La pesadilla del Plan Bolonia

Para Gloria. Cariño, es lo que hay.

Resulta que mi hija comienza este año estudios de arqueología y uno de los primeros trabajos que le mandan sus docentes tiene que ver con el modo en que el dichoso Plan Bolonia ha afectado a su especialidad. Se pasa varios días escribiéndolo, me pide que lo lea para ver qué me parece… Y encuentro con suprema fascinación algo que ya me barruntaba desde hace unos años y es, precisamente, que los muchos males, críticas y deficiencias que en ese trabajo se desgranan son equiparables a los que padecen todas las titulaciones relacionadas con las humanidades en España. Males endémicos que el engendro de Bolonia no puede –ni podrá- resolver porque ni está pensado para beneficio de la academia, ni acaba de dar al alumnado lo que le promete, ni es otra cosa que un producto tecnocrático pensado, en el mejor de los casos, para el beneficio –sin pasarse- de las ciencias que se nos venden como pretendidamente “duras” y las carreras tecnológicas. Defectos que en el caso español se agravan, precisamente, por su larga tradición en eso de renegar del humanismo y la intelectualidad, alentándolos en privado pero hundiéndolos en público.

Plan Bolonia

Las humanidades siempre han estado maltratadas en los planes de estudio españoles prácticamente desde que existe la educación reglada, y en todo el arco educativo. Y la tendencia va a más a tenor de los acontecimientos. Paradójicamente, pese a ser cuna de grandes humanistas procedentes de los más diversos ámbitos del conocimiento –no me entretendré en enumeraciones innecesarias-, España es una nación que siempre ha mirado con sospecha al humanismo y al humanista. De reojo. Como no fiándose. Tiene lógica si entendemos que en este país las humanidades nacieron ligadas a insoportables mamotretos tomistas y estuvieron durante siglos bajo el control de las autoridades eclesiásticas de la Contrarreforma, lo cual las sumió en un escandaloso atraso formativo e investigador. Consecuentemente, a poco que el poder civil pudo decidir con cierta tranquilidad sobre los contenidos de los planes de estudio, entendió que el “progresismo” comenzaba por librarse de ese pasado oscuro y retrógrado que, lamentablemente, quedó de suerte indeleble asociado a “las letras”. Para los primeros prebostes de la universidad decimonónica española, si no andabas metido en las ciencias naturales –y sus variantes-, por definición, eras un tipo arcaico que solo se limitaba a perorar, a no producir absolutamente nada, y a vivir del cuento. Fin de la cita.

Por supuesto, y con oscilaciones, la situación se agudizó tras el régimen franquista: tras cuarenta años de nacional-catolicismo y adoctrinamiento ético-moral transversal, todo lo que pudiera oler remotamente a letras era ya la mismísima peste, con lo cual se dio pie a una segunda ola de anti-humanismo. Y ello sin contar con el hecho de que no eran los prebostes franquistas gente precisamente favorable al debate intelectual, hecho que redujo a la formación en humanidades a poca cosa, generalmente supeditada a los avatares del desarrollismo, y reducida a discurso único. Así, España, en 1975, era el resultado de un país autárquico, con un sistema educativo sin parangón en el continente europeo, extravagante y desajustado a la altura de los tiempos, que formaba titulados no homologables a prácticamente nada. Si a ello sumamos la falta de profesionales formados para sacar a la nación de su atraso galopante y la paulatina universalización de los estudios universitarios –pues ahora ya, por suerte, podía estudiar una carrera casi todo el mundo-, tenemos un resultado claro: las carreras científico-tecnológicas se convirtieron en la formación estrella, lo cual devino en un abandono progresivo de las ciencias sociales y las humanidades. Total, para eso, en el reino de los tecnócratas y los “progres” de paella dominguera, había poco o ningún futuro. Resultado: hoy en día dices que has estudiado una carrera de ciencias sociales o de humanidades y cualquier tonto del bote se permite el lujo de faltarte al respeto. Como si a los de letras los títulos nos los anduvieran regalando. Como si tuviéramos que creernos que un físico, un ingeniero o un médico son más listos, más científicos y mejores personas que un filólogo o un sociólogo nada más que porque sí.

¡Qué país, amigo Sancho!

Tampoco nos ha concedido grandes réditos a los docentes el pésimo concepto que siempre se tuvo de la enseñanza. En España, desde tiempos inmemoriales, el público solo ha venido hablando del maestro, o de la docencia, para hacer leña. Otro mal endémico. La enseñanza siempre ha sido –y lo sigue siendo en comparación con el resto de naciones de la UE- una profesión denostada, mal pagada, machacada, vilipendiada y roturada… Ya es curioso –por sintomático- que un país que se pasa horas y horas perorando sobre la “calidad del sistema educativo” a todos los niveles dedique tan escasos recursos a la formación del docente, a su satisfacción laboral, a su formación continua y a prestigiar socialmente una profesión que es justamente la base de tal sistema. Raro porque me barrunto que existen intenciones aviesas tras tales carencias ancestrales y siempre corregidas, por lo común, a desgana y a destiempo. Consecuentemente, a la gente le importa que le construyan un colegio, le pongan ordenadores a los chiquillos, o esté acondicionado con un buen gimnasio, pero no pregunta nada acerca de las condiciones en las que los enseñantes desarrollan su trabajo. Los chavales y chavalas se matriculan en la universidad y lo primero que preguntan el padre o la madre es con qué recursos materiales va a contar su retoño, pero no conozco universidad alguna que venda como un plus la excelente calidad de sus docentes. Eso, al parecer, no hace “marketing” genuino.

Precisamente por ello, cuando alguien me cantó en cierta ocasión las excelencias del sistema educativo finlandés a la par que se quejaba de lo “malo” que era el nuestro, solo pude argumentarle que para tener un sistema educativo como el de Finlandia, lo que hacía falta –y no sería mal comienzo- eran padres y madres finlandeses. Porque cuando, y esta es otra, uno de los deportes familiares es la desautorización –cuando no el insulto- del docente, muy mal comienza la cosa. Sepan ustedes, ya que estamos, que la de maestro, en Finlandia, es una profesión reconocidísima, respetadísima y aún mejor pagada. Igual hay que empezar por ahí y aburrir menos al personal con tanta chinchorrería pedagógica y tanta tertulia de baratillo.

Y así vamos a Bolonia…

…Y fuimos para allá pensando que eso del Espacio Europeo de Educación Superior (EEES) iba a ser la tabla de salvación de la universidad española. No conozco los datos generales de la universidad patria, pero si puedo garantizar una cosa que estoy seguro las cifras corroboran: a las humanidades y a las ciencias sociales las ha hecho trizas. Las ha metido en un laberinto de toda suerte de carencias y contradicciones del que ya nadie sabe cómo ir saliendo con garantías. La formación humanística –utilizaré en adelante el término en sentido genérico- arrastra tal cantidad de limitaciones históricas que la impiden adecuarse en España a las demandas socioculturales del momento. De hecho vienen precisando de un tratamiento especial desde hace décadas, y amalgamarlas en el mismo modelo de las titulaciones científico-técnicas no solo es un completo error –que no creo falto de intención-; es un disparate garrafal que parece ideado ex profeso para terminar liquidándolas por derribo. Total, en España es un hecho que el que piensa por sí mismo, se sale de la vorágine del adoctrinamiento único, y desarrolla cierto espíritu crítico ante las cosas, molesta más que una china en un zapato. Y si no me creen, es que no tienen cuenta abierta en una red social.

A la mayor parte de las humanidades, en la universidad española, e históricamente, se las ha hecho depender, por sistema y salvo excepciones, de otras ciencias –o carreras más generales en su caso- a las que han estado asociadas. El aprendizaje de muchas de ellas era casi marginal. Apenas una asignatura en un plan de estudios. Quizá unos seminarios. Algunos ciclos de conferencias… Si estabas interesado en algo “diferente” tenías que buscarte la vida por ahí como pudieras. Además, con la llegada de la Constitución de 1978 nació el Estado de las Autonomías y esto vino a complicarlo todo por cuanto cada región a los pocos días tenía ya su universidad, y cada universidad tenía su propio modelo, y cada modelo daba mayor o menor importancia a una cosa u otra en función de las cabezas pensantes que lo montaran. Cierto que el Estado ha mantenido un tutelaje general sobre el sistema universitario de cara a garantizar la homologación nacional de los títulos, pero poco más en la medida que toda posible intervención en la autonomía universitaria se veía, en última instancia, como una amenaza contra el modelo territorial mismo. De hecho, la única forma confiable que la administración central tenía de controlar el desarrollo de los títulos universitarios era la de tomar iniciativas legislativas que, de un modo u otro, obligaran a las universidades, motu proprio, a impulsar modificaciones en sus planes de estudios para adecuarlos a normativa.

La política chapucera del parche y tentetieso. Todo muy español.

España suscribió el Plan Bolonia en 1999. Éste divide la enseñanza superior en tres niveles: grado, máster y doctorado. El grado tiene una duración de cuatro años y sustituye a las diplomaturas y licenciaturas. El máster supone una especialización en un ámbito concreto o multidisciplinar y puede tener una duración de un año o dos. Al doctorado se accede a través de un máster específico y, por término medio, los estudios se prolongan durante cuatro años. El proyecto, en realidad, no era otra cosa que la adaptación y unificación de los criterios educativos de todos los centros europeos a fin de tener un criterio estandarizado que pudiera medirlos a todos por los mismos parámetros -o eso dicen-. La verdad es que en el caso de España, precisamente por las particularidades que venimos describiendo, el dichoso plan entró como elefante en cacharrería por cuanto su letra pequeña no tenía prácticamente nada que ver con lo que existía aquí, se impuso manu militari con plazos inasumibles para satisfacer a los capitostes políticos de turno, y además el Estado trató por todos los medios de que fueran las propias universidades las que asumieran los costes del proceso, lo cual degeneró en un completo desastre económico para muchas.

Si alguien recuerda aquellos años tan bien como yo, seguro que se hartó de escuchar las dos palabritas de marras en boca de todo el que tuviera algún cargo que exhibir y que ahora seguro que anda escondido en algún agujero: “calidad” y “excelencia”… Pues no, mire usted.

Competente, ¿para qué?

Porque, supuestamente, lo que prima en el modelo Bolonia son las “competencias” que el alumno desarrolla a lo largo de su carrera universitaria. Pero detrás de la nueva palabra de moda no hay nada en absoluto si exceptuamos muchos kilos de papel mojado y toneladas de verborrea. Los títulos ahora discurren hacia una pretendida orientación formativa destinada a las salidas profesionales que, en un futuro, permita al alumnado integrarse en el mercado de trabajo. O lo que es lo mismo: bajo esta peregrina excusa se obliga a diseñarlos para tratar de ahorrar a las empresas, en la medida de lo posible, gastos en formación en una reedición de ese viejo axioma patrio: que pague otro. Ese es el hecho, y no funciona. No lo hace porque cada empresa y empresario tiene sus demandas peculiares y, al final, lo único que puede hacer un centro académico digno es formar a un profesional adaptable, pero no a un profesional a la carta. Vamos, que en un mundo normal y lógico debiera ser quien contrata el que se hiciera cargo de que sus empleados sepan hacer lo que él necesita específicamente. Una universidad respetable, en suma y permítanme ser tan gráfico, no puede ser ni funcionar como una fábrica de tornillos. Punto.

En segundo lugar, hay muchas profesiones -algunas no tan nuevas, no se crean el cuento- carentes de una regulación específica, lo cual impide dotar al alumno de esas supuestas competencias en la medida que, sencillamente, no existen al no tratarse de profesiones reguladas –hecho que afecta de suerte dramática no solo a las humanidades, sino también a diversas carreras científico-técnicas-. Así, existe un desfase imposible de salvar entre lo que se presupone que académicamente “debe saber” cierto egresado, y lo que se pretende que haga en su desarrollo profesional. Para que nos entendamos, una reedición del viejo dualismo kantiano entre lo que las cosas son y lo que debieran ser. Esta situación provoca un gran problema a la hora de elaborar los planes de estudio, ya que los grados no pueden diseñarse para cubrir racionalmente las competencias requeridas.

Así, la formación básica de los grados, que se adquiere en general durante el primer curso académico, consiste en asignaturas que no hacen sino completar las carencias formativas de un bachillerato en el que, lamento decirlo, se pierde mucho el tiempo en zalamerías y letra muerta –y conste que no culpo de ello a los compañeros de esta etapa formativa, pues la mayor parte de ellos son muy competentes, sino al pésimo sistema en el que se ven obligados a trabajar-. Esto conlleva la necesidad de incluir, en el primer año de carrera, asignaturas cuyos contenidos y competencias deberían estar asimilados por el alumno en etapas anteriores a la universitaria, lo cual provoca un arrastre hacia la universidad de los defectos inherentes a otros tramos educativos. También se percibe en infinidad de títulos, por cierto, un número muy bajo de asignaturas relacionadas con la práctica de la profesión –recordemos, no desarrollada-, lo que supone una contradicción de base con respecto a la idea de que el grado debe formar profesionalmente al alumno.

Y en tercer lugar, hay un problema de homogeneización de la evaluación de la calidad docente que la hace a todas luces injusta y disfuncional. No puede ser el mismo el criterio para evaluar a un profesor de psicología, de ciencias de la comunicación o de criminología, que el que se emplea para evaluar a un profesor de química o de ingeniera de la edificación. Y no puede serlo porque ni enseñan lo mismo, ni hacen lo mismo, ni están formados de igual modo, ni cuentan con las mismas posibilidades a la hora de investigar y/o publicar, ni tienen nada que ver entre sí. Porque nuestros mandatarios parecen olvidar que por mucho que se le pinten rayas blancas a un caballo negro, no se convertirá en una cebra… Sin contar con la profunda ignorancia epistemológica de este modelo que hace tabla rasa de toda diferencia: las ciencias sociales, técnicas, naturales y humanas comparten a lo sumo metodologías y ahí se terminan los parecidos. Ello por no hablar del absurdo inherente a tratar de evaluar la calidad docente de un profesional midiendo su calidad investigadora, que es cosa radicalmente distinta; o la dificultad cada vez más acusada a la hora de etiquetar campos de investigación específicos en una comunidad científica y académica que, en general, y por la fuerza de los acontecimientos, camina cada vez con mayor velocidad hacia la interdisciplinariedad y la consiguiente difusión de fronteras a la hora de abordar los problemas.

Se puede hacer peor, pero es difícil discernir cómo.

Desastre Europeo de Educación Superior

El hecho es que las condiciones de implantación del EEES han perjudicado de manera muy especial a las nuevas materias, especialmente a las carreras de humanidades, al punto de que ha conducido a las universidades a la adopción de actitudes claramente defensivas: la filosofía del Plan Bolonia con respecto a las competencias del alumno, o la utilidad del grado, las ha llevado a una protección numantina de los departamentos universitarios en términos meramente supervivenciales. Había que mantener a los mismos profesores de antaño impartiendo clases a todo trance –ya fuera dentro o fuera de sus materias específicas-, pues era necesario preservar las cargas docentes, el peso académico de los departamentos en sus ecosistemas universitarios y, por supuesto, los puestos de trabajo.

Este problema va más lejos de lo que se pudiera pensar en un principio pues el diseño de un nuevo plan curricular que respetara las antiguas divisiones departamentales, siempre sin aumentar las plantillas a causa de unos presupuestos bajos y/o inexistentes, ha dado como resultado una ingente cantidad de docentes burocratizados, sobre-exigidos, sobrecargados, mal pagados, desmotivados, aburridos y cada vez más interesados en buscarse la vida fuera de la universidad española, o bien fuera de la universidad misma, lo cual ha comenzado a empobrecer la calidad –justo aquello que el Plan Bolonia pretendía preservar y aumentar a bombo y platillo, ¿recuerdan?-.

O como me dijo en cierta ocasión un amigo al que le sobra la sorna: “de catedrático, a taquillero”.

Consecuentemente, el panorama que se está abriendo para las ciencias sociales y las humanidades –aunque no solo- en las universidades es muy preocupante: la falta de estrategias claras a la hora de planificar los planes de estudio necesarios, la imposición de una visión mercantilista y “empresarializada” de la enseñanza superior, y las propias dinámicas de la academia provocarán a medio plazo –lo están provocando ya de hecho- un escenario en el que primará la competitividad de las universidades a la hora de captar estudiantes sobre la propia calidad de las titulaciones, o de la docencia misma.

En efecto, esto es lo que hay. Pero no pasa nada.

No a Bolonia

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Introducción a la violencia de género

Violencia de Genero

Al hablar de “violencia de género”, en la medida que el problema existe como concepto de uso común, nos olvidamos de que se trata de un asunto extremadamente complejo cuyo abordaje sería imposible sin recurrir a un enfoque multidisciplinar capaz de integrar todas sus vertientes, que son muchas. De hecho, ni tan siquiera ha sido fácil encontrar consenso a la hora de denominar a este tipo peculiar de violencia en la misma medida que sus diferentes visiones y nomenclaturas, en última instancia, generan sesgos teóricos que introducen o excluyen aspectos controvertidos para la comprensión y abordaje del fenómeno.

El primer escollo a resolver, algo por lo demás común en materias científicas que tienen un fuerte calado social, surge a partir de la novedad del problema. Es cierto que la violencia de género es un hecho indiscutible que ha venido atravesando a todas las culturas y sus manifestaciones desde tiempos ancestrales, pero la verdad es que solo empezó a entenderse que era un auténtico problema cuando las demandas de las propias mujeres lo convirtieron en tal cosa. Así, fue cuando el movimiento feminista lo visibilizó a partir del siglo XVIII que la cuestión comenzó a existir y a despertar interés sociopolítico. Estas primeras demandas de aquel feminismo incipiente se centraban en la exigencia de los derechos de ciudadanía para la mujer, como el acceso a la educación, al voto, al trabajo remunerado y etcétera. Demandas que solo era posible sostener mostrando que su carencia procedía de una desigualdad esencial –metafísica si se quiere- insostenible desde el plano intelectual, pero arraigada con gran firmeza en el sustrato último de la cultura. No podemos olvidar, por ejemplo, que la Revolución Francesa, al proclamar en 1789 la Declaración de los Derechos del Hombre, solo tenía en cuenta, literalmente, a los propios hombres. Resulta paradójico, por cuanto es público y notorio que las mujeres lucharon tanto por la consecución de esos derechos como los propios varones, que una vez obtenidos se vieran excluidas de ellos y relegadas a un segundo plano sociocultural. Y no resulta extraño, pues, que fueran estas mismas mujeres las primeras en rebelarse contra semejante injusticia histórica[1].

Tras esta primera oleada se pasó a una segunda fase, ya durante el siglo XIX, que “redujo” las ambiciones iniciales del movimiento para concentrarse en la consecución del derecho al voto. Nacería así el famoso “movimiento sufragista”, que enraizó con especial fuerza en los Estados Unidos a partir de 1848. No hemos de dejarnos engañar por esta aparente reducción de las demandas de la mujer por cuanto, teóricamente, se entendía que el derecho al voto y a la consiguiente decisión en lo relativo a la representación política supondría, a medio plazo, la mejor herramienta para combatir la desigualdad. El cálculo efectuado por las sufragistas era obvio: Si las mujeres terminaban por convertirse en una bolsa estable de votos sucedería que los políticos, necesariamente, habrían de tomar también en consideración sus problemas y demandas. De hecho, la consecución del voto para la mujer en diversos lugares del mundo provocó el inevitable efecto dominó en Occidente que, sin embargo, tardó mucho tiempo en empezar a ofrecer los efectos apetecidos, pues la consecución del sufragio femenino raramente vino acompañada de la posibilidad de que las mujeres tuvieran un acceso efectivo a la esfera política[2]. Este lento progreso desencadenó la tercera ola del feminismo, a mediados del siglo XX.

Manifestacion Sufragista USA Finales Siglo XIX (americaslibrary gov)
Manifestación sufragista en los Estados Unidos a finales del siglo XIX [fuente: Americaslibrary.gov].

Eran ya muchas las mujeres descontentas con los escasos avances logrados tras una lucha tan larga, pero fue en torno a un libro publicado en 1949, El segundo sexo, que este descontento generalizado comenzó a agruparse para tomar la forma de un movimiento intelectual y material bien construido. Su autora, Simone de Beauvoir, teorizó por primera vez en torno al significado de lo que implica “ser mujer” y con ello alimentó la toma de conciencia general sobre las relaciones de desigualdad existentes entre hombres y mujeres, mostrando a qué punto se encontraban afianzadas en la historia de la cultura y cómo iban evolucionando y readaptándose a lo largo del tiempo. De hecho, fue de Beauvoir quien comenzó a visibilizar el problema de la naturalización de la violencia sobre las mujeres, abriendo una línea de trabajo consolidada posteriormente, en 1963, cuando la psicóloga estadounidense Betty Friedan publique La mística de la feminidad. Un texto centrado, por primera vez, en la violencia de género en cuanto tal así como en los procesos psicosociales que la facilitan, la justifican y la ocultan al recluirla en el ámbito de “lo privado”.

Gracias a la aportación del tandem de Beuvoir-Friedan, y hasta su consolidación final con los muy celebrados textos antropológicos de Gayle Rubin, el movimiento feminista internacional pudo al fin contar con elementos que antes no había tenido: una teoría sólida que someter al debate sociopolítico, y capacidad organizativa desde las que exponer demandas concretas, uniformes y coherentes. La principal de ellas surge precisamente en torno al problema de la violencia de género como acontecimiento natural, fatal e invisible que afecta a la mujer en todas las manifestaciones de su existencia. La cultura y la sociedad habían convertido a las mujeres en víctimas de un destino inexorable que no podía ser alterado porque era legítimo, inmemorial e incuestionado. Precisamente, y más allá de ulteriores retóricas, ideologismos y manipulaciones, en esto reside el verdadero mérito histórico y central del feminismo: mostró que ese destino “natural” de la mujer –ser violentada, ser desigual, ser sometida- no solo se cimentaba sobre falacias históricas ocultas, sino que también era un destino injusto y terrible que una sociedad, para ser simplemente humana, debía combatir y erradicar.

Simone de Beauvoir
Simone de Beauvoir (1908-1986).

El discurso patriarcal sobre la violencia de género

Sería absurdo –y debemos tenerlo claro a estas alturas- decir, como se trata de argumentar desde diferentes entornos, que la violencia de género sólo afecta a la esfera privada de las personas. Absurdo y falaz porque, en realidad, se trata de un producto devenido de la tradicional organización patriarcal de la sociedad que afecta de un modo u otro a todas sus manifestaciones. Pero también sucede que, en efecto, parece que los sucesivos avances psicológicos y sociopolíticos provocados por la visibilización permanente del problema han ido matizando las desigualdades públicas, limando sus aristas, y recluyendo con ello las peores y más trágicas implicaciones de la violencia de género en la vida privada de las mujeres, donde aún permanecen ocultas en muchos casos. Poca gente toleraría ya que a una mujer se la ofendiera en la calle, o en el trabajo, por causa de su mera condición de mujer, pero las mismas personas que no admitirían tales conductas públicas –bien sea por “corrección política”, apelando a supuestos “principios morales”, o por simple “caballerosidad”- a menudo se muestran renuentes a implicarse cuando esto mismo sucede en el ámbito doméstico. Adoptan de tal modo una postura templada, inconsistente, que precisamente es más dañina que cualquier otra porque contribuye de manera sutil pero decidida a la perpetuación de esa violencia estructural y que, además, es muy difícil de combatir a causa de su aparente sensatez.

