínseca a escandalizar. Algo que fue instaurado como norma habitual del negocio a partir de 1970 por las propias discográficas y promotores como elemento destinado a mantener el interés entre unas audiencias que empezaban a llegar al agotamiento tras el empuje comercial de los primeros años. Al fin y al cabo, la expansiva década de 1960 había mermado mucho la capacidad creativa en los planos artístico y contracultural del rock, y era el momento de introducir nuevas variables para asegurar la existencia del mercado. El escándalo como marketing, como un elemento más del espectáculo. En un momento en el que los espectadores empezaban a estar de vuelta, era necesario ofrecerles emociones más fuertes e intensas trufadas de sonidos diferentes y más elaborados. Y los artistas, a decir verdad, estuvieron muy dispuestos a realizar grandes y constantes esfuerzos por superarse: escenarios cada vez más grandes, juegos de luces más aparatosos, volumen más elevado, histrionismo más acentuado, escándalos más jugosos…

Frank Zappa, maestro de muchos interpretes posteriores en materia de espectáculo y planificación visual, se convirtió en un experto en el arte de escandalizar con sus números de una morbosidad y exceso tan efectistas como bien calculados. El público de Zappa, acostumbrado a su proverbial nihilismo, llegó a ser el más duro y complejo de cuantos pudiera enfrentar un artista por la sencilla razón de que, más allá de la incuestionable calidad como músico de su ídolo, estaba tan acostumbrado a tal cantidad de dislates, excesos y excentricidades que resultaba prácticamente imposible mantener el nivel y satisfacer las expectativas para cualquier otro. Todo cuanto rodeaba los conciertos de Zappa llegó a ser muy absurdo. Y el propio artista explicó que su camino hacia el exceso comenzó por pura casualidad: en una actuación alguien de la banda se había presentado, bromeando, con una muñeca hinchable, y él decidió sacar partido a la eventualidad. Invitó a unos chavales a subir al escenario y les entregó la dichosa muñeca. “Aquí tenéis una chavala asiática –les dijo-. Mostradnos lo que hacemos con ellas en Vietnam”. Los aguerridos mozos, como era esperable, se entregaron a una auténtica apoteosis de salvajismo que hizo las delicias del respetable. El éxito motivó a Zappa a seguir en adelante con aquellos números a los que denominaba eufemísticamente “ayudas visuales”.

Sea como fuere, el ejemplo de Zappa nos permite entender las razones por las que gente como The Who, KISS, Sex Pistols, Black Sabbath y muchos otros se lanzaron a su particular carrera de excesos, pastiches de satanismo, caras pintadas, vestuarios de fantasía, fuegos de artificio y extremismo: simplemente funcionaba en las salas de conciertos y en las tiendas de discos. El caso concreto de KISS, por lo demás, es paradigmático de hasta donde se puede llegar con una buena puesta en escena, en la misma medida que los personajes histriónicos que hicieron de sí mismos les auparon hasta protagonizar programas de televisión, películas de cine –bastante malas, por cierto- e incluso sus propios cómics.

Kiss
Los KISS demostrando al personal cómo se monta un buen número.

La manifestación más directa de este amor por lo excesivo se transfiguró en la denominada “furia viajera”, una expresión aséptica destinada a explicar lo que en realidad eran las enormes excentricidades que grupos e intérpretes cometían durante las giras, fuera de los escenarios, en el espacio entre un concierto y el siguiente. Destrozos en los hoteles, fiestas salvajes, consumo desmesurado de drogas, vicios de toda suerte… Cualquier cosa llegó a parecer poco en una carrera desenfrenada por superar las barbaridades de la gira anterior o de la banda competidora. El origen de estas conductas disparatadas no solo se encuentra en el alcohol o las drogas. El tedio que conlleva una gira larga y rutinaria, repleta de horas de soledad, rodeado permanentemente de los mismos rostros, con muchas emociones reprimidas y la presión de agotadoras actuaciones, terminaba resultando muy frustrante. No olvidemos que en su afán por llegar a la mayor cantidad de gente en el menor tiempo posible, las dichosas giras consisten en cubrir ingentes cantidades de kilómetros en poco tiempo, con calendarios muy rigurosos, a un ritmo agotador, teniendo que dar el ciento por ciento un día tras otro. Esto explica los accidentes en los que muchos artistas han perdido la vida de forma trágica. Vivir deprisa, vivir al límite: “Y él era demasiado viejo el rock ’n’ roll / pero demasiado joven para morir –cantaban Jethro Tull en 1976- No, nunca eres demasiado viejo / para el rock ‘n’ roll / si eres demasiado joven para morir”.

Too Old to Rock and Roll

Haz como tus ídolos

Los fans más enajenados, inevitablemente, tienden a perder los papeles y pretenden imitar las extravagancias de sus ídolos mucho más allá de lo que sería razonable. Incluso puede que, impulsados por sus propios demonios, se sientan inspirados por ellos a hacer cosas que nadie les pide ni pretende que hagan. Hay quien quiere ver en estas actitudes un efecto motivacional del rock hacia el crimen, las conductas autodestructivas, el suicidio y el delito cuando, en realidad y por fortuna, no sólo ocurren mucho más raramente de lo que se suele creer, sino que además suelen ser el resultado de personalidades inestables y/o sugestionables, de situaciones personales indeseables, o de la coincidencia de ambas cosas.

El primer episodio de fans descontrolados del que se tiene noticia se produjo en los mismos orígenes del rock como modelo musical, el 21 de marzo de 1952, en Cleveland (Ohio), y no fue precisamente la música –o su contenido- la culpable del desaguisado: unos promotores excesivamente avariciosos habían vendido hasta dos entradas por cada asiento, el sonido era pésimo y varios de los asistentes fueron aceptados en el recinto pese a estar completamente borrachos. Finalmente, a causa de una reyerta motivada por las pésimas condiciones, el concierto tuvo que ser suspendido, hubo cinco detenidos y varios heridos por arma blanca. Es obvio que la culpa no fue del rock, pero la prensa de la época no lo entendió de este modo. Lo mismo le ocurrió, como ya dijimos, al pobre Bill Haley durante su gira europea de 1957. Así por ejemplo, durante su actuación en Berlín, por motivos que aún se desconocen, se produjo una batalla campal que se saldó con varios heridos tras una brutal carga policial. Y luego, claro está, vino esa euforia desatada, excéntrica y antiestética de la beatlemanía… O la stonemanía, que se hizo especialmente odiosa tras el crimen cometido durante la actuación de los Rolling el 6 de diciembre de 1969 en Altamont. En el transcurso de la misma un joven negro, Meredith Hunter, fue golpeado hasta la muerte por miembros de la conocida banda motera Los Ángeles del Infierno. Lo irónico del caso es que en ese preciso momento los Stones estaban interpretando uno de sus grandes clásicos: Sympathy for The Devil.

Rolling Altamont
Los Rolling Stones en Altamont (1969).

Luego vinieron otros eventos, siempre puntuales, que han ayudado a sus detractores a apuntalar desde lo anecdótico la leyenda negra del rock. Así por ejemplo, el conocido disparate de la Familia Manson, quienes en el colmo del absurdo se dijeron inspirados por los mensajes subliminales de las canciones de los Beatles –concretamente en su tema Helter Skelter[2]… Y más: en 1974 un muchacho de Calgary (Canadá) se ahorcó con tan solo trece años al intentar imitar el clímax de un concierto de Alice Cooper; en 1978 otro sujeto de Baltimore sufrió graves quemaduras al intentar imitar el número de escupe-fuego que realiza en sus conciertos el bajista de KISS -Gene Simmons-; unos jóvenes se suicidaron durante la escucha de la canción Better by You, Better Than Me de los Judas Priest, lo cual sirvió para que un muy imaginativo fiscal –que perdió el caso, claro- los acusara de haber introducido en el disco mensajes subliminales instigando al suicidio; o bien los disturbios que, en 1979, culminaron con la muerte de once fans de The Who en Cincinatti (Ohio) a causa de una estampida. Evento éste, por cierto, considerado aún como el mayor desastre de la historia acaecido en un concierto rock. Incluso el propio John Lennon, en 1980, terminó por convertirse en víctima de su éxito al ser asesinado en Nueva York, a la misma puerta del edificio Dakota -en el que vivía-, por un iluminado llamado Mark David Chapman.

Situaciones que, en general, pueden encontrarse históricamente, por doquier, en el seno de cualquier fenómeno sociocultural de masas y que, en realidad, guardan escasa relación con el contenido mismo del rock. Ese maravilloso sonido furioso.

Lennon Yoko Dakota
Lennon y Yoko Ono posan ante el neoyorkino edificio Dakota.

[1] Goldstein, P. (1985, 25 Aug). Parents Warn: Take the Sex and Shock Out of Rock. Los Angeles Times.

[2] Disparate en todos los sentidos del término y en todas las direcciones imaginables. El caso de Manson comenzó en la ideología –bien regada de drogas y alcohol- pervertida y delirante de un chorizo del montón, continúo con un tratamiento jurídico y mediático rayano en el más completo absurdo y terminó convirtiendo a un hombre que físicamente no mató a nadie en un ejemplo paradigmático de “asesino en serie”. De locos.

El terror… ¿oculto?

Chase (Ficha Policial Reno Nevada, 1977)

Sacramento, capital del estado de California vio la luz de Richard –Rick- Trenton Chase el día 23 de mayo de 1950. No era un día especial y, de hecho, la fecha no aparece subrayada en calendario alguno de efemérides. Tampoco era un crío singular. Nada hacía pensar que acababa de nacer alguien que, por su excéntrica brutalidad, sería uno de los criminales más recordados de la historia de los Estados Unidos. Y sin embargo, podemos afirmar que su caso es el perfecto ejemplo de lo que puede llegar a suceder cuando todo el sistema que debe velar y supervisar el bienestar y la salud públicas, en un efecto dominó, se derrumba alrededor del sujeto al que precisamente debe controlar y reconducir. Una de esas maravillosas y banales historias que se gestan ante la mirada pública, ante un montón de gente que mira pero no ve, y que tras la consumación del desastre concluyen con el consabido “¿y quién iba a pensarlo?”.

De poco ayudó a Chase ser un niño hipersensible y neurótico sometido a un terrible estrés familiar, pues desde que tuvo conciencia vivió en medio de las constantes peleas de sus progenitores. Su padre, alcohólico y estricto, era un maltratador. Su madre, inestable psicológicamente desde la adolescencia, estaba obsesionada con la idea de que su marido quería envenenarla. El pequeño Richard vivió en medio de esta vorágine de gritos, peleas, golpes –de los que parece recibió una buena porción por ambas partes- y reproches durante diez años, hasta que se produjo el inevitable divorcio. Ambos reconstruirían sus vidas y seguirían ocupándose del pequeño Rick, pero el daño ya estaba hecho y aquel entorno terrible había destruido la frágil psique en construcción del niño[1].

A estas alturas Richard mostraba un cuadro consistente de problemas psicológicos severos: tendencias psicóticas, apatía, agresividad… Tenía constantes terrores nocturnos y sufrió de incontinencia urinaria hasta, al menos, los ocho años. Su único consuelo fue el de escribir un diario, tarea en la que se mostraría extremadamente meticuloso durante mucho tiempo… A la par que adquirió la costumbre de maltratar animales como forma de violencia disociada que, al parecer, era lo único que lograba relajar sus tensiones internas.

Chase (instituto)
Chase en el anuario del High-School.

Su cociente intelectual –dicen que 95- estaba en la media y ello le dio para terminar la educación secundaria, cierto que con más pena que gloria. Durante la adolescencia intentó normalizar su vida, relacionarse con chicas –llegó incluso a tener un par de novias-, pero todas sus relaciones con el sexo opuesto concluían en fracaso a causa de sus conflictos irresueltos, cuyas manifestaciones últimas se desplazaron hacia la sexualidad. Era impotente y rara vez conseguía una erección razonable, por lo que su autoestima se devaluaba progresivamente. Tampoco tenía amigos cercanos o mantenía relaciones cercanas con familiares[2]. Chase, puede que inducido por sus abusivos progenitores, intentó abordar el problema con normalidad y empezó a acudir a la consulta de un psiquiatra, pero abandonó la terapia, lo cual nada tiene de particular pues la adherencia a los tratamientos es uno de los grandes problemas en el ámbito de la salud mental. Para agravar las cosas, con quince años ya era un bebedor compulsivo y solía consumir drogas –marihuana, LSD- regularmente. No en vano, su primera condena, menor, sería por posesión de sustancias prohibidas. El hecho es que Chase advirtió pronto que todos sus intentos por conducirse como el resto de personas fracasaban porque, sencillamente, algo no marchaba en su cabeza. No era como los demás.

Se convenció de sus “diferencias” –lo cual se convirtió en constante fuente añadida de tormentos psicológicos- al intentar entrar en el mercado laboral. Su conducta era tan errática y falta de control que, tarde o temprano, terminaba siendo despedido. Así, a partir de 1969, se sucedió un rosario interminable de empleos de días, semanas a lo sumo. Incluso intentó probar suerte con los estudios universitarios, pero tenía lagunas de concentración severas y era incapaz de soportar la presión de los exámenes, con lo cual también abandonó al poco tiempo. La vida de Chase, como suele ocurrir con la de muchas personas con problemas mentales que no encuentran la pertinente ayuda externa, se convirtió inexorablemente en un rosario enfermizo de fracasos y renuncias.

Luchar por la normalidad

Si algo sorprende en el caso de Richard Trenton Chase es que tardó mucho tiempo en rendirse por completo a sus delirios. Es más, incluso hizo todo lo posible por vencerlos e integrarse, pese a no hacer otra cosa que acumular fracasos que ahondaron en su deterioro. Su última intentona antes de deslizarse por la pendiente de la locura tuvo lugar cuando contaba veintiún años. Decidió buscar la independencia compartiendo piso con unos amigos y ello, contrariamente a lo que cabría suponer, degeneró en el más completo desastre, pues en un afán por seguir la corriente se pasaba el tiempo consumiendo drogas, hecho contraproducente que motivó una rápida devaluación de su precario estado hasta consolidar su paranoidismo: tras obsesionarse con la idea de que una organización criminal trataba de acabar con él, creyó que sus compañeros de piso eran agentes a sueldo de dicha organización y, para protegerse, clavó la puerta de su habitación, que convirtió en una fortaleza. Entraba y salía de ella por un agujero practicado en el fondo de un armario empotrado. Dormía poco. Vivía aterrorizado. Montaba guardias… Sus diarios de este periodo, el de su primer brote psicótico reconocido, son testimonio del más absoluto pánico.