Esto ocurre porque desde el clásico discurso patriarcal en torno a la violencia de género se rehuyen las explicaciones en clave estructural, que son precisamente las relevantes, y se trata de individualizar el problema. Se convierte así en el fenómeno esporádico de unos cuantos sujetos con nombres y apellidos que, por diversas razones, rompen el equilibrio y la complementariedad entre el hombre y la mujer. Este argumento de la agresión como producto exclusivo del agresor particular concluye con un axioma sencillo: en realidad no existe un problema sociocultural de fondo, sino tan solo problemas concretos y circunstanciales. La sociedad no debería hacer nada atacar las desigualdades estructurales –que no las habría-, sino las desigualdades específicas, propias del caso. Así es como en el discurso patriarcal sobre la violencia de género transforma el hecho social en simple anomalía individual y, de nuevo más allá de intereses peculiares e ideologismos varios que no nos competen y que nada aportan al tema, esta es precisamente su verdadera palanca de fuerza.

Mediante ese argumento, hemos de indicar ahora que perfectamente integrado en la educación de un elevado número de mujeres que también lo asumen y difunden, el agresor es observado como un enfermo, un tipo marginal que no respeta las normas sociales básicas. La mujer agredida, por su parte, es considerada como una persona transgresora y/o provocadora que dificulta las relaciones familiares, que tiene problemas para gestionar su relación de pareja, o bien que no es hábil a la hora de mantener al hombre dentro de las convenciones. Así dispuesto el discurso, la violencia de género en el ámbito intrafamiliar se convierte con suma facilidad en simple “violencia doméstica” y nos habla de un conflicto entre personas particulares que se resuelve de manera disfuncional. Al ser la mujer la que transgrede o es inhábil en uno u otro sentido sucede que también, a menudo, “provoca” la acción violenta sobre ella y contribuye inevitablemente a su propia victimización.

Este modelo discursivo trata, por otro lado, de sostener que la sociedad es igualitaria y que las diferencias observables entre hombres y mujeres se fundamentan en su naturaleza biológica. Un imponderable contra el que sería ridículo luchar porque, sencillamente y de manera esencial, las mujeres y los hombres “son diferentes” y están naturalmente dirigidos hacia finalidades productivas diversas: El hombre estaría más dotado para la actividad pública, la valentía, el esfuerzo, la competitividad y los sacrificios que conlleva sacar adelante a una familia… Pero las mujeres –que necesitan ser protegidas por los hombres a causa de una supuesta debilidad biológica- estarían más dotadas para la vida hogareña, la crianza, el cuidado y la gestión de los sentimientos… Como si la maquinaria emocional de hombres y mujeres fuera fisiologicamente diferente, lo cual es un simple y llano disparate.

Si pensamos en esto durante un minuto, veremos en seguida que existe una fuerte contradicción entre el modelo discursivo patriarcal y la práctica social diaria. Contradicción irresoluble que derrumba el propio discurso y nos muestra con claridad sus falacias: Primero, porque cada vez son más las mujeres que rompen la barrera del género e irrumpen en terrenos que se consideran tópicamente varoniles. Segundo, porque entretanto se niega teóricamente que las diferencias entre hombres y mujeres, así como sus diferentes jerarquías, existan en la sociedad, se aceptan de facto todas aquellas prácticas que subordinan a la mujer por causa de su naturaleza femenina. Consecuentemente, de manera subrepticia, se desvaloriza el trabajo doméstico, se ocultan las aportaciones históricas de la mujer y se minusvaloran aquellas tradiciones, costumbres e instituciones que se consideran como propiamente femeninas.

Discurso Patriarcal
Tabla 1. La violencia de género en el discurso patriarcal tópico.

El análisis “de género”

Es interesante, desde un punto de vista psicosocial, darse cuenta de lo poco que se comprende –o lo mucho que se malinterpreta- el concepto de género. Hay quien cree que se trata de una categoría elaborada ad-hoc con la finalidad expresa de sustentar un programa político de corte feminista. También se dice que es una simple invención semántica carente de apoyo científico alguno. Hay quien sostiene, incluso, que se trata de un pretexto diseñado por los supuestos “enemigos de lo establecido” –los siempre peligrosísimos “antisistema”, sean quienes fueren- para interferir o subvertir el buen orden sociocultural. Sin embargo, ninguno de estos tres puntos de vista es correcto y quien los defiende de manera acrítica muestra un profundo desconocimiento del problema, cuando no el hecho de ser partidario –o difusor involuntario- de ciertos discursos políticos y culturales tan poco fundamentados y falaces como interesados.

John Money
John Money (1921-2006).

Lo cierto es que el concepto de género apareció en el seno de la investigación psicológica, y los primeros autores que lo emplearon, dicho sea de paso, no fueron mujeres sino hombres. Si bien acuñado en 1955 por Money, sería Robert Stoller en 1968, en el transcurso de sus estudios acerca de niños y niñas aquejadas de diferentes síndromes androgenitales y sometidos a terapias hormonales, quien establecería la diferencia conceptual entre sexo y género tal y como hoy la entendemos. De sus trabajos Stoller concluyó que la identidad y el comportamiento de género no están determinados por el sexo biológico, sino por las experiencias vividas, los ritos y las costumbres que se le atribuyen a los sexos biológicos a partir del etiquetado sociocultural[3]:

  • El “sexo” hablaría de las diferencias innatas y determinadas por la biología que existen entre hombres y mujeres, y que son universales e invariables.
  • El “género” hablaría de diferencias entre hombres y mujeres construidas en el contexto social: Actitudes, roles, actividades y pensamientos que la cultura establece como más aptas y deseables en función del sexo.
Sex & Gender (Robert Stoller)
Primera edición del célebre libro de Robert Stoller “Sex and Gender” (1968).

Siguiendo con esta argumentación en clave psicológica, pronto se nos muestra evidente que el concepto de género moviliza alrededor de la violencia tres instancias o elementos básicos que, para nosotros, van a ser muy relevantes en adelante:

  1. Asignación de género. También llamada en la literatura “rotulación”, “etiquetado” o “atribución” implica que tanto la víctima como el agresor han asumido un programa de individuación personal cuya diferencia fundamental estriba en haber sido definidos como “hombre” o como “mujer”. Estas etiquetas implican modos de relación peculiar entre los sexos que, como es lógico, van a generar estilos peculiares y específicos de violencia. Así las cosas, se comete un grave error cuando se homogeneiza la violencia de género con respecto a otras y se la trata de igual modo[4].
  2. Identidad de género. Tanto la víctima como el victimario han estructurado y consolidado todas sus experiencias vitales desde una identificación con las ideas que la sociedad y la cultura tienen acerca de lo que significa “ser hombre” o “ser mujer”. De tal modo, el proceso de identificación se convierte en un filtro de las experiencias que las transformará en eventos con significados diferentes para ambos.
  3. Rol de género. La identificación provoca la interiorización de un conjunto de preceptos y normas sobre el comportamiento que se va a considera adecuado en cada sexo. En el caso de la violencia de género esto implicará que el agresor y la víctima van a situarse en posiciones diferentes y, por tanto, desarrollarán diferentes estrategias de afrontamiento de la violencia.

Esto es lo que explica que en el caso de la violencia de género no resulté irrelevante, sino todo lo contrario, quién es el que agrede y quién es el agredido. Debemos entender que en la producción de esta clase peculiar de violencia –al igual que sucede con cada una de las formas específicas de violencia, por cierto- existe, y es un tópico en la literatura, un vínculo muy complejo y elaborado entre la sociedad y la estructura psíquica de las personas. Ahí es donde adquiere pleno sentido el hecho de que,

“no deja de ser curioso que las diferencias de sexo condicionen el tipo de violencia experimentada. Cuando un hombre sufre una agresión, ésta tiene lugar habitualmente en la calle y suele estar asociada a un robo, a una pelea, un ajuste de cuentas o un problema de celos. Las mujeres, por el contrario, al menos en la mayoría de los casos, cuando son víctimas de actos violentos, suelen sufrirlos en el hogar y a manos de sus parejas”[5].


[1] Olympia de Gouges –seudónimo de Marie Gouze- fue una de las primeras en levantarse contra ella al publicar en 1791 su Declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana, hecho por el cual fue guillotinada. Por aquel entonces, en 1792, también la británica Mary W. Shelley, autora del célebre Frankenstein, publicaría en Londres su Reivindicación de los Derechos de la Mujer.

[2] Nueva Jersey fue el primer Estado de la Unión en aprobar el voto femenino, cosa que ocurrió en 1776 y por accidente al utilizarse en la ley electoral la palabra “personas” en lugar de “hombres”, con lo cual fue de nuevo abolido en 1807. El primer país del mundo que aprobó el voto femenino sin restricciones de clase alguna, gracias al movimiento que lideró la activista Kate Sheppard, fue Nueva Zelanda, en 1893. Interesa destacar que en muchos de los lugares en los que se aceptó el voto de la mujer, se logró esta victoria incluso antes que la del sufragio universal. El primer lugar de Europa en el que se admitió el voto femenino fue Finlandia, en 1907, seguida posteriormente por Noruega y Suecia. En España las mujeres pudieron votar por vez primera a partir de la promulgación de la Constitución de 1931, y hasta 1939, año en el que la norma fundamental fuera suspendida por motivos sobradamente conocidos.

[3] No está de más mencionar que fue a partir de esta línea de trabajo que comenzó a considerarse que la homosexualidad no tenía base biológica y que, por consiguiente, carecía de sentido científico considerarla una patología. Con ello, no tardaría en ser excluida de las clasificaciones de trastornos mentales más habituales.

[4] Uno de los errores más comunes que se cometen a la hora de analizar e interpretar el fenómeno delincuencial reside, precisamente, en la igualación de la génesis del delito y del delincuente. Este yerro, muy habitual en los análisis poco concisos y mal estructurados de los medios de comunicación, lleva a la simplificación –radicalmente superada en el plano científico- de que sólo existen personas criminales y no criminales, de que solo hay agresiones, robos o asesinatos en general, y de que por tanto el problema del crimen tiene una resolución unitaria y específica. La realidad, evidentemente, es que no todos los delincuentes se conducen por las mismas motivaciones y no todos los delitos tienen el mismo origen, lo cual implica que necesitan de una comprensión y de un tratamiento tan peculiar como especializado.

[5] Echeburúa, E. y Corral, P. de (1998). Manual de violencia familiar. Madrid: Siglo XXI, p. 1.

Las historias que nunca debiste creer

Chica de la Curva
Si te han contado que esta chica existe, no lo creas… Pero si la ves, tampoco la recojas.

La leyenda urbana, como solemos decir a menudo en este blog, se caracterizan por ser esa historia redonda, completa, argumentalmente cerrada, que cae de su peso y que tiene toda la pinta de ser “demasiado buena”. Tan buena que cabe sospechar que ha sido construida por alguien y que, simplemente, es tan perfecta que no puede ser cierta. Entendámonos: el mundo real es caótico, complejo, abierto, azaroso, condenado a la “magia” de la probabilística, a menudo irracional a ojos humanos, y por lo común fastidioso y molesto para la mayor parte de la gente por lo que simplemente prefiere ignorarlo. Al fin y al cabo, las “verdades” que podemos encontrar en él siempre son abiertas y están por ello mismo sometidas a ese constante proceso de discusión y revisión metódica al que llamamos ciencia. No ocurre así en el mundo imaginado, fantástico y perfecto del arte, de la creación literaria, de la cultura popular o de las magníficas leyendas urbanas –en tanto que parte de esa cultura pública- en la medida que entornos comunicativos artificiales en los que no imperan las reglas arbitrarias y a menudo incomprensibles de la naturaleza.

Por ello, del mismo modo que la mayor parte de la gente suele preferir una mentira maravillosa a una verdad mediocre, es habitual que tenga más sentido creer una perfecta leyenda urbana que comprender parcialmente un hecho real complejo. Bien lo saben los demagogos, los doctrinarios o los estafadores de toda suerte y cuño: para la mayor parte de las personas la verdad, en tanto que cuestión costosa, difícilmente alcanzable, por lo común “injusta” o “degradante”, y a menudo muy poco “razonable”, supone un completo fastidio.

Urban Legend
El cine también ha hecho dinero con las leyendas urbanas. Total, nunca debes permitir que la realidad te hunda un buen negocio.

Qué es una leyenda urbana

Tal y como explica uno de los más conocidos estudiosos de las leyendas urbanas, el profesor de literatura de la Universidad de Utah y especialista en folclore Jan Harold Brunvand, éstas son fábulas populares que relatan acontecimientos “reales” aunque raros o extravagantes, que le pasaron a alguien a quien no conocemos –ni podemos conocer-, y que nos suelen llegar por la vía del testimonio de alguien que nos resulta creíble porque, generalmente, este relator también se las cree. En general, y aunque parezca sorprendente, todas son estructuralmente muy parecidas y se caracterizan por una serie de elementos que son, precisamente, los que las hacen creíbles, fácilmente asimilables por cualquier público, y facilitan su difusión[1].

  1. Su final es aparentemente cerrado, pero permiten que sea el propio receptor quien saque sus propias conclusiones y complete el relato. Lo interesante es que cuando el receptor lo analiza descubre que solo puede concluir aquello “tiene lógica” a partir de lo que se le narra.
  2. Se construyen sobre bases argumentales simples. Tienden a ser lineales, poco complejas, de modo que puedan ser contadas y asumidas con brevedad y cierto grado de literalidad.
  3. Los elementos que las componen suelen formar parte de la vida diaria. De hecho, nos interesan porque suelen hablarnos de cosas que, aparentemente, son comunes y corrientes y “le pueden pasar a cualquiera”.
  4. Recurren a los elementos más simples y atávicos de la conciencia –especialmente el miedo-. Utilizan como palanca las emociones, nunca la razón.
  5. Son fácilmente intercambiables entre culturas y sociedades con escasos “retoques estéticos”, por lo que es normal que la misma leyenda se cuente en muchos sitios, aunque con la oportuna modificación de los detalles. Sin embargo, su estructura básica, el tronco argumental, permanece.
  6. Todas tienen una lejana base real, a veces tan remota y deformada que no recuerda en nada a los hechos originales que les sirven de inspiración. El hecho es que no importan los detalles concretos o los fundamentos documentales si los hubiere. Lo relevante es revestir el relato de veracidad -que al oyente “le suene”-.
  7. Existen en la medida que responden a la necesidad antropológica del mito en tanto que elemento que da sentido a “lo inexplicable”.
  8. Han existido en todas las culturas y épocas históricas, si bien no siempre se han llamado “leyendas urbanas”. De hecho, y en no pocos casos, las situaciones y elementos simbólicos que emplean son en su fondo los mismos, tanto en el presente como en el pasado. Por ello, muchos antropólogos las han relacionado con la teoría psicológica jungiana del inconsciente colectivo y los arquetipos[2].

La cuestión a dilucidar es cómo funcionan. Es decir, por qué se difunden con tanta facilidad al punto de que su expansión a menudo se convierte en una ola imparable y ajena a toda lógica. Ciertamente, ello se debe a que explotan toda una serie de elementos psicosociales que operan como “palancas” desde las que retroalimentarse: la necesidad de certezas, de “estar informado”, de conocer “aquello que no conoce nadie”, de poder “prevenir” o “anticipar” futuribles problemas y desastres o, en última instancia, la necesidad de integración social, de no quedar al margen y fuera de “lo que se cuece”, “lo que se dice”, “lo que se hace” o “lo que está de moda”… En realidad, son resortes psicológicos elementales que se conocen desde hace décadas y que se emplean en diferentes ámbitos y contextos relacionados con el arte de la persuasión, desde el discurso político al publicitario. Del mismo modo que el 99% de los animales que corren durante una estampida ignoran los motivos por los que la manada huye despavorida y se limitan a conducirse por el principio adaptativo de “es mejor hacer lo que hacen todos”, la inmensa mayoría de la gente prefiere, en tanto que elemento básico de nuestra sociabilidad –que nos ha concedido enorme éxito evolutivo, por cierto-, “seguir la corriente” del colectivo[3]. Así pues, las leyendas urbanas, en un fenómeno paralelo al de las falsas noticias o fakes,

  1. Siguen, en su propagación, la misma dinámica que el rumor: van de boca en boca -de email en email, de una red social a otra, de un usuario al siguiente, expandiéndose siguiendo el mismo modelo matemático de las ondas que genera  en el agua una piedra al ser lanzada en un estanque.
  2. La historia de la que parten puede ser cierta, inventada, de origen desconocido, o bien resultado de la desinformación pero, a medida que avanzan, los diversos relatores la  van apuntalando, adecuándola a sus necesidades o circunstancias. Por ello, y al igual que con el antes mencionado fenómeno de las noticias falsas, es un hecho que el usuario tiene una responsabilidad real y no puede encogerse de hombros argumentando que a él “también se le ha engañado”. En la sociedad digital moderna todos somos receptores, generadores y difusores de información, lo cual debería apelar de manera directa a nuestra responsabilidad a la hora de difundir falsedades o, simplemente, cosas de las que no estamos seguros o que simplemente desconocemos.
  3. Al final adquieren una forma estable y cerrada, de gran coherencia interna, que resulta muy difícil cuestionar.
  4. En algunos casos están tan bien estructuradas y consolidadas que cuesta mucho trabajo deslindar la realidad de la mera ficción, lo cual ha motivado, por ejemplo, que no pocos medios de comunicación “serios” hayan quedado atrapados por la magia inherente a la leyenda urbana y la hayan convertido en una noticia “real”[4].
Fake News
Los tipos que “cazaban” chicas desnudas con balas de pintura… Una fake news de gran éxito en su día. Si quieres saber más, debes leer la nota 4.

Como bien explica Brunvand, el miedo es una correa de transmisión excelente para estas historias. Ciertamente, no todas las leyendas urbanas son aterradoras o tienen por finalidad asustar, pero no es menos verdad que son precisamente las que nos tratan de prevenir de desastres, enfermedades, o crímenes, las que mejor funcionan y mayor éxito suelen alcanzar[5]. De hecho, si en este momento pidiéramos a alguien que nos contara “aquella historia que le contaron sobre un amigo de un amigo y que le impresionó”, es muy probable que escogiera una fábula truculenta o simplemente terrorífica. Del mismo modo, como sabe bien la industria de los productos milagrosos, que no hay nada mejor que mostrar a alguien que en el futuro podría ser calvo o gordo para venderle maravillas embotelladas, los difusores de leyendas urbanas o de mentiras políticas saben que lo que mejor funciona y más manipula a las masas es el pánico.

El modelo de los memes

El de meme es un concepto acuñado por el biólogo Richard Dawkins[6], y explicaría en buena medida el funcionamiento intrínseco de la leyenda urbana en tanto que “meme cultural”. A su parecer, en la naturaleza existen dos sistemas de procesamiento de información diferentes, pero complementarios:

  1. El genético: Transmite información biológica de generación en generación mediante la duplicación del ADN y los procesos de la herencia.
  2. El constituido por el cerebro y el sistema nervioso: Procesa información ambiental. Esta información se transmite por medio de la educación, la asimilación o la imitación –mímesis- y es la base de la cultura.

La idea de Dawkins es que los rasgos culturales –o memes– también seguirían en su  reproducción y replicación un proceso equivalente al de la información biológica (ADN). De tal modo, los memes constituyen unidades de información modificables e incrementables que evolucionarían, a largo plazo, igual que lo hacen los genes.

La diferencia fundamental entre ambos modelos de transmisión de información es que los genes son unidades naturales independientes, mientras que los memes los construimos nosotros como resultado del proceso de interacción comunicativa intrínseco a la dinámica sociocultural. Consecuentemente, y en términos antropológicos, la cultura no sería un conjunto determinado de conductas estandarizadas, sino la información que las concreta y otorga sentido. Desde este planteamiento es fácil entender las razones por las que el formato de la leyenda urbana es multicultural y fácilmente trasladable de unos entornos a otros: si aceptamos que los procesos que regulan el proceso comunicativo humano son constantes en la medida que categorías de especie, no hay motivo alguno para presuponer que los contenidos de tales procesos comunicativos sean diferentes más allá de sus peculiaridades superficiales. O de otro modo: es cierto que no todas las personas comen lo mismo, pero también lo es que todas las personas deben comer en tanto que necesidad biológica, con lo que las diferentes comidas que se expresan en la conducta “comer” dentro de culturas diversas expresan diferencias superficiales coyunturales, pero nunca de fondo en tanto que expresión de una necesidad universal.

El fascinante caso de los alienígenas

Alien
¿Te suena este tipo? Pues seguramente es inventado… Si no me crees, sigue leyendo.

Si prestamos atención a los relatos, ampliamente difundidos, de encuentros con supuestas entidades alienígenas ocurridos a partir de la década de 1960, y los analizamos pormenorizadamente y sin apasionamiento, pronto nos encontramos con el paradigma de la leyenda urbana: salvo muy peculiares excepciones tienden a reproducir un historia tipo en la que incluso se repiten, con pocas variantes significativas, las tipologías de alienígenas que los protagonizan:

  • Es sintomático que todos sean altos o bajos sin términos medios. Vayan ataviados con trajes fosforescentes o bien aparentemente desnudos. Siempre tienen “aspecto humanoide” y suelen ser delgados, de cabeza gruesa y ojos negros rasgados.
  • En raras ocasiones hablan con los abducidos, y si lo hacen, suele ser a través de comunicaciones “telepáticas”.
  • El abordado por estas entidades, o el directamente abduccido, por lo común argumenta no recordar gran cosa de lo sucedido durante la experiencia y su memoria se concentra en recuerdos sensoriales y toda suerte de cenestésias traumaticas –elevaciones, tocamientos, operaciones, penetraciones, y etcétera-. Raros, por muy extraordinarios, son los casos en los que detallan aspectos pormenorizados de lo que sucedió en el interior de la nave.
Alienigena de los Hill
El alienígena de los Hill. ¿Te suena?

Un antropólogo especializado en cultura popular contemporánea, John F. Moffit, profesor emérito en la New Mexico State University, se entretuvo en catalogar pacientemente infinidad de relatos anteriores y posteriores a 1965 de encuentros con pretendidos alienígenas para encontrarse con un detalle extremadamente significativo: el alienígena tipo que todos tenemos en mente siempre que sale el tema en una conversación, así como la historia de abducción básica, se apoya o recrea invariablemente en el testimonio de una sola pareja cuyo caso alcanzó enorme repercusión mediática: el del matrimonio Hill -Betty y Barney-, y data precisamente de 1965, ese año al parecer “mágico” para la consolidación cultural de esta clase de historias[7]. Lo cual, con total independencia de que exista o no vida extraterrestre -hecho que no forma parte de esta discusión- suscita inevitables preguntas: ¿es que los alienígenas que nos visitaban antes de 1965 han dejado de hacerlo? ¿A todos los “visitantes” les interesa lo mismo? ¿Todos son iguales? Y ya que estamos… Si usted pudiera realizar periódicamente un viaje de miles de años luz para visitar a unos tipos primitivos que habitan un planeta, ¿escogería a cualquier persona al azar para trabar contacto? ¿Y lo único que se le ocurriría hacer es meterles un buen susto y secuestrarlos para hacerles un examen rectal?

Barney y Betty Hill
El matrimonio Hill contándonos con pelos y detalles su historia. Poco imaginaban la que iban a armar con ella.

[1] Brunvand, J.H. (2003). El fabuloso libro de las leyendas urbanas. Demasiado bueno para ser cierto. Barcelona: Alba Editorial.

[2] Jung, C.G. (2012). Símbolos de la transformación. Madrid: Editorial Trotta.

[3] Bromhall, C. (2003). The eternal child. An explosive new theory of human origins and behavior. London: Ebury Press.

[4] En 2003, por ejemplo, el Diario El País se hizo eco de una presunta noticia difundida por gran diversidad de medios en los Estados Unidos: una supuesta empresa con sede en el estado de Nevada organizaba “cacerías”, a precios astronómicos por supuesto, de mujeres desnudas a los que los pretendidos cazadores tiroteaban con balas de pintura, en un juego absolutamente degradante y machista [Disparo a la chica]. El escándalo se había organizado a partir de las imágenes y ofertas difundidas por la pretendida página web de esta empresa. El asunto alcanzó tal revuelo que incluso el FBI investigó el caso. La realidad es que nunca se encontró a la tal empresa, ni se supo de “cacería” real alguna, ni se pudo localizar a nadie que hubiera participado –ya fuera como pretendida víctima o supuesto verdugo- en el juego perverso… La conclusión fue que se trataba de un broma a la que la sensibilización ante esta cuestión que expresan ciertos colectivos había dotado de credibilidad. Y es que la corrección política, en general, ayuda muy poco a la verdad.

[5] Brunvand, J.H. (2005). Tened miedo… mucho miedo. El libro de las leyendas urbanas de terror. Barcelona: Alba Editorial.

[6] Aunger, R. (2004). El meme eléctrico. Una nueva teoría acerca de cómo pensamos. Barcelona: Paidós.

[7] Moffit, J.F. (2006). Alienígenas. Madrid: Siruela.

Matar a mamá

Rodriguez Vega #1

José Antonio Rodríguez Vega ha pasado a los anales del crimen español con el dudoso honor de ser uno de los asesinos sistemáticos más terribles y desalmados de la historia. Estamos ante el prototipo de la personalidad sociopática, con un profundo embotamiento afectivo, amoral e impasible al dolor ajeno, que contempla a sus congéneres -especialmente a los del sexo opuesto- como meros objetos con los que satisfacer sus necesidades sexuales patológicas. Su caso inundó los medios de comunicación y tuvo un final inesperado en forma de “código carcelario”, pues moriría asesinado en prisión a manos de otros reclusos. Tampoco resulta extraño. Rodríguez Vega era un hombre con graves problemas a la hora de establecer relaciones interpersonales productivas. Narcisista, egocéntrico y solitario, nunca pudo o supo hacerse simpático a ninguno de los diferentes compañeros con los que compartió reclusión en diferentes instituciones penitenciarias. Era considerado un tipo raro, provocador, “mala persona”, que por lo demás había cometido unos crímenes sexuales tan brutales e infames que su sola presencia se hacía intolerable otros presos.

Tampoco es desdeñable la importancia criminológica que hombres -y mujeres- como Rodríguez Vega -y otros asesinos de la reciente historia española- han llegado a adquirir. Históricamente, España no es un país en el que hayan abundado los criminales de esta especie. Aquí las cosas parecían discurrir por los habituales cauces del ajuste de cuentas, el asunto pasional, el maltrato familiar, el móvil económico, la locura transitoria o el muy raro del enfermo mental incontrolado que abandona la medicación. Ni siquiera los violadores eran matadores asiduos. Los asesinatos sin motivación aparente eran poco comunes o tal vez poco reconocidos e investigados, pues las Autoridades siempre se mostraron muy reacias a aceptar la existencia de tales casos. Por ello, podía aparecer “un chalado o dos” en una década o no surgir ninguno[1], de suerte que esta tipología criminal se hacía cosa del cine, de las novelas, de “esos extranjeros que están más locos que una cabra”. Sin embargo, las perspectivas han ido cambiando porque también los modelos criminales -y la comprensión de los mismos- se importan y actualizan. Sectas, mafias, asesinos en serie… Lo nunca visto en 40 años de franquismo por la sencilla razón de que aquí, por decreto ley, “nunca pasaba nada”… Cuando pasaba no se comprendía, y si se comprendía se ocultaba.

Cuando quieres algo, lo coges

José Antonio, el Asesino de Ancianas, santanderino, nació el 3 de diciembre de 1957. Hijo de un modesto cantero y con problemas crónicos para concentrarse, tampoco valía para los estudios. Así, a poco de terminar la edad de escolarización obligatoria –que en aquel momento se fijaba en los 14 años- intentó convertirse en aprendiz de carpintero, oficio en el que no prosperó. Se decantó entonces por las chapuzas de albañilería.

Su infancia fue difícil y estuvo marcada por la acción de una madre a la que odiaba, quizá sin motivo real[2]. Su iniciación sexual resulta digna de mención pues a los ocho años fue acosado por una viuda cincuentona con la que mantuvo relaciones durante tres meses. Tras ello, solía masturbarse recordando a la mujer. Ambos elementos, el odio hacia la madre y sus chocantes inicios en la vida sexual activa, generaron en su mente preadolescente un profundo rencor hacia el sexo femenino y una serie de traumas sexuales que le impedían sostener relaciones satisfactorias. Ello explica que, mediada la década de 1970, se convirtiera en un agresor sexual consumado hasta que fuera detenido e identificado como el famoso Violador de la Moto o Violador de la Vespa.

El 20 de septiembre de 1979 fue condenado a veintisiete años de prisión, de los que cumplió tan solo ocho antes de ser puesto en libertad por buena conducta. Un tópico. Al parecer, era ya un hombre nuevo, regenerado para la sociedad, y nada hacía pensar en lo que vendría después. De hecho, y empleando su proverbial poder de persuasión, obtuvo el perdón de todas las mujeres a las que había violado, excepto el de una de ellas. En efecto: pese a su origen humilde y su escasa formación era un tipo inteligente, dotado de una perspicacia poco habitual para la manipulación y el uso de la palabra. En conclusión: daba el pego.

A raíz de aquella condena su sorprendida esposa, María del Socorro, que nunca llegó a imaginar a qué dedicaba su marido el tiempo libre, le abandonó llevándose consigo al único hijo de la pareja. Rodríguez Vega, lejos de alterarse por el suceso, decidió buscar una nueva compañera sentimental que encontró en Mari Nieves, una mujer de 23 años ciertamente agraciada, pero aquejada de una evidente disminución psíquica. Emprendió con ello una vida conyugal poco satisfactoria, pero junto a una mujer a la que podía manipular con facilidad y durante la que reconstruyó su doble existencia de antaño: se esforzará por ser un marido modelo entretanto alimentará su lado oscuro. Llegado 1987, el Violador se pone en marcha de nuevo, pero ahora se ha hecho mayor.

José Antonio, claro está, gozaba de ciertas ventajas físicas que supo explotar sin reservas. De maneras amables, carismático, persuasivo y gran seductor, era un hombre moreno y atractivo, de mirada penetrante, nariz aguileña y boca muy marcada. Además, poseía un paradójico rasgo en su fisonomía, pues aparentaba ser una “buena persona”, un tío majo e “inofensivo” en el que se podía confiar.

Haz las cosas bien

Su método favorito, y recurrente, prácticamente calcado del que en su día empleara Albert DeSalvo –el Estrangulador de Boston-, era sencillo; con una u otra excusa se ganaba la confianza de las mujeres, todas ellas seleccionadas previamente de acuerdo a dos características concretas: vivir solas y haber superado de largo los sesenta años. De suerte que conseguía acceder a sus viviendas por motivos generalmente relacionados con su profesión. Así establecía un primer contacto –a veces más de uno- que le servía para estudiar detenidamente la situación. Durante la primera visita desplegaba todo su caudal seductor de manera que las mujeres, en parte halagadas, en parte entretenidas por la conversación de un joven simpático y apuesto, ganaban confianza. Y la trampa se cerraba porque, pasado algún tiempo, Rodríguez Vega regresaba al hogar de las viejecitas argumentando cualquier cosa y ellas, obviamente, le permitían el acceso e incluso le invitaban amablemente a tomar algo. El Mataviejas –conste que detesto este desafortunado apodo- estaba a punto de actuar.

Primero se mostraba afectuoso. Luego, a las claras, proponía las mujeres que mantuviesen relaciones sexuales con él. Y, claro, se negaban… De modo que, presa de una furia arrebatada, se abalanzaba sobre ellas, les tapaba la nariz y la boca, y procedía a la violación, que bien podía culminar con la cópula completa, o no. Generalmente, pues es habitual que muchos de estos agresores tengan dificultades para alcanzar una erección completa, se conformaba con realizar una serie de tocamientos o con penetrar la vagina de las mujeres con objetos no punzantes. Lo súbito de los ataques, a los que se sumaba la avanzada edad de las víctimas y el hecho de que no pudieran respirar con facilidad al tener obstruidas las vías respiratorias, les provocaba una parada cardiorrespiratoria y el óbito. Acto seguido las depositaba sobre la cama con mucho cuidado y se marchaba, no sin antes llevarse consigo uno o varios objetos –fetiches- de la vivienda que casi nunca destacaban por su valor económico. Trofeos. Chucherías.

La gran ventaja de José Antonio era el completo anonimato en el que desarrollaba sus fechorías pero, como es habitual, cometería una serie de errores que acabarían levantando sospechas. Por ejemplo, en el caso de Carmen Martínez, una viuda de 65 años, y aparte de los extraños hematomas que presentaba en muslos, cuello y pómulos, hubo elementos accesorios que hicieron a la familia pensar que algo más había sucedido: la mujer, que todavía llevaba puesta la bata y tenía cuando se la encontró las manos cruzadas sobre el pecho, había aparecido tapada hasta el cuello con las mantas de la cama remetidas bajo el colchón, circunstancia rayana en el imposible. Además, le faltaba un anillo muy querido… Y las dos alianzas –la suya y la de su difunto marido-, que solía llevar siempre en el mismo dedo, estaban en dedos distintos. Pese a todo, la autopsia que se realizó al cadáver arrojó el sorprendente resultado de muerte por causas naturales. Caso cerrado[3]. Sin embargo, el tesón con el que su hija Soledad se opuso al dictamen judicial la llevó a denunciar públicamente el crimen y motivó que la prensa prestase atención a otras historias parecidas[4].

Vino a la memoria entonces el caso de una de las primeras ancianas encontradas en aquellas circunstancias, Margarita González Sánchez, de 82 años de edad. Repasando la investigación preliminar se encontraron datos que no cuadraban como obvios signos de violencia y robo que contradecían lo que, por otra parte, había pasado para los familiares como -esta vez sí- por un caso de muerte natural. Además, y ahora se prestó la debida atención al hecho inusual, la prótesis dentaría de la mujer, que debió desplazarse cuando su asesino le tapó la boca, había sido encontrada en el interior de su garganta. Con ocasión de otro asesinato, se encontró sangre sobre el cadáver de Natividad Robledo, una viuda de 66 años que ofrecía claros indicios de violación con un objeto duro y romo. En el asesinato de Josefina López Gutiérrez (86 años), otro rosario características extrañamente parecidas… Así una vez tras otra. Y la “epidemia de edemas pulmonares y paros cardíacos” continuaba entre las viejecitas de Santander sin que las Autoridades supieran por dónde acometer el asunto.

Rodriguez Vega

Sin duda, Rodríguez Vega había perdido por completo el control. Su necesidad de asesinar era cada vez más perentoria y, a medida que iba ganando confianza, se preocupaba menos por ocultar sus huellas. Su último yerro fue de escándalo: en el último escenario del crimen que se le probó, el que tuvo como protagonista a Julia Paz, de 71 años, se encontró una tarjeta de visita profesional con su nombre y dirección, de modo que la Guardia Civil tan sólo tuvo que echar tras él. Parece que el asesino había puesto una puerta blindada a la señora un mes antes de decidirse a agredirla:

“A esa le gustó cómo le puse la puerta blindada. Me sacó un [vino] blanco y aceitunas. Vimos el programa del lunes. Me sacó una cerveza, me lancé sobre ella y empecé a meterla [sic.] mano. Empezó a chillar. Me notaba excitado. Me lancé, nos caímos y es cuando le tapé la boca. Me asusté y la dejé con quejidos salteados”[5].

De esta manera, tras cerca de un mes de vigilancia durante el que la Policía Nacional de Santander se dedicó a reunir pruebas, el 19 de mayo de 1988 José Antonio fue detenido y, bien egocéntrico, confesó de pleno sus macabras andanzas a sus interrogadores. Disfrutó con su relación en la medida que le hacía sentirse importante y respetado pues, como asesino en serie de manual, vivía por y para la fantasía, lo cual hacía de él un relator excepcional[6]. Dos días después ingresaba en el centro penitenciario de Santander. Cuando se procedió al registro de su vivienda los agentes comprendieron por fin el motivo de aquellos hurtos absurdos con los que culminaba sus hazañas: Se encontró una habitación en la que almacenaba sus trofeos. Parecía un museo pulcramente ordenado y mantenido en el que se exhibía una extensa colección de fetiches otrora pertenecientes a sus víctimas: Joyas, televisores, porcelanas, figuritas decorativas, imágenes de Santos, cuadros… Pequeños y grandes recuerdos de sus victorias. Carlos Berbell y Salvador Ortega ofrecen un escalofriante detalle paralelo: no se pudo establecer el origen de más de trescientos pequeños objetos de aquella exposición, lo cual hace pensar en un número de fallecimientos por “causas naturales” debió ser mucho mayor que los 16 que se pudieron probar[7].

Museo Rodriguez Vega #2

Museo Rodriguez Vega #1
Dos perspectivas del cuarto de recreo personal -bastante hortera y cañí por cierto- de Rodríguez Vega. Con todos sus fetiches perfectamente alineados para la revista. No es inhabitual que muchos de estos criminales sean verdaderos maníacos del orden.

Sal bien en las fotos

Pese a todo, durante el juicio, que tuvo lugar en Santander a finales de noviembre de 1991, Rodríguez Vega optó por cambiar su confesión de culpabilidad a fin de sostener que las dieciséis muertes de las que se le acusaba pudieron deberse a causas naturales, y que en muchos de los casos ni siquiera conocía a las ancianas fallecidas. De hecho, fue el propio Rodríguez Vega quien se puso en contacto con los medios de comunicación a través de cartas en las que se declaraba inocente, cabeza de turco de un complot, víctima propiciatoria -a causa de su pasado- de un problema que la policía no había sabido resolver.

Rodriguez Vega #2
Rodríguez Vega, sonriente, durante una de sus visitas al juzgado.

Durante el proceso, el albañil atractivo, educado y “majo” de tiempos pasados se destapó como un sujeto prepotente, descarado, con afán de protagonismo, retador, que miraba fijamente tanto hacia los objetivos de las cámaras, como a los rostros de quienes le insultaban a la puerta del juzgado. Nada de carreritas o cabezas tapadas. José Antonio hizo de su juicio un montaje cinematográfico que exasperó sobremanera tanto a los familiares de sus víctimas, como a los abogados de la acusación particular y al público en general. No rehuía a nadie. Parecía desear que se le conociera, que se vendiera su imagen de quien parece no haber roto nunca un plato cuando, en realidad, lo que su numerito del “hombre sin miedo” ofrecía a la opinión pública era el rostro de un asesino imperturbable, frío e impasible, de sonrisa cínica y actitud insoportable. Un tipo desagradable que no se arrepentía de nada entretanto alardeaba del perdón que le concedieron las mujeres a las que violó. Peor aún: que presumía de no tener ni haber tenido nunca problemas sexuales porque mantenía relaciones “a diario”. El famoso José Antonio García Andrade, uno de los psiquiatras que le estudió de cara al juicio, indicó que Rodríguez Vega siempre tuvo problemas para satisfacer sexualmente a su primera esposa, ante cuyos requerimientos solía alegar cansancio[8].

“En los testimonios de la sentencia se recogen extractos de los informes emitidos por dos psiquiatras y cuatro médicos forenses sobre la personalidad de Rodríguez Vega. Según estos informes poseía una personalidad de carácter psicópata, con un trastorno neurótico y perversiones sexuales múltiples. Sobresalen los siguientes rasgos: desalmado y frío, inmaduro, afán de notoriedad y protagonismo, insolente, peligroso, con ciertos elementos sádicos. […] Añadiendo en algún caso la imposibilidad de ejercer acción terapéutica, farmacológica o psicológica de tratamiento anómalo de su personalidad”[9].

Rodriguez Vega #3
Otra fotografía del criminal en sede judicial. El hecho es innegable: daba bien ante las cámaras.

En vista de que la táctica del gallito no dio los frutos apetecidos, Rodríguez Vega y sus defensores decidieron tratar de reducirle la condena buscando la eximente de incapacidad mental. Así, declaró que actuaba movido por un sentimiento de odio hacia su madre -a la que decía temer desde niño a causa de su gran severidad, a la par que siempre le había despertado una profunda atracción sexual-. Dijo sentir idénticas emociones hacia su suegra. De ello se deduciría que al asesinar a sus víctimas, y en sus propias palabras, estaban “pagando justas por pecadoras”. Los especialistas tuvieron entonces que discernir si se trataba de un sujeto desalmado, inmoral y sin conciencia –de un psicópata en suma-, o de un pobre hombre con la personalidad desestructurada a causa de una infancia perversa. En tal sentido los informes periciales que aportaron resultaron concluyentes: “llegamos a la conclusión de que su imputabilidad era plena, porque su inteligencia era absolutamente brillante. Era un psicópata, con esa característica de ese grupo de psicópatas, esa frialdad clásica, sin remordimientos, no se conmueven, es un personaje verdaderamente hecho para el crimen”[10]. El hecho es que, pese a su reiterada negativa a que las ancianas le procurasen cualquier clase de excitación sexual, todo hace indicar que Rodríguez Vega sufría una fijación parafílica hacia las mujeres de edad avanzada: gerontofilia. Y ahí se terminó la parodia.

José Antonio Rodríguez Vega fue condenado a más de cuatrocientos años de cárcel: 26 años, ocho meses y un día de reclusión mayor por cada una de sus víctimas. Cuando se conoció la sentencia, el fiscal jefe de Cantabria, Lucio Valverde, se lamentó de que la justicia española fuese –entonces- tan benigna con esta clase de sujetos pues, pasados como mucho 30 años, volvería a la calle[11]. Y en efecto, con la previsible reducción de condena habría quedado en libertad en el año 2003.

Recibiendo lo tuyo, pero con clase

A partir de aquel momento el criminal comenzó un periplo carcelario que le llevó por media España. Siguió negando los crímenes, empeñándose en demostrar su inocencia, lo que le indujo a estudiar Derecho a distancia, tarea en la que destacó como alumno  modélico y aventajado según el testimonio de sus profesores. Llegó incluso a ejercer como bibliotecario en alguna de las prisiones en las que permaneció.

El anecdotario cuenta que en el ya clausurado centro penitenciario de Carabanchel, José Antonio intimó con otro conocido asesino en serie patrio, Manuel Delgado Villegas, El Arropiero. Los funcionarios de la prisión comentaban con sorpresa la estrambótica relación que se planteó entre ambos individuos: una macabra rivalidad en torno a la eficiencia con que ambos había terminado con la vida de sus víctimas. También se hizo enemigos que luego le costarían caros, puesto que sus delirios de grandeza le llevaban a menudo a mofarse del resto de los presos imaginando que el éxito y el dinero le caerían del cielo en cuanto pusiera el pie en la calle:

“[…] El pervertido santanderino se había ganado enemistades. Había coincidido con su posterior verdugo en otro presidio, y le había fastidiado recordándole que saldría antes y seguiría follando viejecitas mientras el otro se la cascaba en la celda. Aparte, el pichabrava presumía de modosito. Se mezclaba poco con sus compañeros (los cuales le despreciaban) y estaba siempre a punto de hacer un favor a los funcionarios. Tenía cierta fama de chivato, además de violador de octogenarias. Para los patibularios, está claro que las mujeres se seducen, se conquistan o se ganan a navajazos. Pero no se violan. Especialmente si se trata de ancianas respetables. En muchos de los tatuajes penitenciarios, junto al imprescindible Camarón no ha muerto suele haber el inexcusable Amor de Madre.  Los criminales sensibles también tienen su corazoncito”[12].

Mate al Mataviejas
Momento célebre donde los haya: “maté al Mataviejas”.

En efecto. La motocicleta de Rodríguez Vega terminó frenando en seco cuando tres reclusos de la prisión de Topas (Salamanca) –Daniel Rodríguez Obelleiro, Enrique González del Valle (alias Zanahorio) y Felipe Martínez Gallego- finiquitaron su vida asestándole más de cien puñaladas tan sólo dos días después de que llegase al penal por la vía del traslado. Se dijo que en cumplimiento de uno de los más viejos y tópicos códigos entre reclusos que existen. Corría el día 24 de octubre de 2002[13]. Uno de sus asesinos, al ser llevado a prestar declaración, viéndose tristemente aplaudido a la puerta de las instancias judiciales por los transeúntes que se arremolinaban alrededor suyo –hay gente para todo en esta vida-, se envalentonó para gritar ante las cámaras de televisión un descriptivo “maté al mataviejas”. Crimen y castigo. Hubo una suerte de justicia poética en aquel sainete macabro, pues el tipo tampoco se tapó la cara, tampoco corrió, también miró directamente a las cámaras… Y sonrió.

“Según las fuentes, los funcionarios trataron de evitar el apuñalamiento, pero los asesinos les amenazaron con los pinchos y los trabajadores no pudieron hacer nada para salvar la vida de Rodríguez. Las fuentes calificaron el suceso de extremadamente violento, pues los agresores siguieron apuñalando a su víctima aún después de haber fallecido. El director de la cárcel, José Ignacio Bermúdez, explicó que Rodríguez Vega, de 44 años, había llegado dos días antes procedente de la cárcel de Murcia, cumplía prisión por el asesinato de 16 ancianas y aún le quedaban seis años de condena. Al parecer, los reclusos comenzaron a agredir a la víctima en el patio de la galería tercera, en la que se encuentran los presos más conflictivos. Un funcionario intentó detenerlos, pero tuvo que irse para atrás obligado por los presos, que le impidieron su entrada, prosiguió el director de la prisión. Mientras el guardia de seguridad daba el aviso de alarma a sus compañeros, los dos agresores continuaron apuñalando al recluso, que cayó cadáver. Posteriormente, asesinos entregaron sus armas a los funcionarios y fueron ingresados en un módulo de aislamiento. Bermúdez indicó que el fallecido no tuvo actitudes violentas cuando llegó y explicó que el suceso ha sido puntual[14].

Pero este no fue el final de una historia que mostraba algunos aspectos poco claros. Lo cierto es que la hipótesis del mitológico código carcelario hacía aguas a poco que se investigara al respecto. Primero, porque los propios directores de las prisiones no dudan en sostener cuando son interpelados al respecto que esta clase de códigos no existen. De hecho, algunos incluso admiten que en los centros penitenciarios que dirigen, los violadores están mezclados habitualmente con el resto de los presos y no suele ocurrir nada destacable. Luego, porque en lo referente a este tipo de relatos suele haber más de leyenda urbana que de auténtica realidad y, en un tercer término, porque la situación penitenciaria en Topas andaba ya algo revuelta desde tiempo atrás, tal y como se deduce de los comunicados que los internos de la prisión publicaban en un blog de internet[15]:

Sea como fuere, el epílogo a este relato lo puso el propio Rodríguez Vega a título póstumo. El mismo día de su asesinato compuso una carta autógrafa, de apenas 28 líneas, que llevó al correo junto con una declaración mecanografiada en la que solicitaba el perdón por sus crímenes. Minutos después moriría al ser abordado por sus ejecutores durante la salida rutinaria al patio del penal. Dicha declaración era remitida a la Audiencia Provincial de Santander y en ella se expresaba en términos del todo desconocidos a lo largo de su trayectoria judicial:

“Desearía que se haga llegar este comunicado a todas las familias de las víctimas en mi nombre. […] Que el día de mi puesta en libertad, y dado el arrepentimiento que siento profundamente por los hechos sucedidos, en lo mejor posible indemnizaré a todas las familias de las víctimas una vez puesto en libertad. Aunque por mucho que yo quiera indemnizar, y aunque con la privación de libertad que estoy sufriendo por los hechos sucedidos no se recupere a sus seres más queridos, considero que, como ser humano y responsable, es mi obligación para que, de alguna manera, se pueda reparar el daño causado”[16].