En 1972 fue arrestado de nuevo por conducir borracho. Retornar a una comisaría le asustó tanto que dejó de beber para tornarse completamente abstemio. Meses después, durante una fiesta, Rick intentaría manosear a una chica y se inició entonces una pelea que concluyó cuando, de nadie sabe dónde, Chase sacó una pistola del calibre 22. Tras ser reducido hasta la llegada de la policía por algunos invitados, y dado que no hubo heridos, se le incautó el arma y se le impuso una fianza de cincuenta dólares que abonaron sus progenitores. A partir de este momento, por temporadas, fue viviendo con el padre o con la madre. Sin empleo fijo. A salto de mata. Cada vez más desquiciado, lo cual complicaba enormemente la convivencia.

Chase (Funda pistola)
Chase, a quien ya se ve en la foto en un importante estado de degradación, posa engalanado con la funda de una de sus muy queridas armas.

De hecho, su manera de auto-castigarse por el incidente de la fiesta fue afeitarse la cabeza, evento que tuvo efectos ulteriores devastadores en la medida que marcó el inicio de toda suerte de percepciones alteradas del yo: dismorfobias, e hipocondrías. Se presentó en al médico muy asustado, explicando que su cráneo se estaba deformando poco a poco y que, por todo el cuerpo, los bordes de los huesos le agujereaban la piel. También dijo sentir que se moría porque alguien le había extraído la arteria pulmonar y su sangre no circulaba adecuadamente. Cabe imaginarse la cara del galeno cuando Rick le explicó que, a fin de paliar los síntomas descritos, se inyectaba sangre de conejo en las venas… Tras 72 horas de observación en un centro psiquiátrico, y contra la opinión de algún especialista que le consideraba inestable y peligroso, Chase retornó a casa bajo promesa de que se sometería al pertinente tratamiento. Y es que se ha produjo una diversidad de criterio diagnóstico. Entretanto unos profesionales están convencidos de que su esquizofrenia paranoide se debía a causaciones orgánicas, otros estimaron que era resultado de su adicción a las drogas, por lo que manteniendo su policonsumo bajo control, mejoraría de manera inmediata. Finalmente se impuso el criterio de los segundos y, toda vez que Rick ha sido estabilizado y medicado, encontrándose bajo supervisión materna, se pensó que todo habría sido reconducido. Y en este punto hemos de realizar una consideración que ha de quedar muy clara: los esquizofrénicos son pacientes que raramente se torna violentos y, en realidad, lo común es se hagan daño a sí mismos antes que a un tercero, al punto de que un elevado porcentaje de ellos termina suicidándose. Muy raros son los casos en los que ocurre otra cosa y, como estamos viendo en el caso de Chase, aun estos se deben antes a la inobservancia y el descontrol sobre el paciente que a sus propias motivaciones. De hecho, y como podemos comprobar en el caso que nos ocupa, Rick estuvo lanzando durante años, mucho antes de degenerar hacia el crimen, multitud de mensajes que simplemente se ignoraron de manera sistemática.

El hecho es que la vida familiar se complicará de manera progresiva en la medida que Rick, que pasa muchas horas solo -acompañado únicamente por sus delirios- en el apartamento que le financiaban sus padres, se obsesionó con la idea de que su madre le estaba envenenando lentamente a fin de librarse de la carga que suponía para ella. Obsérvese el singular parecido de este reproche de Richard con el que su propia madre realizaba a su padre años atrás… Así, alejado de cualquier forma de control Rick deja de tomar la medicación prescrita y su conducta comienza a empeorar de nuevo. Los delirios se recrudecen. Cabe preguntarse si Richard Trenton Chase hubiera terminado donde terminó si el sistema de protección hubiera sido consecuente con su patología, en lugar de desplomarse sin solución de continuidad a su alrededor.

Chase (Casa)
Entrada a la vivienda que Richard Trenton Chase.

Nace el vampiro

Rick se convenció de que su sangre se estaba convirtiendo en polvo y de que necesitaba contrarrestar los efectos de esta dolencia ingiriendo sangre fresca. Compró entonces varios conejos y, nuevamente, se inyectó y bebió su sangre. Por otra parte, adquirió la costumbre de tragarse las vísceras de los animales crudas, preparándose singulares “batidos” con la ayuda de una licuadora. Creyó que así evitaría que su corazón se contrajera hasta desaparecer.

Lógicamente, estas prácticas insalubres y antihigiénicas motivaron no solo que su vivienda se convirtiera en un autentico estercolero, sino también que cayera enfermo. Los médicos, tras escuchar sus relatos y percatarse de su obsesión por consumir sangre, lo internaron de nuevo diagnosticándole de esquizofrenia paranoide. Otra vez en la institución mental, Chase comienza a emular al Renfield de la novela de Bram Stoker, de modo que cazaba pájaros a los que arrancaba la cabeza a mordiscos para beberse su sangre. Al mismo tiempo, en sus sempiternos diarios, describirá con todo lujo de detalles estas prácticas y realizará pormenorizadas descripciones del sabor de la sangre en diferentes contextos y circunstancias. Estas conductas no van a más, pero tampoco mejoran. Pese a todo, y dado que no se muestra agresivo, en 1977 Richard Trenton Chase es puesto de nuevo en libertad bajo condición de que ha de pasar una revisión psiquiátrica anual. Surge un nuevo desacuerdo médico. Los psiquiatras más conservadores estiman que Rick es peligroso y se debe ser cauto, pero de nuevo se impone el criterio de los que son partidarios de tratar de reintegrarle a la vida normal. El sistema seguía haciendo aguas a su alrededor.

En constante evolución, comenzó de inmediato a secuestrar perros y gatos a los que decapitaba, descuartizaba y desangraba. Luego bebía su sangre mezclada con Coca Cola y guardaba los collares de los animales, con los que empezó a conformar una macabra colección. El efecto escalada tópico en estas patologías cuando no se reducen estaba servido y no tardó en pasar a presas mayores: deambulaba por los campos en busca de vacas, ovejas, a las que atacaba para beber su sangre. Llegó incluso a ser detenido por unos agentes de la policía india, en el interior de una reserva. Estos descubren un rifle junto a un montón de ropa y un cubo repleto de una mezcla pastosa de sangre e hígado. Siguen la pista al inopinado hallazgo y cabe imaginar su estupefacción cuando, prismáticos en mano, observan una escena absurda, propia de una novela de terror barata: un hombre desnudo, cubierto de sangre, sin duda el propietario de los objetos que acaban de encontrar, corretea por el campo como si se tratara de un demonio de cuento. Chase es detenido de inmediato, pero el sistema, en lo que ya parece un completo teatro del absurdo, sigue fallando: cuando lo lógico hubiera sido certificar su historial y devolverlo al psiquiátrico, los agentes lo ponen en libertad toda vez que comprueban que la sangre del cubo era de de oveja, y que la que cubría su cuerpo pertenecía a una vaca a la que había descuartizado.

Será entonces su padre quien haga un último intento de acercarse a él. Pasan los fines de semana juntos, le compra regalos, hacen excursiones… Todo es inútil. Rick ya ha perdido la razón y no sale de esa perversa obsesión con el deterioro progresivo de su organismo. A ésta, por cierto, irá añadiendo otras ideas recurrentes colaterales como las visitas de seres extraterrestres, las abducciones, los OVNI. La madeja que se teje en su cabeza compone un delirio desbordante, creativo, espectacular. Sus conversaciones giran en torno a un supuesto grupo nazi que le persigue desde que estaba cursando la educación secundaria. Su demencia se torna extremadamente imaginativa en relación a sus dolencias imaginarias, llegando a convencerse de que, a causa de la falta perniciosa de sangre, su estómago se está pudriendo, su corazón disminuye de tamaño y sus órganos internos se desplazan en su interior. Cree, en suma, que se trata de una metamorfosis que terminará transformándole en un auténtico vampiro.

Así, hacia finales de 1977, Chase da la segunda muestra –tras el episodio de la reserva india- de haber perdido por completo el control: se presenta en casa de su madre para hacerle una visita sorpresa pero, incapaz de controlar sus impulsos, discute con ella, sale dando un portazo, encuentra al gato de la familia en el jardín y lo mata con sus propias manos. Entonces retorna y, creyendo que va a disculparse, su madre le abre la puerta. Rick lanzó el cadáver del animal al suelo y, en el mismo umbral, comenzó a destriparlo. De nuevo, nadie hizo nada. De hecho, la madre de Chase solo contó esta horrenda peripecia tiempo después, durante el juicio de su hijo. Una muestra más de que los terrores subsiguientes pudieron evitarse. No en vano, días después de este episodio, Chase fue a la perrera municipal con su furgoneta destartalada, adquirió dos perros por 15 dólares y los asesinó para beberse su sangre, como de costumbre.

Bomba de relojería

Rick todavía no ha hecho daño a persona alguna, pero el desarrollo de los acontecimientos prueba que solo es cuestión de tiempo que algo muy malo ocurra si nadie interviene. Y hubo más oportunidades. Así por ejemplo, un policía le descubrió robando gasolina para su furgoneta pero, creyendo que se las estaba viendo con un simple chiflado, le dejó ir. O, posteriormente, cuando encontró a un perro perdido y, tras torturarlo, lo mató, bebió su sangre y comió sus vísceras… Pero tras enterarse de que los dueños del animal ofrecían una recompensa por él, les telefoneó para contarles con todo detalle cómo mutiló y mató al animal. Chase había ascendido un nuevo peldaño en su escalada sádica.

Finales de 1977. Richard Trenton Chase va a una armería y, como si tal cosa, adquiere otro revólver del calibre 22. Sin problema alguno. Un enfermo mental diagnosticado accede a un arma de fuego con total tranquilidad. A todo esto, las funestas desapariciones de mascotas continúan en el vecindario hasta alcanzar proporciones epidémicas, pero la sangre de los animales ya no le satisface. Chase está siguiendo por los periódicos el serial angelino de los primos asesinos, Kenneth Bianchi y Angelo Buono, los célebres “Estranguladores de la Ladera”. El tema le provoca una fascinación morbosa. Guarda celosamente los recortes de prensa y los lee una y otra vez. Rick, en efecto, está metamorfoseándose por fin en el monstruo en el que siempre pensó que terminaría por convertirse. No hay delirio que no tenga un sentido perfectamente coherente para quien lo construye.

Angelo y Buono
Angelo Buono (izquierda) y Kenneth Bianchi (derecha). Los inopinados héroes de Richard Chase.

Por navidades su padre le regaló un llamativo anorak amarillo que ya no se quitaría nunca. Ni siquiera cuando empezó a practicar con su nueva pistola, disparando contra las viviendas vecinas. Algunos, al darse cuenta, como es el caso del matrimonio Phares, simplemente lo amonestan por su actitud incivilizada. Y listos. El mundo parece haberse vuelto tan loco alrededor de Chase como él mismo. En una de estas peculiares prácticas de tiro una de las balas penetra por la ventana de una cocina cuya propietaria –una tal Polenske- elude la muerte por milímetros, pues el proyectil le roza el cuero cabelludo provocándole una herida. Rick consigue desaparecer sin ser visto.

Fin de año. Richard Trenton Chase se siente preparado para poner en marcha sus planes desquiciados. El 28 de diciembre toma el revólver, sale a la calle, deambula al volante de su furgoneta y termina disparando sobre Ambrose Griffin, un hombre que regresa del supermercado con su esposa y simplemente pasa por allí. Las circunstancias son terribles en su banalidad, pues Griffin vivía frente de la casa del cachazudo matrimonio Phares. Entonces el Sacramento Bee publica la noticia… Y Rick ya tiene su primer recorte de prensa. Como Bianchi y Buono. Nadie sabe nada, nadie ha visto nada. Nada de nada. Tampoco sucede gran cosa cuando días después prende fuego a un granero para echar a unos adolescentes que, a su parecer, habían puesto la música a un volumen demasiado alto. A estas alturas la transformación de Richard Trenton Chase es completa, pues ha llegado a la terrible conclusión de que es un vampiro y de que, como corresponde a su naturaleza, debe cazar personas[3].

La metamorfosis se ha consumado. ¿Y quién lo iba a pensar?

23 de enero de 1978…

… En la mañana Chase intenta allanar una casa entrando por una de las ventanas, pero cuando va a introducirse en el interior se topa de narices con la propietaria y, sorprendido, vuelve sobre sus pasos y se queda sentando en el jardín, pasmado, como si no hubiera contando con semejante contingencia. La mujer llama a la policía, pero Rick se marcha antes de que lleguen los agentes. Opta entonces por introducirse en otra casa cualquiera, defeca en una cama, orina en los cajones de la ropa interior, sustrae algunos objetos… También es sorprendido en el trance, pero huye. El propietario le persigue, pero consigue darle esquinazo.

Acto seguido se dirige a un centro comercial cercano. Su aspecto es lamentable. Apesta, tiene sangre reseca alrededor de la boca, mirada perdida, camina desorientado. Reconoce en el aparcamiento a una antigua compañera de instituto, se acerca y le pregunta si iba subida en la misma motocicleta en la que se mató un viejo amigo común de la escuela. Esta tan cambiado que la mujer, perpleja, solo cae en la cuenta de quién es cuando se identifica y, asqueada, trata de eludirlo introduciéndose en una sucursal bancaria. Él, pertinaz, la espera en el exterior. Ella sale, corre hasta su automóvil, lo pone en marcha entretanto Chase pretende introducirse sin éxito por la puerta del copiloto. Finalmente, la mujer logra escabullirse. Pasan varios minutos hasta que, finalmente, Rick continua vagando sin rumbo fijo.

Chase (Terry Wallin)
Teresa -Terry- Wallin.