Nadie sabrá jamás si este arrepentimiento era sincero y sólo cabrá en adelante especular al respecto, si bien, teniendo en cuenta lo dotado de su protagonista para el embuste y la manipulación, parecen quedar pocas dudas. El hecho es que ahora, en la dinámica revisionista e inevitable que perseguirá por siempre acontecimientos como los protagonizados por el santanderino, se pide desde diversos medios que se observe la figura de José Antonio Rodríguez Vega como la de un “ser humano”. Petición absurda puesto que, sin duda alguna, lo era. Humano al ciento por ciento y con denominación de origen. Carece pues de sentido entablar conflictos morales o establecer juicios paralelos innecesarios para hechos que hablan por sí mismos. En lugar de ello, cerraré la historia con otras palabras también pronunciadas por Rodríguez Vega, el hombre, el ser humano y el asesino: “cuidado con lo que publicáis. Lo duro lo dejas aparte. Yo a la calle voy a salir. Ni se os ocurra porque os asesino”[17].


[1] No se buscaba específicamente a criminales de estas características, de haberse hecho, hubieran aparecido muchos más. Lo cierto es que un buen número de casos “clásicos” de los anales criminales españoles, leídos desde los parámetros actuales, arrojan datos que nos llevan a pensar que la ley se enfrentaba realmente a asesinos psicópatas que hubieran seguido matando de haber contado con la oportunidad, o cuya carrera criminal nunca era desvelada del todo. Entiéndase: para encontrar un asesino en serie es imprescindible buscarlo.

[2] Parece que el desencadenante de este odio no era otro que el hecho de que le expulsara de casa tras agredir a su padre, un hombre enfermo e indefenso. Rodríguez Vega –se ignoran los motivos- se sentía en extremo herido y traicionado por esta actitud de su progenitora. Posteriormente, la inquina se haría extensiva a la figura de su suegra, a quien calificaba de auténtico veneno. “Yo no me sentía atraído por las ancianas. Ha sido una venganza hacia mi familia. Ha sido una venganza contra mi madre. Al no matarla a ella pues, mira… Está el amor y el odio hacia la maternidad, y lo respetas… ¿Cómo vas a matar a tu madre, qué es la que te ha traído al mundo? […] No me la cargué de misericordia, que me la tendría que haber cargado. Muerto el perro se acabó la rabia” (Guirado, L.: “Así intimé con un psicópata”. Diario El Mundo, 27 de octubre de 2002).

[3] Berbell, C. y Ortega, S. (2003). Psicópatas criminales. Madrid: La Esfera de los Libros.

[4] Así entró en el juego el periodista del Diario Montañés Maxi de la Peña, quien fue el primero en argumentar que había un asesino en serie suelto en la ciudad: “En enero de 1988 recibí la confidencia de una persona vinculada a un depósito de cadáveres. Me dijo que habían llegado tres ancianas allí con el diagnóstico de muerte natural, pero las tres presentaban lesiones en la vagina. A raíz de aquella fuente, empezamos a hablar de que andaba suelto un psicópata con un Complejo de Edipo mal curado. Y tanto los colegas de otros periódicos como el delegado del Gobierno y el comisario se lo tomaban a risa. Me sentía solo. Y así pasaron cinco meses. Hasta que lo detuvieron en mayo de 1988. Al terminar el juicio, todo el mundo vino a felicitarme. Él reconoció nueve asesinatos, se sentía feliz con tanto protagonismo. Y dijo que lo había hecho porque identificaba a las ancianas con su madre, a la que odiaba. Estuve entrevistando a los hermanos. Y para ellos era un bochorno. Contaban que era un déspota en casa. Que si no le gustaba la comida le tiraba a la madre el plato al suelo y maltrataba a los hermanos. Era un fantasma, añade una fuente de Instituciones Penitenciarias. Tenía mucho afán de protagonismo y eso mosquea mucho a los presos. Les decía a sus compañeros: ‘Me queda nada para salir y me van a soltar una millonada por mis memorias’” (Perejil, F. y Ortega, C.; “El oscuro crimen del Asesino de Ancianas”. En: Diario El País, 27 de octubre de 2002). El primer e inquietante relato de Maxi de la Peña apareció en El Diario Montañés el 27 de enero de 1988: “Una mujer de 65 años víctima de un sádico que asesinó a otras dos ancianas”.

[5] Testimonio de José Antonio Rodríguez Vega. Citado en Berbell, C. y Ortega, S.; Op. Cit.

[6] Berbell, C. y Ortega, S.; Op. Cit.

[7] Ibíd. anterior.

[8] El hecho de que dos años después fuese detenido por violación denota que, en realidad, lo que excitaba sexualmente a Rodríguez Vega eran otras cosas bastante diferentes a las que podía proporcionarle su joven esposa.

[9] Diario de Sesiones del Congreso de los Diputados (VII Legislatura, año 2002, número 651). Comisión de Justicia e Interior. Sesión 81, celebrada el 12 de diciembre de 2002.

[10] El dictamen, desde luego, no fue del agrado de Rodríguez Vega, quien no dudó en amenazar con la muerte a sus evaluadores. De hecho, albergaba un odio desmedido hacia la figura de José Antonio García Andrade: “Ese hijo de puta [dijo a la periodista Lucía Guirado] hizo un informe mío sin conocerme ni hablar nada conmigo. Por eso voy a por ese cabrón cuando salga” (Guirado, L.; Op. Cit.)

[11] Nota de prensa de la Agencia EFE. 24 de octubre de 2002.

[12] Romeu, J. [Louys] (s. f.). “El asesino asesinado”. En Internet: Distrito Hablemos de Sexo [www.telepolis.com]. Este blog ha desaparecido.

[13] Las 113 puñaladas que segaron la vida de José Antonio tuvieron tanta repercusión como su vida y llegaron incluso a convertirse en motivo de una de las preguntas que el Grupo Parlamentario Socialista elevó al Ministro de Justicia (Diario de Sesiones del Congreso de los Diputados, Ibíd… anterior). El punto oscuro de este debate giró en torno a la cantidad y calidad de protección que se prodigaba a Rodríguez Vega.

[14] Nota de prensa de la Agencia EFE. 25 de octubre de 2002.

[15] El blog en cuestión, lamentablemente ya extinto, era Desdedentro de la sociedad cárcel [www.nodo50.org/desdedentro/index.php].

[16] Citado por Pedro Simón; “La última voluntad del ‘mataviejas’”. En: Diario El Mundo. Martes, 25 de febrero de 2003.

[17] Guirado, L.; Op. Cit.

Del genocidio al documental

La Segunda Guerra Mundial concluyó con la deflagración de dos bombas atómicas, en Hiroshima y Nagasaki –el 6 y el 9 de agosto de 1945-, que fuerzan la rendición incondicional del Japón. En la conciencia de muchos ciudadanos victoriosos de las potencias aliadas este acontecimiento generó un hondo sentimiento de culpa. La orden del presidente Harry Truman llevó a no pocos a pensar que el brutal esfuerzo material y humano realizado para impedir el triunfo de la depravación moral que simbolizaban las fuerzas del Eje, sólo había sido un espejismo. Al final, la guerra es un hecho criminal per se. El hongo atómico que dejó tras de sí el paso del bombardero B29 Enola Gay se convirtió en hito del desarrollo de la conciencia moral de la democracia occidental pues demostró que en la guerra todo está permitido y que, si de imponer la fuerza se trata, no hay límites que se puedan considerar razonables o inquebrantables[1]. Matar siempre es matar, y al final cualquiera puede matar mucho y bien si se lo propone seriamente. En última instancia, la catástrofe atómica, como se refleja de manera magistral en películas como Creadores de Sombra (Roland Joffé, 1989), difuminó de suerte radical las fronteras entre los vencedores y los vencidos: el terror nuclear que sustentó los precarios equilibrios de la Guerra Fría se basaba en el principio fatalista de que daba exactamente igual quién llegara a pulsar antes el botón, pues en cualquier caso nadie ganaría.

Boeing B-29 "Enola Gay"
El bombardero Enola Gay (Fuente: U.S. Air Force Photo)

Pero lo peor no habían sido la guerra en sí, o la escenografía perfectamente apropiada de su colofón atómico, sino el racimo de espantos que comenzó a airearse en los años posteriores. El polvo de los campos de batalla apenas empezaba a sedimentarse cuando ya se exhibían en los noticiarios las imágenes de Auschwitz-Birkenau y de los tremebundos campos de exterminio erigidos por los japoneses en China, si bien el horror de Hiroshima y Nagasaki motivará que esta historia quede suavizada, cuando no oculta por la mala conciencia occidental. Apenas han comenzado los juicios de Nüremberg cuando la izquierda–que no deja de escandalizarse farisáicamente con la brutalidad genocida de Hitler y sus seguidores-, se ve obligada a plegar velas. Stalin, quien coyunturalmente se había aliado con las democracias occidentales para zafarse de la amenaza germánica, empezaba a ser un enemigo y los esfuerzos realizados para mostrar a la Unión Soviética como un país amigable se diluyen. Así se empiezan a airear las terribles purgas del estalinismo. Consecuentemente, el siglo XX no sólo se convierte en el de las dos grandes guerras, sino también en el de las grandes masacres, etnocidios, genocidios y dramas humanos que culminará con las limpiezas étnicas e ideológicas de Los Balcanes, Chechenia o Libia. El siglo del odio. De hecho, es tras la Segunda Guerra Mundial que un mundo atónito ante la magnitud de la barbarie “civilizada” todos entienden necesario sancionar un delito que hasta entonces había permanecido en la impunidad: el de crimen contra la humanidad.

Acceso tren Auschwitz (Cracow Tours)
Acceso ferroviario al campo de trabajo de Auschwitz-Birkenau.

Se ha dicho a menudo que el siglo XX ha sido el de los Derechos Humanos, y no sólo porque signifique un trágico punto de inflexión en él se hayan cometido barbaries tan terribles como las arriba mencionadas, u otras no menos degradantes como el apartheid sudafricano, o la emergencia de fundamentalismos terroristas de todo signo y color. También lo ha sido porque se ha comprendido que tales derechos son una realidad inalienable que debe ser protegida por encima del siempre dudoso –y peligroso- “derecho de las mayorías” o la “razón de Estado”. De hecho, sólo tras la Segunda Guerra Mundial, a partir de 1948, los Derechos Humanos van a ser concebidos como un elemento más del derecho internacional y regulados por organizaciones internacionales de carácter mundial. Y es que se ha entendido, al fin, que la preservación de los Derechos Humanos no sólo es imprescindible para la dignificación de la persona, sino también para la estabilidad internacional. Allá donde personas son perseguidas y tiranizadas sistemáticamente más tarde o más temprano la situación interna se degrada sin remisión, hasta generar conflictos más amplios y complejos.

Como es lógico, la cultura popular se hará eco por extenso de los horrores y tragedias internacionales, así como de sus consecuencias, al punto de que ha impulsado más la conciencia mundial ante los desastres humanitarios y los crímenes del odio étnico y nacionalista que una Organización de las Naciones Unidas que, muy a menudo, se ha mostrado inerme e inoperante ante las presiones políticas de criminales y genocidas de toda suerte y color. Al fin y al cabo, los gulags protegidos por la amenaza nuclear de la URSS y los regímenes tiránicos latinoamericanos salvaguardados por los Estados Unidos eran tan inatacables en el seno del Consejo de Seguridad de la ONU, como lo puedan ser hoy los regímenes de Birmania y Corea del Norte a los que protege el gigante chino. Consecuencia: muy a menudo sólo mediante la expresión artística han sido posibles la denuncia, la concienciación de los espectadores, así como la persecución, bien sea moral -como sucedió con el ex dictador chileno Augusto Pinochet-, de los criminales.

Trabajadores en un Gulag (Gulaghistory.org)
Trabajadores en un Gulag (Fuente: Gulaghistory.com)

El siglo XX convirtió en fenómeno de masas el crimen político en sus más variopintas manifestaciones, desde el magnicidio cometido por el lobo solitario de turno o los conspiradores de rigor, al crimen de Estado diseñado para aplacar –o controlar- a determinados sectores del entorno sociopolítico de los que convenía liberarse, o a los que interesaba someter. Así, tanto el crimen de estado o de guerra, el odio interracial instigado desde el poder y el magnicidio, en todas sus manifestaciones posibles, van a ocupar un lugar central entre las imágenes icónicas de la cultura popular contemporánea, al punto de que han llegado a adquirir el rango de subgénero dentro de las manifestaciones artísticas populares destinadas a la protesta y el debate sociocultural. Así, ya en fecha tan temprana como 1915, con la técnica del rodaje cinematográfico prácticamente en desarrollo, David Wark Griffith rueda la primera película estrictamente moderna de todos los tiempos, El nacimiento de una nación. Cinta polémica donde las haya por su contenido netamente racista –los héroes salvadores de la patria son encarnados nada menos que por el Ku Klux Klan-, que provocó disturbios tras su estreno en diversas ciudades y uno de cuyos puntos culminantes es precisamente un magnicidio, el de Abraham Lincoln. El primero recreado por el cine en toda su historia. Por cierto, para el momento en que Griffith estrena su película ya se han producido otros fenómenos mediáticos que van a prefigurar la cultura popular occidental. El principal de ellos es la Guerra de Cuba, primer conflicto bélico internacional narrado masivamente en los medios de comunicación modernos.

Birth of a Nation
Uno de los reclamos publicitarios de El Nacimiento de una Nación, película basada en el texto El hombre del Clan, de Thomas DixonEl contenido del filme es más que explícito.

No es extraño, pues, que entre las imágenes más difundidas y reconocibles de nuestro pasado inmediato se encuentren el hongo atómico de Hiroshima, las excavadoras desplazando las pilas de cadáveres en Auschwitz, las víctimas de las hambrunas en Ucrania, los niños vietnamitas regados con napalm o las matanzas de hutus y tutsis en Ruanda. Tampoco que una las películas más vistas de la historia, rodada por un aficionado con un tomavistas, sea precisamente el testimonio de un testigo directo, Abraham Zapruder, quien en la Plaza Dealey de Dallas el 22 de noviembre de 1963 asistió al asesinato de John F. Kennedy. Y más: en esta tesitura, a casi nadie sorprende que el siglo XXI comenzase con las imágenes del colapso de las Torres Gemelas tras el atentado islamista del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York. Parecería que la fusión de imagen, relato, símbolo y barbarie sean elementos insertos en la genética misma de nuestra cultura en tanto que producto audiovisual destinado al consumo de masas.

Zapruder 313
El archifamoso fotograma 313 de la película tomada por Abraham Zapruder. Un filme que ha hecho correr ríos de tinta.

Lo más increíble, sin embargo, y quizá un perfecto testimonio del cinismo en el que nos ha sumido el siglo de la barbarie, es que tras exhibirse en horario de máxima audiencia lindezas como las ejecuciones de Nguyen Van Lem[2] y Samuel Doe[3] o la autoinmolación de Thich Quan Duc[4], aún haya quien defienda la inexistencia de unas snuff-movies a las que denominamos “información” cuando nos interesa difundirlas, o pueda simplemente escandalizarse acerca de los contenidos de algunas expresiones culturales. De hecho, en un medio que, como la televisión, copa audiencias y alcanza todos los hogares, el debate acerca de las líneas que deben o no ser traspasadas en beneficio de la libertad de prensa ha hecho correr ríos de tinta y, aún hoy, se encuentra muy lejos de su resolución. Mucho se ha discutido acerca del tratamiento mediático de los sucesos, de los programas de tele-realidad como forma de entretenimiento, o de los contenidos que deberían exhibirse en determinados horarios.

Tampoco ha sido raro que los propios medios hayan intentado a menudo pactar una regulación de sus contenidos sin éxito alguno. La solución más habitual, una vez enfrentados los medios al dilema ético-moral que supone arriesgarse a afrontar críticas nada inocentes cuando se pretende informar del delito, ha sido simplemente la de guardar silencio. Inexplicablemente, el periodismo empresarial del presente, acorralado desde todos los ángulos y mediante toda clase de estrategias perversas, no ha sabido encontrar un término medio entre el servicio público y el sensacionalismo.

Sea como fuere, la película El juicio de Nuremberg (1961), de Stanley Kramer[5], dará el pistoletazo de salida a lo que será, en adelante, el relato en clave artística, y docu-dramática, de la ingente cantidad de barbaries y crímenes cometidos por los seres humanos en aras a los “grandes ideales”. Con ella, tal vez, ha comenzado un proceso de lenta pero progresiva inmunización ante estos asuntos que nos ha conducido a contemplarlos como un elemento más del paisaje socioantropológico de nuestro tiempo que ha conducido a su exposición en toda suerte de formatos, bajo todo tipo de estilísticas, e incluso con los fines aparentemente más espurios, como el cómic:

“En algún lugar del tiempo suena un disparo. Bang. El eco está grabado en nuestro inconsciente colectivo. Bang, bang. Es una bala en el corazón del mundo. En Miami, un abogado del distrito se desangra hasta la muerte en la calle. En Bosnia, un reformista popular es tiroteado junto a una cafetería. Bang, bang… Se oyen disparos en Nicaragua, en Irlanda y en Costa de Marfil. Caen políticos y disidentes, las economías oscilan, países enteros cambian de forma. Es el sonido de la historia cambiando. A veces son tres disparos… o cuatro… o cinco. En Dallas un desfile de coches gira a la izquierda… Bang. Un presidente elegido democráticamente cae de lado y un golpe de Estado ha tenido lugar. Tres disparos, un tirador, fin de la historia. Días después, suena otro disparo. El pistolero loco y solitario es tiroteado a su vez, y no queda nadie que hable. La gente moverá la cabeza y volverá a su vida, y maldecirá el nombre del asesino para siempre… Dejando que el auténtico asesino vuelva a hacerlo una y otra vez”[6].

Lo cierto es que Stanley Kramer, autor reincidente en esta clase de temáticas como el alemán Otto Preminger, creó escuela y lo hizo en paralelo a la evolución del mercado literario y periodístico de su tiempo, constante fuente de inspiración para guionistas y directores de medio mundo. Fundó, por tanto, una tradición cinematográfica revisionista y harto crítica tanto con la sociedad presente como con la pasada que la inspiró y que, posteriormente, durante la década de 1970, abanderarán los Giuliano Montaldo, Gillo Pontecorvo, Werner Herzog, Arthur Penn, Stuart Rosemberg o el aclamado Reiner Werner Fassbinder, uno de los primeros cineastas que recupera de manera activa el papel protagonista de la mujer en la cultura y la sociedad. Autores y temas críticos, duros, a menudo escasamente amables para el espectador que anticipan la pasión por el documental del presente.

Judgement at Nuremberg (Kramer)
Uno de los muchos carteles promocionales de El juicio de Nuremberg, de Stanley Kramer. Cinta que va a marcar un antes y un después en la concepción del cine.

[1] Hoy, para mucha gente, el nombre de Enola Gay hoy es únicamente el título de una popular canción de la banda tecno-pop Orchestral Manoeuvres in the Dark. Un ejemplo más de que la cultura popular todo lo asume, lo reinterpreta y lo transforma en otra cosa, generalmente vendible.

[2] Soldado del Vietcong ejecutado en Saigón ante los objetivos de las cámaras del periodista Eddie Adams y de los reporteros de la NBC. Adams, que captó el momento exacto en que el ejecutado recibía el impacto fue premiado con el premio Pulitzer por esta fotografía que, durante décadas, se convirtió en el testimonio perfecto de los horrores de la guerra. Un éxito amargo: el premiado se sintió durante años culpable al creer que con su conducta había instigado la ejecución de Nguyen.

[3] Presidente-dictador de Liberia entre 1980 y 1990. Tras alcanzar el poder mediante un golpe de estado y practicar durante su mandato toda suerte de crímenes y felonías, Doe sería depuesto tras una breve pero cruenta guerra civil por Charles Taylor. Las imágenes de la tortura y posterior ejecución de Doe dieron la vuelta al mundo en horario de máxima audiencia y aún puede encontrarse en algunos lugares de internet, como este: [Daily Motion].

[4] Monje budista que se quemó hasta morir en una calle de Saigon en protesta por el trato que recibían los seguidores de su religión en el país. La imagen y el relato de la autoinmolación del monje les valió sendos premios Pulitzer a los periodistas Malcolm Browne y David Halberstam. Tristemente célebre, esta forma de suicidio protesta llegaría posteriormente a hacerse verdaderamente popular, ocupando un lugar central en los medios de comunicación. Hoy la tremenda imagen ha alcanzado el punto de banalización extrema al ser incluso portada de discos, como el primer LP de la banda Rage Against The Machine (1992).

[5] En España, de manera perfectamente equívoca y necesariamente ideológica, se estrenó con el absurdo título de Vencedores o vencidos.

[6] Jenkins, P.; Garney, R. y Buscema, S. (2000). The Dogs of War: Part 1. En: The Incredible Hulk, Vol. 3, 14. Marvel Entertainment.

El primer catedrático de psicología español

Luis Simarro Lacabra  no sólo fue uno de los fundadores de la tradición científica de la psicología en España, sino que también desempeñó un papel esencial en su proceso de institucionalización que, a posteriori, coronaron buena parte de sus discípulos. No obstante, a causa del escaso apoyo que el proyecto clínico e investigador del doctor Simarro recibió en su día, a caballo entre los siglos XIX y XX, su tarea ha quedado oscurecida, siendo a menudo injustamente olvidada como fruto de ese eterno –y a menudo interesado- malentendido que tiende a convertir la historia de las cosas en funesta “letra muerta”. En todo caso, sus continuadores dirigieron el timón de la psicología hacia campos aplicados, especialmente el de la psicotecnia, con lo que la nueva ciencia creció y prosperó en nuestro país, consolidándose en la década de 1920, cuando se establecieron, respectivamente, los laboratorios de Madrid y Barcelona.

La Guerra Civil (1936-1939), y el consiguiente exilio sudamericano de buena parte de las cabezas pensantes de la psicología española, supusieron un fuerte varapalo para el desarrollo de la actividad psicológica que, a partir de 1945, comenzó a remontar el vuelo en un lento proceso de recuperación que pasó por la fundación en 1952 de la Sociedad Española de Psicología, para llegar a su cénit en 1968, año en el que se fundó la licenciatura en psicología.

En 1980 abrió sus puertas la primera Facultad de Psicología, con lo que finalmente las esperanzas y anhelos de pioneros como Simarro se hacían realidad y la ciencia psicológica, tras casi un siglo de esfuerzos, lograba penetrar y establecerse como miembro de pleno derecho en el corazón de la actividad académica regular.

Tabla 1. Cronología del doctor Simarro

1851. Hijo del pintor valenciano Ramón Simarro Oltra, Luis Simarro Lacabra nace en Roma.

1854. Trágicamente, el pequeño Luis Simarro queda huérfano. Es internado en el Colegio de Nobles de San Pablo, en Valencia.

1869. Participa en los levantamientos republicanos.

1873. Forma parte activa del movimiento cantonalista. Diversos problemas ideológicos le llevan a instalarse en Madrid.

1874. Obtiene en esta ciudad la licenciatura en Medicina. Enseña en la Escuela Práctica Libre de Medicina y Cirugía.

1876. Defiende su tesis doctoral: Relaciones materiales entre el organismo y el medio como fundamento de una teoría general de la higiene. Se encarga de la sección de Higiene en el Anfiteatro Anatómico Español. Gana por oposición un puesto en el Hospital de la Princesa.

1877. Es nombrado director del Manicomio Santa Isabel, sito en Leganés.

1879. Problemas con las autoridades eclesiásticas que regentan el organismo, le llevan a presentar su dimisión como director del Manicomio Santa Isabel.