Se mete entonces en un jardín. Uno cualquiera. El propietario de la casa sale y le exige que abandone su propiedad. Rick alega que sólo está tomando un atajo, continua y penetra, unas decenas de metros más allá, en el jardín de otra casa. En este caso e trata de la modesta vivienda de Teresa Wallin, de 22 años, embarazada de tres meses, que en ese momento está sacando la basura. Nada más verla, Chase ya se ha decidido. Arma en mano la obliga a entrar. Allá, en el dormitorio, la desnuda y le dispara dos veces. Todavía vive cuando, entre alaridos, le abre el vientre con un cuchillo para arrancarle los intestinos y esparcirlos cuidadosamente por el suelo. Sigue apuñalándola hasta que la chica fallece. Luego le extirpa parte del hígado, el diafragma, un pulmón y los riñones, colocándolos ordenadamente encima de la cama. Posteriormente golpea varias veces el cuerpo sin vida, toma un vaso para  beberse la sangre de su víctima, mastica algunos trozos de vísceras, defeca sobre la boca y el vientre abierto del cadáver, y finalmente abandona la casa. Cuando las 18:30 horas, David Wallin, el esposo, regresa al hogar y se encuentra con la carnicería, llama a la policía. Nunca se ha visto un crimen semejante en Sacramento, una ciudad pequeña y tranquila cuya población, en 1978, rondaba los 350.000 habitantes. Por ello mismo, y ante el pánico que los detalles más escabrosos del asesinato podrían provocar en la comunidad, Ray Biondi, entonces teniente de policía de Sacramento, decide eludirlos en su comunicado de prensa. Acto seguido, aún perplejo, acude al enlace del FBI, Russ Vorpagel. El Bureau, tras procesar la muy preocupante solicitud de Vorpagel, envía a un entonces desconocido agente llamado Robert K. Ressler que es puesto inmediatamente al día.[4].

La perfilación criminal es todavía algo que genera controversia pero, muy profesional, Ressler estudia el escenario y los informes, y realiza un perfil del criminal rápido tan exacto que, como pudo comprobarse luego, coincidía a la perfección con las características físicas y psíquicas de Richard Trenton Chase:

“Hombre blanco de entre 25-27 años; delgado, apariencia desnutrida. Su residencia estará muy desordenada y sucia, y habrá en ella evidencias del crimen. Historial de trastornos mentales, y podría estar relacionado con el consumo de drogas. Seguramente solitario, sin relaciones con hombres o mujeres, probablemente pasa mucho tiempo encerrado en casa, donde además vive solo. Desempleado. Posiblemente recibe alguna clase de subsidio. Si reside con alguien, podría tratarse de sus padres; sin embargo, es improbable. No habrá registros militares; fracaso o abandono escolar. Probablemente sufre alguna forma de psicosis paranoide”[5].

Biondi y sus agentes, apoyados en el sobresaliente trabajo de Ressler, buscan al asesino, pero a pesar del singular historial de Rick, sus andanzas, desajustes y despropósitos, no consiguen encontrar en primera instancia a nadie que encaje con las características peculiares del perfil. Sin embargo, será cuestión de tiempo, pues solo cuatro días después la terrible sed volverá a apoderarse de Richard Trenton Chase, a quien los periódicos ya han bautizado, legendariamente, como El Vampiro de Sacramento.

Chase (Helen Myroth)
Evelyn Miroth.

El 27 de enero allanará otra casa elegida al azar para disparar, sin mediar palabra, contra sus habitantes. Mata de este modo a Evelyn Miroth, una divorciada de 36 años; a su hijo Jason, de 6; y a un amigo de la familia, Daniel Meredith, de 52. Luego lleva el cadáver de Evelyn a su dormitorio donde lo sodomiza. Como decíamos, los delirios tienen una fuerte lógica interna y, en el caso del vampirismo, tanto el canibalismo como la necrofilia operan como actividades fronterizas e incluso sustitutivas. No es extraño, por ello, que el cadáver de la víctima despertara el apetito sexual de Chase. Como en el caso de Terry Wallin, procederá meticulosamente a eviscerar el cuerpo de Evelyn, engullirá parte de sus órganos internos y beberá la sangre de la mujer en un vaso de cristal. ¿Suficiente? Pues no. Chase ya no tiene freno y además cuenta con tiempo de sobra. Por ello le parece una buena idea introducir el cadáver del niño en la bañera, romperle el cráneo y comenzar a devorar el cerebro. Como suena. Si el caso de Chase es tan célebre como singular se debe precisamente al inusitado festival de lo grotesco que rodea a sus crímenes. Acto seguido, defeca en el agua. Tampoco es raro que este tipo tan peculiar de criminal culmine sus actividades con toda suerte de elementos coprofílicos e incluso coprofágicos, parafilias también fronterizas con muchas manifestaciones necrófilas[6].

Llegados a este punto alguien llamó a la puerta y Chase se asustó, por lo que decidió marcharse por una ventana… El problema es que en la vivienda hay también un bebé de 22 meses, Michael, a quien el vampiro se lleva consigo. Una vez en el exterior se apropia de la camioneta del finado Daniel Meredith y escapa. Abandonará el vehículo con las llaves puestas a unas cuantas calles, justo donde lo encontraría la policía.  Acto seguido, ya en el hogar, Chase torturó al bebé durante un rato hasta que –así lo dijo- se aburrió. Tomó entonces un cuchillo y procedió a decapitarlo, bebió su sangre y consumió de nuevo parte del cerebro.

De repente, la memoria

El espanto que acabamos de relatar, perfectamente descrito por los medios de comunicación, aterroriza a una población atónita, que en su vida ha visto cosa parecida, pues recuérdese que el luego célebre cine “gore” es una creación bastante posterior y lo más fuerte que podía verse en una sala de cine estándar de la época no se acercaba ni remotamente a tal grado de explicitud. Sin duda, y esto era lo único en lo que cabía estar de acuerdo, aquellas aberraciones solo podían caber en la mente de un enajenado. Así pues, y como es de suponer, la presión sobre las Autoridades fue tremenda, al punto de que el caso alcanzaría bien pronto repercusión nacional. El archifamoso Vampiro es protagonista de debates tan acalorados como absurdos a la par que cosecha fans –aunque parezca sorprendente, aun se pueden conseguir camisetas con el rostro de Chase impreso-: había incluso idiotas, porque ya se sabe cómo funciona esto del minuto de gloria, que aseguraban que se trataba de un auténtico vampiro que, por lo tanto, debía ser comprendido antes que tratado como un criminal.

Las Autoridades ponen a decenas de agentes sobre la pista. Peinan las zonas aledañas al lugar en el que abandonó la camioneta de Meredith razonando, con buen criterio, que si la utilizó para huir pero la dejó tan cerca de la casa en la que había cometido el crimen, no debía vivir muy lejos… a todo esto Rick sigue la historia por la televisión, acumula recortes de prensa… y empieza a temer que se le capture. Por ello limita sus salidas vampíricas a lo estrictamente necesario: sale brevemente, dispara contra un perro en un club cercano, lo destroza, bebe sangre de animal y regresa apresuradamente a la seguridad del hogar. Pero la policía encuentra los restos y estrecha el cerco.

Así es que al fin aparece aquella compañera de la enseñanza secundaria a la que Richard Trenton Chase asedió en el centro comercial. Sospechando que pudiera ser él la persona a quien se busca con tanto tesón, decide acudir a la policía. Se estudia el perfil del tipo denunciado y, claro está, de súbito todo cuadra a ojos de Biondi y sus agentes. En efecto, Chase encaja como un guante en el perfil de Ressler: tiene un largo historial de trastornos mentales, es un psicótico con antecedentes, posee un revolver del 22, y además vive a una manzana de distancia del lugar en el que se encontró la camioneta abandonada. Y van apareciendo otros detalles e historias colaterales que vienen a confirmar las primeras impresiones: el tiroteo de la vivienda de los Phares, el balazo que recibió Griffin, el testimonio del hombre que corrió tras él poco después de descubrirlo en su casa… Así es que la policía cerca su domicilio. Dada la impredecibilidad de un tipo como Rick, se decide no intervenir para limitarse a vigilar la casa en espera de que sea él quien salga al exterior y, en efecto, aparece poco tiempo después de que se establezca el cordón policial. Lleva una caja bajo el brazo y corre hacia su furgoneta, pero no la alcanza. Chase lucha fieramente pero logran reducirlo. En la caja lleva varios trapos ensangrentados que solo Rick sabe para qué quería. La cartera del difunto Daniel Meredith se encuentra en el bolsillo trasero de su pantalón. Biondi lo tiene claro: es, sin duda, el vampiro[7].

Se procede al pertinente registro. El hogar de Chase es un lugar hediondo, repleto de basura, excrementos y, dispuestos en platos, trozos de vísceras animales y humanas en diferentes fases de descomposición, sangre reseca, sangre en tarros, periódicos viejos, latas de cerveza vacías, cartones de leche podrida, ropa sucia por doquier… Se encuentra un cuchillo de caza de treinta centímetros de hoja, una caja de herramientas cerrada con llave y unas botas de caucho manchadas de sangre. También la colección de collares de perro y de gato, las tres licuadoras que Rick empleaba para preparar sus batidos de órganos y sangre. Del mismo modo, se hallaron sus muy detallados diarios. En la pared de la cocina había un calendario, con la palabra “hoy” escrita sobre cada una de las fechas de los asesinatos. Esa misma palabra aparecía escrita cuarenta y cuatro veces más, en fechas futuras. Lo único que no apareció fue el cuerpo del niño secuestrado. Se encontraría a mediados de 1978, enterrado en las cercanías de la casa. El espectáculo era tan abrumador y desconocido para los agentes de la policía de Sacramento que, como luego explicó el propio Ressler, algunos de los que entraron en aquel antro tuvieron que recibir tratamiento psicológico durante meses.

Chase (Licuadoras)
Algunos de los útiles con los que Chase preparaba su peculiar dieta.

Dentro del monstruo

Una de las delirantes anotaciones de los diarios de Chase induce a suponer que pudo matar a otras personas a las que no se pudo vincularse con él, si bien es difícil determinar cuánto de verdad y cuanto de fantasía psicótica destilan esas páginas:

“Maté a la primera persona por accidente. Mi coche estaba estropeado. Quería irme pero no tenía transmisión. Tenía que conseguir una casa. Mi madre no me quería acoger en Navidades. Antes siempre me acogía en Navidades, cenábamos y yo hablaba con ella, con mi abuela y con mi hermana. Aquel año no me dejó ir a su casa, disparé desde el coche y maté a alguien. La segunda vez, aquellas personas habían ganado mucho dinero y yo sentía envidia. Me estaban vigilando y disparé a una señora (conseguí algo de sangre de todo aquello). Fui a otra casa, entré y había una familia entera ahí. Les disparé a todos. Alguien me vio allí. Vi a una muchacha. Ella había llamado a la policía y no habían podido localizarme. La novia de Curt Silva… el que se mató en un accidente de moto, lo mismo que un par de amigos míos y tuve la idea de que lo habían matado a través de la Mafia, que él estaba en la Mafia, vendiendo droga. Su novia recordaba lo de Curt; yo estaba intentando sacar información. Dijo que se había casado con otro y no quiso hablar conmigo. Toda la Mafia estaba ganando dinero haciendo que mi madre me envenenara. Sé quiénes son y creo que se puede sacar esto en un juicio si, como espero, logro recomponer las piezas del rompecabezas…”[8]

Chase (Juicio 2)
Chase, acompañado de sus defensores, en la sala de vistas.

El juicio de Chase, por obvios motivos de seguridad, se trasladó desde la ciudad de Sacramento a la de Palo Alto, y comenzó en los primeros días de 1979. No duró mucho pues, en realidad, todos los detalles de los crímenes estaban bastante claros, la carga probatoria contra el criminal era abrumadora, y Chase tampoco hizo nada para eludir la inculpación. Reconocido por los especialistas como un esquizofrénico paranoide de manual, Rick, balbuceante e inconexo, trató de justificar sus macabros asesinatos diciendo que unas voces de seres extraterrestres y otras criaturas lo acosaban continuamente, obligándole a matar. Iris Yang, periodista del Sacramento Bee, describe a Richard Trenton Chase durante el juicio de esta guisa:

“El acusado estaba totalmente apático. Sombrío, pelo marrón lacio, ojos apagados y hundidos, tez cetrina y delgadez extrema, no le sobra apenas carne en los huesos. Durante los últimos cuatro meses y medio, Richard Trenton Chase, a sólo unas semanas de su vigésimo noveno cumpleaños, ha estado sentado encorvado, jugando con los papeles que tiene delante de él o con la mirada vacía puesta en las luces fluorescentes de la sala”.[9]

Chase (juicio)
Chase durante su declaración.

Lo cierto es que no había causa. El juicio tuvo lugar porque la fiscalía estaba empeñada en la petición de pena de muerte para Chase -basándose en una nueva ley recientemente aprobada en California-, frente al alegato de la defensa, que pretendía que Rick fuera considerado mentalmente enfermo. La fiscalía consiguió sentarlo en el banquillo de los acusados argumentando ante el juez que había tenido suficiente “astucia” y “conocimiento” en el momento de los crímenes como para ser considerado responsable de sus actos, ser capaz de diferenciar entre el bien y el mal y tener, por ello, capacidad de responder legalmente por ellos. Lo cierto es que el caso estaba tan atado que el jurado sólo deliberó durante las dos horas de rigor antes de declararlo culpable de todos los asesinatos. El juez, asumiendo incomprensiblemente el punto de vista de la fiscalía, pues en efecto Chase era una demente de manual, emitió una condena de muerte e hizo que Chase fuera trasladado a la prisión de San Quintín, donde esperaría su ejecución en la silla eléctrica. Posteriormente fue trasladado al penal de máxima seguridad Vacaville[10].