1880. Comienza su estancia en París. Allí conocerá a Nicolás Salmerón y será alumno de Charcot, entre otros.

1885. Regreso de París. Inaugura su propio consultorio dedicado a la neuropsiquiatría.

1888. Comienza a ofrecer clases de  psicología fisiológica en el Museo Pedagógico.

1892. Oposita sin éxito a la cátedra de Histología normal y Anatomía patológica de la Facultad de Medicina de Madrid. El ganador de la plaza fue Santiago Ramón y Cajal.

1893. Se reincorpora como médico supernumerario (sin sueldo), en el Hospital de la Princesa.

1894. Alcanza el rango de profesor ayudante del Museo Pedagógico, donde funda el primer Laboratorio de Antropología Pedagógica de España.

1902. Obtiene la recién creada cátedra de Psicología Experimental en la Facultad de Ciencias de la Universidad Central. Funda un pequeño laboratorio que será el primero dedicado a la psicología experimental de España.

1903. Colabora en la creación de la Escuela de Criminología, donde luego ejercerá como profesor de psicopatología.

1907. Participa en la creación de la Junta de Ampliación de Estudios.

1909. Defensa pública, desde la cátedra del Ateneo de Madrid, de Francisco Ferrer Guardia.

1910. Publica su único libro: El proceso de Ferrer y la opinión europea.

1913. “Decreto del catecismo”. Simarro organiza una campaña en defensa de la libertad de conciencia. Funda la Liga para la Defensa de los Derechos del Hombre y del Ciudadano. Es elegido Gran Maestre de la Masonería Española.

1921. Fallece en Madrid.


Simarro
El Doctor Simarro en una fotografía de sus últimos años.

Los años de formación

A Simarro le tocó vivir uno de los períodos más convulsos de la historia española. Su juventud se desarrolló en el seno de una nación que se debatía sin cesar entre dos tendencias contradictorias: la apertura hacia Europa en forma de un desesperado intento de recuperación del lugar preponderante que el país tuvo en el concierto internacional y, a su vez, la consolidación de un estado social y mental inmovilista, ultramontano y conservador.

Las guerras carlistas, las constantes insurrecciones militares, la guerra de África, la Revolución de 1868, las revueltas estudiantiles que preludiaron la caída del régimen monárquico de Isabel II, e incluso el emergente movimiento obrero, influyeron decisivamente en la formación de un joven Simarro educado en el ambiente romántico de la Valencia de mediados del XIX. De hecho, marcaron definitivamente su posición ideológica y existencial ante la época que le tocó vivir. De hecho, Luis Simarro se significó muy pronto como una figura progresista, políticamente radical, orientada hacia un republicanismo militante y defensora a ultranza del librepensamiento. Así, participó activamente en la Junta Revolucionaria, llegando a ser tesorero de la misma, durante el sexenio revolucionario. Del mismo modo, fue parte activa de los levantamientos republicanos y cantonales que se sucedieron en los días previos a su marcha de la Ciudad del Turia.

En el plano intelectual, el radicalismo del joven Simarro se hizo patente en el curso de su ardua defensa del positivismo en el Ateneo Valenciano. Fue en el curso de la misma que se enemistó con uno de sus profesores de medicina. Esta circunstancia, unida a la pérdida de su plaza como profesor en el Colegio de San Rafael por motivos también ideológicos, obró como detonante en su decisión de trasladarse a Madrid.

Un año después de su llegada a Madrid, en 1874, Luis Simarro obtiene sin más contratiempos su licenciatura en medicina. Pero encontró mucho más que una titulación y un destino profesional. No en vano, el Madrid en el que se desenvuelve el licenciado Simarro es el del espíritu del Ateneo y de la gestación de la Institución Libre de Enseñanza (ILE). También es el del fin de la Primera República, el inicio de la Restauración canovista y, en consecuencia, el del retrotraimiento del país al plúmbeo conservadurismo de décadas pasadas.

Pedro Gonzalez de Velasco
El doctor Pedro González de Velasco

No obstante, alejado -que no olvidado- de las complicaciones políticas de los primeros años, Simarro comenzó a abrirse camino por mediación de uno de sus profesores, el peculiar médico Pedro González de Velasco, quien le introdujo en el círculo de médicos, histólogos y naturalistas que orbitaban alrededor de la Sociedad Antropológica Española y el Museo Antropológico que él mismo había puesto en pie. En este último funcionaba la Escuela Práctica Libre de Medicina y Cirugía, en cuyo seno Simarro se va a encargar de impartir un curso sobre higiene. Su interés por las cuestiones higiénicas venía ya de los años valencianos y se convirtió en el eje central de su tesis doctoral, que empieza a ultimar en este momento. También en la misma línea se hizo cargo de la Sección de Higiene del Anfiteatro Anatómico Español.

Museo Nacional de Antropología (España) 01
Actuales instalaciones del que hoy es Museo Antropológico Nacional (Madrid).

En 1880, Luis Simarro se siente desconectado de los últimos progresos científicos y toma la tajante decisión de abandonarlo todo para viajar a París, entonces punta de lanza en la investigación neurológica y psicofisiológica. Como recuerda su amigo Cortezo, Simarro se quejaba constantemente de la falta de laboratorios y de clima intelectual apropiado para hacer una ciencia sólida y perdurable en España: “yo necesito ir a París, y después… a donde haga falta”, era su coletilla habitual. Y allí pasaría cinco años enormemente productivos.

Doctor Carlos Cortezo
El doctor Carlos Cortezo.

En el parisino Hospital de la Salpêtrière, Simarro trabaja y estudia con los mejores: Duval, Ranvier, Magnan o Richer. Pero, ante todo, con el gran Jean-Martin Charcot al que los propios franceses reconocían como “Príncipe de la Ciencia” al mismo nivel que otros ilustres como Louis Pasteur. La influencia de Charcot, defensor a ultranza de una adecuada preparación psicológica para los psiquiatras, sobre el doctor Simarro resultó decisiva a la hora de orientarle hacia la práctica clínica.

Hospital Salpetiere antigua
El Hospital de la Salpêtrière (París) en una fotografía de época.

Entretanto, y gracias al concurso del doctor Federico Rubio, Simarro tomaría contacto con la Institución Libre de Enseñanza (ILE), cuyo ideario comparte y de la que se hará accionista y estrecho colaborador. De este contacto nacerá una duradera e intensa amistad con Giner de los Ríos y algunas publicaciones científicas que veran la luz en las páginas del Boletín de la Institución Libre de Enseñanza. Cuando la Institución crea el Museo Pedagógico, Simarro se implica en el mismo como profesor de psicología fisiológica, organizando allí en 1894 un pionero Laboratorio de Antropología Pedagógica.

Federico Rubio y Galí
Federico Rubio y Galí.

Una familia peculiar

Simarro vivió unas circunstancias familiares ciertamente especiales. La temprana muerte de su padre y el posterior suicidio de su madre le dejaron huérfano con tan sólo tres años de edad, lo cual motivó que su infancia y adolescencia se desarrollaran en un internado, bajo el amparo de familiares y amigos, como el pintor Luis de Madrazo y Kuntz o Beatriz Tortosa, una dama ilustrada y religiosa de la alta sociedad valencia que siempre le apoyó.

Luis de Madrazo
El pintor Luis de Madrazo y Kuntz.

Fue precisamente gracias al concurso de doña Beatriz que Simarro contrajo nupcias con Mercedes Roca Cabezas, con lo que su vida propiamente familiar se redujo al marco del matrimonio. Lo cierto es que Simarro no tuvo hijos naturales, pero la necesidad de vida hogareña y su reconocido carácter generoso, le llevaron a adoptar la decisión de acoger en su propia casa de la calle General Oraa a algunos de sus alumnos favoritos, como es el caso de Nicolás Achúcarro, con quien compartió intimidades personales e inquietudes profesionales. No obstante, tras la prematura muerte de su esposa en 1903, vivió en el plano afectivo dedicado por entero a sus amistades, como la del pintor Joaquín Sorolla, y sus ocupaciones profesionales. Entre sus pacientes, por ejemplo, se contaron muchos de los más granados personajes de su tiempo, como es el caso del escritor Juan Ramón Jiménez, quien vivió aquejado como es sobradamente conocido de graves crisis de melancolía.

Mercedes (Madrazo)
Mercedes Roca retratada por Luis de Madrazo.

Con posterioridad, sería su ahijada Marina Romero quien se trasladaría al domicilio de Luis Simarro, conviviendo con él hasta el día de su muerte. Marina se implicó tanto con el trabajo de su padrino, que incluso llegó a prestarse como sujeto experimental de las diferentes pruebas psicométricas y de medida de la inteligencia que el Doctor desarrolló a partir de 1914.

Simarro neurohistólogo

Cuando Luis Simarro retorna de París, en 1885, lo hace con una sólida formación como neurólogo así como amplios conocimientos de neurohistología adquiridos de los maestros Duval y Ranvier. De hecho, fue en el laboratorio de este último donde aprendió el novedoso método de tinción con nitrato de plata idea por Camilo Golgi en 1873, y que permitía la visualización selectiva de las células nerviosas.

Dado que la tradición neurológica española se reducía prácticamente a la escuela creada alrededor de Avelino Martínez de San Juan, bien puede decirse que a un nivel técnico Simarro estaba en la cúspide de los avances en la materia. No es extraño, por tanto, que en 1887 recibiera la visita de Santiago Ramón y Cajal, quien le confesó sin ambages los problemas que encontraba para progresar en su trabajo con los viejos métodos de tinción del tejido nervioso, pues valiéndose de ellos su visión microscópica resultaba tarea harto compleja. Simarro no dudó en compartir con el aragonés toda suerte de información al respecto de su estancia en París, así como sobre los procedimientos del método de tinción de Golgi. Los resultados ulteriores de estas enseñanzas, que permitirían al gran Ramón y Cajal avanzar en su trabajo hasta la consecución del Premio Nobel, son de todos conocidos.

Santiago Ramón y Cajal
Santiago Ramón y Cajal.

El propio Simarro trabajó habitualmente con el microscopio en el desarrollo de las técnicas neurohistológicas, logrando resultados tan relevantes como la diferenciación del cilindroeje con respecto a las dendritas. Hallazgo que se describe en un artículo que se publicó en la Revista Micrográfica que regentaba Cajal.

Revista Micrografica
Ejemplar de la Revista Micrográfica Española.

Otra vez España

Pero la vuelta de Francia supuso para Simarro, también, el reencuentro con la dura realidad española de la época que encontró más asfixiante si cabe en relación a lo vivido allende los Pirineos. Cierto que gozó del éxito como neuropsiquiatra en su propia clínica e incluso en sus estudios microscópicos, y que la reincorporación a sus actividades en el Hospital de la Princesa pudo tener un cierto efecto balsámico. Pero el clima asfixiante, inmovilista y retrógrado de un país aislado intelectualmente sirvió para acicatear de nuevo su inquieta e insobornable conciencia política. Así lo muestra la conferencia que pronunció en 1886 en el Ateneo de Madrid. Referida a las figuras dos médicos patrios relevantes como Pedro Mata (discutido en España y aislado por sus propios colegas) y Mateo Orfila (apoyado y aclamado en su exilio francés). Su alocución, de carácter apologético, quiso ser un alegato contra el conservadurismo intelectual y científico: “las obras del genio -argumentó- exigen siempre la colaboración del medio”.

Boletin ILE
Ejemplar del Boletín de la ILE.

En todo caso, el retorno a Madrid supuso también el reencuentro del doctor Simarro con la ILE, en cuyo funcionamiento docente se implicó de manera activa a partir de 1888 como profesor de psicología fisiológica. Este influjo institucionista le indujo a preocuparse estrechamente por la aplicación de la psicología experimental a los problemas de la pedagogía como demuestran los contenidos de su curso de 1889, que versó acerca de El exceso de trabajo mental en la enseñanza. El contenido del mismo resulta interesante como muestra de la personalidad de Simarro, en la medida que le permitió aunar sus dos grandes intereses, ciencia y sociedad, propugnando una de sus aspiraciones principales: el progreso científico debía ponerse en todo caso al servicio del progreso social.

Los laboratorios. Pasión y necesidad

Simarro, en tanto que persona de claro talante empírico, siempre fue un apasionado de la actividad experimental, y su estancia en París resultó decisiva a la hora de concretar y consolidar este interés que ya venía de su mocedad. De hecho, se convirtió en un apasionado del trabajo de laboratorio y no dudo en montar uno, de carácter modesto, en su primera vivienda madrileña del Arco de Santamaría. Allí recibió la trascendental visita de Ramón y Cajal a la que antes se aludió.

Tras edificar la casa de General Oraa, el doctor Simarro instaló en ella otro excepcional laboratorio y una gran biblioteca que muy pronto se convirtieron en punto de referencia obligado y lugar de encuentro para alumnos,  discípulos, colaboradores y amigos. De la magnificencia de estas instalaciones, y del rigor científico con el que se trabajaba en ellas, da buena cuenta el hecho de que Rodríguez Lafora, bajo la estricta dirección de Simarro y Achúcarro, pudiera llevar a término su primer gran proyecto científico sobre la histología del sistema nervioso de los peces.

Simarro (Sorolla) #2
Simarro retratado por Sorolla en el ejercicio de una de sus grandes pasiones: la microscopía.

Pero Simarro, un apasionado microscopista que  siempre mostró un abierto disgusto por la escasez y precariedad de las instalaciones experimentales españolas, hizo también enormes esfuerzos en el terreno las infraestructuras para la investigación pública. Así lo demuestran la apertura del Laboratorio del Museo Pedagógico y las instalaciones que puso en marcha en el seno de la Facultad de Ciencias de la Universidad Central en 1902, a poco de obtener la cátedra de Psicología Experimental. Cabe reseñar que uno de los grandes sinsabores vitales de Luis Simarro fue precisamente el de la precariedad de este laboratorio universitario, que él habría querido mucho mejor dotado de lo que pudo estarlo en la práctica.

Entre la cátedra y la ciudadanía

A principios de la década de 1890 se produjo un trascendental cambio en la organización académica de las disciplinas humanísticas en España. El resultado del mismo es la aparición de la primera cátedra de Sociología que ocupó Salas y Ferrer, la de Antropología que ganó Manuel Antón y, finalmente, la de Psicología Experimental que obtuvo Luis Simarro.

No cabe duda de que para Simarro fue una merecida recompensa si se tienen presentes sus esfuerzos por la mejora de las condiciones científicas nacionales y, por otro lado, su fracaso en 1892 cuando perdió la cátedra de Histología y Anatomía Patológica en beneficio de un competidor mucho más que digno, como era Santiago Ramón y Cajal. En todo caso, esta nueva tribuna sirvió al profesor Simarro para dar a conocer la nueva psicología europea, en especial la psicofisiología de Wilhelm Wundt, cuyo Manual de Psicología solía recomendar a los alumnos como libro de texto. Como partidario del evolucionismo y el asociacionismo, la psicología de autores como William James, Francis Galton, Ziehen o Bechterev eran también elementos habituales de sus temarios.

La actividad docente de Simarro tuvo matices singulares, muy acordes con su marcada personalidad de librepensador. Solía preguntar a los alumnos en los primeros días del curso qué deseaban estudiar e incluso les ofrecía su propia biblioteca para preparar los exámenes. Sin embargo, aprobar resultaba tan extremadamente difícil que durante el segundo año se produjo un conato de sublevación entre los estudiantes. Ni siquiera la extraña cortesía de Simarro, que nunca suspendía al interesado sino que se limitaba a devolverle la papeleta de calificación en blanco invitándole a examinarse otra vez, pudo eximirle del comprensible enojo de algunos de sus pupilos.

Sin embargo, nunca a lo largo de su andadura vital desdeñó u olvidó el doctor Simarro las ideas políticas y sociales que defendiera en la juventud. De hecho, es probable que en más de una ocasión su republicanismo confeso, la filiación a la masonería que le indujo a una defensa a ultranza de la libertad de pensamiento, el monismo que propugnó en el plano investigador y su agnosticismo, obraran en contra de sus propios intereses certificando el aislamiento intelectual y el silencio científico que dominó los últimos años de su vida.

Simarro (Sorolla) #1
Simarro en otro célebre retrato de Sorolla.

Lo cierto es que a partir de la obtención de la cátedra, Simarro se retrotrajo al proselitismo de los primeros años, con lo que su actividad como hombre de ciencia quedó bastante mermada. Destacable es, sin embargo, la tarea institucional que desempeñó como miembro activo de la Asociación para el Progreso de las Ciencias y, en el marco de la ILE, su participación en la creación de la Junta de Ampliación de Estudios en 1907 y su contribución a la constitución de la Residencia de Estudiantes.

Luis Simarro también perteneció a la Liga Monista, entidad que pretendía hacer de la ciencia la base de la explicación del mundo y el elemento conductor de la vida de los pueblos. A este organismo estaban adscritos nombres tan relevantes como los de Ernst Haeckel, Forel y Jacques Loeb. Pero el doctor Simarro fue, ante todo, un miembro destacado de la Federation Internationale de la Libre Pensée y, en calidad de tal, un enconado opositor a la pena de muerte. No resulta extraño que tras los acontecimientos de la Semana Trágica, en 1909, fuera el primer intelectual de prestigio que salió en defensa de Francisco Ferrer Guardia, fundador de la Escuela Moderna de Barcelona injustamente acusado, primero, de ser el cerebro del atentado fallido contra Alfonso XIII y Victoria Eugenia, y luego, de agitador social. En este contexto se sitúa su libro de 1910, El proceso Ferrer y la opinión europea, catalizador de un movimiento que logró en 1911 la revisión del caso, y el posterior reconocimiento del grave error judicial cometido.

Francisco Ferrer
Francisco Ferrer y Guardia, injustamente condenado por terrorismo y crímenes políticos.

Tampoco evitó Simarro las reuniones públicas en torno a elementos liberales y disidentes, llegando a organizar un buen número de ellas, ni los enfrentamientos directos con las autoridades políticas y eclesiásticas. Así, en 1913 y con motivo del controvertido “decreto del catecismo”, organizó una campaña en defensa de la libertad de conciencia a la par que fundaba la Liga para la Defensa de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, organismo que se destacó especialmente en la defensa de los sindicalistas condenados a raíz de la huelga general de 1917.

No resulta por todo ello sorprendente que la Masonería Española elevara al doctor al rango de Gran Maestre, como tampoco que el propio Simarro utilizara este foro para poner en marcha nuevos proyectos progresistas: la preparación y consolidación de la Sociedad de Naciones, una intensa campaña pacifista durante la I Guerra Mundial y, pese a no compartir en absoluto el ideario de la Revolución Bolchevique, la defensa humanitaria del pueblo ruso ante el bloqueo internacional. Incluso Miguel de Unamuno, perseguido por delitos de prensa, encontró en la proverbial apertura de miras del ciudadano Simarro un apoyo incondicional. No cabe pensar, sin embargo, que las tendencias políticas del doctor fueran capaces de nublar su buen juicio, o traicionar su manifiesto respeto por el librepensamiento y la negación del dogmatismo. A tal respecto, es conocida la anécdota que se produjo cuando en 1907 el padre Benito Menni, entonces Superior de la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios, ignorando el consejo de quienes trataron de disuadirle, se presentó en el despacho de Simarro para ofrecerle el puesto de director-médico del Manicomio de Ciempozuelos, pues quería al mejor especialista posible para el cargo. Ciertamente, y dados sus antecedentes, Luis Simarro no podía aceptar la proposición, pero no por ello renunció a ayudar también al sacerdote: le propuso que contratara a uno de sus mejores discípulos y amigos, el doctor Miguel Gayarre, persona que asumió la tarea con notables resultados.

Miguel Gayarre
El doctor Miguel Gayarre.

El último gran gesto de Luis Simarro, como hombre de ciencia y como ciudadano ejemplar, fue el de legar la mayor parte de su fortuna -unas 600.000 pesetas de la época y una biblioteca personal que contaba más de 4.000 volúmenes- para la creación de una Fundación dotada de un gran laboratorio experimental que contribuyera al estudio y el desarrollo de la psicología en España. Esta Fundación se constituyó en 1927, pero el sueño del gran centro de investigación no llegó a realizarse jamás para ser definitivamente truncado por la Guerra Civil. Sin embargo, el plan de Simarro se vio cumplido al menos en parte puesto que los fondos de su Fundación, actualmente adscrita a la Fundación General de la Universidad Complutense de Madrid, sirvieron para ayudas a la investigación y becas de las que se beneficiaron personas que han sido grandes continuadores y catalizadores de la tradición psicológica que él inició. De hecho, y como el propio Simarro dijo en cierta ocasión, los verdaderos hijos de los intelectuales no son los que éstos engendran materialmente “sino los hijos sociales por quienes sacrifican su vida”.


Otras fuentes

Bandrés, J. (2003). Luis Simarro i la psicologia científica a Espanya: Cent anys de la primera càtedra de Psicologia. Valencia, España: Universitat de València.

Carpintero, H. (1987). El Dr. Simarro y la psicología científica en España. J.J. Campos Bueno & Llavona R. (eds.), Los orígenes de la psicología experimental en España. Investigaciones Psicológicas, 4, 189-207.

Saiz, M., & Saiz, D. (1996). Personajes para una historia de la psicología en España. Barcelona, España: Servei de Publicacions de la Universitat Autònoma de Barcelona.

Simarro, L. (1889). El exceso de trabajo mental en la enseñanza. Boletín de la Institución Libre de Enseñanza13, 37-39.

Simarro, L. (1910). El proceso Ferrer y la opinión europea (Vol. 1). Madrid: E. Arias.

Baúl va, baúl viene

Las dichosas coincidencias históricas que a menudo nos sorprenden a la par que hacen las delicias de amigos de lo insólito y teóricos de la conspiración, también se producen en el mundo del crimen, lo cual nada tiene de especial si tenemos en cuenta que lo criminal es un hecho sociocultural más dependiente de la acción humana y que, en el fondo, todos somos iguales en lo general, aunque diferentes en lo particular. Por ello, del mismo modo que el inventor que va a registrar una patente puede encontrarse con el hecho, irónico y descorazonador, de que apenas una semana antes otro tipo ha registrado una creación prácticamente idéntica a la suya, o que el escritor pergeña un argumento para una novela para descubrir que un libro de contenido muy parecido acaba de publicarse, sucede también que quien decide cometer y ocultar un crimen de cierta manera “única” y “original” bien puede encontrarse con el hecho de que alguien ha tenido la misma idea truculenta y retorcida que él. E incluso en una versión mejorada.

Con eso se encontró un estupefacto Tony Mancini en 1934, meses después de haber llegado a la estación de Brighton junto con su pareja, una bailarina madura y bastante mayor que él que respondía al nombre de Violette Kaye.


Violette Kaye & Tony Mancini
Tony Mancini y Violette Kaye.

Una relación difícil

Mancini, pese a su seudónimo de “latin-lover”, era un mocito de veintiséis años inglés por los cuatro costados. Su verdadero nombre era Cecil Lois England, aunque también era conocido por la policía con otros aliases como Jack Notyre, Tony English o Hyman Gold –le iba lo llamativo, como se puede comprobar-. En efecto, se trataba de un delincuente de baja estofa, viejo conocido de las Autoridades londinenses a causa de un buen surtido de delitos menores. Violette, por su parte, se apellidaba Watts por nacimiento, pero también se había sumado a la tradicional costumbre anglosajona de modificar su nombre, luciendo otros aparte de Kaye, como Saunders. Contaba cuarenta y dos años y aunque se promocionaba a sí misma como bailarina profesional y cantante, sus días de mediano éxito en el circuito del “vaudeville” quedaban lejos, de suerte que la mayor parte de su renta se la proporcionaba la prostitución ocasional.