No obstante, la pena no llegó a cumplirse pues, durante la navidad de 1980, le encontraron muerto en su celda. Al parecer, Chase había estado guardando una buena parte de las pastillas que recibía para controlar sus alucinaciones, y se las había tomado de golpe. Nunca ha quedado claro que se tratara de un suicidio convencional ideado por Chase en un momento de lucidez, o de un postrero acto psicótico del vampiro que buscaba con ello paliar alguna extraña dolencia. Lo cierto es que el caso, por sus peculiaridades psicológicas, se sigue empleando como ejemplo formativo para los agentes que ingresan en la Behavioral Sciences Unit del FBI (Quantico, VA).


[1] Sullivan, K. Vampire. The Richard Chase Murders. Evergreen (CO): Wildblue Press, 2015.

[2] Ressler, RK & Schachtman, T. Whoever Fights Monsters, New York: St. Martin’s Paperback, 1993.

[3] Sullivan, K., op. cit.

[4] Biondi, R. & Hecox, W. Dracula Killer: The True Story of California´s Vampire Killer. London: Mondo, 1992. Este libro es muy recomendable si se desean conocer los detalles internos de la investigación policial del caso.

[5] Ressler, RK & Schachtman, T., op cit., 3.

[6] Descamps, MA. Zoofilia y necrofilia. En: Volcher, R. (comp.): Enciclopedia de la Sexualidad. Madrid: Fundamentos, 1975, 579-586.

[7] Biondi, R. & Hecox, W., op. cit.

[8] Ressler, RK & Schachtman, T., op cit., 17.

[9] Cit. en: Ressler, RK y Schachtman, T, op. cit., 17-18.

[10] Sullivan, K., op. cit.

Machos y “supermachos”

Richard Speck
Richard Speck

Chicago. Noche del 13 de julio de 1966.

Un sujeto de mala vida, adicto a las drogas y el alcohol, que responde al nombre de Richard Speck, penetra por la fuerza en la residencia de un grupo de chicas estudiantes de enfermería. El asaltante se hace con el control de la situación tras inmovilizar al nutrido colectivo de jóvenes que, de suerte inexplicable, no oponen resistencia alguna al hombre que las intimida con un cuchillo y un revólver. Luego, presa de un furor homicida irracional en el que se confunden terribles delirios de sexo y muerte, asesina brutalmente, de manera metódica e implacable, a todas las jóvenes excepto una de ellas que salva la vida simulando precisamente estar muerta. Gracias a ello, Speck pudo ser identificado y detenido. Convicto y confeso, fue objeto de un exhaustivo examen médico en el curso del cual se le detecto una anomalía genética prácticamente sin precedentes en individuos normales en apariencia: en lugar de poseer como todos los varones un cromosoma X (procedente de la madre) y otro Y (procedente del padre), contaba con un X y dos Y[1].

Anomalía cromosómica

Si bien la existencia de los cromosomas fue conocida a partir de 1920, fenómenos como el de la trisomía ya no resultaban una novedad en los días en que Speck cometió su terrible crimen. Su existencia había quedado establecida desde las investigaciones que Turpin, Gautier y Lejeune realizaron en 1958, cuando lograron desenrollar el ovillo en el que se presentan los cromosomas tras sumergirlos en una solución hipotónica. Los franceses encontraron que la célula de los sujetos afectados por el entonces denominado “mongolismo”[2] no tenían los 46 cromosomas habituales –23 pares-, sino 47. Este cromosoma de más, llamado habitualmente cromosoma supernumerario, se ubicaba en el lugar que debería ocupar el cromosoma normal 21 y podía tener tanto las fórmulas XXY como XYY. Además, no solía presentarse aislado sino unido a otro de suerte que no era fácilmente detectable. También pudo averiguarse que ocasionalmente este cromosoma supernumerario no producía sintomatología clínica alguna en los sujetos que lo poseían por la sencilla razón de que se había fijado a un lugar que impedía sus manifestaciones. Este proceso fue denominado traslocación equilibrada. Richard Speck pertenecía a este grupo particular de individuos con el cromosoma supernumerario no aquejados de taras físicas o psíquicas observables a primera vista.

El primer caso bien estudiado de esta manifestación de la trisomía asintomática fue el de un chico obeso de 12 años estudiado por Sanberg y su equipo, y fue contemplado desde el punto de vista de la curiosidad biológica en la medida que no existían anomalías comportamentales visibles[3]. Al muchacho se le trató por los medios habituales de sus dolencias glandulares y estas fueron corregidas con éxito. Pero el impactante caso de Richard Speck alteró por completo el panorama de la investigación de las anomalías cromosómicas, y alentó a otros en la búsqueda de sujetos agresivos o con conductas criminales dotados del célebre cromosoma supernumerario. Incluso el nombre del XYY -denominado hasta entonces Síndrome de Jacobs- sufrió alteraciones significativas que parecían indicar que nada bueno podía esconderse debajo suyo: cromosoma del supermacho o cromosoma del crimen:

“Los estudiosos del tema comienzan a encontrar un elevado número de varones XYY entre los reclusos de penales y manicomios. La mayoría eran violentos, agresivos, peligrosos, de conducta criminal, o sencillamente subnormales. Todo esto condujo a la idea que predomina en los años 60 de que el estudio del cariotipo podría predecir las conductas violentas y el crimen”[4].

Parecía, por tanto, que el viejo doctor Lombroso llevaba razón en última instancia, y que los estigmas físicos del criminal existían realmente. No como configuraciones corporales manifiestas pero sí como manifestaciones ocultas, oscuras, intangibles, devenidas del misterioso plano de lo genético… Lo cierto es que costó algún tiempo desterrar al ámbito de los errores curiosos de la historia de la ciencia el asunto del cromosoma del crimen, sobre todo a causa de la tozudez de un buen número de apasionados cientificistas que se resistían a abandonar una idea tan sugestiva, virtualmente productiva, y por qué no decirlo, bastante útil desde una óptica psicosocial, legal y cultural por maravillosamente facilona. Pero el hundimiento de este nuevo mito pseudocientícifico sería inevitable precisamente por los términos en que se planteaba.

Parecía obvio que si se realizaban búsquedas masivas de cariotipos XYY en cárceles y psiquiátricos, sesgadas de entrada por la poco objetiva segmentación poblacional, aparecerían muchos portadores de la tara maldita que, por supuesto, serían agresivos, delincuentes, inmorales o simplemente “locos peligrosos”. Ahora bien, la cosa no funcionaba tan bien como se las prometían los deterministas. Cuando se echaba un vistazo a la población no reclusa –la general-, se evidenciaba con meridiana claridad que existía una cantidad insuperablemente mayor de individuos con el XYY fuera de las prisiones y llevando, por cierto, una existencia perfectamente normal. De hecho, la mayoría de ellos eran tan “normales” en todos los sentidos –físicos y psíquicos- que no descubrían en toda su vida que eran portadores del cromosoma supernumerario. Así, Dershowitz encontró que tan sólo un 1’5% de los sujetos aquejados de esta tara cromosómica habían delinquido alguna vez[5]. En la misma línea se manifestaron autores como Borgaonkar y Shah[6]. Más aún: no tardó en quedar claro que esta clase de anomalías cromosómicas no es hereditaria ni depende en modo alguno de la extracción social de los sujetos que las padecen, con lo que perdía gran parte de su fuerza en la explicación de fenómenos como el crimen o las conductas antisociales[7].

Por estas razones, la polémica del cromosoma XYY quedó muy pronto resuelta en el plano jurídico y en referencia a la imputabilidad o no imputabilidad de los delincuentes aquejados por la anomalía. Lo cierto es que el debate se clausuró cuando pudo demostrarse que la inmensa mayoría de estos individuos no pueden ser considerados en gran medida responsables de sus actos a causa de su anormalidad, ya intrínseca ya manifiesta:

“[Se] pudo demostrar que estos sujetos presentaban un nivel intelectual dentro de los límites normales, pero con un I.Q. (cociente de inteligencia) y nivel educativo menor del que se podía esperar. Se caracterizaban por inmadurez manifestada en forma de pasividad, irreflexión, labilidad emocional, necesidad de contacto social, identificación varonil insegura y mecanismos de defensa débiles”[8].

Richard Speck, por ejemplo, fue sentenciado a muerte en su día, pero la intervención de su abogado, apoyada en las investigaciones sobre el cariotipo 47, sirvió para que obtuviera un aplazamiento indefinido de la condena[9]. No obstante, el paradigma de la jurisprudencia en esta dirección vino de la mano de un caso prácticamente coetáneo al de Speck sucedido en Francia en 1968. Nos referimos al tan célebre como polémico Caso Hugon[10].

Señoría, no lo vuelvo a hacer…

Daniel Hugon, como la mayor parte de los portadores del cariotipo XYY que optan por la mala vida, cargaba sobre sus espaldas con una prolongada historia de problemas mentales, adictivos y judiciales. Jalonada por las depresiones que le impedían conservar un empleo estable, así como por diversos intentos de suicidio. Hasta que el día 4 de septiembre de 1965, fue seducido por una prostituta de 62 años de edad que aparentaba bastantes menos gracias a la noche y un elaborado maquillaje.

Ciertamente, toda vez que el joven Hugon descubrió el engaño, se negó a cohabitar con ella, lo cual no impidió que pasaran la noche juntos en la habitación de un hotel. El drama se desencadenaría a la mañana siguiente, cuando la mujer, pese a las inexistentes relaciones sexuales, quiso cobrar la pernocta a Hugon, quien se negaba a pagar el servicio. Hubo una fuerte discusión que terminó cuando el hombre, preso de una rabia irracional, se abalanzó sobre la mujer y la estranguló. La primera reacción del asesino, presa del pánico, fue la de huir de París. No obstante, tiempo después, víctima de profundos remordimientos, se entregó a la policía. El examen médico al que fue sometido reveló por fin la trisomía que le aquejaba y que explicaba en buena medida muchas de sus complicaciones psicológicas. Los especialistas advirtieron bien pronto la incapacidad que el problema cromosómico provocaba en el joven Hugon, y lograron explicarse gracias a ella las irregularidades psíquicas y comportamentales que le torturaron a lo largo de su existencia desdichada y solitaria. Por lo demás, alegaron que podía ser tratado adecuadamente mediante y que bajo el pertinente control médico podría llevar una vida perfectamente normal. No era un peligroso criminal en potencia, como sostenían erróneamente los defensores del estigma del XYY, sino, en todo caso, un hombre enfermo -no exento de responsabilidad sobre sus actos- cuya tara genética debía considerarse un atenuante antes que un motivo de culpa. En efecto, el tribunal que le juzgó tomo una determinación ejemplar muy en la línea de la tradición intelectual francesa: aceptó el criterio expuesto por los especialistas y le sentenció a 7 años de prisión -la mitad de la pena que se prescribía para estos casos- así como a ser sometido al tratamiento médico diseñado por quienes estudiaron su caso. Daniel Hugon cumplió su condena y nunca volvió a delinquir.

La prensa gala, en un arranque de humanismo y objetividad bastante poco común en el periodismo del presente, suspiró aliviada ante la esta resolución. No en vano, como bien se argumentó en diversos rotativos, la estimación de miles de personas como criminales potenciales a causa de una anormalidad cromosómica que en la mayoría de ellos era incluso inocua, no hubiera significado en el fondo más que otra forma injustificable de racismo.


[1] Un varón tipo posee un sexo cromosómico XY, en el que la X corresponde a la mitad de la cromatina de la célula materna y la Y a la mitad de la cromatina paterna. No se sabe a ciencia cierta la causa de ello, pero ocasionalmente –especialmente cuando los padres tienen una edad avanzada a la hora de procrear- no se produce esta separación habitual en la cromatina paterna durante la meiosis celular y se añade a la cromatina materna toda la cromatina paterna y no sólo la mitad, de modo que se produce un sexo cromosómico XYY. También puede ocurrir lo contrario, esto es, que sea la cromatina materna la que no se subdivida durante la meiosis, con lo que la resultante sea un sujeto con una trisomía de tipo XXY. En este caso se habla del llamado síndrome de Klinefelter.

[2] En la actualidad la denominación de mongolismo se encuentra prácticamente en desuso por razones eufemísticas, siendo sustituida por otras como trisomía 21 o síndrome de Down.

[3] Publicado en: Lancet, 2, 48, 1961.

[4] Reverte Coma, J.M. (1993). “No existe el cromosoma del crimen”. En: Espacio y Tiempo, 23, pp. 32-39. Y un horror añadido: incluso Charles Manson, el epítome del monstruo criminal contemporáneo –aunque nunca mató a nadie por su propia mano, ojo-, pudo ser portador de esta tremenda “aberración” natural. Más madera.

[5] Dershowitz, A. (1975).“Kariotype, predictability and culpability”. En: A. Milinsky & G.J. Annas; Genetics and the Law. New York, Plenum Press.

[6] Borgaonkar, D.S. y Shah, S.A. (1974). “The XYY chromosome male – or syndrome?” En: Prog. Med. Genet. 10, pp. 135-222.

[7] Véase por ejemplo algunos influyentes trabajos en esta dirección como Casey, M.D. et al. (1972). “Male patients with chromosome abnormality in two state hospitals”. En: Journal of Mental Def. Re.., 16, p. 215. Por otra parte, se sabe desde la aportación de Weismann, a comienzos del siglo XX, que los caracteres adquiridos no son hereditarios por la vía de transmisión biológica convencional y, por consiguiente, sugerir cualquier clase de argumento en esta dirección no es otra cosa que una falacia sin base científica alguna. Que un hombre sea un criminal no quedará inscrito en su código genético y, por ende, es imposible que sus descendientes se conviertan en criminales a causa de la herencia genética que reciban del padre.

[8] Reverte Coma, J.M.; Op. cit.

[9] A título de anécdota, digamos que Speck falleció en prisión a comienzos de la década de 1990 tras haberse inyectado hormonas que desarrollaron sus pechos, y protagonizar algunos sonados escándalos sexuales penitenciarios. Todavía se mueve por Internet un video en el que el Speck transexual de la segunda época de su vida mantiene relaciones sexuales con otro recluso. La investigación de las autoridades fue intensa, pero nunca se supo cómo este material pudo ser rodado, sacado de la prisión y difundido públicamente.

[10] Thevenin, R. (1970). Criminels fous et truands. Les Grands Procès d’Assises. Paris. Editions Fayard.

El misterio del coche secuestrado

Ari Vatanen
Ari Vatanen en los tiempos de gloria.

El finlandés Ari Pieti Uoleti Vatanen (n. 1952), mundialmente conocido por ser uno de los mejores y más populares pilotos de rally de la historia del automovilismo, vivió durante la celebración del Rally Paris-Algiers-Dakar de 1988 una de las situaciones más estrambóticas y discutidas de su dilatada y exitosa vida deportiva. Ganador, entre otras muchas cosas, del célebre Paris-Dakar en nada menos que cuatro ocasiones -1987, 1989, 1990 y 1991-, todas ellas compitiendo en la categoría de coches, y dedicado a la política tras su retiro del pilotaje, pues fue europarlamentario en dos ocasiones, Vatanen todavía rehúsa dar excesivas explicaciones cuando se le pregunta acerca de la singular peripecia vivida durante la edición de 1988. Historia que se ha convertido en una de las anécdotas “negras” más recordadas y singulares del famoso rally que actualmente se celebra en tierras sudamericanas.

Nuevo modelo

Promocional Dakar 1988Vatanen fichó por la marca Peugeot en 1984. Los franceses querían entrar en la alta competición con el Peugeot 205 Turbo 16 y su director de equipo, el también piloto recientemente retirado Jean Todt, con quien Vatanen había mantenido enconados enfrentamientos automovilísticos, recomendó su nombre. Ari le parecía un piloto eficaz, que preparaba bien los coches con los que competía, y con dilatada experiencia de suerte que, a pesar de las limitaciones con las que había competido hasta entonces, había obtenido resultados razonables desde 1981. Y Todt no se confundía. El coche acumuló diferentes fracasos, pero ello no se debió tanto al pilotaje del finlandés, como a constantes problemas mecánicos que lastraban los resultados. Se ganaban competiciones aisladas, pero no el ansiado título mundial que quitaba el sueño a la marca francesa. No obstante, y tras sufrir un grave accidente, Ari logró llevar el 205 T16 al éxito con la victoria en el Dakar de 1987.

Peugeot 205 Turbo 16
El Peugeot 205 T16, coche que ganó el Dakar en 1987 y 1988.

Para 1988 Peugeot ponía en la competición su nuevo modelo, resultado de la experiencia acumulada, el 405 T16 Gran Raid. Los resultados volvieron a ser algo irregulares al comienzo, pero la marca francesa acudía a la cita del Dakar con una doble opción que prácticamente suponía una garantía de éxito: con Vatanen al frente del nuevo modelo, y con el también finlandés Juha Kankkunen al volante del 205, coche que había demostrado poder ganar la competición y al que, a decir de todo el mundo, le quedaba tirón.

De tal modo, tras la etapa número 14, Timbuktú-Bamako –disputada el 17 de enero sobre un recorrido de 676 kilómetros-, Ari Vatanen lideraba la prueba con dos horas de ventaja sobre Kankkunen aunque en los mentideros del negocio se decía que el 405 había terminado en la capital de Malí con serios problemas mecánicos que hacían alargadas las sombras de un posible abandono. Hecho que supondría un revés para la marca Peugeot, que había puesto toda la carne en el asador con el nuevo modelo y veía, por tanto, peligrar su campaña comercial. El hecho es que durante la tarde-noche, precisamente en aquella etapa, la organización permitía realizar las pertinentes operaciones de mantenimiento de los vehículos, pero no reparaciones de gran calado lo cual, al parecer, suponía un problema para las opciones finales del tandem Vatanen-Berglund.

Peugeot 405 turbo 16
El Peugeot 405 T16 en acción
Jean Todt
Jean Todt, un genio de los despachos…

Y detrás de todo ello –no lo olvidemos- estaba revoloteando Jean Todt, un piloto más bien regular, pero a la par hombre que siempre ha sido reconocido por los periodistas especializados en la materia como un verdadero “mago” de las relaciones públicas, capaz de sacar partido de cualquier situación. En este caso, y más allá de la verdad de una historia que nunca pasará del entramado de sospechas porque de los hechos se sabe poco, logró que la prensa internacional colocara a la marca que le pagaba el sueldo en todos los titulares habidos y por haber. Tan bueno que aún hoy -y para muestra la presente entrada- continua sumando citas gratuitas para el fabricante francés. Que no es poca cosa.

Secuestro rocambolesco

En la mañana del día 18 se destapó uno de los hechos más surrealistas de la historia del Rally Dakar: el coche de Vatanen –el líder, no lo olvidemos- había desaparecido durante la noche del parking oficial de la prueba, ubicado en el interior del estadio de fútbol de Bamako. Y en mitad del desconcierto general, el jefe del equipo Peugeot Talbot Sport, Jean Todt, hacía público de suerte oficial que había recibido una llamada en la habitación del hotel en la que se solicitaba a la marca un rescate de 25 millones de francos a cambio del vehículo secuestrado.

Se inicia la pertinente investigación. Y lo primero que queda manifiestamente claro es que las medidas de seguridad alrededor del estadio son insuficientes y las brechas enormes. Es más, algunos testigos dijeron haber visto cómo el coche de Vatanen salía de las instalaciones del estadio de fútbol, si bien ninguno de ellos sospechó que algo extraño estuviera ocurriendo. Sea como fuere, no había mucho tiempo para esclarecer lo sucedido y las preguntas al respecto del suceso eran obvias: ¿se trataba de una estrategia de Peugeot para cambiar el motor del coche de Vatanen y garantizar así la victoria del 405? ¿Todo era resultado de un simple error en la seguridad que había facilitado la original acción de los secuestradores? Y por último, teniendo en cuenta la complejidad del protocolo para la puesta en marcha de un coche de tales características, cosa que no podría hacer con facilidad alguien no especializado, ¿no se estaría ante el boicot de otro participante en la prueba? Obviamente, esta hipótesis se desestimó en seguida: es perfectamente conocido que los pilotos suelen ser extraordinariamente solidarios entre sí y, por lo demás, nadie parecía ganar gran cosa con un acto como aquel.

Estadio Futbol Bamako
El estadio de fútbol de Bamako.

En todo caso, la etapa comienza según el horario previsto. Ari Vatanen, como todos los participantes, cuenta con un tiempo de control de 30 minutos para tomar la salida y, claro está, no se presenta. Sin embargo, aún más sorprendente, de súbito el colorista 405 es localizado con el depósito vacío de combustible, abandonado en un paraje a las afueras de Bamako. Tras recuperarlo a toda prisa, Vatanen y Berglund ocupan sus puestos y se reincorporan a la carrera de modo extra-oficial, pero ello no impedirá que sean obviamente descalificados al no presentarse a la salida durante la hora indicada.

Esa fue la historia y así terminó. Nunca se supo si Peugeot pagó los 25 millones de francos a los supuestos secuestradores, ni se llegaron a esclarecer el resto de cuestiones en torno a la misteriosa desaparición del vehículo que, por cierto, tampoco quedó claro si se investigaron a conciencia… Porque Todt y la marca a la que representaba, y dejémoslo ahí, tampoco pusieron un especial empeño. Total, Peugeot volvió a ganar con el coche del año anterior, pues Juha Kankkunnen y su copiloto Juha Pironen lograron imponerse en la meta de Senegal sobre el equipo Shinozuka-Magne, que corría con Mitsubishi.

Y en los mentideros del mundo del motor aún se comenta que cuando el 405 de Vatanen se presentó por fin, antes de su descalificación definitiva, en la meta de la etapa número 15 –disputada entre Bamako y Kayes, sobre 531 kilómetros- el motor del 405 T16 tenía pinta de encontrarse “misteriosamente nuevo”.

Fascinante.

La pesadilla del Plan Bolonia

Para Gloria. Cariño, es lo que hay.

Resulta que mi hija comienza este año estudios de arqueología y uno de los primeros trabajos que le mandan sus docentes tiene que ver con el modo en que el dichoso Plan Bolonia ha afectado a su especialidad. Se pasa varios días escribiéndolo, me pide que lo lea para ver qué me parece… Y encuentro con suprema fascinación algo que ya me barruntaba desde hace unos años y es, precisamente, que los muchos males, críticas y deficiencias que en ese trabajo se desgranan son equiparables a los que padecen todas las titulaciones relacionadas con las humanidades en España. Males endémicos que el engendro de Bolonia no puede –ni podrá- resolver porque ni está pensado para beneficio de la academia, ni acaba de dar al alumnado lo que le promete, ni es otra cosa que un producto tecnocrático pensado, en el mejor de los casos, para el beneficio –sin pasarse- de las ciencias que se nos venden como pretendidamente “duras” y las carreras tecnológicas. Defectos que en el caso español se agravan, precisamente, por su larga tradición en eso de renegar del humanismo y la intelectualidad, alentándolos en privado pero hundiéndolos en público.

Plan Bolonia

Las humanidades siempre han estado maltratadas en los planes de estudio españoles prácticamente desde que existe la educación reglada, y en todo el arco educativo. Y la tendencia va a más a tenor de los acontecimientos. Paradójicamente, pese a ser cuna de grandes humanistas procedentes de los más diversos ámbitos del conocimiento –no me entretendré en enumeraciones innecesarias-, España es una nación que siempre ha mirado con sospecha al humanismo y al humanista. De reojo. Como no fiándose. Tiene lógica si entendemos que en este país las humanidades nacieron ligadas a insoportables mamotretos tomistas y estuvieron durante siglos bajo el control de las autoridades eclesiásticas de la Contrarreforma, lo cual las sumió en un escandaloso atraso formativo e investigador. Consecuentemente, a poco que el poder civil pudo decidir con cierta tranquilidad sobre los contenidos de los planes de estudio, entendió que el “progresismo” comenzaba por librarse de ese pasado oscuro y retrógrado que, lamentablemente, quedó de suerte indeleble asociado a “las letras”. Para los primeros prebostes de la universidad decimonónica española, si no andabas metido en las ciencias naturales –y sus variantes-, por definición, eras un tipo arcaico que solo se limitaba a perorar, a no producir absolutamente nada, y a vivir del cuento. Fin de la cita.

Por supuesto, y con oscilaciones, la situación se agudizó tras el régimen franquista: tras cuarenta años de nacional-catolicismo y adoctrinamiento ético-moral transversal, todo lo que pudiera oler remotamente a letras era ya la mismísima peste, con lo cual se dio pie a una segunda ola de anti-humanismo. Y ello sin contar con el hecho de que no eran los prebostes franquistas gente precisamente favorable al debate intelectual, hecho que redujo a la formación en humanidades a poca cosa, generalmente supeditada a los avatares del desarrollismo, y reducida a discurso único. Así, España, en 1975, era el resultado de un país autárquico, con un sistema educativo sin parangón en el continente europeo, extravagante y desajustado a la altura de los tiempos, que formaba titulados no homologables a prácticamente nada. Si a ello sumamos la falta de profesionales formados para sacar a la nación de su atraso galopante y la paulatina universalización de los estudios universitarios –pues ahora ya, por suerte, podía estudiar una carrera casi todo el mundo-, tenemos un resultado claro: las carreras científico-tecnológicas se convirtieron en la formación estrella, lo cual devino en un abandono progresivo de las ciencias sociales y las humanidades. Total, para eso, en el reino de los tecnócratas y los “progres” de paella dominguera, había poco o ningún futuro. Resultado: hoy en día dices que has estudiado una carrera de ciencias sociales o de humanidades y cualquier tonto del bote se permite el lujo de faltarte al respeto. Como si a los de letras los títulos nos los anduvieran regalando. Como si tuviéramos que creernos que un físico, un ingeniero o un médico son más listos, más científicos y mejores personas que un filólogo o un sociólogo nada más que porque sí.

¡Qué país, amigo Sancho!

Tampoco nos ha concedido grandes réditos a los docentes el pésimo concepto que siempre se tuvo de la enseñanza. En España, desde tiempos inmemoriales, el público solo ha venido hablando del maestro, o de la docencia, para hacer leña. Otro mal endémico. La enseñanza siempre ha sido –y lo sigue siendo en comparación con el resto de naciones de la UE- una profesión denostada, mal pagada, machacada, vilipendiada y roturada… Ya es curioso –por sintomático- que un país que se pasa horas y horas perorando sobre la “calidad del sistema educativo” a todos los niveles dedique tan escasos recursos a la formación del docente, a su satisfacción laboral, a su formación continua y a prestigiar socialmente una profesión que es justamente la base de tal sistema. Raro porque me barrunto que existen intenciones aviesas tras tales carencias ancestrales y siempre corregidas, por lo común, a desgana y a destiempo. Consecuentemente, a la gente le importa que le construyan un colegio, le pongan ordenadores a los chiquillos, o esté acondicionado con un buen gimnasio, pero no pregunta nada acerca de las condiciones en las que los enseñantes desarrollan su trabajo. Los chavales y chavalas se matriculan en la universidad y lo primero que preguntan el padre o la madre es con qué recursos materiales va a contar su retoño, pero no conozco universidad alguna que venda como un plus la excelente calidad de sus docentes. Eso, al parecer, no hace “marketing” genuino.

Precisamente por ello, cuando alguien me cantó en cierta ocasión las excelencias del sistema educativo finlandés a la par que se quejaba de lo “malo” que era el nuestro, solo pude argumentarle que para tener un sistema educativo como el de Finlandia, lo que hacía falta –y no sería mal comienzo- eran padres y madres finlandeses. Porque cuando, y esta es otra, uno de los deportes familiares es la desautorización –cuando no el insulto- del docente, muy mal comienza la cosa. Sepan ustedes, ya que estamos, que la de maestro, en Finlandia, es una profesión reconocidísima, respetadísima y aún mejor pagada. Igual hay que empezar por ahí y aburrir menos al personal con tanta chinchorrería pedagógica y tanta tertulia de baratillo.