La relación entre ambos era complicada. Mancini, un chorizo del montón, entre delito y delito era camarero de profesión. Violette, cuyo empleo en el oficio más antiguo solía mantenerlos a ambos durante la mayor parte del tiempo, era una mujer que, dada su edad y ocupación, había dejado ya muy atrás sus mejores días, por lo que vivía presa de los celos más atroces. La consecuencia irremediable de aquella mezcla explosiva era una permanente disputa que, con el paso del tiempo, se había ido envenenando cada vez más. No es que Tony fuera precisamente un “chulo” en el sentido estricto del término, pues trabajaba con regularidad, pero no es menos cierto que tampoco tenía dudas a la hora de valerse de las ganancias de Violette cuando era preciso. El hecho es que se ignoran los motivos por los que en septiembre de 1933 decidieron trasladarse a Brighton, pero el asunto huele a “cambio de aires”, escape de viejos problemas y búsqueda de nuevas oportunidades.

El caso es que la pareja se instaló un apartamento ubicado en el sótano del 44 de Park Crescent, justo el lugar en el que empezaría a fraguarse la sorprendente casualidad a la que aludíamos al comienzo.

Violette Kaye #2
Violette ejerciendo su profesión de bailarina.

Compremos un baúl

Mancini, si hemos de creerle, profesaba un afecto más o menos sincero por Violette. Pero quizá no la clase de deseo amoroso apasionado que ella esperaba, lo cual alimentaba una creciente paranoia celotípica. De hecho, Tony era un gran aficionado al fútbol, deporte que solía practicar los sábados por la tarde pues jugaba en un club amateur, y ello procuraba grandes problemas a la relación por cuanto ella lo acusaba sin cesar de que aquellas salidas deportivas –que no eran más que eso como luego se comprobó- en realidad ocultaban imaginarias infidelidades.

El tema empeoró cuando él encontró trabajo como pinche de cocina en el café Skylarg, local atendido por un buen surtido de camareras jovencitas con las que Tony Mancini tonteaba de vez en cuando. Lo que ignoraba, y he aquí el desencadenante de la tragedia, es que Violette se dedicaba a espiarle durante el horario laboral. Y aquellos coqueteos del apuesto futbolista se volvieron insufribles para la madurita despechada al punto de que el severo marcaje que ella ejercía sobre él se hizo mucho más asfixiante.

Tony Mancini
Tony Mancini, con sus mejores galas, luciendo su palmito de “latin-lover” de cartón piedra. Parece que a las chicas las volvía locas.

Así llegamos al 10 de mayo de 1934. En la tarde de ese día Violette, carcomida por los celos, se presentó en el Skylarg con la excusa de tomar una taza de té y Tony, ya harto de aquella vigilancia, no pudo soportarlo más. Salió de la cocina, tuvo una discusión con la mujer y luego, una vez ella huyó llorando del local, concluyó su jornada laboral como si tal cosa. Se ignora lo que pasó después cuando ambos se reencontraron en su apartamento de Park Crescent, pero el hecho es que a la mañana siguiente Violette yacía muerta en el fondo de un armario con el cráneo fracturado… Lo cual no impidió que Tony saliera de casa tan tranquilo para acudir formalmente a su puesto de trabajo. Tuvo así un día entero para madurar qué haría a continuación. Eso sí, terminada la jornada no olvidó llevarse al baile a una de sus compañeras, quizá para aligerar tensiones.

En primer término, debía ocuparse de la hermana de Violette, quién esporádicamente solía pasar algunos días con ellos, de modo que le envió una carta informándola de que la mujer había encontrado un buen trabajo en París, por lo que pasaría una larga temporada allá. Dijo que ya se pondría en contacto una vez se acomodara. Esto le concedía el tiempo necesario para poner en marcha la segunda parte del plan: alquiló una habitación en el número 52 de Kemp Street y compró un baúl de gran tamaño en el que depositó el cuerpo de la víctima para cubrirlo a continuación con algunos de sus vestidos.

Pago al casero antes de largarse y, valiéndose de una carretilla, trasladó el baúl a su nuevo domicilio sin llamar la atención, por cuanto en aquellos días era muy común que las familias de pocos posibles se mudaran de un sitio a otro con todas sus pertenencias, lo cual convertía las calles en un trasiego permanente de maletas, baúles, carretillas y furgonetas cargadas hasta los topes. Una vez en Kemp Street depositó el baúl en la habitación, lo envolvió concienzudamente, y siguió con su vida como si nada hubiera ocurrido.

Lástima que con el paso de los días empezara a no oler demasiado bien y hubiera que mejorar progresivamente los envoltorios…

Kemp Street 47
El apartamento de Kemp Street. En primer término, el baúl donde reposaban los restos de la pobre Violette.

Depositando el otro baúl

El 6 de junio de 1934, más o menos un mes después de que Tony Mancini decidiera convivir con una Violette Kaye mucho más silenciosa y complaciente que antaño, un tipo perfectamente anónimo y bastante callado se presentó en la estación del ferrocarril de Brighton con una carretilla en la que portaba un enorme baúl nuevo, atado con una cuerda. Cruzó el vestíbulo, llegó a la consigna, depositó el equipaje, recogió su recibo, dio las gracias al empleado y desapareció para no regresar jamás.

Resulta que el verano de 1934 fue especialmente caluroso en Gran Bretaña, por lo que once días después de que el misterioso personaje se esfumara, el intenso hedor que desprendía aquel baúl motivó que el encargado de la consigna decidiera tomar cartas en el asunto. Desde luego, no podía abrirlo ni tirarlo, pero sospechaba que tal vez hubiera en su interior algún tipo de alimento descomponiéndose, por lo que decidió llamar a la policía para que le librara de aquella peste inaguantable. Los agentes, una vez personados en la consigna, optaron por abrirlo. Sorpresa.

Almacen Estacion de Brighton #2
Consigna de la estación del ferrocarril de Brighton en la década de 1930 (fuente: Getty Images).

Al retirar el papel de estraza que cubría el bulto aparatoso de su interior resultó que se trataba del torso de una mujer. Los brazos y las piernas no se encontraban allí, si bien al día siguiente las extremidades inferiores aparecieron en una maleta depositada en otra consigna, la de la estación londinense de King’s Cross. De los brazos y la cabeza de la víctima, por cierto, nunca se sabría nada. Y la primera pregunta, por lo demás lógica, de los policías fue obvia: “¿Recuerda alguien a la persona que trajo esto?”

Y ninguno de los entrevistados supo qué responder…

Scotland Yard envió a Brighton a su más prestigioso y reconocido forense, Sir Bernard Spilsbury, quien no tardó en realizar la pertinente autopsia del torso. En el informe explicó que se trataba de una mujer de aproximadamente veinticinco años, bien alimentada y cuidada, lo cual permitía deducir que probablemente procedía de un estatus social elevado. Estaba embarazada de cinco meses cuando la asesinaron, lo cual debió ocurrir en los últimos días del mes de mayo. Lo que no pudo averiguar Spilsbury pese a su incuestionable talento en el ámbito de la medicina legal fue la causa última de la muerte de aquella mujer misteriosa. Poco se sabía más allá de los detalles de la autopsia y la policía se encontró muy pronto en un callejón sin salida que, día a día, se tornaba más estrecho.

Sir Bernard Spilsbury
El afamado Sir Bernard Spilsbury, uno de los mejores médicos legales de su tiempo. Paradójicamente, terminó sus días suicidándose, quizá harto de trajinar con lo peor de la especie humana. Y es que hay profesiones que exigen de mucho estómago y buena cintura.

Se hicieron averiguaciones a partir de todos los casos denunciados de mujeres desaparecidas, que mantuvieran alguna coincidencia con el cadáver del baúl, ocurridos en Gran Bretaña por aquellas fechas, al mismo tiempo que los periódicos encontraron un sustancioso asunto con el que alimentar a la opinión pública británica, pero no se sacó nada en claro y el enredo del misterioso baúl de la estación de Brighton se convirtió en un enigma criminal que atrajo la atención de investigadores procedentes de los cinco continentes. Todo parecía inútil.

Una vieja cotilla

Retrocedamos unos días en el tiempo.

El 7 de junio de 1934 Tony Mancini está leyendo durante la hora de la comida, como es su costumbre, un ejemplar del Daily Express, cuando se encuentra una noticia que le induce a frotarse los ojos. Se ha encontrado en Brighton el cadáver de una mujer dentro de un baúl… Precipitadamente, pues no había pasado la noche en su apartamento, retorna al hogar para descubrir que el cuerpo de Violette sigue justo donde lo dejó. Volvió entonces al trabajo para seguir con sumo interés el desarrollo de los acontecimientos durante los días siguientes. Alguien había tenido su misma idea, y al mismo tiempo que él, lo cual en el fondo le llevó a suponer que la cosa no dejaba de tener cierto toque irónico y, por qué no decirlo, incluso divertido.

Daily Mirror (19 Junio 1934) - Cover
Edición del Daily Mirror del 19 de junio de 1934 en la que se informa del hallazgo de las piernas de la víctima de Brighton en la estación londinense de King’s Cross. El asunto del baúl de la estación de Brighton se hizo tan sumamente famoso que dio pie a un serial mediático de largo alcance.

El problema es que Tony no iba a tener tanta suerte como el misterioso portador del baúl de la estación, por cuanto a la hermana de Violette la historia del trabajo parisino no le cuadraba y, tras varias semanas sin tener noticias de la mujer, sabedora de que Tony no era precisamente un ciudadano modelo, decidió denunciar la desaparición. De tal modo, el 14 de julio, los detectives que andaban tras el caso misterioso de la estación del ferrocarril optaron por hacerle una visita rutinaria. Mancini, muy controlado tal vez porque imaginaba que aquello podía suceder, les largó de manera convincente la historia del viaje a París e insistió en el hecho de que Violette era una mujer madura, bastante más mayor que la encontrada en la estación, con los que los agentes simplemente se limitaron a tachar su nombre de la lista para largarse con viento fresco. Sea como fuere, intuyendo que la cosa se ponía fea y que probablemente no volvería a tener tanta suerte en un segundo asalto, Tony optó por liar el petate de inmediato para largarse a Londres con la idea de desaparecer entre la multitud. Por supuesto, su baúl quedó abandonado en Kemp Street.

Y es probable que nadie hubiera dado con él en mucho tiempo, y que incluso el cuerpo de Violette hubiera llegado a momificarse sin mayor problema, de no ser por una ancianita sin nada que hacer que deambulaba por la finca. Un detalle nada desdeñable. Estas personas desocupadas que a veces resultan tan molestas por chismosas y metomentodo ayudan a resolver muchos crímenes y delitos precisamente porque, en su perpetuo deambular voyeurista, caen en la cuenta de infinidad de detalles y circunstancias que la mayor parte de la gente metida en sus propios asuntos nunca advierte.

Resulta que la señora Howe, pues así se llamaba la vieja cotilla, estaba obsesionada por el caso del baúl de la estación al punto de que lo seguía con extrema avidez en los periódicos. Uno de ellos había ofrecido una recompensa de 500 libras –un buen dinero por aquel entonces- a quien pudiera aportar un detalle que condujera a la resolución del crimen… Así que empezó a pensar. El caso que es que la mujer se había encontrado en la escalera con Mancini en varias ocasiones y no le había parecido trigo limpio… Por no hablar del misterioso olor que le parecía percibir cada vez que pasaba por delante de su puerta y que finalmente la motivó a llamar al periódico que, a su vez, puso la información en conocimiento de la policía.

Siguiendo el procedimiento de rutina, un agente se desplazó al lugar indicado por la denunciante, hizo que el casero le franqueara la entrada, encontró el baúl, y lo abrió. Lo primero que pudo ver con grave horror fue la cabeza en descomposición de Violette. Dejó caer la tapa, sumó dos y dos, y llamó a la comisaria para informar atropelladamente de que había encontrado por fin la buscada cabeza de la víctima del baúl de la estación. Y allá fue de inmediato Spilsbury con otros agentes. El forense abrió de nuevo el arcón, comenzó a retirar los vestidos, y por fin informó de algo extraordinariamente sorprendente que dejó a todos los presentes estupefactos: había una segunda víctima abandonada en un baúl… Y dos asesinos que no tenían aparentemente nada que ver entre sí, pero que habían tenido exactamente la misma idea, y al mismo tiempo. Qué cosas.

Violette Kaye
El cuerpo de Violette Kaye tal cual fue descubierto por la policía.

Guilty as hell

Los agentes de Scotland Yard no tardaron en dar con Tony Mancini, lógicamente en busca y captura, deambulando por una carretera cercana a Londres. Sucio, sin dinero, agotado y hambriento. Caminaba sin rumbo fijo ni saber dónde se encontraba pensando, tal vez, en desaparecer en la campiña. De hecho, cuando el coche de policía se acercó a él pareció sentirse aliviado, pues no dudó en informar a sus ocupantes –incluso antes de que estos le dirigiesen la palabra- de que él era el hombre al que estaban buscando por lo de Brighton. De perdidos, al río. Al menos dormiría en un lugar cubierto y con el estómago lleno.

De hecho es muy probable que Mancini hubiera pasado el resto de sus días en la cárcel de no ser por Lord Norman Birkett, a quien se reconocía como el abogado más prestigioso –se dice que uno de los mejores de la historia- de Gran Bretaña. Un hecho que, como se comprobará, refrenda un detalle importante que poca gente suele tener en cuenta cuando se presenta ante un tribunal: es cierto que todos somos iguales ante la ley pero, lamentablemente, no todos tenemos la posibilidad de conseguir al mejor abogado posible.

NPG x86371; William Norman Birkett, 1st Baron Birkett by Elliott & Fry
Lord Norman Birkett, uno de los mejores abogados de la historia de Gran Bretaña. Su participación en esta historia nos recuerda algo de manual: si tienes que ir a juicio, no seas rácano y asegúrate de que defiende tu posición un buen elemento.

Resulta que el prestigiosísimo Birkett se enteró de que los modestos padres de Mancini habían reunido sus escasos ahorros para conseguir un abogado para la defensa de su hijo. Cuando se les preguntó rutinariamente quién sería ese letrado dieron al funcionario –imaginamos que se lo tomaría con extraordinario humor- el nombre del único al que conocían a causa de su popularidad, Lord Birkett. El gesto enterneció el corazón del letrado que, sabedor de que el poder adquisitivo de aquella gente estaba a años luz de su tarifa habitual, decidió defender a Tony pro bono. Total, nada había que perder. El caso era lo suficientemente sustancioso, célebre y difícil como para incrementar su currículum y fama sin mayor esfuerzo en el caso de salir victorioso. Y si perdía, que sería lo lógico, aumentaría su fama de hombre de buen corazón y amplia generosidad. En cualquier caso salía ganando, lo cual era pago más que suficiente. Además, y no es un hecho desdeñable, la causa contaba con ese punto de reto complejo que apasiona a todo buen profesional.

Como es sabido –y ya lo hemos relatado en este blog en alguna ocasión– el sistema judicial británico establece un sistema de garantías tal que un acusado solo puede ser condenado por un delito si se demuestra que es culpable “más allá de cualquier duda razonable”, y eso era suficiente para el muy habilidoso Birkett. Ciertamente las pruebas y testimonios hacían pensar a todo el mundo que Tony Mancini era, como suele decirse, guilty as hell –culpable como el infierno-, y que no lograría salir bien parado en modo alguno. Por ello, la estrategia del célebre letrado no fue la de rebatir las pruebas en busca de la inocencia de su defendido, cosa por lo demás tan insensata como imposible, sino, por el contrario, la de conseguir sembrar entre los componentes del jurado la suficiente cantidad de “duda razonable” como para exonerarlo de la previsible condena.

Así pues, a partir del testimonio inicial de Mancini, quien dijo haberse encontrado a Violette ya muerta cuando retornó a casa de suerte que fue el miedo a que la policía no le creyera lo que le indujo a ocultar el cadáver, Birkett logró establecer que la mujer bebía mucho y con regularidad. Luego llevó al curtido Spilsbury a reconocer que la fractura de cráneo podría haber sucedido a causa del golpe que pudo darse durante la borrachera con la que ella había tratado de mitigar el disgusto a causa de la discusión –pues varios testigos aseguraron verla consumiendo alcohol copiosamente aquella noche-, y finalmente logró desacreditar todos los testimonios presentados por la acusación, dirigida por un desbordado James Cassell. De este modo, en un alegato final complejo y brillante, pudo concluir que Tony Mancini había sido inculpado del asesinato de Violette Kaye mediante pruebas de convicción, pero no a través de evidencias incontestables… Consecuentemente, tras una deliberación de tan solo dos horas, el jurado consideró que Tony era “no culpable” –ojo, que no “inocente”- del crimen del que se le acusaba y resultó absuelto en medio de la sorpresa generalizada ante el inesperado desenlace. Se dice –lo cual ha quedado inscrito con letras de oro en la historia del anecdotario judicial británico- que una vez escuchado el veredicto Birkett se giró hacia su defendido y le dijo: “y en el futuro, Mancini, no lo vuelva a hacer”.

¿Y el otro baúl? Pues tristemente nunca se supo. El dossier del caso, bautizado como The Brighton Trunk Murder Numer One, es el más voluminoso que se conserva en Scotland Yard y la colosal investigación que conllevó fue la más cara emprendida por la policía británica hasta entonces, aunque sin resultado alguno. El tema ha sido objeto de múltiples especulaciones a lo largo de la historia y ha concitado la curiosidad de infinidad de criminólogos que se lo han tomado como un reto personal, pero nadie ha sido capaz de resolver lo que a día de hoy no es más que mero pasatiempo, pues las preguntas centrales del caso jamás han podido ser respondidas. Empezando por la más obvia: ¿Quién era aquella mujer?

El indignado ciudadano Géricault

Fragata Medusa #2
La fragata Meduse, en un grabado de la época.

En junio de 1816 la fragata francesa Meduse, que no solo estaba recién botada, sino que también se consideraba como uno de los navíos más rápidos y eficientes de la flota francesa, partió del puerto de Rochefort (Charente Maritimo) con destino a Senegal formando parte de un convoy de cuatro embarcaciones. La capitaneaba el vizconde Hugues Du Roy de Chaumereys, marino de clara trayectoria monárquica, desafecto a la causa napoleónica y con escasa experiencia naval, pues había navegado muy poco a lo largo de 20 años. Pero contaba con grandes apoyos políticos ganados a golpe de bailes, veladas en lujosos salones aristocráticos y trajines de despacho que le habían propiciado finalmente el cargo. Dada, por tanto, la no reconocida pero palmaria falta de experiencia marítima del capitán, la responsabilidad de la navegación recaía sobre el navegante: un tal Richefort que, según narran las crónicas, no hacía mucho tiempo que había salido de una prisión londinense.

La misión era importante: retomar el control de la colonia de Senegal, que le había sido devuelta a Francia tras la Paz de París de 1815, resultado de la derrota de Napoleón en Waterloo. Precisamente por ello, los dos pasajeros preeminentes de la Meduse eran el designado como nuevo gobernador del territorio, Julien Désiré Schmaltz y su esposa Reine. Pero había más aparte de la marinería: un batallón entero de infantería destinado al protocolo y todo el personal administrativo de la que sería nueva delegación del gobierno francés en Senegal.

Arsenal Rochefort 1690
El arsenal del puerto de Rochefort en un grabado de 1690.

Tras recalar en Tenerife para aprovisionarse, apremiado por Schmaltz, y en su obsesión por dar cumplimiento a la misión cuanto antes para satisfacer a sus benefactores, el capitán soltó todo el trapo y se adelantó al resto del convoy, pero a causa de la velocidad –a la que deben sumarse los malos consejos de su navegante y el hecho de desoír sistemáticamente las advertencias de sus oficiales- cometió un error de navegación que le desvió de su curso unos 100 kilómetros. Realizó entonces, ya cercano a las costas africanas, la pertinente corrección de rumbo, pero fue peor el remedio que la enfermedad pues Chaumereys se adentró conscientemente en la Bahía de Arguín (Mauritania) donde, a causa de su palmaria inexperiencia e ignorando el hecho de que la profundidad disminuía de suerte dramática en torno a la nave, siguió desplegando todo el velamen con lo que la Meduse encalló finalmente en un banco de arena. De nada sirvieron las advertencias al respecto del alférez Maudet, quien sumido en la desesperación había avisado del riesgo a Chaumereys en reiteradas ocasiones.

Se pensó que con la ayuda de la marea, y aligerando el barco, sería posible desencallar y los tripulantes trataron de liberarlo durante casi tres días. No obstante, el 5 de julio, se dieron por vencidos. Al parecer, cuando la nave lograba flotar de nuevo, el Poniente constante de la costa africana metía de nuevo a la Meduse en el banco de arena certificando así el hecho de que no habría forma de salir de la trampa. En aquel momento, y tras una fugaz chispa de esperanza, ya había cundido el pánico a bordo sin que el capitán, en una enésima muestra de falta de experiencia, fuera capaz de elevar la moral y controlar los ánimos exaltados. No era para menos. La nave comenzaba a inclinarse peligrosamente pese a que se recogió todo el velamen y el agua empezaba a inundar parte de la cubierta. De hecho, la fuerza del oleaje hizo que se perdiera el timón.

Dado que se encontraban a tan solo 60 kilómetros de la costa Mauritana Chaumareys, presionado por el gobernador Schmaltz, decidió tomar la medida extrema de abandonar el barco para dirigirse a la costa mediante los botes. El problema es que en ellos solo había espacio para 250 personas. Y Chaumareys, reunido en secreto con el gobernador Schmaltz y la oficialidad de la fragata, decidió unilateralmente quiénes serán los privilegiados que ocuparían un lugar en los botes, la mayor parte de los cuales, por supuesto, serían sus amigos, conocidos y benefactores. Así, en silencio y entre las protestas airadas y los insultos de los que tendrían que buscarse la vida, el capitán y los elegidos ocuparon sus puestos en los botes salvavidas. Por supuesto, en un gesto que refrenda su extrema cobardía, Chaumereys no solo no reconocería jamás estos sucesos, sino que además culpó a la propia tripulación del barco del desastre, llegando a insinuar incluso una vergonzosa acusación de piratería. Cabe reseñar que ni tan siquiera los botes eran del todo seguros pues, chapuza sobre chapuza, varios de ellos estaban aún sin calafatear dada la reciente fabricación de la fragata.

Fragata Medusa #1
El abandono de la Meduse en un grabado extraído de la obra clásica de Farrere (1954).

La solución que se ideó para vencer la desgraciada contingencia de los abandonados fue una completa chapuza irreflexiva, pues a fin de transportar a las 146 personas restantes –la mayoría soldados capitaneados por un tal Dupont, aunque también había una mujer entre ellas-, se construyó aprisa y corriendo, reuniendo tablones de aquí, mástiles de allá, y traviesas de acullá, una balsa precaria de 20 metros de largo por 7 de ancho que se hundió parcialmente al recibir la carga. De hecho, los más cautos, apenas un puñado de marineros, optaron en ese mismo instante por no embarcar en la balsa y permanecer en el barco encallado esperando un futurible rescate que nadie sabía cuándo se produciría si es que llegaba a producirse, pero cuya perspectiva se antojaba preferible a enfrentarse a la mar picada hacinado en aquel simulacro de embarcación.

Encallamiento Medusa
Lugar en el que encalló la Meduse.

La idea original del capitán Chaumareys era que la frágil balsa sería en principio remolcada por los botes para cubrir una travesía que no sería demasiado larga… Pero la cosa no sería tan fácil. A los pocos kilómetros de navegación quedó claro que la balsa era ingobernable desde los botes a causa de la mar embravecida y se tomó la terrible decisión: se soltaron las amarras sin mayor explicación y tanto la dudosa almadía como sus tripulantes quedaron abandonados a su suerte. Como vemos, las víctimas de la cobarde incompetencia de Chaumereys son, además, traicionadas. Y advirtieron bien pronto que las posibilidades de supervivencia serían muy escasas, por lo que el ambiente entre los náufragos se degradó muy rápidamente.

Dibujo de la Balsa
Dibujo de la balsa realizado en la época de los acontecimientos.
Reproducción Balsa Museo Marina Rochefort
Reproducción de la balsa tal y como puede verse en el Museo Naval de Rochefort.

La gran acumulación de personas sobre la balsa había motivado que apenas hubiera provisiones de comida -un paquete de galletas que se consumió el primer día- o bebida. Solo se disponía de dos contenedores de agua que se perdieron durante las primeras disputas y cinco barriles de vino que no podrían ni remotamente abastecer de líquidos a tanta gente. Era lógica tal imprevisión. Sobre el papel –y ya se sabe que el papel lo aguanta todo- se había calculado una travesía corta que sería cubierta con la ayuda de los botes en un par de jornadas a lo sumo, y nadie había pensado en la eventualidad de una navegación más larga o en, simplemente, la posibilidad de ser abandonados en el Océano Atlántico.

Lo cierto es que el hacinamiento y las disputas hicieron el resto, de modo solo durante la primera noche al menos veinte personas se suicidaron o fueron asesinadas. La lucha por sobrevivir había sido terrible pues el oleaje era espantoso y todos tenían claro que la única forma de superar el desastre era mantenerse en el centro de la balsa, de modo que la pugna permanente por conseguir las mejores posiciones había hecho el resto. Los más débiles o quienes simplemente desfallecían, eran lanzados por la borda sin miramiento alguno a fin de preservar el preciado vino. Con el paso de los días, finalmente, se degeneró en el canibalismo, cosa bastante habitual entre los náufragos de aquellos días en los que las posibilidades de ser encontrado en alta mar eran bastante escasas, lo cual motivaba largas –y a menudo infructuosas- derivas y tremendas necesidades supervivenciales.

El hecho es que trece días de infierno después, el 17 de julio de 1816, la balsa fue avistada por el bergantín Argus, nave que formaba parte del convoy original que partió de Rochefort, y finalmente rescatada. El hallazgo fue casual, pues nadie había dado orden de buscar a los abandonados de la Medusa. Antes al contrario, el Argus, cuyo capitán nada sabía de las vergonzantes decisiones de Chaumereys, se topó con la balsa cuando retornaba hacia el lugar del naufragio en busca de los 90.000 francos en oro y los cañones que la fragata encallada transportaba en sus bodegas. Estaba claro que el infausto capitán Chaumereys –y probablemente Schmaltz aunque no se probó- había decidido echar tierra al asunto en la esperanza de que nadie encontrara con vida a los desgraciados de la balsa. Pero quiso el azar que se los encontrara. Y qué visión: la balsa estaba repleta de muertos o moribundos enloquecidos y ebrios –recuérdese que lo único que se podía beber era vino- que se habían comido hasta los sombreros, los uniformes y los correajes de cuero. Incontables restos de carne humana se secaban por doquier para ser luego consumidos. Tras la desesperación, el hambre, la sed, las peleas y los suicidios, solo había 15 supervivientes –que se habían bebido incluso su orina- de entre los 146 tripulantes del comienzo. Pese a los cuidados que se procuraron a bordo del Argus a los así rescatados, cinco más de ellos morirían a poco de desembarcar en el que se pretendía en un principio como destino final de aquella trágica travesía: Saint-Louis (Senegal).

Lo más irónico del desastre es que los pocos tripulantes que optaron en su momento por permanecer en la zozobrante Meduse azotada por el oleaje serían encontrados con vida, y en buen estado de salud, cuando se localizó finalmente la fragata nada menos que 54 días después del encallamiento. Sorprendentemente, e insistimos en ello, de Chaumereys no fue en busca del barco para rescatar la nave o tratar de salvar al resto de sus tripulantes, sino por orden del gobernador Schmaltz a fin de recuperar el oro que había depositado en sus bodegas, y que necesitaba con urgencia para financiar los gastos de su delegación.

Le Naufrage de la Meduse


La vergüenza

Cuando el evento llegó a la opinión pública francesa, se convirtió en una vergüenza nacional. Y llegó porque a menudo la verdad es tan terrible que no puede ocultarse, pues el gobierno francés –cobardía sobre cobardía- hizo todo lo posible por echar tierra sobre el desastre de la Meduse lo cual, cuando se supo, aún indignó más al pueblo. El cirujano militar Henry Savigny y el cartógrafo Alexandre Correárd, dos de los supervivientes de la tragedia de la balsa, fueron los autores del primer reportaje sobre el tema que vio la luz y puso en conocimiento de toda Francia los graves hechos. No podían callarse. Y no podían hacerlo porque el gobierno de la Restauración Borbónica –reinaba entonces Luis XVIII-, en su mezquindad y con la finalidad de ahorrarse las pertinentes indemnizaciones, quiso silenciar a todos los denunciantes expulsándolos del servicio, multándolos o bien encarcelándolos para que no pudieran realizar declaraciones públicas sobre la cuestión. Se había decretado que la tragedia de la Meduse debía quedar sepultada bajo las olas africanas ya fuera por lo civil, o por lo criminal.

Correard y Savigny Libro
Segunda edición del relato del naufragio de la Meduse compuesto por Savigny y Corréard.

Finalmente, el escándalo resultó imparable y hubo de buscarse el pertinente cabeza de turco. El capitán Chaumereys, encausado por el testimonio decidido de los pocos supervivientes, sería acusado del abandono del barco, de haberse desentendido de la balsa, así como de incompetencia. Tras un consejo de guerra se le condenó a la degradación, así como a la irrisoria pena de tres años de prisión que al menos cumplió íntegramente. Terminaría falleciendo años después en el más completo ostracismo, pues nunca fue rehabilitado pese a que lo exigió con denuedo, en su residencia del Château de Lachenaud.

También el gobernador Schmaltz –coronel en la excedencia y con una larga carrera militar para más señas- fue acusado por instigador del desastre y por no haber hecho lo que le correspondía como persona de su posición política, pero en su caso los efectos de la denuncia fueron mucho más livianos por cuanto se le consideró también víctima de las malas decisiones de Chaumereys. Continuó como gobernador de Senegal hasta 1820 para fallecer posteriormente, en 1827, ocupando el cargo de Cónsul General de Francia en Turquía.

La indignación de Géricault

Theodore Gericault
Th. Géricault (1791-1824), en un grabado de Alexandre Colin (1818).

Théodore Géricault, por aquellos días, era un joven y ambicioso pintor que quedó profundamente impresionado –e indignado, como muchos de sus compatriotas- por la peripecia de la Medusa. Así, en tanto que empezaba a obtener cierto reconocimiento público y dado que buscaba un tema llamativo y polémico con el que impulsar su carrera, decidió tratar el épico naufragio en un cuadro de gran formato (716 cm x 491 cm o 35,15 m2) que nadie le había encargado.

La tarea de investigación le llevó casi un año. Estudió a fondo la historia, se entrevistó personalmente y en varias ocasiones con Savigny y Correárd, construyó una reproducción de la balsa, visitó hospitales y depósitos de cadáveres para estudiar de primera mano la textura y color de los agonizantes y de los muertos, elaboró cientos de bocetos preparatorios, estudio todos los grabados existentes que describían la nave hundida… En alguno de sus bocetos pueden observarse escenas de canibalismo que, finalmente, Géricault decidió no incluir en la composición final de su obra en la medida que excedían con mucho los estándares de “buen gusto” asimilables por el público de la época.

Balsa Medusa - Boceto
Uno de los muchos bocetos de Géricault dibujo durante la fase preparatoria de la obra.

Tras diez meses de preparación y alquilar un estudio especial en el que poder desplegar un bastidor de las enormes dimensiones requeridas, Géricault concluyó la obra trabajando en intensas jornadas de diez horas que se prolongaron durante ocho meses. Según cuentan los pocos elegidos que tuvieron el privilegio de entrar en aquel estudio durante aquellos días, el pintor llegó a obsesionarse a tal punto con su creación que incluso se olvidaba de comer. Así lo testimonian su discípulo, Luis Alexis Jamar, su amigo y confidente Dedreux-Dory, el pintor Robert-Fleury, y un muchacho que por aquellos días se iniciaba en la profesión artística y para quien el trabajo de Géricault resultaría enormemente inspirador y modélico: Eugene Delacroix.

La Balsa de la Medusa
La balsa de la Medusa

El cuadro es asimétrico y desordenado de manera intencionada, cosa poco común en las composiciones pictóricas de comienzos del siglo XIX, pues buscaba confrontar con el espectador, hacerle sentirse incómodo y obligarle a tomar partido. No obstante, se estructura en la forma de dos pirámides que se sostienen sobre la base inestable del mar. Dado que la pintura “se lee” en Occidente de izquierda a derecha, Géricault decidió contar la historia de este modo: desde la muerte y la desesperación de los que “se rinden” a la esperanza y la lucha por sobrevivir de quienes avistan el barco rescatador. Éste último se sugiere como un punto en el horizonte entretanto la vela de la balsa es empujada por el viento en la dirección contraria, lejos de la salvación y hacia la muerte, hecho que realza el extraordinario patetismo de un cuadro en el que Géricault insertó, a título de homenaje, sendos retratos de Savigny (quien aparece en el centro del cuadro, apoyado sobre el frágil mástil de la balsa) y Corréard (que toma del brazo a Savigny para informarle del avistamiento del Argus). También el de otro superviviente llamado Lavalette. Lo cierto es que todos los personajes del cuadro son retratos de personas que acompañaron a Géricault a lo largo del proceso de composición de la obra: Delacroix se nos presenta como el hombre desesperado que sostiene el cuerpo del cadáver en el primer plano[1]. También contribuyeron con sus posados otros amigos cercanos como el oficial Dastier, Cadamar (una modelo profesional), Martigny, o Theodore Lebrun.

Pero La balsa de la Medusa es más que una obra de protesta, una excelente creación artística o un cuadro polémico. Se trata de una profunda investigación sobre la naturaleza humana en la que su autor, de suerte magistral, logra penetrar en la psicología interna de los personajes y en el modo que las personas, en tanto que diferentes, afrontan de la adversidad de muy dispares maneras. Probablemente en ese reconocimiento que el espectador hace de sí mismo, en el modo como nos proyectamos en las diferentes expresiones psíquicas de los protagonistas de la obra, resida precisamente el magnetismo que ejerce sobre todo aquel que la contempla por primera vez.

La Balsa de la Medusa Analisis

Lo cierto es que cuando el cuadro fue presentado al público, recibió un trato desigual y a todas luces injusto. Era demasiado avanzado para su tiempo. Para empezar, la idea romántica del arte como denuncia que hoy nos es tan próxima, en aquellos días no solo era extraña, sino también improcedente, por cuanto se consideraba al arte como mera expresión de la belleza que poco o nada tenía que decir sobre cuestiones políticas o sociales. En segundo lugar, su descarnada emocionalidad y su avanzadísima falta de respeto por las convenciones artísticas del neoclasicismo –como los principios de la perspectiva, o la composición escénica- motivaba que muchos espectadores lo consideraran “desagradable”, de “mal gusto” e incluso técnicamente estrambótico. Luego, ocurría que Géricault convertía en figuras de primer orden a personas anónimas, desconocidas, de la masa, lo cual terminaba por resultar extravagante e improcedente para la alta sociedad francesa de la época, precisamente la interesada por las expresiones artísticas, por mucha liberté, egalité y fraternité que se pretendiera vender en los discursos políticos… Como contrapartida, buena parte de la prensa sí supo entender las pretensiones últimas del pintor o simplemente quiso aprovechar la ocasión para remover conciencias y, pretextando la exposición pública del cuadro en 1819, desempolvó la tragedia la Meduse para alimentar la caldera de la protesta ante los desmanes del poder y el mal gobierno.

Delacroix - Medusa
Eugene Delacroix, entonces con 21 años, retratado por Géricault como uno de los personajes principales de su escena.

Se dice que Géricault vivió con grave indignación la incomprensión que suscitó su obra maestra, a tal punto que incluso valoró la idea de abandonar la pintura. Difícil es saberlo con certeza pues, lamentablemente, murió poco después, con tan solo 32 años. No obstante, tras su muerte el cuadro fue inmediatamente adquirido por el Museo del Louvre, cuyos conservadores supieron elevarse sobre la mediocridad para entender que estaban realmente ante algo tan nuevo como simplemente magnífico. En la actualidad, La balsa de la Medusa es reconocida como una de las obras fundadoras del romanticismo pictórico, a tal punto que su influencia puede observarse con claridad en artistas de la talla del ya mencionado Delacroix, Courbet  e incluso Turner.

Balsa de la Medusa - Pogues
El cuadro de Géricault ha alcanzado el rango de icono de la cultura popular, siendo objeto de infinidad de adaptaciones y readaptaciones para múltiples fines y formatos. En este caso, inspiró la portada del disco Rum, Sodomy and the Lash (1985), del grupo irlandés The Pogues.

Otras fuentes:

Berger, K. (1955). Géricault and His Work. Lawrence: University of Kansas Press.

Dossier de National Geographic España sobre el naufragio de la Medusa.

Farrére, C. (1954). Histoire de la Marine Française. Paris, France: Flammarion.

Noriega, J. (2014). “La maldición de la Medusa. El naufragio más terrible de Francia [Espejo de navegantes. Blog de arqueología naval http://abcblogs.abc.es/espejo-de-navegantes/2014/04/26/la-maldicion-de-la-medusa-el-naufragio-mas-terrible-de-la-francia/].


[1] En correspondencia, Delacroix incluiría muchos años después un retrato de Géricault entre los personajes que pueblan su Barca de Dante (1854).

El hombre “demasiado” normal

Francisco Quintana, ABC
Francisco Quintana Calvo (Fuente: diario ABC).

Corría el 15 de septiembre de 2005. Jueves por abundar en los detalles.

Francisco Quintana Calvo, de 38 años, domiciliado en la localidad madrileña de Tres Cantos, echó mano de su bicicleta nueva y salió, sobre las 18:00 horas, a dar una vuelta por el paraje de Soto de Viñuelas para hacer algo de ejercicio. Se estaba iniciando en la práctica de este deporte pues al ser informático de profesión -empleado de la empresa Oracle, con sede en la localidad madrileña de Las Rozas- debió suponer que era una forma tan buena como otra cualquiera de desentumecerse tras pasar mucho tiempo sentado frente a una pantalla, a la par que para sobreponerse a una dolencia cardíaca leve. De hecho, la dichosa bicicleta era un regalo reciente de su esposa y, al parecer, era la cuarta o quinta vez que hacía aquella ruta en la que no solía emplear más de un par de horas.

Se trataba de hombre sumariamente normal, casado con una psicóloga, Miriam, – mujer muy religiosa de credo evangélico- padre de una niña de seis años a la que adoraba y con otro crío de camino al que se esperaba con sumo agrado. Vecino querido y respetado de vida muy familiar y ordenada, y del que pocas cosas raras podían colegirse. Serio, algo introvertido a decir de quienes le conocían, correcto en el trato, excelente trabajador según sus compañeros y superiores, sin costumbres altisonantes… No había ángulos oscuros ni recovecos turbios en la vida de Francisco. No tenía enemigos o cuentas pendientes con nadie. En definitiva, e insistimos en ello, un tipo extremadamente normal, incluso perfecto, que sin embargo nunca retornaría al hogar al ser víctima de una truculenta e inexplicable agresión durante aquel paseo que sería el último.

Una muerte terrible

Como decimos, Paco –así le llamaban habitualmente sus conocidos- no volvió cuando se le esperaba ni dio aviso alguno de que se retrasaría, y la cosa era muy rara porque siempre llevaba consigo su teléfono móvil y jamás faltaba sin dar razón.

Tras denunciarse la pertinente desaparición y puesta en marcha la pertinente búsqueda, el cuerpo sin vida de Francisco fue hallado un par de días después por la Guardia Civil en el paraje de Rascambres, cerca de El Molar, a unos veinte kilómetros de su domicilio. Lo encontró una mujer que paseaba por allá. Estaba completamente desnudo y tenía golpes en la cadera y el abdomen, lo cual hizo que se pensara inmediatamente en un atropello que indujo a quienes lo abandonaron a tratar de ocultar cualquier prueba incriminatoria. Y se emplearon a fondo, pues se pensó que el acto había sido perpetrado por al menos dos personas. El problema residía en que no había otras de las heridas que habitualmente aparecen en esta clase de atropellos (fracturas, marcas severas de arrastre) y la bicicleta nunca apareció, con lo que la hipótesis nunca llegaría a corroborarse más allá de las especulaciones fundadas. Tenía, por lo demás, algunos pequeños hematomas en la espalda cuyo origen se ignora, pero que bien pudieron producirse durante el traslado del cuerpo.

Los detalles de la autopsia eran claros: El cuerpo de Francisco, golpeado con algún objeto contundente –o bien atropellado- pero aún con vida, fue meticulosamente desnudado, desposeído de cualquier objeto que permitiera una rápida identificación –como documentación o teléfono móvil- y rociado unos con dos litros de gasolina, empezando por la cabeza y terminando por la cintura. Tenía hollín en las fosas nasales, lo cual indica que aún respiraba cuando lo quemaron. El fuego también afectó a los genitales, pero ello no se debió tanto a alguna clase de interés sádico, como al hecho de que una parte de la gasolina se deslizó hacia las ingles de la víctima. Las manos tampoco escaparon al detallado tratamiento “especial” de los agresores, lo cual motivó que la identificación del cuerpo se retrasara, pues al quedar el rostro irreconocible, los forenses hubieron de reconstruir la huella dactilar de uno de los dedos índices con gran dificultad, aunque logrando la suficiente cantidad de puntos de identificación como para poder cotejarla con garantías. Una posterior reconstrucción dental y la prueba de ADN hicieron el resto. No obstante, es probable que la conciencia forense de los agresores les permitiera poner la suficiente tierra de por medio como para poder desvincularse de sus actos con éxito.

Sea como fuere, es un hecho que Francisco Quintana ni se movió durante todo el proceso, pues no había heridas de defensa o signos de forcejeo, y además la marca negruzca que quedó en el suelo allá donde se le quemó tenía los contornos perfectamente definidos. Tanto pudo perder el conocimiento durante el proceso, como encontrarse totalmente incapacitado para moverse por sus lesiones, pero este extremo nunca quedó aclarado.

Solo había una pista solida: las rodadas de un vehículo encontradas junto al cuerpo que permitieron realizar un reconocimiento de los neumáticos, así como de una lista de posibles coches que montaran esa clase de ruedas. Probablemente, algún género de furgoneta. Por lo demás, una concienzuda búsqueda por las gasolineras cercanas permitió establecer la idea de que los agresores de Francisco extrajeron la gasolina del depósito del propio vehículo, o bien ya la portaban consigo cuando lo agredieron, pues nadie en las inmediaciones recordó haber servido gasolina a persona alguna que portara una garrafa o continente similar. También se rastrearon talleres y túneles de lavado en busca de vehículos con golpes o manchas sospechosas. Cero.

Hipótesis de trabajo

No se descartó de entrada idea alguna, pero la meticulosidad de los agresores de Francisco Quintana, su clara sangre fría y su contundencia a la hora de tratar el cuerpo, llevaron inmediatamente a la Guardia Civil a pensar en una acción profesional, bastante alejada de un acto de delincuencia común y próxima al tópico ajuste de cuentas. Ningún delincuente del montón se toma tantas molestias por una bicicleta o un teléfono. Especialmente en un paraje bastante transitado por ciclistas aficionados en el que ya se habían producido algunos robos nunca denunciados, como luego se supo. Y ello complicaba las cosas porque ampliaba el abanico de posibles motivaciones e incrementaba el tamaño del círculo de las pesquisas exponencialmente:

  1. Robo (improbable).
  2. Accidente (hora y lugar equivocado).
  3. Atropello voluntario (¿por qué?).
  4. Venganza (¿de qué?).
  5. Crimen por encargo (¿con móvil económico, pasional, profesional?).

Nadie estaba libre por tanto de sospechas. Pero la vida normal –demasiado normal- de Paco Quintana se convirtió en un tremendo obstáculo que cerraba caminos a los agentes con excesiva facilidad, y se comía las posibles pistas a una velocidad vertiginosa. Parece que allá donde todo el mundo podría tener un secreto, donde podría albergarse una mentira o el conato de una conspiración, solo había en el caso de este anodino informático metido a ciclista una misteriosa claridad que nada aportaba y desmenuzaba fácilmente toda posible indagación.

Se investigaron sus últimas llamadas. Su círculo de amigos y compañeros de trabajo, con los que tampoco solía compadrear demasiado, al punto de que incluso se escapaba a la hora de la comida para ir a su casa. Se accedió a los archivos de sus ordenadores, e incluso se indagó sin resultado en algún club nocturno con el que se pensó que pudiera tener alguna remota vinculación (las Autoridades nunca explicaron, por cierto, porqué se abrió esta peculiar línea de trabajo tan aparentemente ajena a las costumbres del fallecido). Nada. Francisco era un hombre tan perfecto, ordenado e intachable… Solo el hecho de que no se encontrara muy en forma a causa de la ya indicada dolencia cardiaca en la válvula mitral que limitaba sus posibilidades atléticas, siendo además fumador compulsivo, dejaba algo meridianamente claro: era muy probable que el asalto, accidente o lo que fuera sucediera muy cerca de su casa y que su hallazgo en el distante paraje en el que apareció fuera resultado del traslado del que fuera objeto por parte de los criminales.

Y ello introducía el caso en derroteros extremadamente misteriosos y hacía pensar en otras ominosas ideas: ¿Estaban sus agresores tras su pista? ¿Querían secuestrarlo? ¿Buscaban alguna clase de información confidencial? ¿Era víctima de extorsión? ¿Algún chantaje? Ciertamente, el secuestro se presentaba como improbable en la medida que la autopsia determinó que había muerto en el mismo día de su desaparición, pero las otras cuestiones no se diluían con tanta facilidad si se prestaba atención a las ocupaciones profesionales de Francisco Quintana Calvo que, bien mirado, podrían terminar por explicar muchas cosas.

¿Información clasificada?

Oracle Ibérica, Las Rozas, Madrid
Sede de Oracle Ibérica en la localidad madrileña de Las Rozas.

La empresa Oracle, entre otras cuestiones, está especializada en la gestión y optimización de datos para gobiernos y empresas de todo el mundo, y mantenía por aquellos días –aún mantiene- contratos con el Gobierno de España y otras empresas muy importantes para controlar datos de infinidad de organismos públicos y privados, y a todos los niveles: desde simples bases de datos comunes y poco comprometidas a información reservada. Ello hizo que la Guardia Civil se decidiera a indagar en esta conexión que se presentaba jugosa.

Ciertamente, y como corresponde al caso, la multinacional se apresuró a hacer público que Francisco no trabajaba en aquel momento con información confidencial o reservada, pues se encontraba en la plantilla externa de la empresa y estaba ocupado en un proyecto para la Compañía Telefónica, pero ello no implicaba en modo alguno que no lo hiciera con anterioridad, que sus agresores lo supieran, que se hubiera enterado de algo indebido accidentalmente, o bien que estuvieran presionándolo para que les realizara alguna clase de servicio ilegal. De hecho, es conocido que Francisco Quintana había disfrutado de unos meses de baja laboral –se dice que por depresión, pero la familia no quiso abundar en detalles- y que, tras anunciarse su desaparición, hubo cierto tumulto en las altas esferas del Ministerio del Interior, desde las que se dieron órdenes expresas de priorizar su búsqueda e indagar en el caso a fondo, lo cual levantó no poca polvareda en algunos medios de comunicación.