Y así vamos a Bolonia…

…Y fuimos para allá pensando que eso del Espacio Europeo de Educación Superior (EEES) iba a ser la tabla de salvación de la universidad española. No conozco los datos generales de la universidad patria, pero si puedo garantizar una cosa que estoy seguro las cifras corroboran: a las humanidades y a las ciencias sociales las ha hecho trizas. Las ha metido en un laberinto de toda suerte de carencias y contradicciones del que ya nadie sabe cómo ir saliendo con garantías. La formación humanística –utilizaré en adelante el término en sentido genérico- arrastra tal cantidad de limitaciones históricas que la impiden adecuarse en España a las demandas socioculturales del momento. De hecho vienen precisando de un tratamiento especial desde hace décadas, y amalgamarlas en el mismo modelo de las titulaciones científico-técnicas no solo es un completo error –que no creo falto de intención-; es un disparate garrafal que parece ideado ex profeso para terminar liquidándolas por derribo. Total, en España es un hecho que el que piensa por sí mismo, se sale de la vorágine del adoctrinamiento único, y desarrolla cierto espíritu crítico ante las cosas, molesta más que una china en un zapato. Y si no me creen, es que no tienen cuenta abierta en una red social.

A la mayor parte de las humanidades, en la universidad española, e históricamente, se las ha hecho depender, por sistema y salvo excepciones, de otras ciencias –o carreras más generales en su caso- a las que han estado asociadas. El aprendizaje de muchas de ellas era casi marginal. Apenas una asignatura en un plan de estudios. Quizá unos seminarios. Algunos ciclos de conferencias… Si estabas interesado en algo “diferente” tenías que buscarte la vida por ahí como pudieras. Además, con la llegada de la Constitución de 1978 nació el Estado de las Autonomías y esto vino a complicarlo todo por cuanto cada región a los pocos días tenía ya su universidad, y cada universidad tenía su propio modelo, y cada modelo daba mayor o menor importancia a una cosa u otra en función de las cabezas pensantes que lo montaran. Cierto que el Estado ha mantenido un tutelaje general sobre el sistema universitario de cara a garantizar la homologación nacional de los títulos, pero poco más en la medida que toda posible intervención en la autonomía universitaria se veía, en última instancia, como una amenaza contra el modelo territorial mismo. De hecho, la única forma confiable que la administración central tenía de controlar el desarrollo de los títulos universitarios era la de tomar iniciativas legislativas que, de un modo u otro, obligaran a las universidades, motu proprio, a impulsar modificaciones en sus planes de estudios para adecuarlos a normativa.

La política chapucera del parche y tentetieso. Todo muy español.

España suscribió el Plan Bolonia en 1999. Éste divide la enseñanza superior en tres niveles: grado, máster y doctorado. El grado tiene una duración de cuatro años y sustituye a las diplomaturas y licenciaturas. El máster supone una especialización en un ámbito concreto o multidisciplinar y puede tener una duración de un año o dos. Al doctorado se accede a través de un máster específico y, por término medio, los estudios se prolongan durante cuatro años. El proyecto, en realidad, no era otra cosa que la adaptación y unificación de los criterios educativos de todos los centros europeos a fin de tener un criterio estandarizado que pudiera medirlos a todos por los mismos parámetros -o eso dicen-. La verdad es que en el caso de España, precisamente por las particularidades que venimos describiendo, el dichoso plan entró como elefante en cacharrería por cuanto su letra pequeña no tenía prácticamente nada que ver con lo que existía aquí, se impuso manu militari con plazos inasumibles para satisfacer a los capitostes políticos de turno, y además el Estado trató por todos los medios de que fueran las propias universidades las que asumieran los costes del proceso, lo cual degeneró en un completo desastre económico para muchas.

Si alguien recuerda aquellos años tan bien como yo, seguro que se hartó de escuchar las dos palabritas de marras en boca de todo el que tuviera algún cargo que exhibir y que ahora seguro que anda escondido en algún agujero: “calidad” y “excelencia”… Pues no, mire usted.

Competente, ¿para qué?

Porque, supuestamente, lo que prima en el modelo Bolonia son las “competencias” que el alumno desarrolla a lo largo de su carrera universitaria. Pero detrás de la nueva palabra de moda no hay nada en absoluto si exceptuamos muchos kilos de papel mojado y toneladas de verborrea. Los títulos ahora discurren hacia una pretendida orientación formativa destinada a las salidas profesionales que, en un futuro, permita al alumnado integrarse en el mercado de trabajo. O lo que es lo mismo: bajo esta peregrina excusa se obliga a diseñarlos para tratar de ahorrar a las empresas, en la medida de lo posible, gastos en formación en una reedición de ese viejo axioma patrio: que pague otro. Ese es el hecho, y no funciona. No lo hace porque cada empresa y empresario tiene sus demandas peculiares y, al final, lo único que puede hacer un centro académico digno es formar a un profesional adaptable, pero no a un profesional a la carta. Vamos, que en un mundo normal y lógico debiera ser quien contrata el que se hiciera cargo de que sus empleados sepan hacer lo que él necesita específicamente. Una universidad respetable, en suma y permítanme ser tan gráfico, no puede ser ni funcionar como una fábrica de tornillos. Punto.

En segundo lugar, hay muchas profesiones -algunas no tan nuevas, no se crean el cuento- carentes de una regulación específica, lo cual impide dotar al alumno de esas supuestas competencias en la medida que, sencillamente, no existen al no tratarse de profesiones reguladas –hecho que afecta de suerte dramática no solo a las humanidades, sino también a diversas carreras científico-técnicas-. Así, existe un desfase imposible de salvar entre lo que se presupone que académicamente “debe saber” cierto egresado, y lo que se pretende que haga en su desarrollo profesional. Para que nos entendamos, una reedición del viejo dualismo kantiano entre lo que las cosas son y lo que debieran ser. Esta situación provoca un gran problema a la hora de elaborar los planes de estudio, ya que los grados no pueden diseñarse para cubrir racionalmente las competencias requeridas.

Así, la formación básica de los grados, que se adquiere en general durante el primer curso académico, consiste en asignaturas que no hacen sino completar las carencias formativas de un bachillerato en el que, lamento decirlo, se pierde mucho el tiempo en zalamerías y letra muerta –y conste que no culpo de ello a los compañeros de esta etapa formativa, pues la mayor parte de ellos son muy competentes, sino al pésimo sistema en el que se ven obligados a trabajar-. Esto conlleva la necesidad de incluir, en el primer año de carrera, asignaturas cuyos contenidos y competencias deberían estar asimilados por el alumno en etapas anteriores a la universitaria, lo cual provoca un arrastre hacia la universidad de los defectos inherentes a otros tramos educativos. También se percibe en infinidad de títulos, por cierto, un número muy bajo de asignaturas relacionadas con la práctica de la profesión –recordemos, no desarrollada-, lo que supone una contradicción de base con respecto a la idea de que el grado debe formar profesionalmente al alumno.

Y en tercer lugar, hay un problema de homogeneización de la evaluación de la calidad docente que la hace a todas luces injusta y disfuncional. No puede ser el mismo el criterio para evaluar a un profesor de psicología, de ciencias de la comunicación o de criminología, que el que se emplea para evaluar a un profesor de química o de ingeniera de la edificación. Y no puede serlo porque ni enseñan lo mismo, ni hacen lo mismo, ni están formados de igual modo, ni cuentan con las mismas posibilidades a la hora de investigar y/o publicar, ni tienen nada que ver entre sí. Porque nuestros mandatarios parecen olvidar que por mucho que se le pinten rayas blancas a un caballo negro, no se convertirá en una cebra… Sin contar con la profunda ignorancia epistemológica de este modelo que hace tabla rasa de toda diferencia: las ciencias sociales, técnicas, naturales y humanas comparten a lo sumo metodologías y ahí se terminan los parecidos. Ello por no hablar del absurdo inherente a tratar de evaluar la calidad docente de un profesional midiendo su calidad investigadora, que es cosa radicalmente distinta; o la dificultad cada vez más acusada a la hora de etiquetar campos de investigación específicos en una comunidad científica y académica que, en general, y por la fuerza de los acontecimientos, camina cada vez con mayor velocidad hacia la interdisciplinariedad y la consiguiente difusión de fronteras a la hora de abordar los problemas.

Se puede hacer peor, pero es difícil discernir cómo.

Desastre Europeo de Educación Superior

El hecho es que las condiciones de implantación del EEES han perjudicado de manera muy especial a las nuevas materias, especialmente a las carreras de humanidades, al punto de que ha conducido a las universidades a la adopción de actitudes claramente defensivas: la filosofía del Plan Bolonia con respecto a las competencias del alumno, o la utilidad del grado, las ha llevado a una protección numantina de los departamentos universitarios en términos meramente supervivenciales. Había que mantener a los mismos profesores de antaño impartiendo clases a todo trance –ya fuera dentro o fuera de sus materias específicas-, pues era necesario preservar las cargas docentes, el peso académico de los departamentos en sus ecosistemas universitarios y, por supuesto, los puestos de trabajo.

Este problema va más lejos de lo que se pudiera pensar en un principio pues el diseño de un nuevo plan curricular que respetara las antiguas divisiones departamentales, siempre sin aumentar las plantillas a causa de unos presupuestos bajos y/o inexistentes, ha dado como resultado una ingente cantidad de docentes burocratizados, sobre-exigidos, sobrecargados, mal pagados, desmotivados, aburridos y cada vez más interesados en buscarse la vida fuera de la universidad española, o bien fuera de la universidad misma, lo cual ha comenzado a empobrecer la calidad –justo aquello que el Plan Bolonia pretendía preservar y aumentar a bombo y platillo, ¿recuerdan?-.

O como me dijo en cierta ocasión un amigo al que le sobra la sorna: “de catedrático, a taquillero”.

Consecuentemente, el panorama que se está abriendo para las ciencias sociales y las humanidades –aunque no solo- en las universidades es muy preocupante: la falta de estrategias claras a la hora de planificar los planes de estudio necesarios, la imposición de una visión mercantilista y “empresarializada” de la enseñanza superior, y las propias dinámicas de la academia provocarán a medio plazo –lo están provocando ya de hecho- un escenario en el que primará la competitividad de las universidades a la hora de captar estudiantes sobre la propia calidad de las titulaciones, o de la docencia misma.

En efecto, esto es lo que hay. Pero no pasa nada.

No a Bolonia

Introducción a la violencia de género

Violencia de Genero

Al hablar de “violencia de género”, en la medida que el problema existe como concepto de uso común, nos olvidamos de que se trata de un asunto extremadamente complejo cuyo abordaje sería imposible sin recurrir a un enfoque multidisciplinar capaz de integrar todas sus vertientes, que son muchas. De hecho, ni tan siquiera ha sido fácil encontrar consenso a la hora de denominar a este tipo peculiar de violencia en la misma medida que sus diferentes visiones y nomenclaturas, en última instancia, generan sesgos teóricos que introducen o excluyen aspectos controvertidos para la comprensión y abordaje del fenómeno.

El primer escollo a resolver, algo por lo demás común en materias científicas que tienen un fuerte calado social, surge a partir de la novedad del problema. Es cierto que la violencia de género es un hecho indiscutible que ha venido atravesando a todas las culturas y sus manifestaciones desde tiempos ancestrales, pero la verdad es que solo empezó a entenderse que era un auténtico problema cuando las demandas de las propias mujeres lo convirtieron en tal cosa. Así, fue cuando el movimiento feminista lo visibilizó a partir del siglo XVIII que la cuestión comenzó a existir y a despertar interés sociopolítico. Estas primeras demandas de aquel feminismo incipiente se centraban en la exigencia de los derechos de ciudadanía para la mujer, como el acceso a la educación, al voto, al trabajo remunerado y etcétera. Demandas que solo era posible sostener mostrando que su carencia procedía de una desigualdad esencial –metafísica si se quiere- insostenible desde el plano intelectual, pero arraigada con gran firmeza en el sustrato último de la cultura. No podemos olvidar, por ejemplo, que la Revolución Francesa, al proclamar en 1789 la Declaración de los Derechos del Hombre, solo tenía en cuenta, literalmente, a los propios hombres. Resulta paradójico, por cuanto es público y notorio que las mujeres lucharon tanto por la consecución de esos derechos como los propios varones, que una vez obtenidos se vieran excluidas de ellos y relegadas a un segundo plano sociocultural. Y no resulta extraño, pues, que fueran estas mismas mujeres las primeras en rebelarse contra semejante injusticia histórica[1].

Tras esta primera oleada se pasó a una segunda fase, ya durante el siglo XIX, que “redujo” las ambiciones iniciales del movimiento para concentrarse en la consecución del derecho al voto. Nacería así el famoso “movimiento sufragista”, que enraizó con especial fuerza en los Estados Unidos a partir de 1848. No hemos de dejarnos engañar por esta aparente reducción de las demandas de la mujer por cuanto, teóricamente, se entendía que el derecho al voto y a la consiguiente decisión en lo relativo a la representación política supondría, a medio plazo, la mejor herramienta para combatir la desigualdad. El cálculo efectuado por las sufragistas era obvio: Si las mujeres terminaban por convertirse en una bolsa estable de votos sucedería que los políticos, necesariamente, habrían de tomar también en consideración sus problemas y demandas. De hecho, la consecución del voto para la mujer en diversos lugares del mundo provocó el inevitable efecto dominó en Occidente que, sin embargo, tardó mucho tiempo en empezar a ofrecer los efectos apetecidos, pues la consecución del sufragio femenino raramente vino acompañada de la posibilidad de que las mujeres tuvieran un acceso efectivo a la esfera política[2]. Este lento progreso desencadenó la tercera ola del feminismo, a mediados del siglo XX.

Manifestacion Sufragista USA Finales Siglo XIX (americaslibrary gov)
Manifestación sufragista en los Estados Unidos a finales del siglo XIX [fuente: Americaslibrary.gov].

Eran ya muchas las mujeres descontentas con los escasos avances logrados tras una lucha tan larga, pero fue en torno a un libro publicado en 1949, El segundo sexo, que este descontento generalizado comenzó a agruparse para tomar la forma de un movimiento intelectual y material bien construido. Su autora, Simone de Beauvoir, teorizó por primera vez en torno al significado de lo que implica “ser mujer” y con ello alimentó la toma de conciencia general sobre las relaciones de desigualdad existentes entre hombres y mujeres, mostrando a qué punto se encontraban afianzadas en la historia de la cultura y cómo iban evolucionando y readaptándose a lo largo del tiempo. De hecho, fue de Beauvoir quien comenzó a visibilizar el problema de la naturalización de la violencia sobre las mujeres, abriendo una línea de trabajo consolidada posteriormente, en 1963, cuando la psicóloga estadounidense Betty Friedan publique La mística de la feminidad. Un texto centrado, por primera vez, en la violencia de género en cuanto tal así como en los procesos psicosociales que la facilitan, la justifican y la ocultan al recluirla en el ámbito de “lo privado”.

Gracias a la aportación del tandem de Beuvoir-Friedan, y hasta su consolidación final con los muy celebrados textos antropológicos de Gayle Rubin, el movimiento feminista internacional pudo al fin contar con elementos que antes no había tenido: una teoría sólida que someter al debate sociopolítico, y capacidad organizativa desde las que exponer demandas concretas, uniformes y coherentes. La principal de ellas surge precisamente en torno al problema de la violencia de género como acontecimiento natural, fatal e invisible que afecta a la mujer en todas las manifestaciones de su existencia. La cultura y la sociedad habían convertido a las mujeres en víctimas de un destino inexorable que no podía ser alterado porque era legítimo, inmemorial e incuestionado. Precisamente, y más allá de ulteriores retóricas, ideologismos y manipulaciones, en esto reside el verdadero mérito histórico y central del feminismo: mostró que ese destino “natural” de la mujer –ser violentada, ser desigual, ser sometida- no solo se cimentaba sobre falacias históricas ocultas, sino que también era un destino injusto y terrible que una sociedad, para ser simplemente humana, debía combatir y erradicar.

Simone de Beauvoir
Simone de Beauvoir (1908-1986).

El discurso patriarcal sobre la violencia de género

Sería absurdo –y debemos tenerlo claro a estas alturas- decir, como se trata de argumentar desde diferentes entornos, que la violencia de género sólo afecta a la esfera privada de las personas. Absurdo y falaz porque, en realidad, se trata de un producto devenido de la tradicional organización patriarcal de la sociedad que afecta de un modo u otro a todas sus manifestaciones. Pero también sucede que, en efecto, parece que los sucesivos avances psicológicos y sociopolíticos provocados por la visibilización permanente del problema han ido matizando las desigualdades públicas, limando sus aristas, y recluyendo con ello las peores y más trágicas implicaciones de la violencia de género en la vida privada de las mujeres, donde aún permanecen ocultas en muchos casos. Poca gente toleraría ya que a una mujer se la ofendiera en la calle, o en el trabajo, por causa de su mera condición de mujer, pero las mismas personas que no admitirían tales conductas públicas –bien sea por “corrección política”, apelando a supuestos “principios morales”, o por simple “caballerosidad”- a menudo se muestran renuentes a implicarse cuando esto mismo sucede en el ámbito doméstico. Adoptan de tal modo una postura templada, inconsistente, que precisamente es más dañina que cualquier otra porque contribuye de manera sutil pero decidida a la perpetuación de esa violencia estructural y que, además, es muy difícil de combatir a causa de su aparente sensatez.

Esto ocurre porque desde el clásico discurso patriarcal en torno a la violencia de género se rehuyen las explicaciones en clave estructural, que son precisamente las relevantes, y se trata de individualizar el problema. Se convierte así en el fenómeno esporádico de unos cuantos sujetos con nombres y apellidos que, por diversas razones, rompen el equilibrio y la complementariedad entre el hombre y la mujer. Este argumento de la agresión como producto exclusivo del agresor particular concluye con un axioma sencillo: en realidad no existe un problema sociocultural de fondo, sino tan solo problemas concretos y circunstanciales. La sociedad no debería hacer nada atacar las desigualdades estructurales –que no las habría-, sino las desigualdades específicas, propias del caso. Así es como en el discurso patriarcal sobre la violencia de género transforma el hecho social en simple anomalía individual y, de nuevo más allá de intereses peculiares e ideologismos varios que no nos competen y que nada aportan al tema, esta es precisamente su verdadera palanca de fuerza.

Mediante ese argumento, hemos de indicar ahora que perfectamente integrado en la educación de un elevado número de mujeres que también lo asumen y difunden, el agresor es observado como un enfermo, un tipo marginal que no respeta las normas sociales básicas. La mujer agredida, por su parte, es considerada como una persona transgresora y/o provocadora que dificulta las relaciones familiares, que tiene problemas para gestionar su relación de pareja, o bien que no es hábil a la hora de mantener al hombre dentro de las convenciones. Así dispuesto el discurso, la violencia de género en el ámbito intrafamiliar se convierte con suma facilidad en simple “violencia doméstica” y nos habla de un conflicto entre personas particulares que se resuelve de manera disfuncional. Al ser la mujer la que transgrede o es inhábil en uno u otro sentido sucede que también, a menudo, “provoca” la acción violenta sobre ella y contribuye inevitablemente a su propia victimización.

Este modelo discursivo trata, por otro lado, de sostener que la sociedad es igualitaria y que las diferencias observables entre hombres y mujeres se fundamentan en su naturaleza biológica. Un imponderable contra el que sería ridículo luchar porque, sencillamente y de manera esencial, las mujeres y los hombres “son diferentes” y están naturalmente dirigidos hacia finalidades productivas diversas: El hombre estaría más dotado para la actividad pública, la valentía, el esfuerzo, la competitividad y los sacrificios que conlleva sacar adelante a una familia… Pero las mujeres –que necesitan ser protegidas por los hombres a causa de una supuesta debilidad biológica- estarían más dotadas para la vida hogareña, la crianza, el cuidado y la gestión de los sentimientos… Como si la maquinaria emocional de hombres y mujeres fuera fisiologicamente diferente, lo cual es un simple y llano disparate.

Si pensamos en esto durante un minuto, veremos en seguida que existe una fuerte contradicción entre el modelo discursivo patriarcal y la práctica social diaria. Contradicción irresoluble que derrumba el propio discurso y nos muestra con claridad sus falacias: Primero, porque cada vez son más las mujeres que rompen la barrera del género e irrumpen en terrenos que se consideran tópicamente varoniles. Segundo, porque entretanto se niega teóricamente que las diferencias entre hombres y mujeres, así como sus diferentes jerarquías, existan en la sociedad, se aceptan de facto todas aquellas prácticas que subordinan a la mujer por causa de su naturaleza femenina. Consecuentemente, de manera subrepticia, se desvaloriza el trabajo doméstico, se ocultan las aportaciones históricas de la mujer y se minusvaloran aquellas tradiciones, costumbres e instituciones que se consideran como propiamente femeninas.

Discurso Patriarcal
Tabla 1. La violencia de género en el discurso patriarcal tópico.

El análisis “de género”

Es interesante, desde un punto de vista psicosocial, darse cuenta de lo poco que se comprende –o lo mucho que se malinterpreta- el concepto de género. Hay quien cree que se trata de una categoría elaborada ad-hoc con la finalidad expresa de sustentar un programa político de corte feminista. También se dice que es una simple invención semántica carente de apoyo científico alguno. Hay quien sostiene, incluso, que se trata de un pretexto diseñado por los supuestos “enemigos de lo establecido” –los siempre peligrosísimos “antisistema”, sean quienes fueren- para interferir o subvertir el buen orden sociocultural. Sin embargo, ninguno de estos tres puntos de vista es correcto y quien los defiende de manera acrítica muestra un profundo desconocimiento del problema, cuando no el hecho de ser partidario –o difusor involuntario- de ciertos discursos políticos y culturales tan poco fundamentados y falaces como interesados.

John Money
John Money (1921-2006).

Lo cierto es que el concepto de género apareció en el seno de la investigación psicológica, y los primeros autores que lo emplearon, dicho sea de paso, no fueron mujeres sino hombres. Si bien acuñado en 1955 por Money, sería Robert Stoller en 1968, en el transcurso de sus estudios acerca de niños y niñas aquejadas de diferentes síndromes androgenitales y sometidos a terapias hormonales, quien establecería la diferencia conceptual entre sexo y género tal y como hoy la entendemos. De sus trabajos Stoller concluyó que la identidad y el comportamiento de género no están determinados por el sexo biológico, sino por las experiencias vividas, los ritos y las costumbres que se le atribuyen a los sexos biológicos a partir del etiquetado sociocultural[3]:

  • El “sexo” hablaría de las diferencias innatas y determinadas por la biología que existen entre hombres y mujeres, y que son universales e invariables.
  • El “género” hablaría de diferencias entre hombres y mujeres construidas en el contexto social: Actitudes, roles, actividades y pensamientos que la cultura establece como más aptas y deseables en función del sexo.
Sex & Gender (Robert Stoller)
Primera edición del célebre libro de Robert Stoller “Sex and Gender” (1968).

Siguiendo con esta argumentación en clave psicológica, pronto se nos muestra evidente que el concepto de género moviliza alrededor de la violencia tres instancias o elementos básicos que, para nosotros, van a ser muy relevantes en adelante:

  1. Asignación de género. También llamada en la literatura “rotulación”, “etiquetado” o “atribución” implica que tanto la víctima como el agresor han asumido un programa de individuación personal cuya diferencia fundamental estriba en haber sido definidos como “hombre” o como “mujer”. Estas etiquetas implican modos de relación peculiar entre los sexos que, como es lógico, van a generar estilos peculiares y específicos de violencia. Así las cosas, se comete un grave error cuando se homogeneiza la violencia de género con respecto a otras y se la trata de igual modo[4].
  2. Identidad de género. Tanto la víctima como el victimario han estructurado y consolidado todas sus experiencias vitales desde una identificación con las ideas que la sociedad y la cultura tienen acerca de lo que significa “ser hombre” o “ser mujer”. De tal modo, el proceso de identificación se convierte en un filtro de las experiencias que las transformará en eventos con significados diferentes para ambos.
  3. Rol de género. La identificación provoca la interiorización de un conjunto de preceptos y normas sobre el comportamiento que se va a considera adecuado en cada sexo. En el caso de la violencia de género esto implicará que el agresor y la víctima van a situarse en posiciones diferentes y, por tanto, desarrollarán diferentes estrategias de afrontamiento de la violencia.

Esto es lo que explica que en el caso de la violencia de género no resulté irrelevante, sino todo lo contrario, quién es el que agrede y quién es el agredido. Debemos entender que en la producción de esta clase peculiar de violencia –al igual que sucede con cada una de las formas específicas de violencia, por cierto- existe, y es un tópico en la literatura, un vínculo muy complejo y elaborado entre la sociedad y la estructura psíquica de las personas. Ahí es donde adquiere pleno sentido el hecho de que,

“no deja de ser curioso que las diferencias de sexo condicionen el tipo de violencia experimentada. Cuando un hombre sufre una agresión, ésta tiene lugar habitualmente en la calle y suele estar asociada a un robo, a una pelea, un ajuste de cuentas o un problema de celos. Las mujeres, por el contrario, al menos en la mayoría de los casos, cuando son víctimas de actos violentos, suelen sufrirlos en el hogar y a manos de sus parejas”[5].


[1] Olympia de Gouges –seudónimo de Marie Gouze- fue una de las primeras en levantarse contra ella al publicar en 1791 su Declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana, hecho por el cual fue guillotinada. Por aquel entonces, en 1792, también la británica Mary W. Shelley, autora del célebre Frankenstein, publicaría en Londres su Reivindicación de los Derechos de la Mujer.

[2] Nueva Jersey fue el primer Estado de la Unión en aprobar el voto femenino, cosa que ocurrió en 1776 y por accidente al utilizarse en la ley electoral la palabra “personas” en lugar de “hombres”, con lo cual fue de nuevo abolido en 1807. El primer país del mundo que aprobó el voto femenino sin restricciones de clase alguna, gracias al movimiento que lideró la activista Kate Sheppard, fue Nueva Zelanda, en 1893. Interesa destacar que en muchos de los lugares en los que se aceptó el voto de la mujer, se logró esta victoria incluso antes que la del sufragio universal. El primer lugar de Europa en el que se admitió el voto femenino fue Finlandia, en 1907, seguida posteriormente por Noruega y Suecia. En España las mujeres pudieron votar por vez primera a partir de la promulgación de la Constitución de 1931, y hasta 1939, año en el que la norma fundamental fuera suspendida por motivos sobradamente conocidos.

[3] No está de más mencionar que fue a partir de esta línea de trabajo que comenzó a considerarse que la homosexualidad no tenía base biológica y que, por consiguiente, carecía de sentido científico considerarla una patología. Con ello, no tardaría en ser excluida de las clasificaciones de trastornos mentales más habituales.

[4] Uno de los errores más comunes que se cometen a la hora de analizar e interpretar el fenómeno delincuencial reside, precisamente, en la igualación de la génesis del delito y del delincuente. Este yerro, muy habitual en los análisis poco concisos y mal estructurados de los medios de comunicación, lleva a la simplificación –radicalmente superada en el plano científico- de que sólo existen personas criminales y no criminales, de que solo hay agresiones, robos o asesinatos en general, y de que por tanto el problema del crimen tiene una resolución unitaria y específica. La realidad, evidentemente, es que no todos los delincuentes se conducen por las mismas motivaciones y no todos los delitos tienen el mismo origen, lo cual implica que necesitan de una comprensión y de un tratamiento tan peculiar como especializado.

[5] Echeburúa, E. y Corral, P. de (1998). Manual de violencia familiar. Madrid: Siglo XXI, p. 1.

Las historias que nunca debiste creer

Chica de la Curva
Si te han contado que esta chica existe, no lo creas… Pero si la ves, tampoco la recojas.

La leyenda urbana, como solemos decir a menudo en este blog, se caracterizan por ser esa historia redonda, completa, argumentalmente cerrada, que cae de su peso y que tiene toda la pinta de ser “demasiado buena”. Tan buena que cabe sospechar que ha sido construida por alguien y que, simplemente, es tan perfecta que no puede ser cierta. Entendámonos: el mundo real es caótico, complejo, abierto, azaroso, condenado a la “magia” de la probabilística, a menudo irracional a ojos humanos, y por lo común fastidioso y molesto para la mayor parte de la gente por lo que simplemente prefiere ignorarlo. Al fin y al cabo, las “verdades” que podemos encontrar en él siempre son abiertas y están por ello mismo sometidas a ese constante proceso de discusión y revisión metódica al que llamamos ciencia. No ocurre así en el mundo imaginado, fantástico y perfecto del arte, de la creación literaria, de la cultura popular o de las magníficas leyendas urbanas –en tanto que parte de esa cultura pública- en la medida que entornos comunicativos artificiales en los que no imperan las reglas arbitrarias y a menudo incomprensibles de la naturaleza.