No obstante, la meticulosa “normalidad” del asesinado volvió a imponerse. La revisión de sus últimos movimientos laborales, su oficina, ordenadores y archivos arrojó escasa luz, y los investigadores encargados del caso volvieron a encontrarse con la nada. Puede que la falta de información en esta dirección fuera justamente lo que parece, o bien que el propio Francisco o algún otro posible implicado en el misterio supieran borrar cualquier rastro con suma eficacia. Puede, incluso, que ya hubiera transmitido a sus asesinos aquello que deseaban conocer y que precisamente ello le costara la vida. Como reconocieron los agentes de la Guardia Civil, el caso que tenían sobre la mesa era fastidioso, de esos que se complican, se enquistan, tienen “mala baba” y se van convirtiendo en un engorro sin pies ni cabeza.

Al final, la tesis del accidente de tráfico empezó a perfilarse como la más verosímil, tal vez porque era la única que encajaba con la poca información circunstancial que se había podido reunir –o que al menos se hizo pública-. Tras pasar por la depuradora de Soto de Viñuelas, cerca del castillo, los ciclistas asiduos a aquel trayecto consultados por los agentes reconocieron que había un tramo aproximado de un kilómetro bastante peligroso en el que se cruzaban coches y bicicletas, y donde se encontró la única pertenencia de Francisco Quintana: la visera de su casco Catlike recién estrenado. Ello motivó, en consonancia con las huellas de rodadas encontradas junto a su cuerpo, que se buscara sin éxito al conductor –seguramente acompañado- de una furgoneta que pudo embestir a la bicicleta accidentalmente.

Paco Quintana - Recorrido
Reconstrucción a partir de Google Maps.

Sin vínculos

Tras el entierro de Francisco Quintana –el juez instructor de la causa prohibió a la familia incinerarlo por si fuera precisa la exhumación del cadáver-, ocurrido el 25 de septiembre, todo comenzó a enfriarse muy deprisa. Incluso informativamente. El extraño caso del informático de Tres Cantos, que por sus peculiaridades se había convertido en un evento de primera línea que llegó a ocupar portadas de semanarios, pronto, en cuestión de días, quedó relegado al más absoluto silencio administrativo lo cual motivó no pocas sospechas y fortaleció en algunos foros la idea de que tal vez alguien estuviera interesado en extirpar el extraño asesinato de Paco Quintana de la escena pública. Quién sabe. Tal vez la cosa fuera simplemente lo que parecía, tal vez no.

Aún se quiso ver alguna conexión entre la muerte del ciclista con otra acaecida anteriormente en el mismo paraje, concretamente el día 1 de agosto, pues existía la singular coincidencia de que en aquella fecha se había quemado a un empresario madrileño, el constructor Santiago Fiel, en un lugar cercano a aquel en el que apareció el cuerpo de Francisco Quintana Calvo. Pero también este pista se disolvió: pronto quedó claro que ambos hombres no tenían absolutamente nada que ver entre sí y que el caso del empresario, que manejaba grandes sumas de dinero y conducía un coche de gran cilindrada cuando desapareció, caminaba por derroteros bien diferentes y probablemente más prosaicos. Al fin y al cabo, Paco Quintana tenía un salario que no superaba los dos mil euros mensuales y el estado de sus cuentas corrientes era tan saneado y normal como el resto de su vida.

La última pista que rastreó la Guardia Civil, sin embargo, pareció buena. Como solemos decir, demasiado buena para ser verdad. Casi tres meses después y por mor de una denuncia ciudadana, se detuvo a tres inmigrantes ilegales que conducían por las fechas de la muerte de Paco un furgón de las características adecuadas –que luego vendieron- y que podrían haberlo atropellado accidentalmente para luego tratar de ocultar su rastro a todo trance. Posteriormente, las detenciones llegaron a siete. Se trataba de un grupo de ciudadanos de origen dominicano al que se investigó a fondo. Y agua de nuevo. Quedó establecido que la denuncia provenía de un compatriota despechado por un lío de faldas que simplemente quería llevárselos por delante haciendo todo el daño posible. El muy canalla incluso se ratificó en su denuncia ante el juez, pero finalmente quedó claro que los detenidos eran completamente inocentes y fueron puestos en libertad sin cargos.

Las últimas noticias que se tienen de este extraño caso, el de un hombre tan esforzado en ser normal e intachable que a fuerza de serlo no pudo ayudar a las Autoridades esclarecer su propia y terriblemente anormal muerte, se remontan a marzo de 2006. Nada a partir de ese momento. Silencio absoluto. Y todavía, preguntando por ahí para componer la entrada que lees, me encuentro a colegas vinculados en su día con este asunto que, al terminar, tuercen el gesto y murmuran algo entre dientes: “me parece que en eso del informático había gato encerrado…”


Fuentes complementarias

Hidalgo, C. (2005). Tres inmigrantes sin papeles, sospechosos del atropello mortal del ciclista de Tres Cantos. Diario ABC, edición del 14 de septiembre.

Rendueles, L. y Marlasca, M. (2005). Dos crímenes gemelos. Revista Interviú, edición del 26 de septiembre.

Egea, A. y López, P. (2005). Las claves de un crimen. Así son las cosas, 179, pp. 8-11.

Morcillo, C. y Muñoz, P. (2006). Huellas de humo. Diario ABC, edición del 10 de agosto.

El suicidio: más allá de la imitación

Ayuda

Siempre que se produce un suicidio que, por el motivo que fuere, adquiere especial repercusión en los medios de comunicación, se genera una reactivación del interés por el tema que induce a la reiteración de las viejas cuestiones en torno a esta problemática que, contra lo que cabría pensar, ha sido muy estudiada por la psiquiatría, la psicología y la sociología.

Lo cierto es que los seres humanos somos entidades biológicas desarraigadas del seno de la naturaleza por efecto de un artificio propio de nuestra especie al que se denomina “cultura”, y cuya manifestación más obvia es la “sociedad”. Ello hace que las comparaciones entre fenómenos comportamentales humanos y animales sean por lo común mero anecdotismo. Ciertamente, la cultura ha limitado, por su propia dinámica, el peso de los instintos en las diferentes manifestaciones de la vida humana, pero ese influjo no ha desaparecido del todo precisamente a causa de nuestra naturaleza biológica. De hecho, y precisamente, el instinto de supervivencia –o de conservación- es primordial en todos los seres vivos pues de su correcto funcionamiento depende el resto de las funciones vitales. Ello hace más sorprendente si cabe la existencia de ideaciones y conductas suicidas que, por cierto, no son un rasgo exclusivo de nuestra especie. Conocidos son, de hecho, los casos de animales que se suicidan ya sea de forma individual y/o colectiva. Baste señalar, por ejemplo, el caso bien conocido y estudiado de las ballenas[1].

Ballenas Varadas (Australia 2014)
Ballenas varadas en la costa australiana en 2014.

A la hora de penetrar en el tema de la ideación y conducta suicida humanas deberíamos comenzar por establecer una diferenciación clara –que a menudo se ignora- entre las pulsiones y los instintos. Las primeras, específicas de nuestra especie si bien desconocemos a qué grado podrían presentarse en otras, son motivaciones psicológicas cuyo peso en la conducta es constante. Un ejemplo perfecto para ilustrar este extremo sería el de la sexualidad que, en su vertiente humana y más allá de funestos reduccionismos sociobiológicos, cumple funciones psicológicas bastante más complejas que en el resto de los animales y camina por derroteros que a menudo tienen poco o nada que ver con meros mecanismos de “adaptación” y/o “reproducción”. Los instintos, por su parte, son biológicos, hereditarios y operan de manera intermitente al ser activados por la presencia de factores fisiológicos y/o ambientales específicos que o bien los ponen en marcha, o bien los detienen. Ejemplos de ello serían el hambre o la sed. Sea como fuere, la vertiente patológica del instinto de supervivencia nos adentra en el ámbito de toda una gama de conductas autodestructivas –o autolíticas- que van desde las autoagresiones o autolesiones, al caso extremo de las conductas suicidas que pueden terminar –o no- con la muerte del sujeto.

Suicidio

Los actos suicidas pueden ser conscientes, o no del todo. Y hablaríamos de suicidio como el acto consumado por el cual el sujeto movido por determinadas tendencias comportamentales acaba muriendo. Lo interesante, y es un detalle en absoluto baladí, es que el suicidio es un fenómeno multicultural y transversal –más allá de tópicos infundamentados- que explica aproximadamente el 1% de las muertes que se producen anualmente en el mundo, cifra que, y no conviene olvidar el detalle, se muestra constante según datos de la Organización Mundial de la Salud[2]. Ciertamente, la tasa de suicidios es variable en diferentes lugares del mundo, si bien es un hecho que lamentablemente la gente se suicida, o al menos lo intenta, en todas partes.

No existe un factor único predisponente al suicidio sino, más bien, una amalgama de elementos que coadyuvan al mismo y que van desde lo orgánico a lo social pasando por lo genético y lo psicológico. De hecho, no existen “personalidades suicidas” sino que cabría decir, para hablar con propiedad, que existen personas vulnerables a la conducta suicida que podrán –o no- ponerla en práctica si estos factores trabajan juntos o, por decirlo de un modo más conciso, si se dan las circunstancias apropiadas para ello en el momento adecuado. Interesa destacar, no obstante, que los datos epidemiológicos son claros, y que al menos en un 90% de los casos de suicidio conocidos hay antecedentes de trastornos psicológicos, siendo el más común el trastorno depresivo mayor o alguna de sus variantes (F32, F33, F34.1), que explicaría por sí solo prácticamente el 80% de los casos registrados. De hecho, el llamado “suicidio moral” que tan famoso han hecho la literatura y el cine, y al que se suele aludir en determinados casos con especial fruición pero escaso fundamento, es precisamente el menos común.

El suicidio consumado afecta más a los hombres que a las mujeres, si bien se produce la singular paradoja de que las mujeres encabezan las estadísticas de intentos de suicidio (no entraremos en valoraciones sobre este hecho que desde luego se presta a todo tipo de análisis). Por otro lado, y frente al tópico de que el suicidio es muy común entre los jóvenes, el hecho es que la tasa de suicidio se incrementa con la edad, siendo tres veces más habitual entre las personas mayores de 75 años, y afectando de manera especial precisamente a dos colectivos: los jubilados y los desempleados. El problema es que el suicidio de una persona joven es más llamativo y descorazonador, y precisamente por ello encuentra más publicidad. Y cerraré con este resumen sociodemográfico con otro dato ciertamente significativo: entre el 25% y el 75% de las personas que se suicidan –o lo intentan- ha sido previamente diagnosticada de algún tipo de enfermedad grave e incapacitante (cáncer, SIDA, ELA, minusvalías severas y etcétera).

De hecho, dado su carácter necesariamente impredecible, en el momento presente no existe una visión unitaria de la ideación y conducta suicidas, recurriéndose a criterios integradores (socioculturales, psicológicos, biológicos y ambientales) para tratar de dar una explicación coherente al fenómeno. Desde este punto de vista, las personas en riesgo de cometer suicidio, y a las que habría que vigilar con especial interés, serían:

  1. Las que muestran antecedentes claros. Es decir: sujetos que en algún momento del pasado ya valoraron la posibilidad de suicidarse –e incluso lo intentaron en algún caso- y que, en el presente, aún muestran rasgos de ideación suicida.
  2. Aquellas en las que existe un trastorno psicológico (preferentemente depresivo) vinculado a una enfermedad médica incapacitante.
  3. Aquellas en las que, por su estructura de personalidad, muestran rasgos de alta impulsividad, baja tolerancia a la frustración, baja autoestima y tendencia a la sobreactuación (lo cual encajaría con los criterios diagnósticos del Trastorno Límite de Personalidad). En estos casos debe considerarse con especial atención esta opción si existe consumo sistemático de alcohol y/o drogas.
  4. Casos particulares en los que se producen sucesos vitales adversos recientes y de elevada intensidad, como pérdidas del empleo, descenso drástico de recursos económicos, diagnósticos médicos adversos, rupturas de pareja, mala gestión del luto y etcétera. Eventos que, vinculados a ciertas características de personalidad como las ya descritas pueden obrar como desencadenantes.

Sea como fuere, y pese a estas profusas explicaciones que tratan de mostrar que este tema es cuando menos complejo, la presentación esporádica de suicidios “de famosos” en los medios de comunicación no tarda en generar corrientes de opinión extravagantes que encuentran acomodo en torno al recurso explicativo de “la imitación”. Un estereotipo que genera debates enconados, e incluso sobreactuados en más ocasiones de las que sería deseable y que, como trataremos de ver a continuación, solo son posibles desde una mala comprensión –cuando de no de un extraordinaria simplificación- de la teoría misma.

La “teoría de la imitación”

Gabriel Tarde
Gabriel Tarde.

La conocida como “teoría de la imitación” es una aportación del francés Jean-Gabriel Tarde (1843-1904). Juez de profesión y sociólogo por vocación Tarde no obtuvo el reconocimiento que tal vez debió obtener en vida a causa de su enfrentamiento teórico con la estrella sociológica del momento, Emile Durkheim (1858-1917), quien copaba la autoridad académica en la Francia de aquel entonces y cerró su camino hacia la Universidad. De hecho, mientras que Durkheim defendía que los “hechos sociológicos” eran objetos –cosas- equiparables a los del mundo físico que se imponían externamente a los individuos y que debían ser tratados como tales para su análisis científico, Tarde estimaba que la sociología era una entidad más sutil y que su funcionamiento tenía más que ver con el de la química que con el de la física: los acontecimientos sociales tenían la estructura de interacciones psicológicas entre individuos que se interrelacionaban y enlazaban entre sí a través de dos grandes fuerzas; la imitación y la innovación. Obviamente, y como vemos, dos puntos de vista absolutamente incompatibles.

Lo cierto es que cuando Tarde, por motivos profesionales, fue paulatinamente centrándose en temáticas propiamente criminológicas hasta que en 1894 fuera nombrado director de estadística criminal del Ministerio de Justicia, este hecho determinaría el sentido último de su trabajo. Así, trasladó sus puntos de vista sociológicos y jurídicos al ámbito de la entonces incipiente criminología, de la que como él mismo reconoció, conocía al comienzo poca cosa más allá de lo relativo a su propia percepción de los problemas socio-criminales. En todo caso, sus posicionamientos en la materia estaban tan alejados de la corriente dominante en la época –la Escuela Positiva del Derecho Penal- como lo estaban sus planteamientos sociológicos de los de Durkheim, lo cual motivó que su obra tuviera un impacto muy limitado. Tanto es así, que Tarde quedaría virtualmente “silenciado” durante décadas hasta que su trabajo fuera recuperado por los sociólogos de la Escuela de Chicago en la década de 1960. De hecho, sería Everett Rogers (1931-2004) quien popularizaría las llamadas de “leyes de la imitación” tras la publicación en 1962 de la obra Diffusion of Innovations[3]. De la misma manera, sería posteriormente rescatada por los franceses Bruno Latour (n. 1947) y Michel Callon (n. 1945), quienes recuperaron en buena medida los planteamientos de Tarde para el diseño de su conocida como “Teoría del Actor-Red” (ANT)[4].

Sea como fuere la teoría de Tarde, al igual que la de Rogers o la diseñada por el tándem Latour-Callon, son bastante más complejas que el simple –y bastante tonto por añadidura- adagio defendido por muchos de que los comportamientos de los particulares pueden, en determinadas circunstancias, suscitar una conducta de imitación acrítica y automatizada por parte de otras personas adecuadamente “motivadas”. Una simplificación torpe e inaceptable que, en determinados contextos, se ha producido por la mera asimilación de manera simplista –y tampoco muy certera- de estas ideas con las propuestas por el psicólogo Albert Bandura (n. 1925) y los partidarios del conocido como “aprendizaje social”. El hecho es que este concepto burdo e indocumentado de la teoría de la imitación ha hecho camino para transformarse en un tópico psicosocial más con el que se trata de explicar con firme simpleza y terrible convicción infinidad de fenómenos, desde las razones por las que los jóvenes deciden estudiar masivamente determinada carrera universitaria en un momento dado, hasta fenómenos como la violencia de género o la conducta suicida. Lo cierto es que pese a tratarse de un planteamiento, en sus diferentes versiones, bastante complejo, la de la imitación es una teoría que por lo común ha mostrado dificultades para encontrar corroboración empírica sólida y sistematizada. Ello no ha impedido, no obstante, que reaparezca de manera cíclica en el seno de la sociología, de la criminología, e incluso en ámbitos como el de la economía, la tecnología y los estudios sobre información y comunicación al tratarse de un instrumento de análisis útil.

Ciñéndonos al planteamiento básico original propuesto por Tarde (obviaremos en todo caso sus ideas más anacrónicas y prescindibles)[5], digamos que se debe partir de una distinción fundamental: habría personas básicamente creativas o inventivas, y personas básicamente imitativas. Ello implica que, para comenzar, todo hecho social no puede ser explicado por mera imitación por cuanto en muchos casos lo que se estima externamente como copia podría ser, en realidad, un evento creativo en sí mismo. Dicho de otro modo; lo que determina que algo sea copia o imitación no es el hecho de que algo “esté ahí dado” en la sociedad, sino la actitud psicológica del sujeto ante el evento en la medida que si cree haberlo descubierto por sí mismo, ya no estaríamos ante una imitación sino ante lo que es subjetivamente, y en rigor, una innovación.

Por otra parte, la imitación puede ser “lógica” –o razonada-, o bien “extralógica”. Si la primera es fácil de discernir por cuanto es la que regula procedimientos estandarizados como la investigación científica, el desarrollo del derecho y las humanidades, o la innovación tecnológica, la segunda es más compleja por cuando se ciñe a leyes especiales que se relacionan estrechamente con la psicología y la cultura de los sujetos. Así se explica que entretanto un grupo de biólogos moleculares seguirían procesos de imitación lógica a los que llamamos “método científico” para guiarse en sus investigaciones, los miembros de cualquier club social seguirían procesos de imitación extralógica a la hora de conducirse (modas, tendencias, normas morales, actitudes y etcétera). Esto, como lector intuirá, tiene una importante consecuencia que a menudo se obvia: el sentido y funcionamiento específico de las leyes que controlan la imitación extralógica deben ser establecidos en cada caso y evento social, con lo cual el funcionamiento de la imitación no sigue pautas específicas y “universales”, sino pautas especiales y “particulares”.

En general, cuando Tarde trataba de explicar la conducta criminal por la vía de la imitación, como puede observarse, no estaba diciendo que cada crimen era simple copia de otros precedentes de los que el criminal había “aprendido” –idea simplista y burda de la teoría-, sino que una vez establecida la psicología creativa o imitativa del individuo (lo cual es determinante), habría que establecer que elementos lógicos y extralógicos operan en su conducta delincuencial en un momento dado. Por ello Tarde insistía en dos factores: la “identidad personal” y la “similitud social”. Así pues, y establecido que el individuo no es creativo, la imitación opera cuando la identidad del delincuente coincide con la de aquel a quien imita (identidad), y cuando el individuo no está debidamente adaptado a un grupo social de referencia, lo cual lo ubica en una situación personal de riesgo (similitud-disimilitud).

Ciertamente, el planteamiento general de Tarde plantea ventajas con respecto a otros coetáneos al suyo como, para empezar, el hecho de que no existen “tipos criminales” prestablecidos –lo cual siempre es difícil de establecer con rigor y a menudo degenera en intentos clasificatorios poco operativos-, sino un dinamismo psicosocial articulado en torno a la identidad del sujeto y su grado de adaptación e integración. Pero también, como toda teoría que flota sobre “leyes” de compleja definición y cuantificación, posee inconvenientes difíciles de soslayar. El principal de ellos es, precisamente, que se trata de un planteamiento con un fuerte componente psicologicista que, en última instancia, suscita el problema de discernir de manera clara cuánto, a quién, por qué y para qué imita cada individuo determinadas tendencias grupales y/o particulares.

¿Suicidio por imitación?

A qué punto resulta arduo explicar actitudes complejas como la ideación y conducta suicidas por la vía de la imitación es cosa relativamente fácil de establecer recurriendo a un sencillo cálculo. A la fecha de la publicación de esta entrada, la página web del Instituto Nacional de Estadística de España[6] ofrece estadísticas sobre el suicidio comprendidas entre los años 1994 y 2006 (véase Figura 1). Lo primero que puede observarse es que la cantidad de suicidios consumados o en grado de tentativa permanece muy estable a lo largo del periodo indicado, e incluso experimenta una tendencia, en general, decreciente.

Figura 1
Figura 1. Evolución de la cifra de suicidios registrados (cometidos o en grado de tentativa) en España entre 1994 y 2006 (Fuente INE).

Lo sorprendente es que si observamos la Tabla 1, en la que se ofrece una comparativa entre la evolución de la población española y el número de suicidios consumados o en grado de tentativa, vemos que la cantidad de habitantes del país no ha cesado de crecer, con lo cual se establece una correlación inversa. Cuando lo esperable sería que un aumento poblacional significara, lógicamente, un aumento del número de suicidios, lo que encontramos es justamente lo contrario: la cifra desciende con total independencia del crecimiento poblacional.

Tabla 1
Tabla 1. Evolución de la población española comparada con la evolución interanual de la cifra de suicidios (elaborado a partir de datos ofrecidos por el INE).

Esto, por supuesto y me anticipo a la sugerencia, no implica que caso alguno que los medios de comunicación no hayan publicitado por extenso casos de suicidio individual y/o colectivo especialmente célebres a lo largo del tiempo. De hecho, en la Figura 2 se muestra una serie de casos especialmente famosos –por su impacto mediático- y publicitados en España de suicidas a lo largo de los diferentes años del tramo temporal estudiado. Encontramos que su influencia en la evolución de la cantidad de suicidios consumados o en grado de tentativa no ha sido tan clara como defiende el paradigma por cuanto cabría esperar, siguiendo el adagio de “a mayor publicidad del suicidio, más casos registrados como producto de la imitación”, que necesariamente tendrían que haber aumentado, lo cual debiera invitarnos a poner en cuarentena la propuesta misma en los términos simplistas en los que suele plantearse y que tienen poco que ver, dicho sea de paso, con la propuesta original ideada por Gabriel Tarde y sus revisores.

Figura 2
Figura 2. Suicidios célebres y publicitados por los medios interanualmente y evolución de la cantidad de suicidios (consumados o en grado de tentativa) en España.

No quiere decirse con ello que el suicidio no sea grave, no sea un asunto serio del que ocuparse por su impacto o sus repercusiones, o se esté con estas líneas tratando de banalizar una realidad psicosocial evidente que merece atención, tratamiento y prevención. Simplemente se indica que la explicación del fenómeno por mera “imitación” a la que se alude de forma tópica –y escasamente documentada- no funciona y parece tener más pinta de excusa, cliché o argumento demagógico para salir del paso ante las preguntas incómodas que otra cosa. En realidad, como mostré al comienzo, lo que sucede en el fenómeno del suicidio, y que nos ayuda precisamente a explicar la estabilidad y consistencia de las cifras, es que en esta cuestión –como en todas aquellas que afectan a cuestiones psicológicas de calado social- concurren una serie de variables personales y circunstanciales que determinan la existencia de una evidente vulnerabilidad hacia las ideaciones y conductas autolíticas en ciertas personas y que, en determinados casos, coadyuvan a su consumación.


[1] Preti, A. (2011). Animal model and neurobiology of suicide. Progress in Neuro-Psychopharmacology & Biological 35(4), 818-30.

[2] http://www.who.int/topics/suicide/es/

[3] New York City (NY): Free Press of Glencoe.

[4] Véase por ejemplo: Latour, B. (1992). Ciencia en acción: cómo seguir a los científicos e ingenieros a través de la sociedad. Barcelona, España: Labor.

[5] Tarde, G. (2011). Las leyes de la imitación y la sociología. Madrid, España: Centro de Investigaciones Sociológicas.

[6] http://www.ine.es/