Por ello, del mismo modo que la mayor parte de la gente suele preferir una mentira maravillosa a una verdad mediocre, es habitual que tenga más sentido creer una perfecta leyenda urbana que comprender parcialmente un hecho real complejo. Bien lo saben los demagogos, los doctrinarios o los estafadores de toda suerte y cuño: para la mayor parte de las personas la verdad, en tanto que cuestión costosa, difícilmente alcanzable, por lo común “injusta” o “degradante”, y a menudo muy poco “razonable”, supone un completo fastidio.

Urban Legend
El cine también ha hecho dinero con las leyendas urbanas. Total, nunca debes permitir que la realidad te hunda un buen negocio.

Qué es una leyenda urbana

Tal y como explica uno de los más conocidos estudiosos de las leyendas urbanas, el profesor de literatura de la Universidad de Utah y especialista en folclore Jan Harold Brunvand, éstas son fábulas populares que relatan acontecimientos “reales” aunque raros o extravagantes, que le pasaron a alguien a quien no conocemos –ni podemos conocer-, y que nos suelen llegar por la vía del testimonio de alguien que nos resulta creíble porque, generalmente, este relator también se las cree. En general, y aunque parezca sorprendente, todas son estructuralmente muy parecidas y se caracterizan por una serie de elementos que son, precisamente, los que las hacen creíbles, fácilmente asimilables por cualquier público, y facilitan su difusión[1].

  1. Su final es aparentemente cerrado, pero permiten que sea el propio receptor quien saque sus propias conclusiones y complete el relato. Lo interesante es que cuando el receptor lo analiza descubre que solo puede concluir aquello “tiene lógica” a partir de lo que se le narra.
  2. Se construyen sobre bases argumentales simples. Tienden a ser lineales, poco complejas, de modo que puedan ser contadas y asumidas con brevedad y cierto grado de literalidad.
  3. Los elementos que las componen suelen formar parte de la vida diaria. De hecho, nos interesan porque suelen hablarnos de cosas que, aparentemente, son comunes y corrientes y “le pueden pasar a cualquiera”.
  4. Recurren a los elementos más simples y atávicos de la conciencia –especialmente el miedo-. Utilizan como palanca las emociones, nunca la razón.
  5. Son fácilmente intercambiables entre culturas y sociedades con escasos “retoques estéticos”, por lo que es normal que la misma leyenda se cuente en muchos sitios, aunque con la oportuna modificación de los detalles. Sin embargo, su estructura básica, el tronco argumental, permanece.
  6. Todas tienen una lejana base real, a veces tan remota y deformada que no recuerda en nada a los hechos originales que les sirven de inspiración. El hecho es que no importan los detalles concretos o los fundamentos documentales si los hubiere. Lo relevante es revestir el relato de veracidad -que al oyente “le suene”-.
  7. Existen en la medida que responden a la necesidad antropológica del mito en tanto que elemento que da sentido a “lo inexplicable”.
  8. Han existido en todas las culturas y épocas históricas, si bien no siempre se han llamado “leyendas urbanas”. De hecho, y en no pocos casos, las situaciones y elementos simbólicos que emplean son en su fondo los mismos, tanto en el presente como en el pasado. Por ello, muchos antropólogos las han relacionado con la teoría psicológica jungiana del inconsciente colectivo y los arquetipos[2].

La cuestión a dilucidar es cómo funcionan. Es decir, por qué se difunden con tanta facilidad al punto de que su expansión a menudo se convierte en una ola imparable y ajena a toda lógica. Ciertamente, ello se debe a que explotan toda una serie de elementos psicosociales que operan como “palancas” desde las que retroalimentarse: la necesidad de certezas, de “estar informado”, de conocer “aquello que no conoce nadie”, de poder “prevenir” o “anticipar” futuribles problemas y desastres o, en última instancia, la necesidad de integración social, de no quedar al margen y fuera de “lo que se cuece”, “lo que se dice”, “lo que se hace” o “lo que está de moda”… En realidad, son resortes psicológicos elementales que se conocen desde hace décadas y que se emplean en diferentes ámbitos y contextos relacionados con el arte de la persuasión, desde el discurso político al publicitario. Del mismo modo que el 99% de los animales que corren durante una estampida ignoran los motivos por los que la manada huye despavorida y se limitan a conducirse por el principio adaptativo de “es mejor hacer lo que hacen todos”, la inmensa mayoría de la gente prefiere, en tanto que elemento básico de nuestra sociabilidad –que nos ha concedido enorme éxito evolutivo, por cierto-, “seguir la corriente” del colectivo[3]. Así pues, las leyendas urbanas, en un fenómeno paralelo al de las falsas noticias o fakes,

  1. Siguen, en su propagación, la misma dinámica que el rumor: van de boca en boca -de email en email, de una red social a otra, de un usuario al siguiente, expandiéndose siguiendo el mismo modelo matemático de las ondas que genera  en el agua una piedra al ser lanzada en un estanque.
  2. La historia de la que parten puede ser cierta, inventada, de origen desconocido, o bien resultado de la desinformación pero, a medida que avanzan, los diversos relatores la  van apuntalando, adecuándola a sus necesidades o circunstancias. Por ello, y al igual que con el antes mencionado fenómeno de las noticias falsas, es un hecho que el usuario tiene una responsabilidad real y no puede encogerse de hombros argumentando que a él “también se le ha engañado”. En la sociedad digital moderna todos somos receptores, generadores y difusores de información, lo cual debería apelar de manera directa a nuestra responsabilidad a la hora de difundir falsedades o, simplemente, cosas de las que no estamos seguros o que simplemente desconocemos.
  3. Al final adquieren una forma estable y cerrada, de gran coherencia interna, que resulta muy difícil cuestionar.
  4. En algunos casos están tan bien estructuradas y consolidadas que cuesta mucho trabajo deslindar la realidad de la mera ficción, lo cual ha motivado, por ejemplo, que no pocos medios de comunicación “serios” hayan quedado atrapados por la magia inherente a la leyenda urbana y la hayan convertido en una noticia “real”[4].
Fake News
Los tipos que “cazaban” chicas desnudas con balas de pintura… Una fake news de gran éxito en su día. Si quieres saber más, debes leer la nota 4.

Como bien explica Brunvand, el miedo es una correa de transmisión excelente para estas historias. Ciertamente, no todas las leyendas urbanas son aterradoras o tienen por finalidad asustar, pero no es menos verdad que son precisamente las que nos tratan de prevenir de desastres, enfermedades, o crímenes, las que mejor funcionan y mayor éxito suelen alcanzar[5]. De hecho, si en este momento pidiéramos a alguien que nos contara “aquella historia que le contaron sobre un amigo de un amigo y que le impresionó”, es muy probable que escogiera una fábula truculenta o simplemente terrorífica. Del mismo modo, como sabe bien la industria de los productos milagrosos, que no hay nada mejor que mostrar a alguien que en el futuro podría ser calvo o gordo para venderle maravillas embotelladas, los difusores de leyendas urbanas o de mentiras políticas saben que lo que mejor funciona y más manipula a las masas es el pánico.

El modelo de los memes

El de meme es un concepto acuñado por el biólogo Richard Dawkins[6], y explicaría en buena medida el funcionamiento intrínseco de la leyenda urbana en tanto que “meme cultural”. A su parecer, en la naturaleza existen dos sistemas de procesamiento de información diferentes, pero complementarios:

  1. El genético: Transmite información biológica de generación en generación mediante la duplicación del ADN y los procesos de la herencia.
  2. El constituido por el cerebro y el sistema nervioso: Procesa información ambiental. Esta información se transmite por medio de la educación, la asimilación o la imitación –mímesis- y es la base de la cultura.

La idea de Dawkins es que los rasgos culturales –o memes– también seguirían en su  reproducción y replicación un proceso equivalente al de la información biológica (ADN). De tal modo, los memes constituyen unidades de información modificables e incrementables que evolucionarían, a largo plazo, igual que lo hacen los genes.

La diferencia fundamental entre ambos modelos de transmisión de información es que los genes son unidades naturales independientes, mientras que los memes los construimos nosotros como resultado del proceso de interacción comunicativa intrínseco a la dinámica sociocultural. Consecuentemente, y en términos antropológicos, la cultura no sería un conjunto determinado de conductas estandarizadas, sino la información que las concreta y otorga sentido. Desde este planteamiento es fácil entender las razones por las que el formato de la leyenda urbana es multicultural y fácilmente trasladable de unos entornos a otros: si aceptamos que los procesos que regulan el proceso comunicativo humano son constantes en la medida que categorías de especie, no hay motivo alguno para presuponer que los contenidos de tales procesos comunicativos sean diferentes más allá de sus peculiaridades superficiales. O de otro modo: es cierto que no todas las personas comen lo mismo, pero también lo es que todas las personas deben comer en tanto que necesidad biológica, con lo que las diferentes comidas que se expresan en la conducta “comer” dentro de culturas diversas expresan diferencias superficiales coyunturales, pero nunca de fondo en tanto que expresión de una necesidad universal.

El fascinante caso de los alienígenas

Alien
¿Te suena este tipo? Pues seguramente es inventado… Si no me crees, sigue leyendo.

Si prestamos atención a los relatos, ampliamente difundidos, de encuentros con supuestas entidades alienígenas ocurridos a partir de la década de 1960, y los analizamos pormenorizadamente y sin apasionamiento, pronto nos encontramos con el paradigma de la leyenda urbana: salvo muy peculiares excepciones tienden a reproducir un historia tipo en la que incluso se repiten, con pocas variantes significativas, las tipologías de alienígenas que los protagonizan:

  • Es sintomático que todos sean altos o bajos sin términos medios. Vayan ataviados con trajes fosforescentes o bien aparentemente desnudos. Siempre tienen “aspecto humanoide” y suelen ser delgados, de cabeza gruesa y ojos negros rasgados.
  • En raras ocasiones hablan con los abducidos, y si lo hacen, suele ser a través de comunicaciones “telepáticas”.
  • El abordado por estas entidades, o el directamente abduccido, por lo común argumenta no recordar gran cosa de lo sucedido durante la experiencia y su memoria se concentra en recuerdos sensoriales y toda suerte de cenestésias traumaticas –elevaciones, tocamientos, operaciones, penetraciones, y etcétera-. Raros, por muy extraordinarios, son los casos en los que detallan aspectos pormenorizados de lo que sucedió en el interior de la nave.
Alienigena de los Hill
El alienígena de los Hill. ¿Te suena?

Un antropólogo especializado en cultura popular contemporánea, John F. Moffit, profesor emérito en la New Mexico State University, se entretuvo en catalogar pacientemente infinidad de relatos anteriores y posteriores a 1965 de encuentros con pretendidos alienígenas para encontrarse con un detalle extremadamente significativo: el alienígena tipo que todos tenemos en mente siempre que sale el tema en una conversación, así como la historia de abducción básica, se apoya o recrea invariablemente en el testimonio de una sola pareja cuyo caso alcanzó enorme repercusión mediática: el del matrimonio Hill -Betty y Barney-, y data precisamente de 1965, ese año al parecer “mágico” para la consolidación cultural de esta clase de historias[7]. Lo cual, con total independencia de que exista o no vida extraterrestre -hecho que no forma parte de esta discusión- suscita inevitables preguntas: ¿es que los alienígenas que nos visitaban antes de 1965 han dejado de hacerlo? ¿A todos los “visitantes” les interesa lo mismo? ¿Todos son iguales? Y ya que estamos… Si usted pudiera realizar periódicamente un viaje de miles de años luz para visitar a unos tipos primitivos que habitan un planeta, ¿escogería a cualquier persona al azar para trabar contacto? ¿Y lo único que se le ocurriría hacer es meterles un buen susto y secuestrarlos para hacerles un examen rectal?

Barney y Betty Hill
El matrimonio Hill contándonos con pelos y detalles su historia. Poco imaginaban la que iban a armar con ella.

[1] Brunvand, J.H. (2003). El fabuloso libro de las leyendas urbanas. Demasiado bueno para ser cierto. Barcelona: Alba Editorial.

[2] Jung, C.G. (2012). Símbolos de la transformación. Madrid: Editorial Trotta.

[3] Bromhall, C. (2003). The eternal child. An explosive new theory of human origins and behavior. London: Ebury Press.

[4] En 2003, por ejemplo, el Diario El País se hizo eco de una presunta noticia difundida por gran diversidad de medios en los Estados Unidos: una supuesta empresa con sede en el estado de Nevada organizaba “cacerías”, a precios astronómicos por supuesto, de mujeres desnudas a los que los pretendidos cazadores tiroteaban con balas de pintura, en un juego absolutamente degradante y machista [Disparo a la chica]. El escándalo se había organizado a partir de las imágenes y ofertas difundidas por la pretendida página web de esta empresa. El asunto alcanzó tal revuelo que incluso el FBI investigó el caso. La realidad es que nunca se encontró a la tal empresa, ni se supo de “cacería” real alguna, ni se pudo localizar a nadie que hubiera participado –ya fuera como pretendida víctima o supuesto verdugo- en el juego perverso… La conclusión fue que se trataba de un broma a la que la sensibilización ante esta cuestión que expresan ciertos colectivos había dotado de credibilidad. Y es que la corrección política, en general, ayuda muy poco a la verdad.

[5] Brunvand, J.H. (2005). Tened miedo… mucho miedo. El libro de las leyendas urbanas de terror. Barcelona: Alba Editorial.

[6] Aunger, R. (2004). El meme eléctrico. Una nueva teoría acerca de cómo pensamos. Barcelona: Paidós.

[7] Moffit, J.F. (2006). Alienígenas. Madrid: Siruela.